CLÍNICA DEL DESAMPARO, O WINNICOTT CON LACAN [1]
_Juan Mitre
Hay una clínica del desamparo. O más bien, una clínica de los efectos del desamparo. Se trata –para decirlo
de un modo simple– de la clínica de aquellos sujetos que no han contado con un Otro que "los cuide". Sujetos que se
han constituido a partir de un Otro del maltrato (ya sea un Otro excesivo en su presencia o en su ausencia). Se trata
de niños que han sido abandonados, que han caído del Otro. Niños y adolescentes que "han llegado al final del
camino".[2]
Los efectos de ese "desamparo" (que hay que situarlo bien en cada caso, es decir, cuáles son los nombres del
desamparo para cada uno) es lo que se diagnostica como trastorno antisocial, como patología de la conducta. Si
somos freudianos, podemos decir que las marcas del desamparo ponen en marcha la repetición, y que la repetición
–también en estos casos ¿por qué no? – es un modo de recordar, aunque muchas veces, un modo "salvaje" de
recordar.
A esos "trastornos de conducta" conviene suponerles un texto, conviene suponer que en esas marcas (a veces en lo
real del cuerpo) hay un texto a ser leído, un texto a producir. Pero también la llamada "conducta antisocial"
(impulsiones de todo tipo) es un modo de defensa ante la angustia.
Es habitual que esos niños y adolescentes se hagan rechazar, que se presenten "feos, sucios y malos", o de alguna
otra forma que sea "insoportable" para el Otro. Pero de lo que allí hablan con su comportamiento y con su cuerpo es
del rechazo del Otro primordial, de algo que se inscribió en ellos como rechazo.
Lo problemático –y lamentable– es que las instituciones asistenciales tienden a repetir ese rechazo, a "re-inscribir"
ese rechazo ratificándolo, e incluso reforzándolo. "No soportan" a esos chicos y los expulsan (a veces a las
expulsiones se las llama derivación o traslado)
La posición de Winnicott
Pareciera que los valiosos desarrollos al respecto de Donald Winnicott se han olvidado. Su libro Deprivación y
delincuencia[3] es fundamental para orientarse en esta clínica.
El creativo psicoanalista inglés fue psiquiatra consultor en el plan oficial de evacuación de personas de la Segunda
Guerra Mundial, lo que lo llevó a trabajar en albergues destinados a niños que no podían vivir en hogares comunes.
Esa experiencia lo lleva a teorizar sobre los niños que sufren una deprivación en su infancia, y sobre las
manifestaciones clínicas que ello tiene. Y también –lo que nos interesa sobre todo– a pensar acerca del tipo de
tratamiento posible. Los desarrollos de Winnicott implican –a mi juicio- también una política ante la alteridad, lo que
es toda una posición.
Al desamparo Winnicott lo llama "deprivación". Los trastornos de conducta son las manifestaciones clínicas del
trastorno antisocial, y la tendencia antisocial surge de una deprivación sufrida en la infancia. Explica que en la base
de la tendencia antisocial hay una "buena experiencia temprana" que se ha perdido, y que el niño ha tenido la
capacidad de percibir que la causa del "desastre" (determinado caos) radica en una falla ambiental.[4]
Hace un señalamiento interesante para pensar la cuestión del diagnóstico en estos casos: dice que el grado de
madurez del yo que ese tipo de percepción posibilita (que hubo una falla ambiental) hace que se desarrolle una
tendencia antisocial en vez de una psicosis[5]. Y por lo tanto, como el niño ha tenido esa percepción de falla
ambiental, es el ambiente el que debe proporcionar una nueva oportunidad. O sea que el niño tiene registro de que
perdió algo que venía funcionando, ha perdido algo que -para él– era bueno.
Entre los síntomas antisociales típicos, Winnicott sitúa la voracidad, el robo y el causar fastidio. Quien haya trabajado
en instituciones con niños y adolescentes internados, o haya tenido acceso a esa clínica, no tendrá dudas al respecto.
Podríamos agregar a esos síntomas típicos el consumo de sustancias, pero muchas veces también el consumo es un
modo de causar fastidio.
Winnicott sostiene que el tratamiento indicado para la tendencia antisocial no es el psicoanálisis. Esta es una
perspectiva que por supuesto hay que matizar, o más bien, tratar de entender qué está diciendo con eso.
Consideraba que el método terapéutico adecuado consiste en proveer al niño de un cuidado que él pueda
redescubrir y poner a prueba[6], ayudarlo a que vuelva a tener "confianza" en el ambiente. Se trata de que el
ambiente ahora "sobreviva" al embate antisocial, y donde el sujeto pone a prueba el andamiaje, la estructura, la
institución; pone a prueba al Otro. Que el Otro –esta vez– sobreviva. Por eso dice que la palabra clave no es
"tratamiento" o "cura", sino "supervivencia".[7] Incluso dice Winnicott que cuando el sujeto comienza a tener
confianza nuevamente (lo que es un logro) despedaza las cosas para estar seguro de que el andamiaje aguanta.
Esa es la dimensión del tratamiento (tal vez la más importante) que quiere acentuar Winnicott al referirse a que el
psicoanálisis no es el tratamiento adecuado para la tendencia antisocial. Sostiene, más bien, que son fundamentales
intervenciones en el ambiente. Interviniendo sobre el ambiente se puede intervenir también –si esa intervención
está bien orientada– sobre la realidad psíquica o el fantasma. Aquí es donde importa pensar qué tipo de dispositivos
se utilizan para tratar determinadas problemáticas. Si son dispositivos creados en función de la problemática en
cuestión, o si se pretende en cambio adaptar el caso a dispositivos que no están preparados.
En este sentido es crucial el funcionamiento de las instituciones que alojan a estos sujetos; sean hogares, hospitales,
casas de medio camino, incluso familias sustitutas o adoptantes. Cabe preguntarse al respecto si realmente tal o cual
institución se muestra confiable, si es capaz de alojar lo bueno y lo malo del sujeto, si soporta que la fastidien, si
puede perdurar para ese sujeto en el tiempo y no ratificar la idea de "destino de exclusión" que en general se ha
armado. Si realmente está preparada para soportar que se la ponga a prueba con actos de todo tipo.
Se trata –resumiendo– de que la institución pueda soportar esta vez, que no se derrumbe; porque eso implica para
el sujeto una nueva caída del Otro.
Cabe agregar la concepción de trauma para Winnicott. En términos tan sencillos como precisos, dice: "El trauma
significa una ruptura en la continuidad de la existencia del individuo"[8].
Algunas indicaciones clínicas
Ahora, intentando articular la perspectiva de Winnicott con la posición clínica del psicoanálisis lacaniano, algunas
indicaciones:
No dejarse apabullar por la dureza de una historia; hay que sostener el alojamiento de la escucha más allá de
la pregnancia imaginaria de lo terrible.[9]
Ubicar la responsabilidad del sujeto. No hay que olvidar que responsabilizar restituye a alguien como sujeto,
lo corre del lugar de víctima, de un lugar de objeto.
Señalarle al sujeto de qué no es responsable. A veces, es necesario señalar primero esta dimensión para que
en un segundo momento aparezca la responsabilidad subjetiva. Tenemos el trauma, el abandono, el
encuentro con lo real, la falla ambiental, como quiera uno llamarlo. De todo eso el sujeto no es responsable.
Después tenemos su respuesta ante eso. La responsabilidad implica un modo de respuesta. Es imposible no
responder, por lo tanto siempre de la respuesta se es responsable.
Apostar a la emergencia del inconsciente como en cualquier neurótico. Reconocer el deseo en juego, es
decir, no abandonar la posición analítica.
Al mismo tiempo (porque no es una cosa o la otra) cierto nivel de holding –de sostén, de estar, de poner el
cuerpo– es necesario.
Soportar o sobrevivir al embate de la pulsión (es más que maniobrar con la "famosa" transferencia negativa).
Ubicar con precisión el momento del desamparo para ese sujeto (lo que muchas veces es diferente de las
ideas que tienen otros acerca de lo que ha sido catastrófico para él).
Ubicar también con precisión el momento previo a la caída, donde algo bueno había, donde algo funcionaba.
Hay que saber qué es lo que se perdió.
Apostar a la emergencia de nuevas significaciones, así como también es necesario "des-totalizar" otras. Hay
que ayudar al sujeto a historizar pero teniendo en cuenta que hay que producir equívoco, producir una
nueva versión que sitúe lo real y lo separe del fantasma.
Pedirles sueños. Es decir, apostar al inconsciente como defensa ante lo real.
Ser confiable. Es fundamental y les lleva tiempo comprobarlo. En general parten de la desconfianza; no hay
que olvidar que el Otro los ha defraudado, y eso siempre se juega en la transferencia. Winnicott decía que la
confiabilidad humana puede poner fin a un grave sentimiento de imprevisibilidad que acecha en estos casos
todo el tiempo.
Para finalizar algo que decía Winnicott: "En mi experiencia, hay momentos en que un paciente necesita que le digan
que el derrumbe, cuyo temor destruye su vida, ya ha tenido lugar".[10]
NOTAS
1. Publicado en La adolescencia: esa edad decisiva. Una perspectiva clínica desde el psicoanálisis lacaniano,
Grama, 2014.
2. Expresión de Clarice Winnicott en la presentación de "Deprivación y delincuencia".
3. Winnicott, D. W., Deprivación y delincuencia, Paidós, Bs. As., 1990.
4. Ibíd., p. 154.
5. Ibíd., p. 154.
6. Ibíd., p. 155.
7. Ibíd., p. 263.
8. Winnicott, D. W., "El concepto de individuo sano", en Winnicott Insólito, Boushira, J. y Durieux, M-C. (Comp.),
Nueva Visión, Bs. As., 2005
9. Como dijeran Elena Nicoletti y Fabiana Rousseaux en el artículo "Psicoanalista en la trinchera donde se
enfrenta el horror", publicado en el diario Página 12, Buenos Aires, 10-6-2003.
10. Winnicott, D. W., La crainte de l´ effondrement et autres situations cliniques, París, Gallimard, 2000. Citado
por Denys Ribas en "El uso de la escisión en Winnicott", p. 170 en Winnicott Insólito, Boushira, J. y Durieux,
M-C. (Comp.), Nueva Visión, Bs. As., 2005.
El Otro en la adolescencia
La adolescencia es un tiempo de transición donde se juega el pasaje del Otro familiar al Otro social. Es decir, la
salida del círculo familiar para entrar en la escena social. Se trata —en el mejor de los casos— de que el sujeto
pueda inventar su propia apertura significante a la sociedad. Lo real de la pubertad produce una fractura en el
cuerpo propio que da lugar a un sentimiento de extrañeza, que lo enfrenta al sujeto con algo de lo intraducible
en la lengua del Otro. Este texto interroga diversos avatares de la adolescencia —como momento de tránsito—
teniendo en el horizonte el modo en que esos avatares interrogan el campo del Otro y el lugar del sujeto allí.
La adolescencia es un tiempo de transición donde se juega el pasaje del Otro familiar al Otro social. Es decir,
la salida del círculo familiar para entrar en la escena social. Se trata —en el mejor de los casos— de que el sujeto
pueda inventar su propia apertura significante a la sociedad.
Partimos —como en toda reflexión en torno a la adolescencia— de lo real de la pubertad. Donde las
modificaciones del cuerpo producen una fractura en el cuerpo propio del niño. Lo que causa la emergencia de un
sentimiento de extrañeza. Sentimiento de extrañeza, que lo enfrenta con algo de lo intraducible en la lengua del
Otro (1). Se trata, podemos decir, del encuentro con un punto de agujero en la significación. Por lo tanto, suele
ser un momento de profunda desorientación (a veces mayor, otras menor, dependerá de los casos).
Philippe Lacadeé, en El despertar y el exilio (2), señala —recortando una frase de un poema de Rimbaud—
que el adolescente se encuentra apremiado por encontrar “el lugar y la fórmula”. En “Vagabundos”, dice
Rimbaud (3): “Y errábamos, alimentados con el vino de las cavernas y la galleta del camino, apremiado yo por
encontrar el lugar y la fórmula”. La búsqueda del “lugar y la fórmula”, tras ese momento de vacilación de los
semblantes —que por lo general implica la pubertad— se vuelve paradigmático.
Las conductas de riesgo: un dígalo con mímica salvaje
Las llamadas “conductas de riesgo”, tan habituales en la adolescencia, se las puede pensar como
búsquedas “salvajes” del lugar y la fórmula. En especial, voy a centrarme en las fugas y la errancia, pero puede
extenderse a otras.
Hoy en día el cognitivismo y cierta psiquiatría las piensan como trastornos de la conducta. La perspectiva
del psicoanálisis, en cambio, es una perspectiva de lectura, perspectiva que implica poder leer esos
comportamientos, descifrarlos, entenderlos. Entender, especialmente, la manera en que el sujeto se sitúa
frente al deseo del Otro. Esto quiere decir, poder leer qué es lo que está en juego en la relación de ese sujeto
con el Otro; si se quiere separar, si quiere hacerlo surgir, provocándolo, si denuncia su impostura, etc. Allí, por
supuesto, es de importancia clínica precisar si trata de un acting out (un llamado al Otro), o de un pasaje al acto
(una salida de la escena).
Muchas “fugas” son pasajes al acto; otras, acting outs (donde el sujeto se va a ver si se lo busca). Por su
parte, de la “errancia” podemos decir, que implica una ruptura que lleva al sujeto a vagabundear lejos de una
inscripción significante que lo aferre al campo del Otro.
Hay algo preciso que desencadena la fuga o la errancia; eso es lo que hay que poder situar en cada caso.
Recuerdo una paciente que se fugó por primera vez luego de enterarse que quien creía que era su padre no lo
era. Se fugó y vagabundeó por su barrio de origen. Allí la encontraron, desorientada.
Philippe Lacadée dice algo interesante, tomado del texto de Lacan El psicoanálisis y su enseñanza: califica la
conducta del sujeto de “pantomima” e invita a reflexionar sobre las relaciones precisas de la pantomima con el
lenguaje. La pantomima designa la mímica con la que se acompaña un texto, o también, al arte de expresarse
mediante el gesto sin recurrir al lenguaje. Por lo tanto, conviene pensar lo “comportamental” como
pantomimas; lo que implica, que como tales, tienen una relación directa con un texto. Quién haya jugado alguna
vez al “dígalo con mímica” lo comprenderá de inmediato. Pero aquí se trata de un dígalo con mímica salvaje. La
hipótesis que sostiene Lacadée es la siguiente: “el trastorno llamado por el conductismo trastorno de conducta
sería la pantomima de un texto que no nos resulta conocido”. (4) Un texto a producir es nuestra apuesta. Ayudar
al sujeto a poner en marcha una narrativa propia.
Lo actual: a solas con la pulsión de muerte
“La miseria es estar a solas con el goce de la pulsión de muerte en el eclipse absoluto de lo simbólico” (5).
Así define Jorge Alemán la miseria contemporánea desde una perspectiva lacaniana. No la define como un
menos, como la no satisfacción de las necesidades materiales (Marx), sino como un exceso de goce. Como un
exceso de goce ante un eclipse de lo simbólico. La dimensión de eclipse de lo simbólico es la que me interesa
resaltar aquí. Como señalaba G. Belaga (6), no solo entra aquí el paco como objeto de goce sino el Ipod, lo que
indica entonces, que no es sólo una cuestión de clases sociales (si bien hay algo que puede acentuarse en las
zonas marginales). Por lo tanto, la cuestión se complica, tanto en “la villa” como en “el country”, ante la ausencia
de una mediación simbólica.
Pero también sabemos, y esto sí es claramente un problema social, que hay niños y adolescentes sin
inscripción en el Otro, que sólo les queda el anonimato de la ciudad; los niños en situación de calle son un caso
extremo y paradigmático. Carecen en muchos casos de una inscripción en el Otro simbólico, y sin embargo,
están bajo el imperativo de goce.
La cuestión del reconocimiento simbólico
Sabemos de la importancia del reconocimiento simbólico en los primeros tiempos de la constitución
subjetiva. Por ejemplo, la importancia del Otro en el estadio del espejo para que el niño pueda asumir su júbilo
frente a su imagen.
Jorge Alemán en El porvenir del inconsciente, recuerda que “Lacan siempre ha pensado que el
reconocimiento es muy importante para la vida del sujeto, que el reconocimiento no es del orden del narcisismo,
que la única manera que tiene el sujeto de soportar la exigencia pulsional y la del superyó, es un cierto orden de
reconocimiento.” (7)
Subrayemos aquí que se trata de un reconocimiento simbólico al sujeto, lo que no quiere decir satisfacer el
capricho inmediato. Esto sería hacerle caso a la pulsión. Hoy vivimos una época de satisfacción del capricho
inmediato; el famoso “llame ya” del mercado, lo que empuja a satisfacciones pulsionales inmediatas, y no al
reconocimiento simbólico del sujeto.
La cuestión del reconocimiento simbólico no es algo para soslayar en un momento constitutivo (de
reorganización psíquica) y de fuerte empuje pulsional como es la adolescencia.
Inscribir un deseo en el campo del Otro
Hugo Freda, en un texto que he citado varias veces, El adolescente freudiano, plantea la cuestión de la
inscripción —o no inscripción— de un deseo en el campo del Otro. Rápidamente, podemos decir que la
inscripción de un deseo en el campo del Otro estabiliza las turbulencias propias de la adolescencia. Incluso me
parece que es una buena referencia para pensar el final de la adolescencia, como también, aquellas cuestiones
ligadas al reconocimiento simbólico antes señaladas.
Freda señala que lo crucial es saber cuál es el Otro para cada sujeto. Que el Otro porta un nombre preciso
para cada sujeto. Ejemplifica diciendo que para Picasso el Otro es “la pintura”; para Borges, “la literatura”; para
Lacan, “el psicoanálisis”; para una paciente, “la pareja”; para otro, “el dinero”; los ejemplos, por supuesto,
pueden seguir al infinito.
De esto se desprende un hecho clínico interesante: “el «yo no sé» de los adolescentes puede encontrar su
razón en la imposibilidad de nombrar este Otro” (8). Cuestión clínica que sirve para pensar las dificultades de
algunos adolescentes en torno a lo vocacional, así como ciertas inestabilidades.
Corresponde ahora, esclarecer la noción de inscripción. La noción de inscripción implica una modificación,
una marca. Cuando algo se inscribe en una superficie la misma se modifica. De alguna manera, implica el pasaje
de un estado a otro. La noción de inscripción implica un acto.
Barreras a la pulsión de muerte
Voy a terminar con una frase de Jorge Alemán, de otro de sus libros, que me parece adecuada para concluir
ésta reflexión sobre el Otro en la adolescencia, y que orienta —a mi entender— para una buena transmisión en
la ciudad; sobre todo, ante aquellos que tienen contacto con adolescentes, ya sean padres, docentes, directivos
de escuela, incluso funcionarios que inciden en las políticas públicas…
Dice así: “La verdadera barrera a la pulsión de muerte no puede ser meramente disciplinaria o represiva,
siempre habrá escrituras, actos simbólicos, trabajos artísticos, discursos políticos que también puedan generar
un efecto en el lazo social que permita que la ironía reduzca tendencialmente a la segregación invisible y sorda.”
(9)
Clase dictada en el curso “La adolescencia: desafíos actuales, problemas clínicos y dirección de la cura”, en la
biblioteca popular de San Isidro, 4 de agosto del 2011. Juan Mitre es psicoanalista, ex-Jefe de Residentes,
actualmente instructor de residentes en Psicología Clínica del HIGA “Manuel Belgrano”, San Martín, Buenos
Aires; y docente de Causa Clínica. Correspondencia a: mitrejuan@[Link].
Notas
(1) Cf. LACADÉE, P., El despertar y el exilio, Gredos, Madrid, 2010, p. 29.
(2) Op. cit., p. 22.
(3) Cf. RIMBAUD, A. “Vagabundos”. En: Obra poética completa, DVD ediciones, 2008, p. 365.
(4) Cf. LACADÉE, P., El despertar y el exilio, Gredos, Madrid, 2010, p. 42.
(5) Cf. ALEMÁN, J., Para una izquierda lacaniana, Grama, Buenos Aires, 2010, p. 34.
(6) En las jornadas del Hospital de San Isidro en 2009.
(7) Cf. ALEMÁN, J., El porvenir del inconsciente, Grama, Buenos Aires, 2006, p. 81.
(8) FREDA, H. “El adolescente freudiano”. En: revista Registros, tomo verde, p. 49.
(9) Cf. ALEMÁN, J., Lacan, la política en cuestión…, Grama, Buenos Aires, 2010, p. 92.
Bibliografía
ALEMÁN, J., El porvenir del inconsciente, Grama, Buenos Aires, 2006.
ALEMÁN, J., Lacan, la política en cuestión…, Grama, Buenos Aires, 2010.
ALEMÁN, J., Para una izquierda lacaniana, Grama, Buenos Aires, 2010.
FREDA, H. “El adolescente freudiano”. En: revista Registros, tomo verde.
LACADÉE, P., El despertar y el exilio, Gredos, Madrid, 2010.
RIMBAUD, A. “Vagabundos”. En: Obra poética completa, DVD ediciones, 2008.
El adolescente como extranjero de su tiempo
Lo extranjero es una figura de lo Otro, en el sentido de lo extraño. Lo extraño es lo no familiar, que a veces puede
virar a lo siniestro, como bien señala Freud. Lo extranjero inquieta. Después, ante eso, habrá diferentes respuestas.
La adolescencia, a veces, también inquieta. A padres, a docentes; a los adultos. Pero, ¿qué es lo que inquieta? Antes
de intentar responder esta pregunta, quisiera agregar algo más, que en última instancia es lo que justifica, en ciertos
casos, un psicoanálisis con adolescentes: la adolescencia también inquieta a los adolescentes. Hay un real que
empuja, el real de la pubertad, y no se sabe qué hacer con eso. Éste es el problema. Este trabajo desarrolla, a partir
de estas ideas, algunas consideraciones sobre esta clínica no exenta de escollos.
Lo extranjero
Lo extranjero es una figura de lo Otro, en el sentido de lo extraño. Me refiero, en este punto, a los desarrollos
de Michel Foucault sobre lo Mismo y lo Otro. En Las palabras y las cosas [1] define lo Otro como lo que es para una
cultura interior y extraño.
Lo extraño es lo no familiar, que a veces puede virar a lo siniestro, como bien señala Freud. E incluso puede
llevar a la xenofobia cuando se interpreta lo extranjero como amenazante; la historia, lamentablemente, ha dado y
sigue dando sus muestras.
Pero también con lo extranjero se puede establecer una relación amable, por decirlo de un modo simple.
Incluso lo extranjero puede, en su diferencia, portar rasgos atractivos. Ejemplos, de seguro sobran, tanto a nivel del
amor y la pareja como a nivel de los viajes y lo comunitario. Por ende, se puede idealizar, también, lo extranjero.
Cada tiempo y cada comunidad genera sus figuras de lo Otro, así como establece un tipo de relación, que puede
llegar tanto al extremo del odio absoluto, del racismo más xenófobo, como a diversas formas de la aceptación y la
tolerancia. Desde ya, hay matices, y ya no se puede hablar de la comunidad, sino de las comunidades.
Sí, lo extranjero inquieta. Después, ante eso, habrá diferentes respuestas.
La adolescencia
La adolescencia, a veces, también inquieta. A padres, a docentes; a los adultos. Pero, ¿qué es lo que inquieta?
Antes de intentar responder esta pregunta, quisiera agregar algo más, que en última instancia es lo que
justifica, en ciertos casos, un psicoanálisis con adolescentes: la adolescencia también inquieta a los adolescentes.
Hay un real que empuja, el real de la pubertad, y no se sabe qué hacer con eso. Éste es el problema. Hay algo
que empuja al encuentro con el Otro sexo, pero no se sabe cómo. Primer encuentro con lo imposible de la relación
sexual. La inhibición, el acting out, el pasaje al acto, son las respuestas más habituales.
Las transformaciones del cuerpo son, digamos, la dimensión biológica. Pero se trata de un cuerpo marcado por
el lenguaje —no sin el despertar de los sueños, señalaba Lacan en el prefacio a la obra de Wedekind [2].
La pubertad, entendida como el comienzo de la adolescencia, revela la intrusión de lo real del sexo en el
tiempo. Ya Freud ha explicado cómo es a partir del tiempo segundo de la pubertad que los recuerdos de infancia
devienen traumáticos, inaugurando, así, la lógica del a posteriori en la constitución subjetiva.
Entonces, la emergencia pulsional puede inquietar tanto al adolescente como a los adultos que están a su
cargo.
Una viñeta
Una adolescente de 15 años llora desde hace días a escondidas sin poder contenerse. Durante la consulta, se
ubica la causa. Cuenta que hace unos días olvidó, en la computadora del padre, su fotolog abierto, donde había
posteado una foto suya “provocativa”. Al verla, su padre, enojado, le dijo: “Parecés una puta”.
Luego de hablar en la entrevista del “descontrol” de sus salidas, con un aire superado dice: “Lo que pasa es que
a los adultos de hoy les resulta difícil la sexualidad de los adolescentes”. Intervengo preguntándole si acaso para ella,
y por lo que cuenta, no es también difícil, pregunta que la sorprende y le permite comenzar a subjetivar algo de lo
que le pasa.
Para los padres, se trata del encuentro con el niño que deja de ser, aquél que empieza a presentarse como un
desconocido. Extranjero por momentos en su hogar, extranjero a sus ojos. Tanto en sus comportamientos como en
el diálogo. Momento de modificación del lazo que existía.
Extranjero también, el adolescente, en lo social. Las tribus urbanas son su manifestación más evidente. Y signo
de que inquietan es que se hable tanto de ellas; en los medios de comunicación, en los chistes, en las conversaciones
nostálgicas, ésas que dicen “nosotros a su edad no éramos así”. Nosotros y ellos. Aunque habría que decir, también,
que existen versiones realmente preocupantes. Me refiero a aquellas que se encargan de demonizar al adolescente,
con titulares que acentúan el “adolescente mató a…”. En fin.
Los adolescentes, se dice, se quieren diferenciar de sus padres, del mundo adulto. A veces es cierto, otras no
tanto. Pero lo importante, o lo que cuenta a nivel de la estructura, es que se trata de un particular momento de la
existencia en el que lo que tiembla, lo que vacila —producto del despertar sexual— son los semblantes. La pubertad
entonces, como encuentro con el agujero en la estructura.
De ahí la prisa del adolescente, que busca tomar una nueva posición, una nueva identificación, que le permita
darse una nueva forma en el mundo. Ya que; ¿cómo abordar la posibilidad del encuentro con el Otro sexo si no es
por medio del semblante? En este sentido, podemos decir que la crisis de la adolescencia es una crisis del semblante.
Extranjero de si mismo
Todos somos extranjeros en la lengua. A partir de Freud queda teorizado: primero trae el inconsciente, luego el
más allá del principio de placer y la pulsión de muerte.
Lo extranjero radical para el sujeto, diría, es la pulsión: niño, adolescente, adulto. Es lo no armonizable. Se
necesita del fantasma, de los semblantes, para poder vivirla. Hay que recordar, en este sentido, la conocida pregunta
de Lacan al final del seminario XI: ¿cómo arreglársela con la pulsión una vez atravesado el fantasma fundamental?
[3]
Pero la pubertad es claramente otro tiempo: con la emergencia pulsional el sujeto encontrará su cuerpo como
extranjero, momento de verificación, o estabilización del fantasma. Por eso es central que el analista tenga en
cuenta la particularidad del momento que atraviesa quien lo consulta.
Es decir —y esto es lo que me interesa plantear— que si el camino de un psicoanálisis lleva a la caída de las
identificaciones y al atravesamiento del fantasma, ¿cómo pensar la orientación en la clínica con adolescentes cuando
la pubertad, con su real en juego, ha hecho vacilar de por sí los semblantes en los que se sostenía el sujeto?
Acompañar no me parece una mala palabra. Hay algo de eso: acompañar en un armado, en la búsqueda de
nuevas respuestas. Por eso, cuando Maud Mannoni plantea, en el título de un clásico artículo, la pregunta “¿Es
analizable la adolescencia?” [4] no me parece una pregunta para nada agotada, por más que haya analistas que nos
ocupemos de atender adolescentes. Y, por supuesto, la cuestión es qué entendemos por analizar. Creo que es un
momento —y lo abro a la discusión— en el que se trata no tanto de descifrar como de cifrar. Acompañar entonces,
en el trabajo de cifrado, de sintomatización del real de la pubertad.
Aclaro que con lo de acompañar me refiero sólo a una dimensión de la clínica con adolescentes. No me interesa
en absoluto extremarla, ya que también, como en cualquier psicoanálisis, y si realmente lo es, apuntará a la
responsabilidad subjetiva.
El encuentro con el adolescente
Dos campos. Nosotros y ellos.
J. D. Salinger escribió una novela célebre llamada El guardián entre el centeno o Cazador oculto, según la
traducción. Y es una novela sobre los avatares y la errancia de un adolescente a partir de que lo expulsan del colegio.
Su deambular por la ciudad, por el mundo adulto. Un mundo al que no pertenece y que aborrece, donde la
hipocresía se le vuelve palpable a cada paso. Es clara su condición de extranjero en la ciudad del Otro adulto, así
como también la incomprensión y la soledad que padece. Holden Caufield, el protagonista, dice: “Me he ido de un
montón de colegios y de sitios sin darme cuenta siquiera de que me marchaba”. También se puede notar allí, por
supuesto, su condición de extranjero de sí mismo.
Un breve fragmento [5] en relación al des-encuentro con el mundo adulto. Un profesor, que quiere ayudarlo,
luego de su expulsión le pregunta:
—¿No te preocupa en absoluto el futuro, muchacho?
—Claro que me preocupa. Naturalmente que me preocupa —medité unos momentos— Pero no mucho
supongo. Creo que mucho, no.
—Te preocupará —dijo Spencer (el profesor)—. Ya lo verás, muchacho. Te preocupará cuando sea demasiado
tarde.
No me gustó oírle decir eso. Sonaba como si ya me hubiera muerto. De lo más deprimente.
—Supongo que sí— le dije.
—Me gustaría imbuir un poco de juicio en esa cabeza, muchacho. Estoy tratando de ayudarte. Quiero ayudarte
si puedo.
Y era verdad. Se le notaba. Lo que pasa es que estábamos en campos opuestos.
No es fácil. Sabemos que es un problema habitual que los adolescentes son traídos, y si quedamos ubicados en
serie con los padres o maestros, es seguro que estamos perdidos, al menos, como analistas.
También es cierto que es un riesgo quedar del lado del adolescente en su enfrentamiento (sutil o espectacular)
con el mundo adulto, ya que una posibilidad es que los padres lo saquen del tratamiento, así como no poder operar
simbólicamente por quedar ubicados a nivel imaginario. No se trata, por supuesto, de identificarse con ellos, ni de
promover una “buena” identificación. Entre los padres y el adolescente, diría que, en principio, se trata de ocupar un
lugar tercero.
A veces, a los padres hay que hacerlos entrar —alojando lo que tienen para decir— para luego hacerlos salir,
para que puedan comenzar a reconocer y aceptar al hijo/a como a un otro diferente que está en juego, y así poder
dar lugar a que el adolescente, en el encuentro con un analista, pueda confrontarse con la posibilidad de
responsabilizarse de su propia manera de gozar.
Trabajo presentado en las VIII Jornadas Abiertas del Servicio de Salud Mental del Hospital Belgrano, “Entre exclusión
y lazo social, la clínica”, 5 de junio de 2009 (versión corregida). Juan Mitre es psicoanalista, ex-residente y ex-Jefe de
Residentes de Psicología del Hospital Belgrano, Partido de San Martín, Provincia de Buenos Aires, docente de la
práctica profesional “Un acercamiento a la experiencia”, UBA, docente de Causa Clínica.
Notas
[1] Cf. Foucault, M., Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Buenos Aires, 2008, p.17.
[2] Cf. Lacan, J., “El despertar de la primavera”. En: Intervenciones y Textos 2, Manantial, Buenos Aires, 1991.
[3] Cf. Lacan, J., El Seminario, Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires,
1993, p. 281.
[4] Cf. Mannoni, O. “¿Es analizable la adolescencia?”. En: Crisis de la adolescencia, Paidos, Buenos Aires.
[5] Cf. Salinger, J.D., El guardián entre el centeno, Alianza, Madrid, 2007, p. 21.