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TEMA 2 Ccss II

El documento aborda la Prehistoria y la Antigüedad en la Península Ibérica, analizando distintas etapas como el Paleolítico, Neolítico y la Edad del Bronce. Se establecen objetivos educativos para comprender la evolución humana, las primeras manifestaciones artísticas y el legado cultural de civilizaciones antiguas. Se detalla la evolución de las sociedades desde la caza y recolección hasta el desarrollo de asentamientos estables y estructuras sociales complejas.

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TEMA 2 Ccss II

El documento aborda la Prehistoria y la Antigüedad en la Península Ibérica, analizando distintas etapas como el Paleolítico, Neolítico y la Edad del Bronce. Se establecen objetivos educativos para comprender la evolución humana, las primeras manifestaciones artísticas y el legado cultural de civilizaciones antiguas. Se detalla la evolución de las sociedades desde la caza y recolección hasta el desarrollo de asentamientos estables y estructuras sociales complejas.

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Facultad de Letras y Educación

Máster Universitario en Formación del Profesorado de


Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación
Profesional y Enseñanza de Idiomas.

Profesor Dr. Miguel Ángel Novillo López


Revisado por Andrea Cereto Urdiales

CIENCIAS SOCIALES Y EDUCACIÓN II: HISTORIA

Tema 2. La Prehistoria y la Antigüedad en la Península


Ibérica
INTRODUCCIÓN 4

OBJETIVOS 4

1. PALEOLÍTICO 5

1.1. PALEOLÍTICO INFERIOR 5


1.2. PALEOLÍTICO MEDIO 6
1.3. PALEOLÍTICO SUPERIOR 7
1.4. MESOLÍTICO 7

2. NEOLÍTICO 7

2.1. NEOLÍTICO ANTIGUO 8


2.2. NEOLÍTICO MEDIO 8
2.3. NEOLÍTICO FINAL, ENEOLÍTICO Y CALCOLÍTICO 8

3. EDAD DEL BRONCE 9

3.1. BRONCE INICIAL (SIGLOS XVIII-XV A.C.) 9


3.2. BRONCE MEDIO (SIGLOS XV-XII A.C.) 9
3.3. BRONCE FINAL (SIGLOS XII-VIII A.C.) 10

4. EDAD DEL HIERRO 10

4.1. FENICIOS 11
4.2. GRIEGOS 12
4.3. CARTAGINESES 13

5. EL LEGADO DE LAS COLONIZACIONES 13

6. TARTESSOS 14

7. ÁREA INDOEUROPEA 14

7.1. ÁREA IBÉRICA 14


7.2. ÁREA CELTA Y CELTÍBERA 15

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8. HISPANIA ROMANA 16

8.1. CONCEPTO DE ROMANIZACIÓN 17


17
8.2. LAS GUERRAS PÚNICAS Y EL COMIENZO DE LA CONQUISTA ROMANA 17
8.3. LAS GUERRAS CELTÍBERO-LUSITANAS 18
8.4. HISPANIA DURANTE LA REPÚBLICA 19
8.5. EL FIN DE LA CONQUISTA Y LA REORGANIZACIÓN DE AUGUSTO 20
8.6. HISPANIA DURANTE EL IMPERIO 21
8.7. LA CRISIS DEL IMPERIO ROMANO EN HISPANIA 22

9. APARICIÓN Y DESARROLLO DEL CRISTIANISMO 22

10. EL PERDURABLE LEGADO ROMANO 23

BIBLIOGRAFÍA 25

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INTRODUCCIÓN
En este tema vamos a analizar un largo periodo de tiempo que constituye la Prehistoria y la
Antigüedad de la Península Ibérica. El esquema será el de las etapas tradicionales para este
periodo.

OBJETIVOS
Los objetivos de este tema son los siguientes:

- Identificar y situar en el espacio y en el tiempo los procesos, estructuras,


acontecimientos más significativos de la Historia de España, valorando sus
repercusiones en la configuración de la España actual.
- Conocer los orígenes y la evolución del ser humano en la Península Ibérica.
- Contemplar las primeras muestras artísticas.
- Conocer la revolución agrícola.
- Conocer el registro cultural de la civilización indoeuropea, griega, fenicia, tartesia,
cartaginesa y romana.
- Identificar los elementos más significativos de la romanización.
- Reconocer la pervivencia del legado cultural romano.

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1. PALEOLÍTICO
La información con la que contamos para el estudio de los primeros homínidos es bastante
parcial y dispersa. Sin embargo, la investigación arqueológica, aplicando diferentes y
sistemáticos métodos de datación, análisis e interpretación de los restos materiales
disponibles, permite un conocimiento cada vez más preciso de las sociedades humanas que
habitaron el territorio peninsular.

La Península Ibérica fue asiento de comunidades humanas desde fechas remotas, si bien
prácticamente imposible de fechar cronológicamente con precisión.

Los orígenes de la Humanidad en la Península Ibérica plantean varios interrogantes aún sin
resolver. Sin documentación escrita a la que poder recurrir, el investigador tan sólo dispone
de las evidencias que le aportan los distintos yacimientos. La arqueología, la topografía, la
paleontología e incluso la física nuclear nuclear son las principales disciplinas científicas que
ayudan a la total comprensión de la Historia.

La Prehistoria es el periodo que comprende desde la aparición del primer ser humano hasta
la invención de la escritura, que tuvo lugar en Mesopotamia hacia el tercer milenio antes de
nuestra era, momento a partir del cual comienza la Historia.

Los prehistoriadores diferencian varias etapas dentro del Paleolítico. La más larga, a la vez
que la peor conocida, es la del Paleolítico Inferior, con una duración superior al millón de
años y caracterizada por la sucesión de glaciaciones y sus correspondientes periodos
interglaciares. Hace aproximadamente 125.000 años se inició una nueva etapa, el
Paleolítico Medio. Sin embargo, las principales novedades aparecen en el Paleolítico
superior, desarrollado aproximadamente entre el 28.000 y 10.000 a.C.

1.1. Paleolítico inferior


El Paleolítico Inferior se divide en dos periodos: arcaico y clásico.

El Paleolítico Inferior Arcaico no puede ser estudiado en la Península Ibérica, ya que el


Homo Habilis, solamente se documenta en África. No ocurre lo mismo con el Paleolítico
Inferior Clásico, pues los miembros del género Homo al que van asociados (Ergaster,
Antecesor y Heidelbergensis) si se documentan en la Península Ibérica. La cronología de
este periodo se extiende desde 1.000.000/800.000 a.C. al 125.000 a.C. El complejo
industrial es el Achelense, caracterizado por la presencia de bifaces, raederas y
hendedores. Junto a los instrumentos líticos, aparecen lanzas talladas en madera con las
puntas endurecidas al fuego. El sistema social se fundamenta en familias nucleares unidas
por lazos de parentesco. La economía se fundamentaba en la caza y en la recolección. Los

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asentamientos característicos en este periodo son normalmente al aire libre, en las
proximidades a los ríos. Por último, hay que tener en consideración que no existen ritos
funerarios correspondientes a este periodo.

Los relevantes y significativos descubrimientos de restos humanos fósiles realizados en la


década de 1970 en el yacimiento burgalés de Atapuerca han aportado evidencias sobre la
presencia de homínidos de hace algo más de medio millón de años pertenecientes a una
especie todavía no determinada, posiblemente relacionada con Homo Ergaster. El hallazgo
más numeroso y mejor documentado es el de una nueva especie de homínido denominado
Homo Antecessor, variedad cercana al Homo Erectus, que habitó intensamente el
yacimiento hace 800.000 años. Su origen es africano, pero llegaría al territorio peninsular
tras una prolongada migración, quizá desde Asia. La relevancia del Homo Antecessor en el
proceso evolutivo reside en la posibilidad de haber sido origen tanto de un tipo de
Neandertal como del ser humano actual.

Igualmente, se ha demostrado que el Neandertal proviene de un proceso evolutivo que


parte del Heidelbergensis en la misma Europa y que, por consiguiente, no proviene del
Homo Erectus. Atapuerca ha puesto también de manifiesto el carácter avanzado del
Heidelbergensis que ya practicaba rituales funerarios hace 300.000 años.

En otras áreas de la Península Ibérica se localizan abundantes yacimientos con útiles del
Paleolítico Inferior, como el Aculadero (Cádiz), numerosas áreas catalanas, Ambrona en
Soria o las terrazas del Jarama.

1.2. Paleolítico Medio


El Paleolítico Medio se prolonga en la Península Ibérica entre el 125.000 a.C. y el 28.000
a.C. El tipo de Homo característico de este periodo es el Hombre de Neandertal, que vivió
en la Península Ibérica más tiempo que en ninguna otra zona de Europa. El complejo
industrial, es el Musteriense, caracterizado por la presencia de raederas, hendedores,
bifaces, cuchillos de dorso rebajado, denticuladas y puntas. El sistema económico se
fundamentaba en la caza y en la recolección. Los sistemas de asociación era iguales que en
el periodos anteriores. En cuanto a los tipos de asentamientos se registran yacimientos al
aire libre, si bien el tipo de asentamientos más extendido son las cuevas. Por ahora, no se
registran restos de rituales funerarios en la Península Ibérica.

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1.3. Paleolítico Superior
El Paleolítico Superior se extiende en la Península Ibérica desde el 28.000 a.C. al 10.000
a.C. El tipo de Homo característico de este periodo es el Hombre del Cromagnon, un Homo
Sapiens Sapiens, nuestro antepasado directo. Los complejos industriales característicos de
este periodo son los raspadores, buriles y las puntas. Junto a la industria lítica, aparecen
asimismo la de asta y hueso. El sistema económico sigue basado en la depredación, pero
en este momento, a la caza y a la recolección se suma la pesca y el marisqueo. El tipo de
asentamiento característico es la cueva. En este periodo es cuando se registran por primera
vez rituales funerarios, cuyos ejemplos más significativos son la Cueva Morín y la de Salitre,
ambas en Cantabria.

Hacia el 10.000 a.C., se produjo el fin del Paleolítico Superior a causa del retroceso de los
glaciares. Los complejos industriales epipaelolíticos, como los presentes en la cornisa
cantábrica y en la costa levantina, corresponden a sociedades cazadora-recolectoras
postglaciares que no están en vías de transición a una economía productiva.

1.4. Mesolítico
Con la conclusión de la última glaciación y al consiguiente moderación climática, los grupos
humanos paleolíticos tuvieron que adaptarse a las nuevas condiciones concretamente a la
disminución de algunas grandes piezas de caza.

El Mesolítico comprendió el periodo comprendido entre los años 8.000 y 5.000 a.C. y trajo
consigo un cambio en la alimentación y, por consiguiente, en el utillaje que se hizo má
pequeño y preciso, los microlitos, acorde con la mayor variedad de piezas de tamaño
variado que representó la nueva alimentación.

En lo cultura apareció un nuevo estilo de arte, el arte rupestre levantino, que respondía a la
nueva realidad social de periodo.

2. NEOLÍTICO
El Neolítico (5.000-3.000 a.C.) supuso una auténtica revolución por cuanto supuso que por
primera vez el ser humano controló el abastecimiento de alimentos, ya que aprendió a
cultivar plantas y domesticar animales, a producir objetos cerámicos y a fabricar tejidos. Se
da el paso de una economía depredadora a una productiva. La seguridad y regularidad en

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la alimentación permitió un aumento de la población y la reducción de los desplazamientos,
originando los primeros asentamientos estables. Esta sedentarización trajo consigo la
especialización de la producción y la división del trabajo, lo que permitió la generación de
excedentes de producción y , por consiguiente, la aparición de la propiedad privada y las
diferencias sociales. Esta nueva forma de vida exigía una estructura social más organizada
que acabaría dando lugar a la aparición de los Estados.

2.1. Neolítico Antiguo


El fósil móvil más característico de este periodo es la cerámica cardial procedente del
Próximo Oriente. Documentamos restos de esta cerámica en la costa levantina asociados a
una economía de base ganadera y agrícola. En Cataluña destaca la presencia de cerámica
cardial y hachas pulimentadas, con una antigüedad menor que en el Levante. En Andalucía
se documenta poca cerámica de este tipo, frente a la abundancia de cerámica incisa y con
cordones. La economía es fundamentalmente de base agraria. En el litoral atlántico, también
aparece la cerámica cardial, en yacimientos al aire libre. Por último, en la Meseta se
documenta una cerámica lisa con una economía fundamentalmente ganadera.

2.2. Neolítico Medio


Destaca en Cataluña la presencia de la Cultura de los Sepulcros de Fosa, caracterizada
porque realiza una inhumación en fosas ovaladas o cistas de piedra. En el litoral atlántico
aparecen cerámicas impresas e incisas no cardiales, comenzando a gestarse la cultura de
los megalitos. Si bien su cronología y su tipología son muy diversas, desde los sencillos
dólmenes asturianos, cántabros y vascos, hasta las grandes y ostentosas tumbas de
corredor del valle del Guadalquivir, poniendo de manifiesto un nuevo modo de entender la
muerte.

2.3. Neolítico final, eneolítico y calcolítico


Este periodo se extiende por todo el territorio peninsular a lo largo del II milenio a.C.

El protagonismo del Calcolítico peninsular se asentaba en la inmensa cantidad de


yacimientos mineros de oro, plata, plomo y cobre, que se encontraban diseminados por toda
la geografía peninsular. Esto, junto con las extraordinarias condiciones climáticas, agrícolas
y ganaderas de las tierras costeras, proporcionó un nivel de desarrollo considerable en

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algunas zonas próximas al litoral, especialmente en Almería, donde surge la Cultura de los
Millares.

En el resto de la Península Ibérica, destacan dos aspectos fundamentales: la extensión del


megalistismo y el comienzo de la cultura de Vaso Campainforme, caracterizada por
recipientes cerámicos con formas acampanadas. Uno de estos subtipos, el de
Ciempozuelos (Madrid) tuvo una gran relevancia durante toda la Edad del Bronce.

3. EDAD DEL BRONCE


En el II milenio a.C. se produjo una auténtica revolución urbana con la aparición de la cultura
especializada en el trabajo metalúrgico: la cultura del bronce, que tiene en el sureste
peninsular y en el archipiélago balear dos núcleos principales. El desarrollo de estas
sociedades no se puede comprender sin la presencia de los intercambios comerciales a
gran escala, una gran especialización y división del trabajo y una organización sociopolítica
que permite hablar del nacimiento de la organización estatal.

3.1. Bronce inicial (siglos XVIII-XV a.C.)


En el Bronce inicial, el área de mayor desarrollo de la Península Ibérica es el sudeste,
donde se confirma la Cultura del Argar. Los poblados de este periodo se caracterizan por
estar asentados en cerros de fácil defensa. En ocasiones, cuentan con fortificaciones
artificiales, y las viviendas son de planta rectangular. Los enterramientos se realizan dentro
del poblado, como norma general debajo de las viviendas. Los ajuares de los enterramientos
reflejan una influencia centroeuropea. En Cataluña, lo más relevante es que comienza a
evidenciarse la influencia de la cultura italiana de Polada, como demuestran los botones
piramidales. En Levante, surge el llamado Bronce Valenciano, con influencias argáricas y
campaniformes. Por último, en el litoral atlántico, lo más característico son las relaciones
que se establecen con el mundo noratlántico, como ponen de manifiesto las largas espadas
de cobre con lengüetas.

3.2. Bronce medio (siglos XV-XII a.C.)


Se produce el máximo esplendor de la cultura del Argar, que extiende su influencia por la
Meseta y Andalucía Occidental. El mundo argárico, al mismo tiempo, está influenciado en
este periodo por las culturas del Próximo Oriente. En lo que se refiere a los poblados, siguen
siendo muy similares a los del periodo anterior. En la Meseta, la influencia argárica queda

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patente en la cultura de las Montillas. En Cataluña, perviven las relaciones con el Bronce
italiano, primero con la cultura de Polada y posteriormente con la Apenina. Por último, en el
litoral atlántico la zona sur está bajo la influencia argárica, teniendo como elemento más
característico la aparición de las estelas grabadas alentejanas, colocadas encima de las
tumbas.

3.3. Bronce final (siglos XII-VIII a.C.)


El Bronce final se caracteriza por la llegada a Cataluña de los primeros Campos de Urnas,
definidos por un rito de incineración en los que se depositaban las cenizas en cistas.

En la costa atlántica, lo más relevante es que se recupera el contacto del sur con el mundo
noratlántico. La zona occidental de Andalucía en esta época mantiene un contacto fluido,
gracias a la riqueza de minerales; con el mundo oriental. Característico de la misma es la
presencia de poblados sin amurallar en cerros de fácil defensa, así como la aparición de las
llamadas estelas “extremeñas”, en las que se representa al difunto acompañado por sus
objetos personales.

En la Meseta, se produce el auge definitivo de la Cultura de Cogotas, que se extiende hasta


el Valle del Ebro y el curso medio del Guadalquivir. Su elemento más significativo es la
cerámica excisa que, en base a las últimas investigaciones, enlaza directamente con la
tradición campaniforme. Por último, en este periodo se produce la decadencia total del
mundo argárico.

4. EDAD DEL HIERRO


La etapa que se extiende desde el inicio de las primeras invasiones indoeuropeas en la
Península Ibérica, hacia el año 1200 a.C., hasta la presencia de los romanos en el territorio
peninsular, casi mil años después se conoce como Protohistoria. Entendemos por
Protohistoria el periodo histórico en el que aparecen las primeras referencias escritas
relativas a la Península Ibérica. Siguiendo al historiador del Mundo Antiguo G. Bravo, el
momento protohistórico se sitúa en la trayectoria de un proceso que va desde el estadio de
“producción de alimento”. Destinados exclusivamente a la subsistencia de la comunidad,
hasta la “producción de objeto en serie”, destinados a satisfacer la demanda de un incipiente

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mercado, restringido a las necesidades de los grupos más acomodados de la comunidad
(Bravo, 2008, 44).

Esta época coincide con la Edad del Hierro, aproximadamente en el I milenio a.C. El hito
histórico más importante de este periodo es la entrada de los diferentes pueblos en la
Península:

- Los indoeuropeos que penetraron por los Pirineos y que se instalan en el interior.
- Los colonizadores fenicios y griegos, que fundan diferentes colonias en las costas
mediterráneas.
El registro humano en la Península Ibérica es mejor conocido porque, junto a los
abundantes materiales proporcionados por los yacimientos arqueológicos, se conservan por
primera vez, testimonios grecorromanos.

4.1. Fenicios
A pesar de las limitaciones de desarrollo político, las ciudades fenicias mantuvieron fuertes
lazos comerciales con el Mediterráneo gracias a las exploraciones que llevaron a cabo
desde finales del III milenio a.C.

Para la Península Ibérica, la Edad de Hierro comienza con la colonización fenicia, fenómeno
que tuvo un carácter fundamentalmente comercial y no de poblamiento. Por consiguiente, y
en base a la tesis de M. Almagro, se debe hablar más propiamente de factorías comerciales
y no tanto de colonias. El proceso comenzó, según la tradición, en el año 1000 a.C., fecha
de la fundación de Cádiz.

Autores como G. Bravo insisten en que la arqueología no ha encontrado restos materiales


fenicios anteriores al siglo VIII a.C. (Bravo, 2008, 113). Es por ello que las investigaciones
actuales retrasan el comienzo de la presencia de los fenicios en la Península Ibérica al 800
a.C. Se instalaron fundamentalmente en la zona suroriental de la península, ya que salvo
Cádiz, no fundaron ninguna factoría en el Atlántico, porque la civilización tartesia se lo
impidió. Las factorías fenicias como Malaka, Sexi (Almuñécar) o Abdera (Adra) se
caracterizaron por estar instaladas en islas o penínsulas de fácil defensa. La población
rondaría los 1.500 habitantes, e incluía agricultores, pescadores, ganaderos, artesano y
comerciantes.

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Las principales aportaciones fenicias al desarrollo posterior de la Península Ibérica fueron:

- El urbanismo oriental.
- La introducción de sus divinidades como Hércules Melkart o Moloch.
- La cerámica a torno.
- El trabajo de oro, plata, marfil y bronce.
La presencia fenicia en la Península Ibérica entró en crisis en el año 573 a.C., año en que la
ciudad fenicia de Tiro (actual Líbano), metrópoli de las factorías de la Península Ibérica,
sucumbió ante Nabucodonosor de Babilonia.

4.2. Griegos
La colonización griega de la Península Ibérica es más tardía. Pero antes de proceder a su
estudio es menester tener en cuenta que numerosos autores hacen hincapié en que el
propio término “colonia” es latino, y la colonización griega se ve desde la visión de la
historiografía moderna, por lo que debemos entender los asentamientos griegos más como
zonas comerciales que en el sentido estricto de colonia.

Como en el caso de los fenicios, existe una tradición mítica de la presencia griega en la
Península Ibérica, a la que se hace remontar a inicios del siglo VII a.C., cuando los rodios
fundaron la colonia de Rhode (Rosas). Este acontecimiento se considera falso. La presencia
griega en la Península Ibérica comienza con la caída de Tiro, y la aquiescencia de
Tartessos, y los protagonistas son los focenses. La participación de ellos en el comercio
entre Próximo Oriente y Tartessos se prolonga hasta el año 535 a.C., cuando los etruscos y
los cartagineses les derrotaron en la batalla de Alalia. El tratado que siguió a esta derrota,
firmado en el 509 a.C., prohibió a los griegos navegar en el sur del Mediterráneo. A partir de
ese momento, la colonización griega se centró en el nordeste peninsular con Ampurias. A lo
largo del siglo III a.C., Rosas sustituyó a Ampurias como centro comercial, destacando en
este momento la acuñación de dracmas de plata en esta ciudad, y la cerámica de barniz
negro como elemento de intercambio más importante. Este floreciente comercio se truncó
hacia el año 240 a.C., habiéndose propuesto dos hipótesis para explicarlo: la primera es que
Rosas fue atacada por Ampurias y Massalia (Marsella), para acabar con su primacía
comercial; la segunda afirma que fue el comienzo de la invasión cartaginesa lo que truncó el
desarrollo comercial en esta ciudad.

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4.3. Cartagineses
Desde mediados del siglo VI a.C., los cartagineses se apropiaron de las colonias fenicias en
Ibiza, comenzando a interesarse por las factorías fenicias en la Península Ibérica, que
finalmente caen bajo su poder tras la batalla de Alalia. En el siglo IV a.C., Cartago se
convierte en el principal poder del Mediterráneo occidental y central. Una familia aristocrática
cartaginesa, los Barca, establecen un plan para convertir a la Península Ibérica en el centro
del nuevo poder cartaginés. La abundancia de trigo, soldados y metales preciosos es el
principal testimonio para justificar este plan. En el año 238 a.C., Amílcar Barca desembarcó
en Cádiz y comenzó la conquista del territorio peninsular. La política de Amílcar fue
continuada por su yerno Asdrúbal, y por su hijo Aníbal. Este decide atacar en el año 219
a.C. la ciudad de Saguntum (Sagunto), aliada de Roma. Esta acción desencadenó la II
Guerra Púnica (218-201 a.C.), que supone el fin definitivo del poder de Cartago, y el
comienzo de la conquista romana de la Península ibérica.

5. EL LEGADO DE LAS COLONIZACIONES


El legado cultural de los pueblos colonizadores fue de suma importancia. No obstante, hay
que tener presente que apenas traspasó el área del levante mediterráneo y del valle del
Guadalquivir. En el ámbito económico se les ha atribuido la introducción de nuevos cultivos
como el lino, el olivo y el esparto. También se introdujo el torno de alfarero. Así mismo, con
ellos llegaron novedades de gran interés para la extracción minera y la elaboración de los
metales. La actividad comercial se intensificó y registró una nueva dimensión con el uso de
la moneda.

Por otro lado, se acentuó considerablemente el urbanismo. En cuanto a la articulación de la


sociedad, los pueblos colonizadores introdujeron el empleo de esclavos como mano de
obra.

En el ámbito cultural, la aportación más decisiva fue la introducción de los alfabetos, tanto el
fenicio como el griego. Igualmente, no podemos relegar al olvido la herencia artística, en
cuanto a los fenicios quizá las piezas más significativas sean el sarcófago antropomorfo de
Cádiz y el tesoro de Aliseda en Cáceres; por lo que respecta a los griegos, la colonia de
Ampurias recoge una importante representación de cerámica, esculturas en piedra y
pequeñas figuras de bronce.

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6. TARTESSOS
Tartesos es el nombre de un mítico reino indígena que aparece reflejado en las antiguas
fuentes escritas griegas y bíblicas, célebre por sus extraordinarias riquezas. Hoy en día
podemos categorizarla como una cultura bastante avanzada ubicada en Andalucía
occidental. Esta cultura entró en contacto con los fenicios en el siglo VIII a.C., y de este
contacto se derivó un gran desarrollo económico y cultural.

La forma de Estado fue la monarquía, probablemente divinizada, pero en todo caso,


sostenida por un ejército de guerreros mercenarios indoeuropeos, como indican los ajuares
funerarios. Desde el punto de vista social, denotan la existencia de una jerarquía. Desde el
punto de vista económico, la actividad fundamental fue la explotación intensiva, mediante
técnicas orientales; de los yacimientos minerales. De enorme importancia fue también la
agricultura, la ganadería, la pesca y la orfebrería. Desde el punto de vista religioso, la
civilización tartesia recibió una gran influencia fenicia.

En los últimos años, se han encontrado importantes tesoros, como el de El Carambolo en


Sevilla, que data de los años 650-550 a.C.,

Hacia el siglo VI a.C., la civilización tartesia desapareció, no se sabe con certeza si como
consecuencia de la presión expansiva de los cartagineses o de divisiones internas.
Investigaciones recientes, consideran que la caída de Tartesos pudo haberse dado por el fin
del comercio con las civilizaciones orientales.

7. ÁREA INDOEUROPEA
El término indoeuropeo es en realidad un concepto más lingüístico que antropológico y
remite a una étnico o conjunto de etnias que hablaba una misma lengua, de la que surgieron
la mayoría de idiomas (vivos o lenguas muertas) de Europa y Asia meridional.

7.1. Área ibérica


Iberia es el nombre que dieron los griegos al territorio peninsular, si bien el término se aplica
también a algunos de los pueblos prerromanos de la Península. En realidad podemos hablar
de una cultura ibérica en toda la zona costera mediterránea, desde Cataluña hasta el Golfo
de Cádiz. Allí vivían pueblos diversos pero con numerosos elementos en común, entre lo
que se encontraban el uso de la misma lengua, el ibérico. Estos pueblos ya conocían la
escritura.

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En esta área podemos incluir los siguientes pueblos: los indigetes y los layetanos,
establecidos en tierras catalanas; los edetanos y los contesanos, en el ámbito valenciano;
los mastienos en la zona de Murcia; los bastetanos, en Andalucía oriental, y los turdetanos,
nombre con el que se designaba a los habitantes del territorio de la antigua Tartessos.

La economía era de base agrícola y ganadera, pero también fueron importantes la minería y
la actividad textil. Los pueblos ibéricos pusieron en práctica una importante actividad
comercial con los pueblos colonizadores de quienes adoptaron el uso de la moneda.

Por lo que se refiere a los asentamientos, la principal novedad fue el nacimiento de núcleos
urbanos, los oppida; situados en lugares elevados y amurallados. La sociedad estaba
fuertemente jerarquizada con tres niveles sociales: aristocracia, siervos y esclavos. Al
mismo tiempo, se desarrollaron las relaciones de carácter personal, como la devotio iberica,
una especie de culto a los jefes. En el plano político existían reyezuelos que ejercían su
poder sobre una o varias ciudades.

La religión ibérica se centró en el animismo mágico de la naturaleza, adoptando la idea de la


salud como conservación e incremento de la vida en todos sus niveles. Los santuarios se
caracterizan por encontrarse en el exterior de los núcleos urbanos, y el rito funerario más
generalizado es la incineración.

7.2. Área celta y celtíbera


A medida que se penetra en el interior peninsular, la influencia de los pueblos colonizadores
es menor. En cambio, se registran mayores influencias de pueblos originarios de Europa,
como los celtas. En el valle del Ebro encontramos a los ilergetes, y en La Rioja a los
berones; en el alto Duero y en el Sistema Ibérico a los celtíberos (arévacos, peledones o
belos); en Tierra de Campos a los vacceos; en el valle del Tajo, Ávila y Salamanca, a los
vetones: en las llanuras de La Mancha a los carpetanos y más sur los oretanos y en el oeste
a los lusitanos.

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La actividad económica fundamental se basaba en la ganadería, la agricultura, el
artesanado y el comercio.

La sociedad se caracterizaba por la fuerza de la cohesión tribal y los poblados fortificados


situados en altos que dominaban posiciones geoestratégicas de primer orden.

En el nordeste de la Península se erigieron numerosos castros, poblados fortificados con


viviendas circulares y cubiertas de pajas.

8. HISPANIA ROMANA
El territorio al que Roma llamó Hispania fue una pieza más del Imperio romano. El interés de
Roma por dicho territorio respondía a motivos de índole económica y estratégica, ya que la
Península Ibérica era concebida como una fuente inagotable de recursos naturales y un
territorio que ocupaba una posición geoestratégica de primer orden. Roma dejó un
extraordinario legado cultural del que son ejemplos la legua latina, el derecho romano o la
red de las calzadas.

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En tiempos de la dominación romana llegó a tierras hispanas la religión cristiana. Su
difusión, lenta en sus orígenes, llegó a ser espectacular desde el siglo IV a.C.

El ocaso y la caída del Imperio romano coincidieron con la presencia de los pueblos
germánicos. Uno de estos pueblos, el visigodo, terminó unificando bajo su mando gran parte
de la Península Ibérica.

8.1. Concepto de romanización


El concepto de romanización puede entenderse como el de integración plena de una
sociedad determinada, en este caso la hispana, en el conjunto del mundo romano
(economía, sociedad, cultura, religión). Por este proceso, los pueblos indígenas (iberos,
celtíberos…) fueron asumiendo la cultura romana.

- El latín se impuso como lengua común.


- El derecho romano.
- La religión politeísta romana (Júpiter, Saturno o Cibeles )
- Posterior expansión del cristianismo.
Sin embargo, el proceso no fue nada fácil, debido a causas como las que se presentan a
continuación:

- La complejidad de las culturas indígenas.


- La inexistencia de directrices en la conquista durante el primer siglo.
- El retraso en la ocupación del territorio, lo que facilitó la permanencia de
especificidades en las distintas áreas geográficas.

8.2. Las guerras púnicas y el comienzo de la conquista romana


Entre el 264 y el 146 a.C., tuvieron lugar las comúnmente conocidas como Guerras Púnicas,
el conflicto entre Roma y Cartago por el dominio del Mediterráneo. La primera se concluyó
en el 241 a.C. con la derrota de Cartago, a la que Roma obligó a pagar una fuerte
indemnización de guerra. Fue la necesidad de pagar ese tributo lo que cambió el
comportamiento de los púnicos en la Península Ibérica. Con objeto de dominar el territorio y
de adueñarse de sus fuentes de riqueza, enviaron un ejército en el 237 a.C., dirigido por
Aníbal, que se hizo con el control de todo el sur peninsular. En el 227 a.C. fundó Cartago
ova, a la que convirtió en principal base de sus operaciones.

El avance cartaginense puso en peligro las aspiraciones de Roma, que no podía tolerar la
expansión de su rival ni el peligro de una alianza púnica con los galos del norte de Italia.

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Tras firmar en el 225 a.C. con Cartago el tratado del Ebro, que fijaba en ese río el límite de
expansión cartaginesa, el propio Senado romano infringió el acuerdo: firmó un pacto
defensivo con Sagunto, ciudad íbera situada al sur del río. En este sentido, es deducible que
los romanos buscaban un pretexto para declarar la guerra. Dos años más tarde, Aníbal
atacó Sagunto, y tras varios meses de asedio, la conquistó, sirviendo de pretexto para que
Roma iniciase las hostilidades.

La II Guerra Púnica se desarrolló entre el 218 y 204 a.C. Roma se enfrentó a Aníbal, y el
conflicto acabó finalmente con la victoria de Roma y el declive de Cartago.

A la Península, Roma envió en primer lugar a Publio Cornelio Escipión y a su hermano con
las legiones. No obstante, tras varias campañas de éxito, en el 211 fueron derrotados. Fue
entonces cuando el Senado envió a Escipión el Joven (su hijo). Éste supo ganarse el apoyo
de las tribus íberas del valle del Ebro, y en el 209 a.C. conquistó Cartago Nova,
apoderándose del arsenal y liberando a los rehenes íberos allí retenidos, lo que le acarreó el
apoyo definitivo de los íberos. En los dos años siguientes, Escipión derrotó a los sucesivos
ejércitos púnicos, hasta ocupar Gades en el 206 a.C. y expulsar a los últimos cartagineses.

8.3. Las guerras celtíbero-lusitanas


Al inicio del siglo II a.C., Roma apenas controlaba las regiones próximas al litoral
mediterráneo y el Valle del Guadalquivir.

Desde el primer momento, Hispania fue para los generales romanos una fuente de recursos
económicos y, sobre todo, un escenario ideal para conseguir, a través de campañas
militares contra los indígenas, botines, esclavos y la gloria militar que representa el triunfo.
Eso explica que los conflictos con los pueblos autóctonos fueran continuos. Las
sublevaciones por los abusos de los romanos o por la negativa de los hispanos a
proporcionar tropas auxiliares suceden a lo largo de los años.

Pero entre los años 155-133 a.C. se desencadenó una auténtica guerra generalizada. En el
norte fueron las tribus celtíberas del valle del Duero. La guerra concluyó con la resistencia
de Numancia, ciudad que soportó un asedio de casi veinte años antes de rendirse en el 133
a.C.

Entre el Duero y el Tajo fueron los habitantes de la Lusitania quienes se enfrentaron al


dominio romano. Las ofensivas sobre las ciudades del valle del Guadalquivir se acentuaron
tras el aniquilamiento de lusitanos desarmados que el procónsul romano ordenó en el 150
a.C. Durante los once años siguientes, los lusitanos emprendieron una guerra de guerrillas,

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dirigidos por Viriato. Pero en el 139 a.C., fue asesinado y con su muerte la resistencia
lusitana llegó a su fin.

En el 123 a.C., los romanos desembarcaron en Mallorca, donde fundaron Palma y Pollentia,
con el propósito de acabar con los piratas que desde allí asolaban las costas del Tirreno.

8.4. Hispania durante la República


Hispania se vio envuelta en la crisis política que protagonizó la tardía República Romana.
Los generales romanos utilizaron en numerosas ocasiones Hispania como base de
operaciones. En este sentido, Sertorio, entre los años 80-72 a.C. consiguió el apoyo de la
población hispana en su enfrentamiento contra los partidarios de Sila. Más tarde, Pompeyo
Magno y Julio César se enfrentaron en Hispania en su lucha por el dominio de Roma.

Desde el 204 a.C., Roma procedió a la organización de la nueva provincia de Hispania. En


el 197 a.C. dividieron el territorio en dos provincias: Citerior, con capital en Tarraco
(Tarragona); Ulterior, primero con Cartago Nova como capital y luego Corduba, fundada en
el 152 a.C. Cada una de ellas pasó a ser gobernada por magistrados romanos, elegidos por
el Senado.

La implantación del compendio cultural romano fue desigual. Como norma general, las
regiones más desarrolladas del valle del Guadalquivir y de la costa mediterránea se
adaptaron más rápidamente. Las aristocracias locales colaboraron con los romanos y fue allí
donde se asentaron los veteranos de las legiones y los comerciantes y administradores que
llegaron de Italia, cada vez en mayor número. En el interior de la Península, el proceso de
urbanización fue mucho más disperso.

Las colonias y municipios de estatuto latino fueron pocos. Como normal general, los itálicos,
que eran ciudadanos romanos, se instalaban en un grupo aparte en las ciudades ibéricas.
Solo en la segunda mitad del siglo I a.C., con César comenzó a concederse dicho estatuto a
los hispanos de las ciudades más romanizadas.

La explotación de los recursos y la recaudación de los impuestos fueron sistemáticas. Al


mismo tiempo, Roma se apoderó de la producción y comercialización de productos como el
vino, el aceite o las salazones. Paralelamente, aumentaba el número de itálicos que se
asentaban en Hispania, aunque siempre constituyeron una minoría respecto a la población
de origen ibérico o celtíbero.

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8.5. El fin de la conquista y la reorganización de Augusto
Entre los años 27-19 a.C., Augusto culminó la conquista de la península a través de las
guerras llevadas a cabo contra los cántabros, astures y galaicos. A los motivos políticos hay
que sumar los económicos.

Augusto emprendió una compleja reforma administrativa para adaptar el control de Hispania
a la nueva realidad del Imperio y al reparto de funciones entre el emperador y el Senado.
Además, el emperador impulsó un programa muy amplio de urbanización, cuyo aspecto más
significativo fue la fundación de Emerita Augusta, en el año 26 a.C. Asimismo, bajo su
imperio se concluyeron algunas de las calzadas más importantes como la Vía Augusta o la
Vía de la Plata. Además, culminó con la extensión de los derechos de ciudadanía romana y
latina a muchas ciudades del sur peninsular y de la costa levantina. Este proceso continuó
bajo sus sucesores, y culminó con el edicto de Vespasiano del año 72, por el que todas las
ciudades hispanas recibieron el estatuto de municipios latinos.

Augusto dividió Hispania en tres provincias:

- Baetica, con capital en Corduba.


- Tarraconense, con capital en Tarraco.
- Lusitania, con capital en Emerita Augusta.
Las ciudades hispanorromanas contaban con diferente rango jurídico a tenor de diversas
circunstancias: naturaleza de sus pobladores, el modo de integración en el Imperio, el haber
prestado (o no) servicios especiales a Roma. Además, su estatuto pudo variar a lo largo del
tiempo. Aunque es un asunto que plantea diferentes opiniones, podemos adoptar como
clasificación la que hace Plinio el Viejo (23-79) en su descripción a comienzos del Imperio:

- Estipendiarias: sujetas a pago de tributos y sin derechos políticos.


- Libres: completamente autónomas de su gobierno.
- Federadas: ligadas al imperio pro un acuerdo específico, el foedus, que regulaba sus
relaciones con Roma.
- Colonias: poblabas y dirigidas por grupos de origen romano, muy integradas en el
Imperio, con derechos ciudadanos reconocidos.
Unas u otras podrían recibir del emperador la concesión del régimen municipal, con lo que
sus habitantes disfrutarían de los derechos de ciudadanía.

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8.6. Hispania durante el Imperio
Desde el punto de vista económico, la minas, los productos agrícolas y ganaderos y las
salazones eran recursos conocidos ya antes de la conquista, procediendo Roma a su
inmediata apropiación y explotación. Particular interés existió en la plata y el oro del noreste,
en el mercurio de Almadén, en el estaño de la costa gallega y en el plomo. En este sentido,
la gran mayoría de las minas fueron explotadas directamente por el Estado.

La tierra conquistada también pasó a ser propiedad estatal, y al principio los romanos
optaron por establecer un impuesto sobre la posesión y las cosechas.

Roma introdujo en la Península Ibérica la parcelación regular y geométrica, nuevas técnicas


agrícolas y de regadío, y nuevas técnicas de construcción. También se extendieron
masivamente el cultivo de la vid y del olivo.

En cuanto a la sociedad hispanorromana, en la cúspide se encontraba una reducida


aristocracia integrada por senadores y caballeros que concentraban las mayores fortunas y
detentaban las magistraturas provinciales. Junto a ella, la aristocracia local que formaba el
orden decurional, representaba el consejo de la ciudad y desempeñaban las magistraturas
locales. Por debajo, la gran masa de trabajadores libres, campesinos, artesanos, soldados y
los esclavos, que representaban una significativa mayoría en determinados oficios.

Respecto a la religión, los romanos implantaron sus cultos cívicos, pero supieron identificar
muchos de los cultos ibéricos con sus semejantes romanos, y no tuvieron inconveniente en
permitir a los pueblos sometidos el culto simultáneo de sus propios dioses indígenas.
Absorbieron de este modo las creencias espirituales de los pueblos más avanzados de la
península, pero eso no impidió que otros, especialmente en el norte, mantuvieran sus
divinidades y tradiciones particulares. Por otro lado, a partir del siglo I d.C., comenzaron a
fundirse los cultos orientales mistéricos y relacionados con el mito de la salvación, como los
de Attis-Cibeles, Isis-Osiris o el de Mitra.

Las ciudades hispanas van a constituir algo más que simples recintos urbanísticos y
residenciales, al igual que el resto del Imperio, constituían una unidad en torno a los
diferentes espacios que transmitían mensajes e ideas. Las exigencias de lealtad vieron en
los espacios públicos el lugar idóneo para su representación. La consecuencia más
inmediata fue la monumentalización de las ciudades hispanas acorde con los patrones de
Roma. El ejemplo más característico es la urbanización imperial de Emerita Augusta.

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8.7. La crisis del Imperio romano en Hispania
Durante la primera mitad del siglo III se mantuvo cierta prosperidad. Pero a partir de
entonces comenzaron a manifestarse síntomas de crisis en la Península Ibérica, como en el
resto del Imperio. Muchas explotaciones mineras se abandonaron, disminuyeron las grandes
obras urbanas, algunas ciudades entraron en una clara decadencia y disminuyó la
explotación de ciertos recursos. El crecimiento de la burocracia imperial, el aumento
espectacular de los impuestos y la subida de los precios condujo al progresivo abandono de
las ciudades.

Paralelamente, crecieron las grandes villas, las fincas rústicas de los grandes latifundistas
que se trasladaron en ellas y construyeron lujosas viviendas. Las villas se transformaron en
unidades autosuficientes que producían alimentos y bienes de consumo.

9. APARICIÓN Y DESARROLLO DEL CRISTIANISMO


En el 313, el emperador Constantino aprobó la legalización del cristianismo. En este sentido,
es necesario tener en consideración que el cristianismo era ya conocido desde antiguo en la
Península Ibérica, si bien es cierto que no existen noticias del cristianismo en Hispania
anteriores al siglo III. Desde los valles del sur y del Mediterráneo se extendió por las vías de
comunicación creadas por los emperadores, escribiendo relatos que en el Medievo
alcanzarían gran relevancia.

Tras la caída del Imperio, la Iglesia se convirtió en la primera salvaguarda de las estancias
de la cultura latina y en la fundamental impulsora de la romanización de las tribus bárbaras.
Tras el reconocimiento del cristianismo por Constantino, el crecimiento de la riqueza de la
Iglesia fue imparable a través de la donación de diezmos y de limosnas, al mismo tiempo
que aumentaba la afluencia sociopolítica de sus jerarquías.
Al igual que en otras esferas, la Iglesia también acusó la crisis social. En el último cuarto del
siglo IV se desarrolló una herejía sostenida por el obispo de Ávila, Prisciliano, que
censuraba la práctica religiosa de las jerarquías propugnando un modo de vida austero y
alejado del mundo. Fue ejecutado por orden imperial en Tréveris, pasando a ser el primer
hereje notable ejecutado por la Iglesia. Su religión contó con
un enorme prestigio y expansión en el noroeste hispano.

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La delicada situación, empeorada por unas diferencias sociales que crecían al compás del
sometimiento de los más pobres a los poderosos, produjo varios episodios violentos, como
las bagaudas que presionaban a los ricos latifundios.

10. EL PERDURABLE LEGADO ROMANO


La Península Ibérica actual es, sin lugar a dudas, directa heredera de la Hispania romana.
En este sentido, se hace necesario indicar, por ejemplo, que Roma sistematizó y extendió el
derecho romano, código que en una gran variedad de puntos concretos ha perdurado hasta
el día de hoy.

Por otro lado, fue impresionante el legado urbanístico transmitido por la civilización romana,
pues basta comparar los foros con sus templos y sedes para la administración con las
plazas de muchas ciudades posteriores en las que se localizan las iglesias o catedrales, así
como las sedes de los ayuntamientos, o el actual entramado urbano que respecta las
antiguas plantas urbanísticas romanas fundamentadas en el cardus, calle principal dirección
norte-sur; y en el decumanus, calle principal con dirección este-oeste (Barcelona,
Tarragona, Pamplona o Mérida). No es casual que el poder político en Barcelona esté
concentrado en la Plaza de Sant Jaume, donde han sido localizados restos romanos, o que
el entramado urbano de Tarragona respete el de la antigua Tarraco. Es decir, la actual y
compleja red urbana que articula la Península Ibérica no es sino esencialmente de época
romana, ya que en realidad fue Roma la que urbanizó la península. Asimismo, paralelismos
semejantes se podrán hacer entre el espacio del emplazamiento de los circos y de los
lugares de ocio o culto en la actualidad.

Otra evidencia de la organización administrativa romana que ha llegado hasta hoy día,
aunque evidentemente transformada, es el funcionariado, una institución tradicionalmente
romana que alcanzó su apogeo durante el imperio de Diocleciano (284-305). La
nomenclatura de los diferentes cargos en los actuales ayuntamientos como concejales o
ediles, responden a este legado.

Otros muchos aspectos de nuestra vida material fueron también implantados por Roma
como la lengua y la escritura latina, la forma de medir el paso del tiempo, el uso
generalizado de la moneda, la esencia en nuestra forma de concepción de que desde los

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Pirineos hacia el sur existe una unidad geográfica, si bien con diferencias de pueblos y
culturas.

En suma, la Península Ibérica que conocemos hoy día, y por extensión Europa, sería
inexplicable si no hubiera existido previamente una Hispania romana.

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