II.
LA REVELACIÓN DIVINA Y LA SAGRADA ESCRITURA
“El estudio de la Biblia es, de algún modo, el alma de la teología, dice el Concilio
Vaticano II (DV 24), en conexión con una frase de León Xlll. Tal estudio no está nunca
completamente concluido: cada época tendrá que buscar nuevamente, a su modo, la
comprensión de los libros sagrados” (J. Card. Ratzinger, PCB 1993, Prefacio).
Desde que la Sagrada Escritura ha sido objeto de reflexión teológica –sustancialmente,
en los dos últimos siglos–, su estudio ha estdo indisolublemente vinculado al de la
Revelación. Según se conciba la revelación se concibe la Sagrada Escritura. En el
Concilio Vaticano I (1870) la revelación se describía de la siguiente forma:
“Plugo a Dios en su bondad y sabiduría revelar al género humano por otro camino, y
éste sobrenatural, a sí mismo y los decretos eternos de su voluntad” (DH 3004). Esta
revelación, sigue el Concilio, se contiene en “libros escritos y en las tradiciones no
escritas” (DH 3006). Estos libros “sagrados y canónicos… habiendo sido escritos por
inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor y como tales han sido entregados
a la misma Iglesia” (DH 3006).
De estas definiciones de revelación y de libros sagrados surgió una concepción de
revelación que tiene a Dios por “autor” y que se compone de “decretos”. También Dios
es “autor” de la Escritura y por tanto, los libros sagrados “contienen” los decretos de
Dios.
El Concilio Vaticano II, retomando las ideas de su predecesor, les dio nuevo sentido.
Dice así la definición de revelación:
“Quiso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio
de su voluntad (cf. Ef 1,9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo
encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la
naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 1Pe 1,4). Así, pues, por esta revelación Dios invisible (cf.
Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido por su gran amor, habla a los hombres como amigos (cf.
Ex 33,11; Jn 15,14-15) y trata con ellos (cf. Bar 3,38), para invitarlos y recibirlos a la
comunión con El” (DV 2).
Los “decretos” han sido sustituidos por el “misterio” y la noción de “locución” del
Vaticano I ha sido cambiada por la de “encuentro”. La Biblia no se concebirá ahora
como un lugar donde descubrir las “verdades”, sino como el libro del encuentro con
Dios, libro de la Iglesia, fuente y alimento para la vida del Espíritu.
Estas afirmaciones encuentran su sentido y fundamento cuando se estudian con más
detalle.
TEMA 2. LA REVELACIÓN
1. La revelación de Dios con hechos y palabras, en la historia, con Cristo
“Muchas veces y de muchas formas habló Dios en el pasado a nuestros Padres por
medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su
Hijo...” (Hb 1,1). La frase de la Carta a losHhebreos se refiere a unas acciones de Dios
en la historia de los hombres. Se refiere también a dos etapas distintas: “en el pasado” y
“en estos últimos tiempos”; antes, de muchas formas y muchas veces; ahora, de una
sola: Cristo. Es una manera de describir la revelación. La reflexión sobre la revelación, a
partir de los textos sagrados en la tradición de la Iglesia, permite otras descripciones.
Para el presente resulta eficaz la que ofrece DV 2, y que se desarrolla en todo el primer
capítulo del documento.
a. La revelación con hechos y palabras
En ese número, como se ha visto en el apartado anterior, la revelación se describe como
una “automanifestación” de Dios que sale al encuentro de los hombres. Pero, además,
se describe desde la perspectiva de la “salvación”. La revelación, según ese párrafo, es
más bien la “dimensión manifestativa” de la salvación obrada por Dios. El segundo
párrafo de DV 2 profundiza en el “lenguaje” de la revelación; por tanto, orienta
comprensión de la revelación. Dice así:
“Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos
entre sí, de modo que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación
manifiestan y confirman la doctrina y las cosas significadas por las palabras, y las
palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas.
Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta
por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la
revelación” (DV 2)
Es un párrafo muy condensado que merece la pena desglosar.
En primer lugar, se habla de revelación con “hechos y palabras”. La expresión aparece
en otros lugares del documento (DV 4.14.17) para señalar también el modo de la
revelación de Dios y de Cristo. En este lugar, además, se explican sus vínculos.
Sustancialmente coinciden con los que han sido puestos en claro en la filosofía
moderna del lenguaje y de la acción:
1. Los hechos son, además de históricos, significativos. Por así decir, son
también palabras: también manifiestan doctrina.
2. Las palabras, además de desveladoras de significado, son también una
proclamación, es decir, un hecho.
El texto subraya la implicación entre los dos aspectos, pero parece claro que desde el
punto de vista salvífico, lo más importante son los hechos obrados por Dios, mientras
que desde el punto de vista de la revelación, las palabras son insustituibles.
b. La revelación y la historia
En segundo lugar, el texto habla de una revelación “histórica”: la historia de la
salvación. Frente a la revelación en la naturaleza, típica de los griegos, o la revelación
en la sabiduría y en la gnosis, la revelación judía y cristiana es histórica. Esta
dimensión histórica de la revelación se refiere en primer lugar a que los hechos de la
revelación, pertenecen a la historia de los hombres, han dejado su huella en ella. Son
una realidad, tangible, pública, social.
Pero, por otra parte, hay “una historia de la revelación”. Los puntos siguientes (DV 3-4)
lo especifican mejor:
1. “Dios, creando (cf. Jn 1,3) y conservándolo todo por su Verbo, da a los hombres
testimonio perenne de sí en las cosas creadas” (DV 3). Dios, todavía hoy, da testimonio
de sí en lo creado. El texto habla de testimonio, pues no se trata de una revelación
personal.
2. “Queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además,
personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio” (DV 3). A
continuación, desarrolla los pasos históricos centrales de la revelación: tras la caída,
“animó a la esperanza de la salvación” a nuestros padres, “tuvo incesante cuidado del
género humano”, “llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo” al que
“instruyó por Moisés y por los Profetas”. Finalmente, como una acción histórica más
más de ese curso de acontecimientos, “envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que
ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara lo íntimo de
Dios” (DV 4).
Parecen claros los términos: la historia de la revelación-salvación de Dios comporta una
serie de acontecimientos, que se entienden desde una perspectiva histórico-narrativa,
desde el punto final, que es Jesucristo. Jesucristo es el acontecimiento histórico que
hace que los anteriores no se entiendan uno después de otro, sino uno a causa del otro,
respecto del final, que es el que les da sentido.
c. La revelación culmina en Jesucristo
Esta relación a Jesucristo de “toda” la revelación se especifica en DV 2 de varias
maneras: señala que Jesucristo es mediador y plenitud de toda la revelación y se refiere
a Jesucristo como el que propone la verdad “íntima” de Dios.
El aspecto mediador de la revelación lo apunta también DV 3, cuando afirma al final de
los acontecimientos que preceden a la encarnación: Dios formó un pueblo, dice el texto,
al que “instruyó por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios único,
vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador
prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del
Evangelio”. Con esto afirma que la revelación en el Antiguo Testamento tiene una
dimensión sustantiva –manifiesta a Dios como Dios único, Padre providente, justo,
etc.– pero es, sobre todo, relativa: es preparación del Evangelio. En cambio, la
revelación en Cristo es perenne:
“Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, “hombre enviado a los hombres”, “habla
palabras de Dios” (Jn 3,34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió
(cf. Jn 5,36; 17,4). Por tanto, Jesucristo –ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9),– con toda
su presencia y manifestación de sí mismo, con sus palabras y obras, señales y milagros,
y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, con el envío,
finalmente, del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con testimonio
divino que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la
muerte y resucitarnos a la vida eterna” (DV 4)
El texto sumariza las acciones históricas de Jesucristo pero, de manera significativa, las
refiere en presente, como lo hacía e DV 2 cuando describía el testimonio de Dios que da
la creación; pero lo que antes era testimonio ahora es revelación personal. Las acciones
de Jesús no aparecen sólo como revelación en el pasado, sino como revelación también
en el presente. De ahí algunas afirmaciones patrísticas: Jesús es el revelador y el
revelado, el mensajero y el mensaje, el exegeta y la exégesis de la Escritura, el autologos.
También los textos mencionan la singularidad de la revelación de Cristo desde otra
noción: Él revela los misterios íntimos de Dios (DV 2.4). San Juan lo expresaba con muy
claramente: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno
del Padre, él mismo lo dio a conocer” (Jn 1,18). De ahí que afirme en otro lugar:
“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros
ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo
de la vida –pues la vida se ha manifestado: nosotros la hemos visto y damos testimonio
y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y que se nos ha manifestado–,
lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en
comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo”
(1Jn 1,1-3).
Jesús mismo, no sólo sus hechos y palabras transmitidos, es la revelación de Dios, es
toda la revelación de Dios que se nos da a conocer. En este sentido también es
“plenitud” de la revelación. El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume con una frase
de San Juan de la Cruz: “Porque en damos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra
suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no
tiene más que hablar” (CCE 65). Pero el texto de 1Jn apunta también el modo con que
llega la revelación a la Iglesia: a través de los testigos. Esto es lo que toca tratar ahora
2. Israel y la Iglesia depositarios de la revelación
El concepto de revelación, como señalaron los teólogos medievales, es un concepto de
acción. Por eso, para que resulte un contenido revelado, se necesita que alguien la
comprenda. Como señalaba J. Ratzinger, “del concepto de “revelación” forma siempre
parte el sujeto receptor: donde nadie percibe la revelación, allí no se ha producido
ninguna revelación, porque allí nada se ha desvelado. La misma idea de revelación
implica un alguien que entre en su posesión”.
Esto significa varias cosas: en primer lugar que toda revelación de Dios viene
“mediada” humanamente: se reviste también de la personalidad, del lenguaje, de
quien la comprende. Ahora bien, ni el receptor es un solitario, ni el lenguaje es algo
privado; ambos tienen un carácter social. Por ello, lo revelado al transmitirse tiene una
dimensión social.
a. La revelación en Israel
En el caso de la revelación del Antiguo Testamento, esta dimensión va todavía más
allá, pues Dios no elige un pueblo para revelarse, sino que el pueblo de Israel es
“creado” por Dios para ser portador de la revelación. En la alianza en el Sinaí, donde
nace el pueblo, se expresa con claridad ese lugar mediador: “Ahora, pues, si de veras
escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad exclusiva entre todos los
pueblos, porque mía es toda la tierra; vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y
una nación santa” (Ex 19,5). También aquí lo resume un párrafo del Concilio:
“Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación de todo el género
humano, con providencial favor se eligió un pueblo, a quien confió sus promesas.
Hecho, pues, el pacto con Abraham (cf. Gn 15,18) y con el pueblo de Israel por medio de
Moisés (cf. Ex., 24, 8), de tal forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido
como el único Dios verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de
Dios con los hombres, y, hablando el mismo Dios por los Profetas, los comprendió más
hondamente y con más claridad de día en día, y los difundió ampliamente entre las
gentes (cf. Sal 21,28-29; 95, 1-3; Is 2,1-5; Jr 3,17). La economía, pues, de la salvación
preanunciada, narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera
palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento” (DV 14; cursivas nuestras).
El texto señala con claridad que el destinatario primero de la revelación es el pueblo y
que es el pueblo el que la difunde a todas las gentes. Señala también que es el pueblo –
en su dimensión de pueblo, es decir, institucionalmente– quien comprende la
revelación y la expresa en sus formas sociales. Señala también que es el pueblo, en su
experiencia histórica y en la palabra que recibe a través de los profetas, quien da un
lenguaje humano a la revelación de Dios.
a.1. Revelación mediante ungidos
La lectura del Antiguo Testamento pone de manifiesto también cómo actúa Dios en la
guía y revelación al Pueblo. Aparecen, sobre todo, dos actantes de la acción de Dios: el
Espíritu y la Palabra. Los libros proféticos comienzan muchas veces con esta expresión:
“Palabra del Señor dirigida a…” (Os, 1,1; cf. Jr 1,1; Mi 1,1; etc.), y después el nombre
del profeta. De modo semejante, “el Espíritu del Señor” actúa en el elegido. Se expresa
a través de David y pone las palabras en su boca (2 S 23,2); gobierna al profeta: “Mi
espíritu que está sobre ti y las palabras que yo he puesto en tu boca...” (Is 59,21);
desciende sobre él para comunicarle: “Habla: Así dice el Señor...” (Ez 11,5). De hecho,
un profeta como Oseas es llamado hombre del Espíritu (Os 9,7), Miqueas (3,8) se siente
lleno del Espíritu del Señor. Nehemías (9,30) resume bien esta situación cuando escribe
“Tuviste paciencia con ellos durante muchos años; les advertiste por tu espíritu por
boca de tus profetas” (cf. Za 7,12).
a.2. Revelación explicada en los libros
Dicho de otra forma, para guiar al pueblo Dios se sirve de acciones extraordinarias que
denominamos proféticas y que se entienden como revelación de Dios. Pero hay otra
acción, la de los autores sagrados. El texto de DV dice que “la economía de la salvación
narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de
Dios en los libros del Antiguo Testamento”. No se habla aquí de una acción del
Espíritu, sino de la narración y explicación de los hechos que “conserva” la palabra de
Dios, la revelación. Es decir, los libros sagrados no son instrumentos de revelación, al
menos de manera inmediata, sino que están orientados a conservarla, a testimoniarla.
Así aparece en los mismos libros sagrados. Al final del Pentateuco se recoge, por
ejemplo, esta expresión:
“Cuando Moisés acabó de escribir hasta el final en un libro las palabras de esta ley, dio
órdenes a los levitas portadores del arca de la alianza del Señor, diciendo: Tomad este
libro de la ley y colocadlo al lado del arca de la alianza del Señor, vuestro Dios. Ahí
servirá de testimonio contra ti, porque conozco tu rebeldía y tu dura cerviz. Si ahora,
estando todavía yo vivo con vosotros, habéis sido rebeldes al Señor, ¡cuánto más lo
seréis después de mi muerte!” (Dt 31,24-27).
Se escribe el libro que contiene la Ley para conservarla y que sirva de testimonio para
el pueblo. Lo mismo se da en otros pasajes proféticos como éste de Isaías: “Ahora ve,
escríbelo en una tablilla delante de ellos y grábalo en un rollo, para que sirva en el día
postrero como testigo para siempre. Porque este es un pueblo rebelde, hijos falsos, hijos
que no quieren escuchar la instrucción del Señor” (Is 30,8-9). El libro es testimonio de
las palabras, en los libros tiene el pueblo el testimonio de la revelación de Dios.
b. La revelación en la Iglesia
En el Nuevo Testamento ocurre algo semejante. Así los describe el Concilio:
“Cristo instauró el Reino de Dios en la tierra, manifestó a su Padre y a Sí mismo con
obras y palabras y completó su obra con la muerte, resurrección y gloriosa ascensión, y
con la misión del Espíritu Santo. (…) Pero este misterio no fue descubierto a otras
generaciones, como es revelado ahora a sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu
Santo (cf. Ef., 3,4-6 gr.), para que predicaran el Evangelio, suscitaran la fe en Jesús,
Cristo y Señor, y congregaran la Iglesia. De todo lo cual los escritos del Nuevo
Testamento son un testimonio perenne y divino” (DV 17).
También aquí se señala que la fuente de la revelación son los hechos y las palabras del
Señor. También hay una revelación en la acción del Espíritu Santo sobre los apóstoles
para la proclamación del misterio de Cristo.
Por otra parte, aparecen los libros que son “testimonio” (al decir “perenne y divino”, el
texto apunta al carácter inspirado de los libros) de la revelación en Cristo por medio de
los apóstoles guiados por el Espíritu.
Pero tanto en los acontecimientos de revelación como en los libros parece claro que el
destinatario y depositario es el pueblo: Israel y la Iglesia como Pueblo de Dios
3. Las Sagradas Escrituras, testimonio y expresión de la revelación
Con todo, en la Iglesia, las Escrituras son algo más que testimonio de la revelación: son
también revelación, palabra de Dios. Las palabras del profeta al ser proclamadas por él
eran expresión de la palabra de Dios, pero los libros no lo eran. En cambio, en la
Iglesia, las palabras de la Escritura se entienden ya como Palabra de Dios. El cambio de
estatuto de las Escrituras de Israel se da a través de Jesucristo.
a. Jesucristo y las Escrituras
A lo largo de su vida terrena, Jesucristo se vincula frecuentemente con las Escrituras de
Israel: “Las Escrituras dan testimonio de mí” (Jn 5,39). En efecto, toda la revelación del
Antiguo Testamento contenida en las Escrituras de Israel se dirige a Cristo, que la
comprende y la expresa con su vida: “es necesario que se cumpla todo lo que está
escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”, les dice a sus
discípulos (Lc 24,44). Por eso, en su vida terrena, entendió los diversos acontecimientos
que se presentaban ante él como un cumplimiento de las Escrituras de Israel, ya sea
respecto de su misión –”hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”, les dice
a sus conciudadanos de Nazaret (Lc 4,21)–, ya sea respecto de su pasión: “¿Como
contra un ladrón habéis salido con espadas y palos a prenderme? Todos los días estaba
entre vosotros en el Templo enseñando, y no me prendisteis. Pero que se cumplan las
Escrituras” (Mc 14,48-49).
Tras la resurrección, abrió la mente de sus discípulos y “les interpretó en todas las
Escrituras lo que se refería a él” (Lc 24,27). Los discípulos, que a lo largo de la vida
terrena de Jesús no entendieron muchos de los gestos del Maestro, los comprendieron
a la luz de las Escrituras de Israel cuando resucitó de entre los muertos: “Al principio
sus discípulos no comprendieron esto, pero cuando Jesús fue glorificado, entonces
recordaron que estas cosas estaban escritas acerca de él, y que fueron precisamente
éstas las que le hicieron” (Jn 12,16). Por eso, la predicación apostólica es la
proclamación del misterio de Jesús desde las Escrituras: “Porque os transmití en primer
lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las
Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se
apareció a Cefas, y después a los doce” (1 Co 15,3-5).
Con esto, como ya advirtió Orígenes, Jesús autentificó las Escrituras inspiradas que así
se convirtieron en Evangelio: “Antes de la venida de Cristo, la ley y los profetas no
contenían el anuncio que se implica en la definición de Evangelio, porque todavía no
había venido el que tenía que aclarar los misterios que en ellos se encontraban. Pero
cuando vino el Señor e hizo que el Evangelio se encarnara, hizo por el Evangelio que
todas las Escrituras fuesen como un Evangelio” (In Ioannem commentarium, a 1,17ss).
Las Sagradas Escrituras son expresión de la palabra de Dios porque el objeto del que
hablan es la palabra de Dios: Jesús, el Verbo de Dios, según las Escrituras.
b. Los apóstoles y las Escrituras
Obviamente, como ya se ha dicho más arriba, los apóstoles, testigos de la vida y
resurrección de Cristo, tuvieron sus gestos y sus palabras como revelación de Dios. Los
apóstoles recibieron el Espíritu Santo y fueron enviados por el mismo Cristo a predicar
lo que habían aprendido de él: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a
guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). Por eso, lo predicado por ellos era la palabra de
Dios como repetidamente señalan el libro de los Hechos y las cartas de los apóstoles.
Lo dice San Pablo con claridad: “Damos gracias a Dios sin cesar, porque, cuando
recibisteis la palabra que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino
como lo que es en verdad: palabra divina, que actúa eficazmente en vosotros, los
creyentes” (1 Ts 2,13). Pero lo mismo se puede aplicar a los escritos, como señala en
otro lugar: “Por eso, hermanos, manteneos firmes y observad las tradiciones que
aprendisteis, tanto de palabra como por carta nuestra” (2 Ts 2,15). Sea de palabra o sea
por escrito se proclama la misma palabra de Dios. Algo semejante puede decirse de los
evangelios: San Lucas (1,4) propone lo que ha aprendido de los testigos y los ministros
de la palabra, San Juan (20,31) dice de su obra escrita: “éstos han sido escritos para que
creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su
nombre”, es decir, la eficacia del escrito es la misma que la de la predicación. No
resulta extraño pues que la Iglesia coleccionara los Escritos apostólicos y tuviera con
ellos el mismo cuidado que con las Escrituras: “Así os lo escribió también nuestro
querido hermano Pablo según la sabiduría que se le otorgó, y así lo enseña en todas las
cartas en las que trata estos temas. En ellas hay algunas cosas difíciles de entender, que
los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente –lo mismo que las demás
Escrituras– para su propia perdición” (2 Pe 3,15-16).
La predicación apostólica propone la única palabra de Dios, que es Cristo, en los
escritos que lo expresan: “Aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre (cf.
Lc 22,20; 1Co 11,25), no obstante los libros del Antiguo Testamento, recibidos
íntegramente en la predicación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación
en el Nuevo Testamento (cf. Mt 5,17; Lc 24,27; Rm 16,25-26; 2Co 3,14-16), ilustrándolo y
explicándolo al mismo tiempo” (DV 16).