Al final del pasillo
Ginés Cutillas
Siempre quise tener una casa con pasillos interminables, pero nunca pensé que se
volvería en mi contra. Hace ya treinta años que lo vi por primera vez aquí mismo, al
final de este.
Con veinticuatro años recién cumplidos, conseguí reunir el dinero suficiente para
alquilar la casa que siempre había soñado y poder, por fin, vivir solo sin el exhaustivo
control al que me tenían sometido mis padres. Se trataba de un apartamento
grandísimo en uno de los edificios más céntricos de la ciudad, uno de esos que
todavía guardan la distribución de las casas antiguas: techos altos y muchas
habitaciones a las que se llega surcando corredores anchos y largos.
La primera noche que pasé allí, mientras llevaba los platos vacíos de la cena desde
el comedor hasta la cocina, me dio tal susto que acabaron todos por el suelo. De la
habitación que quedaba al final del inacabable pasillo, asomaba entre penumbras el
cuerpo de un hombre que parecía querer decirme algo. En el más perfecto silencio
agitaba sus manos intentando captar mi atención y aunque el gesto de su boca
parecía exhalar temibles aullidos, ni el más leve susurro surcaba la distancia que
nos separaba.
La balanza cayó del lado de la curiosidad y me aproximé lentamente hacia él. Fue
entonces cuando reparé en la vestimenta sacada de otros tiempos que no supe
ubicar pues, cuanto más me acercaba, más se difuminaba su imagen, hasta el punto
de desaparecer poco antes de entrar en la estancia que no albergaba más que una
silla, un escritorio, una bicicleta estática antiquísima y un baúl que resultó estar vacío.
No volví a dormir en el piso durante un tiempo. Convencí a un amigo de que la casa
necesitaba algún pequeño ajuste para ser del todo habitable y me alojó durante ese
periodo. No me atreví a contarle lo que había visto por miedo a que me creyera loco.
Ante la imposibilidad de alargar la situación, decidí volver a casa y enfrentarme a
mis fantasmas –nunca mejor dicho. Si era verdad que un hombre habitaba en aquel
cuarto, haría todo lo necesario para expulsarlo. De lo contrario, si no existía tal sujeto,
confirmaría que mi cabeza me había jugado una mala pasada y podría descansar
tranquilo.
Al abrir la puerta del piso, me quedé dubitativo bajo el umbral contemplando la
habitación del fondo. No tardó en asomarse de nuevo. Esta vez sin aspavientos. Se
limitaba a observarme con sus manos asidas al marco de la puerta, siempre con los
pies dentro de su pequeño santuario, como si algo le anclara a él. Cuando recuperé
cierta entereza, mis piernas, en contra de lo que dictaba mi cerebro, se dirigieron
hacia él con idéntico resultado: a punto de conseguir leer en sus labios lo que me
quería decir, desapareció. Registré por segunda vez la habitación sin hallar nada
que delatara que una persona estuviera ocupando aquel espacio.
Después de un tiempo, me acostumbré a su presencia y cuando comprobé que todo
su universo se restringía a aquel recinto, opté por ignorarlo y cerrar aquella puerta
con el fin de evitarme sustos, aunque él siempre se las arreglaba para abrirla de
nuevo y asomar medio cuerpo fuera.
Ya no recuerdo el día en que dejé de ir hasta el final del pasillo. Pensé incluso en
tapiar aquel último trozo de corredor o poner cortinas –fuera del alcance de sus
manos, claro- para evitar su penetrante mirada. Pero una vez que dejó de intentar
comunicarse conmigo –creo yo que por desidia-, establecimos una relación cordial
que consistía en saludarnos con un ligero golpe de barbilla cada vez que llegaba o
me iba del piso. Incluso alguna vez, siempre coincidiendo con alguna celebración, le
lancé paquetes de tabaco que él agradecía desde su marco, parapetado tras una
sonrisa de humo.
Una noche en que las copas distrajeron la vergüenza, se lo confesé a mi amigo. Con
la extraña lucidez que proporciona el alcohol tardío, trazamos el plan perfecto para
sorprenderle desde dentro. Yo entraría por la ventana y me escondería en el baúl. Al
poco, mi amigo, haciéndose pasar por mí, entraría por la puerta principal con el fin
de alertarlo.
Así lo hicimos. Subí por la escalera de incendios, entré por la ventana que daba
directamente a la habitación y me escondí en el arca. Al momento oí las llaves que
torpemente golpeaban la puerta. Por una rendija del baúl contemplé como la imagen
del hombre comenzaba a materializarse. Era la primera vez que le veía las
piernas. Corrió
hacia la puerta para asomarse y entonces presencié algo que me heló la sangre: la
parte de su cuerpo que quedaba fuera de la habitación se volvía invisible, dejando
su figura sesgada a la altura de la cintura.
Escuché fuera los gritos de mi amigo que, aún bajo los efectos del alcohol, le instaba
a que se mostrara entero y a que no se escondiera como un cobarde. Yo, sin saber
muy bien qué hacer, quizá de forma instintiva, quizá embriagado por el momento,
surgí del baúl y me lancé contra él, con tan mala fortuna que tropecé y lo empujé
por la espalda, expulsándolo de la habitación.
Fue la primera y última vez que escuché los gritos lastimosos de aquel hombre que
se alejaban por el pasillo y más tarde por las escaleras que conducían a la calle. Por
un momento pensé que todo había salido bien, que nos habíamos deshecho de la
extraña presencia, pero cuando mi amigo se asomó por el marco de la puerta y no
me vio por más que yo gritara y me plantara a escasos centímetros de él, entendí
que lo único que había conseguido era pasar a ocupar su sitio entre aquellas cuatro
paredes.
Mi compañero me buscó por toda la casa pero no me encontró y, asustado por todo
lo que acababa de presenciar, se fue horrorizado. Al día siguiente vino la policía a
registrar el piso pero tampoco me percibieron. Lo mismo que unos meses más tarde,
cuando mis padres pasaron a recoger mis cosas entre lágrimas.
Pasó mucho tiempo hasta que aprendí a materializarme fuera de esta estancia,
aunque todavía no he sido capaz de descubrir qué es lo que me ata a ella.
Mentiría si digo que no disfruto asustando a los sucesivos inquilinos que habitan la
casa. Aunque, para ser honesto, tengo la esperanza de que alguno de ellos resuelva
de nuevo el enigma; alguien que me empuje fuera de esta habitación y me sustituya
en esta larga soledad que dura ya treinta años.