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La Party

El capítulo narra el encuentro de Cora y Nissa en la posada Portal Bostezante, donde se unen a un grupo de aventureros para rescatar a unos niños perdidos en una ciudadela maldita. Tras una intensa batalla contra un árbol vampírico y su druida, el grupo logra salvar a los niños, pero no sin sufrir consecuencias personales profundas. En el siguiente capítulo, Nissa enfrenta un nuevo desafío con la aparición de Cora, quien había desaparecido, mientras el grupo se prepara para una nueva amenaza en un mundo que comienza a quebrarse.

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La Party

El capítulo narra el encuentro de Cora y Nissa en la posada Portal Bostezante, donde se unen a un grupo de aventureros para rescatar a unos niños perdidos en una ciudadela maldita. Tras una intensa batalla contra un árbol vampírico y su druida, el grupo logra salvar a los niños, pero no sin sufrir consecuencias personales profundas. En el siguiente capítulo, Nissa enfrenta un nuevo desafío con la aparición de Cora, quien había desaparecido, mientras el grupo se prepara para una nueva amenaza en un mundo que comienza a quebrarse.

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TÍTULO: Capítulo 0 - El Portal Bostezante

Oakhurst, un año atrás.

El letrero del Portal Bostezante chirriaba al viento de la tarde, como si se riera a medias de los
que entraban y los que no regresaban. Era una posada pequeña en apariencia, pero sus muros
escondían rumores, encargos y secretos. Allí fue donde el destino unió por primera vez a Cora
Tealeaf y a Nissa, la druida de las estrellas.

Cora ya había reunido un grupo de aventureros: la tabaxi exploradora Mirime, impulsiva y


aguda; Ralh de Bark, un mago silente de mirada pesada; y ella misma, clériga de la Luz, de
sonrisa fácil pero mirada cansada. Nissa llegó sola, desorientada, con ojos que parecían buscar
constelaciones incluso en el techo de la taberna. Cora la invitó a sentarse. "Viajar sola es para
los que no tienen nada que perder", dijo. Nissa no respondió. Pero se quedó.

El encargo no tardó en llegar: los Hucrele, una familia de comerciantes locales, habían perdido
a sus hijos, Talgen y Sharwyn, y a una niña extraña que los había acompañado hacia las ruinas
de una ciudadela devorada por la tierra. En lo profundo del bosque, los rumores hablaban de
goblins, druidas oscuros y un árbol maldito.

El descenso a la Ciudadela fue un viaje hacia lo olvidado. Trampas cubiertas de musgo,


corredores asfixiantes, gritos apagados. En el corazón de las ruinas, hallaron a Meepo, un
kóbold desesperado por recuperar a su "dragón perdido". Gracias a él, el grupo encontró el
árbol Gulthias, un ser vampírico cuyos frutos curaban y maldecían por igual, y al druida Belak,
el Próscrito.

Fue una batalla brutal. Las ramillas plagadas se alzaron, y Sharwyn ya había sido corrompida
por el árbol. Talgen apenas resistía. La niña estaba atrapada dentro del nudo central del tronco,
su alma latiendo al borde del abismo. Nissa y Mirime destruyeron las ramas vivas mientras
Cora invocaba una llamarada divina que redujo al árbol a cenizas. Ralh conjuró círculos de
contención para impedir que la corrupción se extendiera más allá del corazón de la ciudadela,
su grimorio ardiendo con runas antiguas que apenas podía controlar. El grito que se oyó no fue
humano. Belak cayó sin emitir palabra.

Salvaron a los hermanos. Salvaron a la niña. Pero no salieron indemnes. Mirime recibió una
herida que jamás cicatrizó del todo. Cora empezó a soñar con voces que le hablaban desde las
raíces. Ralh, tras canalizar tanta energía arcana, comenzó a tener lagunas en su memoria, como
si ciertas palabras se hubieran borrado de su grimorio interior. Y Nissa... Nissa no volvió a mirar
a los árboles igual.

En la salida, el sol se alzaba como si nada hubiera pasado. Pero algo había cambiado. Algo
había despertado con ellos.

Y nadie sabía que aquello había sido el primer crujido de un mundo que empezaba a
quebrarse.
TÍTULO: Capítulo 1 - Bajo la sombra del gigante

La nieve caía con violencia en el Espinazo del Mundo, cubriendo las montañas con un manto
áspero y cruel. Las ráfagas de viento aullaban entre los picos afilados como voces de espíritus
perdidos, y el aire helado mordía la piel como mil cuchillas invisibles. El cielo, plomizo y sin
luna, parecía presagiar que esa noche no pertenecería a los vivos. cada copo una daga blanca
que golpeaba la piel como un recordatorio del olvido. Nissa avanzaba con la vista fija, los labios
partidos por el frío y la determinación, sus ojos sin llanto, pero cargados de historias que jamás
serían contadas.

El golem era tan alto como una montaña, su aliento mecánico nublaba el aire y cada paso hacía
temblar el suelo. Falcoris jadeaba, su capa desgarrada por el viento y su voz apagada por el
estruendo del combate. Yavanna, serena pero herida, canalizaba la luz de los dioses con
desesperación. El resto... había caído.

Nissa cerró los ojos. Por un instante, volvió a estar allí: en el valle, frente al gigante que había
acabado con Mirime. Las manos de la tabaxi atrapadas bajo el cuerpo colosal. El silencio
eterno. El mismo silencio que ahora crepitaba en su pecho.

Iban a morir. Otra vez. Iba a fallar. Otra vez.

Pero entonces, un rugido. No del golem. No humano. Algo entre hielo y memoria.

Desde las montañas, bajó la silueta de un coloso cubierto de escarcha, cuyas pisadas hacían
crujir la nieve congelada con un eco ancestral. El aire se volvió más denso, cargado de una
energía helada que erizaba la piel. Tras él, una figura pequeña descendía con determinación, su
silueta iluminada por breves destellos azules que la envolvían como un resplandor de magia
contenida. Su capa ondeaba al viento como si recordara tiempos más cálidos, y con cada paso
que daba, la temperatura parecía ceder al calor de algo olvidado pero no perdido. seguido por
una figura mucho más pequeña. Una silueta que Nissa conocía mejor que su propia sombra.

Cora.

El golem de escarcha embistió contra el enemigo, haciéndolo retroceder con un estruendo


brutal. Fragmentos de roca y nieve volaron por los aires, y la criatura pétrea tambaleó al recibir
el impacto directo. Su superficie se agrietó con un sonido sordo, dejando escapar una luz roja
pulsante desde su interior. Con un segundo embate, el coloso de escarcha lo empujó contra
una de las paredes rocosas del paso, y conjuró una estalactita de hielo que se clavó como lanza
en el centro de su pecho. El golem de piedra emitió un bramido profundo y se desplomó con
estrépito, su cuerpo desmoronándose en bloques partidos y polvo helado.

Y en medio del caos, ella apareció: cabello rojo como fuego, ojos claros como agua, sonrisa
intacta. Como si no hubieran pasado los años. Como si el abandono no pesara.

Nissa no sintió alivio. No sintió furia. Sintó todo a la vez. Avanzó entre escombros, la mano
alzada, lista para golpear, pero el brazo se detuvo temblando. No por dudar. Sino porque el
corazón gritaba más fuerte.

—¿Por qué te fuiste? —susurró, rompiéndose en pedazos frente a todos. Las palabras salieron
como un suspiro arrancado del alma, no sólo por la traición, sino por la soledad que había
florecido en su ausencia. En su mente, se repitieron todas las noches de silencio, todas las
preguntas sin respuesta. "¿Qué hice mal? ¿Por qué me dejaron todos? ¿Por qué ella
también?". Cada segundo que había pasado sola se convirtió en una astilla más clavada en su
pecho, y ahora, frente a ella, estaba quien debía haber estado siempre.

Cora la miró. Con esa ternura que solo se tiene con quienes ya han visto tu alma.

—Porque tenía que salvar a alguien... y ahora he vuelto para quedarme.

Nissa cayó de rodillas. No por debilidad. Sino porque, por fin, alguien había vuelto.

Y Falcoris, al fondo, comenzó a cantar.

Una canción sin nombre. Un eco de lo que fue.


Un presagio de lo que estaba por venir.
TÍTULO: Capítulo 2 - Donde arde el silencio

Candelkeep, seis meses atrás.

Los corredores de la Gran Biblioteca respiraban un aire pesado a papel antiguo, cera templada
y un leve perfume de incienso intelectual. Nissa se movía con paso firme, aunque cada
movimiento de su cuerpo delataba un cansancio acumulado por batallas que no estaban en los
libros, sino bajo su piel.

En una de las salas de lectura circular, la luz de los candelabros caía sobre las figuras sentadas.
Allí estaban todos: Cora con los ojos cerrados, meditando en silencio con una esfera de luz
flotando entre sus palmas; Mirime, reclinada con las botas sobre la mesa, hojeando sin leer; y
Ralh de Bark, escribiendo con trazos firmes sobre un pergamino encantado.

—Este lugar me resulta demasiado cómodo —dijo Nissa al fin, rompiendo el silencio. —Nos
estábamos moviendo. Creciendo. Ahora sólo... existimos aquí.

Cora abrió los ojos y la esfera de luz se disolvió suavemente.

—A veces, descansar también es avanzar. Estar aquí no significa rendirse.

—No me preocupa rendirme. Me preocupa estancarme.

Ralh de Bark no habló, pero asintió levemente sin levantar la vista. Mirime soltó un bufido,
cerrando el libro.

—La elfa tiene razón. No fuimos hechos para bibliotecas.

Cora se levantó y caminó hacia Nissa. Su mirada era firme, pero no dura.

—Estaremos listas cuando llegue el momento. Las estrellas aún nos guían, ¿te acuerdas?

Nissa asintió sin responder, clavando la vista en el estandarte de los Arpistas que colgaba en la
sala. Ella no necesitaba libros. Necesitaba respuestas.

Esa noche, bajo un cielo despejado en los jardines de la biblioteca, Cora se sentó junto a Nissa
frente a un fuego pequeño que habían conjurado.

—No confías en mí del todo, ¿cierto?

—No es eso. —Nissa vaciló. —Es que temo confiar demasiado.

Cora sonrió, pero no dijo nada. En vez de eso, sacó una pequeña piedra verde de su bolso. Se la
entregó a Nissa sin una palabra.

—Te protegerá cuando no pueda estar. O cuando no quieras que esté.

Nissa recibió la piedra y cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, el cielo dejó de
parecer tan vasto. Tan cruel.

Pero también en ese mismo momento, muy lejos al norte, una montaña comenzó a moverse.
TÍTULO: Capítulo 3 - Ecos que desgarran

Frontera del norte, dos semanas después.

El aire era distinto. Más denso, cargado de un silencio tan imponente como el paisaje helado
que los rodeaba. Nissa caminaba al frente del grupo, la piedra verde de Cora apretada entre los
dedos, oculta dentro del guante. Sentía su energía, tenue pero constante, como si cada paso la
mantuviera conectada con algo que se le escapaba. La piedra palpitaba, no como un corazón,
sino como una memoria viva. A cada paso, Nissa sentía un calor leve recorrerle el brazo, como
si los dedos de Cora la tomaran sin que ella pudiera apartarlos. ¿Era consuelo? ¿O una promesa
que no se había atrevido a romper?

Detrás de ella, Mirime observaba los cielos con su arrogancia habitual, aunque su cola no
dejaba de agitarse con ansiedad. Ralh de Bark no decía una palabra, concentrado en leer un
mapa arcano que había invocado en pleno aire, su tinta flotando como humo encantado. Cora,
sin embargo, marchaba en silencio absoluto. No por tensión, sino por elección.

No había palabras suficientes para llenar el vacío que empezaba a abrirse entre todas ellas. Las
conversaciones se habían vuelto escasas, reducidas a órdenes y advertencias. Nissa notaba
cómo Cora evitaba sus ojos, cómo Mirime ya no hacía comentarios sarcásticos a Ralh, y cómo
el propio mago parecía más interesado en los símbolos del mapa que en sus compañeras. Lo
que antes era una sinfonía de voces diversas, ahora era un silencio áspero que lo devoraba
todo.

Un rugido lejano hizo detener a todos. El rugido no fue sólo un sonido. Fue una vibración en el
aire, una presión en el pecho. Como si la tierra misma hubiese exhalado con rabia contenida.
Incluso el mapa flotante de Ralh titubeó por un instante, sus líneas danzando como si
reaccionaran al poder ancestral que acababan de despertar.

Nissa se agachó instintivamente, apoyando la mano sobre la nieve.

—No es una bestia cualquiera. —su voz fue apenas un hilo. —Es algo que protege. O que
guarda.

Ralh bajó el mapa. —Podría estar vinculado a la ruta de los gigantes de fuego. Hay runas
quemadas en los riscos, las sentí al pasar.

Mirime escupé hacia un lado. —No importa lo que sea. Si gruñe, sangra.

Pero Cora no hablaba. Cora miraba las montañas como si estas le devolvieran la mirada.

Aquella noche, acampados junto a un abismo, Nissa se despertó sobresaltada. Había soñado
con Mirime. No con su risa ni con sus bromas, sino con sus últimos segundos, cuando el aire
fue cortado por el rugido del gigante, cuando la tierra tembló bajo sus pies. Vio a Mirime
correr, gritar su nombre, y luego un impacto sordo. Su cuerpo desapareció bajo una sombra
inmensa. Nissa no pudo moverse en el sueño; sus piernas eran raíces, sus manos hielo.
Despertó con un nudo en el pecho, sabiendo que esa imagen no era una memoria... era una
herida aún abierta. Y al abrir los ojos, vio a Cora sentada frente al fuego, cantando en voz baja
una canción sin lengua, sin nombre. La melodía era hipnótica, hecha de notas que no
pertenecían a ninguna cultura viva. Nissa no podía decir si era un canto de duelo, un llamado
espiritual, o una confesión a la noche. El fuego respondía en pequeños destellos cada vez que
la voz de Cora descendía en tono. “No deberías hacer esto”, pensó Nissa, pero no lo dijo.
Porque una parte de ella… quería que funcionara.
—¿La estás llamando? —preguntó Nissa.

Cora la miró. Su rostro no tenía tristeza. Tenía resolución.

—Estoy escuchando si ella aún responde.

Esa noche, Nissa no volvió a dormir. Porque por un segundo, juraría que en el viento... alguien
contestó.
TÍTULO: Capítulo 4 - Lo que arde bajo la piel

Triboar, horas antes de la catastrofe.

El viento arrastraba cenizas. El cielo ardía con las llamas de un asalto inesperado. Gigantes de
fuego y gigantes de la colina habían emboscado la región sin previo aviso, destruyendo gran
parte de los poblados exteriores. Nissa, Cora, Ralh y Mirime llegaron demasiado tarde para
prevenir la masacre, pero no para entrar en combate.

El grupo se desplegó entre los escombros humeantes. Los conjuros de Cora brillaban con luz
sagrada, y las ilusiones de Ralh cegaban a los enemigos más próximos. Nissa tejía formas
astrales en el aire con una concentración helada. Mirime se movía entre sombras y escombros,
rápida como el pensamiento, cortando tendones, buscando ojos. Luchaban con fiereza.

Tras varias escaramuzas, los gigantes de fuego comenzaron a retirarse. Pero uno de los gigantes
de la colina, herido, enfurecido y enloquecido, se mantuvo firme. Era más grande que los otros,
y con un último grito, cargó directamente hacia el grupo.

—¡Cuidado! —gritó Mirime, separándose para distraerlo.

El golpe fue titánico. El gigante, al morir, perdió el equilibrio y se desplomó de rodillas. Nissa
alzó la vista demasiado tarde.

El cuerpo del coloso cayó como una montaña. Mirime no alcanzó a retroceder. Fue aplastada
por toneladas de carne, hueso y furia sin vida. No hubo tiempo para salvarla, ni palabra final.
Solo el crujido ensordecedor y el silencio que vino después.

Nissa gritó. Gritó con todo lo que tenía, pero no hubo eco. Sólo llamas y viento.

—Tenemos que retirarnos —dijo Ralh, la voz quebrada.

Pero entonces, se abrió un portal. Desde su interior, una voz conocida: Elminster. Un destello
de magia y decisión.

—Ralh, es ahora o nunca.

Ralh miró a Nissa. Bajó la mirada.

—Lo siento.

Y se fue.

Cora se acercó a Nissa. No dijo nada. Su mano descansó brevemente sobre su hombro, no
como consuelo, sino como una despedida silenciosa. Sus ojos no reflejaban pena, sino
determinación inflexible. Había recibido el llamado de Eldath, y no vacilaría. Su fe era su norte,
y Nissa… Nissa solo era una estación en ese camino. Cora se dio la vuelta sin más palabras y
comenzó a conjurar su propia retirada.

—Eldath me llama —susurró Cora, con la voz quebrada—. He sentido su urgencia, su lamento...
Hay dos niños atrapados entre las llamas. Puedo oírlos gritar incluso ahora, como un eco
clavado en el alma. No tengo elección. Tengo que ir por ellos… o sus voces me perseguirán por
el resto de mis días.

Nissa cayó de rodillas. El dolor se desbordó por su garganta en un grito desgarrador, más
animal que humano.
—¡No me dejen! —clamó entre llanto y furia, con la voz hecha trizas—. ¡Por favor, no ahora!
¡No cuando más los necesito! ¡No puedo sola! ¡No quiero estar sola otra vez!

Su súplica se perdió entre el humo y el crepitar del fuego, como si el mundo mismo se negara a
responder. Pero sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una verdad que
desgarraba más que cualquier herida física.

—Volveré —dijo Cora, aunque ni ella misma parecía creerlo del todo.

Y también se fue.

Nissa quedó sola. Lo supo con cada parte de su cuerpo. El mismo vacío de años atrás la
envolvía, el mismo abandono silente. Volvía a estar sola. Las palabras de Cora y Ralh se
desvanecían como humo, y en su lugar llegó el recuerdo brutal: el cuerpo de Mirime, oculto
bajo la carne del gigante. Ese instante revivió con fuerza, empujando a Nissa al borde de sí
misma.

El aire se volvió denso. Un dolor sordo y agudo la atravesó, naciendo del pecho y
expandiéndose como una grieta por todo su ser. Cayó hacia adentro. Hacia el grito que no
podía emitir. Hacia el silencio que gritaba más fuerte que cualquier palabra. Y en ese hueco,
solo quedaba la desesperación. La desesperanza. El vacío absoluto.

Sola entre ruinas y fuego. Sola con la muerte de su hermana de armas.

Entonces, ocurrió. El cielo, ennegrecido por el humo y la ceniza, se iluminó de pronto como si
un relámpago hubiera rasgado la propia tela del mundo. Una luz cegadora descendió con
violencia silenciosa, barriendo el aire, apartando los escombros… y al cuerpo del gigante que
cubría a Mirime. La masa colosal fue alzada por fuerzas invisibles y echada a un lado como si no
pesara nada.

Pero no fue el cuerpo lo que reclamó la luz.

Fue su alma.

Nissa sintió cómo algo era arrancado del mundo frente a sus ojos. Una esencia, un calor, una
presencia que aún no había terminado de despedirse. Cayó sobre sus rodillas una vez más,
gritando, pero ya sin sonido. No pudo alcanzarla. No pudo hacer nada.

El sentimiento fue inmediato y brutal: había fallado. Había fallado a Mirime, a Cora, a Ralh. A sí
misma.

Y en medio de ese derrumbe emocional, una figura descendió con la luz. Su armadura plateada
no brillaba, sino que ardía con la intensidad de algo celestial. Yavanna. Los ojos de juicio y
compasión eran lo único que no se movían en medio del caos.

—Estás herida —dijo, sin juicio.

Nissa no se movió. Pero su cuerpo temblaba. Entre rabia, odio y una desesperanza cruda,
levantó la mirada hacia la figura radiante. Sus ojos, anegados por lágrimas, ardían de dolor.

—¡Devuélvemela! —gritó con un hilo de voz quebrado—. ¡Devuélveme a Mirime! ¡No tienes
derecho!

La súplica se quebró en el aire sin respuesta. La luz no cambió. La figura no reaccionó. Y ese
silencio fue más cruel que cualquier negación.
—No estoy aquí para reemplazar a nadie. Estoy aquí porque alguien debe sostenerte cuando tú
no puedes.

Y entonces, Nissa respiró. Porque si no respiraba, se rompería. Porque ahora, lo único que
podía hacer… era continuar.
TÍTULO: Capítulo 5 - Sombras de escarcha

Rumbo al espinazo del Mundo, días después.

La marcha fue larga, pero el silencio aún más. Luego de la muerte de Mirime, la partida de Ralh
y la marcha sin retorno de Cora, Nissa tomó el liderazgo por inercia. No porque lo quisiera. No
porque lo buscara. Sino porque ya no había nadie más.

El grupo que la acompañaba ahora apenas parecía suyo: Yavanna, la asimaar de juicio
templado y fuerza sobrenatural; Falcoris, un bardo de alma quebrada pero voz firme; y una
tiefling de mirada afilada, cuyo nombre Nissa nunca llegó a recordar del todo… o tal vez no
quiso.

Nissa hablaba poco. Daba órdenes claras. Dormía poco. Confiaba menos.

Eran un grupo funcional. Pero no eran una familia. Ella ya había tenido una. Y la había perdido.

En el paso congelado hacia el Espinazo del Mundo, el grupo fue emboscado.

No por bandidos. Ni por bestias. Sino por un golem de piedra y escarcha, casi tan alto como
una montaña, cuyos ojos brillaban con runas antiguas y cuyos pasos abrían grietas en la tierra.

La batalla fue inmediata y brutal. Falcoris intentó cantar, pero su melodía se quebró al primer
golpe. Yavanna invocó un escudo de luz, que resistió… hasta que no pudo más. La tiefling se
desvaneció entre sombras, herida o muerta. Nissa invocó el cosmos sobre su piel, pero la
desesperación comenzaba a filtrarse. Lo sentía.

Iba a pasar de nuevo.

Iban a morir. Iba a fallar otra vez. Estaría sola, esperando una muerte que deseaba fuera rápida,
que no le diera tiempo de sentir todo lo que ya ardía por dentro. Otra vez.

Entonces, el cielo rugió.

Una tromba de nieve descendió en espiral. Y en su centro, un estruendo de hielo: un gigante de


las escarchas surgió de la niebla, seguido por una figura que Nissa reconocería incluso entre mil
máscaras.

Cora.

La clériga de la luz apareció envuelta en un torbellino de escarcha luminosa, con una lanza de
cristal que parecía forjada del aliento de una estrella. Su mirada no era solo firme: era
incandescente, cargada de una voluntad inquebrantable. Sin pronunciar palabra, se lanzó al
combate con una precisión que bordeaba lo celestial. El golem, gigante e imponente, intentó
resistirse, alzando sus brazos de piedra para aplastarla. Pero fue en vano. La furia del coloso de
escarcha y la furia aún más intensa de su fe convergieron como una tormenta sagrada. Con un
estallido de luz y hielo, el constructo se fragmentó, cayendo en pedazos como si el mundo
mismo hubiera dictado su final.

Cuando todo acabó, Nissa se quedó inmóvil. El campo de batalla aún humeaba, y entre los
restos congelados, ella la vio: Cora, de pie junto al gigante de escarcha, con su sonrisa cálida y
firme, la misma de siempre. Como si nada se hubiese quebrado.

Nissa avanzó hacia ella, paso a paso, como si caminara sobre cristal. Alzó la mano, la mirada
temblorosa, y por un instante, el mundo entero pareció contener el aliento. Iba a golpearla. No
por odio… sino porque dolía. Porque todo comenzaba a perder sentido. Porque no entendía
cómo podía estar allí, sonriente, después de tanto.

Pero no lo hizo.

Porque no era odio.

Era por todo lo que no dijo. Por todo lo que se rompió. Por todo lo que no sabe y lo que jamás
sabrá. Y la mano tembló en el aire… y cayó, vencida.

Y Nissa, por fin, lloró.

—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué regresaste?

Cora no se defendió. No dio excusas. Solo dio un paso al frente.

—Regresé porque te fallé. Porque te dejé sola cuando más me necesitabas. No vine a fingir que
nada pasó… vine porque no volveré a hacerlo. No esta vez. No otra vez.

Nissa apretó los dientes.

—Mirime murió. ni tú ni yo pudimos hacer nada al respecto. Ralh se fue sin mirar atrás. Y ahora
tú... simplemente apareces, como si nada hubiera pasado.

—No como si nada —dijo Cora—. Estoy aquí porque lo que viene… no podrás enfrentarlo sola.
Nadie puede.

Nissa bajó la mirada, como si quisiera esconderse del mundo y de sí misma. Se abrazó los
brazos, temblando más por dentro que por el frío.

—No sabes lo que fue estar aquí completamente sola —susurró—. Cada noche, Cora... cada
noche me preguntaba si había sido culpa mía. Si tu y Ralh se alejaron porque les fallé...

Cora quiso hablar, pero Nissa alzó una mano, temblorosa.

—No me digas que no fue así. No necesito consuelo. Solo necesitaba que no me dejaran, que
no me dejaras...

Cora se acercó un paso más. No con urgencia. No con culpa. Solo con presencia.

—Esta vez... me quedaré hasta el final —dijo en voz baja, pero con una convicción que no
necesitaba juramento.

Nissa la miró, los ojos enrojecidos, el rostro húmedo, el alma desgastada. Dio un paso hacia
ella, luego otro. Hasta que ya no hubo espacio entre ambas.

Y sin decir una palabra más, Nissa apoyó la frente en su hombro.

Fue un gesto simple. Pero en él estaba todo: el dolor, el reproche, la memoria, el amor
quebrado y aún latente.

Cora no dijo nada. Solo cerró los ojos y la sostuvo. Como si esa pequeña grieta en el hielo fuera
suficiente para empezar de nuevo.

Detrás de ellas, Falcoris bajó la mirada, respetuoso, pero con los ojos vidriosos, como si las
palabras no dichas se le enredaran en la garganta. Sus dedos rozaron las cuerdas de su laúd,
pero no tocó nada. El silencio era la única melodía adecuada para ese instante.
Yavanna, erguida como una estatua sagrada, se giró hacia el horizonte. La luz reflejada en su
armadura vibraba tenuemente, como si también ella sintiera, en su centro, que acababan de
presenciar algo más grande que una simple reunión: una promesa renovada en medio de la
devastación.

Porque sabían que la tregua en el corazón de la tormenta era breve. Lo que venía no se detenía
por lágrimas.

Pero por primera vez, lo enfrentarían juntas.

El viento volvió a soplar. No con furia, sino con el murmullo de algo que observa desde lejos.
Las nubes se arremolinaron sobre las montañas, como si los cielos quisieran ocultar lo que
estaba por venir.

Allí, en medio de la nieve rota y el hielo resquebrajado, el equipo que alguna vez estuvo
perdido encontró algo parecido a un inicio. No una victoria. No una redención. Pero sí una
pausa. Un latido compartido en medio del caos.

Y en lo profundo del mundo, bajo capas de roca, escarcha y silencio, algo más se removía. Algo
antiguo. Algo que también había sentido ese latido.

Y sonrió.
TÍTULO: Capítulo 6 - El Despertar

Montañas del Espinazo del Mundo, días después del reencuentro.

A la cabeza marchaba Harshnar el Sombrío, el gigante de la escarcha que se había unido al


grupo junto a Cora, su silueta imponente guiándolos entre la niebla como un espectro
ancestral, el grupo descendía por senderos ocultos entre los picos helados. Su destino: un
templo olvidado en el tiempo, perdido en una grieta que solo los antiguos recordaban, donde
aún se susurraba el eco del dios de los gigantes.

El viaje fue arduo, marcado por ventiscas silenciosas y una presión extraña en el aire, como si el
mismo mundo supiera que se acercaban a algo sagrado… y peligroso.

Nissa iba al frente, firme pero tensa. Cora caminaba a su lado, intercambiando miradas
cautelosas. Yavanna, solemne como siempre. Falcoris, sin su alegría habitual, caminaba en
silencio. Había algo en sus ojos que ya no estaba.

El templo apareció como una sombra entre la niebla: una construcción ciclópea enterrada en el
hielo, con columnas talladas en piedra viva que mostraban batallas antiguas entre gigantes y
dragones.

Dentro, no hallaron guardianes, solo silencio. Pero en el altar, una presencia se manifestó.
Primero fue un estruendo sordo, como si la montaña misma se estremeciera desde sus
cimientos. Luego vino la voz: grave, vasta, sin lengua ni aliento, pero capaz de hacerse oír en
cada rincón del alma. Annam, el dios de los gigantes, o lo que quedaba de él, habló a través de
los ecos y de las paredes.

Fue Nissa quien dio un paso al frente. Y fue ella quien recibió la visión: una guerra que se
acercaba, un desequilibrio imposible de reparar, y una sola posibilidad de resistir: contactar con
Annam, el dios de los gigantes. Solo a través de él podrían comprender qué había sucedido con
el Ordning, el tejido mágico y espiritual que regía la jerarquía de los gigantes, y qué destino
había corrido Hekatón, el rey de las Tormentas y mayor autoridad entre gigantes y dragones.
Esa revelación los llevó a una nueva misión: buscar las legendarias conchas teletransportadoras
que les permitirían cruzar grandes distancias y continuar la investigación que el mundo parecía
empeñado en enterrar.

El equipo llego a una ciudad donde les pidieron buscar a un hombre que se había perdido con
su embarcación, el equipo aceptó la misión de rescate por lo que su investigación los dirigió a
lo más en lo profundo de una caverna azotada por el frío, donde el bardo Falcoris, cayó en
batalla a manos de un despiadado duergar, su garganta silenciada por un golpe mortal.

No hubo tiempo para lamentos ni ceremonias; el enemigo aún respiraba y la escarcha


empezaba a consumir el cuerpo del bardo, quedando atrapado en un limbo entre el mundo de
los vivos y los muertos.

Ante la impotencia y la desesperación, su compañera Cora Tealeaf, clériga de Eldath, sintió


cómo una parte dormida de su alma se quebraba… o despertaba. En un acto impulsivo e
instintivo, canalizó magia prohibida: necromancia, que hasta entonces nunca había osado
tocar. Con lágrimas y oraciones quebradas, reanimó el cadáver de Falcoris como un no-muerto,
aferrándose a su deseo de no perderlo. Fue un acto de desesperación... Fue una profanación.

Durante días, Falcoris caminó entre los vivos como un zombi autoconsciente, prisionero de su
cuerpo frío, testigo de las voces de los muertos que ahora se aferraban a él como raíces. No
hablaba. Solo escuchaba y viajó con el grupo atrapado en su propio cadáver, testigo silente del
deterioro de su esencia y del eco de sus versos, que ya no encontraba voz.

Cuando la misión en la cueva concluyó, y tras muchas noches en vela, Cora, con ayuda de
Nissa, la druida de las estrellas, y Yavanna, la guerrera aasimar, realizó un ritual de restitución
espiritual, invocando la bendición de Eldath. Nissa, a pesar de su dolor contenido, sintió cómo
el aura de Cora temblaba de contradicción. La fe no debía cruzar ciertos límites, y sin embargo,
allí estaban, forzando la frontera entre la vida y la muerte. En el silencio de la noche, su mirada
se posó varias veces sobre Falcoris, preguntándose si habían salvado su alma… o condenado su
memoria. Y entre todos, algo callaba: un nudo invisible tensaba los vínculos del grupo. Nadie lo
decía, pero sabían que el precio había sido más que mágico. Había sido humano.

No fue sino hasta la intervención directa de la diosa que Falcoris, mediante las plegarias
sinceras de Cora Tealeaf, fue redimido. A través de un complejo ritual de purificación espiritual
y comunión con los elementos naturales, su alma fue liberada del estado no muerto y devuelta
al plano mortal, aunque no sin consecuencias.

Desde su renacimiento, Falcoris ya no canta solo con su voz, sino que canaliza las voces de los
espíritus que habitaban su cuerpo en el estado de no vida. Su conexión con el más allá es ahora
permanente. Los relatos que narra no solo entretienen… a veces revelan verdades olvidadas,
advertencias antiguas o incluso deseos inacabados de los muertos.

Lleva consigo una pequeña caja con un diente propio, símbolo de su paso por la no-muerte, y
guarda una relación profunda, compleja y silenciosa con Cora, quien lo salvó y lo condenó al
mismo tiempo.

El despertar... apenas comenzaba.

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