Proyecto transversal de lectura, escritura y oralidad 6° y 7°
Soy líder LEO, produzco y me divierto
EL FANTASMA DE LA ABUELA - fragmento
Mario Mendoza
Me llamo Felipe Isaza. Nunca he sido un niño muy normal que digamos. Mis compañeros de colegio cumplen
con sus obligaciones, se ríen, juegan en los recreos, hacen las tareas y pasan las vacaciones con sus papás
muy contentos. Yo hago más o menos lo mismo, pero me gusta irme de la casa a ratos, cuando nadie se da
cuenta, y me siento por ahí en el parque, en la panadería, o simplemente pedaleo en mi bicicleta hasta que ya
no puedo más y tengo que regresar. Porque hay algo de lo que nunca he hablado con nadie: que la vida en mi
casa es un infierno.
Antes vivíamos en un barrio que se llama Castilla, al occidente de Bogotá. Ahora estamos pasando una
temporada en la casa de mi abuela materna, en Chapinero, abajo de la avenida Caracas. Mis papás están
construyendo una casa al norte y mientras la terminan decidieron que lo mejor era instalarnos donde la abuela
unos meses. Ella es viuda. Mi abuelo murió antes de que yo naciera. Pero ese no es el problema. El lío es que
ellos, mis papás, no hacen sino pelear todos los días, por una cosa o la otra. A veces no se dicen nada y pueden
pasar días enteros sin hablarse. Es horrible. Uno se sienta a almorzar o a comer con ellos, y es como si no se
vieran, como si cada uno estuviera en un universo separado, aparte. Me hablan a mí, pero no se hablan entre
ellos. Es un ambiente tenso, aburrido, como si a cada segundo estuviera a punto de caer una bomba y el mundo
se fuera a acabar.
Hay otras temporadas en que si uno se despierta en la noche y pone cuidado, los puede escuchar discutiendo,
levantándose la voz y disgustados siempre el uno con el otro. El otro día descubrí incluso que no estaban
durmiendo juntos. Papá había arrojado un colchón al suelo, se había conseguido un par de cobijas no sé dónde,
y estaba durmiendo en una esquina de la habitación.
Tal vez esa sea la razón por la cual me gusta encerrarme en mi cuarto y estar solo, o salir por ahí a buscar
lugares escondidos de la ciudad donde nadie me moleste ni me determine. Es triste ver cómo tus papás son un
par de enemigos que se odian cada día más. Como no tengo hermanos, no tengo con quién compartir esa
desdicha. No sé cómo hicieron para tenerme a mí, si se supone que un hijo debe ser fruto del amor y no del
odio. En fin.
Lo que quiero contar, en verdad, no es esto, sino que yo no me parezco a mis demás compañeros de colegio.
Yo presiento otros mundos que ellos desconocen. Hace unos meses me leí un libro increíble sobre una bruja
que vivía en una montaña sola y que desde allí se dedicaba a enviarle maleficios a la gente del pueblo, que
vivía abajo, en un valle. Unos días después, montando en bicicleta por Chapinero alto, encontré una casa que
se parecía mucho a la descripción del relato. Me hice al frente unos minutos. Y de repente, en una de las
habitaciones del segundo piso, se corrió una cortina y pude ver a una mujer vestida de negro que echaba un
vistazo a la calle fastidiada, como de mal genio. Tenía el cabello negro recogido atrás en una larga trenza y sus
manos estaban cubiertas por unos anillos que brillaban en la penumbra de esa alcoba misteriosa. Su mirada
era penetrante, agresiva, como dispuesta en cualquier momento a castigar o a herir al primero con el que se
tropezara. Me subí sobre mi bicicleta y salí despavorido de allí.
Otro día leí un cuento llamado “Canción de Navidad”, donde aparecía un tipo amargado y tacaño llamado el
señor Scrooge. Enseguida me tropecé con una casa antigua que parecía camuflada entre unos árboles junto a
la Universidad Nacional. Era la época de las vacaciones de diciembre. Daba la impresión de que durante años
nadie la hubiera habitado. El pasto estaba crecido, las paredes tenían una pintura descolorida y todo el armazón
parecía como si en cualquier momento se fuera a ir abajo. Y lo increíble es que una tarde estaba mirando los
alrededores, vigilando a ver quién diablos vivía allí, cuando se abrió la puerta y apareció en el umbral un hombre
viejo, de barba blanca, con el ceño fruncido y vestido con un abrigo sucio y desaliñado.
—¿Se le ofrece algo, jovencito? —me dijo sacando de repente y de manera amenazante un bastón que,
seguramente, mantenía escondido detrás de la puerta.
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—No, señor —dije tartamudeando de miedo.
—Y entonces, ¿qué está haciendo aquí? —Me preguntaba si quisiera usted colaborar con algún regalo de
Navidad para los niños pobres —dije improvisando lo primero que se me ocurrió.
—¡Qué Navidad ni qué ocho cuartos! —gritó enfurecido—. Si quiere regalos trabaje y cómprelos usted mismo,
jovencito.
—Sí, señor —murmuré mientras me subía en mi cicla y huía hacia la calle.
Unas cuadras más allá me detuve y me sonreí. ¡El señor Scrooge existía de verdad y solo yo sabía dónde
estaba su casa! ¡Increíble! Los escritores no inventaban nada, solo nos contaban historias que se repetían una
y otra vez a través de los tiempos. Y en este caso, el señor Scrooge se había materializado en una casa
escondida en Bogotá, en una calle desierta, entre unos matorrales sin cuidar y un césped sin podar.
Así me sucedió infinitas veces. Bastaba que yo leyera algo o viera alguna película que me gustara mucho, para
que a los pocos días o semanas me tropezara con una versión de esos mismos personajes y esa misma historia
en las calles de mi ciudad. ¿Por qué pasaba eso? ¿Por qué la realidad parecía desdoblarse de esa manera tan
extraña?
Me di cuenta también de que los adultos no percibían lo que yo percibía. Ellos viven atareados, siempre
corriendo de aquí para allá, trabajando, haciendo vueltas, como dicen ellos (como si giraran sin parar alrededor
de lo mismo), y parece que fueran ciegos y sordos. Incluso los maestros del colegio son así: lo miran a uno por
encima del hombro, como si el hecho de ser un niño lo convirtiera a uno en tonto o despistado. Y es al revés:
son ellos los que no ponen atención a esa realidad plegable, maleable, llena de sorpresas.
Una noche me despertó un alboroto en la casa. Escuchaba gritos por las escaleras y mi mamá lloraba sin parar.
Me levanté y salí a averiguar qué estaba pasando. Era mi abuela, que acababa de sufrir un infarto. Se había
quedado semiinconsciente y, cuando la encontraron en su cama, ya estaba amoratada y casi sin respirar. Unos
paramédicos estaban bajando su cuerpo en una camilla para subirlo a una ambulancia.
Nos vestimos con rapidez y nos fuimos para la clínica. Mis papás estaban tensos, nerviosos, y mi mamá lloraba
sin parar. Media hora después apareció un médico y nos comunicó que la abuela ya había llegado muerta a la
clínica. No había nada qué hacer. Llegó el hermano de mi mamá, el tío Pablo, que es profesor en la Universidad
Nacional,
y procuró consolarla diciéndole que una muerte rápida era lo mejor que le podía pasar a uno. El tío me encanta,
es un buen tipo, estudió Historia y Arqueología, y se la pasa viajando einvestigando siempre cosas raras. Él y
mi papá se saludan amablemente, pero nunca han sido buenos amigos. Son los polos opuestos. Mi papá quedó
huérfano desde joven, es hijo único y por eso no tengo parientes cercanos por el lado de él.
Velamos a la abuela en una funeraria y, al día siguiente, la cremamos en un cementerio al norte de la ciudad y
expandimos sus cenizas en el patio de su casa, que era donde ella quería permanecer. A mí me pareció un
poco tétrico ese espectáculo de esparcir sus cenizas en el pasto, entre las flores, y tener que imaginarme a la
abuela todos los días allá afuera, entre las matas y los árboles de su jardín.
Una de esas noches soñé que bajaba las escaleras hasta el primer piso, que abría la puerta de la cocina y que
salía al patio en piyama, descalzo. La abuela me estaba esperando con una sonrisa y con los brazos abiertos.
Aunque sabía que era un fantasma, no me dio miedo y la abracé cariñosamente.
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LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ
En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que en- fermó gravemente. Reunió a
los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros
nuevos que inventa- ron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez
peor. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eu- calipto, menta y plantas exóticas
traídas en caravanas de lejanos países.
Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no
mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera
capaz de curarle.
El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernan- te eran cuantiosas, y llegaron
médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin
embargo fue un trovador quien pronunció:
— Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor. Sólo hay que buscar a un hombre
feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.
Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra, pero en- contrar a un hombre feliz no
era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y
quien lo tenía se quejaba de los hijos.
Sin embargo, una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una peque- ña choza en la que un hombre
descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:
—¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares
¿qué más podría pedir?
Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El
hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:
—Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!
En medio de una gran algarabía, co- menzaron los preparativos para ce- lebrar la inminente
recuperación del gobernante.
Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su
gobernante, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:
—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!
—Señor –contestaron apenados los mensajeros–, el hombre feliz no tiene camisa (Tolstoi, 2020).
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La Sombra
Edgar Allan Poe
Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho
en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y
pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá
quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar
frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.
El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay
nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes,
sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia
de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era
evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el
planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco,
el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas,
en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.
En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de
nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una
alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro
mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra
vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no
podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas
materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y
por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los
sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso
muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que
nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro
que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo,
pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual
nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas
miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de
histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente,
aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros
en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de
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la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus
ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en
nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque
yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura
de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba
en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.
Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas
colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí
que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió
una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer
del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa
familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena
vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era
la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y
la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse,
sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se
alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver
cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que
bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos,
hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra
contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las
oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»
Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos,
pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de
seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos
con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.
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Los duendes
Los Hermanos Grimm
Érase una vez un zapatero que se había vuelto tan pobre, aunque no por su culpa, que al fi nal no le quedaba
más cuero que para un par de zapatos. Por la noche cortó los zapatos que quería terminar a la mañana
siguiente, y como tenía la conciencia limpia se metió tranquilamente a la cama, se encomendó a Dios y se
durmió.
A la mañana siguiente, después de haber recitado sus oraciones, se quiso poner de nuevo a su trabajo y se
encontró los zapatos totalmente terminados encima de la mesa. Asombrado no sabía que decir a esto. Cogió
los zapatos en la mano y los miró de cerca; estaban hechos de una forma tan perfecta que no había ni una mala
puntada, como si fueran una obra maestra. Poco después llegó un comprador y le gustaron tanto los zapatos,
que pagó más de lo que era normal, y con aquellas monedas el zapatero pudo hacerse cuero para dos pares
de zapatos. Los cortó por la noche y quiso, por la mañana, dedicarse al trabajo con fuerzas renovadas, pero no
lo necesitó, pues al levantarse estaban ya listos, y tampoco esta vez permanecieron ausentes los compradores,
que le dieron tanto dinero que ahora pudo comprar cuero para cuatro pares de zapatos.
A la mañana siguiente se encontró los cuatro pares de zapatos listos, y así siguió pasando que lo que cortaba
por la noche estaba hecho por la mañana. De tal manera que pronto llegó a tener para vivir decentemente, y fi
nalmente llegó a ser un hombre rico.
Entonces sucedió una noche, no mucho antes de Navidad, que, cuando el hombre ya había cortado de nuevo
los zapatos, antes de irse a la cama le dijo a su mujer:
–¿Qué pasaría si esta noche nos quedamos en pie para ver quién es el que nos presta tan buena ayuda?
La mujer asintió y encendió la luz, después se escondieron en la esquina de la habitación detrás de la ropa que
estaba allí colgada y estuvieron atentos.
Cuando llegó la medianoche, vieron dos hombrecillos desnudos y graciosos, se sentaron ante la mesa del
zapatero, cogieron todo el material cortado y comenzaron con sus deditos a clavar, cocer y golpear tan ágil y
rápidamente, que el zapatero no podía apartar la vista de lo admirado que estaba. No lo dejaron hasta que todo
estuvo terminado y listo sobre la mesa; después se fueron velozmente.
A la mañana siguiente dijo la mujer:
–Los hombrecitos nos han hecho ricos. Debíamos mostrarnos agradecidos. Corren por ahí sin nada en el cuerpo
y tienen que pasar frío. ¿Sabes una cosa? Les haré unas camisitas, chaquetas, petos y pantaloncitos, les tejeré
también un par de medias y tú hazle a cada uno un par de zapatos.
–Me parece muy bien.
Y por la noche, cuando tenían ya todo terminado, colocaron los regalos en vez del material cortado sobre la
mesa y se escondieron para ver como se comportaban los hombrecillos. A medianoche entraron saltando y
quisieron ponerse rápidamente al trabajo, pero cuando no encontraron ningún cuero cortado, sino las graciosas
piezas de ropa, primero se asombraron, pero luego dieron muestra de gran alegría. Con enorme rapidez se la
pusieron ajustándola a su cuerpo y cantaron:
–¿No somos elegantes muchachos retrecheros? –¿Por qué vamos a ser más tiempo zapateros?
Entonces brincaron, bailaron y saltaron sobre las sillas y bancos; luego se alejaron danzando por la puerta, y a
partir de ese momento no volvieron nunca más; al zapatero le fue bien toda su vida y tuvo suerte en todo lo que
emprendió.
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El Principito – fragmento
Antoine de Saint-Exupéry
–Buenos días – dijo el zorro.
–Buenos días – respondió cortésmente el Principito, que se dio vuelta, pero no vio nada.
Estoy acá - dijo la voz- bajo el manzano
–¿Quién eres? –dijo el Principito–. Eres muy lindo…
–Soy un zorro –dijo el zorro.
–Ven a jugar conmigo –le propuso el Principito–. ¡Estoy tan triste!...
–No puedo jugar contigo –dijo el zorro–. No estoy domesticado.
–¡Ah! Perdón – dijo el Principito.
Pero después de refl exionar agregó:
–¿Qué signifi ca “domesticar”?
–No eres de aquí –dijo el zorro–. ¿qué buscas?
–Busco a los hombres –dijo el Principito–. ¿Qué signifi ca “domesticar”?
–Los hombres –dijo el zorro– tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su
único interes. ¿Buscas gallinas?
–No –díjo el Principito–. Busco amigos. ¿Qué signifi ca “domesticar”? –volvió a preguntar el Principito–
–Es una cosa ya olvidada –dijo el zorro–, significa “crear lazos”
–¿Crear lazos?
–Si –dijo el zorro–. Para mi no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos.
No te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil
zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo.
Seré para ti único en el mundo…
–Empiezo a comprender –dijo el Principito–. Hay una flor… Creo que me ha domesticado…
–Es posible –dijo el zorro–. ¡En la tierra se ve toda clase de cosas…!
Oh! No es en la tierra –dijo el Principito–.
El zorro pareció intrigado:
–¿En otro planeta?
–Sí.
–¿Hay cazadores en ese planeta?
–No
–¡Es interesante eso! ¿Y gallinas?
–No
–No hay nada perfecto –suspiró el zorro.
Pero el zorro volvió a su idea:
–Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos
los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol.
Conoceré un ruido de pasos que será diferente a todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder
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bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves,
allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil.
Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro.
Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el
ruido del viento en el trigo…
El zorro calló y miró largo rato al Principito:
–¡Por favor… domestícame! –dijo.
–Bien lo quisiera –respondió el Principito–, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos
y conocer muchas cosas.
–Sólo se conocen las cosas que se domestican –dijo el zorro–. Los hombres ya no tienen tiempo de
conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de
amigos, los hombres ya no tienen amigos, ¡domestícame!
–¿Qué hay que hacer? –dijo el Principito–.
Hay que ser muy paciente –respondió el zorro–. Te sentarás al principió un poco lejos de mí, así, en la
hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día,
podrás sentarte un poco más cerca…
Al día siguiente volvió el Principito.
–Hubiese sido mejor venir a la misma hora –dijo el zorro–. Si vienes, por ejemplo a las cuatro de la
tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avancé la hora, más feliz me sentiré. A las
cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier
hora, nunca sabré a qué horas preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
–¿Qué es un rito? –dijo el Principito–. –Es también algo demasiado olvidado –dijo el zorro–. Es lo que
hace que un día sea diferente a los otros días: una hora, de las otras horas. Entre los cazadores, por
ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día
maravilloso. Voy a pasearme por la viña. Si los cazadores no bailaran en día fi jo, todos los días se
parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el Principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:
–¡Ah!... –dijo el zorro–. Voy a llorar.
–Tuya es la culpa –dijo el Principito–. No deseaba hacerte mal pero quisiste que te domesticara…
–Sí –dijo el zorro–.
–¡Pero vas a llorar! –dijo el Principito–.
–Sí –dijo el zorro.
–Entonces, no ganas nada.
–Gano –dijo el zorro –, por el color del trigo.
Luego agregó:
–Ve y mira nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para
decirme adiós y te regalaré un secreto.
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La suerte de Ozu
Hace muchos años, en tiempos de guerra, vivían en una granja un buen hombre con su hijo. La gente
del pueblo los consideraba ricos porque tenían un caballo. Una mañana, al entrar al establo, Ozu, el
hijo, encontró que su caballo había desaparecido. Corrió hasta donde estaba su padre. Llorando le
contó lo que había visto y le dijo que era lo peor que les había pasado.
Su padre, muy sabio, le contestó:
–¿Estás Seguro, hijo? ¿Cómo lo puedes saber? Buena suerte, mala suerte, quién sabe.
Al día siguiente cuando Ozu limpiaba el establo, escuchó unos caballos galopando a lo lejos. Salió a
mirar qué pasaba y se encontró con que su caballo volvía a la granja acompañado de una manada de
potros salvajes. Al ver esto, Ozu corrió hacia la granja gritando:
–¡Nuestro caballo ha vuelto y nos ha traído una manada de potros! ¡Esto es lo mejor que nos ha
pasado!
Su padre, muy sabio, le contestó:
–¿Estás Seguro, hijo? ¿Cómo lo puedes saber? Buena suerte, mala suerte, quién sabe.
Esa misma tarde, Ozu quizo domar a uno de sus nuevos potros.
En cuanto el caballo sintió el peso sobre su lomo, empezó a saltar sin control y Ozu cayó al suelo,
rompiéndose un brazo.
Ya en su cama, adolorido, le dijo a su padre:
– La llegada de los potros ha sido lo peor que nos ha pasado.
Nuevamente, su padre volvió a preguntarle:
–¿Estás Seguro, hijo? ¿Cómo lo puedes saber? Buena suerte, mala suerte, quién sabe.
A la mañana siguiente, el padre y su hijo se despertaron al oír unos fuertes golpes en la puerta de su
casa.
Eran unos soldados que venían a reclutar a Ozu para el ejercito.
El padre llevó a los soldados al dormitorio de su hijo y les dijo que podían llevárselo.
El capitan lo miró detenidamente y lo miró muy serio:
–Así no nos sirve –y salió de la casa seguido por los otros soldados.
Ozu, con alivio, le dijo a su padre:
–¡Qué suerte he tenido!
Pero su padre, muy sabio, le contestó una vez más:
–¿Estás Seguro, hijo? ¿Cómo lo puedes saber? Buena suerte, mala suerte, quién sabe.
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Pequeño rey
Jaime Alberto Vélez
Un cachorro de león salió solo por el campo cuando se encontró con un tigre.
–¿Quién eres tú? –preguntó el tigre.
–Soy el rey de la selva –respondió el cachorro.
El tigre se puso la garra derecha sobre la boca para esconder su risa.
–¿Tú?
–Si, yo –dijo el cachorro, arrogante.
–Bueno –replicó con malicia el tigre–, ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te nombró?
–Muy fácil: mi padre es rey, mi abuelo era rey, mi bisabuelo era rey, mi tatarabuelo era rey… ¿Está
claro?
–¡Oh, que afortunado soy! –exclamó el tigre elevando sus brazos al cielo–. El rey de la selva en
persona…
–Sí –repuso el cachorro mientras desviaba su mirada hacia las nubes más altas.
Entonces, en voz baja, como si implorara, habló el tigre:
–Por favor, permíteme un recuerdo de este encuentro. Pocas veces en la vida tiene un tigre la
oportunidad de hablar con el rey de la selva en persona. Por favor, majestad.
El cachorro de león fi ngió dudar.
–Está bien –dijo luego–. ¿Qué deseas?
–Un pelo de tu melena real, por supuesto –respondió el tigre.
El tigre arrancó de un tirón un pelo, y una lágrima del rey cayó al piso.
–¿Qué sucede aquí? –preguntó un zorro al escuchar el chillido del cachorro.
El tigre explicó lo ocurrido.
–Tienes toda la razón, tigre –refl exionó el zorro–, yo también quiero tener un recuerdo como el tuyo –
y eligió el pelo más largo y dorado de la melena.
El cachorro cerró los ojos.
Después del zorro apareció otro animal e hizo lo mismo, y a continuación otro, y otro, y otro, y otro…
hasta que el cachorro quedó completamente pelado y adolorido.
Al llegar a casa dijo:
–Papá ¿habrá algo más duro que ser el Rey de la Selva?
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El león y el perro
León Tolstoi
En un jardín zoológico de Londres, se mostraban las fi eras al público a cambio de dinero o de perros
y gatos que servían para alimentarlas.
Una persona que deseaba verlas y no poseía dinero para pagar la entrada, cogió al primer perro
callejero que encontró y lo llevó a la Casa de Fieras. Le dejaron pasar e inmediatamente echaron al
perro en la jaula del león para que éste se lo comiera. El perro, asustado, se quedó en un rincón de la
jaula, observando al león, que se acercó para olfatearlo.
El perro se puso patas arriba y empezó a menear la cola. El león le tocó ligeramente con la pata y el
perro se levantó, sentándose sobre sus patas traseras. El león iba examinándolo por todas partes,
moviendo su enorme cabeza pero sin hacerle el menor daño. Al ver que el león no se comía al perro,
el guardián de la jaula le echó un pedazo de carne. El león cogió un trozo y se lo dio al perro.
Al llegar la noche, el león se echó en el suelo para dormir y el perro se acomodó a su lado, colocando
la cabeza sobre la pata de la fi era. A partir de entonces, los dos animales convivieron en la misma
jaula. El león no hacía ningún daño al perro, dormía a su lado y a veces incluso jugaba con él.
Cierto día, un señor visitó el zoológico y reconoció al perro que se le había extraviado. Fue a pedir al
director que se lo devolviera, y cuando iban a sacarlo de la jaula el león se enfureció y no hubo forma
de conseguirlo. Así, el león y el perro siguieron viviendo en la misma jaula durante un año entero.
Al cabo de un año, el perro se puso enfermo y murió.
El león dejó de comer, se puso triste y olfateaba al perro, lamiéndolo y acariciándolo con su pata. Al
comprender que su amigo había muerto, se enfureció, empezó a rugir y a mover la cola con rabia,
tirándose contra los barrotes de la jaula, como queriendo destrozarla.
Así pasó todo el día. Luego se echó al lado del perrito y permaneció quieto, pero no permitió que nadie
se llevara de la jaula el cuerpo sin vida de su amigo.
El guardián creyó que el león olvidaría al perro si metía a otro en la jaula, y así lo hizo, pero ante su
asombro, vio cómo lo mataba en el acto, devorándolo.
Luego, se echó nuevamente, abrazando al perro muerto y permaneció así durante cinco días. Al sexto
día, el león también murió.
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Soy líder LEO, produzco y me divierto
La niña de los fósforos
Hans Christian Andersen
Qué frío hacía! Nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San
Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la
cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron!
Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes
que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad.
Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que
dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos.
Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el
frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo
día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero centavo; volvíase a su casa hambrienta
y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello
rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir.
En un ángulo que formaban dos casas -una más saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se
acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por
otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste
céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; solo los cobijaba el tejado,
y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las
rendijas. Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se
atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno:
«¡ritch!». ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la
resguardó con la mano; una luz maravillosa. Le pareció a la pequeñuela que estaba sentada junto a
una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior,
¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama,
se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a esta transparente como si fuese
de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un
blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y
manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con
un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se
apagó el fósforo, dejando visible tan solo la gruesa y fría pared.
Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de
Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta
de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas ardían en las ramas verdes, y de estas
colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó
los dos bracitos… y entonces se apagó el fósforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella
se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el
firmamento una larga estela de fuego.
«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido,
pero que estaba muerta ya, le había dicho:
-Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.
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Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita,
radiante, dulce y cariñosa.
-¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el
fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.
Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos
brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa;
tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron
el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión
de Dios Nuestro Señor.
Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas y la boca
sonriente… Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo
Año iluminó el pequeño cadáver sentado con sus fósforos: un paquetitoque parecía consumido casi
del todo. «¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el
esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.