ME RINDO A TI
PRISCILA SERRANO
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contra la propiedad intelectual.
Título: Me rindo a ti
© 2025 Priscila Serrano.
Todos los derechos reservados.
Portada: Fanny Ramírez.
Maquetación: Fanny Ramírez.
Fecha de edición: Julio 2025.
A todos los que alguna vez sintieron que no merecían amor, pero decidieron
abrir el corazón de todos modos. Esta historia es para ustedes.
Porque rendirse no siempre es perder. A veces, es la forma más valiente de
amar.
Índice
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
CAPÍTULO 37
CAPÍTULO 38
CAPÍTULO 39
CAPÍTULO 40
CAPÍTULO 41
CAPÍTULO 42
CAPÍTULO 43
CAPÍTULO 44
CAPÍTULO 45
CAPÍTULO 46
CAPÍTULO 47
CAPÍTULO 48
CAPÍTULO 49
CAPÍTULO 50
EPÍLOGO
Agradecimientos
INTRODUCCIÓN
Camila
Nunca iba a olvidarme de aquella noche. Nunca… porque la oscuridad
me perseguía sin importar el camino que eligiera, aunque lo cambiara mil
veces.
La noche. Esa noche.
Joder, ¿cómo hacía para borrar de mi mente lo que hice?
—Camila, ¿sigues aquí? —La voz de Elena, mi terapeuta, me sacó de
mis pensamientos.
—Eh, sí, dime —musité, haciéndome un ovillo en el sillón de terciopelo
negro.
—No, cielo, tienes que decirme tú. Llevas tiempo sin venir, ¿qué tal
estás? Cuéntame. —Me miró fijamente con la libretita en una mano y el
bolígrafo en la otra.
Recorrí con la mirada la consulta. No era nueva para mí, ya había
venido en varias ocasiones, pero llevaba meses sin aparecer porque no le
veía sentido. No me sentí mejor. ¿Para qué contarle mis mierdas a una
desconocida que encima me cobraba por ello? No tenía sentido. Lo único
que necesitaba era morirme y acabar con esta agonía que llevaba
arrastrando dos años.
—¿Has seguido teniendo pesadillas?
Otra pregunta más. Su voz flotaba en el aire, pero mi atención estaba en
el estante lleno de libros, en los diplomas colgados en la pared, en las
cortinas grises y los muebles de madera oscura. Todo en ese lugar era
deprimente, incluso la lámpara de la esquina, que parecía el toque final a
ese cuadro de melancolía.
—Camila, ¿me estás oyendo? —Clavé mis ojos en ella.
—Sí, sigo teniendo pesadillas, pero… da igual. —Me encogí de
hombros.
—No, claro que no da igual. —Suspiré—. No puedes desaparecer tanto
tiempo, has empeorado. ¿Te has vuelto a autolesionar?
Abrí los ojos, como si su pregunta me tomara por sorpresa, aunque
sabía que en alguna sesión anterior yo misma le había contado sobre eso.
Asentí y le mostré los brazos, con algunas marcas ya cicatrizadas.
—Crees que hacer eso te devolverá a…?
—No, no digas su nombre —la interrumpí, temerosa de escucharlo,
porque no podía hacerlo.
—¿Por qué? Escuchar su nombre no hará que duela más. Al contrario,
te ayudará a aceptar que ya no está.
—Jamás aceptaré que no está, porque eso solo confirmaría que fue mi
culpa.
Ella negó suavemente y me miró con pena. Desde el accidente, todo el
mundo me miraba así. Incluso mis amigos… esos a los que dejé de ver
porque no quería ver a nadie.
Mi encierro no era solo mental. No salía a la calle, no iba a la
universidad. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo seguir viviendo si ella no estaba?
Las lágrimas comenzaron a deslizarse y me levanté con la intención de
marcharme. ¿Para qué seguir hablando con Elena si no me entendería?
—¡Camila, espera! No hemos terminado —su voz resonó en el pasillo,
pero ni con eso ralenticé el paso. Todo lo contrario.
Cuando crucé la puerta del edificio, la lluvia me golpeó de lleno. En
Nueva Jersey, las lluvias podían ser molestas, pero a mí me calmaban.
Caminé sin prisa hacia la parada del metro, sintiendo el agua resbalar por
mis mejillas.
La gente corría para resguardarse. Yo, en cambio, paseaba con
tranquilidad.
Sin darme cuenta, choqué con alguien.
Alcé la cabeza y me encontré con unos ojos marrones oscuros que me
analizaban. Su barba de tres días le daba un aire atractivo y sus cejas
pobladas le conferían un punto enigmático. Sus labios, finos pero
llamativos, estaban mojados por la lluvia. Era alto, atlético, de piel morena
y cabello corto.
Tragué saliva y murmuré algo sin ser del todo consciente de que había
movido los labios.
—Lo siento.
Se apartó y yo seguí caminando hacia las escaleras del metro. Antes de
bajar, me giré para mirarlo una última vez.
Él también me miró.
No dije nada, solo desvié la vista y descendí.
A veces, una sola mirada bastaba para entender el peso que alguien
cargaba en el alma. Y ese hombre, sin duda, llevaba una carga tan pesada
como la mía.
CAPÍTULO 1
Camila
A Adriana le quedaba increíble. A mí, no tanto. Lo absurdo era que
éramos idénticas. En teoría.
Estaba frente al espejo, probándome la ropa que habíamos comprado
juntas. Algo tonto, al ser iguales en todos los sentidos, así que debería
quedarnos igual, ¿no?
Si había algo que me gustaba de tener una hermana gemela, era que no
siempre me echaban la bronca a mí, porque nos confundían.
Me quedé con los vaqueros ajustados, el jersey verde de lana y me puse
las botas para ir al instituto. Me agaché para recoger los guantes que se me
habían caído justo cuando la puerta de mi habitación se abrió de golpe.
—No me creo que estés levantada. —Me incorporé y miré a Adriana
con una ceja alzada—. Y arreglada. Todo un logro, hermanita.
—Como para no estarlo. Papá ha venido hace un rato a decirme que
teníamos que arreglarnos, que antes de ir al instituto nos harían unas fotos
para una revista. —Puse un dedo en mi barbilla—. No recuerdo ahora cuál.
—New Jersey —respondió ella, y asentí dándole la razón.
Adriana siempre estaba en todo, atenta a cada cosa que decían nuestros
padres, aunque le hacía mucho más caso a nuestro padre, y no entendía muy
bien por qué. ¿Podría ser por miedo? No, miedo no debería ser. Yo no le
temía a él y nunca lo haría, por muy estricto que quisiera ser conmigo.
Mi hermana salió de mi habitación y yo me quedé unos minutos más,
recogiendo un poco antes de que Stephanie, la empleada, viniera a hacer los
cuartos.
Hice la cama, pese a que estaba segura de que me cambiarían las
sábanas, como cada día. Doblé la ropa y la metí en los cajones del vestidor.
Mi habitación era enorme, con suficiente espacio como para meter un sofá y
otra cama más si me daba la gana. Al menos la decoración era a mi gusto;
Tenía fotografías que yo misma hacía colgadas en un tablón en la pared.
Quería dedicarme a la fotografía, pero mi padre tenía otros planes para mí,
como seguir en la política como él.
Adrián Lombardi era el gobernador de Nueva Jersey y debía de ser
bueno, porque tenía muchos votantes. A mi hermana le gustaba esa vida,
pero yo… la odiaba. No solo porque no quería estar en el ojo mediático
todo el tiempo. No tenía intimidad alguna. Siempre había prensa, pisara
donde pisara, midiendo al milímetro las cagadas que hacía para ponerlas en
primera plana del primer periódico que quisiera pagar por la noticia. Y yo,
por suerte o por desgracia, siempre era la protagonista de muchas de esas
noticias que tenían como título: "Camila, la hija rebelde del gobernador
Lombardi".
Antes de salir de mi habitación, me recogí el cabello rizado en un moño
mal hecho, dejando algunos rizos sueltos, como siempre. Me gustaba mi
pelo así. Sin embargo, a mi madre le desagradaba que no me peinara igual
que Adriana, que se hacía una trenza todos los días para evitar que las
puntas se le abrieran. "Porque no cuidamos nuestro cabello como
deberíamos", según ella. Palabras de mi progenitora, no mías.
Me maquillé ligeramente: un poco de rímel, colorete y un brillo de
labios rosa que resaltaba mi boca. Di una vuelta frente al espejo de cuerpo
entero y sonreí. Me gustaba cómo me veía.
—Ahora sí, a comerte el mundo… o también a Jared. —Le guiñé un ojo
a mi reflejo y cogí la mochila antes de salir finalmente.
Bajé las escaleras a toda prisa, pero mi madre ya me esperaba en el
último escalón, obligándome a frenar en seco.
—¿Eso son formas de bajar las escaleras, señorita? —Resoplé,
echándome el cabello hacia atrás con un gesto de fastidio—. Camila,
compórtate, por favor. La prensa está esperando en el salón para hacernos la
foto, y deberías haberte puesto el mismo vestido que tu hermana.
Puse los ojos en blanco, exasperada.
—Mamá, ya te he dicho que no me gusta vestir igual que Adriana. Eso
era antes, cuando teníamos cinco años y no podíamos quejarnos.
Le dediqué una sonrisa sarcástica, algo que ella odiaba.
—Por hoy te lo voy a dejar pasar porque no tenemos tiempo, pero la
próxima vez que tengamos una rueda de prensa o cualquier evento en el que
tengamos que acompañar a tu padre y aparezcas con… —señaló mi atuendo
con una mueca—, eso… estarás castigada hasta que se me olvide. Y sabes
que tengo muy buena memoria.
—Tanto, que se te ha olvidado que en tres días también es mi
cumpleaños, no solo el de mi hermana. Si quieres que seamos iguales en
todo, también aplícalo en eso. Nacimos el mismo día, mami.
No me gustaba reprocharle nada, pero estaban tan centrados en los
dieciocho de Adriana que parecían olvidar que yo también cumplía el
mismo día. Para más inri, había nacido unos minutos antes que ella.
Mi madre no respondió a mi desafortunado comentario, aunque con la
mirada me lo dijo todo sin necesidad de alzar la voz. A veces pensaba que
para mis padres solo existía Adriana. No es que me importe demasiado, yo
misma la amaba con todo mi ser. Era mi otra mitad, la persona más
importante de mi vida, pero eso no quitaba que ambas fuéramos hijas y que
mereciéramos el mismo trato.
Suspiré y la seguí, pisándole los talones a Camila Lombardi, nuestra
madre y esposa de Adrián Lombardi. Sí, yo tenía su mismo nombre y mi
hermana el de mi padre. No es como si se hubieran quebrado la cabeza
eligiéndolos.
Caminamos por el pasillo de mármol blanco con vetas grises que
conducía al salón. Pasamos junto a una de las salas de estar, con su inmenso
sofá de cuero beige y la chimenea que casi nunca usábamos porque era más
un adorno que otra cosa. Todo en aquella casa era puro lujo: muebles
carísimos, lámparas de cristal y enormes cuadros de artistas que ni siquiera
conocía. A mí no me gustaba, pero era lo que me había tocado. Hubiera
preferido un sitio más acogedor, menos de revista y más de hogar, pero
claro, no era yo quien tomaba las decisiones.
Subimos un par de escalones y pasamos junto al comedor, con su mesa
de madera oscura que casi nunca usábamos porque siempre cenábamos en
restaurantes o con gente que mi padre invitaba. Finalmente, entramos al
salón principal.
Al cruzar el umbral de la puerta, mi padre se fijó en mi atuendo y su
mirada de desaprobación me lo dejó claro. Si los periodistas estaban
atentos, podrían notar lo bien que nos llevábamos él y yo.
—¿Podemos comenzar? —preguntó mi madre al fotógrafo—. Las niñas
tienen que ir al instituto.
—Por supuesto —respondió el joven.
Me quedé embobada mirando su cámara. Lo que daría por tener una de
esas… pero si la compraba, sabía que sería tirar el dinero a la basura porque
no me dejarían usarla. Ahora tenía una cámara, pero no era ni por asomo
como esa.
—Atentos —dijo el fotógrafo, haciendo una señal.
Mi padre se acomodó en el sillón como si fuera el rey de la casa. Mi
madre se situó a su lado, de pie, mientras Adriana y yo nos colocábamos al
otro extremo, juntas.
Si no quería destacar, tal vez debería haberme puesto el vestido. Ahora
iba a ser la comidilla de todo el mundo solo por no lucir igual que la
perfecta hija de los Lombardi. Claro que, de haberlo hecho, habría dejado
de ser "la hija rebelde". Y, aunque no lo admitiera en voz alta, me gustaba
ese apodo.
Nos hicieron unas diez o doce fotos. Perdí la cuenta en cuanto los flases
comenzaron a marearme. Cuando por fin terminamos, mi hermana y yo nos
despedimos de nuestros padres como si fuéramos la familia feliz que
aparentábamos ser frente a desconocidos.
—Vamos, sácame de aquí ya, por favor —le susurré a Adriana mientras
nos alejábamos de esas miradas acusatorias.
—Sí, antes de que se queden solos y quieran gritarte por la ropa. ¿Cómo
te has puesto eso? Pensé que solo te lo estabas probando, que te pondrías el
vestido después.
Hice una mueca de asco.
—Por favor, dime que te vas a quitar ese vestido antes de llegar al
instituto.
No le respondí a su pregunta.
—¿Por qué? A mí me gusta —se quejó ella.
—Ya, pero tienes vestidos más bonitos que ese. Además, lo eligió
mamá, y ya sabemos el mal gusto que tiene por la ropa.
Menos mal que no nos estaba escuchando. Si no, seguro habríamos
terminado en otra discusión. Últimamente, no hacíamos más que pelear.
Nos subimos al coche y, en cuanto nos acomodamos, Connor, el chófer
de la familia desde que tenía uso de razón, arrancó. Siempre se reía cuando
Adriana y yo discutíamos por la ropa. No se metía, pero yo no tenía
problema con que hablara. Me caía bien. Era un hombre agradable.
En el camino, Connor puso nuestra música favorita: Imagine Dragons.
Cantamos a pleno pulmón. Creo que esta era una de mis partes favoritas del
día: cantar con mi hermana en el coche, solas, sin nuestros padres.
Estaba segura de que cuando fuéramos a la universidad viviríamos
juntas, lejos del escrutinio de mamá y papá. O al menos lo intentaría. Ya
estábamos a punto de acabar el instituto y habíamos hecho entrevistas en
algunas universidades. Yo quería estudiar fotografía y diseño, y Adriana,
ciencias políticas. Obvio.
Al bajarnos del coche, los primeros en acercarse fueron Jared, mi amor
platónico, el chico que me tenía babeando, con el que me besaba cuando
encartaba y con el que deseaba perder algo más que la vergüenza. A su lado,
su prima Noemí, nuestra amiga. Estaba un poco loca, y creo que por eso nos
llevábamos tan bien.
También estaba Joan, el mejor amigo de Jared y completamente
enamorado de mi hermana. Claro que había un pequeño detalle: a ambos les
gustaban las chicas. Pero nadie sabía ese secreto. Solo nosotras.
—Chicas, faltan tres días para vuestro cumpleaños. ¿Sabemos ya qué
vamos a hacer? —La voz de Noemí resonó fuerte, como si quisiera que
todo el mundo se enterara.
—¡Shh! —la chisté—. ¿Quieres que sepa todo el instituto que en tres
días nos vamos a pegar la juerga más loca de la historia de las hermanas
Lombardi? —Choqué la mano con Adriana—. Eso sí, nadie puede
enterarse, porque si nuestros papis lo descubren, son capaces de encerrarnos
para que no salgamos.
Noemí soltó una carcajada incrédula, y yo asentí.
—¿Te crees que es broma? —corroboró mi hermana.
—Joder, mis padres son estrictos, pero los vuestros ganan por goleada.
—Suerte que aquí te tengo solo para mí. —Jared pasó un brazo por
encima de mis hombros y me dio un beso en los labios.
Casi me derretí con ese pequeño gesto que hizo que me temblaran las
piernas. ¿Y cómo no? Jared no solo estaba más bueno que el pan, también
era guapo, carismático, gracioso y seductor. Muy seductor. Sus ojos verdes
resplandecían donde fuera, y esa sonrisa… Joder, mataría por esa sonrisa.
Me quedé mirándolo embobada hasta que Noemí me dio un codazo para
que dejara de babear por su primo y me señaló a Joan. Él intentó hacer lo
mismo con Adriana, pero ella escapó de él despavorida. Solté una risotada
cuando el moreno bajó los brazos, abatido, y se mordió el carrillo.
—¿Puedes ayudarme? No sé cómo decirle que no quiero nada con él sin
tener que contarle que me gustan las tías… —Adriana estaba roja como un
tomate.
—Déjamelo a mí. —La rodeé para ir a hablar con Joan.
—Camila, no seas dura con él, por favor… Es un buen tío.
Asentí y me acerqué a Joan.
—Hola, Joan —lo saludé como si no lo hubiera hecho antes.
Bueno, qué coño, no lo había saludado. Yo veía a Jared y perdía el
norte.
—Hola, Camila —me devolvió el saludo con una sonrisa fingida.
—Siento ser yo quien te lo diga, pero deja de acosar a mi hermana,
porque no le gustas, ¿sabes?
Frunció el ceño y miró a Adriana, que se escondía detrás de Noemí y
Jared.
—Es que no eres su tipo —continué—. Ella solo quiere ser tu amiga.
¿Podrás ser solo eso? Porque si tienes la esperanza de que algún día
cambiará de opinión, ya te digo yo que no va a pasar.
—¿Cómo lo sabes? —rebatió, algo molesto.
—Porque la conozco, ¿recuerdas? —Nos señalé a ambas—. Somos
gemelas. Sé lo que piensa, lo que siente, y no piensa en ti ni siente nada por
ti. Ni ahora, ni nunca.
No respondió. Lo dejé chafado y, la verdad, hasta me dio un poco de
pena.
Regresé con mi hermana, Noemí y Jared.
—Te has pasado, Camila —me reprochó Adriana.
Resoplé.
—Encima… Pues la próxima vez díselo tú, porque si no, no va a parar.
Sin decir nada más, caminé hacia el interior del instituto con Jared
abrazándome una vez más. Éramos la pareja perfecta, la que todas las
chicas envidiaban, porque Jared era el chico más popular del instituto, y él
era mío, solo mío.
CAPÍTULO 2
Adriana
No podía estar siempre detrás de mi hermana para que hiciera caso a
las peticiones de nuestros padres. Ya era mayorcita. Aun así, no podía
permitir que ellos siguieran viéndola como la hija rebelde. Camila era
mucho más que eso: ingeniosa, inteligente, valiente, fuerte, preciosa… Y a
mí me encantaría tener la mitad de la valentía con la que ella había nacido
para enfrentarme a nuestros progenitores.
Odiaba el vestido que me había tenido que poner para las fotos. Era de
un color marrón oscuro, feo y apagado, que me llegaba por debajo de las
rodillas. La tela era gruesa y áspera, y encima tenía que acompañarlo con un
jersey de cuello alto debajo para que no se viera ni un milímetro de escote.
Como si fuera poco, mi cabello—tan rizado como el de mi hermana—
estaba recogido en una trenza perfectamente peinada, sin dejar ni un solo
mechón suelto. Mi maquillaje era casi inexistente, demasiado sencillo, lo
justo para que mi madre no dijera que iba con "mala cara". Todo en mi
apariencia gritaba obediencia. Y yo odiaba cada parte de ello.
Pero ¿qué más podía hacer? Esta vida no era de mi estilo, pero era la
que nos había tocado. Y nos tocaba aceptar que Camila y yo siempre
estaríamos bajo el yugo de esta familia tan estrictamente falsa.
—Buenos días, papá —lo saludé con un beso en la mejilla.
Mi hermana todavía estaba arreglándose… o recogiendo su cuarto.
Acostumbraba a hacerlo, a pesar de que teníamos quien lo hiciera por
nosotras. Además, era buena. Lo tenía todo para ser perfecta, aunque ella no
lo viera. No era capaz de mirarse como la miraba yo.
—¿Tu hermana? —preguntó mi padre con seriedad.
—Ya mismo baja —respondí sin estar segura de que fuera cierto.
Unos minutos después, apareció mi perfecta madre con Camila
pisándole los talones. No pude evitar sonreír al ver que se había quedado
con los vaqueros que se compró en la tienda que visitamos y que le
encantaron tanto. Los combinó con un jersey de lana verde y botas. Para
terminar de rematar su atuendo, se recogió el cabello en un moño mal
hecho.
Solo ella era capaz de plantarse delante de nuestros padres y de la
prensa como si le importara una reverenda mierda quiénes eran. Y yo… Si
no fuera porque intentaba ser la hija perfecta por… ¿miedo, tal vez? No
estaba segura. Pero si no fuera por eso, le habría hecho la ola y hasta la
habría vitoreado.
Otra de las cosas que amaba de Camila era que podía confiar en ella.
Mis secretos eran suyos y viceversa. Era la única que sabía que me
gustaban las mujeres, porque eso, en esta familia, no estaría bien visto.
Seguramente, mi padre ya nos estaría emparejando con el hijo de algún
político importante. Rezaba día a día para que eso no llegara.
Cuando terminamos con las fotos, Camila me pidió que la sacara de allí
ya. Si ella supiera que yo también estaba loca por salir corriendo…
—Por favor, dime que te vas a quitar ese vestido antes de llegar al
instituto.
Hizo el comentario demasiado fuerte y nuestra madre lo escuchó, así
que tuve que sonar convincente en mi respuesta.
—¿Por qué? A mí me gusta —me quejé, fingiendo indignación, aunque
la verdad era que el vestido me parecía espantoso.
—Ya, pero tienes vestidos más bonitos que ese. Además, lo eligió
mamá, y ya sabemos el mal gusto que tiene por la ropa.
Razón no le faltaba. Dios, cuando mi madre me trajo este trapo y me
dijo que nos lo teníamos que poner hoy, recé a todos los dioses para que la
tierra me tragara. Pero, como siempre, solo asentí como una niña buena y
sonreí, provocando en ella una ternura que jamás le demostraba a Camila.
¿Acaso no quería a mi hermana? Éramos sus hijas. Camila era mayor
que yo por unos minutos. Vale, eso era una estupidez, pero siempre me lo
recordaba cuando discutíamos y quería quedar como la hermana mayor.
Nos montamos en el coche, y Connor, el conductor de la familia,
arrancó para llevarnos al instituto.
Por el camino, cantamos canciones de Imagine Dragons, nuestra banda
favorita. Gritarlas a pleno pulmón era algo que disfrutábamos mucho y que
siempre, siempre, teníamos que hacer lejos del escrutinio de Adrián y
Camila Lombardi, nuestros padres.
Cuando llegamos al instituto, Jared, Noemí y Joan, nuestros amigos, se
acercaron a nosotras como de costumbre. Y, como siempre, mi hermana
acabó babeando por Jared. Sí, el chico era guapo y también un creído.
Realmente no me gustaba para ella porque tenía fama de mujeriego, y a
Camila se la veía muy pillada.
Todo iba genial. Hablábamos de la fiesta que tendríamos por nuestro
décimo octavo cumpleaños y de cómo tendríamos que hacerlo a escondidas
de nuestros padres. Pero cuando Jared abrazó a mi hermana y le dio un beso
en los labios, Joan se creyó con la confianza suficiente como para hacer lo
mismo conmigo.
Por suerte, solo me abrazó y no fue capaz de besarme.
—Adriana —musitó cerca de mi oído—. ¿Cuándo me darás una
oportunidad?
No lo miré. No podía. En cambio, me alejé de él sin decir nada y le pedí
ayuda a Camila. Por supuesto, pensé que mi hermana sería menos hiriente,
pero así era ella: clara y concisa. No daba rodeos para decir las cosas,
aunque dolieran.
Entramos al centro y nos dirigimos a la clase de biología para hacer un
examen. Al menos, algo que las dos llevábamos bien. Éramos buenas
estudiantes.
Terminamos la prueba antes de que sonara la sirena y el resto del día
transcurrió sin incidentes. Asistimos a nuestras clases, anotamos los deberes
y soportamos las miradas de algunos alumnos que nos observaban con
curiosidad. Ser hijas de Adrián Lombardi significaba que nunca pasábamos
desapercibidas.
Cuando por fin llegó la hora del descanso, Camila y yo salimos juntas al
patio, donde nuestros amigos nos esperaban. Nos sentamos en la mesa de
siempre, bromeando sobre la cantidad absurda de deberes que teníamos
para el fin de semana.
—No pienso hacer nada —anunció Jared, estirándose en el banco con
una sonrisa arrogante—. ¿Para qué preocuparse por los estudios cuando
puedes pasarlo bien?
Camila soltó una risa divertida y le dio un ligero empujón en el hombro.
—Claro, y luego lloras cuando suspendes.
—Nunca lloro —dijo él, fingiendo ofensa—. Pero hablando de pasarlo
bien…
Jared alzó la vista y levantó una mano para llamar la atención de
alguien.
Cuando giré la cabeza, vi a Joseph acercándose.
El hermano mayor de Joan tenía la misma complexión delgada y el
cabello oscuro de su hermano, pero a diferencia de él, Joseph siempre
llevaba una expresión despreocupada, como si el mundo entero le importara
una mierda.
—¿Qué pasa, Jared? —preguntó con su típica sonrisa socarrona.
—Dime que tienes algo bueno para el fin de semana.
Joseph soltó una carcajada y, sin ningún pudor, sacó del bolsillo de su
chaqueta varias pequeñas bolsitas con pastillas de colores.
—¿Cuándo te ha fallado?
Noemí y yo nos miramos al instante. Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué? ¿Ninguna de ustedes quiere pasarlo bien? —preguntó Joseph,
mirándonos con burla.
—No, gracias —respondí de inmediato, cruzándome de brazos.
Joan también negó con la cabeza, pero no dijo nada. Noemí, en cambio,
apartó la mirada con incomodidad.
Y entonces vi cómo Camila estiraba la mano y cogía una de las bolsitas.
El estómago se me encogió.
—Camila… —susurré, sintiendo cómo la rabia y la preocupación se
entremezclaban en mi interior.
Ella solo me lanzó una mirada rápida antes de guardar las pastillas en el
bolsillo de su pantalón, como si no fuera gran cosa.
Joseph sonrió con entusiasmo y le dio una palmada en el hombro a
Jared.
—Esa es la actitud.
Me costó respirar por un segundo. Quería decirle algo, arrancarle la
bolsa de las manos y tirarla al suelo, pero no podía hacerlo frente a todos.
No aquí.
Camila siguió hablando con los demás como si nada hubiera pasado.
Como si no acabara de aceptar drogas de un tipo que tenía fama de arruinar
vidas.
Pero esto no iba a quedar así.
El resto del descanso transcurrió con aparente normalidad. Camila se
reía con Jared, bromeaba con Joan y hasta discutía con Noemí sobre qué
canción pondrían primero en la fiesta de nuestro cumpleaños. Pero yo no
podía sacarme de la cabeza lo que acababa de hacer.
Cada vez que la veía meter las manos en los bolsillos de su pantalón, el
pecho se me oprimía con fuerza.
Cuando finalmente llegamos a solas en el pasillo, me giré hacia ella con
el ceño fruncido.
—Dame esas pastillas.
Camila parpadeó con fingida inocencia.
—¿De qué hablas?
—No te hagas la tonta. Vi cómo las cogiste.
Su expresión no cambió. En cambio, se apoyó contra las taquillas con
los brazos cruzados, como si la conversación le pareciera innecesaria.
—Tranquila, Adri, solo es para la fiesta. No es gran cosa.
—¿No es gran cosa? ¿En serio, Camila? ¿Sabes siquiera qué demonios
te dio Joseph?
Intenté quitárselas, pero ella se apartó con un movimiento rápido.
—No seas dramática.
—No seas idiota —le espeté en voz baja—. Si papá o mamá se
enteran…
—No se van a enterar.
Su tranquilidad me desesperó.
—Camila…
Ella suspiró, rodando los ojos con fastidio.
—Si tanto te preocupa, tranquila, no pienso tomarlas.
Quería creerle. De verdad quería hacerlo. Pero la conocía demasiado
bien como para estar segura.
No pude seguir insistiendo porque la sirena sonó, anunciando el fin del
descanso.
Solté un resoplido. No me iba a olvidar del tema tan fácilmente.
Entramos de nuevo a clases, pero el resto de la mañana me la pasé
pensando en cómo quitarle a mi hermana esas pastillas. Si pretendía
tomarlas en nuestra fiesta de cumpleaños solo por hacer algo temerario en
sus dieciocho, iba a tener que controlarla.
Cuando sonó la última sirena, Camila salió del aula antes de que pudiera
interceptarla. Aun así, recogí mis cosas rápidamente y fui tras ella.
En el pasillo, la vi deslizarle las pastillas a Jared. Fruncí el ceño,
intentando descifrar sus intenciones. ¿Se las estaba dando para deshacerse
de ellas o solo quería tranquilizarme? Fuera lo que fuese, tendría que
vigilarla.
—Eh, Adri —la voz de Noemí me sacó de mis pensamientos.
Me giré hacia ella, aún con la cabeza en otro lado.
—No te preocupes, no creo que tu hermana sea tan tonta como para
drogarse —dijo con confianza.
Apiñé los labios. No estaba tan segura de eso. Camila llevaba un tiempo
comportándose de forma más rebelde y, aunque me gustaba que fuera
valiente y decidida, había veces en las que debía controlarse.
—Ya verás que no lo hará —insistió Noemí, dándome una palmadita en
el hombro—. ¿Qué tal si vamos a tomar algo después en la cafetería? —
propuso mientras caminábamos en dirección a mi hermana y Jared, que se
estaban comiendo la boca como si no hubiera un mañana.
—No lo sé… Ya sabes cómo es mi padre, y desde que es gobernador…
—puse los ojos en blanco, soltando un resoplido—, está mucho peor. Tiene
miedo de que nos pase algo y estoy segura de que acabará poniéndonos un
guardaespaldas.
—¿Te imaginas? No podría soportar tener un tipo completamente
desconocido siguiéndome cada vez que saliera de casa —intervino Camila,
haciendo una mueca de horror cuando por fin dejó que la lengua de Jared
saliera de su boca, como si acabara de darse cuenta de lo asqueroso que
sonaba.
—He oído que algunos incluso pasan la noche en la puerta de tu
habitación… ya sabes, por los ladrones que se cuelan en las casas —añadió
Jared con una sonrisa burlona.
—Eso es una locura —arremetió Joan.
—¿Os jodería bastante? —preguntó Noemí, arqueando una ceja—. A
ver, si es por vuestra seguridad, no lo veo mal.
—¡Estás loca! Ni muerta dejaría que mis padres me pusieran una
sombra las veinticuatro horas del día. ¿Cómo iba a poder estar con Jared?
—Camila lo miró con picardía y él no perdió el tiempo antes de volver a
besarla como si intentara devorarla.
Seguimos caminando mientras hablábamos de lo ridículo que sería que
alguien nos siguiera a todas partes, como si Camila y yo fuéramos monos
de feria.
Joder, nuestra vida le interesaba a todo el mundo por culpa de mi padre.
Lo que no sabía en ese momento era que, muy pronto, lo que nos
parecía una idea absurda se convertiría en nuestra realidad.
Y que ese "desconocido" cambiaría nuestras vidas para siempre.
CAPÍTULO 3
Camila
Me quedé un poco atrás mientras mi hermana seguía hablando del
tema del guardaespaldas con Noemí y Joan. Aproveché para tirar de Jared y
apartarlo, como si solo fuera a despedirme de él.
No podíamos tardar, nuestro chófer ya nos estaba esperando.
Jared sonrió de lado al verme acercarme. Su postura relajada me
indicaba que ya sabía perfectamente lo que iba a pedirle.
—¿Tan pronto me echas de menos? —bromeó, metiendo las manos en
los bolsillos de su chaqueta.
Rodé los ojos, divertida. No tenía tiempo para sus tonterías.
—Solo quiero asegurarme de que no abrirás la boca. Nadie puede saber
que me estás guardando eso.
—Tranquila, princesa. Mis labios están sellados.
—Bien. Pero dame una.
Jared alzó una ceja, claramente sorprendido.
—¿Quieres probarla ahora?
Negué con la cabeza.
—No, más tarde. Solo dame una y hazlo rápido, antes de que Adriana
venga a arrastrarme hasta el coche.
Él rió bajo y, con un movimiento disimulado, deslizó una pastilla en mi
mano. Cerré los dedos alrededor de ella de inmediato y la guardé en el
bolsillo de mi pantalón antes de que nadie se diera cuenta.
—No te pases con eso —me advirtió, aunque su tono no sonaba
precisamente preocupado.
—No me des consejos que tú mismo no sigues —repliqué con una
sonrisa burlona.
Me guiñó un ojo y, sin más, se giró para volver con los demás. Me
quedé un par de segundos en mi sitio, sintiendo la pequeña pastilla quemar
en mi bolsillo. No tenía intención de hacer ninguna locura… solo quería ver
qué se sentía. Solo una vez.
Suspiré y me apresuré a reunirme con Adriana, que ya me miraba con el
ceño fruncido desde la puerta del coche. No necesitaba preguntarle qué
pasaba. Seguro que ya estaba maquinando algo en su cabeza. Pero esta vez,
no iba a dejar que me arruinara la diversión.
—¿Qué? —le pregunté cuando llegué al coche—. Me estaba
despidiendo de mi chico —aclaré tajante, esperando que esa excusa fuera
suficiente para que no siguiera preguntando.
—¿Seguro? —insistió, mirándome con suspicacia—. ¿O te apartaste de
los demás para pedirle algo?
Fruncí el Ceño.
—Le di las pastillas, no voy a tomarlas, ¿de acuerdo? —dije la
verdad… aunque no del todo. En realidad, estaba deseando tener un
momento a solas para probarla.
No dijo nada más y terminó subiendo al coche. Yo hice lo mismo,
sentándome a su lado.
Aquel breve intercambio arruinó el ambiente entre nosotras, y el camino
de regreso transcurrió en completo silencio.
No me gustaba estar así con ella, pero quería que entendiera que estaba
en edad de experimentar, de salir y hacer locuras. ¿Qué más daba? Nuestra
vida ya era lo suficientemente aburrida y estricta como para estar siempre
haciendo lo correcto. Eso no era vivir.
Yo quería disfrutar, vivir a tope, tener la oportunidad de arrepentirme de
algo que no debía haber hecho. Cometer locuras, enamorarme de alguien,
aunque supiera que no me convenía, pero dejarme llevar porque, en ese
momento, era lo que mi corazón y mi cabeza me pedían. Jared no era un
santo, lo sabía, pero ¿quién lo era? Todo el mundo la cagaba. Todos tenían
secretos, y yo no iba a ser la excepción.
Cuando llegamos, bajé del coche y Adriana hizo lo mismo.
—Has estado muy callada —comentó, arqueando una ceja.
—Vale, yo tampoco he estado muy conversadora, pero es que tengo
miedo de que…
—No empieces otra vez, Adriana —la interrumpí—. Ya te he dicho que
le di las pastillas a Jared. ¿Podemos dejar de hablar de eso? Al menos en
esta cárcel de mármol y lujos.
Sonrió y respiró.
—¿De verdad crees que papá nos pondrá un guardaespaldas? —cambié
de tema.
En el instituto había dejado claro lo que pensaba al respecto, pero no lo
había hablado con Adriana en serio. Y, al final, éramos nosotras las que
tendríamos que lidiar con semejante locura.
—No lo sé, pero ya conoces a papá. Ahora que estamos a tres días de
cumplir los dieciocho, querrá tenernos más controladas.
Suspiré, pasándome la mano por el cabello y apartando un mechón
rizado de mi rostro. Mi pelo era como yo: una rebelde sin causa.
Entramos en casa. Adriana fue a buscar a nuestra madre para avisarle
que habíamos llegado, mientras yo subía a mi habitación para dejar mis
cosas y ponerme algo cómodo. No tenía que buscar a mi madre, ella
siempre venía directa a mí con algún regaño o queja por algo que, según su
criterio, no había hecho bien. Siempre encontraba alguna excusa.
Solté la mochila en una esquina de la habitación, prácticamente
tirándola. Me senté en la cama para quitarme los zapatos y los calcetines.
Eso sí lo recogí; No me gustaba que mi cuarto pareciera una leonera.
Caminé hasta el baño, donde tenía el cesto de la ropa sucia, y dejé los
calcetines allí.
Mi mirada se desvió hacia el espejo y suspiré mientras sacaba la pastilla
del bolsillo. Por un instante, estuve tentada de metérmela en la boca y ver
qué pasaba, pero unos golpes en la puerta me interrumpieron y volví a
guardarla en el mismo sitio.
—Pasa —dije, sabiendo quién era.
—Ya ni saludas.
Mi madre estaba frente a mí, con los brazos cruzados bajo sus pechos
operados, que intentaban ser más redondos y bonitos, aunque ya era
preciosa tal y como era. Aunque, pensándolo bien, quizás fuera lo único
bonito que tenía. No siempre el envoltorio esconde algo perfecto en su
interior. A veces, lo de dentro estaba podrido.
—Hola, mamá —ironicé, sabiendo lo que venía.
—Camila, por favor… —Se pasó una mano por el puente de la nariz.
—¿Qué? Ya te he saludado, ¿qué más quieres de mí?
Soltó un suspiro, y en ese gesto vi reflejada una parte de mí que no me
gustaba admitir: éramos demasiado parecidas.
Ambas teníamos el mismo carácter, porque ella también había sido
rebelde en su juventud. Físicamente, éramos iguales, salvo por sus ojos
azules, algo que Adriana y yo no habíamos heredado. Los nuestros, verdes
con destellos dorados que parecían no decidirse por un solo color, eran de
mi padre.
—Lo siento —dijo de pronto, sentándose a mi lado en la cama.
La miré, perpleja.
¿Me había pedido perdón? ¿A mí? ¿Quién era esta mujer y qué había
hecho con mi madre?
—Ya sé lo que estás pensando, que no te crees que te haya pedido
disculpas —comentó con una sonrisa.
Solté una risita irónica que terminó contagiándola.
—Sé que soy muy estricta y también sé que ya sois mayores. Y sí,
también me acuerdo de tu cumpleaños…
Vi la tristeza en su mirada al recordar lo que le había dicho por la
mañana.
—Mamá, lo que te dije…
Negó con la cabeza, haciéndome callar.
—Tenías razón. Siempre estoy más pendiente de Adriana que de ti, pero
no es por lo que imaginas.
La observé con atención, esperando sus excusas… o tal vez, incluso, la
verdad.
—A veces siento que no me necesitas. Tú eres fuerte, valiente… Eres lo
que dejé de ser yo cuando me casé con tu padre —sonreí, y ella continuó—.
Pero tu hermana no es como tú. Adriana es más reservada, más seria…
incluso miedosa. Por eso parece que la cuido más a ella, pero os quiero a las
dos por igual. Lo entiendes, ¿verdad?
Asentí, bajándole la cabeza.
Era la primera vez que mi madre me decía algo así, que era cariñosa
conmigo, que intentaba darme lo que creía que necesitaba escuchar. Pero ni
siquiera con esas palabras le creí.
La conocía demasiado bien.
Y estaba segura de que esta conversación había surgido porque mi
hermana había hablado con ella.
Sin embargo, no le diría nada. Solo haría como que la creía, y listo. Eso
me serviría para tener unos días de tranquilidad hasta que volviera a ser ella
misma.
Me dio un beso en la cabeza y se levantó para salir de mi habitación, no
sin antes recordarme que me esperaba en el comedor para almorzar.
Aproveché la soledad para guardar la pastilla en mi joyero y me cambié
de ropa, poniéndome unas mallas calentitas y un suéter que me llegaba por
debajo del trasero. Me calcé unos calcetines largos hasta casi las rodillas y
las zapatillas de andar por casa. El cabello lo dejé igual; si algo tenía de
bueno, era que, una vez recogido, me duraba todo el día en esa posición.
Bajé las escaleras rápidamente. No era de las que descendían con calma;
Siempre parecía que tenía prisa. Y quizás era eso lo que me pasaba, porque
el mero hecho de pasar tiempo con mis padres, aunque fuera solo para
comer, me ponía de mal humor. Intentaba que el tiempo que tuviera que
soportarlos fuera el menor posible.
—Eh, ¿ha hablado mamá contigo?
Adriana apareció de la nada y se plantó delante de mí.
—Sabía que habías sido tú quien le pidió que lo hiciera.
Se encogió de hombros.
—Lo siento. Pensé que sería bueno, dado que yo tengo más confianza
con ella —hizo comillas con los dedos y yo me reí—. Creí que podía
decirle lo que ha hecho mal para que lo solucionara.
—No debiste, Adri.
—¿Por qué? Creo que…
—No. Ya sabes que ella y yo jamás nos pondremos de acuerdo en nada,
y mucho menos va a entenderme. Joder, ni siquiera puedo hablarle de Jared
porque sé que pondría el grito en el cielo.
Adriana acabó entendiendo lo que le decía. Me lo demostró con su gesto
rendido.
—Chicas, os estamos esperando para comer —interrumpió nuestra
madre desde el umbral de la puerta del comedor.
—Lo siento.
Cogí la mano de Adriana y tiré de ella para abrazarla.
—Sé que lo haces con buena intención, hermanita, y por eso te adoro.
Pero deja que yo me arregle con mamá, ¿de acuerdo?
Entramos en el comedor y ocupé mi silla de siempre, con mi madre a la
derecha y mi padre enfrente. Adriana se sentó junto a él, quedando a mi
izquierda.
La mesa era para cuatro comensales, algo que, de algún modo, reflejaba
la estructura de esta familia. Aunque, a decir verdad, esta era la mesa
pequeña. Mis padres solían comer en la grande, sobre todo cuando recibían
visitas de esos politicuchos que se arrimaban a mi padre cada semana con la
esperanza de sacar tajada de algo.
—Camila, no pongas los codos en la mesa —inquirió mi padre.
Bajé los brazos, resoplando.
—Y deja de comportarte como si te molestara estar con nosotros.
—Cielo, dale un respiro —intervino mi madre.
La miré con la boca abierta.
Esto no era normal.
Mi padre suspiró, pero siguió mirándome fijamente, como si quisiera
decirme algo y no supiera cómo.
—He pensado que podríais hacer aquí la fiesta de cumpleaños —dijo de
pronto, desviando la mirada hacia mi hermana. Volví a respirar con
normalidad.
No me había dado cuenta de que, mientras mi progenitor me observaba,
había retenido tanto el aire que mis pulmones comenzaron a resentirse por
la falta de oxígeno.
—Eh… no sé, es que Camila y yo habíamos pensado en salir esa noche
con nuestros amigos.
No daba crédito a lo que estaba pasando en esta casa hoy. Mi madre me
pidió perdón y me defendió ante mi padre, y ahora mi hermana se atrevía a
rebatirle algo que, a todas luces, lo sacaría de sus casillas.
—Es normal que quieran pasar su cumpleaños con sus amigos, cariño
—intervino mi madre al notar que mi padre comenzaba a cabrearse poco a
poco—. Lo veo bien. Es más, ese día tendréis vuestro regalo de cumpleaños
y podríais estrenarlo.
Adriana y yo nos miramos y abrimos los ojos tanto que comenzaron a
arder. Éramos iguales hasta para eso. Nos reímos y nuestra madre se unió a
las risas.
Por primera vez, el almuerzo no resultó molesto, a pesar de que había
empezado de manera regular. Por suerte, Adriana hizo lo posible para que
nuestro padre aceptara que saliéramos y, con el apoyo de nuestra madre, lo
conseguimos.
Cuando terminamos, les dimos un beso en la mejilla a cada uno y
subimos a nuestra habitación para hacer los deberes.
—Nos vemos en un rato, hermanita —comentó Adriana antes de entrar
en su habitación, justo frente a la mía.
No hacíamos los deberes juntas. No porque no fueran los mismos —
estábamos en la misma clase—, sino porque ella necesitaba concentración y
yo la ponía nerviosa resoplando todo el rato porque terminaba mucho antes
que ella.
Saqué el libro y la libreta e hice todo lo que el profesor de matemáticas
había pedido. Como siempre, no tardé ni una hora en terminar.
Me quedé sentada en la silla del escritorio, mirando de soslayo el
joyero, debatiéndome sobre si era el momento de probar la pastilla.
Finalmente, solté un suspiro, abrí la cajita y la cogí. Luego, sin pensarlo
demasiado, me la metí en la boca.
El sabor agrio me invadió al instante, como si estuviera tragando un
trozo de metal. Se derritió rápido en mi lengua, dejando un regusto amargo
que se expandió por mi garganta.
Al principio, no noté nada más. Mi mente estaba tranquila, casi vacía,
pero mi cuerpo empezaba a sentirse extraño. Un calor suave me envolvía,
una sensación de pesadez agradable que me hacía querer quedarme ahí,
inmóvil.
Y entonces, todo empezó a girar.
Un leve mareo comenzó a apoderarse de mí, pero no era desagradable.
Al contrario, una calma profunda se expandió por mi pecho, como si todo lo
que me angustiaba se desvaneciera en el aire. Los ruidos se apagaron, y lo
único que sentía era el latido de mi propio corazón, lento y constante.
Era como flotar.
Pero a medida que todo se desvanecía, una pequeña chispa de claridad
se encendió en mi mente. Sabía que lo que acababa de hacer no me llevaría
a ningún buen lugar, pero en ese momento, no importaba.
Hoy, por fin, podía dejar de pensar.
CAPÍTULO 4
Adriana
Creí que, en el momento en que mi padre dijo que hiciéramos la fiesta
en casa, con ellos y los invitados que les diera la gana de invitar, no sería
capaz de decirle que no. Era la primera vez que me armaba de valor para
contradecirlo, aunque fuese una tontería como esta. Pero no estaba
dispuesta a que también nos condicionara nuestro cumpleaños. Ya éramos
mayorcitas y podíamos salir con nuestros amigos sin tener que estar
pendientes de la hora, del lugar o de que nos llamaran cuando nos
retrasábamos.
Vi cómo la mirada de Camila se iluminaba, llena de orgullo, y eso me
ayudó a seguir insistiendo. Por suerte, nuestra madre intervino y terminó
convenciéndolo.
Estaba deseando subir a mi habitación para quitarme el dichoso vestido.
Mi hermana había sido más lista: antes de saludar a nadie, fue a cambiarse.
Eso era otra cosa que quería cambiar, el poder ponerme la ropa que quisiera,
así como Camila.
Entré en mi habitación a la vez que ella entraba en la suya para hacer los
deberes de clase. No me gustaba hacerlo con Camila porque me ponía de
los nervios; Era demasiado rápida y, cuando terminaba, molestaba todo el
tiempo, metiéndome prisa, como si con eso fuera a terminar antes.
Dejé la mochila en el sillón de la esquina. Era mi rincón de lectura,
donde me gustaba pasar horas y horas con un libro. A diferencia de mi
hermana, yo disfrutaba de la tranquilidad, de los momentos calentitos de
chocolate, manta y un buen libro. Ella, en cambio, adoraba salir, pasear, ir
de tiendas, fotografiar todo lo que se encontraba por el camino. Si supiera
que le había comprado una cámara mejor que la que tenía, estaba segura de
que pegaría un grito tan fuerte que todos la escucharían a kilómetros.
Me cambié, poniéndome el pijama de pelitos, unos calcetines y, en vez
de ponerme las zapatillas, me quedé descalza, ya que mi suelo era de
moqueta.
Tardé un par de horas en terminar todos los deberes y, cuando guardé
todo en su lugar, salí de mi habitación para ir a la de mi hermana y
preguntarle si quería que saliéramos con nuestros amigos a tomar algo.
—Camila —susurré, pensando que estaba dormida.
La encontré sobre su cama, boca arriba, con los ojos abiertos y una
sonrisa tonta que no podía contener. Me acerqué sigilosa y le toqué el
hombro para que supiera que estaba en la habitación.
—Eh, te estoy hablando. —Me miró con los ojos muy abiertos y me
preocupé de inmediato—. Oye, ¿qué te pasa?
Comenzó a reírse, pero su risa era extraña, demasiado exagerada, como
si…
—¿Qué has hecho, Camila? —La cogí de los brazos para incorporarla,
pero su cuerpo se sentía pesado, como si no pudiera sostenerse por sí
misma.
—¿Qué pasa, hermanita? —Su voz sonó pastosa, arrastró las palabras
tanto que la tensión en mi cuerpo se intensificó.
Mierda.
—No me jodas…
Busqué con la mirada por la habitación, buscando alguna pista.
Entonces vi su joyero abierto. Nada parecía haber cambiado a simple vista,
pero algo me dijo que no estaba bien. Que ella no estaba bien.
—¿Cuánto te has tomado? —Mi voz sonó como un gruñido, pero
Camila solo rió y ladeó la cabeza con la boca entreabierta.
—Solo una…
—¡Una, mis narices! —Le pasé un brazo por la cintura y la obligué a
levantarse de la cama.
—Adri, no seas dramática… Estoy bieeen… —Alargó la última palabra
y me fulminó con una mirada vidriosa.
No iba a discutir con ella. No así.
Sin soltarla, la arrastré hasta el baño. Apenas se sostenía en pie, y
cuando intentó soltarse, casi se cayó de bruces al suelo.
—Vale, basta. —La sujeté con fuerza y abrí la ducha de golpe. El agua
fría golpeó la cerámica, pero a Camila no pareció importarle.
—No pienso… meterme ahí… —farfulló, aunque su tono sonaba más
divertido que desafiante.
—Oh, claro que sí.
Y, sin más, la metí bajo el agua con ropa y todo.
Un grito de sorpresa inundó el baño, seguido de una maldición ahogada.
—¡Estás loca!
—¿Yo? ¡Tú eres la que se ha drogado, idiota!
Camila intentó salir, pero la sujeté de los hombros y la empujé
suavemente de nuevo bajo el chorro helado.
—Quédate ahí hasta que se te pase un poco.
—Te odio.
—Genial, porque ahora mismo yo también te odio.
Su respiración era agitada, su cuerpo temblaba y sus pupilas seguían
dilatadas. No tenía ni idea de cuánto había tomado, pero no pensaba dejarla
sola hasta que volviera a estar en sus cabales.
Esto no podía volver a pasar.
No lo permitiría.
Seguía mirándome desafiante, como si acabara de hacerle lo peor del
mundo cuando lo único que hacía era cuidarla. ¿En qué momento se le
ocurrió drogarse? ¿Por qué? No sabía qué estaba pasando por su cabeza,
pero no podía permitir que se hundiera por culpa de esa mierda.
Cuando por fin la vi relajarse, la ayudé a ponerse de pie. Empezó a
quitarse la ropa con dificultad, todavía le costaba sostenerse sola. La ayudé
en silencio, nuestras miradas se encontraron en el espejo, fijas, como si
nuestros ojos pudieran hablar por sí solos. Le sequé el cabello mientras ella
se secaba el cuerpo. Luego fui al vestidor a buscarle el pijama; Hoy no
íbamos a salir, mi hermana me necesitaba, aunque no me lo dijera.
Cuando regresé al baño, la encontré sentada en una esquina, llorando
desconsoladamente.
—Cami… —Caminé hasta ella deprisa y me senté a su lado.
No dijo nada, solo se dejó abrazar.
—Lo siento —murmuró entre sollozos.
Su cuerpo temblaba con espasmos tan fuertes que me dolió verla así.
Por primera vez, era yo quien la cuidaba a ella y no al revés.
—¿Por qué? —pregunté en un hilo de voz.
—Por todo… por drogarme, por decirte que te odio cuando no es cierto.
—Levantó la cabeza para mirarme—. No podría odiarte jamás, te quiero
demasiado.
—Yo tampoco te odio. ¿Cómo voy a odiar a mi persona favorita en este
mundo? Bueno, en este y en todos los mundos en los que nos reencarnemos
cuando muramos. Siempre serás mi hermana y siempre, siempre te querré,
aunque cometas este tipo de locuras. —Le sonreí y ella pareció relajarse un
poco—. Pero tienes que prometerme que no volverás a drogarte, Camila…
por favor.
Su mirada reflejaba algo que no lograba descifrar, como si no quisiera
cumplir mi petición, como si, con ella, me advirtiera de que volvería a
hacerlo, por mucho que yo le pidiera que no lo hiciera.
—Por favor —insistí al ver que tardaba en responder.
Solo asintió, agachando la cabeza, como si con eso bastara para
convencerme.
—No, quiero que me lo digas, Camila.
Volvió a mirarme, esta vez con dureza.
—¿Qué te pasa? ¿He hecho algo mal? Quiero saber qué es eso tan fuerte
que necesitas olvidar para drogarte.
—¿Te parece poco? —Se levantó sin mi ayuda; ya estaba más
recuperada—. ¿De verdad tengo que enumerarte cada uno de mis motivos
para preferir estar en otro mundo en vez de cuerda?
Suspiré y me levanté también, mirándola perpleja. No sabía qué decirle
porque, en el fondo, una parte de mí entendía que tenía razones de peso
para querer escapar. Pero en esta vida no podíamos hundirnos así, sin más,
como si no importáramos.
—Sabes qué? Intentaré no drogarme más… solo por ti. —Su voz sonó
cansada—. Eres la única persona a la que quiero y la única que me quiere
de verdad tal y como soy, sin intentar cambiarme para que no hablen de la
familia.
La abracé fuerte.
—Perdón —dije entre sollozos—. Perdón por no darme cuenta de lo
fuerte que es lo que sientes.
La presioné con todas mis fuerzas, y así nos quedamos unos minutos,
sintiéndonos, queriéndonos. No creía que hubiera hermanas que se adoraran
tanto como nosotras.
Después de un rato en el baño, terminó de ponerse el pijama y nos
fuimos a su cama a recostarnos. Le propuse ver alguna serie o película y
pedir comida a domicilio. Se incorporó de golpe, mirándome con diversión.
Había dado en el clavo con solo decir eso.
—¿Sushi? —Me sonrió, intentando convencerme con ese gesto tan
extraño que siempre ponía.
—Vale, pero si dejas de sonreír así. Te pareces al payaso de It .
Soltamos una carcajada al mismo tiempo que me levantaba para ir a por
mi teléfono.
—¿Dónde vas? —preguntó.
—A coger mi móvil.
—Tienes el mío, no hace falta que vayas a por el tuyo.
Me mordí los carrillos.
—Pues tienes razón.
Volvimos a reírnos.
Marqué el número de su restaurante favorito y pedí mucho sushi, como
a ella le gustaba. También añadí tallarines y arroz, que era lo que yo solía
comer. La mujer que tomó el pedido me informó que tardarían unos treinta
minutos, así que teníamos tiempo para acondicionar su habitación y
ponernos cómodas para la cena.
Colocamos los cojines en el suelo, ya que la moqueta estaba tan limpia
que podríamos comer sobre ella sin problemas. La tele estaba justo
enfrente, colgada en la pared, así que solo necesitábamos algo donde apoyar
la comida.
—Tengo unas cajas de zapatos —dijo de pronto.
Me levanté con ella y asentí para ayudarla.
Hicimos cuatro pilas de tres cajas cada una para improvisar una mesita
baja, y la verdad es que no quedó tan mal.
—No sabía que tuvieras tantos zapatos, siempre te veo con los mismos.
Se carcajeó.
—¿Tú crees que me voy a poner los zapatos que mamá me compra? Ni
loca, hermanita. Ya sabes que no me gustan los tacones. Prefiero unas botas
altas, pero con el tacón más grueso. Estoy segura de que, el día que me
ponga uno de esos zapatos, acabaré desparramada en el suelo.
Las risas resonaron en la habitación justo cuando escuchamos unos
golpes en la puerta. Apenas nos dio tiempo a calmarnos cuando entró
nuestra madre, observándonos con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó, aunque en su tono noté un leve atisbo
de diversión—. ¿Habéis pedido comida a domicilio?
Asentí, todavía intentando contener la risa.
—¿Por qué no avisasteis? Ya estaban preparando la cena.
Se cruzó de brazos, y noté el cambio inmediato en mi hermana al verla
ponerse seria de nuevo. Estaba a punto de sermonearnos.
—Culpa mía, mamá —me adelanté, segura de que Camila se echaría la
culpa antes de dejar que me dijeran algo a mí.
Mi madre me miró incrédula.
Joder, ¿tan niña buena era que ni eso podía creer que hubiera sido yo?
Vaya mierda. Iba a tener que espabilar.
—¿Segura? —preguntó sin cambiar el tono y, mucho menos, su manera
de mirarnos, de hito en hito.
Volví a asentir. Era verdad, yo había preparado esto para las dos, aunque
no supiera exactamente por qué lo hacía. Y mucho menos iba a decírselo
jamás. Mi hermana confiaba en mí ciegamente, y mientras no viera que
realmente necesitaba ayuda, nuestros padres jamás sabrían lo de la pastilla.
—¿Tan raro es? —empecé a sentirme incómoda—. Solo he pedido
comida, ¿qué tiene de malo?
—Nada, cielo —suavizó su tono de repente, como si yo fuera una
muñeca de porcelana a la que había que manejar con cuidado para que no se
rompiera—. Es solo que podríais haber avisado para que la cocinera no
hiciera tanta cena, pero no pasa nada, le diré que la guarde para mañana.
Fruncí el ceño. ¿Para mañana? Odiaba comer sobras. Me encogí de
hombros y ella se acercó un poco, echando un vistazo de soslayo a nuestra
mesa improvisada.
—¿Pensáis cenar aquí, tiradas en el suelo como si fuerais dos niñas de
la calle?
Volví a mirar a Camila porque conocía esa mirada. No iba a callarse. Iba
a responderle. Le cogí la mano antes de que lo hiciera.
—Mamá, ¿qué tiene de malo cenar en el suelo? No veo el problema.
Estamos cómodas, queremos ver una película y esta es la mejor manera de
revivir momentos juntas. ¿No te alegra que tus hijas creen recuerdos tan
bonitos? Porque yo estaría orgullosa si mis hijas, si es que algún día las
tengo, se llevaran como nos llevamos Camila y yo.
Mi madre, la señora más arrogante y estricta que he conocido, no dijo
nada. No respondió. Me miró con una ceja alzada y se giró para salir de la
habitación, aunque no sin antes avisarnos de que la comida que habíamos
pedido estaba abajo.
—Joder, hermanita —soltó Camila en cuanto nos quedamos solas—.
Hoy me tienes asombrada. Estoy orgullosa.
Le sonreí, aunque una parte de mí se sintió extraña, temerosa de que mi
contestación le trajera más problemas a ella que a mí.
Y ahí estaba. La culpa. No por lo que acababa de decirle a mi madre,
sino por lo que sentía cada vez que veía a Camila así: libre, sin miedo a las
consecuencias.
Porque, a diferencia de ella, yo sí pensaba en lo que vendría después. Y
aunque intentara seguirle el ritmo, aunque quisiera ser tan valiente como
ella, en el fondo sabía que no éramos tan iguales como siempre creímos.
Me volví hacia ella. Sonriendo. Relajada. Confiada.
Y por primera vez, me pregunté cuánto tiempo más podría seguir su
juego antes de que todo se viniera abajo.
CAPÍTULO 5
Camila
Le había mentido a mi hermana descaradamente, porque no pensaba
dejar de tomar esas pastillas en cuanto tuviera ocasión. La libertad que sentí
en ese momento no se comparaba con nada que hubiese experimentado
antes y, por suerte o por desgracia, necesitaba evadirme de toda esta mierda.
Vivir bajo este techo me hundía más y más.
En cuanto fuéramos a la universidad, haría todo lo posible para que
Adriana y yo saliéramos de aquí. Alquilaríamos un apartamento para las dos
y, si Noemí quería unirse al hogar de chicas, sería bienvenida. Pero me
largaría de aquí. Fuera como fuera.
—Voy a por la cena antes de que a mamá le dé por tirarla a la basura —
dije, poniéndome de pie.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Adriana. En su tono de voz
noté su preocupación.
—Tranquila, estoy bien. Ya se me ha pasado, ¿vale?
Asintió, soltando un suspiro de alivio.
Le di un beso en la mejilla y salí del cuarto descalza. Ni siquiera me
había dado cuenta hasta que sentí la frialdad de los escalones bajo mis pies.
Al llegar a la cocina, me encontré con Stephanie a punto de tirar el sushi
a la basura. Abrí los ojos y corrí hacia ella, arrebatándole la bandeja de las
manos.
—¿Qué haces, Stephanie? ¿Por qué ibas a tirar esto?
Ella dio un paso atrás, como si temiera estar invadiendo mi espacio
personal.
—Discúlpeme, señorita Camila, su madre me dijo que lo tirara.
Dejé la comida sobre la mesa y cerré los puños con fuerza. Sentí la rabia
hervirme en las venas. Aunque le habíamos dicho que era nuestra cena,
igual había ordenado deshacerse de ella. ¿Qué cojones le pasaba a esta
mujer? ¿Acaso era bipolar?
—¿Dónde está mi madre? —pregunté con un tono que no auguraba
nada bueno.
Stephanie tragó saliva y señaló la puerta, como si mi madre estuviera
ahí, acechando.
—En la biblioteca.
—Gracias, Stephanie. Lleva la cena a mi habitación y dásela a mi
hermana, por favor.
No esperé respuesta. Salí de la cocina y me dirigí a la biblioteca con
pasos firmes, a punto de explotar. Era la primera vez que me sentía así, pero
ya no podía aguantar más lo que nuestra madre nos hacía.
Abrí la puerta de golpe, sin pedir permiso, sin tocar. ¿Para qué? Esta era
mi casa, podía entrar donde me diera la gana.
Lo que no esperaba era encontrarme a mi madre cabalgando sobre el
jardinero como si fuera una yegua desbocada.
Todas las habitaciones de la casa estaban insonorizadas, y ella se había
aprovechado de eso para montárselo con él sin preocuparse de que alguien
la escuchara. Pero ahora que la puerta estaba abierta de par en par, sus
gemidos retumbaban en los pasillos.
Puse cara de asco y avancé sin importarme que aún no se hubieran dado
cuenta de mi presencia.
—¡Mamá! —grité.
Se detuvieron en seco.
Camila Lombardi, la mujer que presumía de ser una esposa perfecta y
ejemplar, la misma que nos exigía mantener apariencias impecables, se
estaba revolcando con el maldito jardinero.
Hipocresía en su máxima expresión.
Ver para creer.
—¡Camila! —gritó mientras se apresuraba a vestirse, tambaleándose
por la prisa. Si no fuera por el guaperas que teníamos de jardinero, habría
acabado en el suelo. Aunque claro, él no solo regaba las rosas del jardín…
—¿Qué cojones estás haciendo, mamá? ¿Desde cuándo te estás
acostando con este tipo? ¡Estoy flipando! —La incredulidad se apoderó de
mí. No podía pensar con claridad.
Había venido dispuesta a discutir con mi madre y me encontraba con
esto. ¡Joder! ¿Qué iba a pasar ahora? ¿Lo sabría mi hermana? ¿Mi padre?
¿Desde cuándo ocurría todo esto? Fueron las únicas preguntas que logré
soltar.
Ella se vistió a toda prisa y trató de acercarse, pero me aparté antes de
que pudiera tocarme con esas manos sucias. Aprovechó el gesto para cerrar
la puerta y asegurarse de que nadie más nos escuchara.
—¿Qué pasa? ¿Ahora no quieres que nos oigan? —solté con sorna,
mirándola con desprecio—. Después de esto, ¿qué más da que se enteren?
No creo que nadie supiera que tú y él… —Señalé al jardinero con asco.
No era por su estatus, yo no era una clasista de mierda como ella. Mi
problema era otro: estaba acostándose con un hombre mientras seguía
casada, mientras tenía hijas que no sabían nada. Por el amor de Dios, ¿qué
estaba pasando en esta casa? ¿Por qué Adriana y yo éramos las últimas en
enterarnos?
—Camila, escúchame, por favor —suplicó, acercándose de nuevo—.
Puedo explicarlo… —Su voz temblaba, a punto de quebrarse—. Tu padre
no me hace feliz. Llevo años atrapada en un matrimonio sin amor, sin nada.
¿Qué se supone que debía hacer? También tengo necesidades… —Cruzó
los brazos con gesto desafiante.
—¿Papá lo sabe? —Su silencio me dio la respuesta antes de que pudiera
abrir la boca. Sentí un nudo en el estómago. Abrí los ojos de par en par,
negándome a creerlo—. ¿Y Adriana? —Negó de inmediato.
—¿Me estás diciendo que papá sabe que le estás siendo infiel y lo ha
permitido? —La vergüenza la hizo bajar la mirada—. ¿Qué clase de familia
tengo?
Di media vuelta, dispuesta a largarme de allí. Pero mi madre me agarró
del brazo para impedirlo. Mi mirada bajó hasta su mano, luego subió a su
rostro aún encendido por la escena que había interrumpido.
—Suéltame… Me das asco.
Me zafé de su agarre y salí de la habitación con paso firme. Justo
entonces, Adriana apareció en el pasillo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, enganchando mi brazo con el suyo y
tirando de ella para alejarnos.
—Tardabas demasiado y pensé que… —Negó con la cabeza, dejando la
frase en el aire.
—¿Pensaste que estaba discutiendo con mamá? —Asintió, clavando sus
ojos en los míos.
Suspiré.
—Tranquila, la puse en su sitio y nada más.
Sus ojos se abrieron con inquietud.
—No pasa nada, todo está bien, ¿vale? Venga, vamos arriba.
Intenté que se distrajera, aunque yo era incapaz de sacar de mi mente la
escena grotesca que había presenciado en esa biblioteca, a la que no
volvería a entrar con la misma tranquilidad.
Cenamos en calma mientras veíamos su película favorita: Los juegos
del hambre. Ya la habíamos visto un millón de veces, pero le gustaba tanto
que no pude negarme.
Cuando terminamos, nos fuimos a la cama a seguir viéndola desde ahí,
más cómodas y relajadas. Aunque, para ser sincera, solo quería tumbarme
porque sabía que en cuanto mi cabeza tocara la almohada, me quedaría
dormida.
De madrugada, abrí los ojos con pereza y vi a mi hermana durmiendo
plácidamente a mi lado. Me levanté sin despertarla y recogí los restos de la
cena que habíamos dejado sobre las cajas. Lo metí todo en la misma bolsa
en la que vino y salí de la habitación para tirarlo a la basura.
De regreso, al pasar junto a la habitación de mis padres, escuché sus
voces. Me detuve y pegué la oreja a la puerta; de lo contrario, no captaría
una mierda de lo que decían. Las paredes de esta casa parecían diseñadas
para que nadie oyera nada. Me pregunté, no por primera vez, por qué mi
padre quiso tanto silencio.
—¿Camila lo sabe? ¡Joder! ¿Cómo has podido dejar que te vea? Ahora
me tendrá aún menos respeto del que ya me tiene. Y todo por tu culpa, por
no poder aguantarte las ganas de… —Se quedó callado.
—¿Mi culpa? No, no es mi culpa, es tuya…
—¿Mía? ¿Ahora tengo la culpa yo de que tú seas una…? —Un golpe
seco interrumpió la frase. Supuse que mi madre le había pegado una
bofetada.
—No vuelvas a ponerme una mano encima o no respondo, Camila —
escupió él, furioso.
—Si fueras un marido de verdad, si me tocaras, si me dieras cariño, no
tendría que buscarlo fuera. Así que sí, todo esto es culpa tuya. Y si tu hija
no te respeta, te lo has ganado tú por ser un cabrón con ella.
Escuché pasos acercándose y salí corriendo antes de que me pillaran.
Suerte que iba descalza.
Entré en mi habitación justo a tiempo y escuché cómo se abría la puerta
de la suya y alguien salía. Entreabrí la mía un poco y vi que era mi madre,
que bajaba al piso de abajo. Si no fuera por la discusión que habíamos
tenido, habría ido tras ella para saber si estaba bien, pero después de
enterarme de su aventura, no sabía cómo tratarla, aunque fuera un secreto a
voces.
—¿Camila? —La voz de mi hermana me sobresaltó.
—Coño, me has asustado —me quejé, cerrando la puerta con cuidado.
—¿Qué hacías ahí? ¿Ha pasado algo? —Negué y regresé a la cama para
acostarme.
—Solo fui a tirar los restos de la cena. Nos quedamos dormidas y todo
seguía ahí. —Frunció el ceño.
—¿Estás bien? —Adriana siempre vivía preocupada por mí, y odiaba
eso.
—Estoy bien, deja de pensar lo contrario, por favor. Ahora vamos a
dormir, que aún nos quedan dos horas de descanso.
Asintió y se tapó hasta arriba con el edredón. Yo hice lo mismo,
poniéndome de lado, frente a ella. Me recordó a cuando éramos pequeñas.
Siempre dormíamos juntas, a pesar de que nuestros padres nos pusieron en
habitaciones separadas desde muy temprano. Pero nos daba igual. Una de
las dos siempre se escapaba de su cama para dormir con la otra y, por la
mañana, nos regañaban por hacerlo.
—¿En qué piensas? —preguntó con los ojos cerrados.
—¿Cómo sabes que estoy pensando? ¿Acaso me lees la mente o qué?
—Sonrió, abriendo los ojos.
—Te conozco y sabía que me estabas mirando. Seguramente estabas
recordando algo. ¿Me equivoco?
Negué y me puse boca arriba.
—Solo recordaba cuando éramos pequeñas y nos escapábamos por la
noche para dormir juntas.
Se rió y asintió, imitándome.
—Fue una época muy buena. La recuerdo con mucho cariño.
—Sí… ¿Por qué no podemos seguir igual? —La miré—. Es decir, ¿por
qué hemos cambiado tanto? Vale, hemos crecido, estamos a punto de
cumplir dieciocho, pero aun así podríamos seguir haciendo esto… Lo de
esta noche. ¿No crees?
—Tienes razón, lo haremos más veces. ¿Qué te parece dos veces por
semana? —Se incorporó, quedando sentada en la cama, y yo hice lo mismo.
—Me parece perfecto.
Le di un abrazo fuerte, porque sí, porque mi hermana era la única
persona a la que amaba incondicionalmente en esta vida. Fue entonces
cuando me emocioné, dejando caer lágrimas por mis mejillas.
—¿Por qué lloras? —preguntó con ese tono tan dulce que siempre usaba
conmigo.
—Porque te quiero demasiado, hermana, y quiero que siempre estemos
juntas. Aunque nos casemos y tengamos hijos, que nunca nos separemos. —
La miré a los ojos, y ella también se emocionó con mis palabras.
Nos prometimos que nunca nos separaríamos, por mucho que la vida
nos pusiera en caminos diferentes o incluso contrarios. Siempre
encontraríamos la manera de reencontrarnos.
Volvimos a acostarnos para seguir durmiendo, pero yo ya no podía
conciliar el sueño, así que aproveché para estudiar un poco para el examen
que teníamos pronto.
Adriana se quedó dormida enseguida. Tenía una facilidad increíble para
volver a coger el sueño, que ya me gustaría a mí poseer.
Las horas comenzaron a pasar y, sin saber cómo ni cuándo, me desperté
con el sonido estridente del despertador a las siete de la mañana. Tenía la
cabeza apoyada sobre el libro, encima del escritorio.
—¿No me digas que has dormido ahí? —La voz de mi hermana terminó
de despertarme.
Asentí, moviendo la cabeza y sintiendo el dolor en el cuello por la mala
postura.
—Anda, ve a darte una ducha y, cuando desayunes, tómate un
analgésico.
—Sí. —Bostecé—. Ahora bajo.
Adriana salió de mi habitación ya vestida e, incluso, había dejado la
cama hecha, sabiendo que yo la haría antes de bajar. Sonreí y me metí en el
baño para ducharme.
Cuando terminé, ya era prácticamente la hora de irnos. Aun así, mi
hermana me esperaba en la cocina con una taza de café, un croissant con
mantequilla y el analgésico para que desayunara.
—De verdad, si no encuentro ningún hombre con el que casarme, lo
haré contigo, hermanita. —La abracé mientras ella soltaba una carcajada.
—Estás loca —comentó—. Date prisa, ¿vale? Mamá hoy parece de mal
humor y papá… bueno, él está como siempre…
—¿Insoportable? —terminé por ella.
Asintió con una sonrisa.
—Ya estoy acostumbrada.
Hice lo que me pidió. Desayuné lo más rápido posible, hasta el punto de
pensar que podría ahogarme por no masticar lo suficiente. Terminé en
menos de quince minutos, quizá demasiado rápido. Me levanté, dejé la taza
y el plato en el lavavajillas y salí de la cocina para encontrarme con Adriana
en la puerta de la casa.
Justo cuando íbamos a salir, nuestra madre vino hasta nosotras con una
sonrisa de oreja a oreja. Se notaba a leguas que había follado, la muy…
Fingí otra sonrisa para que mi hermana no sospechara nada, aunque estaba
más que acostumbrada a vernos pelear día sí y día también.
—Buenos días, mis niñas. —Nos dio un beso a cada una.
Miré a mi hermana con una ceja alzada, y ella soltó una risita que no
pasó desapercibida para mi madre, aunque se guardó el comentario.
—Que paséis una buena mañana, ¿de acuerdo? Nos vemos luego.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté en cuanto se alejó de nosotras.
—Ni idea. —Adriana tenía los ojos tan abiertos que parecía que se le
iban a salir de las cuencas.
Sin entender qué estaba pasando, salimos de la casa y nos subimos al
coche. Connor ya nos esperaba y, en cuanto nos pusimos los cinturones de
seguridad, arrancó para llevarnos al instituto.
Un día más, solo un día más y tendríamos dieciocho. Estaba segura de
que, en cuanto cumpliéramos un año más, nuestra vida cambiaría.
CAPÍTULO 6
Adriana
Algo estaba pasando en mi casa, y no sabía qué. Mi hermana estaba
más rara de lo habitual, y mi madre… bueno, ella estaba demasiado, ¿cómo
decirlo? Como una puta cabra. Pasaba del cabreo a ser la madre más dulce
del mundo en cuestión de segundos, y más con Camila. Eso sí me parecía
demasiado raro.
No es que me molestara que fuera cariñosa con mi hermana, pero dado
que últimamente no estaban en su mejor momento y que Camila
despotricaba de ella como si la odiara, era inevitable sospechar.
Aun así, me gustaba que no se pelearan tanto, aunque dudaba que esa
paz les durara demasiado.
—A ver, ¿qué te pasa? No sueles estar callada más de cinco minutos en
este coche —la voz de mi hermana me sobresaltó.
—Nada, ¿por qué? ¿Acaso debería de pasarme algo? —Me encogí de
hombros, retorciendo los dedos de las manos, como siempre que estaba
nerviosa—. Es solo que estoy ansiosa por nuestro cumpleaños.
—¿Por qué? Lo vamos a pasar genial. Estoy deseando que llegue el
sábado por la noche —comentó con entusiasmo.
—Bueno, podríamos ir mañana. ¿Para qué esperar hasta el sábado? De
todas formas, nacimos a la una de la madrugada, así que nuestro
cumpleaños está más cerca del viernes que del sábado, ¿no?
Camila sonrió de oreja a oreja, enseñando hasta las muelas, lo que me
hizo reír a carcajadas.
—¿En serio? O sea, ¿quieres que salgamos mañana? —Parecía no
creérselo.
Asentí en respuesta, y enseguida le pidió a Connor que pusiera música
para animarnos antes de entrar al instituto. Como siempre, ella ya lo estaba
dando todo.
Entre risas, canciones y bailecitos, llegamos al instituto con más ganas
de las que normalmente traíamos. Nos bajamos del coche en cuanto el
chófer paró justo delante y, como era de esperar, mi hermana corrió a ver a
su “chico”.
Jared no me gustaba. Iba a llevar a mi hermana por el mal camino,
aunque ella fuera mayor y supiera lo que hacía. No me importaba. Haría lo
que estuviera en mi mano para alejarla de él.
—Jared —solté nada más ponerme frente a él, haciendo que Camila me
mirara ceñuda—. No vuelvas a darle a mi hermana una pastilla.
Intenté hablar con calma, pero la urgencia en mi voz fue suficiente para
que Noemí y Joan se acercaran a nosotros.
—No sé de qué me hablas —respondió él con fingida inocencia.
Enarqué una ceja, incrédula.
—¿En serio? Ayer mi hermana estaba drogada, ¿sabes? Y
supuestamente te dio las pastillas a ti. ¿Qué pasa? ¿No puedes drogarte tú
solo?
—Adriana, por favor… —intervino Camila, pero la fulminé con la
mirada antes de que dijera algo que me hiciera enfadar aún más.
—No voy a permitir que le hundas la vida a mi hermana… Espero que
te quede claro.
—Las pastillas no se las vendí yo, que lo sepas. Fue…
—Sí, ya sé que fue Joseph, pero me importa poco quién fue. Lo que me
importa es que, si mi hermana te vuelve a pedir una pastilla, tú, como
novio…
—¿Novio? —interrumpió Jared con notable incredulidad, haciendo que
Camila lo mirara de reojo—. Camila y yo no somos novios.
Escuchamos un "joder" bajito de Noemí y un "qué capullo" de Joan en
cuanto mi hermana se soltó de su agarre como si el simple contacto le
quemara.
—Espera, nena. —Intentó acercarse a ella—. ¿En serio pensaste que
éramos novios?
Camila no respondió, solo lo fulminó con la mirada.
—Siempre te he dejado claro que tú y yo nos lo pasamos bien juntos,
pero yo no soy de relaciones… y mucho menos de estar con una sola chica.
—¿Me estás jodiendo? —Mi hermana fue a darle un guantazo, pero le
agarré el brazo a tiempo para evitarlo—. Eres un cabrón, Jared… un hijo de
puta. Puedes follarte a quien te dé la gana, pero a mí no volverás a tocarme.
Me alejé con Camila, apartándola de todas las miradas curiosas que
pronto empezarían a divulgar lo que acababa de pasar.
Mi hermana no me miraba; se le caía la cara de vergüenza, y hasta que
no estuvimos lo más lejos posible de todos, no paré. Me puse frente a ella y,
cuando se dio cuenta de que estábamos solas, rompió a llorar como si le
hubieran arrancado el corazón de cuajo.
—Lo siento, Camila —murmuré con culpa—. De verdad que no quería
que pasara esto…
Negó con la cabeza y se secó las lágrimas con rabia.
—No te preocupes. Tú no tienes la culpa de que yo me haya encoñado
por un capullo que no me valora… —Suspiró y se dejó caer en un banco
cercano—. Al menos pensé que seguiríamos juntos hasta que termináramos
el instituto y que después cada uno tomaría su propio camino. Está claro
que me equivocaba.
Quise consolarla, pero el tiempo se nos acabó. La sirena del instituto
sonó con fuerza, avisándonos de que debíamos entrar de inmediato. Extendí
la mano hacia ella para ayudarla a levantarse, y la agarró con fuerza.
Con los brazos entrelazados, caminamos hasta la puerta del instituto.
Allí, Noemí nos esperaba, y pudimos notar en su rostro que estaba algo
preocupada.
Esperó a que nos acercáramos lo suficiente y luego caminó a nuestro
lado hasta la clase.
Supongo que deberíamos agradecer que la prima del que,
supuestamente, era el novio de mi hermana no dijera nada a favor de Jared.
Eso sí me habría jodido bastante, porque Noemí me caía muy bien y perder
a una amiga por un capullo como él no era algo que estuviera dispuesta a
aceptar.
La mañana pasó increíblemente lenta. Entre tomar apuntes, soportar
clases insufribles y anotar fechas de exámenes, todo se me hizo cuesta
arriba. Por suerte, no teníamos deberes, solo estudiar, así que podríamos
salir mañana con tranquilidad, sabiendo que el fin de semana lo pasaríamos
entero en casa repasando.
—¿Entonces mañana salimos? —se apresuró a preguntar Noemí antes
de que Jared se acercara a nuestra mesa, como siempre.
—Sí, pero solo nosotras, tú y Joan. No quiero que…
Justo iba a decir su nombre cuando él se sentó frente a nosotras como si
no hubiera pasado absolutamente nada.
—¿Se puede saber qué cojones haces? —inquirió Camila, a punto de
levantarse, pero la detuve antes de que lo hiciera.
—Sentarme a tomar algo, como siempre —respondió sin más, sin un
ápice de remordimiento.
—¿Por qué no te vas a calentar a otra? Aquí ya no eres bienvenido.
Jared alzó una ceja con ironía.
—Vamos, Camila. ¿No me digas que vamos a dejar de ser amigos solo
porque no quiero ser tu novio?
—Esto es increíble… —Camila terminó por levantarse de golpe.
—Jared, no seas capullo —intervino Noemí con el ceño fruncido.
—¿Qué? Somos amigos, ante todo, ¿no? Además, podemos seguir
pasándolo bien, nena.
Camila apoyó ambas manos en la mesa y se inclinó hacia él, intentando
intimidarlo. Pero no logró mucho. Más bien terminó aún más cabreada.
—No vuelvas a llamarme "nena", ¿te enteras? No soy tu nena.
—Espera, Camila —dijo Jared cuando mi hermana se encaminó hacia la
salida, escapando de él.
—Déjala, Jared —le pedí, pero no me hizo caso.
—A lo mejor tienen que hablar —expresó Noemí, y me quedé sentada
frente a ella.
Poco después, Joan se sentó a mi lado y, como siempre, intentó
acercarse más de la cuenta. Me estaba agobiando y ya no sabía cómo
decirle que nunca iba a gustarme, pero tampoco estaba preparada para salir
del armario.
Le lancé una mirada de advertencia y, por fin, se alejó, asintiendo.
Supongo que, al fin, dejará de incordiar.
Regresamos a clase y me encontré a mi hermana sentada en su sitio, con
la mirada clavada en el libro de filosofía. Me senté a su lado y levantó la
cabeza para mirarme. No tuve tiempo de decirle nada, ya que, en ese
momento, nuestros compañeros entraron seguidos por el profesor.
—Tranquila, estoy bien —susurró antes de que nos mandaran a callar.
Durante la clase, no pude evitar fijarme en ella. Estaba extraña, como si
la conversación con Jared hubiera sido peor de lo que imaginaba. No podía
hablar con ella en ese momento, así que me pasé el resto del tiempo
mirándola de reojo mientras intentaba atender.
Cuando, por fin, sonó la sirena, ambas recogimos nuestras cosas al
mismo tiempo y salimos juntas, despidiéndonos rápidamente de Noemí y
Joan. A Jared no volví a verlo, aunque, sinceramente, ni siquiera me habría
molestado en despedirme de un gilipollas como él.
Después de todo, estaba contenta. Mi hermana, por fin, se había librado
de un tipo que solo la iba a meter en problemas.
—Camila, ¿qué ha pasado con Jared? —pregunté en cuanto nos
subimos al coche.
—Nada, le he pedido que me deje en paz y nada más.
Fruncí el ceño, algo que no pasó desapercibido para ella.
—¿Crees que te estoy mintiendo?
Negué y me encogí de hombros.
—¿En serio, Adriana? ¿Tan básica te piensas que soy? No voy a volver
a estar con él, ¿vale?
—Está bien, lo siento. Es solo que… bueno, no me gustaría que te
hiciera daño, y él podría.
Suspiré, y ella agarró mi mano, dándole un apretón cariñoso que
consiguió calmarme.
No sabía por qué siempre intentaba cuidar a mi hermana como si ella no
fuera capaz de tomar sus propias decisiones o evitar las malas influencias.
Lo peor de todo era que, a veces, intentaba protegerla incluso de sí misma.
Ya en casa, cada una hizo lo de siempre: nos encerramos en nuestras
respectivas habitaciones para cambiarnos, descansar o estudiar. Aunque
dudaba que mi hermana se pusiera a hacer esto último, teniendo en cuenta
que siempre lo dejaba para el final.
Yo me duché y me puse ropa cómoda. Tenía ganas de dar un paseo por
el jardín y ver las rosas rojas. Me encantaba el olor que desprendían con
solo acercarme; me transmitían una paz que no lograba encontrar en mi
propia casa.
Salí por la puerta de la cocina y caminé despacio, fijándome en lo
bonitas que estaban las flores. Realmente, el jardinero hacía muy bien su
trabajo.
El jardín parecía un laberinto, algo que siempre nos había fascinado a
mi hermana y a mí cuando éramos niñas. Jugábamos al escondite o
hacíamos carreras para ver quién llegaba antes al centro, donde había una
fuente preciosa.
Tardé unos minutos en llegar, no porque estuviera lejos, sino porque
ralenticé el paso para disfrutar de las vistas y del aroma floral.
Me senté en el borde de la fuente y metí la mano en el agua; estaba
helada. El frío me caló los huesos y casi hizo que castañeara los dientes.
—Tendría que haberme abrigado un poco —susurré justo cuando unas
risitas llamaron mi atención desde una de las salidas del laberinto.
Me levanté despacio, atraída por el ruido, caminando con cautela. Temía
que fuera alguien desconocido que se hubiera colado en nuestra propiedad.
No sería la primera vez que la prensa hacía algo así, y si se trataba de ellos,
llamaría a la policía sin dudarlo.
Las risas se fueron acercando y, de pronto, un gemido rompió el
silencio.
¿Estaban teniendo sexo? ¿Quién cojones iba a hacerlo en un jardín?
Podría ser una empleada con el jardinero… ¿qué sabía yo?
Fuera quien fuera, no podía permitirlo.
Me escondí entre los arbustos, intentando no ser vista, y miré con
discreción hacia la esquina de uno de los pasillos del laberinto. Allí, el
jardinero estaba lamiendo el cuello de alguien. No lograba verle bien el
rostro, pero la ropa me resultaba conocida.
Entonces, la vi.
Su rostro apareció en un fugaz segundo, pero fue suficiente para que mi
pulso se acelerara.
La mujer que se estaba dejando manosear y besar por nuestro jardinero
no era otra que mi madre.
Un nudo se formó en mi garganta, y antes de que pudieran verme, giré
sobre mis talones y salí corriendo.
Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón desbocado y las manos
temblorosas. Apenas podía respirar cuando llegué al pasillo y, sin pensarlo,
abrí la puerta de la habitación de Camila de golpe.
Allí estaba ella, tumbada en la cama, con los ojos abiertos, pero sin
realmente ver nada, la mirada perdida en el techo, como si estuviera en otro
mundo.
Era exactamente como la había encontrado ayer, la última vez que se
había drogado.
El mismo cuerpo inmóvil, la misma expresión vacía, la misma
sensación de que, aunque estuviera ahí, en realidad no lo estaba.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Me quedé en la entrada, intentando recuperar el aliento, sin saber si
debía decirle lo que acababa de presenciar o si primero debía preocuparme
por lo que le estaba pasando a ella.
CAPÍTULO 7
Axel
El zumbido intermitente de los fluorescentes en el techo era lo único
que rompía el silencio en la sala de espera. Tamborileé los dedos contra mi
rodilla, mirando el reloj de pared por enésima vez en los últimos minutos.
Quedaban menos de diez para que terminara mi turno, y por primera vez en
meses, tenía un permiso aprobado para ir a casa.
Cruzando los brazos sobre el pecho, solté un largo suspiro, intentando
no pensar demasiado en lo rápido que había hecho mi maleta. No necesitaba
mucho: un par de mudas, mi cartera, el cargador del móvil. Con suerte,
llegaría a casa justo a tiempo para la cena.
Eché un vistazo a los demás en la sala. Algunos esperaban órdenes,
otros simplemente mataban el tiempo antes de su siguiente tarea. Para mí,
esto era más que un descanso; era una oportunidad de recordar que todavía
tenía una vida fuera de la base. Pero entonces, la puerta del despacho del
capitán se abrió de golpe, y en cuanto escuché mi nombre, supe que algo
iba mal.
Me puse de pie de inmediato, cuadrando los hombros casi por instinto.
El capitán O’Connell estaba en la puerta, con ese gesto neutro que nunca
traía buenas noticias.
—Castellanos, conmigo —ordenó sin perder tiempo.
No pregunté. No hice ningún gesto de desagrado, aunque mi mandíbula
se tensó un poco mientras lo seguía al interior de su despacho. Cerró la
puerta tras de mí y se apoyó en su escritorio con los brazos cruzados.
—Cambio de planes —dijo sin rodeos—. El permiso ha sido revocado.
El estómago se me hundió de inmediato.
—¿Revocado? —repetí, asegurándome de que había escuchado bien.
El capitán asintió y tomó una carpeta de su escritorio, hojeándola sin
siquiera mirarme.
—Tenemos una inspección en la zona de entrenamiento Bravo Catorce.
Hubo reportes de actividad sospechosa en los alrededores, y quiero que tu
equipo me acompañe para asegurarnos de que todo esté en orden.
Sentí cómo la rabia me subía por la espalda, caliente y densa, pero la
enterré tan rápido como apareció. No podía cagarla ahora. No podía discutir
con un superior.
—Con todo respeto, señor —dije con calma medida—, tengo permiso
aprobado desde hace semanas. Solo serán un par de días fuera.
O’Connell levantó la vista de la carpeta y me miró directo a los ojos.
—Lo sé, Castellanos. Pero las órdenes cambiaron. No necesito decirte
lo que eso significa, ¿verdad?
No. No tenía que decirme nada más. Las órdenes eran órdenes, y si me
quedaba a discutirlas, solo me haría la vida más difícil.
Apreté los puños antes de asentir.
—No, señor.
El capitán pareció satisfecho y cerró la carpeta con un chasquido seco.
—Bien. Prepárate. Salimos en dos horas.
Salí del despacho con el ceño fruncido y el pulso acelerado. Me había
hecho a la idea de que, después de meses sin ver a mi familia, por fin podría
pasar un par de días con ellos. Mi madre ya tenía todo listo, mi hermano
estaba emocionado… y ahora tenía que llamar para decirles que no iría.
Me apoyé en la pared del pasillo y exhalé despacio, intentando controlar
la frustración. Saqué el teléfono del bolsillo y marqué el número de mi
madre.
—¡Axel! —contestó al segundo, su voz llena de entusiasmo—. ¿Ya
estás en camino?
Cerré los ojos por un momento.
—Mamá… lo siento. No podré ir.
El silencio del otro lado se sintió más pesado que cualquier equipo de
combate que hubiera cargado en mis entrenamientos.
—¿Cómo que no podrás venir? —preguntó al fin, con ese tono
preocupado que conocía demasiado bien.
—Cambio de planes. Nos mandan a hacer una inspección.
—Pero… dijiste que ya estaba aprobado.
—Lo estaba. Pero el ejército es así, mamá. Lo sabes.
La escuché suspirar. Sabía que no era culpa mía, pero eso no hacía que
se sintiera menos jodido.
—Está bien, hijo. Solo cuídate, ¿vale?
—Siempre lo hago.
—Te quiero, Axel.
—Yo también, mamá.
Colgué antes de que pudiera notar lo apretada que tenía la garganta.
Guardé el teléfono en el bolsillo del uniforme con un suspiro. Estaba
jodidamente cansado. Pasé una mano por mi nuca, intentando aliviar la
tensión acumulada después de horas de instrucción y trámites.
No tenía tiempo para lamentarme. Si tenía que quedarme, al menos
haría mi trabajo bien. Me enderecé y caminé de vuelta a los barracones para
prepararme.
Aún no sabía exactamente qué nos esperaba en esa inspección, pero
algo en la manera en que el capitán lo dijo me dejó una sensación incómoda
en el estómago.
Estaba en Fort Dix, Nueva Jersey. Oficialmente, Joint Base McGuire-
Dix-Lakehurst, pero nadie la llamaba así. Esta base era un monstruo de
instalaciones militares, con soldados de todas las ramas entrenando para
distintas operaciones, desde despliegues en zonas de conflicto hasta
ejercicios tácticos en terrenos boscosos como los que teníamos alrededor.
Mi unidad, de infantería ligera, se encargaba de entrenamiento
especializado en reconocimiento y combate en terreno urbano.
Básicamente, nos preparaban para escenarios donde la visibilidad era una
mierda, las decisiones debían tomarse en segundos y cualquier error podía
costarnos la vida.
Fort Dix no era la peor base en la que podía estar. Tenía su propio ritmo,
con días de instrucción intensa y otros donde todo se resumía en papeleo y
mantenimiento de equipo. Pero hoy no me importaba nada de eso. Aunque
no pudiera volver a casa, solo quería marcharme de allí cuanto antes.
Apreté la mandíbula y me colgué la mochila al hombro. Faltaba poco. O
eso creía.
Pasé por los barracones sin detenerme, directo a mi taquilla. Giré la
combinación del candado y la puerta de metal se abrió con un chirrido.
Saqué mi equipo sin pensarlo demasiado: chaleco táctico, guantes,
rodilleras. Movimientos automáticos, mecánicos, como si mi cuerpo supiera
qué hacer incluso cuando mi mente seguía atrapada en la frustración.
Cambié la mochila con mi ropa civil por la que usaba en operativos. En
lugar de mudas y un cargador de móvil, metí mi cantimplora, municiones
extra y un par de barras energéticas. Nunca sabías cuánto tiempo podías
estar en el campo. Revisé mi arma reglamentaria, una M4 con su respectivo
cargador. No esperaba que la inspección se tornara complicada, pero
después de años en esto, había aprendido a no confiarme.
Cuando terminé de prepararme, me miré un segundo en el espejo
pequeño dentro de la taquilla. Ojeras, mandíbula tensa, expresión cansada.
No era la primera vez que el ejército me jodía los planes, y seguramente no
sería la última.
—Jodido ejército… —murmuré antes de cerrar la taquilla de un golpe.
Salí al pasillo y vi a algunos de los muchachos de mi unidad haciendo lo
mismo. Un par de ellos hablaban en voz baja, otros simplemente parecían
resignados. Nos habían arruinado la noche a todos.
—Ey, Castellanos. —Martínez, uno de los cabos, se acercó ajustándose
el chaleco—. ¿Tienes idea de por qué cojones nos están jodiendo el
descanso?
Negué con la cabeza mientras me ajustaba la correa del rifle.
—Algo sobre actividad sospechosa en Bravo Catorce.
Martínez resopló.
—Genial. Seguro es otra puta falsa alarma.
No respondí. Quería creer que tenía razón, pero algo seguía sin
cuadrarme.
Aún faltaba una hora para la salida. Aproveché el tiempo para hacer una
última revisión de mi equipo y tratar de vaciar mi mente. Pero el malestar
en mi estómago seguía ahí.
Algo me decía que esa noche no iba a ser como las demás.
El hangar de transportes estaba iluminado con la fría luz blanca de los
reflectores. Algunos vehículos ya estaban alineados y listos para salir,
mientras soldados iban y venían ajustándose el equipo, verificando las
radios y cargando suministros. La rutina de siempre antes de cualquier
despliegue, pero esta vez el ambiente tenía un peso distinto.
Me acerqué a donde estaba el sargento Brooks, quien revisaba la lista de
nombres. Cuando me vio, asintió con la cabeza.
—Castellanos, vas con el primer grupo. Salimos en treinta.
—Entendido, señor.
Brooks era un tipo curtido, de los que hablaban poco y observaban
mucho. Si él también estaba en esto, significaba que la inspección era más
seria de lo que nos querían hacer creer.
Me apoyé contra uno de los transportes blindados y me crucé de brazos,
observando a los demás. Martínez y un par más estaban sentados en un
banco metálico, intercambiando comentarios en voz baja. Algunos hacían
bromas, tratando de restarle importancia a la salida nocturna. No podía
dejar de pensar que, en lugar de estar aquí, debería estar en casa, sentado a
la mesa con mi madre, mi padre y mi hermano.
Sentí el móvil vibrar en el bolsillo del pantalón. Lo saqué sin muchas
ganas y vi el mensaje de mi madre:
"Te extrañamos, hijo. Tu hermano también. Cuídate mucho. Te
queremos."
Apreté los labios y guardé el teléfono sin responder. ¿Qué podía decir?
Que yo también los extrañaba, que odiaba tener que fallarles otra vez. Que
no era justo.
El motor de uno de los transportes se encendió con un rugido, y Brooks
hizo una seña para que todos nos preparáramos.
—Hora de movernos, muchachos —ordenó—. Queremos estar de
regreso antes del amanecer.
Subí al vehículo junto a Martínez y otro par de soldados. El espacio era
reducido, el aire olía a metal y sudor, y el traqueteo del motor vibraba bajo
nuestros pies.
Respiré hondo y cerré los ojos un segundo.
La noche apenas comenzaba.
El transporte avanzó por los caminos de tierra que rodeaban la base,
levantando polvo con cada vibración de las llantas sobre el terreno irregular.
A través de las rendijas del blindado, podía ver la oscuridad tragándose el
paisaje, apenas interrumpida por las luces rojas de los otros vehículos en la
caravana.
Nadie hablaba demasiado. El ambiente dentro del vehículo era tenso,
aunque algunos intentaban distraerse ajustando sus rifles o revisando el
equipo una última vez. Yo hice lo mismo.
Deslicé el cerrojo de mi M4, asegurándome de que todo estuviera en
orden. Luego me ajusté el chaleco táctico y revisé mis cargadores. Todo
estaba en su sitio. Todo estaba como debía estar.
—¿Tienes un mal presentimiento sobre esto? —susurró Martínez,
sentado a mi lado.
Lo miré de reojo.
—¿Por qué lo dices?
—No sé… —exhaló pesadamente, encogiéndose de hombros—. Es solo
una inspección, pero nos mandan bien equipados. Y el capitán tenía esa cara
de "algo no encaja".
No le respondí. No quería darle la razón, pero tampoco podía quitarme
esa misma sensación incómoda en el estómago.
Los minutos pasaron en silencio, hasta que el vehículo se detuvo de
golpe.
El conductor habló por radio.
—Llegamos a Bravo Catorce.
Se escuchó un clic en el intercomunicador y la voz de Brooks
respondió.
—Desplegarse en formación. No queremos sorpresas.
La compuerta trasera se abrió con un crujido metálico, y la brisa fría de
la noche nos golpeó de inmediato. Bajé con el rifle bien sujeto, observando
los alrededores.
El área de entrenamiento Bravo Catorce era una de las zonas más
apartadas de Fort Dix, utilizada principalmente para simulaciones de
combate urbano. Había estructuras viejas, algunas casas de concreto
abandonadas para ejercicios tácticos, y un par de torres de vigilancia en
desuso. De día, era un sitio común para practicar incursiones. De noche,
con la niebla asentándose sobre el suelo irregular, parecía un maldito
escenario de emboscada.
Brooks avanzó unos pasos, levantando la mano para que nos
moviéramos en formación.
—Revisaremos el perímetro —ordenó—. Martínez, Vázquez y yo
cubrimos el lado norte. Castellanos, tú vas con Reed y Carter al sector este.
—Entendido —respondí.
Nos separamos en grupos, caminando con precaución entre los edificios
abandonados. El crujido de la grava bajo nuestras botas era el único sonido
aparte del viento.
El mal presentimiento volvió. Algo no encajaba.
No había señales de actividad reciente. Ni huellas, ni ruidos, nada. Si
realmente había habido movimiento sospechoso aquí, ¿por qué no quedaban
rastros?
—Esto está demasiado tranquilo —murmuró Reed, con los ojos fijos en
el camino.
Asentí en silencio.
Caminamos un poco más, hasta que Carter levantó la mano,
deteniéndonos de golpe.
—¿Habéis escuchado eso?
Me tensé de inmediato.
No se escuchaba nada… hasta que sí.
Un leve chasquido. Algo moviéndose entre las sombras.
Apunté el rifle en esa dirección, el dedo rozando el gatillo.
El corazón me latía con fuerza en los oídos.
No estábamos solos.
El sonido de algo desplazándose entre la maleza me puso en alerta total.
Mi respiración se volvió más controlada, más calculada. Reed y Carter
también apuntaron sus rifles en la misma dirección, sin atreverse a moverse
demasiado.
—¿Quién anda ahí? —susurró Reed por la radio, pero solo obtuvo
estática como respuesta.
Mierda.
Entonces, todo pasó en cuestión de segundos.
Un destello.
Un disparo.
El impacto fue brutal.
Sentí un ardor punzante en el costado derecho antes de siquiera
escuchar el eco del disparo en la oscuridad. El golpe me hizo tambalearme,
como si me hubieran lanzado un mazo al cuerpo. Un dolor profundo, agudo,
que quemaba.
—¡Fuego! ¡Fuego! —gritó Carter mientras abría fuego en la dirección
del ataque.
Me obligué a retroceder, apretando los dientes cuando la sangre caliente
empapó mi uniforme.
Joder.
Mierda, mierda, mierda.
Me había dado.
Intenté mantenerme en pie, pero mis rodillas cedieron y terminé
apoyándome contra la pared de una de las estructuras abandonadas. Mi
visión se volvió borrosa por un momento mientras los disparos resonaban a
mi alrededor.
—¡Castellanos herido! ¡Repito, Castellanos está herido! —la voz de
Reed atronó en mi radio.
Escuché el estruendo de más balas cortando el aire. Sombras
moviéndose entre la niebla. Los gritos de mis compañeros coordinándose.
—¡Aguanta, joder! —Carter se agachó a mi lado, presionando su mano
sobre la herida.
Un dolor explosivo se expandió por mi torso, arrancándome un gruñido.
—Voy… bien —logré soltar entre dientes, aunque era una puta mentira.
Mis pensamientos empezaron a desordenarse, tratando de recordar si el
impacto había sido limpio o si la bala seguía dentro. Sentía la humedad
pegajosa en mis guantes cuando intenté tocar la herida.
La radio crujió con la voz del capitán O’Connell.
—¡Equipo, respondan! ¿Cuál es la situación?
—¡Nos emboscaron! Castellanos está herido y necesitamos extracción,
ya mismo —respondió Brooks con tono urgente.
Carter sacó una venda de su chaleco y lo ajustó sobre mi torso con
movimientos rápidos y eficientes, pero la presión me arrancó un gruñido de
puro dolor.
—Aguanta, Castellanos. No voy a dejar que te mueras en este jodido
sitio.
Sus palabras me hicieron soltar una risa breve y amarga.
La adrenalina estaba manteniéndome consciente, pero sabía que no
duraría mucho. El dolor era intenso, profundo. La sangre seguía saliendo
demasiado rápido.
Escuché el rugido de un helicóptero acercándose en la distancia.
Refuerzos.
Pero para entonces, la oscuridad ya empezaba a ganar terreno en mi
mente.
Mi última imagen antes de que todo se volviera negro fue el cielo
nublado de Nueva Jersey y el sonido del fuego cruzado perdiéndose poco a
poco.
CAPÍTULO 8
Camila
Me sentía tan estúpida. Me había dejado engañar por Jared, creyendo
cada palabra cuando me decía que yo era la única chica con la que estaba, y
no era cierto. Joder, ni siquiera me veía como su novia y yo, como una
gilipollas, caí rendida a sus pies.
¿De qué me servía ser tan valiente, tan rebelde, si a la primera de
cambio un tío como él hacía conmigo lo que quería?
Salí de la cafetería a toda prisa. No podía seguir delante de él,
escuchando cómo me llamaba “nena” como si no hubiese pasado nada
cuando llegamos al instituto. Si mi hermana no le hubiera reclamado lo de
la pastilla… ¿A quién quería engañar? Adriana no tenía la culpa de nada.
Solo yo era responsable por haber creído las palabras vacías de un capullo
como él.
—Espera, Camila. —Jared cogió mi brazo antes de que saliera al patio
trasero.
—¿Por qué me sigues? Me ha quedado claro que no somos nada, así
que déjame en paz —escupí, cabreada, poniéndome frente a él.
—Lo siento, ¿vale? No sabía que yo te gustaba tanto como para querer
algo más serio. Pensé que siempre te había dejado claro que…
Negué con la cabeza para que no siguiera soltando mierda por la boca.
—Lo sé, soy una estúpida, pero no te preocupes, no volveré a acercarme
a ti. —Me giré para irme, pero me detuve—. Eso sí, dame mis pastillas, que
las he pagado yo.
Me regaló una sonrisa sarcástica.
—No sonrías tanto, gilipollas.
No dijo nada y tampoco siguió sonriendo. Me pidió que esperara un
momento, que iría a por la bolsita con las pastillas, ya que las había
guardado en la taquilla.
«Menudo estúpido. ¿Cómo se le ocurre dejarlas en el instituto?», pensé
mientras desaparecía por la puerta. Me senté en un escalón para esperarle.
Jared no tardó en regresar y se sentó a mi lado para dármelas a
escondidas. Teníamos muchos compañeros alrededor y, si nos veían
trapicheando—aunque no fuera el caso—, lo dirían rápidamente al director
y nos buscaríamos un problema bastante gordo.
Me las pasó entre nuestras piernas y me las guardé enseguida en el
bolsillo del pantalón. Le eché una última mirada mientras me levantaba
para volver a clase y emprendí camino sin que volviera a seguirme. De
hecho, él no regresó. Seguramente se largó, perdiéndose las últimas
asignaturas de la mañana. Muy propio de Jared.
Me senté en mi sitio. Aún no había entrado nadie, ni siquiera mi
hermana. Pero, poco después, todos comenzaron a ocupar sus respectivos
asientos y Adriana se sentó a mi lado, sin dejar de mirarme, como si con eso
pudiera sacarme de la cabeza cualquier pensamiento o recuerdo de la
conversación con Jared.
—Tranquila, estoy bien.
Le aseguré en un susurro, pero mentí. Claro que mentí.
Primero: no solo estaba mal por culpa de Jared y su manera absurda de
decir que no éramos novios. Segundo: tenía las pastillas en el bolsillo del
pantalón y, si mi hermana se enteraba, íbamos a tener una discusión
acalorada, más aún después de que le prometí que no volvería a drogarme.
Obviamente, también mentí en eso, porque estaba deseando llegar a casa y
tomarme una para olvidarme de toda la mierda que soportaba.
Durante la clase, sentí la mirada de mi hermana sobre mí todo el tiempo,
y me estaba poniendo nerviosa.
Cuando sonó la sirena, ambas recogimos nuestras cosas al mismo
tiempo y salimos juntas. Nos despedimos de Noemí y Joan antes de
subirnos al coche. Aunque permanecíamos en silencio, estaba segura de que
Adriana no tardaría en preguntar.
—Camila, ¿qué ha pasado con Jared?
Ahí estaba la primera pregunta.
—Nada. Le he pedido que me deje en paz y nada más.
Y no era mentira, así había sido de verdad. Aunque, por supuesto, no le
diría que también le había pedido mis pastillas.
Aun así, no se lo creyó del todo. Lo demostró frunciéndome el ceño,
como si supiera que le estaba mintiendo. Pero cuando le pregunté, lo negó.
Solo quería que se quedara tranquila, que creyera que Jared había salido de
mi vida, aunque siguiéramos siendo compañeros de instituto y tuviéramos
amigos en común. No importaba. Él y yo solo seríamos eso y nada más…
muy a mi pesar.
Al llegar a casa, ambas nos metimos en nuestra habitación para estudiar.
Sin embargo, yo era de las que atendían en clase y con solo repasar un poco
un día antes, aprobaba. Eso, o tenía mucha suerte.
Entré al baño para darme una ducha después de esconder la bolsita de
pastillas en una caja de zapatos en el vestidor, en los únicos zapatos que
sabía que nadie cogería porque solo eran de mi gusto. Me duché
rápidamente, no podía seguir perdiendo el tiempo.
Justo cuando salí, ya vestida con ropa cómoda, la puerta de mi
habitación se abrió de golpe. Mi padre entró sin pedir permiso ni nada,
importándole una mierda si me encontraba durmiendo o desnuda. ¿Qué más
le daba? Era el amo y señor de la casa y podía hacer lo que le saliera de los
cojones.
—Papá, ¿te han dicho alguna vez que puedes llamar a la puerta antes de
entrar? Lo digo porque, por poco, me pillas en pelotas —le encaré,
importándome una mierda lo que fuera a decir después.
Mi padre me miró con una ceja alzada, intentando intimidarme, a pesar
de que sabía perfectamente que yo no era Adriana y que a mí me hacía falta
algo más que una estúpida mirada para asustarme.
—¿Te han dicho alguna vez que esta es mi casa y que entro donde me
salga de los cojones?
Ahí estaba, justo lo que yo había pensado
—Por supuesto, rey de esta jaula de mármol. Solo que me gustaría tener
algo de intimidad o, al menos, que no me pillaras en bragas. Sería un detalle
por tu parte.
Se acercó a mí y alcé la barbilla.
—Camila, no me torees porque sabes que no suelo tener paciencia y
estás rebasando la poca que me queda.
Solté un bufido aburrido.
—¿A qué debemos tu visita a mi calabozo?
Vi cómo su nariz se abría y cerraba los puños a cada lado del cuerpo.
—Me ha contado tu madre que la viste en la biblioteca con…
Abrí los ojos tanto que lo hice callar.
—¿En serio has venido hasta aquí para recordarme que mi madre te está
poniendo los cuernos y que te gusta ser un cornudo?
En cuanto terminé la pregunta, su mano chocó con mi cara con tanta
fuerza que me la dobló a un lado. Estaba segura de que me dejaría la marca
de sus gruesos dedos en la mejilla. Pero no lloré. No le iba a demostrar
debilidad, y mucho menos después de saber que no tenían conciencia, que
no eran tan perfectos como les hacía creer a todo el mundo.
—No vuelvas a faltarme al respeto, niñata maleducada —inquirió con
rabia—. Si sigues así, acabarás en un internado. ¿Es eso lo que quieres?
Mi sonrisa sarcástica fue la peor de todas, como si con ella le
respondiera peor que con cualquier palabra.
—No creas… Seguramente sería más feliz allí que aquí.
—Pues no se hable más. En cuanto acabes el instituto, te irás a un
internado, lejos de estos lujos que tanto te gustan o de esta jaula de mármol
que tanto odias —dijo, como si realmente me conociera.
Si supiera de verdad lo que pensaba, sabría que odiaba esta vida, que
preferiría estar en el mismísimo infierno… y aun así seguiría siendo un
paraíso comparado con este lugar.
No había un solo día en el que no deseara estar lejos de todo. Y si no
fuera por mi hermana Adriana, ya me habría escapado de aquí,
escondiéndome en el último rincón del planeta, lo más lejos posible de ellos
y de su vida de mentira.
—Estupendo —respondí sin bajar la guardia ni un segundo—. Ahora, si
no te importa, tengo que estudiar.
—Camila, ¿por qué eres así? ¿Por qué no puedes parecerte a tu
hermana? Ella es tan obediente, tan delicada, tan cariñosa…
—Si eso es lo que quieres, puedes esperar sentado, porque jamás seré
una sumisa que te tiene miedo como mi hermana. Aunque ella es mucho
más que eso para mí —dije con desdén—. No la valoras. Y a mí, menos.
—Será mejor que me vaya. No quiero perder los papeles contigo. Eso
sí, no le cuentes nada a tu hermana ni a nadie sobre lo que viste.
Alcé una ceja.
—Camila, te lo estoy pidiendo tranquilo. Más vale que me hagas caso.
—No pasa nada, papi. Vuestro secreto me lo llevaré a la tumba.
En cuanto se largó, cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella,
resbalando hasta quedar sentada en el suelo. El corazón me latía a mil por
hora, la ansiedad intentaba sacudirme como si fuera un trapo sucio y el
sudor me perlaba la frente, como si la ducha no hubiera servido de nada.
¿Por qué me trataba así? ¿Por qué nunca era suficiente para él? Si no era
como Adriana, entonces no valía nada. Todo porque no dejaba que me
manipulara a su antojo.
Me dolía el alma. Sentía el pecho oprimido, los pensamientos
enredándose en una espiral de rabia e impotencia. Intenté calmarme, pero
solo había una cosa que realmente lograba eso.
Me puse de pie con las piernas temblorosas y fui hasta el vestidor. Abrí
la caja de zapatos y saqué una pastilla. Ni siquiera lo pensé. Me la metí en
la boca y la tragué en seco, sintiendo cómo descendía por mi garganta,
llevándose con ella un poco del caos que me carcomía por dentro.
Pero algo no era igual.
Con la primera, la sensación había sido distinta, como si no terminara
de ser suficiente, como si necesitara algo más. Y ahora, con esta, volvía a
sentir lo mismo.
Frustrada, cogí otra y me la tomé sin dudar.
Esta vez, sí.
Poco después, algo cambió.
El peso en mi pecho comenzó a desvanecerse, pero no de la forma en
que esperaba. No era calma, ni alivio. Era… otra cosa. Un cosquilleo
extraño recorriéndome la piel, un ligero mareo, como si flotara en el borde
de algo que no podía descifrar.
Me quedé quieta, esperando entender lo que estaba sintiendo. Pero la
verdad era que no tenía ni idea.
Mis piernas temblaron, y cuando intenté dar un paso, casi me voy al
suelo. Me sujeté del borde de la cómoda, respirando hondo, pero eso solo
hizo que la sensación se intensificara.
No era paz. Tampoco el adormecimiento que esperaba. Era algo más
profundo, más desconcertante.
Mi habitación parecía un poco más grande de lo normal, las sombras en
las esquinas más alargadas, como si el espacio se estuviera estirando y
contrayendo al mismo tiempo. Parpadeé varias veces, tratando de aclarar mi
vista, pero el leve cosquilleo que antes sentía ahora se transformaba en una
presión extraña en mi pecho.
Con esfuerzo, me obligué a caminar hasta la cama y me dejé caer sobre
el colchón. El contacto con las sábanas fue un alivio momentáneo, pero
también me hizo darme cuenta de que mi respiración estaba errática,
entrecortada.
Algo dentro de mí gritaba que esto no era normal.
No era como la primera vez.
Intenté concentrarme en el techo, pero la vista se me nublaba por
momentos. Un escalofrío me recorrió la espalda y, por primera vez en
mucho tiempo, sentí verdadero pánico.
La opresión en mi pecho era pegajosa y pesada, como si algo me
envolviera desde dentro. Intenté moverme, pero mis extremidades no
respondían como deberían. Mi cuerpo se hundía en la cama, atrapado en
una neblina espesa que me alejaba del mundo real.
Entonces, escuché el sonido.
Un clic.
La puerta de mi habitación se abrió.
Quise girar la cabeza, ver quién era, pero mis párpados se sentían
pesados, como si alguien los estuviera sujetando. Apenas podía entreabrir
los ojos, y lo poco que veía eran sombras borrosas que se movían por la
habitación.
Los pasos se acercaron, firmes pero sigilosos, como si la persona no
quisiera alertarme, pero tampoco tenía intención de detenerse.
El colchón cedió a mi lado, un peso hundiéndose junto a mí.
Quise hablar, pero mi boca no obedecía. Mi mente era un torbellino
confuso, mi respiración descontrolada, y la sensación de irrealidad se
intensificaba con cada segundo.
—Ca… mila…
Una voz.
Suave. Lejana.
Quise reconocerla, aferrarme a algo familiar, pero todo se desdibujaba
en mi cabeza.
La voz volvió a llamarme, más cerca esta vez. Un roce en mi brazo, una
presión en mi hombro.
Quise reaccionar, gritar, preguntar quién estaba ahí. Pero solo logré
ahogarme en mi propio silencio.
Y entonces lo supe: estaba atrapada dentro de mí misma.
CAPÍTULO 9
Adriana
Caminé despacio hacia la cama para comprobar el estado de mi
hermana. Algo me dijo que me había mentido, que de nuevo se había
tomado alguna de esas malditas pastillas.
Me senté en el borde de la cama y puse mi mano sobre su brazo para
hacerla reaccionar.
—Camila.
Mi voz sonó apagada, llena de miedo, porque no estaba igual que la
primera vez. Esta vez era diferente, como si se hubiera tomado más de la
cuenta. ¿Qué había pasado? Me preocupé enseguida cuando intentó
moverse, pero el peso de su cuerpo se lo impedía.
—¿Qué has hecho, Camila? —Cogí su mano y tiré de ella para intentar
levantarla.
Necesitaba conseguir que espabilara, que no le pasara nada. Debía
sacarla del trance en el que se había metido. Si mis padres se enteraban de
lo que estaba haciendo, el colocón iba a ser el menor de sus problemas.
Se me ocurrió que provocarle el vómito sería una buena idea. No es que
estuviera acostumbrada a hacer este tipo de cosas, pero supuse que era lo
que necesitaba.
Corrí hasta el baño y cogí la papelera para colocarla al lado de su cama.
La moví con todas mis fuerzas, ya que, en ese estado, pesaba más de la
cuenta y yo no era precisamente musculosa. Conseguí girarla y le coloqué
la cabeza más baja para que, si lograba vomitar, lo hiciera dentro del cubo.
—Dios, ¿qué hago ahora? —dije alterada.
Los nervios me estaban subiendo de pies a cabeza. El corazón me latía
con una fuerza descomunal.
—Camila, vomita, por favor —le pedí, como si pudiera oírme—. Te voy
a meter los dedos…
Mierda, no había tiempo para pensar. Hice lo que tenía que hacer:
introduje los dedos en su boca para provocarle el vómito y, tras varias
arcadas, lo hizo, expulsando más de lo que había comido ese día.
El sudor frío perlaba mi frente mientras esperaba algún tipo de reacción.
Mi corazón latía con fuerza, como si quisiera salirse de mi pecho.
—Camila, por favor… —susurré con desesperación.
De pronto, su cuerpo tembló levemente y emitió un quejido. Sus
párpados intentaron abrirse, y su respiración, aunque pesada, se hizo más
notoria. Solté un suspiro de alivio cuando la vi mover los dedos lentamente.
—Cami, dime algo —rogué, inclinándome hacia ella.
Sus labios se entreabrieron, dejando escapar un murmullo ininteligible.
Se removió con torpeza, como si el peso de su propio cuerpo la hundiera en
el colchón.
—Mmm… estoy… —sus palabras se perdieron en un balbuceo.
—¿Estás bien? ¿Necesitas que llame a alguien? —pregunté con
urgencia.
Ella se negó con la cabeza de forma torpe, su respiración todavía
entrecortada.
—Solo… cansada —susurró con dificultad—. No llames… por favor.
Me mordí el labio, indecisa. Quería creerle, pero su estado me asustaba.
Sin embargo, verla reaccionar era una señal de que no estaba tan mal como
había temido.
—Camila, ¿segura? —insistí.
—Mmm… sí… solo quiero dormir.
Parecía que su cuerpo estaba ganando la batalla contra los efectos de las
pastillas, aunque aún estaba débil. Le acaricié la frente, sintiéndola tibia.
—Está bien, pero no cierres los ojos todavía. Quédate conmigo un poco
más, ¿vale?
Ella hizo un sonido parecido a un "sí" antes de caer sobre la almohada.
No me quedaba otra opción más que vigilarla, asegurándome de que
realmente estaría bien. Me quedé a su lado, observando cada respiración.
No sabía cuántas horas habían pasado desde que se quedó dormida, pero
mi madre me había llamado varias veces para decirme que quería cenar con
nosotras esa noche. A pesar de que le había dicho que sí, no estaba segura
de que mi hermana estuviera en condiciones de asistir.
«Joder, si tan solo reaccionara. No creo que hoy me valga meterla bajo
la ducha», pensé, levantándome de su cama.
Estaba tranquila, dormía como si nada hubiera pasado. Algo normal
después de haberse drogado. Era como si sus terminaciones nerviosas
estuvieran adormecidas.
Salí de su habitación alrededor de las ocho, antes de que a mi madre se
le ocurriera la brillante idea de subir a buscarnos. Lo último que quería era
que intentara llamar a Camila y esta no le respondiera.
—Hija, por fin sales de tu cuarto. ¿Qué estabas haciendo? —preguntó
mientras se acercaba a mí. Me tensé de inmediato.
Por unas horas, había logrado olvidar el verdadero motivo por el que
había ido a la habitación de mi hermana. Sin embargo, ver a mi madre con
el jardinero seguía siendo una imagen imposible de borrar de mi mente.
—Adriana, ¿qué te pasa? ¿Por qué no quieres que me acerque a ti?
¿Camila te ha contado algo?
Alcé una ceja, cayendo en la cuenta de que, posiblemente, mi hermana
estuviera al tanto del desliz de mi madre.
—¿Tenía algo que contarme? —pregunté, fingiendo que no sabía nada.
—Oh, claro que no. Pero conociendo a tu hermana, estoy segura de que
sería capaz de inventarse algo para ponerte en mi contra —escupió con
desdén, como si hablar así de su propia hija le hiciera sentir mejor.
—No hables así de mi hermana, mamá. Ella no es como tú la pintas…
Ni los buenos son tan buenos, ni los malos tan…
—¿De qué estás hablando? —me interrumpió—. Se te está pegando el
carácter de tu hermana.
Me di la vuelta sin responder. No quería discutir con ella como solía
hacer Camila cada vez que soltaba uno de esos comentarios estúpidos,
como si sintiera que podía decir lo que le diera la gana y nosotras
tuviéramos que escuchar, asentir y bajar la cabeza.
Ahora entendía tantas cosas. Camila no se llevaba bien con ella y
mucho menos con nuestro padre. Y, si no me equivocaba—aunque deseaba
hacerlo—, mi hermana también sabía lo del jardinero. No podía culparla
por sentir que debía escapar de una realidad que aplastaba a esta familia con
fuerza.
—No me des la espalda, señorita —habló con dureza.
Giré sobre mis talones para mirarla de frente.
—No me hables como si fuera una niña pequeña, mamá… por favor.
Tampoco iba a faltarle al respeto, pese a que ella misma se encargara de
hacerlo.
—Lo siento. —Caminó en mi dirección y me dio un abrazo—. Te
quiero demasiado para eso, cielo.
Quería alejarme, escapar de ese contacto que me asqueaba. ¿Cómo
podía mirarnos a la cara sin avergonzarse? ¿Qué pensaría mi padre al
respecto?
—Adriana, te noto extraña. ¿Qué te pasa, cariño? —Se alejó unos
centímetros y acarició mi mejilla con ternura—. ¿Estás segura de que tu
hermana no te ha dicho nada que te haya puesto así?
Negué y sonreí falsamente. Había visto a mi hermana fingir tantas
veces, y éramos tan parecidas, que no podía dárseme mal hacer lo mismo,
¿no? Después de todo, solo tenía que hacerle creer que estaba de su lado,
aunque lo único que quisiera fuera salir corriendo lo más lejos posible.
—Anda, ve a llamar a tu hermana y bajar a cenar conmigo, ¿de
acuerdo?
No respondí de inmediato. Solo la miré fijamente antes de preguntar:
—¿Y papá? ¿No iba a cenar con nosotras?
Su expresión no cambió, pero sentí un ligero titubeo en su mirada antes
de responder con aparente normalidad:
—Tenía una cena importante a la que solo podía asistir él. Ya sabes
cómo es su trabajo.
Asentí despacio, aunque en mi interior algo no encajaba del todo.
Quizás era porque, después de lo que había visto hoy, me costaba creer en
cualquiera de sus palabras.
No me dijo nada más, y yo tampoco quería saber más detalles sobre la
cena de mi padre. ¿Para qué? No me iba a decir la verdad.
Subí las escaleras y entré en la habitación de Camila.
«Sigue durmiendo la mona. Estupendo» , pensé mientras me acercaba a
la cama para tocar su frente y comprobar que su temperatura no fuera
alarmante.
Estaba bien, y eso era lo único que importaba, aunque deseara que
despertara para… para nada. ¿Qué podría decirle? Yo misma querría olvidar
algunas cosas, aunque jamás recurriría a las drogas para hacerlo.
Había otras maneras de sacar de mi mente lo que me dolía, ¿no?
Estudiando, por ejemplo. O leyendo algún libro. Salir a bailar, tomarme un
par de copas… No me negaría a emborracharme, pero las drogas… Me
daba miedo perder el control, sentirme mal, que la sensación no me gustara.
—Adri… —escuché la voz de Camila, bajita.
—Camila, ¿estás bien? Estoy aquí —susurré, recostándome a su lado.
—Sí… estoy bien —respondió entre titubeos—, pero tengo sueño.
—No te preocupes, sigue durmiendo, ¿vale? Voy a cenar y subiré
enseguida.
Asintió levemente mientras se giraba hacia el otro lado y volvía a
dormirse.
Suspiré varias veces antes de levantarme y secarme un sudor invisible
de la frente. Estaba tan nerviosa que ya no sabía ni lo que hacía. Ahora tenía
que inventarme algo para que nuestra madre no la echara en falta en la cena.
Aunque, en el fondo, estaba segura de que no le importaría que Camila no
bajara. Fingiría que sí, claro, porque a ella se le daba mejor que a nosotras
mentir.
Bajé despacio, como si quisiera alargar al máximo mi llegada al
comedor. Cuando finalmente entré, mi madre ya estaba sentada en su lugar,
esperándonos.
Al verme sola, frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Tu hermana no se digna a cenar con nosotras?
Resoplé, sin poder evitarlo. Por supuesto, lo notó.
—Se siente mal —dije sin más.
—Qué novedad.
Abrí la boca para responderle, pero me contuve un tiempo.
Me senté en mi lugar de siempre, y Malena, la otra empleada, nos sirvió
la cena.
—Gracias, Malena —dije, agradecida.
Ella me regaló una sonrisa sincera antes de retirarse, pero mi madre me
miró con seriedad.
—No me gusta que hables con el servicio —dijo con desdén—. Eso es
algo que hacen las personas a las que no les importa la clase.
Su voz estaba cargada de algo difícil de descifrar. ¿Desprecio?
¿Personas con clase? ¿Qué era esa estupidez? Lo único que importaba
era la educación y, gracias a Dios, mi hermana y yo no éramos como
nuestros padres. Algo curioso, considerando que nos habían criado ellos.
Aunque, pensándolo bien, cuando éramos pequeñas pasábamos más
tiempo con la niñera que con nuestros propios progenitores.
La cena fue incómoda. Mi madre intentó sacarme conversación en
varias ocasiones, pero yo solo le daba respuestas escuetas, sin ganas de
alargar el diálogo más de lo necesario. No tenía energía para fingir que todo
estaba bien.
En cuanto terminé mi plato, pedí permiso para levantarme.
—Aún no has terminado tu zumo —señaló, mirándome con una ceja
arqueada.
—No quiero más.
No esperé su respuesta. Me levanté y salí del comedor sin mirar atrás.
Subí rápidamente a la habitación de Camila y la encontré removiéndose
entre las sábanas, cada vez más despierta.
—Adri… —murmuró con voz ronca—. Tengo hambre.
Solté un suspiro de alivio. Eso era buena señal.
—Voy a hacerte algo de comer. Dame un minuto.
Volví a bajar a la cocina, esperando no cruzarme con mi madre otra vez.
Preparé un sándwich con lo primero que encontré, lo puse en un plato junto
con un vaso de agua y subí de nuevo.
Cuando entré en la habitación, Camila estaba sentada en la cama con la
mirada perdida, como si su mente estuviera en otro sitio.
Me detuve en seco.
—Camila… —murmuré con suavidad, cerrando la puerta tras de mí.
Ella no reaccionó de inmediato. Sus ojos parecían desenfocados, como
si estuviera viendo algo que yo no podía ver.
Me acerqué con cuidado y me senté en el borde de la cama.
—Te traje algo de comer.
Camila parpadeó un par de veces y, finalmente, me miró.
—Gracias —susurró, aunque su voz sonaba ausente.
Le tendí el plato, esperando que eso la ayudara a volver un poco a la
realidad.
Y entonces me fijé en algo que antes no había notado. No sabía si había
sido por el miedo a que le pasara algo o porque, en ese momento, la marca
no estaba tan roja.
Mi hermana tenía una señal en la cara, como si alguien la hubiera
golpeado. Me tensé al instante y, mientras ella daba pequeños mordiscos al
sándwich, llevé mi mano a la zona afectada.
Ella se estremeció en el acto.
—¿Qué te ha pasado ahí? No te lo había visto antes. ¿Te diste un golpe?
Sus ojos se clavaron en los míos y, en lugar de responder, empezó a
llorar desconsoladamente.
No supe qué decir. Solo la abracé y la sostuve con fuerza, dejando que
llorara hasta que sus sollozos se calmaran y pudiera hablar.
Algo estaba mal. Algo le estaba pasando a mi hermana y yo sabía, sin
lugar a duda, que mis padres tenían mucho que ver. No quería que lo pasara
mal, que sintiera que estaba sola, sin el cariño ni el apoyo que tanto
necesitaba.
—Camila… —susurré mientras movía mi mano sobre su espalda en un
intento de reconfortarla.
—Lo siento, supongo que estoy sensible.
Entrecerré los ojos, dejándole claro que su respuesta no me convencía
en absoluto.
—Fue papá —dijo al fin, con la voz apagada.
—¿Cómo? ¿Papá te ha golpeado?
Asintió, bajando la cabeza.
—¿Por qué?
Me levanté de golpe, sintiendo cómo la rabia me recorría el cuerpo.
¿Por qué cojones nuestro padre le había pegado? ¿Qué pudo haber
hecho mi hermana para merecer algo así? Y peor aún, ¿cómo había sido tan
fuerte el golpe como para dejarle esa marca en la cara?
No podía creerlo. Cada vez me sentía peor en esta maldita casa.
—Le respondí mal y esta fue su reacción —dijo con voz temblorosa,
señalándose la mejilla.
—Lo siento, Cami. —Me senté de nuevo a su lado y tomé su mano—.
Papá no debería haberte pegado. Eso no lo voy a permitir. Voy a hablar con
él…
—¡No! —me interrumpió de inmediato—. No quiero que le digas
nada… Ya me odia bastante. Bueno, los dos me odian.
Negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos, y la miré con pena.
—No importa —susurró, esbozando una sonrisa amarga—. Estoy
acostumbrada a sus desplantes, a su odio injustificado. Y ahora que he visto
a mamá follando con el jardinero…
Se detuvo de golpe y se tapó la boca con la mano, como si acabara de
decir algo que no debía.
—Oh, mierda. No quería que…
—¿Lo sabes? —pregunté, mirándola fijamente.
—Espera, ¿qué? ¿Tú lo sabes?
Nos observamos por unos segundos, en silencio, hasta que ambas
asentimos al mismo tiempo.
Una risa seca escapó de sus labios y negó con la cabeza.
—Supongo que no nos queda nada que descubrir en esta familia,
¿verdad?
No supe qué responder. Porque, en el fondo, sabía que aún había
muchas cosas ocultas en esta casa. Cosas que nos seguirían destrozando si
nos quedábamos aquí.
Pero por ahora, solo pude apretar su mano con fuerza.
Porque, al menos, nos teníamos la una a la otra.
CAPÍTULO 10
Axel
Abrí los ojos con dificultad. La luz blanca del techo se me clavó con
fuerza, haciéndome parpadear varias veces para adaptarme. Un pitido
intermitente sonaba cerca, acompañado de murmullos lejanos. No tardé en
notar la presión en mi rostro y la incomodidad en mi garganta. Intenté
tragar, pero un cuerpo extraño me lo impedía.
Quise hablar, pero ningún sonido salió de mi boca. Fue entonces cuando
me di cuenta: tenía un tubo en la garganta. El aire entraba y salía con
dificultad, sin que yo tuviera control sobre ello. Mi respiración se aceleró y
un pitido más agudo sonó en las máquinas a mi alrededor.
—Tranquilo, Axel —escuché una voz cerca de mí. Era firme, pero
intentaba sonar calmada—. No intentes moverte demasiado.
Giré la cabeza con esfuerzo y vi a mi capitán junto a un médico. Este
último se acercó y puso una mano en mi hombro con un gesto
tranquilizador.
—Sé que es incómodo, pero no intentes hablar. Tienes un tubo
endotraqueal que te ayuda a respirar. Vamos a retirarlo pronto, pero primero
debes estabilizarte.
Intenté levantar la mano para señalar el tubo, pero me sentía débil. El
médico lo notó y negó con la cabeza.
—Respira lento y profundo. Si sigues alterado, podríamos tardar más en
retirarlo. Estás en la UCI, Axel. Te operamos hace unas horas.
Mi cabeza iba a mil por hora. ¿Qué había pasado exactamente? Traté de
recordar, pero la niebla en mi mente no me dejaba pensar con claridad.
Sentía el cuerpo pesado, como si me hubiera caído un edificio encima.
—Voy a reducir la sedación para que puedas despertar mejor. No te
preocupes, todo está bajo control —añadió el médico.
Mi capitán se inclinó un poco, mirándome con seriedad.
—Resiste, soldado. Has pasado por algo duro, pero saldrás de esta.
Intenté asentir, pero el simple movimiento me agotó. Cerré los ojos por
un momento, tratando de calmarme. No podía hacer otra cosa más que
esperar.
Solo esperaba que mi familia estuviera bien y que nadie les hubiese
dado la noticia de la peor manera posible.
—Voy a avisar a tu familia para que puedan venir a verte —dijo el
capitán. Me dedicó una última mirada antes de abandonar la habitación.
El médico esperó a que la puerta se cerrara antes de volver su atención
hacia mí.
—Axel, quiero explicarte bien lo que ha sucedido. Sé que es mucha
información, pero es importante que lo entiendas.
Hice un esfuerzo por mantenerme atento.
—Recibiste un disparo en el pecho. La bala afectó tu pulmón derecho,
provocando un daño severo en el tejido. Tuvimos que operar de emergencia
y extirpar una parte para evitar complicaciones. Por eso estás intubado.
Mi cuerpo se tensó. No podía procesarlo del todo. ¿Extirparon parte de
mi pulmón?
—Esto significa que tu capacidad pulmonar se verá reducida —continuó
con un tono pausado—. Ahora mismo necesitas asistencia para respirar,
pero poco a poco te ayudaremos a recuperar autonomía. La rehabilitación
será clave para tu recuperación.
Quise negar, pero estaba demasiado débil para hacerlo. Mi mente era un
caos. El ejército lo era todo para mí. Y ahora… ¿qué significaba esto?
—Sé que es mucha información de golpe, pero no estás solo en esto —
repitió el médico, con una mirada comprensiva—. Vamos a monitorear tu
evolución y en cuanto sea posible, te retiraremos el tubo para que puedas
respirar por ti mismo.
Aparté la mirada hacia el techo, sintiendo una punzada de impotencia.
No podía permitirme perder la cabeza ahora. Tenía que enfocarme en salir
de esta.
Pero una pregunta me taladró la mente, una que aún no podía formular
en voz alta.
¿Qué iba a pasar conmigo ahora?
El médico se marchó después de hundirme aún más con sus palabras: no
sabía si podría volver al ejército. Aquello era mi vida, lo que me hacía feliz.
¿Por qué tenía que pasarme esto a mí? ¿Por qué ahora? Después de tanto
tiempo dedicándome a lo mismo…
Las horas en el hospital pasaban demasiado lentas para mi gusto, y estar
postrado en una cama no ayudaba en nada. El dolor en la zona de la
operación se volvía cada vez más insoportable, así que terminé pulsando el
botón para que alguien viniera a ponerme un calmante. No hizo falta que
dijera nada; con mi mirada bastaba para expresar lo que estaba sintiendo.
—Ahora mismo te pondré algo para que descanses, ¿de acuerdo? —dijo
la enfermera con delicadeza.
La noche comenzaba a caer, y la oscuridad envolvía la habitación. Mi
familia aún no había llegado. A pesar de estar en el mismo hospital al que
llevaban a los militares, no estaba precisamente cerca de casa. Ciertamente,
dudaba que mis padres vinieran hasta mañana.
El médico regresó para informarme de que me administrarían un
sedante más fuerte para que pudiera dormir y que, al día siguiente, me
harían algunas pruebas para comprobar que todo estaba bien por dentro.
Aún tendría que seguir con el tubo puesto unos días más hasta que mi
cuerpo se adaptara a la nueva realidad: respirar, pero sin excederme.
Mierda, menuda putada.
En cuanto el medicamento comenzó a fluir por la vía, mis párpados se
hicieron pesados y, casi de inmediato, caí en la inconsciencia.
—Eh, hermano, despierta.
Alguien me llamaba. Quise abrir los ojos, pero no podía. La voz me
resultaba familiar. Eliot.
¿Qué hora era? ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Dónde estaban
nuestros padres?
—¿Estás bien? Tienes que salir de esta, hermano… aunque yo no esté,
tú tienes que seguir adelante.
Intenté enfocarme, pero mi visión era completamente difusa. No podía
ver su rostro, solo distinguía una silueta en la oscuridad. Su voz, sin
embargo, era inconfundible.
—Te quiero, recuérdalo siempre.
El letargo me envolvió de nuevo. ¿Había despertado realmente o todo
había sido un sueño? Y lo peor… ¿Por qué Eliot me dijo que él no estaría?
¿Qué estaba pasando?
La luz de un nuevo día me golpeó con fuerza en los ojos. Las persianas
estaban abiertas, y el sol iluminaba la habitación con intensidad, como si
quisiera hacerme creer que pronto saldría de aquí. O quizás era solo lo que
yo quería pensar.
Pocos minutos después, un celador entró para llevarme a las pruebas
que el médico mencionó la noche anterior. Necesitaba preguntar por mi
familia, saber si ya estaban aquí. Más que nada, necesitaba poder hablar,
deshacerme de este maldito tubo que me lo impedía, pero no estaba seguro
de que eso fuera a pasar pronto.
El tiempo dentro del tubo de resonancia pasó volando, pero las pruebas
continuaron. Querían asegurarse de que no hubiera más daños internos que
no hubieran detectado antes. Para cuando terminaron, prácticamente era
mediodía.
Al regresar a la habitación, lo primero que vi fue a mi capitán esperando
impaciente. Lo noté en la manera en que movía las manos y en la forma en
que me miraba. Algo no iba bien. Mi estómago se tensó de inmediato. Su
expresión me decía que algo grave había pasado, y mi primer pensamiento
fue para mis padres.
¿Les había ocurrido algo?
—Hola, Axel… te veo bien, muchacho —dijo en cuanto el enfermero
salió de la habitación—. Espero que pronto te quiten eso para que puedas
hablar.
Yo solo pude mirarle fijamente, esperando que entendiera mi respuesta a
pesar de mi silencio. No podía hablar, pero mi mente no dejaba de formular
preguntas.
—Tu familia llegará enseguida. Ayer hablé con tu padre y, aunque le
dije que estabas bien, se quedó bastante preocupado —su voz sonó…
extraña, vacilante—. Verás… necesito que estés tranquilo cuando lleguen,
¿de acuerdo?
Fruncí el ceño, desconcertado.
—Me gustaría que no tuvieras que pasar por… Mejor dejo que sean
ellos quienes…
La puerta se abrió de golpe, interrumpiéndole. El médico entró en la
habitación.
—Axel, ¿cómo te sientes?
Suspiré, frustrado.
—Bueno, ese suspiro no sé cómo tomármelo —bromeó el doctor,
esbozando una ligera sonrisa—, aunque me hago una idea de que estás
harto de ese tubo.
Asentí de inmediato, probablemente más rápido de lo que mi cuerpo
podía soportar.
El médico revisó las máquinas y tomó mi historial en la Tablet antes de
volver su atención a mí.
—Por la tarde tendremos los resultados de todas las pruebas —informó
con calma—, pero, por lo que hemos visto hasta ahora, todo parece ir bien.
Si sigues evolucionando así, mañana podremos quitarte el tubo de
respiración.
Sentí un leve alivio. No era lo mismo que recibir una buena noticia,
pero al menos significaba un pequeño avance.
—Por ahora, intenta descansar. Volveré más tarde para revisarte de
nuevo.
Asentí, observándolo mientras salía de la habitación. Mi capitán seguía
allí, pero ya no me miraba. En su lugar, tenía la vista fija en la puerta, con
los hombros tensos y las manos entrelazadas detrás de la espalda, como si
esperara algo.
No tardé en descubrir qué era.
La puerta se abrió con lentitud y ellos entraron.
Mi respiración se agitó al instante.
Solo estaban ellos.
Mi capitán fue el primero en hablar, enderezándose al verlos.
—Señor Castellanos, señora Castellanos.
Mi madre pestañeó, como si el título le resultara ajeno, antes de esbozar
una leve sonrisa temblorosa.
—Por favor, llámenos, Mateo e Isabella.
Mi padre asintió con gesto serio, aunque su mandíbula seguía tensa.
Mi capitán inclinó la cabeza en señal de respeto antes de dar un paso
atrás, dejándolos avanzar.
Y ahí fue cuando realmente los vi.
Mi madre se llevó una mano a la boca al verme, su mirada empañada
por las lágrimas. Mi padre parpadeó varias veces, con el ceño fruncido,
como si intentara contener algo dentro de sí.
Pero yo los conocía demasiado bien.
Estaban destrozados.
Ella fue la primera en acercarse. Sus pasos eran lentos, vacilantes, como
si le costara reunir la fuerza para moverse. Cuando llegó a mi lado, alargó la
mano y acarició mi frente con una suavidad infinita, con la misma ternura
de cuando era un niño.
—Mi amor… —su voz se quebró—. Gracias a Dios estás bien.
Mi padre se acercó al otro lado de la cama y apoyó una mano firme en
mi hombro.
—Nos diste un buen susto, hijo.
Intentó sonar fuerte, como siempre, pero su voz no tenía la misma
firmeza de otras veces.
Intenté mover los labios, preguntar por Eliot, pero el tubo lo hacía
imposible. Solo pude mirarlos, desesperado, esperando que me
respondieran sin que yo tuviera que decir nada.
Mi madre deslizó los dedos por mi cabello, un gesto suave,
tranquilizador, pero fue ahí cuando lo noté.
Sus manos temblaban.
Mi padre apretó un poco mi hombro, pero evitó sostenerme la mirada.
Sentí un vacío en el estómago.
No.
Algo estaba mal, algo estaba terriblemente mal.
Y lo peor de todo es que lo supe incluso antes de que dijeran nada.
Mi madre no dejaba de acariciarme como si quisiera consolarme antes
de darme un golpe del que no me recuperaría. Mi padre permanecía en
silencio, incapaz de encontrar las palabras.
Eliot no estaba ahí.
Y de repente, no quería saber la respuesta a la pregunta que se repetía
con desesperación en mi mente.
CAPÍTULO 11
Camila
Me importaba una mierda que mi padre me golpeara, que mi madre
me pidiera que guardara el secreto, que incluso me castigaran con su
indiferencia si con eso lograba que mi hermana no sufriera lo que yo sufría.
Pero no lo conseguí. Adriana acabó enterándose de todo lo que pasaba en
nuestra casa. ¿Hogar? Esto no lo era para nada.
Me había drogado otra vez, había vuelto a evadirme de los problemas, y
esta vez, para ser sincera, me había asustado. Aunque dudaba que eso me
hiciera detenerme.
—Camila. —Mi hermana tomó mis manos—. No quiero que vuelvas a
drogarte… por favor.
Mis ojos recorrieron su rostro preocupado, el ceño fruncido, como si se
sintiera culpable por lo que pasaba en mi interior.
—No sé si pueda… —Me levanté, alejándome lo más posible de su
mirada.
Sentía vergüenza de mí misma, pero me avergonzaba aún más mi vida
como para soportarla día a día.
Caminé hasta el vestidor y saqué la caja de zapatos donde escondía las
pastillas. Mis manos temblaron al cogerlas, y si Adriana no estuviera
sentada en mi cama, estaba segura de que me las tomaría todas.
Regresé con ella y me senté a su lado. Extendí la mano y le di la bolsita
con las pastillas.
—Toma… —Suspiré—. Deshazte de ellas. —Me puse de pie de nuevo
—. Pero hazlo pronto… no sé si pueda…
No esperó a que terminara la frase. Se metió al baño y, aunque no la
veía, el sonido de la cisterna me dio la respuesta: las había tirado por el
váter.
Salió apresurada y, sin dudarlo, me envolvió en un abrazo fuerte.
—No quiero que vuelvas a sentir que es lo único que puede ayudarte,
Cami. —Me apretó con todo su cariño, podía sentirlo—. Siempre estaré a tu
lado. Si te caes, te ayudaré a levantarte, ¿de acuerdo?
—Gracias…
Las lágrimas brotaron sin control, últimamente no hacía otra cosa más
que llorar.
—¿Qué vamos a hacer ahora con lo de mamá? —pregunté, intentando
calmarme.
—No lo sé, pero no voy a permitir que papá te vuelva a poner una mano
encima.
Si ella supiera que no era la primera vez… que ya habían sido varias.
Pero jamás se lo diría. Ese secreto se iría conmigo a la tumba.
Decidimos dejar que nuestros padres se apañaran solos, que, si mamá
quería follarse al jardinero o a quien fuera, nosotras no deberíamos
meternos. Ya eran mayorcitos y podían lidiar con sus propias cagadas.
Nosotras ya teníamos bastante con las nuestras… o, mejor dicho, yo con las
mías.
Volvimos a pasar el día juntas, ignorando las insistentes llamadas de
nuestra madre, que pedía que bajáramos a cenar con ellos. Por primera vez,
Adriana fue quien se negó, alegando que no era el momento adecuado para
compartir ese momento en familia.
No le dijo el verdadero motivo, pero nuestra progenitora no era
estúpida… solo se lo hacía. Tampoco había que ser un lince, ¿no?
Vimos series, comimos palomitas y hablamos de la salida de mañana a
la nueva discoteca para celebrar nuestro cumpleaños. Deseaba salir, bailar,
evadirme de un modo diferente, sentir que, por una noche, tenía una vida
normal. Ser solo una adolescente que no tuviera que luchar contra las ganas
de drogarse por culpa de sus padres.
Suspiré al ver que mi hermana se había quedado dormida y, de
inmediato, sentí el impulso de drogarme otra vez. Mis manos temblaban,
todo mi cuerpo lo hacía.
Salí de mi habitación y bajé a la cocina en busca de un poco de agua
para intentar calmarme.
Abrí la ventana y el aire fresco me despejó un poco, como si me pidiera
a gritos que saliera al jardín.
Arrastré los pies descalzos hasta la puerta trasera y salí. El frío me caló
los huesos; no iba tan abrigada, pero no me importaba. Levanté la mirada al
cielo, pero no había ni una estrella. Todo estaba tan negro como mi alma.
Solté un bufido exasperado y, de pronto, noté una gota deslizándose por mi
mejilla. No estaba llorando. ¿Acaso iba a llover?
—Debería regresar —musité, justo cuando la lluvia comenzó a caer
sobre mi cabeza con la fuerza de un huracán.
Mi respiración se aceleró al principio, pero poco a poco fui
calmándome. Me sorprendió darme cuenta de que estar allí, bajo algo tan
banal como la lluvia, me reconfortaba más de lo que me molestaba. Así que
me dejé caer en el banco de piedra blanco y permití que el agua resbalara
por todo mi cuerpo.
—¡Camila! —escuché un grito y giré el rostro, encontrándome con mi
hermana en la puerta de la cocina—. ¡Entra!
—¡No! ¡Ven tú aquí! —grité con una sonrisa.
—¡¿Estás loca?!
Me encogí de hombros y la vi correr hasta mí.
—Nos vamos a poner malas, vamos adentro. —Cogió mi mano para
tirar de mí, pero negué con la cabeza.
—Déjate llevar, Adriana —le pedí con calma—. Disfruta de este
momento, de esta lluvia, de lo que la tierra nos regala.
—¿Estás drogada de nuevo?
Solté una carcajada mientras negaba.
—Pues entonces estás más loca de lo que imaginaba.
A pesar de sus quejas, se sentó a mi lado y se quedó conmigo durante
una hora en la que no hablamos, solo disfrutamos del instante. Otro
recuerdo que guardaría en mi memoria, en mi corazón. Cada minuto con mi
hermana era un regalo, uno que jamás creí que llegaría a valorar tanto.
Clavé mis ojos en su rostro, tan parecido al mío. A veces, era como
mirarme en un espejo y, aun así, éramos tan diferentes.
—¿Qué miras? —preguntó, sosteniéndome la mirada.
—A mí… pero en una versión más calmada —respondí.
Hice una pausa antes de continuar.
—A veces me gustaría ser como tú, pero en mi interior hay un fuego
que no puedo controlar. Una pasión que solo soy capaz de apaciguar con
cosas que nadie haría… como esto. No significa que tú seas rara, aquí la
rara soy yo —aclaré al notar su expresión desconcertada.
—Yo, en cambio… me gustaría ser como tú.
—Oh, eso sí que no me lo esperaba.
—Sentir esa pasión por algo como esto, por cada pequeño detalle…
Que nada importe y, al mismo tiempo, todo lo haga. Eres increíble, Camila,
no lo dudes nunca.
No quería llorar, pero Adriana siempre conseguía sacar de mí ese
sentimiento que tanto me esforzaba en esconder: el amor.
Regresamos a la casa cuando dejó de llover y subimos a nuestras
habitaciones para darnos una ducha caliente. Ya eran las cuatro de la
mañana y teníamos que madrugar, así que ella dormiría en su cama y yo en
la mía.
Cuando terminé, me puse un pijama limpio y coloqué una toalla sobre la
almohada para no mojarla. Era demasiado tarde para secarme el cabello,
aunque sabía que por la mañana parecería una leona.
Me quedé dormida de inmediato. El cansancio me venció y, por primera
vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a la paz.
Por la mañana, me levanté alrededor de las siete. Estaba tan cansada que
no me hubiera importado quedarme en la cama, pero teníamos que ir al
instituto, así que me vestí y recogí mi cabello en un moño mal hecho. Tal y
como había predicho anoche, mi pelo era una maraña indomable.
Me calcé unas botas calentitas y cogí una bufanda; tenía frío a pesar de
que la calefacción estaba encendida. Seguramente, mi cuerpo seguía helado
después de haber estado bajo la lluvia más de una hora.
Salí de mi habitación con la mochila a cuestas y bajé a la cocina para
desayunar con mi hermana. Estaba segura de que ya estaría allí.
—Buenos días, hija —me saludó mi madre.
Cuando vio mi mejilla, se detuvo en seco y se acercó a examinarla más
de cerca.
Intenté cubrir la marca con maquillaje, pero era complicado teniendo la
piel tan clara como la mía.
—¿Qué te ha pasado ahí? —preguntó, señalando la zona.
—Pregúntale al rey todopoderoso de esta casa —contesté con altanería.
No, no iba a bajar la guardia con ella jamás.
—¿Qué hiciste para que tu padre te pegara?
Alcé una ceja, incrédula.
—¿En serio, mamá? —La voz de Adriana nos interrumpió y ella la miró
—. ¿Vas a justificar esa salvajada?
—No, pero si tu padre le ha pegado, sería por algo, ¿no? No digo que…
—No digas nada mejor, mami —intervine antes de que mi hermana
siguiera.
Entramos a la cocina con ella pisándonos los talones y nos sentamos en
cuanto Stephanie nos sirvió el desayuno.
—Mañana es vuestro cumpleaños, ¿vais a salir? —preguntó mi madre,
cambiando de tema.
La pregunta me hizo soltar una risita irónica.
—Saldremos esta noche —se apresuró a responder Adriana—.
Técnicamente, nuestro cumpleaños es a la una de la mañana, ¿no?
Mi madre asintió, fingiendo una sonrisa.
—En ese caso, os daré vuestro regalo ahora. No os vayáis, ¿de acuerdo?
Ahora os llamaré para que vengáis.
Salió de la cocina y mi hermana y yo nos miramos con una ceja alzada.
—Está loca —dijimos al unísono y soltamos una carcajada.
Terminamos de desayunar justo cuando nuestra madre nos llamó desde
la puerta. Nos levantamos, recogimos los platos y salimos de la cocina,
caminando juntas hasta la entrada, donde nos esperaba con esa sonrisa que
me sacaba de quicio.
Al salir, el sol nos envolvió, calentando mi cuerpo de inmediato.
—Íbamos a esperar hasta mañana, pero… —Nos tendió una llave a cada
una.
Supusimos al instante lo que significaban, y al levantar la mirada, la
confirmación estaba frente a nuestros ojos.
Mi hermana sonrió complacida al ver los coches y abrazó a nuestra
madre como si le debiera algo.
Los vehículos eran dos Mini Cooper descapotables de color rojo.
—¿No piensas decir nada? —Mi madre se dirigió a mí con una sonrisa
gélida.
—Sí, gracias, mamá. —Le di un beso en la mejilla.
—Si no te gusta el color, podemos cambiarlo.
—¿Estás de coña? —dijo Adriana—. Son preciosos, gracias. —Agarró
mi mano y tiró de mí—. ¿Verdad que son preciosos, Camila?
Asentí.
—Oh, venga. Sé que estás cabreada, pero tener un coche nos da algo de
libertad, ¿no?
—¿Tú crees? No sé cuándo llegará la cláusula que no podremos
incumplir en este contrato que nos atará de por vida. Como, por ejemplo, no
llegar tarde, no salir solas o vete a saber qué. —Las palabras las dije en voz
baja, solo para que Adriana me escuchara.
Sin embargo, hasta que llegase, disfrutaríamos de los coches el máximo
tiempo posible… como esta noche, por ejemplo.
Le dije a mi hermana que iríamos en uno de los coches y que
conduciríamos una a la ida y la otra a la vuelta. Nuestra madre, para
sorpresa nuestra, no se opuso. Aprobó que saliéramos en nuestro coche y
que regresáramos a la hora que quisiéramos, solo por ser nuestro
cumpleaños.
El instituto fue lo de siempre: la primera hora, una lucha contra el
sueño; la segunda, un intento de prestar atención; y la tercera, el temido
examen de historia.
Suspiré al ver las hojas en mi mesa. No era que no hubiera estudiado,
pero mi cabeza estaba en mil sitios menos en la Revolución Francesa y la
Guerra Fría. Aun así, me forcé a concentrarme, repasando las preguntas una
por una. La sala estaba en absoluto silencio, solo interrumpido por el sonido
de los bolígrafos y el tic-tac del reloj.
Cuando sonó el timbre indicando el final de la clase, entregué el examen
y salí del aula junto a Adriana.
—¿Cómo te fue? —preguntó ella.
—Bien… supongo. Aunque creo que confundí la fecha de la caída del
Muro de Berlín con la de la independencia de Estados Unidos.
Ella soltó una carcajada.
—Bueno, al menos lo intentaste.
En la hora del almuerzo, nos encontramos con Noemí y Joan en la
cafetería. Entre bocados y risas, les recordamos la salida de la noche.
—No podéis faltar, es la inauguración del Midnight Club y nosotras no
pensamos perdérnosla —dijo Adriana emocionada.
—Obvio que vamos —aseguró Noemí—. Ya tengo mi outfit listo.
—Yo también —dijo Joan—. Pero sigo sin entender cómo convencisteis
a vuestros padres para que os dejen salir hasta tarde.
—Digamos que nos ha tocado el premio mayor —comenté con una
sonrisa, sacando la llave de mi bolsillo y agitándola en el aire.
—No jodas, ¿Te han comprado un coche? —Los ojos de Noemí
brillaron de emoción.
—Dos —corrigió Adriana.
Ambos soltaron un grito de emoción, pero nos apresuramos a hacerles
callar antes de que toda la cafetería se enterara.
Cuando terminaron las clases, nos despedimos de nuestros amigos y nos
dirigimos al aparcamiento. Subimos al Mini de Adriana y pusimos la
música a todo volumen mientras regresábamos a casa, listas para
prepararnos para la noche.
—Va a ser una noche inolvidable —dijo Adriana con una sonrisa
mientras aceleraba por la avenida.
No tenía idea de cuánto razón tenía.
CAPÍTULO 12
Adriana
No podía creer que nos hubieran regalado un coche por nuestro
cumpleaños, y mucho menos que nos dejaran ir de fiesta sin chófer. Mi
madre quería ganarse nuestra confianza de nuevo, aunque, en teoría, la mía
ya la tenía. Ni siquiera sabía que yo estaba al tanto de su desliz
extramatrimonial.
Cuando llegamos a casa, Stephanie nos estaba esperando para decirnos
que no había nadie. Bueno, mi padre casi nunca estaba, y así era mejor,
porque siempre que lo teníamos aquí, pasaba algo.
—¿Dónde ha ido mi madre? —preguntó Camila con curiosidad.
—No ha dicho nada, niña Camila. Solo que iba a salir y que no volvería
hasta dentro de un par de horas —respondió con cariño.
Stephanie llevaba tanto tiempo en la familia que era parte de ella, al
menos para mi hermana y para mí lo era, a pesar de que nuestros padres la
trataran como si fuera una esclava.
—¿Tenéis hambre? He preparado brócoli gratinado con gambas.
Camila y yo nos miramos y asentimos al mismo tiempo.
Nos encantaba ese plato, y hacía tanto que no lo preparaba que ya casi
ni recordábamos su sabor.
Con una sonrisa, Stephanie nos instó a seguirla hasta la cocina y nos
sirvió un buen plato a cada una. Solíamos picar algo en la cafetería del
instituto, pero no había nada como una buena comida casera, y más aún sin
tener los ojos de nuestros padres clavados en nosotras. No escucharíamos
los resoplidos de Camila cuando papá la miraba mal o cuando mamá le
decía que se sentara recta. Tampoco tendríamos que soportar a nuestro
progenitor quejándose de cualquier tontería que, por mínima que fuera, él
siempre encontraba el momento de soltar durante el único instante de
tranquilidad en esta casa: la hora de la comida o la cena. Aunque, claro,
para eso tendríamos que ser una familia normal, y estábamos muy lejos de
serlo.
A veces pensaba en cómo era yo, en cómo hacía todo lo que ellos decían
solo para evitar problemas, cuando el problema era, precisamente, que
nunca me habían entendido. Si supieran que era lesbiana… madre mía, les
daría un infarto. Pero en algún momento tendrían que enterarse, ¿no?
Supongo que cumplir dieciocho me daría algo de ventaja, porque siempre
podría largarme y hacer mi vida.
¿A quién quería engañar? Jamás sería tan valiente como para hacer algo
así, no como mi hermana, que seguramente tendría la fuerza suficiente para
plantarles cara y luchar por lo que amaba.
—Vuelvo enseguida —dije de pronto, al recordar el regalo que tenía
para Camila en mi habitación.
Tenía pensado dárselo en la privacidad de su cuarto, pero dado que
nuestros padres no estaban, iba a aprovechar el momento para enmarcar
este almuerzo y nuestras sonrisas llenas de tranquilidad.
—¿Dónde vas? —preguntó, confundida—. ¿Te acompaño?
—No, no, quédate. En nada estoy aquí.
Subí a mi habitación y caminé directamente hacia el vestidor, donde
había escondido la caja de la cámara de fotos. La cogí con una sonrisa de
oreja a oreja, llena de emoción, porque sabía que le encantaría y que no se
lo esperaba. Salí y bajé de nuevo. Antes de llegar a la cocina, me coloqué la
caja en la espalda. Ya venía envuelta, lo hicieron en la tienda. Llevaba un
mes con el regalo guardado y no hubo un solo día en el que no me muriera
de ganas por dárselo, pero tenía que esperar a nuestro cumpleaños…
aunque, técnicamente, aún no lo fuera.
Entré en la cocina y, al notar mi presencia detrás de ella, Camila giró el
rostro para mirarme. Tenía la mejilla manchada con la salsa de la comida y
solté una carcajada al verla.
—No sé cómo siempre acabas manchándote —comenté, acercándome
sin mostrar las manos.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó, ignorando por completo mi comentario.
Di un par de pasos más y sonreí.
—Tu regalo de cumpleaños.
Sus ojos se abrieron como platos, llenos de emoción. Parecía una niña
pequeña la mañana de Navidad.
—¿En serio? ¿Me has comprado un regalo? Joder, ahora me siento fatal
porque ni siquiera lo había pensado. Soy una egoísta… —murmuró con un
deje de culpa.
Sonreí mientras negaba con la cabeza y extendía el brazo para darle la
caja.
—No tienes que comprarme nada, hermanita. Sé que eres un desastre
y…
No me dejó terminar. Sus ojos se llenaron de lágrimas en cuanto rasgó
el papel de regalo. Se quedó sin palabras, con la mirada fija en la caja de la
cámara que tanto quería. La misma que habíamos visto juntas en el
escaparate del centro comercial. Costaba bastante cara, y nuestros padres
controlaban cada dólar que gastábamos. Pero yo había estado ahorrando
durante meses, así que pude comprarla sin que se enteraran. Porque, de
haberlo sabido, jamás me habrían dejado regalársela.
—Adri… ¿es esta…? —murmuró con la voz temblorosa mientras sus
ojos se clavaban en los míos.
Asentí con una sonrisa.
No dijo nada más. Simplemente se lanzó a mis brazos y me abrazó con
todas sus fuerzas.
—No tengo palabras… solo que te quiero muchísimo.
Cuando dejó de llorar y apretarme, se alejó de mí y nos sentamos.
Mientras yo comía, ella sacó la cámara y la encendió para inmortalizar este
momento. La primera foto que haría con ella sería de nuestros rostros
manchados de salsa el día antes de nuestro cumpleaños.
—Es la mejor foto que he hecho en toda mi vida, y todo gracias a ti,
Adriana. —Me dio un sonoro beso—. Pues que sepas que, aunque no te he
comprado un regalo, tenía pensado hacer una locura contigo, así que ya
podemos terminar de comer y salir antes de que se nos haga muy tarde.
La miré con el ceño fruncido y comencé a negar.
—No tienes que…
—Shh, a callar. Solo déjate llevar por la loca de tu hermana, ¿de
acuerdo? —Me levanté con un asentimiento—. Stephanie, Adriana y yo
vamos a salir. Si llegan mis padres, diles que regresaremos enseguida,
¿vale?
—¿Dónde se supone que vamos? —pregunté, llena de nervios.
—Es una sorpresa —respondió al tiempo que nos subíamos a su coche.
Por la mañana fuimos al instituto con el mío. Era una tontería tener dos
coches cuando prácticamente lo hacíamos todo juntas, pero así era nuestra
madre: todo lo debíamos tener igual, y no iba a ser menos con esto.
Camila condujo hasta el centro de la ciudad, donde había muchas
tiendas y bares. No solíamos pasar por aquí, siempre nos movíamos por los
centros comerciales, pero supuse que ella sabía exactamente a dónde
teníamos que ir. Aparcó justo delante de una tienda de tatuajes y se bajó del
coche, esperando a que lo hiciera yo.
Alcé una ceja sin entenderla, y ella sonrió. Cogió mi mano y tiró de mí
para meterme en el interior, haciéndome ponerme nerviosa.
—¿Qué hacemos aquí? —quise saber, aunque era obvio.
—Pues nos vamos a hacer un tatuaje juntas, hermanita.
Mi negación la hizo reír.
—¿Estás loca? ¿Qué crees que dirá papá cuando se entere? Pondrá el
grito en el cielo.
—Adriana, no tiene por qué enterarse, porque podemos hacérnoslo en
un lugar que no se vea.
—¿No pretenderás que me tatúe el culo? —Soltó una carcajada.
—Claro que no, aunque si tú quieres… —Negué rápidamente—. En el
omóplato o en el costado.
—¿Y cuando nos pongamos bikinis?
—Papá y mamá nunca están con nosotras en la piscina, hermanita.
Cálmate, ¿vale?
Finalmente, terminé cediendo. Elegimos un tatuaje sencillo, pero con
mucho significado para nosotras: Forever us. Porque, pasara lo que pasara,
siempre nos tendríamos la una a la otra.
Salimos de la tienda con una sonrisa, sintiendo aún el escozor del
tatuaje en la piel, pero convencidas de que había valido la pena. Este sería
nuestro secreto.
En cuanto regresamos, subimos a su habitación. Camila guardó su
regalo en un lugar seguro, aunque aún haría algunas fotos antes de irnos. Yo
fui a mi cuarto para darme una ducha mientras ella también se aseaba.
Teníamos que arreglarnos para salir esta noche.
Estaba nerviosa; hacía mucho que no salíamos, y menos a una
discoteca. No era precisamente nuestro plan habitual.
Tras ducharme, arreglé mi cabello con fijador y secador para definir
mejor mis rizos. Esta noche lo dejaría suelto, algo poco común en mí.
Como decía mi hermana, me iba a "soltar la melena". Sonreí al verme en el
espejo. Me veía guapa así.
Salí de mi habitación y fui a la suya para vestirme y maquillarme con
ella. Al entrar, la vi poniéndose unos pantalones de cuero negro con un body
rojo transparente que le quedaba de infarto.
—Wow —fue lo único que pude decir.
—Wow tú. Me encanta cómo te queda el pelo así, igual que a mí. —Se
señaló la cabeza y sonrió—. ¿Qué te vas a poner? Tengo algunos modelitos
que te gustarán.
—A ver, muéstrame.
Sacó una falda negra y una blusa azul eléctrico que me encantó, así que
decidí ponérmela. Me calcé mis botas altas, sabiendo que ella optaría por
tacones gruesos, como siempre.
Cuando terminamos de vestirnos, Camila se encargó de maquillarme.
Me dejó completamente diferente... y preciosa, no iba a negarlo.
—Estás increíble, Adri.
Cogió la cámara y me hizo una foto.
—A ver, posa para mí.
Me puse a hacer algunas posturas, riéndome y soltando alguna que otra
tontería mientras ella capturaba cada uno de mis movimientos.
Cuando terminó de maquillarse, nos hicimos unas fotos juntas y luego
guardó la cámara en su escondite. Cogió el móvil y le envió un mensaje a
Noemí para decirle que saldríamos en diez minutos.
Primero iríamos a una pizzería a cenar. Estaba cerca de la disco, así que
después solo tendríamos que caminar un poco para llegar.
Cogimos los abrigos y el bolso antes de bajar para marcharnos. Nuestra
madre nos interceptó justo antes de salir. Era mejor despedirnos para evitar
que se enfadara aún más después.
—Chicas. —Nos giramos—. ¿Os ibais a ir sin decir nada?
Negamos con la cabeza.
—Dejadme veros. —Se acercó y nos miró de arriba abajo—. Estáis
preciosas, aunque… Camila, ¿no vas un poco provocativa?
—Es la idea, mami —respondió ella con naturalidad.
—No seas así. Y será mejor que te cuides, hay mucho depravado en la
calle.
—Tranquila, mamá. Yo cuidaré de la pequeña —intervine con una
sonrisa, lo que me valió un codazo de mi hermana.
—Que os divirtáis, pero no bebáis si vais a conducir. Y si lo hacéis,
llamad al chófer para que os recoja, ¿de acuerdo?
No era común en ella mostrar preocupación, pero nunca estaba de más
sentir su cariño.
—Está bien.
Le dimos un beso y salimos de casa. Yo conduje hasta la pizzería, ya
que habíamos acordado que, si Camila bebía algo, luego podría llevar el
coche o, en su defecto, tomaríamos un taxi.
Al llegar, vimos a Noemí, Joan y Jared esperándonos en una mesa. En
cuanto este último vio a mi hermana, se acercó con un pequeño regalo,
como si con eso fuera a conseguir algo.
—Gracias, no tenías por qué regalarme nada. No somos nada,
¿recuerdas?
—Eres especial para mí, Camila, y por eso te he comprado esto. Ábrelo.
Dentro de la cajita había una pulsera de plata. Era preciosa, y el brillo
en los ojos de mi hermana me confirmó que iba a caer en las garras de Jared
otra vez si no intervenía.
—Vaya, es un buen regalo para alguien que no es tu novia y que te
importa una mierda, Jared. Pero gracias por ser tan considerado con mi
hermana. —Le dediqué una sonrisa irónica antes de tirar de Camila para
alejarla.
—¿Por qué le has dicho eso? La pulsera es bonita, ¿no? —susurró en mi
oído.
—Sí, pero recuerda que no le importas. Solo quiere tenerte comiendo de
su mano. No seas tonta, Camila, por favor.
Agachó la cabeza y asintió con un suspiro.
Cuando llegamos a la mesa, nuestros amigos nos felicitaron y
prometieron invitarnos a algunas copas como parte del regalo. Nos reímos,
porque realmente nos daba igual.
La cena transcurrió entre risas y comentarios absurdos de Jared, que no
dejaba de intentar acercarse a Camila. Terminé sentándome en medio de
ellos para impedirlo, lo que hizo que Noemí me mirara con una sonrisa
divertida, apreciando mi esfuerzo por alejarlos a toda costa.
Cuando terminamos, nos dirigimos a la discoteca más popular de la
ciudad. La fila para entrar era enorme, pero Noemí, con su encanto natural,
logró convencernos de que no sería un problema. Y tenía razón: unos
minutos después, un amigo suyo que trabajaba allí nos coló sin demasiadas
preguntas.
Nada más cruzar la puerta, las luces estroboscópicas y el retumbar del
bajo nos envolvieron. La pista de baile estaba abarrotada, y justo en ese
momento, el DJ puso Thunder de Imagine Dragons. Camila y yo nos
miramos con complicidad antes de adentrarnos entre la multitud y
comenzar a bailar.
Saltamos, reímos y nos dejamos llevar por la música como si el mundo
entero se hubiera reducido a ese instante. Esa era la magia de mi hermana:
convertir lo ordinario en extraordinario.
Y esa noche, sin saberlo, estábamos creando un recuerdo que jamás
olvidaría.
CAPÍTULO 13
Camila
Decidí disfrutar de la noche y olvidarme de lo que Jared provocaba en
mí, de cómo me atraía su peligro y su mirada. Todo en él me reclamaba,
como si yo fuera una maldita polilla buscando la luz. Pero no podía dejarme
llevar, no cuando sabía que lo único que él podía ofrecerme era una relación
meramente sexual y tormentosa. Sí, lo pasábamos bien, pero no era
suficiente. No para mí.
—¿Lo estás pasando bien? —La voz de mi hermana me sobresaltó.
—Sí, ¿por qué? —Clavé mis ojos en ella, evitando una vez más la
mirada de Jared, que me recorría de arriba abajo.
No estaba lo suficientemente borracha como para olvidarme de que
seguía enfadada con él.
—No sé, te veo demasiado pendiente de Jared y me da la sensación de
que te ha fastidiado un poco la fiesta, ¿no?
Me encogí de hombros.
—¿Qué estás bebiendo? ¿Quieres que te traiga otra copa?
—Un margarita y sí… —Me bebí de un trago lo que quedaba en mi
copa—. Necesito otra y… pasarlo bien, hermanita.
Caminamos juntas hasta la barra para pedir otra ronda. Adriana también
pidió un margarita. Hasta el momento solo había estado bebiendo agua para
hidratarse, pero ahora parecía dispuesta a soltarse un poco.
Por unas horas, Adriana y yo bebimos sin pensar en nada y bailamos
como si nos fuera la vida en ello. Pero en cuanto vi que Jared dejaba de
prestarme atención para comerse la boca con otra tía, una oleada de furia
me recorrió de pies a cabeza. Sentía demasiado por ese imbécil que había
jugado conmigo, y verlo con otra, besándola como solía besarme a mí, me
dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Mi hermana se perdió entre la pista con Noemí y Joan. Estaba lo
bastante bebida como para dejar que nuestro amigo se pegara a ella sin
importarle demasiado. Y yo… yo solo quería hacerle entender a Jared que
no podía alejarse de mí, al igual que yo no podía alejarme de él.
Así que, tras pensarlo apenas un par de segundos, caminé decidida hasta
él y aparté a la calienta pollas que se meneaba en su entrepierna como si
estuviera suplicando que se la metieran hasta el fondo. Lo atraje hacia mí
con un tirón, obligándolo a centrar su atención en mí.
—¿Qué haces, estúpida? —espetó la pelirroja.
—Es mi novio, así que largo —dije sin mirarla siquiera.
—¿Qué demonios estás haciendo, Camila? —La voz de Jared me rozó
el lóbulo de la oreja, su aliento caliente en mi piel—. No somos novios,
¿recuerdas?
—Me da igual. No quiero verte con otra —le solté, tajante.
—Está bien.
Su boca se pegó a la mía, y su lengua se enroscó con la mía con hambre.
Un gemido escapó de mis labios cuando sus manos descendieron hasta mi
trasero, apretándome con posesión.
—Llevas toda la noche provocándome, nena —murmuró contra mi boca
—. ¿Quieres pasarlo bien?
Alzó una ceja y asentí, con la adrenalina corriendo por mis venas.
Entonces sacó una bolsita con pastillas de su bolsillo y la sostuvo frente
a mí. Negué con la cabeza… No podía. Le había prometido a Adriana que
no volvería a drogarme.
Pero lo deseaba. Lo deseaba con cada célula de mi cuerpo.
—¿Estás segura? —insistió con voz seductora.
—Prometí que no…
Me interrumpió metiéndose una en la boca y acercando su lengua a la
mía, ofreciéndomela de ahí mismo.
Lo pensé. Claro que lo pensé.
Pero al final, simplemente lo hice.
La atrapé con los labios y me la tragué, olvidándome de la promesa, de
lo que había pasado la última vez y de lo que estaba mal.
Porque claro que estaba mal. Todo en mí estaba mal.
Yo estaba mal.
Pero no importaba. No ahora. No cuando lo único que quería era estar
con él, beber, bailar, disfrutar de mi cumpleaños y acabar en cualquier
rincón de este local, devorándonos sin importar nada más.
El efecto tardó unos minutos en aparecer, pero cuando llegó, fue como
una descarga recorriéndome el cuerpo. De pronto, todo era más intenso,
más vibrante. Las luces del club brillaban con fuerza, los colores se volvían
más nítidos. La música no solo se escuchaba, sino que se sentía en la piel,
resonando en mi interior, como si mi corazón latiera al ritmo del bajo
Jared deslizó las manos por mi cintura y me pegó a su cuerpo mientras
nos balanceábamos con el ritmo. Sentía su calor contra mi piel, su
respiración acelerada mezclándose con la mía. El alcohol quemaba en mi
garganta, pero la sensación se desvanecía rápido, reemplazada por una
euforia que me hacía reír sin razón aparente.
—Dime que no te sientes jodidamente increíble —murmuró en mi oído.
Y lo hacía. Claro que lo hacía.
Le sonreí con los labios entreabiertos, sintiendo la necesidad de besarlo
otra vez. De perderme en él, en la música, en la sensación de libertad que se
apoderaba de mi cuerpo.
Las luces giraban sobre nosotros, y el mundo entero parecía vibrar al
mismo ritmo que mi corazón. Nos movíamos como si fuéramos uno solo,
sin importarnos nada más que este momento. No importaba que mi hermana
estuviera cerca. No importaba que mañana llegara con su resaca de
advertencias y preocupaciones. No importaba que Jared no fuera bueno para
mí.
Nada importaba.
Más tarde en la noche, cuando el efecto de la primera pastilla
comenzaba a diluirse, Jared deslizó otra en mi boca en medio de un beso y
yo la recibí sin dudarlo. Esta vez, sin pensarlo, sin resistirme.
Más alcohol. Más risas. Más besos.
Las horas pasaron entre cuerpos sudorosos bailando bajo las luces neón.
Entre el calor de Jared sobre mí y la sensación de que el mundo entero nos
pertenecía. No quería que se acabara. No quería volver a la realidad.
Porque aquí, en este club, con la música haciéndome sentir invencible,
con la adrenalina recorriéndome el cuerpo y el sabor de Jared en mi boca,
no había promesas rotas. No había miedos. No había consecuencias.
Solo había euforia.
Y esta noche, me aferraría a ella con todas mis fuerzas.
Caminamos hasta un rincón del local, lo más apartado posible, donde la
luz apenas llegaba. Sus manos se colaron por mi pantalón hasta llegar a mi
sexo y rozaron mi clítoris por encima de la tela de mi ropa interior,
arrancándome un jadeo que solo yo pude escuchar y sentir.
La boca de Jared me devoraba, su lengua me hacía el amor con una
pasión que me hizo perder la cordura. Habíamos estado juntos tantas veces
que era como si no hubiera pasado el tiempo.
Nos perdimos en el momento, en las ganas, y queríamos estar mucho
más escondidos, más alejados. Cogió mi mano y tiró de mí para llevarme al
interior del baño, pero Noemí llegó hasta nosotros, cortándonos en seco.
—¿Qué pasa, primita? —preguntó Jared, arrastrando las palabras.
—Camila, Adriana está bastante mareada y a punto de vomitar. Creo
que deberíamos salir con ella a tomar el aire.
Solté una carcajada, encontrando gracioso saber que mi hermana estaba
borracha, que iba a echar la pota por primera vez en su vida por culpa del
alcohol.
—Lo siento, nene, pero mi hermanita me necesita. —Mordí su labio
inferior antes de separarme de él.
—¿Volverás?
Me encogí de hombros mientras seguía riéndome de todo.
—Me gustas más cuando no estás con él, Camila —dijo Noemí cuando
estuvimos lo suficientemente lejos de Jared.
No respondí. No sabía qué decirle. Parte de mí lo entendía, pero otra se
sentía incómoda con lo directa que era.
Salimos con Adriana apoyándose en mí, murmurando lo mal que se
sentía. El aire fresco nos golpeó de lleno, erizándome la piel, y no supe
cuánto lo necesitaba hasta este momento. Respiré hondo y estiré los brazos,
sintiéndome extrañamente ligera.
—Creo que ya estoy mejor… —murmuró mi hermana, parpadeando
varias veces como si intentara enfocar la vista—. Será mejor que vayamos a
casa.
—Pidamos un taxi —sugirió, frotándose la sien con gesto cansado.
—Sí, mejor un taxi —intervino Noemí—. Has bebido bastante, Camila,
y además estás muy acelerada.
—Estoy bien, puedo conducir —dije, rodando los ojos—. No exageres.
—No es ninguna tontería —dijo Joan con firmeza—. Si quieres, te
llamamos uno, no cuesta nada.
—No exageréis, en serio —bufé, sacando las llaves de mi bolso—. Sé lo
que hago.
—Camila… —Noemí puso una mano en mi brazo—. Solo piensa un
segundo.
—Ya lo pensé —interrumpí con una sonrisa—. Y no pasa nada. Nos
vemos mañana.
Antes de que pudieran insistir más, rodeé los hombros de Adriana y la
guie hasta el aparcamiento.
Tomé aire una vez más y sonreí para mí misma. Todo estaba bien. Todo
iba a estar bien.
Ayudé a mi hermana a subirse al coche y cerré la puerta con más fuerza
de la que pretendía, asustándola momentáneamente. Rodeé el vehículo y me
subí después. Encendí la radio; quería seguir escuchando música, que la
noche no terminara. Me sentía tan bien, tan tranquila, que solo quería que la
fiesta fuera eterna, que esta sensación no se me fuera jamás.
—¿Por qué pones música? Me duele la cabeza —se quejó Adriana,
masajeándose las sienes.
—Oh, vamos, hermanita. No me digas que ya no puedes más. ¡La noche
es joven!
Grité al tiempo que arrancaba y abría la capota del coche para que el
viento rozara nuestros rostros y nos moviera el pelo con fuerza.
Aceleré, mirando por los espejos. Ni siquiera había coches a esta hora,
aunque no tenía ni idea de qué hora era exactamente. No importaba. Nada
importaba.
—Camila, no corras, por favor —pidió Adriana, su voz temblando
ligeramente.
—¡Vamos, Adriana! ¡Baila! —reí, girándome un instante hacia ella.
Imagine Dragons explotó en los altavoces, metiéndose en mi organismo,
en mi piel, en mi sangre. Me moví al ritmo de la música, sintiendo cada
beat como si aún estuviéramos en la discoteca.
—Eres de lo que no hay —dijo, sonriendo débilmente.
Aun con el mareo y la pesadez en su cuerpo, mi hermana se dejó llevar,
moviendo los hombros, dejándose arrastrar por la locura del momento.
Subí el volumen. Quería más. Más velocidad, más adrenalina, más de
todo.
Pisé el acelerador.
El viento me golpeó con fuerza, despeinándome, haciéndome sentir
invencible. La carretera se extendía frente a nosotras como un oscuro lienzo
sin fin, con las farolas parpadeando a los lados, cada vez más borrosas.
Las luces de la ciudad quedaban atrás.
No había coches. No había límites.
Todo era velocidad, música y libertad.
O eso pensé.
Porque entonces, algo me hizo mirar por el retrovisor. Un coche venía
detrás. No muy cerca, pero tampoco lo suficiente como para ignorarlo. Iba
con las luces apagadas, apenas visibles, y de repente se acercó más.
Fruncí el ceño.
—¿Has visto eso? —le pregunté a Adriana, que apenas mantenía los
ojos abiertos.
—¿El qué…?
—Ese coche… ¿nos está siguiendo?
No estaba segura de sí era real o una paranoia mía, fruto de lo que había
tomado. Pero algo dentro de mí se tensó. Algo me decía que no era
casualidad.
El coche se colocó justo detrás. Me puse nerviosa.
Aceleré un poco más.
—Camila, ¿qué haces? —preguntó Adriana, medio dormida.
—Nada, es que... siento que nos siguen.
—¿Qué? ¿Qué dices? Estás flipando.
Eso pensé yo también. Estaba flipando.
¿O no?
Intenté quitarme la idea de la cabeza, pero entonces, sin previo aviso, el
coche aceleró más y trató de adelantarme por el carril izquierdo. Se me
cruzó.
—¿Qué coño…?
Giré el volante bruscamente para evitarlo, pero en esa maniobra perdí el
control.
—¡Camila! —gritó Adriana—. ¡Mira hacia adelante!
Volví la cabeza justo a tiempo para verla abrir los ojos como platos, su
rostro desencajado por el terror.
—¡Cuidado con el coche!
El grito desgarró la noche justo cuando las luces altas de otro vehículo
me cegaron.
El impacto fue devastador.
Un torbellino de metal y cristales rotos nos envolvió.
El coche giró una, dos, tres veces, como si el mundo se estuviera
desmoronando a nuestro alrededor.
El dolor explotó en mi cuerpo.
El grito de Adriana se cortó de golpe.
Y luego… solo oscuridad.
***
El sonido lejano de sirenas retumbaba en mi cabeza, perforando el
pesado velo de inconsciencia en el que estaba atrapada. Un zumbido agudo
me taladraba los oídos y un sabor metálico inundaba mi boca. Me removí
débilmente en el asiento, obligando a mis ojos a abrirse poco a poco. Todo
estaba borroso, las luces parpadeaban en mi visión y un calor húmedo me
recorría la mejilla.
El líquido espeso y caliente se deslizaba sin piedad por mi rostro,
empapándome la piel, pegándome el cabello.
Un ardor punzante se expandía por cada rincón de mi cuerpo, como si
mi piel estuviera en carne viva. Quise moverme, pero cada músculo
protestó con un dolor desgarrador.
Desesperada, giré la cabeza, buscando a Adriana... pero su asiento
estaba vacío.
El miedo me atenazó el pecho de golpe, cortándome el aliento.
—¿Adriana? —Mi voz apenas fue un susurro quebrado, más un sollozo
que una palabra.
El pánico me atravesó como un cuchillo, obligándome a reaccionar.
Luché contra el cinturón de seguridad, con dedos torpes y temblorosos. Lo
solté como pude y llevé la mano a la manija de la puerta. Tiré de ella,
empujé con todas mis fuerzas, pero no se movió. Estaba encajada, atrapada
en la deformidad del coche destrozado.
Mi respiración se aceleró.
Alcé la vista, intenté enfocar la mirada. Luces intermitentes destellaban
a lo lejos, acercándose rápido. Voces distantes se filtraban en mi aturdida
mente, pero no entendía lo que decían.
Y entonces alguien abrió la puerta desde fuera. Manos firmes me
sujetaron y me ayudaron a salir. El frío de la carretera golpeó mi piel, la
crudeza del aire nocturno avivó el escozor de mis heridas.
Y entonces la vi.
Estaba tirada en el asfalto, su cuerpo inerte, a varios metros del coche.
Mi mente tardó en procesarlo.
El mundo dejó de girar.
Caí de rodillas frente a ella, sin aliento, sin entender, sin aceptar lo que
estaba viendo.
—¡Adriana! —El grito rasgó mi garganta, se quebró en mil pedazos, se
perdió en la inmensidad de la noche.
Las lágrimas ardieron al mezclarse con la sangre en mi rostro,
cegándome, quemándome por dentro.
Quise tocarla, sacudirla, llamarla otra vez, pero el mareo me golpeó con
brutalidad. Mi cuerpo ya no respondía.
La oscuridad me envolvió antes de que pudiera hacer nada.
Y todo desapareció.
CAPÍTULO 14
Axel
El aire pesaba sobre mis hombros, cargado de algo denso e invisible.
Mis padres intentaban fingir que todo estaba bien, pero sus rostros los
delataban. Oscuros. Destrozados. Y entonces lo supe: algo estaba muy mal.
Mi capitán se despidió de nosotros para dejarnos a solas y, aunque el
médico entró unos segundos para susurrarle algo al oído a mi padre, pronto
nos quedamos solos.
—Hijo… no sé cómo decirte esto…
Mi madre se rompió, cortando la frase sin poder terminarla porque las
lágrimas se lo impidieron.
Me estaba agobiando. No poder comunicarme con ellos por culpa del
maldito tubo me estaba sacando de mis casillas. Apreté los puños, haciendo
que la vía se llenara ligeramente de sangre. Mi madre tomó mi mano,
intentando calmarme.
—Es… Eliot… —Negó con la cabeza, mientras las lágrimas rodaban
por sus mejillas.
—Axel, Eliot tuvo un accidente anoche con el coche —intervino mi
padre, y mi cuerpo se tensó aún más.
Ahogué un grito que se hizo evidente en mi expresión, y mis ojos se
humedecieron. Algo me decía que no estaba bien, que Eliot no estaba… que
se había ido. No quería pensarlo, no hasta que me lo confirmaran.
—El impacto fue contra otro coche y no… no ha sobrevivido, hijo.
Los sollozos de mi madre se volvieron más intensos, más desgarradores.
Mi corazón comenzó a latir con la fuerza de un tambor, haciendo que las
máquinas emitieran un pitido de alarma.
Mis ojos se nublaron. La vista se me oscureció.
Mi hermano había muerto.
Mi hermano pequeño ya no estaba.
¿Cómo era posible? ¿Por qué?
Moví la cabeza, intenté incorporarme, quitarme la vía, el tubo…
Necesitaba salir de aquí, verlo, cerciorarme de que era cierto, de que estaba
muerto, de que no volvería a verlo nunca más. No podía vivir sin verlo una
última vez.
—¡Enfermera! —gritó mi padre.
—Axel, quédate quieto, por favor. Te harás daño.
Negué con desesperación. No podía.
La rabia me estaba sobrepasando, un calor sofocante me estaba llevando
al límite. Quería arrancarme todo.
La puerta de la habitación se abrió de golpe y varios enfermeros
entraron junto con el médico. Le gritó algo a mi padre, pero no logré
entenderlo. Me sujetaron con fuerza y metieron un líquido transparente en
la vía.
Poco a poco, mis fuerzas comenzaron a desvanecerse y el sueño me
alcanzó, dejándome adormilado, drogado… pero consciente.
Escuchaba todo. Sentía todo.
Pero quería dormir.
***
No era consciente del tiempo que había pasado desde que recibí la
noticia. Solo sabía que era de día, que en la habitación solo estaba mi madre
y que mis ojos se llenaron de lágrimas en cuanto me encontré con los suyos.
—Hijo, ¿cómo te sientes? —preguntó, como si pudiera responderle,
como si no fuera evidente que me estaba muriendo de pena.
—Lo siento tanto… —sollozó—. No sabemos cómo pasó. Recibimos la
llamada de un policía sobre las seis. Solo nos dijeron que el impacto fue
mortal… ni siquiera pudieron ayudarle.
Sentí una opresión en el pecho que amenazaba con ahogarme. Se
suponía que el maldito tubo me ayudaba a respirar, pero no era suficiente.
El aire no llegaba a mis pulmones y empecé a hiperventilar. Mi visión se
nubló, igual que cuando me inyectaron el sedante, dejándome
completamente ido.
—Axel, Axel, ¿qué te pasa? ¿Me oyes?
Escuché los pasos apresurados de mi madre al salir corriendo, seguido
de un murmullo de voces y movimiento en la habitación. Una mano firme
se posó en mi hombro, mis párpados se abrieron y una luz intensa me
atravesó la vista.
—Tranquilo, Axel. Respira, no te ahogarás —la voz del médico. La
reconocí al instante—. Solo ha sido un ataque de ansiedad.
Volví a quedarme dormido. En el hospital, las horas pasaban rápido si
dormía, pero se volvían eternas cuando estaba despierto. Así que prefería
pasar el mayor tiempo posible en la inconsciencia, dejar de pensar, de
sentir, de escuchar. El dolor me atravesaba el pecho, y la ansiedad me
devoraría si no conseguía calmarme.
Dos días después, tras varias pruebas y comprobar que me estaba
recuperando, me retiraron el tubo. El dolor que sentí al sacarlo fue un
recordatorio de que nada había sido un sueño, que todo era real.
Brutalmente real.
Me dispararon. Me operaron. Y no podía seguir en el servicio militar.
Pero esa mierda no se comparaba con haber perdido a mi hermano pequeño.
Eso era mucho peor que dejar atrás lo que me gustaba, lo que me
apasionaba.
Daría lo que fuera—mi vida, si fuera necesario—para que Eliot entrara
por esa puerta diciendo que todo había sido un error, que estaba
perfectamente bien. Pero por más que lo deseara, nada volvería a ser igual.
Nunca más.
—Ma…má —me costó mucho hablar, pero por fin volvía a escuchar mi
voz después de unos largos días.
—No te fuerces, cariño. Todo está bien, ¿vale? —Negué. Necesitaba
decírselo por fin.
No podía quitarme de la cabeza que, la noche en la que mi hermano
tuvo el accidente, vino a verme. ¿O acaso fue un sueño? No estaba seguro,
pero las palabras de Eliot cobraban sentido ahora más que nunca.
—Eliot —musité—. Vino a verme.
Las palabras se me agolparon en la garganta y tuve que tragar varias
veces saliva para que la sequedad desapareciera.
—Agua.
Mi madre me acercó un vaso y bebí pequeños sorbos, tal y como me
había aconsejado el médico.
—¿Cómo que Eliot vino a verte? ¿Qué estás diciendo, Axel?
De pronto, la puerta se abrió y apareció mi padre. Llevaba un día sin
verlo, pero tenía que trabajar. Tener una bocatería propia le complicaba los
horarios para venir al hospital. Mi hermano era quien lo ayudaba, junto con
mi madre. Él se encargaba de los repartos a domicilio.
—Hijo, siento no haber venido ayer a verte. ¿Cómo estás? —Se acercó
y me dio un abrazo.
—¿Dónde está Eliot? —pregunté, mirándolo fijamente.
Mi padre se tensó y dirigió una mirada a mi madre. El silencio se hizo
insoportable. Sentí un nudo en la garganta.
—Ya… ya lo enterramos, Axel —respondió al fin, con la voz rota—. No
queríamos hacerlo sin ti, pero… No podíamos esperar más.
El aire se me atascó en la garganta. Lo habían enterrado. Se había ido.
No lo vería nunca más.
—Lo siento, hijo… —susurró mi madre, tomando mi mano entre las
suyas.
El pecho me dolía. Una parte de mí quería gritar, exigirles que me
hubieran esperado, pero la otra sabía que no había nada que pudieran hacer.
Eliot se había ido para siempre.
Los días siguieron pasando. Cada amanecer en el hospital se sentía igual
de pesado, igual de asfixiante. Dormía poco, comía menos y la ansiedad se
instaló en mi pecho como un peso imposible de soportar. Después de una
semana más, ya no aguantaba estar allí. Me estaba volviendo loco.
Finalmente, me dieron el alta.
Pero no todo fue como esperaba. Quería irme a mi casa, mi refugio. Una
pequeña casita en primera línea de playa, mi lugar seguro. Sin embargo, mis
padres no me dejaron ir solo. Al menos no hasta que estuviera lo
suficientemente recuperado para valerme por mí mismo. Y aunque no
quería admitirlo, tenían razón. Apenas podía moverme con facilidad y
todavía necesitaba rehabilitación.
Mi capitán vino a visitarme antes de que me marchara. Se sentó en la
silla junto a mi cama, con su expresión seria, pero con esa mirada que
dejaba entrever algo más allá de la disciplina militar: respeto, preocupación.
—¿Cómo te sientes, soldado?
—Como una mierda —respondí sin rodeos.
Él asintió, sin inmutarse.
—Tu situación va a cambiar, Axel. Te hemos sacado de la unidad
operativa. Aún queda camino para saber si te recuperarás por completo,
pero el mando ya ha tomado una decisión preliminar.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Qué decisión?
—Por ahora, estarás en condición de baja médica. Vas a entrar en un
período de convalecencia mientras sigues con la rehabilitación. La revisión
médica en los próximos meses determinará si puedes continuar en servicio
o si iniciamos los trámites de retiro por incapacidad.
Me quedé en silencio. Sabía lo que significaban esas palabras. Era el
primer paso para sacarme del ejército. Para siempre.
—Voy a recuperarme —dije con firmeza.
El capitán sostuvo mi mirada.
—Eso espero, soldado. Pero prepárate para cualquier resultado.
Se puso de pie, dándome una palmada en el hombro antes de marcharse.
No supe cuánto tiempo me quedé allí, mirando la nada. Pero algo dentro de
mí se rompió un poco más.
No solo había perdido a mi hermano. Estaba a punto de perder mi vida
entera.
Unas horas después, estábamos entrando en mi antigua casa, el lugar
donde crecí junto a mi hermano y del que me fui el día que decidí ser
militar.
Sentía la saliva espesa en la garganta y el pecho me dolía. Solté varios
suspiros, intentando tomar todo el aire posible, reunir toda la fuerza
necesaria para pasar por la habitación de Eliot.
Mis padres aún no habían podido tocar sus pertenencias. En lugar de
despedirse de su otro hijo, habían tenido que estar cuidándome a mí. ¿Podía
ser todo tan jodido? No solo había estado a punto de morir yo, sino que mi
hermano ya no estaba, y no tenía idea de cómo apoyarlos… ni de cómo
ellos podían sostenerme a mí.
—Ve a descansar, cielo —dijo mi madre, sonando más a una orden que
a una sugerencia.
Negué, arrastrando los pies hasta esa habitación.
Me detuve frente a la puerta cerrada, con miedo de abrirla y no ver a
Eliot en su cama, leyendo o jugando a la consola como solía hacer en su
tiempo libre. No era un chico de muchos amigos; prefería pasar tiempo en
casa, con nosotros. Siempre me había gustado eso de él. La calle podía ser
peligrosa si te juntabas con la gente equivocada.
Finalmente, llevé la mano al pomo y lo giré despacio.
La persiana estaba abierta, y el sol iluminaba toda la habitación,
llenándola de un calor especial. Cerré los ojos, imaginándomelo. Vi cómo
se levantaba de un salto para saludarme cuando llegaba de visita, cómo me
desafiaba a un videojuego con una sonrisa confiada. Me enseñaría el libro
que estaba leyendo o los dibujos que hacía, porque dibujaba increíblemente
bien. Era uno de los pasatiempos que compartíamos, una pasión heredada
de nuestra familia.
Las lágrimas me nublaron la vista. Sentí los brazos de mi madre
rodeándome por la espalda, sosteniéndome mientras yo me rompía en mil
pedazos. Porque nunca más volvería a ver su sonrisa, ni sus ojos, tan
parecidos a los míos. Nunca más escucharía su risa llenando la casa.
—Tranquilo, cielo. —Mi madre acarició mi cabeza con ternura,
intentando consolarme, aunque ella también estaba rota.
—No puedo, no puedo, mamá… necesito estar solo —le pedí con la voz
entrecortada.
—Déjame quedarme aquí contigo, ¿vale? Por favor.
Negué.
—Quiero estar solo, te lo suplico.
La miré y, tras unos segundos de duda, terminó asintiendo y dejándome
en la habitación de mi hermano.
—Cierra la puerta.
Me sostuvo la mirada, intentando convencerme de lo contrario.
—Cierra la puerta, mamá —repetí, con una firmeza en la voz que no
pretendía.
Suspiró, pero obedeció.
Me tumbé en la cama boca arriba, dejando que las lágrimas fluyeran sin
control. Tenía el corazón encogido, comprimido por un dolor insoportable.
—¿Por qué? —susurré al aire, como si alguien pudiera responderme—.
¿Quién cojones chocó contigo? ¿Quién te quitó la vida, hermanito?
Cerré los ojos, intentando aferrarme a los recuerdos felices, a momentos
inolvidables, porque los necesitaba para seguir adelante. Si no lo hacía, me
volvería loco.
Siempre volvía por su cumpleaños. Era uno de sus días favoritos porque
sabía que yo vendría a verlo, aunque fuera solo por unas horas. Sabía que le
traería un regalo cutre, comprado a última hora entre servicio y servicio.
Pero, aun así, siempre lo recibía con la mejor de sus sonrisas, porque así era
él.
—Hermano, por fin estás aquí. —Me abrazaba fuerte, como si hubiera
pasado una eternidad desde la última vez que nos vimos.
—¿Pensaste que no vendría a tu cumpleaños?
Se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.
—¿Y quién te iba a traer el peor regalo de todos?
Soltó una carcajada, contagiándome al instante.
Nuestra madre salió de la cocina con la tarta y las velas encendidas, y
comenzamos a cantar junto a nuestro padre, que esperaba su turno para
saludarme.
—Pide un deseo antes de soplar las velas —le recordé.
Cerró los ojos con seriedad y sopló de un solo intento.
—¿Qué has pedido? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Si te lo digo, no se cumplirá… y quiero que vengas todos los años.
Sonreí, abrazándolo de nuevo, sin saber que ese sería el último
cumpleaños juntos.
Abrí los ojos lentamente, dejando que ese recuerdo se asentara en mi
mente, aferrándome a él como a un salvavidas en medio de la tormenta. Me
concentré en su risa, en la forma en la que sus ojos brillaban cuando me
veía llegar.
Suspiré, tratando de calmar la opresión en mi pecho, pero el dolor
seguía ahí, profundo y punzante. No podía cambiar el pasado, no podía
traerlo de vuelta, pero sí podía hacer algo más.
Me incorporé con esfuerzo y me pasé una mano por la cara, limpiando
las lágrimas que aún resbalaban por mis mejillas.
Algo no encajaba.
Mi hermano no merecía haber muerto así, en un accidente sin respuestas
claras. La policía apenas nos había dado información y mis padres,
devastados, no hicieron más preguntas. Pero yo sí lo haría.
Porque no iba a quedarme de brazos cruzados.
Iba a descubrir qué pasó realmente esa noche.
Y quien fuera responsable… lo pagaría.
CAPÍTULO 15
Camila
—Camila, Camila… —Su mano envolvía la mía, firme, cálida—.
Tienes que vivir, hermanita… debes seguir respirando y luchar por tus
sueños.
Intenté abrir los ojos, pero la oscuridad me envolvía, atrapándome.
—No podré sin ti —musité, con la voz quebrada.
Reconocía su voz, la voz de Adriana. Quería verla, aferrarme a ella,
pero solo distinguía una silueta difusa a mi lado.
—Sí podrás —susurró con dulzura—. Eres la persona más fuerte que
conozco. Además, yo siempre estaré contigo, recuérdalo. Te quiero.
Su tacto se desvaneció. Su voz se apagó.
Y el vacío me arrastró con él.
Los ojos me pesaban, el cuerpo me dolía y no era consciente de dónde
estaba. Tenía la garganta seca, y la luz se me clavó en el rostro,
obligándome a parpadear varias veces. Poco a poco, mis ojos se
acostumbraron a la claridad, y entonces lo vi: paredes blancas, el sonido
monótono de una máquina, el olor estéril del desinfectante impregnando el
aire. Estaba en una habitación de hospital.
El recuerdo del accidente irrumpió en mi mente como un golpe seco en
el pecho. La imagen de los cristales rotos, el chirrido de los frenos, la
sangre… Mi respiración se volvió errática, mi corazón latía desbocado, y un
pánico frío me recorrió las venas.
—Adriana… —musité con la voz rota, justo cuando una sombra se
cernió sobre mí.
Levanté la mirada y me encontré con los ojos oscuros de mi madre.
Tragué saliva. Su expresión era gélida, más dura de lo normal, más
despiadada. Su rostro, ensombrecido, reflejaba un odio que me dejó sin
aliento.
—¿Adriana? ¿Tu hermana? ¿Por ella es por quien preguntas, Camila?
—Su tono era puro veneno.
Asentí, sintiendo las lágrimas resbalar por mis mejillas. La imagen de
Adriana, destrozada en el asfalto, golpeó mi mente con la violencia de un
huracán. Yo estaba mal… pero ella… ella estaba peor.
—¿Dónde está? —susurré, sintiendo el alma encogerse dentro de mí.
Mi madre me miró con un desprecio insoportable antes de dejar caer las
palabras que me condenarían para siempre:
—Muerta. Porque tú la mataste.
Abrí los ojos con fuerza, como si pudiera despertar de la pesadilla con
solo negarla. Mi respiración se descontroló, el pecho se me cerró como si
me lo oprimiera una garra invisible. No… No… Adriana no podía estar
muerta. Mi madre tenía que estar mintiendo.
—No… —musité, con la voz quebrada—. Adriana no… ¡Adriana no!
—grité, con el pánico atenazándome—. ¡Ella no puede estar muerta! ¡Yo
debería estarlo! ¡No ella!
Mi madre ni siquiera parpadeó ante mi desesperación. Su expresión se
mantuvo inquebrantable cuando dijo, con una frialdad que heló la sangre:
—En eso estamos de acuerdo, Camila.
Sentí cómo mi corazón se rompía en mil pedazos.
—Mamá… lo siento —titubeé, apenas capaz de respirar entre sollozos
—. Perdóname, por favor. Yo no quería… yo no quería matar a mi hermana.
Ella dejó escapar una risa amarga, cruel, antes de escupirme la verdad
como un látigo:
—¿No querías? ¿Entonces por qué te drogaste? ¿Por qué condujiste en
ese estado, cuando te dejé claro que podíais llamar al chófer? —Su voz
tembló, pero no de tristeza, sino de rabia—. ¿En qué estabas pensando,
Camila? ¡No me lo puedo creer! ¿Cómo pudiste? Ahora, Adriana no está…
no está.
Se llevó las manos a la cara, caminando de un lado al otro de la
habitación, enredando los dedos en su cabello como si quisiera arrancárselo.
Las lágrimas surcaban su piel perfecta, pero su mirada… su mirada solo
destilaba asco. Un rechazo tan feroz que me dejó helada.
Me lo merecía. Me lo había ganado a pulso.
De pronto, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
El sonido me hizo dar un respingo, y cuando levanté la vista, me
encontré con la silueta de mi padre en el umbral.
La persona a la que más debía temer.
Sus pasos retumbaron en el suelo como sentencias. Cuando sus ojos se
encontraron con los míos, su desprecio me envolvió antes siquiera de que
hablara. No hacía falta que dijera nada. Su mirada lo decía todo. Me odiaba.
Y lo entendía.
Lo entendía porque yo también me odiaba.
Me odiaba más de lo que cualquiera de ellos jamás podría hacerlo.
—Papá, escúchame, por favor —le pedí antes de que él dijera nada,
pero negó con la cabeza, sin siquiera pestañear.
—Si no fuera porque mi nombre acabaría en todos los titulares, te
habría echado de nuestras vidas para siempre. Pero no puedo permitirme
otro escándalo. Con el accidente ya ha sido suficiente, Camila —escupió,
con un tono tan cortante que me dejó vacía por dentro.
Sus palabras dolieron mucho más que si realmente me hubiera echado.
Si lo hubiera hecho, al menos sabría que no volvería a verlos, que no
tendría que enfrentarme nunca más a sus miradas llenas de odio y
decepción.
—Yo… lo siento. —Mi barbilla tembló, y mi voz sonó tan rota como
me sentía por dentro—. No sería capaz de hacerle daño a mi hermana, la
amaba.
—¿La amabas? —Mi padre soltó una risa amarga, sin un ápice de
calidez—. No, Camila. A ti solo te importas tú misma. Si de verdad la
hubieras amado, tu hermana estaría aquí ahora.
Cada palabra era un golpe directo a mi alma, un corte profundo que me
desgarraba más con cada segundo.
—Por favor —supliqué, aferrándome a la sábana con fuerza—. Os
necesito. No me dejéis sola.
Mi madre apartó la mirada, como si le diera asco incluso verme. Mi
padre suspiró con fastidio y se pasó una mano por el rostro, como si
estuviera agotado de mi mera existencia.
—Ya hemos hecho suficiente. —Su tono sonó implacable—. Hemos
contenido el escándalo con la prensa. Nos ha costado dinero, favores… y
mucha paciencia. Pero hemos conseguido que la historia que ha salido a la
luz sea lo menos perjudicial posible.
—¿Qué historia…? —susurré con el estómago encogido.
—Una que no arrastre nuestro apellido por el fango. No podíamos
permitir que la gente supiera que nuestra hija conducía drogada y borracha.
Que no solo mataste a tu hermana, Camila… sino también al conductor del
otro vehículo.
Mis pulmones dejaron de funcionar.
No, no, no.
Un zumbido ensordecedor se instaló en mis oídos, mi cuerpo tembló y
sentí náuseas. Todo daba vueltas a mi alrededor, pero la voz de mi padre me
mantuvo anclada a la cruda realidad.
—Tienes suerte de que tu apellido te haya salvado de la cárcel —
continuó con una indiferencia hiriente—. Pero no creas que eso significa
que puedes seguir haciendo lo que te dé la gana.
—No… —Mi voz apenas era un susurro.
—Cuando salgas de aquí, volverás a casa —declaró con frialdad—. Y
harás exactamente lo que yo diga. Sin preguntas. Sin quejas. Sin
contemplaciones.
Tragué saliva con dificultad.
—Papá…
—Te guste o no, ahora eres un problema que debo manejar —espetó
con una mirada dura—. Y lo haré de la forma en la que yo crea conveniente.
Mi madre, aún en silencio, asintió antes de girarse y salir de la
habitación, como si ya no soportara estar un segundo más allí.
Mi padre la siguió sin esperar una respuesta, dejándome con la angustia
ahogándome el pecho.
No me habían apartado de su vida, pero eso no significaba que pudiera
formar parte de ella como su hija sin más. No me querían, al menos no lo
suficiente como para alegrarse de que estuviera bien, a pesar de haber
perdido a una hija. Yo también lo era, pero no les importaba, nunca les
importé, y ahora sería mucho peor.
¿Qué iba a pasar a partir de ahora? ¿Cómo iba a sobrevivir sin ella?
Nunca más volvería a ver a Adriana, nunca más escucharía su voz por las
mañanas, ni sus regaños, ni la forma en la que siempre terminaba
cuidándome. Porque ella siempre cuidaba de mí, y yo… yo no fui capaz de
cuidar de ella.
Las horas pasaron lentas y dolorosas. El médico vino a verme para
decirme que estaba estable, que solo tenía algunas magulladuras, la muñeca
rota y que me habían hecho un lavado de estómago. Me habló de una
terapeuta a la que debía asistir, no solo por la pérdida, sino también para
lidiar con las drogas, como si yo fuera una adicta.
«Lo eres. Eres una adicta y acabarás con tu propia vida si no buscas
ayuda», pensé, con la mirada perdida en algún punto de la habitación. Pero
¿quién quería ayuda cuando lo había perdido todo? No tenía nada por lo que
luchar. No quería luchar. Solo quería morirme, dejar de respirar y
marcharme con mi hermana. Solo así volvería a vivir, aunque sonara
irónico.
—Camila, ¿me estás escuchando? —Su mano se posó en mi hombro y
asentí sin ganas, mintiendo.
—Este es el contacto de la terapeuta —dijo, dejando una tarjeta sobre la
mesita junto a mi cama—. Llámala, la necesitas.
—Lo que necesito es morirme —murmuré sin miramientos
—No digas eso, Camila. Eres muy joven.
Me encogí de hombros.
—Sé que estás pasando por el peor momento de tu vida y créeme, sé lo
que se siente, pero pasará… lo sé.
Lo miré por primera vez. Era joven, lo suficiente como para conectar
con una paciente de mi edad. Su mirada era tierna y la sonrisa que me
dedicó intentó reconfortarme, pero no lo consiguió. Aparté la vista.
—Esta tarde podrás regresar a tu casa, ¿vale?
No respondí. Solo lo vi alejarse y salir por la puerta, dejándome aún
más rota de lo que ya estaba.
¿Casa? Yo no tenía casa. Solo viviría bajo el mismo techo que mis
padres para que la prensa no se les echara encima, para que sus votantes
siguieran apoyándolos. Si la gente se enteraba de que habían echado a su
única hija a la calle, su imagen se desmoronaría. Me necesitaban… tanto
como yo los necesitaba a ellos.
La tarde llegó demasiado pronto. Cuando las enfermeras entraron con la
silla de ruedas para llevarme a la salida, sentí que mi cuerpo pesaba más
que nunca. Me colocaron un abrigo ligero sobre los hombros y apenas
reaccioné cuando empujaron la silla por los pasillos blancos del hospital.
Cuando llegamos a la salida, la puerta de un coche negro se abrió y, por
un momento, creí que mi madre o mi padre estarían allí para recogerme.
Pero no fue así.
—Señorita Camila… —Connor, el chofer, me miró con seriedad desde
el asiento del conductor.
No dijo nada más. Salió del coche y se acercó a mí con movimientos
medidos. Me ayudó a ponerme en pie y a subir al asiento trasero con
cuidado, asegurándose de que no me hiciera daño. Luego cerró la puerta
tras de mí sin emitir una sola palabra más.
Nadie me esperaba. Nadie me abrazó. Nadie me dijo que todo estaría
bien.
Porque no lo estaría. Nunca más.
Condujo con cuidado, como si con eso pudiera aliviar mi dolor, como si
la suavidad del trayecto pudiera borrar el accidente de mi mente. Pero no
importaba. Iba a tener pesadillas por el resto de mi vida, reviviendo el
momento en que salí del coche y la vi allí, tirada en el asfalto.
Sentía la mirada de Connor en el retrovisor. Siempre habíamos tenido
una buena relación, y estaba segura de que la muerte de Adriana también le
dolía. Nos conocía desde que éramos niñas, había sido una presencia
constante en nuestras vidas. Y ahora, era la única persona que me hablaba.
Llegamos a casa después de casi una hora de camino. Mi pecho se
oprimió en cuanto bajé del coche y quedé inmóvil frente a la puerta, con los
pies anclados al suelo. No podía entrar. Porque en cuanto cruzara el umbral,
sentiría su ausencia en cada rincón, y la realidad me aplastaría como una
losa.
—¿Necesita ayuda? —La voz de Connor me sacó de mis pensamientos.
Lo miré y negué con la cabeza antes de soltar un suspiro. Intenté reunir
fuerzas y subí las escaleras hasta la entrada.
La puerta estaba entreabierta. Solo tenía que cruzarla y mi pesadilla
comenzaría.
Stephanie fue la única que vino a recibirme. Se acercó con una sonrisa
temblorosa, como si no supiera si estaba bien hacerlo. Quiso abrazarme,
pero se detuvo a medio camino.
—Puedes abrazarme, Stephanie… lo necesito.
Asintió y abrió los brazos. En cuanto me estrechó contra su pecho, sentí
por primera vez un calor familiar. Me aferré a ella como una náufraga, y
entre sus brazos, me permití llorar otra vez, dejando que el peso de la
muerte de Adriana me atravesara con toda su fuerza, robándome el aliento.
CAPÍTULO 16
Axel
Los días en casa de mis padres pasaban más lentos de lo que estaba
acostumbrado. Entre el aburrimiento de no poder hacer nada —a pesar de
llevar más de un mes yendo a rehabilitación— y el hecho de que cada vez
me sentía más agobiado con el accidente de mi hermano, el tiempo parecía
detenerse.
Sabía quién era la chica que murió aquella noche, la que conducía el
coche que chocó contra el de mi hermano: Adriana Lombardi, la hija del
gobernador de Nueva Jersey. ¿Cómo se suponía que iba a luchar contra
alguien tan poderoso para buscar justicia? Después de todo, él también
había perdido a una hija, ¿no? Aun así, la sed de justicia —o quizá de
venganza— porque nadie se hiciera responsable de lo sucedido, era lo que
me mantenía en pie. Lo que me mantenía cuerdo.
Y así, el tiempo siguió su curso, dando paso a un año en el que dediqué
todo el esfuerzo posible a recuperarme. Quería volver a mi casa, y no
porque no me sintiera bien bajo los cuidados de mi madre ni por la
preocupación constante de mi padre. Claro que no. Pero necesitaba estar
solo, dejar de sentir esa presión que, aunque nacía del cariño, empezaba a
ahogarme.
Así que, tras un año y medio viviendo con ellos, decidí que era hora de
regresar a mi hogar frente al mar. Compré aquella casita por la necesidad de
ver el océano, de disfrutar de los regalos que cada mañana ofrecía el sol
desde ese lado de la ciudad. Sin embargo, nunca había podido saborearlo de
verdad por estar siempre trabajando.
—Hijo, ¿de verdad quieres irte? Sabes que me sentiría más tranquila si
siguieras aquí, cuidándote yo misma, ¿verdad? —dijo mi madre, y asentí
mientras la abrazaba con fuerza.
—Mamá, ya me siento mucho mejor. Creo que es momento de seguir
con mi vida… y empezar a trabajar.
Ella negó con fuerza, como si mis palabras la irritaran.
—¿Trabajar? No tienes necesidad, Axel. Te dijeron que podías jubilarte,
que podrías cobrar sin tener que moverte de casa.
Suspiré, recordando aquella conversación con mi capitán .
—Lo sé, pero no puedo quedarme sentado viendo la vida pasar. Espero
que lo entiendas. Además, solo trabajaré como vigilante de seguridad.
Tranquila, no volveré a la guerra.
Me sonrió, aunque no parecía del todo convencida.
—Te quiero, mamá —le dije al volver a abrazarla—. Gracias por tus
cuidados… no sabes cuánto me han ayudado a sanar por dentro. No
entendía que lo necesitaba, pero tú me lo hiciste ver.
—No tienes que darme las gracias, hijo. Soy tu madre, y siempre estaré
aquí para ti. No lo olvides nunca.
Le besé la frente antes de alejarme. Mi padre me esperaba en la puerta
para ayudarme a cargar las pocas pertenencias que tenía allí: ropa, libros, y
poco más. No había llegado a llenar de cosas mi antigua habitación… la
misma que ahora volvía a abandonar para continuar con mi vida.
La vida eran ciclos. Momentos que pasaban deprisa, casi sin darnos
cuenta. Y por eso había que vivirlos intensamente, para que no se perdieran
en el olvido.
Cuando llegamos a mi casa, mi padre volvió a ayudarme como si aún
estuviera impedido. Quise disuadirlo, pero era como luchar contra un muro:
firme, obstinado... tan fuerte como lo había sido yo. Me hacía reír. Mi padre
era muy cómico cuando intentaba echarme una mano.
—¿La princesa quiere que le cuelgue la ropa en el armario? —preguntó,
y enarqué una ceja mientras negaba con la cabeza.
—Eres un caso, papá. —Le quité las perchas de las manos—. Anda, ve
con mamá, que yo puedo solo.
—¿Seguro? —Me miró con una mezcla de duda y resignación.
Le lancé una mirada suplicante y, por fin, se rindió.
—Está bien, me rindo, hijo.
—Adiós, papá.
Me estrechó entre sus brazos, a pesar de que era más bajito que yo, y
luego se giró para marcharse, recordándome que, si lo necesitaba, solo tenía
que llamarlo. Asentí, y lo vi salir de casa.
En cuanto me quedé solo, suspiré y me dejé caer en el sofá, intentando
respirar hondo. Aún me costaba respirar con normalidad. El médico me
había dicho que estaba mejorando mucho, pero debía adaptarme a mi nueva
realidad: no podía hacer demasiado ejercicio ni cargar peso. Cualquier cosa
que acelerara mi respiración me dejaría sin aire por unos minutos.
Cuando me recuperé, empecé a guardar mis cosas y luego me cambié de
ropa, poniéndome algo más fresco, ya que hacía calor. Salí a caminar por la
playa.
Metí los pies en la arena y avancé despacio hasta llegar a la orilla. Me
senté frente al mar y volví a suspirar, mirando a la nada, dejando la mente
en blanco… aunque sabía que, en realidad, era matemáticamente imposible
lograrlo del todo.
—Ay, Eliot… ojalá estuvieras aquí, hermano —murmuré con un tono
relajado.
Pensar en él ya no dolía tanto. No como antes. Lo extrañaba muchísimo,
eso no podía negarlo, y añoraba cada momento compartido. Pero no me
engañaba a mí mismo. Mi hermano estaba muerto, no iba a regresar, y ese
era un hecho más grande que el mar que tenía delante de mis ojos.
Los días en mi casa pasaban más rápido que en la de mis padres, y no
sabía si era porque me sentía más animado o simplemente más ocupado. Tal
vez ambas cosas.
Estaba a punto de empezar a trabajar en Security Jersey, una empresa en
la que me había recomendado mi capitán. Le agradecí la ayuda, ya que no
quería quedarme sin hacer nada. Su hermano, que era el jefe, me recibió
con una sonrisa de oreja a oreja.
—Axel, bienvenido —me saludó, estrechándome la mano con firmeza.
—Muchas gracias, señor O’Connell.
—Por favor, llámame Edmund —dijo cordialmente—. Siéntate.
Hice lo que me pidió y tomé asiento frente a él, sin dejar de observar a
mi alrededor. La oficina era acogedora. Siempre me llamaban la atención
los títulos colgados en la pared; me fascinaba ver lo que había conseguido
alguien a quien apenas estaba conociendo.
—Mi hermano me ha contado que quieres trabajar como seguridad —
comentó, y asentí con una sonrisa.
—Bien, en este momento tenemos una vacante en una empresa de
transporte. Sé que no es gran cosa, pero pronto encontraremos algo mejor
para ti, ¿de acuerdo?
—No hay problema. Quiero trabajar, así que eso es justo lo que
necesito.
Asintió, cruzando los dedos sobre el escritorio.
Los primeros días en Security Jersey fueron bastante tranquilos. Me
acostumbré rápido a la rutina y, aunque el trabajo de vigilancia en una
empresa de transporte no era precisamente emocionante, me daba un
propósito. El uniforme, los horarios, incluso el informe al final del turno...
Todo tenía un ritmo que me ayudaba a sentirme útil otra vez.
Fue allí donde conocí a Nolan y Michael, dos compañeros que se
tomaban el trabajo tan en serio como el tiempo libre. Nos hicimos amigos
sin apenas darnos cuenta. Después de los turnos, solíamos ir a tomar unas
copas en un bar cercano, un sitio pequeño, sin pretensiones, donde las risas
fluían con facilidad y las penas se disolvían entre tragos de whisky barato.
—¿Y tú qué hacías antes de esto, Axel? —preguntó Nolan una noche
mientras brindábamos.
—Ejército. Fort Dix —respondí, dándole un sorbo a mi vaso.
—Con razón tienes esa postura de soldado —bromeó Michael—. Si yo
hubiera estado en el ejército, ahora mismo estaría jubilado en una cabaña en
el bosque.
—Lo pensé —dije, encogiéndome de hombros—. Pero me conozco.
Necesito moverme, sentir que hago algo.
Ambos asintieron, respetuosos. En ese grupo no necesitaba dar muchas
explicaciones. Cada uno cargaba lo suyo.
En mi tiempo libre, caminaba por la playa, leía un poco y seguía con
mis ejercicios de respiración. Todavía me cansaba más de la cuenta, pero al
menos el dolor era menos frecuente. A veces pensaba en Eliot. En cómo le
habría gustado conocer a mis nuevos amigos. En cómo se reiría de que,
ahora, yo fuera el que terminara dando consejos sobre la vida.
No lo decía en voz alta, pero poco a poco, me sentía un poco más en
paz.
A medida que pasaban los meses, la rutina se volvió casi reconfortante.
Los turnos se sucedían unos a otros, y aunque había días en los que el
cansancio pesaba más que las ganas, sabía que era mejor que quedarme en
casa dándole vueltas a la cabeza. Nolan y Michael eran un soplo de aire
fresco. A veces hablábamos de nuestras vidas, otras simplemente hacíamos
bromas estúpidas para pasar el rato. Esa camaradería me recordaba, en
cierto modo, a los días en el ejército.
Una tarde, después del trabajo, nos quedamos más tiempo de lo habitual
en el bar. Michael pidió una ronda extra, como si el mundo fuera a acabarse
al día siguiente.
—¿Sabes qué necesitamos? —dijo, alzando su copa—. Un viaje. Una
escapada. Algo para sacudirnos la rutina.
—A ti lo que te pasa es que necesitas vacaciones —se rió Nolan.
—Y tú no, ¿verdad? Mírate, pareces un zombi con ese uniforme —le
respondió, y luego me miró a mí—. ¿Y tú, Axel? ¿Te animarías?
—¿A una escapada de colegas? —sonreí con cansancio—. Suena bien,
pero no sé si soy el mejor compañero de aventuras.
—Eres el más serio, pero también el que mejor se orienta —dijo Nolan
—. Nos salvarías si nos perdiéramos en medio de la nada.
—Gracias por la confianza. —Levanté el vaso—. Pero paso, al menos
por ahora. Hay cosas que todavía tengo que resolver conmigo mismo.
Se hizo un pequeño silencio. No incómodo, solo lleno de entendimiento.
Ellos sabían que no era fácil para mí. Y no me presionaban.
Y así, el tiempo siguió su curso. Uno, dos, tres años. Me convertí en
alguien casi irreconocible para el Axel de antes: más tranquilo, más
paciente. Todavía tenía días malos, claro, pero aprendí a convivir con ellos
sin dejar que me destruyeran.
Cuando llegó el aniversario de la muerte de Eliot, desperté antes del
amanecer. La casa estaba en completo silencio, salvo por el sonido de las
olas al otro lado de la ventana. Me vestí con calma, sin prisa. Tomé la
misma flor blanca de cada año. Era un gesto simbólico, pero me ayudaba a
recordarlo sin dolor.
En el cementerio, el aire olía a tierra húmeda y a brisa salada. Me senté
frente a su lápida como tantas veces antes, dejando que el silencio hablara
por mí.
—Tres años, hermano —dije en voz baja—. Y todavía te echo de menos
como el primer día.
El sol empezaba a salir detrás de las nubes, tiñendo el cielo de naranja.
—¿Sabes? A veces me pregunto cómo sería todo si siguieras aquí. Si tú
fueras el que estuviera sentado en la playa dando consejos sobre la vida.
Apuesto a que te reirías de lo mucho que he cambiado.
Suspiré y me pasé una mano por el pelo.
—Sigo trabajando con Nolan y Michael. Dos idiotas geniales. Me
habrías hecho mil bromas por juntarme con ellos, lo sé. Pero me ayudan a
seguir adelante. Y tú también, aunque ya no estés.
Me quedé en silencio unos minutos más, respirando despacio. El mar
rugía a lo lejos, como si también recordara.
Me levanté y dejé la flor junto a la piedra.
—Nos vemos el próximo año… o mañana, quién sabe. Siempre estás
conmigo.
Volví a casa caminando. El aire era fresco, pero no dolía. Por primera
vez, ese día no pesaba tanto.
Un martes cualquiera, mientras desayunaba frente al televisor, las
noticias interrumpieron mi rutina. Aparecía en pantalla el rostro del
gobernador Lombardi, sonriendo con la mano alzada entre vítores. El
presentador hablaba con entusiasmo del reciente nombramiento: “Tras unas
elecciones reñidas, el gobernador de Nueva Jersey, Adrián Lombardi, ha
sido oficialmente elegido como senador del estado…”
Mi cuerpo se tensó de inmediato. Dejé la taza sobre la mesa con más
fuerza de la necesaria y me quedé mirando la pantalla, sin parpadear. Ahí
estaba, el padre de Adriana Lombardi. El hombre que, para mí, representaba
todo lo que estaba mal en este sistema. El hombre que, por su poder e
influencia, había logrado que la muerte de mi hermano se convirtiera en un
accidente más en las estadísticas.
El recuerdo me golpeó como una ola fría. Eliot… su sonrisa, su forma
de ver la vida. Él no estaría viendo esas noticias. Él no estaría aquí nunca
más.
Respiré hondo. La rabia seguía allí. Dormida, tal vez, pero no muerta.
Más tarde, al llegar al trabajo, Nolan me recibió con una palmada en el
hombro y una sonrisa algo nerviosa.
—Ey, Axel. Justo te estaba buscando. El jefe quiere hablar contigo.
—¿Pasa algo?
—No exactamente. Bueno, no sé. Me dijo que quería proponerte algo.
Tiene que ver con el nuevo senador.
Fruncí el ceño. ¿El senador? ¿Qué tenía que ver yo con él?
Entré en la oficina de Edmund sin perder tiempo. Él me esperaba con su
habitual actitud relajada, aunque esta vez había algo más serio en su rostro.
—Axel —me saludó—. Me alegra verte. Quería comentarte algo. Ha
surgido una oportunidad interesante.
—¿Qué clase de oportunidad?
—El nuevo senador, Lombardi, está buscando a alguien de confianza
para proteger a su hija. Quiere un guardaespaldas personal. Es una posición
delicada y de mucha responsabilidad.
Mi corazón se aceleró. ¿Su hija? ¿Camila Lombardi? La hermana de
Adriana.
No dije nada durante unos segundos. Luego, con voz firme, le respondí:
—Quiero ese puesto.
Edmund pareció sorprendido.
—¿Estás seguro? Aún no se lo he ofrecido a nadie oficialmente. Iba a
pensarlo con calma, pero si te interesa…
—Lo estoy. Estoy más que preparado. Sé manejarme en situaciones de
alta presión y tengo experiencia con perfiles sensibles. No encontrarás a
alguien más comprometido que yo.
Me miró en silencio durante un instante. Luego asintió lentamente.
—Está bien. Lo tendré en cuenta. Pero es probable que quieran una
entrevista. Tendrás que ganarte su confianza, Axel.
—Lo haré.
Y lo haría. No solo por el trabajo, sino porque necesitaba ver de cerca a
esa familia. No había olvidado lo que pasó.
Y todavía tenía cuentas pendientes.
CAPÍTULO 17
Camila
Ver la vida pasar desde mi habitación era lo único que me mantenía en
pie, lo único que me pedían mi mente y mi corazón. No era simplemente
una necesidad; era una orden silenciosa, como si todo en mí gritara que no
estaba lista para volver a enfrentar el mundo. Cada vez que salía de estas
cuatro paredes y pasaba frente a la puerta cerrada de la habitación de mi
hermana, era como si alguien me arrancara el corazón de cuajo. No podía
soportarlo.
Tampoco podía con la forma en la que mis padres me ignoraban.
Pasaban por mi lado sin decir ni una palabra, como si yo no existiera o
como si mi sola presencia les recordara algo que preferían olvidar. Tal vez
también me culpaban. Tal vez no sabían cómo mirarme a los ojos sin ver a
Adriana.
Desde que salí del hospital, ellos decidieron por mí. Y por primera vez,
no me importó. Agradecí no tener que pensar, no tener que elegir, porque en
realidad no tenía fuerzas ni para eso. No quería ver a nadie, y mucho menos
salir a la calle.
Iba a estudiar en casa. Mi padre se encargó de llamar al instituto para
informar al director de que terminaría mis estudios aquí. Vendrían
profesores todos los días para que no me retrasara, y como solo me quedaba
medio curso, lo vi factible. Aunque no podía quejarme: él decidió, y yo solo
tenía que acatar sus órdenes. Así era más fácil. Fingir que todo seguía su
curso cuando en realidad todo se había detenido.
En mis ratos libres, lo único que me reconfortaba era salir al jardín con
la cámara que me regaló mi hermana. Me dedicaba a hacerle fotos a las
rosas rojas, como si capturar su belleza me ayudara a sostenerme un poco
más. Pero casi siempre terminaba arrancando alguna y le prendía fuego. Me
quedaba observando cómo el rojo ardía hasta volverse negro, tan oscuro
como sentía mi alma. Era una forma extraña de calmarme. Como si al
destruir algo hermoso, pudiera liberar un poco del dolor que me consumía
por dentro.
A veces me sentía como una rosa. Preciosa por fuera, según decían, pero
con espinas tan afiladas que podían clavarse en mi propio pecho y hacerme
más daño del que ya cargaba. Como si mi propia existencia doliera.
El único con quien mantenía el contacto era Jared. No porque quisiera
estar con él —aunque él lo intentaba constantemente, buscando cualquier
excusa para acercarse, como si colarse entre mis bragas fuera su objetivo
final, como si eso fuera lo único que importaba—. Pero no. Ya no. No iba a
estar con él otra vez. Solo lo quería cerca por una razón: que me trajera
pastillas.
Solo cuando tomaba algunas por la noche lograba desconectar, dejarme
llevar por la imaginación, como si todo dejara de importar por un rato. Me
hacían volar, flotar. Me hacían ver el mundo distinto, menos cruel. Me
calmaban. Y al menos mientras me drogaba, no me autolesionaba, que era
lo que llevaba haciendo desde hacía meses. Las pastillas eran mi tregua, mi
manera de no seguir destruyéndome.
La primera noche en casa después del accidente, me encerré en la
habitación de Adriana. Lloré. Lloré como nunca en mi vida. Me dejé caer
sobre su cama, abrazando su almohada, como si así pudiera volver a tenerla
conmigo. Cuanto más me dolía el corazón, más buscaba hacerme daño.
Quería sentir algo físico, algo que me demostrara que yo seguía viva y ella
no. Que la muerte la eligió a ella y me dejó a mí, y que eso era culpa mía.
Me clavaba las uñas en los brazos hasta sangrar. Era mi castigo.
Los meses pasaron. Las estaciones cambiaban tras el cristal de mi
ventana, pero para mí el tiempo se sentía inmóvil. Las clases en casa se
volvían una rutina silenciosa, casi automática. Asentía, respondía, escribía,
pero todo era mecánico. Como si otra persona viviera en mi cuerpo y yo
solo la observara desde lejos.
Estudiaba por inercia. Dormía con ayuda. Me despertaba con el
estómago cerrado y la mente saturada. Algunos días llovía y me gustaba
mirar las gotas caer en el jardín. Otros días brillaba el sol y yo seguía
sintiendo frío.
Nadie preguntaba cómo estaba. Tal vez porque sabían que no tenía una
respuesta. O porque temían escucharla.
Todo parecía igual, pero algo dentro de mí empezaba a sentirse…
diferente. No mejor. No más fuerte. Solo… inquieto. Como si una parte
muy pequeña, casi imperceptible, comenzara a preguntarse cuánto más iba
a poder seguir así.
Y entonces, una tarde sin importancia, mientras tomaba una foto
desenfocada de una flor medio marchita, me sorprendí deseando que saliera
bien. No por arte. No por belleza. Solo por demostrarme que aún era capaz
de hacer algo sin destruirlo.
Y no supe si eso era bueno o malo.
Solo supe que lo sentí.
Otro día perdido entre tantos, en uno de esos intentos por mantener mi
mente ocupada, me dio por recoger mi cuarto. Quería cambiar cualquier
cosa que me hiciera sentir un poco mejor, más a gusto… aunque odiaba
vivir bajo el mismo techo que mis padres, sin mi hermana. Todo me parecía
ajeno, frío, incómodo.
Lo único que realmente deseaba era salir corriendo. Huir de ellos. De
todos. De mí misma.
Pero no podía.
Por mucho que lo deseara, estaba atrapada..
Mientras ordenaba unos papeles en el cajón de mi escritorio, apareció la
tarjeta que me dio el médico en el hospital. En ella estaban los datos de una
terapeuta. Me senté en la cama con la tarjeta entre las manos, observándola
como si pesara más de lo que realmente era. Pensé, por un momento, si
sería buena idea. ¿Y si ir a terapia podía ayudarme? ¿Y si pedir ayuda no
era una señal de debilidad?
Pero al segundo siguiente, negué con la cabeza. Suspiré, derrotada, y
guardé la tarjeta en el cajón de la mesilla, como si esconderla bastara para
enterrar también la idea.
Me levanté y fui al vestidor. Necesitaba una pastilla. La urgencia
quemaba por dentro.
—Mierda, no hay —murmuré mientras revisaba la caja vacía. De la
rabia, la lancé con fuerza, y varios zapatos cayeron al suelo con estrépito.
Sentí un nudo en la garganta.
Saqué el móvil del bolsillo del pantalón y marqué el número de Jared.
No tardó en responder. Últimamente siempre estaba disponible, lo cual me
resultaba... sospechoso viniendo de él.
—Hola, nena —su voz sonó más dulce de lo normal.
—Hola, Jared —respondí, seca, sin paciencia.
—¿Qué pasa? ¿Me echas de menos? Si quieres puedo ir y sacarte de esa
cárcel para pasarlo bien un rato. ¿Te animas? Estoy con Noemí y Joan.
Cerré los ojos con fuerza. Su propuesta, en otro momento, me habría
parecido tentadora. Pero ahora no. Ahora no era capaz de fingir que todo
estaba bien, que casi un año después de la muerte de Adriana yo podía salir
a emborracharme como si nada. Como si no la hubiera perdido. Como si no
la hubiese matado.
Solté un bufido exasperado mientras me dejaba caer otra vez en la
cama.
—No. Solo quiero que me traigas eso —exigí, cortante.
Jared soltó una risita irónica que me hizo hervir la sangre.
—Cami, ¿no crees que estás tomando demasiadas pastillas? No hace ni
una semana que te llevé y ya me estás pidiendo otra vez...
—Métete en tus asuntos, Jared. Yo sé cuidarme sola, ¿de acuerdo? —Mi
tono fue más que claro. No tenía ganas de sermones, y menos de él.
—Tranquila, nena —dijo, bajando la voz para intentar calmarme—. Te
lo llevaré en una hora, ¿vale? Y piénsate en ese tiempo si te quieres venir
con nosotros a tomar algo.
No respondí. Simplemente colgué y lancé el móvil sobre la cama, sin
fuerza. ¿Salir? No. No estaba preparada. No sabía si algún día lo estaría.
Me levanté y salí de mi habitación con la cámara colgada del cuello.
Tenía que aprovechar que mis padres no estaban. Era lo único que me daba
una mínima paz. Aunque, en el fondo, lo que realmente deseaba era seguir
encerrada, sin ver a nadie, sin escuchar a nadie.
—Hola, Camila. ¿Tienes hambre? —La voz de Stephanie me sobresaltó.
—Hola. No, gracias, Stephanie —respondí sin mirarla, pasando por su
lado como si nada más importara en esta vida que salir a tomar un poco de
aire.
Arrastré los pies hasta el jardín, donde las rosas rojas brillaban bajo el
sol que comenzaba a esconderse. Eran casi las siete de la tarde. Me senté en
el banco de mármol y solté un suspiro largo, clavando la mirada en esas
flores que parecían gritarme que la vida podía ser hermosa… cuando no era
verdad. Odiaba sentir algo que, en el fondo, sabía que no pensaba. Odiaba
ese espejismo.
Les tomé una foto desde donde estaba, sin siquiera levantarme.
Escuché pasos acercándose. Quise esconderme, pero no me dio tiempo.
El jardinero ya estaba frente a mí, con el ceño fruncido.
—¿Señorita Lombardi? ¿Necesita algo? —preguntó. Negué con la
cabeza, sin apenas mirarlo.
Ese hombre había perdido todo mi respeto el día que vi a mi madre
cabalgando sobre su polla. Desde entonces, me producía rechazo solo con
verlo.
—¿Está segura? Creo que…
—Será mejor que me dejes en paz, Marco. ¿No tienes que ir a follarte a
mi madre? Seguro que puedes entretenerte con ella —escupí cada palabra
con una rabia que me sorprendió incluso a mí. No sabía que podía odiar
tanto.
—Lo siento, señorita. No quería molestarla.
Se dio la vuelta para marcharse, pero algo en mí se contrajo. Me sentí
mal. No por él, sino por mí. Por convertirme, aunque fuera por un
momento, en alguien que despreciaba. Yo no era como mis padres, que
trataban al servicio como si fueran esclavos.
—Marco, espera —me levanté y lo alcancé con la mirada—. Lo siento.
No debería haberte hablado así… No estoy en mi mejor momento.
Asintió, comprensivo. Como si fuera obvio.
—¿Le gustan las rosas? No sabía que venía a hacerles fotos —dijo,
observándome con más atención. Entonces frunció el ceño, como si se le
encendiera una idea—. ¿Usted es quien les prende fuego a algunas?
Solté un suspiro y asentí, sin molestia, sin vergüenza.
—Es para…
—No tiene que darme explicaciones —me interrumpió con suavidad—.
Pero si necesita flores para esas fotos, puedo dejarle algunas de las que
retiro porque empiezan a marchitarse. Así no tiene que arrancarlas de raíz.
O, si prefiere, puedo dejarle las tijeras para que las corte sin hacerse daño
en…
Se inclinó un poco y tomó mi mano con delicadeza. Miró los arañazos
en mis palmas. No dijo nada más. No hacía falta.
—Con las tijeras está bien, gracias —respondí, apartando mis manos de
las suyas con suavidad.
—Voy a por ellas.
No dije nada. Lo vi darse la vuelta y alejarse hacia el cobertizo. Por un
momento, lo observé pensando que, tal vez, no era tan malo como lo había
imaginado. O quizá solo quería creer que eso era cierto. La verdad es que, a
estas alturas, ya no estaba en condiciones de juzgar a nadie. Me bastaba con
ver en lo que me estaba convirtiendo. Y no me gustaba. No me gustaba la
mujer que estaba empezando a ser: rota, distante, llena de odio.
Unos minutos después, Marco volvió con las tijeras en la mano. Me
mostró cómo debía cortar el tallo para no dañar las demás rosas. Su voz era
serena, paciente. Cuando terminó, se despidió con un leve gesto y se
marchó sin decir más.
Me quedé sola.
Con cuidado, corté una rosa perfecta. Era la más bonita del rosal:
grande, de un rojo intenso casi irreal, como si no perteneciera a este mundo.
La sujeté por el tallo y, sin pensarlo demasiado, la acerqué a mi nariz. Cerré
los ojos y respiré profundamente.
El aroma me atravesó como un recuerdo lejano. Era dulce, sutil, casi
embriagador. Por un instante, me sentí niña otra vez, corriendo entre los
jardines en primavera, con Adriana riendo a mi lado. Un nudo se formó en
mi garganta. Me dolía sentir algo tan bonito, porque me recordaba que
podía seguir sintiendo… y eso era casi peor que estar vacía.
Dejé la rosa sobre el banco de mármol, junto a mí. Abrí la cremallera
del bolsillo de mi pantalón y saqué la caja de cerillas. Tomé una con manos
temblorosas, la encendí con un rápido movimiento y acerqué la llama a uno
de los bordes del pétalo. El fuego comenzó a devorar la flor lentamente,
avanzando al ritmo del aire que mecía cada rincón carmesí.
Saqué la cámara y enfoqué. El contraste entre el rojo que ardía y el
negro que nacía me hipnotizaba. Pulsé el obturador varias veces,
capturando el instante en que la belleza se transformaba en ceniza.
Y entonces ocurrió algo extraño: cuando el aroma a quemado llegó a mi
nariz, algo cambió.
No fue asco, ni culpa, ni alivio. Fue algo más profundo. El olor denso,
casi metálico, mezclado con el perfume que aún flotaba en el aire, me
atravesó de lleno. Era como si pudiera oler mi propia oscuridad. Como si,
por primera vez, viera lo que estaba haciendo, no con la rosa… sino
conmigo.
Sentí miedo.
No por lo que hacía, sino por lo que estaba dejando de sentir. Porque si
quemar algo tan hermoso ya no me estremecía, ¿qué quedaba de mí?
Me quedé allí sentada, en silencio, viendo cómo el fuego se extinguía
poco a poco, dejando tras de sí solo ceniza y ese olor a pérdida.
Tras varios suspiros, comencé a recoger los restos de la rosa quemada.
Por hoy ya tenía suficiente contenido para guardar en la memoria de la
cámara. Debería pasar las fotos al portátil, elegir la más bonita y borrar las
demás. Debería hacer tantas cosas… y no hacía ninguna.
De pronto, mi móvil vibró con un mensaje. Lo cogí con desgana. Era
Jared: “Estoy aquí”.
Caminé hasta la entrada del recinto, saliendo por el portón principal
para dirigirme a la esquina donde siempre me encontraba con quien,
supuestamente, era mi novio. Ja. Jared y yo dejamos de ser lo que fuéramos
—si es que alguna vez fuimos algo—, aquella noche en la que no solo perdí
a mi hermana. Me perdí a mí misma.
—Hola, nena —saludó con su tono sobrado, intentando besarme en los
labios. Me aparté justo antes de que pudiera rozarme.
—Oh, sigues así —dijo, como si fuera una pregunta, aunque no
necesitara respuesta.
—¿Has traído eso? —pregunté, esquivando todo intento de charla.
—Pensé que... da igual —sacó la bolsita del bolsillo de su pantalón y
extendió la mano, aunque no me la entregó aún—. Camila... mírame,
Camila.
Clavé mis ojos en los suyos, vacíos de lo que alguna vez me atrajo.
—¿Qué pasa? —siguió—. Ya solo me llamas para que te traiga esta
mierda. Y créeme, no me importa que te drogues hasta perder el sentido,
pero... pensé que lo pasábamos bien. ¿Qué ha cambiado?
¿En serio me estaba haciendo esa pregunta?
Solté un suspiro cargado de desesperación y cansancio. Uno que no me
molesté en disimular.
—Yo he cambiado, Jared —le recordé, aunque ya se lo había dicho
otras veces—. Y no quiero volver a tener nada contigo. Ni contigo, ni con
nadie. No estoy para nada ni para nadie. No voy a salir contigo, ni con tu
prima, ni con Joan. Así que te ruego que no vuelvas a proponerme una
salida, porque la respuesta será la misma. ¿Ha quedado claro?
—Cristalino, muñeca —se acercó demasiado y murmuró en mi oído—.
Cuando quieras que te baje esos humos con sexo, solo tienes que llamarme.
—Vete a la mierda.
Le tendí el dinero sin mirarlo a la cara. Me dio la bolsa, y me di la
vuelta, caminando de nuevo hacia la mansión, hacia mi encierro
autoimpuesto, hacia mi cueva.
Pero algo se sentía distinto. El veneno que solía calmarme ya no sabía
igual. Y mientras subía las escaleras de casa, supe con una claridad
aterradora que estaba tocando fondo.
Y que si no hacía algo pronto, me iba a perder para siempre.
CAPÍTULO 18
Axel
Caminaba de un lado al otro, gastando la suela de los zapatos en el
salón de mi casa. Esperaba la llamada de Adrián Lombardi para la
entrevista en la que daría todo de mí. Tenía que conseguir ese trabajo como
fuera.
Desde que Edmund me habló del puesto, no había dejado de darle
vueltas. ¿Cómo iba a actuar cuando tuviera a esa gente delante? ¿Sería
capaz de ponerme una máscara y fingir que nada había pasado? ¿Como si
no hubiese una familia entera —la mía— rota por culpa de la suya?
«¿Estás seguro de que Adriana Lombardi fue la culpable?» Me lo había
preguntado mil veces. No negaba que, en algún momento, consideré la
posibilidad de que Eliot hubiese cometido alguna infracción, algo que lo
llevara a estrellarse contra esa chica. Pero luego recordaba cómo habían
archivado el caso de forma sospechosa, omitiendo todo dato que pudiera
perjudicar a los Lombardi. Y entonces, volvía a estar seguro: ella fue la
culpable.
El móvil empezó a sonar. Estaba sobre la mesa de centro. Lo agarré con
manos temblorosas y miré el número: desconocido.
—¿Sí? —respondí con la voz más firme que pude.
—Buenas tardes, señor Castellanos. Soy el secretario del senador
Lombardi. ¿Podría venir a mi oficina para una entrevista antes de ofrecerle
el puesto de guardaespaldas?
Que la entrevista no fuera con el propio senador me molestó más de lo
que debería, pero no iba a dejar escapar la oportunidad. No importaban las
condiciones.
—¿No será el senador quien me entreviste? —pregunté de todos modos.
—En estos casos, lo hago yo. ¿Tiene algún inconveniente?
—Ninguno. Solo era curiosidad. Dígame la dirección y estaré allí.
Me indicó la ubicación y me dio una cita para dentro de una hora.
Colgué y dejé el móvil sobre la mesa. Me dirigí a mi habitación y saqué el
traje negro que usaba para estas ocasiones. No es que estuviera
acostumbrado a entrevistas con secretarios de senadores, pero siempre
había que ir preparado.
Lo dejé sobre la cama, me duché rápido y me arreglé en tiempo récord.
Para cuando salí de casa, faltaba media hora para la cita. Me subí al coche,
el mismo que volví a conducir casi dos años después del accidente. Durante
el tiempo que viví con mis padres, no me dejaban ni tocarlo. Estuvo
abandonado en el garaje, igual que muchas cosas en mi vida.
Llegué en pocos minutos. No estaba lejos y el tráfico era
sorprendentemente ligero. Como si el universo, por una vez, no estuviera en
mi contra.
Aparqué justo enfrente. Me bajé, suspiré un par de veces para calmarme
y caminé hacia la oficina. Una pancarta colgaba en la entrada con el nombre
del nuevo senador. Y su foto. Adrián Lombardi. Sentí cómo el odio me
subía por la garganta, como una oleada de fuego que no podía apagar.
—Buenas tardes, soy Axel Castellanos. Tengo una entrevista —le dije a
una mujer de mediana edad en la recepción.
—Buenas tardes. Voy a avisar al secretario del senador.
Se levantó y desapareció por una puerta al fondo. Unos segundos
después, volvió y me indicó que podía pasar.
Asentí, crucé el vestíbulo con paso firme y toqué la puerta del despacho.
Al escuchar un “pase” desde dentro, respiré hondo y entré.
Me sorprendió ver a un hombre más o menos de mi edad. Por teléfono
había sonado mayor.
—Buenas tardes, Axel. ¿Te puedo tutear? —preguntó, aunque ya lo
había hecho. Asentí con un leve movimiento—. Soy Robert, el secretario
del senador. Siéntate, por favor.
Me escrutaba por encima de las gafas, como si intentara leer más allá de
lo que decían los papeles. Esa mirada inquisitiva me incomodaba, pero no
dejé que lo notara. Me eché hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo
de la silla, intentando aparentar tranquilidad, aunque por dentro las manos
me sudaban y los latidos me retumbaban en los oídos.
Robert carraspeó, dejó de lado los documentos unos segundos y me
miró directamente.
—He leído que fuiste militar. ¿Por qué ya no estás en servicio? —
preguntó, señalando disimuladamente mi hoja de vida.
—Durante una inspección, sufrimos un atentado. La herida que recibí
me incapacita para continuar en el ejército —respondí, sintiendo el peso de
aquellas palabras que ya había repetido demasiadas veces.
Frunció el ceño.
—Pero eso no impide que pueda desempeñarme como guardaespaldas
—me adelanté, firme—. Estoy completamente operativo.
Asintió, hojeando de nuevo los papeles.
—Vaya, veintiocho años. ¿Hace mucho de eso?
—Tres años, señor —dije con tono neutro.
—Por favor, tutéame. Es lo justo.
—Claro, Robert —acepté, aunque seguía sintiéndome fuera de lugar.
—Bueno, como te habrá explicado tu jefe, el puesto es para ser el
guardaespaldas de Camila Lombardi, la hija del senador. Hace tiempo que
el señor Lombardi quería reforzar la seguridad de sus hijas, pero tras la
trágica pérdida de Adriana, el asunto quedó en pausa. Ahora, con su
nombramiento oficial, las cosas se han complicado y Camila tiene que
seguir con su vida… pero no podemos permitir que esté desprotegida,
¿verdad?
Negué con la cabeza, aunque por dentro algo se removía en mí al
escuchar ese nombre: Adriana.
—Por mi parte, te veo más que capacitado para este trabajo, Axel. Esta
noche habrá una fiesta en casa del senador para celebrar su nombramiento.
Te espero allí, así puedo presentarte oficialmente. ¿De acuerdo?
—Perfecto —respondí, poniéndome de pie y estrechándole la mano.
Robert me sonrió, y yo devolví el gesto como pude. Me despedí con un
leve asentimiento y salí del despacho con el estómago revuelto. No sabía si
era ansiedad, ira contenida o el sabor agrio de estar metiéndome de lleno en
el mismo mundo al que culpaba por la muerte de Eliot.
Ya fuera del edificio, el aire fresco me golpeó en la cara. No podía
volver a casa. No con la cabeza como la tenía. Así que conduje hacia el
único lugar que, pese a todo, seguía sintiéndose como hogar: la casa de mis
padres.
Necesitaba verlos. Necesitaba recordar que, antes del caos, existía algo
bueno.
Por el camino, no dejaba de pensar en el momento en que pusiera un pie
en la mansión Lombardi. Era una sensación extraña, contradictoria. Querer
y no querer. Desearlo y rechazarlo al mismo tiempo. ¿Por qué me sentía
así? No era solo por el hecho de conocer finalmente a esa familia, de poder
observarlos de cerca, analizarlos. Había algo más, algo que no lograba
entender del todo.
Llegué a casa de mis padres media hora después. Aparqué el coche
frente al porche y toqué el timbre. Fue mi madre quien abrió la puerta. En
cuanto me vio, me regaló esa sonrisa tan parecida a la de Eliot. Él se parecía
a ella; yo, en cambio, había heredado los rasgos más duros de mi padre.
—Hijo, qué guapo estás. ¿De dónde vienes? —me preguntó, dándome
un beso en la mejilla antes de apartarse para dejarme pasar.
—De una entrevista con el secretario del senador Lombardi —respondí
con naturalidad, como si no supiera que, al pronunciar ese apellido, el
ambiente se tensaría.
—¿Qué has dicho? ¿Lombardi? ¿Has hecho una entrevista para trabajar
con el senador, Axel? —me miró con el ceño fruncido. Asentí, sin apartar la
vista de la suya. De inmediato, empezó a negar con la cabeza, caminando
hacia la cocina—. ¡Amor, ven! ¡Tienes que escuchar esto!
Mi padre apareció poco después, saludándome con cariño. Pero su
mirada cambió en cuanto se lo contó. El afecto se transformó en algo más
oscuro, en una mezcla de preocupación y decepción.
—¿Se puede saber por qué quieres trabajar para esa familia? ¿Acaso no
nos han hecho ya suficiente daño, Axel?
Sus palabras me atravesaron. Sabía que era posible que no lo
entendieran, pero no pensé que la oposición fuera tan directa.
—Necesito conocerlos —dije, con voz firme—. Necesito entrar en sus
vidas y entender qué cojones pasó aquella noche. ¿No lo entendéis?
La indignación se me escapaba por los poros. Lo único que quería era
justicia. O al menos, una maldita explicación. Desde el principio, todo se
manejó con secretismo y favoritismos. El caso se cerró con una rapidez
insultante. Nada cuadraba. Nada.
—No, no entendemos que quieras meterte en la boca del lobo, hijo —
intervino mi madre, acercándose con cautela, mirándome con ojos húmedos
—. Axel, no queremos que hagas algo de lo que puedas arrepentirte
después. Sabemos cuánto te duele la ausencia de tu hermano, a nosotros
también nos destroza. Pero eso no justifica buscar venganza. Ese hombre…
también perdió a su hija.
Me giré, dándoles la espalda. Todo en mí estaba tenso, al borde del
descontrol. Había pensado que venir a su casa me ayudaría a calmar la
tormenta que tenía dentro, pero me equivocaba. Ni siquiera ellos podían
apagar esto.
—No me importa lo que ellos hayan perdido. A mí me duele mi
hermano —espeté sin mirarlos—. Y no voy a descansar hasta saber qué
pasó esa noche y por qué cerraron el caso como si nada. Como si la vida de
Eliot no importara.
—Hijo… fue un accidente. Solo eso. La mala suerte fue que tu hermano
falleció y también la hija del senador. No busques fantasmas donde no los
hay. Además… nadie nos asegura que Eliot no tuvo la culpa. Puede que
él…
—¡No! —la interrumpí, girándome con furia contenida—. Me niego a
creer que mi hermano fue el culpable. ¿Y sabes por qué? —Ella negó
suavemente con la cabeza—. Porque si así hubiera sido, a ellos no les
habría temblado la mano para hundirnos. Habrían hecho lo imposible por
limpiar el nombre de su hija. Y como no lo hicieron, como ocultaron todo,
como enterraron el caso… es porque tienen algo que esconder. Algo muy
grave. Y yo lo voy a descubrir.
No hubo nada más que decir. Salí de la casa sin despedirme, me metí en
el coche y arranqué. No miré atrás. Ya no buscaba aprobación. Solo quería
respuestas. Y esta noche, en la maldita fiesta del senador Lombardi,
empezaría a buscarlas.
Pasé las horas previas a la fiesta enfurecido. Mi casa se me hacía cada
vez más pequeña y la necesidad de respirar se volvía insoportable. No hay
nada como el enfado para dejarte sin aliento, y esa sensación me era
demasiado familiar desde hacía ya tiempo.
Cuando llegó la hora, me subí de nuevo al coche y traté de prepararme
mentalmente para lo que estaba por venir. Conduje con calma, como si
alargar el trayecto me diera algo más de tiempo para recomponerme. Pero
tenía que llegar.
El tráfico se disipó con facilidad y eso me permitió llegar antes de lo
previsto a la mansión. Uno de los guardias de seguridad se acercó y me
preguntó quién era y qué hacía allí. Tras confirmar mi nombre por el
walkie, me dejó pasar con un gesto y me indicó que aparcara en la zona de
la derecha, reservada para el personal. Aparqué con precisión, bajé del
coche y me encaminé hacia la entrada principal.
Ya había oscurecido. La fiesta comenzaba y me crucé con Robert justo
al entrar. Sin perder tiempo, me guio hacia un despacho donde el senador
Lombardi se encontraba tomando un vaso de whisky.
—Senador, este es Axel Castellanos, el nuevo guardaespaldas asignado
a su hija Camila —anunció Robert con formalidad.
Adrián Lombardi alzó la mirada y arqueó una ceja al verme,
evaluándome de arriba abajo, como si buscara algo más allá de mi
apariencia.
—Senador, es un placer conocerlo —dije, extendiendo la mano. Él la
estrechó con firmeza.
—¿Castellanos? Ese apellido me suena. ¿Tienes algún hermano? —
preguntó, y un nudo se me formó al instante en la garganta.
Tenía que mentirle. No podía decirle que sí, que tenía un hermano… y
que su hija había chocado con él, arrebatándole la vida.
—No, soy hijo único. Supongo que no seré el único Castellanos en la
ciudad —respondí con tono firme, sin pestañear.
—Claro… por supuesto —murmuró, y se levantó—. Bueno, no sé si
esta noche conocerás a Camila. No es precisamente sociable, ya irás
descubriéndola. Pero quédate en la fiesta, por si se presenta la ocasión… o
por si necesitamos tu ayuda. Toda seguridad es poca en noches como esta.
Asentí con la cabeza, respetuoso.
—Robert te llevará con el resto del equipo para que te asignen tu
posición. Y si no volvemos a vernos esta noche, te espero mañana a las
siete, ¿de acuerdo?
—Por supuesto. Gracias, señor Lombardi.
Robert me presentó a varios miembros del equipo de seguridad, de
distintas empresas. Reconocí a uno con el que había trabajado años atrás en
una discoteca. Me saludó con una sonrisa y un apretón de manos firme.
***
La fiesta comenzó oficialmente con la presentación del nuevo senador.
Me asignaron un puesto en una de las esquinas del jardín, con vistas
directas a la entrada. Tenía que vigilar que la prensa no se colara; era un
evento estrictamente privado.
Los fuegos artificiales estallaron en el cielo, tiñendo la noche de
destellos dorados y azulados. Mis ojos recorrían el jardín con atención,
escaneando cada rincón. Y entonces lo vi. Un movimiento entre las
sombras, esquivando con demasiada facilidad la vigilancia. No era un
invitado.
No lo dudé. Eché a correr, sintiendo cómo el aire comenzaba a
quemarme por dentro con cada zancada. El esfuerzo me hizo jadear, pero no
aflojé el paso. Tenía que alcanzarlo.
Me lancé con todo lo que me quedaba. Caímos sobre el césped. Sentí su
cuerpo bajo el mío. Llevaba una sudadera negra con la capucha puesta, el
rostro oculto.
Intentó revolverse, pero logré inmovilizarle las muñecas, aunque me
costó más de lo que debería. El ardor en el pecho era insoportable, como si
cada célula de oxígeno me estuviera pasando factura.
—¿Quién eres? —gruñí, la rabia empujando mis palabras, mientras
intentaba controlar la respiración entrecortada.
Forcejeó con más fuerza de la que esperaba. En un tirón brusco, la
capucha cayó hacia atrás y dejó al descubierto su rostro. La miré a los ojos.
El aire se me atascó en los pulmones por una razón completamente
distinta.
Unos ojos que no se decidían entre el verde y el marrón me atravesaron
con una intensidad que me golpeó en pleno pecho. Por un instante, todo
desapareció: el ruido de la fiesta, los fuegos artificiales, la música. Solo
quedábamos ella y yo.
Y la absurda sensación de que la conocía.
Pero su expresión cambió al instante. Su mirada chispeó con furia
cuando habló.
—Me has atacado en mi propia casa, imbécil —escupió, su voz tan
afilada como una cuchilla.
Parpadeé, intentando procesar lo que acababa de decir.
—¿Tu casa?
Soltó una risa sarcástica, su aliento chocando contra mi rostro.
—Sí. ¿Y tú quién demonios eres?
Apreté la mandíbula. Sentía aún el esfuerzo quemándome por dentro,
pero no la solté. Había algo en ella que me descolocaba. No solo era su
actitud desafiante, sino esa maldita sensación de familiaridad que se colaba
entre mis pensamientos.
Pero no era momento de pensar en eso.
Tenía delante a Camila Lombardi.
—Axel —dije con firmeza, aún con la respiración descompasada—. Tu
nuevo guardaespaldas.
Sus cejas se alzaron, sorprendida, pero enseguida su expresión volvió a
endurecerse, desafiante.
—Vaya, qué bienvenida más encantadora. Espero que la próxima vez te
lo pienses dos veces antes de lanzarte sobre mí.
Resoplé. Me sacaba de quicio y apenas llevábamos dos minutos juntos.
—¿Te vas a quitar de encima o tengo que patearte las pelotas?
Los fuegos artificiales seguían estallando en lo alto mientras me
incorporaba con esfuerzo. Ella también se levantó, sacudiéndose la ropa con
fastidio.
Y entonces lo supe, con la misma claridad con la que sentía el ardor en
mis pulmones.
Esta chica iba a ser un problema.
CAPÍTULO 19
Camila
El tiempo… el tiempo era algo tan efímero, tan insignificante como mi
propia vida.
Seguía escondiéndome, a pesar de que ya debería haber comenzado la
universidad. Sin embargo, no estaba preparada. Aún no. ¿Con qué cara me
pondría delante de los profesores si ni siquiera quería estudiar la carrera que
me había impuesto mi papaíto? Porque claro, al morir mi hermana, tenía
que cargar yo con el peso de su mediocre vida, a ver si conseguía ser algo
más que la hija del gobernador. Menuda gilipollez.
¿A quién cojones se le ocurrió la carrera de Ciencias Políticas? ¿Quién,
en su sano juicio, se sentiría feliz de estudiar eso? Mi vida era una mierda,
de eso no cabía duda, pero cada vez se ponía peor… y peor… y mucho
peor.
Por suerte, o por desgracia —según se mire—, había tenido el valor de
llamar a la terapeuta que el médico me recomendó. Tras media hora de
sesión, ya supe que estaba perdiendo el tiempo, porque lo único que me
sacaba de la depresión que tenía era drogarme y autolesionarme. Bueno,
ella decía que canalizara toda esa ira y frustración en lo que más amaba en
el mundo, pero, a pesar de que la fotografía era mi pasión más férrea… lo
que más amaba ya no estaba en este mundo, y no volvería jamás.
Lo peor de todo eran las noches. Las malditas noches.
Nadie sabía lo que era despertarse empapada en sudor, gritando como
una loca, viendo una y otra vez la misma imagen clavada en la retina: el
cuerpo de Adriana en medio de la carretera, inmóvil, con los ojos
entreabiertos, sin vida. Esa imagen no se iba. No importaba cuánto tiempo
pasara, no importaba cuántas pastillas tomara para dormir sin soñar… ella
siempre volvía.
A veces la veía mirándome desde el asiento del copiloto, segundos antes
del impacto, suplicando que la escuchara. Otras, la escuchaba gritar mi
nombre, justo antes de que todo se volviera negro. Pero lo peor eran esas
noches en las que simplemente aparecía delante de mí, destrozada,
ensangrentada, y me susurraba al oído: “¿Por qué no me escuchaste,
Cami?”
Y yo no tenía respuesta.
Porque no la escuché. Porque fui una idiota. Porque estaba tan ida que
pensaba que todo daba igual, que nada podía pasarme. Que era intocable. Y
ahora… ahora cada noche era un castigo. Una repetición interminable de
todo lo que hice mal. Un juicio en mi cabeza del que nunca salía absuelta.
Intenté contárselo a Elena, pero no pude. ¿Cómo le explicas a alguien
que ves a tu hermana muerta cada vez que cierras los ojos? ¿Que a veces
sientes su olor en la habitación? ¿Qué te despiertas llorando porque jurarías
que la acabas de escuchar reírse?
No, eso no se cuenta. Eso se guarda. Se encierra bien profundo, donde
nadie lo pueda ver, ni tocar. Porque si lo compartes, si lo dices en voz alta…
se vuelve real. Y yo no quería que eso fuera real.
Quería despertar algún día y darme cuenta de que todo había sido una
pesadilla. Que Adriana seguía viva. Que ese accidente no ocurrió. Que yo
no me había convertido en un monstruo.
Pero eso nunca pasaba.
—¿Crees que no puedes dejar el pasado atrás? —Elena, mi terapeuta,
seguía analizándome.
Era la tercera sesión a la que iba, a escondidas de mis padres, porque no
quería que supieran lo mal que estaba. Que me sentía tan culpable. Que
necesitaba que alguien me ayudara. Aunque la realidad era que…
necesitaba creer que le importaba a alguien lo suficiente como para querer
luchar por sacarme de mi oscuridad.
—¿Crees que si te aferras a él será más fácil? —La miré, sin responder,
porque, ciertamente, no tenía ni puta idea de qué decirle.
—Mira, Camila. Entiendo que recién nos estamos conociendo, pero
necesito que hables, que te abras. Estás en un espacio seguro. Aquí nadie te
juzgará, nadie te echará la bronca por no hacer lo que debes. ¿Entiendes?
—Lo sé —respondí finalmente—. Pero… es que no sé qué responder a
tus preguntas.
—Es muy fácil. ¿Estás dispuesta a dejar el pasado atrás?
—Si lo dejo… si me olvido de él, será como si dejara de recordar a mi
hermana. Y no quiero eso. No voy a hacer como si no hubiese existido,
como si yo no tuviera la culpa de que esté muerta.
Eran palabras muy duras. Antes solo me las decía mentalmente, y
escucharlas en voz alta dolía mucho más. Sentí una opresión en el pecho.
Como siempre. Como todas las veces que terminaba tomando más de una
pastilla para dejar de percibir ese dolor. Como cuando me clavaba las uñas
en los brazos hasta hacerme sangre… porque si me dolía la piel, la herida
de mi alma dejaría de sangrar.
La mirada de Elena estaba llena de preocupación, y podría jurar que
hasta sentía lástima por mí. No me importaba. Yo misma me daba lástima.
—Camila, creo que eres una joven muy valiente y fuerte, y estoy segura
de que no deseabas la muerte de tu hermana. Mucho menos creo que seas
culpable… pero hasta que no te lo creas tú, seguirás en espiral hacia tu
destrucción.
Tragué saliva, llena de miedo.
—Lo bueno es que has buscado ayuda, y me tienes aquí para ayudarte a
salir de eso, ¿de acuerdo? No dejaré que sigas autoflagelándote para sentir
que existes en esta vida. Eres hermosa, Camila, y muy inteligente.
—¿Cómo lo sabe? Solo me ha visto dos veces.
Quería creer en sus palabras, de verdad que sí… pero me costaba.
Porque nada de lo que decía era cierto. Porque me miraba en el espejo cada
día y no veía nada de lo que ella había mencionado sobre mí. ¿De verdad
era todo eso que Elena había dicho? ¿De verdad era hermosa, valiente e
inteligente? ¿De verdad no era culpable de la muerte de Adriana?
—Por el amor de Dios… aquella noche estaba drogada, borracha, y
conduje aun sabiendo que no podía, ignorando las palabras de mi hermana
cuando me dijo que cogiéramos un taxi. ¡No la escuché y tenía que haberlo
hecho! ¡Yo la maté! Y no me vas a convencer de lo contrario, por muchas
sesiones que me des.
Me levanté con la intención de marcharme. Todavía no había pasado la
hora que duraba la sesión, pero por hoy era más que suficiente. Ya volvería
otro día. No obstante, Elena se levantó también y me agarró del brazo para
impedir que me fuera. No había acabado, y lo pude comprobar en su
mirada.
—Han pasado dos años, Camila —me recordó—. Llevas dos años
destrozándote la vida por la culpa que sientes. Pero no eres culpable. Eres
una víctima.
No me reí en su cara porque no era una maleducada, pero decir que yo
era una víctima fue lo más ridículo que había escuchado en toda mi
miserable vida.
—Lo creas o no, entiendo lo que estás sintiendo, y más sabiendo que no
tienes apoyo moral. Confía en mí, Camila. Yo no te dejaré caer de nuevo.
Cogeré tu mano para sacarte de esa oscuridad… si me dejas.
Me quedé en silencio unos segundos, con la mirada clavada en el suelo,
sintiendo que todo dentro de mí se rompía de nuevo. Y entonces lo solté,
como quien se rinde después de haber luchado demasiado tiempo en
soledad.
—Tengo pesadillas. Cada noche. —Mi voz era apenas un susurro—.
Veo su cuerpo en la carretera, inmóvil… con los ojos abiertos, pero sin
vida. La escucho gritarme… a veces me suplica que pare, que escuche…
otras veces solo me dice: “¿Por qué no me escuchaste, Cami?”. Y yo… no
sé cómo callarla. No sé cómo dejar de verla cada vez que cierro los ojos.
Levanté la mirada y me encontré con los ojos de Elena, que ahora
brillaban con una mezcla de tristeza y determinación.
—Gracias por decirme eso —me dijo con una voz firme, sin asomo de
lástima—. Las pesadillas son la forma en que tu mente intenta procesar lo
que pasó. No estás loca, Camila. Estás herida. Y sanar una herida como la
tuya lleva tiempo, pero no estás sola en esto.
Necesitaba respirar, necesitaba dejar de percibir cómo el pecho se me
oprimía con tanta fuerza que, en cualquier momento, me quedaría sin aire.
Elena se atrevió a acercarse más y me abrazó, envolviéndome entre sus
brazos como si me conociera de toda la vida, como si yo fuera importante
para ella y no solo otra paciente a la que sacarle el dinero mientras intentaba
convencerla de algo que no tenía sentido. ¿De verdad le importaba lo
suficiente como para sacarme de esa oscuridad?
Unos minutos después, me apuntó una nueva cita para venir a verla en
unos días y me despedí de ella para regresar a casa.
Por el camino, iba pensando en todo lo que Elena me dijo, en todo lo
que me prometió… y en lo que no creía que pasara. Por mucho que me
repitiera que habían pasado dos años, yo recordaba cada día que seguía viva
y Adriana no. Y eso, ninguna terapeuta sería capaz de borrarlo.
***
Las siguientes sesiones fueron iguales: llenas de miedo, de
incertidumbre. Fui capaz de sincerarme hasta el punto de contarle que me
drogaba, que me autolesionaba… y ella, lejos de asustarse, me dio las
gracias por decirle todo lo que pasaba por mi mente.
Y, pese a que había días en los que me ayudaba bastante, en los que
salía relajada, en cuanto llegaba a casa me hundía de nuevo y terminaba
olvidando todo lo que me decía en la sesión.
Con eso, día a día, mes a mes, pasó otro año más. Uno bastante
complicado, ya que mi padre se había presentado a las elecciones para ser
senador y tenía todas las de ganar. Porque, pese a que con su familia era un
hijo de puta, no lo era con sus votantes. Qué irónico, ¿verdad? A quienes
debería cuidar, los trataba como si fuéramos una piedra en su zapato.
No podía dar un paso sin que la prensa me parase para hacerme mil
preguntas. Así llevábamos meses. Tiempo en el que no pude regresar a las
terapias, porque el mero hecho de poner un pie en la calle era una locura.
Pero eso debía acabar. No podía seguir encerrada en esta casa, entre las
cuatro paredes de mi habitación, porque eso solo me hundía mucho más.
No obstante, un día regresé a terapia más destrozada que nunca. Todo lo
que había avanzado se fue a la mierda en cuestión de meses, y Elena se
preocupó. Me recordó que no podía dejar de venir tanto tiempo, que volvía
a estar muy mal. Como si fuera tan fácil.
Me di cuenta de que había sido un error regresar, porque no me
quedaban fuerzas para seguir escuchándola, ni para seguir adelante. Así que
me levanté y salí corriendo, con sus gritos llamándome todavía resonando a
mi espalda.
Cuando crucé la puerta del edificio, la lluvia me golpeó de lleno. En
Nueva Jersey, las lluvias podían ser molestas, pero a mí me calmaban.
Caminé sin prisa hacia la parada del metro, sintiendo el agua resbalar por
mis mejillas.
La gente corría para resguardarse. Yo, en cambio, paseaba con
tranquilidad.
Sin darme cuenta, choqué con alguien.
Alcé la cabeza y me encontré con unos ojos marrones oscuros que me
analizaban. Su barba de tres días le daba un aire atractivo y sus cejas
pobladas le conferían un punto enigmático. Sus labios, finos pero
llamativos, estaban mojados por la lluvia. Era alto, atlético, de piel morena
y cabello corto.
Tragué saliva y murmuré algo sin ser del todo consciente de que había
movido los labios.
—Lo siento.
Se apartó y yo seguí caminando hacia las escaleras del metro. Antes de
bajar, me giré para mirarlo una última vez.
Él también me miró.
No dije nada, solo desvié la vista y descendí.
A veces, una sola mirada bastaba para entender el peso que alguien
cargaba en el alma. Y ese hombre, sin duda, llevaba una carga tan pesada
como la mía.
CAPÍTULO 20
Axel
Camila Lombardi me miraba como si quisiera matarme. Seguía frente
a mí mientras los invitados celebraban el ascenso de su padre, y yo no era
capaz de preguntarle por qué se escondía. ¿Acaso pensaba escaparse? ¿O
venía de algún sitio? Se suponía que necesitaba protección, que para eso
estaba yo aquí, y así empezábamos… No quería ni imaginar cómo serían
mis días cuidando de esta niña malcriada que lo tenía todo.
—¿Puedes dejar de mirarme así? Me estás poniendo nerviosa —se
quejó de nuevo, con esa altanería con la que me había recibido.
—Lo siento, pero es que estoy intentando entenderte, ¿sabes? Necesito
analizar a la persona que debo cuidar a partir de ahora, y me encantaría que
fueras sincera conmigo. —Enarcó una ceja, incrédula—. ¿Ibas o venías?
¿Sueles escaparte a hurtadillas de tu propia casa? ¿Acaso no puedes salir sin
más? ¿Qué es lo que me escondes, Camila?
Soltó un bufido mientras caminaba hacia mí y se paraba cerca. Muy
cerca.
—Demasiadas preguntas, Axel… así te llamas, ¿no? —Asentí—. No
tengo por qué darte explicaciones de nada, así que no te cruces en mi
camino y yo…
Le agarré el brazo con firmeza, sin llegar a hacerle daño, lo justo para
que se callara antes de terminar la frase.
—Te equivocas —escupí, mirándola fijamente, aunque mis ojos se
desviaban de vez en cuando hacia su boca entreabierta por la sorpresa—.
Desde este momento, soy tu guardaespaldas, tu sombra. Vayas donde vayas,
iré contigo. Hagas lo que hagas, lo haré contigo.
—¿Aunque no te guste? Porque, déjame decirte, que me gusta mucho ir
de fiesta. ¿Vas a venir detrás de mí como un perrito faldero? —me
interrumpió, y elevé la comisura de mi boca hacia el lado derecho.
Nos quedamos en silencio, atrapados en algo que no entendía, algo
oscuro y perturbador. Su mirada no era tan fuerte como sus palabras. La
tensión en sus músculos me demostraba que, detrás de toda esa falsa fuerza,
se escondía una mujer vulnerable, con miedo de todo.
—Repito —tragué saliva—. Vayas donde vayas. Hagas lo que hagas.
Seré tu sombra, Camila. Incluso cuando no me sientas o me veas, estaré
detrás como un perrito faldero.
Abrió la boca y… joder, ¿qué cojones me estaba pasando?
Solté su brazo y me giré sobre los talones, quedando de espaldas a ella.
Suspiré un par de veces antes de volver a mirarla, pero cuando lo hice… ya
no estaba. Y me reí para mis adentros, cabreado y sorprendido. Muy
sorprendido.
—No podrás esconderte de mí, Camila.
Me dije mientras regresaba a la fiesta, donde todos bebían y hablaban de
cosas tan insulsas como lo eran sus vidas. De verdad, tener que soportar a
este tipo de personas me crispaba… pero más aún tener que aguantar a
Camila. Y sin darme cuenta, pensé en ella mientras clavaba los ojos en su
padre, que estaba abrazando a su esposa.
No podía ser todo tan perfecto. En esta casa debía de haber fisuras,
como en todas, y más después de la muerte de su otra hija.
A lo mejor por eso Camila era así. La muerte de su hermana debió de
haber sido dura, igual que lo fue para mí perder a mi hermano. Sin querer,
ambos teníamos algo en común que, o bien nos unía… o nos hacía odiarnos
a muerte.
—Axel —la voz del secretario del senador me sacó de mis
pensamientos.
—Dime, Robert —respondí, dándome la vuelta para mirarlo.
—El senador necesita hablar contigo acerca de Camila. —Fruncí el
ceño y caminé tras él, tras un asentimiento que ni siquiera llegó a notar.
En cuanto llegamos a donde estaba ese señor —rodeado de personas
importantes que solo lo buscaban para obtener algo—, me miró fijamente y
se disculpó con sus invitados para hablar conmigo a solas, algo que me
puso en alerta.
—Dígame, señor Lombardi.
—Axel, parece que mi hija se ha dignado a hacer acto de presencia en la
fiesta, así que voy a presentártela. —Se giró—. Hija, ven aquí.
No podía verla con su padre delante, pero cuando se colocó frente a mí,
fruncí el ceño. Camila se había cambiado de ropa. Llevaba un vestido verde
que resaltaba sus pechos y sus curvas, y tragué saliva, intentando que no
notara cómo verla así me estaba trastocando más de la cuenta. ¿En qué
momento se había cambiado?
—Buenas noches, soy Camila Lombardi y mi padre me ha dicho que
serás mi guardaespaldas a partir de ahora. —Extendió la mano, y la
estreché, sintiendo un escalofrío que me atravesó de pies a cabeza.
—Buenas noches, señorita Lombardi. Mi nombre es Axel Castellanos.
Será un honor cuidar de usted el tiempo que lo necesite.
Me sonrió de lado mientras elevaba una ceja, con ese sarcasmo que me
había demostrado.
—Un placer, señor Castellanos —respondió, tensando su mano al
agarrar la mía.
Nos quedamos mirando. Nuestras manos seguían unidas, como si
ninguna de las dos quisiera soltarse primero. Era absurdo, pero por un
segundo, el contacto se sintió... demasiado humano para alguien que se
supone debía mantener la distancia.
El senador se marchó, reclamado por otros invitados. Y aunque
estábamos rodeados de gente, fue como si el ruido se apagara. Nos
quedamos completamente solos el uno con el otro.
—¿Sabes? Mi padre es un energúmeno que cree saber lo que es bueno
para mí. Y por eso justamente estás aquí. Pero no creas ni por asomo que
dejaré que me sigas a todas partes. Tengo mi vida y no voy a…
Me acerqué a ella antes de que terminara la frase. No con brusquedad,
pero sí con decisión. La rabia contenida en sus palabras me provocaba, pero
lo que realmente me molestaba era esa actitud de niña rica que lo sabe todo
y no permite que nadie se le acerque.
Comprobé que nadie nos miraba y, sin pedir permiso, la tomé del brazo
para alejarla del centro de la fiesta. Tenía que hablar con ella sin testigos,
sin máscaras, sin el teatro de los trajes caros y las copas de champán.
Porque si algo tenía claro, era que Camila Lombardi no me lo iba a poner
fácil. Pero tampoco yo estaba dispuesto a rendirme.
—¿Qué haces? Me estás haciendo daño —se quejó, y aflojé la presión
al instante, pero no me detuve hasta llegar al maldito laberinto de rosas del
jardín.
El lugar era hermoso. Las rosas rojas parecían sacadas de una postal. El
aire olía a paz, a hogar… a lo que yo había perdido hacía tiempo. Pero ni
ese entorno idílico podía calmar el torbellino que llevaba dentro.
Le indiqué con la mirada que se sentara en el banco de mármol. Lo hizo
de mala gana. Yo me pasé la mano por el cabello, nervioso, ansioso,
frustrado. No entendía por qué me afectaba tanto. Hacía mucho que nadie
lograba tocarme los nervios así de rápido. ¿Qué tenía esta mujer para
descolocarme así?
—Camila, no quiero joder tu vida, y mucho menos me hace ilusión
seguirte a todas partes. Pero es mi trabajo. Y me lo tomo muy en serio. —
Ella bufó, rodando los ojos como si le hablara en otro idioma—. Eres una
niña caprichosa que lo tiene todo. Que no sabe lo que es pelear por
sobrevivir. Yo no tengo tu vida perfecta. Yo tengo problemas reales…
—No tienes ni puta idea de los problemas que tengo yo —me
interrumpió de golpe, poniéndose de pie, encarándome con furia. Una furia
real, cruda.
Me fulminó con la mirada, y por un instante, sentí algo que no esperaba:
respeto.
—No me conoces, Axel. No tienes derecho a juzgarme. Y mucho menos
voy a permitir que lo hagas.
Se giró, lista para marcharse. Dando por concluida la conversación.
Pero no. A mí nadie me daba la espalda así.
La tomé del brazo otra vez, sin pensarlo. La giré con fuerza hacia mí, y
el movimiento nos hizo chocar. Para evitar que se cayera, la sujeté de la
cintura. Su cuerpo pegado al mío. Su respiración acelerada. Sus labios
entreabiertos.
Camila me miró directo a los ojos, desafiándome, pero algo en esa
mirada también temblaba. No era miedo. Era otra cosa. Algo que ni ella ni
yo estábamos listos para entender.
Y joder… ¿por qué me estaba afectando tanto?
Nos quedamos ahí, inmóviles, sosteniéndonos la mirada como si el
mundo se hubiera detenido. Había algo invisible entre nosotros. Algo que
tiraba de mí con una fuerza que no podía ni debía permitir. No era el
momento, y mucho menos la persona indicada. Ella era un problema con
piernas largas, curvas peligrosas y una lengua afilada.
Y sin embargo, esa contradicción me estaba desequilibrando.
Sentía que si no rompía el contacto en ese instante, iba a cometer el
primer gran error desde que empecé esta maldita misión.
Tragué saliva, respiré hondo y obligándome a soltarla —aunque mis
manos tardaron un segundo más del que deberían—, di un paso atrás.
Necesitaba espacio. Aire. Distancia.
—Debo regresar a la fiesta —dije con la voz más firme que pude reunir,
aunque por dentro me temblaban hasta los huesos—. Nos vemos mañana,
señorita Lombardi.
Ella no respondió. Solo me observó con ese brillo extraño en los ojos,
entre fuego y duda. Como si tampoco supiera qué hacer con lo que acababa
de pasar.
Me giré y caminé de vuelta hacia la casa, sintiendo su mirada clavada
en mi espalda todo el camino. Cada paso me pesaba más que el anterior.
Y aunque me alejaba, algo dentro de mí me decía que esa distancia era
solo física. Porque desde hoy, Camila Lombardi ya no iba a salir de mi
cabeza.
Las horas pasaron con una lentitud exasperante, y mucho más cuando,
por el rabillo del ojo, veía a Camila moviéndose entre los invitados con una
gracia innata. Caminaba como si hubiera sido entrenada desde niña para
deslumbrar en eventos de este tipo. Su vestido verde, sus gestos medidos, la
forma en que hablaba y reía... todo en ella parecía cuidadosamente diseñado
para encantar y desquiciar a partes iguales.
Suspiré al darme cuenta de que me miraba fijamente. Tenía una copa de
champán en la mano, y, para colmo, la alzó en mi dirección como si
brindara conmigo. Ese simple gesto me sacó de quicio. Y más aún su
sonrisa: pícara, radiante… pero con un trasfondo que no lograba descifrar
del todo. Como si supiera algo que yo no, como si jugara a un juego
peligroso en el que ella siempre llevaba ventaja.
Camila Lombardi era un enigma. Una mujer que, en otras
circunstancias, habría querido conocer a fondo, con la paciencia suficiente
como para descubrir sus secretos más oscuros. Pero estaba prohibida para
mí. No solo porque yo mismo me había impuesto esa línea, sino porque
sabía que si la cruzaba, lo arruinaría todo. Y no podía darme ese lujo.
Llevaba demasiado tiempo sin estar con una mujer. El deseo creciente
en mi interior me lo recordaba con cada mirada, con cada gesto suyo. Podía
sentir el calor acumulándose en mi cuerpo, la tensión entre mis músculos.
Ella, sin saberlo —o quizás sabiéndolo muy bien—, era la encarnación de
todas esas carencias. Y aunque mi cuerpo gritaba por tenerla, mi mente me
lo prohibía.
No podía. No debía. Y, lo peor de todo, era que ni siquiera estaba seguro
de querer resistirme.
Cuando los invitados empezaron a marcharse, el senador se acercó para
despedirse. Su presencia, como siempre, imponía respeto. O al menos, lo
intentaba.
—A ti te espero mañana a las siete de la mañana, Axel —me recordó,
con un leve asentimiento.
—Sí, señor. —Correspondí con una inclinación de cabeza.
—Buenas noches.
—Buenas noches, senador. —Mis ojos se encontraron con los de ella
por última vez—. Hasta mañana, señorita Lombardi.
Mierda. Hasta pronunciar su apellido me irritaba. Me ardía en la
garganta como un recordatorio constante de lo que no podía tocar.
Tenía que mantener la cabeza fría. Tenía que ser fuerte. Recordarme una
y otra vez por qué estaba en esta casa. No había venido a socializar. Mucho
menos a tirarme a la hija del senador, por más que mi cuerpo lo deseara con
furia.
Mi misión era clara: destruir a esta familia como ellos destruyeron a la
mía.
Nada más.
CAPÍTULO 21
Camila
Saber que iba a tener a una persona detrás de mí todo el tiempo me
sorprendió. No porque no supiera que tarde o temprano llegaría ese
momento —con el apellido Lombardi colgado del cuello, una siempre
acaba vigilada—, sino porque pensé que, tras la muerte de Adriana, mi
padre se lo habría replanteado. Que, por una vez, habría entendido que
controlar todo no evita las tragedias. Pero claro, él no cambia. Nunca lo
hace.
Y ahora, con este hombre frente a mí… no podía evitar la sensación de
haberlo visto antes. En otro lugar. En otro tiempo. Tal vez en una vida
pasada. Me observaba de una forma que no sabía explicar, como si pudiera
atravesarme, leer mis pensamientos, hurgar donde nadie tenía derecho a
entrar.
Me atrapó cuando intentaba escaparme de la casa, durante la noche de
esa farsa a la que llamaron fiesta de celebración. ¿Cómo iba a querer estar
presente? Por mí, que se quedaran toda la noche brindando y
emborrachándose por sus logros vacíos. ¿Qué más daba?
Pero al saber que él iba a estar allí… algo en mí cambió. No podía
negarlo: sentí una atracción impulsiva, casi infantil, y subí a cambiarme de
ropa lo más rápido que pude.
Sorprendí a mi madre cuando aparecí con el vestido verde que ella
misma me había comprado semanas atrás. Por primera vez, su gusto no fue
un desastre. Aquel vestido abrazaba mis curvas, marcaba mis pechos con
insinuante elegancia y, al mirarme al espejo, por un segundo me sentí
hermosa. No sabía por qué lo había elegido para mí, pero esa noche se lo
agradecí.
Pensé en Adriana. ¿Cómo no hacerlo? La pensaba veinticuatro horas al
día. Pero en momentos como ese, cuando el mundo se vestía de gala y el
aire se llenaba de mentiras, su ausencia dolía todavía más. Ella habría
sabido cómo disfrutar esa noche. Yo apenas sabía cómo respirar.
—Ojalá estuvieras aquí —musité mientras me ponía los tacones.
No me esmeré mucho con el pelo, solo lo recogí lo justo para que mis
rizos cayeran con gracia, aunque a mi madre le pareciera un desastre.
Nunca entendió que ese desorden era parte de mí.
Mi padre me presentó a Axel como si no nos hubiésemos visto minutos
antes, en la entrada. Me hizo gracia. Sonreí con picardía al tomar su mano y,
en cuanto nuestros dedos se tocaron, un escalofrío me recorrió de pies a
cabeza. ¿Qué cojones fue eso?
Hasta ese punto logré mantenerme bajo control. Mientras mi padre
estaba presente, fingí lo que tenía que fingir. Pero no esperaba que Axel me
tomara del brazo y me alejara de la fiesta, llevándome hasta el laberinto de
rosas del jardín. Me pidió —más bien, me ordenó— que me sentara, y
comenzó a hablarme como si fuera una niña malcriada.
No se lo iba a permitir.
No tenía ni idea de mis pensamientos, de mi oscuridad. No sabía nada
de lo que guardaba, de lo que me dolía. Si llegara a conocer a la verdadera
Camila —la que no sonríe, la que no se arregla para complacer a nadie—,
estoy segura de que saldría corriendo. Asustado. O peor: decepcionado.
Y cuando creí que iba a decir algo más, simplemente se apartó.
—Debo regresar a la fiesta —fue lo único que dijo, con esa voz grave
que parecía retumbar dentro de mí.
Se dio la vuelta y se alejó. Me quedé de pie, temblando, porque al
girarme de golpe y chocar con su cuerpo, él me había sujetado por la cintura
para evitar que cayera. Sus brazos eran fuertes, firmes. Me sostuvo como si
me conociera de siempre. Como si supiera que me derrumbaba incluso sin
tropezar.
Mis ojos recorrieron su rostro. Cada línea, cada sombra. Sus ojos eran
oscuros, intensos, como una tormenta que amenaza con arrasar todo. Su
barba de tres días, su mandíbula tensa, y esa expresión que no debería
provocarme nada… pero me calentó de un modo que me hizo enfadar
conmigo misma.
Axel Castellanos no era solo mi guardaespaldas. Era una grieta en la
coraza que me había forjado. Y eso, lo sabía, lo cambiaba todo.
Esperé un tiempo prudencial antes de regresar a la fiesta, lo suficiente
como para que nadie pudiera insinuar que Axel y yo habíamos estado solos,
apartados del resto, aunque esa fuera una verdad tan grande como esta
mansión.
Me paseé entre los invitados con una sonrisa ensayada, tomé una copa
de champán de la bandeja de un camarero y, como si fuera un imán, sentí su
mirada clavada en mí. Instintivamente, lo busqué con los ojos y, al
encontrarlo, alcé mi copa hacia la suya invisible, brindando con descaro. En
este juego de miradas, yo pensaba ganar. Enarqué una ceja, sintiéndome tan
provocadora que hasta estuve a punto de morderme el labio inferior.
Llevaba demasiado tiempo sin sexo, y que mi padre me pusiera a este
hombre como guardaespaldas no ayudaba en absoluto.
Aun así, por mucho que me distrajera, no tenía la cabeza para
concentrarme del todo en coquetear con Axel. Mis sombras, los
pensamientos intrusivos que me carcomían día y noche, mis ansias por
encerrarme en mi habitación y dejar que las drogas hicieran su trabajo, todo
eso era más fuerte que cualquier deseo. Incluso más fuerte que él.
La fiesta comenzó a apagarse. Uno a uno, los invitados se marchaban.
Mi padre, con su sonrisa fingida más que gastada, se despidió de cada uno
con su habitual cinismo. Lo vi acercarse a Axel para recordarle que lo
esperaba mañana a las siete de la mañana. Fruncí el ceño al oírlo. No
entendía por qué era necesario. Yo no tenía intención de salir de casa… o
eso creía, hasta que mi padre me pidió que me quedara unos minutos más
con él.
—Papá, ¿qué quieres? Ya hice acto de presencia en tu maldita fiesta.
Déjame ir a descansar, por favor —le supliqué, aunque ya sabía que a él
poco le importaban mis súplicas.
—Camila, tengo que hablar contigo, así que te esperas y te sientas —
ordenó con tono autoritario. Y lo hice, más por agotamiento que por
obediencia.
—Es hora de que empieces la universidad. No voy a permitir que pase
otro año sin que hagas nada con tu vida. Tienes que estudiar y sacarte la
carrera que…
—…que me has impuesto —terminé su frase, mirándolo sin parpadear
—. ¿Por qué tengo que estudiar Ciencias Políticas? No quiero ser como tú.
No quiero meterme en la política.
—No me importa lo que quieras, Camila —espetó sin rodeos—. Harás
lo que te digo y no hay discusión. Tu hermana iba a ser quien heredara mi
puesto, pero como tú la echaste a perder, ahora te toca a ti cumplir con lo
que ella ya no podrá.
Sus palabras fueron cuchillas. Me atravesaron sin piedad. Sentí que el
pecho se me oprimía, que el aire me faltaba. Por un segundo creí que me
derrumbaría allí mismo, que las lágrimas saldrían solas. Pero no. Me tragué
el dolor como una experta. Alcé la barbilla y le sostuve la mirada. No iba a
darle el placer de verme destruida. No otra vez.
—No me mires así —escupió furioso, con esa rabia suya que siempre
venía cargada de culpa disfrazada.
—¿Cómo se supone que te estoy mirando? —pregunté, con la intención
de dejar claro que lo odiaba con cada fibra de mi ser.
—Como si quisieras matarme —respondió, acercándose un paso más—.
No me busques, Camila. Ya sabes de lo que soy capaz, y no quiero perder
los papeles otra vez, ¿queda claro?
Tragué saliva y asentí, sin abrir la boca. Bajé la cabeza, con la intención
de marcharme de una vez por todas, pero su voz me detuvo de nuevo. No
había terminado, por supuesto que no. Me obligó a girarme para sostenerle
la mirada, aunque su rostro me repugnaba.
—He llamado a la universidad. Te esperan mañana a las ocho para que
firmes la matrícula. Por eso Axel estará aquí a las siete en punto. Así que
vete a descansar, no quiero verte mañana con mala cara.
Asentí una vez más, muda. ¿Para qué hablar? Mis palabras no tenían
valor alguno. Mis quejas no servían de nada. Mi padre no cambiaría de
opinión. Sabía que tendría que hacer lo que él decía si quería seguir
viviendo en esta casa. ¿Pero era eso lo que realmente quería?
No lo sabía. Lo único que tenía claro era que quedarme era una forma
de castigo, uno que merecía. Estaba convencida de que debía soportar cada
palabra cruel, cada bofetada que recibía por contestar, cada mirada de
decepción. Me lo merecía todo. Porque había matado a mi hermana. Y por
eso no me iba. Porque era lo mínimo que podía hacer: pagar por ello día
tras día.
Subí a mi habitación en silencio. Cerré la puerta tras de mí y eché el
pestillo, asegurándome de que nadie pudiera entrar. Me quité el vestido de
mala gana, tirándolo al suelo, y me dejé caer frente al espejo mientras las
lágrimas comenzaban a salir a borbotones. Me desmaquillé con fuerza,
como si pudiera borrar mi reflejo, como si al hacerlo pudiera arrancar algo
más que la pintura de mi rostro. Me dejé la piel roja, ardiente, sintiendo el
escozor, como una penitencia.
Me miré. Y lo que vi no fue a la mujer que había bajado a la fiesta
luciendo un vestido verde, dispuesta a coquetear con su guardaespaldas. No.
Lo que vi fue a una niña rota, estúpida, vulnerable. Una sombra de lo que
alguna vez fue. Una que ya no sabía cómo cargar con tanto.
Sin vestirme, en ropa interior, caminé hasta el joyero. Saqué dos
pastillas. Las coloqué sobre mi lengua y las dejé ahí unos segundos, hasta
que la saliva comenzó a impregnarse de ese sabor amargo que conocía
demasiado bien. Me tragué la culpa envuelta en química.
Sentí el calor recorriéndome, el mareo suave que me envolvía, como
una manta pesada que me empujaba lejos de la realidad. Di un par de pasos
tambaleándome hasta la cama, el mundo girando despacio, como si flotara.
Me dejé caer boca arriba sobre las sábanas, sin cubrirme, sin importarme
nada.
Y entonces lo sentí todo.
El peso del dolor. El de los recuerdos. La risa de Adriana resonando en
mi cabeza, como un eco cruel. Las palabras de mi padre martillándome el
pecho. El rostro de Axel, confuso e inexplicablemente presente. Cerré los
ojos, deseando que el efecto fuera más fuerte, más rápido, que me arrastrara
a la oscuridad donde nada doliera.
Pero no. Dolía. Todo dolía.
Y yo me quedé ahí, en silencio, dejando que el veneno hiciera su parte,
mientras me hundía, una vez más, en mí misma.
Por la mañana, me pesaban los párpados, el cuerpo entero, y sentía
náuseas. El despertador sonó, recordándome que, sin saber muy bien cómo,
lo había puesto la noche anterior para que me despertara a las siete.
—Mierda, necesito dormir...
Bufé entre dientes antes de arrastrarme hasta el baño para darme una
ducha y despejarme un poco. No tardé demasiado. Al salir, me sequé el
cabello, me eché un poco de espuma fijadora para peinar mis rizos y volví a
mi habitación para vestirme.
Iba a ir a la universidad. Todavía no me lo creía. Iba a socializar con
otras personas otra vez, y solo de pensarlo, se me encogía el estómago.
No sabía qué debía llevar, ni tenía idea de las asignaturas o de los libros
que tenía que comprar. Pero eso no era lo que más me preocupaba. Me vestí
sin pensar demasiado: unos vaqueros ceñidos y una camiseta simple de
color rojo, de esas con botones en el escote que, aunque parecían sencillas,
daban un toque increíble.
Me recogí el cabello en un moño mal hecho, me delineé los ojos, me
eché un poco de rímel y apliqué un brillo labial del mismo tono que la
camiseta.
Cogí mi bolso y guardé el móvil, el mismo que solo usaba para ver fotos
y vídeos de Adriana. Dudé un momento y pensé en llevarme la cámara;
quizás podría aprovechar algún momento de soledad para hacer fotos. La
cogí y la metí también en el bolso.
Por fin estaba lista. Lista por fuera, porque por dentro seguía hecha
pedazos. Me coloqué mi máscara de "no pasa nada" y salí de la habitación.
Bajé las escaleras despacio, sin ganas. Caminé hasta la cocina y ahí me
lo encontré: Axel, apoyado en la isla, tomando una taza de café. Me
sorprendió verlo tan tranquilo y, sin querer, se me escapó una sonrisa. Fue
apenas un leve movimiento de labios, pero lo noté.
—Buenos días —dije, para que se diera cuenta de que no estaba solo.
Se giró hacia mí y me miró de arriba abajo. Tragó saliva, casi se
atragantó con el café, y eso me hizo soltar una risa irónica que me sacudió
por dentro. Mierda… ¿qué me pasaba?
—Buenos días, señorita Lombardi —respondió con un formalismo que
ya sabía que acabaría sacándome de quicio.
—Axel, no me gustas, no me caes nada bien, pero si vas a estar
conmigo todo el día, prefiero que me llames por mi nombre. Me pone de los
nervios escucharte todo el tiempo decir mi apellido.
—Lo siento, pero no veo conveniente tutearte, y menos si está su padre
delante —respondió con ese tono respetuoso que empezaba a molestarme.
Me acerqué a él, quedando a escasos centímetros de su cuerpo. Lo vi
tomar una respiración profunda, como si tenerme tan cerca lo
desconcertara. Si él supiera que a mí me pasaba exactamente lo mismo.
Su cercanía era incómoda… pero no por las razones que deberían. Lo
era porque removía cosas en mí que creía dormidas. Deseos. Recuerdos.
Vértigo.
—Está bien. Mientras mis padres estén delante, podrás seguir
hablándome de usted —dije con un tono más suave—, pero cuando estemos
solos… llámame Camila, ¿de acuerdo?
Asintió. Sus ojos se detuvieron un segundo en los míos, bajaron a mis
labios con una rapidez casi imperceptible… pero yo lo noté. Sentí ese
temblor interno que odiaba y deseaba al mismo tiempo.
Me giré sin darle opción a responder nada más.
—Ahora vámonos. Tengo que ir a la universidad.
Salimos de la casa y cruzamos el camino empedrado hacia uno de los
todoterrenos negros que mi padre usaba para todo. Axel abrió la puerta
trasera para mí sin decir una sola palabra.
Por supuesto que me sentaba atrás. Era lo que él esperaba. Lo que mi
padre esperaba. Lo que el maldito protocolo dictaba. Yo detrás, como una
muñeca bien vestida, cuidada, protegida, observada.
Pero mientras me acomodaba en el asiento, con los cristales tintados
separándome del mundo, me di cuenta de que esa distancia física entre Axel
y yo era una metáfora perfecta. Él delante. Yo detrás. Él al mando. Yo
encerrada.
El interior olía a cuero caro y a perfume masculino. El silencio me
pareció insoportable. Mientras arrancaba el motor, lo observé desde mi
lugar, solo podía ver parte de su nuca, sus hombros anchos y la tensión en
sus manos al sujetar el volante. Ni una mirada, ni un gesto. Profesionalismo
absoluto. Como si no acabáramos de tener un momento que, para mí, había
cambiado algo.
Miré por la ventanilla, tragando el nudo que tenía en la garganta. El
coche empezó a avanzar lentamente por la entrada del jardín.
Pensé en todo lo que me esperaba: fingir que estaba bien, convivir con
desconocidos en la universidad, callar los gritos que me rompían por dentro.
Y ahora, encima, tener a Axel cerca. Cada. Maldito. Día.
Esto iba a ser una tortura… o el principio de mi salvación.
CAPÍTULO 22
Axel
No sabía que decirle un simple hasta mañana a alguien completamente
desconocido para mí me iba a dejar toda la maldita noche pensándola. ¿De
verdad esto iba a ser así siempre? Solo la había visto una vez, una sola vez,
y mi mente no paraba de rememorar el momento en el que me tiré sobre ella
pensando que era un ladrón. El instante en el que la vi entrar en la fiesta con
ese vestido verde, o cómo agarró mi mano mientras me miraba de ese modo
tan enigmático. Por no hablar del momento en el laberinto de rosas, cuando
tuve que sujetarla para que no se cayera. ¿Qué cojones me estaba pasando?
Al llegar a mi casa, me quité la ropa y me tumbé en la cama boca arriba.
Necesitaba dormir. Y una buena ducha. Pero eso lo dejaría para la mañana,
cuando tuviera que levantarme de nuevo para ir a la casa de los Lombardi.
Suspiré con agobio y me incorporé, sentado sobre el borde de la cama.
Agarré el móvil y empecé a ver fotos de la familia en algunas entrevistas
que habían dado, como la que se publicó hace tres años, justo unos días
antes del accidente.
No podría reconocer a Camila si tuviera a Adriana también frente a mí,
pero algo me decía que ella era la de los vaqueros. Aunque, siendo sincero,
ya la prensa la había catalogado como la hija rebelde del ahora senador. De
Adriana, en cambio, apenas decían nada. Era como si hubiera sido invisible.
Agotado, bloqueé la pantalla del móvil, lo dejé en la mesilla y volví a
tumbarme. Cerré los ojos… y ahí estaba ella otra vez. Camila. Joder.
—Mierda —murmuré al techo.
No supe en qué momento me dormí, pero a las cinco y media de la
mañana, el despertador sonó con ese pitido que me daban ganas de aplastar
a golpes.
Me levanté despacio y me fui directo a la ducha. Dejé que el agua
caliente cayera sobre mí, como si eso pudiera aclararme las ideas. Cuando
salí, me puse un traje negro. Sin corbata. Ya era suficiente con llevar un
traje todo el día, como para encima tener que aguantar ese nudo en el
cuello.
Frente al espejo, me peiné con algo de fijador y, una vez listo, cogí mis
cosas y salí de casa.
El camino hasta la mansión Lombardi fue largo y tranquilo. A esas
horas, las calles de Nueva Jersey estaban casi vacías, con la niebla todavía
levantándose sobre el asfalto mojado. El cielo se teñía de ese gris azulado
que precede al amanecer, y mientras conducía, no pude evitar fijarme en
cómo la ciudad empezaba a despertar. Luces en las ventanas, alguna
bicicleta cruzando en soledad, el murmullo de una ciudad que nunca dormía
del todo.
Apreté los dedos contra el volante. Mi cabeza iba más rápido que el
motor. Me repetía que solo era trabajo, que debía mantener la distancia,
cumplir con mi deber y nada más. Pero había algo en ella, en su forma de
mirarme, de hablar, de intentar esconder lo que claramente le dolía… que
me empujaba a querer entenderla.
Al llegar, el portón se abrió automáticamente al reconocer mi matrícula.
Respiré hondo y conduje hasta el aparcamiento destinado al personal.
Aparqué, bajé del coche y caminé hasta el todoterreno de la familia para
dejar allí mis cosas. Iba a ser un largo día. Un día que no sabía cómo
empezaría, pero sí sabía cómo tenía que terminar: con ella a salvo.
Y si para mantenerla a salvo tenía que acercarme más de lo que
debiera… que así fuera.
Entré en la cocina por la puerta de servicio, atraído por el olor a café. La
empleada se presentó como Stephanie y me sirvió una taza que saboreé
mientras descansaba apoyado sobre la isla.
Unos minutos después, la escuché decir “buenos días”, lo que me hizo
girar y clavar los ojos en ella, repasándola de arriba abajo. Estaba preciosa,
y eso era algo que no debería sorprenderme: Camila tenía una belleza que
no necesitaba maquillaje para deslumbrar.
La conversación que tuvimos no fue precisamente amigable. Me pidió
que la tutease, algo que iba a costarme horrores. Sin embargo, haría el
intento, aunque solo fuera para no sacarla más de quicio.
Salimos de la casa y, en cuanto se acomodó en el asiento trasero, me
subí al asiento del conductor, arranqué el motor y puse rumbo a la
universidad.
Me parecía extraño que aún no hubiera comenzado sus clases. Aunque
no sabía exactamente cuántos años tenía, algo me decía que debería haber
empezado mucho antes. Aun así, no iba a preguntarle. Prefería que fuera
ella quien hablara, si en algún momento sentía la necesidad de hacerlo.
—¿Quieres que ponga música? —pregunté, intentando romper el hielo,
aunque intuía que la conversación no acabaría bien, teniendo en cuenta
cómo nos habíamos tratado en la fiesta.
—No, gracias. Prefiero el silencio absoluto —respondió sin apartar la
mirada de la ventanilla.
La observé un instante por el retrovisor. Tenía el ceño fruncido y la boca
entreabierta, y ese gesto, por más serio que fuera, tenía un aire atractivo que
me llamaba sin decir una sola palabra.
—Bien —musité—. Pero es más agradable escuchar música si no
quieres hablar. No sé… yo prefiero que me cuentes algo de tu vida.
—Axel, no somos amigos —me interrumpió sin miramientos—, y no
creo que lo seamos nunca. Primero, porque nos conocemos desde hace unas
horas, y segundo, porque me caes fatal. Y yo, a mis amigos, suelo
soportarlos. ¿Lo pillas?
Me miró justo cuando frené en un semáforo. Aproveché ese segundo
para sostenerle la mirada, en silencio. No hacía falta decir nada.
Lo hizo con descaro, desafiándome. Y yo… tampoco aparté la vista.
—Vaya —dije, con una media sonrisa—. Eres directa. Me gusta eso.
—No me importa lo que te guste o no —replicó con rapidez, volviendo
a mirar por la ventanilla.
Solté una pequeña risa. Esa forma suya de querer alejar a todo el mundo
era casi encantadora. Casi.
—No soy tu enemigo, Camila.
—Tampoco eres mi amigo. Así que mantente en esa línea cómoda, la de
“desconocido que me lleva en coche”, y todo irá bien.
Su voz era dura, cortante. Pero algo me decía que esa frialdad era un
escudo. Uno de esos bien reforzados.
¿Por qué me importaba? ¿Por qué quería saber qué había detrás de esa
mirada desafiante y de cada palabra afilada? Joder. No tenía que
importarme. No debía importarme.
—¿Siempre tratas así a la gente o tengo el honor de ser una excepción?
—pregunté con tono desenfadado mientras giraba por una calle más
estrecha, ya cerca de la universidad.
—Depende. ¿Siempre provocas tanto rechazo o soy yo la que te tiene
cruzado?
Touché. Me reí, bajito. La tía tenía genio. Eso sí que lo tenía claro.
—No suelo provocar rechazo… a menos que a alguien le dé miedo lo
que siente —dije con tranquilidad, sin mirarla.
La vi girar la cabeza hacia mí, de reojo. No respondió. Pero su silencio
hablaba. Había algo en sus gestos, en su forma de apretar los labios, en
cómo evitaba mirarme demasiado… que me hacía pensar que no era
indiferente. Y eso… eso era lo jodido.
«¿Qué más da si le gusto o no? Solo estoy aquí para protegerla. Hacer
mi trabajo. Punto». Pero entonces recordaba el laberinto, su perfume, su
mano en la mía… y se iba todo a la mierda.
—¿Sabes qué? —dije antes de que pudiera cortar de nuevo la
conversación—. Me caes fatal también. Pero tengo que estar contigo todo el
día, así que al menos intentemos no matarnos.
—Mmm… eso suena a propuesta decente —contestó sin entusiasmo—.
Pero no prometo nada.
Lo sabía. Ese tono suyo, ese sarcasmo tan descarado… estaba
empezando a resultarme adictivo.
Detuve el coche frente al edificio principal de la universidad. Algunos
estudiantes ya entraban, otros charlaban cerca de la entrada. Era una
mañana fresca, con el cielo completamente despejado. Pero dentro del
coche, el ambiente estaba cargado, como si cualquier palabra fuera a
encender una chispa.
Se quitó el cinturón y, justo antes de abrir la puerta, se giró levemente
hacia mí.
—Gracias por traerme, Axel. No me mataste. Supongo que es un
comienzo.
—Supongo que sí —respondí con una leve sonrisa—. Aunque todavía
queda el trayecto de vuelta.
Rodó los ojos, pero algo muy parecido a una sonrisa asomó en sus
labios, como si le costara contenerla.
Abrió la puerta y bajó sin decir nada más. Cerró sin mirar atrás, como si
hubiera terminado con su parte. Pero no contaba con la mía.
Apagué el motor, salí del coche y fui tras ella. En cuanto notó mi
presencia, se giró con el ceño fruncido.
—¿Y tú qué haces?
—¿Recuerdas lo que te dije? Tengo que ser tu sombra. A donde vayas,
yo voy. —Metí las manos en los bolsillos y di un par de pasos más hacia
ella—. No te quitaré los ojos de encima ni un segundo.
Me miró como si quisiera matarme. O al menos hacerme callar de una
vez. Aunque… había algo más en sus ojos. Algo que no sabía si era
curiosidad, desafío o simple hartazgo. Tal vez un poco de todo.
—¿También vas a seguirme cuando vaya al baño?
—Si tardas más de diez minutos, iré a buscarte. No sería la primera vez
que alguien desaparece por una ventana.
Me fulminó con la mirada. Yo solo me encogí de hombros, casi
divertido.
—Estupendo —ironizó, y comenzó a caminar hacia la entrada del
campus con mis pasos siguiéndola de cerca.
Hacía tanto tiempo que no caminaba por estos jardines que casi había
olvidado la sensación que tuve la primera vez que puse un pie aquí, cuando
todavía pensaba en estudiar una carrera. Aunque al final terminé en el
ejército. Supongo que la contabilidad no era lo mío.
Entramos. Camila seguía sin dirigirme la palabra ni la mirada. No me
molestaba. De hecho, yo no le quitaba ojo de encima. Caminaba tan cerca
que podía oler su perfume sin necesidad de acercar la nariz a su cuello…
algo que, por cierto, se me hacía cada vez más tentador.
De pronto, una voz femenina interrumpió el silencio:
—¡Camila! ¿Eres tú?
Ella se giró. Detrás de mí, una joven se acercaba a paso rápido, casi
corriendo.
—Hola, Noemí —respondió con un tono neutral, mientras recibía un
abrazo que, por su expresión, no parecía estar disfrutando demasiado.
—No sabía que por fin entrarías en la Uni. ¿Cómo estás? Te he echado
tanto de menos, Cami.
Camila le devolvió una sonrisa forzada, y me lanzó una mirada rápida.
Si pudiera hablarme solo con los ojos, me habría gritado que la salvara.
—Señorita Lombardi, perderá su cita con el director —intervine, con la
excusa perfecta, aunque no tenía ni idea de si la tenía o no.
—Hola, ¿y tú quién eres? —preguntó Noemí, mirándome de arriba
abajo con descaro—. Yo soy Noemí, la amiga de Camila, pero tú puedes
llamarme como quieras —añadió, guiñándome un ojo.
—Noemí, por favor —protestó Camila con un suspiro, dándole un leve
codazo—. Es Axel, mi guardaespaldas… mi sombra, mi perrito faldero.
Lo dijo con media sonrisa y una ceja alzada. Provocadora. Desafiante.
Pero no iba a dejar que se saliera con la suya tan fácilmente.
—Si fueras una joven responsable, probablemente tu padre no habría
tenido que contratarme para ser tu sombra —repliqué, mirándola fijamente
—. Empieza por comportarte como una adulta y tal vez consigas perderme
de vista.
Camila frunció los labios formando una "o" tan exagerada como
sensual. O al menos, eso me pareció a mí. Maldita sea.
—¡Vaya, qué carácter! Me gusta —comentó Noemí tras mi respuesta,
sin molestarse en disimular el interés.
—Axel, ¿puedes esperarme aquí? Preferiría entrar en secretaría sin
tenerte detrás todo el maldito tiempo —pidió, con ese tono tan suyo que
lograba crisparme y atraerme a partes iguales.
Si me hubiese tratado con un mínimo de respeto delante de su amiga,
quizá le habría dado ese espacio. Pero no se lo había ganado.
—Lo siento, pero tengo que ir a donde vayas. Así que… —me encogí
de hombros, dejando la frase en el aire. No hacía falta terminarla; el
mensaje era claro.
Suspiró con frustración y se despidió de Noemí, prometiéndole que la
llamaría para verse cuando comenzaran las clases. La chica pasó por mi
lado con una sonrisa demasiado coqueta y unos pasos apresurados que no
me interesaban lo más mínimo.
Yo no aparté los ojos de Camila. Era imposible. Y para mi sorpresa, ella
también me miraba. Sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
Pensé que se alejaría en cuanto nos quedáramos solos, pero no lo hizo.
Y ahí estaba yo, siguiéndola sin protestar, sin querer hacerlo.
Querer conocerla era un error. Uno grande. Pero joder… había algo en
esa chica que me arrastraba sin remedio. Como si ya fuera demasiado tarde
para dar marcha atrás.
CAPÍTULO 23
Camila
La idea de tenerlo cerca todo el tiempo me inquietaba. Apenas lo
conocía y ya su presencia pesaba más de lo que quería admitir. Cuanto más
intentaba alejarlo, peor era para mí. Al parecer, le divertía que le llevara la
contraria, como si este juego le entretuviera. Y a mí… a mí me afectaba de
verdad. No era un juego. Necesitaba que Axel se mantuviera lejos, que no
se convirtiera —literalmente— en mi sombra.
No esperaba, para nada, encontrarme con Noemí después de tanto
tiempo. Sabía que existía la posibilidad, que podríamos cruzarnos, pero
rezaba para que no sucediera. No estaba preparada para enfrentarme a la
realidad, y esa realidad era que Adriana ya no estaba.
Joder, si tan solo pudiera seguir adelante. Dar ese paso hacia la
tranquilidad que me había sido arrebatada con el accidente.
Le prometí a Noemí que la llamaría, aun sabiendo que no iba a cumplir
esa promesa. Ella asintió con una sonrisa y se marchó, pasando por el lado
de Axel con un movimiento de cadera tan marcado que parecía sacado de
una película.
Noemí era de esas chicas descaradas a las que no les importaba el quién
ni el dónde, si frente a ellas había un tío increíblemente guapo. Y eso… eso
me hizo recordar cómo era yo antes. A ambas solía darnos igual lo que
pensaran de nosotras.
Entré en secretaría con Axel justo detrás. No lo miraba, pero no me
hacía falta. Sentía su presencia cerca. Muy cerca.
—Buenos días, soy Camila Lombardi. Vengo a firmar la matrícula para
comenzar los estudios —le dije a la secretaria, que me miró por encima de
las gafas en cuanto escuchó mi nombre.
—Buenos días, Camila. Espera aquí un momento —respondió con
amabilidad antes de levantarse y dirigirse a un archivador.
Me giré unos segundos mientras buscaba los documentos. Axel me
observaba con el ceño fruncido, como si intentara adivinar qué pasaba por
mi cabeza. Pero yo no era un libro abierto, por mucho que lo pareciera.
Jamás sabría nada de mí… al menos, nada que yo no quisiera que supiera.
—¿Qué? —preguntó al ver que lo miraba sin decir nada—. ¿Vas a
decirme algo?
—No lo sé —dije, soltando el aire—. Es tan incómodo tenerte aquí…
—Tendrás que acostumbrarte —respondió él con calma.
—Como si fuera tan fácil —murmuré, con un deje de ironía—. Para ti
puede que lo sea, pero yo nunca me he sentido tan controlada en la calle
como ahora. Ya tengo suficiente con el control dentro de mi casa, créeme.
Y ahí estaba. Sin darme cuenta, se me escapó un momento de
vulnerabilidad. Dije lo que sentía. Lo que pensaba.
—Lo siento —dijo entonces, y fruncí el ceño, sorprendida.
—No quiero molestarte, Camila. Pero entiende que este es mi trabajo.
Necesito saber que estás a salvo. Que estás bien. Y es solo por eso por lo
que tengo que estar aquí. No hay más.
Bajé la mirada, sin responder. No quería que viera lo que sus palabras
me hacían sentir. No quería que supiera que, en parte, agradecía esa
preocupación… aunque me pesara admitirlo.
Entonces, la secretaria me llamó.
Me acerqué al mostrador. Me colocó varios documentos frente a mí y
suspiré al ver que, efectivamente, estaba a punto de matricularme en
Ciencias Políticas. Tal y como había exigido mi padre. Dudé unos
segundos, pero al final firmé.
Leonor —creo que así se llamaba— me entregó una copia de los
horarios y otra con la lista de libros. Me despedí con desgana y me giré para
marcharme de una vez.
Necesitaba salir de allí. Respirar.
La sombra de Axel me agobiaba, sí… pero lo que realmente me
asustaba era esa incipiente costumbre de tenerlo cerca, aunque apenas
lleváramos un día compartiendo espacio.
Una vez fuera, el sol me golpeó con fuerza, haciéndome sentir un calor
insoportable. Aunque ya estábamos cerca de la primavera, ese día las
temperaturas eran inusualmente altas.
Caminé por el campus con la intención de alejarme lo máximo posible
de Axel y llegar cuanto antes al coche.
Solo quería escapar de su escrutinio, de su presencia, de esa extraña
comodidad que empezaba a sentir a su lado. No me importaría volver a
encerrarme en mi habitación si con eso conseguía dejar de pensar en él.
—Espera, Camila —dijo, agarrándome del brazo para detenerme, pero
ni siquiera me giré a mirarlo—. ¿Qué te pasa?
—Nada. Vámonos ya, por favor —le pedí sin ser capaz de sostenerle la
mirada.
Mi vida, mis sombras, mi adicción, mis pesadillas… nada de eso me
dejaba ser feliz. Nada me permitía tener esperanza. Y este hombre —al que
no conocía de nada— me estaba dando un pequeño hilo de lo que había
perdido hace tres años, y eso me aterraba. Yo no podía sentir nada por
nadie. Ni siquiera por mí misma.
—Pero… mírame, al menos —insistió.
Me giré finalmente y clavé los ojos en los suyos.
—¿Qué? —pregunté, sin saber qué más decir.
—¿Tanto te molesta mi presencia?
Me encogí de hombros.
—Vale, entiendo que puede ser incómodo para ti tener a alguien encima
todo el tiempo, pero créeme, yo solo estoy aquí para cuidarte, Camila.
—No necesito que nadie me cuide. Ya puedo hacerlo yo solita. Siempre
ha sido así y no creo que tengas que ser tú ahora quien lo haga. Tengo que
hablar con mi padre y decirle que…
—¡Nena! —La voz inconfundible de Jared me interrumpió—. ¿Eres tú
de verdad? ¿Has salido de tu jaula de cristal?
Me di la vuelta con cansancio y lo miré con desgana.
—Hola, Jared —lo saludé, seca.
—Cuando mi prima me dijo que ibas a empezar las clases, no me lo
creía. Pero aquí estás —se acercó más, demasiado—. Te he echado de
menos, nena.
Sin pedirme permiso, pegó su boca a la mía. Me tensé de inmediato.
En otro tiempo, un beso de Jared me habría incendiado el alma. Pero
ahora… no sentí nada.
Intenté apartarme, pero me sujetó con fuerza, como si le perteneciera, y
la sensación de sentirme usada me atenazó el pecho. Coloqué mis manos
sobre su torso y, con esfuerzo, logré empujarlo. En cuanto me soltó, le solté
una bofetada con todas mis fuerzas.
—No vuelvas a besarme, Jared. Tú y yo no somos nada. Dejamos de
serlo hace mucho, y no pienso volver a ser tu nena. ¿Te queda claro,
capullo?
Escupí cada palabra como veneno.
—Estás hiriendo mis sentimientos, Cami. ¿Solo me llamarás cuando
necesites drogarte?
Al decirlo, mi mirada voló hacia Axel. Sentí la vergüenza treparme por
el cuello. Y lo que vi en sus ojos… no me gustó nada.
Axel me miraba con el ceño fruncido, como si intentara recomponer las
piezas de un puzle que no terminaba de entender. Ya no parecía
simplemente molesto, sino confundido. Y eso me dolía más de lo que estaba
dispuesta a admitir.
«Genial, ahora creerá que soy una yonqui cualquiera», pensé, apretando
los puños con fuerza.
—¿Estás mal de la cabeza o qué? —le solté a Jared, que seguía con su
sonrisa burlona. A veces olvidaba por qué lo había soportado tanto tiempo,
y luego abría la boca y lo recordaba de golpe—. ¿Te parece normal soltar
eso delante de alguien que no me conoce de nada?
—Vamos, Cami, no te pongas así. Solo hablaba de nuestros buenos
tiempos, ya sabes… esas noches interminables, el subidón de las pastillas,
el sexo… —me guiñó un ojo como si compartiéramos una broma.
Sentí que me hervía la sangre.
—Eres un asco —escupí, dando un paso atrás justo cuando volvió a
acercarse, como si pretendiera volver a besarme.
Pero no lo consiguió. Axel se movió en cuanto vio su intención y lo
agarró del brazo con fuerza, apretando con tal intensidad que Jared se quejó
en voz alta.
—Creo que ya has dicho suficiente —le advirtió Axel con un tono
gélido—. Márchate antes de que se me olvide que esto es un campus
universitario y no un campo de entrenamiento.
—¿Y tú quién cojones eres? —espetó Jared, con mala actitud, aunque
ya se notaba que el dolor le iba calando más hondo.
—El que te va a partir el brazo si no te largas de una puta vez. —Los
ojos de mi ex se abrieron, llenos de asombro—. Créeme, no me temblará el
pulso. Y si me entero de que vuelves a molestar a Camila… entonces verás
quién soy de verdad.
Jared lo miró, primero con sorpresa, después con un miedo que no supo
disimular. Intentó soltarse, pero Axel no lo dejó hasta estar completamente
seguro de que se marcharía. Solo entonces aflojó la presión. Jared se alejó a
toda prisa, casi corriendo, y dejé de mirarlo cuando desapareció de mi vista.
Cuando se fue, tragándome toda la rabia y vergüenza, no pude evitar
mirar a Axel.
—No soy esa persona, ¿vale? Fue una etapa… hice cosas para escapar
de todo, pero eso ya quedó atrás. Ya no soy esa Camila.
Mentí. Claro que mentí. Porque no podía decirle la verdad: que seguía
siendo esa Camila. La que necesitaba las pastillas para soportar la realidad
que le aplastaba cada órgano del cuerpo. La que solo podía respirar si se
anestesiaba lo suficiente como para no sentir. La que aguantaba un día más
bajo el mismo techo que sus padres, solo porque no le quedaba otra opción.
No. No podía decírselo.
Axel no dijo nada durante unos segundos. Solo me sostuvo la mirada,
sin juicio, sin reproches. Y eso, de alguna forma, dolía aún más.
—¿Y quién eres ahora? —preguntó con suavidad.
Pero no tenía respuesta. Solo sabía que estaba rota. Y que él, sin querer,
había visto una de mis grietas más profundas.
Axel me miraba expectante, sin moverse del sitio, y yo seguía sin saber
qué responder a esa pregunta, porque ni siquiera tenía claro cuál sería la
respuesta correcta. Era como estar en un concurso, pensar y pensar… y
acabar diciendo cualquier cosa.
—No lo sé —dije al fin—. No sé quién soy, Axel, y te rogaría que no
volvieras a hacerme esa pregunta. No tengo ganas de replantearme una
respuesta lo suficientemente coherente como para satisfacer tu curiosidad.
Emprendí la marcha tras esa bordería. Era la única manera de
mantenerme dentro de mi burbuja, ese lugar en el que solo yo podía estar,
completamente cerrado para todo el mundo. Nadie podía entrar, excepto yo.
Axel abrió el coche en silencio y me subí en el asiento trasero. Un
instante después, él también subió y arrancó, saliendo del campus.
Durante el trayecto, le pedí que me llevara a comprar las cosas que
necesitaba para la universidad y, sin decir nada, se desvió directamente
hacia el centro comercial.
El resto de la mañana lo pasé comprando con él detrás, siguiéndome en
silencio. Y, aunque no lo habría admitido en voz alta, una parte de mí
extrañaba hablarle, aunque solo fuera para discutir. No era cómodo pasar
tantas horas con alguien sin intercambiar una sola palabra, pese a que había
sido yo quien le pidió que no me hiciera más preguntas. Pero no le había
dicho que no me hablara. Estaba claro que se lo había tomado a mal.
Antes de regresar a casa, en el aparcamiento del centro comercial, justo
antes de subirnos al coche, me giré para quedar frente a él.
—¿Qué te pasa? —quise saber, mirándolo de frente.
Él me sostuvo la mirada, alzando una ceja.
—Nada —respondió con sequedad.
—Pues no lo parece —insistí, algo más suave.
—No sé a qué te refieres. Solo estoy haciendo mi trabajo, que es
cuidarte, nada más. Le rogaría que no me hiciera más preguntas, señorita
Lombardi.
Abrió la puerta del coche, dejando claro que no quería seguir con la
conversación. Subí tras él, rozando su mano sin darme cuenta, y mi cuerpo
se tensó al instante por el contacto.
Durante unos segundos, nuestras miradas se cruzaron. Tragué saliva y
bajé la vista, tratando de escapar de esa atracción tan inesperada. Era
absurdo. Él trabajaba para mi padre. Estaba conmigo porque no le quedaba
otra. Apuesto a que ni siquiera soportaba lo que tenía que hacer.
Durante el camino de regreso, me quedé en silencio. Apoyé la frente
contra el cristal y dejé que mi mirada se perdiera en el paisaje que desfilaba
frente a mí. Los árboles altos mecían sus ramas con la brisa, los parques
parecían sacados de una postal de otoño, salpicados de hojas que caían con
elegancia sobre los senderos. Algunas familias paseaban juntas, parejas
tomaban café en los bancos y niños corrían tras burbujas de jabón. Todo
parecía ajeno al caos que yo llevaba dentro.
—Axel, para el coche —dije de pronto, sin pensarlo demasiado.
Él me lanzó una rápida mirada a través del retrovisor, pero no dijo nada.
Detuvo el vehículo junto al bordillo de un parque tranquilo y amplio. Antes
de que pudiera ofrecerse a abrirme la puerta, yo ya había salido, con la
cámara en mano. La había metido en el bolso por costumbre esa mañana,
aunque no pensaba usarla.
Caminé sin rumbo fijo entre los senderos, enfocando lo que me llamaba
la atención: unos gorriones revoloteando junto a una fuente, una pareja de
ancianos tomados de la mano, una flor solitaria abriéndose paso entre la
hierba. También fotografié a una pareja besándose con ternura bajo un
árbol. No porque creyera en el amor eterno, sino porque el momento se veía
tan real que dolía.
Sentí la mirada de Axel sobre mí durante todo ese rato. No me seguía de
cerca, pero estaba allí. Siempre allí. Atento. Presente. Inalterable.
Y aunque apenas lo conocía, su presencia —serena, constante— me
tranquilizaba más de lo que me atrevía a reconocer. No era lo mismo que
tomar una pastilla, no tenía ese efecto anestesiante... pero al menos no me
hacía sentir sola.
Me giré lentamente hacia él, sosteniendo la cámara aún encendida entre
mis dedos.
Quizá no sabía quién era. Quizá seguía estando rota.
Pero por primera vez en mucho tiempo, vi algo a través del objetivo que
también quería ver con mis propios ojos.
CAPÍTULO 24
Axel
Había algo en Camila que no encajaba. Algo que escondía, que la
atormentaba, pero jamás habría imaginado que arrastrara algo tan oscuro.
Jared insinuó cosas, y aunque ella lo negó… había dolor en su mirada.
¿Quién era en realidad? Quise saberlo. Le pregunté, pero no supo
responder, y eso me desconcertó aún más. ¿Quién no es capaz de responder
a eso?
Algo en ella me enternecía y me aterraba a partes iguales. Algo me
atraía y, al mismo tiempo, me empujaba a alejarme. Y no podía permitirme
esa vulnerabilidad. Nunca me había dejado influenciar tanto por alguien a
quien, en realidad, no conocía.
Ese tal Jared era un hijo de puta. No me hacía falta conocerlo para saber
que le había jodido la vida a Camila. Y, aunque me habría encantado
romperle algo más que el brazo, no podía actuar de esa manera si ella no
corría un peligro real. Sabía defenderse, y eso me gustó. Aun así, no podía
confiarme.
No quise presionarla más, pero me molestó que me hablara de ese modo
cuando solo intentaba conocerla mejor. No tenía sentido querer saber más
de alguien que no debería importarme. Mucho menos cuando formaba parte
de la familia que yo debía hundir. Los Lombardi al completo tenían que
caer. Ese era mi cometido, por eso acepté este maldito trabajo. Nada ni
nadie me haría cambiar de opinión.
Entonces, ¿por qué verla con la cámara en la mano, captando cada
detalle que llamaba su atención, fue tan liberador como apabullante? No
sabía que le gustara la fotografía. Aunque, siendo sincero, no sabía nada de
ella.
Regresamos a la casa una hora después. En cuanto se bajó del coche, sin
mirarme, entró y subió las escaleras. Supuse que se dirigía a su habitación.
La observé hasta que desapareció y me encaminé hacia la cocina para
comer algo. Habíamos estado toda la mañana fuera, y tenía hambre.
Stephanie me vio entrar y me sirvió un plato de sopa de pescado que, a
pesar de no haber probado nunca, me gustó.
—Gracias, está deliciosa —dije cordialmente.
—Me alegro de que te guste, Axel —respondió con una sonrisa—.
¿Dónde está la señorita Camila? ¿No va a comer?
—Ha subido, supongo que a su habitación. No sé si va a bajar. Ha
estado… especialmente hermética —respondí, intentando sonsacarle
información—. ¿Qué le pasa? ¿Por qué es así? A veces está risueña, otras,
distante… y a veces parece completamente ausente.
Stephanie se sentó frente a mí, con su cuenco de sopa entre las manos,
mirándome con un gesto serio y cansado. Era una mujer muy agradable, y
me jodía tener que utilizarla para obtener respuestas, pero era eso o nada.
—Camila sufre mucho desde que su hermana falleció —dijo con
tristeza—. Si la hubieras conocido antes… era la alegría de la casa. Siempre
estaba tramando algo que sacara de quicio a sus padres. Ellos la castigaban
con dureza por arrastrar a mi niña Adriana a sus locuras.
—Entiendo…
Eso quería decir que Adriana era la calmada, la hija ejemplar. ¿La
favorita? No lo sabía. Pero esa idea me confundía aún más.
—Me da miedo que un día se aleje tanto… que ya no podamos
recuperarla —añadió, mientras se secaba una lágrima traicionera.
—¿Llevas mucho tiempo trabajando para los Lombardi?
Mi curiosidad iba más allá de lo profesional. No solo quería saber todo
lo posible sobre Adrián Lombardi. Necesitaba saber de ella. De Camila.
Cómo era, qué hacía… si había alguna forma de acercarme sin que se
replegara aún más en sí misma.
—Desde antes de que nacieran las niñas —recordó con nostalgia—. Las
he cuidado, las he visto crecer. Les he dado todo mi cariño… más del que
sus padres pueden decir. Me dolió mucho la muerte de Adriana, pero me
duele todavía más que Camila, estando viva, parezca estar muerta también.
Las palabras de Stephanie me dejaron dándole vueltas a la cabeza
durante el resto del día. Camila parecía un laberinto sin salida, una
contradicción con piernas. Frágil y fuerte al mismo tiempo. No sabía si era
una trampa… o una herida abierta que nadie había tenido el valor de cuidar.
Me dolió escuchar esas palabras, y lo entendía. Yo mismo sufría cada
día por no tener a mi hermano y, joder… estar en esta casa me recordaba
constantemente que por culpa de ellos, Eliot no volvería jamás. Si tan solo
supiera qué pasó aquella noche, qué provocó el accidente o por qué lo
taparon como si no fuera importante.
Nada de lo que pasaba por mi cabeza en ese momento tenía sentido, y
no servía de nada seguir dándole vueltas. Podría preguntarle a Camila, pero
dado que su hermana era la que conducía, no estaba seguro de que pudiera
darme una respuesta que calmara este desasosiego que me carcomía por
dentro.
Cuando terminé de comer, recogí mi plato y lo metí en el lavavajillas.
Tras darle las gracias a Stephanie, tanto por la comida como por la charla,
salí al jardín para seguir con mi trabajo.
Y así pasaron los días, las semanas. Llevaba casi un mes trabajando para
los Lombardi, cuidando de Camila… que cada vez se alejaba más. La veía a
diario con la mirada perdida, el rostro ensombrecido, sin ganas de vivir.
Solo cuando estaba en el jardín, donde la pillé una vez haciéndole fotos a
las rosas rojas, pude ver cómo, en su boca, se dibujaba una media sonrisa.
Pero todo se volvía oscuro cuando cortaba una y le prendía fuego para
captar la imagen. Me desconcertó. Mucho. No entendía ese acto, pero
tampoco me atrevía a juzgarlo. Estaba claro que llevaba una guerra interna
que nadie más parecía ver. Nadie salvo yo.
La acompañaba a la universidad, me quedaba en la puerta del aula en la
que entraba. Con la única que se relacionaba era con aquella chica que
había visto el primer día. Noemí, creo que se llamaba. Aunque no parecía
estar muy complacida con soportarla, la escuchaba. Y poco a poco, se
dejaba llevar por esa amiga, la única que tenía.
Seguíamos en completo silencio. A veces me hablaba solo para pedirme
que la llevara a algún sitio o para recordarme cosas relacionadas con mi
trabajo. Y por extraño que parezca, comenzaba a molestarme el que no
quisiera hablar conmigo de otra cosa. Me estaba acostumbrando a su
presencia, a su forma de caminar, incluso a su perfume que siempre
quedaba impregnado en el coche cuando se bajaba.
Quería sacarle una sonrisa. Una auténtica. No una de esas que a veces
esbozaba por compromiso. Quería hacerle sentir que todavía había cosas
que valían la pena. Pero no podía acercarme demasiado. No debía.
Así que ideé un plan sencillo, casi infantil, pero lleno de intención.
Cada mañana, antes de que saliera de la casa, cortaba una rosa del jardín
y la dejaba con cuidado en el asiento trasero del coche. Siempre en el
mismo sitio, esperando que la viera al subir. Lo hacía en silencio, sin que
me viera, sin que supiera que era yo. Quería que pensara que era un detalle
sin nombre, algo espontáneo, como un mensaje del universo diciéndole que,
aunque no lo pareciera, todavía había belleza esperándola.
Nunca dijo nada. Pero cada vez que se subía y veía la flor, sus dedos la
rozaban con delicadeza. A veces la olía. A veces solo la guardaba entre las
páginas de su libreta.
Y, por unos segundos… juro que me parecía verla sonreír.
—Señorita Lombardi, ¿tiene que salir hoy a alguna parte? —pregunté
un sábado cualquiera.
No era porque no quisiera llevarla a ningún sitio o porque deseara
marcharme antes del trabajo. Desde que empecé, no había tenido días
completos de descanso, y solo por la noche, cuando me aseguraba de que no
saldría, me iba a casa.
—Axel, puedes volver a decirme Camila —dijo de pronto, sin
responder a mi pregunta—. Estoy cansada de estar contigo tantas horas y
sentirme más incómoda contigo que con mis padres, y eso, créeme, ya es
mucho decir.
Esbocé una sonrisa.
—Lo siento, no quería molestarte y por eso…
—No importa, de verdad. Me he acostumbrado a tu presencia, y qué
menos que hacerlo más llevadero para los dos, ¿no te parece?
¿Eso era una tregua?
—Está bien, si lo que quieres es una tregua, acepto.
Me sonrió, algo que no había visto antes con tanta sinceridad, y por un
momento, mi pecho se comprimió.
—Y no, hoy no tengo que salir a ninguna parte. Si quieres, puedes
marcharte antes, no me importa —añadió antes de entrar en la casa.
Había estado en el jardín haciendo sus fotos matutinas. Yo me escondí,
como siempre, para observarla, para darme cuenta de cómo seguía
hundiéndose más y más. Empecé a dibujarla, a trazar líneas finas de un
rostro parecido al suyo entre flores, de un cuerpo que no había visto pero
que imaginaba, aunque no quisiera reconocerlo, con una rosa llena de
espinas. Así fue como retomé algo que había dejado aparcado cuando me
hice militar.
—No te preocupes, me quedaré por aquí un poco más. Descansa —le
dije con una leve sonrisa. Asintió con la cabeza y se dio la vuelta para entrar
en la casa.
Un par de horas después, decidí hablar con el señor Lombardi para
pedirle permiso para marcharme antes. Llamé a su despacho y, tras una
breve espera, me atendió.
—¿Qué ocurre, Axel?
—Señor, como su hija no tiene planes para salir hoy, quería saber si
sería posible retirarme un poco antes. Llevo varios turnos seguidos y…
—Lo entiendo —me interrumpió con tono serio—, pero uno de los
hombres de seguridad ha tenido que marcharse de urgencia. Necesito que te
quedes hasta la noche, al menos hasta que llegue el compañero que te va a
relevar.
—Por supuesto, señor —respondí sin más.
Así que me quedé. Tomé el puesto del otro agente en una de las entradas
secundarias de la casa, donde no había tanto movimiento. Era una noche
tranquila, sin visitas previstas ni eventos en la residencia. Me acomodé en el
asiento del pequeño puesto de vigilancia exterior, con la mirada fija en las
cámaras y el oído alerta.
Pasadas las once, cuando ya faltaba poco para que llegara mi relevo,
algo llamó mi atención. Vi a Camila saliendo a hurtadillas por la puerta
lateral del jardín, la misma por la que por lo general entraban los empleados
de servicio. Vestía ropa oscura y una sudadera con capucha, igual que la
noche en que la conocí, como si no quisiera ser reconocida.
Fruncí el ceño y me incorporé, observando desde la distancia. Se
encontró con un chico que no había visto antes, alguien que no pertenecía al
entorno habitual de la casa. Alto, delgado, con el pelo alborotado y una
chaqueta vieja que colgaba de sus hombros como un trapo. Tenía una
pinta… problemática, por decirlo suave.
Hablaron durante unos segundos. No podía escuchar lo que decían
desde donde estaba, pero la forma en la que Camila se movía, nerviosa, la
mirada esquiva, me alertó.
Entonces, el tipo metió la mano en el bolsillo y le pasó una bolsita
pequeña con algo dentro. No pude distinguir qué era, pero estaba claro que
no era nada bueno.
Mi estómago se encogió. Sentí una mezcla de rabia, preocupación y
desconcierto. Algo en mí sabía que debía intervenir, pero no lo hice. Aún
no. Solo observé en silencio, escondido entre las sombras.
Camila se guardó la bolsita en el bolsillo de la sudadera y volvió a
entrar por donde había salido, sin mirar atrás.
Y yo me quedé allí, en silencio, con un nudo en la garganta y la certeza
de que algo estaba muy mal.
Unos minutos después, unos pasos me sacaron de mi ensimismamiento.
Era mi compañero, el que venía a relevarme. Asintió al verme y me saludó
con un gesto cansado.
—Gracias por cubrirme hoy, Axel. Me pilló de imprevisto lo de mi hijo,
de verdad.
—No te preocupes, no hay problema —respondí, aún con la mirada
puesta en la puerta por la que Camila había desaparecido minutos antes.
Le di una palmada en el hombro y me despedí con un simple "nos
vemos mañana", caminando hacia el coche con la cabeza llena de preguntas
y el pecho oprimido por una sensación difícil de explicar.
¿Qué estaba pasando con Camila? ¿Quién era ese tipo? ¿Qué llevaba en
esa bolsita? ¿Y por qué sentía tanto miedo de descubrir la respuesta?
Encendí el motor sin mirar atrás. Esa noche no podía sacármela de la
cabeza. A ella. A su silencio. A su sonrisa rota.
Y al presentimiento de que todo estaba a punto de desmoronarse.
CAPÍTULO 25
Camila
Los días junto a Axel se me hacían tan pesados como los que pasaba
encerrada en mi propia casa. La universidad se estaba convirtiendo en una
tortura, y aún más teniendo a Noemí pegada a mí como si temiera que
volviera a desaparecer.
Sabía que se preocupaba, que lo hacía con cariño, pero su constante
presencia terminaba asfixiándome. Había abandonado la carrera que eligió
al principio para pasarse a Ciencias Políticas, justo la misma que yo
estudiaba. Tenerla todos los días en clase ya era más que suficiente. Pero
no, también quería quedar para comer, salir de compras, ir al cine… una
lista interminable de planes que solo conseguían ponerme los nervios de
punta.
Había dejado de escribirle a Jared para pedirle pastillas. Al final,
terminé pidiéndole a Joan el número de su hermano para comprárselas
directamente a él. Joan, por supuesto, se negó en un primer momento. No
quería ser cómplice de mi destrucción, pero tampoco supo detenerme. Si no
era su hermano, sería otro. Al menos así —me decía— podía tenerlo
controlado. Pero lo cierto era que de Joseph no sabía nada. Y eso, en el
fondo, lo hacía todo mucho peor.
Seguía destrozándome día tras día. Ver a mi madre, de lejos, fornicando
con el jardinero como si nada importara; escuchar las quejas insoportables
de mi padre porque me negaba a seguir sus reglas; y, lo que más me dolía,
soportar el silencio perpetuo entre Axel y yo. Ese silencio era lo que peor
llevaba.
Y entonces, una mañana cualquiera, pasó algo inesperado.
Al abrir la puerta del coche para subirme, vi una rosa roja en el asiento
trasero. Fruncí el ceño, confundida. No entendía qué hacía allí, ni mucho
menos quién la había dejado. Pensé en Axel, por un segundo, pero dudé que
él sintiera el más mínimo interés en tener un gesto así conmigo. O al menos,
eso creía.
Pero al día siguiente, volvió a estar allí. Otra rosa roja, fresca, perfecta.
Y al otro día, una más. Siempre en el mismo sitio. Empecé a olerlas, a
guardarlas entre las hojas de mi libreta. Sin darme cuenta, cada mañana,
antes incluso de salir de la cama, pensaba en la flor que me estaría
esperando. Poco a poco, una sonrisa comenzaba a dibujarse en mi rostro.
Como si ese detalle silencioso fuera uno de los pocos motivos por los que
valía la pena despertar.
Pero ni siquiera eso conseguía alejar de mí la adicción que no podía
controlar.
Seguía drogándome cada noche, como si fuera lo único capaz de
ayudarme a dormir. Como si solo la anestesia de las pastillas pudiera
mantener a raya las malditas pesadillas que me atormentaban. En ellas,
siempre era lo mismo: el choque, el grito ahogado, el humo… Adriana. El
otro conductor. Yo, asesina. Yo, culpable. Y al despertar, una y otra vez, con
la sensación de que el castigo aún no era suficiente.
Llegó el lunes, después el martes, el miércoles… y toda la semana pasó
entre trabajos universitarios, mensajes de Noemí insistiendo en que fuera a
la fiesta que haría por su cumpleaños el sábado en su casa.
¿Iría?
Una parte de mí lo deseaba. Quería sentirme viva por un rato. Quería
reír, aunque fuese un poco. Pero había otra parte —la más grande— que
temía salir, que no sabía cómo actuar frente a los demás, que no confiaba en
poder controlar lo que llevaba dentro.
Y esa parte era la que, por lo general, siempre acababa ganando.
—Oh, vamos, no me hagas ponerme de rodillas —dijo Noemí mientras
caminábamos hacia el coche.
Axel venía detrás, escuchando atentamente nuestra conversación. No
necesitaba mirarlo para saberlo.
—Es que no lo sé, Noemí. No creo que sea buena idea —insistí, como si
aquella frase fuera un mantra que debía repetirme hasta creérmelo.
—¿Por qué no sales un rato? —Axel intervino de pronto,
sorprendiéndonos.
Se adelantó y se colocó frente a nosotras, mirándome directamente,
como si en toda la universidad solo existiera yo en su campo visual.
—Deberías salir, divertirte. No creo que tenga nada de malo.
—¿Y tenerte pegado a mí toda la noche? No, gracias —me burlé,
aunque una parte de esa burla era demasiado cierta.
—Prometo no molestar —dijo con una sonrisa cargada de ironía.
Cada vez que sonreía, algo dentro de mí se contraía. Me dejaba sin
aliento. Me fijaba en su rostro cuando no me miraba. Axel era guapo, muy
guapo, y aunque su belleza era evidente, lo que más me atraía de él era su
mirada. Esos ojos oscuros que, sin saber cómo, parecían contener una parte
de lo que yo misma llevaba dentro.
—No sé... creo que tener a mi guardaespaldas en una fiesta no me hará
precisamente la más popular. —Noemí soltó una carcajada, y yo la seguí,
contagiada por esa risa que antes tanto me provocaba.
—¿Desde cuándo te importa lo que piensen de ti? —preguntó Axel con
seriedad.
Esa pregunta me golpeó de lleno.
Antes, nunca me había importado lo que dijeran o pensaran de mí. Pero
eso fue antes. Antes de cargar con la muerte de mi hermana. Antes de ser la
única que sabía que aquella noche, por mi culpa, también había muerto otro
chico.
Ahora, la más mínima mirada de alguien bastaba para que el miedo me
invadiera. Un miedo que me hacía sentir juzgada constantemente, aunque
nadie supiera la verdad.
—Está bien, iré… pero… —dije antes de que Noemí comenzara a dar
saltitos de alegría—. No me pidas que disfrute, porque no creo que lo logre.
—Tranquila, con que vengas me es más que suficiente. —Me dio un
beso en la mejilla—. Nos vemos mañana, Cami.
Se giró hacia Axel y le sonrió.
—Adiós, guapo.
Mi guardaespaldas le devolvió la sonrisa y ella se marchó feliz.
Nos quedamos a solas, frente al coche, y aunque en ese momento lo
único que deseaba era desaparecer antes de regresar a casa, sabía que no iba
a suceder.
Axel me abrió la puerta para que subiera, y lo hice, pasando por su lado.
Me detuve unos instantes frente a él, mirándole a los ojos, perdiéndome en
la profundidad de su mirada, en la oscuridad que emanaba de ella. Cómo
me encantaría inundar todo mi ser con esa mirada, grabarla a fuego en mi
retina… aunque tal vez podía hacer algo mejor.
—¿Qué te ocurre? —preguntó, algo nervioso.
—Me gustan tus ojos —respondí sin pensar.
Algo en él despertaba en mí sensaciones que creía haber enterrado en lo
más profundo de mi alma, de mi corazón. Pero ahí estaba, mirando al
hombre que tenía delante, sin poder evitar sentir algo que ni siquiera sabía
que aún era capaz de experimentar. Hacía mucho que no me atrevía a sentir
nada así.
—Gracias —dijo, tras tragar saliva.
—¿Puedo hacerte una foto? —propuse, sacando mi cámara del bolso. Él
frunció el ceño—. Es solo que… bueno, eres… joder, me gustaría capturar
tu mirada. Si me dejas, claro.
—No sé, es la primera vez que alguien me pide algo así, y... me halagas.
—Me regaló una sonrisa—. Pero vale, te dejo hacerme esa foto, aunque
preferiría que fuera en otro lugar, ¿no te parece?
Me hizo mirar a mi alrededor y me di cuenta de que había estudiantes
por todas partes, así que entendí que le incomodaba dejarse fotografiar
delante de la gente. Asentí y subí al coche. Él cerró la puerta y luego se
subió para arrancar y sacarnos del campus.
Condujo despacio. Supuse que buscaba el lugar perfecto para detenerse.
Entonces pasamos por delante de aquel parque donde, tiempo atrás, le había
pedido que parara para hacer fotos. Aparcó y me bajé sin esperar a que
viniera a abrirme la puerta. No necesitaba actuar como una princesita
desvalida, podía hacer las cosas por mí misma. Él soltó una risita irónica
que me hizo arquear una ceja mientras lo miraba fijamente.
—Bien, ¿dónde quieres hacerlo? —preguntó.
Miré a mi alrededor, empapándome del lugar, del paisaje, del olor. Cerré
los ojos un instante y aspiré el aroma de las flores que recién comenzaban a
florecer.
—Ven conmigo.
Caminé hacia el centro del parque, donde los bancos estaban cerca del
césped recién cortado. Le pedí que se sentara allí y que mirara al horizonte,
como si estuviera solo. Al principio le costó concentrarse, pero una vez que
lo consiguió, me dejé llevar por la cámara e hice varias fotos de su rostro,
con la maleza de fondo. Estaban quedando increíbles. Cuando tuve unas
cuantas, me acerqué y me senté a su lado, algo que claramente lo puso
nervioso… lo noté, porque yo también lo estaba.
—Ahora mira a la cámara fijamente. Tranquilo, le he quitado el flash
para no dejarte ciego.
Hizo lo que le pedí, clavando su mirada en el objetivo. Pero no fue solo
eso. Fue como si, en lugar de mirar a la cámara, me mirara a mí. Como si,
en su mente, yo estuviera allí, justo delante, ocupando todo su campo de
visión. Esa intensidad, esa manera en la que su mirada parecía acariciarme
el alma, me desarmó por completo.
Solo le hice dos fotos. Dos disparos que me dejaron temblando por
dentro. Antes de que pudiera decir o hacer algo más, me levanté
bruscamente y comencé a caminar hacia el coche, sintiendo sus pasos detrás
de los míos, cada vez más cerca, como una presencia que me quemaba la
espalda.
—Camila, espera. —Me giró con suavidad hasta quedar frente a él—.
¿Qué te pasa? Pensé que…
—No, no pensaste. No pensé. —Mi voz sonó más cortante de lo que
esperaba—. Es mejor que me lleves a casa, Axel.
No quería mirarlo, pero lo hice. Y su rostro reflejaba confusión,
decepción… tal vez incluso algo de dolor.
—¿Por qué te pones así? —preguntó, dolido—. Nos estábamos llevando
bien, y ahora vuelves a cerrarte en banda, como si sentir algo más que dolor
estuviera prohibido para ti.
Sus palabras me golpearon como una bofetada emocional. Sentí un
nudo en el estómago, como si me acabara de lanzar al vacío sin red. ¿En
serio eso era lo que él creía? No tenía ni la más mínima idea de lo que era
vivir siendo yo. No sabía nada de las batallas internas que libraba cada
maldita noche, de las culpas que me consumían, del castigo silencioso al
que me sometía porque, en el fondo, sentía que no merecía más que eso.
Negué con la cabeza y bajé la mirada. Caminé hasta el coche y abrí la
puerta, pero antes de poder subir, él me tomó del brazo. Me detuvo con
firmeza, pero sin violencia. Me quedé atrapada entre la puerta y su cuerpo.
Sus ojos me buscaron, me escanearon como si quisieran leer mi verdad más
escondida. Sentí su aliento tan cerca de mis labios que por un instante pensé
que el mundo iba a detenerse.
—¿Qué haces? —murmuré, temblando. Mi voz ya no sonaba firme. Era
apenas un susurro lleno de dudas.
—¿A qué tienes miedo? —preguntó. Su tono no era acusador, era…
triste. Casi suplicante.
—No tengo miedo de nada —mentí.
—Mientes, Camila. —Sus palabras fueron suaves, pero implacables—.
Tienes miedo de ti misma. De sentir. De vivir. Créeme, conozco la
sensación… Pero estoy vivo. Los dos lo estamos.
Tomó mi mano y la colocó sobre su pecho.
—¿Lo notas? —dijo—. Es mi corazón, latiendo. Igual de fuerte que el
tuyo en este momento.
Y sí. Lo notaba. Su corazón palpitaba con fuerza bajo mi palma, como
si me llamara, como si me invitara a quedarme un poco más, a confiar. Pero
yo… yo no sabía cómo hacerlo sin romperme.
—Esto es absurdo —susurré, intentando zafarme de su agarre, aunque
una parte de mí no quería alejarse. No todavía.
Nos quedamos en silencio.
Un silencio denso, cargado de todo lo que ninguno de los dos se atrevía
a decir. Y, aun así, no necesitábamos palabras. Bastaba con cómo me
miraba. Con cómo mis dedos aún temblaban por haber sentido el latido de
su pecho. Con cómo mis ojos buscaban los suyos sin querer y al mismo
tiempo sin poder evitarlo. Era como si un imán invisible nos atrajera,
acercándonos sin prisa, pero con una fuerza que parecía inevitable.
Axel bajó la mirada a mis labios. Yo hice lo mismo con los suyos.
Estábamos tan cerca…
Mi respiración se volvió inestable, y su aliento rozó el mío, apenas una
caricia de aire. Cerré los ojos. Solo un milímetro más. Solo un segundo más
y…
¡Click! Click!
Los destellos me cegaron. Abrí los ojos de golpe y giré la cabeza hacia
donde provenían. A unos metros, medio oculto entre los árboles, vi el
reflejo de un objetivo y el brillo inconfundible de un flash.
—¡Mierda! —solté, dando un paso atrás como si me hubieran arrojado
un cubo de agua fría—. ¡Nos están haciendo fotos! Si mi padre se entera…
No terminé la frase. No hacía falta. Axel lo entendió de inmediato.
—Espera aquí un momento —me dijo, con la mandíbula apretada y la
mirada oscurecida por una determinación que me erizó la piel.
Lo vi alejarse con paso firme hacia el tipo que sostenía la cámara. El
fotógrafo intentó escabullirse, pero Axel fue más rápido. Le bloqueó el paso
y le habló con tono firme. No pude escuchar bien, pero por la expresión del
tipo, no estaban discutiendo sobre el clima.
El fotógrafo negó varias veces, haciendo gestos exagerados con las
manos. Axel mantuvo la calma. Al principio.
Pero luego vi cómo se inclinaba hacia él, hablándole al oído, y el cuerpo
del otro se tensó. Axel señaló con el dedo hacia nuestra dirección y solo
pude imaginar lo que estaba diciendo: “Díselo al senador Lombardi, si te
atreves.”
Finalmente, con expresión de fastidio, el tipo cedió. Borró las fotos bajo
la supervisión de Axel, quien no apartó la vista de la pantalla hasta que
estuvo completamente seguro de que no quedaba rastro alguno.
Cuando regresó, yo ya estaba dentro del coche.
No quería que me viera. No quería que notara cómo me temblaban las
manos, ni cómo mis ojos estaban vidriosos por todo lo que había estado a
punto de pasar y no pasó.
Axel subió al asiento del conductor sin decir palabra y arrancó.
Viajamos en completo silencio.
Yo iba con la frente apoyada contra la ventanilla, fingiendo mirar el
paisaje. Pero lo único que veía era a él. Su rostro tan cerca del mío. Su
aliento acariciando mi boca. El latido de su corazón bajo mi mano. Me llevé
los dedos a los labios, rozándolos como si con eso pudiera reconstruir el
momento que no fue, pero que dentro de mí había sentido tan real como si
de verdad nos hubiéramos besado.
Cuando llegamos a casa, no esperé. Ni siquiera le di las gracias.
Abrí la puerta del coche y corrí hacia el interior. Necesitaba huir. De él.
De lo que había sentido. De mí misma.
Subí las escaleras y me encerré en mi habitación, cerrando la puerta con
llave. Me apoyé contra ella, jadeando. Dejé que el silencio me envolviera de
nuevo, esta vez dentro de estas cuatro paredes que eran mi refugio… y mi
cárcel.
¿Y si lo hubiéramos hecho? ¿Y si ese beso se hubiera dado?
Mi mano volvió a mis labios, y esta vez cerré los ojos, deseando que esa
imagen no se me borrara jamás.
CAPÍTULO 26
Axel
¿Qué había estado a punto de hacer? Por el amor de Dios, ¿en qué
momento me había dejado llevar tanto? Estaba claro que mi relación con
Camila estaba llegando a un punto peligroso. Un punto en el que no sabía
cómo actuar… como si eso fuera posible. El peligro siempre había sido mi
terreno, mi manera de vivir, pero con ella… joder, con ella no estaba siendo
nada fácil.
Desde aquella noche en que la vi con ese tipo frente a la casa,
recibiendo una bolsita que solo podía contener drogas —¿qué otra cosa iba
a ser?—, supe que estaba metido hasta el fondo. Quería decírselo, contarle
que la vi… pero algo me frenaba. No podía meterme así en su vida, no si
quería seguir ganándome su confianza. Aunque, siendo sincero, ni siquiera
tenía claro por qué deseaba tanto conseguir eso de la hija del senador.
Mierda. Estaba hecho un lío, y necesitaba despejarme. A lo mejor una
visita rápida a casa de mis padres me vendría bien. Si Camila no pensaba
salir y el senador no me necesitaba, lo haría.
Pero cuando lo llamé, su respuesta me dejó claro que no sería posible.
—No se preocupe, senador. Aquí estaré, cuidando de su hija —dije con
profesionalismo.
Su respuesta me revolvió las tripas.
—Axel, lo que quiero es que la controles, no que la cuides. Camila
siempre se las ingenia para hacer lo que le da la gana, y eso nos mete en
problemas que luego cuesta arreglar. Así que controla, y nada más.
Colgó antes de que pudiera soltarle una de las muchas cosas que se me
pasaban por la cabeza. Qué cabrón. ¿De verdad ese era el trato que Camila
soportaba de su padre? Puede que no supiera lo que pasaba dentro de esas
paredes cuando estaban solos, pero no hacía falta ser un genio para notar
que había grietas profundas.
Y conociéndola como ya empezaba a hacerlo, no me costaba imaginar
que su relación con ellos era una de las razones por las que se había sumido
en esa oscuridad de la que no lograba salir.
Salí a caminar por los alrededores de la casa. El jardín, en silencio,
parecía más grande de noche. Me senté en el banco de mármol y clavé los
ojos en las rosas. Había unas, las más rojas, que sobresalían del resto. Eran
fuertes, de un carmín profundo… como sus labios.
Camila era como una rosa: hermosa por fuera, con un aroma
embriagador imposible de olvidar… pero también llena de espinas. Oscura
por dentro, como esas que solía quemar. Algo tan bello como inquietante.
Llevaba un rato en el laberinto cuando, de pronto, escuché la voz de
Camila llamándome desde la entrada. Me levanté y caminé hasta el lugar.
—Axel, tengo que salir —dijo, y fruncí el ceño—. Necesito ir a un sitio,
pero… nadie debe saber que voy allí, ¿vale?
—Por supuesto, Camila. No le diré nada a nadie —respondí con
sinceridad.
Y solo el hecho de pensar que confiaba en mí hizo que me relajara. Que
una parte de mí entendiera que estaba adentrándome en un terreno
pantanoso, del que ya no había forma de salir ileso. Por más que quisiera
alejarme o derrumbar a esta familia, no estaba seguro de que Camila tuviera
que cargar con todo eso. Ella era diferente. Tenía sus miedos, sus silencios.
Esa sonrisa que solo aparecía cuando encontraba la rosa en su asiento del
coche. Esa mirada que solo me había regalado a mí… porque sí, yo sabía
cómo miraba al resto del mundo, y era completamente distinta.
—Gracias —susurró, antes de subirse al coche. Yo hice lo mismo.
Me dio la dirección y puse rumbo al centro de la ciudad.
Por un instante, recordé un día en que salía del metro bajo la lluvia,
empapado hasta los huesos, y choqué con una mujer a la que no pude ver
bien, por la intensidad del aguacero. Pero lo que sí recordaba era la tristeza
en su mirada… muy parecida a la de Camila.
Cuando llegamos, me pidió que parara frente a un edificio de oficinas.
Quise saber a dónde iba, necesitaba acompañarla.
—Vamos —dije, dispuesto a bajar con ella, pero negó con firmeza.
—No puedes acompañarme aquí, Axel. Tengo que ir sola, por favor —
musitó, temerosa de que insistiera—. Para que te quedes más tranquilo…
voy a ver a la terapeuta, en el tercer piso. Pero espérame aquí, ¿de acuerdo?
¿Una terapeuta? Eso sí que no me lo esperaba. Y, joder, me alegró
saberlo. Si eso podía ayudarla a salir de la oscuridad en la que estaba
metida, entonces ya era un paso enorme.
—Tranquila, te esperaré aquí. Conozco bien el lugar, no me perderé —
dije, irónico, intentando sacarle una sonrisa.
—Lo sé, Axel… lo sé.
Se bajó del coche y entró al edificio, mientras yo la seguía con la
mirada, atento. No tenía idea de cuánto tiempo estaría ahí, así que
aproveché para llamar a mi madre y saber cómo estaba. Desde que empecé
a trabajar para esta familia, no habíamos vuelto a hablar. La última vez
discutimos porque ellos no estaban de acuerdo con que aceptara este
trabajo. Aun así, seguían siendo mis padres, los adoraba. No concebía mi
vida sin ellos.
—Axel, cielo —la voz de mi madre me reconfortó al instante.
No tardó ni dos tonos en contestar.
—Hola, mamá —la saludé, sonriendo.
—¿Cómo estás, cariño? ¿Sigues trabajando para… ya sabes? —Ni
siquiera era capaz de decir su apellido, y no la culpaba.
—Sí, mamá. Todavía trabajo para ellos… y sigo sin encontrar nada —
suspiré, agotado.
—Hijo, deja a esa familia, por favor te lo pido. Sé que quieres vengar la
muerte de tu hermano, que te gustaría saber qué pasó… Nosotros también
lo deseamos, pero preferimos saber que estás bien, aunque eso signifique no
conocer nunca la verdad.
—No vamos a entrar en esa conversación de nuevo, mamá.
Ella solo suspiró y dejó el tema aparcado, aunque sabía que no sería por
mucho tiempo.
Estuve hablando con ella un rato y después con mi padre. Ambos me
extrañaban… yo también a ellos. Les prometí que iría a verlos pronto,
aunque no tenía ni idea de cuándo podría hacerlo.
Colgué y me quedé sentado en el coche, con la mirada fija en la puerta
del edificio por donde Camila había desaparecido. Ya llevaba más de media
hora ahí dentro, y una parte de mí quería entrar y buscarla. Pero me contuve
unos minutos más. Hasta que ya no pude más.
Me bajé del coche, crucé la calle y aceleré el paso hacia la entrada del
edificio, decidido a comprobar que estaba bien. Pero justo entonces, choqué
con ella.
Camila salía con la cabeza gacha, los pasos inseguros, como si cada uno
le costara un mundo. La agarré antes de que tropezara y se cayera.
Y entonces la vi. Esa tristeza en su mirada. Las lágrimas desbordándose
por sus mejillas. Esa expresión rota, vencida, que me partió por dentro.
No pensé. No lo dudé.
La atrapé entre mis brazos, rodeándola con fuerza, como si yo pudiera
ser el refugio que necesitaba. Como si en mí encontrara algo que la salvara
del dolor.
Ella no dijo nada, solo se dejó llevar. Se derrumbó en mi pecho con un
suspiro ahogado, y lloró. Lloró como si llevara años reteniéndolo. Su
cuerpo temblaba, y yo acaricié su espalda con suavidad, intentando
calmarla, apretándola un poco más contra mí, como si con eso pudiera
absorber parte de su sufrimiento.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Un minuto. Cinco. Una eternidad.
Cuando por fin sus sollozos comenzaron a apaciguarse, llevé mis dedos
hasta su barbilla y la alcé con cuidado para que me mirara. Solo a mí.
Nuestros ojos se encontraron en un silencio cargado de todo lo que
ninguno se atrevía a decir. Yo le sequé las lágrimas con la yema de los
dedos, y por un instante, mis labios buscaron los suyos. Estuvieron a punto
de alcanzarlos.
Pero no lo hice.
Con un suspiro agotado, desvíe el rumbo y besé su frente, cerrando los
ojos por un instante mientras lo hacía.
Después, sin decir una palabra más, salimos del edificio. Subimos al
coche y puse rumbo a casa, con el pecho apretado y la certeza de que algo
había cambiado entre nosotros.
Cuando llegamos, ninguno se movió. Permanecimos en silencio,
encerrados en ese coche como si el tiempo se hubiera detenido. No nos
mirábamos, no hablábamos. Solo el sonido de nuestras respiraciones
entrecortadas llenaba el aire. Y entonces lo escuché… esos pequeños
sorbidos que anunciaban que ella volvía a llorar.
Me obligué a girar la cabeza, a mirarla. Porque si no lo hacía, el temor
de perder el control —ese que ya tambaleaba desde hacía tiempo— volvería
a dominarme. Y ahí estaba. En el asiento trasero. Con los ojos fijos en mí.
Brillantes por las lágrimas. Rotos.
—¿Estás bien? —pregunté, aun sabiendo la respuesta.
Ella negó, sin fuerza. Solo ese movimiento con la cabeza que me dolió
más que cualquier palabra.
Salí del coche sin pensar. Rodeé el vehículo, abrí la puerta trasera y me
metí con ella. Camila me miró, sorprendida, asustada.
—Axel, ¿qué haces? Pueden vernos y creer que…
No la dejé seguir.
No podía más.
La besé.
Mi boca se estrelló contra la suya con desesperación, como si me
estuviera ahogando y ella fuera el único oxígeno posible. Como si mis
labios llevaran semanas, meses, toda una vida esperando encontrarse con
los suyos.
Sentí su cuerpo tensarse un instante. Dudaba. Pero no se apartó.
Mis manos, que hasta entonces habían temblado por contenerse,
buscaron su rostro. Lo sostuve con delicadeza, mientras mi beso se volvía
más profundo, más salvaje. Ya no pensaba. Ya no razonaba.
Solo la sentía.
Y entonces, ese sonido... un gemido bajo, lastimero, que escapó de su
garganta como una súplica silenciosa. Y perdí el control.
Me dejé llevar. Mi lengua buscó la suya con una fiereza que ni yo
mismo conocía. Mis dedos se enredaron en su cabello, atrayéndola más.
Más cerca. Siempre más cerca. La apreté contra mí con hambre, como si el
simple acto de besarla no fuera suficiente. Como si necesitara fundirme con
ella.
El mundo desapareció. Solo estábamos ella y yo. Dos cuerpos que se
buscaban con urgencia, con una necesidad que dolía.
Sus labios se movían con los míos como si hubieran estado esperando
este momento toda la vida. El beso se volvió más feroz, más hambriento,
como si el dolor que la estaba consumiendo encontrara un escape en mi
boca, en mis manos, en mi cuerpo.
Entonces la sentí hacer algo que me rompió por dentro: llevó sus manos
hasta mi cabello y enredó los dedos con desesperación. Tiró de él, como si
necesitara aferrarse a algo real en medio del desorden que llevaba dentro.
Sus labios se apretaron contra los míos con más fuerza, más deseo. No
había duda ya. Nos necesitábamos. Como dos náufragos aferrándose el uno
al otro para no hundirse.
Yo la atraje aún más, si eso era posible, recorriendo su espalda con mis
manos, memorizando cada curva, cada temblor que provocaba mi contacto.
Mi respiración era un jadeo desesperado, y el corazón me latía como si
fuera a salirse del pecho.
Pero de pronto… ella se detuvo.
Se separó de golpe, como si algo dentro de ella la hubiera despertado.
Sus manos abandonaron mi cabello y sus labios dejaron los míos. Nos
miramos unos segundos, sus ojos llenos de confusión, culpa y miedo.
—Esto no puede pasar —susurró, agitada, con la voz temblorosa—. No
puede volver a pasar.
No me dio tiempo a decir nada. Abrió la puerta y salió del coche con
movimientos torpes, presa del pánico, como si acabara de cometer un
crimen.
Y yo me quedé ahí.
Solo.
Con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad, con los labios aun
ardiendo por su sabor. Con el cuerpo encendido, temblando, desbordado por
todo lo que acababa de pasar. Llevé una mano a mi rostro, intentando
calmarme, pero fue inútil. Todo mi cuerpo seguía pidiéndola, reclamándola
como si ese beso hubiese abierto una puerta que ahora no podía cerrar.
Maldita sea.
No debería haberla besado.
Y sin embargo… una parte de mí no se arrepentía en absoluto.
CAPÍTULO 27
Camila
¿Qué había pasado? ¿Cómo nos habíamos dejado llevar así? No debí
dejar que me besara, que su boca buscara la mía con esa fuerza, la misma
que me atrajo a él como un maldito imán. Esto no podía pasar entre
nosotros. Era solo mi guardaespaldas, y eso tenía que grabármelo a fuego
en la mente… y ahora también en el cuerpo, en los labios.
Joder, por mucho que me repitiera que había sido un error, no podía
dejar de pensar en que fue el error más increíble de toda mi puta vida.
Jamás me habían besado así. Nunca había sentido este fuego recorrerme el
cuerpo con un solo beso.
Subí a toda prisa a mi habitación, escapando de él, aunque sabía que no
venía detrás. Pero el miedo a que alguien nos viera… o qué sé yo. No, no,
no. Si mi padre llegaba a enterarse de que me andaba besuqueando con la
única persona en la que había confiado para controlarme… sinceramente,
no sabía cómo reaccionaría si eso llegara a sus oídos.
Ni yo misma sabía cómo iba a actuar frente a Axel después de esto.
Mierda.
Me pegué a la puerta de mi habitación y me dejé caer hasta quedar
sentada en el suelo.
La presión en el pecho, por haber vivido un momento que no merecía,
me jodió más de lo que me gustaría admitir. Porque no… no merecía ser
feliz, vivir como si nada, como si pudiera hacer lo que me diera la gana con
quien quisiera, sin importar nada más que eso: vivir.
No podía. No mientras mi hermana estaba enterrada, sin poder hacer lo
mismo, sin poder seguir avanzando con su vida, con sus sueños… porque
yo me los había cargado.
Cuando decidí salir para ir a ver a la terapeuta, jamás imaginé que
acabaría así: ahogada en recuerdos y pensamientos que no me llevaban a
ninguna parte.
Llevaba días sintiendo que debía hablar con ella, con mi terapeuta.
Necesitaba desahogarme con alguien que no me juzgara, alguien que no
intentara arreglarme como si fuera un juguete roto.
No creí que su abrazo —el de Axel— pudiera calmar mi dolor, que sus
brazos lograran aliviar, aunque fuera por unos instantes, todo lo que estaba
soportando.
Lo que estuviera a punto de pasar con él tenía que parar aquí y ahora.
No podía permitirme bajar la guardia… no estaba preparada para sufrir
más, y mucho menos por amor.
«¿Amor? ¿Quién ha hablado de amor?», pensé mientras me levantaba
del suelo.
Decidí que era mejor concentrarme en estudiar para el examen que tenía
pronto, aunque no estaba segura de poder lograrlo… no cuando mis labios
seguían ardiendo por su contacto.
Me pasé las manos por el rostro y me miré al espejo, repasando cada
línea de expresión. Seguía sin encontrar a la joven risueña que un día fui.
¿Lograré volver a ser la que era?
Dicen que los cambios son buenos si traen consigo felicidad… pero no
estaba segura de que ese fuera mi caso. No era feliz. Había cambiado, y
sabía que seguiría así el resto de mi vida, porque nunca iba a olvidar lo que
hice. Esa pesadilla me iba a perseguir para siempre, aunque intentara
borrarla con las drogas.
Me miré los brazos; algunas cicatrices se veían más pequeñas. Por
suerte, el maquillaje ayudaba a que nadie notara que me autolesionaba. Y
cuando hacía frío, no tenía ese problema.
Pero tenía miedo de olvidarme de ellas… y que alguien las viera. ¿Qué
pensarían de mí? Joder, Axel tenía razón. ¿Desde cuándo me importaba lo
que la gente pensara? Jamás me importó. Nunca tuve esa necesidad de ser
correcta todo el tiempo para agradar a los demás.
De pronto, mis pensamientos se vieron interrumpidos por unos toques
en la puerta. Aunque estaba segura de que no era Axel, una parte de mí
habría querido que lo fuera. Sin embargo, al abrirla, me encontré con el
rostro perfectamente maquillado de mi madre. Fruncí el ceño al verla, pues
hacía mucho que no venía a mi habitación a hablar conmigo.
—¿Me dejas pasar? —preguntó. Me aparté de la puerta y ella entró.
—¿Qué quieres? —dije con desgana, rodeándola para volver a sentarme
frente al escritorio.
—Hola a ti también, hija. —Solté una risa irónica—. Camila, no te rías,
por favor —me pidió con calma, mientras se acercaba y cogía una silla que
estaba en la esquina para sentarse a mi lado. Un gesto del todo inusual en
ella.
La miré perpleja y llena de expectación. No es que me importara lo que
tuviera que decirme, pero seguía siendo una persona curiosa. En eso, no
había cambiado.
—¿Cómo estás? —Su pregunta me sorprendió, notoriamente—. Lo
siento, sé que no he estado muy pendiente de ti desde que… ya sabes. —
Suspiró, y yo seguía mirándola como si la persona que tenía delante fuera
una completa desconocida—. No me he comportado como debía, y estoy
muy arrepentida.
—¿A qué viene esto ahora, mamá? —No quería sonar dura, pero me
jodía que intentara engañarme con palabras bonitas solo para conseguir
algo.
La conocía. Sabía que ese era su modus operandi. Cuando necesitaba
algo de mí —fuera lo que fuera— usaba el falso cariño como moneda para
lograr su objetivo. Pero esta vez, no me iba a dejar engatusar.
—Viene a que hemos sido muy duros contigo. Viene a que sé lo que
estás sufriendo desde la muerte de tu hermana… y te entiendo. Te sientes
culpable por lo que pasó, y en parte lo eres. —Resoplé. Ni cuando intentaba
ser buena le salía bien.
—¿Has venido a preocuparte por mí o a hundirme más? Porque si es lo
primero, no vas por buen camino. —Puso su mano sobre la mía.
—Perdóname, Camila.
¿Cuántas veces había escuchado esa frase de su boca? ¿Y cuántas
fueron una mentira? No le creía ni una sola palabra. Me lo había
demostrado demasiadas veces: sus disculpas eran vacías, y su amor,
inexistente.
Dejé de mirarla porque me dolía. Porque por mucho que intentara
odiarla, no podía. Era mi madre. La mujer que admiré de niña y de la que
dejé de esperar algo al crecer. Aun así, un mínimo gesto de cariño por su
parte era como un bálsamo para mis heridas... pero así como llegaba, se
desvanecía.
Ya estaba acostumbrada, pero seguía doliendo igual.
—Te culpamos de la muerte de Adriana sin pensar en cómo te sentías tú.
Tendríamos que haberte dado más apoyo, más cariño. Todo sería diferente
si lo hubiéramos hecho, pero…
—Pero no lo hicisteis, y me hundisteis más de lo que ya estaba. No
quiero tus disculpas ahora, mamá. Llegan tres años tarde. —Me levanté con
la intención de salir de mi habitación, de dejar de ver sus lágrimas de
cocodrilo.
—Espera, cielo. —¿Cielo? Ja. Yo no era su cielo. Esa era mi hermana.
Y sí, ahora estaba en el cielo, como el ángel que era.
Yo, en cambio, tenía toda la pinta de acabar en el infierno por lo mal
que estaba haciendo todo. Aunque, si lo pensaba bien, ya estaba viviendo en
él.
—Queremos intentar cambiar contigo… déjanos hacerlo, por favor.
Me giré sobre mis talones y la miré fijamente.
—Cena con nosotros esta noche, ¿vale? Vienen unos invitados de tu
padre…
—Ahora lo entiendo todo —la interrumpí—. Necesitabas algo de mí y
has venido a convencerme con tu “cariño”. No, gracias. Prefiero seguir aquí
encerrada.
—No me entiendas mal. No queremos que cenes con nosotros por la
visita, Camila. —Caminó hacia mí y puso sus manos en mis hombros—.
Solo… acompáñanos, por favor. Te prometo que a partir de ahora todo será
diferente.
Dudé. Dudé solo unos segundos.
—Déjame demostrarte que digo la verdad.
—Está bien —respondí con desgana, y ella sonrió complacida—, pero
me pondré la ropa que quiera, ¿de acuerdo? No pienso ponerme ningún
vestido de gala, ni mucho menos. —Negó con efusividad.
—Ponte lo que te apetezca. —Me dio un beso en la mejilla—. Nos
vemos después, ¿vale?
Fue lo último que dijo antes de salir de mi habitación, dejándome
descolocada, con la mano en la mejilla donde me había besado.
Cerré la puerta y caminé hasta la cama para sentarme. Estaba
confundida. Demasiado. Y una parte de mí no creía nada de lo que me había
dicho, pero la otra —la que necesitaba a su madre más que nunca— quiso
aferrarse a eso como a un clavo ardiendo.
Me obligué a creerle… y me hizo sentir bien. Tal vez, la cura para mi
alma la tenía ella sin saberlo.
Cogí mi cámara y salí de la habitación. Bajé las escaleras y me escabullí
por la puerta de la cocina para salir al jardín sin que nadie me viera con ella.
Aunque sabía que mi madre era consciente de que solía hacer fotos en mis
ratos libres —a pesar de que no le gustaba—, prefería mantener ese
pequeño rincón solo para mí.
Paseé por el jardín hasta llegar al laberinto. El olor de las rosas se coló
en mis fosas nasales y aspiré profundamente, deleitándome con su aroma.
Me senté en el banco de siempre e hice algunas fotos de las rosas
nuevas que estaban brotando. Y, aunque normalmente solía cortar una para
luego quemarla, hoy no lo hice… no sentí esa necesidad de destruir algo tan
hermoso.
Estuve un rato en el laberinto, pensando, intentando calmar esa parte de
mí que me pedía a gritos drogarme para evadirme. Luchaba contra las
ansias, aunque sin mucho éxito, todo había que decirlo. Me levanté con la
intención de volver a casa, pero la presencia de alguien a quien no esperaba
ver hasta mañana me hizo detenerme en seco.
—Camila. —Axel se acercaba a mí despacio—. ¿Te sientes mejor?
—Hola, Axel —dije simplemente, evitando responder a su pregunta.
—Hola…
Con un par de zancadas más, lo tenía frente a mí. Cerca. Como siempre.
Como en los últimos días.
—No me has respondido a la pregunta —dijo con una sonrisa.
—Sí, gracias —respondí, y me di la vuelta para irme.
—Espera… no te vayas, por favor. —Cogió mi brazo, pero no me giré.
Axel se pegó a mi cuerpo y sentí su frente apoyada en mi nuca. Un
escalofrío me recorrió la espalda. Me puso más nerviosa de lo que me
esperaba. ¿Por qué conseguía alterarme de esa manera? No entendía cómo
con solo tenerlo cerca, mi cuerpo reaccionaba como si lo conociera desde
siempre, como si lo hubiese tocado más de una vez.
Me giré al fin y levanté la mirada para encontrarme con sus ojos. Yo era
alta, pero Axel lo era más.
—Siento lo de… ya sabes —se disculpó, y fruncí el ceño.
—¿Qué sientes exactamente? ¿Haberme besado? ¿O te arrepientes de
haberlo hecho?
Las preguntas salieron de mi boca sin pensar, impulsivas, como si mi
subconsciente hablara por mí.
—¿Y tú te arrepientes? —respondió con otra pregunta, sin apartar la
vista de la mía.
—Yo he preguntado primero. —Sonrió de lado—. Pero… respondiendo
a tu pregunta, una parte de mí cree que fue un error.
—¿Y la otra parte?
—No me arrepiento… —musité, hecha un manojo de nervios, y a él
pareció gustarle mi respuesta—. Sin embargo, no volverá a pasar.
La expresión de Axel cambió, tornándose desconcertante, y me sentí
mal por ello. Pero tenía que ser sincera. No podíamos cruzar esa línea. Si lo
hacíamos, acabaríamos arrepintiéndonos. Él, por dar un paso hacia alguien
que estaba rota. Yo, por arrastrarlo conmigo sin importarme nada ni nadie.
—Por supuesto… pienso lo mismo —dijo, enarcando una ceja mientras
soltaba mi brazo.
Se giró para marcharse, y esta vez fui yo quien lo detuvo, sujetándolo
suavemente.
—No me has respondido, Axel —le recordé.
—¿Acaso importa? —preguntó.
Asentí. Me miró de nuevo y volvió a acercarse, como si mi cuerpo fuera
un imán para el suyo.
—No me arrepiento de haberte besado, Camila. Tampoco me arrepiento
de haberlo deseado desde que te conozco. Pero sé que es un error… y no
volverá a pasar. A menos que seas tú quien quiera lo contrario.
Su respuesta me dejó perpleja, hecha un mar de dudas. No se arrepentía.
Lo deseaba. Y por más que quisiera negarlo… yo también.
Se fue sin decir nada más, y cuando recobré la compostura, regresé a
casa para ducharme y vestirme.
El agua caliente me envolvió como un manto, pero no logró apagar el
fuego que me dejaba su cercanía. Cerré los ojos y me dejé caer contra la
pared de la ducha, mientras en mi mente se repetía una y otra vez aquel
beso, su mirada, su voz ronca diciendo que me había deseado desde que me
conocía. ¿Por qué me afectaba tanto? ¿Por qué me costaba tanto alejarme de
él sí sabía perfectamente que no me convenía?
Suspiré. Estaba hecha un lío. El deseo era una cosa… pero lo que él me
hacía sentir era otra muy distinta.
Salí de la ducha, me sequé con calma y elegí un pantalón negro de tela
fluida y una camisa azul que me sentaba bien sin llamar demasiado la
atención. No quería parecer desarreglada, pero tampoco dar que hablar por
vestirme demasiado. Me peiné y recogí parte del cabello en un
semirrecogido sencillo, pero cuidado, lo justo para que no dijeran nada. Me
maquillé con lo básico, lo justo para tapar las ojeras y resaltar un poco los
ojos.
Bajé justo cuando la visita llegaba.
—Camila, cariño —dijo mi padre al verme—, ven, quiero presentarte a
unos amigos.
Me acerqué a ellos con una sonrisa educada.
—Este es Augusto, un gran amigo desde hace años —dijo, palmeando al
hombre en la espalda—. Y ella es su esposa, Erika.
Asentí con la cabeza, cordial.
—Y este joven es su hijo, Eiron —añadió con un entusiasmo que me
hizo fruncir el ceño—. Un chico brillante, acaba de terminar su máster en
Economía en Harvard, habla tres idiomas, y está por entrar en una firma de
inversión muy importante en Nueva York.
Lo miré. Eiron era guapo, impecable, perfectamente peinado, con un
traje que gritaba “dinero” y una sonrisa pulida que no me decía
absolutamente nada. Su forma de saludarme fue tan correcta que rozó lo
artificial.
Mi padre lo vendía como si fuera un kilo de patatas gourmet.
Conforme iba enumerando sus logros, supe lo que estaba pasando. Esa
cena no era solo una reunión amistosa. Era para que conociera a ese chico.
Y cuanto más hablaban de él, más claro lo tenía.
No era para nada mi tipo.
Demasiado estirado para mí.
CAPÍTULO 28
Axel
Qué estúpido había sido. Pensé que cuando hablara con ella, que
cuando me dijera que no se arrepentía, podríamos… no sé, quizá empezar
algo, aunque fuera pequeño. Pero no. No podíamos tener nada.
Mierda, ¿por qué era tan gilipollas? Jamás fui detrás de una mujer, pero
con Camila todo era distinto. Ella lo era. Y no se daba cuenta de lo increíble
que era. Si pudiera verse con los ojos con los que yo la miraba, todo sería
distinto. Pero en su interior tenía una guerra que parecía no cesar, una lucha
constante, y solo deseaba, por su bien, que ganara la parte de ella que quería
salir de esa oscuridad en la que se consumía día tras día. Porque si no lo
hacía, si no salía de ahí, me dolería más de lo que estaba dispuesto a
reconocer.
La dejé en el jardín con desgana, porque tampoco quería agobiarla. Si
había decidido que lo nuestro no podía repetirse, la respetaría. Aunque
estaba seguro de que sentía lo mismo que yo. Queríamos seguir. Queríamos
más.
Me senté en el coche, encendí el aire acondicionado, aunque no sabía si
el calor que sentía era por la temperatura o por todo lo que ella me causaba.
Puse la radio, pero no escuché ni una sola canción. Me quedé allí,
sentado, pensando en todo y en nada. Antes amaba la soledad, pero desde
que la conocía, se me hacía insoportable.
Me importaba. Camila me importaba más de lo que debía admitir, más
de lo que podía permitirme. Y eso tenía que cambiar. No podía importarme
la hija del senador. No cuando había venido aquí con otros planes. Sin
embargo, después de un mes cuidándola, había olvidado por completo
cuáles eran.
Las horas pasaron lentas y, por la noche, el senador me dijo que me
fuera, que podía descansar antes. Asentí, dispuesto a marcharme. Pero
cuando vi que tenían visita, decidí quedarme un rato más. Algo me decía
que debía hacerlo.
Y entonces, la vi salir por la puerta principal. Camila. Iba preciosa, con
un pantalón negro, una blusa azul y el cabello semirrecogido. Natural, pero
arreglada. Como si no quisiera llamar demasiado la atención, pero sin dejar
de verse perfecta.
Iba acompañada del tipo que había llegado con los otros dos invitados.
Se detuvieron en el porche y se quedaron charlando.
Me jodió. Mucho.
Hice lo que jamás en mi vida había hecho: sentir celos. Salí del coche
sin que me hubieran llamado. Supuestamente iba a despedirme de ella, pero
no era eso lo que me movía.
Me acerqué lo suficiente para escuchar cómo él la elogiaba.
—Eres realmente guapa, Camila. Tus padres no exageraban cuando
dijeron que conocería a la chica más increíble de mi vida —le decía,
mirándola con descaro.
¿En serio? ¿Le habían planeado una cita? ¿Querían emparejarla con ese
tío? ¿Pensaban que con solo ponerlos juntos, funcionaría?
Ella se sonrojó. Pero no de gusto. Lo noté. Tenía la espalda un poco
tensa, los hombros rígidos. Su sonrisa era forzada y sus ojos, algo huidizos.
—Gracias… —respondió Camila, incómoda—. ¿Quieres que te enseñe
el jardín? Hay un laberinto de rosas que suele gustar mucho.
—Claro, encantado. Seguro que me gusta más si tú me lo enseñas —
añadió él con un guiño que me revolvió el estómago.
Ella caminó delante de él, algo rígida, y él la siguió demasiado cerca.
Justo cuando se acercaba más, como si fuera a besarla —maldita sea, de
verdad lo iba a intentar—, no lo aguanté más.
—Señorita Lombardi —llamé, desde el porche. Mi voz sonó firme, sin
titubeos. Ella se detuvo en seco y giró la cabeza de golpe. El tipo también se
dio la vuelta, sorprendido.
Camila parpadeó, como si volviera a la realidad. Vi cómo sus mejillas se
encendían de rojo y cómo su cuerpo se relajaba un poco al verme. No sé si
fue alivio o confusión, pero fuera lo que fuera, me alegró interrumpirlos.
—Perdone —le dije, acercándome con calma, como si no acabara de
evitar una catástrofe—. ¿Podemos hablar un segundo?
La mirada de Camila se posó en él y luego en mí, con cierta duda.
—Tranquila, te espero aquí —dijo él, sonriente. Qué considerado.
Ella dudó un instante, como si supiera que acercarse a mí era cruzar una
línea, pero al final asintió con un suspiro.
—Claro —respondió, dirigiéndose hacia mí.
Y ahí estaba yo, otra vez, cruzando esa línea sin remedio.
Nos alejamos un poco del porche, lo justo para que no nos escucharan.
Camila me miraba con el ceño ligeramente fruncido, como si esperara algo
importante.
—¿Qué necesitas, Axel?
Me quedé en silencio. La verdad, no lo había pensado. No tenía ninguna
razón válida para interrumpirlos. Solo… no podía permitir que eso pasara.
Que él se acercara. Que la tocara. Que la besara.
Ella ladeó la cabeza, esperando.
—¿Axel?
—¿Quién es ese tipo? —pregunté de golpe, casi sin pensar.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Qué?
—¿Te gusta? —insistí, con la voz más baja, pero firme.
Camila abrió los ojos como platos y entreabrió los labios,
completamente desconcertada.
—¿En serio me estás preguntando eso?
No respondí. Solo la miré, esperando que dijera que no, aunque no tenía
ningún derecho a pedirle nada. Pero el silencio de Camila no hizo más que
intensificar mis propias dudas. Me sentía estúpido, pero al mismo tiempo,
no podía callarme. No esta vez.
—¿Y si así fuera, qué? —respondió ella, desafiante.
¿En serio me estaba diciendo eso? Comencé a negar con la cabeza,
intentando hacerle ver lo evidente. No podía interesarse por ese tipo. No
cuando su cuerpo reaccionaba al mío. No cuando yo apenas podía
contenerme cerca de ella.
Mis labios ya habían tocado los suyos con una fiereza que jamás había
sentido antes, una que me había dejado marcado. Eso tenía que significar
algo. Para los dos.
—No te gusta —le dije, más para mí que para ella—. Lo sé.
—¿Cómo estás tan seguro? Axel, no me conoces lo suficiente, no sabes
mis gustos.
Me acerqué aún más. Su cuerpo se tensó al instante.
—¿Qué haces? Para, puede vernos alguien, Axel.
Su voz temblaba, y la mía también cuando hablé.
—Porque te gusto yo. Porque noto cómo te estremeces cuando mis
brazos te rodean. —Llevé mi mano a su barbilla, con suavidad, como si ese
simple contacto pudiera calmar la tormenta entre nosotros—. Porque tus
labios buscan los míos… incluso cuando intentas negarlo.
—Estás loco —susurró, intentando zafarse de mi agarre.
—Suéltame, Axel.
—¿De verdad quieres que lo haga? —La miré fijamente, clavando mis
ojos en los suyos—. ¿Es eso lo que quieres? Tu boca me dice una cosa, pero
tu cuerpo… tu mirada me grita otra.
Ella no respondió. Sus ojos estaban fijos en los míos, su respiración
acelerada, las mejillas ardiendo. Y entonces lo hice.
Roce sus labios con los míos. Apenas un suspiro. Apenas un instante.
Pero suficiente para sentir cómo el mundo se detenía, cómo su cuerpo
temblaba con el mío.
—Camila —susurré contra su boca.
—¡Camila! —La voz de ese tipo rompió el momento como un balde de
agua helada.
Ella reaccionó de golpe, como si despertara de un sueño. Se apartó
bruscamente, los ojos abiertos de par en par, el pecho subiendo y bajando
con fuerza.
—No… —murmuró, sin mirarme—. No…
Y sin decir nada más, salió corriendo hacia la casa, sin mirar atrás, sin
escuchar ninguna palabra más de mi parte.
Me quedé allí, inmóvil, con el corazón desbocado y las manos vacías.
¿Qué acababa de hacer?
Me pasé una mano por el rostro, maldiciéndome en silencio. Otra vez.
Otra maldita vez me había dejado llevar. Y, sin embargo, por más que lo
intentara, no podía arrepentirme del todo.
Porque lo deseaba. Porque la deseaba.
Caminé hasta el coche, sin mirar a nadie. Me subí, cerré la puerta con
un golpe seco y arranqué.
Aceleré sin pensarlo dos veces, como alma que lleva el diablo. Tenía
que alejarme de allí. De ella. De todo.
Cuanto más lejos, mejor. Aunque supiera que volvería a buscarla.
Porque, joder, Camila ya era parte de mí.
***
El sonido del teléfono me despertó. Eran apenas las ocho de la mañana.
Al ser sábado, solía llegar más tarde a casa de los Lombardi.
—¿Sí? —contesté con la voz pastosa.
—Axel, soy Camila.
Abrí los ojos de golpe.
—Camila, dime. ¿Pasa algo?
Me incorporé de inmediato, sentándome en la cama.
—No, no, tranquilo. Solo quería avisarte que no hace falta que vengas
por la mañana. Pasaré el día con mi madre. Solo ven cuando sea la hora de
ir a la fiesta de Noemí, ¿de acuerdo?
—¿Estás segura? ¿No necesitas que te lleve donde vayáis?
—No, nos lleva el guardaespaldas de mi madre, tranquilo.
—Está bien… Nos vemos después. —Escuché cómo respiraba al otro
lado—. Camila…
—Dime…
—Nada… Hasta luego.
—Hasta luego, Axel.
Colgué, aún con su voz resonando en mis oídos. Necesitaba despejarme,
sacarla de mi cabeza, aunque supiera que era inútil.
Me vestí con ropa cómoda y salí descalzo hacia la playa. Caminé por la
orilla, dejando que la arena mojada se colara entre mis pies. El viento fresco
y el sonido del mar me recibieron como un viejo amigo, uno que siempre
estaba ahí para recordarme lo que era respirar sin peso en los hombros.
Después de unos minutos caminando, me quité la camiseta y me adentré
en el agua. Estaba fría, casi cortante, pero no me importó. Me zambullí de
lleno, sintiendo cómo el agua helada me sacudía por dentro, como si
intentara borrar todo lo que llevaba encima.
Nadé sin rumbo durante un buen rato, hasta que el aire comenzó a
faltarme y sentí esa punzada familiar en el pecho. El esfuerzo aún me
pasaba factura, aunque cada vez un poco menos. Me detuve y floté mirando
el cielo, dejando que el vaivén del mar calmara mi respiración entrecortada.
Mientras tanto, mi mente repasaba una y otra vez lo mismo: Camila, su
mirada, su voz, la forma en que temblaba cuando me acercaba. Pensé
también en mi hermano, en todo lo que había dejado atrás, en lo que debía
hacer, en lo que no quería permitir que pasara… aunque no supiera cómo
evitarlo.
Salí del agua empapado y con la piel de gallina. Me senté un rato en la
arena, dejando que el sol tímido me secara. Cuando sentí que podía
moverme sin estallar por dentro, regresé a mi casa.
Me duché con agua caliente, me vestí con ropa limpia y preparé algo
sencillo para almorzar. Encendí la televisión solo por tener algo de ruido de
fondo mientras comía, sin prestar atención a lo que pasaba en la pantalla.
Después de comer, me dejé caer en el sofá con la intención de ver algo
más en la tele, pero el sueño me atrapó sin avisar. Cuando desperté, casi
eran las siete de la tarde.
Me froté los ojos y miré la hora otra vez, maldiciendo en silencio por
haberme quedado dormido. Tenía que cambiarme. Iba a ponerme uno de los
trajes, pero recordé que los dos que tenía necesitaban urgentemente un
lavado. No me había dado tiempo ni de llevarlos a la tintorería.
Suspiré resignado y me decidí por un pantalón negro bien planchado y
una camisa oscura, algo más informal que un traje, pero lo bastante decente
como para no desentonar.
Me peiné con las manos frente al espejo, cogí mis llaves y salí. El aire
del atardecer me recibió con esa mezcla de sal marina y promesas que
nunca se cumplen. El cielo, teñido de naranjas y lilas, parecía un cuadro
perfecto… si no fuera por el nudo que tenía en el pecho.
Conduje en silencio hasta la casa de los Lombardi y aparqué frente a la
entrada principal, como de costumbre. El reloj marcaba poco más de las
ocho cuando llegué. Me quedé dentro del coche, esperando. No porque
tuviera que hacerlo, sino porque no sabía cómo reaccionaría al verla. Ni
siquiera sabía cómo iba a reaccionar yo.
Pasaron los minutos. La noche fue cayendo despacio, tiñendo todo de
sombras suaves y luces cálidas que escapaban por las ventanas de la casa.
Me bajé del coche y cerré la puerta con suavidad. Afuera, apoyado en ella
con los brazos cruzados, seguía esperando, inmóvil, atrapado en mis
propios pensamientos. De vez en cuando, levantaba la vista para observar a
los invitados que llegaban o se despedían. Pero nada de eso me importaba.
A las diez en punto, la puerta se abrió y ella apareció.
Camila.
Vestía un pantalón ajustado negro que delineaba sus piernas con una
perfección que dolía. Llevaba una blusa negra, casi transparente, que dejaba
ver lo justo, lo suficiente para hacerme perder el equilibrio. El cabello
suelto, liso como una cascada oscura que enmarcaba su rostro. Iba
maquillada con sutileza, apenas lo necesario, pero con los labios… joder,
los labios rojos. Rojos como un pecado que me llamaba a gritos.
Sentí cómo se me tensaban los músculos al verla. Estaba preciosa. No.
Estaba deslumbrante. Y también, inalcanzable.
Respiré hondo, una vez, dos… y ella me vio.
Y durante un segundo —solo uno— no existió el resto del mundo.
Camila caminó hacia mí como si no supiera el efecto que tenía sobre mi
voluntad. O tal vez sí lo sabía, y simplemente no le importaba.
Cuando estuvo lo bastante cerca, le abrí la puerta del coche sin decir
palabra. Se subió con la elegancia que siempre cargaba, sin mirarme
siquiera. Me rodeó con su perfume y me dejó con el pulso acelerado, como
si cada encuentro fuera el primero.
Subí yo también, cerré la puerta y encendí el motor.
Esa noche, aunque no lo supiera todavía, iba a cambiarlo todo.
Y lo peor de todo… es que yo ya estaba demasiado jodido como para
querer evitarlo.
CAPÍTULO 29
Camila
Mi padre me pidió que hablara con Eiron, que saliéramos afuera a
disfrutar del cielo, que según él estaba precioso. ¿En qué estaba pensando?
—Hija, ¿me estás escuchando? —La voz de mi padre me sacó de mis
pensamientos.
—Sí, claro —respondí casi como una autómata—. Ven, Eiron.
Nuestros padres se encaminaron a la sala para esperar a que la cena
estuviera lista, y mientras tanto, este chico que no paraba de sonreírme
como si intentara conquistarme se quedó a mi lado. No tenía muy claro cuál
era el juego en el que mis padres me estaban metiendo, pero lo que sí sabía
era que no pensaba seguir sus reglas.
Nos quedamos un momento en el porche, hablando. Bueno, hablando él,
porque yo apenas respondía. Me dijo que era realmente guapa, que mis
padres no habían exagerado al decirle que conocería a la chica más
increíble de su vida. ¿En serio? ¿Habían dicho eso?
Solo pude responder con un “gracias”. No me quedaba otra. No sabía
cómo salir de esa conversación incómoda, así que se me ocurrió preguntarle
si quería que le enseñara el jardín, mencionando el laberinto de rosas que
teníamos. Ese lugar tan bonito donde pasaba horas haciendo fotos. El
mismo lugar donde Axel me dijo que no se arrepentía de haberme besado.
—Claro, encantado. Seguro que me gusta más si tú me lo enseñas —
añadió, guiñándome un ojo.
Caminé apresurada, alejándome de él lo más que podía, porque algo en
mi interior me gritaba que esto no era solo una cena entre amigos. Más aún
cuando Eiron intentó besarme.
De pronto, escuché la voz de Axel llamándome, y al girarme, lo vi.
Estaba ahí, con esa mirada profunda y el ceño fruncido. Parpadeé, como si
volviera de golpe a la realidad. Sentí el calor subir a mis mejillas en cuanto
lo vi. Mi cuerpo se tensó. Y, aunque no podía decirlo en voz alta, una parte
de mí le agradecía su intervención.
—¿Podemos hablar un segundo?
Miré a Eiron y luego a Axel. No tenía sentido que mi guardaespaldas
quisiera hablar conmigo en ese momento, pero Eiron me dijo que me
esperaría, así que lo seguí. Axel, en cuanto estuve a su lado, me guio
instintivamente hacia un lateral de la casa, lo más alejados posible de los
demás.
—¿Qué necesitas, Axel?
Se quedó en silencio. No sabía cómo empezar. Lo vi en sus ojos. ¿Qué
razón podía tener para pedirme hablar en privado? Se suponía que ya debía
estar camino a su casa, descansando. Pero no. Estaba ahí, mirándome como
si el resto del mundo no existiera.
Dije su nombre en un susurro, como un impulso.
—¿Quién es ese tipo? —me preguntó finalmente, con la voz cargada de
algo que no supe definir del todo.
—¿Qué?
—¿Te gusta?
¿Que si me gustaba? No podía creer lo que estaba escuchando. Lo miré,
incrédula. Abrí la boca para responder algo, pero me detuve. No tenía
sentido mentirle, pero tampoco sabía por qué debía responderle eso a él.
—¿Y si así fuera, qué? —dije por fin, reuniendo el valor que me
quedaba.
Axel negó con la cabeza, avanzando un paso más hacia mí, acortando la
distancia entre los dos con una seguridad que me desarmó.
—No te gusta —murmuró—. Lo sé. Porque te gusto yo. Porque noto
cómo te estremeces cuando mis brazos te rodean. —Puso su mano en mi
barbilla, obligándome a mirarlo—. Porque tus labios buscan los míos…
incluso cuando intentas negarlo.
—Suéltame, Axel.
—¿Eso es lo que quieres? ¿De verdad quieres que lo haga? Tu boca dice
una cosa… pero tu cuerpo, tu mirada, me gritan otra.
No pude responderle. Mis ojos estaban atrapados en los suyos, mi
respiración se aceleró. Y entonces, él… él rozó sus labios con los míos.
Apenas un segundo, un roce fugaz… pero suficiente para detenerlo todo.
Para hacerme temblar.
—Camila… —susurró contra mi boca.
Dios. Cómo deseaba escucharlo así una y mil veces más. En otro lugar.
Con menos barreras. Con más piel.
Estaba a punto de dejarme llevar cuando la voz de Eiron me
interrumpió. Como una sacudida. Como un cubo de agua fría. Me aparté de
golpe, mirándolo con los ojos muy abiertos. Volvíamos a cruzar una línea
que no debíamos cruzar.
Sin decir nada más, eché a correr hacia la casa. No podía mirar atrás. Si
lo hacía… me arrepentiría. Llegué hasta Eiron y le indiqué el camino al
jardín, fingiendo que todo estaba bien. Pero no podía dejar de pensar en
Axel. Menos aun cuando lo vi subirse a su coche y alejarse a toda
velocidad. Como si huyera de mí. O de sí mismo.
—Camila, ¿sigues aquí? —La voz de Eiron y su mano en mi brazo me
devolvieron al presente.
—Sí… lo siento —dije, aunque no sabía muy bien si me disculpaba con
él… o conmigo misma.
Caminamos en silencio hasta el jardín. La noche era fresca, aunque yo
por dentro seguía ardiendo por el beso de Axel. Entramos en el laberinto y
me senté en el banco de siempre. Eiron se acercó a las rosas para olerlas de
cerca. Intentó arrancar una, pero se pinchó con las espinas que tenía el tallo,
soltando un grito de dolor.
—¡Joder!
Me levanté, poniéndome frente a él.
—Lo siento, quería coger una para ti, pero mira lo que me ha hecho —
dijo, mostrándome la palma de la mano con un par de arañazos.
—Es que hay que cortarlas, no arrancarlas —respondí, cogiéndole la
mano para soplar en la herida. Aunque fuera una tontería, eso siempre
calmaba un poco el dolor.
—¿Sabes? Al principio tenía mis reservas contigo —empezó a decir.
Fruncí el ceño—. Mis padres me dijeron que tú serías una buena mujer con
la que pasar el resto de mi vida y yo… joder, estaba preocupado porque…
—¿De qué cojones estás hablando? —le interrumpí, incrédula.
—Del compromiso, Camila.
—¿Cómo? ¿Compromiso? No sé de qué me hablas.
Empecé a sentir que me faltaba el aire. ¿En qué momento había pasado
de enseñarle el jardín al hijo de un amigo de mi padre… a que fuera mi
prometido? ¿De qué coño iba esta mierda?
—Pensé que lo sabías —titubeó, visiblemente nervioso—. Para eso era
esta cena, para que nos conociéramos antes de la boda.
—¿Me estás jodiendo? No voy a casarme contigo. Ni contigo ni con
nadie. Esto no puede ser… es una broma. Sí, una broma de muy mal gusto
—dije, caminando de un lado al otro, sintiendo que el mundo se me venía
encima.
No esperé más. Dejé a Eiron tirado en el jardín y caminé a paso firme
hacia la casa. Sentía las piernas temblarme, pero no iba a parar. Entré por la
puerta principal con el ceño fruncido y los ojos cargados de rabia. Eiron
aceleró el paso detrás de mí, intentando interceptarme, pero no logró
alcanzarme antes de que llegara al recibidor.
Iba a gritar. A explotar. Pero me contuve. No todavía. Caminé directo
hacia mi padre, que conversaba con sus invitados cerca del comedor.
—Necesito hablar contigo. Ahora —le solté sin rodeos.
—Camila, no es momento. Estamos con invitados, estás siendo muy
maleducada —dijo entre dientes, sin siquiera mirarme a los ojos.
—¿Maleducada? Todavía no tienes idea de lo maleducada que puedo
llegar a ser si no hablas conmigo ahora mismo —espeté, con una rabia que
apenas pude controlar.
Adrián Lombardi soltó un suspiro de fastidio, se despidió con una breve
excusa y me siguió al despacho. Cerré la puerta tras nosotros.
—¿Qué cojones está pasando? ¿Desde cuándo decidiste que yo me iba a
casar con Eiron?
—No hay nada que hablar. Es un acuerdo. Y se va a cumplir.
—¿Un acuerdo? ¿Entre quiénes? Porque yo no he firmado nada —
espeté, dando un paso hacia él—. ¡Yo no tengo ninguna intención de
casarme con ese chico! ¡Ni de conocerlo! ¡Ni de seguir con esta farsa! ¿Por
qué me están obligando a esto?
Mi padre me miró con desprecio, con esa superioridad que siempre
había usado para aplastarme.
—Ese compromiso está pactado desde que teníais quince años. Iba a ser
Adriana la que se casaría con Eiron. Pero, como tú arruinaste todo… como
tú le quitaste la vida, te toca a ti cumplir con lo que tu hermana ya no puede.
Por tu culpa.
Sus palabras fueron como puñaladas. Me quedé paralizada. No solo por
lo que estaba diciendo… sino por cómo lo decía. Sin compasión. Sin
piedad.
Mi mente se llenó de esos pensamientos oscuros que tanto luchaba por
silenciar. Quería escapar. Drogarme. Olvidar. Morirme. Sentía que el aire se
me iba.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Que pague una condena eterna por algo que
ya me está matando por dentro? —pregunté, con los ojos vidriosos—. Si
para seguir bajo este techo tengo que obedecerte y casarme con alguien que
no amo, me voy de esta casa. Hoy mismo.
—Hazlo y te denunciaré —respondió él, con una frialdad espeluznante
—. Diré la verdad de lo que pasó esa noche. Que conducías drogada.
Borracha. Que, por tu culpa, murieron dos personas. No me importa que
seas mi hija. Si no haces lo que debes, pagarás por lo que hiciste.
Me quedé en silencio, paralizada. Su amenaza se clavó en mi pecho con
la fuerza de una sentencia. Sentí que las paredes del despacho se cerraban
sobre mí.
No podía respirar.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que no me quedaba nada. Ni
opciones. Ni fuerzas.
“No me importa que seas mi hija. Si no haces lo que debes, pagarás por
lo que hiciste.”
Sus palabras aún resonaban en el aire cuando la puerta se abrió sin que
nadie llamara.
Mi madre entró con paso firme, tan impecable y estirada como siempre,
aunque su expresión denotaba más incomodidad que sorpresa.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, mirando primero a mi padre y
luego a mí—. Los invitados están preguntando por vosotros.
Me giré hacia ella con el corazón en llamas y toda la rabia contenida a
punto de estallar. Apreté los puños. Respiré hondo. Y entonces, hablé.
—¿Tú también estabas al tanto, verdad? —mi voz sonó firme, pero por
dentro me temblaba todo—. Por eso viniste a hablar conmigo antes de la
cena. Para hacerme creer que todo iba a cambiar. Para convencerme. Para
engañarme, como siempre.
Ella abrió los labios, pero no dijo nada. Su silencio lo dijo todo.
—Nunca me habéis querido. Nunca. Siempre fue Adriana. Solo ella. La
hija perfecta. —Solté una carcajada amarga—. Y ni siquiera la conocíais de
verdad. Tanto presumir de lo maravillosa que era… ¿sabéis qué? Adriana
era lesbiana. Le gustaban las chicas. Y jamás se atrevió a decíroslo porque
os tenía miedo. Porque sabía lo que sois. Porque habría sido otra decepción
más para vosotros.
Mi padre se levantó bruscamente, con el rostro desfigurado por la rabia.
Lo vi venir. Apreté los dientes. Y entonces…
La bofetada me giró la cara. Me ardía la mejilla, pero no lloré. No esta
vez. Le sostuve la mirada con todo el desprecio del mundo. Sentía que algo
dentro de mí se había roto para siempre.
—Te odio —le dije en voz baja, casi en un susurro, con los ojos
clavados en los suyos—. Te odio con toda mi alma.
Salí del despacho sin esperar respuesta. Subí las escaleras a toda prisa,
oyendo a mi madre detrás de mí, llamándome. Cerré la puerta de mi
habitación de un portazo y eché el cerrojo. Me temblaban las manos. El
pecho. Todo.
Entonces lo solté todo.
Grité. Cogí todo lo que había sobre el escritorio y lo tiré al suelo con
rabia. Libretas, marcos de fotos, el joyero que me regaló Adriana… se
estrelló en mil pedazos. Y allí estaba también la cámara. Aquella maldita
cámara que me dio en nuestro cumpleaños. La misma con la que hacíamos
fotos tontas en la habitación, riéndonos a carcajadas como si nada
importara.
La cámara cayó.
CRACK.
El sonido me partió en dos. Me arrodillé, me abracé a mí misma y lloré.
Lloré como una cría. Como una cobarde. Como alguien que ya no podía
más.
Me arrastré hasta el cajón de la mesilla. Sabía lo que buscaba. Lo que
necesitaba.
Saqué la bolsita con manos temblorosas, cogí tres pastillas de golpe y
me las metí en la boca sin pensarlo dos veces. Sin agua. Sin pensar. Solo
quería no sentir. No recordar. No existir.
Me dejé caer en el suelo, entre los cristales rotos, los restos del pasado y
el silencio.
Y recé —por primera vez en mi vida— para no volver a despertar.
***
Sorprendentemente, me desperté temprano. Eran poco más de las ocho,
y el mundo aún parecía envuelto en un silencio espeso. Solo habían pasado
unas horas desde que me encerré en la habitación, pero el sueño fue tan
ligero que no sabría decir si realmente dormí. Tenía la boca pastosa, el
estómago revuelto y un dolor de cabeza tan punzante que lo único que me
pedía el cuerpo era encerrarme en la oscuridad y quedarme en la cama todo
el día. Pero no podía.
Me incorporé con esfuerzo, tambaleándome hasta el baño. Me miré en
el espejo y me asusté al ver mis ojeras marcadas, el pelo alborotado y los
restos de maquillaje corrido bajo los ojos. Parecía un maldito fantasma. Uno
que ya ni siquiera se reconocía.
Encendí el móvil, que había dejado tirado en el suelo junto a la cama.
Tenía varias notificaciones pendientes, pero no las abrí. No me apetecía leer
nada de nadie. No quería pensar. Solo necesitaba salir de allí cuanto antes,
alejarme de todo lo que me oprimía el pecho.
Sabía que Axel iría a buscarme pronto, como cada mañana de fin de
semana. Por eso me adelanté y lo llamé. No podía enfrentarme a él. No hoy.
Tragué saliva. No con este aspecto, ni con la resaca emocional que me
arañaba por dentro. Lo único que quería era conseguir más pastillas. Y sabía
exactamente a quién acudir.
Lo llamé temprano, antes de que tuviera tiempo de aparecer por casa.
Le dije que pasaría el día con mi madre y que solo viniera a recogerme por
la noche, para la fiesta de Noemí.
Mentí sin titubear, aunque por dentro me costara un mundo. Pero era
eso o enfrentarme a sus preguntas. A sus ojos. A su maldita forma de
mirarme como si realmente le importara.
La verdad era otra. No iba a pasar el día con mi madre.
Iba a quedar con Joseph, el hermano de Joan. Le mandé un mensaje
corto, directo, sin necesidad de excusas.
"¿Puedes esta tarde? Necesito más."
La respuesta llegó enseguida.
"A las tres. Donde siempre."
Y así fue como se me fue el día. No salí de mi habitación en toda la
mañana. Ni siquiera cuando llamaron a la puerta o cuando alguien—
probablemente la asistenta—me dejó la comida en una bandeja sobre la
cómoda. Comí sin hambre, sin ganas. Todo me sabía igual: a ceniza.
Las horas pasaron lentas, como si el tiempo se regodeara en mi encierro.
A las tres salí por la puerta trasera sin que nadie me viera. Volví media hora
después con las pastillas bien escondidas en el bolsillo interior de mi
chaqueta. Subí de nuevo a mi habitación, cerré con llave y me tumbé en la
cama. No tomé nada, todavía. No podía permitirme estar ida durante la
fiesta, pero solo saber que las tenía me daba una sensación de control que,
en realidad, no existía.
Al caer la tarde, me obligué a ducharme. Me maquillé con esmero,
eligiendo cada detalle como si aquello tuviera importancia. Me puse un
pantalón negro ajustado, una blusa semitransparente que sabía que llamaría
la atención… y mis labios, como siempre, de rojo. Ese rojo que era mi
escudo, mi disfraz, mi grito silencioso.
Cuando bajé, nadie me preguntó a dónde iba. Nadie pareció notar
siquiera que me iba.
Axel me esperaba fuera.
Lo vi desde la entrada. Estaba apoyado en el coche, con las manos en
los bolsillos, el rostro serio y la mirada clavada en el suelo. Cuando me vio,
se incorporó enseguida y me abrió la puerta sin decir palabra.
Subí sin mirarle. Ni un gesto, ni un saludo.
Solo silencio.
Y ese fue el final de mi día. O el principio de la caída.
CAPÍTULO 30
Axel
No sabía cómo entablar una conversación con ella, no después de
haberla besado otra vez anoche. Y ahora, viéndola así, más increíble, más
poderosa, sentía unas ganas casi absurdas de dar la vuelta y llevármela a
cualquier otro sitio que no fuera esa fiesta, donde seguramente habría otros
tipos rondándola, buscando llamar su atención. Aunque no creía que ella
fuera de esas chicas que se acostaban con el primero que se les cruzaba, la
idea me molestaba más de lo que debería.
La observaba por el retrovisor. Tenía la mirada clavada en la ventanilla,
siguiendo las luces de la calle que se deslizaban rápidas a nuestro alrededor
por la velocidad a la que iba. No es que tuviera prisa, pero no había tráfico
y me estaba aprovechando de eso. O tal vez solo necesitaba concentrarme
en algo que no fuera ella.
Al final, supe cómo romper el silencio. Era una excusa estúpida, lo
admito, pero era lo único que se me ocurrió.
—Camila, ¿puedes decirme la dirección de Noemí? No tengo idea de a
dónde tengo que ir.
No era del todo mentira. Realmente no sabía dónde vivía Noemí.
Ella me miró, justo cuando el semáforo se puso en rojo. Nuestros ojos
se cruzaron. La vi tragar saliva, y yo hice lo mismo.
—Claro —dijo al fin, con voz suave, como si también estuviera
intentando mantener la calma—. Es en Bloomfield Avenue, número 1275.
Está cerca del parque de Verona, te aviso cuando estemos cerca.
—Tranquila, sé dónde es —le aseguré, y ella asintió, volviendo a clavar
los ojos en la ventanilla.
Hoy estaba especialmente callada, pensativa. Como si todo lo que había
avanzado se hubiese ido a la mierda en una sola noche. Sabía que Camila
estaba atravesando un mal momento, lo noté desde la primera vez que la vi,
y lo fui confirmando conforme la fui conociendo. Pero hoy… hoy era
distinto. Algo más le pasaba, y eso me preocupaba demasiado. No sabía si
podía ayudarla, pero tenía que intentarlo.
Antes de llegar, aparqué el coche en un lugar libre que encontré en la
calle. Me bajé, notando su mirada fija en mí a través del cristal, y volví a
subir, esta vez sentándome a su lado, en el asiento trasero.
Camila me miró perpleja, como si pensara que iba a besarla otra vez. Y
sí, me moría por hacerlo. Pero en ese momento, la preocupación era más
fuerte que el deseo.
—¿Qué haces, Axel? —preguntó con la voz entrecortada—. No
podemos… no…
—¿Estás bien? —fruncí el ceño—. Te noto… triste, distante. ¿Ha
pasado algo que deba saber? Sabes que puedes contarme lo que sea,
Camila.
Agachó la mirada, como si se avergonzara.
—Sé que no somos los mejores amigos y… vale, nos hemos besado, y
está claro que hay algo entre nosotros. Pero quiero que confíes en mí.
Ese comentario la hizo alzar la mirada. Sus ojos estaban húmedos, a
punto de derramar esas lágrimas que siempre intentaba ocultar.
—¿Por qué? ¿Por qué debería confiar en ti? Yo no puedo confiar en
nadie, Axel… porque nadie puede ayudarme.
Me acerqué un poco más, tomando sus manos. Se tensó de inmediato.
—Me preocupo por ti, Camila. Me importas.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Sí, sé que no debería, que solo soy tu guardaespaldas… pero me
importas. No me gusta verte así. No haces otra cosa más que sufrir desde
que te conozco. Confía en mí, cuéntame qué te pasa. Tal vez pueda
ayudarte.
Negó con fuerza, con esa energía que solo tienen los que quieren huir.
Por un instante pensé que abriría la puerta y saldría corriendo. Y solo con
ese gesto, lo entendí todo: no iba a abrirse, no iba a dejarme entrar del todo
en su vida. Supongo que eso era lo mejor. Para ella. Para los dos. Me estaba
tomando libertades que no me correspondían, y tenía que aceptarlo. Camila
no era mi amiga, y mucho menos iba a ser algo más.
—Está bien… lo siento.
Salí del coche para volver al asiento del conductor, arranqué y seguimos
el trayecto hacia la fiesta de su amiga.
El resto del camino lo hicimos en silencio. Solo cuando llegamos,
cuando se bajó para saludar a Noemí, volvió a hablarme.
—No quiero que te quedes en la fiesta —me dijo, sin mirarme
directamente.
—No puedo hacer eso y lo sabes —le recordé—. Tengo que estar
contigo siempre, vayas donde vayas.
—Lo sé, pero no voy a salir de aquí. Te llamaré cuando me canse para
que vengas a buscarme, ¿de acuerdo?
Me quedé en silencio.
—Por favor, Axel. Necesito tener una noche normal, sentirme como una
chica normal en una fiesta normal. ¿Puedes hacer eso por mí?
—Venga, Axel, enróllate —intervino Noemí con una sonrisa traviesa—.
Te prometo que la cuidaré y no dejaré que se meta en líos. —Me guiñó un
ojo.
Permanecí en silencio unos segundos, sopesando si era buena idea
dejarla ahí. No quería agobiarla, y lo que decía… hasta me entristecía. Era
joven, universitaria, una chica aparentemente tranquila, y sin embargo no
tenía una vida normal.
Al final, cedí. Y cuando lo hice, ella me regaló una sonrisa. La primera
sincera desde hacía tiempo.
—Prométeme que si me necesitas, me llamarás —le pedí.
Asintió.
—De acuerdo. Tendré el móvil encima.
Con un simple “hasta luego”, entró en la casa junto a Noemí, que le
seguía el paso.
Yo regresé al coche. No sabía muy bien qué hacer, así que conduje hacia
el único lugar donde me sentía bien: la bocatería de mi familia. Al menos
cenaría algo rico después de tanto tiempo.
Llegué al lugar en poco tiempo. Aparqué justo delante y, al entrar, mi
padre me miró con sorpresa, viniendo a recibirme como siempre, con los
brazos abiertos.
—¡Hijo! No sabía que vendrías. ¿Cómo estás? Ven, siéntate. ¿Has
cenado? ¿Te pido el bocadillo que tanto te gusta? —soltó sin parar,
emocionado.
—Tranquilo, papá —me reí—. No, no he cenado, y por supuesto que
quiero ese bocadillo. —Él se carcajeó, encantado.
Fue a la cocina para pedirle al cocinero que me preparara la cena y
regresó con un zumo de arándanos, ese que siempre preparaba y que tanto
me gustaba. Se sentó a mi lado con una sonrisa resplandeciente, una que me
recordaba inevitablemente a mi hermano. Suspiré. Lo extrañaba
demasiado… a él, a mis padres, a mi vida antes de todo esto. Pero todo
cambiaba. Siempre había un rumbo diferente, y solo quedaba adaptarse.
—¿Cómo estás? ¿Cómo va el trabajo con esa familia? —preguntó,
realmente interesado.
—Bien, sin muchos cambios… —me quedé pensativo.
No sabía si contarle lo que pasaba por mi cabeza, lo que sentía por
Camila, pero necesitaba desahogarme con alguien. No tenía amigos
cercanos en quienes confiar, y si había alguien que podía escucharme sin
juzgarme —al menos no de inmediato—, ese era mi padre.
—Su hija… Camila —dije finalmente. Él asintió en silencio—. No sé,
papá. Hay algo en ella que me tiene inquieto. Si la conocieras… es
increíble. Inteligente, fuerte. A veces parece que podría con todo, pero
otras… otras parece estar rota por dentro. En esa casa pasa algo que no
logro entender, y Camila…
—¿Te gusta esa muchacha? —me interrumpió, directo al grano. Mi
padre me conocía bien, eso era evidente.
No supe qué responder. Porque sí, me gustaba. Me encantaba. Incluso
podría llegar a decir que… No. No podía estar enamorándome de ella. Ni
siquiera quería admitirlo en voz alta. Sabía que si lo hacía, mi padre
intentaría hacerme entrar en razón, convencerme de que me alejara de ella.
—Responde, hijo. ¿Te gusta Camila Lombardi?
—No, claro que no —titubeé.
—Entonces, ¿por qué te pones nervioso?
Iba a responder justo cuando el camarero apareció con el bocadillo,
colocándolo delante de mí.
—Jefe, te necesitamos en la cocina —le dijo el chico a mi padre.
—Salvado por la campana —murmuró con una ceja levantada,
levantándose—. Ahora vuelvo y continuamos con esta conversación.
Asentí con una media sonrisa mientras él se marchaba. Desvié la mirada
hacia el bocadillo. El pan crujiente, la carne jugosa, el queso fundido y la
salsa casera me hicieron salivar al instante. Di el primer bocado y cerré los
ojos. Estaba delicioso. Como siempre. Lo saboreé con calma, agradecido de
poder disfrutar de algo que me conectara con mis raíces, con lo que era de
verdad. No con el mundo artificial que rodeaba a los Lombardi.
Cuando terminé casi por completo el bocadillo, mi padre regresó y se
volvió a sentar frente a mí, mirándome con expresión seria.
—Bien. Ahora sí, respóndeme de verdad. ¿Te gusta Camila?
Tragué el último bocado y dejé la servilleta sobre la mesa. Lo miré
fijamente.
—No lo sé, papá. No sé lo que siento —confesé—. Pero hay algo en
ella que me atrae… algo que no puedo explicar. No es solo su belleza. Es
más… es como si hubiera algo en su interior que me empujara a quedarme,
a no soltarla.
Mi padre frunció el ceño y negó lentamente con la cabeza.
—Axel, escucha. Aléjate de esa muchacha. Sois de mundos distintos.
Ella es la hija del senador Lombardi y tú… tú eres un chico de barrio, un
soldado con un pasado difícil. Cuando ese hombre sepa quién eres, no
permitirá que te acerques a ella ni un segundo.
—Lo sé —murmuré, bajando la mirada.
—Entonces no te compliques la vida. Haz tu trabajo y mantén la
distancia. No quiero verte sufriendo por algo que, desde el principio, está
destinado a no salir bien.
Guardó silencio un instante antes de continuar.
—Después de lo que pasaste en la unidad… de perder a tu hermano y
quedarte medio pulmón en aquella emboscada, pensé que no te levantarías.
Te costó meses volver a caminar sin ahogarte. A veces aún me pregunto
cómo lo lograste.
Sentí un nudo formarse en la garganta. No hablábamos de eso casi
nunca. De hecho, evitábamos hacerlo.
—A veces creo que no lo logré del todo —reconocí—. Solo aprendí a
vivir con el dolor.
Asintió con los labios apretados.
—Pues no dejes que otra cosa te rompa, hijo. Ya viviste bastante para
una vida.
Asentí, aunque en el fondo sabía que no iba a ser tan fácil como él
decía.
Estuve hablando con mi padre hasta que llegó mi madre para verme. Él
la había llamado para decirle que estaba en la bocatería. Nada más verme,
me apretó entre sus brazos y sentí que había merecido la pena venir, aunque
solo fuera por unas horas.
El rato que pasé con ellos me sanó un poquito. Me dejó ese sabor de
hogar que tanto echaba de menos. El calor de sus voces, la risa de mi
madre, las bromas de mi padre… Todo eso me hizo recordar quién era antes
de todo esto, antes del desastre, antes de Camila.
Pero no podía quedarme más. Tenía que volver a la realidad, esa que me
exigía estar alerta, disponible, siempre cerca de ella. Así que me despedí
con una promesa: regresaría pronto. Subí al coche y arranqué, todavía con
el eco de sus abrazos en el pecho.
Apenas llevaba unos minutos conduciendo cuando el altavoz del coche
vibró con una llamada entrante. Miré la pantalla: el nombre de Camila se
iluminaba. Fruncí el ceño y respondí de inmediato.
—Dime, Camila —dije con un tono neutro.
—Axel, soy Noemí.
Fruncí el ceño al instante.
—¿Qué pasa, Noemí? ¿Dónde está Camila? ¿Por qué me estás llamando
tú?
Me puse nervioso, demasiado, para ser sincero. Que me llamara su
amiga desde su móvil no auguraba nada bueno, y no me equivocaba.
—Necesito que vengas a por Camila de inmediato —dijo, con un tono
apurado—. No sé qué ha tomado, pero está claro que está drogada.
Demasiado. Y está a punto de liarse con un tipo al que no conoce de nada,
como si le diera igual todo.
No lo dudé.
—Voy ya.
Colgué sin decir nada más. El miedo me invadió. Un miedo crudo,
visceral, que me hizo apretar el volante hasta que los nudillos se me
pusieron blancos. No me importó el tráfico ni los bocinazos que me gané
mientras adelantaba a otros coches a toda velocidad. El único pensamiento
que martillaba mi cabeza era ella. Camila. ¿Qué le había pasado? ¿Qué
demonios le estaba haciendo tanto daño para necesitar huir de esa manera?
Aparqué como pude frente a la casa de Noemí, sin preocuparme por si
estaba bien estacionado o no. Me bajé de un salto y corrí hacia la puerta.
Noemí ya me esperaba, con el rostro desencajado.
—Está dentro, en el salón. No sé qué hacer. Le dije que parara, pero no
me escuchaba —dijo en voz baja, casi temblando.
No le respondí. Entré a paso firme, mi corazón golpeando fuerte contra
el pecho. Al llegar al salón, la escena que encontré me hizo hervir la sangre.
Camila estaba tumbada en un sofá, con los ojos cerrados, la cabeza
hacia un lado y el cuerpo completamente rendido. Un tipo se inclinaba
sobre ella, acariciándole la pierna y el costado como si tuviera derecho a
hacerlo. Como si ella lo hubiese invitado. Pero su expresión decía lo
contrario. Su cuerpo estaba allí, sí… pero ella no.
—¡Quítale las manos de encima! —grité, cruzando la sala en un par de
zancadas.
El tipo apenas tuvo tiempo de reaccionar. Lo aparté de un empujón tan
fuerte que cayó contra la mesita del fondo, haciendo que varios vasos se
cayeran y se rompieran.
Ignorando los murmullos y la música de fondo, me agaché junto a
Camila.
—Camila… —susurré, al verla tan indefensa.
Sus párpados se alzaron levemente. Sus ojos, turbios y desenfocados,
apenas lograron enfocarme. Pero lo hicieron.
—Axel… te necesito —musitó, con un hilo de voz, antes de volver a
cerrar los ojos.
Ese susurro me desarmó. Me rompió.
La tomé en brazos con cuidado, como si fuese de cristal. Estaba
completamente ida, su cabeza apoyada contra mi pecho, su cuerpo inerte. Y
aun así, su sola presencia era suficiente para que todo lo demás dejara de
importar. Noemí nos seguía con la mirada, en silencio, sin saber qué decir.
Salí de aquella casa sin mirar atrás. Porque lo único que importaba en
ese momento era ella.
Camila.
La recosté con cuidado en el asiento del copiloto y le abroché el
cinturón. Cerré la puerta, rodeé el coche y me metí al volante, con las
manos temblándome un poco. No podía sacarme de la cabeza su voz, ese
“Axel, te necesito” que me había dicho antes de cerrar los ojos otra vez.
¿Cuántas veces había necesitado ayuda y no había nadie para sostenerla?
¿Cuántas veces había tenido que enfrentar el infierno sola?
Conduje sin saber exactamente a dónde ir. ¿La llevaba a su casa? No.
No podía dejarla allí en ese estado. ¿Y si su padre estaba? ¿Y si la
encontraba así? O peor, ¿y si no había nadie y ella se quedaba sola,
expuesta, vulnerable?
La idea de dejarla allí me revolvió el estómago.
No. No iba a hacer eso.
Suspiré, dándole un vistazo. Su cabeza descansaba ladeada contra el
cristal, su respiración era pausada pero profunda. Se veía tan frágil que me
partía el alma.
—Te vienes conmigo —murmuré, como si me estuviera escuchando.
Conduje hasta mi casa. Aparqué frente a la entrada, bajé del coche y me
acerqué a su lado. Abrí la puerta con cuidado, la tomé nuevamente en
brazos y sentí cómo se acurrucaba contra mí instintivamente. Crucé el
umbral en silencio, con pasos lentos pero firmes. La brisa marina entraba
por las rendijas de la puerta, y el murmullo de las olas al romper en la orilla
nos envolvía. Nadie nos interrumpió, y me alegré por ello.
Cuando cerré la puerta, encendí la luz tenue del recibidor y me dirigí a
mi habitación. Era el único lugar donde estaría realmente cómoda. La
habitación estaba limpia, ordenada, sin nada que pudiera incomodarla.
La acosté con cuidado sobre mi cama, le quité los zapatos, y acomodé
las sábanas sobre su cuerpo. Me quedé de pie al lado del colchón,
observándola en silencio. Su expresión había perdido un poco de esa
tensión, como si al fin pudiera descansar. Me senté en el borde de la cama y
le acaricié la frente con la yema de los dedos.
—Estoy aquí —susurré.
Apagué la luz del dormitorio, dejándola descansar, y me fui al salón. Me
dejé caer en el sofá con la cabeza llena de pensamientos que no me dejaban
en paz. El reloj marcaba las dos, luego las tres, las cuatro…
Pasaron horas.
No pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, mi mente me mostraba
lo que podría haber pasado si no hubiera llegado a tiempo. Me imaginé
escenarios horribles y tuve que levantarme varias veces solo para
asegurarme de que seguía respirando.
Al final, el agotamiento me venció. Me quedé dormido en el sofá,
medio sentado, con el cuerpo encogido y la mente todavía en alerta.
No sé cuánto tiempo pasó, pero de pronto una voz rompió la calma de la
madrugada.
—Axel…
Abrí los ojos al instante. Me incorporé de golpe.
—¿Camila?
—¿Dónde estás? —su voz era suave, apagada, pero consciente. No del
todo lúcida, pero sí lo suficiente para saber que estaba conmigo.
Me levanté de inmediato y corrí hacia la habitación. Cuando entré, ella
estaba incorporándose levemente en la cama, con los ojos entreabiertos,
como si todavía estuviera en un sueño.
—Estoy aquí, Camila. Estás a salvo —le dije, acercándome a ella.
Sus ojos me buscaron con dificultad, pero cuando me encontró, una
pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Extendió la mano en mi dirección.
—Sabía… que eras tú —murmuró, como si ese pensamiento hubiera
sido su ancla—. Gracias…
Tomé su mano con suavidad, y me senté a su lado, dejando que mi pulso
se calmara solo por tenerla otra vez consciente.
—Nunca te habría dejado sola —le prometí.
Me quedé ahí, sentado a su lado, sin decir nada. Solo sintiéndome…
aliviado. Porque al menos, por hoy, había llegado a tiempo.
CAPÍTULO 31
Camila
La fiesta era la vía de escape que necesitaba esta noche. Después de
convencer a Axel de que me dejara sola, entré con Noemí con la clara
intención de pasarlo en grande, de olvidarme de todo y de todos, incluso de
mí misma.
Y lo mejor —aunque parezca una contradicción— fue encontrarme con
Jared. Porque, claro, se me había olvidado por completo traer las pastillas
esta noche.
—Mira a quién tenemos aquí —sonrió Jared con una ceja alzada—.
Estás espectacular, Cami —dijo, dándome un beso en el cuello.
—Gracias, pero mantén tus manos alejadas de mí, capullo.
Lo dije sonriendo, por lo que ambos sabíamos que la noche podía
acabar de muchas maneras.
—Vamos, deja a mi primo. ¿Qué quieres beber? —preguntó Noemí
mientras nos acercábamos a la cocina, donde estaban las bebidas.
Me dio una cerveza, que era lo que más abundaba en estas fiestas de
universitarios. De un solo trago, me la bebí, bajo la atenta mirada de mi
amiga. Cuando tragué el líquido, clavé mis ojos en ella y ambas soltamos
una carcajada.
Ahora sí, iba a pasarlo bien.
—Esto era lo que necesitaba —declaré, bebiéndome la segunda cerveza
—. No sabes toda la mierda que estoy soportando en mi casa.
Cuando bebía, se me iba un poco la lengua, y supongo que era eso lo
que me estaba haciendo contarle a Noemí cómo me sentía, aunque para ella
no era ningún secreto que mis padres eran unos hijos de puta.
La música me envolvió, al igual que los brazos de Jared. Sonreí. Noemí,
Joan, Jared y yo estábamos juntos de nuevo, en una fiesta, pasándolo bien…
sin Adriana.
Fue lo único que necesité para poner los pies en la tierra. Para darme
cuenta de que no podía pasarlo bien si ella no estaba. Necesitaba algo más
para olvidarme de ella por esta noche.
—¿Tienes algo? —le pregunté al oído a Jared.
Él asintió con una sonrisa. Sacó una pastilla y se la puso en la lengua
para que la cogiera de ahí mismo, como solía hacer cuando estábamos
juntos. Al principio dudé, pero acabé haciéndolo. Era eso o no tomar
nada… y necesitaba tomar algo.
Terminamos besándonos al mismo tiempo que tragaba la pastilla.
Pero eso no fue suficiente. Jared me dio otra… y otra… hasta que perdí
la cuenta. Me sentía en el limbo, desconectada de todo. Bebía y me drogaba
como si nada importara.
Todo era confuso, borroso, como si el mundo se moviera en cámara
lenta. Voces, risas, música... todo me llegaba como si estuviera bajo el agua.
Alguien me sujetó del brazo con fuerza. Parpadeé, intentando enfocar.
Creí ver a Noemí… o eso pensé, porque ni siquiera era capaz de reconocer
con certeza a la persona frente a mí.
Y de pronto, estaba sentada en algún rincón de la casa, besándome con
alguien. ¿Era Jared? No lo sabía. Y lo peor de todo: tampoco me importaba.
Poco a poco empecé a sentirme mal, demasiado mal. La oscuridad me
arrastraba a un lugar del que no sabía si saldría. Sentía una boca en mi
cuello, unas manos en mi cadera, pero no era consciente de nada. No fui
consciente de nada… hasta que sentí cómo alguien me cogía en brazos y, de
pronto, la brisa de la noche me golpeó el rostro. Abrí los ojos unos
segundos. Y lo vi. Era él.
—Axel… te necesito.
Lo dije. Dije lo que sentía, lo que de verdad sentía. Y podría haberle
dicho mucho más si no fuera porque ya no era capaz de hablar… y mucho
menos de sentir.
***
Me removí sobre algo cómodo… parecía una cama. No sabía qué hora
era y mucho menos dónde estaba. Miré con detenimiento la habitación en la
que me encontraba; no la reconocía. Entonces lo recordé: Axel vino a por
mí. No había sido una alucinación ni mucho menos un sueño. Lo llamé con
voz ronca.
—¿Camila?
Escuché su voz en el salón, supuse. Intenté incorporarme al mismo
tiempo que le preguntaba dónde estaba, pero no podía. Me sentía agotada,
mareada. Todavía estaba ebria, incluso drogada… y no quería estar así con
él.
Axel entró en la habitación y lo miré con los ojos entreabiertos. Tenía
tanto sueño… pero ver su figura, esa silueta que ya conocía de memoria, me
reconfortó.
—Estoy aquí, Camila. Estás a salvo —dijo, acercándose a mí.
Le sonreí despacio, un leve movimiento apenas perceptible. Extendí la
mano hacia él, reconociendo que no era un sueño. Era él.
—Gracias…
Cogió mi mano con suavidad y se sentó a mi lado, mirándome con una
ternura que no merecía. Esa ternura decía más que mil palabras. Axel había
entrado en mi vida de una forma tan intensa que me daba miedo… miedo
de que de la misma forma, pudiera marcharse.
—Nunca te habría dejado sola —declaró con calma.
Suspiré. Tenía que contarle lo que había hecho, lo que me había pasado.
No debí volver a caer, no debí drogarme. Yo quería cambiar, de verdad que
sí… pero cada vez que creía estar avanzando, algo me arrastraba hacia
atrás. Y ya no podía más. Estaba agotada. Rota.
Recordarlo todo hizo que estallara en lágrimas, y Axel me apretó contra
su pecho, envolviéndome en sus brazos con una fuerza que no me asfixiaba,
sino que me sostenía.
—Lo siento —me disculpé entre hipidos—. No debí drogarme… no
debí ponerte en esta situación. Lo siento mucho, Axel.
—Tranquila, Camila… —acarició mi espalda con movimientos lentos,
cálidos—. Estoy aquí. Estoy contigo… y siempre lo estaré, si me dejas.
Sus palabras me hicieron alzar la vista. Nuestros rostros quedaron tan
cerca que podía sentir el calor de su aliento, el temblor contenido entre
nosotros. Toda la presión desapareció en ese instante. Nada más importaba.
Axel me miraba a los ojos, y a veces su mirada descendía a mis labios.
Ya no podíamos seguir evitándolo. Era imposible negar la atracción, fingir
que no nos deseábamos, que no llevábamos días, semanas, conteniéndonos.
Llevó su mano a mi mejilla y la acarició con el pulgar, antes de
inclinarse y besarme. Fue un beso lento, profundo, cargado de emociones
que no sabíamos cómo nombrar, pero que ambos sentíamos.
Nos besamos sin prisa, pero con una urgencia que crecía poco a poco.
Mis dedos se enredaron en su camiseta, y los suyos recorrieron mi espalda,
mi cintura, como si necesitara confirmarse que yo era real, que estaba allí,
con él. Entre besos, acabé tumbada en la cama, con su cuerpo sobre el mío,
apoyando el peso con cuidado, sin dejar de besarme. Mi camiseta subió
centímetro a centímetro hasta quedar por encima de mis pechos, y sus
manos acariciaron mi piel con una mezcla de deseo y ternura contenida.
—Espera, espera… —susurró de pronto, alejando sus labios de los
míos.
Se incorporó, separándose de mí, dejándome completamente
confundida. ¿Qué pasaba? ¿Por qué no quería seguir? ¿Acaso no le gustaba
como él a mí? ¿Por qué me besaba si luego se echaba atrás?
Me incorporé despacio. El mareo empezaba a disiparse, pero tras ese
momento tan vergonzoso, el colocón se me bajó de golpe. Bajé la camiseta,
busqué mis zapatos y murmuré:
—No pasa nada.
Axel estaba de espaldas, pero al oírme, se giró para quedar frente a mí.
Me sostuvo la mirada. Sus ojos decían que me deseaba, pero sus actos me
habían rechazado. Se acercó con cautela, como si temiera que me alejara, a
pesar de que había sido él quien se apartó.
Tragué saliva al tenerlo tan cerca, al respirar su olor tan familiar. Sus
ojos, oscuros como la noche, me envolvían con una calma que me
arrastraba sin remedio. Su boca se curvó apenas, como si algo del momento
le resultara gracioso.
—¿Te hace gracia rechazarme? —pregunté, sintiendo la rabia
encenderse en mi pecho.
—¿Crees que te estoy rechazando?
No respondí. No podía.
—Camila… —se acercó mucho más, quedando a escasos milímetros de
mi cuerpo—. No sabes lo mucho que te deseo, las ganas que tengo de
hundirme en ti, de rendirme a ti…
—¿Pero? —le interrumpí—. ¿Qué te frena? ¿Es porque soy la hija del
senador?
—En parte. Y también porque soy tu guardaespaldas. Debería cuidarte,
no acostarme contigo —respondió, inquieto—. Aunque… he deseado este
momento desde la primera vez que te vi y no sé qué hacer para contener lo
que siento, a pesar de saber que es un error, que no deberíamos, que tú no
estás en tus cinco sentidos… que no es el momento. No cuando hay tantas
cosas que nos separan.
—Axel, nunca he sido de ir detrás de un hombre, no es mi estilo. Y
créeme, es la primera vez que sería capaz de hacerlo… Tú, joder, no sé qué
coño has hecho. Yo no quiero sentir. No puedo sentir nada más que dolor,
odio hacia mí misma por lo que hice, por el pasado tan turbio que me
persigue, que me daña día a día, poquito a poco, como si fuera mi
penitencia.
Tenía miedo de abrirme, de que él supiera todo de mí, de que supiera lo
que hice… a pesar de que no debería contárselo a nadie, porque podría
meter en problemas a mi padre, y a mí misma. Pero Axel era de esas
personas que te daban confianza, a las que podías contarle cualquier cosa,
aunque fuera la más delicada y terrorífica de tu vida.
Se quedó en silencio, como si lo que acababa de confesarle fuera algo
que le diera miedo escuchar, y eso fue el detonante para alejarme por
completo. Axel no merecía que hundiera su vida, que lo arrastrara con mis
mierdas, con mis ganas de desaparecer.
—¿Piensas irte? —me cogió del brazo justo cuando ya me disponía a
salir de su habitación.
—Nada me retiene aquí. Y tú lo has dejado claro: no podemos. Y no
creo que debamos tampoco —respondí con dureza, lo que hizo que me
soltara.
Salí de la habitación con las lágrimas rodando por mis mejillas, porque
siempre iba a ser la causante del dolor de cualquier persona que se acercara
a mí, y estaba segura de que Axel iba a sufrir mucho a mi lado.
Antes de abrir la puerta de su casa —una que ni siquiera me detuve a
observar, porque no era el momento ni creía que tuviera que hacerlo—,
Axel me alcanzó, volvió a agarrarme del brazo, me atrajo hacia él y, sin
decir nada más, pegó sus labios a los míos con una pasión desmedida, con
una ferocidad que me hizo jadear por el contacto.
—No te vayas, Camila —musitó con los labios aún pegados a los míos
—. No importa lo que pase, lo que sintamos. No importa si después nos
arrepentimos de esto, o si no quieres que volvamos a vernos… solo… —lo
miré a los ojos—. No te vayas.
Subí mis brazos hasta su cuello y lo abracé. Me agarré a él como si
fuera una balsa, lo único que podía mantenerme a flote. Era completamente
egoísta por mi parte creer que Axel podría sacarme de esta oscuridad que
me envolvía, incluso poner en jaque su vida por salvar la mía. Pero no
importaba, no ahora. No cuando lo que necesitaba era sentir que podía
seguir viviendo, que él me haría abrir los ojos y ver que la luz salía cada
mañana, aunque yo lo viera todo negro.
Sus labios buscaron los míos de nuevo, rozándolos con delicadeza,
como si temiera que me alejara otra vez, que quisiera marcharme. Pero no
podía irme.
Con su mirada encendiéndome por completo, me bajé los pantalones,
quedándome solo con la ropa interior de abajo. Axel me alzó, y enredé las
piernas alrededor de su cintura justo cuando un gemido se me escapó al
sentir sus manos en mis nalgas.
De pronto, nuestras prendas superiores comenzaron a desaparecer,
esparciéndose por cualquier rincón de esa casa que, sin saberlo, se estaba
convirtiendo en mi refugio.
Caminó conmigo en brazos hasta sentarse en el sofá, dejándome a
horcajadas sobre él. La dureza de su miembro me recibió, rozando mi sexo,
y me moví con picardía, buscando provocarle un jadeo.
—Camila —susurró mi nombre con suavidad, como una caricia directa
al alma.
Mis manos se aferraron a sus hombros cuando me hizo alzarme para
bajarse el pantalón y la ropa interior. Yo aún conservaba la mía, aunque
Axel me quitó la parte de arriba con un movimiento preciso, dejando mis
pechos frente a su mirada, que se oscureció todavía más—si es que era
posible. Acercó su boca a uno de ellos y rozó el pezón con la lengua,
provocando que arqueara el cuerpo, mientras buscaba su polla con urgencia.
Sin previo aviso, Axel dio un tirón a mi tanga, rasgándolo, dejándome
completamente expuesta. Me miró a los ojos, y cuando asentí, bajé
despacio, empalándome por completo. Se hundió en mí tal y como había
deseado… y ambos suspiramos al sentirnos, por fin, así: desnudos, piel con
piel.
Me moví despacio, disfrutando de su cuerpo, de sus caricias. No quería
que terminara. Quería quedarme así el resto de mis días, si eso me ayudaba
a dejar de pensar en todo lo malo que me rodeaba.
Sin embargo, por mucho que lo deseara, sabía que lo que empezaba en
este instante era también el inicio de algo que no sabía cómo sostener.
Si tenía que casarme con Eiron, mi vida iba a cambiar hasta convertirse
en una pesadilla constante, de la que nada ni nadie podría sacarme.
CAPÍTULO 32
Axel
¿A qué le teníamos miedo? Nos deseábamos, eso no era un secreto
para ninguno de los dos. Pero ella arrastraba temores que yo no conocía,
recuerdos que la hacían temblar, que la hundían, y yo quería conocer cada
uno de ellos. Cada secreto, cada pensamiento. Quería saber todo de Camila,
incluso sus sueños más inconfesables. Pero sabía que no sería fácil. Aun así,
iba a intentar que confiara en mí, de la misma forma en que yo empezaba a
confiar en ella.
La tenía sobre mí, besando mis labios, desnuda. Mis manos recorrían
cada rincón de su cuerpo, memorizando al detalle cada línea, cada curva.
Me deleitaba con la suavidad de su piel, con los sonidos que escapaban de
su boca cada vez que mi polla se hundía más y más en ella. Escucharla
gemir era como oír mi canción favorita; no me cansaría jamás, aunque la
repitiera en bucle.
—Axel —jadeó mi nombre, y quise más. Necesitábamos más.
Me incorporé con ella en brazos y caminé hasta mi habitación. La
deposité sobre la cama, observándola desde arriba con deseo mientras
sacaba un preservativo del cajón de la mesilla de noche y me lo colocaba
bajo su atenta mirada.
Era preciosa. Su cuerpo me enloquecía. Tenía los labios entreabiertos y
gimió al acariciar sus pechos y descender hasta su sexo, provocándome.
—¿Pretendes matarme? —pregunté, agachándome hasta rozar su sexo
con la lengua fugazmente.
—Pretendo que me hagas vivir, Axel. Necesito que me hagas sentir que
soy todo lo que necesitas. Que alguien me necesita.
Subí por su cuerpo, recorriendo su piel con la lengua. Me detuve unos
segundos en sus pechos, saboreando sus pezones mientras ella seguía
tocándose. Verla así era una maldita fantasía, y no quería que esa imagen se
borrara de mi mente nunca.
Atrapé su labio inferior con los dientes y tiré de él con suavidad.
—Yo te necesito, Camila. Más de lo que piensas, más de lo que podrías
llegar a entender. Te juro que haré que vivas intensamente toda tu vida.
Cada palabra la dije mientras volvía a hundirme en ella, despacio, sin
pausa, con deseo, con pasión. Alzó las piernas y rodeó mi cintura, buscando
más profundidad. Mis movimientos se intensificaron cuando su lengua
atrapó la mía, cuando su gemido me golpeó como un maldito huracán.
Me moví más rápido, con fuerza, entrando en ella una y otra y otra vez.
Su cuerpo se arqueaba, al borde de dejarse llevar, de estallar. Iba a
mostrarme lo que podía provocar con mis embestidas, con mis besos, con
mis caricias, con esta pasión desmedida que no dejaba de crecer y que, por
mucho que intentáramos, no se iba a detener hasta consumirnos.
Era la primera vez que una mujer me volvía tan loco. La primera vez
que sentía que alguien podía adueñarse de mi corazón, de mí por completo.
Y tenía miedo. Me aterraba que esto se rompiera, que haber dado este paso
fuera, en realidad, el final de una historia que apenas comenzaba. Una
historia sin final, sin inicio claro, sin promesas de futuro… Solo el presente
era nuestro, y teníamos que aferrarnos a él sin miedo al mañana, sin
importar el qué dirán, sin pensar en cómo íbamos a hacer para repetir este
momento, para seguir devorándonos así.
—Axel, más… necesito más —suplicó con los ojos cerrados.
—Mírame, Camila —le pedí—. Quiero ver tus ojos cuando te corras…
que veas cómo me dejo ir dentro de ti.
Sus ojos se abrieron y se clavaron en los míos. Eran un faro en medio de
la tormenta, llenos de fuego, de entrega, de una mezcla de deseo y miedo
que me atravesó el pecho. La observé mientras se mordía el labio y se
aferraba a mis hombros con fuerza, como si en cualquier momento pudiera
desaparecer.
Me moví dentro de ella más lento por unos segundos, solo para verla
reaccionar, para oír el leve gemido que escapaba cuando rozaba el punto
exacto. Volvió a cerrar los ojos, pero no se lo permití.
—No los cierres —susurré—. Quiero verte romperte. Quiero saber que
soy yo quien te lleva hasta ahí.
Ella asintió, sin poder hablar, completamente rendida. Apreté su cintura
con una mano mientras con la otra atrapaba una de las suyas y la guiaba
entre nuestros cuerpos, hasta su clítoris.
—Tócate —le pedí—. Quiero que lo hagas mientras te follo.
Y lo hizo. Joder, lo hizo. Sus dedos se movían con desesperación, al
ritmo de mis embestidas. La imagen de su cuerpo debajo del mío,
entregada, húmeda, temblando, era todo lo que necesitaba para volverme
completamente loco.
Comencé a moverme más rápido, más fuerte, con respiración agitada y
la mandíbula tensa. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la
habitación junto a sus gemidos y mis gruñidos contenidos.
—Axel... —jadeó—. Me voy a correr...
—Hazlo —ordené, sintiendo cómo sus paredes se estrechaban a mi
alrededor—. Córrete para mí, Camila.
Y entonces sucedió.
Su cuerpo entero se arqueó, los dedos se clavaron en mis hombros y un
grito se escapó de su garganta. Se estremeció, completamente vencida por
el orgasmo, y yo no aguanté más. Me aferré a sus caderas y me hundí una
última vez, profundo, y me corrí con un grito ronco, temblando dentro del
preservativo mientras ella aún se sacudía debajo de mí.
Caí sobre sus pechos unos segundos, con la respiración agitada,
sintiendo cómo el sudor nos cubría y nuestros corazones golpeaban en el
mismo compás. No quería moverme, no quería soltarla.
Con esfuerzo, me incorporé lo justo para salirme de ella con cuidado,
me quité el preservativo y lo até antes de dejarlo a un lado, sobre el suelo,
sin pensar en nada más que en volver a tenerla entre mis brazos.
La atraje hacia mí, pasando mi brazo por debajo de su cuello y su
cintura, pegándola a mi pecho.
Ella apoyó su rostro en mi hombro, con la respiración todavía
desordenada. Sus dedos dibujaban círculos sobre mi piel, y eso me hizo
cerrar los ojos.
—Camila... —murmuré, sin tener nada más que decir. No hacía falta.
No hubo más palabras.
El cansancio nos venció a ambos, y así, con su cuerpo pegado al mío,
con su aroma en mi piel y el eco de su voz aún en mis sentidos, me quedé
dormido.
***
La claridad que se colaba por las persianas a medio bajar se clavó en
mis ojos de forma abrupta. No sabía qué hora era, pero estaba claro que era
lo suficientemente tarde como para recibir la llamada del senador en
cualquier momento. Giré la cabeza y miré hacia mi derecha: Camila dormía
plácidamente. Sus rizos se esparcían sobre mi almohada, sus mejillas
estaban sonrojadas y su boca entreabierta. Me daba una imagen que no me
importaría ver todos los días.
¿Pero qué estaba diciendo?
Me incorporé con cuidado para no despertarla. Aún seguíamos
desnudos; nos habíamos quedado dormidos rendidos, exhaustos. El deseo
que se calmó cuando terminamos empezó a florecer con fuerza de nuevo al
ver su cuerpo tapado solo hasta la cintura con la sábana. Su espalda suave
me gritaba que la acariciara, y no dudé en acercar mis dedos para rozarla
con suavidad. Noté cómo se removía al sentir mi contacto y, justo antes de
que abriera los ojos, mi móvil comenzó a sonar. No necesitaba mirar la
pantalla para saber quién era: el senador Lombardi. Solo esperaba que no se
hubiera dado cuenta de que Camila no había dormido en su casa o me
metería en un buen lío.
—Dígame —susurré mientras salía de la habitación, cerrando la puerta
con cuidado.
—Axel, ¿dónde se supone que estáis?
¿Estamos? Mierda, pregunta por su hija también.
—Buenos días, senador Lombardi —saludé, ganando unos segundos
para pensar una excusa creíble—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Axel, mi hija no ha dormido esta noche aquí y, dado que tú eres su
sombra, ¿puedes decirme dónde está Camila y por qué no estás aquí con
ella?
—Por supuesto, señor. Su hija asistió anoche a una fiesta organizada por
una compañera de la universidad. Se quedó a dormir en su casa. Yo estoy
fuera, en el coche, esperando a que salga para regresar.
No tenía idea de si se iba a tragar esa mentira, pero recé porque así
fuera. Si supiera que me había acostado con su hija y que estaba dormida en
mi cama... Dios, no quería ni imaginarlo.
—Esta muchachita, como siempre. No sé por qué no me avisa cuando
no va a dormir en casa. Ni siquiera sabía que tenía una fiesta, ¿te lo puedes
creer?
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Necesito que volváis enseguida. Tenemos un compromiso con el
prometido de Camila.
Fruncí el ceño. ¿Prometido? ¿De qué carajo hablaba? ¿Camila se iba a
casar?
—¿Prometido, señor? —pregunté sin poder evitarlo.
—Sí, Axel. Mi hija Camila se va a casar con Eiron Bennett, y
esperamos que sea muy pronto. ¿Algo que añadir?
—Por supuesto que no, señor —respondí con esfuerzo—. Solo me ha
sorprendido saber que se va a casar tan joven.
—Bueno, eso no es de tu incumbencia. Os espero aquí en una hora,
como mucho.
Colgó sin darme oportunidad de responder. Me quedé congelado, con el
móvil aún pegado a la oreja, como si esperara escuchar algo más.
Camila se iba a casar. No, eso no podía ser verdad. ¿Cómo iba a casarse
ahora? Habíamos pasado la noche juntos y, por más estúpido que suene,
sentí una presión en el pecho que me obligó a sentarme. Necesitaba unos
minutos para recuperar el aliento. Tenía que haberlo visto venir. Esto era un
error desde el principio. Camila estaba fuera de mi alcance. Jamás íbamos a
ser más que esto.
Yo era su guardaespaldas. Ella, la niña rica a la que tenía que proteger
para que su padre no tuviera problemas con la prensa. ¿De verdad creía que
esto podía llegar a más?
—¡Joder! —exclamé, y entonces escuché su voz cerca.
Alcé la mirada, y ahí estaba. Desnuda, frente a mí, sin una pizca de
vergüenza. Sonreía de oreja a oreja, y esa sonrisa no hizo más que hacerme
caer aún más. Si es que siquiera podía admitir que ya lo había hecho.
Camila caminó hacia mí sin apartar la mirada de mis ojos. Me levanté,
mostrándome tal y como estaba: desnudo, igual que ella. Se mordió el labio
inferior, provocándome de una forma que no sé si siquiera se daba cuenta.
No podíamos seguir. Esto… lo que apenas comenzaba, tenía que terminar
antes de que fuera imposible detenerlo. Ella estaba comprometida con
alguien de su mismo nivel, alguien que podría darle la vida que merecía,
una vida que yo jamás podría ofrecerle. Pero no podía alejarme. Camila
tenía un maldito imán que me atraía, que me hacía replantearme demasiadas
cosas, rendirme a sus pies.
—Hola —susurró cuando estuvo cerca. Muy cerca—. ¿Con quién
hablabas?
Esa pregunta me devolvió de golpe a la realidad, porque cuando la tenía
cerca, me hacía volar demasiado alto.
—Hola… Era tu padre —respondí. Sus ojos se abrieron con sorpresa—.
Me ha dicho que tenemos que estar allí en una hora. Que tienes un
compromiso con tu prometido: Eiron Bennett.
Su sonrisa se esfumó. Sus ojos se apagaron. Su cuerpo se tensó. Y yo…
joder, yo quería llevármela lejos, salvarla de algo de lo que sabía se iba a
arrepentir. Solo había que mirarla para saber que no quería casarse. Que eso
no estaba en sus planes, y menos con ese tipo.
—Axel… yo…
—No digas nada. No importa —me alejé un poco, marcando distancia
—. Es normal. Tienes que casarte con alguien de tu mismo estatus social.
Lo entiendo, créeme.
—No… no lo entiendes —negó con la cabeza—. No quiero hacerlo. No
puedo casarme con alguien al que no conozco de nada, que ni siquiera me
atrae.
—Ya, pero eso es lo de menos. Con el tiempo…
—Axel, escúchame, por favor —me quedé en silencio—. Esto es más
grande que tú y yo. Mi padre me está obligando a casarme con Eiron, pero
me he negado porque yo… yo solo quiero estar contigo.
—Camila —me acerqué de nuevo—. ¿Cómo puedes querer estar
conmigo? Ni siquiera me conoces, no sabes nada de mi vida… Además, tu
padre jamás permitirá que estemos juntos más allá del trabajo que debo
hacer. Y no creo que esto —señalé el espacio entre nosotros— sea lo
suficientemente fuerte como para luchar contra todo. ¿No crees?
Su mirada se apagó cuando me escuchó decir eso. Cuando le dije lo que
realmente no pensaba. Porque si le decía que me sentía como una mierda al
saber que iba a casarse con otro, todo sería más difícil. Camila sufría. Sufría
mucho. Y yo no quería ser un sufrimiento más en su vida.
—Entonces… lo que pasó hace unas horas, ¿no importa? —No pude
responderle—. ¿Sabes? Creí que eras diferente. Que tú eras el hombre que
me sacaría de la oscuridad en la que vivo desde que murió mi hermana.
Creí… —sollozó—. Da igual, no importa. Pero si querías saber por qué me
drogo, por qué me emborracho como si mi vida no valiera nada, ahí tienes
la respuesta. Mi vida es una mierda. Mi familia es lo peor que hay en este
mundo. Pero tranquilo, me voy a casar con un hombre que será tan horrible
como mi padre. Y tú… —guardó silencio un segundo que me pareció eterno
—. Tú no tienes que hacer nada. Solo sigue con tu vida como si nada
hubiera pasado, como si no te hubieras metido en mi mente, en mi vida, en
mi jodido corazón. Haz como si nada. Estoy acostumbrada.
Sus palabras me dolieron más que saber que iba a casarse. Me dolieron
porque no merecía que una mujer como ella sintiera todo eso por mí. No
sabía que yo había llegado a su vida para destruirla desde dentro. Que
estaba aquí para construir el puzle de aquella noche. La noche en la que mi
hermano murió.
Se dio la vuelta y entró en mi habitación para vestirse. Yo, en cambio,
me senté de nuevo, dejando que la alegría de haberla tenido en mi cama,
sudorosa, jadeando mi nombre, se esfumara en cuestión de segundos.
Porque si esto era amor, entonces amar a Camila Lombardi iba a ser mi
mayor pecado.
CAPÍTULO 33
Camila
Me senté en la cama de Axel con lágrimas en los ojos, el corazón en
un puño y la respiración entrecortada. Mi padre seguía insistiendo en que
me casara con Eiron, y yo no quería. ¿Por qué tenía que hacerlo? ¿Por qué
tenía que callar, aceptar y fingir que eso era lo mejor para mí, cuando lo
único que quería era estar con Axel?
Él había sido el único hombre que me había hecho vivir de verdad.
Vibrar. Olvidarme, aunque solo fuera por un rato, de toda la mierda que me
rodeaba día tras día. Pero Axel había sido claro. Lo nuestro —si es que
alguna vez existió algo real entre nosotros— no tenía futuro. Y supongo que
era lo mejor. Para ambos.
Me vestí rápidamente, sin pensar demasiado, y salí de la habitación
justo cuando él estaba a punto de entrar. Nuestros ojos se encontraron
durante un instante que se me hizo eterno. Yo rompí el contacto. Me aparté
para dejarlo pasar, sin decir nada. Sin pedir explicaciones. Él también
guardó silencio. Y en ese silencio me sentí más sola que nunca.
Caminé hasta la entrada y salí a la calle. El mar me recibió con su
inmensidad: precioso, eterno, sereno. No sabía que vivía frente a la playa.
Claro, anoche no llegué precisamente en mis cinco sentidos como para
fijarme en el camino.
Me acerqué a la arena. Respiré hondo, intentando absorber la calma del
paisaje y meterla dentro de mí, como si pudiera apaciguar el nudo que me
oprimía el pecho. Quise imaginar, por un segundo, que mi vida podía ser
diferente. Que podía empezar de nuevo. Axel había despertado ese deseo en
mí, pero, como siempre, lo que yo quería no tenía lugar en esta historia. Mi
historia.
Mi vida estaba marcada por el caos. Por decisiones que no tomaba yo.
Por un futuro que se construía a base de imposiciones. Y cuando ya no
podía más, cuando me ahogaba, solo las pastillas lograban silenciar el
ruido.
Si Adriana estuviera aquí, todo sería distinto. Con ella, el mundo era
menos cruel. Me protegía, me entendía. A su lado me sentía invencible. Sin
ella… sin ella no era nada.
—Camila —la voz de Axel me sacó de mis pensamientos. Lo miré de
reojo.
—¿Vamos?
No respondí. Solo asentí con un leve movimiento de cabeza, me giré y
caminé hacia el coche. Me subí en el asiento trasero, en mi sitio. En el lugar
donde debía estar. El lugar donde no molestaba.
El trayecto fue un infierno silencioso. No dije una sola palabra. No
quería. No podía. Miraba por la ventana, fingiendo interés por los árboles,
las casas, los carteles, cualquier cosa que no fuera su reflejo en el retrovisor.
Sentía su mirada fija en mí a través del espejo. Atenta. Tensa. Como si
quisiera decirme algo y no se atreviera. Como si lo que había ocurrido entre
nosotros aún le pesara. Pero yo no lo miré ni una sola vez. No iba a hacerlo.
No quería ver en sus ojos la culpa. O, peor aún, la indiferencia.
Solo quería llegar. Llegar a casa y enfrentar a mi padre. Rogarle que no
me obligara. Suplicarle que no me destruyera aún más. Porque casarme con
Eiron era firmar mi sentencia.
Estaba hecha pedazos… pero algo dentro de mí todavía latía.
Cuando llegamos, me bajé deprisa, sin esperar a que viniera a abrirme la
puerta. Aunque, para ser sincera, nunca le dejaba hacerlo.
Sentí su mirada en la espalda. Me quemaba, me ardía el alma, y me
habría dado la vuelta para decirle adiós si no fuera porque, una parte de mí,
deseaba encerrarse entre sus brazos y suplicarle que me sacara de aquí, de
esta cárcel en la que mis padres me obligaban a vivir, haciendo y
deshaciendo mi vida a su antojo.
Tragué saliva y entré, encontrándome con mi madre saliendo de la sala.
En cuanto me vio, caminó hacia mí y me dio un beso en la mejilla, como si
con eso fuera a convencerme de hacer lo que mi padre había decidido por
mí.
—Hija, me tenías muy preocupada. ¿Por qué no me dijiste que te
quedarías a dormir en casa de Noemí? —Fruncí el ceño—. He llamado esta
mañana a tu amiga y me dijo que terminasteis tan tarde, que te pidió que te
quedaras.
—Oh, sí, cierto. Lo siento. Bebí un poquito anoche, ya sabes, para
celebrar todo lo que me estáis pidiendo que haga… bueno, más bien,
imponiendo, porque yo no quiero hacerlo, pero…
—Cielo, cielo —dijo, cogiendo mi mano—. Ven, vamos a la sala para
conversar.
Mi madre me guio hacia la sala, donde se tomaban todas las decisiones
importantes y, supuse, esta era una de ellas, ¿no?
Me senté y ella hizo lo mismo, en el sillón de enfrente, quedando cara a
cara conmigo. No quería mirarla. Mis ojos viajaron por esa sala que debería
sentir como un lugar seguro, mi hogar, y que ahora me parecía tan extraña.
Ni siquiera percibía ese olor que desprendía antes, cuando Adriana estaba
por todas partes con su sonrisa.
Se me partió el alma un poco más —si es que eso aún era posible— y
agaché la mirada, sorbiéndome la nariz. Me dolía el pecho, el corazón. Al
sufrimiento de haber perdido a mi hermana, ahora tenía que añadirle el
tener que alejarme de Axel, justo cuando había pasado con él la mejor
noche desde el accidente.
Él era quien empezaba a curar este oscuro corazón, el único que podría
salvarme, y ahora… ahora tampoco podía estar con él.
—Camila, cielo —dijo, tomándome las manos con cariño. La miré—.
¿Por qué lloras?
—Mamá, ¿de verdad tengo que casarme con Eiron? Ni siquiera me
gusta y tengo que pasar el resto de mi vida con él. ¿Lo ves normal?
Su mirada era comprensiva, algo que me regalaba cada vez más seguido
y, por primera vez, creí en esa forma de mirarme.
—Lo siento tanto —susurró, secando mis lágrimas—. Sé que no es lo
más ortodoxo, casarte con un hombre del cual no sabes nada… no debería
pasar, y créeme, sé de lo que hablo.
Me contó que ella se casó con mi padre porque así lo impusieron mis
abuelos, que era lo que debía hacer por el apellido, para seguir con un linaje
impecable, como si fuéramos solo apariencia y no amor.
¿Qué familia se construía en base a mentiras? ¿Cómo iba a hacer lo
mismo que mi madre?
Nunca iba a poder decirle a Eiron que lo amaba, porque no creía que eso
fuera a pasar. Jamás me iba a enamorar de él… yo ya estaba enamorada.
—Entiendo que eso fue lo que tú hiciste porque creíste que la palabra de
tu padre valía más que cualquier otra cosa, pero yo no soy como tú, mamá,
y creo que eso te lo he dejado claro muchas veces. —Asintió,
comprendiendo lo que le decía, aunque no sirviera de mucho.
—Hija, tenemos problemas financieros, y si no te casas con Eiron, esta
familia se va a pique. No quería contártelo, y creo que tu padre terminará
cabreado conmigo por haberlo hecho, pero… eres la única que puede
salvarnos de la ruina.
—¿Mi padre con problemas financieros? Mamá, es el senador. ¿Qué me
estás contando? Mira, puedes decirme lo que quieras, pero que sea verdad.
No me creas tan estúpida. —Cada palabra la dije con rabia, levantándome
para alejarme de todo, arrastrando los pies hasta la ventana.
Mis ojos se clavaron en el coche que conducía Axel y suspiré al
comprobar que estaba en su interior, sentado, mirando hacia la puerta de mi
casa, como si estuviera esperando a que saliera.
De pronto, sus ojos se encontraron con los míos y, sin darme cuenta, le
hice ver que le necesitaba. Era absurdo, pero se bajó del coche y dio varias
zancadas, hasta que dejé de verlo… y entonces escuché el timbre.
—Yo voy —me adelanté.
—Hija, deja que vaya el servicio —pidió mi madre.
—Yo tengo piernas y manos, mamá. Puedo abrir una puerta. —Ella se
encogió de hombros y aceleré el paso para abrirla.
Axel me miró fijamente, esperando a que le pidiera con palabras lo que
ya le había pedido, sin querer, con la mirada.
—Señorita Lombardi, ¿necesita que la lleve a algún lado? Creo que
tenía que ir a…
—Shh, calla, está mi madre en la sala —le pedí, cogiendo su mano y
llevándolo hacia el baño que teníamos cerca de la cocina, donde sabía que
nadie iba a buscarme, porque ese solo lo usaban los invitados.
Cerré la puerta con pestillo y le miré fijamente. Axel no decía nada; solo
clavaba su mirada en mí, calentándome de arriba abajo con solo eso. Me
acerqué, di varios pasos hasta quedar pegada a su cuerpo. Alcé la cabeza —
pues era un poco más alto que yo— y rocé sus labios con los míos en un
intento estúpido de contenerme. Pero no podía hacerlo, por mucho que en
su casa acabásemos discutiendo por algo que no tenía remedio, por mucho
que tuviera que alejarme de él… no podía.
Axel subió sus manos hasta mis mejillas y profundizó más el beso,
metiendo su lengua en mi boca, arrancándome un gemido de puro placer
que solo él —y nadie más que él— había conseguido.
—Camila… no podemos… no aquí —dijo con nuestros labios apenas
separados—. Te deseo demasiado como para solo poder besarte.
Tragué saliva al escucharle.
Su voz sonó ronca, demostrándome que lo que decía era verdad. Su
deseo era tan grande como el mío, y una vez que nuestros cuerpos se habían
unido, no sabía si iba a poder contener las ganas de repetirlo.
Seguí provocándole, porque me daba igual dónde estábamos, solo
quería sentirle. Quería que sus manos recorrieran mi cuerpo, que encendiera
cada milímetro de piel que encontrara cuando mi ropa desapareciera. Quería
que Axel se hundiera en mí hasta que desfalleciera, hasta que me hiciera
olvidar que solo podíamos tenernos así: a solas, a escondidas, sin que nadie
supiera lo que sentíamos.
—Axel —musité su nombre, tras tragar saliva, solo porque percibí su
mano por debajo de mi camiseta.
—Paremos aquí o no podré contenerme, Camila —me pidió, casi me
suplicó—. Créeme, quiero hacerte gritar mi nombre hasta que te quedes sin
voz, pero no es el momento, y mucho menos el lugar. Además, esto… esto
solo es alargar la agonía. Da igual lo que sienta por ti, o lo que tú sientas
por mí… tienes que casarte.
—No lo haré —le interrumpí, segura de mis palabras—. Me escaparé
contigo, me largaré de esta casa, de esta familia, pero nada ni nadie me
alejará de ti, Axel.
Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas y él secó cada una de ellas con
sus besos.
—No quiero que vuelvas a llorar, por favor —me pidió sin dejar de
besarme, de mimarme—. Quiero que, cuando estos preciosos ojos se llenen
de lágrimas, sea de felicidad.
—Pues entonces quédate a mi lado. Solo así tendré esa felicidad de la
que hablas.
Y como si mis palabras fueran la orden que necesitaba, me alzó, y
enredé mis piernas alrededor de su cintura. Axel me sentó sobre el mueble
del lavado y siguió besándome, dejándome besos húmedos por el cuello.
Me quitó la camiseta que todavía llevaba de anoche, dejándome solo en
ropa interior, y tragó saliva al mirarme.
—Eres preciosa, Camila, y no creo que me canse nunca de mirarte. —
Pasó su dedo índice desde mi barbilla hasta el inicio de mis pechos—. De
besarte.
Acercó su boca a la mía y me devoró, arrancándome un gemido que nos
encendió a ambos.
Era la primera vez que agradecía que todas las habitaciones, incluido el
baño, en esta casa estuvieran insonorizadas. Así podíamos dar rienda suelta
a este deseo que, sin darnos cuenta, se estaba convirtiendo en algo mucho
más profundo.
Noté la mano de Axel adentrarse por mis pantalones, y los desabroché
para dejarle mejor acceso. Sus dedos buscaron mi clítoris, ya duro y
sensible. Cuando lo rozó, solté un grito que ahogó con sus labios. Luego
introdujo un dedo en mi interior y lo movió, primero despacio, mientras
seguía acariciándome esa zona que me volvía loca.
—Axel, te necesito dentro, ya —le pedí entre jadeos.
—Primero déjate ir, Camila. No sabía que verte deshacerse entre mis
manos sería tan placentero. Es una imagen que no podré borrar jamás de mi
mente.
Con sus palabras, con esa voz ronca, profunda, llegué al orgasmo. Mi
cuerpo convulsionó, se arqueó, buscando más, porque necesitaba más, y
Axel estaba dispuesto a dármelo todo si se lo pedía. Y lo habría hecho… si
no hubiésemos escuchado esos toques en la puerta.
Nos miramos con los ojos bien abiertos. El deseo se evaporó en cuestión
de segundos. Axel se escondió detrás de la puerta y abrí solo un poco, lo
justo para ver quién era. Solté todo el aire cuando vi a Stephanie.
—Camila, tu madre te espera en el despacho de tu padre —dijo, aunque
me miró con cierta intención.
—Necesitaba echarme agua…
—Tranquila, no he visto nada —me guiñó un ojo—, pero creo que Axel
debería salir ahora que no hay nadie.
—Gracias.
Cerré la puerta y me di la vuelta. Axel me abrazó y me besó con fiereza,
como si fuera una despedida… o tal vez un “hasta luego” que ambos
deseábamos que no se convirtiera en un adiós.
—Te espero en el jardín, Camila.
Y sin decir nada más, salió tras asegurarse de que no había nadie. Luego
de unos minutos, salí yo también y me dirigí al despacho de mis padres,
donde no solo me esperaban ellos.
También estaba Eiron, mi futuro esposo… y sus padres.
Y por primera vez sentí que estaba a punto de traicionar no a ellos, sino
a mí misma.
CAPÍTULO 34
Axel
Pensé que, después de pasar la noche juntos, después de saber que tenía
que casarse, después de darme cuenta de que, por mucho que intentara
alejarme de ella, no podía, todo se iría a la mierda entre nosotros. Y sin
embargo, ahí estábamos, volviendo a besarnos a escondidas. Porque eso era
lo que seríamos si seguíamos así: dos cuerpos deseándose en secreto,
ocultándonos de los ojos acusadores de su familia… y de la prensa. No
quería ni pensar en la posibilidad de que alguien nos fotografiara y el
senador Lombardi se enterara de esa forma de que su hija estaba liada con
su guardaespaldas. No solo pondría a Camila en un aprieto; lo nuestro se
acabaría para siempre. Y eso, aunque suene egoísta y contradictorio por mi
parte, no quería que pasara.
Ojalá pudiera volver al principio, cuando mi corazón aún no sentía nada
por Camila Lombardi. Cuando solo era una tarea más de la que ocuparme,
alguien a quien proteger, seguir, vigilar… como su sombra, tal y como le
dije el primer día. Pero ya no podía echar el tiempo atrás. No podía borrar el
modo en que el pecho se me comprimía cuando la tenía cerca, ni cómo
escogía una rosa para el coche solo porque quería verla sonreír. Ni podía
ignorar cómo se me aceleraba el corazón cada vez que lo conseguía.
Antes de salir del baño, le dije que la esperaría en el jardín, y otra vez
sentí que me estaba equivocando. Teníamos que hablar, sentarnos y decidir
qué íbamos a hacer. No podíamos seguir viviendo en esta contradicción.
Cuando salí, con el sabor de su boca aún en los labios y el deseo a flor
de piel, me encontré a Stephanie en la puerta de la cocina. Parecía que me
estaba esperando. Si no fuera porque sabía lo importante que era para
Camila, me habría dado la vuelta y me habría ido, pero intuía que quería
decirme algo. Caminé hacia ella y ambos entramos en la cocina.
—¿Quieres un café? ¿O quizás algo más fuerte? —preguntó.
La miré y esbocé una sonrisa ladeada.
—El café está bien, gracias.
Me senté sin dejar de observarla mientras servía una taza caliente para
mí. Luego se sentó frente a mí con la suya entre las manos y me miró con
atención. Me recordaba mucho a mi madre. No estaba seguro de que
tuvieran la misma edad, pero Stephanie parecía más joven, más entera.
—Axel —empezó—, sé que no hace falta que te lo diga, pero siento la
obligación de hacerlo… Aunque no soy más que una empleada. Llevo
muchos años aquí, conozco a Camila desde que nació, y la quiero
muchísimo. La he criado yo.
Asentí, comprendiendo por dónde iba.
—Creo que entre vosotros está empezando algo, ¿me equivoco?
—Eh, bueno… sí… algo así —admití, rascándome la nuca con
nerviosismo.
Era como hablar con la madre de Camila, no con su niñera. Porque eso
había sido Stephanie toda su vida: la mujer que le quitaba de encima a
Camila madre a las pequeñas Lombardi para que pudiera hacer lo que le
diera la gana. Muy ético todo, sí. Tener hijos para que los cuide otra
persona.
No sabía si decirle que me estaba enamorando de Camila era lo más
acertado, porque ni siquiera tenía la certeza de que fuera así. «¿En serio te
estás planteando eso? Estás enamorado de Camila, y justamente por eso
sientes todo lo que sientes», mi conciencia lo tenía mucho más claro que yo.
O quizás era simplemente que no estaba preparado para aceptar que,
efectivamente, me había enamorado desde el minuto uno, desde aquella
noche que parecía tan lejana, aunque en realidad solo habían pasado unas
semanas. ¿Cuántas? Ya había perdido la cuenta, porque cuando estaba con
ella, el mundo dejaba de girar.
—Menudo gilipollas te has vuelto, Axel —murmuré para mí, apenas
audible.
—¿Cómo dices? —pensé que no me había oído, pero sí—. Bueno, no
importa, Axel. Solo quiero pedirte que, si de verdad estás interesado en
Camila, tengas paciencia. Ella no lo tiene fácil con los padres que le han
tocado, y seguramente la obligarán a hacer cosas que... en fin, ella es
inocente, es buena, y lo que pasa a su alrededor no es culpa suya.
No sabía exactamente a qué se refería, pero algo me decía que pronto lo
sabría. ¿Se refería a la boda? ¿O había algo más que Stephanie no me estaba
diciendo?
—No te preocupes. No haría nada que pudiera hacerle daño a Camila.
Y lo decía en serio. No era una promesa vacía. Todo lo contrario: solo
quería sacarla de esa oscuridad en la que parecía vivir atrapada. Porque no
hacía falta ser un genio para ver que llevaba dentro algo que no la dejaba
avanzar. Ya fuera por la muerte de su hermana o por lo que vivía en su
propia casa, algo que yo aún no conocía en profundidad porque,
obviamente, no lo había visto... pero era evidente.
Terminé el café y le prometí a Stephanie que cuidaría de ella. Salí por la
puerta trasera de la cocina para ir directo al jardín, tal como le había dicho a
Camila. Me senté en el banco de siempre, frente a las rosas rojas, esas que
por más bonitas que fueran, no podían compararse con la belleza de ella.
Recordé sus labios, el modo en que me miró anoche cuando la tuve entre
mis brazos, y cómo, sin darnos cuenta, habíamos terminado fundidos el uno
en el otro. Suspiré como un imbécil. Porque así me sentía. Yo, con casi
treinta años, completamente pillado por una universitaria de la que ni
siquiera sabía la edad exacta. Bueno… si el accidente fue hace tres años y
Adriana tenía dieciocho, entonces Camila debía tener veintiuno.
De pronto, oí voces acercándose. Reconocí enseguida a Camila… y
luego escuché la voz de un hombre. Caminaban hacia el sendero de rosas.
Me levanté de golpe y me alejé a tiempo para esconderme antes de que me
vieran.
—Lo siento, Eiron, pero no puedo casarme contigo solo porque nuestros
padres lo digan —le dijo Camila. Él iba a responder, pero ella lo cortó—.
No, es que estáis muy equivocados. Yo no soy como mi hermana. Ella lo
habría hecho porque así se lo exigían. Yo no.
—Camila, sé que es algo que no… —ella alzó una ceja—. Vale, lo
siento. De verdad, me gustas mucho.
—Esta es la segunda vez que hablamos en toda nuestra vida, Eiron. No
puedes decir que te gusto.
Él se acercó demasiado. Quedaron tan juntos que apenas pude verle el
rostro. Me estaba costando contenerme. No quería ver cómo otro la tocaba,
la abrazaba… la besaba. Pero tampoco podía irme sin saber qué pasaba.
—¿Qué haces? No te acerques más —advirtió ella, retrocediendo lo
justo para que yo pudiera respirar otra vez.
—¿Crees en los flechazos? —le preguntó él. Camila se encogió de
hombros—. Es cierto que solo nos hemos visto en persona una vez…
bueno, esta es la segunda. Pero ya había visto fotos tuyas con Adriana. Y
aunque ella era la elegida para ser mi esposa, eras tú la que me interesaba
de verdad.
Camila soltó una carcajada seca, tan fuerte que estaba seguro de que la
habían escuchado desde la casa.
—No me jodas, Eiron. ¿Cómo voy a interesarte si Adriana y yo éramos
prácticamente iguales? Es imposible.
—Déjame demostrártelo.
Y sin avisar, se lanzó hacia ella y le estampó un beso. La dejó
completamente descolocada.
Camila mantuvo los ojos abiertos, intentando zafarse del agarre de ese
imbécil al que yo, con gusto, le habría partido las piernas. No pudo. Él la
tenía bien sujeta. Y aunque me hervía la sangre, me obligué a quedarme
quieto. Porque por mucho que quisiera hacerlo entender a golpes, Camila
no podía ser de nadie. Ni siquiera mía. Las personas no eran objetos, no
eran algo que se pudiera vender o intercambiar, y eso era exactamente lo
que el senador estaba haciendo con su hija.
Al final, consiguió separarse y, al hacerlo, ella le pegó un guantazo con
todas sus fuerzas, obligando al gilipollas a alejarse.
—No vuelvas a besarme sin mi consentimiento, Eiron —escupió, llena
de rabia—. Que mi padre me esté obligando a casarme contigo no te da
ningún derecho a besarme cuando se te antoje. Y olvídate de conseguir algo
más de mí, porque no.
—Camila, solo intento demostrarte lo que me gustas. ¿Crees que voy
besando a cualquier mujer que se me cruza en el camino?
—¿Y tú crees que porque me beses voy a aceptarte como mi futuro
marido para el resto de nuestras vidas? Estás demente si piensas eso —
siguió, alterada, al borde de salir corriendo.
La conocía. En este corto tiempo había aprendido a leer sus gestos.
Sabía cuándo estaba triste, que era prácticamente siempre. Sabía distinguir
una sonrisa sincera de una fingida. Sabía cuándo tenía miedo. Y, como
ahora, cuando estaba cabreada. Muy cabreada.
—Al final tendrás que hacerlo —añadió Eiron con una seguridad
asquerosa—. Es mejor que te hagas a la idea de que en un par de meses tú y
yo estaremos casados. Y ahí no podrás negarme un beso.
¿Había dicho lo que acababa de escuchar?
Los ojos de Camila se abrieron de par en par. Mis ganas de partirle las
piernas a ese imbécil se intensificaron tanto que sentí los músculos
contraerse por la tensión acumulada.
—No… jamás —dijo ella, con voz rota, como si la palabra le costara el
alma.
Cansado de verla así, tan vulnerable, tan perdida, decidí intervenir.
Después de todo, era mi trabajo, ¿no? Debía cuidarla, aunque estuviera
frente a su prometido. Mierda, de solo pensarlo, la rabia me hervía por
dentro como una olla a presión a punto de estallar.
—¿Señorita Lombardi? —dije, avanzando con calma pero con paso
firme—. ¿Necesita ayuda? ¿Tiene algún problema?
Antes de que ella pudiera responder, Eiron dio un paso al frente y habló
por ella, con un tono arrogante que me hizo querer partirle la cara allí
mismo.
—Mi futura esposa no tiene ningún problema. Así que no tienes por qué
meterte, soldadito. Esto no es asunto tuyo.
Clavé los ojos en él con frialdad.
—Se equivoca. Es exactamente mi asunto. Soy su guardaespaldas, y si
veo que está en peligro, alterada o incómoda, debo intervenir. Forma parte
de mi trabajo. Y de mi instinto.
Eiron resopló con desdén y, como si quisiera marcar territorio, intentó
coger del brazo a Camila para llevársela.
Pero no lo permití.
Me interpuse entre ambos, haciéndole soltarla de inmediato al empujar
su brazo hacia atrás y atraparlo en una llave rápida, firme, que lo dejó
inmovilizado con un quejido de dolor.
—¡Suéltame, imbécil! ¿Estás loco? ¡Esto es una agresión! —gritó
Eiron, intentando zafarse sin éxito.
—Si vuelves a ponerle una mano encima, juro que esto se va a poner
mucho peor —le susurré al oído con la mandíbula apretada, sin aflojar la
presión.
Sus gritos hicieron que varias personas se asomaran. Entre ellas, sus
padres... y los Lombardi.
Camila, pálida, se llevó una mano a la boca. Yo no podía dejar de
mirarla. No era solo mi deber protegerla. Era mi necesidad.
Y ese cabrón había cruzado todos los límites.
Pronto todos estaban frente a nosotros. Las caras de horror de los padres
del estúpido al que tenía inmovilizado fueron lo primero que vi. El senador
Lombardi se acercó con esa tranquilidad irritante que lo caracterizaba,
como si lo que estaba ocurriendo fuera tan irrelevante como respirar.
Caminó con paso seguro hasta quedar a escasos centímetros de Eiron y de
mí.
Camila seguía detrás de mí, temblando, medio escondida. Sabía que no
era por lo que acababa de pasar con Eiron. Era por lo que podría hacer su
padre. Porque ni siquiera yo sabía qué iba a decidir en ese momento: si
protegerla... o proteger su apellido.
—Axel, ¿qué haces? Suelta al chico —ordenó con voz serena, casi
aburrida.
—Señor —respondí, con firmeza—. Se estaba propasando con su hija.
Por eso lo he interceptado. Es mi trabajo protegerla de todo y eso fue lo que
hice.
Eiron soltó una risa cínica que me hirvió la sangre.
—¿Estúpido, cómo voy a propasarme con mi futura esposa? ¿Estás
loco? —mintió sin pudor, con total descaro—. Díselo, Camila. Diles que no
ha pasado nada.
Me giré para mirarla, para que su padre también pudiera verla. Camila
seguía paralizada, los labios apretados, los ojos cargados de miedo. Miedo
real. Fue entonces cuando lo entendí de verdad: le tenía pavor a su padre.
—Hija, ¿Eiron se ha propasado contigo? Di la verdad, cielo —insistió
Adrián, con tono meloso.
Ella tragó saliva. Me miró durante varios segundos, directamente a los
ojos, como si con esa mirada me estuviera suplicando perdón por lo que iba
a hacer. Luego negó lentamente con la cabeza.
El corazón se me cayó al suelo.
Tuve que soltar a Eiron. Me aparté de él, de ella, de todos. Me alejé
unos pasos, incapaz de ocultar el asco que me generaba esa escena. Esa
familia. Esa mentira.
—Pídele disculpas a mi hijo ahora mismo, descarado —intervino la
madre de Eiron, alzando la voz.
La miré con una ceja alzada, sin molestia siquiera en contestarle.
—Axel —añadió el senador, con su voz de siempre, esa calma fingida
que ocultaba una amenaza velada—. Entiendo que hayas pensado que
intentaba propasarse con Camila, pero ya viste que no fue así. Eiron se
casará con ella en dos meses, y no le hará daño. Has cumplido tu trabajo,
pero ahora haz lo correcto. Pídele disculpas.
Lo que más odiaba de Adrián Lombardi era precisamente eso: la forma
en la que hablaba, como si todos debieran inclinar la cabeza ante él. Con
ese cinismo. Esa prepotencia de creerse invencible.
Si por mí fuera, le demostraría exactamente de lo que era capaz por
cuidar a su hija.
—Y bien —presionó.
Respiré hondo, apretando los dientes.
—Siento haberle agredido, no era mi intención. Pero, en otra ocasión,
tenga más cuidado con cómo se acerca a su prometida. No queremos...
malentendidos.
Dicho eso, me di la vuelta, crucé una última mirada con Camila —una
mezcla de dolor, impotencia y algo que no supe descifrar— y desaparecí
entre los rosales.
Llegué al coche, me metí dentro y cerré de un portazo. La rabia me
cegaba. Le pegué un puñetazo al volante con todas mis fuerzas. El dolor fue
tan intenso que supe al instante que algo no estaba bien. Probablemente
tendría que ir al médico.
Pero no me importó.
Porque en ese momento comprendí algo con total claridad: Camila no
necesitaba un guardaespaldas. Necesitaba un puto milagro.
CAPÍTULO 35
Camila
No esperaba encontrarme en el despacho de mi padre con la encerrona
que me tenían preparada. No solo habían venido a verme como su futura
nuera. También querían fijar la fecha de la boda. ¿Qué parte de ‘no quiero
casarme con Eiron’ no entendían? ¿Es que no me escuchaban?
Si por mí fuera, me iría lejos de aquí. Lejos de todo. De todos. Me iría
con Axel… Bueno, no sabía si él estaba preparado para lidiar conmigo en
este momento.
Nos gustábamos, había deseo... Joder, Axel estaba entrando en mi
corazón. Estaba consiguiendo que me olvidara de todos mis problemas,
pero eso solo pasaba cuando estaba con él, lejos de mi familia, de esta casa.
Ahora, por mucho que supiera que él sentía lo mismo, estaba segura de que
mi compromiso lo alejaba de mí. Y no le culpaba. ¿Quién iba a estar detrás
de una niñata con la puta vida planeada, una vida en la que él no entraba?
Suspiré un par de veces antes de responderle a mi madre. Sabía que
estaba hablando porque le veía mover los labios, pero mi mente estaba
lejos. Demasiado lejos de aquí. No escuchaba nada.
—Perdona, ¿qué decías? —pregunté mientras me alejaba de la puerta y
me acercaba un poco más a ellos.
—Hija, ¿estás bien? Te decía que Eiron ha venido con sus padres para
concretar la fecha de la boda —repitió, como si eso no fuera más que
evidente.
—Ajá —respondí sin más, sin saber qué decir.
—Camila —la voz autoritaria de mi padre me hizo estremecer.
Nunca le había tenido miedo. Jamás le agaché la cabeza. Pero ahora que
sabía de lo que era capaz para conseguir lo que se proponía, me aterraba.
¿Quién era ese hombre que decía ser mi padre? ¿De verdad yo le importaba,
aunque fuera un poquito? Lo dudaba. Dudaba que le importara alguien más
que él mismo. Ni siquiera creía que mi madre estuviera en su lista de
favoritos.
—Papá —respondí, armándome de valor para mirarle.
—¿No vas a decir nada al respecto? ¿Qué fecha elegiréis para casaros?
Suspiré, agotada.
—Mamá, ¿podemos hablar un momento a solas? —No le respondí a él.
Necesitaba que alguien me escuchara.
Sin embargo, pedir ayuda a mi madre tampoco me serviría de mucho.
Ella estaba de acuerdo con mi padre y siempre lo estaría. Me lo dejó claro
antes de que viniera Axel y me hiciera perder el rumbo de mis pensamientos
con solo una mirada.
—No quiero casarme —dije sin más.
—Camila, ya hemos hablado de este tema y sabes que tienes que
hacerlo —le miré, como si al ver mis ojos entristecidos pudiera tener un
poco de compasión por mí, pero no fue así—. Te casarás con Eiron, y más
te vale que salgas de este despacho con una fecha programada o me veré
obligado a hacer lo que tú sabes.
La amenaza de mi padre era cada vez más fuerte, más evidente, más
terrorífica.
¿Sería capaz de denunciarme? ¿De decirle a la policía que yo era quien
conducía el coche en el que murieron mi hermana y otro chico?
Una lágrima —que solo yo pude notar— rodó por mi mejilla. Agaché la
cabeza.
—Señor Lombardi, ¿le importa que Camila y yo salgamos al jardín a
tomar un poco el aire? —intervino Eiron. Agradecí su gesto, a pesar de que
su compañía era lo último que necesitaba en este momento.
Recordé que Axel estaría esperándome en el jardín y no sabía cómo
avisarle.
—Eiron —lo llamé—. Mejor quedémonos aquí, ¿vale? No pasa nada. Si
tenemos que hablar de esto delante de todos, que así sea.
—No te preocupes, creo que nos vendrá bien a los dos, ¿de acuerdo?
—Hija, ve con Eiron al jardín. Verás que cuando regreséis, lo verás todo
más claro —dijo mi madre con ese cariño fingido que, si no fuera porque
teníamos visita, le haría tragar sus malditas palabras.
Si fuera una madre de verdad, escucharía mis súplicas y me apoyaría.
Pero no. Ella tenía que hacer todo lo que el senador Lombardi exigía.
No me quedó más remedio que aceptar salir a tomar el aire; realmente
lo necesitaba. Estar encerrada en una habitación con mis padres y los de
Eiron me agobiaba, y más aun sabiendo el motivo de su visita, otra vez.
Caminábamos en silencio. No sabía qué decirle a ese hombre que tenía
a mi lado. No lo conocía de nada, y tampoco quería hacerlo. ¿Para qué?
Aunque acabáramos casándonos, no pretendía construir una vida amorosa
junto a él. Si mis padres habían sobrevivido tantos años en un matrimonio
sin amor, ¿por qué no podría hacerlo yo?
Claro que no contaba con que Eiron me dijera que le gustaba y, acto
seguido, me besara para demostrármelo. ¿En qué demonios estaba
pensando?
No cerré los ojos. No pude. Sabía que, si lo hacía, podría dejarme
arrastrar por el anhelo de besar a Axel, y no podía permitírmelo. Intenté
zafarme de su agarre, pero me sujetaba con fuerza, con demasiada fuerza.
Cuando por fin logré apartarlo, lo primero que hice fue cruzarle la cara con
un guantazo, con todas mis fuerzas.
—No vuelvas a besarme sin mi consentimiento, Eiron —espeté, con la
rabia rugiéndome por dentro—. Que mi padre me obligue a casarme
contigo no te da ningún derecho a besarme cuando se te antoje. Y olvídate
de conseguir algo más de mí. Porque no.
Pero por mucho que le hablara, solo repetía que quería demostrarme
cuánto le gustaba. Como si fuera tan fácil: ver a una mujer una vez y creer
que puede ser la madre de tus hijos. No, el mundo no funcionaba así.
Aunque hacía tiempo que yo tampoco sabía cómo funcionaba.
Le dejé claro que, por muchos besos que me robara, no iba a conseguir
que aceptara casarme con él. Pero, una vez más, me equivocaba. Eiron lo
tenía mucho más claro que yo.
—Al final tendrás que hacerlo —dijo con una seguridad que me
encendió aún más—. Es mejor que te hagas a la idea de que, en un par de
meses, tú y yo estaremos casados. Y entonces, no podrás negarme un beso.
Abrí los ojos de par en par, incrédula por sus palabras, por esa seguridad
asquerosa con la que hablaba.
—No… jamás.
De pronto, la imagen de Axel se plantó frente a nosotros. Su mirada
estaba cargada de una energía oscura que, de no ser porque una parte de mí
creía conocerle, podría haberme asustado. Aun así, estaba completamente
segura de que lo había visto todo… y que su expresión iba dirigida a Eiron.
No me equivoqué.
—¿Señorita Lombardi? —avanzó con calma hacia nosotros—.
¿Necesita ayuda? ¿Tiene algún problema?
Iba a responderle, pero Eiron se me adelantó con esa altanería que tanto
le caracterizaba.
—Mi futura esposa no tiene ningún problema. Así que no tienes por qué
meterte, soldadito. Esto no es asunto tuyo.
Sus palabras me hicieron sonreír con cinismo. ¿De verdad acababa de
decir que yo era su futura esposa? Dios… esto iba más en serio de lo que
imaginaba. Tal vez era hora de aceptar lo que venía encima.
Por si fuera poco, Axel no tardó en dejarle claro que yo era su asunto.
Que era mi guardaespaldas y tenía la responsabilidad de cuidarme, porque
era parte de su trabajo.
No podía negar que me dolió un poco escucharlo así, con tanta frialdad.
Pero también entendía que Axel no podía ir por ahí diciendo que le
interesaba. ¿Qué pasaría si mi padre se enteraba de que me había acostado
con mi guardaespaldas? No… ni siquiera quería imaginarlo.
Eiron resopló con frustración y trató de cogerme del brazo para
arrastrarme de vuelta al interior de la casa. Pero Axel no se lo permitió. Se
interpuso entre los dos y, sin dudarlo, sujetó a mi futuro esposo del brazo,
inmovilizándolo.
—¡Suéltame, imbécil! ¿Estás loco? ¡Esto es una agresión! —gritó
Eiron, forcejeando sin éxito.
Axel se inclinó hacia él y le dijo algo al oído. No pude escuchar qué fue,
pero, por la expresión de su rostro, no parecía nada amistoso.
Los gritos de dolor y humillación de Eiron hicieron que algunas
personas se asomaran, pero solo fueron nuestros padres los que se acercaron
para ver qué estaba pasando.
Me puse nerviosa al ver a Erika y Augusto, los padres de Eiron,
observando a Axel con desprecio, y cómo ella le exigió con asco que soltara
a su hijo. Pero eso no fue lo peor.
En cuanto vi a mi padre acercarse con su típica tranquilidad disfrazada
de diplomacia, me eché a temblar. ¿Qué pasaría ahora? ¿Qué le diría a
Axel? ¿Cómo iba a actuar? Mi padre era impredecible, nunca sabías cómo
iba a reaccionar, y eso daba más miedo que cualquier otra cosa.
Eiron se había pasado, se merecía estar así: inmovilizado, dolorido. No
debió besarme y mucho menos hablar de mí como si fuera un maldito trofeo
que había ganado sin jugar ni una sola vez.
—Axel, ¿qué haces? Suelta al chico —le pidió mi padre con voz
tranquila, pesarosa.
—Señor… Se estaba propasando con su hija. Por eso lo he interceptado.
Es mi trabajo protegerla de todo, y eso fue lo que hice.
Todo se estaba saliendo de control, y ni siquiera sabía qué quería yo
realmente. Porque quien de verdad me importaba era él. Mi guardaespaldas.
Mierda, ¿cómo se había complicado todo tanto?
La risa cínica de Eiron me hizo despertar, salir de mis propios
pensamientos. Su voz fue lo que me jodió, porque solo con ponerme en la
tesitura de tener que decir lo que me estaba pidiendo —que dijera que no
había pasado nada, que no se había intentado propasar conmigo—, supe que
no podría hacerlo. No sabía mentir, no cuando tenía a alguien frente a mí
que sabía la verdad.
Axel se giró para mirarme; mi padre también lo hizo, con una ceja
alzada. Yo seguía paralizada, los labios apretados y la mirada llena de algo
más que miedo.
—Hija, ¿Eiron se ha propasado contigo? Di la verdad, cielo.
¿Cielo? ¿Me había dicho "cielo"? Sus palabras tenían un mensaje
oculto, uno tan grande como nuestra casa. Debía decir la verdad... la que él
quería escuchar. La que todos debían escuchar. Pero no la verdadera. Tragué
saliva a la vez que clavaba mi mirada en Axel, como si con ella le estuviera
pidiendo perdón por lo que estaba a punto de hacer. Porque, en parte, estaba
traicionándolo sin palabras. Negué, agachando la cabeza.
A Axel no le quedó otra que soltar a Eiron y apartarse de mí, de todos
nosotros, como si fuéramos un cáncer al que debía mantener lo más lejos
posible.
—Pídele disculpas a mi hijo ahora mismo, descarado —intervino la
madre de Eiron, alzando la voz.
Él la miró con una ceja alzada.
—Axel —intervino mi padre con calma—. Entiendo que hayas pensado
que intentaba propasarse con Camila, pero ya viste que no fue así. Eiron se
casará con ella en dos meses, y no le hará daño. Has cumplido tu trabajo,
pero ahora haz lo correcto. Pídele disculpas.
No respondió de inmediato. Seguramente estaba buscando la forma de
marcharse sin tener que hacer lo que mi padre le estaba pidiendo. Pero lo
presionó, y tuvo que hacerlo. Tuvo que pedir perdón como si hubiese
cometido un delito.
Vi cómo cogía aire, cómo endurecía la mirada, cómo evitaba clavarla en
mí, y mi pecho se apretó con fuerza.
—Siento haberle agredido, no era mi intención. Pero, en otra ocasión,
tenga más cuidado con cómo se acerca a su prometida. No queremos…
malentendidos.
Tras decir eso, se dio la vuelta, cruzó una última mirada conmigo —una
que me dolió mucho más que esta mañana, cuando se enteró de que me iba
a casar, después de que había pasado la noche con él, de haberme entregado
a él— y desapareció entre los rosales, dejándonos a todos allí.
Mis ojos no se apartaron del lugar por donde Axel desapareció. Una
parte de mí aún esperaba que regresara… pero no lo hizo. Y aunque lo
entendía, dolió. Dolió más de lo que debería.
—¿Y bien? —La voz de mi padre retumbó como la de un maldito
demonio—. En dos meses será la boda. ¿Estás de acuerdo, hija?
Clavé mi mirada en él. Oscura. Triste. Cansada.
Suspiré un par de veces, buscando una salida, algo, lo que fuera, que me
permitiera escapar de este compromiso. Pero no había nada. Nada que
pudiera hacer.
Tenía que casarme con Eiron.
—Está bien, papá. Se hará como tú digas.
Su sonrisa triunfal fue la confirmación de que lo peor aún estaba por
venir. Ese gesto no anunciaba una celebración… era un presagio.
—Perfecto. Vamos a la casa. Esto hay que celebrarlo, y ya debemos
pensar en la fiesta de compromiso. Ven, cielo.
Mi madre se me acercó y pasó su brazo por debajo del mío. Tiró de mí
con delicadeza, como si no estuviera arrastrándome a una condena. Cuando
la miré, fingí una sonrisa.
Y así sería desde ahora. Fingiría que todo estaba bien.
Fingiría que era feliz.
Aunque por dentro me estuviera muriendo, segundo a segundo.
CAPÍTULO 36
Axel
El día pasó sin inconvenientes. No volví a ver a Camila. Solo supe que
organizarían una reunión con algunos amigos, lo que significaba que tenía
que quedarme como apoyo para mis compañeros en la vigilancia.
Pensé —me ilusioné, mejor dicho— con que, en algún momento,
Camila se escaparía para hablar conmigo. Que vendría a buscarme.
También fantaseé con la idea de llevármela, aunque una parte de mí sabía
que no podía. Que no debía.
¿En qué momento me estaba perdiendo así? Llegué aquí con un
propósito, una misión clara, y me había desviado por completo. Todo
porque me dejé arrastrar por los sentimientos. Por eso que algunos se
empeñaban en llamar amor. Deseo. Todo por ella. Porque verla triste, día
tras día, terminó por romperme algo por dentro. Me fijé en ella, en cada
gesto, en cada palabra, en cada mirada que parecía pedir auxilio sin emitir
sonido. Y en ese proceso, se creó un vínculo. Uno jodido. Uno que ahora no
sabía cómo cortar.
¿Y de qué me servía todo esto? ¿De qué me sirvió besarla aquella vez?
¿Y la siguiente? ¿Por qué la hice mía, si estaba claro que jamás lo sería de
verdad?
—Hola, Axel. ¿Qué tal, tío? —La voz de Kevin me sacó de golpe de
mis pensamientos.
Estábamos en el puesto de vigilancia, en la caseta de las cámaras,
mirando un montón de nada, porque todos estaban en la casa. Bufé con
exasperación y pasé las manos por el cabello.
—Jodido —respondí sin pensar—. No debería estar aquí… debería estar
con ella.
Las palabras salieron solas. Como si hubieran cobrado vida propia.
Como si Kevin fuera alguien en quien pudiera confiar de verdad. Como si
él pudiera entender lo que yo mismo no quería aceptar: que estaba
enamorado, jodidamente enamorado, de Camila Lombardi.
No… No podía estarlo. No debía. ¿O sí?
—¿De qué hablas? Aquí estamos mucho mejor. ¿Sabes lo que es
escuchar las estupideces que sueltan esos ricachones cada vez que tienen
invitados? Créeme, estamos mejor aquí —rió Kevin, y su carcajada provocó
que yo soltara una también.
Tenía razón. En parte. No soportaba a Adrián Lombardi. Ni a su maldita
voz tranquila, ni a sus aires de grandeza. Pero tampoco podía negar que
Camila era la razón por la que seguía aquí. Ella… y el querer entender qué
coño pasó aquella noche del accidente.
***
Después de esa reunión vinieron otras. Los preparativos para la boda
estaban en pleno apogeo. Pasaron dos semanas. Dos semanas sin que
Camila y yo volviéramos a buscarnos. Apenas nos saludábamos cuando la
llevaba a la universidad o la acompañaba a una de las pruebas del maldito
vestido de novia.
Tenía que sacármela de la cabeza. Y del corazón.
Pero, ¿a quién quería engañar?
No iba a ser capaz. No cuando el deseo crecía como una nube espesa en
mi pecho cada vez que la tenía cerca. No cuando bastaba oler su perfume
para que me doliera todo lo que no podíamos ser.
Necesitaba hablar con ella. Saber cómo estaba. Desde aquella noche en
el jardín, cuando todo se desmoronó, la había visto peor que nunca. Y no
era para menos. Jamás le pregunté directamente por su relación con sus
padres, pero no había que ser un genio para darse cuenta de que aquello
tenía de 'familia' lo mismo que yo de monje franciscano.
—Buenos días, Axel —dijo, bajito, como si le costara hablarme.
Estaba apoyado en el coche. Eran las diez de la mañana, un sábado. Iba
vestida de forma sencilla, aunque en ella nada era simple. Cuando abrió la
puerta, la vio. La rosa descansaba en el asiento trasero, tal y como había
ocurrido otras veces. Hacía semanas que no le dejaba ninguna, pero hoy
decidí volver a hacerlo. Solo que esta vez, la acompañé con un dibujo. Su
perfil, rodeado de rosas con espinas. Tal y como la veía: hermosa… y en
guerra.
—Buenos días, señorita Lombardi. ¿Dónde tengo que llevarla? —
pregunté al subirme al coche, fingiendo una neutralidad que ya no sentía.
Ella no respondió de inmediato. Se quedó mirando la rosa como si le
acabaran de poner una herida abierta entre las manos.
—¿Eras tú? —preguntó al fin, en voz baja, sin responder a mi pregunta
—. Siempre has sido tú, ¿verdad?
Supe a qué se refería. Lo supe al instante. Pero no lo confirmé.
—¿A qué se refiere? —murmuré, evitando sus ojos. Era más fácil fingir
ignorancia que admitir la verdad.
Ella suspiró, casi resignada.
—No importa… llévame con la terapeuta.
—Está bien —dije, y arranqué sin más.
Pero por dentro, el corazón me latía con fuerza. Porque sí. Siempre
había sido yo. Y una parte de mí quería que ella también lo supiera, aunque
fuera tarde. Aunque no pudiéramos hacer nada con ello.
Conduje en silencio, aunque sin dejar de mirar de vez en cuando por el
retrovisor. La mirada de Camila estaba clavada en el dibujo. Repasaba cada
línea con la yema de los dedos, y no pude evitar sonreír. Probablemente ese
detalle había sido algo inesperado para ella, pero le había regalado un
instante de paz. Tal vez, si ella me lo permitía, podría tener dibujos y rosas
todos los días de su vida… aunque no pudiéramos estar juntos. Siempre
cuidaría de ella.
—Hemos llegado, señorita Lombardi —dije en cuanto detuve el coche
frente al edificio de la terapeuta.
—Axel —susurró mi nombre—. ¿Después de la sesión… podrías
llevarme a la playa que está frente a tu casa? —Fruncí el ceño—. Por favor.
—Por supuesto. La llevaré donde me pida.
—Y… aunque sé que no tengo derecho a pedirte nada que no quieras…
¿podrías volver a tutearme? Es que… —titubeó, visiblemente nerviosa—.
Me gustaba más cuando me decías por mi nombre.
Incliné ligeramente la cabeza hacia atrás para mirarla. Camila tenía los
ojos aguados, como si estuviera librando una batalla interna de la que ni ella
misma sabía quién saldría vencedora. Me dolía demasiado verla así. Y juro
por Dios que sería capaz de alejarla de esa familia.
—¿Estás bien? —La tuteé, y ella negó con la cabeza—. Bueno, después
lo hablamos, ¿te parece? Ahora ve a tu sesión con la terapeuta.
—Gracias, Axel —me dijo, con una sonrisa que fue, sin duda, la más
triste que le había visto desde que la conocía.
Vi cómo se alejaba, cómo se adentraba en ese edificio al que venía cada
vez que se sentía demasiado mal, por lo que, si estaba hoy aquí, era porque
lo estaba. Aunque, a decir verdad, no hacía falta traerla para darme cuenta
de que la tristeza en esa mirada —esa que tanta vida tenía cuando nos
besamos, cuando le hice el amor— era la más profunda de este planeta.
Las sesiones duraban cuarenta y cinco minutos. Poca cosa, en realidad.
El tiempo de espera lo pasé mirando las noticias en el móvil. Estaba
ajeno a todo lo que ocurría en el mundo porque, en el mío —ese que me
había creado desde que la conocí— solo cabía Camila.
Solté un suspiro frustrado. ¿En qué momento acabé enamorado de la
hija del senador? ¿De la hermana de la mujer que acabó con la vida de mi
hermano? Vale, ella no tenía la culpa, pero aun así… no debería sentir nada
por ella. Y sin embargo, aquí estaba: suspirando por esa mujer.
El tiempo se volvió lento, insoportable. La mayoría de titulares en los
blogs de periodistas o en las webs de noticias giraban en torno a lo mismo:
datos y más datos sobre Adrián Lombardi, el nuevo senador, y su familia.
Entonces, como si se iluminara frente a mis ojos con luces de neón,
apareció la noticia que no quería leer. Esa que me hizo doler el pecho, la
que dejó un regusto amargo en mi boca.
«Camila Lombardi, la hija del senador, y Eiron Bennett, uno de los
solteros más cotizados de todo Nueva Jersey, anuncian su próxima boda».
Eso fue lo que me empujó a cerrar la página, bloquear el móvil y
lanzarlo con rabia al asiento del copiloto.
Justo en ese momento, Camila salió del edificio. Caminó hasta la
camioneta y subió en silencio al asiento trasero.
—Vamos —dijo con tranquilidad.
—¿Todo bien? —pregunté, preocupado al ver sus ojos rojos de tanto
llorar.
—La verdad… mejor que bien. Hoy, por primera vez, he comprendido
algunas cosas que… Bueno, es un camino largo, pero creo que voy en el
correcto —dijo cada palabra con una calma inusual, con un tono
esperanzado que me atravesó por dentro. Y sentí una punzada en el corazón,
porque sabía que no sería yo quien viera más esa felicidad.
En cuanto Camila se casara con Eiron Bennett, yo dejaría de estar en su
vida. Ya no me necesitaría. Y eso, lejos de darme tranquilidad, me jodía más
de lo que podía aceptar.
Conduje en silencio hasta la playa frente a mi casa. El trayecto fue
breve, pero denso. No hubo música, no hubo palabras. Solo el rumor del
motor y mis pensamientos, que no me daban tregua.
Aparqué justo frente a la entrada. Camila fue la primera en bajar. No
esperó, no preguntó. Caminó directamente hacia la playa, con paso
decidido, como si necesitara ese mar más que el aire.
La observé desde la distancia, apoyado aún en la puerta abierta del
coche. Su silueta se recortaba contra la claridad suave del amanecer. El
cielo, teñido de tonos pálidos entre azul y rosado, parecía calmar la costa
mientras la brisa matinal agitaba su cabello. La vi detenerse cerca de la
orilla, los brazos cruzados, respirando hondo. Buscaba esa paz que no era
capaz de mantener consigo.
Entonces bajé del coche y caminé hacia ella. No dije nada. Me coloqué
a su lado y simplemente miré al frente, sintiendo la humedad del mar en la
piel. El sonido de las olas rompía en un vaivén constante que parecía
hablarle directamente al alma.
Camila giró la cabeza para mirarme. Nuestros ojos se encontraron
apenas un segundo antes de que se agachara y se quitara los zapatos,
hundiendo los pies descalzos en la arena fría de la mañana. Luego, sin una
palabra, comenzó a quitarse la ropa. Primero la camiseta, luego los
vaqueros. Se quedó en ropa interior, sin pudor alguno, como si el agua
pudiera liberarla de todo aquello que cargaba por dentro.
Yo no podía dejar de mirarla. Era hermosa. De esa forma cruda y real
que te golpea sin previo aviso.
Entonces echó a correr hacia la orilla.
—¡Vamos! —gritó por encima del hombro, sin dejar de volverse—.
¡Ven conmigo!
Y allí estaba yo, parado como un imbécil, sin saber si obedecer al
instinto o a la razón. Como si el corazón y la cabeza llevaran tiempo en
guerra. Como si ella fuera el campo de batalla.
Noté cómo el agua alcanzaba mis zapatillas y, sin pensarlo demasiado,
me las quité junto con los calcetines. La frialdad del agua matinal me
despertó de golpe, pero ya no importaba. La vi adentrarse con
determinación, hasta que el mar la envolvió por completo.
Me debatí unos segundos, atrapado en esa lucha interna, hasta que cedí.
Me quité la camiseta, los pantalones, quedándome en ropa interior, y
caminé hacia el agua.
Justo cuando me sumergí, Camila salió a la superficie.
Emergió frente a mí. Pegada. Muy pegada. Su respiración entrecortada
se mezclaba con la mía, y durante unos segundos, el mundo dejó de existir.
No había olas, ni viento, ni pasado, ni futuro. Solo sus ojos en los míos.
Solo sus labios tentándome sin moverse. Solo ese momento suspendido
entre lo que éramos y lo que no nos atrevíamos a ser.
Ambos respirábamos con dificultad, como si el agua no fuera el único
motivo. Nos miramos. A los ojos. A los labios. A todo lo que aún no
decíamos.
Y en ese instante, supe que de aquí no saldría ileso.
De pronto, Camila alzó las manos y las llevó hasta mi pecho, justo
donde la cicatriz de la operación atravesaba mi piel. Sus dedos se posaron
con una delicadeza que me desarmó por completo. La miró con
detenimiento, como si leyera en ella todos mis silencios, todo el dolor que
nunca había dicho en voz alta.
Y entonces, sin aviso, bajó la cabeza y presionó sus labios contra la
cicatriz. Un beso suave. Intenso. Aterrador. Como si quisiera curarme desde
dentro. Como si fuera una promesa muda.
Sentí un escalofrío recorrerme entero. No sabía si era el agua fría, la
brisa salada o su boca tocando la parte más vulnerable de mí, pero estaba
temblando. Temblando de verdad.
—Camila —susurré su nombre con un hilo de voz. Era como si decirlo
en voz alta me expusiera, como si me arrancara algo desde lo más profundo.
Ella alzó la vista. Sus ojos estaban húmedos, pero no por el mar.
Estaban llenos de verdad, de dolor y de algo más peligroso: necesidad.
—Te necesito, Axel… —dijo en un suspiro, clavando sus ojos en los
míos—. Estas semanas sin estar contigo han sido las peores de toda mi vida.
Y créeme cuando te digo que he tenido una vida muy dura.
Tragué saliva. Me dolía cada palabra. Me dolía verla así, rota y
buscando refugio en mí cuando yo era el último lugar donde podía
encontrar paz.
—No podemos… no cuando… —empecé a decir, pero me calló.
Puso su mano en mis labios con una ternura que me quebró.
—Sé que mi boda es un hecho —susurró, con la voz rota—. Aunque yo
odie hacerlo. Y sé que estás sufriendo… Yo también lo hago. Pero te
necesito. Necesito que me salves, Axel… de todo. Hasta de mí misma. Tú
eres el único que puede hacerlo. Porque si no, voy a perderme. Voy a
desaparecer en esta oscuridad.
Y ahí se rompió todo.
Ya no importaba lo correcto, lo prohibido, ni las consecuencias. Nada.
La rodeé por la cintura con fuerza y la alcé sin pensarlo, sintiendo cómo
se aferraba a mí como si su vida dependiera de ello. Enroscó las piernas
alrededor de mi cintura, apretó sus brazos a mi cuello, y hundió su rostro
contra el mío. Estábamos empapados, congelados, jadeando.
Y entonces, sin pedir permiso, la besé.
Pero no fue un beso dulce. No fue un beso tierno.
Fue brutal.
Hambriento. Desesperado. Un beso que arrasó con todo. Que gritó lo
que ninguno de los dos se atrevía a decir. Que mezcló culpa, deseo, amor y
rabia en una sola explosión.
Camila respondió igual, con los labios abiertos, las manos aferradas a
mi cabello, moviéndose contra mí como si el mar no existiera, como si el
mundo se redujera a nuestros cuerpos temblando en medio del agua.
Y mientras nuestras bocas se devoraban, comprendí que no había vuelta
atrás.
Nos habíamos rendido.
Y esta vez, no íbamos a parar.
CAPÍTULO 37
Camila
«No acepto».
Sería tan fácil para mí decir esa frase el día de la boda como respirar…
pero no podía.
Mi padre se había encargado de que ni siquiera se me ocurriera
arrepentirme de haber aceptado, aunque, en realidad, nunca tuve otra
opción.
Los preparativos estaban siendo un completo desastre. Entre elegir la
iglesia —algo que terminé dejando en manos de mi madre porque, ¿qué
más daba dónde fuera?— y soportar a la familia de Eiron opinando sobre
absolutamente todo, solo quería desaparecer. Para mí, ese día iba a ser el
segundo peor de mi vida. El primero… ya había pasado.
La primera vez que me vi con el vestido de novia, no pude evitar
recordar a Adriana. Bueno, siempre la recordaba. En cada paso que daba, en
cada pensamiento que me empujaba hacia el abismo. La tenía presente
cuando me sentía rota —que era casi siempre—. Cuando veía a Axel de
lejos y no nos mirábamos, fingiendo que no dolía. Cuando lo tenía a escasos
centímetros y deseaba, con cada fibra de mi ser, que me abrazara, que me
besara… y no poder hacerlo.
En todos esos momentos, la ausencia de Adriana era un peso en el
pecho. Porque la única persona con la que solía desahogarme… ya no
estaba. ¿Y gracias a quién? A mí.
Después de dos semanas, mi madre y la de Eiron tenían casi todo
resuelto. Apenas faltaban algunos detalles y enviar las invitaciones tanto de
la boda como de la fiesta de compromiso que se celebraría en un par de
semanas.
Todo este tiempo, cada encuentro con Axel era como si un muro enorme
se interpusiera entre nosotros. Un muro tan grueso, tan cruel, que ni siquiera
tenía grietas por donde filtrar un poco de esperanza. Ya no creía que
tuviéramos un futuro.
Bueno… la verdad, nunca lo creí.
Me había enamorado del único hombre al que no podía amar.
Así de retorcido era el amor.
Esa mañana, después de pedirle que me llevara a la terapeuta, también
me armé de valor y le hice una segunda petición. Una que dudaba que
aceptara, pero lo hizo: me llevaría a la playa. También, volvería a tutearme.
Pero no fue eso lo que más me descolocó. Fue la rosa.
Cuando abrí la puerta del coche y me senté, ahí estaba: una sola rosa
roja, descansando sobre el asiento trasero.
La misma que había dejado de aparecer días atrás. La misma que,
aunque nunca lo admitiera en voz alta, esperaba cada vez que me subía.
Ese gesto silencioso que se me había vuelto rutina… y que se había
esfumado justo cuando más lo necesitaba.
No dije nada al principio. Me quedé mirándola, con el pecho encogido,
como si algo dentro de mí reconociera el mensaje antes de entenderlo del
todo.
Entonces lo vi: debajo de la rosa, había un papel doblado.
Lo abrí despacio, con los dedos temblorosos, y el aire se me quedó
atrapado en los pulmones.
Era un dibujo. Mi perfil, trazado con un detalle casi doloroso. Y
alrededor, rosas. No cualquier tipo de rosas… estaban llenas de espinas. Me
quedé inmóvil, mirándolo, sintiendo. No sabía exactamente qué significaba,
pero sí supe una cosa: ese dibujo venía de él. No tenía pruebas. Ni falta que
hacían.
Porque, en lo más profundo de mí… ya lo sabía. O quizá, simplemente,
necesitaba creerlo. Que seguía siendo él.
Porque Axel era el único capaz de hacer algo tan simple y convertirlo en
un símbolo. En un mensaje mudo que decía más que cualquier palabra.
Me giré hacia él y le pregunté si había sido él. Si la rosa era suya.
Pero no obtuve una respuesta. Solo silencio.
El tipo de silencio que duele. Que responde sin decir nada.
Todavía tenía la rosa entre los dedos cuando entré a la consulta.
—Hola, Camila. ¿Cómo estás?
La voz suave de Elena me sacó de mis pensamientos. Alcé la mirada y
la encontré observándome con esa expresión que me daba permiso para
soltar.
—Sí. No. No sé —respondí, con un hilo de voz, incapaz de encontrar
una respuesta lógica.
—¿Qué pasa? Cuéntame.
Respiré hondo. Miré la rosa entre mis dedos, como si me diera fuerzas,
y finalmente hablé.
—Tengo que casarme con alguien a quien no quiero —confesé, bajando
la vista—. Y me he enamorado de alguien con quien no puedo estar.
Me froté las manos, nerviosa, intentando frenar el temblor que me
recorría.
—Y… llevo tiempo creyendo que la noche del accidente pasó algo más.
Hay un vacío en mi memoria. Algo que no consigo recordar, y no sé por
qué, pero me da miedo descubrirlo. Me da miedo que no me guste lo que
vea.
—Entiendo —dijo Elena tras un breve silencio, dándome espacio para
seguir hablando.
Y lo hice.
Seguí hablando, recordando todo lo que podía de aquella noche maldita.
Le conté que bebí, que me drogué, que me besé con Jared en medio de la
pista, como si el mundo no importara. Salimos de la discoteca porque
Adriana se sentía mal. Ella quería irse, y yo… le aseguré que estaba
perfectamente bien para conducir. Le mentí. Estaba lejos de estar bien. Pero
me sentía invencible, como si nada pudiera tocarme. Acababa de cumplir
dieciocho años, y creí que el mundo entero me pertenecía.
No sabía que, esa misma noche, iba a convertirme en la asesina de mi
hermana.
Cerré los ojos. Las lágrimas que llevaba rato conteniendo comenzaron a
rodar por mis mejillas, silenciosas pero pesadas, hasta mojarme los labios.
Cuando bajé la mirada, me di cuenta de que tenía los dedos manchados
de rojo. Había estado arrancando, uno por uno, los pétalos de la rosa. Sin
darme cuenta, los deshojé como si con cada capa que quitaba también
arrancara un pedazo de mi dolor, de mi culpa, de todo eso que llevaba años
oculto bajo el miedo y la vergüenza.
—Camila —dijo Elena con suavidad, tras un momento de silencio—.
Hay una manera de recordar lo que tu mente ha bloqueado. Si me dejas
ayudarte.
La miré con el ceño fruncido, limpiándome las lágrimas con el dorso de
la mano.
—¿Cómo?
—Con hipnosis. Hace tiempo que no la practico, pero te aseguro que
puede ayudarte. A veces, lo que no somos capaces de traer a la conciencia
sigue ahí, esperando una forma de salir.
—¿Ahora? —Mi voz sonó temblorosa, cargada de dudas.
—Podemos hacer algo muy básico hoy. Solo para que veas cómo
funciona. Si te sientes cómoda, podrías volver la semana que viene y
continuar.
Asentí. Lo necesitaba. Tenía que saberlo todo. Tenía que entender por
qué no podía recordar ciertos fragmentos de esa noche. Lo que fuera que mi
memoria había encerrado, tenía que salir. No podía seguir viviendo con esa
sensación de vacío, de que había algo más, algo importante, que no lograba
alcanzar.
Elena me explicó que solo tenía que cerrar los ojos y centrarme en su
voz. Que respirara hondo y me dejara guiar.
Lo hice.
La oí contar desde diez hasta uno. Cada número me alejaba un poco
más del presente, como si me despegara de mi cuerpo y flotara hacia otra
versión de mí.
Poco a poco, me pidió que regresara a aquella noche, pero sin prisas.
Solo hasta donde mi mente me lo permitiera.
Y entonces vi cosas.
Luces.
Música.
Las risas de mis amigos.
El sabor del alcohol en mi boca.
El tacto de una mano en mi cintura.
Y luego… el frío de la noche, cuando salimos a la calle. La mano de
Adriana agarrada a la mía. Yo diciendo que podía conducir. Ella dudando,
pero cediendo.
Y después…
Oscuridad.
Un muro.
No podía pasar de ahí.
Mi mente golpeaba contra él, insistente, pero no lo rompía.
Escuché la voz de Elena otra vez, más lejana, más suave.
—Está bien, Camila. Volvamos poco a poco. Ya has hecho suficiente
por hoy.
Abrí los ojos, con el corazón acelerado. Me sentía cansada, como si
hubiera corrido una maratón sin moverme del sofá.
Nos despedimos con la promesa de continuar la semana siguiente.
Al salir de la consulta, respiré hondo. Apreté la rosa entre los dedos, con
sus pétalos ya arrancados, como si aún pudiera sostenerme a ella.
Axel me estaba esperando fuera.
Me subí al coche sin decir nada y miré al frente.
No hacía falta que habláramos. Él ya sabía adónde íbamos.
A la playa. Ese lugar donde todavía tenía la esperanza —aunque fuese
diminuta— de que algo dejara de doler.
Cuando llegamos, no dije nada. Me bajé del coche en silencio, como si
las palabras pudieran romper la frágil contención que aún me sostenía, y
caminé directo hacia la orilla. Necesitaba aire, espacio, frío, algo que me
estremeciera lo suficiente para recordarme que seguía viva. Respiré hondo,
dejando que la brisa me atravesara, que el olor del mar intentara curarme,
aunque fuera por segundos.
Sentí su presencia poco después. Axel se acercó sin decir nada. Lo vi
por el rabillo del ojo. Estaba ahí, observándome. No necesitábamos
palabras, al menos no todavía.
Lo miré. Me miró.
Y entonces hice lo impensado.
Me quité los zapatos. Luego la ropa. Me quedé en ropa interior, sin
sopesarlo demasiado, sin importar lo que significara. Solo quería liberarme,
romper con todo por un instante. Le pedí que viniera conmigo, pero no se
movió. Se quedó allí, quieto, con los ojos muy abiertos, como si no supiera
si correr hacia mí o detenerme.
Entré al agua. Estaba helada. La clase de frío que te sacude el alma y te
obliga a sentir. Cada célula de mi cuerpo se despertó, se rebeló. Y, por un
momento, fue justo lo que necesitaba: una sacudida que me devolviera a la
realidad.
Me sumergí. Quería ahogar todo. Las voces, las ganas de huir, de tomar
algo, cualquier cosa, que me adormeciera. Porque, aunque sonase ridículo,
desde aquella noche —la noche de la fiesta, cuando Axel me tocó como
nadie lo había hecho jamás— no había vuelto a drogarme. Las ganas
seguían ahí, me quemaban por dentro cada día. Pero no lo hacía. No porque
fuera fuerte. Lo evitaba porque él había dejado una huella tan intensa en mí,
que incluso el veneno me parecía insuficiente en comparación.
Cuando salí del agua, estaba allí. Cerca. Demasiado cerca.
Nuestros ojos se encontraron y sentí que todo se detenía. Bajé la mirada
por su cuello, sus hombros… hasta que la vi. Una cicatriz. No muy grande,
pero imposible de ignorar. Me acerqué, casi sin pensarlo, y posé mis labios
sobre ella. Fue un impulso. Quería borrar el dolor que la había causado.
Quería proteger esa parte de él que no conocía.
No sabía qué la había provocado, pero algo en mí se encogió. Porque
justo en ese momento, volví a escuchar en mi cabeza la forma en que Eiron
lo había llamado aquella vez: soldadito.
Entonces lo intuí.
No me lo había contado, pero algo dentro de mí lo supo. Axel había
tenido una vida antes de mí. Una vida que probablemente le dolía, que lo
había marcado en más de un sentido.
Y ahí fue cuando me golpeó una verdad que me desarmó: no sabía nada
de Axel.
Y aun así… quería saberlo todo.
Él susurró mi nombre como si le doliera pronunciarlo. Lo dijo tan bajo
que parecía un ruego. Levanté la vista. Sentí el ardor en mis ojos, no por el
agua salada, sino por lo que me estaba ahogando por dentro.
—Te necesito, Axel… —mi voz se quebró, pero no me importó—. Estas
semanas sin estar contigo han sido las peores de toda mi vida. Y créeme
cuando te digo que he tenido una vida muy dura.
Lo vi tragar saliva. Como si mis palabras le dolieran físicamente. Quiso
hablar, lo vi en su rostro, pero no lo dejé.
Puse mi mano en sus labios. Temblaba. Yo también.
—Sé que mi boda es un hecho —susurré—. Aunque yo odie hacerlo. Y
sé que estás sufriendo… Yo también lo hago. Pero te necesito. Necesito que
me salves, Axel… de todo. Hasta de mí misma. Tú eres el único que puede
hacerlo. Porque si no, voy a perderme. Voy a desaparecer en esta oscuridad.
Y fue ahí donde todo se rompió.
El límite. El miedo. La culpa.
Me rodeó con fuerza y me alzó del suelo, como si necesitara tenerme
cerca para no derrumbarse. Me aferré a él con desesperación. Enrosqué las
piernas en su cintura, los brazos en su cuello, y hundí el rostro contra el
suyo. Estábamos empapados, tiritando, rotos.
Entonces me besó. Lo besé. Sin pensar, sin contenerme.
No fue un beso dulce, ni suave.
Fue una rendición feroz, inevitable.
Nos devoramos con el hambre de semanas contenidas, de silencios que
gritaban, de heridas que solo el otro podía tocar sin hacerlas sangrar. Axel
no solo me besaba. Me recogía, me sostenía, me gritaba que estaba ahí, que
no estaba sola. Y yo me aferraba a él como si el mundo dependiera de ello.
No hubo marcha atrás, no después de ese beso.
Nos habíamos rendido por completo, sin reservas, sin condiciones.
Y esta vez, sabíamos que no íbamos a detenernos.
CAPÍTULO 38
Axel
Sus labios sabían a mar y a deseo contenido.
Camila estaba enredada en mí, con las piernas firmes alrededor de mi
cintura y los brazos rodeando mi cuello, como si necesitara aferrarse a algo
para no perderse. La besé con hambre, sin medir nada, como si el tiempo no
existiera y el mundo se hubiera reducido a su boca húmeda, a su respiración
entrecortada, al calor que su cuerpo irradiaba incluso dentro del agua.
Mis manos se deslizaron por su espalda mojada, bajaron por su cintura y
encontraron la curva suave de su cadera. Ella tembló. En lugar de detenerse,
se apretó más contra mí, moviéndose, buscando, como si el contacto no
bastara, como si necesitáramos fundirnos para apagar el incendio que nos
devoraba por dentro.
Un gemido le escapó de los labios cuando mis dedos descendieron por
su cuerpo. Su cadera se movió con más decisión, frotándose contra mi
erección, que latía dura y urgente bajo el agua. Sentí cómo cada músculo en
mi cuerpo se tensaba, atrapado en ese borde fino entre el control y el
impulso.
—Dime si quieres que pare —murmuré contra su cuello, besándola
entre palabra y palabra.
—No te atrevas —susurró con la voz ronca, cargada de necesidad y
desafío. Y ese tono… ese maldito tono me volvió completamente loco.
Volví a devorarla. Esta vez con más fuerza, más profundidad, más
fuego. Nuestros labios chocaban y se fundían, húmedos, desordenados,
mientras mis manos se colaban bajo su ropa interior. Deslicé los dedos por
su piel mojada, reverente, ardiendo, como si cada caricia pudiera romperme
o salvarme. Ella jadeaba en mi oído, temblando, aferrándose con más
fuerza.
Camila bajó mi bóxer bajo el agua con movimientos torpes, urgentes,
entre risas contenidas y suspiros entrecortados. El contacto de su mano con
mi polla me arrancó un gruñido gutural. No había tiempo, no había calma.
Solo deseo, piel, agua, respiraciones entrecortadas.
La sujeté con fuerza por la cadera, posicionándola, sintiendo cómo sus
muslos se abrían para mí con una naturalidad feroz. Nuestros cuerpos se
rozaban, piel contra piel, y el roce de su ropa interior empapada contra mi
miembro era una tortura deliciosa. Ella me miró, los ojos brillando, la boca
entreabierta.
—Hazlo —dijo. Solo eso. Pero con una voz que me rompió el alma.
Deslicé la mano bajo su braguita, tocándola, sintiéndola ardiente,
entregada, completamente receptiva. Camila jadeó con la frente apoyada en
la mía y se dejó llevar por las caricias, moviendo las caderas con lentitud,
guiándome. Su clítoris palpitaba bajo mis dedos, y no dejé de acariciarlo
hasta sentirla temblar.
La necesidad era insoportable.
Empujé su ropa interior a un lado y la penetré con lentitud, sintiéndola
envolverme, estrecha, cálida, húmeda, perfecta. Un gemido ronco salió de
su pecho y se hundió en mi oído. Se aferró a mí, enterrando el rostro en mi
cuello mientras sus uñas se clavaban en mis hombros. Moví las caderas,
marcando el ritmo con el vaivén del agua, y ella respondió, ondulando
contra mí, con movimientos suaves pero desesperados, profundos, llenos de
deseo.
Hicimos el amor en el agua, allí, entre olas suaves y luz temprana, en un
rincón escondido del mundo. Cada estocada era un suspiro, un gemido, un
juramento sin palabras. La sentía contra mí, dentro de mí, latiendo al mismo
ritmo. Su cuerpo era una sinfonía de jadeos y temblores, de calor, de placer.
Se movía con fuerza, sin miedo, totalmente rendida.
—Axel… —gimió mi nombre como si se rompiera en mi boca.
La besé con desesperación mientras la embestía más fuerte, sintiéndola
apretarse a mi alrededor, notando cómo su cuerpo se tensaba, cómo la ola
del orgasmo se acercaba, imparable. Ella se deshizo en mis brazos, con un
gemido que se confundió con el viento y el mar. Y cuando la sentí venirse,
temblando, sollozando mi nombre, la seguí sin poder contenerme,
descargando todo dentro de ella, con un gruñido que me vació por
completo.
Nos quedamos allí, aferrados, respirando el mismo aire, con el agua
lamiéndonos los cuerpos, con el corazón golpeando el pecho como si
quisiera salir.
Fue salvaje. Fue perfecto. Fue todo.
Y supe, sin lugar a dudas, que jamás podría tocar a otra mujer sin
buscarla a ella.
Nos quedamos dentro del agua un rato más, abrazados, como si el
tiempo se hubiera detenido a nuestro alrededor, como si nada más
importara, ni siquiera el hecho de que no podía permitirme amarla como lo
hacía, porque jamás sería mía del todo.
—Axel… —me miró con ese brillo especial en los ojos, como si me
estuviera regalando algo sagrado—. Te quiero.
Me quedé mudo. El pecho se me contrajo y sentí que los ojos se me
llenaban de agua. Tuve que mirar hacia otro lado para que no viera cómo
me derrumbaba por dentro. Pero no podía callar. No esta vez.
—No tienes que sentir lo mismo por mí y menos cuando… —comenzó
a decir, pero puse mi mano sobre sus labios, negando con la cabeza.
—Yo también te quiero, Camila —solté, con la voz rota, pero firme.
Sus ojos se agrandaron, sorprendidos, y en seguida rompió a llorar. Se
aferró a mí con fuerza, hundiendo el rostro en el hueco de mi cuello. La
apreté contra mi pecho con la esperanza desesperada de que nunca se
moviera de ahí. De que no tuviera que casarse. De que pudiera quedarse,
aunque fuera solo por un instante más.
Pasamos toda la mañana en el mar, besándonos, devorándonos,
olvidándonos del mundo, hasta que salí del agua, me puse los pantalones y
corrí a casa a buscar una toalla para ella.
Cuando regresé, Camila flotaba de espaldas, con los ojos cerrados, en
total calma. Sonreí al verla así. Algo en ella había cambiado. Como si, por
fin, hubiese dejado ir una parte de sí que odiaba mostrar.
—Camila —la llamé en voz baja.
Abrió los ojos, sonrió al verme con la toalla en las manos y caminó
hacia la orilla, sin la parte de arriba de su ropa interior, sin intentar cubrirse,
sin pudor, con una belleza salvaje que me dejó sin aire.
—Gracias —murmuró antes de besarme, un roce leve, pero suficiente
para desatar otra vez la tormenta dentro de mí.
—Vamos.
Recogí sus cosas, entrelacé nuestros dedos y caminamos hacia mi casa.
En cuanto cerré la puerta, lo solté todo en el suelo. Ella dejó caer la toalla,
dejándome mirar su increíble cuerpo. La tomé en brazos, sintiendo cómo se
enroscaba en mí con esa familiaridad que solo se tiene cuando dos cuerpos
se conocen de verdad.
—No sé cuándo podré parar de besarte, Camila —le dije contra su
cuello—. De hacerte el amor.
Nos miramos, los dos respirando con fuerza, sabiendo lo que estaba a
punto de suceder, sabiendo que sería inevitable.
—Te has metido en mi corazón de un modo que me asusta… y ese
miedo crece porque hay cosas de mí que no…
—Shh —me interrumpió con un dedo sobre mis labios—. No estropees
este momento. Solo quiero que me hagas tuya.
—Tú ya eres mía —gruñí contra su piel—. Desde la primera vez que tus
ojos se clavaron en los míos, desde aquella noche en la que me tiré sobre ti
como un idiota, sin saber que estaba cayendo sin remedio.
La besé con urgencia, con rabia, con amor. Sus labios eran mi perdición,
su cuerpo mi obsesión. Me enamoré de ella incluso antes de poder
soportarla. Me enamoré cuando no debía. Cuando no podía.
—No quiero perderte, Camila… por favor.
Se deslizó de mis brazos, se quitó la parte de abajo y me tomó de la
mano para llevarme a mi habitación. Me tumbó boca arriba, con una mezcla
de dulzura y determinación que me desarmó. Bajó mis pantalones y mi
bóxer sin dejar de mirarme, y sin más, se montó sobre mí, lenta pero
decidida, guiando mi erección hacia el interior de su cuerpo, empapada,
ansiosa, perfecta.
—Joder… —musité, con un suspiro tembloroso, clavando las uñas en
las sábanas.
Comenzó a moverse sobre mí con un ritmo infernal, suave y firme a la
vez, un vaivén que me partía en dos. Me miraba como si leyera dentro de
mí, como si supiera que una parte de mí se estaba rompiendo mientras otra
se estaba salvando.
Se acariciaba los pechos, me pedía que la tocara, que no parara, que la
sintiera entera. Yo obedecía como un hombre perdido, recorriendo su
cuerpo con las manos, adorando cada curva, cada gemido. Me incliné para
besar sus labios, su cuello, su pecho. No podía dejar de decirle lo hermosa
que era, lo mucho que la deseaba, lo que me hacía sentir.
—Te quiero —le susurré mientras ella gemía contra mi oído—. No hay
nada que desee más que quedarme contigo, que dejar de huir.
Camila me abrazó con fuerza, y giré, quedando encima de ella.
Comencé a embestirla con más intensidad, más profundo, cada vez más
lento, más salvaje. Nuestros cuerpos eran uno, nuestras respiraciones un
solo pulso. Ella se arqueó contra mí, entregada, con las uñas marcando mi
espalda, con los labios temblorosos pronunciando mi nombre una y otra
vez.
—Hazme tuya —me rogó—. Toda tuya.
La besé mientras lo hacía, sin dejar de moverme, sin frenar, rozando el
límite entre el deseo y la desesperación, entre el amor y la locura. El clímax
llegó como una ola que nos arrastró a los dos, rompiéndonos en gemidos, en
suspiros, en miradas que hablaban más que cualquier palabra.
La abracé con fuerza, con todo el miedo que sentía y todo el amor que
no sabía cómo manejar. Apreté la frente contra la suya, los cuerpos aún
unidos, sudorosos, jadeantes.
—No me dejes, Camila —susurré—. Aunque descubras todo. Aunque
sepas la peor parte de mí… no me dejes.
Ella me acarició la mejilla, los ojos húmedos de emoción, y me besó
como si pudiera salvarme.
—Te quiero, Axel. Pase lo que pase… te quiero. Soy yo la que tiene
miedo de perderte, de que cuando sepas algo de mí que odio, marque un
principio y un final en esto. —Nos señaló a ambos—. Es algo con lo que
estoy lidiando desde hace tres años.
—Calma. —La apreté contra mi pecho, acariciándole el cabello con
suavidad—. ¿Qué tal si dejamos esa conversación para más adelante? Hay
cosas que debemos saber el uno del otro, pero este no es el momento.
—Está bien…
Sus palabras se deshicieron en un suspiro contra mi piel, y lo siguiente
fue silencio. Solo nuestros cuerpos entrelazados, nuestras respiraciones
sincronizadas y ese calor que parecía protegernos del mundo entero.
Un rato después, Camila se quedó dormida entre mis brazos, y la
observé en silencio. Tenía el rostro relajado, como si por fin hubiese soltado
algo que llevaba demasiado tiempo cargando. Me levanté con cuidado para
no despertarla y fui a preparar algo de comer. Era casi las cuatro de la tarde,
y aunque deseaba tenerla conmigo todo el día, sabía que pronto tendría que
regresar a su casa, antes de que su padre comenzara a buscarla por todas
partes.
Cuando la comida estuvo lista, regresé a la habitación y me senté a su
lado. Besé sus labios con suavidad y sus párpados temblaron antes de abrir
los ojos.
—Despierta, dormilona. —Sonreí, rozando su nariz con la mía.
—Mmm… ¿Ya es hora?
—Sí, casi. Pero primero vas a comer, necesito que tengas fuerzas… —le
murmuré al oído, mordisqueando el lóbulo con malicia— …por si esta
noche te escapas otra vez.
Camila rió entre dientes, me dio un empujón suave y se levantó sin
cubrirse, sin esconderse. Su cuerpo era luz y tormenta, y no podía apartar
los ojos de ella mientras caminaba hacia el salón. Nos sentamos a comer
pasta entre miradas cómplices, silencios largos y caricias fugaces por
debajo de la mesa.
Un par de horas después, con el sol bajando en el horizonte, subimos al
coche en silencio. Camila se sentó en el asiento trasero, como siempre que
alguien podía vernos, y aunque odiaba esa distancia impuesta, entendía por
qué lo hacía. Su mirada se mantenía fija en la ventanilla, pero yo sentía el
temblor de sus dedos incluso desde el retrovisor.
El trayecto fue corto, pero cargado de un silencio denso, incómodo.
Cuando atravesamos las puertas del recinto, el ambiente cambió por
completo. Algo se notaba… raro. Tenso.
Aparqué frente a la entrada principal, y antes de que pudiera siquiera
abrir la puerta, lo escuchamos.
—¡CAMILA! —La voz del senador Lombardi retumbó desde el porche
como un trueno—. ¡Necesito verte en mi despacho, ahora mismo!
Ella se quedó congelada en su sitio. Ni siquiera había bajado del coche
aún. Me giré para mirarla y sus ojos se encontraron con los míos, llenos de
pánico. Su rostro palideció en cuestión de segundos y sus labios se
entreabrieron, como si le costara respirar.
—Tranquila —le susurré, sin moverme—. Estoy aquí. Pase lo que pase,
Camila… estoy contigo.
Asintió con un leve movimiento de cabeza, tragando saliva, y abrió la
puerta despacio. Su espalda se enderezó al salir del coche. Ya no era la
chica que había dormido entre mis brazos, ni la que había suplicado por
amor horas antes en mi cama. Era la hija del senador, obligada a encajar en
un mundo que la asfixiaba.
No pude tocarla, ni siquiera rozarla. Solo la seguí con la mirada
mientras caminaba con paso firme hacia él, aunque su corazón estaba hecho
un puño.
Y yo me quedé allí, dentro del coche, con los dedos apretando el
volante, deseando poder hacer algo más que observar cómo volvía a entrar
en esa casa que tantas veces le había quitado el aire.
CAPÍTULO 39
Camila
Volver a estar entre los brazos de Axel era justo lo que necesitaba.
Pero ahora que sabía que sentía lo mismo que yo, que nos queríamos, me
aterraba la idea de tener que casarme con otro hombre. Tenía que hablar con
mi padre. No podía casarme amando a otra persona, y debía saber que ese
alguien era Axel.
En teoría, todo parecía claro. Pero el solo hecho de pensarlo me hacía
temblar.
Cuando llegamos a casa, él ya nos estaba esperando en la puerta. El
tono que usó para decirme que me esperaba en su despacho no auguraba
nada bueno. ¿Qué habría pasado?
Miré a Axel por última vez antes de entrar, sintiendo cómo el nudo en
mi estómago se apretaba. Apenas crucé el umbral, me encontré con
Stephanie.
—Hola, señorita Camila —me saludó con un deje de agobio en la voz
—. No sé qué habrá pasado, pero su padre está de muy mal humor.
—Tranquila, ya sabes cómo es. Seguro que no es nada importante —le
respondí, cogiendo su mano con la intención de tranquilizarla, aunque en
realidad la que necesitaba ese gesto era yo.
—¿Y mi madre?
—Fue a comer con la madre de su prometido.
Asentí mientras soltaba su mano. Luego caminé, arrastrando los pies,
pensando en mil maneras de escapar de esta tortura de vida, pero no
encontré ninguna solución… al menos no una que me permitiera dejarlo
todo atrás sin romperme por completo.
Cuando crucé la puerta del despacho, mi padre tenía los ojos clavados
en la pantalla del ordenador.
—Cierra la puerta —ordenó, sin apartar la mirada de lo que fuera que
estuviera viendo—. Siéntate.
—Creo que puedo escucharte de pie —respondí, con la intención de
mantener algo de control en la situación.
Me miró finalmente.
—He dicho que te sientes —elevó el tono, y no tuve más opción que
hacerle caso.
—¿Se puede saber qué pasa ahora? No sé qué más quieres de mí, papá
—me adelanté, intentando evitar que explotara como siempre, pero no
sirvió de nada.
—¿Sabes? Pensé que tú serías diferente… que no serías tan suelta como
tu madre —fruncí el ceño, sin comprender aún a dónde quería llegar—. ¿En
serio, Camila? ¿Con Axel?
Mis ojos se abrieron desmesuradamente y sentí el miedo invadirme por
completo.
Mi padre se levantó, rodeó la mesa y se acercó. Tenía la mirada llena de
rabia, de asco… y por primera vez, también de sorpresa.
Se sentó en el borde del escritorio, frente a mí, lo suficientemente cerca
como para bloquearme la salida.
—Papá… no es…
—¡Cállate! —gritó, haciéndome sobresaltar—. No sé en qué cojones
estabas pensando cuando dejaste que Axel te metiera en su cama, pero
páralo ya.
—No puedo —le sostuve la mirada, dispuesta a no dejarme intimidar,
aunque el miedo me carcomiera por dentro.
—¿No me digas que te has enamorado de él? Pobre ingenua. Ese tipo
solo está contigo por el dinero, por la posición. ¿De verdad crees que
alguien como él se fijaría en un despojo como tú si no fueras mi hija? No
seas ridícula —se incorporó, escupiendo cada palabra con desprecio—. No
sabemos nada de él, salvo que fue militar. ¿Y si solo quiere aprovecharse de
ti?
—¿Y qué más te da? No soy tan importante para ti como para venir
ahora a hacerte el padre preocupado —me levanté, sin poder contenerme
más—. Soy mayor de edad y puedo estar con quien me dé la gana. Así que
puedes olvidarte de mi boda con Eiron, porque yo quiero a Axel y no pienso
dejarlo.
Mi declaración lo hizo soltar una carcajada. Una risa fría, malévola.
Volvió a mirarme, y su expresión se endureció aún más, si es que eso
era posible. Dio un paso hacia mí, me agarró del brazo con fuerza.
—No seas estúpida —escupió—. Ya sabes lo que tienes que hacer si no
quieres que hunda tu vida, niñata consentida.
—Si me hundes a mí, tú te hundes conmigo. ¿Recuerdas? Eres mi padre
y el senador del estado. ¿Qué dirán tus votantes cuando sepan que tapaste la
verdad del accidente? ¿Qué pasará cuando sepan que fui yo quien conducía
ese coche? ¡Eh! ¡Dímelo! ¿Qué pensarán cuando descubran que hiciste que
tu propia hija cargara con todo el peso de un hecho que tú mismo
encubriste?
Mi voz temblaba, pero mis palabras eran firmes. Por dentro, sin
embargo, me estaba rompiendo.
—¿Accidente? —repitió con desdén, apretando aún más mi brazo—.
Ibas drogada. Borracha. ¿En serio estás diciendo que fue un accidente?
Mataste a tu hermana y al otro conductor por tu vicio, porque no te importa
nadie más que tú. Vas a pagar, de una forma u otra, por haberme arrebatado
a mi hija.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Quería gritarle que también yo había
perdido a Adriana, que ese dolor me acompañaba cada día. Pero no me
dejó.
—¡Yo también soy tu hija! —le grité—. ¡Y sí, cometí un error, pero sé
que no todo fue culpa mía! Sé que hay algo más… algo que no logro
recordar, ¡pero lo haré! No me vas a destruir, Adrián Lombardi.
Fue decir su nombre, gritarle todo lo que llevaba años callando, y sentir
su mano estampándose contra mi mejilla con una violencia que me hizo
tambalear. El golpe resonó como un disparo en la habitación. Me sujetó del
brazo y me zarandeó.
—Eres una descarada, y estoy harto de ti. Tenías que haber muerto tú,
no Adriana —espetó, con la voz cargada de odio.
Su rostro estaba desencajado. Iba a golpearme de nuevo. Cerré los ojos
por reflejo… y entonces lo escuché.
—¡Señor! Yo que usted no volvería a golpear a su hija.
Era su voz. Axel.
Entró con paso firme, sus ojos eran fuego, sus puños apretados. Se
acercó a nosotros y forzó a mi padre a soltarme el brazo. Mi piel ardía, pero
lo que me quemaba de verdad era la vergüenza.
Temblé al mirarlo. ¿Hasta dónde había escuchado? ¿Sabía que yo era la
responsable del accidente… de la muerte de mi hermana?
No podía mirarlo a los ojos. Mi corazón latía con fuerza, no solo por el
miedo a mi padre, sino por algo mucho peor: el miedo a perderlo a él. El
miedo a que esa verdad, la que me consumía desde hacía tres años,
cambiara lo que él sentía por mí.
Había algo en su mirada que no supe descifrar. ¿Había escuchado todo?
¿Se marcharía ahora que sabía la peor parte de mí?
—¿Quién te crees que eres para meterte? —espetó mi padre, con
desprecio—. Es mi hija, y yo veré si tengo que castigarla o no.
—No me creo nada —replicó Axel con firmeza—, pero usted me
contrató para cuidar de su hija, y eso hago. No voy a quedarme de brazos
cruzados mientras la maltrata.
Su mirada estaba cargada de odio. Era la primera vez que lo veía así,
con tanta rabia contenida… y no supe si esa ira era por lo que acababa de
presenciar o si había algo más.
—Pues no tendrás que volver a cuidarla, porque te quiero fuera de esta
casa ahora mismo.
Me tapé la boca con una mano, ahogando el sollozo y el asombro.
¿Cómo habíamos llegado hasta aquí? ¿En qué momento había pasado de
flotar en una nube a arder en el mismísimo infierno?
Axel me miró finalmente. Y no supe descifrar lo que sus ojos intentaban
decirme. ¿Desconcierto, sorpresa… miedo? ¿Acaso era odio? No. Axel
jamás sería capaz de mirarme así. O eso quería creer. Sus ojos, hasta ese
día, siempre me habían mostrado lo que sentía por mí.
—¿Y bien? ¿A qué esperas para largarte? —insistió mi padre.
—Axel… vete. Es lo mejor —susurré, con las lágrimas cayéndome por
las mejillas.
—Está bien —respondió él, bajando la cabeza.
Sin decir nada más, salió del despacho, dejándome sola, desprotegida,
con el corazón a punto de salirse por la boca… y con la dolorosa certeza de
que lo nuestro, probablemente, se había acabado para siempre.
¿Y gracias a quién? A mí. Como siempre, era yo la que lo arruinaba
todo.
—Tranquila. Cuando te cases con Eiron, todo cambiará —espetó mi
padre, como si la vida fuera un simple trato entre manos frías.
—¿Ya estás contento? Lo lograste. Me dejaste sola… me quitaste todo.
—sollocé, rota.
—He mandado a investigar a Axel. Pronto tendrás la verdad. Te
demostraré que ese tipo no es quien crees.
—Te detesto.
Fue lo último que le dije. Lo fulminé con la mirada y salí del despacho
corriendo. Tenía que encontrarlo. No podía dejarlo marchar así.
Lo vi justo a tiempo: estaba en su coche, encendiéndolo, a punto de
cruzar el portón. Corrí con todas mis fuerzas, como si eso pudiera detener el
dolor que me desgarraba el pecho.
—¡Axel, espera! —grité.
Él me miró. Nuestros ojos se cruzaron. Por un instante, creí que se
bajaría… que volvería. Pero no. Endureció la expresión, como si esa última
mirada fuera una despedida, y aceleró. Se fue. Se fue como si quedarse a mi
lado fuera el mayor error de su vida.
Esa fue la última vez que lo vi. La última antes de que mi padre
cumpliera su promesa.
Después de que Axel se fue, no volvió. No llamó, no escribió, no
preguntó por mí. Y yo tampoco lo busqué. No porque no quisiera, sino
porque sentía que no tenía derecho.
Me quedé sola, arrasada por dentro, sobreviviendo cada día como si
cargara con el peso de todo lo que se había roto por mi culpa. Lo nuestro…
lo que habíamos construido, lo que apenas empezábamos a vivir, se había
derrumbado como un castillo de naipes bajo la tormenta de mi vida.
***
Pasaban los días y me costaba incluso salir de la cama. Las sesiones con
Elena, se hicieron más frecuentes. Ella seguía intentando acceder a ese
recuerdo que seguía bloqueado dentro de mí, el que tenía que ver con la
noche del accidente. Probó con hipnosis de nuevo, con ejercicios de
visualización, con todo lo que se le ocurría. Pero nada funcionaba. Cada vez
que me acercaba a ese vacío, algo dentro de mí se cerraba en banda.
—No es que no quieras recordar —me dijo una tarde—. Es que tu
mente está convencida de que, si lo haces, no vas a poder soportarlo.
Y tal vez tenía razón.
Las ganas de perderme volvieron. Las pastillas me miraban desde el
fondo del cajón como si supieran que seguía siendo suya. No las tomaba,
pero las pensaba. Las deseaba. Me aferraba a los consejos de Elena, a la
única voz que me decía que merecía una vida distinta, aunque yo no
estuviera tan segura de eso.
Mientras tanto, la boda seguía en marcha. Las pruebas del vestido, las
visitas con la organizadora, la elección del menú, la lista de invitados. Todo
avanzaba como si mi vida fuera un tren que no podía detenerse, aunque yo
ya no quisiera ir a bordo. Eiron se mostraba amable, atento, incluso dulce.
No era una mala persona. Pero no era Axel. Y su cercanía solo me hacía
sentir más sola, más perdida.
Sonreía en las fotos. Asentía en las reuniones. Fingía estar emocionada,
mientras por dentro gritaba en silencio.
Y entonces llegó el día de la fiesta de compromiso. Me vestí como una
muñeca, maquillada, peinada, decorada como si fuera parte del mobiliario
de ese salón lujoso. Estaba todo tan perfecto, tan falso. Me miré en el espejo
y no me reconocí.
Solo quería desaparecer.
—Tu padre te está buscando —me avisó Noemí, acercándose con una
copa de champan que rechacé con un leve movimiento de cabeza.
—¿Ahora?
—Está en su despacho. Dice que es importante.
Respiré hondo. No tenía ganas de escucharlo, pero sabía que si no iba,
terminaría peor. Caminé hasta su oficina con pasos lentos, la sonrisa ya
disuelta, sintiéndome una prisionera.
Entré. Cerré la puerta. Él estaba de pie, junto al ventanal, con las manos
en los bolsillos y esa expresión fría que últimamente era su nuevo rostro.
—Necesito que escuches con atención —dijo sin rodeos, sin siquiera
mirarme—. Ya sé quién es realmente Axel Castellanos… y qué hacía en
esta casa.
Mi pecho se contrajo. Su nombre me golpeó como un eco en las paredes
de mi corazón. Me obligué a no reaccionar. A fingir indiferencia, aunque mi
cuerpo ya temblaba por dentro.
—Es el hermano de Eliot Castellanos —continuó, volviéndose hacia mí
—. El otro conductor. El que murió en el accidente. ¿Te suena? ¿Te das
cuenta ahora? Estoy seguro de que se acercó a ti por venganza. Se infiltró
en nuestras vidas para cobrarse lo que tú hiciste.
Sentí que el suelo se me iba. Un zumbido llenó mis oídos. La sangre me
abandonó el rostro. Mis piernas temblaban.
Axel… ¿hermano de Eliot?
¿Eso era verdad?
¿Él lo sabía?
¿Desde cuándo?
¿Y por qué nunca me lo dijo?
—¿Cómo sabes eso? —pregunté en voz baja, casi sin aliento.
—Tengo mis fuentes. Te lo advertí, Camila. Ese hombre nunca fue de
fiar.
Asentí con la cabeza, no sé si para hacerle creer que le creía… o para
convencerme de que aún estaba entera. Pero no lo estaba. Todo lo que creía
saber se desmoronaba frente a mí. Las piezas del rompecabezas se movían
solas, sin sentido.
Y sin embargo… algo no encajaba.
Mi padre no decía toda la verdad. Lo intuía. Lo sentía en el tono de su
voz, en la forma en que evitaba mi mirada, en ese exceso de seguridad con
el que pretendía convencerme.
Y aunque estaba rota, aunque me dolía hasta respirar, sabía que solo
había una persona capaz de darme las respuestas que necesitaba.
Axel.
Siempre iba a ser él.
El hombre que me enseñó a amar.
El único que fue capaz de sacarme de la oscuridad.
Y que ahora… también era parte de ella.
CAPÍTULO 40
Axel
Fui a ver qué pasaba con la intención de llevármela, aunque su padre se
opusiera, porque algo me decía que algo no iba bien. Pero no me esperé
enterarme de ese secreto.
Camila era la culpable de la muerte de mi hermano.
Yo me había enamorado de la mujer que acabó con su vida.
¿Qué iba a hacer ahora? No podía creer que había sido tan estúpido.
Sin embargo, entrar y ver cómo su padre la maltrataba hizo que me
hirviera la sangre. Me dieron ganas de golpearlo hasta que se olvidara de
que tenía una hija, pero de nuevo, tuve que hacer lo que ella me pedía:
marcharme.
¿Qué más podía hacer? Su padre me despidió, y ella me pidió que me
fuera. Y teniendo en mi interior este rencor que lo iba a carcomer todo, no
podía quedarme a seguir luchando por alguien que hizo lo que hizo y que…
Joder, la amaba. Me había enamorado de ella, y ahora la había perdido para
siempre.
«¿Pero qué querías? No volverás a mirarla de la misma manera sin
recordar que, por su culpa, tu hermano ya no estará más con vosotros», me
recordó mi conciencia, jodiendo un poquito más mi paciencia.
Tenía razón. Por mucho que amase a Camila, siempre iba a estar en mi
interior esa sensación de pérdida, de culpabilidad por haberme enamorado
de ella. Tenía que alejarme.
Me subí a mi coche sin despedirme de nadie. ¿Para qué? Durante el
tiempo que estuve en esa casa, había congeniado con varias personas, pero
no era el momento de pararme a decirle adiós a nadie. Justo antes de
arrancar, Camila corrió hacia mí. Nuestros ojos se encontraron, y arranqué,
acelerando para salir a toda prisa de allí. Para escapar de ella y de su
mirada.
Conduje a la misma velocidad desde que salí de la casa de los
Lombardi, como si tuviera la sensación de que alguien me perseguía.
Obviamente, eran paranoias mías.
Llegué enseguida a casa y me encerré por el resto del día.
Mi cama seguía desecha, con el olor de Camila impregnado en las
sábanas. Los recuerdos me atravesaron como una lanza, justo en el pecho,
en el corazón. Me senté con la cabeza gacha, recordando cómo hicimos el
amor hacía solo unas horas, cómo nos amamos sin pensar en nada ni en
nadie, cómo la tomé entre mis brazos y ella se aferraba a mí como si yo
fuera su salvación… Ambos necesitábamos ser salvados. Camila, de su
familia y de un pasado que la estaba matando poco a poco. Y yo… joder, yo
necesitaba olvidar, dejar de sentirme así.
Había perdido mi estabilidad militar. Perdí a mi hermano. Y me
enamoré de la mujer equivocada.
¿Cómo iba a hacer ahora para seguir con mi vida?
***
Los días siguientes fueron completamente desastrosos. Me moría de
ganas de verla. La recordaba cada vez que miraba la playa, mi cama... Lo
estaba pasando realmente mal.
En el trabajo, me asignaron otro puesto. Ya no podía seguir siendo el
guardaespaldas de Camila Lombardi, y mi jefe volvió a enviarme a la
seguridad de una discoteca. No estaba mal, era entretenido, pero también
odiaba ese trabajo. Sin embargo, aunque no necesitaba el dinero, me
mantenía ocupado, y eso era más de lo que podía admitir.
—Axel, ¿qué tal todo, tío? —La voz de Nolan me sacó de mis
pensamientos.
Hacía mucho que no lo veía, ni a él ni a Michael. Eran los únicos con
los que realmente me llevaba bien. Desde que empecé a trabajar para el
senador Lombardi, había perdido contacto con ellos. La seguridad de
Camila ocupaba todo mi tiempo… y mi mundo.
—Hola —lo saludé con un abrazo—. Bien, ya estoy de vuelta por aquí
—dije sin ganas.
—Me dijeron que estabas de guardaespaldas de la hija del senador.
¿Qué ha pasado? Pensé que sería un trabajo de mucho tiempo. —Suspiré—.
Vaya, creo que necesitamos un par de cervezas para hablar de ese tema,
¿no?
—Me has leído la mente. —Se carcajeó.
—Pues he quedado con Michael en el bar de siempre. ¿Te vienes? —
Asentí, dándole una palmada en el hombro.
—Para mañana es tarde, tío.
Salimos de la empresa entre risas. Realmente, necesitaba este momento,
aunque no supiera si debía contarles mi historia con Camila. Después de
todo, ella era un personaje público, una niña rica. Y yo… bueno, solo era
yo.
Cuando llegamos al bar, Michael me saludó con un efusivo abrazo y nos
sentamos. El camarero vino enseguida con nuestras cervezas y sonreí al ver
cómo Nolan se bebía la suya de un solo trago.
—Tranquilo, colega, que te vas a ahogar —comentó con diversión
Michael.
—Tráeme otra, por favor —le pidió al camarero antes de que se
marchara, ignorando el comentario de nuestro amigo—. ¿Qué? Estaba
sediento y agobiado.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás tan agobiado? —quise saber.
—Mi novia está embarazada —dijo sin más.
Su voz reflejaba felicidad, pero también miedo. Supongo que sentirse
así era normal en estos casos. Inmediatamente pensé en Camila. ¿Qué
pasaría si ella se quedara embarazada de mí? No… no quería pensar en ello.
No quería pensar en ella, a pesar de que no podía dejar de hacerlo.
—Eso es una buena noticia, tío. Vas a ser papá, enhorabuena —le di un
apretón en la mano.
—Sí, estoy feliz, pero también cagado. Además, ni siquiera habíamos
hablado de esto, no nos hemos casado. Solo llevamos viviendo juntos cinco
meses y de novios ni un año. En fin, todo ha venido muy rápido. Aun así,
adoro saber que voy a tener un hijo con la mujer que amo.
Sus palabras fueron tan certeras que sentí un pellizco en el pecho.
Cuando el amor te atropella de esa manera tan brutal, solo te queda salir
corriendo… o dejar que te arrolle del todo.
Pasamos un buen rato juntos, hablando de todo un poco, de Michael y
sus dos hijos —él era el mayor de los tres— y a diferencia de Nolan y de
mí, tenía una vida estable. Bueno, Nolan empezaría a tenerla pronto.
El tema de mi trabajo como guardaespaldas quedó en segundo plano, y
lo agradecí. No estaba preparado para contarles que me habían despedido
por enamorarme de la hija del senador. Porque sí, aunque ese hombre nunca
lo dijo directamente, estoy seguro de que sabía que su hija y yo teníamos
algo.
Un par de horas después, me despedí de ellos y me marché a casa. Esa
noche no trabajaba, así que me quedaría descansando.
El tiempo siguió su curso. Solo faltaban dos días para la fiesta de
compromiso de Camila. No debería haber encendido la tele, donde vi la
noticia… y las fotos de ella con Eiron.
Estaba hermosa. Tan hermosa como triste. Su mirada reflejaba una
tristeza aún mayor que la que tenía cuando nos conocimos. Y eso me dolió.
«¿Pensaste que estaría feliz? Ella te ama a ti y tú no has vuelto a
llamarla», me recordó mi conciencia. Y sí, volvía a tener razón. Pero
Camila tampoco me llamó. No me buscó. Supongo que nuestra historia
terminó el mismo día en que salí de su casa.
De pronto, mi móvil comenzó a sonar. Una llamada entrante. Pensé que
podría ser mi madre, para regañarme por no haber ido a verlos, y me
sorprendí al ver que era el capitán O’Connell. Me alegró recibir su llamada,
aunque si se estaba comunicando conmigo, debía ser por algo importante…
quizá grave.
—Mi capitán —lo saludé.
—Castellanos —respondió con seriedad—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te
trata mi hermano en su empresa? —Sonreí al escuchar el tono neutro de su
voz, mezclado con preocupación.
—Muy bien, capitán. Estoy bastante bien en el trabajo. —Suspiró—.
¿Pasa algo? Porque no creo que me haya llamado solo para preguntarme
por eso, ¿verdad?
—Me conoces muy bien, Axel. Y me alegra saber que no has perdido
esa intuición tuya. Estás en lo cierto: te llamo para informarte de algo que
acabo de saber. —Fruncí el ceño mientras me sentaba, esperando que
continuara—. Han estado preguntando mucho por ti, Axel, y he sabido de
primera mano que te están investigando. ¿Tienes algún problema en el que
pueda ayudarte?
Me levanté de golpe. ¿Investigándome? ¿Quién?
Pero conforme me lo preguntaba, me daba cuenta de que la única
persona que podría estar detrás de eso… era el senador Lombardi.
—No tengo ningún problema, pero estoy seguro de que ha sido el
senador.
Contestarle eso me obligó a contarle todo: desde que entré a trabajar allí
para saber la verdad sobre el accidente que mató a mi hermano, hasta
acabar enamorado de la hija del senador.
Mi capitán no entendía del todo cómo había pasado algo así con esa
familia, pero también reconoció que Lombardi tenía lo necesario para
destruir la vida de quien quisiera… y encubrir un accidente tampoco debió
de ser complicado.
—Sea como sea, ten cuidado con el senador, Axel. Ha puesto sus ojos
en ti. Hará lo posible para que desaparezcas de la vida de su hija —me
advirtió unos minutos después, antes de despedirse y colgar.
Le prometí que me mantendría alejado, pese a que deseaba lo contrario.
Dejé el móvil sobre la mesa y volví a sentarme. Me pasé las manos por
el rostro, agotado mentalmente.
Pasé el día entero en casa. Aprovecharía los dos días libres que me
había dado mi jefe para descansar e ir a visitar a mis padres, a quienes tenía
completamente abandonados.
A la mañana siguiente me levanté tarde. No estaba acostumbrado a
dormir tanto y no sabía si era por el cansancio acumulado o por la calma
que me provocaba el olor de Camila aún impregnado en la habitación.
Seguramente eran tonterías mías, ya que había cambiado las sábanas y
hecho limpieza a fondo… pero seguía oliendo a ella. Y eso me descolocaba
más de lo que quería admitir.
A la hora de comer, después de fustigarme mentalmente por lo estúpido
que era, decidí salir a correr un rato por los alrededores. No lo hacía a
menudo, más que nada porque no podía forzar mucho por mi problema,
pero un poco de ejercicio no me haría daño… o eso intentaba convencerme
a mí mismo.
El sol brillaba con fuerza cuando salí. Me quité la camiseta de tirantes
que llevaba y me la colgué del pantalón. Con la música sonando en mis
oídos, empecé a correr. Al principio despacio, para calentar, y luego fui
acelerando el ritmo poco a poco.
No llevaba ni quince minutos cuando empecé a notar algo raro. Un
coche negro, con las ventanillas tintadas, iba demasiado cerca. Al principio
pensé que podía ser casualidad, pero cuando giré en una calle secundaria y
el coche también lo hizo, mis alarmas se encendieron.
Aceleré un poco más. Tomé otro desvío al azar, fingiendo que era parte
de mi ruta, y comprobé por el rabillo del ojo que el coche seguía ahí,
manteniendo la distancia. No era paranoia. Me estaban siguiendo.
Antes de llegar a mi casa, me metí por un callejón estrecho que conocía
bien. Lo recorrí entero y me oculté tras un contenedor, esperando. El coche
apareció al fondo, avanzó unos metros más y se detuvo, como si esperara a
ver por dónde saldría.
Aproveché el ángulo ciego y me acerqué por el lateral. Antes de que el
conductor pudiera reaccionar, abrí la puerta y lo saqué de un tirón.
—¿Tú? —mascullé al reconocerlo.
Era el mismo periodista que me había hecho las fotos con Camila en el
parque.
—Tranquilo, tranquilo —balbuceó, levantando las manos—. Solo
quería hablar contigo.
—¿Me sigues por media ciudad solo para eso?
—No quiero problemas, de verdad. Solo... necesito otra historia. Algo
grande. Desde que el senador se enteró de lo tuyo con Camila, hay
movimiento, Axel. No soy el único que te está vigilando.
Lo empujé contra el coche, sin apartar la vista de él.
—La próxima vez que me sigas, te rompo la cámara. Y después
veremos qué más.
Se quedó callado, tragando saliva.
Lo solté y me alejé sin mirar atrás, aunque la tensión seguía
recorriéndome el cuerpo como si fuera electricidad pura. Todo esto iba
mucho más allá de una historia sensacionalista. Estaba claro que el senador
Lombardi no pensaba quedarse de brazos cruzados.
Fui hasta mi casa con tranquilidad, pensando que el tipo se habría
largado después de haberlo amenazado. Pero no. Ahí seguía, detrás de mí.
Antes de entrar, me giré y lo miré fijamente.
—Creo que te dije que no me siguieras. ¿Qué parte de “te voy a romper
la cámara” no entendiste? Déjame en paz, por favor.
—Axel, es que necesito tu ayuda —dijo, visiblemente alterado. Fruncí
el ceño—. Hay cosas que yo sé… cosas que te vendrían bien saber, pero si
otras personas se enteran… mi trabajo pende de un hilo. Podría perderlo
todo.
Estaba nervioso. Acojonado, más bien. No entendía por qué demonios
creía que yo podía ayudarle. ¿En qué podría ayudarle un tipo que había
salido de casa de los Lombardi por haberse follado a su hija? No, desde
luego, no era el mejor para eso.
Sin embargo…
—Pasa.
CAPÍTULO 41
Camila
Durante la fiesta de compromiso, no podía quitarme de la cabeza las
palabras de mi padre. Axel era el hermano del otro conductor. Axel se metió
en esta casa para vengarse. Axel, en realidad, no me quería y todo era una
mentira.
Eso último era un pensamiento propio que se me había metido tras todo
lo demás. ¿Y si esa era la realidad? De ser de otro modo, se habría puesto
en contacto conmigo en estas dos semanas, ¿no? Pero no, no lo hizo. Se
marchó sin mirar atrás, aceleró para que no lo alcanzara, y eso me partió el
corazón.
—Camila, ¿estás bien? —La voz de Noemí me sacó de mis
pensamientos. La miré y negué.
—Necesito salir de aquí, escapar de esta farsa —respondí en voz baja,
solo para que ella pudiera escucharlo.
—¿Todo está bien? Pensé que…
—Shh, no digas nada. Viene Eiron —la interrumpí antes de que dijera
algo que pudiera ponerme en un aprieto.
—Mi amor. —Eiron me agarró de la cintura con familiaridad y me
atrajo hacia él antes de depositar un beso en mis labios.
Cada vez lo hacía con menos reparo, como si le importara una mierda lo
que yo pensara o sintiera. No se daba cuenta de que, para mí, esto era una
tortura, y que jamás lo amaría… no mientras Axel siguiera en mi corazón.
Y no creía que saliera de ahí jamás.
—¿Lo estás pasando bien, futura señora Bennett? —preguntó con una
bonita sonrisa, porque no podía negar que Eiron era muy atractivo.
—Por supuesto —mentí descaradamente, y él lo sabía.
—Ven, quiero presentarte a unos amigos míos —tiró de mi mano.
—Espera, no quiero dejar a Noemí sola.
—Pues que venga también. Así le presento a mi mejor amigo, que está
soltero. —Ella se carcajeó y, por supuesto, nos siguió hasta el grupo de
amigos de Eiron.
Odiaba este tipo de eventos, y más aún ser yo la protagonista. Cómo
quisiera estar en otro lugar, con otra persona. Suspiré al tiempo que cerraba
los ojos unos segundos para intentar calmarme, algo que no estaba
consiguiendo… y que solo una cosa podía lograr, aunque no quería cogerla.
Había seis personas: dos chicas y cuatro chicos. Lidia y Cintia eran
hermanas, amigas de Eiron desde el instituto. Oscar, Mark, John, Stephen y
su mejor amigo, el soltero: Justin. Noemí le hizo ojitos en cuanto Eiron se
lo presentó.
Todos fueron amables conmigo, no podía negarlo. Parecían simpáticos,
y si en este momento yo fuera una mujer dichosa por casarse con el hombre
de sus sueños, estaría encantadísima de hacerme su amiga. Pero no era el
caso.
—Necesito ir al baño —dije en medio de la conversación—.
Disculpadme un momento. —Caminé hasta Noemí—. Te la robo un
momento, Justin. No te importa, ¿verdad? Bueno, y aunque te importe, me
la llevo igual.
Lo último me salió un poco más brusco de lo que pretendía, pero
empezaba a sentirme cada vez peor, más cabreada, con más ganas de salir
corriendo. Necesitaba ver a Axel. Era el único que podía darme respuestas,
el único al que quería tener a mi lado en un momento como este.
Llevé a Noemí hasta el aparcamiento, donde estaban los coches de los
invitados, incluido el suyo. Justo paré delante de él.
—¿Qué se supone que hacemos aquí, Camila? —preguntó alterada—.
Volvamos a la fiesta, lo estábamos pasando bien.
—No, Noemí. La única que lo estaba pasando bien eras tú. Yo necesito
salir de aquí ya. —Me acerqué a ella—. Necesito que me lleves a ver a
Axel, por favor. —Abrió los ojos desorbitadamente.
—¿Estás loca? ¿Ahora? ¿Quieres que tu padre te busque por cielo y
tierra y se arme la de Dios? No piensas con claridad, Camila. Volvamos, por
favor —me suplicó, recordándome todo lo que estaba en juego… y que yo
sabía muy bien.
Pero no era la primera vez que me escapaba de una fiesta, y no
pretendía que fuera la última. «Sí, pero las demás fiestas no eran por ti y tu
compromiso. Esta es diferente, Camila». No estaba preparada para escuchar
a mi conciencia en este momento, así que seguí suplicándole a Noemí.
—Necesito hablar con él antes de casarme, Noemí. En un mes es mi
boda y él y yo… joder, estoy enamorada de Axel y voy a perderlo para
siempre. —Reposé mi cuerpo sobre el coche—. Sabes por lo que he pasado
toda mi vida, por lo que llevo pasando desde que Adriana murió. Axel ha
sido lo único bonito que he tenido desde esa noche. Por favor, tengo que
saber algo antes de casarme y…
—Está bien, Camila. No tienes que explicarme tus razones, ya las sé.
Pero no te voy a llevar. Tendrás que ir tú sola en mi coche —abrí los ojos,
poniéndome nerviosa—. De alguna manera tendré que cubrirte, ¿no? —
Sonreí, pese a que estaba cagada.
—No conduzco desde el accidente —le recordé.
—Sabrás hacerlo, no te preocupes —me abrazó—. Por favor, no tardes
mucho, porque ya sabes que tu padre me da miedo. Y si empieza a hacerme
muchas preguntas…
—Tranquila, no tardaré.
Noemí me dio las llaves del coche y me subí. Antes de arrancar, suspiré
varias veces, recordando momentos del accidente. Tenía miedo de conducir,
pero aún más miedo de no verlo a él.
Aproveché que la puerta de hierro estaba abierta para salir sin problema,
aunque algunos de los guardias de seguridad patrullaban la zona. ¿Qué
haría si me veían salir? Podrían contarle a mi padre que me estaba yendo de
mi propia fiesta de compromiso, y eso sería un desastre. Aun así, me
importó una mierda y arranqué, saliendo a toda prisa del recinto y
metiéndome de lleno en la carretera.
Durante el trayecto, estaba tensa, mirando a todos lados, como si me
persiguieran. Tenía flashes del accidente, luces en mi mente, palabras que
no lograba recordar del todo. Estaba demasiado nerviosa e intenté calmarme
para poder seguir conduciendo sin incidentes.
Aceleré un poco para llegar cuanto antes a la casa de Axel y acabar con
esto de una vez por todas.
Tardé bastante en llegar, porque aunque sabía dónde vivía, me costó
recordar bien el camino. Su coche no estaba, así que supuse que él tampoco.
Aparqué frente a la casa y me bajé temblando, y no era por el frío. Los
nervios me estaban destrozando, y yo no solía ponerme nerviosa. Caminé
despacio hasta la entrada y, aunque seguramente no estaba, como había
pensado, toqué el timbre con la esperanza de estar equivocada. Tal vez su
coche estuviera en el taller o aparcado en otro lugar… ¿qué sabía yo?
Toqué varias veces, pero nadie abrió la puerta.
—Mierda —susurré, frustrada—. ¿Qué hago ahora?
Irme no era una opción. No sin verlo, sin hablar con él, sin decirle todo
lo que estaba sintiendo. No sin pedirle perdón por dejar que se marchara
aquel día o por no defender lo nuestro delante de mi padre. Si había una
mínima posibilidad de recuperarlo, por pequeña que fuera, me aferraría a
ella. Porque, por más que mi padre insistiera en que Axel solo quería
vengarse, yo no lo creía. Él me había demostrado que me quería.
Caminé de regreso al coche para sentarme a esperar. No me quedaba
otra, y los tacones me estaban matando. Miré mi atuendo: el vestido celeste
que mi madre me pidió que me pusiera. Me sentía como una muñequita a la
que se le cambia la ropa cuando a ella le da la gana. El vestido era bonito,
no lo iba a negar, pero no tenía nada que ver con mi estilo.
—Pareces la muñeca de la tarta de novia —me dije en voz baja.
El tiempo pasó, y el móvil comenzó a sonar. Noemí me llamó varias
veces, y le respondí con mensajes, diciéndole que esperara un poco más,
que Axel aún no había llegado.
“Si tu padre se da cuenta…”
“Ya me ha preguntado por ti un par de veces y le he dicho que estabas
indispuesta.”
“Dime qué hago si se le ocurre ir a tu habitación.”
“Porque tu madre ya lo ha sugerido un par de veces.”
No sabía qué hacer. ¿Irme? ¿Quedarme? Justo cuando estaba por
arrancar el coche para marcharme, escuché que se acercaba un vehículo.
Miré hacia la casa de Axel y lo vi aparcar y bajarse de él.
Tragué saliva al verlo vestido con un traje negro, igual que la primera
vez que nos vimos, cuando supe que sería como un grano en el culo. Sonreí,
y sentí que el pecho se me oprimía. Decidida, me bajé del coche de Noemí,
y el sonido de la puerta cerrándose lo alertó, haciendo que se girara para ver
quién era.
En cuanto nuestros ojos se encontraron, percibí su desconcierto y, de
pronto, una mirada cargada de rencor me atravesó el alma.
—Camila, ¿qué haces aquí? No deberías haber venido, y mucho menos
hoy —escupió con desdén, dejándome claro que no era bienvenida.
—¿Así me vas a recibir después de todo lo que hemos vivido? —
pregunté, incrédula.
—¿Cómo quieres que reciba a la mujer que mató a mi hermano? —Me
tapé la boca para evitar que un jadeo lleno de asombro y miedo se escapara
—. ¿Qué? ¿Creías que no me iba a enterar nunca?
—Axel, por favor, déjame explicártelo. —Quise acercarme, pero me lo
impidió.
—No. No quiero escuchar tus excusas, Camila. —Agachó la mirada—.
No sabes lo culpable que me siento ahora mismo.
—¿Culpable? ¿Por qué? Ah, claro. Fuiste a mi casa para vengarte de mi
familia, ¿no? En realidad, nunca me quisiste. Solo fui un peón en tu tablero
de ajedrez, y tú ibas directo por el rey, ¿verdad?
Volvió a mirarme y se acercó, quedando a escasos milímetros de mí. Su
perfume me envolvió. Ese que había echado tanto de menos. Me agarró de
los brazos con ambas manos, sin hacerme daño, pero firme.
—Me siento culpable por haberme enamorado de la mujer que provocó
la muerte de mi único hermano. ¿Sabes lo que sentí al enterarme? No tienes
ni idea de lo que significa para mí sentir esto por ti y, al mismo tiempo,
recordar que Eliot no volverá. Por tu culpa. —Mis ojos se llenaron de
lágrimas.
Era la primera vez que alguien me hacía sentir verdaderamente culpable
por la muerte de mi hermana. Mis padres siempre me lo dijeron, pero una
parte de mí, aunque fuera diminuta, creía que había algo más. Que tal vez
fue un accidente, sin más. Pero Axel me estaba diciendo la verdad. Yo era la
única responsable. Y yo debí morir aquella noche.
—Sé que nada de lo que diga ahora hará que me mires de otra forma.
Pero tú sabes que sufro desde aquella noche, porque también perdí a
alguien. Perdí a mi hermana, a la única persona que me quiso de verdad.
Era mi mayor pilar, y yo la maté. Tendría que haber muerto yo, no ellos.
Axel no respondió. Solo me miraba con una mezcla abrumadora de
odio, amor… y pena.
No quería su pena. Necesitaba su amor.
Y eso… eso ya lo había perdido.
—Ya no importa lo que tú sientas, lo que sintamos, Camila. Esto
terminó el día que supe la verdad, y es mejor que regreses a tu vida y te
cases con ese tipo. Es lo mejor para los dos, créeme —expresó, soltándome,
dejándome el calor de sus dedos marcado en mi piel como una herida
invisible.
Tragué saliva. Mis ojos seguían fijos en los suyos, y necesitaba hacer
algo por última vez, aunque no consiguiera nada. Me acerqué despacio,
pegando mi cuerpo al suyo, sintiendo cómo su dolor y el mío se unían,
cómo nuestros corazones comenzaban a latir al mismo ritmo, como si
todavía se reconocieran en medio de la tormenta.
—Camila, ¿qué haces? —preguntó con la voz entrecortada.
—Necesito besarte por última vez, Axel. Necesito sentir que me amas
de verdad, aunque no sirva de nada saberlo... aunque me duela más aún
tener que apartarme de tu vida —susurré, temblando—. Por favor, solo un
beso… y me iré para siempre.
Él me miró, y en sus ojos vi la guerra que se libraba dentro de él: la
lucha entre el rencor y el amor, entre la herida y el recuerdo de lo que
fuimos. No dijo nada. Solo alzó una mano temblorosa y acarició mi mejilla
con la yema de sus dedos, como si necesitara memorizar mi rostro una
última vez.
Y entonces me besó.
Nos abrazamos con desesperación, aferrándonos el uno al otro como si
eso pudiera salvarnos. Sus labios encontraron los míos y se fundieron en un
beso lento, profundo, lleno de lágrimas y de amor. Fue un beso que dolía,
que sanaba y al mismo tiempo rompía. Nuestros cuerpos se apretaron con
fuerza, como si el universo entero se hubiese detenido para dejarnos ese
último instante de verdad.
Sabíamos que era el final.
Nos separamos con lentitud, aún con los labios entreabiertos, las
lágrimas resbalando por nuestras mejillas, los pechos agitados por la
emoción. El silencio entre nosotros se volvió eterno.
Nuestro amor se quedó congelado en ese momento. Suspendido en el
tiempo como un recuerdo que dolería para siempre. Como una promesa que
jamás podría cumplirse.
Y sin decir nada más, di un paso atrás y me giré, dejando mi corazón en
sus manos mientras me alejaba.
CAPÍTULO 42
Axel
Entramos en mi casa y le indiqué que se sentara. El periodista, del que
todavía no sabía ni su nombre, me observaba con una mezcla de miedo y
esperanza, como si yo pudiera salvarlo de algo que lo superaba. Pero yo ya
tenía demasiados problemas como para cargar con uno más.
—Ve al grano, porque no tengo todo el día —le exigí, sentándome en
una silla frente a él.
—Por supuesto —suspiró, pasando una mano temblorosa por su nuca—.
El señor Lombardi lleva años pagándome para seguir a sus hijas, y cuando
apareciste en sus vidas, me pidió con más insistencia que lo hiciera.
—¿Con qué fin? Porque, que yo sepa, ese hombre no tiene ni idea de
quién soy… ¿o sí?
—Bueno… gracias a mí, supo que tu hermano falleció en el accidente
en el que murió Adriana Lombardi…
—Sí. Y en el que conducía su otra hija, ¿verdad? —Solté, con la voz
cargada de veneno. El periodista frunció el ceño—. ¿Qué pasa? ¿No lo
sabías?
Por su expresión, estaba claro que no tenía ni idea. Así que no era el
único que trabajaba para Lombardi. ¿De qué cojones iba todo esto?
—Vamos a aclarar las cosas. ¿Cuál es tu problema con el señor
Lombardi y qué tengo yo que ver en eso?
El periodista tragó saliva y bajó la mirada, como si dudara en dar el
siguiente paso.
—Mi problema es que me quiere silenciar. Sabe que sé demasiado. No
solo lo que me pidió que hiciera, sino lo que descubrí por mi cuenta… —
Alzó la vista hacia mí—. Me usó para ocultar cosas, para manipular la
verdad, para proteger su imagen. Pero ahora se está deshaciendo de todos
los cabos sueltos, y yo soy uno de ellos. Y tú… tú eres el otro.
Me quedé en silencio, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta
como un veneno. Esto no había terminado. Apenas estaba comenzando.
—Si tú has descubierto cosas, ¿cómo es posible que no supieras que
Camila era la conductora? Algo no me cuadra. —me levanté, sin apartar la
vista de él
Él negó con la cabeza, aún confundido.
—Nunca me dejaron acercarme a los informes oficiales del accidente.
Solo me dieron fragmentos... lo suficiente para chantajear a alguien, pero no
para entender todo.
—Mira…
—Cristopher.
—Eso, Cristopher. No sé cómo vamos a hacerlo, pero por el momento
necesito que me des toda la información que tengas y algún nombre al que
pueda interrogar por mi cuenta. Está claro que aquí hay algo más, y necesito
saberlo.
Él asintió con firmeza.
—Por supuesto, justamente por eso te busqué. Además de advertirte que
no soy el único que te vigila, aunque eso ya te lo dije antes —añadió
mientras se ponía en pie—. Te enviaré toda la información por email, ¿de
acuerdo?
Asentí y anoté mi dirección de correo en un papel. Tras despedirse con
un gesto tenso, Cristopher salió de mi casa, dejándome con una sensación
extraña en el cuerpo, como si algo muy grande estuviera a punto de estallar.
Hacía mucho que no salía armado de casa, pero esa vez lo sentí
necesario. No sabía cuán peligrosa era la verdad que estaba a punto de
descubrir, pero algo dentro de mí me decía que iba a necesitar estar
preparado.
Fui al baño y me di una ducha rápida. Necesitaba despejarme un poco
antes de ir a casa de mis padres. Ellos no sabían que iría, así que sería una
sorpresa. Tenía intención de pasar la tarde con ellos, aunque seguramente
no duraría mucho: mi padre tenía que ir a la bocatería, como cada día.
Cuando terminé, me vestí sin pensarlo demasiado, cogí mis cosas —
incluida la pistola que guardaba en el cajón— y salí de casa. Subí al coche,
encendí el motor y tomé rumbo hacia el único lugar donde siempre me
sentía seguro: el hogar de mi infancia.
Durante el camino, las palabras de Cristopher no dejaban de repetirse en
mi cabeza. “No soy el único que te vigila.” “Lombardi quiere silenciarme.”
“Eres otro cabo suelto.”
Todo tenía sentido y, al mismo tiempo, nada lo tenía. ¿Hasta qué punto
Adrián Lombardi había manipulado la realidad? ¿Cuántas verdades estaban
aún enterradas? ¿Y cuánto más estaba dispuesto a hacer para proteger su
imagen?
Apreté el volante con fuerza, sintiendo cómo la rabia y la impotencia se
mezclaban con la necesidad urgente de saberlo todo. Iba a llegar hasta el
final, incluso si eso significaba remover cada rincón de ese pasado lleno de
sombras.
Cuando por fin llegué a la casa de mis padres, aparqué frente a la
entrada. La fachada seguía igual que siempre, con esas pequeñas grietas en
el marco de la puerta y las flores que mi madre insistía en mantener vivas
aunque ya nadie creyera que florecieran como antes.
Toqué el timbre y esperé.
La puerta se abrió al instante, como si me hubieran estado esperando.
—¡Axel! —exclamó mi madre, con una sonrisa que le iluminó el rostro
mientras me envolvía en un abrazo lleno de calor y ternura—. ¡Qué
sorpresa más bonita, hijo!
Mi padre apareció detrás, con las manos aún manchadas de harina y la
mirada llena de orgullo.
—Qué alegría verte, muchacho —dijo, dándome una palmada en la
espalda que casi me desarma por completo—. Ya era hora.
Y por un momento, solo por un momento, todo el ruido en mi cabeza se
apagó. Volvía a estar en casa.
Entré en ese lugar que tantos recuerdos guardaba y que aún no era capaz
de olvidar. Lo primero que hice fue ir directo a la habitación de mi
hermano, como si ver su cama, sus cosas —esas que mis padres no habían
sido capaces de mover de su sitio— fuera una señal de que seguía aquí,
esperándome, como si en cualquier momento pudiera volver a entrar con
una broma en los labios y ese brillo en los ojos.
Tragué saliva al ver que todo estaba tal y como lo dejó. Me senté en su
cama, sintiendo cómo el colchón cedía bajo mi peso como si me invitara a
quedarme un rato más. Cogí la foto que reposaba en la mesilla de noche,
esa en la que salíamos los dos de niños, sentados frente al árbol de Navidad
con una sonrisa que ya no recordaba cómo se sentía al llevarla puesta.
Sentí las lágrimas deslizarse por mis mejillas, silenciosas pero firmes,
hasta que la voz de mi madre me trajo de vuelta al presente.
—Hijo, ¿estás bien?
Se sentó a mi lado, con esa expresión contenida que solo tienen las
madres cuando también están al borde del llanto.
—Hacía mucho que no me sentaba aquí —confesó con la voz cargada
de emoción—. Extraño tanto entrar y regañarle por tenerlo todo tirado. —
Sonrió, aunque sus ojos estaban empañados—. Pero también añoro sus
abrazos… y cómo se le iluminaba la cara cuando sabía que ibas a venir.
—Lo sé, mamá —susurré, abrazándola con fuerza—. Yo también lo
extraño muchísimo, todos los días. Y no creo que eso vaya a cambiar jamás.
Pero tenemos que seguir adelante. Eliot no querría vernos así. Y mucho
menos que aún no puedas guardar sus cosas en cajas… porque, mamá… no
va a volver.
Fue una de las frases más duras que jamás le había dicho. Pero también
sabía que necesitaba oírla.
—Si quieres, puedo ayudarte a vaciar esta habitación.
—¿Ahora? —su voz tembló, como si la idea la asustara y aliviara a la
vez.
—No tiene que ser ahora. Solo cuando te sientas preparada. Yo ya lo
estoy… así que solo faltáis vosotros —dije, sabiendo que mi padre nos
observaba desde la puerta, en silencio, como siempre hacía cuando no sabía
cómo intervenir.
Él dio un paso al frente y asintió con los ojos brillantes.
—Sí, mi amor. Axel tiene razón —susurró, tomando la mano de mi
madre—. Quizás es momento de hacer espacio, pero sin olvidarlo. Podemos
guardar lo importante, lo que nos lo recuerde, y donar el resto. Hay muchas
personas que podrían necesitarlo más que nosotros.
***
Pasamos la tarde en esa habitación, riendo entre lágrimas, recordando
anécdotas, y decidiendo juntos qué conservar y qué regalar. Guardamos
algunas camisetas, una bufanda suya que aún olía a él, sus cómics favoritos,
y por supuesto, esa foto de Navidad. Todo lo demás lo fuimos metiendo en
cajas con cuidado, sin prisas, como si cada objeto tuviera que recibir una
despedida justa.
No fue fácil. Ninguno habló mucho. Pero el silencio estuvo lleno de
amor, de compañía… y de ese pequeño primer paso hacia la sanación.
La habitación quedó casi vacía para cuando el sol comenzó a ocultarse
tras los árboles del jardín. Las cajas estaban apiladas en el pasillo, y el aire,
aunque cargado de nostalgia, se sentía un poco más ligero, como si al
mover cada objeto también hubiéramos movido un poco del peso que
arrastrábamos desde su ausencia.
Mi madre puso agua a hervir en la cocina y preparó algo sencillo para
cenar, insistiendo en que me quedara, como siempre hacía. Me negué al
principio, pero no tuve corazón para decirle que no después de lo que
habíamos hecho juntos. Así que me senté en la mesa con ellos, sintiendo esa
paz familiar que, aunque rota por la pérdida, todavía sabía cómo
envolverme.
Durante la comida hablamos de cosas pequeñas: de cómo iba el
negocio, de un vecino nuevo que se había mudado a la casa de al lado,
incluso de un partido de béisbol que mi padre no se cansaba de comentar.
Hacía tiempo que no los veía tan serenos. Tal vez, después de todo, haber
vaciado la habitación no solo había sido un gesto simbólico, sino también
un pequeño acto de liberación.
Cuando terminamos, mi padre se levantó y fue a por su chaqueta.
—Tengo que irme —dijo mientras se la colocaba sobre los hombros—.
Hoy me toca cerrar. Pero me alegra que hayas venido, hijo. Nos hacía falta
esto.
—Lo sé, papá. A mí también me hacía falta.
Me abrazó fuerte, con ese gesto seco pero profundo que siempre había
tenido, y luego besó la frente de mi madre antes de salir.
Ella recogió la mesa mientras yo la ayudaba a guardar los restos en la
nevera. Estaba agotado, física y emocionalmente. Y aunque me dolía dejarla
sola, sabía que necesitaba volver a casa. A mi espacio. A pensar.
—Mamá, me voy —le dije con suavidad mientras se secaba las manos
con el paño de cocina.
—¿Tan pronto?
—Sí, necesito descansar un poco y ordenar algunas cosas en mi cabeza.
Pero volveré pronto. Prometido.
Se acercó y me abrazó otra vez, más fuerte que antes.
—Gracias por hoy. No sabes lo que ha significado para mí.
—Sí lo sé —respondí, besándole la mejilla—. También lo ha significado
para mí.
Salí de la casa con el corazón apretado y la mente llena. La
conversación con Cristopher, la habitación de Eliot, las palabras de mis
padres… Todo se entrelazaba como piezas de un rompecabezas incompleto.
Encendí el coche y me puse en marcha. La noche había caído por
completo, y la carretera hacia mi casa parecía más solitaria que de
costumbre. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sentí que ese silencio
no era tan abrumador.
Solo quedaba descubrir la verdad. Toda la verdad.
Al día siguiente me desperté con el corazón encogido. Había pasado
toda la noche dando vueltas en la cama, con la mente desbordada, pensando
en todo a la vez. Y hoy… hoy era la fiesta de compromiso de Camila.
Me incorporé lentamente en la cama y me senté al borde, pasándome las
manos por el rostro. Estaba agotado.
No tenía que trabajar, pero el simple hecho de quedarme encerrado entre
estas cuatro paredes, precisamente hoy, me hacía sentir peor. Necesitaba
ocuparme con algo, así que llamé a mi jefe y le pedí que me enviara a algún
servicio. Lo que fuera.
—¿Estás seguro? Es tu día de descanso —me recordó.
—Lo sé, pero necesito mantener la mente ocupada. No me importa si
me mandas a cuidar el perrito de alguien.
Se rió por mi comentario.
—Está bien. Te enviaré los datos por mensaje.
Nos despedimos y me metí en la ducha mientras esperaba la
información del servicio. Para cuando terminé, ya tenía todo en el móvil. Se
trataba de la graduación universitaria del hijo de una familia adinerada.
Habían solicitado seguridad privada porque esperaban muchos invitados.
No me entusiasmaba la idea de tragarme una fiesta universitaria, pero lo
había pedido yo, así que no me quedaba otra. Empecé a vestirme sin ganas,
pero decidido.
Pasé el día entre brindis con champán caro, miradas furtivas entre
algunos jóvenes y besos robados en las esquinas. Los padres estuvieron
presentes unas horas, pero en cuanto la fiesta empezó a subir de tono, se
marcharon, dejándonos a mí y a otros dos compañeros—con los que nunca
había trabajado antes—a cargo de unos cincuenta universitarios borrachos.
Las horas pasaron más rápido de lo que esperaba. Cuando llegó el
momento de irme, ya era bastante tarde. Estaba tan cansado que ni siquiera
quise mirar la hora. Me despedí de mis compañeros y regresé a casa.
Lo que no me esperaba era encontrarme con Camila.
Acababa de bajarme del coche y, al darme la vuelta, allí estaba.
Esperándome.
Estaba hermosa. Llevaba un vestido celeste que realzaba aún más su
belleza. ¿Qué hacía aquí? Debería estar en su fiesta de compromiso.
Pero mi forma de mirarla cambió en cuanto recordé que la mujer que
tenía delante… conducía aquel coche.
—Camila, ¿qué haces aquí? No deberías haber venido. Y mucho menos
hoy.
No quería sonar duro, pero todo lo que sentía por ella se amplificó de
golpe, como una bomba a punto de estallar. No sabía cómo gestionarlo.
Tampoco supe cómo manejar aquella discusión en la que me dijo que nunca
la quise, que solo fue un peón en mi juego de ajedrez.
Tenía que admitirlo: al principio fue así. Pero después… me enamoré de
ella sin remedio.
La culpabilidad me estaba consumiendo. Los sentimientos se agolpaban
en mi pecho, dejándome sin aire. Volví a mirarla. Me acerqué, atraído por
ese maldito imán que llevaba sin darse cuenta, ese que hacía que todo mi
cuerpo quisiera estar pegado al suyo, aunque mi mente supiera que no
debía.
—Me siento culpable por haberme enamorado de la mujer que provocó
la muerte de mi único hermano. ¿Sabes lo que sentí al enterarme? No tienes
ni idea de lo que significa para mí sentir esto por ti… y, al mismo tiempo,
recordar que Eliot no volverá. Por tu culpa.
La tenía sujeta de los brazos, y pude sentir el temblor recorriéndole el
cuerpo al escucharme. Me dolió verla así, pero más me dolía saber la
verdad que nos separaba.
Sus lágrimas eran demasiado. También lo fueron sus palabras… cuando
dijo que debió morir ella.
No. No quería eso. No quería que Camila muriera. Primero, porque no
podría vivir en un mundo donde ella no existiera, incluso si no podíamos
estar juntos. Y segundo, porque eso no me devolvería a mi hermano.
La conversación se había vuelto insoportable. Dolorosa. Cruel.
Estábamos desgarrándonos el alma. Ambos lo sentíamos.
Jamás dudaría de sus sentimientos, pero no podía estar con ella. No
ahora. Tal vez nunca.
Entonces se acercó más. Nuestros ojos seguían fijos, leyendo verdades
silenciosas que no sabíamos cómo decir en voz alta. Tragué saliva al notar
su cercanía. Le pregunté qué estaba haciendo.
Y entonces me lo pidió. Un beso. Un último beso. Como si fuera una
despedida.
—Por favor… solo un beso. Y me iré para siempre.
La miré. Juro que intenté mantenerme firme, poner distancia,
recordarme todo lo que había pasado… pero fue imposible.
Sus ojos eran un espejo de lo que yo estaba sintiendo: dolor, culpa,
amor. Un maldito caos. Y aun así, ahí estaba, de pie frente a mí, como si el
mundo no nos hubiera aplastado.
Le acaricié la mejilla. No porque supiera qué hacer con todo lo que
llevaba dentro, sino porque necesitaba tocarla una última vez. Sentir que era
real. Que no era solo un recuerdo.
Y la besé.
Porque no podía hacer otra cosa. Porque, aunque quisiera odiarla,
aunque supiera que lo correcto era alejarme, mi cuerpo no me obedecía.
Fue un beso lento, jodidamente triste. Lleno de todo lo que no supe
decirle y todo lo que nunca iba a poder darle.
La abracé como si eso fuera a arreglarnos. Como si bastara.
No bastaba.
La tuve entre mis brazos unos segundos más, intentando memorizar el
calor de su piel, su forma de temblar, su respiración contra la mía. Parte de
mí quería quedarse ahí para siempre. La otra… sabía que tenía que dejarla
ir.
Nos separamos despacio. Me costó soltarla.
Ella lloraba. Y yo… yo no podía ni moverme. El pecho me ardía, como
si me lo estuvieran arrancando por dentro, pero seguía de pie, inmóvil, sin
decir una palabra.
No sabía cómo retenerla sin hacerle más daño. No sabía cómo dejarla ir
sin destruirme.
Quise llamarla, detenerla, hacer cualquier cosa… pero no lo hice. Solo
la observé alejarse, con el corazón hecho pedazos en las manos y la vista
clavada en su espalda.
Y así la vi marcharse. Con cada paso que daba, se llevaba algo de mí.
Algo que ya no iba a recuperar.
Me quedé allí, en silencio, rodeado por una noche que ya no tenía
sentido.
Porque lo único que aún importaba… se acababa de ir.
CAPÍTULO 43
Camila
Mientras conducía de regreso a casa, las lágrimas seguían nublándome
la vista. El recuerdo del sabor de sus labios en los míos se quedaría en ese
lugar para siempre. Pero lo que más iba a recordar era su odio hacia mí, ese
rencor mezclado con amor… Porque sí, sabía que Axel me amaba, por
mucho que también me odiara.
¿Se podían sentir esas dos cosas a la vez? Yo no podía sentir nada más
que amor por él, pero supongo que mi situación y la suya eran
completamente diferentes. Aquí, la culpable era yo.
—No te voy a olvidar jamás, Axel —dije en un susurro—. Me
cambiaste la vida. Me hiciste sentir que puedo volver a vivir, aunque no sea
a tu lado.
Decirlo en voz alta dolía más que pensarlo, más que sentirlo. Mierda, no
sabía si iba a poder estar sin él. No sabía si sería capaz de dar el “sí, quiero”
en el altar o acostarme con Eiron cada noche sin desmoronarme por los
recuerdos, sabiendo que solo iba a amarle a él. No lo sabía, pero tenía que
hacerlo.
Cuando llegué a casa, mi madre me estaba esperando en el
aparcamiento. Fruncí el ceño en cuanto la vi y, en cuanto me bajé del coche,
vino hacia mí a toda prisa.
—¿Dónde estabas? ¿Sabes lo que hará tu padre si se entera de que te
escapaste de tu propia fiesta? —No respondí. Las lágrimas no me dejaban
—. Camila, ¿qué pasa? —Seguía sin poder hablar—. Ven, vamos a
arreglarte ese maquillaje antes de que te vea alguien.
Cogió mi mano y tiró de mí hasta el interior de la casa. Subimos a mi
habitación para intentar arreglar mi rostro que, tras tantas lágrimas, parecía
peor que un cuadro mal pintado.
Me senté frente al espejo y me miré. Mi madre no dijo nada;
simplemente comenzó a limpiarme el rímel corrido con paciencia, algo que
no había hecho jamás. Si no fuera porque sabía que todo lo hacía por su
propio beneficio, lo habría disfrutado. Pero ella solo decía y hacía lo que mi
padre le pedía, así que no, no podía disfrutar de un contacto que no nacía
desde la sinceridad.
—¿Me vas a decir ya adónde fuiste? —Negué con la cabeza—. Oh,
vamos, Camila —se quejó, sentándose a mi lado—. Soy tu madre, puedes
contarme lo que sea. Te prometo que…
—No, no prometas algo que no vas a cumplir, mamá. Y no, no te diré
adónde fui porque… da igual, ya no importa. —Me levanté tras terminar de
arreglarme el maquillaje, con la clara intención de escapar de su escrutinio,
de su cercanía.
—Espera, Camila. —Me cogió del brazo—. Sé que siempre te he
prometido cosas que luego no cumplí, pero te juro que me importas. Me
duele verte así. Y… bueno, sé que fuiste a ver a Axel, pero pensé que
confiarías en mí y me lo contarías. Está claro que no es el caso.
Noté tristeza en su voz, y eso me dolió, a pesar de que se lo merecía por
todo lo que yo había pasado.
—Solo fui a despedirme de él —mentí, aunque no del todo—. Me voy a
casar pronto, ¿no? —Asintió, mirándome fijamente—. Tenía que verlo por
última vez.
Mi madre no respondió. Solo me abrazó como siempre quise que lo
hiciera, como necesitaba en este momento tan duro. No sabía si estaba
actuando o si en realidad sentía este abrazo, pero lo disfruté y me aferré a él
como si fuera sincero.
—Lo siento —se disculpó—. Sé que debería haberte apoyado, pero ya
es muy tarde para eso.
—No es tarde. Lo será cuando esté en el altar. Ahí sí que será tarde para
mí.
No le dije nada más. Me aparté de ella y salí de la habitación para
regresar a la fiesta. Bajé las escaleras obligándome, con cada paso que daba,
a dejar de sentir. Nada. Ni siquiera alegría. A partir de ahora, Camila
Lombardi sería la viva imagen de mi padre. Era la única manera de vivir sin
remordimientos, sin recuerdos, sin creer que lo estaba haciendo mal.
En la fiesta, Noemí vino corriendo a mi encuentro en cuanto me vio
aparecer. Le di las llaves de su coche sin que nadie se diera cuenta. Quiso
preguntarme, pero negué para que no lo hiciera.
—Hija, ¿estás mejor? Me dijo Noemí que estabas indispuesta —mi
padre fue el primero en preguntar.
«Como si te importara», pensé, mientras fingía una sonrisa.
—Sí, ya me siento mejor. Gracias, papi —respondí con un deje de ironía
que no pasó desapercibido para él.
—Ven, tu prometido estaba muy preocupado.
Caminé detrás de él hacia los invitados. Ya era tarde y algunos se habían
marchado. Conforme me fui acercando a Eiron y sus amigos, pude ver lo
“preocupado” que estaba mi futuro esposo. Estaba medio borracho,
bailando muy pegado a una de sus amigas, y me dieron ganas de vomitar.
Sin embargo, cambié mi expresión por la de una mujer sumisa y cogí su
brazo para apartarlo de ella.
—Hola, ¿bailas conmigo? —Me sonrió y asintió—. Siento robarte a mi
prometido —le dije a ella.
Me fijé en la mirada de mi padre. Había… ¿cómo decirlo? ¿Orgullo?
No, no creía que pudiera sentir eso por mí. Aunque, claro, estaba haciendo
lo que él quería. Y eso, para él, era motivo suficiente para inflarse de
satisfacción, teniendo en cuenta mi historial con sus peticiones.
Eiron se pegó a mi cuerpo, me abrazó con fuerza, y cerré los ojos para
rezar que ese momento pasara rápido. Pero cuando empecé a recordar a
Axel, a imaginar que era él quien me abrazaba, quien estaba bailando
conmigo, me dejé llevar de tal manera que permití que Eiron me besara.
Sus labios, cálidos por el alcohol y cargados de un deseo que yo no
compartía, se posaron sobre los míos con seguridad. Cerré los ojos, no por
placer, sino por necesidad. Necesitaba desconectarme. Necesitaba fingir que
era otro quien me tocaba así, que era Axel el que me tomaba por la cintura y
no este hombre al que apenas conocía, con quien mi padre pretendía atarme
de por vida.
Me dejé llevar. No por Eiron, sino por los recuerdos. Por las manos de
Axel recorriéndome con fuerza y ternura, por su respiración agitada contra
mi cuello, por la forma en que me hacía sentir deseada, viva. Me aferré a
esa ilusión, a ese engaño tan frágil como necesario, mientras Eiron
profundizaba el beso.
Sus dedos se deslizaron por mi espalda y yo no me aparté. No podía. No
quería. Porque si me apartaba, iba a romperme frente a todos. Así que me
sostuve en esa fantasía, en la idea de que todo era diferente. Que mi vida era
otra. Que no iba a casarme con un hombre que no amaba. Que Axel seguía a
mi lado.
Pero entonces…
Los flashes.
Uno. Dos. Tres. Como disparos. Como una alarma que me despertó del
trance. Abrí los ojos de golpe, y ahí estaban: los periodistas, justo detrás de
la verja, con sus cámaras apuntando directamente hacia nosotros. Hacía
tiempo que sabían dónde encontrar espectáculo, y hoy se lo estábamos
sirviendo en bandeja.
—Mierda… —murmuré, alejándome bruscamente de Eiron.
Él giró la cabeza hacia los flashes, medio riendo, como si no le
importara lo más mínimo.
—Déjalos, déjalos que saquen fotos. Somos la pareja del año, ¿no? —
me guiñó un ojo, tambaleándose un poco.
Yo, en cambio, sentía el estómago revuelto. No solo por el beso, no solo
por el asco que me producía su cercanía, sino porque sabía lo que
significaba todo esto. Sabía quién leería esa noticia mañana. Sabía quién
vería esa imagen.
Axel.
Y aunque ya no estuviera conmigo, aunque me hubiera dejado claro que
no me perdonaría jamás, esa foto sería una puñalada más en una herida que
aún no había cerrado. Una herida que yo misma le había provocado.
Sentí una punzada de culpa tan fuerte que me hizo tambalear, pero me
mantuve firme. Sonreí como si nada importara. Como si no me estuviera
muriendo por dentro. Como si fuera, al fin, la hija perfecta que mi padre
siempre quiso tener. Camila Lombardi, la prometida de Eiron, la futura
esposa ejemplar.
Una mentira preciosa con tacones altos y los labios aún marcados por el
sabor de alguien que no amaba.
La fiesta terminó una hora después. Los invitados dejaron un montón de
regalos que yo ni siquiera había pedido, porque la lista la habían preparado
mi madre y la de Eiron. ¿Qué más daba? Estaba segura de que, donde fuera
que fuésemos a vivir, no me faltaría de nada. Tendría otra jaula de mármol
en la que encerrarme de por vida, al lado de un hombre al que jamás iba a
amar.
Me despedí de Eiron y de sus padres, aunque, antes de poder
marcharme a mi habitación, me hicieron prometer que nos veríamos antes
de la boda.
—Pero si la boda es dentro de un mes… Seguramente nos veremos
antes —respondí, confundida.
Mi futura suegra negó con la cabeza y miró a mi madre.
—Cielo, la boda se ha adelantado —dijo esta con una sonrisa forzada.
—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para cuándo?
No daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Por qué tanta prisa? ¿Qué
estaba pasando?
—Camila, la boda será el próximo fin de semana —anunció mi madre
con ese tono condescendiente que usaba cuando quería disfrazar el desastre
de buena intención, como si así pudiera convencerme de que era lo mejor.
—¿Qué mierdas estás diciendo? —solté, alterada—. No solo me estáis
obligando a casarme con un hombre al que no voy a amar en toda mi
miserable vida, sino que además adelantáis mi condena y ni siquiera tenéis
la decencia de decírmelo. Muy bien, lo jodéis todo —cada palabra salió de
mi boca cargada de veneno, uno que acabaría matándome si no lo escupía
todo de una vez.
La madre de Eiron abrió la boca con una "o" exagerada por mi
vocabulario. Pude escuchar incluso una queja disfrazada de asco, pero me
importó una mierda. Si pensaba que su nuera iba a ser una linda chica
cándida que no hablaba para no molestar, lo llevaba claro.
—Camila, por favor —intervino mi madre, agotada—. Lo hablaremos
después, ¿vale?
—Da igual lo que hablemos, mamá. Me tengo que casar, ¿no? ¿Qué más
da que sea la semana que viene o esta misma noche? Yo no quiero, pero me
estáis obligando.
Fue lo último que dije antes de darme la vuelta, regalarle a mi suegra
una última mirada cargada de rencor y entrar en la casa para irme
directamente a mi habitación. Necesitaba escapar. Ahora más que nunca.
¿Y si me largaba? ¿Para qué? ¿A dónde iría? Axel no quería estar
conmigo. No me iba a ayudar si se lo pedía.
Estaba atrapada. Atrapada en esta vida perfectamente planeada que
nunca fue mía.
Me desnudé y me acosté a dormir. No sabía si lograría quedarme
dormida, pese al cansancio que arrastraba.
***
Los días siguientes me los pasé metida entre la universidad, la
biblioteca y mi habitación. Aunque me fuera a casar, tenía que seguir
sacándome esta carrera a la que también estaba obligada. Extrañaba coger
mi cámara y fotografiar cualquier cosa… pero también estaba rota, como
yo. Extrañaba hacerle fotos a Axel, capturar esos momentos en los que su
mirada hablaba más que sus labios.
El jueves, estaba agotada. Agotada de tantos estudios, de tantas
reuniones familiares para ultimar los detalles de la boda, de tantas visitas de
la prensa que venían a hacernos reportajes. No podía más, necesitaba un
respiro. Y cuando lo dije en voz alta, Eiron me respondió que ya
descansaría en la luna de miel que tendríamos en París.
¿París? ¿Cómo sabía que me gustaba la ciudad del amor? Daba igual
cómo lo supiera. Siempre había creído que la primera vez que viajaría a
París sería al lado de mi hermana.
Aquella noche, me quedé dormida más rápido de lo habitual, aunque
con una inquietud constante. Solo faltaban dos días para la boda.
Miré por el retrovisor. Un coche venía detrás. No muy cerca, pero
tampoco lo suficiente como para ignorarlo. Iba con las luces apagadas,
apenas visibles. De pronto, se acercó más.
—¿Has visto eso? —le pregunté a Adriana, que apenas mantenía los
ojos abiertos.
—¿El qué…?
—Ese coche… ¿nos está siguiendo?
No sabía si era real o una paranoia mía, fruto de lo que había tomado.
Pero algo dentro de mí se tensó. Algo me decía que no era casualidad.
El coche se colocó justo detrás. Me puse nerviosa.
Aceleré un poco más.
—Camila, ¿qué haces? —preguntó Adriana, medio dormida.
—Nada… es que… siento que nos siguen.
—¿Qué? ¿Qué dices? Estás flipando.
Eso pensé yo también. Estaba flipando.
¿O no?
Intenté quitarme la idea de la cabeza, pero entonces, sin previo aviso, el
coche aceleró más y trató de adelantarme por el carril izquierdo. Se me
cruzó.
—¿Qué coño…?
Giré el volante bruscamente para evitarlo, pero en esa maniobra perdí
el control.
—¡Camila! —gritó Adriana—. ¡Mira hacia adelante!
Volví la cabeza justo a tiempo para verla abrir los ojos como platos, el
rostro desencajado por el terror.
—¡Cuidado con el coche!
¡No! ¡Adriana!
Mis gritos resonaron en toda la habitación y me di cuenta de que había
sido una pesadilla… o un recuerdo.
—¿Qué ha sido eso? —murmuré con el corazón acelerado, la frente
empapada en sudor.
Me incorporé despacio y miré por la ventana. Apenas estaba
amaneciendo. Cogí el móvil y miré la hora: las siete en punto.
Me senté en el borde de la cama, pasándome una mano por la frente
húmeda y echándome el pelo hacia atrás. Lo tenía hecho una maraña, pero
me daba igual.
Ese sueño no había sido como los anteriores. Era distinto. Más claro.
Más vívido. Y por primera vez, había sentido pánico… y culpa. No sabía si
lo que había soñado era real o solo una recreación de mi subconsciente,
pero algo me decía que no debía ignorarlo.
Me levanté con decisión, cogí el móvil y marqué el número de la
terapeuta.
—Hola, Elena… Sé que hoy no tengo sesión, pero necesito verte. Es
urgente. Necesito contarte algo que… soñé. O tal vez recordé.
CAPÍTULO 44
Axel
Quería olvidarme de ella, pero ver cada día noticias y fotos junto a su
futuro marido no ayudaba en nada. Lo peor fue cuando vi aquella imagen
en la fiesta de compromiso, besándose con Eiron, mientras un titular
sensacionalista remataba la puñalada:
«¡Bombazo! La boda entre la hija de nuestro senador Lombardi y Eiron
Bennett, uno de los solteros más codiciados del estado, se adelanta tres
semanas. ¿Por qué será? ¿Acaso Camila Lombardi está embarazada? ¿O
la realidad es que no quieren que la novia se arrepienta?»
—¡Joder! —le pegué una patada a la silla del salón, haciéndola chocar
contra la pared con un golpe seco.
Me senté, encendí el portátil y abrí de nuevo el correo que Cristopher
me había enviado días atrás. La carpeta comprimida se abría con lentitud,
como si supiera que dentro no iba a encontrar la bomba que necesitaba, sino
apenas migajas. Fotos de la madre de Camila besándose con el jardinero en
lo que parecía ser el invernadero de su mansión. Una serie de imágenes del
senador Lombardi con otras mujeres, nada comprometedor pero sí
sugerente. Algunas reuniones captadas por teleobjetivo con hombres de
negocios que arrastraban demandas por fraude y corrupción, aunque
ninguno de esos cargos había prosperado en tribunales. Nada sólido, pero sí
lo suficiente como para que alguien empezara a hacer preguntas incómodas
si todo aquello se hacía público.
No era una prueba concluyente. Pero a veces, una piedra en el camino
bastaba para frenar a un hombre tan obsesionado con el control como
Adrián Lombardi.
Cogí el teléfono y marqué su número.
—¿Sí?
—Cristopher, soy Axel. Escúchame, necesito algo más. Lo único que no
me diste son los nombres de los periodistas que le cubren las espaldas al
senador. Necesito saber quién está más cerca de él, el más allegado. El que
podría filtrar algo si se le empuja en la dirección correcta.
—Axel… —suspiró, dudando—. No me metas en esto, por favor. Ya
bastante me estoy jugando con lo que te pasé.
—No voy a exponer tu nombre. Solo dime quién es. No necesito que
hagas nada más.
Hubo un silencio breve, cargado de tensión al otro lado de la línea.
Finalmente, lo dijo, a regañadientes:
—Se llama Martin Keller. Trabaja para The Trenton Times, pero
también colabora con medios más grandes. Es el perro fiel de Lombardi
desde hace años. Si alguien sabe cosas, o podría verse tentado a decirlas…
es él.
—Perfecto. Gracias.
Colgué sin decir más. Mi cabeza ya trabajaba en la idea. Si quería
salvarla, aunque no pudiera quedarme con ella, iba a tener que ensuciarme
las manos. Y esta vez, no iba a temblarme el pulso.
Porque, aunque la odiara por lo que pasó… aunque su nombre doliera
como una herida abierta, una parte de mí seguía queriendo protegerla. No
importaba lo que había hecho. No importaba que no pudiera perdonarla.
Camila no merecía ese destino, no una vida al lado de un hombre como
Eiron, ni una condena firmada por su padre.
Y si yo era el único que podía evitarlo, lo haría. Aunque tuviera que
romperme aún más por dentro.
Volví a marcar el número de Cristopher. Contestó al segundo tono.
—Una cosa más —le dije—. Mándame una foto de Martin Keller. Si
voy a acercarme a él, necesito reconocerlo.
—Vale, te la envío ahora. Pero ten cuidado, Axel. Este tipo no es
precisamente un periodista de revistas del corazón.
—No te preocupes. No estaré solo.
Colgué. Ya sabía a quiénes necesitaba a mi lado.
Sin pensarlo dos veces, me incorporé, cogí el móvil del escritorio y
marqué el número de Nolan.
—¿Diga?
—Soy yo. ¿Estás con Michael?
—Sí. ¿Qué pasa?
—No puedo contarte mucho, pero necesito que me echéis una mano.
Hay alguien que me está siguiendo y quiero sacarle información.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—¿Quieres que le apretemos un poco?
—No sé ni quién es, pero tengo un nombre. No hará falta más que
asustarle un poco… creo. ¿Podéis venir?
—Dame la dirección.
Colgué y respiré hondo. No sabía si Martin Keller era quien me había
estado vigilando, ni si tenía información más comprometedora de la que ya
me había pasado Cristopher… pero eso daba igual. Tenía que intentarlo. No
podía quedarme de brazos cruzados mientras Camila era empujada hacia
una vida que no había elegido, una vida que la iba a destruir.
Nos encontramos cerca del edificio donde Keller trabajaba, uno de esos
bloques impersonales del centro, con cristales tintados y una entrada
anodina. El guardia de seguridad en la puerta era Dave, un viejo conocido
de la base. Nos reconoció enseguida.
—¿Qué hacéis por aquí?
—Buscamos a alguien. ¿Martin Keller sigue dentro?
Dave negó con la cabeza.
—Se ha ido a la cafetería de la esquina hace unos veinte minutos. Dijo
que no tardaría.
—Gracias, tío. No has visto a nadie.
—Yo solo vigilo la puerta —respondió con una sonrisa ladeada.
Nos dirigimos hacia allí con paso decidido. Desde fuera, lo vimos:
estaba sentado junto a la ventana, sorbiendo café y revisando el móvil con
aire distraído. Su chaqueta colgaba del respaldo de la silla. Un periódico
doblado yacía sobre la mesa.
Lo reconocí al instante, en cuanto le vi el perfil. La foto que me había
enviado Cristopher no le hacía justicia: en persona tenía ese aire altivo y
confiado de quien se cree intocable. Esa misma actitud arrogante que tanto
me sonaba de otros que habían cruzado la línea.
Nos repartimos instintivamente. Nolan tomó posición cerca del callejón
lateral, Michael se quedó junto a la salida de la cafetería, y yo me acerqué
disimuladamente, fingiendo mirar el escaparate del local contiguo.
Esperamos.
Cinco minutos después, Martin se levantó, se colocó la chaqueta y salió
a la calle hablando por teléfono. No llegó muy lejos.
—Martin —dije con tono firme, dando un paso al frente.
Se giró, sorprendido, y en ese momento Michael le interceptó el paso
desde atrás. Nolan ya estaba a su lado, como una sombra.
—¿Qué…? ¿Quiénes sois?
—Vamos a dar un pequeño paseo —dijo Nolan, casi con sorna,
colocándole una mano en el brazo.
No le dimos tiempo a reaccionar. Lo empujamos con discreción por el
lateral del edificio, directo hacia el callejón contiguo, lo suficientemente
apartado para evitar miradas indiscretas y lo bastante estrecho como para
que no intentara huir.
Martin intentó resistirse, pero no fue necesario usar demasiada fuerza.
Bastó con la presión de nuestros cuerpos y la amenaza implícita en nuestras
miradas. Su respiración ya se aceleraba.
—¿Pero qué demonios…?
—Tranquilo —intervine, plantándome frente a él con el pecho en alto,
apenas conteniendo la furia que me recorría las venas—. No te vamos a
hacer daño. Solo queremos hablar.
—¿Sobre qué?
—Sobre Adrián Lombardi. Y sobre todo lo que sabes y no has contado.
Ha llegado el momento de que empieces a hablar, Martin. Porque yo no
pienso mirar hacia otro lado.
Se tensó de inmediato en cuanto mencioné a su jefe en la sombra. Esa
reacción fue todo lo que necesitaba para saber que iba por el camino
correcto. Iba a ser más fácil de lo que pensaba sacarle la información que
buscaba. No solo quería saber sobre los trapos sucios de Lombardi.
Necesitaba respuestas sobre el accidente. Quería saber por qué se había
encubierto todo. Por qué nadie dijo nada más que lo publicado en los
titulares: que una de las hijas del senador había chocado contra otro
vehículo, y que ambos conductores murieron al instante.
¿Qué más había?
Sí, necesitaba saberlo todo. No solo por Camila. También porque,
aunque me jodiera admitirlo, una parte de mí deseaba creer que ella no fue
la culpable. Que aún podía amarla sin sentir que traicionaba la memoria de
mi hermano. Necesitaba respuestas. Saber que todo lo que pasó aquella
noche fue tan grave como para justificar el silencio, la manipulación, el
encubrimiento.
Inspiré hondo para mantener la calma.
—Solo te voy a hacer varias preguntas y espero que me las respondas si
no quieres que… —Miré a Nolan, que entendió la señal al instante.
Sin mediar palabra, Nolan le torció el brazo con firmeza, sujetándoselo
contra la espalda. El quejido que escapó de los labios de Martin me provocó
una punzada de placer oscuro. Lo necesitaba. Necesitaba que sintiera algo,
lo que fuera, para hacerlo hablar.
—¡Mierda, me estás haciendo daño! —se quejó, forcejeando—. ¡No
tengo por qué responder a nada de lo que me preguntas! ¡Yo no sé nada de
Adrián Lombardi!
Sonreí con malicia, conteniendo las ganas de perder los estribos.
—¿Estás seguro? Porque sé de buena mano que tú lo sabes todo de ese
señor. Y yo necesito datos. Y tú me los vas a dar, quieras o no.
Miré a la entrada del callejón, donde Michael vigilaba como un
centinela, y luego volví a clavar mis ojos en el periodista, que tragó saliva
con dificultad. Estaba cagado de miedo. Y tenía motivos.
—¿Qué sabes del accidente que tuvo Adriana Lombardi?
Se tensó, los ojos muy abiertos, como si acabara de recibir una descarga
eléctrica.
—Estupendo —musité—. Veo que sabes más de lo que quieres soltar.
Habla, o te juro que sales de aquí directo al hospital.
Me crucé de brazos, controlando cada respiración, cada impulso. El
silencio se alargó, espeso como el humo. Martin apretaba la mandíbula, con
la mirada fija en algún punto entre Nolan y yo. La frente le brillaba por el
sudor.
—No tengo ni idea de lo que estás diciendo —repitió con voz seca.
Nolan no necesitó instrucciones. Le apretó el brazo de nuevo, un
movimiento seco y doloroso que lo hizo encogerse sobre sí mismo. Soltó un
quejido ahogado.
—Vamos, colega, colabora —dijo Nolan con voz baja, hablándole al
oído como una amenaza silbante—. Nadie quiere hacerte daño… si no es
necesario.
—¡No sé nada! ¡No… no sé nada! —insistió, más desesperado que
antes. La voz le temblaba, como su cuerpo entero.
Estaba al límite. Y yo también.
—No te creo. En ese accidente murió mi hermano. Y necesito saber qué
coño pasó. ¿Por qué cerraron el caso tan rápido? ¿Por qué no salieron más
noticias? ¿Qué esconde Adrián Lombardi? ¡Habla!
Mi voz resonó en las paredes del callejón como un disparo. Mis puños
estaban cerrados, las uñas hundidas en las palmas.
Estaba a punto de perder la paciencia cuando soltó una frase que me
heló la sangre.
—La noche del accidente… había otro coche. Uno más. Fue culpa de
ese conductor. Si no hubiera estado allí, nada habría pasado…
Todo mi cuerpo se tensó. El corazón me dio un vuelco.
Le agarré del cuello de la chaqueta, acercándome tanto que podía oler
su miedo, sentir el temblor de su respiración entrecortada.
—¿Qué coche? ¿Quién lo conducía? ¡Dímelo!
—No puedo —jadeó, sin mirarme a los ojos—. Ya he dicho
demasiado…
Intenté controlar el temblor que me recorría las manos. Un tercer coche.
Un maldito tercer coche. Algo que nadie había mencionado. Que no
constaba en ningún informe. Ni en ninguna foto.
Lo solté con brusquedad, como si me quemara.
Miré a Nolan, que entendió la señal y lo soltó despacio, sin quitarle ojo.
Martin se dobló sobre sí mismo, tosiendo, con los ojos vidriosos.
No lo había contado todo. Ni de lejos. Pero lo que había dicho… era
suficiente para hacer saltar por los aires todo lo que hasta ahora creíamos
saber.
Y, por primera vez, empecé a sospechar que Camila no solo no había
sido culpable… sino que había sido otra víctima más. Otra alma arrastrada
por la sombra de Adrián Lombardi.
—¿Y ahora qué? —La voz de Nolan me sacó de mis pensamientos
mientras veía a Martin Keller salir corriendo calle abajo, casi tropezando
con sus propios pies—. ¿Deberías haberle apretado más para que soltara
quién conducía ese coche?
—No será necesario —respondí con firmeza, aun procesando lo que
acabábamos de escuchar—. Sé lo que tengo que hacer. Esta conversación…
ha sido la más importante de mi vida.
—Bueno, sí necesitas más ayuda por nuestra parte, ya sabes —dijo
Nolan, dándome una palmada en el hombro justo cuando Michael se
acercaba desde la entrada del callejón—. Pero eso sí, ahora nos cuentas
todo con una cerveza delante, ¿vale?
Asentí con una leve sonrisa, agradecido.
—Gracias, de verdad. A los dos.
Salimos del callejón y nos dirigimos al bar de siempre. Pedimos una
ronda y, mientras el ruido ambiente nos envolvía, comencé a hablar. Les
conté todo desde el principio: cómo terminé trabajando como
guardaespaldas de Camila Lombardi, cómo me involucré más de lo debido,
cómo me enamoré sin quererlo, sin planearlo. Les hablé del conflicto que
me carcomía por dentro desde que descubrí quién era ella, del accidente, de
la culpa, de la rabia. De cómo la perdí porque ahora iba a casarse con otro.
Nolan y Michael me escuchaban en silencio, con la mirada fija en mí,
sin interrumpirme. No era curiosidad lo que brillaba en sus ojos, era
sorpresa. Pura incredulidad ante la maraña en la que me había metido.
—Ahora entiendo por qué insististe tanto en ese puesto —dijo Nolan,
dejando la cerveza sobre la mesa—. ¿Y cuándo te diste cuenta de que
estabas pillado?
—Desde el primer día. Ni siquiera la conocía cuando pedí el trabajo.
Solo quería respuestas. Saber qué había pasado con mi hermano. Pero en
cuanto vi a Camila… algo se activó en mí. Como si todo lo que llevaba
enterrado saliera a la superficie. Como si hubiese estado esperando ese
momento toda mi vida. —Me pasé ambas manos por la cara, agotado—. Y
en dos días se casará con otro. Ahora que sé que no fue su culpa, que fue
otro coche el que lo provocó todo… no sé cómo sacarla de ahí. No quiero
perderla.
—Estás bien jodido, colega —murmuró Nolan, encogiéndose de
hombros. Asentí, sin fuerzas para contradecirle.
Michael, que hasta entonces había permanecido callado, dejó su vaso
sobre la barra con decisión.
—Llévatela lejos. Irrumpe en su casa y llévatela contigo.
La idea me golpeó de lleno. Sonaba a locura, sí, pero también a una
posibilidad. Sin embargo, había tantas cosas en contra… Camila pensaba
que yo la había utilizado. No sabía si podría perdonarme. Y luego estaba su
padre. El senador Lombardi haría todo lo posible por destruirme si me
atrevía a llevármela.
No, no era tan fácil. Pero al menos era algo. Una opción. Y ya pensaría
en el resto. Porque si algo tenía claro en ese momento, era que no estaba
dispuesto a perderla.
CAPÍTULO 45
Camila
Salí de casa a toda prisa en cuanto Elena me confirmó que podía
recibirme.
—Buenos días, Connor —le saludé al acercarme.
—Buenos días, señorita Lombardi. ¿Necesita algo?
—Sí. Necesito que me lleves al centro. Tengo que ver a mi terapeuta.
Asintió y me abrió la puerta del coche sin hacer preguntas. Ni siquiera
quiso saber si mi padre estaba de acuerdo con que saliera a esta hora. Me
sorprendió, considerando que desde que fingí estar enferma en la fiesta de
compromiso para ir a ver a Axel, todo en casa había estado bajo vigilancia.
Tal vez Connor no sabía nada… o era muy buen actor.
Durante el trayecto, mi mente no encontraba descanso. No lo hacía
desde hacía semanas. Desde que Axel se fue. Desde que la verdad empezó a
golpearme en sueños y visiones que no comprendía del todo.
—¿Qué me has hecho, Axel? —susurré sin darme cuenta.
—¿Decía algo, señorita Lombardi?
—No, nada.
A los pocos minutos, llegamos. Connor se bajó, rodeó el coche y me
abrió la puerta con esa formalidad suya. Se lo agradecí con un gesto. Estaba
tan acostumbrada a que me trataran como una muñeca frágil que ya ni
siquiera me molestaba. Con Axel fue diferente, al principio. Hasta que le
demostré que podía valerme por mí misma.
Crucé el vestíbulo del edificio con el corazón en un puño. Me
temblaban las manos. Algo se movía dentro de mí desde hacía días, algo
grande, pesado, que quería salir a la superficie.
Otro coche. Había otro coche aquella noche. Uno que llevaba las luces
apagadas. Lo vi tarde. O mejor dicho, lo sentí tarde. Se pegó tanto a mi
parachoques que me sobresalté, y ahí fue cuando supe que me estaban
siguiendo. Instintivamente giré el volante, asustada, sin calcular que estaba
cruzándome al otro carril. Y ahí fue donde lo vi. Los faros del coche que
venía de frente. El del hermano de Axel.
Dios. Él nunca me perdonaría.
Yo había causado el accidente.
Yo había matado a su hermano.
—Hola, Camila.
La voz de Elena me trajo de vuelta. Estaba en la puerta de su consulta,
mirándome con ese rostro sereno que tanto necesitaba.
—Pasa. Cuéntame.
—Gracias por atenderme sin cita —murmuré, sentándome en mi lugar
habitual—. He tenido una pesadilla… o no sé si llamarla así. Parecía un
recuerdo. Vi el accidente. Incluso escuché las últimas palabras de Adriana.
No entiendo qué me está pasando, Elena. Necesito saber qué ocurrió esa
noche… necesito recordar todo.
Ella asintió con ternura. Me pidió que le contara el sueño. Lo hice. Paso
a paso. Detalladamente. A medida que hablaba, vi cómo se le fruncía el
ceño al mencionar el coche que iba detrás de nosotras con las luces
apagadas. No lo había recordado antes. No así. En la primera sesión de
hipnosis, solo habíamos rozado la superficie. Una toma de contacto. Pero
ahora...
—Creo que es el momento de ir más profundo —dijo en voz baja, casi
como si no quisiera romper el aire—. Ya conoces el proceso. No vamos a
forzar nada, solo dejaremos que los recuerdos salgan.
Asentí. No tenía miedo. O sí, pero más miedo me daba seguir sin saber.
Apagó la luz principal y encendió una lámpara tenue. Me pidió que me
recostara, que respirara con calma. Su voz me guiaba, pausada, constante,
bajando peldaños invisibles hacia un lugar oscuro de mi mente.
—Estás conduciendo, Camila. Es de noche. Vas por la autopista.
Adriana va contigo… ¿qué ves?
Cerré los ojos. El aire se volvió denso. Las imágenes comenzaron a
tomar forma.
—Adriana está borracha… me habla, canta. Hay música. Se ríe. Yo
intento concentrarme en la carretera… está oscura, apenas hay tráfico.
Entonces… aparece un coche detrás de nosotras.
Mi respiración se aceleró.
—¿Y qué pasa con ese coche, Camila?
—No lo sé… —musité, frustrada, apretando los ojos—. No lo veo con
claridad. Está ahí, pero es como si se escondiera, como si algo no me dejara
recordarlo del todo.
El temblor en mis manos aumentó. Sentía que el recuerdo quería salir,
pero se resistía, como si una parte de mí aún intentara protegerme.
—Solo… oscuridad. Luego… no, no hay luces. Eso es. No tiene las
luces encendidas.
Va justo detrás. Demasiado cerca. Me doy cuenta de que nos está
siguiendo cuando se pega aún más. Está casi tocando el parachoques.
Mi voz comenzó a quebrarse, las imágenes cada vez más nítidas, como
si se arrancaran de algún rincón olvidado.
—Adriana va a mi lado. Está borracha, pero despierta. Me dice algo, no
dejo de oírla… pero yo solo pienso en escapar. Ese coche… me da miedo.
Me llevé una mano al pecho, intentando calmar la presión.
—Intenta adelantarme. Lo hace por la derecha, pero no puede, está muy
cerca. Y entonces… giro. Sin pensarlo. Me desvío hacia la izquierda, como
si eso pudiera alejarlo. Solo quería quitármelo de encima.
Y entonces lo vi.
—¡El coche de frente!
Las palabras salieron atropelladas. Lágrimas resbalaban por mis sienes.
Estaba atrapada entre el recuerdo y el dolor.
—¡No puedo frenar!
Adriana grita. Grita mi nombre… y después… solo hay oscuridad.
—Estás bien, Camila —me susurró Elena con suavidad—. Estás
conmigo. Ya pasó. Respira.
Inspiré con fuerza, como si emergiera de un pozo profundo.
Cuando abrí los ojos, tenía la cara empapada, las manos frías y el pecho
apretado. Pero también… algo nuevo.
Una pieza del rompecabezas, por fin, había encajado.
—Ese coche… —murmuré—. Ese coche provocó el accidente.
—Exactamente —confirmó Elena con voz suave—. Y ahora que lo
recuerdas, podremos trabajar sobre ello. No estabas sola en esto, Camila. Y
no fue solo tu culpa.
Quise creerla. Quise aferrarme a sus palabras como a un salvavidas.
Pero todavía tenía una pregunta envenenada clavada en el alma:
¿Y si Axel nunca llegaba a perdonarme?
Media hora más tarde, cuando logré calmarme y conversar con Elena
sobre el fragmento del recuerdo que aún se resistía, salí de la consulta con
una sensación de desahogo increíble. Fue como si me hubiese quitado un
gran peso de encima, pero ahora venía lo peor: enfrentar a mi padre y
decirle que no podía seguir con esa farsa.
Connor me abrió la puerta del coche y me ayudó a subir. Durante el
trayecto, no dijo una sola palabra, y se lo agradecí. El silencio era justo lo
que necesitaba.
Cuando llegamos a casa, solo dije:
—Gracias, Connor.
Él asintió con un leve gesto y esperó a que cruzara la entrada antes de
marcharse.
Subí los peldaños con el corazón desbocado. Dentro de mí, la decisión
estaba tomada: iba a plantarme frente a mi padre y decírselo. Que no quería
casarme. Que no podía seguir sosteniendo esta mentira.
Pero al llegar a la puerta, algo me detuvo. Estaba entreabierta.
Fruncí el ceño y me quedé inmóvil. Desde el interior se oían voces
apagadas. Reconocí la de mi padre. Me acerqué con cautela, empujé apenas
la hoja y me detuve en seco al escucharla con claridad: no estaba hablando
con nadie en persona. Estaba solo… hablando por teléfono. El altavoz
estaba activado.
—Te lo advierto, Martín —decía con ese tono frío y cortante que solo
usaba cuando alguien se interponía en sus planes—. Lo que pasó aquella
noche no debe salir a la luz. ¿Está claro?
Un silencio breve. Luego, la voz de un hombre respondió desde el
teléfono, algo distorsionada.
—Pero si alguien empieza a investigar… podrían descubrirlo. No fue un
accidente cualquiera, Adrián. Había más gente involucrada.
—Y nadie se enterará si haces lo que tienes que hacer —lo interrumpió
él con dureza—. Si se te ocurre abrir la boca, te la callaré yo mismo. De
cualquier manera.
El corazón me martilleó en los oídos. La sangre me zumbaba en las
sienes. Me quedé helada, paralizada, sin poder dar un paso más. Esa
amenaza. Esa conversación. Esa noche.
Todo empezaba a encajar.
Y a la vez… todo se desmoronaba.
Cuando noté que se quedaba en silencio, y tras pensar fríamente qué
decirle en un momento en el que mi mente trabajaba a mil por hora, entré
sin pedir permiso.
Mi padre me miró con una ceja alzada, con ese odio en la mirada que
haría que cualquiera saliera corriendo muerto de miedo. Pero yo lo conocía
bien. Y hoy, más que nunca, sabía de lo que era capaz.
—¿Entonces es cierto? —pregunté, dejándolo completamente
descolocado—. Me has mentido todos estos años. Me echaste la culpa de la
muerte de mi hermana cuando claramente no fue del todo mía. Alguien más
provocó ese accidente, y tú lo sabías. ¿Fuiste tú quien los envió? ¿Querías
que nos mataran en la carretera? ¿Cuál era tu propósito, Adrián? Porque
llamarte “papá” en este momento me da asco.
Escupí cada palabra con un odio tan grande como esta casa. No… más
grande.
Pero él no dijo nada. Solo me sostuvo la mirada, con esa ceja alzada que
usaba cuando planeaba cómo destruirte con la frase justa. Siempre tenía la
palabra perfecta para hacerte pedazos.
Entonces, soltó una carcajada tan fría y aterradora que tuve que
sentarme para no caerme del impacto.
—¿De verdad crees que porque hayas descubierto eso dejarás de hacer
lo que yo te diga? Estás muy equivocada, Camila. Nadie va a creerle a una
drogadicta. A una niña rica y malcriada que conducía borracha y drogada.
Siempre lo tuvo todo planeado. Quería destruirme. Y lo consiguió sin
moverse un centímetro de su trono de poder. Sentí cómo los ojos se me
llenaban de lágrimas. Estaba perdida. Daba igual lo que dijera. Él siempre
ganaba. Siempre se salía con la suya. Y yo… yo estaba completamente a su
merced.
—Pero yo no fui. No tengo por qué hacer lo que me digas. —Me puse
de pie—. Estoy cansada de pelear contra ti. Agotada. Mentalmente,
emocionalmente… estoy rota. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué no me dejas en
paz? ¿Cuál es tu problema conmigo? ¡Dímelo! ¡Estoy harta! ¡Dímelo! No
entiendo por qué me odias tanto. ¡Soy tu hija, por el amor de Dios!
Él no respondió. Me miraba divertido, como si disfrutar de mi derrumbe
fuera su pasatiempo favorito. Mis gritos alertaron a mi madre, que entró al
despacho enseguida. Al ver mi estado, presa de un ataque de nervios, se
acercó a mi padre y le dijo algo que no llegué a escuchar. Mi mente estaba
en otro lugar, perdida en un espacio oscuro del que no podía salir.
—Ven, vamos, cielo —dijo ella al tomarme del brazo—. Ya va a hacer
lo que le pides. Déjala en paz de una puta vez, Adrián.
Fue la primera vez que escuché a mi madre hablarle así. La primera vez
que lo enfrentaba para defenderme. ¿Me quería? Lo dudaba. Posiblemente
solo temía el escándalo. Un escándalo que ensuciara el apellido Lombardi.
Subimos a mi habitación y me pidió que me recostara un rato, que
descansara. Y eso hice. Ella me miró con pesar antes de cerrar la puerta tras
de sí, como si supiera que, al dejarme sola, algo dentro de mí se rompería.
Y así fue.
En cuanto se marchó, hice lo que llevaba semanas sin hacer. Algo que
había evitado porque, en el fondo, todavía creía que mi vida iba a ser con
Axel. Pero no iba a ser así.
Nunca lo sería. Mi vida estaba condenada al infierno… así que, ¿por
qué no sumergirme por completo en él?
Me levanté con el cuerpo pesado, arrastrando los pies hasta el cajón.
Allí seguían. Las pastillas. La pequeña bolsita que no había tenido el valor
de tirar. Las cogí con manos temblorosas, preguntándome por qué las había
guardado, por qué no me había deshecho de ellas en esos momentos de
lucidez que ahora me parecían ajenos.
—No debería hacerlo… —cerré los ojos con fuerza, sintiendo que la
voz de la razón era apenas un susurro perdido—. Pero las necesito. Ahora
más que nunca. Necesito desaparecer. Necesito dejar de pensar.
Mi mirada se desvió hacia la foto de Adriana. Sus ojos vivos y su
sonrisa inmortalizada me rompieron en mil pedazos. Las lágrimas
comenzaron a caer con violencia, empapando mis mejillas, anegando mi
pecho.
—Debí ser yo, hermanita —susurré, apenas con voz—. Debí morir yo
aquella noche… y no tú.
Toqué su rostro en la imagen con la yema de los dedos, como si pudiera
alcanzarla. Como si aún estuviera ahí.
Volví a mirar las pastillas. Me metí dos en la boca, sin pensarlo más,
dejándolas disolverse sobre la lengua. El sabor amargo y metálico me
provocó arcadas, pero no me importó. Quería que doliera. Quería sentirme
castigada.
El efecto fue casi inmediato: una sensación cálida recorrió mi cuerpo,
pero no era alivio, era vacío. Y con ese vacío vinieron el mareo, la
desconexión, una especie de niebla que comenzaba a nublarlo todo. Pero no
me detuve.
Tomé otra más.
Y luego otra.
Como si no importara.
Como si, en el fondo, deseara no despertar nunca más.
Me dejé caer sobre la cama, sin fuerzas. La habitación giraba, el techo
se distorsionaba como si fuera de agua. Todo se volvía cada vez más lejano,
más irreal. La conciencia comenzaba a disolverse en un letargo profundo,
peligroso.
Entre esa niebla mental, escuché una voz lejana que me llamaba. Era
suave… conocida… me pedía que no me rindiera, que luchara. No supe si
venía de fuera o de dentro de mí. No podía moverme. No podía pensar.
Alguien me zarandeó bruscamente. Sentí las manos sobre mis hombros,
la urgencia en los movimientos, pero ya no podía reaccionar.
Todo se volvió negro.
CAPÍTULO 46
Axel
Me despedí de mis amigos tras una hora dándole vueltas al mismo
dilema: cuál debía ser mi siguiente paso. Lo único claro era que tenía que
convencer a Cristopher de que me diera más información, algún nombre,
algo que me ayudara a enfrentarme a Adrián Lombardi. Y el tiempo se me
agotaba.
Llegué a casa tarde, pero aún no había caído la noche del todo. En
cuanto crucé la puerta y dejé mis cosas sobre la mesa, saqué el móvil y le
escribí un mensaje.
“Ven enseguida. Es urgente. Necesito hablar contigo.”
No estaba seguro de que aceptara. Tal vez me ignoraría por completo.
Pero estaba dispuesto a ir a buscarlo si era necesario. Quince minutos
después, su respuesta llegó:
“De acuerdo, salgo para allá.”
Solté el aire con cierta calma. Mientras lo esperaba, me cambié de ropa.
No pensaba salir, a menos que lo que él tuviera para decirme lo cambiara
todo. Empecé a recoger un poco la casa, más que nada por hacer algo con
las manos. Media hora después, el timbre sonó y abrí la puerta rápidamente.
Cristopher entró sin decir nada en cuanto me aparté del marco. Se
notaba nervioso, como si estar aquí no fuera algo que quisiera hacer, a pesar
de haber venido a mí en primer lugar
—¿Quieres beber algo? —pregunté, solo por educación. Negó con un
gesto de la cabeza.
Me senté frente a él, en una de las sillas, mientras él ocupaba el sofá. Lo
observé durante unos segundos, esperando que hablara, pero Cristopher se
mantenía firme. Era más duro de lo que había supuesto. Más que Martin
Keller, desde luego.
—Gracias por lo de Martin. Me sirvió de mucho —dije directo al grano
—. Pero necesito algo más. Necesito un nombre, un detalle, cualquier cosa
con la que pueda atacar a Lombardi.
—Lo siento —respondió, levantándose de golpe—. No sé en qué más
puedo ayudarte. De hecho, creo que fue un error venir a verte.
—¿Qué pasa? ¿Acaso el senador ya se enteró de que hablaste conmigo?
—pregunté. Vi cómo tragaba saliva—. ¿Cómo? Yo no le he dicho nada a
Martin sobre ti, tal y como prometí.
—Te están siguiendo, ¿recuerdas? —dijo finalmente—. Me han visto
contigo y eso... eso no le ha gustado al senador. Me ha dicho que me aleje
de ti. Que no diga nada.
Su voz temblaba, como si el simple hecho de hablar de Adrián
Lombardi le hiciera encoger el alma. Y no lo culpaba. Empezaba a darme
cuenta de que no era solo miedo al poder, había algo más. Algo que ese
hombre sabía hacer para controlarlo todo.
Me levanté y volví a hacer que se sentara.
—Escúchame, Cristopher. ¿Tienes miedo de que te haga daño? —
pregunté. Negó, frunciendo el ceño.
—No es eso. Es perder mi trabajo. Perderlo todo. Si este hombre quiere,
me cierra todas las puertas en el periodismo. Y yo no soy nadie sin mi
credibilidad.
Asentí, intentando entender su posición. Pero no podía rendirme ahora.
—Entonces ponte en su lugar —solté, señalando el suelo como si el
peso de lo que diría pudiera aplastar los cimientos de la habitación—. Ponte
en el lugar de Camila. ¿Tienes hermanas, Cristopher?
Me miró, sorprendido por el giro de la conversación, y asintió con un
leve gesto.
—¿Y te gustaría que las obligaran a casarse con alguien a quien no
aman? ¿Que su propio padre las entregara como moneda de cambio para
salvar su carrera política? Porque eso es lo que está haciendo Adrián
Lombardi con su hija. La está forzando a casarse con un hombre al que no
quiere, mientras la vigila, la manipula, la sigue... Le está destruyendo la
vida desde dentro. ¿Eso es lo que defenderías con tu silencio?
Cristopher bajó la mirada. No sabía por dónde empezar. Se frotó las
manos con nerviosismo, como si intentara borrar de su piel algo que lo
perseguía. El silencio se volvió espeso. Yo no aparté la vista de él ni un
segundo, esperando. Exigiendo, sin palabras.
Finalmente, habló.
—No sé mucho, Axel. Te lo juro. Pero… hay algo que podría ayudarte.
Algo que, si saliera a la luz, lo hundiría. Y Camila… si lo supiera, tal vez
podría liberarse.
Mi respiración se agitó. El corazón comenzó a golpearme el pecho
como si ya supiera que estaba a punto de escuchar algo que lo cambiaría
todo.
—Dímelo —le pedí, sin rodeos.
Cristopher vaciló. Se encorvó levemente, bajando la cabeza, con el
rostro sombrío. No necesitaba palabras para entender que estaba a punto de
cruzar una línea de la que no habría vuelta atrás.
—No tengo pruebas —advirtió, casi en un susurro—. Solo cosas que
escuché cuando trabajaba con uno de sus asesores. Comentarios sueltos,
documentos que no debía ver, conversaciones a puertas entreabiertas.
Mi paciencia se tensó.
—¿Qué cosas, Cristopher?
Me miró entonces, con una mezcla de miedo y resignación en los ojos.
—Que Camila y Adriana… no son hijas biológicas de Adrián Lombardi.
Sentí que el aire abandonaba mi cuerpo por un instante. Me quedé
inmóvil, como si la sala entera se hubiera congelado. Las palabras
resonaron en mi cabeza con una claridad insoportable.
No eran hijas biológicas de Adrián Lombardi.
La imagen del senador se fracturó de golpe en mi mente. Su fachada de
padre protector, su discurso político sobre la familia, sus lágrimas fingidas
en los homenajes… Todo era una farsa construida sobre una mentira
enorme. Y Camila… ¿lo sabía? ¿O también le habían ocultado eso toda su
vida?
—¿Estás seguro? —pregunté, aunque ya sabía que no tenía sentido
buscar certezas donde solo había sombras.
—No del todo. Pero estoy convencido de que él ha hecho todo lo
posible por enterrar ese secreto. Hay registros que desaparecieron, pruebas
manipuladas. Nunca se habló abiertamente del tema, pero quienes
trabajaban cerca de él lo sospechaban. Lo comentaban en voz baja. Y si eso
se hiciera público, Axel… se le acabaría el juego. La imagen del padre
ejemplar, la narrativa de la familia perfecta, todo se vendría abajo. Camila
entendería que todo lo que ha vivido fue una manipulación más. Y tú… tú
tendrías algo con lo que protegerla de verdad.
Mi mente iba a mil. Camila. Esa mujer fuerte y rota a la vez. Ella
merecía saberlo. No solo por justicia, sino porque tal vez, solo tal vez, esa
verdad fuera el principio de su libertad.
Y quizás también el principio del fin para Lombardi.
—Gracias, Cristopher. Me has sido de gran ayuda. Te juro que haré todo
lo posible por proteger tu imagen. No permitiré que ese monstruo siga
destruyendo vidas como si no valieran nada.
Después de esa conversación, Cristopher se levantó, me estrechó la
mano en silencio y salió de mi casa. Me quedé solo, rodeado de una tensión
que no terminaba de irse. No sabía con certeza qué haría con esa
información, pero algo sí tenía claro: necesitaba verla. Necesitaba contarle
la verdad. Decirle que Adrián no era su padre, que no tenía por qué
obedecerlo, mucho menos casarse con Eiron por compromiso.
El corazón me latía con fuerza, acelerado por la ansiedad, por la culpa.
Recordé lo duro que fui con ella… cómo, al descubrir que era la conductora
del accidente, sentí que la odiaba. Pero ahora… ahora todo se desmoronaba.
La verdad era otra. Tal vez la había perdido para siempre, tal vez ya no
habría un “nosotros”. Pero aun así, debía salvarla. Para eso me contrataron,
¿no? Para cuidarla. Y lo que empezó como un deber, se había convertido en
una necesidad. Esta pasión, este deseo desbordado, este amor que sentía por
Camila Lombardi… por más que intentaba negarlo, cada día crecía más.
Esa noche decidí ir a buscarla. No podía esperar más, aunque solo fuera
para verla de lejos. Sabía perfectamente cómo entrar en la casa sin ser visto.
Ser militar tenía sus ventajas, y colarme en una mansión vigilada no era un
reto.
Lo que no esperaba era que alguien me estuviera siguiendo tan de cerca.
Justo cuando llegaba al perímetro de la propiedad y me preparaba para
entrar por los rosales, una figura me interceptó por la espalda y me tiró al
suelo.
—¿Dónde cojones crees que vas? —gruñó, levantándome de un tirón.
—Vaya… por fin le pongo cara a mi acosador —solté con sorna. No le
tenía miedo. Podría partirle la cara en cualquier momento.
—¿Pretendías colarte en la casa del senador del estado? Eso es delito.
Podría llamar a la policía.
Sonreí, con esa sonrisa que me salía cuando estaba a un paso de perder
el control.
—Soy militar, gilipollas. Y puedo entrar en cualquier sitio si creo que
alguien está en peligro —escupí, con la rabia subiéndome por dentro.
—En esa casa no hay nadie en peligro. Es más, no hay nadie, en
general. Así que vete por donde viniste. Y no vuelvas a acercarte a la
señorita Lombardi… a menos que quieras que te parta las piernas.
Fue su tono. Su arrogancia. Su amenaza. Sin pensarlo, mi puño voló
directo a su cara. Le pegué con todas mis fuerzas en la nariz. Cayó de
espaldas, chillando como un cerdo herido, con las manos cubriéndose la
cara.
—¡Animal! ¡Me has partido la nariz!
—Tú dijiste que me partirías las piernas. Estamos en paz —murmuré,
agachándome a su altura—. Y más te vale dejar de seguirme, porque si
vuelves a cruzarte en mi camino… te aseguro que el que acabará en el
hospital serás tú. ¿Te ha quedado claro? No quiero volver a verte, hijo de
puta.
Me di la vuelta y regresé a mi coche. Eché un último vistazo a la casa.
Estaba completamente a oscuras. Algo no encajaba. Siempre había alguien
allí, aunque fuera solo Camila. ¿Dónde estaban?
Frustrado, subí al coche y arranqué. El volante crujió bajo mis manos.
Me quedaban veinticuatro horas. Solo un día para impedir que cometiera el
mayor error de su vida.
—¡Joder! —grité, golpeando el volante con fuerza, una y otra vez,
como si pudiera descargar en él todo el peso de mi impotencia.
Llegué a casa rápidamente. Siempre se me hacía más corto el camino de
regreso, aunque esta vez no sentía que hubiera logrado nada. Bueno, sí: un
buen dolor en la mano por haber golpeado a ese gilipollas.
Por la noche, di varias vueltas en la cama. No dejaba de pensar en
Camila, en por qué no había nadie en su casa cuando fui. Todo me parecía
extraño. ¿Y si había pasado algo? Solo esperaba que estuviera bien, que
resistiera hasta que pudiera acercarme a ella y sacarla de las garras de su
supuesto padre.
No sé qué hora era cuando por fin me venció el sueño, pero supe que
era tarde en cuanto sonó el despertador y me costó horrores levantarme.
«Solo veinticuatro horas para impedir esa boda». Fue lo primero que se
me cruzó por la mente al abrir los ojos. Me metí en el baño y me di una
ducha rápida. Ese día tenía que trabajar, pero al menos era en el museo, lo
que significaba que saldría pronto. Lo bueno era que Nolan sería mi
compañero, y además de hacerme más llevadero el turno, tal vez me daría
alguna idea sobre qué hacer.
Mientras me tomaba el café, encendí la tele por inercia. Detestaba
hacerlo, porque cada vez que mencionaban a Camila o su boda, me
amargaban el día.
—No sabemos qué ha pasado, pero la hija del senador Lombardi llegó
anoche a este hospital en muy mal estado —dijo la reportera.
La taza se me resbaló de las manos, estrellándose contra el suelo. El
café se derramó mientras los pedazos de cerámica saltaban en todas
direcciones. Me puse de pie como un resorte y subí el volumen. Necesitaba
saber dónde estaba. Tenía que verla.
—La esposa del senador ha salido hace unos minutos a dar más
información. Al parecer, su hija se encontraba bastante mal tras una caída
por las escaleras. Aunque, con los rumores de que la señorita Lombardi
consume estupefacientes… quién sabe si esto no es solo una excusa
conveniente a un día de la inminente boda, ¿no creen?
—Buitres —escupí, apagando el televisor.
No dijeron el nombre del hospital, pero reconocí la zona del vídeo.
Sabía exactamente dónde buscar. Salí de casa sin pensarlo dos veces.
Mientras conducía, llamé a Nolan para explicarle la situación y pedirle que
me cubriera durante una hora. Tenía que verla. Era la única forma de saber
si estaba bien.
Conduje más rápido de lo que pretendía, ganándome algunos insultos de
otros conductores, pero me daba igual. Solo quería llegar al hospital y
colarme como fuera.
Cuando por fin llegué, la prensa estaba por todas partes. Cámaras,
micrófonos y flashes bloqueaban la entrada principal mientras varios
policías trataban de mantenerlos a raya. Me quedé en una esquina,
observando, buscando una manera de entrar sin ser visto o, al menos, sin ser
reconocido.
Entonces, como si los planetas se alinearan a mi favor, Adrián Lombardi
salió del hospital acompañado de su esposa y varios escoltas. Era ahora o
nunca.
Aproveché el revuelo. Me mezclé entre la muchedumbre, esquivando
periodistas y cámaras mientras ellos se entretenían mintiéndole al mundo.
Cuando me vi dentro, respiré hondo y avancé por uno de los pasillos, hasta
que me crucé con una enfermera.
—Buenos días, ¿sabrías decirme dónde está Camila Lombardi? —
pregunté, intentando sonar lo más convincente posible.
Ella entrecerró los ojos, analizándome como si con eso pudiera decidir
si confiar o no.
—Lo siento, pero tenemos prohibido dar cualquier información sobre
esa paciente. No puedo ayudarte —respondió, tajante.
—Oh, venga… soy su guardaespaldas. Solo necesito comprobar que
está bien. Nada más, te lo prometo.
No sabía si me creería, pero tampoco tenía un plan mejor. Esperé,
conteniendo el aliento, mientras ella sopesaba su decisión durante unos
interminables segundos. Finalmente, suspiró y me indicó el número de
habitación.
—Gracias, de verdad.
—No sé si te dejarán pasar. Hay escolta en la puerta —me advirtió.
—Tranquila, ellos me conocen —respondí con una sonrisa ladeada.
Avancé por el pasillo con paso firme, rezando por no encontrarme con
otro imbécil leal a Adrián. Pero al llegar a la habitación, reconocí al instante
al hombre apostado en la puerta. Kevin.
—¿Qué haces tú aquí? —me dijo con el ceño fruncido, sin moverse.
—Déjame entrar, Kevin. Solo quiero verla.
—No puedo. El senador ha sido muy claro. Nadie entra sin su
autorización.
—Tú sabes lo que hay. Sabes lo que le hace. ¿De verdad vas a seguir
encubriéndolo? Solo quiero asegurarme de que está bien… y no va a saber
que estuve aquí, si es lo que te preocupa.
Vaciló. Le costó. Pero al final, su expresión cambió ligeramente y se
apartó un paso.
—Cinco minutos. Y si pasa algo, no estuve aquí.
—No lo olvidaré. Gracias.
Empujé la puerta despacio. La habitación estaba en silencio. Camila
dormía, con el rostro pálido y la respiración suave. Sentí un nudo en la
garganta al verla tan frágil. Me acerqué despacio, sin hacer ruido, como si
temiera despertarla solo con respirar.
Me senté al borde de la cama y le aparté un mechón de pelo de la cara.
Iba a inclinarme para besarla en la frente, para dejarle al menos ese gesto
sin que lo supiera… cuando la puerta se abrió de golpe.
—¿¡Pero qué demonios haces tú aquí!? —La voz de la madre de Camila
me sobresaltó.
Me incorporé de inmediato, con el corazón en un puño.
—Solo quería verla… Está sola, herida. No podía quedarme sin hacer
nada.
Era la primera vez que hablaba con esa mujer. Supuestamente debía
respetarla, tratarla de usted, medir mis palabras. Pero no sentía ningún
respeto por ella. No después de todo lo que sabía. No se lo merecía.
—No puedes estar aquí, Axel. Si Adrián se entera, no solo te sacarán del
hospital, te destruirá —dijo en voz baja, aunque su mirada era puro acero.
—¿Y tú vas a seguir cubriéndole? —le solté, sin elevar el tono, pero
dejando claro lo que pensaba—. Sabes lo que ha hecho. Sabes lo que está
haciendo. Camila no necesita más gente que le dé la espalda.
—¿Y tú crees que eres su salvación? —preguntó, sin sarcasmo, pero
con una tristeza tan amarga que casi se podía tocar.
—No lo sé —admití—. Pero al menos no la estoy obligando a vivir una
mentira.
Ella bajó la vista por un instante, quizás por remordimiento, o quizás
solo porque no quería enfrentarse a lo que ya sabía.
—Axel… por favor —dijo al fin, dirigiendo una última mirada a su hija
dormida—. No compliques más las cosas.
—Ya están lo bastante jodidas —susurré—. Yo solo… solo quería verla.
—Ya la has visto. Ahora márchate.
La miré una última vez, sintiendo cómo se me revolvía el estómago.
Quería quedarme. Quería abrazarla. Pero si lo hacía, solo la pondría en la
línea de fuego.
—Dile que estuve aquí, por favor —murmuré antes de dar un paso hacia
la puerta.
—No lo haré. Es lo mejor.
Camila seguía dormida. No se enteró de nada. Ni de mi presencia. Ni de
lo que estuvo a punto de pasar.
Salí sin decir una palabra más. Kevin ni siquiera me miró cuando pasé
junto a él.
Una vez fuera, el corazón me latía con fuerza, y la frustración me
quemaba por dentro.
No sabía cómo, pero una cosa era seguro: No pensaba rendirme.
CAPÍTULO 47
Camila
Sentía un dolor intenso en la cabeza. Me removí despacio, incómoda y
desorientada. Mis ojos se abrieron lentamente, intentando acostumbrarse a
la luz del techo que se clavaba como agujas en mis párpados. Tragué saliva
y percibí un regusto amargo que me hizo jadear, a punto de vomitar.
—¿Dónde estoy? —pregunté al aire, sin saber si alguien estaba ahí para
responderme.
—En el hospital —dijo una voz que reconocí al instante. Giré la cabeza
hacia ella. Era mi madre—. Casi te mueres, Camila.
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo he llegado aquí?
Lo último que recordaba era la pelea con mi padre… y luego drogarme,
como si nada importara. Supuse que se me fue la mano y por eso estaba allí.
—Fui a tu habitación para ver cómo estabas y te encontré inconsciente,
con el rostro blanco y los labios morados. Me asusté mucho, Camila. No
vuelvas a hacer eso, por favor.
La miré incrédula, como si se estuviera burlando de mí.
—¿De verdad te importa lo que me pase? —La pregunta salió sola, sin
pensar. A veces las palabras escapaban desde el rincón más roto del alma,
incapaces ya de esconderse.
—Sí, hija, me importa —respondió con lágrimas en los ojos—. Ayer me
diste un susto de muerte. Pensé que te perdía… que te morirías también.
Sus palabras me devolvieron a aquel día, cuando desperté después del
accidente, cuando más la necesitaba y ella fue más dura que nunca.
—¿Dónde está? —susurré, sintiendo el alma encogerse dentro de mí.
Mi madre me miró con un desprecio tan punzante que me dejó sin
aliento antes de dejar caer las palabras que me destrozarían:
—Muerta. Porque tú la mataste.
Abrí los ojos con fuerza, como si negarlo pudiera despertarme de esa
pesadilla. Mi respiración se volvió errática, el pecho me dolía como si se
quebrara. No… No podía ser. Adriana no podía estar muerta. Mi madre
tenía que estar mintiendo.
—No… —musité, con la voz rota—. Adriana no… ¡Adriana no! —grité,
presa del pánico—. ¡Ella no puede estar muerta! ¡Yo debería estarlo! ¡No
ella!
Mi madre no pestañeó. Su expresión permaneció inquebrantable
cuando dijo, con una frialdad que me heló la sangre:
—En eso estamos de acuerdo, Camila.
Sentí cómo mi corazón se rompía en mil pedazos.
—Mamá… lo siento —titubeé, apenas pudiendo respirar entre los
sollozos—. Perdóname, por favor. Yo no quería… yo no quería matar a mi
hermana.
Ella dejó escapar una risa amarga, cruel, antes de clavarme la verdad
como un puñal:
—¿No querías? ¿Entonces por qué te drogaste? ¿Por qué condujiste en
ese estado, cuando te dejé claro que podíais llamar al chófer? —Su voz
temblaba, no de tristeza, sino de rabia—. ¿En qué estabas pensando,
Camila? ¡No me lo puedo creer! ¿Cómo pudiste? Ahora, Adriana no está…
no está.
—No te creo —le dije, con rabia—. No cuando hace tres años tus
palabras fueron muy distintas. ¿Qué ha cambiado? ¿Ahora sí te importo?
Porque recuerdo perfectamente que cuando te dije que yo debía haber
muerto en lugar de Adriana, tú dijiste que estabas de acuerdo. Así que lo
siento si no creo en tu falso amor, mamá.
No respondió. Solo me miró con una mezcla de pena y arrepentimiento.
Quizá, por fin, se daba cuenta de lo mal que lo había hecho. Pero ya era
tarde. Demasiado tarde.
Se dio la vuelta sin decir nada más y salió de la habitación, dejándome
sola. Como siempre. Como desde que Adriana se fue. Unos minutos
después, entró el doctor para darme el alta, al parecer ya estaba fuera de
peligro.
—Has tenido mucha suerte, Camila. Si tu madre no te hubiera
encontrado a tiempo, las consecuencias podrían haber sido fatales. —Asentí
con desgana—. ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Sí.
—¿Por qué te drogaste? ¿Tienes problemas? Aquí contamos con
especialistas que pueden ayudarte a superar lo que sea.
¿Cómo podía decirle que me drogaba para escapar de mi propia vida?
Que mi padre me obligaba a hacer cosas que no quería, que estaba atrapada,
sola… enamorada de un hombre que me odiaba por algo que hice bajo el
efecto de esas mismas drogas. Claro que tenía motivos para querer
desaparecer, pero no iba a contarlo. No a él. Esto, como todo en mi vida,
tendría que afrontarlo sola.
—Está bien si no quieres hablar de ello ahora —añadió—. Pero te dejo
esta tarjeta. Aquí tienes el número de ayuda por si cambias de opinión.
—Gracias.
Salió tras dejarme los papeles sobre la mesa. Me levanté y empecé a
vestirme, deseando marcharme cuanto antes, aunque la idea de volver a
casa me revolviera el estómago.
Hospital o no, cualquier sitio era mejor que esa cárcel de oro.
Salí de la habitación ya vestida. Mi madre me esperaba en el pasillo,
junto a Eiron. Y entonces lo recordé. Mañana me uniría a él para siempre.
Durante todo el tiempo que estuve allí, me olvidé de uno de los motivos
por los que me drogué: No soportaba la idea de casarme con él.
—Amor, ¿estás bien? Tu madre me dijo que te caíste y te diste un buen
golpe en la cabeza. He venido en cuanto me enteré.
La miré y solté una risa sarcástica.
—¿Caída? No, Eiron. Lo que pasa es que soy una adicta a las pastillas y
me drogué hasta el punto de querer morirme… y ella me encontró.
—¡Camila! —interrumpió mi madre—. No es el momento ni el lugar.
Me encogí de hombros.
—Además, ¿cómo se te ocurre decirle eso a tu prometido?
—Es para que se lo piense antes de decir “sí, quiero” a una drogadicta.
No sé tú, pero yo me lo pensaría. —Me giré hacia él—. Tiene derecho a
saberlo, teniendo en cuenta que mañana seremos familia, ¿no?
No le di tiempo a responder. Me dirigí hacia la salida con ellos
pisándome los talones. En el aparcamiento, Connor nos esperaba. Cuando
me vio, me regaló una sonrisa tan sincera que no dudé en acercarme para
darle un abrazo cariñoso.
—Gracias por estar siempre conmigo, Connor —susurré en su oído.
—No hay de qué, señorita.
Antes de subir al coche, Eiron me pidió que habláramos unos minutos.
Mi madre se adelantó y nos dejó a solas. Recé internamente para que me
dijera que no quería casarse con una tipa que se drogaba, pero no fue así.
—No sé qué se te pasó por la cabeza cuando tomaste esas pastillas,
Camila —dijo—, pero sigo queriendo casarme contigo.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué? No soy nada especial, Eiron, y estoy segura de que tú
podrías tener a la mujer que quisieras. Eres guapo e inteligente, no creo que
tengas problemas para ligar.
Me sonrió, mostrando esos hoyuelos que tantas veces había escuchado
alabar.
—Gracias por el cumplido… pero el problema es que me he fijado en ti.
Aunque tú, claro, no lo has hecho en mí, sino en el militar. ¿Me equivoco?
Negué. ¿Para qué engañarle a estas alturas?
—Yo haré que le olvides, Camila. Haré todo lo que esté en mi mano
para hacerte feliz, ¿de acuerdo? Confía en mí.
Parecía sincero. Y aunque mi corazón gritara que no, que no quería
casarme, la boda seguía en pie. Así que preferí creerle, al menos por hoy.
Tal vez así mañana no me darían ganas de salir corriendo.
Eiron me dio un beso en la mejilla y me dijo que me esperaría en el
altar. Luego se dio la vuelta y se marchó hacia su coche. Cuando lo perdí de
vista, subí al nuestro y Connor arrancó.
Durante el trayecto, mi madre guardó silencio. Yo también. No quería
hablar con ella, no mientras la herida estuviera tan fresca.
Al llegar a casa, le pidió a Connor que nos dejara a solas unos minutos.
—No tengo ganas de seguir hablando, mamá —me adelanté.
—Lo siento, Camila —dijo, con un tono más suave—. Sé que mis
disculpas llegan tarde, y que tal vez nunca me perdones por todo lo que te
he dicho, por cómo te he tratado siempre y por no haberte defendido de tu
padre. Sé que hemos sido muy duros contigo… pero siempre pensamos que
era por tu bien.
Siempre me hacía reír con esas palabras.
—¿No te cansas de decir mentiras? Mi padre nunca ha querido lo mejor
para mí, solo le importa él mismo. Lo del chantaje para que me case fue
brillante, tengo que reconocerlo…
—¿De qué chantaje hablas? —me interrumpió, frunciendo el ceño.
—No me vengas con que no sabes que siempre me amenaza con
denunciarme por la muerte de Adriana. Que le dirá a todo el mundo que fui
yo quien conducía aquel coche.
Ella negó con vehemencia, tan alterada que por un instante dudé si
creerla o no.
—Lo peor es que no fue completamente mi culpa. Él mandó a alguien a
seguirnos, y fueron ellos los que provocaron el accidente. Pero claro, ¿quién
me va a creer a mí? No soy más que una niña malcriada, ¿verdad?
Mi madre me dejó con la palabra en la boca. Se bajó del coche a toda
prisa, completamente alterada, dejándome descolocada.
Su reacción me sorprendió, pero no estaba dispuesta a seguir
discutiendo. Solo quería encerrarme en mi habitación hasta mañana, cuando
vinieran a prepararme para esa dichosa boda.
Durante todo el día me quedé en mi habitación, con el móvil entre las
manos, con la absurda esperanza de que Axel pudiera llamarme en
cualquier momento. Pero esa llamada no llegaba… y tenía que aceptar que
jamás llegaría.
Stephanie fue la única que se acercó a ver cómo estaba, a traerme el
almuerzo y la cena, siempre pendiente de mí.
No quería dormir, porque hacerlo era como rendirme ante la llegada del
día de la boda. Ni siquiera me había asomado al jardín, pero Stephanie me
contó que todo estaba listo para la celebración; llevaban dos días
preparándolo para que quedara precioso.
La mañana llegó, arrastrando consigo una presión en el pecho que
apenas me dejaba respirar. No tuve tiempo de reaccionar cuando los
estilistas entraron en mi habitación para ayudarme a prepararme.
Maquillaje, peluquería, modista… todos hicieron su trabajo para que me
viera espectacular.
Y si no fuera porque me iba a casar con el hombre equivocado, podría
decir que me sentía hermosa. El vestido era una maravilla, y tanto el
peinado como el maquillaje resultaron un acierto.
—Estás preciosa, cielo —dijo mi madre al entrar, vestida con un
elegante modelo burdeos ceñido al cuerpo y con escote en "uve". No podía
negar que estaba guapísima, aunque lo era incluso sin necesidad de
arreglarse.
—Gracias —suspiré.
—Sé qué crees que esto es un error, pero te aseguro que acabarás
enamorándote de Eiron, hija. Es un buen hombre, y sé que te hará feliz.
—No estoy tan segura de eso, pero lo haré igualmente… no os
preocupéis.
Seguía reacia a estar bien con ella. Los recuerdos de toda una vida de
desplantes me habían generado un profundo rencor, y eso no iba a
desaparecer de un día para otro solo porque ahora estuviera arrepentida.
Ella asintió. No supo qué responderme, y eso, en el fondo, me gustó,
porque dejarla sin palabras era como un castigo silencioso para ella.
De pronto, la puerta de mi habitación se abrió y mi padre entró sin pedir
permiso, como siempre hacía, creyéndose el dueño de todo, incluso de mi
vida. Lo miré con una ceja alzada mientras se acercaba a nosotras.
—El coche ya ha venido a recoger a la novia —anunció sin un ápice de
emoción—. Por cierto, estás muy guapa, Camila.
Asentí, mirándolo de mala manera.
—¿Podéis dejarme sola un par de minutos? —Mi madre clavó los ojos
en él y él alzó una ceja—. Por favor.
—Vamos, Adrián —le pidió ella—. Solo serán unos minutos.
Adrián Lombardi, el todopoderoso senador del estado, mi padre, el rey
de esta casa… el que se creía el rey de todo, me dirigió una última mirada
de desaprobación y salió junto con mi madre. Cuando cerraron la puerta,
cogí la foto de mi hermana que descansaba sobre el escritorio y la llevé
hasta mi pecho, buscando la paz que ella solía darme en vida, sobre todo en
momentos como este, cuando odiaba tener que hacer lo que los demás me
exigían.
—Cómo me gustaría que estuvieras hoy aquí, hermanita.
No quería llorar. No debía llorar si quería mantener el maquillaje
intacto. Pero era inevitable al pensar en ella, al necesitarla tanto como hoy.
Me quedé quieta, con los ojos cerrados, recordándola, imaginando que
entraba en mi habitación y, al verme vestida de novia, se echaba a llorar
como una magdalena. La veía con un vestido que ella misma habría
elegido, no uno impuesto por nuestra madre. Vendría acompañada de alguna
chica que le gustara, porque finalmente se habría sentido libre de contar que
le gustaban las mujeres. Y yo estaría feliz por ella, por tenerla a mi lado, y a
punto de casarme con el hombre del que estaba realmente enamorada.
Axel apareció en mi mente, aunque nunca se había ido. Solo estaba
escondido en algún rincón de mi corazón, de mi cuerpo. ¿Cómo sería llegar
a la iglesia y ver que el que me esperaba era él, y no Eiron? Sonreí al
imaginar esa escena. Nos conocíamos desde hacía poco, sí, pero sabíamos
que estábamos enamorados. No nos habríamos casado tan rápido; primero
habríamos disfrutado el uno del otro, nos habríamos conocido a fondo,
descubierto nuestros secretos más oscuros… y con el tiempo, quizás
entonces habríamos dado ese paso. Porque así era como comenzaban las
relaciones normales.
Abrí los ojos, le di un beso a la foto de mi hermana y la dejé
nuevamente sobre el escritorio. Me miré por última vez en el espejo, y
observé mi habitación, sabiendo que la próxima vez que entrara, sería para
recoger mis cosas e irme a vivir con Eiron.
—Bueno, es la hora —me dije a mí misma mientras caminaba hacia la
puerta.
Al salir, avancé despacio hasta las escaleras, y me sorprendí al verlas
decoradas completamente con rosas blancas. El aroma era delicioso, y todo
parecía un sueño de lo bonito que era. Bajé lentamente, impregnándome de
ese olor. Al llegar abajo, Connor me esperaba para abrirme la puerta.
Stephanie me dijo que estaba preciosa, justo cuando mis padres se
acercaban a mí.
En el coche iría sola, mientras ellos viajarían en otro. Sin embargo, la
persona que me acompañaría al altar sería mi padre, algo que no me
agradaba, pero tampoco podía quejarme. No serviría de nada.
Me subí al coche, llena de nervios.
—Señorita, está muy bella —dijo Connor antes de arrancar.
—Muchas gracias, Connor.
El camino hacia la iglesia se me hizo demasiado corto. Supongo que
cuando no querías llegar a un lugar, lo hacías más rápido. No tuve tiempo
de pensar en nada; mi mente estaba completamente en blanco.
La puerta se abrió. Fue mi padre quien lo hizo. Extendió su mano para
ayudarme a bajar, y la tomé después de soltar un suspiro que sentí en lo más
profundo de mi alma. Él lo notó. Sabía lo que estaba sufriendo por tener
que hacer esto, por dar un paso que no había elegido en mi vida. Pero le
daba igual. Ya me lo había dejado claro, y no iba a cambiar ahora.
La entrada de la iglesia también estaba decorada con rosas blancas. Los
invitados estaban sentados en sus respectivos lugares, la música nupcial
comenzó a sonar y era el momento de caminar hacia el altar, donde un
guapo y apuesto Eiron Bennett me esperaba con la mejor de sus sonrisas. A
su lado, su madre, también muy elegante, lo acompañaba.
—Es la hora, Camila —musitó mi padre, mirándome de reojo.
—Acabemos con esto de una vez.
CAPÍTULO 48
Axel
No quería alejarme de ella, pero su madre jamás me dejaría acercarme,
y ahora ni siquiera sabía cómo haría para contarle la verdad. Necesitaba
hablar con Camila antes de la boda, que supiera que no la odiaba y que,
aunque no quisiera estar conmigo, podía contar con que siempre cuidaría de
ella.
Después de haber intentado verla por la mañana en el hospital, me dirigí
al museo para cumplir con mi turno, que comenzaba a las once y terminaba
a las siete de la tarde. Llegué una hora tarde, con el ánimo por los suelos, y
Nolan me esperaba en el puesto de vigilancia frente a los monitores de
seguridad. Al verme, alzó las cejas, pero no dijo nada hasta que me senté
junto a él, con el cuerpo vencido y la mirada perdida.
—¿Qué ha pasado? ¿Ella está bien? —preguntó mi compañero con tono
preocupado.
—Sí, está bien. Pero no pude hablar con ella. Cuando entré en la
habitación estaba dormida y, justo cuando me acercaba, su madre apareció y
me echó de mala manera —le conté lo ocurrido, aunque sin entrar en
detalles sobre lo que había hablado con Camila horas antes.
—¿Y qué piensas hacer ahora? Porque la boda es mañana, ¿no?
Asentí, encogiéndome de hombros.
—No sé qué voy a hacer para impedir que se case.
—¿Has pensado en seguir con tu vida y dejar que ella haga la suya? —
me dijo, frunciendo el ceño al notar mi reacción—. Lo digo para que dejes
de sufrir, Axel. A lo mejor, vuestro destino no es estar juntos.
Me levanté de golpe, como si me hubieran pinchado con una aguja,
negando con la cabeza. Me negaba a aceptar que Camila y yo no estábamos
destinados a estar juntos. Me negaba a creer que, después de todo, lo único
que nos separaba fuera el miedo y la manipulación de su familia. Ella me
amaba, y yo a ella. Nada ni nadie podía cambiar eso.
—Voy a hacer una ronda de reconocimiento —anuncié, deseando salir
de allí. Necesitaba alejarme de Nolan y sus palabras, de mis propios
pensamientos, de ese nudo constante en el estómago.
Salí del puesto y comencé a recorrer los pasillos del museo con paso
lento, repasando cada sala con la rutina de quien lo ha hecho mil veces,
pero esta vez con la cabeza en otro lugar. Me detuve en la galería de arte
moderno, donde una serie de cuadros abstractos parecían burlarse de mi
confusión emocional. Luego pasé por la zona de esculturas clásicas, casi sin
fijarme, y salí hacia el vestíbulo principal.
Allí, frente a la entrada acristalada, me quedé un rato de pie, observando
a los visitantes entrar y salir, ajenos al desorden que tenía dentro. Algunos
niños corrían de un lado a otro, familias sacaban fotos, parejas se tomaban
de la mano con esa tranquilidad que parecía tan lejana para mí. Me crucé de
brazos, apoyado contra la pared, y cerré los ojos un momento. Me dolía el
pecho. Me dolía la impotencia.
Volví al puesto de vigilancia pasadas las cuatro. Nolan apenas levantó la
vista de los monitores cuando me senté de nuevo, pero noté que me
observaba de reojo. El silencio entre nosotros se mantuvo durante varios
minutos, hasta que, finalmente, carraspeó suavemente.
—Oye, Axel… —dijo, sin apartar la mirada de la pantalla—. Quería
disculparme por lo que te dije antes. No fue justo ni oportuno. A veces abro
la boca sin pensar.
Le miré de lado, sorprendido por su sinceridad.
—Solo intento que no te destroces con esto, pero sé que estás luchando
por algo que te importa de verdad. Y eso... eso también tiene valor. Si
necesitas ayuda con lo que sea, solo dilo. Estoy contigo, ¿vale?
Asentí en silencio, agradecido. No me salían las palabras, pero su apoyo
me hizo sentir, por primera vez en todo el día, que no estaba solo en esto.
—Gracias, Nolan —fue lo único que logré decir.
El resto de la tarde transcurrió lenta, pero implacable. Anoté incidentes
menores, revisé cámaras, contesté un par de llamadas internas, y vigilé sin
mucho entusiasmo los monitores hasta que el reloj marcó las siete.
—Nos vemos mañana —me dijo Nolan al levantarme. Yo asentí, sin
ganas de hablar.
Me puse la chaqueta y salí del museo en silencio, sintiendo que, con
cada hora que pasaba, se me agotaban las posibilidades de cambiar el
rumbo de lo que estaba por suceder.
Al salir, crucé la calle hasta mi coche, que seguía aparcado en la acera
de enfrente. Me subí, cerré la puerta con un suspiro profundo y me quedé
ahí, quieto, con las manos en el volante. Mi mente daba vueltas sin parar.
¿Qué podía hacer ahora?
Los minutos pasaban deprisa, como si el tiempo se burlara de mí. Cada
tic del reloj me acercaba al momento que más temía: ver a Camila
casándose con otro. Saqué el móvil del bolsillo, lo desbloqueé con rapidez y
busqué su nombre en la agenda. Allí estaba, "Camila", brillando en la
pantalla como si pudiera darme alguna respuesta. Acerqué el dedo al icono
de llamada… pero no presioné. ¿Realmente podía contarle esto por
teléfono? ¿Serviría de algo? ¿No sería una carga más para ella?
Apagué la pantalla y me recosté un segundo contra el asiento. Solo
había una persona con la que podía hablar en este momento, alguien que me
diría la verdad, aunque doliera, y cuyo consejo siempre había sido mi
brújula: mi padre.
Conduje hasta la bocatería, sin saber si lo encontraría allí. Tal vez no
estaría, tal vez me estaba aferrando a una esperanza. Aun así, aparqué frente
al local y entré.
—¿Está el jefe? —pregunté al camarero que estaba en la barra. Era un
chico joven, seguramente nuevo.
—Aún no ha llegado, pero está al caer —respondió con amabilidad.
—Está bien, lo espero —dije, buscando una mesa libre cerca de la
ventana.
—¿Quieres algo mientras esperas?
—Un refresco, gracias.
Se marchó y, minutos después, me trajo la bebida. Bebí unos sorbos
mientras observaba el local. Estaba como siempre, lleno de gente y con ese
bullicio familiar que tanto me tranquilizaba. Esta bocatería era el resultado
de años de esfuerzo de mis padres. Aquí crecimos mi hermano y yo, entre
risas, ollas hirviendo y el olor a pan recién hecho. Todo ese esfuerzo era
ahora una herencia, algo que debía cuidar… igual que los valores que me
enseñaron.
—Hijo, ¿qué haces aquí? ¿Está todo bien? —Su voz me sobresaltó. Me
levanté en cuanto lo vi.
—Hola, papá —le di un abrazo y me volví a sentar—. Tranquilo, solo
quería despejarme un poco.
Me miró con el ceño fruncido. Me conocía demasiado bien como para
creerme esa mentira. Aun así, no insistió.
—Ahora vuelvo —dijo mientras se dirigía a la cocina.
Tardó unos diez minutos. Supervisar todo lo que ocurría ahí dentro era
su responsabilidad, incluso cuando no tenía ganas. Cuando regresó, traía
consigo otro refresco y se sentó frente a mí.
—¿Y bien? ¿Todo está bien de verdad? —preguntó, mirándome con esa
mezcla de firmeza y preocupación tan suya—. El otro día noté que estabas
raro, pero no quise decir nada. ¿Ha pasado algo con esa familia?
Asentí, sin poder sostenerle la mirada.
—Cuéntamelo.
—Ya no trabajo para ellos… y… me enamoré de la mujer que conducía
el coche que chocó con el de Eliot.
Mi padre se levantó como un resorte.
—Espera, papá. Por favor, escúchame.
—¿Cómo es posible eso, Axel? ¿Cómo has acabado enamorado de esa
muchacha? Porque estamos hablando de Camila Lombardi, ¿verdad? ¿Y era
ella la que iba conduciendo?
Asentí mientras le pedía que volviera a sentarse.
—Escúchame, papá. Todo tiene una explicación. Nada es tan simple
como parece.
Le conté todo. Cómo surgió lo que sentimos, el momento en que
descubrí la verdad sobre el accidente, y todo lo que vino después. Al
principio, su rostro era una mezcla de incredulidad, rabia y dolor. No le
culpaba. Perdió a su hijo, y yo me había enamorado de la persona implicada
en su muerte. Si en ese instante hubiera decidido marcharse y no hablarme
más, lo habría entendido.
—Necesito tomar el aire un momento —dijo, poniéndose de pie y
saliendo del local.
Me quedé sentado unos segundos, sopesando si debía darle espacio,
pero no tenía tiempo para eso. Salí tras él.
—Papá…
Se giró. Lo que vi en sus ojos me dolió. Había juicio, sí, pero también
tristeza.
—Entiendo que estés enfadado. Créeme, lo entiendo. Pero tú, más que
nadie, sabes que el corazón no entiende razones. No fue algo que buscara ni
planeara. Simplemente ocurrió. Ella… simplemente me tocó algo dentro.
Él suspiró largo, bajando la mirada por un instante.
—Es buena, papá. Solo que está atrapada en un entorno cruel. Su padre
la maltrata, la controla. Su madre lo permite por miedo o por comodidad.
No tiene libertad. Y a pesar de todo eso, sigue siendo alguien noble, fuerte.
Creo que eso fue lo que me hizo sentir algo por ella. Porque, en cierto
modo, entendí ese dolor. Supongo que reconocí en ella algo que también he
llevado dentro durante años.
Mi padre guardó silencio unos segundos.
—Pero se va a casar, ¿no?
Agaché la cabeza.
—¿Y qué piensas hacer?
Me encogí de hombros. Estaba perdido. Me sentía más cobarde que
nunca.
Entonces, dio un paso hacia mí y me abrazó. Un gesto sencillo, pero
lleno de todo el amor que necesitaba.
—Lucha por ella, hijo —me dijo con voz firme—. Si de verdad es la
mujer que te hace feliz, lucha por ella. Es lo que yo haría por tu madre, si
estuviéramos en la misma situación.
Asentí contra su hombro. Las palabras se me habían quedado atrapadas
en la garganta.
—Gracias, papá. No sé cómo va a terminar esto, pero necesitaba oír eso.
—No olvides quién eres, Axel. Eres fuerte. Y aunque la vida te haya
golpeado más de una vez, siempre supiste levantarte. Esta vez no será
diferente.
Nos quedamos un momento más en silencio. Luego, me separé.
—Me voy a casa. Necesito pensar. Mañana será un día largo.
—Lo será —coincidió—. Pero pase lo que pase, estaré aquí.
Lo abracé una vez más, sabiendo que, ocurriera lo que ocurriera con
Camila, al menos tenía un lugar al que volver.
Me subí al coche y arranqué con el corazón aún revuelto, pero un poco
más firme que antes. Aún tenía una noche para decidir cómo pelear por la
mujer que amaba.
Tras despedirme de mi padre, conduje sin prisas hasta casa. El camino
hasta la playa era largo, pero agradecía cada semáforo, cada coche lento,
cada curva. Cualquier excusa que me hiciera tardar más en llegar a ese
lugar que últimamente se había vuelto demasiado silencioso. Aparqué frente
a mi casa, la brisa marina acarició el capó del coche y ese olor a sal me
reconectó con todo lo que una vez me dio paz.
Entré, dejé las llaves sobre la mesa de la entrada y me deslicé por el
pasillo hasta mi habitación. No encendí ninguna luz. Me quité la chaqueta,
los zapatos y me dejé caer de espaldas sobre la cama sin siquiera
cambiarme de ropa. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por
la luna que se filtraba a través de las cortinas.
Me removí en la cama durante horas. Daba vueltas de un lado a otro,
incapaz de encontrar una posición cómoda, como si mi cuerpo se negara a
descansar mientras no supiera qué iba a hacer, mientras no tuviera un plan,
una dirección.
Pensaba en Camila, en su rostro cuando dormía, en cómo habría sido
despertar junto a ella, contarle que estaba ahí para siempre. Pensaba en lo
poco que sabía del sitio donde sería la boda. ¿Una iglesia? ¿Un salón
privado? ¿Una finca alejada? El senador podía haberlo planeado en
cualquier lugar y yo estaba completamente a ciegas.
Me quedé dormido pasadas las cuatro de la mañana, más por
agotamiento que por otra cosa. Y desperté sobresaltado apenas tres horas
después, con el corazón latiéndome con fuerza. Me levanté de golpe,
sintiendo la presión del tiempo sobre el pecho. Miré el móvil, pero no tenía
mensajes, ni llamadas. Nada.
«Tengo que saber dónde es», pensé, con la respiración entrecortada.
La única persona que podía tener esa información era Cristopher.
Abrí su contacto y marqué.
—¿Axel? ¿Sabes qué hora es? —respondió con voz ronca.
—Lo siento, Cristopher. Sé que es muy temprano, pero necesito tu
ayuda —le dije sin rodeos—. Necesito que averigües en qué iglesia se casa
Camila. Es urgente.
Hubo un silencio tenso al otro lado.
—Axel, no puedo… Si el senador se entera de que sigo metido en
esto… no solo me hunde, puede hacerme desaparecer del mapa —dijo con
un tono tenso, entre el miedo y la frustración.
—Lo sé, de verdad que lo sé. Pero necesito esto, Cristopher. No te estoy
pidiendo que te enfrentes a él directamente. Solo… un nombre, una
dirección. Luego me las arreglo como pueda, pero no puedo quedarme de
brazos cruzados. No hoy.
Cristopher suspiró largo y profundo al otro lado del teléfono.
—Estás loco. —Hubo una breve pausa—. Te la estás jugando… y me
estás haciendo jugarme la vida contigo.
—Lo sé. Pero te juro que si no lo intento, no voy a poder vivir con ello.
El periodista guardó silencio unos segundos más. Finalmente dijo:
—Está bien. Dame un rato.
Y colgó antes de que pudiera darle las gracias.
Me quedé mirando la pantalla del móvil con el pulso acelerado, como si
al observarla fijamente pudiera hacer que el mensaje llegara antes. Me
levanté inquieto, caminé por la casa sin rumbo, entré y salí de las
habitaciones sin saber qué buscaba, más allá de distraerme de la angustia
que se me estaba clavando en el pecho.
Salí al porche, esperando que el aire marino me calmara, pero ni el
sonido de las olas ni la brisa lograban aquietarme. El cielo comenzaba a
aclararse y el mar ya reflejaba la primera luz del amanecer. Me apoyé en la
barandilla y cerré los ojos, pero ni así podía frenar la ansiedad.
La espera se volvió insoportable. Cada minuto pasaba arrastrándose,
como si el reloj jugara en mi contra. Sentía cómo el tiempo se deshacía
entre mis dedos, cómo las horas se burlaban de mí. Tenía el móvil en la
mano todo el tiempo, como si pudiera obligarlo a vibrar antes de que fuera
tarde. Caminaba de un lado a otro, apretaba los dientes, repasaba una y otra
vez en mi cabeza todas las posibilidades, todas las formas de llegar sin
saber dónde.
Estaba desesperado. Completamente desesperado.
A las ocho, volví a llamar a Cristopher, pero no contestó. A las nueve,
mandé un mensaje. Silencio. Me comía por dentro. ¿Y si no me ayudaba?
¿Y si ya era demasiado tarde?
Finalmente, cerca de las diez de la mañana, el móvil vibró. El corazón
me dio un vuelco tan fuerte que por un segundo creí que me iba a desmayar.
Mensaje de Cristopher: Iglesia St. Augustine’s, a las doce. Tendrás que
darte prisa. Y Axel… que valga la pena.
Me quedé mirando el mensaje en silencio unos segundos. Lo había
conseguido. Cristopher se había arriesgado por mí, y ahora me tocaba a mí
hacerlo por Camila.
Me vestí a toda prisa, cogí mis cosas y salí de casa como si la vida me
fuera en ello. El mar quedaba a mi espalda, ignorado, mientras corría hacia
el coche. Arranqué con un giro brusco de volante y aceleré como si pudiera
ganarle al reloj.
La ubicación no era cercana y la hora ya jugaba en mi contra. El tráfico
era un infierno, cada semáforo parecía diseñado para detenerme, cada coche
delante, una barrera entre Camila y yo.
El reloj avanzaba cruelmente mientras yo buscaba algún atajo mental
para llegar antes. Las manecillas no se detenían, el mundo no se detenía… y
yo necesitaba que lo hiciera.
Después de media hora de tensión absoluta, las calles empezaron a
despejarse. Cuando vi la iglesia, rodeada de coches lujosos y seguridad
privada, supe que no llegaba con tiempo de sobra, pero tampoco había
perdido del todo. Apreté los dientes y paré el coche en doble fila, dejándolo
abierto, sin importarme si me lo multaban, se lo llevaban o desaparecía. No
importaba nada más. Solo ella.
En la entrada, Kevin, otra vez en medio del camino, con cara de pocos
amigos y postura de guardaespaldas.
—¿Qué haces aquí, Axel? —preguntó con voz firme, cortándome el
paso.
—He venido por Camila —solté, sin rodeos—. Apártate, Kevin… no
quiero pelear contigo.
No era una amenaza, solo una súplica con el alma abierta. Pero sus ojos
se entornaron como si mi presencia fuera un detonante.
—De verdad… entiendo lo que sientes, pero te vas a meter en un lío
muy gordo, Axel.
—Me da igual. No voy a dejar que se case con ese hombre… ella me
ama a mí.
Sus cejas se alzaron, sorprendido. Como si no lo supiera. Como si la
verdad, dicha en voz alta, le hubiera abierto los ojos.
—Yo también la amo —añadí.
Kevin suspiró y apartó la vista.
—Me voy a arrepentir de esto… pero venga, entra.
Le lancé una sonrisa de pura gratitud antes de echar a correr hacia el
interior.
La ceremonia ya había comenzado. Todo estaba decorado con rosas
blancas, limpias, pulidas, como si alguien hubiera querido borrar cualquier
atisbo de personalidad. Pero Camila siempre se detenía ante las oscuras,
esas que parecían a punto de volverse negras. Lo recordaba bien: la había
visto fotografiarlas más de una vez, como si en ellas encontrara algo que los
demás no veían.
Ese detalle me golpeó con fuerza, como si toda la escena fuera un
disfraz, una mentira cuidadosamente construida.
La nave central estaba repleta de invitados de gala. Todos los ojos se
volvieron hacia mí, pero yo solo tenía ojos para ella.
Allí estaba, al frente. Radiante. Vestida de blanco. Camila.
El vestido caía sobre su figura como una segunda piel: delicada,
preciosa. Su pelo recogido con perlas, el velo rozando el suelo. Era la
imagen más hermosa y más dolorosa que había visto en mi vida. Y no podía
permitir que se desvaneciera sin pelear por ella.
Di un paso. Y luego otro.
El corazón me golpeaba el pecho, pero no me detuve.
Cuando estuve lo bastante cerca, grité con todo lo que tenía dentro:
—¡Esta boda no puede celebrarse!
El murmullo se apagó de golpe, como si alguien hubiera cortado el aire.
Todas las miradas se clavaron en mí. Incluso la de Eiron. Entonces, también
la suya.
Sus ojos buscaron los míos y, cuando por fin se encontraron, el mundo
pareció detenerse.
Su mirada era un torbellino de emociones: asombro, miedo,
incredulidad… y amor.
Un amor inconfundible que seguía vivo en ella, que nunca murió a pesar
de todo lo que intentaron para enterrarlo.
Y en ese instante, yo ya no veía a nadie más. Solo a ella. Solo a Camila.
CAPÍTULO 49
Camila
El aire olía a incienso y flores frescas, pero a mí me sabía a encierro.
Cada paso hacia el altar era una condena. El vestido me apretaba en el
pecho, no por el corsé, sino por la culpa, por la certeza de que estaba
mintiendo, de que esa boda era una mentira piadosa… o cobarde.
De niña soñé con este momento. Soñé con flores, con música, con el
corazón acelerado… pero no de angustia.
Eiron me esperaba con una sonrisa dulce. Me miraba como si yo fuera
la respuesta a sus oraciones, como si no notara que mis ojos no brillaban.
Yo solo quería que terminara. Que alguien gritara “¡alto!” por mí, porque yo
ya no sabía cómo hacerlo.
—Estás preciosa, Camila —susurró cuando me coloqué a su lado.
Me dio un beso en la mejilla y asentí, sin saber qué responder. Solo
quería que todo terminara de una vez. Si debía empezar una nueva vida,
prefería que fuera cuanto antes.
El sacerdote carraspeó. El murmullo entre los invitados se apagó poco a
poco, hasta que la sala se llenó de un silencio tan denso que me costaba
respirar.
Me quedé con la vista fija al frente, clavada en algún punto invisible,
como si mirar hacia otro lado pudiera romper el frágil equilibrio que me
mantenía de pie. No quería girarme. No quería comprobar si él estaba ahí o
no. Aunque, siendo sincera… lo más probable era que no. ¿Por qué habría
de venir? ¿Qué sentido tendría?
Pero aun así…
Una parte absurda de mí lo esperaba. No con esperanza, sino con ese
deseo estúpido y doloroso que se clava hondo, como una astilla en el pecho.
Quería oír su voz. Quería que me dijera que me bajara del altar, que todo
esto era un error. Pero no lo haría. Yo no lo merecía. No merecía su amor.
—Eiron Bennett y Camila Lombardi. ¿Venís aquí sin ser coaccionados y
libremente?
Tragué saliva. Sentí un par de miradas clavadas en mí, como dagas. Una
tosecilla nerviosa en el fondo de la sala. El roce incómodo de los zapatos
nuevos. Alguna risa apagada. Era como si el mundo entero supiera que yo
no quería estar allí.
Busqué a mi padre con los ojos. Me miraba con esa expresión suya,
tensa, inflexible. Alzó una ceja. Una advertencia silenciosa.
Bajé la cabeza y solté un par de suspiros. En cuanto Eiron respondió,
hice lo mismo.
—Sí, venimos libremente.
La palabra “libremente” se quedó colgando en el aire como una burla.
No sabía cuánto iba a durar aquella farsa, pero me esforcé por mantener
la mente en lo que decía el sacerdote. Sin embargo, mi cuerpo estaba rígido.
Una opresión en el pecho me decía que algo estaba por pasar. Que había
una tormenta formándose en alguna parte.
Y entonces pasó.
Un murmullo recorrió la sala como un latigazo. Gente girando la
cabeza. Un par de sillas crujieron al moverse. Después, una voz clara,
furiosa, rota, irrumpió en el aire como un trueno:
—¡Esta boda no puede celebrarse!
El corazón se me detuvo. El mundo se congeló.
Reconocí esa voz al instante.
Era él. Axel.
Había venido.
Eiron se giró de inmediato. Yo tardé unos segundos más, con miedo a
que todo fuera una ilusión. Pero cuando por fin me volví, nuestros ojos se
encontraron… y el mundo se detuvo.
Ya no existían los invitados, ni la música, ni el altar. Solo él. Axel.
Me quedé paralizada. Allí estaba, frente a mí, deteniendo lo que jamás
debió comenzar. Y yo… no sabía mover un solo músculo. Mi corazón
golpeaba con fuerza, como si intentara escapar. Mi padre estaba a mi lado,
demasiado cerca. Su presencia era una presión constante, opresiva. Eiron,
en cambio… bajó la mirada. Me dio pena. No tenía la culpa de nada.
—¿Se puede saber qué demonios haces aquí? ¿Cómo entraste? ¡Pedí
expresamente que no te dejaran pasar! —rugió mi padre, rompiendo el
silencio con su voz como un látigo. No le importaba el espectáculo. Solo el
control.
—He venido a por Camila —dijo Axel con firmeza, la voz vibrante de
emoción—. Y nadie va a impedírmelo.
—¿Estás loco? ¿Qué parte de “aléjate de mi hija” no entendiste?
¿Quieres acabar en la cárcel?
Axel soltó una risa seca, cargada de furia contenida.
—¿Su hija? No me haga reír.
Fruncí el ceño. No entendía a qué se refería, pero algo en su tono me
erizó la piel.
—Camila —dijo él, ahora mirándome, la voz más suave—. Ven.
Sentí que me temblaban las piernas. El mundo me miraba. Las
respiraciones se habían vuelto murmullos. Nadie osaba moverse.
—Axel… no quiero que tengas problemas —logré decir, con la voz
temblorosa. La garganta me ardía—. Es mejor que…
—¡No! —me interrumpió, dando un paso al frente, con una intensidad
que me cortó el aire.
—No te acerques ni un centímetro más —gritó mi padre, fuera de sí—.
¿Quieres arruinarle la vida porque acabó con la de tu hermano? ¡No lo
permitiré!
La sala se congeló. Un silencio espeso cayó como una losa.
Y entonces, me miró: mi padre. Con esa mirada que no buscaba
entenderme, sino doblegarme.
—Hija —dijo, como si esa palabra fuera una cadena—, él solo quiere
vengarse. Yo te estoy dando un futuro.
—¿Un futuro? —repetí, con un hilo de voz, incrédula—. ¿Esto te parece
un futuro?
Lo miré como si lo viera por primera vez. Un hombre que había
construido su mundo a base de mentiras, amenazas y miedo.
Adrián Lombardi estaba loco. Y yo… ya no iba a dejar que me
arrastrara con él.
Me aparté de su lado con un temblor que mezclaba rabia y pena. Luego
miré a Eiron. Le debía algo. Al menos, la verdad.
—Lo siento, Eiron… llegaste a mi vida en el peor momento.
Él asintió, con una tristeza guardada en el fondo de su mirada. No había
odio en sus ojos. Solo resignación. Un susurro apenas audible de "sé libre".
Bajé del altar con cada paso sonando como una declaración de guerra.
Caminé hacia Axel con la cabeza en alto, aunque por dentro…
Mi corazón latía con fuerza, como si fuera a estallar. ¿Y si solo estaba
allí por compasión? ¿Y si no era amor lo que lo había traído?
—Hola —susurré, cuando estuve a su lado.
—Hola —me respondió, tomando mis manos con una delicadeza que
me desarmó—. Siento haber llegado tarde.
—¿Por qué has venido? —pregunté, la voz al borde del colapso—. ¿Por
qué… si tú me odias?
Él negó lentamente. Sus ojos estaban húmedos, pero firmes.
—No te odio, Camila. Y no creo que pueda hacerlo nunca. Lo intenté,
no te voy a mentir, pero...
Se detuvo.
El silencio entre nosotros era tan profundo que me dolían los oídos.
No necesitábamos palabras, bastaba con la forma en que me miraba.
Axel subió una mano hasta mi mejilla y apoyó su frente contra la mía.
Cerré los ojos, respiré, me sentí viva.
Pero antes de que pudiera responder.
—¿Pero bueno, es que nadie va a hacer nada? ¡Apártate de mi hija! —la
voz de Adrián tronó detrás de nosotros.
No me moví, ya no lo escuchaba.
—¡Adrián basta! ¡Déjala en paz joder! —intervino mi madre.
La miré sorprendida y algo dentro de mí se rompió. Me sonrió.
Por primera vez sentí que la tenía de mi lado.
—No te metas Camila —gruñó él— es mi hija y no pienso...
—No, no es tu hija —lo interrumpió Axel.
El tiempo se detuvo.
Lo miré confundida. Una parte de mí no quiso entender otra tembló
porque ya lo sabía muy en el fondo.
—¿Qué... qué estás diciendo?
—Camila —dijo él más suave— Adrián no es tu padre.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me giré lentamente hacia mi
madre.
—¿Es cierto? —pregunté, con voz hueca—. ¿Es verdad lo que ha
dicho?
Ella tardó un segundo que pareció eterno y luego asintió, solo una vez,
pero fue suficiente para que el mundo colapsara.
—No importa que no seas mi hija —vociferó Adrián, ya sin máscara,
con la cara deformada por la ira—. Te casarás con Eiron y harás lo que yo
diga… si no quieres que te denuncie por lo que hiciste, Camila.
No tuve tiempo de responder cuando Axel se colocó delante de mí,
protegiéndome como un muro.
—¿Por qué no dejas de hacer el ridículo? —le dijo, en voz baja, pero
cortante—. Sabemos que mandaste a seguirlas porque necesitabas
controlarlas. Que tapaste el accidente solo para salvar tu imagen. Porque
eso es lo único que te importa: lo que dirán tus votantes. Tu reputación. Tu
poder.
Adrián no dijo nada.
—Y ahora quieres arruinarle la vida a Camila —continuó Axel, con una
calma peligrosa— porque, en el fondo… la odias.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—La odias por no ser tuya. ¿Me equivoco?
El silencio fue absoluto, nadie se atrevía a respirar ni a moverse.
Yo solo podía mirarlo a él, al hombre que me crio, al hombre que dijo
quererme, y darme cuenta de que jamás lo hizo.
Mi cuerpo temblaba, no sabía si de miedo, de rabia o de libertad.
Axel, al no recibir respuesta, se giró hacia mí, me tomó de la mano y me
alejó de ese lugar rumbo a la calle.
Al llegar a la puerta de la iglesia me detuve en seco, tenía que decirle
algo antes de cruzar ese umbral, antes de que nuestras vidas cambiaran para
siempre. Necesitaba ser completamente sincera con él.
—¿Qué pasa? —preguntó Axel al darse la vuelta, con el rostro tenso, la
mirada temblando de miedo. Miedo a mis palabras. A lo que fuera a decirle.
—Axel… ¿estás seguro de que quieres estar conmigo? Yo… soy un
desastre. Estoy rota y…
—Estoy seguro, Camila —me interrumpió, firme, sin vacilar—. No
tienes que explicarme nada más.
—Pero hice cosas de las que… no hay salvación. No puedes salvarme,
Axel.
Él no dijo nada al principio. Solo me miró. Esa mirada suya, tan llena de
contradicciones, de dolor, y de un amor que no se atrevía a salir.
Y entonces, dio dos pasos. Acortó la distancia que nos separaba hasta
quedar tan cerca que sentí su aliento temblar con el mío. Alzó las manos
con suavidad, como si temiera que yo pudiera romperme, y me sostuvo el
rostro entre sus palmas. Sus dedos temblaban un poco. Sus ojos se clavaron
en los míos mientras pegaba su frente a la mía, cerrando los ojos por un
instante como si necesitara respirar a través de mí.
—Entonces caeré contigo —susurró con voz quebrada.
—No hablas en serio —murmuré, con la garganta hecha un nudo,
sintiendo cómo el corazón se me subía al pecho.
—Me rindo —dijo, abriendo los ojos, mirándome tan profundo que
sentí que todo lo demás desaparecía—. Me rindo a ti, Camila…
Una lágrima se me escapó. Él la atrapó con el pulgar sin dejar de
sostenerme.
—No puedo negarlo más, no puedo seguir fingiendo. Por mucho que
tengamos todo en contra, por mucho que intenté odiarte, por mucho que lo
deseé… no puedo. No puedo. Así que me rindo, me entrego a lo que siento,
aunque duela, aunque el mundo se caiga.
El miedo se mezcló con una punzada de esperanza que me atravesó
como un rayo. Pensé que me odiaría para siempre, que después de saber que
yo conducía el coche que chocó con el de su hermano jamás volvería a
mirarme, que lo había perdido todo.
Pero allí estaba, frente a mí, sosteniéndome, viéndome, amándome
incluso con las grietas, con la sangre, con la culpa.
El amor, ese amor que más miedo me daba, estaba ahí, intentando
enseñarme que a veces, incluso en el desastre, puede haber redención.
Yo también me rendía, hacía tiempo que lo había hecho. Ya no sabía
cómo alejarme de él, por mucho que la culpa aún viviera en mi pecho como
una sombra.
Yo había matado a nuestros hermanos, eso no iba a cambiar.
Pero tampoco iba a cambiar el hecho de que me había enamorado de él,
y que sin saberlo, Axel me había salvado de mí misma.
CAPÍTULO 50
Axel
No podía creer que la tuviera de nuevo en mi cama, a mi lado.
Haber ido a interrumpir aquella boda fue la mejor decisión que tomé, y
no me arrepentía de nada de lo que vino después.
Cuando salimos de la iglesia, con Adrián Lombardi corriendo tras
nosotros, los invitados salieron a husmear y la prensa disparó sus cámaras
como si fuésemos el escándalo del año. Íbamos a aparecer en todas las
portadas de revistas del corazón, y aunque a mí me daba igual, por Camila
sí me molestaba.
Ella nunca quiso ser el centro de atención y, sin embargo, yo la obligué
a ocupar ese lugar, aunque no fuera mi intención.
Pero ¿qué otra opción tenía? Tenía que ir a por ella, sacarla de esa vida,
tenerla conmigo, ayudarla a escapar de una existencia que la marchitaba, de
una familia que no había hecho más que martirizarla durante años.
Me atrevería a decir que desde que era una niña.
Y ahora estaba aquí, conmigo. Después de dos días sin salir de casa,
refugiados en nuestra burbuja, perdidos en lo nuestro: en los silencios, las
ganas, las urgencias.
No solo porque necesitaba tenerla entre mis brazos —y, joder, jamás me
cansaría de hacerla mía—, sino también porque ahí fuera los buitres estaban
hambrientos.
Tras su huida, salieron a la luz todos los trapos sucios del senador: que
no era el padre biológico de las hijas de su esposa, que ella le había sido
infiel más de una vez, que nadie sabía con certeza quién era el verdadero
padre.
Y también se habló del accidente, ese que intentaron silenciar, ese que
nos rompió.
Se dijo que la culpa fue de uno de los hombres de Lombardi, que
vigilaba a las hijas del senador, que actuó mal y provocó la tragedia.
Ese mismo accidente que se llevó no solo a Adriana… sino también a
mi hermano.
Ahora el senador estaba en boca de todos.
Y eso era justo lo que siempre había temido.
—Mmm… buenos días —susurró Camila, removiéndose en mis brazos
con esa pereza sensual que parecía adherida a su piel.
—Buenos días, mi amor —respondí cerca de su oído, dejando un beso
lento y cálido en su cuello.
—Hacía tanto que no dormía tan bien… Creo que esta es la cama más
cómoda en la que he estado.
Abrió los ojos y, al verlos brillar con esa luz tranquila tan suya, sentí
paz por primera vez en mucho tiempo.
—¿Solo por la cama? ¿O también por la compañía? —bromeé con voz
ronca, arrastrada por la noche.
Ella sonrió y se pegó más a mí, su cuerpo desnudo contra el mío, piel
con piel, calor contra calor. Me estremecí. No había forma de
acostumbrarme a tenerla así. Le rodeé la cintura con los brazos y la giré con
suavidad hasta que quedó encima de mí.
—Bueno… la compañía también es importante —murmuró con una
sonrisa ladeada, mordiéndose el labio mientras empezaba a moverse con
lentitud, dejando que su centro rozara mi erección sin disimulo.
—Joder…
Se me escapó un gruñido, profundo, inevitable. El deseo me tensaba por
dentro, la necesitaba moviéndose, entregada.
—¿Qué quieres, Axel? —su voz era pura provocación, ronca, dulce,
adictiva—. ¿Quieres que me siente sobre ti? ¿Quieres que te folle?
Mi respuesta fue apretarle las caderas con fuerza, guiándola,
empujándola a seguir, a dejar de jugar. Asentí sin voz, atrapado por el fuego
de sus ojos. Entonces se alzó apenas, deslizó una mano entre nuestros
cuerpos y me sostuvo con firmeza.
Con un movimiento lento, torturante, comenzó a hundirse sobre mí.
Despacio, viendo cada gesto en mi cara, cada milímetro, sin parpadear. Era
una fantasía hecha realidad. Camila, sobre mí, con el cabello rizado
desordenado, los labios entreabiertos, los ojos clavados en los míos.
Su cuerpo me recibía, apretado, cálido, hambriento. Sus manos
recorrían mi pecho con una necesidad que apenas contenía y mi piel,
ardiente, le respondía con escalofríos. Comenzó a moverse, ese vaivén que
me enloquecía, ese ritmo lento al principio, profundo, que me llevaba al
límite y me arrastraba de vuelta una y otra vez.
El limbo era ella.
Me incorporé de golpe, llevado por las ganas de tener su boca cerca, por
el ansia de saborearla. Atraje sus pechos hacia mi boca y comencé a lamer
sus pezones con devoción. Ella echó la cabeza hacia atrás y apoyó las
manos en mis hombros para intensificar el ritmo. Se movía más rápido, más
fuerte. Cada embestida era más profunda. Cada jadeo más alto.
Yo lamía uno, luego el otro, saboreándola como si fuera mi única
religión.
—Axel… —gimió mi nombre, ronca, con un tono que me atravesó.
—¿Qué, mi amor? —pregunté, sabiendo perfectamente lo que venía.
—Me voy a correr —dijo, con los ojos nublados de deseo.
Entonces la sujeté por la cintura, giré su cuerpo con delicadeza y la dejé
debajo de mí. Y me hundí en ella de nuevo. Más. Más profundo. Como si
pudiera fundirme con ella.
—Camila… te amo, mi amor —le confesé con la voz rota, empujando
dentro de ella con una entrega que ya no tenía marcha atrás.
Sus uñas arañaban mi espalda, su cuerpo temblaba bajo el mío, sus
piernas se alzaron rodeando mis caderas, dándome todo, abriéndose por
completo. La besé. La lamí. La adoré con cada embestida. Porque hacer el
amor con ella no era solo placer. Era pertenencia. Era casa.
Y así, con sus gemidos en mi oído, con su cuerpo estremeciéndose bajo
el mío, Camila se deshizo. Y yo la seguí segundos después, dejándome caer,
rendido, vacío y completo al mismo tiempo.
Permanecimos así, en silencio, mientras nuestras respiraciones se
acompasaban poco a poco. Mi rostro hundido en el hueco de su cuello, su
cuerpo cálido bajo el mío, aun temblando de placer, de alivio, de ese algo
que no sabíamos nombrar pero que nos arrastraba sin remedio.
Pasaron varios minutos antes de que me apartara lo justo para mirarla.
Estaba hermosa. Despeinada, con los labios ligeramente hinchados por los
besos, con la piel aún encendida. Y esa mirada… jodida y pura al mismo
tiempo. Mía.
—¿Tienes hambre? —pregunté, acariciándole la mejilla con el dorso de
los dedos.
—Un poco… —sonrió perezosa, estirándose como una gata satisfecha.
—Entonces ve a ducharte —le dije, dejando un beso en su frente—. Yo
voy a preparar el desayuno.
—¿Y si te duchas conmigo?
—No seas cruel, mujer. Si me meto contigo, no vamos a salir nunca de
la ducha.
Ella rió, y esa risa me estrujó el pecho. Dios, cuánto me gustaba. La vi
desaparecer en dirección al baño, su silueta desnuda deslizándose por el
pasillo como un espejismo.
Me puse unos pantalones de chándal y fui a la cocina. Puse café, corté
fruta, puse pan en la tostadora y saqué queso. Me movía sin pensar, pero
con una sonrisa estúpida en la cara, de esas que no puedes evitar cuando
todo, de pronto, parece estar en su lugar.
Cuando escuché sus pasos acercándose por el pasillo, me giré. Y ahí
estaba. Con una de mis camisetas largas que le caía por un hombro y un
pantalón corto de deporte que apenas le cubría las piernas.
Iba descalza, con el pelo húmedo y recogido en un moño improvisado.
Y aun así, parecía una jodida visión.
—¿Sabes que te queda mejor a ti mi ropa que a mí? —le dije,
apoyándome en la encimera mientras le servía una taza de café.
—No tenía nada mío… —respondió, encogiéndose de hombros antes de
sentarse en una de las sillas—. He llamado a casa. No hay nadie. Stephanie
me dijo que mi pa… —se interrumpió, bajando la mirada apenas un
segundo antes de corregirse— el senador está en crisis total y se fue a pasar
unos días a su casa del lago. Le pedí que me preparara una maleta con
algunas cosas. Tengo que pasar por allí a recogerla.
La miré, asintiendo lentamente.
Sabía lo que significaba. Volver a ese lugar no iba a ser fácil, aunque
fuera solo por unos minutos. Pero también sabía que ella no era la misma
que había salido huyendo días atrás.
Ahora era más fuerte. Más libre.
Y no iba sola.
—Vamos —dije—. Te llevo.
***
El camino hasta la casa transcurrió en silencio, pero no fue incómodo.
Camila miraba por la ventanilla con esa expresión suya, ausente, que
aparecía cuando pensaba demasiado.
Yo, por mi parte, solo podía observarla de reojo, admirando cómo
incluso en ese recogimiento, seguía siendo hermosa.
Cuando llegamos, aparqué frente a la entrada. Todo estaba en calma. No
había coches. No se veían luces ni se oían voces.
Vacío.
—¿Estás segura de que no hay nadie? —pregunté, girándome hacia ella.
—Sí. Stephanie me avisó de que el personal tiene el día libre y mi
madre se fue con él. No tardaré —dijo, acompañando sus palabras con una
leve sonrisa, como si quisiera tranquilizarme.
Asentí, pero antes de que bajara del coche, le tomé la mano.
—Si pasa algo, me llamas. No entres en discusiones, ¿vale?
—Lo sé. Prometido.
La vi caminar hacia la puerta y desaparecer dentro.
Me quedé quieto unos segundos, hasta que me vino una idea. Quería
hacer algo por ella. Algo pequeño. Algo que le robara una sonrisa, aunque
solo fuera por un instante.
Volver a esa casa debía doler más de lo que dejaba ver.
Salí del coche y rodeé el lateral de la casa hasta llegar al jardín. Allí,
junto al porche, seguía el viejo rosal rojo. Uno que conocía desde que era
un crío. Me agaché y, con cuidado, corté una rosa, evitando las espinas.
Volví al coche y la dejé sobre el asiento del copiloto.
La miré un instante. Era un gesto simple, sí, pero cargado de
significado. Siempre había sido yo, y ya era hora de aceptarlo, de dejar de
esconderlo.
Volví al volante justo cuando la puerta principal se abría. Camila salió
con ropa distinta, una maleta en una mano y el bolso colgado del hombro.
Caminaba deprisa, como si no quisiera que esa casa la tocara más de lo
necesario.
Abrió la puerta del coche y entonces la vio: la rosa. Roja, sola, intacta
sobre el asiento.
Se detuvo y me miró, con una emoción en los ojos que no intentó
disimular.
—Siempre supe que eras tú —murmuró, como si por fin pudiera decirlo
en voz alta.
Asentí. No hacían falta palabras.
Se inclinó, tomó la rosa con delicadeza y la sostuvo contra el pecho
mientras se sentaba a mi lado. Nuestros ojos se encontraron, y en ese
instante supe que todo el caos, toda la lucha, todo el dolor… habían valido
la pena.
Porque ella estaba aquí.
Y esta vez, no pensaba dejarla ir.
Arranqué de inmediato y aceleré para salir, de una vez y para siempre,
de la residencia de los Lombardi. No miré atrás. No valía la pena. Todo lo
que importaba estaba a mi lado, en el asiento del copiloto, con una rosa
entre las manos y un corazón que, por fin, empezaba a latir libre.
El futuro era nuestro, uno en el que haría todo lo posible para que
Camila fuera feliz, para que pudiera olvidar que alguna vez sufrió tanto que
creyó que no volvería a sonreír.
Durante un rato, ninguno de los dos dijo nada. Solo el murmullo del
motor y el paisaje retrocediendo a través de las ventanas. Entonces, su voz
suave rompió el silencio.
—¿Desde cuándo supiste que eran mis favoritas?
La miré de reojo. Seguía acariciando la flor con la yema de los dedos,
como si aún intentara convencerse de que era real.
—Desde que te vi fotografiarlas aquel día. Las oscuras, las que nadie
elige —respondí sin apartar la vista de la carretera—. Me parecieron tan tú.
Ella sonrió, pero también apretó un poco más la rosa contra el pecho.
—Gracias —susurró—. Una parte de mí siempre supo que eras tú quien
las dejaba, pero entonces estaba tan rota… que solo me acostumbré a
verlas, como si fueran lo único bonito en medio de todo.
—Las dejaba para eso —dije en voz baja—. Para que tuvieras algo
bonito, aunque fuera pequeño.
Me miró entonces. Y ese brillo en sus ojos… ese brillo me hizo sentir
que, por una vez, todo el dolor había valido la pena.
—Necesito hacer algo —añadió de pronto, seria.
Fruncí el ceño, notando el cambio en su tono.
—¿El qué?
—Quiero pedirle perdón a tus padres, Axel.
Me quedé en silencio.
—¿Cómo? No, Camila… no hace falta —respondí de inmediato,
confuso, algo descolocado.
—Sí hace falta. Lo necesito —insistió—. Sé que no fue culpa mía… lo
sé aquí —dijo, tocándose la sien—, pero no aquí —se llevó la mano al
pecho—. Me siento responsable. Si ese coche no me hubiera estado
siguiendo, si yo no hubiera estado ahí… tu hermano seguiría vivo. Y no
quiero que tus padres me miren sin saber lo que siento. No quiero que
piensen que no me importa. Porque me importa más de lo que sabría
explicar.
Tragué saliva. Me sorprendía su valor, su empatía. El simple hecho de
que quisiera enfrentarse a eso, de que no buscara huir sino sanar, decía más
de ella que cualquier promesa.
—Camila…
—No quiero llevar ese peso. Y no quiero que lo lleves tú tampoco. Es tu
familia, Axel. Yo… quiero conocerlos. Quiero que sepan quién soy y cuánto
lo siento.
Asentí lentamente, conmovido, con el corazón enredado en un nudo de
emociones. Camila quería cerrar ese capítulo, aunque no fuera responsable
de nada. Quería mirar al pasado de frente. Y lo haría conmigo al lado.
Sin decir nada más, tomé la siguiente salida y giré en dirección opuesta,
alejándome de la carretera costera que nos habría llevado de vuelta a mi
casa. Camila me miró, comprendiendo al instante lo que acababa de decidir.
—¿Vamos?
—Vamos —confirmé.
Y así, desviamos el rumbo. No era solo un cambio de dirección. Era
algo más grande. Íbamos camino a la casa donde crecí, donde aún vivían
mis padres, y lo hacía con la mujer que amaba sentada a mi lado. No solo
para que conociera el lugar donde formé mis recuerdos, sino para que
pudiera cerrar una herida que ni siquiera era suya. Para que, por fin, pudiera
liberarse del peso que no merecía llevar.
Y yo estaría allí, tomándola de la mano, como siempre. Como desde el
principio. Porque ahora lo sabía con absoluta certeza: no importa cuán
oscuro haya sido el pasado, cuando alguien como ella decide enfrentarlo, la
luz siempre encuentra el camino.
Llegamos a la casa de mis padres unos diez minutos después. Durante
todo el trayecto noté el nerviosismo de Camila… y el mío también. A pesar
de todo, no había forma de estar tranquilo. No después de lo que pasó. No
después de tantos silencios y heridas sin cerrar.
Aparqué el coche frente al jardín. Bajamos sin decir palabra. Camila
miró a su alrededor, deteniéndose en las flores de la entrada que mi madre
cuidaba con devoción, en el porche de madera gastada que no tenía nada
que ver con la opulencia de su antigua casa. Era una casa humilde, sí,
pequeña… pero tenía algo que ninguna mansión podría ofrecer: era un
hogar. Lleno de recuerdos bonitos, risas, vida. Amor.
—¿Estás bien? —le pregunté, al notar el brillo húmedo en sus ojos—.
Todavía podemos irnos.
Ella negó con la cabeza, esbozando una sonrisa leve.
—Estoy bien… solo… me gusta mucho lo que veo —respondió en voz
baja.
Le sonreí también y le tendí la mano. La tomó sin dudar, entrelazando
los dedos con los míos como si necesitáramos aferrarnos a eso para
mantenernos firmes. Caminamos juntos hasta la puerta.
Justo entonces, la puerta se abrió. Mi madre estaba allí, como si nos
hubiera visto llegar por la ventana. Su mirada se clavó primero en mí, pero
cuando notó que no venía solo, sus ojos pasaron a Camila. Su expresión se
endureció. El ceño se le frunció al instante.
No solo era la primera vez que llevaba a una mujer a casa. Es que ella
sabía exactamente quién era Camila. Y yo no tenía idea de cómo iba a
reaccionar.
—Axel, hijo… ¿qué haces aquí? ¿Por qué traes a…? —Su voz tembló
—. Lo siento, pero no estoy preparada para esto.
Sin más, se dio la vuelta, dejando la puerta abierta. Sentí cómo el
cuerpo de Camila se tensaba junto al mío. Suspiró bajito. Quise apretarle la
mano, pero solté la suya y di un paso al frente.
—Espera, mamá —llamé, siguiéndola hacia el interior.
—¿Por qué la trajiste? —preguntó sin girarse, su voz dolida—. Que
estés con ella no significa que yo tenga que tolerarla.
—Mamá, escúchame. Camila ha venido para hablar, solo para eso. Para
pediros perdón —dije, con el corazón apretado—. Y aunque no tuvo la
culpa de lo que pasó, ella… ella necesita decírtelo.
Mi madre se giró por fin, con los ojos llenos de un dolor que me
atravesó como una lanza.
—¿No tuvo la culpa? —repitió, incrédula—. El que otro coche la
siguiera no justifica que ella condujera borracha y drogada, Axel. No… lo
siento, pero no puedo ahora. No puedo mirarla sin ver a Eliot.
—Axel —intervino Camila con la voz quebrada—, déjalo. Tiene razón.
Es normal que me odie… yo misma me odio desde aquella noche.
La escuché y se me partió el alma. Verla así, tan vulnerable, tan valiente
al mismo tiempo, me desarmó. Pero antes de que pudiera decir nada más,
apareció mi padre por el pasillo, como si el ruido lo hubiera despertado de
una siesta.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, con ese tono grave y tranquilo
que siempre imponía calma.
Nos miró a los tres, y enseguida comprendió.
—Camila quiere hablar con vosotros —dije, como si esas pocas
palabras pudieran contener todo lo que estaba ocurriendo.
Él se acercó a mi madre, le puso una mano suave en el hombro.
—Escúchala, por favor —susurró—. No pierdas la oportunidad de oír lo
que tiene que decir.
Mi madre dudó. Sus ojos, nublados por el dolor, se posaron en Camila,
que aún permanecía de pie en la entrada, sin atreverse a cruzar el umbral.
Me volví hacia ella y le tendí la mano. Entonces, con pasos lentos, entró.
Como si pisara territorio sagrado. Como si supiera que cada centímetro de
esa casa cargaba con la ausencia de Eliot.
Se detuvo frente a ellos. Se irguió. No para parecer fuerte, sino para no
desmoronarse.
—Sé que no hay nada que pueda decir que borre lo que pasó —empezó,
con voz suave, temblorosa pero firme—. No vengo a justificarme. No hay
excusa. Solo… solo necesitaba pedirles perdón. Porque, aunque sé que no
fue mi intención, aunque hubo muchas cosas fuera de mi control aquella
noche… no hay un solo día en que no sienta que lo que hice estuvo mal.
Perdí a mi hermana. Y ustedes perdieron a su hijo. Y eso nos une en un
dolor que nadie más puede entender.
Las palabras se quedaron suspendidas en el aire. Yo observaba a mi
madre, esperando algo, cualquier reacción. El silencio fue largo, pero no
frío. Era un silencio denso, lleno de cosas que dolían demasiado.
Mi padre fue el primero en moverse. Asintió levemente, con los ojos
brillantes. Mi madre, tras otro instante eterno, exhaló con fuerza. Como si
soltara algo que llevaba retenido durante años.
—Gracias por decirlo —murmuró al fin—. No sé si puedo perdonarte
todavía… pero necesitaba oírlo.
Camila asintió, conteniendo las lágrimas. No buscaba redención. Solo
verdad. Y al verla ahí, con la mirada clara y los hombros un poco menos
cargados, supe que había dado un paso enorme. A su manera, también
estaba regresando a casa.
Y yo… yo no podía sentirme más orgulloso de la mujer a la que amaba.
Sabíamos que no sería fácil lograr que mis padres aceptaran lo nuestro,
mucho menos que dejaran atrás el dolor. Pero eso… eso era el comienzo.
Un paso que, aunque pequeño para el mundo, significaba todo para
nosotros.
Tras unos minutos en los que mi padre, con la templanza de siempre,
prometió hacer lo posible por estar de nuestro lado, salimos de la casa. El
aire fuera se sentía más limpio, como si el peso de los años se hubiera
quedado tras esa puerta.
Volvimos a nuestro refugio, de la mano, en silencio. No sabía con
certeza cuánto alivio sentía Camila, o si algo dentro de ella había cambiado.
Pero sí sabía esto: se había enfrentado a sus demonios con una valentía que
me dejaba sin palabras. Cualquier otra persona, con su historia, se habría
rendido. Ella no.
—¿Sabes? —dije, mirándola de reojo—. Nunca fui hombre de
rendirme. Cuando estaba en el ejército, luchaba hasta el final. Pero tú… tú
lograste que me rindiera a tus pies.
Me miró con picardía, la sonrisa volviendo a sus labios como si hubiera
estado dormida demasiado tiempo.
—Aún no me has contado nada de esa etapa de tu vida —dijo, jugando
con mis dedos—. Y no pienso dejar que te saltes los detalles.
—Tenemos todo el tiempo del mundo para eso —respondí con una
sonrisa torcida—. Aunque… podríamos empezar mientras jadeas mi
nombre bajo mi cuerpo y yo te cuento cómo fue que decidí alistarme.
Se echó a reír. Una risa limpia, profunda, como no la había escuchado
nunca. Y juro que ese sonido me hizo temblar por dentro.
—Me encanta la idea —respondió entre risas—. Pero prefiero que lo
dejes para después… porque cuando te tenga sobre mí, lo único que quiero
escuchar es mi nombre escapando de tus labios.
La miré, sintiendo que el corazón me estallaba en el pecho. Ella estaba
allí. Conmigo. Viva. Más libre. Más suya. Más mía.
Y por primera vez en mucho tiempo, supe que el pasado ya no tenía
poder sobre nosotros.
Porque el futuro… el futuro era nuestro.
EPÍLOGO
Camila
Meses después
Llevaba cinco meses viviendo con Axel, en lo que solo podía describir
como un sueño. Una vida distinta, nueva, en la que no había lujo ni
pretensión… y era feliz. Por primera vez, lo era de verdad. Feliz con su
amor, con lo que me ofrecía, que valía más que cualquier fortuna de la que
nunca me sentí parte.
Había dejado la carrera de Ciencias Políticas. Por fin decidía por mí
misma qué hacer con mi vida, y me matriculé en una licenciatura en
Fotografía. Siempre fue lo que me gustó. Lo que amaba.
Un día, después de recuperar algunas cajas de mi antigua casa, le mostré
a Axel las fotos que había tomado con la cámara que Adriana me había
regalado. La primera imagen era de nosotras dos, sonrientes, felices, con
una alegría tan pura que dolía mirar.
—Me habría gustado conocerla —dijo él, observándonos—. Estoy
seguro de que estaría muy orgullosa de ti.
—Gracias —susurré, sintiendo el nudo en la garganta. Me besó la
cabeza, sin decir nada más. Ese gesto suyo... siempre me sostenía.
Cuando le pedí a Connor que me trajera el resto de mis cosas, nunca
imaginé que vendría acompañado de mi madre. No la había visto desde la
boda fallida. Y aunque no me alegraba tenerla enfrente, seguía siendo mi
madre. Merecía que la escuchara, al menos por respeto.
—Mamá —dije, sorprendida al abrir la puerta—. ¿Qué haces aquí?
—Hola, Camila. ¿Puedo pasar?
Miré a Axel. Aunque viviera con él, seguía siendo su casa. Asintió sin
dudarlo, y me hice a un lado para dejarla entrar.
—¿Quiere tomar algo, señora Lombardi? —preguntó Axel con
amabilidad.
—No, gracias. Solo estaré unos minutos.
—Dime… ¿para qué viniste? —me crucé de brazos, incapaz de evitarlo.
—Solo quería saber si estabas bien, si eras feliz. Pero no necesito
preguntártelo. Basta con mirar tus ojos… Axel te hace muy feliz —sus ojos
comenzaron a humedecerse—. Y también vine a pedirte perdón. Por todo lo
que permití. Por no haberte dado el cariño que merecías. Por no decirte que
Adrián no era vuestro padre. No debí dejar que os tratara así durante tantos
años. Me duele… me duele muchísimo todo lo que sufriste.
Tragué saliva.
—¿Sabes? El día que te encontré, cuando casi mueres por culpa de las
drogas, entendí que…
—Déjalo, mamá —la interrumpí, bajando la voz—. No quiero recordar
nada de eso. Para mí ya es pasado, como mi vida antes de esto. Te
agradezco que hayas venido, que te preocupes… de verdad, lo valoro.
—Pero no me perdonas… —susurró, sin mirarme.
—No es cuestión de perdonar. Es cuestión de sanar. Y yo todavía lucho
contra los recuerdos. No te digo que no vaya a perdonarte nunca… pero
necesito tiempo.
Asintió. Me dio un beso en la mejilla y un abrazo que no pude devolver.
Salió sin decir nada más.
Apenas cerré la puerta, las lágrimas me nublaron la vista. Axel se acercó
y me envolvió con sus brazos. Solo eso. Solo su forma de estar, sin
presiones, sin preguntas. Me bastó para calmar los sollozos.
—Necesito tomar un poco de aire —murmuré cuando por fin logré
hablar.
—Vale. Yo iré preparando el almuerzo, ¿te parece?
—Eso suena interesante —respondí con una pequeña sonrisa.
Él alzó una ceja, divertido.
—¿Qué? Yo cocino muy bien.
Solté una risa, inevitable.
—Sí, mi amor… me encanta tu comida. Y todo lo que venga de ti —
susurré, rozando sus labios antes de marcharme—. Vuelvo enseguida.
Salí descalza por la puerta principal, dejando atrás el murmullo cálido
de la casa. La brisa marina me envolvió de inmediato, tibia y salada. Sentí
el tacto áspero, familiar, de la madera del porche bajo mis pies antes de
pisar la arena suave y tibia.
Una de las cosas que más amaba de vivir en la casa de Axel era eso:
abrir la puerta y tener el mar esperándome. Tan cerca. Tan presente. Un
refugio vivo, infinito.
Caminé lentamente hasta la orilla, dejando que la arena se colara entre
mis dedos. Las olas iban y venían, suaves, constantes, como un latido. Me
detuve justo donde el agua alcanzaba mis pies y respiré hondo. El aire
salado llenó mis pulmones, y por un instante, todo dentro de mí pareció
encontrar su sitio.
Cerré los ojos. El sonido del mar, el viento que me enredaba el cabello,
el cielo limpio… todo me devolvía a lugares que ya no dolían tanto.
Recordé.
Recordé cuando era una niña y creía que el mundo era seguro.
Recordé cuando supe que no lo era.
Recordé a Adriana. Su risa. Su forma de cuidarme como si fuera mi
madre. El día en que me regaló aquella cámara, el brillo en sus ojos cuando
me dijo que siguiera mis sueños.
—Ojalá estuvieras aquí —susurré al cielo, y el viento pareció responder
con una caricia.
No lloré. No esta vez. Algo dentro de mí se acomodó. Como si, al fin,
pudiera dejar de correr.
Cuando sentí que mi corazón latía con más calma, volví sobre mis
pasos. Subí al porche y empujé la puerta de entrada.
Desde la cocina, escuché su voz.
¿Axel estaba cantando?
Me detuve en seco. Nunca lo había escuchado así. No con esa voz grave
que llenaba cada rincón con una ternura inesperada. No con esa honestidad
suya que no buscaba impresionar… solo ser.
Agucé el oído. Puse atención en la letra:
Me rindo a ti,
aunque el mundo nos rompa,
aunque cada latido sea un error.
Me rindo a ti,
aunque duela y me queme…
La letra me atravesó como una ráfaga suave y poderosa. Como si él, sin
saberlo, hubiese abierto una puerta dentro de mí. Como si cada palabra
hablara de mí, para mí. De todo lo vivido para llegar justo aquí.
Me quedé quieta, en silencio, sintiendo cómo algo se llenaba dentro de
mí. El pecho. El alma. La vida.
Ya no necesitaba respuestas. Ya no necesitaba palabras que me
explicaran quién era o por qué sufrí tanto.
Porque ahora… me importaba más mi paz que las razones.
Y él… Él era todo lo que necesitaba para quedarme.
FIN
Agradecimientos
Escribir una novela es un viaje solitario… hasta que te das cuenta de que no
estás sola.
Gracias a todas las personas que caminaron conmigo en este camino
llamado Me rindo a ti.
A Fanny Ramírez, por esa portada que me dejó sin aliento, pero sobre todo
por ser una de las personas más importantes de mi vida. Tu talento
deslumbra, pero tu amistad es lo que más me inspira.
A Anabel, mi lectora cero, mi pilar, mi voz de confianza cuando yo dudaba.
Sin ti, esta historia no existiría. Y yo, quizás, tampoco estaría aquí
contándola así.
A Rocío (Scarlett Butler), por estar siempre, por escuchar, por aconsejar y
apoyar sin condiciones. Eres una persona increíble.
A esas mujeres maravillosas que se prestaron con tanta ilusión para
reaccionar a la portada:
Anabel, Ana, Scarlett, Andrea, Rosa, Selena, Noemí y Omayra.
Gracias por prestarme vuestros gestos y emociones. Le disteis vida a un
momento muy especial.
A mi familia, a mi marido y a mi hijo, por ser mi todo.
Gracias por comprender, por sostenerme, por darle sentido a cada letra.
Y a ti, lector o lectora, por estar del otro lado.
Por emocionarte, por acompañarme, por hacer que valga la pena cada
historia.
Sigo escribiendo por ti. Sigo soñando… porque tú estás ahí.