CORTE SUPREMA DE JUSTICIA
SALA DE CASACIÓN CIVIL
MAGISTRADO PONENTE:
CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE
Bogotá, D. C., diecinueve (19) de diciembre de dos mil cinco (2005).
Referencia: Expediente número
08001-31-03-004-1996-10274-02.
Se decide el recurso de casación interpuesto
por los demandantes contra la sentencia de 9 de octubre de
2000, proferida por la Sala Civil-Familia del Tribunal Superior
del Distrito Judicial de Barranquilla, dentro del proceso ordinario
promovido por José Miguel Ochoa Uribe, María Lilia Ochoa de
Echavarría, Carmen Lucía, Blanca Nubia, Edgar de Jesús, Jorge
Álvaro, Elkin Alonso, Ana Silvia Ochoa Ochoa, María Cristina
Ochoa de Hurtado, Cruz Helena Ochoa de Wancejer y Gloria
María Ochoa de Santos frente a la sociedad Cementos del
Caribe S. A.
I. ANTECEDENTES
1. Solicitaron los actores declarar rescindido, por
lesión enorme, el contrato de compraventa contenido en la
escritura pública 230 de 24 de enero de 1994, otorgada en la
notaría cuarta de Barranquilla, mediante la cual le transfirieron a
la demandada el predio rural denominado “Casa Coima o el
Rincón”, situado en el municipio de Puerto Colombia, cuyos
linderos y demás características constan en la demanda; como
consecuencia de lo anterior “restituir a las partes ... al estado en
que se hallaban antes de la celebración” del referido negocio; y
condenar a la contraparte a que les restituya el aludido predio,
con los frutos percibidos desde la presentación de la demanda.
2. Fundamentaron las pretensiones en los
hechos que seguidamente se compendian:
a) Los demandantes eran propietarios del
predio rural conocido con el nombre de “Casa Coima o el
Rincón”, con área de 419 hectáreas 7.493,33 metros
cuadrados, ubicado en el municipio de Puerto Colombia.
b) Como consecuencia de la división material
que hicieron de dicha propiedad, contenida en aquella escritura,
surgieron los inmuebles que se denominaron, por un lado,
“Globo ‘A’ Casacoima o el Rincón”, con cabida de 139
hectáreas 7.493,33 metros cuadrados, y, por el otro, “Globo ‘B’
Casacoima o el Rincón”, con extensión de 280 hectáreas; la
oficina de registro de instrumentos públicos le adjudicó al último
de ellos la matrícula inmobiliaria número 040-259197.
c) En ese mismo instrumento público los
actores le transfirieron en venta “pura y simple” a la demandada
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el segundo de los aludidos predios, por la suma de
$264´000.000 que los enajenantes “recibieron a satisfacción de
la sociedad compradora”, la cual “no era a la sazón el justo
precio”, pues el mismo “superaba a aquél en mucho más de la
mitad”.
d) Esa circunstancia daba lugar a declarar
rescindido el susodicho acto bilateral, con mayor razón si se
tiene en cuenta que la contraparte aun era propietaria de la
cosa.
3. Notificada la demandada, contestó el libelo
oponiéndose a las pretensiones; frente a los hechos, negó que
el valor real del bien para la época del contrato superara en
más de la mitad el precio pactado en la compraventa, admitió
que todavía era la propietaria del predio, y dijo atenerse, en
relación con los restantes, a lo que se probara.
Manifestó formular como excepción la que
denominó “renuncia por los vendedores a la acción rescisoria
por lesión enorme, y las demás…que resulten probadas en el
curso del proceso".
4. Por sentencia de 24 de mayo de 1999 el
Juzgado Cuarto Civil del Circuito de Barranquilla culminó la
primera instancia, en la que accedió a las pretensiones de la
demanda.
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5. Al desatar el recurso de apelación
interpuesto por la demandada, el tribunal, mediante fallo de 9
de octubre de 2000, revocó el del a-quo y, en su lugar, declaró
probada la excepción de "renuncia por los vendedores a la
acción rescisoria por lesión enorme" y absolvió a aquélla de las
pretensiones de la demanda.
II. LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL
1. Luego de citar el artículo 1947 del Código
Civil, aducir que la lesión enorme en colombiana era una acción
autónoma, guiada por un criterio objetivo y sostener que para
saber si ella había tenido suceso bastaba comparar el precio
pactado con el valor real de la cosa al tiempo de ajustado el
acuerdo de voluntades, apoyado en el dictamen pericial que
militaba en el proceso aseguró el ad-quem que en el negocio
celebrado “entre las partes existió lesión enorme” en perjuicio
de los intereses de los vendedores, como así lo advertía “al
comparar el precio señalado en el contrato y el valor real a esa
misma fecha del inmueble vendido”.
2. Sin embargo, prosiguió, como la discusión de
fondo giraba alrededor de la renuncia que, dos días después de
celebrado el negocio, hicieron los vendedores a ejercer la
acción rescisoria, debía hacer acopio del artículo 1950 ejusdem.
Con esa precisión, hizo ver el fallador cómo tal precepto
contemplaba dos situaciones: una, la renuncia a la acción
rescisoria por lesión enorme expresada "en el mismo contrato o
coetáneamente con la celebración de éste", que "no vale"; y
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otra, la renuncia a dicha acción verificada "con posterioridad a
la celebración del contrato", a la cual se le podía reconocer
"plena validez, siempre que hayan cesado las circunstancias
que pudieron haber movido dicha celebración", criterio en cuyo
apoyo adoptó el aparte en el que aquel precepto se refiere "a
estipulación a la época de celebración del contrato", así como
uno de los fallos de esta Corporación.
3. En esa dirección hizo ver cómo, en todo
caso, la circunstancia que podía hacer desaparecer el “vicio
original por lesión enorme” se reducía al hecho de que el
vendedor hubiera recibido “el precio pactado, pues a partir de
allí ya no tenía “problemas de angustia, presión o necesidad y
entonces su conciencia” quedaba “libre para determinar”, si
firmaba “o no una renuncia por la diferencia", en orden a lo cual
no era necesario que se reajustara el precio pactado, ya que de
hacerse implicaría entonces que “nunca se presentaría la lesión
enorme porque al completarse el precio, ella desaparecería".
4. Al descender al asunto encontró el juez de
segundo grado que como el contrato aquí involucrado se había
celebrado el 24 de enero de 1994, en tanto que el documento
contentivo de la renuncia de los vendedores a ejercer la acción
rescisoria se suscribió el 26 de los mismos, concluía que para
esta fecha ya habían desaparecido los factores que pudieron
inducir a los vendedores a enajenar aquella heredad por cuanto
para entonces tenían en sus manos la suma de dinero
correspondiente al precio convenido, pues, conforme a lo
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expresado en el contrato, este lo recibieron cuando se ajustó el
susodicho negocio jurídico. De suerte que al haber
desaparecido “el apremio por la falta de dinero u otra
circunstancia de necesidad”, los actores quedaron en libertad
“para firmar la renuncia a cualquier diferencia en el precio, que
con posterioridad se presentara”, como en efecto lo hicieron.
III. LA DEMANDA DE CASACIÓN
Dentro de la órbita de la causal primera de
casación, prevista en el artículo 368 del Código de Procedimiento
Civil, dos cargos proponen los recurrentes contra la sentencia
combatida, los que se estudiarán en el orden propuesto.
CARGO PRIMERO
Se acusa a la sentencia de violación directa de
los artículos 6, 15, 16, 1526, 1740, 1741, 1743, 1750, 1752,
1753, 1754, 1946, 1947, 1948, 1950 del Código Civil; 822 y 900
del Código de Comercio.
1. Dicen los recurrentes que el juez de segundo
grado, cuando señaló que el artículo 1950 del Código Civil
contemplaba dos situaciones, dentro de las cuales estaba
aquella indicativa de que la renuncia efectuada después de
celebrado el contrato sí era viable, le hizo producir a dicho
precepto un alcance que no tenía, por cuanto a lo que refería
esa norma era a la falta de valor de la estipulación de que no
podrá intentarse la rescisión, sin definir el momento en que
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podía hacerse para que fuese válida, es decir, que dicho
mandato no introdujo ninguna distinción sobre la renuncia, ni
creó dos situaciones como lo pregonó aquél, tampoco se refirió
al momento ni calificó el comportamiento de la parte vendedora,
lo cual indicaba que la prohibición de la renuncia no se limitaba
exclusivamente a la celebración del contrato sino a cualquier
momento, antes o después de su formación.
Estima así la censura que la tesis del juzgador
se podía predicar en aquellas legislaciones donde imperara el
criterio subjetivo, pero no a la luz del señalado precepto, el cual
se limita a indicar que “si se estipulare”, sin que refiera nada
acerca de que si el precio era pagado la estipulación en el
sentido de no poderse intentar la acción producía efectos si se
hacía con posterioridad al contrato.
2. Añaden que de los criterios objetivo,
subjetivo y mixto existentes alrededor de la lesión enorme, en
Colombia imperaba el primero, conforme al cual, sin que fuera
necesario apreciar las circunstancias que hubieran podido
conducir a la celebración del contrato, esa figura jurídica se
guiaba por "un vicio objetivo que rompe la equidad y simetría
contractuales", como lo reconoce la doctrina y la jurisprudencia
nacional.
A diferencia del sistema francés, en el que la
lesión enorme está concebida como un vicio del consentimiento
y donde el artículo 1674 del Código Civil prohíbe, en el contrato
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mismo, la renuncia a ejercer esa acción y le reconoce validez a
la efectuada posteriormente si se han superado las
circunstancias que hubieran dado motivo al defecto, en nuestro
país ello no es aplicable, pues como acá esa figura tiene una
naturaleza objetiva y autónoma, el alcance de la aludida
estipulación no se podía reducir al acuerdo que así se efectuara
en el momento de la celebración del contrato, por cuanto la
norma aludía simplemente a que “si se estipulare que no podrá
intentarse”, refiriéndose a la voluntad enunciada en una
convención.
De esa manera, si “las circunstancias que
motivaron la celebración del contrato -problemas de angustia,
presión o necesidad-” no podían considerarse para establecer
la lesión, tampoco debían serlo en orden a determinar la validez
de la renuncia que se hiciera con posterioridad al negocio o a
su cumplimiento. Por ello, prosiguen los acusadores, la posición
del sentenciador acerca de que debían tenerse en cuenta las
circunstancias que motivaron el convenio, no era de recibo,
menos si en nuestro país la descompensación de las
contraprestaciones también podía darse en perjuicio del
comprador, caso en el cual “esas circunstancias nunca se
darían” y “cualquier estipulación, ahí sí, produciría la ineficacia
pues no se daría ninguna circunstancia que permitiera superar
la iniquidad contractual”.
3. Acotan los casacionistas que el tribunal
pretendió apoyarse en un precedente jurisprudencial, pero no
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fue afortunado por cuanto el mismo era inaplicable a este
asunto en la medida que allí se consideró a la lesión enorme
como un vicio del consentimiento y con tal entendimiento, como
era obvio, reconoció el saneamiento del vicio por ratificación del
contrato, mas esa posición fue luego modificada por la Corte
cuando expuso que en nuestro régimen la laesio ultra dimidium no
correspondía a un vicio del consentimiento y que, por ende, no
daba lugar a la nulidad relativa del contrato.
4. Haciendo referencia al salvamento de voto,
admiten los censores que la doctrina no había tratado de
manera uniforme el punto de la renuncia, pues al paso que
unos expositores se inclinaban por su validez cuando se
producía luego de celebrado el contrato, aunque teniendo en
cuenta factores subjetivos, otros sostenían que no era válida,
así se hiciera después de ajustado el acto dispositivo, punto a
partir del cual estiman que, entonces, correspondía fijar el
alcance del señalado artículo, pues allí radicaba la importancia
del tema.
Tras insistir que la naturaleza de la lesión
estaba guiada por un criterio objetivo, aspecto en torno del cual
aducen algunos precedentes jurisprudenciales, advierten los
impugnadores que de ese modo se descartaba el sistema
subjetivo, el cual la tenía como un vicio del consentimiento,
donde se comprometían las razones de necesidad, ignorancia,
explotación, inexperiencia, etc., de que se podía valer un
contratante en detrimento del otro, pues el artículo 1948
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señalaba el criterio a imperar, con prescindencia del interés de
los contratantes.
En ese orden de ideas, como para la
prosperidad de la acción no se requiere consultar ningún
motivo, se preguntan por qué entonces debía aceptarse su
renuncia posterior basada en las circunstancias que hubieran
generado el contrato cuando éstas no tenían injerencia para la
suerte de la pretensión. Lo cierto es que, prosiguen los
censores, las circunstancias que hubieran rodeado la
celebración del acto no podían considerarse para establecer la
viabilidad a la renuncia de la presente acción, pues, pese al
principio de la libertad contractual, la ley restringe el ejercicio de
los derechos patrimoniales previendo reglas a las cuales deben
someterse los contratantes.
Seguidamente indican que no obstante haber
admitido el sistema objetivo, el ad-quem erradamente entendió
que la renuncia posterior procedía si las circunstancias que
engendraron el contrato habían desaparecido, introduciendo así
un elemento subjetivo por cuanto de ese modo calificó la
eficacia de la renuncia, lo que no debió hacer ya que sólo la
falta de equivalencia en las prestaciones era la que debía
tenerse en cuenta, con independencia de la debilidad de las
partes. Esa equivocada interpretación la construyó el fallador
sobre el supuesto de que como el vendedor recibió todo el
precio, entonces había desaparecido el apremio que pudieron
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tener los vendedores al momento de celebrar del contrato, por
falta de dinero.
Para evidenciar el rechazo a la viabilidad de la
renuncia posterior al negocio, dicen los recurrentes que
resultaba importante la actual posición de la Corte en la medida
en que no había incluido entre los requisitos para la prosperidad
de la acción el relativo a la renuncia después de ajustado el
contrato, lo que no era más que la reiteración del criterio
doctrinal según el cual el vicio objetivo que emerge de la lesión
enorme no se puede renunciar.
5. Afirman los acusadores que la acción
rescisoria en comento, a más de personal, es de orden público
por cuanto compromete no sólo un interés individual de los
contratantes sino uno colectivo y social, de donde no se podía
dejar de observar que los artículos 15 y 16 del Código Civil no
permitían la renuncia de los derechos que estaban prohibidos,
así fuesen patrimoniales, ni aceptar que los particulares
acordaran cambiar el alcance de una norma de orden público, a
lo que agregan que conforme al artículo 1526 del Código Civil
los convenios que la ley declara inválidos no dejarán de serlo
por las cláusulas que en ellos se renuncien a la acción de
nulidad, más cuando el artículo 6º de esa codificación sanciona
unos actos con nulidad, otros con el medio que específicamente
señale, como acontece con la lesión enorme, en que se castiga
con la rescisión del contrato a efectos de que se restablezca la
simetría contractual.
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La equivocada interpretación que hizo del
mencionado precepto y de la lesión enorme, al darle alcance y
efectos sustanciales que no tienen, llevó el tribunal a la
infracción directa de las normas invocadas en el cargo.
CONSIDERACIONES DE LA CORTE
1. En Colombia, los artículos 1946 y 1947
consagran la rescisión por lesión enorme, a la que hay lugar
cuando la contraprestación que recibe el vendedor "es inferior a
la mitad del justo precio de la cosa que vende" o cuando la suma
que paga por ella el comprador, supera el doble de su justo valor.
De esas disposiciones se infiere, de lo que no
hay duda en la actualidad, que el criterio adoptado por el
legislador patrio es el objetivo, "según el cual basta con que el
precio convenido entre los contratantes sea lesivo en la medida
determinada por la ley, para que opere esa figura", el que
implica, por lo demás, un distanciamiento "de la lesión como un
vicio más del consentimiento", pues ella "existirá
independientemente de que el contratante haya tenido
conocimiento de lo inequitativo del precio, o de que haya actuado
bajo constreñimiento o engaño, o de que circunstancias
apremiantes lo hayan impelido a contratar"(G. J., t. CCLXI,
pags.1339 y 1340).
Desde luego que el comentado criterio objetivo
no conlleva el desconocimiento de que los desequilibrios
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prestacionales en un contrato son el efecto de una causa,
independientemente de la naturaleza de ésta, pues, en
tratándose de contratos conmutativos, siempre que se esté en
presencia de obligaciones que no guarden un margen de
proporcionalidad entre las partes, es dable pensar que tal
resultado es el fruto de circunstancias relacionadas con los
contratantes, y que son esos particulares factores los
determinantes de tal desproporcionalidad, solo que para los fines
de la rescisión por lesión enorme, en legislaciones como la
nuestra, donde campea el referido criterio, no se impone
necesario, por no requerirlo la ley, la alegación de esos motivos
específicos y, menos aún, que deban demostrarse.
2. El contexto que se deja expuesto es, en
definitiva, el que ha de servir de norte a efectos de establecer el
genuino sentido del artículo 1950 del Código Civil, por cuanto, en
últimas, el yerro que los casacionistas le atribuyen al juez de
segunda instancia radica precisamente en la interpretación que
este le dio a tal precepto.
En esa dirección ha de observarse cómo el
artículo 1946 del Código Civil prescribe que el “contrato de
compraventa podrá rescindirse por lesión enorme”, al tiempo
que el artículo 1947 ibídem preceptúa que el vendedor la sufre
“cuando el precio que recibe es inferior a la mitad del justo
precio de la cosa que vende”, mientras que el comprador la
padece en aquellos eventos en que “el justo precio de la cosa
que compra es inferior a la mitad del precio que paga por ella”.
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Esta referencia normativa, expuesta en su
literalidad, como la que también cabría hacer del artículo 1948
de la misma codificación, conduce a significar que tales
preceptos, todos a uno, aluden justamente a que debe ser en el
contrato de compraventa donde ha de presentarse la lesión, y no
en ninguna otra parte, pues nada distinto ha de comprenderse
cuando el primero de los señalados preceptos enseña que el
“contrato de compraventa podrá rescindirse”. Se supone,
entonces, que el elemento fundamental en orden a establecer si
uno de los negociantes sufrió lesión enorme, ha de buscarse en
el interior del contrato mismo, pues es en relación con lo que allí
se hubiere pactado que el legislador prescribió la acción en
cuestión.
Siendo ello así, como en puridad de verdad lo
es, no puede desatenderse, por consiguiente, ese contexto
general en vía de interpretar el genuino entendimiento del citado
artículo 1950, no sólo porque así lo manda el artículo 30 de esa
misma codificación, cuando dispone que “el contexto de la ley
servirá para ilustrar el sentido de cada una de sus partes, de
manera que haya dentro todas ellas la debida correspondencia y
armonía”, sino en razón a que de esa manera lo aconseja la
lógica con que deben examinarse las normas jurídicas.
De suerte que si las disposiciones que
establecen la estructura cardinal de la rescisión por lesión
enorme tienen como soporte el contrato objeto de la
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compraventa, la interpretación que ha de hacerse del artículo
1950, cuando dispone que si "se estipulare que no podrá
intentarse la acción rescisoria por lesión enorme, no valdrá la
estipulación” y que “si por parte del vendedor se expresare la
intención de donar el exceso, se tendrá esta cláusula por no
escrita", no puede ser sino en el sentido de que la renuncia que
allí se prohíbe no es otra que la verificada por los contratantes
directamente en el respectivo negocio jurídico, que no la
realizada en acto diferente.
En este orden de ideas resulta palmario, con
arreglo al método interpretativo referenciado, que cuando la
disposición en cuestión manifiesta que si "se estipulare que no
podrá intentarse” la dicha acción, está aludiendo a la estipulación
que sobre el particular se incluya en el contrato mismo y no,
como erradamente lo entienden los censores, a una
determinación establecida en acto diferente. Y es que no podría
ser de ninguna otra manera, pues, en tratándose de negocios
jurídicos, la expresión "estipulación", más que apuntar a un
acuerdo de voluntades autónomo e independiente, esto es, al
contrato propiamente considerado, hace referencia a uno de los
aspectos incorporados o regulados en una convención
determinada, o, cual lo define la Real Academia Española en la
acepción que viene al caso, "cada una de las disposiciones de un
documento público o particular"1; es decir, que, contrario a lo
pregonado por la censura, la expresión verbal objeto de análisis
no es el contrato como tal sino una de sus partes.
1
Diccionario de la Lengua Española, Vigésima segunda edición, editorial Espasa, 2001, pag.998
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Lo que viene sosteniéndose es tan evidente que
cuando se ocupa de regular el comportamiento del vendedor, el
precepto ya no utiliza el vocablo "estipulare" sino "expresare",
para seguidamente señalar que la manifestación que aquél haga
de donar el exceso, será sancionada teniendo "esta cláusula por
no escrita". Dice este aparte de la norma: "y si por parte del
vendedor se expresare la intención de donar el exceso, se tendrá
esta cláusula por no escrita". En el entendido, pues, que la norma
se ocupa de una misma situación, como es la de regular el
comportamiento de la parte que resultare lesionada en el
contrato, se muestran claras estas últimas expresiones de la
norma, pues de ellas se deduce que las manifestaciones del
contratante perjudicado consignadas en el negocio mismo,
dirigidas a impedir el ejercicio de la rescisión, incluida la del
vendedor de donar el exceso, son cláusulas inválidas, que deben
tenerse por no escritas, esto es, itérase, estipulaciones de la
convención que no pueden surtir efectos.
Precisamente por lo que viene de expresarse, la
doctrina2 y la jurisprudencia nacional, a una sola voz, han
entendido que las declaraciones de voluntad que reprime el
señalado artículo 1950 son aquellas que las partes produjeron
en el interior del respectivo negocio jurídico dispositivo, mas no
2
GÓMEZ ESTRADA, César. De los principales Contratos Civiles, Tercera Edición, Temis,
Bogotá, 1999, pags131-132; PEREZ VIVES, Álvaro. Compraventa y Permuta en Derecho
Colombiano. Librería y Editorial Gran Colombia, Bogotá – Colombia, 1943, pags. 120-121;
RODRÍGUEZ FONEGRA, Jaime. Del Contrato de Compraventa y materias aledañas, Ediciones
Lerner, Bogotá, 1960, pags 1099-1100; VÉLEZ, Fernando. Estudio sobre el Derecho Civil
Colombiano, Tomo séptimo, Imprenta Oficial, Medellín- Colombia, 1909, pags 322-323;
C.J.V.C., EXP.#08001-31-03-004-1996-10274-02. 16
las que acuerden con posterioridad al mismo, pues a éstas no
se extienden los efectos prohibitivos del aludido precepto.
En efecto, en el entendido de que la lesión
enorme no engendra un vicio del consentimiento y, por ende, no
provoca, por esta causa, una nulidad relativa del contrato, la
Corporación ha reconocido, desde antiguo, la viabilidad de la
renuncia a la rescisión de que se trata, con la sola condición de
que ella se haga después de celebrado el contrato contentivo del
agravio y de desaparecidas las particulares circunstancias que
hubieran inducido a esos contratantes a convenir de la manera
en que lo hubieren hecho, esto es, sin vulneración del artículo
1950 del Código Civil. Sobre el sentido y alcance del citado
precepto legal concretamente ha dicho:
"a) En cuanto prohíbe estipular que no se puede
ejercer la acción rescisoria, o lo que es lo mismo, la renuncia de
la acción, el texto repite, simplemente, la disposición del artículo
1752, que prohíbe la renuncia de las acciones de nulidad y
rescisión.
“b) El hecho de no estar permitida la renuncia no
significa que no pueda ratificarse la venta, porque la renuncia que
se prohíbe es la que se hace al celebrarse el contrato, no la que
se hace después, porque, por una parte, si se permitiera aquélla,
habrían desaparecido prácticamente la nulidad por lesión enorme
y su acción, en consecuencia, ya que la renuncia se habría
vuelto costumbre, o de estilo, como dicen algunos autores; y por
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otra, la renuncia posterior no es otra cosa que una ratificación del
contrato, que está admitida.
“c) La renuncia posterior, para que sea válida,
debe ser hecha desaparecidas ya las circunstancias que
engendraron la lesión, porque, llámese renuncia, llámese
ratificación, el acto quedaría viciado como viciado quedó el
contrato.
“d) Los autores franceses, al comentar el artículo
1674 del código de 1804, que es igual en la sustancia de esta
materia al artículo 1950, sin una sola voz discordante admiten la
renuncia posterior, así como la ratificación de la venta, que no
son sino caminos distintos para llegar a una misma meta: la
consolidación del contrato. (V. Josserand ob. cit. to. 2° nos. 1052
y 1057; Planiol, Ripert y Hamel ob. cit. to. 10., no. 2369). Los
comentadores chilenos son de igual parecer. (Alessandri Besa
ob. cit. No. 1170). Y entre los nuestros Vélez (ob. cit. to. 7°, N°
399).
“e) Prohíbe, igualmente el artículo estipular
donación del exceso, porque ello equivale a renunciar a la
acción; pero, así como la renuncia de ésta puede hacerse
después, no hay óbice para que posteriormente se done el
exceso, desde luego con sujeción, a la reglas de las donaciones"
(G. J., t. LXXIX, pags.174, 177 y 178).
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Resulta así palmar que, como lo sostiene Luis
Josserand, lo que se prohíbe es la renuncia a la acción
efectuada el día del negocio, que no la realizada con
posterioridad, toda vez que “es en el momento de la venta
cuando el vendedor quiere estar protegido contra sí mismo”, por
cuanto “después, y una vez recibido el precio, ha vuelto a
encontrar su independencia”(Derecho Civil, Tomo II, Volumen II,
Contratos, Ediciones Jurídicas Europa.-América, Buenos Aires,
1983, pag. 38).
La circunstancia de que la rescisión objeto de
comentario sea susceptible de renunciarse, mediante el
cumplimiento, claro está, de los requisitos ya explicados, ha
dado pie para que la jurisprudencia, de manera uniforme, a la
hora de concebir los presupuestos a través de los cuales dicha
acción adquiere configuración, incorporó el atinente a la
mencionada renuncia. Ha dicho la Corte, ciertamente, que lo
“primero que debe examinar el fallador, una vez allanada la vía
para el proferimiento de decisión de mérito, es lo atañedero a la
presencia de los elementos configurantes de la acción
pertinente, que para el caso estudiado de la rescisión por lesión
enorme son los siguientes: ‘a) Que verse sobre inmuebles y
que la venta no se haya hecho por ministerio de la justicia
(artículo 32 de al ley 57 de 1887); b) Que el engaño sea enorme
(art. 1947); c) Que no se trate de un contrato de carácter
aleatorio; d) que después de la celebración del contrato de
compraventa no se haya renunciado la acción rescisoria por
lesión enorme; e) Que la cosa no se haya perdido en poder del
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comprador; f) Que la acción se instaure dentro del término
legal’"(G. J., t. CCLXI, pag.1192) (se subraya).
Como colofón de las consideraciones
precedentes deviene inevitable afirmar que la memorada
disposición, interpretada a la luz de los artículos 28, 29 y 30 del
Código Civil, prevé, en efecto, que cuando en el contrato
alrededor del cual se predica la lesión para alguna de las partes
"se estipulare que no podrá intentarse la acción rescisoria por
lesión enorme, no valdrá la estipulación; y si por parte del
vendedor se expresare la intención de donar el exceso, se tendrá
esta cláusula por no escrita".
3. El planteamiento que se trae ofrece base
sólida para hacer ver, en primer lugar, cual lo dedujo el juzgador,
que era viable inferir, y sigue siéndolo, que el aludido precepto
normativo se limitó a prohibir la renuncia a la acción rescisoria
por lesión enorme consignada en el propio contrato generador de
tal defecto, dejando así a salvo el evento de la renuncia
expresada en acto posterior a dicho acuerdo, de donde aflora,
por ende, infundada la afirmación de los impugnadores, según la
cual la norma objeto del comentario no limita el espacio temporal
en el que la susodicha renuncia es inválida, pues tal prohibición
está referida con exclusividad a la estipulación que se haga en el
contrato mismo.
4. Ahora, como buena parte de la exposición
que contiene el cargo está enderezada a pretender demostrar
C.J.V.C., EXP.#08001-31-03-004-1996-10274-02. 20
que por estar guiada la lesión enorme por un criterio objetivo,
donde, per se, está descartada toda injerencia subjetiva, razón
por la cual en tratándose de la renuncia tampoco debían incidir
ni tomarse en cuenta elementos de esa naturaleza,
pretendiendo con ello significar que el tribunal erró al asegurar
que la renuncia hecha por los demandantes era eficaz en la
medida en que se hizo una vez desaparecidos los factores que
pudieron llevarlos a ajustar el negocio en el precio ya conocido,
es de verse que ello, de resultar ser cierto, ninguna incidencia
tendría en la conclusión que aquél sacó, pues, aun con
prescindencia de tal elemento, esa inferencia del ad-quem se
seguiría manteniendo con la consideración en el sentido de que
dicha renuncia, por haberse efectuado días después de
ajustado el contrato, reunía las exigencias impuestas, cual es,
justamente, según quedó ampliamente analizado, el verdadero
espíritu del artículo 1950.
Sin embargo, lo cierto es que ese otro
presupuesto para la cabal eficacia de la renuncia a ejercer la
rescisión, ha sido implementado por la doctrina y la
jurisprudencia no propiamente en función de abrirle espacio a
la renuncia posterior sino, fundamentalmente, como desarrollo
del correcto entendimiento del señalado precepto legal, pues si
la causa para no aceptarse la susodicha renuncia en el contrato
mismo radica en que en ese momento el contratante
perjudicado se encuentra influenciado por las circunstancias
personales que lo llevaron a negociar de la manera en que lo
hizo, lo que sin mayores dificultades lo podrían inducir a
C.J.V.C., EXP.#08001-31-03-004-1996-10274-02. 21
consentir en la renuncia, no estaría en consonancia con ese
principio el que se aceptara la aludida manifestación sin
consideración a si esas circunstancias desaparecieron o no,
toda vez que de no ser así, ese factor intrínseco que el
legislador quiso proteger con prohibir el renunciamiento en el
mismo acto no se cumpliría. Como lo dicen Henry, Jean y León
Mazeaud, después “del cumplimiento del contrato -luego del pago
del precio en la compraventa de inmuebles-, el contratante
lesionado no se encuentra ya bajo la dependencia económica del
otro contratante; éste no dispone ya de medios de presión. Por eso,
las convenciones posteriores al cumplimiento del contrato, por las
que la víctima de la lesión renuncia al ejercicio de la acción
rescisoria, son válidas”( Lecciones de Derecho Civil, Parte Segunda,
Volumen I, Obligaciones: El contrato, la Promesa Unilateral,
Ediciones Jurídicas Europa América, Buenos aires, 1978, pag.252).
Con la precisión anterior, viene al punto relievar
que el desaparecimiento de las circunstancias apremiantes para
cuando se produjo la renunciación el fallador lo encontró establecido
al estimar que, para cuando ella se verificó, las apreturas
económicas de los demandantes no existían en la medida que a la
sazón ya habían recibido la suma de dinero correspondiente al
precio de la venta, lo que perfectamente les permitía, si así lo
hubieran querido, sustraerse de generar esa renuncia, apreciación
que encontró probada no sólo del comportamiento procesal asumido
por los actores sino del hecho de que en el cuerpo del contrato
mismo quedó expresado que en la fecha de su celebración los
vendedores recibieron el importe convenido por la enajenación. Este
aspecto, por lo demás, no aparece rebatido y, por el contrario, en
relación con el mismo encuentra la Sala cómo en el hecho sexto de
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la demanda los actores expusieron que “el precio de la venta... no
se sujetó a plazos ni condiciones algunos” y que ellos “recibieron a
satisfacción de la sociedad compradora” la suma correspondiente
(fl.7, cd.1).
A propósito del planteamiento que se trae, no está
de más recalcar que el aspecto atinente al desaparecimiento de las
especiales condiciones que llevaron al contratante lesionado a
otorgar su voluntad negocial, en nada se opone al carácter objetivo
que en torno de la lesión enorme impera en el sistema colombiano,
pues el hecho de que, conforme a este criterio, para establecer la
configuración de la laesio ultra dimidium no sea necesario demostrar las
particulares circunstancias que llevaron a esa parte a convenir de
manera lesiva a sus propios intereses, no significa que ellas no
deban tomarse en cuenta a efectos de determinar la viabilidad de la
renuncia a ejercer la rescisión, ya que, como viene de verse, tal
presupuesto no se predica propiamente de la acción sino de la
renuncia que la ley admite, en la medida en que la razón fundamental
que movió al legislador a no tolerar la convenida en el contrato
mismo estriba precisamente en que la efectuada en tal momento no
sería producto de la libertad negocial de ese contratante sino de
dichas circunstancias, lo cual rompería el equilibrio que debe reinar en
todo contrato conmutativo.
A lo anterior ha de agregarse que el hecho de que
con arreglo al memorado criterio, para establecer si alguno de los
contratantes resultó afectado en su patrimonio de manera severa, sólo
se haga necesario acreditar que el precio pagado por la cosa era
inferior a la mitad o superior al doble de su justo precio, no conduce a
sostener que detrás de esa valoración meramente objetiva no hayan
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causas específicas que hubieran impulsado a la parte lesionada a
pactar en forma desigual o que la respectiva acción no se pudiera
renunciar, pues el señalado sistema, per se, no determina que la
rescisión pueda o no renunciarse.
5. Por otra parte, no se remite a duda que en el
terreno propio del mentado artículo 1950 el juez de segundo grado no
concibió erradamente, como lo pregona la censura, aquel precedente
jurisprudencial, esto es, el fallo de esta Sala de 30 de noviembre de
1954 citado enantes, pues, como ya quedó suficientemente visto, en
dicha providencia la Corte efectivamente se refirió al mentado aspecto
para concluir, como en efecto lo hizo, lo que sobre el particular quedó
transcrito.
6. Y ha de insistirse cómo la Corte, contra lo que en
este aspecto quiere hacer ver el recurrente, cuando ha tenido la
ocasión de referirse al tema, dentro de los presupuestos de la
rescisión por lesión enorme ha incluido el atinente al hecho de que
alguno de los contratantes no hubiera renunciado a ejercer la acción,
cual lo aseveró en fallo de 1954 (G. J., t. LXXIX, pags. 177 y 178) y
reiteró, entre otras muchas, en sentencias de 1961 (G. J., t. XCV,
pag.771), 5 de julio de 1977 (G. J., t. CLV, pag.158) y 29 de
noviembre de 1999, al señalar que uno más de los requisitos para la
viabilidad de la susodicha acción radicaba en "que después de la
celebración del contrato de compraventa no se haya renunciado la
acción rescisoria por lesión enorme"(G. J., t. CCLXI, pag.1192).
7. Un último aspecto en que los recurrentes
afincan su censura, es que la lesión enorme y, por consiguiente,
la acción rescisoria que de ella se deriva, son de orden público
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y, por ende, la segunda no es renunciable, al tenor de lo
establecido en los artículos 15 y 16 del Código Civil, los cuales
establecen, en su orden, que podrán "renunciarse los derechos
conferidos por las leyes, con tal que sólo miren al interés
individual del renunciante, y que no esté prohibida la renuncia"
y que no "podrán derogarse por convenios particulares las leyes
en cuya observancia están interesados el orden y las buenas
costumbres".
Sobre el particular necesario resulta advertir
que no puede darse un concepto unívoco y definitivo de orden
público, como quiera que él, por una parte, no responde a una
faceta específica de la vida en sociedad, sino que incide, si se
quiere, en todos los aspectos que integran la existencia de
cualquier conglomerado social, y, por la otra, evoluciona al paso
que se desarrolla el mismo grupo humano, de donde, y sin que
con ello pretenda la Corte agotar el tema, baste con decir aquí
que son notas características de las normas de orden público el
que ellas se ocupan de reglamentar materias en que tiene
interés la comunidad en general, porque desarrollan principios
como los políticos, religiosos, sociales o económicos, en que
está edificado su funcionamiento armónico, que hacen,
justamente, que su cumplimiento sea obligatorio para todos,
cuestión en la que también media el interés general.
Mirados sus orígenes, puede admitirse que,
ciertamente, el instituto de la lesión enorme está guiada por
normas de orden público, como quiera que en ellos la
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inspiración de la figura fue, precisamente, el establecer un
principio general limitativo de la autonomía de la voluntad que,
por tanto, tiene cabida en esta materia negocial, y conforme el
cual al contratar los particulares deben siempre respetar
márgenes de proporcionalidad y garantizar, por ende, el
equilibrio entre las partes, no pudiendo ninguno de los
contratantes aprovecharse de circunstancia alguna, como la
inexperiencia, la necesidad o la ignorancia de la otra. Sólo
entendida de la manera expuesta puede visualizarse la lesión
enorme como de orden público y aceptarse que en su cabal
acatamiento tiene interés toda la sociedad.
En relación con lo anterior, ha sostenido la
Corte que dentro de las exigencias de los artículos 15 y 16 del
Código Civil “se encuentran los derechos civiles susceptibles de
ser válidamente renunciados, y por sentido contrario, de ellos
se deduce también los que no pueden renunciarse, esto es, los
derechos conferidos por la ley, no solo en interés individual sino
también en interés colectivo y social y aquellos cuya renuncia
expresamente prohíbe la ley”, siendo que dentro de “estos que
son objeto de una prohibición especial de renuncia, figuran, por
ejemplo, el derecho de ... intentar la acción rescisoria por lesión
enorme a que se refiere el art. 1950”(G. J. t., XLIX, pag.569).
No obstante ello, como a términos del aludido
artículo 15, citado por los mismos recurrentes, pueden
renunciarse, ciertamente, “los derechos conferidos por las
leyes, con tal que sólo miren al interés individual del
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renunciante, y que no esté prohibida la renuncia”, es claro que
en tratándose de la lesión enorme esa noción de orden público
tiene incidencia en relación con aquella renuncia expresamente
prohibida por el artículo 1950 ejusdem, mas no frente a la que se
encuentra legalmente permitida, según viene de verse, esto es,
aquella que la ley posibilita que el contratante agraviado haga
después de ajustado el negocio y desaparecidas las
circunstancias que lo hubieran llevado a negociar del modo en
que lo admitió, cual ocurrió con aquella a que se contrae este
debate. En este preciso sentido Luis Josserand, en la obra
enantes citada, expresa que “la rescisión por causa de la lesión
no es de orden público sino hasta el pago del precio inclusive”.
Circunscritos al tema de la autonomía de la
voluntad, puede decirse, como lo exponen Alessandri
Rodríguez, Somarriva Undurraga y Vodanovic H., que son "de
orden público las normas que, para los supuestos que
consideran, imponen necesariamente su propia regulación, sin
permitir a los particulares prescindir de ella y establecer otra
prescripción diversa. La situación o relación forzosamente debe
ser regulada por esa norma", en contraposición de las normas
de orden privado, "que, para los supuestos que consideran,
fijan una regulación sólo aplicable si los particulares no toman la
iniciativa de disponer diferentemente". Lo anterior no significa
que las normas de orden privado no estén concebidas para
garantizar la coexistencia armónica y pacífica de los asociados,
ni que, cuando de su aplicación se trata, ellas estén
desprovistas de la imperatividad que, por definición, es
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inherente a toda norma legal. Como lo explican los mismos
autores en "la norma de orden público hay un interés social en
que la regulación de los casos que trata sea una sola para
todos los individuos, la que dicha norma determina. Distinta es
la filosofía de la norma de orden privado: la regulación prescrita
se estima beneficiosa para la generalidad de los particulares,
pero sin desconocer que éstos, en sus situaciones o relaciones
concretas, puedan tener por conveniente otra que ellos mismos
se den, y como no aparece comprometido ningún interés de la
colectividad, dicha norma permite que se la descarte"(Tratado
de Derecho Civil, Parte Preliminar y General, Tomo Primero,
Editorial Jurídica de Chile, 1ª Edición, 1998, pag.46).
Aquí no se trata, como quedó ampliamente
sustentado, de la renuncia efectuada en el contrato en sí mismo
considerado, que el legislador expresamente prohíbe, sino, ha
de insistirse, de una realizada luego del momento en que se
produjo la conjunción de la voluntad de las partes, la cual, por
no corresponder al supuesto de hecho regulado en el señalado
precepto legal, la parte lesionada podía hacerla en tanto,
desaparecidos los factores que pudieron llevarla a contratar en
condiciones desventajosas, miraban únicamente el interés
individual de los renunciantes. Al referirse a los aspectos que
caracterizan la nulidad relativa y la rescisión de que aquí se
comenta, la Corte expuso, precisamente, que una y otra
estaban "configuradas en beneficio o en interés particular de
quienes han sido víctimas o de la nulidad o de la lesión y por eso
pueden sanearse tales vicios"(G. J., t. LII, pag.404).
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8. Ha de notar la Sala, finalmente, cómo dentro
del proceso no reside ningún otro elemento de convicción que
venga a indicar fraude o simulación en el señalado escrito de
renuncia, no sólo porque dentro de los supuestos fácticos del
libelo absolutamente nada se dijo al respecto sino en
consideración a que en el desarrollo de las instancias ninguna
afirmación se lanzó en ese sentido, a más que ni siquiera se
trató de probar sobre alguno de esos aspectos.
9. El análisis precedente permite ver que no fue
errada la interpretación que el sentenciador le dio al artículo
1950 del Código Civil y que, por ende, no quebrantó las normas
señaladas por la censura.
10. Por tanto, el cargo no prospera.
CARGO SEGUNDO
Acusan al fallo de violar, indirectamente, los
artículo 1752, 1753, 1754, 1946, 1947, 1948, 1950, 2142, 2149
y 2150 del Código Civil, 822 y 900 del Código de Comercio, por
los errores de hecho en la apreciación de las pruebas.
Como medios demostrativos indebidamente
valorados aducen la escritura 230 de 24 de enero de 1994, de
la notaría cuarta de Barranquilla, la carta de renuncia firmada
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por los enajenantes y la declaración de parte de Gloria María
Ochoa de Santos, los cuales llevaron al tribunal a dar por
probadas las circunstancias necesarias para la eficacia y
procedencia de la renuncia a la acción rescisoria y entender
que todos los vendedores habían suscrito la susodicha carta,
pese a que Blanca Nubia Ochoa no la otorgó.
1. Empiezan los acusadores sosteniendo que el
ad-quem encontró que se había presentado lesión enorme contra
el patrimonio de los demandantes y entendió que ella era un
vicio objetivo y no del consentimiento, pese a lo cual le dio a la
carta de 26 de enero de 1994, dirigida por varios de los
vendedores a la compradora, el carácter de renuncia a la acción
rescisoria, al hallarla ajustada a una de las situaciones que,
según dijo, incorporaba el artículo 1950.
Luego de transcribir su texto, aduce la censura
que el mencionado documento recogía una manifestación
escueta de renuncia, sin expresar la razón por la cual se hacía
esa declaración, pues lo único que decía era que se renunciaba
a ejercer cualquier acción de rescisión por lesión enorme. En
ello el fallador, separándose de aquellas nociones suyas
iniciales, apreció “una renuncia con justificación o calificación de
circunstancias” que de allí no se evidenciaban, en tanto aseguró
que habiéndose firmado ese escrito dos días después del
contrato, con ello habían desaparecido las circunstancias que
pudieron afectar a los vendedores, ya que, conforme lo anotado
en la escritura de venta, recibieron el precio en el instante en
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que ajustaron dicho negocio, por lo que al desaparecer “el
apremio por la falta la dinero u otra circunstancia de necesidad”,
aquéllos quedaron en libertad “para firmar la renuncia a
cualquier diferencia” que se hubiera presentado en el precio, no
obstante que en dicho documento nada se expresó al respecto,
pues lo que de allí se surgía era una manifestación simple de
renuncia sin calificación de motivos ni señalización de
necesidad alguna. Por eso el juez de segundo grado cayó en el
campo de las suposiciones.
Puntualizan los recurrentes que el tribunal pasó
por alto que el referido documento no estaba suscrito por todos
los vendedores, pues aparecen “firmando unos aparentemente
con poder”, pero ese mandato fue “expresamente rechazado
por la persona que suscribe en la antefirma”, aparte de que no
se acreditó; añaden que en el citado escrito de renuncia varios
de los vendedores simplemente manifestaron que renunciaban,
lo que era distinto a lo que apreció juzgador, pues en ese
documento no se indicó nada atinente al pago ni a las
circunstancias que hubieran motivado esa declaración, y
aunque era cierto que en la escritura los enajenantes
declararon que habían recibido la totalidad del precio, ello no
conducía a pensar que no se pudiera intentar la rescisión. Con
el criterio adoptado por el sentenciador hubiese sido suficiente
entonces que en ese instrumento, una vez declarado el pago y
recibido el precio, los vendedores hubieran hecho la declaración
de renuncia, y no esperar dos días para hacerla en una simple
nota, a más que no había maneras de establecer, cual lo hizo el
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tribunal, cómo fue que en ese lapso de tiempo los actores
superaron el apremio que los había llevado a ajustar, de la
forma en que lo hicieron, el señalado acto.
2. Asimismo afirman los casacionistas que el
particularizado escrito estaba lejos de incorporar una
estipulación en los términos del artículo 1950 del Código Civil, y
que de allí no se podía ver una ratificación de la compraventa,
por un lado, porque no se estaba frente a una acción de nulidad
relativa; y, por el otro, porque aquélla requería de expresa
“manifestación en tal sentido”, la que en el documento
analizado no aparecía. Con esa prueba apenas se dejó una
huella de ilicitud en tanto se pretendió burlar la ley con una
renuncia que no valía como convalidación o una reafirmación
que no procedía con la simple renuncia; de suerte que si el
sentenciador entendió que se produjo la ratificación, entonces
incurrió en error al darla por demostrada en los términos del
artículo 1753, pues, por tratarse de un contrato solemne, ella
debió recogerse en escritura pública, lo que no se hizo.
3. Después de citar de nuevo el precedente
jurisprudencial adoptado por el fallador y sostener que en las
legislaciones foráneas, donde se deja posibilidad para que
después de ajustado el contrato los interesados renuncien a la
rescisión, se exige que el vendedor pague el precio y proceda
con pleno conocimiento de causa o hayan desaparecido las
circunstancias generadoras del vicio, por lo que para hacer
valer la renuncia debe el interesado demostrar que ella se
C.J.V.C., EXP.#08001-31-03-004-1996-10274-02. 32
realizó después del pago y cesaron los vicios atinentes a la
lesión enorme, argumentan los acusadores que lo cierto era
que al a-quem le bastó que en la escritura figurara el pago del
precio a satisfacción y la carta renuncia para afirmar que los
apremios de los vendedores se habían superado, dándole así
validez al citado escrito, con quebranto de la ley.
4. Añadieron que como la carta no fue firmada
por Blanca Nubia Ochoa de Quizena, no existía declaración de
uno de los vendedores alrededor de la susodicha renuncia, a lo
que agregaron que dentro del proceso, la persona que llenó el
espacio de la antefirma, depuso que no lo hizo como
mandataria porque no tenía poder para esos efectos. No sin
antes enfatizar que si bien era cierto que el contrato de
mandato era, por regla general, consensual, no por eso se
eximía de la prueba del nexo jurídico, pusieron de presente que
si se pretendía imprimirle validez a la renuncia a ejercer la
rescisión, debía tenerse en cuenta que todos los interesados
hubieran hecho la manifestación expresa en tal sentido, de
suerte que si aquélla no firmó la carta, ni confirió encargo para
que otra persona lo hiciera en su nombre o no estaba la prueba
del mandato, no podía sostenerse que se produjo la renuncia
de todos los vendedores; aserto que estimó suficiente en orden
a restarle validez.
CONSIDERACIONES DE LA CORTE
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1. Quedó expuesto en el despacho del cargo
precedente que, conforme al criterio objetivo que guía la lesión
enorme, su determinación depende exclusivamente de la
comprobación que se haga de que el precio pagado no se
ajusta a los límites consagrados en el artículo 1947 del Código
Civil, sin que resulte necesario alegar, ni demostrar, las
circunstancias, cualquiera que ellas fuesen, que condujeron a la
parte lesionada a celebrar la respectiva convención; también se
expuso que no podía renunciarse a la acción de rescisión en el
mismo contrato, pues de hacerse así, ella estaría afectada del
mismo vicio generador de la lesión, cual lo prevé el artículo
1950, esto es, sería el resultado de las circunstancias que
condujeron al contratante lesionado a convenir en condiciones
desfavorables en que lo hizo; igualmente que estaba permitida
la renuncia posterior al acto lesivo, pues miraba el interés
particular del renunciante, al tiempo que se aseveró, que la
validez de la renuncia posterior dependía de que quien la
confiriera, al momento de otorgarla no se encontrara aun
afectado por las mismas circunstancias que lo llevaron a pactar
en las condiciones en que lo hizo, lo que se supone habrá
acaecido una vez cumplidas las obligaciones surgidas con
ocasión del contrato, valga decir, en el caso de la compraventa,
cuando el vendedor ha hecho entrega de la cosa enajenada y el
comprador pagado el precio.
2. Ha de verse que la conclusión deducida por
el tribunal, consistente en que para cuando se produjo la
renuncia ya habían desaparecido las probables circunstancias
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que habían llevado a los promotores del proceso a contratar por
el precio en que lo hicieron, el sentenciador la adoptó no sólo
con base en el documento demostrativo de ese acto posterior,
es decir, del que corre a folio 84 del cuaderno 1, sino también
con fundamento en el texto incorporado en la escritura
contentiva del negocio jurídico aquí comprometido, pues fue
precisamente de esta prueba de donde el ad-quem advirtió que
las obligaciones derivadas del aludido acto dispositivo habían
sido cumplidas a cabalidad en la fecha en que se otorgó dicho
instrumento público, toda vez que allí se hizo constar
expresamente que tenían recibidos, los vendedores, el precio
acordado a satisfacción y, la compradora, el inmueble
enajenado; fue de la manera expuesta como el fallador
encontró que al ser la renuncia posterior al contrato, cuando ella
se suscribió, sus otorgantes estaban libres de las
eventualidades que los habían llevado a vender en las
condiciones conocidas.
De esta manera, es palmario que en ningún
yerro fáctico incurrió el ad-quem, pues lo cierto es que de aquella
carta no extrajo nada diferente a lo que, considerada
objetivamente, de ella afloraba, como era que los vendedores
renunciaron a la acción sobre la que versaba este asunto, al
tiempo que con la escritura advirtió que las obligaciones
adquiridas por los contratantes fueron cumplidas en la misma
fecha de su celebración, sin que su inferencia, derivada de tales
elementos de juicio, atinente a que la comentada renuncia era
válida, por ser posterior al contrato mismo y a la satisfacción de
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la obligaciones originadas en esa convención, se muestre
contraria a la razón y a la ley, según quedó sustentado.
Y esa apreciación acompasa con el criterio que
en punto de vieja data viene expresando la Corporación, al
decir que el ad-quem goza de una discreta autonomía para
valorar los medios de certeza y formarse su propio
convencimiento en torno del acervo probatorio, de suerte que
únicamente podría incurrir en error respecto de aquel que sea
“tan grave y notorio que a simple vista se imponga a la mente,
sin mayor esfuerzo ni raciocinio, o, en otros términos, de tal
magnitud, que resulta absolutamente contrario a la evidencia
del proceso. No es, por tanto, error de hecho que autorice la
casación de un fallo aquel a cuya demostración se llega
mediante un esforzado razonamiento” (G. J., t. LXXVII,
pag.972). Con base en este postulado, en el carácter dispositivo
de esta especie de recurso y en la presunción de verdad y
acierto que abriga la providencia acusada, se tiene por
establecido que “la presencia de un criterio de ponderación
probatoria en el recurrente, diferente del expuesto por el
fallador, no se edifica en causa suficiente para pregonar el
dislate fáctico ´mientras éste no degenere ostensiblemente en
arbitrariedad´”(sentencia número 115 de 23 de septiembre de
2004, exp.#0329).
3. Lo relativo al aspecto de que la "carta-
renuncia" no fuera firmada por Blanca Nubia Ochoa de
Quizena, es cuestión que la parte actora sólo vino a discutir en
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casación y que, por tanto, configura un medio nuevo,
inadmisible en tratándose de este recurso extraordinario. Con
esa proposición por parte de la recurrente se traiciona el
principio de lealtad procesal con la que deben actuar las partes,
puesto que, como lo ha sostenido la Corte, se quebrantaría el
“derecho de defensa si uno de los litigantes pudiese echar
mano en casación de hechos, extremos y planteamientos no
alegados o formulados en instancia, respecto de los cuales, si
lo hubiesen sido entonces, la contraparte habría podido
defender su causa”(G. J., t. LXXX, pag.76).
Adviértese que los demandantes, alrededor del
documento contentivo de la carta a través de la cual ellos
manifestaron su decisión de renunciar a la acción rescisoria
derivada de la lesión enorme, ningún reparo hicieron en las
instancias tocante con el hecho que ahora plantean, esto es,
que tal documento no era demostrativo de esa manifestación
porque una de las enajenantes directa y personalmente allí no
firmó, pues revisada la actuación surtida se constata que las
alegaciones cumplidas por la parte actora siempre estuvieron
dirigidas a pretender demostrar la inviabilidad de la renuncia
precisamente por consideraciones jurídicas, mas no porque la
prueba en cuestión, por el aspecto ya aludido, no fuera
bastante, punto en torno del cual el silencio fue apenas
evidente.
Ciertamente, obsérvese que frente al escrito de
contestación a la demanda, donde la sociedad demandada, al
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formular la excepción fundada en la renuncia de los
demandantes a ejercer la acción rescisoria, dijo que la carta
contentiva de la fue “suscrita por la totalidad de los
demandantes”(fl.81, cd.1), éstos ningún reparo opusieron, como
puede verse del escrito a través del cual descorrieron el
traslado de dicho medio exceptivo(fls.108 a 113), donde se
constata que si bien se refirieron al citado documento, lo
hicieron para aludir a otros aspectos, guardando mutismo
absoluto alrededor del hecho de que el mismo fue suscrito por
todos ellos. Adicionalmente ha de decirse que también
guardaron absoluto silencio en la audiencia que el juzgado llevó
a cabo con el propósito de evacuar los temas atinentes al
artículo 101 del Código de Procedimiento Civil(fls.104 a 106);
idéntica posición adoptaron no sólo al alegar de
conclusión(fl.383), como que allí apenas dijeron remitirse a lo
expuesto cuando descorrieron el traslado de aquella excepción,
sino en la sustentación que presentaron ante el tribunal con
ocasión del recurso de apelación contra la sentencia de primera
instancia, al expresar que este litigio se circunscribía a saber si
la renuncia al ejercicio de la acción posterior a la celebración
del contrato era o no de recibo(fls.57, cd.2).
Por lo demás, no ha de perderse de vista que el
profesional que como apoderado judicial llevó la representación
de todos los demandantes, ninguna manifestación evidenció en
torno del aspecto que ahora se plantea, pues, pudiendo
hacerlo, no lo hizo en tanto se limitó a guardar silencio al
respecto, incluso cuando replicó el recurso de reposición
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propuesto por la demandada contra el auto de 24 de septiembre
de 1997(fl.131,cd.1), como que allí tampoco desmitió que la
susodicha renuncia estuviera firmada por todos los
vendedores(fls.146 a 150).
Es que procurar el acogimiento de pretensiones
o defensas a la luz de circunstancias fácticas respecto de las
cuales la parte contra quien se aducen no tuvo oportunidad de
controvertirlas en las instancias, “es invocar un medio nuevo,
cuya consideración y análisis están vedados en casación, pues si
como con insistencia se afirma, el recurso de casación tiene
como thema decisum la sentencia impugnada, en este más que en
ninguno otro rige a plenitud el principio de buena fe y lealtad
procesal, el cual se manifiesta fundamentalmente en la
coherencia de la argumentación fáctica, razón por la que se veda
cualquier propuesta inopinada y sorpresiva de este linaje,
constitutiva o no de medio nuevo, porque con ellas no sólo se
atenta contra el derecho de defensa de la parte contraria, sino
que se alteran los extremos del debate, sorprendiendo así la
propia jurisdicción”(G. J., t. CCLII, Volumen I, pag.660).
4. El cargo no prospera.
IV. DECISIÓN
En armonía con lo expuesto, la Corte Suprema
de Justicia, en Sala de Casación Civil, administrando justicia en
nombre de la República y por autoridad de la ley, NO CASA la
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sentencia de 9 de octubre de 2000, pronunciada por la Sala
Civil-Familia del Tribunal Superior del Distrito Judicial de
Barranquilla, dentro del proceso ordinario identificado en esta
providencia.
Condénase a la parte recurrente al pago de las
costas causadas en el recurso extraordinario. Tásense.
CÓPIESE, NOTIFÍQUESE, Y OPORTUNAMENTE
DEVUÉLVASE EL EXPEDIENTE AL TRIBUNAL DE ORIGEN.
EDGARDO VILLAMIL PORTILLA
MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ
JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR
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CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO
PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA
SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO
CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE
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