Floristán Cap.
3 “La ruptura de la cristiandad occidental: Las reformas
religiosas”
El siglo XVI fue testigo de una profunda conmoción religiosa que quebró la
unidad de la cristiandad occidental. Surgieron diversas confesiones cristianas,
cada una convencida de encarnar la verdadera religión y dispuesta a señalar
como heréticas a las demás. Estas iglesias no sólo proponían doctrinas
diferentes, sino que también aspiraban a modelar la vida de sus fieles en todos
sus aspectos —familiares, socioculturales y políticos—, recurriendo al respaldo
de los poderes seculares para consolidarse como iglesias territoriales. Este
proceso de confesionalización no solo configuró nuevas formas religiosas, sino
que también contribuyó a delinear los Estados modernos.
La Reforma protestante emergió inicialmente como un reclamo generalizado de
purificación religiosa y retorno al cristianismo primitivo, sin intención de romper
la unidad de la fe. Sin embargo, figuras como Lutero, Zwinglio y Calvino
introdujeron reformas doctrinales de tal envergadura que precipitaron una
ruptura irreversible con Roma. A partir de entonces, las iglesias reformadas —
luteranos, calvinistas, anabaptistas, anglicanos— comenzaron a multiplicarse y
diversificarse, enriqueciendo el panorama religioso europeo.
La Iglesia católica, por su parte, también emprendió su propia reforma. Aunque
tradicionalmente se la ha denominado “Contrarreforma”, muchos autores
prefieren hablar de una “Reforma católica”, para subrayar que sus
transformaciones no fueron meramente reacciones, sino que ya estaban en
marcha antes de la ruptura. No obstante, fue el Concilio de Trento el que fijó
con claridad los contornos de la ortodoxia católica frente al desafío protestante.
La posibilidad de reconciliación se desvaneció definitivamente tras el fracaso
del Coloquio de Ratisbona (1541) y el inicio del concilio tridentino. A partir de
1560, la difusión del calvinismo y la firme respuesta católica desembocaron en
violentas guerras de religión, que atravesaron Europa hasta la Paz de Westfalia
en 1648.
Las causas de esta fractura no se explican solo en clave doctrinal. A comienzos
del siglo XVI, la Iglesia enfrentaba una crisis de legitimidad alimentada por
abusos morales y un anhelo espiritual más auténtico. Se denunciaban con
fuerza la ignorancia y relajación del clero, el incumplimiento de los votos
religiosos, la avidez fiscal de Roma y la mundanidad del papado. En paralelo, la
religiosidad popular —intensamente emocional, supersticiosa y obsesionada con
el castigo divino— alimentaba prácticas como el culto a las reliquias o el
comercio de indulgencias. Frente a esto, se alzaban voces que reclamaban una
vivencia de la fe más interior y personal, inspirada por la devotio moderna y
fortalecida por la imprenta, que ponía la Biblia al alcance de un público más
amplio.
Este movimiento religioso encontró resonancia en una sociedad en
transformación. El crecimiento de la burguesía, el avance del capitalismo y el
malestar de las élites locales ante los abusos de Roma ofrecieron un terreno
fértil para las ideas reformistas. La Reforma se convirtió, entonces, también en
un fenómeno político. En el Imperio, el apoyo de los príncipes alemanes fue
decisivo para su consolidación; en Inglaterra, el cisma respondió a intereses
dinásticos; en los países escandinavos, los reyes adoptaron el luteranismo por
conveniencia. Allí donde triunfó, la Reforma permitió la redistribución de poder y
riqueza, fortaleciendo al Estado frente a la Iglesia.
En este proceso, tanto católicos como protestantes reforzaron la subordinación
de lo religioso al poder secular, aunque bajo distintas modalidades. En España,
por ejemplo, la monarquía consolidó su control sobre la Iglesia sin necesidad de
ruptura, gracias al patronato regio, la Inquisición y la administración de rentas
eclesiásticas. Pese a los intentos de unidad, el protestantismo se fragmentó
pronto en múltiples ramas, dando lugar a un nuevo orden religioso europeo en
el que cada fe quedó íntimamente ligada a una autoridad política. Así, la
Reforma y la confesionalización no solo transformaron el mapa espiritual de
Europa, sino que sentaron las bases del Estado moderno.
Luteranismo:
Martín Lutero, de origen campesino acomodado, estudió filosofía e ingresó al
convento agustino de Erfurt. Se formó en teología en Wittenberg, donde fue
profesor de la Sagrada Escritura. El diagnóstico que trazaba Lutero se inscribía
en esa percepción generalizada de relajación y desvío con respecto a los ideales
cristianos1. Una profunda crisis espiritual —agravada por su viaje a Roma en
1511— culminó en una experiencia reveladora en la torre del convento, donde
encontró en la carta a los Romanos la clave de su pensamiento: “el justo vivirá
por la fe”. Denuncia la piedad popular, marcada por el temor al pecado y al
castigo divino; el miedo al infierno y al purgatorio, nutrido por un discurso
eclesiástico de tono apocalíptico, generaba una piedad de carácter trágica y
emocionalmente exacerbada: la veneración de reliquias, la intercesión de los
santos, las procesiones penitenciales y, sobre todo, el comercio de indulgencias,
que abría la puerta a todo tipo de abusos. Lutero denunciaría este clima de
religiosidad deformada, a la que calificó de “natural” por su afinidad con lo
pagano antes que con lo evangélico. En 1517 publicó sus 95 tesis contra las
indulgencias, denunciando la mercantilización de la salvación y cuestionando
la autoridad papal. Aunque el Papa León X condenó sus ideas (bula Exsurge
Domine, 1520) y fue declarado hereje en la Dieta de Worms (1521), Lutero fue
protegido por Federico el Sabio de Sajonia. Entre 1520 y 1521 escribió textos
clave como A la nobleza cristiana, Sobre la cautividad babilónica de la Iglesia y
De la libertad del cristiano, que difundieron ampliamente su pensamiento. Con
la ayuda de Melanchthon, su doctrina se sistematizó en los Loci communes
theologici (1521) y en la Confessio Augustana (1530), base del luteranismo.
Principales ideas del luteranismo
1
En muchas parroquias rurales, el clero se mostraba carente de preparación intelectual y de autoridad moral, con casos
frecuentes de concubinato y desconocimiento práctico de las enseñanzas cristianas, limitándose a la administración
mecánica de ritos mal comprendidos. A ello se sumaba el estado de relajación en que vivían muchos religiosos
regulares, que contravenían las reglas de sus órdenes en aspectos centrales como la obediencia, la castidad o la
austeridad. Los obispos, por su parte, se mostraban frecuentemente ausentes de sus diócesis, ocupados en acumular
beneficios y rentas, y más atentos a las intrigas de la política o al arte que a la atención de sus fieles. Las quejas contra
la voracidad fiscal y las prácticas arbitrarias de la curia romana eran moneda corriente.
Salvación solo por la fe: El ser humano está corrompido por el pecado
y no puede salvarse por sus obras; sólo la fe otorga la salvación, como
don gratuito de Dios.
Predestinación: Aunque no la desarrolla tanto como Calvino, Lutero
admite que el hombre no elige libremente entre el bien y el mal, y que
Dios decide quién se salva.
Biblia como única fuente de autoridad: El creyente puede acceder
directamente a Dios por medio de la lectura de la Biblia, sin necesidad de
la mediación sacerdotal.
Sacramentos reducidos: Solo se conservan el bautismo y la eucaristía
(únicos sacramentos bíblicos); pierden su carácter salvífico automático,
pues dependen de la fe del receptor.
Rechazo del culto a santos y reliquias: Se rechaza su papel como
mediadores; se los valora como ejemplos de vida.
Iglesia como comunidad de fieles: Todos los creyentes son iguales por
el bautismo. No hay jerarquías sagradas en el sentido católico.
Reforma litúrgica: La misa se celebra en lengua vernácula, con
participación del pueblo (canto de salmos, lecturas bíblicas) y comunión
con pan y vino.
Derroteros políticos de la reforma:
La prédica de Lutero caló hondo en una coyuntura social convulsionada del
Imperio. Sus ideas de libertad e igualdad cristianas se vincularon
tempranamente con las movilizaciones de campesinos y caballeros. La baja
nobleza, empobrecida por la inflación y desplazada por innovaciones militares,
intentó emanciparse del dominio principesco apropiándose de tierras
eclesiásticas, pero su revuelta —encabezada por von Hutten y von Sickingen en
el Rin (1522-23)— fracasó. Similar destino tuvo la insurrección campesina del
sur, inspirada por Muntzer y su lectura radical del evangelio, sofocada por los
ejércitos principescos en 1524-25.
Lutero, que al inicio había apelado tanto a la nobleza como al pueblo, se
distanció de estos movimientos por su carácter violento y anárquico. Desde
entonces confió la Reforma a las autoridades constituidas, dando lugar al
modelo de “iglesia-estado”.
Entre 1520 y 1540, la Reforma se propagó con rapidez, especialmente en
ciudades libres como Estrasburgo (1524), donde bastaba con una disputa
pública o un acto administrativo para introducirla. En cambio, los príncipes
territoriales impusieron la reforma bajo su control, asumiendo el Ius Reformandi.
Casos emblemáticos fueron Prusia (secularizada en 1525), Hesse (1526),
Sajonia, Brandeburgo (1539) y Braunschweig (1542), este último por la fuerza y
con el aval de Lutero.
Los nuevos Estados reformados dictaron ordenanzas eclesiásticas, organizaron
visitas para controlar su cumplimiento y asumieron funciones episcopales. En
Sajonia, desde 1527, un consistorio formado por teólogos y juristas dirigía la
vida eclesiástica, modelo que imitaron otros principados. Así, los pastores
ganaron estatus social, pero quedaron subordinados al poder civil, que los
designaba y financiaba con bienes eclesiásticos secularizados.
Los grandes príncipes vieron en la Reforma una oportunidad para reforzar su
poder y debilitar la autoridad imperial. Aun así, persistía el deseo de evitar la
ruptura eclesial. Fracasaron intentos de diálogo como Marburgo (1529) y
Ratisbona (1541), por desacuerdos entre reformados y con Roma. El concilio
universal, reclamado por todos, se postergaba: el Papa temía ceder poder, y los
reformados, perder sus logros. Carlos V, pragmático, aceptaba ciertas reformas
disciplinarias con tal de mantener la unidad imperial frente a franceses y turcos.
La consolidación protestante estuvo marcada por la guerra. En 1531 se formó la
Liga de Smalkalda, integrada por siete príncipes y once ciudades; hacia 1539 ya
sumaba más de 15 príncipes y 29 ciudades, entre ellas Sajonia y Brandeburgo.
Solo casas poderosas como los Wittelsbach y los Habsburgo permanecieron
fieles a Roma. El conflicto religioso fue en el fondo expresión de rivalidades
políticas. Carlos V derrotó a la liga en Mühlberg (1547), pero no logró restaurar
un orden católico y centralizado; la traición del duque de Sajonia y la ayuda
francesa revitalizaron la resistencia protestante.
Finalmente, la Paz de Augsburgo (1555) sancionó el principio de Cuius
regio, eius religio: cada príncipe podía imponer su fe a sus súbditos. Se buscó
limitar nuevas expansiones protestantes con cláusulas de reserva eclesiástica.
El luteranismo se consolidó también en Escandinavia: en Suecia, su
implantación acompañó la independencia de Dinamarca bajo Gustavo Vasa
(1523) y la secularización de bienes eclesiásticos (Västerås, 1527). Aunque la
ruptura con Roma fue suave, la Iglesia sueca solo asumió plenamente la
Confessio Augustana en 1593, en reacción a los intentos de recatolización de
Segismundo Vasa. En Dinamarca y Noruega, el triunfo luterano se selló en la
Dieta de Copenhague (1536), tras la victoria de Cristian III.
Zwinglio y los anabaptistas:
Tras Lutero, otros reformadores propusieron caminos más radicales. Ulrich
Zwinglio, predicador en Zúrich, encabezó la reforma en Suiza, donde en 1523
impuso sus propuestas con el respaldo del consejo urbano. Su formación
humanista, el influjo del erasmismo y ciertas vivencias personales lo llevaron a
aceptar las ideas reformadoras. El contexto helvético —una confederación de
cantones sin príncipes territoriales ni nobleza fuerte, pero con sólidas
oligarquías acostumbradas a formas comunitarias de gobierno— favoreció una
reforma doctrinalmente más exigente.
Zwinglio suprimió imágenes, campanas, velas, cantos y vestiduras litúrgicas.
Defendió con rigor la autoridad única de la Escritura y la ineficacia de las obras,
amparado en una visión más pesimista de la condición humana. Solo reconoció
dos sacramentos —bautismo y Cena—, reducidos a meros signos simbólicos de
la unión con Dios. A diferencia del modelo territorial luterano, su iglesia se
estructuró de abajo hacia arriba: comunidades autónomas elegían a sus
pastores, profetas y apóstoles, y participaban en sínodos confederados. La
esfera religiosa se entrelazaba estrechamente con la política.
Su proyecto triunfó en Basilea y otras regiones, pero fracasó al intentar
imponerlo a toda la Confederación. En 1531, la alianza de cantones católicos,
con apoyo austríaco, lo derrotó en la batalla de Kappel, donde halló la muerte.
No obstante, su legado persistió en Zúrich y fue reelaborado por Bucero en
Estrasburgo y por Calvino en Ginebra.
Al margen de las iglesias reformadas, surgieron grupos más radicales,
considerados sectas, guiados por el Espíritu Santo. Inspirados por visiones
milenaristas y apocalípticas, buscaban realizar en la tierra ideales bíblicos de
comunidad, igualdad y pureza, en abierta confrontación con las autoridades.
Rebautizaban a los fieles adultos —de ahí el nombre de anabaptistas— como
signo consciente de fe. Algunos fueron pacíficos y perseguidos; otros, como los
que tomaron Münster desde los Países Bajos, instauraron un régimen teocrático
y extremista. La imposición de la poligamia y la proclamación de un sastre
como rey del pueblo de Dios dieron paso a una experiencia de fanatismo
colectivo. La represión conjunta de católicos y luteranos, con castigo ejemplar,
sofocó el movimiento. Münster quedó como símbolo de una utopía fracasada y
el anabaptismo fue reducido a experiencias marginales.
Calvino y el calvinismo
Para muchos el calvinismo significo el perfeccionamiento de la obra que había
comenzado Lutero. Calvino fue el protagonista de la segunda etapa del
protestantismo, este habría sabido dotar al movimiento de una disciplina
eclesiástica clara, de un culto ordenado y de un modelo eficaz de iglesia capaz
de dar la réplica al renovado catolicismo de la Contrarreforma. Calvino (1509-
1564) evoluciono lentamente desde círculos erasmistas y evangelistas hacia el
luteranismo, arrastrado más por el deseo de restaurar la verdadera iglesia y la
gloria de Dios en la tierra que por la preocupación de las salvaciones de las
almas. En medio de las persecuciones anti luteranas 33-34 se refugia en la
corte de Margarita de Navarra en Estrasburgo, y finalmente en Basilea. donde
escribe la institutio christiana 1536, una exposición sistemática de la doctrina
evangélica, en defensa de los protestantes franceses, dedicada a Francisco I.
Ese mismo año se dirigió a Ginebra, donde Farel intentaba implantar la reforma,
sin embargo, debido a la resistencia tuvieron que huir. Ginebra era un centro
artesano y comercial sacudido por la tutela de los duques de Saboya y del
obispo-señor 1533. La impaciencia de los reformadores y la resistencia de los
más conservadores los obligaron a huir.
Entre el 1538 y el 1541 residió en Estrasburgo 2 donde fue profesor de las
escrituras. Participo en coloquios sin conocer a Lutero. En esa época pudo forjar
definitivamente su proyecto. Un cambio de gobierno en Ginebra en 1541 le
permitió aplicarlo.
2
Ya había sido reformada por Martin Butzer “Bucero”
La doctrina de Calvino postula:
Tiene como centro la trascendencia absoluta de Dios, más allegado a la
concepción lejana del mismo, como la del Antiguo Testamento.
Todo debe ordenarse a la gloria de un Dios riguroso e inalcanzable.
La idea de la predestinación: Dios ha dispuesto para cada hombre en su
soberana voluntad, con independencia de lo que haga, que se salve o se
condene para siempre. la aceptación de la predicación, la pertenencia a la I
reformada, el esfuerzo por la purificación ascética, son signos que certifican la
elección salvadora de Dios.
La biblia constituye la norma suprema, con preferencia en el Antiguo
Testamento como modelo toma el pueblo de Israel y en el New testamento a
la Iglesia primitiva.
Reconoce sacramentos de Bautismo y Cena (como conmemoración).
La organización eclesiástica descansa en 4 ministerios: pastores, ancianos,
diáconos y doctores. Asimismo, el consistorio que está compuesto por
ancianos y pastores, es el organismo supremo: tribunal dogmático, moral y
político. A partir de este último, Calvino impuso una disciplina rigurosa en
todos los frentes, eliminando la disidencia política y la herejía y las malas
costumbres. El consistorio que componen pastores, y ancianos es el
organismo supremo.
El calvinismo en la política europea:
El calvinismo, marcado por un fuerte impulso proselitista y un ideario riguroso,
convirtió a Ginebra en una república teocrática de vida austera y vigilada. Las
costumbres consideradas inmorales —como el baile, el canto profano o la
bebida— fueron perseguidas incluso en el ámbito doméstico. Este ascetismo,
lejos de alejar, atrajo a los protestantes más inquietos, y transformó a Ginebra
en una alternativa a la Roma tridentina. Calvino difundió su mensaje mediante
una intensa producción escrita y una activa labor pastoral, asistido por Teodoro
de Beza. La estructura eclesiástica, descentralizada y articulada en
comunidades confederadas, facilitó su expansión, incluso en contextos
adversos.
Aunque excluidos de la Paz de Augsburgo (1555), los calvinistas encontraron
refugio en ciudades como Wessel y Emden, en el bajo Rin. A partir de 1576,
diversos príncipes —como el elector del Palatinado o el conde de Nassau—
adoptaron oficialmente esta confesión.
La influencia de Calvino se hizo sentir con especial fuerza en Francia, donde él y
muchos de sus seguidores habían nacido. Allí, en 1559, se celebró el primer
Sínodo Nacional y se redactó una Confessio Gallicana. Las comunidades
crecieron, sostenidas por pastores enviados desde Ginebra. La muerte de
Enrique II dejó al reino sumido en la inestabilidad. La nobleza se dividió entre la
casa de Guisa (católica) y los Borbones (calvinistas o hugonotes). La nueva fe
echó raíces especialmente en regiones periféricas como Normandía, Languedoc
o Guyena. A pesar de representar solo una décima parte de la población, los
hugonotes tenían presencia en sectores influyentes, como la nobleza media y
alta y la magistratura. Tras ocho guerras civiles (1562-1598), Enrique de Borbón
fue aceptado como rey por derecho de sangre, previa conversión al catolicismo.
El Edicto de Nantes (1598) restauró el catolicismo como religión oficial, pero
garantizó a los hugonotes libertad de conciencia, acceso a cargos públicos y
ciertas plazas militares.
En los Países Bajos, el calvinismo actuó como catalizador de la resistencia
política y religiosa frente al absolutismo de Felipe II, articulando un discurso
nacionalista y aristocrático.
En Escocia, la reforma fue impulsada por John Knox, influido por el calvinismo
ginebrino. En 1560, en ausencia de María Estuardo, un Parlamento reformador
proclamó la Confessio Scotica, rompió con Roma y repartió los bienes
eclesiásticos. Aunque la Iglesia católica no desapareció por completo, la
instauración de un presbiterianismo riguroso —sin jerarquía episcopal, con
fuerte participación comunitaria— limitó el poder real. Ni Jacobo VI ni su hijo
Carlos I lograron restaurar con éxito la autoridad episcopal.
El cisma Ingles y la reforma anglicana:
El origen del anglicanismo se vincula a un brote de Enrique VIII, aunque el
proceso fue largo y sinuoso, desde el cisma de 1534 hasta su afirmación como
iglesia protestante en 1559. El rechazo papal al divorcio con Catalina de Aragón
—para casarse con Ana Bolena y asegurar un heredero varón— empujó al rey a
romper con Roma. La negativa de Clemente VII, influenciada por Carlos V,
terminó por consolidar la decisión del monarca inglés. En 1533, Cranmer
declaró nulo su primer matrimonio; en 1534, el Parlamento aprobó el Acta de
Supremacía, haciendo del rey cabeza de la Iglesia inglesa. La ruptura,
más política que religiosa, fue respaldada por el Parlamento, pero encontró
resistencia entre los católicos. Las persecuciones iniciales, la supresión de
conventos y monasterios y la redistribución de propiedades provocaron
descontento, sobre todo en el norte, donde la rebelión de Robert Aske en 1536
fue brutalmente reprimida.
Con prudente ambigüedad doctrinal, Enrique VIII mantuvo una posición
antiprotestante pese a su enfrentamiento con Roma. Textos como la “Confesión
de los diez artículos” (1536) o el “Libro de los obispos” (1537) introdujeron
tímidos elementos reformistas —liturgia en inglés, celibato opcional, condena de
indulgencias—, pero posteriormente se reafirmaron los ritos católicos. La Biblia
en lengua vernácula, acompañada de homilías reformistas, comenzó a
difundirse.
Durante el breve reinado de Eduardo VI, Cranmer impulsó una reforma más
claramente protestante. Los “Cuarenta y dos artículos de fe” (1553) combinaron
teología luterana, zwingliana y elementos católicos. Se transformó la liturgia: se
eliminó el carácter sacrificial de la misa, se suprimieron los altares y se
promovió el culto a través de la palabra. Se permitió el matrimonio de clérigos,
y los ritos perdieron solemnidad. Como con Enrique, todo se impuso
uniformemente mediante actas de uniformidad y libros de rezos aprobados por
el Parlamento.
María Tudor (1553-1558), hija de Catalina, buscó restaurar el catolicismo, con
respaldo parlamentario y la absolución papal del cisma. Sin embargo, su fervor
religioso llevó a la quema de 273 herejes —entre ellos Cranmer—, ganándose el
apodo de “Bloody Mary” y despertando una simpatía popular hacia el
protestantismo como resistencia frente al autoritarismo papal.
Con Isabel I se consolidó el anglicanismo como versión inglesa de la Reforma.
En 1559, se restablecieron el Acta de Supremacía, el Acta de Uniformidad y el
Libro de los rezos. Los Treinta y nueve artículos de fe, de tono más calvinista,
marcaron el nuevo rumbo. La excomunión papal de 1570 endureció la vigilancia
sobre los católicos, aunque muchos de ellos conciliaron su fe con la lealtad
política. También fueron perseguidos los puritanos, que reclamaban una
reforma más radical. Isabel se opuso a una organización presbiteriana que
debilitara su poder episcopal. Hacia 1603, la Iglesia de Inglaterra conservaba
una teología católica salvo en su estructura, lo que explica las conversiones
posteriores al catolicismo en los siglos XIX y XX.
La Reforma Católica:
Frente a las reformas cristianas particulares, la Reforma católica se caracterizó
por su unidad y universalidad, articulada desde el papado y definida en el
Concilio de Trento (1545-1563). Su aplicación fue gradual, según las
circunstancias locales.
Antecedentes hispánicos e italianos: En la Península Ibérica, los Reyes
Católicos impulsaron reformas eclesiásticas mediante el nombramiento de
obispos cultos y piadosos, como Talavera en Granada y Cisneros en Toledo. Este
último promovió reformas monásticas y fundó la Universidad de Alcalá (1509),
introduciendo una teología humanista y pre-tridentina. Salamanca, por su parte,
vio renacer la escolástica con Francisco de Vitoria (1526) y su escuela. La
Inquisición (1478), orientada inicialmente a los conversos, sirvió también para
contener disidencias internas como el erasmismo. En Italia, las iniciativas
reformistas surgieron desde abajo, en torno a grupos laicos y religiosos que
cultivaban una piedad intensa y caritativa. Renovaron órdenes antiguas y
fundaron nuevas con rasgos innovadores: las Ursulinas (1535) se dedicaron a la
educación femenina; los Capuchinos (1528) combinaron vida eremítica y
predicación popular. Compañía de Jesús: La fundación más original fue la de
Ignacio de Loyola, quien en 1540 logró la aprobación papal para la Compañía de
Jesús. Su estructura jerárquica, disciplina interna y voto especial de obediencia
al papa la dotaron de gran eficacia. Los jesuitas, sin hábito distintivo ni
obligación coral, asumieron tareas múltiples: misiones, formación de élites,
defensa de la ortodoxia. A la muerte de Loyola, eran ya mil; una década
después, 3.500 en 18 provincias.
Concilio de Trento:
Fue celebrado en tres fases discontinuas (1545-49, 1551, 1562-63), el Concilio
de Trento, pese a interrupciones y conflictos, trazó los contornos esenciales del
catolicismo moderno. Reafirmó los dogmas frente al protestantismo y
reorganizó la Iglesia para una acción pastoral más eficaz y una eventual
recuperación de los espacios perdidos.
La primera etapa, impulsada por Paulo III, reunió pocos obispos —mayoría
italianos— y abordó cuestiones doctrinales y disciplinares. La victoria imperial
en Mühlberg (1547) no bastó para someter a los protestantes al concilio, y la
tensión con Carlos V lo paralizó. Julio III lo reanudó en 1551, pero las exigencias
luteranas (supremacía conciliar) y las nuevas guerras provocaron su nueva
suspensión en 1552.
Paulo IV, reformador enérgico y antiespañol acérrimo, rechazó el concilio y
quiso imponer la reforma por decreto. Reorganizó la Inquisición romana, publicó
el primer índice pontificio (1559) con un rigor sin precedentes, pero su proyecto
quedó trunco a su muerte.
Con Pío IV se reabrió el concilio en 1562 bajo un nuevo contexto: paz en el
Imperio, fracaso de la restauración católica en Inglaterra y peligro hugonote en
Francia. Descartada ya la esperanza de una reunificación, se centró la labor en
la reforma interna. El 4 de diciembre de 1563 se clausuró, confirmando todos
los decretos desde 1546, ratificados por el papa.
En cuanto al dogma dispusieron:
La escritura como fuente principal de la fe, pero interpretada en
concordancia con el magisterio de la iglesia y con la tradición. Se admiten,
asimismo, los libros deuterocanónicos que no forma parte de la Biblia
judía (Judit, Tobías). Se ratifica la versión latina de la misma según san
Jerónimo.
Rechaza la visión pesimista del hombre sobre que este no puede elegir el
bien y rechazar el mal, es decir que no goza libertad. Con la ayuda de la
gracia que se otorga en los sacramentos se pueden hacer obras
meritorias y vencer las tentaciones.
Los sacramentos son 7, signos de Cristo y no de la iglesia, y otorgan la
gracia en sí mismos, no según la fe de quien los recibe. la eucaristía es
exaltada como presencia real del cuerpo y sangre de Cristo. El
sacramento del orden diferencio a laicos de clérigos, con sus jerarquías. Y
el matrimonio con el sacerdote como testigo solemne renovó su dignidad.
La iglesia es el cuerpo místico de Cristo, pero también sociedad histórico-
jurídica unitaria, y jerarquizada. Aun reconociéndose el sacerdocio
universal de los fieles por el bautismo, se exalta el sacerdocio ministerial
de los consagrados, en una triple jerarquía de obispo, presbítero y
diacono.
No se resuelve la cuestión de donde emana la autoridad de los obispos y en
segundo lugar el papel de los príncipes en la iglesia y las relaciones del poder
civil con el eclesiástico.
Cambios disciplinares:
Reafirma el celibato obligatorio del clero secular y se dignifica el aspecto
exterior
Párroco encargado de enseñar oraciones, la doctrina y la catequesis a los
niños. Controla la administración de los sacramentos mediante registros
parroquiales y vigila el cumplimiento de los mandamientos
Formación eclesiástica moral e intelectual. El concilio ordeno la erección
de seminarios en cada diócesis.
La IC promovió las formas de piedad popular tradicionales, aunque
purificándolas. Se impulsaron las cofradías populares devocionales. las
procesiones se convirtieron en reafirmaciones colectivas y publicas: la
devoción a la Virgen y a los santos, y sobre todo el sacramento de la
eucaristía
Predicación por parte de las misiones
Se acentuó el clericalismo, la uniformidad y la riqueza formal de los ritos
frente a la mayor sobriedad litúrgica de las iglesias protestantes. Onda
barroca vibes
La Biblia permaneció inaccesible al pueblo, se leía en latín en la liturgia y
solo la mediación del clero en los sermones la acercaba.
La Europa Confesional:
La fragmentación de la cristiandad en iglesias rivales aboco a un proceso de
“confesionalización” (Jedin y Reinhard) en la segunda mitad del siglo XVI. Todas
las confesiones sintieron la urgencia de elaborar las formulaciones dogmáticas
que definieran su particular identidad, así se redactaron las confesiones de fe
como una referencia a la que debían ajustarse sus fieles: los luteranos en
Augsburgo en 1530 o en la fórmula de la concordia 1577; los calvinistas en las
distintas Confessio nacionales (francesa 1559, escocesa 1560, Belga, 1551,
etc.); los católicos en los decretos del concilio de Trento, 1564; los anglicanos
en los 39 artículos de la fe 1563. Y, para instruir a todos los fieles en la recta
doctrina, se elaboraron compendios adaptados a los predicadores o al pueblo:
los catecismos mayor y menor de Lutero 1529, la Institutio de Calvino 1536 y el
catecismo romano de Pio V 1566.
Durante la segunda mitad del siglo XVI dentro de la iglesia católica y luterana se
afianzaron estructuras disciplinarias: sínodos católicos y protestantes,
consistorios, superintendencias, y se profesionalizó la formación del clero en
seminarios y colegios. El esfuerzo educativo abarcó a toda la sociedad, con la
catequesis de niños y la fundación de academias. La vigilancia doctrinal se
intensificó con censura, inquisiciones, licencias de predicación, índices
prohibitorios y restricciones al estudio en el extranjero.
El concepto de confesionalización gestado por la historiografía alemana, intenta
explicar las nuevas relaciones entre religión y política de una Europa dividida,
donde el papa y el Emperador habían dejado de ser referencias comunes
operativas. La configuración de iglesias territoriales, como hemos visto, debió
mucho a las autoridades seculares “una fe, una ley, un rey” se convirtió en el
ideal de todos los príncipes del siglo XVI que afrontaron las consecuencias de
una ruptura religiosa. Gobernar sobre fieles de confesiones diversas y rivales no
era deseable porque no había una comunidad cohesionada que podía generar
facciones que se aliaran con agentes externos. En ese sentido, los católicos
irlandeses constituyeron una amena constante para Isabel I, lo mismo que los
calvinistas de las provincias unidas para Felipe ll-. salvo unos pocos casos no se
entendió la libertad de conciencia y de culto como un derecho de las personas.
Todas las iglesias mantuvieron parecida su tolerancia, y persiguieron
rigurosamente a los herejes con la ayuda del poder secular. Sin embargo, la
violencia de las guerras intestinas religioso- políticas, sobre todo en el imperio y
en Francia, donde no podía llegarse a la aniquilación del contrario, obligaron a
firmar paces religiosas. La paz de Augsburgo, en el imperio, el edicto de Nantes
de 1598 en Francia, edicto de Magestad 1609 en Bohemia regularon una
tolerancia política siempre imperfecta y que fracaso llegado el siglo XVII.
La identificación del príncipe con una determinada religión y confesión
reforzó su autoridad y poder: la secularización de bienes acreció su patrimonio,
y los eclesiásticos y sus instituciones actuaron de diversos modos como
instrumentos al servicio del rey. Por otra parte, las iglesias y estados
comprendieron las ventajas de colaborar en la formación de sus fieles y
súbditos de acuerdo con los nuevos criterios de ortodoxia y de disciplina social.
Por su lado los pueblos tardaron en apreciar e interiorizar los cambios políticos y
religiosos en los que tuvieron que ser adoctrinados usando una gran variedad
de recursos, desde legales hasta artísticos. Este proceso iniciado en la segunda
mitad del siglo XVI, se completaría durante la centuria siguiente.