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REAS

El documento es una obra teatral titulada 'REAS', que se desarrolla en una prisión de mujeres y aborda temas de opresión, maternidad y la lucha por la libertad personal. A través de diálogos entre personajes como Yerma y Juan, se exploran las tensiones entre las expectativas sociales de género y los deseos individuales. La obra también incluye referencias a la vida en la prisión y la dinámica familiar, destacando la voz de las mujeres en su búsqueda de identidad y autonomía.

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REAS

El documento es una obra teatral titulada 'REAS', que se desarrolla en una prisión de mujeres y aborda temas de opresión, maternidad y la lucha por la libertad personal. A través de diálogos entre personajes como Yerma y Juan, se exploran las tensiones entre las expectativas sociales de género y los deseos individuales. La obra también incluye referencias a la vida en la prisión y la dinámica familiar, destacando la voz de las mujeres en su búsqueda de identidad y autonomía.

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REAS

Primera versión

Bogotá, Colombia
20 de septiembre de 2016

© Copyright 2016
Juan Sebastián López: juanzelopez@[Link] – Fabián Rico: fara0829@[Link]
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS Página |2

Obra basada en las historias y textos:


Yerma y Bodas de Sangre de Federico García Lorca

“A todas las actrices que han hecho de actrices, a todas las mujeres que
actúan, a los hombres que actúan y se convierten en mujeres, a todas las
personas que quieren ser madres. A mi MADRE.”
Pedro Almodóvar

pág. 2
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS Página |3

REAS
ESCENA 1.

Se abre el telón. En el escenario cajas de diferentes tamaños de color blanco


simulando la lavandería de una prisión de mujeres. Se escuchan sirenas, rejas que se
abren y se cierran. Luces intermitentes en el escenario. Entra la MADRE con
utensilios de lavado y aseo. MADRE entra y canta Carambantua enguayaba. Yerma
entra y canta. MADRE calla, hace un gesto de desaprobación, un silencio. Cantan las
dos.

ESCENA 2.

YERMA: ¿Te quedarás?


JUAN: He de cuidar el ganado. Tú sabes que esto es cosa del dueño.
YERMA: Lo sé muy bien. No lo repitas.
JUAN: Cada hombre tiene su vida.
YERMA: Y cada mujer la suya. No te pido yo que te quedes. Aquí tengo todo lo que
necesito. Tus hermanas me guardan bien. Pan tierno y requesón y cordero asado
como yo aquí, y pasto lleno de rocío tus ganados en el monte. Creo que puedes vivir
en paz.
JUAN: Para vivir en paz se necesita estar tranquilo.
YERMA: ¿Y tú no estás?
JUAN: No estoy.
YERMA: Desvía la intención.
JUAN: ¿Es que no conoces mi modo de ser? Las ovejas en el redil y las mujeres en su
casa. Tú sales demasiado. ¿No me has oído decir esto siempre?
YERMA: Justo. Las mujeres dentro de sus casas. Cuando las casas no son tumbas.
Cuando las sillas se rompen y las sábanas de hilo se gastan con el uso. Pero aquí, no.
Cada noche, cuando me acuesto, encuentro mi cama más nueva, más reluciente,
como si estuviera recién traída de la ciudad.
JUAN: Tú misma reconoces que llevo razón al quejarme. ¡Que tengo motivos para
estar alerta!
YERMA: Alerta ¿de qué? En nada te ofendo. Vivo sumisa a ti, y lo que sufro lo guardo
pegado a mis carnes. Y cada día que pase será peor. Vamos a callarnos. Yo sabré
llevar mi cruz como mejor pueda, pero no me preguntes nada. Si pudiera de pronto
volverme vieja y tuviera la boca como una flor machacada, te podría sonreír y
conllevar la vida contigo. Ahora, ahora, déjame con mis clavos.

pág. 3
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS Página |4

JUAN: Hablas de una manera que yo no te entiendo. No te privo de nada. Mando a


los pueblos vecinos por las cosas que te gustan. Yo tengo mis defectos, pero quiero
tener paz y sosiego contigo. Quiero dormir fuera y pensar que tú duermes también.
YERMA: Pero yo no duermo, yo no puedo dormir.
JUAN: ¿Es que te falta algo? Dime. (Pausa.) ¡Contesta!
YERMA: Sí, me falta.
JUAN: Siempre lo mismo. Hace ya más de cinco años. Yo casi lo estoy olvidando.
YERMA: Pero yo no soy tú. Los hombres tienen otra vida: los ganados, los árboles, las
conversaciones; y las mujeres no tenemos más que esta de la cría y el cuido de la
cría.
JUAN: Todo el mundo no es igual. ¿Por qué no te traes un hijo de tu hermano? Yo no
me opongo.
YERMA: No quiero cuidar hijos de otras. Me figuro que se me van a helar los brazos
de tenerlos.
JUAN: Con este achaque vives alocada, sin pensar en lo que debías, y te empeñas en
meter la cabeza por una roca.
YERMA: Roca que es una infamia que sea roca, porque debía ser un canasto de flores
y agua dulce.
JUAN: Estando a tu lado no se siente más que inquietud, desasosiego. En último caso
debes resignarte.
YERMA: Yo he venido a estas cuatro paredes para no resignarme. Cuando tenga la
cabeza atada con un pañuelo para que no se me abra la boca, y las manos bien
amarradas dentro del ataúd, en esa hora me habré resignado.
JUAN: Entonces, ¿qué quieres hacer?
YERMA: Quiero beber agua y no hay vaso ni agua; quiero subir al monte y no tengo
pies; quiero bordar mis enaguas y no encuentro los hilos.
JUAN: Lo que pasa es que no eres una mujer verdadera y buscas la ruina de un
hombre sin voluntad.
YERMA: Yo no sé quién soy. Déjame andar y desahogarme. En nada te he faltado.
JUAN: No me gusta que la gente me señale. Por eso quiero ver cerrada esa puerta y
cada persona en su casa.
YERMA: Hablar con la gente no es pecado.
JUAN: Pero puede parecerlo. Yo no tengo fuerzas para estas cosas. Cuando te den
conversación, cierras la boca y piensas que eres una mujer casada.
YERMA: ¡Casada!
JUAN: Y que las familias tienen honra y la honra es una carga que se lleva entre
todos. Pero que está oscura y débil en los mismos caños de la sangre. (Pausa)

pág. 4
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS Página |5

Perdóname. Aunque me miras de un modo que no debía decirte perdóname, sino


obligarte, encerrarte, porque para eso soy el marido.
YERMA: Te ruego que no hables. Deja quieta la cuestión. (Pausa)
JUAN: Vamos a comer. (Pausa.) ¿Me has oído?
YERMA: Come tú con tus hermanas. Yo no tengo hambre todavía.
JUAN: Lo que quieras.

ESCENA 3.

MUJER 1: Estos lugares deberían tener ventanales más grandes, así se sentiría menos
el ahogo.
MUJER 2: Novatas. Si no se están ahogando están llorando, pero a la final se
terminan acostumbrando.
MUJER 1: ¿Cuánto tiempo se demora en llegar la costumbre?
MUJER 2: Cuando se tiene cadena perpetua la costumbre llega después de que se
cierra la primera reja.
MUJER 1: Yo solo tengo que esperar a mi audiencia esta tarde, para que mis
abogados comprueben mi inocencia. Si quieres...
MUJER 2: Sí quiero, ¿qué? ... Por qué mejor no agarras este balde y el cepillo, no sea
que te llegue la inocencia y no hayas terminado de lavar el piso. Y que no quede ni
una mancha de agua, porque donde las cuñadas lleguen a ver una gota sin pulir te
agarran del pelo, te ponen a limpiar a lengüetazos y cuando llegue la inocencia te va
encontrar calva y sin lengua.
MUJER 1: Esto no es un castigo, esto es un atropello. Yo solo pedí un cambio de
sábanas y un baño decente. Ella no tenía por qué responderme así…
MUJER 2: Pues yo también hubiera respondido así, o peor. Además te saliste con la
tuya, ¿no querías sábanas limpias?, ahí tienes una lavadora llena de sábanas para
que las dejes bien limpias.
MUJER 1: Esto es injusto, deberían contratar una persona para que lave, limpie, ¿por
qué nosotras?
MUJER 2: Tienes razón, no entiendo en qué momento sucedió esto, qué pudo ser tan
grave para que te castigaran así. Ah, verdad. ¿Sabes qué le pasó a la última persona
que se metió con una de las cuñadas? Porque yo no, nunca volví a saber de ella, y
aun así solo te dieron una mísera mañana de castigo haciendo oficios generales. Así
que me da mucha pena con su majestad no haberle traído una mucama pero es que
linda, esto no es un Hilton, es una cárcel.

ESCENA 4.

pág. 5
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS Página |6

NOVIO: Me voy.
MADRE: ¿Adónde?
NOVIO: A la viña.
MADRE: Espera.
NOVIO: ¿Quieres algo?
MADRE: Hijo, el almuerzo.
NOVIO: Déjalo. Comeré uvas. Dame la navaja.
MADRE: ¿Para qué?
NOVIO: Para cortarlas.
MADRE: La navaja, la navaja... Malditas sean todas y el bribón que las inventó.
NOVIO: Vamos a otro asunto.
MADRE: Y las escopetas, y las pistolas, y el cuchillo más pequeño, y hasta las azadas y
los bieldos de la era.
NOVIO: Bueno.
MADRE: Todo lo que puede cortar el cuerpo de un hombre. Un hombre hermoso,
con su flor en la boca, que sale a las viñas o va a sus olivos propios, porque son de él,
heredados...
NOVIO: Calle usted.
MADRE: ... y ese hombre no vuelve. O si vuelve es para ponerle una palma encima o
un plato de sal gorda para que no se hinche. No sé cómo te atreves a llevar una
navaja en tu cuerpo, ni cómo yo dejo a la serpiente dentro del arcón.
NOVIO: ¿Está bueno ya?
MADRE: Cien años que yo viviera no hablaría de otra cosa. Primero, tu padre, que
me olía a clavel y lo disfruté tres años escasos. Luego, tu hermano. ¿Y es justo y
puede ser que una cosa pequeña como una pistola o una navaja pueda acabar con
un hombre, que es un toro? No callaría nunca. Pasan los meses y la desesperación
me pica en los ojos y hasta en las puntas del pelo.
NOVIO: ¿Vamos a acabar?
MADRE: No. No vamos a acabar. ¿Me puede alguien traer a tu padre y a tu
hermano? Y luego, el presidio. ¿Qué es el presidio? ¡Allí comen, allí fuman, allí tocan
los instrumentos! Mis muertos llenos de hierba, sin hablar, hechos polvo; dos
hombres que eran dos geranios... Los matadores, en presidio, frescos, viendo los
montes...
NOVIO: ¿Es que quiere usted que los mate?
MADRE: No... Si hablo, es porque... ¿Cómo no voy a hablar viéndote salir por esa
puerta? Es que no me gusta que lleves navaja. Es que.... que no quisiera que salieras
al campo.

pág. 6
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS Página |7

NOVIO: ¡Vamos!
MADRE: Que me gustaría que fueras una mujer. No te irías al arroyo ahora y
bordaríamos las dos cenefas y perritos de lana.
NOVIO: Madre, ¿y si yo la llevara conmigo a las viñas?
MADRE: ¿Qué hace en las viñas una vieja? ¿Me ibas a meter debajo de los
pámpanos?
NOVIO: Vieja, revieja, requetevieja.
MADRE: Tu padre sí que me llevaba. Eso es buena casta. Sangre. Tu abuelo dejó a un
hijo en cada esquina. Eso me gusta. Los hombres, hombres, el trigo, trigo.
NOVIO: ¿Y yo, Madre?
MADRE: ¿Tú, qué?
NOVIO: ¿Necesito decírselo otra vez?
MADRE: ¡Ah!
NOVIO: ¿Es que le parece mal?
MADRE: No
NOVIO: ¿Entonces...?
MADRE: No lo sé yo misma. Así, de pronto, siempre me sorprende. Yo sé que la
muchacha es buena. ¿Verdad que sí? Modosa. Trabajadora. Amasa su pan y cose sus
faldas, y siento, sin embargo, cuando la nombro, como si me dieran una pedrada en
la frente.
NOVIO: Tonterías.
MADRE: Más que tonterías. Es que me quedo sola. Ya no me queda más que tú, y
siento que te vayas.
NOVIO: Pero usted vendrá con nosotros.
MADRE: No. Yo no puedo dejar aquí solos a tu padre y a tu hermano. Tengo que ir
todas las mañanas, y si me voy es fácil que muera uno de los Félix, uno de la familia
de los matadores, y lo entierren al lado. ¡Y eso sí que no! ¡Ca! ¡Eso sí que no! Porque
con las uñas los desentierro y yo sola los machaco contra la tapia.
NOVIO: Vuelta otra vez.
MADRE: Perdóname. (Pausa) ¿Cuánto tiempo llevas en relaciones?
NOVIO: Tres años. Ya pude comprar la viña.
MADRE: Tres años. Ella tuvo un NOVIO, ¿no?
NOVIO: No sé. Creo que no. Las muchachas tienen que mirar con quien se casan.
MADRE: Sí. Yo no miré a nadie. Miré a tu padre, y cuando lo mataron miré a la pared
de enfrente. Una mujer con un hombre, y ya está.

ESCENA 5.

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Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS Página |8

Cantan Lavanderas.

MUJER 1: Y ¿qué pasó con ella?


MUJER 2: Lo cierto es que el marido se ha llevado vivir con él a sus dos hermanas.
MUJER 1: ¿Las solteras?
MUJER 2: Sí. Estaban encargadas de cuidar la iglesia. Yo no podría vivir con ellas
MUJER 1: ¿Por qué?
MUJER 2: Porque dan miedo. Son como esas hojas grandes que nacen de pronto
sobre los sepulcros. Están untadas con cera. Son metidas hacia adentro. Se me figura
que guisan su comida con el aceite de las lámparas.
MUJER 1: ¿Y están ya en la casa? ¿Pero se puede saber lo que ha ocurrido?
MUJER 2: Anteanoche, ella la pasó sentada en el tranco, a pesar del frío.
MUJER 1: Pero, ¿por qué?
MUJER 2: Le cuesta trabajo estar en su celda. Estas machorras son así: cuando
podían estar haciendo encajes o confituras de manzanas, les gusta subirse al tejado y
andar descalzas.
MUJER 1: ¿Quién eres tú para decir estas cosas? Ella no tiene hijos, pero no es por
culpa suya.
MUJER 2: Tiene hijos la que quiere tenerlos. Es que las regalonas, las flojas, las
endulzadas, no son a propósito para llevar el vientre arrugado. Y se echan polvos de
blancura y colorete y se prenden ramos de adelfa en busca de otro que no es su
marido. ¡No hay otra verdad!
MUJER 1: Pero ¿la habéis visto con otro?
MUJER 2: Yo no, pero las gentes sí.
MUJER 1: ¡Siempre las gentes!
MUJER 2: Dicen que en dos ocasiones.
MUJER 1: ¿Y qué hacían?
MUJER 2: Hablaban.
MUJER 1: Hablar no es pecado.
MUJER 2: Hay una cosa en el mundo que es la mirada. Mi MADRE lo decía. No es lo
mismo una mujer mirando a unas rosas que una mujer mirando a los muslos de un
hombre. Ella lo mira.
MUJER 1: ¿Pero a quién?
MUJER 2: A uno. ¿Lo oyes? Entérate tú. ¿Quieres que lo diga más alto? Y cuando no
lo mira, porque está sola, porque no lo tiene delante, lo lleva retratado en los ojos.
MUJER 1: ¡Eso es mentira!
MUJER 2: ¿Y el marido? El marido está como sordo. Parado como un lagarto puesto
al sol. Todo esto se arreglaría si tuvieran criaturas.

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Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS Página |9

MUJER 1: Todo esto son cuestiones de gente que no tiene conformidad con su sino.
Cada hora que transcurre aumenta el infierno. Las cuñadas, sin despegar los labios, y
nosotras blanqueando todo el día las paredes, fregando los pisos, limpiando los
baños. Pues, cuando más relumbra la vivienda, más arde por dentro. (Pausa) Él tiene
la culpa, él. Cuando un padre no da hijos debe cuidar de su mujer.
MUJER 2: La culpa es de ella, que tiene por lengua un pedernal.
MUJER 1: ¿Qué demonio se te ha metido entre los cabellos para que hables así?
MUJER 2: ¿Y quién ha dado licencia a tu boca para que me des consejos?
MUJER 1: ¡Callar! Con una aguja de hacer calceta ensartaría yo las lenguas
murmuradoras.
MUJER 2: ¡Calla!
MUJER 1: Y la tapa del pecho de las fingidas. Una cosa es querer con la cabeza y otra
cosa es que el cuerpo, maldito sea el cuerpo, no nos responda. Está escrito y no me
voy a poner a luchar a brazo partido con los mares. Ya está. ¡Que mi boca se quede
muda!
MUJER 2: Silencio. ¿No ves que por ahí vienen las cuñadas?

ESCENA 6. – COREOGRAFÍA 1.

MADRE: ¿Quién tiene un caballo ahora mismo, quién tiene un caballo? Que le daré
todo lo que tengo, mis ojos y hasta mi lengua… Al agua se tiran las honradas, las
limpias; ¡esa, no! Pero ya es mujer de mi hijo. Dos bandos. Aquí hay ya dos bandos.
Mi familia y la tuya. Salid todos de aquí. Limpiarse el polvo de los zapatos. Vamos a
ayudar a mi hijo. Porque tiene gente; que son: sus primos del mar y todos los que
llegan de tierra adentro. ¡Fuera de aquí! Por todos los caminos. Ha llegado otra vez la
hora de la sangre. Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío. ¡Atrás! ¡Atrás!

Cisne redondo en el río,


ojo de las catedrales,
alba fingida en las hojas
soy; ¡no podrán escaparse!
¿Quién se oculta? ¿Quién solloza
por la maleza del valle?
La luna deja un cuchillo
abandonado en el aire,
que siendo acecho de plomo
quiere ser dolor de sangre.
¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada

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Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS P á g i n a | 10

por paredes y cristales!


¡Abrid tejados y pechos
donde pueda calentarme!
¡Tengo frío! Mis cenizas
de soñolientos metales
buscan la cresta del fuego
por los montes y las calles.
Pero me lleva la nieve
sobre su espalda de jaspe,
y me anega, dura y fría,
el agua de los estanques.
Pues esta noche tendrán
mis mejillas roja sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¡No haya sombra ni emboscada.
que no puedan escaparse!
¡Que quiero entrar en un pecho
para poder calentarme!
¡Un corazón para mí!
¡Caliente!, que se derrame
por los montes de mi pecho;
dejadme entrar, ¡ay, dejadme!
No quiero sombras. Mis rayos
han de entrar en todas partes,
y haya en los troncos oscuros
un rumor de claridades,
para que esta noche tengan
mis mejillas dulce sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¿Quién se oculta? ¡Afuera digo!
¡No! ¡No podrán escaparse!
Yo haré lucir al caballo
una fiebre de diamante.

¿Ves este brazo? Pues no es mi brazo. Es el brazo de mi esposo y de mis hijos y el de


toda mi familia que está muerta. Y tiene tanto poderío, que puede arrancar este

pág. 10
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS P á g i n a | 11

árbol de raíz si quiere. Y vamos pronto, que siento los dientes de todos los míos
clavados aquí de una manera que se me hace imposible respirar tranquilo.

ESCENA 7.

MUJER 2: ¿Llevas mucho tiempo de casada?


MUJER 1: Tres años.
MUJER2: ¿Tienes hijos?
MUJER 1: No.
MUJER 2: ¡Bah! ¡Ya tendrás!
MUJER 1: ¿Usted lo cree?
MUJER 2: ¿Por qué no?
MUJER 1: Yo quisiera hacerle una pregunta.
MUJER 2: ¿A ver? Ya sé lo que me vas a decir. De estas cosas no se puede decir
palabra.
MUJER 1: ¿Por qué no? Me ha dado confianza el oírla hablar. Hace tiempo estoy
deseando tener conversación con mujer Vieja. Porque yo quiero enterarme. Sí. Usted
me dirá...
MUJER 2: ¿Qué?
MUJER 1: Lo que usted sabe. ¿Por qué estoy yo seca? ¿Me he de quedar en plena
vida para cuidar aves o poner cortinitas planchadas en mi ventanillo? No. Usted me
ha de decir lo que tengo que hacer, que yo haré lo que sea; aunque me mande
clavarme agujas en el sitio más débil de mis ojos.
MUJER 2: ¿Yo? Yo no sé nada. Yo me he puesto boca arriba y he comenzado a cantar.
Los hijos llegan como el agua. ¡Ay! ¿Quién puede decir que este cuerpo que tienes no
es hermoso? Pisas, y al fondo de la calle relincha el caballo. ¡Ay! Déjame, muchacha,
no me hagas hablar. Pienso muchas ideas que no quiero decir.
MUJER 1: ¿Por qué? Con mi marido no hablaba de otra cosa.
MUJER 2: Oye. ¿A ti te gusta tu marido?
MUJER 1: ¿Cómo?
MUJER 2: ¿Qué si lo quieres? ¿Si deseas estar con él?...
MUJER 1: No sé.
MUJER 2: ¿No tiemblas cuando se acerca a ti? ¿No te da así como un sueño cuando
acerca sus labios? Dime.
MUJER 1: No. No lo he sentido nunca.
MUJER 2: ¿Nunca? ¿Ni cuando has bailado?
MUJER 1: Quizá... Una vez... Víctor...
MUJER 2: Sigue.

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Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS P á g i n a | 12

MUJER 1: Me cogió de la cintura y no pude decirle nada porque no podía hablar.


Otra vez, el mismo Víctor, teniendo yo catorce años, me cogió en sus brazos para
saltar una acequia y me entró un temblor que me sonaron los dientes. Pero es que
yo he sido vergonzosa.
MUJER 2: ¿Y con tu marido?...
MUJER 1: Mi marido es otra cosa. Me lo dio mi padre y yo lo acepté. Con alegría. Ésta
es la pura verdad. Pues el primer día que me puse novia con él ya pensé... en los
hijos... Y me miraba en sus ojos. Sí, pero era para verme muy chica, muy manejable,
como si yo misma fuera hija mía.
MUJER 2: Todo lo contrario que yo. Quizá por eso no hayas parido a tiempo. Los
hombres tienen que gustar, muchacha. Han de deshacernos las trenzas y darnos de
beber agua en su misma boca. Así corre el mundo.
MUJER 1: El tuyo, que el mío, no. Yo pienso muchas cosas, muchas, y estoy segura
que las cosas que pienso las ha de realizar mi hijo. Yo me entregué a mi marido por
él, y me seguía entregando para ver si llega, pero nunca por divertirme.
MUJER 2: ¡Y resulta que estás vacía!
MUJER 1: No, vacía no, porque me fui llenando de odio. Dime, ¿tengo yo la culpa?
¿Es preciso buscar en el hombre el hombre nada más? Entonces, ¿qué vas a pensar
cuando te deja en la cama con los ojos tristes mirando al techo y da media vuelta y se
duerme? ¿He de quedarme pensando en él o en lo que puede salir relumbrando de
mi pecho? Yo no sé, pero dímelo tú, por caridad.
MUJER 2: ¡Ay qué flor abierta! ¡Qué criatura tan hermosa eres! Déjame. No me
hagas hablar más. No quiero hablarte más. Son asuntos de honra y yo no quemo la
honra de nadie. Tú sabrás. De todos modos, debías ser menos inocente.
MUJER 1: Las muchachas que se crían en el campo, como yo, tienen cerradas todas
las puertas. Todo se vuelven medias palabras, gestos, porque todas estas cosas dicen
que no se pueden saber. Y tú también, tú también te callas y te vas con aire de
doctora, sabiéndolo todo, pero negándolo a la que se muere de sed.
MUJER 2: A otra mujer serena yo le hablaría. A ti, no. Soy vieja y se lo que digo.
MUJER 1: Entonces, que Dios me ampare.
MUJER 2: Dios, no. A mí no me ha gustado nunca Dios. ¿Cuándo os vais a dar cuenta
de que no existe? Son los hombres los que te tienen que amparar.

ESCENA 8. - COREOGRAFÍA 2.

MUJER 1: Ya que no confías en Dios, confía que en algún hombre te ayude a salir de
acá, si quieres mis abogados podrían ayudarte.

pág. 12
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS P á g i n a | 13

MUJER 2: Si el dolor que llevo dentro fuera prueba suficiente para salir de acá, no lo
sería para demostrar mi inocencia. Porque al poner un pie en la calle ese mismo
dolor me obligaría a acabar con uno a uno de los Félix.

MADRE: ¿Qué sangre van a tener los Félix? La de toda su familia. Mana de su
bisabuelo, que empezó matando, y sigue en toda la mala ralea, manejadores de
cuchillos y gente de falsa sonrisa.

Me duele hasta la punta de las venas. En la frente de todos ellos yo no veo más que
la mano con que mataron a lo que era mío. ¿Tú me ves a mí? ¿No te parezco loca?
Pues es loca de no haber gritado todo lo que mi pecho necesita. Tengo en mi pecho
un grito siempre puesto de pie a quien tengo que castigar y meter entre los mantos.
Pero me llevan a los muertos y hay que callar. Luego la gente critica.

Cuando sale la conversación, tengo que hablar. Y hoy más.

Por eso es tan terrible ver la sangre de una derramada por el suelo. Una fuente que
corre un minuto y a nosotros nos ha costado años. Cuando yo llegué a ver a mi hijo,
estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé las manos de sangre y me las lamí con
la lengua. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso. En una custodia de cristal y
topacios pondría yo la tierra empapada por ella.

¿No hay nadie aquí? Debía contestarme mi hijo. Pero mi hijo es ya un brazado de
flores secas. Mi hijo es ya una voz oscura detrás de los montes. ¿Te quieres callar?
No quiero llantos. Vuestras lágrimas son lágrimas de los ojos nada más, y las mías
vendrán cuando yo esté sola, de las plantas de los pies, de mis raíces, y serán más
ardientes que la sangre.

Aquí. Aquí quiero estar. Y tranquila. Ya todos están muertos. A medianoche dormiré,
dormiré sin que ya me aterren la escopeta o el cuchillo. Otras madres se asomarán a
las ventanas, azotadas por la lluvia, para ver el rostro de sus hijos. Yo, no. Yo haré
con mi sueño una fría paloma de marfil que lleve camelias de escarcha sobre el
camposanto. Pero no; camposanto, no, camposanto, no; lecho de tierra, cama que
los cobija y que los mece por el cielo. Quítate las manos de la cara. Hemos de pasar
días terribles. No quiero ver a nadie. La tierra y yo. Mi llanto y yo. Y estas cuatro
paredes.

ESCENA 9.

pág. 13
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS P á g i n a | 14

YERMA: ¿Estabas ahí?


JUAN: Estaba.
YERMA: ¿Acechando?
JUAN: Acechando.
YERMA: ¿Y has oído?
JUAN: Sí.
YERMA: ¿Y qué? Déjame y vete a los cantos.
JUAN: También es hora de que yo hable.
YERMA: ¡Habla!
JUAN: Y que me queje.
YERMA: ¿Con qué motivo?
JUAN: Que tengo el amargor en la garganta.
YERMA: Y yo en los huesos.
JUAN: Ha llegado el último minuto de resistir este continuo lamento por cosas
oscuras, fuera de la vida, por cosas que están en el aire.
YERMA: ¿Fuera de la vida dices? ¿En el aire dices?
JUAN: Por cosas que no han pasado y ni tú ni yo dirigimos.
YERMA: ¡Sigue! ¡Sigue!
JUAN: Por cosas que a mí no me importan. ¿Lo oyes? Que a mí no me importan. Ya
es necesario que te lo diga. A mí me importa lo que tengo entre las manos. Lo que
veo por mis ojos.
YERMA: Así, así. Eso es lo que yo quería oír de tus labios. No se siente la verdad
cuando está dentro de una misma, pero ¡qué grande y cómo grita cuando se pone
fuera y levanta los brazos! ¡No le importa! ¡Ya lo he oído!
JUAN: Piensa que tenía que pasar así. Óyeme. Muchas mujeres serían felices de
llevar tu vida. Sin hijos es la vida más dulce. Yo soy feliz no teniéndolos. No tenemos
culpa ninguna.
YERMA: ¿Y qué buscabas en mí?
JUAN: A ti misma.
YERMA: ¡Eso! Buscabas la casa, la tranquilidad y una mujer. Pero nada más. ¿Es
verdad lo que digo?
JUAN: Es verdad. Como todos.
YERMA: ¿Y lo demás? ¿Y tú hijo?
JUAN: ¡No oyes que no me importa! ¡No me preguntes más! ¡Que te lo tengo que
gritar al oído para que lo sepas, a ver si de una vez vives ya tranquila!
YERMA: ¿Y nunca has pensado en él cuando me has visto desearlo?
JUAN: Nunca.

pág. 14
Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS P á g i n a | 15

YERMA: ¿Y no podré esperarlo?


JUAN: No.
YERMA: ¿Ni tú?
JUAN: Ni yo tampoco. ¡Resígnate!
YERMA: ¡Marchita!
JUAN: Y a vivir en paz. Uno y otro, con suavidad, con agrado. ¡Abrázame!
YERMA: ¿Qué buscas?
JUAN: A ti te busco. Con la luna estás hermosa
YERMA: Me buscas como cuando te quieres comer una paloma.
JUAN: Bésame... así.
YERMA: Eso nunca. Nunca. Marchita, marchita, pero segura. Ahora sí que lo sé de
cierto. Y sola. Voy a descansar sin despertarme sobresaltada, para ver si la sangre me
anuncia otra sangre nueva. Con el cuerpo seco para siempre. ¿Qué queréis saber? No
os acerquéis, porque he matado a mi hijo. ¡Yo misma he matado a mi hijo!

ESCENA 10. - COREOGRAFÍA 3.

Cantan Bullarengue para un Ángel

MUJER 1: Y lo abrí.
Mujer 2: Pero cómo, con qué, es decir…
Mujer 1: Con el cuchillo de la cocina mujer. Año tras año no hice más que cocinar
todo el día, todos los días para soportar mi encierro. El cuchillo era parte de mí, de
mi cuerpo. Él llegó y todo olía lavanda, a pino, olía a… a limpio a lo que siempre olía
la casa. Se sentó y me miro. Él siempre me hablaba con la mirada, me callaba con la
mirada, me sentaba con la mirada, todo con la mirada. Y esta vez me miro como
cuando has dejado comida en una olla y la has guardado y la has olvidado y después
de uno o dos meses la abres. Y está llena de hongos, gusanos y no sabes qué hacer
con ella, como lavarla o botarla, te da asco y finalmente decides taparla, guardarla y
dejarla ahí a ver si algo pasa con ella. Me miro con asco y resignación. Algo dijo, pero
no lo alcancé a escuchar, el sonido de la olla a presión y no me dejaba escuchar nada.
Empezó a oler a animal cocido. Empecé a sudar y me olí, olía a ajos, a apio, a jabón a
cloro, olía a trapo de limpiar mesón. Y él seguía hablando y no lo escuchaba, no
lograba escucharlo. Pero leía en sus labios marchita. Cuantas veces he escuchado esa
palabra, marchita, seca, árida, desierta. Y entonces empezó a oler a quemado y ni el
pino ni la lavanda eran competencia para ese fuerte olor a quemado. Y ese olor me
estaba ahogando, me cortaba la respiración y me fijé que las ventanas eran muy

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Juan Sebastián López – Fabián Rico REAS P á g i n a | 16

pequeñas para esa habitación. Y el solo pataleaba y golpeaba la mesa como un niño
exigiendo su comida y yo quería escucharlo pero el ruido de la olla no me dejaba
escuchar pero el solo gritaba y no sabía que ruido me ensordecía más, así que me le
acerque y tome su cabeza como cunado uno quiere abrir un coco y lo estrelle contra
la mesa de un solo movimiento y en seco. Su cabeza reboto dos veces y lo vi ahí
quieto, indefenso, con sus ojos callados. Y dije salgamos de la duda. Entonces
desocupe la mesa, lo desvestí, lo amarré y le hice una pequeña ranurita, intenté
mirar por ahí pero no veía nada. Entonces tuve que meter estos dos dedos y rasgar,
rasgar. Y no había terminado de rasgar cuando él despertó, quizá por el dolor, y
empezó a chillar como un marrano cuando lo están matando. Usted sabe ¿cómo
hace un marrano cuando lo están matando? Así. Empezó a moverse y salía mucha
sangre, chispeaba, salían chorros de sangre. Lo miré a los ojos y ya no eran los de él.
Ya no daban órdenes, ya suplicaba y eso me conmovió. Mi abuela me echaba ojos de
vaca al chocolate para que fuera más nutritivo, un día lo olvidó y el chocolate se secó
y en el fondo de la olla quedaron los ojos de vaca arrugados, secos y quemados.
Entonces busqué en se rio de sangre y encontré sus testículos, parecían los ojos de
vaca del chocolate de mi abuela.

Sentí alivio, yo no estaba marchita, él estaba seco. Lo besé en la frente y me fui y tres
días después me trajeron acá.

MUJER 2: Los hijos cuestan. Ser madre es muy difícil, pero no poder serlo… Una
madre hace lo que sea por sus hijos, desde antes que nazcan e incluso después de
que mueren. ¿Y qué dirás en la audiencia?

MUJER 1: La verdad. Que la costumbre llega cuando se cierra la primera reja. Tu


¿qué dirías?

MUJER 2: Una mujer con un hombre, y ya está.

FIN.

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