Neidy
Soñando con el jardín del mundo
que aún no conoce.
En un rincón silente del mapa, donde el
viento juega a esconderse entre las
cortinas, vive Neidy un suspiro con nombre
propio. Su belleza no es solo figura: es
mirada que brilla como reflejo de luceros
en agua quieta, es cabello que se
despliega como hilos dorados bajo la
caricia del sol del mediodía. Su rostro
guarda un misterio dulce, como si llevara
dentro mil cuentos que aún no se han
contado.
Neidy habita una casa que conoce cada
uno de sus pasos. Las paredes la escuchan
soñar, los relojes saben que el tiempo con
ella se vuelve distinto. La soledad no le
pesa, pero tampoco la abraza. Es como un
vestido que se ha acostumbrado a usar,
aunque en su corazón anida la inquietud
de quitárselo. A veces baila sola en la sala,
inventando músicas que aún no existen, y
en las noches mira por la ventana,
preguntándose cómo se siente el mundo al
otro lado de su horizonte.
Sueña con trenes que no hacen ruido, con
lenguas que no entiende pero que quiere
aprender, con calles mojadas de otros
países y con voces nuevas que le digan su
nombre como si fuera un descubrimiento.
En sus sueños, Neidy no está sola; su
sombra se convierte en alas, y vuela con
ella hacia destinos que huelen a café
recién hecho, a historias que no caben en
libros.
Neidy no lo sabe aún, pero el mundo
también sueña con conocerla.