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Tres Reyes para Sarah - Noa Xireau

Duncan se ve obligado a trabajar con su ex, Gedeon, y un legendario guerrero llamado Xiu para salvar a su hermana de una situación peligrosa, a pesar de su aversión hacia Gedeon. A medida que se desarrollan los acontecimientos, se dan cuenta de que están atrapados en una trampa y que cumplir su misión tendrá un alto costo. La historia explora temas de traición, amor y la lucha por la libertad en un mundo lleno de seres sobrenaturales.
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Tres Reyes para Sarah - Noa Xireau

Duncan se ve obligado a trabajar con su ex, Gedeon, y un legendario guerrero llamado Xiu para salvar a su hermana de una situación peligrosa, a pesar de su aversión hacia Gedeon. A medida que se desarrollan los acontecimientos, se dan cuenta de que están atrapados en una trampa y que cumplir su misión tendrá un alto costo. La historia explora temas de traición, amor y la lucha por la libertad en un mundo lleno de seres sobrenaturales.
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Ellos formaban parte de sus sueños, pero jamás deberían haberse hecho

realidad.
Para sacar a su hermana del lío en el que se ha metido, Duncan tiene que
someterse a las órdenes del Gran Consejo. En cuanto ve aparecer a su ex,
Gedeon, y descubre que tendrá que trabajar junto a él, está dispuesto a
estrangular a su hermana con sus propias manos. Pero cuando encima se
encuentran con Xiu, que es una leyenda en el mundo de la noche, Duncan
tiene claro que alguien está tratando de ponerle una trampa.
Con el odio que Duncan le profesa a su ex, con Gedeon protegiendo secretos
que Duncan no debe descubrir, y el pasado de Xiu, que lo condena a ser un
esclavo durante el resto de su vida, trabajar en equipo promete ser un infierno.
Las órdenes que reciben los tres guerreros en principio parecen claras: salvar
a una mujer llamada Sarah, aun si es en contra de su voluntad. Nadie les
advierte del precio que tendrán que pagar por cumplir su misión, ni que
necesitarán algo más que sus habilidades de combate para afrontar lo que les
espera.

Página 2
Noa Xireau

Tres reyes para Sarah


ePub r1.0
Titivillus 27.05.2025

Página 3
Título original: Tres reyes para Sarah
Noa Xireau, 2018

Editor digital: Titivillus


ePub base r3.0 (ePub 3)

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Fuente del editor / Predeterminada.

Página 4
Índice de contenido
Tres reyes para Sarah
Notas y Advertencias
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Epílogo
Agradecimientos
Glosario

Página 5
Este libro está dedicado a un grupo de lectoras que saben que
cada libro es un tesoro en sí mismo, que se caracterizan por su
alegría, cariño y amor por las historias que las hacen soñar:
Las Lecto-Adictas de Puerto Rico. Gracias, chicas, por las
sonrisas que me habéis regalado.

Página 6
Notas y
Advertencias

A dvertencia: Este libro contiene escenas eróticas explícitas, escenas


homoeróticas y ménage.

Nota: El vocabulario utilizado en este libro se puede deducir a través de la


historia, pero aquellos lectores que deseen aclaraciones más específicas
disponen de un glosario de términos al final del libro.

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Prólogo

L os fuertes dedos se deslizaron con suavidad, casi con reverencia, sobre


su piel desnuda. Era imposible que a las dilatadas pupilas negras se le
escaparan las reveladoras expresiones con las que su rostro probablemente la
traicionaba. Estaba segura de que podía leerla como un libro abierto, pero
hacía rato que había pasado la frontera de la vergüenza. No quería seguir
ocultando sus emociones, ni tampoco sus deseos. Cerró los párpados y
disfrutó de la sobrecarga sensual que la inundó bajo sus caricias. El frío
aliento recorrió con suavidad su cuello parándose apenas a unos milímetros de
su arteria. ¿Se había dado cuenta de la rapidez de su pulso?
El delicioso aroma a menta, vainilla y sándalo la envolvían en una oleada
de exquisita necesidad. ¿Cómo era posible que oliera tan dulce, masculino y
sofisticado a la vez? Era algo que nunca había conseguido explicarse. Aun
así, era exactamente el olor que encajaba con él. Cuando la firme mano viajó
un poco más abajo, ella se mordió el labio y alzó las caderas indicándole el
camino a seguir.
—Estaba esperándote —murmuró Gedeon mordisqueándole con ternura
el lóbulo de la oreja, mientras hacía caso omiso de su silenciosa súplica por
más.
Ella hundió los dedos en la almohada. Una sensación cálida se extendió
por su cuerpo y sus labios se curvaron por voluntad propia. Al abrir los
párpados, se perdió en el azul angelical de sus ojos. Trazó con el dedo índice
las cejas rectas y doradas, los altos pómulos y la firme mandíbula masculina
mientras él se mantenía quieto, permitiéndole disfrutar de su perfección, pero
cuando ella buscó su boca entreabierta y rozó ligeramente sus dientes con la
lengua, los colmillos se extendieron y los vestigios de oscuridad que se

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escondían en sus pupilas revelaron al depredador que acechaba en él. Ella se
echó atrás y tocó uno de sus afilados colmillos.
—Ahora estoy aquí para ti —susurró fascinada por cómo aparecieron
vetas de tonos violáceos en el turquesa de sus ojos cuando una pequeña gota
de sangre surgió en la yema de su dedo.
Conteniendo la respiración, observó cómo Gedeon envolvía la punta de su
dedo con los labios y, sin perderla a ella de vista, lo chupaba con suavidad.
—Debo encontrarte —le confesó Gedeon cerrando los ojos con un
gemido.
La voz ronca hizo que su corazón se saltara un latido.
—¡Imposible!
Jadeó cuando él le acarició el cuello con la nariz y su mano comenzó a
explorar con habilidad todas las sensibles terminaciones nerviosas escondidas
entre sus pliegues húmedos e hinchados.
—Soy un vampiro de tres mil años. Créeme cuando digo que nada es
imposible. —Rio entre dientes mientras su aliento le acariciaba el oído.
—Vivo en otra dimensión. —Gimió cuando él le rozó delicadamente el
pulso con los dientes recordándole los peligros de su naturaleza.
Gedeon alzó la cabeza mirándola serio.
—Explícame cómo llegar allí.
—No puedes venir a mi mundo. —Sonrió con tristeza recordando todas
las razones por las que no podía llevarlo con ella.
—Estás aquí. Tiene que haber un modo de llegar hasta allí.
—No estoy realmente aquí, Gedeon. Esto es no es más que un sueño.
Él sacudió la cabeza.
—Puedo saborearte, olerte, sentirte… —enfatizó cada palabra con su
lengua, nariz y manos hasta hacerla temblar.
—Sigue siendo solo un sueño. —Ella posó su mano sobre su mejilla.
—Tiene que existir una forma de lograrlo —insistió Gedeon—. No serías
mi Shangrile, mi compañera de sangre, si no fuera así. No tendría sentido.
—A veces las cosas no tienen sentido —discrepó ella apartando la cara.
—¿Y si te dijera que puedo entrar en tu mente y comprobarlo por mí
mismo? —preguntó Gedeon.
Ella se tensó mirándolo sobresaltada.
—¡No lo hagas!
—¿Por qué no? —Los ojos turquesa se entrecerraron.
Ella tomó una inspiración profunda antes de contestar.

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—Porque nunca te perdonaría que invadieras mi intimidad sin mi permiso.
—¿Por qué habría de importarme? —preguntó Gedeon con frialdad—. Ya
has decretado el fin de nuestra relación. Te perderé de todos modos.
—¡Gedeon, por favor!
Él se dejó caer de espaldas sobre el colchón.
—Si no puedo ir a tu dimensión, ¿hay alguna forma de conseguir que
vengas a la mía? —Cuando ella no respondió de inmediato, la miró—.
¿Cómo? —exigió.
—No es tan fácil. No puedo quedarme en tu mundo. —El nudo en su
garganta no le permitió mantener la voz firme.
—¿Por qué no?
Incapaz de responder, ella se inclinó sobre él luchando por contener sus
lágrimas.
«Porque te amo, porque hay alguien más en mis sueños, porque me estoy
muriendo…», pensó volcando el amor que sentía en cada uno de los besos
que depositó con ternura sobre su pecho.

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Capítulo 1

— R ecuérdame otra vez por qué cojones estoy aquí, en la nieve,


congelándome el trasero vestido como un jodido Rey Mago,
cuando podría estar en mi sofá tomándome un par de cervezas y viendo el
partidazo de la temporada —gruñó Duncan tratando de encontrar una roca
seca donde subirse, para proteger las ridículas pantuflas enjoyadas de
empaparse más de lo que ya estaban.
—Eres un hombre lobo. Los hombres lobo no nos congelamos el trasero,
al menos no en la nieve. —Su beta, Adam, se aclaró la garganta y se metió los
pulgares en los bolsillos delanteros de sus vaqueros mientras contemplaba de
forma sospechosa el suelo.
Duncan entrecerró los párpados cuando vio cómo le temblaban las
comisuras de los labios al que se suponía era su amigo. Sí, lo admitía, se
estaba comportando como un niño caprichoso vestido con esa ridículamente
suntuosa túnica, pero ¿quién podía culparlo?
Ningún hombre debería verse obligado a vestir así.
Si por lo menos hubiera obligado a su beta a acompañarlo disfrazado de
camello… o tal vez de mula, eso le habría servido de lección y enseñado a no
reírse de su alfa.
—Y la razón por la que estás aquí sigue siendo la misma que la de hace
cinco minutos: salvar el hermoso pellejo de tu hermana del Consejo de
Ancianos —señaló Adam.
¿Hermoso pellejo? ¡Y una mierda! ¡Iba a hacer que esa loca desquiciada
pagara por lo que había hecho! ¿Qué mujer cuerda rompía la paz entre
hombres lobo y brujos solo para ahorrarse una visita a la peluquería?

Página 11
—¿Me estás tomando el pelo? ¡Robó la piedra mágica más poderosa del
mundo para no tener que teñirse el pelo para la fiesta de Año Nuevo! —siseó
Duncan.
—Bueno, tienes que admitir que, a pesar de no ser la decisión más
conveniente, ella tenía un punto con… —El gruñido furioso de Duncan
congeló la sonrisa de Adam. Poniendo cara inexpresiva, el beta levantó ambas
manos y dio un paso atrás—. Si me atacas, destruirás esos carísimos ropajes
y…
Un carcajeo bajo los hizo girar hacia las sombras con todos los sentidos en
alerta.
—Veo que las cosas no han cambiado entre vosotros dos, cachorrillos.
—¡Gedeon! —Las garras y colmillos de Duncan se extendieron,
acompañados por un gruñido sordo, cuando reconoció al recién llegado—.
¿Qué cojones haces aquí?
El vampiro recorrió a Duncan con una mirada provocativa antes de
responder con cejas alzadas:
—Pensé que preferías llamarme Ged, y me atrevería a decir que estoy
aquí por la misma razón que tú.
Los gruñidos de Duncan subieron de volumen cuando reparó en la ropa
del vampiro, tan similar a la suya propia.
—¿Por qué estás aquí?
Gedeon se cruzó de brazos.
—Para pagar una vieja deuda.
—¿Qué deuda?
—Eso no es asunto tuyo, cachorrillo.
Duncan apretó la mandíbula e intentó controlarse ajustándose los puños
de la túnica con el ceño fruncido. No quería recordar al patético muchacho
enamorado que una vez estuvo dispuesto a seguir a Gedeon hasta el fin del
mundo. El tiempo había pasado. Aun así, verlo tan guapo como entonces y
flotando a medio metro sobre el terreno cubierto de nieve, mientras sus
propios pies estaban empapados y fríos, no lo hacía sentir precisamente como
el poderoso y respetado alfa de una de las manadas más fuertes que existían
en Europa.
Cerrando por un breve instante sus párpados, Duncan intentó traer a su
mente la dulce y suave voz de su compañera cuando usaba ese toque travieso
con el que le susurraba promesas perversas al oído. Ella, y solo ella, era su
verdadera pareja, la que el destino le había elegido. Por lo general, bastaba el

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recuerdo de su risa para tranquilizarlo, pero esta vez no funcionó. Exasperado,
volvió a mirar a Gedeon.
—Si no es el motivo real, ¿podría su alteza al menos honrarnos y revelar
el objetivo con el que ha venido? —preguntó Duncan sin tratar de reprimir su
tono sarcástico.
—Estoy aquí para hacer de Rey Mago para la ahijada de Samgar. Al
parecer se está muriendo y él quería darle un regalo especial antes de que
ocurra —explicó Gedeon estudiándolo, pero sin dar la menor pista sobre sus
pensamientos o intenciones.
Los ojos de Duncan se redujeron a dos ranuras sombrías. No había
confiado en los motivos ocultos de Samgar antes, pero ahora casi podía
saborear la traición. Como uno de los primeros vampiros, Samgar
representaba a su comunidad en el Consejo de Ancianos. Había intercedido
por Duncan y su manada frente al Consejo, pero suponía que algunas cosas
eran demasiado extrañas para ser buenas y esta probablemente era una de
ellas.
En cuanto a Gedeon… Ya lo había traicionado una vez. No estaba
dispuesto a darle la oportunidad de repetirlo.
—Hemos acabado aquí, vámonos —informó a Adam dándose la vuelta
para marcharse.
—Alfa, deberíamos quedarnos. —Su beta le puso una mano en el brazo.
—No, no debemos. No me fío de él. —Duncan señaló con la barbilla
hacia Gedeon—. Y tampoco confío en Samgar. Acepté pasar por esta ridícula
puesta en escena como un modo de dar las gracias por su intervención ante el
Consejo, pero ahora estamos hablando de algo completamente diferente. No
voy a entrar en una trampa con los ojos cerrados.
—Fue el Consejo de Ancianos quien ordenó que vinieras aquí, no Samgar.
Si no vamos, tu hermana tendrá que pagar por sus actos y dudo mucho que el
próximo castigo sea tan benévolo como este.
«¡Mierda!». Duncan se pasó una mano por el cabello.
—No tenía idea de que te encontraría aquí —aclaró Gedeon tenso—. Pero
tengo que admitir que sospechaba que podía toparme con alguna sorpresa al
venir. Samgar no desperdiciaría la oportunidad de saldar una deuda de alguien
como yo, y este favor no compensa ni mínimamente lo que le debo.
—¿Cómo de grande es ese favor que le debes?
—Samgar me salvó la vida y la de… un ser querido —contestó Gedeon
con cierto titubeo, como si no quisiera revelar demasiado.

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Con las manos en las caderas, Duncan asintió con lentitud. No había nada
más que preguntar, nada más que quisiera averiguar.
—¿Cuál es tu razón para estar aquí, caminante de sombras?
Las palabras del examante de Duncan lo hicieron alzar, alarmado, la
cabeza. Gedeon, sin embargo, permaneció inmóvil, inspeccionando
serenamente la oscuridad que se alzaba entre los grandes robles.
—Libertad. —Una voz profunda y calmada los envolvió y, como si saliera
de la nada, un nativo americano alto emergió con fluidos movimientos felinos
de las sombras.
—¿Eres al que llaman el Guerrero de Moctezuma?
—La pregunta de Gedeon contenía un toque de respeto.
Duncan se tensó aún más. Gedeon rara vez mostraba su respeto
abiertamente a un guerrero desconocido y, mucho menos, a uno con el que no
hubiera luchado antes. Intentó recordar lo que había oído sobre el mítico
inmortal. Era una rara especie, mezcla de caminante de sombras y caminante
de sueños. Por lo que se contaba, de niño había sido capturado por un chamán
y vendido al emperador durante las hambrunas. No solo era un feroz y
poderoso adversario a tener en cuenta en una batalla, sino que también se
decía que seguía un estricto código de honor, una ética que no todos los amos
que el caminante había tenido a lo largo de los siglos habían sabido apreciar.
—Eres un buen observador, vampiro. Pocos consiguen reconocer mis dos
naturalezas con tanta rapidez y relacionarlas para adivinar quién soy —
reconoció el antiguo guerrero, cuya voz tranquila era tan indescifrable como
la expresión de su rostro.
—¿Moctezuma? No estaremos hablando del emperador azteca, ¿verdad?
—Boquiabierto, Adam miró de Gedeon al nativo de una forma que resultaba
casi ridícula, si bien sus piernas ligeramente separadas indicaban que estaba
tan preparado para luchar como Duncan.
—Pensé que eras una leyenda. ¿Por qué nunca he oído hablar de ti como
alguien vivo? —preguntó Duncan tratando de no perderlo de vista mientras
revisaba la arboleda con sus sentidos en busca de más visitas inesperadas.
—¿Death Walker te suena más, cachorro? —preguntó Gedeon con ironía.
—¡Mierda! —exclamó Adam.
—Sí, esa es una forma de expresarlo —murmuró Duncan—. No es nada
personal, Death Walker, pero no es un buen presagio que Samgar haya
reclutado a guerreros experimentados para disfrazarlos de Reyes Magos con
la excusa de que lleven regalos a una niña enferma.

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—Y no a unos guerreros cualquiera tampoco —añadió Gedeon.
—¿Crees que es una trampa? —Duncan ya estaba seguro de que lo era,
pero quería conocer las opiniones de los demás.
En vez de responder, Gedeon miró al caminante de sombras.
—¿Es tu maestro el que te ofrece la libertad o Samgar te compró y luego
hizo la oferta?
La cara oscura no mostró ninguna emoción cuando respondió:
—Samgar pagó por mí. Y sí, él es quién me ha ofrecido la libertad si esta
misión va bien.
—¿Misión? ¿Eso significa que te explicó por qué estamos aquí? —Con
los brazos cruzados, Duncan estudió al caminante de sombras y al enorme
saco de aspecto sospechoso que llevaba consigo.
—Me ordenó que estuviera aquí el dos de enero a las 7:00 p. m., vestido
con la ropa que me envió, nada más.
—¿Y entonces por qué lo llamas misión?
—Porque nadie pagaría tanto por un arma como yo solo para entregarle
regalos a una chica y luego darle la libertad.
—¿Tus órdenes incluyen instrucciones para deshacerte de nosotros? —
preguntó Gedeon con su habitual calma.
Duncan escuchó con atención planteándose el motivo por el que alguien
se definiría a sí mismo como un «arma». El caminante de sombras alzó una
ceja.
—¿Te lo diría si fuera el caso?
—Sí, lo harías. Sabes que me daría cuenta si mientes —replicó Gedeon
con suavidad mientras sus colmillos extendidos brillaban en la oscuridad.
—Tal vez… o tal vez no. —Los labios del caminante de sombras apenas
se movieron—. Sin embargo, la respuesta es no, no tengo órdenes de mataros,
al menos aún no.
—¿Qué hay de ti, Duncan? —preguntó Gedeon.
—A mí no me mencionaron nada relacionado con la violencia. Ni siquiera
me insinuaron quiénes serían mis compañeros durante esta ridícula tarea.
—Mi vida, su libertad y el pellejo de tu hermana a cambio de un favor
insignificante —enumeró Gedeon pensativo—. Demasiado bueno para ser
verdad. Supongo que deberíamos estar preparados para lo que nos espera allí
dentro —dijo echándole un vistazo a la entrada vacía del hospital, donde un
escuálido árbol de Navidad parpadeaba con luces desgastadas.

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—¿Estás insinuando que tendremos que luchar con esta ropa de
monigotes revenidos? —gruñó Duncan contemplando sus pomposas túnicas.
—¿Te sientes vulnerable, cielo? —Gedeon le dirigió una ceja alzada.
—¿Te sientes sexy, cariño? —preguntó Duncan con sequedad cruzando
los brazos sobre el pecho.
—Ya sabes que los vampiros normalmente disfrutamos jugando en ambos
lados de la acera, ¿verdad? —murmuró Gedeon guiñándole seductoramente
un ojo—. Y sí, si quieres saberlo. Usar cuchillos sobre mi piel desnuda
siempre me ha hecho sentir sexy.
Duncan parpadeó estupefacto luchando por no dejar que las imágenes de
la piel blanca de su antiguo amante conquistaran su mente.
—¿Desde cuándo los vampiros como tú hacen bromas?
—Como soy el único vampiro como yo… Supongo que nunca lo
descubrirás —contestó Gedeon antes de dirigirse al caminante de sombras, si
bien a Duncan no se le escapó la expresión de tristeza que había cruzado sus
ojos—. Por cierto, mi nombre es Gedeon, Ged, si vas a luchar a mi lado. El
cachorrillo alfa es Duncan y el otro es su beta, Adam. ¿Cómo te llamas? No
puedo imaginar llamarte Death Walker cada vez que tenga que pedirte que le
patees el culo a alguien.
—Xiucatl.
Gedeon alzó las cejas.
—¿Alguna objeción a que te llame Xiu?
El nativo encogió los hombros.
—No me importa cómo me llames, siempre y cuando cuides la forma en
que lo hagas.

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Capítulo 2

D uncan no era el único que mantenía los labios apretados en una fina
línea mientras esperaban frente al ascensor. Habían detectado fuertes
protecciones mágicas rodeando el edificio y el interior del hospital estaba
atestado de razas mágicas, la mayoría de ellas nocturnas.
Ya había identificado a seis guardias y varios miembros del personal
médico como criaturas de la noche. Eran medidas de seguridad demasiado
exageradas si de lo que se trataba era de proteger a una simple niña.
—Preferiría tomar las escaleras —murmuró entre dientes cuando los
números rojos señalaron que las puertas del ascensor estaban a punto de
abrirse.
—Yo también —coincidió Gedeon—. Tú y Adam tomad la delantera.
Tendréis que cambiar si nos atacan. Xiu y yo formaremos la retaguardia.
Sus instintos de alfa se rebelaron contra las órdenes; sin embargo, no tuvo
más remedio que darle la razón. En caso de confrontación, ver a alguien
acercándose desde el frente les daría el tiempo que necesitaban para
transformarse. Eran buenos luchadores en forma humana, pero en una batalla
desigual sus posibilidades eran muy superiores como lobos. Duncan se dirigió
hacia las escaleras y el resto siguió sin objeción.
Los guardias apostados al lado de la escalera bajaron sus miradas en
cuanto se acercaron. No se apartaron, pero era fácil detectar el ligero tufo a
miedo. No era como si a Duncan le sorprendiera, él y sus acompañantes
debían de dar una imagen imponente. Él medía un metro noventa y dos y,
como le gustaba bromear a su hermana, parecía un armario empotrado. Estaba
acostumbrado a que la gente se quitara de su camino nada más echarle una

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ojeada. Adam tenía casi la misma altura y sus hombros eran aún más anchos
que los suyos.
Xiu y Gedeon no se quedaban atrás. Sus cuerpos eran delgados y atléticos,
con una elegancia natural en sus movimientos; sin embargo, exudaban peligro
por los cuatro costados. Al nativo podían faltarle un par de centímetros para
ser igual de alto que él, pero la oscuridad que lo rodeaba chillaba
«depredador» alto y claro.
En cuanto a Gedeon… Duncan suspiró. Ged era, en una palabra,
alucinante. A pesar de su belleza y de tener un rostro que podía haber sido
esculpido por Miguel Ángel, la gente no necesitaba un segundo vistazo para
reconocer el peligro que derrochaba. Duncan todavía recordaba su primer
encuentro. Ged le había recordado a un ángel vengador. Aun hoy seguía
viéndolo así: como una criatura increíblemente deslumbrante y mortal.
Encontraron un par de guardias en cada nivel, aunque nadie intentó
dirigirse a ellos. Cuando llegaron a la cuarta planta, Gedeon se detuvo.
—Tenemos que salir, cruzar este ala del hospital y tomar las escaleras al
final del pasillo hasta el último piso.
Frunciendo el ceño, Duncan se volvió hacia Ged.
—Que bien preparados venimos, ¿no?
Gedeon encogió los hombros.
—Uno no llega a mi edad si se mete a ciegas en callejones oscuros.
Duncan se encogió por dentro. Debería haber hecho lo mismo y haberse
preparado para esta situación. No hubiera sido demasiado complicado
encontrar los planos del edificio y haberles echado un vistazo rápido.
«Imagino que es cierto eso de que el diablo sabe más por viejo que por diablo.
Aquí estoy, vestido como un jodido Rey Mago, y en vez de actuar con
sabiduría lo hago como un estúpido novato».
—De acuerdo, hagámoslo —decidió Duncan abriendo la puerta para
revisar el pasillo vacío que se extendía ante él.
Una pelota salió botando de una habitación y, con unos segundos de
diferencia, la siguió una chiquilla soltando alegres risitas. Sus tirabuzones
negros bailaban alrededor de su linda carita en forma de corazón. Tan pronto
como la pequeña notó su presencia, sus ojos azules se abrieron de par en par y
giró para desaparecer de forma precipitada en su habitación.
Duncan se inclinó a recoger la reluciente pelotita de goma rosa. Un
músculo en su mandíbula se tensó mientras estudiaba los garabatos infantiles
que la cubrían. No le gustaba la situación. No había pretendido asustar a la

Página 18
niña, pero eso no era lo peor. Si en la planta había niños, podían quedar
expuestos al mismo peligro para el que ellos se estaban preparando. Las
posibilidades de que el hospital se convirtiera en un campo de batalla a lo
largo de la noche eran bastantes.
Demasiadas.
Antes de que pudiera pedirle a los demás que tomaran una ruta alternativa,
la pequeña regresó arrastrando tras de sí a un chico escuálido, dos o tres años
mayor que ella, que llevaba un vendaje que le tapaba parte de su cabeza calva
y tenía enormes círculos púrpuras debajo de sus ojos. Duncan podía oler su
enfermedad, las toxinas que contenía el frágil cuerpo infantil e incluso su
dolor. Inspiró lentamente tratando de controlar el creciente malestar y las
náuseas que comenzaron a dominarlo.
—Lo ves, te dije que estaban aquí —susurró la niña escondiéndose detrás
de la espalda de su amigo, quien los contemplaba boquiabierto.
—¡Son los tres Reyes Magos de los que nos habló Sarah! —murmuró con
asombro el chico—. ¡Es verdad que existen y han venido a vernos!
Cuando Duncan intercambió una mirada con sus compañeros, estos
parecían tan atónitos como él. ¿Cómo había sabido esa tal Sarah que
llegarían?
Duncan se rascó la nuca.
—Eh… ¿quién es… Sarah?
La niña se puso de puntillas y se llevó las manos a la boca para susurrar al
oído del chico.
—Oye, cuando Sarah nos contaba la historia de los Reyes Magos, ¿no
decía que eran hombres sabios? Estos no tienen pinta de serlo. ¿Seguro que
son ellos?
—Creo que no estamos causando muy buena impresión —murmuró
Gedeon divertido.
Duncan luchó por mantener el rostro serio y Adam, a su lado, escudriñó
los azulejos del suelo con exagerado interés.
—¡Shhh! ¡Calla! Claro que lo son. ¿No ves cómo van vestidos? —
murmuró el niño, aunque era obvio que ya no estaba tan convencido como
antes.
—Bueno, chicos, creo que deberíais regresar a vuestra habitación para que
podamos ir a visitar a Sarah —sugirió Gedeon.
—¿Y para nosotros no traéis regalos? —preguntó la niña con un adorable
puchero.

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Xiu pasó al lado de Duncan haciendo que este se pusiera rígido y se
preparara para defender a los críos si el nativo se atrevía siquiera a toser en su
dirección.
—Claro que tenemos, preciosa. ¿Cuál es tu nombre? —Xiu se agachó
haciendo caso omiso de los gruñidos bajos, casi imperceptibles, de Duncan.
—Kim —respondió ella con un dedo en la boca.
—¡Guau! Entonces tengo el regalo perfecto para ti. —Xiu metió la mano
en su enorme saco y sacó una muñeca de trapo con cabello azul rizado—. Su
nombre también es Kim. No creo que sea una casualidad —opinó. Los ojos de
la chiquilla, que ya habían estado abiertos de par en par, se abrieron aún más
—. ¿No crees que esta muñeca debería ser para ti? —La niña asintió,
absolutamente hipnotizada por la hermosa muñeca—. Bueno, en ese caso
supongo que es tuya —dijo sonriente.
Duncan miró estupefacto al hombre que parecía haber usurpado el lugar
del caminante de sombras. La niña asintió de nuevo, pero no se movió hasta
que el chico le dio un delicado empujón.
—¡Cógelo, Kim!
La niña extendió tímidamente sus bracitos para coger la muñeca y la llevó
a su pecho para abrazarla con fuerza mientras una enorme sonrisa de felicidad
se dibujaba en su rostro.
—Bueno, Thomas, creo que ahora te toca a ti —comentó Gedeon con un
guiño.
—¿Sabes mi nombre? —preguntó el chico con la mandíbula desencajada.
—Somos los Reyes Magos, ¿recuerdas? No solo conocemos tu nombre
sino también lo bueno que has sido este año —explicó Xiu.
—Y has sido realmente bueno. Muy pocas personas logran ser tan
valientes como has sido tú protegiendo a tu madre de la verdad, aun cuando
apenas podías con tanto dolor —elogió Gedeon al chico, con ojos ligeramente
enrojecidos y con su rostro más pálido de lo normal. Duncan estudió
preocupado a Ged. Hacía mucho que había descubierto la habilidad del
vampiro para navegar a través de los recuerdos de otras personas y de vivirlos
como si le estuvieran sucediendo a él en tiempo real.
—Veamos si trajimos uno de esos videojuegos… —Gedeon miró a Xiu.
El caminante de sombras asintió—. ¿Tal vez un juego de fútbol? —El brazo
de Xiu desapareció por completo dentro del enorme saco. Cuando finalmente
sacó un delgado paquetito de plástico, lo sostuvo con una sonrisa victoriosa
bajo la nariz del chico.

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—¡Sí! —exclamó el crío arrojándose sobre Xiu para envolverlo con sus
delgados brazos alrededor del cuello.
Como si hubiera entrado en pánico, Xiu miró a Gedeon buscando ayuda.
Antes de que los hombres pudieran reaccionar a la extraña situación, el chico
soltó al caminante y corrió por el pasillo gritando a viva voz para que todo el
mundo lo escuchara:
—¡Los Reyes Magos de Sarah están aquí! ¡Los Reyes de Sarah están
aquí! ¡Y han traído regalos!
El alboroto comenzó de inmediato. Por el rabillo del ojo, Duncan se dio
cuenta de que sus compañeros habían quedado tan petrificados como él
cuando el pasillo comenzó a llenarse de enanos de todas las edades que
saltaban, corrían y gritaban alrededor de ellos. Fue un alivio descubrir que no
era el único que no sabía qué hacer.
Tras los niños aparecieron dos enfermeras y algunas madres, quienes les
dedicaron cálidas sonrisas y alguna que otra inspección más íntima y
provocativa. Una enfermera joven tocó las palmas y dio una voz.
—¡Todo el mundo a sus habitaciones! Los Reyes Magos os visitarán allí.
Quién no esté en su cama no tendrá regalos —amenazó cogiendo a uno de los
críos más pequeños en brazos y a otro, de la mano.
En cuestión de segundos, el pasillo estuvo vacío otra vez, a excepción de
Kim, Thomas y el eco persistente de murmullos excitados.
Kim se acercó a Xiu con una sonrisa radiante, susurró un:
—¡Gracias! —Y, poniéndose de puntillas, se alzó lo suficiente como para
poder darle un beso en la mejilla. Luego, se acercó a Gedeon, a quien tiró de
las mangas hasta que se agachó para recompensarlo con otro beso, y repitió el
proceso con Duncan y Adam. Nadie habló. Cuando los niños llegaron a la
puerta de su habitación, se giraron una última vez—. ¿Podríais guardar el
mejor regalo para Sarah? —preguntó la pequeña Kim con la voz rebosante de
esperanza—. Ella es muy buena con nosotros y realmente necesita algo
especial.
—¿Qué regalo te gustaría para ella? —preguntó Xiu con suavidad.
La chiquilla se lo pensó tamborileando su dedito sobre los labios
fruncidos.
—Alguien que la proteja —decidió finalmente—. Todos tenemos a
nuestras mamás y papás, pero ella está tan sola… —De repente, una enorme
sonrisa cubrió la hermosa carita—. Sarah se alegrará mucho cuando os vea.
Nos ha contado un montón de historias sobre vosotros. Cuando la encontréis,

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decidle que creo que tenía razón. Santa es genial, pero vosotros sois mucho
mejores. —Con una mano formó un medio embudo sobre la boca antes de
susurrar—. Además, él no es tan guapo como vosotros, pero no le digáis a
Santa que he dicho eso. —Alzando otra vez la voz, continuó, emocionada—:
¡Tengo una idea fantástica! ¡Podríais venir el año que viene y traer a Santa
con vosotros! —Con esa propuesta y un sonoro besó en el aire, se despidió
antes de desaparecer en su habitación.
—Yo diría que os va a tocar hacer de Reyes Magos para todos los críos
que hay en la planta, no solo para esa Sarah —dijo Adam secándose un rastro
húmedo sobre la mejilla. Duncan frunció el ceño. ¿Su beta había estado
llorando? Dirigió su mirada a través del largo pasillo, con sus dieciséis
puertas abiertas por las que, de vez en cuando, asomaba una mata de pelo para
recordarles que nadie había olvidado su presencia—. Espero que hayas traído
suficientes juguetes para todos —agregó Adam al dirigirse a Xiu.
El nativo asintió estudiando el pasillo con rostro inexpresivo.
—¿Quién es esa tal Sarah? —preguntó el guerrero.
—No sabría qué decir. Aunque resulte extraño, es casi como si ella no
fuera una persona. Los niños la ven como real, sin embargo, cuando toco sus
mentes, esa figura femenina se siente más como una presencia… como un
fantasma —explicó Gedeon pensativo.
—¿Un fantasma? —Adam miró a Gedeon con ojos muy abiertos.
—Sí. He revisado también la mente de algunos de los otros niños. Todos
la conocen y tienen sentimientos de índole cariñosa hacia ella, pero la
sensación que recibo es siempre la misma: etérea…, como si no tuviera forma
física.
Adam se estremeció de forma visible ante las palabras del vampiro.
Duncan pudo entenderlo a la perfección. ¿Quién querría que un fantasma le
hablara y le hiciera compañía? Puede que incluso fuera alguien que hubiera
muerto en el hospital. ¿Cómo de espeluznante era eso?
—Hay algo más. —Gedeon pareció vacilar—. Todos ellos, sin excepción,
asumen que Sarah está en la última planta.

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Capítulo 3

L as alegres risas infantiles que resonaban detrás de Duncan lo hacían


sentir bien y tenso al mismo tiempo. Ged y Xiu se encontraban en la
habitación con un par de niños entregándoles sus regalos. Adam montaba
guardia junto a él en la puerta para vigilar el pasillo por si surgía alguna señal
de peligro.
No le habría importado estar dentro con los otros, pero le preocupaba
demasiado que algo pudiera sucederles a los críos a causa de una negligencia
por su parte.
Como Xiu era el que había traído los regalos y Ged quien tenía las
habilidades para leer los deseos más profundos, había sido fácil decidir quién
debería hacer guardia mientras les daban una alegría a los pequeños diablillos.
Si bien la seguridad de los niños no era su única preocupación.
Por un momento, se tomó el lujo de cerrar los párpados y recordar la
conversación que tuvo hacía apenas unos minutos con su evasiva compañera.
«Duncan? ¿Va todo bien?», le había preguntado la dulce voz mientras una
sensación calmada y cálida lo abrazaba desde dentro.
«¡Hola, cielo!», la había saludado sorprendido.
A menudo hablaban telepáticamente, pero por lo general ella solo se hacía
presente en sus sueños. Por desgracia para Duncan, era ella la que controlaba
cuándo y cómo lo contactaba. No podía hacer nada al respecto. Era una calle
de sentido único en la que ella tenía todo el poder; sin embargo, no podía
quejarse. Ahora sabía que existía y eso ya era un enorme paso. En
condiciones normales, las compañeras de los hombres lobo solo adquirían la
capacidad telepática con ellos cuando el emparejamiento se había consumado
de forma física o, en su caso, como alfa, si ya formaban parte de su manada.

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La parte negativa de la situación era que aún no la conocía en la vida real.
Por no saber no sabía ni su nombre. Habían estado jugando al gato y al ratón
desde que apareció en sus sueños hacía tres meses. Duncan hizo todo lo
posible por convencerla de que le diera su nombre y los medios para
localizarla, pero ella flirteaba y reía y nunca le daba una respuesta clara.
Realmente quería… No. ¡Necesitaba encontrarla!, para reclamarla como su
compañera. Aunque tampoco podía negar que estuviera disfrutando cada
segundo de ese largo y extraño noviazgo.
En raras ocasiones, cuando ella había presentido que él se encontraba
angustiado, se había esforzado por hablar con él durante su vigilia. Hacerlo
parecía costarle un enorme precio, considerando que esos contactos
generalmente eran cortos y que su voz parecía debilitarse más y más a cada
instante que pasaba. Tal vez si él fuera un telépata, como lo eran algunos
vampiros como Gedeon, hubiera sido más fácil, pero ese no era su caso.
«¿Estás en peligro?».
Duncan echó una ojeada a su alrededor revisando el pasillo con sus
sentidos.
«No». No en ese momento al menos. No podía mentirle, pero podía
decidir qué contarle.
«Entonces, ¿qué te tiene tan inquieto?».
Duncan titubeó.
«Estoy en un hospital —admitió al fin sintiendo cómo ella se tensaba—.
¡No! ¡No te preocupes! ¡Estoy bien! —Trató de calmarla tan pronto como se
dio cuenta de cómo había sonado lo que había dicho sobre su ubicación—. Es
solo que hay demasiados críos… y algunos de ellos están tan llenos de
dolor…». Bueno, al menos eso era una parte considerable de la verdad, se
justificó Duncan para no sentirse culpable.
«¿En un hospital con niños? —preguntó ella sonando alarmada—. ¿Qué
estás haciendo ahí?».
«Mi hermana es famosa por sus meteduras de pata y la última fue
realmente gorda. —Duncan rodó sus hombros tratando de relajarlos—. Estoy
haciendo un poco de… servicio comunitario para compensarlo».
«Especifica servicio comunitario», le pidió ella con cierta aspereza en su
tono.
«Nada importante, en serio», respondió Duncan guardándose de dar
demasiada información. A pesar de que fuera su compañera y la mujer con la
que quería pasar el resto de su vida, no significaba que ella fuera a entenderlo

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o que no se asustase de la realidad. Hasta el presente, ninguno de ellos sabía
demasiado sobre el otro. Duncan no tenía intención de arriesgarse a que ella
escapara de su alcance antes de que tuviera siquiera una pista de cómo
encontrarla.
Que ella pudiera contactarlo telepáticamente no significaba demasiado.
Existían muchos humanos con algún tipo de don o habilidad especial, lo cual
no implicaba que estuvieran al tanto de la existencia de las criaturas de la
noche. No creía que fuera una buena idea revelarle que él era una de esas
extrañas y peligrosas criaturas. Al menos por el momento.
«Solo estoy haciéndome pasar por un Rey Mago para los niños».
«¿Rey Mago? ¿Uno de los que traen regalos el día cinco o seis de enero?
Esa es una tradición española. ¿Desde cuándo se celebra en países de cultura
nórdica?», preguntó ella despacio.
«La ahijada de… del hombre que nos pidió que hiciéramos esto… eh…
parece ser española», explicó Duncan. Ella guardó silencio por largo rato.
«¿Cielo?», preguntó Duncan cuando su conexión pareció haberse roto.
«¿Quiénes son los otros?». La voz de ella se había convertido en un
susurro cauteloso.
«Está Gedeon…». Duncan se esforzó por aparentar indiferencia. No
estaba preparado para hablarle sobre su relación con el vampiro, aunque sabía
que tarde o temprano tendría que hacerlo. Una vez que se hubieran apareado y
creado el vínculo, ella terminaría por descubrirlo todo sobre Gedeon, era
inevitable y formaba parte del emparejamiento que unía a un hombre lobo con
su compañera. Lo único que Duncan podía hacer al respecto era rezar por que
ella lo entendiera y lo perdonara. Los humanos no eran tan abiertos de mente
como solían ser las criaturas nocturnas, e incluso cuando lo eran, podía llegar
a ser difícil de comprender hasta qué punto había amado a Gedeon cuando era
a ella a la que necesitaba para completarlo.
«Y Xiu».
Ella no respondió. ¿Se habría dado cuenta de los detalles que estaba
evitando contarle? Ella siempre había sido capaz de percibir sus emociones. A
pesar de su intento por ocultarle sus sentimientos contradictorios con respecto
a la presencia de Gedeon, eran muy fuertes y ella, una persona
extremadamente sensible.
«Cariño, ¿sigues ahí?», indagó Duncan inseguro.
«¡Tienes que irte ahora mismo de ese sitio! ¡Vete a casa, Duncan!».

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«Cielo, no puedo. No pasa nada, de verdad. Si no fuera porque son críos
enfermos y que sufren, estaría disfrutando de esta experiencia. De verdad»,
intentó asegurarle Duncan.
Ella suspiró cansada, como si se rindiera.
«Tengo que irme. —La voz femenina sonaba agotada y distante—.
¿Duncan?».
«¿Sí, cariño?». De repente se dio cuenta de que el único medio para
calmar la preocupación que sentía por ella era encontrándola y pronto.
«Te amo».
Tan pronto como soltó la bomba, Duncan sintió el vacío que anunciaba
que se había roto su comunicación y que ella se había ido.
¿Cómo podía soltarle que lo amaba, así sin más, y luego largarse? Jamás
le había dicho lo que sentía por él. Duncan se pasó la mano por el cabello.
Quizás, siendo sincero, que se marchara había sido lo mejor. No estaba seguro
de cuál habría sido su respuesta. La necesitaba, quería protegerla, le
encantaba cómo lo hacía sentir, pero… ¿realmente la amaba o era únicamente
su compatibilidad lo que la unía a ella?
Una palmadita en el hombro lo trajo de regreso a la realidad.
—¿Estás bien? —preguntó Adam estudiándolo con expresión preocupada.
Duncan asintió. No, no se encontraba bien. Presentía que algo iba mal con
su compañera. No había sido la mujer sonriente y feliz a la que estaba
acostumbrado. Había sonado abatida, incluso temerosa. Duncan inspiró
profundamente antes de soltar un suspiro. El característico olor dulce, a flores
de cerezo, aún lo envolvía. Sacudió la cabeza. ¿Cómo era posible oler a
alguien que nunca había estado allí?
Era habitual que pudiera olerla y saborearla cuando se besaban. Pero esta
vez había habido algo diferente, algo más intenso y nítido. A pesar de su
presencia débil y distante, Duncan la había sentido más cerca que nunca.
Necesitaba encontrarla, reclamarla y protegerla. Tan pronto como esa maldita
aventura sin sentido acabara, la buscaría. ¡Nada ni nadie lo detendría esta vez!
—Hemos terminado. Eran los últimos. —Gedeon apareció al lado de
Duncan con expresión indescifrable.
—Está bien, sigamos entonces —dijo Duncan poniéndose en marcha—.
Cuanto antes encontremos a la ahijada de Samgar, antes podremos irnos a
casa.
Avanzó hacia las escaleras, ansioso por llegar a la última planta. Ya no le
importaba si lo que le esperaba allí era una batalla. Fuera lo que fuese, quería

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que terminara. Tenía a una compañera a la que encontrar.

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Capítulo 4

D e pie, frente a la puerta cerrada, Duncan ignoró a los dos guardias


apostados a cada lado y se concentró.
—¿Qué detectáis vosotros? Los olores químicos en la habitación son muy
fuertes y hacen que sea difícil estar seguro de lo que percibo —confesó, si
bien no mencionó que todavía tenía el aroma de su pareja impregnando su
mente—. Puedo distinguir a una anciana, a Samgar y algo más… algo
dulce… familiar… Pero no es una niña como nos dijeron… es… No estoy
seguro —admitió rascándose la nuca.
—Sí, concuerdo con lo que dices. Hay alguien más en la habitación, pero
se siente como si él o ella estuviera… ausente mentalmente. Puedo sentir las
emociones de la anciana, las controladas de Samgar, pero nada con respecto a
la otra persona. ¿Y tú? —Gedeon miró al caminante de sombras.
—Dos personas despiertas, otra que no está ni despierta ni soñando. Si
tuviera que hacer conjeturas diría que hay un hombre y dos mujeres —dijo
Xiu con los ojos vidriosos fijos sobre la puerta, como si pudiera ver a través
de ella.
—No detecto ningún peligro. ¿Vosotros? —preguntó Duncan intrigado
por la intensidad con la que el olor de su pareja todavía lo rodeaba. ¿Seguía
con él? ¿Escondida entre sus pensamientos, quizás? Buscó la menor huella de
su presencia dentro de sí mismo, para aislarla o echarla en caso de peligro,
pero no encontró nada.
—No, si bien la señora mayor y Samgar son conscientes de nuestra
presencia —advirtió Gedeon frunciendo el ceño.
—Está bien, veamos de qué se trata todo esto. De todos modos, la única
opción es seguir adelante, la salida parece haberse complicado un poco —

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masculló Duncan echando un vistazo sobre su hombro a los seis pares de
centinelas vampiros que habían formado una línea recta, cerrando el corredor
una vez que lo habían pasado.
Con una profunda inspiración entró en la habitación. Los otros lo
siguieron cerrando la puerta tras ellos. Un rápido escaneo del área le mostró
que había un ambiente agradable considerando que estaban en un hospital
propiedad de un vampiro. Tuvo la impresión de que la habitación había sido
decorada con amor y que pertenecía a alguien que ya había estado allí mucho
tiempo. La figura en la cama, sin embargo, ya no era una niña.
Varias piezas del equipo del hospital estaban conectadas a su cuerpo
quieto y frágil, y una máscara de oxígeno ocultaba parcialmente su rostro
impidiéndole adivinar su edad, aunque sospechaba que debía ser joven. Como
parecía estar inconsciente, Duncan prefirió mantener su atención en el
depredador más peligroso de la habitación: Samgar.
El viejo vampiro, que no aparentaba tener un año más de veinticinco,
estaba sentado en un sillón y parecía estar esperando pacientemente a que
ellos terminaran de revisar la habitación.
—El peligro no está aquí. Al menos no por ahora —informó Samgar con
serenidad.
—Entonces hay un peligro —confirmó Duncan con sarcasmo.
La inquietud le dominó cuando notó cómo Gedeon y Xiu parecían estar
extrañamente absortos contemplando a la chica enferma.
—Tal vez.
—¿Tal vez? ¿Qué clase de respuesta es esa? —preguntó Duncan
arriesgando una mirada preocupada al pálido rostro de Gedeon.
—No puedo estar seguro hasta que terminéis el trabajo que habéis venido
a hacer.
—¿Y no pudiste informarnos sobre los detalles de este trabajo antes de
disfrazarnos como monigotes afeminados? —Duncan le dirigió a Samgar una
mirada indignada.
—Para tu información, las túnicas que lleváis fueron una vez mis favoritas
y nunca me he considerado ni un monigote ni afeminado —le comunicó
Samgar con una ceja arqueada—. Sin contar que si estás vestido así es porque
te dije tu tarea, o al menos parte de ella.
—Lo único que nos contaste fue que nos disfrazáramos para hacer de
Reyes Magos para una niña, algo que obviamente era mentira —lo acusó
Duncan echando una ojeada a la figura inerte en la cama.

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—¿Consideras prudente culpar a un antiguo como yo de algo tan trivial como
mentir? —El hielo en las pupilas de Samgar se hizo evidente—. Estás aquí
exactamente por la razón que se te dijo. Por ella. —Señaló la cama—. Sarah
es mi ahijada.
—No me parece que sea una niña.
—No, supongo que ya no lo es, ¿verdad?
—Entonces, ¿por qué nos hiciste creer que era así?
—Bueno, a veces las personas tienen diferentes puntos de vista. Cuando
se es tan viejo como yo, una chica como Sarah, que apenas tiene veinticuatro
años, no es más que una niña. Cuando alguien como yo te llama jovenzuelo,
generalmente no lo decimos como un insulto, sino como una mera
descripción de cómo te percibimos. Desde mi punto de vista, eres bastante
joven y Sarah, ya sea por la edad o por el cariño que le tengo, siempre será mi
niña.
—De acuerdo, entonces, ¿la razón por la que nos hiciste vestir así es…?
—Duncan bajó una mirada sombría a su costoso atuendo de brocado, sin estar
muy seguro de que existieran adjetivos diferentes a «pomposo» y
«afeminado» para describirlos.
—La madre de Sarah era española. Como ya has descubierto, las
tradiciones navideñas en España son diferentes a las anglosajonas. Más que tu
Santa Claus o Nochebuena, allí celebran la Epifanía, llamada popularmente
«el día de los Reyes Magos». Es una fiesta importante allí, y también el día en
el que los niños reciben sus regalos. Los Reyes Magos viajan en camellos
durante la noche trayendo regalos a los niños, de la misma forma en que una
vez llevaron los regalos al niño Jesús. —La tristeza en las facciones de
Samgar mientras contemplaba a la chica en la cama resultaba obvia—.
Siempre he celebrado el día de Reyes con Sarah. Ni una sola vez le he fallado
a mi niña en todos estos años.
—Pero… ¿no está en coma? —preguntó Duncan contemplando a la frágil
joven.
Parecía extremadamente delgada. Su cabello negro, apagado, estaba
pegado a un rostro pálido de tonos casi grisáceos, acentuado por enormes
círculos oscuros bajo los ojos y los agudos ángulos de sus pómulos. Si no
hubiera sido por la respiración débil, casi imperceptible, habría sido fácil
confundirla con un cadáver. El lobo de Duncan gimió ante la idea.

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—Aún no está muerta, pero le queda poco —murmuró la anciana, que
hasta ahora no había intervenido. En una tierna caricia, pasó sus largos y
arrugados dedos por la mejilla hundida de la chica.
Duncan le lanzó una mirada desconfiada. ¿Le había hecho ese comentario
por casualidad o le estaba leyendo la mente?
—Nos está leyendo a todos. Es una vidente con habilidades telepáticas —
aclaró Gedeon.
Duncan le dirigió una mirada amenazante a Gedeon. Odiaba que le
leyeran la mente y él lo sabía. El vampiro se encogió de hombros.
—No estoy en tu cabeza —explicó Gedeon—. Al menos no de forma
directa. La estoy leyendo a ella y, a través de ella, estoy al tanto de lo que
estás pensando.
Duncan gruñó, pero no era el momento de pelearse por una nimiedad.
—¿Qué le pasó? —Duncan señaló con la barbilla la cama, pero dirigió su
pregunta a Samgar.
—Atacaron a su familia. Su madre era una poderosa hechicera, pero los
que la atacaron eran más fuertes que ella. Violaron, torturaron y mataron a su
madre. —El tono quebrado del vampiro traicionó la expresión fría de su
rostro.
—¿Y a ella? ¿Qué le hicieron a ella? —susurró Xiu como si no quisiera
que ella lo escuchara, mientras permanecía de pie al lado de la cama y no
apartaba los ojos de su rostro.
—Jamás conseguí averiguarlo. Existía un lazo de sangre con Carmen, su
madre, que me permitió compartir su miedo, su dolor… —Samgar sacudió la
cabeza como si quisiera sacar los recuerdos de su mente—. Sin embargo, para
cuando conseguí llegar a su casa, Carmen ya estaba muerta. —Se quedó en
silencio dejando caer la cabeza hacia atrás para mirar al techo. Después de
varios segundos, comenzó a hablar de nuevo—. Toda la habitación estaba
salpicada de sangre, vísceras y cuerpos despedazados. Todos y cada uno de
los atacantes se encontraban muertos. Los demonios, los hechiceros… Todos
excepto Sarah. Solo ella y el remanente de algún extraño y malvado poder
sobrevivieron. Encontré a Sarah así, bañada en sangre, pero viva, inmersa en
ese extraño estado. No conseguí descubrir lo que realmente sucedió. Jamás ha
querido hablar sobre ello. Ocurrió cuando tenía apenas catorce años. Hoy
tiene veinticuatro y se está muriendo.
—¿Por qué se está muriendo? ¿Por qué no has tratado de convertirla?
Tiene edad más que suficiente para hacerlo. —La indignada demanda de

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Gedeon y su repentina actitud agresiva hacia el otro vampiro tomaron a
Duncan por sorpresa.
«¿Qué cojones le está pasando? ¿Pretende entablar una batalla con
Samgar?».
—No es su cuerpo el que la está matando. Es ella. Desde ese terrible día,
ha vivido en un mundo de sueños y se niega obstinadamente a regresar con
nosotros —explicó Samgar.
—¿Puedes hablar con ella? —preguntó Duncan intrigado.
—Sí y no. Ella decide si quiere hablar con alguien y cuándo, y también la
que controla a quién admite en su mundo.
—Pero… —Duncan miró con el ceño fruncido la cama. Nada de lo que le
estaba contando tenía sentido.
—Es una caminante de sueños, una muy poderosa de hecho —explicó Xiu
—. Muy pocos son capaces de crear un mundo paralelo y vivir allí como ella
ha hecho. El sitio en el que habita, más que un mundo de sueños… es como
otra dimensión. —La admiración estaba escrita en el rostro oscuro de Xiu—.
Sin embargo, eso no es lo que la está debilitando… —acabó dirigiendo una
mirada acusadora a Samgar.
—No, tienes razón. El mal que sentí aquel día… De alguna manera lo
capturó en sus sueños y está usando su poder para mantenerlo atado a su
mundo. Esa es la razón por la que no regresa; teme que, si regresa, eso… esa
cosa volverá con ella.
—¿Por qué no le explicas que una vez que esté aquí, puedes protegerla y
destruir lo que sea que la esté amenazando? —preguntó Duncan confundido.
—Porque ella no está preocupada por sí misma y, porque a estas alturas,
ambos sabemos que no soy lo suficientemente poderoso como para destruirlo.
—¿Qué? —Duncan y Gedeon jadearon al unísono.
—Por supuesto que he intentado enfrentarme a ese ser, y más de una vez,
pero no consigo usar mis poderes en su dimensión e incluso si pudiera, no
serían suficientes. Esa entidad, sea lo que sea… no es de nuestro mundo, y me
temo que Sarah tiene razón, no podemos permitir que regrese aquí.
—¿Pretendes dejarla morir para que esa cosa, o como lo llames, muera
con ella? —gritó Gedeon furioso.
—No. —Samgar le mantuvo la mirada con firmeza—. Sospecho que el
único vínculo entre la entidad y esa dimensión es la propia Sarah. Una vez
que ella muera, su mundo no tendrá la capacidad de retener el mal y regresará
al nuestro a causar estragos.

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—¿Y, entonces, que quieres exactamente de nosotros? —preguntó Duncan
buscando un objetivo claro entre tanta confusión.
—Quiero que vayáis a su mundo para destruir a esa cosa y salvar a Sarah.
—¿Qué te hace creer que vamos a tener éxito dónde tú has fallado? Mi
fuerza es más o menos equiparable a la tuya, ambos lo sabemos. En una pelea
limpia, no estoy seguro de cuál de nosotros saldría ganador —declaró Gedeon
con sinceridad, aunque, más que negarse, parecía querer entender las
intenciones de Samgar.
Samgar asintió.
—En primer lugar, porque sois tres de los luchadores más experimentados
y letales que he conocido. Segundo, porque os acompaña Xiucatl quien, con
suerte, podrá llevar sus habilidades al mundo de Sarah y ayudaros con las
vuestras. Tiene la habilidad de estar en ambos lugares al mismo tiempo y de
comunicarse entre ambos mundos; nosotros únicamente podemos entrar en el
mundo de Sarah mientras nuestro cuerpo duerme aquí. La tercera ventaja es
que Duncan no se ve afectado por la luz solar, al contrario que tú y Xiucatl, lo
que significa que él puede protegeros a todos, incluida Sarah, durante el día.
—Samgar continuó respondiendo a la pregunta de Duncan incluso antes de
que pudiera formularla—. El mundo de Sarah tiene sus propios estándares y
normas, no obstante, las reglas para las criaturas de la noche son por lo
general las mismas que aquí. De modo que, si sois sensibles a la luz solar
aquí, también lo seréis allí.
—Chica inteligente —murmuró Duncan ganándose una mirada
recriminatoria de Gedeon—. ¿Qué? ¿Acaso no es cierto? Es una medida de
seguridad para ella. En el caso de que criaturas de la noche intentaran atacarla
en su mundo, tendría herramientas y conocimientos básicos para defenderse.
Debes admitir que, para una joven que ha vivido la mayor parte de su vida
aislada como ella, esa ha sido una estrategia defensiva muy inteligente —
respondió sosteniéndole la mirada a Ged.
—Tiene razón. No la subestiméis. No solo es muy inteligente, sino
también extremadamente responsable con respecto a su mundo. Las reglas se
aplican a todos, incluso si no te conoce y no sabe nada sobre ti, lo que ya en sí
mismo es difícil desde el mismo momento que pisas su dimensión —advirtió
Samgar—. Tendréis que poner barreras para evitar que lea vuestras mentes.
—¿Qué pasa si no conseguimos destruir a esa entidad malvada? —
preguntó Duncan estudiándolo con párpados entrecerrados. Había algo que
seguía sin cuadrarle, algo que Samgar no les estaba contando.

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—De un modo u otro, tenéis que convencer a Sarah para que regrese con
vosotros. Su vida depende de ello. Si no sois capaces de destruir esa cosa,
veremos qué hacer una vez que Sarah esté aquí, escondida y segura. El
Consejo de Ancianos está informado y dispuesto a poner todos los medios a
su alcance para parar a esa entidad maléfica si se diera el caso.
—¿Qué te hace pensar que Sarah vaya a estar dispuesta a acompañarnos
de regreso? Eres como un familiar para ella y aun así no has podido
convencerla para traerla contigo —señaló Duncan.
—Tú lo has dicho, soy como un tío para ella, pero vosotros no. Y en eso
precisamente se encuentra la clave. Sois tres hombres atractivos y
experimentados, mientras que ella es una joven que ha sido privada de
compañía masculina durante toda su vida. Usadlo a vuestro favor.
—¿Qué? —Las rodillas de Duncan cedieron bajo él. Sacudiendo la
cabeza, intentó aclarar sus pensamientos y echó un vistazo a Xiu y Adam,
quienes parecían tan atónitos como Duncan. Gedeon, por su parte, parecía ser
el único al que no le había afectado la sugerencia del otro vampiro.
«¡Tiene que estar bromeando! No puede estar proponiéndonos en serio lo
que creo que ha dicho».
—¿Quieres que la seduzcamos? —preguntó Gedeon cruzando los brazos
sobre su pecho.
—Creo que ha quedado claro —contestó Samgar con frialdad.
—¿Los tres? —Duncan miró boquiabierto al vampiro.
—Haced lo que tengáis que hacer con tal de traerla de regreso. La quiero
de vuelta sana y salva, y eso es lo único que me importa.
Duncan estuvo a punto de protestar. Actuar como un semental no entraba
ni en su contrato ni en sus planes, pero tampoco quería revelarles que ya tenía
pareja, al menos, no antes de que tuviera la oportunidad de rastrearla y
reclamarla como suya.
—Eso sigue sin explicar los motivos para vestirnos como tus muñecas
personales —protestó Duncan en voz alta.
El vampiro arqueó una ceja.
—Esa es la excusa para que os deje entrar en su mundo y no sospeche de
vosotros. Sarah adora la Navidad y todo lo relacionado con ella. Está
acostumbrada a mis excentricidades y no pondrá pegas cuando le cuente que
quiero darle una sorpresa especial.
—¿Y no podríamos habernos vestido como Santa Claus? Ese al menos
usa pantalones —murmuró Duncan con ironía.

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Gedeon frunció el ceño.
—Eso todavía deja el hecho de que hoy es el dos de enero. La celebración
de los Reyes Magos es el día de Epifanía, el seis de enero. ¿Por qué estamos
haciendo esto antes de la fecha clave?
La mirada de Samgar se cruzó con la de la anciana. Fue ella quien
respondió a la pregunta de Gedeon mientras una solitaria lágrima rodó por su
arrugada mejilla.
—Si no lográis vuestra misión y recuperáis a nuestra niña… su corazón…
El seis de enero dejará de latir —terminó la anciana con un sollozo.

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Capítulo 5

— C ontad conmigo —declaró Gedeon con rostro inexpresivo.


Duncan estudió a Ged con los párpados entrecerrados. Algo iba
mal. No sabía qué era, pero lo conocía lo suficiente como para saber que
estaba ocultando algo.
Xiu también asintió. Duncan encogió los hombros dejando escapar un
profundo suspiro. No le apetecía ir, pero le tocaba salvarle el pellejo a su
hermana, y tampoco iba a arriesgar que esa cosa maligna viniera a este mundo
cuando ahora tenía a una compañera a la que proteger.
—¿Como lo haremos? —preguntó.
—Yo me adelantaré para preparar a Sarah y convencerla para que os deje
entrar en su mundo. Debéis estar en contacto físico con ella. Una vez que
lleguéis allí, Xiucatl se encargará de invocar los camellos, o lo que sea que
haga con tal de que haya camellos —instruyó Samgar. Xiu alzó una ceja, pero
no dijo nada—. Aquí están los regalos. Nunca he conseguido arreglármelas
para transportar cosas, al menos no mis armas. Solo a veces he conseguido
pasar algunos objetos personales con éxito. Siempre ha sido un problema
hacerle regalos. —Samgar acabó su explicación apretando los labios en una
fina línea.
—¿Qué pasa con nuestra seguridad aquí? —preguntó Duncan sin estar
seguro de que le gustara todo ese tema del viaje en sueños, y mucho menos el
hecho de tener que dejar atrás una parte de sí mismo. No es que no disfrutara
de nuevas experiencias, pero había lugares más que de sobra en la Tierra que
aún no había visitado, como para aventurarse a lo desconocido sin más.
—La planta entera está asegurada por los guardias del Consejo. Tu beta
puede permanecer aquí en la habitación como una medida de seguridad

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adicional. Si algo sucede, Xiucatl os avisará y guiará de regreso de forma
inmediata. —Samgar miró al caminante de sombras, que asintió, antes de
girarse hacia Gedeon—. Las persianas cubren las ventanas de forma
hermética en caso de que no puedas regresar antes del amanecer, y tendremos
donantes de sangre preparados para cuando los necesites. Me temo que la
transición de un mundo a otro pasa factura.
—De acuerdo. Hagámoslo —respondió Gedeon.
Samgar se sentó en el sillón junto a la cama y tomó con delicadeza la
mano de Sarah. Se reclinó hacia atrás y en cuestión de segundos, sus
facciones se relajaron y dejó de respirar de la manera en que lo hacen los
vampiros cuando duermen. Duncan intercambió una mirada tensa con Xiu y
Gedeon, mientras Adam ocupó una posición vigilante delante de la puerta.
—Supongo que es mejor ponerse cómodo —propuso Gedeon entre
dientes apretados.
Se acostó junto a la chica y la abrazó con cuidado, evitando mover la vía
conectada a su muñeca. Enterrando la nariz en el largo cabello femenino,
cerró los ojos e inhaló con una extraña expresión de placer.
Xiu observó a Gedeon con el ceño fruncido. Por unos segundos, Duncan
esperó que el caminante de sombras protestara o incluso atacara, pero al final
se sentó a los pies de la cama con las rodillas dobladas en una típica pose
india, tomando los delicados pies de la chica con cuidado, como si temiera
lastimarla, para posarlos sobre sus fuertes muslos.
Una extraña inquietud recorrió la columna vertebral de Duncan, aunque
realmente no supo si era porque los enormes guerreros estaban tan cerca de la
chica, que se veía tan pequeña y frágil en la cama, o porque Gedeon la
abrazaba como si fuera el ser más precioso sobre la faz de la Tierra. Lo único
de lo que Duncan estaba seguro era que a su lobo tampoco le gustaba que esos
hombres la tocasen. Desde que habían entrado en la habitación, el lobo había
estado inquieto, preparado para abalanzarse y saltar con la más mínima
provocación; en aquel momento lo sentía tan alterado que temía que pudiera
intentar escaparse de su control en cualquier momento.
Tomando una profunda inspiración, Duncan se sentó al lado de Samgar.
«Tenía que ser mi suerte que el único asiento que quedara libre fuera junto a
un vampiro que acaba de admitir que va a volver sediento de sangre de esta
pequeña aventura».
—Samgar no te hará ningún daño. Eres demasiado relevante para el
bienestar de Sarah —aseguró la anciana. Sus palabras lo sobresaltaron.

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¿Cómo había podido olvidar que ella lo estaba leyendo? La mujer alzó la
manta para exponer la huesuda rodilla de la chica—. Ahora aligérate, pon tu
mano en su pierna. ¡Tienes que irte!
El instante en que Duncan tocó la suave piel, el reconocimiento lo golpeó
como un rayo. «¡Compañera! ¡Mía!».
Su mundo se volvió negro cuando fue absorbido por un torbellino denso
que lo tragó vaciándole los pulmones. Jadeó en busca de oxígeno. Sin éxito.
No existía más que un oscuro vacío sin aire. No pudo respirar, ni tragar ni
siquiera chillar. El pánico amenazó por consumirlo, pero tan rápido como
había empezado, terminó.
Duncan aterrizó sentado sobre algo duro. Un algo que comenzó a moverse
y saltar antes de que tuviera la oportunidad de descubrir qué era o dónde
estaba.
«¡Awww, mierda! ¡Es un camello! ¡Nadie dijo que tenía que montar un
camello! Los lobos no montan, ¡cazan!». Trató de alcanzar la brida al mismo
tiempo que los árboles a su alrededor se convertían en manchones borrosos y
que la bestia daba un nuevo brinco.
En algún lugar de la periferia de su mente, percibió los gritos y alaridos
procedentes de los otros camellos, que parecían tan asustados como el suyo,
pero estaba demasiado ocupado luchando por no caerse de la silla de montar
como para prestarles demasiada atención a sus camaradas.
Antes de que Duncan pudiera asimilar su suerte, se encontró volando por
el aire y aterrizó sobre su trasero en el duro y rocoso suelo.
«¡La madre que me parió! Joder, ¡cómo duele!». Se dejó caer hacia atrás,
tratando de recuperar el aire en sus pulmones mientras oía el sonido de cascos
desapareciendo en la distancia. En algún lugar cercano, Gedeon masculló algo
incoherente sobre vampiros, lobos y depredadores, aunque no parecía tan
hecho polvo como Duncan.
—¡Habéis asustado a las pobres criaturas! —les recriminó una voz
femenina alterada.
«¿Pobres criaturas?». Apoyándose sobre sus codos, Duncan frunció el
ceño y alzó la cabeza. Se paralizó al encontrarse con una belleza de aspecto
casi angelical a unos metros de él sujetando una farola cuya extraña luz
blanquecina iluminaba casi todo el claro. El ángel mantenía la vista fija en la
dirección en la que habían desaparecido las bestias, y de donde aún resonaban
gritos ansiosos. Estaba preciosa con los tentadores labios abiertos por la
incredulidad, los rizos oscuros que le caían en sedosas ondas hasta las caderas

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y sus ojos, de un profundo color violeta, que destacaban contra su piel color
canela al igual que lo hacían las estrellas en el firmamento. Costaba trabajo
creer que esa fuera la misma mujer que yacía en el hospital a punto de morir.
Todos los pensamientos sobre su trasero lastimado quedaron relegados al
olvido cuando Duncan fue consciente de que estaba contemplando a su
compañera, a la mujer que compartiría con él el resto de su vida. Una
sensación cálida y vibrante se extendió por su cuerpo, sus músculos se
tensaron con anticipación y su lobo aulló, queriendo tomar el control para
reclamarla de inmediato.
Pasando boquiabierta la mirada de él a Gedeon, que parecía tan
estupefacto como Duncan, el ángel terminó dirigiéndose a Samgar.
—Tengo una duda, tío. Siempre me contabas que los Reyes Magos eran
considerados hombres sabios en la antigüedad. ¿Estás seguro de que eso era
cierto?
La línea en el entrecejo de Duncan se profundizó más de lo que ya estaba.
La pregunta sonaba insultantemente familiar a la que había escuchado no
hacía mucho al pequeño diablillo femenino en el hospital. De boca de aquella
cría había sido gracioso, ahora, viniendo de los labios de su mujer, ya no
tanto.
En lugar de apresurarse y arrojarse extasiada sobre él para abrazarlo y
darle una lluvia de besos, ella actuaba como si no lo reconociera y, para
rematar, acababa de cuestionar su inteligencia frente a los demás.
Samgar se rascó la barbilla.
—Bueno, nunca los conocí personalmente. No estoy seguro de la parte de
sabios, pero ese al menos parece ser un hombre —murmuró dirigiendo un
vistazo ceñudo a la entrepierna de Duncan.
Cuando todos siguieron la mirada del vampiro, Duncan, confundido,
también acabó por hacerlo. Tardó en reaccionar cuando se dio cuenta de que
las suntuosas túnicas estaban arremolinadas alrededor de sus caderas y que
una parte muy orgullosa y feliz de su anatomía daba la impresión de estar
saludándolos a todos.
Las pupilas de su mujer se dilataron y un ligero tono rosado tiñó sus
mejillas. Sin embargo, pareció recuperar la compostura con rapidez,
adoptando una expresión divertida.
—¡Tío! —exclamó Sarah dándole un codazo a Samgar.
—Cubre tus joyas de la corona, cachorrillo. Creo que ya le has dado su
primera gran impresión sobre ti —le indicó Gedeon con sequedad.

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«¡Está reprimiendo su risa! ¡Ella está reprimiendo su risa!». Sintiéndose
insultado, Duncan arrugó la frente mientras tiraba de la costosa tela para
cubrirse. Los labios fruncidos de Sarah dieron paso a una sonrisa
desvergonzada que acabó por convertirse en una carcajada tan fuerte, que
tuvo que sujetarse la barriga mientras grandes lágrimas caían por sus mejillas.
«¿Y esta es la mujer que dijo que me amaba?». Duncan no acababa de
comprender cómo se podía amar a alguien y ridiculizarlo de esa forma en
público.
Samgar observó la escena con las cejas levantadas.
—Bueno, me alegra que este desastre al menos haya servido para hacerte
reír. Aunque me temo que junto a los camellos también desaparecieron tus
regalos.
—¡Tío! —Sarah se secó las mejillas y lo abrazó—. Los regalos no
importan. Ya me diste este momento.
Sarah se acercó a Duncan con una leve sonrisa y le ofreció la mano.
—Vamos, muchachote, deja de enfurruñarte y levántate. Se supone que
debes actuar como un rey.
Duncan observó su mano extendida antes de mirarla a los ojos y buscar su
conexión mental.
«¿Te das cuenta de quién soy? ¿Por qué estás actuando como si fuéramos
extraños?».
«¡Shhh! ¡Mi tío está mirando!», respondió Sarah a través de su conexión
mental mientras mantenía una expresión seria sobre su rostro.
«¿A él también lo conoces?». La voz sombría de Gedeon resonó en la
cabeza de Duncan, pero el vampiro parecía estar dirigiéndose a Sarah.
«¿Qué estás haciendo en mi cabeza?».
Duncan miró a Ged. Estaba familiarizado con su capacidad para leer
mentes y hablar con humanos u otras criaturas débiles, pero nunca se había
comunicado telepáticamente con él.
«Ambos estamos conectados con ella, y a través de ella parece que
también estamos conectados el uno con el otro».
«¡Parad esto! ¡Ahora no es el momento!», siseó Sarah a través de su
vínculo, sin dar señales externas de estar hablando con ellos.
Duncan aceptó la mano que le ofrecía.
—Gracias. Mi nombre es Duncan. Siento lo de esas bestias… Quiero
decir lo de los camellos y tus regalos.

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En el instante en que sus palmas hicieron contacto, una corriente caliente
chisporroteó a través de sus manos dejándolo mareado y débil. Los ojos de
Sarah se volvieron vidriosos y los tonos violáceos de sus iris adquirieron
tonos plateados mientras que el agarre de su mano se hacía más fuerte.
«¡Déjalo ir, Sarah, ahora!». El rostro de Gedeon no mostró ninguna
emoción, aunque su voz estaba cargada de una tensa urgencia. Ella lo miró
desconcertada, pero dejó caer la mano de Duncan y retrocedió un paso.
«¿Qué acaba de pasar?», preguntó frotándose los brazos. Duncan estuvo a
punto de protestar, no quería que se alejara de él, pero a pesar de que su
cabeza daba vueltas como un tiovivo, reconoció que algo iba mal.
«No estoy seguro. Sentía como si lo estuvieras drenando», respondió
Gedeon a la pregunta. Luego asintió de manera formal y habló en voz alta:
—Soy Gedeon, mi señora. —Silenciosamente, agregó: «¿Te encuentras
bien, cachorrillo?».
«¡Diosa! ¿Cómo…? ¿Por qué…?», incluso siendo solo mental, la voz de
Sarah sonó estridente.
«Yo… sí, estoy bien, supongo…». Mareado, Duncan tragó saliva y trató
de centrarse en el horizonte para que se le pasara el vértigo.

«¡Saluda a Xiucatl! —ordenó Gedeon—. Hablaremos más tarde».


Sarah se encogió para sus adentros. La voz de Ged tenía una nota de
advertencia y su mirada prometía que hablarían sobre mucho más que
únicamente de lo que acababa de pasar. Se mordió el labio. Era consciente de
que Ged se había enojado y que sospechaba de la relación que existía entre
ella y Duncan. Desde el momento en que este le reveló que se encontraba en
el hospital, había presentido lo que sucedería, pero no estaba preparada para
enfrentarse a ellos y darles una explicación. Nunca lo estaría. Su mundo de
ensueño y el mundo real nunca deberían haberse mezclado.
Sarah se dirigió hacia el tercer hombre y le lanzó una mirada nerviosa.
Nana lo había previsto cuando pronosticó a los otros dos. Lo había estado
buscando, pero nunca había conseguido contactar con él. Ahora, en el peor
momento posible, se encontraba frente a él, perdiéndose en sus preciosos ojos
color ónice, mientras los demás observaban cada uno de sus movimientos.
—¿Y tú eres…? —Su voz salió débil y temblorosa.
—Xiu —respondió el hombre cuando su seriedad finalmente dio paso a
una leve sonrisa que la hizo sentir cálida desde los dedos de los pies hasta la

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punta de sus orejas.
Su tío fue quién rompió el magnetismo.
—Nana me encargó que te avisara de que llegaría mañana para ayudarte a
hacer un roscón de Reyes. Ya tiene la figurita del rey para el pastel. Este año
tratará de contrabandearlo hasta aquí usándolo como una horquilla. Ni
siquiera quiero saber cómo intentó traerlo aquí los últimos diez años —
murmuró Samgar sacudiendo la cabeza.
Sarah se giró hacia él y sonrió. Nana siempre iba a hacer el tradicional
pastel en forma de anillo por esas fechas y, como exigía la tradición, el pastel
requería un rey y una haba seca escondida entre el relleno. Quien encontrara
al rey era coronado rey o reina de la celebración, y quien encontrara la haba
sería un vasallo por una noche. Sarah sabía que lo del vasallo en realidad se lo
había inventado Samgar cuando ella era una niña, para hacer que el día de
Reyes fuera aún más especial, pero precisamente por eso lo quería tanto.
—Tienes razón, hay al menos tres veces sobre las que prefieres no
averiguarlo. —Sarah rio—. ¿Tú también vendrás mañana?
—Por supuesto que vendré. ¡Necesito romper esa maldita maldición que
me hace encontrar la haba todos los años!
—Vamos, tío, tengo edad suficiente para haber descubierto que eliges la
pieza con ella a propósito.
—¿Por qué iba a hacer eso? —preguntó Samgar metiéndose las manos en
los bolsillos y mirándola como si no hubiera roto un plato en su vida.
—Porque si no encuentro a mi rey, Nana te haría pagar por ello. —Sarah
no hizo el esfuerzo por ocultar su sonrisa traviesa. Ambos sabían que Nana
todavía consideraba a Sarah una niña y que el día de Reyes era su día.
Su tío gimió dirigiendo su mirada hacia el cielo.
—Ni se te ocurra dejarla saber que has descubierto que hago trampa. Me
echará en cara durante el resto de sus días que destruí la magia del día de
Reyes.
—No te preocupes, tío, adoro a mis Reyes y me encanta ser la reina de la
noche. —Su risa murió cuando vio cómo Gedeon arqueaba sus cejas bajo su
magnífica corona.
«¡Diosa! ¿Acabo de decir reyes en plural y reina de la noche?». La cara de
Sarah comenzó a irradiar calor como una bombilla incandescente.
Afortunadamente, su tío acudió en su rescate.
—De acuerdo. La buena noticia es que todavía me queda una sorpresa
para ti.

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Samgar se llevó las manos al cuello y se quitó el colgante que llevaba para
mostrárselo a Sarah. Xiu palideció, dio un paso adelante y extendió la mano
como si quisiera tocar el colgante. No hizo ningún sonido, pero Sarah vio
cómo las manos del guerrero se cerraban en tensos puños y sus labios se
apretaban formando una línea recta. Los musculosos hombros cayeron
levemente hacia delante y sus ojos abatidos se cerraron durante un largo
momento. Cuando la mirada de Sarah se cruzó con la de Gedeon, supo que
también él había sido testigo del extraño comportamiento.
Después de estudiar los misteriosos símbolos geométricos tallados en la
piedra azul y las estrías de color esmeralda que brillaban bajo la superficie
como si estuvieran cargadas de poder, Sarah se lanzó sobre Samgar para
abrazarlo con todas sus fuerzas.
El vampiro le devolvió el abrazo con la intensidad suficiente como para
hacerle sentir su amor. Resultaba cuanto menos curioso que siempre la tratara
como a un ser humano frágil, a pesar del hecho de que allí, en su mundo, ella
podría haberlo matado con un simple pensamiento. Siempre se había sentido
segura y protegida cuando estaba con él, pero en aquel momento todo se
sentía raro. Ocultando su rostro contra su hombro, deseó que las cosas fueran
diferentes. Cuando Samgar suspiró, Sarah alzó la cabeza, justo a tiempo de
advertir cómo sus ojos inyectados en sangre dirigían una significativa mirada
a los tres hombres que se encontraban detrás de ella.
Incluso sin mirarlos, sabía que estaban comunicándose en silencio. Un
frío hormigueo recorrió su piel. Samgar asintió brevemente antes de besarla
en la frente.
—Cariño, ahora es tu turno de luchar por lo que más amas. —Y con eso,
se desvaneció con el viento, tal como lo había hecho su murmullo.
Soltando la farola en el suelo, Sarah se puso el colgante y plantó sus
manos con firmeza en sus caderas, contemplando el lugar donde su tío
acababa de desaparecer. Repasó mentalmente sus palabras. No estaba segura
de lo que había querido decir, aunque su sospecha de que algo andaba mal se
intensificó. Cuando Duncan aclaró la garganta, Sarah llenó sus pulmones de
aire e hizo un esfuerzo por mantener su voz tranquila y clara.
—Está bien… —Se giró para mirarlos—. Y ahora, vais a explicarme por
qué estáis realmente aquí.
—Ya sabes por qué hemos venido. Hoy es…
—Hoy es dos de enero —interrumpió Sarah a Duncan dedicándole una
mirada de advertencia. No estaba dispuesta a dejar que le tomaran el pelo. Él

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se estremeció de forma visible y negó con la cabeza—. Y todos sabemos que
no estáis aquí para darme amor, esperanza y alegría —agregó con sequedad.
—Yo diría que amor es exactamente lo que tengo en mente ahora mismo.
—El tono bajo y sugerente de Gedeon hizo que todo su ser temblara de
anticipación, pero la idea de que supusiera que podía manipularla con
seducción la irritó en extremo.
—¡Vaya! ¿En serio? —Sarah inyectó su voz con una dulzura casi
empalagosa, frunció los labios en un mohín y parpadeó con ojos inmensos e
inocentes hasta que incluso su tranquilo vampiro comenzó a inquietarse—. En
ese caso supongo que deberíamos ir adentro para que podamos… ya sabes…
—Le dirigió un guiño fingiendo timidez.
Los hombres intercambiaron miradas incómodas. Sin embargo, antes de
que alguno de ellos tuviera la oportunidad de reaccionar, de la nada apareció
un tremendo rugido que fue creciendo en intensidad mientras la tierra cobraba
vida bajo sus pies.
«¡Diosa, no otra vez!». Sarah miró frenética a su alrededor. ¡Sus hombres
estaban en peligro! Necesitaba protegerlos en caso de que sus fuerzas no
fueran suficientes para soportar este ataque. Su corazón latió dolorosamente
ante la idea de lo que les sucedería si a ella le ocurriera algo y la criatura los
atrapaba en su mundo.
—¡Adentro! —chilló en el mismo instante en que los tres enormes
guerreros caían inconscientes al suelo.

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Capítulo 6

G edeon despertó con un gemido. Su cabeza le latía como si una familia


de enanos chinos estuviera celebrando una fiesta de Año Nuevo dentro
de su cráneo, con desfiles y fuegos artificiales incluidos. Parpadeó al darse
cuenta de que sus muñecas estaban firmemente sujetas a la pared.
—Se te pasará en unos minutos. —La dulce y angelical voz tuvo un efecto
calmante sobre él.
Abrió los ojos para revisar su alrededor. Se encontraba en una acogedora
cabaña. Duncan, aún inconsciente, se encontraba a su izquierda y Xiu estaba
atado a la pared de al lado. Cruzó una mirada con el nativo. Cuando Gedeon
fue a liberar sus manos, el hombre negó con la cabeza a modo de advertencia
antes de volver a dirigir su atención a la mujer que estaba preparando algo
que olía a chocolate caliente en la diminuta cocina.
Gedeon observó la taza humeante temblando en las inestables manos
femeninas y entendió por qué el guerrero azteca se mantenía sereno,
aceptando su captura en lugar de luchar contra sus ataduras.
Después de sondear el entorno con los sentidos para asegurarse de que el
peligro al que habían estado expuestos en el exterior había desaparecido,
Gedeon apoyó la cabeza en la pared de madera y se obligó a relajarse.
—¿Te importa si te pregunto algo?
—Pregunta —respondió Sarah sin siquiera mirarlo.
—¿La razón por la que estamos atados desnudos es por algún tipo de
fantasía perversa que tienes con nosotros?
La taza aterrizó con un ruido sordo sobre la encimera. Sarah se giró hacia
él, mirándole la entrepierna como si no se hubiera dado cuenta hasta ahora de
que sus ropajes habían desaparecido.

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Gedeon se deleitó con el hecho de que las mejillas de ella adquirieran un
halo carmesí mientras su propio cuerpo parecía estar despertándose bajo el
exhaustivo escrutinio.
—Ah, ya veo… tuviste un desliz freudiano. Hiciste desaparecer nuestra
ropa sin darte cuenta porque tu subconsciente nos quería desnudos. —Gedeon
rio por lo bajo, divertido por la expresión perpleja de Sarah, mientras las
comisuras de los labios de Xiu se levantaban débilmente—. Aunque lo que
más me llama la atención es que… ¿nos necesitabas desnudos a los tres?
Sarah tropezó y lo fulminó con la mirada.
—Bueno, ¿y qué esperabas? Era la mejor forma de asegurarme de que no
escondíais ningún arma, ¿verdad? —espetó Sarah alzando la barbilla de una
forma que a Gedeon le pareció absolutamente encantadora y tierna.
Arqueando una ceja, Gedeon bajó la cabeza para estudiar su ingle, donde
la única arma que portaba se erguía alta y orgullosa, preparada para la batalla.
—Sip, creo que ya has encontrado todas las armas que portábamos.
Espero que no te hayan decepcionado. ¿Ya tienes decidido lo que harás con
ellas?
Un gruñido fuerte y enojado lo hizo mirar alarmado a Duncan, justo a
tiempo de escapar de los afilados colmillos del hombre lobo, que se cerraron
con un chasquido a apenas unos milímetros de su nariz.
—¡Deja en paz a mi compañera! —gruñó Duncan, más lobo que humano.
Gedeon abrió los ojos aturdido, pero antes de que pudiera reaccionar o
responder, la boca de Duncan fue atiborrada con una bola de tela multicolor.
Los brillantes ojos plateados del lobo se llenaron de una mezcla de sorpresa y
dolor mientras comenzaba a luchar ferozmente contra sus ataduras.
En lugar de apartarse aterrorizada, Sarah puso las manos en las caderas.
—Quieto ahí, lobito —ordenó con firmeza—. Sé un buen cachorrito y
cálmate.
Gedeon se encogió en simpatía cuando Duncan se congeló en el sitio.
—Buen chico. Eso es, bonito —lo alabó rascándolo detrás de la oreja—.
Y ahora vas a quedarte tranquilo para que yo pueda descansar un rato —le
indicó antes de girarse y regresar a la cocina en busca de su taza de chocolate.
Todo rastro del lobo había desaparecido cuando Duncan miró a Gedeon.
«¿Realmente me ordenó que estuviera callado y me rascó detrás de la
oreja?».
Gedeon luchó por mantener el rostro serio al escuchar la incredulidad a
través de su vínculo mental. Un fuerte estallido hizo que se giraran a mirar

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sobresaltados a Sarah, que se encontraba de pie en medio de la habitación,
contemplando perdida la taza rota y el chocolate espeso que había salpicado
sus pantalones y el suelo.
—Sarah, nena, ¿te encuentras bien? —Gedeon intentó contener su
necesidad de desatarse y abrazarla, para no asustarla y empeorar las cosas.
Ella asintió frotándose ensimismada la parte superior de los brazos.
—Sí, yo… Estoy cansada, nada más.
—Siéntate, cariño. Puedes limpiarlo más tarde. Por ahora solo siéntate —
le pidió Gedeon, preocupado porque se desmayara y se lastimara con la caída.
Distraída, ella siguió sus órdenes y caminó hasta el sofá situado frente a la
chimenea. Gedeon compartió un gemido silencioso con los demás cuando se
deshizo de los vaqueros manchados y se sentó en el sofá, cubriéndose con una
manta de lana. Recostándose, estudió abatida las llamas de la chimenea.
—¿Sarah? —Gedeon quería abrazarla y prometerle que todo saldría bien.
—Me estoy muriendo, ¿verdad? —le preguntó mirándolo sin pestañear—.
Esa es la razón por la que estáis aquí.
—Estamos aquí para…
—Gedeon tragó saliva, su boca se sentía como el esparto. —Estáis aquí
porque mi tío teme que el mal escape a vuestro mundo una vez yo muera.
La tristeza en su sonrisa hizo que el corazón de Gedeon se resquebrajara.
—¡No morirás! ¡No lo permitiré! —Todo su ser tembló. No iba a verla
morir. No importaba lo que tuviera que hacer para mantenerla viva y a su
lado.
—No hay forma de evitarlo, Ged. El poder de esa cosa es inquebrantable,
mientras mi propia debilidad aumenta día a día.
—Entonces regresa con nosotros al mundo real.
«Por favor, cariño, di que sí, por favor».
—¿El mundo real? —preguntó ella con un bufido—. Este es mi mundo
real, Ged. He vivido aquí durante toda mi vida. Ni siquiera estoy segura de
poder sobrevivir en tu mundo.
—¡Has estado allí conmigo! —protestó Gedeon comenzando a sentirse
enfermo.
—Solo he estado en tus sueños. Los dos sabemos que ese no es el mundo
real. —Ella negó con la cabeza frunciendo ligeramente el ceño.
—Si aquí te estás muriendo, ¿qué importa si te arriesgas a sobrevivir en
mi mundo? No tienes nada que perder. —Gedeon intentó ignorar el intenso
dolor que amenazaba con desgarrarle por dentro.

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—Porque si muero aquí, al menos existe la posibilidad de que el mal
quede atrapado en este lugar. ¿Tienes idea de lo que eso podría significar para
tu mundo?
—Si mueres en este lugar, yo moriré aquí contigo —intervino Xiu con
serena firmeza.
Sarah alzó, sobresaltada, el rostro.
—¡No puedes quedarte aquí!
—No podemos regresar y abandonarte aquí a tu destino —dijo Gedeon
intercambiando una mirada con el guerrero azteca y dándole las gracias en
silencio por su ayuda. No se requerían palabras para entender que necesitaban
trabajar juntos para convencerla.
—¿Por qué no? Apenas me conocéis.
—Eres mi Centehua. Estoy atado a ti. Si te quedas, me quedaré. —Xiu
parecía tenerlo claro.
—Si vais a comportaros como mulas obstinadas os echaré a todos de mi
mundo.
—No puedes echarnos hasta que hayamos intentado encontrar una
solución —protestó Gedeon más alto de lo que pretendía.
—Puedes intentarlo, pero ahora que estoy familiarizado con el camino,
siempre podré encontrar la forma de regresar contigo —agregó Xiu.
Después de un momento tenso, Sarah se tocó la frente con ambas manos y
se tumbó en el sofá.
—Estoy tan agotada —murmuró—. Esa cosa se está volviendo más y más
fuerte. Es casi como si me estuviera drenando poco a poco.
—Descansa… Mañana será otro día. Estaremos aquí para ayudarte y
protegerte. —Aunque las palabras del azteca eran para Sarah, Gedeon
también las encontró tranquilizadoras.
Sarah le regaló a Xiu una débil sonrisa.
—Tu voz es tan melodiosa e hipnótica, siento como si pudiera perderme
en ella. Es una verdadera lástima que seas tan tacaño con tus palabras. Podría
escucharte hablar por toda la eternidad.
Gedeon le hizo una señal a Xiu instándolo a seguir hablando.
—Descansa. Hablaré hasta que te duermas o me pidas que pare.
Sarah soltó una risita.
—No creo que aguantes tanto tiempo hablando.
Incluso la risa de Xiu tenía el tono modulado de un tenor.

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—Si mi Centehua quiere mis palabras, ¿quién soy yo para negarle su
deseo?
—¿Y me darás solo palabras o cualquier cosa que desee?
Gedeon no pudo evitar una mueca ante su tono descarado y Duncan
comenzó a inquietarse de nuevo.
—Si te relajas, te contaré uno de los secretos mejor guardados del mundo
del que provengo, la verdadera historia de los aztecas, una de las
civilizaciones más poderosas que han existido sobre la Tierra —prometió Xiu
utilizando un tono seductor.
Incluso Gedeon pudo sentir la voz del caminante de sombras vibrando
profundamente a través de su cuerpo.
«¿Están hablando sucio o son imaginaciones mías?», preguntó Duncan a
través de su conexión mental.
Sarah les dirigió una mirada con ojos entrecerrados.
«¡Mierda! No me digas que me ha oído».
«Creo que vas a necesitar algo de entrenamiento para usar este canal,
cachorrillo», le dijo Gedeon encogiéndose de hombros.
Sarah devolvió su atención a Xiu.
—¡Sí, por favor! Cuéntame sobre… el mundo en el que una vez viviste —
pidió en un susurro.

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Capítulo 7

G edeon estudió la figura inmóvil de Sarah en el sofá.


—¿Qué tan profundo es su sueño? —le preguntó a Xiu.
Incluso en sus sueños, la expresión preocupada no la abandonaba. Ged se
moría por borrar con las yemas de sus dedos las finas líneas entre las cejas
femeninas, y sus labios se movieron con la silenciosa promesa de que todo
saldría bien.
—Muy profundo. En tanto que no interrumpamos las frecuencias de
energía en la cabina no se despertará —explicó el caminante de sombras—.
Sus salvaguardas la alertarían tan pronto como se use demasiado poder en su
vecindad. —La cuerda alrededor de sus muñecas cayó al suelo.
—Buen truco —dijo Gedeon arqueando una ceja—. ¿Te importaría liberar
mis manos también? Tal vez necesites atarme de nuevo antes de que
despierte. Si rompo la cuerda en pedazos, no habrá forma de reutilizarla…
Bueno, tal vez sí —terminó con sequedad viendo cómo el chocolate
derramado sobre el suelo desaparecía como si lo estuviera absorbiendo la
madera—. ¿No me acabas de decir que no debemos alterar las energías que
nos rodean?
—Mientras esté dormida puedo usar sus habilidades, con lo cual sus
salvaguardas no lo detectan. Siempre que no me pase o haga algo que vaya en
contra de su ética o creencias, ella ni se inmutará.
Los ojos de Gedeon se estrecharon en finas rendijas.
—Por tu propio bien, espero que no abuses de esa destreza y que no le
causes ningún daño —advirtió Ged dejando que la amenaza implícita en su
tono bañara cada palabra—. Supongo que puede resultarnos útil si tenemos
que luchar contra lo que nos espera ahí afuera.

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—¡Escúchame bien, vampiro! —Xiu se detuvo frente a Gedeon, sus caras
apenas separadas por unos centímetros—. Porque este es el único aviso que te
daré. No me gustan las amenazas, no me gusta que me señalen con el dedo y
no me gustas tú. No necesitas confiar en mí, lo mismo que yo no confío en ti,
pero ten muy presente que, si te quisiera muerto en este momento, podría
matarte en un abrir y cerrar de ojos, aquí y en el mundo real.
—¡Suficiente! —siseó Gedeon con los colmillos extendidos. La cuerda
alrededor de su muñeca se partió en pedazos mientras bajaba los brazos
lentamente y sin esfuerzo—. Eres lo suficientemente mayor como para saber
que nunca deberías subestimar a un enemigo.
—Jamás subestimaría a un vampiro. Puedes estar seguro de ello. Si bien
pareces olvidar que este es mi mundo y mientras mi poder aquí está en su
punto álgido, el tuyo está en su punto más bajo. Y ambos sabemos que incluso
en el mundo real sería un adversario digno a tener en cuenta —respondió Xiu
sin moverse ni una pulgada de su posición.
—Moriré si es necesario, pero no dejaré que la lastimes.
—¡Ella es mi Centehua, la única para mí! ¡Jamás podría hacerle daño! —
soltó Xiu entre dientes—. A partir de ahora, su mundo es mi mundo y su vida
es mi vida.
—En ese caso parece que tenemos un problema, porque ella es mi
Shangrile, mi pareja de sangre.
Un gruñido salvaje hizo que miraran a Duncan, quien, incluso
amordazado, daba la impresión de querer matarlos a los dos.
—Y parece que también es la compañera de Duncan —añadió Gedeon
con reticencia.
Los tres se miraron furiosos, sus músculos se tensaron, los colmillos y las
garras de Duncan y Gedeon se extendieron, mientras que los ojos de Xiu se
volvieron absolutamente negros. Gedeon podía oír la sangre bombeando
salvajemente a través de las venas de los otros mientras sus cuerpos se
preparaban para la batalla. Cuando la situación no podía empeorar más sin
que llegaran a las manos y se mataran, Gedeon tomó una decisión.
—Necesitamos llegar a un acuerdo. Lo importante aquí es Sarah.
Tenemos que eliminar la amenaza a su vida. Después podremos resolver esto
entre nosotros —propuso Gedeon rompiendo el silencio.
—Aunque no me guste, tienes razón —reconoció Xiu. Relajando su
postura, retrocedió un paso dándole a Ged espacio suficiente como para
quitarle la mordaza a Duncan—. El destino tiene una razón para todo. Si para

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Sarah el tener tres compañeros aumenta sus posibilidades de supervivencia,
que así sea.
—El destino es un jodido hijo de puta con el sentido del humor revenido
—masculló Duncan tosiendo—. Ahora mismo probablemente se esté
partiendo el culo a costa nuestra mientras… —Se detuvo mirando embobado
las prendas que Ged sostenía colgando frente a sus narices. Su nuez de Adán
se movió visiblemente mientras tragaba—. ¿Eso es lo que usó para
amordazarme?
—Mhm. —Gedeon estaba tan fascinado como Duncan con los ocho pares
de tangas.
Extendió y giró cada uno de ellos para inspeccionarlos desde todos los
ángulos posibles. «Hay que reconocer que mi pequeña e inocente Shangrile
sabe cómo elegir su ropa interior».
—¡Mierda! —exclamó Duncan entre dientes apretados.
—Mhm —concordó Gedeon distraído imaginando cómo se vería Sarah
con una de esas prendas.
—Lo dicho, el destino es un hijo de puta en toda regla. Una sola mujer
para… ¡La madre que me parió! —maldijo Duncan al mirar abajo.
Gedeon siguió su mirada y frunció el ceño al descubrir cómo una parte de
sus anatomías parecía haber entrado en competición irguiéndose a cuál más
orgullosa a la altura de sus ingles.
—¿Por qué será que tengo la impresión de que nuestros problemas a partir
de ahora vendrán de tres en tres? —preguntó Gedeon con ironía rascándose la
barbilla. Girándose hacia Duncan, arrugó la ropa interior en su mano y se
dispuso a liberarlo de sus ataduras.
—¡No! ¡No lo hagas! —masculló Duncan. Sorprendido, Gedeon alzó
ambas cejas—. ¡Si me sueltas, iré a por ella! No podré controlar el impulso
del apareamiento para cerrar el vínculo. Apenas me queda control sobre mi
lobo —gruñó Duncan con los caninos extendidos haciendo que sus palabras
fueran casi ininteligibles.
—De acuerdo, vamos a ir paso a paso —murmuró Gedeon pellizcándose
el puente de la nariz—. Lo único que te mantiene atado ahora mismo es la
soga alrededor de tus muñecas; si pierdes el control, la romperás y te liberarás
de todos modos.
—Mis cuerdas tienen hilos de plata, que me debilitan. No puedo
romperlas. Samgar tenía razón, nuestra chica es inteligente —respondió
Duncan seco.

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—Parece que sí —murmuró Gedeon echándole un vistazo a la figura
dormida de Sarah—. ¿Cuánto tiempo hace que la conoces?
—Nos encontramos por primera vez hace tres meses. —Duncan cerró los
ojos y apoyó la cabeza contra la pared.
—¿La conocías antes de venir aquí? —preguntó Xiu con cara seria.
Duncan asintió.
—Ella vino a mí… en mis sueños.
—¿Tú también? —Xiu miró a Gedeon.
—Sí. —Ged alzó la mirada para enfrentarse al caminante de sombras—.
¿Tú?
El hombre negó. No dijo nada, pero Gedeon podía sentir que estaba
herido. Por extraño que pareciera, no se sintió celoso. Echándole una ojeada a
Duncan, que portaba una mueca torturada, preguntó:
—¿Qué te contó sobre ella?
—En realidad nada.
Gotas de sudor resbalaban por la frente de Duncan revelando el esfuerzo
que estaba ejerciendo para controlar a su lobo.
—Tu reacción en el hospital fue inexistente. ¿No la reconociste? —A
Gedeon le resultó cuanto menos curiosa la indiferencia que Duncan había
exhibido hacia su pareja, cuando ahora mismo parecía estar pasando por un
calvario.
—No. Cuando entraba en mis sueños podía olerla, sentirla… e incluso
saborearla, pero su rostro siempre estaba borroso, como si hubiera
interferencias cuando la miraba.
—¿Podías sentir también su debilidad? —preguntó Xiu.
—A veces podía sentir su fatiga o tristeza, pero no… la verdad es que no.
—Líneas profundas se formaron sobre la frente de Duncan y sus puños se
abrían y cerraban, pero mantuvo los ojos apretados.
«Duncan, ¿qué te pasa?», preguntó Gedeon a través de su enlace mental.
«Es mi compañera. Se supone que debo cuidarla y cubrir todas sus
necesidades. ¡Mírame! Incluso ahora estoy aquí, atado a este maldito muro,
porque lo único en lo que puedo pensar es en reclamarla», confesó Duncan
golpeando la cabeza contra la pared.
Gedeon suspiró. ¿Qué podía decirle? ¿Que lo entendía? ¿Que no estaba
solo? ¿Que iban a compartir su pareja y vivir felices para siempre?
Incapaz de darle una respuesta, Gedeon se dirigió al caminante de
sombras.

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—¿Crees que visitar nuestros sueños podría ser la causa de su creciente
debilidad?
El nativo sacudió, pensativo, la cabeza. Cruzó la habitación hacia Sarah y
se agachó a su lado para contemplarla.
—Caminar por los sueños no resulta tan agotador. Ella debería ser capaz
de recuperarse entre una experiencia y la siguiente.
—¿Podría tener razón sobre lo que dijo? ¿Podría este ser o cosa estar
drenándola de alguna forma? —preguntó Gedeon.
—Nunca he conocido o escuchado hablar de alguien con la habilidad de
drenar a un caminante de sueños en su propio sueño.
—¿Y en el mundo real?
El nativo alzó bruscamente la cabeza. Sus ojos contenían una expresión
sombría.
—¡Mierda! —maldijeron Gedeon y Duncan a la vez.
—Eso podría explicarlo —murmuró Xiu, más para sí mismo que para
ellos.
—¿Qué explicaría? —exigió Gedeon alterado.
La expresión de Xiu se endureció.
—Antes, en el exterior, había una corriente de energía. Se sentía extraña
en esta dimensión, no era ni de ella ni de la entidad. Se sentía más… humana,
mundana, si entendéis lo que quiero decir. No me atrevería a decir que haya
humanos aquí, pero desde luego podrían tener algún tipo de conexión con este
mundo.
—Entonces es cierto, alguien está drenando su poder y transmitiéndoselo
a la criatura, ¿correcto? —preguntó Gedeon. Xiu asintió—. ¿Cómo de cerca
tendrían que estar para drenarla?
—Muy cerca. —Xiu frunció el ceño—. Tendrían que estar en el mismo
edificio, por no decir en la misma habitación o incluso tocándola.
—Mierda, eso significa que debe ser alguien que trabaje en el hospital o
alguien muy cercano a ella —masculló Duncan—. ¿Samgar?
—No, el amor que siente por ella es sincero. Estoy seguro de ello. La
anciana es como una antena repetidora para las emociones; a través de ella
pude sentir la intensidad de la devoción de Samgar por Sarah. No creo que
ninguno de ellos traicionara a nuestra chica —explicó Gedeon sacudiendo la
cabeza.
—Pero podría ser alguien relacionado con ellos, alguien en quien confíen
lo suficiente como para dejar que él o ella esté cerca o incluso a solas con

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Sarah —propuso Xiu.
—Si ese fuera el caso, ¿qué haríamos? —preguntó Gedeon analizando
todas las posibilidades.
—Regresar y buscar al hijo de puta que la está agotando, quitarlo de en
medio a él y a quien lo esté ayudando, ver cómo restaurar la energía que le
han robado, llevarla con nosotros al mundo real y, una vez que esté a salvo y
fuera de peligro, matar a esa maldita criatura o lo que sea que esté
amenazándola a ella y a nuestro mundo —dijo Duncan sin pestañear.
—El ser está conformado por energía. No hay cuerpo físico, solo una
poderosa energía extraterrestre —informó Xiu con expresión sombría—. No
se puede matar la energía.
—Pero puedes transformarla, ¿verdad? —preguntó Duncan.
—No estoy seguro. Supongo que, si Einstein lo afirmó, debe de ser cierto.
La idea podría tener potencial —contestó Xiu.
—Creo que se me está ocurriendo una idea. Tal vez exista una posibilidad
de restaurar la energía que ha perdido —murmuró Gedeon pensativo. Los
otros lo miraron alterados—. Duncan, ¿recuerdas el momento en que ella te
cogió la mano en el claro? La sensación que recibí fue como si ella te
estuviera drenando. Tal vez sea capaz de recuperar su fuerza tomando energía
de otras personas. ¿Podría ser eso una posibilidad? —le preguntó a Xiu.
En lugar de responder, el caminante de sombras acercó su palma a la de
Sarah, con cuidado de no tocarla.
—Podrías tener razón —admitió tomándose su tiempo. De repente, los
ojos de Xiu se quedaron en blanco. Gedeon se movió incómodo. El reloj
corría demasiado lento para su gusto. Después de casi dos minutos, Xiu
comenzó a parpadear de nuevo—. Acertaste, es capaz de asimilar la energía
de otras personas y tiene un efecto real en su salud. Su corazón ya está
latiendo con más vigor.
—¿Ya? ¿En tan poco tiempo? —preguntó Duncan sorprendido.
—Bueno… no exactamente. —Los labios de Xiu se curvaron levemente
—. En el hospital la estamos tocando, ¿recuerdas? Está drenando nuestros
cuerpos, no mucho, y de una forma muy lenta, pero lo suficiente como para
recuperarse poco a poco.
—¿Puede convertirse en un problema para nosotros que nos esté
drenando? —Aunque lo importante para Gedeon era que ella se recuperara,
era algo a tener en cuenta.

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—Mientras comamos de forma regular y mantengamos nuestros cuerpos
fuertes y sanos, no. No lo creo. Solo debemos tener cuidado con los contactos
de palma con palma, ya que abrirían el canal al máximo. Pero siendo
conscientes de ello podemos bloquear el flujo de energía —afirmó Xiu.
—¿Estamos hablando de alimentarnos aquí o en nuestro mundo? —
preguntó Gedeon.
—Será suficiente para Duncan y para mí volver cada dos o tres días para
conseguir una comida real. El resto de la energía deberíamos ser capaces de
restaurarla aquí con lo que podamos encontrar para comer.
—¿Y qué pasa conmigo? Creo que me has dejado fuera de esos planes. —
Gedeon apretó la mandíbula.
—Me da la impresión de que aquí no hay mucho en el menú para ti,
¿cierto? —Xiu le mantuvo la mirada.
Gedeon tuvo que luchar contra el impulso de lastimar a alguien. No había
necesidad de más explicaciones Sarah era demasiado frágil para que pudiera
alimentarse de ella; el caminante obviamente no tenía intención de ofrecerle
una vena y Duncan no podría sostenerlo por mucho tiempo sin debilitarse.
—Está bien, regresaré al mundo real antes del amanecer —afirmó Gedeon
serio.
—Es lo mejor, y tal vez Duncan debería ir contigo.
—¿Por qué? —gruñó Duncan.
A Gedeon le entraron ganas de gruñir junto al lobo. No le gustaba la idea
de dejar a su pareja a solas con el caminante de sombras, no después de la
forma en que había estado enfrentándose a él.
—Protegerla no es suficiente. Debemos descubrir quién la está drenando.
Mientras esté despierto, Gedeon puede revisar las mentes de aquellos que
entran en contacto con ella. —Xiu miró a Duncan—. Tú podrías explorar el
hospital e interrogar a los trabajadores. El estar aquí me impide entrar en los
sueños de la gente, de modo que la única opción es que yo vaya mañana por
la noche, cuando vosotros regreséis aquí, para revisar los sueños de los que
están relacionados con el hospital.
—En cuanto a esas energías de las que estás hablando… ¿tienen un olor
que pueda identificar y rastrear en el mundo humano? —preguntó Duncan.
—Es posible. Yo lo percibo como algo parecido a un sabor; sin embargo,
mi sentido del olfato no está tan desarrollado como el tuyo. Deberías salir a
dar una vuelta para comprobar si puedes rastrear algo extraño —propuso Xiu.

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—Eso podría ser un problema —masculló Duncan—. Todavía me
encuentro… fuera de control —admitió con una mirada hambrienta hacia
Sarah.
—Podría transportarte al exterior, de la misma manera en que ella nos
trajo a la cabaña —ofreció Xiu.
Duncan negó con la cabeza.
—Eso no me impediría volver a por ella. Una puerta cerrada no sería un
obstáculo para regresar.
—Pero yo sí lo sería —declaró Gedeon con firmeza.
—¿Estás seguro? ¿Eres consciente de lo que eso implicaría? Si pierdo el
control, mi lobo te atacará.
—Sí, lo sé.
Ged pasó una mano por su barbilla y suspiró. Las muñecas de Duncan
estaban en carne viva de su lucha silenciosa por liberarse de las cuerdas de
plata. Las cosas no serían fáciles, pero la seguridad de su mujer era lo más
importante. Ahora la cuestión solo era si Duncan, en ese tiempo, se había
vuelto más fuerte que él.

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Capítulo 8

M ientras Gedeon contemplaba las tres lunas de color naranja rojizo


que iluminaban la noche, la exclamación de Duncan se hizo eco en
sus pensamientos.
—¡Mierda, mierda, mierda y triple mierda! ¡Estoy absolutamente jodido!
—Entre furioso y desesperado, Duncan se pasó ambas manos por el cabello,
para al final dejarlas posadas en su nuca—. ¡Solo había una cuando llegamos!
Incluso un mundo sin luna sería malo, ¿pero con tres? ¿Cómo diablos se
supone que conseguiré evitar volverme fiero y acabar yendo a por ella?
Preocupado, Ged estudió a Duncan. No necesitó pedir aclaraciones. Los
vampiros no se veían tan afectados por la luna como los hombres lobo, pero
incluso él podía sentir la influencia de las lunas y la compulsión por tener
sexo puro y duro o pelear. El hecho de que las tres lunas estuvieran en fases
similares no alivió su preocupación en lo más mínimo. Teniendo en cuenta el
tamaño y la claridad con que podían ver sus cráteres, se encontraban a
diferentes distancias de la tierra en la que se encontraban. Con las tres
moviéndose a diferentes velocidades, sería muy mala suerte que todas
llegaran a coincidir como luna llena durante la misma noche, pero si eso
llegara a ocurrir durante las próximas noches, Duncan no sería el único
afectado. Su impulso de liberación, de una forma u otra, estaría minando su
control. ¡Follar o luchar!
—¡Todo esto es por tu puñetera culpa! —Duncan cruzó el claro de un lado
a otro sin dejar de gesticular ni de pasarse las manos por el pelo.
«Parece que tocará luchar. Al menos por ahora», pensó Ged con sequedad.
—Debería haberte matado hace cinco años.

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—Bueno, según algunos mitos ya estoy muerto, ¿no? —Ged no pudo
ocultar su sarcasmo.
—Sabes a lo que me refiero. ¡Debería haberte buscado para estacarte y
acabar contigo!
—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó Ged cruzando los brazos, aunque
mantuvo la mirada fija en Duncan.
—Debería haberlo hecho. Me traicionaste, mataste a mi tío…
—Tu tío intentó matar a tu madre —respondió Gedeon con frialdad.
Duncan se paró en seco.
—¿Intentó matar a mi madre? —repitió—. Mi madre desapareció esa
noche. —Lo miró con intensidad a los ojos—. ¿La asesinaste también a ella?
—No.
—¿Y por qué debería creerte?
—Porque… jamás te he mentido.
«Ahora no es el momento de contarle la verdad, Gedeon», se amonestó a
sí mismo.
—Mi tío y seis miembros de la manada aparecieron muertos. Hubo signos
de la presencia de al menos cinco vampiros y mi madre desapareció, dejando
un rastro de sangre detrás y tú… simplemente te largaste de allí.
—Fue necesario. —Gedeon apretó los labios para evitar revelar nada más.
—¿Fue necesario? —gritó Duncan lanzando su primer golpe directo a la
mandíbula de Gedeon.
Su cabeza cayó hacia atrás con el impacto. A pesar de haber visto venir el
puño, su mente se había negado a evitar la furia del otro. De alguna manera
podía entender y reconocer su derecho a desahogarse.
—Decidiste desaparecer sin una palabra, ni un maldito mensaje o un
adiós. Todo lo que recibí fue la declaración del Consejo de que fuiste absuelto
de cualquier sospecha de haber matado a mi madre, ¿y dices que fue
necesario? —exigió Duncan sin esperar una respuesta. Gedeon gruñó cuando
el segundo golpe en la mandíbula hizo que le pitaran los oídos, pero se
mantuvo quieto—. ¡Fuimos amantes! ¡Te amaba y me traicionaste! ¡Me
dejaste solo! ¡Tuve que luchar contra toda la puta manada por mi vida y mi
derecho a ser el alfa!
Cuando los siguientes dos golpes le hicieron ver estrellas, Gedeon decidió
que era hora de apartarse del camino de Duncan. Si se suponía que debía
mantenerlo lejos de su mujer por el resto de la noche era mejor que
mantuviera la cabeza en su sitio.

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Pronto comprobó lo que ya había adivinado de antemano: que no sería
fácil vencer a un robusto hombre lobo como Duncan, especialmente cuando
no quería matarlo ni herirlo, o al menos no mucho. La capacidad de leer los
siguientes movimientos de su oponente por adelantado sin que él se diera
cuenta fue útil. Sin embargo, con la fuerza bruta e incansable del hombre
lobo, Gedeon tuvo que concentrarse por completo durante más de una hora
para desequilibrarlo.
Boca abajo en el suelo, con Gedeon sobre él, Duncan finalmente cedió.
Sus músculos se relajaron, su respiración se ralentizó y sus garras se
retrajeron.
—Tú ganas… de momento.
Gedeon no respondió, era consciente de que Duncan se había estado
conteniendo durante la pelea y que ni siquiera había intentado cambiar de
forma para hacer uso de todo su potencial. La simple idea de cuán fuerte y
poderoso se había vuelto el hombre que una vez fue su amante hizo que Ged
se pusiera duro como una roca. Incapaz de reprimirse, presionó su pelvis
contra el trasero de Duncan.
—¡Mierda! ¡Piensas follarme! —maldijo Duncan sin tratar de deshacerse
de él.
—Ambos sabíamos cuál iba a ser el premio para el vencedor, ¿verdad? —
Gedeon aligeró su agarre y se dejó caer parcialmente a su lado.
—No siempre serás el ganador —soltó Duncan seco.
—¡Mhm! —contestó Gedeon sin despegar la nariz de su cuello mientras
inhalaba el aroma amaderado y fresco de Duncan.
—¡Ya no soy un cachorro! —gruñó Duncan.
Gedeon dejó de olisquearlo y alzó la cabeza.
—Lo sé —admitió con calma.
—¡La próxima vez seré yo quien gane y te garantizo que también quien te
folle! —advirtió Duncan con colmillos extendidos.
—Vale.
Duncan lo miró por encima del hombro.
—¿Vale? ¿Eso es todo lo que vas a decir?
Gedeon rio al ver su expresión de incredulidad. Se inclinó sobre él y raspó
con suavidad la aterciopelada piel del hombro. Cerró los párpados con un
gemido bajo cuando saboreó el rastro de las diminutas gotas rojas que
quedaron al paso de sus afilados colmillos. Duncan se giró, pero eso no le
impidió a Ged repetir el proceso.

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—No me crees capaz de ganarte, ¿verdad? —Los ojos de Duncan se
entrecerraron cuando formuló la pregunta, pero sus pupilas dilatadas fueron
suficiente indicio de cuánto disfrutaba del ligero dolor que le estaba
dispensando.
—No solo lo creo, sino que realmente espero que suceda.
—¿Qué? —Duncan pareció congelarse.
Dejando escapar un largo suspiro, Gedeon alzó la cabeza y le sostuvo la
mirada.
—Prefiero ser sometido.
Duncan lo miró por un largo instante.
—Estás bromeando, ¿verdad? —preguntó. Gedeon negó—. Siempre me
has obligado a someterme a ti. —Duncan sacudió la cabeza, confundido—.
Nunca… ni una sola vez me permitiste tomar el control cuando estábamos
juntos.
—Que prefiera ser sometido no significa que no pueda disfrutar también
de la dominación. Para someterme necesito a alguien más fuerte que yo. Tú
no lo eras entonces. —Gedeon estudió a Duncan con cuidado—. Apenas eras
un cachorro inexperto. Mientras esperaba que te convirtieras en el poderoso
alfa que sabía que serías un día, te entrené y mostré cómo ser el amante que
yo necesitaba que fueras.
El silencio se extendió entre ellos. Las emociones turbulentas de Duncan
estaban escritas sobre su rostro. Gedeon contuvo la respiración cuando el otro
alzó la mano y le trazó los pómulos. Se permitió el lujo de disfrutar de la
caricia. Cuando Duncan presionó los labios contra los suyos en un duro y
exigente beso, Gedeon gimió. Deseaba rendirse y entregarse al hombre al que
amaba, al que siempre había amado, hasta que recordó la razón por la que se
encontraban allí.
«¡Sarah!».
Tirándole del cabello, Gedeon le mordió el labio inferior antes de
retroceder lo suficiente como para escapar de su alcance y recuperar el
control. Con cuidado de no dejar que Duncan lo cazara, Gedeon jugó al ratón
y al gato con él. Acercándose lo justo para lamer algunas gotas de sangre de
sus labios, provocándolo y apartándose burlón antes de que Duncan pudiera
capturar su boca. Cuando Duncan trató de rebelarse contra el firme agarre
sobre su cabellera, Gedeon no se lo permitió, no hasta que pudo sentir la
rendición de su amante. Solo entonces invadió la boca de Duncan para
conquistarlo, exigiendo su rendición.

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Cuando al fin se separaron, luchando por devolverle el aire a sus
pulmones, los ojos de Duncan estaban llenos de una evidente acusación.
—Eres un bastardo mentiroso. ¿Sumiso dices? ¡Y una mierda! Tú tienes
de sumiso lo que yo de fraile.
—Me gané el derecho a follarte —replicó Gedeon con total naturalidad—.
Si lo que quieres es mi culo, primero tendrás que ganártelo.
En el cuello de Duncan una vena latía de forma visible y sus iris dorados
de lobo brillaban como si estuvieran iluminados desde dentro.
—¡Quiero follarte!
El bajo y ronco gruñido de Duncan viajó desde su ingle hasta la punta de
sus cabellos. Gedeon luchó por recordar las razones por las que no podía
ceder al intenso impulso de entregarse al alfa.
—No puedo. No esta noche.
—¿Por qué no? —insistió Duncan contemplándolo hambriento.
—Porque si te doy rienda suelta, es tu lobo quién tratará de tomar el
control. En cuanto acabes conmigo, irías a por Sarah. Recuerda lo que dijo
Samgar. Es virgen, no está preparada para ti… todavía no.
Duncan se congeló.
—Sabes que hagamos lo que hagamos esta noche, no cambiará nada ni
con respecto a mi necesidad por emparejarme con Sarah ni con respecto a ti,
¿verdad? —Un destello de pesar pasó por los serios ojos de Duncan—. Nada
ni nadie hará que me olvide de mi compañera ahora que la he encontrado. La
única razón por la que estoy aquí contigo y por la que estoy dispuesto a que
ocurra algo entre nosotros es porque todavía no la he reclamado creando el
vínculo que me une a ella, y porque no quiero lastimarla si pierdo
completamente el control sobre mi lobo.
A pesar de lo que sentía Gedeon con respecto a Sarah, el dolor se
expandió en su pecho haciéndolo tragar antes de asentir.
—Creo que lo has dejado claro.
—Sabes que ahora que me has confesado tu tendencia sumisa, mi lobo
tratará de rebelarse contra ti, ¿verdad? No creo que pueda evitarlo —advirtió
Duncan con un profundo suspiro mientras cerraba los párpados.
En una muestra de determinación, Gedeon lo recorrió con la mirada.
—Entonces solo hay una cosa que podamos hacer.

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Sarah despertó sintiéndose cálida, abrigada y protegida. Era una lástima que
tuviera que levantarse. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo un sueño tan
reparador? Si fuera lista se daría la vuelta y seguiría durmiendo, pero estaba
absolutamente segura de que había algo que necesitaba recordar. Sus párpados
se abrieron y revisó la habitación. Las paredes estaban vacías. Solo Xiu
permanecía y estaba sentado en el suelo, tan inerte como una estatua.
No le llamaba demasiado la atención que los hombres hubieran roto las
cuerdas para liberarse. Cuando los ató sabía que no los detendría. Suspiró.
Hacerles pensar que eran sus cautivos no había sido más que un truco barato
para ganar tiempo. El problema era que no había contado con quedarse
dormida y que se fueran sin que hubiera podido avisarlos sobre las tres lunas
y sus efectos secundarios.
Si el único en la cabaña era Xiu, Duncan y Ged debían de estar afuera…
¡siendo influenciados por sus lunas! Si no hubiera estado tan preocupada por
su inminente muerte, se habría tomado el tiempo de escribir instrucciones y
las hubiera fijado en su puerta, pensó con sequedad.
«¡Ufff! Ya es demasiado tarde para avisarles de que no todo aquí funciona
igual que en su mundo. ¿No podrían haber esperado a que me despertara?
Cualquiera diría que, siendo mis invitados, me podrían haber pedido permiso
antes de explorar un territorio que no conocen».
Los tres satélites eran apenas uno de los aspectos distintivos de su
universo. Los había creado porque la atemorizaba la oscuridad, pero en aquel
momento no sospechó que llegarían a influir sobre las pocas personas que la
visitaban. Lo peor era que las lunas no habían sido sus únicos caprichos a la
hora de crear su mundo y desconocía qué otros efectos secundarios acabaría
descubriendo con el tiempo con respecto a sus creaciones.
«Quizás sea mejor que vaya a buscarlos».
Estudió a Xiu, sentado a unos metros de ella con las piernas cruzadas, los
ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las rodillas. Las llamas anaranjadas
en la chimenea reflejaban un brillo dorado sobre su piel color canela. Su
rostro tranquilo hablaba de silencio, de sufrimiento oculto, de contención, de
honor y sinceridad, de fuerza y poder. Cuando le contó la historia de su
pueblo, no había mencionado ni una palabra sobre sí mismo.
A ella le habría gustado preguntarle al respecto, pero se había contenido
porque había presentido que no respondería, que sus recuerdos eran
demasiado dolorosos, demasiado terribles para que él pudiera revelarlos sin
sentirse expuesto.

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Sarah se sentó con cuidado tratando de no despertar a Xiu de su trance.
Después de echar un rápido vistazo a sus jeans manchados, se levantó y se
puso un batín. No era como si hiciera demasiado frío afuera. Invierno o no,
era su mundo después de todo. Hubiera sido estúpido crear un ambiente que
pudiera amenazar su propia supervivencia solo para imitar los climas a
menudo duros e inestables de la Tierra.
Al pasar a su lado, su mirada se posó en Xiu. Su corazón se detuvo por un
instante y su estómago amenazó con rebelarse. Cubrió sus labios con una
mano temblorosa para acallar los gritos que resonaban en su mente.
Acercándose a la espalda maltratada de Xiu, cayó de rodillas. No lo tocó, le
asustaba demasiado despertarlo, aun cuando tenía ganas de recorrer los
patrones del caótico entramado de cicatrices con las yemas de los dedos.
Habría llevado una eternidad localizar cada una de ellas. Las cicatrices no
solo le cruzaban la espalda, sino que cada una de ellas se superponía a una
más antigua, revelando siglos de agonía y abusos.
La naturaleza inmortal de Xiu debería haberlo sanado, pero, aunque no
fuera así, podría haber llegado a su mundo de ensueño con una piel intacta y
saludable, tan perfecta como aparentaba estar en el resto de su cuerpo. Tal
como estaban las cosas, Sarah dudaba de que él fuera siquiera consciente de
las horribles marcas que llevaba en la espalda. Sin apenas conocerlo, tenía la
impresión de que Xiu no era alguien dado a demostrar su dolor y sufrimiento
ante los demás. No, estaba segura de que él no tenía ni idea de cómo las
profundas cicatrices que marcaban su alma se reflejaban en su cuerpo como
un grito silencioso en busca de ayuda.
Sintiendo un extraño calor sobre la piel de su escote, bajó la vista a la
piedra bellamente tallada que colgaba sobre su pecho. Al cogerla estaba
caliente. Sarah deseó tener la capacidad y el tiempo para ayudar a Xiu en lo
que pudiera, a él y a sus otros dos compañeros, antes de que la muerte se la
llevara.
Cubriéndolo con cuidado con una manta, le besó el hombro y abandonó la
cabaña en silencio.

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Capítulo 9

C olgando entre dos árboles como un águila con las alas extendidas,
Duncan gimió y dejó caer la cabeza hacia atrás. Las robustas cuerdas
plateadas que lo sujetaban le irritaban la sensible piel de sus muñecas y
tobillos haciéndolo sentirse expuesto y vulnerable. Ged recorría su cuerpo con
la boca, rozándolo aquí y allá, juguetonamente, con sus afilados colmillos,
para apaciguarlo acto seguido con su lengua.
El vampiro era un maestro en lo que a tortura sensual se refería. Donde
Duncan era pura y salvaje pasión animal, Ged disfrutaba del lento y
sofisticado tormento que hacía que un hombre subiera por una larga y
aparentemente interminable escalera de placer. Era capaz de hacer que sus
amantes suplicaran y suplicaran durante horas, incrementando sus anhelos a
cada instante y dejándolos colgados por una eternidad en la fina línea que
separa el placer simple y puro del «big-bang-nadavolverá-a-ser-lo-mismo».
Duncan lo sabía mejor que nadie después del tiempo que había pasado con él.
Una dulce y fresca bocanada de aire con olor a flores de cerezo le hizo
cerrar los ojos en completa dicha y le provocó el impulso de aullarle a las
lunas. Fue el amargo olor a miedo que acompañaba a esas notas dulces lo que
le hizo darse cuenta de que ya no se encontraban solos. Duncan se tensó. Sus
párpados se abrieron de golpe encontrando la cara sorprendida de su
compañera al otro lado del claro.
«¡Ged, detente!». Duncan tragó saliva preparándose para la reacción de
Sarah.
Los diestros dedos que habían estado acariciándolo se congelaron a
apenas centímetros de su ingle. A su espalda, Gedeon se enderezó.

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—Todo está bien, Sarah —dijo Ged con tono tranquilizador, aunque a
Duncan no se le escapó el ansia que se ocultaba en él.
—¿Le estás haciendo daño? —preguntó Sarah sin despegar sus enormes
ojos de ellos.
—No en la forma en que estás imaginando.
—¿Lo está haciendo con tu consentimiento? —Sarah miró a Duncan con
cara inexpresiva.
Duncan quería negarlo, pero apretó los labios y agachó la cabeza.
—¿Sarah, cielo? —El tono de Ged era tierno y comprensivo—. Míralo —
le pidió dejando que sus dedos acabaran de deslizarse hacia su objetivo y
rodearan la gruesa erección de Duncan.
«¡¿Qué cojones estás haciendo?! —La espalda de Duncan se puso tan
rígida que dolía—. ¡No quiero que me vea! ¡No así! ¡No con otro hombre! —
Tiró sin éxito de las cuerdas con plata—. ¡Gedeon, detente! —Los colmillos
de Duncan se extendieron—. ¡Detente ahora mismo o te mato!».
Ged lo ignoró. Con un gruñido, Duncan dio un chasquido intentando
morderlo para mostrarle cuán en serio iba su amenaza.
«¡Mírala!». El tono áspero de Ged hizo que Duncan siguiera su orden de
forma automática.
Descubrió a Sarah contemplando su entrepierna con ojos brillantes y
labios semiabiertos. Al seguir la mirada femenina, Duncan vio cómo la pálida
mano de Ged se movía sobre su oscuro e hinchado falo, deslizándose
firmemente sobre él, desde la base hasta el glande, donde gotitas de líquido
preseminal relucían como pequeños diamantes bajo el brillo rojizo de las
lunas.
—¡Vaya, yo…! —La voz femenina reveló que había captado la situación.
Duncan apartó el rostro—. ¿Puedo quedarme y… mirar? —Las palabras
salieron en un susurro, si bien el viento las transportó a través de la distancia
con la suficiente claridad para ser escuchadas.
Duncan la miró en estado de shock. Ged sonó divertido cuando respondió:
—No.
—Ah… bueno… yo… —Sarah se sonrojó mirando incómoda a su
alrededor—. Entonces… creo que es mejor que… regrese a la cabaña.
—Pero puedes ayudarme a… torturarlo hasta que su lobo se tranquilice.
—¡Oh! Uhm… —Ella se mordió el labio inferior—. Supongo que eso es
algo que podría hacer.

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—¿Sabes por qué lo tengo aquí atado? Es porque quiere follarte, porque
no puede pensar en otra cosa que no sea cogerte y tirarte al suelo para
montarte. Quiere saborearte, chuparte, lamerte y morderte… No importa ni
dónde ni cómo, porque lo único importante para él es poder sentirte, poseerte
y reclamarte de todas las formas posibles.
Duncan apretó la mandíbula. No estaba seguro de si quería matar a
Gedeon de forma lenta y dolorosa o simplemente arrojarse sobre su
compañera para cumplir con todas y cada una de las imágenes que esas
palabras le evocaban. Un sensual y delicioso olor irrumpió en sus fosas
nasales traicionando la excitación y la creciente humedad que se extendía
entre los muslos femeninos. La erección de Duncan respondió palpitando al
mismo ritmo que el latido cada vez más rápido de su corazón.
—¿Y qué propones que haga al respecto? —Sarah ladeó la cabeza
mientras los observaba por debajo de sus largas pestañas.
—Quiero que le demuestres que no le pondrás las cosas fáciles. Que no
eres una niña desvalida con la que puede hacer lo que le plazca. Debes
ponerlo en su sitio y mostrarle a su lobo la mujer fuerte y poderosa que eres,
una mujer que merece ser respetada y por la que vale la pena luchar. ¿Crees
que podrás hacer eso por nosotros, cariño?
Una lenta sonrisa se esbozó en los labios de Sarah mientras recorría a
Duncan con una mirada llena de intenciones.
«¡Joder, cielo! ¡No me mires así!». La boca de Duncan se resecó.
—¿Lo que quieres es que juegue un ratito con nuestro lindo cachorrito?
El bajo gruñido de Duncan resonó en el claro. Relajó el control sobre su
lobo lo suficiente como para que ella pudiera vislumbrar el brillo dorado en
sus ojos cuando le lanzó una mirada de advertencia.
—Tarde o temprano serás mía… asegúrate de comprender en qué te estás
metiendo.
Los ojos de Sarah se oscurecieron, su delicioso aroma adquirió un toque
especiado y su sonrisa se llenó de confianza femenina mientras sus manos se
dirigían al cinturón de su batín para desatarlo. El corazón de Duncan dejó de
latir.
Ged rio con suavidad.
—Esa es mi chica. Ahora ven y toma lo que es tuyo.
El batín cayó al suelo cuando ella dio el primer paso para caminar
sensualmente hacia ellos. Sarah se humedeció los labios mientras sus dedos
fueron abriendo los botones de su blusa con calma. Con una inspiración

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profunda, Duncan llenó sus pulmones con la provocativa fragancia. Su
atención permaneció pegada a los duros picos que despuntaban bajo la suave
tela y la redondez de sus senos a medida que los descubría sin prisas. Cuanto
más se acercaba, más se impregnaban sus fosas nasales del dulce aroma, hasta
el punto de que casi podía saborearla en el aire.
A su espalda, el duro cuerpo de Ged se presionaba contra él permitiéndole
sentir su excitación. Duncan gimió, no le molestaban las cuerdas que lo
sostenían, ni tampoco que Ged estuviera a cargo por el momento; y en cuanto
a Sarah, en realidad estaba fascinado por la forma en la que ella se dirigía
hacia él llena de desparpajo, determinación y fuerza. Ged lo conocía bien.
Sabía que disfrutaría del desafío de una mujer combativa y con voluntad
fuerte.
Había tenido miedo de que Sarah no estuviera preparada para aceptar su
atracción por otro hombre, o manejar sus gustos un tanto perversos. Su
aceptación lo hizo sentir malditamente afortunado. En cuanto a la parte
dominante… Lo cierto era que disfrutaba ser quien dominaba, era algo que le
venía de forma natural, pero el sexo era el sexo y si era perverso mejor; estaba
seguro de que pronto podría devolverles a Sarah y Gedeon lo mismo que le
estaban haciendo, y estaba más que dispuesto para pagarles en la misma
moneda.
Sarah se detuvo a unos pasos de ellos. Dejó deslizar la blusa por los
hombros quedándose solo con el diminuto tanga de satén rojo. Ged se
mantuvo tan inmóvil como Duncan.
Las respiraciones aceleradas y superficiales traicionaron la agitación de
ambos. La imagen de Sarah bajo la luz anaranjada de las lunas, con sus
pechos llenos y redondeados, sus pezones largos y fruncidos y sus anchas
caderas, resultaba impresionantemente sensual. Todo en ella eran curvas
dulces y femeninas, y todas serían suyas muy pronto.
—Acércate —murmuró Ged con voz ronca.
—Primero, muéstrame lo que tenías en mente para él.
La atrevida exigencia de Sarah hizo que Duncan se estremeciera.
—¿Crees que estás preparada para jugar con los dos a la vez, cariño? —
preguntó Gedeon cargando sus palabras de intencionalidad.
Ella lo miró por debajo de sus pestañas con una sonrisa ladeada.
—Muéstrame lo bueno que eres y te dejaré ver lo bien que me hace sentir
—propuso con voz baja y sugerente, acariciándose los pechos antes de que su

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mano desapareciera bajo el pequeño pedazo de satén carmesí, permitiéndoles
imaginar lo que sus dedos hacían con movimientos lentos y exhaustivos.
Duncan tragó saliva observando embelesado el incitante espectáculo.
Podía oír el sonido húmedo de los dedos deslizándose a través de los
resbaladizos y cálidos pliegues, haciendo que su hambre por ella creciera
junto a su necesidad de saborearla.
La mano de Ged rodeó su erección y siguió su parsimonioso ritmo con
movimientos largos y firmes, mientras su boca se volvía dura y exigente sobre
el cuello de Duncan a medida que la mano de Sarah desaparecía más y más
bajo dentro del casi inexistente triángulo de tela. Duncan maldijo cuando los
colmillos de Ged se hundieron en su piel, pero ambos gimieron al unísono
cuando ella sacó su lengua para humedecerse los labios.
—¡Quítatelo! —Incluso para los oídos de Duncan, su orden sonó brusca.
La risa de Sarah resonó en el claro.
—¿Qué quieres que me quite? —preguntó burlona llevándose los
brillantes dedos a la boca y soltando un suave ronroneo al saborearse a sí
misma.
—¡Esa maldita cosa roja! —rugió Duncan, a punto de perder la cabeza.
—¿Estás dispuesto a pagar el precio? —preguntó Sarah, mientras su
mirada se dirigía a Gedeon.
—¿Qué quieres? —inquirió Gedeon ronco.
—No me has dado mucho hasta ahora. Todavía estoy esperando poder
apreciar tu experiencia, querido vampiro.
Duncan se tensó adivinando la determinación de Ged de darle
exactamente lo que quería. El fuerte tirón en el cabello lo obligó a echar su
cabeza hacia el lado concediéndole al vampiro acceso libre a su garganta. Una
mano exigente subió por el torso de Duncan trazando un sendero hacia su
pecho. Los diestros dedos les rindieron homenaje a sus pezones hasta que el
placer-dolor lo hizo retorcerse y empujar contra la dura erección que palpitaba
contra sus nalgas. Gedeon no se detuvo ahí; en tanto sus manos y labios
seguían su viaje, lo besó, lamió, mordió y sujetó mientras se frotaba contra él.
Cuando hizo una pausa, Duncan le dirigió a Sarah una mirada desafiante
esperando que ella cumpliera su promesa y se deshiciera de la minúscula
pieza de tela.
—¡Abre tus piernas! Quiero verte —la instruyó Duncan cuando el tanga
cayó sobre la hierba.

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—Entonces dame más —exigió abriendo sus hinchados pliegues con una
mano para dejar que los tímidos rayos de las lunas acariciaran su brillante
humedad.
Duncan rozó la locura en el instante en que Sarah comenzó a explorarse
de nuevo y los dedos de Ged allanaron el camino entre sus nalgas, haciéndolo
jadear.
Aparentemente hechizada, Sarah siguió fascinada la demostración de
posesividad de Ged. A Duncan dejó de importarle que ella fuera testigo de
cómo se sometía a otro hombre. Podía discernir el brillo en sus pupilas y el
olor de su excitación. Que lo ahorcaran si no se sentía bien cederle el control
a otro, tener a alguien capaz de dirigir sus necesidades, de poder permitirse el
lujo de simplemente deleitarse con el placer y, lo que era igual de importante,
la cantidad perfecta de tortura.
Sarah recorrió los últimos pasos que los separaban. Las fosas nasales de
Duncan se abrieron y el dulce, algo especiado aroma, lo inundó de deseo.
Poniéndose de puntillas, Sarah presionó sus generosas curvas contra él y
atrapó la erección de Duncan entre sus resbaladizos muslos.
Él le devolvió el largo y voraz beso, abrumado por las sensaciones que le
proporcionaba la ardiente humedad de Sarah mientras se masturbaba con su
duro miembro, y los expertos dedos de Ged seguían explorando. Deseó
tomarla en sus brazos y alzarla por sus caderas para que lo montara, y ansiaba
abrirse camino en su cuerpo, para sentir su calor y sus contracciones
atrapándolo en su interior.
Gimió. Únicamente las cuerdas plateadas en sus muñecas y el miedo de
perder el control sobre su lobo lo seguían frenando. Cuando Ged se tornó más
exigente, Duncan se forzó a relajarse rindiéndose a sus demandas. Poco a
poco los movimientos de Sarah se volvieron más frenéticos, los gemidos
femeninos vibraron a través del vientre de Duncan y las uñas de Sarah se
hundieron en sus hombros haciéndolo partícipe de su placer.
Pudo presentir la cercanía de su orgasmo a través del escalofrío que la
recorrió poco antes de comenzar a convulsionarse. Los pequeños dientes se
clavaron en su cuello sofocando los jadeos femeninos casi en el mismo
instante en que los colmillos de Ged atravesaron su piel en el lado contrario.
Incapaz de contenerse por más tiempo, Duncan alzó la cabeza para aullar su
éxtasis a la noche mientras su semen salpicaba los muslos de Sarah.
Si no hubiera sido porque las ataduras en sus muñecas lo sostenían, habría
caído al suelo cuando sus temblorosas piernas se rindieron bajo su peso. Sarah

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se apoyó contra él con una respiración tan forzada como la suya y los brazos
de Ged rodearon a ambos, manteniéndolos unidos y soportando parte de su
peso. Duncan se limitó a estar colgado y a disfrutar del calor de los cuerpos
que lo envolvían, recreándose en el rítmico bombeo de la sangre de Sarah,
cuyo corazón pulsaba al unísono con el suyo. No había nada más para pensar
o sentir… Hasta que Gedeon cambió de posición a su espalda.
«No he terminado». La advertencia baja y aterciopelada resonó en la
cabeza de Duncan trayendo a su mente la imagen de un peligroso depredador
que acecha a su presa a la espera del momento más oportuno para lanzarse
sobre ella.
Un escalofrío recorrió su columna vertebral cuando se percató de que él
no era el único afectado por las tres lunas y que Gedeon sonaba como si
hubiera llegado a algún tipo de límite. Sarah debió presentirlo también, por la
forma en que alzó la cabeza para estudiarlo.
—De rodillas. —La orden susurrada de Gedeon fue demasiado suave para
la tranquilidad de Duncan.
Sarah obedeció sin poner ningún tipo de reparo. Deslizándose por el
cuerpo de Duncan, lo recorrió con sus voluptuosas curvas. Cuando sus
rodillas tocaron el suelo, sus labios quedaron a escasos centímetros de su
erección. Al encontrarse con los enormes ojos contemplándolo desde abajo
llenos de deseo, Duncan se dio cuenta de que a ella le excitaba el despliegue
dominante de Gedeon tanto como a él mismo.
Los elegantes dedos del vampiro se cerraron alrededor de su sensibilizado
falo y lo guiaron hasta los labios de Sarah, para trazar sus labios con los restos
de semen que todavía lo cubrían. Duncan fue incapaz de desviar su atención
de la divina lengua rosada que aceptó la oferta como un gatito haría con un
tarro de leche.

Gedeon se inclinó hacia su oído.


—Es hora de mi premio, cachorrillo.
Las rodillas de Duncan se doblaron bajo su peso ante el ronco murmullo.
Ged le tiró del cabello obligándole a girar la cabeza hacia él para reclamar su
boca en un exigente beso. En el mismo instante en que Sarah abrió los labios
para tomarlo en su boca recorriendo su largura en una exquisita y lenta
tortura, Gedeon lo penetró. Duncan cerró los párpados y dejó caer la cabeza
hacia atrás. «¡Joder!». El sensual dolor y el sorprendente e inesperado placer

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se cargaron su capacidad de razonar. Su pelvis comenzó a moverse por
voluntad propia anhelando tanto el punzante y delicioso tormento, como el
terriblemente dulce placer. Llegó a un estado en el que le resultó imposible
diferenciar entre las sensaciones provocadas por Sarah y por Ged; y los
gemidos, jadeos, ronroneos y gimoteos que lo rodeaban se fundieron hasta
reverberar dentro de él.
Los dedos de Ged se hundieron en sus caderas manteniéndolo quieto.
Sarah lo devoró hambrienta mientras soltaba pequeños y húmedos gemidos.
Las garras de Duncan se clavaron en sus palmas cuando la mano resbaladiza
de Sarah se deslizó sobre sus testículos en delicadas caricias, explorándolos,
tomando el peso en sus manos… hasta que se aventuró más allá de él.
Supo el momento exacto en que los sedosos dedos alcanzaron el escroto
de Ged. El vampiro se tensó y redujo la velocidad de sus empujes, sus garras
extendidas perforaron la piel de Duncan cuando afianzó el agarre sobre él. En
el siguiente instante, las embestidas se volvieron salvajes y fieras y su grito
gutural resonó a través del silencioso bosque.

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Capítulo 10

S arah se detuvo en el umbral de la cabaña. Las luces estaban apagadas,


pero en la chimenea las llamas bailaban con un encanto mágico
bañando la cabina en un cálido resplandor anaranjado. Lo que más le llamó la
atención, sin embargo, fue la preciosa bañera de cobre tallada ubicada justo
enfrente del fuego. Nunca la había visto antes.
Cerró la puerta y vaciló. Ged había llevado a Duncan a las cascadas, que
se encontraban a casi un kilómetro de distancia, y le había pedido que
regresara a la cabaña hasta que estuviera seguro de que el lobo se encontraba
bajo control. Revisó la cabaña con la mirada. Xiu no estaba a la vista. Una
delicada fragancia de mandarinas, canela y jazmín flotaba por la habitación
asaltando sus sentidos desde el agua humeante de la bañera.
Sarah cruzó lentamente la habitación, con el crepitar del fuego y el roce
de la tela al desvestirse como único sonido de fondo. Tiró su bata sobre una
silla, dejó caer su blusa sobre el sofá al pasar junto a él y dejó su tanga
formando un diminuto charco rojizo sobre el suelo, creando un descuidado
rastro de ropa tras de ella. El calor de las llamas acariciaba su piel desnuda
haciéndola sentir sensual, libre y consciente de la mujer que era. El ver las
flores blancas flotando en la superficie del baño, también la hizo consciente
de la mujer que quería ser.
Sumergiéndose en el agua caliente, cerró los ojos con un suspiró de placer
e inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el sensual y relajante
aroma.
—¿Sombra? —Nadie respondió. Sabiendo que no sería capaz de verlo, no
hizo el esfuerzo de abrir los párpados—. Sé que estás aquí, puedo sentirte.

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—¿Puedes? —Su profunda voz la envolvió como si su esencia se
extendiera por la habitación hasta llegar a ella para abrazarla.
Sarah sonrió cuando notó su sorpresa. No supo por qué lo había llamado
«Sombra», no solía inventar apodos para la gente, pero de alguna forma era
así como lo veía. No como las sombras oscuras y tenebrosas a las que todo el
mundo temía, aunque no dudaba de que Xiu pudiera ser temible e inspirar
terror, sino como la sombra amiga y compañera que va siempre a tu lado,
acompañándote en silencio, la que se funde contigo y no te abandona jamás,
ni siquiera cuando los inexorables rayos del sol amenazan con matarla.
—¡Mhm!
—¿Quieres que me vaya?
—¡No! Quédate, por favor.
Podía sentirlo de pie, junto a la bañera, observándola. Una parte de ella le
ordenó que se avergonzara, que se hundiera más profundamente en el agua y
tratara de ocultar su desnudez ante un hombre que acababa de conocer. Otra
parte, la más fuerte, la aconsejó que mantuviera los ojos cerrados y que
saboreara lo que el destino le ofrecía.
Su estómago revoloteó cuando lo sintió arrodillarse junto a la bañera. Xiu
cogió su pie para apoyarlo en su musculoso pecho, vertió un poco del gel
perfumado en su palma y comenzó a enjabonarle la pierna con movimientos
largos y lentos, masajeando sus tobillos y acariciando sus pantorrillas. Sarah
se dejó llevar por el placer que sus manos le prodigaban al deslizarse sobre su
sensible piel.
—¿Te gusta?
—Más… —gimió Sarah cuando Xiu alcanzó la parte interna de sus
muslos.
En lugar de seguir, las manos masculinas regresaron lentamente a sus
tobillos, enjuagándola con agua tibia. Ella protestó con un decepcionado
quejido cuando le quitó el pie del pecho, pero sus párpados se abrieron de
golpe acompañados por un chillido sobresaltado, cuando le atrapó el dedo del
pie entre los labios tomándose su tiempo para chupar, lamer y mordisquearlo.
Tuvo que agarrarse al borde de la bañera para no hundirse como había
hecho su cordura. En algún lugar de su consciencia oyó su respiración
alterada, sus gemidos y jadeos. También oyó las súplicas de alguien para que
no se detuviera. ¿Era ella? No le importaba, nada importaba mientras que él
siguiera con lo que estaba haciendo.
—¿Más? —preguntó Xiu con voz ronca obligándola a mirarlo.

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Sus oscuros ojos parecían hambrientos, casi salvajes. Sarah asintió,
paralizada, incapaz de hablar. Las comisuras de Xiu se elevaron levemente.
Sosteniendo su pierna con una mano, trazó un intrincado camino con la ayuda
de labios y lengua. Su otra mano se sumergió en el agua para ir recorriendo el
camino entre sus muslos explorándola para llegar a nuevos territorios.
Se sintió ahogarse… no en el agua, sino en los enigmáticos ojos que no la
perdían de vista y en el placer más absoluto. Sus piernas se abrieron y su
vientre se contrajo preparándose para él. Fue imposible controlar su impulso
de retorcerse bajo la experta tortura.
Su corazón golpeaba frenético contra su caja torácica haciendo que todo el
cuerpo latiera en consonancia. Arqueó la espalda cuando Xiu encontró su
pezón húmedo, y calmó su ansia con su experta lengua cuando lamió las
brillantes gotas de agua que colgaban del pequeño pico. Lo secó con su árido
aliento, solo para humedecerlo instantes después cubriéndolo de nuevo con su
boca.
Cuando su antebrazo apareció a su espalda para darle soporte, ella apoyó
agradecida la cabeza en su hombro, indiferente al agua que se derramaba
sobre el borde en oleadas mientras ella se retorcía en sus brazos. Sus gemidos
y gritos formaron un eco en la cabina, pero eran únicamente los de ella. Sarah
lo estudió con párpados entrecerrados buscando los indicios que le revelaran
que él la necesitaba tanto como ella a él. Sus miradas conectaron. Los dedos
masculinos siguieron explorando el núcleo de su feminidad, mientras su
pulgar trazaba parsimoniosos círculos sobre su clítoris hinchado y sensible.
La frustración se impuso. No quería que él permaneciera indiferente
mientras ella se consumía en su fuego, lo que deseaba era que cediera al
hambre reflejado en sus ojos, que perdiera ese control férreo sobre sus
necesidades para llenarla con su calor. Quería que él la reclamara tal como le
había contado que hacía su gente con sus Centehuas durante siglos, pero nada
de eso ocurrió. Xiu se limitó a esperar, como un felino que acecha a su presa,
para presenciar la inminente explosión de placer.
Su interior se contrajo alrededor de los decididos dedos. Sus músculos se
tensaron. Su aliento, cada vez más rápido, se entremezcló con sus gemidos,
mientras sus uñas se hundían en el oscuro antebrazo de Xiu incitándolo a
llegar más profundo, de darle más duro…
¡Más rápido!
—¡Sombra!
Cuando chilló su apodo, Xiu la besó sofocando los jadeos con sus labios.

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«¡Esta es la única forma en que puedo reclamarte, mi Centehua… por
ahora!».
A medida que su cuerpo se calmaba latiendo con los remanentes de su
orgasmo, siguió apoyada sobre el hombro de Xiu y disfrutó de la protección
que le ofrecían sus robustos brazos. No estaba segura de si lo había escuchado
en su mente. Las palabras habían sido apenas un leve susurro… Tal vez ni
siquiera había querido que ella las oyera.
—Admitiré que nunca pensé que oír «Sombra» pudiera parecerme tan
sexy.
Sarah se giró sobresaltada, derramando agua por el suelo, para mirar
preocupada a Ged. Se encontraba apoyado con los brazos cruzados en el
umbral de la puerta abierta mostrando una sonrisa perezosa y lo que parecía
ser una erección más inmortal que él mismo.
—¡Has vuelto! —Sarah tragó saliva. ¿Cuánto tiempo había estado allí?—.
¿Dónde está Duncan?
—Ha tenido que regresar al claro.
—¿Habéis… presenciado…? ¿Está enojado? —Sarah se mordió los labios
cuando las palabras salieron atropelladas.
—¿Enojado? Nah. Yo diría que más caliente que el infierno mismo. —
Ged rio entre dientes.
—¿Y lo dejaste solo?
—Es el turno de Xiu de estar con él —respondió Ged encogiéndose de
hombros.
Desconcertada, Sarah miró a Xiu, cuyas oscuras pupilas permanecían fijas
en Ged.
—¿El turno de Xiu? —preguntó Sarah intrigada.
—Necesitan explorar sus… —Ged mostró una sonrisa torcida—, los
límites —explicó Ged acercándose al otro lado de la bañera con una toalla
mullida para ayudarla a salir.
Sarah le echó un vistazo inseguro a Xiu. ¿El gruñido que acababa de oír
había venido de él?
Xiu se incorporó y rodeó lentamente la bañera hasta alzarse amenazante
frente a Ged. Sarah no supo qué hacer. No quería que pelearan y la forma en
que se evaluaban y miraban el uno al otro, parecía indicar que eso era
exactamente lo que iba a suceder. Sin embargo, para su alivio, ninguno de
ellos se movió.

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—Cuidado con tus jueguecitos, vampiro. No creo que quieras que juegue
contigo —gruñó Xiu algo ronco.
—Eso es algo que tendrás que comprobar en otro momento. Duncan es el
que te está esperando ahora. El amanecer está cerca, tendréis que daros prisa.
Deberíamos estar de vuelta en nuestros cuerpos antes del amanecer.
Xiu apretó su mandíbula permaneciendo inmóvil lo que a Sarah le pareció
una eternidad, hasta que de repente desapareció en la nada.
—¡Joder, sí que es bueno desapareciendo! —Ged examinó la cabina, pero
el caminante no había dejado la menor huella.
—¿Te irás esta noche? —preguntó Sarah despacio estudiando la montaña
de espuma que aún flotaba en el agua.
—Ven, cielo. —Ged le ofreció sus brazos notando los brillantes ojos,
llenos de lágrimas no derramadas.
—No, está bien. Sabía que teníais que volver. Es solo…
No terminó. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas
acompañadas por sus sollozos. Ged la sacó del agua y la envolvió con la
toalla para llevarla a la cama, acostándose a su lado.
—¡Shhh! Está bien, cielo. Solo nos iremos durante el día. Xiu se quedará
a hacerte compañía hasta que Duncan y yo volvamos por la noche. —Esperó
a que asimilara el significado de sus palabras, pero cuando no dejó de llorar,
la apretó contra su pecho—. Sarah, bebé, regresaremos todos los días, los tres,
lo prometo.
—No puedes… si estás… aquí… cuando… muera… podríais… quedar
atrapados… para siempre… en este… lugar… con él —sollozó.
Ged se puso rígido. Ella no había dicho «si muero» sino «cuando muera».
Sarah estaba dando por hecho que iba a morir.
—Eso no sucederá. Yo… ¡no dejaremos que suceda!
Ella respiró hondo y cogió un pañuelo de la mesita de noche.
—No hay nada… que podáis hacer al respecto.
—¡Moriré intentándolo! —Gedeon apretó los dientes.
—Quiero que prometas algo —murmuró Sarah.
—Lo que quieras, cielo.
Viendo los inmensos ojos violeta de Sarah llenos de tristeza, Ged le habría
prometido la luna si se la hubiera pedido.
—Quiero que me prometas que te quedarás al lado de Duncan.
Si su corazón latiera, se habría detenido en ese mismo momento.
—Hecho —afirmó Gedeon. «Si no muero contigo», añadió solo para él.

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Ella asintió mirando su pecho.
—Y también cuidarás a Xiu. Soy consciente de que se rebelará y que
tratará de luchar contigo, pero necesita a alguien en su vida. No podré irme en
paz sin saber que alguien lo está cuidando.
—Cielo.
—¿Sí?
—No necesitas explicarte, lo comprendo.
—Sí… lo sé.
Ged le dio un tierno beso en la frente.
—Prometo que mientras viva, permaneceré al lado de Duncan y Xiu, me
ocuparé de ellos y los cuidaré, tanto si quieren que lo haga como si no.
¿Mejor? —le preguntó alzándole la barbilla con un dedo para mirarla a la
cara.
Ella se arrojó sobre él presionando sus labios contra los suyos.
Sorprendido por su reacción, Ged respondió a su beso amándola con cada
roce y cada contacto. Quería que ella supiera lo que le hacía sentir y de qué
forma lo completaba. Con un profundo suspiro, Gedeon finalmente se separó
de ella. No podía seguir besándola y controlar su impulso por tomarla. Por un
momento, se quedaron en silencio, acurrucados el uno junto al otro. El pulso
lento de su corazón tuvo un efecto calmante sobre él. Luchó por no pensar y
mantuvo sus sentidos centrados en los rítmicos latidos. Podría haberse
quedado así el resto de su vida.
—¿Eres consciente de que antes… cuando te enfrentaste con él, uno
frente al otro… Xiu y tú, quiero decir… vuestras enormes… eh… erecciones
estaban duras y rozándose?
Al salir de su estupor, Gedeon se rio a carcajadas.
—¿Enormes?
—Bueno, sí. Lo son, ¿verdad?
—Mhm, supongo que podríamos decirlo si las comparamos con los
estándares humanos.
—¡Vaya! ¿Eso significa que todas las razas nocturnas están bien dotadas?
¿Más grandes que los humanos?
Gedeon apretó la mandíbula.
—Eso no es de tu incumbencia.
—¡Por supuesto que lo es! ¡Soy una mujer y tengo curiosidad!
—No estoy listo para hablar contigo sobre los atributos de otros hombres.
Tendrás que conformarte con lo que el destino te ha regalado. —Cuando ella

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le mostró un lindo mohín, Ged puso los ojos en blanco—. Nooo, no todas las
razas nocturnas están tan bien equipadas como nosotros. Puedes considerarte
una chica realmente afortunada.
—De modo que has estado prestando atención al equipamiento de Xiu —
concluyó ella satisfecha. Gedeon arqueó una ceja. Sarah sonrió con
suficiencia—. ¡Venga ya! ¿Estabas o no estabas al tanto de cómo os rozabais?
Ged no pudo evitar que sus labios temblaran.
—Era total y completamente consciente de que nos tocábamos.
¿Satisfecha?
—Entonces… ¿de qué iba todo eso? Lo de la amenaza y la tensión entre
vosotros… ya sabes a qué me refiero.
—A ver, cielo. ¿Quieres que los tres lleguemos a entendernos y a
permanecer juntos en el futuro?
—Sí, pero…
—Deja los «peros» para mí y relájate.
—Pero…
—¡Sarah! —La miró profundamente a los ojos—. No te preocupes por
esos detalles. Todo saldrá bien.
Ahora ven aquí y duerme, cariño. Quiero sentirte.
Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
—¿Ged?
—¿Sí, cielo?
—En caso de que… no nos volvamos a ver… —Ella se detuvo cuando él
se tensó y aclaró su garganta—. Solo quería que supieras que esta ha sido la
mejor noche de mi vida. Gracias.
Gedeon no respondió, aunque sus brazos se apretaron alrededor de su
cintura anclándola a él. «No importa lo que tenga que hacer. No permitiré que
el destino nos separare. No ahora que te he encontrado».

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Capítulo 11

X iu apareció de la nada frente a Duncan, lo que a este no le sorprendió


tanto como el cambio en la actitud del normalmente tranquilo y estable
guerrero. Con el ceño fruncido, los labios apretados y los ojos echando
chispas, resultaba más que evidente que el nativo estaba malhumorado. En
realidad, parecía que lo estuviera incluso más que él, reconoció Duncan
reticente. Posiblemente ese hecho tampoco debería haberle extrañado,
después de todo, él había tenido sus buenas tres horas de sexo fantástico y
ardiente para aliviarse, muy al contrario que el caminante, a deducir por la
furiosa erección que portaba.
—Parece como si pudieras necesitar una manita con… —Antes de que
pudiera parpadear, Duncan se encontró inmovilizado contra un árbol.
—NO-JUEGUES-CONMIGO —gruñó Xiu amenazante.
El lobo de Duncan se rebeló contra la agresión no provocada. «¡Lucha!
¡Juega con él!».
«¡Mierda!». Duncan dejó escapar un lento suspiro. «No tenemos tiempo
para jugar a esa gilipollez de macho alfa en este momento. Tenemos prisa. —
Cuando el lobo chasqueó los dientes en respuesta, Duncan insistió—:
Tenemos que proteger a nuestra compañera».
Los gruñidos se transformaron en suaves lamentos. Duncan relajó los
puños y estiró sus dedos. «Uno superado y otro por superar», pensó con
sequedad estudiando los oscuros y atormentados ojos de Xiu.
—De acuerdo, hombretón, esto es lo que va a pasar… —Duncan tomó las
erecciones de ambos en una mano, o al menos lo intentó. Tras un
insatisfactorio momento, durante el cual trató de deslizarla sobre los dos
achuchándolos en el proceso, decidió que una mano no era suficiente para

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manejarlos a ambos. Siempre había considerado a su pequeño Dunqui grande,
pero la madre que lo parió… ¡Xiu era enorme! «Joder, eso debe de doler…
deliciosamente bien»—. Vamos a dejarnos de jueguecitos y mariconadas y
vamos a ir directamente al grano. ¡Somos hombres, después de todo! ¡No lo
necesitamos!
Xiu se congeló, su mirada perpleja bajó a donde Duncan estaba
manteniendo ambos miembros estrechamente unidos. Pequeñas gotas de
líquido preseminal aparecieron en sus hinchadas puntas. Duncan las usó en un
movimiento fluido extendiéndolas a lo largo de sus ejes. Su enfoque pareció
encogerse, hasta que permaneció solo la sensación de acero contra acero y
terciopelo contra terciopelo, dejando que los murmullos de protesta del
caminante acabaran desvaneciéndose en el aire mientras Duncan movía sus
manos sobre ellos.
—Solo… vamos… a… soltar un poco… de… presión… —advirtió
Duncan, cuya voz sonó áspera y entrecortada—. Vamos a hacerlo rápido y…
sencillo… ¿Entendido?
—Sin juegos previos… rápido y sencillo… —murmuró Xiu de forma
distraída.
Duncan intentó concentrarse. Sus músculos se tensaron y una capa de
brillante sudor cubrió su piel.
—¡Sabes… un poco de… ayuda… sería bienvenida! —apuntó Duncan
cuando la frialdad del asunto se hizo cada vez más evidente.
Xiu alzó la cabeza de forma brusca. Cuando sus miradas se cruzaron, la
expresión del caminante se relajó.
—¿A tu lobo no le gusta lo sencillo?
—¡Vete a la mierda! —masculló Duncan deteniéndose.
La mano de Xiu se posicionó sobre la de Duncan instigándole a ir más
rápido, más duro…
—Rápido es bueno… ¡Pero necesito algo más que solo «sencillo»! —
gruñó Xiu entre dientes apretados.
El caminante de sombras usó su mano libre para encontrar sus testículos
haciéndolo gemir cuando jugueteó con ellos.
«Sí, mejor nos olvidamos de sencillo», pensó Duncan, consciente de que
incluso en aquel momento, cuando se tocaban de forma íntima, con apenas
unos centímetros separándolos, seguían irguiéndose amenazantes el uno
frente al otro. Con sus músculos contraídos, sus labios retraídos mostrando
sus afilados dientes, su piel cubierta por una brillante capa de sudor, su único

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contacto eran las manos sobre sus genitales. Sus miradas se mantenían, sin
ocultar ni su hambre salvaje ni el desafío que contenían. Si un extraño los
hubiera estado observando, probablemente habría supuesto que estaban
preparándose para luchar y, quizás, a algún nivel lo estaban haciendo, aunque
en realidad no importaba en aquel momento. No se trataba de intimidad, sino
de necesidad. Su interacción no tenía nada que ver con la dulce manera en que
Duncan quería hacer el amor con Sarah, o la forma de sofisticada tortura de
Gedeon. Lo que hacía con Xiu era algo completamente diferente. Salvaje,
poderoso, incluso primitivo en cierto sentido, pero la conexión de ambos
estaba ahí.
Sus respiraciones salían laboriosas, mientras sus alientos se
entremezclaban. Compartían el oxígeno de la misma manera que sus cuerpos
compartían el calor. Sentir a Xiu tan cerca, sin poder tocarlo, y negando el
potente magnetismo que existía entre ellos se convirtió en un morboso
tormento, y Duncan disfrutó con cada segundo de aquella abrumadora
sensación.
—No creo… que… aguante mucho más. ¿Tú? —Las palabras de Xiu se
escaparon entre jadeos.
—¡Llegando! —murmuró Duncan trémulo, antes de echar la cabeza hacia
atrás con un largo y atormentado—: ¡Ahhh!
Xiu le siguió inmediatamente después, con todo su cuerpo tenso y sus
dientes apretados en lo que parecía una mueca dolorosa, cuando una lava
blanca y caliente salpicó sus manos y vientre. No se detuvieron. Apenas
ralentizaron el ritmo mientras el semen caliente se fundía sobre sus miembros
mezclando sus aromas. La conciencia de que inconscientemente se estaban
marcando el uno al otro fue lo que hizo que Duncan retirara su mano en
estado de shock. ¿Qué cojones estaban haciendo? Ocultó su desconcierto y se
obligó a actuar con indiferencia.
—Hecho. Ahora hagamos nuestro trabajo. —Xiu dio un paso atrás
rompiendo su conexión.
—¿Qué? ¿Nada de besitos tiernos, ni abracitos? —se burló Duncan con
una sonrisa ladeada dejándose caer contra el tronco del árbol.
Xiu sacó dos paños húmedos de la nada y le ofreció uno para limpiarse,
antes de girarse hacia el sur para inspeccionar el bosque.
—¡Cambia! Iremos más rápido si los dos nos transformamos. Y si…
Para cuando Xiu lo miró, Duncan ya había adoptado su forma de lobo.
Con la respiración contenida esperó la reacción del caminante. No todos

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aceptaban a un hombre cuya otra mitad era un animal, y menos uno grande,
salvaje y peligroso. Algunas personas no podían ver más allá de sus colmillos,
su pelaje o el hecho de que trotara sobre cuatro patas. Por lo general, las
reacciones de los demás no le importaban. Adoraba ser un lobo, saborear la
libertad que le otorgaba, el poder y la sensación de ser uno con la naturaleza
que venía con el cambio. Lo viera como lo viera la gente, jamás dudaba en
protegerlos con su vida si eran inocentes, o en desgarrarlos si merecían tal
destino. Pero con respecto al caminante de sombras, de alguna forma la cosa
era diferente, quería que aceptara al lobo.
Xiu esperó inmóvil a que Duncan se acercara lentamente a él. Sentándose
ante el nativo, aguardó su reacción. Para su sorpresa, se agachó y pasó los
dedos a través de su pelaje rascándolo detrás de oreja. Había admiración
escrita en el semblante del caminante. Eufórico, Duncan le lamió la mejilla
haciéndolo retroceder sobresaltado.
—Solo para que conste… no soy del tipo besucón —gruñó Xiu dándole
una última pasada debajo del hocico antes de ponerse de pie.
Duncan sonrió, o al menos esa fue su intención, porque por experiencia
propia sabía que no todo el mundo opinaba igual cuando veía sus dientes
afilados, ni siquiera cuando dejaba que le colgara la lengua. El sonido de
cacareo que hizo tampoco sonó del todo como una risa, pero que Xiu pusiera
los ojos en blanco significaba que había captado el mensaje.
Sin querer perder más tiempo, Duncan giró para correr hacia el sur. El
caminante dejó que su cuerpo se disolviera en sombras y lo siguió. En forma
humana, nunca habría sido capaz de detectarlo entre las sombras, pero como
lobo, podía discernir la esencia del hombre. Pronto corrió por el bosque al
unísono con la sombra, permitiendo que la naturaleza salvaje lo inundara y
guiara mientras sus pensamientos humanos retrocedían al fondo de la
consciencia liberando sus sentidos.
Después de un rato, el olor a tierra húmeda comenzó a adquirir un toque
de ceniza cada vez más fuerte, hasta que comenzó a irritarle las fosas nasales.
Su boca se resecó como si se la hubieran rellenado con algodón y el
caminante de sombras redujo su velocidad. Aun así, siguieron corriendo. El
paisaje se transformó, los colores se desvanecieron en grises y negros, árboles
majestuosos y frondosos fueron reemplazados por troncos carbonizados y
ennegrecidos, y la vegetación espesa y densa dio paso a un desierto sin vida.
Su ritmo se ralentizó más y más, hasta que acabaron por detenerse para
inspeccionar la estéril oscuridad que se extendía frente a ellos.

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—La anciana tenía razón… Se está muriendo —murmuró Duncan—. Ese
hijo de puta la está drenando y agotando hasta la muerte.
A su lado, Xiu apretó los puños. No necesitaban palabras. Ahora ya no.

—Oye, bella durmiente, ¿piensas despertar alguna vez?


Sin abrir los párpados, Gedeon sonrió y estiró sus rígidas extremidades.
—¡Hola, princesa! ¿Qué estás haciendo aquí?
La princesa arrojó todo su peso sobre él antes de propinarle un sonoro
beso en la mejilla.
—Vine para reemplazar a Adam durante un rato y vigilar para que estéis
seguros, pero nadie me advirtió que este hospital sería un muermo. Esto es
para morirse de aburrimiento.
—¡Qué cojones estáis haciendo!
Gedeon gimió en silencio ante el estallido de furia. No necesitaba abrir los
párpados para imaginar a Duncan con sus ojos dorados de lobo mirando a
Ged desde la puerta abierta. ¡Mierda! La cosa se iba a poner fea, pero suponía
que tarde o temprano tendría que pasar por esta situación y aclarar las cosas
con él.
—Buenas noches, cariño —dijo Ged tratando de aparentar tranquilidad—.
¿Te importa si tomo un par de segundos para despertarme por completo?
—¿QUÉ-COJONES-ESTÁS HACIENDO-CON-MIHERMANA?
«Ah, bien, esa es una buena pregunta».
En especial porque seguía en la camilla con Sarah, inconsciente a su lado,
y Deborah extendida sobre él como una lapa. Como si eso no fuera suficiente,
y si su nariz y oídos no lo traicionaban, Duncan estaba celoso y Xiu había
comenzado a emitir un gruñido desde su posición al final de la cama.
«¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!».
—¿Qué crees que estamos haciendo, hermanito?
—¡Deborah! —Ged soltó la advertencia en el mismo instante en que sus
ojos se abrían para ver a Duncan lanzarse sobre ella. Gedeon se levantó de un
salto empujando a Deborah de la cama y luego se colocó entre ella y su
hermano, justo a tiempo para detener el impacto con su cuerpo. «Maldición,
¡eso duele!», gimió Ged evitando por milésimas de segundo los afilados
colmillos del lobo que chasquearon a escasos milímetros de su rostro.
—¡Duncan! ¡Detente! ¡No hay nada… nada sexual entre Deborah y yo!
—¡Es mi hermana!

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—Lo sé.
—¡Estaba en la cama contigo!
—Solo me saludaba.
—¡Sí, ya he visto cómo te estaba saludando! —espetó Duncan con acidez
—. Eres un maldito hijo de puta infiel y mentiroso.
Xiu se hizo eco de los gruñidos de Duncan. El caminante de sombras tenía
su mirada vidriosa dirigida a Gedeon, demostrando que, incluso cuando no
estaba completamente allí, era consciente de los acontecimientos que
sucedían a su alrededor.
Gedeon se puso rígido. Entrecerró los ojos y su expresión se endureció.
—No he mentido. Jamás he dormido con tu hermana y nunca lo haré. —
Intentó mantener la voz baja y controlada—. ¿Te encuentras bien? —le
preguntó a la chica.
—¿Era necesario que te pusieras así? —preguntó Deborah desde el suelo
frotándose el trasero con una mueca dolorida.
—Nunca te he visto tan cariñosa con Ged en el pasado, ¿por qué ahora?
—Duncan siguió estudiándolos con los puños apretados y los músculos
tensos.
—He pasado con él todos los fines de semana de los últimos cinco años.
Los gruñidos bajos comenzaron de nuevo.
—Deborah, es hora de contarle todo. ¡Y me refiero a todo! —ordenó
Gedeon, sin apartar los ojos de Duncan y Xiu.
—Mamá está con él —anunció Deborah.
—¿Qué? —Duncan se quedó boquiabierto y su lobo pareció retroceder.
—Cuando la rescató, la llevó con él y la ha protegido y cuidado desde
entonces. Todavía vive en su casa y los visito cada fin de semana.
—Mamá está viva… ¿Con él?
—Sí.
Duncan miró a Gedeon, obviamente desconcertado.
—Sí, es verdad, está conmigo. Me obliga a ir a misa todos los domingos
por la noche y yo mismo tengo que cortar el césped porque, según ella, ese es
mi papel como hombre de la casa —confesó Gedeon con una mueca.
—Sí, esa es mamá. —Duncan sonrió débilmente—. ¿Ella está bien?
Gedeon buscó en su bolsillo y sacó su teléfono móvil. Hizo la llamada
antes de pasárselo a Duncan.
—Puedes preguntarle tú mismo. Se alegrará de que pueda hablar contigo
de nuevo —agregó Ged cuando su amante pareció dudar. Dirigiéndose a

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Deborah, que ahora estaba parada al lado de la cama con los brazos cruzados,
solo dijo—: Compórtate mientras estoy fuera. No es un buen momento para
provocarlo.
—¿A dónde vas? —preguntó Deborah.
—Tengo que alimentarme y necesito verificar… algunas cosas.
Deborah asintió, pero mantuvo la boca cerrada. Lo conocía lo suficiente
como para reconocer cuándo no quería compartir información.

Cuando Gedeon regresó dos horas después, la habitación estaba en penumbra,


apenas iluminada por la escasa luz del alumbrado público que entraba por las
ventanas. Xiu permanecía en la misma posición en la que lo había dejado
antes de irse y Duncan estaba sentado pensativo en el sillón. Gedeon se
pellizcó preocupado el puente de la nariz, se sentía agotado. La atmósfera en
el hospital era tensa, como si algo estuviera sucediendo, pero no había podido
averiguar qué. Se acercó a la ventana para observar el débil resplandor de las
farolas.
—¿Descubriste algo?
Gedeon negó con la cabeza.
—No me gusta. Hay demasiadas personas controlando sus pensamientos.
No los bloquean, simplemente dirigen sus mentes hacia reflexiones
artificiales y superfluas. Ahora mismo, frente a nuestra puerta, se encuentra
un joven hechicero contando las vetas en las baldosas mientras está
limpiándolas. Si fuera un simple loco, podría entrar en su mente y rebuscar
por sus rincones más oscuros, pero solo tengo acceso a su actividad mental
consciente, el resto está protegido por barreras mágicas.
—Logré identificar las trazas de olor que detectamos ayer en el mundo de
Sarah. Está por todos lados. Pero quien estuvo aquí ayer para drenarla ya se
había ido cuando llegamos esta mañana. Perdí el rastro en el estacionamiento.
—La voz de Duncan sonó tan tensa como la de Ged.
—Deberíamos hablar con Samgar, contarle lo que hemos descubierto y
pedirle que restrinja el acceso a esta planta… Incluso el número de personal
del hospital que permiten entrar aquí debería limitarse por el momento.
Duncan asintió con aire ausente. Permanecieron en silencio durante largo
rato antes de sacar el teléfono móvil de Gedeon de su bolsillo, y tras una corta
ojeada, lanzárselo para que lo cogiera en el aire.
—Jamás regresaste a explicarme qué pasó aquella noche. ¿Por qué?

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Era la pregunta que Gedeon había estado esperando.
—Al principio no pude. —Se encogió de hombros mirando a través del
cristal—. Tenía habilidades más que suficientes para pelear con tus
compañeros de manada, pero cuando llegaron los vampiros, tu madre ya había
caído. Se dieron cuenta de cómo la protegía y lo usaron en su beneficio.
Consiguieron vencerme. Cuando Samgar apareció, ya estaba medio muerto.
Me tomó semanas recuperarme de las heridas. —Se giró hacia Duncan y se
apoyó contra la pared—. Para entonces, el Consejo de Ancianos nos había
informado que había sido una trampa. Parece que esos vampiros querían
eliminarme con la ayuda de tus compañeros de manada y tú eras el siguiente
en la lista. El Consejo no estaba seguro del porqué o, tal vez, no querían
decirme lo que sabían. No proporcionaron más razones o explicaciones. Para
entonces acababas de convertirte en el nuevo alfa de tu manada, y tu madre
decidió que no permitiría que la usaran de nuevo para tratar de eliminarte, de
modo que desaparecimos por un tiempo.
—¿Durante cinco años? —preguntó Duncan incrédulo.
—Al principio la idea era esperar a que pudieras reforzar tu posición
como alfa, pero luego el Consejo de Ancianos nos contactó de nuevo y,
siguiendo el consejo de uno de sus videntes, nos ordenó que no nos
reuniéramos hasta que llegara el momento adecuado.
—¿Y cuándo se suponía que era eso?
Gedeon miró la figura inmóvil de Sarah sobre la cama.
—Sospecho… que es ahora. De alguna manera, todo debe estar
relacionado con Sarah. No creo que Samgar nos llamara a los dos por pura
casualidad. Ni siquiera me sorprendería si el vidente del Consejo y la anciana
fueran la misma persona.
Duncan asintió lentamente.
—¿Cuál es el papel de mi hermana en toda esta historia?
—Al principio ella no sabía nada. Lo cierto es que lo único que ella quería
era patear mi culo por abandonarte sin decir una palabra. Ya sabes cómo es
cuando se encabezona con algo. —Gedeon cabeceó e hizo una mueca—.
Consiguió localizarme y me atacó. Tu madre vino a mi rescate antes de que
Deborah consiguiera estacarme.
Duncan se miró las manos.
—Si Deborah pudo localizarte significa que yo podría haber hecho lo
mismo. O que al menos debería haberlo intentado —murmuró.

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Gedeon se encogió de hombros. Eso era algo que se había preguntado
miles de veces. ¿Por qué Duncan no lo había buscado? Había soñado con eso,
lo había esperado, había deseado que su amante apareciera en su puerta, pero
jamás sucedió.
Suspiró. Todo aquello ya formaba parte del pasado y era lo
suficientemente viejo y experimentado como para saber que era mejor vivir el
presente y mirar hacia el futuro.
—Cuando viste que te superaron en número, ¿por qué no escapaste?
—¿Y haber dejado a tu madre atrás? —Gedeon alzó las cejas—. Te amaba
y tú la adorabas. Nunca hubo nada que pensar al respecto.
Sus miradas conectaron. El estómago de Gedeon se alteró cuando notó
que el corazón de Duncan latía con más fuerza. Quería que Duncan confesara
su amor, que admitiera que lo había extrañado.
Duncan se humedeció los labios, tragó saliva, se pasó los dedos por el
pelo y le echó una rápida ojeada a Xiu, que se movía inquieto. Gedeon supo
en ese instante que Duncan no diría nada. Era un hombre capaz de dar su vida
por alguien sin pestañear, pero era incapaz de admitir en voz alta cuánto
amaba a alguien. Gedeon suspiró. Supuso que no era el mejor momento para
hacer hablar a su amante. ¿O sí? Abrió la boca y…
—¡Necesito que… volváis…, las cosas… se me están yendo de las
manos!
De un salto, Gedeon estuvo al lado de Xiu. El nativo seguía mirando al
frente con los ojos vidriosos y una mueca de dolor mientras susurraba sin
aliento.

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Capítulo 12

S arah sonrió acurrucándose más cerca del cálido y duro cuerpo ubicado
detrás de ella en la cama. El brazo que la rodeaba protectoramente ya
no era de Ged. Era más cálido y el olor que lo acompañaba más espeso, más
picante, con un ligero toque de frutos del bosque. El aliento le acariciaba el
cuello en intervalos largos y constantes, revelando que su dueño seguía
dormido. Abrió un ojo y casi dio un respingo al ver el resplandor anaranjado
del sol y la leve penumbra que indicaba que ya era tarde.
¿Había dormido todo el día? ¡No era de extrañar que Xiu todavía se
encontrara fuera de combate! Como caminante de sombras, su biorritmo le
dictaba que durmiera durante el día. Con un profundo suspiro, Sarah se separó
con cuidado de él. No es que realmente quisiera levantarse, pero las
responsabilidades eran las responsabilidades.
El pesado y musculoso brazo no la dejó escapar. Xiu la apretó a su cuerpo,
un cuerpo extremadamente deseable, que parecía estar despertando incluso
cuando sus murmullos inteligibles seguían sonando como si hablara en
sueños. Sarah ronroneó. No tenía ni idea de si la mente de Xiu estaría
funcionando, pero los mordiscos que le estaba dando con ternura en el
hombro se sentían increíbles. Cuando la enorme mano viajó por su estómago
para presionarla contra su erección matutina, o de atardecer en este caso, ¿qué
mujer habría sido capaz de reprimir un largo y ronco gemido? Al sonido, Xiu
se puso rígido. «Vale, creo que ahora definitivamente está despierto». En
lugar de dejarla ir, Xiu comenzó a recorrer con labios y dientes su cuello.
«¡Ahí! ¡Ahí! ¡Ahí!». Los dedos de Sarah se enroscaron alrededor de las
sábanas. ¿Cómo era posible que nunca se hubiera dado cuenta de que había

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un punto justo entre su cuello y los hombros que la hacía querer retorcerse y
gimotear en voz alta?
—Los dientes, los dientes… ¡Usa los dientes! ¡Ohhhh! ¡Síííí…! —
murmuró medio extasiada.
«¡Eso es, cielo!». Tenía que admitir que Xiu no era alguien que perdiera el
tiempo. Sus dientes la mordisquearon, acariciaron y torturaron, mientras su
áspera mano se deslizaba entre sus muslos y él se apretaba contra ella,
confirmándole cuán despierto se encontraba también el resto de su anatomía.
Sarah se volvió consciente de la creciente humedad que derramaba su cuerpo
y la desesperada necesidad que fue anclándose firmemente en sus entrañas.
Fue increíble sentir la erección de Xiu contra su trasero, pero resultó
todavía mejor cuando presionó la palma sobre su clítoris. Sarah dejó escapar
otro largo gemido, seguido inmediatamente de un jadeo cuando los diestros
dedos encontraron el camino hacia su resbaladizo interior. Abrió sus piernas
para permitirle un mejor acceso y Xiu captó la indirecta sin detener sus besos
y mordiscos en el maravilloso y mágico punto del cuello.
Los dedos de Sarah se agarrotaron en la almohada cuando el orgasmo la
alcanzó, pero Xiu no se dio por satisfecho. Antes de que tuviera tiempo de
recuperar el aliento y de que su cuerpo descendiera de la vertiginosa montaña
rusa de placer, él ya la tenía inmovilizada contra el colchón y su aliento
quemaba su sexo abierto de par en par.
Xiu bajó la boca para saquearla haciendo honor a su naturaleza
depredadora. Su lengua la exploró milímetro a tortuoso milímetro mientras
sus ojos brillaban hambrientos. Cuando los dedos siguieron explorándola al
tiempo que le rodeaba el clítoris con los labios, sus caderas se levantaron por
voluntad propia ofreciéndole todo lo que quisiera tomar. Xiu aceptó la oferta.
Las paredes vaginales de Sarah se contrajeron alrededor de sus dedos,
empapándolos en el proceso, y el eco de gemidos y jadeos los rodearon junto
al sonido húmedo de los dedos al bombear. Sus piernas comenzaron a temblar
y sus músculos se tensaron justo antes de que su estrangulado y gutural grito
resonara por la cabina anunciando un nuevo orgasmo.
Xiu trepó sobre ella para cubrirla con su enorme cuerpo. Alcanzó sus
labios entreabiertos para compartir con ella su sabor. Sarah se entregó al
placer de su peso y de la forma en que su erección fue deslizándose con
suavidad entre sus sensibles pliegues. Presionando su pelvis contra ella, Xiu
atrapó su clítoris bajo el duro miembro, y siguió besándola hasta que su
cuerpo se convirtió en poco más que una gelatinosa masa sin huesos. Se

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sentía como una diosa del sexo siendo adorada por un súbdito. Aunque,
quizás, la sensación era más de haber sido conquistada por él. No importaba,
fuera lo que fuese, también las diosas debían de ser capaces de disfrutar de
ese tipo de sensaciones, ¿verdad?
Ella respondió a su beso poniendo todos sus sentimientos, para
transmitirle cuánto lo deseaba y cuánto le encantaba estar con él. Moviendo
sus caderas, trató de atraparlo en su interior, pero Xiu fue más rápido
permitiéndole apenas frotarse contra su imponente erección. Sarah suspiró
frustrada. Podía sentir el vacío en sus entrañas, el ansia por sentirlo dentro de
ella, de ser llenada y estirada por él.
—¡Diosa! Xiu, ¡te necesito! —Sarah hizo otro intento por atraparlo, pero
Xiu escapó de nuevo.
«¿Quieres jugar a al gato y al ratón, bonito? ¡Juguemos! Pero no seré el
ratón. Prefiero ser el gato», se prometió mordiéndose el labio inferior.
Usó dientes, nariz, lengua y todo lo que tenía a su disposición para
distraerlo y darle placer, y sonrió cuando al recorrerle la columna vertebral
con las uñas, desde la nuca hasta el acerado trasero, él se arqueó.
Xiu bajó su pelvis aumentando la fricción entre sus cuerpos, deslizándose
sobre sus pliegues y recorriéndolos a conciencia. Ella se centró en el placer
que le ofrecía, dejando que fuera él quién la sedujese. Hasta que la continua
presión sobre su clítoris acabó por volverla loca. Con poco más que un
movimiento inesperado por su parte, consiguió lo que quería: él se deslizó en
su interior. Xiu se estremeció y los músculos de ella se contrajeron alrededor
de… ¿aire frío?
Sus ojos se abrieron de golpe. Xiu se encontraba de pie cerca de la pared
observándola con una mirada oscura. Su rostro parecía ruborizado y su cuerpo
tembloroso brillaba bajo los últimos rayos de sol que entraban por la ventana
mientras en sus manos, apretadas en puños, se traslucían los nudillos blancos.
Sarah lo miró boquiabierta, desconcertada por su reacción. ¿Qué acaba de
pasar? Su primera emoción fue sentirse rechazada. Trató de recordar todo lo
que habían hecho. Había estado abrazada a él, y él había tenido la cara
escondida en su hombro, eso significaba que no podía ser porque le oliera el
aliento. Ella había estado besándole el cuello… ¿Tal vez había sido
demasiado apasionada con sus dientes? Sarah frunció los labios. Tampoco
podía haber sido tan torpe, ¿verdad? Tendría más cuidado la próxima vez. No
podía recordar que sucediera ninguna otra cosa extraña entre ellos. Habían

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estado jugando… Ella había estado tratando de atraerlo a ella… Él había
estado tratando de no penetrarla… «¡Diosa!».
—¡Si no querías hacerme el amor, solo tenías que decirlo! —espetó, más
enojada que avergonzada. Después de todo, no había sido ella quién había
empezado frotándose contra él, ¿o sí?
—Quería y aún quiero —gruñó Xiu.
—¿Entonces qué ha pasado? —¿Le estaba tomando el pelo? Sarah se
acomodó en la almohada y se tapó hasta el cuello con la sábana.
—Que no puedo.
Ella le echó una ojeada a su entrepierna.
—Si te soy sincera… no veo que tengas ningún problema con eso.
Las mejillas de Xiu se tiñeron de rojo.
—¡No he dicho que tenga problemas con eso! —masculló entre dientes.
—Está bien, entonces, ¿por qué estamos discutiendo en vez de
haciéndolo?
Él la miró como si estuviera dividido entre echarle un polvo o
estrangularla. Enfadada con él o no, Sarah seguía prefiriendo la primera
opción.
—Si me dices dónde aprendiste a sentirte tan a gusto con el sexo, te
revelaré por qué no has conseguido tirártelo —los interrumpió una voz
familiar.
Sarah miró sobresaltada al hombre desnudo en el umbral.
—¡Ged! ¿Es necesario que siempre me asustes así?
Recibió una sonrisa perezosa como respuesta.
—¡Por favor, dime que no están liados otra vez! —gimió Duncan desde el
exterior—. ¡Treinta segundos aquí y ya la tengo otra vez empinada!
Ged sacudió la cabeza con una risita y se hizo a un lado para dejarlo pasar.
En lugar del gruñón hombre lobo que esperaba ver, el Duncan que entró
estaba sonriendo y la saludó con un guiño divertido antes dejarse caer a su
lado. Tomándola en sus brazos, le robó los sentidos con un largo e intenso
beso.
—Vamos, cielo, ¿no piensas confesarnos tu secreto? —preguntó Ged
sentándose en el borde de la cama.
Duncan se apartó para mirarla con la misma curiosidad que Ged. Cuando
su rostro se inundó de un bochornoso calor, Sarah hubiera preferido que
siguiera besándola.

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—¡Hey, creo que nuestra chica tiene un secreto que no quiere confesar!
¿Será un secreto sucio? —dijo Ged moviendo sus cejas en burla.
Duncan rio suavemente en su oreja.
—¡Mmm! Me encanta descubrir secretos sucios.
La temperatura en la cabina parecía estar aumentando por segundos. Sarah
no solo estaba sudando, sino que su cara tenía que estar resplandeciendo
como una bombilla incandescente. Todos la estaban mirando, incluso Xiu.
«¡Mierda!».
—Ni siquiera trates de hacer trampa. Somos tres a uno. Duncan no es el
único que puede oler una mentira a kilómetros de distancia. —La advertencia
de Ged evitó que ella acabara de meter la pata y se metiera en un embrollo
aún más vergonzoso.
«¿De entre todos los hombres posibles, no me podían haber tocado unos
humanos normales y corrientes? ¡Tierra trágame! Esto va a ser embarazoso».
—¡Está bien! Creo que ya sabéis que puedo visitar vuestro mundo… y…
eh… además que puedo entrar en los sueños de la gente… los sueños de
personas adultas… —dijo cada palabra con énfasis esperando que su
imaginación terminara el resto.
—¿Y?
Ella le frunció el ceño a Ged.
—Que aprendí mucho en sus sueños.
—¿Y?
«¡La madre que lo echó por el trigal! ¿No se podía haber conformado con
esa explicación?».
—Que también soy capaz de… —Sarah titubeó—, controlar sus mentes…
y sus cuerpos cuando están dormidos.
Los tres la miraron boquiabiertos.
—¿Usaste el cuerpo de extraños para follar? —La voz de Duncan sonó
estrangulada.
—Bueno, sí, ¡pero solo con sus parejas de cama habituales! —se apresuró
a explicar. «¡Diosa!, ¡no debería habérselo contado! Sabía que no debería
haber hecho ese tipo de cosas, pero, ufff, ¿qué esperan? Yo también soy
humana». Estaba atrapada en un mundo de sueños, pero eso no la hacía
menos mujer. Tenía sus necesidades al igual que cualquier otro adulto y antes
de enterarse de la existencia de sus compañeros, no había existido otra forma
de calmar sus trastornadas hormonas. Bueno, sí, podría haber usado sus
propias manos para satisfacerse, pero ¿qué diversión había en masturbarse

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siempre sola y sin ningún aliciente a la vista? Además, de alguna manera se
había sentido protegida y libre, tomando las personalidades de otras personas
para dar rienda suelta a sus fantasías. No, no debería haberles dicho a sus
compañeros lo que había hecho… ¡Nunca serían capaces de entenderla! Sarah
se preparó mentalmente para las acusaciones y reprimendas.
—¡Guau! ¡Eso es increíble!
Atónita, miró a Duncan, que parecía distraído, como si estuviera
repasando toda la gama de perversas posibilidades que podía tener esa
habilidad. Al menos su imponente erección parecía estar tomándolo en
cuenta.
—¡Y travieso! —añadió Ged con una sonrisa de complicidad.
Xiu no dijo nada, pero su rostro estaba lleno de admiración.
—¿No creéis que soy horrible?
—No —respondió Duncan sin más.
—¿Horrible? Cielo, te considero perfecta, hermosa, poderosa y…
hambrienta —finalizó Ged con una sonrisa cuando se escuchó el ruido de sus
tripas—. Pero nunca horrible, cariño. Eso nunca. —Ged se inclinó sobre ella
para darle un cariñoso beso en la frente antes de levantarse y dirigirse al
pequeño rincón de la cocina, para inspeccionar los armarios—. ¿Te apetece
una tortilla de huevos y una tostada o prefieres algo más?
—Yo, eh… No. Es perfecto.
—¿Y para ti, Xiu? —Ante la pregunta de Gedeon, la cara cincelada de
Xiu mostró un rastro de sorpresa, pero sus ojos oscuros contenían cautela—.
Acabo de preguntarte sobre lo que quieres para desayunar, grandullón. Hay
huevos, verduras, pan y queso. Si prefieres algo de carne, Duncan puede salir
a cazar, aunque eso podría llevar algo más de tiempo —explicó Ged con
paciencia.
—Lo que sea que tengas a mano estará bien para mí —respondió Xiu
moviéndose incómodo.
—Duncan, pon la mesa. Sarah, cielo, tienes exactamente diez minutos
para tomar una ducha.
Duncan le dio a Sarah un ligero beso en el hombro, antes de levantarse de
un salto.
—Ya lo escuchaste. Diez minutos o voy a por ti —le advirtió con un brillo
pícaro.

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Con la cabeza envuelta en una toalla, Sarah salió del baño exactamente nueve
minutos y cincuenta segundos más tarde. El delicioso olor casi la hizo flotar
hasta la mesa, donde Xiu ya estaba comiendo con expresión extasiada. Sonrió
feliz al darse cuenta de lo doméstica que parecía aquella escena.
—¿Cómo es que todavía no tenéis ropa? Deberíais haber regresado de
vuestro mundo con lo que llevabais puesto allí.
Duncan y Ged intercambiaron una mirada de sorpresa antes de recorrerse
con la mirada para comprobar que era cierto. Xiu siguió devorando la comida
colocada frente a él, aunque sus labios temblaron ligeramente. Duncan se
encogió de hombros.
—¿Importa? La verdad es que me siento genial así. Es una maravilla
poder transformarme cuando quiera, sin la necesidad de desvestirme o rasgar
mi ropa en pedazos. Además, si tenemos en cuenta que el ochenta por ciento
del tiempo que he estado aquí, estoy…
—Sí, imagino que Nana disfrutará de las hermosas vistas cuando nos
visite hoy —lo interrumpió Sarah con sequedad sospechando hacia dónde iba
la conversación.
—¡Uff, olvidamos contártelo! Nana ya previó que no seríamos capaces de
convencerte sobre la estupidez esa del día de Reyes, de modo que ha decidido
respetar la tradición y esperar hasta el cinco de enero para…
—¿El día de Reyes una estupidez? —preguntó Sarah con las manos en las
caderas.
—Um… er… no. Quiero decir… —Duncan miró a su alrededor como si
buscara ayuda.
Por el rabillo del ojo, Sarah vio que los hombros de Ged temblaban de
forma sospechosa mientras permanecía pendiente de que no se le quemara la
comida. La sonrisa torcida de Xiu tampoco se le escapó. Sarah sacudió la
cabeza dejando escapar un bufido exasperado antes de ocupar su lugar en la
mesa.
—Huele muy bien. Pensé que los vampiros rara vez comían alimentos de
verdad —dijo.
—A menos que te consideres un alimento de verdad… —Ged le guiñó un
ojo y le sirvió un plato que parecía tan bueno como olía—. Por lo general, no
suelo comer estas cosas.
—Entonces, ¿cómo es que sabes cocinar?
—Tiene razón. No he caído antes porque tenía mi mente puesta en… otras
cosas —intervino Duncan. Nadie necesitó preguntar qué eran esas otras cosas

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en las que había estado pensando—. Hace cinco años, no sabías ni hervir un
huevo —dijo estudiando a Ged con interés.
—Tuve que hacerme cargo de una mujer. Cuando vino a vivir conmigo,
estaba hecha un asco, no solo físicamente sino también psicológicamente.
Aprendí a cuidarla y, para alimentarla, tuve que aprender a cocinar.
—Podrías haber pedido a otra persona que te ayudara con ella —gruñó
Duncan.
Ged respondió a su mirada con un encogimiento de hombros.
—Era alguien muy especial para mí. Quería hacer todo lo que estuviera a
mi alcance para hacerla sentir querida.
Sarah frunció los labios, se sentía extraña, herida, enojada y engañada.
¿Ged había estado viviendo con otra mujer? ¿La había amado? Claro que
entendía que esas cosas eran normales y que pasaban, sobre todo teniendo en
cuenta la edad que él debía tener. Sin embargo, la diferencia en sus edades no
la hacía sentir mejor sabiendo que él había amado a otra mujer y que había
estado cuidando de ella. ¿Seguiría viva? ¿Quizás incluso viviendo con él?
¿Amaba a la otra y se resignó con ella solo porque el destino la había
declarado su Shangrile?
Ged se congeló de repente.
—¡Estás celosa! —exclamó alzando la cabeza.
«¿Lo estoy?».
Una lenta sonrisa se extendió por el rostro de Ged. Cuando fue a cogerla
en brazos ella se mantuvo rígida.
—¡Cielo, no tienes motivos para estar celosa! —La besó y ella lo dejó,
aunque el dolor no desapareció. Cuando Gedeon alzó la cabeza la estudió con
expresión seria, en sus pupilas había un brillo que no supo cómo interpretar
—. Era la madre de Duncan.
«¿Y? Eres un inmortal. La edad no significa nada para ti. Es una mujer.
¿Qué mujer que viva contigo podría no sentirse atraída por ti?».
—¡Mierda! Oí eso. ¡No quiero ese tipo de imágenes en mi cabeza!
Sarah le lanzó a Duncan una mirada sobresaltada. Él sacudió la cabeza
con una mueca. ¿Qué había escuchado? Ella no había dicho nada en voz alta,
¿verdad?
—Yo también lo he escuchado. —Gedeon se sacudió con un
estremecimiento—. Y no, nunca he dormido con Marta y nunca lo haré. Es
como una madre para mí.
—¿Cómo habéis podido escuchar mis pensamientos? No los proyecté.

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—Estabas gritándolos.
Xiu, que había dejado de comer, la estaba observando.
—¡Los panqueques! —Antes de que tuviera tiempo de parpadear, Ged la
había dejado en su silla y estaba centrado de nuevo en la cocina.
—Todavía debes cumplir tu parte del trato. —Sarah dio un mordisco a su
tortilla y gimió de placer cuando prácticamente se derritió en su boca. El
hambre no fue el único motivo para que le supiera a gloria. Era la mejor
tortilla que había probado en su vida. Intercambió una mirada con Xiu, que
sonrió con comprensión—. Me prometiste que ibas a explicarme qué detuvo a
Xiu antes, y ni se te ocurra tratar de contarme una trola como que es
impotente, porque tengo ojos en la cara.
La sonrisa de Xiu se congeló en su rostro y sus mejillas se cubrieron de un
profundo color burdeos.
—Una de las razones por las que no puede hacerte el amor es porque es
un hombre de honor. Ayer dio su palabra de que no lo haría.
—¿Tú qué? —Sarah bajó el tenedor y miró boquiabierta a Xiu.
—Todos acordamos no hacerlo —defendió Duncan al hombre.
—¡¿Por qué?! —Sarah no podía creer lo que estaba oyendo.
—Los tres somos tus compañeros. Nuestra naturaleza nos obliga a
reclamarte, pero sentirte a un nivel tan íntimo aumenta el riesgo de que
perdamos el control y terminemos peleando entre nosotros. No sería justo
para ti y tampoco sería justo para nosotros. Primero debemos resolver el
problema que tenemos entre manos y luego, debemos… tomar una decisión
—explicó Ged con fría calma.
—Pero ayer, nosotros… —No estaba segura de si quería hablar sobre su
comportamiento desvergonzado con los tres mirándola de aquella manera.
—Ayer tuvimos una buena sesión de caricias y precalentamiento, que
ayudó a calmar un poco nuestras necesidades más acuciantes, pero ninguno
de nosotros llegó realmente a culminar el acto —terminó por ella—. Y vamos
a seguir haciéndolo porque de lo contrario perderíamos la cabeza. El frenesí
de apareamiento es una faena y tu mundo, con sus tres lunas, lo empeora.
Ella abrió la boca para quejarse, pero luego la volvió a cerrar. ¿Qué iba a
contestarle? ¿Que necesitaba sentirlos dentro de ella, llenándola y
reclamándola? ¿Que no importaba si terminaban matándose entre sí, siempre
y cuando la complacieran? Debería haberse sentido afortunada de que
hubieran llegado a un acuerdo con esa facilidad, se suponía que era algo
bueno, ¿no? No estuvo segura. Un momento antes había estado muriéndose

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de celos ante la idea de que Ged estuviera cuidando a otra mujer. Sería
incapaz de soportar la sola idea de tener que compartirlo a él o a cualquiera de
los otros con alguien más. ¿Por qué no estaban ellos celosos?
Cuando los miró, ellos estaban mirándose con ceños fruncidos. Ged se
encogió de hombros y cambió el plato vacío de Xiu por una bandeja llena de
panqueques acompañados con frutas del bosque, que olían deliciosos. Tan
pronto como Duncan extendió el brazo para coger uno, Ged le golpeó la
mano.
—Manos fuera, son de Xiu.
—¡¿Qué?! ¿Por qué solo has hecho panqueques para él?
—Tú comiste en el hospital hace nada.
—¡Los que había allí no olían tan ricos! Además, has hecho suficiente
para un ejército. No pasará hambre por tener que compartirlos.
—¿Quieres compartir tus panqueques con él? —le preguntó Ged a Xiu.
Sarah vio cómo la mirada de Xiu vagaba de Ged a Duncan y de regreso a
su bandeja de panqueques. Los miró con expresión dividida, como si no
pudiera decidir si quería compartirlos o no, como si nunca antes hubiera
tenido que tomar una decisión semejante.
«Posiblemente nunca antes haya tenido que decidir —respondió Ged a su
pregunta no formulada—. Cuando eres un esclavo nadie pregunta si quieres
compartir. Las cosas te las arrebatan sin más».
«¿Fue un esclavo?». Sarah levantó la cabeza cuidando de no proyectar sus
pensamientos a los demás esta vez.
Los ojos de Ged estaban fijos en el colgante de piedra que colgaba entre
sus pechos.
«Sigue siéndolo».
Su corazón se contrajo de forma dolorosa ante la respuesta silenciosa, más
aún cuando notó cómo los brazos de Xiu se habían movido
inconscientemente, rodeando la bandeja de comida como si tuviera que
protegerla de alguien.
Duncan le guiñó un ojo, pero Sarah se dio cuenta de que faltaba su
habitual brillo burlón.
—Por supuesto que los compartirá conmigo. Después de todo, él quiere
que comparta mi culo con él. ¿No es verdad, hombretón?
Si no se hubiera sentido tan trise, Sarah se habría reído al ver la forma en
la que la mandíbula de Xiu casi alcanzó su pecho.
Ged se pellizcó el puente de la nariz.

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—Déjame aclarar esto, Duncan. ¿Estás ofreciendo tu cuerpo a cambio de
algunos panqueques?
—Nop, no soy una hembra en celo. —Duncan entornó los ojos—. Pero
eso no cambia el hecho de que él está tan afectado como tú y yo por las lunas
y la presencia de Sarah. Quiere follar tan desesperadamente como nosotros y
he visto la forma en que se le empina cada vez que echa un buen vistazo a mi
trasero. Y si lo quiere, lo mínimo que puede hacer es compartir sus
panqueques —proclamó Duncan cruzando los brazos en el pecho.
Sarah no pudo contener su carcajada por más tiempo. La risa brotó sola
mientras grandes lágrimas corrían por sus mejillas. No estaba segura de si era
por el estrés o porque eran un patético grupo de personas obsesionadas con el
sexo.
—¿No sería más fácil si nos dejáramos de pamplinas y echáramos un
buen polvo? —«¡Ups!». Un rubor caliente se expandió por su rostro.
¿Realmente acababa de proponerles sexo en grupo? Por la forma en que los
hombres comenzaron a moverse inquietos alrededor de la mesa, supuso que
sí.
Duncan le guiñó un ojo.
—Aquí no hay polvo que valga hasta que él comparta su comida conmigo.

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Capítulo 13

D e repente, el tenedor de Xiu cayó contra la bandeja de cerámica y sus


ojos se quedaron en blanco. El vello en la nuca de Duncan se erizó.
En menos de un segundo, se desató un infierno. Xiu dejó escapar un grito
furioso. Sus brazos se agitaron violentamente en el aire arrojando todo lo que
se encontraban en su camino. Se levantó de un salto y la silla chocó contra el
suelo con un fuerte estruendo. Duncan no lo perdió de vista mientras sus
músculos se tensaban y sus colmillos y garras se extendían.
—Algo va… mal. —Tan pronto como Sarah murmuró la última palabra,
ella y Xiu cayeron inconscientes.
Ged logró atraparla antes de que su cabeza golpeara el suelo y Duncan
llegó a tiempo hasta Xiu para sostenerlo. Se apresuraron a llevarlos a la cama.
La preocupación lo sobrepasó cuando se dio cuenta de que Sarah se había
puesto casi tan blanca como la sábana y que su pulso era apenas perceptible.
El cuerpo de Xiu a su lado estaba absolutamente rígido, sus ojos abiertos y sin
vida miraban al techo. Si no hubiera sido por su excelente oído, que le
permitió oír los latidos de su corazón, Duncan lo habría dado por muerto.
—¡Mierda! ¿Qué está pasando? —Duncan miró a Ged.
—¡Demonios si lo sé! Algo debe haber sucedido en el hospital.
—¡Joder! Estaremos atrapados aquí, incapaces de hacer nada, hasta que al
menos uno de ellos se despierte. —«Si se despiertan». Duncan no quiso
siquiera considerar esa circunstancia—. Tiene que haber una forma de
regresar sin ellos. Necesitan nuestra ayuda. ¡No podemos quedarnos de brazos
cruzados esperando!
Duncan caminó inquieto de una ventana a la otra cruzando la pequeña
cabaña de un lado a otro, mientras Ged yacía con Sarah en sus brazos,

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probablemente tratando de hacer que ella tomara energía de él. Conociéndolo,
Duncan sabía que le daría su última gota de sangre mientras siguiera
respirando. No se trataba solo de que ella fuera su Shangrile, sino que la
amaba tanto como lo hacía Duncan. La idea lo frenó en seco. Se pasó los
dedos por el cabello. «¡Dios, la amo!».
Un largo y bajo retumbe los puso tensos. Ged saltó de la cama y se dirigió
a la ventana más cercana para controlar el exterior. Con sus colmillos y garras
extendidos, ambos se movieron con rigidez preparándose para la batalla con
todos sus sentidos en alerta máxima. Fuera lo que fuese contra lo que iban a
luchar, Duncan sabía que lo harían lado a lado.
La cabaña comenzó a temblar mucho antes de que Duncan pudiera
reaccionar. Paralizado, primero notó una vibración baja, luego observó cómo
la tierra se movía en oleadas hacia ellos hasta que toda la cabina comenzó a
moverse como si estuviera hecha de gelatina. Las cosas cayeron, se partieron
y se estrellaron, pero el fuerte rugido de la tierra encubrió cualquier otro
sonido a su alrededor. Duncan no lo dudó; cuando Ged se arrojó sobre Sarah
para protegerla, él siguió su ejemplo cubriendo a Xiu con su cuerpo como una
manta.
Las ventanas explotaron en millones de diminutos y afilados fragmentos.
Cuando unos cientos de ellos usaron su espalda desnuda como diana,
agradeció que al menos sus partes más nobles estuvieran protegidas y cálidas
contra Xiu. Si era así como tenía que morir, al menos no era la peor forma de
hacerlo. Con los dientes apretados, extendió la mano para tocar a Sarah. Ged
puso su mano sobre la de Duncan y la apretó con firmeza haciéndolo sentir
mejor. Inhaló el rico aroma de Xiu tratando de mantener su mente centrada en
sus compañeros en vez de en el dolor. «¿Mis compañeros?». Se encogió
mentalmente de hombros. Le gustaba la idea. Podía vivir con eso: con Sarah,
Ged, Xiu y él juntos.
«¡Te tomó algo de tiempo captar la idea!». La voz en su mente lo envolvió
con calidez.
«¿Ged? ¿Estás metiéndote otra vez en mi cabeza?». Duncan se aseguró de
infundir un tono de reprimenda a su voz mental, a pesar del hecho de que
realmente no le importaba la compañía.
La suave risa de Ged lo hizo rechinar los dientes.
«Lo siento, cachorrillo. No funciona de esa forma. No estoy leyendo tus
pensamientos. Me has preparado un lugar especial en tu cabeza y me invitaste
a entrar».

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«¡Mierda! ¿Me estás diciendo que a partir de ahora vas a tener un
campamento permanente aquí conmigo?».
La diversión de Ged precedió a su respuesta:
«Supongo que podríamos llamarlo así».
«¡Joder!». Duncan no estaba seguro de que le gustara la idea de ser un
libro abierto todo el tiempo. No era como si tuviera mucho que ocultar,
pero… ¡Joder!
«Si lo intentas, deberías tener la capacidad de encontrar una ruta similar
en mi mente. Sigue mi voz».
«¿Seguir tu voz? ¡Tu voz está en todas partes! ¡Estás dentro de mi
cabeza!». La cálida sensación que se extendió por sus pensamientos le reveló
que a Ged le gustaba la idea.
«¡Espera un momento!».
¡Lo tenía! No podía seguir la voz, pero la calidez tenía un origen. Buscó
hasta que tropezó con un fino hilo de luz. Lo siguió y… ¡Bingo! «¡Mierda!».
Tan pronto como entró en la mente de Ged, miles y miles de imágenes, voces,
olores, sabores, sentimientos… lo absorbieron en un torbellino giratorio que
lo atrapó. Intentó escapar, pero no había un camino o puerta visible, solo
muros y paredes de vívidos, conmovedores y coloridos recuerdos. Duncan
comenzó a entrar en pánico. No quería ser nada más que un recuerdo.
Deseaba ser el amante de Ged, su compañero, Duncan…
«¡Shhh! Estoy aquí, cachorrillo. Estoy aquí». Los brazos de Ged rodearon
a Duncan. El movimiento vertiginoso a su alrededor se detuvo. Solo
recuerdos de él y Ged seguían apareciendo en las paredes. También estaba
Sarah, desnuda, deliciosa… Sarah masturbándose para ellos con su sonrisa
traviesa… «¡No pares, bebé!», gimió Duncan.
Ged rio.
«Salgamos de aquí, cachorrillo. No quiero que acabes taladrando agujeros
en mis mejores recuerdos con esa arma cargada que llevas. Tendrás que
aprender a navegar por ellos primero».
Duncan suspiró de alivio cuando regresó a su mente, y se sintió incluso
mejor cuando se dio cuenta de que el terremoto se había detenido. Todo se
encontraba en silencio alrededor de ellos. Soltó un lastimoso quejido cuando
intentó moverse.
—¡Quieto ahí! Tu parte trasera parece un mosaico de cristales.
—Me siento como un muñeco de vudú. ¿Cómo puedes estar moviéndote
sin dolor? Tu espalda debería estar tan acribillada como la mía —se quejó

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Duncan con un gruñido.
—Déjame mostrarte…
Duncan sintió la esencia de Ged expandiéndose en su interior tomando el
control de su mente y ordenando a su cuerpo que expulsara por completo las
afiladas lascas de cristal.
—¿Mejor?
—¡Sí! —Duncan rodó con cuidado hasta el borde de la cama para que los
fragmentos cayeran al suelo con pequeños ruidos musicales. Se estiró con
cuidado revisando las heridas. Por suerte se trataba, sobre todo, de arañazos y
cortes sin importancia. Si la situación no hubiera sido tan grave, le habría
ofrecido a Ged que lamiera su sangre. No habría sido la primera vez que el
vampiro convertía el dolor en placer, pero tal y como estaba la cosa, era mejor
no planteárselo siquiera. En cuanto se transformara a lobo los cortes
desaparecerían. Se sentó e inspeccionó el caos que los rodeaba.
—¿Qué vamos a hacer? El mundo de Sarah está cambiando y no me
refiero al terremoto. Ambos nos damos cuenta de lo que significa —dijo
abrazándose, mientras observaba cómo Ged limpiaba cuidadosamente la cama
de cristales y otros desechos y evitaba mirar a Duncan—. ¡Para de una vez!
Necesitamos analizar la situación.
—No sé qué hacer. —Los ojos rojos de Ged mostraron su vulnerabilidad y
lo perdido que se sentía—. No sé cómo regresar al mundo real. No sé cómo
salvar a Sarah, Xiu o a nosotros. Yo… —Sus hombros cayeron hacia delante.
—¿Has intentado contactar a Sarah telepáticamente?
—Alguien ha puesto una pantalla mágica en su mente. No puedo romperla
sin causarle daño. Es por eso por lo que he supuesto que algo debe haber
sucedido en el hospital. Cuando intento hablar con ella solo encuentro
silencio.
—¿Qué hay de Xiu? ¿Puedes hablar con él?
—Nunca he tenido la capacidad de hablar con él como puedo contigo o
con Sarah.
Duncan frunció el ceño.
—¿Crees que él no forma parte de nuestro…?
Duncan se paró. ¿Qué serían? ¿Una manada? ¿Una familia? Porque algo
iban a ser, no podía ser de otra forma.
—Familia —decidió Ged por ambos. La línea de su entrecejo se
profundizó cuando Duncan se dio cuenta de la facilidad con la que el hombre
estaba siguiendo sus pensamientos—. No creo que Sarah pudiera ser feliz si

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uno de sus compañeros no fuera parte de nuestra familia —opinó Ged—. Tú
ya sientes algo por él, y a mí me gusta… mucho, pero se resiste a sus
emociones por todos nosotros, Sarah incluida.
Duncan sacudió la cabeza para aclarar sus ideas.
—Entonces, ¿cómo es posible que antes, en la mesa, pudiera oír los
pensamientos de Sarah. Él no es telépata, verdad? —Duncan no esperó una
respuesta—. ¡Tiene que existir un vínculo, no hay otra explicación!
—Podría haber estado ignorando mis llamadas y bloqueando su mente. —
Ged estudió a Xiu pensativo—. Tal vez no quiere ser parte de nuestro vínculo.
—¡Inténtalo de nuevo!
Al principio, Ged pareció resistirse a seguir las órdenes, pero luego se
encogió de hombros y asintió.
—Tócalo. Se relaja cuando estás cerca. Quizás ayude. —Esperó a que
Duncan se tumbara junto a Xiu y, acercando más a Sarah al caminante, Ged
se tendió a su lado asegurándose de que todos estuvieran conectados a través
de sus cuerpos.
«¿Xiu? ¿Puedes oírme?».
«Sí. —Xiu siguió mirando con ojos vidriosos al techo y sus labios no se
movieron, pero su voz resonó fuerte y clara en sus cabezas. De alguna
manera, resultaba realmente espeluznante—. Te estaba esperando».
«¡Eres un cabrón tramposo! ¿Por qué ignoraste a Ged antes?». Duncan fue
consciente de que las voces que estaba pegando eran solo mentales, ¡pero
sentaba igual de bien darlas! El maldito cabrón no se hacía una idea de lo
preocupados que habían estado por él, y toda aquella maldita situación lo
hacía sentir impotente. ¡Necesitaba desahogarse!
«¡Has sido consciente todo este tiempo de que eras parte de nuestro
vínculo y te mantuviste en silencio!».
«Soy un esclavo. No hay lugar para mí en una relación libre».
«¡Si estás vinculado, ya formas parte de la relación, idiota!».
Cuando Xiu se quedó en silencio, fue Ged quien intervino.
«¿Qué está pasando, Xiu? El mundo de Sarah se está colapsando. Hubo
un terremoto, el brillo de las lunas ha disminuido y todo está en silencio. Se
siente como la muerte. Sarah y tú… los dos estáis en estado comatoso».
«Secuestraron a Sarah, a la hermana de Duncan y a mí. Usaron magia y
drogas con nosotros».
«¡¿Qué?!». Un nudo se formó en la garganta de Duncan haciéndolo sentir
ahogado.

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«Los hechiceros se han llevado nuestros cuerpos. Nos han encerrado en
una especie de celda en un sótano o algo así. No estoy seguro. Aún no puedo
moverme».
«¡Mierda!».
«Por lo que escuché mientras hablaban, siguieron a tu hermana al hospital
y usaron tranquilizantes para llevarnos. Más tarde, me aplicaron un hechizo
para evitar que pueda cambiar o caminar en sueños».
«¿Qué pasa con Sarah?», preguntó Gedeon.
«La están drenando lentamente hacia su muerte».
«¿Y Deborah? ¿Hay alguna posibilidad de que haga algo?».
«Está tan inmovilizada como yo».
«¡Joder! ¿Qué demonios vamos a hacer? —Duncan se cubrió la cara con
ambas manos—. Xiu, tienes que encontrar la manera de que te ayudemos. No
sabemos cómo salvaros o salir de este sitio».
«Creo que tengo un plan», intervino Xiu.
«¡Cuenta!», exigió Duncan pasándose las manos por el cabello.
«Tenemos que revertir el proceso drenando a esa entidad y devolviéndole
las energías y el poder a Sarah», explicó Xiu.
«¿Y cómo cojones vamos a hacer eso?», preguntó Duncan.
«Sé de una forma», afirmó Xiu.
«Si ese es el caso, ¿por qué no lo has hecho ya?». Duncan frunció el ceño
al estudiar la forma inmóvil del hombre.
«Porque no estaba preparado para asimilar toda esa energía. Es maligna y
antes de devolvérsela a Sarah tiene que ser filtrada. La esencia de Sarah está
formada por luz, demasiada oscuridad podría lastimarla y transformarla».
«¿Qué ha cambiado?», cuestionó Duncan.
«Vosotros».
«¿Nosotros? No entiendo nada. Explícate», pidió Duncan viendo,
confundido, cómo una leve sonrisa fue transformando lentamente la expresión
de Ged.
«Si nos unimos, realmente nos unimos, con un vínculo eterno como
parejas, podré usar vuestros cuerpos para almacenar la energía. Tal vez
incluso podáis llegar a usarla como hacemos Sarah y yo y aumentar vuestras
habilidades».
«¡Guau! ¡Detente ahí! ¿Ahora estamos hablando de vínculos eternos?
Acabas de pasar de cero a cien en menos de un segundo». Duncan se sentó en
el filo de la cama.

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«Si quieres que Sarah viva, tendrás que aceptar que soy un esclavo. No
hay otras opciones». La voz de Xiu se volvió dura como el granito.
Duncan gruñó una ristra de maldiciones que hicieron resonar incluso los
oídos inmortales de Ged y Xiu, por la forma en que se encogieron
mentalmente.
«Vamos a lidiar con tu esclavitud una vez hayamos solventado esto.
Mientras tanto, deja de ser idiota. A ninguno de nosotros nos importa…
¡Joder! Pues claro que nos importa que seas un esclavo, pero no por las
razones que has asumido. A ninguno nos gusta que sufras o que puedan
obligarte a hacer cosas en contra de tu voluntad. Y por si no te has enterado
todavía, te queremos con nosotros, de modo que vamos a dejarnos de toda esa
mierda de esclavos aquí y esclavos allá. ¿Entendido?».
«¿Estás tratando de darme órdenes, cachorrillo?». Incluso con su cara
inexpresiva, la diversión en el tono de Xiu era inconfundible.
«Soy un alfa. Ve acostumbrándote a ello tanto dentro como fuera de la
cama. Si quieres mi culo, y los dos sabemos que lo quieres, entonces tendrás
que renunciar a algo. No voy a jugar a ser la versión beta para los dos, solo
porque os consideréis unos viejos y decrépitos fósiles que necesitan ser
mimados», avisó Duncan cruzando los brazos sobre el pecho.
«Gedeon es el fósil. Yo no soy siquiera la mitad de viejo que él —replicó
Xiu con un tono seco—. Te he visto aceptando sus órdenes sin queja. ¿Dónde
estaba tu gran personalidad de alfa entonces?».
«No necesito ser quién manda todo el tiempo. Puedo ser flexible y
razonable cuando hace falta. Además, él y yo hemos acordado que su trasero
y su sumisión serán míos cuando juguemos sin Sarah».
«¿Solo cuando no esté Sarah?». Había extrañeza en la voz de Xiu.
«Disfruto demasiado jugando con ella y centrándome en su placer como
para renunciar a ello por el mío propio. Lo que no quita que pueda darse la
situación, si todos estamos de humor, de que me deje someter en presencia de
ella», explicó Ged.
Xiu se tomó un tiempo para responder.
«Si aceptas compartirlo conmigo, cachorrillo, dejaré que me controles de
vez en cuando».
Duncan le ofreció el equivalente a una gran sonrisa mental.
«Por cómo ha reaccionado su cuerpo, yo diría que tu propuesta ha
levantado el interés de Ged. Aunque tú también has comenzado a saludarnos

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de cintura para abajo, en caso de que no puedas apreciarlo. ¿Eso fue un
gemido, Xiu?».
«¡Chicos! Lo primero es lo primero. ¡Tenemos que planificar una
estrategia de acción para salir de esta dichosa situación! —los reprendió Ged
ronco, obviamente afectado por su conversación. Duncan sospechaba que la
suavidad en el tono del vampiro tenía algo que ver con el hecho de que Xiu
acababa de admitir abiertamente que se sentía atraído por él—. ¿Qué
implicaría para ti, Xiu? Quiero decir, ¿cómo controlarías esa cantidad de
energía maléfica sin lastimarte en el proceso?».
«No estoy seguro, pero si me dominara la oscuridad, vosotros podréis
mantenerme bajo control hasta que haya conseguido deshacerla».
«¿Cómo te controlaríamos?». La curiosidad de Duncan fue evidente.
«Un caminante de sombras no puede hacer daño a su Centehua y, en este
caso, aunque nunca he sabido de un caso similar, imagino que vosotros os
convertiríais todos en Centehuas para mí».
«Tendría sentido», opinó Gedeon.
«Por mucho que me dominara la oscuridad, mi necesidad de protegeros
siempre será superior, y como último recurso —Xiu titubeó—, Sarah tiene el
colgante con el que puede dominarme».
«No pareces muy seguro de lo que dices», dijo Duncan con reservas.
Xiu encogió mentalmente los hombros.
«¿Tenemos alguna otra opción? Somos tres. La teoría es que, una vez
emparejado, puedo llegar a funcionar como uno con mi Centehua. Eso
significaría poder compartir nuestras habilidades cada vez que estemos
conectados. Desconozco si la teoría funciona en la realidad. Solo podemos
probarlo. Si no hacemos nada, todos moriremos».
«¿Estás seguro? No será solo una artimaña para conseguir echar una
canita al aire y no acabar como un inmortal solterón, ¿verdad?», bromeó
Duncan, si bien sus palabras no salieron tan seguras como había pretendido.
Por primera vez, Xiu rio abiertamente.
«Cachorrillo, los dos sabemos que acabarás siendo mío y que no necesito
tretas baratas para conseguirlo. Con vuestra ayuda podré filtrar la mayor parte
de la energía negativa y podré deshacerme del resto una vez que cambie a
sombra».
«Bien, ¿y cómo lo haremos?», preguntó Duncan frunciendo el ceño al
notar cómo el pulso de Sarah se debilitaba a cada momento que pasaba.

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«Tenéis que llevarnos al claro. Necesitamos estar en contacto con la tierra,
es la única forma de drenar a esa cosa sin tener que acercarnos a ella».

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Capítulo 14

E n el exterior, Ged y Duncan intercambiaron una mirada preocupada. La


noche no era tan clara como solía ser en el mundo de Sarah. Las lunas
de color rojo sangre daban un siniestro tono carmesí a todo y si algo no era
rojo, entonces era porque estaba completamente negro.
Duncan eligió un pequeño llano cubierto por hierba y tendió a Xiu con
cuidado en el suelo. Un poco más vacilante, Ged hizo lo mismo con Sarah.
—¿Y ahora qué? —preguntó Duncan mirando a su alrededor.
«Sexo. La forma de establecer los vínculos creo que es más o menos
similar en todas las razas nocturnas: una conexión física, mental y
metafísica», fue la respuesta de Xiu.
«No voy a tener relaciones sexuales con Sarah mientras ella esté
inconsciente —escupió Ged visiblemente estresado. Duncan estuvo de
acuerdo. Todo su ser se rebelaba contra la idea—. Sería como una violación».
«No es necesario. Podéis usarme a mí. Si sale bien, Sarah podrá unirse a
nuestro vínculo por decisión propia. Lo importante ahora es comenzar con el
drenaje y pasarle energía para que pueda recuperarse».
Duncan se movió incómodo.
«Esa opción tampoco es mucho mejor, Xiu. Tal vez estoy equivocado…
pero tuve la sensación de que no te gustaba… quiero decir que… que no
disfrutarías que alguien te…».
«No me gusta tener gente detrás de mi espalda —lo interrumpió Xiu—.
Pero mientras estés frente a mí… estoy seguro de que puedes ser lo
suficientemente ingenioso como para conseguir que me guste. Solo tienes que
cuidar que mi palma esté en contacto con la de Sarah y que la otra esté sobre

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la tierra. —Cuando nadie contestó, Xiu no dudó en presionar—. ¡Empezad!
¡El tiempo se nos está acabando!».
«¿Encima prisas? ¡Joder!». Duncan se pasó ambas manos por el cabello.
Lo que estaba ocurriendo era más de lo que él podía asumir. Desde su rato a
solas en el bosque, se había sentido obsesionado con la idea de llegar a algo
más con Xiu, pero esto no era lo que había imaginado. No así, no aceptando
un sacrificio que les iba a dejar un mal sabor a ambos. Él no era el tipo de
hombre que disfrutara de forzar a nadie contra su voluntad. Sus ojos cayeron
sobre Sarah y el tono cada vez más grisáceo y apagado de su hermosa tez.
«¡Olvídalo! ¡Tienes que hacerlo! Si existe una oportunidad de salvarla,
por mínima que sea, entonces tienes que seguir adelante». Duncan suspiró, sin
poder evitar la quemazón en los ojos. Al unir las manos de Sarah y Xiu,
Duncan les hizo una silenciosa promesa. Haría que Xiu disfrutara, conseguiría
que su sacrificio fuera uno de placer, no de dolor y humillación. Cuando sus
ojos se encontraron con los de Ged, encontró la misma determinación en
ellos.
«No soy un experto, pero vamos a mostrarle la diferencia entre follar y
hacer el amor», le susurró a Ged a través de su conexión, para que solo él
pudiera oírlo.
Con Sarah al lado izquierdo de Xiu y Ged a la derecha, Duncan se colocó
entre las piernas separadas del nativo. Seguía sin estar seguro de cómo
cumplir su promesa. «¡Todo esto está tan mal y es tan enfermizo!».
«Cachorrillo, conseguiste que lo disfrutara anoche, ¿recuerdas?».
«Tiene razón». Duncan cerró los ojos al recordar las sensaciones que
había experimentado con Xiu. La forma en que habían estado achuchados el
uno contra el otro mientras sus manos se deslizaban sobre ellos… La
necesidad mutua y su atracción casi lo habían vuelto loco. ¡Claro que podía
recordarlo! Lo difícil sería olvidarlo.
El gemido de Xiu trajo a Duncan de golpe al presente. Cuando abrió los
párpados encontró a Ged inclinado usando su lengua para jugar con los
oscuros pezones de Xiu. Los colmillos de Ged se habían extendido por la
excitación, pero tuvo cuidado de no usarlos. La erección de Duncan respondió
de inmediato a la escena. Toda su sangre pareció descender a su entrepierna
haciendo que su miembro pulsara de necesidad. Pequeñas gotas de líquido
preseminal fueron derramándose por la satinada punta, como si el exceso de
presión las estuviera ordeñando.

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Al mirar a Xiu, Duncan descubrió que las mismas gotitas brillantes ya se
deslizaban por su tronco. Con un gemido ronco, Duncan bajó la cabeza y
atacó con suavidad la parte interna de sus muslos. Para ser de hombre, eran
muy sedosos. Frotando sus mejillas contra ellos, ignoró el empuje mental de
Xiu y aguantó la risa ante la imagen que le envió de su pelvis alzándose hacia
él.
«Olvídalo, hombretón, no te lo voy a poner tan fácil. No te hará daño
sufrir un poco. —Los labios de Duncan se estiraron en una sonrisa ladeada al
oír el gruñido de Xiu—. ¿Sabes qué? Se me acaba de ocurrir una idea. Tan
pronto como consigamos salir de aquí, y antes de matarlos, les preguntaré a
los hechiceros cómo lograron paralizarte, dejándote consciente y con tu
hombría aún funcionando. Creo que será algo que puede dar mucho juego
para el futuro».
Xiu gruñó de nuevo, pero para sorpresa de Duncan, su duro miembro saltó
ante la idea y más lágrimas aparecieron sobre la hinchada punta.
«Oye, hombretón, ¡creo que tu pequeño Shady acaba de delatarte!».
«¿Mi pequeño Shady?».
«Sí, Shady, de Shadow en inglés. Ya sabes, significa sombra».
«¡Maldita sea, Duncan! ¡Cállate y chúpamela de una vez!».
Las risas de Ged y Duncan se mezclaron en sus mentes.
«Para eso tendrás que esperar un laaaargo rato más —se burló Duncan—.
Pero si eres un chico bueno, tal vez deje que mi gran Dunqui salude al
pequeño Shady».
«Duncan, si te lo suplico, ¿cerrarás tu puta bocaza?».
«Depende de lo bueno que seas rogando —respondió Duncan centrando
su atención en acariciar con la nariz sus testículos—. La impresión que tenía
de ti era que eres el tipo de hombre que jamás pide nada».
«Nunca lo había hecho antes».
Duncan levantó la cabeza para mirarlo. Un hambre voraz se formó en su
estómago y atravesó su vientre hasta tensarle las pelotas. La simple idea de
hacer que el orgulloso guerrero le rogara en la cama le ponía a cien.
«A partir de ahora, te enseñaremos a hacerlo», prometió Duncan.
«Ya, y seguro que lo conseguirás. —Xiu resopló, pero no sonaba tan
seguro como solía hacerlo—. ¿Cómo aguantas estar con él si no para de
hablar gilipolleces sin sentido? —le preguntó a Ged, sin evitar que Duncan
pudiera oírlo».

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«Por lo general llenándole la boca. —Ged rio entre dientes—. Aunque me
temo que con esto del link mental tendremos que encontrar una forma
alternativa de acallarlo».
«Uhm, ¿así?», preguntó Duncan en broma envolviendo los testículos de
Xiu con sus labios, mientras usaba su lengua para azotarle y lamerle hasta que
no quedó ni un milímetro de piel seca.

Los gritos del hombre en la oscuridad la hicieron prestar atención. No era el


grito enfurecido que había escuchado justo antes de que todo se volviera
negro. No, estaba segura de que este grito sonaba diferente, parecía
provocado por un placer largo y torturado. El sonido hizo que una corriente
de lava comenzara a correr por sus venas en dirección a su vientre.
Los gritos no eran los únicos ruidos en su mente.
También oía gemidos, jadeos, gruñidos, susurros, pensamientos
murmurados… Pero no todos venían del mismo hombre. Pertenecían a los
demás. ¿Quién estaba ahí? Sus voces le sonaban familiares. Le recordaban a
chocolate caliente, a llamas anaranjadas jugando en la chimenea y a hogar…
Quería acercarse, estar con ellos, acurrucarse contra su calor y oírlos reír,
pero no sabía cómo. Estaba sola, perdida en la oscuridad. Aquellas voces eran
su única compañía. Se enfocó en ellos. No quería que también las voces se
perdieran entre tanta negrura.
El tiempo pasó. ¿Cuánto? No estaba segura. Las voces se hicieron más
fuertes. Ella también se sentía más fuerte, si bien al principio no se había dado
cuenta. Todavía flotaba en el vacío negro, pero ahora podía sentir su cuerpo
otra vez. Ya no era aire. Había un bajo flujo de luz, un zumbido cálido
chisporroteando a lo largo de sus dedos y… ¿Era eso una mano que la tocaba?
No la sujetaba, solo estaba caída sobre la de ella, pero era humana,
reconfortante. La corriente de energía que la fortalecía emanaba de ese
contacto. Se estiró para acercarse y aferrarse a ella.
De repente, todo volvió a ser real y tangible: la gravedad, su cuerpo, sus
sentidos y la rigidez en su espalda… Sus párpados se agitaron hasta que logró
abrir los ojos. Una sensación cálida se extendió en su interior al verlos a ellos,
a sus compañeros, sus hombres, porque eso era lo que eran: suyos. La simple
visión de Duncan, cubriendo la enorme erección de Xiu con sus labios
haciéndolo desaparecer dentro de su boca, hizo que Sarah apretara los muslos.
Cuando también comenzó a chupar, haciendo pequeños ruidos, la vibración

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atravesó su cuerpo. Suspiró. Duncan era taaaan sexy con sus largas pestañas,
la incipiente barba y sus rasgos algo duros. «¿Sarah, cielo?».
Ante las palabras de Ged, Duncan se irguió de inmediato liberando a Xiu
con un sonoro ¡plop! Los hombres estuvieron inmediatamente a su lado
tocándola como si les costara creer que estuviera allí con ellos.
«¡Funcionó!». Duncan le sonrió con sus labios hinchados y brillantes.
«¿Qué funcionó?».
«Xiu está drenando al ser y devolviéndote la energía».
Ella buscó a Xiu con la mirada y notó sus ojos abiertos y vidriosos
contemplando sin parpadear el cielo nocturno.
«¡Diosa! ¿Qué le ha pasado?». Trató de alcanzarlo, pero sus extremidades
se negaron a moverse.
«Estoy bien, cariño. No te preocupes por mí».
«Xiu está bien. Está paralizado pero consciente de todo». Ged la abrazó
con un suspiro de alivio.
«Duncan, ve con Xiu. Debemos mantener la transferencia de energía hasta
que Sarah recupere sus fuerzas».
Duncan le dio un sentido beso antes de regresar junto a Xiu, al que
recorrió con su lengua, mordisqueó y chupó mientras la miraba directamente
a ella. Sarah siguió hechizada la escena.
«Creo que nuestra chica es una voyeur». Duncan sonrió.
¿Voyeur? ¡Sí! Mientras los protagonistas de sus fantasías fueran sus
hombres, sería capaz de pasar toda la noche observándolos. Oyó risas que la
hicieron consciente de que permanecían conectados a su mente.
«¿Te gusta lo que ves?», preguntó Ged con tono incitante.
«Mhm», fue su única respuesta.
«¿Qué más te gustaría ver?».
«Que le ayudes. Quiero que juegues con las pelotas de Xiu mientras
Duncan sigue con lo que está haciendo».
«¡Mierda! ¡Tienes una mente pervertida!», gimió Duncan. «¡Pero
maldición si eso no me pone!».
Ged se colocó junto a Duncan y le guiñó un ojo antes de bajar la cabeza
para cumplir con su misión. Los músculos en el vientre de Sarah se
contrajeron y una humedad densa y caliente escapó de entre sus muslos
volviéndolos resbaladizos. No perdió un detalle de cómo trabajaban en
equipo, lamiendo, chupando y besándose en el proceso, mientras se pasaban a
Xiu de uno a otro. Los incipientes gemidos de Xiu acabaron transformándose

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en gritos desesperados pidiendo más. Sarah se compadeció de él. No poder
moverse mientras llevaban a uno al éxtasis, privándolo del placer siempre en
el último momento, debía ser una agonía.
El chisporroteo a lo largo de su brazo aumentó haciéndola sentir
fortalecida por momentos. Cuando apretó la mano inmóvil de Xiu, los
pensamientos masculinos comenzaron a extenderse caóticamente por la mente
de Sarah: quería deslizar sus dedos a través del cabello satinado de Ged para
presionarlo hacia su ingle, mientras alzaba su pelvis para bombear dentro de
la boca del vampiro hasta que pudiera sentir su garganta apretándose a su
alrededor. Quería correrse de aquella forma, en ese mismo momento, pero
Ged no se lo permitía. El cuerpo de Sarah se sincronizó con las necesidades
de Xiu convirtiendo sus anhelos en suyos; los músculos de su vientre se
contrajeron con cada impulso de empujar y sus caderas se alzaron por él
mientras sus manos no paraban de temblar.
En algún lugar, muy lejos, se oyó una protesta enfurecida. El mal estaba
furioso con ella. Quería matarla, matar a sus compañeros, quería vengarse
porque lo estaban debilitando. Habían encontrado su talón de Aquiles y eso le
aterrorizaba. Sarah recordó aquel fatídico día en que murió su madre, el
momento en que aquel ser se fundió con ella, dominándola, haciendo que ella
se recreara en su maldad y la usara para canalizar el dolor y la rabia para
matar a todo ser viviente a su alrededor. Por un momento, se habían vuelto
uno, ella y él, convertidos en un único ser. Había mirado a su alrededor
recreándose en la venganza cumplida, hasta que sus ojos cayeron sobre el
cuerpo inerte de su madre. Los hermosos ojos, que tanto cariño y amor le
habían transmitido siempre, estaban vacíos de toda emoción. Ese momento,
ese único instante de lucidez y amor, le infundió más miedo que todo el terror
que acababa de vivir.
Fue aquello lo que hizo que se anclara a la maldad para escapar de la
realidad y viajar a su refugio secreto, al mundo ideal que poco a poco se había
construido durante su infancia para aliviar el rechazo de los niños que la
señalaban como diferente. Su intención entonces no había sido la de atrapar al
mal, solo la de huir de lo que había hecho, pero tan pronto como aterrizaron
en su mundo, el mal se había enfurecido con ella, al igual que lo estaba ahora.
Jamás supo por qué una niña de catorce años se enfrentó con él, con la misma
furia que él le mostraba, en vez de esconderse asustada en el bosque. Quizás
fuera porque él la había contagiado al dominarla, o quizás porque ya no le
quedaba nada que perder, lo único que sabía, era que ella ganó aquella

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primera batalla, que el mal no fue capaz de superarla en una realidad donde
ella era quién lo controlaba todo y él desconocía las reglas.
Sarah regresó al presente y desechó todos los recuerdos dolorosos. Esa era
su oportunidad de deshacerse de él, de mantener a sus hombres y al mundo a
salvo y de recuperar una vida real. ¡Tenía que ayudar a Xiu a aumentar el
flujo de energía! ¡Era ahora o nunca!
Como pudo, se arrastró trabajosamente al lado de Duncan. Seguía
sintiéndose agotada, pero necesitaba hacerlo. ¡Quería hacerlo! Quería formar
parte de ellos.
Los hombres se detuvieron y alzaron la cabeza para contemplarla, sus
pupilas dilatadas revelaban deseo y hambre, mientras sus labios brillaban
húmedos e invitadores. Ella aceptó la invitación. Los besó de uno en uno,
saboreando a Xiu a través de ellos, trazando sus labios con su lengua. Sarah
gimió al entregarse a las sensaciones de placer, al sabor y la intimidad
compartidas.
Cuando se inclinó para reclamar a Xiu para ella, un escalofrío casi
imperceptible atravesó el cuerpo masculino y la corriente de energía aumentó
chisporroteando en cada tramo de piel que se tocaban.
—¡Detente! Se correrá si no paras… —advirtió Ged.
Ella obedeció. El lamento desesperado de Xiu resonó entre ellos haciendo
que ella y Ged compartieran una sonrisa torcida. Aun así, no era suficiente
para Sarah, anhelaba más, mucho más.
—Toma lo que quieras. Lo tienes a tu disposición —fue la sencilla
respuesta de Ged a sus pensamientos.
Ella lo hizo. Trepó sobre Xiu hasta alcanzar sus labios para rozarlos, pero
no le besó.
«¡Te quiero! ¡Quiero todo de ti!».
No hubo respuesta verbal. Xiu se abrió a ella ofreciéndole la misma
esencia de su ser. Fue entonces cuando Sarah lo besó sumergiéndose en él
hasta tocar su alma. Lo besó llena de amor y necesidad. Se pertenecían el uno
al otro, y eso era lo que ella quería que Xiu comprendiera.
Entrelazando los dedos de sus manos, Sarah se incorporó para mirarlo. Su
rostro era bello incluso en su inexpresividad, pero nada comparado con el Xiu
que ella sentía en su interior. Sus palmas comenzaron a calentarse al contacto
y la energía comenzó a fluir como si una presa se hubiera roto. La sobredosis
de poder la hizo sentir mareada, fuerte e indomable.

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El viento se levantó, acompañado por los rugidos de la entidad maligna.
Las primeras gotas de lluvia cayeron en el mismo momento en que un trueno
resonó a algunos kilómetros de distancia.
—Se está enfureciendo cada vez más —murmuró.
No estaba segura de si debía de estar aterrorizada por la idea, pero Ged no
le dio la oportunidad de pensar. Aprovechando su postura y el trasero alzado,
hundió la lengua en su vagina. La sensación la tomó por sorpresa, ¡pero se
sintió taaan bien! Y tan pronto como Ged usó los dedos para explorar su parte
trasera, todo lo demás que no estaba relacionado con el sexo, el placer o el
amor, fue relegado a un segundo plano.
Empujó contra la experta boca de Ged, mientras seguía besando a Xiu; y
Duncan continuó ganándose puntos con Xiu al seguir atendiendo sus
necesidades. Las fantasías y la felicidad que compartían telepáticamente entre
sí eran abrumadoras, casi tanto como el poder que corría por sus venas. En su
interior, despertó una mujer desconocida para ella, una mujer con sus propios
deseos, pasiones y urgencias. Una mujer que anhelaba controlar en vez de ser
sometida. Quería que la entidad malvada desapareciera de su vida, que se
fuera y la dejara tranquila junto a sus compañeros. La conciencia de que aquel
era su mundo y que era ella quién debía ostentar toda la autoridad allí creció
por momentos.
Reclamó su poder, exigió que le fuera devuelto. Pudo sentir la respuesta
de su universo, la corriente de energía viajando bajo la tierra hacia ellos.
Sarah sonrió al imaginar la sorpresa del ser. En todos esos años, nunca se
había atrevido a retarlo o a luchar contra él, si no era para defenderse. Se
había limitado a ser su guardiana, nada más. Poco más que una prisionera
atrapada en una vida sin esperanza. Los truenos y rayos se acercaron más y
más y la lluvia se transformó en aguacero. Sarah creó una etérea burbuja
protectora a su alrededor, capaz de proteger a sus compañeros.
«¿Quieres usar tu poder contra mí? Hazlo. Cuanto más uses, antes
acabaremos», lo retó.
«Xiu. —Sarah lo besó llamándolo a ella—. Te necesito —susurró».
«Centehua, quisiera darte lo que necesitas pero no puedo», respondió Xiu
lleno de pesar.
«Te necesito dentro de mí, llenándome, estirándome, haciéndome sentir
completa».
Los gemidos de los tres hombres la rodearon haciéndola sentir poderosa y
sensual.

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—¡Estamos en mi mundo y te quiero aquí, conmigo! —Dejó de besarlo
para contemplarlo.
—Mencionó algo sobre un hechizo que usaron para evitar que pudiera
caminar en sueños —murmuró Duncan.
¿Le habían hecho un hechizo? ¿Uno que lo apartaba de ella y de su
realidad? Sintió ganas de llegar a todos aquellos hechiceros para hacerles
pagar por lo que le habían hecho.
—No permitiré que una magia extraña lo lastime en mi mundo —siseó
enfadada ignorando la expresión de sorpresa de Duncan.
Cerrando los párpados, Sarah revisó cada conexión que Xiu mantenía con
el mundo real y destruyó cada una de ellas dejando solo el hilo dorado que
mantenía su alma conectada a su cuerpo. La primera señal de que Xiu estaba
regresando en sí fue el brillo aliviado en sus pupilas. Xiu cerró sus ojos
resecos durante largo rato, pero su expresión calmada les dejó saber que se
encontraba bien.
«Ged, revísalo en caso de que todavía esté bajo un hechizo y quieran
usarlo para dañarnos», ordenó Duncan.
«Duncan, estoy aquí y puedo oírte», le informó Xiu soltando un suspiro.
«Joder, sigo sin acostumbrarme a esta mierda telepática».
«¿No me digas? ¿Y yo sí? Me hará falta psicoterapia si lo que me espera
es oír tus pamplinas mentales durante el resto de mis días», dijo Xiu poniendo
los ojos en blanco.
—¡Muy gracioso! —respondió Duncan—. Te buscaremos un terapeuta en
cuanto regresemos a la Tierra. Igual consigue enseñarte a dejar de quejarte
por todo.
—Hablando de quejas… ¿podríamos dejarnos de pamplinas e ir al grano?
¿Por dónde íbamos? —preguntó Xiu con un tono que dejó claro a qué se
refería.
—Sarah estaba a punto de montarte, Ged estaba a punto de follarla por
detrás y yo estaba a punto de rememorar cómo se siente hundirme en su boca
—explicó Duncan mostrando su mejor sonrisa—. Y ahora que has vuelto,
estás invitado a echarle una mano con eso.
Ged resopló.
—¿No te has pasado por alto algunos pasos intermedios en el plan para
alcanzar tu meta? Creo que falta la parte en la que es necesario darle placer y
preparar a tu pareja —soltó Ged con sequedad.

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Sarah vio cómo Xiu fruncía el ceño en dirección a Ged, pero antes de que
pudiera protestar, ella se adelantó. ¡Con dos días de juegos previos tenían más
que suficiente para que todos estuvieran preparados!
—Ged está equivocado; Duncan tiene razón —espetó dando por zanjado
el tema.
—¿Tengo razón? —preguntó Duncan sorprendido.
—¿Estoy equivocado? —preguntó Ged con un destello divertido en sus
ojos.
Xiu, por supuesto, guardó silencio.
—¡Sí a los dos! —afirmó Sarah decidida.
No esperó a que decidieran si pensaban darle la razón o no. Sujetó a Xiu y
bajó sobre él con un gemido acogiéndolo lentamente dentro de ella. No
resultó tan fácil como había esperado al principio. Era enorme y sus apretados
músculos cedieron a regañadientes bajo la presión, pero era increíble sentirse
llenada de una forma tan intensa y tan completa. Con ambas manos
entrelazadas con las de Xiu, onduló sus caderas buscando más que un ritmo o
una velocidad, el placer del roce en sí que venía con cada movimiento.
Ged fue el primero en reaccionar. Se situó detrás de ella, tan cerca que
casi se fundieron. Podía sentir cómo pulsaba duro y vigoroso contra su
trasero, pero en vez de penetrarla se adaptó y movió con ella, besándole los
hombros, con apenas un ligero toque aquí y allá con sus largos colmillos. Sus
manos alcanzaron sus sensibles pechos y se tomaron su tiempo para
acariciarlos y explorarlos. A Sarah le habría gustado tener un espejo para ver
cómo contrastaban las pálidas manos de Ged contra su piel bronceada.
Fue Xiu quien la sorprendió más allá de lo que había imaginado
permitiéndole ver a través de sus ojos. Una escena erótica con ella como
protagonista se abrió en su mente y, aun cuando la siguió fascinada, no pudo
dejar de preguntarse si esa mujer sexy, con la cara transfigurada por el placer,
realmente era ella.
Cuando las manos de Duncan aparecieron de la nada para reemplazar las
de Ged, sus ásperos dedos encontraron nuevas formas de torturarla. Al primer
contacto con su clítoris se estremeció de placer. A partir de ahí se convirtió en
un ascenso vertiginoso hacia el éxtasis. Se sintió como una bola de pinball, a
la que el poderoso y agudo placer arremetía para lanzarla hacia su orgasmo.
Ondas de placer recorrían su cuerpo desde un punto sensible al otro, desde el
hombro hasta el útero, desde los pezones hasta el clítoris… y tal y como
llegaban, chocaban y emprendían un nuevo camino. Se contorsionó, gimió y

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lloró y, al mismo tiempo, se dejó envolver por los cálidos sentimientos que
provenían de los hombres y se preparó para el tsunami de energía que estaba
cruzando su mundo y se dirigía directamente hacia ella. «¡Sííííí!».
No le dieron la oportunidad de recuperarse. Antes de que la última ola de
su clímax se calmara, Ged ya la había empujado con cuidado hacia los brazos
de Xiu, que la esperaba con impaciencia y listo para reclamar sus labios.
Como si estuvieran trabajando al unísono, Xiu la mantuvo distraída con sus
besos, los dedos de Duncan jugaban entre sus empapados pliegues y Ged la
preparó para tomarla desde atrás. Hubo un leve dolor, pero sus gemidos se
ahogaron en la boca de Xiu. Con los dedos de Duncan jugando sucio sobre su
clítoris, en lugar de alejarse, acabó por empujar hacia Ged, quien se hundía
cada vez más dentro de ella.
Llegó a un punto donde no pudo soportar más. Con sus dos hombres
llenándola, ya no quedaba más espacio. «¡No cabe nada más!». Estirada hasta
sus límites, no podía tomar más, era…
—¡Shhhh, bebé! Ya estoy adentro.
—¡Sí, eso está claro! Y mientras nadie se mueva…
Ged fue el primero en moverse.
—¡Ged! ¡Ged! ¡Geeed…!
Con sus primeros tres empujes, ella quiso matarlo con sus propias manos.
Pero cuando Xiu se movió también y sus miembros comenzaron a frotarse
dentro de ella, mientras Duncan pellizcaba su clítoris y chupaba su pezón…
¡Oh… ohhhh!
Jamás había experimentado algo tan intenso. No había ni una pulgada de
ella que no vibrara de placer. No podía concentrarse en otra cosa que no
fueran sus hombres embistiéndola, los sonidos húmedos que hacían al entrar y
salir de ella, las pelotas de Ged chocándose contra su trasero, la boca ardiente
de Duncan sobre sus pezones, su…
—Sarah, cielo… Hay algo que necesitamos decirte.
—Ged, todavía no, yo… no puedo… pensar… estoy… a punto… de…
venir…
—Lo sé, cariño, pero no quiero asustarte.
—¿Asustarme… a mí? Ged… ¡Ohhhh!
—Para reclamarte, tenemos que morderte.
—Morderme… Sí… Claro que sí. Lo que… sea.
—Los tres.

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—¡Lo que sea! —Incluso a sus pensamientos parecían faltarles el aliento
—. Solo… no te… ¡detengas!
En el mismo momento en que su mundo se puso patas arriba y el tsunami
de energía se estrelló contra ella, tres pares de colmillos se hundieron en su
tierna piel. Su alma se llenó de luces y colores y el universo comenzó a girar a
su alrededor. Sentía un eterno orgasmo fuera de control y seguía y seguía y
seguía… Incluso cuando la soltaron y retiraron sus colmillos y Duncan exigió
que abriera los labios para él…, incluso cuando los cuatro fueron dominados
por su frenesí de apareamiento y comenzaron a embestirla de forma rápida y
descontrolada, el orgasmo de Sarah continuó. Solo cuando la luz dentro de
ella estalló y el último de ellos liberó su semen caliente, su cuerpo finalmente
se relajó con el remanente de las débiles marejadas de placer.
Se dejó caer sobre Xiu. Duncan se acostó a su lado después de besarla
dulcemente en el hombro.
—Sarah, cielo, ¿estás bien? ¿Te hicimos daño? —preguntó Ged con un
toque de ansiedad.
—Muy bien —farfulló ella, pero era cierto. Sus erecciones aún palpitaban
en su interior, manteniendo vivas las deliciosas sensaciones en su vientre, y la
sobredosis de energía la hizo sentir borracha.
—¡El ser… se ha ido! —declaró Xiu después de un rato.
—¿Completamente? —preguntó Duncan, incrédulo.
—¡Sí! Por los siglos de los siglos… —Ella soltó una risita ridícula.
—Sarah, ¿estás segura de que estás bien? —preguntó Ged de nuevo
deslizándose fuera de ella.
—¡Noooo!
—¿No qué? ¿Estás herida? ¿Los hechiceros te están haciendo algo? ¿Qué
te ocurre, cielo? —preguntó Ged revisándola preocupado.
—¡No quería que te salieras! —declaró Sarah con un puchero.
—Eh… está bien. —Después de un momento, Ged pareció calmarse y una
sonrisa tierna apareció en su rostro—. Ven aquí, cariño, y suelta a Xiu —
instruyó con paciencia antes de tomarla en sus brazos—. Necesitamos darte
una ducha y hablar.
—¿No podemos hablar mañana? —Sarah lo miró espantada. ¿Cómo podía
tener ganas de hablar? ¡Ella solo quería dormir!
—No, cielo, tiene que ser tan pronto como te hayamos lavado y
alimentado. Tu cuerpo y el de Xiu siguen en peligro en el mundo real.

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Capítulo 15

X iu intentó parpadear, pero incluso sus pestañas parecían hechas de


hormigón. Mover el resto de su dolorido cuerpo ni siquiera era una
posibilidad. Inspeccionó la habitación desde sus ojos entrecerrados para
descubrir cualquier posible ruta de escape y detectar todos los posibles
peligros a tener en cuenta.
No le llevó demasiado descubrir la inexistencia de ventanas, que la puerta
era de seguridad y que era lo único nuevo que había en aquella celda,
iluminada tristemente por una única bombilla. La hermana de Duncan se
encontraba sentada en un rincón. Pesadas cadenas de plata la mantenían
inmovilizada quemando su piel en aquellos lugares donde su ropa no la
protegía. Con su cabeza apoyada contra el viejo muro de piedra, sus labios
rajados y un ojo hinchado, lo estaba mirando fijamente. Sin mover una
pestaña, dirigió la vista hacia la otra esquina de la habitación, donde un
hechicero se encontraba sentado ante un desmejorado escritorio de madera,
perdido en algún juego de su móvil.
Xiu quiso asentir para mostrarle que había recibido el aviso, pero hacerlo
requería más fuerza de la que tenía. Revisó el resto de la habitación hasta que
su mirada se posó en un pequeño bulto sobre el suelo. Su corazón dejó de latir
cuando reconoció la forma inmóvil de Sarah. No era la mujer fuerte y bella
que acababa de dejar atrás en el mundo de sueños, sino la chica enferma y
huesuda que había conocido en el hospital. A pesar de toda la energía que le
habían devuelto, su cuerpo no había sido capaz de restaurarse en el mundo
real.
Xiu quiso gritar y rugir, para que los hechiceros lo escucharan y supieran
que pensaba masacrarlos a todos y dejar que sus cadáveres se pudrieran bajo

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el duro sol del desierto de Tatacoa. Habían arrojado a su Centehua al frío
suelo, sin consideración por su frágil salud. Sus muñecas sangraron, irritadas
por la áspera cuerda al tratar de liberarse, pero acabó por volver a cerrar sus
ojos, derrotado. ¿Para qué lo habían atado? Estaba tan débil que
probablemente no podía mantenerse sentado sin ayuda. Un sabor amargo
invadió su boca. Ahí estaba, un guerrero, un inmortal centenario, viendo a su
Centehua yaciendo indefensa frente a él, y no era capaz ni de liberarse de sus
ataduras. Ni una sola vez en todos sus siglos, ni a través de todo el dolor y la
tortura que había sufrido, se había sentido tan impotente como en ese
momento.
«¡Sarah!».
Deseó que ella abriera los ojos. Necesitaba estar seguro de que estaba
bien. Su espíritu no sobreviviría en el mundo de los sueños si su cuerpo
moría. Las largas pestañas femeninas revolotearon hasta que finalmente sus
hermosos ojos se cruzaron con los de Xiu y una débil sonrisa apareció en su
rostro, transmitiéndole la calidez y esperanza que necesitaba.
La sonrisa de Sarah desapareció cuando su mirada cayó sobre el pecho y
de allí a los muslos de Xiu. Un mal presentimiento hizo que bajara la mirada,
siguiendo la de Sarah. Tragó saliva. Allí estaban… ¡Las cicatrices, tatuajes y
quemaduras que lo señalaban como esclavo! La magia del hechicero lo había
dejado tan debilitado que incluso el glamur con el que solía enmascararlas
ante la vista humana había desaparecido, dejándolo expuesto. Cerró los ojos
avergonzado. ¿Qué pensaría de él ahora? ¿Que era un esclavo sin valor?
¿Cómo se tomaría que hubiera tenido la audacia de aparearse con ella,
sabiendo que no era digno ni de respirar su mismo aire?
Las imágenes de su pasado regresaron y le recordaron lo que pasaba
cuando un esclavo como él deseaba ser un hombre normal. Las torturas, las
burlas, la vergüenza, el dolor… Aún podía oír las carcajadas de la hija del
emperador, sus mofas y burlas cuando le había confesado que la amaba y que
quería casarse con ella, cuando hizo que sus guardias lo arrojaran al centro del
mercado, desnudo, para que la gente lo humillara todavía más. Lo habían
utilizado como mula de carga, golpeado sin piedad incluso cuando yacía
atado de pies y manos… ¿Cómo reaccionaría Sarah cuando descubriera que
había estado sirviendo a sus amas con algo más que sus habilidades de
combate, que a veces incluso sus amos lo usaban como castigo o lo vendían
para ser usado, y que él no había podido evitarlo?

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«¡Sácate esa mierda de la cabeza! —El tono cortante de Gedeon silenció
las palabras y risas crueles en la cabeza de Xiu. Sin embargo, la conciencia de
que el vampiro había sido testigo de sus recuerdos solo lo mortificaba más—.
¡Basta ya, Xiu!».
«¡No puedo!».
«¡Por supuesto que puedes, eres un guerrero!».
«Soy un esclavo».
«Eres el compañero de Sarah, nuestro compañero, y te necesitamos.
Necesitamos al guerrero que hay en ti, Xiu. Tienes que proteger a Sarah hasta
que lleguemos con refuerzos para sacarte de allí».
«Yo…».
«Sarah es tu ama ahora. ¡Estás obligado a protegerla con tu vida!». El
duro recordatorio del vampiro puso a Xiu en su lugar. Gedeon tenía razón,
ella era ahora la dueña del colgante.
«¡Xiu! ¡Ten cuidado! ¡El hechicero se ha dado cuenta de que ya no estás
inconsciente!».
La urgencia de Deborah hizo que Xiu abriera los ojos, solo para ver al
hombre acercándose a él con una extraña piedra en la mano. ¿Cómo pudo
Deborah hablarle de forma telepática?
«Ahora formas parte de la manada», explicó Duncan con paciencia, como
si estuviera hablándole a un niño pequeño.
¿Eso significaba que su mente se había convertido en un club social o algo
así? No tenía muy claro que eso le gustara. Trató de liberarse de sus ataduras,
pero un recién nacido tenía más fuerzas que él. Odiaba su debilidad, su
impotencia, el saber que podían hacer con él lo que quisieran y que no podía
evitarlo.
—¿Cómo se siente ser un gusano sin valor? —El hechicero rio.
Xiu le escupió a la cara. «Cientos de años pasando por lo mismo y
seguimos sin haber aprendido a controlar nuestra arrogancia». Xiu dio un
suspiro y se preparó para lo que estaba por venir cuando vio la llamarada de
odio en los ojos del hombre. En el fondo no importaba, ya no le quedaba nada
más que perder, y mientras el hechicero se mantuviera distraído haciéndole
pagar su insolencia, dejaría en paz a Sarah y a la hermana de Duncan.
Esa era la razón por la que estaba allí, para mantener seguras a las dos
mujeres hasta que llegaran los otros para liberarlas. Se preparó para el dolor,
pero el hombre se congeló de repente. Durante varios segundos, los ojos del
hechicero se pusieron en blanco.

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«Mierda, va a hacer uso de magia. Eso no va a ser agradable». Xiu detuvo
su respiración.
Un puño podía hacerte ver estrellas, pero había un límite para el dolor que
podía causar. La magia era algo completamente diferente. Podía hacerte arder
de dentro afuera durante horas y horas; podía hacerte sentir cómo escarabajos
carnívoros te devoraban vivo durante días; podía crear un ciclo que renovara
toda la tortura desde el principio cada vez que estuvieras a punto de morir y lo
peor de todo era que sabías que no te dejarían morir, porque la magia te
mantendría con vida.
—Habría sido un detalle por tu parte, si hubieras esperado a que regresara
a mi cuerpo antes de escupir a este idiota —se quejó el hechicero con una
mueca frotándose la cara con ambas mangas.
«¿Qué? —Xiu lo miró boquiabierto—. ¿Qué sinsentido está diciendo?».
El hechicero entornó los ojos.
—¡Soy yo, Sarah!
—¿Sarah?
—Claro, ¿quién si no? ¿Conoces a alguien más que pueda controlar los
cuerpos de otras personas? —preguntó Sarah divertida.
—Pero el hechicero no estaba dormido —dijo Xiu alucinado.
Por supuesto que no se le había olvidado que ella había usado a la gente
para experimentar sus fantasías sexuales, aunque jamás habría imaginado que
pudiera hacerse cargo de sus cuerpos de una forma tan completa; tampoco la
había imaginado nunca en el cuerpo de un hombre.
—No, pero yo sí, y parece que la clave de que pueda hacerlo está en mi
capacidad para salir de mi cuerpo y entrar en el de ellos —explicó Sarah con
un encogimiento de hombros—. Y ahora vamos a dejarnos de chácharas y a
centrarnos en descubrir cómo podemos recuperar tu fuerza.
—Usa la piedra —murmuró Deborah entre dientes apretados desde su
esquina.
—¿La piedra? —Sarah miró primero a Deborah y luego a la piedra en su
mano estudiando los extraños símbolos dibujados sobre ella desde todos los
ángulos—. ¿Sabes cómo funciona? —Esperó a que Deborah asintiera con una
mueca de dolor, antes de seguir interrogándola.
—¿Puedes usarla atada como estás ahora? —preguntó Xiu con ojos
entrecerrados.
«Xiu, permite que se la dé. Deborah no os lastimará». Las palabras de
Ged detuvieron a Xiu cuando estaba a punto de frenar a Sarah en su intención

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de pasarle la piedra a la otra mujer.
«¡No la conozco! Solo sé que es la hermana de Duncan y que él está
metido en todo este lio por su culpa».
«Yo sí. A veces comete locuras, pero es fiel a su familia, y nosotros ahora
somos su familia», le recordó Ged.
Xiu apretó la mandíbula y observó en silencio cómo Sarah se acercaba a
la otra mujer. ¿Qué garantizaba el hecho de que fuera parte de la manada o la
familia? El dinero y el poder superaba el valor de esos dos conceptos. Él
también tuvo una familia una vez y lo abandonaron cuando más los
necesitaba.
«Saca la cabeza de tu trasero, Xiu. Puedes verificar mis sentimientos y
también puedes hacer lo mismo con los de ella. Ahora deberías ser capaz de
hacer uso de mis habilidades mentales cuando quieras, solo necesitas aprender
cómo», dijo Gedeon, aunque Xiu no estaba tan seguro de eso.
«¡Deja de comportarte como un idiota! Ged tiene razón. Todas las
hembras alfa adquieren la capacidad de su compañero para comunicarse y
controlar a la manada telepáticamente», intervino también Duncan en la
discusión.
«¿Acabas de llamarme hembra alfa?», gruñó Xiu.
La risa de Duncan provocó una corriente cálida en el interior de Xiu, que
alivió parte de su preocupación.
«Solo te estaba contando un hecho, pero podemos discutir los detalles más
adelante. Estamos a punto de llegar. ¡Prepárate, grandullón!», aconsejó
Duncan.
«Puedes ir diciéndole al pequeño Dunqui que le haré pagar por tu
insolencia». Tal y como lo dijo, un escalofrío le recorrió el cuerpo y Xiu supo
al instante que la reacción no había venido de él. ¿Estaban realmente
conectados a un nivel tan íntimo que incluso estaban compartiendo sus
sentimientos?
«¡Es el gran Dunqui, enorme Dunqui, gigantesco Dunqui para ti, pero
nunca el pequeño Dunqui!».
Ged gimió en sus mentes.
«¿Podría alguien explicarme por qué estamos hablando del tamaño de la
hombría de Duncan cuando estamos a punto de entrar en una batalla?».
«¿Estábamos hablando de mí? Pensé que estábamos hablando de nuestro
compañero, que está siendo un imbécil y niega nuestro vínculo», protestó
Duncan.

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«¿Duncan?», preguntó Xiu repentinamente alarmado al ver cómo Deborah
lo estaba mirando.
«¿Sí, cielo?».
Xiu ignoró el tono almibarado de Duncan.
«¿Por qué está parada tu hermana frente a mí sonriéndome como si
estuviera trastornada?».
«¡Awww, mierda!».
«¿Qué hiciste ahora, Duncan?», preguntó Ged, cuyos pensamientos
reflejaban la misma sospecha que los de Xiu.
«¡Me olvidé de cerrar el canal telepático con mi manada!».
—De modo que… ¿tú ahora eres nuestra nueva hembra alfa? —La mujer,
cuyas heridas ya habían desaparecido en su mayoría, se cruzó de brazos con
una media sonrisa ladeada.
Xiu entrecerró los ojos con un gruñido bajo. ¡Había tenido que soportar el
desprecio de sus dueños, pero no aceptaría el de ella! No cuando toda la
manada de Duncan estaba siendo testigo. No quería que Duncan se sintiera
avergonzado por su culpa. La mujer se rio a carcajadas.
—Bueno, nuevo hermanito de mi corazón, espero que pongas a Duncan
en su sitio y que lo disfrutes, pero no olvides que fui yo quien te liberó y te
devolvió tus poderes —le dijo poniéndose de puntillas para darle un
inesperado beso en la mejilla y palmaditas en el pecho—. Bienvenido a
nuestra trastornada familia —le dijo con un guiño mientras él la miraba
boquiabierto.
En cuanto ella le acercó la piedra, comenzó a recuperar su fuerza. Se
sentía bien al ser libre de nuevo y apreciar el poder corriendo por sus venas.
—Gracias —murmuró tocándose las heridas de la muñeca en cuanto pudo
romper las cuerdas.
Deborah asintió y fue a inspeccionar el escritorio que había en la celda.
Cuando los primeros gritos de batalla sonaron fuera, Xiu miró a Sarah. Estaba
parada inerte frente al cuerpo femenino tirado en el suelo.
—¿Sarah? —El hechicero levantó la cabeza para mirarlo con tristeza—.
¿Estás bien, cariño? —Ella le respondió con su silencio volviendo a mirar su
verdadero cuerpo.
—¿Cómo vas a amarme? Mírame. Estoy…
—Sarah, cariño, no pienses en eso ahora. Todo va a salir bien. Vas a sanar
y recuperarte. Eres mi Centehua. No importa cómo te veas o cuánto tiempo

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necesites para sanar. Yo… —Xiu tomó una profunda inspiración
preparándose para el rechazo—, te amo.
Sarah se arrojó a su cuello. Para Xiu fue extraño abrazar a un hombre
desconocido al que momentos antes había despreciado y querido matar; sin
embargo, no se apartó. ¿Cómo iba a hacerlo? ¡Ella no lo había rechazado! La
abrazó. El alivio restó importancia al tremendo peso que había estado
sintiendo desde que ella había descubierto sus marcas de esclavo.
El ruido del exterior se acercó. Besó a Sarah en la frente.
—Necesitamos estar preparados. Vendrán a por ti —le advirtió volviendo
a ponerse tenso ante la idea.
Ella asintió.
—¿Qué debo hacer?
—Quédate al lado de tu cuerpo y trata de protegerlo en caso de que sea
necesario. Mientras estés en el cuerpo del hechicero, deberías estar bien.
Deborah formará una segunda línea de defensa mientras yo trato de evitar que
entren.
Xiu miró a Deborah cuando la mujer profirió un grito indignado. Supo de
inmediato el motivo. No era porque tuviera que quedarse atrás para proteger a
la pareja de su alfa. ¡Habían herido a Duncan! ¡Xiu podía sentirlo! Su impulso
de ir a por su compañero entró en conflicto con su necesidad de proteger a
Sarah.
«¡No! ¡Quédate donde estás! Nos estaban esperando. Hasta que sepamos
si hay más trampas, el sótano es el lugar más seguro para Sarah». La voz de
Duncan sonó dolorida pero firme dentro de su cabeza.
—¡Ve con él!
Xiu miró a Sarah. Todavía en el cuerpo del hechicero, tenía una expresión
calmada y sus ojos contenían una mirada de determinación. Xiu se dio cuenta
de que a pesar de que se lo había ordenado, no sentía la compulsión del
colgante. Sarah quería que fuera, pero no estaba usando su poder para
mandarlo como su esclavo. Su necesidad era la misma que la de él: quería
tener a su pareja a salvo.
—Cerraremos la puerta detrás de ti —le aseguró Deborah. Xiu la miró.
¿Era tan fácil de leer? Ella se colocó al lado de Sarah—. La protegeré con mi
vida —prometió.
Xiu asintió.
—No abras la puerta a menos que estés segura de que soy yo, Duncan o
Ged.

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Xiu salió de la celda preparándose para la batalla que se avecinaba
mientras oía cómo Deborah y Sarah colocaban el escritorio frente a la puerta.
Por la largura del pasillo en el que se encontraba y las imágenes que le
llegaban a través de Ged y Duncan, la vieja mansión debía de ser colosal, lo
que indicaba que la organización de los hechiceros debía tener personas
poderosas y adineradas tras ella.
En cuanto comprobó que las mujeres estaban seguras, constató aliviado
que la piedra no solo le había restaurado la salud, sino su capacidad de
transformarse en sombra, y se lanzó en dirección a la lucha que, por los
ruidos, ya estaba acercándose peligrosamente. Nada más cruzar la primera
esquina se topó de frente con el primer hechicero, cuyos ojos se abrieron
horrorizados al verlo. Xiu no perdió el tiempo en contemplaciones, en
cuestión de segundos el hechicero yacía inerte sobre el suelo. Su objetivo
estaba claro: rescataría a Duncan y regresaría de inmediato junto a las
mujeres. No le importaba nada más, ni tampoco lo que costara.
Tras deshacerse de varios hechiceros más, encontró a Duncan. Estaba en
plena batalla junto a los demás en la planta baja, aunque Xiu oyó luchas en al
menos dos plantas más y en el exterior del edificio. Si la sangre que cubría el
lateral de la camiseta de Duncan y parte de sus vaqueros no hubiera sido
suficiente indicio, la palidez extrema, el sudor en la frente y los dientes
apretados revelaron que le costaba mantenerse de pie mientras seguía
luchando entre Adam, Gedeon y varias otras criaturas de la noche. No había
cambiado a lobo y eso significaba que lo habían atacado antes de que pudiera
transformarse; era probable que los hechiceros incluso tuvieran algún tipo de
escudo mágico en la mansión que le impedía cambiar, teniendo en cuenta que
ninguno de los hombres lobo que había allí lo había hecho.
Xiu estudió la situación. Los hechiceros humanos luchaban con armas de
fuego y algún que otro hechizo, mientras que las criaturas de la noche, en su
mayoría, usaban espadas o los recursos que la propia naturaleza les había
dado. Tenía su lógica. Una cabeza cortada de tajo era la mejor forma de
asegurarse que el oponente no volviera a levantarse. Donde las balas de plata
resultaban caras y podían convertir a una criatura de la noche en un colador y,
en el mejor de los casos, conseguir desangrarla, la espada ofrecía una solución
definitiva que les aseguraba que un enemigo inmortal pudiera reaparecer en el
futuro para vengarse.
Sacar a Duncan de allí no iba a ser fácil. Por lo que parecía, el hombre
lobo apenas podía mantenerse en pie. Cargar con parte de su peso limitaría

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sus habilidades para luchar, y tenían que ir rápido. Las balas de los hechiceros
no los detendrían, pero les harían daño y los enlentecerían. En cuanto se
dieran cuenta de sus intenciones, el equipo de los hechiceros iría a por ellos.
Con más razón si se separaban del grupo y los veían como débiles. No había
muchas salidas inteligentes a aquella situación, excepto el dejar de pensar y
tirar hacia delante.
Xiu habría preferido tener una espada en sus manos cuando atravesó el
enorme salón convertido en campo de batalla, pero se conformó con sus
manos y el factor sorpresa. Si cogía un arma de uno de sus adversarios caídos,
habría tenido que luchar como humano, y eso lo volvía no solo más
vulnerable, sino sobre todo más lento. Necesitaba sacar a Duncan a la de ya.
No tardó en darse cuenta que, de los más de veinte vampiros que había
allí, no todos estaban peleando en su equipo y no pudo más que preguntarse si
los traidores habían formado parte del supuesto refuerzo que habían traído
Duncan y Ged del Consejo.
—¿Qué cojones estás haciendo aquí? —siseó Duncan con una mueca
dolorida mientras se sostenía el costado ensangrentado—. ¡Te dije que te
quedaras con Sarah y mi hermana!
—¡Sácalo de aquí! Su sangre me está distrayendo —gruñó Ged sin
mirarlos mientras le daba una estocada a uno de sus oponentes.
Xiu se echó a Duncan por encima del hombro e ignoró su débil protesta.
No le habría importado quedarse para pelear lado a lado con Ged. Habría sido
un placer luchar junto a un guerrero experimentado como él, pero la
necesidad de asegurarse de que Sarah estaba bien y de que Duncan se
encontrara fuera de peligro era muy superior.
Tratando de esquivar balas y espadas, Xiu corrió todo lo que pudo
cargando con el pesado cuerpo del hombre lobo. Ged y Adam trataron de
abrirles camino y parapetarlos todo lo que pudieron, pero eso no evitó que
Xiu tuviera que defenderse por sí mismo en algunos casos o que tuviera que
hacer movimientos bruscos que le hacían ver las estrellas cada vez que sentía
el dolor de Duncan como si fuera el suyo propio. Cuando Duncan cayó
inconsciente, Xiu dio las gracias a los Dioses.

Tan pronto como Xiu depositó a Duncan con cuidado en el suelo, Sarah y
Deborah se encontraron a su lado.

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—Solo está inconsciente —determinó Deborah después de alzar la camisa
ensangrentada para estudiar la herida—. Sanará, pero debería ser más rápido
con esto. —Deborah cogió la piedra, la sujetó a unos centímetros sobre la
herida y cerró los ojos, mientras Sarah acariciaba la frente de Duncan con el
miedo escrito sobre su rostro.
Duncan comenzó a parpadear cuando la puerta se abrió con un
estruendoso golpe y Adam entró corriendo en la celda.
—¡Tenéis que salir de aquí! ¡Es una trampa! ¡Todo el edificio va a
explotar! —gritó Adam alterado.
—¡Adam, ayuda a Duncan! Sarah, quédate en el cuerpo del hechicero, a
menos que pase algo muy malo. Deborah, permanece a su lado y protégela —
ordenó Xiu tomando el verdadero cuerpo de Sarah en sus brazos—. ¿Dónde
está Ged? —preguntó Xiu entrecerrando los ojos cuando Adam se movió
incómodo.
—Arriba, tratando de desmantelar la bomba o al menos darnos el tiempo
suficiente para abandonar el edificio.
—¡Joder! —murmuró Duncan aceptando la ayuda de Adam para ponerse
de pie.
—¡Vamos! —rugió Xiu, cuyo corazón latía acelerado mientras corría con
Sarah en sus brazos a través de los corredores. El cuerpo de Sarah no pesaba
nada comparado con el peso que sentía en su pecho cuando pensaba en la
posibilidad de que no fuera capaz de mantener vivos a su Centehua y a sus
compañeros. Buscó a través de su conexión con Ged. Estaba cerrada. Lo
intentó a través de sus sentimientos en lugar de sus pensamientos, algo que no
resultaba una tarea nada fácil cuando nunca antes lo había hecho. Fue como ir
abriendo puertas gruesas y sólidas, una tras otra, hasta que finalmente
encontró lo que estaba buscando: ¡los sentimientos de Ged!
No eran lo que Xiu había estado esperando. No existía odio, ni ganas de
matar. Por el contrario encontró un profundo dolor, resignación y la imperiosa
necesidad de proteger a sus compañeros a cualquier precio. «¡Maldita sea!
¿Qué demonios está pasando?». Tan pronto como llegaron a la planta baja,
Xiu se volvió hacia Deborah y le entregó el cuerpo de Sarah.
—Llévala a un lugar seguro, lo más lejos posible de esta casa. ¡Corre!
—¡Iré contigo para encontrar a Ged! —exclamó Duncan alejándose de
Adam.
—¡Yo también! —anunció Sarah con la voz del hechicero.
—No. Seré más rápido como sombra —respondió Xiu en voz alta.

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Después, agregó solo para Duncan:
«Uno de nosotros tiene que permanecer a su lado por si algo nos sucede a
Ged y a mí. Está vinculada a nosotros. Te necesitará a su lado para sobrevivir
y superar el dolor».
Duncan apretó la mandíbula y asintió.
—¡Tiene razón, Sarah, vámonos!
Xiu no esperó a escuchar la protesta de Sarah. Transformándose en
sombra se fue en busca de su compañero. Lo encontró en el ático, luchando
contra otros tres vampiros y dos hechiceros en una pelea nada justa. Ged
estaba cubierto de sangre y cortes, pero incluso magullado y herido como
estaba, luchaba con una gracia ágil que Xiu solo había visto en los mejores
guerreros. Quizás los dioses le dieran la oportunidad de poder disfrutar junto a
él de una buena batalla, pero ahora, lo primero que tenían que hacer era salir
de allí.
Xiu no esperó a ser detectado. Se acercó al hechicero más cercano, se
materializó justo delante de él y le rompió el cuello con un giro limpio y
preciso. En cuestión de segundos, repitió el mismo proceso con el otro
humano. Dos, no, tres abajo, contó, viendo a Ged rebanar el cuello de otro de
sus adversarios. No tuvo tiempo de reaccionar antes de que Ged cayera de
rodillas con una espada sobresaliendo de su estómago.
Xiu comenzó a verlo todo en rojo. ¡Habían lastimado a su compañero! No
había perdón para los dos vampiros restantes: los quería muertos. ¡Ya!
Impulsado por su ira, usó la espada de Ged para rajarles la garganta,
despachándolos con rapidez. Cuando terminó, Xiu se arrodilló al lado de su
compañero y extrajo la espada con rapidez taponando la profunda herida con
su camisa.
No era nada a lo que un vampiro no pudiera sobrevivir, pero la tez nívea
de Ged mostraba su urgente necesidad de sangre.
—¡Vete! No pude detenerlos… el edificio está a punto de explotar —
susurró Ged con palabras apenas audibles.
—Vendrás conmigo.
—No, juntos no… lo lograrás. Necesitas… cambiar… a sombra.
Xiu ignoró la orden y le ofreció su muñeca.
—¡Toma!
—¡Dije que… te fueras!
—Y yo que no me iría sin ti. De modo que toma mi sangre.
—¡No quiero tu sangre!

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—Esclava o no, la necesitas para sanar. Funcionará igual de bien que
cualquier otro tipo de sangre —masculló Xiu entre dientes apretados.
Ged agarró a Xiu por el cuello y siseó con solo unas pulgadas separando
sus caras:
—¿De qué mierda estás hablando?
—¡Estamos hablando de que prefieres morir a tomar mi sangre!
«¡Ansío tu sangre, imbécil! Siempre la he ansiado. La única razón por la
que no quiero tomarla es porque sé que odias que se alimenten de ti». Incluso
la voz mental de Ged sonaba cada vez más débil.
Cuando Ged cayó al suelo, Xiu lo sujetó justo a tiempo para tenderlo con
cuidado. Estaba demasiado pálido incluso para un vampiro y su fatiga se
reflejaba en su rostro.
—Te he ofrecido mi sangre libremente.
«El tiempo se está acabando. Tienes que irte. No quiero que mueras».
Tomando una inspiración profunda, Xiu asintió.
—Como desees, vampiro. —Cogió un baúl y lo tiró por la enorme
vidriera de colores para abrir una salida. Sin esperar a que los fragmentos de
cristal cayeran al suelo, tomó a Ged en sus brazos—. Si no quieres que muera,
muerde. A menos que estemos conectados, no podré transformarnos a los dos
en sombra y no cambiaré sin ti. La pelota está en tu cancha —dijo Xiu
saltando por la ventana sin tener en cuenta las cinco plantas que los separaban
del suelo.

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Capítulo 16

X iu sujetó a Gedeon con fuerza contra su pecho y se permitió el lujo de


cerrar un instante los párpados. Eran sus últimos momentos juntos. Era
cuestión de segundos que se estamparan contra el suelo. Con suerte
sobrevivirían, eran inmortales después de todo, pero no saldrían ilesos del
golpe y no era tan iluso como para esperar que pudieran escapar a tiempo de
la explosión si, además de lastimado, tenía que cargar con el peso de Gedeon.
Sus posibilidades de sobrevivir eran casi nulas, pero no importaba. No moriría
solo.
«¡Maldito cabezón suicida!», masculló Gedeon en su mente antes de
hincarle los colmillos en la arteria.
Durante una milésima de segundo, el pánico dominó a Xiu. Recuerdos de
la celda apestosa llena de ratas que le chupaban y mordían las heridas abiertas
y sangrantes que su amo le dejaba cuando quería castigarlo se agolparon en su
mente; las orgías en las que disfrutaban sirviéndolo de menú principal porque
lo consideraban un bocado exótico…
«¡Basta!». La orden de Ged fue tajante.
Tal y como vinieron, los recuerdos quedaron relegados al olvido cuando
sintió la conexión con Ged, y el leve dolor de la mordedura se convirtió en
placer. Las imágenes de celdas fueron sustituidas por camas con sabanas de
satén y los vampiros, por Ged, Duncan y Sarah.
A un metro del suelo, Xiu se transformó en sombra y a Gedeon con él,
ralentizando su caída y convirtiéndola en apenas un suave roce con la
superficie del suelo antes de empezar a flotar. Se lanzó en una carrera contra
reloj para alejarse de la mansión, pero en ningún instante soltó a su amante, ni
Ged le permitió regresar al pasado.

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«¡Detrás de aquel roble!».
Xiu siguió la indicación sin pensar. Como sombras no les afectaban ni
armas ni objetos punzantes, pero una onda expansiva fuerte que dispersara sus
moléculas podía doler, y mucho. Apenas consiguió resguardarlos detrás del
centenario tronco cuando las explosiones en la casa comenzaron. El suelo
bajo ellos tembló y escombros volaron por todos lados. Xiu los mantuvo a
ambos en forma de sombra, preparado para correr de nuevo si el viejo árbol se
veía afectado, pero por suerte no ocurrió.
Cuando al fin se hizo el silencio, interrumpido solo por alguna que otra
pared que se derrumbaba sola, Xiu se estiró para observar el terreno y por fin
se dejó caer aliviado contra el tronco, recuperando su forma con Ged sobre su
regazo.
Los dos se miraron. De repente, sus labios se aplastaron contra los de Ged
en un beso furioso y desesperado. Sus colmillos chocaron, sus pensamientos
se fundieron y la necesidad de ambos se convirtió en una sola.
Xiu tuvo que obligarse a parar. La transformación había conseguido que la
herida de Ged se cerrara y que dejara de sangrar, pero seguía demasiado débil
como para que él lo usara para dar rienda suelta al cúmulo de emociones que
había estado experimentando en las últimas cuarenta y ocho horas. Con un
suspiro, apoyó la frente sobre la de Ged.
—Necesitas tomar más sangre.
—Sobreviviré. Tenemos que largarnos de aquí. No sabemos cuántos
traidores andan aún sueltos por esta zona. Prefiero luchar contra ellos cuando
esté en plena forma.
—Seríamos más rápidos si tomaras más sangre.
—Xiu… ¿de verdad crees que seré capaz de alimentarme de ti sin querer
algo más? —preguntó Gedeon con un tono seco—. Soy vampiro, no un santo.
—¿Tengo que recordarte que acabas de tomar mi sangre sin follarme? —
Xiu arqueó una ceja.
Que Gedeon admitiera que lo deseaba para algo más que solo para
alimentarse de él, le hacía sentir mucho más ligero.
—¿Tengo que recordarte que fue justo tres segundos antes de que
estuviéramos a punto de estamparnos contra el suelo? —Gedeon entornó los
ojos cuando Xiu rio por lo bajo—. Y déjame decirte otra cosa: tu sangre en
estado humano es una delicia, pero, sin ánimo de ofenderte, como sombra
sabes a ceniza con limón.

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El extraño cacareo que resonó a su lado hizo que ambos se giraran con los
colmillos extendidos y preparados para luchar.
—¿Deborah? ¿Adam? —preguntó Gedeon confundido al ver los dos lobos
sentados que los contemplaban divertidos.
«¿Quién si no? Si hubiera sido mi hermano o se hubiera puesto a follar
con vosotros u os hubiera matado por seguir con el link mental cerrado y sin
dejarle saber que estáis bien».
—¡Mierda!
Xiu no dijo nada, pero se sintió tan culpable como Gedeon. En cuanto
abrieron el vínculo, las voces de Duncan retumbaron en sus cráneos.
«¡Malditos cabrones, hijos de puta! ¿Tenéis idea de lo asustados que
estábamos cuando oímos la explosión y no había rastro de vosotros? ¿Y
encima os ponéis a echar un polvo para celebrarlo sin nosotros? ¿Qué clase de
relación creéis que es esta? Moved vuestros dichosos culos aquí ahora mismo.
¡O celebramos todos o no celebra nadie! ¿Entendido?».
«No estábamos echando ningún polvo», replicó Gedeon, si bien por su
tono dejó claro que no le hubiera importado.
«¿Y qué haces sentado sobre el regazo de Xiu entonces?».
«Buena pregunta, porque parecía que estaban haciendo cariñitos»,
intervino también Deborah.
«¡Duncan! ¿Volviste a dejar el canal con tu manada abierto?». Gedeon se
frotó el puente de la nariz.
Por si el gemido lastimero de Duncan no fuera suficiente respuesta,
comenzaron a oírse risas divertidas de fondo.
Xiu soltó un pesado suspiro. ¿Se acostumbraría alguna vez al hecho de
que sus pensamientos y su intimidad con sus compañeros fueran del dominio
público de una manada entera?
«¿Qué tal si nos dejamos de chácharas y nos largamos? —propuso
Deborah—. Tendréis tiempo más que de sobra de seguir con vuestras
carantoñas cuando estéis en casa».
«Secundo lo que ha dicho Duncan —intervino también Sarah divertida,
aunque había un cierto rastro de tristeza oculto en él—. Prefiero teneros aquí
conmigo».
«¡Sarah, cielo! ¿Estás bien?». El alivio en el tono de Ged era el mismo
que sentía Xiu.
«Mi espíritu está genial… —Sarah titubeó—. Mi cuerpo no tanto».

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«No es nada irremediable, cielo. Conseguiremos que te recuperes y en
cuanto compartas nuestra sangre tu mejoría…».
«¡¿Vuestra sangre?!». Sarah sonó histérica.
«¡Cierra el pico, Gedeon! La estás asustando», le recriminó Duncan.
Xiu dejó a Ged en el suelo mientras él y Duncan trataban de calmar a
Sarah y explicarle que no necesitaba tomar su sangre, o que solo lo haría
cuando estuviera preparada para ello. Sin dejar de oír la conversación entre
sus parejas, se puso de pie y sacudió la cabeza con una sonrisa. Apoyándose
contra el tronco, cerró los ojos. Estaban bien. Todos ellos estaban bien.
Cuando abrió los ojos, Gedeon estaba tratando de levantarse. Xiu se
apresuró a sujetarlo bajo el brazo para ayudarle.
—Te dije que necesitabas más sangre —gruñó Xiu.
—Tendrás el resto de tu gruñona vida para dármela, ahora vámonos,
grandullón —dijo Gedeon haciéndole un guiño.
Xiu estuvo a punto de gruñir de nuevo, pero se lo pensó antes de darle la
razón.
—En ese caso, imagino que al menos me dejarás agasajarte en nuestra
primera cita romántica, ¿no?
—¿Esta es nuestra primera cita romántica?
Gedeon arqueó una ceja. Antes de que pudiera hacer nada más, Xiu sonrió
y lo lanzó a su espalda.
—Creo que tu noción de romanticismo y la mía difieren un poco —
masculló Gedeon—. Soy demasiado viejo para estas cosas.
Los lobos entornaron los ojos.
«¿Ves, Duncan? Ya te dije que el vejestorio era él», dijo Xiu divertido.
Gedeon y Sarah gimieron al unísono.
«Dejaos de pamplinas y venid de una vez. El amanecer se está
acercando», dijo ella sin ocultar su ansiedad.
Al primer paso que dio Xiu, algo metálico sonó bajo su pie. Todos se
pusieron rígidos y miraron tensos al suelo.
«¿Una mina antipersona?», preguntó Duncan.
«Ged, baja despacio de mi espalda y aléjate con Deborah y Adam».
«¿Ibas a morir conmigo y ahora piensas que te dejaré morir solo? —
Gedeon resopló—. Sigues siendo un maldito idiota. Si tenemos una cita
romántica, quiero que acabe en la cama o al menos con un beso. No me
conformaré con menos».
«Gedeon…».

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«No. Estamos en esto juntos», decidió Gedeon categórico.
Al fondo se oyó el sollozo de Sarah y la maldición de Duncan.
Xiu soltó un pesado suspiro.
«Sarah, cariño. No llores. Gedeon solo está sobreactuando».
«No quiero que mueras, Xiu. No ahora que te he encontrado. Y tampoco
quiero perder a Ged. Os necesito. No os hacéis una idea de cuanto os necesito.
He pasado toda mi vida sola, haciéndome a la idea de que moriría sola en mi
mundo y de que jamás conocería el amor. Vosotros sois todo lo que he soñado
en mi vida. No quiero… no puedo perderos ahora».
A Xiu se le formó un nudo en la garganta, pero se obligó a mantener la
cabeza fría. Él tampoco pensaba perder lo único bello que había poseído en su
vida.
—Deborah, Adam, alejaos y poneos a cubierto.
Gedeon, decide. O te bajas de mi espalda…
—Ya te he dicho que…
—O me muerdes.
—¡Mierda! ¡Soy un reverendo idiota! —soltó Gedeon de repente.
—Sí, por fin lo reconoces —espetó Xiu con sequedad.
Lo que no le dijo fue que le parecía un idiota encantador y que su gesto de
morir junto a él le había llegado al corazón.
«¿Qué me estoy perdiendo?», preguntó Duncan tenso.
«Xiu se convertirá en sombra. La mina podrá hacerle daño, pero no lo
matará», contestó Gedeon con un gemido avergonzado.
«¡Gracias a la diosa!». Los sollozos aliviados de Sarah se mezclaron con
algunas risotadas.
—¿Piensas decidirte pronto? —gruñó Xiu—. No me hace ilusión tener un
pie sobre una trampa mortal.
En vez de contestar, Gedeon le mordió y Xiu no perdió el tiempo en
transformarse alejándose todo lo que pudo antes de que la mina explotara. Al
lado del roble se giró. Nada. No hubo explosión. También Adam y Deborah
se asomaron para ver qué pasaba.
«No parece una mina —dijo Deborah acercándose con cuidado al sitio en
el que Xiu y Duncan habían estado hacía menos de treinta segundos—. Parece
más bien algún tipo de artefacto mágico».
Transformándose de nuevo, Xiu también se acercó para estudiar el cubo
plateado, cuyas paredes estaban labradas con símbolos y dibujos.
«Tiene razón», coincidió Xiu.

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«Nana acaba de llamarme al móvil, dice que lo cojáis, que no os hará
daño», dijo Duncan.
«Lo prefiero —coincidió Ged—. Si tiene magia, estará mejor en manos
del Consejo que en las manos de uno de los hechiceros».
Tras olisquearlo, Deborah lo cogió entre sus dientes y se lo entregó a Xiu,
que tras inspeccionarlo se lo pasó a Ged.
«Ahora vámonos a casa, grandullón. Por esta noche estoy harto de
emociones fuertes y creo que tú y yo tenemos algunas cosas pendientes», dijo
Gedeon, y todos sus compañeros estuvieron de acuerdo.
«No solo vosotros dos», les prometió Duncan.

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Capítulo 17

D uncan, tendido tras su espalda, se tensó poniendo a Sarah en alerta,


pero se relajó poco antes de que la puerta de la furgoneta blindada se
abriera. Ambos soltaron un suspiro aliviado cuando Gedeon y Xiu se
montaron junto a los dos lobos y el chófer arrancó para alejarlos de la zona
conflictiva.
Mientras que sus hombres se arrodillaron de inmediato a su lado, Deborah
y Adam cambiaron a forma humana.
—¿Qué tal vas con tus heridas, hermanito? —preguntó Deborah
comenzando a vestirse sin pudor de que la vieran.
Incómoda, Sarah apartó la vista y la mantuvo centrada en Gedeon y Xiu.
Sonrió con debilidad, agradecida que todos ellos estuvieran de vuelta sanos y
salvos.
—Bien, cambiar a lobo ayudó a sanar.
—¿Y tú, cielo? ¿Te encuentras bien, Sarah? —A pesar de su palidez,
Gedeon parecía más preocupado por ella que por él.
Sarah cerró los párpados para que no descubrieran las lágrimas que le
quemaban los ojos, ni la vergüenza de que la vieran en aquel estado. ¿Cómo
podían querer a un deshecho humano como ella? Se había visto. Parecía un
cadáver y, por si eso no fuera suficiente, apenas tenía las fuerzas suficientes
como para mover sus esqueléticas extremidades. Estaba viva, sí, y había
salvado al mundo durante años de esa maldita criatura, pero ¿a qué precio?
Cuando Gedeon le besó la mano y Xiu cogió la otra para sujetarla contra su
pecho, las lágrimas se escaparon por debajo de sus párpados. Duncan la
abrazó con más fuerza y le besó el cabello.

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—Sarah, bebé, ¿qué te ocurre? Ya están aquí con nosotros sanos y salvos,
ya no tienes nada más de lo que preocuparte —exclamó Duncan.
—Cielo, puedo sentir tu dolor y tu vergüenza, pero no entiendo el porqué
—dijo Gedeon.
Sarah abrió los ojos.
—¡Mírame! —murmuró.
—Te veo, cielo.
Cuando Ged pareció no entender lo que pretendía decir, Sarah explotó.
—Querías que regresara a este mundo contigo y lo he hecho, estoy aquí,
pero no es lo que quiero. —Sarah se dio cuenta de que los tres hombres se
pusieron rígidos, pero eso no la detuvo. No iba a fingir que no pasaba nada—.
No quiero ser un cuerpo sin vida que solo sirve para ser una carga para
vosotros. No quiero tener que mirarme cada día en el espejo y ver que no soy
más que un esqueleto con ojeras, o que me tengáis que dar de comer porque
ni siquiera puedo levantar la cuchara. No quiero presenciar las miradas que
echáis a otras mujeres sabiendo que estáis atados a mí. Yo… Fue Xiu quien
finalmente la interrumpió cogiéndola por la barbilla para que lo mirara.
Cuando lo hizo, Sarah soltó un jadeo. La piel que unos segundos antes había
estado lisa, ahora volvía a estar cubierta por cicatrices, quemaduras y tatuajes.
—Te veo. ¿Tú me ves a mí? —preguntó Xiu. A Sarah no le quedó más
remedio que asentir—. ¿Te repulso por mis cicatrices?
—¡No, claro que no! ¿Cómo se te ocurre pensar eso?
—¿Cómo se te ocurre pensar que no pueda quererte tal y como eres?
—Pero…
—No, acaba de escucharme —le pidió Xiu—. Quizás fuera el destino o
los dioses quienes te eligieron como mi Centehua, quizás fueron las
circunstancias las que nos obligaron a establecer el vínculo de la forma en que
lo hicimos, pero ni el destino ni las circunstancias me obligan a confesarte
esto: eres mi todo. Eres la persona que me ha dado una esperanza cuando no
tenía nada; la que me ha hecho sentir valioso cuando llevaban toda la vida
demostrándome que valgo menos que el suelo que piso. Me has dado calor
con tus sonrisas, compasión incluso cuando no he hecho nada por ganármela
y me has llenado de felicidad con solo poder estar a tu lado. No importa quién
te ha elegido para mí, ni qué nos ha unido, soy yo el que elige seguir a tu lado.
Soy yo quién te ama.
—Xiu… —Su nombre apenas se escuchó entre los sollozos de Sarah.
Gedeon le cogió la mano y la colocó sobre su mejilla.

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—No voy a mentirte. Amé a Duncan mucho antes que a ti, viniste a mi
vida por sorpresa, cuando ya di por perdido que alguna vez conocería a mi
verdadera Shangrile. Aunque también he de confesarte que eso no era algo
que me importara, porque Duncan era todo lo que yo quería… hasta que te
conocí. Recuerdo que después de aquel primer sueño que pasamos juntos,
estuve noches enteras sin dejar de pensar en ti, no esperaba siquiera al
amanecer para acostarme, con tal de ver si volvías a venir. Te convertiste en
mi obsesión, de día y de noche. ¿Recuerdas nuestra segunda cita? —preguntó
Gedeon con ojos enrojecidos. Continuó cuando ella asintió—. Me pillaste
soñando con Duncan, soñando que lo había perdido mientras que mi corazón
se despedazaba por el dolor. Me abrazaste, pusiste tu mano sobre mi pecho y
me prometiste que todo saldría bien, luego rehiciste toda aquella pesadilla
convirtiéndola en un sueño maravilloso en el que recuperé a Duncan. El sueño
acabó con Duncan en mi cama y tú dándome un beso de buenas noches y,
mientras desaparecías, me sonreíste. ¿Recuerdas que te pedí volver a verte?
Aquel fue el momento en el que me di cuenta de que es posible amar a dos
personas, y que tú eras una de ellas.
—Ged, yo…
La furgoneta se paró y la ventanilla que separaba la cabina del conductor
de la zona de carga se abrió.
—Hemos llegado —avisó uno de los hombres que iban delante.
Ged asintió.
—Llevad al hechicero al Consejo, que sean ellos los que se encarguen de
él —ordenó Gedeon señalando al hombre amordazado que estaba tirado en un
rincón de la furgoneta, y del que Sarah se había olvidado por completo.
—Nosotros nos encargaremos de que llegue a su destino —le aseguró
Deborah. Adam, a su lado asintió echándole al hechicero una ojeada que
dejaba claro que solo lo haría porque Gedeon lo había dicho, y que se le
ocurrían cosas mucho mejores que hacer con él.
—Llamadme cuando esté solucionado —les avisó Gedeon antes de prestar
su atención a Sarah y sus compañeros—. Estaremos más seguros dentro.
Todos se levantaron a una y comenzaron a salir de la furgoneta. Xiu la
cogió en brazos, mientras que Duncan ayudó a Ged, que parecía seguir
sintiéndose algo débil.
Sarah miró confundida el enorme edificio moderno.
—¿Dónde estamos?

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—En mi casa. El hospital ya no es seguro. Samgar ya ha enviado todo lo
que necesitas para cuidarte, y Nana también viene de camino.
Sarah frunció el ceño cuando se dio cuenta de que no había visto a su tío
cerca de la mansión donde la habían tenido secuestrada.
—¿Mi tío no vino a salvarme?
—Por aquí —les indicó Gedeon el camino—. Hoy se realizaron dos
ataques simultáneos. Uno en la mansión para rescataros y otro a una de las
estirpes de vampiros que estuvieron detrás, tanto de los ataques a Marta, la
madre de Duncan, como de apoyar a los hechiceros. Parece que ambos grupos
habían suscrito un convenio para devolver a la entidad maligna a este mundo
a cambio de que se destruyera el actual Consejo de Antiguos y establecer así
dos nuevos territorios, que serían gobernados por cada uno de los grupos
respectivamente. A Samgar le tocó hacerse cargo de ese otro ataque para
apresarlos, o eliminarlos si no quedaba más remedio.
—¿Qué tiene que ver la madre de Duncan con la entidad maligna? —
preguntó Sarah confundida.
—No tiene que ver con ella, sino con nosotros. Nana no es la única
vidente, y ellos quisieron eliminarnos antes de que pudiéramos conocerte y
convertirnos en un peligro para ellos.
—Vaya —murmuró Sarah tratando de asimilarlo.
Cuando llegaron a un amplio dormitorio sin ventanas, Duncan la depositó
con cuidado sobre la enorme cama de matrimonio y se tendió a su lado,
mientras Gedeon se sentaba en el cabecero de la cama y Xiu, al borde del
colchón.
—Ahora es mi turno de que me escuches —dijo Duncan sorprendiéndola.
—¿Sí?
Duncan inspiró con fuerza y soltó todo el aire de golpe.
—He sido un enorme idiota durante todo este tiempo.
Todo el mundo lo miró cuando Duncan no siguió.
—¿Y? —preguntó Gedeon.
—Que me enamoré de ella incluso antes de conocerla de verdad, aunque
no me di cuenta hasta que estuve a punto de perderla.
—Duncan, no es a mí al que tienes que contarle eso, sino a ella —bufó
Gedeon.
—Eh, sí… —Duncan la miró un poco avergonzado—. Lo siento. Siento
haber sido un idiota y siento haberme comportado como un capullo integral.
—¿Y? —volvió a preguntar Gedeon.

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—¡Maldita sea, Gedeon! ¿Podrías dejarme que le diga que la amo? No es
fácil para mí por si no te has dado cuenta —masculló Duncan irritado. Sarah
se tapó la cara con un jadeo y comenzó a llorar de nuevo. Él la abrazó
desesperado—. ¡Mierda, nena! Lo siento, de verdad que lo siento. No
pretendía alzar la voz, ni volver a comportarme como un imbécil.
Sarah negó con la cabeza, pero no dejó de sollozar y fue incapaz de hablar
debido a su corazón encogido.
«Me acabas de decir que me amas».
—¿Eso he hecho? Bueno, es la verdad, pero creo que puedo hacerlo
mejor. ¿Podrías quitar un momento las manos de tu cara y mirarme? —
Duncan esperó a que ella accediera a su petición antes de seguir—. Te amo.
Te amo con todo el corazón y el alma y de todas las maneras posibles en las
que un hombre puede amar a una mujer.
—Todos te amamos —dijeron Ged y Xiu al unísono, cada uno de ellos
tocándola para sentirla más cerca.
—Yo también os amo, a los tres, y no me imagino una vida sin vosotros
—confesó Sarah limpiándose las mejillas mojadas, aunque la pesadez de sus
brazos le recordó su estado—. Pero no sé cómo sobrevivir en vuestro mundo.
Gedeon la cogió en brazos y la colocó sobre su regazo.
—Viviendo día a día. Recuperando tus fuerzas y tu movilidad poco a poco
y confiando en nosotros, sabiendo que te amamos y que estaremos a tu lado
en todo el camino.
—Sería más fácil en mi mundo, allí estoy sana y fuerte. Y soy guapa y
poderosa —le explicó Sarah desesperada.
Gedeon suspiró con pesadez al oírla.
—Cielo, tu cuerpo no resistirá mucho más tiempo sin ti. Tienes que
recuperarte en esta realidad. Es la única forma.
El corazón de Sarah se sintió como plomo. ¿Cómo podía renunciar a sus
hombres? «¿Y cómo podrás renunciar a tu vida y a tu mundo? Aquello es
todo lo que tienes y todo lo que realmente has conocido».
—No tienes que quedarte aquí de forma continua. Lo importante es que
cada día pases tiempo en tu cuerpo, que lo alimentes y que lo muevas, pero no
veo inconveniente que durante tus horas de sueño puedas regresar a tu mundo
—dijo Xiu como si hubiera leído sus pensamientos.
—¿Y sabes qué? —preguntó Duncan—. Nosotros podemos ir contigo
cada día.
—¿Haríais eso por mí? —La opresión en su pecho disminuyó.

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—¿Estás de broma? —Duncan la miró divertido—. ¿Cómo no voy a
querer estar en un sitio en el que me puedo pasar el día en pelotas y foll…
eh… hacer el amor y además estar con el amor de mi vida?
Cuando Sarah miró a Xiu, este asintió y sonrió dedicándole un guiño.
—Tu mundo es mi mundo. No se me ocurre un sitio mejor que estar que
en una dimensión de sueños.
—¿Ged? —La sonrisa de Sarah desapareció cuando Gedeon no contestó
—. ¿Tú no quieres venir a mi mundo? —preguntó insegura.
—¿Qué? Ahh… Claro que iré con vosotros.
—¿Entonces qué te ocurre?
Ged suspiró y se frotó el puente de la nariz.
—Nada —contestó.
«Duncan, ¿qué le ocurre a Ged?».
«No lo sé», le contestó él por el mismo canal privado.
—Está a punto de amanecer —dijo Gedeon de repente pasándose la mano,
cansado, por los ojos—. Probablemente sea mejor que esta noche la pase a
solas en otro cuarto, para que puedas estar con Nana y que ella te pueda asear
o lo que te haga falta.
Sarah quiso negarse, pero se dio cuenta de que sería egoísta por su parte
interrumpir el profundo sueño de día de Gedeon solo por no querer separarse
de él.
Gedeon la depositó en la cama con un beso en la frente.
—Para mí eres la mujer más preciosa del mundo. No lo olvides nunca,
cielo —murmuró antes de levantarse.
—Espera. —Duncan lo sujetó por la muñeca—. Hay algo que aún no he
dicho y que prefiero soltar antes de que se me pase el valor de hacerlo.
—¿Sí?
Duncan se incorporó y se pasó una mano por el cabello.
—Sé que esto va a sonar amariconado y todo eso, pero quiero que tú y
Xiu sepáis que mis sentimientos por vosotros son tan fuertes como los que
tengo por Sarah. —Cuando ambos hombres se quedaron mirándolo con las
mandíbulas desencajadas, Duncan alzó ambas manos—. Vale, ya lo sé. Os
advertí que sonaba amariconado, pero os amo, qué queréis que os diga, y
pensé que era bueno que lo supierais y que…
Gedeon apretó los labios contra los de él de forma posesiva, pero cuando
se separó, sonó de todo menos encantado.

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—¡Has tardado siete malditos años en decirme esas palabras! —masculló
irritado.
—Bueno, tampoco es como para que te enfades ahora conmigo. No
recuerdo que tú me lo llegaras a decir tampoco en aquella época —gruñó
Duncan.
—No estoy enfadado contigo, idiota.
—¿Entonces por qué me chillas?
—Porque tengo que acostarme antes de caer en redondo y odio tener que
dejaros.
—Duncan, ve con él —intervino con tranquilidad Xiu—. Yo me encargaré
de Sarah y ambos acudiremos a vuestros sueños, en cuanto estemos listos —
añadió cuando vio que Duncan titubeaba.

Una pequeña eternidad después, Xiu sujetaba a una Sarah limpia entre sus
brazos teniendo cuidado de no tocar la vía de suero.
—Gracias, Xiu.
—¿Por qué lo dices?
—Por todo lo que has hecho hoy por mí, por Ged y Duncan.
—Sois mis compañeros. Es mi deber y mi derecho protegeros.
—Te quiero —murmuró Sarah.
—Te quiero, Centehua.
—¿Crees que los otros dos ya estarán listos para que vayamos con ellos?
—preguntó ella.
—¿Impaciente por estar con ellos? —Xiu rio.
—Sí. Ya los echo de menos.
—Entonces ¿qué importa que estén listos o no?
—También es verdad. —Sarah rio con él.
«¿Queréis dejaros de chácharas y reuniros de una vez con nosotros?
¡Estamos esperando!», soltaron Ged y Duncan al unísono, justo antes de que
todos cayeran dormidos.

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Epílogo

S arah sonrió estirándose con un bajo ronroneo.


—Despierta, dormilona, ya vinieron los Reyes con tus regalos.
Al abrir los párpados, se perdió en el azul brillante de los ojos de Ged.
—Buenos días, guapo. ¿También te trajeron a ti? No me importaría
desenvolverte aquí, en mi cama, y…
Ged rio entre dientes dándole un rápido beso mientras atrapaba sus
atrevidas manos para mantenerla quieta.
—Tu tío, Marta, Deborah y Nana están abajo y quiero disfrutar de nuestra
primera noche de Reyes juntos antes de que el amanecer me deje grogui.
—Imagino que esa es una razón tan buena como cualquier otra para
portarme bien —suspiró Sarah.
Tras su espalda, Duncan se movió ajustando su robusto cuerpo al de ella y
haciéndola sentir suave y femenina. Ged observó con cejas arqueadas cómo
su compañero le apretaba la cintura, enterraba su nariz en su pelo e inhalaba
con un gemido bajo. Unos segundos más tarde, Duncan roncaba de nuevo.
Sarah se volvió y le propinó un codazo.
—¡Levántate! ¡Tenemos visitas!
Duncan gimió abriendo un ojo.
—¿A las cuatro de la mañana?
—Vinieron los Reyes para nuestra chica —explicó Ged con la voz
entrecortada por la risa.
—No conozco a ningún rey y no quiero a ninguno cerca de ella —gruñó
Duncan mirándola repentinamente despierto y tenso. Sarah le sonrió a Ged
cuando sacudió la cabeza con un profundo suspiro.
—¡Es día de Reyes, idiota!

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Duncan les dirigió una mirada confusa.
—Día de… ¡Mierda! —gimió tan pronto como su adormilada mente
pareció registrar lo que eso significaba. Duncan saltó de la cama y, con un par
de zancadas, alcanzó la puerta solo para regresar y darle un largo y posesivo
beso a Sarah que hizo que los dedos de sus pies se encogieran—. Buenos días,
cariño. —Con un vistazo a Ged murmuró—: ¡Cinco minutos!
Duncan corrió hacia el pasillo.
—No creo que quieras que Nana y tu madre vean tu trasero por muy lindo
que sea —le advirtió Ged inspeccionando la mencionada parte de su anatomía
con una sonrisa torcida.
Duncan se detuvo en seco murmurando una maldición tras otra mientras
recogía sus pantalones de chándal y desaparecía tras la puerta. Sarah soltó una
risita.
—¿No es adorable? —preguntó.
—Sí, lo es. —Ged rio mientras la cogía en brazos para llevarla con él—.
Pero no se te ocurra decírselo.
Pensará que estamos atacando su masculinidad.
Sarah rio a carcajadas.
—Como si a estas alturas no supiera que te gusta más cuando te
demuestra lo masculino que es.
Se apoyó contra él sintiéndose aún débil.
—Para ser sincero, opino que eso tampoco necesita saberlo —respondió
Ged guiñándole un ojo—. No queremos que se vuelva perezoso y deje de
demostrarlo, ¿verdad?
A medida que Ged descendía con ella por la escalera, los ruidos de la sala
de estar se volvieron más y más altos. Sarah frunció el ceño ante los susurros
excitados y las risitas.
—Parece que ha llegado mucha gente. —Sarah tragó saliva tratando de
calmar la creciente ansiedad que sentía.
Ged le dio un tranquilizador achuchón.
—Solo la familia —dijo con calma.
—¿Dónde está Xiu? ¿Está él también en la sala de estar?
—Sí, nuestro gran guerrero está muerto de miedo con Marta y Deborah.
En su mente ya está revisando todas las rutas de escape. —Ged movió
divertido la cabeza y Sarah se relajó. Ya conocía a Deborah y Marta, la madre
de Duncan, le gustaban y la había recibido con los brazos abiertos. Era una
mujer cálida, afectuosa y maternal; muy diferente a sus hijos.

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—¿Por qué les teme Xiu?
—Demasiado amor y ternura para nuestro imponente guerrero. —Ged
sonrió.
—¡Ged!
—¿Qué, cielo?
—¡No tenemos regalos para la familia de Duncan!
—Por supuesto que sí.
—¿Tenemos? —Ella lo miró con ojos muy abiertos.
—He vivido los últimos cinco años con Marta. Era más que predecible
que no perdería la oportunidad de compartir nuestra nueva tradición navideña.
Está encantada de estar aquí con nosotros y de tener la oportunidad de
disfrutar de esta experiencia con su familia. De modo que Duncan y yo
compramos regalos para todos ayer.
—¡Oh!
—La adorarás con el tiempo, aunque debo advertirte que para el próximo
año tendremos que celebrar tanto la Nochebuena como la noche de Reyes.
Marta no es alguien que pierda la oportunidad de celebrar eventos felices.
Sarah sonrió. No iba a ser un problema para ella celebrar ambas
tradiciones navideñas. Cuando entraron en la sala de estar, fueron recibidos
con cálidas sonrisas. Todos parecían emocionados y ansiosos por iniciar la
nueva tradición. Ged la llevó al sofá acomodándola sobre su regazo. Duncan
se sentó a su lado en el suelo y se frotó las manos.
—Está bien, comencemos. —Duncan se estiró para coger la caja con la
cinta más grande y hermosa debajo del árbol—. Sarah —leyó en voz alta con
una inmensa sonrisa.
—¡No! —Todos la miraron sorprendidos y algo preocupados—. Es la
primera vez… —Ella tragó saliva tratando de contener sus lágrimas—. No
puedo explicarlo… solo quiero ver vuestras caras primero.
Ged la abrazó con más fuerza y Marta le dio unas palmaditas en la rodilla
para hacerle saber que la comprendía. Sarah se dio cuenta de que Xiu la
miraba con anhelo, pero que permanecía rígido junto a la chimenea. Era algo
que tendría que hablar con él y dejarle claro. Quería que todos sus
compañeros estuvieran a su lado, sin importar quién más los acompañara.
—Bueno, entonces… —Duncan buscó debajo del árbol hasta que
encontró lo que quería. Tomó tres paquetes similares y se los dio a Nana,
Marta y Deborah—. Pensamos que como estamos inaugurando una nueva
tradición, de ahora en adelante disfrutaríais teniendo esto para decorar

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vuestras casas para el año que viene. Ged estaba seguro de que todavía no
teníais uno —les explicó a su madre y hermana.
Los chillidos de Deborah y Marta resonaron uno tras otro cuando
descubrieron lo que había en las cajas.
—¡Oh, Dios! ¡Son una preciosidad!
Sarah estiró el cuello para ver qué les había gustado tanto. Con la alegría
dibujada en su rostro, Deborah sacó las coloridas figuras de cerámica y montó
un nacimiento completo en el suelo, con reyes, camellos y todo. Marta sacó
cada una de sus figuras de madera tallada. Admirándolas una por una, las
volvió a colocar cuidadosamente en la caja. Nana, con lágrimas deslizándose
por sus mejillas, solo sacó los tres Reyes. Sorprendida, Sarah se fijó en los
ropajes. ¿No eran iguales a los que habían llevado Duncan, Xiu y Gedeon el
día que llegaron a su mundo?
El siguiente regalo fue para Samgar. No le llevó mucho rasgar el elegante
envoltorio con una de sus afiladas uñas. Inspeccionó el cubo plateado de
aspecto extraño que sacó, desde todos los ángulos posibles.
—¡Es un rompecabezas!
Ged asintió.
—Lo encontramos en los terrenos de la mansión. Puedo sentir la magia
dentro pero no pude desbloquearlo. Suponíamos que te encantaría descubrir
sus secretos.
Sarah rio entre dientes. Su tío ni siquiera le estaba prestando atención a
Ged. Conociéndolo, su mente ya estaba trabajando en resolver el misterio del
cubo. Casi se podía ver cómo le picaban las manos por comenzar a colocar las
diferentes piezas en su lugar.
—¿Tío?
—¿Mhm?
—Mírame.
—Mhm.
—¡Tito!
—¿Sí? —Samgar frunció el ceño, sus ojos brillaban con impaciencia.
—Ten cuidado. No sabemos si contiene una trampa.
—Oh, por supuesto que tiene trampas. —Inspeccionó el objeto extraño en
sus manos—. Al menos tres —murmuró distraído.
«No te preocupes por él. Nana ya te dijo que sería quién lo resolvería».
Ged le besó la frente.

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Sarah asintió. Darle el cubo a Samgar había sido idea de Nana, y ella
siempre sabía cuándo había que hacer algo.
—¡Ahora es mi turno! —exclamó Deborah antes de lanzarle un paquete.
Ged lo atrapó justo antes de que se estrellara contra la cara de Sarah—.
¡Ooops! ¡Lo siento! Es para todos vosotros. No tuve mucho tiempo, pero
espero que os guste de todos modos —dijo riéndose.
Ged le pasó el regalo a Sarah.
—Ábrelo, cielo.
Ella asintió buscando la cinta adhesiva para no romper el hermoso
envoltorio, mientras todos los ojos permanecían pegados a ella y Deborah
hacía inquietos ruidos. Duncan gimió.
—Dime que no has hecho lo que creo que has hecho.
—¡Claro que sí! No esperarías que fuera a perder una oportunidad como
esta para divertirme a tu costa —respondió Deborah con un bufido.
—No creo que te hayas atrevido, sabes que te estrangularé con mis
propias manos como sea uno de esos dichosos cuadros.
Detrás de Sarah, Ged rio por lo bajo.
«¿De qué va todo esto?», preguntó Sarah intrigada por la extraña
discusión.
«A Deborah le encanta tomar fotos y pintar desde que era una niña.
Duncan, aun siendo un cachorro adorable, tenía tendencia a jugar a ser el alfa.
Lo que además de tratar de subyugar a su hermana, implicaba que se pasara
una parte de su infancia marcando su territorio imaginario. Y por eso ella,
como un modo de venganza, comenzó a…».
«¡Diosa! ¿Ella tomó fotos de él orinando?».
«¡Sí!».
La risa de Ged resonó en su mente. Sarah terminó de abrir el regalo y lo
miró con asombro.
—Lo ha hecho, ¿verdad? —Duncan se giró hacia su hermana—. ¡Se
acabó! ¡Esta vez te mato!
—¡No! —exclamó Sarah—. ¡Es realmente maravilloso! —Admiró la
pintura de acuarela en sus manos, cautivada por la imagen del asombroso lobo
de Duncan, que la miraba con orgullo. Podía sentir que Ged estaba tan
conmovido como ella. Cuando notó la expresión confundida de Duncan,
Sarah ocultó su sonrisa.
«Dime que no cree que estoy admirando cómo levanta su pata trasera».
«¿De verdad quieres una respuesta?». Ged rio.

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Sarah giró la imagen hacia la habitación para que todos pudieran
apreciarla. Duncan se quedó boquiabierto al ver la pintura antes de girarse
hacia su hermana y atraparla en un abrazo de oso. Deborah chilló y se retorció
de forma exagerada, pero no debió hacerlo con mucho énfasis cuando no
escapó de su abrazo. Xiu finalmente dejó su «lugar seguro» para echar un
vistazo más de cerca al lobo. Su expresión se llenó de asombro.
Marta aplaudió emocionada.
—Es precioso, bebé. Una de tus mejores obras, sin duda.
—Gracias, mamá —dijo Deborah sin aliento cuando Duncan finalmente
la liberó.
—¡Me toca a mí! Xiu, este es tu regalo. —Ignorando la forma en la que de
repente la cara de Xiu se había vuelto más incandescente que las luces del
árbol de Navidad, la mujer lo abrazó y le entregó un estuche alargado forrado
de cuero. Xiu estudió el regalo como si esperara que fuera a atacarlo de un
momento a otro—. Ha pertenecido a mi familia durante generaciones. Mi
esposo lo adoraba —dijo Marta con orgullo.
Xiu abrió el estuche con cuidado.
—La tradición dice que debe transmitirse al primer hijo o hija emparejado
de la familia, que se lo ofrecerá a su pareja como símbolo de la confianza y
unión en el vínculo. Como sois tres en este caso, Duncan decidió que tú
deberías ser el nuevo guardián —explicó Marta.
Xiu miró con desconcierto de la daga de plata, tallada artísticamente, a
Marta y luego otra vez a la daga.
—No puedo aceptarlo —murmuró mirando la daga como un niño de cinco
años haría con su primera bicicleta—. Debería conservarlo en su familia.
Duncan gruñó.
—¡Tú eres familia, idiota! ¿O qué piensas exactamente que significa que
esté emparejado contigo? ¡Y ni siquiera comiences con toda esa mierda de
esclavos otra vez! El único lugar en el que aceptaré hablar sobre esclavos
es…
«¡Duncan! ¡Tu madre y Nana están aquí!», siseó Sarah en su mente.
«Ah… mierda, sí… lo olvidé. ¡Lo siento, cariño!».
Xiu inclinó la cabeza ante Marta.
—Será un honor guardar y proteger este maravilloso regalo para mi
familia.
—Duncan tiene razón, Xiu. Ahora eres parte de nuestra familia, no debes
dudarlo ni por un momento.

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Si no hubiera sido porque Deborah escogió ese instante para chinchar a su
hermano, Sarah habría sido incapaz de detener las lágrimas al ver los ojos
enrojecidos y llenos de emociones contenidas de Xiu.
—No terminaste lo que estabas diciendo, hermanito. —Deborah enseñó
los dientes en una amplia sonrisa mientras apoyaba la cabeza en el sofá y
cruzaba sus tobillos.
—Uhm, sí, eh… este es nuestro regalo para Xiu. —Duncan alcanzó el
siguiente regalo evadiendo una respuesta.
—Pero… —Deborah insistió.
—¡Shhh! Ese es el regalo más importante para nosotros —la reprendió
Ged guiñándole un ojo.
Xiu le echó un vistazo inquieto, pero su curiosidad ganó. Abrió
rápidamente el envoltorio para encontrar un pequeño joyero de plata del que
colgaba una llavecita. Vaciló antes de girarla, como si no estuviera seguro de
si quería descubrir lo que contenía, pero finalmente lo abrió frunciendo el
ceño.
—Yo… eh… Es muy bonita. ¡Gracias! —dijo con un falso entusiasmo,
como si no supiera qué decir y se sintiera en la obligación de sentirse
encantado con el regalo.
—¿Muy bonito? —preguntó Duncan.
Él y Ged intercambiaron miradas de desconcierto.
—¡Ainssss! ¡Lo siento! —Fue el turno de Sarah de sentirse avergonzada
—. Se suponía que esto debía estar dentro del joyero, pero no podía dormir
dejándolo sin protección y le pedí a Nana que me lo trajera. —Se llevó la
mano al cuello y se quitó el colgante que su tío le había regalado unos días
atrás.
Como si se hubiera congelado, Xiu miró fijamente su mano extendida.
—¿Eres consciente de lo que tienes ahí? —preguntó.
—Sí, por supuesto que sí. —Ya había sospechado algo la tarde que vio su
reacción, pero su tío se lo había confirmado.
—Esa piedra contiene el hechizo con el que Moctezuma me convirtió en
un esclavo por el resto de la eternidad. Mientras lo poseas, seré tu esclavo y
estaré obligado a hacer lo que me pidas.
Sarah frunció el ceño.
—Voy a reservarme lo que pienso de ese Moctezuma y lo que espero que
le hayan hecho a él por el resto de la eternidad. En cuanto a ti, dime: si todo lo

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que haces es por obligación y producto de un hechizo, ¿cómo podré saber
nunca si me amas tanto como yo a ti?
Xiu tragó saliva.
«¿Me amas?».
—Por supuesto que sí. ¿Lo diría en voz alta si no fuera en serio? Os amo a
los tres.
Ged y Duncan cambiaron de posición, pero se mantuvieron en silencio.
Xiu se agazapó frente a ella y estudió el colgante en su palma, antes de
cerrarle los dedos alrededor de él.
—Soy tuyo, ahora y siempre.
—¡Xiu! ¿Qué haces? Tienes que…
Xiu negó con la cabeza.
—Guárdalo, estará más seguro contigo.
Tras él, Samgar carraspeó.
—Chicos… supongo que debería aclararos algo: el colgante ahora solo
tiene un significado simbólico.
—¿Qué? —Sarah jadeó.
—Cada hechizo, por muy poderoso que sea, trae un contra-hechizo desde
el momento en el que es creado. Imagino que, hasta hoy, el contra-hechizo os
puede resultar simplón y digno de una película de Disney, pero en aquella
época ser un esclavo equivalía a ser menos que un animal.
—¿Eso significa que el contra-hechizo ha requerido en algo más que en
regalarle la libertad? —preguntó Ged curioso.
—Pocos dueños se habrían desprendido de algo tan valioso como un
esclavo con poderes semejantes a los de Xiu, pero Moctezuma sabía qué
podía ocurrir si el dueño estaba agradecido y estuviera a punto de morir, por
eso lo complicó un poco más.
—¿Cómo? —preguntó Xiu en un hilo de voz.
—Amor. Ningún dueño lo suficientemente poderoso se fijaría en un
esclavo más que para usarlo. No necesito explicarte lo que eso habría
supuesto socialmente para ellos. —Samgar esperó que Xiu se lo confirmara
con un gesto de la cabeza—. Por otro lado, para un hombre como
Moctezuma, el amor, además de ser algo propio solo de estamentos inferiores,
venía acompañado de la posesión. ¿Por qué alguien que se enamorara de ti,
iba a darte la libertad si con esa piedra podía tenerte para siempre?
Xiu dejó caer la cabeza, pero no contestó.

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—Creo que me he perdido un poco. ¿En qué consistía entonces ese
contra-hechizo? —preguntó Deborah.
—En que un dueño legítimo de la piedra, que la hubiera conseguido sin
robarla, ni matar por ella, decidiera regalársela a Xiu en un acto de amor y
que este lo rechazara —explicó Nana.
—¡Guau! —exclamó Deborah—. Pues sí que era cabrón ese tipo. ¿Qué
probabilidades había de que se dieran todas esas circunstancias?
—Menos de una entre un millón —opinó Samgar—. Por lo que sé, los
cambios de dueño de Xiu eran rara vez por herencia o por regalo. En parte por
eso fue por lo que conseguí convencer al dueño de que me la vendiera. Tenía
demasiado miedo a que alguien tratara de matarlo para arrebatarle el colgante,
y no era tampoco una persona que supiera sacarle provecho a las habilidades
de Xiu, más allá de sus funciones de matón o espía. ¿Me equivoco? —
preguntó mirando a Xiu.
—No. Solo he sido regalado dos veces y tres pasado a través de herencias,
incluida esta última.
Cuando todos permanecieron en silencio, tratando de asimilar esa
información, Samgar se acercó a Xiu y le puso una mano sobre el hombro.
—Mis felicitaciones, Xiucatl, eres un hombre libre.
—¡Lo sabías, tío, incluso antes de que me lo trajeras! —exclamó Sarah
con lágrimas en los ojos.
—Estás familiarizada con las ventajas de tener a Nana a nuestro lado,
¿verdad, niña? Este era nuestro regalo de Navidad —dijo Samgar
acariciándole la mejilla mojada.
—No exactamente —intervino Nana con una sonrisa secreta—. Este es el
mío. —Se levantó del sillón y le llevó a Sarah un pequeño paquete besándola
en la frente.
Sarah abrió el envoltorio con cuidado, expectante por saber qué
encontraría. Si había algo que sabía de ella, era que sus regalos no eran nunca
intrascendentes. Siempre eran algo que acabarías necesitando en el futuro
cercano. Tan pronto como Sarah vio el colorido tejido, lo sacó para averiguar
qué era. Ged se puso rígido tras ella y Xiu palideció.
—Es precioso. Parece artesanal, ¿no? Diría que es una manta, pero es un
poco pequeña para eso. ¿Qué es? —preguntó Duncan frunciendo el ceño.
Sarah tragó saliva tratando de bajar la pelota de ping-pong que le
bloqueaba la garganta.

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—¡Es una mantita de bebé bordada a mano, imbécil! —exclamó Deborah
dándole un tortazo en la cabeza.
—¿Por qué iba Nana regalarle una mantita de…? ¡Oh! —La cara de
Duncan se quedó en blanco.
—Ni siquiera se te pase por la cabeza usar «mierda» o «joder» o cualquier
otra de tus dichosas palabritas —le advirtió Ged con voz ronca provocando la
risita de Sarah.
Sarah soltó un grito de sorpresa cuando Duncan se levantó de un salto, la
tomó en brazos y corrió hacia la puerta, con Ged y Xiu pisándoles los talones.
—Si nos disculpáis, nos vemos mañana… o pasado mañana… —gritó
Duncan por encima del hombro.
Sarah vislumbró las sonrisas divertidas de las mujeres y el ceño fruncido
de su tío, antes de que desaparecieran de su vista. Se relajó en los brazos de
Duncan y disfrutó con la idea de que el mejor regalo de Navidad estaba por
llegar. Le daba vergüenza tocarse la barriga para comprobar si ya había
crecido o no. Puede que ni siquiera estuviera embarazada aún. No se sentía
diferente con respecto a cinco minutos antes, excepto por la incredulidad que
sentía ante el descubrimiento.
Tan pronto como llegaron a su habitación, Duncan la colocó con cuidado
sobre la cama mientras Ged comenzaba a maldecir.
—¡Mierda! Ahora, de todos los momentos posibles, tenía que empezar a
salir el maldito sol. Cielo… —Gedeon se arrodilló al lado de Sarah y le cogió
la mano—, mira, antes de que caiga redondo, solo quería decirte que te amo y
que estoy muy feliz por el bebé y…
El parloteo de Ged era tan apresurado y nervioso que Sarah casi rompió a
reír.
—Ged, ven, tiéndete aquí conmigo —le dijo dando palmaditas en el
colchón.
—No, cielo, esto es muy importante para mí y tengo que decírtelo ahora.
No quiero esperar a despertar mañana.
—¡Ged, ven a la cama, es una orden! Xiu y yo todavía tenemos nuestro
regalo para ti.
Ged se tiró a su lado con un suspiro.
—¿Y ahora qué?
—¡Ahora vamos a dormir! —dijo Sarah acurrucándose junto a él.
—¡Debes estar bromeando! ¡Acabamos de descubrir que vamos a ser
padres! —protestó Duncan.

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Ged la miró con incredulidad.
—Duncan, ven a dormir. ¡Ahora! —ordenó Xiu con firmeza. Sarah se
mordió los labios cuando Duncan cruzó los brazos en el pecho negándose a
obedecer. Xiu puso los ojos en blanco—. Te dejaré ser el Dom durante toda
esta semana mientras estemos en un dormitorio, sin quejarme ni jugar sucio.
Sarah soltó una risita ante la idea, aunque eso no impidió que su hombre
lobo se lanzara sobre la cama junto a ella antes de que pudiera parpadear.
«Eso fue demasiado fácil. ¿Acaba de tener su primera victoria contigo?»,
bromeó Sarah a través de su link mental con Xiu.
«Yo no cantaría victoria tan pronto si estuviera en su lugar». Xiu sonrió
antes de seguir en voz alta:
—¿Te importa si organizo el viaje para todos?
—Claro que no, siempre y cuando nos vayamos ahora mismo —respondió
Sarah, intrigada por el brillo travieso en sus ojos.
Mientras esperaba la llegada de sus hombres en el claro, no pudo evitar
una sonrisa al recordar el rostro conmocionado de Duncan cuando se dio
cuenta de que estaba sentado en un camello. No habría sabido determinar
quién había estado más aturdido en aquel instante, si Duncan, el camello o
ella.
Regresó al presente cuando Ged llegó acompañado de Duncan y Xiu. Ged
automáticamente protegió su rostro con los brazos. «¡Mierda!», pensó Sarah.
No le habían advertido de que la luz no lo lastimaría.
—El sol no te quemará, Ged —gritó Sarah mientras corría hacia él
atrayéndolo a sus brazos—. Xiu me ayudó a hacer algunos cambios aquí, en
nuestro mundo. —Ged bajó lentamente sus brazos y miró confundido a su
alrededor. Dejó escapar un suspiro de alivio cuando sus ojos se posaron en la
cabaña de Sarah—. Pensamos que como somos cuatro y cada uno de nosotros
viene de otra especie, sería bueno tener un lugar donde podamos pasar tiempo
juntos, ya sea de noche o de día.
—Además, será más fácil para Sarah si tiene la posibilidad de moverse en
libertad aquí, al menos hasta que su cuerpo reaccione a la rehabilitación y
recupere su fuerza —añadió Xiu, tumbado en una cama improvisada que
había aparecido de la nada. Obviamente estaba disfrutando del poder que
tenía en su mundo.
Los ojos de Sarah ardieron con lágrimas no derramadas cuando vio a Ged
mirándose incrédulo las manos mientras los primeros rayos del sol caían
sobre ellas.

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—¡Hace calor pero no duele! —Sus labios se curvaron lentamente—. ¡Ni
siquiera puedo recordar la última vez que pude disfrutar de la luz del día!
Duncan se tiró al lado de Xiu con un aullido.
—Estamos desnudos de nuevo. ¿Hay alguna razón especial para eso? —
preguntó moviendo las cejas de forma ridícula.
—Sí. Teniéndote desnudo antes de esposarte es menos complicado que
esposarte primero y desnudarte después —replicó Xiu encogiéndose de
hombros.
Cuando Duncan intentó saltar de la cama ya fue demasiado tarde. Tan
pronto como movió sus brazos, el sonido metálico reverberó en el claro.
—Joder, Xiu, ¡no hace ni quince minutos que me has prometido que esta
semana sería yo el que tendría el control en el dormitorio!
Sarah se cruzó de brazos reprimiendo las carcajadas incluso mientras las
lágrimas le caían por las mejillas. Adoraba ver a sus hombres juntos, sus
bromas infantiles y sus luchas continuas por tener el control. Las cosas no
siempre serían fáciles, había demasiadas cosas que necesitaban resolver y
superar de su pasado, pero al menos aquí, en su mundo, podrían ser ellos
mismos.
—Por supuesto y pienso cumplir mi palabra… siempre que estemos en
nuestro dormitorio, obviamente —confirmó Xiu.
—¡Argh! ¡Estamos afuera! ¿Cómo he podido ser tan estúpido? —gimió
Duncan.
—No eres estúpido, cachorrillo, solo demasiado joven para mantener el
ritmo de dos viejos fósiles decrépitos. —Xiu rio dirigiéndole un guiño—. Y si
te hace sentir mejor, solo te he encadenado a la cama hasta que hayamos
tenido tiempo de compartir abrazos y achuchones con Sarah.
—¿Vamos a tener tiempo para abrazos y achuchones esta vez? —preguntó
Sarah con curiosidad saltando sobre la cama y haciéndose un hueco entre
ellos—. ¿Desde cuándo tenemos tiempo de abrazarnos antes de hacer el
amor?
—Desde que los viejos decidieron que estaban demasiado seniles para
mantenerse al día con el cachorrillo alfa, y que necesitábamos un tiempo para
que cada uno de nosotros comparta lo que siente por los demás —intervino
Ged tendiéndose al final de la enorme cama y dándole un suave beso en la
planta del pie.
—Mmm, me gusta eso —opinó Sarah—. ¿Puedo ser yo la que tenga el
control luego? Adoro cómo Duncan suplica y se retuerce cuando quiere venir

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y no puede. La mera idea de masturbarme mientras él os chupa a ambos ya
me hace sentir toda caliente y resbaladiza.
Xiu gimió.
—Creo que esto no va a funcionar, Ged. Hemos esposado a la pareja
equivocada a la cama.
Sarah rio a carcajadas.
—¿Eso significa que puedo abrir mis regalos ahora?
—¡Mierda! ¡No trajimos los regalos con nosotros!
Con una sonrisa descarada, Sarah se subió a sus caderas y bajó lentamente
sobre él haciéndolo gemir. Sonrió cuando Ged apareció al lado de Duncan.
Estaba con sus hombres al fin y estaban en casa. Tomando la erección de Xiu
en una mano y la de Ged en la otra, besó a cada uno de sus compañeros.
—Sois hombres y sois sabios. Mientras estéis conmigo, siempre habrá
regalos para el día de Reyes. Todo lo demás es bonito pero sobra. Y solo para
que conste y que no podáis acusarme de que solo os utilizo para el sexo… —
dijo Sarah con expresión traviesa—. ¿Ya os he dicho cuanto os amo?

Fin

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Agradecimientos

T antas y tantas personas a las que estoy agradecida, que cuando llego a
esta parte, siempre me cuesta elegir a quién mencionar.
Mi primer agradecimiento puede que llegue a ser polémico en tierras
americanas, pero eso no hará que sea menos cierto lo que voy a decir. A pesar
de su escandaloso final, este libro jamás habría llegado al público, ni yo sería
escritora a día de hoy, si la editorial Ellora’s Cave no lo hubiera publicado.
Con sus libros aprendí inglés, con sus historias soñé durante años, con su
editora aprendí las nociones sobre escritura que siguen guiándome a día de
hoy, y mi mayor alegría y orgullo fue el día que recibí su correo
comunicándome que consideraban Tres Reyes para Sarah una historia
extraordinaria, que no se parecía en nada a lo que había publicado en el
género. No sé si eso último es verdad o se lo han llegado a decir a todas las
escritoras que contrataban, pero yo quise creerles y lo usé para seguir
escribiendo. No estoy de acuerdo, ni apoyo mu chas cosas de las que
ocurrieron durante los últimos días de Ellora’s Cave, pero no deja de ser
cierto que fueron ellos quienes me enseñaron que incluso los sueños más
descabellados se pueden hacer realidad.
Gracias a Nune Martinez por su paciencia conmigo a la hora de encontrar
la portada perfecta para este libro. Lo que llega a manos de los lectores, a
veces son horas y horas de trabajo, de cambios, de una corrección tras otra, de
modelos desechados,… Es un trabajo casi invisible, y los lectores rara vez se
fijan en el nombre de quién diseñó esa maravillosa portada que hizo que les
llamara la atención la historia que se esconde tras ella. A día de hoy, hay dos
diseñadoras que recomendaría con los ojos cerrados: a Nune Martínez y a
China Yanly.

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Por último, agradecimientos a mi correctora: Paola C. Álvarez. Pocas
cosas dan más tranquilidad a un autor, que saber que su obra está en buenas
manos, y que llegará a los lectores en las mejores condiciones posibles.

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Glosario

Compañera/o: La pareja compatible a nivel genético y psicológico de un


hombre lobo. Es la naturaleza la que elige a los compañeros. Una
vez vinculados, los compañeros comparten una conexión
telepática, sentimental, y en cierta medida también dependiente.
El hombre lobo no elige a su compañera y tampoco es necesario
que la ame, aunque la sensación de estabilidad y de sentirse
completo que deriva de su presencia hace que no pueda renunciar
a ella.
Shangrile: Pareja de sangre de un vampiro. Es el destino el que la elige y
va acompañado de un intenso sentimiento de amor y necesidad
por estar conectado y cerca de la persona amada. Una vez
establecido el vínculo, la pareja queda unida en un amor eterno
que no se rompe ni siquiera por la muerte, ya que normalmente la
muerte «real» de uno implica la del otro.
Centehua: Etimológicamente significa: la única. Es el equivalente a la
Shangrile de los vampiros para los caminantes de sueños. En este
caso, aunque pueden vi vir físicamente separados, quedan unidos
por la eternidad a través de sus sueños.
Hombre lobo: ¿No sabes lo que es un hombre lobo? Tienes que estar
bromeando. ¿En qué mundo vives?
Alfa: Suele ser el macho o hembra dominante/líder de criaturas que se
organizan por manadas, como los hombres lobo. Los miembros de
la manada están conectados a un nivel telepático con él.

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Beta: Machos o hembras fuertes que pueden ser contrincantes del alfa o
los segundos al mando (en cuyo caso son subordinados).
Caminante de sombras: Criatura de la noche que posee la capacidad de
fundirse con las sombras y moverse a través de ellas. Huyen del
sol, pero pueden sobrevivir bajo su luz en forma humana.
Caminante de sueños: Criatura de la noche capaz de moverse a través de
los sueños, manipularlos y entrar en los sueños de los demás.
Death walker: Apelativo inglés. Caminante de la muerte. El título por el
que se conoce a Xiu y que es representativo del miedo y respeto
que inspira.

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