isawa kaede
juiciosa y paciente, dicen que la acólita del vacío posee una sabiduría mucho mayor que su edad. mide
poco más de metro y medio, mas cualquiera bajo el escrutinio de su perspicaz mirada jurar ía que es
mucho más alta. su cabello y ojos son negros, y su piel presenta un tono más oscuro que el de los demás
miembros de su familia. de niña, sus hermanos menores la llamaban “pequeña sombra” hasta que su
padre les ordenó que dejaran de hacerlo.
la madre de kaede, doji ninube, murió durante el alumbramiento de su hija, por lo que kaede y su padre
siempre han estado muy unidos.
desde su más temprana edad, ha demostrado una increíble afinidad por el complejo funcionamiento de
la magia del vacío, y nadie ha dudó jamás que sucedería algún día a su padre como maestra del vacío.
kaede posee no solo una habilidad excepcional, sino también la dedicación y diligencia de un erudito.
aunque disfruta plenamente de la vida que le habla con voz tan clara mediante su conexión con el vacío,
también comprende la necesidad de controlar esa habilidad.
siendo aún una niña, kaede pasaba mucho tiempo jugando con un conejo que la madre de su padre le
había enviado como regalo de cumpleaños.
lo primero que hacía kaede todas la mañanas nada más levantarse era dar de comer a su mascota, antes
de cepillarla. nada noche, antes de acostarse, recogía el conejo de la pila de ropa o macizo de flores
donde estuviera, y lo metía con ella en la cama para que le hiciese compañía mientras dormía.
lo llamaba ubi, y lo mantuvo a su lado cuando su entrenamiento la ocupaba demasiado tiempo para
jugar con los demás niños.
un día se encontraba sentada en el jardín arrumando al conejo, disfrutando del calor del sol sobre su piel,
con una bandada de pequeñas aves aleteando en los árboles de las cercanías.
cuando kaede proyecto un poco de espíritu, pudo sentir el pequeño riachuelo que chapoteaba al pie de la
colina y a los diminutos peces nadando en sus templadas aguas.
soltó una risita cuando los peces fantasmas le hicieron cosquillas en los pies.
“pobre ubi”, dijo besando la nariz del conejo. “debes de tener tanto calor. ¿quieres sentir el agua del
arroyo?” el conejo la miró con sus ojos marrones ribeteados de rosa. arrugó la nariz, relamiendo la punta
de los dedos da la muchacha. “seguro que quieres ¿a que si, ubi?”, kaede soltaba grititos con júbilo
infantil.
mirando más de cerca los ojos del animal, empujó solo un poco, y algo dentro de ubi se iluminó de
repente. la misma consciencia de la que disfrutaba kaede inundó al conejo: arroyos, peces, pájaros, sol,
hormigas en el suelo, un búho en los árboles, las raíces de las flores estirándose en busca de agua bajo la
tierra.
con un escalofrío, el conejito se quedó tieso, con el delicado tono de sus ojos adquiriendo un tono rojizo
más oscuro.
kaede no necesito preguntarle qué es lo que había sucedido: lo había sentido de principio a fin. pero su
infantil control sobre la fuerza del vacío no fue suficiente para detener el proceso una vez comenzado.
dejando caer al paralizado e inerte conejo, echó a correr tan rápido como podía, con el rostro surcado por
las lágrimas.
encontró a su padre sentado en su sillón favorito cerca de la puerta de la casa. sollozando, comenzó a
explicar lo que había pasado, mas él se limitó a sacudir la cabeza. ya había percibido el accidente en el
momento en que ocurrió.
“tal es la naturaleza de las cosa, hija”, dijo, apoyando una mano sobre la cabeza de la joven. “lo que tú y
yo sabemos no pueden entenderlo los demás. el conocimiento les queda grande”. su voz sonaba triste, y
kaede se dio cuenta de que no la miraba a ella, sino a ieku, su segunda esposa, que cruzaba en aquellos
momentos el rincón más alejado del jardín. “sabemos más de lo que muchos podrían siquiera llegar a
concebir.
las cimas de las montañas que son demasiado altas para que las escale el hombre nos son familiares. y,
aún así, en algunos aspectos, seguimos estando solo”.
sacudió la cabeza antes de girarse hacia kaede. “debes aprender a estar sola al mismo tiempo que
aprendes a ser fuerte, hija. porque tendrá que ser un hombre en verdad extraordinario el que sea capaz
de estar a tu lado sin temer lo que eres, o guardarte rencor por ello ”. las palabras de su padre quedaron
grabadas en la memoria de kaede, que en los años siguientes se dedicó aún con más ahínco a los
estudios.
el día que cumplió catorce años, ocurrió que kaede caminaba a solas por los bosques cercanos a su
hogar. disfrutaba de la plenitud de aquel día, del viento entre los árboles, de los pájaros y sus trinos, de
la vida que bullía a su alrededor. por un instante kaede dejó que su espíritu de abriese a todo lo que
tenía cerca, abrazando el esplendor del día y atrayéndolo hacia sí. más al cabo de un rato, la agitación
se hizo demasiado frenética, y la dejó ir poco a poco como la había enseñado su padre, retrayéndose más
y más hasta que fue consciente tan sólo de su propia forma, de pie en el bosque. entonces continu ó con
su paseo.
tan fuertemente se había encerrado en si misma que no se dio cuenta del oso hasta que lo tuvo encima.
retrocediendo más por lo inesperado que por el miedo, la joven kaede extendió su ser por las corrientes
del vacío, intentando calmar a la bestia, convencerla de que no había necesidad de luchar. pero cuando
toco el torbellino de energía que era el oso, no encontró un lugar calmado al que asirse. al contrario, casi
le aturdió la enfermedad de mente y cuerpo que lo había conducido hasta tal estado de furia y frenesí.
durante un momento temió que la locura se adueñara de ella también, pues se sintió desfallecer, pero su
formación le ayudo a recuperarse y recobró el sentido.
todo esto había ocurrido en apenas unos segundos, y el oso, todavía erguido sobre ella, comenzó a caer
hacia delante, colmillos y garras extendidas y centelleantes. con un grito tan agudo que no emiti ó sonido
alguno, kaede liberó poder contra la bestia, expandiendo su vacío interior. el oso retrocedió, lleno del
poder de kaede, y su propia consciencia se ilumino con el miedo de la joven. lanz ó un grito de angustia
cuando un millar de sonidos, olores, colores y pensamientos inundaron su mente animal. despu és se
desplomó al suelo, donde el golpe retumbo como un trueno, para no volver a levantarse.
aunque continuó entrenando junto a su padre. kaede aprendió una de las lecciones más importantes
aquel día. aprendió de una forma mucho más intima de lo que muchos hombres y mujeres pueden soñar
siquiera, el bullir y fluir de la energía de la vida.
acólita del vacío.
después de su gempukku, la joven fue nombrada adepta del vacío y prometida a akodo toturi, el daimyo
de la familia akodo.
aunque solo había visto una vez al apuesto samurai, quedó totalmente prendida de él, con un amor
duradero pero doloroso.
pronto quedó claro para la joven isawa que toturi nunca estaría enamorado de ella, otra mujer ocupaba
su mente, y aprovechaba cualquier oportunidad para alejarse de su prometida y reunirse con su
auténtico amor.
mientras era adepta del vacío, kaede estuvo tres meses con el dragón estudiando con agasha tamori, el
cual le contaba viejas historias de los encuentros de togashi con shinsei.
tamori aprendió durante su estancia sobre la magia del vacío. aunque había pasado un año con el padre
de kaede estudiando esa magia, aprendió mucho más mientras contemplaba los ojos de kaede, en sus
largas conversaciones.
durante un tiempo, kaede residió en la corte del emperador, donde actuaba como embajadora del fénix.
el hantei tomó mucho cariño de ella y aprovechaba las veladas en su castillo para aprender de la
sabiduría de la joven fénix.
en esas ocasiones siempre le acompañaba el capitán seppun ishikawa.
atento, educado y encantador, ishikawa siempre tuvo para ella una sonrisa a tiempo o unas palabras que
la animaran.
durante ese tiempo, kaede llegó a un control absoluto de la magia del vacío, hasta el punto que su padre
decidió dimitir y depositar en ella la responsabilidad de pertenecer al consejo elemental, junto a isawa
tadaka (tierra), isawa uona (aire), iwasa tomo (agua) e isawa tsuke (fuego).
lo cierto es que el consejo era casi una familia, teniendo en cuento que tanto tadaka como tomo eran sus
hermanos.
como señora del vacío ha controlado el destino del fénix, gobernando con la sabiduría de los kamis.
lo que siempre se le oculto es la naturaleza de la muerte de su madre. algo que resultaria muy relevante
en su inmediato futuro.
doji ninube era la única hija a doji mikara, entonces daimyo del castillo ukara. ninube nació a finales de la
vida de mikara.
a su mayoria de edad, doji ninube fue prometida con isawa ujina. ambos era una pareja feliz y
enamorada, y la vida parecia sonreirles.
antes de su matrimonio, en la primavera, ninube decidio visitar a su futuro esposo para que pudiera
aprender la forma y las rutinas de su casa. en el camino entre las tierras doji y isawa, su caravana fue
emboscada por los bandidos y ninube fue secuestrada.
aunque un grupo de magistrados esmeralda fueron intentaron encontrar a la chica, ellos también fueron
emboscados y asesinados.
por ello se preparo un segundo rescate fue montado, esta vez liderado por el propio ujina. el grupo logró
rescatar ninube, pero ujina fue gravemente herido en la lucha. además, se hizo evidente que ninube ya
había sucumbido a algún tipo de extraña corrupción, aunque inicialmente ujina se negó a aceptarlo.
después del nacimiento de su hija, isawa kaede, ujina descubrió toda la extensión de la corrupción de
ninube. ella había envenenado al padre de ujina, isawa nodari. el maestro del vacío mató a la criatura
que había sido ninube, pero quedo herido.
el veneno que ninube utilizo contra ujina finalmente le llevó a convertirse en el sin nombre, en un intento
de luchar contra la oscuridad que corrompia su cuerpo.
antes de su muerte, ujina explico la verdad a su hija, le dijo que un enemigo poderoso asolaba rokugan,
que buscaba la destrucción de todo lo que existia, de toda la realidad.
le advirtió que no debía investigar sobre ese enemigo en demasia, pues cada vez que conocias mas
sobre el, tu mente se hacia susceptible a su manipulación.
le dijo que un dia ese enemigo intentaría controlar la vida de todo el imperio. que debía estar atenta
para enfrentarse a la oscuridad.
pese a ello, los acontecimientos no le dejaban concentrarse en su lucha contra el enemigo. otras
cuestiones acaparaban su atención.
“La quietud entre los latidos”
Un relato de Isawa Kaede
El cielo no se partió en dos. No hubo tormenta. No se abrieron los suelos.
Pero algo se rompió.
Kaede lo supo al instante. Mientras los cortesanos seguían hablando en voz baja sobre
los preparativos del Torneo Esmeralda, mientras las piezas del nuevo tablero político se
acomodaban una a una, mientras el Hantei respiraba aún... algo se había roto. No fuera.
Dentro.
Había sentido esa grieta antes. En los ojos del conejo. En el aliento del oso. En la
mirada perdida de su madre cuando su padre la mató para protegerla. Y en el vacío entre
los pasos de Toturi, cuando aún pensaba que podría amarla sin miedo.
Ahora, sin embargo, la grieta estaba en el corazón del Imperio.
“El Emperador debe morir.”
Así se lo habían dicho los Truenos. Así lo dictaba la profecía. Así parecía exigirlo el
orden celestial. Y Kaede lo entendía. En teoría.
Sotorii se había aferrado al trono y negado su destino. Había prohibido a los Truenos.
Había declarado traidores a los que seguían al nuevo Shinsei. Había cerrado su oído a
los kami y su alma a la verdad. Pero...
¿Y si tenía razón?
¿Qué si esa resistencia —inútil, desesperada, trágica— no era arrogancia, sino miedo?
¿Y si ese miedo no era infundado?
Kaede se preguntaba, una y otra vez, si la sangre que debía ser derramada era la del
Emperador... o la suya.
¿Y si el sacrificio que el Imperio exigía no era una ejecución política, sino un acto
espiritual aún mayor?
Los textos sagrados hablaban de las Pruebas del Cielo. Viejos rituales ocultos que solo
los oráculos verdaderos podían atravesar. Pruebas diseñadas no para evaluar fuerza, ni
lealtad, ni pureza, sino verdad interior.
Ahora, en medio del caos, esas pruebas comenzaban a despertarse. Algunos hablaban de
señales. Otros de sueños. Kaede no necesitaba interpretaciones. El Vacío le susurraba
directamente.
“Cuando el mundo se cae, hay que mirar lo que queda de pie.”
Ella.
No por orgullo. No por linaje. Sino porque seguía sintiendo. Seguía dudando. Seguía
viendo.
Y si superaba las pruebas, si encontraba ese filo de luz en el abismo, se convertiría en
el Oráculo del Vacío.
No una sacerdotisa. No una política. No una vengadora.
Una guía.
Y aún así, ¿acaso esa guía no podía estar ya contaminada?
Su sangre estaba marcada. Su madre, convertida en bestia. Su padre, muerto y renacido
como el Sin Nombre. ¿Era Kaede el siguiente eslabón en esa cadena de corrupción?
¿Y si la oscuridad no buscaba eliminarla, sino elevarla? ¿Y si ese poder, ese control
absoluto del Vacío, fuera su entrada al Imperio?
¿Y si el verdadero trueno fuera el eco de un error?
Kaede cerró los ojos.
Podía sentir a Shahai envolviendo a Daisetsu en promesas envenenadas. A Mitsu
soñando con un nuevo orden. A Shinjo —si es que era Shinjo— moviendo piezas
invisibles.
Sentía también los susurros de la Oscuridad Mentirosa, no como gritos, sino como la
ausencia entre los pensamientos, la nada que espera en la pausa de un suspiro.
Y sobre todo, sentía que su tiempo se acababa.
Si el Imperio quiere salvarse, debe cambiar.
Si quiere perdurar, debe recordar.
Y si quiere sobrevivir... debe elegir con los ojos abiertos.
Isawa Kaede caminó hacia el santuario donde las Pruebas del Cielo comenzaban.
No sabía si saldría viva. No sabía si era digna.
Pero si el Vacío aún tenía algo que decir, ella sería quien lo escuchara.
“El eco en el Vacío”
Isawa Kaede escucha de nuevo lo que ya sabía.
Nadie lo comprendió. Ni entonces. Ni ahora.
Ella no eligió a Sotorii por debilidad. Lo eligió porque era el menor de los males.
Mientras otros hablaban de golpes, castigos y profecías, ella escuchaba lo que había
detrás del ruido:
Un Imperio tambaleante. Un ciclo que se rompía. Un hijo perdido de los cielos que aún
podía escuchar a los kami.
Y eligió protegerlo.
Esa elección no fue un error. Fue la única salida posible... entonces.
Pero el mundo ha girado.
Las profecías se han hecho carne. Las sombras que estaban dormidas despiertan con
nuevos nombres. El enemigo que su padre temía —la Oscuridad Mentirosa— no se
enfrenta de frente. Se desliza. Se adapta. Ofrece alternativas.
Y ahora... ahora todo ha cambiado.
Sotorii debe morir.
No por castigo. No por revancha. Sino por el equilibrio que exige el orden celestial.
Lo que Kaede no sabe —lo que nadie sabe— es si con él muere la amenaza… o si
simplemente la transfiere.
Porque Sotorii no es el único Hantei.
Hay otro. Siempre lo hubo. Y la Oscuridad lo sabe.
Y si ese último Hantei cae, Fu Leng no tendrá que volver. El mundo se hundirá sin
él.
Kaede siente la presión en su alma.
No hay furia, ni temor. Solo una duda serena que perfora como el Vacío:
¿Seré suficiente?
Las viejas profecías lo anunciaron:
“Cuando el cielo se parta y los kami enmudezcan, siete truenos cargarán contra su
señor.”
“Y si el trueno cae antes del rayo, la nada devorará el orden.”
Pero hay más. Hay fragmentos que casi nadie recuerda. Fragmentos que Kaede ahora
comienza a entender:
“El primero de los sabios nacerá del miedo.”
“Y solo aquel que abrace la soledad del Vacío podrá abrir la última puerta.”
Ella.
No como shugenja. Ni siquiera como Maestra del Vacío.
Sino como posible Oráculo. Como testigo de lo que fue, y guía de lo que puede ser.
Kaede no reniega de sus decisiones pasadas.
Sotorii fue defendido cuando el caos pedía destrucción.
Pero hoy, la misma sabiduría que la llevó a protegerlo, le exige dejarlo ir.
Su muerte no es el final. Es solo una de muchas decisiones que deben tomarse con los
ojos bien abiertos.
El verdadero peligro no es el Emperador corrompido. Es la reacción del mundo
cuando el trono quede vacío.
¿Quién decidirá? ¿Con qué legitimidad? ¿Cómo evitar que la Oscuridad manipule ese
instante?
Por eso Kaede prepara a los demás. Por eso habla. Por eso, aunque duda, no se detiene.
Porque en las Pruebas del Cielo ha visto la última opción:
Convertirse en Oráculo.
Solo así podrá discernir entre el susurro de los kamis… y el susurro de la Oscuridad.
Solo así podrá guiar al Imperio a través del abismo sin que el Vacío se convierta en su
tumba.
El destino no exige perfección.
Solo exige sabiduría.
Y Kaede camina, como siempre, un paso por delante, dispuesta a mirar el abismo... y
responderle.
---
### **“El Vacío No Miente”**
La noche caía sobre Kyūden Usagi como una mano de obsidiana. Todo era inquietud,
murmullos apagados por el miedo, decisiones sin descanso. Pero en lo alto de la
fortaleza, sola bajo un cielo sin estrellas, Isawa Kaede meditaba.
Había hecho tanto. Había entregado su alma por el equilibrio del Imperio. Había
abrazado su amor por Toturi sin pedirle nada, defendido su posición entre el Consejo
Elemental sin clanes que la respaldaran, y aceptado —con lágrimas secas— que su
padre había muerto por una corrupción demasiado antigua para ser nombrada.
Y aún así, todo estaba por romperse.
Las profecías se confundían. El Segundo Día del Trueno ya no era una línea recta. Las
visiones venían en fragmentos, como espejos rotos en el Vacío. Algunas cosas eran
claras: **Sotorii debía morir**. Su muerte no era una tragedia, sino un sacrificio
necesario, una puerta que debía cerrarse antes de que el Imperio entero se volviera un
espejo de la oscuridad de su sangre.
Ella había defendido a Sotorii en el pasado. Y no se arrepentía. En aquel momento,
había sido el **mal menor**. Lo había hecho por compasión, por mantener la estructura
del mundo. Pero ahora sabía que eso no bastaba. El Vacío le susurraba otra verdad:
incluso los errores honestos pueden abrir grietas por donde se cuela la mentira.
Porque la Oscuridad ya no venía con garras y fuego.
Venía disfrazada de soluciones. De órdenes convenientes. De nuevos clanes hechos con
promesas de equilibrio imposible. La Oscuridad era lo que llevó a su madre a
transformarse en algo que no era. Era lo que había tentado a su padre con el
conocimiento prohibido. Era lo que podía usar a Kaede… **como su próximo
instrumento**.
Porque Kaede era sangre de Ninube.
Porque Kaede era hija de Ujina, el Sin Nombre.
Porque, si no tenía cuidado, ella misma podría convertirse en el camino por el que el
Imperio se rompe en nombre de la unidad.
Y sin embargo… ¿qué opción tenía? ¿Quién podría distinguir la verdadera senda en
medio de tantas falsas? ¿Qué elección no estaba ya contaminada?
Entonces recordó las palabras de su padre, cuando el conejo Ubi yacía inmóvil entre sus
brazos de niña:
> “Tendrá que ser un hombre en verdad extraordinario el que esté a tu lado sin temer lo
que eres.”
¿Y si ese hombre no existía?
¿Y si nadie —ni siquiera Toturi, ni siquiera los Truenos— era lo bastante sabio?
El cielo tenía sus propias pruebas. Pruebas del alma. Pruebas que solo aquellos elegidos
por el Vacío podían atravesar sin romperse. Kaede comprendió lo que significaba: **las
pruebas que venían no eran para destruirlos… sino para revelarlos.**
Aquellos que las superaran se convertirían en Oráculos. Serían la voz de los elementos
cuando el mundo se quedara mudo.
Y si ella —Kaede— tenía la voluntad, la visión, y el control suficiente sobre el Vacío…
entonces quizás, solo quizás, el cielo esperaba que **ella misma se convirtiera en el
Oráculo del Vacío.**
Porque alguien debía guiar al Imperio más allá de la muerte de Sotorii.
Alguien debía discernir si el heredero que llevaba en su vientre Doji Shizue era
esperanza o ruina.
Alguien debía enfrentarse a la Oscuridad Mentirosa con una mirada sin deseo, sin ira,
sin ambición.
Y en ese instante, mientras el viento nocturno rozaba sus mejillas, Kaede comprendió la
última paradoja:
**Solo el Vacío puede ver la verdad. Pero solo el corazón puede decidir si seguirla… o
temerla.**
---
¿Y si ella no estaba destinada a detener a Fu Leng?
¿Y si su verdadero destino era enfrentarse a lo que vendría **después**?
¿Y si la Oscuridad… aún no había jugado su carta más peligrosa?