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Somos Hechura Suya

El pasaje de Efesios 2:1-10 describe la condición espiritual del ser humano, que está 'muerto' en sus delitos y pecados, y cómo, a través de la gracia de Dios, se ofrece la salvación y la resurrección con Cristo. Pablo contrasta la naturaleza caída del hombre, que vive en esclavitud y condenación, con la nueva vida que se recibe por la fe en Cristo, destacando que somos creados para buenas obras. La salvación es un regalo inmerecido que glorifica a Dios y transforma nuestras vidas.
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Somos Hechura Suya

El pasaje de Efesios 2:1-10 describe la condición espiritual del ser humano, que está 'muerto' en sus delitos y pecados, y cómo, a través de la gracia de Dios, se ofrece la salvación y la resurrección con Cristo. Pablo contrasta la naturaleza caída del hombre, que vive en esclavitud y condenación, con la nueva vida que se recibe por la fe en Cristo, destacando que somos creados para buenas obras. La salvación es un regalo inmerecido que glorifica a Dios y transforma nuestras vidas.
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Resucitados con Cristo - Efesios 2:1-10

Introducción

La historia de la humanidad ha demostrado que el hombre no es capaz de crear una sociedad justa, libre, humana y
tranquila. El hombre mismo parece estar fuera de su centro.

Con este panorama de fondo, el apóstol Pablo nos invita a reflexionar en este pasaje en Efesios.

Primero nos conducirá hasta las profundidades del pesimismo acerca del hombre: "Estabais muertos en vuestros delitos
y pecados". Y luego nos llevará a las alturas de la gloria de Dios: "Nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo
Jesús".

Nos mostrará lo que el hombre es por naturaleza y lo que puede llegar a ser por la gracia de Dios.

En el capítulo 1 (Ef 1:15-23), Pablo había estado orando por sus lectores para que Dios les diera "espíritu de sabiduría y
de revelación en el conocimiento de él" para que de esta forma pudieran llegar a entender las riquezas de la herencia
que les esperaba en el cielo, y también "la supereminente grandeza de su poder" que estaba a su disposición, y de la
que Dios había hecho una demostración histórica al levantar a su Hijo de entre los muertos y exaltarlo "sobre todo
principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el
venidero".

Cuando llegamos al capítulo 2, vamos a encontrar que este triunfo glorioso que Cristo experimentó sobre la muerte, es
compartido con todos aquellos que creen en él: "Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos
y pecados..."

Lo que somos por naturaleza

El apóstol comienza haciendo una descripción demoledora de la condición humana apartada de Dios en la que están
incluidos todos los hombres: "estabais muertos" (Ef 2:1)... "también todos nosotros... lo mismo que los demás" (Ef 2:3).

En los tres primeros capítulos de Romanos, Pablo desarrolla el mismo argumento para concluir que tanto los paganos,
como los judíos y finalmente toda la humanidad son culpables ante Dios por sus pecados.

Por supuesto, muchas personas discuten este diagnóstico que Dios ha dejado escrito en su la Palabra:

Algunos estarían dispuestos a admitir que hay algunas áreas de sus vidas que necesitan de ciertos cambios, pero de
ninguna manera aceptarían un diagnóstico que los coloca como "muertos", sin posibilidad de recuperación. No se ven tan
mal a sí mismos.

Otros siguen imaginando que el hombre tiene buen corazón y que en tal caso hay que hacer algo para que brote y se
manifieste. Sugieren que con mejores leyes sociales, mayor bienestar y educación el ser humano puede llegar a
conseguir una sociedad justa.

Pero el problema de no tener un diagnóstico correcto del origen y la gravedad de la situación del hombre, le lleva una y
otra vez a tomar medidas para solucionarlo que se muestran completamente inadecuadas.

Una enfermedad radical requiere una remedio radical, y mientras el hombre siga fracasando en reconocer la gravedad de
su condición, seguirá poniendo remedios superficiales e ineficaces. Por supuesto que una mejor educación es muy
deseable, igual que leyes más justas que sean administradas con justicia, pero todo ello no podrá rescatar al ser humano
de su estado de muerte espiritual.

1. "Estábamos muertos"

La muerte a la que se refiere aquí es a la "separación de Dios". Esto queda bien ilustrado en la parábola del hijo pródigo,
cuando en su regreso el padre dice: "éste... era muerto, y ha revivido" (Lc 15:32).

La fuente de la vida verdadera es Dios, por lo tanto, estar sin él es estar "muertos" o "ajenos de la vida de Dios" (Ef 4:18).

La causa de esta muerte es debida a nuestros "delitos y pecados".


La palabra "delito" incluye el cruzar un límite establecido o desviarse del camino correcto.

Por otro lado, "pecado" tiene que ver con no dar en el blanco, o no alcanzar la medida.

Cuando juntamos las dos palabras, vemos que Dios nos ve como rebeldes y fracasados. Y por supuesto, un diagnóstico
como éste, no es fácil de aceptar, porque derrumba el buen concepto que normalmente tenemos de nosotros mismos.

Por otro lado, cuando miramos a nuestro alrededor, el diagnóstico de Pablo no parece coincidir con la realidad que nos
rodea. Por ejemplo, nos resulta difícil pensar que un intelectual ateo con una mente despierta esté muerto, o un ágil
futbolista o una estrella del cine con una personalidad arrolladora estén igualmente muertos.

Pero la esfera más importante del ser humano y a la que Dios se refiere en su diagnóstico, no es el cuerpo, ni la mente,
ni la personalidad, sino su espíritu. Y aquí tenemos que recordar una vez más las palabras del profeta Isaías:

(Is 59:2) "Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han echo ocultar de
vosotros su rostro para no oír."

El pecado siempre trae aparejada inevitablemente la muerte. Parecen vivos, pero podríamos decir que la suya es una
muerte viviente (1 Ti 5:6).

Y si queremos buscar una solución adecuada para el problema, es necesario que previamente tomemos conciencia de la
tragedia de la humanidad caída: el ser humano fue creado por Dios y para Dios, y ahora está intentando vivir sin Dios.
Esto no es posible.

2. Estábamos esclavizados

Cuando Pablo dice que "andábamos en nuestros delitos y pecados", está describiendo una forma de comportamiento, un
modo de vida. Y la triste realidad es que en ella no había libertad, sino una terrible esclavitud a fuerzas sobre las que
carecíamos de control.

¿Cuáles eran estas fuerzas que mantienen al hombre caído en cautividad?

(Ef 2:2) "La corriente de este mundo". Con esta expresión se refiere al mundo como una sociedad organizada sin Dios,
que ha dejado los valores del reino de Dios, y da culto al materialismo y al hombre. La gente no se da cuenta, pero
sucumben ante esta influencia poderosa que nos llega a través de la cultura del ocio por la televisión, el cine, las
revistas...

(Ef 2:2) "El príncipe de la potestad del aire", es decir, el diablo. La frase nos indica que él opera en el mundo invisible
donde tiene dominio sobre "principados y potestades". Y también tiene el control de los "hijos de desobediencia",
aquellos que no se han querido sujetar a la voluntad de Dios.

(Ef 2:3) "Los deseos de nuestra carne". Por supuesto, en este contexto el término "carne" se refiere a la naturaleza
humana caída. No debemos pensar que algunos deseos de nuestro cuerpo como el comer, dormir u otras cosas, sean
pecaminosas en sí mismas. Pero nuestra naturaleza caída puede convertirlas en algo malo. Por ejemplo, el deseo de
comer puede derivar en glotonería, o el de dormir en pereza, o el apetito sexual en lujuria. Pero los deseos de la carne de
los que Pablo trata aquí no son exclusivamente aquellos relacionados con el cuerpo, también incluyen el orgullo
intelectual, la arrogancia, la envidia, la venganza... y sobre todo, el rechazo de la verdad de Dios.

Pero no podemos culpar enteramente de nuestra situación de esclavitud al mundo, el diablo y la carne. Nosotros somos
los principales culpables, porque a sabiendas y voluntariamente nos habíamos rebelado contra la autoridad de Dios, y así
nos convertimos en "hijos de desobediencia".

3. Estábamos condenados

Pablo lo expresa por medio de una frase que provoca mucha hostilidad en nuestros días: "éramos por naturaleza hijos de
ira" (Ef 2:3).

Debemos aclarar que la expresión "hijos de ira" no se refiere a niños pequeños que están bajo la ira de Dios. Pablo utiliza
aquí otro hebraísmo (como "hijos de desobediencia"), para referirse a la raza humana que por haber rechazado a Dios
son objetos de su ira.
Ahora bien, muchas personas rechazan el concepto de un "Dios de ira". Y por supuesto, no debemos pensar que su ira
sea como la del hombre, algo que tenga que ver con el mal carácter, la venganza, la malicia o la animosidad. La ira de
Dios nunca es arbitraria, sino que es su reacción previsible e inevitable frente al mal.

Debemos notar también que la ira de Dios no está reñida con su misericordia y su amor. Todas están unidas en su
carácter. De hecho, Pablo relaciona todos estos conceptos con Dios unos detrás de otros: "Éramos por naturaleza hijos
de ira... Pero Dios que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó..." (Ef 2:3-4).

Pero aún nos surge otra pregunta más: ¿En qué sentido éramos "por naturaleza" hijos de ira?

En su argumentación Pablo está estableciendo un contraste entre lo que éramos "por naturaleza" y lo que hemos llegado
a ser "por gracia".

Pablo parece que está apuntando a nuestra pertenencia a la raza humana caída como el origen de nuestra condición de
"hijos de ira". Este es el mismo argumento que expone en (Ro 5:12-14). Allí dice que todos pecaron en y con Adán: "Por
la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres" (Ro 5:17). El hecho de que todos los hombres traemos
esta naturaleza caída cuando nacemos, se manifiesta por el hecho de todos pecamos: "La muerte pasó a todos los
hombres, por cuanto todos pecaron" (Ro 5:12). No podemos culpar enteramente a Adán, porque nosotros también
hemos pecado.

Lo que somos por la gracia de Dios

En medio de esta condición desesperada que el hombre enfrenta por su naturaleza caída, Dios ha intervenido para
revertir nuestra situación: "Pero Dios... nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)".

Estábamos muertos... y nos ha resucitado con Cristo.

Éramos esclavos... y nos ha sentado con Cristo en los lugares celestiales en una posición de honor y poder.

1. Lo que Dios ha hecho

Pablo afirma que Dios nos ha salvado: "Por gracia sois salvos" (Ef 2:5,8).

¿En qué consiste esta salvación? Pablo describe la salvación en términos de nuestra unión con Cristo.

(Ef 2:5) "Nos dio vida juntamente con Cristo"

(Ef 2:6) "Juntamente con él nos resucitó"

(Ef 2:6) "Nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús"

Lo asombroso es que Pablo no está escribiendo únicamente acerca de Cristo, sino de nosotros también. Notemos bien lo
que dice: Dios nos resucitó, levantó y sentó a nosotros con Cristo.

Es fundamental dar toda la importancia debida al hecho de que todos estos beneficios los recibimos en virtud de nuestra
unión con Cristo. Esto es lo que realmente distingue al verdadero cristiano: "está en Cristo".

Tal vez en este momento sea conveniente añadir también que aunque Pablo comienza a describir esta unión a partir de
nuestra resurrección con Cristo, realmente ésta empieza antes: (Col 2:20) "Si habéis muerto con Cristo". Es importante
señalar que el verdadero creyente no es sólo aquel que cree que Cristo murió por sus pecados, sino aquel que muere
con Cristo: (Ga 2:20) "Con Cristo estoy juntamente crucificado...", (Ga 5:24) "Los que son de Cristo han crucificado la
carne con sus pasiones y deseos".

2. Por qué lo ha hecho

Para expresar el origen de esta iniciativa salvadora de Dios, Pablo usa cuatro palabras: "misericordia", "amor", "gracia" y
"bondad".

Como ya ha explicado anteriormente, nosotros "estábamos muertos", por lo tanto, éramos incapaces de salvarnos a
nosotros mismos. No había ninguna obra que pudiéramos hacer, ningún mérito que nos ayudara a obtener la salvación.
Todo lo recibimos como un favor inmerecido de parte de Dios por la fe. No hay lugar para ninguna glorificación humana;
toda la gloria le corresponde a él.
Por eso Pablo añade que nos salvó a fin de poder "mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su
gracia" (Ef 2:7).

Cuando Dios levantó y exaltó a su Hijo, demostró "la supereminente grandeza de su poder" (Ef 1:19), pero cuando nos
levantó a nosotros, demostró también "la abundantes riquezas de su gracia". Ahora somos evidencias vivientes de su
bondad que señalan hacia él, y lo seguirán haciendo durante toda la eternidad.

Pero no sólo en la eternidad, también ahora debemos manifestar la grandeza de lo que Dios ha hecho en nosotros por
medio de obras que le glorifiquen: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras; las cuales
Dios preparó de antemano pan que anduviésemos en ellas" (Ef 2:10).

Pablo ya ha explicado con claridad que somos salvos por la gracia y "no por obras, para que nadie se gloríe" (Ef 2:9). Sin
embargo, la verdadera salvación siempre produce frutos. Así que, aunque no somos salvos por obras, si que hemos sido
creados en Cristo Jesús para buenas obras.

Y ahora Pablo termina subrayando un contraste con lo que dijo al principio. Cuando estábamos muertos en nuestros
delitos y pecados "andábamos siguiendo la corriente de este mundo" (Ef 2:2), pero ahora que hemos resucitado con
Cristo, Dios ha preparado buenas obras "para que andemos en ellas" (Ef 2:10). El contraste es absoluto, por lo tanto, la
nueva vida en Cristo se tiene que percibir en nosotros.

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