El Mesías Esperado: Jesús como Rey.
Isaías 9:6-7 “Porque un niño nos ha
nacido, hijo nos ha sido dado, y el
principado sobre su hombro. Se
llamará su nombre «Admirable
consejero», «Dios fuerte», «Padre
eterno», «Príncipe de paz». Lo
dilatado de su imperio y la paz no
tendrán límite sobre el trono de
David y sobre su reino,
disponiéndolo y confirmándolo en
juicio y en justicia desde ahora y
para siempre. El celo de Jehová de
los ejércitos hará esto.”
Cuando pensamos en el nombre de
Jesús, ¿qué es lo primero que se
viene a nuestra mente?
¿Cuántas veces lo primero que
pensamos cuando nos dicen Jesús,
es en verlo como nuestro Salvador?
La mayoría de nosotros pensaría
esto – lo cual es verdad – pero no
debemos olvidar que Jesús no es
solamente nuestro Salvador, Él
también es nuestro Rey, y al Rey se
le recibe de cierta manera.
La pregunta que debemos hacernos
es ¿cuál es el protocolo que
seguimos cuando el Rey de Reyes
entra a la Iglesia?. Cada vez que
lleguemos a adorar al Señor, el
único que debe importarnos es Él,
porque no solo estamos adorando a
nuestro Salvador sino también a
nuestro Rey y al Señor lo alabamos
con todas nuestras fuerzas y con el
agradecimiento y el protocolo que Él
se merece.
Colosenses 1:15-18
La Biblia dice sobre Jesús:
15 “Él es la imagen del Dios
invisible, el primogénito de toda
creación.
16 Porque en Él fueron creadas
todas las cosas, tanto en los cielos
como en la tierra, visibles e
invisibles; ya sean tronos o
dominios o poderes o autoridades;
todo ha sido creado por medio de Él
y para Él.
17 Y Él es antes de todas las cosas,
y en Él todas las cosas permanecen.
18 Él es también la cabeza del
cuerpo que es la iglesia; y Él es el
principio, el primogénito de entre
los muertos, a fin de que Él tenga
en todo la primacía”
Este Rey – Jesús – era diferente a lo
que esperaba el pueblo de Israel,
ellos esperaban a un rey que
entrara en su caballo victorioso, con
una corona llena de diamantes y
con un ejército, pero ese Rey fue
diferente; entró en un asno y lo que
tuvo fue una corona de espinas y
sus primeros seguidores eran unos
pescadores.
El Rey que alabamos no es tampoco
aquel que “esperamos” que sea.
Nunca hemos visto a un cortesano –
persona que estaba a servicio del
rey – decirle: rey no se vista así o
hágalo de esta manera» sin
embargo, nosotros sí tenemos la
osadía de decirle al Rey de Reyes:
¿Porqué no nos has dado esta
respuesta, porque a nosotros nos
pasa esto y a otros no?, sin
embargo, el Rey hace lo que Él
considera pues Él es Bueno y
Soberano; ¿por qué lo cuestionamos
entonces?
Cuando la Biblia habla del trono de
David, nos está enseñando una
verdad elemental acerca de la
realeza de Jesús.
Históricamente hablando el pueblo
de Israel – antes del rey Saúl – había
sido guiado por algún profeta u
hombre de Dios reflejando de
alguna manera que Jehová era
quien gobernaba sobre el pueblo.
Sin embargo, Israel empezó a ver
que los pueblos paganos tenían un
rey que iba a las batallas,
solucionaba los problemas,
gobernaba y era soberano sobre el
pueblo. Entonces Israel empezó a
añorar con lo que tenían otros y se
olvidó de lo que ellos tenían,
anhelaba un hombre físicamente al
cual ellos pudieran acudir y que
peleara por ellos, olvidando que
ellos tenían un Dios que habría el
mar en dos, que hacía descender
maná del cielo, que hizo que de una
roca saliera agua y que realizaba
milagros que un rey natural no
podía hacer.
1 Samuel 12:19 nos dice
19 “Entonces dijo todo el pueblo a
Samuel: Ruega por tus siervos a
Jehová tu Dios, para que no
muramos; porque a todos nuestros
pecados hemos añadido este mal de
pedir rey para nosotros.” A lo que
Samuel les respondió versículos 24-
25 24 “Solamente temed a Jehová
y servidle de verdad con todo
vuestro corazón, pues considerad
cuán grandes cosas ha hecho por
vosotros.
25 Mas si perseverareis en hacer
mal, vosotros y vuestro rey
pereceréis.”
El primer rey que tuvo Israel fue un
hombre que no tenía el corazón
conforme a Dios.
Dios decide levantar a otra persona:
a David. Este hombre tuvo muchos
errores y que al igual que nosotros,
pecó. Pero la Palabra nos enseña
que aún así no gobernó como los
hombres de su época, que en lugar
de gobernar como un orgulloso jefe
de estado que ejercía el control y
que decía que hacer, gobernó
humildemente como un virrey
donde él no quería tener la luz y las
luces, sino que las tuviera Jehová;
les enseñó quien era el digno de
adorar y seguir. Dios utilizó el trono
de David como un púlpito para
glorificar su nombre.
El Salmo 93:1-2 David dice:
1 Jehová reina; se vistió de
magnificencia; Jehová se vistió, se
ciñó de poder. Afirmó también el
mundo, y no se moverá.
2 Firme es tu trono desde entonces;
Tú eres eternamente.”
David sabía quién era el verdadero
Rey de Israel y reconocía que él solo
era un siervo representando a su
Dios, el Rey verdadero. El corazón
de David era conforme al corazón
de Dios.
Israel tenía la esperanza de que del
linaje de David vendría ese rey que
los liberaría a todos de toda la
maldad y opresión, que vendría a
gobernar por encima de ellos. Dios
cumplió su palabra en Jesús a través
del linaje de María quien era
descendencia de David. Sin
embargo, Israel esperaba que ese
rey fuera lo que ellos querían que
fuera, darle las órdenes y cumplir
con las expectativas que tenían, y
no uno conforme a lo que Dios
quería que pasara.
Jesús vino a romper el molde de lo
que ellos esperaban porque en lugar
de ser un Rey que se servía del
pueblo, Él era un Rey que servía al
pueblo, no nació en un palacio, sino
en un pesebre, no tenía una gran
caballería, entro a la ciudad en un
asno, no tenía ejército sino que lo
seguían personas comunes y
corrientes, no vino a pelear la
batalla y traer violencia, vino a traer
milagros, señales y prodigios, no
vivió en un castillo y su sepultura no
fue pomposa, lo enterraron en una
cueva y tenía una corona de
espinas, su lugar de victoria no fue
un campo de batalla natural, sino
una cruz donde venció el pecado y
la muerte.
Jesús como Rey no solo vino a traer
libertad a Israel, sino a toda la
humanidad y vino a restaurar la
relación con el Padre eterno.
Tenemos la bendición de que todos
los días tenemos acceso al trono de
la gracia de Dios, donde gobierna
ese Rey verdadero donde no existe
más protocolo que amarlo y
dejarnos amar por Él, no hay
vestimenta correcta o incorrecta,
porque ya nos dio vestiduras de
santidad, ese es el Rey al que
nosotros adoramos.
Muchas veces olvidamos a quien
adoramos y nos pasa lo del pueblo
de Israel: queremos lo que los
demás tienen, que Dios opere a
nuestra manera, nos de las
bendiciones y las cosas que tiene el
mundo y no nos damos cuenta de
que el mayor tesoro ya Él nos lo
entregó, que la mayor bendición es
tener libre acceso al Señor.
Jesús opera como Él quiera; y sus
pensamientos para nosotros son
pensamientos de paz y de bien, y
aún en medio de un momento
difícil, el gozo del Señor es nuestra
fortaleza. La Palabra nos recuerda
que “aunque andemos en valle de
sombra y muerte no temeremos mal
alguno, porque Él está ahí con
nosotros”, el Rey está ahí y a
diferencia de los reyes de hoy,
cuando se van a guerra, ninguno de
ellos sale a la guerra, dan las
direcciones desde su palacio. Sin
embargo, cuando nosotros tenemos
batallas, el Rey de Reyes va delante
de nosotros como poderoso gigante,
porque Él lucha y está atento a
nosotros.
No hay favoritos para Dios, todos
somos hijos, no podemos ganarnos
su favor porque Él ya pagó todo por
nosotros. Ese Rey nos invita a su
lugar secreto, porque quiere tiempo
con nosotros, quiere estar con sus
hijos, quiere escucharnos y hablar a
nuestro corazón, se manifiesta en el
momento preciso y no cuando
queremos o necesitamos.
La realidad es que nosotros nos
dirigimos a nuestro Rey como
Señor, y Él ya se dirigió a nosotros,
porque Él nos amó primero y decidió
acercarse a nosotros, se hizo
hombre para ser como nosotros. No
hay ningún protocolo que seguir,
solo debemos saber a quién
estamos celebrando y adorando.
En Jesús podemos tener la promesa
de que un día volverá por nosotros y
gobernará eternamente, y que a
diferencia de los otros reinados, su
reino, no tendrá fin. En Jesús
tenemos la certeza de que todas las
batallas Él las gana y que es el
mismo ayer hoy y siempre por los
siglos de los siglos.