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Carta A Un Seminarista

La carta a un seminarista enfatiza la vocación al sacerdocio como un camino lleno de sacrificio, soledad y la necesidad de amar la Pasión de Cristo. Se recuerda que el llamado a ser sacerdote es una elección divina y que, a pesar de las debilidades, el seminarista debe perseverar en su camino, confiando en el apoyo de Cristo. El mensaje final destaca que el amor verdadero se manifiesta a través del desprendimiento y el servicio al Reino de Dios, a pesar de las dificultades y el desprecio que puedan enfrentar.

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Carta A Un Seminarista

La carta a un seminarista enfatiza la vocación al sacerdocio como un camino lleno de sacrificio, soledad y la necesidad de amar la Pasión de Cristo. Se recuerda que el llamado a ser sacerdote es una elección divina y que, a pesar de las debilidades, el seminarista debe perseverar en su camino, confiando en el apoyo de Cristo. El mensaje final destaca que el amor verdadero se manifiesta a través del desprendimiento y el servicio al Reino de Dios, a pesar de las dificultades y el desprecio que puedan enfrentar.

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Carta a un Seminarista

Has de encontrar, querido Hijo, que la Vocación al Sacerdocio, no está sino llena de
contrariedad, incluso desprecio y soledad, aún rodeado de gente querida, porque el Señor
nos comparte y vive en nosotros la prolongación de su Pasión, ¡Sí! De un modo especial, el
Señor encarna en nosotros los sentimientos que que lo abrumaron en el momento
culminante de su vida terrenal, no revive en nosotros los tormentos reales y carnales a qué
el mismo fue sometido por amor de los hombres, sino que une a nuestra carne, los dolores
espirituales que padeció en Obediencia al Padre.

Si aspiras a esta vida, has de aprender a amar la Pasión y las Llagas del Señor, que te llama
a unirte a El de un modo total y perfecto. En el momento que el sacerdote extiende sus
manos para ser ungidas con el bálsamo, es de un modo real que las extiende como Cristo en
la Cruz, es el ahora el Obispo quien te tomará y quién traspasará tus manos, para asemejarte
a Cristo Sacerdote, que se ofrece a sí mismo como Víctima, serás ahora víctima con Cristo,
él sera ahora quien te ofrezca al Padre, porque es este mismo Cristo quien te ha elegido.

No eres tú el que escogió, grabate esto, tu solo has respondido con generosidad a una
llamada que nació incluso antes que tú mismo vieras la luz y pudieras siquiera exclamar tu
primer balbuceo. Cómo enseña el Profeta: "antes que te formarás en el seno de tu Madre,
antes que tú nacieras, te conocía y te consagré" (Jer. 1, 5-12), Cristo se ha parado delante de
tu nada, y te ha extendido su Mano, te ha Mirado por encima y entre de muchos más, tal
vez más capaces y aptos, con mejores dones, y sin embargo, te ha Mirado a ti por encima
de todos ellos, porque sabía que entre todos, tú serías capaz de responder como ellos no lo
harían. Aún a pesar de tus debilidades, a pesar de tus caídas, a pesar de que tú mismo tantas
veces has dudado.

En todo, el Sacerdote ha de asemejarse a Cristo Siervo y Víctima. Y es aquí, dónde podrás


venir y recordar aquellos tiempos de Formación y delante del crucifijo y te podrás
preguntar: ¿Cómo es que llegue hasta aquí? ¿Cómo es que no me cansé en caminar a pesar
de las dificultades, humillaciones muchas veces de los compañeros, otras de los
formadores? Y es que a quien el Señor le ha de encomendar un Ministerio Fecundo, debe
quebrarlo de sí mismo, lo fortalece.

Así como el Señor fue sostenido por medio del ángel en la Agonía del Huerto, dónde
parecía abandonado, con el futuro Sacerdote, es este mismo Cristo Señor, el que le sostiene,
el que te ha venido sosteniendo, Hijo, dónde has escuchado que no vale la pena soportar, es
el mismo Espíritu de Dios quien te ha impulsado de manera misteriosa a seguir adelante, a
no desfallecer, a poner tu mirada no en los hombres, sino en la Cruz, a abrazarla, amarla,
así como el Señor la amo y la abrazo por amor de ti mismo y de tus hermanos.
Pocos son los que se vencen a sí mismos por amor, no de hombres, sino por amor de Cristo
y de su Reino. Cristo no nos necesita para salvar a los Hombres, somos nosotros los que
necesitamos de Cristo para ser salvados, y sin embargo, Cristo nos ha tomado para llegar a
estos hombres que desea salvar. El se asemeja a nosotros y nosotros a el, para hacer visible
su amor en el mundo. Nos crucifica junto con él, para que elevados por la Gracia entre el
cielo y la tierra, le vean crucificado y traspasado, hecho varón de dolores, de los mismos
dolores que vivimos nosotros, que nos comprende, que comparte nuestras lágrimas para
sanarlas, nuestros sufrimientos para darles alivio.

Ese ánimo no te lo da la terquedad ni la obstinación, sino el Espíritu mismo que te han


dado, el fuego de la Vocación de ser otro Cristo y de ser la Cruz dónde Cristo sea clavado.

Mantén firme tu entereza, tu fe y tu confianza, que no puede decir reprochando el enemigo:


¿Dónde está la mano del que te llamo? ¿Dónde está el valor de responder con tanta
delicadeza y empeño? Porque él decidió no servir, en cambio tú, te niegas a ti mismo y a
tus deseos por una corona que no se marchita, aunque ahora debas llevar una corona de
espinas espiritual que a veces parece vencerte, que te hace llorar y titubear. Cristi te
sostiene, Cristo te fortalece, Cristo te une a sí mismo como no va a unir a nadie más, porque
tú Cruz es a tu medida, no a la de ningún otro, Cristo la hizo para ti y para nadie más, ese es
el regalo que nos ha prometido, un regalo contradictorio con el pensamiento del mundo,
porque el mundo no a aprendido a amar desde el desprendimiento, y el amor a la Cruz es
desprenderte de ti mismo, por eso el joven rico se entristeció, porque se dejó vencer por sus
seguridades y no acogió la libertad de los bienes, era bueno en los dones que Dios le había
infundido, pero no supo ponerlos por entero al Servicio del Reino que muchas veces no
paga como esperamos en esta vida sino con la persecución y el menosprecio, pero que son
remunerados al ciento por uno en medio de los bienaventurados.

La paz contigo.

Carta a un Seminarista ([Link])

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