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Disec Guia

La guía de estudio para el comité DISEC en AMUN 2025 invita a los delegados a aprovechar las oportunidades de aprendizaje y a participar activamente en el debate sobre desarme y seguridad internacional. DISEC, como primera comisión de la Asamblea General de la ONU, aborda cuestiones de desarme y amenazas a la paz, y ha logrado hitos significativos como el Tratado de No Proliferación Nuclear. La situación en Haití, marcada por la criminalidad y la inestabilidad política, requiere un enfoque en el desarme y la reintegración de individuos involucrados en actividades delictivas.
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La guía de estudio para el comité DISEC en AMUN 2025 invita a los delegados a aprovechar las oportunidades de aprendizaje y a participar activamente en el debate sobre desarme y seguridad internacional. DISEC, como primera comisión de la Asamblea General de la ONU, aborda cuestiones de desarme y amenazas a la paz, y ha logrado hitos significativos como el Tratado de No Proliferación Nuclear. La situación en Haití, marcada por la criminalidad y la inestabilidad política, requiere un enfoque en el desarme y la reintegración de individuos involucrados en actividades delictivas.
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GUIA DE ESTUDIO DISEC

Estimados Delegados,

Les doy la bienvenida al comité de DISEC en AMUN 2025. Desde la Mesa,


queremos invitarlos a aprovechar y desarrollar todas las oportunidades de
aprendizaje que encuentren en el modelo; a actuar y evitar que las discusiones
permanezcan enclaustradas en el trabajo de sesión, a trabajar por ese mundo mejor
que planteamos, argumentamos y en el que creemos, pues así el trabajo que
desarrollemos será verdaderamente significativo y el aprendizaje real. Espero, así
mismo, que el nivel del debate sea evidencia de la preparación e investigación
desarrollada por ustedes. Les recuerdo que la guía es una herramienta valiosa para
orientar la investigación, pero es necesario profundizar en esta con el fin de
sobresalir.

Uno de mis objetivos en este modelo es también aprender de ustedes, aprender


cómo las diferentes mentes, personalidades y delegaciones pueden construir
soluciones a problemas complejos que hoy día se encuentran en el centro de la
discusión entre la comunidad internacional. Personalmente, desde la Mesa estaré
dispuesto a ayudarles con lo que necesiten, pues considero que el rol de la Mesa no
es solo el de moderar la sesión, sino también el de servir y formar a los delegados
presentes en su comité. Sin más, les reitero la bienvenida a AMUN en su edición
2025 y específicamente a su comité, DISEC. Muchas gracias,

🔹 Historia y Estructura del Comité:


-Origen y Fundación:

La Asamblea General es uno de los principales órganos del sistema de la


Organización de Naciones Unidas, establecida bajo el Capítulo 3 y guiada bajo el
Capítulo 4 de la Carta. Está compuesta por seis comisiones principales que se
encargan de discutir las diferentes temáticas relevantes para la Asamblea y la
Organización. En lo que respecta su estructura, la Comisión de Desarme y
Seguridad Internacional (DISEC) es la primera Comisión de la Asamblea General,
se encarga de abordar las cuestiones de desarme, las problemáticas y amenazas
mundiales a la paz, que por su envergadura afectan de manera transversal a toda
la comunidad internacional y generan desafíos para la seguridad internacional. La
primera Comisión, considera todas las cuestiones de desarme y seguridad
internacional, que se encuentran dentro del alcance de la Carta o relacionadas con
los poderes y las funciones de cualquier otro órgano perteneciente al sistema de
Naciones Unidas. Entre los principales objetivos y principios mediante los cuales se
guía DISEC, se encuentra primordialmente la cooperación para el mantenimiento
de la paz y la seguridad internacional, así como abordar las cuestiones de desarme
y regulación de los armamentos, la promoción de acuerdos internacionales de
cooperación y medidas para fortalecer la estabilidad mediante niveles más bajos de
armamentos (ONU, 2017).

Dentro de sus competencias, la primera Comisión, como parte de la Asamblea


General y según el artículo 11 de la Carta, está en el derecho de “considerar los
principios generales de cooperación en el mantenimiento de la paz y la seguridad
internacionales, incluidos los principios que rigen el desarme y la regulación del
armamento” (ONU, 1945) y, posteriormente, de aprobar resoluciones que
recomiendan acciones para solucionarlos. A su vez, como las otras comisiones de la
Asamblea General, DISEC no tiene la competencia para imponer sanciones,
autorizar intervenciones armadas o aprobar resoluciones vinculantes. Sin embargo,
la Comisión puede hacer recomendaciones a la Asamblea General y el Consejo de
Seguridad sobre qué debe hacerse en un tema en específico (UNA-MN, 2014).

-Estructura del Comité:

La Primera Comisión, al pertenecer a la estructura de la Asamblea General y de la


Organización de Naciones Unidas, se rige dentro del alcance de la Carta de las
Naciones Unidas y trabaja en estrecha cooperación con otras comisiones de la
Organización, como la Comisión de Desarme de las Naciones Unidas, la Oficina de
Asuntos de Desarme de la ONU – UNODA-, la Conferencia de Desarme y el
Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme -UNIDIR- (ONU,
2017).
La Comisión de Desarme y Seguridad, al ser la primera Comisión de la Asamblea
General, incluye como miembros a todas las naciones que son Estados Miembros
de las Naciones Unidas. Esto se debe a que según la Carta de la ONU todos los
Estados Miembros y observadores de las Naciones Unidas son automáticamente
parte de la primera Comisión de la Asamblea General y tienen derecho a un voto
(UNA-MN, 2014).

En la actualidad, la Comisión cuenta con protagonismo y es una de las principales


dependencias dentro de la Asamblea General y el Sistema de Naciones Unidas.
Esto debido a la preponderancia de sus temas para el mantenimiento de la paz y la
seguridad internacionales. El 15 de septiembre de 2017 se llevó a cabo la sesión
anual de la Comisión, en este caso fue la Sesión número setenta y dos (72) de
DISEC, en la cual se abordaron problemáticas principalmente sobre el desarme y el
papel de los avances tecnológicos en los armamentos.

-Acciones Importantes:

Durante su historia, entre los mayores logros y objetivos cumplidos de la Comisión


se encuentran:

» La primera Resolución de la Asamblea General, titulada “Establecimiento de una


Comisión para tratar los problemas planteados por el descubrimiento de la Energía
Atómica”, fue adoptada por recomendación de la Primera Comisión el 24 de enero
de 1946 en Londres.

» Las Resoluciones de la Asamblea General sobre: el desarme general y completo


(1378), las pruebas nucleares francesas en el Sahara (1379), la prevención de una
mayor difusión de armas nucleares (1380), la suspensión de ensayos nucleares y
termonucleares (1402) y la cooperación internacional en el uso pacífico del espacio
ultraterrestre (1472). Todas estas fueron adoptadas en 1959.

» El Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), adoptado en 1970 y ratificado por


cerca de 190 Estados.

» Actualmente, el Tratado sobre el Comercio de Armas (TCA) entró en vigor el 24 de


diciembre de 2014 y ha sido ratificado por 83 Estados.
-Expectativas del Comité:

El requisito básico del DISEC es la lucha por el cese inmediato de todos los
combates y acciones violentas contra civiles, personal de seguridad e instalaciones.
Es esencial que se establezcan métodos seguros y claros para la entrega voluntaria
de todas las armas de fuego y balas en su propiedad. Esto abarca todo tipo de
armas, bombas y cualquier otro artículo utilizado en la guerra; es indispensable
aplicar el repertorio de prácticas de la primera comisión y sus resoluciones previas
para comprender qué estrategias son adaptables a la situación de Haití.

Es crucial separar completamente cualquier actividad vinculada al crimen


organizado internacional, como el contrabando de drogas, el contrabando de armas,
el contrabando humano y el secuestro. Estas acciones no solo perjudican a Haití,
sino que también causan daños severos para la seguridad local y global.

Una de las medidas a nivel internacional que deben revisar exhaustivamente es la


ejecución del desarme, la desmovilización y las iniciativas de reintegración (DDR)
para las personas que optan por abandonar sus actividades criminales. De acuerdo
al contexto de Haití, ¿por qué esta herramienta siendo una de las más utilizadas del
repertorio de las naciones unidas en cuanto a desarme no ha podido llevarse a cabo
de manera exitosa en el territorio?

🔹 Historia del Problema:


Los Orígenes de la Crisis (Siglo XX - 2004)

La criminalidad en Haití no es un fenómeno nuevo, pero su escalada moderna tiene


raíces en décadas de inestabilidad política, pobreza extrema y gobiernos corruptos.
Durante el siglo XX, el país sufrió bajo dictaduras brutales, como la de François
Duvalier ("Papa Doc") y su hijo Jean-Claude ("Baby Doc"), que usaron bandas
armadas (Tonton Macoutes) para aterrorizar a la población. Tras la caída de los
Duvalier en 1986, Haití vivió periodos de golpes de estado y gobiernos débiles,
creando un vacío de poder que permitió el surgimiento de grupos delictivos.

Después de una situación de inestabilidad y fragilidad política tan alarmante, por


parte de la ONU se decidió encabezar una misión que apoyara a las instituciones
existentes en Haití a través de reforzar la situación de seguridad general y se realizó
inicialmente con la creación de Fuerza Multinacional Provisional en Haití (FMP) la cual
fue una fuerza militar internacional que operó en Haití entre 2004 y 2006, tras el exilio
del presidente Jean-Bertrand Aristide. Su objetivo principal era restablecer el orden y
la seguridad en el país, que se encontraba en crisis. La FMP fue un precursor de la
posterior Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH).

La FMP fue establecida por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en


respuesta a una solicitud de varios países, incluyendo Estados Unidos, para ayudar
a Haití a superar la crisis. La fuerza estaba compuesta principalmente por tropas de
Estados Unidos, pero también contó con la participación de otros países.

La FMP desempeñó un papel importante en la estabilización de Haití durante un


período de gran inestabilidad política y violencia. Su presencia ayudó a crear un
entorno más seguro para que las autoridades haitianas pudieran retomar el control
del país y comenzar a reconstruir la economía.

La MINUSTAH, sucesora de la FMP, fue establecida en 2004 y continuó la labor de


estabilización y apoyo a Haití hasta 2017. La MINUSTAH fue una misión de las
Naciones Unidas que se centró en el restablecimiento de la seguridad, la promoción
de procesos políticos transparentes, la protección de los derechos humanos y el
apoyo a las instituciones gubernamentales haitianas

Con este vacío de poder Haití quedó sumido en el caos y ni la presencia de una
nueva Misión de Naciones Unidas, ni las gestiones del nuevo presidente Boniface
Alexandre consiguieron evitar los más de 2.000 muertos que la climatología, junto
con las revueltas, dejaron a su paso por las tierras haitianas.

El Punto de Inflexión (2004 - 2010)

En 2004, el presidente Jean-Bertrand Aristide fue derrocado en un violento


levantamiento, sumiendo al país en el caos. Bandas armadas, muchas formadas por
ex-militares o antiguos partidarios políticos, comenzaron a controlar barrios enteros.
En junio de 2005, 9.400 efectivos de la ONU preparaban el camino para celebrar los
comicios generales presidenciales que el 7 de febrero de 2006 le dieron la victoria al
partido La Esperanza y con él a su candidato René Préval. Las iniciativas del
Secretario General de la ONU junto a la predisposición de los países cooperantes en
MINUSTAH hicieron que se prorrogase la Misión con objeto de estabilizar la situación
y de fortalecer con nuevos aires a la policía haitiana.

De conformidad con la Constitución vigente de 1987, Boniface Alexandre,


Presidente del Tribunal Supremo, fue nombrado Presidente provisional. A mediados
de marzo, un Consejo de Sabios de siete miembros representativos de los sectores
claves de la sociedad haitiana, nombró Primer Ministro a Gérard Latortue. El
Gobierno provisional cesará en sus funciones el 7 de febrero de 2006, entregando el
mando al nuevo Presidente electo, tras la celebración de elecciones municipales,
legislativas y presidenciales (en principio previstas para diciembre de 2005 y enero
de 2006). Desde la Administración Alexandre Latortue se lanza a la iniciativa del
Diálogo Nacional, con vistas a propiciar el acercamiento entre las distintas
formaciones políticas (incluido Fanmi Lavalás, partido del ex Presidente Aristide) y
con el fin de lograr, desde una aproximación democrática, la necesaria estabilidad
institucional en el periodo de transición, tras los comicios de finales de año y
principios del siguiente.

Durante 2009, el país ha seguido por un lado un camino de estabilización política,


incluyendo un cambio de gobierno que no ha provocado las tensiones de antaño, y
por otro un aumento de la inseguridad ciudadana que ni las fuerzas de seguridad
haitianas, ni las fuerzas de MINUSTAH pueden atajar. Ha aumentado el número de
secuestros, tanto de turistas como de residentes de otros países, produciéndose
frecuentes robos y asaltos en los barrios residenciales. Persistieron los motivos de
preocupación respecto a la seguridad pública. La implicación de agentes de policía
corruptos, en secuestros hizo que se remarcaran los llamamientos en favor de
someter a una investigación exhaustiva a la Policía Nacional de Haití. En abril, entre
manifestaciones de protesta por el aumento del precio de los alimentos básicos, y
después de que prosperara en el Senado una moción de censura, el primer ministro
Jacques-Édouard Alexis se vio obligado a dimitir. Comercios y escuelas tuvieron que
cerrar como consecuencia de los saqueos y los actos de violencia registrados
durante las manifestaciones.

El país estuvo cuatro meses sin un gobierno efectivo, lo que paralizó proyectos de
desarrollo esenciales e impidió aprobar los presupuestos del Estado. En julio, el
Senado y la Cámara de Diputados ratificaron a Michèle D. Pierre-Louis como
primera ministra. El aplazamiento hasta 2009 de las elecciones para renovar un
tercio del Senado –cuya celebración estaba prevista para el primer trimestre de
2008– puso en peligro la capacidad del Estado de legislar, pues en muchas
sesiones no había quórum en la Cámara Alta. A principios de octubre, el Consejo de
Seguridad de la ONU renovó por quinto año el mandato de la Misión de
Estabilización de la ONU en Haití (MINUSTAH). A mediados de este mes cuatro
huracanes pasaron por Haití, sumiendo durante unos días al país en el caos. El día
20 diversas mociones de censura del Senado provocaron la dimisión de la primera
ministra, lo que llevó al presidente Préval a la remodelación del Gabinete ministerial.

El 7 de noviembre es nombrado primer ministro Jean Max Bellerive, anterior ministro


de Economía y el 29 de ese mismo mes toma posesión el nuevo gabinete. El 1 de
enero de 2010, Préval prometió unas elecciones imparciales para el 28 de febrero,
aunque no habló de la exclusión de quince grupos políticos. Los opositores acusan
al consejo electoral designado por la presidencia de favorecer al nuevo Partido
Unidad, de Préval.

El Terremoto y el Colapso (2010 - 2021)

El devastador terremoto de 2010 empeoró todo. Más de 200,000 personas


murieron, y el Estado colapsó. La ayuda internacional llegó, pero gran parte fue mal
gestionada o robada. Las bandas criminales se fortalecieron, aprovechando el caos
para traficar armas, secuestrar y controlar territorios.

El 12 de enero de 2010 la capital de Haití quedó bajo los escombros. En pocos


segundos, un movimiento sísmico de 7 grados en la escala de Richter dejó el 65%
de las construcciones en la zona metropolitana de Puerto Príncipe-Pétionville
totalmente colapsadas o con un alto grado de destrucción. Más de 200.000
personas perdieron la vida y más de dos millones quedaron en la calle. El centro de
comando de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas (Minustah) también
colapsó, dejando sin cabeza a la fuerza de militares de múltiples banderas que
operaba en el país.

El presidente, René Préval, vio cómo el Palacio de Gobierno, para muchos emblema
de la añorada belleza que un día tuvo la ciudad, se hundía de repente. El primer
ministro, Jean-Max Bellerive, salió a recorrer la ciudad para evaluar el daño subido a
un mototaxi, con el cual fue a buscar a los funcionarios del gobierno para iniciar las
tareas de coordinación de la crisis. El Palacio de los Ministros colapsó, las oficinas
de la Protección Civil quedaron inservibles y su personal fue privado de los mínimos
medios de coordinación, igual que los alcaldes de las comunas afectadas y los
responsables locales de protección civil. Por la hora del sismo (poco antes de las
cinco de la tarde), una gran cantidad de funcionarios importantes se encontraba aún
en sus centros de trabajo; muchos perdieron la vida.

En resumen, el peor escenario posible: un desastre de proporciones superlativas


que afectó de lleno al centro del poder.

Pero el desastre en Haití no fue el movimiento sísmico. El verdadero problema no


fue una falla que se movió lateralmente y que con toda certeza lo seguirá haciendo
en los próximos meses y años. La catástrofe son los dos millones de personas que
deambulan por las plazas y calles y que viven en espacios precarios superpoblados,
con escasos medios de protección contra la intemperie. Es el medio millón de
desplazados internos, que hoy nadie sabe adónde y en qué condiciones están, ni en
qué medida se han llevado consigo, entre sus ropas, el riesgo del que huyen, con
sus necesidades perennemente insatisfechas.

El desastre en Haití es una población mayoritariamente pobre que hoy se encuentra


en las peores condiciones de inseguridad, condiciones que antes del sismo
caracterizaban sobre todo las zonas de exclusión más violenta de los asentamientos
precarios de Carrefour Feuilles, Bel Air o Cité Soleil, entre otros. Hoy, miles de
personas que luchaban diariamente por alejarse de esa realidad de espanto se
encuentran sumidas en ella, en la marginalización extrema, la insalubridad y la
intemperie; la desesperanza de quienes tocan fondo.

La misma información científica sirve para constatar estas aseveraciones: en la


historia reciente, pocos eventos sísmicos de una escala similar habían provocado
una cantidad de muertos y daños tan importantes como los que acontecieron en
Haití. Los efectos del sismo superaron los de todos los terremotos que se han
registrado desde 1900, aun aquellos que registraron magnitudes mucho mayores.
La información científica, aún en proceso de estudio, indica que la liberación
máxima de energía del terremoto estuvo orientada hacia las zonas de Léogane,
Petit Goâve y Grand Goâve, hacia el suroeste de Puerto Príncipe, mientras que la
ciudad estuvo sometida a una descarga de energía sensiblemente menor. Los
especialistas coinciden en que la intensa destrucción tiene más que ver con la
densidad urbana y el modo de construcción de viviendas que con la distribución
de la energía sísmica.

Por eso, entender las razones que han generado estos efectos permitirá
comprender mejor lo que sucedió en Haití, identificar sus causas y analizar hasta
qué punto su población se encuentra hoy en un riesgo mayor al del pasado. La
clave es el desarrollo. El Informe de evaluación global sobre la reducción del riesgo
de desastres señala que «los países más pobres se ven afectados por riesgos de
mortalidad y de pérdidas económicas en grados desproporcionadamente más
elevados si se los compara con niveles similares de exposición a amenazas». El
informe incluye «estudios de caso en ciudades concretas que indican que tanto la
incidencia de desastres como las pérdidas se vinculan con procesos que hacen que
aumente la exposición de las personas pobres a amenazas, como por ejemplo la
expansión de asentamientos informales en zonas propensas a amenazas».

No es la amenaza física, en este caso la actividad sísmica, lo que determina la


magnitud de la catástrofe, sino la exposición de los grupos sociales. Esto es
resultado de la estrecha relación entre pobreza y vulnerabilidad, que se sintetiza en
el gráfico de la página siguiente y que en el caso haitiano dio como resultado un
complejo y elevado riesgo de desastre.

El nexo entre pobreza y riesgo es más que evidente en Haití. Las cifras son
elocuentes. Haití es el país más pobre del continente: 80% de su población, antes
del sismo, sobrevivía con menos de dos dólares al día. El entorno está degradado a
niveles impresionantes, con solo 2% de cobertura forestal y con procesos
galopantes de erosión y pérdida de tierras cultivables. La principal fuente de energía
es el carbón vegetal, y hasta el momento prácticamente ningún intento de frenar la
deforestación ha sido exitoso. La escasa rentabilidad en la agricultura y la baja
competitividad de sus productos de exportación, dadas la inequidad de los aranceles y
la injusta protección en los países desarrollados, generan un elevado flujo migratorio,
de unas 75.000 personas al año, hacia las ciudades, donde se registra una
urbanización caótica y desenfrenada, con procesos de construcción anárquicos y sin
ningún control. Los cerros de la ciudad estaban cubiertos de pequeñas viviendas
construidas en un cemento pesadísimo y de mala calidad, aglomeradas unas encima
de las otras. Muchos edificios de más de cinco pisos, producto de incipientes procesos
de inversión extranjera, comenzaban a alterar el paisaje urbano, la mayoría de los
cuales también se vio afectada por la mala calidad de su construcción. Por otra parte,
Haití cuenta con un Estado débil, permanentemente afectado por crisis políticas y
conflictos, muchos de ellos determinados por intereses extranjeros, que generan
condiciones de escasa gobernabilidad y corrupción.

Pero, más allá de este panorama general, hay que distinguir los factores globales y
subyacentes del riesgo, cuya configuración se analiza en el gráfico. En primer lugar,
el riesgo cotidiano (la población expuesta a la inseguridad alimentaria,
enfermedades, delincuencia, etc.) que afectaba a una abrumadora mayoría de
haitianos. Paralelamente, un riesgo extensivo, que también afectaba a la población
más dispersa, exponiéndose a miles de impactos de pequeña escala, pero
altamente significativos para sus medios de vida. Fue este riesgo extensivo,
presente en toda la zona rural, el que generó una presión permanente sobre los
centros urbanos, con altas tasas de inmigración, que elevaron la densidad urbana y
la exposición al desastre. Y, por último, el riesgo intensivo, que se ha hecho
manifiesto en la zona metropolitana de Puerto Príncipe, con las características
extremas que ya se han visto.

Claramente, el desastre que se inició el 12 de enero a las 16:53 no se generó en el


subsuelo haitiano: la causas estaban en la superficie y siguen ahí, ancladas en el
desarrollo histórico, la exclusión y la configuración espacial del área metropolitana
de Puerto Príncipe y Pétionville.

Celebradas finalmente las elecciones el 28 de noviembre de 2010, casi 5 millones


de haitianos acudieron a las urnas para elegir al nuevo presidente, renovar 11 de las
30 bancas del senado y la totalidad de la Cámara de Diputados de 99 escaños. Dos
de los 18 candidatos pasan a la segunda vuelta. Los datos presentados por el CEP
otorgaron la victoria a la profesora y ex primera dama Mirlande Manigat, con un
31,37% de los votos; el segundo, a Jude Celestin, con 22,48%, y el tercero al
cantante Michel Martelly, con 21,84%, que quedaba así excluido de la segunda vuelta.
Pero el informe de la OEA echa por tierra ese recuento, en buena parte por los
fraudes detectados. «Se recomienda que el candidato que quedó en tercer lugar
(Martelly) pase al segundo lugar, y el que quedó en segundo puesto (Celestin) pase a
ocupar la tercera plaza», indica el documento. Para la OEA, los ganadores son
Manigat y Martelly, y deben ser ellos quienes se enfrenten en una segunda vuelta.

En Haití, las dramáticas deficiencias policiales han llevado a los ciudadanos de a pie
a administrar su propia forma de justicia mediante linchamientos de presuntos
delincuentes. Con un ejército desmovilizado, una fuerza policial destruida por una
corrupción galopante y con sólo 4.000 hombres (en su mayoría mal preparados),
debe custodiar a una población de unos diez millones de habitantes. Haití es por
ello, entre otros motivos, un país donde no existe la ley. Esto ha generado un boom
del negocio de la seguridad privada y un aumento corrosivo del crimen y la
delincuencia, con una media de 50 muertes al mes. Cabe añadir la creciente
influencia del narcotráfico en el país, el aumento de la criminalidad, la destrucción
medioambiental y la incidencia de la desnutrición infantil y el analfabetismo para
completar un retrato realmente negativo de la situación en Haití. Haití ha firmado la
Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada
Transnacional y sus Protocolos para prevenir, reprimir y sancionar la trata de
personas, especialmente mujeres y niños y contra el tráfico ilícito de inmigrantes por
tierra, mar y aire. Respecto al tráfico de drogas, Haití figura entre los principales
países de producción y tránsito de drogas junto a otros 2276. En este clima de
inestabilidad permanente, el narcotráfico ha echado raíces profundas, afectando al
sistema judicial y a las fuerzas policiales, aprovechado por los traficantes
colombianos que utilizan Haití como puente para llevar la droga a Estados Unidos.

destruyó infraestructura crítica, sino que pulverizó lo poco que quedaba de


capacidad estatal. Como documenta el académico Mark Schuller en Killing with
Kindness (2012), la avalancha de ayuda internacional - más de $13 mil millones
prometidos - terminó beneficiando más a ONGs y contratistas extranjeros que al
propio gobierno haitiano, debilitando aún más sus instituciones. En este contexto
de vacío de poder, el entonces presidente René Préval vio su autoridad
erosionarse dramáticamente, mientras emergían nuevas redes criminales en los
campamentos de desplazados.

Las elecciones de 2010-2011, consideradas "las más sucias de la historia" por el


Observatorio Caribeño de Elecciones, llevaron al poder a Michel Martelly, un
cantante de kompa sin experiencia política. Su gobierno (2011-2016), analizado en
profundidad por la investigadora Jemima Pierre (Haiti: From Revolutionary Slaves to
Powerless Citizens, 2020), se caracterizó por una corrupción desenfrenada y el
resurgimiento de grupos paramilitares. El informe Barreras de Hierro del Instituto de
Justicia y Democracia en Haití (2015) reveló cómo Martelly armó milicias urbanas
para intimidar opositores, mientras desviaba fondos de la reconstrucción -
incluyendo $2 mil millones del Petrocaribe venezolano, según auditorías posteriores.
Fue en este periodo que pandillas como G9 y G-Pèp comenzaron a reorganizarse
bajo protección política, controlando barrios como Cité Soleil y La Saline.

La llegada de Jovenel Moïse al poder en 2017 (en elecciones con solo 18% de
participación) profundizó la crisis. Como detalla el International Crisis Group en Haiti:
The Gang Threat to Democracy (2019), Moïse gobernó mediante decretos tras
disolver el Parlamento en 2020, mientras su círculo íntimo (especialmente el
empresario Joël Vorbe) era vinculado al financiamiento de pandillas por
investigaciones periodísticas de Haïti Liberté. La violencia escaló a niveles sin
precedentes: según la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos
(RNDDH), los asesinatos aumentaron un 200% entre 2017-2021, con masacres
como la de Bel-Air (noviembre 2020), donde 45 personas murieron en operativos
con participación policial.

🔹 Problema actual y cooperación internacional:


Haití se encuentra sumido en una espiral de violencia sin precedentes, donde el
Estado ha perdido el monopolio de la fuerza frente a pandillas cada vez más
poderosas. Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD, 2024), el país ocupa el puesto 172 de 180 en el Índice de Percepción de
Corrupción de Transparencia Internacional, lo que refleja el profundo deterioro
institucional que alimenta esta crisis. El asesinato del presidente Jovenel Moïse en
2021 marcó un punto de inflexión, dejando al país sin liderazgo legítimo y exponiendo
la profunda infiltración del crimen organizado en las estructuras del poder. Hoy, según
la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, 2024), más del
80% de Puerto Príncipe está bajo control de grupos armados.

La Policía Nacional de Haití, con apenas 14,000 efectivos para una población de
más de 11 millones (según cifras de la Misión Integrada de las Naciones Unidas en
Haití - BINUH, 2023), está sobrepasada y, en muchos casos, infiltrada por las
mismas pandillas que debería combatir. Datos de las Naciones Unidas revelan que
al menos un tercio de los agentes han abandonado sus puestos en los últimos años.
El sistema judicial es igualmente disfuncional: informes del PNUD indican que
menos del 10% de los casos llegan a sentencia.

Grupos como el G9, liderado por el exagente policial Jimmy "Barbecue" Chérizier,
han desarrollado tácticas cada vez más sofisticadas. La Oficina de Coordinación de
Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) reportó en 2023 que los secuestros
masivos aumentaron un 130%, con al menos 1,500 casos registrados ese año.
Además, han diversificado sus fuentes de ingreso mediante el tráfico de armas, el
narcotráfico y la extorsión generalizada. Un informe del Panel de Expertos de la
ONU sobre Haití (2023) reveló que el 80% de las armas que llegan a Haití provienen
de Estados Unidos, muchas de ellas desviadas desde Florida. Estas armas no solo
alimentan la violencia local, sino que también fortalecen a grupos que ahora operan
con estructuras casi militares. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y
el Delito (UNODC) estima que las actividades ilícitas de estas pandillas generan
más de 400 millones de dólares anuales. Peor aún, existe evidencia documentada
por la BINUH de que sectores políticos y empresariales haitianos mantienen
vínculos con estos grupos, utilizando su poder para reprimir opositores y controlar
territorios.

El deterioro institucional es total. Como señala la Comisión Interamericana de


Derechos Humanos (CIDH, 2023), el Poder Judicial está paralizado: el 90% de los
jueces no acuden a trabajar por amenazas, y las cárceles —como la sobrepoblada
Penitenciaría Nacional— son controladas de facto por reclusos armados. La Policía
Nacional (PNH), según datos de la Misión de las Naciones Unidas en Haití (BINUH,
2024), ha perdido el 40% de su personal en tres años, mientras pandillas como 400
Mawozo y Kraze Baryè dominan el tráfico de armas y secuestros. Un estudio del
Instituto de Estudios Estratégicos de Haití (2023) calcula que estos grupos generan
$500 millones anuales mediante extorsión y narcotráfico, con conexiones
internacionales que llegan a República Dominicana y Jamaica.

La Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH),


desplegada entre 2004 y 2017, dejó un legado controversial según reportes de
UNICEF y organizaciones de derechos humanos. Su sucesora, la BINUH,
establecida en 2019, ha tenido un impacto limitado según sus propios reportes. En
octubre de 2023, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una nueva misión
multinacional liderada por Kenia, pero datos recientes muestran que su despliegue
ha sido lento.

Programas como los del PNUD para reintegrar ex pandilleros, que según sus
registros solo ha logrado beneficiar a 500 personas en 2023, enfrentan enormes
desafíos. La comunidad internacional ha sido lenta en actuar: el llamamiento
humanitario para Haití en 2024 sólo ha recibido el 30% de los fondos necesarios a
mitad de año según OCHA.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) enfatiza que sin
alternativas para los 1.4 millones de niños que no pueden asistir a la escuela debido
a la violencia, el ciclo de reclutamiento continuará. Los datos son claros: con más de
4,789 homicidios reportados en 2023 (UNODC), un aumento del 47% respecto al
año anterior.

La Organización de los Estados Americanos (OEA) ha mantenido una presencia


constante pero polémica en Haití desde antes del terremoto de 2010. Bajo el
liderazgo del secretario general Luis Almagro, la OEA impulsó en 2016 una misión
de observación electoral que validó los cuestionados comicios que llevaron a
Jovenel Moïse al poder, decisión que según el Centro por la Justicia y el Derecho
Internacional (CEJIL) contribuyó a legitimar un proceso viciado por irregularidades.
En los años siguientes, la organización implementó el Programa de Apoyo a la
Gobernabilidad Democrática, que según reportes internos gastó $15 millones entre
2017-2021 en reformas constitucionales y capacitación judicial, con resultados
mínimos ante el colapso del sistema legal haitiano. La OEA también estableció en
2020 el Grupo de Trabajo sobre Haití, cuyas recomendaciones (incluyendo
sanciones a líderes pandilleros) fueron implementadas sólo parcialmente por los
estados miembros.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha jugado un rol clave en el


financiamiento de infraestructura crítica. Entre 2010-2022, aprobó $2.300 millones
en préstamos para proyectos como la reconstrucción de carreteras y sistemas de
agua potable, pero una auditoría de 2023 realizada por la Oficina de Evaluación y
Supervisión del propio BID encontró que el 60% de estos fondos no lograron
impactos sostenibles debido a la corrupción local y la falta de supervisión. Su
iniciativa estrella, el Programa de Seguridad Ciudadana (2018-2021) que dotó de
equipos tecnológicos a la PNH, colapsó cuando el 70% de los equipos dejaron de
funcionar por falta de mantenimiento, según admitió un informe confidencial
obtenido por el medio Enquet'Action.

La Unión Europea, por su parte, canalizó €420 millones entre 2010-2023 a través
del Fondo Europeo de Desarrollo, concentrados en educación y justicia. Sin
embargo, como documentó el European Court of Auditors en 2022, el 80% de las
escuelas construidas con estos fondos en zonas conflictivas nunca abrieron
regularmente debido a la inseguridad. Su programa de apoyo al sistema
penitenciario (€25 millones en 2015-2018) terminó con solo 2 de 10 cárceles
remodeladas, mientras el hacinamiento carcelario aumentaba al 454%, según datos
de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

A nivel regional, la Comunidad del Caribe (CARICOM) ha intentado mediar


políticamente, organizando tres cumbres extraordinarias sobre Haití entre
2021-2023. Sus esfuerzos por crear un gobierno de transición consensuado
fracasaron repetidamente, en parte por divisiones internas: mientras Jamaica y
Bahamas abogaban por intervención militar, países como San Vicente y las
Granadinas se oponían rotundamente. El único resultado concreto fue la creación
en 2022 del Grupo de Eminentis Personas Caribeñas, cuyo plan de 50 puntos para
Haití quedó en letra muerta ante la falta de financiamiento.
Organizaciones no gubernamentales internacionales han complementado (y en
ocasiones suplantado al Estado haitiano). Médicos Sin Fronteras, operando en Haití
desde 1991, gestiona el 40% de las emergencias traumáticas según su informe 2023,
mientras el International Rescue Committee provee el 60% de los servicios a víctimas
de violencia sexual en Puerto Príncipe. Estas intervenciones, aunque vitales, han
creado lo que la antropóloga Chelsey Kivland (Dartmouth College) denomina "un
Estado paralelo NGOcéntrico", donde la ayuda humanitaria termina perpetuando la
dependencia externa.

La Cruz Roja Internacional ha documentado cómo esta proliferación de actores


internacionales (cada uno con sus propias agendas) genera duplicación de
esfuerzos y confusión. Su informe de coordinación 2022 identificó 14 mapas
diferentes de territorios controlados por pandillas, creados por distintas agencias, lo
que dificulta cualquier estrategia unificada. Mientras tanto, como advierte el Centro
de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), esta cacofonía internacional ha
permitido a las élites haitianas manipular a los donantes, obteniendo fondos sin
implementar reformas reales, un juego peligroso que sigue alimentando la crisis
mientras el país se hunde más en el caos.

Iniciativas Domésticas:

El gobierno de René Préval (2006-2011), en sus últimos meses tras el sismo, intentó
reorganizar las fuerzas de seguridad a través del Plan Nacional de Seguridad
Pública, que buscaba aumentar los efectivos policiales y mejorar su equipamiento.
Sin embargo, como documentó el Centro de Análisis e Investigación en Derechos
Humanos (CARDH), estos esfuerzos se vieron socavados por la fuga de personal
calificado y la falta de fondos, con apenas 9,000 policías para todo el país en 2011,
muchos de ellos sin entrenamiento adecuado para enfrentar a las cada vez más
armadas pandillas urbanas.

La administración de Michel Martelly (2011-2016) optó por un enfoque más agresivo


pero controvertido. Creó la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO), una división
especial de la Policía Nacional (PNH) entrenada para operaciones antigang, que
llevó a redadas espectaculares en barrios como Grand Ravine y Martissant. No
obstante, según informes de la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos
(RNDDH), estas operaciones frecuentemente derivaron en ejecuciones
extrajudiciales y violencia indiscriminada, exacerbando la desconfianza ciudadana.
Paralelamente, Martelly impulsó el Programa de Desarme Voluntario, que recogió
menos de 500 armas en tres años, un fracaso atribuible según el Instituto de
Estudios Estratégicos de Haití a la falta de incentivos reales y protección para
quienes entregaban armas.

Con la llegada de Jovenel Moïse (2017-2021), la estrategia dio un giro más


militarizado. En 2019, mediante decreto presidencial, se creó la Brigada Especial de
Seguridad Territorial (BEST), unidad de élite de la PNH dotada de vehículos
blindados y armamento pesado. Aunque logró algunos éxitos temporales, como la
captura del líder pandillero Arnel Joseph en 2020, un análisis interno de la PNH
obtenido por el medio AyiboPost reveló que el 40% de su equipamiento quedó
inutilizable por falta de mantenimiento en menos de dos años. Moïse también intentó
revivir la disuelta Fuerza Armada de Haití en 2018, proyecto que quedó en apenas
500 reclutas sin capacidad operativa real, según reportes del Observatorio de
Seguridad Ciudadana de Haití.

En el ámbito judicial, los gobiernos post-2010 implementaron medidas igualmente


problemáticas. El Sistema de Justicia de Urgencia (2012), diseñado para acelerar
procesos penales, colapsó por sobrecarga, con tasas de condenas inferiores al 5%
según estadísticas del Colegio de Abogados de Puerto Príncipe. La creación de
Cortes Especiales contra el Crimen Organizado (2015) fracasó ante amenazas a
jueces y fiscales; el emblemático caso del asesinato del periodista Néhémie Joseph
(2019) quedó archivado tras la retirada de tres fiscales consecutivos.

La policía haitiana, por su parte, desarrolló tácticas innovadoras pero insuficientes.


El programa "Policía de Proximidad" (2014), que buscaba mejorar relaciones
comunitarias, sólo cubrió el 15% de los barrios prioritarios por falta de recursos. La
División de Investigación de Secuestros (DAS) logró reducir este delito en 30% entre
2018-2019, según sus propios reportes, pero recayó ante el asesinato de varios de
sus agentes. Incluso medidas tecnológicas como el Sistema de Comando de
Incidentes (2016) se vieron limitadas: el centro de monitoreo con 200 cámaras en
Puerto Príncipe solo funcionaba parcialmente por cortes de energía, como admitió un
informe interno de la PNH en 2020.

Estos esfuerzos nacionales, aunque significativos, se vieron sistemáticamente


minados por tres factores estructurales: la corrupción endémica (el 60% de los
fondos para seguridad se desviaban según auditorías de 2018), la infiltración
pandillera (la PNH estima que 1 de cada 10 agentes colaboraba con bandas en
2021), y la crónica falta de financiamiento (el presupuesto policial nunca superó el
2% del PIB). Como concluyó un estudio del Observatorio Haitiano de Seguridad
(2022), estas medidas "actuaron como paliativos temporales, sin atacar las raíces
económicas y políticas del crimen organizado", dejando al país en una espiral de
violencia que las instituciones nacionales, por sí solas, no han podido detener.
Preguntas Orientadoras:

¿Cómo se puede innovar estratégicamente en cuanto al desarme en el contexto de


Haití entendiendo las limitaciones institucionales que existen?

¿Qué necesita Haití de la comunidad internacional para poder llevar a cabo un


desarme de los grupos criminales?

¿Cuáles son las limitaciones del DISEC en cuanto a esta temática? Entendiendo
eso, ¿Que realmente se puede hacer sin salirse del mandato de esta comisión?

¿Que no ha funcionado en cuanto a las medidas particulares que ha tomado Haití?

¿Cual es la mayor limitante de la comunidad internacional? (en general)

¿Si se pudiese encauzar este debate a un Objetivo de Desarrollo Sostenible, cuál


sería?
Definiciones Claves

1. BINUH - Misión Integrada de las Naciones Unidas en Haití (2019-presente),


sucesora de la MINUSTAH, enfocada en gobernanza y derechos humanos.

2. G9 an Fanmi e Alye - Coalición de 9 pandillas haitianas liderada por Jimmy


"Barbecue" Chérizier, controla el 80% de Puerto Príncipe (UNODC, 2023).

3. MINUSTAH - Misión de Estabilización de la ONU en Haití (2004-2017), criticada


por abusos sexuales e introducción del cólera.

4. Petrocaribe - Programa venezolano de ayuda energética cuyos fondos ($2 mil


millones) fueron desviados según auditorías (2017-2019).

5. PNH - Policía Nacional de Haití, con solo 14,000 agentes para 11 millones de
habitantes y altos índices de infiltración pandillera (BINUH, 2023).

6. 400 Mawozo - Pandilla especializada en secuestros masivos, responsable del


30% de casos en 2021 (OCHA).

7. Tonton Macoutes - Milicia paramilitar de la era Duvalier (1957-1986), antecedente


histórico de las actuales pandillas políticas.

8. Corrupción Sistémica - La corrupción sistémica, o corrupción endémica, se refiere


a la corrupción que se deriva de las debilidades de un sistema u organización, no de
la acción de individuos corruptos. En otras palabras, la corrupción está arraigada en
el sistema mismo, en sus estructuras e instituciones, lo que la hace difícil de
erradicar.

9. G-Pèp - Pandilla rival del G9, controla zonas estratégicas como Martissant.

10. BEST - Brigada Especial de Seguridad Territorial, unidad élite de la PNH creada
en 2019 con resultados limitados.

11. UMO - Unidad de Mantenimiento del Orden, división policial de la era Martelly
acusada de ejecuciones extrajudiciales.
12. CIDH - Comisión Interamericana de Derechos Humanos, documentó
hacinamiento carcelario (454%) y colapso judicial.

13. RNDDH - Red Nacional de Defensa de Derechos Humanos, principal fuente de


datos sobre violencia estatal y masacres.

14. Cólera ONU - Epidemia introducida por cascos azules nepaleses en 2010 que
causó 10,000 muertes (OMS).

15. Secuestros Express - Táctica criminal que aumentó 130% en 2023 (1,500 casos,
UNODC).

16. Tráfico ilícito de Armas - Importación, exportación, adquisición, venta, entrega,


traslado o transferencia de armas de fuego, municiones, explosivos y otros
materiales relacionados desde o a través del territorio de un Estado Parte al de otro
Estado Parte si cualquier Estado Parte concernido no lo autoriza.

17. Estado Fantasma - Término acuñado por Laurent Dubois para describir la
ausencia de instituciones funcionales.

18. Élites parasitarias - Sectores empresariales/políticos que financian pandillas


para control territorial (Investigación AyiboPost).

19. NGOcracia - Sistema donde ONGs suplantan al Estado (ej: 60% servicios
básicos provistos por extranjeros).

20. FAD'H - Fuerza Armada de Haití, disuelta en 1995 y recreada parcialmente por
Moïse en 2018 sin capacidad real.

21. Cortes Especiales - Tribunales anticrimen organizado creados en 2015 que


fracasaron por amenazas a jueces.

22. Plan Nacional de Seguridad - Estrategia post-terremoto 2010 que no superó fase
inicial por falta de fondos.

23. CARICOM - Bloque regional que intentó sin éxito mediar en crisis política
(2021-2023).
24. AyiboPost - Medio investigativo haitiano que expuso vínculos
empresarios-pandillas.

25. La Saline - Barrio de Puerto Príncipe escenario de masacres con participación


policial (RNDDH, 2018).

26. Desarme Voluntario - Programa fallido de Martelly que recolectó solo 500 armas
en 3 años.

27. Economía de la Extorsión - Pandillas generan $400 millones anuales (UNODC,


2024).

28. Puerto de Puerto Príncipe - Controlado por G9, punto clave para el tráfico de
armas y mercancías.

29. Escuadrones de la Muerte - Grupos parapoliciales reaparecidos desde 2018


(documentados por CARDH).

30. Consejo de Transición - Propuesta internacional para gobierno interino,


rechazada por sectores haitianos.

🔹 Conclusión
La situación en Haití representa un fracaso histórico tanto de sus élites políticas
como de la comunidad internacional, un caso de estudio sobre cómo las buenas
intenciones mal implementadas pueden agravar los problemas que pretendían
resolver. Durante más de dos décadas hemos visto ciclos repetitivos: intervenciones
internacionales bien financiadas pero mal concebidas, gobiernos haitianos corruptos
e ineficaces, y una población civil atrapada en medio de una violencia que no cesa.
Los números hablan por sí solos, más de 4,700 homicidios sólo en 2023, el 80% de
la capital bajo control de pandillas, instituciones estatales que existen sólo
nominalmente. Lo más trágico es que esta crisis era previsible y, en muchos
aspectos, prevenible. Las señales de alerta estaban allí desde hace años: la infiltración
de las pandillas en las estructuras estatales, el desvío sistemático de fondos públicos,
el colapso gradual del sistema judicial. Sin embargo, tanto el gobierno haitiano como
los actores internacionales optaron por soluciones cosméticas que trataban los
síntomas sin atacar las causas profundas del problema. La policía haitiana, mal
equipada y peor pagada, ha sido abandonada a su suerte frente a pandillas cada vez
mejor armadas. Los programas de desarrollo han beneficiado más a las ONGs
internacionales que a los haitianos comunes. Las misiones de paz han venido y se han
ido, dejando tras de sí más problemas que soluciones. Hoy Haití se encuentra en un
punto de inflexión crítico. Las pandillas ya no son simplemente grupos criminales, sino
actores políticos con capacidad de veto sobre cualquier iniciativa de gobierno. El
estado de derecho existe más en los discursos diplomáticos que en las calles de
Puerto Príncipe. Y sin embargo, a pesar de todo esto, la resistencia silenciosa del
pueblo haitiano continúa. En los barrios marginados, en las organizaciones
comunitarias, en las iniciativas locales de paz, hay semillas de esperanza que podrían
florecer si alguna vez reciben el apoyo adecuado. El camino hacia la reconstrucción
será largo y doloroso, pero no imposible. Requerirá algo que hasta ahora ha brillado
por su ausencia: voluntad política genuina, tanto de las autoridades haitianas como de
la comunidad internacional, para enfrentar no solo la violencia visible de las pandillas,
sino también la violencia invisible de la corrupción, la desigualdad y la indiferencia
global. Mientras tanto, Haití sigue esperando que su grito de ayuda sea finalmente
escuchado y comprendido en toda su urgencia y complejidad.

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