Estado
Estado
Estado, denominación que reciben las entidades políticas soberanas sobre un determinado
territorio, su conjunto de organizaciones de gobierno y, por extensión, su propio territorio.
La ONU es una de las muchas instituciones que han surgido de la creciente interdependencia de
los estados. El Derecho internacional ha proporcionado durante siglos un modo de introducir
cierto margen de pronóstico y orden en lo que, en un sentido técnico, constituye todavía un
sistema anárquico de relaciones internacionales. Otros vínculos internacionales son posibles
gracias a tratados, tanto bilaterales como multilaterales, alianzas, uniones aduaneras, y otras
uniones voluntarias realizadas para mutuo beneficio de las partes implicadas. No obstante, los
estados disponen de libertad para anular estos vínculos, y sólo el poder de otros estados puede
impedírselo.
En el plano nacional, el papel del Estado es proporcionar un marco de ley y orden en el que su
población pueda vivir de manera segura, y administrar todos los aspectos que considere de su
responsabilidad. Todos los estados tienden así a tener ciertas instituciones (legislativas,
ejecutivas, judiciales) para uso interno, además de fuerzas armadas para su seguridad externa,
funciones que requieren un sistema destinado a recabar ingresos. En varios momentos de la
historia, la presencia del Estado en la vida de los ciudadanos ha sido mayor que en otros. En los
siglos XIX y XX la mayoría de los estados aceptó su responsabilidad en una amplia gama de
asuntos sociales, dando con esto origen al concepto de Estado de bienestar. Los estados
totalitarios, como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la Alemania nacionalsocialista,
se atribuyeron un derecho, a menudo compartido con un partido hegemónico y único, de regular
y controlar pensamientos y opiniones.
Estas prácticas plantean cuestiones importantes en lo que a la legitimidad de los estados se
refiere. Desde la aparición de las ciudades Estado en la antigua Grecia, pensadores políticos y
filósofos han discutido la verdadera naturaleza y fines reales del Estado. Con el paso de los
siglos, y en la medida en que la tecnología y la evolución administrativa lo fueron permitiendo,
estos pequeños estados, concebidos por Platón y Aristóteles más como una comunidad pequeña
que como el marco donde se desarrolla la actividad política de la vida humana, fueron
sustituidos por entidades territoriales cada vez mayores.
Los requisitos militares de crear y mantener dichas entidades se inclinaron hacia el desarrollo de
sistemas autoritarios, y algunos autores enfatizaron acerca del necesario sacrificio de la libertad
individual en beneficio de las necesidades del orden colectivo, ejercido con el respeto hacia el
bienestar de todos los grupos de la sociedad. A partir de los siglos XVI y XVII, la tendencia a
identificar al Estado con pueblos dotados de un cierto grado de identidad cultural común corrió
pareja con una búsqueda de la legitimidad derivada de la voluntad e intereses de esos pueblos.
Así la aparición de facto del nacionalismo, identificado con la consecución del Estado nacional fue
fundamental durante la Revolución Francesa. La contribución ideológica en este aspecto de Jean-
Jacques Rousseau y Georg Wilhelm Friedrich Hegel produjo a su vez una cierta sacralización de
la nación como entidad moral capaz de conferir legitimidad tanto a sí misma como a sus
acciones. La reacción a algunos de los excesos surgidos del conflicto entre estados nacionales
que esta postura inspiró durante los siglos XIX y XX preparó por su parte un substrato ideológico
para el internacionalismo de finales del siglo XX y para los conceptos de seguridad colectiva,
comunidades internacionales económicas y políticas, además de diversas formas de
trasnacionalismo. Esto ha supuesto un desafío al propio concepto de Estado como forma
preferida de organización política.
Entre los siglos XIII y XVIII la organización política de Europa sufrió una dramática
transformación, pasando de un conjunto desordenado de unidades gubernamentales
pequeñas y fragmentadas a un sistema de naciones-estado centralizadas que se formaron al
fusionarse las pequeñas unidades entre sí para constituir estados centralizados. A medida
que fueron surgiendo estas nuevas naciones, algunos de los gobiernos resultantes crearon
instituciones e ideologías representativas, es decir, un grupo de ciudadanos que
representaba las necesidades y los deseos de toda la población era quien adoptaba las
decisiones para ésta.
Sin embargo, los principios y las prácticas representativos no existieron en todas partes de
Europa. El arraigo de la representación se vio fuertemente influido por la naturaleza de la
relación entre los dirigentes y las elites (grupos minoritarios urbanos, aristocráticos y
eclesiásticos con riquezas e influencia). La forma en que los gobernantes negociaron con
las elites para obtener dichos recursos afectaron al posterior desarrollo de los sistemas de
gobierno.
La relación entre los dirigentes y las elites se basaba en relaciones establecidas entre
monarcas, aristócratas de menor rango, burgueses (ciudadanos urbanos) y clero (dignidades
eclesiásticas). Entre los siglos XII y XIII los monarcas formaron cuerpos representativos de
elites, generalmente terratenientes, para lograr la aprobación de temas de interés básico,
concretamente fiscales y bélicos, como fue el caso, por ejemplo, del Parlamento británico y
los Estados Generales franceses.
Tras la toma de Londres en 1214 por parte de los barones ingleses en señal de protesta
contra una fiscalidad cada vez más gravosa y no autorizada por parte del rey Juan Sin
Tierra, ambos bandos firmaron un documento conocido como la Carta Magna. Este acuerdo
limitaba las exigencias impositivas del monarca, garantizaba las libertades del individuo y
garantizaba una justicia ágil para todos los ciudadanos. En justa correspondencia, el rey
impuso a sus súbditos de mayor categoría la obligación de representarse a sí mismos en su
Parlamento.
En Francia, el rey Felipe IV el Hermoso convocó en 1302 pro vez primera los Estados
Generales, una institución formada por clérigos, nobles y gobernantes civiles, para aprobar
el régimen fiscal de las propiedades de la Iglesia. Desde el siglo XIV hasta principios del
XVII, los Estados Generales se reunían periódicamente para debatir diferentes temas,
especialmente los relacionados con las finanzas. En el siglo XVI, las elites en Inglaterra,
Francia, Prusia y España ya habían consolidado instituciones representativas que conferían
la autoridad de la gestión de los impuestos a un gobierno fuerte y centralizado.
Características de los estados europeos emergentes
En general, en Europa se iban constituyendo los estados de manera definitiva siempre que
existía una fuerza centralizadora capaz de unir grandes extensiones de territorio bajo una
administración en expansión, abastecida por la acumulación de recursos y respaldada por
una estructura militar. Sin embargo, no en todas partes de Europa surgieron poderosos
gobernantes centralizadores. En Polonia y en las Provincias Unidas, las poderosas elites
impidieron la aparición de una monarquía eficaz, y además con resultados muy distintos en
cada país. Polonia siempre se caracterizó por gobiernos sin dirigentes poderosos: las elites
tenían tanto poder que impedían la aparición de un rey capaz de recaudar impuestos
suficientes para formar un ejército y competir con otros creadores de estados. Como
consecuencia, Polonia fracasó repetidas veces a la hora de hacer frente a los desafíos
planteados por otras naciones europeas y finalmente sufrió la pérdida de parte de su
territorio. Las Provincias Unidas surgieron como una unión de siete de las provincias de los
Países Bajos que se rebelaron contra el dominio español. Para conquistar su independencia
en 1588, las elites neerlandesas formaron instituciones representativas a fin de recaudar el
dinero necesario para contratar soldados y derrotar a los ejércitos españoles. Las
instituciones representativas de las Provincias Unidas se convirtieron en instrumentos
eficaces mediante los cuales las elites podían adoptar decisiones relativas a la recaudación
de impuestos y a la defensa militar. Fomentando una floreciente economía comercial dentro
de las siete provincias vinculada al comercio con otras partes de Europa y del mundo, las
elites mercantiles holandesas lograron crear y mantener un gobierno eficaz, aunque
modesto.
Durante los siglos XVII y XVIII fueron surgiendo por toda Europa gobernantes con
potencias sólidas y centralizadas que pronto se vieron compitiendo entre sí por los
territorios, los recursos y las poblaciones. Esta rivalidad exigía de los gobernantes la
recaudación de cantidades cada vez mayores de dinero para consolidar su poderío militar.
Los gobernantes crearon cuerpos de funcionarios para recaudar impuestos; sin embargo, la
cantidad de impuestos que un gobernante era capaz de atesorar estaba limitada por los
recursos naturales y humanos del país. Por esta razón, los gobernantes europeos tenían un
interés evidente en estimular una mayor producción económica e incrementar el comercio.
Mediante la venta, más que la compra, de mayor cantidad de bienes en el mercado
internacional recaudaban más dinero para la economía doméstica. Esta riqueza adicional
permitía nuevas inversiones y, por tanto, aumentaba el nivel de empleo del pueblo así como
los recursos. Para gravar la producción y el comercio crecientes, los gobernantes a menudo
se veían obligados a negociar con las elites para que aprobasen los nuevos impuestos. Esta
necesidad fortaleció la relación entre los gobernantes y las elites, así como el posterior
papel de dicha relación en el desarrollo de los gobiernos representativos. La estabilidad de
esta relación constituyó la base de muchas instituciones políticas democráticas surgidas
durante el siglo XIX.
A lo ancho de toda Europa las elites consiguieron diferentes formas de representación a
medida que sus gobernantes construían los estados. En Gran Bretaña, los logros por parte
de las elites en cuanto a representación parlamentaria vinieron a confirmar su capacidad
para controlar directamente muchas de las decisiones impositivas del gobierno. En Prusia
las elites, en su mayoría terratenientes, estaban representadas en el gobierno a través de su
aparato administrativo. Las elites prusianas perdieron la capacidad de controlar los
impuestos a través de las instituciones representativas al ser éstas abolidas por un
gobernante que cada vez imponía mayores impuestos a las ciudades para poder sostener un
ejército en pleno crecimiento. El Parlamento británico se convirtió en un órgano de
representación colectiva para las elites, pero fueron muy pocas las naciones europeas que
lograron crear instituciones similares. Los órganos representativos solían ser más bien
locales o regionales.
Las relaciones entre gobernantes y elites eran más estables en situaciones análogas a las de
Gran Bretaña y Prusia que en España o Francia, donde las elites seguían conservando
instituciones representativas de carácter regional. Durante los siglos XVI y XVII, España
no existía aún como nación con un gobierno central. El reino de España estaba formado
nominalmente por varios reinos como los de Aragón, Valencia, y Castilla. En Aragón, la
Hacienda pública se hallaba bajo control parlamentario y, junto con Valencia y Cataluña,
contribuía muy escasamente al erario del rey de España. Parte de los ingresos de Castilla, la
principal fuente impositiva de la monarquía española, dependía de los lingotes de plata
procedentes de América. Durante el siglo XVI, el Parlamento castellano, las Cortes,
adquirió mayor relevancia en los asuntos fiscales, siendo el aspecto más destacable su
capacidad de decisión sobre la aplicación y recaudación de los impuestos. Sin embargo,
durante la década de 1620, Felipe IV consiguió recortar el poder de las Cortes en temas
impositivos. Las organizaciones elitistas implicadas en las decisiones tributarias fueron
incapaces de desarrollar una gama más amplia de poderes típica de las formas
representativas de gobierno antes de perder esta capacidad más fundamental e importante.
En Francia, ni el rey ni las elites mostraron ningún interés en preservar las reuniones de los
Estados Generales a partir de 1614. El rey temía que los Estados Generales reunidos en
asamblea pudieran oponerse firmemente a sus deseos fiscales y resultaba más sencillo
negociar con las elites a nivel regional. Las elites apenas tenían conciencia de problemas
compartidos entre las diferentes regiones. A diferencia del Parlamento inglés, que
consiguió aumentar su autoridad partiendo de la función inicial de negociación de
impuestos, los miembros de los Estados Generales franceses se mostraban remisos a debatir
otros temas que no fueran los fiscales.
La función de las libertades en los primeros gobiernos representativos
Cualquier intento por parte de la monarquía de recaudar nuevos impuestos sin haber sido
antes acordado con los órganos de representación podía desencadenar un enfrentamiento
con las elites y, en situaciones especialmente críticas, desembocar en levantamientos de
mayor envergadura. La facilidad con que Francia consiguió aumentar la fiscalidad durante
el siglo XVII fue consecuencia, en parte, de la concesión regia de mayores libertades o
privilegios como contrapartida a la aceptación de tales impuestos. Durante la década de
1640, época en la que el gobierno francés intentaba financiar la guerra contra la dinastía de
los Habsburgo mediante la aplicación de nuevos impuestos a funcionarios, terratenientes
parisinos y nobleza, estas elites dejaron patente su disconformidad con tales pagos. El
Parlamento de París exigió una mayor participación a la hora de definir las políticas fiscales
de la monarquía.
La revuelta del Parlamento entre 1648 y 1653, conocida como la Fronda, puso de
manifiesto la vulnerabilidad de la monarquía francesa de mediados del siglo XVII frente a
la resistencia de las elites, así como la incapacidad de éstas para aprovechar tal oposición
para dar cauce de forma más institucionalizada a sus opiniones sobre la fiscalidad y otros
asuntos de Estado. Cuando el rey pensaba que las elites de una determinada región podían
oponerse a nuevos impuestos, simplemente no convocaba su parlamento; en el siglo XVIII
el territorio representado por los estados provinciales que votaban sobre los temas fiscales
constituía únicamente el 30 por ciento de Francia. Los miembros de estos estados eran
finalmente convencidos para que apoyaran los nuevos impuestos y a cambio, a veces se les
otorgaba exenciones de pago o ciertos favores reales. En el caso de que se resistieran
localmente, su objetivo solía ser proteger tales privilegios contra la intrusión regia.
En la Europa del siglo XVII la idea de las libertades tenía que ver más con privilegios que
con altos ideales de libertad personal. La protección de tales libertades significaba
protegerse contra métodos impositivos arbitrarios y defender los privilegios obtenidos por
las elites locales y regionales como contrapartida a recaudaciones anteriores. La rebelión
neerlandesa contra los españoles en 1588 no se debió a ninguna idea genérica de libertad o
independencia, sino más bien a la defensa y reafirmación de todas las libertades
conquistadas por las ciudades y provincias holandesas en siglos anteriores. Mientras
estuvieron bajo el dominio nominal del Sacro Imperio Romano Germánico, del duque de
Borgoña y de los primeros monarcas españoles de la Casa de Habsburgo, las ciudades y
provincias holandesas habían disfrutado de hecho de una amplia autonomía. Pero Felipe II,
que deseaba recaudar más dinero para combatir al Imperio otomano, intentó obtener fondos
adicionales de los Países Bajos. Los neerlandeses se organizaron para rechazar el dominio
español y formar una república. Durante los siguientes 80 años hubieron de hacer frente a
los intentos españoles por recuperar lo que los gobernantes tildaban de provincias rebeldes.
En este caso, las libertades pertenecían a ciertos grupos de ciudadanos más que a los
individuos.
España ofrece un ejemplo similar: 18 ciudades poseían voto en las Cortes castellanas y los
centros urbanos habían adquirido libertades para colocarse directamente bajo la autoridad
real, formando una autonomía urbana respecto de las autoridades provinciales y
comarcales. En lo referente a los impuestos, la libertad significaba proteger las propiedades
de la imposición de nuevos impuestos sin un acuerdo previo.
Muchos estados poseían una única institución representativa constituida por las elites que,
como un solo grupo, negociaban con la monarquía en lo referente a temas de autoridad y
poderes. Sin embargo, los monarcas franceses negociaron los impuestos con las distintas
elites de forma individualizada. Por una parte, esta situación otorgaba al rey un mayor
poder, ya que las elites no estaban organizadas sobre una base común a lo ancho de todo el
país; por la otra, exigía que el rey entablase negociaciones más frecuentes y de menor
alcance de lo que en realidad hubiera sido necesario. Aunque las ventajas de la situación
francesa parecían evidentes durante principios del siglo XVIII, en la década de 1780 la
monarquía atravesó una crisis fiscal como consecuencia de su incapacidad para convencer a
las elites de que prestaran su apoyo a las políticas tributarias, necesarias para hacer frente a
las deudas contraídas durante las guerras.
En la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII, el rey no podía recaudar fondos para financiar
las guerras sin la autorización del Parlamento, que era quien aprobaba las leyes y autorizaba
los impuestos. Un elemento central de la política británica (y posteriormente
norteamericana) fue la conexión entre el sistema impositivo y el sistema representativo; los
franceses llegaron a un vínculo similar, aunque por una vía más dramática. Una crisis fiscal
en Francia durante la década de 1780 obligó al rey francés a adoptar medidas desesperadas,
convocando los Estados Generales, que no se habían reunido desde 1614, para recabar su
apoyo y aumentar los impuestos. Si el rey hubiera logrado el respaldo de los Estados
Generales, tal vez se hubiera evitado la Revolución Francesa. Pero las elites, especialmente
el denominado tercer estado, plebeyo y laico, exigían un mayor protagonismo en la toma de
decisiones fiscales y el resultado fue la Revolución Francesa, que puso fin de manera
dramática al régimen monárquico en 1789.
Gracias a la materialización de nuevas ideas políticas surgidas durante la Revolución
Francesa, el siglo XIX estuvo marcado por la relación entre la democracia, la ciudadanía
(concepto que plasmaba la pertenencia a una nación) y los derechos del individuo. El siglo
XIX también fue testigo del cambio del papel que desempeñaba la fiscalidad en la
financiación de los estados, así como de la actitud general respecto a quién debía soportar
los impuestos y en qué grado. El vínculo entre la representación de las elites y la fiscalidad
se fue debilitando a medida que disminuía la presión fiscal. La presión fiscal se redujo
porque la industrialización consiguió que los sistemas económicos fueran mucho más
productivos y porque también disminuyeron los gastos bélicos.
A pesar de dichos cambios, los gobernantes siguieron debatiendo cómo gravar
impositivamente a las elites. ¿Estas elites debían soportar muchos impuestos porque eran
acaudaladas o pocos impuestos debido a su importancia? A medida que los gobernantes se
vieron en la necesidad de recaudar cada vez menos recursos de sus florecientes economías,
y a medida que cada vez más contribuyentes estaban en condiciones de pagar al menos
ciertos impuestos, la idea de la fiscalidad progresiva fue ganando adeptos. En este tipo de
sistema fiscal, las personas pagan impuestos en función de sus ingresos. En principio,
aunque no en la práctica, la fiscalidad progresiva se fue popularizando en paralelo con un
cambio de mentalidad tributaria política y social.
En algunos países la fiscalidad todavía se encontraba ligada al grado de representación. En
Prusia, por ejemplo, el acceso al derecho al voto estaba vinculado a la tributación. Sin
embargo, la lógica de la conexión había cambiado. Anteriormente los gobernantes habían
acudido a las elites para recabar su apoyo en favor de las políticas fiscales y durante el siglo
XIX los gobernantes procuraron incorporar a segmentos más amplios de la población, y
ello menos por la contribución tributaria de la población que por temor a una posible
ruptura. La manumisión, o la ampliación de la ciudadanía, era una apelación del gobierno a
diferentes segmentos de la población. La concesión a los ciudadanos del derecho al voto
constituía un medio de complacer al creciente colectivo de personas que exigían tener voz
en la toma de decisiones políticas. La ampliación de las exenciones, un componente básico
de las democracias representativas, se produjo en aquellas sociedades europeas en las que
las instituciones representativas de las elites habían sido poderosas durante los siglos XVII
y XVIII.
A lo largo del siglo XIX la relación entre los estados europeos y sus súbditos se vio
modificada. El principal motivo de preocupación de un gobierno central ya no podía ser sus
relaciones con las elites. La aparición de nuevos grupos sociales y nuevas formas de
organización social planteó a los gobernantes una serie más amplia de retos y estos
desarrollaron una mayor capacidad para afrontar dichos retos. Los gobiernos centrales
ampliaron la oferta de bienes y servicios para sus súbditos, incluidos la educación y el
bienestar social. Los gobiernos, a su vez, cada vez exigían más a la población,
concretamente impuestos y el reclutamiento militar de los jóvenes varones.
Una democracia, obviamente, significa bastante más que el mero derecho al voto. El
proceso de expansión de los estados durante los siglos XIX y XX trajo consigo una gama
creciente de exigencias a los gobiernos para intervenir cada vez más en la economía y la
sociedad, así como un mayor número de individuos que planteaban exigencias a sus
gobiernos. A veces las exigencias planteadas a los gobiernos eran de tipo político, como en
el caso en que los ciudadanos solicitaban mayor participación en la toma de decisiones, y
otras veces eran de tipo económico, como cuando la gente exigía mejores condiciones de
empleo y servicios sociales. El creciente colectivo de personas que formulaba
reclamaciones al gobierno contribuyó a diluir determinadas formas de poder y de autoridad.
La democratización sobrevino en el momento en que una mayoría de ciudadanos plantearon
reivindicaciones políticas, sociales y económicas al Estado como parte integrante de los
planteamientos para negociar su participación en funciones tanto política como socialmente
aceptables. Sin embargo, no todas las exigencias dieron sus frutos a un mismo tiempo y la
democratización no siempre se hizo presente. En el siglo XIX, la ampliación de los
derechos políticos a amplios segmentos de la sociedad europea se produjo en aquellas
zonas donde las elites poseían una cierta tradición de representación política institucional.
La solidez de esta base a menudo dependía de que dichas instituciones hubieran sido
capaces de controlar la más primaria de las incipientes preocupaciones estatales en Europa:
el sistema tributario.
Las importantes conexiones entre la formación de los estados europeos, la recaudación
fiscal y las instituciones representativas coinciden durante el siglo XX con diversas
situaciones políticas en todo el mundo. Las instituciones políticas democráticas surgen con
mayor facilidad allí donde los gobiernos se han visto obligados a negociar las políticas
fiscales no sólo con las elites, sino también con la ciudadanía en general. Esto, a su vez, es
más frecuente allí donde los ingresos del Estado provienen de fuentes domésticas, donde la
industria y el comercio se hallan en vías de desarrollo y donde la riqueza se halla
distribuida en la mayor parte de la sociedad. Si un gobierno puede confiar en las
exportaciones o en las elites agrarias para obtener recursos de la tierra, la probabilidad de
que surjan instituciones democráticas es menor.
Los ideales democráticos pueden resultar atractivos para algunos individuos en
prácticamente cualquier conjunto de condiciones sociales. Sin embargo, la probabilidad de
que se establezcan instituciones representativas depende, al menos parcialmente, de la
existencia de una relación entre constitución del Estado, recaudación fiscal e instituciones
representativas similares a las que existían en ciertas zonas de la Europa moderna inicial.
Acerca del autor: R. Bin Wong es profesor de Historia y Ciencias Sociales en la
Universidad de California, en Irvine. Es autor, entre otras muchas publicaciones, de China
Transformed: Historical Change and the Limits of European Experience.
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Estado
Balaguer Callejón, Francisco. Teoría del estado en C. Marx y F. Engels. Málaga: Universidad de
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Blas Guerrero, Andrés de y García Cotarelo, Ramón. Teoría del estado. Madrid: UNED, Facultad de
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De Jasay, Anthony. El estado: la lógica del poder político. Madrid: Alianza Editorial, 1993. Ensayo
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1990. La más completa historia de la teoría política en español, redactada por varios especialistas.
Útil bibliografía.
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Chatelet, François y Pisier-Kouchner, Evelyne. Las concepciones políticas del siglo XX. Madrid:
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nuestro siglo.
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mejores estudios sobre la génesis, estructura y perspectivas futuras del régimen democrático.
Furet, François. El pasado de una ilusión. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1995. Estudio
sobre los regímenes comunistas que pone de manifiesto el contraste entre el modelo teórico y su
realización práctica.
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Hungtinton, Samuel P. La tercera ola. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1994. Controvertido
ensayo, por lo optimista, del conocido ideólogo liberal estadounidense.
Núñez Rivero, Cayetano. Los regímenes políticos contemporáneos. Madrid: UNED, 1997.
Clasificación muy didáctica de los regímenes políticos, con estudios pormenorizados sobre
diversos sistemas políticos de Europa y América.
Schmitt, Carl. La dictadura. Madrid: Alianza Editorial, 1985. A pesar de su antigüedad (1931), el
libro de Schmitt sigue siendo la mejor exposición teórica del fenómeno dictatorial. Todo un clásico.
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Contrato social
Contrato social, acuerdo voluntario que define tanto la relación mutua de los individuos,
concebidos como sujetos morales libres como la relación de éstos con el gobierno y por este
proceso estructura una sociedad bien conformada. La preocupación por el origen y condiciones
de una obligación política se hizo patente incluso en los escritos de los filósofos y estadistas de la
antigua Grecia y Roma, aunque estas ideas no fueron formuladas de modo sistemático hasta
finales del siglo XVI, cuando los autores protestantes buscaron un principio democrático con el
que oponerse a la teoría autoritaria del derecho divino de los reyes, que era el resultado de
trasladar al campo político su concepto de autonomía moral del individuo. En los siglos XVII y
XVIII la teoría de un pacto social entre los individuos de una sociedad fue inseparable de la
doctrina del derecho natural. Las principales teorías relativas al contrato social fueron expuestas
por los pensadores ingleses Thomas Hobbes y John Locke y por el filósofo francés Jean-Jacques
Rousseau.
De Jean-Jacques Rousseau.
Antiguo Régimen
Antiguo Régimen, término referente a un sistema político y jurídico que también ha sido
empleado para expresar un periodo comprendido entre el siglo XVI y el estallido de la Revolución
Francesa (finales del siglo XVIII) y las revoluciones liberales burguesas del XIX. El término fue
empleado por los revolucionarios franceses de 1789 de forma desdeñosa para referirse a la
estructura política, social y económica imperante en Francia hasta ese momento. Si bien en
primer lugar sirve para referirse a una etapa de la historia de Francia, previa a la Revolución
Francesa, este término es aplicable al resto de Europa. En el caso español, el Antiguo Régimen
perdura brevemente en el siglo XIX hasta la Guerra de Independencia española, cuando, al
promulgarse la Constitución de 1812 en Cádiz, se abrió el proceso de constitucionalismo,
tendente a superar los obstáculos de este sistema.
El Antiguo Régimen, entendido como sistema sociopolítico, tiene su origen en la descomposición
del feudalismo y está caracterizado por la forma de gobierno denominada monarquía absoluta
aunque su poder se encontraba mediatizado por la existencia de instituciones que en ocasiones
se oponían a las decisiones de la corona. También es muy característica la presencia, en todos
los órdenes de la vida, de la Iglesia. En ocasiones era difícil distinguir la separación entre el
poder civil y el eclesiástico. Desde el punto de vista social, el Antiguo Régimen está
caracterizado por la sociedad estamental, dividida entre los siguientes grupos, o clases, sociales:
la nobleza, la Iglesia y el conocido como tercer estado. Dicha sociedad tenía como puntos
básicos económicos las rentas y los privilegios. La economía se basaba fundamentalmente en la
agricultura, que constituía la fuente principal de riqueza. Las tierras estaban en manos de la
corona, la nobleza y la Iglesia. El eje fundamental en este sistema lo constituye el régimen
señorial y la división gremial del trabajo. Todo ello no impidió que parte de la baja nobleza fuera
más pobre que algunos grupos inferiores dedicados a actividades manufactureras.
El contrato social
El contrato social, uno de los principales tratados políticos escritos por el pensador francés Jean-
Jacques Rousseau. Publicada en 1762 en París bajo el título original de Du contrat social ou
Principes du droit politique (Del contrato social o Principios de derecho político), en esta obra
Rousseau expuso su forma de entender el necesario proceso creador de la convivencia social,
basada en los principios de la democracia. Ésta queda establecida por medio de un convenio
originario (el contrato social), alejado tanto de la fuerza como de la autoridad divina, que dará
lugar a la unión del pueblo en torno a un verdadero cuerpo político: el Estado. Dicho pacto ha de
ser adoptado libremente por todos y cada uno de los miembros de dicho cuerpo, de forma que
cada individuo renuncie a su propia independencia inicial, con lo que vence a la inherente
desigualdad natural para obtener así la auténtica igualdad ética y jurídica. El pueblo constituido
en cuerpo político actúa de forma soberana por medio de la voluntad general, creadora a su vez
de las leyes, que tienden a la consecución del bien común. El necesario poder ejecutivo
(gobierno) estará supeditado a la ley emanada de la voluntad general.
Este ensayo, que pretendía formar parte de un prolijo estudio nunca finalizado, se enmarca en el
imprescindible marco cultural de la Ilustración y su influencia posterior en la teoría política fue
de tal importancia que lo sitúa en uno de los primeros lugares de la literatura moral y política de
todos los tiempos.
Jean-Jacques Rousseau
1 INTRODUCCIÓN
Jean-Jacques Rousseau
Jean-Jacques Rousseau estudió diversos ámbitos de la filosofía social. El contrato social es una defensa
clásica de la forma democrática de gobierno. Rousseau confiaba en la 'voluntad general' de un pueblo
democrático, expresado en el voto de la mayoría, para adoptar las decisiones importantes. Esta confianza en
la mayoría contrasta con las ideas de los filósofos que defendían los derechos individuales y minoritarios.
Hulton Deutsch
Nació el 18 de junio de 1712 en Ginebra (Suiza) y fue educado por unos tíos, tras fallecer su
madre pocos días después de su nacimiento. Fue empleado como aprendiz de grabador a los 13
años de edad, pero, después de tres años, abandonó este oficio para convertirse en secretario y
acompañante asiduo de madame Louise de Warens, una mujer rica y generosa que ejercería una
profunda influencia en su vida y obra. En 1742 se trasladó a París, donde trabajó como profesor
y copista de música, además de ejercer como secretario político. Llegó a ser íntimo amigo del
filósofo francés Denis Diderot, quien le encargó escribir determinados artículos sobre música
para la Enciclopedia.
2 ESCRITOS FILOSÓFICOS
En 1750 ganó el premio de la Academia de Dijon por su Discurso sobre las ciencias y las artes
(1750) y, en 1752, fue interpretada por primera vez su ópera El sabio del pueblo. Tanto en las
obras anteriores, como en su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres
(1755), expuso la teoría que defendía que la ciencia, el arte y las instituciones sociales han
corrompido a la humanidad, y según la cual el estado natural, o primitivo, es superior en el
plano moral al estado civilizado (véase Naturalismo). Su célebre aserto: “Todo es perfecto al
salir de las manos del Creador y todo degenera en manos de los hombres”, y la retórica
persuasiva de estos escritos provocaron comentarios burlones por parte de Voltaire, quien atacó
las opiniones de Rousseau y suscitó una eterna enemistad entre ambos filósofos franceses.
Rousseau abandonó París en 1756 y se retiró a Montmorency, donde escribió la novela Julia o La
nueva Eloísa (1761). En su famoso tratado político El contrato social o Principios de derecho
político (1762), expuso sus argumentos sobre libertad civil y contribuyó a la posterior
fundamentación y base ideológica de la Revolución Francesa, al defender la supremacía de la
voluntad popular frente al derecho divino.
3 OBRAS POSTERIORES
4 INFLUENCIA
Aunque Rousseau realizó una gran contribución al movimiento por la libertad individual y se
mostró contrario al absolutismo de la Iglesia y el Estado en Europa, su concepción del Estado
como personificación de la voluntad abstracta de los individuos, así como sus argumentos para
el cumplimiento estricto de la conformidad política y religiosa, son considerados por algunos
historiadores como una fuente de la ideología totalitaria. Su teoría de la educación condujo a
métodos de enseñanza infantil más permisivos y de mayor orientación psicológica, e influyó en
el educador alemán Friedrich Fröbel, en el suizo Johann Heinrich Pestalozzi y en otros pioneros
de los sistemas modernos de educación. La nueva Eloísa y Confesiones introdujeron un nuevo
estilo de expresión emocional extrema, relacionado con la experiencia intensa personal y la
exploración de los conflictos entre los valores morales y sensuales. A través de estos escritos,
Rousseau influyó de modo decisivo en el romanticismo literario y en la filosofía del siglo XIX. Su
obra también está relacionada con la evolución de la literatura psicológica, la teoría
psicoanalítica y el existencialismo del siglo XX, en particular por su insistencia en el tema del
libre albedrío, su rechazo de la doctrina del pecado original y su defensa del aprendizaje a través
de la experiencia más que por el análisis. Su espíritu e ideas estuvieron a medio camino entre la
Ilustración del siglo XVIII, con su defensa apasionada de la razón y los derechos individuales, y
el romanticismo de principios del XIX, que propugnaba la experiencia subjetiva intensa frente al
pensamiento racional.
Grimsley, Ronald. La Filosofía de Rousseau. Madrid: Alianza Editorial, 1988. Estudio del conjunto
de la obra filosófica de Rousseau. Análisis de algunos de sus escritos principales.
Quijano Lubary, Carlos. J. J. Rousseau. Barcelona: Editorial Labor, 1990. Introducción a la figura de
Rousseau, con algunas referencias a su época.
Rousseau, Jean-Jacques. El contrato social. Madrid: Ediciones Alba, 1996. Traducción de una de las
obras fundamentales de Rousseau, con un interesante apartado crítico.
Todorov, Tzvetan. Frágil felicidad: un estudio sobre Rousseau. Barcelona: Editorial Gedisa, 1986.
Análisis de la figura de Rousseau, con especial referencia al concepto de felicidad en su vida y en
su obra.
Trousson, Raymond. Jean-Jacques Rousseau: gracia y desgracia de una conciencia. Madrid: Alianza
Editorial, 1995. Interpretación global de la obra de Rousseau, con referencia a las contradicciones
que presenta su biografía.
Villar Ezcurra, Alicia. Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). Madrid: Ediciones del Orto, 1996.
Estudio muy accesible e interesante como introducción al estudio de la figura de Rousseau.
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Soberanía
Soberanía, poder o autoridad que posee una persona o un grupo de personas con derecho a
tomar decisiones y a resolver conflictos en el seno de una jerarquía política. El hecho de poder
tomar estas decisiones implica independencia de los poderes externos y autoridad máxima sobre
los grupos internos. El concepto de soberanía surgió cuando los europeos de los siglos XVI y
XVII empezaron a buscar fundamentos laicos sobre los que basar la autoridad de los incipientes
estados nacionales. En el campo de las relaciones internacionales, un Estado soberano es igual a
los demás: puede gobernar su propio territorio, declarar la guerra, o regular su estructura
política, por ejemplo. El Derecho internacional contemporáneo y los tratados que vinculan a las
naciones han modificado, sin embargo, la libre soberanía absoluta concebida hace cuatro siglos.
En la actualidad, la Organización de las Naciones Unidas es el principal organismo legal que
ejerce un control sobre la soberanía de forma relativa y de modo consensuado.
En lo relativo a la autoridad que una nación ejerce sobre sus ciudadanos, la soberanía se puede
encontrar en oposición directa con la expresión política. Una de las primeras funciones del
Estado es la de proveer las condiciones para su supervivencia. En principio, un modo de mejorar
las posibilidades de supervivencia consiste en eliminar la disensión interna, mas esto ocurre en
regímenes totalitarios donde la noción de gobierno y Estado se confunden y alienan. No
obstante, este disenso es el resultado lógico de las políticas de los gobiernos que representan a
diversos partidos políticos y posturas. En las democracias modernas, por lo tanto, el ejercicio de
la soberanía se ve limitado en los momentos en los que la supervivencia está en juego, como
por ejemplo, en épocas de guerra.
Poder
1 INTRODUCCIÓN
Poder, dominio, imperio, facultad y jurisdicción de la que dispone el individuo para mandar o
ejecutar; capacidad de imponer la propia voluntad sobre los otros. El término, solo o
acompañado, adquiere distintos significados en el ámbito jurídico.
Poder de representación: poder conferido a una persona, que se convierte así en representante,
para que pueda llevar a cabo un acto por cuenta de otro o ejercitar un derecho que le es ajeno.
La representación voluntaria surge del negocio jurídico de apoderamiento, pudiendo ser el poder
general o especial. La representación legal es obra de la ley e instrumento por lo general para
suplir un defecto en la capacidad de obrar de determinadas personas. Poder de disposición:
posibilidad conferida al titular de un derecho subjetivo de realizar actos que afecten a la
sustancia y a la subsistencia misma del derecho, enajenándolo, transmitiéndolo, dando lugar a
otros derechos limitados o menores a partir de él, o, incluso, renunciándolo. Poder
constituyente: poder político supremo y extraordinario, ejercido dentro de una nación, con el fin
de determinar su destino mediante la formulación de una Constitución democrática.
2 DIVISIÓN DE PODERES
Poder constituido: poder legítimo y ejercido de modo constitucional por los órganos
correspondientes del Estado. En el ámbito de la teoría de la división de poderes, cabe hablar de
los siguientes: poder legislativo, órganos a los que corresponde la elaboración de las leyes.
Poder ejecutivo: órganos a quienes está encomendada la ejecución de las leyes y el Gobierno del
Estado. Poder judicial: órgano o serie de órganos que desempeñan la tarea de administrar
justicia.
Se habla también de poder moderador para hacer referencia al ejercido por el jefe del Estado,
cuando su papel consiste en mediar entre los poderes clásicos del Estado y su gestión pretende
evitar, en lo posible, que éstos se extralimiten en el ejercicio de las funciones que le vienen
conferidas por las leyes.
Poder de dirección del empresario: dícese, en el Derecho del trabajo, del poder correspondiente
al propietario de una empresa, que le permite organizar el trabajo por sí mismo o mediante la
persona en quien delegue, permitiéndole adoptar las medidas de vigilancia y control que estime
más oportunas a los efectos de verificar el cumplimiento, por parte del trabajador, de las
obligaciones y de los deberes laborales que le incumben.
Poder disciplinario del empresario: tiene su origen en el mismo contrato de trabajo y es lógico
colofón del poder de dirección que a éste compete; sobre el fundamento de dicho poder
disciplinario, el empresario puede imponer sanciones a los trabajadores, en virtud del
incumplimiento de sus deberes laborales por parte de los asalariados y de acuerdo con lo que,
en relación con faltas y sanciones, se establezca en las disposiciones legales aplicables. Poder
tributario: en un sentido amplio es toda situación de ventaja o de dominio de un sujeto en
materia de tributos; en un sentido restringido es el poder de establecer normas jurídicas en
materia tributaria, dado que la facultad de dictar meras normas reglamentarias en la materia
puede denominarse potestad tributaria. El poder tributario, como cualquier otro, ha de tener su
fundamento en una norma jurídica; tiene también límites, que pueden ser constitucionales,
lógicos —espaciales y temporales— e internacionales.
Hasta aquí las principales especificaciones del término poder, ordenadas según el orden lógico
que a cada una corresponde dentro de la rama del Derecho civil, constitucional, laboral y
tributario, en la que se incardina.
Tolerancia
Tolerancia, actitud y comportamiento, individual, social o institucional, caracterizado por la
consciente permisividad hacia los pensamientos y acciones de otros individuos, sociedades o
instituciones, pese a que los valores morales o éticos de aquéllos no coincidan, o incluso
desaprueben, los de éstos. La tolerancia se puede manifestar prácticamente en todas las
actividades humanas, pero muy especialmente en los aspectos religiosos, culturales, políticos y
en las relaciones de género. Los principales actores y receptores de la tolerancia (en su recíproca
esencia, tolerar y ser tolerado) son el individuo y el Estado.
En principio, tolerancia es un concepto muy relacionado con el de libertad. Es por ello que las
ideologías más vinculadas a él históricamente hayan sido el liberalismo, garante de todas las
libertades individuales, y, en general, todos los movimientos y partidos políticos cuya máxima
apuesta es el respeto hacia las ideas o actuaciones no compartidas. Los sistemas políticos más
vinculados a la tolerancia son aquellos que regulan el ordenamiento del Estado en torno a la
democracia como principio básico y esencial de su funcionamiento social y político. En cambio, la
antítesis de la tolerancia estaría representada por los sistemas políticos teñidos por el
totalitarismo o por actitudes personales o sociales relacionadas con el racismo, la xenofobia o el
terrorismo.
Revolución Francesa
1 INTRODUCCIÓN
Revolución Francesa, proceso social y político acaecido en Francia entre 1789 y 1799, cuyas
principales consecuencias fueron el derrocamiento de Luis XVI, perteneciente a la Casa real de
los Borbones, la abolición de la monarquía en Francia y la proclamación de la I República, con lo
que se pudo poner fin al Antiguo Régimen en este país. Aunque las causas que generaron la
Revolución fueron diversas y complejas, éstas son algunas de las más influyentes: la
incapacidad de las clases gobernantes —nobleza, clero y burguesía— para hacer frente a los
problemas de Estado, la indecisión de la monarquía, los excesivos impuestos que recaían sobre
el campesinado, el empobrecimiento de los trabajadores, la agitación intelectual alentada por el
Siglo de las Luces y el ejemplo de la guerra de la Independencia estadounidense. Las teorías
actuales tienden a minimizar la relevancia de la lucha de clases y a poner de relieve los factores
políticos, culturales e ideológicos que intervinieron en el origen y desarrollo de este
acontecimiento.
Luis XVI
Luis XVI, nieto de Luis XV, fue considerado un monarca bienintencionado pero débil. Su gravosa política
fiscal y las extravagancias de su corte provocaron el estallido de la Revolución Francesa, durante la cual
murió guillotinado junto con su esposa María Antonieta.
Hulton Deutsch
Más de un siglo antes de que Luis XVI ascendiera al trono (1774), el Estado francés había
sufrido periódicas crisis económicas motivadas por las largas guerras emprendidas durante el
reinado de Luis XIV, la mala administración de los asuntos nacionales en el reinado de Luis XV,
las cuantiosas pérdidas que acarreó la Guerra Francesa e India (1754-1763) y el aumento de la
deuda generado por los préstamos a las colonias británicas de Norteamérica durante la guerra
de la Independencia estadounidense (1775-1783). Los defensores de la aplicación de reformas
fiscales, sociales y políticas comenzaron a reclamar con insistencia la satisfacción de sus
reivindicaciones durante el reinado de Luis XVI. En agosto de 1774, el rey nombró controlador
general de Finanzas a Anne Robert Jacques Turgot, un hombre de ideas liberales que instituyó
una política rigurosa en lo referente a los gastos del Estado. No obstante, la mayor parte de su
política restrictiva fue abandonada al cabo de dos años y Turgot se vio obligado a dimitir por las
presiones de los sectores reaccionarios de la nobleza y el clero, apoyados por la reina, María
Antonieta de Austria. Su sucesor, el financiero y político Jacques Necker tampoco consiguió
realizar grandes cambios antes de abandonar su cargo en 1781, debido asimismo a la oposición
de los grupos reaccionarios. Sin embargo, fue aclamado por el pueblo por hacer público un
extracto de las finanzas reales en el que se podía apreciar el gravoso coste que suponían para el
Estado los estamentos privilegiados. La crisis empeoró durante los años siguientes. El pueblo
exigía la convocatoria de los Estados Generales (una asamblea formada por representantes del
clero, la nobleza y el tercer estado), cuya última reunión se había producido en 1614, y el rey
Luis XVI accedió finalmente a celebrar unas elecciones nacionales en 1788. La censura quedó
abolida durante la campaña y multitud de escritos que recogían las ideas de la Ilustración
circularon por toda Francia. Necker, a quien el monarca había vuelto a nombrar interventor
general de Finanzas en 1788, estaba de acuerdo con Luis XVI en que el número de
representantes del tercer estado (el pueblo) en los Estados Generales fuera igual al del primer
estado (el clero) y el segundo estado (la nobleza) juntos, pero ninguno de los dos llegó a
establecer un método de votación.
A pesar de que los tres estados estaban de acuerdo en que la estabilidad de la nación requería
una transformación fundamental de la situación, los antagonismos estamentales imposibilitaron
la unidad de acción en los Estados Generales, que se reunieron en Versalles el 5 de mayo de
1789. Las delegaciones que representaban a los estamentos privilegiados de la sociedad
francesa se enfrentaron inmediatamente a la cámara rechazando los nuevos métodos de
votación presentados. El objetivo de tales propuestas era conseguir el voto por individuo y no
por estamento, con lo que el tercer estado, que disponía del mayor número de representantes,
podría controlar los Estados Generales. Las discusiones relativas al procedimiento se prolongaron
durante seis semanas, hasta que el grupo dirigido por Emmanuel Joseph Sieyès y el conde de
Mirabeau se constituyó en Asamblea Nacional el 17 de junio. Este abierto desafío al gobierno
monárquico, que había apoyado al clero y la nobleza, fue seguido de la aprobación de una
medida que otorgaba únicamente a la Asamblea Nacional el poder de legislar en materia fiscal.
Luis XVI se apresuró a privar a la Asamblea de su sala de reuniones como represalia. Ésta
respondió realizando el 20 de junio el denominado Juramento del Juego de la Pelota, por el que
se comprometía a no disolverse hasta que se hubiera redactado una constitución para Francia.
En ese momento, las profundas disensiones existentes en los dos estamentos superiores
provocaron una ruptura en sus filas, y numerosos representantes del bajo clero y algunos nobles
liberales abandonaron sus respectivos estamentos para integrarse en la Asamblea Nacional.
3 EL INICIO DE LA REVOLUCIÓN
La toma de La Bastilla
El 14 de julio de 1789, la prisión de La Bastilla de París fue asaltada por una multitud para quien este recinto
representaba el absolutismo de la monarquía Borbónica.
Giraudon/Art Resource, NY
El rey se vio obligado a ceder ante la continua oposición a los decretos reales y la predisposición
al amotinamiento del propio Ejército real. El 27 de junio ordenó a la nobleza y al clero que se
unieran a la autoproclamada Asamblea Nacional Constituyente. Luis XVI cedió a las presiones de
la reina María Antonieta y del conde de Artois (futuro rey de Francia con el nombre de Carlos X)
y dio instrucciones para que varios regimientos extranjeros leales se concentraran en París y
Versalles. Al mismo tiempo, Necker fue nuevamente destituido. El pueblo de París respondió con
la insurrección ante estos actos de provocación; los disturbios comenzaron el 12 de julio, y las
multitudes asaltaron y tomaron La Bastilla —una prisión real que simbolizaba el despotismo de
los Borbones— el 14 de julio.
El 17 de julio de 1791 los sans-culottes (miembros de una tendencia revolucionaria radical que
exigía la proclamación de la república) se reunieron en el Campo de Marte y exigieron que se
depusiera al monarca. La Guardia Nacional abrió fuego contra los manifestantes y los dispersó
siguiendo las órdenes de La Fayette, vinculado políticamente a los feuillants, un grupo formado
por monárquicos moderados. Estos hechos incrementaron de forma irreversible las diferencias
existentes entre el sector burgués y republicano de la población. El rey fue privado de sus
poderes durante un breve periodo, pero la mayoría moderada de la Asamblea Constituyente, que
temía que se incrementaran los disturbios, restituyó a Luis XVI con la esperanza de frenar el
ascenso del radicalismo y evitar una intervención de las potencias extranjeras. El 14 de
septiembre, el rey juró respetar la Constitución modificada. Dos semanas después, se disolvió la
Asamblea Constituyente para dar paso a las elecciones sancionadas por la Constitución. Durante
este tiempo, Leopoldo II y Federico Guillermo II, rey de Prusia, emitieron el 27 de agosto una
declaración conjunta referente a Francia en la que se amenazaba veladamente con una
intervención armada. La Asamblea Legislativa, que comenzó sus sesiones el 1 de octubre de
1791, estaba formada por 750 miembros que no tenían experiencia alguna en la vida política,
dado que los propios integrantes de la Asamblea Constituyente habían votado en contra de su
elegibilidad como diputados de la nueva cámara. Ésta se hallaba dividida en facciones
divergentes. La más moderada era la de los feuillants, partidaria de la monarquía constitucional
tal como se establecía en la Constitución de 1791. El centro de la cámara acogía al grupo
mayoritario, conocido como el Llano, que carecía de opiniones políticas definidas pero que se
oponía unánimemente al sector radical que se sentaba en el ala izquierda, compuesto
principalmente por los girondinos, que defendían la transformación de la monarquía
constitucional en una república federal, un proyecto similar al de los montagnards (grupo que
por ocupar la parte superior de la cámara, recibió el apelativo de La Montaña) integrados por los
jacobinos y los cordeliers, que abogaban por la implantación de una república centralizada.
Antes de que estas disensiones abrieran una profunda brecha en las relaciones entre los
girondinos y los montagnards, el sector republicano de la Asamblea consiguió la aprobación de
varios proyectos de ley importantes, entre los que se incluían severas medidas contra los
miembros del clero que se negaran a jurar lealtad al nuevo régimen. Sin embargo, Luis XVI
ejerció su derecho a veto sobre estos decretos, provocando así una crisis parlamentaria que
llevó al poder a los girondinos. A pesar de la oposición de los más destacados montagnards, el
gabinete girondino, presidido por Jean Marie Roland de la Platière, adoptó una actitud
beligerante hacia Federico Guillermo II y Francisco II, el nuevo emperador del Sacro Imperio
Romano, que había sucedido a su padre, Leopoldo II, el 1 de marzo de 1792. Ambos soberanos
apoyaban abiertamente las actividades de los émigrés y secundaban el rechazo de la aristocracia
de Alsacia a la legislación revolucionaria. El deseo de entablar una guerra se extendió
rápidamente entre los monárquicos, que confiaban en la derrota del gobierno revolucionario y en
la restauración del Antiguo Régimen, y entre los girondinos, que anhelaban un triunfo definitivo
sobre los sectores reaccionarios tanto en el interior como en el exterior. El 20 de abril de 1792 la
Asamblea Legislativa declaró la guerra al Sacro Imperio Romano.
Los ejércitos austriacos obtuvieron varias victorias en los Países Bajos austriacos gracias a
ciertos errores del alto mando francés, formado mayoritariamente por monárquicos. La posterior
invasión de Francia provocó importantes desórdenes en París. El gabinete de Roland cayó el 13
de junio, y la intranquilidad de la población se canalizó en un asalto a las Tullerías, la residencia
de la familia real, una semana después. La Asamblea Legislativa declaró el estado de excepción
el 11 de julio, después de que Cerdeña y Prusia se unieran a la guerra contra Francia. Se
enviaron fuerzas de reserva para aliviar la difícil situación en el frente, y se solicitaron
voluntarios de todo el país en la capital. Cuando los refuerzos procedentes de Marsella llegaron a
París, iban cantando un himno patriótico conocido desde entonces como La Marsellesa. El
descontento popular provocado por la gestión de los girondinos, que habían expresado su apoyo
a la monarquía y habían rechazado la acusación de deserción presentada contra La Fayette, hizo
aumentar la tensión. El malestar social, unido al efecto que generó el manifiesto del comandante
aliado, Charles William de Ferdinand, duque de Brunswick, en el que amenazaba con destruir la
capital si la familia real era maltratada, provocó una insurrección en París el 10 de agosto. Los
insurgentes, dirigidos por elementos radicales de la capital y voluntarios nacionales que se
dirigían al frente, asaltaron las Tullerías y asesinaron a la Guardia suiza del rey. Luis XVI y su
familia se refugiaron en la cercana sala de reuniones de la Asamblea Legislativa, que no tardó en
suspender en sus funciones al monarca y ponerle bajo arresto. A su vez, los insurrectos
derrocaron al consejo de gobierno parisino, que fue reemplazado por un nuevo consejo ejecutivo
provisional, la denominada Comuna de París. Los montagnards, liderados por el abogado
Georges Jacques Danton, dominaron el nuevo gobierno parisino y pronto se hicieron con el
control de la Asamblea Legislativa. Esta cámara aprobó la celebración de elecciones en un breve
plazo con vistas a la constitución de una nueva Convención Nacional, en la que tendrían derecho
a voto todos los ciudadanos varones. Entre el 2 y el 7 de septiembre, más de mil monárquicos y
presuntos traidores apresados en diversos lugares de Francia, fueron sometidos a juicio y
ejecutados. Los elementos desencadenantes de las denominadas 'Matanzas de Septiembre'
fueron el temor de la población al avance de los ejércitos aliados contra Francia y los rumores
sobre conspiraciones para derrocar al gobierno revolucionario. Un ejército francés, dirigido por el
general Charles François Dumouriez, obtuvo una importante victoria en la batalla de Valmy
frente a las tropas prusianas que avanzaban hacia París el 20 de septiembre.
Un día después de la victoria de Valmy se reunió en París la Convención Nacional recién elegida.
La primera decisión oficial adoptada por esta cámara fue la abolición de la monarquía y la
proclamación de la I República. El consenso entre los principales grupos integrantes de la
Convención no fue más allá de la aprobación de estas medidas iniciales. Sin embargo, ninguna
facción se opuso al decreto presentado por los girondinos y promulgado el 19 de noviembre, por
el cual Francia se comprometía a apoyar a todos los pueblos oprimidos de Europa. Las noticias
que llegaban del frente semanalmente eran alentadoras: las tropas francesas habían pasado al
ataque después de la batalla de Valmy y habían conquistado Maguncia, Frankfurt del Main, Niza,
Saboya y los Países Bajos austriacos. Sin embargo, las disensiones se habían intensificado
seriamente en el seno de la convención, donde el Llano dudaba entre conceder su apoyo a los
conservadores girondinos o a los radicales montagnards. La primera gran prueba de fuerza se
decidió en favor de estos últimos, que solicitaban que la Convención juzgara al rey por el cargo
de traición y consiguieron que su propuesta fuera aprobada por mayoría. El monarca fue
declarado culpable de la acusación imputada con el voto casi unánime de la Cámara el 15 de
enero de 1793, pero no se produjo el mismo acuerdo al día siguiente, cuando había de decidirse
la pena del acusado. Finalmente el rey fue condenado a muerte por 387 votos a favor frente a
334 votos en contra. Luis XVI fue guillotinado el 21 de enero.
Jean-Paul Marat
Jean-Paul Marat fue uno de los líderes más radicales de la Revolución Francesa. Incitados por sus
comentarios, publicados en su periódico L’Ami du Peuple, los revolucionarios ejecutaron a miles de miembros
de la nobleza y el clero.
Hulton Deutsch
El 6 de abril, la Convención creó el Comité de Salvación Pública, que habría de ser el órgano
ejecutivo de la República, y reestructuró el Comité de Seguridad General y el Tribunal
Revolucionario. Se enviaron representantes a los departamentos para supervisar el
cumplimiento de las leyes, el reclutamiento y la requisa de municiones. La rivalidad existente
entre los girondinos y los montagnards se había agudizado durante este periodo. La rebelión
parisina, organizada por el periodista radical Jacques René Hébert, obligó a la Convención a
ordenar el 2 de junio la detención de veintinueve delegados girondinos y de los ministros de este
grupo, Pierre Henri Hélène Marie Lebrun-Tondu y Étienne Clavière. A partir de ese momento, la
facción jacobina radical que asumió el control del gobierno desempeñó un papel decisivo en el
posterior desarrollo de la Revolución. La Convención promulgó una nueva Constitución el 24 de
junio en la que se ampliaba el carácter democrático de la República. Sin embargo, este estatuto
nunca llegó a entrar en vigor. El 10 de julio, la presidencia del Comité de Salvación Pública fue
transferida a los jacobinos, que reorganizaron completamente las funciones de este nuevo
organismo. Tres días después, el político radical Jean-Paul Marat, destacado líder de los
jacobinos, fue asesinado por Charlotte de Corday, simpatizante de los girondinos. La indignación
pública ante este crimen hizo aumentar considerablemente la influencia de los jacobinos en todo
el país. El dirigente jacobino Maximilien de Robespierre pasó a ser miembro del Comité de
Salvación Pública el 27 de julio y se convirtió en su figura más destacada en poco tiempo.
Robespierre, apoyado por Louis Saint-Just, Lazare Carnot, Georges Couthon y otros significados
jacobinos, implantó medidas policiales extremas para impedir cualquier acción
contrarrevolucionaria. Los poderes del Comité fueron renovados mensualmente por la
Convención Nacional desde abril de 1793 hasta julio de 1794, un periodo que pasó a
denominarse Reinado del Terror.
Desde el punto de vista militar, la situación era extremadamente peligrosa para la República. Las
potencias enemigas habían reanudado la ofensiva en todos los frentes. Los prusianos habían
recuperado Maguncia, Condé-Sur-L'Escaut y Valenciennes, y los británicos mantenían sitiado
Tolón. Los insurgentes monárquicos y católicos controlaban gran parte de La Vendée y Bretaña.
Caen, Lyon, Marsella, Burdeos y otras importantes localidades se hallaban bajo el poder de los
girondinos. El 23 de agosto se emitió un nuevo decreto de reclutamiento para toda la población
masculina de Francia en buen estado de salud. Se formaron en poco tiempo catorce nuevos
ejércitos —alrededor de 750.000 hombres—, que fueron equipados y enviados al frente
rápidamente. Además de estas medidas, el Comité reprimió violentamente la oposición interna.
Maximilien de Robespierre
Maximilien de Robespierre fue una de las figuras más polémicas de la Revolución Francesa. Protagonista del
denominado Reinado del Terror, durante el que fueron guillotinados miles de ciudadanos, finalmente él
también fue ejecutado.
Hulton Deutsch
María Antonieta fue ejecutada el 16 de octubre, y 21 destacados girondinos murieron
guillotinados el 31 del mismo mes. Tras estas represalias iniciales, miles de monárquicos,
sacerdotes, girondinos y otros sectores acusados de realizar actividades contrarrevolucionarias o
de simpatizar con esta causa fueron juzgados por los tribunales revolucionarios, declarados
culpables y condenados a morir en la guillotina. El número de personas condenadas a muerte en
París ascendió a 2.639, más de la mitad de las cuales (1.515) perecieron durante los meses de
junio y julio de 1794. Las penas infligidas a los traidores o presuntos insurgentes fueron más
severas en muchos departamentos periféricos, especialmente en los principales centros de la
insurrección monárquica. El tribunal de Nantes, presidido por Jean-Baptiste Carrier, el más
severo con los cómplices de los rebeldes de La Vendée, ordenó la ejecución de más de 8.000
personas en un periodo de tres meses. Los tribunales y los comités revolucionarios fueron
responsables de la ejecución de casi 17 mil ciudadanos en toda Francia. El número total de
víctimas durante el Reinado del Terror llegó a 40.000. Entre los condenados por los tribunales
revolucionarios, aproximadamente el 8% eran nobles, el 6% eran miembros del clero, el 14%
pertenecía a la clase media y el 70% eran trabajadores o campesinos acusados de eludir el
reclutamiento, de deserción, acaparamiento, rebelión u otros delitos. Fue el clero católico el que
sufrió proporcionalmente las mayores pérdidas entre todos estos grupos sociales. El odio
anticlerical se puso de manifiesto también en la abolición del calendario juliano en octubre de
1793, que fue reemplazado por el calendario republicano. El Comité de Salvación Pública,
presidido por Robespierre, intentó reformar Francia basándose de forma fanática en sus propios
conceptos de humanitarismo, idealismo social y patriotismo. El Comité, movido por el deseo de
establecer una República de la Virtud, alentó la devoción por la república y la victoria y adoptó
medidas contra la corrupción y el acaparamiento. Asimismo, el 23 de noviembre de 1793, la
Comuna de París ordenó cerrar todas las iglesias de la ciudad —esta decisión fue seguida
posteriormente por las autoridades locales de toda Francia— y comenzó a promover la religión
revolucionaria, conocida como el Culto a la Razón. Esta actitud, auspiciada por el jacobino Pierre
Gaspard Chaumette y sus seguidores extremistas (entre ellos Hébert), acentuó las diferencias
entre los jacobinos centristas, liderados por Robespierre, y los fanáticos seguidores de Hébert,
una fuerza poderosa en la Convención y en la Comuna de París.
Durante este tiempo, el signo de la guerra se había vuelto favorable para Francia. El general
Jean Baptiste Jourdan derrotó a los austriacos el 16 de octubre de 1793, iniciándose así una
serie de importantes victorias francesas. A finales de ese año, se había iniciado la ofensiva
contra las fuerzas de invasión del Este en el Rin, y Tolón había sido liberado. También era de
gran relevancia el hecho de que el Comité de Salvación Pública hubiera aplastado la mayor parte
de las insurrecciones de los monárquicos y girondinos.
La disputa entre el Comité de Salvación Pública y el grupo extremista liderado por Hébert,
concluyó con la ejecución de éste y sus principales acólitos el 24 de marzo de 1794. Dos
semanas después, Robespierre emprendió acciones contra los seguidores de Danton, que habían
comenzado a solicitar la paz y el fin del reinado del Terror. Georges-Jacques Danton y sus
principales correligionarios fueron decapitados el 6 de abril. Robespierre perdió el apoyo de
muchos miembros importantes del grupo de los jacobinos —especialmente de aquéllos que
temían por sus propias vidas— a causa de estas represalias masivas contra los partidarios de
ambas facciones. Las victorias de los ejércitos franceses, entre las que cabe destacar la batalla
de Fleurus (Bélgica) del 26 de junio, que facilitó la reconquista de los Países Bajos austriacos,
incrementó la confianza del pueblo en el triunfo final. Por este motivo, comenzó a extenderse el
rechazo a las medidas de seguridad impuestas por Robespierre. El descontento general con el
líder del Comité de Salvación Pública no tardó en transformarse en una auténtica conspiración.
Robespierre, Saint-Just, Couthon y 98 de sus seguidores fueron apresados el 27 de julio de 1794
(el 9 de termidor del año III según el calendario republicano) y decapitados al día siguiente. Se
considera que el 9 de termidor fue el día en el que se puso fin a la República de la Virtud.
La Convención Nacional estuvo controlada hasta finales de 1794 por el 'grupo termidoriano' que
derrocó a Robespierre y puso fin al Reinado del Terror. Se clausuraron los clubes jacobinos de
toda Francia, fueron abolidos los tribunales revolucionarios y revocados varios decretos de
carácter extremista, incluido aquél por el cual el Estado fijaba los salarios y precios de los
productos. Después de que la Convención volviera a estar dominada por los girondinos, el
conservadurismo termidoriano se transformó en un fuerte movimiento reaccionario. Durante la
primavera de 1795, se produjeron en París varios tumultos, en los que el pueblo reclamaba
alimentos, y manifestaciones de protesta que se extendieron a otros lugares de Francia. Estas
rebeliones fueron sofocadas y se adoptaron severas represalias contra los jacobinos y sans-
culottes que los protagonizaron.
La moral de los ejércitos franceses permaneció inalterable ante los acontecimientos ocurridos en
el interior. Durante el invierno de 1794-1795, las fuerzas francesas dirigidas por el general
Charles Pichegru invadieron los Países Bajos austriacos, ocuparon las Provincias Unidas
instituyendo la República Bátava y vencieron a las tropas aliadas del Rin. Esta sucesión de
derrotas provocó la desintegración de la coalición antifrancesa. Prusia y varios estados alemanes
firmaron la paz con el gobierno francés en el Tratado de Basilea el 5 de abril de 1795; España
también se retiró de la guerra el 22 de julio, con lo que las únicas naciones que seguían en lucha
con Francia eran Gran Bretaña, Cerdeña y Austria. Sin embargo, no se produjo ningún cambio
en los frentes bélicos durante casi un año. La siguiente fase de este conflicto se inició con las
Guerras Napoleónicas.
Se restableció la paz en las fronteras, y un ejército invasor formado por émigrés fue derrotado
en Bretaña en el mes de julio. La Convención Nacional finalizó la redacción de una nueva
Constitución, que se aprobó oficialmente el 22 de agosto de 1795. La nueva legislación confería
el poder ejecutivo a un Directorio, formado por cinco miembros llamados directores. El poder
legislativo sería ejercido por una asamblea bicameral, compuesta por el Consejo de Ancianos
(250 miembros) y el Consejo de los Quinientos. El mandato de un director y de un tercio de la
asamblea se renovaría anualmente a partir de mayo de 1797, y el derecho al sufragio quedaba
limitado a los contribuyentes que pudieran acreditar un año de residencia en su distrito electoral.
La nueva Constitución incluía otras disposiciones que demostraban el distanciamiento de la
democracia defendida por los jacobinos. Este régimen no consiguió establecer un medio para
impedir que el órgano ejecutivo entorpeciera el gobierno del ejecutivo y viceversa, lo que
provocó constantes luchas por el poder entre los miembros del gobierno, sucesivos golpes de
Estado y fue la causa de la ineficacia en la dirección de los asuntos del país. Sin embargo, la
Convención Nacional, que seguía siendo anticlerical y antimonárquica a pesar de su oposición a
los jacobinos, tomó precauciones para evitar la restauración de la monarquía. Promulgó un
decreto especial que establecía que los primeros directores y dos tercios del cuerpo legislativo
habían de ser elegidos entre los miembros de la Convención. Los monárquicos parisinos
reaccionaron violentamente contra este decreto y organizaron una insurrección el 5 de octubre
de 1795. Este levantamiento fue reprimido con rapidez por las tropas mandadas por el general
Napoleón Bonaparte, jefe militar de los ejércitos revolucionarios de escaso renombre, que más
tarde sería emperador de Francia con el nombre de Napoleón I Bonaparte. El régimen de la
Convención concluyó el 26 de octubre y el nuevo gobierno formado de acuerdo con la
Constitución entró en funciones el 2 de noviembre.
Desde sus primeros momentos, el Directorio tropezó con diversas dificultades, a pesar de la gran
labor que realizaron políticos como Charles Maurice de Talleyrand-Périgord y Joseph Fouché.
Muchos de estos problemas surgieron a causa de los defectos estructurales inherentes al aparato
de gobierno; otros, por la confusión económica y política generada por el triunfo del
conservadurismo. El Directorio heredó una grave crisis financiera, que se vio agravada por la
depreciación de los asignados (casi en un 99% de su valor). Aunque la mayoría de los líderes
jacobinos habían fallecido, se encontraban en el extranjero u ocultos, su espíritu pervivía aún
entre las clases bajas. En los círculos de la alta sociedad, muchos de sus miembros hacían
campaña abiertamente en favor de la restauración monárquica. Las agrupaciones políticas
burguesas, decididas a conservar su situación de predominio en Francia, por la que tanto habían
luchado, no tardaron en apreciar las ventajas que representaba reconducir la energía desatada
por la población durante la Revolución hacia fines militares. Existían aún asuntos pendientes que
resolver con el Sacro Imperio Romano. Además, el absolutismo, que por naturaleza
representaba una amenaza para la Revolución, continuaba dominando la mayor parte de Europa.
No habían pasado aún cinco meses desde que el Directorio asumiera el poder, cuando comenzó
la primera fase (de marzo de 1796 a octubre de 1797) de las Guerras Napoleónicas. Los tres
golpes de Estado que se produjeron durante este periodo —el 4 de septiembre de 1797 (18 de
fructidor), el 11 de mayo de 1798 (22 de floreal) y el 18 de junio de 1799 (30 de pradial)—,
reflejaban simplemente el reagrupamiento de las facciones políticas burguesas. Las derrotas
militares sufridas por los ejércitos franceses en el verano de 1799, las dificultades económicas y
los desórdenes sociales pusieron en peligro la supremacía política burguesa en Francia. Los
ataques de la izquierda culminaron en una conspiración iniciada por el reformista agrario radical
François Nöel Babeuf, que defendía una distribución equitativa de las tierras y los ingresos. Esta
insurrección, que recibió el nombre de 'Conspiración de los Iguales', no llegó a producirse debido
a que Babeuf fue traicionado por uno de sus compañeros y ejecutado el 28 de mayo de 1797 (8
de pradial). Luciano Bonaparte, presidente del Consejo de los Quinientos; Fouché, ministro de
Policía; Sieyès, miembro del Directorio y Talleyrand-Périgord consideraban que esta crisis sólo
podría superarse mediante una acción drástica. El golpe de Estado que tuvo lugar el 9 y 10 de
noviembre (18 y 19 de brumario) derrocó al Directorio. El general Napoleón Bonaparte, en
aquellos momentos héroe de las últimas campañas, fue la figura central del golpe y de los
acontecimientos que se produjeron posteriormente y que desembocaron en la Constitución del
24 de diciembre de 1799 que estableció el Consulado. Bonaparte, investido con poderes
dictatoriales, utilizó el entusiasmo y el idealismo revolucionario de Francia para satisfacer sus
propios intereses. Sin embargo, la involución parcial de la transformación del país se vio
compensada por el hecho de que la Revolución se extendió a casi todos los rincones de Europa
durante el periodo de las conquistas napoleónicas.
Napoleón instituyó durante el Consulado una serie de reformas que ya habían comenzado a
aplicarse en el periodo revolucionario. Fundó el Banco de Francia, que en la actualidad continúa
desempeñando prácticamente la misma función: banco nacional casi independiente y
representante del Estado francés en lo referente a la política monetaria, empréstitos y depósitos
de fondos públicos. La implantación del sistema educativo —secular y muy centralizado—, que
se halla en vigor en Francia en estos momentos, comenzó durante el Reinado del Terror y
concluyó durante el gobierno de Napoleón; la Universidad de Francia y el Institut de France
fueron creados también en este periodo. Todos los ciudadanos, independientemente de su
origen o fortuna, podían acceder a un puesto en la enseñanza, cuya consecución dependía de
exámenes de concurso. La reforma y codificación de las diversas legislaciones provinciales y
locales, que quedó plasmada en el Código Napoleónico, ponía de manifiesto muchos de los
principios y cambios propugnados por la Revolución: la igualdad ante la ley, el derecho de
habeas corpus y disposiciones para la celebración de juicios justos. El procedimiento judicial
establecía la existencia de un tribunal de jueces y un jurado en las causas penales, se respetaba
la presunción de inocencia del acusado y éste recibía asistencia letrada.
Los ideales revolucionarios pasaron a integrar la plataforma de las reformas liberales de Francia
y Europa en el siglo XIX, así como sirvieron de motor ideológico a las naciones latinoamericanas
independizadas en ese mismo siglo, y continúan siendo hoy las claves de la democracia. No
obstante, los historiadores revisionistas atribuyen a la Revolución unos resultados menos
encomiables, tales como la aparición del Estado centralizado (en ocasiones totalitario) y los
conflictos violentos que desencadenó.
Discurso de Robespierre
Maximilien de Robespierre fue una de las principales figuras radicales de la Revolución Francesa. El
siguiente discurso es obra suya, fue pronunciado el 7 de febrero de 1794 ante la Convención
Nacional y en él expone la necesaria unión de la virtud y la política revolucionaria para lograr la
igualdad.
La democracia es un Estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son de obra suya,
actúa por sí mismo siempre que le es posible, y por sus delegados cuando no puede obrar por sí
mismo.
Es, pues, en los principios del gobierno democrático donde debéis buscar las reglas de vuestra
conducta política.
Pero para fundar y consolidar entre nosotros la democracia, para llegar al reinado apacible de las
leyes constitucionales, es preciso terminar la guerra de la libertad contra la tiranía y atravesar con
éxito las tormentas de la Revolución; tal es el fin del sistema revolucionario que habéis organizado.
Debéis aún regir vuestra conducta según las tormentosas circunstancias en que se encuentra la
República, y el plan de vuestra administración debe ser el resultado del espíritu del gobierno
revolucionario combinado con los principios generales de la democracia.
Pero ¿cuál es el principio fundamental del gobierno democrático o popular, es decir, el resorte
esencial que lo sostiene y que le hace moverse? Es la virtud. Hablo de la virtud pública, que obró
tantos prodigios en Grecia y Roma, y que producirá otros aún más asombrosos en la Francia
republicana; de esa virtud que no es otra cosa que el amor a la Patria y a sus leyes.
En verdad, ese sentimiento sublime supone la preferencia del interés público ante todos los
intereses particulares, de lo que resulta que el amor a la patria supone también o produce todas
las virtudes, pues ¿acaso son éstas otra cosa sino la fuerza del alma, que se vuelve capaz de tales
sacrificios? ¿Y cómo podría el esclavo de la avaricia o de la ambición, por ejemplo, inmolar su ídolo
a la Patria?
No sólo es la virtud el alma de la democracia, sino que, además, solamente puede existir con este
tipo de gobierno. En la monarquía, sólo conozco un individuo que pueda amar a la Patria, y que
para ello no necesita siquiera virtud: el monarca. La causa de ello es que, de todos los habitantes
de sus estados, el monarca es el único que tiene una patria. ¿Acaso no es el soberano, al menos de
hecho. ¿No está en el lugar del Pueblo? ¿Y qué es la Patria sino el país del que se es ciudadano y
partícipe de la soberanía?
Por una consecuencia del mismo principio, en los Estados aristocráticos, la palabra «patria» sólo
tiene algún significado para quienes han acaparado la soberanía.
Fuente: La Revolución Francesa en sus textos. Estudio preliminar, traducción y notas de Ana
Martínez Arancón. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.
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Napoleón I Bonaparte
Addey, Keeith. Napoleón. Barcelona: Ediciones Folio, 1984. Biografía clara y bien estructurada.
Aubry, Octave. La vida privada de Napoleón. Madrid: Anaya &Mario Muchnik, 1994. Obra reciente
que trata aspectos, hasta ahora, poco conocidos del personaje.
Chardigny, Louis. Napoleón el hombre: una radioscopia de su vida. Madrid: Editorial Edaf, 1989.
Objetiva y bien documentada.
Manfred, Albert. Napoleón Bonaparte. Torrejón de Ardoz: Ediciones Akal, 1988. Obra en la que se
contextualiza a Napoleón dentro de su época. Dirigida a público universitario.
Maurois, André. Napoleón. Barcelona: Salvat Editores, 1988. Reedición de una obra clásica del
biógrafo francés, que hace una interesante interpretación del personaje como parte de la historia
de Francia.
Merejkovsky, Dimitri. Vida de Napoleón (1769-1821). Madrid: Espasa-Calpe, 1981. Biografía
clásica, constantemente reeditada.
Mistler, Jean. Napoleón. 3 vols. Barcelona: Editorial Labor, 1970. Obra clásica. Muy voluminosa y
con mucha información.
Revolución Francesa
Bois, J. P. La Revolución Francesa. Madrid: Historia 16, 1989. Breve obra de divulgación.
Chartier, Roger. Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de
la Revolución Francesa. Barcelona: Editorial Gedisa, 1995. Obra que identifica las innovaciones y
rupturas que produjo la Revolución.
Espinós, J. y otros. Así vivían en la Revolución Francesa. Madrid: Grupo Anaya, 2ª ed., 1994.
Interesante visión de la Revolución pensada para público de bachillerato.
Soboul, Albert. Los sans-culottes. Movimiento popular y gobierno revolucionario. Madrid: Alianza
Editorial, 1987. Estudio dedicado a la participación de ese grupo social en el proceso
revolucionario.
VVAA. Estudios sobre la Revolución Francesa y el final del Antiguo Régimen. Torrejón de Ardoz:
Ediciones Akal, 1996. Planteamiento nuevo en forma de debate sobre la reivindicación del
concepto de clase social y la lucha de clases como motor de la historia.
Yllán, Esperanza. La Revolución Francesa. Madrid: Grupo Anaya, 1993. Obra de divulgación que
presenta de forma resumida este acontecimiento.
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Liberalismo
1 INTRODUCCIÓN
Adam Smith
En su famoso tratado La riqueza de las naciones, Adam Smith sostenía que la competencia privada libre de
regulaciones produce y distribuye mejor la riqueza que los mercados controlados por los gobiernos. Desde
1776, cuando Smith escribió su obra, su razonamiento ha sido utilizado para justificar el capitalismo y evitar
la intervención gubernamental en el comercio y el cambio. Según Smith, los empresarios privados que
buscan su propio interés organizan la economía de manera más eficaz "como por una mano invisible".
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Liberalismo, doctrinario económico, político y hasta filosófico que aboga como premisa principal
por el desarrollo de la libertad personal individual y, a partir de ésta, por el progreso de la
sociedad. Hoy en día se considera que el objetivo político del liberalismo es la extensión de la
democracia, pero en el pasado muchos liberales consideraban este sistema de gobierno como
algo poco saludable, por alentar la participación de las masas en la vida política. A pesar de ello,
el liberalismo acabó por confundirse con los movimientos que pretendían transformar el orden
social existente mediante la profundización de la democracia. Debe distinguirse pues entre el
liberalismo que propugna el cambio social de forma gradual y flexible, y el radicalismo, que
considera el cambio social como algo fundamental que debe realizarse a través de distintos
principios de autoridad.
El desarrollo del liberalismo en un país concreto, desde una perspectiva general, se halla
condicionado por el tipo de gobierno con que cuente ese país. Por ejemplo, en los países en que
los estamentos políticos y religiosos están disociados, el liberalismo implica, en síntesis, cambios
políticos y económicos. En los países confesionales o en los que la Iglesia goza de gran influencia
sobre el Estado, el liberalismo ha estado históricamente unido al anticlericalismo. En política
interior, los liberales se oponen a las restricciones que impiden a los individuos ascender
socialmente, a las limitaciones a la libertad de expresión o de opinión que establece la censura y
a la autoridad del Estado ejercida con arbitrariedad e impunidad sobre el individuo. En política
internacional los liberales se oponen al predominio de intereses militares en los asuntos
exteriores, así como a la explotación colonial de los pueblos indígenas, por lo que han intentado
implantar una política cosmopolita de cooperación internacional. En cuanto a la economía, los
liberales han luchado contra los monopolios y las políticas de Estado que han intentado someter
la economía a su control. Respecto a la religión, el liberalismo se ha opuesto tradicionalmente a
la interferencia de la Iglesia en los asuntos públicos y a los intentos de grupos religiosos para
influir sobre la opinión pública.
A veces se hace una distinción entre el llamado liberalismo negativo y el liberalismo positivo.
Entre los siglos XVII y XIX, los liberales lucharon en primera línea contra la opresión, la injusticia
y los abusos de poder, al tiempo que defendían la necesidad de que las personas ejercieran su
libertad de forma práctica, concreta y material. Hacia mediados del siglo XIX, muchos liberales
desarrollaron un programa más pragmático que abogaba por una actividad constructiva del
Estado en el campo social, manteniendo la defensa de los intereses individuales. Los seguidores
actuales del liberalismo más antiguo rechazan este cambio de actitud y acusan al liberalismo
pragmático de autoritarismo camuflado. Los defensores de este tipo de liberalismo argumentan
que la Iglesia y el Estado no son los únicos obstáculos en el camino hacia la libertad, y que la
pobreza también puede limitar las opciones en la vida de una persona, por lo que aquélla debe
ser controlada por la autoridad real.
2 HUMANISMO
Después de la edad media, el liberalismo se expresó quizá por primera vez en Europa bajo la
forma del humanismo, que reorientaba el pensamiento del siglo XV para el que el mundo (y el
orden social), emanaba de la voluntad divina. En su lugar, se tomaron en consideración las
condiciones y potencialidad de los seres humanos. El humanismo se desarrolló aún más con la
invención de la imprenta que incrementó el acceso de las personas al conocimiento de los
clásicos griegos y romanos. La publicación de versiones en lenguas vernáculas de la Biblia
favoreció la elección religiosa individual. Durante el renacimiento el humanismo se impregnó de
los principios que regían las artes y la especulación filosófica y científica. Durante la Reforma
protestante, en algunos países de Europa, el humanismo luchó con intensidad contra los abusos
de la Iglesia oficial.
3 EL LIBERALISMO MODERNO
En el siglo XVII, durante la Guerra Civil inglesa, algunos miembros del Parlamento empezaron a
debatir ideas liberales como la ampliación del sufragio, el sistema legislativo, las
responsabilidades del gobierno y la libertad de pensamiento y opinión. Las polémicas de la época
engendraron uno de los clásicos de las doctrinas liberales: Areopagitica (1644), un tratado del
poeta y prosista John Milton en el que éste defendía la libertad de pensamiento y de expresión.
Uno de los mayores oponentes al pensamiento liberal, el filósofo Thomas Hobbes, contribuyó sin
embargo al desarrollo del liberalismo a pesar de que apoyaba una intervención absoluta y sin
restricciones del Estado en los asuntos de la vida pública. Hobbes pensaba que la verdadera
prueba para los gobernantes debía ser por su efectividad y no por su apoyo doctrinal a la
religión o a la tradición. Su pragmático punto de vista sobre el gobierno, que defendía la
igualdad de los ciudadanos, allanó el camino hacia la crítica libre al poder y hacia el derecho a la
revolución, conceptos que el propio Hobbes repudiaba con virulencia.
4 JOHN LOCKE
Uno de los primeros y más influyentes pensadores liberales fue el filósofo inglés John Locke. En
sus escritos políticos defendía la soberanía popular, el derecho a la rebelión contra la tiranía y la
tolerancia hacia las minorías religiosas. Según el pensamiento de Locke y de sus seguidores, el
Estado no existe para la salvación espiritual de los seres humanos sino para servir a los
ciudadanos y garantizar sus vidas, su libertad y sus propiedades bajo una constitución.
Gran parte de las ideas de Locke se ven reflejadas en la obra del pensador político y escritor
inglés Thomas Paine, según el cual la autoridad de una generación no puede transmitirse a sus
herederos, que si bien el Estado puede ser necesario eso no lo hace menos malo, y que la única
religión que se puede pedir a las personas libres es la creencia en un orden divino. Thomas
Jefferson también se adhirió a las ideas de Locke en la Declaración de Independencia y en otros
discursos en defensa de la revolución, en los que atacaba al gobierno paternalista y defendía la
libre expresión de las ideas.
En Francia la filosofía de Locke fue rescatada y enriquecida por la Ilustración francesa y de forma
más destacable por el escritor y filósofo Voltaire, el cual insistía en que el Estado era superior a
la Iglesia y pedía la tolerancia para todas las religiones, la abolición de la censura, un castigo
más humano hacia los criminales y una organización política sólida que se guiara sólo por leyes
dirigidas contra las fuerzas opuestas al progreso social y a las libertades individuales. Para
Voltaire, al igual que para el filósofo y dramaturgo francés Denis Diderot, el Estado es un
mecanismo para la creación de felicidad y un instrumento activo diseñado para controlar a una
nobleza y una Iglesia muy poderosas. Ambos consideraban ambas instituciones como las
dedicadas con mayor intemperancia al mantenimiento de las antiguas formas de poder. En
España y Latinoamérica, a comienzos del siglo XIX se generalizó entre los pensadores y políticos
ilustrados una poderosa corriente de opinión liberal. La propia palabra ‘liberal’ aplicada a
cuestiones políticas y de partido se utilizó por vez primera en las sesiones de las Cortes de Cádiz
y sirvió para caracterizar a uno de los grupos allí presentes. Entre los primeros y más
destacados pensadores y políticos liberales españoles se hallaban el jurista Agustín de Argüelles,
el conde de Toreno y Álvaro Flórez Estrada, entre otros. En Latinoamérica, las nuevas ideas de
los ilustrados de los siglos XVII y XIX ejercieron notable influencia y tanto los escritores
franceses, como los ingleses y los padres de la independencia en Estados Unidos, además de los
liberales españoles, fueron conocidos, estudiados y leídos con gran fruición, generando una
profunda influencia en su proceso de emancipación e independencia respecto de España.
5 EL UTILITARISMO
En Gran Bretaña el liberalismo fue elaborado por la escuela utilitarista, principalmente por el
jurista Jeremy Bentham y por su discípulo, el economista John Stuart Mill. Los utilitaristas
reducían todas las experiencias humanas a placer y dolor, y sostenían que la única función del
Estado consistía en incrementar el bienestar y reducir el sufrimiento pues si bien las leyes son
un mal, son necesarias para evitar males mayores. El liberalismo utilitarista tuvo un efecto
benéfico en la reforma del código penal británico. Bentham demostró que el duro código del siglo
XVIII era antieconómico y que la indulgencia no sólo era inteligente sino también digna. Mill
defendió el derecho del individuo a actuar en plena libertad, aunque sea en su propio
detrimento. Su obra Sobre la libertad (1859) es una de las reivindicaciones más elocuentes y
ricas de la libertad de expresión.
6 EL LIBERALISMO EN TRANSICIÓN
A mediados del siglo XIX, el desarrollo del constitucionalismo, la extensión del sufragio, la
tolerancia frente a actitudes políticas diferentes, la disminución de la arbitrariedad gubernativa y
las políticas tendentes a promover la felicidad hicieron que el pensamiento liberal ganara
poderosos defensores en todo el mundo. A pesar de su tendencia crítica hacia Estados Unidos,
para muchos viajeros europeos era un modelo de liberalismo por el respeto a la pluralidad
cultural, su énfasis en la igualdad de todos los ciudadanos y por su amplio sentido del sufragio. A
pesar de todo, en ese momento el liberalismo llegó a una crisis respecto a la democracia y al
desarrollo económico. Esta crisis sería importante para su posterior desarrollo. Por un lado,
algunos demócratas como el escritor y filósofo francés Jean-Jacques Rousseau no eran liberales.
Rousseau se oponía a la red de grupos privados voluntaristas que muchos liberales consideraban
esenciales para el movimiento. Por otro lado, la mayor parte de los primeros liberales no eran
demócratas. Ni Locke ni Voltaire creyeron en el sufragio universal y la mayor parte de los
liberales del siglo XIX temían la participación de las masas en la política pues opinaban que las
llamadas clases más desfavorecidas no estaban interesadas en los valores fundamentales del
liberalismo, es decir que eran indiferentes a la libertad y hostiles a la expresión del pluralismo
social. Muchos liberales se ocuparon de preservar los valores individuales que se identificaban
con una ordenación política y social aristocrática. Su lugar como críticos de la sociedad y como
reformadores pronto sería retomada por grupos más radicales como los socialistas.
7 ECONOMÍA
La crisis respecto al poder económico era aún más profunda. Una parte de la filosofía liberal era
el modo de entender la economía de los llamados economistas clásicos como los británicos Adam
Smith y David Ricardo. En economía los liberales se oponían a las restricciones sobre el mercado
y apoyaban la libertad de las empresas privadas. Pensadores como el estadista John Bright se
opusieron a legislaciones que fijaban un máximo a las horas de trabajo basándose en que
reducían la libertad y en que la sociedad, y sobre todo la economía, se desarrollaría más cuanto
menos regulada estuviera. Al desarrollarse el capitalismo industrial durante el siglo XIX, el
liberalismo económico siguió caracterizado por una actitud negativa hacia la autoridad estatal.
Las clases trabajadoras consideraban que estas ideas protegían los intereses de los grupos
económicos más poderosos, en especial de los fabricantes, y que favorecían una política de
indiferencia e incluso de brutalidad hacia las clases trabajadoras. Estas clases, que habían
empezado a tener conciencia política y un poder organizado, se orientaron hacia posturas
políticas que se preocupaban más de sus necesidades, en especial, hacia los partidos socialistas.
El resultado de esta crisis en el pensamiento económico y social fue la aparición del liberalismo
pragmático. Como se ha dicho, algunos liberales modernos, como el economista anglo-austriaco
Friedrich August von Hayek, consideran la actitud de los liberales pragmáticos como una traición
hacia los ideales liberales. Otros, como los filósofos británicos Thomas Hill Green y Bernard
Bosanquet conocidos como los idealistas de Oxford, desarrollaron el llamado liberalismo
orgánico, en el que defendían la intervención activa del estado como algo positivo para
promover la realización individual, que se conseguiría evitando los monopolios económicos,
acabando con la pobreza y protegiendo a las personas en la incapacidad por enfermedad,
desempleo o vejez. También llegaron a identificar el liberalismo con la extensión de la
democracia.
A pesar de la transformación en la filosofía liberal a partir de la segunda mitad del siglo XIX,
todos los liberales modernos están de acuerdo en que su objetivo común es el aumento de las
oportunidades de cada individuo para poder llegar a realizar todo su potencial humano.
De Jean Touchard.
La historia de las ideas políticas en el siglo XIX está dominada por el progreso del
liberalismo en el conjunto del universo. El liberalismo triunfa en Europa occidental; se
propaga en Alemania y en Italia, donde el movimiento liberal está ligado estrechamente al
movimiento nacional; gana la Europa oriental (lucha de “eslavófilos” y “occidentales”);
penetra, bajo su forma europea, en los países de Extremo Oriente, que se abren al comercio
occidental; las repúblicas latinoamericanas se otorgan Constituciones liberales, inspiradas
en la Constitución de Estados Unidos.
En cuanto a Estados Unidos, aparece como la tierra de elección del liberalismo y de la
democracia, eficazmente conciliados. De considerar solamente las doctrinas, cabría la
tentación de dejar a un lado la aportación de Estados Unidos; pero lo que importa es la
imagen de Estados Unidos, no las obras doctrinales —relativamente poco numerosas y
poco originales— que allí salen a la luz. Sin duda, la imagen que los liberales europeos
adoptan, con frecuencia está muy lejos de corresponder a la realidad. El mismo
Tocqueville, más que describir la realidad americana, interpreta los Estados Unidos a la luz
de sus propias convicciones. La referencia a Estados Unidos adopta, pues, la forma de un
mito o de una serie de mitos, cuya historia desde comienzos del siglo XIX es muy
instructivo seguir.
El siglo XIX es, ante todo, el siglo del liberalismo, Pero ¿de qué liberalismo? Son
necesarias aquí algunas distinciones.
1.º Liberalismo y progreso técnico.—El liberalismo es inicialmente una filosofía del
progreso indivisible e irreversible; progreso técnico, progreso del bienestar, progreso
intelectual y progreso moral yendo a la par. Pero el tema del progreso se vacía poco a poco
de su substancia. Hacia finales del siglo XIX son numerosos los liberales —especialmente
en Francia— que sueñan con una era estacionaria, con un universo detenido; este estado de
ánimo es particularmente evidente entre los progresistas de los años 1890. De esta forma es
necesario distinguir entre un liberalismo dinámico, que acepta la máquina y que favorece la
industria, y un liberalismo económicamente conservador y proteccionista. Esa primera
forma del liberalismo prevalece, en conjunto, en Inglaterra; y la segunda domina en
Francia, donde el liberalismo —generalmente más audaz que en Inglaterra en materia
política— se muestra, económicamente muy timorato, y donde el progreso de la industria y
de los transportes se debe a hombres, especialmente los saintsimonianos, cuyas
concepciones políticas son totalmente ajenas al liberalismo tradicional.
2.º Liberalismo y burguesía.—El liberalismo es uno de los elementos originarios de la
filosofía de la burguesía. Pero, durante el siglo XIX, las fronteras del liberalismo no
coinciden ya en manera alguna —si es que alguna vez coincidieron exactamente— con las
fronteras de la burguesía. La situación, a este respecto, difiere según las épocas y según los
países. En Francia el liberalismo permanece, en conjunto, estrechamente vinculado a la
defensa de los intereses (“Bajo la guardia de nuestras ideas, venid a colocar vuestros
intereses”, dice irónicamente el liberal Charles de Rémusat). Pero mientras que el
liberalismo francés apenas evoluciona y lleva la impronta de un orleanismo congénito,
Inglaterra conoce varias tentativas para ensanchar y revisar el liberalismo, especialmente en
la época de Stuart Mill y, más tarde, en los últimos años del siglo XIX. El socialismo
francés del siglo XIX constituye una reacción contra el liberalismo burgués, en tanto que el
socialismo inglés está impregnado en gran medida de liberalismo: el hecho es
particularmente claro entre los fabianos. El liberalismo inglés es más inglés que burgués,
siendo el imperialismo su término normal; el liberalismo francés es más burgués que
francés, y, dedicado a conservar, vacilará en conquistar, por lo que el Imperio colonial
francés será obra de algunos individuos.
3.º Liberalismo y libertad.—En el siglo XVIII se hablaba indistintamente de libertad y de
libertades; y el liberalismo aparecía como la garantía de las libertades, como la doctrina de
la libertad. La confusión de los tres términos (liberalismo, libertades y libertad) es
manifiesta en la monarquía de julio. Pero en la misma medida en que el liberalismo aparece
como la filosofía de la clase burguesa, no asegura más que la libertad de la burguesía; y los
no-burgueses, por ejemplo, Proudhon, tratan de establecer la libertad frente al liberalismo.
Por consiguiente, existen, por lo menos, dos clases de liberales: los que piensan —como
dirá más tarde Emile Mireaux en su Philosophie du libéralisme (1950)— que el
“liberalismo es uno porque la libertad humana es una”, y los que no creen en la unidad de la
libertad humana y piensan que la libertad de unos puede alienar la libertad de otros.
4.º Liberalismo y liberalismos.—Durante mucho tiempo el liberalismo aparece como un
bloque: para Benjamin Constant, liberalismo político, liberalismo económico, liberalismo
intelectual y liberalismo religioso no constituyen más que los aspectos de una sola e
idéntica doctrina. “He defendido durante cuarenta años —escribe— el mismo principio:
libertad en todo, en religión, en literatura, en filosofía, en industria, en política; y por
libertad entiendo el triunfo de la individualidad, tanto sobre la autoridad que pretenda
gobernar mediante el despotismo, como sobre las masas que reclaman el derecho de
sojuzgar a la minoría”.
Esta concepción es la del siglo XVIII, para el que la unidad del liberalismo era un dogma
indiscutible. Pero en el siglo XIX se produce un hecho capital: la fragmentación del
liberalismo en varias ideologías distintas, aunque no siempre distinguidas:
—el liberalismo económico descansa sobre dos principios: riqueza y propiedad; se opone al
dirigismo, aun aviniéndose con los favores del Estado; es el fundamento doctrinal del
capitalismo;
—el liberalismo político se opone al despotismo; es el fundamento doctrinal del Gobierno
representativo y de la democracia parlamentaria;
—el liberalismo intelectual se caracteriza por el espíritu de tolerancia y de conciliación;
este espíritu liberal no es exclusivo de los liberales, algunos de los cuales se muestran
incluso notablemente intolerantes.
De esta forma, la unidad del liberalismo, al igual que la unidad del progreso, se nos
presenta como un mito. El liberalismo ofrece aspectos muy diversos, según las épocas,
según los países y según las tendencias de una misma época y de un mismo país.
Fuente: Touchard, Jean. Historia de las ideas políticas. Traducción de J. Pradera. Madrid:
Editorial Tecnos, 1981.
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Burguesía
1 INTRODUCCIÓN
Burguesía, en un principio este término servía para designar a los habitantes libres de las
ciudades europeas durante la edad media. Más tarde, el término se convirtió en sinónimo de
clase media-alta. En sentido etimológico proviene del latín burgus y del alemán brug,
designando a aldeas pequeñas que dependen de otra ciudad. La burguesía designaría, pues, a
quienes habitaban los burgos.
2 HISTORIA
El término burguesía se aplicó por primera vez a los habitantes de las ciudades medievales
francesas que no eran siervos ni pertenecían a la nobleza; se extendió con gran rapidez a otros
países. Estas personas eran por lo general comerciantes y artesanos, y en épocas posteriores
banqueros y empresarios. Con el desarrollo de las ciudades como centros comerciales, la
burguesía empezó a cobrar importancia como clase socioeconómica. Solían agruparse en
corporaciones y gremios para defender sus intereses mutuos ante los grandes propietarios y
terratenientes.
El final de la edad media estuvo protagonizado por la aparición de Estados nacionales en Europa
occidental, concentrándose el poder en manos de los monarcas. La burguesía apoyó la
monarquía como modo de enfrentarse al orden feudal, aumentando su propia influencia en los
recién creados Estados. A medida que la sociedad feudal iba transformándose en una sociedad
capitalista, la burguesía encarnaba el motor del progreso industrial de los científicos y del
cambio social.
En el siglo XVII, esta incipiente clase media defendía los principios de los derechos naturales y
del gobierno constitucional frente a las teorías de los reyes por derecho divino y los privilegios
de los soberanos y de la nobleza. Por ello, fueron los burgueses los que lideraron la revolución
inglesa del siglo XVII y las revoluciones estadounidenses y francesas de finales del siglo XVIII así
como las revoluciones latinoamericanas de principios del siglo XIX. Estas revoluciones
impulsaron la institucionalización de los derechos políticos y de las libertades personales para los
ciudadanos de cada país como parte de un conjunto más amplio de derechos que englobaba el
derecho de propiedad, la movilidad geográfica y la libertad de mercado, lo que beneficiaba a sus
intereses económicos.
La pujante revolución industrial del siglo XIX provocó importantes cambios en la historia
económica, con el desarrollo de la mecánica y del sistema industrial, y el crecimiento de los
centros urbanos. Para aquel entonces, la clase burguesa era muy poderosa, pues a su fuerza
económica había que añadir su entrada en los órganos de gobierno de muchos países.
Aparecieron dos tipos de burgueses: la gran burguesía —los capitalistas— y la cada vez más
numerosa pequeña burguesía —los tenderos y pequeños propietarios—. Los capitalistas eran
propietarios y gestores de las industrias, asociándose con la elite hegemónica en el poder.
En esa época Karl Marx desarrolló su teoría de la lucha de clases. Marx pensaba que la clase
burguesa capitalista —los empresarios propietarios— eran una clase reaccionaria que lograba
mantener su posición predominante impidiendo el progreso del proletariado o clase trabajadora.
Predijo que el proletariado se sublevaría para sustituir a la burguesía como clase económica
dominante y asumiendo la propiedad de los medios de producción.
4 SITUACIÓN ACTUAL
Hoy el término burguesía no se suele utilizar con su sentido original, excepto cuando se habla de
historia económica. Se estima un sinónimo del término clase media alta o acomodada. En las
sociedades modernas la burguesía está compuesta por quienes ejercen profesiones liberales,
ejecutivos y grandes terratenientes.
Monarquía
Monarquía, forma del Estado en la que una persona tiene derecho a reinar como cabeza del
mismo, en general por vía hereditaria, con carácter vitalicio. El poder del rey puede ser absoluto
o estar muy limitado, como es usual en las monarquías actuales sometidas a regulación
constitucional en la mayoría de los casos. El nombre con que gobiernan varía según las zonas y
la estructura jurídica de su gobierno (reyes y reinas, emperadores y emperatrices, zares y
káiseres).
A través de la historia muchos monarcas han ostentado poder absoluto, a veces sobre la base de
su supuesta divinidad. En el antiguo Egipto, por ejemplo, el faraón era una deidad, al igual que
algunos gobernantes orientales. El sistema imperial en China otorgaba al emperador el poder
supremo y la mayoría de los Estados de la antigua India eran monarquías. En la edad media la
monarquía se había extendido por toda Europa, fundamentada muchas veces en la necesidad de
un dirigente autoritario que pudiese convocar y dirigir a las tropas necesarias para la defensa del
territorio. Las monarquías europeas eran dinásticas: el hijo mayor o el descendiente varón más
próximo heredaban el trono. Como muchos dirigentes medievales obtenían soldados y armas de
los señores feudales, dependían así de la lealtad de la nobleza para mantener su poder.
Con el declive del feudalismo y la aparición de los Estados nacionales, el poder fue centralizado
en un solo soberano. En principio estos gobernantes eran apoyados por la naciente clase media
o burguesía, que se beneficiaba de la existencia de un gobierno central fuerte que mantuviese el
orden y una situación estable para el desarrollo del comercio. Entre los siglos XVI y XVII, los
monarcas absolutos como el rey Enrique VIII de Inglaterra y el rey Luis XIV de Francia
gobernaron los países europeos. Los abusos de poder y la insatisfacción creciente de la
burguesía ayudaron a la caída de muchas monarquías absolutas: las revoluciones en Inglaterra
en el siglo XVII y en Francia en el XVIII marcaron hitos en la limitación del poder absoluto.
La idea moderna de una monarquía limitada constitucionalmente se consolidó con lentitud en la
mayor parte de Europa. Durante el siglo XIX el poder parlamentario creció mientras que
disminuía el poder del monarca, incluso monarquías occidentales dejaron de existir después de
la I Guerra Mundial, como las de Rusia, Alemania y Austria. En algún caso otras fueron
sustituidas por gobiernos comunistas. Aún sobreviven algunas monarquías constitucionales, ante
todo como símbolos de la unidad nacional. Entre las más antiguas están las de Gran Bretaña,
España, los Países Bajos, Noruega, Suecia, Dinamarca y Bélgica.
Díez Celaya, Fernando. Las monarquías europeas. Madrid: Acento Editorial, 3ª ed., 1996. Estudio
de los regímenes políticos europeos basados en la monarquía constitucional.
Mousnier, Roland. La Monarquía absoluta en Europa: del siglo V a nuestros días. Madrid: Taurus
Ediciones, 1986. Estudio sobre la historia y fundamentos políticos de la monarquía absoluta.
Tomás de Aquino, Santo. La monarquía. Barcelona: Editorial Tecnos, 2ª ed., 1994. Ensayo clásico
del filósofo medieval sobre la monarquía como forma de gobierno.
Torres del Moral, Antonio y Gómez Sánchez, Yolanda (coordinadores). Estudios sobre la
monarquía. Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1995. Útil colección de
ensayos que analizan la monarquía como régimen político.
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Revolución
Revolución, cambio general, realizado por la fuerza y a menudo con violencia, que experimenta
un orden social o político, llevado a cabo por un segmento considerable de la población de un
Estado. La revolución es la solución política más extrema que puede adoptar un grupo de
disensión, y tiene lugar cuando fallan los intentos legales y más moderados de lograr el
reconocimiento o la reforma o cuando la ideología del grupo revolucionario aboga directamente
por la modificación radical y traumática de la situación existente.
Aun cuando están fomentadas por una minoría política, las revoluciones suelen reflejar un clima
popular de descontento. Ya se produzcan de forma espontánea (lo que suele ser raro) o tras una
cuidadosa planificación, las revoluciones basan su éxito en un acusado sentido de la
sincronización al movilizar las fuerzas con que cuenta, el aliento y con frecuencia el apoyo
popular, y cuando menos el sustrato de una nueva organización dispuesta a gobernar. En la
historia moderna, las revoluciones más importantes de este siglo han sido la Revolución
Mexicana, la Revolución Cubana y la Revolución Rusa.
Las sociedades modernas deben mucho a levantamientos pasados contra gobiernos represivos,
condiciones económicas restrictivas o estancadas, y rígidas divisiones de clases. Por otra parte,
las revoluciones han sustituido con frecuencia un mal por otro, al instrumentar medidas de
dureza extrema, exaltar un liderazgo egocéntrico o afirmarse sobre la represión del pueblo. En
ocasiones, excesos de esta naturaleza desencadenaron el triunfo de contrarrevoluciones,
estimuladas por los enemigos del cambio político. Un desafío repentino orientado contra un
orden social establecido puede contribuir a que en la sociedad se produzca una respuesta que se
signifique en un sentido opuesto por completo al buscado por los partidarios de la revolución.
Una revolución no es lo mismo que un golpe de Estado, que supone la toma repentina del poder
estatal por parte de una pequeña facción o un miembro del gobierno y no tiene por qué causar
un cambio amplio y profundo del sistema social. Habría también que distinguir entre revolución y
revuelta o rebelión, que puede ser un intento revolucionario fallido, una expresión violenta de
protestas que aspira a lograr un objetivo prefijado o tan sólo un cambio en el panorama político.
El término revolución se aplica de forma más general a cualquier transformación histórica
importante.
La revolución permanente
En noviembre de 1929, el revolucionario y teórico marxista ruso Liev Trotski (nombre que ha
sido transcrito también a menudo como León Trotsky) finalizó en su exilio turco en la isla de
Prinkipo la introducción a su ensayo La revolución permanente, un extracto de la cual se
reproduce a continuación.
De León Trotsky.
Introducción.
La revolución permanente, en el sentido que Marx daba a esta idea, quiere decir una
revolución que no se aviene a ninguna de las formas de predominio de clase, que no se
detiene en la etapa democrática y pasa a las reivindicaciones de carácter socialista abriendo
la guerra franca contra la reacción, una revolución en la que cada etapa se basa en la
anterior y que no puede terminar más que con la liquidación completa de la sociedad de
clases.
Con el fin de disipar el caos que cerca la teoría de la revolución permanente, es necesario
que separemos las tres series de ideas aglutinadas en dicha teoría.
En primer lugar, ésta encierra el problema del tránsito de la revolución democrática a la
socialista. No es otro, en el fondo, el origen histórico de la teoría.
La idea de la revolución permanente fue formulada por los grandes comunistas de
mediados del siglo XIX, por Marx y sus adeptos, por oposición a la ideología democrática,
la cual, como es sabido, pretende que con la instauración de un Estado «racional» o
democrático no hay ningún problema que no pueda ser resuelto por la vía pacífica,
reformista o progresiva. Marx consideraba la revolución burguesa de 1848 únicamente
como un preludio de la revolución proletaria. Y, aunque «se equivocó», su error fue un
simple error de aplicación, no metodológico. La Revolución de 1848 no se trocó en
socialista. Pero precisamente por ello no condujo a la democracia. En cuanto a la
Revolución alemana de 1918, es evidente que no fue el coronamiento democrático de la
revolución burguesa, sino la revolución proletaria decapitada por la socialdemocracia, o,
por decirlo con más precisión: una contrarrevolución burguesa obligada por las
circunstancias a revestir, después de la victoria obtenida sobre el proletariado, formas
pseudodemocráticas.
El «marxismo» vulgar se creó un esquema de la evolución histórica según el cual toda
sociedad burguesa conquista tarde o temprano un régimen democrático, a la sombra del
cual el proletariado, aprovechándose de las condiciones creadas por la democracia, se
organiza y educa poco a poco para el socialismo. Sin embargo, el tránsito al socialismo no
era concebido por todos de un modo idéntico: los reformistas sinceros (tipo Jaurés) se lo
representaban como una especie de fundación reformista de la democracia con simientes
socialistas. Los revolucionarios formales (Guesde) reconocían que en el tránsito al
socialismo sería inevitable aplicar la violencia revolucionaria. Pero tanto unos como otros
consideraban a la democracia y al socialismo, en todos los pueblos, como dos etapas de la
evolución de la sociedad no sólo independientes, sino lejanas una de otra.
Era la misma idea dominante entre los marxistas rusos, que hacia 1905 formaban casi todos
en el ala izquierda de la Segunda Internacional. Plejanov, el brillante fundador del
marxismo ruso, tenía por un delirio la idea de implantar en Rusia una dictadura del
proletariado. En el mismo punto de vista se colocaban no sólo los mencheviques, sino
también la inmensa mayoría de los dirigentes bolcheviques, y muy especialmente todos los
que hoy se hallan a la cabeza del Partido, sin excepción; todos ellos eran, por entonces,
revolucionarios demócratas decididos para quienes los problemas de la revolución
socialista, y no sólo en 1905, sino en vísperas de 1917, sonaban como la música vaga de un
porvenir muy remoto.
La teoría de la revolución permanente, resucitada en 1905, declaró la guerra a estas ideas,
demostrando que los objetivos democráticos de las naciones burguesas atrasadas
conducían, en nuestra época, a la dictadura del proletariado, y que ésta ponía a la orden del
día las reivindicaciones socialistas. En esto consistía la idea central de la teoría.
Si la opinión del proletariado pasaba por un prolongado período de democracia, la teoría de
la revolución permanente venía a proclamar que, en los países atrasados, el camino de la
democracia pasaba por la dictadura del proletariado. Con ello, la democracia dejaba de ser
un régimen de valor intrínseco para varias décadas y se convertía en el preludio inmediato
de la revolución socialista, unidas ambas por un nexo continuo. Entre la revolución
democrática y la transformación socialista de la sociedad se establecía, por lo tanto, un
ritmo revolucionario permanente.
El segundo aspecto de la teoría caracteriza ya a la revolución socialista como tal. A lo largo
de un período de duración indefinida y de una lucha interna constante, van transformándose
todas las relaciones sociales. La sociedad sufre un proceso de metamorfosis. Y en este
proceso de transformación, cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior. Este
proceso conserva forzosamente un carácter político, o lo que es lo mismo, se desenvuelve a
través del choque de los distintos grupos de la sociedad en transformación. A las
explosiones de la guerra civil y de las guerras exteriores suceden los períodos de reformas
«pacíficas». Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de
las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no pemite a la
sociedad alcanzar el equilibrio. En esto consiste el carácter permanente de la revolución
socialista como tal.
El carácter internacional de la revolución socialista que constituye el tercer aspecto de la
teoría de la revolución permanente, es consecuencia inevitable del estado actual de la
economía y de la estructura social de la humanidad. El internacionalismo no es un principio
abstracto, sino únicamente un reflejo teórico y político del carácter mundial de la economía,
del desarrollo mundial de las fuerzas productivas y del alcance mundial de la lucha de
clases. La revolución socialista empieza dentro de las fronteras nacionales; pero no puede
contenerse en ellas. La contención de la revolución proletaria dentro de un territorio
nacional no puede ser más que un régimen transitorio, aunque sea prolongado, como lo
demuestra la experiencia de la Unión Soviética. Sin embargo, con la existencia de una
dictadura proletaria aislada, las contradicciones interiores y exteriores crecen paralamente a
los éxitos. De continuar aislado, el Estado proletario caería, más tarde o más temprano,
víctima de dichas contradicciones. Su salvación está únicamente en hacer que triunfe el
proletariado en los países más progresivos. Considerada desde este punto de vista, la
revolución socialista implantada en un país no es un fin en sí, sino únicamente un eslabón
de la cadena internacional. La revolución internacional representa de suyo, pese a todos los
reflujos temporales, un proceso permanente.
Los ataques de los epígonos van dirigidos, aunque no con igual claridad, contra los tres
aspectos de la teoría de la revolución permanente. Y no podía ser de otro modo, puesto que
se trata de partes inseparables de un todo. Los epígonos separan mecánicamente la
dictadura democrática de la socialista, la revolución socialista nacional de la internacional.
La conquista del Poder dentro de las fronteras nacionales es para ellos, en el fondo, no el
acto inicial, sino la etapa final de la revolución: después se abre un período de reformas que
conducen a la sociedad socialista nacional.
En 1905 no admitían ni la idea de que fuese posible que el proletariado conquistase el
Poder en Rusia antes que en la Europa occidental. En 1917 predicaban una revolución de
contenido democrático y rechazaban la dictadura del proletariado. En los años de 1925 a
1927 adoptan ante la Revolución nacional china la orientación de un movimiento dirigido
por la burguesía del país. Luego, propugnan para dicho país la consigna de la dictadura
democrática de los obreros y campesinos, oponiéndola a la dictadura del proletariado, y
proclaman la posibilidad de proceder a edificar una sociedad socialista completa y aislada
en la Unión Soviética. Para ellos, la revolución mundial, condición necesaria de la victoria,
no es más que una circunstancia favorable. Los epígonos han llegado a esta ruptura radical
con el marxismo al cabo de una lucha permanente contra la teoría de la revolución
permanente.
La lucha iniciada haciendo revivir artificialmente recuerdos históricos y falsificando el
pasado lejano, ha conducido a la transformación completa de las concepciones del sector
dirigente. Hemos explicado ya más de una vez que esta revisión de valores se ha efectuado
bajo la influencia de las necesidades sociales de la burocracia soviética, la cual se ha ido
volviendo cada vez más conservadora, cada vez más preocupada de mantener el orden
nacional y propensa a exigir que la revolución ya realizada, y que le asegura a ella una
situación privilegiada, sea considerada suficiente para proceder a la edificación pacífica del
socialismo. No hemos de insistir aquí sobre este tema. Señalemos únicamente que la
burocracia tiene una profunda conciencia de la relación que guardan sus posiciones
materiales e ideológicas con la teoría del socialismo nacional. Esto se manifiesta con un
relieve especial precisamente ahora, cuando el aparato stalinista, aguijoneado por las
contradicciones que no previó, se orienta con todas sus fuerzas hacia la izquierda, asestando
duros golpes a sus inspiradores derechistas de ayer. La hostilidad de los burócratas contra la
oposición marxista, de la que tuvo que tomar prestadas precipitadamente sus consignas y
argumentaciones, no ha cedido en lo más mínimo, como se sabe. De aquellos miembros de
la oposición que plantean la cuestión de su reingreso en el Partido con el fin de apoyar la
política de industrialización, etc., lo primero que exigen es que abjuren de la teoría de la
revolución permante y que reconozcan, aunque sólo sea por modo indirecto, la teoría del
socialismo en un solo país. Con esto, la burocracia stalinista pone de manifiesto el carácter
puramente táctico de su viraje hacia la izquierda, y cómo ello no significa una renuncia a
los fundamentos estratégicos nacional-reformistas. No hay por qué pararse a explicar la
trascendencia de esto: es sabido que en la política, como en la guerra, la táctica se halla
siempre subordinada en última instancia a la estrategia.
Fuente: Trotsky, León. La revolución permanente. Traducción de Andreu Nin. Madrid:
Ediciones Júcar, 1976.
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3 de octubre de 1967
Día largo e innecesariamente intenso: al movilizarnos para llegar a nuestro campamento
base, llegó Urbano con la noticia de que había oído comentar a unos campesinos que
pasaban: «Esos son los que hablaban anoche», mientras nosotros estábamos en camino. A
todas luces, el informe lucía inexacto, pero decidí hacer como si fuera perfectamente real y,
sin mitigar la sed, subimos nuevamente a un firme que domina el camino de los soldados.
El resto del día permaneció en absoluta calma y al anochecer bajamos todos e hicimos café,
que supo a gloria a pesar del agua amarga y de la manteca de la olla en que se hizo. Luego
hicimos harina para comer allí y arroz con carne de anta para llevar. A las 3 emprendimos
la marcha, previa exploración, y sorteamos con toda felicidad el chaco, cayendo a la cañada
elegida, la que no tiene agua y sí huellas de haber sido explorada por los soldados.
La radio trajo la noticia de 2 prisioneros: Antonio Domínguez Flores (León) y Orlando
Jiménez Bazan (Camba), éste reconoce haber luchado contra el Ejército, aquél dice haberse
entregado confiado a la palabra presidencial. Ambos dan abundantes noticias de Fernando,
su enfermedad y todo lo demás, sin contar lo que habrán hablado y no se publica. Así se
acaba la historia de dos heroicos guerrilleros.
h - 1.360 ms.
Se escuchó una entrevista de Debray, muy valiente, frente a un estudiante provocador.
4 de octubre de 1967
Luego de descansar en la quebrada, seguimos una media hora hacia abajo, hasta encontrar
otra que se le unía por la que subimos, descansando hasta las 15 para huir del sol. A esa
hora reiniciamos la marcha, algo más de media hora, allí estaban los exploradores que
habían llegado al final de los cañoncitos sin encontrar agua. A las 18 abandonamos la
quebrada y seguimos por un camino de ganado hasta las 19,30 horas, en que no se veía
nada, y paramos hasta las tres.
La radio dio la noticia del cambio de puesto de avanzada del Estado Mayor de la 48
división de Lagunillas a Padilla para atender mejor la zona de Serrano, donde se presume
que pueden tratar de huir los guerrilleros y el comentario de que si me capturan fuerzas de
la 4ª me juzgarán en Camiri, y si lo hacen los de la 8ª, en Santa Cruz.
h - 1.650 ms.
5 de octubre de 1967
Al reiniciar la marcha caminamos con dificultad hasta las 5,15 horas, momento en que
dejamos un trillo de ganado y nos internamos en un bosquecillo ralo, pero lo
suficientemente alto como para ponernos a cubierto de miradas indiscretas. Benigno y
Pacho hicieron varias exploraciones buscando agua y vadearon completamente la casa
cercana sin encontrarla, probablemente sea un pocito al lado. Al acabar la exploración
vieron llegar 6 soldados a la casa, al parecer de camino. Salimos al anochecer con la gente
agotada por la falta de agua y Eustaquio dando espectáculo y llorando la falta de un buche
de agua. Tras un camino muy malo y muy jalonado de paradas, llegamos por la madrugada
a un bosquecillo donde se oía el ladrido de los perros cercanos. Se ve un firme alto y pelado
muy cerca.
Curamos a Benigno, que tiene un poco supurada la herida, y le apliqué una inyección al
Médico. De resultas de la cura, Benigno se quejó de dolor por la noche.
La radio informó que nuestros dos cambas fueron trasladados a Camiri para servir de
testigos en el juicio de Debray.
h - 2.000 ms.
6 de octubre de 1967
Las exploraciones demostraron que teníamos una casa muy cerca, pero también que en una
quebrada más lejana había agua. Hacia allí nos dirigimos y cocinamos todo el día bajo una
gran laja que servía de techo, a pesar que yo no pasé el día tranquilo, pues nos
aproximamos a pleno sol por lugares algo poblados y quedamos en un hoyo. Como la
comida se retrasó decidimos salir por la madrugada hasta un afluente cercano a este
arroyito y de allí hacer una exploración más exhaustiva para determinar el rumbo futuro.
La Cruz del Sur informó de una entrevista a los cambas; Orlando fue un poco menos
bellaco. La radio chilena informó de una noticia censurada que indica que hay 1.800
hombres en la zona buscándonos.
h - 1.750 ms.
7 de octubre de 1967
Se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicación,
bucólicamente; hasta las 12,30, hora en que una vieja, pastoreando sus chivas, entró en el
cañón en que habíamos acampado y hubo que apresarla. La mujer no ha dado ninguna
noticia fidedigna sobre los soldados, contestando a todo que no sabe, que hace tiempo que
no va por allí. Sólo dio información sobre los caminos; de resultado del informe de la vieja
se desprende que estamos aproximadamente a una legua de Higueras y otra de Jagüey y
unas 2 de Pucará. A las 17,30, Inti, Aniceto y Pablito fueron a casa de la vieja, que tiene
una hija postrada y una medio enana; se le dieron 50 pesos con el encargo de que no fuera a
hablar ni una palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpla, a pesar de sus promesas.
Salimos los 17 con una luna muy pequeña y la marcha fue muy fatigosa y dejando mucho
rastro por el cañón donde estábamos, que no tiene casas cerca, pero sí sembradíos de papa,
regadas por acequias del mismo arroyo. A las 2 paramos a descansar, pues ya era inútil
seguir avanzando. El Chino se convierte en una verdadera carga cuando hay que caminar de
noche.
El Ejército dio una rara información sobre la presencia de 250 hombres en Serrano para
impedir el paso de los cercados en número de 37, dando la zona de nuestro refugio entre el
río Acero y el Oro. La noticia parece diversionista.
h - 2.000 ms.
Fuente: Guevara, Ernesto (Che). Diario de Bolivia. Prólogo de Fidel Castro. Madrid:
Ediciones Júcar, 1977.
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Fuga de Varennes
Fuga de Varennes, intento de fuga llevado a cabo por el rey Luis XVI y su familia el 20 y 21 de
junio de 1791 para conseguir escapar de los revolucionarios franceses. Después de que una
violenta muchedumbre impidiera a los monarcas viajar hacia el Este hasta Saint-Cloud, la familia
real planeó dirigirse a la ciudad fronteriza de Montmédy, que estaba guarnecida por regimientos
alemanes y suizos del ejército francés que aún eran leales al rey. La salida de París se desarrolló
sin incidentes, pero el coche real sufrió un retraso debido a un accidente y el grupo perdió a la
escolta armada que debía acompañarles hasta la última etapa del trayecto. Por este motivo, la
familia real fue apresada fácilmente al ser reconocida en Varennes. Fueron conducidos a París,
custodiados por la guardia armada, y retenidos bajo arresto. La fuga y la denuncia escrita del
régimen revolucionario que el Rey había dejado tras de sí, destruyeron la credibilidad política del
monarca y contribuyeron a la caída de la monarquía quince meses después.
Guerras Napoleónicas, serie de guerras libradas entre Francia y varias naciones europeas desde
1799 hasta 1815. En 1799, Francia quedó bajo el dominio de Napoleón, coronado emperador de
Francia en 1804 con el nombre de Napoleón I Bonaparte. Estos enfrentamientos militares fueron
una continuación de las guerras mantenidas por Francia en Europa durante la Revolución
Francesa (1789-1799).
2 LA PRIMERA COALICIÓN
Durante la guerra de la Primera Coalición (1793-1797), Francia luchó contra la alianza formada
por Austria, Prusia, Gran Bretaña, España, las Provincias Unidas (actuales Países Bajos) y el
reino de Cerdeña. El gobierno francés —el Directorio— confió a Napoleón la dirección de las
operaciones militares contra las tropas austriacas en el norte de Italia en 1796. En menos de un
año, Napoleón había vencido a las fuerzas de Austria, superiores en número. En 1798, se le
asignó el mando de una expedición que tenía como objetivo conquistar Egipto para cortar la ruta
británica a la India. La invasión fracasó tras la batalla del Nilo y Napoleón regresó a Francia.
Aunque ambas campañas se produjeron durante el régimen del Consulado, antes de la asunción
del poder por Bonaparte, suelen ser consideradas como la primera fase de las Guerras
Napoleónicas. Fue en ellas donde el líder francés desplegó por primera vez a gran escala su
talento como jefe militar.
3 LA SEGUNDA COALICIÓN
La victoria de Napoleón en la campaña contra los austriacos en el norte de Italia puso fin a la
Primera Coalición. No obstante, durante su estancia en Egipto se formó la Segunda Coalición (24
de diciembre de 1798) integrada por Rusia, Gran Bretaña, Austria, el reino de Nápoles, Portugal
y el Imperio otomano. Las batallas principales de la guerra de la Segunda Coalición, que se inició
a finales de 1798, tuvieron lugar en el norte de Italia y en Suiza al año siguiente. Los austriacos
y los rusos, dirigidos por el general Alexandr Suvórov, vencieron a los franceses en el norte de
Italia en las batallas de Magnano (5 de abril de 1799), Cassano (27 de abril), el Trebbia (17-19
de junio) y Novi (el 15 de agosto). La Coalición también tomó Milán; abolió la República
Cisalpina, que se había constituido bajo los auspicios del gobierno francés en 1797; ocupó Turín
y privó a Francia de sus anteriores conquistas en Italia. El resultado de la lucha en Suiza fue más
favorable para los franceses. Tras ser derrotados en Zurich (7 de junio) por Carlos de
Habsburgo, archiduque de Austria, las fuerzas francesas dirigidas por el general André Masséna
vencieron a las tropas rusas del general Alexander Korsakov el 26 de septiembre. Suvórov y sus
fuerzas abandonaron el norte de Italia atravesando los Alpes para unirse a Korsakov en Suiza,
donde sus tropas se habían dispersado tras ser vencidas. El ejército de Suvórov hubo de
refugiarse en las montañas del cantón de los Grisones, donde quedó diezmado a causa del frío y
el hambre. Los rusos se retiraron de la Segunda Coalición el 22 de octubre alegando como
motivo la falta de cooperación de los austriacos.
Cuando Napoleón regresó a Francia procedente de Egipto en octubre de 1799, pasó a ser el líder
del Consulado y ofreció la paz a los aliados. La Coalición rechazó esta propuesta y Napoleón
planeó una serie de ataques contra Austria para la primavera de 1800. Bonaparte se adentró en
Italia cruzando los Alpes con un nuevo ejército formado por 40.000 hombres y venció a los
austriacos en la batalla de Marengo el 14 de junio. Mientras tanto, las tropas francesas del
general Jean Victor Moreau habían penetrado en el sur de Alemania atravesando el Rin y
tomando Munich. Moreau también había derrotado a las fuerzas austriacas del archiduqe de
Austria Juan de Habsburgo en la batalla de Hohenlinden, que tuvo lugar en Baviera el 3 de
diciembre, y se había aproximado a la ciudad de Linz (Austria). Las victorias francesas obligaron
a firmar a Austria el Tratado de Lunéville el 9 de febrero de 1801, por el que Austria y sus
aliados alemanes cedían la orilla izquierda del río Rin a Francia y reconocían a las repúblicas
Bátava, Helvética, Cisalpina y Ligur, además de realizar otras concesiones. Asimismo, este
tratado marcó la disolución de la Segunda Coalición. El único aliado que continuó la lucha contra
Francia fue Gran Bretaña. Las tropas británicas se habían enfrentado sin éxito contra las
francesas en territorio holandés en 1799, pero habían conquistado algunas posesiones francesas
de Asia y otros lugares. Gran Bretaña firmó el 27 de marzo de 1802 la Paz de Amiens con
Francia.
No obstante, esta paz resultó ser una mera suspensión de las hostilidades. En 1803 se produjo
una disputa entre ambos países a propósito de la cláusula del acuerdo que establecía la
restitución de la isla de Malta a la orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén. Gran
Bretaña se negó a entregar la isla, por lo que estalló una nueva guerra contra los franceses. Una
importante consecuencia de este conflicto fue que Napoleón abandonó su proyecto de establecer
un gran imperio colonial francés en Norteamérica, al verse obligado a concentrar sus recursos en
Europa. Así pues, vendió Luisiana a Estados Unidos. En 1805, Austria, Rusia y Suecia se unieron
al conflicto en apoyo del bando británico, y España se alió con Francia; este fue el inicio de la
guerra de la Tercera Coalición.
4 LA TERCERA COALICIÓN
Nicolas Soult
Nicolas Jean de Dieu Soult fue uno de los más destacados militares franceses durante las Guerras
Napoleónicas. Combatió en numerosas batallas al frente de los ejércitos de Napoleón I, al lado del cual
también estuvo durante el periodo de los Cien Días. Aunque tras la batalla de Waterloo sufrió destierro,
posteriormente fue rehabilitado y ejerció diversos cargos diplomáticos y gubernamentales en los regímenes
posteriores.
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Napoleón se apresuró a tomar medidas contra la nueva alianza. Había ejercido una gran presión
sobre Gran Bretaña desde 1798 al mantener a un ejército concentrado en Boulogne —a orillas
del canal de la Mancha—, que hacía pensar a los británicos que se preparaba una invasión de
Inglaterra. Bonaparte aumentó considerablemente el número de fuerzas destacadas en Boulogne
cuando comenzaron las disensiones que hicieron estallar la guerra en 1803. Tras la formación de
la Tercera Coalición contra Francia, sus tropas abandonaron Boulogne para enfrentarse a los
austriacos, que habían invadido Baviera con un ejército dirigido por Fernando III, el gran duque
de la Toscana, y el general Karl Mack von Leiberich. Varios estados alemanes, entre los que se
contaban Baviera, Württemberg y Baden, se aliaron con Francia. Napoleón derrotó a las fuerzas
de Austria en Ulm, capturó a 23.000 prisioneros y, a continuación, marchó con sus tropas a lo
largo del Danubio y conquistó Viena. Los ejércitos rusos liderados por el general Mijaíl Kutúzov y
Alejandro I, emperador de Rusia, respaldaron a los austriacos, pero Bonaparte venció a las
fuerzas austro-rusas en la batalla de Austerlitz, también denominada de los Tres Emperadores.
Austria se rindió nuevamente y firmó el Tratado de Presburgo el 26 de diciembre de 1805. Una
de las cláusulas del acuerdo estipulaba que Austria debía entregar a Francia la zona del norte de
Italia y a Baviera parte del propio territorio austriaco; asimismo, Austria reconoció a los ducados
de Württemberg y Baden como reinos.
Dado que las tropas del general Masséna habían derrotado al ejército austriaco mandado por
Carlos de Habsburgo en Italia, Napoleón aprovechó esta situación para nombrar a su hermano,
José I, rey de Nápoles en 1806; asimismo, nombró a otro de sus hermanos, Luis I Bonaparte,
rey de Holanda (la antigua República Bátava); el 12 de julio estableció la Confederación del Rin,
constituida finalmente por todos los estados alemanes a excepción de Austria, Prusia, Brunswick
y Hesse. La formación de esta entidad política puso fin al Sacro Imperio Romano Germánico y
casi toda Alemania quedó bajo el control de Bonaparte. No obstante, los éxitos en el continente
quedaron contrarrestados en gran medida por la derrota que el almirante británico Horatio
Nelson infligió a la fuerza conjunta de la flota francesa y española frente a las costas del cabo de
Trafalgar el 21 de octubre de 1805. Napoleón implantó en 1806 el denominado Sistema
Continental por el que los puertos de toda Europa quedaban cerrados al comercio británico. La
superioridad naval de los británicos dificultó la aplicación del Sistema Continental e hizo fracasar
la política económica europea de Bonaparte.
6 LA CUARTA COALICIÓN
7 EL NACIONALISMO ANTINAPOLEÓNICO
En 1808, Napoleón dominaba toda Europa, a excepción de Rusia y Gran Bretaña. Las principales
razones del posterior declive fueron el surgimiento del espíritu nacionalista en varias de las
naciones europeas derrotadas y la persistente oposición de Gran Bretaña, que, a salvo ya de una
invasión gracias a la superioridad de su armada, no cesó de organizar y financiar nuevas
coaliciones contra Napoleón.
España fue la primera nación en la que Bonaparte tuvo que hacer frente a las insurrecciones
nacionalistas que provocaron su caída. El emperador francés, después de haber destronado al
rey Carlos IV de España, nombró a su hermano José Bonaparte rey de este país en 1808. Los
españoles se rebelaron y expulsaron al nuevo gobernante de Madrid. Se desató la guerra de la
Independencia española (1808-1814) entre los franceses, que intentaban restaurar a José I
Bonaparte en el trono, y los españoles, apoyados por las fuerzas británicas mandadas por Arthur
Colley Wellesley, duque de Wellington. Los franceses fueron derrotados, y el número de bajas
que sufrieron perjudicó seriamente a Napoleón cuando se vio obligado a hacer frente a sus
nuevos enemigos del este y el norte de Europa. Su primera oponente era Austria, que se unió a
Gran Bretaña para formar la Quinta Coalición en 1809. El emperador francés derrotó a los
austriacos en Wagram (julio de 1809) y les obligó a firmar el Tratado de Viena, por el cual
Austria perdió Salzburgo, parte de Galitzia y grandes áreas de sus territorios del sur de Europa.
Asimismo, se divorció de su primera mujer y contrajo matrimonio con la hija de Francisco II de
Austria, con la vana esperanza de que este país no participara en nuevas coaliciones contra él.
8 LA DERROTA DE NAPOLEÓN
Retirada de Napoleón en Waterloo
La batalla de Waterloo del 18 de junio de 1815 alteró el equilibrio de poder en Europa. Las tropas de
Napoleón fueron definitivamente derrotadas por los ejércitos aliados de Gran Bretaña, los Países Bajos,
Hannover y Bélgica. Sólo la valiente actuación de la Vieja Guardia permitió escapar a Napoleón.
Hulton Deutsch
En 1812, Francia y Rusia entraron en guerra porque Alejandro I se negaba a aplicar el Sistema
Continental. Dado que gran parte de sus hombres se encontraban en España, Napoleón invadió
Rusia sólo con 500.000 hombres. Derrotó a los rusos en Borodino y conquistó Moscú el 14 de
septiembre de 1812. Los rusos invadieron la ciudad, impidiendo así a las tropas francesas
establecer allí cuarteles de invierno. Abandonaron Rusia y se adentraron en Alemania, pero la
mayoría de los hombres murieron a lo largo del camino a causa del frío, el hambre y los ataques
de la guerrilla rusa. El Imperio Ruso se unió entonces a la Quinta Coalición, de la que también
formaban parte Prusia, Gran Bretaña y Suecia. Prusia, en un estallido de fervor nacionalista
provocado por las reformas políticas y económicas que se habían implantado desde la derrota de
Jena, inició la guerra de Liberación contra Napoleón en 1813. Éste consiguió su última victoria
importante en la batalla de Dresde, donde el ejército francés derrotó a las fuerzas conjuntas de
Austria, Prusia y Rusia el 27 de agosto de 1813. Sin embargo, durante el mes de octubre,
Napoleón se vio forzado a replegarse sobre el Rin tras la batalla de Leipzig, quedando liberados
los estados alemanes. Los ejércitos rusos, austriacos y prusianos invadieron Francia desde el
norte al año siguiente y tomaron París en marzo de 1814; Napoleón abdicó y hubo de exiliarse
en la isla de Elba, situada en el mar Mediterráneo.
Los miembros de la Quinta Coalición se reunieron en el Congreso de Viena para restaurar a las
monarquías que Napoleón había derrocado en Europa. Sin embargo, mientras trazaban el nuevo
mapa europeo, Bonaparte consiguió escapar de Elba, se dirigió a Francia, donde se apresuró a
formar un ejército; tras vencer en Ligny y fracasar en Quatre-Bras, el 18 de junio de 1815 fue
definitivamente derrotado en la batalla de Waterloo, que puso fin a las Guerras Napoleónicas.
9 CONCLUSIONES
Castelot, André. Bonaparte. 2 vols. Madrid: Espasa-Calpe, S.A., 1982. Esta monumental biografía
del emperador francés resulta referencia esencial en cualquier repertorio bibliográfico relacionado
con la Europa sobre la que aquél actuó militar y políticamente.
Crawley, C. William (director). Guerra y paz en tiempos de revolución, 1793-1830. En "Historia del
mundo moderno". Tomo IX. Barcelona: Sopena, 1987. Indispensable estudio que aunque excede el
marco cronológico de las Guerras Napoleónicas las sitúa en su más certero contexto histórico.
Rudé, George. La Europa revolucionaria, 1783-1815. Madrid: Siglo XXI de España Editores, S.A., 8ª
ed., 1988. Un libro imprescindible para conocer con profundidad el conjunto de las guerras que
enfrentaron a la Francia revolucionaria con el resto de potencias europeas. Son de gran utilidad
sus 10 páginas de mapas.
Ségur, Comte de. La derrota de Napoleón en Rusia. Madrid: Los Amigos de la Historia, 1972.
Reedición de una obra en la que la decisiva campaña rusa es descrita por el propio ayudante de
campo de Napoleón I.
Soboul, Albert. La Francia de Napoleón. Barcelona: Editorial Crítica, 1992. Notable visión general
de los años napoleónicos a cargo de un gran especialista en la Francia revolucionaria. Dedica un
gran espacio al repertorio bibliográfico.
Woolf, Stuart. La Europa napoleónica. Barcelona: Editorial Crítica, 1992. Magnífica síntesis de la
convulsa época europea de comienzos del siglo XIX.
Wright, D. G. La Europa napoleónica. Madrid: Alianza Editorial, S.A., 1999. Breve pero excelente
aproximación al periodo napoleónico.
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Juramento del Juego de la Pelota
Juramento del Juego de la Pelota, acto por el que el tercer estado de los Estados Generales
franceses afirmó su soberanía como representante electo de la nación. Una vez que el tercer
estado se constituyó en Asamblea Nacional el 17 de junio de 1789, el rey de Francia, Luis XVI,
decidió reestablecer su autoridad ante una sesión conjunta de los Estados Generales. Cuando los
diputados del tercer estado llegaron al palacio de Versalles el 20 de junio, encontraron su
cámara cerrada. Aunque ello se debía únicamente a los preparativos para la futura sesión
conjunta, los diputados, temiendo que iban a ser destituidos, se reunieron en un recinto
destinado al juego de la pelota de la ciudad de Versalles. Tras un tiempo de debate todos menos
uno de los seiscientos diputados juraron continuar la sesión hasta terminar la redacción de una
nueva constitución para la nación. El juramento fue renovado tras la sesión conjunta de 23 de
junio, después de la cual el Rey accedió a la elaboración de dicha ley magna.
La Bastilla
La Bastilla, fortaleza situada en la zona este de París (Francia), que fue empleada como prisión
estatal en los siglos XVII y XVIII, durante los que constituyó el símbolo del poder tiránico de la
monarquía. Fue construida hacia 1370 como parte de las fortificaciones del muro oriental de la
ciudad. Durante los mencionados siglos, se empleó principalmente como prisión para los presos
políticos. Todo ciudadano, de cualquier clase o profesión, que cayera en desgracia ante la corte
era arrestado bajo un mandato judicial secreto, conocido como lettres-de-cachet y encarcelado
indefinidamente en la Bastilla por orden real, sin que mediara acusación o juicio.
Cuando estalló la Revolución Francesa en 1789, La Bastilla fue atacada el 14 de julio y tomada
por una multitud ayudada por las tropas reales. Dos días después comenzó la destrucción de
esta fortaleza en medio del júbilo popular. Su emplazamiento está ocupado actualmente por una
plaza pública denominada la Plaza de la Bastilla. El Día de La Bastilla es la fiesta nacional de
Francia, en la que cada 14 de julio se conmemora el comienzo de la Revolución Francesa.
La Vendée
La Vendée, antiguo departamento de la costa oeste francesa en el que se produjeron
insurrecciones (1793-1796) durante la Revolución Francesa. Las verdaderas causas que
provocaron estas rebeliones contrarrevolucionarias fueron las fuertes creencias religiosas de su
población campesina, los controles a los que las autoridades sometieron a la Iglesia católica y el
decreto de leva forzosa de febrero de 1793. Las revueltas comenzaron en Cholet el 4 de marzo;
la más importante, encabezada por los campesinos Jacques Cathelineau, Gaston Bourdic y Jean-
Nicolas Stofflet, a los que se unieron algunos nobles monárquicos, continuó hasta el 13 de
marzo. En junio, 30.000 rebeldes que se autodenominaban Ejército Real y Católico, tomaron las
ciudades de Saumur y Angers. El gobierno jacobino se vio seriamente amenazado en los
primeros momentos, ya que en aquellos momentos también se estaban produciendo alzamientos
en Normandía, Lyon y Marsella, y las tropas revolucionarias acababan de ser derrotadas en la
batalla de Neerwinden; no obstante, recibieron refuerzos y vencieron en Cholet a las tropas
contrarrevolucionarias de La Vendée, que ya alcanzaban los 65.000 hombres.
Los rebeldes sufrieron nuevas derrotas en la batalla de Le Mans el 12 de diciembre (se cree que
el número de bajas entre muertos y prisioneros fue de 15.000) y en Savenay once días después,
cuando el resto de sus tropas intentó volver a cruzar el río Loira. Durante el año siguiente, el
gobierno continuó hostigando a la población de esta región, lo que provocó nuevas
insurrecciones, aunque de menor intensidad. Finalmente, en diciembre de 1794 el régimen
termidoriano anunció una amnistía a la que siguió la concesión de la libertad de culto y la
exención del servicio militar para los habitantes de esta comarca. En junio de 1795, François-
Athanase Charette, uno de los nobles que dirigió el alzamiento de 1793, se unió a los británicos
que arribaron a la bahía de Quiberon (Bretaña), pero su derrota y posterior ejecución pusieron
fin a la resistencia organizada de La Vendée.
Asignados
Asignados, papel moneda emitido por el gobierno revolucionario francés desde 1789 hasta 1797,
por el cual se comprometía a pagar diversas cantidades a sus poseedores, empleando las tierras
confiscadas a la Iglesia y la Corona y los bienes de los fugitivos monárquicos como garantía. La
primera emisión fue de 400 millones de francos. Los asignados se pagaban con un interés del
5% en 1789. Pasaron a ser moneda de curso legal en 1790 y las emisiones posteriores no
devengaron ningún interés. La inflación fue inevitable y en 1796 la emisión total fue de 45.500
millones de francos, sin contar con las falsificaciones, pero su precio se había devaluado en la
proporción de treinta asignados por una moneda. Los asignados dejaron de emitirse en 1797 y
Francia volvió a utilizar el dinero en metálico.
Chuanes
Chuanes, nombre dado a los campesinos del oeste de Francia adeptos a la monarquía, que se
rebelaron contra el gobierno revolucionario que tomó el poder en París en 1793. Uno de los
primeros jefes de esta guerrilla fue Jean Cottereau, al que se conocía como Jean Chouan,
‘marqués de la Rouerie’ (Juan el Búho, ‘marqués de las Travesuras’), y se dice que los chuanes
utilizaban el grito del búho como señal para comunicarse entre ellos. El movimiento chuán se
había aliado con los miembros de la insurrección que tuvo lugar en la región francesa de la
Vendée hacia 1795 en favor del clero y la monarquía. En términos generales, los chuanes se
oponían a las medidas adoptadas por el gobierno republicano radical que afectaban a sus
creencias religiosas o a su estilo de vida tradicional; otro de sus motivos de protesta, de carácter
más particular, fue la rígida aplicación de las leyes de reclutamiento. Napoleón Bonaparte, como
primer cónsul, negoció un Concordato con el Papa en 1801, en el que se establecían los términos
que regirían los asuntos religiosos de Francia; los chuanes quedaron ampliamente satisfechos
con lo dispuesto en este acuerdo y la mayoría se acogió a la amnistía ofrecida por el gobierno.
Émigrés
Émigrés (en francés, “emigrantes,” “refugiados”), nombre dado a los fugitivos monárquicos que
huyeron de Francia durante la Revolución de 1789, la mayoría de los cuales eran aristócratas o
miembros del clero. Sus líderes fueron el conde de Provenza, quien se convertiría en Luis XVIII,
el conde de Artois, que posteriormente llegaría a ser Carlos X (ambos eran hermanos del rey
Luis XVI), y Louis Joseph de Borbón, príncipe de Condé. Los émigrés buscaron refugio primero
en Alemania y Austria, y después en Inglaterra y Rusia.
Todos los terrenos que poseían en Francia fueron confiscados y empleados como parte de la
garantía de la emisión de un papel moneda conocido como asignado. Sus familiares se vieron
privados de sus derechos civiles y muchos fueron guillotinados durante el Terror. Algunos
émigrés regresaron a Francia durante el periodo napoleónico, mientras que otros no pusieron fin
a su exilio hasta que en 1814 se restauró la monarquía borbónica.
Jacobinos
Jacobinos, nombre que recibían los miembros del club radical francés que dirigió la vida política
del país durante la Revolución Francesa. Fue fundado en 1789 como una Sociedad de Amigos de
la Constituyente (sus miembros eran diputados de la Asamblea Constituyente); su apelativo
tiene su origen en el lugar de reunión del club, un antiguo monasterio dominico (orden que
recibió el apelativo popular de jacobina) de París. El conde de Mirabeau y Maximilien de
Robespierre, líderes revolucionarios, no tardaron en hacerse miembros de esta organización;
este último llegó a ser su presidente. El club sólo contaba con tres mil miembros en París, pero
su influencia tenía un alcance nacional gracias a las 1.200 sociedades afines diseminadas por
toda Francia. Su enorme poder político provenía de la estructura creada por estos numerosos
grupos afiliados y de la habilidad de sus líderes para manipular a la opinión pública.
La Montaña
La Montaña (en francés, La Montagne), nombre que recibió durante la Revolución Francesa el
partido de radicales extremistas dirigido por Maximilien de Robespierre y Georges Jacques
Danton. El apelativo se debía a que los representantes de este grupo, conocidos como los
montañeros (montagnards) y aliados de los jacobinos, se sentaban en la parte superior del salón
donde se reunía la Convención Nacional. Desde finales de 1792 hasta la primavera de 1793 se
opusieron a los girondinos, cuyos miembros controlaban entonces el gobierno revolucionario.
Existía un tercer sector cuyos diputados no pertenecían a ningún partido y al que se denominaba
'El Llano' debido a que sus escaños se encontraban en la parte inferior de la sala. Desde junio de
1793 hasta julio de 1794, 'La Montaña' dominó el gobierno republicano.
Edad contemporánea
1 INTRODUCCIÓN
Edad contemporánea, periodo histórico que sucede a la denominada edad moderna y cuya
proximidad y prolongación hasta el presente le confieren unas connotaciones muy particulares
por su cercanía en el tiempo. Benedetto Croce, filósofo italiano de la primera mitad del siglo XX,
afirmaba que la “historia es siempre contemporánea” y si ciertamente la historia tiene como
centro al hombre, no menos cierto es que ésta tiene como centro al hombre actual. En
consecuencia, si la visión del pasado remoto está condicionada por las circunstancias y la
mentalidad del hombre actual, también lo estará, y en mayor medida, el pasado reciente tan
cercano a su experiencia vital.
En sus orígenes, la controversia sobre la especificidad y los límites del mundo contemporáneo se
desarrolló dentro de un marco esencialmente occidental y eurocentrista, pero la compleja y
heterogénea naturaleza de éste y los cambios sobrevenidos en Occidente han influido en la
revisión de estos postulados hacia horizontes más amplios, acordes a la globalidad del mismo.
George Gershwin
La obra del compositor y pianista estadounidense George Gershwin fue un puente entre los mundos del jazz
y la música clásica. Con su Rhapsody in blue (1924), aclamada por el público y la crítica, la música clásica
incorporó muchos caracteres del jazz.
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La cercanía en la memoria histórica, sus difusos contenidos por tratarse de procesos inconclusos
que percuten en el presente y mediatizan el porvenir, la asincronía y las peculiaridades con que
las sociedades se insertan o no en los parámetros de la contemporaneidad, así como su
proyección hasta el presente y, por tanto, su carácter esencialmente dinámico y abierto, ilustran
la especificidad de ésta respecto a otras eras del pasado.
Escena de Lo que el viento se llevó
El cine ha recibido el calificativo de "séptimo arte" hasta el extremo de convertir esa expresión en un lugar
común a la hora de referirse a la creatividad cinematográfica, esencial manifestación cultural de la edad
contemporánea desde su aparición a finales del siglo XIX. Rhett Butler (interpretado por el actor Clark
Gable) y Escarlata O'Hara (a quien dio vida Vivien Leigh) aparecen en este fotograma de Lo que el viento se
llevó (dirigida en 1939 por Victor Fleming), una de las películas más famosas de todos los tiempos.
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El desarrollo del consumo en las sociedades contemporáneas capitalistas ha ido indisolublemente unido al de
la propia publicidad propagadora de las distintas marcas comerciales.
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Uno de los cambios aparejados al desarrollo de las sociedades industriales en Europa desde el
siglo XIX fue el cambio en el comportamiento demográfico y el crecimiento de la población. A lo
largo del siglo XX, la explosión demográfica ha sido uno de los fenómenos de mayor relevancia
y, de hecho, se ha convertido en uno de los grandes problemas globales que se le plantean a la
humanidad de cara al próximo milenio. Asimismo, a lo largo del siglo XX se ha configurado y
generalizado la sociedad de masas tendente a disfrutar de altos e igualitarios niveles de vida,
consumo y bienestar, pero cuya materialización presenta grandes disfuncionalidades ya se trate
de poblaciones que tienen acceso al desarrollo o viven sumidas en el subdesarrollo.
Indudablemente, los problemas sociales que aparecen en cada universo social son radicalmente
diferentes, pero en el caso de estas últimas se plantea la frustración ante el hito de la
modernización y la experiencia vivida respecto a la misma. Estas condiciones plantean un
desequilibrio constante para aquellas sociedades, provocando fenómenos complejos de alcance
mundial como las migraciones desde el Sur hacia el Norte o la búsqueda de soluciones
revolucionarias, que en ocasiones ponen de relieve las reticencias hacia Occidente o la debilidad
de las estructuras incorporadas desde Occidente, por ejemplo el Estado-Nación, como se ha
puesto de manifiesto en los estados centroafricanos a finales del siglo XX.
David Bowie
La música popular contemporánea alcanzó un definitivo acceso a buena parte de la población mundial con el
desarrollo de la industria discográfica, paralelo a la aparición de una específica cultura juvenil. El rock,
considerado sinónimo de la "música del siglo XX", ha tenido en intérpretes y compositores como el británico
David Bowie a sus principales difusores. La trayectoria profesional de Bowie es un resumen de la propia
historia de la cultura musical juvenil desde mediados de la década de 1960. "Changes" (uno de cuyos
fragmentos podemos escuchar aquí), que se encuentra entre sus más famosas canciones, apareció en 1971
en el elepé Hunky Dory.
"Changes" de David Bowie Changesbowie (Cat.#RCD 20171) (c) y (p) 1990 Rykodisc. Music and Lyrics de
David Bowie. Permiso de Screen Gems-EMI Music Inc. y Chrysalis Songs BMI./UPI/THE BETTMANN ARCHIVE
Los precursores de la Ilustración pueden remontarse al siglo XVII e incluso antes. Abarcan las
aportaciones de grandes racionalistas como René Descartes y Baruch Spinoza, los filósofos
políticos Thomas Hobbes y John Locke y algunos pensadores escépticos galos de la categoría de
Pierre Bayle o Jean Antoine Condorcet. No obstante, otra base importante fue la confianza
engendrada por los nuevos descubrimientos en ciencia, y asimismo el espíritu de relativismo
cultural fomentado por la exploración del mundo no conocido.
Sobre las suposiciones y creencias básicas comunes a filósofos pensadores de este periodo,
quizá lo más importante fue una fe constante en el poder de la razón humana. La época sufrió el
impacto intelectual causado por la exposición de la teoría de la gravitación universal de Isaac
Newton. Si la humanidad podía resolver las leyes del Universo, las propias leyes de Dios, el
camino estaba abierto para descubrir también las leyes que subyacen al conjunto de la
naturaleza y la sociedad. Se llegó a asumir que mediante un uso juicioso de la razón, un
progreso ilimitado sería posible —progreso en conocimientos, en logros técnicos y sus
consecuencias también en valores morales—. De acuerdo con la filosofía de Locke, los autores
del siglo XVIII creían que el conocimiento no es innato, sino que procede sólo de la experiencia y
la observación guiadas por la razón. A través de una educación apropiada, la humanidad podía
ser modificada, cambiada su naturaleza para mejorar. Se otorgó un gran valor al descubrimiento
de la verdad a través de la observación de la naturaleza, más que mediante el estudio de las
fuentes autorizadas, como Aristóteles y la Biblia. Aunque veían a la Iglesia —especialmente la
Iglesia católica— como la principal fuerza que había esclavizado la inteligencia humana en el
pasado, la mayoría de los pensadores de la Ilustración no renunció del todo a la religión.
Optaron más por una forma de deísmo, aceptando la existencia de Dios y de la otra vida, pero
rechazando las complejidades de la teología cristiana. Creían que las aspiraciones humanas no
deberían centrarse en la próxima vida, sino más bien en los medios para mejorar las condiciones
de la existencia terrena. La felicidad mundana, por lo tanto, fue antepuesta a la salvación
religiosa. Nada se atacó con más intensidad y energía que la doctrina de la Iglesia, con toda su
historia, riqueza, poder político y supresión del libre ejercicio de la razón.
Más que un conjunto de ideas fijas, la Ilustración implicaba una actitud, un método de
pensamiento. De acuerdo con el filósofo Immanuel Kant, el lema de la época debía ser
“atreverse a conocer”. Surgió un deseo de reexaminar y cuestionar las ideas y los valores
recibidos, de explorar nuevas ideas en direcciones muy diferentes; de ahí las inconsistencias y
contradicciones que a menudo aparecen en los escritos de los pensadores del siglo XVIII.
Muchos defensores de la Ilustración no fueron filósofos según la acepción convencional y
aceptada de la palabra; fueron vulgarizadores comprometidos en un esfuerzo por ganar adeptos.
Les gustaba referirse a sí mismos como el “partido de la humanidad”, y en un intento de orientar
la opinión pública a su favor, imprimieron panfletos, folletos anónimos y crearon gran número de
periódicos y diarios. En España, ‘las luces’ penetraron a comienzos del siglo XVIII gracias a la
obra, prácticamente aislada y solitaria, pero de gran enjundia del fraile benedictino Benito
Jerónimo Feijoo, el pensador crítico y divulgador más conocido durante los reinados de los
primeros reyes Borbones. Escribió Teatro crítico universal (1739), en nueve tomos y Cartas
eruditas (1750), en cinco volúmenes más, en los que trató de recoger todo el conocimiento
teórico y práctico de la época.
Francia conoció, más que ningún otro país, un desarrollo sobresaliente de estas ideas y el mayor
número de propagandistas de las mismas. Fue allí donde el filósofo, político y jurista Charles-
Louis de Montesquieu, uno de los primeros representantes del movimiento, empezó a publicar
varias obras satíricas contra las instituciones existentes, así como su monumental estudio de las
instituciones políticas, El espíritu de las leyes (1748). Fue en París donde Denis Diderot, autor de
numerosos panfletos filosóficos, emprendió la edición de la Enciclopedia (1751-1772). Esta obra,
en la que colaboraron numerosos autores, fue concebida como un compendio de todos los
conocimientos y a la vez como un arma polémica, al presentar las posiciones de la Ilustración y
atacar a sus oponentes. Sin duda, el más influyente y representativo de los escritores franceses
fue Voltaire. Inició su carrera como dramaturgo y poeta, pero es más conocido por sus prolíficos
panfletos, ensayos, sátiras y novelas cortas, en los que popularizó la ciencia y la filosofía de su
época, y por su voluminosa correspondencia con escritores y monarcas de toda Europa. Gozaron
de prestigio las obras de Jean Jacques Rousseau, cuyo Contrato social (1762), el Emilio, o la
educación (1762) y Confesiones (1782) tendrían una profunda influencia en posteriores teorías
políticas y educativas y sirvieron como impulso literario al romanticismo del siglo XIX. La
Ilustración fue también un movimiento cosmopolita y antinacionalista con numerosos
representantes en otros países. Kant en Alemania, David Hume en Escocia, Cesare Beccaria en
Italia y Benjamín Franklin y Thomas Jefferson en las colonias británicas mantuvieron un estrecho
contacto con los ilustrados franceses, pero fueron importantes exponentes del movimiento. La
Ilustración penetró tanto en España como en los dominios españoles de América.
Durante el reinado de Carlos III, el ‘rey ilustrado’ por excelencia, las obras de los escritores
franceses se leían en español, generalmente en traducciones más o menos retocadas, pero
también directamente en francés. Fueron muchos los españoles e hispanoamericanos que
viajaban a Francia por motivos de estudio e instrucción, en las artes y las ciencias y los
dirigentes políticos de la época, conde de Aranda, conde de Campomanes, conde de
Floridablanca, duque de Almodóvar, promovieron y frecuentaron el trato con los pensadores y
filósofos de las nuevas ideas. Las vías de expresión fueron los periódicos, las universidades y las
florecientes Sociedades de Amigos del País.
Entre los españoles ‘ilustrados’, se puede citar a Isidoro de Antillón, geógrafo e historiador;
Francisco Cabarrús, crítico y cronista de su tiempo; Juan Meléndez Valdés, que hizo de la
Universidad de Salamanca un polo de atracción ‘ilustrada’; Gaspar Melchor de Jovellanos, político
y reformador; Valentín de Foronda, embajador y economista, entre otros.
Durante la primera mitad del siglo XVIII, los líderes de la Ilustración libraron una ardua lucha
contra fuerzas considerables. Muchos fueron encarcelados por sus escritos, y la mayoría sufrió
persecución y penas por parte de la censura gubernamental, así como descalificaciones y
condenas de la Iglesia. En muchos aspectos, sin embargo, las últimas décadas del siglo
marcaron un triunfo del movimiento en Europa y en toda América. Hacia 1770, la segunda
generación de ilustrados recibió pensiones del gobierno y asumió la dirección de academias
intelectuales establecidas. El enorme incremento en la publicación de periódicos y libros aseguró
una amplia difusión de sus ideas. Los experimentos científicos y los escritos filosóficos llegaron a
estar de moda en amplios círculos de la sociedad, incluidos los miembros de la nobleza y del
clero. Algunos monarcas europeos adoptaron también ideas o al menos el vocabulario de la
Ilustración. Voltaire y otros ilustrados quienes gustaban del concepto del rey-filósofo,
difundiendo sus creencias gracias a sus relaciones con la aristocracia, acogieron complacientes la
aparición del llamado despotismo ilustrado, del que Federico II de Prusia, Catalina la Grande de
Rusia, José II de Austria y Carlos III de España fueron los ejemplos más célebres. Desde una
visión retrospectiva, sin embargo, la mayoría de estos monarcas aparece manipulando el
movimiento, en gran parte con propósitos propagandísticos y fueron, con mucho, más
despóticos que ilustrados.
A finales del siglo XVIII surgieron algunos cambios en el pensamiento de la Ilustración. Bajo la
influencia de Rousseau, el sentimiento y la emoción llegaron a ser tan respetables como la
razón. En la década de 1770 los escritores ensancharon su campo de crítica para englobar
materias políticas y económicas. De mayor importancia en este aspecto fue la experiencia de la
guerra de la Independencia estadounidense (en las colonias británicas). A los ojos de los
europeos, la Declaración de Independencia y la guerra revolucionaria anunciaron que, por
primera vez, algunas personas iban más allá de la mera discusión de ideas ilustradas y las
estaban aplicando. Es probable que la guerra alentara los ataques y críticas contra los regímenes
europeos existentes.
Suele decirse que el Siglo de las Luces concluyó con la Revolución Francesa de 1789, pero no
son pocos los que contemplan e interpretan la inquietud política y social de este periodo como
causa desencadenante de la Revolución. Al incorporar muchas de las ideas de los ilustrados, la
Revolución, en sus etapas más difíciles, entre 1792 y 1794, sirvió para desacreditar estas ideas
a los ojos de muchos europeos contemporáneos. El enorme impacto que la Revolución Francesa
causó en España, tras la muerte de Luis XVI, así como en los dominios españoles de América,
provocó una violenta persecución de las personas más representativas de las nuevas ideas. Se
estableció una censura total y se cerraron las fronteras, prohibiéndose el paso de todo tipo de
libros y folletos, o su embarque hacia América.
De lo que no cabe duda es de que la Ilustración dejó una herencia perdurable en los siglos XIX y
XX. Marcó un paso clave en el declinar de la Iglesia y en el crecimiento del secularismo actual.
Sirvió como modelo para el liberalismo político y económico y para la reforma humanitaria a
través del mundo occidental del siglo XIX. Fue el momento decisivo para la creencia en la
posibilidad y la necesidad de progreso que pervivió, de una forma moderada, en el siglo XX.
Contradicciones de la Ilustración: la
independencia de Haití
Los Ensayos Históricos de Encarta reflejan el conocimiento y la visión de destacados
historiadores. En este ensayo, Alan Karras, de la Universidad de California, examina la aparente
contradicción que subyace en el hecho de que los revolucionarios estadounidenses y franceses,
que aplicaron a sus respectivas luchas la misma filosofía proveniente de la Ilustración,
rechazaran apoyar a otros grupos imbuidos por idénticas ideas.
La revuelta de los esclavos de Haití (1791-1804) revela una paradoja de la historia: ¿Por
qué toda una generación de revolucionarios norteamericanos y franceses apoyó los ideales
radicales de libertad e independencia oponiéndose al mismo tiempo a la emancipación de
los esclavos en Haití?. La respuesta es que los intelectuales del siglo XVIII daban a esos
conceptos significados muy concretos y excluían de ellos a algunas personas. Sin embargo,
esto no estaba tan claro para los esclavos africanos que trabajaban en la colonia caribeña de
Santo Domingo (en la isla de La Española) perteneciente a Francia, quienes pensaban que
esos derechos también le amparaban. La historia de su insurrección da buen ejemplo de
cómo y por qué motivos los ciudadanos franceses y norteamericanos exigían la liberación
absoluta del gobierno tiránico, y a la vez defendían el mantenimiento de la esclavitud.
Con la revolución científica de finales de siglo XVII, los europeos investigaron fenómenos
como el movimiento de los planetas, la circulación de la sangre, y la composición de la
materia. La indagación racional, que produjo avances que fueron preservados y enseñados,
permitió a los europeos postular nuevas ideas acerca del mundo en el que vivían. Surgieron
nuevos patrones y explicaciones, al tiempo que muchas ideas anticuadas fueron revisadas,
comprobadas y posteriormente descartadas. Quizás la idea más importante que surgió de tal
investigación científica fue, sin embargo, que esa investigación e indagación conduciría a
una verdad universal.
A lo largo del siglo XVIII, los intelectuales europeos aplicaron los procesos de
investigación racional y científica a la condición humana, tal y como la conocían. En otras
palabras, buscaban verdades y principios absolutos que se reflejaran en la sociedad.
Compilaron diccionarios y articularon teorías que creían podrían aplicarse a todas las
sociedades en cualquier época. Pensadores ilustrados como John Locke en Inglaterra,
Adam Smith en Escocia, Voltaire en Francia y muchos otros por toda Europa, exploraron la
relación entre los individuos y las sociedades en que vivían. Creían que era posible mejorar,
si no hacerla perfecta, cualquier sociedad para que funcionara racionalmente en beneficio
de los vivían en ella. Lo que estos pensadores descubrieron, sin embargo, permanecía en la
esfera de lo abstracto, lo inaplicable e indemostrable.
Revoluciones ilustradas
En los años inmediatamente anteriores a la revolución estadounidense, asociada a la guerra
de la Independencia (1775-1783), algunos ciudadanos destacados de las colonias británicas
de Norteamérica, se dieron cuenta de que el gobierno de Londres no estaban cumpliendo
sus promesas y obligaciones para con las colonias. El sentimiento antibritánico creció
durante este periodo, aunque estaba más extendido entre ciertos grupos (comerciantes por
ejemplo) que entre la población general. Finalmente, en 1776, el Congreso Continental se
reunió en Filadelfia y redactó la Declaración de Independencia. Este documento enumeraba
los motivos de queja contra el Estado británico y disolvía formalmente los vínculos entre
las colonias norteamericanas británicas y Gran Bretaña. Después de una sangrienta guerra,
surgió una nueva entidad política: Estados Unidos de América.
La Declaración de Independencia, haciendo uso de las ideas ilustradas, articulaba una
exposición meridianamente clara de la teoría filosófica y política en la que debía basarse el
nuevo gobierno. De hecho, la revolución norteamericana fue el primer acontecimiento
político de importancia para poner en práctica las hasta entonces inaplicadas ideas y
métodos de la Ilustración y su validez. En el núcleo de esta justificación racional había una
serie de palabras: libertad, fraternidad e independencia. Cada término tenía un significado
concreto en la Europa del siglo XVIII; en algunos casos, sin embargo, la revolución
norteamericana cambió, o al menos modificó el concepto popular de su definición.
Es por la Declaración de Independencia por lo que tendemos a asociar independencia con
política. Y ello se debe principalmente al significado que otorgaron al término quienes
redactaron y firmaron la declaración. Pero ello no respondía en realidad a la concepción
que muchos, por no decir la mayoría de los americanos del XVIII tenían de la
independencia. De hecho, cuando se discutía sobre la independencia, la mayor parte de
ellos pensaba en la condición económica. Ser independiente significaba tener
autosuficiencia económica para vivir sin estrecheces y sin depender del trabajo para obtener
ingresos. Independencia significa autonomía monetaria.
Durante la etapa revolucionaria estadounidense, muchos colonos americanos se
convencieron, para bien o para mal, de que para lograr la independencia económica
individual, era necesario llegar colectivamente a la independencia política de Gran Bretaña.
De hecho, la creencia de que la guerra era una lucha para lograr que todos los americanos
fueran independientes, incrementó seguramente el apoyo popular a aquélla en las colonias.
Sin embargo, para buena parte de ellos sólo llegaría una decepción.
En esa época, la mejor manera de conseguir la independencia económica era mediante la
posesión de tierra. La tierra podía generar un ingreso sin que fuera necesario que los
propietarios la trabajaran personalmente; otros harían esa tarea por ellos. La tierra, sin
embargo, era un bien escaso. Así que, pronto para muchos residentes de los recién creados
Estados Unidos quedó claro que aunque se había logrado la independencia económica de
Gran Bretaña, la independencia económica para todos los americanos no venía
inmediatamente después. La tierra no fue redistribuida ni tampoco sus beneficios. Es más,
algunas personas se fueron dando cuenta, de lo que ahora está claro para los historiadores,
que para que algunos individuos tuvieran independencia económica, otros debían seguir
siendo dependientes, trabajando a cambio de su sustento. Esta lógica se aplicó con más
claridad a la esclavitud. Los revolucionarios americanos, especialmente los propietarios de
la tierra, entendían que para conservar su independencia económica, los esclavos debían
continuar trabajando la tierra. La economía norteamericana estaba, después de todo, basada
en gran medida en la agricultura.
Las ideas generadas en Norteamérica como resultado del conflicto, cruzaron el Atlántico y
llegaron a Francia, donde se confrontaron con la monarquía absoluta. Al igual que la lucha
estadounidense, la Revolución Francesa generó una serie de manifiestos que utilizaban un
lenguaje universalista. La falta de especificidad de términos como liberté, egalité y
fraternité (‘libertad’, ‘igualdad’, y ‘fraternidad’) permitían que cada persona los entendiera
de modo diferente. Pocos discutían las ideas mismas, pero en su aplicación práctica
surgieron los problemas. Por ejemplo, ¿egalité implicaba igualdad para todos los residentes
en Francia? ¿O se limitaban a quienes eran propietarios? ¿Qué ocurría con las personas que
no eran francesas, pero vivían en Francia o en sus colonias? ¿Qué clase de liberté esperaban
recibir? No sólo los norteamericanos más pobres se dieron cuenta de que la revolución
estadounidense no iba a cambiar las circunstancias materiales de sus vidas, muchos pobres
que vivían en Francia y en sus colonias descubrieron que la retórica de la Revolución
Francesa no era tan universal como en un principio parecía.
En ningún sitio se hizo tan patente esto como en la colonia francesa de Santo Domingo, la
colonia más próspera de toda América, situada en la parte occidental de la isla de La
Española en las Indias Occidentales (Antillas). Entre 1791 y 1803, tuvo lugar allí la mayor
y más exitosa revuelta de esclavos sucedida en el mundo. Cuando acabó, los esclavos
habían abolido unas instituciones que apoyándose en el dominio racial les relegaban a la
servidumbre. Se aseguraron la independencia política de Francia y crearon un Estado
propio conocido como Haití. Pero el nuevo gobierno pronto se vio puesto en cuarentena.
Los países y colonias que permitían la esclavitud racial (Estados Unidos, Jamaica y Cuba)
rechazaron relacionarse con un Estado que utilizaba los ideales de la Ilustración en un
sentido que no compartían quienes los habían alumbrado.
La revuelta de los esclavos haitianos
En 1790 la población de la isla se podía dividir en tres grupos diferentes, cada uno de ellos
integrado a su vez por diferentes subgrupos. Además de los aproximadamente 450.000
esclavos, la colonia mantenía unas 40.000 personas blancas y alrededor de 28.000 personas
negras libres (que eran mayoritariamente, aunque no exclusivamente mulatos). Este últimos
grupo se enfrentaba con una serie de restricciones; por ejemplo, no podían vestir ropas
elegantes ni poseer carruajes. Además estaban apartados de la administración y del
ejercicio de determinadas profesiones.
En 1784, un año después del logro estadounidense de su independencia, la población
mulata de Santo Domingo envió una delegación a Francia en defensa de la abolición del
sistema de tres clases sociales. Al igual que la mayoría de los revolucionarios americanos,
no perseguían el fin de la esclavitud; más bien ambicionaban una sociedad con dos clases,
los esclavos y los hombres libres. El gobierno francés, temeroso de indisponerse con los
propietarios o soliviantar a los esclavos, se inhibió.
Cuando el gobierno francés fue derrocado en 1789, las autoridades elegidas sustituyeron a
las autoridades nombradas y a las autoridades militares en Santo Domingo. En 1790 una
asamblea colonial redactó una constitución que limitaba el control sobre la isla,
especialmente en el aspecto comercial. (Los residentes en la colonia querían tener mayor
acceso a los bienes procedentes de América, que estaban restringidos por la política
comercial francesa). Los colonos acordaron mantener la esclavitud y la segregación de los
mulatos. La igualdad y la fraternidad no se aplicaban a todo el mundo.
En 1790 un ejército de más de 300 mulatos pidió que el gobierno colonial aboliera la
discriminación contra ellos. Los colonos blancos aplastaron este ejército y ejecutaron a sus
líderes. Sin embargo, el gobierno revolucionario francés volvió su atención hacia Santo
Domingo en 1791 invalidando esta victoria. Preso de su propia retórica universalista, pero
temeroso de arruinar una colonia que producía tanta riqueza, la Asamblea Nacional declaró
que todos los mulatos que no fueran bastardos los mismos derechos que los blancos. Esto
irritó a los plantadores blancos de la isla.
Mientras tanto, los esclavos tenían otras ideas. En agosto de 1791, una revuelta a gran
escala estalló en la zona norte de la colonia. Muchos esclavos lucharon por la libertad que
pensaban que la Revolución Francesa les otorgaba y que les era negada por los colonos.
Cientos de blancos fueron asesinados; mil plantaciones destruidas.
Los mulatos se unieron a los blancos para sofocar la revuelta de los esclavos. Desde Francia
llegaron tropas de refuerzo en el mes de diciembre de 1791. En abril de 1792 la Asamblea
Nacional Francesa les extendió el derecho de ciudadanía a todos los habitantes libres de
Haití, independientemente de su color, cumpliendo así las aspiraciones de los mulatos. Un
nuevo comisionado, Léger Felicité Sonthonax, llegó para implantar la nueva política.
Sonthonax, sin embargo, fue más lejos.
Sonthonax abolió la esclavitud en agosto de 1793 sin consultar con el gobierno de París.
Sin embargo, este hecho no supuso un giro radical en la naturaleza de economía azucarera.
Mas bien contemplaba una sociedad agraria donde los antiguos esclavos se convirtieran en
trabajadores libres. Naturalmente, a los blancos y a los mulatos no les satisfizo mucho esta
decisión.
En ese tiempo, el gobierno español tenía una colonia en la parte oriental de la Española y el
gobierno británico controlaba otras islas del Caribe. Ningún gobierno quería compartir una
isla o una región donde los negros hablaban de libertad e igualdad y que perjudicaba sus
propios beneficios coloniales. Los dos gobiernos, alarmados por la presencia de una colonia
de plantación sin esclavos, invadieron Santo Domingo. Como ocupantes militares,
inicialmente lograron el mantenimiento de la esclavitud en el sur y el oeste de la colonia.
Pero en 1794, el gobierno francés aprobó formalmente la decisión de Sonthonax de abolir
la esclavitud. Los esclavos, muchos de los cuales seguían alzados en el norte de la colonia,
se alinearon con su antiguo adversario, Francia. El enfrentamiento entre estas facciones
diversas duró de 1794 de 1798. Durante ese tiempo, los mulatos vacilaron a la hora de
elegir su bando. Veían ventajas en los dos lados.
Si se unían a los blancos y vencían, alumbrarían una sociedad dividida en dos clases,
similar a su proyecto de 1790. Por otro lado, si los blancos eran derrotados y,
presumiblemente expulsados de la colonia, existiría un vacío de poder que, probablemente
llenarían los mulatos. Finalmente, conducidos por el antiguo esclavo Toussaint Louverture,
apoyaron la posición francesa. Los franceses al final, aunque no de buena gana,
reconocieron que la libertad incluía a los negros.
A mitad de 1800, Toussaint fue reconocido como gobernador de la colonia y los británicos
y los españoles abandonaron sus planes de controlar la insurrección. Toussaint tuvo
entonces que tomar una decisión. La colonia utilizaba el trabajo de los esclavos para plantar
azúcar que generaba beneficios a la economía atlántica. ¿Cómo podía asegurar la
prosperidad de la colonia y oponerse a la esclavitud? O, por decirlo de otro modo ¿cómo
podía asegurar la independencia económica de su colonia y la independencia real para la
población de la isla? Toussaint decidió que los negros trabajarían en las plantaciones de
azúcar a cambio de una parte de los beneficios. Los negros se resistieron, prefiriendo buscar
trabajo por su cuenta y exigiendo que se evitara cualquier vestigio de su economía de viejos
esclavos. Incluso después de una revolución exitosa, había límites a la independencia.
En 1801, Toussaint promulgó una Constitución que concentraba el poder en sus manos,
nombrándose gobernador vitalicio. Estuvo a punto de declarar a Santo Domingo
políticamente independiente del dominio francés. Llevó su campaña por el poder y la
autonomía demasiado lejos. Napoleón Bonaparte, que desempeñaba el máximo poder en
Francia, decidió el relevo de Toussaint y restableció la autoridad francesa en la isla.
En febrero de 1802, las tropas francesas se hicieron con el control del gobierno de la isla y
deportaron a Toussaint a Francia, donde permaneció encarcelado hasta su muerte, en 1803.
En julio de 1802, el gobierno francés reimplantó la esclavitud, abandonando así la retórica
universalista que previamente había difundido y que legitimaba su propia autoridad. Sin
embargo, los antiguos esclavos rechazaron desarmarse y fueron apoyados en su rebelión
por los mulatos. Pronto los franceses se dieron cuenta de que no podían recuperar su control
sobre la colonia.
Conclusión
El 1 de enero de 1804, la colonia francesa de Santo Domingo se convirtió en la nación
independiente de Haití, el primer país americano que abolió con éxito la esclavitud. Sin
embargo, la independencia tenía un precio. Haití seguiría siendo un territorio política y
económicamente aislado durante buena parte de su historia. Otros países y colonias temían
que sus ideas revolucionarias pudieran extenderse a los esclavos que vivían dentro de sus
fronteras. Francia no renunció formalmente a su reclamación sobre Haití hasta 1825, y
Estados Unidos no reconoció al país independiente hasta que abolió la esclavitud en 1863
durante su sangrienta Guerra Civil.
Los ideales revolucionarios de Haití estaban profundamente enraizados en las revoluciones
estadounidense y francesa, dos de los acontecimientos más famosos de la historia, que
tenían su origen en las ideas universalistas de la Ilustración europea. Al parecer, quienes
con tanto éxito preconizaron los conceptos de independencia, emancipación, libertad e
igualdad no supieron ver todas sus posibles interpretaciones. Más de 70.000 soldados
europeos murieron intentando mantener la esclavitud en Santo Domingo y sin embargo fue
la Europa ilustrada la que inspiró la abolición de la esclavitud en el mismo lugar. ¿Podían
los europeos apoyar estos ideales en un lugar y oponerse a ellos en otro?. Sin embargo, lo
que para los analistas actuales es una paradoja, tenía cierto sentido para los revolucionarios
europeos de aquella época. Ponían el límite a la independencia en el punto en que su propia
independencia económica pudiera estar comprometida. La independencia económica de los
hacendados europeos necesitaba la dependencia de los esclavos; los blancos, por tanto,
debían pensar que ellos también estaban luchando por su independencia. Pese a sus
declaraciones de principios y a sus convicciones morales, la retórica ilustrada no preveía
que fuera utilizada por todo el mundo.
De hecho, podemos ver la historia de Haití como un ejemplo de 'movimiento de liberación'.
Quienes se suman a estos movimientos argumentan que la autoridad gubernamental les
niega injustamente derechos concretos (aunque estos derechos se basen en principios que el
propio gobierno haya plasmado en leyes o constituciones). Denuncian que la ley se aplica
injustamente; argumentan que quienes interpretan las leyes toman decisiones arbitrarias
acercan de a quiénes excluir e incluir. El objetivo de los modernos movimientos de
liberación, como el objetivo de los esclavos en Haití, es lograr que se extienda la aplicación
de las leyes y los derechos a todas las personas, y no sólo a quienes detentan el poder.
Acerca del autor: Alan Karras es profesor asociado en la Universidad de California, en
Berkeley. Entre otras publicaciones, ha escrito Sojourners in the Sun: Scots Migrants in
Jamaica and the Chesapeake, 1740-1800.
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Siglo de las Luces
Bury, J. B. La idea de progreso. Madrid: Alianza Editorial, 1971. Ensayo, ya clásico, sobre el
concepto de progreso como un elemento fundamental en la Ilustración.
Cassirer, E. La filosofía de la Ilustración. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1981. Obra
fundamental para comprender el significado filosófico de la Ilustración.
Hazard, P. El pensamiento europeo en el siglo XVIII. Madrid: Alianza Editorial, 1985. Análisis
histórico de la producción intelectual del Siglo de las Luces, que reviste un gran interés.
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Edad moderna
1 INTRODUCCIÓN
Voltaire
El escritor y filósofo francés Voltaire está considerado como una de las figuras centrales del movimiento
ilustrado del siglo XVIII, un periodo en el que se insistió sobre el poder de la razón humana, de la ciencia y
del respeto hacia la humanidad. Voltaire opinaba que la literatura debía servir como instrumento de progreso
social. Así, sus hirientes sátiras y sus escritos filosóficos mostraban su aversión hacia la intolerancia, la
tiranía y la hipocresía del cristianismo, lo cual le procuró constantes conflictos con las autoridades políticas y
religiosas. La expresión captada en este retrato suyo de 1718 indica inequívocamente su gran sentido del
humor.
Giraudon/Art Resource, NY
Edad moderna, periodo histórico que, según la tradición historiográfica europea y occidental, se
enmarca entre la edad media y la edad contemporánea. La edad moderna, como
convencionalismo historiográfico —así como las connotaciones del término moderno, utilizado
por primera vez por el erudito alemán de finales del siglo XVII Cristophorus Cellarius—, responde
en su origen a una concepción lineal y optimista de la historia y a una visión eurocentrista del
mundo y del desarrollo histórico. A pesar de ser aceptada comúnmente en los medios
académicos occidentales como marco referencial, será objeto de una amplia reflexión entre los
historiadores a lo largo del siglo XX en torno a su amplitud y sus límites cronológicos, sus
escenarios geográficos, su alcance semántico y los fundamentos de la modernidad, entre sus
aspectos esenciales.
Pero la conceptualización del mundo moderno y sus límites espaciales y cronológicos son objeto
de diferentes aproximaciones desde la propia historiografía de Europa occidental. La
historiografía tradicional francesa, por su lado, considera que la edad moderna transcurre entre
los siglos XVI y XVIII, situando sus comienzos en torno a la caída de Constantinopla en 1453, al
descubrimiento de América en 1492 y al fenómeno cultural del renacimiento, en tanto que
emplaza su final en el derrumbamiento de la vieja monarquía y el proceso revolucionario iniciado
en 1789 (Revolución Francesa), con el que se iniciaba la contemporaneidad. En cambio, en la
historiografía anglosajona el término ‘moderno’ hace referencia a un periodo más prolongado y
móvil. En consecuencia, la duración de los tiempos modernos tradicionalmente se ha situado tras
el renacimiento, hacia el año 1600, y su final tiende a prolongarse en el tiempo hasta el siglo XX.
La delimitación de su ocaso puede variar según las diferentes historiografías, en virtud del propio
ritmo histórico de cada pueblo: por ejemplo, en 1848, en las naciones de Europa central; o en
1917 para Rusia.
Como fenómeno esencialmente europeo los rasgos de la modernidad ilustran unas pautas de
cambio profundo en la configuración del universo social, no sin variaciones según los diferentes
pueblos de Europa. En el ámbito de las creencias, el hecho más elocuente del inicio de la
modernidad es la quiebra de la unidad cristiana en Europa central y occidental, precedido del
agitado caldo de cultivo de las herejías y las contestaciones críticas a la Iglesia romana en la
baja edad media y que culmina en la Reforma protestante y el inicio de un largo ciclo de las
guerras de Religión desde principios del siglo XVI. Asimismo, la secularización del saber, la
consolidación de la ciencia y el avance del librepensamiento, basados en el pilar de la razón,
generarán actitudes críticas hacia las religiones reveladas.
Estos cambios en la atmósfera cultural y su manifestación en los avances tecnológicos
revolucionarán los hábitos materiales de las sociedades europeas y su visión y relación con el
entorno a escala planetaria. Los nuevos inventos, en la navegación y en el campo militar, por
citar dos ejemplos, facilitarán los descubrimientos geográficos y la apertura de nuevas rutas de
navegación hacia los mercados de Extremo Oriente y hacia el Nuevo Mundo. En un plano más
amplio, el nuevo marco cultural perfilado en el renacimiento y el humanismo generarán un
escenario en el desarrollo del saber donde el hombre ocuparía un lugar central, cuya proyección
alcanzaría su más elocuente forma de expresión en el espíritu de la Ilustración en el siglo XVIII y
la configuración de Europa como paradigma de la modernidad.
Se asignaron tres meses a cada estación; los meses de otoño se llamaron Vendimiario (mes de
la vendimia), Brumario (mes de la niebla) y Frimario (mes del hielo); los meses de invierno,
Nivoso (mes de la nieve), Pluvioso (mes de la lluvia) y Ventoso (mes del viento); los meses de
primavera, Germinal (mes de las semillas), Floreal (mes de las flores) y Pradial (mes de los
prados), y los meses de verano, Mesidor (mes de la cosecha), Termidor (mes del calor) y
Fructidor (mes de los frutos). El calendario republicano fue abolido en agosto de 1805 por
Napoleón.
La caída del Directorio tuvo lugar el 10 de noviembre de 1799, un día después de que se
produjera el llamado golpe de Estado del 18 de brumario del año VIII de la República, fecha
perteneciente al calendario revolucionario al uso en aquella época. Los miembros de la Asamblea
Legislativa francesa del periodo del Directorio que apoyaron el cambio de régimen nombraron
tres cónsules para gobernar Francia. Napoleón fue elegido primer cónsul, en tanto que
Emmanuel Joseph Sieyès y Pierre Roger Ducos, los otros dos cónsules, prestaban sus servicios
como consejeros. Ambos fueron pronto reemplazados por Jean Jacques Régis de Cambacérès y
Charles-François Lebrun. Este acercamiento a un tipo de gobierno monárquico se confirmó a
través de la nueva Constitución, aprobada mediante un referéndum el 24 de diciembre de 1799.
En ella se disponía la creación de un Senado compuesto por sesenta miembros designados con
carácter vitalicio, una asamblea de tribunos con cien miembros, una cámara legislativa de
trescientos diputados y tres cónsules propuestos por los órganos del senado para un periodo de
diez años, susceptibles de ser reelegidos. No obstante, las atribuciones de estas instituciones
eran muy limitadas, mientras el primer cónsul disfrutaba de un poder casi absoluto,
verdaderamente dictatorial.
Napoleón, como primer cónsul, fijó su residencia en el palacio de las Tullerías, situado en París,
que había sido tradicionalmente la residencia de la familia real francesa. Se le volvió a elegir
para un nuevo mandato de diez años en mayo de 1802, y en agosto de este mismo año se le
nombró primer cónsul con carácter vitalicio en virtud de una enmienda introducida en la
Constitución. El Consulado se disolvió el 18 de mayo de 1804, cuando Napoleón fue proclamado
emperador por el Senado tras los brillantes éxitos obtenidos por medio de su belicosa política
exterior durante las primeras Guerras Napoleónicas.
Convención Nacional
Convención Nacional, asamblea constituyente convocada en septiembre de 1792, durante la
Revolución Francesa. Abolió la monarquía, proclamó la I República y en enero de 1793 condenó
a muerte al rey Luis XVI después de haberle declarado culpable de traición. Tras la declaración
de guerra por parte de las potencias europeas, se decretó una leva masiva de 300.000
personas. Durante el reinado del Terror, que se inició en abril de 1793 y concluyó en julio de
1794, esta cámara estuvo supeditada al control de los doce miembros del Comité de Salvación
Pública dominada por los jacobinos; a continuación, quedó bajo la influencia de la facción que
dio el golpe de Estado del mes de termidor (9 de julio de 1793). La Convención se disolvió el 26
de octubre de 1795 tras el establecimiento del Directorio.
Este debate se decidió finalmente en favor de los radicales, pero provocó una serie de disputas
sobre los mecanismos constitucionales que adoptaría el nuevo orden, en el que 'el origen
fundamental de toda soberanía recae en la nación' (artículo 3). La discusión se centró en torno
al papel del monarca: los radicales consiguieron incluir una norma que denegaba carácter
legislativo a las proclamas reales, pero la propuesta central de que la legislación aprobada por la
Asamblea no fuera vetada por el poder ejecutivo quedó mitigada para que el rey pudiera anular
determinadas leyes con las que estuviera en desacuerdo. La Declaración definía los derechos
naturales del hombre, entre los que consideraba básicos la libertad (individual, de pensamiento,
de prensa y credo), la igualdad (que debía ser garantizada al ciudadano por el Estado en los
ámbitos legislativo, judicial y fiscal), la seguridad y la resistencia a la opresión.
Aunque estos principios fundamentales constituyeron la base del liberalismo político del siglo
XIX, no fueron aplicados en la Francia revolucionaria: el monarca no aceptó que sus anteriores
súbditos fueran ahora soberanos, y la Asamblea Legislativa aceptó el veto regio. Al cabo de tres
años, se abolió la monarquía y se proclamó la República. Otras dos declaraciones de los
derechos del hombre y del ciudadano fueron aprobadas posteriormente durante el transcurso de
la Revolución Francesa. La Declaración de 1793 tuvo un carácter más democrático (defendía el
derecho a la sublevación frente a la tiranía y prohibía la esclavitud) y precedió a la Constitución
de 1793. La Declaración de 1795, más próxima a la de 1789, supuso el preámbulo de la
Constitución del año III.
La Declaración tuvo gran repercusión en España y en sus colonias americanas, y fue uno de los
elementos fundamentales que estimularon la implantación de nuevas ideas.
Cada director ocupaba el cargo de presidente durante tres meses y se reemplazaba a uno de los
miembros anualmente. Entre las figuras que prestaron sus servicios en el Directorio se
encontraban Paul François Barras, vizconde de Barras, Lazare Carnot, Joseph Fouché y
Emmanuel Joseph Sieyès. Asimismo, su ministro de Asuntos Exteriores a partir de 1797 fue
Charles Maurice de Talleyrand-Périgord. La economía del Estado quedó tan debilitada debido a la
incompetencia y corrupción de este órgano, que el gobierno se declaró en quiebra a comienzos
de 1796. Desde este momento, el Directorio trató de recuperar su solvencia económica
mediante conquistas en el extranjero y situó a Napoleón Bonaparte, que había participado en el
restablecimiento del orden en París pocos días antes del establecimiento del Directorio, al mando
de los ejércitos franceses que en Italia luchaban en la guerra de la Primera Coalición
(antecedente de las conocidas como Guerras Napoleónicas).
Bonaparte consiguió varias victorias sucesivas que aumentaron su poder y prestigio, mientras
que la influencia del Directorio iba disminuyendo en el país. La combinación de las derrotas en el
exterior con los levantamientos revolucionarios (como el llevado a cabo en 1796 por el socialista
François Nöel Babeuf) y, fundamentalmente, contrarrevolucionarios en el interior había socavado
la autoridad del Directorio en 1799, por lo que Bonaparte consiguió tomar el poder sin apenas
oposición el 10 de noviembre de ese año, un día después del comienzo de su sublevación. Este
hecho, que ocasionó la caída del Directorio, se conoce como el golpe de Estado del 18 de
brumario del año VIII de la República, la fecha correspondiente del calendario republicano
instaurado años antes. A continuación se creó el Consulado, en el cual Bonaparte fue elegido
primer cónsul.
El llamado estilo directorio fue el nombre que se aplicó a la peculiar creación neoclásica de
muebles, interiores y vestimentas que tuvo lugar en Francia durante aquella época de su
historia.
Casas de Borbón
1 INTRODUCCIÓN
Ligados primero por vasallaje a los condes de Bourges, en el siglo X pasaron a depender
directamente de la Corona francesa. Durante los siglos siguientes, la familia extendió su dominio
sobre Autunois y Niverais (Auvernia), Combraille y Berry. Al mismo tiempo, el tronco común se
dividió en tres grandes ramas: Borbón-Busset, que perdió la primogenitura al no reconocer
Luis XI el matrimonio de Luis de Borbón (1438-1482) con Catalina de Egmont; Borbón-
Montpensier, extinguida en el siglo XVII; y Borbón-La Marche, uno de cuyas subdivisiones, la de
La Marche-Vendôme, recibió en la persona de Carlos, duque de Vendôme (1489-1537), el título
ducal de Borbón de manos de Francisco I.
Luis XVI
Luis XVI, nieto de Luis XV y miembro de la Casa de Borbón, fue considerado un monarca bienintencionado
pero débil. La gravosa carga fiscal y las extravagancias de la corte terminaron por provocar la Revolución
Francesa. Murió en la guillotina por orden del régimen revolucionario.
Hulton Deutsch
En 1548, el matrimonio de Antonio de Borbón con Juana de Albret permitió a la familia acceder
al trono de Navarra. En las postrimerías del siglo XVI, durante las guerras de Religión que
asolaron Francia, el tercer hijo de aquel matrimonio, Enrique III de Navarra (1553-1610),
casado con Margarita de Valois (1572), se convirtió en Enrique IV de Francia (1589) por ser el
pariente varón más cercano —como descendiente directo del séptimo hijo de Luis IX— de
Enrique III de Francia, que murió sin hijos. Superado por el momento el conflicto religioso con el
Edicto de Nantes (1598), a Enrique IV y sus sucesores les ocupó la tarea de consolidar la
dinastía. Luis XIV (1643-1715) fortaleció la unión entre Estado y familia real y llevó a Francia a
la hegemonía continental, aunque fracasó en su intento de reformar la Ley Sálica, que imponía
una sucesión lineal masculina excluyente para las mujeres en todos los casos.
Familia de Luis XVIII
Este grabado de 1807 muestra al futuro rey francés Luis XVIII (sentado, el segundo, de izquierda a derecha)
y a su familia, en una representación de los principales componentes del grupo de los émigrés. Junto al
conde de Provenza (título de Luis antes de llegar al trono), aparece, de pie, su hermano y futuro sucesor
(como Carlos X), el conde de Artois.
Archivo Iconografico, S.A./Corbis
Un bisnieto de Luis XIV ascendió al trono francés en 1715 como Luis XV. Su reinado, que duró
hasta su fallecimiento, ocurrido en 1774, marcó el inicio de la crisis de la monarquía Borbónica
francesa. Crisis que se acentuó y manifestó de forma definitiva durante el reinado de su nieto,
Luis XVI, quien le sucedió en ese último año. El inicio de la Revolución Francesa, en 1789, marcó
el principio del fin de la monarquía francesa. El propio Luis XVI murió ejecutado por los
revolucionarios en 1792, y su hijo (Luis XVII), fallecido en 1795, tan sólo fue reconocido por los
monárquicos.
La restauración de la monarquía francesa tuvo lugar en 1814, cuando un hermano de Luis XVI
ascendió al trono con el nombre de Luis XVIII, tras la caída de Napoleón I Bonaparte. El propio
Napoleón interrumpió el reinado de Luis XVIII cuando, un año después, volvió brevemente al
poder en el llamado gobierno de los Cien Días. Carlos X, hermano de Luis XVIII, sucedió a éste
en 1824 y hubo de abdicar con motivo de la Revolución de julio de 1830.
Una nueva rama de la Casa francesa de Borbón volvió a reinar ese mismo año de 1830, cuando
un descendiente de Felipe I (duque de Orleans y hermano de Luis XIV), fue proclamado rey por
la Asamblea Nacional tras la abdicación de Carlos X: Luis Felipe I de Orleans, hijo de Luis Felipe
José de Orleans (Felipe Igualdad), fue el primer y único rey francés de la rama Borbón-Orleans.
Resultó derrocado durante los acontecimientos revolucionarios de 1848. Los actuales
pretendientes al trono francés, encabezados por el conde de París, pertenecen al linaje Borbón-
orleanista.
3 LOS BORBONES EN ESPAÑA
Fernando VI
El último rey español de la Casa de Habsburgo (o de Austria), Carlos II, falleció sin descendencia, lo que
permitió que el siglo XVIII se iniciara con un miembro de la Casa de Borbón en el trono: Felipe V. La imagen
representa a su hijo Fernando de Borbón —que reinaría como Fernando VI de España (1746-1759)—,
cuando ya había recibido el título de príncipe de Asturias y, por tanto, el derecho sucesorio. El retrato fue
pintado por el artista italiano Giovanni Antonio Pellegrini (Museo Naval, Madrid).
Archivo Fotografico Oronoz
Los Borbones españoles del siglo XVIII —Felipe V (1700-1724 y 1724-1746), Luis I (1724),
Fernando VI (1746-1759), Carlos III (1759-1788) y Carlos IV (1788-1808)— se dedicaron a una
política de profundas reformas en todos los campos con la intención de devolver España a un
lugar destacado entre las potencias europeas. Felipe V fue ayudado primero por consejeros
franceses, relevados pronto por españoles pertenecientes a la primera generación de ilustrados.
La política dinástica sostenida por Felipe V y su segunda esposa, Isabel de Farnesio, otorgó
tronos en Italia a los hijos del matrimonio, dando origen a la rama Borbón-Sicilia. Los reinados
de Fernando VI y Carlos III significaron la plenitud del reformismo, al mismo tiempo que se
hicieron patentes los límites de la acción de gobierno. El desarrollo de la América española,
cuyas posibilidades económicas aún estaban por explotar en su mayor parte, fue una de las
tareas que recibieron más atención. El reinado de Carlos IV, que coincidió con el estallido
revolucionario en Francia, se vio determinado por las tensiones interiores y la evolución de los
acontecimientos exteriores. El agotamiento de los hombres y los programas ilustrados
reformistas y la implicación de España en los sucesos internacionales ocasionaron una profunda
crisis del Estado y de la dinastía, que llegó a su punto álgido en el enfrentamiento entre el rey
Carlos IV y su hijo, el príncipe de Asturias y futuro Fernando VII. La conjura de El Escorial
(1807) y el motín de Aranjuez (1808), promovidos por el círculo de don Fernando contra el
favorito de los reyes, Manuel Godoy, provocaron el derrocamiento de Carlos IV y la proclamación
de Fernando VII. Estas alarmantes muestras de la descomposición de la dinastía sucedían en
una España ocupada por las tropas de Napoleón I Bonaparte, en cuyos planes figuraba ya el
destronamiento de los Borbones y la inserción de España en la órbita imperial. El desprestigio de
la familia real alcanzó su cima en las abdicaciones de Bayona, por las que Carlos IV y Fernando
VII entregaron a Bonaparte sus derechos a la Corona de España, quien a su vez los transfirió a
su hermano José (1808).
Alfonso XIII
El reinado de Alfonso XIII supuso una nueva etapa dentro del periodo de la historia de España que recibió el
nombre de Restauración. En la grabación podemos escuchar al soberano de la Casa de Borbón, en 1921,
alabando a las tropas españolas que combatían en Marruecos. La imagen reproduce un óleo de Fernando
Álvarez de Sotomayor, pintado hacia 1920 y conservado en el Museo Naval de Madrid, en el que aparece el
monarca vestido de almirante.
Cortesía del Institut des Archives Sonores, París, Francia/Archivo Fotografico Oronoz
Con Felipe V se había introducido en España la Ley Sálica, establecida formalmente por Auto
Acordado (10 de mayo de 1713). En una reunión de Cortes de 1789 fue derogada y se volvió al
orden sucesorio tradicional de Castilla, regido por las Partidas (2,15,2). Pero como la ley no fue
publicada, planteó graves problemas a Fernando VII (que verdaderamente reinó en España en
1808 y desde 1814 hasta 1833), quien sólo contaba con descendencia femenina.
Durante el siglo XIX y el XX todos los reyes y reinas de España han pertenecido a la dinastía
Borbónica, excepto Amadeo I (1870-1873): Fernando VII (1808-1833), Isabel II (1833-1868),
Alfonso XII (1875-1885), Alfonso XIII (1886-1931) y el nieto de éste, Juan Carlos I, que en
1975 comenzó su reinado y fue uno de los artífices de la transición española a la democracia,
posterior al régimen dictatorial del general Francisco Franco.
Calvo, José. La guerra de Sucesión. Madrid: Anaya, 1988. Breve análisis de una guerra que marcó la
aparición de un nuevo Estado, más centralizado, que no olvida el marco internacional en que ésta
tuvo lugar.
Graullera Sanz, Vicente. Los notarios de Valencia y la guerra de Sucesión. Valencia: Colegio Notarial
de Valencia y Universitat de Valencia, 1987. El autor utiliza las actas notariales de Valencia para
analizar como esta ciudad en concreto vivió aquellos años de guerra. Si se desea tener una visión
menos convencional del estudio de este tema este es un libro muy recomendable.
Kamen, Henry. La guerra de Sucesión en España, 1700-1715. Barcelona: Ediciones Grijalbo, 1974.
Fantástico libro de un insigne e imprescindible hispanista, que, en su estudio, basado en los
recursos financieros de la monarquía española, ha conseguido una magnífica y coherente unidad
que le lleva a una completa visión de la guerra de Sucesión
León Sanz, Virginia. Entre Austrias y Borbones. El archiduque Carlos y la Monarquía de España
(1700-1714). Madrid: Sigilo, 1993. Esta obra plantea un punto de vista diferente y muy
interesante. La autora analiza la quiebra que supuso la guerra de Sucesión para una España que
tuvo que olvidar los dos siglos en que la Casa Austria gobernó e introducirse en el proyecto político
de la nueva dinastía reinante, la de los Borbones.
Voltes, Pedro. La guerra de Sucesión. Barcelona: Planeta, 1990. Los numerosos años dedicados al
estudio del tema en los archivos españoles acreditan a este autor como uno de los mayores
expertos sobre el tema.
Felipe V
Béthencourt, Antonio. Patiño en la política de Felipe V. Valladolid: CSIC , 1954. Interesante estudio
sobre la primigenia política de la Casa de Borbón tras su instauración en España. A pesar de su
relativa antigüedad, es un libro de recomendada lectura.
Fernández Durán, Reyes. Gerónimo de Uztáriz (1670-1732). Una política económica para Felipe V.
Madrid: Minerva Ediciones, 1999. Esta obra recupera la figura de uno de los personajes más
significativos de la edad moderna, desde el análisis de su política económica.
Gómez Molleda, D. Gibraltar: una contienda diplomática en el reinado de Felipe V. Madrid: CSIC,
1953. Este ensayo explica cómo se llegó a la peculiar situación de Gibraltar en el contexto español,
durante el reinado del primer Borbón español.
Kamen, Henry. Felipe V. El rey que reinó dos veces. Madrid: Editorial Temas de Hoy, 2000. El
prestigioso historiador británico refuta en esta obra la tradicional imagen negativa de Felipe V, en
una completa biografía de quien es considerado en ella como el fundador del actual Estado
español.
Alfonso XII
Cabezas, Octavio. La cara íntima de los Borbones. Madrid: Editorial San Martín, 1979. Obra
apologética sobre la Casa de Borbón, en la que se dedica un breve capítulo a Alfonso XII, el
Restaurador, a caballo entre la biografía política y el relato anecdótico. La obra está, asimismo,
prologada por Luis María Anson, en cuyas líneas se lleva a cabo un encendido elogio de la
monarquía de la Restauración, definida como un sistema democrático pluralista, y en la que se
establece una comparación, sin duda discutible, respecto a lo que considera monarquías
coetáneas absolutistas, como la Alemania guillermina o el Imperio Austro-Húngaro de los
Habsburgo.
Carlos Peña, Alfonso de. Madrid en la boda de Alfonso XII y María Cristina. Madrid: Ayuntamiento
de Madrid y Delegación de Cultura, 1985. Crónica del protocolo y actividades celebradas con
motivo del enlace matrimonial.
Cierva, Ricardo de la. La otra vida de Alfonso XII. Madrid: Editorial Fénix, 1994. Biografía sobre el
monarca, apoyada en documentación inédita del Archivo del palacio real de Madrid, en la que se
aborda su trayectoria pública y privada. El relato confiere un inequívoco protagonismo al
componente político de la biografía y enfatiza el carácter de Alfonso XII como rey constitucional.
Una interpretación, sin duda, polémica y discutible en términos historiográficos. A lo largo de la
obra desfilan una amplia galería de personajes, no sólo de la familia real sino también figuras cuya
influencia fue esencial, en términos políticos, como Cánovas del Castillo y el duque de Sesto.
Cortés Cavanillas, Julián. Alfonso XII el rey romántico. Madrid: Ediciones Aspas, 1943. Biografía
apologética del monarca, desde la que se enfatiza la figura del Rey como encarnación del talante
romántico y como rey-soldado inspirado en la monarquía prusiana. La biografía ensalza, en su
lectura política, el sistema político canovista, estimando que con Alfonso XII España recobra el
pulso y anuda de nuevo el hilo de su historia, cortado y recortado por todas las experiencias
políticas y revolucionarias.
Espadas Burgos, Manuel. Alfonso XII en el centenario de la Restauración. Madrid: Ayto. de Madrid,
Instituto de Estudios Madrileños del CSIC y Aula de Cultura, 1974. Obra editada en el cuarto
volumen del ciclo de conferencia de Madrileños Ilustres, desde la cual se revisa la figura histórica
del monarca en el marco de la Restauración.
Espadas Burgos, Manuel. Alfonso XII y los orígenes de la Restauración. Madrid: CSIC, 1975. Síntesis
general del proceso y los fundamentos sobre los que cristalizaría la restauración borbónica.
Lario, A. El Rey, piloto sin brújula. La corona y el sistema de la Restauración (1875-1902). Madrid:
Biblioteca Nueva (UNED), 1999. La obra es el resultado de su tesis doctoral, dirigida por Javier
Tusell. Siguiendo una línea de investigación iniciada por Antonio María Calero y por García Canales
sobre el papel de la monarquía en el sistema de la Restauración, el autor analiza el papel de
Alfonso XII en el sistema y en el proceso de adaptación de la monarquía española al modelo
constitucional decimonónico. La obra esta cimentada en un amplísimo corpus documental, nutrido
de archivos públicos y privados, prensa y correspondencia diplomática.
Margarit, Isabel. Alfonso XII. Barcelona: Planeta, 1998. Indaga en los lugares públicos y privados de
la biografía del monarca. A lo largo de la obra se evocan las imágenes de rey romántico y rey
pacificador y se intenta recuperar una biografía a menudo empequeñecida por el recuerdo y la
imagen popular evocada por las coplas y eclipsada por la atracción historiográfica de la figura de
Cánovas del Castillo.
Ruiz Cortés, Francisco y Sánchez Cobos, Francisco. Diccionario biográfico de personajes históricos
del siglo XIX español. Madrid: Rubiños-1860, 1998. Actualizado compendio biográfico de la España
decimonónica, acompañado de una breve introducción histórica.
Fernando VII
Artola, Miguel. Los orígenes de la España contemporánea. Madrid: Instituto de Estudios Políticos,
1959. Estudio general sobre cuyo plano convergen los planteamientos revisionistas y liberales que
el autor ha ido perfilando desde la década de 1950 a través del estudio de los afrancesados, la
guerra de la Independencia, las Cortes de Cádiz y el reinado de Fernando VII. Con esta obra se
reanuda una historiografía liberal que contemplaba el siglo XIX como un proceso revolucionario y
progresista.
Artola, Miguel. La España de Fernando VII. La guerra de la independencia y los orígenes del
constitucionalismo. En "Historia de España" de Ramón Menéndez Pidal. Tomo XXXII, vol. I. Madrid:
Espasa-Calpe, 1983. Síntesis clásica y representativa de la profunda revisión historiográfica llevada
a cabo desde la asimilación de la tradición liberal, y centrada en dos grandes cuestiones históricas:
la guerra de la Independencia y los orígenes del régimen constitucional.
Artola, Miguel. La España de Fernando VII. Madrid: Espasa-Calpe, 1999. Obra que completa los
trabajos previos, ya publicados en la Historia de España de Menéndez Pidal, sobre la España del
periodo. Precedida de una introducción elaborada por Carlos Seco Serrano.
Bayo, Estanislao. Historia y vida del reinado de Fernando VII. 3 vols. Madrid, 1842. Es uno de los
legados más representativos de la historiografía liberal tradicional y testimonio del interés que se
suscitó, con los cambios del nuevo siglo, por la historia del tiempo presente desde la sensibilidad
histórica y erudita de la historiografía romántica.
Díaz-Plaja, Fernando. Fernando VII. Barcelona: Planeta, 1991. Biografía de carácter divulgativo
desde la que se intenta introducir matices de carácter más intimista y cotidiano a la biografía
política del monarca, cuya imagen histórica se mueve entre la popularidad y el oscurantismo de su
reinado.
Izquierdo Hernández, Manuel. Antecedentes y comienzos del reinado de Fernando VII. Madrid:
Ediciones Cultura Hispánica, 1963. Obra centrada en el desenlace de la guerra de la Independencia
y las Cortes de Cádiz y en el estilo y los baluartes conservadores y reaccionarios en que se apoyó el
monarca.
Moral Roncal, A. M. El reinado de Fernando VII en sus documentos. Barcelona: Ariel, 1998.
Recopilación de fuentes documentales sobre diversos aspectos de la España fernandina,
acompañada de una guía introductoria y una bibliografía básica.
Pintos Veites, María del Carmen. Las políticas de Fernando VII entre 1814 y 1820. Pamplona:
Studium Generale, 1958. Obra bien documentada sobre la primera fase del reinado del hijo de
Carlos IV.
Queralt, María Pilar. La vida y la época de Fernando VII. Barcelona: Planeta, 1997. Biografía que
refleja el interés y la renovación metodológica de la historia política y el género biográfico,
enfatizando la importancia de la dimensión social para el conocimiento de los sujetos y
acontecimientos políticos.
Sánchez Almeida, Angélica. Fernando VII. El Deseado. Madrid: Alderabán, 1999. Estudio biográfico
en el que el relato de su vida pública y su vida cotidiana se teje a través de las diferentes imágenes
del monarca, cuyos registros varían desde el político intrigante al monarca absolutista, pasando
por el rey destronado, el rey deseado y el rey constitucional.
Sánchez Mantero, Rafael. Fernando VII: un reinado polémico. Madrid: Temas de Hoy, 1996.
Síntesis en la que se ofrece una panorámica del reinado fernandino, insistiendo en que, a pesar de
las delicadas circunstancias del mismo, el monarca no supo dar respuestas a los desafíos y
problemas de una sociedad en profundo cambio.
Suárez, Federico (editor). Documentos del reinado de Fernando VII. 8 vols. Pamplona: Universidad
de Navarra, 1965-1972. Recopilación de fuentes sobre la España de Fernando VII realizada desde
la Universidad de Navarra y bajo la dirección de Federico Suárez. El talante conservador y
antiliberal del trabajo queda explícito en el propio cometido de la obra que, en palabras del autor,
pretende "poner a disposición de los historiadores fuentes que permitan orientar la investigación
por cauces más seguros que los que abrieron los autores del siglo pasado".
Villaurrutia, Marqués de. Fernando VII. Rey constitucional. Historia diplomática de España de 1820
a 1823. Madrid: Librería Beltrán, 1942. Obra escrita en 1915 y publicada por vez primera en 1922,
en la que se realiza un estudio de la historia diplomática de este periodo marcado por el fracaso de
la experiencia constitucional, la pérdida de la mayor parte del imperio transatlántico y la
intervención de la Santa Alianza.
Voltes, P. Fernando VII. Vida y reinado. Barcelona: Editorial Juventud, 1971. Estudio en el que se
entrelaza el carácter del soberano con las grandes cuestiones de la España de su época. El autor
insiste en las limitadas dotes de estadista del monarca en relación a otros reyes españoles y otros
soberanos europeos contemporáneos.
Juan Carlos I
Apeazarena, José. Todos los hombres del rey. Barcelona: Plaza &Janés, 1994. Interesante trabajo
en el que se teje la otra biografía del monarca, desde el ángulo de los que han vivido y trabajado a
su lado. Esta construcción periférica de la biografía del rey Juan Carlos I se nutre de un amplio
elenco de figuras: Eugenio Vega, José Garrido, Jaime Carvajal, Martínez Campos, Juan Castañón,
Laureano López Rodó, Torcuato Fernández-Miranda, Luis Carrero Blanco, Francisco Franco, Adolfo
Suárez, Gregorio López Bravo, Santiago Carrillo, Jaime Milans del Bosch, Alfonso Armada, Sabino
Fernández Campo, Luis Solana, Felipe González y su propio padre, Juan de Borbón.
Balansó, Juan. La familia real y la familia irreal. Barcelona: Planeta, 1992. Obra que sintetiza las
vicisitudes de la Casa de Borbón desde Alfonso XIII. Indaga en aspectos como la cuestión sucesoria,
dedicando un brevísimo apunte biográfico a Juan Carlos I.
Bardavío, Joaquín. Las claves del rey. El laberinto de la transición. Madrid: Espasa-Calpe, 1995.
Estudio monográfico sobre el protagonismo del monarca en el complejo proceso de la transición
democrática. La obra se desarrolla en una clave interpretativa legitimadora y positiva de la figura
del Rey, abundando en pasajes polémicos y de gran interés historiográfico como el escepticismo
interior y exterior en torno al monarca en los primeros compases de la transición o la propia
valoración del autor sobre los sucesos del intento de golpe de Estado del 23-F, de cuya causa fue
juez instructor.
Borrás Betriu, Joaquín. Los últimos Borbones. Barcelona: Flor del Viento, 1999. Obra precedida de
dos biografías realizadas por el autor sobre Alfonso XIII y Juan de Borbón, a partir de abundantes
consultas biográficas y testimonios orales. El presente trabajo recorre la trayectoria de la dinastía
a lo largo del siglo, partiendo de la tesis del continuo retorno de los Borbones a la escena
española.
Burns Marañón, Tom. Conversaciones con el Rey. Barcelona: Plaza &Janés, 1995. Obra compuesta
por veintiuna entrevistas con Juan Carlos I, cuyas tesis apuntan en la misma dirección que la
interpretación de Charles T. Powell. La figura del Rey, según se desprende de sus páginas, aparece
como un actor clave en el proceso de transición, el cual obedecería a una programación y
planificación previa y en el que asumieron un destacado protagonismo Torcuato Fernández-
Miranda.
Herrero de Miñón, Miguel y otros. El rey y otros militares. Los militares en el cambio de régimen
político en España (1969-1982). Madrid: Trotta, 1998. Obra que aborda un problema de interés
creciente en la historiografía española, el papel de las Fuerzas Armadas durante la transición. El
estudio planea sobre las inercias y resistencias al cambio en ciertos sectores y el aperturismo que
se fue abriendo paso en otros, dejando un lugar privilegiado al estudio de las relaciones del
monarca con el estamento militar hasta una fecha clave en el proceso de transición, el frustrado
golpe de Estado del 23-F.
Laot, François. Juan Carlos y Sofía. Madrid: Espasa-Calpe, 1987. Aproximación intimista a los reyes
tanto en su mundo privado como en su esfera pública.
Nourry, Philippe. Juan Carlos. Un rey para los republicanos. Barcelona: Planeta, 1986. Estudio,
prologado por José Mario Armero, en el que se enfatiza el carácter consensual de la transición y el
papel del Rey en la reconciliación de las dos Españas.
Palacio Atard, Vicente. Juan Carlos I y el advenimiento de la democracia. Madrid: Real Academia
de la Historia, 1988. Obra de carácter explicativo sobre el papel de la corona en el impulso
democrático durante la transición.
Pérez Mateos, Juan Antonio. Juan Carlos. La infancia desconocida de un rey. Barcelona: Planeta,
1980. Estudio sobre las excepcionales condiciones en que transcurrió aquel periodo fundamental
de formación entre el imponderable del exilio y su incardinación en la realidad española bajo la
tutela del régimen de Franco.
Powell, Charles T. Juan Carlos. Un rey para la democracia. Barcelona: Planeta, 1995. Biografía en la
que, además de ampliar el horizonte interpretativo respecto a trabajos anteriores, apuntala sus
tesis sobre la decisiva contribución del monarca al proceso de transición entre dos opciones
monárquicas: la monarquía autoritaria heredada de Franco y la monarquía parlamentaria
sancionada en la Constitución de 1978.
Tusell, Javier. Juan Carlos I. La restauración de la Monarquía. Madrid: Temas de Hoy, 1995. Estudio
monográfico en el que se lleva a cabo un análisis histórico del monarca en la tesitura del proceso
de transición, valorando fundamentalmente las circunstancias y el proceso político desde el marco
autoritario hasta la monarquía parlamentaria.
Villalonga, José Luis de. El rey. Conversaciones con D. Juan Carlos I de España. Barcelona: Plaza
&Janés, 1993. Publicación de escasa relevancia en su concepción interpretativa y cuyo mayor
activo es el contenido testimonial impreso en las conversaciones mantenidas con el monarca.
Villalonga, José Luis de. Franco y el rey. La espera y la esperanza. Barcelona: Plaza &Janés, 1999.
Obra configurada en la contraposición de dos figuras claves en la historia de España del siglo XX:
Franco y el Rey Juan Carlos I. La publicación cuenta, además, con un apéndice documental sobre el
dictador y el monarca.
Carlos III
Aguilar Piñal, Francisco. Bibliografía de estudios sobre Carlos III y su época. Madrid: Consejo
Superior de Investigaciones Científicas, 1988. Interesantísima y original obra, realizada en
homenaje al rey Carlos III y que facilita el acercamiento y estudio de este importante monarca
español.
Fernán-Núñez, Conde de. Vida de Carlos III. Madrid: Fundación Universitaria Española, 1988. Libro
cuyo original fue publicado en 1899, y cuya reedición, con prólogo de Juan Valera, demuestra que
hay obras que con el tiempo aumentan su valor. Es un libro de muy recomendada lectura.
Domínguez Ortiz, Antonio. Carlos III y la España de la Ilustración. Madrid: Alianza Editorial, 1988.
Obra que pretende resaltar la figura de un rey, que con aciertos y fracasos, se ha convertido en la
personificación de la Ilustración española.
Sellés, Manuel y otros (compiladores). Carlos III y la ciencia de la Ilustración. Madrid: Alianza
Editorial, 1988. Conjunto de artículos reunidos con la pretensión de demostrar la importancia que
la ciencia tuvo en la España de la Ilustración.
Voltes, Pedro. Carlos III y su tiempo. Barcelona: Editorial Juventud, 1988. Esta obra es original por
su forma innovadora de presentar cuestiones ya conocidas de un reinado que ha atraído de nuevo
el interés de los investigadores
VVAA. Actas del Congreso Internacional sobre Carlos III y la Ilustración. 3 vols. Madrid: Ministerio
de Cultura, 1988. El Congreso celebrado en Madrid del 12 al 16 de diciembre de 1988 es el eje
entorno al cual nace esta obra en la que colaboran investigadores españoles y extranjeros de gran
renombre con la pretensión de realizar una reflexión crítica sobre Carlos III y su época.
VVAA. Carlos III y su Siglo. Madrid: Universidad Complutense, 1988. Actas del coloquio
desarrollado en Madrid los días 14 al 17 de noviembre de 1988 y donde se hizo una profunda
reflexión sobre los planteamientos historiográficos y el análisis de las interpretaciones sobre
cuestiones relacionadas con Carlos III y su época.
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Durante la Revolución de julio de 1830, persuadió a Luis Felipe de Orleans, para que aceptara la
corona de Francia que le ofrecían los revolucionarios parisinos. Talleyrand ocupó el cargo de
embajador en Gran Bretaña desde 1832 hasta 1834 y su gestión inició una etapa de buenas
relaciones entre ambas potencias. También participó en las negociaciones que culminaron con el
reconocimiento del reino de Bélgica en 1839. Falleció el 17 de mayo de 1838 en París.
Se le designó para ocupar un cargo en una pequeña ciudad, en ese mismo año, y no se convirtió
en una figura relevante hasta la caída de la monarquía, ocurrida en agosto de 1792. Como
ministro del gobierno provisional, inspiró y exigió “audacia”, el valor que salvaría a la Francia
revolucionaria de sus enemigos. Fue elegido miembro de la Convención Nacional, en la que
recibió inmediatamente los ataques de los diputados moderados, conocidos como girondinos,
que le consideraban un radical y un rival peligroso. Danton intentó conciliarse con sus
oponentes, pero sus esfuerzos fueron rechazados. Este conflicto se resolvió con la caída de los
girondinos en junio de 1793. Mientras tanto, prestó sus servicios en el Comité de Salvación
Pública, el órgano ejecutivo de la República Francesa, pero fracasó estrepitosamente en su
intento de poner fin a la guerra entre Francia y las monarquías europeas a través de canales
diplomáticos. Finalmente, su aliado, Maximilien de Robespierre, emergió como figura central del
Comité.
La jefatura de la República se encontraba desgarrada en 1794 por los conflictos entre los nuevos
grupos políticos y las acusaciones de corrupción y traición. Danton buscó nuevamente una
solución de compromiso con los distintos sectores, pero sus propias simpatías estaban
decididamente con aquellos que deseaban moderar la represión y el terror (“los indulgentes”).
Pese a ello, su posición se vio socavada por la corrupción y las intrigas de sus amigos.
Robespierre decidió, con cierto pesar, que la unidad del gobierno sólo podía mantenerse
eliminando tanto a los radicales como a los “indulgentes”, incluido Danton. Tras ser sometido a
juicio por el Tribunal Revolucionario, Danton perdió primero su reputación y después su vida:
murió en la guillotina el 5 de abril de 1794. Algunos historiadores consideran a Danton como un
hombre realista que nunca se dejó llevar por el fervor ideológico. Para otros, fue un oportunista
que representó una amenaza para la integridad de la Revolución, al igual que Robespierre.
Mirabeau no tardó en convertirse en una figura influyente en la Asamblea. Era partidario de una
monarquía constitucional e intentó reconciliar la corte reaccionaria de Luis XVI con las fuerzas de
la Revolución, cuyo radicalismo iba en aumento. Propuso la creación de una milicia de
ciudadanos de la cual surgió la Guardia Nacional, e intentó en vano llegar a un acuerdo con el
consejero del rey, Jacques Necker, y el marqués de La Fayette, un destacado militar. Consiguió
garantizar parcialmente a la Corona el derecho de declarar la guerra y firmar la paz; también
procuró mantener el derecho real de veto, aunque sólo obtuvo un éxito limitado en este terreno.
Mirabeau fue elegido presidente de la Asamblea Nacional el 30 de enero de 1791, poco antes de
su muerte.
Jacques-Louis David
Jacques-Louis David (1748-1825), pintor francés que introdujo el neoclasicismo en Francia y fue
su máximo exponente desde la época de la revolución hasta la caída de Napoleón I Bonaparte.
Louis David nació en París el 30 de agosto de 1748 en el seno de una familia de clase media
alta. Estudió en la Academia real con el pintor rococó J. M. Vien. En 1774 ganó el Premio de
Roma y viajó a Italia donde recibió una fuerte influencia del arte clásico y de la obra del pintor
del siglo XVII Nicolas Poussin, de sólida inspiración clásica. David desarrolló rápidamente su
propia línea neoclasicista, sacando sus temas de fuentes antiguas y basándose en las formas y la
gestualidad de la escultura romana. Su famoso Juramento de los Horacios (1784-1785, Museo
del Louvre, París) fue concebido para proclamar el surgimiento del neoclasicismo, y en él
destacan el dramatismo en la utilización de la luz, las formas idealizadas y la claridad gestual. La
obra presentaba una temática de un elevado moralismo (y, por lo tanto, de patriotismo) que la
convirtió en el modelo de la pintura histórica de tono heroico y aleccionador de las dos décadas
siguientes.
Después de 1789 adoptó un estilo más realista que neoclasicista para poder registrar las
escenas de su tiempo relacionadas con la Revolución Francesa (1789-1799), como en la obra de
gran dramatismo La muerte de Marat (1793, Museos Reales de Bruselas). Entre 1799 y 1815 fue
el pintor oficial de Napoleón I Bonaparte y registró las crónicas de su reinado en obras de gran
formato, como Coronación de Napoleón y Josefina (1805-1807, Louvre). Después de la caída de
Napoleón, David se exilió en Bruselas, donde habría de vivir hasta su muerte. Durante esos
últimos años retornó a los temas inspirados en la mitología griega y romana, que pintó
recurriendo a una mayor teatralidad.
David también fue un prolífico retratista. De dimensiones más pequeñas y de una humanidad
más recogida que sus obras de gran formato, sus retratos, como el de Madame Récamier (1800,
Louvre), demuestran una gran maestría en la técnica y análisis de caracteres. Muchos críticos
modernos consideran sus retratos como sus mejores obras, sobre todo porque no conllevan la
carga de los mensajes moralizantes y la técnica, a menudo artificiosa, de sus obras
neoclasicistas.
La carrera artística de David representa la transición del rococó del siglo XVIII al realismo del
siglo XIX. Su neoclasicismo frío y calculado ejerció una gran influencia sobre sus discípulos
Antoine-Jean Gros y Jean Auguste Dominique Ingres, y sus temas heroicos y patrióticos
prepararon el camino para el romanticismo. Murió el 29 de diciembre de 1825 en Bruselas.
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Jean-Paul Marat
Jean-Paul Marat (1743-1793), periodista y político revolucionario francés.
Lazare Carnot
Lazare Carnot (1753-1823), político e ingeniero militar francés, nacido en Nolay, que alcanzó
gran notoriedad durante la Revolución Francesa. Fue elegido miembro de la Asamblea Legislativa
en 1791, de la Convención Nacional en 1792 y del Comité de Salvación Pública en 1793. Pese a
que nunca ocupó un puesto de mando, fue el principal estratega de las victorias de las tropas
francesas en las batallas sostenidas desde 1792 hasta 1795, por lo que pasó a ser conocido
como el “organizador de la victoria”.
Las difíciles circunstancias que siguieron a la etapa del Terror y que se prolongaron al ascender
Napoleón al poder, llevaron a Carnot a abandonar Francia en varias ocasiones. Murió en el exilio
en Magdeburgo (Alemania). Escribió varias obras sobre teoría matemática, pero se consideran
más importantes las que tratan sobre tácticas militares.
Luis XVI
Luis XVI (1754-1793), rey de Francia (1774-1792) que fue derrocado durante la Revolución
Francesa y más tarde fue decapitado por decisión de las autoridades del régimen revolucionario.
Nacido en Versalles, el 23 de agosto de 1754, era nieto de Luis XV. La muerte de sus dos
hermanos mayores y de su padre, único hijo de Luis XV, convirtió al joven príncipe en el delfín
(príncipe heredero) de Francia en 1765. En 1770 contrajo matrimonio con María Antonieta, la
hija menor de la archiduquesa María Teresa de Austria. Cuando Luis ascendió al trono, el país
estaba empobrecido y endeudado, y los elevados impuestos habían extendido la miseria entre el
pueblo francés. Inmediatamente después de su coronación, redujo algunas de las contribuciones
más gravosas y modificó el sistema financiero y judicial gracias a la ayuda de políticos tan
competentes como Anne Robert Jacques Turgot, ministro de Hacienda, Chrétien Guillaume de
Lamoignon de Malesherbes, ministro de Estado, y Charles Gravier, conde de Vergennes, ministro
de Asuntos Exteriores. No obstante, la nobleza y la corte le impidieron llevar a cabo reformas
más amplias. Era tal la oposición del estamento nobiliario, que Turgot se vio obligado a dimitir
en 1776, siendo reemplazado por el financiero Jacques Necker.
Después de que Luis XVI concediera ayuda económica a las colonias angloamericanas durante su
guerra de la Independencia contra el dominio británico, Necker propuso la aplicación de
impuestos a la nobleza para equilibrar el déficit presupuestario. La impopularidad de esta
medida entre las clases influyentes provocó su dimisión en 1781. Charles Alexandre de Calonne,
fue nombrado ministro de Hacienda en 1783; durante su gestión la corte recibió fondos del
Estado, hasta que en 1786 la deuda pública contraída se hizo insostenible. El pueblo francés
estaba indignado por la carga impositiva a la que se le sometía para sostener el despilfarro
cortesano, de manera que se recurrió nuevamente a Necker en 1788, aunque éste fue incapaz
de evitar la quiebra financiera del país. En 1788, Luis XVI se vio obligado a convocar a la cámara
de representantes de la nación, conocida como los Estados Generales, que no se había reunido
desde hacía 175 años. Durante el transcurso de la sesión, este órgano se constituyó en
Asamblea Constituyente. El 14 de julio de 1789 el pueblo parisino asaltó La Bastilla y retuvo a la
familia real en el palacio de las Tullerías. Los monarcas, junto con sus hijos, intentaron huir a
Austria en junio de 1790, pero fueron capturados y enviados a París. Luis juró obediencia a la
nueva Constitución francesa en julio de 1790, pero siguió conspirando en contra del gobierno
revolucionario. En 1792 la Convención Nacional, la asamblea de diputados francesa, proclamó la
República, juzgó al Rey, acusándole del cargo de traición, y le condenó a muerte después de una
votación que aprobó dicha medida por 387 votos a favor y 334 en contra. Luis XVI fue
guillotinado el 21 de enero de 1793 en la plaza de la Revolución (en la actualidad, Plaza de la
Concordia) de París.
Los historiadores consideran que Luis XVI no fue realmente un monarca tan autoritario como sus
predecesores (Luis XIV o Luis XV), sino más bien una víctima de las circunstancias históricas.
Era un hombre débil, incapaz de cumplir con las obligaciones de la monarquía y de escasa
inteligencia. Prefería dedicarse a sus aficiones favoritas, como la caza y la marquetería, antes
que a las tareas de gobierno, y permitió que su esposa ejerciera sobre él una excesiva
influencia.
Luis XVII
Luis XVII (1785-1795), rey de Francia (1793-1795) e hijo y delfín (príncipe heredero) del rey
Luis XVI. Tras la ejecución de su padre durante la Revolución Francesa, los realistas le
reconocieron como rey de Francia a la edad de 8 años. Los informes oficiales indican que murió
de tuberculosis mientras era retenido en París como prisionero del gobierno revolucionario. Se
cree que sus restos se encuentran en una tumba de la iglesia de Santa Margarita, situada en el
undécimo distrito de París; sin embargo, muchos pensaron que había conseguido escapar, lo que
ocasionó que posteriormente al menos treinta impostores alegaran ser el 'delfín perdido'.
Nació en Viena el 2 de noviembre de 1755 y era una de las hijas del emperador del Sacro
Imperio, Francisco I y de la emperatriz María Teresa. El objetivo de su matrimonio (1770) con
Luis, delfín (príncipe heredero) de Francia, era consolidar una alianza entre este país y la
dinastía de los Habsburgo. María Antonieta y Luis XVI tuvieron una hija y dos hijos después de
que el monarca fuera coronado en 1774. La reina, que no contaba con el favor de los franceses
por ser extranjera, hizo aumentar su impopularidad por su lealtad a los intereses austriacos, la
mala reputación de algunas de sus amistades y su extravagancia, a la que se achacaron los
problemas financieros del gobierno. Su supuesta implicación en el llamado asunto del collar de
diamantes —un escándalo relacionado con la compra fraudulenta de algunas joyas en 1785—
resultó particularmente perjudicial para su imagen pública.
Cuando estalló la Revolución en 1789, María Antonieta apoyó al sector intransigente de la corte
que se negaba a llegar a un acuerdo con los revolucionarios moderados y pidió ayuda a su
hermano, Leopoldo II, emperador del Sacro Imperio. Los reyes intentaron huir de París con el
único de sus hijos que seguía con vida en 1791, pero fueron capturados y hechos prisioneros. La
monarquía fue derrocada en 1792 y, tras la ejecución de Luis XVI, María Antonieta fue separada
de su hijo y enviada ante el Tribunal Revolucionario al año siguiente, que la acusó de traición y
la condenó a muerte. Fue guillotinada el 16 de octubre de 1793 en París.
Marie Joseph Motier, marqués de La Fayette (1757-1834), militar y político francés, luchó en el
bando de los rebeldes de las colonias durante la guerra de la Independencia estadounidense y,
más tarde, desempeñó un importante papel en la Revolución Francesa.
Francia y Estados Unidos sellaron una alianza contra Gran Bretaña en 1778, razón por la cual
esta última declaró la guerra a los franceses. La Fayette regresó a su país y permaneció allí
durante seis meses a fin de conseguir ayuda económica y militar para los rebeldes de las
colonias. Volvió a Norteamérica en 1780 y tomó parte en la campaña de Virginia, que concluyó
con la rendición en Yorktown del general británico Charles Mann Cornwallis, en 1781. La Fayette
regresó a Francia ese mismo año. En su tercera visita a Estados Unidos en 1784, se le recibió
con honores de héroe.
La Fayette fue un liberal moderado, partidario de una reforma social compatible con el
mantenimiento del orden público. Esta actitud le supuso la enemistad de los monárquicos, que
consideraron que su postura era una traición a su clase, y de los jacobinos, que creían que no
era un firme defensor de las mejoras sociales. La Fayette mantuvo sus convicciones
democráticas, incluso cuando sus bienes fueron confiscados durante la Revolución Francesa, y
fue durante toda su vida un ferviente defensor de la igualdad social, la representación popular
en el Parlamento, la tolerancia religiosa y la libertad de prensa.
Maximilien de Robespierre
Maximilien de Robespierre (1758-1794), abogado y político francés que llegó a ser una de las
figuras más destacadas de la Revolución Francesa y uno de los principales responsables del
periodo de la misma denominado Reinado del Terror.
Discurso de Robespierre
Maximilien de Robespierre fue una de las principales figuras radicales de la Revolución Francesa.
El siguiente discurso es obra suya, fue pronunciado el 7 de febrero de 1794 ante la Convención
Nacional y en él expone la necesaria unión de la virtud y la política revolucionaria para lograr la
igualdad.
La democracia es un Estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son de obra
suya, actúa por sí mismo siempre que le es posible, y por sus delegados cuando no puede
obrar por sí mismo.
Es, pues, en los principios del gobierno democrático donde debéis buscar las reglas de
vuestra conducta política.
Pero para fundar y consolidar entre nosotros la democracia, para llegar al reinado apacible
de las leyes constitucionales, es preciso terminar la guerra de la libertad contra la tiranía y
atravesar con éxito las tormentas de la Revolución; tal es el fin del sistema revolucionario
que habéis organizado. Debéis aún regir vuestra conducta según las tormentosas
circunstancias en que se encuentra la República, y el plan de vuestra administración debe
ser el resultado del espíritu del gobierno revolucionario combinado con los principios
generales de la democracia.
Pero ¿cuál es el principio fundamental del gobierno democrático o popular, es decir, el
resorte esencial que lo sostiene y que le hace moverse? Es la virtud. Hablo de la virtud
pública, que obró tantos prodigios en Grecia y Roma, y que producirá otros aún más
asombrosos en la Francia republicana; de esa virtud que no es otra cosa que el amor a la
Patria y a sus leyes.
Pero como la esencia de la República o la democracia es la igualdad, el amor a la patria
incluye necesariamente el amor a la igualdad.
En verdad, ese sentimiento sublime supone la preferencia del interés público ante todos los
intereses particulares, de lo que resulta que el amor a la patria supone también o produce
todas las virtudes, pues ¿acaso son éstas otra cosa sino la fuerza del alma, que se vuelve
capaz de tales sacrificios? ¿Y cómo podría el esclavo de la avaricia o de la ambición, por
ejemplo, inmolar su ídolo a la Patria?
No sólo es la virtud el alma de la democracia, sino que, además, solamente puede existir
con este tipo de gobierno. En la monarquía, sólo conozco un individuo que pueda amar a la
Patria, y que para ello no necesita siquiera virtud: el monarca. La causa de ello es que, de
todos los habitantes de sus estados, el monarca es el único que tiene una patria. ¿Acaso no
es el soberano, al menos de hecho. ¿No está en el lugar del Pueblo? ¿Y qué es la Patria sino
el país del que se es ciudadano y partícipe de la soberanía?
Por una consecuencia del mismo principio, en los Estados aristocráticos, la palabra «patria»
sólo tiene algún significado para quienes han acaparado la soberanía.
Sólo en la democracia es el Estado verdaderamente la Patria de todos los individuos que lo
componen, y puede contar con tantos defensores interesados en su causa como ciudadanos
tenga. Si Atenas y Esparta triunfaron de los tiranos de Asia y los suizos de los tiranos de
Austria y España, no hay que buscar otra causa que ésta. Pero los franceses son el primer
pueblo del mundo que ha establecido una verdadera democracia, llamando a todos los
hombres a la igualdad y a la plenitud de los derechos de ciudadanía; ésta es, a mi juicio, la
verdadera razón por la cual todos los tiranos coaligados contra la República serán vencidos.
Es el momento de sacar grandes consecuencias de los principios que acabamos de exponer.
Puesto que el alma de la República es la virtud, la igualdad, y vuestra finalidad es fundar y
consolidar la República, la primera regla de vuestra conducta política debe ser encaminar
todas vuestras medidas al mantenimiento de la igualdad y al desarrollo de la virtud, pues el
primer cuidado del legislador debe ser el fortalecimiento del principio del gobierno. Así,
todo aquello que sirva para excitar el amor a la patria, purificar las costumbres, elevar los
espíritus, dirigir las pasiones del corazón humano hacia el interés público, debe ser
adoptado o establecido por vosotros; todo lo que tiende a concentrarlas en la abyección del
yo personal, a despertar el gusto por las pequeñas cosas y el desprecio de las grandes,
debéis eliminarlo o reprimirlo. En el sistema de la Revolución francesa, lo que es inmoral
es impolítico, lo que es corruptor es contrarrevolucionario. La debilidad, los vicios, los
prejuicios, son el camino de la monarquía.
Fuente: La Revolución Francesa en sus textos. Estudio preliminar, traducción y notas de
Ana Martínez Arancón. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.
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Napoleón I Bonaparte
1 INTRODUCCIÓN
Napoleón I Bonaparte
Napoleón Bonaparte fue el genio militar más brillante del siglo XIX, pero también una de sus figuras más
controvertidas. Conquistó la mayor parte de Europa occidental para Francia e instituyó reformas en estos
nuevos territorios a fin de garantizar las libertades civiles y mejorar la calidad de vida. Fue coronado
emperador de Francia en 1804 y estimuló al país implantando reformas para unificar a la nación, dividida por
la revolución; muchas de las cuales perduran en la actualidad, como son las garantías referentes a las
libertades civiles.
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Una vez que dio comienzo la Revolución Francesa, pasó a ser teniente coronel de la Guardia
Nacional corsa (1791); sin embargo, cuando Córcega declaró su independencia en 1793,
Bonaparte, decididamente partidario del régimen republicano, huyó a Francia con su familia. Fue
nombrado jefe de artillería del ejército encargado de la reconquista de Tolón, una base naval
alzada en armas contra la República con el apoyo de Gran Bretaña (que junto a Prusia, Austria,
Holanda y España, tras la declaración de guerra francesa a ésta última, habían constituido la
Primera Coalición contra Francia en 1793). Reemplazó a un general herido, y, distribuyendo
hábilmente sus cañones, expulsó del puerto a las naves británicas y reconquistó finalmente esta
posición. Como recompensa por su acción Bonaparte fue ascendido a general de brigada a la
edad de 24 años. En 1795 salvó al gobierno revolucionario restableciendo el orden tras una
insurrección realista desatada en París. En 1796 contrajo matrimonio civil con Josefina de
Beauharnais, viuda de un aristócrata guillotinado durante la Revolución y madre de dos hijos.
Napoleón fue nombrado comandante del ejército francés en Italia en 1796. Derrotó
sucesivamente a cuatro generales austriacos cuyas tropas eran superiores en número, y obligó a
Austria y sus aliados a firmar la paz. El Tratado de Campoformio estipulaba que Francia podía
conservar los territorios conquistados, en los que Bonaparte fundó, en 1797, la República
Cisalpina (Venecia), la República Ligur (Génova) y la República Transalpina (Lombardia), y
fortaleció su posición en Francia enviando al Tesoro millones de francos. En 1798 dirigió una
expedición a Egipto, que se encontraba bajo el dominio turco, para cortar la ruta británica hacia
la India. Aunque conquistó este país, su flota fue destruida por el almirante británico Horatio
Nelson y el militar francés quedó aislado en el norte de África tras ser derrotado en la batalla del
Nilo. Bonaparte no se desanimó ante este contratiempo y se dedicó a la reforma de la
administración y legislación egipcias: la servidumbre y el feudalismo fueron abolidos y los
derechos básicos de los ciudadanos garantizados. Los eruditos franceses que le habían
acompañado en el viaje comenzaron a estudiar la historia del antiguo Egipto y a realizar diversas
excavaciones arqueológicas. No consiguió conquistar Siria en 1799, pero logró una victoria
aplastante sobre los turcos en Abukir. Mientras tanto, Francia hacía frente a una nueva situación
internacional: Austria, Rusia, Nápoles y Portugal se habían aliado con Gran Bretaña,
configurando la Segunda Coalición.
3 LA FRANCIA NAPOLEÓNICA
Napoleón decidió abandonar a su ejército y regresar a Francia para salvar el país ante la crisis
del Directorio. Cuando llegó a París se unió a una conspiración contra el gobierno. Bonaparte y
sus compañeros tomaron el poder durante el golpe de Estado del 9-10 de noviembre de 1799
(18-19 de brumario según el calendario revolucionario) y establecieron un nuevo régimen, el
Consulado. Según la constitución del año VIII, Napoleón, que había sido nombrado primer
cónsul, disponía de poderes casi dictatoriales. La Constitución del año X, por él dictada en 1802,
otorgó carácter vitalicio a su consulado y, finalmente, se proclamó emperador en 1804. El
electorado mostró su respaldo absoluto a cada una de estas reformas. Bonaparte cruzó los Alpes
con un ejército en 1800 y derrotó a los austriacos en la batalla de Marengo, con lo que su poder
quedó afianzado. Entabló negociaciones para restablecer la paz en Europa y conseguir que el Rin
fuera reconocido como la frontera oriental de Francia. Asimismo, firmó el Concordato de 1801
con el papa Pío VII, que apaciguó los ánimos en el interior del país al poner fin al enfrentamiento
con la Iglesia católica, originado desde el inicio de la Revolución. En cuanto a la política interior,
Napoleón reorganizó la administración, simplificó el sistema judicial y sometió a todas las
escuelas a un control centralizado. La legislación civil francesa quedó tipificada en el Código de
Napoleón y en otros seis códigos que garantizaban los derechos y libertades conquistados
durante el periodo revolucionario, incluida la igualdad ante la ley y la libertad de culto.
Joachim Murat
Nombrado en 1808 rey de Nápoles por su cuñado, el emperador Napoléon I Bonaparte, Joachim Murat había
mandado pocos meses antes los ejércitos franceses que invadieron España. Siete años más tarde combatió
infructuosamente contra el Imperio Austriaco y perdió el trono napolitano. Este retrato suyo es obra del
pintor francés de la primera mitad del siglo XIX François Gérard y se encuentra en el palacio de Versalles.
Bridgeman Art Library
Gran Bretaña, irritada por la hostilidad de las acciones de Napoleón, reanudó la guerra naval con
Francia en abril de 1803. Dos años después, Rusia y Austria se unieron a Gran Bretaña en la
Tercera coalición. Napoleón descartó su plan de invadir Inglaterra y dirigió sus ejércitos contra
las fuerzas austro-rusas, a las que derrotó en la batalla de Austerlitz el 2 de diciembre de 1805.
Conquistó el reino de Nápoles en 1806 y nombró rey a su hermano mayor, José; se tituló rey de
Italia (1805), desintegró las antiguas Provincias Unidas (hoy Países Bajos), que en 1795 había
constituido como República de Batavia, y fundó el reino de Holanda, al frente del cual situó a su
hermano Luis, y estableció la Confederación del Rin (que agrupaba a la mayoría de los estados
alemanes) que quedó bajo su protección. Fue entonces cuando Prusia y Rusia forjaron una
nueva alianza y atacaron a la confederación. Napoleón aniquiló al ejército prusiano en Jena y
Auerstedt (1806) y al ruso en Friedland. En Tilsit (julio de 1807), estableció un acuerdo con el
zar Alejandro I por el que se reducía enormemente el territorio de Prusia (véase Tratados de
Tilsit); también incorporó nuevos estados al Imperio: el reino de Westfalia, gobernado por su
hermano Jerónimo, y el ducado de Varsovia, entre otros.
Batalla de Austerlitz
Este grabado, Batalla de Austerlitz, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, muestra
el encuentro de las tropas francesas y las austro-rusas en Austerlitz (actual Slavkov, o Brna, en la República
Checa), el 2 diciembre de 1805. Pese a su inferioridad numérica, las tropas francesas obtuvieron la victoria
y, el siguiente 26 de diciembre, Austria firmó el Tratado de Pressburgo, por el que reconocía a Napoleón I
Bonaparte como rey de Italia y concedía territorios en Baviera y el norte de Italia a Francia.
Giraudon/Art Resource, NY
Durante este tiempo Bonaparte había impuesto el Sistema Continental en Europa, que consistía
en un bloqueo sobre las mercancías británicas con el propósito de arruinar el poderoso comercio
de Gran Bretaña. Conquistó Portugal en 1807 y en 1808 nombró a su hermano José rey de
España, tras lograr la abdicación de Fernando VII en Bayona e invadir el país, dejando Nápoles
como recompensa para su cuñado, Joachim Murat. La llegada a España de José Bonaparte
recrudeció la guerra de la Independencia española. Napoleón se trasladó a España durante un
tiempo y consiguió varias victorias, pero la lucha se reanudó tras su partida, prolongándose
durante cinco años la guerra entre las tropas francesas y las españolas (apoyadas por Gran
Bretaña), jugando un papel fundamental la lucha de guerrillas. Este conflicto supuso un gran
desgaste humano (se ha estimado en 300.000 bajas) y económico para Francia que contribuyó
al debilitamiento final del Imperio napoleónico.
Bonaparte venció a los austriacos en Wagram en 1809, convirtió los territorios conquistados en
las Provincias Ilirias (en la actualidad parte de Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia y
Montenegro) y conquistó los Estados Pontificios. Después de repudiar a Josefina, contrajo
matrimonio en 1810 con María Luisa, archiduquesa de Austria e hija del emperador austriaco
Francisco I, perteneciente a la Casa de Habsburgo. Con este enlace vinculaba su dinastía a la
más antigua de la casas reales de Europa, con la esperanza de que su hijo, nacido en 1811 y al
que otorgó el título de rey de Roma como heredero del Imperio, fuera mejor aceptado por los
monarcas reinantes. El Imperio alcanzó su máxima amplitud en 1810 con la incorporación de
Bremen, Lübeck y otros territorios del norte de Alemania, así como con el reino de Holanda,
después de obligar a abdicar a su hermano Luis I Bonaparte.
5 LA EUROPA NAPOLEÓNICA
José I Bonaparte
José Bonaparte, hermano mayor del emperador francés Napoleón I, reinó en España como José I desde
1808 hasta 1813, durante buena parte del conflicto que la historiografía pasó a denominar guerra de la
Independencia española. Asimismo gracias al poder ejercido por Napoleón sobre determinados territorios
europeos, José había ocupado el trono de Nápoles entre 1806 y su asunción de la corona española. Falleció
en julio de 1844 en la ciudad italiana de Florencia, muchos años después del final de su actividad política.
Corbis
El Código Napoleónico se implantó en todos los Estados creados por el Emperador. Se abolieron
el feudalismo y la servidumbre y se estableció la libertad de culto (salvo en España). Le fue
otorgada a cada Estado una constitución en la que se concedía el sufragio universal masculino y
una declaración de derechos y la creación de un parlamento; fue instaurado el sistema
administrativo y judicial francés; las escuelas quedaron supeditadas a una administración
centralizada y se amplió el sistema educativo libre de manera que cualquier ciudadano pudiera
acceder a la enseñanza secundaria sin que se tuviera en cuenta su clase social o religión. Cada
Estado disponía de una academia o instituto destinado a la promoción de las artes y las ciencias,
al tiempo que se financiaba el trabajo de los investigadores, principalmente el de los científicos.
La creación de gobiernos constitucionales siguió siendo sólo una promesa, pero el progreso y
eficacia de la gestión fueron un logro real.
6 LA CAÍDA DE NAPOLEÓN
Napoleón II
Esta miniatura del artista austriaco del siglo XIX Moritz Michael Daffinger, conservada en el Museo del
Risorgimento de la ciudad italiana de Milán, retrata a Napoleón Francisco Bonaparte, hijo de Napoleón I
Bonaparte y de la archiduquesa de Austria, María Luisa, quien recibió el título de rey de Roma cuando nació
en 1811, en reconocimiento de su dignidad de heredero imperial. Los bonapartistas leales le proclamaron en
Francia emperador, con el nombre de Napoleón II, el 28 de junio de 1815, poco después de la batalla de
Waterloo y de la segunda abdicación de su padre, pero fue destituido antes de que transcurriera una
semana.
Agenzia LUISA RICCIARINI—MILANO
La alianza de Bonaparte con el zar Alejandro I quedó anulada en 1812 y Napoleón emprendió
una campaña contra Rusia que terminó con la trágica retirada de Moscú. Después de este
fracaso, toda Europa se unió para combatirle y, aunque luchó con maestría, la superioridad de
sus enemigos imposibilitó su victoria. Sus mariscales se negaron a continuar combatiendo en
abril de 1814. Al ser rechazada su propuesta de renunciar a sus derechos en favor de su hijo,
hubo de abdicar, permitiéndole conservar el título de emperador y otorgándosele el gobierno de
la isla de Elba. María Luisa y su hijo quedaron bajo la custodia del padre de ésta, el emperador
de Austria Francisco I, y Napoleón no volvió a verlos nunca, a pesar de su dramática reaparición.
Escapó de Elba en marzo de 1815, llegó a Francia y marchó sobre París tras vencer a las tropas
enviadas para capturarle, iniciándose el periodo denominado de los Cien Días. Establecido en la
capital, promulgó una nueva Constitución más democrática y los veteranos de las anteriores
campañas acudieron a su llamada, comenzando de nuevo el enfrentamiento contra los aliados.
El resultado fue la campaña de Bélgica, que concluyó con la derrota en la batalla de Waterloo el
18 de junio de 1815. En París las multitudes le imploraban que continuara la lucha pero los
políticos le retiraron su apoyo, por lo que abdicó en favor de su hijo, Napoleón II. Marchó a
Rochefort donde capituló ante el capitán del buque británico Bellerophon. Fue recluido entonces
en Santa Elena, una isla en el sur del océano Atlántico. Permaneció allí hasta que falleció el 5 de
mayo de 1821.
7 LA LEYENDA DE NAPOLEÓN
El culto a Napoleón comenzó en vida del emperador; el propio Bonaparte lo fomentó durante su
primera campaña divulgando sus victorias de forma sistemática. Como primer cónsul y
emperador encargó la realización de obras hagiográficas a los mejores escritores y artistas de
Europa y favoreció esta idolatría mediante la celebración de ceremonias conmemorativas de su
gobierno en las que aparecía como el artífice de la época más gloriosa de Francia; solía decir que
había conservado las conquistas de la Revolución Francesa y ofrecido sus beneficios a toda
Europa en un intento de fundar una federación europea de pueblos libres.
Sus restos fueron trasladados a París en 1840 a petición del rey Luis Felipe I de Orleans y se
enterraron con grandes honores en los Inválidos, donde permanecen actualmente.
8 VALORACIÓN
El Arco de Triunfo (París)
Napoleón Bonaparte, emperador de Francia, encargó en 1806 la construcción del Arco de Triunfo para
conmemorar sus victorias. Este monumento, que tiene 50 metros de alto y 45 de ancho, está situado en el
extremo occidental de los Campos Elíseos de París. En sus muros interiores se hayan inscritos los nombres
de numerosos generales y victorias de Napoleón.
Hi Pix
La influencia de Napoleón sobre Francia puede apreciarse incluso hoy en día. Los monumentos
en su honor se encuentran por doquier en París; el más señalado es el Arco del Triunfo, situado
en el centro de la ciudad y erigido para conmemorar sus victoriosas campañas. Su espíritu
pervive en la constitución de la V República y el Código de Napoleón sigue siendo la base de la
legislación francesa y de otros estados, y tanto el sistema administrativo como el judicial son
esencialmente los mismos que se instauraron durante su mandato; igualmente se mantiene el
sistema educativo regulado por el Estado. Las reformas radicales que aplicó Napoleón en otras
partes de Europa alentaron las sucesivas revoluciones del siglo XIX de carácter liberal y
nacionalista.
Addey, Keeith. Napoleón. Barcelona: Ediciones Folio, 1984. Biografía clara y bien estructurada.
Aubry, Octave. La vida privada de Napoleón. Madrid: Anaya &Mario Muchnik, 1994. Obra reciente
que trata aspectos, hasta ahora, poco conocidos del personaje.
Chardigny, Louis. Napoleón el hombre: una radioscopia de su vida. Madrid: Editorial Edaf, 1989.
Objetiva y bien documentada.
Manfred, Albert. Napoleón Bonaparte. Torrejón de Ardoz: Ediciones Akal, 1988. Obra en la que se
contextualiza a Napoleón dentro de su época. Dirigida a público universitario.
Maurois, André. Napoleón. Barcelona: Salvat Editores, 1988. Reedición de una obra clásica del
biógrafo francés, que hace una interesante interpretación del personaje como parte de la historia
de Francia.
Mistler, Jean. Napoleón. 3 vols. Barcelona: Editorial Labor, 1970. Obra clásica. Muy voluminosa y
con mucha información.
Guerras Napoleónicas
Castelot, André. Bonaparte. 2 vols. Madrid: Espasa-Calpe, S.A., 1982. Esta monumental biografía
del emperador francés resulta referencia esencial en cualquier repertorio bibliográfico relacionado
con la Europa sobre la que aquél actuó militar y políticamente.
Crawley, C. William (director). Guerra y paz en tiempos de revolución, 1793-1830. En "Historia del
mundo moderno". Tomo IX. Barcelona: Sopena, 1987. Indispensable estudio que aunque excede el
marco cronológico de las Guerras Napoleónicas las sitúa en su más certero contexto histórico.
Rudé, George. La Europa revolucionaria, 1783-1815. Madrid: Siglo XXI de España Editores, S.A., 8ª
ed., 1988. Un libro imprescindible para conocer con profundidad el conjunto de las guerras que
enfrentaron a la Francia revolucionaria con el resto de potencias europeas. Son de gran utilidad
sus 10 páginas de mapas.
Ségur, Comte de. La derrota de Napoleón en Rusia. Madrid: Los Amigos de la Historia, 1972.
Reedición de una obra en la que la decisiva campaña rusa es descrita por el propio ayudante de
campo de Napoleón I.
Soboul, Albert. La Francia de Napoleón. Barcelona: Editorial Crítica, 1992. Notable visión general
de los años napoleónicos a cargo de un gran especialista en la Francia revolucionaria. Dedica un
gran espacio al repertorio bibliográfico.
Woolf, Stuart. La Europa napoleónica. Barcelona: Editorial Crítica, 1992. Magnífica síntesis de la
convulsa época europea de comienzos del siglo XIX.
Wright, D. G. La Europa napoleónica. Madrid: Alianza Editorial, S.A., 1999. Breve pero excelente
aproximación al periodo napoleónico.
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Separación de poderes
Separación de poderes, concepto, doctrina y práctica que, en ciencia política, se identifica con la
división de las funciones del Estado, que son ejercitadas por organismos políticos diferentes.
Un Estado que divide en este sentido sus facultades y funciones es menos susceptible de
caracterizarse por procedimientos tiránicos o dictatoriales que aquel cuyas distintas potestades
se encuentran asumidas por un número menor de instituciones responsables. La separación de
poderes es, en teoría, el principal garante del que ha sido denominado Estado de Derecho, cuya
esencia es el “imperio de la ley”, y suele ser sinónimo de sistemas o regímenes políticos basados
en comportamientos democráticos.
Esta doctrina fue desarrollada durante siglos. Uno de los primeros filósofos que teorizaron sobre
ella fue el inglés James Harrington, quien, en su obra Oceana (1656), describió un sistema
político utópico basado en la división de los poderes públicos. John Locke expuso un tratamiento
más detallado de la misma en el segundo de sus Tratados sobre el gobierno civil (1690). En sus
páginas, el filósofo inglés argüía que los poderes legislativo y ejecutivo son conceptualmente
diferentes, aunque pensaba que no siempre es necesario separarlos en instituciones políticas
distintas; no distinguía, en cambio, el poder judicial. El actual concepto de la separación de
poderes fue definido por el teórico francés Charles-Louis de Montesquieu en uno de sus
principales ensayos, El espíritu de las leyes (1748), donde ya quedaba descrita la triple división
(él no usó el término “separación”) que desde entonces se convirtió en el eje fundamental de la
mayoría de las constituciones contemporáneas.
Poder ejecutivo
Poder ejecutivo, una de las tres facultades y funciones primordiales del Estado (junto con la
legislativa y la judicial) consistente en hacer cumplir las leyes y que suele ejercer el gobierno o
el propio jefe del Estado. Se distingue del poder legislativo, ejercido generalmente por el
Parlamento, que promulga o revoca leyes, y del poder judicial, que interpreta, hace respetar o
invalida las mismas. El poder ejecutivo concibe y ejecuta políticas generales de acuerdo con las
cuales las leyes tienen que ser aplicadas, representa a la nación en sus relaciones diplomáticas,
sostiene a las Fuerzas Armadas y en ocasiones aconseja con respecto a la legislación. La teoría
política de la división entre el ejecutivo y los demás poderes del Estado era conocida ya en las
antiguas civilizaciones clásicas de Grecia y Roma, y fue aplicada con un alcance limitado en
algunos gobiernos medievales. El principio de la división de poderes, sin embargo, fue formulado
por primera vez en el siglo XVIII por Charles-Louis de Montesquieu. En la actualidad, en los
estados democráticos, el poder ejecutivo está considerado como administrador y ejecutor de la
voluntad popular a la cual representa y de la que debe ser su más firme garante, tal y como se
expresa en las actas de los Parlamentos representativos. La misión ejecutiva de un Estado
totalitario, en cambio, es ejercida al margen de limitaciones legales o jurídicas.
Poder judicial
Poder judicial, una de las tres facultades y funciones primordiales del Estado (junto con el poder
ejecutivo y el poder legislativo). Según la tradicional doctrina de la separación de poderes
(formulada por Charles-Louis de Montesquieu y Gottfried Wilhelm Leibniz), la expresión poder
judicial designa el complejo institucional (integrado por jueces y magistrados
fundamentalmente) al que se otorga la potestad de administrar justicia en un Estado. Ni
Montesquieu ni Leibniz dedicaron mayor atención a analizar las implicaciones que tal
conceptualización presentaba. Dieron por supuesto que los procedimientos establecidos para la
selección de sus componentes eran suficiente garantía frente a la posible injerencia de los otros
poderes. En El espíritu de las leyes (1748) se llega a afirmar que el poder judicial es, en
realidad, un poder nulo. El desarrollo del moderno Derecho Constitucional, que intenta dar
respuesta a los conflictos, problemas y necesidades que los distintos pueblos y naciones han
presentado en su devenir histórico, ha mostrado claramente que tal parecer no era acertado.
Cada vez más el poder judicial se configura como un poder. La necesidad de interpretar la ley no
ha reducido a los jueces a meros aplicadores de silogismos jurídicos, sino que los ha convertido
en creadores del derecho. En los estados democráticos más desarrollados, el poder judicial, a
través de sus resoluciones de constitucionalidad y de su acción jurisdiccional ordinaria, ha
generado un complejo entramado que condiciona y orienta las acciones de gobierno y legislativa,
de modo que cada vez se habla más de la necesidad de coordinación de los distintos poderes del
Estado que de su separación.
Para el desempeño de las funciones que actualmente, y en los estados democráticos más
avanzados, tiene asignadas el poder judicial ha sido necesario que una serie de principios lo
configuren. Estos principios básicos configuradores son: A) sumisión del juez a la Constitución y
a la ley. Este principio es consecuencia directa de la teoría de separación de poderes propia del
Estado de Derecho. El juez está sometido a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico,
con absoluto respeto al principio de jerarquía normativa. B) Independencia judicial. Debe ser
entendida como independencia ante los otros poderes del Estado y como independencia frente a
los demás órganos jurisdiccionales y frente a sus propios órganos de gobierno. Clásicamente se
distinguen dos aspectos de la independencia, la orgánica y la funcional. La primera hace
referencia a la inamovilidad de los jueces frente al poder ejecutivo (salvo en los casos previstos
por ley) y al autogobierno de la institución. La segunda dice de la independencia del acto de
juzgar. C) Responsabilidad judicial. Este principio se ha desarrollado de forma reciente en
algunos de sus aspectos y su presencia en los ordenamientos jurídicos sólo aparece en los
estados más avanzados. Habla de la responsabilidad penal (la primera en aparecer), civil y
disciplinaria (la más reciente). Tratan de fijar en qué condiciones los jueces son responsables
penal, civil o disciplinariamente en algunas de las funciones que les son propias. D) Exclusividad
y unidad de la jurisdicción. Estos principios, que tienen su origen en la teoría de la separación de
poderes, no son independientes entre sí, sino que mantienen una íntima conexión. Por
exclusividad se entiende que ningún otro poder del Estado, ni ninguna otra institución, puede
ejercer funciones jurisdiccionales y, por ello, la potestad jurisdiccional reside en un único cuerpo
de jueces y magistrados.
Gobierno
1 INTRODUCCIÓN
Gobierno, organización política que engloba a los individuos y a las instituciones autorizadas
para formular la política pública y dirigir los asuntos del Estado. Los gobiernos están autorizados
a establecer y regular las interrelaciones de las personas dentro de su territorio, las relaciones
de éstas con la comunidad como un todo, y las relaciones de la comunidad con otras entidades
políticas. Gobierno se aplica en este sentido tanto a los gobiernos de Estados nacionales como a
los gobiernos de subdivisiones de Estados nacionales, por ejemplo condados y municipios.
Organizaciones tales como universidades, sindicatos e iglesias, son en general también
gubernamentales en muchas de sus funciones. La palabra Gobierno puede referirse a las
personas que forman el órgano supremo administrativo de un país, como en la expresión 'el
gobierno del presidente Ernesto Zedillo'.
2 CLASIFICACIONES
Los gobiernos se clasifican de diversas maneras y según distintos puntos de vista; muchas de las
categorías inevitablemente se solapan. Una clasificación familiar es la que distingue la
monarquía de los gobiernos republicanos. Los estudiosos de la época contemporánea, en
particular del siglo XX, han subrayado las características que distinguen a los gobiernos
democráticos de las dictaduras. En una clasificación de gobiernos, los gobiernos federales se
diferencian de los estados unitarios. Los estados federales, como Estados Unidos y Suiza, son
uniones de estados en los que la autoridad del Gobierno central o nacional está limitada
constitucionalmente por los poderes establecidos legalmente en las subdivisiones que los
constituyen. En México, república federal, se repite el esquema organizativo del gobierno central
en los 31 estados del país: el poder ejecutivo lo ejerce el presidente (o el gobernador), el
legislativo reside en el Congreso (o Cámara de diputados), y el judicial la Suprema Corte de
Justicia (o Tribunales Superiores). En los estados unitarios, como Gran Bretaña y España, las
subdivisiones constituyentes del Estado están subordinadas a la autoridad del gobierno nacional.
El grado de subordinación varía de país en país. Puede variar también dentro de un mismo país
de una época a otra y según las circunstancias; por ejemplo, la autoridad central del gobierno
nacional en Italia creció mucho de 1922 a 1945, durante el periodo de la dictadura fascista. En
una clasificación de naciones democráticas, los gobiernos parlamentarios o consejos de ministros
difieren de los sistemas presidencialistas. En los gobiernos parlamentarios, de los que son
ejemplo Gran Bretaña, India y Canadá, el poder ejecutivo está subordinado al Parlamento. En
gobiernos presidencialistas, como Francia, Estados Unidos y la mayoría de los países de América
Latina, el ejecutivo es independiente del legislativo, aunque algunas de las acciones del ejecutivo
se someten a una revisión del legislativo. Otras clasificaciones dependen de las diversas formas
gubernamentales y poderes entre las naciones del mundo.
Según la teoría de ciencia política que prevalece, la función del gobierno es asegurar el bienestar
común de los miembros de los grupos sociales sobre los que ejerce control. En diferentes épocas
históricas, los gobiernos han procurado lograr el bienestar común por diferentes métodos. Entre
los pueblos primitivos, los sistemas de control social eran rudimentarios; surgían directamente
de las ideas del bien y el mal comunes a los miembros de un grupo social y se imponían a los
individuos principalmente a través de la presión del grupo. En pueblos más desarrollados, los
gobiernos asumían formas institucionales; descansaban sobre bases legales definidas, imponían
castigos a los que violaban la ley y empleaban la fuerza para consolidarse y desempeñar sus
funciones.
3 HISTORIA
Los imperios despóticos de Egipto, Sumer, Asiria, Persia y Macedonia fueron seguidos por el
nacimiento de las ciudades-estados, las primeras comunidades autogobernadas, en las que el
gobierno de la ley predominaba y los funcionarios estatales eran responsables frente a los
ciudadanos que los elegían. Las ciudades-estados de Grecia, como Atenas, Corinto y Esparta, y
de la parte de Asia Menor dominada o influenciada por los griegos, proporcionaron el material
para las teorías políticas especulativas de Platón y Aristóteles. El sistema aristotélico de
clasificación de Estados, que influyó en el pensamiento político posterior durante siglos, se
basaba en un criterio simple: los buenos gobiernos son aquellos que mejor sirven al bien
general; los malos gobiernos son los que subordinan el bien general al bien de las personas en el
poder. Aristóteles establecía tres categorías de gobiernos: monarquía, gobierno de una sola
persona; aristocracia, gobierno de una minoría selecta, y democracia, gobierno de muchos. Los
filósofos griegos posteriores, influenciados por Aristóteles diferenciaban tres formas degeneradas
de las clases de gobierno definidas por él. Distinguían, por tanto, la tiranía, el gobierno de una
persona en su propio interés; oligarquía, el gobierno de unos pocos en su propio interés y la
oclocracia (democracia radical), gobierno de la multitud o de la plebe. Otras categorías de
trascendencia histórica son la teocracia, gobierno de líderes religiosos como en los primeros
califatos islámicos y la burocracia, el dominio del gobierno por funcionarios de la administración,
como en la China imperial.
La nación-estado moderna se convirtió en una forma definitiva de gobierno en el siglo XVI. Era
casi dinástica y autocrática en su integridad. La voluntad del monarca reinante, en teoría y a
menudo en la práctica, era ilimitada; el famoso aforismo del rey Luis XIV de Francia, 'L'État,
c'est moi' ('El Estado soy yo'), no era una jactancia infundada, sino una expresión de la realidad
existente. Con el tiempo, sin embargo, la demanda de la burguesía de un gobierno constitucional
y representativo se hizo sentir, y los poderes ilimitados de los monarcas empezaron a ponerse
en duda. En Inglaterra, la Revolución Gloriosa de 1688 restringió tales poderes y estableció la
preeminencia del Parlamento. Esta tendencia culminó en dos acontecimientos de importancia
histórica, la guerra de Independencia estadounidense, que comenzó en 1775, y la Revolución
Francesa, en 1789. Por lo común los historiadores datan el origen del gobierno democrático
moderno a partir de estos hechos.
La historia del gobierno en el siglo XIX y parte del XX es importante para la ampliación de la
base política del ejecutivo mediante la extensión del sufragio y otras reformas. Una tendencia
que se ha acentuado en el siglo XX ha sido el desarrollo y realización del concepto de que el
gobierno, además de mantener el orden y la administración de justicia, debe ser un instrumento
de administración de los servicios públicos y sociales incluidos, entre muchos otros, la
conservación de los recursos naturales, la investigación científica, la educación y la seguridad
social. Entre 1945 y 1951, el gobierno laborista de Gran Bretaña amplió las responsabilidades
del Gobierno al incluir la nacionalización de un número de industrias básicas en la necesidad de
una planificación económica rigurosa. Otros avances relevantes del siglo XX fueron la aparición
del Estado corporativo y de los gobiernos totalitarios en diversos países, y de la primera, así
llamada, dictadura del proletariado de la historia, la de la Unión Soviética (Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas). De finales de la década de 1940 a finales de la de 1980, la mayoría de
los países de Europa del Este, adyacentes o próximos a la URSS, tuvieron gobiernos en muchos
aspectos similares. En América Latina, una de las experiencias más sugestivas en la
reformulación del Gobierno conformado por vías institucionales es la que se desarrolló en Chile
entre 1970 y 1973. Inspirada en el programa de la coalición de Unidad Popular, encabezada por
el doctor Salvador Allende, activó la nacionalización de la banca y la limitación de los beneficios
de los monopolios multinacionales en campos como el de la minería y la industria. Propulsó así
mismo proyectos de reforma agraria y de servicios sociales, malogrados por el golpe de Estado
que dirigió el general Pinochet, que implantó una dictadura militar que se prolongaría hasta las
elecciones presidenciales de diciembre de 1989, en que una coalición de partidos democráticos
impulsó el proceso de transición hacia la recuperación del régimen de libertades.
Chatelet, François y Pisier-Kouchner, Evelyne. Las concepciones políticas del siglo XX. Madrid:
Espasa-Calpe, 1986. Documentadísimo y exhaustivo estudio sobre las teorías del Estado en
nuestro siglo.
Dahl, Robert. La democracia y sus críticos. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1993. Uno de los
mejores estudios sobre la génesis, estructura y perspectivas futuras del régimen democrático.
Furet, François. El pasado de una ilusión. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1995. Estudio
sobre los regímenes comunistas que pone de manifiesto el contraste entre el modelo teórico y su
realización práctica.
Hermet, Guy. Totalitarismos. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1991. Estudio del
fenómeno totalitario como un sistema o estructura de poder heredera de la tiranía clásica.
Hungtinton, Samuel P. La tercera ola. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1994. Controvertido
ensayo, por lo optimista, del conocido ideólogo liberal estadounidense.
Núñez Rivero, Cayetano. Los regímenes políticos contemporáneos. Madrid: UNED, 1997.
Clasificación muy didáctica de los regímenes políticos, con estudios pormenorizados sobre
diversos sistemas políticos de Europa y América.
Schmitt, Carl. La dictadura. Madrid: Alianza Editorial, 1985. A pesar de su antigüedad (1931), el
libro de Schmitt sigue siendo la mejor exposición teórica del fenómeno dictatorial. Todo un clásico.
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Separación de poderes
Álvarez García, Vicente y García Ferrer, José. Las quiebras de los principios de separación de
poderes y de autonomía territorial: un análisis crítico de la jurisprudencia constitucional. Madrid:
Consejería de Presidencia, 2000. Reciente estudio sobre las ocasiones en que los fallos de las más
altas instancias judiciales suponen en la práctica una merma efectiva de la separación de poderes.
Monreal, Antoni (editor). La división de poderes: el poder judicial. Barcelona: Institut de Cièncias
Polítiques, Socials; Universitat de Lleida, 1996. Varios expertos en la materia analizan el papel de la
judicatura en el contexto de un Estado de Derecho.
Pérez Serrano, Nicolas; Ruiz del Castillo, Baldomero Argente y Gascón y Marín, José. El Principio de
la separación de poderes. Madrid: Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1951. Un libro ya
clásico que constituye una correcta aproximación a la noción de separación de poderes y su
importancia en el ámbito de la ciencia política.
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Charles-Louis de Montesquieu
Charles-Louis de Montesquieu (1689-1755), escritor y jurista francés nacido en el castillo de La
Brède y conocido universalmente por sus Cartas persas y El espíritu de las leyes.
Fue una de las primeras obras de la Ilustración, que, con su crítica a las instituciones francesas
durante la monarquía de la Casa de Borbón, ya anunciaba el germen de la Revolución Francesa.
La fama que adquirió Montesquieu con ésta le abrió las puertas de la Academia Francesa en
1728. Su segunda obra sobresaliente fue Consideraciones sobre las causas de la grandeza y
decadencia de los romanos (1734), una de las primeras obras importantes en la Filosofía de la
historia.
Pero su obra maestra es El espíritu de las leyes (1748), que figura entre las tres obras
principales de la Teoría política. En ella el autor analiza las tres principales formas de gobierno
(república, monarquía y despotismo) y establece las relaciones que existen entre las áreas
geográficas y climáticas y las circunstancias generales y las formas de gobierno que se
producen. Sostiene también que debe darse una separación y un equilibrio entre los distintos
poderes a fin de garantizar los derechos y las libertades individuales. A lo largo de toda
Latinoamérica, los textos de Montesquieu se leían con entusiasmo a principios del siglo XIX. En
el Río de la Plata, por ejemplo, tanto el periódico Semanario de Agricultura (1802) como el
Correo de Comercio (1810, dirigido por Manuel Belguano) eran medios de difusión de las ideas
de Montesquieu y de Rousseau, y fueron el fermento de lo que luego sería la Revolución de Mayo
de 1810, inicio de la emancipación de América Latina. Con anterioridad a esa fecha los libros de
Montesquieu eran leídos en secreto y a escondidas, aunque sus seguidores no dudaron en hacer
público su furor por los principios de los fisiócratas y los librecambistas.
Charles de Montesquieu
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El espíritu de las leyes, también traducido al español como Del espíritu de las leyes, título del
más conocido ensayo escrito por el pensador Charles-Louis de Montesquieu. Redactado desde
1734 y publicado en francés (título original: De l’esprit des lois) en 1748, fue uno de los más
influyentes tratados de teoría política editados en el siglo XVIII. Tuvo una amplia difusión entre
los más insignes representantes de la Ilustración y fomentó las importantes polémicas
intelectuales que desembocaron en la Revolución Francesa, acontecimiento que puso fin al
Antiguo Régimen en su país. Obtuvo una inmediata atención crítica y fue muy alabado por
Voltaire y Jean le Rond d’Alembert.
2 SIGNIFICADO
En El espíritu de las leyes Montesquieu pretendió describir cómo se han originado las leyes, de
acuerdo con qué condiciones, y cómo estas leyes contribuyen a formar una adecuada comunidad
política. En realidad, la obra posee dos niveles diferenciados: el análisis de lo que son las leyes y
la descripción de lo que deben ser para poder formar una adecuada comunidad política. Junto a
esto, el autor propuso diferentes ejemplos y mostró una abundante erudición para expresar
cómo se han constituido las leyes en cada país y cómo dicha constitución depende de las
condiciones naturales y sociales, que hacen de cada país una comunidad propia. Pero, al mismo
tiempo, también aportó nuevas ideas para el establecimiento de un régimen político diferente,
caracterizado por la división o separación de poderes políticos y por una nueva consideración del
poder real.
3 CONTENIDO
El espíritu de las leyes está integrado por 31 libros. A lo largo de sus páginas son analizadas las
diferentes leyes de las naciones del siglo XVIII. Como un elemento previo a toda su obra,
Montesquieu se encarga de distinguir entre las leyes naturales y las leyes jurídicas, y piensa
siempre que existe un fundamento de la ordenación jurídica que debe ser considerado antes de
proponer cualquier cambio de la estructura legal.
Los primeros 12 libros analizan las diferentes formas de gobierno y el carácter del legislador, así
como la influencia del poder político en la vida de un pueblo. El autor distingue tres formas de
gobierno: despotismo, monarquía y república. Sus preferencias se dirigían hacia una monarquía
constitucional (semejante a la británica) y se mostró firme defensor de la división del poder
político en tres niveles (poder ejecutivo, poder legislativo y poder judicial), teoría que
contravenía los principios del Antiguo Régimen y que le hizo célebre. Asimismo, Montesquieu
insistía en la necesidad de que el legislador elaborara las leyes de tal modo que combinara dos
elementos fundamentales: la necesidad natural y el carácter de la naturaleza de las cosas, y la
obligación de alcanzar la felicidad de la mayoría de los ciudadanos (que consideraba una
finalidad necesaria de todo sistema legal y de toda forma de gobierno).
Los libros 14 al 18 estudian la relación existente entre las leyes de un país y sus condiciones
naturales (tales como el clima o su carácter geográfico), esbozando interesantes análisis y
comentarios sobre los países europeos de su tiempo. Los libros 19 al 26 presentan la relación
existente entre las costumbres de un país y sus leyes, destacando la influencia de las creencias
religiosas, las costumbres, el comercio y el arte, entre otros aspectos, sobre la formación de las
leyes y afirmando su convencimiento de que las leyes varían a lo largo de la historia y pueden
ser modificadas para adecuarse a los cambios de costumbres. Finalmente, los libros 27 al 31
analizan los rasgos de las antiguas leyes romanas y feudales, prestando una especial atención al
desarrollo de las leyes francesas.
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Estado de Derecho
Estado de Derecho, fórmula relativamente reciente en el Derecho Constitucional, con la que se
quiere significar que la organización política de la vida social, el Estado, debe estar sujeta a
procedimientos regulados por ley. El concepto de Estado de Derecho culmina una larga evolución
histórica cuyos inicios se pueden situar en los orígenes mismos del Estado constitucional. Es el
resultado final de la suma de una serie de elementos que han surgido en un proceso de lucha y
que han supuesto la ampliación de su base material. Tres momentos fundamentales se pueden
distinguir en su formulación hasta alcanzar el sentido que tiene en la actualidad.
Por tanto, el Estado de Derecho supone el reconocimiento de los derechos personales (imperio
de la ley), la responsabilidad del Estado y la legitimación democrática del mismo.
Andrés Ibáñez, Perfecto (director). La experiencia jurisdiccional; del estado legislativo de derecho
al estado constitucional de derecho. Madrid: Consejo General del Poder Judicial, 1999. Breve obra
en la que se recogen las opiniones de destacados juristas españoles sobre el concepto de Estado
de Derecho, que culmina una larga evolución histórica cuyos inicios se pueden situar en los
orígenes mismos del Estado constitucional.
Asís Roig, Rafael de. Una aproximación a los modelos de estado de derecho. Madrid: Dykinson,
1999. Las distintas variantes en el desarrollo del Estado de Derecho analizadas de forma somera.
Bayod y Serrat, Ramón. Estado de derecho y poder político. Madrid: R. Bayod, 1987. Estudio de la
relación que ambos conceptos han tenido (aunque no siempre) en el devenir histórico.
Böckenförde, Ernst-Wolfgang. Estudios sobre el estado de derecho y la democracia. Madrid: Trotta,
2000. El concepto de Estado de Derecho pasó a incluir la legitimación democrática del poder del
Estado, que también tiene que estar sometido a norma jurídica, en su tercera y última fase de
formulación.
Carreras, Francesc de. El estado de derecho como sistema. Madrid: Centro de Estudios
Constitucionales, 1996. Aproximación al concepto de Estado de Derecho y a su importancia en la
articulación política de la vida social.
Díaz, Elías. Estado de derecho y sociedad democrática. Madrid: Taurus Ediciones, S.A., 9ª ed., 1998.
Publicado por vez primera en 1966, este clásico del pensamiento político ahonda en el tercer
estadio de la formulación del concepto, el relativo a la necesaria legitimación democrática del
poder del Estado, que también ha de estar sometido a norma jurídica.
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John Locke
1 INTRODUCCIÓN
John Locke
Los empíricos como John Locke basaban su metafísica en el mundo observable, no sólo en creaciones
teóricas. En contraste con los racionalistas como Descartes, Leibniz y Spinoza, quienes pusieron gran énfasis
en el uso de la razón para obtener conocimiento, Locke pensaba que nuestro conocimiento del mundo
debería depender de nuestra experiencia diaria, la observación científica y el sentido común. El Ensayo sobre
el entendimiento humano de Locke describe a cada individuo como una pizarra en blanco. Las experiencias
de cada persona se convierten en anotaciones sobre la pizarra y la hacen distinta de otras personas.
Hulton Deutsch
John Locke (1632-1704), pensador inglés, máximo representante de la doctrina filosófica del
empirismo.
2 VIDA
3 EMPIRISMO
4 TEORÍAS POLÍTICAS
Locke criticó en sus dos Tratados sobre el gobierno civil (1690) la teoría del derecho divino de
los reyes y la naturaleza del Estado tal y como fue concebido por el filósofo y teórico político
inglés Thomas Hobbes. Afirmaba que la soberanía no reside en el Estado sino en la población, y
que el Estado es supremo pero sólo si respeta la ley civil y la ley natural. Mantuvo más tarde
que la revolución no sólo era un derecho, sino, a menudo, una obligación, y abogó por un
sistema de control y equilibrio en el gobierno, que tenía que tener tres ramas, siendo el poder
legislativo más importante que el ejecutivo o el judicial. También creía en la libertad religiosa y
en la separación de la Iglesia y el Estado.
La influencia de Locke en la filosofía moderna ha sido muy grande y, con su aplicación del
análisis empírico a la ética, política y religión, se convirtió en uno de los filósofos más
importantes y controvertidos de todos los tiempos. También escribió Pensamientos sobre la
educación (1693) y Racionabilidad del cristianismo (1695).
Cassirer, Ernest. La filosofía de la Ilustración. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1943.
Espléndido y clásico estudio sobre algunas de las consecuencias que ocasionó el pensamiento de
Locke.
García Sánchez, Esmeralda. John Locke (1632-1704). Madrid: Ediciones del Orto, 1995. Breve
presentación introductoria del conjunto de la obra de Locke.
Locke, John. Carta sobre la tolerancia. Madrid: Editorial Tecnos, 1985. Traducción española de un
texto fundamental de Locke, con una útil introducción y referencias bibliográficas.
Solar Cayón, José Ignacio. La teoría de la tolerancia en John Locke. Madrid: Dykinson, 1996.
Interesante estudio acerca del concepto de tolerancia en Locke y su influencia posterior.
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Parlamento
1 INTRODUCCIÓN
Parlamento, institución política compuesta generalmente por una o dos cámaras o asambleas,
que suele ejercer el poder legislativo en un Estado. Su significado inicial era el de un lugar en el
que se habla; etimológicamente el término deriva del verbo francés parler (‘hablar’). En la
práctica, deliberar es sólo una de las funciones que realiza un Parlamento, y en el presente no la
más importante.
2 ORÍGENES
Las raíces de los parlamentos son muchas y variadas. Se considera que el Parlamento más
antiguo que aún existe es el Althing, en Islandia, pero una interrupción en su funcionamiento en
el siglo XIX implica que el Parlamento que ha funcionado más tiempo sin interrupción sea el
Tynwald de la isla de Man. Entre los más antiguos se encuentra el Parlamento británico, que
data del siglo XIII y que ha sido probablemente el más influyente en el desarrollo de las
tradiciones del Estado parlamentario. Entre sus raíces se cuentan el Witenagemot anglosajón y
el consejo asesor de los reyes normandos: el Curia Regis.
3 DESARROLLO
Los parlamentos ingleses se formaron inicialmente porque los monarcas necesitaban ayuda para
conseguir dinero. Muy pronto se implantó la costumbre de que antes de aceptar una nueva tasa
se presentaran las quejas con antelación. A principios del siglo XVII, el Parlamento inglés se
había embarcado en una lucha por la supremacía con la Corona. El resultado fue la Guerra Civil
inglesa. Para acabar con los problemas que enfrentaban a los monarcas con los representantes
parlamentarios fue preciso emprender una nueva lucha más avanzado el siglo. Después de la
Revolución Gloriosa (1688-1689) quedó claro que los monarcas gobernaban con el respaldo del
Parlamento, creándose un sistema de equilibrio entre ambos poderes que serviría de modelo a
todo el mundo occidental.
4 CLASIFICACIÓN
Los parlamentos del mundo contemporáneo tienen un muy variado grado de potestades.
Algunos deciden cuestiones políticas, como el Congreso de Estados Unidos; otros más bien
influyen en políticas ya definidas, como los del Reino Unido, Alemania o Francia. En algunos
países, los parlamentos son una entidad burocrática sin ninguna independencia. Este era el
papel más común del Parlamento en los países comunistas, como el Soviet Supremo de la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas o el Congreso Nacional del Pueblo de China.
5 FUNCIONES
Los parlamentos modernos realizan diversas funciones. Además de la idea inicial del debate, es
usual que los parlamentos estén involucrados en la redacción de leyes, en el control del
presupuesto, en la representación de la población del país y en la decisión de la composición del
gobierno. En muchos sistemas democráticos el Parlamento se constituye mediante elecciones
legislativas. Generalmente, los ministros participan en el Parlamento aunque a veces, como en la
V República Francesa, no lo tienen permitido.
La gran mayoría de los países del mundo poseen un Parlamento. Una de las consecuencias de la
influencia occidental en el resto del mundo ha sido la extensión del concepto de sistema
parlamentario aunque algunos estados no occidentales ya tenían sus propias asambleas antes de
la colonización. Esto es especialmente cierto en el caso de la Commonwealth. Países como
Canadá, Australia y Nueva Zelanda han funcionado con un gobierno parlamentario tradicional
durante mucho tiempo. La India también ha demostrado ser capaz de mantener un sistema
parlamentario y puede reclamar el título de ser la mayor democracia parlamentaria con sus dos
multitudinarias cámaras, el Lok Sabha y el Rajya Sabha. Un país vecino, Pakistán, ha tenido una
experiencia parlamentaria menos satisfactoria e interrumpida con más frecuencia. Esto indica
que los países en vías de desarrollo tienen mayores dificultades en mantener un sistema
parlamentario por una inestabilidad política que ha derivado históricamente en la frecuente
aparición de regímenes de partido único o dictaduras.
7 EL PARLAMENTO BRITÁNICO
Los parlamentos constan generalmente de dos cámaras, pero hay muchos ejemplos de
parlamentos unicamerales: el Folketing danés, la Kneset israelí, el Parlamento neozelandés, o la
Asamblea Nacional surcoreana.
9 COMPOSICIÓN
Por regla general, al menos una cámara de los parlamentos bicamerales se constituye por voto
directo (es el caso de la mayoría de las cámaras bajas). La cámara alta es constituida también
por votación popular, pero con un sistema distinto. En Japón, por ejemplo, ambas cámaras de la
Dieta (la de Representantes y la de Consejeros) se eligen directamente, pero por procedimientos
diferentes. En Estados Unidos la elección del Senado se hace por estados, tomado cada uno
como una unidad, a diferencia de la votación por circunscripciones individuales asociada a la
Cámara de Representantes. El sistema australiano tiene algunos aspectos parecidos: la Cámara
de Representantes está formada por 148 escaños votados individualmente en circunscripciones
diferentes; los doce miembros del Senado son elegidos en todo el país. En algunos sistemas
puede que la segunda cámara no se constituya siquiera por elecciones: la Cámara de los Lores
en el Reino Unido incluye a los nobles por herencia, los candidatos que han sido elegidos para
ello, los abogados decanos y los arzobispos decanos de la Iglesia anglicana. En el caso del
Senado canadiense los miembros resultan por designación. En algunos casos, como en la
cámara alta de Alemania, el Bundesrat, existe un mecanismo de elecciones indirectas, aquí de
representantes de las unidades básicas del país: los länder.
10 EL PARLAMENTO EUROPEO
Parlamento Europeo
El Parlamento Europeo celebra sus sesiones plenarias (como la que muestra la imagen) en la sede de esta
institución que se encuentra en la ciudad francesa de Estrasburgo.
Sarah Erringon/Hutchison Library
La prueba de la necesidad de parlamentos viene dada por el hecho de que aunque la Unión
Europea no es aún un Estado, ya tiene un Parlamento. Desde 1979 los miembros del Parlamento
Europeo han sido elegidos directamente por los ciudadanos de la Unión cada cuatro años. El
número de sus escaños se reparte entre los países miembros teniendo en cuenta su población.
El Parlamento Europeo cuenta actualmente con 624 escaños. El país más pequeño, Luxemburgo,
tiene seis y el más grande, Alemania, 99. Francia, Italia y Gran Bretaña cuentan cada uno con
87 escaños.
11 EL PARLAMENTO EN ESPAÑA
Congreso de los Diputados (España)
Sito en la madrileña carrera de San Jerónimo, el Congreso de los Diputados es la cámara baja del
Parlamento español y, por tanto, quizá, el lugar clave de todo el sistema político del Estado. La imagen
muestra su entrada principal, que se encuentra precedida y flanqueada por dos estatuas de leones que
fueron construidas tras ser fundido el bronce de los cañones capturados por las tropas españolas al enemigo
en 1859, en el inicio de las guerras de Marruecos.
Ramon Manent/Corbis
En España, las primera manifestaciones de carácter parlamentario se remontan a los siglos XIII
y XIV, cuando, a petición del rey, se realizaban reuniones periódicas de notables, por regla
general representantes de la Iglesia y la nobleza, sobre todo en Aragón y Castilla. Se
constituyeron así las Cortes estamentales, asambleas responsables de formar el consejo del
monarca, de discutir sobre el régimen de tributos de cada región y dictar leyes generales. Estos
órganos, que no tardarían en recibir el nombre de Cortes generales, serían el sustrato de un
sistema bicameral heredero de las tensiones históricas entre clérigos y aristócratas. Dichas
confrontaciones alcanzarán su punto máximo de violencia a lo largo del siglo XIX, en que las
contiendas civiles y la alternancia entre gobiernos de inspiración conservadora y los de espíritu
liberal, restan a la institución parlamentaria su significado y el más mínimo asomo de eficacia.
Tras la II República española (1931-1939), y luego de una guerra civil, el régimen del general
Francisco Franco, de partido único, estableció un sistema autotitulado de ‘democracia orgánica’,
con evidentes coincidencias con el modelo de Estado corporativo de Benito Mussolini. Tras la
muerte de Franco, se promulgó la vigente Constitución de 1978, que consagraba un Parlamento
bicameral, también llamado cortes generales, integrado por el Congreso de los Diputados y el
Senado. La renovación de sus miembros ha de producirse cada cuatro años.
Las funciones del Congreso de los Diputados pueden ser básicas, exclusivas y específicas. Las
funciones básicas son el ejercicio del poder legislativo, la aprobación de los presupuestos
generales del Estado y el control parlamentario del gobierno. Entre sus potestades, también se
encuentra la de aprobar los tratados internacionales, la cooperación entre las comunidades
autónomas, la distribución de los recursos interterritoriales, las reformas institucionales que
procedieran, la asistencia a la Corona y el papel de garante del cumplimiento del régimen
sucesorio.
Las funciones exclusivas del Parlamento español atañen a la convalidación de decretos del
gobierno del Estado, la tramitación de los proyectos concernientes a los estatutos de las
comunidades autónomas, la convocatoria al rey de referéndums generales, la investidura del
presidente del gobierno, las mociones de confianza o de censura, e incluso la reprobación del
presidente en supuestos de delitos contra la seguridad de la nación.
12 EL PARLAMENTO EN LATINOAMÉRICA
Tras lograr su independencia, los nuevos estados latinoamericanos han recorrido un difícil
camino político, lleno de obstáculos y retrocesos, hasta conseguir la consolidación de regímenes
democráticos fundamentados en sistemas parlamentarios representativos, e incluso algunos de
ellos como Cuba aún no lo han logrado. Al igual que en el resto de la comunidad internacional, la
variedad parlamentaria es notable. Prevalecen los sistemas bicamerales, pero también existen
parlamentos unicamerales; tales son los casos de Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Nicaragua,
Panamá, Perú, o El Salvador (nótese la inclinación a esta tendencia entre los países
centroamericanos). Entre los bicamerales tampoco es idéntica su denominación. Muchos de ellos
(Argentina, Brasil, Colombia o Venezuela) reciben el nombre de Congreso Nacional siendo
particular el caso de México, donde, debido a la propia esencia del Estado, el Parlamento se
llama Congreso de la Unión. Las cámaras altas suelen denominarse Senado, y las bajas,
Congreso de los Diputados o Asamblea de Representantes.
Gasòliba, Carles A. El Parlamento Europeo. Barcelona: Tibidabo Edicions, 1986. Descripción de los
rasgos esenciales y de las atribuciones del Parlamento europeo.
Montanos Ferrín, Emma. Historia del derecho y de las instituciones. Madrid: Dykinson, 1990.
Análisis de la historia del Parlamento como institución jurídica.
Scotto, Marcel. Las instituciones europeas. Barcelona: Salvat, 1995. Estudio introductorio a las
principales instituciones de la Comunidad Europea y de su Parlamento.
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En este tratado, Locke planteó los fundamentos del conocimiento humano y advirtió su intención
de realizar una “obra moralmente útil”. Concebida en la época de los grandes descubrimientos
científicos (especialmente palpables en los trabajos de Christiaan Huygens e Isaac Newton),
Locke pensaba que la filosofía tenía que participar en estos importantes avances, eliminando,
por ejemplo, todas las invenciones y los conceptos inútiles acumulados durante los siglos
anteriores. Según él, las analogías y las relaciones entre los contenidos del conocimiento son los
elementos que permiten la elaboración de instrumentos críticos capaces de eliminar los
conocimientos erróneos. Debido a su característico empirismo analítico, se opuso a las
concepciones puramente mecanicistas y sistemáticas cartesianas y, pese a ser cuestionado por
Gottfried Wilhelm Leibniz, su influencia sobre los filósofos de la Ilustración fue considerable.
En el cuarto libro trataba de averiguar lo que se establece a partir del acuerdo o desacuerdo
entre dos ideas, ya fuera por intuición, por demostración racional o por conocimiento sensible.
La confrontación práctica permite despejar la duda. No son conexiones entre las ideas nacidas
de cualidades sensibles lo que percibimos. De hecho, el conocimiento humano se basa en las
definiciones que da a las cosas llamadas “reales”. El saber humano es, pues, limitado. Sólo el
conocimiento que proporcionado por los sentidos puede indicar lo que de realidad hay en los
objetos del mundo. La verdad es cuestión sólo de palabras, mientras que la realidad interesa a
los sentidos. A falta de algo mejor, para paliar la limitación de las posibilidades cognoscitivas de
la realidad se puede intentar utilizar en un discurso la noción de cosas “probables”. Para Locke,
Dios es el resultado de una inferencia y las enseñanzas resultantes de la fe deben estar de
acuerdo con la razón. Ateísmo y escepticismo están pues muy presentes en Locke, como en la
mayor parte de los empiristas ingleses. En resumen la principal idea que subyace en el Ensayo
es que únicamente la sensación permite la comprensión de la realidad y que la verdad pertenece
sólo al discurso.
Fue el segundo tratado el que planteó, de un modo positivo, la filosofía política de Locke. Éste
pensaba que el ser humano tiene dos derechos básicos e irrenunciables: su familia y la
propiedad de sus bienes. El derecho a la propia familia se deriva de la necesidad de procreación
y de la exigencia de la educación de los hijos. El derecho a la propiedad privada se deriva del
trabajo humano, mediante el cual el hombre transforma y hace suyos determinados bienes que,
en un primer momento, se encuentran al alcance de todos. Como otros filósofos anteriores a él,
en especial Thomas Hobbes, pensaba en dos posibilidades de existencia humana: el “estado
natural” (en el que todo es de todos y en el que no se tienen asegurados derechos de ningún
tipo) y el “estado social” (en el que el ser humano vive en sociedad, de un modo organizado).
De hecho, la sociedad tiene en cuenta el estado natural, pero supone un refinamiento del
mismo, ya que en el estado natural el ser humano no tiene garantizados sus derechos básicos a
una familia y a sus bienes. Para mantener sus derechos, los hombres establecen un pacto o libre
asociación que permite defender los derechos adquiridos. Es en ese momento cuando se origina
la vida social. Pero uno de los rasgos más importantes de la sociedad es el ejercicio del poder.
Pues bien, en virtud de ese pacto libre, los ciudadanos que lo suscriben delegan el poder, que
sólo a ellos pertenece, a una persona, que lo ejerce en representación de la comunidad y puede
ser relevado de sus funciones si lo ejerce incorrectamente. De acuerdo con esta tesis, Locke no
admitía los principios de la monarquía absoluta con fundamento en el derecho divino y de
carácter hereditario; y, asimismo, plantea la posibilidad de que el monarca pueda ser destituido
si no ejerce bien sus funciones. Tras estas ideas, Locke defiende los principios de la nueva
monarquía constitucional británica.
Las ideas plasmadas por Locke en sus Tratados sobre el gobierno civil ejercieron una gran
influencia durante todo el siglo XVIII y se encuentran en la base de las más importantes
discusiones políticas que anticiparon los principios de la Revolución Francesa y la crítica del
Antiguo Régimen político.
Ilustración en España
Ilustración en España, comportamiento específico que tuvo en España este movimiento
intelectual europeo que se desarrolló en el siglo XVIII hasta la Revolución Francesa. En el mundo
occidental supuso, dentro del terreno del pensamiento, el paso de la edad moderna a la edad
contemporánea. Propugnaba unos cambios de ideas y modos de interpretar el mundo que
procedían del racionalismo a ultranza de la clase burguesa en ascenso. De hecho, rechazaba
todo tipo de dogmatismos y, debido a ello, buscaba desplazar de las esferas de poder a la
aristocracia y la iglesia. En español el término procede del francés Illustration, que en alemán se
llamó Aufklärung y en inglés Enlightement, en ambos casos podría traducirse como ‘iluminación’,
en el sentido de ‘hacerse la luz’.
En realidad, y con objeto de evitar los enfrentamientos con los dogmas religiosos dominantes en
la España de aquel tiempo, las teorías racionalistas nunca pasaron de moderadas, excepto en el
terreno de lo satírico. Debido a esa moderación, algunos de los más recientes teóricos del
pensamiento y la literatura han llegado a conclusiones en las que afirman que la difusión del
nuevo espíritu resultó poco agresiva, por lo que la contraposición entre ilustración y tradición y
conservadurismo aparece poco clara.
Suelen considerarse ilustrados dentro de la novela a Diego de Torres Villarroel, y al jesuita José
Francisco de Isla, cuyas obras poseen cierta calidad literaria dentro de la prosa satírica, en la
que tiene lugar una confluencia del humorismo realista de la picaresca y el barroco, con la
mentalidad crítico-reformadora de su siglo. De hecho, ni la Vida, de Torres Villarroel, ni Fray
Gerundio, de Isla, son en sentido estricto novelas, y en principio demuestran el hundimiento de
la novela española durante el siglo XVIII.
Por su parte, en sus escritos de carácter poco literario, el monje benedictino fray Benito
Jerónimo Feijoo insiste en el valor de la razón y la experiencia en la búsqueda de la verdad,
oponiéndose a supersticiones, milagros y falsas creencias religiosas, sobre todo en su obra El
teatro crítico universal.
En la poesía tienen cierto interés Nicolás Fernández de Moratín y, sobre todo, Juan Meléndez
Valdés, con su sentimiento de la naturaleza y exaltación del erotismo y la nueva
sentimentalidad. En el teatro destaca sobre todos Leandro Fernández de Moratín, cuya obra El sí
de las niñas plantea el problema de la educación de la mujer y su libertad para elegir marido,
con una técnica teatral irreprochable.
Con todo, la Ilustración española no pasó de ser reformista, y con sus vacilaciones filosóficas y
dudas estéticas, simplemente refleja los modelos franceses, sin llevarlos nunca hasta el
extremo.
Benjamin Franklin
1 INTRODUCCIÓN
Benjamin Franklin
Benjamin Franklin fue un político y diplomático de los recién constituidos Estados Unidos, además de un
prolífico escritor e inventor. Participó en la redacción de la Declaración de Independencia de 1776, que
también firmó, y fue delegado de la Convención Constitucional de 1787. Inició una serie de programas en
Filadelfia, entre los que destacó la creación de un servicio de bomberos, un seguro contra incendios, una
biblioteca y una universidad.
Hulton Deutsch
Franklin nació el 17 de enero de 1706 en Boston. Después de asistir a la escuela primaria desde
los 8 a los 10 años de edad, Benjamin empezó a trabajar en la cerería de su padre. Cuando tenía
13 años de edad trabajó como aprendiz en la imprenta de su hermano. Benjamin aprendió este
oficio, dedicando su tiempo libre a perfeccionar su formación, leyendo obras de John Bunyan,
Plutarco, Daniel Defoe, Cotton Mather, sir Richard Steele y Joseph Addison.
Desde 1721 colaboró con su hermano James en la redacción y edición del New England Courant.
Debido a su tendencia liberal, esta gaceta molestó a menudo a las autoridades coloniales.
2 FILADELFIA Y LONDRES
Como consecuencia de los desacuerdos con James, Benjamin abandonó Boston y se dirigió a
Filadelfia en octubre de 1723. Allí conoció a sir William Keith, gobernador de Pensilvania, el cual
convenció a Franklin para que fuera a Gran Bretaña a completar su formación como impresor y
comprar el equipo necesario para fundar su propia imprenta en Filadelfia. El joven Franklin
siguió su consejo y llegó a Londres en diciembre de 1724. Pronto encontró empleo en dos de las
más destacadas imprentas de Londres, Palmer's y Watt's y comenzó a ser reconocido en los
ambientes literarios y editoriales londinenses.
En octubre de 1726 Franklin volvió a Filadelfia y reanudó su trabajo. Al año siguiente, con varios
conocidos suyos, organizó un grupo de debate denominado Junto, que más tarde se convertiría
en la Sociedad Filosófica de Estados Unidos. En septiembre de 1729 compró la Pennsylvania
Gazette, un semanario vulgar que convirtió en un periódico entretenido e informativo con su
estilo ingenioso y su juiciosa selección de noticias.
3 PROYECTOS Y EXPERIMENTOS
Franklin participó en muchos proyectos públicos. En 1731 fundó la que probablemente fue la
primera biblioteca pública de Norteamérica, inaugurada en 1742 con el nombre de Biblioteca de
Filadelfia. También publicó el Almanaque del Buen Ricardo en 1732 bajo el seudónimo de
Richard Saunders. Este modesto almanaque se ganó rápidamente a un gran público y con su
saber práctico y sencillo ejerció una influencia persuasiva en el carácter de la población colonial.
En 1736 Franklin formó parte de la Asamblea General de Pensilvania y al año siguiente fue
nombrado administrador de Correos de Filadelfia. Por esta época organizó también la primera
compañía de seguros contra incendios de la ciudad e introdujo métodos para mejorar la
pavimentación e iluminación de las calles. Siempre interesado en los estudios científicos, ideó
sistemas para controlar el exceso de humo de las chimeneas y alrededor de 1744 inventó la
estufa de hierro Franklin, que producía más calor con menos combustible.
En 1747 Franklin inició sus experimentos sobre la electricidad. Adelantó una posible teoría de la
botella de Leyden, defendió la hipótesis de que las tormentas son un fenómeno eléctrico y
propuso un método efectivo para demostrarlo. Su teoría se publicó en Londres y se ensayó en
Inglaterra y Francia antes incluso de que él mismo ejecutara su famoso experimento con una
cometa en 1752. Inventó el pararrayos y presentó la llamada teoría del fluido único para explicar
los dos tipos de electricidad, positiva y negativa. En reconocimiento a sus impresionantes logros
científicos, Franklin recibió títulos honorarios de las universidades de Saint Andrews y Oxford.
También fue elegido miembro de la Real Sociedad de Londres y en 1753 fue galardonado con la
Medalla Copley por sus destacadas contribuciones a la ciencia experimental. Franklin ejerció
también gran influencia en el campo de la educación, siendo determinantes sus escritos para la
fundación en 1751 de la Academia Filadelfia, que más tarde se convertiría en la Universidad de
Pensilvania. El plan de estudios que proponía se alejaba bastante del programa de estudios
clásicos tan en boga en ese momento; concedía gran importancia al estudio del inglés y las
lenguas modernas, así como a las matemáticas y ciencias.
Benjamin Franklin fue el principal seguidor de los postulados de Isaac Newton en América. Su
teoría sobre la electricidad se basaba en la noción newtoniana de la repulsión mutua de las
partículas que el científico inglés había expuesto en su Óptica.
4 CARGOS PÚBLICOS
En 1748 Franklin vendió su imprenta y en 1750 fue elegido para la Asamblea de Pensilvania,
donde prestó servicios hasta 1764. Fue nombrado inspector general de Correos para las colonias
británicas en América en 1753 y, en 1754, fue delegado de Pensilvania en el Congreso de
Albany, que se celebró para debatir la actitud que se debía mantener ante la Guerra Francesa e
India. Su Plan Albany, que se anticipaba en muchos aspectos a la Constitución de Estados
Unidos de 1787, defendía la independencia local dentro del marco de la unión colonial.
Cuando estalló la Guerra Francesa e India, Franklin proporcionó suministros al capitán general
inglés Edward Braddock garantizando su propio crédito a los granjeros de Pensilvania, quienes
desde ese momento proporcionaron los equipos necesarios. Los propietarios de Pennsylvania
Colony, descendientes del líder cuáquero William Penn, siguiendo sus principios religiosos de
oposición a la guerra se negaron a permitir que se tasaran sus terrenos para sufragar el
conflicto. Así pues, en 1757 Franklin fue enviado a Inglaterra por la Asamblea de Pensilvania
para solicitar al rey el derecho de recaudar impuestos por la propiedad de la tierra. Al acabar su
misión se quedó cinco años más en Inglaterra como primer representante de las colonias
estadounidenses. Durante este periodo entabló amistad con el químico Joseph Priestley, el
filósofo e historiador David Hume y el economista Adam Smith.
Franklin volvió a Filadelfia en 1762 donde permaneció hasta 1764, cuando una vez más fue
enviado a Inglaterra como representante de Pensilvania. En 1766 hubo de declarar ante la
Cámara de los Comunes sobre los efectos de la Stamp Act (Ley del Timbre) en las colonias. Su
testimonio tuvo una influencia enorme en la revocación de esta ley. Sin embargo, pronto se
introdujeron en el Parlamento nuevos planes para gravar con impuestos a las colonias, por lo
que Franklin empezó a sentirse dividido entre la devoción a su tierra natal y la lealtad a Jorge
III. Finalmente, en 1775 tuvo que admitir la inevitabilidad de la guerra. Cuando regresó a
Filadelfia el 5 de mayo de 1775 las batallas de Lexington y Concord habían desencadenado la
contienda. Fue elegido miembro del segundo Congreso Continental, prestando servicios en diez
de sus comités.
En 1775 Franklin viajó a Canadá para conseguir su apoyo y cooperación en la guerra en favor de
las colonias. A su regreso fue uno de los cinco miembros del comité designado para redactar la
Declaración de Independencia. En septiembre del mismo año fue elegido como delegado para
conseguir la ayuda económica de Francia. Superando la virulenta oposición del ministro de
Finanzas francés Jacques Necker logró obtener sustanciosas concesiones y préstamos de Luis
XVI de Francia, gracias al prestigio que tenía en este país como científico, y a la integridad e
ingenio que desplegó durante las negociaciones. Franklin animó y ayudó materialmente a los
corsarios estadounidenses que operaban contra la Marina británica, especialmente John Paul
Jones. El 6 de febrero de 1778 Franklin negoció los tratados de comercio y amistad con Francia y
España que posteriormente cambiaron el rumbo de la guerra. Siete meses después fue
nombrado por el Congreso ministro plenipotenciario de Estados Unidos en Francia.
En 1781, Franklin, John Adams y John Jay fueron designados para concluir un tratado de paz
con Gran Bretaña. El Tratado de París, que puso fin a la guerra, se firmó en Versalles el 3 de
septiembre de 1783. Su fama como científico le sirvió para ser elegido por el monarca francés
Luis XVI para investigar los hallazgos del médico austriaco Franz Anton Mesmer y el fenómeno
del magnetismo animal. Como dignatario de una de las más distinguidas logias masónicas de
Francia, Franklin tuvo oportunidad de conocer a muchos personajes que posteriormente se
convirtieron en figuras destacadas de la Revolución Francesa, sobre cuyo pensamiento político
ejerció una gran influencia pese a oponerse a los cambios por medio de la violencia.
6 AUTOR DE LA CONSTITUCIÓN
En marzo de 1785 Franklin renunció a su cargo en Francia para regresar a Filadelfia, donde fue
elegido inmediatamente presidente del Consejo Ejecutivo de Filadelfia (1785-1787). En 1787 fue
nombrado delegado de la convención que redactó la Constitución de Estados Unidos.
Profundamente interesado en proyectos filantrópicos, uno de sus últimos actos públicos fue
firmar una petición al Congreso, el 12 de febrero de 1790, como presidente de la Sociedad
Abolicionista de Pensilvania, instando a la abolición de la esclavitud y la supresión del comercio
de esclavos. Dos meses después, el 17 de abril, murió en su casa de Filadelfia a los 84 años de
edad.
Cesare Beccaria
Cesare Beccaria (1738-1794), criminólogo, economista y jurista italiano, nacido en Milán, cuyas
opiniones se formaron tras el estudio de los escritores del siglo XVIII adscritos al iluminismo
francés, los enciclopedistas y en especial Charles-Louis de Montesquieu. Su principal trabajo,
Ensayo sobre los delitos y las penas (1764), en el que critica la severidad y abusos de la ley
criminal, especialmente la pena capital y la tortura, consiguió una gran popularidad y se tradujo
a todas las lenguas europeas. Los escritos de Beccaria estimularon y proporcionaron guías
jurídicas para las reformas de los Códigos penales de muchas naciones europeas, llegando su
influencia también a los Estados Unidos. Además de ser el primero en defender la educación
como un medio para reducir el crimen, fue profesor de Derecho público y Economía en la
Universidad Palatina de Milán entre 1768 y 1770. A partir de 1771 desempeñó diversos cargos
públicos.
David Hume
1 INTRODUCCIÓN
David Hume
El filósofo escocés David Hume está considerado uno de los mayores escépticos en la historia de la filosofía.
Pensaba que nadie puede conocer nada ajeno a la experiencia y que incluso ésta se basa en la percepción
subjetiva de uno mismo, por lo que nunca proporciona un conocimiento auténtico de la realidad. Para Hume,
la ley de causa y efecto era una teoría injustificada: si se deja caer una pelota, no se puede estar seguro de
que llegue al suelo; sólo es posible afirmar que en experiencias pasadas la pelota llegó a contactar con el
suelo.
THE BETTMANN ARCHIVE
2 VIDA Y OBRA
En 1751 fijó su residencia en Edimburgo y un año más tarde fueron publicados sus Discursos
políticos. En 1753, tras un nuevo fracaso en su intento de acceder a una cátedra universitaria,
fue nombrado bibliotecario del Colegio de Abogados de Edimburgo. En el ejercicio de este puesto
(que se prolongó durante 12 años), se dedicó a la redacción de los seis volúmenes que
finalmente integraron su Historia de Inglaterra, publicada por entregas entre 1754 y 1762.
Desde este último año hasta 1765 fue secretario del embajador británico en París. Su obra fue
elogiada en los círculos literarios parisinos. En esta ciudad forjó su amistad con el filósofo
francés Jean-Jacques Rousseau, quien le acompañó en su regreso a Gran Bretaña. Pero éste,
afectado por supuestas persecuciones, acusó a Hume de tramar contra él, con lo que su amistad
quedó disuelta tras un mutuo intercambio de reproches y denuncias públicas. Después de
trabajar como subsecretario de Estado en Londres (1767-1768), se retiró a Edimburgo, donde
pasó el resto de su vida. Falleció el 25 de agosto de 1776. Tras su muerte, con carácter
póstumo, aparecieron su autobiografía (1777) y Diálogos sobre la religión natural (1779). Hume
había escrito este último ensayo hacia 1750, pero prefirió ocultarlo por la naturaleza escéptica
de su contenido.
3 FILOSOFÍA
El pensamiento filosófico de Hume estuvo profundamente influido por las teorías de John Locke y
George Berkeley. Al igual que este último, diferenciaba entre la razón y los sentidos. Pero Hume
fue más allá e intentó probar que la razón y los juicios racionales son tan sólo asociaciones
habituales con diferentes sensaciones o experiencias.
3.2 Ética
En cuanto a la dimensión ética de su pensamiento, Hume pensaba que los conceptos del bien y
el mal no son racionales, sino que nacen de una preocupación por la felicidad propia. El supremo
bien moral, según su punto de vista, es la benevolencia, un interés generoso por el bienestar
general de la sociedad que definía como la felicidad individual.
4 HISTORIADOR Y ECONOMISTA
Como historiador, Hume rompió con la tradicional reseña cronológica de hazañas y hechos de
Estado, e intentó describir las fuerzas económicas e intelectuales que habían tenido importancia
en la historia de su país. Su Historia de Inglaterra se consideró un título clásico durante muchos
años. Sus contribuciones a la teoría económica, que influyeron en el filósofo y economista
escocés Adam Smith y en otros economistas posteriores, incluyeron la teoría de que la riqueza
depende no sólo del dinero sino también de las mercancías, así como el reconocimiento de los
efectos que las condiciones sociales tienen sobre la economía.
De David Hume.
Libro Primero: introducción.
Nada hay que resulte más corriente y natural en aquéllos que pretenden descubrir algo
nuevo en el mundo de la filosofía y las ciencias que el alabar implícitamente sus propios
sistemas desacreditando a todos los que les han precedido. Ciertamente, si se hubieran
contentado con lamentar la ignorancia que todavía padecemos en la mayor parte de los
problemas importantes que pueden presentarse ante el tribunal de la razón humana, pocas
personas de entre las familiarizadas con las ciencias habría que no se hallaran dispuestas a
estar de acuerdo con ellos. Cualquier hombre juicioso e ilustrado percibe fácilmente el poco
fundamento que tienen incluso sistemas que han obtenido el mayor crédito y que han
pretendido poseer en el más alto grado una argumentación exacta y profunda. Principios
asumidos confiadamente, consecuencias defectuosamente deducidas de esos principios,
falta de coherencia en las partes y de evidencia en el todo: esto es lo que se encuentra por
doquier en los sistemas de los filósofos más eminentes; esto es, también, lo que parece
haber arrastrado al descrédito a la filosofía misma.
Tampoco se requiere mucha inteligencia para descubrir la presente condición imperfecta de
las ciencias; hasta el vulgo puede juzgar desde fuera, al oír el ruido y el alboroto
levantados, que no todo va bien dentro. No hay nada que no esté sujeto a discusión y en que
los hombres más instruidos no sean de pareceres contrarios. Ni el más trivial problema
escapa a nuestra polémica, y en la mayoría de las cuestiones de importancia somos
incapaces de decidir con certeza. Se multiplican las disputas, como si todo fuera incierto; y
estas disputas se sostienen con el mayor ardor, como si todo fuera cierto. En medio de todo
este bullicio, no es la razón la que se lleva el premio, sino la elocuencia: no hay hombre que
desespere de ganar prosélitos para las más extravagantes hipótesis con tal de que se dé la
maña suficiente para presentarlas con colores favorables. No son los guerreros, los que
manejan la pica y la espada, quienes se alzan con la victoria, sino los trompetas, tambores y
músicos del ejército.
De aquí surge en mi opinión ese común prejuicio contra los razonamientos metafísicos, del
tipo que sean, prejuicio que vemos incluso en quienes se tienen por hombres de estudio y
que valoran en su justa medida, en cambio, las demás ramas de la literatura. Estos
estudiosos no entienden por razonamiento metafísico el realizado en una disciplina
particular de las ciencias, sino toda clase de argumentos que sean de algún modo abstrusos,
y que exijan alguna atención para ser entendidos. Hemos gastado con tanta frecuencia
nuestros esfuerzos en investigaciones de ese tipo que por lo común las damos de lado sin
vacilación, y tomamos la resolución de que si tenemos que ser presa de errores y engaños,
que éstos sean al menos algo natural y entretenido. Lo cierto es que sólo el escepticismo
más radical, unido a una fuerte dosis de pereza, puede justificar esta aversión hacia la
metafísica, pues si la verdad fuera en general alcanzable por la capacidad humana,
ciertamente debería ser algo muy profundo y abstruso, de modo que esperar alcanzarla sin
esfuerzo cuando los más grandes genios han fracasado, a pesar de supremos esfuerzos, es
cosa que hay que considerar realmente como vana y presuntuosa. Yo no pretendo tal
ventaja en la filosofía que voy a exponer; por el contrario, tendría por mala señal que se la
encontrara obvia y fácil de entender.
Es evidente que todas las ciencias se relacionan en mayor o menor grado con la naturaleza
humana, y que aunque algunas parezcan desenvolverse a gran distancia de ésta regresan
finalmente a ella por una u otra vía. Incluso las matemáticas, la filosofía natural y la
religión natural dependen de algún modo de la ciencia del HOMBRE, pues están bajo la
comprensión de los hombres y son juzgadas según las capacidades y facultades de éstos. Es
imposible predecir qué cambios y progresos podríamos hacer en las ciencias si
conociéramos por entero la extensión y fuerzas del entendimiento humano, y si pudiéramos
explicar la naturaleza de las ideas que empleamos, así como la de las operaciones que
realizamos al argumentar. Y es sobre todo en la religión natural donde cabe esperar
progresos, ya que esta disciplina no se contenta con instruirnos sobre la naturaleza de las
facultades superiores, sino que lleva mucho más lejos sus concepciones: a la disposición de
éstas para con nosotros, y a nuestros deberes para con ellas; de manera que no somos tan
sólo seres que razonamos sino también uno de los objetos sobre los que razonamos.
Por consiguiente, si ciencias como las matemáticas la filosofía natural y la religión natural
dependen de tal modo del conocimiento que del hombre se tenga, ¿qué no podrá esperarse
en las demás ciencias, cuya conexión con la naturaleza humana es más íntima y cercana? El
único fin de la lógica es explicar los principios y operaciones de nuestra facultad de
razonamiento, así como la naturaleza de nuestras ideas; la moral y la crítica artística tratan
de nuestros gustos y sentimientos y la política considera a los hombres en cuanto unidos en
sociedad y dependiendo unos de otros. Y en estas cuatro ciencias: lógica, moral, crítica de
artes y letras, y política, está comprendido casi todo lo que de algún modo nos interesa
conocer, o que pueda tender al progreso o refinamiento de la mente humana.
Aquí se encuentra, pues, el único expediente en que podemos confiar para tener éxito en
nuestras investigaciones filosóficas, abandonando así el lento y tedioso método que hasta
ahora hemos seguido. En vez de conquistar de cuando en cuando un castillo o una aldea en
la frontera, marchemos directamente hacia la capital o centro de estas ciencias: hacia la
naturaleza humana misma; ya que, una vez dueños de ésta, podremos esperar una fácil
victoria en todas partes. Desde ese puesto nos será posible extender nuestras conquistas
sobre todas las ciencias que más de cerca conciernen a la vida del hombre. Y además, con
calma, podremos pasar a descubrir más plenamente las disciplinas que son objeto de pura
curiosidad. No hay problema de importancia cuya decisión no esté comprendida en la
ciencia del hombre; y nada puede decidirse con certeza antes de que nos hayamos
familiarizado con dicha ciencia. Por eso, al intentar explicar los principios de la naturaleza
humana proponemos, de hecho, un sistema completo de las ciencias, edificado sobre un
fundamento casi enteramente nuevo, y el único sobre el que las ciencias pueden basarse con
seguridad.
Y como la ciencia del hombre es la única fundamentación sólida de todas las demás, es
claro que la única fundamentación sólida que podemos dar a esa misma ciencia deberá estar
en la experiencia y la observación. No es una reflexión que cause asombro el considerar
que la aplicación de la filosofía experimental a los asuntos morales deba venir después de
su aplicación a los problemas de la naturaleza, y a más de un siglo de distancia, pues
encontramos que de hecho ha habido el mismo intervalo entre los orígenes de estas
ciencias, y que de TALES a SOCRATES el espacio de tiempo es casi igual al que media
entre Lord BACON y algunos recientes filósofos en Inglaterra, que han comenzado a poner
la ciencia del hombre sobre una nueva base y han atraído la atención del público y excitado
su curiosidad. Tan cierto es esto que, aunque otros países puedan rivalizar con nosotros en
poesía y superarnos en otras artes agradables, los progresos en la razón y la filosofía sólo
pueden deberse a la tierra de la tolerancia y la libertad.
Tampoco debemos pensar que este reciente progreso en la ciencia del hombre honra menos
a nuestra patria que el anteriormente logrado en filosofía natural; por el contrario,
tendremos que estimarlo como digno de mayor gloria, dada la superior importancia de
aquella ciencia y su necesidad de reforma. Me parece evidente que, al ser la esencia de la
mente tan desconocida para nosotros como la de los cuerpos externos, igualmente debe ser
imposible que nos formemos noción alguna de sus capacidades y cualidades sino mediante
experimentos cuidadosos y exactos, así como por la observación de los efectos particulares
que resulten de sus distintas circunstancias y situaciones. Y aunque debamos esforzarnos
por hacer nuestros principios tan generales como sea posible, planificando nuestros
experimentos hasta el último extremo y explicando todos los efectos a partir del menor
número posible de causas —y de las más simples—, es con todo cierto que no podemos ir
más allá de la experiencia; toda hipótesis que pretenda descubrir las últimas cualidades
originarias de la naturaleza humana deberá rechazarse desde el principio como presuntuosa
y quimérica.
No creo que el filósofo que se aplicase con tal seriedad a explicar los principios últimos del
alma llegara a mostrarse gran maestro en esa ciencia de la naturaleza humana que pretende
explicar, o muy conocedor de lo que sería naturalmente satisfactorio para la mente del
hombre. Pues nada es más cierto que el hecho de que la desesperación tiene sobre nosotros
casi el mismo efecto que la alegría, y que tan pronto como conocemos la imposibilidad de
satisfacer un deseo desaparece hasta el deseo mismo. Cuando vemos que hemos llegado al
límite extremo de la razón humana nos detenemos satisfechos, aunque por lo general
estemos perfectamente convencidos de nuestra ignorancia y nos demos cuenta de que nos
es imposible dar razón de nuestros principios más universales y refinados, más allá de la
mera experiencia de su realidad; experiencia que es ya la razón del vulgo, por lo que en
principio no hacía falta haber estudiado para descubrir los fenómenos más singulares y
extraordinarios. Y del mismo modo que esta imposibilidad de ulteriores progresos es
suficiente para convencer al lector, así es posible que el escritor que trate de esos temas
logre convencer de un modo más refinado si confiesa francamente su ignorancia, y si es lo
suficientemente prudente como para evitar el error —en que tantos han caído— de imponer
a todo el mundo sus propias conjeturas e hipótesis como si fueran los más ciertos
principios. Y si puede conseguirse una tal satisfacción y convicción mutuas entre maestro y
discípulo, no sé qué más podemos pedir a nuestra filosofía.
Ahora bien, por si se creyera que esta imposibilidad de explicar los últimos principios es un
defecto de la ciencia del hombre, yo me atrevería a afirmar que se trata de un defecto
común a todas las ciencias y artes a que nos podamos dedicar, lo mismo si se cultivan en
las escuelas de los filósofos que si se practican en las tiendas de los más humildes
artesanos. Ni unos ni otros pueden ir más allá de la experiencia, ni establecer principio
alguno que no esté basado en esa autoridad. La filosofía moral tiene, ciertamente, la
desventaja peculiar —que no se encuentra en la filosofía natural— de que al hacer sus
experimentos no puede realizar éstos con una finalidad previa, con premeditación, ni de
manera que se satisficiera a sí misma con respecto a toda dificultad particular que pudiera
surgir. Cuando no sé cómo conocer los efectos de un cuerpo sobre otro en una situación
dada, no tengo más que colocarlos en esa situación y observar lo que resulta de ello. Pero si
me esforzara en esclarecer del mismo modo una duda en filosofía moral, situándome en el
mismo caso que quiero estudiar, es evidente que esta reflexión y premeditación dificultaría
de tal forma la operación de mis principios naturales que sería imposible inferir ninguna
conclusión correcta de ese fenómeno. En esta ciencia, por consiguiente, debemos espigar
nuestros experimentos a partir de una observación cuidadosa de la vida humana,
tomándolos tal como aparecen en el curso normal de la vida diaria y según el trato mutuo
de los hombres en sociedad, en sus ocupaciones y placeres. Cuando se realicen y comparen
juiciosamente experimentos de esta clase, podremos esperar establecer sobre ellos una
ciencia que no será inferior en certeza, y que será muy superior en utilidad, a cualquier otra
que caiga bajo la comprensión del hombre.
Fuente: Hume, David. Tratado de la naturaleza humana. Edición preparada por Félix
Duque. Madrid: Editorial Tecnos, 1988.
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David Hume
Deleuze, Gilles. Empirismo y subjetividad. Ensayo sobre la naturaleza humana según Hume. Barcelona:
Ediciones Granica, 1974. Interesante aproximación a algunos aspectos centrales del pensamiento de Hume.
Noxon, J. La evolución de la filosofía de Hume. Madrid: Revista de Occidente, 1974. Importante ensayo, ya
clásico, sobre el conjunto de la obra de Hume.
Rábade Romeo, Sergio. Hume y el fenomenismo moderno. Madrid: Editorial Gredos, 1975. Claro estudio
sobre la teoría del conocimiento de Hume y sus postulados empiristas.
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Deísmo
Deísmo, filosofía religiosa racionalista que prosperó en los siglos XVII y XVIII, de forma muy
acusada en Inglaterra. Los deístas mantenían que un cierto tipo de conocimiento religioso (a
veces llamada religión natural) es o inherente a cada persona o resulta accesible a través del
ejercicio de la razón, pero negaban la validez de las afirmaciones basadas en la revelación o en
las enseñanzas específicas de cualquier credo.
El deísmo surgió como corriente religiosa y filosófica importante en Inglaterra. Los deístas más
destacados del siglo XVII fueron Edward Herbert, John Toland y Charles Blount: todos ellos
defendían una religión racionalista y criticaban los elementos supranaturales o irracionales de las
tradiciones judías y cristianas. A principios del siglo XVIII, Anthony Collins, Thomas Chubb y
Matthew Tindal radicalizaron el ataque racionalista sobre la ortodoxia intentando desacreditar los
milagros y misterios de la Biblia.
Aunque estos desafíos a las interpretaciones tradicional y ortodoxa del cristianismo provocaron
general desaprobación, los deístas colaboraron mucho en configurar el clima intelectual de
Europa en el siglo XVIII. Su énfasis en la razón y su oposición al fanatismo y la intolerancia
influyeron de manera notable en los filósofos británicos John Locke y David Hume. En Francia,
Voltaire llegó a ser un verdadero defensor del deísmo e intensificó la crítica racionalista de sus
predecesores a las Escrituras. Sin embargo, mantuvo la opinión de los deístas británicos de que
existe una divinidad. Otras versiones del deísmo, algunas de ellas próximas al ateísmo, fueron
defendidas por varias personalidades destacadas del Siglo de las Luces.
El deísmo fue también influyente en Estados Unidos a finales del siglo XVIII: Benjamín
Franklin,Thomas Jefferson y George Washington defendieron posiciones deístas. Los deístas
estadounidenses más destacados fueron Ethan Allen y Thomas Paine.
Denis Diderot
Denis Diderot (1713-1784), uno de los redactores de la Enciclopedia y filósofo francés, también
autor de novelas, ensayos, obras de teatro y crítica artística y literaria.
Diderot nació en Langres el 5 de octubre de 1713 y estudió con los jesuitas. En 1734 se trasladó
a París y vivió diez años como tutor mal pagado y escribiendo para otros escritores. Su primera
obra importante, publicada anónimamente, fue Pensamientos filosóficos (1746), donde explica y
afirma su filosofía deísta (véase Deísmo). En 1747 recibió la invitación de editar una traducción
francesa de la Cyclopaedia inglesa de Ephraim Chambers. Diderot, en colaboración con el
matemático Jean le Rond d'Alembert, convirtió este proyecto en una inmensa obra de nueva
redacción que abarcaba 35 volúmenes, Enciclopedia o diccionario razonado de las artes y los
oficios, más conocida como la Enciclopedia.
Con ayuda de los más prestigiosos escritores de la época, entre los que figuraban Voltaire y
Montesquieu, el escéptico y racionalista Diderot empleó la Enciclopedia como una poderosa arma
de propaganda contra la autoridad eclesiástica, la superstición, el conservadurismo y el orden
semifeudal de la época. En consecuencia, Diderot y sus colaboradores se convirtieron en el
blanco de las críticas clericales y reales. En 1759 el Conseil du Roi suprimió formalmente los diez
primeros volúmenes (publicados a partir de 1751) y prohibió la publicación de la obra. Pese a
todo, Diderot continuó trabajando en los volúmenes restantes y logró imprimirlos en secreto. Los
17 volúmenes del texto se completaron en 1765, pero las ilustraciones y los suplementos no se
añadieron hasta 1780.
La abundante obra de Diderot incluye las novelas La religiosa (1796), una crítica de la vida
conventual, El sobrino de Rameau (1761), una sátira de la sociedad contemporánea y su
hipócrita moral, traducida al alemán por Goethe, y Jacques el fatalista (1796), donde analiza la
psicología del libre albedrío y el determinismo. Cartas sobre ciegos para uso de los que ven
(1749), trata de cómo aprenden los ciegos, mientras que el diálogo dramático-filosófico El sueño
de D’Alembert (1830) contiene sus teorías materialistas. Pionero de la crítica estética, Diderot
fundó en 1759 Salones, un diario en el que escribía las críticas de las exposiciones de arte que
se celebraban anualmente en París. Su correspondencia carece de interés en una época famosa
por sus brillantes manifestaciones epistolares. Diderot gozó del mecenazgo ilustrado de la reina
Catalina II la Grande de Rusia y ejerció una notable influencia en otros pensadores de la
Ilustración en Europa. Murió en París el 30 de julio de 1784. Póstumamente, entre otras obras,
se publicó La paradoja del comediante (1830), una de sus obras más inquietantes.
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Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, empresa editorial, filosófica y científica llevada a cabo por
Denis Diderot y Jean d’Alembert dentro del espíritu de la filosofía de la Ilustración, aparecida
entre 1751 y 1766.
2 UN PROYECTO EDITORIAL
Nació del proyecto del editor Le Breton de traducir la Cyclopaedia del inglés Chambers
(publicada entre 1728 y 1742), ya que Diderot, en un principio, trabajaba únicamente como
traductor. La Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios vio la luz
como proyecto autónomo con el Prospectus de 1750, en el que Diderot, como director del
proyecto, manifestaba su ambición de hacer el inventario de todo el conocimiento humano.
La Enciclopedia está marcada sobre todo por el interés de Diderot por la tecnología, aunque
algunas laminas estén inspiradas en otras enciclopedias, o algunas definiciones parezcan
arcaicas.
El destinatario era el pueblo y, por lo tanto, los suscriptores eran intelectuales, eclesiásticos,
nobles y parlamentarios.
3 UN PROYECTO FILOSÓFICO
El artículo ‘Enciclopedia’, redactado por Diderot y situado al principio del primer volumen
después del Discurso preliminar de D’Alembert, define el programa global de la obra: el proyecto
de la Enciclopedia era el de reunir todos los conocimientos adquiridos por la humanidad, su
espíritu, una crítica de los fanatismos religiosos y políticos, y una apología de la razón y la
libertad de pensamiento. Diderot aúna el proyecto enciclopédico con la filosofía, que tiene en
este siglo su máximo desarrollo. Las corrientes filosóficas que mejor caracterizan la Enciclopedia,
son el sensualismo y el empirismo, base fundamental de la filosofía de la Ilustración. Diderot
influido por la lectura de una obra del pastor y erudito alemán Johann Jakob Brucker (1696-
1770) —autor también de una Historia crítica de la filosofía (1742-1744)— que fundamenta una
apología de la Reforma sobre la idea del progreso de la humanidad, cree en el poder de la
sabiduría: la Enciclopedia debe hacer una síntesis y clasificación del saber humano y trazar una
genealogía de los conocimientos. Diderot emplea la imagen del árbol tan apreciado por
Descartes y por la escolástica medieval: desde las raíces hasta las últimas ramas, el
conocimiento progresa y da sus frutos. La imagen es mordaz si se piensa que ese árbol es, por
tanto, el del conocimiento. La imagen bíblica del libro del Génesis se invierte, el proyecto
antirreligioso se explicita. No sólo no se prohibe el conocimiento, sino que además se afirma que
éste está construido por el hombre, y que en él debe basarse para obtener la felicidad.
Para Diderot se trata de “examinar todo, remover todo sin excepción y sin reservas”. Establece
un orden racional (enciclopedia “razonada”) alfabético. Se basa en la clasificación de las
facultades y las ciencias que estableció el filósofo inglés Francis Bacon. La novedad: Diderot
utiliza las referencias (de cosas y de palabras) para que el lector pueda circular por esa selva de
conocimientos.
Los capítulos dedicados a técnicas artesanales y oficios se encargan tanto de dar información
acerca de cosas indudables como de disimular la vocación filosófica y antirreligiosa de la
empresa.
5 LA BATALLA DE LA ENCICLOPEDIA
El primer volumen, del que se imprimieron 2.000 ejemplares, se envió a los suscriptores el 28
de junio de 1751. En el artículo “Autoridad política”, Diderot ataca a Bousset y su teoría del
origen divino de la realeza. En seguida la empresa recibió el apoyo de Malesherbes,
Montesquieu, Voltaire y Madame de Pompadour. La Enciclopedia triunfó en toda Europa: Suiza,
Italia, Inglaterra y Rusia se precipitaron a adquirirla.
En 1752 apareció el tomo II, que supuso un gran escándalo, por lo que su publicación tuvo que
suspenderse y Diderot esconderse. Voltaire le propuso continuar el proyecto en Berlín a lo que
Diderot se opuso. No obstante, en 1753 apareció el tomo III que fue condenado por el Consejo
del rey. Los tomos IV, V y VI se publicaron en 1754, 1755 y 1756 respectivamente. En 1757,
cuando se publicó el tomo VII, la Enciclopedia tenía 4.200 suscriptores. Con este volumen se
desencadenó una nueva batalla a raíz de la publicación del artículo “Ginebra” escrito por
D’Alambert, que suscitó una virulenta respuesta de Rousseau. La Enciclopedia fue objeto de
burlas: Moreau apodó a los enciclopedistas cacouacs (‘sofistas’, ‘parlanchines’), Palissot la atacó
en su obra Pequeña carta sobre grandes filósofos, Voltaire la tachó de fárrago. En 1759, se
prohíbe definitivamente la Enciclopedia a raíz de la publicación de El espíritu de Helvetius. El
privilegio de 1748 fue anulado, con orden de devolver el dinero a los suscriptores. Para
indemnizarles, Le Breton editó dos volúmenes diferentes que se enviaron a cada uno de ellos.
D’Alambert, Marmontel y Duclos se retiraron. Diderot continuó solo durante siete años. En 1766
aparecieron los diez últimos volúmenes. El último de los once volúmenes de grabados apareció
en 1772. Pero a partir del volumen VIII, se vieron sometidos a la censura del editor Le Breton,
sin saberlo Diderot, que, no obstante, dejó que los volúmenes vieran la luz.
6 POSTERIDAD
La obra de Diderot dio lugar también a otra variante: la enciclopedia filosófica realizada por
Hegel y Fichte, herederos de la filosofía de la Ilustración y de la Revolución francesa. Síntesis
tanto de saberes como del saber filosófico, la Enciclopedia de Diderot, engaño polémico,
catálogo o gran obra, queda como una obra única.
Immanuel Kant
1 INTRODUCCIÓN
Immanuel Kant
El filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant exploró las posibilidades de que la razón pueda regir el
mundo de la experiencia. En sus críticas a la ciencia, moral y arte, Kant intentó extraer normas universales a
las que, según él, toda persona racional debería suscribirse. En su Crítica de la razón pura (1781) Kant
sostenía que las personas no pueden comprender la naturaleza de las cosas en el Universo, pero pueden
estar racionalmente seguros de que lo experimentan por sí mismos. Dentro de esta esfera de la experiencia,
nociones fundamentales como espacio y tiempo son ciertas.
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Immanuel Kant (1724-1804), filósofo alemán, considerado por muchos como el pensador más
influyente de la era moderna.
2 VIDA
3 PENSAMIENTO Y OBRAS
La piedra angular de la filosofía kantiana (en ocasiones denominada “filosofía crítica”) está
recogida en una de sus principales obras, Crítica de la razón pura (1781), en la que examinó las
bases del conocimiento humano y creó una epistemología individual. Al igual que los primeros
filósofos, Kant diferenciaba los modos de pensar en proposiciones analíticas y sintéticas. Una
proposición analítica es aquella en la que el predicado está contenido en el sujeto, como en la
afirmación “las casas negras son casas”. La verdad de este tipo de proposiciones es evidente,
porque afirmar lo contrario supondría plantear una proposición contradictoria. Tales
proposiciones son llamadas analíticas porque la verdad se descubre por el análisis del concepto
en sí mismo. Las proposiciones sintéticas, en cambio, son aquellas a las que no se puede llegar
por análisis puro, como en la expresión “la casa es negra”. Todas las proposiciones comunes que
resultan de la experiencia del mundo son sintéticas.
Las proposiciones, según Kant, pueden ser divididas también en otros dos tipos: empíricas (o a
posteriori) y a priori. Las proposiciones empíricas dependen tan sólo de la percepción, pero las
proposiciones a priori tienen una validez esencial y no se basan en tal percepción. La diferencia
entre estos dos tipos de proposiciones puede ser ilustrada por la empírica “la casa es negra” y la
a priori “dos más dos son cuatro”. La tesis sostenida por Kant en la Crítica de la razón pura
consiste en que resulta posible formular juicios sintéticos a priori. Esta posición filosófica es
conocida como transcendentalismo. Al explicar cómo es posible este tipo de juicios, consideraba
los objetos del mundo material como incognoscibles en esencia; desde el punto de vista de la
razón, sirven tan sólo como materia pura a partir de la cual se nutren las sensaciones. Los
objetos, en sí mismos, no tienen existencia, y el espacio y el tiempo pertenecen a la realidad
sólo como parte de la mente, como intuiciones con las que las percepciones son medidas y
valoradas.
Además de estas intuiciones, afirmó que también existen un número de conceptos a priori,
llamados categorías. Dividió éstas en cuatro grupos: las relativas a la cantidad (que son unidad,
pluralidad y totalidad), las relacionadas con la cualidad (que son realidad, negación y limitación),
las que conciernen a la relación (que son sustancia-y-accidente, causa-y-efecto y reciprocidad) y
las que tienen que ver con la modalidad (que son posibilidad, existencia y necesidad). Las
intuiciones y las categorías se pueden emplear para hacer juicios sobre experiencias y
percepciones pero, según Kant, no pueden aplicarse sobre ideas abstractas o conceptos cruciales
como libertad y existencia sin que lleven a inconsecuencias en la forma de binomios de
proposiciones contradictorias, o antinomias, en las que ambos elementos de cada par pueden
ser probados como verdad.
En la Metafísica de las costumbres (1797) Kant describió su sistema ético, basado en la idea de
que la razón es la autoridad última de la moral. Afirmaba que los actos de cualquier clase han de
ser emprendidos desde un sentido del deber que dicte la razón, y que ningún acto realizado por
conveniencia o sólo por obediencia a la ley o costumbre puede considerarse como moral.
Describió dos tipos de órdenes dadas por la razón: el imperativo hipotético, que dispone un
curso dado de acción para lograr un fin específico; y el imperativo categórico, que dicta una
trayectoria de actuación que debe ser seguida por su exactitud y necesidad. El imperativo
categórico es la base de la moral y fue resumido por Kant en estas palabras claves: “Obra como
si la máxima de tu acción pudiera ser erigida, por tu voluntad, en ley universal de la naturaleza”.
Las ideas éticas de Kant son el resultado lógico de su creencia en la libertad fundamental del
individuo, como manifestó en su Crítica de la razón práctica (1788). No consideraba esta libertad
como la libertad no sometida a las leyes, como en la anarquía, sino más bien como la libertad
del gobierno de sí mismo, la libertad para obedecer en conciencia las leyes del Universo como se
revelan por la razón. Creía que el bienestar de cada individuo sería considerado, en sentido
estricto, como un fin en sí mismo y que el mundo progresaba hacia una sociedad ideal donde la
razón “obligaría a todo legislador a crear sus leyes de tal manera que pudieran haber nacido de
la voluntad única de un pueblo entero, y a considerar todo sujeto, en la medida en que desea
ser un ciudadano, partiendo del principio de si ha estado de acuerdo con esta voluntad”.
Su pensamiento político quedó patente en La paz perpetua (1795), ensayo en el que abogaba
por el establecimiento de una federación mundial de estados republicanos. Además de sus
trabajos sobre filosofía, escribió numerosos tratados sobre diversas materias científicas, sobre
todo en el área de la geografía física. Su obra más importante en este campo fue Historia
universal de la naturaleza y teoría del cielo (1755), en la que anticipaba la hipótesis (más tarde
desarrollada por Laplace) de la formación del Universo a partir de una nebulosa originaria. Entre
su abundante producción escrita también sobresalen Prolegómenos a toda metafísica futura que
pueda presentarse como ciencia (más conocida por el nombre de Prolegómenos, 1783),
Principios metafísicos de la ciencia natural (1786), Crítica del juicio (1790) y La religión dentro
de los límites de la mera razón (1793).
4 INFLUENCIA
La filosofía kantiana, y en especial tal y como fue desarrollada por el filósofo alemán Georg
Wilhelm Friedrich Hegel, estableció los cimientos sobre los que se edificó la estructura básica del
pensamiento de Karl Marx. El método dialéctico, utilizado tanto por Hegel como por Marx, no fue
sino el desarrollo del método de razonamiento articulado por antinomias aplicado por Kant. El
filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte, alumno suyo, rechazó la división del mundo hecha por su
maestro en partes objetivas y subjetivas, y elaboró una filosofía idealista que también influyó de
una forma notable en los socialistas del siglo XIX. Uno de los sucesores de Kant en la
Universidad de Königsberg, Johann Friedrich Herbart, incorporó algunas de las ideas kantianas a
sus sistemas de pedagogía.
De Immanuel Kant.
Sección Primera
SECCION PRIMERA
que contiene los artículos preliminares para la paz perpetua entre los Estados
1. «No debe considerarse válido ningún tratado de paz que se haya celebrado con la reserva
secreta sobre alguna causa de guerra en el futuro.»
Se trataría, en ese caso, simplemente de un mero armisticio, un aplazamiento de las
hostilidades, no de la paz, que significa el fin de todas las hostilidades. La añadidura del
calificativo eterna es un pleonasmo sospechoso. Las causas existentes para una guerra en el
futuro, aunque quizá ahora no conocidas ni siquiera para los negociadores, se destruyen en
su conjunto por el tratado de paz, por mucho que pudieran aparecer en una penetrante
investigación de los documentos de archivo. —La reserva (reservatio mentalis) sobre viejas
pretensiones a las que, por el momento, ninguna de las partes hace mención porque están
demasiado agotadas para proseguir la guerra, con la perversa intención de aprovechar la
primera oportunidad en el futuro para este fin, pertenece a la casuística jesuítica y no se
corresponde con la dignidad de los gobernantes así como tampoco se corresponde con la
dignidad de un ministro la complacencia en semejantes cálculos, si se juzga el asunto tal
como es en sí mismo.
Si, en cambio, se sitúa el verdadero honor del Estado, como hace la concepción ilustrada de
la prudencia política, en el continuo incremento del poder sin importar los medios, aquella
valoración parecerá pedante y escolar.
2. «Ningún Estado independiente (grande o pequeño, lo mismo da) podrá ser adquirido por
otro mediante herencia, permuta, compra o donación.»
Un Estado no es un patrimonio (patrimonium) (como el suelo sobre el que tiene su sede).
Es una sociedad de hombres sobre la que nadie más que ella misma tiene que mandar y
disponer. Injertarlo en otro Estado, a él que como un tronco tiene sus propias raíces,
significa eliminar su existencia como persona moral y convertirlo en una cosa,
contradiciendo, por tanto, la idea del contrato originario sin el que no puede pensarse
ningún derecho sobre un pueblo. Todo el mundo conoce a qué peligros ha conducido a
Europa, hasta los tiempos más recientes, este prejuicio sobre el modo de adquisición, pues
las otras partes del mundo no lo han conocido nunca, de poder, incluso, contraerse
matrimonios entre Estados; este modo de adquisición es, en parte, un nuevo instrumento
para aumentar la potencia sin gastos de fuerzas mediante pactos de familia, y, en parte,
sirve para ampliar, por esta vía, las posesiones territoriales. —Hay que contar también el
alquiler de tropas a otro Estado contra un enemigo no común, pues en este caso se usa y
abusa de los súbditos a capricho, como si fueran cosas.
3. «Los ejércitos permanentes (miles perpetus) deben desaparecer totalmente con el
tiempo.»
Pues suponen una amenaza de guerra para otros Estados con su disposición a aparecer
siempre preparados para ella. Estos Estados se estimulan mutuamente a superarse dentro de
un conjunto que aumenta sin cesar y, al resultar finalmente más opresiva la paz que una
guerra corta, por los gastos generados por el armamento, se convierten ellos mismos en la
causa de guerras ofensivas, al objeto de liberarse de esta carga; añádese a esto que ser
tomados a cambio de dinero para matar o ser muertos parece implicar un abuso de los
hombres como meras máquinas e instrumentos en manos de otro (del Estado); este uso no
se armoniza bien con el derecho de la humanidad en nuestra propia persona. Otra cosa muy
distinta es defenderse y defender a la patria de los ataques del exterior con las prácticas
militares voluntarias de los ciudadanos, realizadas periódicamente. —Lo mismo ocurriría
con la formación de un tesoro, pues, considerado por los demás Estados como una amenaza
de guerra, les forzaría a un ataque adelantado si no se opusiera a ello la dificultad de
calcular su magnitud (porque de los tres poderes, el militar, el de alianzas y el del dinero,
este último podría ser ciertamente el medio más seguro de guerra).
4. «No debe emitirse deuda pública en relación con los asuntos de política exterior
Esta fuente de financiación no es sospechosa para buscar, dentro o fuera del Estado, un
fomento de la economía (mejora de los caminos, nuevas colonizaciones creación de
depósitos para los años malos, etc.). Pero un sistema de crédito, como instrumento en
manos de las potencias para sus relaciones recíprocas, puede crecer indefinidamente y
resulta siempre un poder financiero para exigir en el momento presente (pues seguramente
no todos los acreedores lo harán a la vez) las deudas garantizadas (la ingeniosa invención
de un pueblo de comerciantes en este siglo); es decir, es un tesoro para la guerra que supera
a los tesoros de todos los demás Estados en conjunto y que sólo puede agotarse por la caída
de los precios (que se mantendrán, sin embargo, largo tiempo gracias a la revitalización del
comercio por los efectos que éste tiene sobre la industria y la riqueza). Esta facilidad para
hacer la guerra unida a la tendencia de los detentadores del poder, que parece estar ínsita en
la naturaleza humana, es, por tanto, un gran obstáculo para la paz perpetua; para prohibir
esto debía existir, con mayor razón, un artículo preliminar, porque al final la inevitable
bancarrota del Estado implicará a algunos otros Estados sin culpa, lo que constituiría una
lesión pública de estos últimos. En ese caso, otros Estados, al menos, tienen derecho a
aliarse contra semejante Estado y sus pretensiones.
5. «Ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y gobierno de otro.»
Pues, ¿qué le daría derecho a ello?, ¿quizá el escándalo que dé a los súbditos de otro
Estado? Pero este escándalo puede servir más bien de advertencia, al mostrar la gran
desgracia que un pueblo se ha atraído sobre por sí por vivir sin leyes; además el mal
ejemplo que una persona libre da a otra no es en absoluto ninguna lesión (como scandalum
acceptum). Sin embargo, no resulta aplicable al caso de que un Estado se divida en dos
partes a consecuencia de disensiones internas y cada una de las partes represente un Estado
particular con la pretensión de ser el todo; que un tercer Estado preste entonces ayuda a una
de las partes no podría ser considerado como injerencia en la constitución de otro Estado
(pues sólo existe anarquía). Sin embargo, mientras esta lucha interna no se haya decidido,
la injerencia de potencias extranjeras sería una violación de los derechos de un pueblo
independiente que combate una enfermedad interna; sería, incluso, un escándalo y pondría
en peligro la autonomía de todos los Estados.
6. «Ningún Estado en guerra con otro debe permitirse tales hostilidades que hagan
imposible la confianza mutua en la paz futura, como el empleo en el otro Estado de
asesinos (percussores), envenenadores (venefici), el quebrantamiento de capitulaciones, la
inducción a la traición (perduellio), etc.»
Estas son estratagemas deshonrosas, pues aun en plena guerra ha de existir alguna
confianza en la mentalidad del enemigo, ya que de lo contrario no se podría acordar nunca
la paz y las hostilidades se desviarían hacia una guerra de exterminio (bellum
internecinum); la guerra es, ciertamente, el medio tristemente necesario en el estado de
naturaleza para afirmar el derecho por la fuerza (estado de naturaleza donde no existe
ningún tribunal de justicia que pueda juzgar con la fuerza del derecho); en la guerra
ninguna de las dos partes puede ser declarada enemigo injusto (porque esto presupone ya
una sentencia judicial) sino que el resultado entre ambas partes decide de qué lado está el
derecho (igual que ante los llamados juicios de Dios); no puede concebirse, por el contrario,
una guerra de castigo entre Estados (bellum punitivum) (pues no se da entre ellos la relación
de un superior a un inferior). De todo esto se sigue que una guerra de exterminio, en la que
puede producirse la desaparición de ambas partes y, por tanto, de todo el derecho, sólo
posibilitaría la paz perpetua sobre el gran cementerio de la especie humana y por
consiguiente no puede permitirse ni una guerra semejante ni el uso de los medios
conducentes a ella. Que los citados medios conducen inevitablemente a ella se desprende de
que esas artes infernales, por sí mismas viles, cuando se utilizan no se mantienen por
mucho tiempo dentro de los límites de la guerra sino que se trasladan también a la situación
de paz, como ocurre, por ejemplo, en el empleo de espías (uti exploratoribus), en donde se
aprovecha la indignidad de otros (la cual no puede eliminarse de golpe); de esta manera se
destruiría por completo la voluntad de paz.
Aunque todas las leyes citadas son leyes prohibitivas (leges prohibitivae) objetivamente, es
decir, en la intención de los que detentan el poder, hay algunas que tienen una eficacia
rígida, sin consideración de las circunstancias, que obligan inmediatamente a un no hacer
(leges strictae, como los números 1, 5, 6), mientras que otras (como los números 2, 3, 4),
sin ser excepciones a la norma jurídica, pero tomando en cuenta las circunstancias al ser
aplicadas, ampliando subjetivamente la capacidad, contienen una autorización para aplazar
la ejecución de la norma sin perder de vista el fin, que permite, por ejemplo, la demora en
la restitución de ciertos Estados después de perdida la libertad del número 2, no ad
calendas graecas (como solía prometer Augusto), lo que supondría su no realización, sino
sólo para que la restitución no se haga de manera apresurada y de manera contraria a la
propia intención. La prohibición afecta, en este caso, sólo al modo de adquisición, que no
debe valer en lo sucesivo, pero no afecta a la posesión que, si bien no tiene el título jurídico
necesario, sí fue considerada como conforme a derecho por la opinión pública de todos los
Estados en su tiempo (en el de la adquisición putativa).
Fuente: Kant, Immanuel. La paz perpetua. Presentación de Antonio Truyol y Serra.
Traducción de Joaquín Abellán. Madrid: Editorial Tecnos, 1985.
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derechos.
Immanuel Kant
Borowski, Ludwig Ernst. Relato de la vida y el carácter de Immanuel Kant. Madrid: Editorial Tecnos,
1993. Interesante trabajo biográfico que incide en la importancia de la personalidad de Kant.
Ferrari, Jean. Kant: o la investigación del hombre. Madrid: Editorial Edaf, 1981. Aproximación a las
principales ideas del filósofo alemán.
García Morente, Manuel. La filosofía de Kant: una introducción a la filosofía. Madrid: Espasa-Calpe,
3ª ed., 1986. Análisis del sistema filosófico kantiano por uno de sus principales estudiosos
españoles.
Goldmann, Lucien. Introducción a la filosofía de Kant. Buenos Aires: Amorrortu. Válido trabajo
introductorio a la filosofía de Kant.
Höffe, Otfried. Immanuel Kant. Barcelona: Editorial Herder, 1986. Muy completo y analítico
ensayo.
Jiménez Moreno, Luis. Immanuel Kant (1724-1804). Madrid: Ediciones del Orto, 1993. Importante
acercamiento biográfico al autor.
Körner, Stephan. Kant. Madrid: Alianza Editorial, 1977. Interesante aproximación al personaje y a
su pensamiento.
Lacroix, Jean. Kant. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969. Clásica obra sobre vida, obra y
pensamiento de Kant.
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Isaac Newton
1 INTRODUCCIÓN
Isaac Newton
La obra de Isaac Newton representa una de las mayores contribuciones a la ciencia realizadas nunca por un
solo individuo. Entre otras cosas, Newton dedujo la ley de la gravitación universal, inventó el cálculo
infinitesimal y realizó experimentos sobre la naturaleza de la luz y el color.
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Isaac Newton (1642-1727), matemático y físico británico, considerado uno de los más grandes
científicos de la historia, que hizo importantes aportaciones en muchos campos de la ciencia. Sus
descubrimientos y teorías sirvieron de base a la mayor parte de los avances científicos
desarrollados desde su época. Newton fue, junto al matemático alemán Gottfried Wilhelm
Leibniz, uno de los inventores de la rama de las matemáticas denominada cálculo. También
resolvió cuestiones relativas a la luz y la óptica, formuló las leyes del movimiento y dedujo a
partir de ellas la ley de la gravitación universal. Véase Mecánica.
Después de una interrupción de casi dos años provocada por una epidemia de peste, Newton
volvió al Trinity College, donde le nombraron becario en 1667. Recibió el título de profesor en
1668. Durante esa época se dedicó al estudio e investigación de los últimos avances en
matemáticas y a la filosofía natural, que consideraba la naturaleza como un organismo de
mecánica compleja. Casi inmediatamente realizó descubrimientos fundamentales que le fueron
de gran utilidad en su carrera científica.
Newton obtuvo en el campo de la matemáticas sus mayores logros. Generalizó los métodos que
se habían utilizado para trazar líneas tangentes a curvas y para calcular el área bajo una curva,
y descubrió que los dos procedimientos eran operaciones inversas. Uniéndolos en lo que él llamó
el método de las fluxiones, Newton desarrolló en el otoño de 1666 lo que se conoce hoy como
cálculo, un método nuevo y poderoso que situó a las matemáticas modernas por encima del
nivel de la geometría griega.
Aunque Newton fue su inventor, no introdujo el cálculo en las matemáticas europeas. En 1675
Leibniz llegó de forma independiente al mismo método, al que llamó cálculo diferencial; su
publicación hizo que Leibniz recibiera en exclusividad los elogios por el desarrollo de ese método,
hasta 1704, año en que Newton publicó una exposición detallada del método de fluxiones,
superando sus reticencias a divulgar sus investigaciones y descubrimientos por temor a ser
criticado. Sin embargo, sus conocimientos trascendieron de manera que en 1669 obtuvo la
cátedra Lucasiana de matemáticas en la Universidad de Cambridge.
3 ÓPTICA
La óptica fue otra área por la que Newton demostró interés muy pronto. Al tratar de explicar la
forma en que surgen los colores llegó a la idea de que la luz del Sol es una mezcla heterogénea
de rayos diferentes —representando cada uno de ellos un color distinto— y que las reflexiones y
refracciones hacen que los colores aparezcan al separar la mezcla en sus componentes. Newton
demostró su teoría de los colores haciendo pasar un rayo de luz solar a través de un prisma, el
cual dividió el rayo de luz en colores independientes.
En 1672 Newton envió una breve exposición de su teoría de los colores a la Royal Society de
Londres. Su publicación provocó tantas críticas que confirmaron su recelo a las publicaciones,
por lo que se retiró a la soledad de su estudio en Cambridge. En 1704, sin embargo, publicó su
obra Óptica, en la que explicaba detalladamente su teoría.
4 LOS PRINCIPIOS
En agosto de 1684 la soledad de Newton se vio interrumpida por la visita de Edmund Halley, un
astrónomo y matemático con el que discutió el problema del movimiento orbital. Newton había
estudiado la ciencia de la mecánica como estudiante universitario y en esa época ya tenía ciertas
nociones básicas sobre la gravitación universal. Como resultado de la visita de Halley, volvió a
interesarse por estos temas.
Durante los dos años y medio siguientes, Newton estableció la ciencia moderna de la dinámica
formulando las tres leyes del movimiento. Aplicó estas leyes a las leyes de Kepler sobre
movimiento orbital —formuladas por el astrónomo alemán Johannes Kepler— y dedujo la ley de
la gravitación universal. Probablemente, Newton es conocido sobre todo por su descubrimiento
de la gravitación universal, que muestra cómo a todos los cuerpos en el espacio y en la Tierra
les afecta la fuerza llamada gravedad. Publicó su teoría en Principios matemáticos de la filosofía
natural (1687), obra que marcó un punto de inflexión en la historia de la ciencia, y con la que
perdió el temor a publicar sus teorías.
En el mismo año de 1687, Newton apoyó la resistencia de Cambridge contra los intentos del rey
Jacobo II de Inglaterra por convertir la universidad en una institución católica. Después de la
Revolución Gloriosa de 1688, que expulsó a Jacobo II de Inglaterra, la universidad eligió a
Newton como uno de sus representantes en una convocatoria especial del Parlamento británico.
Los cuatro años siguientes fueron de gran actividad para Newton, que animado por el éxito de
Principios, trató de compendiar todos sus primeros logros en una obra escrita. En el verano de
1693 Newton mostró síntomas de una severa enfermedad emocional. Aunque recuperó la salud,
su periodo creativo había llegado a su fin.
Las conexiones de Newton con los dirigentes del nuevo régimen de Inglaterra le llevaron a su
nombramiento como inspector y más tarde director de la Casa de la Moneda en Londres, donde
vivió hasta 1696. En 1703 fue elegido presidente de la Royal Society, un cargo que ocupó hasta
el final de su vida. Como presidente, ordenó la inmediata publicación de las observaciones
astronómicas del primer astrónomo real de Inglaterra John Flamsteed. Newton necesitaba estas
observaciones para perfeccionar su teoría lunar; este tema le ocasionó ciertos conflictos con
Flamsteed.
Newton también se implicó en una violenta discusión con Leibniz acerca de la prioridad de la
invención del cálculo. Utilizó su cargo de presidente de la Royal Society para que se formara una
comisión que investigara el tema, y él, en secreto, escribió el informe de la comisión que hacía a
Leibniz responsable del plagio. Newton incluso recopiló la relación de acusaciones que esta
institución había publicado. Los efectos de la disputa se alargaron casi hasta su muerte.
Además de su interés por la ciencia, Newton también se sintió atraído por el estudio de la
alquimia, el misticismo y la teología. Muchas páginas de sus notas y escritos —especialmente en
los últimos años de su carrera— están dedicadas a estos temas. Sin embargo, los historiadores
han encontrado poca relación entre estas inquietudes y sus trabajos científicos.
Escolio.
Hasta aquí he establecido la definición de aquellas palabras que son menos conocidas, y he
explicado el sentido en que quisiera se entendiesen en el siguiente discurso. No defino
tiempo, espacio, lugar ni movimiento, por ser palabras bien conocidas de todos.
Unicamente he de hacer notar que la gente común no concibe estas cantidades en otro
contexto que el de las relaciones que éstas guardan con los objetos sensibles. Y de aquí
nacen ciertos prejuicios, para cuya eliminación será conveniente distinguir entre cantidades
absolutas y relativas, verdaderas y aparentes, matemáticas y comunes.
I. El tiempo absoluto, verdadero y matemático, en sí mismo y por su propia naturaleza,
fluye de una manera ecuable y sin relación alguna con nada externo, y se conoce también
con el nombre de duración; el tiempo relativo, aparente y común es una medida sensible y
externa (ya sea exacta o inecuable) de la duración por medio del movimiento, y se utiliza
corrientemente en lugar del tiempo verdadero; ejemplos de ello son la hora, el día, el mes,
el año.
II. El espacio absoluto, por su propia naturaleza y sin relación alguna con nada externo,
permanece siempre similar e inmovible. El espacio relativo es una dimensión o medida
movible de los espacios absolutos, que nuestros sentidos determinan de acuerdo con su
posición con respecto a los cuerpos y que por lo común se toma como espacio inmovible;
tal es la dimensión de un espacio subterráneo, aéreo o celeste, determinado a través de su
posición con respecto a la tierra. El espacio absoluto y el espacio relativo son iguales en
forma y magnitud; pero no siempre coinciden numéricamente. Pues al moverse, por
ejemplo, la tierra, un espacio cualquiera de nuestro aire, que relativamente y con respecto a
la tierra permanece siempre igual, en un momento dado ocupará una cierta parte del espacio
absoluto por el que atraviesa el aire; en otro momento ocupará otra parte distinta del
mismo, y así, entendido en sentido absoluto, irá modificándose continuamente.
III. Lugar es la parte del espacio que un cuerpo ocupa, y de acuerdo con el espacio puede
ser absoluto o relativo. Obsérvese que he dicho parte del espacio, no la situación ni la
superficie externa del cuerpo. Pues los lugares de sólidos iguales son siempre iguales,
mientras que sus superficies, por razón de sus disimilares figuras, son a menudo desiguales.
En sentido propio, las posiciones no poseen cantidad, ni son tanto los lugares mismos como
las propiedades de los lugares. El movimiento del total y la suma de los movimientos de las
partes es todo uno; es decir, la traslación del todo fuera de su lugar y la suma de las
traslaciones de las partes fuera de sus lugares es la misma cosa; y, por consiguiente, el lugar
del todo es lo mismo que la suma de los lugares de las partes, y por esta razón es una
propiedad interna e inherente al cuerpo como un todo.
IV. El movimiento absoluto es la traslación de un cuerpo desde un lugar absoluto a otro, y
movimiento relativo, la traslación desde un lugar relativo a otro. Así, en un barco a toda
vela, el lugar relativo de un cuerpo es aquella parte del barco que el cuerpo posee, o aquella
parte de la cavidad que el cuerpo llena y que, por tanto, se mueve junto con el barco; y
reposo relativo es la permanencia de un cuerpo en la misma parte del barco, o de su
cavidad. En cambio, reposo real, absoluto, es la permanencia del cuerpo en una misma
parte de ese espacio inmovible en que se mueven el barco, su cavidad y todo cuanto
contiene. De aquí que si la tierra está realmente en reposo, entonces el cuerpo, que con
respecto al barco se halla en reposo relativo, se moverá real y absolutamente con la misma
velocidad que el barco sobre la tierra. Mas si la tierra también se mueve, el movimiento
verdadero y absoluto del cuerpo se deberá, en parte, al movimiento verdadero de la tierra en
el espacio inmovible, y, en parte, al movimiento relativo del barco sobre la tierra; y si el
cuerpo se mueve también con relación al barco, su movimiento verdadero nacerá, en parte,
del movimiento verdadero de la tierra en el espacio inmovible, y, en parte, de los
movimientos relativos tanto del barco sobre la tierra como del cuerpo sobre el barco; y de
estos movimientos relativos surgirá el movimiento relativo del cuerpo sobre la tierra. De
suerte que si aquella parte de la tierra donde se halla el barco se mueve realmente hacia el
Este con una velocidad de 10.010 partes, mientras que el propio barco, a toda vela y con
viento muy duro, se ve impulsado hacia el Oeste con una velocidad expresada por 10 de
dichas partes, y si un marinero camina sobre el barco hacia el Este con una parte de dicha
velocidad, entonces el marinero se estará moviendo realmente, en el espacio inmovible,
hacia el Este con una velocidad de 10.001 partes; pero relativamente, respecto a la tierra,
hacia el Oeste con una velocidad de nueve de dichas partes [...]
Así como el orden de las partes del tiempo es inmutable, también lo es el orden de las
partes del espacio. Si desplazamos dichas partes de sus lugares, habrémoslas desplazado
(permítasenos la expresión) fuera de sí mismas. Pues los tiempos y los espacios son, como
si dijéramos, los lugares tanto de sí mismos como de todas las demás cosas. Todas las cosas
están colocadas en el tiempo según un orden de sucesión, y en el espacio según un orden de
situación. Son lugares por su propia esencia o naturaleza, y sería absurdo que el lugar
primario de las cosas fuese movible. Estos son, por tanto, los lugares absolutos, y los únicos
movimientos absolutos son las traslaciones a partir de estos lugares.
Mas, comoquiera que las partes del espacio no se pueden ver, ni distinguir una de otra por
medio de nuestros sentidos, es así que en su lugar utilizamos medidas sensibles de ellas. De
suerte que a partir de las posiciones y distancias desde un cuerpo cualquiera considerado
como inmovible definimos todos los lugares, y luego, respecto a tales lugares, estimamos
todos los movimientos, considerando los cuerpos en tanto que transferidos de uno de estos
lugares a otro. Y así, en vez de lugares y movimientos absolutos, utilizamos movimientos y
lugares relativos; lo cual no supone inconveniente alguno para los asuntos comunes; mas en
las disquisiciones filosóficas debemos hacer abstracción de nuestros sentidos y considerar
las cosas en sí mismas, distinguiéndolas de lo que únicamente son medidas sensibles de
ellas. Pues pudiera ser que no exista ningún cuerpo que se halle realmente en reposo y al
cual puedan referirse los lugares y movimientos de todos los demás.
Fuente: Einstein, Albert y otros. La teoría de la relatividad. Madrid: Alianza Editorial,
1978.
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Isaac Newton
Asimov, Isaac. Momentos estelares de la ciencia. Madrid: Alianza Editorial, 8ª ed., 1988. Obra
divulgativa con datos biográficos de treinta científicos.
Bixby, William. El universo de Galileo y Newton. Barcelona: Editorial Timun Mas, 1966. Obra bien
documentada y con ilustraciones de gran calidad. Incluye bibliografía.
Newton, Isaac. El sistema del mundo. Madrid: Alianza Editorial, 1984. Exposición de la ley de la
gravitación universal, los movimientos de la Luna y el fenómeno de los cometas.
Newton, Isaac. Principios matemáticos de la filosofía natural. 2 vols. Madrid: Alianza Editorial,
1982. Introducción a los fundamentos de la mecánica clásica, tal y como fueron expuestos por
Newton. La introducción incluye datos biográficos.
Spielberg, Nathan y otros. Siete ideas que modificaron el mundo. Madrid: Ediciones Pirámide,
1990. Obra de consulta interesante. Destaca la figura de Isaac Newton.
VVAA. Newton. Madrid: Itaca, 1983. Biografía muy bien documentada. Incluye cronología de la
época.
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Jean le Rond d'Alembert
Jean le Rond d'Alembert (1717-1783), matemático, filósofo y enciclopedista francés. Nació en
París y era hijo natural de la escritora francesa Claudine Guérin de Tencin; y fue abandonado de
niño en las escaleras de la iglesia de Saint Jean le Rond, de donde proviene su nombre. Estudió
en la escuela Mazarin, donde se distinguió en matemáticas, física y astronomía. A la edad de 22
años escribió su primer libro: Memoria sobre el cálculo integral (1739). Su trabajo científico más
importante, Tratado de dinámica (1743), marca una época en la ciencia de la mecánica, ya que
enuncia la teoría conocida como el principio de D'Alembert, que descubrió a los 26 años que dice
lo siguiente: el resultado de las fuerzas ejercidas sobre un sistema es equivalente a la fuerza
efectiva sobre todo el sistema. Su obra Reflexiones sobre la causa general de los vientos (1746)
contiene el primer concepto del cálculo de ecuaciones en derivadas parciales. En 1749 propuso
la primera solución analítica de la precesión de los equinoccios. En 1751 se asoció con el
enciclopedista francés Denis Diderot para editar la gran Enciclopedia francesa. Aunque abandonó
la redacción en 1758 debido a las presiones gubernamentales sobre la publicación, D'Alembert
continuó trabajando en artículos de ciencia y filosofía.
Racionalismo
Racionalismo (del latín, ratio, razón), en filosofía, sistema de pensamiento que acentúa el papel
de la razón en la adquisición del conocimiento, en contraste con el empirismo, que resalta el
papel de la experiencia, sobre todo el sentido de la percepción.
Cottingham, John. El racionalismo. Barcelona: Ariel, 1987. Magnífica síntesis de las corrientes
filosóficas que entienden la realidad como sujeta necesariamente a un principio inteligible. El
prólogo de esta edición corre a cargo de Mariona Costa y Ferrán Requejo. Además aporta una
voluminosa bibliografía.
Hessen, Johannes. Teoría del conocimiento. Madrid: Espasa-Calpe, S.A., 17ª ed., 1991. Análisis
general de la epistemología a cargo de un gran experto.
Jurado Baena, Manuel. El racionalismo en Descartes. Alicante: Club Universitario, 1997. Breve
acercamiento al pensamiento del gran filósofo y científico francés del siglo XVII.
Kolakowski, Leszek. El racionalismo como ideología y ética sin código. Barcelona: Ariel, 1970.
Atrayente interpretación del racionalismo por parte del famoso teólogo polaco.
Lorenzo, Javier de. El racionalismo y los problemas del método. Madrid: Ediciones Pedagógicas,
1994. Acercamiento a la corriente racionalista de pensamiento, con prólogo de Gustavo Bueno y
una breve bibliografía.
Mirete Navarro, José Luis. Racionalismo, idealismo y positivismo. Murcia: DM, 1995. Todo un
experto en filosofía del derecho escribe esta breve obra dedicada a tres de las grandes corrientes
filosóficas.
Rábade, Sergio. Descartes y la gnoseología moderna. Madrid: G. del Toro, 1971. Magnífica síntesis
del pensamiento cartesiano a cargo de uno de los grandes especialistas en la divulgación del
racionalismo y el empirismo.
Rábade, Sergio. Estructura del conocer humano. Madrid: G. del Toro, 3ª ed., 1985. Atrayente
compendio de la epistemología.
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Thomas Jefferson
1 INTRODUCCIÓN
La Declaración de Independencia
La Declaración de Independencia, redactada en su mayor parte por Thomas Jefferson, es el documento en el
que los colonos norteamericanos proclamaron su independencia política del dominio británico. El segundo
Congreso Continental, al que acudieron representantes de las 13 colonias, adoptó la declaración el 4 de julio
de 1776. En ella se recogen las quejas y razones que llevaron a los colonos a proclamar la independencia. Su
elocuente retórica y relevancia política la han convertido en uno de los más grandes documentos de la
historia.
Hulton Deutsch
2 JUVENTUD
Jefferson nació el 13 de abril de 1743 en Shadwell, Virginia. Su padre era un rico plantador.
Pronto adquirió un interés activo por la botánica, geología, cartografía, griego y latín. Durante su
formación en el College of William and Mary a comienzos de la década de 1760, alcanzó grandes
conocimientos sobre derecho, historia, filosofía y ciencias. Jefferson comenzó a ejercer en 1767
y en 1769 fue elegido por primera vez para la Asamblea de Virginia. Su principal pasión antes de
los 30 años fue el diseño y construcción de su casa, en Monticello.
3 TEÓRICO DE LA INDEPENDENCIA
En este escrito, Summary view of the rights of British America, Jefferson decía que los primeros
colonos vinieron como individuos particulares más que como agentes del gobierno británico. Por
tanto, los gobiernos oficiales que formaron encarnaban el derecho natural de los expatriados de
un país a elegir las condiciones de su sumisión a un nuevo soberano. Afirmaba que las
instituciones coloniales y el Parlamento británico compartían el poder, y que ambos eran
responsables de proteger 'las libertades y los derechos' del pueblo.
4 LOGROS LEGISLATIVOS
Como legislador de Virginia (1776-1779), Jefferson intentó reformar la sociedad siguiendo las
pautas republicanas e ilustradas. Después de lograr la aprobación de su propuesta para separar
el poder del Estado de la Iglesia anglicana, fue responsable de la legislación que abolía el
derecho de vinculación (herencia de la tierra a través de una línea concreta de descendientes) y
de primogenitura (herencia sólo para el hijo mayor), eliminando así las dos mayores
restricciones gubernamentales al derecho a la propiedad privada.
La reforma del código penal de Virginia, en la que Jefferson tuvo una destacada participación, no
obtuvo los resultados humanitarios esperados, pero eliminó las prácticas más brutales y
represivas que el mismo contenía. No consiguió la aprobación de una ley, por él impulsada, que
propugnaba un sistema de escuelas y bibliotecas públicas, pero muchos años después consiguió
fundar la Universidad de Virginia (1825). Su logro más importante como legislador de Virginia
fue la promulgación del Estatuto de Virginia para la Libertad de Culto, aprobado en 1786, por el
que se prohibía a los estados financiar cualquier tipo de organización religiosa.
Como gobernador de Virginia (1779-1781), Jefferson no consiguió evitar que los británicos
invadieran este estado. Tras dejar el cargo se retiró a Monticello a escribir sus Apuntes sobre el
estado de Virginia, en los que habla acerca de la vida social, política y económica en el siglo
XVIII.
Jefferson volvió a ser delegado en el Congreso y en 1784 redactó el informe que fue la base para
las Ordenanzas de 1784, 1785 y 1787. Como embajador en Francia (1784-1789) fue testigo,
con entusiasmo y aprobación, de las primeras fases de la Revolución Francesa.
5 LOS GOBIERNOS DE WASHINGTON Y ADAMS
Tras dejar el cargo se sintió molesto por la creciente amistad de la administración con Gran
Bretaña y otras políticas promovidas por el secretario del Tesoro (ministro de Hacienda),
Alexander Hamilton. En 1796 fue nominado candidato para la presidencia por el Partido
Republicano. Recibió el segundo mayor número de votos y fue elegido en 1797 vicepresidente en
la administración del federalista John Adams.
Durante el tiempo que permaneció en tal cargo observó con creciente indignación cómo los
federalistas se aprovechaban del sentimiento antifrancés para crear un ejército permanente bajo
el control de su enemigo, Alexander Hamilton, y para aprobar la Alien Act (Ley de Extranjería),
que restringía la libertad de los extranjeros supuestamente prorrepublicanos, y la Sedition Act
(Ley de Sedición), que permitía condenar y juzgar a cualquiera que imprimiera falsas
acusaciones sobre oficiales del gobierno. En resoluciones redactadas para las asambleas de
Kentucky y Virginia, Jefferson y James Madison denunciaron la inconstitucionalidad de estas
leyes y asignaban a los estados el papel de baluartes contra la violación de las libertades
individuales.
En las elecciones de 1800 Jefferson y su colega republicano, Aaron Burr, obtuvieron igual
número de votos electorales, por lo que la elección de presidente había de ser resuelta por la
Cámara de Representantes, la cual, tras 36 votaciones, eligió presidente a Jefferson.
Thomas Jefferson
Thomas Jefferson fue el autor de la Declaración de Independencia, uno de los principales líderes de la guerra
de Independencia estadounidense y el 3º presidente de Estados Unidos. Asimismo, se le ha considerado un
gran diplomático y pensador político. Su país duplicó su extensión en 1803 cuando Jefferson adquirió el
territorio situado al oeste del Mississippi, entonces llamado Luisiana. (Recitado por un actor).
Hulton Deutsch/(p) 1992 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
En este cargo tuvo que enfrentarse a la oposición de parte de su propio partido y a la de los
federalistas, por lo que se marcó una línea política entre ambos. Apoyó la derogación de la
Judiciary Act (Ley Judicial) de 1801, que había creado una compleja cadena de tribunales de
apelación, pero se opuso a todo asalto a la independencia del poder judicial, dominado por los
federalistas.
Durante su primer mandato, su mayor logro como presidente fue la compra de Luisiana y la
organización de una expedición al mando de William Clark y Meriwether Lewis para explorar
dicho territorio. La política exterior durante su segundo mandato tuvo menos éxito. Tratando de
obligar a los británicos a respetar la neutralidad de Estados Unidos en alta mar durante las
Guerras Napoleónicas, convenció al Congreso en 1807 para bloquear todo el comercio con Gran
Bretaña mediante la Ley de Embargo, una maniobra que arruinó la economía del país durante
una generación y suscitó la enemistad de Nueva Inglaterra, que vivía del comercio exterior.
7 RETIRO
Tras finalizar su mandato en 1809 se retiró a Monticello, donde vivió hasta su muerte, ocurrida
el 4 de julio de 1826. Pasó esos años manteniendo correspondencia con John Adams sobre
temas políticos. Por razones económicas no quería liberar a sus esclavos y no estaba de acuerdo
con sus amigos abolicionistas. Sus contradictorias creencias en la dignidad humana y en la
inferioridad racial fueron un símbolo del dilema del país que él había ayudado a crear.
Voltaire
1 INTRODUCCIÓN
Voltaire
El escritor y filósofo francés Voltaire está considerado como una de las figuras centrales del movimiento
ilustrado del siglo XVIII, un periodo en el que se insistió sobre el poder de la razón humana, de la ciencia y
del respeto hacia la humanidad. Voltaire opinaba que la literatura debía servir como instrumento de progreso
social. Así, sus hirientes sátiras y sus escritos filosóficos mostraban su aversión hacia la intolerancia, la
tiranía y la hipocresía del cristianismo, lo cual le procuró constantes conflictos con las autoridades políticas y
religiosas. La expresión captada en este retrato suyo de 1718 indica inequívocamente su gran sentido del
humor.
Giraudon/Art Resource, NY
Voltaire (1694-1778), escritor y filósofo francés que figura entre los principales representantes
de la Ilustración.
François Marie Atouet nació en París, el 21 de noviembre de 1694, hijo de un notario y a partir
de 1718 adoptó definitivamente el nombre de Voltaire. Estudió con los jesuitas en el colegio
Louis-le-Grand.
2 PRIMEROS ÉXITOS
Voltaire decidió desde muy joven emprender una carrera literaria. Comenzó a moverse en los
círculos aristocráticos y pronto fue conocido en todos los salones literarios de París por su
ingenio sarcástico. Varios de sus escritos, especialmente un libelo en el que acusaba al regente
Felipe II, duque de Orleans, de atroces crímenes, precipitaron su ingreso en la prisión de la
Bastilla. Durante los once meses de encierro completó su primera tragedia, Edipo, basada en la
obra homónima del dramaturgo griego Sófocles, y comenzó un poema épico sobre Enrique IV de
Francia. Edipo se estrenó en el Théâtre-Français en 1718 y fue acogida con enorme entusiasmo.
La obra sobre Enrique IV se imprimió anónimamente en Génova bajo el título de Poème de la
ligue (1723). En su primer poema filosófico, Los pros y los contras, Voltaire ofrece una elocuente
descripción de su visión anticristiana y su credo deísta de carácter racionalista.
Tras una disputa con un miembro de una ilustre familia francesa, Voltaire fue encarcelado por
segunda vez en la Bastilla, pero fue liberado al cabo de dos semanas bajo la promesa de
abandonar Francia y establecerse en Inglaterra. Pasó entonces dos años en Londres, y no tardó
en dominar la lengua inglesa. Con la intención de preparar al público británico para una edición
ampliada de su Poème de la ligue, Voltaire escribió dos notables ensayos en inglés: uno sobre
poesía épica y otro sobre la historia de las guerras civiles en Francia. Durante algunos años, el
católico y autocrático gobierno francés prohibió la edición ampliada del Poème de la ligue, que
finalmente adoptó el título de La Henriade. La aprobación para publicarlo llegó en 1728. Esta
obra, una elocuente defensa de la tolerancia religiosa, obtuvo un éxito sin precedentes, no sólo
en la Francia natal de Voltaire, sino en todo el continente europeo.
3 POPULARIDAD EN LA CORTE
En 1728 Voltaire regresó a Francia. Durante los cuatro años siguientes residió en París y dedicó
la mayor parte de su tiempo a la composición literaria. La principal obra de este periodo,
inspirada en su contacto durante su estancia en Inglaterra con Pope, Swift, Congreve y Walpole,
es Cartas inglesas en 1734, de la que realizó una nueva edición con el título de Cartas filosóficas
en 1737. Se trata de un ataque encubierto a las instituciones políticas y eclesiásticas francesas
que le causó problemas con las autoridades, y una vez más se vio obligado a abandonar París.
Se refugió entonces en el Château de Cirey, en el ducado independiente de Lorena. Allí entabló
una larga relación sentimental con la culta aristócrata Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil,
marquesa de Châtelet, que ejerció sobre él una importante influencia intelectual.
Esta estancia se vio interrumpida en varias ocasiones. Voltaire viajaba con frecuencia a París y
Versalles, donde, gracias a la influencia de la marquesa de Pompadour, la famosa amante de
Luis XV, se convirtió en uno de los favoritos de la corte. En primer lugar fue nombrado
historiador de Francia y más tarde caballero de la Cámara Real. Finalmente, en 1746, fue
elegido miembro de la Academia Francesa (véase Instituto de Francia). Su Poème de Fontenoy
(1745), donde relata la victoria de los franceses sobre los ingleses durante la Guerra de
Sucesión austríaca, y El siglo de Luis XV, además de otras obras de teatro como La princesa de
Navarra o El triunfo de Trajano, marcaron el inicio de la relación de Voltaire con la corte de Luis
XV.
A la muerte de madame de Châtelet en 1749, Voltaire aceptó una antigua invitación de Federico
II el Grande para residir de manera permanente en la corte prusiana. Viajó a Berlín en 1750,
pero no permaneció allí más de dos años, pues su ingenio más bien ácido chocó con el
temperamento autocrático del rey y fue la causa de frecuentes disputas. Durante su estancia en
Berlín completó El siglo de Luis XIV, un estudio histórico sobre el reinado de ese monarca (1638-
1715).
4 ATAQUES A LA RELIGIÓN
Por espacio de algunos años Voltaire llevó una existencia itinerante, pero finalmente se
estableció en Ferney, en 1758, donde pasó los últimos veinte años de su vida. En el intervalo
comprendido entre su regreso de Berlín y su establecimiento en Ferney, terminó su obra más
ambiciosa, el Ensayo sobre la historia general y sobre las costumbres y el carácter de las
naciones (1756). Esta obra, que no es otra cosa que un estudio del progreso humano, censura el
supernaturalismo y denuncia la religión y el poder del clero, si bien afirma su creencia en Dios.
Una vez establecido en Ferney, Voltaire escribió varios poemas filosóficos, como El desastre de
Lisboa (1756), sobre el tremendo terremoto que asoló la ciudad en 1755, varias novelas
satíricas y filosóficas, entre las que cabe destacar Cándido (1759), la tragedia Tancredo (1760) y
el Diccionario filosófico (1764). Desde la seguridad que le proporcionaba su retiro, lanzó cientos
de panfletos en los que satirizaba los abusos del poder. Quienes eran perseguidos por sus
creencias encontraron en Voltaire un elocuente y poderoso defensor. El talante de sus
actividades podría resumirse en una frase que el propio autor empleaba muy a menudo:
écrasons l’infâme (‘aplastemos al infame’). Con esta frase se refería a cualquier forma de
religión que persigue a quienes no la profesan, que practica el fanatismo. Oponía el deísmo, una
religión puramente racional, a la religión cristiana. En Cándido, Voltaire analiza el problema del
mal en el mundo y describe las atrocidades cometidas a lo largo de la historia en nombre de la
Religión. Voltaire murió el 30 de mayo de 1778 en París.
5 CRÍTICA
El carácter contradictorio de Voltaire se refleja tanto en sus escritos como en las opiniones de
otros. Parecía capaz de situarse en los dos polos de cualquier debate, y en opinión de algunos de
sus contemporáneos era poco fiable, avaricioso y sarcástico. Para otros, sin embargo, era un
hombre generoso, entusiasta y sentimental. Esencialmente, rechazó todo lo que fuera irracional
e incomprensible y animó a sus contemporáneos a luchar activamente contra la intolerancia, la
tiranía y la superstición. Su moral estaba fundada en la creencia en la libertad de pensamiento y
el respeto a todos los individuos, y sostuvo que la literatura debía ocuparse de los problemas de
su tiempo. Estas opiniones convirtieron a Voltaire en una figura clave del movimiento filosófico
del siglo XVIII ejemplificado en los escritores de la famosa Enciclopedia francesa. Su defensa de
una literatura comprometida con los problemas sociales hace que Voltaire sea considerado como
un predecesor de escritores del siglo XX como Jean-Paul Sartre y otros existencialistas
franceses.
Todas las obras de Voltaire contienen pasajes memorables que se distinguen por su elegancia,
su perspicacia y su ingenio. Sin embargo, su poesía y sus obras dramáticas abusan a menudo de
un exceso de atención a la cuestión histórica y a la propaganda filosófica. Cabe destacar, entre
otras, las tragedias Brutus (1730), Zaire (1732), Alzire (1736), Mahoma o el fanatismo (1741), y
Mérope (1743); el romance filosófico Zadig (1747); el poema filosófico Discurso sobre el hombre
(1738); y el estudio histórico Carlos XII (1730).
Escarpit, Roger. Historia de la Literatura Francesa. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica,
1956. Interesante capítulo acerca de Voltaire, su obra y su tiempo.
Espina, José Antonio. Voltaire y el siglo XVIII. Madrid: Ediciones Júcar, 1974. Panorama cultural de
la Ilustración.
Lafarga, Fernando. Voltaire en España. Barcelona: Universidad de Barcelona, 1982. Ensayo acerca
de la influencia de Voltaire en el pensamiento español durante los siglos XVIII y XIX.
Lanson, Gaston. Voltaire. París: Hachette, 1966. Estudio exhaustivo de la vida y obra de Voltaire.
Mason, Haydn. Voltaire. Barcelona: Editorial Salvat, 1988. Biografía importante sobre el autor
francés.
Pompeau, René. La religión de Voltaire. París: Nizet, 1948. La influencia de la obra de Voltaire en
las creencias religiosas.
Pujol, Carlos. Voltaire. Barcelona: Editorial Planeta, 1973. Análisis de las circunstancias vitales del
escritor y de su reflejo en la obra. Con comentarios precisos y acertados.
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Constitución
Constitución, ley fundamental, escrita o no, de un Estado soberano, establecida o aceptada
como guía para su gobernación. La constitución fija los límites y define las relaciones entre los
poderes legislativo, ejecutivo y judicial del Estado, estableciendo así las bases para su gobierno.
También garantiza al pueblo determinados derechos. La mayoría de los países tienen una
constitución escrita. La de Gran Bretaña, encarnada en numerosos documentos (por ejemplo, la
Carta Magna) y el derecho consuetudinario que definen las relaciones de los ciudadanos con la
Corona, el Parlamento y los tribunales, no está escrita, pese a que, en muchas ocasiones, se ha
postulado su redacción para que Gran Bretaña disponga de un texto análogo al de la gran
mayoría de estados.
Las constituciones pueden clasificarse mediante varios criterios: si están protegidas contra
enmiendas (constituciones blindadas), si presentan una clara separación de poderes, si las
disposiciones pueden ponerse en vigor mediante revisión de la actuación del ejecutivo o del
legislativo, si establecen un Estado unitario o federado, etc. Las constituciones escritas están
asociadas históricamente al liberalismo político y a la Ilustración. Tal es el caso de la historia del
constitucionalismo español. Muchos estados autoritarios y totalitarios poseen unas elaboradas
constituciones, pero, en la práctica, no tienen vigor para ser respetadas por el gobierno en el
poder, que siempre puede no acatarlas, suspenderlas o invalidarlas.
Constitucionalismo español
Jiménez Asensio, R. Introducción a una historia del constitucionalismo español. Valencia: Tirant lo
Blanch, 1993. Aproximación de carácter divulgativo al componente histórico-político y jurídico del
constitucionalismo español.
Lario, Dámaso de y Linde, Enrique. Las Constituciones españolas. Madrid: Anaya, 1994. Obra
divulgativa que acompaña sus introducciones y estudios históricos con abundancia de cuadros
sinópticos con las principales carácteristicas de las diferentes leyes fundamentales aplicadas en
España.
Montero, Julio (editor). Constituciones y códigos políticos españoles, 1808-1978. Barcelona: Ariel,
1998. Obra de carácter divulgativo donde se ofrece una introducción general al constitucionalismo
español, como antecámara a la reproducción de los principales textos constitucionales.
Peña González, J. Historia política del constitucionalismo español. Madrid: Prensa y Ediciones
Iberoamericanas, 1995. Análisis riguroso de las leyes fundamentales españolas y de la articulación
del sistema político en su perspectiva histórica.
Sánchez Agesta, Luis. Historia del constitucionalismo español (1808-1936). Madrid: Centro de
Estudios Constitucionales, 1984. Obra de ineludible referencia y de gran incidencia en la
historiografía española sobre la historia constitucional.
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Ley
Ley, término que posee una gama plural de significados, como lo demuestra su frecuente uso en
las ciencias experimentales (ley de la gravedad, leyes químicas, entre otros ejemplos) y en
tantos otros órdenes (leyes religiosas o morales, leyes económicas) para designar toda norma o
regla a la que deben someterse o ajustarse los hechos de que trata su objeto.
Ni siquiera en Derecho el vocablo ley posee un significado único. En un sentido amplio, equivale
a norma jurídica, ya derive de los órganos del Estado, de la costumbre, o de cualquier otra
fuente a la que el ordenamiento jurídico atribuya poder de dictar o crear normas. Ello sin excluir
a la propia libertad de pactos (es así como se dice de forma taxativa que “el contrato es ley
entre las partes que lo suscriben” o que “el testamento es la ley de la sucesión mortis causa”).
En sentido material, ley significa norma jurídica escrita emanada de aquellos órganos a los que
el Estado atribuye fuerza normativa creadora. Desde este punto de vista, es también ley la
norma que dicta desde un determinado ministerio u órgano del gobierno o del poder ejecutivo,
hasta un ayuntamiento o municipalidad (a través de los reglamentos u ordenanzas municipales).
No lo es en cambio la costumbre, que emana de forma directa y con un impulso espontáneo del
pueblo.
En sentido estricto y formal, sólo es ley la norma jurídica escrita que emana del poder
legislativo. De esta forma, no son leyes todas y cada una de las normas que se dictan en un
Estado, sino sólo las promulgadas por los órganos a los que cada constitución otorga la
competencia para crearlas, que, en los sistemas democráticos, no son otros que los
parlamentos.
Como características generales de la ley, se puede decir que son normas de carácter general y
abstracto que regulan una serie de supuestos o relaciones indefinidas, conteniendo un efecto
jurídico concreto para todos y cada uno de los supuestos a los que la propia ley se refiere; son
normas escritas que para tener eficacia deben ser promulgadas, publicadas en el boletín diario,
gaceta o periódico oficial que existe al efecto (Boletín Oficial del Estado, Gaceta Oficial), y
aprobadas con arreglo al procedimiento formal de elaboración previsto para ello (principio de
legalidad). Según la tradición se entendía que un requisito de la ley, para que pueda cumplir su
finalidad de ir dirigida al bien común es el de su justicia interna, pero se trata más de una
tendencia deseable que de un requisito inexcusable, pues de lo contrario las leyes injustas no
serían leyes.
En la tipología o conjunto de leyes de un Estado debe observarse el principio de jerarquía
normativa: así, una ley no puede oponerse a lo que dice la constitución, entendida ésta como ley
suprema, ni un reglamento debe contradecir lo que dispone una ley, por tener ésta un rango
superior.
Enmienda
Enmienda, en legislación, modificación de un proyecto de ley, de un estatuto vigente, de una
disposición constitucional o de un reglamento. En los procedimientos parlamentarios, la
enmienda puede ser una moción, un proyecto de ley o una resolución. Cuando se adopta según
las reglas del procedimiento parlamentario, la enmienda pasa a ser parte de la moción o del
proyecto de ley original. Durante el procedimiento parlamentario, la enmienda de un proyecto de
ley refleja el equilibrio de fuerzas entre el legislativo y el ejecutivo: por este motivo la Asamblea
Nacional de la V República de Francia ha hecho pocas enmiendas a la legislación, mientras que
en Gran Bretaña a veces se hacen enmiendas a los proyectos de ley cuando el Gobierno no
cuenta con la mayoría suficiente con respecto a un asunto concreto. Las divisiones dentro del
Gobierno de coalición en Japón obligaron a la enmienda del contencioso sobre la legislación de la
reforma electoral que finalmente aprobó el Parlamento en enero de 1994. La enmienda
constitucional depende de las disposiciones previstas en la misma Constitución: las denominadas
Constituciones rígidas están protegidas contra las enmiendas frecuentes mediante sus propios
artículos. La historia de enmiendas constitucionales de los Estados Unidos tiene una especial
importancia. El procedimiento para realizar enmiendas a la Constitución se encuentra recogido
en el Artículo V. Según éste, la enmienda es aprobada tras obtener los dos tercios del voto de
las dos cámaras legislativas o tras la petición de los dos tercios de los legislativos de los estados.
Las diez primeras enmiendas, aprobadas en 1791, pasaron a ser conocidas como declaración de
derechos. La Decimocuarta Enmienda a la Constitución (aprobada en 1868) se ha convertido en
la base legal para el fomento de la igualdad, especialmente de la igualdad entre razas.
Tribunal Constitucional
Tribunal Constitucional, órgano judicial, existente en diversos estados constitucionales con ésta
u otra denominación, que en el caso español es garante de la Constitución y de su supremacía
sobre el resto del ordenamiento jurídico, y que tiene jurisdicción en todo el territorio nacional y
es competente para conocer del recurso de inconstitucionalidad contra leyes y disposiciones
normativas con fuerza de ley, del recurso de amparo por violación de los derechos y libertades
fundamentales, de los conflictos de competencia entre determinados órganos del Estado y de las
demás materias que le atribuyan la Constitución o las leyes.
Los magistrados que integran este alto tribunal, que han de ser juristas de reconocida
competencia y larga experiencia profesional, tendrán las incompatibilidades propias de los
miembros del poder judicial y serán independientes e inamovibles en el ejercicio de su mandato.
Las sentencias del Tribunal Constitucional se publicarán con los votos particulares, si los hubiere.
Tienen el valor de cosa juzgada y no cabe interponer recurso contra ellas. Las que declaren la
inconstitucionalidad de una ley o de una norma con fuerza de ley y todas las que no se limiten a
la estimación subjetiva de un derecho, tienen plenos efectos frente a todos. Excepto que en el
fallo se disponga otra cosa, subsistirá la vigencia de la ley en la parte no afectada por
inconstitucionalidad.
Territorio
Territorio, espacio sobre el que se asienta la comunidad nacional. Sobre el territorio, sin
embargo, existen dos visiones no siempre coincidentes. La primera, variable a lo largo de la
Historia, es de índole política; la segunda responde a concepciones jurídicas que se derivan del
Derecho internacional y del Derecho de Estado. En el ámbito político, el territorio es definido por
teorías que lo consideran un elemento constitutivo de los Estados, entre la población y el
Gobierno; como el objeto y límite de la acción institucional, pues el territorio sería el lugar donde
las autoridades ejercitan el poder y, con una clara orientación autoritaria, que algunos analistas
repudian, un ámbito en expansión, como se desprende de los postulados nacionalsocialistas del
'espacio vital', fundamentados sobre todo en interpretaciones racistas. En el mundo anglosajón,
el territorio tiene una acepción diferente. En los Estados Unidos de América se denomina de esta
forma a una sección hasta cierto punto autónoma del territorio nacional que no ha alcanzado la
categoría de estado. Los territorios son: Columbia (distrito federal), en el continente, y Samoa
Oriental y Guam, en el Pacífico. Puerto Rico fue territorio estadounidense hasta 1952. Alaska y
Hawai, estados número 49 y 50 de los Estados Unidos, respectivamente, fueron territorios hasta
1959. Los territorios no están representados con regularidad en el Congreso de los Estados
Unidos, pero se les permite enviar un delegado, al que se concede un escaño en la Cámara de
representantes, con derecho a participar en los debates pero sin derecho al voto.
En 1642 terminó De Cive (Tratado del ciudadano), una exposición de su teoría sobre el gobierno.
Desde 1646 hasta 1648 ejerció como profesor de matemáticas del príncipe de Gales, más tarde
rey Carlos II, que también vivía exiliado en París. La obra más conocida de Hobbes, Leviatán
(1651), constituye una exposición vigorosa de su doctrina de la soberanía. El trabajo fue
interpretado por los seguidores del príncipe exiliado como una justificación del régimen de la
Commonwealth instaurado en Inglaterra y despertó las sospechas de las autoridades francesas
por su ataque implícito al Papado. Por temor a ser detenido, Hobbes regresó a Inglaterra.
Hobbes, Thomas. Leviathan. Madrid: Alianza Editorial, 1989. Traducción española de la obra más
conocida e influyente de Hobbes.
Zarka, Yves Charles. Hobbes y el pensamiento político moderno. Barcelona: Herder, 1997. Análisis
de la filosofía política de Hobbes, en relación con las aportaciones contemporáneas.
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Leviatán
Leviatán, término utilizado en distintos libros de la Biblia para referirse a un monstruo enorme y
escamoso. Los especialistas bíblicos suelen coincidir en aplicarlo al cocodrilo, salvo en Salmos
(Sal. 104, 26) y Job (41, 1-8), donde adquiere la acepción de “ballena” o “delfín”, ya que en
estos casos se dice que el animal es una bestia marina. En Isaías (Is. 27,1) es descrito como
“serpiente tortuosa”. También en el segundo de los apócrifos libros de Esdras (2 Esd. 6,49-52)
se menciona este término.
Leviatán
1 INTRODUCCIÓN
Leviatán, título abreviado por el que es conocida la principal obra política escrita por el filósofo
inglés Thomas Hobbes. Fue publicada en París, en 1651, en inglés, con el título completo de
Leviathan, Or The Matter, Form, and Power of a Commonwealth Eccleasiastical and Civil
(Leviatán, o la materia, la forma y el poder de un Estado eclesiástico y civil). Partiendo de un
análisis casi psicológico y antropológico de la naturaleza humana, su contenido evoluciona para
culminar con un estudio del poder político. En Leviatán, Hobbes expuso su teoría acerca de la
institución del Estado bajo el concepto de contrato social, más tarde criticado y readaptado por
Jean-Jacques Rousseau.
2 PARTE PRIMERA
En la primera parte de la obra Hobbes estudia el conocimiento humano, cuyo origen fundamenta
en la experiencia, fuente de sensaciones que permiten la producción de imágenes memorizadas.
Los recuerdos son utilizados en estas combinaciones mentales y posibilitan al hombre simular los
acontecimientos futuros y adquirir, por lo tanto, una indispensable prudencia. La palabra permite
el tránsito de lo mental a lo verbal, favoreciendo, de esta manera, la emergencia de la verdad. El
discurso es, sin embargo, fuente de errores y de engaños, que deben ser eliminados con el fin
de obtener definiciones rigurosas que, a su vez, se conviertan en vías de acceso a la ciencia. La
palabra es la base de la razón y se adquiere por la acción, siendo ésta fuente de sensaciones y
de imágenes que se intelectualizan tras la adquisición de una metodología. La razón se
caracteriza, según Hobbes, por el “cálculo de las consecuencias” de nuestros pensamientos.
Posteriormente examina la voluntad y la conducta humanas, tendentes siempre a la acción
motivada por el deseo: el poder del hombre reside en su capacidad de actuar y la adquisición del
poder se convierte en una búsqueda permanente y dominada por la pasión. Ello determina que
cada ser humano esté en continua guerra con los demás. Esta situación en la que vive el hombre
en su estado natural encontró su mejor definición en dos de sus sentencias más universalmente
conocidas: “Bellum omnium contra omnes” (“Guerra de todos contra todos”) y “Homo homini
lupus” (“El hombre es un lobo para el hombre”).
3 PARTE SEGUNDA
A partir del análisis efectuado sobre la naturaleza del hombre, Hobbes desarrolla su idea del
contrato o pacto social, desarrollado por los hombres como garante de la seguridad individual y
como forma de poner fin a los conflictos que, por naturaleza, aquéllos generan. Así, a las
pasiones naturales del hombre se oponen las, también naturales, leyes morales. Este contrato
social, a través del cual los hombres intentan hacer prevaler la razón y el deseo de paz, implica
una cierta alienación de su libertad (y, por consiguiente, de su poder) en favor de una institución
política común que podría delegar su poder de decisión y de ejecución en un soberano.
El Estado (o República) que Hobbes proyecta en Leviatán es concebido como una res publica, un
poder organizado de forma común, cuya función es “regentar” las cosas públicas y que se funda
a partir de la suma de voluntades individuales libres que deciden actuar para adquirir ventajas
comunes. Consideraba que es deseable delegar en un único hombre el poder y que este
soberano supremo gozara de un poder legislativo absoluto. El individuo vería entonces su
libertad reducida a los espacios donde la ley no se pronuncia. Sólo contemplaba un caso en el
que los individuos podrían rebelarse contra el soberano: cuando éste causara perjuicios a su
integridad corporal o a su libertad física. El pensamiento de Hobbes deja, pues, un estrecho
margen al libre albedrío y a la libertad individual.
Casanovas y la Rosa, Oriol. Casos y Textos de Derecho Internacional Público. Madrid: Editorial
Tecnos, 4ª ed., 1990. Tratados. Mar territorial. Extranjeros. Otras cuestiones.
Del Arenal, Celestino. Introducción a las relaciones internacionales. Madrid: Editorial Tecnos, 3ª
ed., 1994. Introducción. Teoría. Método.
Díez de Velasco, Manuel. Las Organizaciones Internacionales. Madrid: Editorial Tecnos, 8ª ed.,
1995. Análisis pormenorizado de las mismas.
Díez de Velasco, Manuel. Instituciones de Derecho Internacional Público. Madrid: Editorial Tecnos,
11ª ed., 1997. Obra muy actualizada.
González Campos, Julio y otros. Materiales y prácticas de Derecho Internacional Público. Madrid:
Editorial Tecnos, 2ª ed., 1992. Consentimiento del Estado. Normas consuetudinarias. Otras
cuestiones.
Guardia, E. de la. Derecho de los tratados internacionales. Buenos Aires, 1997. Derecho
internacional aplicado a los tratados.
Molina del Pozo, Carlos (coordinador). Integración Eurolatinoamericana. Buenos Aires, 1996.
Aborda el tema de la progresiva integración de Europa y Latinoamérica.
Puente Egido, José. Casos prácticos de Derecho internacional público. Madrid: Edición del autor,
1997. Contiene índice analítico.
Sánchez Rodríguez, Luis Ignacio. Derecho internacional público. Problemas actuales. Madrid:
Eurolex, 1993. Fronteras. Crisis. Mantenimiento de la paz. Otras cuestiones.
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Entre las nociones fundamentales del derecho internacional privado cabe citar los puntos de
conexión: elementos de la relación jurídica —nacionalidad, domicilio, lugar en que se realiza un
acto— que sirven para determinar la norma material aplicable (calificación del supuesto de
hecho) y averiguar la ley a aplicar; el reenvío que la norma de conflicto del tribunal hace a una
extranjera; el orden público (principios que, representativos de los valores intangibles de una
sociedad, se plasman en normas imperativas que no pueden ser sustituidas por otras de derecho
extranjero); el fraude de ley (sumisión a una norma de cobertura extranjera con la finalidad,
reprochable, de sustraerse a los efectos de una ley propia).
Boffiano, A. Curso de Derecho internacional privado. Buenos Aires, 1993. Derecho de las relaciones
privadas internacionales.
Espinar Vicente, José María. Derecho procesal civil internacional.Alcalá de Henares: Servicio de
Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares, 1993. Parte de un Curso de Derecho
internacional privado que viene escribiendo el autor.
Fernández Rozas, Carlos (editor). Derecho del comercio internacional. Madrid: Eurolex, 1996. Obra
colectiva que trata de competencia, empresarios, sociedades y otras cuestiones.
Fernández Rozas, Carlos y Sánchez Lorenzo, Sixto. Curso de Derecho internacional privado. Madrid:
Editorial Cívitas, 3ª ed., 1996. Versión reciente y ordenada de la materia.
González Campos, Julio y otros. Derecho Internacional Privado. Parte Especial. Madrid: Eurolex, 6ª
ed., 1995. Personas. Cosas. Obligaciones. Familia. Sucesiones.
Pérez Vera, Elisa y otros. Derecho internacional Privado. Madrid: Universidad Nacional de
Educación a Distancia, 6ª ed., 1997. Nacionalidad. Extranjería. Procesal Civil Internacional. Otras
cuestiones.
Puente Egido, José. Derecho internacional privado español. Doctrina legal del Tribunal Supremo.
Madrid: Dykinsson, 1988. Recoge la jurisprudencia desde 1841 hasta 1977.
Tomás Ortíz de la Torre, José Antonio. Derecho Internacional Privado. Madrid: Universidad
Complutense, 1992. Introducción a la disciplina. Historia doctrinal. Codificación.
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Adam Smith
1 INTRODUCCIÓN
Adam Smith
En su famoso tratado La riqueza de las naciones, Adam Smith sostenía que la competencia privada libre de
regulaciones produce y distribuye mejor la riqueza que los mercados controlados por los gobiernos. Desde
1776, cuando Smith escribió su obra, su razonamiento ha sido utilizado para justificar el capitalismo y
disuadir la intervención gubernamental en el comercio y cambio. En palabras de Smith, los empresarios
privados que buscan su propio interés organizan la economía de modo más eficaz "como por una mano
invisible".
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Adam Smith (1723-1790), economista y filósofo británico, cuyo famoso tratado Investigación
sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, más conocida por su nombre
abreviado de La riqueza de las naciones (1776), constituyó el primer intento de analizar los
factores determinantes de la formación de capital y el desarrollo histórico de la industria y el
comercio entre los países europeos, lo que permitió crear la base de la moderna ciencia de la
economía.
2 VIDA
3 PENSAMIENTO E INFLUENCIA
En La riqueza de las naciones, Smith realizó un profundo análisis de los procesos de creación y
distribución de la riqueza. Demostró que la fuente fundamental de todos los ingresos, así como
la forma en que se distribuye la riqueza, radica en la diferenciación entre la renta, los salarios y
los beneficios o ganancias. La tesis central de este escrito es que la mejor forma de emplear el
capital en la producción y distribución de la riqueza es aquella en la que no interviene el
gobierno, es decir, en condiciones de laissez-faire y de librecambio. Según Smith, la producción
y el intercambio de bienes aumenta, y por lo tanto también se eleva el nivel de vida de la
población, si el empresario privado, tanto industrial como comercial, puede actuar en libertad
mediante una regulación y un control gubernamental mínimos. Para defender este concepto de
un gobierno no intervencionista, Smith estableció el principio de la “mano invisible”: al buscar
satisfacer sus propios intereses, todos los individuos son conducidos por una “mano invisible”
que permite alcanzar el mejor objetivo social posible. Por ello, cualquier interferencia en la
competencia entre los individuos por parte del gobierno será perjudicial.
Aunque este planteamiento ha sido revisado por los economistas a lo largo de la historia, gran
parte del contenido teórico de La riqueza de las naciones (de un modo particular en lo referente
a la fuente de la riqueza y los factores determinantes de la formación de capital) sigue siendo la
base del estudio teórico en el campo de la economía política. La riqueza de las naciones también
constituye una guía para el diseño de la política económica de un gobierno.
Firme partidario del principio de laissez-faire y del librecambio, Smith analizó en esta obra los
orígenes de la riqueza y las condiciones que determinan el surgimiento del capital. Para que se
den tales circunstancias, consideraba como necesaria la mínima intervención posible por parte
del Estado. Por el contrario, y oponiéndose al mercantilismo en boga, pensaba que una “mano
invisible”, consecuencia de la libre actuación de iniciativas privadas, determinaba que el mercado
terminara por satisfacer las necesidades de la sociedad. A partir del profundo análisis realizado
para indagar en las fuentes de la riqueza, el autor proseguía su discurso señalando la
importancia de la distribución de aquélla por medio del comercio internacional. Igualmente,
realizó una hábil distinción entre los principales conceptos de la economía, entre ellos los de
división del trabajo, renta, valor, precio, salario y beneficio. Traducida a gran número de
lenguas, La riqueza de las naciones ejerció una decisiva influencia en la posterior historia de la
economía.
Laissez-faire
Laissez-faire (en francés, ‘dejad hacer’), doctrina económica que propugna una política de no
intervención del gobierno en los asuntos económicos y defiende el capitalismo, la libre
competencia y las preferencias naturales de los consumidores como principales fuerzas que
permiten alcanzar la prosperidad y la libertad. Surgió a finales del siglo XVIII como doctrina
económica del emergente liberalismo, ante los impuestos al comercio y el control estatal ejercido
por las monarquías absolutistas europeas en virtud de las teorías del mercantilismo, dominante
durante la edad moderna.
En Europa occidental, durante el siglo XVIII, los pensadores económicos opinaban que el orden
natural, sin regulaciones ni ajustes, era el mejor sistema para conseguir el máximo bienestar
para todos. En Francia, los primeros economistas, conocidos como fisiócratas, desarrollaron por
primera vez la teoría del laissez-faire, que establecía que no debía interferirse en las relaciones
comerciales. Sin embargo, el principal exponente del capitalismo del laissez-faire fue el escocés
Adam Smith, quien creía que el bienestar individual era el fundamento del poder de una nación.
En su obra La riqueza de las naciones (1776), defendía una política de libre comercio según la
cual la “mano invisible” de la competencia podría actuar como reguladora de la actividad
económica. La defensa que Smith hacía de la empresa privada como mejor estímulo para la
distribución equitativa de la riqueza fue ganando adeptos a principios del siglo XIX, debido, en
parte, a las revoluciones liberales que se sucedieron en Europa. Sus teorías fueron ampliadas
por una escuela de economistas británicos encabezados por David Ricardo y John Stuart Mill.
Los principios del laissez-faire y del libre comercio atrajeron a la creciente clase capitalista de la
Revolución Industrial. Estos propietarios y comerciantes deseaban verse libres de la regulación y
de los impuestos establecidos por los gobiernos para buscar su propio interés. Vencedoras en el
primer tercio del siglo XIX, las políticas del laissez-faire provocaron abusos, especialmente por el
empleo de mano de obra infantil. Paulatinamente se fueron asociando más empresas para
controlar la producción y los precios en beneficio de sus propietarios. Así, la competencia —
fundamento básico del sistema del laissez-faire— desapareció. Esta tendencia hacia el
monopolio, hizo que se empezara a reclamar una reforma. A finales del siglo XIX, en todo el
mundo occidental se fueron restableciendo los controles gubernamentales.
Las restricciones económicas estatales y el crecimiento del socialismo durante el siglo XX no han
podido erradicar los principios básicos individualistas de la filosofía del laissez-faire. La teoría
resurgió durante las décadas de 1980 y 1990, especialmente debido al monetarismo, por lo que
en esos años se reanudaron las privatizaciones de industrias controladas por el Estado y se ha
disminuido el papel del sector público.
Thomas Paine
1 INTRODUCCIÓN
Thomas Paine
El filósofo y escritor Thomas Paine defendió la independencia de Estados Unidos en su ensayo El sentido
común (1776). Apoyó la Revolución Francesa en Los derechos del hombre (1791-1792) y definió el papel de
la religión en la sociedad en La edad de la razón (1794, 1795, 1807).
Hulton Deutsch
Thomas Paine (1737-1809), filósofo y político anglo-americano, cuyo ensayo titulado El sentido
común ejerció una gran influencia sobre la opinión pública durante la guerra de la Independencia
estadounidense.
Paine nació en Thetford (Norfolk) el 29 de enero de 1737. Trabajó como funcionario de aduanas,
pero fue despedido en 1771. Emigró a Filadelfia en 1774 con cartas de recomendación de
Benjamin Franklin, el representante de las colonias de Norteamérica en Gran Bretaña durante
este periodo. Dirigió la revista Pennsylvania Magazine y publicó varios escritos en los que
atacaba la esclavitud y defendía los derechos de la mujer. Su obra El sentido común apareció el
1 de enero de 1776; en ella afirmaba que las colonias norteamericanas no obtenían ninguna
compensación de su metrópolis, cuyo único propósito era explotar sus riquezas y cualquier
análisis sensato concluiría con la necesidad de obtener la independencia del dominio británico y
establecer un gobierno republicano propio. Este tratado fue una de las fuentes en las que se
inspiraron los autores de la Declaración de Independencia elaborada seis meses después.
Durante la guerra de Independencia Paine escribió otra serie de ensayos bajo el título de La
crisis norteamericana, que George Washington impuso como lectura obligatoria para sus tropas.
El Congreso le nombró secretario del comité de Asuntos Exteriores en 1778. Después de perder
su cargo a causa de una discusión política, pasó a ser secretario de la asamblea de Pensilvania.
Paine regresó al Reino Unido en 1787 y publicó Los derechos del hombre en 1791-1792 como
réplica al tratado del escritor británico Edmund Burke, Reflexiones sobre la revolución en
Francia, una crítica de este acontecimiento. Su apología de la Revolución Francesa provocó su
persecución por las autoridades británicas, lo que le obligó a huir a Francia.
Paine fue elegido diputado de la Convención Nacional francesa. Su ideología era afín a la de los
girondinos; no obstante, no votó a favor de la ejecución de Luis XVI, sino que se mostró
partidario del destierro. Esta actitud le granjeó la enemistad de Maximilien de Robespierre y
Paine hubo de pasar once meses en prisión hasta que el líder radical fue derrocado en 1794,
después del golpe de Estado de Termidor; a continuación, recuperó su escaño en la Convención.
Ese mismo año se publicó la primera parte de su obra La edad de la razón; la segunda parte
apareció en 1795 y un fragmento de la tercera en 1807. Aunque defendía el deísmo, las
opiniones vertidas en este libro fueron interpretadas como próximas al ateísmo, lo que le hizo
perder la mayoría de sus amistades. Desencantado de la vida política francesa, se dedicó al
estudio del mundo financiero hasta 1802, año en el que regresó a Estados Unidos en un barco
puesto a su disposición por el presidente Thomas Jefferson. Retirado de la vida pública e
ignorado en sus años finales, falleció el 8 de junio de 1809 en Nueva York.
A Mill se le considera figura puente entre la inquietud del siglo XVIII por la libertad, la razón y la
exaltación del ideal científico y la tendencia del XIX hacia el empirismo y el colectivismo. En
filosofía, sistematizó las doctrinas utilitaristas de su padre y de Jeremy Bentham en obras como
Utilitarismo (1836), donde defendía que el conocimiento descansa sobre la experiencia humana
y ponía de relieve el papel de la razón humana. En economía política, Mill defendió aquellas
prácticas que creía más acordes con la libertad individual, y recalcó que la libertad podía estar
amenazada tanto por la desigualdad social como por la tiranía política, ideas que expuso en el
que quizá sea el más famoso de sus ensayos, Sobre la Libertad (1859). Estudió las doctrinas
socialistas premarxistas, y, aunque no llegó a ser considerado un socialista, luchó de forma muy
activa por mejorar las condiciones de los trabajadores. En el Parlamento, Mill fue considerado un
radical al defender medidas como la propiedad pública de los recursos naturales, la igualdad de
las mujeres, la educación obligatoria y el control de natalidad. Su defensa del sufragio femenino
en los debates sobre el Programa de Reformas de 1867 llevó a la formación del movimiento
sufragista. Mill también investigó la causalidad, buscando una explicación en términos de
principios empíricos. Entre sus numerosos escritos destacados figuran Principios de economía
política (1848), Sobre la esclavitud de las mujeres (1869), Autobiografía (1873) y Tres ensayos
sobre religión (1874).
García Añón, José. John Stuart Mill: justicia y derecho. Madrid: McGraw-Hill-Interamericana de
España, 1997. Análisis de la relevancia del pensamiento de Mill en la actual teoría del Derecho.
Miguel Álvarez, Ana de. Cómo leer a John Stuart Mill. Madrid: Ediciones Júcar, 1994. Introducción a
los temas fundamentales de la obra de Mill.
Mill, John Stuart. Autobiografía. Madrid: Alianza Editorial, 1986. Traducción de una de las obras
más interesantes para conocer la personalidad del filósofo británico.
Mill, John Stuart. Sobre la libertad. Madrid: Alianza Editorial, 1984. Traducción de un clásico
ensayo de Mill que ejerció una gran influencia en la teoría social del liberalismo clásico.
Mill, John Stuart. El utilitarismo. Madrid: Alianza Editorial, 1984. Traducción de una selección de
textos de Mill, muy influyentes en la tradición del utilitarismo ético.
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Nobleza
1 INTRODUCCIÓN
Escena de El gatopardo
El gatopardo (1963), de Luchino Visconti es una adaptación cinematográfica de la obra maestra de Tomasi di
Lampedusa de igual título, sobre la unificación italiana y el declive de la aristocracia. En la foto, una
secuencia de la célebre escena final en la que el príncipe Fabrizio Salina (Burt Lancaster) baila un vals
inédito de Giuseppe Verdi (adaptado por Nino Rota) con la bella Angelica (Claudia Cardinale).
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Nobleza, grupo social que ha gozado a lo largo de la historia de diversos privilegios, derechos y
honores especiales, a cuyos miembros se les supuso revestidos de unas cualidades personales y
morales que les hacían ser considerados superiores a otros sectores sociales.
2 EDAD ANTIGUA
En la edad antigua, ya existieron clases privilegiadas, bien por su poder militar, bien por su
riqueza, que merecían el calificativo de nobleza. En las sociedades autocráticas del Oriente
Próximo aparecieron en un nivel inferior, pero siempre en torno al soberano. Era una nobleza
militar y religiosa. En Grecia y especialmente en la República de Roma, la aristocracia seguía
manteniendo ambas funciones. Las clases patricias ejercieron gran poder e influencia política.
Sin embargo, en la Roma imperial el carácter militar fue menguando y dio lugar a una nobleza
terrateniente, especialmente con la crisis del siglo III, en la que la ciudad entró en decadencia y
los ciudadanos más acomodados se refugiaron en el campo. En otras partes del mundo han
surgido grupos sociales con similares características y prerrogativas, como es el caso de los
sogunes en Japón, que ostentaron junto a los emperadores el poder sobre todo el país,
manteniendo una función militar. No obstante, la nobleza característica del Estado moderno
europeo tiene sus orígenes en el feudalismo, sistema social basado en la posesión de tierras que
sustituyó al sistema de propiedad agraria existente en Roma tras las invasiones germánicas.
Durante la situación de inestabilidad social y económica que siguió a la caída del Imperio romano
(siglos V y VI d.C.), empezaron a surgir grandes propietarios de tierras, gracias en gran medida
a dicha conquista. Estos terratenientes cedieron parte de sus tierras a particulares, sobre los que
ejercían varios derechos como la administración de justicia y de los cuales recibían diversos
servicios. De este modo surgieron las figuras del señor y del vasallo.
3 EDAD MEDIA
Árbol genealógico
Los árboles genealógicos trazan el linaje de una familia. Muestran, además, las relaciones entre parientes y
ancestros, y pueden demostrar la realeza o nobleza de una persona. En la imagen, reproducción del árbol
genealógico de la familia del rey Alfonso VII, quien reinó en Castilla y León desde 1126 hasta 1157.
Archivo Iconografico, S.A./Corbis
En este periodo, la nobleza mantuvo su función básicamente militar. Prestaba servicios de armas
al soberano, pero su poder se fue acrecentando con la posesión de tierras. El rey medieval
concedía poderes políticos y militares a sus miembros. Sin embargo, durante todo este periodo
fueron frecuentes los enfrentamientos entre la monarquía y la nobleza, puesto que la primera
veía en la segunda una amenaza a su poder e intentó limitar sus prerrogativas. Los nobles, por
su parte, temerosos de que se recortasen sus derechos y privilegios, desafiaron en numerosas
ocasiones al monarca.
En España, durante la alta edad media, la nobleza se dividió en dos grupos: los magnates y los
infanzones. Posteriormente aparecieron los ricos hombres, los hidalgos y los caballeros. En plena
edad media muchos de los antiguos linajes nobiliarios se extinguieron y surgieron otros nuevos.
En la baja edad media hizo su aparición la denominada nueva nobleza, que presentó nuevos
rasgos como el uso de blasón y la tenencia de una casa solariega y se dividió en alta nobleza,
nobleza media, baja nobleza y los estados prenobiliarios. Durante todo este periodo, los títulos
otorgados fueron relativamente escasos, situación que cambió tras la edad media, puesto que la
nobleza aumentó de forma notable.
A finales de la edad media y en los primeros balbuceos del Estado moderno, el arte de la guerra
se transformó profundamente, lo que afectó al concepto y función de la nobleza. Los ejércitos de
caballería dieron paso a otros formados por infantería, dotados de armas de fuego y picas. Se
instauró el sistema de levas y se crearon unidades de soldados profesionales. Este nuevo
panorama hizo que la nobleza perdiera su antiguo y tradicional papel militar, adquiriendo otras
funciones de tipo cortesano. Eran dos las formas por las que se podía obtener el título nobiliario:
por herencia o por compra. En la edad moderna, las necesidades financieras de la corona
española hizo que ésta vendiese títulos nobiliarios, hecho que alcanzó su punto máximo en el
siglo XVII. Si bien los Reyes Católicos lograron mantener bajo control a la nobleza, ésta exigiría
a Carlos I compensaciones por su participación en la represión del movimiento comunero. Felipe
II introdujo en su servicio a numerosos nobles a fin de lograr tener un mayor control, política
que seguiría el conde-duque de Olivares durante el reinado de Felipe IV. A partir de ese
momento, la nobleza pasó a acaparar todos los cargos políticos y religiosos, además de los
militares. Fue en la época moderna cuando se acentuaron las diferencias entre los grupos
nobiliarios, que entrarían en un periodo de severa crisis económica, iniciada a principios del siglo
XVI, aunque la corona adoptó medidas en favor de la nobleza. Era un hecho que en numerosos
casos la posesión del título nobiliario no iba acompañado por una riqueza, en tanto que grupos
sociales inferiores ostentaban una mayor fortuna. En el siglo XVIII, los diversos consejos que
regían el poder central del Estado desaparecieron en favor de los ministros o secretarios de
Estado, pero, a pesar de ello, la alta nobleza continuó ejerciendo una notable influencia en la
vida política.
En el siglo XIX, la nobleza alcanzó un pacto con la débil burguesía, por medio del cual
renunciaba a una serie de privilegios de escasa relevancia a cambio de mantener sus
propiedades, lo que permitió que el latifundismo fuera una institución en plena vigencia a
principios del siglo XX. La reforma agraria de la II República constituyó la amenaza más grave
que conoció la nobleza, pero quedó abortada con el estallido en 1936 de la Guerra Civil
española.
Duque de Alba
Fernando Álvarez de Toledo, tercer duque de Alba, aparece aquí retratado por el magistral pintor veneciano
Tiziano (Colección de la Casa de Alba, Madrid, España). Conocido como el Gran Duque de Alba, dirigió a los
ejércitos que, encabezados por el propio emperador Carlos V (Carlos I de España), derrotaron a las tropas
luteranas, en Mülhberg (a orillas del río Elba, en Alemania), el 24 de abril de 1547.
Archivo Fotografico Oronoz
La nobleza en los dominios españoles de América se había desarrollado a lo largo de tres siglos
como reconocimiento de la corona por los servicios prestados al rey. Los reyes de la Casa de
Austria (denominación dada por la historiografía española a la Casa de Habsburgo, que rigió los
destinos de la Monarquía Hispánica) habían hecho nobles a los conquistadores, los
administradores y los colonizadores, patriarcas de una aristocracia de terratenientes.
La mayoría de los títulos de nobleza en la América española fueron concedidos, sin embargo, por
los reyes de la Casa de Borbón a lo largo del siglo XVIII para honrar a los hombres que habían
contribuido a mantener la administración, la milicia y el desarrollo económico, utilizando muchas
veces medios colaterales, como los matrimonios, parentesco, compadrazgo o nepotismo.
En México, la principal familia de la aristocracia fue la de los descendientes del virrey don Luis de
Velasco y de Miguel López de Legazpi, adelantado de Filipinas. Con la independencia, a partir de
1824, la mayoría de los títulos desaparecieron, aunque los nobles siguieron ostentando
posiciones de preeminencia económica, pero la oligarquía española fue reemplazada por la
milicia criolla, combativa y dominante.
Atienza Hernández, Ignacio. Aristocracia, poder y riqueza en la España moderna: la casa de Osuna,
siglos XV-XIX. Madrid: Siglo XXI de España Editores, S.A., 1987. Detallado análisis de la aristocracia
española durante la época moderna a través de una de sus casas más representativas.
Franco Silva, Alfonso. La fortuna y el poder: estudio sobre las bases económicas de la aristocracia
castellana (ss. XIV-XV). Cádiz: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1996. Excelente
estudio sobre la relación entre poder económico y poder político en la Castilla bajomedieval.
García Hernán, David. La aristocracia en la encrucijada: la alta nobleza y la monarquía de Felipe II.
Córdoba: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, 2000. En esta ocasión, el autor
centra su análisis en el sector nobiliario más vinculado a la Corona hispana.
Kiernan, V.G. El duelo en la historia de Europa: honor y privilegio de la aristocracia. Madrid: Alianza
Editorial, S.A., 1992. Estudio comparativo de las aristocracias europeas a través del análisis de sus
valores primordiales.
Rudé, George. Europa en el siglo XVIII. La aristocracia y el desafío burgués. Madrid: Alianza
Editorial, S.A., 4ª ed., 1985. Obra básica para comprender la evolución del continente europeo
durante esa centuria mediante el análisis de las estructuras y la descripción de las secuencias
históricas.
Stone, Lawrence. La crisis de la aristocracia, 1558-1641. Madrid: Alianza Editorial, S.A., 1985.
Estudio sobre la nobleza británica en los siglos XVI y XVII, cuando su hegemonía entró en quiebra
ante el desafío burgués.
Vigón, Jorge. Aristocracia y nobleza. Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1947. Separata del
número 32 de la Revista de Estudios Políticos en la que el militar español repasa las características
básicas de la aristocracia y la nobleza españolas.
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Aristocracia
Aristocracia (del griego, aristos, 'mejor' y kratos, 'poder'), forma de gobierno en la que el poder
soberano es conferido a un número reducido de ciudadanos que, teóricamente, son los más
cualificados para gobernar, en oposición a la monarquía, en la que la autoridad suprema recae
en una sola persona, y a la democracia, donde la máxima autoridad es ejercida por el conjunto
de los ciudadanos o por sus representantes. En una aristocracia, aunque el poder se concentra
en unos pocos, teóricamente, la administración del Gobierno procura el bienestar de la mayoría.
Cuando los intereses de la totalidad del pueblo quedan subordinados a los intereses egoístas de
los gobernantes, la aristocracia se convierte en una forma de Gobierno denominada oligarquía.
Existieron aristocracias en Atenas, con anterioridad al periodo de las guerras persas del siglo V
a.C., y en Esparta, prácticamente durante toda su historia. Lo mismo ocurrió en Roma durante el
periodo de la República, desde el siglo VI hasta el I a.C. Durante el periodo Heian (794-1185)
Japón era una aristocracia de hecho, con unos cuantos miembros de la alta nobleza (la mayoría
de un solo clan, el Fujiwara) gobernando en nombre de emperadores títeres. Durante la edad
media europea no existió una verdadera aristocracia, puesto que, aunque el poder político se
hallara en manos de unos pocos, cada señor feudal era dueño absoluto de su propio dominio. En
Inglaterra el gobierno vigente desde la subida al trono de la casa de Hannover en 1714 y a lo
largo del siglo XIX, aunque de naturaleza parlamentaria, era en realidad una aristocracia, pues
tanto el rey como el Parlamento eran controlados por unas pocas familias de nobles whig. Tras el
proceso de emancipación de América Latina, en algunos de los nuevos países surgidos del
mismo, se dieron algunas inclinaciones hacia formas de gobierno aristocrático, que no
prosperaron.
Este debate se decidió finalmente en favor de los radicales, pero provocó una serie de disputas
sobre los mecanismos constitucionales que adoptaría el nuevo orden, en el que 'el origen
fundamental de toda soberanía recae en la nación' (artículo 3). La discusión se centró en torno
al papel del monarca: los radicales consiguieron incluir una norma que denegaba carácter
legislativo a las proclamas reales, pero la propuesta central de que la legislación aprobada por la
Asamblea no fuera vetada por el poder ejecutivo quedó mitigada para que el rey pudiera anular
determinadas leyes con las que estuviera en desacuerdo. La Declaración definía los derechos
naturales del hombre, entre los que consideraba básicos la libertad (individual, de pensamiento,
de prensa y credo), la igualdad (que debía ser garantizada al ciudadano por el Estado en los
ámbitos legislativo, judicial y fiscal), la seguridad y la resistencia a la opresión.
Aunque estos principios fundamentales constituyeron la base del liberalismo político del siglo
XIX, no fueron aplicados en la Francia revolucionaria: el monarca no aceptó que sus anteriores
súbditos fueran ahora soberanos, y la Asamblea Legislativa aceptó el veto regio. Al cabo de tres
años, se abolió la monarquía y se proclamó la República. Otras dos declaraciones de los
derechos del hombre y del ciudadano fueron aprobadas posteriormente durante el transcurso de
la Revolución Francesa. La Declaración de 1793 tuvo un carácter más democrático (defendía el
derecho a la sublevación frente a la tiranía y prohibía la esclavitud) y precedió a la Constitución
de 1793. La Declaración de 1795, más próxima a la de 1789, supuso el preámbulo de la
Constitución del año III.
La Declaración tuvo gran repercusión en España y en sus colonias americanas, y fue uno de los
elementos fundamentales que estimularon la implantación de nuevas ideas.
Libertad
1 INTRODUCCIÓN
La libertad guiando al pueblo
La libertad guiando al pueblo (1830, Louvre, París) es una de las obras más claramente románticas y
célebres de Delacroix. El gobierno francés la compró aunque no se expuso hasta 1848 por ser considerada
demasiado incitadora.
Bridgeman Art Library, London/New York
La naturaleza y extensión de las restricciones a la libertad, así como los medios para
procurarlas, han creado importantes problemas a los filósofos y juristas de todos los tiempos.
Casi todas las soluciones han pasado por el reconocimiento tradicional de la necesidad de que
exista un gobierno, en cuanto grupo de personas investidas de autoridad para imponer las
restricciones que se consideren necesarias. Más reciente es la tendencia que ha subrayado la
conveniencia de definir legalmente la naturaleza de las limitaciones y su extensión. El
anarquismo representa la excepción a todo esto, al considerar que los gobiernos son perversos
por su propia naturaleza, y sostener que es preferible su sustitución por una sociedad ideal
donde cada individuo observe los elementales principios éticos.
El equilibrio perfecto entre el derecho del individuo a actuar sin interferencias ajenas y la
necesidad de la comunidad a restringir la libertad ha sido buscado en todas las épocas, sin que
se haya logrado alcanzar una solución ideal al problema. Las restricciones son en no pocas
ocasiones opresivas. La historia demuestra que las sociedades han conocido situaciones de
anarquía junto a periodos de despotismo en los que la libertad era algo inexistente o reservado a
grupos privilegiados.
3 HISTORIA
En la antigüedad, la esclavitud fue considerada como una institución necesaria para la sociedad.
En la edad media, la más importante demostración de cómo los grupos organizados de personas
se encontraban en disposición de exigir determinados privilegios a los poderosos fue la Carta
Magna, impuesta en el siglo XIII al rey Juan Sin Tierra de Inglaterra por un grupo de barones
ingleses. El documento tiene gran significado en la historia de las libertades de los pueblos.
Cuando la época medieval tocaba su fin, el renacimiento planteó el problema de la libertad
intelectual y de conciencia, con constantes desafíos a los dogmas de la Iglesia católica. La
Reforma protestante trajo ideas bastante diferentes acerca de la consideración de estas
libertades.
La Revolución Francesa de 1789 destruyó el sistema feudal en Francia y estableció el sistema del
gobierno representativo. La Ilustración, fuente intelectual de la Revolución Francesa, definió la
libertad como un derecho natural del hombre a actuar sin interferencias de ninguna clase, al
tiempo que estableció la necesidad de limitaciones a la libertad para con ello procurar la
existencia de una organización social propia. Enterrada la teoría del origen divino del poder real,
las nuevas teorías ponían el fundamento del poder en el pueblo, y destacaban que la tiranía
comienza cuando, ignorando esa procedencia, se violan los derechos individuales. En la
Revolución Francesa se encuentra el origen ideológico de la Declaración de los Derechos del
hombre y del ciudadano, que sirvió como modelo para la mayoría de las declaraciones sobre la
libertad adoptadas por los Estados europeos del siglo XIX.
En Latinoamérica, los principios liberales que rigieron las luchas por la emancipación durante las
dos primeras décadas del siglo XIX estuvieron enmarcadas también en los ideales de libertad,
personal y de comercio, que dieron origen a la Revolución Francesa.
4 PROBLEMAS MODERNOS
Desde que tuvieron lugar las revoluciones aludidas, el principal problema en relación con la
libertad nacional se ha desarrollado en paralelo con las ansias de soberanía e independencia de
pequeños países y colonias. A ello deben añadirse los problemas de las minorías raciales,
siempre dispuestas a ganar autonomía interior en relación con el Estado.
En este tratado, Locke planteó los fundamentos del conocimiento humano y advirtió su intención
de realizar una “obra moralmente útil”. Concebida en la época de los grandes descubrimientos
científicos (especialmente palpables en los trabajos de Christiaan Huygens e Isaac Newton),
Locke pensaba que la filosofía tenía que participar en estos importantes avances, eliminando,
por ejemplo, todas las invenciones y los conceptos inútiles acumulados durante los siglos
anteriores. Según él, las analogías y las relaciones entre los contenidos del conocimiento son los
elementos que permiten la elaboración de instrumentos críticos capaces de eliminar los
conocimientos erróneos. Debido a su característico empirismo analítico, se opuso a las
concepciones puramente mecanicistas y sistemáticas cartesianas y, pese a ser cuestionado por
Gottfried Wilhelm Leibniz, su influencia sobre los filósofos de la Ilustración fue considerable.
Seguidamente precisaba que las ideas son ante todo signos. Distinguía las cualidades primarias
(resultado del carácter objetivo de las cosas), de las cualidades secundarias (resultado del
carácter subjetivo). Los individuos tienen la capacidad de representar los objetos, así como una
voluntad libre para determinarlos. La razón presenta las ideas simples en tres grupos:
conjunción, abstracción y combinación. Locke divide las ideas complejas en sustancias (que
subsisten por sí mismas), en modos (que no subsisten por sí mismas) y en relaciones (que son
las ideas). El entendimiento tiende a determinarse él mismo: la identidad del individuo es
posible gracias a una toma de conciencia de sí. Locke estudia las relaciones de identidad,
causales y analógicas.
En el cuarto libro trataba de averiguar lo que se establece a partir del acuerdo o desacuerdo
entre dos ideas, ya fuera por intuición, por demostración racional o por conocimiento sensible.
La confrontación práctica permite despejar la duda. No son conexiones entre las ideas nacidas
de cualidades sensibles lo que percibimos. De hecho, el conocimiento humano se basa en las
definiciones que da a las cosas llamadas “reales”. El saber humano es, pues, limitado. Sólo el
conocimiento que proporcionado por los sentidos puede indicar lo que de realidad hay en los
objetos del mundo. La verdad es cuestión sólo de palabras, mientras que la realidad interesa a
los sentidos. A falta de algo mejor, para paliar la limitación de las posibilidades cognoscitivas de
la realidad se puede intentar utilizar en un discurso la noción de cosas “probables”. Para Locke,
Dios es el resultado de una inferencia y las enseñanzas resultantes de la fe deben estar de
acuerdo con la razón. Ateísmo y escepticismo están pues muy presentes en Locke, como en la
mayor parte de los empiristas ingleses. En resumen la principal idea que subyace en el Ensayo
es que únicamente la sensación permite la comprensión de la realidad y que la verdad pertenece
sólo al discurso.
Locke publicó Tratados sobre el gobierno civil en 1690. En ellos expuso los principios de su
teoría política. El primero de estos tratados, menos conocido y dotado de un carácter más
elemental, estaba dedicado a polemizar con Robert Filmer, quien en su obra Pathriarca (1680)
defendía el poder absoluto del monarca y comparaba el poder real con la autoridad paterna,
empleando abundantes argumentos bíblicos. Locke rechazó las tesis de Filmer, criticando su uso
de la Biblia como base de argumentación y afirmando que la ley natural no ordena la sumisión a
un poder absoluto hereditario. Por el contrario, la naturaleza favorece la libertad.
Fue el segundo tratado el que planteó, de un modo positivo, la filosofía política de Locke. Éste
pensaba que el ser humano tiene dos derechos básicos e irrenunciables: su familia y la
propiedad de sus bienes. El derecho a la propia familia se deriva de la necesidad de procreación
y de la exigencia de la educación de los hijos. El derecho a la propiedad privada se deriva del
trabajo humano, mediante el cual el hombre transforma y hace suyos determinados bienes que,
en un primer momento, se encuentran al alcance de todos. Como otros filósofos anteriores a él,
en especial Thomas Hobbes, pensaba en dos posibilidades de existencia humana: el “estado
natural” (en el que todo es de todos y en el que no se tienen asegurados derechos de ningún
tipo) y el “estado social” (en el que el ser humano vive en sociedad, de un modo organizado).
De hecho, la sociedad tiene en cuenta el estado natural, pero supone un refinamiento del
mismo, ya que en el estado natural el ser humano no tiene garantizados sus derechos básicos a
una familia y a sus bienes. Para mantener sus derechos, los hombres establecen un pacto o libre
asociación que permite defender los derechos adquiridos. Es en ese momento cuando se origina
la vida social. Pero uno de los rasgos más importantes de la sociedad es el ejercicio del poder.
Pues bien, en virtud de ese pacto libre, los ciudadanos que lo suscriben delegan el poder, que
sólo a ellos pertenece, a una persona, que lo ejerce en representación de la comunidad y puede
ser relevado de sus funciones si lo ejerce incorrectamente. De acuerdo con esta tesis, Locke no
admitía los principios de la monarquía absoluta con fundamento en el derecho divino y de
carácter hereditario; y, asimismo, plantea la posibilidad de que el monarca pueda ser destituido
si no ejerce bien sus funciones. Tras estas ideas, Locke defiende los principios de la nueva
monarquía constitucional británica.
Las ideas plasmadas por Locke en sus Tratados sobre el gobierno civil ejercieron una gran
influencia durante todo el siglo XVIII y se encuentran en la base de las más importantes
discusiones políticas que anticiparon los principios de la Revolución Francesa y la crítica del
Antiguo Régimen político.
Ciencia política
1 INTRODUCCIÓN
Ciencia política o Politología, disciplina científica cuyo objetivo es el estudio sistemático del
gobierno en su sentido más amplio. Sus análisis abarcan el origen y tipología de los regímenes
políticos, sus estructuras, funciones e instituciones, las formas en que los gobiernos identifican y
resuelven problemas socioeconómicos, y las interacciones entre grupos e individuos decisivos en
el establecimiento, mantenimiento y cambio de los gobiernos.
En general, se considera que la ciencia política forma parte de las denominadas ciencias sociales,
también integradas, entre otras, por la antropología, la economía, la historia, la psicología y la
sociología. Su relación con estas ciencias admite dos perspectivas. Algunos piensan que la
ciencia política ocupa un lugar preponderante porque las cuestiones individuales y colectivas que
estudian otras ciencias sociales siempre tienen lugar en el marco de la política como
manifestación de una creencia personal, como actividad profesional y como ejercicio de
autoridad. El punto de vista opuesto es el de que la ciencia política está al servicio de las
restantes ciencias sociales porque depende de sus conceptos, métodos y análisis.
Hoy en día, la mayor parte de las investigaciones de la ciencia política tiene que ver con temas
concretos, como las relaciones entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial en el ámbito
nacional; las relaciones internacionales entre estados en el marco internacional; las campañas
electorales y las elecciones; las regulaciones administrativas; los impuestos; la política
comparada; y las acciones e influencias de los grupos involucrados en las finanzas, el trabajo, la
agricultura, la religión, la cultura o los medios de comunicación, por ejemplo.
3.1 Orígenes
Ya en la antigua Grecia existía gran interés por conocer la naturaleza del Estado, sus órganos de
control y las funciones de sus ciudadanos. Platón, quien en su obra La República presentó de
forma utópica cómo debía ser la ciudad perfecta, fue uno de los primeros filósofos políticos. No
obstante, la mayor parte de los estudiosos coincide en que Aristóteles fue el auténtico precursor
de la ciencia política. Entre otras aportaciones, su tratado Política sobre los diferentes regímenes
anticipó el gran esfuerzo que implica clasificar las formas del Estado y sigue ejerciendo una
fuerte influencia sobre esta ciencia.
3.2 Desarrollo
Posteriormente, y a lo largo de los siglos, fueron muchos los autores que dieron vida a la ciencia
política: Marco Tulio Cicerón, san Agustín de Hipona, santo Tomás de Aquino, Nicolás
Maquiavelo, Thomas Hobbes, John Locke, Jean-Jacques Rousseau, Charles-Louis de
Montesquieu, Immanuel Kant, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Johann Gottlieb Fichte, Alexis de
Tocqueville, Karl Marx, Friedrich Engels y Friedrich Nietzsche. De sus respectivas concepciones
surgieron algunas de las obras claves en la paulatina configuración de la politología: El príncipe
(1532, donde Maquiavelo reseñó las condiciones que debían caracterizar al estadista), Leviatán
(1651, Hobbes expuso sus teorías acerca del surgimiento del Estado a partir del contrato social),
Tratados sobre el gobierno civil (1690, defensa de Locke de los conceptos de propiedad y
monarquía constitucional), El espíritu de las leyes (1748, Montesquieu defendió en sus páginas
el principio de la separación de poderes), El contrato social (1762, Rousseau revisó la cuestión
del contrato social argüida por Hobbes y Locke, y defendió la preeminencia de la libertad civil y
la voluntad popular frente al derecho divino de los soberanos), La paz perpetua (1795, Kant
concibió un sistema pacífico de relaciones internacionales basado en la constitución de una
federación mundial de repúblicas), Discursos a la nación alemana (1808, Fichte inauguró en
cierta medida el discurso del nacionalismo contemporáneo), La democracia en América (1835-
1840, Tocqueville reflexionó acerca del modelo de democracia estadounidense) y el Manifiesto
Comunista (1848, Marx y Engels abordaron el estudio de la historia a partir del materialismo).
En las páginas de estos tratados, sus respectivos autores se ocuparon de la forma en que una
sociedad puede generar las condiciones necesarias para el bienestar de sus ciudadanos. En
mayor o menor medida, todos siguen vigentes, principalmente por ocuparse de valores como la
justicia, la igualdad, la libertad y el desarrollo de las cualidades humanas.
Los éxitos que se habían conseguido en el campo de las ciencias naturales llevaron a muchos
investigadores políticos a la creencia de que, con el tiempo, empleando el análisis sistemático y
la metodología de la física, la química y la biología, podrían desarrollar teorías explicativas.
Mediante su uso, el estudio del gobierno y de la política podría convertirse, según ellos, en una
tarea tan científica como las realizadas en laboratorios. En sus intentos por conseguir
credibilidad, estos estudiosos se unieron con investigadores en los campos de la sociología y la
psicología. De los sociólogos tomaron el método estadístico para recoger y analizar el
comportamiento colectivo. De los psicólogos tomaron las definiciones, propuestas y conceptos
que les ayudaran a entender por qué los seres humanos actúan de ciertas maneras. La historia
se utilizó como fuente de datos que podían ser analizados por el científico político. La economía
fue relegada a una posición secundaria, aunque la capacidad del economista para obtener datos
concretos era envidiada por muchos politólogos. Como resultado de estos “préstamos” de otras
ciencias sociales, la ciencia política se convirtió en una disciplina independiente. No fue
considerada ya un mero complemento a la filosofía moral, a la economía política o a la historia.
A pesar de estos esfuerzos para conseguir una disciplina realista y concreta, basada en la
objetividad y en la utilización de herramientas científicas, el tradicional estudio especulativo y
normativo siguió siendo la nota común hasta mediados del siglo XX, momento en que el punto
de vista científico empezó a dominar los análisis de la ciencia política. La experiencia de quienes
retornaron a la docencia universitaria después de la II Guerra Mundial (1939-1945) tuvo
profundas consecuencias sobre la totalidad de la disciplina. El trabajo en los organismos oficiales
perfeccionó su capacidad al aplicar los métodos de las ciencias sociales, como las encuestas de
opinión, análisis de contenidos, técnicas estadísticas y otras formas de obtener y analizar
sistemáticamente datos políticos. Tras conocer de primera mano la realidad de la política, estos
profesores volvieron a sus investigaciones y a sus clases deseosos de usar esas herramientas
para averiguar quiénes poseen el poder político en la sociedad, cómo lo consiguen y para qué lo
utilizan. Este movimiento fue llamado conductismo porque sus defensores sostenían que la
medición y la observación objetivas se debían aplicar a todas las conductas humanas tal y como
se manifiestan en el mundo real.
Los adversarios del conductismo sostienen que no puede existir una verdadera ciencia política.
Objetan, por ejemplo, que cualquier forma de experimentación en que todas las variables de una
situación política estén controladas, no es ni ética, ni legal, ni posible con los seres humanos. A
esta objeción, los conductistas responden que la pequeña cantidad de conocimiento obtenido de
forma sistemática se irá sumando con el tiempo para dar lugar a una extensa serie de teorías
que explicarán el comportamiento humano.
Caminal, M. (coord.). Manual de Ciencia Política. Madrid: Editorial Tecnos, 1996. Texto
introductorio, con carácter de manual, realizado por diversos especialistas.
Duverger, Maurice. Introducción a la política. Barcelona: Editorial Ariel, 8ª ed., 1983. Clásico e
interesante estudio, con una estructura de gran claridad.
Regímenes políticos
Chatelet, François y Pisier-Kouchner, Evelyne. Las concepciones políticas del siglo XX. Madrid:
Espasa-Calpe, 1986. Documentadísimo y exhaustivo estudio sobre las teorías del Estado en
nuestro siglo.
Dahl, Robert. La democracia y sus críticos. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1993. Uno de los
mejores estudios sobre la génesis, estructura y perspectivas futuras del régimen democrático.
Furet, François. El pasado de una ilusión. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1995. Estudio
sobre los regímenes comunistas que pone de manifiesto el contraste entre el modelo teórico y su
realización práctica.
Hermet, Guy. Totalitarismos. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1991. Estudio del
fenómeno totalitario como un sistema o estructura de poder heredera de la tiranía clásica.
Hungtinton, Samuel P. La tercera ola. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1994. Controvertido
ensayo, por lo optimista, del conocido ideólogo liberal estadounidense.
Núñez Rivero, Cayetano. Los regímenes políticos contemporáneos. Madrid: UNED, 1997.
Clasificación muy didáctica de los regímenes políticos, con estudios pormenorizados sobre
diversos sistemas políticos de Europa y América.
Schmitt, Carl. La dictadura. Madrid: Alianza Editorial, 1985. A pesar de su antigüedad (1931), el
libro de Schmitt sigue siendo la mejor exposición teórica del fenómeno dictatorial. Todo un clásico.
Organizaciones internacionales
Frattini, Eric (editor). Guía de las organizaciones internacionales. Madrid: Editorial Complutense,
1998. El directorio más completo en castellano sobre esta materia.
Sánchez, Luis Ignacio. La Commonwealth, la Communauté Française y la Comunidad
Iberoamericana de Naciones. Madrid: CEDEAL, 1989. Breve estudio sobre estas organizaciones que
perpetúan los vínculos entre antiguas metrópolis y colonias.
Valderrama, Fernando. Historia de la UNESCO. París: UNESCO, 1991. Estudio monográfico sobre
uno de los fondos más importantes de Naciones Unidas.
Walters, F.P. Historia de la Sociedad de Naciones. Madrid: Tecnos, 1971. Un interesante manual
sobre el antecedente de la actual Organización de las Naciones Unidas
Alianzas regionales
Caracuel Raya, Angustias. Los cambios de la OTAN tras el fin de la Guerra Fría. Madrid: Tecnos,
1997. Estudio muy actualizado del nuevo papel de la Alianza Atlántica y su ampliación al Este.
Kaldor, Mary. Más allá de los bloques: OTAN, de la seguridad al rearme. Barcelona: Fontanamara,
1986. Breve monografía muy crítica con la escalada armamentística de principios de los ochenta.
Tamames, Ramón. La Unión Europea. Madrid: Alianza Editorial, 1999. Completo tratado sobre la
UE con especial atención a los aspectos económicos e institucionales.
Vladimirov, S. El Tratado de Varsovia: hechos y sólo hechos. Moscú: Progreso, 1979. Algo antiguo y
muy ideologizado, pero útil como manual técnico sobre el Pacto de Varsovia en los últimos años
de la Guerra Fría.
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El príncipe
El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, es uno de los más influyentes tratados de ciencia política,
publicado en 1532. El fragmento siguiente reproduce su capítulo XV, donde el autor italiano
enuncia los comportamientos que debe seguir un gobernante, siempre conducentes al
mantenimiento del poder sobre sus territorios.
Fragmento de El príncipe.
De Nicolás Maquiavelo.
Capítulo XV.
De aquellas cosas por las que los hombres y especialmente los príncipes son alabados o
vituperados
Nos queda ahora por ver cuáles deben ser el comportamiento y gobierno de un príncipe con
súbditos y amigos. Y como sé que muchos han escrito sobre esto, temo, al escribir yo
también sobre ello, ser tenido por presuntuoso, máxime al alejarme, hablando de esta
materia, de los métodos seguidos por los demás. Pero siendo mi intención escribir algo útil
para quien lo lea, me ha parecido más conveniente buscar la verdadera realidad de las cosas
que la simple imaginación de las mismas. Y muchos se han imaginado repúblicas y
principados que nunca se han visto ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay
tanta diferencia de cómo se vive a cómo se debe vivir, que quien deja lo que se hace por lo
que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su salvación: porque un hombre que
quiera en todo hacer profesión de bueno fracasará necesariamente entre tantos que no lo
son. De donde le es necesario al príncipe que quiera seguir siéndolo aprender a poder no ser
bueno y utilizar o no este conocimiento según lo necesite.
Dejando por lo tanto de lado todo lo imaginado acerca de un príncipe y razonando sobre lo
que es la realidad, digo que todos los hombres, cuando se habla de ellos —y sobre todo los
príncipes por su situación preeminente—, son juzgados por alguna de estas cualidades que
les acarrean o censura o alabanza: y así, uno es tenido por liberal, otro por mezquino
(usando un término toscano, ya que «avaro», en nuestra lengua es aquel que desea poseer
por rapiña, mientras llamamos «mezquino» al que se abstiene en demasía de utilizar lo
propio); uno es considerado generoso, otro rapaz; uno cruel, otro compasivo; uno desleal,
otro fiel; uno afeminado y pusilánime, otro feroz y atrevido; uno humano, otro soberbio;
uno lascivo, otro casto; uno recto, otro astuto, uno duro, otro flexible; uno ponderado, otro
frívolo; uno religioso, otro incrédulo y así sucesivamente. Y yo sé que todos admitirán que
sería muy encomiable que en un príncipe se reunieran, de todas las cualidades
mencionadas, aquéllas que se consideran como buenas; pero puesto que no se pueden tener
todas ni observarlas plenamente, ya que las cosas de este mundo no lo consienten, tiene que
ser tan prudente que sepa evitar la infamia de aquellos vicios que le arrebatarían el estado y
guardarse, si le es posible, de aquéllos que no se lo quiten; pero si no fuera así que incurra
en ellos con pocos miramientos. Y aún más que no se preocupe de caer en la infamia de
aquellos vicios sin los cuales difícilmente podría salvar el estado, porque si consideramos
todo cuidadosamente, encontraremos algo que parecerá virtud, pero que si lo siguiese sería
su ruina y algo que parecerá vicio pero que, siguiéndolo, le proporcionará la seguridad y el
bienestar propio.
Fuente: Maquiavelo, Nicolás. El príncipe. Estudio preliminar de Ana Martínez Arancón,
traducción y notas de Helena Puigdomenech. Madrid: Editorial Tecnos, 1988.
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De Baruch Spinoza.
Capítulo XVI.
Así, pues, se puede formar una sociedad y lograr que todo pacto sea siempre observado con
máxima fidelidad sin que ello contradiga al derecho natural, a condición que cada uno
transfiera a la sociedad todo el derecho que él posee, de suerte que ella sola mantenga el
supremo derecho de la naturaleza a todo, es decir, la potestad suprema, a la que todo el
mundo tiene que obedecer, ya por propia iniciativa, ya por miedo al máximo suplicio.
El derecho de dicha sociedad se llama democracia; ésta se define, pues, la asociación
general de los hombres, que posee colegialmente el supremo derecho a todo lo que puede.
De donde se sigue que la potestad suprema no está sometida a ninguna ley, sino que todos
deben obedecerla en todo. Todos, en efecto, tuvieron que hacer, tácita o expresamente, este
pacto, cuando le transfirieron a ella todo su poder de defenderse, esto es, todo su derecho.
Porque, si quisieran conservar algo para sí, debieran haber previsto cómo podrían
defenderlo con seguridad, pero, como no lo hicieron ni podían haberlo hecho sin dividir y,
por tanto, destruir la potestad suprema, se sometieron totalmente, ipso facto al arbitrio de la
suprema autoridad. Puesto que lo han hecho incondicionalmente (ya fuera, como hemos
dicho porque la necesidad les obligó o porque la razón se lo aconsejó), se sigue que
estamos obligados a cumplir absolutamente todas las órdenes de la potestad suprema, por
más absurdas que sean, a menos que queramos ser enemigos del Estado y obrar contra la
razón, que nos aconseja defenderlo con todas las fuerzas. Porque la razón nos manda
cumplir dichas órdenes, a fin de que elijamos de dos males el menor.
Adviértase, además, que cualquiera podía asumir fácilmente este peligro, a saber, de
someterse incondicionalmente al poder y al arbitrio de otro. Ya que, según hemos
demostrado, las supremas potestades sólo poseen este derecho de mandar cuanto quieran,
en tanto en cuanto tienen realmente la suprema potestad; pues, si la pierden, pierden, al
mismo tiempo, el derecho de mandarlo todo, el cual pasa a aquel o aquellos que lo han
adquirido y pueden mantenerlo. Por eso, muy rara vez puede acontecer que las supremas
potestades manden cosas muy absurdas, puesto que les interesa muchísimo velar por el bien
común y dirigirlo todo conforme al dictamen de la razón, a fin de velar por sí mismas y
conservar el mando. Pues, como dice Séneca, nadie mantuvo largo tiempo gobiernos
violentos.
Añádase a lo anterior que tales absurdos son menos de temer en un Estado democrático; es
casi imposible, en efecto, que la mayor parte de una asamblea, si ésta es numerosa, se
ponga de acuerdo en un absurdo. Lo impide, además, su mismo fundamento y su fin, el cual
no es otro, según hemos visto, que evitar los absurdos del apetito y mantener a los hombres,
en la medida de lo posible, dentro de los límites de la razón, a fin de que vivan en paz y
concordia; si ese fundamento se suprime, se derrumbará fácilmente todo el edificio.
Ocuparse de todo esto incumbe, pues, solamente a la suprema potestad; a los súbditos, en
cambio, incumbe, como hemos dicho, cumplir sus órdenes y no reconocer otro derecho que
el proclamado por la suprema autoridad.
Quizá alguien piense, sin embargo, que de este modo convertimos a los súbditos en
esclavos, por creer que es esclavo quien obra por una orden, y libre quien vive a su antojo.
Pero esto está muy lejos de ser verdad, ya que, en realidad, quien es llevado por sus apetitos
y es incapaz de ver ni hacer nada que le sea útil, es esclavo al máximo; y sólo es libre aquel
que vive con sinceridad bajo la sola guía de la razón. La acción realizada por un mandato,
es decir; la obediencia suprime de algún modo la libertad; pero no es la obediencia, sino el
fin de la acción, lo que hace a uno esclavo. Si el fin de la acción no es la utilidad del mismo
agente, sino del que manda, entonces el agente es esclavo e inútil para sí. Ahora bien, en el
Estado y en el gobierno, donde la suprema ley es la salvación del pueblo y no del que
manda, quien obedece en todo a la suprema potestad, no debe ser considerado como
esclavo inútil para sí mismo, sino como súbdito. De ahí que el Estado más libre será aquel
cuyas leyes están fundadas en la sana razón, ya que en él todo el mundo puede ser libre, es
decir, vivir sinceramente según la guía de la razón, donde quiera. Y así también, aunque los
hijos tienen que obedecer en todo a sus padres, no por eso son esclavos: porque los
preceptos paternos buscan, ante todo, la utilidad de los hijos. Admitimos, pues, una gran
diferencia entre el esclavo, el hijo y el súbdito. Los definimos así: esclavo es quien está
obligado a obedecer las órdenes del señor, que sólo buscan la utilidad del que manda; hijo,
en cambio, es aquel que hace, por mandato de los padres, lo que le es útil; súbdito,
finalmente, es aquel que hace, por mandato de la autoridad suprema, lo que es útil a la
comunidad y, por tanto, también a él.
Con esto pienso haber mostrado, con suficiente claridad, los fundamentos del Estado
democrático. He tratado de él, con preferencia a todos los demás, porque me parecía el más
natural y el que más se aproxima a la libertad que la naturaleza concede a cada individuo.
Pues en este Estado, nadie transfiere a otro su derecho natural, hasta el punto de que no se
le consulte nada en lo sucesivo, sino que lo entrega a la mayor parte de toda la sociedad, de
la que él es una parte. En este sentido, siguen siendo todos iguales, como antes en el estado
natural. Por otra parte, sólo he querido tratar expresamente de este Estado, porque responde
al máximo al objetivo que me he propuesto, de tratar de las ventajas de la libertad en el
Estado. Prescindo, pues, de los fundamentos de los demás Estados, ya que, para conocer
sus derechos, tampoco es necesario que sepamos en dónde tuvieron su origen y en dónde lo
tienen con frecuencia; esto lo sabemos ya con creces por cuanto hemos dicho.
Efectivamente, a quien ostenta la suprema potestad, ya sea uno, ya varios, ya todos, le
compete, sin duda alguna, el derecho supremo de mandar cuanto quiera. Por otra parte,
quien ha transferido a otro, espontáneamente o por la fuerza, su poder de defenderse, le
cedió completamente su derecho natural y decidió, por tanto, obedecerle plenamente en
todo, y está obligado a hacerlo sin reservas, mientras el rey o los nobles o el pueblo
conserven la potestad suprema que recibieron y que fue la razón de que los individuos les
transfirieran su derecho. Y no es necesario añadir más a esto.
Fuente: Spinoza, Baruch. Tratado teológico-político. Traducción, introducción, notas e
índices de Atilano Domínguez. Madrid: Alianza Editorial, 1986.
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De Immanuel Kant.
Sección Primera
SECCION PRIMERA
que contiene los artículos preliminares para la paz perpetua entre los Estados
1. «No debe considerarse válido ningún tratado de paz que se haya celebrado con la reserva
secreta sobre alguna causa de guerra en el futuro.»
Se trataría, en ese caso, simplemente de un mero armisticio, un aplazamiento de las
hostilidades, no de la paz, que significa el fin de todas las hostilidades. La añadidura del
calificativo eterna es un pleonasmo sospechoso. Las causas existentes para una guerra en el
futuro, aunque quizá ahora no conocidas ni siquiera para los negociadores, se destruyen en
su conjunto por el tratado de paz, por mucho que pudieran aparecer en una penetrante
investigación de los documentos de archivo. —La reserva (reservatio mentalis) sobre viejas
pretensiones a las que, por el momento, ninguna de las partes hace mención porque están
demasiado agotadas para proseguir la guerra, con la perversa intención de aprovechar la
primera oportunidad en el futuro para este fin, pertenece a la casuística jesuítica y no se
corresponde con la dignidad de los gobernantes así como tampoco se corresponde con la
dignidad de un ministro la complacencia en semejantes cálculos, si se juzga el asunto tal
como es en sí mismo.
Si, en cambio, se sitúa el verdadero honor del Estado, como hace la concepción ilustrada de
la prudencia política, en el continuo incremento del poder sin importar los medios, aquella
valoración parecerá pedante y escolar.
2. «Ningún Estado independiente (grande o pequeño, lo mismo da) podrá ser adquirido por
otro mediante herencia, permuta, compra o donación.»
Un Estado no es un patrimonio (patrimonium) (como el suelo sobre el que tiene su sede).
Es una sociedad de hombres sobre la que nadie más que ella misma tiene que mandar y
disponer. Injertarlo en otro Estado, a él que como un tronco tiene sus propias raíces,
significa eliminar su existencia como persona moral y convertirlo en una cosa,
contradiciendo, por tanto, la idea del contrato originario sin el que no puede pensarse
ningún derecho sobre un pueblo. Todo el mundo conoce a qué peligros ha conducido a
Europa, hasta los tiempos más recientes, este prejuicio sobre el modo de adquisición, pues
las otras partes del mundo no lo han conocido nunca, de poder, incluso, contraerse
matrimonios entre Estados; este modo de adquisición es, en parte, un nuevo instrumento
para aumentar la potencia sin gastos de fuerzas mediante pactos de familia, y, en parte,
sirve para ampliar, por esta vía, las posesiones territoriales. —Hay que contar también el
alquiler de tropas a otro Estado contra un enemigo no común, pues en este caso se usa y
abusa de los súbditos a capricho, como si fueran cosas.
3. «Los ejércitos permanentes (miles perpetus) deben desaparecer totalmente con el
tiempo.»
Pues suponen una amenaza de guerra para otros Estados con su disposición a aparecer
siempre preparados para ella. Estos Estados se estimulan mutuamente a superarse dentro de
un conjunto que aumenta sin cesar y, al resultar finalmente más opresiva la paz que una
guerra corta, por los gastos generados por el armamento, se convierten ellos mismos en la
causa de guerras ofensivas, al objeto de liberarse de esta carga; añádese a esto que ser
tomados a cambio de dinero para matar o ser muertos parece implicar un abuso de los
hombres como meras máquinas e instrumentos en manos de otro (del Estado); este uso no
se armoniza bien con el derecho de la humanidad en nuestra propia persona. Otra cosa muy
distinta es defenderse y defender a la patria de los ataques del exterior con las prácticas
militares voluntarias de los ciudadanos, realizadas periódicamente. —Lo mismo ocurriría
con la formación de un tesoro, pues, considerado por los demás Estados como una amenaza
de guerra, les forzaría a un ataque adelantado si no se opusiera a ello la dificultad de
calcular su magnitud (porque de los tres poderes, el militar, el de alianzas y el del dinero,
este último podría ser ciertamente el medio más seguro de guerra).
4. «No debe emitirse deuda pública en relación con los asuntos de política exterior
Esta fuente de financiación no es sospechosa para buscar, dentro o fuera del Estado, un
fomento de la economía (mejora de los caminos, nuevas colonizaciones creación de
depósitos para los años malos, etc.). Pero un sistema de crédito, como instrumento en
manos de las potencias para sus relaciones recíprocas, puede crecer indefinidamente y
resulta siempre un poder financiero para exigir en el momento presente (pues seguramente
no todos los acreedores lo harán a la vez) las deudas garantizadas (la ingeniosa invención
de un pueblo de comerciantes en este siglo); es decir, es un tesoro para la guerra que supera
a los tesoros de todos los demás Estados en conjunto y que sólo puede agotarse por la caída
de los precios (que se mantendrán, sin embargo, largo tiempo gracias a la revitalización del
comercio por los efectos que éste tiene sobre la industria y la riqueza). Esta facilidad para
hacer la guerra unida a la tendencia de los detentadores del poder, que parece estar ínsita en
la naturaleza humana, es, por tanto, un gran obstáculo para la paz perpetua; para prohibir
esto debía existir, con mayor razón, un artículo preliminar, porque al final la inevitable
bancarrota del Estado implicará a algunos otros Estados sin culpa, lo que constituiría una
lesión pública de estos últimos. En ese caso, otros Estados, al menos, tienen derecho a
aliarse contra semejante Estado y sus pretensiones.
5. «Ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y gobierno de otro.»
Pues, ¿qué le daría derecho a ello?, ¿quizá el escándalo que dé a los súbditos de otro
Estado? Pero este escándalo puede servir más bien de advertencia, al mostrar la gran
desgracia que un pueblo se ha atraído sobre por sí por vivir sin leyes; además el mal
ejemplo que una persona libre da a otra no es en absoluto ninguna lesión (como scandalum
acceptum). Sin embargo, no resulta aplicable al caso de que un Estado se divida en dos
partes a consecuencia de disensiones internas y cada una de las partes represente un Estado
particular con la pretensión de ser el todo; que un tercer Estado preste entonces ayuda a una
de las partes no podría ser considerado como injerencia en la constitución de otro Estado
(pues sólo existe anarquía). Sin embargo, mientras esta lucha interna no se haya decidido,
la injerencia de potencias extranjeras sería una violación de los derechos de un pueblo
independiente que combate una enfermedad interna; sería, incluso, un escándalo y pondría
en peligro la autonomía de todos los Estados.
6. «Ningún Estado en guerra con otro debe permitirse tales hostilidades que hagan
imposible la confianza mutua en la paz futura, como el empleo en el otro Estado de
asesinos (percussores), envenenadores (venefici), el quebrantamiento de capitulaciones, la
inducción a la traición (perduellio), etc.»
Estas son estratagemas deshonrosas, pues aun en plena guerra ha de existir alguna
confianza en la mentalidad del enemigo, ya que de lo contrario no se podría acordar nunca
la paz y las hostilidades se desviarían hacia una guerra de exterminio (bellum
internecinum); la guerra es, ciertamente, el medio tristemente necesario en el estado de
naturaleza para afirmar el derecho por la fuerza (estado de naturaleza donde no existe
ningún tribunal de justicia que pueda juzgar con la fuerza del derecho); en la guerra
ninguna de las dos partes puede ser declarada enemigo injusto (porque esto presupone ya
una sentencia judicial) sino que el resultado entre ambas partes decide de qué lado está el
derecho (igual que ante los llamados juicios de Dios); no puede concebirse, por el contrario,
una guerra de castigo entre Estados (bellum punitivum) (pues no se da entre ellos la relación
de un superior a un inferior). De todo esto se sigue que una guerra de exterminio, en la que
puede producirse la desaparición de ambas partes y, por tanto, de todo el derecho, sólo
posibilitaría la paz perpetua sobre el gran cementerio de la especie humana y por
consiguiente no puede permitirse ni una guerra semejante ni el uso de los medios
conducentes a ella. Que los citados medios conducen inevitablemente a ella se desprende de
que esas artes infernales, por sí mismas viles, cuando se utilizan no se mantienen por
mucho tiempo dentro de los límites de la guerra sino que se trasladan también a la situación
de paz, como ocurre, por ejemplo, en el empleo de espías (uti exploratoribus), en donde se
aprovecha la indignidad de otros (la cual no puede eliminarse de golpe); de esta manera se
destruiría por completo la voluntad de paz.
Aunque todas las leyes citadas son leyes prohibitivas (leges prohibitivae) objetivamente, es
decir, en la intención de los que detentan el poder, hay algunas que tienen una eficacia
rígida, sin consideración de las circunstancias, que obligan inmediatamente a un no hacer
(leges strictae, como los números 1, 5, 6), mientras que otras (como los números 2, 3, 4),
sin ser excepciones a la norma jurídica, pero tomando en cuenta las circunstancias al ser
aplicadas, ampliando subjetivamente la capacidad, contienen una autorización para aplazar
la ejecución de la norma sin perder de vista el fin, que permite, por ejemplo, la demora en
la restitución de ciertos Estados después de perdida la libertad del número 2, no ad
calendas graecas (como solía prometer Augusto), lo que supondría su no realización, sino
sólo para que la restitución no se haga de manera apresurada y de manera contraria a la
propia intención. La prohibición afecta, en este caso, sólo al modo de adquisición, que no
debe valer en lo sucesivo, pero no afecta a la posesión que, si bien no tiene el título jurídico
necesario, sí fue considerada como conforme a derecho por la opinión pública de todos los
Estados en su tiempo (en el de la adquisición putativa).
Fuente: Kant, Immanuel. La paz perpetua. Presentación de Antonio Truyol y Serra.
Traducción de Joaquín Abellán. Madrid: Editorial Tecnos, 1985.
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Revolución Industrial
1 INTRODUCCIÓN
Revolución Industrial, proceso de evolución que conduce a una sociedad desde una economía
agrícola tradicional hasta otra caracterizada por procesos de producción mecanizados para
fabricar bienes a gran escala. Este proceso se produce en distintas épocas dependiendo de cada
país. Para los historiadores, el término Revolución Industrial es utilizado exclusivamente para
comentar los cambios producidos en Inglaterra desde finales del siglo XVIII; para referirse a su
expansión hacia otros países se refieren a la industrialización o desarrollo industrial de los
mismos.
Algunos autores para referirse al desarrollo capitalista en el último tercio del siglo XX, con
nuevas organizaciones empresariales (trusts, holdings, cárteles), nuevas fuentes energéticas
(electricidad, petróleo) y nuevos sistemas de financiación hablan de Segunda Revolución
Industrial.
2 LA EXPERIENCIA BRITÁNICA
Máquina de Newcomen
Entre 1705 y 1725, el inventor Thomas Newcomen desarrolló una máquina de vapor que bombeaba agua.
Este ingenio quedó obsoleto a finales de ese mismo siglo por la máquina de vapor de James Watt.
Corbis
La primera Revolución Industrial tuvo lugar en Reino Unido a finales del siglo XVIII; supuso una
profunda transformación en la economía y sociedad británicas. Los cambios más inmediatos se
produjeron en los procesos de producción: qué, cómo y dónde se producía. El trabajo se trasladó
de la fabricación de productos primarios a la de bienes manufacturados y servicios. El número de
productos manufacturados creció de forma espectacular gracias al aumento de la eficacia
técnica. En parte, el crecimiento de la productividad se produjo por la aplicación sistemática de
nuevos conocimientos tecnológicos y gracias a una mayor experiencia productiva, que también
favoreció la creación de grandes empresas en unas áreas geográficas reducidas. Así, la
Revolución Industrial tuvo como consecuencia una mayor urbanización y, por tanto, procesos
migratorios desde las zonas rurales a las zonas urbanas.
Se puede afirmar que los cambios más importantes afectaron a la organización del proceso
productivo. Las fábricas aumentaron en tamaño y modificaron su estructura organizativa. En
general, la producción empezó a realizarse en grandes empresas o fábricas en vez de pequeños
talleres domésticos y artesanales, y aumentó la especialización laboral. Su desarrollo dependía
de una utilización intensiva del capital y de las fábricas y maquinarias destinadas a aumentar la
eficiencia productiva. La aparición de nuevas máquinas y herramientas de trabajo especializadas
permitió que los trabajadores produjeran más bienes que antes y que la experiencia adquirida
utilizando una máquina o herramienta aumentara la productividad y la tendencia hacia una
mayor especialización en un proceso acumulativo.
Como la Revolución Industrial se produjo por primera vez en Gran Bretaña, este país se convirtió
durante mucho tiempo en el primer productor de bienes industriales del mundo. Durante gran
parte del siglo XVIII Londres fue el centro de una compleja red comercial internacional que
constituía la base de un creciente comercio exportador fomentado por la industrialización. Los
mercados de exportación proporcionaban una salida para los productos textiles y de otras
industrias (como la siderurgia), cuya producción aumentaba rápidamente gracias a la aplicación
de nuevas tecnologías. Los datos disponibles sugieren que la tasa de crecimiento de las
exportaciones británicas se incrementaron de forma considerable a partir de la década de 1780.
La orientación exportadora y el aumento de la actividad comercial favorecieron aún más el
desarrollo de la economía: los ingresos derivados de las exportaciones permitían a los
productores británicos importar materias primas para crear productos industriales; los
comerciantes que exportaban bienes adquirieron una importante experiencia que favoreció el
crecimiento del comercio interior. Los beneficios generados por ese desarrollo comercial fueron
invertidos en nuevas empresas, principalmente en mejora de la tecnología y de la maquinaria,
aumentando de nuevo la productividad, favoreciendo la dinámica del proceso.
Industrialización en Francia
A medida que la Revolución Industrial se extendió en Francia durante la primera mitad del siglo XIX, las
fábricas y demás instalaciones manufactureras se multiplicaron por todo el país. En 1850 la producción de
hierro era ya la principal industria pesada francesa, y las fundiciones como la que aparece en la imagen eran
cada vez más comunes.
Museo de Orsay. París, Francia/Reunion des Musees Nationaux/Bridgeman Art Library, London/New York
Gran Bretaña no fue el único país que experimentó una Revolución Industrial. Los intentos de
fechar ese desarrollo industrial en otros países están sujetos a fuertes controversias. No
obstante, los estudiosos parecen estar de acuerdo en que Francia, Bélgica, Alemania y Estados
Unidos experimentaron procesos parecidos a mediados del siglo XIX; en Suecia y Japón se
produjo a finales del siglo; en Rusia y en Canadá a principios del siglo XX; en algunos países de
Latinoamérica, Oriente Próximo, Asia central y meridional y parte de África a mediados del siglo
XX.
Antigua planta industrial
Cuando la Revolución Industrial se extendió en Estados Unidos aparecieron plantas como esta factoría textil.
La producción de bienes para la exportación y la reducción de la importación de manufacturas convirtieron a
Estados Unidos en la mayor potencia industrial del mundo a finales del siglo XIX.
Hulton Deutsch
Cada proceso de industrialización tiene características distintas en función del país y la época. Al
principio, la industria británica no tenía competidores. Cuando se empezaron a industrializar
otros países tuvieron que enfrentarse a la ventaja acumulada por Gran Bretaña, pero también
pudieron aprovecharse de su experiencia. En cada caso, el éxito del proceso industrializador
dependía del desarrollo de nuevos métodos de producción, pero también de la modificación de
las técnicas utilizadas para adaptarlas a las condiciones imperantes en cada país y de la propia
legislación vigente, que favoreciera la implantación de maquinaria barata gracias a una
disminución de los aranceles, lo que, en ocasiones, podría perjudicar a otros sectores sociales,
como los campesinos, que veían cómo sus productos debían competir con otros más baratos.
Aunque la intervención pública para favorecer la industrialización fue importante en el caso
británico, el papel del Estado fue mucho mayor en el caso alemán, ruso, japonés y en casi todos
los países industrializados durante el siglo XX.
Por definición, la industrialización aumenta la renta per cápita nacional. También implica cambios
en la distribución de la misma, en las condiciones de vida y laborales y en los valores sociales.
La Revolución Industrial supuso, al principio, una reducción del poder adquisitivo de los
trabajadores y una pérdida de calidad en su nivel de vida. Más tarde, se tradujo en un aumento
de la calidad de vida de toda la población del país industrializado. Estos aspectos siguen siendo
objeto de importantes trabajos de investigación.
Revolución Industrial
Ashton, T. S. La Revolución Industrial 1760-1830. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1964.
Obra clásica para el conocimiento global del fenómeno de la Revolución Industrial.
Cipolla, Carlo M. Historia económica de la Revolución Industrial. Barcelona: Editorial Ariel, 1979.
Visión global de los hechos, de lectura asequible.
Deane, Phyllis. La primera Revolución Industrial. Barcelona: Península, 4ª ed.,1977. Una obra
imprescindible. Realiza una profunda investigación sobre las causas.
Landes, David S. Progreso tecnológico y Revolución Industrial. Madrid: Editorial Tecnos, 1979. Obra
rigurosa, completa y amena, tiene un enfoque muy tecnologicista.
Mantoux, Paul. La Revolución Industrial en el siglo XVIII. Madrid: Aguilar de Ediciones, 1962. Una
investigación interesante sobre los antecedentes de la Revolución Industrial.
Sistema industrial
Buesa. M. y Molero, J. Economía industrial de España. Madrid: Civitas, 1998. Manual de referencia
sobre la economía industrial española.
Clarke, R. Economía industrial. Madrid: Celeste Ediciones, 1993. Obra completa y accesible,
aunque con un enfoque muy formal y matemático.
Coriat, B. El taller y el cronómetro. Madrid: Siglo XXI, 1989. Apasionante ensayo sobre la evolución
de la organización industrial, el sistema económico y la tecnología.
Deane, P. La primera revolución industrial. Barcelona: Ediciones Península, 1977. La más completa
introducción al fenómeno industrial.
Landes, D.S. Progreso tecnológico y revolución industrial. Madrid: Ediciones Pirámide, 1979.
Revisión muy completa y didáctica de la formación del moderno sistema industrial desde sus
orígenes.
Varios autores. Política industrial, teoría y práctica. Madrid: Colegio de Economistas de Madrid,
1992. Interesante colección de estudios sobre las cuestiones más relevantes en torno a la política
industrial.
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2 HISTORIA
En el otoño de 1854, las tropas francesas y británicas se enfrentaron con la infantería rusa
en Crimea. Armados con sus nuevos rifles de ánima rayada, los invasores dispararon
devastadoras descargas contra los rusos, que luchaban con anticuados mosquetes de ánima
lisa encuadrados en formaciones tradicionales desde la época de Napoleón. Una década
después, en Estados Unidos, el presidente Abraham Lincoln ordenó a 25.000 hombres de
las tropas del Potomac que subieran a los trenes que les transportarían a Chattanooga, en
Tennessee, para ayudar a las copadas tropas nordistas. Mientras tanto, Lincoln comunicaba
a Ulysses S. Grant, que se encontraba a miles de millas al oeste, sus planes para romper las
líneas confederadas cerca de Chattanooga. Para enviar esta información, Lincoln utilizó un
telégrafo. Estos acontecimientos, aparentemente sin relación, anunciaban el comienzo de
una revolución tecnológica en el arte de la guerra que transformaría ejércitos, naciones-
estados, y más tarde al mundo.
La industrialización transformó radicalmente la guerra en Europa y Occidente desde
mediados del siglo XIX. Las armas, los transportes y las comunicaciones adoptaron nuevas
formas a medida que la tecnología industrial aumentaba la potencia de fuego y la variedad
de las armas, así como la velocidad y capacidad del transporte de tropas, material de guerra
e información. Los europeos y los americanos utilizaron estas tecnologías para organizar y
equipar ejércitos de masas compuestos por ciudadanos corrientes más que por soldados
profesionales. En mayor medida que antes, la guerra implicó a naciones enteras. Los
europeos usaron esta tecnología militar para extenderse más allá de sus fronteras, hacia el
interior de África y Asia, conquistando a la mayoría de los pueblos de aquellos continentes.
Los avances de la medicina occidental permitió a los europeos sobrevivir en aquellos duros
climas y a las enfermedades que encontraron en aquellas regiones y, de tal modo, mantener
una presencia sostenida. No obstante, los europeos se encontrarían con una feroz resistencia
en ambos continentes, a veces equipada a su vez con armamento industrial. El coste de la
guerra y del imperialismo sería alto, en vidas y en material.
Industrialización y guerra
Las innovaciones tecnológicas de la industrialización ampliaron los campos de batalla y los
ejércitos desde mediados del siglo XIX en adelante. Los cambios más importantes
sucedieron pronto y en las áreas del transporte y las comunicaciones. Los ferrocarriles
aparecieron en Gran Bretaña y se extendieron rápidamente al continente europeo y a
Norteamérica. Los mandos militares apreciaron las ventajas de aquellos “caballos de
hierro” que podían transportar tropas y armamento a grandes distancias en relativamente
poco tiempo. De repente, la guerra, confinada antaño a un escenario de unas pocas decenas
de km, se expandía ahora a centenares o miles.
Las grandes distancias entre los teatros de operaciones fueron salvadas mediante el
telégrafo. Inventado por el estadounidense Samuel Morse, el telégrafo permitía a los
generales enviar información casi instantáneamente a través de espacios tan grandes como
los cubiertos por los ferrocarriles. Los comandantes permanecían en contacto a diario con
ejércitos muy dispersos. Las distancias eran cada vez un obstáculo menor para la
planificación y ejecución militares.
Finalmente, la industrialización creó una nueva gama de armas letales. Empresarios
europeos y estadounidenses produjeron una serie de artefactos que iban desde los fusiles de
ánima rayada del periodo transcurrido entre 1850 y 1870 hasta los rifles de retrocarga y las
ametralladoras de 1880. Nuevas mejoras aumentaron la potencia de tales armas. La pólvora
sin humo, por ejemplo, aumentó la velocidad del proyectil en el cañón y mejoró su balística
en general. La nueva industria siderúrgica de los años 1860 y 1870 produjo piezas de
artillería más grandes con mayor potencia y durabilidad. Los industriales produjeron
cañones más fuertes y eficaces, simplificaron los mecanismos de alimentación y
desarrollaron proyectiles de alto explosivo. Hacia 1890 la invención del mecanismo de
retroceso aumentó la cadencia de tiro, sin reparar en el calibre de la pieza. Estas
innovaciones y otras por el estilo convirtieron a los campos de batalla en lugares mucho
más mortíferos y aumentó espectacularmente la capacidad de herir o matar a miles de
hombres en un pequeño lapso de tiempo.
La demanda de estas nuevas armas era considerable pero los fabricantes se las arreglaron
para satisfacerla. Con sus amplias plantillas de científicos e ingenieros, Krupp en Alemania,
Carnegie Steel en Estados Unidos y muchas otras grandes compañías produjeron grandes
cantidades de armamento nuevo y mejorado en plazos muy ajustados. A finales del siglo
XIX, el tamaño y la flexibilidad de la capacidad industrial de un país era un indicador fiable
de su potencial militar.
Nuevas doctrinas militares en Occidente
La Guerra Civil estadounidense (1861-1865) fue una de las primeras guerras industriales.
Tanto los estados del norte como los del sur equiparon grandes ejércitos que lucharon en
frentes de más de 1.000 km de longitud. Ambos bandos necesitaban modernos medios de
transporte y comunicaciones para manejar tales fuerzas. Los nordistas utilizaron su enorme
capacidad industrial, mucho mayor que la economía algodonera sudista, para producir el
equipo militar que sustentaba a su gran ejército, que superó el millón de hombres en 1864.
Para ganar la guerra, el comandante en jefe Ulysses S. Grant se dio cuenta de que la Unión
debía hundir la moral y destruir la economía de la Confederación Sudista, para romper su
resistencia a los ejércitos nordistas. Planeó rendir a las tropas sudistas en el frente oriental
mediante combates incesantes, confiando en que los mayores recursos del norte acabarían
prevaleciendo. Para terminar el trabajo de someter la resistencia sudista, el general de la
Unión William Sherman lanzó una ataque masivo de sus fuerzas contra Georgia y Carolina
del Sur con la intención de devastar ambos estados y sus economías. Esta ofensiva y otras
similares consiguieron de hecho sus objetivos. Grant había hecho uso de las herramientas
de la guerra moderna para vencer, incluyendo ferrocarriles y telégrafos.
En Europa durante aquellos años, el Ejército prusiano usaba los mismos métodos para
someter a los otros estados alemanes, entonces bajo la égida del Imperio Austríaco. Desde
1840, consciente de lo vulnerable que le hacían sus extensas fronteras, Prusia había
construido una densa red ferroviaria diseñada para transportar tropas rápidamente de una
zona amenazada a otra. Además había organizado un estado mayor muy eficaz compuesto
por oficiales duchos en el arte y la historia de la guerra. Aquellos hombres demostraron una
soberbia capacidad organizativa, especialmente en la planificación y ejecución de
campañas militares. Bajo la dirección del brillante Helmut von Moltke, el Estado Mayor
prusiano adquirió un carácter profesional e innovador sin comparación en Europa.
Comprendiendo las necesidades de la moderna guerra industrial, Von Moltke descentralizó
la cadena de mando para proporcionar a sus oficiales la flexibilidad suficiente como para
que alcanzaran sus objetivos. A nivel táctico, la compañía y el pelotón se convirtieron en
las unidades básicas de maniobra porque eran las que podían explotar mejor las
oportunidades que se dan en un campo de batalla dominada por las armas de fuego de tiro
rápido. Von Moltke pensaba que las formaciones pequeñas permitían a los oficiales de
menor rango hacer uso de todos y cada uno de los rifles a su disposición en el combate y así
maximizar la potencia del ejército. La principal arma de la infantería era el nuevo rifle
Dreyse, un fusil de aguja y retrocarga, que permitía al soldado prusiano moverse
rápidamente por el campo de batalla mientras disparaba con una cadencia muy superior a la
de los antiguos mosquetes. En el plano estratégico, Moltke continuó presionando al estado
para que construyese más ferrocarriles y telégrafos que permitían la movilidad y rapidez
necesaria para la victoria.
Los prusianos además establecieron el servicio militar obligatorio. Esto alimentó el
patriotismo, entendido en términos de defensa de la patria contra los enemigos. El servicio
militar incluía un tiempo en la reserva y permitía a los prusianos exprimir al máximo el
potencial militar de la población. Para asegurar los reemplazos de personal instruido, el
estado obligaba a cada ciudadano a servir tres años en el ejército regular, cuatro en la
reserva y cinco en el Landwehr, o guardia territorial. Ninguna potencia europea podía
recurrir a su potencial humano hasta el extremo de los prusianos.
Los austriacos, que eran los principales oponentes militares de los prusianos, tenían una
concepción bélica parecida a la de sus abuelos. Tácticamente, empleaban la maniobra por
columnas, los choques frontales y las cargas de caballería. Estratégicamente, confiaban en
las fortalezas y en las rígidas líneas de comunicación. Los austriacos no tenían ni un estado
mayor ni planes generales de movilización. No hay que decir que cuando prusianos y
austriacos lucharon por la hegemonía entre los estados alemanes, las ventajas de los
prusianos fueron decisivas.
En un principio el mundo asistió asombrado a las espectaculares victorias prusianas sobre
los poderosos austriacos en la década de 1860 y sobre los franceses diez años después. Más
tarde llegaron las imitaciones. Los ejércitos que se habían inspirado en las escuelas,
militares, las tácticas y la estrategia francesa, se pasaron al modelo prusiano. Incluso se
adoptó el estilo de los uniformes prusianos en todo Occidente. Los militares profesionales
leyeron ávidamente los escritos del teórico militar prusiano Carl von Clausewitz, del que
tanto había aprendido Von Moltke. La guerra había tomado un nuevo camino que pasaba
por la conscripción, el acero y la tecnología.
Medicina, tecnología y la expansión de las potencias europeas
Los instrumentos bélicos permitieron a los occidentales extenderse más allá de sus
fronteras, hacia regiones dominadas en tiempos por potencias asiáticas y africanas. La
nueva tecnología de la guerra industrial proporcionó los medios clave para alcanzar este
objetivo. Pero además a los europeos les ayudó mucho el gran avance de la medicina.
Durante siglos, las enfermedades habían disuadido a los europeos de establecerse
permanentemente en Asia o África. La malaria, la fiebre amarilla, las fiebres tifoideas, el
cólera y otras enfermedades diezmaban regularmente a las tropas occidentales.
Avances como la compresión de la histología de los gérmenes ayudaron a los europeos a
sobrevivir en los trópicos. Descubrimientos como el exterminio de los nidos de mosquitos
para evitar la malaria, se transmitieron a través de la comunidad médica. Contra la
enfermedad más mortífera, la malaria, los occidentales habían usado quinina desde el siglo
XVI. Mejoraron la técnica hacia 1800. En 1890 los occidentales sabían como depurar el
agua, limpiar las cloacas y exterminar a la letal bacteria causante. Los trópicos comenzaron
a ser un escenario bastante menos amenazador. Ya no sucumbirían ejércitos enteros ante las
enfermedades.
Una vez que aprendieron a soportar el clima, los europeos utilizaron cañoneras
poderosamente armadas para viajar hacia el interior de los continentes usando las vías
fluviales. Fabricados primero en hierro, luego en acero, los barcos de vapor resistían mejor
el clima que los de madera, que solían pudrirse. Armados con cañones de acero y obuses de
alto poder explosivo, las cañoneras demostraron ser mucho más letales que sus
predecesores. Productos industriales modernos como los cartuchos de latón se diseñaron
para ser almacenados fácilmente en los nuevos barcos de metal y para resistir mejor al
desgaste.
Estos avances facilitaron la expansión de las potencias europeas por el trópico. Hacia 1900,
los europeos dominaba casi toda África y buena parte de Asia. Sin embargo, incluso con su
superioridad industrial, la tarea no fue sencilla. Los africanos se resistieron ferozmente a
perder su independencia. A menudo la resistencia de los africanos dependió de armas
europeas y estratagemas ingeniosas.
Resistencia al imperialismo europeo
Los británicos combatieron con los ashantis de la Costa de Oro durante veinte años antes de
conquistarlos en 1896. Los ashantis habían sido socios de los europeos en el comercio de
esclavos africanos. A finales del siglo XIX habían construido un formidable Estado,
estaban equipados con armas europeas (aunque de peor calidad) y eran capaces de plantar
cara a los británicos. Rechazados en la década de 1860, los británicos volvieron en 1873, al
mando de lord Wolseley, cuya campaña contra los ashantis es un modelo de planificación
militar. No llevó consigo más que a unos miles de soldados para simplificar los problemas
logísticos y construyó carreteras para facilitar el aprovisionamiento. A lo largo de estas
rutas, plantó fuertes para auxiliar a sus tropas y mantener la presencia británica. Se aseguró
de que había suficientes bestias de carga y de que sus tropas tuvieran suficiente comida
enlatada, quinina y agua potable. Cuando se enfrentó finalmente con los ashantis tenía gran
cantidad de fusiles de retrocarga Snider, piezas de artillería de siete libras y las nuevas
ametralladoras americanas Gatling. Los peor equipados ashantis dependían de mosquetones
europeos de peor calidad. Sin embargo, la victoria de Wolseley sirvió de poco, porque les
llevaría otros veinte años a los británicos someter a los poderosos ashantis.
En su lucha contra los europeos, los estados africanos como el de los ashantis tenían
desventajas culturales que debilitaban su habilidad técnica y organizativa. La sociedad
ashanti estaba organizada siguiendo unas premisas muy diferentes de las europeas, que se
reflejaban en sus ejércitos. Por ejemplo, los caudillos disponían a sus tropas en el campo de
batalla en una formación de arco. En este arco, la posición venía dada por la relación
jerárquica entre el jefe local y el gobernante supremo. Para organizarse de otra forma, los
ashantis habrían tenido que sufrir una revolución cultural. Los ejércitos ashantis estaban
preparados para pequeñas expediciones de captura de esclavos o para breves campañas
contra enemigos más poderosos. Una vez que un vecino rival se rendía, se convertía en
parte del reino de los ashantis, una práctica habitual en África occidental. Los ashantis no
podían imaginar una guerra de la duración, escala, y nivel de violencia que desatarían los
europeos en su determinación por someterlos definitivamente.
En algunos casos, los que resistían intentaron emular los descubrimientos europeos. El líder
militar africano Samory Touré resistió durante 18 años a los franceses en la región del
Senegal-Níger, en África occidental, desde 1880. Se dio cuenta de la superioridad europea
y trató de neutralizarla. Desde un principio adquirió fusiles europeos que le dieron el
liderazgo indiscutible entre los distintos caudillos de la zona. Siempre atento a las
oportunidades, compró rifles chassepot franceses a mediado de la década de 1880, y los
fusiles repetidores Gras (francés) y Mauser (alemán) en la de 1890. De hecho, en 1898
tenía 4.000 repetidores en su arsenal incluso trató de desarrollar una industria
armamentística local, pero los herreros no tenían recursos para manufacturar armas
similares a las fabricadas en los centros industriales europeos. Al final las ventajas de
Francia resultaron decisivas y Samory Touré, capturado por los franceses, paso sus últimos
días en Gabón, otra de las colonias francesas.
Hubo una vez en que los europeos no pudieron ni sacar ventaja de su armamento ni vencer
a sus enemigos. El Estado etíope resistió un intento de conquista por parte de los italianos a
finales de la década de 1890. Igual que Samory Touré, los etíopes se dieron cuenta de las
ventajas del armamento industrial y compraron los rifles más modernos para equipar sus
ejércitos. Compraron ametralladoras Hotckiss, inventadas por el barón austriaco Adolf von
Odkolek y adquiridas por la Armada de Estados Unidos en 1897. Y dieron un paso más
abandonado su tradicional formación en falange, que como el arco de los ashantis, reflejaba
su organización social. En su lugar, adoptaron la formación dispersa que inventaron los
prusianos para amoldarse a la potencia de fuego de las nuevas armas.
Cuando los italianos comenzaron su guerra de conquista en 1896, los etíopes ya estaban
adaptados al modelo de combate europeo y familiarizados con su armamento. Además
confiaron la preparación de su ejército a agregados militares británicos. Además recibieron
100.000 fusiles y dos toneladas de municiones del gobernador francés de la vecina Somalia,
que temía una victoria italiana. No obstante, los etíopes carecían del aparato logístico de los
ejércitos europeos y se enfrentaron a la escasez de pertrechos bélicos cuando los generales
italianos, presionados por los dirigentes políticos en Roma, lanzaron un ataque prematuro
contra el Ejército etíope. Incluso entonces fue una decisión fatal para los italianos, ya que
las tropas etíopes, bien mandadas y excelentemente armadas, derrotaron al Ejército italiano.
Los europeos encontraron también una resistencia inesperada en el Sureste asiático y en
Extremo Oriente. En China, la Marina británica fue derrotada en 1859 en la boca del río
Peiho, donde la artillería china, protegida por fortificaciones, dañó gravemente a los buques
de guerra británicos. Los chinos frustraron también un desembarco británico en 1857, que
tenía el objetivo de tomar Cantón, en la costa meridional china. En Vietnam, los franceses
se encontraron con una seria oposición. Para vencerla, reunieron un gran ejército y gastaron
considerables recursos entre 1882 y 1896.
Probablemente el adversario más duro que se encontraron las potencias imperialistas fueron
los boérs surafricanos, descendientes de los primeros colonos neerlandeses. Obligados a
abandonar su territorio original, que era una colonia desde el siglo XVI, los bóers
establecieron dos repúblicas independientes. La riqueza mineral de estas regiones
(especialmente sus reservas auríferas), obligaba a los británicos a apoderarse de esas
repúblicas. Los bóers, anticipándose, efectuaron un ataque preventivo contra las posiciones
británicas en 1899. Estaban provistos de pólvora sin humo, fusiles de aguja y
ametralladores. Luchaban siguiendo una táctica de escurridizas columnas móviles.
Las primeras victorias bóers obligaron a los británicos a recurrir a los recursos de otras
partes de su imperio y a desarrollar nuevas tácticas y estrategias. Sin embargo, una vez que
aparentemente derrotaron a los bóers, se encontraron con que quienes no se resignaban a
rendirse formaron unidades guerrilleras que preludiaban una larga lucha. Bajo el mando de
Horatio Herbert Kitchener, los británicos construyeron blocaos en territorio enemigo para
defender las líneas de abastecimiento y las comunicaciones. Kitchener, una figura
carismática en la historia militar británica, internó a los civiles bóers, en su mayoría
mujeres y niños, en campos de concentración, donde permanecieron como rehenes mientras
los hombres combatían. Murieron a millares por los malos tratos a los que fueron sometidos
por los británicos. Esto y el alto precio de la victoria levantaron grandes protestas en Gran
Bretaña. No obstante, la estrategia funcionó y las repúblicas bóers terminaron formando
parte de la colonia británica de Suráfrica.
De entre las naciones no occidentales, sólo Japón consiguió adoptar satisfactoriamente la
estrategia industrial occidental. A finales de la década de 1860 los japoneses abandonaron
su época feudal y adoptaron la industrialización y otros aspectos de la vida moderna.
Inmediatamente después enviaron misiones a Europa y Estados Unidos para estudiar sus
instituciones y sus sistemas militares. Los japoneses modificaron lo que habían aprendido
allí para adaptarlo a la cultura japonesa. De una sociedad defendida por los samurais a
mediados de siglo, Japón llegó a la década de 1890 dotado de un Ejército moderno, un
Estado Mayor, un servicio militar obligatorio y un sistema de reservistas calcados del
prusiano. Para financiar estas innovaciones, Japón se industrializó sin desmayo. Para 1900
poseía una economía moderna. Japón construyó una de las mejores flotas del mundo, puso
en pie de guerra un ejército sin rival en Asia y comenzó a construir un imperio ultramarino
conquistando islas y archipiélagos cercanos. En 1904 Japón entró en guerra con Rusia por
el control de la península de Corea. Para asombro de los observadores rusos y occidentales,
las fuerzas japonesas derrotaron sin paliativos a los rusos por mar y por tierra. Japón había
puesto el pie en tierra continental asiática. Las tornas parecían haber cambiado.
Las grandes pérdidas humanas y los altos costes materiales y financieros de la Guerra
Ruso-japonesa preludiaban lo que sucedería durante la I Guerra Mundial una década
después. En los veinte años anteriores a la guerra mundial, las potencias europeas,
impulsadas por la enorme innovación tecnológica y la producción en serie, construyeron
grandes flotas, produjeron armas cada vez más poderosas y se prepararon para un conflicto
que nadie esperaba demasiado largo. La tecnología que empezó a destacar después de 1850
se mostró demasiado eficaz en las hecatombes de la I Guerra Mundial. El enorme coste de
esta guerra, con la pérdida de una generación entera, obligó a mucho europeos a
preguntarse hasta dónde les había llevado la industrialización. El progreso de todo un siglo
había terminado en una catástrofe horripilante. La industrialización había cambiado sus
vidas. Ahora cambiaría la forma en la que morirían a millares.
Acerca del autor: Edward J. Davies II es profesor asociado de Historia en la Universidad
de Utah. Es autor, entre otras muchas publicaciones, de The Anthracite Aristocracy:
Leadership and Social Change in the Hard Coal Regions of Northeastern Pennsylvania.
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Entre los siglos XIII y XVIII la organización política de Europa sufrió una dramática
transformación, pasando de un conjunto desordenado de unidades gubernamentales
pequeñas y fragmentadas a un sistema de naciones-estado centralizadas que se formaron al
fusionarse las pequeñas unidades entre sí para constituir estados centralizados. A medida
que fueron surgiendo estas nuevas naciones, algunos de los gobiernos resultantes crearon
instituciones e ideologías representativas, es decir, un grupo de ciudadanos que
representaba las necesidades y los deseos de toda la población era quien adoptaba las
decisiones para ésta.
Sin embargo, los principios y las prácticas representativos no existieron en todas partes de
Europa. El arraigo de la representación se vio fuertemente influido por la naturaleza de la
relación entre los dirigentes y las elites (grupos minoritarios urbanos, aristocráticos y
eclesiásticos con riquezas e influencia). La forma en que los gobernantes negociaron con
las elites para obtener dichos recursos afectaron al posterior desarrollo de los sistemas de
gobierno.
La relación entre los dirigentes y las elites se basaba en relaciones establecidas entre
monarcas, aristócratas de menor rango, burgueses (ciudadanos urbanos) y clero (dignidades
eclesiásticas). Entre los siglos XII y XIII los monarcas formaron cuerpos representativos de
elites, generalmente terratenientes, para lograr la aprobación de temas de interés básico,
concretamente fiscales y bélicos, como fue el caso, por ejemplo, del Parlamento británico y
los Estados Generales franceses.
Tras la toma de Londres en 1214 por parte de los barones ingleses en señal de protesta
contra una fiscalidad cada vez más gravosa y no autorizada por parte del rey Juan Sin
Tierra, ambos bandos firmaron un documento conocido como la Carta Magna. Este acuerdo
limitaba las exigencias impositivas del monarca, garantizaba las libertades del individuo y
garantizaba una justicia ágil para todos los ciudadanos. En justa correspondencia, el rey
impuso a sus súbditos de mayor categoría la obligación de representarse a sí mismos en su
Parlamento.
En Francia, el rey Felipe IV el Hermoso convocó en 1302 pro vez primera los Estados
Generales, una institución formada por clérigos, nobles y gobernantes civiles, para aprobar
el régimen fiscal de las propiedades de la Iglesia. Desde el siglo XIV hasta principios del
XVII, los Estados Generales se reunían periódicamente para debatir diferentes temas,
especialmente los relacionados con las finanzas. En el siglo XVI, las elites en Inglaterra,
Francia, Prusia y España ya habían consolidado instituciones representativas que conferían
la autoridad de la gestión de los impuestos a un gobierno fuerte y centralizado.
Características de los estados europeos emergentes
En general, en Europa se iban constituyendo los estados de manera definitiva siempre que
existía una fuerza centralizadora capaz de unir grandes extensiones de territorio bajo una
administración en expansión, abastecida por la acumulación de recursos y respaldada por
una estructura militar. Sin embargo, no en todas partes de Europa surgieron poderosos
gobernantes centralizadores. En Polonia y en las Provincias Unidas, las poderosas elites
impidieron la aparición de una monarquía eficaz, y además con resultados muy distintos en
cada país. Polonia siempre se caracterizó por gobiernos sin dirigentes poderosos: las elites
tenían tanto poder que impedían la aparición de un rey capaz de recaudar impuestos
suficientes para formar un ejército y competir con otros creadores de estados. Como
consecuencia, Polonia fracasó repetidas veces a la hora de hacer frente a los desafíos
planteados por otras naciones europeas y finalmente sufrió la pérdida de parte de su
territorio. Las Provincias Unidas surgieron como una unión de siete de las provincias de los
Países Bajos que se rebelaron contra el dominio español. Para conquistar su independencia
en 1588, las elites neerlandesas formaron instituciones representativas a fin de recaudar el
dinero necesario para contratar soldados y derrotar a los ejércitos españoles. Las
instituciones representativas de las Provincias Unidas se convirtieron en instrumentos
eficaces mediante los cuales las elites podían adoptar decisiones relativas a la recaudación
de impuestos y a la defensa militar. Fomentando una floreciente economía comercial dentro
de las siete provincias vinculada al comercio con otras partes de Europa y del mundo, las
elites mercantiles holandesas lograron crear y mantener un gobierno eficaz, aunque
modesto.
Durante los siglos XVII y XVIII fueron surgiendo por toda Europa gobernantes con
potencias sólidas y centralizadas que pronto se vieron compitiendo entre sí por los
territorios, los recursos y las poblaciones. Esta rivalidad exigía de los gobernantes la
recaudación de cantidades cada vez mayores de dinero para consolidar su poderío militar.
Los gobernantes crearon cuerpos de funcionarios para recaudar impuestos; sin embargo, la
cantidad de impuestos que un gobernante era capaz de atesorar estaba limitada por los
recursos naturales y humanos del país. Por esta razón, los gobernantes europeos tenían un
interés evidente en estimular una mayor producción económica e incrementar el comercio.
Mediante la venta, más que la compra, de mayor cantidad de bienes en el mercado
internacional recaudaban más dinero para la economía doméstica. Esta riqueza adicional
permitía nuevas inversiones y, por tanto, aumentaba el nivel de empleo del pueblo así como
los recursos. Para gravar la producción y el comercio crecientes, los gobernantes a menudo
se veían obligados a negociar con las elites para que aprobasen los nuevos impuestos. Esta
necesidad fortaleció la relación entre los gobernantes y las elites, así como el posterior
papel de dicha relación en el desarrollo de los gobiernos representativos. La estabilidad de
esta relación constituyó la base de muchas instituciones políticas democráticas surgidas
durante el siglo XIX.
A lo ancho de toda Europa las elites consiguieron diferentes formas de representación a
medida que sus gobernantes construían los estados. En Gran Bretaña, los logros por parte
de las elites en cuanto a representación parlamentaria vinieron a confirmar su capacidad
para controlar directamente muchas de las decisiones impositivas del gobierno. En Prusia
las elites, en su mayoría terratenientes, estaban representadas en el gobierno a través de su
aparato administrativo. Las elites prusianas perdieron la capacidad de controlar los
impuestos a través de las instituciones representativas al ser éstas abolidas por un
gobernante que cada vez imponía mayores impuestos a las ciudades para poder sostener un
ejército en pleno crecimiento. El Parlamento británico se convirtió en un órgano de
representación colectiva para las elites, pero fueron muy pocas las naciones europeas que
lograron crear instituciones similares. Los órganos representativos solían ser más bien
locales o regionales.
Las relaciones entre gobernantes y elites eran más estables en situaciones análogas a las de
Gran Bretaña y Prusia que en España o Francia, donde las elites seguían conservando
instituciones representativas de carácter regional. Durante los siglos XVI y XVII, España
no existía aún como nación con un gobierno central. El reino de España estaba formado
nominalmente por varios reinos como los de Aragón, Valencia, y Castilla. En Aragón, la
Hacienda pública se hallaba bajo control parlamentario y, junto con Valencia y Cataluña,
contribuía muy escasamente al erario del rey de España. Parte de los ingresos de Castilla, la
principal fuente impositiva de la monarquía española, dependía de los lingotes de plata
procedentes de América. Durante el siglo XVI, el Parlamento castellano, las Cortes,
adquirió mayor relevancia en los asuntos fiscales, siendo el aspecto más destacable su
capacidad de decisión sobre la aplicación y recaudación de los impuestos. Sin embargo,
durante la década de 1620, Felipe IV consiguió recortar el poder de las Cortes en temas
impositivos. Las organizaciones elitistas implicadas en las decisiones tributarias fueron
incapaces de desarrollar una gama más amplia de poderes típica de las formas
representativas de gobierno antes de perder esta capacidad más fundamental e importante.
En Francia, ni el rey ni las elites mostraron ningún interés en preservar las reuniones de los
Estados Generales a partir de 1614. El rey temía que los Estados Generales reunidos en
asamblea pudieran oponerse firmemente a sus deseos fiscales y resultaba más sencillo
negociar con las elites a nivel regional. Las elites apenas tenían conciencia de problemas
compartidos entre las diferentes regiones. A diferencia del Parlamento inglés, que
consiguió aumentar su autoridad partiendo de la función inicial de negociación de
impuestos, los miembros de los Estados Generales franceses se mostraban remisos a debatir
otros temas que no fueran los fiscales.
La función de las libertades en los primeros gobiernos representativos
Cualquier intento por parte de la monarquía de recaudar nuevos impuestos sin haber sido
antes acordado con los órganos de representación podía desencadenar un enfrentamiento
con las elites y, en situaciones especialmente críticas, desembocar en levantamientos de
mayor envergadura. La facilidad con que Francia consiguió aumentar la fiscalidad durante
el siglo XVII fue consecuencia, en parte, de la concesión regia de mayores libertades o
privilegios como contrapartida a la aceptación de tales impuestos. Durante la década de
1640, época en la que el gobierno francés intentaba financiar la guerra contra la dinastía de
los Habsburgo mediante la aplicación de nuevos impuestos a funcionarios, terratenientes
parisinos y nobleza, estas elites dejaron patente su disconformidad con tales pagos. El
Parlamento de París exigió una mayor participación a la hora de definir las políticas fiscales
de la monarquía.
La revuelta del Parlamento entre 1648 y 1653, conocida como la Fronda, puso de
manifiesto la vulnerabilidad de la monarquía francesa de mediados del siglo XVII frente a
la resistencia de las elites, así como la incapacidad de éstas para aprovechar tal oposición
para dar cauce de forma más institucionalizada a sus opiniones sobre la fiscalidad y otros
asuntos de Estado. Cuando el rey pensaba que las elites de una determinada región podían
oponerse a nuevos impuestos, simplemente no convocaba su parlamento; en el siglo XVIII
el territorio representado por los estados provinciales que votaban sobre los temas fiscales
constituía únicamente el 30 por ciento de Francia. Los miembros de estos estados eran
finalmente convencidos para que apoyaran los nuevos impuestos y a cambio, a veces se les
otorgaba exenciones de pago o ciertos favores reales. En el caso de que se resistieran
localmente, su objetivo solía ser proteger tales privilegios contra la intrusión regia.
En la Europa del siglo XVII la idea de las libertades tenía que ver más con privilegios que
con altos ideales de libertad personal. La protección de tales libertades significaba
protegerse contra métodos impositivos arbitrarios y defender los privilegios obtenidos por
las elites locales y regionales como contrapartida a recaudaciones anteriores. La rebelión
neerlandesa contra los españoles en 1588 no se debió a ninguna idea genérica de libertad o
independencia, sino más bien a la defensa y reafirmación de todas las libertades
conquistadas por las ciudades y provincias holandesas en siglos anteriores. Mientras
estuvieron bajo el dominio nominal del Sacro Imperio Romano Germánico, del duque de
Borgoña y de los primeros monarcas españoles de la Casa de Habsburgo, las ciudades y
provincias holandesas habían disfrutado de hecho de una amplia autonomía. Pero Felipe II,
que deseaba recaudar más dinero para combatir al Imperio otomano, intentó obtener fondos
adicionales de los Países Bajos. Los neerlandeses se organizaron para rechazar el dominio
español y formar una república. Durante los siguientes 80 años hubieron de hacer frente a
los intentos españoles por recuperar lo que los gobernantes tildaban de provincias rebeldes.
En este caso, las libertades pertenecían a ciertos grupos de ciudadanos más que a los
individuos.
España ofrece un ejemplo similar: 18 ciudades poseían voto en las Cortes castellanas y los
centros urbanos habían adquirido libertades para colocarse directamente bajo la autoridad
real, formando una autonomía urbana respecto de las autoridades provinciales y
comarcales. En lo referente a los impuestos, la libertad significaba proteger las propiedades
de la imposición de nuevos impuestos sin un acuerdo previo.
Muchos estados poseían una única institución representativa constituida por las elites que,
como un solo grupo, negociaban con la monarquía en lo referente a temas de autoridad y
poderes. Sin embargo, los monarcas franceses negociaron los impuestos con las distintas
elites de forma individualizada. Por una parte, esta situación otorgaba al rey un mayor
poder, ya que las elites no estaban organizadas sobre una base común a lo ancho de todo el
país; por la otra, exigía que el rey entablase negociaciones más frecuentes y de menor
alcance de lo que en realidad hubiera sido necesario. Aunque las ventajas de la situación
francesa parecían evidentes durante principios del siglo XVIII, en la década de 1780 la
monarquía atravesó una crisis fiscal como consecuencia de su incapacidad para convencer a
las elites de que prestaran su apoyo a las políticas tributarias, necesarias para hacer frente a
las deudas contraídas durante las guerras.
En la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII, el rey no podía recaudar fondos para financiar
las guerras sin la autorización del Parlamento, que era quien aprobaba las leyes y autorizaba
los impuestos. Un elemento central de la política británica (y posteriormente
norteamericana) fue la conexión entre el sistema impositivo y el sistema representativo; los
franceses llegaron a un vínculo similar, aunque por una vía más dramática. Una crisis fiscal
en Francia durante la década de 1780 obligó al rey francés a adoptar medidas desesperadas,
convocando los Estados Generales, que no se habían reunido desde 1614, para recabar su
apoyo y aumentar los impuestos. Si el rey hubiera logrado el respaldo de los Estados
Generales, tal vez se hubiera evitado la Revolución Francesa. Pero las elites, especialmente
el denominado tercer estado, plebeyo y laico, exigían un mayor protagonismo en la toma de
decisiones fiscales y el resultado fue la Revolución Francesa, que puso fin de manera
dramática al régimen monárquico en 1789.
Gracias a la materialización de nuevas ideas políticas surgidas durante la Revolución
Francesa, el siglo XIX estuvo marcado por la relación entre la democracia, la ciudadanía
(concepto que plasmaba la pertenencia a una nación) y los derechos del individuo. El siglo
XIX también fue testigo del cambio del papel que desempeñaba la fiscalidad en la
financiación de los estados, así como de la actitud general respecto a quién debía soportar
los impuestos y en qué grado. El vínculo entre la representación de las elites y la fiscalidad
se fue debilitando a medida que disminuía la presión fiscal. La presión fiscal se redujo
porque la industrialización consiguió que los sistemas económicos fueran mucho más
productivos y porque también disminuyeron los gastos bélicos.
A pesar de dichos cambios, los gobernantes siguieron debatiendo cómo gravar
impositivamente a las elites. ¿Estas elites debían soportar muchos impuestos porque eran
acaudaladas o pocos impuestos debido a su importancia? A medida que los gobernantes se
vieron en la necesidad de recaudar cada vez menos recursos de sus florecientes economías,
y a medida que cada vez más contribuyentes estaban en condiciones de pagar al menos
ciertos impuestos, la idea de la fiscalidad progresiva fue ganando adeptos. En este tipo de
sistema fiscal, las personas pagan impuestos en función de sus ingresos. En principio,
aunque no en la práctica, la fiscalidad progresiva se fue popularizando en paralelo con un
cambio de mentalidad tributaria política y social.
En algunos países la fiscalidad todavía se encontraba ligada al grado de representación. En
Prusia, por ejemplo, el acceso al derecho al voto estaba vinculado a la tributación. Sin
embargo, la lógica de la conexión había cambiado. Anteriormente los gobernantes habían
acudido a las elites para recabar su apoyo en favor de las políticas fiscales y durante el siglo
XIX los gobernantes procuraron incorporar a segmentos más amplios de la población, y
ello menos por la contribución tributaria de la población que por temor a una posible
ruptura. La manumisión, o la ampliación de la ciudadanía, era una apelación del gobierno a
diferentes segmentos de la población. La concesión a los ciudadanos del derecho al voto
constituía un medio de complacer al creciente colectivo de personas que exigían tener voz
en la toma de decisiones políticas. La ampliación de las exenciones, un componente básico
de las democracias representativas, se produjo en aquellas sociedades europeas en las que
las instituciones representativas de las elites habían sido poderosas durante los siglos XVII
y XVIII.
A lo largo del siglo XIX la relación entre los estados europeos y sus súbditos se vio
modificada. El principal motivo de preocupación de un gobierno central ya no podía ser sus
relaciones con las elites. La aparición de nuevos grupos sociales y nuevas formas de
organización social planteó a los gobernantes una serie más amplia de retos y estos
desarrollaron una mayor capacidad para afrontar dichos retos. Los gobiernos centrales
ampliaron la oferta de bienes y servicios para sus súbditos, incluidos la educación y el
bienestar social. Los gobiernos, a su vez, cada vez exigían más a la población,
concretamente impuestos y el reclutamiento militar de los jóvenes varones.
Una democracia, obviamente, significa bastante más que el mero derecho al voto. El
proceso de expansión de los estados durante los siglos XIX y XX trajo consigo una gama
creciente de exigencias a los gobiernos para intervenir cada vez más en la economía y la
sociedad, así como un mayor número de individuos que planteaban exigencias a sus
gobiernos. A veces las exigencias planteadas a los gobiernos eran de tipo político, como en
el caso en que los ciudadanos solicitaban mayor participación en la toma de decisiones, y
otras veces eran de tipo económico, como cuando la gente exigía mejores condiciones de
empleo y servicios sociales. El creciente colectivo de personas que formulaba
reclamaciones al gobierno contribuyó a diluir determinadas formas de poder y de autoridad.
La democratización sobrevino en el momento en que una mayoría de ciudadanos plantearon
reivindicaciones políticas, sociales y económicas al Estado como parte integrante de los
planteamientos para negociar su participación en funciones tanto política como socialmente
aceptables. Sin embargo, no todas las exigencias dieron sus frutos a un mismo tiempo y la
democratización no siempre se hizo presente. En el siglo XIX, la ampliación de los
derechos políticos a amplios segmentos de la sociedad europea se produjo en aquellas
zonas donde las elites poseían una cierta tradición de representación política institucional.
La solidez de esta base a menudo dependía de que dichas instituciones hubieran sido
capaces de controlar la más primaria de las incipientes preocupaciones estatales en Europa:
el sistema tributario.
Las importantes conexiones entre la formación de los estados europeos, la recaudación
fiscal y las instituciones representativas coinciden durante el siglo XX con diversas
situaciones políticas en todo el mundo. Las instituciones políticas democráticas surgen con
mayor facilidad allí donde los gobiernos se han visto obligados a negociar las políticas
fiscales no sólo con las elites, sino también con la ciudadanía en general. Esto, a su vez, es
más frecuente allí donde los ingresos del Estado provienen de fuentes domésticas, donde la
industria y el comercio se hallan en vías de desarrollo y donde la riqueza se halla
distribuida en la mayor parte de la sociedad. Si un gobierno puede confiar en las
exportaciones o en las elites agrarias para obtener recursos de la tierra, la probabilidad de
que surjan instituciones democráticas es menor.
Los ideales democráticos pueden resultar atractivos para algunos individuos en
prácticamente cualquier conjunto de condiciones sociales. Sin embargo, la probabilidad de
que se establezcan instituciones representativas depende, al menos parcialmente, de la
existencia de una relación entre constitución del Estado, recaudación fiscal e instituciones
representativas similares a las que existían en ciertas zonas de la Europa moderna inicial.
Acerca del autor: R. Bin Wong es profesor de Historia y Ciencias Sociales en la
Universidad de California, en Irvine. Es autor, entre otras muchas publicaciones, de China
Transformed: Historical Change and the Limits of European Experience.
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Tercer estado
Tercer estado, uno de los tres estamentos sociales representados en los Estados Generales
franceses desde la edad media; los otros dos eran el clero y la nobleza. La función tradicional del
tercer estado era poner en conocimiento del monarca las reivindicaciones de las clases
populares, a quienes representaban. Los diputados eran elegidos en reuniones de los delegados
provinciales propuestos por los contribuyentes de cada pueblo o ciudad. Los candidatos solían
ser abogados o funcionarios de la administración local, por lo que éstos eran elegidos con más
frecuencia que los terratenientes o comerciantes. Aunque los diputados debían pertenecer al
estado llano en principio, en ocasiones también eran votados candidatos de los otros
estamentos; así, en 1789 el abate Emmanuel Joseph Sieyès, un clérigo radical, fue elegido
diputado del tercer estado por el distrito de París.
En 1789 fue muy criticada la circunstancia de que los Estados Generales estuvieran divididos en
tres estamentos. Así lo señaló Sieyès en su escrito ¿Qué es el tercer estado?, en el que
argumentaba que las antiguas distinciones entre clero, nobleza y tercer estado resultaban ya
irrelevantes. Recomendó que este grupo, que proporcionaba toda la riqueza y talento de la
nación, se constituyera como asamblea nacional y se abolieran los privilegios de la nobleza y el
clero. Este fue precisamente el objetivo que los diputados se comprometieron a cumplir en el
Juramento del Juego de la Pelota y que pusieron en práctica en 1789-1791 con la Asamblea
Nacional Constituyente.