Clase N 3
Clase N 3
Por su parte, Rosenberg (1965) define la autoestima como «la actitud positiva o negativa hacia
un objeto particular: el sí mismo». Por contra, para Coopersmith (1967), la autoestima es «la
evaluación que el individuo realiza y cotidianamente mantiene respecto de sí mismo, que se
expresa en una actitud de aprobación o desaprobación e indica la medida en que el individuo
cree ser capaz, significativo, exitoso y valioso». Para Wels y Marwell (1976), «no es el
concepto hacia sí mismo el elemento dinámico del autoconcepto; el elemento crucial es la
respuesta afectiva a este contenido». Como puede observarse el mismo autoconcepto ha ido
variando desde ser entendido como un constructo teórico al mero resultado de una
autoevaluación, fuertemente impregnada de colorido afectivo. En lo relativo a la autoeficacia
o competencia personal (self-efficacy), la mayoría de los autores la consideran como otra
dimensión de la autoestima, que no sólo comporta la eficacia en determinadas habilidades,
sino también una cierta cuota de poder o competencia.
Hay personas que "han triunfado en la vida» (de acuerdo, al menos, con lo que la
opinión pública entiende por «triunfar») y, no obstante, se tienen en muy poca estima. Como
me hizo notar en una ocasión un buen amigo, «hay triunfadores que dan pena», es decir, han
triunfado en su profesión y en su familia, tienen prestigio social, son admirados por mucha
gente, disponen de un excelente futuro, trabajan en lo que les gusta y, sin embargo, se
estiman muy poco ... , ¡por lo que dan pena! Esta situación la he podido comprobar
personalmente en muchas ocasiones. Por el contrario, hay personas que desde la exclusiva
perspectiva del éxito social alcanzado serían calificadas de «fracasadas» y, sin embargo, su
estima personal es alta en modo suficiente, incluso demasiado alta en algunos casos. Esto
demuestra que la autoestima no puede atribuirse principal o exclusivamente al éxito que se
obtiene.
Resulta paradójico, sin embargo, que la autoestima sea al fin un concepto que muy poco
o nada tiene que ver con la bondad o maldad de lo que la persona hace (comportamiento
ético), y que sólo dependa, al parecer, de lo acertado o desacertado de las acciones
emprendidas por la persona, conforme a unos determinados criterios relativos a una especial
productividad (comportamiento instrumentalizado).
La autoestima se nos ofrece así como una mera consecuencia de los resultados del
hacer -cuantificables, por lo general, según una mera dimensión económica y de prestigio
social-, pero no del bien o mal realizados, que son los que, en última instancia, hacen que la
persona se experimente a sí misma como buena o mala y, en consecuencia, se estime o
desestime por ello. Es preciso rechazar de modo frontal (al menos teóricamente) cualquier
opinión que reduzca el propio valor de la persona a sólo el éxito alcanzado por ella, a la cuota
de poder conquistado o a la realización de las propias pretensiones, en términos contables de
prestigio, dinero o popularidad. Sea como fuere, el hecho es que el concepto de autoestima
puesto en circulación y, a lo que según parece, con un amplio consenso -tanto en el ámbito
científico como en el de su uso lingüístico generalizado- subraya los siguientes aspectos:
1. Un fuerte enfoque actitudinal.
2. El hecho diferencial entre las actitudes acerca de las propias aspiraciones (“yo ideal») y sus
respectivos grados de satisfacción (“yo real»).
3. Un excesivo énfasis en lo emotivista que colorea o tiñe cualquier contenido con los propios
sentimientos, entendidos estos como logros positivos o negativos, éxitos o fracasos,
aceptación o rechazo.
4. La configuración de una nueva dimensión de la personalidad, en función de las
motivaciones alcanzadas y de la propia capacidad de autoregulación (Pope, Machale y
Craighead, 1988; Mruk, 1999).
Que la estima de sí mismo sea una necesidad vital es algo que ya lo subrayó Maslow
(1993), aunque confiriéndole un cuarto lugar en el inventario de las necesidades humanas. En
Maslow, la autoestima es una necesidad del «ego» que exige ser satisfecha, aunque después
de otras necesidades básicas como el sentimiento de seguridad o la necesidad de asociación.
En este autor la autoestima no se identifica con los logros a que antes se hizo referencia, sino
más bien con el hecho de ser reconocidos por lo que Somos, necesidad estructural mente
vinculada a la esfera de la motivación. En realidad, es difícil establecer la frontera entre
motivación y estima personal. Lo más probable es que en tanto que procesos diversos, ambos
se imbriquen y sus consecuencias reabren mutuamente, tanto en sus aspectos disposicionales
y de «puesta en marcha» del comportamiento como en los resultados por ellos logrados. Más
allá de estos procesos, lo que parece ser cierto es que están al servicio del «ego», cualquiera
que sea el horizonte desde el que se les observe.
En el «sí mismo» hay autores que distinguen ámbitos sectoriales muy diversos, en
función de que se circunscriba o dé preferencia a esta o aquella conductas, generalmente
vinculadas a las funciones cognitivas y del aprendizaje, a través de las cuales la persona toma
conciencia de quién es y, sobre todo, de lo que vale (Fierro, 1998). Esta sectorización del «sí
mismo», en la que se privilegian unos comportamientos respecto de otros, podría llegar a
constituir, en algunos casos, una aproximación un tanto espuria a la autoestima y su
significado -al menos desde una rigurosa perspectiva metodológica. ¿En función de qué
criterio pueden estimarse en más unos comportamientos que otros?, ¿es que acaso las
personas proceden de un modo uniforme y riguroso al establecer los valores y criterios a
través de los cuales evalúan su propia estimación? No parece que sea así; la experiencia es
más bien unánime en sentido contrario. Por otra parte, ¿por qué se ha de valorar más o mejor
el propio cuerpo, por ejemplo, que la cordialidad o la simpatía?, ¿quién se atrevería a
fundamentar tal modo de proceder?
En efecto, ¿qué se entiende por una persona importante?, ¿es que acaso coinciden las
personas en lo que significa esa expresión?, ¿no se ha tornado un tanto irrelevante a fuerza de
haberse empleado de forma abusiva en la comunidad lingüística? Lo mismo puede sostenerse
respecto de tener éxito o no. ¿Es que acaso hay unanimidad en lo que con esta expresión se
quiere significar?, ¿es que no es tal vez uno de los términos que más criticados son?, ¿no será
que respecto del éxito las personas experimentan al mismo tiempo actitudes enfrentadas de
atracción y evitación? De ser así lo que sucede en el comportamiento de muchas personas,
¿puede elevarse el éxito al criterio normativo desde el cual poder juzgarse a sí misma una
persona, y en función de la sentencia a la que llegue aprobarse o reprobarse? No, no parece
que sea probable que la autoestima pueda fundamentarse en criterios como estos.
A mi entender, la autoestima es la creencia acerca del propio valor, susceptible de dar origen y
configurar ciertos sentimientos relevantes acerca de uno mismo y a través de ellos del propio
concepto personal, de los demás y del mundo. Obsérvese que en la anterior definición se
distingue entre autoestima y autoconcepto, pero señalando una cierta interacción entre
ambos. Por contra, el auto concepto se entiende como el conjunto de cogniciones y actitudes
que cada persona tiene respecto de sus aptitudes, capacidades, corporalidad, habilidades,
destrezas, roles sociales, etc., es decir, acerca de su entera personalidad (Polaino-Lorente,
1988).
No sería extraño que entre las diversas dimensiones que configuran el complejo
entramado del «YO», una de ellas -ahora especialmente atendible- fuera la autoestima,
entendida esta como conocimiento de uno mismo en lo relativo a las propias capacidades
personales, al modo en que nos relacionamos con los otros, al modo en que los otros nos
perciben, además de a los valores que en el transcurso de la propia vida se han ido
encamando y configurando como referentes singulares e inequívocos de la propia forma de
ser.
«Resulta evidente -y negarIo sería penoso, escribe Polo- que el hombre es el ser más
individual del Universo; sin embargo, la exageración de este punto lleva a concebirIo como
cerrado en sí, lo que significaría justamente la negación de su carácter individual, puesto que
lo característico del individuo es precisamente la "posibilidad de establecer relaciones, y
cuanto más individuo se es, se es más universal.» «Con todo, ese carácter individual no se nos
da de una vez por todas: existe un proceso de crecimiento con una serie de fases -sí mismo,
yo, persona-, cuya sucesión no sigue un sentido unívoco, sino que caben alternancias y
retrocesos con significado ético. La tragedia del subjetivismo consiste en detener este proceso
en la fase del yo y retroceder hacia el sí mismo, malbaratándolo, en lugar de abrirse a la fase
siguiente, la persona, y trascenderse en ella hacia la Persona divina.»
Los valores intrínsecos son aquellos valores auto constitutivos que configuran el
entramado del lugar más apropiado, la tierra firme donde hincar el propio yo, de manera que
crezca derecho y en su máxima estatura posible, de tal forma que se desarrolle vigorosamente
y haga expedito el modo de sacar cada uno de sí mismo la mejor persona posible, para abrirse
a los demás. Esta propuesta de definición tiene, claro está, una decidida intencionalidad
educativa o, por mejor decir, autoeducadora.
Se ignora casi todo acerca de cuál sea la génesis y origen de la autoestima, así como de
los factores que, en cada persona, contribuyen a su desarrollo. En realidad, la auto estima
tiene mucho que ver con el conocimiento personal, pero no sólo con ello. Así, por ejemplo, no
parece aventurado admitir que las relaciones tempranas de afecto entre padres e hijos -eso
que se conoce con el término de apego- contribuyen, en algún modo, a configurar la futura
autoestima de las personas (Vargas y Polaino-Lorente, 1996).
Este modelo tampoco ha caído del cielo, sino que se diseña y construye de una manera
implícita, tomando como inspiración, muchas veces, a las personas relevantes con las que la
persona se ha relacionado y que, por sus cualidades y características, suelen suscitar los
pertinentes sentimientos de admiración. Es precisamente esta admiración la que les empuja a
elevar a esas personas a la categoría de «modelos» a los que imitar. Estos modelos no tienen
que ser necesariamente globales, sino que como tal fuente inspiradora del “ideal del yo»
pueden manifestarse a través de sólo ciertos ámbitos sectoriales -el conjunto de algunos de
esos rasgos y características que se desean a1canzar-, sin que por ello disminuya la relevancia
de la función psicológica que están llamados a desempeñar.
Los hijos suelen ser muy buenos observadores y se fijan en todo cuanto acontece a su
alrededor, con independencia de que lo manifiesten o no, y de que sus padres se percaten o
no de ello. Pero esa observación no se agota en sí misma, sino que les sirve de inspiración para
realizar sus primeras imitaciones. Los padres, a través de sus respectivos comportamientos, se
conducen como el espejo en el que el niño se refleja. Los hijos imitan a los padres y observan
las imitaciones que hacen a fin de compararlas y compararse con sus padres. Luego, a medida
que la conducta imitada se repite, el niño acabará por interiorizarla, asumiéndola e
integrándola como si fuera propia. A este proceso de interiorización sigue otra etapa
posterior: la de la identificación. El niño se identifica con sus padres -a través de lo que
observó e imitó en ellos-, pero a la vez se sirve del propio comportamiento imitado, como
señal de su identidad personal.
También los adultos, cuando encontramos una persona especialmente valiosa, oímos
una voz por dentro que susurra: «Me gustaría ser como ella.» En esto consiste el
descubrimiento del valor. Cuando oímos el susurro de esa voz que nos impulsa a ser como
ella, no estamos movidos por la envidia amarga, sino por el hambre de ser valiosos. Lo que
sencillamente se está afirmando es que «me gustaría realizar en mí los valores que veo
realizados en el modelo, en el héroe de la leyenda» que nos fascinó. No es que se desee tener
su misma identidad, ser igual a él en todo, sino tan sólo parecerse a él en los valores que, de
realizarse en nosotros, avalan y hacen crecer nuestra valía personal, es decir, nos hacen
valiosos.
El cuerpo no es separable -aunque sí distinguible- del propio yo. El cuerpo media toda
relación entre el yo y el mundo. Más aún, el cuerpo manifiesta el yo al mundo. Es a través del
cuerpo como el yo se hace presente al mundo y el mundo se hace presente a la persona.
Tanto importa a la autoestima personal la figura del propio cuerpo que, en algunos casos o en
circunstancias especiales, su total distorsión fundamenta la aparición de trastornos
psicopatológicos muy graves como sucede, por ejemplo, en la anorexia mental (Polaino-
Lorente, 1996). La autoestima, además, es un concepto muy poco estable y excesivamente
versátil que, lógicamente, va modificándose a lo largo de la vida. Y ello no sólo por las
naturales transformaciones que sufre la persona, como consecuencia del devenir vital, sino
también por los profundos cambios de ciertas variables culturales (estereotipias, sesgos,
atribuciones erróneas, modas, nuevos estilos de vida, etc.), sobre las que es muy difícil ejercer
un cierto control y rehusar o escapar a sus influencias.
EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO
El primer factor del que depende la autoestima es lo que piensa la persona acerca de sí
misma, sea porque se .conozca bien a sí misma o sea porque considere que quienes le
conocen piensan bien de ella. En definitiva la autoestima es también función del propio
conocimiento, de lo que conocemos acerca de nosotros mismos. El buen o mal uso que de esa
información se haga constituye todavía una asignatura pendiente que, en la práctica, nadie se
atreve a enseñar a pesar de su enorme interés y de lo imprescindible que resulta para, en
libertad conducirse mejor a sí mismo. Pero la persona nunca acaba de conocerse a sí misma.
Antes termina la vida que el conocimiento personal. Lo que pone de manifiesto la inmensidad
de la condición humana y lo limitado de nuestros conocimientos. La persona no puede ni
siquiera abarcarse a ella misma, en este asusto del conocimiento personal. Por eso también
resulta difícil el conocimiento del otro.
Para que la autoestima de una persona esté bien fundada ha de estar basada en la
realidad, lo que supone la necesidad de apoyarse en el conocimiento real de la realidad - valga
la redundancia- de sí mismo. En ausencia de ese conocimiento, la autoestima se
autoconstituiría como un amor irracional, que sería muy difícil de distinguir de los prejuicios,
sesgo s y estereotipias, y en el que, con facilidad, harían presa las propias pasiones.
Sin conocerse es muy difícil que pueda uno amarse a sí mismo -nadie ama lo que no
conoce-, por lo que un amor así, en cierto modo, sería un amor desnaturalizado, no puesto en
razón, estereotipado, erróneo, equívoco, engañoso y un tanto falaz. Tal vez a esto se deba la
afirmación, tantas veces repetida, de que «el gran negocio del mundo consistiría en vender a
las personas por lo que creen que valen y comprarlas por lo que realmente valen». Esto, de
ser cierto, supondría una buena dosis de ignorancia de mucha gente acerca de su propia
realidad personal.
Lo más atractivo para una persona, lo que más le interesa, lo que más suele inquietarle,
por lo general, es un cierto saber acerca de sí. Esto es lo que parece tener más atractivo para
la mayoría de la gente, poco importa su edad o circunstancia. En fin, es lógico que haya
apetencia en cada persona por saber quién es, pues lo que no se conoce no se puede amar.
Por otra parte, si no sabemos quiénes y cómo somos, es difícil que podamos conducirnos a
donde queremos. y si no nos conducimos de acuerdo a como somos no seremos felices,
porque no podremos alcanzar nuestro propio destino. Conviene recordar que el destino de
cada persona, lo que cada persona pretende no es otra cosa que ser feliz. Pero para alcanzar
la felicidad hay que conducirse bien; y para conducirse bien, no hay más remedio que
conocerse, aunque sólo sea un poco.
Si no sabemos si somos osados, constantes, alegres, con mucha o poca iniciativa, ¿cómo
vamos a dirigir nuestro comportamiento como es debido? Tan peligrosa sería la conducción de
una persona que se ignorase a sí misma como la conducción de un vehículo que estuviera
trucado y que al girar el volante a la derecha se moviera hacia atrás, que al acelerar frenara, y
que al frenar adelantara a otros vehículos. La supervivencia de un conductor que ignorase o
no hubiera sido instruido en las peculiaridades de ese automóvil sería muy escasa. Y si se
empeñase en conducirlo sin conocer sus características, las horas de su vida estarían contadas.
Igualo más grave es que las personas usen mal su libertad -por no conocer las características
singulares de que están adornadas como personas- para dirigir su propio comportamiento. El
conocimiento personal constituye, Sin duda alguna, el principal factor del que depende la
autoestima, por lo que jamás debiera omitirse su estudio.
En el fondo de estas cuestiones, una y otra vez vuelve a ponerse sobre el tapete esa
cierta contraposición -en parte insoslayable y, en parte, un tanto artificial- entre «cabeza» y
«corazón» o, formulado de un modo más tradicional, entre el entendimiento y la voluntad.
Recordando a los clásicos, es preciso afirmar, hoy como ayer, que el objeto del entendimiento
es la verdad así como el objeto de la voluntad es el bien, todo lo cual concierne también a la
autoestima. Pero «bien» y «verdad» son, en cualquier caso, aspectos de una misma y única
realidad, como el entendimiento y la voluntad son facultades de una misma persona. Por eso,
cuando el entendimiento alcanza la verdad, esta deviene en un cierto bien para la voluntad
que, al mismo tiempo, es apetecido por ella. De otra parte, cuando la voluntad se dirige a
alcanzar el bien, este deviene en una cierta verdad para el entendimiento. Se diría que, en
este caso, el bien es introducido en el ámbito cognitivo bajo la especie de verdad. De aquí que
pueda hablarse respecto de la voluntad, del «bien de la verdad» y, respecto del
entendimiento, de la «verdad del bien».
EL COMPORTAMIENTO PERSONAL
La autoestima depende no sólo de los gestos, sino de lo que cada persona hace,
especialmente con su vida. Porque el hacer humano hace a la persona (agente) que lo hace; el
hacer humano supone un cierto quehacer de la persona humana; el hacer humano obra sobre
quien así se comporta, modificándolo y avalorándolo o minusvalorándolo. Ninguna acción
deja indiferente a quien la realiza y, por consiguiente, modifica también el modo en que se
estima.
En este punto, como se habrá observado, hay una cierta coincidencia con el
pragmatismo al que anteriormente se aludió. Pero hay también un hecho diferencial respecto
de aquel. Aquí el éxito logrado se centra de modo especial en la adquisición de valores por
parte de la persona, es decir, en lo que se ha mencionado como va!ores intrínsecos, que muy
poco tienen que ver con los valores extrínsecos incluidos en la definición de autoestima (éxito,
popularidad, etc.). Es aquí donde precisamente habría que hablar de virtudes, porque eso son
los valores, una vez que estos se han encarnado en la persona y se ha hecho de su frecuente
ejercicio un hábito consistente. De esto ha de ocuparse naturalmente la ética. Pero la ética
también está en crisis, en gran parte -aunque no sólo por ello-, porque se ha separado la ética
privada de la ética pública, siendo objeto de consideración social sólo esta última.
Pero la ética pública se ha reducido hoy a algo sólo «procedimental» y mera cosmética,
en tanto que apenas si satisface (ética mínima) algunos de los referentes normativos y
reglamentarios que establece el pacto social, ahora en forma de jurisdicción positiva por
consenso. La ética privada, a lo que parece, debe renunciar a salir a la calle. Es una ética
vigilada y excluida de la vida social, un rehén del estrecho mundo privado en donde está
cautiva por parecer sospechosa. Tal disociación antinatural fractura el corazón del hombre y
hace de la persona un ser fragmentario. En efecto, si en el ámbito de lo privado el
comportamiento personal no es honrado, por ejemplo, ¿en función de qué fundamento
hemos de suponer que el despliegue de esa conducta en el escenario de lo público se atendrá
a ese mismo principio que incumplió en la esfera de lo privado?, ¿es que acaso no hay
circunstancias más complejas y difíciles en el ámbito de lo público que dificultan ser
honestos?, ¿no es quizá más fácil la seducción de los encantos inmediatos de la sirena -poder,
dinero, influencias, popularidad, éxito- en el escenario público que en el privado? Y si en este
último -con ser más fácil-la persona no se comportó así, ¿lo hará ahora en otro mucho más
difícil y tentador, como es el público?
Pero de ser verdad tal agorera afirmación, es porque se ha disociado ética pública y
privada; porque se ha establecido una barrera perversa entre el “íntus” (la intimidad) y el
«fuera» (la conducta) de la persona; porque se ha disociado a la persona en función de sólo el
lugar donde se expanda su comportamiento; porque se ha olvidado la unidad y unicidad de la
persona (algo que funda su identidad), reduciéndola a los fragmentos con textuales donde
decide su acción, sin reparar en que uno es el ser, una la acción, uno el comportamiento y una
y la misma consecuencia la que reobra sobre la persona, con independencia de que actúe en
el ámbito de lo público o de lo privado.
Basta con que se responda a cuestiones como las siguientes: «¿A qué modelo ético
quiero yo jugarme la vida?; ¿quién quiero ser dentro de diez años?» Una vez formuladas, es
preciso responder a ellas. Para conseguir lo que quiere llegar a ser y valer en el plazo de diez
años ha de comenzar ya a realizar el programa que ha establecido. «¿Qué es lo que hoy he de
hacer para conseguir lo que me he propuesto alcanzar en diez años?» Eso es, en definitiva, lo
que hará de esa persona que sea valiosa o no. Pero antes hay que seguir cuestionándose cosas
y respondiendo a ellas. «¿Por qué pienso que lo que me hará a mí ser más valioso es
exactamente lo que va a hacer crecer mi autoestima?; ¿por qué me importa tanto adquirir
esos valores y no otros?; ¿vale la pena realizar tantos esfuerzos para ello o, por el contrario, lo
que realmente deseo es tener mucha auto estima pero sin crecer en ningún valor, sin realizar
ningún esfuerzo? ¿Es eso posible hoy?»
Los buenos sentimientos son, desde luego, necesarios, muy necesarios, pero no son
suficientes. Es preciso que estén bien fundados, que sean reales, que asienten en la verdad. La
autoestima ha de estar fundada en la verdad, de lo contrario puede generar consecuencias
patológicas. Algunos programas de educación actuales han causado a los alumnos más
dificultades que beneficios, precisamente por estimular excesivamente la autoestima, sin
fundamento alguno en la realidad.
Las dos condiciones necesarias para hacer crecer la autoestima son las siguientes:
primero, que el conocimiento personal esté fundamentado en la verdad; y segundo, que se
disponga de un proyecto personal realista que pueda alcanzarse, no importa el esfuerzo que
haya que hacer para ello. Si la persona no se proyecta en el futuro, si no sabe a qué se
destinará, si no acaba de «verse a sí misma» realizando su vida personal en la próxima década,
lo más probable es que no disponga de proyecto alguno.
No disponer de proyecto puede indicar que esa persona se aburre consigo misma, que
ha dejado de ser interesante para ella misma. Por eso sin proyecto no hay autoestima posible.
El aburrimiento puede considerarse como un indicador de riesgo de que se ha perdido la
autoestima o está a punto de perderse. Si uno no está satisfecho consigo mismo, si no se
respeta a sí mismo, lo más probable es que tampoco pueda respetar a los demás. Si se tiene la
convicción de no ser interesante para sí mismo, los otros tampoco podrán interesarle.
Actividad: