Al Borde
Al Borde
Summary
Harry y Draco han estado manteniendo una relación durante años sin que nadie supiese nada,
pero por circunstancias del destino, esto queda expuesto a sus hijos
Notes
Quiero dar las gracias a mi queridísimo beta, un Slytherin que me saca mi lado más
hufflepuff 3
La canela es seguramente por el champú con el que ambos se ducharon anoche. Le gusta el
olor que él trae cuando viene a casa, pero le gusta aún más cuando el de ambos es el mismo,
porque eso solo puede significar dos cosas, que los dos huelen al mismo jabón o al mismo
sudor, y cualquiera le produce el mismo efecto; que se le erice hasta el último vello del
cuerpo.
Aquella mañana Harry se despierta diferente, quizás es porque el fin de semana ha sido igual
que ir a un balneario o simplemente que en ese justo instante está amaneciendo sobre una
espalda pálida. Está viendo avanzar los rayos de sol a través de su piel desnuda y eso es algo
doblemente fantástico porque además, no es un espectáculo que cualquiera pueda disfrutar.
Se pone de lado apoyándose en un codo y con la mano libre delinea su columna vertebral. La
piel caliente por un lado, el ardiente sol por el otro. Podría morir abrasado ahí, entre ambas
cosas o entre el cuerpo y la cama, le es indiferente, ya que tampoco sería una mala manera de
morir.
Es hermoso. Por Merlín que lo es. Perfecto. Su piel se curvaba en los sitios indicados, jamás
podría cansarse de recorrerlo, con sus dedos o con la mirada.
Se despierta por culpa de las cosquillas que Harry le está provocando y se incorpora un poco,
aun soñoliento. Debería ser ilegal, es una crueldad que la peor cara de alguien sea la de recién
levantado y la de Draco sea la más encantadora. Es injusto, pero a la vez maravilloso, ya que
también es otro espectáculo reservado única y exclusivamente para él. Se restriega los ojos
con delicadeza y bosteza, se apoya en su hombro y luego instintivamente, se echa el pelo
hacia atrás, como hace siempre que despierta a su lado.
—¿Qué hora es? —pregunta con la voz aún tomada por el sueño.
Un rato más tarde, ambos se encuentran sentados, uno frente al otro en una pequeña mesa de
madera que tienen en el salón. Cada uno tiene en sus manos un suplemento del profeta
dominical, Draco el de economía y Harry el de quidditch; aunque no se miran, y parecen
completamente concentrados en la lectura, sus pies se encuentran debajo de la mesa teniendo
una especie de lucha de roces y caricias.
Es como un reflejo de la vida real. Sus pies son ellos, escondidos, dándose amor y fuego bajo
una mesa, mientras en la superficie tan solo son dos hombres son sus ocupaciones, que
apenas se tienen en cuenta el uno al otro, que no reparan en que están en la misma habitación
y que casi ni se conocen.
Pero se conocen mucho. Demasiado. Ninguno conoce mejor a otra persona en el mundo.
Solo Harry sabe diferenciar que si Draco se pasa la lengua por el labio de abajo es que está
concentrado o pensando algo detenidamente y, sin embargo, si el que lame es el de arriba,
más le vale alejarse porque eso significa que su sarcasmo está luchando por escapar y se
augura una pelea.
Pero Draco también sabe cosas de Harry. Como que si le lame tras la oreja y luego sopla, se
le apaga el cerebro y puede hacer con él lo que quiera. O que, si fuese por él, lo pasearía de la
mano por el callejón Diagon un treinta de agosto a las dos del día.
Por eso mismo, cuando levanta la vista de su periódico para coger la taza de té, ve un brillo
diferente en aquellos ojos verdes que venera y de los que diferencia los ciento diez tonos de
verde diferente que el tiempo y la proximidad le han permitido conocer.
Cuando lleva varios segundos observándole, éstos se elevan y se clavan en él. En sus ojos,
pero también en sus pulmones, cortándole momentáneamente la respiración.
—¿Qué pasa, Harry? —pregunta plegando el periódico que sabe que ya no leerá.
La cuestión no es lo que Harry ha dicho, sino cómo lo ha mirado, desde abajo, mientras
mordía una tostada. Elevando ese verde hasta los párpados. Haciendo que, sin mover los iris
redondos, Draco se sienta como si le estuviesen hipnotizando.
Ya sabe que sí, porque podría helarse el infierno antes de que Harry pudiera fingir con éxito
delante de él.
Oh.
Sabe lo que Harry va a decirle. Lo habría sabido antes si no lo hubiese estado dejando sin
energía durante tres días y dos eternas noches.
—No —lo corta aun antes de que siga y eso pueda darle algún tipo de esperanza.
—No —vuelve a responderle tajante—. Y no insistas más, ni siquiera Scorpius cuando era un
niño podía hacerme cambiar de opinión.
—No me parece justo que tú seas el único que tome partido en esa decisión.
—Harry —intenta hacer que razone sin perder la paciencia—. Llevamos así años, hemos
discutido esto muchas veces. Me has amenazado con dejarme otras tantas —dice mirándolo
severamente, diciéndole sin palabras que ni se le ocurra volver a intentarlo—. E incluso una
vez lo hiciste. Pero sabes que no podemos estar separados, así que…
—Pero tampoco podemos decírselo a nadie. Eso lo arruinaría todo. Nuestras familias, los
negocios, tu trabajo…
—Pero yo quiero pasar contigo las navidades y con mi familia, mis hijos.
—¿Es que no te das cuenta? Si lo decimos nadie va a querer estar en la misma habitación que
yo.
—Eso no lo sabes.
—¡Vamos! Si cuando entro a la tienda de los Weasley me hacen una fiesta en cuanto me voy.
—No.
Harry cansado y ofuscado, como siempre que tienen esa misma discusión, tira el periódico
sobre la mesa con fuerza y se levanta.
—No quiero las sobras de tu vida, Draco. Ni quiero darte las mías.
Dicho eso, sale del salón y se mete en la habitación para comenzar a recoger sus cosas. Esa
tarde tiene que volver a su realidad, al mundo real.
Mientras mete bruscamente sus pantalones en la maleta, siente las manos del rubio posarse
sobre sus hombros, lo que hace que parte de su frustración desaparezca. Es entonces cuando
echa hacia atrás su cabeza y la apoya en él. Cierra los ojos y suspira.
Draco le habla al oído, quedamente, mientras va depositando pequeños besos en su mejilla y
su sien.
—No tienes las sobras de mi vida. Tú eres mi vida, lo eres todo. Eres en quien pienso cuando
me levanto y en lo último que pienso antes de dormir; todos mis pensamientos te pertenecen.
Y si no tuviese un hijo, te diría que eres la única persona por la que merece la pena vivir.
Harry gira la cara alejándose de esa lengua zalamera que siempre consigue convencerle de
forma directa o indirecta.
—Pues no lo entiendo. Porque si me quisieras como dices, tanto como yo a ti, ¿por qué no
tienes las mismas ganas de que todo el mundo lo sepa y de que seamos libres?
—Lo hemos hablado, hemos discutido hasta la saciedad. No vuelvas a lo mismo, Harry, te lo
suplico.
Harry le devuelve el abrazo y respira hondo. En realidad, sabe que lleva razón, pero hay algo
dentro de él que le quema, que le empuja a decirlo, que cada día que pasa le hace sentirse más
y más culpable. Él se siente muy orgulloso de Draco y por eso no tiene miedo a exhibirlo,
pero también comprende que la situación es un poco más delicada que eso y que si quiere
estar a su lado (y lo quiere con toda su alma), tiene que aguantar como están las cosas.
Entre tropezones se meten en la habitación de vuelta. Draco va quitándole todo lo que puede
en el camino, no le ha engañado con eso de que tiene que irse. Pero, como siempre, Harry es
el que pone la calma. O al menos a veces, esas veces que no es un león hambriento.
Se devoran mientras el río de ropa desemboca junto a sus pies descalzos, a sus piernas
enredadas, sus muslos pegados y sus labios fundidos.
Caen sobre el lecho sin cuidado y Draco se pone sobre él enseguida, rondando por la gran
cama que han hecho tan solo minutos antes pero que, como la mayoría de las veces, deshacen
sin miramientos.
Harry desliza su mano por el vientre del rubio directamente hasta su entrepierna, la que él
mismo siente golpeando su cadera, masajea con cuidado y cierra los ojos mientras siente la
cálida lengua de Draco reptando por su cuello y su mandíbula.
De rodillas, el slytherin abre las piernas del moreno y se sitúa entre ambas. Éste, sin
pensárselo dos veces, las alza para abrazarlo con ellas y atraerlo aún más hacía sí.
Draco apoya sus manos, cada una a un lado de la cabeza del gryffindor, y poco a poco se va
introduciendo en él.
Las embestidas son rápidas y fuertes, como sabe que le gustan a Harry. Agacha la cabeza
para poder seguir besándole mientras, algo que jamás pensó que le haría disfrutar tanto.
Harry eleva su cuerpo para recibirlo a la vez que va diciéndole con todo lujo de detalles todo
lo que siente en esos momentos. Que lo quiere más despacio, más rápido, más adentro…
Y para el rubio eso es algo inaguantable. Algo que le hace querer llegar mucho antes, pero a
la vez, no querer terminar nunca para poder seguir disfrutando de su cuerpo.
Pero eso es imposible, y después de unos largos minutos, culmina sin poder aguantarse ni un
ápice más, mientras siente también el calor de Harry expandiéndose por sus vientres.
—Odio tener que irme sudado —dice mientras busca con su mano la de Harry y entrelaza sus
dedos.
—¿Cuándo podré verte esta semana? —le pregunta con las cejas fruncidas.
—Es en Escocia, pero tenemos que acampar varios días para asegurarnos de que la
congregación no es más grande de lo que pensamos en un principio.
—Está bien, pero el jueves como muy tarde te quiero ver aquí. Hacía mucho que no
pasábamos tantos días sin vernos.
Los días pasan rápidamente para el slytherin, que todavía siente la esencia de Harry pegada a
su cuerpo. Si aspira con fuerza lo huele, lo nota ahí, en esa parte entre su piel y sus huesos
donde Harry explora cada vez que se encuentran.
El miércoles lo echa de menos más que a nada, hacía mucho tiempo que no pasaban más de
un par de días separados y aunque el trabajo de Harry lo mantenga fuera de vez en cuando,
jamás han sido más de dos días desde que este ascendió a Jefe de Aurores.
Como cada semana, almuerza con su hijo en la mansión Malfoy, aunque Scorpius ya es un
joven al que casi podría considerar adulto, aún sigue esa regla estricta de comer con su padre
algunas veces en semana, aunque en días como hoy, lo haga con su túnica de San Mungo y
totalmente apurado por irse a Merlín sabe dónde.
—Hijo, sé que tendrás compromisos, pero si sigues comiendo de esa forma, terminarás
atragantándote. Y te recuerdo que el único medimago en la sala eres tú.
—Lo siento, papá, pero es que debo volver lo más pronto posible.
Draco observa su reloj de pulsera, mientras piensa en si llamará Harry esa noche, que es
cuando vuelve, o si ya se verán directamente mañana por la mañana.
—Pero, ¿no vienes de allí? Hacía mucho que no tenías turnos tan largos…
—No, no es un turno, ha habido una emergencia y me han pedido que vuelva si puedo.
—¿Necesitas el dinero? —le pregunta extrañado.
—Claro que no —replica algo molesto, ni que solo trabajase por eso—. Es simplemente
que… bueno, es una situación delicada hay un montón de aurores heridos y necesitan muchas
manos. Y seguramente, si ayudo, quede bien a ojos de mi superior.
—Ah, de acuerdo… —está claro que lo hace por…—, ¿aurores?, ¿qué aurores?, ¿qué ha
pasado? —pregunta de repente algo asustado.
—Bueno, al parecer una misión donde hubo una encerrona, o algo así, no sé, sabes que no
cuentan esas cosas.
—Y… —Draco parece nervioso y Scorpius lo nota enseguida—, ¿hay muchos aurores
heridos? ¿alguno que, bueno, conozcamos?
—No, la mayoría tienen rasguños y hay algunos con un hueso roto, con heridas o
quemaduras, nada muy grave, todos estaban a bastantes metros cuando explotaron unas
barreras mágicas, unas protecciones o algo así.
—Menos mal —su hijo levanta una ceja suspicaz, ¿su padre preocupándose por los aurores?
— bueno, ya sabes, podría haber algún conocido entre ellos…
—Ya, pero no ha sido así, y además están prácticamente todos bien —de repente, el chico
eleva sus iris tan grises como los de su padre y piensa—. Bueno, todos menos Harry Potter
—dice haciendo que Draco vuelva a prestar atención enseguida—. Él fue el que abrió las
barreras que explotaron, probablemente no pase de un día o dos…
—¿Tendrá que pasar dos días ingresado? ¿Qué le pasó? —pregunta intentando que su voz no
tiemble al decirlo.
No.
Es imposible.
Grita. Y rompe.
Entra en su despacho y tira todo lo que hay sobre la mesa. Lámparas, tinteros, plumas,
calculadoras. Arrasa con todo lo que se pone a su paso. Todo termina roto y en el suelo, lo
pisa y sigue gritando.
Coge el tarro de polvos flu y lo tira a la chimenea entero, los trozos de cerámica crujen al
romperse contra la piedra y entonces las llamas se tornan verdes, como sus ojos.
"Vamos Draco, despierta" además, no quiere despertar de cualquier forma, quiere despertar a
su lado, junto a él. Que le esté mirando cuando abra los ojos y le diga: "es que ,es imposible
tenerte al lado y no verte dormir" que le acaricie la cara y se vuelva para contestarle: "parece
que anoche no te dejé tan cansado como pensaba" pero sobre todo, que se ría. Que se ría de la
única forma en que la risa es verdadera. Cuando escapa entre sus labios y su sonrisa.
El dolor es tan desgarrador que lo oye desde fuera, que lo nota como un viento huracanado
que se ha generado en lo profundo de su ser, y da vueltas y vueltas destrozando todo por
dentro. Oye como sus músculos se rompen también, como todo su cuerpo lo reclama, lo
exige. Le está diciendo que no podrá seguir funcionando si no está cerca de él. Pero eso ya lo
sabe.
Scorpius se encuentra frente a la habitación. Con la carpeta en la mano cierra los ojos un
segundo y cuenta mentalmente hasta diez, respira hondo y los abre.
Sabe que seguramente se encontrará a alguien dentro, solo espera que no sea alguno de los
que le hizo la vida imposible durante los siete años que pasó en Hogwarts. Aunque, teniendo
en cuenta que prácticamente todos lo insultaron alguna vez, le parece algo imposible.
Dormido sobre sus brazos, apoyado sobre el colchón donde dormita su padre, Albus Severus,
el más callado, calmado e inteligente de los Potter y de los Weasley, aunque su apellido no
sea ese, ni su pelo brille como el fuego.
Se acerca despacio y deja el historial sobre la mesita, se pone el estetoscopio y cuando este
está a punto de rozar el pecho del señor Potter, algo lo sobresalta.
Aún permanece con la cabeza apoyada en sus brazos, pero ahora tiene sus mortíferos ojos
verdes completamente abiertos y clavados en él.
—Llamaré a otro medimago, si no le importa —dice, haciendo que el uso de la cortesía suene
totalmente sarcástico.
Potter se levanta y se dirige hacia la puerta, pero él es más rápido y la cierra antes de que
pueda salir, luego se acerca a él intentando parecer amenazador.
—Mira, Potter. Este es mi trabajo, jamás han tenido una queja sobre mí, nunca he tenido
ningún problema y tú no vas a ser el primero.
—Puede que éste sea tu trabajo, pero ése —dice señalando hacia la cama— es mi padre y no
voy a permitir que nada salga mal.
—¿Estás insinuando que voy a tratarlo mal por ser quién es? Me sorprende que eso te
moleste, cuando es el deporte nacional que se practica en la casa de los leones.
—Ya no estamos en el colegio, madura, por el amor de Merlín. Esto es la vida real, no es un
duelo en un pasillo a media noche.
Otra vez. Otra vez Albus Potter lo deja en jaque, lo insulta sin palabras que suenan mal, no
hace referencias a generaciones pasadas. Y lo odia.
—Veamos, Harry —dice con dulzura, con ese tono que utiliza con todos sus pacientes,
tengan la edad que tengan. Ignora por completo al otro Potter que lo mira como un águila
observa a un ratón desde las alturas—, voy a mirar tus constantes y a ver si algo ha cambiado
desde la última vez que se te visitó, notarás un poco de frío —dice mientras acerca el aparato
para oír su corazón—. Estupendo, todo sigue igual, ahora…
—No lo sé con seguridad, pero ha dicho algunas palabras sueltas desde que llegó y ha estado
moviéndose. No parece que esté en coma o algo parecido, así que supongo que sí.
Scorpius se acerca y levanta con cuidado una venda que tiene sobre la frente, la observa de
cerca para ver como la herida está cicatrizando como debe ser.
Sonríe y cuando va a retirarse, nota como una mano se aferra con fuerza a su muñeca, y él se
queda totalmente paralizado.
—¿Draco?
No puede respirar, solo puede ver como Harry Potter lo agarra con fuerza, tiene un ojo entre
abierto y voz rara, como agarrotada y seca.
Scorpius apenas puede moverse o despegarse de su paciente, que lo retiene junto a él.
—Yo…
—Tengo que estar verdaderamente mal si estás aquí —dice y, para sorpresa de ambos
jóvenes, alza la otra mano, la que no sostiene la muñeca de Scorpius, y acaricia la cara de éste
—. ¿Has venido a despedirte? —vuelve a preguntar—. No quiero que te encierres en tu
mansión cuando me haya ido, quiero que sigas siendo con otro igual que eras conmigo, ¿me
lo prometes, Draco?
Scorpius asiente, como si estuviese hablándole a él.
Y entonces, Harry Potter, el héroe del mundo mágico le sonríe, su mirada brilla aún más que
sus dientes blancos y vuelve a quedarse completamente inconsciente.
Cuando lo suelta, su mano cae laxa sobre la cama y entonces la respiración vuelve a él como
si hubiese pasado todos esos minutos bajo el agua y tuviese aire fresco de nuevo.
Mira a su derecha aún ensimismado y no es un espejo, es Albus Potter con la misma mirada
de incredulidad que él tiene. La misma expresión sin pelo rubio ni ojos grises, sin bata blanca
pero exactamente igual de sorprendida.
—¿Qué demonios…?
Ambos se miran sin saber que decir, sin saber qué ha significado eso, pero sumado a la cara
lívida de su padre cuando oyó sobre lo que había pasado, la forma en la que lo echó de la
mesa mientras almorzaban, cómo se levantó él y corrió fuera de aquel salón dejando todo lo
que había en la mesa sin importarle los modales, las costumbres ni nada de todo lo que
normalmente antepone hasta a respirar, perdiendo la compostura, aunque solo estuviese él
delante. Y todo eso le hace pensar a Scorpius que hay kneazle encerrado.
Ha visto esa cara muchas veces, la ha visto en James, en Fred y en Louis cuando traman algo.
Reconoce esa máscara de "tengo la mente en ebullición y por eso no puedo hilar más de dos
frases", así que lo para antes de que huya y él se quede en ascuas sin saber qué demonios está
pasando.
—¿Qué pasa?
Potter cierra la puerta y mira la cama de su padre, luego se junta un poco más contra él, como
si fuese a contarle una confidencia, como si alguna vez en su vida le hubiese contado alguna
y aquello fuese algo completamente natural.
—¿Qué ha significado eso? Y dilo, Malfoy, porque sé que tienes algo ahí dentro, alguna
sospecha.
—¿Eres inefable o qué? —le dice intentando recuperar algo de espacio personal—. Déjame
en paz.
Se gira para darle la espalda, pone la mano sobre el pomo y lo gira, ¿es que se cree que puede
llegar y tener ese poder sobre él? Ya no es un crío, como bien ha dicho él, y no están en el
colegio.
—¿Qué quieres? —intenta hablar con desprecio o, al menos, con el mismo con el que es
correspondido.
Y ahí está de nuevo, ese casi resbalón que Albus ve en él. Es lo que no dice, lo que se calla lo
que quiere saber. Porque hay algo que Scorpius Malfoy, con ese aire de perfecto, de que
jamás se le ha movido un solo pelo de la cabeza, está guardándose dentro.
Scorpius resopla frustrado, ahora entiende porqué su padre siempre ha insistido en que los
Malfoy deben saber ocultar sus sentimientos en lo más profundo y jamás dejarlos ver. Sí,
aunque él esa mañana también haya incumplido esa norma. Lo mira intentando leer algo en
aquellos ojos color jade, saber qué intenciones tiene, pero nada. Potter es mejor Malfoy que
él mismo.
—Esta mañana, cuando le conté a mi padre lo que había pasado, me preguntó, pero cuando le
dije que tu padre estaba… bueno, así, se puso lívido y hasta tartamudeó. Inmediatamente
después me echó de la mesa y se fue corriendo.
—Mi padre nunca, jamás, deja ver cuánto le afectan las cosas. ¿Y tartamudear? En mis casi
veinticuatro años jamás le he visto que le tiemble siquiera la voz. Y por supuesto, en Malfoy
Manor no hay nada más importante que los modales durante una comida, aunque tu único
acompañante sea un elfo doméstico. Un Malfoy jamás se levanta de la mesa hasta que el
postre se ha terminado para todos los comensales. Y él prácticamente escupió el primer plato.
—Supongo que en el extraño lenguaje de los Malfoy eso es estar jodidamente sorprendido.
—Eso en el lenguaje de los Malfoy —aclara—, es estar muriéndote por dentro, como ahora
sé, lo estaba mi padre.
Albus primero frunce las cejas, pero no es tonto, si fuese así de estúpido no habría sido tan
sutil, así que no tiene que esperar más de unos segundos para que esa expresión mude en su
contraria, en una dilatación de sus ojos. Comprensión. Tampoco había que ser muy
inteligente. Solo bastaba con oír lo que Harry Potter ha dicho en su lecho de muerte. Que, si
no despierta más, serán las últimas palabras del salvador del mundo mágico.
"¿Me lo prometes, Draco?" el nombre de su padre. En casi un suspiro.
Tiene que decírselo, hablar con él. Y después, cuando ya haya pasado todo, hacerle muchas,
pero muchas preguntas.
—¿Puedo…? Me gustaría…
Scorpius lo mira como si fuese la primera vez que lo hace. Como a su igual, alguien que tiene
el mismo interés y la misma curiosidad que él. Pero eso no borra su apellido y que éste esté
vetado en su casa, porque si entrase con un Potter, las protecciones de Malfoy manor
estallarían sobre su cabeza y cosas así, pero entonces, se da cuenta de que se lo está
replanteando. Y calla a esa voz en su cabeza.
—Pues…
Por un segundo, una milésima, ha estado a punto de decirle que le pregunte a su padre. Y
entonces mira tras él y lo ve postrado en esa cama. Y vuelve de nuevo a observarle
detenidamente. Está confundido, ni siquiera sabe lo que va a oír de su padre cuando hable
con él…
—Yo… mira, quédate, tu padre no puede estar solo. Cuando vuelva te contaré lo que haya
averiguado.
Albus Potter asiente y se cruza de brazos. No. Se abraza, se abraza a sí mismo como si la
situación le estuviese superando. Como si ahora, no solo tuviese que afrontar la futura y
prematura muerte de su padre, sino también la posibilidad de conocer algo que cambie por
completo el concepto que tenía de él.
Cuando llega a la mansión, siente como nunca la magia ligera, familiar, que lo cubre para
permitirle el paso. Se dirige al despacho de su padre directamente, ya pensará en qué decirle
cuando lo tenga delante, aunque conociéndose, sabe que no, que le dirá lo que piense en ese
momento y nada podrá callarle.
Como era de esperar, la puerta está cerrada. Golpea insistentemente, pero nada, ni un solo
ruido o murmullo, quizás también haya lanzado un hechizo de silencio. Llama a su elfo, que
es lo más eficaz que piensa en ese momento.
—Pero el amo Draco ha cerrado la puerta, le ha prohibido abrirla a ninguno de los elfos de la
mansión, señor.
—Y yo no te estoy pidiendo que la abras, quiero que nos aparezcas a los dos dentro.
—Pero…
—Es una orden —exclama antes de que pueda replicarle nada más.
El elfo tiembla, como siempre que las órdenes de sus amos se interponen las unas con las
otras. Pero él no puede hacer nada. Así que acatando lo que Scorpius le ha dicho, lo agarra de
la túnica y los aparece a ambos dentro de la pequeña habitación.
En cuanto pone los pies en el suelo y abre los ojos, Scorpius deja escapar un pequeño jadeo.
—Santísimo Merlín.
Todo está completamente destrozado. Hasta el papel de las paredes. Todo a su alrededor
huele a desesperación y a sangre. Pero también a recuerdos y a whisky de fuego.
Esquiva mesas y sillas rotas en el suelo, cojines, cristales. Y por fin lo ve, tumbado sobre el
sofá, o lo que queda de él. Junto a una botella medio vacía y otra vacía por completo.
Cuando no obtiene la respuesta esperada, cambia su mente y pasa de ser hijo a ser medimago,
o al menos lo intenta. Le toca la frente que está fría y a la vez perlada de sudor, convoca a
uno de sus elfos para que le traiga en seguida su maletín y cuando lo tiene en las manos, saca
unas cuantas pociones que intenta que su padre ingiera.
Lo coloca de lado, por si vomita, pero no hace eso, hace algo mucho peor, algo que Scorpius
no le ha visto hacer jamás, ya que es la primera vez que lo ve beber como para perder el
conocimiento.
—Papá…
Con la consciencia vienen los recuerdos. Y son tantos y tan buenos que no puede evitar
querer morirse él también.
Llamó a Theo, porque él trabaja en el departamento de leyes y trata con los aurores cada día.
También llamó a Bulstrode, que trabaja en San Mungo y a la que hacía milenios que no veía.
Todo para eso. Para que le confirmaran lo que Scorpius le había dicho ya. Que se moría.
Y si el vacío ya es grande, tan profundo que todo lo que conoce, su mundo, cabe y cae sin
frenos por él, tiene que añadir que ni siquiera puede ir a verle.
Va a vivir, sabiendo que pudo ir a despedirse de él, a tocarlo por última vez y no lo hizo.
No puede por dos razones fundamentales, la primera, porque nadie en su sano juicio le
dejaría pasar a verle, y segundo, porque sabe que si lo tiene delante, no podrá contenerse,
lleva demasiado tiempo haciéndolo y este es su castigo.
El karma no le está dando una bofetada, le está lanzando un crucio. Se está riendo de él
mientras la agonía se lo come desde dentro. Es cruel, mientras lo ve retorcerse en el suelo de
dolor le recuerda que fue Harry quien quiso cambiar esta situación, si tan solo le hubiese oído
esta última vez…
Pero no, no le oyó y no volverá a oírle y eso hace que sus entrañas ardan, que tenga ganas de
golpearse a sí mismo por haber sido tan estúpido. ¿Por qué quiso esconderlo? ¿Por qué? Uno
no esconde lo que quiere o lo que aprecia, uno esconde las cosas de las que se avergüenza, y
ahora no quiere que Harry se vaya pensado que se avergonzaba de él, porque Harry es lo
mejor que le ha pasado en la vida después de Scorpius. Es la única persona que le ha querido,
que le ha dado significado a la palabra incondicional. Había cosas que creía que solo pasaban
en las películas muggles, o en la mente de los adolescentes y que ahora sabe que son ciertas.
Como el "para siempre", que pasó de sonar a larga condena a efímero placer.
Scorpius le acaricia la frente y le roza las mejillas, arrastrando lágrimas que en vez de agua
salada, le queman la cara como si fuesen de fuego, como si grabasen en su piel el motivo por
el que están siendo derramadas porque saben que no está haciendo nada por remediarlo.
En ese momento, cuando nota el calor de otra piel tocándolo, vuelve en sí y se despeja. Puede
que las pociones que Scorpius le ha dado también tengan algo que ver, pero eso ni siquiera lo
recuerda. Como puede se apoya en un codo e intenta sentarse, la mente le da vueltas y lo
único que es capaz de hilar es dónde está y con quien, bueno, y por supuesto porqué, eso
jamás se irá de su mente, pueden lanzarle mil obliviates antes de que sus recuerdos con Harry
desaparezcan, porque no solo los tiene grabado en su mente, hay cientos de sitios, a lo largo
de todo su cuerpo que lo recuerdan casi con el mismo anhelo.
Cuando por fin consigue estabilizarse, Scorpius sigue allí, mirándole con esa cara de "lo sé,
papá" pero también con esa de "y no es suficiente, quiero saber más".
—Espera que te ayude a ponerte de pie —dice el más joven agarrándolo por un brazo.
—Pero, papá…
Draco se levanta, demostrando así que el mareo ha remitido pero sin darle las gracias a su
hijo. Le empuja ligeramente, odia sentirse débil, mostrar que algo le importa tanto delante de
nadie, aunque ese nadie sea Scorpius y lo esté mirando con unos ojos idénticos a los suyos.
—No —repite—, estoy bien, solo necesito descansar un rato y mañana estaré como siempre.
—Sabes que no es eso lo que necesitas, lo que tú necesitas es ir a ese hospital y verle, antes
de que no puedas hacerlo —le regaña, como si él fuese el padre, como si tuviese esa potestad,
como si supiese de qué demonios está hablando.
Draco se acerca a la puerta, no mira atrás; mirar atrás significa ver cosas que no quiere y sabe
que eso le derrumbaría. Agarra el pomo para girarlo antes de que las últimas palabras de
Scorpius le hagan quedarse petrificado.
—Me ha hablado, me ha tocado, creyéndose que era tú. Pensando que hablaba contigo.
¿Cómo puedes ignorarlo?
Por un momento, Scorpius cree que su padre va a darse la vuelta y a reaccionar, la mano que
aun sostiene el frío tirador está blanca, lo agarra con demasiada fuerza, como si quisiera
transmitirle todo el dolor que tiene en su interior. Pero al instante, gira y abre la puerta para
desaparecer a través de ella, dejando entrar una frustración que Scorpius jamás había
conocido.
Albus está sentado en el sillón más cómodo, con Lily en su regazo durmiendo como si aún
fuese un bebé. Su madre lleva un buen rato tratando que su padre esté más cómodo, como si
arrullándole o mullendo la almohada, pudiese solucionar algo.
Mientras acaricia el pelo pelirrojo y suave de su hermana que cae sobre su hombro como
cascadas de lava fundida, la puerta se abre y Scorpius Malfoy hace acto de presencia; por fin,
piensa.
Lily gruñe sobre sus rodillas por el movimiento involuntario que la entrada del medimago le
ha provocado y él trata de que no se le note que está expectante, ansioso por saber algo más
del secreto que ambos guardan con recelo.
En cuanto a Scorpius, ha dado un paso imperceptible hacía atrás, que ha quedado camuflado
más bien como si se hubiese quedado quieto. No esperaba ver a toda la familia Potter allí,
aunque no entiende porqué, cuando es lo más lógico.
Respira hondo, al menos sabe que Albus ya no va a decirle nada, así que intenta poner su
fachada profesional y se acerca a su paciente como si dos pares de ojos azules y unos verdes,
no estuviesen pendientes de todos sus movimientos.
—A ver que tenemos por aquí —dice poniéndose al otro lado de donde se encuentra toda la
familia. Le toma la tensión, las pulsaciones siguen estables, aunque algo bajas—, bien parece
que todo sigue en su sitio.
Scorpius entonces, nota como la frente de Harry está perlada de sudor, con cuidado pone una
mano sobre ella y la nota fría, es raro, pero no tiene fiebre, ya lo ha comprobado, así que
regula la temperatura de la habitación intentando adecuarla al paciente.
Luego, casi sin pretenderlo, por puro acto reflejo, aparta el flequillo húmedo de la cara del
jefe de aurores.
Él se aparta de un salto, aun con la sorpresa dibujada en el rostro. Sus labios están a punto de
decir lo siento, porque realmente no lo ha hecho con ningún tipo de intención.
—Mamá —pero la voz de Albus llega antes que la suya—, por favor.
Ella se gira al instante y no dice nada más, aunque la mirada que le dirige al rubio sirve para
que éste se aleje inmediatamente de Harry.
Albus se levanta con cuidado, espabilando a Lily después de que haya estado durmiendo
durante unas horas.
—¿Por qué no vais mamá y tú a tomaros algo a la cafetería? —le dice con suavidad a su
hermana pequeña.
Ésta le lanza una sonrisa y asiente sabiendo lo que pretende realmente su hermano, ambos
saben que los nervios de su madre no andan muy bien estos días.
—No parece que haya cambios —dice el rubio sin mirarlo a la cara.
Parece algo afectado, Albus puede comprenderlo, quizás ahora sí. Es algo similar a lo que él
ha sentido durante toda su vida pero totalmente inverso. Teniendo que demostrar siempre
algo a alguien. Viviendo en un constante examen de pociones en el que esperan que saques
un excelente. Él porque vive bajo una luz, Scorpius porque vive apocado a una sombra.
Albus siempre se ha sentido como la luna, como si Harry fuese un sol que brilla con luz
propia radiante, fuera del alcance de cualquiera y él fuese un astro que tiene que esforzarse en
girar y girar para que le vean, pero que cuando lo hacen, tan solo es porque está reflejando la
luz del sol.
—Lo siento —dice entonces Albus sacándolo completamente de sus esquemas—, está un
poco alterada por todo esto, ¿quién no lo está?
—Gracias.
—¿Y bien? —intenta parecer tranquilo, como si no estuviese hablando de que al parecer sus
padres han estado manteniendo una relación clandestina, sabe Merlín desde cuándo—, ¿has
averiguado algo más?
Albus se cruza de brazos y se apoya en la cama junto a él. Scorpius lo mira y suspira
levemente. No puede sacarse de la cabeza a su padre, tumbado en el sofá completamente
borracho de recuerdos y alcohol.
—Ni siquiera me ha dejado preguntarle. Cuando llegué había destrozado su despacho por
completo, no ha dejado ni una pluma viva y estaba totalmente ahogado en whisky de fuego.
Tuve que darle dos pociones para que fuese capaz de reconocerme —se sincera.
El moreno abre los ojos estupefacto. Ha visto a Draco Malfoy un puñado de veces, en el
ministerio, en el andén antes y después del curso escolar, y no parece del tipo de persona que
vaya destrozando habitaciones y bebiendo hasta desmayarse.
—Vaya… y yo que creía que la reacción de James había sido la peor de todas —dice sin dar
crédito a lo que oye.
—No ha venido a verle. Dice que no es nada, que se pondrá bien y que es una tontería. Es
incapaz de verlo, para él mi padre sigue siendo un héroe. Nunca ha sido demasiado realista
con este asunto, la verdad. ¿Te das cuenta de una cosa? —pregunta de repente, como si todo
ese tiempo hubiese estado reflexionando, Scorpius lo mira intrigado—. Durante años, en
Hogwarts, ha habido una guerra silenciosa entre nosotros, a la sombra; no me enorgullezco
de ello, pero sería hipócrita negarlo ante ti, que sufriste casi todas las consecuencias. Mis
hermanos, mis primos; contra ti y otros slytherin, siempre fue algo que estuvo ahí, cuando
nosotros ni siquiera vivimos la guerra que comenzó este enfrentamiento, y ahora… —
observa como Albus acaricia la mano de su padre, despacio, como si con solo eso pudiera
perturbar su sueño—, ahora resulta que tu padre y el mío, los verdaderos protagonistas, los
que iniciaron este odio entre nosotros, no se llevan tan mal como querían aparentarnos, ¿no es
irónico?
Scorpius lo mira sin saber que decir realmente, ya que tiene razón; y entonces entiende
porqué cuando se marchó de esa habitación, Albus Potter destilaba odio hacia él y ya no lo
hace. Se había dado cuenta, pero creía que era una simple tregua para averiguar si sabía algo
más. Ahora se siente como si le hubiesen extirpado algo que tenía dentro del estómago y que
le empujaba hacía abajo, se siente ligero y en paz como no se sentía desde hacía mucho.
Puede que solo sea uno entre decenas, pero es un paso, es una pipa de la paz que vendrá
seguida de otras, porque si algo ha admirado en secreto de Albus Potter desde que lo conoció
con apenas once años, es que es un líder en la sombra; a veces en solitario. Y cuando la causa
es justa, guiando a más personas. No se deja achantar ni por el más grande de los dragones,
nunca fue popular, como James, ni destacó por su inteligencia como Rose, o por su indudable
belleza como Louis o Dominique Weasley, pero sin duda, para Scorpius siempre fue extraño
que nadie se fijase en él, con esa sabiduría encerrada en un cuerpo de niño y esa seguridad
que no necesita la aprobación de nadie. Le envidiaba y lo odiaba, mitad y mitad.
—Irónico, como poco —responde al fin—, porque aun debemos averiguar que más se
esconde detrás de todo esto, no sé cómo lo haremos, pero yo al menos no voy a descansar
hasta averiguar que está pasando.
Albus lo mira y asiente, le dice en silencioso pacto que está dispuesto a lo mismo.
—Creo que sé por dónde podemos empezar, al menos hasta que tu padre esté dispuesto a
contarte algo, si alguna vez lo está.
—¿Se lo has contado a alguien? —pregunta preocupado de repente—, no quiero que nadie se
entere y venga a molestar a mi padre.
—Claro que no —responde como si fuese absurdo—, mi familia no está ahora como para que
una horda de periodistas se presente aquí haciendo preguntas sobre algo de lo que, además,
no tenemos ni idea…
—Otra cosa —se inquieta de repente, se lo ha cuestionado antes, pero después del discurso de
Albus lo había casi olvidado—, tus padres… yo pensé que, bueno… pero tu madre actúa
como si…
No se atreve a decirlo, la tregua entre él y Albus aún es muy reciente y frágil como para
romperla con una indiscreción de ese tipo. Pero ha visto a Ginny cada día allí, al lado de
Harry, y su actitud no ha sido para nada la de una mujer divorciada.
—No, no están juntos, hace mucho que no lo están, el problema es que para mi madre eso no
significa nada ahora y creo, bueno, ella piensa que si cuida de él y se recupera, podrían volver
juntos o algo así, como si su matrimonio fuese a salvarse por estar unidos ante la adversidad,
ya sabes. He hablado con ella, pero se cierra, al igual que James, y no solo está el hecho de
que mi padre hace mucho que dejó de estar enamorado de ella, si no que no va a recuperarse
y no quiero que luego se lleve también ese golpe.
—Lo entiendo. Bueno —dice intentando cambiar de tema, ha visto esa expresión en su
rostro, esa de estar cargando con demasiados problemas. Supone que ahora que James y su
madre están viviendo en ese mundo paralelo, él tiene que encargarse de todo, y le da rabia
pensar que nadie se dé cuenta de que Harry también es su padre y necesita tener a alguien
cuando lo inevitable suceda—. ¿Por dónde has dicho que podemos empezar?
Albus le explica que hace aproximadamente diez años, durante la pascua de su cuarto año en
Hogwarts, su padre se compró una casa. Le pareció raro, porque tenía la heredada de su
padrino, Grimmauld Place, una en Godric’s Hollow de sus padres, y aunque la que
compartían con su madre, finalmente fue para ella, también le correspondía la mitad a él. Aun
así, dijo que todas estaban llenas de recuerdos pasados y que quería empezar desde cero.
Casi ni recuerda cuando sus padres decidieron divorciarse, las peleas ya eran frecuentes antes
de que él fuese a Hogwarts y, se supone, que cuando los tres estuvieron en el colegio, la
convivencia se hizo insoportable. Pero sí se acuerda de cómo se mostró su padre de optimista
y libre cuando al llegar de su segundo año, ya no vivían juntos. Nunca deseó que sus padres
se separasen, pero tenía que admitir que el cambio había sido para mejor. Ya no había gritos,
ni reproches, ni malas caras, ni tenían que fingir en las fiestas familiares que todo iba bien.
Fue como si durante unos años, hubiese cargado con una mochila que con cada discusión se
hacía más pesada y, aquel día, su padre se la hubiese quitado de la espalda para siempre. Por
supuesto, lo veía prácticamente a diario. Ser mago, entre otras cosas, te permite viajar con
suma facilidad, así que durante los veranos y las vacaciones, no suponía un sobreesfuerzo
pasar de chimenea a chimenea, para cenar, ver un partido de quidditch o simplemente charlar
y tomar un poco de helado.
Pero lo raro de aquella casa, lo que siempre le intrigó a Albus, fue que aun sabiendo que su
padre hacía su vida en ella, siguieron encontrándose en Grimmauld Place, donde se refugió
justo después de su divorcio. Al principio, mientras fue adolescente, simplemente pensaba
que era porque ambas redes flu estaban conectadas, pero con el tiempo, fue haciéndose
preguntas y bueno, puede que ya fuese hora de obtener esas respuestas.
—Creo, que si hay algo que buscar, si hay algún sitio donde podemos encontrar algo, es en
esa casa, casi nadie va a verle allí, es como su escondite secreto o algo así.
—¿Puedes entrar allí sin su permiso? —pregunta Scorpius, porque conoce cada recoveco de
Malfoy Manor y le resultaría imposible entrar en un sitio que su padre guardase con ese
recelo.
—Sí, es mi casa también. Mi padre decidió que Grimmauld Place fuera para James, la casa de
mi madre, será para Lily y esa para mí; así que supongo que como legítimo heredero, y más
viendo como es la situación de mi padre, la casa no me pondrá problemas para entrar.
El medimago asiente, comprendiendo bien cómo funciona la magia familiar. Si esa casa es de
él, le dejará pasar, o al menos si Harry así lo dispuso cuando lo decidió. Eso no pasa con los
Malfoy, las propiedades no pasan de un heredero a otro hasta que éste muere, porque esas
protecciones y leyes no se han cambiado desde hace siglos, pero supone que para una familia
que no tiene ese tipo de tradiciones, es más fácil hacerlo de ese modo.
—Tu no me dejaste ir a tu maravillosa mansión, ¿qué te hace pensar que voy a dejar que
entres en mi casa? —pregunta, sin Scorpius saberlo, con algo de sorna.
—No es lo mismo, yo iba a hablar con mi padre, no habría dicho ni hola delante de ti…
—Está bien —dice como si realmente lo estuviese considerando, pues ya lo tenía decidido y
solo esperaba ver la reacción de Scorpius—, pero siempre un paso detrás de mí, ¿entendido?
La verdad es que después de un turno como el de Scorpius, lo que menos le apetece del
mundo es tener que aguantar que Albus Potter se ponga en plan autoritario con él, pero no
tiene otra opción si quiere ir a ver la casa de su padre. Sabe que tendrá que callarse y acatar lo
que él le diga, pero eso no quita que esté un poco expectante y sobre todo nervioso.
Durante toda la tarde, mientras hacía la rutinaria visita a todos sus enfermos, ha estado
pensando largo y tendido y ahora no sabe lo que se encontrará cuando vayan a la casa del jefe
de aurores, pero lo que más le preocupa es la reacción que Albus pueda tener si encuentran
algo que lo relacione con su padre. Él ya se ha hecho a la idea, ha visto como la fachada de
frialdad e indiferencia Malfoy se hacía trozos como el más fino y frágil de los cristales al
nombrar el apellido Potter delante de su padre. Algo que jamás pensó que vería.
Cuando su madre se marchó, fue totalmente diferente, entre ellos no existía un amor del tipo
romántico. O al menos, él jamás recuerda a sus padres en esos términos. Lo que le hace
pensar que quizás, sea la primera vez que ve a su padre queriendo a alguien de verdad.
Alguien que no es un Malfoy. Alguien a quien no quiere porque le deba lealtad, porque quede
bien a los ojos de la sociedad o que pueda darle algún tipo de beneficio en sus negocios.
Porque ese amor oculto solo puede ser eso, es la única opción que él se plantea (aunque
Albus se niegue a admitir tanto), es solo la muestra de que es tan auténtico, que si ambos los
han escondido, ha sido únicamente para que nadie pueda romperlo.
Se reúne con él a las afueras de Godric Hollows, donde está la casa de sus abuelos y donde
actualmente vive su hermano James. Le saluda de manera totalmente formal, como dándole a
entender que esto no los está convirtiendo en amigos ni nada por el estilo. Le pregunta si está
preparado y sin esperar más que un escueto asentimiento como respuesta, lo agarra del brazo
y lo aparece a las afueras de una ciudad que no conoce.
—Esa ciudad de allí es Watford —añade señalando hacia una pila de edificios de corte
antiguo.
Durante al menos diez minutos, no abre la boca y ni siquiera lo mira, como si tan solo fuese
una mala jugada de su imaginación, pero de repente frena en seco provocando que Scorpius
casi choque contra su espalda.
Paran frente a una casa antigua y que parece algo inestable, el moreno se sitúa frente a la
verja y la mueve un poco, desde luego, no parece la casa de un hombre como Harry Potter.
Pero entonces, Albus saca su varita, realiza una serie de escarceos de los cuales no reconoce
absolutamente ninguno y, en un momento, toda la mugre ha desaparecido, así como las
grietas y todo lo que la hacía parecer deshabitada.
—Supongo que el hecho de que sea el heredero de esta casa y mi padre esté tan grave, ha
ayudado a que pueda levantar los hechizos —dice mirándolo a los ojos algo curioso—.
Entremos, tengo que volver a levantarlos.
—¿Podrás? —pregunta, siendo consciente de que han sido levantados, no solo por cualquier
auror, sino por el jefe de éstos.
—He dicho que “ha ayudado”, llevo cinco años trabajando como rompedor de maldiciones
en Gringotts y mi padre me ha enseñado algunos trucos también, esto no es nuevo para mí.
En cuanto Albus se da la vuelta y comienza a andar, Scorpius se permite el lujo de poner los
ojos en blanco.
Pero una vez que entra en la casa, cualquier otra idea que tuviese en la cabeza, se diluye con
suma facilidad.
Está sorprendido e intrigado a partes iguales, ni en sus más ínfimos sueños imaginó jamás
entrar en la casa del mismísimo Harry Potter, así que mira hacia todos lados, intentando
empaparse de cada detalle, pues no espera volver allí jamás, aunque le duele reconocerlo y
cree que nunca lo ha hecho ante nadie, para él, igual que para el resto de magos y brujas de su
generación, ese nombre es sinónimo de heroísmo y fuerza, de poder.
Lo ha visto, en el andén, en el ministerio y desde que comenzó a trabajar allí. Otro, en su piel,
habría hecho muchas cosas, se habría aprovechado de todas las ventajas de ser el chico que
vivió. Pero hace falta una energía inusitada para poder apocar todo eso, toda la magia que
tiene que tener, en esa sencillez y humildad que empañan el carácter del héroe del mundo
mágico. Es como intentar guardar algo muy grande en un frasco muy pequeño.
Cuando se quiere dar cuenta, están en el salón, que la verdad no parece muy acogedor. En
realidad, ninguna parte de la casa lo parece. Es como si hubiese sido decorada por alguien
que quiere lo justo y necesario para vivir. Solo hay un par de fotografías de Albus y sus
hermanos en una repisa, pero nada más.
—Solo he venido aquí un par de veces —dice Albus más para sí—, pero nunca me había
dado cuenta de que esto estuviese tan vacío.
—La verdad es que no hay muchas cosas —comenta por decir algo.
—Es raro, a mi padre le gusta guardar recuerdos. Dice que de pequeño no tenía muchas cosas
y siempre va guardando todo lo que puede, la primera snitch que atrapó James, las primeras
zapatillas de ballet de Lily… y esto… es la casa más impersonal que he visto nunca.
—De todas formas —añade intentando agregar algo de alivio a la desazón de Albus— la casa
se veía grande desde fuera, y esto es solo un pequeño salón, a lo mejor es el que utiliza para
recibir visitas.
Albus le mira con algo de consuelo y abre una puerta que hay a la derecha. Es una habitación
tan austera, si se puede, como el salón.
El moreno frunce el ceño y suspira. Scorpius va a decir de nuevo que puede que tenga sus
cosas en otra habitación cuando se da cuenta de algo.
—Oye —dice atrayendo la atención del otro—, ¿dónde están las puertas? —pregunta
saliendo de nuevo al salón—. Quiero decir, la única que hay es esta, la que une estas dos
estancias, pero desde fuera la casa parece mucho más grande, ¿es alguna clase de hechizo?
—Los únicos hechizos que había sobre la casa eran los de ocultación y las protecciones
mágicas. Nada más.
—¿Y no te parece raro que desde fuera la casa pareciera tan grande?, es más, debería tener un
segundo piso y aquí ni siquiera hay unas escaleras.
Albus mira a su alrededor, cayendo en la cuenta de que Scorpius tiene razón. No hay que ser
muy inteligente para darse cuenta, si él no hubiese llegado pensando en otras cosas también
lo habría notado en seguida.
—Está claro que el resto de la casa está oculto. Puede que con algún hechizo o similar. Mi
padre es muy amante de su intimidad.
—Sí, solo una vez o dos, y de paso, para esperar a mi padre o para traerle algo, normalmente
nos reunimos o en casa de mi madre, o en la madriguera o en Grimmauld Place.
—Si fuera un fidelius no podríamos haber entrado desde un primer momento. No. Mi padre
es más listo de lo que parece a simple vista. Puede parecer despistado, pero eso hace que sea
aún más ingenioso de lo que esperas.
Mientras dice eso, Albus ya está dando vueltas por el salón en busca de lo que él cree que
esconde el resto de la casa, parece concentrado, así que Scorpius intenta no interrumpirlo,
pero no lo pierde de vista y lo sigue mientras observa como prueba un par de hechizos. A los
pocos minutos parece algo frustrado y frunce el ceño casi instantáneamente cada vez que un
nuevo conjuro parece no darle resultados.
Y entonces, como si Merlín mismo lo hubiese inspirado, abre los ojos y comienza a palpar la
pared por toda la habitación, hasta que casi media hora más tarde lanza un gritito de victoria.
Albus introduce tres números y al instante un mensaje de color rojo hace presencia.
—Los años de nacimiento de mis hermanos y el mío, pero parece que es más complicado de
lo que parece. Piensa Albus —se dice—, piensa.
Vuelve a introducir tres números y el mensaje, para su desgracia vuelve a aparecer, esta vez,
anunciando que queda un solo intento. Suspira audiblemente mientras se talla las sienes.
—Piensa en cifras, fechas, que cualquiera que lea el profeta o alguna de sus biografías no
autorizadas no pueda conocer.
Agachado al lado de Albus, lo observa girarse lentamente y clavar sus orbes verdes tan
brillantes en él. Por su expresión diría que le ha inspirado una posible respuesta. Espera que
sea así.
Está atento mientras introduce tres nuevas cifras, y expulsa todo el aire que contiene dentro
cuando el círculo desaparece y en su lugar aparece un pomo.
—Son fechas, sí, pero estaba equivocado en cuanto a qué eran —dice muy sonriente—.
Quince de octubre de dos mil cinco. Diecisiete de junio de dos mil ocho y, finalmente,
veintiuno de enero de dos mil once —como es natural, Scorpius le mira sin tener ni idea de a
qué se refiere, entonces totalmente orgulloso de sí mismo, explica—: son las fechas en las
que James, Lily y yo tuvimos nuestra primera manifestación de magia.
—No lo estaba —confiesa—, pero mi padre siempre nos cuenta la historia de cómo
manifestamos nuestra magia con los ojos brillantes y sonrisa de bobalicón, según palabras de
mi madre —dice entre risas—, dice que para él, cuando era niño, las manifestaciones de
magia fueron un problema; vivía entre muggles —le aclara a Scorpius que lo mira intrigado
—. Y que estaba deseando que nosotros lo hiciéramos.
Scorpius camina un poco hacia delante para darle algo de intimidad a Albus, que parece algo
sobrecogido por los recuerdos.
Se para en seco. No solo había ese código de seguridad. Su padre ha instalado otras
protecciones. Protecciones de sangre que por ser un Malfoy y Albus un Potter, los han dejado
pasar sin problemas. Esa estela de magia familiar solo le confirma que su padre pertenece a
esta casa tanto como a Malfoy manor. Que ansía proteger con recelo lo que allí se encuentra
tanto como lo que hay en su propia casa.
“Volveré sobre las siete, no te olvides de pedir algo para cenar. Harry”
Sonríe de forma involuntaria. No se puede imaginar a su padre leyendo esa nota, ni abriendo
esa nevera, ni comiendo en esa cocina. Es como muy diferente a lo que conoce de él. Pero no
porque su padre sea una persona arisca, sino porque jamás lo ha visto ser amable o cariñoso
con alguien que no fuese él.
No imagina como Harry Potter se ha podido instalar tan dentro de su padre, como ha podido
llegar a un lugar donde hasta hacía poco, creía que pertenecía a él solo. Scorpius siempre
pensó que su padre solo lo quería porque era sangre de su sangre y que jamás llegaría a amar
a nadie. Y ahora se alegra con todo su corazón de que no sea así, de estar equivocado. Su
padre se merece todo esto. Tener a alguien que lo ame, lo espere, lo desee y lo quiera todo de
él.
Abre un cajón y encuentra los utensilios típicos de una cocina, en otro mueble encuentra
cereales, café, azúcar… nada fuera de lo común. Periódicos de hace unos días, facturas y más
notas en las que puede diferenciar, sin duda alguna, la esbelta y elaborada caligrafía de su
padre.
Es como estar viendo una película. Una de esas comedias románticas. Cada vez que ve o toca
algo, no puede dejar de imaginar a su padre y a Harry Potter compartiendo esas cosas.
Desayunando juntos, charlando, viendo la televisión. Pero también riéndose mientras hacen
la cena, abrazados sentados en el sofá o afeitándose juntos por la mañana.
Es lo que la gente esperaría de cualquier pareja, pero es lo último que alguien imaginaría ver
haciendo a Draco Malfoy y a Harry Potter. Es tan surreal que le dan ganas de reírse. Es una
patada al destino, una burla a la convicción. Están diciendo, “sí, nos hemos odiado siempre,
pero ¿y qué?”
Mientras sigue observando cosas oye un ruido de cristales rotos dentro de la habitación, deja
lo que tiene en la mano y se dirige allí rápido.
Cuando entra, lo primero que ve es a Albus sentado en el suelo, hay un baúl grande abierto y
un montón de papeles y otras cosas esparcidos por el suelo. Hay algo roto que no sabe bien
identificar que es, pero que está hecho pedazos. Es entonces cuando se da cuenta de que la
mano del moreno está sangrando.
Viendo que no reacciona, se acerca a él y lo toca, este se da la vuelta despacio y lo mira con
algo que Scorpius solo podría calificar como perplejidad y algo de ansiedad.
Todas son parecidas. Salen ambos sonrientes, en la mayoría, uno tiene el brazo sobre el otro.
La mayor parte parece reciente, puede que algunas sean de años anteriores.
“Me alegra que al final decidieras hacer este viaje conmigo. Sé que no es lo que esperabas,
pero te prometo que la próxima vez podré librarme antes del trabajo. Pero para eso tiene
haber una próxima vez.”
La carta no está firmada, pero lleva una fecha. Una fecha de hace más de siete años.
Scorpius la mira con los ojos como platos y se gira para ver la cara de Albus. Este aun parece
en estado de shock y no lo culpa.
—¿Te das cuenta? —pregunta mirándolo con sus grandes ojos verdes—, ¿eres consciente de
lo que esto significa?
No responde porque, sinceramente, no sabe qué podría decir en un momento como este. Siete
años. No. La tarjeta tiene más de siete años, la relación de su padre podría tener incluso más.
Por el amor de Merlín.
—Ya estaban juntos incluso antes de que termináramos Hogwarts —cae en la cuenta.
Mientras sostiene la tarjeta, observa que Albus está sangrando por la mano, supone que
porque lo que está roto en el suelo estaba sujetándolo cuando leyó aquello.
—Estás sangrando —le dice, pues parece que este no es consciente de ello—. A ver, dame,
puedo hacer algo.
Albus lo mira un segundo antes de volver la vista hacia su mano y luego se levanta sin decir
nada. Se la tiende y Scorpius la observa un segundo antes de limpiársela para posteriormente
lanzar un hechizo para cerrar la herida. Al cogerle la mano ha notado que ésta le tiembla un
poco.
—No me lo puedo creer —le dice mientras aún tiene la herida fresca—. No puedo
imaginármelo, no quiero creérmelo. No reconozco a mi padre, él jamás nos ha ocultado nada,
siempre nos lo cuenta todo, hasta las más mínimas tonterías. Por eso no puedo creer que haya
estado tanto tiempo ocultándonos algo así. Es como si esa persona de las fotos fuese otro,
alguien a quien no conozco.
—Es cierto. Mi padre no es muy dado en detalles, la verdad, pero tampoco me ha ocultado
las cosas importantes. Y esto desde luego lo es.
Scorpius baja la cabeza y piensa en tantas cosas, que su mente se siente como si se la hubiese
engullido un huracán y las ideas no pudiesen concordarse bien.
Es entonces, cuando nota que pegada a la tapa del baúl hay una llave. Una grande y
ornamentada que le es demasiado familiar.
Deja a Albus a un lado y se acerca a cogerla. La sostiene durante unos segundos y luego mira
a su alrededor buscando algo. El moreno se percata de esto enseguida y se acerca de nuevo.
—La he visto antes mientras sacaba las fotos, pero no tengo ni idea de qué puede ser.
Probablemente de algún cajón o caja donde guardan más cosas.
—No —dice el rubio totalmente convencido mientras sus ojos viajan de un lado a otro—. Mi
padre tiene una muy parecida en mi casa y creo saber para qué es.
Se acerca a una puerta que hay a la izquierda de la cama y la abre. A simple vista es un
armario, hay ropa de ambos, túnicas de auror y túnicas violetas, de las que usa su padre
cuando tiene alguna vista en el ministerio por motivos de su trabajo, como asesor y jurado en
leyes, a veces se ve en la obligación de asistir a juicios y necesita llevarlas.
Entonces, aun con la atención de Albus fija en él, vuelve a cerrar la puerta e introduce la llave
en la cerradura.
Cuando vuelve a abrir, todo lo que hubiese dentro la primera vez, ya no está, en su lugar se
encuentra una sala, algo más pequeña que el dormitorio. Dos grandes estanterías al fondo y
un par de sillones son el único mobiliario de la habitación, y a un lado, parcialmente oculto y
como esperaba encontrar Scorpius, hay un pensadero.
—¿Qué demonios es esto? —pregunta Albus mirándolo con el ceño fruncido—. ¿Y por qué
sabías que estaba aquí?
—Cómo te he dicho, mi padre tiene una igual. Todavía debe presentarse de vez en cuando
ante el Winzengamot por ser portador de la marca tenebrosa. Todos los que aún la conservan
deben hacerlo. Así que, cuando algo ocupa su mente más de lo necesario y, sobre todo si es
un recuerdo que no quiere que nadie conozca, lo deposita aquí. A veces incluso, mi abuela le
hace un obliviate para que lo olvide y luego simplemente va recogerlo de nuevo. He visto la
mayoría de los que tiene en casa, pero me imagino que los que hay aquí son de otro tipo de…
índole —Scorpius se gira para mirar a Albus y éste entrecierra los ojos con total
desconocimiento—. Probablemente sean recuerdos que comparte con tu padre. Si mantenían
esta relación en estricto secreto no querría que nada pudiese comprometerlos, así que
supongo que aquí habrá recuerdos de ambos, de momentos que han pasado juntos.
Albus deja de oír a Scorpius y se acerca con cuidado al pensadero. Justo al lado hay un
pequeño armario de cristal lleno de botes del mismo material, todos llenos de un líquido
grisáceo de apariencia ligera, más parecido a una niebla muy espesa. Los observa con
cuidado y lee algunas de las etiquetas que tienen.
La mayoría son fechas y lugares; sitios tan lejanos como Hong Kong, Argentina e incluso
Australia, y otros no tanto como Francia, Berlín y hasta Manchester. Los toca con suma
delicadeza, como si por el simple hecho de rozarlos pudiesen romperse en mil pedazos.
Scorpius se adelanta y se queda muy pegado a él, observando lo mismo. Él sin embargo, fija
su mirada en tres frascos en concreto. Tres que están unidos entre sí y portan la misma
descripción: “Ruptura”. No lleva nada más, ni lugares ni fechas, como el resto. El contacto
visual se rompe en cuanto nota la mano de Albus agarrando los pequeños botecitos.
—Sí no quieres verlos, adelante, yo voy a hacerlo. Total, cuando mi padre muera, serán míos,
como todo lo que hay en esta casa.
—Las cosas que hay aquí no son solo de tu padre, también son del mío; él también ha vivido
aquí los últimos años y hay cosas importantes para él.
—Si es así, ¿por qué no han dicho nada? Han estado ocultando esto durante mucho tiempo,
podría haber pasado algo en algún momento y ninguno se aseguró de que el otro pudiese
conservar estas cosas. No serían tan importantes para ellos.
—De eso nada; como te estoy diciendo, legítimamente todo lo que hay aquí es mío, Malfoy.
Que yo sepa el nombre de tu padre no figura en ningún sitio, no hay constancia de él en nada
y nadie está al corriente de que así sea. Si mi padre hubiese muerto en esa maldita misión, ni
siquiera tú estarías aquí.
Scorpius no puede rebatir eso, porque es cierto. Y su padre, como experto en leyes, debería
haber sido precavido a la hora de que si a alguno de los dos le sucedía algo, el otro pudiese al
menos, coger sus propias pertenencias. Pero no. No hay nada, solo fotos y recortes que no
certifican absolutamente nada; solo que han viajado juntos y que han podido tener algún tipo
de relación. Pero no existe nada ni nadie que pueda demostrar que su padre y Harry Potter
han estado manteniendo una relación durante más de siete años. Que todo lo que hay en la
casa es tanto como de uno, como del otro.
Tanto ese baúl lleno de recuerdos, como las notas, o ese calor que te inunda en cuanto pisas
ese hogar compartido, es como el agua que se escurre entre las manos. Nada tangible.
Además, tampoco imagina a su padre exigiendo ante un tribunal, que las cosas que hay allí
son de él. Ni admitiendo que ha tenido esa relación o que ha vivido en esta casa.
Mientras ha estado pensando, Albus ha vertido el contenido de uno de los frascos dentro del
pensadero y ahora lo mira con impaciencia.
—Claro.
Porque quiere asegurarse de que si Albus ve algo indebido sobre su padre, no pueda hacer
nada ni contarlo, así que prefiere ir él también, aunque eso signifique invadir la privacidad de
su padre como nunca antes lo había hecho.
Recuerdos
Después de que una especie de niebla los haya envuelto, ambos se encuentran delante de un
gran escritorio de roble y, sentado ante él, está su padre, concentrado ante unos pergaminos y
con una pluma revoloteando entre sus dedos.
De vez en cuando mira a un reloj de pared que tiene colgado justo delante.
A los pocos segundos puede notarse que está nervioso o impaciente, pues el consultar la hora
se ha vuelto casi un tic involuntario y su pie golpea constantemente el suelo mientras la
pluma lo hace sobre la pulida madera.
De repente, se oye el sonido de alguien atravesando la red flu; Draco se levanta como si
tuviese un resorte en la silla y prácticamente corre hasta el salón. Ambos lo siguen a la misma
velocidad.
—¿Qué ha pasado? Has tardado mucho, ¿algún problema? —pregunta el rubio bastante
impaciente.
—¿Algún problema? —repite visiblemente molesto—, pues claro, como siempre. Ron y
Hermione han venido a casa con entradas para el quidditch y los chicos querían ir, ella sabía
que tenía la tarde libre y ha insistido en que fuese con ellos.
—Como de costumbre, engañarlos. He hecho que me sonase el avisador y les he dicho que
tenía una urgencia —Harry se talla las sienes y suspira pesadamente mientras Draco se apoya
en un mueble y se cruza de brazos—. Esto no puede seguir así, Draco. Odio tener que estar
mintiéndole a mi familia cada día.
—Ya lo hemos hablado, no es la primera vez que te pasa… Sabes que luego se queda en
nada, que nadie hace preguntas y que…
—Ese no es el problema —le corta enseguida—. El problema es que odio tener que estar
buscando excusas, mintiendo, escapándome de casa como si tuviese quince años o estuviese
haciendo algo malo.
—Espero que no empieces otra vez con lo de que tenemos que contarlo. Porque ya sabes lo
qué opino sobre eso.
—Vamos, Harry —dice mientras se acerca a él—, ya hemos pasado por esto otras veces, no
merece la pena que te alteres y te preocupes tanto, siempre sale bien al final.
—No, no esta vez, es un ultimátum, Draco. Piénsalo; piensa bien que te merece más la pena,
cuáles son tus prioridades. Porque yo ya no aguanto más.
—No me hagas esto, por favor. No es cuestión de prioridades y lo sabes. Si fuese así, os
cogería a ti y a Scorpius y os llevaría a una isla desierta, pero no puedo hacerlo. Debo dejarle
un buen futuro a mi hijo y esta es la única forma de conseguirlo. Si esto sale a la luz habrá
consecuencias para ambos. Aún tengo que presentarme ante el maldito Winzengamot cada
vez que les da la gana, ¿cómo crees que llevarán que tengas una relación con un marcado?
Tú, que pronto serás el Jefe de Aurores. Si lo decimos jamás te darán ese puesto, eso si es que
te dejan conservar tu trabajo.
—¿De qué me sirve un maldito trabajo si por culpa de ello debo estar escondiéndome de lo
que me hace feliz?
—¿Y yo qué? ¿Qué consecuencias crees que tendrá en mis negocios que mis socios sepan
que cada noche me meto en la cama con el jefe de aurores? ¿Es que acaso no te importa?
—Y además —prosigue como si no lo hubiese oído—, ¿qué crees que dirán tus hijos, o los
Weasley; tus amigos…? Aún me miran como si la guerra hubiese terminado la semana
pasada, me odian a mí y a mi familia, te he contado como tratan tus sobrinos a Scorpius en
Hogwarts… ¿Esperas que de repente todos seamos una familia feliz? Eso solo existe en los
cuentos, Harry.
—Eso sería al principio, Draco. No te conocen de verdad, no saben cómo eres ahora, si te
viesen como yo te veo no…
—¡Porque no quieres!
Harry parece alterado y Draco no está poniendo de su parte, que digamos, para que esto no
sea así. Albus y Scorpius observan en total silencio como si sus padres pudiesen oírlos.
—¡Pues te tendrás que conformar!, porque son mis hijos, es mi familia y no voy a apartarla
como si no me importasen. Podrías al menos intentar comportarte con ellos como eres
cuando estás conmigo. Eres amable y simpático cuando te lo propones, lo sabes.
—¿Crees que porque me acueste contigo voy a convertirme en “Mr. Simpatías” para medio
mundo mágico? —dice sacando el sarcasmo desde lo más profundo de su corazón.
No hace falta ser psicólogo ni analista para ver como el semblante de Harry, que antes estaba
visiblemente furioso, ha pasado a estar dolido.
—No, no pongas excusas, está claro que el subconsciente te ha traicionado, Draco. Ahora
entiendo por qué no querías contarlo.
Scorpius jamás ha visto a su padre así, suplicando. Si Harry Potter supiese eso, vería claro
que eso significa que está totalmente enamorado de él, que es su persona de máxima
confianza. Pero quizás, el auror ya ha visto eso otras veces y también está cansado de
excusas. Porque sigue sin entender por qué han ocultado esa relación, aun cuando está claro
que Harry quería contarlo con todas sus fuerzas, que no se avergonzaba, e incluso estaba
dispuesto a sacrificar su trabajo por él. Su padre es un auténtico gilipollas.
—No me hagas el culpable de esto, Draco. No tengas el descaro de decir que la culpa es mía.
Es completamente normal que no quiera seguir ocultándome el resto de mi vida, ¿no te
parece?
—No seas tan dramático. Hemos estado así mucho tiempo, no hemos tenido problemas hasta
ahora.
—Claro que los hemos tenido, que tú no quieras verlos es otra cosa. Pero siempre van a estar
ahí. Porque tenemos que escondernos. Quiero poder celebrar mi cumpleaños contigo, las
navidades, todo. No quiero tener que hacer todas las cosas dos veces, una para mi familia y
otra para ti, es absurdo.
Draco para quien, al parecer, esta conversación no es nueva, parece armado de paciencia.
—A mí no me parece algo tan descabellado. Además, sabes que a mí me gusta celebrar las
cosas en la intimidad y no me sentiría cómodo rodeado de tanta gente.
—Mis hijos Draco, permitamos que al menos ellos lo sepan, y el tuyo. Son los
suficientemente adultos para poder guardar el secreto.
—Ya te lo he explicado mil veces, parece que no me escuchas. Si ellos lo saben empezaremos
a hacer cosas juntos, dejaremos de ser precavidos, de escondernos; será cuestión de tiempo
que alguien más se entere o peor, de que la prensa lo sepa y todo salga a la luz.
—¿Qué?
La pregunta se queda en el aire, porque ninguno de los dos añade nada más. Harry toma esa
ausencia de palabras como un empujón para irse y agarra su túnica para, sin mirar atrás, salir
de nuevo por la chimenea.
En cuanto lo hace, Draco coge lo que tiene más a mano y lo lanza con fuerza al fuego con un
grito de frustración que a Scorpius le recorre toda la superficie de la piel.
El recuerdo termina justo ahí y ambos salen del pensadero con una sensación muy extraña.
Ya está, ya lo han visto. Todas las demás “pruebas” eran incriminatorias, pero esto es un
“pillado con las manos en la masa” en toda regla. No hay vuelta atrás, es lo que hay.
Se miran pero no se dicen nada, se sienten desorientados y diferentes. Como ha dicho Albus
minutos antes, es como si estuviese viendo a otra persona; claro que reconoce a su padre. Es
él, con sus manías, su falta de tacto y su sarcasmo arrasador. Pero hay partes de él que jamás
había visto, como esa mirada de anhelo cuando Harry ha llegado, o esa desesperación cuando
ha hecho justo lo contrario.
La desazón lo corroe por dentro, aun cuando sabe que las cosas entre ellos se arreglaron al
final. Porque eso lo único que hace es que su padre, en este instante, esté mil veces más roto
que en ese recuerdo. Ha vuelto a perderlo, va a perderle de una forma en que jamás volverá a
recuperarlo, aunque se arrastre de rodillas durante el resto de su vida. Se siente el espectador
de una película, solo que él no tiene por qué mirar pasivo, puede hacer algo. La cuestión,
claro, es que su padre se lo permita.
—¿Vemos el siguiente? —le pregunta Albus con un tono suave, sacándolo de sus
pensamientos.
Lo primero que ven esta vez, es un pasillo angosto del ministerio, a ninguno de los dos les
suena, pues no han estado muchas veces allí y mucho menos lo han visto entero. Así que se
quedan junto a Draco mientras este camina junto a otro hombre. Lleva puesta la túnica
violeta y bajo el brazo tiene un montón de papeles.
—No te preocupes —le dice al desconocido—, aunque no les gustase el producto, ellos
fueron los que rompieron el contrato, el Winzengamot hablará a nuestro favor.
Cuando llegan a la puerta de la cafetería se despiden y Draco entra. Se dirige a una mesa y
Albus y Scorpius lo siguen muy de cerca.
Se sienta en una cerca de la ventana, saca unos papeles y una pluma y se pone a leer.
Enseguida una chica joven viene a tomarle nota.
La camarera le sonríe y se va, para al poco rato aparecer con la bebida humeante y oscura.
Observan al rubio beber durante unos minutos preguntándose que tendrá de especial ese
recuerdo, cuando de repente, Draco comienza a toser y deja caer la taza de café salpicándose
la túnica.
Los dos lo miran con curiosidad sin saber muy bien qué es lo que está pasando, hasta que
Scorpius se percata de qué es lo que sucede.
—Mira allí —le dice señalándole con el dedo unas mesas más adelante.
En la que está sentado su padre con otro hombre, uno que a Albus le suena familiar.
Scorpius no se para a preguntarle, porque siente que no tiene confianza suficiente para
hacerlo, pero observa en silencio a su padre fruncir el ceño e intentar matar con la mirada a la
persona que acompaña a Harry Potter.
Parece que están tomando un café animadamente, sonríen, dejan escapar alguna carcajada
aislada… Hasta que el otro posa una mano sobre el antebrazo del auror y, no es esta acción lo
que le hace sospechar, si no la reacción de Harry (que se acerca más aun al hombre
desconocido), lo que le parece a Scorpius enfurece aún más a su padre, el cual a esas alturas
parece estar a punto de ebullición cual tetera.
Pero es cuando ese tipejo apoya una mano sobre el muslo del moreno, bajo la mesa, cuando
Draco se levanta haciendo un ruido atronador con la silla y sale de allí sin volver la vista
atrás.
Scorpius ha tenido pocos momentos en el que ha temido a su padre, pero en ese instante,
tiene que recordarse a sí mismo que lo que está viviendo es tan solo un recuerdo, pues
instintivamente tanto Albus como él, se han apartado cuando un enfurecido Draco ha pasado
junto a ellos.
Cuando la gente le diga que el gris de sus ojos es frío como el acero, recordará este momento
y como los iris de su padre urgían y brillaban como llamas plateadas dispuestas a quemar
como el más abrasador de los fuegos.
El recuerdo se termina ahí, con Draco saliendo de la cafetería como alma que lleva el diablo,
todo se difumina, pero no salen del pensadero, de repente se encuentran en otra parte y
observan de nuevo a su padre andando apresurado por un pasillo, solo que esta vez, Albus sí
que lo reconoce al instante.
—¿Ya hasta te entregas solito, Malfoy? —dice entre risas otro de ellos.
—Sí, así que si sois tan amables —añade con una simpatía falsamente fingida.
El que lo ha dicho se va por el pasillo, pero el resto se queda allí con su charla amena.
—No sé cómo te atreves a presentarte aquí, Malfoy, y precisamente exigir ver al auror Potter.
Si fuese él, ni siquiera querría verte la cara.
—Cuando sea jefe de aurores, os veréis tú y todos los mortífagos que aún quedáis libres, con
vuestros culos en Azkaban.
Comentarios absurdos como esos, siguen fluyendo de los labios de los aurores que están allí
solo para humillar a Draco.
Albus observa como Scorpius aprieta los puños y frunce los labios. Tiene que ser frustrante e
impotente ver esa escena y no poder intervenir.
Scorpius se gira y lo mira con los ojos de alguien que acaba de presenciar un milagro. Casi
tiene ganas de decirle que cierre la boca. Pero al menos su gesto ya no está tenso y sus
nudillos tienen un color normal.
Y no solo eso, cuando consigue cerrarla, le dedica una sonrisa. Quizás es una pequeña y
preñada de pudor, pero es como un pequeño rayo de luz que se asoma entre los nubarrones
cuando ha estado todo el día lloviendo, o así lo siente Albus, quien lleva días sin presenciar
una, y al que también le aligera la tensión a la que sus músculos se habían acomodado. Tanto,
que sin querer se la devuelve.
—Es… Es un asco —dice tímidamente Scorpius—. Que te juzguen toda tu vida por una
decisión que tomaste cuando tenías quince años.
—Es la edad con la que mi padre tomó la marca —le agrada ver que el moreno se sorprende
de esto—. Además, mi abuelo le obligó a hacerlo.
—¿Él no quería?
—Creía a ciegas en todo lo que mi abuelo le decía, como todos los niños. Pero cuando tenía
catorce y Voldemort ya no era una sombra del pasado, comenzó a comprender donde estaba
metido. Para ese entonces ya era demasiado tarde y mi abuelo lo obligó a permanecer con él
y a tomar la marca.
—Mi abuelo sabe cómo convencerte y llevarte a donde él quiere… Es como cuando decidí
estudiar medimagia —como ve que Albus lo escucha y está completamente atento a sus
palabras, sigue contándole—. Él quería que estudiase finanzas, economía, leyes… O algo así,
con lo que pudiese manejar los negocios de los Malfoy, pero yo quería hacer medimagia
desde que tengo memoria, así que mi padre me dijo que no le hiciese caso y que escogiese lo
que yo quería. Discutieron mucho, tanto, que mi abuelo me dijo que si estudiaba medimagia
no vería un solo galeón de los Malfoy.
—No —al ver que el moreno frunce el ceño, añade—. Me desheredó. Por eso mi padre se
dedica día y noche a convertir todo el oro de mi abuelo en negocios, tiendas, contratos; para
que cuando él muera, todo ese oro esté a su nombre y no al de Lucius, y así poder heredarlo
yo. Le he dicho que me da igual el dinero, que con mi trabajo y lo que él me deje, tendré de
sobra para vivir, pero él dice que los Malfoy siempre han estado rodeados de lo mejor —dice
esto con una sonrisa tonta en los labios—. Así que además de su trabajo en el ministerio, pasa
cada día asociándose, negociando e invirtiendo para que pueda heredar el máximo posible.
Mi abuelo decía que un Malfoy que no sabe cómo llevar sus propios asuntos, no es digno de
usar el oro de la familia.
—Vaya —dice Albus totalmente impresionado con lo que Scorpius le ha contado—. Jamás
imaginé que pudiesen desheredar a alguien por querer ser medimago, es absurdo.
Scorpius va a responder cuando oyen la voz de Harry y ambos vuelven al recuerdo que, por
un momento, habían olvidado.
—Volved a vuestro trabajo —le dice a sus aurores y mira a Draco con los ojos algo
entornados—. Sígueme.
Los cuatro se encaminan hasta el despacho de Harry, entran y cuando éste se ha sentado tras
el escritorio, Draco aprovecha y lanza hechizos de silencio y de cerradura.
—Tres años —dice el ex slytherin que con esas dos palabras ha demostrado que no viene a
tener una charla precisamente pacífica—. Tres años juntos y en una semana ya estás
refregándote con otro. Es lo que querías, ¿no?, poder pasearte con un tío de la mano y ya lo
tienes y te importa mil demonios quien sea.
—¿Cómo puedes tener tanto morro? Vienes aquí a decirme lo que puedo o no puedo hacer
con mi vida. A juzgarme… ¡Y yo no estaba refregándome con nadie! Es solo un amigo y
estábamos charlando…
—¡Pues si haces eso con todos tus amigos, tengo que tener más cuernos que tu patronus! —
grita totalmente alterado y sarcástico.
—¿Vas a estar toda la vida echándome esa maldita expresión a la cara? Dímelo, porque me
gustaría saberlo, puede que cree un hechizo para no oírla si la dices más.
—¡Arg! Odio cuando te pones tan sarcástico… Y no sé por qué vienes a reclamar nada, no lo
hiciste cuando estábamos juntos y no sé a qué viene esto ahora.
—Si no fueses por ahí achuchándote con cualquier imbécil… Además, ni siquiera has
respondido a mis lechuzas, las ignoras; todas. Pero tienes tiempo para tomar cafés con
payasos de tres al cuarto.
Ambos se miran durante unos segundos sin decir nada y Draco decide emplear su plan B.
Se acerca a Harry silencioso, mirándolo a los ojos, tan cerca que sus cuerpos casi pueden
rozarse.
—¿Lo quieres más que a mí? —le pregunta con un tono quedo.
Tanto Scorpius como Albus pueden ver al que una vez venció a Voldemort con un simple
expelliarmus, al que sobrevivió a dos avada kedravras y luchó con más mortífagos que
ningún otro siendo tan solo un adolescente. A un hombre con experiencia de años como auror
y la cuarentena pasada, con las rodillas temblorosas y totalmente vencido con una sola frase,
que ha sonado más a un susurro.
—Y dime —añade mientras le roza el antebrazo con sus dedos—, ¿sabe dónde te gusta que te
toque?
Harry sigue con su mirada verde esos dedos, esos labios. Si no quisiese a Draco, si no lo
desease, no estaría cayendo en esa trampa tan obvia…
—¿Es que ya no me echas de menos? —pregunta mientras desliza una mano por la cintura
del ex gryffindor y la arrastra hasta su espalda para acercarlo aún más a él—. ¿Ya no te
acuerdas de mí?
Lucha con todas sus fuerzas para mantener los ojos abiertos, pero sobre todo para no dejarse
llevar por él, porque como buena serpiente, sabe cómo atraer a su presa, como hacerla
rendirse completamente ante él.
—Sabes que sí —dice—, pero no es razón suficiente, no hace falta que te recuerde que es lo
que quiero de ti.
—Eres un egoísta —susurra ahora con su nariz rozándole el cuello, cuello que Harry no ha
tenido inconveniente en dejarle totalmente expuesto—. Tienes mi vida, mi alma, mi cuerpo,
mi corazón… Pero no tienes suficiente, ahora también quieres llevarte mi cordura, me está
volviendo loco estar separado de ti, me mata verte con otro… Y a ti parece no afectarte
nada…
—Claro que me afecta —dice Harry casi poseído a estas alturas—. ¿Crees que no me cuesta
levantarme cada día desde que te has ido? Pero se supone que esto es lo mejor, tú no quieres
contarlo y yo sí, es la única opción.
Harry pronuncia esa última frase cuando los labios de Draco están prácticamente sobre los
suyos. Pero el recuerdo del motivo por el cual se separaron le hace de ancla en la realidad y
tira de ella hasta que vuelve al mundo de las personas con capacidad para pensar.
Draco protesta al ver que no ha podido terminar de embaucar a Harry. Y éste se separa poco a
poco de él, como si le costase más que respirar. Pues el rubio es su polo opuesto, el Polo
Norte, el más frío entre los fríos, y aunque la distancia entre ellos sea el mismo planeta,
aunque no se vean, ni se toquen, se sienten atraídos; siempre lo harán porque son así. Son
polos opuestos, pero son parte del mismo planeta y están unidos por algo más fuerte que la
simple atracción.
Viendo que no va a sacar nada más de esa conversación, decide darse por vencido y
abandonar; por el momento, claro.
—Sí no quieres aceptar lo que te doy, será mejor que me vaya —dice por último haciendo
que Harry suspire.
—Y a pesar de eso, poder besarte con ese imbécil en público vale más que lo que dices que
sientes por mí.
—Está bien, me voy; está visto que no vamos a llegar a ningún acuerdo. Que esto solo nos
lleva a discutir una y otra vez sobre lo mismo.
Draco mira a Harry con los ojos entrecerrados, llenos de un sentimiento que Scorpius no
sabría cómo describir, pero que lo deja sobrecogido. Le dan ganas de cogerlos a ambos y
obligarlos a estar juntos, a decirles que se dejen de tonterías y que vuelvan de una vez.
Enseguida vacían el tercer frasco en el pensadero, ansiosos por saber que ha ocurrido justo
después. Están intrigados por como finalmente consiguieron volver juntos.
En el último de los recuerdos, lo primero que ven es a Draco de nuevo, sentado por la
mañana, desayunando tranquilamente.
Toma su taza entre las manos y da un sorbo lento mientras una lechuza entra por la ventana
portando, lo que imaginan, es El Profeta de ese día.
Albus ha visto esa portada, así que le echa un vistazo y resopla de pura frustración, Scorpius
sin embargo se queda un rato más leyendo lo que dice bajo la foto.
“Puede que en su trabajo le guste jugar duro, pero en la intimidad, Harry es gentil y
apasionado”
Scorpius hace un gesto gemelo al de su padre al leer ese subtítulo, bajo la foto en color y
movimiento del tipo que estaba con Harry en la cafetería. Observa entonces a Albus que
permanece a un lado cruzado de brazos y algo molesto.
—Te dije que conocía a ese mierda de escregutovendió una exclusiva en El Profeta. Mi padre
lo pasó fatal; imagínate todo el respeto que perdió en su trabajo por ese estúpido cotilleo.
Puede entender que su padre esté ahora furioso. Arruga el papel entre sus manos como si este
tuviese la culpa. Lo conoce y tiene miedo de lo que esté por venir ahora. Si cuando los vio
juntos en la cafetería fue a exigir a Harry de esa forma, no sabe qué demonios hará ahora,
sobre todo, sabiendo que éste seguramente esté tan enfadado como él.
A los pocos minutos, el rubio se levanta de la mesa y comienza a andar por la habitación,
seguramente pensando en su siguiente movimiento. Es entonces, cuando lo ven esbozar una
sonrisa sardónica y salir corriendo hacía otra habitación.
Lo siguen y cuando llegan, lo ven en el salón echando polvos flu a la chimenea. En cuanto la
otra persona responde, Draco asoma la cabeza.
—¿Hay algún problema con los pedidos? —pregunta la voz a través de las llamas verdes.
—Necesito hacer poción multijugos, pero sabes que hay cierto ingrediente que es ilegal desde
hace años.
—Venga, no te andes con remilgos, que hacemos muchos negocios juntos, ¿cuánto quieres?
—Suelen pedir unos cien galeones por un cuarto; pero como es para usted, se lo puedo dejar
a sesenta.
Draco chista de mala gana, seguramente el precio sea más bajo, pero sabe que necesita ese
ingrediente en concreto y que no podrá buscarlos por otros medios.
—Está bien —dice apurado—. Te mando ahora mismo una lechuza con el oro y me la
devuelves con lo pactado.
Al instante vuelven a desaparecer y a estar en una calle vacía y oscura que ninguno de los dos
conoce. Ven a Draco escabullirse bajo una capa y pararse en mitad, sacar un vial del bolsillo
y tomarse su contenido de un trago.
Poco a poco su cuerpo se va transformando, toma el aspecto de un hombre alto y algo ancho,
con brazos fuertes. Moreno, de nariz chata y rasgos fuertes. Su aspecto no podría ser más
antagónico al suyo.
En cuanto el cambio es completo, sale a la calle principal y camina durante unos minutos
hasta pararse delante de una casa pequeña.
Llama a la puerta dos veces hasta que esta se abre. Ambos chicos se quedan estupefactos
cuando ven salir al hombre que estaba con Harry en la cafetería.
—Soy un periodista de Corazón de Bruja, ¿le importaría si le hago algunas preguntas para
nuestra edición especial de esta semana?
El imbécil sonríe enseguida y se aparta para dejar pasar al supuesto reportero. Cuando ambos
están dentro de la casa, cierra la puerta y le indica que pase al salón.
—No puedo responder a muchas preguntas —le dice con confianza—. Le debo cierta
exclusividad a El Profeta, pero estaré encantado de contarle lo que pueda.
En cuanto la sonrisa ladeada aparece en el rostro de Draco, Scorpius cierra los ojos con
pesadumbre. Conoce a su padre y no quiere ni imaginar lo que pueda hacer ahora.
—¡Oye! —grita éste enseguida—. ¡Qué se supone que estás haciendo! Suéltame.
—Solo quiero decirte unas cuantas cosas, ¿vas a prestar atención? —Scorpius se gira hacia
Albus algo temeroso, pero le sorprende ver que este tiene un gesto de aprobación en su rostro
—. No vuelvas a abrir tu asquerosa boca para hablar de Harry, ¿me entiendes? Si vuelvo a
leer una jodida palabra referente a él o a cualquier cosa relacionada con su vida, te haré un
hechizo que dejará tu lengua totalmente inservible —los ojos del tipo se abren como platos
—. La próxima vez que se te ocurra hablar sobre él, recuerda mis palabras.
—No sé quién eres —replica con la voz temblorosa—, pero si piensas que puedes venir aquí
a intimidarme…
Draco le pone el antebrazo haciéndole presión sobre el cuello y se acerca a su cara para
volver a hablar con esa voz amenazante.
—Creo que no estás en posición de exigir nada en este momento. Y claro que no sabes quién
soy, ni lo sabrás, porque ahora estoy bajo la multijugos y mi aspecto es el de un muggle
cualquiera. No sabrás quien soy o si te estoy observando, pero estaré ahí y óyeme bien: si
vuelves a acercarte a él te vas a arrepentir de haber nacido. Si te veo cerca de él, o se te
ocurre tocarle un solo pelo, lo que te voy a hacer ahora te parecerá una broma comparado a lo
que puede llegar a pasarte.
El hombre comienza a temblar en cuanto oye las amenazas y se queda totalmente en silencio,
ya no replica. Entonces, Draco saca su varita y susurra un hechizo que ninguno puede
distinguir. En cuanto lo hace, suelta al tipo que cae pesadamente al suelo.
—Enseguida lo sabrás. Y espero que te sirva de lección. No quiero verte a menos de cinco
metros de Harry. No sabes de lo que soy capaz y créeme, las maldiciones de magia negra no
son un problema para mí.
En cuanto dice eso, sale de salón y luego de la casa dando un fuerte portazo.
Albus y Scorpius que lo han seguido se paran de nuevo en el callejón de antes y observan a
Draco apoyarse contra una pared.
—Vaya —dice Albus totalmente anonadado—. Sí que da miedo… —Scorpius lo mira sin
saber que decir y con gesto comprometido—. No voy a decir nada, no te preocupes —dice
entonces comprendiendo a qué viene esa cara del rubio.
—A veces —repite Albus—, no hay otra forma de arreglar los problemas. La verdad es que
ahora me siento mucho mejor, pero me gustaría saber qué es lo que le ha hecho.
Scorpius comienza a reírse, pero no le dura mucho, pues en seguida vuelven a desaparecer de
ese recuerdo.
Redención
Chapter Notes
Este es el último capítulo. Pido perdón por la tardanza, aunque imaginarán ya que se
debe simplemente al hecho de las fechas en las que estamos. Un pequeño retraso debido
a las fiestas, pero por el que quiero pedir perdón.
Además, durante estos días, he tenido visitas en casa por lo que quitando los pequeños
momentos de redes sociales con el smartphone, he estado totalmente fuera de internet.
Añadir, que este es el último capítulo, pero que estoy a escasos párrafos de mandarle un
epílogo de esta historia a mi beta, así que cuando lo tenga lo subiré y añadiré a la
historia, así que no dejéis de estar atentos.
Gracias a todos por los reviews ^_^
De repente, la puerta se abre y Harry aparece en ella. Al parecer, a los únicos a los que ha
sorprendido ha sido a Albus y a Scorpius, pues Draco permanece sentado y simplemente mira
al auror, como si hubiese estado esperándolo desde hace horas.
—Draco —suelta directamente—, lo que sea que hayas hecho, desazlo inmediatamente.
—No sé de qué me estás hablando —se defiende poniendo cara de no haber roto un plato en
su vida.
—Por favor —suplica mientras se talla el puente de la nariz—, yo sé que has sido tú, tu sabes
que lo sé, dejémonos de rodeos, deshaz el hechizo y todos contentos.
Harry deja escapar un suspiro demasiado largo. Uno que Albus reconoce de sus años como
hermano de alguien que no es capaz de estarse quieto más de dos segundos.
—Claro que no, está demasiado asustado, ni siquiera nos ha permitido que veamos sus
recuerdos. Pero cuando nos quedamos a solas, si me dijo algo, y por sus palabras pude
deducir quién había sido el atacante.
—No voy a denunciarte, solo quiero que deshagas lo que demonios sea que le has hecho.
—¿Quieres a tu novio tal y como estaba? Creía que eras menos superficial, mmm esto no
parece amor de verdad.
—¿Sabes? No acabarás con mi paciencia. Te conozco demasiado bien. Así que deja de
intentar jugar conmigo y termina de una vez con esta estupidez.
—La culpa es tuya. Estabas tan obcecado buscando a alguien a quién lucir que no te
preocupaste de que fuese por ahí aireando tus intimidades. ¿Es que no te diste cuenta? ¿O te
daba igual arriesgarte y que tus compañeros y subordinados lo leyesen? ¿y tus hijos?
—¿¡Crees que no soy consciente!? ¿¡Crees que me gusta que cada vez que quiero acercarme
a alguien, aunque solo sea a charlar, deba poner mi atención en todo lo que digo?! Jamás lo
entenderás; he bajado la guardia ¡cruzifícame!
—No, querías saber lo que se siente teniendo una relación pública. Ahora ya lo sabes, ¿estás
contento?
—Claro que no, el que debe estar contento eres tú. Adelante, dilo, llevo esperándolo desde
que ese imbécil salió en la portada. ¡Dilo Draco!, son solo tres palabras “Te lo dije”
—Y, bien, ¿te ha servido de escarmiento? ¿vas a seguir buscando otro con quien airear tus
intimidades? ¿O vas a darte cuenta de una vez que tu sitio está conmigo? —pregunta por
ultimo bajando mucho más el tono que se había tornado alto.
Harry cierra los ojos y frunce el ceño, un gesto que a Albus le duele profundamente. Un gesto
de derrota que jamás ha visto nunca en el rostro de su padre.
—¿Piensas que jamás voy a poder tener una relación normal? ¿que no sirvo para ellas? ¿o
que no me las merezco?
Draco hace un gesto con su mano y, Harry lentamente, como si sus pies estuviesen calzados
por zapatos de pesado cemento, va acercándose a él. A sus brazos abiertos.
Cuando por fin están el uno junto al otro, se abrazan con desesperación, como dos personas
que no se han visto en años y que quieren captar la esencia del otro en cada segundo que
están unidos.
Harry apoya su cabeza en el hombro de Draco evitando así mirarle a los ojos.
—No sé si sirves o no para una relación normal —dice Draco quedamente cerca de su oído
—, pero sí sé que nadie va a poder darte jamás más de lo que yo estoy dispuesto a darte.
Siempre que tú estés dispuesto a quedarte conmigo.
El ex gryffindor separa la cabeza un momento, pero aun entre sus brazos lo mira.
Scorpius ve a su padre acercarse lentamente hasta el señor Potter, apoyar su frente sobre la de
este, y con los ojos cerrados, sonreir.
—Hasta el último de tus días —dice muy bajito—, pero eso no es una condición, Harry. Es
algo que no voy a poder evitar.
Cuando ambos jovenes son conscientes de lo que acaba de pasar, Harry y Draco ya están
besándose con una pasión asombrosa.
Saben que sobran allí y, sin siquiera mirarse, ambos deciden que tienen que irse ya, no solo
por que es un momento demasiado íntimo, sino porque, la verdad, ninguno tiene muchos
deseos de ver a sus padres en algo así.
Siente un peso a su lado y abre un ojo para ver que Albus ha hecho exactamente lo mismo
que él. Puede notar su hombro rozando el suyo. Pero no dicen nada. Se limitan a estar allí,
durante un rato, cada uno pensando a su manera en lo que acaba de suceder. En la realidad
que se les presenta.
Tiene que ver a su padre, contarle que no puede ser tan inhumano de dejar morir a Harry sin
haberle visto por última vez. Siempre pensó que su padre era alguien insesible, o que no tenía
un corazón más allá de él mismo y Scorpius. Pero ahora... ¡maldita sea! Hasta ha sentido un
poco de envidia. Él también querría amar a alguien con toda su alma, hasta que duela.
Sin saber porqué abre los ojos y gira la cabeza. Albus está mirando el techo totalmente
estático. Pero en cuanto siente la mirada del rubio, gira la cabeza y ambos se miran en
silencio durante unos segundos.
Hasta que nota que los ojos de Albus están empañados de lágrimas.
Cierra sus ojos con fuerza y dos lágrimas resvalan por sus mejillas, rápidas. Sus pestañas
están brillantes y húmedas, como unas cascadas negras por las que se dezlizan gotas de agua
tan brillantes como un diamante. Cuando abre sus ojos, sus iris parecen un cesped recien
regado. Resplandecen, profundos y claros a la vez.
Scorpius se gira y se apoya de lado, en una mano, apoya su cabeza, y con la otra, acaricia el
brazo de Albus, que ha vuelto a quedarse callado.
—¿El qué es injusto? —pregunta tan solo para poder seguir escuchándole.
—Todo. Para él. Ninguna persona merece el destino que está esperando, pero él menos que
nadie. Siempre lo ha dado todo a los demás sin esperar nada a cambio. Cuando estaba en ese
despacho, hace unos minutos. Cuando le ha preguntado a tu padre si iba a quererlo para
siempre. Ha sido la primera vez que he oído a mi padre exigiendo algo. Pidiendo algo para sí
mismo. Y ha elegido a tu padre para ello. Sé que esto pasó hace muchos años. Pero no es
justo que ahora que tú y yo lo sabemos, que podrían tener la opción de ser libres, el tiempo se
nos escape de las manos de esta forma. Que su vida se vaya ocultándo a otra persona igual o
más rota que nosotros.
Scorpius va a acercar sus dedos hasta la mejilla de Albus para secar sus lágrimas, sus ojos
verdes se dirigen a estos, aguantando la respiración, y justo cuando casi puede rozar las
transparentes gotas, el sonido de su avisador de emergencias suena destrozando el momento.
—Es tu padre —dice mirando con alarma a Albus—, se ha desestabilizado. Tengo que irme
inmediatamente me requieren en el hospital.
Albus asiente, pero cuando unos segundos después Scorpius acciona el traslador, se agarra de
él con fuerza sin que este se lo espere.
En cuanto aparecen en la sala, hay tres medimagos sobre Harry que intentan reanimarlo.
El caos está desatado en la habitación, todos van de un lado a otro y Albus se queda en shock.
—¡Haz algo! —grita mientras zarandea a Scorpius—, ¡eres medimago, es tu trabajo, tienes
que hacer algo! ¡traelo de vuelta! ¡haz tu maldito trabajo de una vez, vamos!
Los gritos de Albus paralizan a Scorpius que lo mira con ojos desorbitados mientras chilla
hasta quedarse sin voz.
—¡Malfoy! Maldita sea, sáquelo de aquí, no puede haber familiares aquí dentro, es una
irregularidad.
Cuando Albus abre los ojos, no sabe ni donde está ni cuanto tiempo ha pasado. Solo sabe que
está en una cama, metido entre unas cálidas sábanas y que alguien le está acariciando el pelo.
Abre un ojo lo suficiente para ver que Scorpius está sentado leyendo un libro y que son sus
dedos los que siente en su cabeza. Se mueve un poco y el rubio los aparta inmediatamente.
—¿Estás más tranquilo? —le pregunta—, estamos en la sala de descanso del personal, te
pusiste muy nervioso y te traje aquí, ¿te sientes bien?
Scorpius frunce los labios y no responde. No sabe como reaccionará Albus cuando le diga la
verdad.
—Han conseguido estabilizarlo, la mayoría de sus órganos funcionan ahora mismo gracias a
la magia, pero sabes que eso terminará por fallar también.
—¿Cuánto tiempo...?
—Claro.
Albus se recuesta a su lado y cierra los ojos, durante unos instantes cree que simplemente se
ha quedado dormido, así que intenta no moverse mucho y no hacer ruido, pero a los pocos
segundos, comienza a oirse un murmullo quedo, uno que poco a poco se va transformando en
un llanto claro. Sobrecogido por el momento, no duda en apretar a Albus contra él, quien
también encontrándose en una situación extrema, se abraza a Scorpius como si hubiese
encontrado un salvavidas en mitad del océano.
—Lo siento —dice Albus, casi inentediblemente, mientras sorbe con la nariz—, es patético.
—No digas tonterías. Desahogate todo lo que necesites. Te avisaré si hay cambios.
Nota las manos del moreno estrechándole con más fuerza, también su llanto se intensifica.
Por unos momentos se siente roto, y se pregunta como estará su padre en este momento, y
donde. No puede creer lo idiota que está siendo. ¿Cómo puede no querer venir a ver a Harry
al hospital? Por Merlín, han estado juntos por años, y no es solo eso. En esos recuerdos,
Scorpius ha podido observar a su padre en estado puro. Sin máscaras, sin vergüenzas, sin
tapujos. Siendo él mismo. No tenía miedo de pedir perdón, o suplicar, o de mostrar lo que
sentía. Si esta relación se hubiese hecho pública, seguramente, el carácter de su padre habría
mejorado mucho. Pero no, tuvo que ocultarla, y Scorpius sabe muy bien que es su culpa. Su
dificil situaición económica la que preocupa a su padre, aunque a él no le parezca ni dificil ni
le preocupe.
Ha pasado un rato desde que Albus dejó de llorar y se quedó profundamente dormido. Aun
tiene los regueros de lágrimas sobre sus mejillas, pero los puños ya no aprietan su ropa.
Siente su estómago rugir, hace siglos que no come. Hace siglos que no va a casa o duerme.
Todo este asunto lo ha traido un poco de cabeza los últimos días, y ahora, que está sobre la
cama, con el cuerpo caliente de Albus a su lado durmiendo plácidamente, no se le ocurre
nada más placentero que dejarse caer sobre la almohada e imitarle
No sabe si es porque ya estaba medio dormido o simplemente que su cerebro está apunto de
apagarse, pero no le cuesta más de unos segundos caer en los brazos de morfeo.
Siente una sensación agradable. Un olor dulce y cálido, que le inunda las fosas nasales y le
hace aspirar con más fuerza. Abre un ojo y todo es blanco. No enfoca bien aun, pero todo lo
que ve a su alrededor es de ese color, excepto la luz de sol que se filtra de no sabe donde y
que cae cerca de él.
¿Ha sido todo un sueño? ¿está en su cama? No le suena, pero está muy cómodo. No quiere
moverse, quiere seguir allí entre las sábanas, y con ese olor, y... Y esa mano que se desliza
por su estómago.
Con los ojos de nuevo cerrados sonríe. Da igual donde esté porque está caliente y a gusto.
Gira la cabeza hacia un lado y parpadea un poco, lo suficiente para observar que muy cerca
de la suya, hay otra cara. Una piel pálida y limpia. De labios entreabiertos y respiración
profunda. Frunce el ceño, no recuerda haberse acostado con nadie.
¡Mierda!
El medimago está dormido de lado, encogido sobre sí mismo, con una mano bajo la
almohada, y la otra que antes descansaba sobre su vientre se ha recogido y ahora está bajo su
cabeza.
—¿Qué hora es? —se pregunta a sí mismo.
Ve el chisme de Scorpius sobre la mesa y alarga el brazo hasta alcanzarlo, con el movimiento,
el rubio ha gruñido y ha alargado el brazo buscando a tientas en la cama. Se aparta con
cuidado de no ser muy brusco y se levanta intentando no despertarle.
Es tarde, sus hermanos, su madre, y probablemente todos los Weasley deben estar en la
habitación y se preguntarán donde están. Su ropa está totalmente arrugada, y su pelo echo un
auténtico asco. Por Circe, si hasta tiene las clásicas marcas de sábanas en su cara...
—¡Ya voy! —responde este con la voz tomada y sin cambiar si quiera un poco su postura en
la cama.
—No sé, nisiquiera sé a qué hora llegamos o cuándo nos quedamos dormidos.
La cara de Scorpius se queda roja al oír la expresión “nos quedamos dormidos” Ahora
recuerda con algo más de claridad, que se calló dormido junto a Albus y que seguramente
este habrá alucinado al despertarse y encontrarselo allí. Casi no puede mirarlo a la cara,
¿cuántos años tiene? ¿catorce? Intenta tranquilizarse y se abrocha la bata, mientras arregla la
cama antes de irse.
Cuando se pone junto a Albus en el espejo alza una ceja, ¿cómo demonios han dormido?
Ambos tienen el aspecto de haber pasado bajo un huracán, y vale, el cabello de Albus
siempre está un poco alborotado, ¿pero el suyo?
—¡Ya voy! —grita mientras se vuelve a por él— que pesados... ¿estás listo? ¿o necesitas
quedarte algo más? —le pregunta a Albus que en ese momento está intentando que su jersey
no parezca un acordeón.
—No, estoy listo, seguramente mi madre y mis hermanos me estén esperando. ¿Necesitas un
hechizo para alisar tu bata? —le pregunta asumiendo que el rubio no habrá hecho ese hechizo
en su vida, acostumbrado a que se lo hagan todo.
—¿Scorpius?
Se para en seco probocando que Albus, que salía de la habitación tras él, choque contra su
espalda.
Draco mira a uno y a otro y dentro de la habitación abierta, donde solo hay una cama y una
mesa. No es la primera vez que visita a su hijo en el hospital, y la verdad, cuando le dijeron
que estaba descansando, no se imaginaba...
Pero cuando se da cuenta de quién está tras él, sus ojos se abren aun más que los de su hijo.
—¡Qué demonios...!
Albus se cruza de brazos y le lanza una mirada amenazante, casi intimidatoria, si no fuese
porque Draco ya no podría intimidarse ante nada, y sobre todo, porque esos ojos tan verdes,
le recuerdan demasiado a otros y su respiración casi se detiene.
—Nosotros... estabamos...
Scorpius habla e intenta alisarse la bata a la vez, auque no consigue ninguna de las dos cosas.
—No creo que tengas que darle muchas explicaciones, visto las que él te ha dado a ti, ¿no es
así?
Los ojos de Draco se entrecierran y Albus se endereza para intentar parecer más alto.
—Yo sé muy bien lo que estoy haciendo aquí —responde cargado del mismo tono de
reproche—, lo que no sé, es qué está haciendo él.
Por las cosas que le está diciendo, está claro que Albus Potter también sabe sobre la
existencia de la relación entre Harry y él.
Su nombre sale como una exalación por su boca, ese nombre que solo ha pronunciado delante
de él, solo en su presencia. Ese nombre que besa sus labios al salir por su boca y que regala
música a sus oídos. Que duele como un rayo que atraviesa su cabeza y que no sabe si va a
poder volver a pronunciar.
—No, papá —dice Scorpius interviniendo—, Albus es el dueño de la casa de Harry ahora,
él... —no termina la frase, se vuelve hacia el moreno que sigue mirando a su padre como si lo
retase a decir una sola palabra.
Ambos se alejan un segundo y, mientras, Albus espera cerca de la puerta. No sabe porqué se
queda y no se va de allí, pero tiene la necesidad de hacerlo y además, también quiere una
explicación de Scorpius después. Se pregunta cuando ha comenzado a tomar esas deferencias
con el rubio, pero él se ha abierto aun más, asi que espera que no sea demasiado.
Ambos Malfoy parecen discutir, y él intenta pretender que escucha algo, aunque para su
desgracia, ni una palabra llega hasta él.
Al cabo de un rato, ambos se acercan, pero solo Scorpius lo suficiente como para hablarle.
Sabía que algo así pasaría, cuando vio todas esas imágenes en el pensadero, ya imaginaba que
en algún momento el patriarca de la familia Malfoy aparecería para reclamar ver a su padre.
Que se aprovechase de que después de todo lo que había pasado fuese incapaz de mirar a
Scorpius a la cara y decirle que no, le parecía de lo más manipulador.
Pero, Merlín, en unas horas había vivido demasiadas cosas con él. Han discutido, han
viajado, han visto el pensadero, ha estado cuidando de su padre, y ha llorado sobre sus
brazos. Y dormido junto a él. Son demasiadas emociones para ahora decirle que no y que no
le remuerda la conciencia.
—Sabes tan bien como yo que esa sala va a estar atestada de familiares y amigos. ¿Cómo se
supone que los vamos a sacar de ahí y que él entre sin que nadie se de cuenta?
Mientras, él y Albus permanecen fuera de la habitación en silencio, el uno al lado del otro
apoyados en la pared. De vez en cuando se miran pero no dicen una palabra. Hasta que
Scorpius siente que va a explotar.
—Cuando todo esto pase... —dice mirando al suelo—, ¿vas a seguir odiándome como hasta
ahora?
—Nunca fuiste alguien a quien le tuve aprecio, pero eso no significa que te odiase, odio es
una palabra muy fuerte.
—Yo no soy ellos. Dormimos en la misma habitación siete años, y jamás te toqué un pelo.
Puede que en algunos momentos me cayeses peor... pero no tenía nada que ver con eso, si no
con tus calificaciones en pociones —dijo con algo de sorna.
Scorpius le lanza una mirada asombrada. ¿Por sus notas? ¿Lo único que Albus tenía en su
contra eran las notas? Es cierto que siempre eran ellos dos los que competían por las primeras
posiciones en Slytherin. Ninguno de sus compañeros de habitación, o siquiera las chicas
conseguían nunca ni la primera ni la segunda posición, ni siquiera se esforzaban en ello, a
sabiendas que siempre se discutian entre él y Albus.
—Siete años... estuve siete años creyendo que, como el resto, me odiabas por quien era. Tuve
miedo de dormir en esa habitación y de lo que tú y tus primos pudieseis hacer. ¡Y todo por
unas malditas notas! Merlín, eres un crío.
—No es eso, solo quería poder tener las mejores calificaciones y que nadie pensase que era el
mejor porque mi padre era Harry Potter.
—La gente es estúpida.
—Que la gente es estúpida, da igual lo que hagas, como te comportes, siempre van a tener
algo que criticar. Tú padre es un héroe, valiente, y todo eso que todo el mundo mágico
conoce; el mío, de él se dice todo lo contrario... y míranos. Ambos intentando que no se nos
juzgue por ellos. Ambos haciendo exactamente lo mismo, temiendo lo mismo, porque da
igual lo que hayan hecho o lo que digan, sea bueno o sea malo, la gente siempre va a buscar
algo por lo que juzgarte.
—Scorpius, yo...
En ese momento, se oye un ruido muy fuerte dentro de la habitación y ambos se miran. Sin
pensarlo ni un segundo, Albus abre la puerta y entra seguido por Scorpius.
Lo primero que oyen es un pitido muy fuerte, seguramente de los numerosos hechizos que
hay sobre Harry, lo segundo, es a Draco tumbado en el suelo, con los ojos hacia arriba.
Scorpius se levanta y observa como Harry ha empezado a convulsionar, acciona todas las
alarmas, aunque sabe que no va a tardar ni un segundo en aparecer alguien
Este le mira sin entender nada, aunque al segundo, cuando la puerta se abre y ambos Malfoy
han desaparecido lo entiende todo.
—¿Qué ha pasado?
—Aun no lo sabemos. No hay una buena explicación, o al menos una creíble —dice mientras
observa al menos a diez pares de ojos expectantes.
—Sí, está bien —dice sorprendido—, esta mañana todo estaba mal, pasó mala noche y
cuando tuvo ese shock ayer por la noche, todos pensabamos que no lo lograría. Pero hoy,
todos sus órganos funcionan por sí mismos, su respiración y su corazón se han normalizado,
las heridas y huesos rotos por fin han podido ser sanados sin riesgo a crear mayores riesgos
con las pociones y hechizos. Es... bueno, todos en el equipo médico estamos alucinando. Solo
podemos decir que es Harry Potter y que una vez más, ha burlado a la muerte.
Albus solloza, de su pecho sale algo que suena como a roto, y hace que su cuerpo se
desmadeje, siente unos brazos recogerle y ve a Rose llorar a su lado. Ve a su tía Hermione de
rodillas abrazada a su marido y después ya no oye nada, se apoya en el hombro de su prima y
sonríe.
Su cabeza está totalmente embotada, siente nauseas y los ojos hinchados. No sabe cuanto
tiempo ha estado durmiendo en ese incómodo sillón del hospital, qué hora es, que día es...
todo está totalmente confuso y le da vueltas.
“Albus, soy yo. Sé que sabrás quien soy aunque no diga mi nombre. ¿Cómo está tu padre? Si
todo ha ido bien, supongo que debería estar recuperándose. Siento haberme desaparecido de
esa forma sin darte explicaciones, pero mi padre no debía estar allí y si lo encontraban
tendríamos que haber dado muchas explicaciones. Lo siento, de verdad.
No pienses que es algo fácil, ni que se hace a la ligera. He discutido con mi padre y casi
termino desheredado de nuevo. Tienes que ser consciente de que lo que ha hecho es muy
peligroso y que podría haberlos matado a ambos si no se llega ha hacer con la mayor
sinceridad y la mejor de las intenciones. Y no solo eso, tu padre vivirá, aunque no el tiempo
que le hubiese estado estipulado de no haber sufrido este accidente. Mi padre tampoco, ha
sacrificiado bastantes años de su vida. Los ha dado por el tuyo, ¿entiendes? Tu padre va a
vivir los años que mi padre esté dispuesto a no hacerlo. Él muy testarudo dice que como son
de la misma edad, probablemente ambos mueran juntos dentro de quizás cincuenta o sesenta
años... Los sangrepuras, raramente morimos de muerte natural antes de los cientocincuenta
años, así que tendremos a nuestros padres durante muchos, muchos años más.
Aun no sé que van a hacer, si van a contarlo o van a seguir escondiéndose, aunque ahora que
tú y yo lo sabemos supongo que tendrán que pensarselo mejor. Así que espero que esto les
haya servido de lección y por fin puedan vivir a su aire sin preocuparse de nada más, se lo
merecen.
Ha sido raro descubrir todo esto contigo, y más duro para ti supongo, teniendo en cuenta la
condición de tu padre. Espero que se recupere pronto.
Un saludo.
S.M.”
Scorpius suspira de nuevo mientras observa las dichosas facturas. ¡Gracias a Merlín que
estudió medimagia! Solo han pasado dos días desde que su padre está en cama recuperándose
del dichoso ritual, y ya está harto de tener que ayudarle con su trabajo. Maldita la hora en que
se ofreció a hacerlo.
—Amo Scorpius, señor —lo interrumpe un elfo—, hay un caballero en la puerta que quiere
verlo.
Scorpius cierra los ojos con pesadumbre. “No, por favor, otro socio de no sé donde, no”
se levanta arrastrando la silla, se alisa sus pantalones claros y se abrocha el primer botón de
su chaleco. Se echa hacia atrás el pelo y mueve el cuello hacia ambos lados.
Baja con solemnidad los escalones hasta la entrada, y cuando está casi llegando a la puerta,
siente como alguien se tira sobre su cuello.
Debido a la fuerza, y sobre todo, a la sorpresa, ambos caen de rodillas sobre el suelo. Sus
manos, casi al instante, se posan en la cintura de Albus que tiene enterrada la cabeza en su
cuello y llora recordándole a aquel día en la habitación de descanso.
El llanto se intensificia haciendo que Scorpius piense lo peor, con una mano sobre el pelo
rebelde y moreno, intenta apartar la cabeza para poder preguntar que demonios está pasando.
Pero entonces, Albus se separa de él y Scorpius siente como atrapa su cara con ambas manos,
que parecen enormes y cálidas en ese momento. Se siente atrapado, con esos ojos verdes
mirándolo tan cerca, indescifrables, invitándolo a conocer más.
—Él está bien —dice con una sonrisa enorme—. Gracias, gracias, Scorpius. Gracias.
De rodillas, sobre el frío suelo de mármol de la mansión, Albus Potter lo abraza con fuerza,
se lo bebe despacio, lo atrapa y él se deja vencer. Se cae hacia atrás, sentándose sobre sus
piernas y aferrándose con ambas manos al cuello de Albus. Sintiéndo que nada malo va a
pasar a partir de ahora, porque él está ahí enterrado y lo demás está demasiado lejos ahora
para que pueda alcanzarle.
Siente como las manos de Albus tiemblan sobre su piel, siente su nariz, chocando contra la
suya, nerviosa y sus labios abriéndose y cerrándose, para luego volver a abrirse de nuevo
reclamando más.
Pero entonces, se separa de él. Se tapa al cara con ambas manos, pero aun así, puede ver sus
ojos regados de lágrimas. Se ríe, pero es una risa nerviosa.