📖 La memoria de los domingos
Elena tenía un ritual que no había cambiado desde hacía décadas: cada domingo, al filo de
las nueve de la mañana, preparaba café fuerte, cortaba una tajada generosa de pan dulce y
se sentaba frente a la ventana del comedor. Desde allí podía ver el parque, los árboles altos,
la fuente en el centro, y a veces, a los niños que jugaban en bicicleta. Pero, sobre todo,
esperaba la llegada de los recuerdos.
No lo hacía de forma consciente. Simplemente ocurría. El vapor del café, el sonido de los
pasos de la vecina del tercer piso, el canto tímido de algún gorrión bastaba para traerle de
vuelta pedacitos de su vida. A veces eran nítidos, otras borrosos, como si el pasado se
disfrazara de niebla. Pero ella los recibía con gratitud, incluso cuando dolían.
Tenía 78 años y vivía sola desde hacía cuatro. Su esposo, Jorge, había muerto después de
una enfermedad silenciosa y larga. Nunca hablaron del final. En los últimos días, él le pidió
solo una cosa: que siguiera su rutina. “No dejes de tomar café los domingos, ni de escribir
en tu cuaderno azul”, le dijo con voz ronca. Y ella cumplió.
El cuaderno azul estaba siempre sobre la mesa. No era un diario, ni un registro formal. Allí
anotaba palabras sueltas, frases que venían a su mente sin explicación, recuerdos
incompletos, a veces incluso dibujos: un tenedor, un rostro de perfil, una banca vacía.
Nadie más entendía ese lenguaje, pero para Elena tenía sentido. Era su manera de no
perderse en los días.
Ese domingo de abril, mientras la ciudad despertaba perezosa, Elena escribió en su
cuaderno: “Paco traía flores los martes”. Y luego se detuvo. ¿Paco? ¿Quién era Paco? La
frase había llegado sola, como dictada desde un rincón escondido del cerebro. Sintió una
punzada leve en el pecho. El nombre no le resultaba del todo ajeno, pero tampoco podía
situarlo.
Cerró los ojos. Se concentró. Imaginó un ramo de margaritas en una bolsa de papel. Una
puerta blanca. Una risa masculina. Y de pronto, lo vio: Paco era su vecino cuando tenía
veintitantos años, cuando vivía en una pensión del centro, recién llegada a la ciudad. Él era
estudiante de teatro. Le llevaba flores cada martes, sin decir mucho, y a veces se quedaba
en el rellano de la escalera cantando canciones francesas. Nunca fueron pareja, pero
compartieron una época, una complicidad callada. Elena había olvidado su existencia...
hasta ese momento.
Se sintió agradecida. Había recuperado una imagen que creía perdida para siempre. Anotó
más en el cuaderno: “Cantaba ‘Ne me quitte pas’ con voz de arena”. Y al hacerlo, algo
dentro de ella se iluminó.
Más tarde, salió al parque. Caminó despacio, se sentó junto a la fuente. A su lado, una
joven leía un libro grueso. Elena no pudo evitar mirar de reojo la portada: El amor en los
tiempos del cólera. Sonrió. Ella también había amado a través del tiempo, aunque con
menos drama. Su amor había sido constante, silencioso, como el agua que fluye sin hacer
ruido.
La joven la miró y le devolvió la sonrisa.
—¿Lo ha leído? —preguntó.
—Sí… hace muchos años —respondió Elena—. Recuerdo que me gustó. Aunque creo que
ahora entendería cosas que antes no vi.
La conversación no fue larga. Solo un par de frases más. Pero a Elena le bastó. Regresó a
casa con el corazón liviano. Se preparó un segundo café y hojeó las páginas del cuaderno
azul. Al final de la última hoja, escribió:
“Hoy recordé a Paco. Y también recordé que estoy viva”.
✅ Preguntas para después de la lectura:
1. ¿Qué hacía Elena todos los domingos por la mañana?
2. ¿Qué tipo de cosas escribía en su cuaderno azul?
3. ¿Quién era Paco y por qué fue importante recordarlo?
4. ¿Qué emoción sintió Elena al recuperar esa memoria?
5. ¿Qué sucedió en el parque con la joven lectora?
6. ¿Cómo te imaginas que fue la vida de Elena antes?
7. ¿Qué significa para ti la frase final: “Hoy recordé a Paco? ¿Y también recordé que
estoy viva”?
📖 Historia 2: “Los relojes de la casa grande”
En la casa donde creció Inés, había al menos cinco relojes. No eran digitales ni pequeños,
sino grandes, sonoros, antiguos. Uno en la sala, con péndulo y campanadas cada media
hora. Otro en el comedor, sobre un aparador de madera. El de la cocina estaba medio roto,
pero su tictac seguía firme. Y había dos más, más discretos, en los dormitorios. La casa
parecía respirar a través de ellos.
Cuando su madre aún vivía, Inés decía que esos relojes la ayudaban a no perder el ritmo.
“Una casa con silencio absoluto se muere”, decía con una voz serena pero firme. Ella
limpiaba cada reloj con un trapo especial, les daba cuerda y les hablaba como si fueran
viejos conocidos.
Pasaron muchos años desde entonces. La casa grande quedó sola cuando su madre murió y
su hermana menor decidió mudarse lejos. Inés, que ya rondaba los setenta, fue la única que
no quiso marcharse. No por falta de oportunidades, sino por afecto: en esa casa estaba su
infancia, el olor de las tostadas al amanecer, los pasos apresurados de su padre al salir a
trabajar, las risas apagadas cuando ella y su hermana hablaban a escondidas en la noche.
El problema, ahora, era otro: los relojes empezaban a fallar. El del comedor ya no sonaba.
El de la sala se atrasaba. El de la cocina apenas movía la aguja. Inés se resistía a llevarlos a
reparar. Le parecía una traición. Como si forzarlos a funcionar fuera negar que el tiempo,
como la vida, también se cansa.
Una tarde lluviosa de agosto, mientras barría el polvo acumulado en la biblioteca, encontró
una caja con fotos. Algunas en blanco y negro, otras descoloridas. En una de ellas aparecía
su madre, joven, arreglando el reloj del comedor. En otra, su padre sostenía una caja de
herramientas frente al reloj de la sala. Y en una tercera, ella misma, de niña, señalaba con el
dedo las agujas del reloj de la cocina mientras sonreía.
Se sentó en el suelo, sin importarle el polvo. Pasó largo rato mirando las fotos. El sonido
del tictac de uno de los relojes, apenas audible, la envolvía como una canción lejana.
Esa noche, tomó una decisión. No los llevaría a reparar. Pero sí escribiría sobre ellos. Así
que comenzó un cuaderno nuevo: “Los relojes de la casa grande”, tituló en la primera
página. Y dedicó cada día a contar una historia sobre uno distinto: el día que su hermana
escondió una carta dentro del reloj de péndulo, el cumpleaños en que todos los relojes
dieron la hora al mismo tiempo como por arte de magia, la noche que su madre lloró sin
que nadie supiera por qué, justo cuando el reloj de la cocina se detuvo.
Las palabras le dieron consuelo. No detenían el deterioro, pero sí lo honraban. Porque a
veces, más importante que hacer funcionar un reloj, es recordar qué marcaba cuando sí lo
hacía.
✅ Preguntas para después de la lectura:
1. ¿Cuántos relojes había en la casa de Inés?
2. ¿Por qué eran importantes para su madre?
3. ¿Qué hacía Inés en vez de repararlos?
4. ¿Qué encontró en la biblioteca?
5. ¿Qué decidió hacer con los recuerdos de los relojes?
6. ¿Hay algún objeto en tu vida que te conecte con recuerdos importantes?
📖 Historia 3: “Donde terminaba el tranvía”
Antes de que construyeran los centros comerciales y las grandes avenidas, había una línea
de tranvía que llegaba hasta los bordes de la ciudad. Allí, justo donde terminaban los rieles,
comenzaba un campo amplio con pasto alto, árboles frondosos y una banca de madera
gastada. Ese era el lugar favorito de Luisa cuando tenía veinte años.
Aquel era un sitio sin nombre en los mapas, pero muy conocido entre quienes necesitaban
un respiro. Ella iba sola casi siempre. Se bajaba del tranvía, caminaba unos metros entre los
arbustos y se sentaba a escribir. Llevaba un cuaderno de tapas negras que usaba solo para
ideas sueltas, frases que escuchaba, sensaciones que no sabía explicar. A veces se quedaba
en silencio, observando a los pájaros o a los niños que corrían descalzos. Otras veces
lloraba, sin razón clara, como si el viento supiera más que ella.
Después del trabajo en la oficina de archivo, ese lugar le devolvía la calma. A veces
aparecía un joven con una guitarra, que tocaba canciones tristes. No se hablaban. Pero
Luisa llegó a conocer sus melodías como si fueran parte del paisaje.
Un día, el tranvía dejó de pasar. Dijeron que era obsoleto, que vendrían buses nuevos y
rutas más modernas. La línea fue retirada en silencio, sin ceremonia. La ciudad creció por
encima de los campos, los arbustos fueron arrancados, y donde estuvo la banca ahora hay
un parqueadero.
Luisa no volvió. Durante años, creyó que ese rincón del mundo había desaparecido también
de su memoria. Pero un día cualquiera, al ordenar su armario, encontró el cuaderno de tapas
negras. Lo abrió con manos temblorosas. Allí estaban las frases, las canciones, incluso una
hoja seca que había guardado sin querer.
Entonces lo recordó todo. Con nitidez. El olor a pasto, el crujido de la madera, el sonido del
tranvía al llegar. El joven de la guitarra. Las lágrimas que se iban con el viento.
Desde entonces, empezó a escribir cada noche. No sobre grandes cosas. Solo fragmentos.
“Hoy olí algo parecido al campo”. “Escuché una guitarra lejana en la radio”. “Vi a un niño
descalzo corriendo”. Como si el tranvía aún pasara, solo que en otro tiempo. En otro plano.
Y una noche, escribió la frase más simple y más verdadera:
“Donde termina algo, a veces empieza la memoria”.
✅ Preguntas para después de la lectura:
1. ¿Dónde se encontraba el lugar favorito de Luisa?
2. ¿Qué hacía ella allí?
3. ¿Quién más aparecía a veces en ese lugar?
4. ¿Qué ocurrió con el tranvía?
5. ¿Cómo recuperó Luisa esos recuerdos?
6. ¿Qué tipo de cosas empezó a escribir cada noche?
7. ¿Qué significa la frase final para ti?