0% encontró este documento útil (0 votos)
25 vistas47 páginas

Unidad Ii

La Gran Depresión de 1930 provocó una crisis económica y política en América Latina, llevando a un cambio hacia la industrialización dirigida por el Estado y un enfoque en el mercado interno. Este período se caracterizó por un crecimiento lento durante la crisis, seguido de un crecimiento acelerado entre el final de la Segunda Guerra Mundial y 1980, con un aumento significativo de la población urbana. Las perturbaciones externas y la caída de las exportaciones llevaron a una moratoria generalizada de la deuda externa y a la implementación de medidas de ajuste macroeconómico que impulsaron la producción interna y la industrialización en la región.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
25 vistas47 páginas

Unidad Ii

La Gran Depresión de 1930 provocó una crisis económica y política en América Latina, llevando a un cambio hacia la industrialización dirigida por el Estado y un enfoque en el mercado interno. Este período se caracterizó por un crecimiento lento durante la crisis, seguido de un crecimiento acelerado entre el final de la Segunda Guerra Mundial y 1980, con un aumento significativo de la población urbana. Las perturbaciones externas y la caída de las exportaciones llevaron a una moratoria generalizada de la deuda externa y a la implementación de medidas de ajuste macroeconómico que impulsaron la producción interna y la industrialización en la región.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

UNIDAD II – LA PRIMACIA DEL ESTADO.

LA CRISIS DE 1930: LOS EFECTOS POLÍTICOS Y ECONÓMICOS EN


LATINOAMERICA.

INDUSTRIALIZACIÓN DIRIGIDA POR EL ESTADO: La Gran Depresión de los años 1930 y las
perturbaciones del comercio mundial que generó la 2da Guerra Mundial representaron golpes
fatales para el crecimiento liderado por las exportaciones. A nivel mundial, los cambios que
tuvieron lugar pueden resumirse como el colapso de la primera globalización, algunos de cuyos
elementos (el menor dinamismo del comercio internacional y las dificultades para mantener el
patrón oro) ya se percibían desde la Primera Guerra Mundial, pero cuyo certificado de defunción
sólo sería expedido durante la Gran Depresión. El correlato de este proceso fue la creciente
intervención del Estado en la economía, el retroceso del liberalismo a nivel mundial y su colapso
bajo el ascenso del fascismo en varios países y del comunismo en Rusia. Aun en las economías que
mantuvieron tendencias más liberales, la esfera de acción del Estado se amplió bajo la presión por
reformas sociales por parte de los movimientos obreros, la planeación económica en la que por
necesidad incurrieron todas las potencias durante las dos guerras mundiales y la necesidad de
enfrentar las fuertes perturbaciones macroeconómicas generadas por la Gran Depresión.
De ahí surgiría en América Latina un nuevo patrón de desarrollo, que aquí denominaremos
industrialización dirigida por el Estado, un concepto que resalta sus 2 características distintivas: el
foco creciente en la industrialización como eje del desarrollo y la ampliación significativa de las
esferas de acción del Estado en la vida económica y social.2 Un tercer elemento que lo caracterizó
fue la orientación hacia el mercado interno, el aspecto que resaltan tanto el concepto cepalino de
“desarrollo hacia adentro” como al más utilizado a nivel internacional de “industrialización por
sustitución de importaciones”. El surgimiento de la segunda globalización, con la gradual
reconstrucción del comercio internacional y de un nuevo sistema financiero internacional, generaría
también un impacto profundo sobre la región.
El período cubre dos fases enteramente diferentes. La primera, durante la Gran Depresión y la 2da
Guerra Mundial, fue un período esencialmente de transición, caracterizado por un lento crecimiento
económico: 2,6% anual o apenas 0,6% por habitante para el conjunto de los 14 países para los
cuales contamos con información. La segunda fase, que cubre entre el final de la guerra y 1980, y
que puede considerarse como de predominio de la industrialización dirigida por el Estado, se
caracterizó por el mayor crecimiento de toda la historia: 5,5% anual y 2,7% por habitante. La
explosión demográfica y la urbanización acelerada fueron también elementos destacados. La
población, que era de 100 millones de habitantes en 1929, creció a 158 en 1950 y 349 en 1980,
alcanzando un ritmo del 2,7% anual en este último período.3 Por su parte, la población urbana pasó
en el conjunto de la región del 32% en 1930 y 42% en 1950, al 65% en 1980.
Algunos de los países de mayor desarrollo relativo (los del Cono Sur y Cuba) se atrasaron
significativamente y, por el contrario, los dos países de mayor tamaño, Brasil y México, tuvieron el
mejor desempeño. El que las dos economías más grandes hayan sido las de mejor desempeño indica
que el tamaño se tornó un elemento muy importante, de mano de la relevancia que adquirieron los
mercados internos. Algunas economías pequeñas también experimentaron, un buen desempeño. En
todo caso, con excepción del Grupo 3 (el Cono Sur), la tipología de patrones de desarrollo resulta
muy útil para entender la divergencia de los patrones de desarrollo relativo desde la Independencia
hasta comienzos del siglo XX (y, por ende, las desigualdades existentes en 1913 y 1929), deja de ser
útil a medida que nos adentramos en este período.
Las grandes perturbaciones externas y la lenta gestación de una nueva época
El choque externo: La Gran Depresión representó el golpe fatal a la primera globalización.
Desordenó el comercio mundial y profundizó las tendencias proteccionistas que se venían
perfilando a nivel mundial desde fines del siglo XIX, y generó una dramática caída de la actividad
económica en los EE.UU., el centro industrial del que había dependido crecientemente América
Latina luego de que el crecimiento de Europa Occidental se desacelerara a partir de la 1° Guerra
Mundial. Bajo el liderazgo alemán, pero también de las preferencias imperiales británicas y de otras
potencias europeas, y de algunos convenios norteamericanos, surgieron multiplicidad de acuerdos
bilaterales de comercio, que terminaron por generar un colapso del multilateralismo en materia
comercial, que sólo resurgiría cuando el Acuerdo General de Aranceles y Comercio (más conocido
por sus siglas en inglés, GATT) reintrodujo en 1947 el principio básico de no discriminación en
materia comercial (el principio de la “nación más favorecida”), aunque con múltiples excepciones
heredadas del pasado (las preferencias coloniales). Los precios de los productos primarios
comenzaron a caer en forma marcada desde mediados de 1928, antes del derrumbe de Wall Street y,
en algunos casos, como el azúcar, desde mucho antes.
Fuera de lo anterior, al auge de financiación externa del decenio de 1920, que había beneficiado a la
mayoría de los países latinoamericanos, fue sucedido por menores flujos de capital desde mediados
de 1928 y por la interrupción total de dichos flujos poco después.
La dramática crisis financiera de los EE.UU. a partir del colapso de Wall Street en octubre de 1929,
y la secuencia de suspensiones del servicio de la deuda que se desencadenó en todo el mundo,
descompuso el sistema financiero internacional. Habrían de pasar tres décadas para que surgiera
uno nuevo, el mercado de eurodólares en los años 1960, y más tiempo aun para que los flujos de
capital privado retornaran en gran escala a América Latina.
La creación del Fondo Monetario Internacional en la Conferencia de Bretton Woods, en 1944,
aceptó como principio del orden económico internacional que surgió de la 2da Guerra Mundial que
los países pudiesen controlar los flujos internacionales de capitales, aunque aspirando a eliminar
gradualmente dichos controles para las transacciones comerciales. Pero aun esto último sólo sería
restaurado en las principales potencias europeas occidentales en 1958, cuando se constituyó la
Comisión Económica Europea, y en 1990 para las transacciones de capital.
El colapso de las exportaciones y el brusco viraje de la financiación externa en los años 1930
generaron tensiones en la balanza de pagos y en las cuentas fiscales. Si bien los países
latinoamericanos estaban acostumbrados a estos fenómenos, esta vez la escala de los
acontecimientos fue mucho mayor y condujo también al abandono generalizado y definitivo del
patrón oro por parte de los países de la región.
El uso en gran escala de controles de cambios y de acuerdos bilaterales de pagos en el mundo
industrializado se difundió hacia los países de la región. El racionamiento de las importaciones ya
había sido usado de manera generalizada en los países desarrollados durante la 1ra Guerra Mundial
(y lo sería de nuevo durante la 2da), y se convirtió pronto también en parte del arsenal
proteccionista de América Latina. De hecho, debido a la tendencia que todavía predominaba de fijar
los aranceles en términos específicos, estos tendían a deteriorarse en términos ad-valorem con la
inflación, por lo cual el peso de la protección tendió a recaer sobre los controles cuantitativos. A ello
se agregó el uso (y más tarde el abuso) de los tipos de cambio múltiples, siguiendo aquí también
patrones que practicaron varios países europeos.
El caso más importante para América Latina en materia de regulación de precios de productos
básicos fue el del café, donde Brasil había adoptado desde 1907 distintas medidas de retención de
una parte de la cosecha para mejorar los precios. Estos esfuerzos, que se denominaron de “defensa
permanente” colapsaron en octubre de 1929 por las dificultades en acceder al financiamiento
externo necesario. Ante la caída vertical de los precios, los inventarios acumulados con la política
anterior y una secuencia de cosechas excepcionales, el gobierno federal optó por una política de
destrucción física de café, arrojándolo al mar o quemándolo, que financió ahora con impuestos a los
productores del grano. Desde 1931 buscó acordar con Colombia un esquema para retener parte de la
producción. Colombia rehusó inicialmente hacerlo y sólo firmó un acuerdo en 1936 que suspendió
después de intervenir en el mercado durante sólo seis meses (octubre de 1936 a marzo de 1937). La
regulación del mercado del grano sería promovida posteriormente por EE. UU., a comienzos de la
2da Guerra Mundial, a través del Acuerdo Interamericano de Café de 1940, cuyo origen fue
esencialmente político.
Otro ejemplo notorio es el del azúcar. El dramático y temprano colapso de los precios desde 1925
dio lugar primero a medidas para restringir la producción en Cuba, el primer exportador mundial, y
posteriormente al Plan Chadbourne (liderado por un abogado norteamericano asociado a los
intereses azucareros norteamericanos en Cuba), que se firmó en Bruselas en 1931, en el que
participaron un grupo de exportadores que representaban poco más de la mitad de la producción
mundial.
El quantum de exportaciones cayó un 28% entre 1929 y 1932 y, debido además a la fuerte caída de
los términos de intercambio, el poder de compra de las exportaciones disminuyó un 48% hasta
dicho año y hasta un 51% en su punto más bajo, en 1933. La recuperación hasta 1937 fue
importante, gracias a la reactivación de las economías industrializadas a partir de 1933 (Europa) o
1934 (EE.UU.). En 1937, el quantum de exportaciones ya superaba de hecho los niveles de 1929 en
un 16%. Sin embargo, los términos de intercambio seguían deprimidos (con algunas excepciones),
de tal forma que el poder de compra de las exportaciones seguía estando un 21% por debajo de
1929. Con la nueva recesión que se produjo en EE.UU. en 1938 y la desaceleración de las
economías europeas que la acompañó, la recuperación de las exportaciones latinoamericanas se
frenó y los términos de intercambio volvieron a flaquear.
A las perturbaciones provenientes del comercio se agregaron las tensiones generadas por la
suspensión de la financiación internacional. Mirado a través del saldo comercial, América Latina
debió destinar un 23% adicional de sus exportaciones a generar el superávit comercial necesario
para pagar el servicio de la deuda externa (y otras demandas no asociadas al comercio). El resultado
conjunto de este factor y de la contracción de la capacidad de compra de las exportaciones fue la
caída del 62% de las importaciones reales entre 1929 y 1932.
No es extraño, que estas condiciones condujeran a una nueva ola de moratorias del servicio de la
deuda externa. Ésta se inició en enero de 1931, con Bolivia, pero se generalizó a la región en los
meses y años siguientes. Entre los países más grandes, Argentina fue la gran excepción, como parte
de un acuerdo comercial celebrado con el Reino Unido que es todavía motivo de un acalorado
debate. Venezuela también lo fue, porque terminó de pagar su deuda externa en 1930. Muchos
países pequeños continuaron sirviendo la deuda externa, casi siempre en forma parcial, en particular
Honduras, Nicaragua y República Dominicana. Cuba suspendió el servicio de la deuda en 1934
pero eventualmente reembolsó los pagos correspondientes. Los países en moratoria hicieron
algunos pagos parciales en algunos años y recompraron parte de los bonos a los precios deprimidos
del mercado. En todo caso, en 1935 el 97,7% de los bonos en dólares emitidos por América Latina
estaba en mora, excluyendo los bonos emitidos por Argentina.
Gracias a los ahorros de divisas generados por los menores pagos de deuda externa, la recuperación
de las importaciones reales fue mucho más vigorosa que la de otros indicadores de comercio
exterior entre 1932 y 1937: un 115% vs. 52% del poder de compra de las exportaciones para las
siete principales economías latinoamericanas y 84% vs. 32% para el conjunto más amplio de países.
Su nivel se mantuvo, mejor que el de las exportaciones en los dos años siguientes de nueva recesión
del comercio.
El impacto de los choques comerciales y de la evolución de la deuda externa fue diferente en
distintos países. El choque inicial por la vía exportadora fue particularmente dramático para Chile,
cuyas exportaciones de salitre desaparecieron definitivamente y las del cobre experimentaron una
caída: el poder de compra de sus exportaciones se redujo en un 84% durante los tres primeros años
de la crisis. En el otro lado del espectro, Colombia fue tal vez el país que contó con la situación más
favorable, tanto durante los años más severos de la crisis (con Venezuela), como durante la década
de 1930 en general.
Casi todos se beneficiaron de la recuperación exportadora entre 1932 y 1937 y Argentina y Uruguay
de una mejora sensible en sus términos de intercambio, gracias a los impactos de la sequía
norteamericana sobre los precios de sus productos de exportación. La recuperación de las
importaciones fue también vigorosa en todos los países entre 1932 y 1937, aunque por razones
diferentes: gracias a la mezcla de recuperación exportadora y moratoria de la deuda en el grueso de
los países, y a la mejora en los términos de intercambio en Argentina y Uruguay. Unos pocos
lograron continuar aumentando las importaciones entre 1937 y 1939, pero sólo Colombia tenía en
este último año un nivel de importaciones reales superior al de 1929.
La dependencia argentina de Gran Bretaña ya había mostrado sus efectos adversos desde 1914,
cuando esta economía se desaceleró, y lo hizo igualmente en los años 1930, no sólo en función de
sus preferencias imperiales y su atención a la necesidad de corregir los déficit comerciales
bilaterales, sino también por el mayor celo del gobierno británico en intervenir a favor de sus
entidades y agentes financieros. Brasil y, aún más Colombia se beneficiaron, por el contrario, de la
dependencia de los EE. UU., gracias a contar con un producto de exportación que no era objeto de
intereses proteccionistas y de un gobierno que en general intervino poco a favor de sus entidades
financieras.
El activismo macroeconómico y la reactivación: La fuerte contracción del comercio y la ausencia de
financiación externa tornaron inevitables la adopción de fuertes medidas de ajuste para equilibrar la
balanza de pagos. Ello implicó diversas combinaciones de los instrumentos ya mencionados:
devaluación, generalmente con tipos de cambio múltiples, aumento de aranceles, controles de
cambios e importaciones, y moratoria en el servicio de la deuda externa. Estos ajustes
profundizaron los cambios en los precios relativos que se habían producido por causa de la crisis, lo
que generó un fuerte incentivo para la producción interna de artículos previamente importados,
especialmente manufacturados. La industrialización recibió así un impulso adicional, lo que
benefició primordialmente a los países (por lo general grandes) que ya habían experimentado una
expansión del sector industrial durante la era de desarrollo primario-exportador.
La naturaleza del ajuste macroeconómico generó efectos en las estructuras económicas que tendrían
consecuencias de largo plazo. Sin embargo, más que un cambio súbito y radical en los patrones de
desarrollo de América Latina, la Gran Depresión representó una transición entre la era de desarrollo
primario-exportador y la industrialización dirigida por el Estado.
En la medida en que la industrialización y la sustitución de importaciones agrícolas se convirtieron
en fuentes más efectivas de crecimiento económico en medio de una economía internacional que
frustró por mucho tiempo las expectativas de recuperación del comercio internacional, era natural
que recibieran una atención creciente por parte de las autoridades. Esto condujo a fines de la década
de 1930 a la creación de instituciones estatales especiales para la promoción de nuevas actividades
manufactureras, en particular de bancos de desarrollo. Entre las principales economías, Chile,
Colombia y México crearon sus principales bancos de desarrollo entre 1934 y 1940; Argentina,
Brasil, Costa Rica y Uruguay ya contaban con bancos públicos importantes desde el siglo XIX o
comienzos del XX. A ello se agregó la idea, todavía incipiente en la mayoría de los países durante
estos años, de nacionalizar ciertos sectores “estratégicos”. La nacionalización de la industria
petrolera de México en 1938 representó, en tal sentido, el hito más importante.
El abandono de la ortodoxia monetaria, aunado al alivio fiscal generado por la moratoria de la
deuda externa, facilitó la adopción de políticas monetarias y fiscales expansivas, lo que favoreció la
recuperación de la demanda interna. Esto fue mucho más claro en materia monetaria que fiscal,
debido a la ausencia de mecanismos de financiamiento interno que sustituyeran al crédito externo y
al uso todavía moderado del financiamiento monetario de los déficit públicos; por eso, la forma
típica de financiar los déficit en la emergencia fue con retrasos en los pagos a los funcionarios
públicos y a los contratistas del Estado. La expansión monetaria estuvo acompañada, además, por la
intervención directa en el mercado de crédito, que incluyó la creación de varios bancos estatales
adicionales, fuera de los ya mencionados bancos de desarrollo.
La recuperación temprana y en general exitosa de América Latina durante la Gran Depresión fue
impulsada, por combinaciones variables según el país, de sustitución de importaciones de productos
manufactureros y agrícolas, y por la recuperación de la demanda interna sobre la base de políticas
macroeconómicas expansivas.
Dentro de este patrón, el ya clásico análisis de Diaz-Alejandro (1988) sobre el impacto de la Gran
Depresión en los distintos países resulta esclarecedor. Este autor diferencia entre, por una parte, los
países autónomos y reactivos, que adoptaron medidas activas de ajuste en materia de comercio
exterior y de manejo macroeconómico (en particular, en su visión, devaluando el tipo de cambio) y,
por otra, los dependientes y/o pasivos, que no lo hicieron. El autor, concluye que los primeros
tuvieron en general un comportamiento macroeconómico mejor que los segundos. Así lo indican, en
el primer caso, el aceptable crecimiento económico de Brasil y Colombia, después de caídas muy
moderadas al inicio de la crisis, la capacidad de México de reiniciar el crecimiento económico
después de las perturbaciones económicas generadas por su revolución, el buen comportamiento de
Costa Rica entre las economías más pequeñas, e incluso la capacidad de Chile de manejar un
choque externo draconiano generando un crecimiento modesto. Cuba representa el caso opuesto y,
de hecho, el de un país que dio prioridad a sus relaciones comerciales con E.UU., en condiciones
por lo demás desventajosas, antes que a su autonomía macroeconómica y su diversificación
productiva. Su PIB siguió dependiendo, así, de los volátiles ingresos de las exportaciones de azúcar.
Otros casos no corroboran, sin embargo, este contraste: no se aplica a Venezuela, que no devaluó su
moneda y que tuvo con Colombia y Brasil el mejor crecimiento económico en los años treinta.
Tampoco a Argentina y Uruguay, dos economías con políticas activas que no tuvieron un
comportamiento positivo. El contraste entre Argentina y Brasil es interesante, ya que el segundo
país tuvo un crecimiento económico mucho mejor pese a que su choque externo fue más severo.
En cualquier caso, el crecimiento económico de los años 1930, aunque superior al mundial, fue
bajo e implicó una fuerte desaceleración en relación con los años veinte. México y Costa Rica son
las únicas economías que crecieron más en la década de 1930 que en la previa. El auge de la
industria textil, de alimentos procesados para el mercado interno (aceites comestibles, por ejemplo),
de la producción de cemento, la refinación de petróleo y la industria farmacéutica, entre otras, son
el reflejo de esta reorientación hacia el mercado interno, como lo fue la sustitución de importaciones
agrícolas. La reorientación de la política de desarrollo de la infraestructura hacia carreteras en vez
de ferrocarriles, y los importantes planes de expansión vial que pusieron en marcha muchos países
como parte de los programas de reactivación, contribuyen también a la integración del mercado
interno, como lo señalan diversos estudios nacionales.
Como un todo, la contribución directa de la sustitución de importaciones fue la mayor en términos
relativos de la historia (0,8 puntos porcentajes de un total de crecimiento de 2,1%) y en algunos
casos más.
De esta manera, la muerte del patrón oro dio nacimiento a las políticas macroeconómicas
anticíclicas, pero la naturaleza de estas políticas tendría un sentido muy diferente en el centro y en
la periferia de la economía mundial. En el centro, éstas tomaron directamente la forma de un
manejo activo de la demanda agregada. Ella había surgido en varios países industrializados por
intentos pragmáticos de hacer frente a la crisis a través del gasto público y de políticas monetarias
expansivas, facilitadas por el abandono de las “reglas de juego” del patrón oro. El principio de que
la política económica debería aspirar a un manejo activo de la demanda agregada se entronizó, en la
propia teoría económica a partir de la publicación en 1936 de la “Teoría General” de John Keynes.
El activismo macroeconómico que le sucedió, cuyo objetivo central fue el intento de moderar los
ciclos económicos, se convertiría también en las décadas siguientes en el elemento rector del
manejo macroeconómico de los países industrializados. En la periferia, el activismo
macroeconómico tendría otros signos. La razón básica para ello es la fuente de las fluctuaciones
cíclicas: mientras en los países industrializados, las variaciones de la demanda agregada son la
fuente básica de los ciclos, en los países en desarrollo, entre ellos los latinoamericanos, la principal
fuente eran los choques externos que se transmitían desde los países industrializados hacia la
periferia a través del comercio y del financiamiento internacional, es decir, de la balanza de pagos.
Por eso, el manejo anticíclico se centró en intervenciones directas en la balanza de pagos. Esto
reflejaba, el hecho de que un manejo expansivo de la demanda durante la etapa descendente del
ciclo no es viable mientras no se superen las restricciones asociadas a la disponibilidad de divisas,
ya que el aumento de la demanda tiende a agravar la crisis de balanza de pagos, una lección que
aprenderían y reaprenderían los países latinoamericanos durante muchas décadas. El manejo de la
demanda para amortiguar los efectos recesivos que provenían del exterior sólo era posible en la
medida en que se adoptaran otros mecanismos para garantizar el ajuste de la balanza de pagos,
incluyendo, en la década de 1930, una peculiar medida de “ajuste”: la moratoria de la deuda.
Esto enmarcó el debate macroeconómico durante medio siglo. Las autoridades latinoamericanas
centrarían su atención en la racionalización de los ingresos de divisas durante las crisis y,
crecientemente, en la generación de nuevos ingresos por exportaciones, a fin de evitar el manejo
procíclico de la demanda agregada que se requeriría de otro modo para reducir la presión sobre la
balanza de pagos durante las crisis. Por el contrario, el Fondo Monetario Internacional, creado en
1944, presionaría en favor del manejo procíclico de la demanda (es decir, en medidas restrictivas
durante las crisis), siguiendo principios que no eran muy diferentes a las “reglas del juego” del
patrón oro, aunque ahora ligeramente moderados por la posibilidad de reajustar los tipos de cambio
y de aportar financiamiento multilateral disponible durante las crisis.
Mientras el eje del pensamiento keynesiano fue la estabilización de la demanda agregada a través de
una política fiscal y monetaria activa, el manejo de los choques de oferta agregada de origen
externo a través del manejo de la balanza de pagos jugó un papel anti-cíclico mucho más importante
en economías en desarrollo, incluidas las latinoamericanas, cuyas fuentes de perturbación
macroeconómica eran predominantemente de origen externo.
El impacto de la 2da Guerra Mundial: La 2da Guerra Mundial proporcionó otro gran impulso al
intervencionismo en el comercio exterior y a la industrialización. La interrupción del
abastecimiento de algunos productos en los mercados internacionales, como resultado de los
racionamientos y escaseces típicas de la guerra, generó una nueva caída en el quantum de
importaciones y sirvió como justificación para la promoción de un nuevo conjunto de actividades
manufactureras en los países donde el proceso de industrialización se había arraigado.
A su vez, la búsqueda de garantizar el apoyo latinoamericano a los países aliados durante la 2da
Guerra Mundial llevó a los EE. UU., no sólo a celebrar acuerdos con muchos países
latinoamericanos para fortalecer los inventarios de materias primas estratégicas (tal como lo
hicieron también los japoneses al inicio del conflicto), sino también a promover el Acuerdo
Interamericano del Café y financiar, por medio de su Banco de Exportaciones e Importaciones,
varias iniciativas de gobiernos latinoamericanos, muchas de ellas en sectores de sustitución de
importaciones. De esta manera, EE. UU., ayudó a crear el Estado intervencionista latinoamericano.
El impacto de la guerra sobre las exportaciones fue diverso. La dificultad para acceder con
productos a Europa e incluso a EE.UU. durante la campaña submarina alemana en el Caribe durante
1942 y el primer semestre de 1943 afectó adversamente las exportaciones de muchos países. Pero
las escaseces generadas por la guerra terminaron siendo una bendición para una región cuyas
capacidades productivas permanecieron intactas en medio de la destrucción generada por el
conflicto bélico, y dio lugar a una expansión exportadora importante en los últimos años de la
guerra. México se benefició de la cercanía a los EE.UU. mediante un auge corto de exportaciones
de productos manufacturados, especialmente de textiles, que no se sostuvo después de la guerra.
Venezuela y, ahora, Cuba, se beneficiaron de tener productos estratégicos (petróleo) o escasos
(azúcar). En general, aunque los precios de productos básicos comenzaron a mejorar después del
choque adverso inicial generado por la guerra, los controles de precios impuestos por los
contendientes, así como el propio encarecimiento de las importaciones en parte debido a los
elevados costos de transporte, impidieron que los términos de intercambio de los países
latinoamericanos mejoraran, como se refleja en la evolución casi paralela del quantum y el poder de
compra de las exportaciones. Los términos de intercambio habrían de mejorar significativamente
sólo al finalizar el conflicto bélico.
Sin embargo, los ingresos por exportaciones no pudieron ser gastados en importaciones, debido
nuevamente a las restricciones de la guerra, y generaron una acumulación de reservas
internacionales, que en algunos países, sobre todo del sur, consistían en libras esterlinas
inconvertibles. Esta acumulación y el ambiente general de aumento de precios y de escasez de
manufacturas a nivel internacional condujeron a un proceso de inflación, pero tuvo también algunos
efectos novedosos. Uno de ellos fue la “esterilización” monetaria de las reservas internacionales,
emitiendo títulos de los bancos centrales para frenar la expansión monetaria generada por la
acumulación de reservas internacionales.
El resultado de la combinación de un crecimiento modesto de las exportaciones, la continuación de
la sustitución de importaciones y, sobre todo, el ambiente macroeconómico más expansivo de estos
años (una de cuyas dimensiones es la expansión monetaria), fue una moderada aceleración del
crecimiento en relación con el promedio de los años 1930. Algunas de las economías dinámicas de
entonces experimentaron, sin embargo, una desaceleración.
Otro efecto interesante de la acumulación de reservas fue la provisión de fondos en divisas para
financiar un gran auge de inversión en la inmediata posguerra, así como la compra de las
inversiones extranjeras en infraestructura y servicios públicos. La nacionalización de los
ferrocarriles británicos por parte del General Perón en Argentina, usando las libras esterlinas
inconvertibles acumuladas durante la 2da Guerra, fue el caso más notable.
La acumulación de estos activos internacionales, conjuntamente con la moratoria de la deuda,
permitió que América Latina comenzara la posguerra con unos coeficientes de endeudamiento
público muy reducidos. Dicha moratoría resultó ser un buen negocio para América Latina. Las
comparaciones internacionales indican que la región pagó ex-post una tasa de interés efectiva de
poco más del 3% sobre las deudas asumidas en los años 1920, entre cuatro y cinco puntos
porcentuales menos de las condiciones bajo las cuales fueron contratados, lo que constituye el
mejor resultado, como región, entre los países con acceso al mercado de capitales.
Las renegociaciones con los acreedores norteamericanos se reiniciaron en firme al inicio de la 2da
Guerra Mundial, promovidas por razones políticas por los EE. UU. y con el atractivo del acceso a
los créditos del Banco de Exportaciones e Importaciones (y, después de la guerra, del Banco
Mundial).
Argentina pagó, por el contrario, un 25% más que el fisco norteamericano y no tuvo beneficios en
términos de acceso al mercado de capitales, ni durante la década de 1930 ni después de la guerra
porque, por lo demás, tal mercado había dejado de existir.
Hechos, ideas e instituciones que moldearon la industrialización dirigida por el Estado: Los
acontecimientos de la década de 1930 y la 2da Guerra Mundial fueron, así, la semilla de una nueva
época, pero el período de gestación fue largo y careció de una dirección clara por algún tiempo. La
maduración de este proceso estuvo estrechamente relacionada a la posición privilegiada que ocupó
América Latina a principios del período de la posguerra. América Latina era, una región que había
evitado la guerra y experimentado, con EE. UU. (con la excepción de los años de la Gran
Depresión), la expansión más rápida a nivel mundial en el período de entreguerras, aumentando su
participación en la producción mundial en más de tres puntos porcentuales, del 4,5% en 1913 al
7,8% en 1950.
Sin embargo, en el período que sucedió a la 2da Guerra Mundial, con contadísimas y matizadas
excepciones (EE. UU. en particular), las alternativas no se situaban entre la intervención estatal y el
retorno a un pasado liberal, sino más bien entre la planeación central y la creación de economías
mixtas con formas más moderadas de intervención estatal. América Latina, siguiendo a Europa
Occidental, optó por este último camino, es decir, por menos y no por más intervención estatal.
La segunda paradoja es que el proceso fue impulsado, especialmente en sus primeras etapas, más
por fuerzas objetivas que por un fuerte impulso industrializador de las élites. Una de esas
realidades, es que hasta mediados de los años 1960, la reconstrucción del comercio internacional no
ofreció grandes oportunidades a los países en desarrollo. Más aun, la industrialización vino a
posicionarse en el panorama latinoamericano en un momento en que los intereses primario-
exportadores seguían siendo fuertes. No existía, una distinción nítida en aquellos casos en los que,
siguiendo un patrón que se remonta al origen de la industrialización en muchos países, unos mismos
empresarios invertían en unos y otros sectores. Más aun, la exportación de productos primarios
siguió jugando un papel importante durante toda esta fase de desarrollo, entre otras razones porque
la industrialización siguió dependiendo en gran medida de las divisas que generaban las
exportaciones de productos primarios. En la interpretación de Hirschman (1971), una característica
distintiva de la industrialización latinoamericana en comparación con la “industrialización tardía”
de los países del continente europeo analizada por Gerschenkron (1962) fue precisamente la
debilidad de los intereses industriales en relación con los primario-exportadores.
El término de “industrialización por sustitución de importaciones” se ha empleado ampliamente
para describir el período que abarca desde fines de la 2da Guerra Mundial hasta los años setenta del
siglo XX. De igual modo, casi todos los países medianos y grandes introdujeron mecanismos de
promoción de exportaciones desde mediados de los años 1960 como un componente esencial de la
estrategia de desarrollo, coincidiendo con las mayores oportunidades que comenzaba a ofrecer la
economía internacional. Como resultado de ello surgió un “modelo mixto” que, combinaba la
sustitución de importaciones con la promoción de exportaciones y la integración regional. El
modelo era también “mixto” en el sentido de que promovía activamente la modernización agrícola
con instrumentos similares a los empleados para estimular la industrialización e incluso con un
aparato de intervención mucho más elaborado.
La demanda interna, por el contrario, desempeñó un papel más consistente. La sustitución de
importaciones sólo fue importante durante el nuevo período de crisis de balanza de pagos (o de
“estrangulamiento externo”, para utilizar la terminología cepalina) que abarca desde el fin del auge
de precios productos básicos de la posguerra, que alcanzó su punto más alto durante la Guerra de
Corea, hasta mediados de los años 1960 (el período 1957 a 1967 en el cuadro, aunque la fase se
inició o terminó un poco antes en algunos países). Este fue, el período en que se consolidó en varias
de las economías más grandes la 2da fase de sustitución de importaciones, orientada a la producción
de bienes intermedios y de consumo duradero y, en menor medida, de bienes de capital.
Las políticas de manejo de balanza de pagos jugaron un papel importante durante los otros dos
períodos, permitiendo un mayor crecimiento de la demanda interna en 1957-67. Ahí se señaló que
la relación entre el crecimiento efectivo de los países y lo que se puede explicar con base en el
dinamismo de los socios comerciales y las elasticidades de comercio exterior fue superior en el
período de industrialización que en las dos fases de desarrollo liderado por las exportaciones. La
fase de industrialización fue, capaz de dinamizar más la demanda interna dentro de las restricciones
que imponía la balanza de pagos.
El concepto de “industrialización dirigida por el Estado” es más apropiado para caracterizar la
nueva estrategia de desarrollo. En efecto, el Estado asumió un amplio conjunto de
responsabilidades. En el ámbito económico, aparte de la continuada intervención en la balanza de
pagos para manejar el impacto de los ciclos externos que se había producido durante los años de la
Gran Depresión, estas responsabilidades incluían un papel fortalecido (incluso monopólico) en el
desarrollo de la infraestructura, en la creación de bancos de desarrollo y de varios comerciales, en el
diseño de mecanismos para obligar a las instituciones financieras privadas a canalizar fondos hacia
sectores prioritarios (crédito dirigido), el aliento a la empresa privada nacional mediante la
protección y los contratos gubernamentales y la fuerte intervención en los mercados agrícolas de
productos agropecuarios. En el ámbito social incluía un papel mayor en la provisión de educación,
salud, vivienda y, en menor medida, seguridad social.
El proceso incluyó grandes transformaciones sociales y políticas. La explosión demográfica de las
décadas de 1950 y 1960 estuvo acompañada de un rápido proceso de urbanización. Las estructuras
del poder se redefinieron, por lo tanto, en el contexto de sociedades más urbanas y de nuevas
relaciones entre el Estado y la crecientemente poderosa élite empresarial. Las tendencias adversas,
antiguas y nuevas, de la distribución de la riqueza y el ingreso se reflejaron tanto en la explosión de
tensiones rurales ancestrales, como en el desarrollo de nuevos conflictos urbanos.
A fines de la década de los años 1940 y principios de la de 1950, la Comisión Económica de las
Naciones Unidas para América Latina (CEPAL), bajo el liderazgo de Raúl Prebisch. En este
sentido, las opiniones de la CEPAL respecto a la industrialización y la intervención estatal
coincidían en gran medida con la sabiduría contemporánea, que identificaba desarrollo con la
industrialización. Debe resaltarse, que el Banco Mundial apoyó, al menos hasta los años setenta, el
intervencionismo estatal, invirtió en muchos proyectos de sustitución de importaciones y hasta fines
de la década de los setenta continuó defendiendo la idea de que la industrialización era esencial para
el desarrollo económico. Los elementos comunes en todas estas concepciones sobre el desarrollo
eran que la industrialización era el mecanismo principal de transferencia del progreso técnico y que
la estructura productiva se caracterizaba a la largo del proceso de crecimiento por un aumento en la
participación de la industria y los servicios modernos y la reducción del peso de los productos
básicos, especialmente agrícolas. El elemento más específicamente cepalino fue el énfasis otorgado
a la redefinición de los patrones de inserción en la economía mundial.
En esta visión, que encarnó ante todo el “manifiesto latinoamericano” como denominó Hirschman
al informe de la CEPAL de 1949 (Prebisch, 1973), la solución no era aislarse de la economía
internacional, sino redefinir la división internacional del trabajo para que los países
latinoamericanos pudieran beneficiarse del cambio tecnológico que se veía, con mucha razón, como
íntimamente ligado a la industrialización. En esta visión, el desarrollo implicaba dejar de ser
meramente un productor de productos básicos y transformarse en productor de manufacturas. Ello
implicaba un esfuerzo explícito de la política económica por transformar las estructuras productivas
y sociales, un proceso que Sunkel denominó desarrollo desde dentro, en lugar de hacia dentro.
Más aun, las políticas de industrialización variaron a lo largo del tiempo, en parte para corregir sus
propios excesos y en parte para responder a las nuevas oportunidades que comenzó a brindar la
economía mundial desde los años 1960.
La CEPAL jugó un papel central en la creación de Asociación Latinoamericana de Libre Comercio
(ALALC, más tarde Asociación Latinoamericana de Integración, ALADI) en 1960, el Mercado
Común Centroamericano en el mismo año y el Grupo Andino en 1969. La CEPAL presionó también
en favor de reformas en el ámbito social, muchas de las cuales fueron apoyadas más tarde por los
EE. UU. bajo la Alianza para el Progreso lanzada por el Presidente Kennedy a comienzos de la
década de 1960. A principios de la posguerra la inconvertibilidad europea se convirtió en una
restricción adicional para aquellos países cuyo mercado principal era Europa. Desde mediados de la
década de los cincuenta, una vez pasado el auge que alcanzó su punto más alto durante la Guerra de
Corea, el descenso cíclico de los precios de las materias primas generó una nueva oleada de crisis
de balanza de pagos. La escasez de financiamiento externo fue un elemento adicional, que dependió
más de la ayuda bilateral norteamericana (muy escasa antes de la Alianza para el Progreso, e incluso
después), de su Banco de Exportaciones e Importaciones y de los limitados aportes de créditos del
Banco Mundial. Por otra parte, los altos niveles de protección eran todavía la regla en los países
industrializados, y era claramente necesario que el comercio internacional pasara por un largo
período de crecimiento continuo para convencer a los países y autoridades que habían vivido el
colapso de aquél, de que debían verlo como una opción confiable.
La reconstrucción del comercio internacional en los años posteriores a la 2da Guerra Mundial tuvo
lugar en torno a dos tipos de acuerdos: el GATT, que conjuntamente con la creación de la Comisión
Económica Europea, sirvió de marco para el crecimiento del comercio entre países europeos y con
EE. UU. y el Consejo de Asistencia Mutua Económica entre los países comunistas de Europa
Central y Oriental y la Unión Soviética. El primero de estos procesos se filtró hacia la periferia y
abrió oportunidades para las exportaciones de manufacturas desde los países en desarrollo. También
se diseñaron mecanismos específicos para fortalecer la mayor participación de los países en
desarrollo en el comercio mundial, en particular el Sistema Generalizado de Preferencias (SGP) y la
secuencia de acuerdos de productos básicos, que revivieron con fuerza con la caída de los precios
de las materias primas desde mediados de los años 1950. Entre ellos se destacan, por su importancia
para varios países latinoamericanos, nuevamente, los acuerdos cafeteros que se iniciaron de manera
parcial a fines de los 1950 y se transformaron en los sucesivos Acuerdos Internacionales que, con
breves interrupciones, regularon con cuotas el mercado cafetero entre 1962 y 1989.22
Adicionalmente, aunque la reconstrucción del sistema financiero internacional se centró en gran
medida en transacciones financieras entre países desarrollados, desde comienzos y, especialmente,
desde mediados de la década de los setenta empezaron a surgir alternativas diferentes a los bancos
multilaterales y a los organismos bilaterales.
Después de la revolución cubana, América Latina adquirió mayor importancia en la agenda de la
política exterior estadounidense. La creación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en
1959 fue la manifestación más inmediata, seguida pronto por la Alianza para el Progreso, lanzada
en Punta del Este, Uruguay, en 1961. Como se señaló entonces, esta última iniciativa adoptaba en
gran medida el programa que la CEPAL había venido promoviendo desde la década de 1950 e
incluía la planeación en una economía mixta, la integración regional, la reforma agraria, la reforma
tributaria con un componente importante de tributación directa y una mayor inversión en los
sectores sociales. Sin embargo, el flujo de fondos fue menor que lo prometido, y el carácter
condicional de la ayuda estadounidense se convirtió pronto en una fuente de fricción.
La industrialización latinoamericana atravesó por 3 etapas diferentes. La 1ra fue la fase
“pragmática” de sustitución de importaciones inducida por la variación de precios relativos y las
respuestas de política económica ante los choques externos de la década de 1930 y la 2da Guerra
Mundial. Estos acontecimientos y especialmente la Guerra dieron nacimiento a los 1ros planes para
promover nuevas industrias y para la disminución de la dependencia de las importaciones, sobre
todo en sectores considerados “esenciales” o “estratégicos”. Este último concepto resultó
particularmente atractivo en los países con regímenes militares, especialmente en Argentina, Brasil
y, en la inmediata posguerra, en Venezuela.
La 2da, que podríamos denominar la fase “clásica” de la industrialización latinoamericana, tuvo
lugar entre el fin de la Guerra y mediados de los años 1960 y, su influencia relativa fue mayor en las
economías más grandes. La escasez de divisas siguió siendo uno de sus elementos determinantes.
En efecto, a pesar de la abundancia inicial de reservas internacionales, las crisis de balanza de pagos
se convirtieron en un problema recurrente muy pronto en la posguerra. La evaporación de las
reservas en dólares, frente a la demanda represada de importaciones, dio lugar a las primeras crisis
de balanza de pagos muy poco después de terminado el conflicto bélico mundial, pero este
problema se transformó en una oleada generalizada a partir de la caída de los precios de los
productos primarios después de la Guerra de Corea.
Como se puede apreciar, todos estos indicadores mostraron un deterioro entre mediados de los años
1950 y comienzos de la década de 1960, pero comenzaron a mejorar desde mediados de esta última,
aunque con una tendencia temprana de muchos países a mantenerse casi permanentemente en
programas con el FMI.
De acuerdo con las tendencias que se habían impuesto durante la fase “pragmática”, las respuestas
de política siguieron un patrón según el cual cada crisis aumentaba los niveles de protección. Pero
ahora surgió una estrategia de industrialización más consciente, enmarcada generalmente en planes
de desarrollo explícitos, siguiendo en este último sentido un patrón virtualmente universal. La
estrategia empleó una combinación variable, según el país, de viejos instrumentos, empleados
ahora con mayor intensidad: protección arancelaria y no arancelaria; tipos de cambio múltiples y
racionamiento de divisas; bancos de desarrollo e inversiones en infraestructura. A ello se agregaron
nuevos instrumentos: regulaciones en la asignación sectorial del crédito al sector privado y de las
tasas de interés; incentivos fiscales e inversiones del sector público en sectores “estratégicos”,
incluidos los servicios de energía, telecomunicaciones y algunos de transporte, pero también
algunas ramas de siderurgia y química o petroquímica; subsidios de precios a los insumos otorgados
a las empresas públicas que controlaban esos sectores estratégicos; “leyes de similares” (que
esencialmente prohibían las importaciones de bienes que competían con la producción nacional) y
requerimientos de que las industrias establecidas compraran materias primas y bienes intermedios
nacionales, es decir, “medidas de inversión relacionadas con el comercio”, para utilizar la
terminología que impuso posteriormente la Organización Mundial de Comercio (OMC).
Una característica esencial del modelo fue que, en lugar de modificar la estructura de protección
para promover nuevas industrias, se superpusieron capas de protección nuevas a las antiguas, lo que
generó un patrón “geológico” de protección que se convertiría en una característica esencial de la
industrialización dirigida por el Estado en América Latina. Esto se debió obviamente a la economía
política que caracterizaba al proceso, en la que la protección de un sector específico se consideraba
una “conquista” permanente del sector que se beneficiaba con ella.
La principal racionalización de la estructura de protección durante ese período fue la integración
regional y subregional. De acuerdo con la concepción original de la CEPAL, la integración regional
reduciría los costos de la sustitución de importaciones al aumentar el tamaño del mercado, un
elemento crítico para los sectores más avanzados de sustitución de importaciones en las economías
más grandes, pero también para generar algún nivel de industrialización en las más pequeñas.
Además, se esperaba que la integración impusiera cierta disciplina de mercado a los sectores
protegidos, que habían alcanzado fácilmente altos niveles de concentración industrial (e incluso
monopolios) a nivel nacional, y que sirviera como plataforma para el desarrollo de nuevas
actividades exportadoras, en particular en el sector de manufacturas.
Sin embargo, excluyendo el Mercado Común Centroamericano, la integración regional manifestó
pronto los mismos problemas de economía política que había enfrentado la racionalización de la
protección en general. Luego de unas cuantas rondas multilaterales exitosas a principios de la
década de 1960, la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio enfrentó una gran oposición a
nivel nacional a la liberalización de las importaciones competitivas. Por tanto, en sus etapas
posteriores se centró en acuerdos bilaterales entre los países miembros, a fin de facilitar las
importaciones complementarias.
El pesimismo de las exportaciones fue también una característica de la fase “clásica”, pero había
considerables diferencias regionales al respecto. Con excepción de unos cuantos países (Venezuela
y varias economías pequeñas, pero también parcialmente de México), la experiencia de las
exportaciones fue decepcionante en la inmediata posguerra. Sin embargo, la situación mejoró de
manera significativa desde mediados de la década de 1950, sobre todo para las economías pequeñas,
cuyas exportaciones experimentaron un crecimiento rápido desde entonces, y para el conjunto de la
región desde mediados de los años 1960. En realidad, en muchos casos, y en particular en las
economías centroamericanas, pero también en algunas de tamaño medio como Perú, la sustitución
de importaciones que se llevó a cabo se superpuso a lo que continuó siendo en esencia un modelo
primario exportador. Esto también es cierto de Venezuela, donde la política de industrialización se
conceptualizó más bien como la forma de “sembrar el petróleo”. Así, la fuerte tendencia decreciente
de la participación de las exportaciones en el PIB, que caracterizó al decenio posterior a la
terminación de la 2da Guerra Mundial, se revirtió en las economías pequeñas desde mediados de la
década de 1950 y se estabilizó en muchas economías medianas y grandes desde entonces.
Curiosamente, y nuevamente en contra de estereotipos muy difundidos, las opiniones encontradas
acerca de las oportunidades que ofrecían las exportaciones de productos básicos no se hicieron
extensivas a la inversión externa directa (IED). Por el contrario, la promoción a la inversión por
parte de empresas transnacionales en nuevas actividades de sustitución de importaciones se
convirtió en un ingrediente central de la industrialización dirigida por el Estado en América Latina.
La tercera fase puede considerarse como la etapa “madura” de la industrialización dirigida por el
Estado. Sin embargo, la característica dominante de ese período fue la diversidad creciente de las
tendencias regionales. Pueden diferenciarse tres grandes estrategias, que se adoptaron a veces en
forma secuencial en países individuales, con el primer choque petrolero como punto de inflexión.
La primera estrategia, y la dominante entre mediados de la década de 1960 y el primer choque
petrolero (y también la más cercana a las opiniones de la CEPAL) fomentaron de manera creciente
la promoción de las exportaciones, generando lo que hemos denominado el “modelo mixto”. En
cierto sentido, dicho ingrediente aproximó la estrategia de las economías medianas y grandes a la
que venían aplicado los países pequeños. Esta estrategia se basaba en los acuerdos de integración
existentes, pero sobre todo en las nuevas oportunidades que ofrecían las crecientes exportaciones de
manufacturas ligeras hacia los países industrializados.
Según patrones ya establecidos, la nueva estrategia superpuso un nuevo estrato de incentivos a las
exportaciones sobre el patrón “geológico” de protección ya existente, que incluía una combinación
de incentivos fiscales (subsidios directos o tasas de cambio favorables, y exenciones o devoluciones
de los aranceles de sus insumos) y facilidades de crédito para las empresas exportadoras, así como
requerimientos de exportación a las empresas extranjeras y la creación de zonas de libre comercio.
En este último caso, el programa mexicano de maquila en la frontera, establecida en 1965 (el mismo
año en que dicho programa se puso en marcha en Taiwán), fue la primera innovación en su género.
En general, los incentivos a las exportaciones estuvieron acompañados de cierta racionalización de
la estructura de protección existente y del manejo de las divisas (en particular la unificación o
simplificación del sistema del régimen de cambio múltiple), y de una política de tipo de cambio más
activa, incluido un régimen de tipo de cambio más flexible (el sistema de minidevaluaciones) para
manejar la sobrevaluación recurrente en economías proclives a la inflación. Este último fue el
sistema cambiario que introdujeron Argentina, Colombia, Chile y Brasil entre 1965 y 1968.
La idea de que los inversionistas nacionales deberían desempeñar un papel central en los nuevos
sectores manufactureros había estado presente desde la 2da Guerra Mundial, sobre todo en los
países donde había una visión militarista de los sectores “estratégicos”. En muchos casos, este papel
fue asumido por las empresas estatales. Sin embargo, la defensa de los inversionistas nacionales
(frente a los extranjeros) obtuvo una atención creciente en las décadas de 1960 y 1970, a lo cual se
agregó el establecimiento de límites sobre las regalías y las remisiones de utilidades al exterior,
asociado a la opinión de que las empresas transnacionales estaban obteniendo ganancias excesivas
en sus inversiones en la región. Las normas andinas fueron quizás las más representativas de estas
tendencias: el estatuto andino sobre inversión extranjera (Decisión 24 de 1970) reservó, en efecto,
ciertos sectores a empresas con mayoría de capital andino, limitó los beneficios del mercado
ampliado a empresas extranjeras y estableció restricciones a las remesas al exterior de utilidades y
al pago de regalías de los inversionistas.
Pese a ello, América Latina continuó recibiendo en 1973-81 cerca de 70% del total de los flujos de
inversión extranjera directa hacia el mundo en desarrollo. La inversión extranjera siguió siendo
bienvenida en el desarrollo de nuevos sectores de industrialización y exportaciones y no pocas
empresas estatales entraron en asociación estratégica con multinacionales.
Pese a ello, América Latina continuó recibiendo en 1973-81 cerca de 70% del total de los flujos de
inversión extranjera directa hacia el mundo en desarrollo. La inversión extranjera siguió siendo
bienvenida en el desarrollo de nuevos sectores de industrialización y exportaciones y no pocas
empresas estatales entraron en asociación estratégica con multinacionales.
La tercera estrategia fue un ataque frontal contra el papel del Estado en el desarrollo económico. En
efecto, desde mediados de la década de 1960 hubo un desplazamiento en los debates intelectuales
hacia una concepción más liberal de las políticas económicas, en las que se daba un mayor peso al
mercado en la asignación de recursos. Al igual que en el siglo XIX, la economía liberal no estuvo
vinculada inicialmente con una orientación política liberal. En efecto, en los países del Cono Sur
(Argentina, Chile y Uruguay), los pioneros de esta estrategia, las grandes reformas de mercado de la
segunda mitad de la década de 1970 estuvieron impulsadas por dictaduras militares.
En todo caso, en parte como reflejo de esta creciente diversidad de experiencias, la industrialización
alcanzó su mayor nivel en América Latina en 1973-74. Hasta entonces, la participación de la
industria manufacturera en el PIB tuvo un persistente aumento; desde entonces, y por ello mucho
antes del colapso que generó la crisis de la deuda, el coeficiente de industrialización comenzó a
reducirse. El proceso de industrialización fue, en cualquier caso, disparejo a nivel regional. Entre
los países más grandes, los mayores aumentos en la participación de la industria manufacturera en
el PIB entre 1950 y 1974 se alcanzaron en Argentina, Brasil, Colombia y México; por el contrario,
fueron muy inferiores en Perú y Venezuela y marginales en Chile, donde la participación
manufacturera ya era muy alta en 1950. Pero la industrialización también avanzó rápidamente en
varios países pequeños, en particular en Ecuador y varios centroamericanos, mezclada en ellos,
como lo hemos señalado, con una estructura primario-exportadora. Entre 1974 y 1980 la
industrialización avanzó en muy pocos países: algo en México y Venezuela, entre los más grandes,
y especialmente en Ecuador y Nicaragua entre los pequeños. En Brasil se redujo marginalmente su
participación en el PIB, pero el crecimiento siguió siendo muy dinámico.
En todo caso, el avance de la industrialización dependió estrechamente del tamaño de las
economías, como se refleja especialmente en su estructura.
De esta manera, sólo Brasil, México y Argentina habían alcanzado un alto grado de diversificación.
Aparte de los casos de Chile y Venezuela, las estructuras productivas reflejaban el peso de ciertos
sectores en los cuales los países tenían o habían adquirido ventajas competitivas, entre ellos textiles
en algunas economías pequeñas (Uruguay y Bolivia, y Guatemala y El Salvador entre las
centroamericanas), así como las industrias de proceso (papel y químicas) en Colombia, la de
alimentos en Argentina y la de equipo de transporte en México. Estos patrones tendrían su paralelo
en las exportaciones de manufacturas de estos países, tanto durante este período como en la fase
posterior de desarrollo.
El proceso de industrialización estuvo acompañado, de una importante acumulación de capacidades
tecnológicas locales. En algunos casos, dichas capacidades vinieron de la mano de la
industrialización misma, por ejemplo en la forma de nuevos equipos que incorporaban mejor
tecnología. En otros llegaron con la inversión extranjera. Más allá de ello, la industrialización
requirió un esfuerzo explícito de aprendizaje y adaptación de tecnología, que generó no pocas
innovaciones secundarias. Estos procesos de aprendizaje y adaptación de tecnología se hicieron
desde firmas de tamaño modesto hasta las más grandes, incluidas las sucursales de las
multinacionales y las empresas públicas, e involucraron, en algunas empresas de gran tamaño, la
creación de departamentos específicos de investigación y desarrollo. En los casos más exitosos, las
firmas correspondientes adquirieron conocimientos suficientes para vender tecnología,
especialmente a otros países de América Latina. En un conjunto más amplio de entidades
productivas, fue un elemento decisivo para la capacidad de las empresas de aprovecharse de las
oportunidades que generó la exportación de manufacturas desde mediados de los años 1960.
En cualquier caso, los sistemas nacionales de innovación que se desarrollaron durante esta fase del
desarrollo fueron insuficientes: carecieron de articulación y, en particular, no condujeron a una
reducción de la brecha tecnológica con los países industrializados. Los sistemas de ciencia y
tecnología desarrollados siguieron predominantemente un modelo guiado por la oferta, en el que el
Estado estimulaba la creación de centros científicos y tecnológicos que solamente lograron cierto
desarrollo en las empresas públicas y, como veremos, en el sector agropecuario, mientras que el
sistema educativo y de investigación quedó generalmente muy poco articulado a las necesidades de
un sistema productivo que, por otra parte, no demandaba grandes contingentes de mano de obra
calificada y de técnicos de alta calificación.
El desempeño económico y social en el período de industrialización dirigida por el Estado
El crecimiento económico: durante el período de industrialización dirigida por el Estado, América
Latina logró en términos generales crecer por encima de la media mundial y mantener el ritmo de
crecimiento de los países más desarrollados, que hemos llamado “Occidente”. Se trata de un
desempeño destacado, ya que después de haber crecido más rápido que el mundo desde 1870,
incluso durante las turbulencias internacionales que caracterizó el periodo de entreguerras, América
Latina hizo parte del auge económico posterior a la Segunda Guerra Mundial, también el período de
mayor crecimiento de la economía mundial en su historia y, en particular, aquél en que las
economías más industrializadas vivieron su “edad de oro” (hasta 1973). Este desempeño tuvo, sin
embargo, grandes lunares, entre los que se cuentan, como veremos, el mal desempeño de las
economías que habían sido líderes hasta comienzos del siglo XX (las de Cono Sur y Cuba), e
incluso la incapacidad de aquellas que experimentaron un mayor ritmo de crecimiento de reducir
significativamente la brecha en relación con el mundo industrializado o, como vimos en la sección
anterior, de desarrollar los sistemas nacionales de innovación necesarios para hacerlo.
El PIB per cápita creció a un ritmo del 2,7% anual entre 1945 y 1980, el más alto que ha
experimentado para un período de tiempo de esta duración. Además, como resultado del rápido
crecimiento poblacional, la participación de América Latina en la producción mundial continuó
aumentando, hasta llegar en 1980 al 9,8%, dos puntos porcentuales más que a fines de la Segunda
Guerra y cuatro más que en 1929.
Cabe agregar que este fue, el período de mayor estabilidad económica de la historia. No en vano,
esta fase del desarrollo regional ha sido caracterizada por Hirschman como “les trente glorieuses” y
por Kuczynski y Williamson como la “edad de oro” del crecimiento económico latinoamericano.
El crecimiento de la productividad también alcanzó durante estos años los ritmos más altos de la
historia latinoamericana. El PIB por trabajador aumentó al 2,7% por año entre 1950 y 1980.
Astorga, Bergés y Fitzgerald han señalado que la productividad laboral de las seis economías más
grandes de la región experimentó tres fases definidas a lo largo del siglo XX: lento crecimiento
hasta 1936, una aceleración entre dicho año y 1977, y un estancamiento posterior (hasta fin del
siglo). Todos estos estimativos son consistentes con la percepción de que los mayores aumentos de
la productividad se dieron durante los años de mayor avance del proceso de industrialización.
El crecimiento fue también destacado por el fuerte cambio en la estructura productiva y el dinámico
desarrollo institucional que lo acompañó. El sector manufacturero fue el motor del crecimiento
económico, según hemos visto, pero también se expandieron significativamente los servicios
modernos: los financieros, la infraestructura de transporte (ahora vial y aérea más que ferroviaria) y
de telecomunicaciones y servicios públicos domiciliarios (electricidad, acueducto y alcantarillado).
El Estado jugó un papel directo, a través de la creación de empresas públicas, en el desarrollo de
algunos sectores industriales “estratégicos”, pero este fue un patrón característico de los países más
grandes. También se apropió cada vez más de los sectores mineros (petróleo y gran minería),
siguiendo la tendencia que había inaugurado México en 1938. Mucho más generalizada fue, sin
embargo, la participación del Estado en el desarrollo de los servicios modernos, lo que en múltiples
casos implicó la nacionalización de empresas privadas (las más importantes de ellas extranjeras)
que habían sido establecidas en dichos sectores en épocas previas.
Para el conjunto de la región, el patrón temporal fue una aceleración del crecimiento económico en
la inmediata posguerra, facilitada por los buenos precios de materias primas, sucedida por una
desaceleración entre mediados de las décadas de 1950 y de 1960 generada por la oleada de crisis de
balanza de pagos ya mencionadas. A fines de la década de 1960 y principios de la siguiente se
produjo una fuerte aceleración, gracias a la cual los ritmos de crecimiento económico alcanzaron su
máximo nivel entre 1967 y 1974 (6,7% por año), los mayores jamás alcanzados por América Latina.
Sin embargo, las crisis de balanza de pagos se hicieron nuevamente frecuentes y los cimientos del
proceso de crecimiento se tornaron más frágiles.
Por el lado positivo, lo más sobresaliente es el crecimiento de las dos economías más grandes,
Brasil y México, cuyo desempeño fue particularmente destacado entre 1967 y 1974. Esto reflejaba,
sin duda, la prioridad que el patrón de desarrollo otorgó al mercado interno. Las mayores economías
andinas tuvieron también un buen desempeño, particularmente en las primeras fases de la posguerra
en Venezuela (cuando fue, de hecho, la economía más dinámica de la región) y desde 1967 en
Colombia.
Salvo por las experiencias más destacadas de Brasil y de México y Venezuela (estos dos por fases
más cortas), los ritmos de crecimiento fueron, sin embargo, inferiores a los de las economías
asiáticas más exitosas, en particular Japón pero también la primera generación de “tigres”
(República de Corea, Hong Kong, Singapur y Taiwán), que acortaron significativamente la brecha
con Occidente, algo que América Latina no logró.
Por el lado negativo, sobresale el lento crecimiento en las economías más exitosas de la era de
desarrollo primario-exportador: las tres economías del Cono Sur y Cuba. Desde los años de la
Primera Guerra Mundial, los primeros (Argentina, Chile y Uruguay), que en los capítulos anteriores
conforman lo que llamamos el Grupo 3, tenían los mayores niveles de ingreso per cápita, pero
experimentaron un marcado proceso de divergencia desde entonces, cayendo del 81% del PIB per
cápita de Occidente en 1913 y 75% en 1929, al 67% en 1950 y 43% en 1980. En contra del patrón
promedio regional, estos países tuvieron, además, su mejor desempeño en la primera fase de
crecimiento de la posguerra.
La historia de las economías más pequeñas fue muy heterogénea. Costa Rica, Ecuador y Panamá
experimentaron un crecimiento del PIB per cápita superior al promedio latinoamericano. A ellas
habría que agregar República Dominicana y Guatemala durante el auge de 1967-74, y Paraguay en
1974-80. Por el contrario, Bolivia y Nicaragua tuvieron, en el conjunto del período, el peor
desempeño regional en términos de crecimiento per cápita. En todas las economías más pequeñas,
el peso de las exportaciones como motor de crecimiento fue mayor que en el de las de mayor
tamaño, pero ello no ayuda a explicar totalmente el comportamiento relativo de los países.El
crecimiento exportador fue, por ejemplo, un notorio motor de crecimiento en Panamá y en Ecuador
(en este caso, en las últimas etapas y como resultado de los descubrimientos petroleros), pero no de
Costa Rica, donde la demanda interna jugó el papel dominante. Sin embargo, el buen desempeño
exportador no fue siempre clave de éxito, como lo muestra el caso de Nicaragua.
Cabe anotar que la mayoría de los países de peor desempeño tuvieron rupturas revolucionarias:
Bolivia, Cuba, Chile y Nicaragua, en secuencia histórica. Los otros dos, Argentina y Uruguay,
también experimentaron una historia de fuertes rupturas político-institucionales, bajo la forma de
dictaduras militares, al igual que Chile después del ensayo revolucionario. En términos más
amplios, con la excepción de Costa Rica y Panamá (no en vano las dos economías con buen
desempeño), la región centroamericana se hundió en una fase de guerras civiles hacia el final de
nuestro período de análisis. Colombia también estuvo sumida en su propia guerra civil (el período
llamado simplemente como “La Violencia”) en la primera fase de la posguerra, la de peor
desempeño económico en ese país.
Cabe anotar que un sentido final en que el proceso de desarrollo fue exitoso en las décadas que
sucedieron a la 2da Guerra Mundial fue en absorber los dos grandes choques demográficos
señalados al inicio del capítulo: la aceleración del crecimiento demográfico y el rápido proceso de
urbanización. La disminución de las tasas de mortalidad y la transición rezagada de la fecundidad
generaron fuertes presiones demográficas, que alcanzaron su mayor intensidad entre mediados de la
década de 1950 y mediados de la siguiente. En su conjunto, la población aumentó a un ritmo
promedio del 2,7% anual entre 1950 y 1980, aunque con diferencias importantes entre países. En
particular, el grueso de los países de mayor desarrollo relativo en la región desde comienzo del siglo
XX (los del Cono Sur y Cuba) experimentaron un menor crecimiento poblacional que en 1929-1950
(con la excepción de Chile), debido en gran medida a su transición demográfica más temprana, en
tanto que el mayor crecimiento de la población tuvo lugar en Venezuela, el gran receptor de
migrantes durante este período. La aceleración demográfica implicó cambios en la estructura de
edades de la población (un rejuvenecimiento de la población) y aumentos en las tasas de
dependencia familiar, que mantuvieron a una parte importante de las mujeres por fuera del mercado
de trabajo. El resultado fue que la fuerza de trabajo tendió a crecer menos que la población total,
particularmente durante las décadas de 1950 y 1960. Con la caída de la fecundidad desde mediados
de los años 1960 se iniciaría un proceso muy diferente y, de hecho, un aumento rápido de la
participación laboral de la mujer y de la fuerza de trabajo en general.
La conjunción de los dos fenómenos demográficos fue un acelerado crecimiento de la población
urbana, a ritmos promedio del 4,4% anual en su punto más alto, entre 1950 y 1970, que no tenía
antecedentes en la historia mundial y de hecho sólo se replicaría en menor escala en otras partes del
mundo en desarrollo con posterioridad. Cabe anotar que el proceso de urbanización ya era cercano o
superior al 50% en 1930 en el Cono Sur y Cuba, en tanto que en el resto de las economías sólo
alcanzaba 33% (el registro mexicano) o menos. Para 1980, era ya cercano al 80% en los países de
urbanización temprana (un poco más bajo en Cuba), al igual que en Venezuela, y superior al 60% en
los otros cuatro países de mayor tamaño (Brasil, México, Colombia y Perú). El grado de
urbanización estuvo entonces correlacionado con el grado de desarrollo pero también con el tamaño
de la población de los países.
Agricultura, exportaciones y desequilibrios macroeconómicos: Entre las críticas al proceso de
industrialización sobresalen tres: los sesgos que generó en contra de la agricultura y en contra de las
exportaciones, y los desequilibrios macroeconómicos que caracterizaron dicho proceso.
La primera de estas afirmaciones resulta, en efecto, paradójica a la luz de los resultados históricos.
La agricultura no estuvo ausente de la trayectoria de crecimiento de la producción y de la
productividad y de un proceso dinámico de desarrollo institucional. A pesar de que, como
corresponde a los patrones de crecimiento económico, su participación en el PIB se redujo, la
producción agrícola creció a una tasa anual de 3,5% en 1950-1974, que se aceleró al 4,3% en 1974-
1980, aunque con diferencias notorias entre distintos países. Estos ritmos fueron superiores al
promedio mundial y a lo que sería característico después de 1980. Por su parte, gracias a la mezcla
de cambio tecnológico y de sustracción de los excedentes de mano de obra subempleada en el
campo, la productividad agrícola aumentó de manera rápida entre mediados de los años 1950 y
mediados de los 1980. Mucho más preocupante que el supuesto lento crecimiento de la producción
fue el creciente dualismo que caracterizó al sector en la mayoría de los países, ya que el dinamismo
de la agricultura empresarial tuvo en general como correlato el atraso de la agricultura campesina,
así como, más en general, el atraso social en el campo.
Las políticas comerciales discriminaron, sin duda, contra la agricultura. Sin embargo, esto fue
fundamentalmente el resultado de los impuestos explícitos o implícitos (por ejemplo, vía tasas de
cambio diferenciales) a los productos de exportación, y especialmente al café y al azúcar, ya que los
sectores que producían bienes competitivos con las importaciones fueron también objeto de
protección. Esta última incluyó la obligación de los industriales en muchos países de adquirir las
cosechas de ciertos cultivos o el uso de monopolios de importación públicos para evitar que las
compras externas afectaran las cosechas nacionales.
Lo que es más importante, el aparato de las nuevas instituciones estatales para apoyar la
modernización del sector agropecuario, que incluyó servicios tecnológicos, de extensión agrícola,
crédito y comercialización fue, en general, más desarrollado que el diseñado para apoyar el
crecimiento industrial, que dependió fundamentalmente de la protección y del financiamiento
estatal. Este era particularmente el caso de los servicios tecnológicos, que fueron eficaces en la
introducción de nuevos productos y en el mejoramiento de las prácticas de cultivo en muchos
países. La política fiscal, que incluyó menores aranceles para los insumos y maquinaria agrícolas y
también beneficios específicos al sector en el impuesto de renta (en países donde éste era relevante),
apoyó también el desarrollo de la agricultura. Gracias a la expansión de la infraestructura de
transporte, la expansión de la frontera agraria desempeñó también un papel importante en muchos
países y notablemente en Brasil. Los resultados en materia de crecimiento indican que estos
elementos positivos tendieron a predominar sobre los negativos de los “sesgos contra la agricultura”
característicos de las políticas de industrialización, aunque éstos se reflejaron en un peso
decreciente de la agricultura de exportación y un aumento de aquella destinada al mercado interno.
El sesgo en contra de las exportaciones fue un fenómeno mucho más importante. En efecto, una de
las mayores desventajas de la industrialización dirigida por el Estado fue su incapacidad para
explotar a cabalidad los beneficios del creciente dinamismo del comercio mundial en la posguerra.
Si se excluye Cuba, la participación de América Latina en el comercio mundial se redujo a poco
más del 4% a comienzos de los años 1970, unos tres puntos porcentuales menos que en 1925-1929
o en la antesala de la Primera Guerra Mundial;
Visto en términos de productos, la incapacidad de participar plenamente en los beneficios de la
expansión del comercio de productos primarios fue la explicación principal de este deterioro, ya que
América Latina perdió una participación importante en el comercio mundial de productos básicos a
lo largo del período de industrialización. En el caso de los alimentos, donde el deterioro fue
particularmente agudo, el proteccionismo de los países industrializados y los crecientes subsidios,
incluida a la exportación, que golpearon duramente a Argentina, Cuba y Uruguay, son parte de la
explicación. Sin embargo, América Latina perdió participación incluso en las exportaciones de
productos básicos del mundo en desarrollo; en este caso, sobresale la pérdida de importancia en las
exportaciones de combustibles, pero también de alimentos.
Dado que, como hemos visto, el crecimiento de las exportaciones fue dinámico desde los años
cincuenta en muchos países pequeños, la tendencia general estuvo determinada sobre todo por los
más grandes. Argentina, el líder en la era de desarrollo primario-exportador, tuvo el desempeño
exportador más decepcionante, que fue muy marcado hasta mediados de la década de 1960. Su
participación en las exportaciones mundiales se redujo del 2,6% en 1925-1929 (y una cuantía sólo
ligeramente inferior antes de la Primera Guerra Mundial) a sólo 0,4% al final del período.
La experiencia de Brasil no fue mejor hasta mediados de los años 1960, pero en este caso formaba
parte de una tendencia de más largo plazo, que se remontaba a principios del siglo XX. México,
después de avanzar hasta los años de la 2da Guerra Mundial, tuvo también un desempeño
exportador pobre entre mediados de la década de 1950 y mediados de la de 1970. Venezuela, la
economía con mayor dinamismo exportador en las primeras décadas de la posguerra, mermó dicho
dinamismo desde los años 1960 y perdió rápidamente participación en el comercio mundial de
petróleo desde entonces; redujo, además, sus exportaciones de combustibles durante los 1970 como
resultado de su ingreso a la OPEP.
El cambio de orientación de la política económica en la década de 1960 en varios países medianos y
grandes, hacia un “modelo mixto”, tuvo efectos positivos en términos de dinamismo exportador. El
resultado principal de este cambio fue el aumento de las exportaciones de manufacturas hacia los
países industrializados y otros países de la región, como producto en este último caso de los
emergentes sistemas de integración. Ello condujo a un aumento de la participación de las
manufacturas en el total de las exportaciones. En los países más grandes, esto incluyó exportaciones
de maquinaria y equipo a otros países latinoamericanos, así como exportaciones de tecnología, en
forma de licencias y servicios de ingeniería. Nuevos productos agrícolas se sumaron también a la
canasta de exportación de muchos países.
La incapacidad para racionalizar el complejo sistema de protección heredado del período “clásico”
tuvo, sin embargo, costos importantes. Para las industrias establecidas, esta protección dejó de
desempeñar un papel positivo como incentivo para la acumulación de capital, y se convirtió cada
vez más en una fuente de rentas y/o de defensa contra la sobrevaluación cíclica del tipo de cambio,
así como una de las explicaciones de la alta concentración industrial. Además, esta protección
distorsionó los cambios de precios relativos necesarios para inducir la sustitución de importaciones
y la diversificación de las exportaciones. El sistema de protección fue, además, parcialmente
autodestructivo en términos de su objetivo explícito de reducir la dependencia de insumos y
tecnología importados, y es posible que incluso la haya incrementado. El sistema no concibió la
protección como un instrumento acotado en el tiempo y careció en general de la idea de vincular los
incentivos al desempeño.
El surgimiento de sistemas de tipos de cambio múltiples al inicio de la posguerra convirtió el
manejo del tipo de cambio en un complemento de la política comercial. La capacidad para gravar
implícitamente las importaciones de productos competitivos y las exportaciones tradicionales, y
para subsidiar las importaciones complementarias, empleando los tipos de cambio como
instrumento, resultaba atractiva en términos de su conveniencia administrativa, ya que sólo exigía
una decisión de los bancos centrales, que los gobiernos controlaban, en vez de un debate mucho
más dispendioso en los parlamentos. Además, como establecer impuestos a las exportaciones era
políticamente difícil, en la mayoría de los países los tipos de cambio discriminatorios eran el único
medio disponible para tal fin. Sin embargo, en materia del régimen cambiario hubo mejoras
considerables desde mediados de la década de 1950 (bajo una fuerte presión por parte del FMI), y
sobre todo en la etapa “madura”, cuando se simplificó o eliminó la mayor parte de los regímenes de
tipos de cambio múltiples.
La característica más preocupante de los regímenes cambiarios de la época fue, por lo tanto, la
marcada volatilidad alrededor de la tendencia de largo plazo del tipo de cambio real, sobre todo en
las economías más proclives a la inflación, un patrón que se intentó modificar con la introducción
del sistema de minidevaluaciones desde mediados de la década de 1960. La inestabilidad del tipo de
cambio real afectó negativamente la generación de incentivos estables para nuevas exportaciones, y
generó una demanda adicional de protección por parte de los sectores que competían con las
importaciones, como defensa contra la apreciación cíclica del tipo de cambio real.
Gracias al sistema de minidevaluaciones, Brasil y Colombia fueron capaces de evitar la
inestabilidad de los tipos de cambio reales desde mediados o fines de los años 1960. Lo mismo sería
cierto de Chile después de sus traumas de los años 1970 aunque no en Argentina, que mantuvo su
persistente inestabilidad del tipo de cambio real hasta entrado el siglo XXI.
En realidad, como lo señaló Sheahan, en los años 1950 y 1960, sólo cuatro países, concentrados en
el sur del continente (Brasil y los tres países del Cono Sur) tuvieron tasas de inflación más altas que
el resto del mundo; un factor importante en las tendencias inflacionarias del Cono Sur fue la
fortaleza de sus movimientos sindicales. A ellos hay que agregar Bolivia y Paraguay durante las
turbulencias políticas de los años 1950. Con excepción de Brasil y el Cono Sur, el resto de los
países tuvo en los 1960 tasas de inflación inferiores a los países de Asia (que tienen una reputación
de baja inflación) y diez países (México, Venezuela, Paraguay, todos los centroamericanos, Cuba y
República Dominicana) tuvieron niveles de inflación inferiores al promedio mundial (4%).
La aceleración de la inflación en los años 1970 fue parte de un fenómeno universal. La tasa de
inflación de las economías no inflacionarias de América Latina fue inferior a los promedios
estimados por el FMI para las “economías emergentes”. En efecto, excluyendo Brasil y los países
del Cono Sur, el promedio simple de las tasas de inflación de los países de América Latina en 1971-
1980 fue de 14,2% vs. 17,1% que dicho organismo calcula para su categoría de las “economías
emergentes”. Nuevamente las noticias más desfavorables se dieron en los países con tradición
inflacionaria, que inauguraron la era de la inflación de tres dígitos, como parte de fuertes crisis
políticas (los finales de los gobiernos de Allende e Isabel Perón, en Chile y Argentina, en secuencia
histórica) pero también de fenómenos económicos (la fuerte indexación de precios y salarios en
todos ellos). La explosión generalizada de la inflación fue un fenómeno característico de la década
de 1980 y puede verse, más como efecto que como causa de la crisis de la deuda.
La evolución de las cuentas fiscales muestra también que el gasto público tendió a aumentar a largo
plazo en forma casi continua, con una interrupción solamente durante los años de “estrangulamiento
externo”. En promedio duplicó su tamaño relativo entre 1950 y 1982, del 12 al 22% del PIB. Sin
embargo, esta expansión fue financiada con aumentos en los recaudos, de tal forma que el déficit
fiscal fue, en general, moderados hasta los años 1960. Las excepciones se concentraron, en general,
en Brasil y los países del Cono Sur en las décadas de 1950 y 1960s, y el déficit fiscal explotó en
Chile durante los años de la Unidad Popular. De esta manera, el aumento más generalizado del
déficit fiscal fue característico de la segunda mitad de los años 1970 y, en ese sentido, puede verse
como un subproducto del auge del financiamiento externo que tuvo lugar durante esos años.
Es interesante observar que la expansión del Estado en la actividad productiva no fue
particularmente elevada, salvo en algunos sectores específicos, lo que indica que la expansión del
gobierno se dio en las actividades más tradicionales de gasto social e infraestructura. El Cuadro 4.11
muestra la importancia de las empresas públicas, medida como la participación en las actividades
económicas diferentes a las agropecuarias, de acuerdo con el conocido estudio del Banco Mundial
sobre los “Burócratas en los negocios”. Como se puede apreciar, la participación promedio del
Estado en la actividad económica era, al final del período que cubre este capítulo, del 10%, inferior
a la del resto del mundo en desarrollo. La opción de América Latina después de la 2da Guerra
Mundial fue por menos y no por más Estado. La gran excepción fue, la decisión de controlar más
estrechamente los recursos mineros, incluidos los hidrocarburos. Por eso, las participaciones más
altas de las empresas públicas en la actividad económica se observaron en general en países con
importantes sectores petroleros y mineros.
La otra gran excepción fue el sector financiero, donde América Latina sí tenía en 1970 una
participación más alta en la banca que el promedio de los países no socialistas. En algunos casos
(Argentina, Brasil y Uruguay), esta característica se remonta a la era de desarrollo primario
exportador. En otros, aunque tenía precedentes, se acentuó durante este período.
¿En qué medida perjudicó ello el desarrollo financiero? En cualquier caso, la evidencia que
mostraremos en el próximo capítulo indica que los niveles de profundidad financiera de la mayor
parte de los países de América Latina en 1980 eran comparables a los de otros países de similar
nivel de desarrollo. Mucho más importante fue el impacto que tuvo la mayor propensión a la
inflación de Brasil y el Cono Sur sobre el desarrollo financiero. Este fenómeno terminó
erosionando, en particular, el liderazgo argentino en este campo y, en menor medida, el brasileño, al
tiempo que los países con menor propensión inflacionaria experimentaron una creciente
profundidad financiera después de la 2da Guerra Mundial. La invención de la indexación financiera
por parte de Brasil, a mediados de los años 1960, y su extensión a otros, representó, como en el tipo
de cambio, una forma de contrarrestar este efecto de los altos niveles de inflación.
De esta manera, los problemas macroeconómicos más importantes que se enfrentaron durante la
etapa de industrialización dirigida por el Estado fueron las oleadas de crisis de balanza de pagos,
durante los años de estrangulamiento externo entre mediados de las décadas de 1950 y 1960, y los
que se generaron después del primer choque petrolero de 1973. El déficit fiscal y la inflación fueron
un problema recurrente en Brasil y los países del Cono Sur, que sólo tendieron a generalizarse en la
región a fines del período de industrialización dirigida por el Estado y en el caso de la inflación
como parte de un fenómeno universal.
Un balance económico general: Las formas particulares que adoptó el proceso de cambio estructural
e industrialización permitió en las etapas tempranas realizar un importante aprendizaje tecnológico,
adoptando un conjunto de conocimientos maduros y promoviendo aprendizajes locales. Pero, como
ha sido señalado, este proceso también se caracterizó por retrocesos en materia exportadora en
ramas tradicionales y por un limitado desarrollo de los sistemas nacionales de innovación, que en la
mayoría de los casos bloqueó el acceso a mercados externos más dinámicos e inhibió un proceso de
mayor transformación estructural. El conjunto de arreglos sociales, políticos y distributivos que
convergieron en torno a la expansión del mercado interno, encontraron crecientes contradicciones
ante la incapacidad de seguir profundizando el proceso de industrialización. Cabe agregar que el
rechazo a la industrialización por parte de los intereses de los sectores exportadores tradicionales,
que permanecieron ligados mayoritariamente a la explotación de recursos naturales, fue cada vez
más frontal y es quizás el reflejo de la debilidad más que de la fortaleza de la coalición industrialista
en la mayoría de los países. A ello se agrega la ya anotada volatilidad estructural del sector
exportador, que ponía al sistema ante crisis externas frecuentes, a la cual se sumó el retorno a los
mercados financieros internacionales desde los años 1970. Ambas tenían, una larga historia.
Argentina fue un caso extremo de la dificultad para lograr equilibrios estables entorno a las
estrategias de desarrollo, haciendo del conflicto político-institucional una variable más que
contribuía a la inestabilidad y la volatilidad. Ello tornó obviamente más difícil la maduración de
políticas que buscaran persistentemente generar un entorno más apropiado para la innovación y el
cambio estructural, fundamentales para un proceso decisivo de acorte distancias con los líderes de
la economía mundial. En ese sentido, el caso brasileño ofrece un claro contraste, ya que desde que
aun en condiciones de autoritarismo político y en contextos de una notoria desigualdad social,
existió una evidente cohesión entre las élites dominantes entorno a un proyecto de desarrollo
nacional con fuertes políticas productivas y científico-tecnológicas, que permitieron un importante
proceso de acumulación y transformación estructural.
La crisis de la deuda bloqueó la transición hacia un modelo de industrialización más balanceado
entre el mercado interno y el externo, como el que ya estaba emergiendo y que hubiera podido
evolucionar en forma más afín con los modelos que se mostraron más exitosos en el Asia Oriental.
En particular, a partir de los años de 1970 hubo importantes transformaciones en el propio mundo
industrializado, que se vivió en muchos países como una verdadera crisis. El agotamiento de
muchos de los elementos dinámicos de la edad de oro del capitalismo y el surgimiento de nuevos
paradigmas tecnológicos generaron importantes cambios económicos y sociales y contribuyen a
explicar la nueva ola de globalización. De esta manera, los países latinoamericanos no solo debieron
enfrentar los desafíos del agotamiento, en grados diversos, de su ya viejo modelo industrialista y
una nueva crisis financiera, sino también los desafíos de nuevos cambios tecnológicos. Mientras
buena parte del aprendizaje de los países de la región había consistido en apropiarse de las
tecnologías de la industrialización fordista, las nuevas tecnologías generarían nuevos desafíos, que
ambientaron al mismo tiempo el surgimiento de los grandes éxitos de la industrialización de Asia
Oriental y la segunda globalización. Lo que se necesitaba no era meramente la apertura hacia la
economía mundial, la apuesta a las exportaciones y la retracción del Estado, sino un salto en materia
de desarrollo tecnológico, mediante un avance significativo de los sistemas nacionales de
innovación, apoyado en un esfuerzo paralelo en materia educativa. A la postre, ello no se hizo, y
nuevamente la crisis de la deuda limitó las opciones de hacerlo.
Desarrollo social: En el ámbito social, aunque hubo precedentes en la era de desarrollo primario-
exportador, la extensión de la educación básica universal, el desarrollo de sistemas de salud
modernos, de capacitación de mano de obra y, en menor medida, de sistemas de seguridad social
recibió un impulso considerable durante la industrialización dirigida por el Estado. En términos
sociales, durante ese período los índices de desarrollo social experimentaron las tasas de
mejoramiento más rápidas de toda la historia de la región. En efecto, el mayor avance en los índices
de desarrollo humano en relación con los países industrializados se logró entre 1940 y 1980, y se
estancó en las dos últimas décadas del siglo XX.
En contra de los temores que se expresaban continuamente, la generación de empleos fue también
razonablemente dinámica. La fuerza de trabajo no agrícola creció a una tasa muy rápida en el
período 1950-1980: 4% anual, una tasa superior a la de los EE. UU. en el período 18701910.
Aunque esto se reflejó en una informalidad laboral creciente en las ciudades, la disminución del
empleo en la agricultura tradicional fue aún más acelerada, lo que generó en el conjunto de la región
una disminución del subempleo total (urbano y rural): del 46% en 1950 al 38% en 1980. El empleo
urbano avanzó durante estos años del 44 al 67%.
García y Tokman distinguen los tres patrones de evolución de estos indicadores laborales en
distintos países de la región que se indican en el Cuadro 4.12.32 En los del Cono Sur, el empleo
urbano era ya predominante y el subempleo total bajo en 1950; aunque el subempleo aumentó hasta
1980 en Argentina y Uruguay, como reflejo del lento dinamismo de estas economías, se mantuvo
muy por debajo del promedio regional. El segundo grupo se caracteriza por el aumento acelerado
del empleo urbano y la fuerte reducción del subempleo total entre estos años. Incluye a las dos
economías más grandes, al igual que las dos economías andinas más exitosas (Colombia y
Venezuela) y las dos centroamericanas más desarrolladas (Costa Rica y Panamá).
El tercer grupo, conformado por el resto de economías andinas y centroamericanas, muestra un
avance más limitado del empleo urbano y aún menos notorio en materia de informalidad laboral e
incluso, en tres países, de aumento de la informalidad total.
El rápido proceso de migración rural-urbana que caracterizó este período refleja la generación
interna de un excedente de mano de obra y, puede decirse, de una “oferta ilimitada de mano de
obra”, para utilizar la terminología tradicional de W. Arthur Lewis. La excepción fueron, por
supuesto, los países del Cono Sur, que ya habían alcanzado niveles de urbanización y formalización
del empleo muy elevado. Estos excedentes de mano de obra también tuvieron importantes
consecuencias para la migración internacional. Aunque algunos pocos países continuaron atrayendo
a migrantes europeos en particular Venezuela durante su prolongado auge petrolero, las antiguas
corrientes migratorias internacionales perdieron dinamismo después de la 2da Guerra Mundial. Al
mismo tiempo, la migración intrarregional aumentó, con Argentina y Venezuela como los
principales polos de atracción, sobre todo para los habitantes de los países vecinos. Más importante
aún, se inició la emigración hacia los países industrializados. Entre 1970 y 1980, el total de
emigrantes de América Latina y el Caribe censados en EE. UU. aumentó de 1,6 a 3,8 millones, pero
el flujo fue seguramente mayor; la proximidad geográfica fue un determinante significativo de la
importancia relativa de estas corrientes.
Los resultados en cuanto a la reducción de la pobreza y, sobre todo, a la distribución del ingreso,
fueron ambiguos, pero desafortunadamente hay grandes vacíos en los datos referentes a este tema.
La pobreza disminuyó en la mayoría de los países durante el período de industrialización dirigida
por el Estado. La 1ra estimación global de la CEPAL acerca de la pobreza, disponible para 1970,
indica que 40% de los hogares latinoamericanos era pobre; esta cifra bajó a 35% en 1980 (alrededor
de 40% de la población, dado el mayor tamaño de las familias pobres), un porcentaje que sólo se
alcanzó nuevamente un cuarto de siglo más tarde, a mediados de la primera década del siglo XXI.
La distribución del ingreso continuó siendo muy desigual en la mayoría de los casos y experimentó
patrones opuestos. En amplio contraste con su pobre desempeño económico, la distribución mejoró
en los países del Cono Sur, en parte como continuación de tendencias que venían desde antes. En el
caso de Uruguay, hubo un primer episodio de leve caída de la desigualdad a partir de los años de
1920, asociado al deterioro de los términos de intercambio y, en menor medida, a cambios socio-
políticos. La fuerte caída de la desigualdad se produjo, sin embargo, entre 1944 y mediados de la
década de 1950, cuando el fuerte incremento de los términos de intercambio que habría conducido a
un aumento de la desigualdad, fue contrarrestado por las políticas industrializadoras, los consejos de
salarios que regularon la contratación laboral en el sector privado y la expansión del sector público.
En Chile la desigualdad continuó creciendo hasta la década de 1920 y la reversión de la tendencia
se produjo posteriormente, reflejando los cambios sociales asociados al surgimiento de un fuerte
movimiento sindical, junto con el quiebre definitivo de la primera globalización. Recordemos que
los niveles históricos de desigualdad de Chile parecen haber sido siempre más elevados que los del
Río de la Plata. El caso argentino puede mostrar similitudes con el caso uruguayo, aunque su
dinámica en los años de 1920 puede hacer pensar que la caída de la desigualdad en esa década, si
existió, fue más leve.
En Argentina y Chile la reversión de la tendencia favorable fue más tardía, quizás sólo de
principios de los años de 1970, y se produjo en circunstancias políticas y económicas similares:
cruentas dictaduras militares que debilitaron los movimientos sindicales tradicionalmente fuertes de
esta región y abandonaron radicalmente la estrategia de industrialización.
Fuera del Cono Sur, los grandes excedentes de mano de obra en el campo mantuvieron deprimidos
los salarios rurales y las fuertes migraciones a las ciudades operaron como un mecanismo que
mantuvo deprimidos también los salarios de los trabajadores urbanos menos calificados. A su vez, la
escasez de mano de obra más calificada generada, entre otros factores, por el rezago que mostró el
desarrollo de los sistemas educativos en la mayoría de los países, operó en el sentido de tender a
elevar las remuneraciones de la mano de obra calificada. El hecho de que el sindicalismo tendió a
concentrarse en los sectores más formales de la economía (el gobierno y los sectores industriales y
de servicios más modernos) apoyó esta tendencia. El proceso operó, así, con un sesgo a favor de los
trabajadores formales de las ciudades, que eran parte de la coalición industrialista, de los
propietarios de capital y de los grandes propietarios rurales.
A medida que se absorbieron en las ciudades los grandes excedentes de mano de obra y aumentó la
mano de obra con mayores niveles de educación, estas presiones dejaron de operar en un sentido
adverso a la distribución del ingreso. Por eso varios países experimentaron una mejoría distributiva
desde mediados de los años 1960 (Costa Rica y México) o comienzos de 1970 (Colombia y
Venezuela). Esta tendencia no fue, sin embargo, generalizada, como lo reflejan las tendencias
distributivas adversas de Brasil durante la fase final de la industrialización dirigida por el Estado,
que promovieron sucesivos gobiernos militares.
Como un todo, el progreso social se limitó a una “clase media” que incluía a la población urbana
empleada por el Estado y por empresas privadas grandes y medianas y a algunos empresarios
pequeños, pero la magnitud de esa “clase media” variaba considerablemente entre países al final del
período de industrialización dirigida por el Estado, de acuerdo con su nivel de desarrollo. Esa clase
media fue la beneficiaria del emergente Estado de bienestar, cuyas prestaciones, especialmente en el
caso de la seguridad social (salud y pensiones, en particular, y unos pocos beneficios contra la
cesantía), se concentró en los trabajadores del sector formal de la economía. El modelo
“Bismarckiano” que se desarrolló, según el cual el acceso a la seguridad social estaba atado a un
empleo formal fue el elemento decisivo en este resultado. Los trabajadores urbanos que no recibían
estos beneficios y, los rurales, se beneficiaron de esfuerzos más generales de expansión de los
servicios sociales, especialmente en educación y salud. El resultado de ello fue un Estado de
bienestar segmentado o truncado, para utilizar dos denominaciones alternativas que ha recibido.
En materia de seguridad social, los esquemas pioneros de la primera ola de la seguridad social que
se había introducido en los países del Cono Sur desde la fase previa de desarrollo recibieron un
impulso nuevo como resultado del Informe Beveridge de 1942 en Gran Bretaña y de otros
esquemas de seguridad social que se impulsaron en el mundo industrializado. Brasil también había
tenido un desarrollo temprano de dichos esquemas, pero con un acceso mucho más limitado.
Además, como resultado de este impulso, varios países experimentaron lo que se puede llamar una
segunda ola de reformas en seguridad social en los años 1940 y 1950 en Colombia, Costa Rica,
México, Perú y Venezuela. La más notable fue la de Costa Rica, cuyas reformas desde los años
1940 la acercaron a una situación más parecida a la del Cono Sur, en un país con menores niveles
de desarrollo y urbanización.
Una de las tipologías más conocidas sobre los Estados de bienestar distingue entre tres modelos
básicos de seguridad social: el socialdemócrata que tiende a que el estado proporcione, por fuera
del mercado, beneficios universales y homogéneos, que se basan en una carga tributaria
relativamente alta; el corporativa, en el cual la fuerza de los distintos sectores sociales se refleja en
beneficios diversos, y en el que el acceso a los beneficios se produce a través de un jefe de familia
que tiene un empleo estable en el sector formal, y el liberal donde la politica de protección se
enfoca hacia los sectores más pobres, en tanto el resto de la población enfrenta los riesgos sociales a
través del mercado. En esta perspectiva, el modelo dominante en América latina fue el corporativo,
pero como se ha visto con muy altos grados de segmentación y un elemento importante de
exclusión asociado a la ausencia de beneficios para los trabajadores informales, cuyo peso en el
grueso de los países era muy importante.
Los beneficios de la modernización rural se concentraron en manos de los grandes terratenientes,
reproduciendo una distribución muy desigual del ingreso y la riqueza en el campo, cuyas raíces
históricas eran profundas. Hubo varias reformas agrarias, las más ambiciosas de las cuales
estuvieron asociadas a grandes cambios sociales y políticos: México en la década de 1930, Bolivia y
la fallida de Guatemala en la de 1950, Cuba a comienzos de la de 1960, Chile y Perú en la de 1960
y principios del siguiente, y Nicaragua en la de los 1980. Sin embargo, con la notable excepción de
Cuba, aun las reformas más radicales no alcanzaron a la mayoría de la población campesina y no
eliminaron el dualismo estructural que caracteriza a los sectores agrarios latinoamericanos.
Los pequeños productores rurales también se beneficiaron en muchos países produciendo alimentos
para las ciudades y gracias a la colonización interna en aquellos que contaban con espacios abiertos,
promovidos en algunos países como parte, pero en realidad como sustituto de una verdadera
reforma agraria. Pero, sobre todo, muchos campesinos se beneficiaron de la migración hacia las
ciudades donde, pese a los bajas e incluso inhumanas condiciones de vida de los barrios más pobres,
alcanzaron niveles de independencia que se les habían sido negados bajo las formas coercitivas de
movilización del trabajo típicas de muchas zonas rurales de América Latina del pasado.
Eventualmente, tuvieron también acceso a mayores servicios de educación, salud o agua potable. La
desaparición gradual de las formas más serviles de relaciones laborales y sociales, características de
las zonas rurales, fue, así, el resultado de la urbanización, pero a ella contribuyeron también los
procesos de reforma agraria. A la larga, el debilitamiento y, en muchos casos, la eventual
desaparición de estas relaciones serviles debe considerarse como uno de los logros históricos más
importantes de la región en materia de equidad.
EL PROBLEMA DEL DESARROLLO EN LA SEGUNDA POSGUERRA: EL MODELO ISI.
Historia económica de america latina (halderin donghi, t. glade, w et. al.)
El crecimiento basado en la ISI y el cambio estructural
Cada país ha tratado de seguir su propia vía de industrialización, la mayoría de países
latinoamericanos desde los años cincuenta hasta los ochenta han tenido en común la característica
básica de apoyarse en los sectores manufactureros como principal motor de crecimiento.
Desde 1950 hasta inicios de los años ochenta, América latina experimento una larga fase de
crecimiento sostenido sin precedentes en su historia económica. La tasa de crecimiento anual
promedio de América latina entre 1950 y 1981 fue un cuarto más rápida que la de las EMD (5,3 Y
4,2 por 100 al año respectivamente). La evolución relativa del crecimiento de América latina fue
particularmente solida durante el periodo entre los snocks de 1973 y 1980. Sin embargo, el
promedio del dinámico desarrollo latinoamericano oculta grandes diferencias entre los países.
La disparidad más grande se encuentra entre las economías más grandes: argentina, Brasil y
México. En 1950 la economía de la republica argentina era la más grande de la región,
representando un cuarto del PIB; tenía un nivel de producción el 10 por 100 más grande que el de
Brasil y el 25 por 100 mayor que México. Debido a su deficiente desarrollo relativo entre 1950 e
inicios de los años ochenta, el PIB de argentina solo creció por un factor de 2,7 mientras que el de
Brasil se multiplico por siete. A finales de ese periodo el PIB brasileño había alcanzado casi tres
cuartas partes del correspondiente al Reino Unido. México logro un crecimiento semejante durante
ese periodo. Hacia 1990 Brasil y México juntos representaban casi tres quintos del PIB
latinoamericano. En ese año la producción argentina represento solo cerca de un tercio de la
brasileña y la mitad de la mexicana.
Si comparamos el desarrollo de Brasil y México con el de los países asiáticos, encontramos que su
trayectoria entre 1950 y 1981 fue mucho mejor que la de china o india, pero no tan buena como la
de los pir. Sin embargo, gran parte del cambio se debe a que Brasil y México tuvieron un
crecimiento demográfico más rápido de hecho, si los pir hubieran tenido las misma tasa de
crecimiento demográfico, mientras los demás factores se mantenían iguales, la renta diferencial per
cápita entre estos dos grupos de países apenas se habría reducido en estas tres décadas. Durante los
80, sin embargo, estos dos países latinoamericanos evolucionaron muchos peor que todos los países
asiáticos.
El crecimiento económico de América Latina entre 1950 y 1981 y la rápida transformación de su
estructura productiva, fueron posibles por el notable proceso de acumulación de capital. La
inversión interna bruta creció a una tasa anual del 7,4 por 100; la inversión en maquinarias y
equipos también creció rápido, a una tasa anual del 8 por 100.
Esta acumulación provino del uso productivo de recursos invertibles tanto internos como externos,
alentado por los cambios institucionales tanto en el sector público como en los mercados de capital..
La inversión creció más rápido que el PIB durante este periodo, pasando del 18,4 por 100 del PIB
en los años cincuenta al 22,2 por 100 en 1973-1981. De ahí en adelante la formación de capital se
redujo drásticamente, con un coeficiente promedio de inversión de 1982-1990 que estaba un cuarto
por debajo del de 1973-1981. esto se debió al ajuste recesivo implantado después de la crisis de la
deuda de 1982, y a la escasez de fondos resultante de la transferencia negativa de recursos
financieros de la región.
Los datos disponibles ilustran el hecho evidente de que los países con mejor desarrollo en su
crecimiento, como Brasil y México, tenían las tasas más altas de acumulación de capital. Mientras
estos dos países alcanzaban una tasa de crecimiento de la inversión fija del 8 por 100 anual entre
1960 y 1981, en Argentina solo llegaba al 2,9 por 100.
En los años cincuenta, la acumulación del capital fue financiada principalmente con el ahorro
interno debido a la falta de acceso de los países latinoamericanos a los mercados financieros
internacionales. Cuando la financiación externa se hizo disponible con mayor libertad, su
proporción comenzó a subir, alanzando casi un cuarto de la inversión interna en 1981.
Un aspecto crucial de la inversión es el origen de los bienes de capital. Por lo general, a mayor
proporción de bienes de capital suministrada por productores internos, mas endógeno es el proceso
de crecimiento, esto es, se generan mayores efectos multiplicadores de la inversión en la
producción. En la mayoría de los países latinoamericanos de tamaño pequeño y mediano, esta
producción era todavía muy baja a finales del periodo estudiado. Los incrementos en la inversión
tendían a estar asociados con el rápido crecimiento de las importaciones, lo cual ejercía presión
sobre la balanza de pagos. Por esta razón, a menudo los gobiernos habían concentrado sus esfuerzos
inversores en obras públicas y construcción, que requerían insumos internos intensivos. Los países
grandes como Brasil, argentina y México fueron capaces de desarrollar importantes industrias de
bienes de capital. Para América latina en su conjunto, la proporción de bienes de capital importados
en la formación total de capital descendió del 28 por 100 en 1950 y al 15 por 100 en 1973.
Después de la primera crisis del petróleo, el componente importado de la inversión se elevó otra
vez, debido principalmente a la veloz alza de las importaciones en los países exportadores de
petróleo de la región, a la mayor disponibilidad de créditos extranjeros y a las nuevas políticas de
liberalización de importaciones aplicadas en muchos países latinoamericanos.
Otro aspecto importante del proceso de crecimiento fue la transformación de la estructura
productiva. En América latina, como en otras áreas en vías de desarrollo, el rápido crecimiento fue
la transformación llevo a un descenso significativo de la participación de la agricultura en el PIB,
que cayó casi un 18 por 100 en 1950 al 12 por 100 en 1973 y al 11 por 100 en 1981. Paralelo a esto,
hubo un aumento de la participación del sector manufacturero del 18 por 100 del PIB en 1950 al 27
por 100 en 1973.
Estos cambios en la estructura productiva de América latina eran más acusados en los países de
rápido crecimiento, como Brasil y México, que e los pequeños y menos desarrollados.
Con el rápido incremento de la renta per cápita, cabía suponer un cambio en la estructura
productiva en esta dirección provocado por la demanda interna. La velocidad del cambio tenía que
ver también con la manera en que se realizaba la ISI. Desde la perspectiva de la ventaja
comparativa, la rápida reducción del tamaño relativo del sector agrícola en países como Argentina
y Uruguay (donde bajo al 11 por 100 del PIB en los años ochenta) es difícil de justificar.
Comparativas en la producción de cereales y en la ganadería y eran exitosos exportadores de estos
productos. Como en el caso de otros productos básicos de exportación, un rasgo común de las
políticas de desarrollo era su sesgo contra la agricultura, particularmente en la forma de políticas
discriminatorias en el tipo de cambio y términos de intercambio internos decrecientes frente a la
industria manufacturera.
La agricultura latinoamericana era considerablemente heterogénea. Grandes propiedades modernas,
donde la innovación tecnológica y la acumulación de capital coadyuvaban a la elevación de la
productividad, coexistían al lado de tenencias campesinas que apenas ofrecían el mínimo de
subsistencia a los que trabajaban en ellas. Mientras las relaciones capitalistas de producción
transformaban las fincas comerciales y las plantaciones en empresas modernas que eran muchas
veces la fuente de sustanciales ingresos de divisas, una gran parte de la población rural trabajaba
aun en pequeñas parcelas de auto subsistencia o eran trabajadores eventuales sin tierra.
Algunos cambios tuvieron lugar durante los años sesenta y setenta al menos en algunos países
latinoamericanos que alteraron el patrón tradicional de latifundio-minifundio. Algunos países
emprendieron reformas agrarias radicales que disminuyeron la importancia del viejo sistema
latifundista o lo eliminaron casi por completo. Como resultado, una nueva forma de mediano
capitalismo agrícola surgió, mostrando un enfoque más empresarial de la gestión, un interés más
fuerte por la selección de los cultivos más apropiados.
Las reformas agrarias eran muchas veces limitadas en lo que respecta a la población agrícola.
Grandes sectores campesinos no se beneficiaron, porque no estaban empleados en las grandes
propiedades que fueron expropiadas. Para los que estaban empleados en dichas propiedades, la
posibilidad de desenvolverse como productores campesinos dependía del acceso al crédito, a la
asistencia tecnológica y a la comercialización. Por tanto, el éxito dependía esencialmente de si los
nuevos asentamientos agrarios podían organizarse en cooperativas y de si el estado tenía la voluntad
y la capacidad para adaptar las instituciones públicas al desarrollo agrícola. Hubo también
retrocesos en la reforma agraria cuando las ideologías neoliberales se extendieron junto con los
regímenes autoritarios.
La producción agrícola en américa latina se expandió a una taza ligeramente mayor que la de la
producción agrícola mundial. El crecimiento anual promedio entre 1960 y 1981 fue del 3,7 por 100
cayendo después al 1,7 por 100 en 1981-1990. según la organización para la alimentación y la
agricultura (FAO) el aumento del área de tierra cultivada, antes que el crecimiento de la
productividad, parece haber sido el factor principal en el aumento de la producción. Al mismo
tiempo se comenzó a utilizar la tierra más intensivamente y la productividad de las tierras
tradicionalmente fértiles de las zonas templadas aumento con la introducción de tecnología
moderna.
Se ha estimado que tres quintos del crecimiento de la producción agrícola en los años setenta se
debió a la mayor área cultivada y que solo dos quintos a los más altos rendimientos. Gran parte de
estos últimos se concentró en las grandes propiedades y plantaciones. Cuando las plantaciones se
hicieron más productivas y más intensivas en capital, la diferencia de productividad entre estas y la
agricultura campesina aumento. El crecimiento de la productividad también se redujo a partir de la
crisis de 1982, como resultado de los menores niveles de inversión y el reducido uso de
fertilizantes. En varios países latinoamericanos pequeños, la agricultura contribuyo con más de la
mitad de las exportaciones.
Aunque América Latina ha sido tradicionalmente un exportador neto de bienes agrícolas, las
importaciones crecieron más rápido que las exportaciones hasta la crisis de la deuda de 1982; entre
1961 y1982 las importaciones crecieron a una tasa anual del 6,6 por100 mientras que las
exportaciones solo lo hicieron el 3,7 por 100. El rápido crecimiento de las importaciones agrícolas
se debió a la creciente renta interna, la revaluación del tipo de cambio, la liberalización de la
importación de productos agrarios y el subsidio de las exportaciones de las EMD. Esta tendencia
cambio totalmente después de la crisis de financiación externa en 1982 y hasta fines de los años 80
ya que las importaciones de productos agrícolas disminuyeron, mientras que las exportaciones
crecieron más rápidamente.
El porcentaje de las exportaciones de América Latina en el comercio mundial de productos
agrícolas se elevó del 36 por 100 en 1975 al 46 por 100 en 1984; utilizando la clasificación
normalizada para el comercio internacional a tres dígitos (ISTC, International Standard Trade
Classification) para las exportaciones de América Latina, se evalúa que la región suministró entre
en 10 y el 59 por 100 de las exportaciones mundiales en once grupos de productos.
La industrialización en América Latina comenzó pronto en los tres países grandes (Argentina, Brasil
y México) y en algunos países más pequeños. Más tarde el colapso del comercio internacional
provocado por la primera guerra mundial y la depresión de 1929 dio nuevos estímulos a la
manufactura en estos países y alentó avances hacia la ISI. Tras la segunda guerra mundial, algunos
países medianos tales como Colombia, Perú y Venezuela también se adentraron totalmente en la ISI,
logrando altas tasas de crecimiento de la manufactura durante los años cincuenta. En los países
centroamericanos, el principal estimuló a la industrialización fue el tratado de integración de los
años sesenta.
La ISI en América Latina comenzaba con la producción de bienes de consumo ligeros, después
pasaba a los bienes intermedios, a los de consumos duraderos y a los bienes de capital. Las
economías de escala, la especialización y el tamaño del mercado interno se hicieron cada vez más
importantes, y la tecnología se volvió más compleja cuando la ISI progresaba hacia etapas más
avanzadas. Algunos países que habían iniciado su ISI con mayor anticipación, como Argentina y
Chile, pronto comenzaron a tropezar con dificultades debidas principalmente a la incapacidad para
explotar las economías de escala dada la limitada exportación de manufacturas. América Latina
obtuvo altas tasas de crecimiento de las manufacturas entre 1950 y 1981 en que la producción
creció más de seis veces.
Hacia finales de los años setenta, los países latinoamericanos habían alcanzado niveles muy
diferentes de industrialización tal como lo muestra la participación de las manufacturas en el PIB.
En los países grandes, entre el 22 y el 32 por 100 del PIB provenía del sector manufacturero,
mientras que en Venezuela y en la mayoría de los países más pequeños esta cifra estaba por debajo
del 19 por 100. La participación de las manufacturas en el PIB de Argentina se redujo del 29 por
100, mientras que en Chile bajo del 26 por 100 a inicios de los años setenta al 21 por100 en 1980.
La industrialización de América Latina sufrió una serie de problemas que frustraron algunas de las
expectativas iniciales. Por ejemplo, se ha sostenido que la región fue incapaz de desarrollar un
“núcleo endógeno” de actividades manufactureras que podría haber conseguido estimular otros
sectores de la economía. Esto se debía en parte a las políticas internas, como las formas extremas de
proteccionismo y el tipo de cambio sobrevaluado y en parte a la debilidad de los empresarios
locales a los que se ha caracterizado como carentes de deseos de innovación, poco emprendedores y
sin un horizonte de planificación de largo plazo. Otros han citado la inestabilidad de las políticas
internas que desviaban los esfuerzos hacia objetivos de corto plazo, y una gran propensión al
consumo especialmente entre los grupos de altos ingresos, fomentada por la desigual distribución
del ingreso en la región y la prematura diversificación de los patrones de consumo.
En los años ochenta, la recesión (tanto interna como externa) y la crisis de la deuda mostraron estos
problemas estructurales de largo plazo de forma espectacular y el crecimiento industrial sostenido
que la región había manifestado hasta 1980 se detuvo súbitamente.
Aunque la crisis años ochenta afecto a todos los países de la región independientemente de sus
políticas económicas anteriores, en algunos casos, como el de Argentina y Chile, los problemas
surgieron mucho antes. En estos países, las políticas monetarias restrictivas y la correspondiente
represión de la demanda interna, el alto costo del crédito interno, los tipos de cambio real
sobrevaluados y las reducciones drásticas de la protección arancelaria en los años setenta causaron
un brutal descenso de la producción en varias ramas del sector manufacturero que no fue
compensado con la expansión de otras actividades.
La recuperación de la producción manufacturera de la región a partir de 1984 fue estimulada por
las políticas orientadas a modificar la composición del gasto implantadas después de la súbita
disminución del gasto inicial de 1982-1983, que provocó una drástica caída de las importaciones de
bienes manufacturados; de hecho en 1983-1984 el déficit comercial en bienes manufacturados de
los once países miembros de la ALADI (Acuerdo Latinoamericano de Integración) cayó por debajo
de 10.000 millones de dólares estadounidenses comparados con los 45.000 millones de 1980-1981.
el ajuste a partir de 1984 favoreció la sustitución de bienes manufacturados importados por la
producción interna y estimulo la exportación. Pese a la recuperación de la producción y al
significativo aumento de las exportaciones, el inestable contexto político y macroeconómico, las
frecuentes crisis de divisas y las súbitas oleadas inflacionarias mantuvieron el nivel de inversión en
el sector manufacturero durante los años 80 por debajo del nivel anterior a la crisis.
Se ha ligado estrechamente la industrialización en América Latina a la evolución de la balanza de
pagos. Cuando la producción interna creció y América Latina a la evolución de la balanza de pagos.
Cuando la producción interna creció y América Latina adoptó la ISI, el volumen y la composición
del comercio de manufacturas se transformó. Primero la ISI redujo el déficit comercial en
manufacturas (como porcentaje del PIB). Segundo con la ISI la producción interna se hizo cada vez
más dependiente de las importaciones de bienes intermedios y de capital.
La ISI aumentó la dependencia de la producción interna respecto a las importaciones de bienes
intermedios y de capital. Antes de la ISI, los efectos de las fluctuaciones cíclicas de la demanda
internacional de productos básicos exportados por América Latina eran trasmitidos a la economía
interna principalmente a través de cambios en el nivel de la demanda efectiva (tanto pública como
privada). Más adelante, con la ISI, apareció una nueva conexión a través de la oferta, pues la
producción de manufacturas exigía grandes cantidades de bienes importados intermedios y de
capital. Se hizo cada vez más complicado adaptarse a los ciclos recesivos externos sin afectar
directamente a la producción interna de manufacturas. El desarrollo de una ISI de importación
intensiva produjo una creciente rigidez en la demanda de importaciones tal como se reflejó en la
reducida elasticidad-precio de estos bienes.
El efecto de la ISI sobre la demanda de importaciones fue fortalecido por la estructura de
protección, que daba una protección efectiva baja a la producción de bienes intermedios y de
capital. Esta política dejó sin incentivos a la producción interna de dichos bienes y alentó el uso de
tecnologías intensivas en capital.
En algunos países la ISI promovió un incremento de las importaciones de alimentos. Los salarios
reales se hicieron entonces más sensibles al tipo de cambio y al precio de los alimentos importados.
Esto fue en parte una consecuencia de la estructura misma del proteccionismo, que repercutía en un
deterioro de los términos de intercambio agrícolas (frente al sector manufacturero), una
reasignación de recursos de inversión hacia los sectores urbanos y un crecimiento agrícola más
lento, el cual se convirtió en un obstáculo para el desarrollo industrial cuando el excedente
comercial de la agricultura disminuyó rápidamente durante los años cincuenta y sesenta.
Otro mecanismo que vinculaba a la ISI con los problemas de la balanza de pagos era el sesgo anti
exportador de las políticas comerciales. Parece evidente que los países latinoamericanos fueron
lentos en percibir los cambios que estaba ocurriendo paulatinamente en la economía mundial, así
como en predecir el agotamiento de la ISI. El hecho es que se mantuvo por demasiado tiempo el
acento en las políticas de desarrollo en los mercados internos. Sin subsidios a la exportación para
compensar las distorsiones de los precios asociadas con la ISI, las actividades de exportación
estaban en muchos casos expuestas a una protección efectiva negativa.
La ISI tal como se aplicó en los países latinoamericanos durante este periodo, condujo a una
disminución de la participación del sector externo en el PIB. El resultado fue una tendencia
estructural hacia déficits más grandes en la balanza de pagos hasta la crisis del petróleo de 1973-
1974. De este modo, la balanza comercial paso de un excedente de alrededor del 3 por 100 del PIB
a inicios de los años cincuenta a un déficit de casi el 2 por 100 en 1971.
Como exportador neto de petróleo, América Latina en su conjunto se benefició de la subida de
precios de 1973.1974 y 1979-1980. Además los países importadores de petróleo intentaron
aumentar y diversificar sus exportaciones, particularmente en las manufacturas.
Durante los años 60, hubo una creciente conciencia de que la ISI, pese a algunos importantes
logros, no estaba consiguiendo hacer a las economías latinoamericanas menos vulnerables al
impacto externo, ni reducir sus restricciones de divisas. Como resultado, un nuevo consenso
comenzó a surgir que la ISI necesitaba un mayor equilibrio en su estructura comercial, que debía ser
más selectiva y que era esencial expandir y diversificar rápidamente las exportaciones.
La CEPAL promovió activamente la creación de un mercado regional latinoamericano, convencida
de que la ISI no podría progresar mucho en lo que llamaba “comportamientos estancos”.
Los países que había progresado más en su proceso de ISI tuvieron mayor éxito en aumentar las
exportaciones de bienes manufacturados. Este fue particularmente el caso de Brasil y México, pero
también ocurrió en otros países como Argentina y Colombia. Todos ellos, en diferente grado
diversificaron sus exportaciones de bienes manufacturados dentro de los mercados latinoamericanos
así como fuera de ellos.
De las reformas en las políticas encaminadas a alentar las exportaciones no tradicionales, las más
importantes fueron aquellas dirigidas al tipo de cambio real, a los aranceles y a los incentivos para
la exportación. En relación a los tipos de cambio, el principal objetivo para evitar la revaluación de
la moneda en periodos de alta inflación y las devaluaciones masivas e impredecibles.
La nueva política buscaba una estabilidad mayor en el tipo de cambio real mediante el ajuste
continuo de los valores nominales para reflejar la inflación interna y externa y los cambios en la
competitividad internacional. La política consistía en tasas de ajuste pequeñas y regulares para
evitar la acumulación de desequilibrios; esto favorecería el lado real de las economías y
desalentaría las fluctuaciones especulativas que afectaban a los mercados de divisas cuando las
tasas se mantenían fijas en términos nominales o como cuando se les permitía fluctuar libremente.
Se consideraba que esta política era también un factor que contribuía a la reducción de la protección
redundante que había sido utilizada como amortiguador contra la recurrente revaluación artificial en
países propensos a la inflación.
Las reformas arancelarias eran otro cambio en la política que tendían a reemplazar las restricciones
cuantitativas en las importaciones con aranceles ad valorem y a reducir la lista de importaciones
prohibidas. Las restricciones cuantitativas utilizadas en los años cincuenta tenían una serie de
problemas de asignación, distribución y administración. Por esta razón las reformas comenzaron a
reemplazar o complementar aquellas restricciones a la importación con aranceles que se
consideraban más efectivos, más fáciles de administrar y más útiles para proporcionar una mayor
renta fiscal al gobierno. Las reformas arancelarias que se comenzaron a implantar durante los años
sesenta, también intentaron reducir el sesgo contra las exportaciones derivado de la protección de
negativa real prevaleciente para muchas actividades exportadoras. Un tercer grupo de políticas
económicas orientadas a la promoción de las exportaciones consistía en mayores inversiones
públicas en infraestructura para la exportación, subvenciones y un acceso más fácil a la financiación
para los exportadores.
Los principales componentes de las exportaciones agroindustriales a finales de los setenta eran las
frutas enlatadas y jugos de fruta, extractos y esencias de carne, café, carne enlatada, chocolates.
Otras exportaciones de bienes manufacturados comprendían prendas de vestir, equipos de
telecomunicaciones, productos químicos, artículos de hierro y acero, aparatos eléctricos,
manufacturas de papel y cuero, calzado, vehículos y motores. Un sector exportador peculiar en
América latina fue el de la maquila (planta industrial) que se encuentra especialmente en México y
algunos países caribeños.
La liberalización comercial y la mayor participación de las exportaciones en el PIB a partir de 1973,
junto con las facilidades financieras, hicieron a las economías latinoamericanas más vulnerables a
los desarrollos externos positivos y negativos, un fenómeno que se manifestó en los años 80.
Hay tres características principales de la experiencia de diversificación de las exportaciones de
América Latina. En primer lugar, los países grandes tuvieron más éxito en este aspecto, fueron los
que realizaron una ISI más efectiva y tuvieron una base industrial más desarrollada.
En los países pequeños los tipos de cambio favorables y otros incentivos a la diversificación de la
exportación no fueron tan efectivos como en las economías grandes más industrializadas. En
segundo lugar los países más exitosos en términos de la diversificación de las exportaciones fueron
aquellos en que el estado intervino activamente con medidas dirigidas a la promoción de la
exportación. En otras palabras, como en el caso de los PIR, se realizó la apertura de la ISI
generalmente mediante la reorientación de muchos instrumentos de promoción directa, tales como
la inversión pública, los subsidios, la financiación pública y la exención fiscal, junto con la
corrección de algunas distorsiones perjudiciales tales como la protección efectiva negativa y un tipo
de cambio artificialmente revaluado. Finalmente la integración económica regional fue otro factor
que tuvo un impacto significativo y promoción de la exportación.
EL MODELO ISI EN ARGENTINA. EL PAPEL DE LAS INVERSIONES EXTRANJERAS.
DISPARIDADES REGIONALES.
Sistema socioeconómico y estructura regional en la Argentina (Rofman- Romero)
Tercera etapa: la sustitución de las importaciones (1930-1952)
La crisis de la economía mundial de 1929-1930 daño irreparablemente el sistema económico
argentino basado en la producción agropecuaria exportable, y modifico sensiblemente su
vinculación con el sistema internacional de dominación.
La crisis y después de la guerra mundial aflojaron los vínculos de dependencia y elevaron el nivel
de la frontera interna, permitiendo a los grupos dominantes locales mayor autonomía en sus
decisiones; esta autonomía les permitió, incluso aprovechar el debilitamiento de los vínculos y jugar
con los enfrentamientos parciales entre las grandes potencias. La nueva organización del mercado
mundial que se estableció a partir de dicha crisis impulso un cambio lento, difícil al principio, en la
organización productiva argentina, que comenzó a volcarse en parte hacia el mercado interno. Este
cambio, conocido habitualmente como proceso de sustitución de importaciones, fue acompañado
paso a paso por profundas modificaciones en la estructura de poder, no solo en cuanto a la
articulación de los grupos que lo ejercían sino también en cuanto a la función misma que en esa
nueva organización adquirió el aparato estatal.
La estructura de poder: Dos etapas se advierten en la estructuración del poder en argentina, luego de
la crisis. La revolución de 1930 abrió un ciclo que se cerró el 4 de junio 1943. el golpe militar,
primero y el peronismo después.

La etapa 1930-43: La crisis de 1930 inicio en la argentina un proceso de expansión y desarrollo


industrial apoyado en la sustitución de las importaciones. El contexto global nacional y mundial en
que se produjo este proceso determino que ese desarrollo no altera profundamente la estructura
social argentina; por el contrario, la oligarquía terrateniente, el nuclea de los sectores dominantes
hasta 1930, se adaptó a las nuevas condiciones, consolido su posición y mantuvo el liderazgo en la
nueva organización que se delineaba. En la Argentina, la sustitución de importaciones se originó en
buena parte fue obra de este, que resulto así considerablemente fortalecido.

La respuesta de la oligarquía a la crisis mundial fue recuperar el poder político y desalojar al


radicalismo yrigoyenista. El sector yrigoyenista, vuelto al poder en 1928, acentuó algunos rasgos
populares con ciertos matices nacionalistas y antiimperialistas que, el radicalismo estaba
fuertemente anclado en la tradicional argentina agroexportadora y era por ello incapaz de encarar y
dirigir los drásticos cambios necesarios para salvar el sistema d los efectos de la crisis.

En los primeros años la acción de la oligarquía restaurada en el poder político se caracterizó luego
del triunfo de Justo por una vigorosa intervención del aparato estatal para salvar al sistema
económico total. Las medidas que tomo, tenían antecedentes inmediatos en muchos otros países
afectados igualmente por la crisis. El estado adopto la política de regular la producción y
comercialización de productos agrícolas mediante la creación de la Junta Nacional de Granos, el
establecimiento de precios sostén y la limitación de las áreas sembradas. El Estado logro así
asegurar la renta agraria para los sectores propietarios a costa de arruinar a innumerables cantidad
de pequeños hacendados y de acentuar el proceso de concentración de la propiedad. El conjunto de
estas medidas reflejaba un gran aumento de la participación del Estado en la vida económica.
A diferencia de lo que había sido el estado liberal, el estado asumió numerosas funciones nuevas y
adquirió progresivamente una mayor autonomía relativa respecto de las fracciones dominantes.
El estado asumió la función de arbitraje y regulación de intereses no siempre armónicos y llego a
adquirir una independencia tal respecto de ellos que pudo defender los objetivos superiores de la
clase aun a riesgo de afectarla en sus intereses más inmediatos.
La acción del estado se concentró en un intento para superar la crisis provocada por el cierre de los
mercados externos a la producción agropecuaria. Contribuían a dicha crisis no solo la restricción de
la demanda y la caída de los precios mundiales sino también las barreras proteccionistas puestas por
Inglaterra.
La Argentina obtuvo la asignación de una cuota en el mercado de carnes ingles a cambio de un trato
preferencial a las inversiones británicas en la Argentina. Este trato preferencial, por el cual el capital
ingles esperaba recuperar posiciones que había perdido en la década del 20 frente al capital
norteamericano, se tradujo en la creación del banco central y el establecimiento de control de
cambios, mediante el cual se otorgó cambio favorable para las compras en Inglaterra, cerrando
puertas a mercados competidores. El instituto movilizador permitió al capital ingles controlar la
política crediticia del país.
Con respecto a las cuotas de carne; el tratado establecía que se mantendría el cupo para la carne
enfriada y que el 85% sería comercializado por los frigoríficos ingleses.
La composición del estado y la política de protección industrial: La crisis determino no solo una
modificación profunda en el papel del estado sino también una división en el bloque dominante. A
partir de 1930, la conducción hegemónica quedo en manos del sector invernador, que por otra parte
estaba íntimamente vinculado con el capital financiero internacional radicado en la argentina. Si el
tratado de Roca-Runciman sirvió como primer paso hacia una recuperación del equilibrio perdido
en 1930, fueron necesarias otras medidas que complementaras y ampliaran la base de sustentación
del sector.

Como alternativa se intentó una salida que se ajustara mejor a la nueva situación del mercado
mundial y que ponía el acento en el desarrollo de la actividad productiva orientada hacia el mercado
interior. Se elaboró de ese modo un plan de protección y estímulo a la industria local cuya expresión
más sistemática fue el plan de reactivación industrial de 1940.
Este proyecto, aunque no fue aprobado legalmente, recogió una serie de medidas que habían sido
aplicadas por los gobiernos de Justo y Ortiz y se proponía proteger y desarrollar la instalación
industrial existente; desde el origen este plan de industrialización fue limitado y no se planteó
objetivos de mayor alcance.
Las medidas protectoras de la industria surgieron de las primeras disposiciones anticrisis. Se
estableció un severo control de importaciones, tendiente a equilibrar la balanza de pagos, que
favoreció en el mercado a los productos elaborados localmente. Se fijaron derechos adicionales para
combatir el dumping de los países centrales, se propusieron tarifas protectoras e incluso el
establecimiento de drawback, por primera vez apareció el crédito industrial en los proyectos
oficiales.
La industria tenía un modesto campo de acción y sus capitales se hallaban estrechamente vinculados
con los sectores agropecuarios y los capitales extranjeros.
El bloque dominante se halló entonces compuesto por una fracción de la oligarquía y la fracción
industrial, manteniendo la primera la hegemonía dentro del bloque.
Características de la industrialización. La industrialización fue necesariamente limitada. Esta etapa
marco un intenso crecimiento de la producción y una rápida acumulación de capital. El control
exclusivo que el sector propietario tenia del poder le permitió reducir al mínimo los ingresos del
sector obrero. La capacidad de presión del sector obrero fue muy limitada durante este periodo,
primero por las consecuencias de la recesión y el desempleo y después, por la endeblez de la
organización sindical.

La industrialización acelero el proceso de migraciones internas; grandes masas de población rural,


empujadas por la crisis agrícola, se volcaron hacia los centros industriales, especialmente la capital,
el crecimiento de sus zonas suburbanas (el gran Bs. As.) es muy conocido.

La expansión del sector obrero modifico lentamente el equilibrio alcanzado entre las fracciones
sociales: el nuevo proletariado se incorporó a la acción sindical y se movilizo en pos de mayores
salarios y mejores condiciones de trabajo. La ola de huelgas y acciones de fuerza creció, y culmino
en los años 1939-1942, aunque no obtuvo grades victorias, pues choco con el programa de intensa
acumulación que estaba realizando el sector industrial.
La etapa de 1943-1952: A partir de 1943 se desarrolló en la Argentina una original experiencia
política, caracterizada como periodo de nacionalismo popular. La compleja articulación de grupos
que se reunieron en torno de un estado que desarrollo aún más sus funciones no puede identificarse
por la simple referencia a uno de sus rasgos más salientes, hablar de gobierno de la burguesía o
gobierno popular define mal un fenómeno bastante complejo, dinámico y cambiante.

La nueva coyuntura política: El proceso de sustitución de importaciones se aceleró notablemente al


comenzar la década del 40ª causa de las repercusiones locales de la guerra mundial. Los problemas
que debieron afrontar los países centrales crearon para la industria argentina nuevas condiciones de
protección automática.

El desarrollo industrial, que hasta entonces se había limitado a industrias ya instaladas,


estrechamente vinculadas con los grupos internacionales, incorporo toda una seria de actividades
que adquirieron un mercado por la guerra: repuestos, mantenimiento, metalúrgica, etc.
Por otra parte, la coyuntura favorable creada por la misma guerra a los productos agropecuarios
otorgó al país una gran cantidad de divisas y saldos comerciales favorables. Esto, unido a las
restricciones de las importaciones, creo una situación absolutamente novedosa: la argentina se
convirtió en acreedora de los países centrales. De la revolución de 1943 salió un agrupamiento
político que expreso esta nueva situación y entre las numerosas tendencias actuales en el golpe de
junio, surgió y se hizo fuerte un grupo militar partidario de un industria de base. Esta situación
caracterizada la coyuntura posterior a 1930, cuando el desarrollo de las funciones estatales adjudico
la importancia a n sector militar que, a partir del control del Estado, intento conseguir los apoyos
políticos necesarios para mantenerse.
El movimiento obrero se incorporó a este bloque político, prestando su apoyo a los sectores
hegemónicos. El movimiento peronista se presentó como una alianza entre los sectores más nuevos
y pujantes de la burguesía industrial y la clase obrera, organizada y garantizada por el estado, que
ocupaba el poder, logro no solo legitimar este sino obtener una base de apoyo para su programa de
industrialización. Desde entonces, el estado actuó con cierta autonomía respecto de los dos sectores.
El peronismo procuro armonizar las necesidades del desarrollo del sector más dinámico de la
industria con la presión del movimiento obrero que buscaba una mayor participación de los
ingresos. El estado asumió el papel de árbitro en esa situación que habría de ser inestable.
La política peronista de promoción industrial.: Uno de los puntos básicos de la política peronista
inicial fue la redistribución de ingresos. Esta política respondía a la presión anterior del movimiento
obrero, que vio así satisfechos muchos de sus reclamos. Pero probablemente fue más importante el
que la redistribución de ingresos expandiera sensiblemente el mercado consumidor interno; esta
expansión era vital para todas las industrias surgidas de la guerra, a las que el fin contienda ponía en
situación difícil. La mayor demanda de productos de consumo, especialmente los de consumo
durable, permitió la subsistencia del sector manufacturero, que era uno de los ejes del bloque
dominante. Era esta coincidencia de intereses entre industriales y obreros la base de la existencia del
peronismo.

Para sostener esta política distributiva y al mismo tiempo mantener la acumulación de capital se
aplicaron métodos nuevos. El estado peronista contaba con las reservas de divisas y con la
transferencia de ingresos del sector rural al industrial. Las divisas de guerra fueron, mientras
duraron, el fundamento de esta política.
El control de cambios y la transferencia de ingresos de la actividad agropecuaria a la industrial
(Instituto argentino de promoción del intercambio), junto con el mantenimiento de la legislación
protectora, el desarrollo del crédito industrial, etc., caracterizaron la política económica del
gobierno peronista.
Para realizarla, el estado debió expandir aún más sus funciones e intervenir ampliamente en la vida
económica, haciendo de mediador entre intereses distintos y contradictorios, a los que debía
armonizar. El estado intervino en muchos sectores de la economía como gestor directo; tal el caso
de la nacionalización de los servicios públicos (ferrocarriles, electricidad, gas, teléfonos, etc.), de
las empresas estatales, como yacimientos petrolíferos fiscales (YPF), yacimientos carboníferos
fiscales (YCF).
El movimiento obrero actuando a través de las asociaciones profesionales y los sindicatos,
reconoció la legitimidad de la situación vigente y limito su acción al reclamo de mejoras salariales.
Por otra parte, el estado fue absorbiendo progresivamente a los sindicatos, a los que impuso una
organización y dirección verticales.
El proceso de sustitución de importaciones.

La crisis mundial y el desarrollo de la sustitución de importaciones.: La crisis de 1929-1930


provoco doble efecto negativo sobre la economía agroexportadora argentina: disminuyo
notablemente la demanda de alimentos y el precio de estos en el mercado mundial, iniciándose el
largo proceso llamado de “deterioro de los términos del intercambio”.

A partir de 1935 se hace evidente la declinación en el monto total y se aprecia un fuerte predominio
de las inversiones privadas (dedicadas a la obtención de bienes de capital y de consumo) en
desmedro de las inversiones públicas (orientadas hacia la infraestructura social básica).
En cuanto a la reducción en la capacidad para importar debido al deterioro de la relación de precios
de exportación con los de importación, se advierte en la fuerte disminución del respectivo índice.
En 1930-1934, dicho índice fue de 66,2 frente al valor base 100 en 1925-1929. Por otra parte, la
crisis puso fin al libre flujo de capitales que había caracterizado la etapa anterior; el patrón-oro fue
abandonado y los países centrales, al tiempo que restringían sus exportaciones, eliminaban también
el aporte financiero. El problema más grave fue el peso que adquirió la deuda externa; en función de
ello se tomaron una serie de drásticas medidas, surgidas de la necesidad de ahorrar divisas.
Las exportaciones dejaron de tener la función exclusiva y dominante que habían desempeñado hasta
entonces; las medidas adoptadas para combatir la crisis crearon las circunstancias favorables para la
expansión industrial. La caída de las exportaciones y la falta de divisas obligaron a adoptar medidas
necesarias para reducir las importaciones: depreciación monetaria, control de cambios, aumento de
derechos aduaneros o simple prohibición de importar algunos productos. Si bien esto implicó un
cierto aumento en los costos de producción locales, estos fueron menores que los aumentos en los
productos importados, creándose así una atracción de la inversión local hacia la industria.
El aumento del nivel de la actividad económica expandió la demanda interna y creo nuevos
incentivos a la inversión. El proceso de sustitución se mantuvo aceleradamente hasta 1943,
prosiguiendo luego con menor ritmo de desarrollo hasta 1943, prosiguiendo luego con menos ritmo
de desarrollo hasta 1950. La ley de radiación de capitales marcó, en 1953, el agotamiento y fin de
esta coyuntura.
Los agentes de inversión.: La inversión durante el periodo de sustitución de importaciones, su
origen se halla en la reinversión de ganancias de los grupos financieros locales, obtenidas en
actividades agroexportadoras estrechamente vinculadas al capital extranjero. Esa inversión adoptó
características monopólicas.

A partir de la crisis del treinta se notó especialmente en las inversiones en títulos públicos, que
cayeron hasta 1940, y volvieron a descender aceleradamente hasta 1945 a causa de la guerra.
También desaparecen casi por completo las inversiones en infraestructura y servicios públicos, a
excepción de la electricidad.
Luego de la guerra, el proceso de reducción de las inversiones se acentúa por la política de
nacionalizaciones realizada por Perón. Paralelamente se produjo un aumento de las inversiones
industriales directas, que con las nuevas condiciones del mercado interno resultaban ampliamente
rentables.
Las empresas norteamericanas que habían avanzado notablemente entre 1920 y 1930, siguieron
instalándose, luego de ese año, en muchas de las ramas que empezarían a crecer con el proceso de
sustitución. Sin embargo, también las empresas europeas parecieron aprovechar las nuevas
oportunidades. El capital británico logro consolidarse luego del tratado roca-runciman.
La situación posterior a la crisis modifico la estrategia del capital internacional. A costa de sacrificar
los intereses de los productores, las inversiones se orientaron hacia el mercado interno argentino,
protegido por las barreras arancelarias y desarrolladas por la sustitución de importaciones. La
argentina comenzó a ofrecer enormes ventajas: protección aduanera, exenciones impositivas, mano
de obra relativamente barata, un mercado relativamente amplio y altas ganancias por las ventajas
que ofrecía una posición oligopólica o monopólica. Esta inversión no afecto en su totalidad a los
productores metropolitanos, pues si bien disminuyo la demanda de productos terminados aumento
la necesidad de materias primas, productos semiterminados, maquinarias y combustible. Estas
fueron las condiciones que permitieron el estrecho entrelazamiento de los inversores extranjeros con
los locales.
La característica más peculiar de la inversión surgida del proceso de sustitución fue la coexistencia
de estas grandes empresas monopólicas con infinidad de pequeños establecimientos industriales,
surgidos y mantenidos gracias a la política protectora. Su participación en el producto industrial era
mínima y sus decisiones de inversión debían ajustarse, en definitiva, a las iniciativas de los grandes
grupos.
El grupo de pequeñas empresas subsistió por la politica de precios del capital monopólico, a costa
de resignarse a no expandirse y permanecer siempre en el mismo nivel. El periodo de la guerra, que
acentuó las restricciones a las inversiones, permitió un cierto crecimiento de este sector.
El sector agrícola participó de dos modos distintos en la inversión industrial. Los grupos más
directamente ligados al capital financiero estuvieron presentes desde el principio. Los restantes
participaron obligatoriamente debido a las políticas de redistribución de ingresos de la actividad
agropecuaria a la industria, como la practicada luego de 1946 a través de la IAPI.
La inversión estatal fue reducida, aunque su participación en el desarrollo industrial fue importante
en otros aspectos. Prácticamente no hubo inversiones en infraestructura (transporte, energía) y en
ese sector se notó un gran deterioro, no solo por el envejecimiento normal, sino porque fue
sometido a un uso muy intenso a medida que fue avanzando la industrialización.
Localización de las inversiones.: El desarrollo manufacturero se concentró en algunos centros
urbanos, especialmente en los alrededores de buenos aires. El crecimiento del cinturón suburbano
del Gran Buenos Aires fue el hecho más significativo del desarrollo industrial, no solo por sus
peculiaridades sino por las enormes consecuencias sociales y políticas que tuvo la concentración de
obreros industriales de la región.

En 1er lugar, ya existía en Bs As y sus alrededores una base industrial instalada, consistente en una
gran cantidad de pequeños talleres, que producían con un nivel tecnológico bajo. Esta instalación
industrial, coexistía con algunos grandes establecimientos, especialmente en la rama alimentaria,
vinculado con los sectores exportadores.
En 2do lugar, la región metropolitana de Bs As alojaba una oferta de mano de obra abundante, que
aumento como consecuencia de las migraciones internas. Esa abundancia impidió el aumento del
costo de trabajo, que podía haber acompañado el crecimiento industrial.
En 3cer lugar, el grueso del mercado para los productos sustituibles se hallaba radicado en Bs As
(artículos de consumo, alimentos, vestidos, etc) y un crecimiento industrial que se orientara hacia
una demanda ya existente (característico de la sustitución) debía tener en cuenta este factor
fundamental.
En 4to lugar, la industria se caracterizó por la estrecha dependencia de los insumos externos que
entraban por el puerto de Bs. As
Finalmente en buenos aires se hallaba instalada la infraestructura de servicios sobre la cual iba a
apoyarse el crecimiento industrial; allí estaba la mayor producción de energía, el centro de los
transportes para la distribución, etc.
El proceso de concentración demográfica no prosiguió solamente debido a los factores de
localización favorables, que atrajeron fuerza de trabajo a los más grandes centros urbanos del país.
El papel asumido por el estado y los efectos de la subsistencia del modo capitalista de producción
sobre los procesos de transferencia interregional del excedente económico. El banco de crédito
industrial y el banco hipotecario nacional orientaron con preferencia hacia el gran buenos aires y los
grandes centros urbano-industriales del litoral su politica de asignación de créditos.
Las ramas de la industria en la sustitución de importaciones:_El crecimiento industrial por
sustitución de importaciones que correspondía al proyecto del 30, y que fue retomado por el
peronismo tendía a favorecer a las industrias de bienes de consumo, que gozaban de múltiples
funciones de protección estimulo.

La principal rama de expansión que mantuvo el liderazgo en el crecimiento industrial al principio


del periodo, fue la textil. No solo constituía un amplio sector de las importaciones sino que su
sustitución era relativamente fácil, pues se contaba con las materias primas (algodón, lana). Esta
industria tenía la ventaja adicional de emplear un factor abundante y de brindar una solución al
problema de la desocupación. El construir un amplio sector de las importaciones fue decisivo para
el crecimiento de otras ramas de la industria, como alimentos, maquinarias, artefactos eléctricos e
industria del caucho.
En esas ramas y en la del petróleo se concentraron preferentemente las inversiones extranjeras, que
adoptaron con rapidez características monopólicas. La guerra mundial extendió este crecimiento a
todas las ramas industriales, no ya porque sustituyeran importaciones sino porque atendían a un
mercado interno, que al ritmo de la primera industrialización, se había extendido
considerablemente.
Este proceso que en algún caso fue detenido por la guerra y la escasez de algunas materias primas,
continúo aceleradamente al fin de la contienda.
La estructura productiva: La sustitución de las importaciones creo una peculiar estructura
productiva caracterizada por la coexistencia de grandes empresas de carácter semimonopolico, con
alta concentración y una gran cantidad de pequeñas empresas. Las primeras correspondieron a las
personas originadas en el capital financiero, con fuerte participación de capital extranjero.

La expansión de la producción se realizó sobre la base de la utilización intensiva del capital


instalado, siendo escasas las inversiones en mejoras tecnológicas.
El crecimiento y el máximo aprovechamiento de la situación quedo reservado a las grandes
establecimientos, que aprovecharon su control monopólico u oligopólico del mercado y su alta
productividad para obtener elevadas ganancias. Los altos precios fijados permitieron, la subsistencia
de pequeñas unidades a costa de resignarse a pequeñas ganancias, resultando paradójicamente
protegidas por las empresas monopólicas. Esta situación limito y redujo las posibilidades de
expansión industrial mediante la acumulación de las propias empresas.
Las pequeñas unidades no poseían ganancias suficientes para expandirse, las unidades medianas
que producían sobre la base del aprovechamiento intensivo de la instalación pero que no
incorporaron nueva tecnología, no poseían ganancias suficientes para dar el salto y renovar sus
equipos. Las grandes empresas, que podían hacerlo, se beneficiaban demasiado con el tipo de
mercado reducido y privilegiado para tener interés en un gran crecimiento del mismo, siendo
frecuente la reinversión en actividades no industriales. El resultado de estos factores fue que desde
1947 el crecimiento industrial se detuvo y estanco.
El papel del estado: La acción estatal fue decisiva para el desarrollo del proceso de sustitución, fue
necesario para ello que el estado aumentara su participación en la dirección económica, mediante
una política intervencionista radicalmente diferente a la de la etapa anterior. La primera política del
estado fue salvar los intereses de los niveles más altos del sector exportador mediante la firma del
tratado Roca-Runciman.
Como derivación surgió una política de estímulo industrial, que en líneas generales respondía a esos
mismos intereses. esta política, que había tenido a una industrialización limitada, se acentuó luego
de 1943. A las medidas anteriores se agregaron otras destinadas a provocar una redistribución de
ingresos que permitiera superar el precoz estancamiento que insinuaba el proceso de sustitución.
Desde el punto de vista de los intereses obreros, el gobierno realizo una persistente política de
aumentos salariales y mejora en las condiciones generales de vida. Efectivamente el aumento del
nivel de ingresos se tradujo en un mayor consumo de ropas, artículos para el hogar, etc.
por otra parte, el control estatal de comercialización agrícola a través del IAPI y el establecimiento
del control de cambios produjo un traslado de ingresos del sector exportador a los destinatarios de
las divisas del mercado oficial. La distribución de permisos de importación al cambio oficial junto
con las tarifas aduaneras y el crédito industrial constituyeron los instrumentos más eficaces para la
promoción industrial.
En otros aspectos se aprecia el papel de distribuidor que asumió el estado; ante la desocupación, el
estado tomo medidas para absorberla, creando empleos, etc., y provocando la aparición de una
desocupación disfrazada que si bien distribuía recursos, aseguraba la estabilidad política del
sistema.
Este papel del estado se reflejó en la redistribución de las inversiones del gobierno, que se
acentuaron marcadamente en los sectores no productores de bienes (edificación, obras sanitarias,
etc) la construcción y el transporte absorbieron una cantidad anormalmente grande de mano de
obra durante este periodo.
Los límites de la sustitución de importaciones:: La sustitución de importaciones, al no modificar
profundamente la estructura productiva argentina, pronto alcanzo los límites. Esta situación creo
rápidamente una mayor dependencia con el exterior, en tanto crecían los requerimientos de insumos
y bienes intermedios para la producción, agregándose la necesidad de renovar los bienes de capital
deteriorados y sobre todo, una infraestructura que muy pronto resulto inadecuada.

La producción local, muy cara, solo pudo subsistir con el mantenimiento de la producción estatal,
cuya acción determino la formación de una industria incapaz de superar esa etapa. La dependencia
externa se volvió a manifestar por el lado de las divisas, provocando nuevamente un
estrangulamiento en el crecimiento.
La agricultura y la ganadería, fuentes habituales de divisas, fueron incapaces de proporcionar las
cantidades necesarias.
Las exportaciones se mantienen estacionarias con algunos altibajos, mientras que las importaciones
aumentan año a año con algunos saltos. Las remesas de intereses y servicios financieros de
capitales decrece como consecuencia de las repatriaciones de capital.
Las nuevas características de los mercados exigían pasar de una producción extensiva cuyos límites
territoriales habían sido alcanzados a otra tecnificada y diversificadas. La persistencia de la
propiedad latifundista imposibilito este desarrollo técnico.
Las disparidades interregionales y la estructura de los centros urbanos: Las tendencias de
concentración demográfica de flujos migratorios en un solo sentido y de metropolización se
acentuaron en este periodo como consecuencia de los factores estructurales.

Los factores más destacados para justificar las tendencias citadas son: el tipo y ritmo de
industrialización, que valorizo al mercado como principal factor de atracción local, la política
estatal de subsidios y créditos al sector de transformación manufacturero de bienes y consumo final,
que estimulo la producción y el consumo de base urbana; la transferencia campo-ciudad del
excedente rural que acelero la actividad de base urbana y estimulo la demanda de la fuerza de
trabajo; la presencia una infraestructura pública con pocas modificaciones con respecto a la etapa
anterior, lo cual fue por demás notorio en la perdurabilidad del sistema portuario y de transporte
terrestre que no alerto los costos relativos de transferencia; y la reducida interferencia estatal en el
funcionamiento del sistema de precios en el mercado de capitales de trabajo.
Si tomamos como base para el análisis un cálculo efectuado en plena etapa de integración a la
división internacional del trabajo, se observará el nivel de desequilibrio del ingreso generado por
cada provincia, en su estimación per cápita. El nivel de habitantes promedio para todo el país en
1889, solo es superado por las zonas agropecuarias recién incorporadas a la actividad productiva
para la exportación (Bs As, Santa Fe, Entre Ríos). Le sigue en importancia la provincia de Mendoza
lo que indica la significación que ya había adquirido el proceso industrializador de la vid.
En el otro extremo del espectro, Salta, San Luis, Catamarca, Santiago del Estero, La Rioja, Córdoba
muestran valores no superiores al 60% del promedio nacional. La mayoría de las provincias citadas
ya comienzan a estar afectadas por el proceso de desequilibrio regional.
El caso de Tucumán ubicada por debajo del promedio nacional pero con un valor de producción per
cápita superior al conjunto de provincias del Oeste y Noroeste, que ocupan el segmento inferior de
la escala.
El indicador del producto por habitante revela la existencia de tres conjuntos diferenciales de zonas
geográficas con distinto comportamiento. Un primer grupo de provincias presenta valores de
producto per cápita muy elevados, incluso más que duplicando la media nacional. Se trata de las
provincias de donde además de reducida la población, lo que eleva el índice, se produce una
acentuada especialización en actividades mineras extractivas, con alto valor agregado. En este caso
se puede conjeturar que el nivel de ingreso por habitante debe ser inferior al del producto, pues el
fuerte excedente económico que producen tales actividades (petróleo y carbón) queda en las casas
matrices de las empresas estatales que las explotan, no revirtiendo sino parcialmente a las
provincias por medio de regalías; estas son asignadas a obras públicas o al mantenimiento del
aparato burocrático, sin incidir directamente en el ingreso percibido por cada residente.
Un segundo grupo de unidades administrativas estaría constituido por las que presentan un valor
promedio de producto por habitante cercano a la media nacional. Se trata de las provincias de Bs
As, Mendoza La Pampa y Santa Fe. La capital federal aparece con un índice mucho más elevado
sobresaliendo en el conjunto. Con excepción de La Pampa que posee un valor significativo. El caso
de Mendoza sigue exhibiendo valores superiores al resto de las provincias del interior, por sus
características productivas
El tercer y último grupo de provincias reúne a todo el interior argentino de comportamiento
marginal y comprende las regiones central y norte del país. Significativamente Córdoba aparece
integrado a dicho grupo. Ello se debe, a que el sector industrial aún no ha alcanzado la expansión
que caracterizaría a la provincia pocos años después.
Este tercer grupo presenta en el umbral inferior de la escala jerarquice descendiente a Catamarca,
Santiago del Estero, La Rioja, Corrientes y Misiones, provincias todas que no alcanzan el nivel del
50% del promedio nacional.
Cabe agregar que en este tercer conjunto de provincias se puede apreciar valores singularmente
elevados en la participación del sector público. Es decir, el aparato burocrático ante la incapacidad
de la estructura económica para ofrecer a la población activa oportunidades de empleo permanente
en actividades productoras de bienes, suplir dicha falla con ocupaciones administrativas oficiales. Si
a ellos sumamos la fuerte emigración se advertirá la debilidad estructural de dicha actividad
económica para afrontar, con cierto gran éxito, su situación global de subdesarrollo interno. El flujo
migratorio interno confirma la perdurabilidad del desequilibrio interno.
Los datos censales de 1947 permiten reconstruir las migraciones interprovinciales que tuvieron
lugar entre 1914 y 1947. Aun cuando este periodo abarca solamente el segmento inicial de la etapa
analizada, es probable que las tendencias a analizar representen lo que aconteció cuando el proceso
sustitutivo de importaciones acelero la demanda de la fuerza de trabajo en los principales
conglomerados del país.
Tres de las cinco provincias patagónicas exhiben saldos positivos. Santa cruz y tierra del fuego
presentan un leve desnivel negativo. La capital federal y la prov. de bs. as. Son zonas fuertemente
atractivas para la migración. El tercer grupo muestra para todas las unidades analizadas, excepto
misiones y Formosa una apreciable emigración poblacional. Santiago del estero, Catamarca, la
rioja, corrientes, entre ríos, la pampa y san Luis aparecen como las más afectadas. Las corrientes
migratorias que proceden de dichas provincias convergen hacia la capital federal y buenos aires.
La segunda conclusión permite comprobar que al contrario de lo que ocurrió en el primer periodo
del proceso sustitutivo de importaciones (1935-1946), en la segunda subetapa que va hasta 1954 se
advierte un distanciamiento creciente entre los salarios medios de las regiones centrales frente a las
regiones periféricas del país.
Esta brecha que se ensancha no supone otra cosa que un aceleramiento del proceso de marginalidad
regional y un estímulo fundamental para las migraciones internas dirigidas hacia las zonas donde se
obtienen mayores salarios relativos.
Los flujos internos del excedente económico tal cual se ha expresado, favorecen a los sectores
dominantes que en ella habitan. Es decir, a más de apropiarse de los beneficios elevados generados
en su misma jurisdicción, perciben una plusvalía extraordinaria por sus inversiones en el interior,
dada la peculiar estructura de remuneración de la fuerza de trabajo.
Cuarta etapa: la penetración del capital internacional (1952-1970)
La formalización del estado autoritario y modernizador: La crisis del estado peronista se
desencadeno con el agotamiento de la coyuntura que había presidido su génesis. El alto precio y la
sostenida demanda de artículos alimenticios, que se prolongó con la guerra de Corea, llegaron a su
fin. La puja entre las grandes potencias se definió a favor a EE.UU, que al comenzar la década del
50 había reconstruido su predominio mundial y empezaba a hacer sentir su hegemonía sobre los
estados latinoamericanos: con esta nueva situación desaparecía la posibilidad de negociar con 2 o 3
países, característica del periodo de guerra.
Internamente, se asistió a la desintegración del bloque de poder de la etapa peronista y a la
disminución del margen de maniobra del Estado para mantener la adhesión de la clase obrera al
proyecto político de dicho bloque. La reducción de los beneficios del comercio de artículos
alimenticios y la clave crisis agrícola de 1950-1952 demandaron la endeblez del sector agrícola-
exportador, incapaz de seguir sosteniendo el desarrollo industrial. Agotado el proceso de
sustitución, la industria que sufrió no solo la falta de insumos y de reequipamiento sino también el
estancamiento de la demanda no pudo soportar más la doble política característica del peronismo:
acumulación y redistribución de ingresos, se hicieron frecuentes los enfrentamientos entre el sector
obrero y la burguesía industrial.
Esta situación caracteriza toda la crisis del peronismo, la presión de la clase obrera, que empezaba a
sentir el peso de la inflación, se tradujo en grandes huelgas.
Desde 1951 el régimen sufrió enfrentamientos con sectores militares a los que debió hacer cada vez
más concesiones, e incluso con la iglesia. Esta debilidad estimuló el resurgimiento de los partidos
de la clase media, en especial el radicalismo que comenzó a combatir al peronismo desde posiciones
reputadas de “progresistas”. La salida intentada por el Estado peronista era la única viable: sin
cambiar el sistema, abrir las puertas a las inversiones extranjeras para poner en marcha el
crecimiento industrial. La Ley de radicación de capitales y los contratos petroleros reflejaban un
cambio de posición global frente a estados unidos, con el que se había perdido la posibilidad de
negociar. Sin embargo, Esta política era difícilmente practicable por un poder tan disminuido y que
vivía tan intensamente sus contradicción. Estas precipitaron la caída de Perón.
La disolución de la alianza politica que lo había sustentado fue lenta. Para hacer frente a la aguda
crisis económica originada en el estancamiento industrial, se adoptaron planes de estabilización
monetaria, restricciones salariales y reducción de los gastos del estado. A más largo plazo, se
procuró estimular la producción agropecuaria a la que se consideraba fuente posible de divisas para
la reactivación industrial. Frente a las inversiones internacionales no se adoptó una política definida,
aunque el país ingreso al FMI Y BIRF
La revolución libertadora puso el acento en el problema político y en la represión del movimiento
popular peronista. El rumbo seguido por la revolución liberadora implicaba no solo el
estancamiento industrial, no solucionado con el apoyo a un agro que demostró ser incapaz de
expandir su producción y volcarla a inversiones industriales, sino también la inestabilidad política,
frente a la cual el Ejército se convirtió se convirtió en la última esperanza de los sectores
antiperonistas.
La única salida frente a esta crisis se hallaba en una plena apertura al capital internacional.
El gobierno frondizista intento concretar políticamente esa posibilidad que se abría para realizar el
desarrollo de las industrias básicas con el apoyo del capital internacional. En las primeras etapas de
su inserción en el sistema productivo nacional, ese capital actuó como reactivante de todos los
niveles de la economía, estimulando a industrias subsidiarias de las nuevas empresas y ampliando el
mercado de la mano de obra y el nivel de ocupación. Se daban las condiciones para reeditar la
alianza peronista y lograr no solo el apoyo político sino también la participación de los sectores
populares en los beneficios del crecimiento industrial.
Se esbozaba un proyecto general de modernización del aparato productivo estatal que adaptaría a la
Argentina a las necesidades de las nuevas estructura económica que se delineaba. Este programa
permitió lograr a Frondizi una base de sustentación muy amplia, que se fue desgastando a medida
que se advertían las reales implicaciones de su programa.
La acción del capital internacional redefinió y acentuó las viejas contradicciones, marginando a
aquellos sectores industriales que habían prosperado en el periodo de sustituciones que resultaban
ahora ineficientes frente a las grandes corporaciones; las mayores exigencias de productividad y la
alta tecnificación influían sobre el nivel de empleo, afectando las posibilidades de absorción de la
mano de obra.
En estas condiciones era impensable reeditar la antigua alianza con el apoyo obrero; el problema
político se agudizaba, reflejando la contradicción estructural. La presión obrera se tradujo en lucha
cada vez más intensas. El gobierno de Ilia represento el último intento para salvar el sistema
democrático-representativo
La crisis era más profunda que la mera sustitución de un presidente. En rigor, desde el fin
del peronismo habían fracasado todos los intentos políticos para resolver el doble problema realizar
los cambios necesarios para adaptar a la Argentina a las nuevas condiciones
creadas por el funcionamiento del capitalismo internacional y articular las distintas fracciones
dominantes en un bloque sólido y que fuera capaz de lograr la aceptación de vastos sectores de la
población.
La acción de las grandes corporaciones privadas y del propio Estado en la
economía reducía la importancia del consumo final y hacía necesario frenar lasreivindicaciones
salariales de los sectores populares. La acción del capital monopólico marginaba a sectores
industriales antiguos, a clases medias independientes e incluso a
los propios sectores agroexportadores. En función de esto
el nuevo orden político debía encontrar la forma de articularse en torno del capitalismo monopólico
internacional.
La solución más coherente la ofreció la revolución Argentina, que instaló las fuerzas armadas en el
control del Estado, ejercido por eficientes tecnócratas asimilados a los intereses del capital
monopólico.
El nuevo orden se definió como autoritario y no democrático aun a costa de repetidos choques con
la arraigada ideología liberal, y asumió la función de organizar políticamente a las distintas
fracciones de la burguesía sin pasar por la mediación de los partidos políticos.
Mediante un juego combinado de represión y soborno a los sectores más privilegiados del
movimiento obrero y a su burocracia pudo lograr cierta paz y pensar en el apoyo de ese sector para
la tarea fundamental. El plan de Krieger Vanesa puso el acento en la estabilidad monetaria y la
contención de la inflación, el congelamiento de los salarios, la reducción del gasto publico, la
racionalización administrativa y la elaboración de todos los instrumentos legales para la libre acción
de las inversiones extranjeras.
La acción de las inversiones extranjeras: Desde 1953 el estado adopto sucesivas políticas que
tendían a estimular y regular la entrada de capitales internacionales. La Ley de radicación de
Capitales de 1953 propició las inversiones externas dirigidas a actividades mineras e industriales,
estableciendo restricciones para el giro de las utilidades o el rendimiento del capital, al tiempo que
sancionaba un régimen de Promoción industrial
que beneficiaba con exenciones especiales a algunas actividades. Las restricciones desaparecieron
en 1955 y el nuevo régimen legal establecido en 1952 autorizó la libre
transferencia de utilidades y capitales, reiterando las exenciones especiales para la promoción de ind
ustrias basicas. Estas medidas Se complementaron con las garantías a las inversiones y
fueron acompañadas por una constante busqueda de inversores en Estados Unidos o Europa.
Las inversiones provinieron de un reducido número de grandes corporaciones monopólicas, que se
orientaron a la inversión industrial directa y a la extracción petrolera, acentuándola tendencia
posterior a la crisis del 30 de abandonar las inversiones en infraestructura y los préstamos al Estado.
Estas inversiones no solucionaban sino que daban una nueva forma a la dependencia que el sector
industrial tenía con el sector externo. Las exportaciones siguieron siendo el factor clave: sin
embargo, el agro demostró ser incapaz de suministrar las divisas necesarias. Las exportaciones de
productos industriales (una salida alternativa cuando la producción local se hiciera eficiente)
chocaron con las barreras arancelarias levantadas por Estados Unidos.
Las inversiones extranjeras acentuaron la dependencia general del sistema nacional. La dependencia
no pasa ahora por el sistema político sino que se instala en le propia estructura productiva, que
adopta las pautas de funcionamiento del sistema internacional.
El capital norteamericano se ubica en aquellos sectores claves que, por su dinamismo dirigen el
proceso económico. Esos sectores adoptan no solo los capitales sino el financiamiento, los circuitos
de comercialización, la tecnología y las formas de organización empresarial moderna propias de los
sistemas centrales.
La primacía de los criterios de eficiencia acelera la concentración monopólica y las grandes
empresas van subordinando a las demás, en un proceso que se acelera luego de 1966. La acción
delcapital internacional modificó la totalidad del sistema productivo, estableciendo una división
entre los sectores modernos y eficientes, unidos o subordinados a él, y los sectores antiguos, que no
pueden incorporarse a la modernización y quedan cada vez más rezagados. Una diferenciación
similar se produce con los obreros.
En esta situación de dependencia internalizada, el estado carece de medios para variar el curso de
los acontecimientos, siendo la frontera mucho más débil.
El problema central, que ocupa la atención de los sucesivos gobiernos en esta etapa, es el de la
inflación. La inestabilidad monetaria obstaculiza los cálculos de producción a largo plazo. Uno de
los métodos más reiteradamente ensayados fue el congelamiento de los salarios. Dentro de ese
mismo plan, se realizó una devaluación monetaria, creando mecanismos para evitar (mediante
retenciones a las exportaciones) que significara una transferencia de recursos al agro.
Estas medidas básicas fueron acompañadas de otras series de disposiciones como por ejemplo la
privatización de empresas estatales, la racionalización de los puertos y la concreción de una serie de
obras públicas que facilitaron la producción eficiente.
La responsabilidad de las decisiones y su comportamiento espacial: La nueva forma de
dependencia “dependencia tecnológico-industrial”, tiene como
principal protagonista a la llamada empresa multinacional. Las filiales nacionales de las
corporaciones multinacionales se incorporaron al capital productivo, localizado en el país a través
de las distintas leyes de promoción de las inversiones extranjeras. Resulta claro que las inversiones
externas se concentraron en ramas de baja incidencia en la composición de la estructura industrial.
Pero son estas ramas las que mostraron un crecimiento dinámico en la década del 60.
Las características locacionales más importantes que exhiben estas filiales de las empresas
multinacionales consisten en:
Innovación tecnológica creciente que se traduce en un cambio cualitativo y cuantitativo de la
demanda de fuerza de trabajo: La importación directa de procedimientos o su incorporación a través
dela maquinaria y procesos de fabricación que acompañan a las inversiones externas supone
modificar la relación capital/fuerza de trabajo en la actividad productiva.
El aumento de la productividad descansa, básicamente, en la incorporación de capital y en la
utilización de tecnologías complejas y crecientemente automatizadas. Ello provoca una reducción
de la demanda de trabajadores, que en el periodo intercensal 1954-1964 origino una disminución
absoluta de los obreros ocupados en el sector manufacturero.
La fuerza laboral absorbida por las actividades dinamicas, con elevada influencia de tecnologías
incorporadas, con elevada influencia de tecnologías incorporadas, viene gozando de salarios
diferenciales superiores al promedio de la mano de obra ocupada en los sectores industriales
tradicionales. Se están formando sectores de trabajadores de ingresos elevados frente a un retroceso
de todos los restantes.
Creciente deslocalización de la planta productora de bienes con respecto a la unidad gerencial-
administrativa y al centro de decisiones único a escala de la empresa multinacional: A
la ausencia del territorio nacional de la casa matriz se agrega la separación física de la planta
propiamente dicha del grupo técnico central y de la unidad gerencial que se hace posible por el
adelanto de las comunicaciones y la homogeneización de las normas de conducción a nivel de toda
la empresa multinacional.
De este modo el excedente generado en el lugar del mismo proceso de producción de bienes se
traslada parcial o totalmente hacia otros puntos del territorio nacional o del exterior.
Factores de localización propios de la actividad desplegada: el tipo de proceso desplegado por las
filiales de las empresas multinacionales está centrado en el sector de la industria semipesado y
pesada. Debido al tamaño de planta necesario, y dados los objetivos de cobertura del mercado
nacional de las unidades productivas que se instalan, surgen criterios de localización por demás
específicos. El tipo de tecnología utilizada posee un peso decisivo.
Así, se realizan importantes localizaciones en puntos alejados de las densas urbes, impulsando los
procesos de metropolización y exigiendo al sector publico la rápida provisión de obras de
infraestructura, cuya ausencia es notoria en los lugares distantes de las áreas servidos.
Se produce una asociación espacial entre la planta líder y las proveedoras nacionales. Las demandas
de localización vinculadas a las pautas tecnológicas implantadas tienden a asemejarse más y más a
las de la gra planta y a diferenciarse, por supuesto, de las del conjunto de pequeñas y medianas
empresas tradicionales.
El papel del estado como agente modelador del espacio requiere especial atención por su particular
incidencia en la creación de factores de localización a disposición de los empresarios. El Estado ha
adoptado decisiones que se concretaron en los siguientes procesos:
a. Inversiones en infraestructura social básica, atendiendo a la demanda, que se distancia de la
oferta, en especial en los grandes conglomerados urbanos. Se destacan las grandes obras de
vinculación terrestre en el litoral fluvial, la dotación de energía al gran conglomerado de buenos
aires. El Estado actúa como mecanismo de
redistribuciónde las economías entre productores y consumidores, favoreciendo a los primeros y per
judicando a los segundos.
b. Políticas de promoción industrial que en su expresión formal intentaron descentralizar a la
actividad manufacturera. Gran parte de las radicaciones acogidas a las leyes de fomento regional
son de origen externo o no pertenecen a inversores radicados en las mismas zonas que se pretenden
promover.
En este aspecto, cabe recordar los instrumentos de promoción del noroeste o más
contemporáneamente los de Tucumán, que resultaron poco eficaces para compensar la mayor
capacidad de atracción de las zonas que han sido tradicionalmente receptoras de las localizaciones
industriales.
política crediticia. Un aspecto que vuelve a ser determinante entre los factores de localización de la
actividad productiva y de la población se refiere a las políticas crediticias aplicadas por el sistema
bancario oficial o los organismos financieros controlados por este. El monto de los créditos
concedidos ejemplifica dichas políticas.
El apoyo directo o indirecto del Estado a través de la provisión de insumos de localización y de
recursos financieros refuerza las decisiones de los inversores privados dominantes en
el mercado y sus correspondientes grupos de empresarios ligados. La acción estatal estimula a su
vez la formación de un mercado más amplio y diversificado en las zonas favorecidas. Comercio,
servicios personales y otras actividades terciarias son atraídas hacia dichas zonas.
Características del proceso de inversión externa a escala espacial:
• el volumen absolutamente mayoritariamente de las radicaciones se da en la región de más
alto desarrollo relativo. Las zonas más receptivas y significativas son, en orden decreciente,
la prov. de bs. as., córdoba, capital federal, santa fe y Chubut.

• Resulta interesante observar las cambiantes proporciones entre industrias dinámicas y


vegetativas según las distintas regiones. En la región centro-litoral y en la Patagonia las 4/5
partes de las inversiones correspondieron a las actividades incluidas en las ramas pesada y
semipesado de la industria y a la elaboración de productos intermedios. Por el contrario, en
las otras regiones, que como ya se vio fueron receptoras de muy reducido monto de
inversiones externas, se efectuaron predominantemente radicaciones ligadas a las ramas de
crecimiento vegetativo.

• El hecho de que las plantas productivas estuvieran dotadas de complejos insumos


tecnológicos y generadoras de altas tasas de productividad, sumado al origen externo de
dichas inversiones, gravito en el grado de retención del excedente económico en las zonas
afectadas.

La asociación entre características de localización y mayor tamaño de la planta supone


efectos diferenciales sobre el espacio central con respecto al periférico. A nivel intrarregional del
área metropolitana y en su relación con el resto del país, se produce un proceso de descentralización
en la localización industrial. Ello indica una transformación estructural de las empresas, con
sustitución de pequeñas y medianas plantas por grandes establecimientos. La inversión externa
debe ser la principal responsable de tal mecanismo sustitutivo.
La estructura urbano-regional resultante: Las modificaciones fundamentales que a nivel de la
estructura urbano-regional pueden advertirse como consecuencia directa e indirecta del modo de
acción estudiando.
Estructura productiva:
1.Las variaciones acusadas por el nivel del producto bruto en cada una de las jurisdicciones
analizadas son de por sí reveladoras del creciente ensanchamiento
dela desigualdad entre zonas de mayor y menor desarrollo relativo en todos los subperíodos.
Esta ampliación relativa de la brecha interregional se agudiza hacia el final de la etapa, cuando las
condiciones específicas del modelo de dependencia tecnológica-industrial y de la creciente
monopolización de la economía se acentúan. Los procesos de descentralización geográfica en el
sector productivo dinámico (el manufacturero) suponen una redistribución espacial dentro de las
zonas que ya muestran un mayor nivel de desarrollo relativo de la fuerza productiva, y no logra
afectar el esquema “centro-periferia” tradicional. La zona patagónica, como fuente de producción
masiva de gas y petróleo, constituye la excepción en este esquema.
Las jurisdicciones de comportamiento declinante en relación con la media nacional en el
incremento del producto bruto comprenden las regiones del noroeste, el nordeste, cuyo -excepto
Mendoza- la pampa y la capital federal. A su vez, acusa tasas de expansión superiores las provincias
patagónicas, Córdoba, santa fe y buenos aires.
2. en la capital federal la reducción relativa del producto bruto, tanto en la etapa que finaliza en
1965 como en la que se cierra estadísticamente en 1968, puede explicarse por la tendencia de los
responsables de las decisiones en el sector manufacturero a reducir las inversiones dentro de sus
límites.
3. Las características de la estructura productiva de cada jurisdicción orientan los sectores de los
respectivos comportamientos. Las provincias que acusan un comportamiento satisfactorio en el
nivel del producto por habitante exhiben un sector terciario con baja participación.
El flujo migratorio: El movimiento interregional de personas acompaña en este período la diferente
capacidad de las distintas sub áreas para demandar fuerza de trabajo y para ofrecer oportunidades de
colocación de los excedentes generadores localmente.
Para el periodo intercensal 1947-1960, el cálculo correspondiente destaca la muy significativa
capacidad de absorción de migrantes por parte de la Capital Federal y provincia de Buenos Aires, en
comparación con el resto del país.
Análisis que realiza el INDEC a partir de los primeros resultados recogidos en 1970.
• En 1970 existen en el país zonas que son expulsoras de población mientras que
otras se constituyen en polos de atracción, independientemente del nivel y la
tendencia registrados en el último decenio.
• Son polos de atracción las provincias de Neuquén, Río Negro y Santa Cruz, en la
Patagonia; Córdoba y Santa Fe, en la zona central. En Chubut, Tierra del Fuego
y partidos del Gran Bs. As. la tendencia decreciente observada respecto del período
anterior lleva a pensar que tal condición tiende a perder intensidad.
• Las áreas restantes son expulsoras de población.
La expansión relativa de los grandes conglomerados parece indicar la presencia de dos fenómenos:
• Pese a cierto proceso de descentralización industrial, la concentración demográfica ha
seguido su avance en relación muy estrecha con la dirección de los flujos de excedente
económico y la acelerada expansión del sector terciario. Ambos procesos favorecieron
notoriamente a los grandes conglomerados, pues allí están radicados los sectores
dominantes de toda la actividad productiva nacional, y es en ellos donde la tercerización y
la acción del sector público fueron más relevantes.

• Que pese a la dificultad de los migrantes en ubicarse en empleos altamente remunerados, la


posibilidad real o prevista de oportunidades de ocupación era más elevada en
los grandes conglomerados que en las extensas zonas de la periferia del país.

Conclusión. La aparente dirección en que se desplazan los excedentes económicos, que transitan
desde el interior hacia los sectores dominantes instalados en las grandes metrópolis y trascienden en
forma creciente hacia el exterior, constituye el vehículo principal de aceleración de los
desequilibrios interregionales. Las políticas de desarrollo industrial, en que el capital extranjero
adquiere rápidamente un papel protagónico, realimentan esos desequilibrios.
Las funciones administrativas estatales, las actividades financieras, políticas y culturales,
acompañan y refuerzan el esquema centralizador.
En síntesis la desigual participación de las clases sociales en la apropiación del ingreso nacional,
característica manifiesta del periodo, se corresponde espacialmente con un creciente desequilibrio
entre las regiones periféricas y centrales, a la vez que se refuerza con una tercerización de la fuerza
de trabajo en escala creciente, un aumento de la marginalidad urbana y una acentuación de la
diferenciación social a nivel ecológico en los grandes conglomerados urbanos.
PRINCIPALES CAMBIOS EN LA ESTRUCTURA ECONOMICA Y SOCIAL.
Población y bienestar en la Argentina del primero al segundo centenario.
Una historia social del siglo XX (Susana Torrado compiladora)

2- La industria como eje del desarrollo: 1930-1975: Como consecuencia de la crisis mundial, la
argentina debe abandonar el modelo agroexportador. Se inicia entonces un proceso de desarrollo
basado en la industrialización sustitutiva de importaciones que habría de perdurar casi 45 años,
aunque, como se verá, con sensibles diferencias en las dos estrategias (justicialista y desarrollista)
que tienen vigencia efectiva en este lapso.
Cada modelo tiene un rasgo, que tienen un rasgo común, por lo menos en lo que concierne al
empleo: si bien a diferente ritmo, ambos indujeron el crecimiento de actividades no-agropecuarias,
razón por la cual se verifico una notable transferencia de mano de obra rural hacia los sectores
urbanos (migraciones internas de la población nativa).
En lo que concierne a la movilidad social pueden señalarse algunos rasgos de ambos modelos: la
expansión continua de la educación formal en el conjunto de la población; el fenómeno de
devaluación de las credenciales educativas; el acceso diferencial de cada estrato a cada nivel
educacional; en fin, el crecimiento demográfico diferencial entre estratos (más lento en los de clase
media).
Globalmente, el periodo 1930-2000 se caracteriza por una nueva desaceleración del crecimiento
vegetativo, por una disminución del crecimiento total, y por un cambio notable en los componentes
netos de la migración externa, (ahora, inmigración de trabajadores provenientes de países limítrofes
y emigración de argentinos nativos).
2-1 El modelo justicialista: 1945-1955: El periodo 1930-1945 estuvo signado por el estancamiento
de la actividad agropecuaria tradicional y por el estímulo a la actividad industrial, hacia 1945
predominaban en la estructura industrial las empresas pequeñas y medianas de capital nacional. En
el plano político, varias estrategias alternativas de industrialización se disputaban la hegemonía a
comienzos de la década de 1940.
En 1945 emerge el movimiento que lidera el general Juan Domingo Perón como expresión de una
nueva alianza de clases: la de la clase obrera y los pequeños y medianos empresarios industriales. El
nuevo bloque, apoyando en una línea nacionalista de las Fuerzas Armadas, es portador de un
proyecto de desarrollo industrial radicalmente distinto al propugnado hasta ese momento por las
diversas fracciones de la antigua clase dominante.
En esta estrategia- de corte “distribucionista”-, la industria constituye el objetivo central del proceso
de desarrollo. Se impulsa una industrialización sustitutiva basada en el incremento de la demanda
de bienes de consumo masivo en el mercado interno, la cual es generada a través del aumento del
salario real. El modelo requiere así medidas redistributivas del ingreso que impulsan la demanda
interna y la ocupación industrial y, por lo tanto, la acumulación.
El principal mecanismo para lograr estos objetivos fue la reasignación de recursos para la
producción a través de la acción del estado. Ello se logró mediante la expropiación parcial de la
renta agraria a través de la nacionalización del comercio exterior de productos agropecuarios,
transfiriendo los recursos así obtenidos al financiamiento del desarrollo industrial centrado en
industrias de consumo masivo (alimentos y textiles). Las medidas que impulsaron la
industrialización beneficiaron sobre todo a los pequeños y medianos empresarios de origen nacional
y a los asalariados industriales.
El estado también extiende su campo de acción económica y social al nacionalizar o crear
importantes empresas de servicios públicos, y al acentuar su estrategia redistributiva a través de la
asignación creciente de recursos a la educación, la salud, la vivienda y la seguridad social.
El balance de la estrategia justicialista de sustitución “fácil” de importaciones respecto a la
distribución sectorial de la PEA, se traduce, en primer término, en altísimos niveles de creación de
empleo urbano, logrados en un contexto de plena ocupación, o más precisamente, con tasas de
desempleo abierto equivalentes al nivel friccional.
Debe destacarse que la industria manufacturera asume el liderazgo de ese proceso, expandiéndose
con un perfil interno que favoreció netamente la creación de puestos asalariados tanto de clase
obrera como de clase media. El rasgo más específico del modelo justicialista fue su superior
capacidad de creación de empleo industrial, aunque no pueda afirmarse que la industrialización
sustitutiva de esta etapa liderara un importante crecimiento de la economía. También fue importante
en este lapso la creación de empleo por parte de los otros dos sectores no agropecuarios
(construcción y terciario).
En lo que concierne a la estructura social hacia 1945 la población activa urbana contenía cerca de
40% de puestos de clase media y 50% de puestos de clase obrera, con neto predominio del empleo
asalariado en ambos colectivos (2/3 en la clase media; ¾ en la clase obrera). En total las posiciones
asalariadas representaban 72% del empleo global, un nivel definitivamente asimilable a países
capitalistas relativamente.
La dinámica del mercado de trabajo durante la estrategia justicialista modifico un tanto ese perfil
inicial aunque no en forma drástica. Por un lado el crecimiento global del empleo involucro en
forma más o menos pareja tanto al empleo asalariado como al empleo autónomo (empleadores y
cuenta propia), de suerte que puede estimarse que hacia 1955, la distribución de posiciones desde
esta óptica era bastante similar al comienzo: alrededor del 72% de asalariados y 28% de autónomos.
Por otro, si bien es cierto que la clase media crece algo más rápido que la clase obrera, este lapso es
el de menor distancia relativa.
A mediados de la década de 1950, en un perfil de la estructura social urbana algo diferente al
de1945, pero no en lo esencial. El volumen de la clase media es algo superior (habría pasado
digamos del 41% al 43%) y algo inferior el de la clase obrera (del 50% a 49%). Pero la composición
interna de cada clase había cambiado muy poco respecto al momento inicial, aunque se observe una
incipiente asalarización de la clase media y una levísima desalarizacion de la clase obrera.
En lo que respecta a la movilidad social, la interpretación más verosímil de los movimientos que
acaban de reseñarse es que los migrantes internos alimentaron la expansión del estrato obrero
asalariado así como también el crecimiento de los pequeños propietarios de la industria y el
comercio experimentando en todos estos casos movilidad ascendente de carácter
intrageneracional, muchos migrantes debieron incorporarse al empleo urbano en puestos manuales
no calificados y en el servicio doméstico. Por otra parte la rápida expansión de las posiciones no
manuales asalariadas debió nutrirse de los estratos autónomo y asalariado de clase media que se
habían conformado con anterioridad a 1945- los que ya habían incorporado por completo la
obtención de la credencial educativa de nivel primario y comenzaban a acceder al nivel secundario.
Por otra parte no se detecta en este momento empleo precario (empleo no-registrado) y existe
escaso empleo marginal (empleo inestable de calificación nula).
Desde el punto de vista ocupacional el panorama de conjunto durante el justicialismo es el de un
proceso generalizado de movilidad estructural ascendente desde modestas posiciones rurales a
posiciones urbanas autónomas de clase media y asalariadas de clase obrera y desde segmentos
inferiores a segmentos superiores dentro de la clase media. Complementariamente, todas las
evidencias disponibles llevan a concluir que esta movilidad ocupacional ascendente fue
efectivamente acompañada por un movimiento también ascendente en la escala de ingresos.
Como visión global, el modelo justicialista favoreció la expansión cuantitativa de los componentes
sociales del bloque que le sirvió de apoyo para su surgimiento (la clase obrera y los pequeños y
medianos empresarios industriales), al tiempo que fortaleció (porque existían desde antaño) el
aumento cuantitativo de las capas medias asalariadas, sobre todo en el sector público. Su carácter
distributivo se trata de una dinámica “relativamente modernizadora” e incluyente. El modelo
justicialista no indujo un gran crecimiento económico global ni una modernización destacable de la
estructura social pero tuvo el mérito de no segmentar los mercados de trabajo ni excluir a franjas
importantes de la población de los frutos del desarrollo logrado.
Una serie de restricciones estructurales y coyunturales en las variables que sostenían la acumulación
interna se conjugaron para interrumpir el crecimiento industrial impulsado durante el periodo
justicialista. Entre ellas pueden citarse: a) la acerrima oposición del sector agroexportador que, al
disminuir la producción exportable, favoreció una crisis de la balanza de pagos que redujo la
capacidad de importación de los bienes intermedios y de capital indispensables para continuar y
profundizar la industrialización sustitutiva; b) la no menos virulenta oposición de los grandes
empresarios que retrotrajeron la inversión y trataron de recuperar ingresos a través del aumento de
precios con la consiguiente inflación; c) el fracaso de la tentativa de obtener capitales externos que -
aceptando la estrategia distribucionista- permitieran superar el estrangulamiento externo de la
economía. Estas fueron las principales fuerzas que se conjugaron para derrocar al gobierno
justicialista, en 1955.
2.2 El modelo desarrollista 1958-1972: en el contexto de una autoritaria proscripción del
peronismo de la vida politica nacional, en 1958 accede al poder un nuevo bloque caracterizado por
la alianza de la burguesía industrial nacional y el capital extranjero, corporizado este último por
grandes empresas transnacionales norteamericanas que afluyen entonces al país en magnitudes
significativas.
En esta nueva estrategia, La industria también constituye el objetivo central del proceso de
desarrollo. Se impulsa ahora una industrialización sustitutiva de bienes intermedios y de consumo
durable, en la que el incremento de la demanda está asegurado por la inversión, el gasto público y el
consumo suntuario del estrato social urbano de altos ingresos. Este modelo implica un proceso
regresivo de concentración de la renta.
En lo que concierne a la distribución sectorial de la fuerza de trabajo, la estrategia seguida entre
1958 y 1972 induce efectos completamente disimiles a la justicialista.
La creación de empleo urbano es aún más rápida que durante el periodo precedente, el papel de la
industria manufacturera es prácticamente nulo. La nueva estrategia industrializadora destruye un
número muy considerable de pequeños y medianos establecimientos industriales pero al mismo
tiempo crea empleo asalariado de clase media (empleados administrativos y técnicos industriales) a
un ritmo tan veloz que compensa con creces el número de puestos eliminados.
La falta de creación neta de empleo industrial determina que todo el crecimiento de la oferta de
fuerza de trabajo urbana deba ser absorbida por los otros dos sectores no-agropecuarios: la
construcción y el terciario experimentan por entonces su crecimiento más veloz. Aunque es verdad
que a creación de empleo urbano es aún más rápida que durante el justicialismo, el contexto ya no
es de pleno empleo.
Los efectos de la estrategia desarrollista sobre la estructura social son radicalmente diferentes a los
del periodo precedente un lado, la expansión del empleo favoreció algo más al asalariado por
comparación al autónomo, aunque al final de este lapso el volumen total del empleo asalariado
urbano continuaba oscilando alrededor del 72%. Por otro, se acelera el crecimiento de la clase
media por comparación al de la clase obrera, al tiempo que se modifica profundamente la
composición interna de ambos agregados. Dentro de la clase media la expansión relativa beneficia
casi exclusivamente al estrato asalariado. Por el contrario, dentro de la clase obrera, predomina
ahora el crecimiento del estrato autónomo. En otros términos, se experimenta un claro proceso de
asalarización de la clase media y de desalarizacion de la clase obrera.
El balance final del desarrollismo es una estructura social urbana en la que la clase media representa
alrededor del 45% al igual que la clase obrera, con un más neto predominio del estrato asalariado
dentro de la primera y con un incipiente crecimiento del estrato autónomo dentro de la segunda. Se
obtiene también un leve incremento del estrato marginal.
En lo que respecta a la movilidad social, el modelo desarrollista también muestra tendencias muy
disimiles a las precedentes. En primer lugar, la clase media autónoma crece poco en términos netos,
un fenómeno que refleja la compensación entre la desaparición absoluta de pequeños industriales y
el aumento absoluto de pequeños propietarios del comercio y los servicios. Ahora bien, aun
aceptando que muchos migrantes recientes pudieron haberse incorporado directamente al estrato de
pequeños propietarios, es plausible que tal dinámica implicara un trasvasamiento de los estratos
medios autónomos de la industria que fueran desplazados por el proceso sustitutivo, hacia
posiciones sociales análogas en el sector terciario, en todos los casos suponiendo movilidad de tipo
intrageneracional.
En segundo lugar, la clase media asalariada alcanza durante esta etapa su ritmo más rápido de
expansión con la particularidad de que ahora crecen ms velozmente sus categorías ocupacionales de
mayor requerimiento educacional.
En tercer lugar, en lo que concierne a la clase obrera asalariada, durante el desarrollismo disminuye
en términos absolutos el número de obreros de la industria, razón por la cual este sector dejo de
constituir un canal de incorporación para los migrantes recientes. Por el contrario, si parece haber
cumplido este papel el empleo obrero calificado y no calificado asalariado en la construcción, tanto
para los migrantes internos como para los limítrofes.
Puede conjeturarse que el canal de movilidad laboral más importante fue el empleo autónomo de
clase obrera en el sector servicios el que aseguraba iguales o mejores ingresos que muchas
posiciones obreras asalariadas. Se detecta escaso empleo marginal.
En relación con la movilidad social ocupacional, durante el desarrollismo es de mucha mayor
complejidad que durante el justicialismo,. A la continuada y masiva transferencia de población
desde el campo a la ciudad, se acompañan ahora múltiples trasvasamientos dentro de la población
urbana nativa o de antigua residencia.
Desde el punto de vista ocupacional, esta estrategia parece caracterizarse por la coexistencia de
fuertes flujos de movilidad estructural ascendente y descendente, acompañados de importantes
movimientos intersectoriales presumiblemente neutros desde la perspectiva jerárquica. Desde la
óptica de los ingresos, la estrategia desarrollista induce, una movilidad descendente relativa, que
constituye el efecto neto, por un lado, del mejoramiento de las posiciones correspondientes a la
clase alta y a los segmentos superiores de la clase media, por otro, del empeoramiento de las
posiciones propias de la clase obrera y de los segmentos inferiores de la clase media.
Si bien el desarrollismo indujo un elevado crecimiento económico global y una innegable
modernización de la estructura social, ambos elementos se lograron al precio de marginar a una
parte considerable de la población de los logros del desarrollo económico.
El freno a este modelo estuvo dado por la convergencia de factores económicos y políticos de
índole adversa. Entre los primeros se cuenta la recurrencia de las crisis de la balanza de pagos,
agravadas ahora por la remisión de utilidades y pagos por tecnología al capital extranjero. Entre los
segundos, la agudización del conflicto social, manifestado en las movilizaciones de protesta que, en
1969, en varias aglomeraciones urbanas, tradujeron el rechazo de los sectores populares respecto a
los objetivos del modelo desarrollista.
Estas movilizaciones tuvieron como corolario, durante 1970-1973, una aguda crisis institucional
que se resuelve con el llamado a elecciones generales y con la asunción del tercer gobierno
justicialista, en mayo de 1973.
Una visión de largo plazo: Podemos comparar sintéticamente los efectos de cada modelo de
acumulación sobre la estructura de clases sociales y la movilidad social
Antes de 1930, durante el modelo agroexportador, el perfil de la estructura social se trastoca
profundamente: en especial, se aprecia una rapidísima expansión de los estratos medios, los que
prácticamente se cuadruplican en este lapso, absorbiendo una parte sustancial de los grandes
continentes de inmigrantes de ultramar llegados durante el periodo.
Después de 1930, la estrategia justicialista- caracterizada por la industrialización sustitutiva de
bienes de consumo final-, fue claramente distribucionista e incluyente de los estratos más
desfavorecidos respecto a los frutos del progreso económico. Por su parte, la desarrollista fue
marcadamente concentradora y excluyente. Por comparación, la aperturista presenta rasgos de claro
sesgo desindustrializador, concentrador y excluyente, sin atisbos de modernización.
En el largo plazo (1945-2000 ) a la izquierda, el mantenimiento de una cúpula minúscula, el
engrosamiento progresivo y posterior estrechamiento de la parte intermedia y el ensanchamiento
paulatino de la base. A la derecha, el ensanchamiento ininterrumpido de la cúpula en detrimetro de
la superficie correspondiente a la parte intermedia y a la base. Las mutaciones en la pirámide de
estratificación social ilustrarían un proceso caracterizado por los siguientes rasgos: a) una clase alta
numéricamente ínfima en curso de enriquecimiento absoluto, b) una clase media numéricamente
creciente-decreciente, en curso de progresiva asalarización-desalarización y pauperización absoluta
y relativa; c) una clase obrera numéricamente decreciente en curso de progresiva desalarizacion y
pauperización absoluta; d) la aparición de un estrato marginal numéricamente importante con
carencias absolutas.
Cada estrategia de desarrollo indujo un tipo particular de movilidad social, entendiendo por tal el
desplazamiento entre posiciones jerárquicas dentro de la pirámide de estratificación social,
posiciones que, a su vez, pueden definirse en términos ocupacionales o en términos de ingresos.
Respecto a la movilidad social, el conjunto del período 1945-2000 tiene algunos elementos
comunes: la masiva transferencia de población del campo a las ciudades; la expansión de la
matrícula educacional en todos sus niveles; la progresiva devaluación de las credenciales
educativas; el acrecentamiento del rol de la educación como canal ascensional.
Durante el modelo justicialista, desde el punto de vista ocupacional, existe un proceso generalizado
de movilidad estructural ascendente de carácter intrageneracional, desde modestas posiciones
rurales a posiciones urbanas autónomas de clase media y asalariadas de clase obrera, y desde
segmentos inferiores a segmentos superiores dentro de la clase media. Por otra parte esta movilidad
ocupacional ascendente fue efectivamente acompañada por un movimiento también ascendente en
la escala de ingresos.
Durante el desarrollismo, el panorama de conjunto es complejo. La continuada migración rural-
urbano, se acompaña ahora de múltiples travasamientos dentro de la población urbana nativa o
residente citadina de antigua data. Desde el punto de vista ocupacional, esta estrategia se caracteriza
por la coexistencia de fuertes flujos de movilidad estructural ascendente y descendente, intra e inter
generacionales, acompañados de importantes movimientos intersectoriales neutrales desde una
perspectiva jerárquica. Desde la óptica de los ingresos, la estrategia desarrollista induce, por un
lado, el mejoramiento de las posiciones correspondientes a la clase alta y a los segmentos superiores
de la clase media, por otro, el empeoramiento de las posiciones propias de la clase obrera y de los
segmentos inferiores de la clase media.
Durante la estrategia aperturista, primero el crecimiento del empleo urbano es mucho más lento
que en el pasado, segundo, la expansión de la clase media favorece ahora comparativamente más a
su estrato autónomo, movilidad que debió alimentarse de asalariados de clase obrera y de clase
media que perdieron sus antiguas posiciones en el proceso general de desalarización, tercero la
clase media asalariada crece menos que en las etapas precedentes. El crecimiento de la clase media
asalariada continuó nutriéndose. Cuarto, la clase obrera autónoma es el estrato de más rápido
crecimiento, traduciendo ahora este fenómeno la expansión preferencial del empleo informal y del
empleo precario, junto con la emergencia de un estrato marginal. Desde el punto de vista
ocupacional, el balance del modelo aperturista es de preeminencia de movilidad estructural
descendente, intra e intergeneracional. Desde el punto de vista de los ingresos, la movilidad
experimentada en todos los estratos de clase obrera y en la mayor parte de los de clase media fue
abruptamente descendente, implicando un proceso de pauperización absoluta y de pauperización
relativa, de carácter inédito en la historia argentina reciente.
A principios del tercer milenio, la suma de estos procesos se cristalizaba en una estructura social
profundamente segmentada, con signos agudos y exacerbados de desigualdad social.

También podría gustarte