Primer trabajo práctico
Currículum y Didáctica - Taller específico Filosofía
Año 2025
La filosofía hoy: el aula como posibilidad.
Equipo de cátedra:
Docente a cargo: Prof. Melina Mailhou
Ayudantes alumnos/as: Gabriela Calderone Selva, Lucía Bermúdez Balayn y
David Mendoza
Nombre y apellido: Pontillo Gina
Legajo: P-3952/7
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Introducción:
¿Qué es la filosofía? ¿Cuáles son las implicancias de su enseñanza en nuestro contexto
latinoamericano? ¿Qué enseñar? ¿Cómo enseñarlo? ¿Para qué y para quiénes enseñar?
Interrogarse por la filosofía y por el acto de filosofar implica, en cierto modo, un intento
de pensar más allá de las determinaciones coyunturales, del discurso actual. Sin embargo, ¿es
posible sustraerse por completo de las condiciones históricas, sociales y culturales que nos
atraviesan? Como sujetos situados, inevitablemente formamos parte de un entramado
discursivo que modela nuestras formas de vincularnos con el saber. No obstante, esta
pertenencia no anula nuestra capacidad crítica. Pensar filosóficamente supone poner en
cuestión esos discursos hegemónicos y desnaturalizar sus lógicas, abriendo a otros horizontes
de sentido.
En este marco, resulta evidente que la concepción actual de la filosofía está
profundamente condicionada por la lógica de mercado. En tanto disciplina crítica y, sobre
todo, no productiva (en el sentido económico/financiero), la filosofía es percibida, desde la
racionalidad capitalista, como irrelevante e incluso prescindible. Como futures docentes, nos
enfrentamos a discursos que reducen la filosofía a un palabrerío inentendible, carente de
aplicación práctica o valor social. Ahora bien, esta mirada no es ingenua, responde a una
estructura que favorece los saberes instrumentalizables, cuantificables, funcionales al
régimen de producción. El conocimiento y la práctica filosófica siempre serán estériles en
ojos de una sociedad que busca fórmulas mágicas, una sociedad que prefiere repetir palabras
ajenas antes que someterse a la duda. Por eso, la filosofía se vuelve incómoda, encuentra
refugio en la incertidumbre, comprende el error como parte constitutiva del proceso de
pensamiento, no promete soluciones inmediatas, y, en cambio, invita a pensar, a cuestionar, a
imaginar lo posible más allá de lo dado.
¿Cómo intervenir, entonces, frente a estos prejuicios que se infiltran y se instalan en las
aulas? ¿De qué manera restituir el valor colectivo, activo y transformador de la práctica
filosófica en contextos que la relegan a la doxa, a algo puramente subjetivo, particular? Con
ayuda de autores como Walter Kohan, Simón Rodríguez, Nietzsche y Alejandro Cerletti;
reflexionaremos sobre el potencial emancipador de la filosofía en el espacio educativo,
explorando no solo los desafíos que enfrenta su enseñanza, sino también las herramientas que
ofrece para resistir y transformar las condiciones de marginalidad que se le ha impuesto a la
filosofía desde la lógica del mercado.
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Qué es la filosofía: más allá de lo transmisible.
Antes de pensar cómo vamos a enseñar filosofía, debemos detenernos a pensar qué
entendemos por filosofía. La manera en que concibamos la filosofía será la que oriente no
solo nuestra selección de contenidos, sino también la relación pedagógica que establezcamos,
la forma en que abordemos los textos, la forma misma de habitar el aula. Nos es fundamental
comenzar el desarrollo de este ensayo con la idea de que la filosofía no puede reducirse a un
continum de doctrinas y autores, a un contenido cerrado para transmitir y cuya receptividad
debe ser pasiva.
La filosofía es una forma de habitar el mundo, de mirarlo con sospecha, con extrañeza,
incluso con dolor. La filosofía es ese momento en que algo se quiebra en lo que dábamos por
supuesto. Y es precisamente eso, lo que no puede enseñarse, o al menos no del mismo modo
como se enseña una fórmula matemática o el sujeto-predicado de una oración. No hay
método infalible para provocar una fisura. Aquello que llamamos filosofía es una experiencia
que desborda los marcos institucionales ¿Esto implica que no hay manera de institucionalizar
la filosofía? Una idea que me resulta imprescindible traer es la de Walter Kohan (2008)
cuando expresa que la filosofía no se enseña, y sin embargo se enseña. Porque enseñar
filosofía es, de algún modo, habilitar el acontecimiento. No repetir lo ya dicho, sino invitar a
lo que todavía no ha sido pensado. Y eso no siempre sucede, a veces no sucede nunca, o
sucede fuera del aula. Pero si hay algo que el docente en el aula puede ofrecer, es ese espacio
de suspensión, de no saber, de posibilidad, un lugar donde la pregunta no sea un paso previo a
la respuesta, sino un modo de estar. Un aula que aloje el desconcierto, que le haga lugar a la
duda, e incluso al silencio.
No se trata de formar especialistas en una disciplina ni de “enseñar a pensar” como si el
pensamiento fuera una habilidad técnica, sino de invitar a filosofar. Esta invitación, nos dice
Kohan, solo puede producirse si hay un modo de presencia sensible que no se imponga sobre
el otro, sino que le permita encontrarse con la potencia de su propia voz. La filosofía, en su
forma más genuina, no comienza en el contenido, sino en la relación. Una relación que no es
jerárquica ni instrumental, sino afectiva, situada, ética.
Enseñar filosofía no es resolver nada, sino entrar con otro en ese movimiento inestable
que es el pensamiento. Y eso implica también soltar ciertas seguridades, ciertas formas
tradicionales de “enseñar bien”. Si pensamos que lo prioritario en torno a la enseñanza de la
filosofía se trata de una transmisión de contenidos fijos explicados con suma precisión,
estamos quedándonos a medio camino. Enseñar filosofía es principalmente abrir un espacio
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donde pensar sea posible, es decir, donde se habilite el cuestionamiento, la pregunta, la
incomodidad y el error.
Este gesto de pensar la enseñanza de la filosofía como problema filosófico en sí mismo,
aparece también en la obra de Alejandro Cerletti (2008). Él insiste en que la forma en que
enseñamos filosofía dice tanto como los contenidos que seleccionamos. Si enseñamos desde
la repetición, desde la autoridad incuestionada, desde el saber como mercancía a ser
consumida, entonces no hay acontecimiento filosófico posible. La práctica filosófica, en
cambio, se sostiene en el riesgo; el riesgo de no saber o de no llegar a una conclusión y que
las preguntas queden abiertas. La pregunta, nos dice Cerletti, no es un recurso didáctico más,
sino el corazón mismo del acto de pensar. Enseñar filosofía, entonces, no es resolver
preguntas sino sostenerlas. No es brindar respuestas, sino generar las condiciones para que
otras preguntas puedan aparecer.
La enseñanza de la filosofía no puede pensarse con las lógicas de eficiencia, de
productividad, de utilidad inmediata. En un contexto como el nuestro, donde el sistema
educativo está cada vez más atravesado por exigencias externas (calificaciones, contenidos
mínimos, estándares de rendimiento), sostener un espacio filosófico es también una forma de
resistencia. Una resistencia pedagógica y política. Porque enseñar filosofía desde esta
concepción implica asumir que el pensamiento no es neutral, que no todo saber es liberador, y
que no toda enseñanza es emancipadora. Si lo que buscamos es que algo del pensamiento se
abra en quienes nos escuchan, necesitamos primero desarmar los marcos rígidos que le
cierran el paso. Enseñar filosofía es, entonces, enseñar a desobedecer, desobedecer a las
respuestas dadas, a las formas instituidas, a los modos impuestos de habitar el aula y el
mundo.
Filosofía manifiesta: contra la domesticación del pensamiento.
Como venimos desarrollando a lo largo del presente ensayo, enseñar filosofía no puede
consistir únicamente en la transmisión de doctrinas establecidas, ni en el cumplimiento de un
programa curricular fijo. La práctica filosófica requiere condiciones de posibilidad que
muchas veces la propia institución escolar obstaculiza. ¿Cuán frecuente es que en el aula se
termine enseñando todo lo contrario a lo que la filosofía promete? ¿Cuántas veces se repiten
los nombres de los grandes pensadores para encubrir el hecho de que nadie está pensando?
¿Cuántas veces se domestica la pregunta en nombre de un programa, de una bibliografía
obligatoria, de una corrección?
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Resulta pertinente pensar la enseñanza de la filosofía a partir de Nietzsche, tensionando
los modos tradicionales en que esta disciplina ha sido incorporada dentro de las instituciones
educativas. En Schopenhauer como educador (1995), arremete contra los profesores que
enseñan desde la comodidad de lo ya establecido, meros repetidores de conocimientos
muertos, domesticados por las exigencias de la cultura oficial. Estos “seres domesticados”
forman alumnos obedientes, que no piensan por sí mismos, sino que buscan aprobación.
Nietzsche no solo critica la institución, sino la manera en que ella produce sujetos, a saber,
dóciles e incapaces de ruptura. Si la escuela acostumbra a los estudiantes a responder sin
indagar, a repetir sin procesar. ¿Qué queda entonces de la filosofía si se la encierra en una
serie de contenidos evaluables, si se la mide por su utilidad? Estamos en un momento en el
cual la filosofía se concibe como un ornamento, como algo decorativo, de prestigio, pero sin
verdadera incidencia en la vida o en lo político. Una especie de adorno cultural, elegante pero
inútil, negando así su potencialidad transformadora, disruptiva, emancipadora.
Es en esta tensión donde la figura de Zaratustra, en Así habló Zaratustra (2001), aparece
como el reverso de ese modelo. No enseña desde el deber, ni desde la norma, ni siquiera
desde la autoridad del saber. Enseña con el cuerpo, con el gesto, con la contradicción. Enseña
porque no puede no hacerlo, pero también porque sabe que tarde o temprano sus discípulos lo
abandonarán. Y eso no es un fracaso, es la condición misma de su enseñanza. Enseñar para
ser superado. Enseñar para que el otro encuentre su propio camino, aunque eso implique
rechazar el de uno. Nietzsche insiste en la figura del espíritu libre, aquel que no teme romper
con lo aprendido, que no busca pertenecer, que no quiere ser aprobado. Pero ¿cómo podemos
formar espíritus libres en la escuela?
Ese espíritu libre nunca tendrá lugar si nos encasillamos en una única manera de enseñar,
ya que la enseñanza de la filosofía es necesariamente abierta, inestable, situada en el terreno
de la formación que desestabiliza más que afirmar. Nietzsche no propone un modelo
pedagógico concreto, sino una actitud, la de resistir la domesticación del pensamiento,
rechazar la obediencia pasiva, habilitando así, al espíritu libre. Esta propuesta nos interpela
especialmente en el contexto latinoamericano actual, donde las exigencias productivistas y
los dispositivos de control tienden a reforzar prácticas de enseñanza estandarizadas, que dejan
poco margen para la emergencia del pensamiento crítico y la diferencia.
Tal vez se trata de volver a poner en el centro la experiencia. Que pensar duela, que
incomode, que afecte. Que enseñar filosofía no sea enseñar teorías, sino habilitar el riesgo.
Que el aula sea menos un espacio de control y más un espacio de posibilidad. Y que el
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maestro no sea el que impone, sino el que da, el que regala aun sabiendo que su don no será
siempre bien recibido.
Filosofía situada: el aula como territorio de invención.
Hay algo profundamente incómodo en la sentencia “O inventamos, o erramos” de Simón
Rodríguez. Incómodo porque no ofrece garantías, porque no promete éxito, porque no
permite descansar en la tradición. Es una frase que exige una postura: no imitar, no copiar, no
repetir. Y frente a eso, no podemos evitar preguntarnos qué significa, hoy, inventar una
enseñanza de la filosofía de forma situada ¿Es posible pensar un modo de enseñar que no se
limite a reproducir modelos heredados? ¿Qué lugar tiene, en nuestras aulas, el gesto de
invención?
No se trata solo de cambiar los nombres propios del programa. Incorporar autores
latinoamericanos como ejercicio de reparación simbólica no transforma por sí sola la lógica
con la que se enseña filosofía, lo que está en juego es el modo en que pensamos la relación
entre filosofía y realidad, entre palabra y mundo, entre enseñar y transformar. La pregunta va
más allá del canon, tiene que ver con cómo se enseña, para qué se enseña, desde dónde se
enseña. La tarea consiste en pensar en prácticas educativas no imitativas, sino creadoras,
arraigadas en la realidad concreta de nuestros pueblos y al servicio de sus procesos
emancipatorios ¿En qué momento se volvió natural enseñar filosofía como si fuera un saber
universal, despegado de las urgencias del contexto? ¿Por qué se sigue considerando que
pensar filosóficamente implica abstraerse, elevarse, neutralizar la singularidad?
En esa línea, el gesto de Simón Rodríguez puede entenderse también como una propuesta
epistemológica. Una invitación a desconfiar del saber autorizado, de las fórmulas importadas,
de las pedagogías que pretenden ser universales. En su lugar, propone una enseñanza que
nazca del contexto, que dialogue con las necesidades reales de los sujetos concretos, y que no
tema alejarse de lo conocido. Inventar, en este marco, no es simplemente innovar, es resistir
la copia, interrumpir el molde, asumir el riesgo de pensar pedagógicamente desde nuestras
propias heridas.
Enseñar filosofía desde esta perspectiva significa entonces apostar por una práctica
situada, crítica y política. Significa, también, entender que el aula no es una burbuja, sino un
espacio atravesado por las condiciones materiales de existencia, por las tensiones sociales,
por las urgencias y desigualdades que configuran nuestra vida cotidiana. En ese marco, la
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filosofía puede ser una herramienta poderosa, pero solo si se ejerce como experiencia viva y
no como ornamento académico.
Simón Rodríguez no ofrece un modelo de enseñanza de la filosofía, pero sí deja una
advertencia que atraviesa el tiempo; si no inventamos otra forma, estamos errando. Si
seguimos educando con estructuras coloniales, con dispositivos que forman para la
obediencia, con evaluaciones que premian la repetición, entonces estamos errando. Incluso si
el contenido es emancipador, incluso si los textos que leemos son críticos. Porque la forma
también dice. La forma enseña. Y muchas veces, enseña lo contrario de lo que decimos
querer enseñar.
En ese sentido, el problema de la enseñanza de la filosofía no es solo el lugar marginal
que ocupa en el sistema educativo, sino también el modo en que se la sostiene dentro del
aula. ¿Qué tipo de vínculo se genera entre quien enseña y quien aprende? ¿Qué papel se le
otorga a la palabra, al silencio, a la lectura, al error? ¿Qué se entiende por pensar? ¿Y qué se
espera que haga quien aprende filosofía? ¿Comprender? ¿Recordar? ¿Imitar? ¿Obedecer? Si
las respuestas a esas preguntas no se ponen en cuestión, lo más probable es que sigamos
reproduciendo una práctica que contradice la potencia transformadora que decimos atribuirle
a la filosofía.
Tal vez la enseñanza filosófica, hoy más que nunca, deba pensarse como una zona de
invención. Una invención que no implica improvisación arbitraria, sino disposición a
desmarcarse de lo ya dado. Rodríguez no nos invita a desechar el pasado, pero sí a dejar de
copiarlo sin pensar. Y eso exige un gesto profundamente filosófico… el de volver a mirar lo
que parecía obvio, el de hacer lugar a lo que aún no tiene forma, el de sostener la
incomodidad de no tener garantías.
Volver a Rodríguez es, en definitiva, volver a una exigencia fundacional, que la escuela
no se limite a reproducir lo que hay, sino que abra espacio para lo que podría ser. Y en ese
gesto, la enseñanza de la filosofía tiene mucho por hacer ¿Podemos inventar sin caer en la
pura novedad vacía? ¿Podemos hacer escuela sin copiar escuela? ¿Podemos enseñar filosofía
desde un lugar que no reniegue de su contexto, que no desprecie sus marcas, que no aspire a
parecerse a otra cosa? No tenemos respuestas cerradas, pero sabemos que si esas preguntas
no se hacen, la errancia está asegurada. Y quizás, como diría Rodríguez, errar no es
equivocarse, sino repetir sin pensar.
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Filosofía por venir: una tarea continua
A modo de cierre, no hay una única forma de enseñar filosofía, pero sí hay formas que
niegan lo que la filosofía puede provocar. Enseñar filosofía es una manera de estar, una
disposición a que algo del otro y de uno mismo se transforme. Y tal vez, sea eso mismo lo
más valioso que la filosofía puede ofrecer a la escuela, la posibilidad de interrumpir la
inercia, de volver pensable lo que parecía naturalizado, de hacer espacio donde parecía que ya
no quedaba ninguno.
Volver sobre la enseñanza filosófica desde una perspectiva situada, crítica y
latinoamericana no es solo un gesto pedagógico, sino también político. En un sistema
atravesado por la lógica capitalista, que mide el saber en términos de productividad,
eficiencia y rentabilidad, apostar por una filosofía que no busca resultados inmediatos es, en
sí misma, una forma de resistencia. Una resistencia silenciosa, persistente, que se cuela en los
márgenes del aula, en el modo en que se escucha una pregunta, en la elección de detenerse en
una lectura, en la decisión de no corregir un error demasiado rápido.
A lo largo de este ensayo, intentamos sostener una defensa del pensamiento como
experiencia. Una experiencia que no puede reducirse a un programa, que no se deja
domesticar por la forma escolar, y que exige, de quienes seremos docentes, una sensibilidad
especial para lo que no entra en los márgenes del deber-ser docente. Enseñar filosofía no es
simplemente transmitir saberes, sino también sostener espacios donde algo distinto pueda
aparecer. Y eso, muchas veces, implica apartarse del camino más fácil, desafiar la
comodidad, aceptar que no todo va a salir como se espera. El pensamiento no se enseña, se
contagia. Y cuando sucede, no se controla. Solo queda hacer lugar.
Tal vez no haya una única forma correcta de enseñar filosofía. Pero sí hay formas que se
niegan a seguir copiando sin pensar. Formas que se preguntan por lo que enseñan y por lo que
provocan. Formas que, lejos de domesticar, abren. Que no buscan cerrar preguntas, sino
sostenerlas. Y si algo puede aún salvar el lugar de la filosofía en la escuela, será eso: la
capacidad de desobedecer con sentido, de inventar con otros, de volver a mirar incluso lo que
parecía obvio.
No tenemos una receta, nadie debería tenerlas de antemano, pero sí existe una
convicción: enseñar filosofía es una forma de intervención en el mundo. Y como toda
intervención, requiere sensibilidad y escucha. No para garantizar respuestas, sino para seguir
haciendo lugar a las preguntas que todavía no pudimos formular.
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Bibliografía:
● CERLETTI, A. (2008). La enseñanza de la filosofía como problema filosófico. Bs. As.,
Argentina: Libros del Zorzal.
● KOHAN, W. (2008). Filosofía, la paradoja de aprender y enseñar. Bs. As., Argentina:
libros del Zorzal.
● NIETZSCHE, F. (1995) Así hablaba Zaratustra, Madrid, Alianza editorial.
● NIETZSCHE, F. (2001) Schopenhauer como educador, Madrid, Biblioteca Nueva.
● RODRÍGUEZ, S. (2016) Obras completas, Caracas, UNESR.