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Argemi Raul-Retrato de Familia Con Muerta

La novela 'Retrato de familia con muerta' de Raúl Argemí sigue a Juan Manuel Galván, un juez obsesionado con resolver el asesinato de una mujer de la alta sociedad argentina, cuya muerte está rodeada de misterio y complicaciones. A medida que Galván se adentra en la investigación, se enfrenta a la red de relaciones y secretos que rodean a la víctima, lo que lo lleva a cuestionar su propia moralidad y los límites de la ley. Ganadora del Premio Internacional de Novela Negra L’H Confidencial en 2008, la obra explora la complejidad de la justicia y la búsqueda de la verdad.

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Argemi Raul-Retrato de Familia Con Muerta

La novela 'Retrato de familia con muerta' de Raúl Argemí sigue a Juan Manuel Galván, un juez obsesionado con resolver el asesinato de una mujer de la alta sociedad argentina, cuya muerte está rodeada de misterio y complicaciones. A medida que Galván se adentra en la investigación, se enfrenta a la red de relaciones y secretos que rodean a la víctima, lo que lo lleva a cuestionar su propia moralidad y los límites de la ley. Ganadora del Premio Internacional de Novela Negra L’H Confidencial en 2008, la obra explora la complejidad de la justicia y la búsqueda de la verdad.

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El asesinato sin resolver de una mujer de la alta sociedad argentina persigue

a Juan Manuel Galván, juez en activo. La violencia con que es asesinada y la


falta de un móvil claro lo mantienen en vilo. Tanto que su curiosidad
profesional para que los culpables sean descubiertos y castigados deviene
en una peligrosa obsesión.
En torno a la muerta y su asesinato va tejiéndose una red que, lejos de
aclarar los hechos, la complica todavía más. Su familia, sus amistades, la
fundación para la ayuda a los niños necesitados que preside, todo lo que la
rodeaba se convierte en una inmensa trampa que la lleva a esa muerte
indigna y patética.
Con esta novela, en 2008 Raúl Argemí se convirtió en el ganador del Premio
Internacional de Novela Negra L’H Confidencial, en su segunda edición.

[Link] - Página 2
Raúl Argemí

Retrato de familia con muerta


ePub r1.0
Titivillus 18-02-2018

[Link] - Página 3
Título original: Retrato de familia con muerta
Raúl Argemí, 2008

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

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1
Ella: la muerta

Me llamo Juan Manuel Galván, y soy juez. En activo. He hecho el proceso de


muchos, pasando desde la convicción más cerrada hasta la aceptación de que las
cosas son como son, y no se pueden cambiar. Solo que, de tanto en tanto, una chispa
de rebeldía, de inconformidad, aparece para estropear un camino de rutinas hacia la
nada.
Fue un 28 de octubre cuando soñé con ella. Imposible olvidar la fecha, y su cara.
Sonriéndome, y con el mismo gesto de la mano con que unos días antes Mariela, mi
hija, le contaba a todo el mundo cuántos años cumplía. Cuatro dedos regordetes,
Mariela. Cuatro dedos afilados tal vez por las sombras, la muerta.
Sonreía con esa cara un poco boba, que yo conozco tanto; desde la primera vez
que tuve conciencia de que ese reflejo en los espejos era yo mismo. Una cara un poco
boba; de retrasado, de idiota.
Me miraba con los ojos dolidos del que no entiende, del que llega siempre un
poco tarde a la comprensión de los hechos más sencillos.
Mariela no tiene esa cara, y doy gracias a Dios.
Ella sí. Tal vez porque cumplía sus primeros cuatro años como muerta y aún ni
ella ni nadie sabía quién había sido su asesino. Me equivoco. Ella sabe, y el dolor de
su mirada es porque los otros, los que miran con viveza, siguen ensuciando el juego.
La vi con tanta claridad que de pronto estaba tan despierto como si nunca en la
vida hubiera necesitado dormir. Como si hubiera recibido un mandato que no podía
rechazar, porque si lo hacía, nunca más volvería a dormir sin que ella volviera a
mostrarme sus dedos y su sonrisa de simple.
Todavía estuve unos minutos horizontal, preguntándome qué era aquello. Por qué
la muerta recurría a mí, que había dejado de seguir esa causa hacía tiempo, cuando a
pesar de mi cara me nombraron juez.
Me había quedado dormido en el sofá de mi despacho, donde muchas veces
trabajo toda la noche, sin volver a casa. Muchos dicen que soy un empecinado, que
soy despiadadamente ambicioso, que muerdo como un perro de pelea; y es cierto.
Cuando uno tiene cara de tonto, de lento, y no lo es, no puede dar ventajas. No quiere
dar ventajas.
Está bien, ella no miraba así por las mismas razones que yo. A mí, cuando era un
recién nacido, se me cruzó un algo sobre lo que los médicos nunca se pusieron de
acuerdo, y desde entonces arrastro un poco la pierna izquierda. Unos días más, otros
menos. El brazo izquierdo también se me suele declarar en huelga en los momentos
más incómodos, pero ya estoy acostumbrado. El presagio de que la parálisis de medio

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cuerpo me haría un inútil para siempre no se cumplió. No del todo. Pero me dejó la
cara afilada, y a veces un arrastre al hablar, y esa mirada de tonto dolido que no
puedo evitar, ni aunque pudiera hacer un pacto con el diablo.
Es cierto, muchas veces fue una ventaja. Cuando llegué a secretario judicial y
debía interrogar a los procesados llevaba las de ganar. Ellos se relajaban, y sus
mentiras se hacían fáciles; predecibles. Nunca se me escapaban. Pero en otros
terrenos todo era contra. No era fiable, no parecía inteligente, no imponía, y en la
justicia, entre los que mandan, parecer es lo que cuenta.
Por eso tenía que morder como un perro. O nunca llegaría a ninguna parte.
¿Por qué estoy contando esto? ¿Para que me tengan lástima? Error. Pienso más
rápido que la mayoría, pienso con rabia, con furia domada por años de sentirme
desvalorizado. Puedo morder hasta sacar sangre, si es necesario. Y casi siempre es
necesario.
La verdad es que ya me había olvidado de la muerta. Era un episodio del pasado.
Pero ella se me apareció en ese sueño para compartir su cuarto cumpleaños en el
limbo de los asesinados sin asesino. Y me vi en sus ojos desconcertados.
Es verdad, eso ya me había llamado la atención cuando fui parte de una de las
investigaciones más enredadas, confusas y sórdidas que puedo recordar.
Por aquellos días pude ver una serie de fotos que la mostraban jugando al tenis,
en fiestas familiares, estrenando una bicicleta de un infantil color de rosa, pocas veces
sola, casi siempre con alguno de sus asesinos en las cercanías. Y también estaban los
tapes de la televisión. Cuando ella se transformó en una figura pública un poco
desconcertante, y la llevaban a los programas de entrevistas para la hora de la siesta.
Ya se sabe, un vendedor de helados que recibe mensajes extraterrestres cuando
duerme, la inventora del yoga que adelgaza veinte kilos en tres semanas, el político
joven que sonríe constantemente, como si en ello le fuera la vida; la vieja actriz que
aparenta hablar de otra cosa, pero lo que quiere es lucir sus tetas nuevas.
Tenía esa mirada. De simple. En algunos sitios al tonto del pueblo, al niño o al
hombre retardado, no se lo llama tonto o tarado, se le tiene piedad, se lo llama
«simple», como si los otros fueran demasiado complejos.
Y ella, la muerta, tenía esa mirada, de simple.
Seguramente la misma sorprendida mirada con que recibió los seis tiros que
terminaron con su vida.
En ese mes de octubre, con el olor de la primavera entrando por las ventanas,
junto al perfume ácido y ruidoso de los coches que cruzaban la noche, me di cuenta
de que no sabía quién era ella. Que nunca me había preguntado quién había sido la
muerta, antes de ser eso, un cadáver plantado en el centro de una investigación
procesal.
Y me sentí deudor. ¿De quién? De mí mismo, que no había sabido reconocer mi
mirada en sus ojos. ¿Ocultaba también un secreto?
Entonces tomé la decisión de violar un poco la ley. Cualquiera de mis profesores

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de derecho penal diría que la ley se respeta o se viola. Que como las mujeres, no se
puede estar «un poco» embarazada; o está o no lo está. Pero yo ya soy perro viejo. Y
no tengo necesidad de decir tonterías.
Por eso me propuse violar las normas «un poco», y aventurarme sin permiso en
los registros informáticos que vinculan los juzgados. Se supone que eso no se puede
hacer, porque la técnica lo impide, y no se debe hacer porque la ética otro tanto. Pero
yo sé que se puede. Y lo hago.
Si no hubiera tenido esta cara que tengo, mi mujer habría sospechado que mis
prolongadas ausencias ocultaban una amante. No lo hizo, o tal vez sí lo hizo, en todo
caso se equivocó a medias. Porque noche tras noche me recluía en el despacho,
cuando no salía de fantasma a invadir despachos ajenos, para encontrarme con mi
amante, la muerta. Necesitaba saber quién había sido.
Otro seguramente se hubiera conformado con buscar el caso en Internet, y en las
bases de datos judiciales, pero para mí no era suficiente. Necesitaba saber cómo
habían construido, las miradas de los otros, la vida y la muerte de esa mujer.
—¡Pirandello ataca otra vez! —hubiera dicho el Ritter, con ese tono burlón,
irónico, que adoptó para siempre cuando íbamos a la secundaria.
Ritter tenía razón, porque el escritor italiano decía que somos la suma de las
miradas de quienes nos ven. Y yo necesitaba sumar los ojos que convergían sobre la
muerta, para saber quién era.
A Ritter todavía no le había llegado el turno, pero ya era seguro que tendría que
apelar a él para enterarme de lo que yo no podía saber de ninguna manera. Ritter era
muchas personas, y también mis ojos en el lado oscuro de la Luna.
Con el tono burlón del Ritter en el oído, arrastré mi pierna hasta el escritorio,
encendí la pantalla y entré en los archivos a lo bestia, sin preguntarme si me estaba
permitido.
Para construirla. Para saber cómo era. Quería entender su mirada.
Lo confieso. Por primera vez en mi vida me sentí libre. No tenía la obligación de
juzgar a nadie. No tenía que cumplir rituales, ni plazos, ni formalidades. Estaba
violando las normas que me tocaba defender, y saberme un delincuente me hacía
libre.
No era una bestia de juzgado, era un cazador. Y mi presa una mujer muerta que
miraba de cierta manera. El rastro eran los otros. Los que estuvieron allí, rondando su
cadáver.

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2
Vivir al sol
(Bucólicos paisajes)

Domingo de sol que se encapota a ratos, en mitad de la primavera. Desde el amanecer


amenaza con lluvia, pero los nubarrones pasaron, y volvieron, y otra vez el sol. Por la
mañana, cuando casi todos dormían cayó un chaparrón de muestra gratis, como para
que las plantas estrenen ropa limpia.
Pasó la corta lluvia y el cielo se quedó en medio nublado, con el sol jugando a las
escondidas y la humedad a tope. Se transpira, y mucho, cuando hace calor en esta
región argentina llamada «pampa húmeda». Pero tiene algo bueno, como todo, en el
country Los Reyunos hay mucho mucho verde.
Verde y silencio. Lo último es una regla de oro. Para eso los chalés están
suficientemente separados unos de otros, por unos cuantos metros y por barreras de
arbustos altos, macizos con flores, árboles y setos que protegen la intimidad, al
tiempo que mantienen la ilusión de que no hay nada que ocultar.
El ruido, aunque nadie lo llamaría ruido, se concentra en la zona reservada para
los deportes. En las inmediaciones de la piscina grande y de la pequeña, donde en
pocos días van a chapotear los niños. Sobre el verde y la arena del campo de golf de
diez hoyos, y sobre el rojo polvo de ladrillo de las canchas de tenis, el sol brilla como
si no tuviera que responder a otras reglas que las de esa isla, no tan alejada de los
millones de habitantes de Buenos Aires.
Una isla a la que no es fácil acceder, ni siquiera como visita. Una isla, el country,
que no tiene playa ni arrecifes que separen la tierra del océano, sino una alambrada,
alta, con puestos de vigilancia en cada una de las puntas del pentágono que la
conforma y, como los castillos medievales, un solo pórtico de entrada. Como los
castillos: barrera y guardia armada.
Pasado el mediodía el nublado se cierra. Juegan River y Boca, con lo que muchos
estarán pegados al televisor hasta que termine el partido. Solo los «raros» y algunos
jóvenes rompen esa casi ceremonia. En los segundos se entiende: la soledad y los
refugios vegetales son un impulso para la carne.
Pasan en bicicleta, de dos o de tres, y se cruzan con el coche que patrulla las
calles internas. Un coche gris, con el escudo amarillo que los hombres, también de
gris, muestran en el pecho.
Las bicicletas y las risas cómplices se alejan raudas, los dos «vigiladores»
avanzan despacio, fumando, mientras que la radio, muy baja, trasmite el River-Boca.
Es un lugar agradable el country Los Reyunos. Tiene que serlo. Para eso está.
Agradable y caro. Cualquiera puede comprobarlo con una mirada en torno. Con un
repaso a tanto césped, a los tablones de flores que bordean las calles, a los pinos,

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plátanos, casuarinas. Mucho verde, que contrasta, de eso se trata, con las flores de las
Santa Rita de color lila, rojo, morado, y los techos de tejas de los chalés que se
levantan como al descuido, mestizos de todos los estilos.
Hasta las vallas de hierro y alambre tejido que rodean el country están pintadas de
un verde pálido y seco, como para no molestar a los ojos. Porque Los Reyunos tiene
eso: es agradable, es caro y es seguro.
Sin embargo, con este sol caprichoso y en domingo, va a morir una mujer, y muy
pocos lo saben.

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3
Los inocentes

Estaban todos allí, mirándose los unos a los otros, midiendo hasta dónde podían
confiar en quien tenían en frente.
Todos saben la única verdad universal: solo hay una manera de contar con la
fidelidad incondicional, el compromiso. Todas las manos en la misma mierda: o el
secreto se romperá por el punto más débil, el que esté menos comprometido.
Allí estaban:
Arturo Oso Ferrasanes, el marido de la muerta.
Abel Lito Pérez García, el hermano.
Susana Lucrecia Susy Hornos, la masajista de la muerta.
Graciela Chiquita de Cooningan, la amiga.
Ernesto Bonanova, el amigo del Oso. El que puso el televisor y la cerveza para
ver River y Boca.
Y la muerta, la mayor de los Pérez García.
Allí están todos, la flor y nata de los inocentes, reunidos para ver qué hacen con la
muerta. La muerta que espera, indiferente al odio que le dedican, tirada en el suelo, a
medias en el baño.
Arturo Ferrasanes, apodado el Oso, que desde el primer momento les ha mostrado
cuál es el camino, los observa uno por uno. Y los ojos, las miradas, ya no pueden huir
hacia cualquier parte. Se cruzan y se observan como bestias acorraladas.
Cada uno sopesa cuánta mierda enmugra al otro, y comienzan a sentirse en el
mismo barco. Ya no hay lugar para los desertores. El miedo, la ansiedad, las pastillas
y la cocaína que comenzaron a consumir hace varias horas para sostenerse limpiaron
de elegancias superfluas el miedo de las bestias.
Abel Lito Pérez García siempre lo supo, su hermana los iba a meter en problemas.
Con los años esa veta idiota que tenía desde chica se fue convirtiendo en otra cosa,
imprecisa, a veces moralista, a veces tan confiable como un tonel de dinamita
expuesto a un sol de fuego.
Lito no estuvo nunca de acuerdo con que su cuñado metiera a la muerta en el
negocio de los mejicanos. Pero el Oso decía que la tenía controlada. Mierda
controlada. Hasta que hubo que matarla. Ahora hay que apagar el fuego, antes de que
el incendio se lleve todo al demonio.
Las dos mujeres del grupo miran con ojos secos y saben, tal vez por primera vez
en su vida, que no hay diferencia entre hombres y mujeres. Que la violencia y la
muerte borran toda diferencia.
Chiquita Cooningan se apoya en la pared, un poco retrasada del resto, como si

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quisiera preservar cierta distancia. Nadie imaginaba que pudiera ser tan dura. Ella sí
lo sabía. No está dispuesta a perder nada de lo que ha conseguido. Nada. Y menos por
los errores de una idiota muerta.
La otra mujer aún se pregunta cómo llegó hasta allí, pero, con un golpe de
ansiedad que la marea, admite que solamente puede huir hacia delante. La otra mujer,
Susana Lucrecia Hornos, la Susy, es masajista y participa del mundo de los otros solo
periféricamente. Eso lo sabe. Complace a las señoras aburridas de Los Reyunos y
otros sitios similares. Le ha costado mucho llegar hasta allí, estrechar vínculos desde
su sitial de sirviente privilegiado, de oído presto a las confidencias. No siempre sus
clientas se conforman con maniobras contra la celulitis, los glúteos que se caen, o los
pechos que han perdido la forma con que ellas sueñan. A veces cierran los ojos,
simulan que duermen, y el juego ya es otro; del que luego no se habla. Mínimos
secretos que, indirectamente van a la cuenta bancaria y trabajan un reconocimiento
entre los que pueden lo que ella no puede.
Solo que esta vez es distinto. Fue distinto desde el primer momento, cuando
Ferrasanes dijo:
—Susy, vas a hacer lo que yo te diga, y no te vas a arrepentir nunca.
La muerta los miraba desde el suelo, entre el baño y el dormitorio.
Ella no podía hablar, tenía una bola en la garganta, al borde de salir gritando, pero
el Oso fue más rápido. Sacó la chequera, escribió una suma, firmó y se lo puso en la
mano.
—Esto es el comienzo. Acá se juega más plata de la que te imaginás. Y los
dueños de la plata no joden ¿me entendés? Vos elegís: o mucha plata o te hacen
matar.
Miró la cifra escrita en ese pedazo de papel, reconoció el banco que lo emitía y se
dijo que, después, podía decir que tuvo miedo, que cumplió con lo que le dijeron.
Pero al instante se dio cuenta de que lo estaba haciendo mal. Que se metía en un
lío que no sabía cómo podía terminar, por un papelito que tal vez nunca podría
presentar en caja sin que la llevaran a la cárcel.
—No acepto cheques —dijo, como si toda la vida hubiera negociado en
situaciones como esa.
El Oso la miró asombrado. El Oso cambió tres veces de gesto, de la risa a la furia:
—Hija de puta —dijo y entró en el dormitorio a la carrera.
A la vuelta le puso en la mano dos o tres paquetes de dólares atados con tiras de
goma.
—Esto es lo que tengo a mano. El resto te lo debo para dentro de un rato —dijo, y
dio unos pasos al costado para usar su teléfono.
—Nene… necesito guita urgente, cash, dólares claro, no sé, no me jodas, cuando
estés acá te explico cómo viene la cosa. Hay que untar a mucha gente. Estos hijos de
puta son todos «vivos», no te aceptan Visa. ¡Que Quique reviente la alcancía y
llamalo al Inglés…! Está bien, dejámelo a mí.

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Corta y vuelve a llamar:
—¿Quique? ¿Estás con El Inglés? Necesito cash y mucho. Arreglalo con el
Chapulín y no me vengas con boludeces. El Inglés tiene llegada con Chapulín, que lo
haga o nos vamos todos a la mierda. ¿Sos boludo vos? ¡No hablés más pelotudeces
por teléfono y llama a Lito para que no manden a la policía! ¿Cómo «qué Lito»? Mi
cuñado, quien va a ser, dejá, dejá que lo llamo yo. ¡Ahora solo falta que se borren,
hijos de puta!
Por tonta, porque tendría que haberse dado cuenta, hizo la pregunta y Ferrasanes
se detuvo un momento a medirla antes de contestar:
—Ya lo ves. Tropezó en la bañera y se mató con el golpe. Vos sabés que ella era
muy torpe, Susy. ¿Verdad que lo sabes, Susy?
No alcanzó a contestar porque escuchó los pasos subiendo la escalera, y recibió la
orden:
—Andate abajo y esperá a que te llame, tengo que hablar con el médico.
Se ha hecho de noche. Es tarde. Durante horas la gente fue y vino de un lado para
otro, y ella hizo lo que le mandaron: Susy limpiá el baño; Susy tirá a la basura esas
toallas sucias; Susy… Susy… Susy. Y todo el tiempo la muerta donde está ahora, en
el suelo, a medias entre el dormitorio y el baño. ¿Qué esperan?
Claro, se da cuenta ahora, el que faltaba llegar es el médico que vino con la
ambulancia. El mismo que le pidió que limpiara con varias toallas toda la sangre que
encharcaba el baño.
—¿Y tu marido, va a venir o no? —dice Ferrasanes.
—No, no va a venir —contesta Chiquita Cooningan—. Se desmaya por cualquier
cosa, y ya hizo bastante.
Lito Pérez García hace una mueca, como de risa:
—Pobre Inglés, mirá vos qué sensible resultó el tipo. Mientras no piense que
puede borrarse…
—Dejámelo a mí —responde Chiquita y cierra la boca con candado, porque hay
pasos en la escalera.
Llegan los dos que faltaban. Juan Raúl Latelier, el médico de la ambulancia, que
se tiene que haber metido muchas pastillas para estar tan tranquilo, y Enrique Quique
Beltrán, el otro amigo, o socio, del Oso.
—Tuve que llenar un montón de papeles —se explica el médico, para justificar su
tardanza—. Lo de siempre y un poco más, me estoy jugando la carrera.
—Por mí te podés jugar el culo si querés —gruñe Ernesto Bonanova, el que hasta
ahora permaneció mudo—. Te dimos un buen paquete para que hagas lo que se te
dice.
—¡A mí nadie me habla en ese tono! —se engalla Latelier.
—Y acá nadie grita… —susurra Lito, provocando un vacío de temor y silencio.
Es lo que tiene el menor de los Pérez García, el hermano de la muerta, una veta
cerrada y filosa que siembra miedo. Tal vez porque se dice que estuvo íntimamente

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relacionado con los grupos de tareas de la dictadura de Videla, o con los servicios, los
amigos que le dieron puerta a ganar dinero con mucha mugre. O tal vez nació así, con
esa capacidad de parecer que está al margen, en otra parte, pero como una espada que
cuelga sobre las cabezas.
—Hace un rato me llamó el de la funeraria, querían venir con los velones y todo
el «aparataje», pero le dije que no —dice Quique Beltrán, como para aflojar la
tensión—. Que la vamos a velar en familia, y mañana por la mañana pueden meterla
en el cajón.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunta alguien.
—Hasta mañana —precisa otro.
Entonces Arturo Ferrasanes se vuelve hacia el médico y dice lo que todos
esperan:
—Mi mujer es ahora cosa tuya. La tenemos que velar, porque si no todo sería
demasiado sospechoso, pero hay que arreglarla. Hay que cambiarle la ropa y sacarle
toda esa sangre. Hacé lo que quieras, pero enseguida porque no tenemos tiempo.
Tenemos que velarla, los vecinos…
Y entonces lo inesperado. El médico que da un paso atrás y se niega.
—¡De ninguna manera! Este es un lío en el que no me tendría que haber metido
ni por todo el oro del mundo, pero a mí ustedes no me joden. Yo no vuelvo a tocarla.
Lito fue el que reaccionó primero:
—Que sean las mujeres las que la preparen.
Soy juez, y sé, por mi experiencia de cada día, cuáles son los crímenes más
difíciles de poner en descubierto: los crímenes de los «inocentes».
Bonita palabra para describir a los hijos del demonio, los inocentes. Alguna vez
los llamé los «no profesionales», pero luego me di cuenta de que eso era como un
chiste. Un mal chiste. ¿Cómo llamarlos entonces?
Solo hay dos clases de personas que violan las reglas de lo permitido. Los que
hacen de eso un modo de vida y los circunstanciales.
Los primeros miden cada paso porque el castigo es inexorable, y a la medida de
los hechos. Los delincuentes habituales, ladrones de oficio y homicidas si no pueden
evitarlo, saben que son parte de una danza con reglas muy claras: un paso adelante,
un paso atrás… y vuelta a comenzar. Hoy gano, mañana pierdo y vuelta a comenzar.
La música está escrita desde el inicio de los tiempos, y no cambia.
Los segundos están dispuestos a saltarse hasta la última barrera si es necesario,
porque sienten que lo que les sucede es injusto, que no tendría que haberles pasado a
ellos, que son inocentes víctimas de la fatalidad. Que por un golpe de mala suerte su
vida está por irse al infierno, y no están dispuestos a que eso suceda. Harán lo que
nunca se atrevieron a imaginar para evitarlo.
Para los de oficio, la mala suerte suele ser un idiota hijo del cine, que tomó cuatro
clases de kárate, que resiste cuando no debiera; y un balazo que se lleva una vida por
delante. Y más tarde o más temprano: la cárcel, o la muerte en el último

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enfrentamiento con la policía.
La danza tiene reglas muy claras. No hay ignorantes de sus leyes, no hay
inocentes.
Una danza que comienza y recomienza ciento y una veces, hasta un final abrupto.
Un juego de jugadores solitarios. Cada uno para sí. Cada uno en contra de todos,
aunque de tanto en tanto haya asociaciones pasajeras.
Jugadores solitarios que, un día, cuando lo vean necesario, negociarán lo que
saben.
Por ejemplo, cuando caigan por un hecho duro, pesado y los torturen.
[Nunca o casi nunca se usa esta palabra, «tortura», porque si no la nombramos, no
existe. Pero yo, en esta historia que quiero ver hasta sus últimas consecuencias no
debo mentirme, no quiero disfrazarme de juez. Quiero nombrar a las cosas por su
nombre. Tortura] Allí, en ese fin del mundo donde se juega lo que al protagonista le
queda de vida, surge la posibilidad de negociar.
Si me sacan de este caso, si me aligeran, si dejan de torturarme, tengo algo que
dar a cambio. Sé quien estuvo en aquella muerte no resuelta.
Y así los crímenes se aclaran, tarde o temprano, porque uno que tiene mucho que
perder abre la boca y cuenta.
Luego, los medios, la radio, la televisión o lo que sea, repetirán como loros
concientes de ser loros que, tras una larga investigación, la paciencia policial fue
premiada, y se ha detenido a los culpables del homicidio no esclarecido de…
Solo es cierto lo de la paciencia. Hay que esperar. Si en el juego hubo
profesionales, tarde o temprano alguno de ellos necesitará negociar.
Con los «inocentes» eso nunca sucede.
¿Quiénes son?
Por ejemplo. Imagine una fiesta. Un grupo de constructores de puentes, o de
autopistas, que acuerda un negocio millonario, pero a todas luces turbio, con
funcionarios y con políticos metidos en el chanchullo. Saben lo que saben y prefieren
ignorar o hacer que no saben lo que es mejor no saber. El dinero negro de México, de
Colombia ¿de Europa?, financia el juego grande y pone el capital que compra
voluntades.
El acuerdo merece una fiesta, en fin, lo que es habitual, lo que se estila y espera: y
allá va la banda de los asociados —constructores, políticos, funcionarios y mafiosos
— a una correría por los burdeles con todos los gastos pagos. A un show privado de
porno extremo y algo —por qué no, si después de dos días de cocaína a pleno
siempre se está dispuesto a algo más fuerte— algo de «sado». Porno, prostitución y
sadismo por canilla libre. Todo pago. ¿Quién se resiste?
Solo que a uno, albañil venido a más, funcionario o político, se le va la mano. Tal
vez no fue el que más colocado estaba. Tal vez fue el que menos se lo esperaba. Pero
se la va la mano, y una mujer, o un travesti o un puto de alquiler muere.
El cuerpo del muerto o muerta, que da lo mismo, puede terminar en un basural a

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kilómetros de allí, o en el fondo del río, del mar, de una mina abandonada.
Todos estaban en la cosa, y nunca dejarán de estarlo, por eso ninguno abrirá la
boca. Todos tienen mucho que perder: su mujer, sus hijos, su poder, sus negocios, su
carrera política.
Y si, algunos días más tarde, cuando aún no pueden dormir pensando que los
putos, los travesti o las mujeres de alquiler terminarán por delatarlos, se enteran de
una nueva muerte que los acalla, sabrán. Sabrán que los del dinero negro les están
cuidando las espaldas. Pero sabrán también que sus espaldas ya no les pertenecen.
Que solo un cerrado pacto de silencio puede evitar que sus vidas se derrumben para
siempre. Porque no son culpables, porque solo querían divertirse un rato, mientras
que el primero, el segundo y tal vez un tercer muerto, si es necesario, alcanzarán a los
delincuentes, a los que se prostituyen, no a ellos, que son inocentes.
Todos lo sabemos. La paciencia nada tiene que hacer en estos casos. Cuanto más
pase el tiempo, más cerrado será el silencio. Los inocentes no negocian entregando el
pasado, porque su pasado es peor que cualquier presente.
Se endurecen y callan. Se endurecen y, si hay que dar un paso más, lo darán.
¿Qué otra cosa podrían hacer? ¿Delatarse? ¿Ser repudiados por sus hijos? ¿Aceptar
que los meten en la cárcel?
Los inocentes.

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4
Delete

Borrado.
Uno por uno borraré, después de leerlos, todos los archivos que Juan Manuel
produjo en estos días. Sé que no me lo perdonará, al menos en lo inmediato; pero no
se me ocurre nada mejor. Esperaré a que llegue el día en que me llame, después de la
media noche, para decir algo como: ¿Qué pasa, Ritter, te olvidaste de los amigos?
Si tuviera alguna duda, solo tendría que volver la vista y verlo, tendido en el sofá,
con el brazo izquierdo en esa posición de niño feto que toma cuando duerme, y
seguiría adelante.
Juan Manuel es lo más cercano a un hermano que tuve nunca. Mi hermana, mayor
para colmo, en estas cosas de la amistad es un caso aparte; no cuenta.
Estos días, casi una semana de encierro, fue creciendo su obsesión hasta
transformarse en amor por una mujer muerta, y de alguna manera retornó al
desvalimiento de la primera infancia. Un niño viejo, dolido de ser como es, con la
barba crecida.
Hace dos días me dijo que, por un comentario que le habían hecho, sospechaba
que habían detectado su incursión en documentos y archivos en los que no debiera
meter la nariz. Algo fácil de comprobar si uno sabe cómo hacerlo. O si, como en mi
caso, quien sabe cómo hacerlo nos debe favores. Era cierto. En algún recóndito lugar
de la red judicial, una araña había descubierto sus pasos, y acechaba.
Juan Manuel es imposible, parece vasco por lo cabeza dura. Se lo dije pero no me
hizo caso. Con el marido de la muerta sentado en el banquillo, acusado de homicidio,
los radares marchan a toda vela. Ojos y orejas abiertos de par en par. ¿Qué otra cosa
podía suceder cuando la defensa siembra piedras y minas «cazahombres» por donde
pasa, y daría lo que sea por saber qué cartas se guarda en la manga el fiscal? Todos
bucean y piratean, y en el medio de los tiburones y las barracudas, como un imbécil
enamorado, mi amigo Charquito que roba retratos de la muerta.
Está claro que, si no lo aparto a tiempo, se va a quedar sin cabeza. Hay una larga
fila de hijos de puta que quieren su puesto, y lo crucificarían con mucho gusto. Tal
vez les cueste un poco de trabajo, pero… Está claro, va a perder su puesto como juez;
el sueño de toda su vida. ¿Sobreviviría a eso? Tengo mis dudas. Y no quiero llevar su
fin sobre mi conciencia.
Durante estas alucinadas noches le he hecho compañía. Aportándole información
de canales que no están a su mano, y para vigilarlo. ¿Por qué? Porque una noche traje
una botella y luego él mismo lo pidió. Él, que desde la borrachera que pescamos
juntos al terminar el bachillerato, no bebía nada, ni siquiera vino. Algo, todo,

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comenzaba a andar mal en su cabeza.
Siempre fue un empecinado, un obsesivo, pero con la muerte o los muertos no
hay que jugar, y mucho menos enamorarse.
Tengo toda la noche por delante. Juan Manuel sucumbió a la mezcla de cansancio
y alcohol cuando propuse el segundo o tercer brindis por lo que fuera. Fue cayendo
de costado como si lo hubieran hachado por la base. Como, me gustaría creerlo, si se
durmiera para darme la oportunidad de terminar con esta historia que no puede acabar
bien.
Borraré uno por uno todos sus archivos, todos sus rastros. Pero primero veré
cómo fue su aproximación, su cambio de fanático del orden y las leyes al que ahora
duerme enroscado en ese sillón.
Me doy cuenta, porque lo he visto cambiar, que al principio se ató a los informes,
al escueto, elemental lenguaje de los juzgados, pero luego se permitió pensar por su
cuenta, imaginar, construir los hechos tal como sucedieron. Atento solamente a la
música secreta que pone orden en el caos. Y la decisión de saber se transformó en
otra cosa. En algo muy parecido a una posesión, si alguien tiene el mal gusto de creer
en demonios ajenos a la normalidad de los humanos.

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5
El chofer que no debía llegar
(De los archivos robados)

Dice que no sabe o no recuerda quién llamó al servicio de urgencias Atlántica


pidiendo un médico y una ambulancia.
Que tiene que haber sido alguien de Los Reyunos, el country donde sucedieron
los hechos, porque los telefonistas comprueban la llamada para no ser víctimas de los
bromistas.
Que llegaron con la idea de que alguien se había golpeado en la cabeza al resbalar
en la bañera y podía estar grave.
Que es cierto, a veces la gente lo confunde y lo llama «doctor», y que lo que sabe
lo sabe porque ha hecho cursos, y por la práctica. Al servicio de Atlántica lleva dos
años, pero antes trabajó en urgencias de dos hospitales.
«Uno se acostumbra a ver gente jodida de todas clases, y ayuda como puede.
Llevo años en esto y le juro que he salvado a más de uno. Pero esa vez no se podía
hacer nada».
Carlos Damián Álvarez, conocido habitualmente como Cacho, declara que al
subir al piso superior ya había un enfermero arrodillado junto a la mujer. Que tenía
una caja de medicamentos abierta y que el suelo estaba sembrado de ampollas,
algunas rotas como si se las hubieran inyectado.
Que la que estaba en el suelo era una persona del sexo femenino, y que el cuerpo
estaba cruzado en la misma puerta del baño, con la cabeza y la parte superior adentro.
También dice que junto a la cabeza de la mujer estaba un médico de Urgentis. Y
aclara que Urgentis hace lo mismo que la empresa para la que trabaja, atiende casos
de urgencia, como accidentes, por ejemplo.
Y que el médico les hizo un gesto con la cabeza, como de «no hay nada que
hacer», y que parecía haber estado tratando de reanimarla.
¿Cómo estaba vestida?
Con ropa deportiva. Una remera y un pantalón de joggins haciendo juego con la
parte superior, de manga larga. Del color no está seguro. Había poca luz.
En realidad él no podía hacer nada. Es chofer y casi enfermero. Pero el doctor
Raiman tampoco pudo hacer nada, porque tuvo la sensación de que nadie los quería
allí. Más, querían que se fueran lo antes posible.
[Alberto Raiman, 32 años, especializado en traumatología, confirmará los dichos
del chofer, señalando que Cacho tienen una gran experiencia] Invitado a continuar
con su relato, Carlos Damián Álvarez, Cacho, señaló su sorpresa cuando el médico de
Urgentis le pidió a Raiman que lo ayudara a trasladar el cadáver.
Pero antes de eso llegó una mujer, que se presentó como «la masajista de la

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señora». Y que, entonces, el médico de Urgentis le pidió si podía por favor limpiar el
baño, porque había mucha sangre y no quería que la familia se impresionase al ver
ese cuadro.
«No, nunca había visto algo igual. La masajista, bueno, la señora que decía que
era masajista agarró una toalla, la mojó y empezó a limpiar la sangre».
A lo que el médico de Urgentis le dijo que así no, y le dio un par de guantes de
látex, para que siguiera limpiando la sangre.
«Lo lamento, pero solamente recuerdo que la llamaban Susy».
Había mucha sangre. Un gran charco entre la mujer y la bañera, y también en la
bañera, y en los azulejos de las paredes.
Entonces el médico de Urgentis le pasó una toalla mojada por la cara, a la muerta,
y le pidió a él y al doctor Raiman que lo ayudaran a llevarla hasta su cama.
«Le dije que no. Que eso no se podía hacer. Que dejaran todo como estaba y
llamaran a la policía. [Duda] No sé qué le contestó Raiman, pero seguro que le dijo lo
mismo, porque el de Urgentis dijo: ¿Les parece? ¿Tanto lío por un accidente?».
El chofer refiere que en ese momento hubo cierta tensión entre los dos médicos,
su jefe el doctor Raiman y el otro, el que había llegado primero y quería llevar el
cadáver a la cama.
Que entonces los dos médicos comenzaron a hablar en términos técnicos, que él
entiende pero le cuesta repetir sin equivocarse, y miraron de cerca la cabeza de la
mujer.
Raiman le movió el pelo a la mujer, para ver el cráneo y está seguro de que, a la
vista, había por lo menos tres agujeros junto a la oreja.
«Mire… uno se puede caer con mucha mala suerte, y pegarse con los grifos, las
manijas y hasta con la ducha; pero no sé cómo podría hacer para tener tres agujeros
detrás de la oreja. No puedo decirle más, yo soy chofer ¿me entiende?».
Mientras el doctor Alberto Raiman, médico de Atlántica, hablaba en voz baja con
su igual de Urgentis, el testigo cuenta que la mujer que limpiaba a toda prisa el baño
le contó cómo había llegado hasta allí.
La «masajista» dijo que iba todos los domingos, «después que la señora hacía
deportes». Que cuando llegó a la casa el marido de la señora bajaba la escalera y le
dijo que ella había tenido un accidente en el baño, por lo que subió y al verla en el
suelo le hizo «masajes cardíacos», y que la mujer estaba en la posición en que él la
encontró, es decir a medias dentro del baño.
Y que la «masajista» casi había terminado de limpiar la sangre de las paredes
azulejadas del baño cuando llegó un hombre que se presentó como el marido de la
occisa; que se puso a hablar con los dos médicos, pero que no sabe de qué hablaron
porque se mantuvo a la distancia.
«El doctor Raiman preguntó quién le iba a firmar la planilla del servicio. Es una
rutina. Y dudaron un poco pero lo mandaron a la planta baja y allí le firmó otra mujer,
que estaba abajo, en el living».

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Luego, preguntado por los nombres de unos y otros, asegura que no los supo en el
momento, pero que cuando comenzó la investigación no pudo menos que preguntar.
Que el hombre que llegó y habló con los médicos era «el señor Arturo Ferrasanes, el
marido de la muerta» y la firmante del acta de servicio una señora «de apellido
Cunigan, o algo así».
No tengo dudas. Cacho es un testigo fiable. Tiene experiencia. Sabe de qué habla.
No quiso complicarse en algo tan evidente como el ocultamiento de un homicidio.
Pero está ocultando algo, o detalles o una opinión. ¿Tal vez la complicidad de su jefe,
Alberto Raiman? O, sencillamente, no quiere problemas con gente que tiene mucho
poder. El sitio donde se produjo el asesinato puede intimidar a cualquiera, incluyendo
a la policía y a los jueces. Los Reyunos es un «barrio cerrado», y los barrios cerrados,
los «country» o como quieran llamarse, son geografías donde se puede jugar con
reglas propias.

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6
Una punta y tres agujeros
(De los archivos robados)

La muerte se extendió pronto como una mancha de sangre que no seca. Es lo que
suele suceder.
Los guardias de la seguridad tenían mucho que hablar, y también los vecinos. Tal
vez, si esto fuera una investigación con el obligado orden de una serie televisiva, el
testimonio del doctor Alberto Raiman debería completar el de su chofer a cargo de la
ambulancia de Atlántica.
Pero muchas veces los ojos ajenos ven detalles que se nos escapan. Como el
primer vecino de Los Reyunos que pudo ver a la muerta.
Amado Peralta es estudiante de medicina, y eso le da una mirada con otro filo.
Amado Peralta fue parte del grupo que vio el partido en casa de Ernesto
Bonanova, con Quique Beltrán y Arturo Ferrasanes.
Ante el juez de instrucción declaró que fue Chiquita Cooningan quien le pidió
ayuda para su amiga, que había tenido un accidente en la bañera y se había golpeado
muy fuerte. Con ella entraron a la casa de la muerta, donde, al subir al primer piso la
encontró en el suelo, donde la masajista trataba de reanimarla.
«No, no tenía pulso, pero el cuerpo estaba tibio. Por eso le hice respiración boca a
boca, un par de minutos».
Fue en ese momento en que llegaron dos médicos o «paramédicos» con una
ambulancia y comenzaron a hacerle masajes cardíacos, al tiempo que le daban aire.
«Todo sin moverla del lugar. Tenía medio cuerpo fuera del baño y estaba vestida.
Los médicos usaron adrenalina, cargaron el desfibrilador y le dieron… pero nada».
En su narración de los hechos hay dos detalles reveladores: Que por lo que pudo
ver le inyectaron dos o tres ampollas de adrenalina y suero. Y que él no revisó el
cuerpo, pero que los médicos que llegaron después tampoco lo hicieron.
¿Miente el chofer de la segunda ambulancia cuando dice que el suelo estaba
sembrado de ampollas de reanimantes rotas? ¿Por qué no revisaron el cuerpo? ¿Ya
sabían la verdad de lo sucedido? ¿Estaban haciendo «teatro»?
Amado Peralta es estudiante de medicina. Recordar ese dato es importante.
Él vio que la mujer tenía un poco de sangre en la cabeza, sin poder precisar de
dónde provenía, pero que en el baño había mucha sangre.
Que la bañera estaba llena de agua con sangre. Que había más manchas en el
suelo y que, junto al inodoro, había otra mancha, pero de sangre coagulada.
«Eso me llamó la atención. No era reciente. Era sangre espesa y coagulada».
El testigo Amado Peralta, conmocionado, se retiró a su domicilio, también en Los
Reyunos, pero retornó algo después con un familiar.

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Relata entonces que había más médicos y una segunda ambulancia, y que
hablaban entre ellos y que se acercó a preguntar qué era lo que tenía la señora y
«cómo había sido el golpe». A lo que uno de los médicos respondió que había tenido
«un traumatismo de cráneo, con fractura y pérdida de masa encefálica».
Amado Peralta asegura que se sorprendió, pero confirmaron el diagnóstico
agregando que tenía tres agujeros en la cabeza: «Me dijeron que se lo pudo haber
hecho con el intercambiador de agua».
Entonces Peralta fue al baño y le llamó la atención que el intercambiador de agua
tenía punta, pero una sola, por lo que volvió a preguntarse cómo pudo hacerse tres
agujeros.
En ese momento la masajista estaba limpiando con un trapo la sangre del baño.
Cuando se le preguntó si conocía a la víctima con anterioridad dijo: «Sí, pero no
mucho. Siempre me había parecido una mujer como cualquiera, pero desde que
empezó con La Fundación y salía dos por tres en la “tele” [sic] me pareció como
distinta, como si ya no fuera la misma».
¿Por qué? «No sé, será porque nunca le había escuchado nada parecido. Se había
vuelto un poco fanática, me parece. Yo no soy comunista, pero tengo mis ideas, y ella
no era de los que se preocupan por los pobres. Cuando uno va hacia Los Reyunos se
encuentra en cada cruce a chicos pidiendo. Es algo de todos los días. Sonaba un poco
raro que a ella, con la edad que tenía, le hubiera dado de golpe por la beneficencia».

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7
El médico ciego
(De los archivos robados)

«Estaba ciego, pensando en el dolor de la familia», asegura Juan Raúl Latelier,


médico a cargo de la ambulancia de Urgentis, que atendió en primer término a la
muerta.
«Pensando en el dolor de la familia hice limpiar la sangre del baño, y en ningún
momento oculté lo que estaba haciendo, porque pensaba que si había chicos, no
vieran la sangre».
También asegura que nunca se le pasó por la cabeza que lo que había sucedido era
un homicidio, y no un accidente. Al contrario, que lo había «acongojado darse cuenta
de que una persona tan joven y sana [se refiere a la muerta] había fallecido de una
forma tan tonta».
Lo que sucedió, aclara, es que cuando le pasaron el servicio los encargados de
Urgentis, le dijeron que la accidentada había reaccionado luego del desmayo, y que
por eso le «efectuó maniobras de resucitación cardiopulmonar durante unos 20
minutos».
Preguntado puntualmente, Juan Raúl Latelier dice que ni por un momento «se le
pasó por la cabeza que le hubieran pegado cinco tiros».

***

Ya, a él podrían haberle pegado cinco tiros, y no se hubiera enterado. El cretino tal
vez se recibió de médico en un curso por correspondencia, del que se le perdieron la
mitad de las cartas, porque es imposible que no advirtiera los agujeros en la cabeza.
Hasta yo, una rata de tribunales las hubiera visto.
Me gusta la palabra «cretino», señala tanto al idiota congénito como al hijo de
puta que actúa con un desconocimiento tal de las normas de la decencia que parece
ignorarlas de nacimiento.
No es de extrañar. Nunca un «inocente» se hace cargo de los hechos, hasta que
tiene la soga al cuello y comienza a repartir culpas.
«Fue una situación muy estresante, estaba muy estresado, pensando en los chicos
de esa familia. Si se mandan [si entran] al baño y ven toda esa sangre, ¡lo que les
queda después en la cabeza! [la cabeza de los niños]. Yo tengo tres hijos chicos, y no
quiero pensar el daño, ante eso, si me pasara, como médico o como lo que sea me
abatataría [intimidaría, perdería el control] en una situación como esa. Por eso no
pensé en la lógica que podía haber entre las manchas de sangre junto al inodoro, y la
bañera y el agua. Me dijeron que había sido un accidente».

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El médico, cretino, argumenta en su favor que nada indicaba en el country que
sucediera algo como un asesinato y que no vio «manchas de sangre en las paredes» o
«cosas dantescas», como para pensar que no era un accidente.
Subraya que, en su informe para Urgentis apuntó la pérdida de masa encefálica,
pero que no pensó en cosas raras porque no se le ocurriría ocultar un hecho como el
de referencia, y agrega: «Hasta hoy mismo me arrepiento de no desconfiar de la
gente».
Luego agregará que nunca le ofrecieron dinero. Que si lo hubieran hecho, hubiera
sido lo mejor que le podía pasar «para salir de mi ceguera».
«Tendría que ser muy idiota para tratar de ocultar algo así, bajo ningún motivo lo
haría…».
Da algunos detalles técnicos acerca de la cantidad de adrenalina, y otras
aplicaciones que practicaron con la muerta, admitiendo que la paciente estaba
mojada. Y que había visto sangre con agua mezcladas en la bañera y un charco de
sangre entre el bidé y el inodoro, de casi medio metro de ancho.
Enfrentado con la imposibilidad de pasar por alto los orificios en la cabeza de la
muerta dice que sí, que vio cuando la limpió con una toalla, el agujero en la sien. Que
entonces fue a mirar los grifos de la ducha y que el intercambiador de agua coincidía
con el diámetro del orificio en la sien. Lo que determinó que no dudara del accidente.
Por último, confrontado con la declaración del doctor Alberto Raiman, que llegó
con el servicio de urgencias de Atlántica, quien advirtió los orificios y le sugirió dar
parte a la policía, dice: «Yo le dije, qué muerte tan estúpida, cómo se puede perder así
de pronto un ser querido de una manera tan tonta. Pensaba en la familia…».
Comienza a repartir culpas: [Para Susana Lucrecia Susy Hornos] —«La mujer
que me ayudó, me dijeron que era la masajista, fue la que me contó que el marido la
había encontrado adentro de la bañera. Y que había tenido un accidente ella misma
[sin intervención de nadie]. Ella me dice que el marido la había sacado de la misma
[la bañera] y que ella le había hecho masajes al corazón y entonces a ella [la muerta]
le salió espuma por la boca [¿¿??]. Entonces yo interpreté [deduje] que se había
golpeado y se había ahogado».
Sigue repartiendo: [Para Enrique Quique Beltrán, el alto; Arturo Ferrasanes, el
bajo] —«Sí, fueron dos hombres que me pidieron el certificado de defunción. Los dos
con canas en la cabeza, uno alto y el otro más bajo, pero los dos un poco gordos y les
dije que no estaba autorizado; que no puedo hacerlo. Pero cuando me iba alguien dijo
que lo podían conseguir, que no me hiciera problemas».
Y sigue repartiendo: [Para Alberto Raiman, médico de Atlántica] —«Él me dijo,
como un comentario, dejá que estos tienen guita y arreglan todo. No recuerdo por qué
me lo dijo, si estaba cuando me pidieron el certificado de defunción. Bueno, sí, estaba
presente, en el mismo lugar, en el dormitorio, y no sé si a él no le pidieron también el
certificado. Pero no debe ser. Si lo pensó… no hizo nada. Porque el que está acá soy
yo, el procesado soy yo, y él no está…».

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8
Ella: no puedo verla

Aún no puedo verla. Todavía es algo de ropa que cubre el bulto de su cuerpo. Tal vez
me lo impide que tanta, tanta gente circule a su alrededor, como si lo importante no
fuera ella.
Si no estuviera muerta, si su sangre no hubiera teñido el agua de la bañera y
coagulado en el suelo del baño, podría ser un muerto de utilería. Me extraña que no la
hayan maltratado aún más.
Ahora, al meter la nariz y algo más en los registros puedo sumar datos sin
importancia. Ella tenía 50 años, y su marido 57 o 58, da igual.
Alberto Raiman, el médico de urgencias de Atlántica lo dice: Eran las 19:30 de
ese día de octubre cuando lo despacharon en un servicio «amarillo» [urgencia]
porque una mujer de 50 años había sufrido un traumatismo de miembro inferior.
Y agrega que cuando llegaron a Los Reyunos la guardia de seguridad no los dejó
entrar. Pero que cuando el empleado de la puerta se comunicó con la casa, y allí
supieron que ellos llevaban oxígeno, les abrieron la puerta y que personal de
seguridad los escoltó hasta la casa.
Agrega entonces —Raiman es muy cuidadoso en su declaración— que lo
recibieron «supuestos familiares», informándole que la paciente ya estaba muerta, por
un paro cardíaco. Pese a eso, ordenó a su chofer, Carlos Damián Álvarez, a quien
suele llamar Cacho, como lo hace todo el mundo, que bajara todo el equipo de
reanimación.
Reconstruyo, porque repetir los datos que ya tengo no es repetir, ayuda a pensar.
Al llegar, ya estaba allí la ambulancia de Urgentis. En la planta superior, en el
vano de la puerta que comunicaba el dormitorio con el baño, el cuerpo tendido de la
mujer.
Los dos de Urgentis, la atendían, y en el suelo había muchas ampollas de
adrenalina, y otros medicamentos que se usan frecuentemente en esos procedimientos
de emergencia.
Entonces reparó en que la mujer no estaba «entubada», como exige el protocolo
de reanimación, que no la estaban monitoreando y que la posición del cuerpo no era
la normal a esa situación. Pero que el médico de la otra ambulancia dijo que habían
intentado todo, durante media hora, y que la respuesta había sido negativa. Que la
mujer ya estaba muerta cuando ellos llegaron.

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9
El lado oscuro de la Luna

La muerta tenía familia y amigos. ¿Dónde estaban cuando sucedía esto?


Ritter, mis ojos en la cara oscura de la Luna, podía ser una ayuda.
Marqué el teléfono y dejé el mensaje en su contestador. Casi siempre él está muy
cerca, y atiende o no según quien llama.
No tardó mucho en sonar mi teléfono.
Rompió el fuego diciendo:
—Son las cuatro de la mañana, Juan Manuel. ¿Te parece hora para llamar a una
casa decente?
—Ritter, el día en que seas decente el mundo se viene abajo.
—No, si… los amigos están para hablar bien de uno.
—Necesito algo de información, Ritter.
—Algo de información… ¿Qué querés saber?
Se lo dije, y preguntó:
—¿Es por algún caso que estés llevando?
—Puramente personal…
—¡Ah…! —dijo con sorna, antes de colgar—. Pirandello ataca otra vez… No te
preocupes Charquito, dame un par de horas y seguro que te cuento algo. Yo te
llamo…
Charquito… hacía tantos años que me tomó por sorpresa. Totalmente.
Caminaba por uno de los pasillos de tribunales cuando escuché una voz que decía
doctor, me permite, y enseguida el abrazo y el: «¡Cuánto tiempo sin verte,
Charquito!», dicho en voz lo suficientemente baja como para que quedara entre
nosotros.
Jorge Gustavo Ritter aguardaba el llamado del juez junto a su abogado. Le habían
iniciado un juicio por difamación, que no lo preocupaba demasiado; a esas alturas era
un profesional en esa clase de juicios.
A Ritter lo conocí el primer día de clase, el primer día de escuela. Y no se si fue
en ese primer día, o en el segundo, que los nervios y la vergüenza que me daba ir a un
baño que no fuera el de mi casa, hicieron que me meara encima. Que se me escurriera
pantalón abajo, haciendo un pequeño charco a mis pies.
No recuerdo nada más terrible. Yo llegaba con un año de atraso a la escuela,
porque mi madre decía que no sobreviviría. Y cuando sentí que desbordaba, que ya
no podía aguantar, la vergüenza me paralizó de tal manera que no pude hacer ninguna
otra cosa que cerrar los ojos. Y escuchar como se reían a mi alrededor.
Supongo que el apelativo me lo puso Ritter, porque ya era más rápido de cabeza

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que nadie. También porque luego, cuando los días llenos de novedades del primer
grado forzaron el olvido, él lo convirtió en un retruque cariñoso, pero contundente,
para los momentos en que yo me ponía especialmente lloriqueante. Cuando apelaba a
mis defectos físicos para sacar alguna ventaja sobre la base de la lástima ajena. O
cuando me permitía zambullidas en la autocompasión.
Casi todos lo llamábamos el Ritter. Como si ese apellido, corto, duro, prusiano,
que lo definía mejor que una fotografía, alcanzara grado y nombre de leyenda.
Nos hicimos amigos y, sin darnos cuenta, pasamos por el bachillerato y nos
anotamos en Derecho. Para Ritter esa elección duró poco.
Por ese tiempo el servicio militar era obligatorio. Yo pude eludirlo, aunque no por
mi gusto. Hubiera pagado por hacerlo como todos, por ser un «colimba». Ritter no
solo lo hizo, sino que al terminarlo se enganchó en el Ejército y, poco a poco, lo perdí
de vista. Supe, sí, por su hermana, que siempre estaba en cuarteles de frontera, sobre
todo porque le gustaba la gente de la frontera.
Es cierto, con los años me olvidé de él. Hasta que volví a encontrarlo en
tribunales, llamándome Charquito.
Entonces supe, me contó, siempre con la convicción —y el agradecimiento— de
saber que nunca me contaría totalmente la verdad, que cuando se fue del Ejército,
había acumulado una experiencia invalorable en el oficio de transgredir las normas y
las leyes, se había vuelto menos temerario, y tenía una cantidad de contactos que lo
habían impulsado hacia el periodismo; «o algo parecido», decía con ironía.
Cuando lo llamé por la muerta, tenía una revista por suscripción, más bien un
folleto de papel barato y muchas notas cortas, donde se mezclaban los secretos
confirmados con el «pescado podrido», como suelen llamar los periodistas a la
información falsa vendida como buena.
La publicación de Jorge Gustavo Ritter «Pueyrredón», como era conocido por la
prensa y las fichas policiales, negociaba información. Vendía y compraba
información. Y ganaba dinero por contarla, pero mucho más por no contarla.
El segundo apellido no nació con él. Se lo agregó por cuestiones de imagen.
Siempre dijo que, en Argentina, la combinación de un apellido prusiano con uno
«patricio» resulta irresistible. Tiene razón, somos como somos.
La primera vez que me soltó su «Pirandello ataca otra vez», todavía no usaba
segundo apellido, ni legal ni apropiado, y habíamos comenzado a leer, entrampados
por la adolescencia.
El Ritter tenía una hermana mayor, que nos veía como salvajes, y nos prestaba
libros.
Por ella tropezamos con Pirandello. El que sostenía que uno no era quien creía
ser. Que uno era la suma de las miradas de los otros. Uno era lo que los otros veían.
Comprender, de golpe, que yo, que todos, somos lo que los otros ven, a esa edad
fue un deslumbramiento. La revelación llegaba para explicarme muchas cosas. Entre
otras, la relación entre esta cara que me tocó en el reparto, y la máscara que me

[Link] - Página 27
atribuían los otros.
Así, durante unos años, viví convencido de que en los personajes, en la voz y el
pensamiento de Luigi Pirandello, estaban las respuestas a todas las preguntas. Como
si fuera alguna clase de texto alquímico. Por eso, cada vez que me lanzaba sobre los
puntos de vista para ver algo, el Ritter decía aquello de «¡Pirandello ataca otra vez!»,
como si fuera un superhéroe o un supervillano de historieta.
Ritter leía mucho más que yo. Devoraba libros. Pero me obligó a pactar. No
quería que eso se supiera. Sin saberlo, sus ocultamientos de aquellos años, los
misterios que le gustaba crear a su alrededor como un camuflaje, presagiaban lo que
iba a ser su forma de vida. El Ritter era muchas personas, y también mis ojos en el
lado oscuro de la Luna.

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10
Negocios sucios

Anoche recurrí otra vez al Ritter. La seguridad de este recinto, donde por las noches
duerme la Justicia, no es muy estricta. La gente entra y sale, no solo del juzgado de
guardia. Y el Ritter, luego de la primera vez que hablé con ellos para darle el pase,
viene a verme sin necesidad de avisos previos. Algunos otros que conozco tendrían
que presentar un pase cada vez, pero no el Ritter. Nació con eso que hace que no le
pongan trabas en ningún sitio.
Estoy haciéndome una idea del escenario y el juego de los personajes, pero todos
tienden a agruparse en los papeles tradicionales. No me resisto a la idea de que fue el
propio marido, el Oso Ferrasanes quien la mató, y sospecho por qué, pero no podría
probarlo.
Eso no es problema. No tengo que probar nada, no estoy ni estaré ante un estrado,
ni como juez, ni como testigo ni como nada. Quiero saber.
Al Ritter le pedí datos, información sobre los vínculos entre unos y otros, más allá
de la actividad social en Los Reyunos.
Ritter aterrizó con una botella de Chivas y unos vasos de papel; para beber sin
hielo, en crudo.
—Costumbres de soldado, doctor —dice, a modo de explicación.
—Te pedí que me enviaras un informe sobre las relaciones entre la gente que
rodeaba a la muerta, y en lugar de mandarme un mail, venís con intenciones de
emborracharme. ¿Cuál es tu negocio? Sabés que no bebo. Nada.
—Nada no quiere decir nunca. Ni nunca quiere decir jamás. Calma Juan Manuel,
calma. Primero, que no te vendría mal relajarte un poco, y segundo que no te podía
enviar un mail. Hay ojos y oídos por todas partes.
—¡Bah, ya empezamos con tus delirios persecutorios!
Ritter ensayó un ademán como de disculpas:
—Charquito, no me rompas las pelotas. Vos sos el hombre de las leyes y yo el de
las trampas, y me las conozco todas. Más te voy a decir, tengo contactos. Tengo gente
que puede entrar donde quiera, en cualquier sistema informático o telefónico y hasta
en la bola de cristal de la adivina, ¿entendés qué quiero decir? Por eso soy, como vos
decís con tu frustrada vocación de letrista de tango, «tus ojos en el lado oscuro de la
Luna».
—¿Y qué pasa con eso?
—Que donde ellos pueden entrar también entran otros. Te sorprendería la de
encontronazos que se pueden producir entre visitantes clandestinos. Creés que estás
solo, hurgando en la noche y de pronto te pisan los pies, uno o varios…

[Link] - Página 29
Lo corté con un gesto de cansancio, que es lo único que me sobra por estos días,
cuando ya he perdido casi toda la paciencia. Una vez intentó explicarme el juego
paralelo, las mil y una vías para incursionar en la información y la vida de los otros,
en sus correos privados, sus llamadas telefónicas y hasta en las bases de datos de los
bancos, pero me aburrió.
Miento. No fue aburrimiento, fue negación. No podría seguir siendo juez si
admitiera, con su misma naturalidad, que no existe la vida privada, que se puede
mirar no solo hasta el fondo de las cajas fuertes sino también hasta el fondo de los
secretos más oscuros de cada uno de nosotros. Me enferma.
—Está bien, acepto que todo está bajo vigilancia. Por lo menos contame lo que
quiero saber.
—Eran dos interrogantes. Por qué la mataron y qué relaciones unían a los
implicados. ¿Correcto?
—Correcto…
—Bien, solo que antes me vas a decir para quién estás jugando.
Me sorprendió su pregunta, pero enseguida entendí por dónde iban sus sospechas.
—Es pura coincidencia. No tengo nada que ver con ninguna de las partes en el
juicio, no trabajo por izquierda y no hay plata para repartir, si eso es lo que te
preocupa.
—Demasiada coincidencia —repitió sin mirarme a los ojos—. Justo cuando las
apuestas están muy parejas.
—Me resulta indiferente.
—Justo cuando la defensa del marido aviva el fuego de viejos rumores. Que si
tenía una relación lesbiana con la masajista, y la pasión llevó a la muerte; que si los
ladroneos de un exvecino que tenía copia de las llaves de muchos, que si existen
negras sospechas sobre los negros instintos del «negraje» que vive en los ranchos que
rodean Los Reyunos… y vos coincidiendo, por amor al arte.
—Sos un hijo de puta, Ritter. Me vas a hacer el favor de cerrar la puerta sin ruido
cuando salgas.
Entonces él me midió con ojos de comprador de caballos, y después dijo riendo:
—¡Charquito, hacía tiempo que no te veía en el papel de duque ofendido! Está
bien, me pliego a tu inocencia, pero reclamo un rescate a cambio. Explicame por qué
dividieron el proceso judicial en dos partes. Dame la razón por la que juzgan primero
el homicidio y después, cuando terminen, a la banda por encubrimiento.
—Por razones de mecánica procesal.
—¿Me estás tomando el pelo? Exijo una respuesta seria.
—Te estoy dando la razón que me pediste. Las intenciones no vienen en el
manual.
—Pero puedo adivinarlas.
—A lo mejor…
—Es fácil, si ahora el marido zafa sin condena, para la banda todo será mucho

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más fácil.
—Probablemente.
—Y nadie quiere saber nada, porque seguramente está comprometido algún hijo
de puta grande que ni siquiera figura en los papeles. Si yo fuera dictador, los meto a
todos en una jaula de circo y les prendo fuego debajo de las patas. En cuanto
empiecen a arrancarse los pedazos entre ellos sabríamos por qué la mataron y quién
lo hizo; después, el juicio por homicidio sería coser y cantar.
—Por suerte para todos, esas cosas ya no se hacen.
—¿Estás seguro?
—Quiero estarlo.
—Muy bien, empate, y volvemos a la primera jugada. La pregunta era, qué une a
la banda de… ¿cómo me dijiste que los llamabas?
—Los inocentes.
—Eso, qué une a los inocentes…
Se sirvió un Chivas, hasta el borde del vaso de papel y encendió un cigarrillo.
—Ante todo no pierdas de vista que esta gente vive en Los Reyunos. Allí todos
saben quien es quien, o tienen una sospecha muy cercana a la verdad. ¿Creés que
viven en un sitio como ese porque se sienten más seguros? ¿Por las alambradas y la
guardia de seguridad? Sí y no. La guardia no tiene nada que ver. Se sienten más
seguros porque es como la isla de La Tortuga. Para un pirata no hay nada mejor que
otro pirata.
—¿No tendrías que vivir en Los Reyunos?
—Lo pensé, admito que lo pensé. No en Los Reyunos, pero un par de sitios
semejantes me tentaron… Solo que sería pan para hoy y hambre para mañana. Me
conviene mucho más jugar de francotirador. La cercanía crea demasiadas
componendas, y cuando te querés acordar, te enredaron y ya no podés dispararles
entre los ojos. Me conviene más seguir de cazador solitario.
—Estás muy metafórico esta noche, «cazador solitario».
—Es la compañía. Pero fuera de broma, y antes de que te pongas más espeso, te
cuento un par de datos que todo el mundo sabe.
—¿Todo el mundo?
—Juan Manuel, no me jodas la paciencia. Todo el mundo es tout le monde, los
todos que cuentan de verdad.
—¿Y yo por qué no los sé?
—Porque no sabés leer.
Dijo, y cerró la boca para obligarme a retroceder varios casilleros.
Retrocedí. Me picaba la cara y al pasarme el dedo comprobé lo que ya sabía: hace
dos días que no me afeito. Lo dejé hablar.
—Hace un tiempo se supo que el Cartel de Tijuana estaba lavando dinero en
Argentina ¿te acordás?
—Sí, más o menos.

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—Bien… cuando la mujer ya estaba muerta, cuando alguien puso en marcha un
plan para disfrazar el asesinato de accidente, hubo un par de vecinos que se movieron
por las funerarias. ¿De acuerdo? Bien… uno de esos, el más activo, fue Enrique
Beltrán, ese que llaman Quique. Como recordarás, había estado en el chalet de
Ernesto Bonanova, con el marido de la muerta y un pibe que no tiene nada que ver,
viendo un partido por televisión; justo antes de que se descubriera el cadáver.
—Fue una jugada estúpida. Ese Beltrán intentó que la incineraran, pero no tenía
el certificado de defunción necesario. Hay muchos testigos de esa movida.
—Bueno, casi todo fue bastante estúpido, pero ya se sabe, cuando hay que
improvisar… La cosa es que al final parece que consiguió un certificado falso.
Ritter, completó el vaso y me hizo recordar su proclama de joven «disipado»,
nunca la copa vacía, nunca la copa llena. Luego dijo:
—Había alguien más con Beltrán, alguien que lo acompañó y que no tenía por
qué estar allí: Cooningan. El Inglés Cooningan. El marido de Chiquita Cooningan.
¿Esa no aparece en la investigación a cada rato?
—Sí, estuvo en todas las maniobras para disfrazar el asesinato.
—Entonces vamos bien, y mis datos coinciden con los tuyos. ¿Sabés el nombre
completo de Chiquita Cooningan?
—No lo recuerdo, pero ya mismo lo busco.
—No es necesario. Yo te le digo de memoria: Ana Graciela García, también
llamada Chiquita porque es casi enana, casada en primeras nupcias con Jorge
Ronaldo Cooningan, conocido desde su época de jugador de rugby por El Inglés,
aunque el tipo nació en Miami. Bien… ¿me seguís o logré aburrirte?
—Te sigo, pero las noticias de sociedad, las bodas y los bautizos me parecen
irrelevantes.
—Porque creés en las conspiraciones y en James Bond. Toda la información
sensible sale en los diarios, en las revistas, en los anuarios de las empresas, y no es
necesario disfrazarse de chino y forzar ventanas; hay que saber leer.
—Dale, no te vayas por las ramas.
—Le doy… ¿Sabés cuál es el domicilio legal de El Inglés? En la zona de bancos
de Buenos Aires. Tiene una oficina, Dios bien sabe para qué, junto a la financiera de
un viejo compañero de rugby, Haroldo Mendieta Otegui. ¿Sabés a qué se dedica
Mendieta Otegui? Transacciones a nombre de otros, se llama lo que hace. El tipo
tiene el poder parcial de alguna gente para gestionarle traspasos bancarios y lo que
sea. Mendieta Otegui tenía entre sus clientes a los Cooningan, a Arturo Ferrasanes, el
marido sospechoso, a la propia muerta y a un par más de sus amigos del country.
—A ver, ¿qué clase de servicios vende Mendieta Otegui?
—Ya te dije, casi todos. Por ejemplo, sacar dinero ilegalmente del país hacia una
cuenta en Barbados o cualquier otro destino. Por ejemplo, cuando la última crisis, que
no será la última, pero me reservo la opinión porque no querés opiniones sino
información, vendió acciones de Ferrasanes y de Cooningan y compró otras, que se

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podían transar en otros mercados. Fácil, vendo acá, compro lo que puedo vender allá,
y vuelvo a vender para asegurarme de que sigue allá. O sea, sacó sus capitales por la
ventana, cuando estaba prohibido hacerlo.
—Dejame anotar…
—Por mí no hay problema… ¿No te dice nada el sobrenombre Chapulín? ¿A que
estaba en el directorio telefónico de esa señora? Por supuesto, estoy haciendo trampa
para bajarte un poco a tierra. Mi fuente se puede decir que es la misma que la que
tuvo el juez que investigó: los de Merlín. Ellos pueden rastrear cualquier tipo de
comunicación. No sé si lo que hacen es legal, pero como los jueces recurren a ellos a
cada rato, al final terminan por ser legales ¿no? Haroldo Mendieta Otegui es
Chapulín, y la muerta lo llamó una semana antes para ordenar una movida de fondos.
—¿Estás seguro de eso?
—No, los de Merlín garantizan a quién y a qué hora llamaron por teléfono, pero
no te pueden decir de qué hablaron. Y si pueden… supongo que vale mucho más de
lo que vos podés pagar. Solo que, a estas alturas todo se sabe: la muerta transfirió una
suma llena de ceros a una cuenta en Nueva York.
—¿Mucho?
—Depende. Para mí es mucho, y para vos… ¡qué te voy a contar!
—Ella era «prestanombre» de su marido, entonces…
—Por supuesto, «testaferro», prestanombre, firma de paja, llámala como quieras,
pero no estoy tan seguro de que fuera ficha del marido. Se me hace que era más
independiente. Lo cierto es que tenía varias cuentas con dinero sin origen conocido.
Aunque… lo de desconocido podés ir borrándoselo. Pensá en esta coincidencia: una
semana después de su muerte fue el marido el que ordenó dos movimientos al
exterior, y una de esas veces usó el teléfono de ella. Además, hay otros dos clientes
de Chapulín metidos en el juego, Ernesto Bonanova y Enrique Quique Beltrán. ¿Te
suenan?
—Por supuesto, lo acabás de decir, los dos estuvieron viendo River-Boca con el
Oso Ferrasanes. Se apoyan mutuamente en la coartada. Todos para uno y uno para
todos, como los mosqueteros.
—No me cabe duda. Y los dos viven, al menos los fines de semana, en Los
Reyunos. Cuando se produjo la muerte alguien se asustó y Ferrasanes cerró todas sus
cuentas, una buena parte a favor de Enrique Beltrán, el Quique, que de allí en más se
convirtió en un nuevo rico, a pesar de que solo es un triste empleado de banco.
Bien… ahí teneés a varios del entorno de la muerta moviendo ingentes sumas de
dinero, a través de un operador opaco como Chapulín Mendieta Otegui. Ahora,
podemos volver al principio y es el momento en que te preguntás cómo se juntan el
Cartel de Tijuana y esta gente.
—Está bien, me lo pregunto. ¿Cómo se juntan?
—Los junta el que no tenía por qué meter la nariz, pero ahí estaba, buscando
certificados de defunción falsos, El Inglés Cooningan. En el edificio donde tiene la

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oficina, ya te dije que pegada a la de Chapulín, los favores cruzados se hacen a cada
rato, porque todos viven del agua revuelta de las finanzas y, ya te dije, el yanqui que
pasa por inglés está casado con Ana Graciela García, más conocida por Chiquita
Cooningan. Adiviná quién fue procesada como testaferro del Cartel de Tijuana en
Argentina. Quién ponía el nombre y la cara en las inversiones, compras de hoteles y
otras lindezas era… María Rosa García, la hermana mayor de Chiquita, y su
compinche desde que iban a la escuela. ¿Ves para qué sirve un punto de encuentro
como Los Reyunos? Te facilita la entrada en los negocios. Una buena parte de los
amigos de los Cooningan abrieron cuentas o prestaron el nombre para mover dinero
mexicano. Beltrán, Bonanova, Ferrasanes… y la muerta.
—No es fácil probar que lo hicieron con fines delictivos…
—¡Vos estás de joda!
Dijo el Ritter y tosió, riéndose en mi cara, hasta que con un trago de Chivas
recuperó la compostura.
—Vos estás de joda. ¡Nunca se puede probar nada! Por eso funciona. Por que si te
agarran, la cosa no pasa de fraude o algo menos. El problema es que, si un vivo, o un
idiota se revienta la plata que le pasaste a su cuenta, no podés decir nada, no se puede
denunciar. Te cuento algo que va como regalo de la casa: cuando la asesinaron,
Ernesto Bonanova llevaba varias semanas como loco, se le había esfumado una
cuenta. Así, de la noche a la mañana, se le hizo humo una cuenta. La semana anterior
a la muerte llamó como treinta veces a Chapulín. Tenía miedo.
—Cualquiera tendría miedo, porque, supongo, no te lo van a dejar pasar. No sé,
hablo de oídas por casos de otros jueces, pero te la cobran de cualquier manera, de
eso estoy seguro, aunque no sepa de negocios sucios tanto como vos.
El Ritter me miró en dos tiempos. Primero con furia, luego con pena.
—Juan Manuel, mi peor negocio sos vos… ¡Claro que no te lo van a dejar pasar!
En las mejores familias mandan que te maten, y si el capital viene de Colombia, un
día te hacen la «corbata colombiana». Te cortan el cuello y te sacan la lengua por el
agujero.
—A ver… entonces vos decís que ella…
—Yo no digo nada. ¿No podemos encargar una pizza por teléfono? Con vos paso
más hambre que cuando estuve preso en Paraguay.
—Eso nunca me lo contaste. ¿Estuviste preso en Paraguay?
—Nunca… Paraguay no existe, y ya veo que no querés comer. Mejor me voy.
—Esperá, no te vayas… que yo te había pedido más información.
—Juan Manuel, a pesar de que no lo vas a creer, yo tengo vida propia. Y para
mantenerla suelo comer y dormir.
—Ritter, no juguemos a las escondidas. Vos has venido a decirme que la mataron
porque era una hija de puta que blanqueaba dinero de los narcotraficantes ¡y esperás
que me quede muy tranquilo!
—Error. Nunca dije que era una hija de puta. No hago juicios morales. Para eso

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están los jueces. Para hacer juicios morales y justificarse con las leyes. Si los datos
que te traje no te dejan tranquilo… ese no es problema mío. A mí ella, y los otros, me
importan un carajo. Me pediste un favor y te lo hago, nada más. O sea que… me voy
a comer algo, antes de que el Chivas me vuele el hígado. Vos podés quedarte con tu
santa y mártir de Los Reyunos.

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11
Serpico
(De los archivos robados)

Y de golpe apareció un Serpico, cuando menos lo esperaba.


No tenía presente la participación de este hombre en el entorno del asesinato, pero
de pronto me vuelve a la memoria.
Un colega, un hombre del Poder Judicial, que era amigo de Abel Lito Pérez
García, el hermano de la muerta.
No me queda claro de qué manera el fiscal Armando Plaza Barrenechea está
ligado a esa gente, pero viene a confirmar algo: los country como Los Reyunos
alientan a, como dice el refrán, «vivir bajo el sol que más calienta». El dinero y las
relaciones con el poder en general, desde la policía hasta los jueces, tranquilizan los
nervios.
El testimonio de Jorge Menéndez, un amigo de otro protagonista, Arturo Oso
Ferrasanes, lo dice con todas las letras.
«El día del velorio, Lito [el hermano de la muerta] estaba muy incómodo. Un
amigo suyo, el fiscal Armando Plaza Barrenechea estaba haciendo preguntas
incómodas. Por charlas que Lito había tenido con algunos de los asistentes,
Barrenechea estaba jugando de agente doble».
Para Jorge Menéndez las reglas del juego parecen estar muy claras: se está de un
lado o del otro, pero no en dos al mismo tiempo. Por eso, cuando Lito le manifiesta:
«Estoy preocupado porque Armando quiere ensuciar el accidente. Lo único que falta
es que diga que matamos a mi hermana», dice lo que dice, y lo rebautiza: «Si uno está
allí para dar el pésame por el duelo, debería olvidarse de su función, y no jugarla de
Serpico, de agente infiltrado».
De golpe siento un toque de simpatía por Armando Plaza Barrenechea, que no me
cae ni bien ni mal, pero me recuerda el tiempo en que yo fui fiscal. Como a muchos
otros, se me podía definir con una frase común: podría ser peor.
El puesto de fiscal es una tentación permanente. Uno termina por tomarse a pecho
algunos casos y los convierte en algo personal. ¿Podría ser de otra manera? La señora
de los ojos vendados y la balanza, un día, por esas cosas que tiene la carrera judicial,
nos reconoce como la espada de la justicia. Entonces, si uno es joven o no está
suficientemente «domado», se siente señalado por Dios para liberar Jerusalén.
Armando Plaza Barrenechea era amigo del hermano de la muerta, pero era fiscal,
y ser un cruzado es oficio de tiempo completo.
Voy a buscarle las pulgas a estos archivos, porque bien puede ser que quien
destapó la olla podrida fuera mi colega en la fiscalía. En todo caso, si los implicados
directos desconfían de él, debe ser por algo.

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¿Qué dice Serpico de su actuación ese lunes de velatorio en Los Reyunos?
Que fue su amigo Lito quien le avisó de la muerte, y quien le dijo que lo
esperaba.
Y que fue el mismo Lito quien, en un aparte, se señaló que «había cosas que no
cerraban» [¿¿!!].
Cualquiera que haya jugado al ajedrez, por lo menos en mis tiempos, sabe que en
la transcripción de una partida, cuando la movida puede ser muy buena, o
absurdamente mala, el comentarista la señala de esta manera: [¿¿!!].
¿A qué jugaba el hermano de la muerta? ¿Se le podía pasar por alto a un fiscal
que alguien quería hacer un enroque a su costa?
Según sus dichos, su amigo Lito le informó que ella se había dado un golpe
mortal en el baño, porque «era muy torpe». Pero que también era probable que se
hubiera herido con la ventana, porque «siempre se golpeaba con la ventana», lo que
motivó que se quisiera lavar la herida en la bañera, donde se produjo el accidente
mortal [¿¿!!].
Puedo leer entre líneas. Cuando es llamado a declarar, el fiscal toma distancia del
amigo. Se ve cuando señala que, sin precisar quién lo había hecho, también le cuenta
que habían lavado la sangre del baño y que, además «habían encontrado un plomito,
como las cuñas de biblioteca, manchado con sangre» en el suelo, junto a la muerta.
Que él le preguntó qué habían hecho con el «plomito».
—Lo tiraron… —contestó Lito.
—¿Están locos? ¿Cómo es posible que lo tiraran?
—No sé, Armando, no sé… estábamos todos muy afectados.

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12
Coro

El Ritter me lo anunció con claridad: no confíes en nadie. Todos son culpables. Tal
vez tiene razón. Pero ¿quién cree en los sueños? Ya va para tres días que duermo en
el despacho. Mi mujer con seguridad piensa que me estoy volviendo loco. De tanto
en tanto llama por teléfono, cada vez con menos frecuencia, para ver cómo estoy. No
le contesto.
El Ritter decía, en mi sueño, que solo las mujeres eran inocentes. Sé que está
equivocado, que la más feroz de las complicidades es la de los inocentes. Pero no
puedo resistirme a la presión de la tragedia.
¿Y si las mujeres fueran como las Euménides, o como el coro de la tragedia
griega, susurrando, gritando, estrofa y antistrofa, la voz de los designios, los
mandatos del destino?
Las veo. Cierro los ojos y las veo. Homogéneas en sus vestidos de clase media
con pretensiones de más. Unas con traje de baño, otras con mandiles de cocina que
nunca se mancharon de verdad, vaqueros, blusas de colores mustios, las veo.
Se reparten las voces. Cuando una habla las otras miran, observan como tigres al
acecho, para que no diga una coma de más:

Estrofa
AMIGA DE LA FAMILIA.— El marido nos dijo varias veces que no era extraño
que ella, la muerta, se golpeara. Que en los últimos tiempos le había sucedido muchas
veces, porque era torpe, y luego se le veían los moretones, que a veces maquillaba
para disimular.

Antistrofa [Todas a un tiempo]


Se maquillaba, para disimular su torpeza. Lo dijo el propio marido…

Estrofa
AMIGA DE LA MUERTA.— El marido me acompañó a verla. Estaba tendida en
la planta alta de la casa. Y no pude ver nada raro, sí que tenía como un rasguño en la
frente. Pero no pregunté porque estaba segura de que había sido un accidente.

Antistrofa
No preguntamos. ¿Para qué, si había sido un accidente?

Estrofa
AMIGA DE LA MUERTA.— Días después, fui a tomar el té con Micaela, la

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madrastra de la finada, y me dijo que cuando velaron a la muerta descubrió un corte
grande detrás de la cabeza. En la nuca. Que no parecía hecho por un objeto con punta,
como los grifos de la ducha. Entonces llegó alguien, y Micaela desvió la
conversación. Hasta que el que llegó se fue, y me dijo, en voz baja, que había perdido
masa encefálica, del cerebro, mucha. Ella, la muerta, había donado sus órganos para
trasplantes, pero nadie hizo nada.

Antistrofa
Lo dicho, nada, no sabíamos nada. Solo habladurías a la hora del té y que ella
había donado sus órganos, pero nadie hizo nada.

Estrofa
SEGUNDA AMIGA DE LA MUERTA.— [Se vuelve hacia el coro de mujeres]
El día de su cumpleaños tenía teléfono nuevo. Para comunicarse apretaba un solo
botón, no necesitaba más. Durante el almuerzo con otras amigas el marido la llamó
cuatro veces. Cuatro.
Entonces le dije, en chiste, naturalmente, si la seguían los mafiosos y el botón era
alguna clase de alerta roja. Ella me dijo que Ferrasanes —porque lo llamaba
Ferrasanes— estaba muy paranoico y la vigilaba y la cuidaba cada vez más. ¿Celos?
Dije. Y no me contestó. Cuatro veces la llamó en medio del almuerzo.

Antistrofa
Cuatro veces. Porque la vigilaba. Pero ninguna de nosotras sospechó siquiera que
se tratara de algo grave. Todo el mundo tiene celos.

Estrofa
SEGUNDA AMIGA DE LA MUERTA.— Cuando sucedió, me llamaron al otro
día. Yo estaba lejos, de viaje. Entonces se me ocurrió ligar lo del teléfono, porque ella
no era tan torpe como para matarse con una caída en el baño. Pregunté, y me
desconcertaron mucho, porque había varias versiones.

Antistrofa
Decían que estaba llenando la bañera y resbaló.

Estrofa
SEGUNDA AMIGA DE LA MUERTA.— Me extrañó mucho. Ella prefería
ducharse en tres segundos. No le gustaban los baños de inmersión.

Antistrofa
Estaba llenando la bañera y cayó, una vez hacia delante y otra hacia atrás.
Pero también decían, que se desmayó y que tenía agua en los pulmones; y que se
golpeó en realidad con una ventana, cayendo hacia atrás; que se había cortado al caer

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con el bidé. Nadie dijo que la hubieran matado. Ninguna de nosotras sabía nada.

Estrofa
SEGUNDA AMIGA DE LA MUERTA.— Varios días más tarde le dije a Chiquita
Cooningan: «Yo no me creo lo del accidente… ¿no te parece que hay algo turbio?». Y
ella me contestó que Ferrasanes había pedido dos cosas, «que no se la llevaran ni le
hicieran autopsia y que la enterraran al otro día en el último horario». Yo entonces le
dije que me parecía raro, porque esas cosas siempre se hacen, quiero decir la
autopsia, y todo eso, y ella dijo…

Antistrofa
Ella dijo que como se podría abrir un suicidio o un homicidio o vaya a saber qué,
Arturo Ferrasanes les había pedido que no se la llevaran ni le hicieran la autopsia.
Fue ella la que dijo, al pie de la letra: «Entonces se arregló y pagamos para que se
hiciera lo que el Oso quería».

Estrofa
MICAELA, MADRASTRA DE LA MUERTA.— Yo no tengo la culpa. Hay que
respetar a los muertos.

Antistrofa
Ella tampoco tuvo la culpa, le hubiera gustado ayudar, pero no se lo pidieron.

Estrofa
MICAELA, MADRASTRA DE LA MUERTA.— Cuando llegué al velorio estaba
sobre la cama. Tenía la boca cerrada y el rostro en calma. Pero tuve la impresión de
que le habían cambiado la ropa.

Antistrofa
¿Quién le cambió parte de la ropa? ¿Por qué tendrían que hacerlo?

Estrofa
MICAELA, MADRASTRA DE LA MUERTA.— Yo lo sé, y mi marido lo sabe,
ella no era torpe, era una mujer ágil. Yo no sé qué buscan, pero no estaba lastimada.
La velamos sobre su cama.

Antistrofa
Ella, la madrastra, tampoco vio nada, damos fe.

Estrofa
MICAELA, MADRASTRA DE LA MUERTA.— Sin embargo, recuerdo bien esa
huella. En el dormitorio, estaba en la pared, una huella de mano, rosada, como si se
hubiera ensuciado con sangre.

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13
Delete

Juan Manuel me asombra, y me aterra.


¿Quién era cuando escribió este segundo archivo guardado como «Ella»? ¿Qué
clase de fiebre, de encarnación está hablando por sus manos? ¿Qué dios cree ser
cuando dibuja el alma de los muertos?

ELLA

Subió al coche y acomodó el espejo retrovisor. Ferrasanes se lo había pedido ayer


para ir hasta el taller donde tenía el suyo. Desde siempre ha nombrado a su marido
por el apellido.
Se miró, se observó, se espió un momento, y se vio con los ojos de las amigas, las
señoras con las que se encontraría en la iglesia. Se conocía centímetro a centímetro,
pero más de una vez la asaltaba un corto extrañamiento, y por un segundo se
preguntaba cómo había llegado hasta allí. Quién era esa que ocupaba su lugar en el
mundo.
Pero el olvido llegaba en su auxilio como un hada protectora. La inocencia que
había nacido con ella, y que había alimentado tantos, tantos años. Siempre supo
parecer ajena, distraída, hacer que no le temieran. Años. Medio siglo. Demasiado
para su gusto, porque siempre se soñaba joven, casi adolescente, y esa era su verdad
más íntima. Estaba perdiendo la lucha contra el envejecimiento, el cuerpo se rendía al
paso del tiempo y las pecas, esas pecas de anciana, le estaban comiendo las manos.
Pese a los masajes, al tenis, a las comidas con pocos condimentos, a las dietas
perpetuas.
Alguna vez había sido algo instintivo, luego supo que era una estrategia; su
estrategia de vida: el olvido. Cuando uno olvida no tiene que perdonar. Ni castigar.
No molesta. No es el blanco de nadie.
—No es cierto —se dijo, poniendo la primera marcha—. Las brujas siempre te
miran despellejando. Sobre todo desde que te ven en la tele.
Pensaba en sus compañeras o socias en La Fundación, y en las señoras que
concurrían como ella a la iglesia, cada domingo. Cada una perdía la guerra contra los
años por su lado, pero ninguna quería caer sola. Los signos de la derrota en sus
competidoras las tranquilizaban. ¿Por qué las mujeres siempre ven en la otra una
competidora? ¿Por qué los hombres pueden gozar esa clase de hermandad cómplice
que les estaba vedada?
—Eso tampoco es cierto —murmura, al tiempo que saluda al guardia que levanta

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la barrera del country—. Ellos se odian de otra manera. Más bestia. Se hacen viejos
sin ocultarlo, horribles, y se tiran pedos en cualquier sitio, se vuelven hombres de las
cavernas, porque saben que siempre estamos allí, abriendo las piernas.
Pasa ante las tiendas de todo un poco levantadas en la calle de acceso y, por un
segundo piensa en detenerse y encargar algo de comer para el mediodía, después
recuerda que no es necesario. Comerán con Ferrasanes en casa de los Bonanova,
porque ellos luego verán el partido por la tele.
Antes de dejar el coche se mira otra vez en el espejo y retoca su peinado con la
mano. Ahí está otra vez, muy lejos de sus sueños. Una mujer rubia con reflejos
platinados. Una mujer que los años han hecho rubia, porque las canas se comieron el
color ala de cuervo que tuvo de joven, el color que tiene en sus sueños.
¿Por qué esa recurrencia a los sueños, si siempre procura olvidarlos? Sabe la
respuesta. Tuvo un mal sueño. Una pesadilla de muerte. La perseguían por un bosque,
por las calles desiertas de una ciudad, y era de noche. Nadie en el bosque, nadie en
las calles, solo ese silencio amenazador, como una boca que en el segundo siguiente
se cerraría para triturarla entre los dientes.
El miedo oscuro que esconde, que encierra durante el día se desboca por las
noches, cuando está inerme, descuidada.
—No pasa nada —se dice al espejo—. No pasa nada.
Y se mira con esos ojos duros que reserva para hablar con ella misma.
En la misa de 12 nada es distinto a otros domingos. Llega un momento en que se
olvida de todo y puede sentirse en paz, a salvo. Hoy, por alguna razón que se le
escapa, un monaguillo quema incienso. Olor de santidad. ¿Por qué no puede dejarse
ir, entregarse, y seguir el camino de esas ancianas que esperan su hora final sin
rencores, reclinadas en los bancos de madera, sombras en la penumbra luminosa de la
iglesia?
Porque tiene una misión. Reciente. Algo que por fin llegó para darle un lugar en
el mundo: La Fundación. Los hijos que no pudo tener.
Mira el Cristo sobre el altar y recuerda que fue allí donde alumbró la idea. El
proyecto que la empujó a buscar compañía en su entorno.
Al principio había sido decepcionante. Se habían plegado las más aburridas, las
agobiadas por la menopausia, aquellas que tenían hijos grandes y que aún esperaban
los nietos. Había llorado de impotencia, pero poco a poco algo como una llama
trémula le fue creciendo adentro, y pudo con ellas, y con las pocas que se unieron
más tarde. Sus apariciones en televisión, con su presencia y su acento de «señora
bien» interesada por los pobres, habían hecho el resto. Ahora sabe qué terreno pisa, y
está dispuesta a todo para llegar a donde sea. Cristo es su apoyo.
—Chicas, aprovechen para pedirle autógrafos porque cuando sea una estrella no
la vamos a ver ni en misa —dijo una del grupo de mujeres que se formó a la salida.
—Te vi en la tele la semana pasada. ¡Estabas espléndida!
—Sí, te sienta bien la tele —acotó la primera, encerrando víboras en su elogio—.

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¿Tu marido no se muere de celos?
—Ferrasanes no se mete en mis cosas.
—¡Qué suerte querida, el mío me cela hasta con el profesor del gimnasio!
—¿Está bueno tu profesor? —había dicho una tercera, haciendo un gesto de
picardía—. Me vendría muy bien pecar un poco. ¡Es que no tengo nunca nada que
confesar y el padre me mira con mala cara!
—Eso se llama mala memoria, querida —le contestaron—. Ya me gustaría a mí
que me llamaran de la tele, con los tipos maravillosos que hay por ahí.
Ella sonreía como si no entendiera:
—No me gusta nada tener tanta presencia pública, pero, si no lo hacemos, ¿de
dónde va a salir la plata para ayudar a los niños?
—¡Es una vergüenza! —dijo la tercera—. ¿Para qué está el gobierno?
—Para robar, querida —replicó la anterior.
—¡Ay, nena, nadie diría que tu marido es casi ministro!
—Ya ves. Algunos roban poco y te dejan vivir.
—Todo en su medida y armoniosamente.
—¿Eso no lo dijo Perón?
—También. También se lo robó a un griego. Sócrates o Platón, alguno de esos.
—El que roba a un ladrón… —enunció ella con una sonrisa ingenua— tiene cien
años de perdón. ¿Verdad?
Sin quererlo los mexicanos cruzaron por su cabeza. Pero los borró, los olvidó de
inmediato.
—¿Sócrates era un ladrón? ¡Ya no se puede creer en nadie, querida! ¡Cómo está
la servidumbre!
Ríen.
—La semana que viene voy a hacer un té de beneficio. Supongo que vendrán. Es
para recaudar fondos.
—Por supuesto, nena. Espero que me lo tengan en cuenta cuando me vaya al
Cielo.
—Tenés que hacer como yo —había dicho otra—, siempre pido una factura por
mis donaciones, se las voy a presentar a san Pedro cuando llegue el momento.
Reían. Una señora siempre tiene una sonrisa en la boca, pase lo que pase. Eso lo
aprendió de muy chica, y nunca lo olvida.

***

Es algo más de la una cuando inserta la tarjeta para que se alce la barrera de Los
Reyunos. Duda un instante pero al fin decide enfilar directamente a casa de los
Bonanova, el coche puede ir a buscarlo más tarde.

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Lo de siempre, lo habitual de cada domingo: ravioles con estofado, y una charla
en la que contesta sin entusiasmo lo poco que le preguntan de La Fundación. Sabe
que a ninguno le importa, que lo hacen porque algo hay que decir. Los Bonanova han
invitado a una parejita joven. El chico es sobrino de Chiquita Cooningan, su novia
vive en Los Reyunos.
—La he visto en la tele —dice la cocinera, con ese acento del norte que denuncia
su llegada reciente a Buenos Aires; ella la premia con una sonrisa.
A la hora de los postres decide que ya ha comido bastante. Que si va a jugar al
tenis, ha comido demasiado. Lo propone:
—Nilda ¿por qué no hacemos una partidito de tenis? Estos aburridos se van a
perder la tarde mirando el fútbol.
—Dame un rato, que ordeno un poco el comedor y vamos —acepta Nilda
Bonanova.
—Voy a cambiarme, y de paso llamo a mi peluquera —dice, bajando la voz—.
Tengo que retocarme las raíces y mejor que no pase de mañana.
Una hora más tarde corre, suda detrás de cada pelota que pierde. Nilda no es una
buena jugadora, ella lo es menos, pero ponen ganas. Y siguen así hasta que la lluvia
que se anuncia desde el amanecer descarga un aguacero, y tienen que correr a
refugiarse bajo las sombrillas.
—Dicen que el tenis te mantiene el culo duro y levantado —ríe Nilda—. Pero el
mío parece que no entiende de esas cosas. ¿Te parece que va a dejar de llover?
Ella mira el cielo y sacude la cabeza en una negación.
—Tiene pinta de seguir así… Mejor lo dejamos para otro día, no tengo ganas de
engriparme.
—Entonces esperamos que escampe un poco y nos vamos.
—Te acompaño, así le pido a Ferrasanes su campera, para no mojarme.
Algo más tarde llegan a la casa. Todos están apoltronados ante un televisor por el
que corren las camisetas de River y Boca.
Ferrasanes, Quique Beltrán, Ernesto Bonanova y Amado Peralta, el estudiante
sobrino de Chiquita Cooningan. También su novia, que pone cara de interés pero se
muere por estar en otra parte.
—¡Qué bien nos vendrían unas cervezas! —insinúa Ernesto Bonanova, haciendo
un guiño a su mujer. Nilda responde con un chiste a cerca de las «barrigas de
cerveza».
Ella se demora en la cocina, secando su raqueta con un trapo que le cede la
cocinera.
A veces siente un desgano que suele hacerse furia. ¿Qué hacen esos hombres allí
adentro, criando barriga como puercos cebados, como si todo en sus vidas estuviera
resuelto?
Afuera llueve por momentos con fuerza, y decide esperar un rato, ayudando a
Nilda con el trasiego de latas de cerveza hacia la sala del televisor.

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—¿Falta mucho para que termine?
—Mi marido dice que ya termina.
—Por fin…
Desde la entrada a la sala los observa, abotargados, los reflejos del televisor
azulándoles las caras.
—Ese color de zombis, de muertos que se pudren sin saberlo… —piensa.
Pero eso la lleva otra vez al sueño, porque tras las esquinas de su pesadilla la
habían acechado los muertos. No quiere recordarlo, y lo olvida.
No pasa mucho tiempo que ya los hombres se separan del televisor y recuperan
las piernas. Los ojos de Arturo Oso Ferrasanes la miran como si recién despertara, la
misma cara que prefiere no ver a su lado por las mañanas, cuando finge estar
dormida.
No quiere esperar más.
—Me la llevo —dice, y sale de la casa sin darle tiempo a protestar, la campera de
Ferrasanes sobre los hombros.
Llovizna apenas.
Está furiosa y no sabe bien por qué. Una como música le ronda la cabeza:
—Para qué quieren su sucio dinero. Para revolcarse en él, como buitres…
Camina.
No lo sabe, pero sobre su cabeza una pesadilla comienza a hacerse realidad.
Camina hacia la muerte.
Borrado.
Es demasiado humano para ser cierto sin pruebas.
Sobre todo cuando la mano del otro mundo vuelve, decidida a hundirse en la
mierda pura de la imaginación, el más feroz de los asesinos.
La veo abrir la puerta con su llave. Estará sola. Cuando la mucama trastea por la
casa, la puerta permanece abierta.
Tengo que meterle el miedo en el cuerpo. Que entienda de una puta vez que van a
matarnos.
Miro a uno y otro lado. Tengo más de media hora antes de que llegue su
masajista. Espero unos minutos. Este revólver no convence a nadie, me hubiera
gustado algo más impresionante. Revólveres como este ve todos los días en los
vigiladores del barrio.
Nadie. Cruzo la puerta y la llamo. Tiene que haber abierto la ducha, porque de
arriba llega ese rumor.
—¿Qué pasa…?
Dice su voz, saliendo desde mi derecha. Estaba abajo. ¿Me vio seguirla?
—Tengo que hablar con vos.
—¿Otra vez de lo mismo?
Veo sus ojos. Ahí está todo. ¿Qué pasó con ella en los últimos tiempos? ¿Qué se
desacomodó en su cabeza? Mira como si su vista pasara a través de las cosas. Como

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si todo lo que tiene por delante careciera de sentido, fuera incompresible.
—No hay nada que hablar —dice—; lo hecho, hecho está y no pienso volver
atrás.
Saco el revólver y se lo pongo delante de la cara. Sin querer le doy en la punta de
la nariz con el caño y palidece. Repito el roce, ya voluntariamente y con muchas
ganas de partirle los dientes a golpes. Retrocede un paso, dos, tres; se recupera.
—¡Pegame, dale que eso se te da bien! ¡Pegame, sí pegame y vas a parar a la
cárcel! —grita.
No puedo dejarla gritar. La loca hija de puta tiene que entender que con ellos no
se juega, que me van a matar, que nos van a matar. Que no quiero morir por una
imbécil que se volvió loca. Grita. No puedo dejarla gritar. Le pego.
Quiero borrarla a golpes. Que desaparezca. Que nunca hubiera estado.
Con la trompada en la cabeza abre los ojos, y sé lo que se viene. Está asustada.
Demasiado para razonar con ella. Hará un escándalo. Va a salir de la casa gritando, y
todos, todos se abrirán de piernas. El negocio se va a la mierda. Los mexicanos nos
van a cazar como a ratas.
Retrocede tomándose la cara. Le duele. Ese es el camino.
—¡Voy a arrancarte los ojos si no hacés lo que te digo, hija de puta!
No contesta. Se da vuelta y corre hacia la escalera. No voy a aflojar la presión, no
puedo dejarla reaccionar. Tiene que salir de la burbuja en la que vive, de una manera
o de otra. Tiene que salir, o hacer lo que yo le diga. No hay otro camino.
La agarro del joggins a mitad de la escalera, y gira. No entiende. Está todo en su
cara. No entiende. No comprende que nos puso a todos en la cuerda floja. Está más
idiota que nunca. Le pego.
Mierda. Me duele la mano. Le pegué con el anillo de plata y no sé si no me he
roto el dedo. Le pego otra vez, siempre en la cabeza, que las marcas queden bajo el
pelo, que no se vean.
Se me escapa. Corre escaleras arriba, hasta el final y se vuelve para decir:
—¡Voy a llamar a la policía, hijo de puta! ¡Quiero verte en la cárcel para siempre,
hijo de puta!
Y repite «hijo de puta» como una cantinela, con la entonación de un niño
enfadado. Como si diciendo hijo de puta pudiera herirme o mantenerme a distancia.
¿Quién puede razonar con una idiota? Con una idiota que repite: «¡Voy a llamar a la
policía!» mientras gira, tropezando con sus pies, el último golpe en la cabeza tal vez,
hacia el dormitorio, junto al baño, hacia el teléfono en el dormitorio.
Disparo. Se va a cagar en las patas. Se tiene que cagar en las patas o todo se va a
la mierda. Disparo cerca de su cabeza. Demasiado cerca.
Abre los ojos aún más, como si de verdad yo quisiera matarla. Me mira con esa
mirada de idiota de nacimiento que tiene casi siempre, y se toca la cabeza. Hunde sus
dedos en el pelo y se los mira. Hay sangre.
Carajo, no puede ser. Pero es. Apreté el gatillo demasiado cerca y le di en la

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cabeza. Un roce, tiene que ser un roce o estaría muerta. Creo. No sé. ¿Por qué tenía
que hacer esto justamente yo?
Boquea como un sapo agónico. Le cuesta tomar aire, pero lo consigue, y me
muestra los dedos manchados de sangre. Quiero decirle «qué», pero su mirada
cambia. Hay odio. Mucho odio.
—Hijo de puta… —dice con una calma que me hace temblar las piernas—. Hijo
de puta. Te vas a pudrir en la cárcel.
Un nido de hormigas me crece en el estómago. Yo no quería esto, pero está todo
jugado. No hay vuelta atrás. No quiero ir a la cárcel. No puedo ir a la cárcel. Mis
socios me dejarían caer y, no me invento nada, lo sé, no hay nadie que no lo sepa, en
la cárcel me matarían.
«Lo lamento, querida», murmuro. Mierda. Las películas. Siempre hay un diálogo,
una frase de película que nos dice qué hacer. ¿Será siempre así?
Ella lo adivina y corre para encerrarse en el baño, pero no le doy tiempo y entro
pegado a ella.
No se qué dice, y no me importa. Solo se que no debo escucharla. Que esto solo
puede terminar de una manera, y le disparo a la cabeza. Este revólver es una mierda.
Disparo y cae y vuelvo a disparar. De muy cerca. Hasta quedarme sin balas. Ella está
caída con medio cuerpo dentro de la bañera, que sigue llenándose de agua, indiferente
a su agonía y mi ordalía de pavura, terror y algo más que no puedo definir. Algo
como el sabor del ejercicio del poder absoluto.
Borrado.
¿Cuántos archivos llevo borrados? ¿Cuánto me falta por leer?
Juan Manuel sigue dormido. Un hilo de baba le humedece la comisura de la boca
y tiene un temblor en la mano que cuelga.
Puedo imaginarlo con esos dedos apretando un gatillo que se resiste, cuando
soñó. ¿O fue un ensueño de vigilia? Cuando se imaginó, ¿a quién?, disparando sobre
la muerta.
Me queda claro que Juan Manuel no piensa que el asesino haya sido una mujer;
pero no sé en quién piensa.
Podría ser el marido, o el hermano, o cualquiera de los socios del negocio con los
mexicanos. Por ejemplo Ernesto Bonanova, el que dijo que a la hora en que la
mataron estaban todos mirando el partido en su casa, o Enrique Quique Beltrán, que
aumentó su renta en fondos negros vertiginosamente, cuando Ferrasanes cerró sus
cuentas, y las que tenía con la muerta. O El Inglés Cooningan, que a mí no me engaña
con estupideces como que se desmaya cuando ve sangre. Un tipo que jugaba al rugby
no se desmaya cuando ve sangre, se le acelera el pulso.
¿Y por qué no alguien vinculado al estudio de Chapulín Haroldo Mendieta
Otegui, otro que rompió huesos en el rugby, por ejemplo un mexicano «residente»?
Muchas veces me pregunté cuánta mierda podía acumularse en la cabeza de un
juez a la hora de escribir sus expedientes y cómo hacían para decir y ocultar, para

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afirmar y casi lo contrario, simultáneamente. Ahora ya lo sé. Juan Manuel es juez.
Un Chivas, Ritter… otro Chivas, que la cosa viene para largo, y tenés que
terminar antes de que llegue el día y despierte.

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Puños de plata
(De los archivos robados)

De los informes periciales que encuentran rastros de sangre hacia la mitad de la altura
de la escalera, en la sala que está ante el dormitorio, en el dormitorio mismo y en
prácticamente todo el baño, hay un detalle que pasa casi desapercibido: el rastro de
plata vinculado con el hematoma por golpe que presentaba la muerta en la cara.
El informe deja claro que las partículas de plata no eran parte de objetos de metal
que se encontraran allí, ni de «elementos constituyentes de los proyectiles».
Es divertido. Presumir que en los proyectiles que le destrozaron la cabeza pudiera
haber rastros de plata apunta a un sospechoso único e indiscutible: el Llanero
Solitario.
Como cualquier lector de historietas puede recordar, el Llanero Solitario, que iba
de aquí para allá impartiendo justicia con un indio por ayudante y dos revólveres al
cinto, era conocido porque su caballo blanco se llamaba Silver [plata] y sus balas eran
de plata. Con lo que, por lo menos, debería haber sido llamado a declarar; tal vez
junto con los especialistas en destruir vampiros humanos. Algunos creen más en la
eficacia de las balas de plata que en las estacas de madera clavadas en el corazón.
Por supuesto, en el plomo de los proyectiles del calibre 32 que le perforaron la
cabeza no había plata.
El informe señala también que la composición de las partículas observadas en la
piel de la víctima es muy semejante al metal de uso común en joyería para la
fabricación de pulseras, anillos y otros efectos. O sea, un anillo o una pulsera. De
mujer o de hombre.
Pero lo más interesante es que esas partículas fueron introducidas —incorporadas
— a la piel por «presión».
A golpes.
En los mismos informes aparece otro dato que tendré que tener en cuenta; el
atizador.
En muchas casas de Los Reyunos tienen hogares, chimeneas que no se usan
jamás, pero que están allí porque son el sueño de esa clase de gente. Las chimeneas
siempre tienen su juego, intocado, de herramientas para mantener el fuego: palitas,
rastrillos, atizadores, etc.; y en esa casa la chimenea estaba en el dormitorio.
Los peritos en rastros encontraron un atizador que dio positivo a las pruebas con
«luminol»: tenía restos de sangre.
¿La misma persona le dio con el atizador, empuñó el revólver y le pegó con un
puño que llevaba un anillo de plata? ¿O eran más de uno?

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Bala perdida
(De los archivos robados)

Después de escarbar un buen rato, creo que me quedé dormido. No es fácil estar en
actividad durante el día, y luego dedicar toda la noche a un hobby. El cínico de Ritter
dice que la muerta es mi hobby. Que me quedo en el despacho porque mi mujer ya no
me calienta en la cama, que no me voy con putas porque soy un moralista y un
acomplejado, que no me mato a pajas mirando pornografía porque en el fondo soy
muy católico, y que por eso tengo el hobby de estar de novio con una muerta.
Lo peor de lo peor es que el muy hijo de su madre tiene razón en casi todo. Pero
yo no lo llamo hobby.
Había rebuscado un rato en las declaraciones del Oso Ferrasanes y Lito, porque
esos dos me llenan de asombro. Eran, ¿son?, el marido y el hermano de esa mujer.
Alguna vez la tienen que haber querido. ¿O dejaron de quererla cuando se convirtió
en un peso muerto que los arrastraba al fondo? ¿Mienten por costumbre o por
necesidad de supervivencia? Las dos cosas, tal vez sea la respuesta.
Fue raro, aunque ya me estoy acostumbrando, y la botella de Chivas también
ayuda un poco. Me relaja y evita que explote. Pero me duermo. A veces pienso si no
debería hacer como otros que yo conozco y ayudarme con algo de cocaína. En el
Poder Judicial conseguirla siempre es muy fácil. Solo que tiene razón el Ritter, soy
demasiado moralista y rígido para permitirme ciertas cosas. Y me duermo.
Ahí estaba, como achicado en su gordura y las manos entrelazadas y escondidas
entre las piernas, Arturo Oso Ferrasanes; el marido desmantelado por el dolor.
Cuando llegué a la casa me esperaba un vigilador que venía a preguntarme si le
daba paso a Susy. Por supuesto, le dije que sí, como siempre que venía a darle
masajes a mi mujer; y entré en la casa.
La llamé mientras subía la escalera, porque tengo esa costumbre, pero no me
contestó. Entonces, cuando llegué arriba vi los vidrios empañados, la puerta del baño
abierta y una mancha de sangre en el suelo.
Entré corriendo, porque la sangre en el suelo y cuando miré hacia la bañera,
estaba ahí. Mi mujer, boca abajo junto a los grifos, con la bañera casi llena de agua.
¿Qué podía hacer? Corrí, la levanté en brazos y la saqué hasta la puerta del baño;
casi hasta el dormitorio, después salí corriendo hasta la ventana para buscar ayuda.
Abajo ya estaba la Susy, y le dije que subiera enseguida, por el accidente.
Después llegaron Quique Beltrán y Chiquita Cooningan, con un chico que había
estado mirando el fútbol con nosotros, el pibe Amado Peralta, que quiso ayudar
porque estudia medicina; pero fue cuando llegaron los de la ambulancia.
A Quique Beltrán yo le hice alguna vez un favor parecido, y se ofreció para hacer

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los trámites del sepelio; le dije que sí. Él se encargó de la funeraria y todas esas
cosas; yo no podía creer que ella se hubiera ido. No me pida que me acuerde de todo,
estaba muy dolido.
No, no fui yo. Fue Bonanova, Ernesto, el que encontró eso que ahora dicen que
era una bala.
Algo que he descubierto entre la «letra pequeña» —que no será pequeña pero por
la forma en que escriben los «escribas» de la Justicia, lo parece—, un dato revelador
a la hora de leer su declaración sobre la maldita bala.
Arturo Oso Ferrasanes cursó el bachillerato en el Colegio Militar de la Nación,
paso previo a una posible carrera como militar profesional; que luego no continuó.
Algunos jueces y no pocos políticos han pasado por allí antes de llegar a la
universidad. Después muchos se preguntan por qué se sienten tan próximos con las
dictaduras militares y sus protagonistas. Se emborrachaban juntos.
Según consta en los registros de ese instituto, Ferrasanes egresó con el título de
bachiller y subteniente de reserva. Sin calificaciones que lo destaquen del montón, al
menos cumplió con todas las materias. Por ejemplo, participó y aprobó los cursos
sobre uso y manejo de armas ligeras. Es decir, fusiles, ametralladoras, revólveres y
pistolas, aparte de un asomo a los morteros y otras armas de uso en infantería.
El que vio tantas balas nunca las confundiría con otra cosa.
Pero hay algo más. Durante los años en que Ferrasanes estuvo en el Colegio
Militar al frente del país había una dictadura militar. Nacionalista, fascistoide,
apoyada por el Opus Dei, que allanaba los hoteles para ver si las parejas en plena
coyunda estaban casadas y cerraba sindicatos que no fueran adictos al régimen.
Una dictadura que perseguía y encarcelaba a los opositores, convencida de que
estaba luchando contra el comunismo internacional, inspirada por Dios. Todas las
fuerzas de seguridad recibían instrucción contrarrevolucionaria y, como era lógico,
también los cadetes del Colegio Militar. Arturo Oso Ferrasanes no podía haber
eludido la participación en los operativos donde se sacaba los cadetes a la calle,
armados hasta los dientes.
No sé qué horas serían cuando vino Ernesto Bonanova y me dijo:
—Vení que quiero que veas una cosa.
Debía de ser tarde, porque Chiquita ya se había ido y la Susy también, y
estábamos preparando el velorio.
Bueno, Ernesto me hace entrar en el baño y me muestra algo, un pedacito de
hierro, y me dice:
—¿Vos sabés que es esto?
Yo lo miré y me quedé con la boca abierta, porque no tenía ni la menor idea.
—No sé —le dije—, acá hubo un montón de médicos dando vueltas. Debe ser de
ellos.
Entonces me dijo:
—¿Qué te parece que hagamos, lo tiramos?

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Y lo tiraron. Me tuvieron lástima, porque yo no podía ni pensar.
Lo que tiraron, haciendo correr el agua para que desapareciera, era la sexta bala.
Probablemente la del primer disparo, la que rozó su cabeza, dejando una clara huella
en su cuero cabelludo, y en el cráneo, sin matarla.
Las otras cinco balas fueron encontradas por la autopsia en el cráneo de la muerta.
La sexta, por lo que dijimos en rigor la primera, fue encontrada en un rastreo y
filtrado de los conductos cloacales de la casa donde sucedió el homicidio. Por más
agua que se arroje por un inodoro, excusado o taza, como se lo quiera llamar, un
proyectil de plomo no es arrastrado tan fácilmente.

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Lito dice

Luego de leer las declaraciones del marido de la muerta, bastante más tarde, cuando
desperté de lo que podríamos considerar una siesta de madrugada, llame al Ritter.
—Juan Manuel, vos no sabés con quién estás jugando.
—Con una banda de desalmados, por eso quiero que…
—¡No, no! —dijo—. No sabés con quién estás jugando al llamarme a estas horas.
¿Nadie te dijo que soy un tipo con contactos siniestros? ¿Te acordás de los Gurkas,
los mercenarios serpas de los ingleses? Salen a tres pesos la docena. Un día de estos
te mando un par, con esos cuchillos inmensos que usan ¿cómo se llaman?
¿Kampilang, como los machetes de los maharatos de Sandokán? ¡Voy a hacer que te
maten, pero metiéndote los sables por el culo, concha de tu madre!
—Está bien, si necesitás sublimar tus impulsos homosexuales, no soy tu
psiquiatra para impedirlo; pero primero lo que quiero saber.
—¿Ahora vas a decir que también soy maricón? ¡No hay derecho! ¿Qué hice yo
para merecer esta maldición?
—Preguntáselo a tu conciencia; a Pepe Grillo, como te enseñó seguramente tu
pobre madre.
—A ver, qué carajo querés saber, y no me des muchas vueltas que anoche me
pasé con los tragos y tengo la cabeza revuelta.
—Cuando encuentran la bala en el baño y la tiran por el inodoro, Ferrasanes dice
que no se da cuenta que es una bala.
—Estaría con una resaca peor que la mía…
—¿Y si no?
—Imposible.
—Pienso lo mismo. Los otros por ahora no me interesan, pero el hermano… el
hermano dice, cuando le muestran la bala que encontraron al mover el cuerpo, que no
sabe qué es. ¿No sabe o se hace el tonto?
—¿Cuál te gusta más?
—Así no juego.
—Está bien… —Se tomó un tiempo, como para ordenar lo que fuera,
pensamientos o palabras, que sacarle algo sin control a Ritter es como acariciarle las
muelas a un tiburón sin que nos coma la mano.
—Está bien Charquito, el hermano tampoco es trigo limpio.
Lo sabía.
—Abel Genaro Pérez García, 54 años, es abogado como vos, o al menos le gusta
que lo llamen «doctor» —recitó—. Todos lo conocen por Lito… y yo también.

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—¿De dónde?
—De por ahí.
—Ah…
—Sí, ah… ¿Quién es el investigado ahora, yo o el otro?
—No seas susceptible.
—Con resaca es mi estado natural.
—¿Qué hace?
—¿Qué hace o qué hizo?
—Las dos cosas.
—Bueno, no sé si recordás que este país no hace mucho fue un quilombo político
bastante gordo, que hubo una dictadura y que la gente desaparecía como si no tuviera
nada mejor que hacer.
—Tengo cara de idiota, pero no tengo amnesia.
Lo oí reírse antes de decir:
—Empate en la competencia de susceptibles. Lito fue uno más de los que
hicieron negocio en río revuelto ¿se entiende? Y te voy a decir más, de todo lo que se
oye por ahí la mitad no hay que creerlo y la otra mitad hay que ponerlo en duda,
pero… Estuvo muy vinculado a grandes hijos de puta que de próceres pasaron a la
cárcel por genocidas.
—Estaba en los grupos de tareas.
—Dicen, pero no lo creo, es demasiado astuto para ensuciarse de esa manera. Les
hacía prensa, relaciones públicas, campañas para limpiar su imagen, cosas por el
estilo; aparte de traficar con información. Todavía anda en ese palo.
—¿Es periodista?
—Mirá, en este país todas las putas son «artistas».
—¿Es o no es periodista?
—Tanto como yo, Juan Manuel. Hay que acordarse de lo que dijo San Martín:
serás lo que debas ser, o si no serás periodista. Lo que te puedo decir es que tiene
muy buena llegada con estamentos superiores de la policía, los servicios y otras cosas
semejantes. Yo no le compraría un coche usado.
Yo tampoco.
Y menos luego de recortar el archivo donde Lito dice: Que fue a Los Reyunos
porque su cuñado le avisó del accidente de su hermana, y que había mucha gente en
la casa; familiares, vecinos, etc.
Que cuando vio a la muerta en el suelo se acostó a su lado, del lado derecho de la
occisa, para tomarle las manos, besarla y acariciarla.
Que la muerta parecía sonriente, como si hubiera encontrado la paz.
Que cuando alguien le dijo que un vehículo patrulla de la policía quería entrar en
Los Reyunos, llamó por teléfono a la jefatura de Policía, al Comisario Mayor
Fernando Torres, con quien lo une una vieja amistad, y de quien sabe su número de
teléfono de memoria.

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Que lo hizo para que tuvieran en consideración el dolor de los familiares y que
Torres le contestó: «Lito, quedate tranquilo» [sic]. Por lo que así explica que la
policía no entrara en Los Reyunos pese a que hubo un aviso del accidente mortal.
Que estaba con Quique Beltrán cuando Ernesto Bonanova le mostró el trozo
metálico que habían encontrado debajo de la muerta. Que lo tomó con un trozo de
papel higiénico porque «así lo había visto hacer en las películas» y que no supo qué
era.
Que se lo mostró a los que estaban presentes y les dijo: «¿Qué carajo me quieren
decir? ¿Que esto es una bala?». Y que pensó que era, tal vez, una traba para sostener
medio abierta una ventana, o la puerta de una biblioteca.
Que enseguida vino Arturo Ferrasanes, quien dijo que podía ser «una de las tantas
cosas que usaron para intentar resucitarla los médicos», por lo cual arrojó el objeto
por el inodoro e hizo correr el agua.
Estuve un rato pensando en la conexión entre el Ritter y Lito, el hermano de la
muerta, mientras me afeitaba en el baño de mi despacho. Amanecía y si no bajaba a
tomar un café, cuando en un rato más llegara el personal del juzgado, estaría hecho
una lástima.
Estuve tentado de llamarlo otra vez, solo por molestar. Pero el único argumento
que tenía era que el tal Lito, durante su declaración, se ocupó varias veces de señalar
que, cuando se tendió en el suelo para abrazar a su hermana, lo hizo sobre el lado
derecho de la muerta.
Cualquier persona normal, destrozada, anonadada por lo sucedido, es posible que
se acueste en un suelo manchado de sangre para abrazar a un ser querido. Lo difícil es
que recuerde que lo hizo del lado derecho del muerto.
Claro, si lo hubiera hecho del lado izquierdo, no tendría excusas. La mujer tenía
un agujero de bala, muy visible, en el borde de la sien izquierda.

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Delete

Sabía que algo andaba mal en la vida de Juan Manuel. Si me quedaba alguna duda,
ayer se fue al carajo con la llamada de Susana. La mujer de Juan Manuel no me
puede ver. Durante muchos años, desde que se conocieron en la facultad de Derecho,
tejió un capullo suave para envolverlo y protegerlo, y cada vez que yo me acerqué a
ese útero calentito y maternal, me vio como la Muerte Escarlata rondando el castillo.
No sé qué imagina del pasado que compartimos con Juan Manuel, pero fue
infinitamente más inocente que lo que teme. No sé qué imagina de mi pasado, pero,
con seguridad, se queda corta.
Lo cierto es que, desde que, por casualidad, volví a encontrarme con su marido,
me acusa de todos los males que han crecido en su matrimonio. Por eso el encuentro
me hizo presente que tiene que estar muy desesperada para buscar mi ayuda. Por eso
el encuentro, en ese bar de Palermo, estuvo tironeado entre su odio a mi ajena
persona y su necesidad de evitar el naufragio.
El bar está a poca distancia de su casa. Se había vestido y maquillado como si
tuviera la obligación de conquistarme, lo que en Susana es algo tan inusual que llama
la atención. Susana es de las mujeres que un día cruzan una invisible raya en el suelo
y dejan de ser mujeres para transformarse en madres y señoras. Un barniz suave las
envuelve y en su entorno ya no hay rastros de hormonas, sino perfume de talco para
empolvar culos de bebés. Desde esa burbuja miran al mundo con una mirada de paz
aparente, de encontrarse en el sitio adónde querían llegar.
—Gustavo —dijo—. Vos y yo nunca nos llevamos bien, pero reconozco que sos
el único que puede hacer algo.
Es curioso, pensé, la gente que apenas me conoce me llama Ritter Pueyrredón; las
relaciones cercanas, Jorge, y los viejos compañeros de infancia, Ritter. Solo Susana
apela a mi segundo y casi olvidado nombre: Gustavo. Seguramente tiene algún
significado.
—Juan Manuel se está matando y va a destruir todo lo que hemos construido. No
puedo soportarlo. Hace días que se niega a hablar conmigo, y ni siquiera con la nena
quiere hablar. Decime qué le pasa. ¿Se está volviendo loco?
—No lo creo. Tampoco lo veo tan seguido como se me ocurre que vos estás
suponiendo, pero no me parece que esté mal de la cabeza. Siempre fue un obsesivo, y
por lo que he visto está revolviendo un caso que no le toca, para averiguar vaya uno a
saber qué.
—Eso es lo que me preocupa.
—¿Que se meta en donde no lo llaman?

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Me miró un momento y no pude evitar que en sus ojos hubiera una chispa de
rabia. Lo disimuló encendiendo un cigarrillo. Fuma como alguien que no tiene
costumbre. Como alguien que no sabe qué meterse en la boca para calmar el
desasosiego.
—No es eso —dijo—. Hace más de un año que no hacemos el amor. Lo veo
metido para adentro, y ni disfrazada de cabaretera me toca.
—¿Te disfrazaste de cabaretera?
—Gustavo, no seas mal educado. Soy una señora. No hago esas cosas.
—A ver, Susana… Tengo claro que nunca vamos a ser amigos, aunque no me
queda claro por qué. Dejemos de lado los odios menores y me vas a permitir un par
de preguntas, como si fuera tu confidente, o tu psicoanalista.
—¡Ya está! ¡Ya tenía que aparecer! ¿Por qué esa rabia contra los psicólogos?
¿Qué tenés que ocultar, a qué le tenés tanto miedo?
—Uff… saquemos la referencia incómoda y pongamos un ramo de flores. Lo
dejamos en confidente o, si te gusta más, en amiga a la hora del té. Necesito saber
qué pasa, y tanto vos como Juan Manuel son más cerrados que una ostra.
—Es que a Juan Manuel le vendría muy bien hacerse terapia, porque el poco
tiempo en que hicimos terapia de pareja cambió, estaba mejor. Estoy segura de que
fuiste vos el que le llenó la cabeza para que la abandonara, y así está, al borde de
pegarse un tiro y hundirnos a todos.
—Primero, yo no tengo nada que ver. Mi negación de ciertas supersticiones de la
clase media no incluye el proselitismo. Segundo, Juan Manuel es un chico grandecito,
ya puede elegir por su cuenta, y es tan cabeza dura que no atiende razonamientos de
nadie; incluyendo a este servidor.
—Sin embargo…
—Nada. No cambiemos el eje del asunto, porque así no vamos a ningún sitio,
como no sea a pelearnos como dos imbéciles. Contestame, por favor. ¿Desde cuándo
tu vida sexual, o su vida, si te resulta más fácil, se fue al carajo? ¿Cómo se llevaban
antes de que dejara de tocarte?
Encendió otro cigarrillo con la colilla del primero y levantó la mano para pedir
otro café. Pero le cambié el juego, porque a las once de la mañana ya se puede beber
algo más consistente.
—Dos gin-tonic, con poco hielo —ordené.
—¡Quiero un café!
—No te vas a volver alcohólica por un miserable gin-tonic, y con un poco de
suerte nos afloja a los dos y dejamos de ladrarnos para hablar como personas. A ver si
lo tenés claro, Susana, lo de Juan Manuel me preocupa, no tanto como a vos, eso es
seguro, pero me preocupa.
Por una vez no dijo nada, y miramos la calle por la ventana, hasta que, después
del primer sorbo volví a la carga.
—Cuando éramos jóvenes Juan Manuel no le hacía ascos al sexo, y si no fuera

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porque lo acomplejaban sus defectos físicos, se lo hubiera pasado en la cama, porque
las mujeres le daban más bola que a mí.
—¡Qué me estás diciendo!
—Algo que seguramente es molesto, pero necesario. No recuerdo cómo eran las
relaciones con el par de novias que tuvo, porque soy un desmemoriado para la vida
privada de los otros, pero si no fuera porque se sentía deforme podría haberse
convertido en un sátiro. ¡No te cuento nada nuevo, Susana, en la facultad las minas se
morían por él!
—Le tenían lástima. ¿No te das cuenta?
—Ojalá me hubieran tenido lástima a mí. ¡Ya, no te pongas así, y dale un trago a
eso, que estoy haciendo una broma!
—No estoy para bromas.
Ese era uno de los problemas. Susana nunca estaba para bromas. Es, fue y tal vez
será, una persona seria, responsable, y todo lo demás.
—Perdoname, pero te lo voy a preguntar otra vez, y en términos bien de calle:
¿Cómo se llevaban en la cama?
—Bien. Somos personas normales. Pero no vine a hablar de eso. Cómo vos bien
decís, mis problemas los trato con mi analista, no necesito que reventados como vos
vengan a meter la nariz en mis asuntos.
—Bueno, no me dejás otro camino que imaginarlo, y eso me lleva de cabeza a
suponer el aburrimiento como un monstruo que se come todo.
—Gustavo… tiene una hija, que lo necesita. Centrate en lo que te estoy pidiendo.
Quiero que hables con él, que lo hagas reflexionar, que se deje de tonterías y asuma
sus responsabilidades.
—Está bien —dije, convencido de que no habría manera de avanzar ni un paso
más—. Hablaré con Juan Manuel, pero no te puedo asegurar nada.
—Hay algo que tenés que saber…
—Te escucho…
—Los dos secretarios que tiene en el juzgado me llamaron un par de veces, y
están muy preocupados. Dicen que está como ido, que durante el día parece que no le
importa nada de lo que hace. Que ni siquiera se afeita. ¿Sabías que se compró un par
de camisas para no pasar por casa a cambiarse?
—Enemigos internos…
—Vos siempre pensaste que soy tonta, pero no lo soy. Me doy cuenta muy bien
que están esperando que meta la pata para quedarse con su puesto, o algo así. Pero él
está haciendo lo posible para hundirse y arrastrar a su familia. No lo voy a permitir.
Si no conseguimos que cambie, le voy a pedir el divorcio.
—Entiendo… dame unos días.
Asintió con la cabeza, recogió sus cosas de la mesa y se fue sin despedirse. Un
solo gin-tonic había bastado para que caminara un poco más rígida que de costumbre.
Pocas veces tuve una mujer a mi lado, generalmente estaban muy por detrás o

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inalcanzablemente adelante, pero no podía pensarme junto a una mujer como Susana.
Podía ser una aplanadora en su convicción de saber, siempre, lo que es mejor para su
hombre.

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18
Serpico
(De los archivos robados)

Otra vez encuentro el rastro del fiscal Armando Plaza Barrenechea. Otra vez en boca
de Jorge Menéndez, el amigo del «viudo» Ferrasanes.
Dos meses después del accidente, cuando todo parecía olvidado, cunde la alarma
y Menéndez es convocado por su amigo a una reunión importante. Están presentes el
propio Arturo Ferrasanes, Jorge Ronaldo Cooningan, alias El Inglés, Manuel Bedoya,
el jefe de seguridad de Los Reyunos, y el abogado de la familia.
El abogado los pone al tanto de que las cosas se han complicado. Que se abre una
investigación «por conductas que hay que aclarar, porque la sospecha abarca a todos.
La sospecha de que podían estar ocultando un homicidio».
En esa oportunidad es Ferrasanes quien manifiesta su idea de que «Barrenechea
[Armando Plaza Barrenechea] ese amigo de Lito nos está metiendo en este despelote,
porque quiere hacer méritos y llegar a juez».
La deslealtad del fiscal con sus amigos ya se da por hecho. ¿En qué se
fundamenta? Si damos por cierto lo que pasado un tiempo dice el fiscal Plaza
Barrenechea, comenzó el mismo día del velorio, cuando él habló con los familiares
para que dieran intervención a la justicia.
«A los familiares no les gustó mi propuesta —recuerda—. Recuerdo que uno que
estaba con Lito, creo que Ernesto Bonanova, me dijo que si con una investigación se
comprobaba que un “villero” se había colado a robar y la había matado de un
“fierrazo” en la cabeza, no servía para nada; eso no le iba a devolver la vida».

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Corredor solitario

Anoche vino el Ritter con su botella y un sobre con notas de diarios bajadas de
Internet. Todas del último año.
Lo arrojó sobre mi escritorio y dijo:
—Le pedí a mi secretaria que buscara un poco y mirá todo lo que tengo. Hay un
tipo que encaja como anillo al dedo y como se descuide se lleva el premio mayor.
¿Por qué nunca mencionaste a Aparicio Verneda?
—Porque no me interesa.
—¿Y si fue el asesino?
—No lo creo.
—La defensa de Ferrasanes dice que Verneda era un resentido social, que robó a
varios vecinos y que seguramente fue él quien la mató.
Me picó, porque en el fondo me importa una mierda quién la mató. Me importa
una mierda pero, como soy el idiota que hay detrás de esta cara que no miente, me
hizo sentir un tramposo. Por eso, para olvidarme de ese hombre para siempre, voy a
reseñar lo que supe de él.
La primera aparición de Aparicio Verneda, en orden cronológico, se produce
momentos antes de que la muerta se dirija hacia su casa, es decir poco después de las
18 horas de ese domingo.
Dos chicos que suelen concurrir a Los Reyunos a pasar los fines de semana con
su familia, se cruzaron con Aparicio Verneda, que corría solitario con ropa deportiva
y la capucha puesta, posiblemente para protegerse de las lloviznas intermitentes que
caían a esas horas.
Según los chicos, Verneda los saludó al pasar a su lado. Corría hacia el sector
donde se encuentra la casa del matrimonio Ferrasanes.
Los mismos chicos dicen que, pocos minutos más tarde, vieron pasar a la muerta
en su bicicleta, con calzas deportivas y un chubasquero.
¿Quién era Verneda, por esos días? ¿Quién es ahora?
Los Reyunos no es ni nunca fue todo lo seguro que prometía. Como otros
country, vivió más de un episodio de robo y, muchas veces, los actores entraron en
los domicilios robados con toda comodidad. Muchas veces alguien de adentro les
facilitó el blanco y la manera de saltarse la seguridad, cuando no resultó que el ladrón
fue un vecino del country o uno de sus vigiladores.
Antes y después del episodio que me interesa hubo robos de todos los colores y
hasta algún secuestro exprés, en el que retuvieron a toda la familia para que el titular
de las cuentas bancarias las vaciara en beneficio de los secuestradores.

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Para alguien que no conoce la composición social de los country hay cosas que
son difíciles de imaginar. Más adelante, si tengo fuerzas y ganas, tal vez «diserte»
sobre esta nueva forma de exclusión que son los «barrios cerrados». Ahora, con tal de
sacarme de encima la deuda con un amigo, me concentro en Aparicio Verneda para
luego olvidarlo.
Aparicio Verneda era poco menos que un apestado, cuando sucedió todo. Los
vecinos no lo frecuentaban y, aunque tal vez no lo sabía, estaba bajo vigilancia.
Sospechaban que había tenido relación con algunos robos a viviendas que
permanecían vacías un cierto tiempo. Los ladrones sabían cuándo y cómo atacar
porque en Los Reyunos había un informante.
¿Por qué Verneda estaba bajo la lupa? Básicamente, sospecho, porque no era
parte del negocio grande. En el pasado registraba un par de condenas por hurto,
alguna sanción por peleas en sitios públicos y se lo sabía un adicto compulsivo al
juego. Jugaba a lo que fuera y siempre hasta perder sumas importantes que lo
mantenían permanentemente endeudado.
De que lo tenían bajo vigilancia hay un testimonio. Uno de los vigiladores de Los
Reyunos, Jorge Recalde, declaró que ese día cumplía su horario en uno de los puestos
con el cometido de vigilar la casa y los movimientos de Aparicio Verneda.
Pongo en serias dudas su veracidad porque fue el único, en todo el country, que
dice haber escuchado gritos y disparos, probablemente vinculados con el asesinato.
Un vigilador gana muy poco dinero. Más de un vigilador estuvo ligado a robos en los
lugares bajo su custodia. No es exagerado pensar que sobre Jorge Recalde goteó algo
del maná de los encubridores.
Además, otro vigilador que estuvo con Recalde escuchando el partido de fútbol
señalaría luego que ni vio a Verneda en cercanías de casa de los Ferrasanes, ni
escuchó ningún disparo o grito que le llamara la atención. Que fue un día de guardia
normal.
Lo cierto es que cuando los abogados de la familia comenzaron a hacer su trabajo,
porque todo el andamiaje había saltado y serían interrogados por el homicidio, uno de
ellos comenzó a manejar la teoría Verneda.
En casa de la muerta los fines de semana solía haber dinero. Como tesorera y
miembro destacado de La Fundación, acostumbraba llevarse a casa la o las «cajas
fuertes», dijeron varias voces. Lo de las cajas fuertes es ridículo, porque si hay dinero
serio, está siempre en un banco. Pero, no importa, lo que importa es que Verneda es el
que nos queda más a mano. La teoría Verneda dice que entró a la casa a ladronear,
que la mujer lo sorprendió y que se le fue la mano y la mató.
Arturo Ferrasanes dijo a quien quiso escuchar que la muerta ya había tenido
problemas con el sujeto, porque le habría robado un perro de raza, tal vez para
venderlo, y que por eso Aparicio Verneda era el único vecino que no quería a la
muerta.
Por último: cuando rebuscaba en los archivos para encontrar algo, una pista que

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me revele quién fue la muerta, encuentro lo mismo que me trae el Ritter en un sobre.
Vencido por sus deudas Aparicio Verneda tuvo que dejar Los Reyunos, para terminar
mudándose a un pequeño departamento de Buenos Aires.
Pasado no mucho tiempo Verneda fue condenado a varios años de prisión por una
decena de robos y hurtos en casas de conocidos y examigos de Los Reyunos. Según
su propia admisión y las pruebas colectadas, se había encargado de copiar las llaves
de las viviendas, y entraba o enviaba a alguien cuando sabía que los dueños no
estaban.
El caso más grave, en el que no se le pudo probar participación, fue el de un
encapuchado que a punta de revólver obligó a la única persona presente en una casa,
una mujer mayor, a abrir y dar vuelta a todos los cajones, en busca de un supuesto
escondite de dólares.
A uno de los examigos robados le confesaría luego, a manera de disculpa: «No
tengo con qué darle de comer a mi familia. El coche, el alquiler, la cuota del colegio,
todo lo debo. No puedo dejar que se mueran de hambre, pero soy un adicto al juego;
no puedo contenerme».
Los abogados de Ferrasanes insisten en que el culpable fue ese tipo que, como
dijo Ritter, acumula números para llevarse el premio mayor: homicidio con intención
de robo.
Ya está, a mano con Ritter. No volveré a hablar de Aparicio Verneda.
A mano, pero no espero que entienda.
No comprende que me importa un comino quién la mató. Más, si el Espíritu
Santo se apersona para hacerse cargo de la muerte, también me importa un comino.
El problema es otro, porque otra es la pregunta, las preguntas: ¿Por qué su marido, su
hermano y todos sus amigos se complotaron para ocultar su asesinato? ¿Por qué
todos, absolutamente todos, se comportaron como culpables? ¿A quién estaban
protegiendo?
¿Quién era la muerta para merecerse el odio de los «inocentes»?

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Los inocentes

Son casi las once de la noche de ese domingo. Han pasado muchas horas, y todas
ellas con la muerta rodeada de gente, pero abandonada. Con las ropas descompuestas
y la cabeza encharcada en sangre. Por todas partes han pasado las toallas, los trapos
que no se cansó de manejar la Susy, para que la familia no se impresionara.
Entonces es cuando hay un cambio en los personajes. Lito, el hermano dolorido,
ante la resistencia del médico a acondicionar a la muerta dice:
—Que sean las mujeres las que la preparen.
Pero las mujeres se miran entre ellas y callan. Es evidente que no se quieren hacer
cargo de esa tarea.
Si no lo van a hacer, mejor que tampoco lo vean, piensa Ferrasanes, y dice:
—Susy, vos andá para tu casa y estate atenta al teléfono. Cualquier novedad te
llamamos.
Susy duda. Por lo que ha visto, volverles la espalda puede ser la peor elección.
—Yo voy a hablar con mi marido —se excusa Chiquita Cooningan—. No se qué
le contó a Chapulín, y no quiero más problemas por ese lado.
Así, sin ponerse de acuerdo, salvo en un mandato instintivo que las une en la
huida, ellas se van y ellos quedan solos.
Allí estaban:
Arturo Oso Ferrasanes, el marido de la muerta.
Abel Lito Pérez García, el hermano.
Ernesto Bonanova, el amigo del Oso y «socio» en el negocio mexicano.
Enrique Quique Beltrán, el que negoció el funeral.
Juan Raúl Latelier, el médico ciego.
Y la muerta, la mayor de los Pérez García, sin poder defenderse de los buitres.

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21
Delete

Juan Manuel se ha acostumbrado a mi presencia diaria en sus noches en vela. De


golpe, a partir de la segunda vez que charlamos en su despacho, en el momento en
que se permitió admitir que no sabía exactamente qué buscaba en la macabra historia
del country, se estableció una retrasada complicidad, una enmohecida asociación, que
tenía mucho de tiempos que ya no volverían.
Sin quererlo, al menos de mi parte, porque soy de los que prefieren no mirar atrás,
para no ver la cantidad de mierda que uno ha sembrado a lo largo del camino, vuelvo
a ser, como antes, la persona en la que Juan Manuel confía. Más le valdría no hacerlo,
porque desde que Susana, su mujer, se rebajó a pedir mi ayuda me encuentro atrapado
entre los cuernos de un dilema.
En pocos días mi viejo amigo ha sufrido una transformación física. Se le achicó la
cara y se ve más oscuro. Un signo interior que se me hizo visible cuando
comenzábamos a afeitarnos, para hablar de un tiempo aproximado.
Había un momento en que uno sabía que las cosas no iban bien para Juan Manuel.
Aunque eso no se pudiera medir de ninguna manera, los ojos del observador no se
engañaban: una oscuridad de angustia creciente, de tensión a punto de reventar y
contenida a duras penas, le contraía el gesto y le achicaba la cara. Era la mandíbula
apretada, el ceño, y tal vez que la sonrisa aparecía como impuesta, ajena; pero no era
solo eso. Hasta el pelo se le veía más oscuro. En esas ocasiones era puro sufrimiento
amordazado.
Ahora está pasando por lo mismo. En pocos días, a medida de que fue
descubriendo que su muerta no es quien quería que fuera, se ha puesto oscuro,
tenebroso.
Yo estuve preguntando, averiguando por mi cuenta, y podría contarle cosas de la
muerta y de su entorno, pero, no puedo hacerlo; no podría hacer pedazos el juego en
el que se ha metido. Tengo que esperar el momento en que esté maduro.
Pero lo de Susana no podía esperar. De una u otra manera tenía que darle una
respuesta, porque Susana es de las que cuando muerden no sueltan, como los perros
de presa.
No pude, o no quise esperar el momento adecuado, y faltó poco para que nuestra
amistad muriera para siempre.
—¿Y a vos quién te dio permiso para meterte en mi vida privada? —dijo.
—Nadie. Pero te recuerdo que…
—No me recuerdes nada, que ya lo sé todo. Me conociste imbécil, incapacitado, y
sigo siendo el mismo de siempre. Un lisiado al que hay que ayudar hasta para que se

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abroche la bragueta después de mear.
Se había cerrado en banda. Oscuro como estaría al final de esta historia. Y sentí
pena, porque se estaba lastimando, pero la diplomacia nunca fue parte de nuestros
códigos.
—Mirá, hermano —dije, con mi mejor sonrisa de tipo jodido—. A mí no me
podés engañar. Vos nunca fuiste tonto, por más de que te guste creer semejante
estupidez, así que no me vengas con ese cuento. Dejalo para engañar ladrones y
mandarlos presos.
—Yo sé muy bien quien soy…
—Y yo lo sé mejor que vos, pero por lo que veo los años que estuvimos
desconectados hicieron que te olvides que soy el Ritter.
—Gran cosa…
—Ni grande ni chiquita, pero sí un soberano hijo de puta que te dice la verdad,
aunque no te guste. Y esta es la verdad: tenés cara de tonto, porque te gusta, te da
ventajas sobre los otros, pero sos el bicho más empecinado e inteligente que he
conocido.
—Solo es cierto lo de empecinado.
—Lo cierto es que vos también sos bastante hijo de puta, tal vez tanto como yo;
un bicho.
—¿Sí? Nunca anduve jodiendo gente por esos mundos, soy un tipo normal como
hay tantos.
Me le reí en la cara.
—Juan Manuel, ningún tipo «normal» soporta ser juez. Ninguna persona normal
borra de su conciencia con tanta facilidad el enterrar a un tipo para siempre en esas
apestosas mazmorras. Y no a uno, sino a cientos. Yo no podría hacerlo. ¡Ahí tenés!
Yo no podría hacerlo, porque no volvería a dormir en toda mi vida.
—Alguien tiene que hacerlo…
—¡Ja! Solo nos faltaba eso, que me contestes con frases de Rambo, antes de
tomarse la justicia de propia mano degollando vietnamitas: «Alguien tiene que
hacerlo». Ahora parece que el que tiene cara de boludo soy yo.
Entonces me miró un momento largo, como si se hubiera descorrido un telón ante
mí, o como si un ciego recuperara la visión. Hizo un gesto de entrega y, por primera
vez sin disimulo, con premeditación, se bebió de un trago el vaso de wisky.
—No quiero discutir más. Si viniste para hablarme de Susana, hablemos de una
vez, para que nunca más volvamos sobre ese tema.
Le conté nuestra charla, y me escuchó en silencio. Poco a poco un cansancio
antiguo, una tristeza amortiguada, le ganó los gestos.
—Es cierto —dijo—, hace tiempo, ya más de un año, que no tenemos sexo.
—Ya no te gusta…
—Te voy a decir la verdad, Ritter… nunca me gustó. Al menos con esa potencia,
con esa fuerza que algunos llaman pasión, amor…

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—O calentura.
—O calentura. Nunca, ni eso.
—¿Y entonces?
—No sé… supongo que era una mujer que me hacía las cosas más fáciles.
—¿Es un «supongo» o un «sé»?
—Te gusta presionar, ¿eh? No aflojás nunca…
—Nunca.
—Es cierto, no supongo nada, lo sé sin lugar a dudas. Siempre estaba allí para
aceitar lo que crujía, para poner algodón donde podía doler. Y me gustaba, qué querés
que te diga; me resultaba tranquilizante.
—¿Cuándo empezó a cambiar?
Me miró de refilón, calculando cómo reaccionaría, antes de decir:
—Supongo que te habrá contado que un tiempo hicimos terapia de pareja.
—Era inevitable, hoy en día es su religión.
—¿No le habrás dicho eso?
—Más o menos…
Abrió la boca en una risa silenciosa, que por un momento le distendió la cara y lo
hizo más joven.
—Qué cretino —dijo—. Así no vas a conseguir que te quiera. Pero a vos no te
importa, y eso está bien, si vas a estar de mi lado.
—No empecemos a agrupar aliados, que no estoy de ningún lado.
—De acuerdo, entonces sigo solo. Fui a las sesiones de terapia de pareja haciendo
un gran esfuerzo. Me cuesta mucho abrir mis problemas personales a los extraños.
Pero, ya que iba, estuve leyendo algunos libros sobre el psicoanálisis y sus variantes.
Nunca me había interesado.
—Descubriste algo…
—Sí. Descubrí por qué me molestaba la costumbre que había tratado de
imponerme durante años, y que yo terminé por aceptar. Ella, en la intimidad, me
llamaba «papá», y esperaba que yo la llamara «mamá».
—¿La llamabas mamá?
Se encogió de hombros y volvió a reír sin ruido. Si no fuera porque, por un breve
momento, parecía feliz, me hubiera dado miedo.
—Había cedido, hasta que abandoné la terapia y nunca más le respondí cuando
me llamaba papá. No me gustaba esa sensación rara de estar acostándome con mi
madre.
—Bueno… es un juego como cualquier otro.
—Si estás jugando…
—Es lo que digo.
—Ella se había convertido en mi madre, Ritter. Y con mi hija no tuve una hija,
sino una hermana menor.
—¡Uff, el Gran Hermano Freud te comió la cabeza!

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—Ritter, estoy hablando en serio, y te digo más, a ella no le gusta el sexo.
Cuando alguien hace esa afirmación hay que poner todo entre comillas, y sobre
todo, nunca preguntar cómo lo sabe. Pero me ahorró cualquier pregunta.
—Tuvo cierto entusiasmo al principio, pero tuve que darme cuenta y no lo hice.
Siempre quería saber cómo me había ido, si había sido «feliz». ¿Se entiende o tengo
que entrar en detalles?
—No, mejor lo dejamos así. ¿No te parece?
Pero no me hizo caso, ya estaba lanzado:
—Un día me miré en el espejo del baño y me vi viejo, cansado y con la necesidad
imperiosa de masturbarme. Lo hice, y de pronto sentí asco de mí mismo, de mi
matrimonio, de haber tenido una hija, de no tener pelotas para irme por ahí con una
mujer que disfrute… o con una puta. ¿Para qué vivía? ¿Para enviar gente a la cárcel?
Así no vale la pena vivir…
—Entonces te obsesionaste con la muerta.
—Estás equivocado. Eso fue mucho después, cuando descubrí que lo único que
perdura es la muerte; que todo lo demás se termina demasiado pronto.
Nos quedamos un buen rato en silencio. Bebiendo como solíamos hacerlo cuando
éramos muy jóvenes. Bebimos para emborracharnos.
Cuando lo dejé dormía la mona, y yo me mantenía erguido como podía.
Tendría que inventar algo, tal vez otra mujer, para Susana. No podía decirle que
Juan Manuel se había puesto de novio con la muerte.

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Me acerco

Siento que a cada momento me acerco al punto donde se juega la verdad. El


rompecabezas donde me he metido forma una figura terrible, la de un grupo de
hombres devorando el cuerpo de una mujer.
No quiero hacerlo, no quiero sumergirme en esas terribles escenas, porque, debo
confesarlo, tiene razón el Ritter, estoy flaqueando. ¿Porque he dejado de comer? Eso
es lo de menos. Mi mujer ya no llama a mi despacho. Si no fuera por las camisas y
los calzoncillos que me trajo el Ritter, la gente me daría limosna en los pasillos de
estos juzgados.
Mi mujer ya no llama y no sé nada de mi hija. Todos me traicionan. Hasta ella, la
muerta, me traiciona.
La he visto, y no me ha gustado lo que he visto.
Quise olvidar en un cajón los tapes que me trajo el Ritter, con la expresa intención
de terminar con la «santidad» de la muerta. Siempre tuvo actitudes extremas. Yo solía
decir que hubiera sido un buen compañero de camino de muchos personajes del
Antiguo Testamento: Si tu ojo te lleva al pecado, arráncatelo.
Tuvieron que suceder muchos años y no pocos desastres personales para que se
volviera el negociador que hoy es. Gustavo Ritter Pueyrredón, junto con su falso
apellido se agregó una cierta capacidad de negociar, pero siempre en lucha contra su
impaciencia. Yo lo impaciento.
A veces, la mayor parte de las veces, yo mismo me impaciento y si fuera otro, me
pegaría muchas patadas en el culo. Sobre todo porque, más allá de las rutinas de mi
trabajo, siempre tomo por el camino más incierto, si no el más difícil. Como si
tuviera la necesidad de ponerme a prueba.
Con ese ánimo, nada extraño, me senté ante la pantalla para ver las apariciones
televisivas de la muerta. Pero al poco rato de comenzar ya no quería seguir adelante.
El que inventó el control remoto me hizo un gran favor, porque podía suprimir el
sonido cada vez que ella hablaba. Con oírla un par de minutos empecé a sentir que la
estaba perdiendo, que me traicionaba. Se veía demasiado segura.
Sin sonido recuperaba esos momentos en que volvía a ser un rostro sin apoyo, sin
sostén por detrás. Su voz, y la seguridad con que exponía sus ideas, sus objetivos y
sus deseos, más allá de que fueran de una ingenuidad increíble, le devolvía la
capacidad de defensa; la vivacidad de las personas comunes. Y no era eso lo que yo
quería.
No era eso, pero la tenía que ver, y comencé a perderla.
Me enfureció tanta impudicia y, no se cómo, si lo registré o me lo inventé, me he

[Link] - Página 69
quedado con un fragmento escogido de pura mierda.
Programa de media tarde. Estilo informal, es decir, con la conductora sentada a un
costado y no en el centro. Un sofá y varios sillones donde se hunden los invitados.
COMPAÑERA DE LA FUNDACIÓN.— Ella era para nosotras como Teresa de
Calcuta, una santa.
SEÑORA DE OTRA FUNDACIÓN.— A veces se nos hacía difícil ponernos de
acuerdo en las actividades, porque era muy obcecada, muy cabeza dura, pero también
era puro corazón. No podía ver sufrir a nadie…
ESCÉPTICO CONVOCADO PARA ESE PAPEL.— Sin embargo, no se puede
dejar de pensar que tanta bondad organizada oculta alguna empresa que decide no
desaprovechar, por ejemplo, toneladas de leche en polvo que pasó su fecha de
vencimiento.
COMPAÑERA DE LA FUNDACIÓN.— ¡Nosotras nunca repartimos leche, ni
vencida ni de la otra!
ESCÉPTICO CONVOCADO PARA ESE PAPEL.— Dije «por ejemplo»…
SEÑORA DE OTRA FUNDACIÓN.— Y cree que nos chupamos el dedo. ¡Lo
que hace falta es más caridad y menos buscarle la pata al gato para molestar a las
empresas que apoyan! [Con una ceja levantada] Ya quisiera ver a algunos con
hambre, a ver si rechazan yogures vencidos…
COMPAÑERA DE LA FUNDACIÓN.— [Irónica] Por ejemplo…
ESCÉPTICO CONVOCADO PARA ESE PAPEL.— No me gusta la leche, me
parece una mala costumbre.
CONDUCTORA DEL PROGRAMA.— [Acaba de recordar que en el extremo
del sofá tiene a un Premio Nobel de la Paz callado] No quiero olvidarme que nuestro
tema del día es la violencia. Usted, que ha dedicado tanto tiempo a luchar por la paz,
¿qué piensa de la violencia?
PREMIO NOBEL DE LA PAZ.— [Ensimismado] Que Dios no mata…
[Silencio. Esperan que diga algo más, pero eso no sucede]
ESCÉPTICO CONVOCADO PARA ESE PAPEL.— Una idea muy interesante, si
uno cree que Dios existe. Yo paso…
SEÑORA DE OTRA FUNDACIÓN.— ¡Cómo puede decir eso!
¡Todo el mundo cree en algo! Lo que ha dicho el señor es muy profundo.
PREMIO NOBEL DE LA PAZ.— [Abre los ojos como si despertara asustado]
Dios nos pone a prueba. Somos la única religión que tiene un instrumento de tortura
como símbolo: la cruz. Debe ser por algo…
COMPAÑERA DE LA FUNDACIÓN.— [Compungida] A mí me ha tocado… yo
se que ella está en la Gloria, junto al Señor, después de sufrir tanto.
Lo admito, me sentí destrozado, el idiota de siempre y aún peor, mejorando con
los años. Quiero saber quién fue ella, y a cada paso me alejo más y más. Se me hace
impenetrable. Pero, pensando en ese programa de la tele y lo que voy rescatando de
los archivos ya puedo decir algo: nuestros amigos, quienes nos acompañan, dicen de

[Link] - Página 70
nosotros más de lo que nos gustaría. No se puede estar rodeado de tontos o hijos de
puta sin serlo de alguna manera.

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23
Delete

Ritter me está ocultando información. Ayer se lo dije. Me puse obstinado con su


relación con el hermano de la muerta, Lito Pérez García, y al fin me soltó lo que yo
quería saber.
Ritter estuvo en el Ejército en los años 70, cuando los militares se sucedían en el
gobierno y la represión menudeaba. Lito pertenecía a la misma camada de
«colimbas» que hacían el servicio militar obligatorio. Allí se habían conocido,
cuando chupaban frío patagónico en el regimiento de San Martín de los Andes, y
participaban en maniobras de contraguerrilla.
—Vos sabés cómo son esas cosas —dijo—. Cuando salías los fines de semana
estabas lejos del mundo, y si no ibas al prostíbulo o a un baile de pueblo, ¿qué podías
hacer?
—Yo no sé cómo son esas cosas. Me salvé por lisiado.
—Y sos capaz de quejarte… no hagas chistes, Juan Manuel.
—¿Eran amigos?
—San Martín de los Andes es muy chico, y todo está relacionado con el cuartel;
nadie se puede tirar un pedo sin que los milicos se enteren. El que no es militar les
debe algo, así que ser «colimba» era como estar apestado. A nosotros nos salvaba que
éramos parte del grupo de tiradores de elite, teníamos algunas ventajas.
—¿Francotiradores, como en las películas?
—A veces no sé si sos o te hacés… —dijo, con una mueca—. En esos grupos
están los mejores tiradores de cada batallón. Tipos preparados para misiones
especiales, y toda la historieta. Pero, al final, nunca pasamos de las competencias de
tiro entre cuarteles, donde los oficiales te apretaban las tuercas porque si perdían, se
les machucaba el orgullo cuartelero.
—A ver si lo dejamos claro: el hermano de la muerta era tirador de elite. ¿Sí o
no?
—Sí. ¿Conforme?
—Más o menos. ¿Qué ventaja tenías en ese grupo?
—Bueno, en un regimiento de montaña hay mulas. Y las mulas cagan, y hay que
limpiar los establos, y en cuanto te descuidas te descalabran de una patada, o te
muerden, y en las maniobras el frío te vuelve azul como los pitufos, y los sargentos y
los cabos te cobran todas las putadas que les hagan sus mujeres, y… no sigo porque
es interminable. Nosotros éramos los aristócratas de todo ese cirquito y nos
limitábamos a practicar tiro. ¿Te queda claro?
—Entonces eran amigos.

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—Yo diría que socios en la supervivencia. Nos cubríamos entre nosotros y eso
hace bastante por la camaradería.
—¿En qué se cubrían?
—Boludeces… Pequeñas trampas, robos chiquitos, contrabandear wisky adentro
del cuartel y, de tanto en tanto, escondernos por ahí para fumarnos un porrito de
marihuana.
—¿Drogas?
—Marihuana. Las drogas pasaban de largo y era algo en lo que no nos podíamos
meter.
—¿Quién se metía?
—¿Vos has estado alguna vez en la frontera, cualquier frontera?
—Una vez en Brasil, como turista ¿por qué?
—Bueno, te voy a decir algo que comencé a entender cuando era «colimba» en
San Martín de los Andes, muy cerca de Chile: el que inventó las fronteras tenía una
idea muy clara de los negocios. Son el cuerno de la abundancia para los tipos rápidos.
Más de un militar se retiró con fortunas escondidas en alguna parte. Todo chorrea
miel: coches robados, drogas, carne de matadero ilegal y hasta mano de obra barata,
si viene al caso.
—¿Por eso te apuntaste en el ejército, para hacer fortuna con el contrabando de
drogas?
—No querés saberlo, Juan Manuel. Y, además, me estás inflando los huevos con
tanto interrogatorio. Pongamos que cuando me quedé en el ejército era un idiota
tentado por la aventura, y la posibilidad de tirarme a las chinitas del pueblo luciendo
galones de cabo.
—No te veo de esa manera, sos demasiado incrédulo.
—Eso vino con los años. Me creía muy vivo, pero era un gran boludo.
—Sigamos con Lito Pérez García. Lo conociste en San Martín de los Andes, pero
luego volviste a verlo.
—Ya te lo dije, volvimos a tropezarnos en este negocio de hacer prensa y
relaciones públicas para el que pague.
—¿Trabajó para la dictadura?
—¿Cuál de ellas?

***

Borrado.
Borrado.
Borrado.
Estoy seguro de que Juan Manuel sigue convencido de que entre Lito Pérez
García y yo hubo alguna relación de amistad. Si le dijera la verdad, sabría que las
circunstancias nunca jugaron para ser amigos, más bien todo lo contrario. Porque

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cuando volvimos a encontrarnos habían pasado muchos años, mucha sangre bajo los
puentes y estábamos en bandos enfrentados, por cuestión de negocios.
Fue en Asunción del Paraguay. Verano de 1979.
Había pasado el Mundial de Fútbol, que ganamos, pero Videla y sus secuaces
seguían arriba, agarrados al poder y sembrando muertos y desaparecidos por todas
partes.
Solo que su poder no era monolítico, tenían enemigos en sus propias filas. Un
sector que se titulaba «nacionalista» sumaba fuerzas para echarlos y quedarse con la
cabeza de la pirámide. La cosa había llegado a tanto que a veces se agarraban a
balazos, y los muertos se los cargaban a la guerrilla.
Yo lo sabía. Muchos lo sabíamos. Y algunos pensábamos que era un buen
momento para los negocios. Para el negocio en que me había metido como
consecuencia de mi paso por las fronteras: el contrabando de armas.
La cosa se había puesto a punto de caramelo cuando, por razones de Estado,
Pinochet y Videla coincidieron en hacerse la guerra. Chile y Argentina enfrentados
por una cuestión de límites y un par de islas perdidas en el culo del mundo. Les
convenía a los dos. Confiaban en que el patriotismo volvería estúpida a la gente.
La guerra se iba a dirimir en la Patagonia, y para eso los militares crearon un
nuevo cuerpo de ejército, muy al sur. La movida le sirvió a Videla para concentrar allí
a los «nacionalistas», bien lejos de los centros de poder y, de paso, para limitarles el
armamento hasta donde pudo.
Ahí entraba yo; nosotros.
En San Martín de los Andes, cuando dejé el ejército, había comenzado a trabajar
para el Hombre, un vendedor de armas internacional. La palabra «traficante» no me
gusta.
El Hombre —así lo llamábamos los cercanos— conseguía rezagos de guerra, y
triangulaba por derecha o ilegalmente armas recién salidas de fábrica. A veces había
que hacer relaciones públicas y mostrarle a los compradores la eficacia de lo que
vendíamos. Ahí entraba el tirador de elite que había sido yo. Nunca hacía mal papel;
un par de trucos y ya estaba hecho. Por lo general, me encargaba de organizar las
entregas, viajando a donde fuera necesario. Y en ese papel acompañé al Hombre al
encuentro con los «nacionalistas», necesitaban armarse y estaban dispuestos a invertir
mucho dinero.
La cita era en Asunción, porque en Paraguay el contrabando era la industria
nacional y se podía comprar o vender todo lo imaginable; siempre que uno pagara el
«impuesto» correspondiente.
Con el Hombre llegamos puntuales a las oficinas de negocios que ocupaban el
subsuelo de un centro comercial, donde los productos de todo el mundo, buenos o
falsificados, esperaban al turismo que llegaba de los países limítrofes para aprovechar
las gangas. Para llegar hasta allí habíamos pasado por el medio de un multitud
marcada por los violentos contrastes. Una multitud que pensaba en guaraní, hablaba

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en castellano y mentía en cualquier idioma turístico.
Nos abrió la puerta un mastodonte vestido con traje y corbata, que tanto podía ser
un amanuense como un guardaespaldas. Los militares ya estaban adentro. Eran tres,
sentados ante una mesa redonda. Encorsetados en trajes de civil, pero con ese corte
de pelo inconfundible. El mismo que llevábamos el Hombre y yo, porque ciertos
parecidos facilitan los negocios.
A dos de ellos los pude ver más adelante en los diarios. Más maduros, pero
igualmente milicos, procesados por torturas y tráfico de niños a cuyos padres habían
asesinado. Nunca olvidé sus caras, porque nos hicieron una mala jugada y
colaboraron a que «mi amigo» nos la hiciera aún peor.
—Supongo que habrán tenido tiempo de considerar el material que les ofrezco y
las condiciones de pago —arrancó el Hombre, con su voz profunda y esas maneras de
lord inglés que podía mantener en media docena de idiomas.
Yo no hablaba. Mi papel era acordar los pasos necesarios para la entrega de la
mercancía, y observar las reacciones de los otros, atentos a mi jefe.
Resultaba evidente que, si habían llegado hasta Asunción, era porque estaban
decididos a comprar, pero comenzaron a buscarle la quinta pata al gato.
—Lo que usted nos ofrece son rezagos —dijo el que llevaría la voz cantante en
todo momento.
—Rezagos reparados a nuevo, eso lo sabe desde el primer momento. El ejército
británico los puso en venta y los tiene uno de mis proveedores habituales. Material de
primera.
—Esos fusiles son muy caros para ser rezagos.
—Señores, no vamos a discutir algo tan obvio: los fusiles de su ejército son
copias nacionales del FN belga, igual que los británicos. Hay varios países que los
producen por cesión de patente; pero nadie se los va a vender sin una autorización del
gobierno. Y perdone que me meta donde no me llaman, pero no creo que Videla esté
dispuesto a firmarla.
—¿De qué lado está usted?
—Del lado de quien me compra. Es mala política comercial meterse en política.
El otro, al que por su cara y edad había comenzado a llamar mentalmente
Coronel, lo observó un momento, como si quisiera adivinar alguna clase de juego
escondido:
—Tenemos una oferta que rebaja en un diez por ciento el precio que usted nos
pide, y es material sin uso. ¿Puede mejorarla?
—Difícilmente. En todo caso… —el Hombre pensaba con rapidez— puedo
sumar una cierta cantidad de granadas de mano y minas antipersonales, como
atención de la casa hacia un buen cliente.
—¿También británicas?
—Españolas.
El Coronel intercambió una mirada con el hombre que se sentaba a su derecha,

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pero, si iba a decir algo, no pudimos oírlo. Un timbre sordo sonó en alguna parte, y el
mastodonte, que había permanecido en otra habitación, cruzó por detrás nuestro para
dirigirse a la puerta.
De los dos hombres que entraron y ocuparon sus sillas en torno a la mesa,
enseguida reconocí a uno: Lito Pérez García. Por su mirada supe que también me
había visto, pero los dos evitamos cualquier signo que lo revelara.
El otro era mayor, de pelo blanco, y llevaba el último botón de la camisa abierto y
la corbata floja.
Entonces el Hombre dijo: «Hola Moshe, tanto tiempo sin verte», y agregó algo en
un idioma que sonaba como de los árabes.
Lito se inclinó sobre el llamado Moshe y le hizo un comentario en voz baja, pero
su acompañante se limitó a sonreír diciendo:
—¿Cómo está, camarada? ¿Última vez fue Líbano o Yemen?
—Me parece que fue en Yemen —aceptó el Hombre.
Lito inició otra vez la traducción, pero Moshe lo interrumpió:
—Ya no vale la cosa. Amigo sabe que no hablo bien castellano, pero hablo.
Fue el momento que aprovechó el Hombre para decirme por lo bajo:
—Los israelíes. Nos van a soplar el negocio.
En ese momento supe que solo por milagro podíamos ganar esa mano. Israel
triangulaba desde siempre. Estaba en el mercado para evadir todos los embargos de
venta como país puente y, por lo que sabía, en esos momentos le estaban vendiendo
armas a Argentina, pero también a Chile. Era contradictorio, porque los militares de
ambos bandos eran antisemitas declarados y practicantes.
¿Qué hacía Lito con los israelíes?
—Moshe siempre repite el mismo truco —dijo el Hombre, haciendo que el otro
riera silenciosamente—. Trae un traductor para hacerse el que no entiende y mejorar
sus posibilidades.
—Señores, no tenemos tiempo que perder, porque esto no es un pícnic entre
amigos —masculló el Coronel—. Los he citado al mismo tiempo para que sepan que
el otro existe y los dos mejoren sus ofertas. Les voy a decir qué van a hacer…
Uno de los que lo acompañaban sacó dos sobres abiertos, con una hoja que se
asomaba, y los empujó hacia Moshe y el Hombre.
—Quiero que cada uno escriba allí lo mejor que pueda ofrecernos. Lo cierran y
me lo dejan. Volveremos a encontrarnos a la 4 p. m., en este mismo sitio.
Moshe hizo un gesto divertido, y no tuvo que pensar mucho para cerrar el sobre
con su propuesta. El Hombre se tomó un minuto más, porque parecía dubitativo, pero
al fin terminó escribiendo y guardando dentro del sobre un par de estrofas de una
canción popular.
Nos habíamos rendido.
Los militares nos vieron salir con el desprecio pintado en sus caras. Se sabían de
otra raza, semidioses.

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—¿Qué estás haciendo acá, Lito? ¿Te hiciste judío, de Israel? —le dije cuando
subíamos la escalera.
Se rio de costado:
—Estás loco vos. Moshe tiene un asociado local y por ese lado me salió este
trabajito. ¿Y vos? ¿Te hiciste traficante de armas?
—Ya sabés cómo es la frontera, una cosa te lleva a la otra…
—Siempre el mismo, un aventurero. Pero esta vez, te aviso, te tocó perder. ¡Sin
rencor, eh!
—No te hagas problemas, no será para tanto —dije, dándole una palmada.
Pero él ni me miró. Volvió la cabeza e hizo una señal con la mano.
Estábamos en la puerta del centro comercial cuando comenzaron a llover
«monos» de todos lados. Agarraron al Hombre, me agarraron y nos metieron a las
trompadas en dos coches.
Todavía alcancé a escuchar que Lito repetía:
—¡Sin rencores!
Una hora después estábamos en una comisaría y nos habían robado el dinero, los
relojes y los documentos de identidad. También teníamos una causa por ingreso ilegal
a Paraguay; además de un surtido de moretones y raspaduras producto de la paliza
reglamentaria.
Nos habían sacado del medio comprando a la policía y jamás llegaríamos a la cita
de las cuatro. Tal vez, si les hubiéramos dicho en su momento que nos retirábamos de
la competencia, no hubiera pasado nada. Pero a estas alturas no estoy seguro. Lito es
una mierda de tipo. Una mierda peligrosa.
Cuando mi jefe pudo comunicarse llegó uno de los mejores abogados del país, y
repartió dólares como si cayeran de los árboles. Pero supongo que se quedó corto,
porque el Hombre quedó en libertad dos días después, pero yo me chupé tres meses
de chinches, piojos y pulgas.
En términos de negocios no perdimos nada, porque la guerra limítrofe se desinfló
antes de que sonaran los tiros. De todas maneras, tomé distancia del Hombre.
Después del incidente en Paraguay él mantenía la sospecha de que yo estaba en
conocimiento del juego de los israelíes, cosa que no era cierta, y yo sabía que me
había dejado sin asistencia, liberado a mis propios recursos, en el laberinto del
Minotauro. En las cárceles paraguayas siempre te come el Minotauro.
Por cuestión de negocios anduve un par de años por el Caribe, así que no tuve
oportunidad de buscar a mi antiguo compañero de colimba para vengarme de alguna
manera. Y cuando regresé no tuve que buscarlo, porque lo encontré por casualidad,
cuando pasaba ante un bar de Recoleta. Lito Pérez García acodado en la barra.
Me cegué, porque se veía muy orondo con su trago largo, y yo venía de un mal
negocio salvado a medias, y entré a los gritos:
—¡Hijo de mil putas, te voy a romper la cara!
Los dos gorilas estaban sentados a una mesa y, cuando me separaban tres metros

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de Lito, pegaron el salto y se interpusieron. Uno de ellos con la pistola en la mano.
—Tranquilos, muchachos, que es un viejo amigo —dijo Lito—. ¿Te invito a un
trago?
Acepté, qué otra cosa podía hacer, y los gorilas volvieron a su mesa. Ninguno de
los parroquianos los miraba. Era como si no existieran. Se podía oler el miedo.
—Carajo —dije, con un temblor en la rodilla izquierda que me ponía furioso—,
ahora hasta tenés matones que te cuidan. ¿En qué estás metido?
—Le hago un poco de prensa al almirante —explicó, con falsa modestia—. El
Negro está preparando su partido, para cuando deje la Junta Militar y se llame a
elecciones.
No sabía en qué momento, un vaso de algo me había crecido en la mano, y me
tomé la mitad de un trago; mientras procesaba la información.
Al almirante lo llamaba el Negro, como si fueran culo y camiseta; como si su jefe
no fuera quien era. Por esos días, si uno no vivía dentro de un salero, sabía de los
campos de concentración de la Marina del almirante, y de los muertos que la marea
dejaba en la playa, a veces con las manos y los pies atados; siempre torturados.
Le sonreí, como si no pasara nada y cambié de tema:
—Cómo nos jodiste en Paraguay. Me comieron los bichos en esas cárceles de
mierda. ¿Hicieron el negocio, al final?
—No llegamos, porque lo de la guerra se pinchó enseguida, y a los
«nacionalistas» los pasaron a retiro y se los sacaron de encima.
—Bueno… —dije, dispuesto a batirme en retirada lo más rápido posible—. Es
una lástima pero no puedo quedarme. Te dejo mi teléfono, y me llamás si sale algo en
que te pueda dar una mano. Yo estoy poniendo en marcha un proyecto de prensa
especializada, pero mientras tanto…
Anotó el número que le canté, pero yo sabía que no podría llamarme porque me
lo acaba de inventar.
—Ritter, sin rencores por el pasado, ¿de acuerdo?
—Por supuesto… Lo de recién fue una calentura, pero ya se me pasó.
—¡Así me gusta! —dijo, y me abrazó.
Pude sentir la pistola que llevaba en la cintura, cuando me abrazaba.
Lito no estaba haciendo prensa para el almirante. O no estaba haciendo solo
prensa. A nadie que hace ese trabajo le ponen dos gorilas a que le cuiden las costillas.
Estaba mucho mucho más sucio.
Esa historia no podía contársela a Juan Manuel. Podía pensar que yo también
estaba sucio, y no me gustaba.

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Vivir al sol
(Círculos concéntricos)

Ayer, cuando estaba en medio de las declaraciones de un ladrón de «villa miseria»,


que terminarían como siempre, con el tipo enterrado por sus propias palabras, me
desconecté y tuve un extraño momento de soñar despierto. Me vi sentado a la puerta
de un rancho, con la ropa raída, y recontando mentalmente las monedas que me
quedaban para comprar vino. Ya no estaba en el poder judicial, y solo podía pagarme
el techo en una «villa» como la del acusado.
Son un lugar extraño esos barrios. El sitio donde anidan y donde van a morir
todos los sueños. Cuando los ciudades se hacen gigantes se vuelven vórtice,
aspiradora que atrae y traga gente cada vez más rápido. Entonces florecen los barrios
de emergencia, las «favelas», los barrios de «chabolas», lo que en Argentina se llama,
con feroz ironía: Villa Miseria.
Para muchos, la primera parada es alguna de las Villa Miseria. Un rincón en el
rancho de un pariente o amigo, levantado con materiales de deshecho: maderas de
embalajes industriales, chapas de techo de algún derribo, plásticos, lonas o lo que
cuadre, en terrenos ocupados sin permiso. Para ellos ser un «villero» es el trampolín
hacia algo mejor, con un embrujo tentador al final del camino: la casa propia en un
barrio «decente».
Pero otros terminan por acostumbrarse. Por aceptar que la casa propia es un
imposible, y que lo posible se llama mejorar el rancho con paredes de ladrillo y, con
algún gobierno favorable o necesitado de votos, que les lleven el agua y hasta el
asfalto. Entonces, en esos casos, ser villero no es un lugar de tránsito, es un identidad
de excluido. Un sello que marca al desclasado, al que no aceptaría los turnos de la
fábrica y prefiere buscarse la vida vendiendo lo que sea por las calles: buñuelos,
relojes de contrabando, bolígrafos a más barato por tres en los trenes, golosinas
caducas, oportunidades; cualquier oportunidad. Tal vez yo vendía alguna de esas
cosas, en mi ensoñación, no lo recuerdo.
La Villa también es un domicilio que más vale ocultar porque nos convierte en
presa dilecta de la policía. Una geografía de miseria asumida y reglas de juego
ferozmente defensivas. Allí, la policía no tiene ni nunca tendrá amigos. Allí, el ladrón
sabe que puede dormir tranquilo.
En las inmediaciones de Los Reyunos, como en las cercanías de la mayor parte de
los country, hay una Villa. ¿Dónde van a vivir si no las sirvientas, las cocineras, los
jardineros, toda esa gente que nunca tendrá casa en Los Reyunos?
Además, si alguien al interior de la alambrada con vigilancia necesita una pizza a
medianoche, manos para destapar una cloaca fuera de hora, algunas cervezas, cuatro

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tornillos para asegurar esa mesa, los globos que se olvidó comprar para el
cumpleaños del nene, cohetes y bengalas porque a los invitados se les antojó terminar
la cena de Navidad con fuegos artificiales, y una infinidad de menudencias
incómodas de ir a buscar ¿dónde puede encontrarlos? En los doscientos metros
malparidos de tienduchas que surgieron como por ensalmo, a la vera de la calle que
conduce a la entrada principal. Y esa gente, los tenderos de lo que sea, también tienen
que vivir en alguna parte, que no es Los Reyunos.
Eso es el afuera de un country. Una colección de sospechosos, candidatos en la
lista de culpables de una policía con gatillo fácil para el que tiene facha de pobre.
¿Adentro?
Adentro otra forma de exclusión, como la Villa Miseria, pero elegida y recibida
como un premio.
Volver sobre este caso me hizo pensar sobre cosas que había evitado, porque,
¿para qué hacerse problemas, si no se pueden cambiar? La transformación económica
de Argentina, que cerró fuentes de trabajo, y empobreció vertiginosamente a la clase
media, contaba con su apoyo. Los ahorcados adoraban al verdugo. Muy pocos se
hicieron ricos, y el resto a lamer el plato vacío.
Entonces se multiplicaron los robos y el fantasma de la inseguridad se hizo dueño
del imaginario colectivo.
Gran negocio, los fantasmas.
¿Podía haber algo más seguro que un barrio rodeado de altas alambradas y
guardias privados que las recorrieran?
Gran negocio, el de los guardias privados.
Por esos años, al son de una música que sonaba en el mundo privilegiado, la
seguridad pública pasó, gradualmente, a manos privadas. Solo que Argentina no es un
país privilegiado y, a veces, dudo mucho hasta de que sea parte de Occidente.
Entonces todo se produjo muy rápido, mezclando la seguridad pública, la privada y el
negocio inmobiliario.
Los country son un hijo de ese casamiento entre el miedo, el dinero fácil y la
corrupción de todas clases. Y todos se parecen: un conjunto de chalés que comparten
arbolado y campos de deporte, encerrados por un vallado que solo se puede traspasar
con permiso de los guardias que levantan la barrera en la entrada.
Canchas de tenis, campo de golf, kindergarten, piscinas para grandes y chicos.
Todo lo que «uno sueña», rodeado por alambradas, torres con guardias, circuitos
cerrados de televisión y alarmas. Más un pequeño ejército privado, que patrulla las
calles interiores, pidiendo a los jardineros y las empleadas domésticas el
salvoconducto que autoriza su estancia, provisoria, en el Paraíso.
Lo que los hace, en el fondo, similares a las Villa Miseria, es que no existe lo
normal en cualquier pueblo: la variedad social. Sus habitantes pertenecen al mismo
corte, los que pueden pagar y necesitan mostrarlo. Los otros viven fuera de las
alambradas, y es fácil saber que se alimentan del country y el rencor.

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Se cierran tres círculos perfectos, como en un pequeño y paródico Infierno de
Dante. En el centro, los que pueden, los que pagan. Fuera de las alambradas, el tercer
círculo, de los que trabajan para ellos y los odian. Entre ambos, el segundo círculo, el
de los que completan las alambradas con uniformes y violencia de alquiler.
Más allá, como algo que todo lo engloba, el séptimo círculo, el que obliga a llevar
un arma en el coche, porque nunca se sabe, sobre todo de noche. Y el miedo. El
miedo constante de que los de «afuera», los de la Villa, un día aprovechen cualquier
motivo para tomar por asalto el country.
En los country no hay auténticos ricos. Los verdaderamente ricos no tienen el mal
gusto de vivir en sitios que parecen campos de concentración.
En Los Reyunos a veces la gente se aburre, o tiene un momento de incongruencia
y siente que debería hacer algo por los niños que entrevé en la villa cercana.
Entonces, un día, una señora se junta con otras y hace algo. Algo como La
Fundación. Algo que para los medios no deja de ser noticia. Un poco ridícula, pero
noticia al fin. Señoras «bien» que hacen mucho por niños «mal».
No sé si me gusta verla desde este punto de vista. Se me hace añicos su inocencia,
porque esa clase de señoras no suele ser inocente. Pero tampoco puedo ser tan ciego.
Allí hay algo.
Tal vez se lo tomó en serio. Tal vez es cierto lo que se decía sobre su intención de
testar a favor de La Fundación. Tal vez tuvo un rapto de como se lo quiera llamar y
decidió quedarse con dinero del Cartel de Tijuana, para que su proyecto tuviera
oxígeno. Tal vez era cierto que estaba un poco loca.
Cuando se vive en uno de los círculos de Dante Alighieri todo es posible. No me
gustaría terminar allí, pero, cuando pienso eso recuerdo el golpe de luz cegadora que
me aturdió una noche: nadie está a salvo.

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25
Delete

El Inglés Jorge Ronaldo Cooningan lo esperaba en un café de Avenida de Mayo, en


una mesa cerca de la calle y lejos del choque de las bolas de billar. A esa hora los
jugadores solían ser muchos. Empleados de comercio que aprovechaban las horas
muertas del mediodía, estudiantes del secundario que querían graduarse de hombre lo
antes posible, y unos pocos, poquísimos jugadores de las otras horas, cuando las
apuestas hacían del billar un asunto serio.
Con El Inglés no había amistad, solo eso que sucede cuando la gente descubre un
día que frecuentan los mismos sitios y que, de una u otra manera, son socios del
mismo club de negocios. Y el negocio que últimamente los había acercado llegó de
su mano. Mucho dinero para quien podía poner la cara y justificar algunas sumas
importantes. Una buena comisión para el que se arriesgaba a que un día Hacienda,
Impositivas o como se llamase en ese momento el ente recaudador le destapara las
cuentas bancarias en paraísos fiscales.
En rigor, él no era de los mejores para una buena tapadera, pero conocía gente.
Lito Pérez García, el hermano de la muerta, conocía gente siempre dispuesta a buen
negocio, aunque hubiera un poco de riesgo. ¿Qué podía pasar? Nada. Chapulín
Haroldo Mendieta Otegui era un tipo eficiente, cuidadoso y la legislación benévola.
Lito garantizaba la buena voluntad de los candidatos que le llevaba y Chapulín
Mendieta Otegui le pasaba una comisión. No estaba mal. El dinero de los mexicanos
era inagotable, especialmente desde que tuvieron que enfriar las inversiones directas
y la hermana de Chiquita Cooningan por muy poco no fue a parar a la cárcel. El
Inglés fue quien abrió el juego a sus conocidos, y los fue conectando con Chapulín,
con quien compartía pasado en el rugby y presente en los negocios rápidos.
—Tenemos un problema —dijo El Inglés—. Alguien está haciendo travesuras
entre tus amigos de Los Reyunos.
Lito esperó que le sirvieran el whisky, sacó uno de los hielos para abandonarlo en
el cenicero, y encendió un cigarrillo. Allí, por suerte, todavía se podía fumar.
—Qué pasó.
—¿Sos amigo de Ernesto Bonanova?
—Lo he visto alguna vez en Los Reyunos, pero últimamente voy poco. ¿Por qué?
—Se le hizo humo una cuenta.
—¿Cómo?
—Eso le gustaría saber. Está como loco y muerto de miedo.
—No puede ser.
—Es, pero jura que no fue él.

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—Sería un estúpido de lo peor…
—Es lo que yo digo siempre. —El Inglés cabecea como si recitara una fábula
moral—. En este negocio el perro que muerde a quien lo alimenta acaba muy mal. A
vos no tengo que explicarte nada, tus viejos amigos tampoco andaban con vueltas.
—No sé de qué hablás.
—Mi mujer me dice a cada rato algo parecido: no sabés de qué estás hablando.
¿No serán parientes ustedes?
Lito sonrió.
—Tal vez, quien te dice… ¿Por qué no me decís de una vez qué carajo pasa?
—Alguien, si no fue Bonanova, le pinchó la contraseña y ordenó un cambio a otra
cuenta. Chapulín dice que fue por mail.
—¿Y?
—No quiere decir adónde fue a parar el dinero, y yo creo que porque no lo sabe,
pero apunta a tu hermana o a tu cuñado.
—Estás loco.
—Tu hermana mueve mucha plata últimamente.
—Será de La Fundación.
—¿Y si fue a parar a La Fundación?
—Eso es un chiste.
—Un chiste muy malo, para tu salud, y la mía, y la de tu hermana. Haceme el
favor, tirale de la lengua a tu cuñado, averiguá lo que puedas y que sea urgente. Creo
que entendés la situación…
—Entiendo…
Una sombra cruzó el rostro del hermano menor de la muerta. Si no aparecía el
culpable, el hacha caería sobre cualquiera, sin necesidad de pruebas; solo para que
quedara muy claro cuál era el juego y las reglas.
Ella está arriba y él no tuvo tiempo de dejar la casa. Revisó lo que pudo,
seguramente, pero ella llegó antes de tiempo.
Además, se lo dije antes, es tiempo perdido; no vas a encontrar nada. Te espero
abajo por si viene. Pero no quiso escucharme. Ahora, él debe estar escondido en
algún rincón, esperando que la distraiga y lo saque de la casa sin ponerlo en
evidencia.
Lo que no sabe es que me acaba de llamar Chapulín. Ayer ella movió una de sus
cuentas por teléfono. Chapulín no fue claro, nunca lo es, parece imposición de su
oficio nunca dar información sobre otros, pese a que nos estén robando a todos.
Tengo, tenemos que meterle el miedo en el cuerpo. Que entienda de una vez que
su fundación es una mierda y que ella no es la Virgen María.
Miro a uno y otro lado. Tengo más de media hora antes de que llegue su
masajista. Espero unos minutos, llamo a la puerta. A esta hora solo puede ser alguien
amigo. De afuera del country solamente se llega con aviso previo a la guardia.
Tal vez no me oye porque abrió la ducha.

[Link] - Página 83
Tanteo el picaporte y la puerta está abierta. Entro.
—¿Qué pasa…?
Dice, descendiendo el último tramo de escalera.
—Tengo que hablar con vos.
—¿Otra vez de lo mismo?
Veo sus ojos. Ahí está todo. ¿Qué pasó con ella en los últimos tiempos? ¿Qué se
desacomodó en su cabeza? Antes era insoportable porque cuando se le metía algo en
la cabeza no paraba hasta conseguirlo. Ahora es lo mismo, pero con un brillo fanático
en los ojos. ¿Cómo es que nadie ve que se convirtió en una fanática?
Mira como si su vista pasara a través de las cosas. Como si todo lo que tiene por
delante careciera de sentido, fuera incompresible.
—No hay nada que hablar —dice—. Lo hecho, hecho está y no pienso volver
atrás.
No puedo más. No puedo más. Y sin darme cuenta le agarro del brazo con tanta
fuerza que tuerce el gesto y se le escapa un gemido de dolor.
Avanzo sobre ella sin verla. Es una voz y unos ojos que acusan y condenan.
Se da cuenta de que voy a pegarle hasta romperle los huesos, aunque nada
cambie. Y yo me doy cuenta de que es mi oportunidad de asustarla.
Avanzo y le pego en la cara.
Me duele la mano. El anillo de mierda que me puede romper un dedo.
Entonces lo veo. Estaba escondido en el dormitorio, tal vez debajo de la cama,
como en las películas. Y del dormitorio, del hogar de leña que nunca tuvo fuego, es
de donde sacó el atizador que balancea en una mano a medida que desciende hacia
ella sin que lo advierta.
Ella no lo ha visto, y grita:
—¡Pegame, dale que eso se te da bien! ¡Pegame, sí pegame y vas a parar a la
cárcel! —grita.
Si es lo que quiere… le vuelvo a pegar, y el golpe del atizador le busca la cabeza,
roza su pelo y le muerde el brazo.
Ahora sí que lo descubre. Y grita como un animal que ve llegar la muerte.
Grita, atropella y pasa junto a él, llevándome a la rastra porque no le suelto el
brazo, donde le busco el codo para doblegarla. ¿Quiere esconderse en el dormitorio,
en el baño? En las películas la gente siempre huye escaleras arriba.
—¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! —grita.
—Quedate quieta, puta de mierda…
—¡Escuchame si querés salir viva!
No podemos dejarla gritar. Tiene que entender que con ellos no se juega, que me
van a matar, que nos van a matar. Pero grita.
Él tira el atizador y saca un revólver. Eso no estaba previsto, pero tal vez
funcione. Le apunta a la cabeza y ahora sí que ella está asustada.
El revólver es una mierdita. Los vigiladores del barrio lo llevan en las guardias

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armadas. No impresiona a nadie. Pero tal vez…
—¡Voy a llamar a la policía, hijos de puta! ¡Quiero verlos en la cárcel para
siempre, hijos de puta!
—Te vamos a volar la cabeza si no entrás en razones —digo, y él le apunta.
Ahora la va asustar, me digo, como en las películas.
Dispara.
Es un ruido seco, tonto, como de una madera contra otra, pero ella da un paso
atrás y pone los ojos en blanco, y se derrumba.
He visto como el tiro le levantaba el pelo al entrarle en la cabeza.
—¡La mataste!
—No creo —dice—, pero hay que terminar con esto. Ahora sí que la mato.
—¿Qué hacés?
—Qué hacemos dice —y por su gesto me veo obligado a tomarla de un brazo. A
arrastrarla como un peso muerto, desmayada, creo, todavía la veo respirar, hasta el
interior de baño.
—Acá —dice.
Y la dejamos caer boca abajo, la mitad del cuerpo dentro de la bañera, bajo la
lluvia de la ducha que sí, como pensaba, estaba abierta.
Entonces hace lo que hace. Lo que pone punto final a todo.
Le apoya el revólver en la cabeza y dispara, una y otra vez, hasta que se queda sin
balas.
No es como en las películas, la sangre tarde en presentarse, pero entonces es
como una inundación. Sangre que se diluye en el agua de la ducha y corre hacia el
desagüe. ¿Cuánta sangre tiene una persona?
La miro, la veo y el miedo me crece en el estómago como un nido de hormigas
rojas.
Estoy empapado en transpiración:
—¿Y ahora?
Él regresa.
—Nadie oyó nada —dice.
—¿Qué hacemos ahora?
—Sacala del agua, si te mojas no importa, mejor… Sácala del agua y al primero
que venga le decís que se golpeó con la grifería de la bañera.
Abro la boca.
—¿Quién mierda me va a creer eso?
—Hacé lo que te digo, que del resto nos encargamos nosotros.
Lo veo salir, oigo sus pasos en la escalera y rompo la parálisis. Corro.
—¿Era necesario? —le grito, con la garganta cerrada.
—Andá a la mierda —dice, y sale cerrando la puerta de calle.
Me vuelvo y la veo, con la ropa mojada y el pelo empapado y chorreando sangre,
tengo que sacarla de allí, ya no se puede volver atrás.

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***

Borrado. Sigo borrando.


Juan Manuel no se conformó con su primera idea del asesinato.
Ha construido la escena con más datos: el atizador con sangre, el golpe o los
golpes con un anillo de plata, el primer tiro, que le dejó una acanaladura en el cráneo,
que la desmayó y la dejó indefensa.
Juan Manuel habla en sueños, protesta, se queja y se le escapa el nombre de su
hija. Esto tiene que terminar. Por su bien.
En pocos días se ha vuelto viejo. Los ojos bordeados por un cansancio de años.
Tal vez porque al principio se veía en la muerta. Como una hermana de raza,
como alguien condenado por la apariencia, pero ella no era así.
Ella no era así. Si lo hubiera sido, seguiría viva. Ella había nacido para estar en
alguna iglesia fundamentalista, solo que no tuvo la oportunidad. Hasta que con un
grupo de señoras aburridas del tenis decidieron que hacer algo por los pobres, por los
niños pobres, estaría muy bien. Y al club de aburridas lo llamaron La Fundación.
Hace un par de días le conseguí a Juan Manuel un compendio de tapes de cuando
la televisión entrevistaba a esas curiosas señoras «bien» que querían cambiar el
mundo. Quise que viera el otro lado de la Luna. Pero no sirvió de mucho. No terminó
de entender que lo peor del asunto se lo va a llevar Aparicio Verneda, el ladrón
barato, porque es el que les conviene a todos.

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26
El que destapó la olla podrida
(De los archivos robados)

Recapitulo de adelante hacia atrás. Voy al encuentro del hombre que, tal vez para
salvar el pellejo, filtró el caso primero y luego declaró ante el juez convirtiendo en
asesinato lo que todos tenían por un accidente. Alberto Raiman, el médico de
Atlántica, el servicio de urgencias que llegó en segundo término.
Lo dice con claridad: al examinar a la víctima se dio cuenta de que, a pesar de que
la muerta había sido lavada, mostraba gruesos coágulos de sangre en el cuero
cabelludo, y presentaba tres orificios redondos en la región parietal y temporal
izquierda. Orificios por los que había salido sangre y también fragmentos de masa
encefálica.
Entonces, dice, sin ahorrar una letra, metió el dedo en los agujeros, al menos en
dos de ellos, comprobando que el daño tenía una profundidad de más o menos un
centímetro.
Textualmente: «Metí el índice e ingresó hasta la primera falange, lo que me
indicaba una pérdida de masa encefálica en esa zona de la cabeza…».
Con esa comprobación, Raiman tuvo claro, dice, que estaba ante una muerte
violenta. Que eso no era resultado casual de un accidente, hechos que suelen
manifestarse con un simple golpe en la nuca o en la frente. Era una muerte violenta y
de origen dudoso.
Nuestro hombre se encontraba en esa situación por un voluntarioso que quiso
ayudar. Alguien del personal de guardia de Los Reyunos que, al enterarse del
accidente, había actuado sin consultar, pidiendo una ambulancia.
Lo habían despachado con un grado de «alerta amarilla» que califica las
urgencias.
Una vez llegados al country les informaron que ya había una ambulancia adentro
y la guardia consultó con alguien de la familia. Entonces fue cuando le preguntaron si
traía oxígeno, y ante su respuesta positiva lo dejaron pasar y lo guiaron hasta la casa
en cuestión, donde alguien supuestamente de la familia le informó que acababa de
morir de paro cardíaco. Allí se encontró con lo ya sabido, la puesta en escena de una
reanimación, y un médico —Juan Raúl Latelier— que sostiene la tesis del accidente y
ordena a la masajista que limpie el baño, enjugando la sangre con toallas, «para no
impresionar a la familia».
Solo que Raiman no es idiota y hasta, tal vez, sea decente. Sabe que se encuentra
ante algo turbio y no está dispuesto a jugarse la carrera profesional. Sin pedir
permiso, imagino que con esa autoridad que adquieren los médicos junto con el título,
inspecciona el baño, el probable escenario del accidente. ¿Y qué ve?

[Link] - Página 87
Cerca del inodoro había una gran mancha de sangre coagulada. Sangre roja,
sangre arterial. Sangre que solo mana de heridas profundas y graves.
El agua llegaba hasta el borde de la bañera, tibia, donde flotaban más coágulos,
algunos tan grandes como una mano.
Y pregunta. Y le contestan: La encontró el marido con medio cuerpo en el agua.
Que la masajista había sido testigo.
Por las dudas inquirió quién iba a firmar el certificado de defunción, y su colega
lo tranquilizó diciendo que ellos se encargaban de todo, que no se preocupara.
Entonces Raiman hizo lo único que le quedaba por hacer y decir. Primero habló
con el marido de la muerta, advirtiéndole que si no daba intervención al servicio
forense de la policía, se iba a ver metido en un problema importante. Luego, él y el
chofer, que había manifestado su misma preocupación, retiraron sus cosas del lugar
de los hechos y regresaron con la ambulancia a su base, para informar de lo sucedido.
Por último dice que los administrativos del servicio al otro día le informaron que,
a pesar de lo extraño que había sido todo, la familia había conseguido el certificado
de defunción necesario para hacerle el funeral.
Alberto Raiman, 32 años, traumatólogo, está convencido. Allí hubo algo así como
«un ajuste de cuentas». Que la mujer fue asesinada.

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27
Coro

Ayer [¿hoy?] desperté descompuesto, con ganas de vomitar y la cabeza llena de


sombras. Sombras de mujeres. Sombras que acusaban y se defendían; de mí.
Podría echarle la culpa al día, a mi matrimonio que se está haciendo pedazos, a
que los chantajes emocionales me colocan siempre en posición de perdedor. Pero, al
final de cuentas la culpa la tiene el que inventó el teléfono.
Necesito un poco de humor para no arrojarme por la ventana.
El teléfono. Las últimas jornadas mi mujer se ha puesto especialmente pesada. Ha
vuelto a llamar al juzgado a toda hora y cada vez me cuesta más convencer a mis
empleados de que le digan que no estoy, que he salido. Deben pensar… vaya uno a
saber qué. Hasta que me metí en esta obsesión seguramente me tenían por un ejemplo
de rutina, aburrimiento y previsibilidad. Ahora no saben qué pensar, y se les nota en
la cara.
Ayer mi mujer llamó con constancia cada hora. Las pocas veces que atendí, por
equivocación, porque en mi teléfono puedo ver el número de donde me llaman, se
puso a llorar. En la última, como la más artera de las trampas, la quehablaba era mi
hija Mariela; la que hace poco tiempo cumplió cuatro años, como la muerta.
Demasiadas mujeres.
¿Por qué siempre que recuerdo la cara de mi madre, cuando aún creía que yo
nunca sería normal, pienso en las mujeres como las depositarias de todo el dolor del
mundo?
Quiero pensar que el teléfono tuvo la culpa de que, mucho más tarde, cuando me
venció el sueño soñara con una multitud de mujeres sombras. Otra vez las
Euménides, defendiéndose, y atacándome, aunque no lo parezca.
Ellas, la sombra multitudinaria y las solistas. Un movimiento a la derecha, un
movimiento a la izquierda; una estrofa, una antistrofa.

Estrofa
MICAELA, LA MADRASTRA.— Siempre me dieron mucha pena los muertos;
tan solos. Tan incapaces de valerse. Como bebés abandonados, que nadie quiere.
¿Quién quiere a los muertos?

Antistrofa [Todas las sombras a un tiempo]


Ella nunca les tuvo miedo a los muertos. Desde muy joven, en la parroquia,
sabían que si la llamaban para vestir por última vez a un muerto, nunca se negaba.

Estrofa

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MICAELA, LA MADRASTRA.— Me hubiera gustado ayudarla, pero no tuve
nada que ver con lo que le hicieron.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Ninguna de nosotras tuvo nada que ver.

Estrofa
COMPAÑERA DE BRIDGE DE ARTURO FERRASANES.— Llegué corriendo
y le dije al Oso que quería verla, si podía subir; pero me dijo que no. Que había que
esperar que llegara el forense y autorizara que la pusieran sobre la cama.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Mentía.

Estrofa
COMPAÑERA DE BRIDGE DE ARTURO FERRASANES.— Cuando hay un
accidente viene la policía, lo sabe todo el mundo, en las películas lo vemos todos,
para mí forense es sinónimo de policía y de justicia.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Los hombres siempre mienten, y se cubren los unos a
los otros.

Estrofa
SOCIA DE LA FUNDACIÓN.— Yo no la pude ver hasta la mañana del lunes,
pero lo que más me impresionó fue la familia. Actuaban como si fueran extranjeros,
no lloraban. En mi familia nos hubiéramos muerto de pena y no pararíamos de llorar.

Antistrofa
SOCIA SEGUNDA DE LA FUNDACIÓN.— No lloraban. No se les veía el
dolor. Y no nos dejaron acercarnos a la cama donde la velaban. Decía que nos íbamos
a impresionar.

Estrofa
COMPAÑERA DE BRIDGE DE ARTURO FERRASANES.— Me pareció que
estaba muy golpeada en la frente. Un moretón, un tajo con moretón, y también en el
brazo.

Antistrofa
SOCIA DE LA FUNDACIÓN.— Lo que nos impresionó fue que no lloraran. Tal
vez había algo de sangre. Tal vez, pero no lo recuerdo.

Estrofa

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COMPAÑERA DE BRIDGE DE ARTURO FERRASANES.— Yo le limpié una
manchita, como de sangre, una manchita, al Oso.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Nosotras estamos acostumbradas a la sangre. ¿Por qué
tendríamos que verla? Toda la vida sangramos, pero ellos no. Ellos no están
acostumbrados a la sangre.
Ellos se encargaron de su cuerpo. Con la torpeza de los hombres.

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28
Ojos de funebrero
(De los archivos robados)

El testigo manifestó que, por lo que le habían dicho, esperaba encontrar el cadáver en
el baño, pero al llegar a la casa constató que la muerta ya estaba en la cama
matrimonial, muy bien arreglada y acondicionada. La habían velado por la noche en
esa habitación, sin los complementos necesarios para «un velatorio en forma».
La noche anterior no habían dejado que se encargara del cadáver. Por alguna
razón, que ahora se hace evidente, no dejaron que los empleados de la funeraria
hicieran su trabajo. Walter Ramírez lo recuerda con encono profesional.
Los ritos de la muerte son rutinarios, especialmente para quien hace de ellos su
trabajo de cada día. La repetición pone distancia y afina la mirada, haciendo que las
incongruencias brillen como subrayadas.
Walter Ramírez se enfrenta diariamente con cadáveres. Prepara los oficios de
despedida con las variaciones que manda el bolsillo de quien paga, y suele
acondicionar los cadáveres para mejorar su aspecto. A los vivos les tranquiliza ver un
cadáver con buena salud.
Walter Ramírez vio, y enseguida supo que, ya antes de su llegada, la muerta había
sido «preparada».
Dice el testigo que el rostro de la muerta estaba perfecto «me jugaría —aventuró
— a que la Señora estaba maquillada». Que les preguntó a los familiares si querían
que hiciera algo en el cuerpo, y le dijeron «que no, porque ellos ya lo habían
preparado».
Hay una jerga de cada oficio. Una jerga que permite mantener la distancia con la
muerte y que pone solemnidad en la carne que comienza a descomponerse. Un
respeto cursi por el cambio de categoría, que protege al cadáver del desprecio que se
puede manifestar hacia los vivos. Todos son «señores» o «señoras».
Dice el testigo: «Tenía muy bien cerrada la boca, estaba muy bien acondicionada
la Señora. No noté nada raro en la cabeza de la Señora, pero sí me llamó la atención
lo de la sangre, porque eso no es una muerte natural…».
Una pizca de rencor viejo, largamente cultivado, modera su relato pero no oculta
la denuncia: no lo dejaron hacer su trabajo, lo apartaron de la muerta y, lo principal,
le faltaron el respeto.
Walter Ramírez mantiene ante la justicia y la policía la misma actitud, un poco
relamida, un tanto servil, la misma que, supongo, cultiva ante sus clientes poderosos,
pero no ante los humildes. Es un tópico suponer esto sin pruebas, pero los tópicos son
lo único cierto: los serviles siempre se ensañan con los más débiles.
Aunque no fuera cierto, igual es fácil comprender que no le gusta que lo traten

[Link] - Página 92
como a un sirviente. Y eso se ve en el tono, en cierto envaramiento.
«Me tuvieron afuera, esperando bajo la lluvia», asegura, y estoy seguro de que
exagera o que lo recuerda de esa manera. Porque según el cruce de testimonios ese
lunes llovió varias veces, pero ninguna con suficiente caudal como para recordarla.
De lo que podemos estar seguros es que fue un largo rato. El tiempo que tardaron
en decidirse los que le habían cambiado la ropa y dispuesto el escenario.
Lo que cuenta es la visión subjetiva, cómo percibió el tiempo y el lugar, el
funebrero que relata que quiso hacer lo acostumbrado, bajar el cuerpo en la «bolsa
morguera para encajonar abajo», pero se opusieron y le ordenaron que subiera el
féretro; con lo que señala una alteración de los procedimientos habituales y la
injerencia de quienes, normalmente, no intervienen.
Ramírez recalca que lo tuvieron «afuera de la casa, esperando bajo la lluvia», y
cuando quiso «estar a solas con la muerta, para proceder a colocarla en el cajón», se
lo impidieron. Lo «apuraron», señala, usando un giro coloquial que no necesita
explicación.
Dice el testigo que cuando coloca en el cajón al muerto siempre pide estar solo,
porque es la costumbre, pero no lo dejaron y tuvo que hacer su trabajo bajo la presión
de «mil ojos».
Puedo imaginar lo que siente en esos momentos. Rodeado, observado como si
fuera alguna clase de violador de cadáveres. Él, que se sabe un profesional, y que
siempre llama a sus clientes «Señoras» y «Señores».
Entonces fue que retiró la almohada bajo la cabeza de la muerta y vio las sábanas
manchadas de sangre. De los hombros hacia abajo, mucha sangre, y pidió una toalla o
algo parecido para limpiar a la muerta, pero no pudo hacer nada. Un hombre que
describe como blanco y gordito, le exigió que tapara el cajón diciendo «vamos, flaco,
terminá con esto pronto».
«Tenía mil ojos a mi alrededor, los tenía muy encima. Nunca me ha pasado de
tener el entorno que tuve en esa casa cuando tenía que poner a la Señora en el cajón.
No noté nada raro en la cabeza de la Señora, pero sí me llamó la atención la sangre.
Había mucha sangre y eso no es una muerte natural…» [sic] Está claro que Walter
Ramírez está acostumbrado a ver. Lo que no parece cuadrar es por qué insiste en que
no vio nada raro, aparte de la sangre bajo el cuerpo, y que la muerta había sido
maquillada.
¿Walter Ramírez es cómplice de quienes hacían lo posible por ocultar el
asesinato? ¿Es uno de los que recibió dinero a cambio de su silencio o colaboración?
Con seguridad, no.
Walter Ramírez es funebrero de oficio, y cualquiera que negocie a diario con los
ritos de la muerte sabe que no hay que preguntar más de lo estrictamente necesario.
En torno a la muerte las cosas no siempre están claras, no siempre se cumple con
todas las reglas, y el primer mandato de alguien que quiere vivir tranquilo es no ver,
no escuchar y cerrar la boca.

[Link] - Página 93
Está bien, ahora que lo pienso, esto es un buen consejo en cualquier orden de la
vida. Solo que, estoy seguro, cuando el funebrero entra en escenarios como Los
Reyunos, un sitio donde el poder del dinero cambia hasta el color del aire, ve menos
que nunca.
En resumen, y aparte de la innecesaria divagación filosófica, producto del Chivas,
fueron Ernesto Bonanova, y el propio marido de la muerta quienes lo «apuraron»:
«Vamos, flaco, terminá con esto pronto. No te demores con boludeces que no
tenemos tiempo».

[Link] - Página 94
29
Serpico
(De los archivos robados)

Ayer estuve un buen rato recordando aquella película, Serpico. El policía


norteamericano que se disfraza de yonqui, ladrón de poca monta o pasador de drogas,
para infiltrarse entre la gente del hampa y llevarlos ante la justicia.
Al hombre —que en cualquier policía de Argentina habría tenido una vida muy
corta— el bichito del «justiciero» le come la cabeza y termina investigando y
acusando por corrupción a sus compañeros de comisaría. Así le va.
No me consta que esa fuera la intención de nuestro Serpico. La dimensión de lo
posible es lo que primero se aprende cuando uno hace de los tribunales su casa. La
pirámide social es una pirámide truncada. Del corte hacia abajo todo el mundo puede
ir preso, por cualquier delito ridículo. Del corte hacia arriba es otro mundo. La
policía, y todos los tinterillos de tribunales, saben que en esa apartada punta de la
pirámide, donde hay gente —alguna— que vive en Los Reyunos, las reglas son otras.
Pruebas al canto.
El amigo de Arturo Ferrasanes, Jorge Menéndez, cuenta que estuvo en una
reunión, mes y medio después del asesinato, con Manuel Bedoya, el jefe de seguridad
de Los Reyunos y Lito Pérez García, el hermano de ella.
En esa reunión Bedoya habría dicho que, en un momento, uno de los vigiladores
que recorren el perímetro exterior con un coche le informó por la radio que llegaba
«un patrullero de la policía, por el accidente». Que lo primero que hizo fue llamar a la
casa, y que fue Ernesto Bonanova quien contestó la llamada.
«Pare a la policía como sea, que no entren. Les da la plata que pidan, que después
arreglamos», habría dicho Ernesto Bonanova.
Bedoya dijo, siempre según lo cuenta Jorge Menéndez, que no llegó a
«intervenir», porque Bonanova lo llamó enseguida para decirle que no hacía falta.
Que «Lito habló con Torres [Comisario Mayor Fernando Torres, con un alto puesto
en la jefatura central] y ya no hay problemas».
En esa reunión, el hermano de la muerta admitió haber hecho ese llamado, «para
preservar la intimidad de la familia».
Versión Serpico: cuando le preguntó a su amigo Lito si habían llamado a la
policía, este le dijo que sí, que había hablado con Torres, pero para que no
intervinieran.
Entonces, el fiscal Armando Plaza Barrenechea habló a su vez con el comisario
Fernando Torres, e insistió ante la familia para que dieran intervención a la justicia,
pero ellos no «querían saber nada. Mantenían que había sido un accidente». Tanto se
disgustaron que Lito Pérez García llegó a decirle: «Al final en lugar de un amigo me

[Link] - Página 95
vas a resultar un policía de mierda».
Versión del comisario Fernando Torres: dice que Lito Pérez García, a quien
conoce desde hace tiempo, lo llamó para contarle del accidente de su hermana, y
pedirle que «tuvieran consideración con el sufrimiento de la familia, y que le sacara a
la policía de encima», pero que él ordenó a quien correspondía que investigara y diera
los pasos «previstos en los procedimientos operativos».
Dice entonces que el pedido del hermano de la muerta se «debía a la
desesperación y el dolor». Entonces recuerda que, rato después de ese llamado,
también lo llamó Armando Plaza Barrenechea, «como amigo o conocido de Lito
Pérez García», para interesarse por «los pasos que darían en torno al hecho».
Los amagues, los cortes y los esquives de este Serpico de bazar chino se me
hacen conocidos. Se resumen a un único reflejo: salvar el culo.

[Link] - Página 96
30
El lado oscuro de la Luna

Los testimonios de los «vigiladores», nombre coloquial que reciben los guardias que
garantizan la seguridad del country, son poco concretos, y nos plantean el
interrogante inevitable: ¿Para qué están? Porque ese día todos miraban hacia otro
lado, o cumplían órdenes por demás confusas.
Quien ejercía como jefe de guardia ese domingo informó, según dice Manuel
Bedoya, el jefe de seguridad de Los Reyunos, que esa tarde, sobre las 19:30 o 20:30
horas, habló brevemente con una persona a bordo de una de las ambulancias —
médico o chofer, no lo sabe— que le informó que la mujer estaba muerta «y había
masa encefálica por todos lados».
Que se enteraron de que llegaba un patrullero de la policía porque, desde la
seguridad de otro country cercano, les avisaron que había pasado por allí preguntado
«cómo llegar hasta Los Reyunos, porque había un muerto».
Que no sabe que pasó luego, pero que el patrullero nunca llegó a Los Reyunos,
que lo pudo ver por los monitores del circuito de televisión que cubre el perímetro
externo, «pero pasaron de largo».

***

Con el testimonio de Bedoya recordé que dos veces, no más, estuve en barrios de esa
clase. Las dos veces invitado por colegas del Poder Judicial que no tienen pruritos en
mostrar que viven en sitios que no se pueden pagar con sus ingresos legales.
No volvieron a invitarme, seguramente porque soy muy aburrido y no demuestro
envidia por la tía de su mujer que le dejó no sé cuánto en herencia, o porque me
lamento de que todos tengan una tía de esa clase y yo ninguna.
En fin, que había visto de reojo, pero no mirado. Por eso recurrí al Ritter.
—Juan Manuel, son un engaño en toda regla.
—A mí me aseguraron lo contrario.
—Ya ves, hay gente para todo. ¿Sabés la historia del torero y el charlatán de
Ortega y Gasset?
—No, pero seguro que no tengo otro remedio que escucharte…
—Exactamente, es parte de este juego. Parece ser que una vez, el filósofo español
coincidió en una fiesta con el más famoso torero de su tiempo. Un tipo criado a
campo, como los toros.
—Bueno —dijo Ritter—, la cosa es que alguien los presentó. El torero fulano, el
gran filósofo Ortega y Gasset. Se saludaron y cada uno siguió por su lado. Cosa que

[Link] - Página 97
aprovechó el torero, honesto en su supina ignorancia, para preguntar: «¿Es un
filósofo, y qué hace?». «Piensa y escribe», le contestaron. «Joder…», aceptó el tipo,
«¡Hay gente pa’ tó!». Hasta para estar presos en esas jaulas de oro.
—Eso es una opinión…
—Y vos querés hechos, datos, muy bien. Empecemos por los que pagan. Tienen
una tarjeta magnética que les permite pasar la barrera, y queda registrado cuándo
salen y cuándo entran. Por supuesto que no les importa. Cuando uno no tiene nada
que ocultar no se molesta si lo vigilan.
—No te pongas cáustico.
—Es un hecho, no una opinión. Con los que trabajan en el country las cosas son
muy distintas. Tienen que pasar por la guardia y mostrar un permiso, con fecha de
caducidad, que indica para quién trabajan y por qué sector puede desplazarse. Lo del
sector es importante porque el barrio está dividido en sectores, para facilitar la
vigilancia, y los coches que hacen el patrullaje interior les piden el permiso en
cualquier momento. Si los pescan fuera de su sector, se los llevan de una oreja a la
guardia de la entrada, y si sus empleadores no los justifican, los sacan a patadas en el
culo.
—Me parece muy humillante.
—Te parece… —murmuró, dando un trago a su whisky—. Solo te parece…
—Es una manera de decir…
—No, si, claro… una manera de decir. Mirá, te pinto una mañana cualquiera,
tempranito, pongamos que de invierno. Los coches de los privilegiados cruzan la
barrera, uno detrás de otro, rumbo a sus trabajos, la escuela de los chicos, lo que sea.
Y, a un costado, ante la entrada a pie de la guardia, tenés una cola de cien metros.
Pintores, mucamas, cocineras, jardineros, menestrales y sirvientes, chupando frío
como perros, debajo de los paraguas cuando llueve; esperando el turno para mostrar
el piojoso permiso de trabajo. ¿Sabés cómo miran a los que salen en coche? Para tu
suerte la lucha de clases se fue al carajo, si no, ahí tenías una revolución con mucha
guillotina.

***

El testimonio de Manuel Bedoya, número uno del servicio de seguridad del country
es muy claro, con el control de permisos de trabajo «se evita la invasión de
vendedores ambulantes, mendigos o gitanos, que por acá hay bastantes; aparte de la
gente de la Villa».
Respecto a la gente de la Villa, reconoce que en buena parte dependen
económicamente de Los Reyunos, y otros tres o cuatro country cercanos, pero, así y
todo «dos por tres nos dan un susto».
Concretamente, tres meses antes de los hechos, habían pasado una noche en
«alerta roja» y con todo el personal armado. Alguien les había «filtrado» que,

[Link] - Página 98
imitando a quienes habían saqueado un par de supermercados, los «villeros» se
proponían tomar por asalto Los Reyunos.
No había sucedido nada. Ni esa vez, ni antes, pero «nadie puede decir que no
sucederá cuando menos se lo espere».
Gran negocio, los fantasmas. Gran negocio, la seguridad privada.
En cuanto al uso de armas, Manuel Bedoya afirma que cumplen con los
reglamentos vigentes. «En el coche que patrulla los alrededores del barrio, y en las
torres de guardia, además de los revólveres “32 largo” llevan una “motinera”
[escopeta recortada, del calibre 12, que dispara perdigones gruesos, y se usa en la
represión de motines y tumultos]».
«Tenemos un coche de repuesto, adentro, por si algún vecino pide custodia desde
la ruta», agrega.

***

—Eso es muy divertido —dijo el Ritter—. Como esos country de mierda están en el
quinto infierno, y los alrededores, por pura lógica se llenan de Villas, a veces se
cagan en las patas. Pensalo un momento: el tipo, solo o con la familia, viene por la
autopista. Siempre tiene miedo, porque sabe que desde la autopista hasta el country
hay un par de kilómetros de calles oscuras. Oscuridad que oculta a los «chicos
malos» de las Villas, siempre dispuestos a robarles los calzoncillos, o secuestradores,
cosa más seria, que se los pueden llevar de las pestañas. El tipo viene por la autopista
y cree que un coche sospechoso lo sigue, o tiene miedo de pinchar una rueda en
medio de territorio comanche. ¿Qué hace?
—¿Llama a la policía?
El Ritter se atragantó con la risa y el whisky.
—No te hagas el cómico, Juan Manuel. ¿Qué es lo que saben hasta los chicos de
primer grado? Si te quieren secuestrar, detrás está la policía. ¡No me jodas! ¿Cómo va
a llamar a la policía? Llama a la caballería de las películas de indios, a la custodia del
country, que para eso la paga. ¿Qué te pasó? ¡Vos eras un tipo inteligente! ¿Qué pasa
Juan Manuel, tu asunto con esa puta muerta te está volviendo tarado?
El Ritter, de golpe se veía furioso. Y no era por el whisky, él no es de esa clase.
—Ritter, yo soy un juez, y no puedo…
—¡Vos sos un boludo! ¡Y un día te van a matar por boludo! ¡Eso es lo que pasa!
—¿Y a vos qué te pasa?
—Que soy un egoísta de mierda. Que no quiero verme en la alternativa de tener
que mentirle a tu hija, cuando sea grande y venga a preguntarme por qué mataron a su
papito. Voy a tener que decirle que era un juez decente, en lugar de decirle la verdad
¡que su padre era un boludo!
Cuando el Ritter se pone así no se puede razonar, así que lo dejé descargarse.
Se tomó un rato y medio cigarrillo para volver a ser el cínico de siempre.

[Link] - Página 99
—Y bien —dijo—, la caballería espera al asustado a la salida de la autopista, y
con las luces destellando y la sirena a tope, lo sigue hasta su casa. Colorín, colorado,
este cuento… Es todo cuento, Juan Manuel. De seguridad, nada. Ya hubo varios
secuestros adentro de los country.
—También robos…
—También robos, pero lo de los secuestros no tiene desperdicio. Un tipo como
vos, o como yo, que puede pasar por persona decente y «pudiente», alquila un chalet
por el verano. Cuando termina la temporada decide quedarse todo el año, y hace un
nuevo contrato. Es alguien que no desentona, ¿por qué no se lo van a alquilar un
chalet?
No digo nada, por el Ritter me mira como para darme en la cabeza si abro la boca.
Espero.
—Vos sabés que hay gente que se aburre del country y termina yendo un par de
fin de semanas al año. O sea: hay casas vacías. ¿Qué hacen los inquilinos con cara de
decentes, secuestran a un habitante del country y lo «guardan» en una casa vacía?
¿Para qué se van a tomar el trabajo de sacarlo afuera? Con los robos hacen igual,
esperan que la cosa se enfríe para sacar lo robado.
—¿Sin la complicidad de los vigiladores?
—Da igual. Por lo que les pagan no se van a jugar por nadie, y si pueden sacar
una extra por mirar para otro lado…
—¿Qué me querés decir?
—Nada, acá el que tiene que pensar sos vos. Pero te puedo dar una ayudita: el 32
es un calibre de mierda, no lo quiere nadie; pero se puede comprar sin demasiados
problemas. Por eso lo usan los de las empresas de seguridad, y casi nadie más.
Es cierto, un 32 largo o corto, vaya a saber, era el revólver que llenó de plomo la
cabeza de la muerta.
¿A qué se dedican los vigiladores, un domingo por la tarde?
Uno de los vigiladores, llamado Jorge Recalde, fue el que confirmó que tenían
bajo vigilancia a Aparicio Verneda, el que luego terminaría preso por propiciar robos
en Los Reyunos. En su declaración explica en qué invirtieron el tiempo, él y su
compañero de vigilancia: «Enchufamos la radio en la toma de un vecino y nos
escuchamos todo el River-Boca. Después, cuando se largó a llover, fue cuando
escuché tiros y gritos para el lado del campo deportivo. ¿Si cambiamos de sitio? Un
rato, en el entretiempo del partido. En un árbol había tres loritos, y con mi compañero
nos dedicamos a espantarlos, porque son bichos que hacen mucho ruido. Les tiramos
varias piedras, y al final se fueron».
Esa fue su ocupación principal esa tarde, cuando la estaban matando, perseguían
y espantaban a tres molestos loritos.

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31
Ojos de funebrero
(De los archivos robados)

Hay una ampliación de la indagatoria a Walter Ramírez, empleado de la funeraria


contratada por Enrique Quique Beltrán con un certificado de defunción falso y la
compañía de Jorge Ronaldo Cooningan, alias El Inglés, donde el hombre se muestra
más charlatán.
No cuesta mucho fijarla en el tiempo. Es cuando el caso alimenta diariamente
todos los medios y, para los periodistas, hasta el último vecino es una fuente de
conjeturas, sospechas o lo que sea. Walter Ramírez actúa como si fuera una estrella
de la televisión en ascenso, pese a que no pudo pasar de la categoría telediario.
Ahora dice que cuando, esa mañana, llegó a la casa se le acerca «un señor que
ahora, por la tele y por el diario, se que es Beltrán. Beltrán, cuando le expliqué que
tenía que montar la capilla ardiente y lo del féretro, me dijo que ese no era el arreglo
con la empresa. Me dijo que esperara un momento y me dejó esperando bajo la
lluvia».
Por la precisión de sus palabras es evidente que se considera un veterano de los
juzgados. Quiere conducir el interrogatorio.
«Desde donde estaba veo que entra y que había mucha gente, hablando, sentada,
de todo un poco. Entonces sale con otro señor, que ahora se que es el marido de la
Señora, Arturo Ferrasanes, y me hacen pasar adentro».
«Ferrasanes venía con un vaso de whisky con hielo en la mano. Un vaso grande,
bajo, de vidrio, con whisky y hielo. Por el color me pareció que tenía que ser whisky».
Tres veces en un mismo párrafo insinúa que Ferrasanes, el Oso Ferrasanes, estaba
de juerga, y aún avanza un poco más: «Entramos a la casa y me sorprendió el estado
de la gente que veía. Hablaban y se reían de una forma rara».
A la pregunta de si supone que estaban ebrios o drogados, el funebrero retrocede
un paso, aclarando que no tiene experiencia ninguna con drogas, que «le parecen mal
las drogas», pero que tal vez la gente había bebido mucho; que suele suceder en
algunos servicios a domicilio, porque se sirven bebidas sin moderación.
Entonces, recuerda, cuando le explicó a Ferrasanes cuál era su cometido allí, la
capilla ardiente y el féretro, el hombre puso cara de extrañeza y dijo:
«—¿Pero qué arreglaste, vos?
»—Yo no pedí ni capilla ni nada parecido. Les dije que la velábamos en la cama
—contestó el señor Beltrán.
»—No sé, haceme el favor de arreglar este lío… —dijo el señor Ferrasanes, y se
fue.
»Entonces le reiteré que en algún momento iba a tener que encajonar a la Señora,

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que era importante que viera el lugar, y Beltrán me llevó para arriba. No le gustó
nada, pero me tuvo que llevar.
Su descripción del piso superior es interesante.
«Una mujer muy delicada, muy fina y bastante bajita [Chiquita Cooningan] me
puso mil “peros” para que no me acercara a la finada».
«El cuerpo estaba acostado en la cama, y con la poca luz que había se veía que
estaba bien acondicionado. El pelo en su lugar, los ojos y la boca cerrados. La mujer
dijo entonces que no se me ocurriera tocar el cuerpo, que lo querían así como estaba».
Siniestra esa manera distante de llamar a la muerta: «el cuerpo».
Puesto a precisar lo sucedido después, cuando le pusieron dificultades para poner
la muerta en el cajón, muestra un relato más esmerado, de quien lo ha ido
perfeccionando, eligiendo las palabras para contarlo.
«Cuando me dispuse a encajonar el cuerpo se me pusieron pegados. A mi costado
lo tenía a Beltrán y enfrente, como a los pies, estaba el hermano. Bueno, yo no sabía
que era el hermano, pero ahora con tanto salir en la tele, lo puedo reconocer: ese que
se llama Lito Pérez García».
«Tenía la tapa a un lado y quise quitar la almohada sobre la que apoyaba la
cabeza, entonces Beltrán me ordenó que la metiera adentro con almohada y todo. Yo
le dije que no entraba, porque una almohada común no entra, y él se puso como
furioso y me dijo, flaco hacé esto rápido. Entonces es cuando saco la almohada y
era… un mar de sangre. Le pedí una toalla o algo, y me dijo que me dejara de dar
vueltas, que la terminara de una vez. Yo, en vez de contestarle envolví el cuerpo con
la toalla y lo metí en el cajón».
Por último repite, más o menos de la misma manera, lo que había dicho antes: que
le impidieron limpiar el cadáver, con la intención de que los familiares se despidieran
a cajón abierto y lo obligaron a cerrarlo de inmediato.
«El cuerpo estaba muy bien arreglado, muy bien maquillado, pero pude ver
sangre en el cuero cabelludo. Tenía sangre a la altura de la frente, sangre seca».

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32
Sirvientas y jardineros
(De los archivos robados)

Rosa María Gutiérrez podría ser usada como modelo «platónico» de la sirvienta.
Tiene todas las cualidades, incluido el oficio de callar y cumplir, tal vez porque ser
sirviente educa en ese sentido mejor que en ningún otro. Rosita, porque la conocen
como Rosita —ya se sabe, los diminutivos disminuyen, como cuando los chicos en la
escuela me llamaban Charquito—, no puede hablar de sus empleadores «los
patrones» sin mostrarse avergonzada, como si rompiera algún pacto sagrado.
Dijo que se desempeñaba como «mucama», admitiendo que eso quería decir
«para todo servicio», menos en la cocina, que para eso estaba la cocinera, a la que si
era necesario, también daba una mano. Y que le impresionó mucho encontrarse a la
«patrona» acostada en su propia cama, con una manta que le cubría los pies, como si
estuviera durmiendo.
También recuerda que cuando la bajaron, ya en el cajón, en la planta baja se hizo
«una misa corta, o algo parecido, que no voy nunca a la iglesia», donde no pudo dejar
de llorar.
Que, más tarde, cuando los de la funeraria retiraron el cadáver y se fueron todas
las visitas, en la casa se quedaron ella, el jardinero Miguel y la cocinera de la familia
Bonanova, la señora Josefa Gutiérrez, que tiene su mismo apellido pero no son de la
familia. También estaba otra señora, de nombre Clara Sepúlveda, que antes fue
mucama de la familia Ferrasanes, y que por esos días «hacía horas de limpieza en el
country».
Que, cuando ya no quedaba nadie, el señor Enrique Beltrán, que es «muy amigo
de la familia y le dicen Quique» les dijo que ventilaran la vivienda y limpiaran todo.
Entonces los tres subieron al primer piso y empezaron a limpiar.
Dice que le llamó la atención «la cantidad de sangre que había en la almohada
[donde apoyaron la cabeza de la muerta] y el colchón de la cama». La almohada la
arrojaron a la basura y el colchón lo pusieron en el balcón, con la intención de
limpiarlo más tarde. «A las sábanas las metimos en el lavarropas y las lavamos».
«Había manchas de sangre en la bañera, en el mármol del lavatorio y debajo del
inodoro», dice, admitiendo con vergüenza que le dieron «arcadas» y que de esa parte
se encargaron más los otros.
«Clara arrojaba agua por debajo del inodoro y no terminaba nunca de salir la
sangre; era como si hubiera mucha, muchísima sangre ahí abajo».
También había toallas y un par de zapatillas con sangre coagulada, y «toda la ropa
que no estaba rota también la lavamos, y la planchamos».
Cuando le preguntan si vio más rastros de sangre se toma un momento y luego

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precisa que «en la alfombra del dormitorio la sangre había penetrado tanto que se
incrustó en el suelo. Me costó mucho quitarla del suelo».
Josefa Gutiérrez no se contradice con su colega de oficio y apellido.
Dice, por ejemplo, que vieron «más de una toalla tiradas en el suelo del baño»,
aunque no puede precisar la cantidad, y que todas estaban manchadas con sangre.
«Yo me quedé como paralítica cuando vi eso —señala—, y fueron la Rosita y la
Clara las que entraron al baño, sacaron las toallas y las pusieron a lavar».
Agrega que, como estaban muy sucias de sangre las tuvieron que «lavar dos
veces, y algunas tres. El agua salía sucia de sangre».
«Yo trabajo en casa de los Bonanova de lunes a viernes, el domingo, cuando
dicen que la mataron, estaba otra señora que no conozco de apellido, se llama Stella».
Las contradicciones que aparecen en las declaraciones de ambas mujeres son
irrelevantes. El testimonio de Miguel, el jardinero a sueldo de la muerta, las confirma
hasta en su imprecisión.
Según él, cuando Quique Beltrán les dio la orden de limpiar la casa, terminado el
velorio, aparte de Rosita, Josefa y Clara, estaba presente Ignacio —del que no conoce
el apellido—, que es el cuidador de la casa de Enrique Quique Beltrán, otro de los
«inocentes». No puede precisar qué hacía en la casa, pero supone que lo mismo que
hacía él, darle el pésame a la familia.
El llamado Ignacio no se quedó a limpiar, se fue enseguida.
Coincide entonces con lo dicho por Rosita cuando admite que con Clara sacaron
el colchón de la cama al balcón. Tenía una gran mancha de sangre, a la altura, por lo
que calcula, de «donde estaba la cabeza de la muerta».
Él no vio la cama tendida, porque ya estaba sin sábanas cuando Clara lo llamó
«arriba para que la ayudara con el colchón». Clara lavó las manchas del colchón y él
la ayudó a secarlo.
Curiosamente, no recuerda haber visto a las otras mujeres en actitud de limpiar,
solo a Clara. Y que cuando entró al baño en busca de un «secador» para el colchón,
tampoco recuerda haber visto manchas de sangre, tal vez porque no prestó atención o
porque ya las habían limpiado Clara, Rosita o Josefa.
Una sirvienta que dependía de Arturo Ferrasanes [Rosita], una sirvienta prestada
por Ernesto Bonanova [Josefa], otra sirvienta que no queda claro por qué estaba allí,
como no fuera la casualidad y la fidelidad a la familia [Clara], un jardinero
despistado, desinteresado o astuto para mantenerse al margen [Miguel] y la breve
presencia de un asalariado de Quique Beltrán [Ignacio]. En conjunto harían un
maravilloso puñado de culpables, si la vida fuera una novela de Agatha Christie. Pero
la vida y Agatha Christie nunca tuvieron mucho que ver. Un montón de años de
trabajo en el poder judicial me lo han demostrado hasta el aburrimiento.
Y no avanzo nada. Busco como un ciego.
¿Cuál es la maldita pregunta que me estoy haciendo?
Vivo en un pozo de mierda. Eso no tengo que preguntármelo, es una convicción.

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¿O sí? ¿O tengo que preguntarme por qué sigo vivo?
Los inocentes. Cada vez estoy más seguro de que por ese lado está el interrogante
que me tortura. ¿Quiénes son los inocentes? ¿Yo soy un inocente?
Una historia contada por un famoso etólogo, tal vez nos habla de los asesinos
inocentes: Una paloma extraña a la bandada cometió el error de sumarse al grupo. Y
la atacaron. Las palomas. Comenzó una y la siguieron todas. Picaban a la intrusa con
sus picos poco aptos para la muerte. Picaban sin descanso. Picaron hasta matarla.
Solo que, como no eran aptas para dar muerte, la víctima sufrió varios infiernos antes
de expirar, después de horas de picotazos sin tregua.
Se me ocurre una conclusión obvia: es mejor que te maten los que saben. Los
otros, las palomas, te harán sufrir demasiado.
No, no es esa la pregunta.

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33
Coro

Cuando avanza la noche suceden cosas inéditas en mí, para decirlo con el humor que
me falta. Cuando tomo apuntes, cuando transcribo, cuando intento darle forma a mis
sospechas, debo tener algo así como cortes de luz. Abro los ojos que no sé si antes
cerré y no encuentro lo que creo haber escrito, o lo que es peor —e inédito— leo lo
que nunca escribí. Es como si mi cuerpo fuera ocupado. Y ellas son las que más me
usan, las que más joden: las Euménides. Retornan una y otra vez con sus malditos
coros.
Dicen que la manera de conjurar los fantasmas es nombrarlos y eso, como en el
juego de La Oca, me hizo retroceder varios casilleros; hasta la primera vez que las
llamé de esa manera. Estaba seguro de que fue un viejo reflejo de la memoria, y
recurrí al diccionario para saber a ciencia cierta qué estaba nombrando.
Estaba llamando a las Erinias.
Llegaban desde el fondo de los tiempos y mis lecturas juveniles: las divinidades
griegas consagradas a la venganza de los crímenes. Los romanos, esa gente tan
sensata que puso medida a la pasión, al crimen y a la venganza con el Derecho
Romano, las llamaban Las Furias. No hay que ser muy riguroso con ellos, como dijo
una vez el Ritter, fueron una versión barata de los griegos.
¿Por qué las llamé Euménides?
Porque quienes querían escapar de las venganzas de las Erinias, o les rogaban que
las cumplieran, las adulaban llamándolas «bondadosas», Euménides.
¿Fue una trampa de la memoria?
Pues, las bondadosas, las Euménides retornaron.
Chiquita Cooningan caminaba, sin compañía, entre las tumbas blancas, como
huesos de elefante, de un cementerio. Algo me dijo que esas tumbas estaban vacías
desde tiempos inmemoriales; todas menos una.
La mujer, totalmente vestida de negro, se detenía. Un velo le cubría la cara. Un
velo que se movía, apenas, con sus palabras. Y estaba seguro, eso tienen ciertos
encuentros, que debajo del velo no había una cara, sino muchas.
Se detenía ante un derrumbe en la pared que encerraba las tumbas. Más allá el
olor a podredumbre dibuja los perfiles de una ciudad. Pero lo que importa son las
sombras. Como mujeres las sombras.

Estrofa
CHIQUITA.— Mi nombre fue Ana Graciela García, hace mucho tiempo. Ahora
soy, me conocen todos, como Chiquita Cooningan; la mujer de El Inglés Cooningan.

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Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Ahí tienen, vamos a juzgar a una mujer que ha perdido
el nombre.

Estrofa
CHIQUITA.— Nunca lo tuve. El primero era propiedad de mi padre, el segundo
le pertenece a mi marido. De poder elegir, prefiero que me llamen Chiquita.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Esto es lo que hay, el juicio a una mujer que, como
todas las mujeres, fue propiedad de los hombres. ¿Puede ser culpable?

Estrofa
CHIQUITA.— ¿Para qué un juicio? Las mujeres nacemos culpables.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Para juzgar a los jueces.

Estrofa
CHIQUITA.— Hay jueces que son mujeres.

Antistrofa [Se revuelven. Un torbellino de sombras se disputa el aire como una


molestia de moscas, de Euménides]
CORO DE SOMBRAS.— Los jueces siempre son hombres.

Estrofa
CHIQUITA.— Hay mujeres.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Siempre son hombres.

Estrofa
CHIQUITA.— ¿Qué esperan que diga?

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Por qué tendríamos que condenarte.

Estrofa
CHIQUITA.— [Ríe sin ganas] ¿Van a encarcelarme? ¿A darme con el látigo? ¿A
maniatarme, a vaciar mi cabeza? ¿A privarme de mi sexo, de mi boca, de mis deseos?

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Todo eso ya ha sucedido, hace muchos siglos. Será

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peor. Nos quedaremos a vivir en tus sueños.

Estrofa
CHIQUITA.— No tengo sueños.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— No mientas. Somos las dueñas de todos los engaños y
de todas las mentiras. Entre nosotras solo vale la verdad más cruda. Nadie nos puede
engañar.

Estrofa
CHIQUITA.— No soy culpable. Hice lo único que puede hacer una mujer, ser la
más puta. Vengarme.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— ¿De quién te vengabas, de ella? ¿Ella era culpable?

Estrofa
CHIQUITA.— Nació culpable. Como yo. Y como yo usó las únicas armas a su
alcance: los hombres. ¿Qué importa? Todas estamos solas.

Antistrofa
CORO DE SOMBRAS.— Todas estamos solas. No seremos nosotras quienes
vayan a condenarte.

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34
Suma de las partes

La sacan de la tierra. La acuestan sobre una camilla de acero. Una camilla preparada
con agujeros y canalizaciones, para conducir los jugos de la muerte que escapan de la
piel cuarteada. Las cámaras comienzan a grabar, y el forense hace la primera
descripción de su actual estado. Es fea, muy fea, una persona después de un tiempo
bajo tierra.
Alguna vez —al principio de mi carrera judicial— fui testigo de la autopsia de un
cuerpo exhumado varios meses después de su muerte, y decidí que, para siempre,
confiaría en el informe de los forenses; que no volvería a meter la nariz, literalmente,
en esos pudrideros.
Alguna vez también me atreví a expresar, en voz alta, que no podía entender que
cualquier personal normal se dedicara a esa sucia y macabra tarea. Un médico
forense, con quien a partir de allí fuimos amigos, me contestó:
—Yo no puedo entender que alguien quiera ser juez. No me entra en la cabeza
que una persona normal aspire a ser Dios y parte, y disponga el entierro en vida de
otros hombres, sin sentir que algo huele peor que los muertos. Yo no los mato, ni los
entierro. Así que, estamos a mano.
No me gustan las autopsias. Creo que quien mejor puso en palabras lo que siento
fue un personaje de un libro olvidable, que era forense en Nueva York. Hacía la
autopsia de su hija asesinada. Y no se conmovía. No. Porque la suma de las partes —
y nunca mejor dicho— no hacen a la persona. La persona se fue, y lo que queda es un
amontonamiento de carne y vísceras que facilitan un recuento, pero no un rescate. Me
entristece saber que somos nada más que ese montón de fragmentos sin sentido. Me
gustaría creer en el alma, en algún dios, pero ya no puedo creer en nada.
No me gustan las autopsias, pero… ¿Qué estoy haciendo?
Me refugio en Pirandello y la mirada de los otros, que me devuelven partes,
fragmentos inconexos. ¿Una autopsia? Si es eso, nada de lo que hago me lleva a saber
quién fue ella.
Pero me sobrepongo, porque los que portamos cara de idiota somos obstinados,
desesperadamente obstinados. Aunque sea para nada.
Y sigo adelante.
De todos los peritajes me quedo con el de ese hombre que imagino parapetado
tras la rutina y el unto mentolado tapiándole la nariz.
Dice que, en el examen del cadáver le llamaron la atención que los tres agujeros
cercanos a la oreja izquierda aparecían cerrados. Que tuvo que abrirlos con unas
pinzas para determinar que habían sido producidos por «una arma de fuego, disparada

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a quemarropa».
Que esos agujeros, los que no estaban disimulados por el pelo, habían sido
«tapados con alguna clase de pegamento», y que eso fue lo que informó al juez
actuante.

***

Como era inevitable, se hizo un peritaje químico del supuesto «pegamento», que
confirmó lo que era: un compuesto de cianocrilato.
Con mucho despliegue de conocimiento y técnica, los peritos afirman que el
análisis espectrográfico señala la presencia de un «pegamento instantáneo», del grupo
de los cianocrilatos, de uso frecuente y de compra libre en librerías o ferreterías.
Lo demás es lo de menos. Moretones en los muslos, en los brazos, depósitos de
pólvora sobre la piel, y el hallazgo de cinco proyectiles de plomo alojados en la
cabeza, correspondientes a un revólver calibre 32.
La muerte se produjo, de forma inmediata, por destrucción de estructuras «vitales
del cerebro».
Hoy comienzo a sentir la inutilidad de lo que estoy haciendo. Temo que no quiero
conocerla a ella, sino saber quién soy. En cuánto me parezco a ella, y a sus asesinos,
que eso es lo que menos quiero aceptar.
La pregunta que no me quiero hacer, que nadie se quiere hacer: ¿Qué sería capaz
de hacer yo, si estuviera en juego mi vida, mi tranquilidad, ser quien soy para los que
me observan y me conforman?
Estoy muy cansado, y esta mañana bajé a la calle para comprar otra botella de
Chivas. Es caro, pero no quiero ser menos que el Ritter, y me ayuda a dormir, a no
volverme loco, porque la certeza de que nunca será vengada se me ha pegado a los
huesos.
No quiero preguntarme por qué me preocupa eso. ¿Tal vez porque me he
enamorado de esa mujer? No quiero saberlo.
Pero falta poco. Muy poco.
Tengo que atreverme a abrir los ojos y ver lo que sucedió. Lo que otros como yo,
tal vez ni mejores ni peores, hicieron con esa mujer. Porque no solo la mataron,
también, y eso es lo peor, la vejaron.

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35
Ella: la vejación

Están solos y evitaban mirarse de frente. Todos tienen claro que en este juego nadie
se retira. Si uno lo hace, pierden todos. Cada uno daría lo que no tiene, ni tendrá
jamás, por encontrarse en otro sitio, a salvo de la violencia que ejercerán sobre ese
cuerpo, porque no queda escape, o porque estaba escrito en su naturaleza hacerlo.
—¿Hay que sacarle la ropa? ¿Por qué?
—Porque tiene sangre por todas partes… y los que vengan al velatorio no tienen
que ver nada.
—Demasiada sangre… —Se lo ve pálido.
—¿Y qué querés que haya, dulce de leche?
—No pierdan los nervios, o nos vamos todos al carajo.
—¡Yo no hice nada!
Lo miran, y sabe que lo están juzgando.
—Yo no hice nada…
Repite, y un sudor frío le moja la cara. Tiene que sentarse en el suelo para no
desmayarse. Otro le aprieta la nuca. Tal vez ayuda, tal vez amenaza. Le aprieta la
nuca para que sepa que no está solo. Que no se le permite estar solo.
—Estamos en medio del río… o terminamos de cruzarlo o nos ahogamos todos
—dice el que conserva la calma.
—¡Vos estarás acostumbrado, pero yo soy un hombre decente! —argumenta,
como para convencerse, un tercero.
—No hagamos chistes, hombre decente. Uno que come de un plato lleno de
mierda, pero no quiere meter la mano. ¡Haceme el favor!
—¡No soy un asesino!
—¡Sos un hijo de puta, eso es lo que sos! —dice el que está sentado en el suelo.
—Un cigarrillo y seguimos. Si peleamos entre nosotros, estamos muertos.
Un par fuma. Los otros se meten hacia dentro.
Hay un silencio largo y un titubeo:
—¿La ponemos sobre la cama? Si no va a ser un…
—No hay que ensuciar la cama.
—Después cambiamos la ropa de arriba. En el suelo no se puede.
—¿Qué es lo que no se puede?
—Desvestirla…
Ninguno dice nada, pero la idea de desnudar a la muerta los aterra. Hay algo que
tienen los muertos. Aunque tengan los ojos cerrados parece que nos observan todo el
tiempo; cada movimiento.

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Las Euménides han abierto una puerta en la pared. Más allá, por detrás de las
sombras como mujeres, un paisaje de ruinas que sangran en un atardecer de rabiosas
venganzas. Un recuerdo de tiempos en que los dioses elegían su hora para morir.

***

CORO DE SOMBRAS.— Los ojos siempre están allí, agazapados como animales
detrás de los párpados muertos, espiando. Pero ellos no lo saben. Son hombres, y los
hombres confunden el saber matar con saber de la Muerte. Son solo eso: hombres.
[Es un objeto, una cosa, tengo que pensar que es una cosa] se dice uno de ellos.
El que se agachó junto al cadáver prueba de sacarle la camiseta. Los brazos de
ella resisten, apenas, pero resisten.
[No quiere que la desnudemos], piensa uno de ellos.
—¡A ver si hacemos algo de un vez, carajo!
—Dejémosla sobre la cama…
—Pesa bastante, la desgraciada.
—Siempre fue una pesada.
—Lindo momento para hacer chistes.
—¿Querés que me ponga a llorar? Yo no la maté.
—Es igual…
—¿Qué es igual? Yo no la maté.
—Esto va a servir —dice uno, mostrando la cortina de la ducha, que acaba de
arrancar.
En instantes la cortina de plástico, con flores, está tendida sobre la cama.
Uno enciende un cigarrillo:
—Es igual, estamos todos metidos en la mierda, y será mejor que hagamos algo,
en lugar de lamentarnos como maricones.
—Ustedes de los hombros y nosotros de los pies, vamos…
Los lobos se inclinan sobre la mujer y la agarran por donde pueden.
Hay un titubeo y un tropezar con la entrada al dormitorio.
Un codo de la muerta suena contra la puerta como si llamara, como si pidiera
permiso para entrar.
—¡Boludos, para el otro lado!
Giran y avanzan hacia la cama.
Cae, la dejan caer sobre el borde de la cama. La cortina cruje como si fuera de
papel de seda.
Uno se limpia una mano, la sangre, en la ropa de ella.
Otro estira y encoge los dedos y se dice que no quiere volver a sentir el frío de esa
piel. Pero sabe que no queda otro remedio.
CORO DE SOMBRAS.— Nunca sabrán nada de la sangre. Pero nosotras sí
sabemos. Sabemos que muchas veces la regla, la sangre que perdemos con cada luna,

[Link] - Página 112


es una venganza, asesinar la imposición de los machos. Escupir al infierno los hijos
con que nos atan.
—¿Y ahora?
—Che, esto qué es —dice uno, que ha retrocedido hasta donde la muerta estaba
tirada un momento antes, entre los dedos sostiene un pedazo de plomo, deformado—.
¿No será unabala?
—¡Cómo va a ser una bala!
—Eso es lo que dije, que no puede ser una bala —repite, con un dejo de burla.
—A ver, dame… no es nada. Nada que haya que guardar.
Se mueve unos pasos y arroja el plomo al inodoro, para hacer correr el agua una,
dos, tres veces.
—Ya está. Lo que importa ahora es ella…
—Ahora… —dice uno, lleno de dudas, y tironea de la camiseta sin resultados—
hay que cortarle la ropa.
—¿Cortarle la ropa?
—No te hagas el boludo, que no hablo en chino…
—No, pero…
—¿Alguien sabe dónde hay una tijera?
—Este tiene que saber.
—¿Por qué yo?
—No era mi mujer…
—¡Qué se yo dónde se guardan las tijeras!
—¿Podemos buscar de una puta vez?
Nadie se queda junto a la muerta. Salen en distintas direcciones, buscando una
tijera que tal vez no exista.
—Acá hay una tijera —dice una voz, desde el baño.
Y la muerta vuelve a ser el centro de las miradas. Horizontal sobre el borde de la
cama, la ropa mojada.
—Cortá.
—Claro, me toca porque encontré la tijera, concha de tu madre…
—Cortale la ropa de una buena vez y terminemos con esto. ¿Te creés que me
gusta poner en bolas a una muerta?
El de la tijera intenta un corte, pero lo hace sin fuerzas.
Otro le saca las tijeras de la mano y corta con decisión, como si lo hubiera hecho
muchas veces.
De abajo arriba el corte zigzaguea desgarrando la tela, y unas manos ayudan
abriendo la camiseta como dos alas. Como las costillas de un muerto en la sala de
disección.
Solo que no son las vísceras lo que ofende los ojos de los hombres, sino su ropa
interior.
CORO DE SOMBRAS.— Una mujer que se desviste es una confesión de

[Link] - Página 113


debilidades expuestas a la luz. Pero esta mujer no confiesa. Quiere permanecer
callada.
—Las mangas —murmura uno.
Sin darse cuenta han ido bajando la voz y se comunican con susurros, y palabras
ahogadas, una buena parte de ellas insultos. Tienen miedo. Tienen asco. Una furia
oscura les daña el pecho, la boca del estómago.
La tijera corta desde el centro hacia las mangas, como si estuviera dibujando una
cruz.
[¿Por qué nos tenía que hacer esto? Hija de puta], masculla uno.
Alguien respira hondo, pero los ojos de todos están prendidos de lo mismo, de su
ropa interior, de un absurdo color rosa. No saben que cualquier color es absurdo.
Nadie espía al que respira hondo, como para tragarse algo.
La tijera corta otra vez, y con un tirón repentino revela los pechos de la muerta.
Lánguidos. Como si junto con la vida le hubieran robado el orgullo.
Unas pecas resaltan sobre la piel pálida, lívida.
[Nunca quería tomar sol. No le gustaban sus pecas], recuerda uno.
[Y yo me acosté con esa carne muerta], se dice otro, con un escalofrío.
CORO DE SOMBRAS.— Las mujeres podemos besar a un muerto; es cuestión
de amor. Para ellos el amor se muere junto con la muerte. ¿Qué saben de la sangre?
—Ayuden, vamos a voltearla un poco…
Las manos empujan el costado de la muerta, que, con obstinación de muerta,
olvida el brazo derecho, igual que si no quisiera que le toquen la espalda.
Tironean. Tironean y los restos de la ropa son arrojados a cualquier parte.
Uno los patea lejos, pero parecen de hierro mojado, se pegan al suelo.
La dejan en libertad y también se niega. Permanece así, de costado, el brazo
derecho cruzado hacia su espalda, y una gota de sangre aguada que cae desde el
agujero que tiene en la sien izquierda, sobre la cortina de la ducha.
Uno la toma del hombro y la obliga a volver a su posición, boca arriba, las
piernas ligeramente entreabiertas.
—Tengan… ¡Dije que la tengan, boludos, de los hombros!
La tienen y el otro tironea del pantalón de joggins, que se desprende como una
piel de pescado, mojada, pegajosa.
El pantalón también va a parar al suelo.
Y no pueden dejar de ver, pero ninguno dice nada.
Bajo el pantalón no tenía nada, y la breve mata del pubis se les revela mojada.
Las piernas ligeramente entreabiertas. Un tajo rojo quiere partir en dos la mata del
pubis, y los hombres esquivan los ojos. No quieren ver.
[Se orinó encima], advierte uno.
[Dicen que todos los muertos… ¡Me cago en dios!], piensa otro.
CORO DE SOMBRAS.— Son tan estúpidamente criminales que no advierten lo
obvio. Ella los observa. Como todas las mujeres. Con el ojo de ver lo profundo, que

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tiene entre las piernas.
—¿Y ahora?
—Hay que vestirla y limpiarla.
—No vamos a poder ponerle otra camiseta.
—Eso es lo de menos…
Siempre hay alguien con recursos. Alguien que piensa más rápido, o de otra
manera.
—En el armario vamos a encontrar algo.
Uno hace un gesto, y la ceniza de su cigarrillo gotea sobre las rodillas de la
muerta.
—¡Me cago en tu madre, imbécil! —dice uno, apresurándose a barrer la ceniza
con un pañuelo.
—¡A mí nadie me dice eso! ¡Te voy a partir la cara!
—¡Andate a la puta concha de tu madre!
Como víboras se enfrentan los dos, dispuestos a matarse.
Pero hay otro. Siempre hay uno que sabe hacia dónde hay que correr.
Los separa con empujones que parecen trompadas en el pecho:
—¡Pelotudos! ¡Acá la única mierda que hay es esta hija de puta! ¿Nos vamos a
matar entre nosotros? ¡Ella es la culpable, ojalá pudiera prenderle fuego, que se la
coman las hormigas!
Y cuando se miran, porque a estas alturas ya se atreven, todos entienden que
cambió el viento. Que sopla viento de furia. Que el miedo y el asco quedaron atrás,
que es la hora de la furia. De odiar la cosa, ese sucio pedazo de carne sobre la cama,
que los obliga a verse como carniceros; a ellos, los inocentes, los que nunca quisieron
matar a nadie.
CORO DE SOMBRAS.— Ya está. La única verdad se ha revelado y clama
venganza: el odio. Que venga ella. Que vea la última vez que un hombre la desnudó.
Las Euménides mueven su charco de oscuridad hasta la cabecera de la cama y le
dejan paso.
Deja atrás las calles desiertas de la ciudad tenebrosa, y ya sin miedo de las
acechanzas tras las esquinas, la sombra de ella se detiene, y se mira sobre la cama.
LA MUERTA.— Nunca estuve tan desnuda. Miren mis tetas vacías, miren mis
pecas… esas venas azuladas. Nunca di de mamar, y ya no podré hacerlo.
CORO DE SOMBRAS.— Ella ahora piensa en las cosas mínimas que dejó sin
hacer. Ella ahora está en dos sitios al mismo tiempo: en esa cama y a nuestro lado.
Pero todavía no puede aceptar que solo existe en el odio de esos hombres, el resto es
nada. Aún no está lista para estar entre nosotras.
LA MUERTA.— ¿Por qué me odian?
CORO DE SOMBRAS.— ¿Es una pregunta?
LA MUERTA.— Quiero saber…
CORO DE SOMBRAS.— Te odian porque nunca más podrán apartarte de sus

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sueños. Porque serás la vergüenza que no podrán expulsar de sus entrañas.
LA MUERTA.— [Tiende una mano. Le gustaría poder alcanzar las sábanas y
cubrir su cuerpo, como cuando era niña, como la primera vez que compartió la cama
con un hombre] Hubo un tiempo en que ellos me amaron.
CORO DE SOMBRAS.— [Las Euménides se mueven por la habitación, tocando
en la cabeza, en la espalda a los hombres, que sienten un frío súbito que no se pueden
explicar] ¿Quién fue? ¿Este? ¿O este? ¿También este? ¿Con esa cara? Es hora de que
olvides sus palabras. Alguna vez tal vez fuera verdad. Pero ya no. Ya no lo es.
—Terminemos de una vez… o la tiro por la ventana y que se la coman los perros
—dice uno.
Otro hace un gesto cercano al rechazo:
—Calma, al fin es un muerto. Un poco de respeto ¿no? A los muertos hay que
respetarlos…
Hay un silencio corto y un comienzo de risa, que se atora en dos o tres gargantas.
—Hay que ser idiota —comenta, por todo, el que pedía respeto.
—¿Y ahora?
—Con una toalla, la cabeza…
—Tiene un pegote de sangre y… —palidece.
—Si te vas a poner a vomitar, mejor dejame a mí. Son sesos. Ya ves para qué le
sirvió la materia gris; para desparramarla.
Uno se acerca con una camisa lila que ha sacado del armario de la ropa. Una
camisa de mangas cortas.
—Se me ocurrió una idea —dice.
Y la idea funciona.
Se la ponen al revés, lo de atrás hacia delante y con dos o tres botones prendidos a
la espalda queda en su sitio.
Lo peor es pasar los brazos por las mangas. Porque pesan. Más que cuando
estaban vivos. No ayudan.
—Mirá por ahí a ver si encontrás otro joggins, esta tenía como cien…
Hay más de un pantalón de joggins.
Sudan sobre ella, que se niega a que le oculten el sexo, pero la vencen. Le cierran
las piernas. Cinco hombres contra una mujer muerta. No puede ser una lucha más
fácil.
CORO DE SOMBRAS.— Los hombres siempre sudan sobre las mujeres. [Ríen]
Es lo único que saben hacer bien.
LA MUERTA.— [Cada vez más cerca de las Euménides] Siempre sudan.
El que comenzó a limpiarle la cabeza se ha hecho un lío con tanta toalla mojada
en sangre. Los pelos pegados al cráneo. Los agujeros de bala, tan visibles ahora que
el pelo no los disimula.
Sobre todo ese, en el lado izquierdo de la cara, en el comienzo de la sien. No hay
manera de que pase desapercibido.

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—No vamos a engañar a nadie —dice.
¿Se resigna?
No. Ninguno de ellos está dispuesto a rendirse. Lo hecho, hecho está, y no van a
permitir que ella asesine sus vidas, su buen nombre, que los amigos los esquiven
como apestados, la cárcel. Ya es una cuestión de orgullo que la muerta no pueda con
ellos.
—Hay que maquillarla.
—Eso después. Primero tenemos que rellenar el agujero en la cara, con lo que
sea.
—No es necesario —dice uno—. En un momento estoy de vuelta. Sé lo que
necesitamos.
—¿Qué vas a buscar? —desconfía otro.
—Pegamento. Pegamento instantáneo.
—¡Mierda, no se me había ocurrido!
—El «trainer» de tenis lo usa cada dos por tres, cuando alguno se hace un
cortecito con una caída.
—No es necesario que vayas, en el mueble de la cocina hay pegamento.
—A veces produce una reacción, como alergia…
—No te preocupes, a ella no le importa tener alergia.
El que había tenido la idea deja el tubito de pegamento sobre la cortina de la
ducha, junto a la mano derecha de la muerta, y se toma un momento para encender un
cigarrillo.
Otro se retira unos pasos y usa una tarjeta de crédito para moler, picar y separar
varias rayas de cocaína.
—¿Vos tenés dólares, no? Empezaste a joder temprano con los dólares, así que
debés tener alguno por ahí. Pasame uno grande, que «esnifar» me cae mejor si es con
buenos dólares.
Las rayas de cocaína desaparecen, y pocos momentos después los hombres
parecen despertar de un letargo agobiante:
—Hay que llamarla a Chiquita. Que venga volando porque tenemos que
maquillarla.
CORO DE SOMBRAS.— Era inevitable. Siempre terminan llamando a su madre.
Cualquier mujer es su madre. La necesitan para que los consuele, para que los
justifique, porque si ella está presente, nunca son culpables.
—Sí, y que Chiquita venga con El Inglés Cooningan, que a ese no lo quiero
afuera.
—¿No podemos nosotros…?
—Si la maquillás vos va a parecer un payaso de circo, que venga Chiquita.
—No sé sí…
—¿Alguno puede hacer el favor de llamarla, en lugar de discutir boludeces?
—Tiene razón, El Inglés es un peligro si se queda afuera. Que venga a meter la

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mano en la mierda.
El hombre del tubito se mueve hasta la puerta y arroja el cigarrillo terminado por
la escalera.
Otro se arrepiente de haberlo arrojado al suelo y recoge los restos pisoteados para
lanzarlos escaleras abajo.
El hombre murmura algo y se inclina sobre la cabeza de la muerta. Los otros le
hacen corro, a cierta distancia, como si asistieran a alguna ceremonia secreta.
Le toca la herida. Un agujero morado, con la piel desgarrada. Las balas nunca
hacen heridas limpias. Y menos a tan corta distancia. Alrededor del agujero la piel se
ve oscura, impregnada por el fogonazo de la pólvora.
Estira y trata de juntar los bordes desparejos de la herida.
Ha estirado la piel, tal vez demasiado, porque el párpado de ese lado se entreabre
y un ojo apagado intenta mirarlo por una hendija.
—Vamos a tener que tapar con maquillaje la marca de la pólvora —murmura.
Los bordes de la herida están demasiado húmedos para lo que se propone.
Recoge la camiseta que le quitaron, pero está muy mojada.
Apela a su bolsillo: pañuelos de papel.
Hace una pelota de papel y la mete en el agujero, apretando para absorber los
líquidos que molestan.
Retira la bola de papel, impregnada por los jugos de la muerte y aplica un chorro
continuo de cemento en el interior de la herida. Después junta, como puede, todo con
todo. Sabe que el resultado no será bueno, pero es mejor que nada.
En segundos siente en sus dedos un tironeo suave, y los despega de la piel de la
muerta antes de que se le peguen definitivamente.
[Definitivamente, para siempre, los dos en medio de los gusanos], se dice con un
escalofrío.
LA MUERTA.— ¿Qué me están haciendo? ¿Cómo se les ocurre?
CORO DE SOMBRAS.— [Repite con burla] ¡Cómo se les ocurre!
LA MUERTA.— [Gira la cara hacia las sombras, y una mueca de furia le tuerce
el rostro] Nunca podría perdonarlos.
El hombre prueba con los dedos, tironeando la piel, y el pegado resiste. Una
arruga, con algo de minúscula coliflor, ha reemplazado al agujero junto a la sien.
[Una buena mano de maquillaje tiene que opacar el brillo], piensa, y refuerza los
bordes con puntos del líquido.
Remueve el pelo y pone al descubierto otros dos agujeros; por encima de la oreja
izquierda. Serán más difíciles porque el daño es mayor, pero se verán menos.
Líquido, apretón, y los hilos de sangrado grasiento se detienen.
Ya está.
Se oyen pasos en la escalera, y una discusión en voz contenida.
Los lobos se apartan de la muerte y miran, al unísono, con ojos que muerden, a la
pareja que traspone la puerta.

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CORO DE SOMBRAS.— Ya está. Lista para cumplir su papel. Marioneta trágica
de los lobos. Ella cree que es culpable, porque nació con una herida entre las piernas
y eso la hace culpable.
LA MUERTA.— No quiero verla. [Dice, pero no deja de mirar] Era mi amiga.
Chiquita Cooningan tiene el ceño fruncido y aprieta fuerte los labios.
[No estaban tan lejos, estos dos], piensa uno de ellos.
[Estaban al acecho de lo que podía pasar], se dice uno de ellos.
El Inglés Cooningan saluda con un gesto, como una venia militar, de mano que se
toca la frente.
[No me quieren fuera, tienen miedo de que los entregue], se dice El Inglés
Cooningan.
—¿Por qué me llamaron? ¿Qué piensan que voy a hacer? —dice Chiquita,
beligerante.
—Ya está todo hecho.
—Lo peor ya está hecho —dice uno de ellos.
La mujer se detiene y mira a la muerta. Le cuesta reconocerla. Tal vez la hora, tal
vez la luz, tal vez ese casco de pelo mojado que le deforma la cara. Le da pena.
El Inglés patea el bulto de ropas mojadas al pie de la cama, y la ropa interior
cortada a tijera se muestra sin pudor.
—La pusieron en pelotas. No se los puede dejar solos a ustedes, son terribles —
dice.
Un silencio frío, de gente que se ha familiarizado con la muerte, responde a su
intento de humor; y El Inglés cierra la boca.
Chiquita Cooningan ve la ropa rota, el ingenuo color de rosa, y siente aún más
pena. Se siente manoseada por esa piara de cerdos. Como manosearon a la muerta.
CORO DE SOMBRAS.— [Rodean a la muerta y se mecen a uno y otro lado,
como si fueran acunadas. Un susurro de viento, de llanto oscuro las envuelve]
—Hay que maquillarla —dice uno.
—Está bien, yo me ocupo —murmura Chiquita—. ¿No pensarán dejarla sobre esa
cortina mugrienta?
—Nosotros no pensamos… hacemos —gruñe uno cualquiera.
Chiquita desaparece unos momentos, para retornar enseguida con un secador de
pelo, cepillo y una caja de cosméticos.
—Nadie se queda afuera —acaba de decir uno de ellos.
El Inglés se encoge de hombros, como si la cosa no fuera con él.
Chiquita se inclina sobre la muerta, tan indefensa, tan vulnerable, como si hubiera
sido violada, y siente que tiene que hacerlo con amor; como le gustaría ser tratada.
Con prontitud, vencida la resistencia de acariciar la carne muerta, extiende capa
tras capa de maquillaje. Un toque de polvos, un toque de carmín en los labios
azulinos, y busca junto a la cama dónde enchufar el secador.
Durante unos minutos lo único que se oye en el dormitorio es el zumbido del

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secador. Enseguida el cepillo, que ahueca el pelo, y parece que la muerta sonriera.
—Ya está, no puedo hacer más.
Los lobos, sin decir palabra, colocan una almohada en el centro de la cabecera y
toman a la muerta por donde pueden.
El gesto de uno de ellos es inapelable, y El Inglés tiene que retirar la sucia cortina
de la ducha, que va a parar con el resto de la basura al pie de la cama.
Le ponen las manos cruzadas sobre el pecho. Y si a alguno se le ocurre que esa
posición exige un misal o un crucifijo entre los dedos, se lo calla.
—La luz…
—Sí, ahora es cuestión de la luz…
Apagan todo, pero mueven una lámpara de pie hasta el rincón más alejado. Una
lámpara de pie con una pantalla que imita el pergamino viejo, y da una luz pobre y
ambarina.
—Así está bien.
—¿Qué hora es?
—No falta mucho para que amanezca.
—Hay que recoger la basura, toda esa ropa y lo que haya quedado tirado por ahí.
—Voy a llamar a Rosita.
[Es estúpido. ¿Por qué no lo mataron también a él? ¿Para qué quiere meter a la
sirvienta?], piensa uno de los hombres.
—¿Para barrer los restos?
—Para que prepare café, y copas, ya se sabe… para los que vendrán.
—Eso será luego, cuando terminemos.
Aún pasan dos horas, con el cansancio cavando sombras bajo los ojos, con el
miedo de olvidar algo comprometido a la vista, antes de que los hombres se miren y,
sin un gesto, aprueben la partida de Chiquita Cooningan, que volverá más tarde,
cuando todos, y nadie querrá faltar, concurran a velar la muerta.
Los rostros se ven amarillos en la luz aguada de un día que promete llover, tal vez
poco, o nada, o de a ratos.
La luz se cuela por las ventanas del dormitorio, y uno corre los espesos cortinados
para devolver la muerta a la penumbra.
CORO DE SOMBRAS.— Lo que tenía que hacerse ya está hecho. Ese rictus que
vemos en su cara parece una sonrisa, y es pena. La vieron nacer para maltratarla, para
herirla, para prenderse de sus tetas como garrapatas, para matarla, y luego, en el
último día, la vejaron. Tal vez es una sonrisa ese rictus que ven en su cara. Quizás
piensa en la venganza.
[Las Euménides y la muerta se funden en una sola sombra, que se pierde en la
ciudad en ruinas. La pared vuelve a ser una pared. Y en la habitación quedan solo
ellos y un cadáver que aguarda]

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36
Vivir al sol
(Paisajes)

Han pasado cuatro años desde aquel domingo de octubre, y en Los Reyunos nada ha
cambiado: risas en las canchas de tenis, bicicletas y uniformes mercenarios en las
alambradas.
Hoy, en la tarde, absolvieron a Arturo Ferrasanes, conocido como Oso, marido de
la muerta. Por falta de pruebas.
Hoy la Justicia decidió que hay un asesino menos.
Hoy, recuerdo con asco a un demente, escoria carcelaria, que sostenía la
necesidad de reformar los procesos de enjuiciamiento. Una viga larga, de hierro,
pedía. Y, colgados, encadenados a la vía, los acusados, los acusadores, los jueces y
los abogados.
—¡Mucha corriente! —gritaba—. ¡Mucha electricidad a la viga, para todos igual,
para todos parejito! ¡El que resiste es inocente, el que afloja es culpable, aunque sea
juez, o fiscal, a la mierda con él! ¡El Juicio de Dios!
El Juicio de Dios, decía y tal vez no estaba tan errado.
Me doy asco, pero ya no me importa. No puedo más. Siento que en estos días, sin
que pueda explicarme por qué ni para qué, he quemado mi salud, mi prestigio y me
he quedado sin familia. Juan Manuel Galván murió metiendo la nariz donde no debía.
No sé, ni nunca sabré quién fue la muerta. Pero he entendido que, por razones
oscuras que no comprendo, quisiera estar en su lugar.
Me ofende que quienes hicieron de la muerta carne de masacre sigan en libertad.
Me ofende que el sol siga saliendo sobre Los Reyunos, y que cada fin de semana
el ritmo de ida y vuelta de las pelotas de tenis se burle de la mujer que se pudre bajo
tierra.
Me ofende saber que no puedo cambiar nada.
Pero me serena que mi cuerpo, mi brazo y mi pierna de tonto, mi cabeza, sientan
que han recibido la paliza de su vida. No tendría que haberme metido en esto.
No me queda nada, ni siquiera la arrogancia. Lo único que he conseguido es algo
así como un retrato de familia en torno a un muerto.
Estoy solo, si no cuento al Ritter; que tampoco sé por qué se quedó a mi lado. Tal
vez porque la amistad en la infancia nos hace esclavos de una deuda. Tal vez,
simplemente, porque es el Ritter.
Hoy, como las últimas noches, vendrá a hacerme compañía.
Y me va a encontrar dormido. Borracho y dormido.
No tengo valor para decirle que esta historia sin fin, para mí se ha terminado. Que
los inocentes consiguen al fin lo que quieren, que les den patente oficial de inocentes.

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37
Delete

Borrado.
Borrado.
Borrado.
Amanece. Juan Manuel habló un par de veces en voz alta, pero pude entender
unas pocas palabras: «Basta. Fuera de mi vida. No puedo con ellos. No puedo con
ella».
No me siento mejor porque me reconozca como su amigo, yo se quien soy. Soy
Jorge Gustavo Ritter, de segundo apellido, falso como mucho de lo que suelo hacer,
Pueyrredón.
Estuve en la frontera y, aunque parezca otra cosa, sigo en la frontera. Por eso no
me extraña nada que puede suceder en ninguna parte, y mucho menos en el laberinto
del Minotauro. Cuando uno entra en el laberinto sin padrinos, sin Ariadnas que nos
presten un hilo para encontrar la salida, el monstruo se hace una fiesta con sus tripas.
En el laberinto de la Justicia acecha el Minotauro, pero a algunos les lame la mano.
Lo lamento. Se terminó el tiempo para la filosofía.
Juan Manuel no me querrá más por lo que acabo de hacer, borrar todos sus
archivos.
Pero no me importa. Judas también estuvo allí cuando Cristo comenzó a flaquear,
para empujarlo hacia el cumplimiento de su destino. La traición muchas veces resulta
un acto de amor.
Pensaba irme, desaparecer antes de que despertara, pero no lo voy a hacer. Con lo
que Juan Manuel ha dormido creo que es suficiente. Voy a despertarlo.
Me lo cargaré en hombros, si es necesario, y lo sacaré de esta mierda de despacho
para llevarlo al único sitio que se me ocurre. Un bar de amigos, oscuro y poco
frecuentado, donde volveremos a beber y le contaré lo que hice con su trabajo.
No sé que hará. Pero no le puedo mentir.
Tendrá que acostumbrarse a vivir sin ese amor demente. Relegarla al pasado, en
medio de un retrato de familia.
Tendrá que aceptar que la vida es esta cosa gris, una cuestión de conveniencia.
Y si se pone pesado, voy a decirle:
—Dejá de tenerte lástima, Charquito, que nadie va a llorar por nosotros.

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Aclaración necesaria

El origen de esta novela fue un caso real, sucedido en Argentina, que me llamó la
atención por la brutalidad y la falta de pudor con que se quiso encubrir un asesinato.
Algo que sucedió entre vallas de seguridad, como si fuera un homenaje a los
misterios de «cuarto cerrado», que tanto gustaban a Edgar Allan Poe. Algo que me
recordó, como trágica parodia, la respuesta del pueblo de Fuenteovejuna, cuando en
la comedia de Lope de Vega se le pregunta quién mató al comendador:
«Fuenteovejuna, todos a una».
Un par de años después, un «pajarito» me envió gran cantidad de información de
primera mano. Suponía que, como autor de «policiales», podía escribir algo así como
una novela poli-judicial. Se equivocaba, sin culpa. Escribo desde las preguntas. Y aún
no sabía cuál era la pregunta.
Cuando la supe, también supe que se imponía la invención, porque los hechos
aparentes conducían al engaño. Que intentar una reconstrucción no llevaba a ninguna
parte, y que para no ir a ninguna parte ya están los jueces. Entonces la invención, la
ficción, se apoderó de lo esencial de aquella historia: el encubrimiento, el maquillaje,
el pegamento, las complicidades al por mayor, en uno de tantos sitios rodeados de
alambradas.
El resultado son estas personas, estos escenarios, que a pesar de ser pura ficción
se parecen tanto a la realidad. Si alguien se llama como cualquiera de mis personajes
y, además, vive en un country bautizado Los Reyunos, puede dar algo por seguro: es
una persona de invención. Alguien soñado por otro, como el hombre de Las ruinas
circulares, de Jorge Luis Borges.

RAÚL ARGEMÍ, Barcelona

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Reconocimientos

Me siento obligado y lo declaro, con Guillermo Memo Ruiz, Sebastián Rutés, Lucio
Boggio, Anne-Marie Vallat, Tojo Ojea Quintana, Marina Argemí, Rodolfo Sterpetti,
Daniel Negro y Javier Azpeitía, porque dos me plantaron en el lado oscuro de esta
Luna, y otros fueron los lectores críticos del primer original, que confirmaron mis
peores sospechas y prohijaron este texto final. A ellos y a Cristina Fallarás, de quien
he aprendido a ver a las mujeres, entre otras cosas aún más valiosas, debo lo mejor de
este texto. De lo peor puedo hacerme cargo solo.

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