1.4. - LES-01 Folleto La Persona de Cristo. Cristologia
1.4. - LES-01 Folleto La Persona de Cristo. Cristologia
INTRODUCCIÓN
¿Quién es Cristo, por quien muchos han dejado todo para seguirlo, por quien otros han
preferido la muerte antes que traicionarle? ¿Quién es Cristo que tanto molesta a quien
no lo conoce de cerca?
Los griegos le esperaron, puesto que Esquilo, en su obra Prometeo, seis siglos antes de
su venida escribió: “No esperes que llegue un fin para esta maldición, hasta que venga
Dios para tomar sobre su cabeza los dolores de tus propios pecados, a modo de
expiación”.
Por tanto, lo que separa a Cristo de todos los hombres es que ante todo fue esperado;
incluso los gentiles sentían anhelo de un libertador o redentor. Este solo hecho ya le
distingue de todos los demás jefes religiosos.
Siendo Jesús un personaje histórico, se le puede estudiar, como a todo hombre, desde las
ciencias (historia, psicología, política, religión, etc.). El interés de las ciencias por Jesús
surge a partir del testimonio que dan los cristianos. Las ciencias, por su mismo método,
no llegan a preguntarse lo más esencial sobre Jesucristo. Tienen que aceptar otros
puntos de vista.
Estudiar a Jesús compromete, pues, en la evangelización, es decir, a llevar la
experiencia de Cristo a otros. ¡Cuántos hay que no conocen o conocen mal a Jesucristo!
Y pensar que Jesús es el más hermoso de los hijos de los hombres, por ser precisamente
y misteriosamente el Hijo de Dios.
Los evangelios son la fuente más importante sobre la historicidad de Jesucristo. Fueron
escritos a la luz de la Pascua. Los redactores se sirvieron de documentos escritos
anteriores, en una primera recopilación, e investigaciones personales, al tiempo que
daban a sus escritos una propia intencionalidad teológica. Uno de estos documentos
anteriores es la llamada Quelle (fuente en alemán) que recogía discursos y logia (frases
cortas memorizables) de Cristo, existente ya en los años cuarenta, que fue utilizada por
Lucas y Mateo. Otra fuente escrita es la conocida con el nombre de “triple tradición”,
que recoge los hechos de la vida de Cristo, de la que dispusieron los tres sinópticos
(Mateo, Marcos, Lucas). Disponemos de criterios válidos que nos permiten escuchar, si
no las “mismas palabras de Jesús” (obsesión del siglo pasado), al menos el mensaje
auténtico de Jesús y alcanzar unos hechos “sucedidos de verdad” que pertenecen a Jesús
de Nazaret.
Segundo, la situación social. Palestina se componía de dos grupos sociales: los judíos
habitantes en la misma Palestina y los paganos romanos. Había bastantes judíos que
vivían en la diáspora, es decir, fuera de Palestina. Dentro del grupo judío había dos
orientaciones desde el punto de vista religioso:
Los fariseos: era un grupo religioso al que pertenecían algunos sacerdotes, pero la
mayoría eran laicos. Cumplían la ley de Moisés estrictamente. Respetaban las
tradiciones (sábado, ritos purificatorios, oraciones, limosnas, diezmos, etc.) Estudiaban
la ley de Moisés. Eran influyentes y respetados. Esperaban la futura llegada de un
Mesías liberador político. Creían en la resurrección final. Deseaban la independencia de
Palestina. No eran amigos de los romanos, aunque vivían con ellos.
Los saduceos: grupo religioso al que pertenecían las familias sacerdotales más
importantes. Querían también la independencia, pero vivían sin grandes problemas bajo
la dominación romana. Rechazaban las tradiciones orales judías. No creían en la
resurrección. Eran ricos.
Otras clases sociales: Las grandes muchedumbres: sencillos, religiosos; los sacerdotes:
cuidaban el templo y ofrecían sacrificios; los levitas: ayudaban a los sacerdotes; los
guardias del templo: ponían orden dentro del recinto del templo; los escribas: maestros y
abogados; los Ancianos: Sus decisiones eran determinantes; los esenios o monjes de
Qumran: una especie de orden religiosa; los discípulos de Juan Bautista; los publicanos:
unidos con los romanos; cobraban los impuestos; eran ricos y odiados; considerados
como pecadores; no cumplían la ley ni las purificaciones; los herodianos: deseaban que
la familia de Herodes se hiciera cargo del poder de Palestina; los zelotas: rebeldes y
fanáticos contra la dominación romana; nacionalistas, patriotas, creyentes y violentos;
querían una nación libre y gobernada en nombre de Dios.
La fe israelita se resumía así: fe en un solo Dios, revelado a los Padres, contenida en las
Escrituras; Fe en la elección del pueblo de Israel.
Estas son las instituciones religiosas en tiempo de Jesús:
Sanedrín: para asuntos religiosos. Senado compuesto por 65 miembros y presidido por
el sumo sacerdote. Formado por sacerdotes, ancianos y escribas, con poder para juzgar y
castigar a los que cometían faltas en materia religiosa. Para condenar a muerte
necesitaba el permiso del representante romano.
Sinagoga: lugar de reunión de los judíos los sábados para rezar, leer o escuchar la
Escritura.
Fiestas religiosas: El Sábado, que empezaba ya el viernes por la tarde y en el que todo
trabajo estaba prohibido terminantemente. La Pascua: fiesta principal que recuerda la
liberación de Egipto. Pentecostés: fiesta de la Alianza realizada en el Sinaí entre Dios e
Israel. Tabernáculos: acción de gracias por las cosechas y frutos. Día de la
Reconciliación: perdón de los pecados de todo el pueblo. Dedicación del templo:
aniversario de la dedicación del templo hecha por Judas Macabeo.
Jesús, ¿que relación tenía con estas instituciones sociales, politicas y religiosas?
Podemos decir lo siguiente: Jesús era de nacimiento judío. Pertenecía a la clase media
baja, por su oficio de artesano. Vivía en una provincia, Galilea. No era de familia
sacerdotal. No se manifiesta en él ninguna opción política ni a favor ni en contra de
Roma. Habla y se relaciona con hombres de todas las clases sociales: sacerdotes,
fariseos, saduceos, pobres, publicanos, prostitutas, enfermos, pescadores, soldados
romanos, etc. Desde luego no era esclavo ni mendigo ni jornalero.
En los Evangelios encontramos una verdadera historia de Cristo: “La Santa Madre
Iglesia ha sostenido y sostiene con firmeza que los cuatro Evangelios referidos -cuya
historicidad afirma sin duda alguna- transmiten fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios,
hizo y enseñó efectivamente durante su vida entre los hombres, para su salvación eterna
hasta el día en que fue levantado al cielo”5.
Los problemas que tenemos que solucionar son éstos: ¿El Cristo judío real histórico es
el mismo Cristo que el predicado por los apóstoles y la fe de la Iglesia? ¿Los Evangelios
son narraciones históricas o son invenciones de los que conocieron a Jesús? Leyendo los
Evangelios, ¿nos acercamos al verdadero Jesús histórico?
Se han dado muchas soluciones desde el campo protestante, pero algunas terminan
diciendo que el Cristo histórico no es el mismo que el Cristo predicado por los apóstoles
y que nos muestran los Evangelios. El teólogo protestante más influyente llamado
Bultmann dice que no interesa el Jesús histórico, sino el Jesús de la fe. Interesa, dice, el
mensaje de Jesús; lo demás es mito inventado por los apóstoles: nacimiento virginal,
milagros, resurrección, etc.
Dada la importancia de esta cuestión, diremos lo siguiente, tratando de encontrar la parte
de verdad y de error que se esconde detrás de estas posiciones.
Los hechos que narran eran conocidos de todos; bien por haberlos visto personalmente,
bien por haberlos oído a quienes los vieron. No pudieron, por tanto, desfigurar nada de
la realidad. En este caso hubieran sido desmentidos, y no hay huella alguna de
rectificaciones. Si los evangelistas hubieran dicho lo que no es verdad, sus Evangelios
hubieran sido rechazados por aquella generación que fue testigo de los hechos. No
existe ningún documento que muestre este rechazo.
En cambio los evangelios apócrifos, que carecen de rigor histórico, fueron comúnmente
rechazados. Son relatos fantasiosos e inverosímiles. Contienen errores en la geografía de
Palestina, y les falta fidelidad al marco histórico. Estos evangelios nunca han sido
aceptados por la Iglesia, por no estar contenidos en el Canon de Muratori que es una
lista de los libros inspirados que hizo la Iglesia en el siglo II.
Aparte de que como están inspirados por Dios no pueden equivocarse ni mentir. El
Concilio Vaticano II dice que la Biblia entera está inspirada por Dios6. Y san Pablo: “La
Escritura está inspirada por Dios” 7.
Cuerpo robusto y resistente: La vida dura del taller y las correrías por las colinas
circundantes de Nazaret robustecieron el cuerpo de Jesús, preparándolo para las duras
jornadas de su vida apostólica, a la intemperie por las calcinadas rutas de Palestina.
Sabemos que en una jornada hizo el camino de 30 Kilómetros, por la calzada pendiente
que sube de Jericó a Betania.
Junto al pozo de Sicar se sentó fatigado y sediento. Cuando los discípulos le ofrecen la
comida, la rechaza diciendo que su alimento es hacer la voluntad del Padre, y antes
había rechazado la bebida que le ofreciera la samaritana.
Este plan de trabajo supone una salud robusta y un sistema nervioso a toda prueba. En el
lago duerme en la nave mientras los discípulos luchan ansiosos con el temporal; esto
refleja que tiene salud equilibrada, muy apropiada al espíritu equilibrado del Maestro,
que siempre se manifiesta dueño de sí mismo y de la situación.
Su porte debía ser majestuoso y viril: La mirada de Jesús debía ser majestuosa y
dominadora. San Marcos repite con insistencia cuando el Maestro va a proferir una
sentencia: “Y mirándolos, dijo”. Cuando tratan de lapidarle en Jerusalén, Jesús interpela
a sus enemigos: “Muchas cosas buenas os he hecho, ¿por cuál de ellas me queréis
apedrear?”. Este dominio de sí mismo resplandece en las palabras mansas con que Jesús
responde al criado que le ha abofeteado: “Si mal hablé, muéstrame en qué; y si bien,
¿por qué me hieres?”.
Equilibrado: esta complexión sana y equilibrada de nervios de Jesús contrasta con los
desequilibrios nerviosos de Mahoma y con el agotamiento físico de Buda, que vencido
por la vida, predica una religión pesimista y negativa. La actitud de Jesús en los
momentos de la Pasión es la de un espíritu equilibrado, señor de sí mismo en medio de
las agitaciones nerviosas de sus jueces y acusadores: En el drama de la Pasión no hay
más señor que Jesús.
Sano: Nunca los evangelistas aluden a alguna enfermedad del Maestro. En medio de su
dura vida de apostolado su cuerpo parece responder sin debilidades morbosas. Su tarea
se iniciaba muy de mañana. El frescor de su espíritu se refleja en el amor que siente por
las bellezas de la naturaleza, los lirios del campo, los pajarillos del cielo, la candidez
infantil.
En una palabra, Jesús era impecable, es decir, libre de toda imperfección y mancha
moral ante Dios y los hombres. Nadie pudo sorprenderlo en mentira o falla. Por eso
pudo decir: “¿Quién me argüirá de pecado?”. Nadie pudo echarle en cara un pecado.
San Pedro así afirmó: “No hubo pecado en él, ni engaño en su boca” (1 Pedro 2, 22).
Impecable significa santo. Jesús era santo. Tal convenía que fuese nuestro Sumo
Sacerdote: “Santo, inmaculado, apartado de los pecados” (Hebr. 7, 26). En todo
semejante a nosotros, menos en el pecado. En el concilio de Éfeso del siglo IV se
afirma que Jesús nunca cometió pecado. Y en el segundo concilio de Constantinopla se
condena a quien diga que Jesús tuvo pasiones desordenadas carnales. Esta herejía y esta
profanación se han vuelto a repetir en la famosa película “La última tentación de
Cristo”. Esta postura es inaceptable porque en Jesús hay equilibrio entre el mundo
pasional y el racional. El desequilibrio se da en nosotros, por culpa del pecado original.
Pero en Jesús no hubo pecado original. Nació sin pecado, así lo dijo el ángel a María.
Jesús no tenía tendencia interior al mal, como nosotros. Y las tentaciones del desierto o
la de Getsemaní son tentaciones extrínsecas, es decir, vienen de fuerzas exteriores,
provocadas por el Maligno. Y Jesús las rechaza al punto, porque en su alma no había
complicidad radical alguna con el mal. El “Apártate, Satanás” tantas veces pronunciado
por Jesús, es el reflejo de la ausencia de complicidad pecaminosa en su interior.
¿Qué decir de esas reacciones fuertes de Jesús? ¿No son accesos de ira y cólera con los
vendedores del templo y con la clase dirigente de entonces?
Por tanto, su semblanza moral estaba enriquecida con estas joyas: mansedumbre y
comprensión, exigencia y fuerza. No se excluyen. Es más, se complementan.
De Él se dijo: “Nadie habló como Él”. Detrás de esta frase se esconde todo el mundo
intelectual de Jesús.
¿Cómo era la inteligencia de aquel que a los doce años dejó boquiabiertos a los doctores
de la ley? ¿Cómo era la inteligencia de aquel que cuando hablaban todos estaban
pendientes de las palabras de gracia que salían de su boca? ¿Cómo era la inteligencia de
quien pronunció el hermoso discurso o sermón de la montaña, jamás superado por
nadie?
La gente de su tiempo estaba asombrado ante Jesús, hasta el punto de decir: “¿De dónde
le vienen a éste tales cosas y qué sabiduría era esa que le había sido dada?”. Otros
decían: “¿Cómo es que sabe letras sin haberlas aprendido?”.
¿Cómo era la inteligencia de aquel que nos describió lo más profundo y misterioso, el
Reino de los cielos, con imágenes tan sencillas y asequibles como la buena semilla, el
grano de mostaza, un poco de levadura, la perla preciosa, la red que se echa al mar?
Ciencia beatífica intuitiva: por ser Dios, Él veía a Dios cara a cara. Veía todo el
pasado, el presente y el futuro. Veía su vida, sus sufrimientos, sus trabajos, su
apostolado, su muerte en la cruz, su triunfo en la resurrección. Veía las etapas de la
Iglesia con todas las pruebas y vicisitudes. Veía a sus hermanos los hombres, sus
avances y tropiezos, sus miserias y grandezas. Y todo esto le causaba un doble
sentimiento: por una parte, alegría, por el bien que veía en muchos; y, por otra parte,
pena, por el mal que muchos perpetraban a sus semejantes con guerras, crímenes e
injusticias.
Ciencia infusa: es la ciencia que Dios da a los ángeles y a gente privilegiada, que sin
haber estudiado, saben las cosas porque Dios se las infunde en su inteligencia y en su
espíritu.
Jesús, pues, tenía una inteligencia brillante, intuitiva, clara, concreta, basada en la
realidad, donde extraía los datos para su predicación. Era muy observador. Se fijaba en
todo: en los lirios, en los pajarillos, en los campos, en las actitudes de los hombres. Sus
ojos eran como una cámara de fotos.
Hay temperamentos para todos los gustos: colérico, nervioso, apático, sentimental,
apasionado, sanguíneo, superficial, profundo.
¿Cómo era Jesús? Es un hecho: Jesús ha sido, es, y será un personaje excepcional desde
todos los puntos de vista. Ha partido la historia en dos: antes de Cristo, después de
Cristo.
A veces su modo de obrar es extraño, hasta el punto que sus mismos parientes creen que
“ha perdido el juicio” (Mc 3, 21) y lo quieren llevar a su casa porque creen que
compromete el honor familiar.
Otras veces su conducta parece un poco extraña: hace barro en el suelo con la saliva y
unta los ojos de un ciego; o mete los dedos en los oídos de un sordo; o escribe con el
dedo en el suelo o arroja airado a los mercaderes del templo?
Un maestro un tanto singular: un maestro que no tenía lugar físico donde preparar sus
clases; no tenía escuela, no llevaba libros debajo del brazo. Ni casa donde dormir.
Cuando quisieron sus paisanos despeñarle, con toda naturalidad pasa en medio de ellos,
sin nerviosismo ni excitación. En su vida no hay bruscas alternativas, ni depresiones
nerviosas ni rectificaciones de conducta o de doctrina. Este equilibrio y serenidad es
reflejo de una armonía y equilibrio de su alma segura y centrada en torno a una misión
superior.
Espíritu lúcido y voluntad decidida: lucidez, pues sabía a qué había venido, conocía
bien el plan que su Padre le había trazado. Lúcido en su hablar y predicar. No
desvariaba, no perdía la memoria. Su hablar era coherente, reflexivo y brillante. Y al
mismo tiempo, tenía una voluntad decidida. Nada de blandenguería, ni voluntad
enfermiza o débil. Voluntad decidida, demostrada en términos tajantes: “Si tu ojo...si tu
mano...córtatelos”....
Fiel a su misión: por eso rechazó las propuestas de Satanás en el desierto. Por eso
rechazó la propuesta de la gente para hacerle rey temporal. Por eso rechazó la propuesta
de Pedro de quitarle la cruz y el sacrificio. Por eso, al final de su vida pudo decir: “Todo
está cumplido”.
Por eso, luchó a muerte contra el espíritu doble e hipócrita de los fariseos, a quienes
trató duramente. No aguantaba la mentira. Por eso dijo: “Vuestra palabra sea sí o
no...No se puede servir a dos señores...la lámpara de tu cuerpo es tu ojo”. Jesús no tenía
máscaras. Era transparente: por eso lloraba, sentía tedio y temblor, se compadecía, se
enojaba...No era un estoico. Nada tenía postizo. Por eso, desenmascara las trampas de
los fariseos: “Mostradme el denario...dad al César lo que es del César y a Dios lo que es
de Dios”.
Espíritu realista, no idealista: Jamás se oyó decir de Cristo que tuvo éxtasis, es decir,
momentos en que perdía el control de los sentidos, por estar en contacto con el mundo
sobrenatural.
Nunca se desconectó del mundo sensible. Nunca estuvo fuera de sí, como estuvo san
Pablo o santa Teresa o san Juan de la Cruz, a quienes Dios les concedió estas gracias
especiales.
Jesús era realista. Vivía a la intemperie. Nunca estuvo enfermo. Esto nos demuestra que
tuvo un equilibrio orgánico y psíquico a prueba de todo. Quien anda en éxtasis se siente
descoyuntado, molido, con dolores musculares y orgánicos.
Jesús vivía en la realidad. Y esa realidad era dura. Tanto que le creaba tensión con su
misión: “Tengo que recibir un bautismo de sangre...las raposas tienen
madriguera...vamos a Jerusalén”. Jesús no fue un idealista ni un soñador. Pisa en tierra
firme: “Dadles de comer...estoy conmovido”. No es un sonámbulo. No tiene espasmos
nerviosos. No tenía sugestiones ni fanatismos.
Jesús nada tiene de rarezas. Por eso, come, bebe, echa en cara, discute, reza, motiva,
llama la atención, se enoja.
No se hacía líos. No cavilaba. No buscaba dobles intenciones a las cosas. Por eso,
desenmascaraba a los fariseos, porque eran complicados de mente, retorcidos,
maliciosos, malpensados. Todo en Jesús es transparente, auténtico, sincero: “El ojo debe
ser el espejo del corazón”. Sencillez. Sencilla fue la llamada de cada apóstol. Nada de
truenos, ni de gritos, ni de espasmos. Nada de sueños ni de visiones: “Ven y sígueme”.
Sencillez. Por eso, todo lo decía de frente sin complicarse. Sencillez. Por eso, simplificó
los 503 preceptos judaicos en uno solo: Amaos.
Por este espíritu de independencia corrige la interpretación dada a las leyes antiguas,
simplifica todo, perfila, matiza. Todo sonaba nuevo, original: “Dar la otra mejilla,
devolver bien por mal, amar al enemigo, no permitirse ni siquiera desea a la mujer del
prójimo, perdonar, sólo los enfermos necesitan del médico, buscar lo perdido, lo que
sale del corazón eso es lo que mancha...”.
Por este espíritu original, no promete un mesianismo terreno, político, social, sino
espiritual, donde los pobres, los afligidos, los humildes, los pacíficos, los perseguidos
son quienes tendrán su recompensa. Por eso su doctrina, por ser nueva, pedía odres
nuevos, corazones nuevos, mentes nuevas. Si no, se echaría a perder el vino de su
mensaje.
Ahí tenemos a Jesús frente a esa mujer samaritana (cf. Juan 4). Jesús le puso ante su
cara el pecado: “Cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido”. Pero
la fue llevando al arrepentimiento. Jesús no tiraba las piedras contra los pecadores,
como hacían los fariseos. Era comprensivo con la debilidad humana. Pero era
intransigente con la mentira, la hipocresía, la falsedad, la ambición, la comodidad. Por
eso no dudó de hablar duro a Pedro: “Apártate de mí Satanás” cuando Pedro quiso
quitar del plan de Jesús la cruz, lo difícil (Mateo 16, 21-23). Aún resuenan las terribles
palabras contra la actitud de esos jefes religiosos: “Fariseos, sepulcros blanqueados, raza
de víboras”. Daban la impresión de una virtud interior que no tenían.
Comprensivo con el pecador humilde. Por eso perdonó al buen ladrón (cf. Lucas, 23,
39-43), a Zaqueo (cf. Lucas 19, 1-10). Pero esta comprensión con la debilidad humana,
estaba muy por encima de la demagogia o condescendencia con las pasiones bajas de las
turbas. Por eso, no lanza un programa o un mensaje facilitón, cómodo, de satisfacciones
sociales en el orden terrenal; no promete bienes terrenales, sino persecuciones,
dificultades. Por eso, a los que le siguen les pide renuncias terribles, negarse a sí mismo,
tomar la cruz...amarla a Él más que a sus seres queridos.
Su mensaje era crudo: cruz, sacrificio, renuncia. Y sin embargo, era el Pastor que busca
esa oveja perdida y cuando la haya, se alegra, la pone sobre los hombros, hace fiesta. Era
ese Médico que curaba las heridas profundas del corazón de quien se acercaba humilde
y arrepentido. Era ese Padre que se compadecía de esas turbas hambrientas de su
Palabra, y les alimentaba sin prisas, aunque no tuviera Él tiempo para comer. Jesús,
pues, era intransigente con el pecado, pero comprensivo con el pecador. Para ello se
necesita tener un corazón noble, grande para amar y fuerte para luchar.
Espíritu austero: austero, no al estilo de Juan Bautista, que huye del mundo y de sus
nobles alegrías. ¿Dónde está, pues, su austeridad, si tenía que vivir en medio del
mundo?
En su vida personal había abrazado la más estricta pobreza. No tenía dónde reposar la
cabeza. Tenía otro alimento distinto. Austeridad, como ese tener lo esencial, vivir con lo
esencial
La afectividad es una cualidad que todo hombre tiene que desarrollar en el marco de un
equilibrio, y que le hacer ser más hombre.
¿Cómo demostró Cristo su afectividad?
En los Evangelios se nos habla de su predilección por los niños, símbolo del candor y
humildad, necesarios para entrar en el Reino. Con sus apóstoles fue afectuoso y el
Evangelio no esconde que Jesús tuvo predilección con algunos: Pedro, Santiago y Juan.
A pesar de la rudeza de aquellos pescadores, Jesús tuvo detalles de delicadeza y
afectividad: cuando les vio cansados, los llevó a la otra orilla a pasar un fin de semana.
En la Última Cena los llama: “hijitos míos” y les deja el testamento del amor, como
sello de su pertenencia. Les lava los pies.
Cuando les manda al apostolado se preocupa de que no les falte nada. Fue compañero de
fatigas y sinsabores, de alegrías y sobresaltos de esos doce íntimos. Con ellos desarrolló
una afectividad sana, equilibrada y orientada al bien. La afectividad unida a la amistad
crea lazos irrompibles, estrechos y duraderos.
Antes de partir al Padre, Jesús les conforta, les anima y les promete un Consolador, el
Espíritu Santo. Les promete su asistencia hasta el final de los tiempos. Hoy diríamos:
“Jesús tenía corazón”. Esto es la afectividad. La misma Eucaristía fue regalo de esta
afectividad inigualable que desembocó en amor íntimo y oblativo.
Las lágrimas que Jesús derramó en varias ocasiones demuestran que Jesús no era una
persona adusta o insensible, sino, al contrario, con una capacidad de afectividad fina. Le
dolía que no le aceptaran como Mesías. Le dolía la suerte de su pueblo. Le dolía la
injusticia, la explotación, el sufrimiento de su gente. Le dolía la ingratitud. Le dolía la
terquedad de algunos.
Leyendo los Santos Evangelios nos sorprende la variedad de nombres que se le dan a
Cristo, ya sea por parte de los evangelistas o porque el mismo Cristo se los aplica a sí
mismo: Camino, Verdad, Vida, Pastor, Rey, Luz, Pan, Maestro, Compañero de camino,
Resurrección, Vida, Salvador, Mesías, Cordero de Dios, etc... Esto nos demuestra la
riqueza inmensa que encierra el corazón de Cristo. Acerquémonos, pues, al Evangelio
para descubrir la hondura y profundidad de su Amor.
A lo largo de los Evangelios podemos descubrir diversos títulos de Jesús. Todos nos
demuestran que ha sido el hombre más grande de la historia. Muchos hombres han sido
admirados, pero no siempre amados. Jesucristo es el único hombre que ha sido amado
más allá de su tumba ¿Quién es, pues, Cristo?
Aún resuena en nuestros oídos la pregunta que el mismo Cristo formuló hace dos mil
años: “¿Quién decís que soy Yo?” (Mateo 16, 16-17).
A esta pregunta respondió su mismo Padre celestial, respondió la gente que le vio y le
escuchó y respondió el mismo Jesús.
1. ¿Qué dijo de Jesús su Padre celestial?
“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto” (Mc 1,10): se lo dijo el día del bautismo en el
Jordán, antes de comenzar la predicación del Reino de Dios. ¿Qué habrá experimentado
el corazón de Jesús al escuchar de su mismo Padre celestial estas hermosas palabras,
llenas de cariño y de amor? ¡Qué ánimo y aliento no habrá sentido Jesús al oírlas!
Sentirse el Hijo amado, el predilecto era un motivo de tanta alegría y gozo interior para
Jesús. Jesús es el predilecto porque hace siempre y con amor la Voluntad de su Padre.
“Este es mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadlo” (Mt 17, 5); lo dijo el día de la
transfiguración en el monte, antes de su pasión y muerte. Aquí añade un desafío para
todos nosotros: escuchar a su Hijo. Escucharlo porque Él es la Palabra del Padre, el que
trae el mensaje de parte del Padre. Escuchar implica apertura interior, cerrar los oídos a
los demás ruidos. Escuchar para que esa Palabra se meta en lo profundo de nuestro
corazón, nos alimente, nos interpele, nos convierta, nos arda, nos queme y llegue a ser
un volcán que salga después en erupción y alcance su lava a todos los que están a
nuestro lado.
Un nombre, pues, que trae consuelo y confianza incluso en el mismo trance de la muerte
trágica.
Es Cordero que quita el pecado del mundo, no sólo que lo lleva. Y san Juan dice que
quita y no que quitará, para indicar y significar la virtud natural de Cristo de quitar los
pecados.
Jesús, Profeta
“Este es el profeta Jesús, de Nazaret en Galilea” (Mt 21, 9-11). Jesús fue el Profeta
esperado. ¿Qué es una profecía? Es un conocimiento impreso en la mente del profeta
mediante una revelación divina; es una señal de la divina presciencia.
Como Profeta Jesús tuvo conocimiento del corazón del hombre. Conocía lo que había
en el corazón de Natanael (cf Jn 1, 43). Conocía los pecados de la samaritana (cf Jn 4,
17-18). Conocía las murmuraciones internas de los escribas cuando sana al paralítico (cf
Lc 9, 46). Conocía los juicios del fariseo cuando la pecadora lava sus pies con lágrimas
(cf Lc 7, 36-50). Conocía la traición de Judas (cf Jn 13, 27). ¡Él conocía lo que hay en el
corazón del hombre!
Pero Jesús fue más que un Profeta. Y con sus profecías demostró que era enviado de
Dios y además demostró que era Dios. Todo cuanto Él decía lo sabía como Dios y
también como Hombre.
Jesús, Mesías
Elegido y ungido por Dios y enviado con una misión. Jesús no sólo no usa el término de
Mesías, sino que positivamente tiene una actitud de ocultamiento y reserva en este
sentido. Impone silencio a los demonios para que no lo descubran como Mesías (Cf Mc
1, 33; 3, 12; Lc 4, 41).
Primero: Hijo del hombre en clara referencia al texto de Daniel (7, 9-14). Con ellos
viene a indicar que su mesianismo es divino.
Segundo: Jesús, al usar el título de hijo del hombre, lo hace en conexión con la función
del ciervo de Yavé, en cuanto que su mesianismo de origen divino y trascendente se
realiza con la misión de redimir a la humanidad (Mateo 20, 28)
Tercero: Hijo del hombre por ser verdadero hombre. Es el hijo de hombre más
extraordinario de todos. Hijo de hombre porque sufrirá todo tipo de humillaciones,
Jesús, Maestro
Es curioso ver que de un total de cincuenta y ocho veces en que aparece la palabra
cuerpo. Y vino a salvar a todos los hombres (cf. Mt 28, 19-20). Esa salvación supuso un
cambio interior del hombre. La salvación de Cristo nos hace hombres nuevos.
¿Cómo nos salvó? Encarnándose, muriendo por nosotros, satisfaciendo y reparando
nuestro pecado.
Yo soy (Jn 8,24; Jn 8,28); 8, 58; Jn 13,19): significa existencia, identidad, autenticidad,
veracidad, unidad, coherencia. Detrás de esa definición se esconde esta gran verdad:
Jesús es la Existencia que da la existencia y consistencia a todo lo demás. Quien se une
a Jesús, quien lo sigue, quien trata de imitarlo será una persona que viva en la verdad,
autenticidad, identidad consigo mismo. Y evitará la duplicidad, el doblez de vida, las
fisuras, los resquebrajamientos, la esquizofrenia.
Yo soy el Camino (Jn 14,6): camino para ir al Padre, camino para entender al Padre,
camino para entender la verdad profunda del hombre, camino para la realización
humana, camino para la solución a todos los problemas socioeconómicos y culturales.
Quien se aparta de este Camino se perderá, tropezará, se desviará y no llegará nunca al
puerto de la salvación y de la felicidad eterna. Quien sigue este Camino, que a veces es
arduo y empinado, llegará, aunque llegue cansado, sin fuerzas y arrastrándose. Él es el
Camino y el gozo al fin del camino, pues nos está esperando al final con los brazos
abiertos.
Yo soy la Verdad (Jn 14,6): Ha venido a traer la Verdad de Dios, la Verdad del mundo,
la Verdad del hombre, la Verdad de las cosas materiales, la Verdad del sufrimiento, la
Verdad de la muerte, la Verdad del más allá. Quien se aparta de esta Verdad, caerá en el
error, en la mentira, en la incoherencia, en la inautenticidad. Quien sigue a esta Verdad,
la ama, la vive, la defiende, podrá sentirse libre, pues “la verdad os hará libres”.
Yo soy la Vida (Jn 11, 25 y 14,6): Ha venido a traer la vida divina, de la que Él
disfrutaba al lado del Padre. Y esa vida divina nos viene a través de los sacramentos y
de la oración. Quien no se acerca a Jesús experimentará tarde o temprano los síntomas
de la muerte. Quien sigue a Jesús, que es Vida, no morirá jamás, sino que vivirá
eternamente. Es promesa de Jesús. Y Él cumple, porque es la Verdad.
Yo soy la Resurrección (Jn 11,25): Así como Él resucitó, así también nosotros, si
creemos en Él, si lo seguimos, si lo amamos, resucitaremos. Y resucitaremos con
nuestros mismos cuerpos. Y estos cuerpos se unirán a nuestras almas inmortales, para
nunca más morir. Y unidos cuerpo y alma se formará, una vez más, nuestra persona, ya
gloriosa y transfigurada, cuyo único objetivo será alabar, amar y servir a Dios en esos
cielos nuevos.
Yo soy la Luz del mundo (Jn 8,12): Antes de su venida, una espesa oscuridad se cernía
sobre el mundo y Él vino a traer la Luz del cielo, donde todo es transparencia,
luminosidad, claridad. Quien sigue a Jesús no tropezará ni caerá, porque Él ilumina
nuestro sendero. Quien sigue a Jesús no tendrá frío, porque su luz es calor para el alma.
Yo soy el Buen Pastor (Jn 10, 11): Hay tres tipos de pastores: el bueno, el malo y el
mercenario. El pastor mercenario es asalariado, no busca el bien de las ovejas, sino
que se sirve de las ovejas para su propio provecho; no ama a las ovejas, ama el oro que
le pagan por cuidarlas. El pastor malo es el ladrón que salta la valla para robar. Y el
Buen Pastor es el que da la vida por sus ovejas; es Cristo. Y será Buen Pastor quien se
configura con el único Pastor y está dispuesto a dar la vida por las ovejas. ¿Qué hacer
ante estos tres tipos de pastores? Debemos reconocer al Buen Pastor para amarlo,
respetarlo, obedecerle; al mercenario hay que tolerarlo10; al ladrón, evitarlo, porque si no
lo evitamos, nos roba el alma11.
Yo soy la Puerta de la ovejas (Jn 10,7 y 9): puerta por la que se entra y se sale y por la
que entran tanto las ovejas como los pastores, aunque no todos los pastores, sino sólo
los verdaderos. Significa que Él es la Puerta de la Vida y el Camino de la Redención. Es
el único mediador entre Dios y los hombres. Es la Puerta para entrar en la Casa del
Padre. Es la Puerta para entrar en el Banquete celestial. Es la Puerta para entrar en la
Vida eterna y feliz. Otras puertas conducen tal vez al vacío, a la violencia, a la nada, a la
muerte. Quien es pastor lo único que debe hacer es hacer que sus ovejas pasen por esta
Puerta que es Jesús. Quien es oveja lo único que debe hacer es hacer caso al Buen Pastor
y a los pastores que le representan y entrar por esa Puerta, desoyendo la voz de los
ladrones que saltan la tapia, porque quieren matar y robar. Y entrando, tendrán vida y
vida en abundancia.
Yo soy el Pan de la vida (Jn 6, 35 y 48): ¡Qué atrevimiento! Darse Él como Comida, en
cuerpo y sangre, alma y divinidad. ¡Nadie habló como Él! Pan porque es el elemente
más sencillo, lo que nunca falta en la mesa de los pobres. Pan porque se puede partir,
compartir y repartir. Pan que pide ansia interior de esa comida espiritual y corazón
limpio. Pan que nutre al débil, que consuela al triste. Pan que se hace uno con nosotros;
o, mejor, nosotros nos hacemos uno con ese Pan y podemos entrar en intimidad y unión
tal, que nadie podrá separarnos. Eso es la Comunión, la común unión con Jesús,
verdadero Dios y verdadero hombre.
Yo soy la Vid verdadera (Jn 15, 1): La Vid es la que da savia y alimento y fruto a los
sarmientos. Los sarmientos somos nosotros. Sólo quien está unido a esa Vid tendrá vida
y no se secará. Quien no está unido a esa Vid, se seca, se corta, se arroja fuera y se
quema.
Yo soy Rey (Jn 18, 37): No un rey temporal, político, social que subyuga, esclaviza a
sus súbditos. Más bien, es un Rey pobre materialmente, pero rico espiritualmente; es un
Rey entregado a la Causa encomendada por el Padre; es un Rey humilde, pero
consciente de su Realeza. Es un Rey que sirve, sale de palacio para caminar por nuestros
caminos polvorientos y ver las necesidades de cada uno de sus súbditos y así poner
soluciones. Nuestro Rey sufre nuestras miserias y dolores y los comparte. Es un Rey
especial, porque tiene como trono, la cruz; como cetro, la verdad; como ley, el amor y el
perdón; como vestidura, la humildad y la pureza; como corona, una de espinas labrada
con todos los pecados nuestros. Su Reinado son las naciones, las familias, cada corazón,
donde Él quiere reinar, si le dejamos. No quiere que nadie quede fuera de su Imperio de
amor y de paz.
herejía por san Hipólito y san Ireneo. En Jesús hay una sola persona, la divina, con dos
naturalezas, la humana y la divina. De nuevo, el misterio, ante el cual nuestras rodillas
deben doblegarse. Si tuviera dos personas, tendría también dos personalidades; habría
dos centros de comando. La salud psíquica y psicológica correría riesgo. Esta única
persona divina de Cristo hace uso de las dos naturalezas, sin mezcla y confusión, como
de dos manos. Las dos naturalezas son instrumentos que la Persona divina de Jesús
utiliza para realizar su misión salvadora.
5. Arrianismo: herejía difundida en el siglo III por Arrio, que niega la divinidad de
Cristo. Cristo, dice, es hijo adoptivo de Dios, no consusbstancial al Padre. Y el E.S. es
la primera criatura del Hijo, por tanto, inferior a Él. Esta herejía fue condenada en el
concilio de Nicea (325): “Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
Con ellos crea un nuevo estilo de vida, cuya ley suprema es la libertad y el amor. Los
quiere libres. Por eso, les invita a seguirle, no les obliga. Esta libertad engendra alegría.
Los quiere alegres, porque está con ellos el Esposo en plena fiesta y banquete15. Esta
libertad no es la libertad para hacer lo que les venga en gana. Es, más bien, la libertad de
los hijos de Dios, que quiere a Él sólo servir.
Estar con Él: misión a vivir con Él, a hacer la experiencia íntima de Él, a tenerlo como
amigo íntimo del alma, hasta llegar a pensar como Él, sentir como Él, amar como Él. Es
lo que llamamos la identificación real con Jesús.
Predicar el evangelio a todo el mundo: para que todos los hombres lleguen a conocer a
Jesucristo y su mensaje de salvación. Por eso, se lanzaron por todas partes y gracias a
ellos se esparció la semilla del Evangelio.
Ser luz del mundo: Luz que ilumina todos los rincones de la sociedad. Luz que calienta
los corazones fríos.
Ser sal de la tierra: sal que da sabor a la vida. Sal que preserva de la corrupción.
Bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: para hacer a todos hijos
de Dios.
¿Por qué Jesús hacía milagros?
No se puede separar el mensaje de Jesús con los signos o milagros, pues éstos confirman
el mensaje.
Jesús realiza siempre sus milagros en el contexto del Reino, buscando la conversión. Por
eso reprende a las ciudades de Cafarnaúm, Corazaín y Betsaida, porque, habiendo visto
los milagros que han visto, no se han arrepentido (cf Mt 11, 20-24).
Jesús realiza los milagros como signos de que ha llegado el Reino. Fuera de este
contexto no obra milagro alguno. Cuando le piden un número de circo, como en el caso
de Herodes o en su propio pueblo, se niega en redondo (cf Mc 6, 5; Lc 23, 9).
Jesús obra los milagros en nombre propio. No los hace en nombre de Yavé, como los
profetas en el Antiguo Testamento. Sus palabras son: “Yo te lo digo, yo te lo ordeno”.
Jesús los hace con total sencillez y movido por el amor. Nada de formas mágicas, ni
intervención quirúrgica; nada de procesos hipnóticos o sugestión. Realiza los milagros
conmovido en su corazón y siempre en un contexto religioso..
Los milagros de Cristo tienen también una dimensión apologética, es decir, los realiza
como signos de que el Padre le ha enviado. Nicodemo así lo reconoce (cf Jn 3, 2). O el
ciego de nacimiento (Jn 9, 33). Sus obras prueban, por tanto, su origen divino (cf Jn 5,
36).
Son signos de contenido religioso y están conectados con la presencia del Reino.
Son signos de contenido soteriológico y manifiestan que Dios salva y es capaz de salvar
en el tiempo. Jesús trae la salvación completa (cuerpo y alma), una salvación sobre todo
espiritual, una salvación eterna.
Son signos de sentido cristológico: Jesús es el milagro primero de donde se derivan los
otros.
Son signos de contenido escatológico, pues hacen presente una realidad que aún está
escondida: el triunfo de Dios y la transformación de la naturaleza en obediencia a la
voluntad de Dios.
Jesucristo vino a salvar a los pecadores. Esa fue la misión encomendada por el Padre
desde el momento de la Encarnación. El eje central de su vida fue la lucha contra el mal
radical, el pecado, que es lo único que nos aleja de Dios y nos impide la comunión con
Él. Nadie mejor que Jesús ha comprendido la maldad del pecado en cuanto ofensa a la
grandeza y al amor de Dios.
¿Cuál es la postura de Jesús ante el mal moral, ante el pecado y ante los pecadores?
El pecado es algo fundamental en la vida de Jesús. Probablemente no se hubiera hecho
hombre de no ser por el pecado, pues la lucha contra el mal, que obstaculiza la llegada
del Reino, constituyó una tarea centra en su vida terrena. Jesús no tuvo pecado alguno.
Y, sin embargo, nadie como él entendió la gravedad del pecado, porque al ser Hijo del
Padre podía medir lo que es una ofensa a su amor.
No era sólo la trasgresión literal de una ley, como era para los escribas y fariseos, que se
quedaban en lo secundario y olvidaban lo principal (cf Mt 23, 23-24). Para Jesús el
pecado nace del interior del hombre (cf Mt 15, 10-20); por eso, es necesaria la
circuncisión del corazón de la que habló Jeremías (4, 4). Para Jesús el pecado es una
esclavitud con la que el hombre cae en poder de Satán (cf Lc 22, 3); sabe que el mismo
Satanás busca a sus elegidos para cribarlos como el trigo (cf Lc 22, 31). Para Jesús, bajo
el pecado hay siempre una falsa valoración de las cosas, pues el corazón humano se deja
arrastrar de lo inmediato y de las satisfacciones sensibles. Así, pues, el pecado para
Jesús es un desamor a Dios, un desprecio a los demás; es decir, es una ofensa a Dios y al
prójimo.
¿Cuáles son los más grandes pecados para Jesús?
Otro pecado muy grave es el desprecio a su mensaje o a su invitación (cf. Lc 14, 15-24).
Quienes oyeron su mensaje y no lo cumplen serán juzgados más severamente (cf Mt 10,
15; 21, 31).
El escándalo a los pequeños es de especial importancia (cf Mt 18, 6-7; Lc 17, 1-3).
Todos los pecados que se oponen al amor al prójimo son graves para Jesús: “Id,
malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre y no me disteis de comer...” (Mt 25,
41-46).
No sólo los pecados de acción son graves; también los de omisión. Bastará recordar la
parábola de los talentos en la que uno de los siervos es condenado a las tinieblas
exteriores sólo por no haber hecho fructificar su denario (cf Mt 25, 30).
No es que Jesús no condenara los pecados de idolatría, blasfemia o adulterio; pero como
los doctores de la ley lo repetían a todas horas, Jesús quiso poner énfasis en otros
pecados que no se tomaban en serio. Incluso pedía la pureza del corazón, de
pensamiento y de deseo (cf. Mt 5, 27-29).
¿Cómo trata Jesús a los pecadores? Jesús distingue perfectamente pecado y pecador.
Con el pecado, Jesús es exigente e intransigente. Con el pecador, tierno y
misericordioso. En todo pecador ve a un hijo de Dios que se ha descarriado. Sus
palabras se ablandan; su tono de voz se suaviza; corre él a perdonar antes de que el
pecador dé signos evidentes de arrepentimiento.
¿Qué hizo Jesús con los pecadores? Dedicación especial (cf Lc 4, 18-19; 7, 22-23; Mt
15, 24; 9, 35-36; Mc 2, 17), sean ricos (publicanos) o pobres. Se dedica a ellos con
gestos muy significativos: come con ellos. Comer con alguien era signo de comunión
mutua. Él come con ellos para acercarlos al banquete de Dios. Jesús ama primero al
pecador y después le invita a la conversión.
Todos los hombres pecan: luego a todos se debe acoger (cf Jn 8, 7).
Él es la encarnación de la misericordia de Dios. Y Dios es el Dios de todos (cf Mt 5,
45).
Los pecadores necesitan ser acogidos para salvarlos (cf Lc 19, 10).
Todos han de reconocerse pecadores para que Él pueda acercarse y traerles la salvación
(cf Mt 9, 13).
No tiene resentimiento contra los poderosos, discriminándoles, sino interés por los
necesitados; así se ha de entender la tendencia a preocuparse más por los necesitados.
Jesús se acerca al pecador, pero no admite la falta cometida. Reconoce que los pecados
no deben aceptarse (cf Jn 8, 11); por eso invita siempre al pecador a la conversión.
Jesús, pues, no prefiere a unos hombres sobre otros: Él ha venido a buscar lo que estaba
perdido. Su objetivo es el hombre para salvarlo, sea quien sea (cf Lc 7, 50).
El culmen de la postura de Jesús ante los pecadores es su muerte (cf Mt 26, 28; Lc 23,
34).
Es verdad que Jesús ama a todos por igual, sin condicionamientos sociales, económicos
o nacionales16. Incluso ama a sus enemigos17. Y los ama hasta la muerte18.
Se dirige hacia los demás con un corazón abierto, sin aislarse o evadir el trato; va al
encuentro de todos los que ama (cf Mt 11, 28).
Cura, consuela, perdona, da de comer, procura hacer descansar a sus íntimos.
Se compadece de quien está necesitado (cf Mt 9, 36).
No discute con sus amigos; los corrige, pero no choca con disputas hirientes (cf Mt 20,
20-28).
Se alegra con ellos en sus momentos felices (cf Lc 10, 21).
Rechaza sus intenciones desviadas (cf Mt 16, 23).
No desea nada de los hombres; no busca dar para recibir. Y cuando una vez busca
consuelo en la agonía, no lo encuentra (cf Mt 26, 40).
Se siente incomprendido por ellos, pero era parte de su cruz, pues aún no había venido
el Espíritu Santo que les hiciera comprender todo (cf Jn 12, 24).
Los ama sobrenaturalmente, no por sus cualidades humanas (cf Jn 13, 14).
Pero también mantiene una distancia entre sus amigos y Él, pues su mundo está mucho
más allá del de ellos (cf Jn 2, 25).
¿Ha habido hombre alguno en la tierra que haya amado a los hombres como Jesús?
Tiene una especial relación con Juan, el discípulo amado19. En esta amistad
descubrimos que Jesús compartió con alguien, en modo especial, sus experiencias
interiores y reservadas. Amistad íntima. Manifestación de esta amistad íntima es el
Evangelio que Juan escribió. En él se oye palpitar el Corazón de Jesús; ahí descubrimos
la profundidad de Dios. Por eso, a Juan se le representa como a un águila, porque voló
alto, hasta el cenit de Dios.
También tuvo especial relación con tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan.. En esta
amistad descubrimos que busca la compañía para compartir momentos especiales, sean
felices, como en la transfiguración20, o tristes, como en Getsemaní21. Amistad
compartida.
¿Quién no recuerda la especial relación con los tres hermanos de Betania, Lázaro, Marta
y María?22En ellos descubrimos la amistad de Jesús que corresponde con la misma
medida que se le ofrece. Amistad agradecida. Betania era uno de esos rincones donde
Jesús descansaba y donde abría su corazón de amigo. Allí, Cristo tenía siempre la puerta
abierta, tenía la llave de entrada; se sentía a gusto entre gente querida y que le estimaba.
Cristo tuvo amigos, claro que sí. No hubiera sido totalmente hombre si le hubiera
faltado esta faceta humanísima. Tuvo amigos en todas las clases sociales y en todas las
profesiones. Desde personas de gran prestigio social, como Nicodemo o José de
Arimatea, hasta mendigos, como Bartimeo. En la mayor parte de las ciudades y aldeas
encontraba gentes que le querían y que se sentían correspondidas por el Maestro; amigos
que no siempre el Evangelio menciona por sus nombres, pero cuya existencia se deja
entrever.
Durante su vida terrena Jesús tuvo personas que no quisieron aceptar su misión
salvadora. La postura que Él adoptó frente a ellas fue la de convertirlas y atraerles a su
divino corazón, unas veces con palabras suaves, otras, exigentes; unas veces, prefirió el
silencio respetuoso; otras, la frase sagaz e inteligente. No a todos pudo conquistar para
su Padre, porque les respetó la libertad. Pero Él vino para salvar a todos.
1. ¿Quiénes consideraron a Jesús como enemigo?
Aclaremos una cosa: Jesús no consideró a nadie como su enemigo. A todos amó y por
todos derramó su sangre preciosísima. Serán ellos, los que no le aceptaron, los que se
consideraban como enemigos suyos. ¿Quiénes eran éstos?
En el campo civil, lo consideraron enemigo Herodes, porque creyó que el niño recién
nacido ponía en peligro su reino; y Pilatos, desde el momento en que presentaron a Jesús
como sedicioso y enemigo del César.
Jesús los desnudó y les puso de manifiesto un pecado fundamental: la falta de verdad en
sus vidas, de desamor a la verdad, e incluso de odio a la verdad. Ellos no soportaban que
Jesús dijera: “Yo soy la Verdad”. Su rechazo de Jesucristo no fue por razones de
honestidad. Lo rechazaron por ser precisamente Él, con su modo de vida singular, con
su doctrina específica y nueva, con sus enseñanzas particulares nunca oídas antes. Por
eso Jesús les dijo: “Yo he venido en nombre de mi Padre y vosotros no me recibís”.
Frente a los jefes políticos, Jesús es respetuoso con ellos. Les hace ver cuál es su misión,
recibida de Arriba. Les pone en su lugar: al César lo que es del César. Intenta abrirles a
la verdad de su mensaje. Incluso los excusa, como hizo a Pilato. No se rebaja a la
curiosidad malsana de Herodes.
En general, Jesús supo enfrentar a sus enemigos sin miedo. Sigue con su posición
definida, aunque incómoda para ellos (cf Jn 11, 14-16), guiado por la meta que el Padre
le encomendó, que es de índole sobrenatural (cf Mc 8, 33).
Es el enemigo verdadero de Jesús. Y Jesús, sí lucha contra él y contra sus planes, como
veremos en el siguiente capítulo. Recibe de él ataques. Actúa en el mundo (cf Jn 13, 2),
busca condenar al hombre (cf. Mt 13, 19). Por eso, Jesús busca vencerlo (cf. Jn 12, 31).
Su lucha contra Satanás es la lucha contra el mal. Por ello Cristo busca, ante todo, hacer
el bien, construir el Reino de Dios.
Jesús ante el tentador y la tentación
No todo fue fácil en la vida de Jesús. Le costó cumplir su misión salvadora. El demonio
le presentó falsos caminos para realizar su misión, pero al margen de su Padre celestial.
Tentó a Jesús para que viviera un mesianismo terreno, político, deslumbrante y
ambicioso. Pero Jesús no cayó en la trampa. La fuerza la sacó de su Padre en la oración
y en el sacrificio.
Como verdadero hombre, Jesús fue tentado. Pero es tentado desde fuera, nunca desde
dentro, pues no tuvo pecado original. El núcleo de las tentaciones propuestas por
Satanás es apartar a Cristo de su mesianismo espiritual, encomendado por el Padre, y
orientarlo hacia un mesianismo terreno, político, horizontal. En cada tentación del
diablo Jesús respondió con un “no” rotundo, y nos ganó la victoria para nosotros,
dándonos ejemplo en la lucha contra el enemigo.
1. ¿Existe el demonio?
Hoy hay quienes niegan la existencia del Satanás, diciendo que nunca lo han visto con
sus ojos ni tocado con sus manos. Otros dicen que eso fue invención de mentes un poco
enfermas o atormentadas, que quisieron meter miedo a la gente sencilla y de salud
quebrada, para sacarle dinero y conquistarla para sí. También hay quien dice que lo
inventó la Iglesia católica para tener a todos sus adeptos bien calladitos y buenos,
porque, si no, Satanás les llevaría al infierno. Otros, sobre todo predicadores, han
preferido no hablar del diablo. ¿Por qué? ¿Ha pasado de moda? ¿Miedo a caer mal a la
gente que les escucha? No sé.
¿Ustedes han visto el aire? ¿Lo han tocado? No, porque es invisible, impalpable. Y, sin
embargo, nadie niega la existencia del viento, del aire. Sólo vemos los efectos que
produce el viento: destrucción de casas, derrumbamiento de árboles, caída de hojas
secas, destrozos, etc.
Así también podemos decir del demonio. No lo vemos con los ojos corporales ni lo
tocamos con las manos. Pero lo conocemos por sus efectos terribles que provoca en
nuestro corazón y en el mundo. ¿Quién provoca los odios, los rencores, las discordias, la
perversión, las impurezas, las blasfemias, las ambiciones, las mentiras, las magias, las
burlas de la religión, las misas negras...y todo lo absurdo y malo que vemos? Sólo
Satanás; pero se sirve de instrumentos humanos. Nosotros somos como el cuchillo que
le damos para que él corte, rasgue, arañe, destruya y mate todos los valores humanos y
cristianos que Dios ha sembrado en nuestro corazón, como buena semilla. Él, y sólo él
nos incitan a pecar, a rebelarnos contra Dios y a maltratar a los demás.
Hay una acción ordinaria del demonio, que el mismo Jesús experimentó. Quiere
tentarnos al mal (Mt 4, 1-11). Y nos tienta en lo más débil que todos tenemos: el ansia
de tener (ambición), el deseo de disfrutar (materialismo y sensualidad), y el anhelo de
sobresalir (vanidad).
Y hay una acción extraordinaria. Nunca se puede meter en nuestra alma, a no ser que
le abramos nosotros consciente y libremente la puerta. Pero sí puede meterse en nuestro
cuerpo. Es lo que se llama posesión diabólica.
Están los medios comunes, ordinarios, donde Dios nos sale con su fuerza y su gracia,
que es más poderosa que el demonio: oración, confesión, comunión, obras de
misericordia, devoción a la Virgen, docilidad a nuestro ángel de la guarda, que nos
protege cuerpo y alma, de día y de noche.
¿Cómo se comportaba Jesús ante la mujer? ¿Huyó de ellas? ¿Las esquivaba? Jesús vino
a salvar a todos. Nadie quedaba excluido de su redención. Mucho menos, la mujer, en
quien Jesús puso tanta confianza, como guardiana de los valores humanos y religiosos
del hogar. Indaguemos en los Santos Evangelios para ver cómo fue el trato que Jesús
dispensó a las mujeres.
Jesús supo tratar a la mujer con gran respeto y dignidad, valorando toda la riqueza
espiritual que ella trae consigo, en orden a la educación humana y moral de los hijos y a
la formación de un hogar donde reine la comprensión, el cariño y la paz, y donde Dios
sea el centro.
Jesús y la mujer
Trabajadora: Compara el Reino de Dios a una mujer que trabaja en la casa, que pone
levadura en la masa y prepara el pan para la familia (cf. Lc 13, 20-21). Por tanto, nada
más lejos de la mujer que el espíritu de comodidad, la pereza y la vida fácil y regalada.
En el alma de toda mujer campea la capacidad de sacrificio y de servicio.
Cuidadosa, atenta y solícita: así como una mujer barre la casa, busca por todas partes
para encontrar esa moneda perdida, así es Dios Padre con nosotros, hasta encontrarnos
(cf. Lc 15, 8-10). Son características propias de la delicadeza femenina.
Afectiva y comunicativa: así como esa mujer se alegra al encontrar la moneda perdida
y hace partícipe a sus vecinos de su gozo, así Dios Padre nos hace partícipes de su
alegría, cuando recobra un hijo perdido (cf. Lc 15, 8-10). No olvidemos que la mujer
necesita mucho más el afecto que las razones y las cosas materiales. A través de la
afectividad podemos entrar en el mundo intelectivo de la mujer.
Esposa previsora: con el aceite de su amor y fe sale al encuentro del esposo. Así
debemos nosotros ser con Dios (cf. Mt 25, 1-13). Toda mujer debe tener previsión de
cuanto se necesita en casa.
Servicial y generosa: Marta y las buenas mujeres, que le seguían, sirven a Jesús con
delicadeza y amor, poniendo sus bienes al servicio de Cristo (cf. Lc 10, 38-42; Lc 8, 1-
3). Es propio de la mujer la generosidad; ella nunca mide su entrega; simplemente se da.
Feliz en el sacrificio: como la madre al dar a luz a su hijo (cf. Jn 16, 21). El sacrificio lo
tienen incorporado en su vida; nacen con una cuota de aguante mayor que la del hombre.
Humilde y oculta: como esa viuda que pone en la colecta del templo lo que tenía para
vivir (cf. Mc 12, 41-44; Lc 21, 1-4). ¡Cuántas cosas, cuántos detalles ocultos hace la
mujer en la casa, y nadie los ve! Sólo Dios les recompensará.
De fina sensibilidad: derrama el mejor perfume a Cristo (cf. Jn 12, 1-8). La sensibilidad
es una de las facetas femeninas. Sin las mujeres nuestro mundo sería cruel; le faltaría
esa nota de finura. Ellas van derramando su mejor perfume en el hogar.
Fiel en los momentos difíciles: allí estaban las mujeres en el Calvario, cuando Jesús
moría (cf. Jn 19, 25). ¿Dónde estaban los valientes hombres, los apóstoles decididos, los
que habían sido curados? Allí estaban las mujeres, pues cuando una mujer ama de
verdad, ama hasta el sacrificio.
¿Cómo las trató Jesús?
Habla con ellas con naturalidad, espontaneidad, sin afectación; pero siempre con sumo
respeto, discreción, dignidad y sobriedad, evitando el comportamiento chabacano,
atrevido, peligroso. Nadie pudo echarle en cara ninguna sombra de sospecha en este
aspecto delicado.
Les permite que le sigan de cerca, que le sirvan con sus bienes (cf. Lc 8, 1-3). Esto era
inaudito en ese tiempo. Rompe con los esquemas socioculturales de su tiempo. ¿Por
qué iba Él a despreciar el servicio amoroso y solícito de las mujeres? Ahora uno
entiende mejor cómo en las iglesias siempre la mujer es la más dispuesta para todos los
servicios necesarios23, pues desde el tiempo de Jesús ellas estaban con las manos
dispuestas a servir de corazón.
Busca sólo el bien espiritual de sus almas, su conversión. No tiene intenciones torcidas
o dobles.
El dolor y el sufrimiento no son una maldición, sino que tienen su sentido hondo. El
sufrimiento humano suscita compasión, respeto; pero también atemoriza. El sufrimiento
físico se da cuando duele el cuerpo, mientras que el sufrimiento moral es dolor del alma.
Para poder vislumbrar un poco el sentido del dolor tenemos que asomarnos a la Sagrada
Escritura que es un gran libro sobre el sufrimiento24. El sufrimiento es un misterio que
el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia. Sólo a la luz de Cristo se
ilumina este misterio. Desde que Cristo asumió el dolor en todas sus facetas, el
sufrimiento tiene valor salvífico y redentor, si se ofrece con amor. Además, todo
sufrimiento madura humanamente, expía nuestros pecados y nos une al sacrificio
redentor de Cristo.
El estado sanitario del pueblo judío era, en tiempos de Jesús, lamentable. Todas las
enfermedades orientales parecían cebarse en su país. Y provenían de tres fuentes
principales: la pésima alimentación, el clima y la falta de
¿Cuál era la postura de los judíos frente a la enfermedad? Al igual que los demás
pueblos del antiguo Oriente, los judíos creían que la enfermedad se debía a la
intervención de agentes sobrenaturales. La enfermedad era un pecado que tomaba carne.
Es decir, pensaban que era consecuencia de algún pecado cometido contra Dios. El Dios
ofendido se vengaba en la carne del ofensor. Por eso, el curar las enfermedades era tarea
casi exclusivamente de sacerdotes y magos, a los que se recurría para que, a base de
ritos, exorcismos y fórmulas mágicas, oraciones, amuletos y misteriosas recetas,
obligaran a los genios maléficos a abandonar el cuerpo de ese enfermo. Para los judíos
era Yavé el curador por excelencia (cf. Ex 15, 26).
Más tarde, vino la fe en la medicina (cf. Eclesiástico 38, 1-8). No obstante, la medicina
estaba poco difundida y no pasaba de elemental. Por eso, la salud se ponía más en las
manos de Dios que en las manos de los médicos.
Juan Pablo II en su exhortación “Salvifici doloris”25 del 11 de febrero de 1984 dice que
Jesucristo proyecta una luz nueva sobre este misterio del dolor y del sufrimiento, pues
Él mismo lo asumió. Probó la fatiga, la falta de una casa, la incomprensión. Fue rodeado
de un círculo de hostilidad, que le llevó a la pasión y a la muerte en cruz, sufriendo los
más atroces dolores. Cristo venció el dolor y la enfermedad, porque los unió al amor, al
amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento,
así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo.
La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva. En
ella, en la cruz de Cristo, debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido
del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante.
Jesús, al invitar a renunciar a las riquezas, ¿apunta hacia la carencia, incita a ingresar en
el vacío y la nada? Jesús apunta más bien a conseguir una riqueza infinitamente mayor.
Al igual que se entra desnudo en la vida, sólo se entrará desnudo en el Reino de los
cielos, pues, si desnudo se nace, desnudo se renace. Sólo quien se ha despojado de
riquezas, de ambiciones, de poderes, de falsas ilusiones, de odios y revanchas, podrá
entender mejor las riquezas del cielo. Jesús no viene a empobrecer al hombre, pero sí a
sustituir una riqueza pasajera por la gran riqueza de Dios.
Y cuando llama bienaventurados a los pobres (cf. Mt 5, 3), está llamando felices a
quienes son desprendidos interiormente, aquellos que ponen toda su confianza en Dios,
porque todo lo esperan de Él. Pobre es sinónimo del que tiene el corazón vacío de
ambiciones y preocupaciones; de quienes no esperan la solución de sus problemas sino
de solo Dios. Y pobreza en la Biblia es sinónimo de hambre, de sed, de llanto, de
enfermedad, trabajos y cargas agobiantes, alma vacía, falta de apoyo humano.
Jesús era pobre en ese sentido: apoya su vida en Dios, su Padre. Gracias a esa libertad
interior, Jesús puede disfrutar de los bienes moderada y alegremente. Es tan libre que
está por encima de las apetencias, ansiedades y vanidades
a discriminación, no iba Él a crear una más. En realidad, Cristo es el primer personaje
de la historia que no mide a los hombres por lo económico sino por su condición de
personas.
Cuando Jesús llama la atención a los ricos es porque el rico, apegado a las riquezas, no
siente necesidad de nada, pues lo tiene todo y no desea que cambien las cosas para
seguir en su posición privilegiada. A quien le falta siente nostalgia de Dios y le busca.
Es un hecho que Jesús frente al pobre y necesitado lo primero que hacía era la liberación
de su problema o dolencia, y sólo después venía la exigencia de conversión. Mientras
que, frente al bien situado y rico, lo primero que le pedía era la exigencia de conversión
y, sólo cuando esta conversión se manifestaba en obras de amor a los demás, anunciaba
la salvación para aquella casa (cf. Lc 19, 1-10).
Por eso Jesús no condena sin más al rico, ni canoniza sin más al pobre. Pide a todos que
se pongan al servicio de los demás. Para Jesús el verdadero valor es el servicio. Por lo
mismo, la salvación del pobre no será convertirle en rico y la del rico robarle su riqueza,
sino convertir a todos en servidores, descubrir a todos la fraternidad que cada uno ha de
vivir a su manera.
No obstante lo dicho, Jesús anuncia del peligro y riesgo de las riquezas. Aquí la palabra
de Jesús no se anda con rodeos. Para Jesús la riqueza, como vimos, no es el mal en sí,
pero le falta muy poco. La idolatría del dinero es mala porque aparta de Dios y aparta
del hermano. Así se explican las palabras de Jesús: no se puede amar y servir a Dios y a
las riquezas (cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13); la preocupación por la riqueza casi
inevitablemente ahoga la palabra de Dios (cf. Mt 13, 22); es sinónimo de “malos
deseos” (cf. Mc 4, 19). El que atesora sólo riquezas para sí es sinónimo del condenado
(cf. Lc 12, 21). Cuando el joven rico no es capaz de seguir a Cristo es porque está
atrapado por la mucha riqueza (cf. Lc 18, 23).
Esta es la razón por la que el rico tiene que “volver a nacer”, como sucedió a Zaqueo (cf.
Lc 19, 1-10); tiene que compartir, si quiere salvarse, cosa que no hizo el rico Epulón (cf.
Lc. 16, 19-31); tiene que aceptar la invitación de Dios al convite de la fraternidad y no
hacer oídos sordos, como hicieron los egoístas descorteses, que prefirieron sus cosas y
por eso no entraron en el banquete del Reino (cf. Lc 14, 15-24).
Los apóstoles, en general, no le entendieron a Jesús (cf. Mc 9, 32). Pedro quiso apartarle
de su camino de cruz y sacrificio (cf. Mc 8, 32). Santiago y Juan ambicionaban los
primeros puestos (cf. Mt 20, 20-28). No le entendían y temían preguntarle. En el
momento de la Pasión, le abandonan y huyen, dejándole solo (cf. Mc 14, 50).
Jesús ante la política
1. Jesús y la política
Partiendo de los Santos Evangelios podemos deducir las siguientes reflexiones, que,
parecen paradójicas26:
Por un lado, Jesús no parece discutir nunca el derecho de los gobernantes a mandar; por
otro, señala abiertamente que los que mandan oprimen con su poder a las naciones (cf.
Mc. 10, 42) y pone en guardia para no dejarse llevar de los halagos del diablo, que se
cree tener el poder y dárselo a quien quiere (cf. Lc. 4, 6).
Por una parte concede sus favores al oficial regio que le pide la curación de su hijo en
Caná y presenta como modélica la fe del centurión; y por otra, se enfrenta clara y
frontalmente con todos los grupos poderosos; califica de “zorro” a Herodes (cf. Lc 13,
32); coloca entre los pecadores a quienes colaboran con el poder político (cf. Mt 9, 10);
dice a Pilato que no tiene sobre él más poder que el que Dios le ha concedido.
Afirma, por una parte, que su Reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36); y, por otro, que
ese Reino está ya dentro de nosotros (cf. Lc 17, 21) y centra toda su predicación en la
idea de que ese Reino está llegando y que vendrá a este mundo.
Acepta, aunque sólo sea para no escandalizar, el pagar el tributo destinado al templo y
hace para ello un milagro haciendo a Pedro que saque una moneda de la boca del pez
(cf. Mt 17, 24-27); y, por otro lado, se opone radicalmente a todo el comercio montado
en torno al templo (cf. Jn 2, 13-16).
Los vendedores del templo (cf. Jn 2, 13-22): Dice Papini con la pasión que le
caracteriza: “Ese templo era todo, menos el lugar para el santo de los santos y el altar de
los sacrificios.
¿Cómo se entiende ese gesto de Jesús? No es difícil imaginarse lo que Jesús sintió al ver
aquel espectáculo que hería no sólo a los sentidos corporales, sino, sobre todo, a los
sentidos del alma que llegaban con ansia de oración y de recogimiento. El peregrino
sentía que el alma se le caía a los pies, que todos sus sueños de oración alimentados
durante el camino chocaban cruelmente contra la sucia realidad. La amargura llenaba el
alma de los más pusilánimes, la cólera invadía a los mejores. Sobre todo cuando
pensaban que lo que nació como un servicio a los peregrinos se había convertido en la
casa de Mammón.
Pero hay algo más profundo: con ese gesto Jesús está anunciando el nacimiento de un
nuevo y distinto templo y de un nuevo y diferente modo de dar culto a Dios. Ya no será
monopolio de los judíos el culto a Dios en el templo. El templo era signo nacionalista de
separación de los gentiles y de predilección hacia los judíos. Jesús abre las fronteras,
para que todos recen a su Padre, que es el Padre de todos.
Por tanto, no hubo violencia en ese gesto de Jesús. No golpeó a los hombres. Derribó, sí,
las mesas de los cambistas. Era su rostro, era su fuerza interior y no un modesto látigo
de cuerdas lo que imponía. Y tal vez la mejor medida de su gesto nos la dé el hecho de
que su “violencia” no provocó la de los contrarios, sólo su desconcierto, sólo su temor
ante la idea de encontrarse con un profeta. Jesús levantó el látigo, no contra los
hombres, sino contra el mal. Sabía muy bien que un día sus hombros aceptarían cargar
con ese mal de los hombres y que, en consecuencia, el látigo caería sobre esas sus
espaldas cargadas.
En el trato con los fariseos y los escribas: el capítulo doce del evangelio de san Mateo
es un botón de muestra de la dureza de Jesús con los fariseos. No fue una violencia
armada e irracional. Su dureza tenía una finalidad: buscaba mover los corazones de los
jefes religiosos, endurecidos por su autoestima, arrogancia y soberbia. Eran barro
endurecido que Jesús quería ablandar. Pero su palabra en muchos de ellos cayó en
terreno baldío. Jesús quiso ponerles en su lugar. Ellos se creían los únicos maestros, los
únicos jefes. No podían soportar que alguien les diese lecciones. Ellos se creían distintos
de los demás, por eso se consideraban como “separados”, de una raza pura, elegida.
Jesús les puso en su lugar y les quiso abrir los ojos del alma para que tomaran
conciencia de la falta de humildad y sinceridad en la que vivían. Llevaban puesta una
careta que ocultaba un interior corrompido, doble. No quiero redundar en lo que ya dije
en el capítulo Jesús y sus enemigos. Remito al lector a esas páginas.
Jesús conoce a los niños: Sabe cuáles son sus juegos y sus gracias. Y habla de ellos con
alegría. En Mateo 11, 16 nos cuenta la parábola de los chiquillos que tocan la flauta a
sus amigos y que juegan a imaginarios llantos. En cada pupila de los niños vería su
propio rostro y su propia alma. Jesús conoce la ilusión de los niños de correr, hacer
sanas travesuras, gritar.
Jesús valora a los niños: Dice que de la boca de los niños sale la alabanza que agrada a
Dios (cf. Mt 21, 16). Los pone como modelos de pureza e inocencia. Son ellos, los
niños, los que saben, los inteligentes, porque es a ellos a quienes Dios ha entregado su
palabra y lo profundo de sus misterios (cf. Mt 11, 25). ¡Cuántos niños nos sorprenden
con sus preguntas y respuestas! Un niño vale no porque sea lindo o feo, rico o pobre,
listo o menos dotado. Vale por el tesoro de gracia e inocencia que porta dentro de su
alma.
Jesús les quiere: Sólo dos veces encontraremos en los Evangelios la palabra “caricias”
aplicada a Jesús. Y las dos veces serán caricias dirigidas a los niños (cf. Mc 9, 35-36; Mt
18, 1-5). Les abrazaba, dice uno de los evangelistas, describiendo una efusión que nunca
vimos en Jesús ni referida a su madre siquiera. Será una caricia limpia, sin dobles
intenciones. Será un abrazo lleno de ternura divina. Al abrazar a un niño, Jesús abrazaba
lo mejor de la humanidad.
Jesús se preocupa por ellos: Reprende a quienes les mirasen con desprecio (cf Mt 18,
10); señala, sobre todo, los más duros castigos para quien escandalizare a un niño (cf.
Mt 18, 6)..
Jesús los cura: Cura a esa niña de doce años (cf. Mc 5, 39),.
Cura a la hija endemoniada de una mujer pagana (cf. Mt 15, 21-28).
Cura al hijo de un oficial real (cf. Jn 4, 46-54). El padre creyó en la palabra de Jesús. Y
con la curación creyó también toda su familia. ¿Qué tienen los niños que arrancan de
Jesús el milagro?
¿Cómo respondían los niños a Jesús? Los niños, por su parte, quieren a Jesús, también.
Corrían hacia Él. Y es misterioso que este Jesús, un tanto frío y adusto ante los lazos
familiares, al que encontramos un tanto tenso ante sus apóstoles, sea tan querido por los
niños. Los niños tienen un sexto sentido, y jamás correrían hacia alguien en quien no
percibieran esa misteriosa electricidad que es el amor.
¿CUÁLES SON LOS DEFECTOS DE JESÚS?
La pregunta sobre la identidad de Jesús tiene que llevarnos a dar razón de nuestra
esperanza lo más comprensiblemente posible, no con una terminología complicada, sino
con las palabras sencillas del Evangelio. Pero ese dar razón, tiene que llevarnos como
discípulos a un seguimiento de Jesús, seguimiento que tiene que llevarnos a amar los
“defectos” y los distintivos de Jesús”.
a. Jesús no tiene buena memoria. En la cruz Jesús oyó una voz del ladrón a su
derecha: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino” (Lc 23, 42). Si hubiera
sido yo, le habría contestado: “No te olvidaré, pero tus crímenes tienen que ser expiados,
al menos, con 20 años de purgatorio”. Sin embargo Jesús le responde: “Te aseguro que
hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43). El olvida todos los pecados de aquel
hombre. Esta misma realidad pasa con la pecadora que derramó perfume en sus pies.
Jesús no le pregunta nada sobre su pasado escandaloso, sino que le dice simplemente:
“Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor” (Lc 7, 47).
La parábola del hijo pródigo nos cuenta que éste, de vuelta a la casa paterna, prepara en
su corazón lo que dirá: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser
llamado hijo tuyo, tratadme como a uno de tus jornaleros” (Lc 15, 18-19). Pero cuando
el padre lo ve llegar de lejos, no le da tiempo de pronunciar un discurso, y dice a los
siervos desconcertados: “Traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano
y unas sandalias en los pies…” (Lc 15, 22-24). En fin, Jesús no tiene una memoria como
la mía; no sólo perdona, y perdona a todos, sino que incluso olvida que ha perdonado.
Para Jesús, uno equivale a noventa y nueve, ¡y quizás incluso más! ¿Quién aceptaría
esto? Pero su misericordia se extiende de generación en generación. Cuando se trata de
salvar una oveja descarriada, Jesús no se deja desanimar por ningún riesgo, por ningún
esfuerzo. ¡Contemplemos sus acciones llenas de compasión cuando se sienta junto al
pozo de Jacob con la samaritana, o bien cuando quiere detenerse en casa de Zaqueo!
¡Que sencillez sin cálculo, qué amor por los pecadores!
c. Jesús no sabe de lógica. Una mujer tiene diez monedas y se le pierde una. Ella
enciende una lámpara para buscarla. Cuando la encuentra, llama a sus vecinas y les dice:
“Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido”. ¡Es realmente
ilógico molestar a sus amigas sólo por una moneda! ¡Y luego hacer una fiesta para
celebrar el hallazgo! Y además invitar a sus amigas ¡gasta más de una moneda! Ni diez
monedas serían suficientes para cubrir los gastos (Lc 15, 8-9).
Pero los discípulos confiaban en aquel aventurero. Desde hace dos mil años y hasta el
fin del mundo no se agota el grupo de los que han seguido a Jesús. Basta mirar a los
santos de todos los tiempos. Muchos de ellos forman parte de aquella bendita asociación
de aventureros. ¡Sin dirección, sin teléfono, sin fax…!
Nosotros podríamos preguntarnos: ¿Por qué Jesús tiene estos defectos? Tenemos que
decir porque es amor (1 Jn 4, 16). El amor auténtico no razona, no mide, no levanta
barreras, no calcula, no recuerda las ofensas y no pone condiciones. Jesús actúa siempre
por amor. De hogar de la Trinidad, Él nos ha traído un amor grande, infinito, divino,
un amor que llega – como dicen los Padres – a la locura y pone en crisis nuestras
medidas humanas.
¿Cuáles son los distintivos de Jesús? Vamos en este momento a contemplar elementos
del arte de amar que Jesús nos enseña y que es la fuente del esplendor y de la
fascinación de la vida cristiana:
a. Ser el primero en amar. El amor de Dios que Jesús, con el don de su Espíritu, ha
sembrado en nuestros corazones es un amor completamente gratuito. Ama sin interés,
sin esperar nada a cambio. No se para a mirar si el otro es amigo o enemigo, sino que es
el primero en amar, tomando la iniciativa. Cristo, cuando todavía éramos pecadores,
desagradecidos e indiferentes, murió por nosotros (Rm 5, 8). “Él nos amó primero” (1Jn
4, 19). De ahí que no hemos de esperar que otro nos ame, sino adelantarnos y empezar.
b. Ser universal en amar. Para que resplandezca el amor que viene de Dios, hemos de
amar a todos, sin excluir a nadie. “Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que
hace salir su sol sobre malos y buenos…” (Mt 5, 45). Estamos llamados a ser pequeños
soles junto al Sol del Amor que es Dios. De ahí que todos somos los destinatarios de
nuestro amor. Como decía la Madre Teresa: “Para amar a una persona hay que acercarse
a ella. No entiendo nunca a las multitudes, sino solamente a las personas. Todo prójimo
nos ofrece la ocasión de amar a Cristo que con su Encarnación se ha unido, en cierto
modo, con todo hombre”
c. Ser incomprensible en amar. El amor de Jesús llega hasta los enemigos. Este es un
distintivo muy especial del amor cristiano, dado que el amor a los enemigos es a
menudo incomprensible para el que no cree. Jesús ha insistido mucho, ya que solo con
esta disposición del corazón se puede hacer la paz verdadera en la tierra: “Si amáis a los
que os aman… ¿no hacen esto los gentiles?... Pero yo os digo: amad a vuestros
enemigos y rogad por los que os persigan” (Mt 5, 46-47).
d. Ser entregado en amar. El amor de Cristo no es un amor que da algo, sino que se da
a si mismo: “Habiendo amado a los suyos…, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).
“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). El lo ha
dado todo, sin reserva: ha dado su vida en la cruz y ha dado su cuerpo y su sangre en la
Eucaristía. Esta es la medida con la que estamos llamados a amar también nosotros:
dispuestos a dar la vida por los que trabajan con nosotros; dispuestos a dar la vida unos
por otros.
e. Ser servicial en amar. En la mayoría de los casos, el dar la vida que nos pide Jesús
no se cumple derramando sangre, sino en la vida diaria, en muchos pequeños detalles,
poniéndonos al servicio de los demás, incluso de aquellos que, por algún motivo,
pueden parecer inferiores a nosotros. En el Evangelio de San Juan en la hora solemne de
la última cena nos habla del lavatorio de los pies a sus discípulos “para que también
vosotros hagan como yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 15).
Servir significa hacerse ‘eucaristía’ para los demás, identificarse con sus alegrías y
dolores (Rm 12,15). Aprender a “caminar con sus mocasines”. Quiero terminar con una
anécdota de F.X. Nguyen Van Than: Él, en la prisión, le pidió al guardia de turno que
era amigo, un trozo de hilo de cobre. Asustado, me dijo: - He estudiado en la
Universidad de la Seguridad que cuando alguien quiere un hilo de cobre significa que
quiere suicidarse. Le explique: - Los sacerdotes católicos no se suicidan. Entonces ¿qué
hace con el hilo de cobre? - Quisiera hacer una cadenita para sujetar mi cruz. - ¿Cómo
puede hacer una cadenita con un hilo de cobre? ¡Es imposible! - Si me trae unos alicates
se lo mostraré. ¡Es demasiado peligroso! - ¡Pero somos amigos! Tres días después me
confesó: “Es difícil negarle a usted algo. Mañana por la noche, cuando esté de turno, le
traeré un trozo de hilo de cobre. Hay que acabarlo en cuatro horas”
Esta cruz él la lleva encima todos los días, no porque sean recuerdos de la prisión, sino
porque le indican una convicción profunda, un constante reclamo para mí: sólo el amor
cristiano puede cambiar los corazones, no las armas, las amenazas, los medios de
comunicación social. El amor es lo que prepara los caminos para el anuncio del
Evangelio.
La pasión y muerte de Jesús pueden ser contempladas desde diferentes puntos de vista:
con una intención puramente histórica, preguntándose por los motivos de su muerte
(políticos, religiosos); con una intención exegética, donde se indaga en los datos que nos
transmiten los Santos Evangelios; con intención espiritual y contemplativa, a fin de
unirse a la muerte de Jesús. También se ha querido dar a la muerte de Cristo un sentido
político. Adentrémonos en el corazón de Dios para ver exactamente su hondura y su
intención al mandar a su Hijo al mundo, para que muriera en una cruz, y así redimirnos
del pecado y abrirnos las puertas del cielo.
La muerte de Cristo en manera alguna ha sido causada por motivos políticos o sociales.
Ha sido, más bien, un acto voluntario, libre por parte de Jesús para salvar a la
humanidad, porque así se lo pidió su Padre. Por tanto, fue un acto de obediencia filial a
su Padre y de amor y entrega a los hombres, a fin de que liberados del pecado, pudiesen
volver a Dios, darle culto y predicarlo por todos los rincones del mundo.
Al narrar la pasión y muerte de Jesús, los cuatro Evangelios coinciden en casi todos los
detalles. Esto nos indica que dependen de una misma fuente. La narración de la pasión y
muerte de Jesús es lo más antiguo del Nuevo Testamento y está orientada a que los
oyentes y lectores participen y se unan a la muerte del Señor y a sus sufrimientos.
Ahora bien, la muerte de Jesús no es, sin más, una consecuencia lógica y necesaria de su
predicación. Ha sido un acto voluntario, libre por parte de Jesús para salvar a la
humanidad. Fue un acto de amor, de entrega, que clarifica y ratifica todo lo hecho en su
vida anteriormente (cf. Jn 19, 30).
Desde su Encarnación está presente esta entrega que se hace visible en su muerte (cf.
Flp 2, 7). En la Encarnación se ve el anonadamiento, el abajamiento. También se ve esto
en cada suceso de su vida (cf. Mt 4, 1-11), ya que toda ella significa servicio, amor
entregado por la salvación de los hombres.
Por tanto, la muerte de Jesús no es sólo consecuencia de un conflicto histórico. Ha de
ser comprendida como la dimensión última y más profunda de la vida de entrega y de
servicio.
La oración del huerto: aquí comienzan a narrarse los padecimientos de Jesús. Aquí
siente, por una parte lo que cuesta cargar con los pecados de los hombres, y, por otra, el
profundo amor y obediencia a su Padre, que le pide redimir a la humanidad. El dolor
que aquí asume Jesús es un dolor libre y amoroso; nuestro dolor, por el contrario, es
debido a nuestros pecados.
Proceso y condena: Ante el jefe religioso judío se le procesa por blasfemo; ante el jefe
político romano, por alborotar a la gente y enemistarla con Roma. Pero todo fue injusto.
Lo que se quería es quitarse de en medio a Jesús. Lo que más impresiona durante el
proceso es la inconsistencia de las acusaciones, el vacío en que quedan los motivos que
aportan los falsos testigos para condenarle. Después de la condena se pondrá de
manifiesto lo injusto que fue todo, pues nadie querrá hacerse responsable de la muerte
del Justo: Judas devuelve el dinero recibido por su traición; los judíos hacen que Pilato
lo condene y Pilato se lava las manos. Nadie quiere asumir su responsabilidad.
El silencio del sepulcro: Como hombre verdadero, Jesús compartió nuestra suerte hasta
las últimas consecuencias. Bajó al sepulcro. Bajó hasta lo más profundo de nuestra
realidad humana. Pero baja para subirla y llevarla a Dios. Baja a nuestra realidad para
iluminar las oscuridades de la muerte. Con su muerte, Jesús ha vencido la muerte, la
soledad, el abandono, la tristeza, el pecado y el mal. Y los frutos de esta victoria los
estamos saboreando en la Iglesia.
La muerte de Cristo, ¿tuvo sentido político o religioso? Está claro que la muerte de
Cristo no tiene otro sentido que el religioso: se entregó a la cruz, por obediencia a su
Padre y para salvar a todos los hombres.
Jesús ha ido viendo cómo se cernía sobre él una muerte violenta; estaba dispuesto a
aceptarla. La muerte de Jesús no viene de sorpresa, no es un accidente, ni una
equivocación. Desde que entra en el mundo se perfila el horizonte negro de sus
sufrimientos y ya cuelga la cruz sobre la vida de Jesús, como profetizó Simeón (cf. Lc 2,
34). Y Él la esperaba desde hacia tiempo, la acepta y no se rebela. Siempre que habla de
ella la relaciona con la resurrección (cf. Mt 16, 21). Por eso la ve como una
“transfiguración” de sí mismo.
Jesús tiene clara conciencia de cómo será su muerte (cf. Mc 9, 30-32). Y esto no es una
añadidura posterior de los apóstoles, pues de hecho ellos no entendían prácticamente
nada. Jesús ve la muerte como algo de su misión (cf. Jn 3, 14.17) y no como algo
dramático y natural.
¿Cómo llegó esa muerte a Jesús? La muerte llega a Jesús por medios muy desgraciados.
Los intereses religiosos de sus enemigos buscan acabar con sus innovaciones y su
sinceridad (cf. Jn 11, 41-50). Los intereses políticos de los gobernantes no quisieron
arriesgar la estabilidad de Judea en favor de la justicia (cf. Lc 23, 12; Mt 27, 19-20). Las
turbas y los discípulos, que esperaban mucho de Él, se dejan manipular y no tienen
decisión y firmeza en apoyarle. Todos le condenaron.
Jesús acepta la muerte como una consecuencia de su misión. Vio en la muerte el camino
por el que debía caminar: por eso va a Jerusalén. Para Él la muerte no significa un
fracaso de su misión, sino el cumplimiento de su misión, por obediencia al Padre y amor
a los hombres. Así entendemos el porqué los primeros cristianos aceptaban el martirio y
la muerte por fidelidad al Maestro y a su doctrina.
Con su muerte salvó a los hombres. Sabía perfectamente que su vida tenía sentido, si la
daba y la entregaba. Se siente servidor (cf. Lc 22, 27; Mc 12, 45). Y esta postura de
servicio había que llevarla hasta las últimas consecuencias, aunque costara. Si Jesús
pidió amar a los enemigos, ¿cómo iba Él a no entregarse por ellos? Si toda su vida fue
buscar a los pecadores, comer con ellos, perdonarles, ¿cómo no darles el supremo
perdón hasta el final? Por tanto, Jesús se entrega a la muerte amando, pidiendo,
intercediendo, bendiciendo y realizando un acto supremo de donación por todos los
hombres. Y lo hace con libertad. No es la muerte de un héroe obligado al martirio (cf.
Lc 4, 30; Jn 8, 59). Sabe que triunfará con su muerte (cf. Jn 10, 17-18). Este triunfo
sobre la muerte se ve ya en las tres resurrecciones que efectuó (cf. Lc 7, 11; Mc 5, 22; Jn
11, 1).
Hay ciertos detalles que no pueden ser pasados por algo: Jesús murió condenado
injustamente. Esto aparece claramente en los Evangelios: no hay motivos para su
condena (cf. Mc 14, 59). Por lo mismo, no hay una consecuencia lógica justa entre lo
que dicen que ha hecho y la condena. En su condena aparecen motivos más profundos
de los que acostumbramos a llamar políticos: el faltar a la verdad, la avaricia del traidor,
el odio y la envidia de los enemigos, la violencia, el engaño y la traición.
A pesar de todo, la muerte de Jesús tiene una profunda importancia para la política y la
sociedad, porque descubre los valores que están más allá de ellas y que deben ser
respetados siempre y en toda ocasión. El mayor valor para Jesús estará en reconocer y
amar a Dios y al prójimo.
El Nuevo Testamento afirma que Jesús entrega su vida por obediencia al Padre. En este
acto encuentran los hombres el perdón de sus pecados. Este dato tiene que quedar bien
claro siempre.
Un primer fruto: Jesús con su muerte nos ha liberado de una falsa concepción de
Dios. Ya no aparece distante, sino como un Dios que ama al hombre pecador, se hace
uno como él, sufre por él y le devuelve la dignidad para la que fue creado.
Otro fruto: Jesús con su muerte nos libra de las diferencias humanas. Basta decir que
la cruz demuestra que todos, de cualquier raza o condición, necesitamos de la
misericordia divina.
Un tercer fruto: Jesús nos ha liberado del temor y de la muerte. La muerte para el
cristiano no es ya una desgracia, un caer en la noche oscura, sino un caer en las manos
de Dios, que nos espera para el abrazo de amor. Con la muerte no desaparecemos, sino
comenzamos a vivir la vida eterna (cf. 1 Cor 15, 55-56; Rm 5 y 6).
Finalmente, Jesús con su muerte nos ha liberado del pecado, que es el mal de los
males y la raíz y causa de todos los males sociales, estructurales. Nos ha liberado del
pecado como negación de Dios, como olvido de Dios, como desprecio de Dios. Pecado
como egoísmo y encerramiento en nosotros mismos. Pecado como explotación del
prójimo. Pecado como endiosamiento de nuestras cualidades. Pecado como ambición,
vanidad y soberbia. Pecado como envidia, mentira, lujuria.
Jesús resucitó
Jesucristo resucitó por su propio poder, por ser Dios. Nadie vio a Cristo resucitar, pero
Él dejó unos signos. Primero, el sepulcro vacío; pero esto no disipó las dudas. Segundo:
las apariciones. Sólo el encuentro vivo con Cristo resucitado disiparía la incertidumbre
de los apóstoles. Estas apariciones no fueron visiones ni imaginaciones interiores de los
discípulos. Fue iniciativa de Jesús, que “se dejó ver”, que vino a los suyos; y no una
experiencia subjetiva. El Resucitado es visto porque se aparece, no se aparece porque es
visto. Ellos fueron testigos y garantes de algo que vieron y oyeron y no lo pueden callar.
Es más, prefirieron dar su sangre -y de hecho la dieron- antes que renegar de la
resurrección del Señor.
El Evangelio habla de que Jesús ha resucitado. San Pablo hablará más ampliamente de
la Resurrección (cf. 1 Co 15, 12), pero siempre en relación con Jesús resucitado. Los
discípulos vieron a Jesús resucitado; no le vieron mientras resucitaba. Nosotros creemos
a los discípulos, creemos lo que nos dicen y creemos que ha sucedido lo que nos narran.
Cuando nos preguntamos por la Resurrección de Jesús debemos atender a estas cosas:
¿Como narrar este hecho nuevo, original? Cuando el hecho que se quiere contar se sale
de lo corriente, no se encuentra fácilmente un lenguaje que lo transmita. No hay más
remedio que utilizar un lenguaje indirecto, de semejanzas, un lenguaje tomado de otros
campos. Así aparecen en estas narraciones de la Resurrección del Señor formas literarias
tomadas de la resurrección de muertos a la vida o imágenes llenas de gran imaginación.
La dificultad que se experimenta para hablar de una cosa que impacta, que es
importante, corrobora su existencia.
Las personas que han experimentado este suceso tienen suma importancia. Los
discípulos de Jesús no tienen conocimientos ni intereses científicos; no desean dar a
conocer cómo ocurrió la Resurrección. Desean comunicar una Buena Noticia: “Cristo
está Vivo, pues se nos ha aparecido a nosotros”. Buena Nueva que es para todos: El
mismo que murió está vivo, y con su Resurrección confirma su misión. Todo lo que dijo
era verdad.
De todo esto, sacamos esta conclusión: la resurrección de Jesús es el hecho central del
Cristianismo:
Para la fe: con ella se confirma la divinidad de Jesús (cf. 1 Co 15, 14-19). Si no
resucitó, ¿en qué creemos?
Para la visión de Cristo: sólo la resurrección permite tener una visión completa de
Cristo. Si no fue así, Cristo fue derrotado.
Para la visión de la vida cristiana: tanto la vida humana como la cristiana van
encaminadas a la muerte. Además, el cristiano vive sufriendo con la cruz de cada día. Y,
sin embargo, gracias a la resurrección el cristiano ve la vida con futuro optimista (cf. 1
Tes 4, 13-18; Rm 8, 11).
1. Trascribo aquí una cita de Fulton Sheen en su libro “Vida de Cristo”, que me parece
muy apropiada: “En la historia del mundo sólo se ha dado una vez el caso de que
delante de la entrada de una tumba se colocara una gran piedra y se apostara una
guardia para evitar que un hombre muerto resucitara de ella: fue la tumba de Cristo
en la tarde del viernes que llamamos santo. ¿Qué espectáculo podría haber más
ridículo que el ofrecido por unos soldados vigilando un cadáver? Pero fueron
puestos centinelas para que el muerto no echara a andar, el silencioso no hablara y
el corazón traspasado no volviera a palpitar con una nueva vida. Decían que estaba
muerto. Sabían que estaba muerto. Decían que no resucitaría, y, sin embargo,
vigilaban...”.
¡Cristo resucitó! Los certificados de la muerte y resurrección serían firmados por los
mismos enemigos. Lo más asombroso fue que los enemigos de Cristo esperaban la
resurrección, mas no así sus amigos. Por eso, sus enemigos vigilaban el sepulcro.
Mientras, sus amigos estaban derrumbados en el cenáculo.
Jesús resucitó por su propio poder. Es verdad: nadie ha visto a Cristo resucitar. Sin
embargo, es una resurrección que no escapa a la historia, pues ha dejado huellas en ella:
el sepulcro vacío y las apariciones. Es por medio de estas huellas como los apóstoles
han conocido el hecho mismo de la resurrección. Si no hubiera sido por que vieron a
Cristo resucitado, no habrían creído jamás en su resurrección. Como recuerda el
Catecismo de la Iglesia católica (cf. número 643), los apóstoles no estaban para visiones
de tipo místico, toda vez que la condenación de Cristo había sido la condenación de un
maldito según la ley, de modo que su fe estaba por los suelos, a punto de partir para
Galilea y reemprender su vida habitual, como nos recuerdan las palabras de los de
Emaús (cf. Lc 24, 21).
Es más, una resurrección como la de Cristo no la podían ni imaginar, pues los judíos
creían en la resurrección gloriosa de los hombres al final de la historia, pero no podían
pensar en una resurrección definitiva (aunque fuese la del mesías) dentro de la historia,
de modo que el día siguiente fuese un día normal. Es lógico que mostrasen sorpresa e
incredulidad: era algo que no podían ni imaginar; además, estaban ante un cuerpo
glorioso. Sin embargo, tras una primera vacilación, llegan a reconocer el cuerpo de
Jesús sin duda alguna: un cuerpo glorioso, de suyo invisible, pero que se hace visible a
los que Él quiere, como Él quiere y cuando Él quiere, pues de otro modo sus discípulos
no habrían creído en la resurrección.
¿Visiones de los discípulos? No. Si analizamos los relatos, vemos inmediatamente que
el verbo que se emplea para hablar de las apariciones es opthé (“se dejó ver”), porque
en la traducción griega de los LXX era el verbo consagrado para hablar de las
apariciones de Yavé. Quiere decir esto que no se trata de una visión como experiencia
subjetiva, sino de una iniciativa de Dios que viene a los suyos: el Resucitado es visto
porque se aparece, no se aparece porque es visto.
El Nuevo Testamento tiene otro término, horama, para hablar de visiones interiores.
Este término no lo emplean nunca para hablar de las apariciones de Jesús. El mismo
Pablo, que ha tenido visiones y éxtasis, habla de ellas excusándose (cf. 2 Co 12, 11),
mientras que del encuentro con Cristo en el camino de Damasco habla sin excusa alguna
(cf. 1 Co 9, 1; 15, 8; Gál 1, 12 ss). Sólo por este encuentro explica Pablo que ha sido
constituido apóstol y sólo por él se presenta como testigo de la resurrección de Cristo
(cf. 1 Co 15, 8).
Resumiendo un poco lo dicho hasta ahora.
Cuarto: los discípulos estaban dispuestos a no callar lo que habían visto y oído, aunque
se echara encima, como así sucedió, toda la mentalidad de entonces. No saben
explicarlo, pero no pueden sino confesarlo, incluso con el martirio. Nadie muere por una
invención, ni por un sueño...si es que está cuerdo.
Es más, con su resurrección Jesús nos ha dicho que el pecado y la muerte no pueden
tener la última palabra. Él ha vencido y ha ganado para nosotros.
No sólo eso, también Dios da su sello a la vida de Jesús. Lo que Jesús había dicho y
hecho recibe la certificación divina. Jesús será de ahora en adelante meta, medida y
realización de todos nuestros anhelos.
Además, con la resurrección de Jesús la vida humana en Cristo y por Cristo tiene
sentido eterno. La muerte no significa la supresión y superación de la vida, sino la
aprobación de ella. Lo que existe es asumido por Dios. Nuestro mismo cuerpo no será
ningún obstáculo para gozar de Dios, pues será asumido y transformado por Dios y ha
sido ya introducido, en Jesús, en la vida divina.
Y sobre todo, la resurrección de Jesús nos lanza a anunciar esta gran noticia a todos
nuestros hermanos.
Hacia el fin tendrá lugar la resurrección de la carne. Todos los hombres y mujeres han
de resucitar por el poder de Dios. Nosotros creemos en la resurrección y no tenemos
miedo a los verdugos que en todos los tiempos acechan a la Iglesia: “No tengáis miedo a
los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla” (Mt 10, 28).
El tiempo de dicha resurrección está oculto y todos los que hasta el presente se
empeñaron en determinar dicho tiempo fueron tenidos por embusteros, dice santo
Tomás.
Resucitaremos con el mismo cuerpo, pero transformado. Resucitar con el mismo cuerpo
significa recobrar la propia vida en todas sus dimensiones auténticamente humanas: no
perder nada de todo aquello que ahora constituye e individualiza a cada hombre. No
habrá cambio de personalidad. No seré otro. Continuaré siendo yo. Seré el mismo, pero
no lo mismo. Resucitará lo mejor de mí.
Quizás a muchos la idea de nuestra resurrección se les haga más increíble porque tienen
una idea equivocada de ella. Creen que Dios tendría que andar recogiendo los átomos
que un día formaron parte de un determinado organismo y estás dispersos por todo el
mundo para volverlos a juntar y formar de nuevo aquel cuerpo. Pero lo que hace que sea
el mismo hombre no es que tenga numéricamente el mismo cuerpo, sino que sea la
misma persona. De hecho, a lo largo de la vida, hemos ido renovando todos los átomos
de nuestro cuerpo y seguimos siendo la misma persona. La resurrección no es problema
de rigurosa identidad corporal, sino de rigurosa identidad personal.