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La llegada de los españoles a México transformó la economía local, impulsando la minería y la agricultura, y estableciendo un sistema mercantilista que se vio afectado por guerras y crisis económicas. Entre 1932 y 1982, se implementaron reformas que llevaron a un crecimiento económico, aunque la desigualdad resultante contribuyó a la Revolución mexicana. A partir de 1986, se liberalizó la economía y se firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, marcando un cambio hacia el comercio global.

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La llegada de los españoles a México transformó la economía local, impulsando la minería y la agricultura, y estableciendo un sistema mercantilista que se vio afectado por guerras y crisis económicas. Entre 1932 y 1982, se implementaron reformas que llevaron a un crecimiento económico, aunque la desigualdad resultante contribuyó a la Revolución mexicana. A partir de 1986, se liberalizó la economía y se firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, marcando un cambio hacia el comercio global.

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ACTIVIDADES ECONÓMICAS DE LA NUEVA ESPAÑA

La llegada de los españoles a México supuso un cambio drástico en la vida económica de esta
área. Tras un periodo de guerras y epidemias, se activaron nuevos elementos que alteraron la
estructura económica, consecuencia de que se adaptaron nuevos cultivos, se inició la actividad
ganadera y se introdujeron nuevas tecnologías procedentes de Europa. La nueva economía
tuvo su fundamento en la minería y las subsiguientes exportaciones de minerales a Europa,
que ha sido definida como una combinación de una economía mercantilista -que se originó a
partir de la inserción de la zona en redes de relaciones globales- con una economía de
autoconsumo y de trueque.[1] Durante el periodo borbónico se vivió un cierto estancamiento
económico y la guerra de independencia agravó los problemas económicos, destruyendo parte
de la economía colonial mientras que la producción minera y ganadera quedó paralizada. Se
produjo una fuerte fuga de capitales al exterior y se redujeron las exportaciones.

En los inicios del siglo XX, los países latinoamericanos se esforzaban por consolidar un nuevo
capitalismo en el contexto de la crisis del mercado mundial.[2] En el periodo de 1932-1982, se
llevaron a cabo una serie de reformas liberales que trajeron mayor prosperidad que fue
acompañado de un crecimiento de la inversión extranjera. El producto interno bruto per cápita
se colocó a la par del de Argentina y Uruguay.[3] Sin embargo el mayor bienestar alcanzó a
muy pocos, constituyendo la base de la Revolución mexicana, el conflicto armado que
transformó la estructura política, económica, social y cultural del país durante el siglo XX.

Entre 1932 y 1982 la economía mexicana entra en un período denominado de “desarrollo


estabilizador” donde se sigue un modelo de Industrialización por sustitución de importaciones
(ISI), reforma agraria y nacionalización de las industrias petrolera y ferroviaria. En la década de
1970 la economía se comenzó a desacelerar por lo que el gobierno decidió aumentar el gasto
público lo que elevó el déficit. En 1982 se produce la “crisis de la deuda” por la cual se
suspendieron los pagos de la deuda externa, devaluó el peso mexicano y nacionalizó el sistema
bancario.

A partir de 1986, se liberaliza la economía, eliminando restricciones al comercio, desregulando


la industria, privatizando empresas estatales y reformando el sector financiero. En 1994 entró
en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte entre Estados Unidos, Canadá y
México.

MINERÍA

El descubrimiento de yacimientos de distintos minerales en el centro y norte del territorio,


desde Sonora hasta el sur de la provincia de México, permitió que gradualmente Nueva España
ocupara un lugar de privilegio, especialmente en la extracción de plata. El desarrollo de la
minería conllevó el progreso de actividades complementarias, que convirtieron a las regiones
del Bajío o los valles de México y Puebla en prósperas regiones agrícolas y de actividad
industrial incipiente. Durante el siglo XVI, alrededor del 75% de la producción de metales
preciosos se exportaba hacia Europa. Estos recursos constituyeron una de las principales
fuentes de riqueza para la corona, que se utilizaron en Europa para financiar gastos de Estado,
costes de guerras o para acuñar moneda circulante.
COMERCIÓ

La economía de la América colonial se estructuró en función de las necesidades del mercado


europeo, al servicio de la Corona Española. En su fase inicial, el comercio entre México y
España se limitó bastante a los metales preciosos, ya que los costes y tecnología del transporte
hacían inviable otro comercio a lo que hay que añadir la falta de demanda en Europa de los
productos americanos, por ser desconocidos en un principio o por su precio. Posteriormente
los territorios americanos enviaron a Europa oro, plata, cobre, diamantes, alimentos como el
azúcar, el cacao y tabaco, pieles de vaca y materias tintóreas y recibían de Europa sal, vino,
aceite, armas, paños, telas y artículos suntuarios, además de esclavos.

AGRICULTURA

Hacia 1565 la corona estableció las reglas para el cultivo de plantas europeas en América. El
trigo fue el principal cultivo de los españoles en el virreinato y tuvo su mayor auge en la zona
de Atlixco, Puebla. Los indígenas tenían menor posibilidad de contraer contratos agrícolas,
pero en sus tierras podían sembrar y cosechar maíz, frijol, cacao, maguey, agave y chile. La
caña de azúcar fue el cultivo más protegido por la corona, y a diferencia de otros, su
producción no estaba limitada a un grupo social y ello benefició a dueños de campo, cañeros,
ingenieros (dueños de ingenios), azucareros, molineros y trapiches

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