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El capítulo analiza el período de 1955 a 1966 en Argentina, marcado por la inestabilidad política tras el derrocamiento de Juan Perón y la proscripción del peronismo, con la intervención constante de las Fuerzas Armadas en la política. Durante esta etapa, se alternaron gobiernos civiles y militares, mientras las clases populares y la burguesía disputaban la dirección económica del país, lo que resultó en una 'ingobernabilidad' y un 'empate hegemónico'. La dinámica política estuvo caracterizada por la exclusión del peronismo y la emergencia de un sistema político dual, donde coexistieron mecanismos parlamentarios y formas de política extra-institucional.

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El capítulo analiza el período de 1955 a 1966 en Argentina, marcado por la inestabilidad política tras el derrocamiento de Juan Perón y la proscripción del peronismo, con la intervención constante de las Fuerzas Armadas en la política. Durante esta etapa, se alternaron gobiernos civiles y militares, mientras las clases populares y la burguesía disputaban la dirección económica del país, lo que resultó en una 'ingobernabilidad' y un 'empate hegemónico'. La dinámica política estuvo caracterizada por la exclusión del peronismo y la emergencia de un sistema político dual, donde coexistieron mecanismos parlamentarios y formas de política extra-institucional.

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Capítulo VI.

1955-1966. Estado, actores sociales y sistema político

Liliana Garulli

Porque en el 55 empezó la debacle argentina... En realidad, no nos perdonaron que tuvimos un país en
serio, que teníamos laburo, que ganábamos bien, que nos poníamos zapatos, que íbamos al cine del
centro... [suspira] no nos perdonaron eso, era odio al pueblo [...] Alfredo Ferraresi, dirigente del gremio de
Farmacia (Garulli et al., 2000: 202).

Con el golpe de Estado que derroca a Juan Perón en septiembre de 1955 se inició para la
sociedad argentina un período de profunda inestabilidad y violencia política en el que las FF.AA.
desempeñaron el rol de “custodios” supraconstitucionales. Hasta el retorno del peronismo al
gobierno, en 1973, la proscripción del movimiento fundado por Perón fue la constante que rigió el
funcionamiento del sistema político argentino para eludir lo que se consideraba una “ley de hierro”:
la victoria inexorable del peronismo en elecciones libres. En esta etapa se sucedieron, pendular y
alternadamente, gobiernos civiles considerados “débiles”, con gobiernos militares “fuertes”, que
venían a imponer el orden que los civiles eran “incapaces” de asegurar. Tanto en 1962 como en
1966, las FF.AA., expresando intereses de las fracciones dominantes de la burguesía, interrumpieron
las experiencias semidemocráticas de las dos variantes del radicalismo, la Unión Cívica Radical
Intransigente y la Unión Cívica Radical del Pueblo, hasta que en 1966, con la llamada “Revolución
Argentina”, los sectores liberales decidieron asumir directamente, sin mediaciones, el control del
Estado. En todos estos años, entre el derrocamiento del peronismo en 1955 hasta su retorno al
poder, las clases populares -especialmente las referenciadas en la CGT- y las fracciones superiores
de la burguesía nacional y transnacional se disputaron la orientación económica del país. La
compleja dinámica del juego político estuvo caracterizada por la “ingobernabilidad” de las masas
que, aliadas con las fracciones débiles de la burguesía local en la defensa del mercado interno,
cuestionaron o impidieron el ejercicio de la dominación burguesa llevando, al decir de algunos
analistas de la etapa, a una especie de “empate hegemónico”.
Respecto de la matriz económica se mantuvo, ya sea en su forma concentradora o
distribucionista, el modelo sustitutivo de importaciones hasta la consolidación de la orientación
neoliberal impuesta por la dictadura cívico militar en 1976, con su consecuencia directa: la
desindustrialización. En estas notas pondremos el foco en los actores sociales y políticos, sus
organizaciones, sus objetivos y estrategias respecto de los factores de poder.

1. Unas breves líneas para contextualizar esta etapa

Terminada la Segunda Guerra Mundial el sistema capitalista ingresó en la que algunos autores
denominan la “edad de oro”, caracterizada por una extraordinaria expansión y crecimiento
económico. Aspectos sobresalientes de estas dos décadas de acumulación “fordista” fueron la
expansión del empleo, del trabajo asalariado, del consumo masivo y el establecimiento de una forma
de regulación política y social caracterizada por el alto grado de dirección económica. El
reconocimiento de los sindicatos y la institucionalización política de la conciliación de clases se
correspondieron con la expansión paulatina del Estado de Bienestar que implicó un importante
mecanismo de integración de los asalariados en el marco de la confrontación con el “comunismo”.
Las dos superpotencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (los Estados Unidos y la
Unión Soviética) se repartieron áreas de poder e influencia en el mundo. Formaron dos alianzas
militares: la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que nucleaba a las potencias occidentales
piloteada por los EE.UU. y el Pacto de Varsovia, unión militar de los países socialistas regenteada
por la URSS. A pocos años de finalizada la guerra, los dos bloques comenzaron a enfrentarse de
manera indirecta en diversos conflictos militares, como las guerras de Vietnam y Corea, en las que
cada uno apoyaba a diferentes bandos sin entrar en una guerra directa. Este período de
inestabilidad postbélica es lo que se dio en llamar “guerra fría” en el cual Estados Unidos y la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas se temían recíprocamente. (Hobsbawm, 1996). En este marco,
ocurrieron sucesos de gran significación, como la construcción del Muro de Berlín (1961-1989) la
descolonización de Asia y África (destacándose en particular la Revolución Argelina en 1962); la
guerra de Vietnam (1964-1975), la Revolución Cultural China con Mao Tse Tung (1966).
En América Latina el hecho más importante fue, sin lugar a dudas, la Revolución Cubana (1959).
Desde la Sierra Maestra, durante 1957 y 1958, un pequeño grupo de guerrilleros encabezados por
Fidel Castro libraron decisivos combates contra el ejército del dictador Fulgencio Batista. Durante
esos dos años fueron recibiendo apoyos de distintos sectores, especialmente campesinos y
estudiantes universitarios. El 1º de enero de 1959, completamente aisladas las fuerzas
gubernamentales, Batista huyó a los Estados Unidos. Este proceso revolucionario tuvo en sus inicios
un carácter democrático liberal. En 1961 Fidel proclamó el carácter socialista de la revolución. Un
mérito importante de la Revolución Cubana fue enseñar, precisamente, que la revolución era
posible, “que los pueblos pueden hacerla, que en el mundo contemporáneo no hay fuerzas capaces
de impedir el movimiento de liberación de los pueblos”, decía Fidel Castro en la Segunda
Declaración de la Habana. Ese fue el mensaje interpretado por los hombres y mujeres preocupados
por el destino miserable de sus pueblos y dispuestos a transformarlo. Se inició entonces, en América
Latina, un período de organización de una oposición armada al sistema capitalista y a la hegemonía
de Estados Unidos. “Cada país y cada partido dentro de su país, debe buscar las fórmulas de lucha
que la experiencia histórica le aconseje, lo que sucede es que la Revolución Cubana es un hecho, y
es un hecho de una magnitud continental”, expresaba el Ernesto “Che” en el discurso pronunciado
el 18 de mayo de 1962 (Guevara, 1996: 73).
Ernesto “Che” Guevara emergió como una de las figuras sobresalientes de este proceso,
llegando a ser, luego de su trágica y temprana muerte, ejemplo de vida y símbolo de una ética
revolucionaria. El Che consideraba que el “foco” guerrillero debía ser inicialmente pequeño, pero
enfatizaba que la lucha guerrillera debía ser una lucha de masas y extenderse a toda Latinoamérica.
Su idea de exportar la revolución lo condujo a pelear en el Cono Sur, renunciando a los puestos
ministeriales que Fidel Castro le había asignado en Cuba. El 9 de octubre de 1967, un día después
de ser capturado por el ejército boliviano, el Che Guevara fue asesinado en la localidad de La
Higuera.
En este contexto de guerra fría y de conflicto Este-Oeste fue gestándose la Doctrina de
Seguridad Nacional (DSN) que llegará a ser el soporte ideológico de los sucesivos regímenes
militares de América Latina encargados de hostigar, disciplinar y asesinar a miles de ciudadanos. La
DSN supuso la subordinación de las fuerzas armadas latinoamericanas a la lógica y a las hipótesis
de conflicto de las fuerzas armadas norteamericanas. La filosofía y los principios de esta doctrina
serán analizados en el capítulo correspondiente a la dictadura cívico-militar en Argentina.

2. 1955-1958: Revolución libertadora (1)

El golpe que en septiembre de 1955 derrocó a Perón tuvo un antecedente inmediato: a mediados
de junio de 1955 la aviación naval arrojó sobre la Plaza de Mayo 9,5 toneladas de bombas y
metralla. Ese intento golpista fracasó. Sin embargo, el curso del golpe no se detuvo, coronando su
éxito en las jornadas de septiembre. En 1955, como en 1945, volvió a hacerse evidente una marcada
polarización social y política. Por un lado, la mayoría de los trabajadores y sus estructuras sindicales
mantuvieron su adhesión a Perón, a pesar de la disconformidad de algunos sectores obreros a las
políticas del segundo gobierno. Por el otro, se conformó nuevamente un abanico opositor en el que
se alinearon la gran burguesía –industrial y agropecuaria– que si bien mantenía su fuente de poder,
había visto recortada su rentabilidad por la política económica del peronismo; un sector de la
pequeña y mediana burguesía industrial que, aunque beneficiado por el modelo industrialista
necesitaba, a esas alturas, del concurso del capital extranjero que el Estado no le garantizaba; los
monopolios exportadores, afectados por el IAPI; los partidos políticos que encarnaban la oposición
(radicales, socialistas y comunistas); la prensa (amordazada por la censura); la universidad; la
Iglesia y un sector de la clase media católica y las fuerzas armadas. Estas últimas (las FF.AA.), como
institución, continuaron expresando en 1955 los intereses básicos del bloque dominante –como lo
habían hecho en el 1930– y acordaron con él en la necesidad de reemplazar al gobierno peronista
por otro que fuera funcional a la nueva fase de desarrollo capitalista.
Los EE.UU. celebraron el recambio superestructural en la Argentina. Porque si bien el
anticapitalismo del peronismo no pasó de ser “verbal” (Godio, 1985), la política exterior de nuestro
país se encuadraba en la “Tercera Posición” y le impedía al país del norte conformar un sólido
bloque anticomunista en América. Además, el veto de los propios diputados peronistas al contrato
con la California Standard Oil revelaba que el peronismo no era confiable para facilitar la nueva
etapa del capitalismo conducida por las empresas transnacionales. También Inglaterra acordó con el
desplazamiento de Perón, perjudicada por la nacionalización de los transportes y la banca y por el
proceso de industrialización por sustitución de importaciones.
Encabezados por el general Eduardo Lonardi, los sectores civiles y militares que el 16 de
septiembre de 1955 derrocaron el segundo gobierno constitucional de Juan Perón (electo por más
del 60% de los votos) impusieron una férrea dictadura autoproclamándose como la Revolución
Libertadora. “Libertadora” porque “liberaba” a la sociedad argentina del “tirano”, y a la vez porque
aludía al fin del proteccionismo estatal, imponía la “libertad de mercado” y recuperaba algunas
libertades individuales que habían sido limitadas por el peronismo.

Dije en Montevideo, y ahora repito, que el régimen de Perón era abominable, que la revolución que lo
derribó fue un acto de justicia y que el gobierno de esa revolución merece la amistad y la gratitud de
todos los argentinos. (…) Creo que el dictador encarnó el mal y que es un prejuicio romántico suponer
que su causa no fue perversa, por la sola razón de que hoy es una causa perdida. (…) Creí en la
revolución cuando esta no era otra cosa que una esperanza; sigo prestándole mi fe, ahora que es una
realidad victoriosa (Borges, 1956).

Logrado su objetivo –el desplazamiento de Perón–, la unidad del bloque antiperonista demostró
ser transitoria. Comenzaron a perfilarse tendencias y agrupamientos con diagnósticos y propuestas
diferentes respecto del modelo económico, del peronismo y de las masas.
El general Lonardi (nacionalista católico) consideraba que, eliminada la figura de Perón del
escenario político, los peronistas podían ser incorporados al nuevo proyecto de país pues, para él,
parafraseando a Urquiza, no había “vencedores ni vencidos”.
El 13 de noviembre de 1955, el presidente de facto fue reemplazado por el ala dura de la
“Revolución Libertadora”, comandada por el general Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac
Rojas. Lonardi acababa de prometer elecciones en todos los gremios. Esta decisión selló su suerte:
la “revolución” no se había hecho para permitir elecciones que significarían la inexorable victoria de
los partidarios del régimen depuesto. En palabras del contraalmirante Arturo Rial, la “revolución” se
había hecho “para que el hijo del barrendero muera barrendero” (Garulli et al., 2000: 203).
Porque el golpe de 1955 no solo produjo el derrocamiento de Perón, sino que se propuso
desmantelar el modelo político prevaleciente durante los diez años anteriores (Cavarozzi, 1983). El
modo de dominación peronista, basado en la relación directa entre líder y masas, había hecho de
Perón el único depositario de la representación del pueblo; la Reforma Constitucional de 1949 había
puesto el acento en los derechos sociales del trabajador; y la censura política a los partidos
opositores junto con el debilitamiento de los canales parlamentarios y partidarios en la escena
política hicieron que el régimen fuera concebido como una “dictadura totalitaria”. En adelante, la
oposición levantó los estandartes de la “democracia” y la “libertad”, proponiéndose como objetivo
manifiesto el restablecimiento del régimen parlamentario y el sistema de partidos.
Sin embargo, el proclamado restablecimiento de los partidos –que excluía al justicialismo– fue
un objetivo que se frustró recurrentemente: entre 1955 y 1958 el gobierno fue ocupado por dos
administraciones militares; en 1962, los militares, con el apoyo de varios partidos y la aquiescencia
del radicalismo del pueblo, derrocaron al presidente Frondizi, elegido constitucionalmente cuatro
años antes; entre 1962-1963 se estableció un gobierno civil (el de José María Guido) que gobernó
cumpliendo las órdenes e intereses de las FF.AA. Finalmente, dejando de lado el golpe de 1976 que
excede los límites temporales de estas notas, en 1966 las fuerzas armadas volvieron a intervenir
para derrocar al gobierno del presidente Arturo Illia. El golpismo era un componente del sistema
político argentino que jaqueaba la estabilidad institucional.
Con Perón en el exilio, en el escenario argentino se configuraron nuevos modos de hacer
política, modos que ciertamente implicaron una profunda redefinición de los patrones de
procesamientos de los conflictos y relaciones socioeconómicas. Entre los elementos más importantes
de estos modos de hacer política, Marcelo Cavarozzi destaca el surgimiento de desfasajes entre el
nivel de los intereses socioeconómicos y el de los bloques políticos; la formación de un movimiento
obrero sindical peronista que se constituyó en un actor político autónomo y articuló
progresivamente una estrategia defensiva y de oposición y el ingreso de los militares a la arena
política, asumiendo un pretendido rol tutelar de los gobiernos: simularon convertirse en
“guardianes” de los gobiernos constitucionales. Esto se agravaría, a partir de 1966, con una política
estrictamente autoritaria.
Según este autor, “el corolario de la exclusión del peronismo, tanto del plano electoral como del
correspondiente a la acción política legal, fue particularmente complejo. En primer lugar, introdujo
una profunda disyunción entre la sociedad y el funcionamiento de la política en Argentina, que
resultó en la emergencia paulatina de un sistema político dual. En el mismo, los mecanismos
parlamentarios coexistieron, de manera conflictiva y a veces antagónica, con modalidades extra-
institucionales de hacer política” (Cavarozzi, 1983: 16).
Como señalamos en la introducción, la dinámica del juego político que comenzó con el
derrocamiento en 1955 estuvo regida por una “ley de hierro” (Acuña, 1993). Para sortear esa “ley” –
que implicaba la victoria inexorable del peronismo en elecciones libres y sin proscripciones– el
peronismo fue proscripto durante dieciocho años. La respuesta del pueblo peronista fue la
“resistencia”, primero espontánea y clandestina, luego organizada por los sindicatos. Los
trabajadores resistieron -de múltiples formas- una política que pretendía eliminar los rasgos
constitutivos de su identidad y restaurar las condiciones de la etapa preperonista.
A través del decreto 4161/56, el ala dura de la “revolución libertadora” no solo proscribió
políticamente al peronismo sino que detalló un conjunto de prohibiciones que apuntaban a eliminar
los símbolos de pertenencia e identificación política característicos de la liturgia peronista (la
prohibición de nombrar a Perón o a Eva Perón, la prohibición de cantar la Marcha peronista o de
exhibir fotos del “tirano depuesto y su esposa”, entre otras estipulaciones).
El objetivo fue “extirpar”, utilizando un sentido que sería característico del discurso autoritario
de la última dictadura, las manifestaciones culturales de las masas excluidas. Para ello, la mera
proscripción política se demostraba insuficiente. Un ejemplo: una de las estrategias de los
trabajadores para sortear la proscripción y cuestionarla fue el voto en blanco, comenzando en las
elecciones para la Asamblea Constituyente en 1957. Los proscriptos utilizaron los propios
mecanismos del sistema electoral y, sin ser nombrados, pudieron reconocerse en los guarismos que
los daban como ganadores invisibles de la contienda y los devolvían a la superficie desde las tapas
de los principales matutinos.

Compañero: la orden de Perón es votar en blanco. Se vota en blanco pegando el sobre en el cuarto
oscuro, sin nada adentro o con un papel absolutamente limpio, sin una palabra ni una raya. Si usted se
saca el gusto escribiéndoles a los tiranos: ‘asesinos’, ‘canallas’, hijos de p…’ o cualquier otra de las
cosas que se merecen, usted anula el voto. Y necesitamos votos en blanco, que sumen, no votos
anulados, que desaparecen. Vote a Evita votando en blanco. Vote a Valle y compañeros héroes
asesinados votando en blanco. Castigue a los tiranos entreguistas, Aramburu y Rojas votando en
blanco. Es esta la única consigna (…) Está en sus manos aniquilar con su voto en blanco a la tiranía
oligárquica entreguista (Comando sindical Peronista, 1957, en Baschetti, 1997: 103).

Fue la inexistencia del peronismo lo que pretendió consagrar el decreto 4161/56. Y lo que no existe no
puede ser representado simbólicamente, ni exhibido, ni nombrado. No tiene correspondencia en las
imágenes ni en las palabras, abandona la oralidad. Es obligado a dejar la superficie donde se desarrolla
la vida cotidiana. Todos los elementos que conforman el imaginario peronista, entonces, se sumergen
en la clandestinidad. Su protagonismo expansivo y multitudinario se repliega en códigos secretos
(Garulli, 2002).

“Caños” (trozos de caños rellenos con explosivos) y “miguelitos” (clavos de tres puntas que se
fabricaban a granel en las fábricas metalúrgicas y se arrojaban para reventar neumáticos y
garantizar las huelgas) fueron dos “instrumentos” paradigmáticos de la “Resistencia”. Se
generalizaron en estos primeros tiempos y acompañaron la estrategia huelguística y el sabotaje
como forma de repudio a la exclusión, por un lado, y a las intenciones de modificar los convenios
laborales, por otro. El ruido de las explosiones nocturnas fue el reto hacia un silencio impuesto
desde el poder.

A través de las grandes peleas, de los caños, de hacer saltar algún tranvía, nosotros buscábamos la
manera de hacernos notar, que la gente supiera que existíamos, que nos resistíamos a retroceder. ¿Por
qué? Fue porque tuvimos mucho y no queríamos volver para atrás. Ideológicamente, no queríamos
dejar de ser sujetos para pasar a ser objetos. (...) Fue por la dignidad que nos enseñaron a tener y que
nos hacía verdaderamente hombres (testimonio de Luis Donikian, en Garulli et al., 2000: 173).

La cultura peronista se había mostrado fuertemente dicotómica: obreros y patrones, pueblo y


oligarquía, peronismo-antiperonismo. Contenido dentro de esta concepción, el “obrerismo” era una
característica que definía el “ser peronista” (2) y suponía una ética de la clase obrera contrapuesta
a la de las diversas fracciones del antiperonismo.
Durante la etapa de la Resistencia, si bien el “obrerismo” fue central en las representaciones de
los trabajadores argentinos, el antagonismo de clases pareció subsumirse en la disyunción entre
peronistas y antiperonistas, dualidad que explicaba una concepción de la sociedad, según la orilla
desde la cual se la abordara.
Pero el peronismo, al dar curso a los principios de justicia social, aunque no había suprimido
absolutamente la explotación inherente al sistema capitalista o cuestionado abiertamente la
sociedad de clases, había dejado al descubierto las contradicciones económicas que enfrentaban a
los sectores propietarios y no propietarios de la Argentina. Estas contradicciones se proyectaron y
expresaron, además, en una instancia de negación del “otro”, como una verdadera contienda
cultural.
El objetivo de desperonizar la sociedad, la proscripción, el revanchismo clasista del sector
liberal, las persecuciones, llevaron a los trabajadores a buscar caminos alternativos para expresar
su repudio, considerando a estas vías tan legítimas como las institucionales.
Este proceso significó “el cierre del orden institucional” (Muro de Nadal, 1997). Los militares
habían accedido al gobierno con la consigna de lograr una salida democrático-institucional en el
corto plazo, pero sin que ello implicara entregar el gobierno nuevamente a los desplazados.
Asumieron con la consigna de la “libertad” pero ejercieron el gobierno, desde el inicio, imponiendo
prohibiciones. La creencia de que era posible acabar con el peronismo se tradujo en medidas tales
como la disolución del partido, la intervención de la CGT y los sindicatos, cuyos dirigentes fueron
encarcelados y perseguidos. También se suspendieron las convenciones colectivas de trabajo y fue
derogada, por decreto, la Constitución de 1949 que contenía los derechos adquiridos por los
trabajadores.
Marcelo Cavarozzi (1983) define a este proceso como una “semidemocracia” ya que si bien se
mantuvo el funcionamiento de las instituciones republicanas y el sistema de partidos, sin embargo
se proscribió al peronismo, dejando sin representación política a casi la mitad del electorado
argentino. Un debate interesante para entablar con los y las estudiantes es reflexionar acerca de la
contradicción que supone hablar de “semidemocracia” para referirnos a una etapa iniciada por un
golpe de Estado a un gobierno constitucional.
Algunas de las principales medidas políticas tomadas por los “libertadores” pueden servir de
ejes para ese debate: intervención de la CGT y de todas las asociaciones gremiales sometidas a su
jurisdicción; encarcelamiento de dirigentes obreros y sindicales; disolución del Partido Peronista;
disolución de la Confederación General Económica, que había sido la contraparte patronal de la
CGT; prohibición de las insignias y lemas peronistas; anulación de la Constitución de 1949 y
restablecimiento de la de 1853; anulación de la Ley de Asociaciones Profesionales de 1945; prórroga
sin fecha de las convenciones colectivas de trabajo, como las más significativas. Las denuncias de
torturas en las cárceles y los fusilamientos de civiles y militares en 1956 tampoco estarían
caracterizando un régimen que pueda merecer el calificativo de democrático.

El gobierno de Aramburu encarceló a millares de trabajadores, reprimió cada huelga, arrasó la


organización sindical. La tortura se masificó y se extendió a todo el país. El decreto que prohíbe
nombrar a Perón o la operación clandestina que arrebata el cadáver de su esposa, lo mutila y lo saca
del país, son expresiones de un odio al que no escapan ni los objetos inanimados, sábanas y cubiertos
de la Fundación [Eva Perón] incinerados y fundidos porque llevan estampado ese nombre que se
concibe como demoníaco. Toda una obra social se destruye, se llega a cegar piscinas populares que
evocan el ‘hecho maldito’, el humanismo liberal retrocede a fondos medievales: pocas veces se ha visto
aquí ese odio, pocas veces se han enfrentado con tanta claridad dos clases sociales (Walsh, 1972: 197).

La durísima persecución hacia los trabajadores a partir del gobierno de Aramburu y Rojas
(despidos, cárcel, tortura, fusilamientos), en vez de lograr “desperonizarlos” provocó que vastos
sectores de obreros, que se habían sentido decepcionados con la segunda presidencia de Perón,
revalorizaran al peronismo.

—Cuando cae Perón en septiembre de 1955, el país… el país [recalca] vivió días de mucha tristeza, me
acuerdo. Claro… otros lo festejaban, y el pueblo peronista, amargado, veía todo eso… Amargado
porque había tenido la libertad y ahora era la esclavitud…
—¿Por qué la resistencia se mantuvo vigente durante tanto tiempo?
—Por sentimientos. Porque no podía haber otro gobierno que hiciera lo que hizo Perón y lo que podía
hacer Perón, de eso estábamos completamente seguros los peronistas y por eso la lucha nuestra. Los
principales promotores de la rebelión estábamos tratando de luchar para que vuelva… [pausa] éramos
ciegos, ciegos peronistas. (…) Las ideas nuestras eran que no había ninguno mejor que Perón
(entrevista de la autora a Osvaldo Arpigiani, Buenos Aires, 2006).

Pasada la confusión de los primeros meses, los trabajadores comenzaron a organizarse. De las
filas del movimiento obrero surgieron nuevos dirigentes, ya no formados bajo la cómoda tutela del
Estado sino en las duras luchas de esos años. La consigna “Perón vuelve” orientó el accionar de los
hombres y mujeres que trabajaban en secreto en la resistencia peronista. Fue aquel un proceso de
radicalización de las bases que se organizaron tanto a través de los “sindicatos paralelos” como de
los “comandos de la resistencia”, apelando a todos los métodos posibles para expresar su
descontento: sabotajes, boicots, huelgas, e incluso la colocación, como dijimos más arriba, de
explosivos de fabricación casera.

La resistencia partió de los gremios. Eso hay que entenderlo. Si el movimiento obrero se hubiera
entregado en esos dieciocho años, no pasaba nada. Eso es una realidad. ¿Quién ponía todos los caños?
Los delegados de fábrica planificaban eso. Había muchos compañeros que se jugaban la vida haciendo
los caños. Los políticos estaban bajo las sábanas (entrevista a José Notaro, en Garulli et al., 2000: 209).

Los primeros embriones de lucha o ‘comandos’ respondieron al estado anímico y vivencial de los
participantes, con un alto grado de improvisación y espontaneidad que fue siendo superado
progresivamente en correspondencia con el proceso de recuperación de los sindicatos a partir de
1957.

En 1955 fue la caída. Entonces, el cielo entero se nos vino encima. El mundo que conocíamos, el mundo
cotidiano, cambió por completo. La gente, los hechos, el trabajo, las calles, los diarios, el aire, el sol, la
vida se dio vuelta. De repente entramos en un mundo de pesadilla en el que el peronismo no existía.
Todo fue anormal. Como fue anormal, absurda, alucinada, la odisea de la Resistencia peronista. Éramos
pigmeos que debíamos luchar contra gigantes. Y una vez más, el mosquito debió luchar contra
elefantes. Unos cuantos locos sueltos comenzamos a escribir en las paredes y a llenar los mingitorios
de grafitos. (…). La dictadura de la “libertadora” se había propuesto barrernos totalmente de la
historia y la geografía. Nosotros enfatizamos la propaganda callejera mural y escrita (…).
Incansablemente, sin tregua, sin pausa, nos aplicamos a emborronar paredes. Después (…) pasamos a
los volantes, a los panfletos, los pequeños pasquines, los informativos. (…) Además, (…) la “libertadora”
se había empeñado en “desterrar el mal gusto impuesto por peronistas” y sustituirlo por la cultura de
las señoras gordas. Pero la tiza y el carbón vencieron una vez más. Y esta obra fue realizada por el
pueblo anónimo que, como Martín Fierro, figura en todas las listas, pero en las de pago no (…)
(testimonio de César Marcos, en Garulli, Caraballo, Charlier, 1999: 139-140).

3. La “columna vertebral”

Dentro del movimiento sindical se produjo una primera gran división: por un lado, un
sindicalismo “oficialista”, no peronista, denominado los “32 Gremios Democráticos”, y por el otro,
los sindicatos peronistas conocidos como las “62 Organizaciones”, agrupación liderada por Augusto
“Lobo” Vandor, dirigente del gremio metalúrgico. Dada la proscripción política del peronismo y la
ausencia de su líder, “las 62” se convirtieron en la columna vertebral del peronismo,
representándolo a partir de aquel entonces no solo en el aspecto gremial sino también en el político.
Con Perón en el exilio los sindicatos se convirtieron en el rostro visible del peronismo e
iniciaron, a partir del golpe de 1955 y hasta 1973, una oposición sistemática a todos los gobiernos
que asumieron vía elecciones o por golpes de Estado.
Los sectores confrontacionistas del sindicalismo tuvieron un rol muy activo durante la
“revolución libertadora”. Algunos de sus dirigentes, incluso, participaron del frustrado alzamiento
en junio de 1956 de los generales peronistas Juan José Valle y Raúl Tanco, que terminó con una
represión ejemplar: el fusilamiento de los cabecillas y participantes civiles. (3)
A partir del gobierno de Arturo Frondizi, la normalización de la CGT permitió la recuperación de
su control por las “62 Organizaciones peronistas” lideradas por Augusto Timoteo Vandor. La CGT
utilizó, entonces, variadas estrategias: combinó la acción directa, la huelga general, la toma de
fábricas con la negociación con el Estado.
En este período fueron conformándose, en el seno del sindicalismo, tres tendencias: una
tendencia “combativa”, que privilegiaba la confrontación con el Estado; una tendencia
“participacionista” que se inclinaba por la negociación; y una corriente mayoritaria que alternaba la
confrontación con la negociación. Esta última, fiel al estilo de conducción de Augusto Vandor, se
manifestaría claramente después de 1966.
En definitiva, los obreros peronistas se constituyeron en un actor social insoslayable para la
disputa del poder político y desde 1955 aprendieron a presionar con movilizaciones y a negociar
para defenderse y resistir. Su fuerza residió en tres aspectos: su carácter de sindicato único; la
adhesión de los obreros al peronismo y su organización burocrática (que permitía que las decisiones
de los líderes sindicales estuvieran respaldadas por cientos de miles de votos).
En 1957, en el Programa de La Falda (Córdoba) del plenario de delegados regionales de la CGT
y de las 62 Organizaciones el sindicalismo peronista resumió un conjunto de propuestas que
trascendían el reclamo salarial y expresaban el rechazo de la clase trabajadora a la asunción de un
rol pasivo en la definición de un modelo de país. Allí plantearon un conjunto de objetivos,
organizados según los tres principios rectores del peronismo: la independencia económica, la
justicia social y la soberanía política. Entre ellos, la necesidad del control estatal sobre el comercio
exterior; la liquidación de los monopolios extranjeros de importación y exportación; el control
obrero de la producción y distribución de la riqueza nacional y la participación en la dirección de las
empresas privadas y públicas; una política de consumo interno; el control popular de precios; un
salario mínimo, vital y móvil y la previsión social integral; una política económica que consolidara la
industria pesada; la nacionalización de las fuentes naturales de energía; la nacionalización de los
frigoríficos extranjeros; el control del crédito.
Y en el plano estrictamente político, señalaron la necesidad del “fortalecimiento del Estado
nacional popular, tendiente a lograr la destrucción de los sectores oligárquicos antinacionales y sus
aliados extranjeros, y teniendo presente que la clase trabajadora es la única fuerza argentina que
representa en sus intereses los anhelos del país mismo”. Exigían la “libertad de elegir y ser elegido,
sin inhabilitaciones y el fortalecimiento de la voluntad popular” en clara alusión a la proscripción del
peronismo; y postulaban la “solidaridad de la clase trabajadora con las luchas de liberación nacional
de los pueblos oprimidos” (Baschetti, 1997: 123-125).

4. Una breve referencia a las variables económicas

A mediados de la década del cincuenta pareció agotarse el ciclo iniciado en los años treinta y
profundizado bajo los gobiernos peronistas. Si bien el sector industrial se mantuvo hasta 1976 como
la matriz de acumulación del capital, las industrias tradicionales comenzaron a ser desplazadas por
las metalmecánicas y las químicas. Si el Primer Plan Quinquenal del peronismo había fortalecido la
industria liviana, el Segundo Plan Quinquenal apuntaba a la industria pesada, imprescindible para
sostener la industrialización. En consonancia con este objetivo, se habían diseñado políticas para
atraer capitales extranjeros. Sin embargo, los compromisos del Estado peronista con los sectores
populares desalentaron la llegada de inversiones. Fue luego del derrocamiento de Perón cuando los
intereses extranjeros ocuparon una posición importante en el desarrollo industrial argentino.
Las elites que recuperaron el poder, en alianza con las FF.AA., participaron de este desarrollo no
tanto como industriales sino como agentes locales de las multinacionales.
En estos primeros años se buscó imponer un nuevo modelo económico que desmantelara el
anterior, asociado a la distribución del ingreso y al Estado de Bienestar. En tal sentido, la política se
subordinó a la economía, y se necesitó de un aparato político represor para que la reorientación
económica fuera aceptada por la ciudadanía. (4)
Las siguientes son algunas medidas económicas que dan cuenta de esta orientación: se
desmanteló el IAPI; se privatizaron los depósitos bancarios; se aflojaron los controles de precios; se
congelaron los salarios; se modificó el congelamiento de arrendamientos rurales y alquileres
urbanos (en perjuicio de los inquilinos); se privilegió el ingreso de capitales extranjeros.
Raúl Prebisch, economista de la CEPAL, elaboró en octubre de 1955 un informe sobre la
situación económica del país, en el cual proponía elevar los precios de la producción agropecuaria
ya que pensaba que no habría desarrollo sólido de la industria sin la base de una agricultura
próspera. Se impulsó la producción agropecuaria y se acordó con los dirigentes de la Sociedad Rural
Argentina la devaluación y la supresión de controles estatales en las exportaciones y en la política
cambiaria.
El Plan Prebisch (5) ponía el acento, también, en el desarrollo de la industria siderúrgica, el
petróleo y la petroquímica. Para el economista, este desarrollo solamente era posible con la ayuda
de inversiones extranjeras y de una política de Estado que dirigiera la economía.
Argentina ingresó al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, rompiéndose el
“aislamiento” de la década del cuarenta. Con la ayuda para solucionar los problemas económicos
más inmediatos llegaron también las “recetas” y recomendaciones del FMI.

El Plan Prebisch significará la transferencia de una parte sustancial de nuestra riqueza y de nuestra
renta hacia las tierras de ultramar. Los argentinos reduciremos el consumo, en virtud de la elevación
del costo de vida y del auge de la desocupación. De esta manera, no solamente aumentarán nuestros
saldos exportables, sino que serán más baratos, lo que será aprovechado por el consumidor inglés que
ensanchará su cinturón, a medida de que nosotros lo vayamos achicando. La mayor parte de la
industria, que se sustentaba en el fuerte poder de compra de las masas populares, no tardará en entrar
en liquidación. Los argentinos apenas si tendremos para pagarnos la comida de todos los días. Y
cuando las industrias se liquiden y comience la desocupación, entonces habrá muchos que no tendrán
ni para pagarse esa comida. Será el momento de la crisis deliberada. (…) Mientras tanto nos iremos
hipotecando con el fin de permitir que falsos inversores de capital puedan remitir sus beneficios al
exterior. Y como nuestra balanza de pagos será deficitaria, en razón de la caída de nuestros precios y
de la carga de las remesas al exterior, no habrá entonces más remedio que contraer nuevas deudas e
hipotecar definitivamente nuestro porvenir. Llegará el momento de afrontar las dificultades mediante
la enajenación de nuestros propios bienes, como los ferrocarriles, la flota o las usinas. Poco a poco se
irá reconstruyendo el estatuto del coloniaje, reduciendo a nuestro pueblo a la miseria, frustrando los
grandes ideales nacionales y humillándonos en las condiciones de país satélite. (…) Solo aspiro a que el
lector, superando toda bandería y todo sectarismo, se aboque a la verificación de las cifras y de los
hechos consignados. (…) La historia es despiadada y no excusa a los hombres de buena fe y la
ignorancia que les hizo pasibles del engaño (Jauretche, citado en Garulli, Caraballo, Charlier, 1999: 37-
38).

Estas “recetas” de “ajuste” tuvieron un fuerte impacto en el trabajo. El empresariado saludó


estas medidas que les devolvían el control de sus empresas al ilegalizarse la representación sindical
y los cuerpos de delegados. Sin embargo, los trabajadores resistieron los embates liberales y
prontamente el sindicalismo comenzó a ensayar lo que sería una constante hasta 1973: su poder de
veto a las políticas de estabilización económica. Porque las crisis que se produjeron
recurrentemente cada cuatro o cinco años dando inicio a las fases descendentes de la economía
pretendieron ser resueltas con programas de “estabilización” económica. Estos programas limitaron
la expansión del empleo, redujeron el poder adquisitivo de los trabajadores y, por ende, impactaron
negativamente en el consumo popular favoreciendo los saldos exportables de los bienes primarios y
recomponiendo el nivel de divisas para dar comienzo a un nuevo ciclo ascendente. Los sectores
populares asalariados, aliados con las fracciones débiles de la burguesía en la defensa del mercado
interno, frenaron sistemáticamente la continuidad de las medidas de ajuste (O’Donnell, 1976).
Un complejo juego de alianzas y realineamientos puede advertirse tanto dentro del campo de las
clases populares como dentro del de las clases dominantes. Producido el golpe contra Perón,
comenzaron a evidenciarse, dentro del campo del antiperonismo, tres claras tendencias respecto de
la orientación de la economía y respecto del peronismo y las masas (Cavarozzi, 1983).
¿Qué hacer con el capitalismo argentino? ¿Qué hacer con el peronismo y sus bases? Ambos
dilemas dividieron y enfrentaron a aquellos que habían acordado en el golpe de Estado contra
Perón.
Una de esas tendencias, el Populismo reformista, encarnó en la Unión Cívica Radical del Pueblo.
Los radicales del Pueblo defendieron políticas económicas nacionalistas, no muy lejanas al modelo
socioeconómico del peronismo. Cuando gobernaron –con Arturo Illia entre 1963 y 1966–
desplegaron un modelo industrial distribucionista basado en la expansión de la industria liviana de
consumo masivo. Los radicales del pueblo, sin embargo, coincidieron con los liberales en un
antiperonismo visceral, asumiendo posiciones cercanas al “gorilismo”. (6)
Los desarrollistas se expresaron políticamente en la Unión Cívica Radical Intransigente (la
UCRI, cuyo líder era Arturo Frondizi). Sostuvieron que el estancamiento económico se debía a un
retraso en el crecimiento de las industrias de base. Tal debilidad solo podía superarse mediante un
proceso de modernización y profundización industrial que abarcara la expansión de los bienes de
capital e intermedios y de la infraestructura económica. Para lograrlo, entre otras medidas, había
que reducir el salario de los trabajadores en pos de aumentar la renta de los industriales y en
consecuencia, promover la inversión. Cuando gobernaron (entre 1958 y 1962) implementaron un
modelo industrialista concentrador que reservó un rol estratégico al capital extranjero. Respecto del
peronismo, se propusieron “integrar” a las masas hasta que la ideología peronista se diluyera
definitivamente.
El sector liberal tenía como objetivo erradicar al peronismo y a las organizaciones sindicales
que eran su expresión, reducir el intervencionismo estatal y permitir que el mercado eliminara los
sectores industriales ineficientes. Esta coherencia programática, sin embargo, no se trasladó a la
esfera política. Al no contar con un partido que expresara los intereses de los sectores concentrados
de la economía, los liberales debieron optar por alguna de las versiones en las que se había dividido
el radicalismo. No solo cuestionaron el modelo peronista de conciliación de clases, sino también la
premisa que sostenía que el desarrollo industrial debía constituir el núcleo dinámico de la economía.
La imagen del mercado pasó a constituir la piedra fundamental de la posición liberal, la cual
suponía una drástica reducción de la intervención del Estado.
En 1957 el régimen decidió encarar el traspaso del gobierno a los civiles manteniendo la
proscripción del peronismo. Para ello fue necesario llamar a una Convención Constituyente con las
distintas fuerzas políticas. La UCR, como señalamos más arriba, se había fragmentado en dos: la
Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) que aglutinaba a los “reformistas” y estaba liderada por
Ricardo Balbín y la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), liderada por Frondizi. En la más
secreta clandestinidad se firmó el “pacto” entre Perón y Frondizi para garantizarle a este el voto de
los seguidores de Perón a cambio de otorgar una amplia amnistía a todos los dirigentes y activistas
peronistas detenidos y a desarrollar un programa de signo nacional-popular.
Un sector del peronismo alentó la firma del pacto con Frondizi. Lo hizo convencido de la
necesidad de terminar con la continuidad represiva del régimen de Aramburu y Rojas. Perón
“recomendó” a sus partidarios –de manera clandestina– votar a Frondizi. A pesar de que muchos
peronistas mantuvieron su opción de voto en blanco, Frondizi ganó las elecciones y asumió la
presidencia en mayo de 1958. (7)
“La revolución está históricamente justificada, porque la dictadura no dio otra posibilidad”,
había declarado Frondizi al diario La Nación el 1 de noviembre de 1955. El apoyo manifiesto de
Frondizi al golpe de 1955 estaba muy presente en la memoria de los trabajadores.
Si los peronistas debieron abandonar la oralidad por la imposición del decreto que los
proscribía, la palabra de Perón, además, perdió su carácter “público”. Su circulación se restringió.
Cuestionada su autenticidad en el origen –el exilio–, se desplegó en un abanico de múltiples
interpretaciones en el punto de llegada, según las tendencias de los receptores, que acomodaron las
máximas de Perón a la lógica de su propio accionar como mecanismo legitimante. Según Silvia Sigal
y Eliseo Verón: “la producción de la palabra y su recepción no coinciden más en un momento dado
del tiempo. Los destinatarios del mensaje no son más testigos del acto de enunciación” (1988: 101).

(…) aunque Perón en persona venga a mandarnos a votar a Frondizi no lo votaremos (…) aunque Perón
en persona baje del avión negro en Plaza de Mayo, tome el micrófono y nos mande a votar a nuestros
enemigos desobedeceremos. No estamos dispuestos por dignidad, por honor, por vergüenza
(testimonio en Rebeldía, N° 28, del 29 de enero de 1958, citado en Schneider, 2003: 112).
Para John W. Cooke “el acuerdo electoral no eliminaba la proscripción, pero le quitaba parte de
su contenido porque rompía el exclusivismo ‘democrático’ y reintroducía el factor que se había
resuelto eliminar –la masa trabajadora– aunque más no fuese en la negativa de una opción forzosa.
Se quería, se quiere, que intervenga, pero diluida en los partidos tradicionales, y no como
Peronismo” (1974: 14).

5. Los desarrollistas en el gobierno. Arturo Frondizi (1958-1962). Integración


(política) y desarrollo (económico)

La propuesta política de Frondizi contemplaba la integración política de las masas y la


“reconciliación” de todos los argentinos. Según John William Cooke, el integracionismo planteaba
que los trabajadores pudieran “agregarse” a una conducción de la burguesía.
Las primeras medidas de corte político apuntaron a “cumplir” lo acordado en el pacto con el
peronismo. El Congreso votó una ley de amnistía en relación a los presos políticos y sancionó la Ley
de Asociaciones Profesionales, que restablecía un sindicato único por actividad. (8) También
aumentó los salarios, congeló los precios, aumentó las pensiones y redujo las tarifas de los
transportes.
Sin embargo, pronto comenzaron a hacerse sentir las presiones de las corporaciones
tradicionalmente más poderosas: los representantes de los grandes grupos económicos nacionales y
extranjeros, la Iglesia y los militares.
La Iglesia, uno de los factores de poder en la sociedad argentina, logró un objetivo largamente
anhelado: la eliminación del monopolio del Estado sobre la enseñanza. Respecto de las
universidades, el decreto de la época de Aramburu que permitía a la iniciativa privada crear
universidades “libres” y extender diplomas y títulos habilitantes no se había reglamentado. Durante
la campaña electoral Arturo Frondizi había manifestado: “para corregir el estado actual de la
educación y la cultura de modo eficaz y que sirva a la defensa y desarrollo de la Nación, es
necesario, a mi juicio, reconocer a los distintos sectores nacionales el derecho a enseñar y
aprender”. Con la nueva Ley de Educación Superior se permitía la existencia de universidades
privadas. (9) Proliferaron también las escuelas secundarias privadas, confesionales y laicas. La
votación de la ley produjo el alejamiento de los sectores progresistas de la cultura que habían dado
apoyo al frondicismo.
Las discusiones y enfrentamientos en torno al “carácter” de la educación, sintetizado en la
consigna “laica o libre” movilizaron a miles de personas.
La FUBA declaraba: “Levantaremos tribunas en todos los rincones del país para demostrar al
pueblo que quienes se escudan tras la máscara de la ‘libertad de enseñanza’ (los mismos que
declaman la libertad de empresa y de trabajo) están buscando dividir a las familias argentinas. Si se
autoriza a consorcios capitalistas y confesionales a expedir títulos habilitantes, en lugar de
egresados conscientes de los problemas del país y dispuestos a servirlo, tendremos graduados con
mentalidad oscurantista y antinacional, profesionales comerciantes y abogados defensores de la
explotación popular y la entrega”. (10)
La mayoría de las nuevas universidades privadas pertenecieron a la Iglesia. Además de la
universalización de la escuela primaria (una sociedad industrial no podía funcionar con altas tasas
de el analfabetismo y deserción escolar), se privilegió la enseñanza técnica y la investigación
científica. Estas áreas fueron preferenciales, sobre todo los rubros que tendrían más efectos
reproductivos, como el CONET y el CONICET.
Las Fuerzas Armadas mantuvieron su rol tutelar respecto de las instituciones políticas.
Jaquearon constantemente a Frondizi con “planteamientos” a los que este fue cediendo. Aceptó
desde la implantación del Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado) hasta la imposición del
ministro Alsogaray que puso en marcha un plan de estabilización con devaluación, congelamiento
salarial y contención del gasto público. Cuando a mediados de 1959 Perón denunció la firma del
“pacto” con Frondizi, las fuerzas armadas, expresando los intereses de las fracciones superiores de
la burguesía, profundizaron las presiones sobre el gobierno.
Los EE.UU. estaban interesados en mantener a América Latina bajo su influencia y neutralizar
el ejemplo cubano. El presidente John Kennedy lanzó, entonces, la Alianza para el Progreso, un
programa de ayuda económica, política y social para América latina que operó entre 1961 y 1970. El
gobierno de Frondizi, sin embargo, decidió no alinearse automáticamente con la política de EE.UU.
en todo aquello que tuviera que ver con Cuba. De hecho, se entrevistó con el Che Guevara y en la
reunión de cancilleres de la OEA, realizada en Punta del Este en 1962 para excluir a Cuba del
sistema interamericano, la delegación argentina se abstuvo de votar. Pero este acto de
independencia del gobierno habría de durar poco ya que los militares hicieron un nuevo planteo y el
gobierno argentino acabó rompiendo relaciones con la isla.
6. El “desarrollo” y el modo de intervención del Estado

El proyecto desarrollista de Frondizi fue elaborado por hombres de negocios, jóvenes


empresarios y técnicos. Frondizi y Frigerio consideraban que la Argentina era un país
subdesarrollado por su incapacidad para un crecimiento sostenido de sus fuerzas productivas. El eje
era el desarrollo de la industria intermedia, con el aporte de capitales y tecnología extranjeros.
Frigerio resumía el plan en estos términos: “cerrar la puerta al artículo foráneo, para abrir de par
en par la puerta a la fábrica que lo produciría aquí”.
Si hasta 1955 el crecimiento industrial se había apoyado en la ampliación del mercado interno,
el nuevo proceso que se iniciaba en 1958 tenía como eje dinámico a las grandes firmas
multinacionales. La nueva etapa de industrialización estuvo a cargo del capital extranjero.
El modelo sustitutivo de importaciones –concentrador– está basado en la expansión de la
producción de bienes suntuarios a los que tiene acceso un sector reducido de la población que
concentra altos ingresos.
Este modelo, a grandes rasgos, se proponía los siguientes objetivos: crear una infraestructura
adecuada (transportes, siderurgia, autoabastecimiento de combustible y energía); desarrollar las
industrias nacionales en todos los sectores y reemplazar las importaciones por artículos elaborados
en el país; poner el agro al servicio de la industria; aumentar las exportaciones, especialmente las
no tradicionales.
En la primera etapa, para favorecer el desarrollo, se sancionaron leyes de radicación de
capitales y de promoción industrial. El objetivo: asegurar a los inversores extranjeros la libertad
para remitir ganancias y repatriar el capital. Además, se estableció un régimen especial a las
inversiones en sectores claves para la nueva etapa de desarrollo: la siderúrgica, la petroquímica, la
celulosa, la automotriz, la energía y naturalmente el petróleo, al que todos los diagnósticos
señalaban como el mayor cuello de botella del crecimiento industrial.
Especialista en el tema, en su libro Petróleo y Política (1954) Frondizi había insistido en la
nacionalización de los yacimientos petrolíferos reservando al Estado su rol monopolizador en la
explotación y comercialización de los recursos energéticos naturales. Ya en el gobierno, su política
de aliento a una industrialización más compleja –química, siderurgia, petroquímica– dependía del
petróleo importado. Aproximadamente el 65% de los combustibles líquidos que consumía el país
provenía del exterior. Este importante drenaje de divisas y la deficiente estructura de YPF que le
impedía incrementar la producción, llevaron al presidente a encarar la “batalla del petróleo”.
En 1958 anunció la firma de varios contratos con empresas norteamericanas que operarían por
cuenta de YPF, con el propósito de lograr el autoabastecimiento de los hidrocarburos. YPF, por su
parte, se comprometía a comprar el petróleo que extrajeran las empresas, pagándolo con divisas.
No se pensaba en exportar petróleo sino solo en el consumo interno.
Si bien el gobierno no admitió que el petróleo extraído era más caro que el importado, los
contratos posteriores fueron mejorando las condiciones de los primeros. En menos de un quinquenio
la producción petrolera se triplicó, lográndose el autoabastecimiento. La oposición, sin embargo,
utilizó en contra de Frondizi sus propios argumentos antiimperialistas. (11)
A partir de 1959, los desarrollistas tuvieron que afrontar graves dificultades en la balanza de
pagos y una fuerte inflación.
El nuevo ministro de Hacienda, Álvaro Alsogaray (que había sido impuesto al presidente por los
militares), anunció el plan de “estabilización”, anteponiendo este factor, la estabilidad, por encima
del desarrollo. La política de expansión económica debía estar subordinada ahora al saneamiento
financiero y a la política de estabilización monetaria. Según Alsogaray, era necesario reducir el
gasto público y racionalizar los salarios, que no podían ser mayores a los incrementos en la
productividad.
Las principales medidas implementadas no se alejaron del recetario liberal: privatización de
algunos servicios públicos; achicamiento del Estado a través del despido del personal; disminución
de las barreras aduaneras; retroceso de la obra pública en infraestructura.
Los argumentos para la imposición de este plan (también) depositaron la responsabilidad en el
estado de situación heredado. Decía Álvaro Alsogaray:

Lamentablemente nuestro punto de partida es muy bajo. Muchos años de desatino y errores nos han
conducido a una situación muy crítica. (…). Estamos viviendo de los préstamos extranjeros. Ninguna
solución fácil puede prometerse.
Sin embargo, hay un programa de rehabilitación en marcha (…). Todavía seguiremos por algún tiempo
la pendiente descendiente que recorremos desde hace ya más de diez años.
Se ha cometido un error en definir a este programa como un programa de austeridad, dejando que
cada uno de los habitantes del país viva como pueda y como quiera (…).
Las medidas en curso permiten (…) que podamos hoy lanzar una nueva fórmula: “hay que pasar el
invierno”. (12)

Con estas medidas se fue anticipando e imponiendo la filosofía económica del neoliberalismo.
Sin embargo, a raíz del poco éxito y gran descrédito de la derecha conservadora, estas medidas no
lograron imponerse fácilmente. Dos décadas más tarde, la dictadura cívico-militar “resolvería” el
problema de la indisciplina de los trabajadores a través de la represión física –con el terrorismo de
Estado– y de la estrategia económica –la desindustrialización–.
Un ejemplo paradigmático de las tensiones entre el gobierno y los trabajadores y que marca un
punto de inflexión en esa relación fue la huelga en el frigorífico Lisandro de la Torre. En enero de
1959, en medio de la política de racionalización y privatizaciones de empresas estatales que
propiciaba el gobierno, estalló un conflicto que se teñiría de ribetes insurreccionales. Los
trabajadores del Frigorífico Nacional Lisandro de la Torre rechazaron el intento de privatización de
su fuente de trabajo. Los nueve mil trabajadores paralizaron las actividades y a partir de una
multitudinaria asamblea, decidieron tomar el establecimiento para evitar su venta a la CAP
(Corporación Argentina de Productores). Los trabajadores de fábricas y comercios de la zona se
solidarizaron y todo el barrio de Mataderos acompañó la medida del “Lisandro”. El gobierno decretó
el Estado de sitio, intervino el frigorífico y recurrió al ejército para sofocar la huelga. Las tanquetas
de las fuerzas del “orden” tiraron abajo el portón del frigorífico y lograron penetrar. Terminaron con
la huelga, con las pretensiones y con la insurrección de los trabajadores y del barrio todo. Cuando el
frigorífico abrió nuevamente sus puertas cinco mil trabajadores habían sido despedidos.
El hecho desbordó los límites del Lisandro y despertó la solidaridad de numerosos gremios que
llamaron a sumarse a las medidas de fuerza. 1959 fue un año de altísima conflictividad social y el
año en el que comienza también el reflujo de la etapa insurreccional y del accionar de los comandos
de la resistencia. La derrota de las huelgas de 1959 y 1960, con una conducción sindical proclive a
la “legalidad” encarnada en la figura del “Lobo” Vandor, explican el retroceso de las tendencias que
hacían de la violencia una de las formas para provocar el regreso de Perón.
Y también en 1959, mientras en el Caribe la isla de Cuba se acomodaba a los sucesos de su
revolución, aparecía la primera guerrilla peronista en Argentina: el Ejército de Liberación Nacional
Uturuncos, que respondía al liderazgo de John William Cooke, vocero de Perón hasta 1958. Eran
tiempos difíciles para el presidente Frondizi. (13)
El plan de estabilización económica provocó el descontento social generalizado. Los peronistas,
a través de los sindicatos, respondieron con más resistencia, huelgas y sabotajes. El gobierno
contraatacó con el Plan Conintes, que ponía en manos militares la represión de todo tipo de
manifestación obrera o motín interno, siendo este un claro antecedente del posterior terrorismo de
Estado. Durante su aplicación las protestas disminuyeron (los dos millones de jornadas laborales
perdidos por huelga en 1959 se redujeron a una décima parte), y las cúpulas gremiales se vieron
acorraladas entre las presiones de los sectores combativos y el riesgo de perder su legalidad que les
permitía ejercer el cargo.
En 1961, Álvaro Alsogaray presentó la renuncia, comenzando una nueva etapa desarrollista,
pero ya sin sustento político.
Sin el apoyo de los trabajadores, con las fuerzas armadas abiertamente en contra, con una
burguesía que si bien beneficiada por el plan económico se mostraba recelosa de un presidente que
había osado pactar con Perón, Frondizi intentó salir de su aislamiento político permitiendo la
participación de candidatos peronistas –el peronismo seguía proscripto– en las elecciones para
diputados y senadores de 1962.
Confiado en el desgaste del movimiento por la ausencia de su líder, el presidente juzgó
improbable la victoria de la “Unión Popular”. (14) Sin embargo, los resultados de las elecciones
dieron el triunfo a los candidatos de Perón en catorce jurisdicciones, incluida la provincia de Buenos
Aires. (15)

Y así fue la campaña del 1962. No nos entregaron [el gobierno de la provincia] pero quedó demostrado
algo que nosotros queríamos. Porque tanto Perón como yo sabíamos que no nos iban a entregar… pero
sabíamos que íbamos a ganar. Quedó demostrado que a trece mil kilómetros de distancia, Perón seguía
manejando el país. Era un triunfo más de Perón (entrevista de la autora de este capítulo a Andrés
Framini, 1999).

Pronto se sintió el disgusto de los militares por la posición de Frondizi de permitir las
elecciones. Obligaron al presidente a anular los comicios —a lo que no se negó— e intervenir las
provincias donde los peronistas habían ganado y, pese a la aceptación de estos condicionamientos
por parte de Frondizi, los militares igualmente decidieron derrocarlo el 28 de marzo de 1962. El
cargo de presidente fue cedido a un civil: José María Guido. Así se resguardaban supuestamente las
“formas legales y democráticas”, aunque en la práctica eran las fuerzas armadas las que ejercían
efectivamente el gobierno. Un golpe de Estado enmascarado en un gobierno civil.

7. José María Guido (1962-1963)


El comandante en jefe del Ejército, el General Poggi, se ofreció a asumir como presidente de
facto, pero los civiles se le adelantaron y las FF.AA. accedieron. José María Guido, presidente
provisional del Senado, juró como Presidente de la Nación ante la Corte Suprema de Justicia. Entre
sus medidas políticas: anuló los comicios de marzo; dictó normas proscriptivas hacia el comunismo y
el peronismo; modificó la Ley de Acefalía, cambiando el plazo dentro del cual deberían celebrarse
los comicios; modificó el sistema electoral, para que los partidos tuvieran representación
proporcional; revisó la Ley de Asociaciones Profesionales a fin de impedir la instrumentación
política de los sindicatos.
La política económica del breve periodo del gobierno de Guido puede reconstruirse a partir del
perfil de algunos de sus ministros de clara orientación conservadora. A modo de ejemplo: Federico
Pinedo abrió el mercado de cambios, devaluó fuertemente la moneda y aprobó la suba de precios en
los servicios públicos; Álvaro Alsogaray redujo el gasto público y eliminó la protección aduanera;
José Alfredo Martínez de Hoz aplicó planes de estabilización monetaria con efectos regresivos en la
producción.
Un hecho significativo durante el interregno de Guido fue el enfrentamiento, dentro de las
fuerzas armadas, entre “azules” y “colorados”. La posición que tomaba cada uno de los bandos
respecto del peronismo fue la raíz de la diferenciación. Los Azules pensaban que, si bien Perón
había sido demagógico, había logrado evitar que los obreros se volcaran al comunismo. Por eso
podían aceptar un peronismo sin Perón. Además, adoptaron una línea “profesionalista”, declarando
que no era de su competencia las deliberaciones políticas. Por su parte, el antiperonismo de los
Colorados iba más allá y los hacía equiparar al peronismo con el comunismo. En el siguiente
fragmento se sintetizan algunas de las razones de la escisión:

En el centro de todo, está la actitud ante el peronismo: azules y colorados son antiperonistas, pero en
distinta forma. Para los colorados, el peronismo es un movimiento de clase sectario y violento que da
lugar al comunismo. Los azules consideran, por el contrario, que a pesar de sus excesos, de sus abusos
de poder, de su demagogia insoportable, el peronismo es una fuerza nacional y cristiana que permitió
salvar a la clase obrera del comunismo y que constituye por ende un bastión contra la subversión.
Comparten esa opinión con los industriales y la gran patronal que aprecian el sentido del compromiso y
de la autoridad de los dirigentes sindicales peronistas. (…)
El antiperonismo de los azules (ya sean o no nacionalistas antiliberales) es sobre todo profesional. Los
azules se opusieron a Perón porque pretendía ‘politizar’ al ejército y ponerlo a su servicio. (…) Son
antiperonistas decididos de la primera hora (…) Los colorados, que en su mayoría permanecieron en el
ejército hasta 1955, participaron directamente en la Revolución Libertadora. Su evolución ante el
régimen peronista fue paralela a la de las clases medias. Para estos oficiales, así como para numerosos
argentinos de los “estratos intermedios”, el obrerismo escandaloso de Perón era de naturaleza
subversiva. En su antiperonismo visceral había una especie de rechazo socio-étnico, lo que explica las
relaciones privilegiadas mantenidas entre los colorados y los radicales del pueblo (…).
Si bien los colorados aspiran a una dictadura militar capaz de eliminar hasta el último vestigio de
peronismo y “desperonizar” al país, algunos de ellos son auténticos demócratas convencidos de que el
fenómeno peronista es patológico. Por el contrario, no todos los azules son nacionalistas y antiliberales
ni legalistas y adversos a una dictadura militar. Los dos bandos se definen más bien por contraposición
(…) (Rouquié, 1981: 213).

Durante 1962-1963 ambos bandos se enfrentaron en dos oportunidades. En septiembre de 1963,


el grupo azul derrotó definitivamente al colorado. Su líder, el general Onganía, fue nombrado
comandante en jefe del Ejército.
En el Comunicado 150, redactado por Mariano Grondona y el coronel Aguirre, se definió la
posición del movimiento legalista. Las fuerzas rebeldes de Campo de Mayo exigían la realización de
elecciones mediante un régimen que asegurara a todos los sectores la participación en la vida
nacional; que impidiera la monopolización artificial de la vida política y sobre todo que asegurara “la
imposibilidad del retorno a épocas ya superadas”. Por lo tanto, la proscripción del peronismo debía
mantenerse.
Otro hecho importante para la militancia peronista y para la sociedad en general por sus
proyecciones futuras, fue la desaparición, en agosto de 1962, del joven obrero metalúrgico Felipe
Vallese, delegado de la fábrica TEA SRL y miembro de la Juventud Peronista. “Un grito que
estremece. Vallese no aparece” fue una nueva consigna de lucha y resistencia.
El gobierno de Guido llamó a elecciones. En esa transición política se formó UDELPA (Unión del
Pueblo Argentino), que llevaba a Pedro E. Aramburu como candidato a presidente. El
convencimiento de que el radicalismo no tenía chances para esa elección, dado que todo apuntaba a
la victoria de UDELPA, hizo que Ricardo Balbín, presidente de la UCRP, designara como cabeza de
fórmula a Arturo Umberto Illia, un médico de la localidad cordobesa de Cruz del Eje. La
proscripción del peronismo siguió en pie. Desde el exilio, Perón recomendó nuevamente a sus
seguidores la estrategia del voto en blanco. El Dr. Arturo Illia fue electo presidente con el 25% de
los votos emitidos.
8. Los radicales del pueblo en el gobierno. Arturo Illia 1963-1966

En las elecciones de 1963 la fórmula de la Unión Cívica Radical del Pueblo obtuvo la primera
minoría con aproximadamente 25% de los votos, seguida por el voto en blanco del peronismo (20%).
Estos guarismos denotaron la debilidad del nuevo gobierno.
El “populismo reformista” puso fuerte énfasis en el desarrollo del mercado interno y en la
protección del capital nacional apostando al modelo industrializador de corte distribucionista,
combinado con algunos elementos keynesianos: un Estado activo en el control y la planificación
económica. El Congreso votó la Ley de Salario Mínimo, Vital y Móvil.
Dos políticas de Estado terminaron por retacearle al presidente el apoyo del capital extranjero,
de los grupos transnacionales y de los organismos internacionales: la anulación de los contratos
petroleros y el impulso a una ley de medicamentos.
En noviembre de 1963 Illia firmó los decretos que derogaron los contratos petroleros,
declarados “nulos, de nulidad absoluta, por vicios de ilegitimidad y ser dañosos a los derechos e
intereses de la Nación”.
El presidente resistió la presión amenazante del gobierno norteamericano y ratificó la anulación
cumpliendo una de las promesas de campaña. “La actitud del gobierno argentino es irreversible. (…)
Los contratos que fueron suscritos a espaldas de la ley y de los intereses económicos del país serán
anulados. Yacimientos Petrolíferos Fiscales será –de acuerdo con la mejor tradición argentina– la
entidad rectora de nuestro desarrollo energético”. (16)
El otro motivo de tensión con el capital extranjero fue la Ley de Medicamentos. El ministro de
Salud Pública inspiró el proyecto, convencido de que el Estado debía regular el precio y la
comercialización de los medicamentos, por considerarlos “bienes sociales”. Se dispuso el
congelamiento de los precios de los medicamentos y productos medicinales mientras una comisión
especial investigadora se ocupaba de la calidad y los costos de los mismos. Los laboratorios
reaccionaron inmediatamente, acusando al gobierno de “dirigista” y ocultando la información a las
comisiones investigadoras. A pesar de ello se logró probar grandes irregularidades.
La relación entre la UCRP y la CGT fue otro de los frentes de conflicto. La CGT no se avino a
considerar legítimo un gobierno que había logrado ganar las elecciones con el peronismo proscripto.
Si bien el gobierno sancionó un Código de Trabajo y Seguridad Social que aseguraba la
participación de los trabajadores en la elaboración de las disposiciones que los afectaran, el
acercamiento con los sindicatos no se produjo.
Las razones del enfrentamiento entre la CGT y el gobierno radical no se adscribieron
exclusivamente al terreno económico. En una coyuntura de cierta recuperación de la economía por
excelentes cosechas, el Plan de lucha de la CGT, que incluyó la toma de fábricas, fue la combinación
de demandas económicas y políticas –derogación de la legislación represiva, amnistía, libertad a los
detenidos–.
A esto se sumaron los oficios del gobierno para hacer fracasar el “operativo retorno” de Perón a
la Argentina en 1964. El avión en que viajaba Perón fue detenido en Brasil y obligado a regresar a
España. (17)
La modalidad de lucha adoptada fue la “toma de Fábricas” –ocupación pacífica de los
establecimientos fabriles– que seguía una planificación rigurosa. Esta modalidad cuestionaba
concretamente la propiedad privada capitalista y la organización laboral derivada de ella.

La fábrica se tomaba y era paralizada. En algunos casos hubo violentas represiones. Recuerdo en
Capital, los casos de Volcán y Phillips, donde la policía volteó los portones, entró con tanquetas, lanzó
gases lacrimógenos, etcétera. A la represión policial se sumó la actitud del gobierno radical de
procesar penalmente a todos los delegados y dirigentes gremiales. (…) La toma de fábricas fue la
medida más extrema que pudimos tomar. Después de eso ya no nos quedaba nada por hacer, porque de
seguir adelante lo único que nos faltaba, prácticamente, era cuestionar el poder (testimonio de Avelino
Fernández, metalúrgico, en Caraballo, Charlier y Garulli, 1998: 88-89).

El Plan de Lucha atravesó por varias etapas. La Quinta fue severamente reprimida por el
gobierno. En la provincia de Buenos Aires la policía mató a los obreros Retamar, Mussi y Méndez.
Sin embargo, el plan de lucha se diluyó por el repliegue de la propia conducción cegetista.
Ocupado en disputar el liderazgo de Perón, para Augusto T. Vandor el Plan de lucha de la CGT
tenía varios objetivos. Por un lado, debilitar al gobierno y demostrar a los empresarios y militares
cuál era su verdadera fuerza para negociar. Por otro, aparecer como el único líder capaz de manejar
a las mayorías obreras, ya fuera frenándolas o movilizándolas. Esta actitud lo enfrentó con el sector
“combativo” del sindicalismo peronista que no acordaba en reemplazar a Perón en la conducción del
movimiento.
La estrategia vandorista era, en ausencia de Perón, invocar su nombre, usar el poder de presión
que le daba la capacidad de movilizar sindicatos obreros y el control de los votos peronistas para
liberarse de la tutela del líder. Un “peronismo sin Perón”, quizás con un sesgo “laborista”, permitiría
su admisión en el juego electoral sobre todo después del fracaso del “Operativo Retorno” en 1964.
La división de las 62 Organizaciones peronistas en dos tendencias: “Leales” –vandorista– que
pretendían independizarse de la conducción del movimiento desde Puerta de Hierro, y “De pie junto
a Perón”, organizada alrededor del líder sindical del gremio del vestido José Alonso, expresó esta
fractura al interior del sindicalismo respecto del liderazgo de Perón.
En marzo de 1965, el peronismo participó de las elecciones parlamentarias obteniendo el 36%
de los votos con el nombre de Unión Popular, que obedecía a Vandor. Cuando el objetivo del líder
metalúrgico parecía a punto de lograrse, Perón envió al país a su esposa María Estela Martínez
(“Isabel”) como su representante personal. Isabel reunió a todos los opositores de Vandor. Ambos
bandos se midieron en las elecciones provinciales de Mendoza. El candidato de Vandor fue
derrotado y el centro de las decisiones del movimiento volvió a estar en la residencia de Perón en
Madrid.

9. Los medios y el clima de un nuevo golpe

En la década del sesenta el Ejército comenzó a utilizar el predicamento de intelectuales y


medios de comunicación para generar en la sociedad una nueva imagen del arma. Primera Plana y
Confirmado funcionaron como usinas del pensamiento del ejército. Desde ellas se fue amasando y
construyendo un verdadero clima golpista a partir, entre otras cosas, de la ridiculización del
presidente Illia y su gestión, considerada ineficiente para resolver los problemas del país. Algunas
de sus voces no dudaron en considerar a las fuerzas armadas como las depositarias de las
instituciones de la república. “El tirano es un monstruo, el dictador es un funcionario para tiempos
difíciles”, sintetizaba Mariano Grondona.

Todos los regímenes políticos contienen fuerzas de reserva que aparecen solamente en las horas de
crisis. En las naciones estables, estas fuerzas son apenas conocidas. En las naciones inestables, ocupan
el centro del escenario. (...) Entre 1958 y 1962, un hombre, el teniente general Aramburu, reforzó esa
reserva institucional con su prestigio personal. A partir de 1962 comienza una profunda revisión en la
estructura de nuestras fuerzas de reserva. (...) El teniente general Onganía crece y se afirma hasta
desplazar al teniente general Aramburu. (...) El hombre de reserva debe ser “representativo”: no tiene
que estar identificado con ningún partido y, por consiguiente, todos los sectores deben ver en él a un
aliado potencial. El hombre de reserva debe estar, también “disponible”, es decir, abierto a “cualquier”
eventualidad política o institucional. (...) El hombre de reserva, entonces, debe evitar con infinito
cuidado los combates menores para tener sus fuerzas intactas en la batalla central. Finalmente, esta
estrategia reclama una suprema virtud política: la virtud de la espera (Grondona, 1965).

El golpe de junio de 1966 venía siendo, por lo tanto, discutido y propiciado. Anunciado incluso
desde la campaña electoral de 1963.
Según Guillermo O’Donnell (1982) el golpe contó con la aceptación de gran parte de la
población, exceptuando al Dr. Illia, sus colaboradores y el partido Radical expulsado del gobierno.
La edición extra del diario Clarín del 28 de junio de 1966 daba cuenta del dramatismo de esas
horas:

A las 7.25 de hoy, acompañado de un capitán del Ejército, un oficial de la Policía Federal y dieciséis
agentes con pistolas lanzagases, el expresidente de la Nación, Arturo Illia, dejó su despacho en la Casa
de Gobierno, desalojado del poder por la Junta de Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas (...).
Ante la negativa del presidente Illia de abandonar la Casa de Gobierno, el jefe del Cuerpo de Ejército I,
general Julio Alsogaray, entró a las cinco de la mañana al despacho presidencial.
—En representación de las Fuerzas Armadas, vengo a pedirle que abandone este despacho. La escolta
de granaderos lo acompañará —dijo Alsogaray a Illia.
—Usted no representa a las Fuerzas Armadas. Solo representa a un grupo de insurrectos —contestó
Illia— Usted y quienes lo acompañan, actúan como salteadores nocturnos que, como los bandidos,
aparecen de madrugada (...).
Cuando Alsogaray reiteró su pedido al entonces presidente, Illia le contestó
—Como Comandante en jefe le ordeno que se retire.
—¡Recibo órdenes de las Fuerzas Armadas! —exclamó Alsogaray.
—¡El único jefe supremo de las Fuerzas Armadas soy yo! ¡Ustedes son insurrectos! ¡Retírense!
(...) Casi dos horas más tarde, el coronel Perlinger volvió a ingresar al despacho presidencial para pedir
el retiro de Illia en nombre de las Fuerzas Armadas. El presidente volvió a responder:
—Ustedes no representan a las Fuerzas Armadas.
—Me rectifico, entonces —dijo Perlinger—, en nombre de las fuerzas que poseo.
—¡Traiga esas fuerzas! —dijo Illia.
—¡No lleguemos a eso! —aventuró Perlinger.
—¡Son ustedes los que usan la fuerza, no yo!
Minutos más tarde, Illia era desalojado de su despacho por la Guardia de Infantería de la Policía
Federal.
Con el derrocamiento de Illia se cerró la etapa en la cual los sectores liberales optaron por
“aceptar” como mal menor alguna de las versiones del radicalismo y asumieron directamente la
conducción del Estado.
Fueron las fuerzas armadas, como institución en la que parecía encarnar la república, las que
designaron al General Onganía como presidente de facto. Los militares venían para quedarse,
porque no había “plazos sino objetivos”.
La dictadura de Juan Carlos Onganía adoptó un sesgo distintivo. Combinó un feroz autoritarismo
político con un programa económico liberal “aperturista” que afectó duramente a los asalariados y
al segmento menos concentrado de la burguesía local beneficiando a las fracciones superiores de la
burguesía “nacional” y transnacional.
Esta combinación provocó la reacción de la sociedad dando cauce a un proceso de fuerte
movilización popular expresado tanto desde los sindicatos –peronistas y clasistas–, los partidos
políticos –todos proscriptos–, las organizaciones revolucionarias, hasta un sector de la Iglesia y el
empresariado nacional.
El desarrollo de este proceso que se abre en 1966 es el tema del próximo capítulo.

10. A modo de breve conclusión

El golpe de Estado que puso fin al segundo gobierno constitucional de Juan Domingo Perón
inauguró una etapa de profunda inestabilidad. La característica sobresaliente del sistema político en
los años del posperonismo fue la dualidad a partir de la proscripción del movimiento fundado por
Perón y la exclusión de las masas trabajadoras. En esta etapa la represión organizada desde el
Estado hacia los sectores populares en general y asalariados en particular se combinó con
programas económicos de corte regresivo que incrementaron la dependencia de nuestro país y
fueron resistidos por los trabajadores y sus representaciones sindicales. La violencia política fue
otro de los componentes de la etapa, que pareció estar justificada si se aplicaba contra el
peronismo: bombardeos, cárcel, represión, hasta torturas y fusilamientos. El comportamiento
golpista de las fuerzas armadas, la conculcación de los derechos laborales y sociales, el revanchismo
de clase, conformaron un sedimento complejo que puede explicar la reacción por parte de los
trabajadores, quienes adoptaron estrategias de diverso tipo y tenor para alcanzar su principal
objetivo: la vuelta de Perón y del Estado de Bienestar.

Bibliografía

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1. Los sectores que se apropian del Estado en septiembre de 1955 se autodenominan “Revolución
Libertadora”. En estas páginas mantenemos esta denominación. Esto no significa que acordemos con ella,
siendo que no la consideramos una revolución sino un golpe de Estado contra un gobierno constitucional, ni
consideramos tampoco que haya tenido un carácter liberador para con el pueblo argentino.
2. Daniel James (2005) retoma el concepto de “estructuras de sentimiento” desarrollado por Raymond Williams
en Marxismo y literatura para referirse a aquellos aspectos que no pueden ser encuadrados dentro de la
ideología “formal” pero “conciernen a significados y valores tal como se los vive y se los siente activamente”.
3. En un contexto político de movilización y resistencia –sabotajes a la producción, huelgas violentas–, se
produjo, en junio de 1956, un levantamiento armado encabezado por militares peronistas, los generales Valle y
Tanco. La intentona fue sofocada. La revolución “libertadora” respondió con todo rigor, ordenando la ejecución,
no solo de los cabecillas, sino también de aquellos militares y civiles sospechados de participación en el
alzamiento. Los fusilamientos de civiles en los basurales de José León Suárez fueron reconstruidos por la prosa
magistral de Rodolfo Walsh en Operación Masacre.
4. No sería esta la última vez que el aparato represivo es utilizado para disciplinar a la sociedad e imponer
modelos económicos de altísimos costos sociales.
5. Plan Prebisch fue la forma de denominar en los medios al informe preliminar que Raúl Prebisch le entrega al
general Lonardi en octubre de 1955. El informe es completado posteriormente.
6. El término “gorila” comenzó a utilizarse para expresar las posturas más claramente antiperonistas. Sigue
vigente y utilizado hasta hoy para dar cuenta de ese clivaje fundamental: “peronismo-antiperonismo”.
7. Un dato significativo para analizar el grado de autonomía de muchos dirigentes sindicales respecto de la
“orden” de Perón: Miguel Gazzera, del sindicato de fideeros e integrante de las 62 Organizaciones peronistas,
refiere el caso de sindicalistas que recorrieron el país llevando la palabra de Perón respecto de votar a
Frondizi, pero ellos optaron por votar en blanco (entrevista de la autora a Miguel Gazzera, 1999).
8. La ley de Asociaciones profesionales promulgada en 1958, “brindará a los sindicatos el manejo de una
cuantiosa cantidad de recursos económicos que redundará, más allá de las críticas que subsisten aún hoy día,
en la ampliación de servicios para los trabajadores sindicalizados” (Fortunato Mallimaci, 2007: 109)
9. Algunas de las universidades privadas habilitadas para otorgar títulos: Universidad Católica de Santa Fe;
Universidad Argentina de la Empresa; la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos
Aires (UCA); la Universidad Católica de Córdoba; la Universidad del Salvador que, fundada en 1956, obtiene el
reconocimiento en 1958. Además de las ya formalmente reconocidas, hacia 1961 había otras siete
universidades esperando el reconocimiento y la personería jurídica.
10. En diario Clarín, 17 de septiembre de 1958.
11. El preacuerdo de Perón con la California Standard Oil había sido durísimamente cuestionado por Frondizi
porque entendía que lesionaba la soberanía nacional. La “bandera” del petróleo había sido un argumento
importante a favor del derrocamiento del peronismo.
12. Diario La Nación, 29 de junio de 1959.
13. “(…) ellos [los Uturuncos] fueron contemporáneos a la revolución cubana y a la revolución argelina,
contemporáneos también de las guerrillas que darían origen a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC) y anteriores en el tiempo a estas. Su historia fue posible por la existencia de una fuerte
identidad colectiva popular indignada por la exclusión social y política a la que era sometida. (…) La guerrilla
de Uturuncos fue una de las posibles consecuencias de la resistencia peronista” (Salas, 2003: 19).
14. Framini-Anglada fue la fórmula para la provincia de Buenos Aires. Andrés Framini fue secretario general
de la Asociación Obrera Textil y uno de los referentes más activos del sindicalismo peronista, especialmente
dentro de la corriente combativa, después del derrocamiento del peronismo en 1955.
15. “Los resultados electorales de 1962 cumplen una predicción, que ya venía siendo expresada como cuasi
amenaza en las pintadas callejeras desde los primeros tiempos de la resistencia. La victoria vuelve a ser
entonces escamoteada, pero no deja de ser victoria. El frustrado ejercicio electoral sirve para demostrar, por
un lado, la inconsistencia de la política integracionista y, por otro, la continuidad de un poder, el de Perón,
ejercido a la distancia” (Garulli, 2007).
16. Mensaje inaugural de Arturo Illia, 12 de octubre de 1963. Disponible en
http://www.cecies.org/imagenes/edicion_164.pdf
17. El operativo “retorno” terminó en un rotundo fracaso. La imposibilidad del retorno de Perón al país era en
todo funcional a las aspiraciones de Augusto Vandor y su propuesta de un “peronismo sin Perón”.

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