CFE- TEORÍA LITERARIA III- Clase 13
Estimados/as estudiantes:
El propósito de esta clase es:
pensar la relación entre la cultura popular y la literatura: ideología, género,
nacionalidad, etnia y clase social.
Para ello deberemos:
repasar algunas miradas sobre la cultura popular.
UNIDAD N°5
La relación entre la cultura popular y la literatura: ideología, género, nacionalidad,
etnia y clase social
En la clase anterior leímos, conversamos, pensamos y pusimos en debate las diferentes
concepciones de lo que se considera cultura popular. Dice Valeria Sager 1 (2009, pág. 174):
“(…) el estudio de lo popular está signado por el pensamiento dicotómico y las categorías
binarias, por lo tanto no pueden comprenderse sus características sin definir qué es lo
dominante”. Esta es una excelente pregunta que nos tenemos que hacer una y otra vez,
sobre todo porque sabemos, luego de la lectura del concepto de hegemonía de Gramsci, que
estamos atravesados por los discursos, relaciones, organizaciones sociales, económicas y
culturales que las clases dominantes imponen. Sin embargo, ¿cómo se presenta este
discurso dominante en la literatura? ¿Existe en realidad una alta y baja cultura? Si según
Roger Chartier “la cultura popular es una categoría académica”, ¿qué estudiamos y leemos
cuando nos acercamos a lo que se denominan discursos de la “cultura popular”? ¿Estamos
1-Amícola, José y De Diego, José Luis (dir.): “Culturas populares” en Conceptos críticos de la teoría literaria del
siglo XX. Colección “Textos Básicos”, 2009.
leyendo un producto de las clases dominantes? ¿Cómo impacta esto en las lecturas y en la
producción literaria?
Afirma Sager (2009, pág. 173): “(…) “cultura popular” es una categoría culta que designan un
conjunto de fenómenos a los que los sujetos implicados nunca designan con ese nombre y
que se propone describir prácticas situadas fuera de la cultura letrada”. ¿Qué se encuentra
fuera de la cultura letrada? ¿La oralidad? Y si dentro de las obras literarias, como bien
estudiamos con Batjin, se mezclan todos los discursos, es evidente que la verdadera
discusión es en torno a la producción cultural porque históricamente ha sido un bien que la
cultura letrada, o lo que se denomina alta cultura, necesitó dicotomizar y encasillar para
poder seguir teniendo el dominio discursivo. A esto ya se había enfrentado Bajtín cuando
estudió la obra de Rabelais y su dialogismo, en donde los discursos de las diferentes clases
sociales se encontraban y mezclaban en torno a lo carnavalesco. Se supone que la alta
cultura, nunca pudo (quizá no quiso) comprender a Rabelais. Sin embargo, ¿era Rabelais
parte de la cultura popular? ¿O era un escritor culto que hacia ingresar discursos que, si bien
siempre habían ingresado a la literatura, ahora ponían en ridículo a las voces dominantes?
Agrega Sager (2009, pág. 174):
La circularidad de las relaciones entre las dos culturas no niega la *subalternidad o ilegitimidad de lo popular
frente a lo culto, puesto que desde la óptica de la cultura triunfante, sostenida por la razón y la abstracción, los
rasgos y los tonos populares que Bajtin describe no han dejado desde entonces de ser rebajados o denegados.
Tal como lo dice Chartier (1995: 138), las culturas populares están siempre inscritas en un orden de legitimidad
que les impone una representación de su propia dependencia.
¿Es posible quebrar esa dependencia? ¿No sería fundamental, primero, romper el orden
dicotómico y pensar, como planteaba Haraway en la unidad anterior, un nuevo orden social?
Para poder comprender mejor estos aspectos debemos leer y conversar sobre lo que se
denominan estudios de género y diversidad sexual. No es casual que la “alta cultura”
relacione a la “cultura popular” con lo femenino, con lo irracional, con la pasión y los
sentimientos, ya que de ese modo se estarían atribuyendo lo racional, las responsabilidades
y el dominio de las decisiones sociales.
Identidad y género sexual
Los procesos de subjetivación pueden estudiarse apelando al marco teórico de la Crítica
Cultural y, en esta clase, vamos a recorrer el concepto de género sexual, sus
manifestaciones, organización, efectos y tensiones internas. Examinaremos, entonces, la
categoría de género (gender) como una articulación funcional a la hegemonía cultural
heterosexual que ha sido históricamente dominante. Nos concentraremos en el pensamiento
de la profesora y filósofa norteamericana Judith Butler a partir del primer capítulo de su libro
El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad (1990) titulado “Sujetos de
sexo/género/deseo” y haremos referencia también a la bibliografía de la clase.
Para conocer más sobre la autora, puede consultarse la siguiente página y el documental
sobre Butler: http://judithbutlerenespanol.blogspot.com.ar/2013/02/documental-judith-butler-
filosofa-en.html
Género e identidad: una introducción
Por tratarse de un texto filosófico, el argumento de Butler va a recorrer lo que distintos
teóricos han elaborado sobre el problema de la identidad sexual. Pero su lectura de otros
autores siempre busca retomar y criticar lo que estos autores han dicho, con el objeto de
proveer un argumento más claro o formular las preguntas más apropiadas para el recorrido
de su análisis.
La identidad como una superficie estable o como una sustancia sin fisuras ha recibido
numerosas críticas y cuestionamientos en la escena contemporánea. Es decir, ninguna
identidad puede asumirse como dada sin someterla a una lectura crítica para la cual
nos valemos de las herramientas de la Crítica Cultural. El problema del género sexual es
otra contribución a una discusión del mismo tenor, que viene a problematizar la unidad de la
identidad. Cuando decimos género empleamos un término que se ha ido cargando de
sentido y ha cobrado protagonismo recientemente en la marcha contra la violencia de género
que convocó a muchas personas en todo el país. El debate en torno al femicidio ha ganado
lugar y peso, como en las marchas “Ni una menos”, que se realizan en todo el país. Este es
un ejemplo de cómo el término “género” ocupa hoy un lugar importante en nuestro lenguaje
cotidiano y aparece también en preocupaciones políticas, sociales y culturales.
Una de las primeras categorías que se somete a crítica es la fórmula “el hombre”, empleada
por ciertos discursos humanistas para referirse a la humanidad. Esta expresión permite
reconocer los mecanismos por los que la cultura “cosifica” y borra marcas de género
universalizándolas, marcas que, en rigor, no son universales y abstractas sino históricas y
culturales. Las divisiones binarias entre hombre y mujer que estructuran nuestra cultura han
comenzado a ser revisadas y permiten reconocer otras formaciones e identidades siempre
variables y no sustanciales, sino pasibles de ser analizadas en sus procesos de constitución.
Cuando decimos “cosificación” apelamos a un término empleado por Theodor W. Adorno que
proviene de la teoría de Marx: la fetichización de la mercancía como el proceso que borra
el trabajo y la ganancia extraída de un bien económico y lo presenta como “natural”.
Marx dice que una mesa alberga el trabajo de muchas personas (un leñador, un carpintero,
etc.) pero que, sin embargo, cuando la vemos exhibida, por ejemplo en la vidriera de un
negocio, usualmente no percibimos ese trabajo humano inherente al objeto. Solo vemos una
mesa, que puede gustarnos o no, pero que si nos atrae ejerce un “hechizo”, se vuelve un
fetiche que queremos adquirir sin reconocer lo que hay detrás de ella.
Adorno señalaba que el devenir de la cultura en mercancía -realizado por la industria cultural
en el capitalismo- entrañaba el riesgo de “cosificar” los productos simbólicos e impedir el
distanciamiento crítico. Como estudiamos en las clases anteriores, la función crítica que la
cultura habilita es necesaria para mantener la capacidad emancipadora.
Podemos reconocer un proceso semejante en la formación de las identidades de género.
Expresiones como el colectivo “mujeres”, el sujeto elegido por el feminismo, plantean algunos
problemas. Si el feminismo apeló al concepto de “mujeres” para criticar la estructura cultural
patriarcal sobre la cual se construyó la organización desigual y asimétrica, donde las mujeres
fueron confinadas, lo hizo bajo el supuesto de que un tipo de estabilidad sería deconstruida y
sometida a crítica.
Es decir: el feminismo, que fue la primera formulación crítica de la cultura universal
organizada en torno a la dominación masculina presentada como “naturaleza”, apeló a un
concepto, el de “mujer” que, como el de “hombre”, es solidario con la matriz cultural
heterosexual que los estudios de género proponen someter a crítica. El sujeto “mujeres”,
entonces, entraña ciertos riesgos. Pero la tarea de deconstruir las identidades no es una
empresa simple.
Una de las ideas que la crítica cultural de género, en particular los estudios que parten del
feminismo, formula es que las identidades son construcciones y no existe una sustancia
natural preexistente. Por tratarse de construcciones culturales podemos desarmarlas,
examinar sus componentes y modo de funcionamiento. Lo central en esta idea es que la
identidad de un acto, una práctica, una performance, es decir, una actuación o una
representación que las personas aprendemos y ejecutamos de manera repetitiva desde
nuestra infancia. En la medida en que los actos de la identidad se aprenden y se ejecutan,
pueden ser pensados como “actuaciones” y tienen semejanza con una representación
teatral. Cada persona es “entrenada” desde la infancia en modelos culturales de género
donde aprende a “ser mujer” o a “ser hombre” de acuerdo a un modelo (o un guión) definido
en la esfera cultural.
Ser “hombre” ha entrañado privilegios y jerarquías, como el acceso a la educación, al trabajo
o a la independencia económica. Ser “mujer”, por el contrario, ha significado privaciones y
subordinaciones como las que las mujeres padecieron en la historia humana. Los efectos de
la identificación de género son, por lo tanto, muy importantes, ya que proveen uno de los
espacios donde la identidad se afirma, recibe aprobación y resulta socialmente legitimada.
Estos actos que conforman el género determinan la naturaleza de nuestro propio yo y
resultan, por eso, centrales para entender el mundo en el que vivimos y los modos en que ha
sido inventado. Esta cuestión nos lleva a un problema que trabajamos en la clase anterior: el
problema de la identidad del sujeto, que es uno de los ejes de los estudios de género.
El feminismo comenzó como una reivindicación de los derechos de las mujeres en tanto
sujetos oprimidos y privados de derechos bajo el orden patriarcal que funda la sociedad. La
estructura familiar patriarcal -con un padre que establece la ley y ordena el conjunto-
establece normas y prohibiciones (como lo plantean los escritos de Sigmund Freud) que se
habrían volcado al colectivo social en el que los hombres detentan el poder y asumen ese
poder como algo “natural”. En ese orden, las mujeres se encuentran marginadas y deben
someterse a un orden que las relega a un lugar secundario.
Pero, como observa Judith Butler en el comienzo de su ensayo, así como la categoría de
“hombre” esconde bajo el universalismo las desigualdades presentes en las sociedades
humanas, también el término “mujer” puede resultar problemático y ocultar otras cosas por
varias razones.
La primera y más evidente es que “hombre” y “mujer” son términos solidarios con una
representación binaria y heterosexual del mundo que el feminismo y los estudios de
género buscan poner en cuestión. Esa representación, denominada matriz heterosexual, no
es hospitalaria para todas las identidades de género. Existen personas que pueden no estar
cómodas con su cuerpo o la sexualidad binaria y heterosexual, así como hay individuos que
pueden tener un cuerpo masculino y una identidad de género femenina o a la inversa. “No
hay razón para asumir que los géneros seguirán siendo solo dos” (54) –sostiene Butler en su
ensayo de 1990, y el tiempo parece haberle dado la razón–.
El modelo heterosexual no ofrece espacio para todos. Por otro lado, definir a una
persona solo en función de su género, si bien resulta importante, puede ser también
restrictivo. Es decir, el género es solo uno de los perfiles de la identidad que puede no
considerar otros rasgos constitutivos del sujeto como la clase social, la raza, la región o la
etnicidad, de importancia igual o mayor a la de género para representar la identidad.
En esta clase vamos a realizar una actividad que van a encontrar en los archivos
adjuntos. Van a trabajar en parejas y tienen tiempo de entrega hasta el jueves 15/10.
En esta clase vamos a leer:
Recuerden que el libro de Amícola lo tienen desde la Unidad 2 así que no lo voy a
volver a subir
-Amícola, José y De Diego, José Luis (dir.): “Culturas populares”, “Género (Gender) y
“Androginia” en Conceptos críticos de la teoría literaria del siglo XX. Colección “Textos
Básicos”, s/d.
-Fogwill, Rodolfo: “La larga risa de todos estos años” en Cuentos completos. Buenos Aires,
Alfaguara, 2009.
-Lemebel, Pedro: “La muerte de Madonna” en Loco afán. Crónicas de sidario. Barcelona,
Anagrama, 2000.
Bibliografía:
-Amícola, José y De Diego, José Luis (dir.): Conceptos críticos de la teoría literaria del siglo
XX. Colección “Textos Básicos”, s/d.
-Butler, Judith. El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad (1990).
-Hall, Stuart. “La cuestión de la identidad cultural” en Id. Sin Garantías. Trayectorias y
problemáticas en estudios culturales. Eduardo Restrepo, Catherine Walsh y Victor Vich,
editores. Popayán: Envión Editores; Lima: Instituto de Estudios Peruanos; Bogotá: Pontificia
Universidad Javeriana; Quito: Universidad Andina Simón Bolívar, 2010, pp. 363-403.