Texto Guia - La Triada
Texto Guia - La Triada
Introducción
Estos fenómenos han alimentado gran parte de la literatura sobre las TIC; la mayoría podría
clasificarse en dos categorías: en la primera, se encuentran los que sostienen que
constituyen dos caras de una misma moneda, indisociables, causa y consecuencia la una de
la otra. Dominada por una marcada visión economicista, esta nueva literatura ha visto surgir
1
“Sólo recientemente, y bajo la presión de ciertas necesidades muy particulares (conquista del espacio,
seguridad y mantenimiento de instalaciones técnicas), ha aparecido en el campo del pensamiento, de forma
concreta, la idea de una «opulencia comunicacional», es decir, de una posibilidad para el ser de entrar en
relación con cualquiera y donde sea, sin sentir esta relación gravada por la distancia como un factor negativo
que polariza su campo de representación y de interacciones." Moles, Abraham. La educación en materia de
comunicación. Unesco. París, 1984. p. 22
unos escribas de la información: los teóricos del marketing (management), que han
trasladado a la red ese modelo de gestión comunicativa, heredado del fordismo y el
taylorismo, donde la retención de la información es fuente de saber y de poder (Drucker,
1994; Mattelart, 1997). Las nociones de servicio (el nuevo concepto de producto en la
Sociedad de la Información) y de consumo, prevalecen sobre las nociones de cultura,
educación, valores, etc.
Estas posiciones abiertamente pesimistas, ratifican la caracterización que hizo Umberto Eco
(1995/1964) de los apocalípticos hace cuarenta años: el apocalipsis es una obsesión
permanente del que disiente, pero que, además, está por fuera de la lógica de producción,
y al parecer, también, de la de recepción, de la realidad que califica, de la cual teoriza, sin
participar, porque no cree en ella. El integrado está enchufado, rara vez teoriza, actúa,
participa de las lógicas que el medio propone y en muchos casos, las construye.
Las posiciones integradas como las de Bill Gates (1995), Negroponte (1995), Dertouzos
(1997) y De Kerkchove (1999), por mencionar algunos, están en el otro extremo de la
teología del recogimiento (que es la de la contemplación), a la teología del bit (que es la de
la acción). El bit es un elemento indestructible, algo así como el gran hereditario que se
transmite intacto de generación en generación (Bator y Denham, 1997); es la nueva piel de
la cultura, que a través de su modelo de conectividad, le permite a quien se enchufe ser
digital. Y ser digital es un imperativo, so pena de quedar irremediablemente obsoleto en el
nuevo mercado de la información2.
Hay que anotar que actualmente, con la aparición de las TIC, esta tendencia hacia la
teorización por parte de los tecnófilos ha cambiado sustancialmente, en tanto éstas
permiten una mayor compenetración del usuario con las lógicas de producción de las TIC,
más de carácter individual que masivo. Mientras que los medios tradicionales, con lógicas
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Michael Dertouzos, entiende por mercado de la información “el conjunto de personas, ordenadores,
comunicaciones, software y servicios que intervendrán en las transacciones de información entre
organizaciones y entre personas en el futuro.” (1997:28)
de producción más masivas que individuales, han estado más enfocados a la recepción que
al uso, las TIC se centran en brindar al usuario la posibilidad de construir sus propios
contenidos, además de seleccionar el consumo3. Pierre Levy lo constata a manera de
exhortación a sus colegas intelectuales, aún afincados en posiciones tecnófobas:
Guardar distancia, actualmente, del entusiasmo tecnológico, es una necesidad para realizar
un análisis crítico, para volver a la teoría, sin menoscabo del entramado social, cultural y
simbólico dentro del cual se inscriben las prácticas ordinarias de la comunicación en
3
El fenómeno de la Web 2.0 ha incrementado estas posibilidades anunciadas desde hace más de 10 años
tanto en positivo como en negativo. Ya lo evidenció en su momento Luis Ángel Hermana (1996) desde su
revista electrónica (Enredando) de reflexión y análisis sobre la vida en internet: “Estamos en la era de la
estandarización, la homogeneidad, el pensamiento único. Toda esa gente que trata de ser diferente, de
contarnos cosas tan extrañas (e "inútiles"), nos parecen, como menos, sospechosas. Algo en nuestras mentes
se ha encallecido que nos impide percibir la divertida rebelión que están perpetrando al desviarse de las
normas establecidas de lo que es información correcta y conocimientos aceptables. Basta mantener los ojos
un poco abiertos y atentos, para apreciar la riqueza de colores de esta paleta comunitaria con la que miles de
personas están "pintando la cueva digital", como reclamaban los organizadores de la primera Expo Mundial
en Internet. Son estos trazos aparentemente caóticos los que, finalmente, imprimirán el sentido colectivo de
la Red, y no las conocidas rayas, círculos y figuras geométricas que pueblan el mundo de los intercambios
comerciales.”
ámbitos como el educativo. Prácticas que no sólo tienen que ver con las condiciones
materiales de producción de las tecnologías de información y comunicación, sino con la
realidad socio-cultural donde se inscriben. Es necesario reconocer que la inmersión
simbólica del intercambio social (constitutiva de una cultura y de una sociabilidad) se
transforma radicalmente con la irrupción de las TIC.
Esta relación de la Triada está cada vez más mimetizada, entre el sistema comunicativo y el
sistema cultural (García Canclini, 1995; Augé, 1992). Tomando como punto de partida que
la cultura está constituida por prácticas significantes (Fornäs, 1998) y que la lógica
mediática es una lógica de acción (Mattelart, 1988), entenderemos por qué las TIC
inauguran nuevos lenguajes y nuevos procesos de comunicación que exigen una
transformación profunda en los regímenes de saber que han prevalecido milenariamente
en la institución educativa, caracterizados por un modelo de comunicación vertical,
unidireccional y transmisionista.
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Lo que llamó Alan Renaud (1990): un punto de vista miope y reductivo del pensamiento técnico inmediato
donde “se puede constatar hasta qué punto la mayoría se contenta con gestionar los datos científicos y
técnicos más inmediatos sin la mínima tentación, la más pequeña distancia crítica; prueba, si fuese necesario,
de la enfermedad filosófica, epistemológica y cultural reinante.” (p. 15)
5
El término “escuela” designa aquí a una institución que no sólo recoge los diferentes niveles desde la
educación básica hasta la educación superior, sino que engloba, además, el concepto de formación
relación con la comunicación y las TIC. En particular, se trata el destiempo referido a los
modelos de comunicación6 que han prevalecido en la institución educativa, lo que conlleva,
entre otras razones, a una sistemática negación frente al descentramiento cultural que sufre
el libro (su eje tecno-pedagógico tradicional) en la sociedad contemporánea. Los modelos
de comunicación que han dominado las prácticas docentes, dan cuenta de unas
concepciones de saber y de sujeto que revierten, generalmente en un rechazo a las TIC o
en una incorporación irreflexiva de las mismas.
continuada; en tanto ésta (la formación) se inscribe en “la relación sistémica entre contexto, sujetos, saberes
y maneras de distribución institucional del conocimiento.” Echeverri y López (2005:36)
6
Sobre los Modelos de Comunicación ver el artículo de la profesora Gloria Álvarez: “Modelos de Comunicación
en la Educación: opciones para entender el trayecto de apropiación tecnológica”, disponible en este
Monográfico.
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Lev S. Vigotsky (1896-1934) se refería al lenguaje y a las herramientas como instrumentos mediadores de la
actividad del hombre, tanto en el ámbito interno (los signos), para organizar el pensamiento; como en el
ámbito externo (la técnica), para organizar la relación con el mundo y con los otros. A la primera la denominó
mediación semiótica y le concedió una importancia fundamental en el desarrollo del sujeto, en tanto, el
mundo sígnico es responsable en gran medidad del crecimiento psicológico e intelectual del sujeto.
Lo que Leroi-Gourhan (1988) reconoce como constricción, Ortega (1989) le llama necesidad;
para ambos la creación técnica del hombre es una respuesta transformadora a las
circunstancias impuestas por la naturaleza. Transformadora, porque todo el repertorio de
actos técnicos no están orientados a adaptarse a las circunstancia sino a modificarlas, a
crear, en palabras de Ortega una nueva naturaleza puesta sobre aquélla, una
sobrenaturaleza (1989:34).
Primero habría que decir que la tríada útil-lenguaje-memoria posibilita el retorno hacia las
fuentes, como le llama Pierre Levy (1999) a ese movimiento de autocreación que ha hecho
surgir la especie humana. La triada, tanto en su variante paleontológica como
contemporánea, permite dar cuenta de diferentes procesos de transformación de un modo
a otro de ser.
[…] en una perspectiva que va del pez de la era cuaternaria, se cree asistir a una serie de
liberaciones sucesivas: la del cuerpo entero en relación con el elemento líquido, de la
cabeza en relación con el suelo, la de la mano en relación con la locomoción, y finalmente
la del cerebro con relación a la máscara facial”. (1971, p. 29).
Este proceso sucesivo de liberaciones lleva al hombre a una posición única en el reino
animal: la bipedia. Posición que introduce al hombre en una perspectiva relacional entre su
cuerpo como equipamiento técnico y la naturaleza, a la que hasta ahora se ha adaptado.
Esta perspectiva relacional de la bipedia le permite al hombre domeñar la naturaleza, ya no
adaptarse a ella y sobrevivir, sino construir un nuevo ambiente artificial, una
sobrenaturalaza. La continuidad biológica con otros mamíferos se rompe con la liberación
de los constreñimientos técnicos incorporados biológicamente a la sinergia corporal:
La bipedia le entrega al hombre, además, una nueva visión del mundo, más enfocada al
horizonte que a la tierra: el hombre ya no ve el límite, sino la posibilidad de ampliar su
espacio vital. Hay una redimensión del entorno y de los objetos que le rodean, cambia la
percepción espacial y temporal que determina profundamente el desarrollo de unas
prácticas productivas (técnicas de producción, construcciones e industrias), prácticas
expresivas (lenguaje oral, escrito y corporal) y prácticas sociales (formas de relación que
cambian con la evolución del lenguaje, las transformaciones en la locomoción).
Sin embargo, tanto la verticalidad, que le posibilita al hombre caminar sólo con los
miembros inferiores y hacer fuego con sus miembros superiores, que son actos técnicos,
como comer o dormir, que son actos naturales, constituyen repertorios fijos. Desde el punto
de vista de Ortega (1989), no basta que el hombre posea inteligencia técnica para que la
técnica exista, es necesario que el hombre tenga una conciencia de su ser técnico, es decir
de sus capacidades de creación y transformación. Cuando se desterritorializan el útil y el
lenguaje de un mismo órgano (la mano o la cara), su doble funcionalidad, motora y
actuante, se separan. ¿Cómo reintegrar estas dos funciones para darle un sentido a lo que
hacemos? La respuesta está en la memoria:
No es, entonces, como se suele afirmar ligeramente, la capacidad técnica lo que diferencia,
fundamentalmente, al hombre del animal: es la conciencia de esa capacidad técnica, el
registro reflexivo de la acción técnica (posibilitado por la memoria), lo que deja advertir esta
diferencia. Esto lo perciben tanto Ortega (1939) como Leroi-Gourhan (1965): en tanto en
algunos animales se revela un tipo de inteligencia que le permite la invención de
instrumentos, pero de igual forma se observa el defecto en su equipamiento: la ausencia
de memoria. El repertorio fijo de los actos técnicos cambiará cuando el hombre dé el paso
del hábito al proyecto, es decir, cuando se reconozca un ser técnico, inventor de sus
inventos, esto es, cuando sus actos estén deliberadamente orientados a un fin.
Estas preguntas pueden responderse con la caracterización que hace Giddens (1997) de la
sociedad contemporánea. La sociedad actual vive como ninguna otra los efectos de la
separación entre el tiempo y el espacio. En la tríada paleontológica, la liberación del útil,
pero particularmente, la liberación del lenguaje, marcaron el inicio de ese proceso de
desterritorialización, que es la separación espacio-temporal: “pues se eleva la actividad
humana por encima de la inmediatez de la experiencia animal” (Giddens, 1997, p.37)
La experiencia mediada, que es la base de la cultura, se construye cada vez más por el
intercambio simbólico con mediación tecnológica. La sociedad contemporánea encuentra
su dinamismo en la construcción tecnológica de la cotidianidad (Piscitelli, 2002, p.19); que
es, en suma, la cultura donde emerge un nuevo tipo de sociabilidad que convive, no sin
resistencias, contradicciones y reservas, con otras formas históricas de sociabilidad.
Los efectos del desenclave (Giddens, 1997), es decir de ese proceso en el que ya no
dependemos del lugar para entrar en contacto con el otro, en el que se erradican las
circunstancias locales de las relaciones sociales, no se dejan esperar: los sujetos pueden
moverse en su campo social, relacionarse, sin sentir esta relación gravada por el tiempo o
por la particularidad de la localización. El resultado más visible de este proceso es la
rearticulación de las relaciones en regiones espaciotemporales indefinidas, la configuración
de un sistema de comunicación que puede operar indistintamente y de manera simultánea
entre lo local y lo global a través de diversos canales (redes telemáticas). Retomando a
Giddens (1997), efectivamente el cuándo ya no está necesariamente conectado con el
dónde.
El grado en que un medio sirve para modificar las relaciones espaciotemporales no depende
primordialmente del contenido de los «mensajes» que transmite, sino de su forma y sus
modos de producción. Innis señala, por ejemplo, que la introducción del papiro como
soporte de la escritura, amplió en gran medida el ámbito de los sistemas administrativos,
pues era mucho más fácil de transportar, almacenar y reproducir que los materiales
anteriormente utilizados. (Giddens, 1997, p.38)
Los efectos de la desmodernización están en el centro de lo que Alan Touraine llama “crisis
del pensamiento referido a la educación” (2000, p. 274). Una crisis que sorprende más si se
parte del hecho de que se vive en una sociedad en la que las innovaciones de la tecnociencia
—como se ha dado en llamar en la contemporaneidad a ese híbrido entre ciencia y
tecnología— han incidido profundamente en los cambios de la sociedad en los últimos 30
años. Por un lado, la biotecnología con la ingeniería genética, cuyo potencial para manipular
la vida, no sólo vegetal y animal, sino humana, ha abierto posibilidades inéditas de
aplicación para la medicina, para la ecología y para la agricultura; y por el otro, las
tecnologías de información y comunicación (TIC), con la telemática, la multimedia y el
hipertexto que han materializado un nuevo modo de producir, comunicar, gestionar y vivir
(Castells, 1996).
Los estudios que se han interesado en este fenómeno de las innovaciones de la tecnociencia
se caracterizan, en su mayoría, por un marcado acento en los artefactos, particularmente
en el sector de las TIC —que constituye el de mayor capacidad de penetración en la vida
cotidiana—. De allí que en ellos se soslayen los asuntos de la información, la comunicación,
la educación y la cultura que le son esenciales y que trascienden la óptica de los usos y de
la instrumentalización. Le son esenciales, entre otras cosas, porque más que el desarrollo
material del artefacto, lo que esta convergencia de las telecomunicaciones y de la
informática propicia es “el establecimiento de un denso mercado mundial de símbolos, y con
ello, el fenómeno de globalización de la cultura” (1996: 5).
Que las culturas están hechas de procesos de comunicación es algo que ya no está en
discusión. Esos procesos de comunicación han generado en la historia de la humanidad
ciertas reglas o convenciones a través de las cuales el hombre aprende, describe y crea
vínculos sociales. Estas reglas y convenciones se conocen como modelos. Los modelos de
comunicación han evolucionado con el hombre; caducan o se transforman de acuerdo con
el contexto social, de hecho, muchos modelos de comunicación se han convertido en
verdaderas instituciones sociales. (Williams, 1971)
Para Raymond Williams la idea de una educación permanente está asociada con los
conceptos de enseñanza y cultura democrática, pero entendidos en un lenguaje nuevo y
significativo más abarcador. Un lenguaje que entre a reforzar el vigor educativo de toda la
práctica social, relacionada no sólo con la educación ininterrumpida de carácter formal o
informal sino “con todo lo que el medio ambiente, con sus instituciones y relaciones, enseña
de un modo activo y profundo”. (1971: 13) De allí que el tema de los medios de
comunicación y las TIC se encuentre también en la encrucijada de los problemas de
enseñanza, máxime cuando éstos construyen realidad, modulan de diversas maneras las
ideas que se tejen sobre el mundo y sobre los propios sujetos.
Básicamente Martín-Barbero (1996) reconoce tres destiempos: uno, las deudas del pasado,
los objetivos no cumplidos de la universalización de la escolaridad básica; dos, la imperiosa
necesidad de ampliar y consolidar la educación superior con miras a fortalecer la capacidad
de los países latinoamericanos en la producción de conocimientos y el diseño de
tecnologías; y tres los modelos de comunicación que subyacen a la educación, la cual
encarna y prolonga, como ninguna otra institución, el régimen de saber que instituyó la
comunicación del texto impreso: un mundo de separación, de territorialización y de
linealidad. (1996, 11-12)
Este régimen de saber, centrado en lo que Jesús Galindo (2000) llamó la metáfora de la
inmovilidad, no lo instituyó el libro en sí mismo sino la relación que establecieron con éste
los primeros maestros. Una relación caracterizada primero por el rechazo y segundo por la
incorporación irreflexiva que lo ha reducido a la clara condición de instrumento. Sin
embargo, indicios sobre esta reacción frente al libro (como frente a los nuevos medios que
iban surgiendo) pueden encontrarse en las concepciones de saber y la manera de acercar
a los estudiantes a éste que, reflejan, también, unos modelos particulares de comunicación.
Eliseo Verón (1999) da cuenta, precisamente, de la modalidad de relación mediatizada que
establece el libro con el mundo a partir, inicialmente, de un análisis fenomenológico del
mismo:
“En mi fenomenología, el carácter indicial del libro aparece inmediatamente, tanto desde
el punto de vista del espacio como del tiempo. El libro es ante todo un lugar, un espacio (en
el sentido material del término) en el que se puede entrar y del cual se puede salir. Este
espacio, naturalmente no tiene nada de analógico puesto que un libro no se parece a nada.
Se trata de un espacio de reenvíos y trayectos, de avances y retrocesos, de altos y de bajos;
[…] un libro lo lleva de manera natural, a otro; su biblioteca ha sido desde siempre una
arborescencia hipertextual. Leer o escribir un texto es ubicarlo automáticamente en un
hipertexto. […] Bajo condiciones que discutiremos (más interesantes algunas veces que las
que ofrecen las tecnologías electrónicas, menos interesantes o más limitadas otras veces)
ese mundo fue siempre el nuestro, a través de los libros. […] El hipertexto nació pues hace
unos dieciocho siglos.” (1999, 19-20)
La Triada en la Educación
La tarea de difundir información pasa a ser sinónima de educar. La obsesión en todos los
casos, es la respuesta afirmativa del público, si educar es informar, un sujeto educado
manejará mucha información y se comportará de acuerdo con ella. A partir del supuesto
básico de la eficacia de la información, la sociedad se divide en informadores e informados.
(Prieto Castillo, 1993)
La reticencia de los primeros maestros del mundo antiguo frente a la escritura constituye
uno de lo motivos de la permanencia de la palabra escrita como mero objeto visual. La
memoria era el don más preciado y la mejor manera de acceder al conocimiento, era el
soporte de almacenamiento de la cognición humana. “Confiados en la escritura, será desde
afuera, con caracteres extranjeros, y no desde dentro, desde el fondo de sí mismos, de
donde tratarán de suscitar sus recuerdos...lo que tú vas a procurar a tus discípulos es la
presunción de que ellos poseen ciencia, no la ciencia en sí misma” (Platón, 1983). La
preocupación de Sócrates era que sus discípulos desatendieran a la memoria, condición
biológica y natural del hombre, por una herramienta externa que sólo lograría modificar el
verdadero saber.
Esta reticencia de los maestros antiguos permanece, con muy pocas variantes, en la actual
relación Comunicación, Educación y Tecnología, donde la Tecnología se reduce a medio
para transmitir un mensaje (Comunicación) y producir un aprendizaje (Educación). Tanto en
los programas presenciales como en los de educación a distancia interactiva y virtual, la
noción instrumental y eficientista sigue primando y produce una inercia funcional, una
desintegración cognitiva (Von Foerster, 1996) que imposibilita una adecuada articulación
de las tecnologías de información y comunicación- (TIC) a la escuela.
8
Primero centrada en una tecnología de las máquinas (la enseñanza audiovisual y después en los sistemas
de instrucción (enseñanza programada). Ambas de corte eficientista, responden a diferentes presupuestos
científicos: desde las Ciencias Sociales, con la Teoría Matemática de la Comunicación y la Teoría
Funcionalista y desde la Psicología, con el Conductismo8. Este “reconocimiento científico” es patentado en la
Institución Educativa
prácticas de enseñanza y los procesos de aprendizaje, al manejo funcional de la máquina.
Lineal porque reduce el acto de enseñanza a una transmisión de información, que se da en
una sola vía, sin más respuesta que el acuse de recibo de la misma. Y por último es
uniformadora, porque desconoce la diversidad del sujeto que aprende, el estudiante es
considerado tabula rasa, recipiente vacío que habrá de llenarse, a la manera del embudo
de Nuremberg9.
Esta visión instrumental produce una desintegración cognitiva que trivializa el acto de
enseñanza, compartimentaliza los saberes y establece una relación fija con la tecnología. El
problema fundamental, siguiendo a Von Foerster, es la deficiencia para percibir el cambio
cualitativo que subyace a la evolución de estas tecnologías, para lo cual se precisa
establecer conexiones contextuales, que permitan ver cómo la máquina de Turing10 nos ha
relevado de los procesos de tratamiento y organización de la información para ampliar
nuestra capacidad de aprendizaje y de pensamiento creativo. Sobre este punto insiste
Rafael Flórez:
“El maestro no tiene por qué transmitir ni competir con los transmisores electrónicos más
efectivos de que dispongan las instituciones educativas, pues su lugar está en el fomento
de los procesos superiores del pensamiento y de búsqueda de la verdad, no en la
acumulación de bits de información en los cerebros de los alumnos” (1995, p. xix).
9
Se hace alusión aquí a una metáfora popularizada por el dibujante alemán de comic Wilhem Buch (1832-
1908), donde aparece un estudiante sentado con un embudo en su cabeza y un maestro, con un balde,
echándole todo el conocimiento que tiene acumulado: números, ecuaciones, letras, etc.
10
Alan Turing (1912-1954), matemático y filósofo inglés considerado como uno de los precursores de la
informática moderna, particularmente por la creación de un modelo formal de computador que se conoce
con el nombre de la máquina de Turing. Lo interesante de este modelo es que demostró que existían
problemas que una máquina no podía resolver.
trata, entonces, parafraseando a Seymour Papert (1995), es de eliminar la naturaleza
técnica del aprendizaje a través de la mediación tecnológica. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo
destecnificar las prácticas de enseñanza y los procesos de aprendizaje utilizando los
recursos que nos ofrecen las tecnologías de información y comunicación?
Una de las experiencias mediadas de mayor peso social, expresión canónica de la cultura,
es la educación: sintaxis paleontológica de útil y lenguaje que se actualiza
contemporáneamente como sintaxis cognitiva de tecnología y comunicación. Como
práctica social que se construye en la comunicación, la educación es uno de los ámbitos
privilegiados de construcción de las subjetividades, de reconocimiento propio a través de
otro, en suma, es el ámbito por excelencia de la intersubjetividad. La educación plantea,
por tanto, un tipo de copresencia que se evidencia con mayor claridad en la enseñanza
como proceso formalizado, planeado e intencional.
Para poder entender completamente lo que aquí se entiende por educación en ambientes
virtuales, es necesario aclarar lo que se entiende por virtualización. Lo primero que habría
que decir es que entendemos lo virtual como otra forma de presencia, que se concreta en
diferentes tipos de mediaciones tecnológicas, expresivas y simbólicas.
Un primer plano es el que se expresa en el desenclave, en la separación del aquí y del ahora,
ejercicio de desterritorialización por el cual la contingencia física y geográfica del aula deja
de ser obstáculo; este es el plano de los soportes de la mediación que se caracterizan, como
ya se observó, por actuar a través de medios materiales de cosas que existen y que sirven
para otra cosa, como las tecnologías de información y comunicación. Este plano es el de la
mediación tecnológica.
De allí que EAV entienda la educación en ambientes virtuales como un proceso que
descentra la institución educativa, donde se potencia y se diversifica la presencialidad, en
tanto el tiempo y el espacio, más que una dupla cerrada en la concentración de una
contingencia física (el aula), aparecen en estos ambientes, como recursos ilimitados de la
vida para una comunidad. La ruptura de la unidad espacio temporal, que ha confinado los
procesos de enseñanza y de aprendizaje al aula, reconfigura los roles de profesores y
estudiante y reactualiza la noción de autodidaxia: no es el aprendizaje en solitario, sino el
descentramiento del mismo, en la medida en que éste no está supeditado, en principio, a
un punto definido del espacio o del tiempo.
La mediación didáctica identifica el/los interplanos más apropiados para construir una
competencia y una comprensión, de acuerdo con el tipo de estudiante, de propósito y de
actividad, que aseguren una coherencia interna de los espacios y los procesos de interacción
(sean estos tareas individuales, trabajos en grupo, debates, textos planos, hipertextos,
imágenes fijas o en movimiento, etc.).
Las diversas interacciones que se propician en un ambiente virtual de aprendizaje, bien sea
con el uso de los medios, los contenidos y las metodologías, generan sentidos y significados
en lo aprendido como en lo enseñado. Pues hay un encuentro entre dos sujetos que
explicitan con sus acciones, las intencionalidades de reconocerse como sujetos capaces de
lenguaje y entendimiento, sujetos comunicativos y educables, con iniciativas y con modos
de operar diferente. Un encuentro de iniciativas y de acciones de uno y otro, que tras la
enseñanza y el aprendizaje consolidan una acción recíproca con miras a la consecución de
un mismo fin: el conocimiento.
Bibliografía
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sobremodernidad. Barcelona: Gedisa.
Dertouzos, M.L. (1997) What will be. How the New World of Information will change our
Lifes. Nueva York: Harper Edge.
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Mattelart, Armand y Michelle. (1988) Pensar sobre los medios. Comunicación y crítica social.
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McLuhan, M. (1974) “Cinco dedos soberanos impiden la respiración”. Carpenter, E. y
Mcluhan, M. El Aula sin Muros. Barcelona: Laia.
Touraine, A. (2000) ¿Podremos vivir juntos? La discusión pendiente del destino del hombre
en la aldea global. Santa Fé de Bogotá: FCE.