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Entre El Consentimiento Y Las Violencias: Los Espectros de La Experiencia Sexual Contemporánea

El ensayo analiza cómo el consentimiento y las denuncias de violencia sexual han configurado la experiencia sexual contemporánea en Occidente, desplazando nociones previas como el pudor y el placer. A pesar de su importancia, estos conceptos generan un malestar debido a la desconexión entre las normativas y las dinámicas del deseo. El texto explora las tensiones y conflictos que surgen en la vivencia de la sexualidad actual, proponiendo que el consentimiento es clave para entender esta problemática.

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Entre El Consentimiento Y Las Violencias: Los Espectros de La Experiencia Sexual Contemporánea

El ensayo analiza cómo el consentimiento y las denuncias de violencia sexual han configurado la experiencia sexual contemporánea en Occidente, desplazando nociones previas como el pudor y el placer. A pesar de su importancia, estos conceptos generan un malestar debido a la desconexión entre las normativas y las dinámicas del deseo. El texto explora las tensiones y conflictos que surgen en la vivencia de la sexualidad actual, proponiendo que el consentimiento es clave para entender esta problemática.

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Revista de la Academia/ISSN 0719-6318

Número 39/ Otoño 2025/pp.158-181


Recibido el 24/02/2025
Aceptado 06/05/2025

ENTRE EL CONSENTIMIENTO Y LAS VIOLENCIAS: LOS


ESPECTROS DE LA EXPERIENCIA SEXUAL
CONTEMPORÁNEA1

Catalina Trebisacce Marchand2

Resumen

El consentimiento y las denuncias por violencia sexual han emergido en Occidente como
ejes fundamentales en la configuración de la experiencia sexual contemporánea. Estas
referencias han cobrado protagonismo en las últimas décadas, relegando nociones previas
como el pudor o el placer. Sin embargo, lejos de ofrecer marcos nítidos y estables,
constituyen un terreno de disputa, frustración y malestar. El consentimiento y la denuncia,
aunque indispensables, también resultan problemáticos. Autores/as contemporáneos/as
han señalado la existencia de un malestar inquietante derivado de la desarticulación entre
las normativas vigentes y las dinámicas del deseo y el erotismo. Este ensayo analítico se
propone explorar estos conflictos, tensiones y afectaciones, indagando en sus
implicancias para la vivencia de la sexualidad en el presente.

Palabras clave: consentimiento, violencia sexual, liberalización sexual, pánico sexual.

BETWEEN CONSENT AND VIOLENCE: THE SPECTERS OF


CONTEMPORARY SEXUAL EXPERIENCE

1
Agradezco los intercambios, las lecturas y las devoluciones agudas que me han hecho sobre el manuscrito
o partes del mismo Vir Cano, Moyi Schwartzer, María José Saletta, Cecilia Varela y Agustina Iglesias
Skulj.
2
Argentina, Universidad de Buenos Aires, correo electrónico [email protected]

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Abstract

Consent and reports of sexual violence have emerged in the West as fundamental axes in
shaping contemporary sexual experience. These references have gained prominence in
recent decades, displacing previous notions such as modesty or pleasure. However, far
from providing clear and stable frameworks, they constitute a terrain of dispute,
frustration, and distress. Consent and denunciation, while essential, also prove
problematic. Contemporary authors have pointed out the existence of a troubling
discomfort stemming from the disconnection between current regulations and the
dynamics of desire and eroticism. This analytical essay aims to explore these conflicts,
tensions, and afflictions, examining their implications for experiencing sexuality today.

Keywords: consent, sexual violence, sexual liberalization, sexual panic.

Introducción

En diciembre de 2024, dos noticias de condición extraordinaria sacudieron la prensa


internacional. Por un lado, en Francia concluyó el juicio público de lo que se dio a conocer
como el caso Pelicot y se dictaron las sentencias a los más de 50 acusados. Una mujer de
setenta años había sido drogada por su esposo durante una década para ofertarla
sexualmente a desconocidos a través de las redes sociales. Cerca de 70 hombres de
diferentes edades y profesiones concurrieron a la casa de los Pelicot para mantener
relaciones con Gisèle sin su consentimiento, mientras ella dormía profundamente por
efecto de la sedación. Por otra parte, en Inglaterra, una joven trabajadora sexual de 23
años y creadora de contenido para la plataforma OnlyFans lanzó el desafío de acostarse
con 101 hombres en un solo día. La jornada se llevó adelante exitosamente, sorteando
algunos inconvenientes inevitables por la envergadura del proyecto. Aunque para algunas
personas Lily Phillips, nombre de la trabajadora sexual, habría quedado afectada
negativamente por la hazaña sexual, lo cierto es que ella afirmó que el desafío era parte
de sus fantasías sexuales y lanzó un segundo desafío para acostarse con 1000 hombres
que no pudo concretar, probablemente por el obstáculo de la física clásica del tiempo

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lineal y finito. Sin embargo, continuó con ofertas ingeniosas de su trabajo sexual, ahora
mucho más cotizado, y se convirtió en objeto de alabanza entre seguidoras y seguidores.

Gisèle y Lily representan experiencias antagónicas por muchos motivos, pero la


diferencia radical pivotea en el consentimiento. Lily tuvo lo que a Gisèle le fue negado.
Ahora bien, las vivencias sexuales “ordinarias” se presentan sobre escenarios menos
extremos, pero siempre acechadas por el temor. Creo que son otras figuras, como la de
Dora (el caso del fracaso freudiano atravesado por la pregunta de si tuvo lugar un abuso
o un deseo o ambos), las que pueden ayudarnos a pensar el malestar de nuestro tiempo.
Aunque Dora solo puede entenderse considerando la existencia de Gisèle y Lily...

Karina Felitti y Mariana Palumbo (2024), en “Las promesas de la revolución sexual”, han
mostrado hasta qué punto la experiencia sexual en la vida contemporánea ha conquistado
espacios impensados hace cincuenta años. Hoy se manifiesta en la proliferación de
aplicaciones de citas para todo tipo de usuarixs, la relativa generalización del sexo virtual,
el auge de la práctica swinger y el BDSM, la masificación de los juguetes sexuales, la
participación en plataformas como OnlyFans, los ensayos de relaciones poliamorosas y
la producción cultural y/o terapéutica que difunde estas experiencias y reflexiona sobre
sus alcances y límites en formatos como podcasts, consultorías o coaching sexual.
También se cuela explícita y desenfadada en la moda del pole dance, el twerking y en el
arte de los perfiles de Instagram de cualquier usuarix en donde la performance erótica es
el principal capital. Parecería que la hipótesis lanzada por Foucault sobre la sociedad
victoriana se hubiera desplegado hasta conseguir su máxima expresión en el presente.
Pues, ahora sí, todo el tiempo –realmente todo el tiempo– se habla de sexo.

Sin embargo, lo que Foucault observó en el siglo XIX no era tan simple… y, por otro
lado, entre aquella y nuestra sociedad hay tantas continuidades como marcadas
diferencias que dificultan trazar una evolutiva continuidad. En La voluntad de saber,
Foucault (2002) revelaba que en la sociedad victoriana el sexo estaba allí donde parecía
ausente o prohibido. El filósofo señaló que, a través de las severas censuras, del
desmedido decoro, de las enaguas y de los exagerados volados, la sexualidad, en lugar de

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ser interdicta, era constantemente insinuada, provocada y producida. Las capas de ropas
y los acartonados modales insuflaban un erotismo constante y sigiloso. Anna O. 3, la
paciente cero del psicoanálisis freudiano, se convirtió en representante sintomática de la
experiencia sexual de aquel tiempo. La histeria que padecía hablaba de un deseo femenino
que insistía frente a la severa represión moral.

Ahora bien, en la experiencia sexual contemporánea, el decoro, la prohibición y la


represión –aunque persisten debilitados bajo otras formas– no son de ningún modo
elementos protagónicos. Si Foucault miró a través y más allá de la censura y la
prohibición para analizar cómo se organizaba una sexualidad deseante, ¿qué es lo que hoy
se ve a través y más allá de esa expresión de la sexualidad explícita, omnipresente,
deliberada y gozosa? Un malestar se manifiesta coextensivo a este despliegue de la
sexualidad “liberada”. Desde 2015, las movilizaciones feministas del Ni Una Menos y
del #Metoo pusieron en el escenario público las denuncias y los escraches por acoso y/o
abuso. Estas se intensificaron a la par y por sobre las denuncias por violencias extremas,
violaciones cruentas y asesinatos. El acoso y el abuso tomaron formas diversas abarcando
un amplio espectro de situaciones que van desde la materialidad de un acto a su
potencialidad. Un malestar (Pecheny, Zaidan y Lucacchini, 2023) recorre las experiencias
sexuales contemporáneas que parece no tener la forma de la prohibición, sino colarse
entre las formas de la libertad. La hipótesis analítica de este texto sostendrá que tras el
malestar contemporáneo sobre una sexualidad libre, pero acechada por las violencias
sexuales, está la fragilidad del consentimiento como criterio marcador de los límites del
bien y el mal.

El texto se organiza en tres apartados. En el primero se presentan coordenadas históricas,


desde el marco analítico foucaultiano, para pensar la historia de la sexualidad
contemporánea, con base fundamentalmente en los estudios de Sergio Carrara (2015). En
el segundo apartado, el objetivo es recuperar algunas reflexiones de académicas y teóricas

3
Anna O. (seudónimo de Bertha Pappenheim) fue una paciente tratada por Josef Breuer en el siglo XIX,
cuyo caso se convirtió en fundamental para el desarrollo del psicoanálisis. Sufría de síntomas histéricos que
mejoraron a través del método de “cura por la palabra”. Freud y Breuer desarrollaron la hipótesis de que
las mujeres histéricas, como Anna O., manifestaban sus conflictos psíquicos a través de síntomas físicos,
vinculados a deseos reprimidos y conflictos sexuales no resueltos.

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del feminismo, como Marta Lamas (2019) y Sarah Shulman (2023), que se han interesado
por el mentado malestar contemporáneo. Y a partir de sus aportes y de la consideración
de ciertas escenas ilustrativas, elaborar algunas ideas sobre la naturaleza de esta
experiencia expansiva y perturbadora, escurridiza y omnipresente de la vivencia sexual.
Los espectros de la violencia sexual, más que exteriores negaciones de la sexualidad,
serán entendidos como elementos constitutivos de ella y se postulará que en el
consentimiento se encuentran las claves de esta situación.

En el tercer apartado, indagaré en torno a la noción de consentimiento sexual entendida


como un locus de garantía de seguridad, pero, simultáneamente, de alarma de múltiples
inseguridades. Como lo hemos tematizado en otra oportunidad junto a Cecilia Varela y
Laura Lowenkron (Varela et al., 2024), el consentimiento es el marcador contemporáneo
empleado para la distinción entre el sexo que será considerado bueno y aquel que será
ponderado como malo o dañino. Trabajaré con autores como Hercovich (1997, 2002),
Fernandes et al. (2020), Gregori (1993, 2016), Palumbo (2017) y de Lagasnerie (2022),
que han problematizado la noción de consentimiento o las distinciones tajantes entre
erotismo y violencia.

Del régimen biomédico al régimen jurídico de la sexualidad en Occidente

La sexualidad es un asunto central para toda organización social. En nuestra especie, ella
es la excusa de la fundación de tabúes y de parentescos. Interviene en el sostenimiento de
los sistemas económicos, políticos y religiosos, y, a su vez, resulta de ellos. En las
sociedades occidentales modernas, el elemento diferencial, quizás, lo aporta la
participación que tienen en el asunto de la sexualidad los discursos expertos, científicos
y/o jurídicos.

Diferentes autores (Foucault, 2002; Carrara, 2015) señalan que durante el siglo XIX y
gran parte del XX, los discursos biomédicos fueron los encargados de producir las
coordenadas morales y desarrollar los diagnósticos y tratamientos ante sus desvíos o
padecimientos. Estas scientias sexualis, como las llamó Foucault (2002), fueron las

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encargadas de “develar” y producir la verdad del sexo durante aquel período. Estamos
hablando del tiempo de consolidación de los Estados-nación y la consagración de lo que
Thomas Laqueur (1994) denomina el paradigma biomédico de los dos sexos, es decir,
una interpretación sobre la biología humana orientada a remarcar un antagonismo
estructural y una supuesta complementariedad entre los sexos, organizada a partir de su
función reproductiva. La sexualidad aparecía ligada al destino de entes trascendentes,
como la raza, la nación y la familia. Ante estas entidades, los individuos detentaban
obligaciones pero no derechos. El objetivo reproductivo de la práctica sexual se
constituyó en el criterio para validar el sexo que sería entendido como bueno o sano, al
tiempo que permitió patologizar todas las otras prácticas (la homosexualidad, el
onanismo, el coitus interruptus, entre otros) (Carrara, 2015).

A mitad del siglo XX, a partir de las profundas transformaciones en diversos órdenes que
se dieron en las sociedades occidentales, Sergio Carrara (2015) y Marcela Iacub et al.
(2008) señalan la ruptura del régimen sexual biomédico (y victoriano) y su relevo por un
régimen jurídico de la sexualidad, en donde el consentimiento (entendido como libre
voluntad) del sujeto desplaza a las obligaciones trascendentes que serán consideradas
desde entonces como opresivas. La década de 1960 sacudió tradiciones, instituciones y
autoridades. Todo lo viejo o lo mandatado fue puesto en crisis por las juventudes
(Manzano, 2022). En materia de relaciones sexoafectivas, el matrimonio y la moral sexual
reproductiva fueron discutidos. Y más allá de las prácticas concretas que la nueva
generación consigue desarrollar, emerge la moderna pareja que reemplaza el modelo
tradicional y jerárquico y funda su unión no en un contrato de por vida sino en el amor y
el sexo verdadero (Cosse, 2010). A partir de entonces, el sexo verdadero es sinónimo de
sexo gozoso, más específicamente, orgásmico (Béjin, 1987). Marcela Iacub et al. (2008)
señalan que esta nueva experiencia de la sexualidad comenzó a estar ligada a una moral
consensualista, entiendo a la voluntad (y ya no al deber) del sujeto como principio de
distinción entre el “sexo bueno” y el “sexo malo” (Rubin, 1989).

Las prácticas sexuales no reproductivas abandonaron progresivamente el jardín de las


perversiones y patologías, pero otras prácticas ocuparon el lugar de la abyección de la

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sexualidad aceptable, las prácticas no consentidas. Carrara (2015) sostiene que el discurso
jurídico conquistó la potestad de establecer el nuevo criterio para la diferenciación entre
la sexualidad adecuada y la intolerable. Las prácticas sexuales buenas serán las
consentidas mientras que aquellas en las que el consentimiento estuviera ausente o
comprometido, serán ponderadas como potencialmente delictivas o, incluso, criminales.
La implicación de las incumbencias del discurso jurídico que conquista aspectos de la
vida privada se inscribe en un proceso iniciado en el último tercio del siglo XX cuando,
con el triunfo del neoliberalismo sobre los proyectos alternativos al capitalismo, el
lenguaje jurídico toma el lugar no solo de la gestión de la política institucional, sino
también de la construcción de sentidos políticos por parte de la sociedad civil y los
diferentes actores sociales. Esta posibilidad se abrió a partir de la emergencia del marco
de los derechos humanos como instrumento de gobernanza supranacional en la postguerra
fría. En esta plataforma se encontraron movimientos sociales de denuncia contra los
autoritarismos de Estado junto a mujeres en demanda de transformaciones en sus
condiciones de vida (Engle Merry, 2002).

Huelga aclarar que los procesos sociales son más complejos que su narración en este
apartado. En Argentina –aunque podríamos decir en Latinoamérica en general–, el
modelo sexoafectivo surgido hacia 1960 no se tradujo en un lenguaje jurídico sino hasta
los mediados-fines de la década de 1980, en el contexto del retorno democrático y la
refundación de las instituciones, en las que el derecho comenzó a jugar un rol
indispensable. En esta década se incorporaron las discusiones normativas en torno al
divorcio y se avanzó sobre cuestiones de la vida conyugal que hasta el momento habían
sido toleradas, como la violencia hacia las mujeres en sus relaciones de pareja. Recién
promediando la década de 1990, el consentimiento será incorporado a las discusiones
normativas de modo explícito y en su carácter técnico jurídico (Hercovich, 2002).

Aún así, más rápido o más tarde, según la realidad doméstica de cada país occidental, el
consentimiento fue desplazando al fin reproductivo como organizador moral de la
sexualidad. La categoría jurídica contractual se convirtió en indicador del deseo del sujeto
una vez caída la ley del padre. Deseo y consentimiento tendieron a presentarse como

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intercambiables en un mundo cada vez más hablado por la lengua jurídica, en donde sus
términos técnicos no son simples instrumentos de litigio, sino categorías subjetivantes del
mundo social. El consentimiento se presenta como un signo civilizatorio de
reconocimiento de la dignidad del sujeto y pareciera querer hablar por su deseo y su
voluntad. Sin embargo, como sabemos, el deseo es opaco, escurridizo y siempre de otro,
y la voluntad, paradójicamente, se encuentra asediada siempre por vicios y sospechada
en lo que respecta a su capacidad.

Un malestar recorre la experiencia sexual: escenas contemporáneas(?)

Antes de que las nuevas derechas ensombrecieran el escenario político global, la


revolución feminista había conseguido importantes transformaciones en el horizonte
político y cultural y en la realidad material de mujeres y disidencias sexuales, al menos
en centros urbanos del mundo occidental. Aunque también había introducido algunas
inquietudes que, en estos tiempos tanto más tristes, quizás parezcan problemas menores
o envejecidos. ¿Será que han desaparecido? Me temo que no. E imagino que este
momento puede ser extrañamente propicio para una reflexión demorada y no urgente
dentro de los feminismos.

Toda revolución ilumina y también proyecta sombras. La feminista no es una excepción.


Entre 2015 y 2019 en Buenos Aires y en diferentes ciudades del país se produjeron
importantes manifestaciones callejeras, mediáticas y políticas que ponían el acento en las
violencias y los abusos sexuales. El feminismo introdujo cuestionamientos que
conmovieron el sentido común, transformaron las instituciones (desde dependencias
estatales, establecimientos educativos o espacios laborales) y afectaron fuertemente las
relaciones interpersonales. En las calles se proclamaba un “feminismo del goce” (Peker,
2018), pero se hablaba casi tanto más de los peligros del acecho sexual, el acoso y el
abuso. Obviamente, las denuncias por violaciones cruentas y asesinatos fueron centrales,
pero las discusiones sobre las llamadas micro violencias sexuales y los acosos las
excedieron con creces. El feminismo se convirtió en un exitoso discurso que develaba
situaciones impensadas de maltratos, violencias y padecimientos de orden sexual que

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habían sido toleradas y/o pasadas inadvertidas. En lo que puede calificarse como un
abrupto despertar, muchas mujeres, lesbianas, gays, personas binarias y trans, pero
también varones hetero-cis se encontraron sacudidas/os y extrañadas/os en lo que refiere
a sus prácticas cotidianas en el marco de relaciones sexoafectivas o en sus relaciones con
un sujeto del sexo opuesto o un potencial partenaire sexual. Incomodidad, malestar,
sentimientos de traición o miedo tuvieron igual o más protagonismo que el goce en esos
años.

Algunas autoras se hicieron eco de esta situación de un modo crítico. En el escenario local
resonaron de modo significativo las intervenciones de Marta Lamas y Sarah Schulman,
quienes publicaron, cada una, un libro, que llegaron a Buenos Aires todavía sobre el calor
de la llamada cuarta ola y que fueron ávidamente leídos en círculos feministas y
académicos4.

Marta Lamas, que es una destacada antropóloga feminista radicada en México, escribió
Acoso: ¿Denuncia legítima o victimización? (2019). Este libro causó un revuelo en los
círculos feministas, militantes y académicos. Alimentó una posición crítica al interior del
feminismo que se expresaba con reserva en la ciudad de Buenos Aires, pero también fue
objeto de escraches y cancelaciones. Acoso es una lectura geopolítica del discurso
feminista de la llamada cuarta ola. Lamas vincula los malestares y los pánicos de este
tiempo con la globalización del discurso feminista norteamericano de tendencia puritano
y punitivo5. Según analiza la autora, el feminismo norteamericano marcó la agenda de
gobernanza supranacional en temáticas de género estableciendo unas coordenadas de

4
Quisiera señalar que, en ese tiempo, existió una vasta literatura local y extranjera que tematizó
críticamente en torno a la proliferación de las denuncias por abuso sexual que se habían convertido en la
lengua del feminismo, pero desde una perspectiva que ponía el acento en la dimensión punitiva de esta
narrativa. En Buenos Aires destacaron dos compilaciones: Críticas sexuales a la razón punitiva: Insumos
para seguir imaginando una vida junt*s (Cuello y Morgan Disalvo, 2018) y Feminismos en la encrucijada
del punitivismo (Daich y Varela, 2020), pero los materiales escritos sobre el tema son muchos más que
estas dos compilaciones. Sin embargo, los trabajos críticos a los que quiero referirme aquí son los que
circularon no respecto únicamente de la cuestión punitiva, sino especialmente sobre la experiencia subjetiva
desatada por estos discursos de denuncia feminista.
5
Hay que señalar que el debate al interior del feminismo –o entre los feminismos– sobre los efectos de la
aparición de denuncias de acoso o acecho sexual tiene larga historia en el escenario norteamericano. En
aquel país, los años ochenta fueron un tiempo de conquistas normativas de protección y sanción ante
situaciones de violencia sexual y acoso, especialmente en el ámbito laboral y educativo. Para algunas
teóricas se produjo una desproporcionada alarma y reacción ante situaciones potenciales.

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interpretación de las relaciones vinculares que solo observan la inocencia de las mujeres
–que serían las únicas receptoras de daños– y la impunidad de los varones –que serían los
únicos productores de daño–. La masificación y la literalización de esta matriz de
interpretación sobre el desarrollo de las relaciones sexoafectivas –atravesadas por la
inequidad de género, pero otras menos consideradas (de clase, raza, educación, etc.)–
habría afectado negativamente las experiencias sexoafectivas actuales.

Lamas sostiene que asistimos a un fenómeno bifronte que supone, por un lado, el
empoderamiento de las víctimas que consiguen finalmente atreverse a hacer las denuncias
correspondientes y, por otro lado, la diseminación de un pánico sexual, es decir, “una
reacción inapropiada de la sociedad ante cuestiones menores, [qu]e implica un miedo
desproporcionado ante el peligro real de que ocurra lo que se teme” (Lamas, 2019, p. 31).
Una preocupación desproporcionada respecto de la amenaza objetiva.

Por su parte, Sarah Schulman escribió Conflict is not abuse: Overstating harm,
community responsibility and the duty to repair en 2017. Este libro se tradujo al español
e ingresó al mercado hispanohablante tres años después del de Lamas bajo el título El
conflicto no es abuso:. Contra la sobredimensión del daño (2023). En Buenos Aires fue
material de lectura de grupos militantes y académicos, pero tuvo una recepción menos
beligerante que Acoso. Se leyó casi en paralelo y como un contrapeso del libro de Sara
Ahmed, ¡Denuncia!: El activismo de la queja frente a la violencia institucional (2022),
que tendió a desencantar más que a entusiasmar. En 2023 había ya una necesidad de
debatir sobre los problemas y las incomodidades que abrían las denuncias antes que la
necesidad de simplemente reafirmarlas.

Schulman no es una autora consagrada del feminismo como Lamas o Ahmed, pero su
texto interpeló desde el título. La autora reflexiona sobre un universo gris de situaciones
calificadas como acoso y afirma que, sin negar la existencia de las violencias sexuales,
existen también otro tipo de situaciones en las que la interacción humana tiende a
confundir incomodidad con amenaza y ansiedad interna con peligro exterior. La autora
habla de una “sobredimensión del daño” y sostiene que esta actúa como sustituto fallido

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para la resolución de problemas, pues en lugar de resolverlos los hace escalar. Schulman
considera que esta desmedida calificación opera como un medio para poner el problema
en el otro y evitar una aproximación más compleja sobre el asunto.

Estas autoras de ninguna manera representan la totalidad de los posicionamientos críticos


ni son las únicas en plantear sospechas. Sin embargo, sus libros han sido fundamentales
en un debate menos visible que el de las críticas al punitivismo al proponer una
perspectiva analítica sobre la experiencia de las víctimas. Y son las que habilitan algunas
reflexiones sobre las escenas6 que traigo a continuación:

I. Luciana Peker es conocida divulgadora del feminismo y autora del bestseller Putita
golosa: Por un feminismo del goce (2018). El libro contiene 22 capítulos y en ellos la
autora hilvana anécdotas biográficas, acontecimientos políticos y teoría feminista. En
varios capítulos, Peker se refiere a su vida amorosa y sexual, comparte preferencias
sexuales y anhelos románticos. El segundo capítulo se titula “Menos visto, más chape” y
su primer subtítulo reza “Clavada a la vista”. Peker expone situaciones en donde el
partenaire sexual (o pretendido) se aleja disolviendo la comunicación en plena era de la
hipercomunicación. Un mensaje visto y no respondido es sinónimo de maltrato para la
autora, quien además cita de un texto académico 7 del que deriva que el “visto” puede ser
considerado como un tipo de violencia que, por otra parte, puede ser la antesala de una
más grave. Ante el silencio, se impone la interpretación del maltrato propiciado.

II. Hace unos años, en un evento académico, una joven investigadora, después de su
exposición, recibió de un académico mayor y de gran trayectoria que se encontraba en el
público un dibujo realizado in situ con la dedicatoria “A la expositora más linda”. El
catedrático lanzó una insinuación o un intento de intercambio erótico que fue vivenciado
por la joven como una experiencia de acoso sexual y abuso de poder. Tras esto procedió
a hacer un descargo (escrache) en las redes sociales y aunque el profesor escribió una

6
Las escenas son de diferente naturaleza, algunas tienen personajes públicos, otras no. En los segundos
casos produje algunas ficcionalizaciones sobre los casos reales para que no fuera sencillo identificar a sus
actores.
7
Palumbo et al. (2016). Huelga decir que las derivaciones realizadas por Peker no son las únicas que admite
este informe.

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carta pública de disculpa por el importunio causado, la joven no sintió reparo, sino una
intensificación de su malestar, que volvió a tramitar en redes.

III. Una chica, al finalizar la secundaria, repasa las situaciones sexuales con sus
compañeros y entiende que la relación que mantuvo con uno de ellos, algunos años atrás,
cuando tenían 14 años, había sido una situación abusiva. Recuerda haber ido a una fiesta,
haber bebido bastante junto a su compañero y finalmente haber tenido un encuentro
sexual. En aquel momento no le pareció mal, pero con el tiempo se pregunta si estaba
bien tener relaciones borracha. Se siente abusada y lo escracha en las redes. No quiere
verlo más. Él la intenta contactar, pero ella lo bloquea8.

Las tres escenas forman parte de un campo difuso que se despliega en el plano de la
posibilidad o de la interpretación, y que, por tanto, está poblado de alarmas y fantasmas
con gran poder de daño. Son tres ilustraciones de diferente naturaleza que forman parte
de un amplio abanico de experiencias de incomodad, conflicto o ambigüedad en el marco
de vínculos o (des)encuentros sexoafectivos que resultan sospechados y/o vivenciados
como violencia sexual y que van desde miradas, sugerencias e insinuaciones no deseadas,
pasando también por el sufrimiento, la incertidumbre o el malestar afectivo vincular, hasta
la relectura sobre situaciones del pasado.

Las escenas hablan de las transformaciones en los contratos sexoafectivos en la última


década y de su impacto sobre los sujetos (de los diversos sexo-géneros) en la lectura de
sus actos del presente y del pasado y en la interpretación de los encuentros con los otros.
Pero también podrían estar hablando de una cierta necesidad de suprimir la incertidumbre,
el malestar y la ambigüedad, pues cuando estas se presentan, la experiencia cae por
defecto en el campo de lo indeseado, lo no consentido y, finalmente, lo ilícito, a pasos
nomás de lo delictivo.

Pareciera que todo aquello que no es pasible de ser afirmado con voluntad, deseo y

8
Un excelente trabajo que analiza las experiencias de los adolescentes en los tiempos de feminismo y
escraches es el de Raimondi (2020).

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claridad entra en el plano de la ausencia del consentimiento y el arrebato. ¿Puede ser que
la incertidumbre que abre el desamor, la ansiedad que promueve el erotismo y el
descentramiento que supone el encuentro sexual se hayan tornado experiencias
intolerables para el sujeto contemporáneo, alcanzando, vía el discurso feminista
mainstream, el signo de lo moralmente negativo?

Distintas versiones de estas situaciones se capilarizaron en nuestra continuidad durante la


última década. Podríamos decir que los espectros del acoso, el abuso y la violencia sexual
se impusieron no como parte exterior de la experiencia del sexo sino como su interior.
Como una parte constitutiva de ella, que la engrosan, la abultan, la extienden aún más.
Más que una negación de la sexualidad, los fantasmas del acoso sexual son numerosos y
se forman al interior de ella.

Los bordes del consentimiento

Hay que comenzar señalando que la cuestión del consentimiento desborda el campo del
feminismo. El consentimiento informado se encuentra ya en el campo de la medicina, el
trabajo y, obvio, de la sexualidad. Se presenta como un marcador de civilidad y un
concepto jurídico que se ha vuelto una experiencia subjetiva más o menos diáfana para el
sujeto y definitoria de su humanidad. En nuestras sociedades, el consentimiento crece
como un instrumento que modela los bordes del sujeto, como un reverso de las violencias
que lo niegan y como un medio para definir los términos de su autonomía.

Sin embargo, el acto de consentir dista de ser una actividad evidente, transhistórica y a la
mano de cualquier sujeto. Coste et al. (2008) advierten una transformación en el marco
del consentimiento contractual en la segunda mitad del siglo XX. Ellos/as sostienen que
se ha pasado de una noción que admitía la posibilidad de un pacto entre individuos
desiguales a uno que solo es posible de darse entre individuos considerados iguales (en
materia de clase social, edad, poder, etc.). Bajo esta nueva concepción, el consentimiento
entre personas de muy diferentes edades, diferentes situaciones sociales, e incluso de
diferente género (en tanto que el género es entendido como una construcción cultural de

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dominación) estaría imposibilitado o, al menos, resultaría sospechado de vicio.

Aquella transformación en las condiciones para el consentimiento cabalga de la mano de


las conquistas en materia de políticas de discriminación positiva, que han posibilitado la
demarcación y la protección para las poblaciones calificadas de vulnerables (mujeres,
niñes, alumnes, víctimas, etc.). La definición de estas poblaciones ha permitido advertir
la existencia de ciertos límites a la hora de brindar consentimiento, que son efecto de
diferentes situaciones de subalternidad (cognitiva, simbólica, material, de poder, etc.)
(Varela et al., 2024). Esta determinación se establece gracias a las luchas y demandas
promovidas por diferentes actores de la sociedad civil, entre ellos el feminismo.

Sin embargo, en algunos casos, la condición de vulnerabilidad ha significado un


impedimento a priori para sujetos de estas poblaciones de hacer valer su voz y su
voluntad. Trabajadoras sexuales (Varela, 2013), personas con discapacidad o, incluso, en
algunos casos, también menores (Lowenkron, 2007, 2015) fueron alcanzados por esta
paradójica condición. Pero no únicamente. Para Catharine Mackinnon (1995), una
referencia en el campo de la legislación en materia de acoso sexual, el consentimiento
sexual de una mujer a un varón está necesariamente viciado por la condición de género.
El género, entendido como jerarquía de poder y ocasión de dominación, impide o pone
en sospecha el consentimiento sexual de las mujeres. Las posibilidades de que construyan
su autonomía a partir del consentimiento están interdictas. Para esta autora, que ha
fundado toda una manera de entender la sexualidad, la mujer se encuentra en condición
de vulnerabilidad, lo que la coloca en potencial condición de víctima 9.

9
Es cierto que, en nuestras sociedades neoliberales, la movilización de la condición de víctimas es un
medio para el resguardo y la gestión de reparación (estatal, judicial, subjetiva y biográfica) por experiencias
de padecimiento diversas. Es una lingua franca del tiempo contemporáneo, como lo han estudiado Lefranc
y Mathieu (2009), Gabriel Gatti (2017), María Martínez (2017, 2024), María Pita y Sebastián Pereyra
(2020), Diego Zenobi (2023), entre otrxs. María Martínez (2024) ha analizado específicamente el lugar de
las víctimas de las violencias de género y ha reconocido la movilización de esta condición como un medio
para posicionarse en el escenario social. Podemos añadir que esta condición ha sido también la posibilidad
para la construcción de una identidad colectiva y politizada. En este punto, aunque el feminismo no se
reduce a un movimiento de víctimas, algunas de sus expresiones más contemporáneas y que han logrado
más amplificación social inscriben las experiencias de violencias reales o potenciales en este marco de la
victimología. No hay daño sin responsable. No hay reparación sin castigo. Por último, la víctima es un
sujeto cuya verdad discursiva está garantizada por su condición de tal. Es un sujeto sobre el que no cabe
interrogación, ni ajena ni propia

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En otras palabras, el consentimiento introduce el problema de quién puede consentir,


quién tiene las capacidades, las condiciones para darlo. A veces su posibilidad se ha
definido por las características de las personas que consienten y en otras oportunidades
por la materia del consentimiento. Hay sujetos sobre los que se dice que no pueden
consentir y hay asuntos sobre los que se dice que nadie puede consentir. Ahora bien todas
estas determinaciones son objeto de controversia, además de haber variado mucho en los
últimos años.

Por otro lado, la categoría jurídica del consentimiento es un instrumento rudimentario


para capturar la intrincada naturaleza de lo social. El derecho no es una ciencia de espesor
analítico, es un medio de regulación de bienes y personas. Nacido para dirimir simples
asuntos patrimoniales, parte de la consideración del sujeto como un individuo libre y
racional. Y aunque fue sofisticándose con la creciente judicialización de los conflictos
sociales –efecto de la progresiva fractura del tejido social que produce el neoliberalismo–
no renuncia a la idea de individuo racional y volitivo. Cuando estas condiciones están
ausentes, el individuo es declarado incapaz y con necesidad de tutela. Estas definiciones
axiomáticas del derecho representan un problema para el tratamiento de conflictos
personales pasionales: desde vecinos que llevan tiempo en conflicto y se hostigan
irracionalmente a ambos lados de una medianera, hasta las relaciones sexoafectivas,
donde las emociones primarias juegan un papel central.

La noción de consentimiento, por ejemplo, no admite gradaciones: se da o no se da. Su


acercamiento es más parecido a la lógica proposicional que a la complejidad de la
experiencia. Varias/os autoras/es han señalado el problema de esta noción. Inés
Hercovich, especialista en atención a mujeres por casos de violación sexual, ha batallado
contra la instalación (social y normativa) del consentimiento como indicador definitorio
de la buena experiencia sexual. Esta autora ha señalado que la insistencia con esta noción
impide alumbrar las transacciones que las mujeres víctimas de abuso sexual hacen con
sus agresores para evitar males peores y cómo esto las carga de culpa, ya que se ven
obligadas a negar esas concesiones estratégicas.

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Por otra parte, Fernandes et al. (2020) analizan diversas experiencias de consentimiento
en contextos de precariedad y conflicto, a partir de las cuales sostienen que en el universo
cotidiano de los afectos es posible observar cómo este atraviesa diferentes vicisitudes
entre las negociaciones de límites simbólicos y morales. Ellos/as han estudiado desde
mujeres trans y travestis que buscan relaciones y matrimonios estables y madres
consideradas “nerviosas” con sus hijos/as, hasta mujeres que “soportan” a compañeros
que las humillan por haber tenido un pasado de “libertad” sexual. El análisis conjunto de
todas estas dinámicas sociales les ha permitido vislumbrar limitaciones en la
interpretación del consentimiento como un ejercicio de autonomía y una razón frente a
las torsiones que la intimidad le imprime. De esta manera determinan otras gramáticas
del consentir, por fuera de las lógicas del sí o el no en términos absolutos, afirmando la
existencia de un carácter poroso y ambivalente en las relaciones interpersonales, eróticas,
afectivas y/o cotidianas. Según estos/as autores/as el consentimiento se presenta en
condición parcial y dinámica. Para ellos/as el consentimiento no es garantía de ausencia
de violencia, ni la presencia de violencia es sinónimo de ausencia de consentimiento.

En este punto, interesa recuperar el trabajo de Mariana Palumbo (2017), que ha estudiado
las relaciones de noviazgo entre adolescentes heterosexuales de clase media y ha
advertido la existencia de dinámicas vinculares que imbrican violencia, amor y erotismo.
Su trabajo de campo cuestiona la analítica tradicional feminista que establece una
“dicotomía entre varón agresor y mujer agredida, y no reconocen el erotismo” (p. 9). Ya
Maria Filomena Gregori (1993) había señalado esta misma imbricación entre erotismo y
violencia cuando analizó el fracaso del accionar del grupo feminista de intervención y
protección para las mujeres golpeadas SOS-Mulher a mediados de los años ochenta.
Gregori planteó entonces que los marcos de análisis del grupo feminista tendían a
antagonizar la violencia con el amor o con el erotismo y a moralizar su confusión, lo que
les impedía intervenir en la complejidad de las relaciones en las que vivían las mujeres
con las que trataban; además de su falta de interés real por ellas. Más tarde, Gregori (2016)
estudió las prácticas de sexo BDSM y analizó, desde este otro campo, cómo llegan a
confluir la violencia y el consentimiento, y cómo estas situaciones solo pueden pensarse

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contextualmente.

Todos estos trabajos observan que entender el consentimiento como marco absoluto e
indicador de ausencia de conflicto, dolor o violencia es una interpretación problemática,
tanto en situaciones extremas como en las cotidianas. El sujeto implicado en relaciones
de deseo y afecto es objeto de pasiones múltiples que oscilan entre cálculo y
entendimiento racional. El deseo en sí mismo es todo menos libre y racional, su motor es
una pulsión opaca que tiene una dinámica inquietante para el propio sujeto. Deseo y
consentimiento se aproximan solo asintóticamente, se acercan pero nunca se tocan. Por
ello, que el consentimiento se haya vuelto un imperativo para la determinación del sexo
bueno puede significar la introducción de un nuevo problema, justo ahí donde se intentaba
subsanar otro.

Marcela Iacub (en Iacub et al., 2008) sostiene que la sexualidad organizada en función
del deseo se ha entrampado al confundir individuo con sujeto y consentimiento con deseo,
y promover la intervención desde el derecho como precario marco analítico para
comprender e intervenir sobre la vida social. Greoffroy de Lagasnerie (2022) plantea que
en la vida sexual hay

… una complejidad consustancial a las relaciones sexuales porque están marcadas


por ambivalencias permanentes. La sexualidad es un ámbito donde hay una
diseminación de las prácticas y de las relaciones subjetivas con ellas, un continuo de
las situaciones que pueden ir del malentendido a la autorrestricción y navegar entre
la violencia y la costumbre, el sí y el no, lo dicho y lo no dicho, el placer y el tedio
(p. 47).

Esta condición inestable de la sexualidad, habitualmente reconocida como “zona gris” de


la experiencia sexual, entra conflictivamente en relación con las lecturas jurídicas, dice el
autor. Pero además genera ansiedades impensadas en los sujetos subjetivados en el
lenguaje del consentimiento.

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El sujeto contemporáneo, beneficiario de la liberación sexual, es decir, de una sexualidad


sin destino y con múltiples posibilidades, es el mismo sujeto que se encuentra asediado
por los fantasmas de los múltiples acosos. Se torna inevitable pensar que aquellos temores
resultan coextensivos al despliegue de la sexualidad consentida en sus múltiples terrenos,
pues no solo el deseo es opaco, también el consentimiento es escurridizo. ¿Quién puede
y cómo puede asegurarlo tal y como se le reclama?

Hoy el sujeto se mira en las redes, cual narciso en el espejo, construye allí alineadamente
una imagen gozosa de sí10. Lo interpelan productivamente los discursos reguladores de la
sexualidad (jurídico, morales y feministas), que en las redes e instituciones se presentan
redondos, completos, coherentes. Al celebrar esa imagen-de-sí, el sujeto olvida lo
desmembrado que está, lo deshilachado de su cuerpo, lo inestable y lo opaco de su deseo.
Las imágenes que componen aquellos discursos reguladores aplanan esa experiencia
desmembrada que no dejamos nunca de ser. En la imagen creada no hay fuga, no hay
profundidad, no hay contradicción ni vacilación…

Sin embargo, y a pesar de todo, el sujeto experimenta la tiranía del propio deseo y su
desacople con esas representaciones deseables. El sujeto sufre tanto por los actos
potenciales que amenazan con herirlo como por la inestabilidad inadvertida/inadmitida
de la propia sexualidad (y la de los otros). Sufre, desconfía, sospecha. La sospecha de las
violencias va de la mano de la sospecha del propio deseo. El pánico sexual securitista le
promete subsanar los temores con castigo. Pero los castigos nunca podrán saciar el deseo.
Por ello, la sospecha y la búsqueda de punición tienden al infinito. No hay saciedad en
las demandas de castigo ni en la tiranía del deseo. Las promesas de reparación nunca se

10
Podríamos pensar que la relación de este sujeto con estos dispositivos se asemeja al del infante en el
período que Lacan denominó “estadio del espejo”. Lo explico brevemente: hacia 1946, Lacan sostiene que
entre los 6 meses y 2 años los/as niños/as experimentan la primera experiencia de la unificación del yo a
partir de reconocerse en el espejo. El niño, hasta ese momento, dice, se siente desmembrado, no coordina
movimientos, no es completamente rey de su morada, el cuerpo. Pero, en esa etapa, se ve en el espejo y se
reconoce unificado y ríe frente a la imagen porque le da júbilo esa unidad que aún no siente. La imagen,
plantea, se precipita de un modo alienante para el sujeto. Usa la palabra “alienante” en el sentido de algo
que viene de fuera, no es él el que pudo producir su propia imagen. Viene de fuera del espejo. Ahora, Lacan
y Winnicott, en especial, dirán que el espejo no es literal, que el espejo son los otros fundamentales. Es la
madre diciéndole qué lindo que sos, o reconociendo con él su imagen en el espejo. El trabajo de
reconocimiento de los otros de la propia imagen es central.

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completarán.

A modo de cierre

La figura de Anna O. a comienzos del siglo XX permitía hablar de los malestares de la


sexualidad en una época en que todo parecía ser decoro y restricción. El malestar tomaba
la forma del deseo que, a pesar de todo, insistía. Hoy, más de un siglo después, cuando
las Anna parecen haber vencido a la represión misógina, aparecen otros fantasmas. Entre
Gisèle y Lily, son los ecos de Dora11 los que acechan resquebrajando el relato triunfal de
una sexualidad plenamente gozosa y liberada. No me refiero a casos concretos de acoso
o de abuso, sino a sus sombras: los temores, las sospechas, las alarmas por acoso o abuso.
Espectros que, pese a los intentos de relegarlos a los márgenes de la vida sexual, insisten
en ser parte de la experiencia erótica contemporánea.

Independientemente de lo que representó para el psicoanálisis e, incluso, más allá de lo


que fue su vida real, Dora llegó a convertirse (vía la versión crítica del feminismo sobre
el psicoanálisis) en el emblema del abuso desestimado. En el tiempo presente podríamos
pensar en ella como el síntoma de nuestro tiempo, de nuestros malestares. Su figura
encarnaría no el acoso sino el temor al acoso. Pero, ¿son los riesgos o los peligros
implicados en las prácticas sexuales contemporáneas lo que engendra ese pánico sexual
o es la fragilidad de los instrumentos que actualmente regulan la diferencia entre sexo
bueno y sexo malo?

El régimen jurídico de la sexualidad instrumentado por la militancia feminista ha sido


exitoso en visibilizar situaciones de violencia que durante décadas fueron toleradas. Sin
embargo, en los últimos años, ha dado lugar a un estado de hiperalarma, en sintonía con

11
Freud analizó a Dora (Ida Bauer), una joven de 18 años con síntomas de histeria. Su caso reveló un
conflicto familiar: su padre tenía una amante y el esposo de esta, el Sr. K, intentó seducirla. Dora rechazó
al Sr. K, pero su familia desestimó su relato. Freud interpretó sus síntomas como deseo reprimido; incluso
sugirió una atracción hacia la esposa del Sr. K. Dora abandonó el tratamiento abruptamente. Aunque
influyente, el caso ha sido criticado por su sesgo patriarcal y la falta de reconocimiento de la perspectiva
de Dora.

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la expansión del régimen securitario y las lógicas punitivas del neoliberalismo. La


concentración de la solución a esta “epidemia de los abusos” en el asunto del
consentimiento no mejoró el problema para los casos de las llamadas zonas grises. En
ellos, el pánico sexual se instaló en el centro de las relaciones interpersonales generando
desconcierto en todos los géneros. La preocupación por identificar un daño y promover
su denuncia, o por descubrirse como perpetrador y enfrentar una acusación, desplazó del
centro de la experiencia sexual tanto el encuentro como el desencuentro, la invitación
deseada y la no deseada, e incluso el rechazo, elementos siempre incómodos pero
inherentes a la relación con la propia sexualidad y la de los demás.

La sexualidad está tan lejos de ser una experiencia meramente biológica como una
meramente moral, es decir, no se circunscribe completamente al terreno de la necesidad
ni al del deber. La sexualidad es un asunto mucho más complejo y al mismo tiempo es
central en las sociedades humanas. Sin embargo, muta en el tiempo y el espacio. No tiene
una sola forma y, por tanto, es esquiva a un juicio moral descontextualizado y se burla de
cualquier captura cientificista.

En Nueva Guinea, Maurice Godelier (1986) observó que los Baruya consideraban que los
varones, por haber nacido de vientres femeninos, estaban debilitados en su masculinidad.
En el ingreso a la pubertad se practicaba un ritual para revertir la situación. Los
adolescentes debían hacer un fellatio a los adultos mayores para incorporar el semen y la
masculinidad. Malinowski, en su estudio de los Trobians, advirtió que este pueblo no
tenía asociada la reproducción al coito. Consideraban que las mujeres quedaban
embarazadas luego de sumergirse en una laguna habitada por los espíritus de los
ancestros, de modo que los/as jóvenes tenían menos regulada la sexualidad entre ellos/as
en relación con sus pares occidentales.

Todas son experiencias de la sexualidad diversas, ni naturales ni contranaturales, ni


buenas ni malas, ni acertadas ni erróneas. Sin embargo, tanto Godelier como Malinowski
tomaron notas en sus libretas de campo de los sufrimientos que los rituales y
reglamentaciones comportaban para algunos/as de los/as integrantes de aquellas

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comunidades. En este mismo sentido, este trabajo no pretende producir un juicio sobre
las experiencias contemporáneas, pero intenta contribuir a pensar aspectos de su
padecimiento en el análisis del problema de los espectros del acoso y el abuso procurando
evitar tanto una adhesión moral como una mirada exotizante.

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Teseo

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