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Apítulo 25

El capítulo describe el llamado de Jesús a sus discípulos en la orilla del mar de Galilea, donde, tras un milagro de pesca, Pedro reconoce su propia indignidad y se une a Cristo. Jesús les asegura que, a pesar de sus dudas, serán transformados en 'pescadores de hombres'. Este relato resalta la importancia de la fe y la disposición a seguir a Cristo, así como la capacidad de Dios para utilizar a hombres humildes para su obra.
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Apítulo 25

El capítulo describe el llamado de Jesús a sus discípulos en la orilla del mar de Galilea, donde, tras un milagro de pesca, Pedro reconoce su propia indignidad y se une a Cristo. Jesús les asegura que, a pesar de sus dudas, serán transformados en 'pescadores de hombres'. Este relato resalta la importancia de la fe y la disposición a seguir a Cristo, así como la capacidad de Dios para utilizar a hombres humildes para su obra.
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1.

capítulo 25—El llamamiento a orillas del mar

Este capítulo está basado en Mateo 4:18-22; Marcos 1:16-20; Lucas 5:1-
[Link]ía sobre el mar de Galilea. Los discípulos, cansados por una
noche infructuosa, estaban todavía en sus barcos pesqueros bogando
sobre el lago. Jesús volvía de pasar una hora tranquila a orillas del agua.
Había esperado hallarse, durante unos cortos momentos de la
madrugada, aliviado de la multitud que le seguía día tras día. Pero
pronto la gente empezó a reunirse alrededor de él. La muchedumbre
aumentó rápidamente, hasta apremiarle de todas partes. Mientras tanto,
los discípulos habían vuelto a tierra. A fin de escapar a la presión de la
multitud, Jesús entró en el barco de Pedro y le pidió a éste que se
apartase un poquito de la orilla. Desde allí, Jesús podía ser visto y oído
mejor por todos, y desde el barco enseñó a la muchedumbre reunida en
la ribera.

¡Qué escena para la contemplación de los ángeles: su glorioso General,


sentado en un barco de pescadores, mecido de aquí para allá por las
inquietas olas y proclamando las buenas nuevas de la salvación a una
muchedumbre atenta que se apiñaba hasta la orilla del agua! El Honrado
del cielo estaba declarando al aire libre a la gente común las grandes
cosas de su reino. Sin embargo, no podría haber tenido un escenario
más adecuado para sus labores. El lago, las montañas, los campos
extensos, el sol que inundaba la tierra, todo le proporcionaba objetos
con que ilustrar sus lecciones y grabarlas en las mentes. Y ninguna
lección de Cristo quedaba sin fruto. Todo mensaje de sus labios llegaba a
algún alma como palabra de vida eterna.

Con cada momento que transcurría, aumentaba la multitud. Había


ancianos apoyados en sus bastones, robustos campesinos de las colinas,
pescadores que volvían de sus tareas en el lago, mercaderes y rabinos,
ricos y sabios, jóvenes y viejos, que traían sus enfermos y dolientes y se
agolpaban para oír las palabras del Maestro divino. Escenas como ésta
habían mirado de antemano los profetas, y escribieron:

“La tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí,


hacia la mar, más allá del Jordán,
Galilea de las naciones;
el pueblo que estaba sentado en tinieblas ha visto gran luz,
y a los sentados en la región y sombra de muerte,
luz les ha resplandecido.”
2. En su sermón, Jesús tenía presentes otros auditorios, además de la
muchedumbre que estaba a orillas de Genesaret. Mirando a través
de los siglos, vió a sus fieles en cárceles y tribunales, en tentación,
soledad y aflicción. Cada escena de gozo, o conflicto y perplejidad,
le fué presentada. En las palabras dirigidas a los que le rodeaban,
decía también a aquellas otras almas las mismas palabras que les
habrían de llegar como mensaje de esperanza en la prueba, de
consuelo en la tristeza y de luz celestial en las tinieblas. Mediante
el Espíritu Santo, esa voz que hablaba desde el barco de pesca en
el mar de Galilea, sería oída e infundiría paz a los corazones
humanos hasta el fin del tiempo.

Terminado el discurso, Jesús se volvió a Pedro y le ordenó que se


dirigiese mar adentro y echase la red. Pero Pedro estaba descorazonado.
En toda la noche no había pescado nada. Durante las horas de soledad,
se había acordado de la suerte de Juan el Bautista, que estaba
languideciendo solo en su mazmorra. Había pensado en las perspectivas
que se ofrecían a Jesús y sus discípulos, en el fracaso de la misión en
Judea y en la maldad de los sacerdotes y rabinos. Aun su propia
ocupación le había fallado; y mientras miraba sus redes vacías, el futuro
le parecía obscuro. Dijo: “Maestro, habiendo trabajado toda la noche,
nada hemos tomado, mas en tu palabra echaré la red.”

La noche era el único tiempo favorable para pescar con redes en las
claras aguas del lago. Después de trabajar toda la noche sin éxito,
parecía una empresa desesperada echar la red de día. Pero Jesús había
dado la orden, y el amor a su Maestro indujo a los discípulos a
obedecerle. Juntos, Simón y su hermano, dejaron caer la red. Al intentar
sacarla, era tan grande la cantidad de peces que encerraba que empezó
a romperse. Se vieron obligados a llamar a Santiago y Juan en su ayuda.
Cuando hubieron asegurado la pesca, ambos barcos estaban tan
cargados que corrían peligro de hundirse.
3. Pero Pedro ya no pensaba en los barcos ni en su carga.
Este milagro, más que cualquier otro que hubiese presenciado, era
para él una manifestación del poder divino. En Jesús vió a Aquel
que tenía sujeta toda la naturaleza bajo su dominio. La presencia
de la divinidad revelaba su propia falta de santidad. Le vencieron
el amor a su Maestro, la vergüenza por su propia incredulidad, la
gratitud por la condescendencia de Cristo, y sobre todo el
sentimiento de su impureza frente a la pureza infinita. Mientras
sus compañeros estaban guardando el contenido de la red, Pedro
cayó a los pies del Salvador, exclamando: “Apártate de mí, Señor,
porque soy hombre pecador.”

Era la misma presencia de la santidad divina la que había hecho caer al


profeta Daniel como muerto delante del ángel de Dios. El dijo: “Mi fuerza
se me trocó en desmayo, sin retener vigor alguno.” Así también cuando
Isaías contempló la gloria del Señor, exclamó: “¡Ay de mí! que soy
muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de
pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de
los ejércitos.” La humanidad, con su debilidad y pecado, se hallaba en
contraste con la perfección de la divinidad, y él se sentía completamente
deficiente y falto de santidad. Así les ha sucedido a todos aquellos a
quienes fué otorgada una visión de la grandeza y majestad de Dios.

Pedro exclamó: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” Sin
embargo, se aferraba a los pies de Jesús, sintiendo que no podía
separarse de él. El Salvador contestó: “No temas: desde ahora pescarás
hombres.” Fué después que Isaías hubo contemplado la santidad de Dios
y su propia indignidad, cuando le fué confiado el mensaje divino.
Después que Pedro fuera inducido a negarse a sí mismo y a confiar en el
poder divino fué cuando se le llamó a trabajar para Cristo.

Hasta entonces, ninguno de los discípulos se había unido


completamente a Jesús como colaborador suyo. Habían presenciado
muchos de sus milagros, y habían escuchado su enseñanza; pero no
habían abandonado totalmente su empleo anterior. El encarcelamiento
de Juan el Bautista había sido para todos ellos una amarga desilusión. Si
tal había de ser el resultado de la misión de Juan, no podían tener mucha
esperanza respecto a su Maestro, contra el cual estaban combinados
todos los dirigentes religiosos. En esas circunstancias, les había sido un
alivio volver por un corto tiempo a su pesca. Pero ahora Jesús los
llamaba a abandonar su vida anterior, y a unir sus intereses con los
suyos. Pedro había aceptado el llamamiento. Llegando a la orilla, Jesús
invitó a los otros tres discípulos diciéndoles: “Venid en pos de mí, y os
haré pescadores de hombres.” Inmediatamente lo dejaron todo, y le
siguieron.

4. Antes de pedir a los discípulos que abandonasen sus redes y


barcos, Jesús les había dado la seguridad de que Dios supliría sus
necesidades. El empleo del esquife de Pedro para la obra del
Evangelio había sido ricamente recompensado. El que es rico
“para con todos los que le invocan” dijo: “Dad, y se os dará;
medida buena, apretada, remecida, y rebosando.” Según esta
medida había recompensado el servicio de sus discípulos. Y todo
sacrificio hecho en su ministerio será recompensado conforme a
“las abundantes riquezas de su gracia.”

Durante aquella triste noche pasada en el lago, mientras estaban


separados de Cristo, los discípulos se vieron acosados por la
incredulidad y el cansancio de un trabajo infructuoso. Pero su presencia
reanimó su fe y les infundió gozo y éxito. Así también sucede con
nosotros; separados de Cristo, nuestro trabajo es infructuoso, y es fácil
desconfiar y murmurar. Pero cuando él está cerca y trabajamos bajo su
dirección, nos regocijamos en la evidencia de su poder. Es obra de
Satanás desalentar al alma, y es obra de Cristo inspirarle fe y
esperanza.

La lección más profunda que el milagro impartió a los discípulos, es una


lección para nosotros también; a saber, que Aquel cuya palabra juntaba
los peces de la mar podía impresionar los corazones humanos y
atraerlos con las cuerdas de su amor, para que sus siervos fuesen
“pescadores de hombres.”

Eran hombres humildes y sin letras aquellos pescadores de Galilea; pero


Cristo, la luz del mundo, tenía abundante poder para prepararlos para la
posición a la cual los había llamado. El Salvador no menospreciaba la
educación; porque, cuando está regida por el amor de Dios y consagrada
a su servicio, la cultura intelectual es una bendición. Pero pasó por alto a
los sabios de su tiempo, porque tenían tanta confianza en sí mismos,
que no podían simpatizar con la humanidad doliente y hacerse
colaboradores con el Hombre de Nazaret. En su intolerancia, tuvieron en
poco el ser enseñados por Cristo. El Señor Jesús busca la cooperación de
los que quieran ser conductos limpios para la comunicación de su gracia.
Lo primero que deben aprender todos los que quieran trabajar con Dios,
es la lección de desconfianza en sí mismos; entonces estarán
preparados para que se les imparta el carácter de Cristo. Este no se
obtiene por la educación en las escuelas más científicas. Es fruto de la
sabiduría que se obtiene únicamente del Maestro divino.

Jesús eligió a pescadores sin letras porque no habían sido educados en


las tradiciones y costumbres erróneas de su tiempo. Eran hombres de
capacidad innata, humildes y susceptibles de ser enseñados; hombres a
quienes él podía educar para su obra. En las profesiones comunes de la
vida, hay muchos hombres que cumplen sus trabajos diarios,
inconscientes de que poseen facultades que, si fuesen puestas en
acción, los pondrían a la altura de los hombres más estimados del
mundo. Se necesita el toque de una mano hábil para despertar estas
facultades dormidas. A hombres tales llamó Jesús para que fuesen sus
colaboradores; y les dió las ventajas de estar asociados con él. Nunca
tuvieron los grandes del mundo un maestro semejante. Cuando los
discípulos terminaron su período de preparación con el Salvador, no eran
ya ignorantes y sin cultura; habían llegado a ser como él en mente y
carácter, y los hombres se dieron cuenta de que habían estado con
Jesús.
No es la obra más elevada de la educación el comunicar meramente
conocimientos, sino el impartir aquella energía vivificadora que se recibe
por el contacto de la mente con la mente y del alma con el alma.
Únicamente la vida puede engendrar vida. ¡Qué privilegio fué el de
aquellos que, durante tres años, estuvieron en contacto diario con
aquella vida divina de la cual había fluído todo impulso vivificador que
bendijera al mundo! Más que todos sus compañeros, Juan, el discípulo
amado, cedió al poder de esa vida maravillosa. Dice: “La vida fué
manifestada, y vimos, y testificamos, y os anunciamos aquella vida
eterna, la cual estaba con el Padre, y nos ha aparecido.” “De su plenitud
tomamos todos, y gracia por gracia.”

En los apóstoles de nuestro Señor no había nada que les pudiera


reportar gloria. Era evidente que el éxito de sus labores se debía
únicamente a Dios. La vida de estos hombres, el carácter que
adquirieron y la poderosa obra que Dios realizó mediante ellos,
atestiguan lo que él hará por aquellos que reciban sus enseñanzas y
sean obedientes.

El que más ame a Cristo hará la mayor suma de bien. No tiene límite la
utilidad de aquel que, poniendo el yo a un lado, deja obrar al Espíritu
Santo en su corazón, y vive una vida completamente consagrada a Dios.
Con tal que los hombres estén dispuestos a soportar la disciplina
necesaria, sin quejarse ni desmayar por el camino, Dios les enseñará
hora por hora, día tras día. El anhela revelar su gracia. Con tal que los
suyos quieran quitar los obstáculos, él derramará las aguas de salvación
en raudales abundantes mediante los conductos humanos. Si los
hombres de vida humilde fuesen estimulados a hacer todo el bien que
podrían hacer, y ninguna mano refrenadora reprimiese su celo, habría
cien personas trabajando para Cristo donde hay actualmente una sola.
5. Dios toma a los hombres como son, y los educa para su servicio, si
quieren entregarse a él. El Espíritu de Dios, recibido en el alma,
vivificará todas sus facultades. Bajo la dirección del Espíritu Santo,
la mente consagrada sin reserva a Dios, se desarrolla
armoniosamente y se fortalece para comprender y cumplir los
requerimientos de Dios. El carácter débil y vacilante se transforma
en un carácter fuerte y firme. La devoción continua establece una
relación tan íntima entre Jesús y su discípulo, que el cristiano llega
a ser semejante a Cristo en mente y carácter. Mediante su relación
con Cristo, tendrá miras más claras y más amplias. Su
discernimiento será más penetrante, su juicio mejor equilibrado. El
que anhela servir a Cristo queda tan vivificado por el poder del Sol
de justicia, que puede llevar mucho fruto para gloria de Dios.

Hombres de la más alta educación en las artes y las ciencias han


aprendido preciosas lecciones de los cristianos de vida humilde a
quienes el mundo llamaba ignorantes. Pero estos obscuros discípulos
habían obtenido su educación en la más alta de todas las escuelas: Se
habían sentado a los pies de Aquel que habló como “jamás habló
hombre alguno.”

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