Mundo de Dioses - Rafael Marin
Mundo de Dioses - Rafael Marin
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Johan 01.11.11
PRESENTACIÓN
Poco me atrevo a decir de Rafael Marín, uno de los más seguros
valores de la ciencia ficción española. Esforzado traductor y devoto
guionista de cómics, cuando el tiempo se lo permite, Marín escribe también
su propia obra con esa riqueza estilística que le caracteriza y que
constituye, como él mismo reconoce, su mayor seña de identidad en el
panorama de la ciencia ficción española.
De momento les dejo con las líneas que él mismo escribió a
requerimiento mío. En realidad yo le pedía datos para la reseña de autor
que incluimos al final del libro, pero Rafa abordó esa petición de forma tal
que no me atrevo a tocar ni una coma de ese texto, y lo dejo aquí como la
mejor presentación de un autor que, pese al tópico, en realidad no
necesitaría presentación. Habla el autor:
PS: Tengo dos hijos preciosos, Daniel y Laura, por quienes merece la
pena mandar la ciencia ficción y la literatura a tomar viento.
Presentado ya el autor, por su propia pluma esta vez y sin que sirva de
precedente, acerquémonos ahora a la obra.
MUNDO DE DIOSES nadó, según parece, deprisa y corriendo, en
1991, para concursar en el entonces incipiente Premio UPC de ciencia
ficción. En aquel momento fue una novela corta apresurada, a la que el
mismo autor gusta llamar: «un episodio piloto de una serie inconclusa».
Concebida como argumento para un guión de cómic que tenía que ser
dibujado por Carlos Pacheco (parece ser que realizó unas ocho o nueve
páginas), se convirtió, por obra y gracia del Premio UPC, en un curioso
ejercicio literario: verter en un texto toda la riqueza de un arte narrativo
distinto, como es el cómic.
Es obvio que Marín lo logró con creces, como demuestra el
reconocimiento que le diera el jurado del Premio UPC de 1991. La acción
trepidante y la aventura bien descrita se amparaban en un misterio
suficiente para mantener en suspense al lector y obligarle a pasar páginas
y más páginas hasta ese final, entonces, inconcluso.
Con el tiempo, abandonada (espero que sólo provisionalmente) la idea
de convertir ese argumento en cómic, Rafael Marín se ha atrevido a
completarlo en su nueva versión literaria, lo que ha dado lugar a este
MUNDO DE DIOSES que hoy presentamos.
He de decir que, antes de leerla, me llegaron diversas noticias de
algunos de los privilegiados primeros lectores de esta nueva y original
novela de Rafael Marín. En concreto Juan Miguel Aguilera, buen narrador
donde los haya, me comentó varias veces las excelencias de MUNDO DE
DIOSES, lo que no suele ser habitual en una persona tan discreta y
educada como él.
Finalmente logré poner mis manos en el original del libro (un
impresionante «mamotreto» de 460 páginas a doble espacio). Una
trepidante historia de aventuras que logró mantenerme en vela casi toda
una noche. Experimenté gran satisfacción y, todo hay que decirlo, cierta
opresión por el peso de ese libraco en mi pechera (desde entonces mi
médico me ha desaconsejado que lea en la cama textos como ése: su trama
me mantiene despierto y, por si ello fuera poco, no respiro bien...)
Inconvenientes de dedicarse a eso de editar novelas de ciencia ficción.
Bromas aparte, he de reconocer que me sorprendo con algunos de los
comentarios que el mismo Rafael Marín hace de MUNDO DE DIOSES.
Por provenir de una idea de cómic, le parece que es su obra «más
declaradamente intrascendente». No estoy de acuerdo. Sólo aceptaría decir
que es, sin duda, la más divertida.
Por si hiciera falta, hipérbole es exageración, y sinestesia (en este caso
tras consultar con el diccionario, que yo soy una persona normal...) es un
«tropo que consiste en unir dos imágenes o sensaciones procedentes de
diferentes dominios sensoriales» y el mismo DRAE pone dos ejemplos:
«soledad sonora» y «verde chillón».
Con eso creo que se aclara lo que apunta el mismo Marín al considerar
también MUNDO DE DIOSES como la «más declaradamente literaria» de
sus obras, precisamente por «el abuso de la sinestesia y la hipérbole, como
si fuera un tebeo escrito».
Yo me temo que ésas son las explicaciones que puede ofrecer un autor
sumamente interesado en el aspecto estilístico, cuando teme que una de sus
obras sea «distinta» de lo esperado.
No ha ocurrido así en mi caso. Conozco desde hace años a Rafael
Marín y sé lo bien que escribe. Y me atreveré a decir que si bien
LÁGRIMAS DE LUZ era un verdadero tour de force en la que un joven
autor encerraba muchas de sus posibles aspiraciones, la verdad es que
MUNDO DE DIOSES nos muestra a un gran narrador en el completo
dominio de su oficio y su técnica.
La temática, en realidad, es mucho menos intrascendente de lo que
parece; al menos ésa es la sensación que a mí me transmitió la lectura de
esta última novela de uno de los autores revelación de la ciencia ficción
española en los años ochenta. Una promesa que se ha convertido ya en
realidad y de quien sólo cabe esperar que encuentre tiempo para nuevas
aventuras como este MUNDO DE DIOSES que hoy presentamos. Y con el
mayor orgullo.
Que ustedes lo disfruten.
MlQUEL BARCELÓ
A Stan Lee, Jack Kirby
y Víctor Mora
No sólo forja el hombre a imagen propia
su Dios, aún más se le asemeja su demonio.
LUIS CERNUDA
JUECES
Corría. Un trazo gris difuso contra el brillo cegador de la noche.
Agazapado en las sombras, iba dejando jirones de plástico en cada gárgola
y cada alero; la angustia, la inseguridad, el miedo. Y entonces, relámpagos
de carne y oro sobre el trazado exacto de los edificios, escorpiones de acero
dibujando estelas de plasma tras su paso, como perros de caza, los
Centinelas.
Dos docenas de pantallas resplandecían en silencio, como desafiando
con su parpadeo a las hogueras que salpicaban la calma falsa de la noche.
Detrás de su escritorio, bajo los veinticuatro monitores mudos, Klaus
Vildmann terminó de sorber su café ya tibio y contempló sin decir nada a la
mujer recortada contra el metacristal transparente. Sacudió la cabeza, soltó
la taza. Miró con desgana el donut a medio consumir y se llevó por acto
reflejo el lápiz óptico a los labios. Abrió la boca, se contuvo; con un
esfuerzo, no lo mordió.
Davinia Cross estudió su reflejo en la lisa superficie plateada y negra.
Dibujada contra la pirámide del Templo de Kent, su silueta le pareció una
vez más el esbozo de un fantasma, recargada de tristeza y carente de
substancia. Delgada, vestida de cuero negro y falda, la imagen inexacta que
le ofrecía la ventana mostraba a una mujer joven, ensimismada,
melancólica. Todo lo que ella no era, cuanto se negaba a ser. Davinia alzó la
manzana todavía verde que tenía en la mano, olvidada, y se la acercó a la
boca.
—De acuerdo, Klaus —dijo, y dio a la fruta un mordisco agresivo,
como si dentro de ella se encontrara la respuesta a todos sus enigmas, la
solución a su afán de curiosidad—. Vivimos en un paraíso. Eso dicen, ¿no?
Gran negocio.
—Siempre has sido una buena periodista, Dave —reprendió
amablemente el editor en jefe—. Has aprendido bien los trucos del oficio,
es algo que he mantenido desde que te conozco. Pero no caigas ahora en el
error de dar nombres gratuitos. Cierto que no vivimos en un mundo malo,
pero sabes tan bien como yo que nadie en su sano juicio estaría dispuesto a
admitir que lo hacemos en un paraíso.
—¿Y por qué no, Klaus? ¿Qué es un paraíso sino un mundo de dioses?
Y a fin de cuentas —añadió la mujer amargamente—, ¿no existe acaso una
raza de dioses que campa por sus respetos sobre esta desgraciada Tierra?
Una voltereta en el aire y aterrizó en la cornisa del edificio. Tras una
frenética evaluación, comprendió que aquél no sería un buen punto de
defensa. Se zambulló otra vez, de cabeza, se agarró a la testa de una gárgola
y de esa forma se detuvo. El monstruo de piedra le miró con sus ojos
ciegos. El fugitivo vio que tenía un colmillo roto, un cuerno gastado. Miró
otra vez alrededor, abajo, al cielo. Notaba el corazón acelerado, como el
motor sin freno de una caldera. Iban a encontrarle, y pronto, eso era fijo.
Los reflectores picoteaban la noche, buscándole donde no estaba, pero sin
duda los Centinelas tendrían más de una forma de dar con él, de
exterminarle.
Un relámpago rayó la armonía desigual de los edificios, de abajo arriba,
rojo, invertido. Davinia Cross lo observó un instante, entornó los ojos,
comprobó su reloj de pulsera.
—De acuerdo, Klaus. Tienes razón como casi siempre, jefe. Se
acabaron los problemas y prácticamente no existen las guerras, vale. La
línea oficial lo deja todo muy claro.
—Ha habido muchas otras épocas de la historia, prácticamente todas,
que aceptarían la situación que nosotros vivimos sin leer siquiera la letra
pequeña —recordó Vildmann, sin acabar de creerlo tampoco,
innecesariamente.
—Quizá la gente sea más feliz —comentó la mujer, intrigada por el
juego de luces que se alzaba al otro lado de la arcología, bajo la negra
bóveda del cielo—. ¿Pero sabes qué es lo que te digo, Klaus? No me gusta.
Y debe de haber alguien igual que yo en todo el maldito mundo, ¿no? Es
imposible que sea yo sola.
Vildmann sonrió sin alegría.
—Si hay alguien más, es de esperar que tenga al menos la mitad de
cerebro que tú, Dave. ¿Quién puede estar tan loco para enfrentarse a los
Centinelas?
El líder de la patrulla ajustó los sensores de su visor y corrigió la
trayectoria de su vuelo. Veía la ciudad en rojo y malva, pero sabía que
pronto su objetivo destacaría contra las lentes en forma de mancha azul.
Volando a su cola, los otros cinco miembros de su equipo abrieron la
formación lo suficiente para poder trazar una red capaz de ampliar el
alcance de su radio de búsqueda.
—De Oro Uno a todos —chirrió su voz en los cascos de los hombres y
mujeres de su escuadrilla—. Los monitores indican presencia sospechosa en
el sector A3. Preparados para el asalto.
—Roger, intrépido líder —replicó una voz burlona.
—Déjate de coñas, Murdock, y procura cubrir bien tu flanco. Vas
haciendo más eses que un cohete de feria.
—Debo de tener problemas con el retropropulsor izquierdo —contestó
el aludido, Oro Cinco—. Pero no te preocupes, Kincaid. Me las apañaré.
—Más nos vale. Ese jodido derivante puede ser peligroso.
—De Oro Cuatro a todos —instó una voz entre el estrépito de los jets y
la estática de la comunicación. El chisporroteo y la máscara facial impedían
reconocer su tono femenino—. Lo tengo. Coordenada A3-4YT-K2. Está
solo.
—Roger, Oro Cuatro. Murdock y tú podéis encargaros de cubrirnos —
ordenó el primero—. Los demás, vamos a freír a ese hijo de puta antes de
que volvamos a perderlo. ¿Armas en ready?
—Oro Dos, preparado.
—Oro Tres, preparado.
—Oro Seis, preparado.
—Oro Cinco y Oro Cuatro a la espera, Oro Uno.
—Adelante, muchachos. Vamos a darle una alegría al cabrón de
Quebrantahuesos.
La formación se disolvió en un abanico multicolor. Cuatro trazos
dorados se zambulleron en picado mientras los otros dos permanecían
sobrevolando el futuro campo de batalla. Como aves de presa, los
Centinelas se internaron entre los edificios, tiburones voladores al
encuentro de su víctima.
Davinia Cross miró el reflejo doblemente mudo de los monitores en la
ventana. Veinticuatro rectángulos de imágenes en movimiento y gestos a
todo color les azuzaban a comprar, a disfrutar de unas vacaciones de
ensueño o curarse la miopía o el agotamiento, o desenrollaban eternos
melodramas repuestos ya una y mil veces. En media docena de pantallas
asomaban los bustos característicos de los presentadores de los noticiarios,
anunciando con cara de muerto noticias insoportables o sonriendo de oreja a
oreja ante alguna catástrofe, como siempre. Tres programas de música,
cinco guerras a escala (como llamaba a las retransmisiones de deportes),
algún que otro desfile de imágenes indescifrable. Toda la vida parpadeando
igual, insistiendo de la misma forma, sin decir nada, sin descubrir ningún
valor. Desventajas de ser un simple humano en un mundo de dioses
perfectos.
—¿Qué demonios te pasa hoy, Dave? —preguntó Vildmann, los ojos
entornados, calibrando a la muchacha, aunque sabía perfectamente lo que le
sucedía: También él había sido joven, y como la propia Davinia quiso un
día cambiar el mundo antes de que el mundo lo cambiara a él, sin querer o
por capricho—. Tranquilízate. Cualquiera puede tener un día de perros.
—Y unos más que otros, Klaus. —La mujer se dio la vuelta—. Lo
siento, debe de ser la proximidad de la tormenta. Pero no es sólo un día. Es
esta vida...
—Esta jodida vida de hormigas. ¿Otra vez estás con eso?
Eres periodista, Dave. No un mesías. Tu función no es descubrir un
quinto evangelio ni guiar a nadie a través del Mar Rojo. Tu trabajo es
informar de lo que pasa.
—Ése es el problema, ¿no lo ves? Ése es el problema, Klaus. Nunca
dejan que pase nada.
Escuchó primero el estrépito y en seguida vio las cuatro formas
humanas que se precipitaban hacia él, cómo ángeles sin alas caídos de los
cielos. El brillo de las armaduras era una llama entre las fauces de la noche.
Se cubrió con el brazo el rostro, en un vano intento de ocultarse, de apagar
su resplandor. Entonces, el impacto, la explosión. El mundo se estremeció
de arriba abajo y una salva verde y oro brotó entre los edificios, alarmando
a los vecinos. Luchando contra la náusea, el fugitivo se agarró al cuerpo que
le impulsaba y los dos se desplomaron a saco desde lo alto del tejado.
Con los dientes apretados, el fugitivo llegó a ver el brillo de
determinación en los ojos de su contrincante, la expresión de odio mal
encaminado al otro lado del visor. Cerró el puño. Sin dar tiempo a que
interviniera ningún otro Centinela, aplastó la placa transparente, salpicando
de sangre todo el interior del casco. El Centinela soltó un grito que se
confundió con el bramido de la estática. El cortocircuito le frió en un
instante, pero el fugitivo apenas sintió un leve estremecimiento erizarle los
vellos de los brazos. Algo le quemó entonces la espalda: Una bala de
plasma. Se dio la vuelta y saltó a ciegas, consumido por el pánico, loco en
su ansia de escapar, hacia el segundo guardián que se le echaba encima.
Hombre y titán se encontraron a mitad de camino, en pleno aire, y el
impacto multicolor fue apagado por el estrépito repetido de la carne contra
el metal. La mano desnuda se abrió paso entre la coraza sobrehumana,
desgajando vísceras y esqueleto artificial. El Centinela ya se desplomaba
cuando el fugitivo advirtió que se trataba de una mujer. Cerró los ojos, dio
una voltereta en el aire, jadeó. Tanto peor para ella. Todavía tenía que
librarse de los otros dos.
En una de las pantallas apareció sonriente el rostro de uno de los dioses.
Davinia lo miró con cierto recelo, casi con admiración. ¿De quién se
trataba? No podía decirlo. Tal vez un Bunyan, o un Wayne. Se parecían
tanto unos a otros en su perfección que ya hacía tiempo que había dejado de
interesarse por ellos. De niña había coleccionado sus cromologramas y sus
muñecos articulados, igual que en otra época otros niños lo habían hecho
con las estrellas del cine o del béisbol. Pero eso fue antes de que abriera los
ojos, de que comprendiera lo crudo de su situación. Los dioses moraban
entre los hombres, viviendo en su hermoso anillo edén, superiores a la
media, tranquilos, hermosos. ¿Quién sabía si ahora mismo no los estarían
observando, vigilando, controlando? No era agradable despertar por la
mañana y descubrir una raza paralela viviendo encima de ti, gozando de tus
sueños, cumpliendo todo aquello que la humanidad había ansiado a lo largo
de los siglos. Oh, sí. Klaus podía estar en lo cierto. Había paz, ¿no? Vivían
en un paraíso.
Pero era triste ser manzana y no serpiente. Tal vez tuvieran la
tranquilidad, pero no la sabiduría. Tal vez habían entregado los sueños a
cambio de la vida.
—No dejes que tu amor por este oficio te nuble la mente, Dave —
suspiró Vildmann—. Sabes que hay cosas que es mejor no tocar.
—¿Por qué? ¿Qué pueden hacerme? Venga ya, jefe. Comparadas con
las cosas que son capaces de hacer esos tipos, lo que los pobres humanos de
a pie tenemos ni siquiera puede considerarse vida. Pero me enerva esta
maldita inactividad.
—Tu artículo de hoy era bueno.
—¿Sí? ¿Y qué decía? Lo mismo que ayer. Igual que el de siempre. Los
Centinelas libran a la indefensa raza humana de un nuevo derivante.
Pulsó un botón y las pantallas dejaron de emitir las señales en
movimiento para reproducir dos docenas de primeras planas del
videoperiódico para el que ambos trabajaban. Pese a la distinta distribución
de holos y de textos, el contenido parecía idéntico, como si se tratara de
diferentes pruebas para un número cero, lo que en argot periodístico
llamaban el muerto.
Con una mueca de disgusto, Davinia Cross las apagó. Inmediatamente,
la señal del satélite substituyó las galeradas por las insulsas imágenes de
publicidad y noticiarios.
—Te duele tanto esta profesión como a mí, Klaus. Sabes lo que es que
te hiervan las noticias en la sangre. ¿Pero qué noticias, por el amor de Dios?
Si todo va bien, no se venden periódicos. Es tu queja. Siento que en algún
lugar del mundo, ahora mismo, debe de estar sucediendo algo importante.
Una docena de cráteres humeantes se abrió paso a los pies del hombre,
fundiendo el asfalto como si fuera gelatina. Los otros dos Centinelas que le
acosaban, a la vista del fracaso de sus compañeros, habían decidido no
forzar la batalla a un cuerpo a cuerpo, pues el vigor del derivante
sobrepasaba a casi todo lo que habían visto hasta ahora.
—Oro Uno a Oros Cuatro y Cinco —murmuró el líder de la escuadrilla,
la estática apagando lo alterado de su voz—. Oro Tres y yo vamos a intentar
freírlo desde aquí. Ese hijo de puta es duro. Permaneced a la expectativa, y
si todo va mal, pedid refuerzos.
—¿Refuerzos? ¿Estás loco, Kincaid? —protestó Oro Cinco—. No es
más que un jodido fugitivo que no tiene dónde caerse muerto.
—Llámalo como quieras, Murdock. Pero acaba de cargarse a Lorena y a
Gershwin con las manos desnudas. Una bala de plasma le estalló en la
espalda y sigue corriendo como si tal cosa.
—Madre de Dios —susurró Oro Cinco. Sin duda, no sabía que
precisamente se trataba de todo lo contrario.
—Oro Tres, vamos a por él antes de que tenga tiempo de organizarse —
instó Kincaid—. Andrea, Murdock, ya sabéis lo que tenéis que hacer si no
volvemos.
—Roger, Oro Uno. Pero espero que no haga falta.
—Dímelo a mí, Andrea. Prepárate para ponerle una vela al diablo.
Oro Tres y Oro Uno cabriolaron en el aire, zigzagueando entre los
restos humeantes de sus compañeros caídos. De pie, apoyado en una pared
de hierro, el derivante esperaba un nuevo encuentro con su destino.
No podía quitarse de la cabeza la idea de que el mundo en el que vivían,
en vez de estabilizarse, se había paralizado. La aparición de aquellos seres
perfectos había sido saludada como un nuevo paso evolutivo, la superación
del homo sapiens. ¿Pero de dónde habían salido? ¿De las estrellas? ¿De los
propios genes de los seres humanos? ¿Eran de verdad dioses o eran
hombres?
Ésas eran las preguntas que torturaban a Davinia Cross, como también
habían torturado en su momento a Klaus Vildmann. Cinco, seis, siete siglos
atrás una nueva forma de vida había aparecido sobre la Tierra, hombres y
mujeres más perfectos que los demás, y por algún quiebro del destino la
supervivencia del más fuerte había instaurado el mundo que ahora todos
compartían. La perfección detentaba el poder, y la raza humana simple y sin
atributos la obedecía. Había paz, y hasta cierto punto se habían superado las
injusticias. Pero en el corazón de Davinia Cross anidaba el ansia de saber.
Vivían en un mundo de dioses y demonios, ¿pues qué otra cosa era aquella
extraña amenaza que los propios dioses pregonaban? ¿Cómo los llamaban
ahora... derivantes? ¿Malformaciones genéticas? ¿Involutivos? Todos
vivían en un mundo que, en cualquier caso, había dejado de ser exclusivo
de los hombres. Un edén. Un paraíso. Ja. Davinia Cross lo había dicho
muchas veces. Un paraíso no tiene cerrojos. Un edén carece de barreras.
Quemaban. Concentrados, los rayos de plasma acabarían por destrozarle
algún punto vital, y entonces la regeneración no podría operar tan rápido.
Media docena de puntos humeantes asomaban entre sus ropas, por debajo
del tabardo desgajado, sobre los hombros y en los músculos de las piernas.
Por muchos que esquivara, los brazaletes de muñeca de los Centinelas
siempre estaban dispuestos a rociarlo con más. Tenía las palmas de las
manos quemadas de repelerlos, apartándolos del blanco que buscaban en
sus ojos. Los perros de presa de los dioses sabían que tendrían más
posibilidades de exterminarlo si antes . conseguían dejarlo ciego.
El derivante tenía que actuar, y rápido, sin conceder a sus perseguidores
tiempo para pensar. Se encaramó a la pared, abriendo con los puños
agujeros donde poder meter los pies, y como un gorila diminuto escaló la
torre vertical del edificio. Los rayos de plasma siguieron chapoteando
anaranjados y violeta contra su espalda, causándole más rabia que dolor.
Todavía no acababa de cerrársele una herida cuando ya otras tres más
pugnaban por romperle el cuerpo. El derivante apretó los dientes y siguió
escalando hasta lo alto de la torre.
Se plantó en ella, las piernas abiertas, la boca desencajada, justo a
tiempo de contemplar, ensangrentado y ennegrecido, el pelo al aire, que uno
de los dos Centinelas había caído en su trampa: Aprovechando el paréntesis
producido por su escalada, uno de los dos policías decidió imprudentemente
pasar al cuerpo a cuerpo.
Le agarró el puño antes de que pudiera descargar un golpe atronador en
su rostro de piedra. El vuelo en picado del hombre quedó interrumpido,
como una serpentina lanzada demasiado pronto. El Centinela gritó un
segundo antes de tiempo, como si supiera de antemano que el derivante iba
a arrancarle de cuajo el brazo. No tuvo tiempo de sentir dolor. Un codo
hundido en el visor hizo asomar fragmentos de plastimetal por su nuca.
Frenético ahora, pues en el cielo un par de manchas de oro avisaban que
no le quedaba sólo un Centinela a la caza, sino tres, el derivante soltó la
abrazadera ensangrentada y se la calzó mientras arrojaba al suelo el resto
del miembro desgajado.
—Oro Uno a Oros Cuatro y Cinco. Ese cabrón tiene el disparador de
Rowinski. Pedid refuerzos. No lo perdáis de vista, pero que no se os ocurra
pasar al ataque.
Un rayo anaranjado brotó por encima del puño del derivante acosado, y
el líder de los Centinelas apenas tuvo tiempo de deflectarlo al cubrirse con
el escudo transparente que apareció como por ensalmo en su mano
izquierda. Con todo, el impacto le desequilibró peligrosamente, y sintió la
mordedura de fuego en el impulsor de sus tobillos. Un segundo trazo
encendido le quemó las entrañas, y apenas consiguió advertir, mientras se
precipitaba al vacío, que el derivante había saltado hasta su altura y le había
descerrajado un tiro en plena garganta.
—Los derivantes —continuó Davinia Cross, mientras tiraba al
reciclador orgánico el corazón roído de su manzana. En las pantallas, el
superhombre de rostro rubio y sonriente parecía ejecutar una extraña tabla
gimnástica—. ¿Qué sabemos de ellos, Klaus? Nada. Menos aún que de los
dioses. De vez en cuando aparece alguno, y de inmediato los perros de la
guerra caen sobre ellos y los eliminan sin problemas. Después de todo, no
se puede desobedecer al amo, ¿no es así? No es sensato. Han advertido que
sus atributos incontrolados pueden ser un problema, y ya sabemos que los
problemas en este planeta no se solucionan, sino que se cortan. De raíz.
—Ya has oído a Kincaid, Murdock —dijo Andrea Vanderbilt, Oro
Cuatro, a su compañero de escuadrilla—. Ese derivante es peligroso. Sabe
luchar. Llama a Quebrantahuesos y pídele un destacamento entero de
refuerzos.
—Se nos volverá a escapar si no actuamos de inmediato, Andrea —se
quejó Oro Cinco—. Lo mejor sería actuar en fuego cruzado.
—No es ningún novato, Oro Cinco. Pide refuerzos antes de que sea
demasiado tarde. Ya has visto cómo ha tratado a los demás. No intentes
jugar al héroe y obedece.
A regañadientes, Murdock Fisk tecleó en el metal de su antebrazo la
señal que alertaría a los otros Centinelas en el Cuartel General más cercano.
De inmediato, una lucecita verde anunció la conformidad con su
petición.
—Vienen de camino, Andrea, como querías. Ahora, será mejor que le
lances una trazadora antes de que vuelva a escaparse.
—De acuerdo. Pero nada de actuar hasta que tengamos a los demás
aquí.
—Órdenes son órdenes.
—Acción indirecta. Fuego cruzado mientras le envío una sonda. Y por
el amor de Dios, ten cuidado con ese láser que empuña.
Como gimnastas forrados de acero, los Centinelas se zambulleron al
encuentro del derivante. Éste los esperaba, a pie firme, confiado en la
seguridad de su arma robada. El cuerpo entero le ardía, consumido por
medio centenar de aguijonazos.
Los Centinelas revolotearon a su alrededor, manteniéndose siempre
fuera del alcance de sus rayos. Algo frío y metálico se le adhirió a la
espalda, y por un momento pensó que podría tratarse de una bomba en
miniatura. No, demasiado espectacular. Su vida no valía tanto como para
destrozar una manzana entera de casas. Se trataba de una sonda. La arrancó,
la destrozó entre sus dedos negros.
Uno de los dos Centinelas hizo una pirueta y le disparó una ráfaga que
erró por más de una docena de metros. Cobardes. Tenían miedo de
acercarse. Ya habían visto lo que sucedía cuando se enfrentaban
directamente, cuerpo a cuerpo. Y ahora que también él tenía fuego en las
manos la situación podía alargarse indefinidamente. No, no tanto. Al menos
se prolongaría hasta que otra docena de perros de caza apareciera dispuesta
a morderle los talones.
Estudió el arma en su muñeca. Con las yemas enrojecidas de sus dedos
tecleó un programa único, modo sobrecarga. Entonces, enfocando hacia
arriba todo el poder del disparador, abatió como a una mosca a uno de sus
perseguidores.
—¡Andrea! —fue lo único que tuvo tiempo de gritar Oro Cinco antes de
desplomarse como una piedra. El disparo había alcanzado directamente su
generador de energía. Cayó. El impacto contra la torre le hizo perder el
conocimiento.
Sin tiempo a pensar, el derivante volvió a cargar el arma. Sólo hay
energía para un disparo, advirtió la voz metálica de la pistola. Mierda. El
último Centinela se hundió en picado, al parecer alertado por la caída de su
compañero. Extrañamente, no descargó su arma. Se encontraba a menos de
dos metros de él, revoloteando como una mariposa. Había algo extraño en
sus ojos protegidos por la escafandra de plastimetal. Antes de que pudiera
volver el brazo hacia aquella súbita aparición, el derivante advirtió que una
vez más se enfrentaba a una mujer.
Estiró el brazo mientras la Centinela se posaba a su lado, casi
graciosamente, como si no pesara nada. Unos dedos forrados de metal
dorado le agarraron la muñeca, deteniendo el movimiento de apuntar que
había comenzado. Forcejeó con la mujer. Su mano libre se cerró en torno al
peto y logró arrancarlo como si fuera un trozo de plástico mal adherido. La
tenaza en su muñeca se redobló. El derivante disparó casi sin mirar, pero el
olor a armadura perforada y carne quemada le advirtió que había hecho
blanco.
La Centinela se tambaleó, pero no soltó su presa de muerte sobre el
brazo. El hueso de la muñeca chasqueó, el brazalete saltó hecho trizas. Con
los ojos desorbitados de espanto, el derivante estudió la herida que había
abierto, el negro círculo de carne quemada que asomaba como una flor
marchita bajo la clavícula izquierda de la mujer.
La herida abierta burbujeó un segundo, como si los pétalos de aquella
misma flor se agitaran un instante bajo un viento inexistente. Y entonces
empezó a cerrarse, primero muy despacio, luego a toda velocidad,
cubriendo con una nueva capa de células sanas el destrozo causado por el
último estertor del arma.
—¡La regeneración! —exclamó el derivante, aturdido, mientras sus ojos
estudiaban el rostro anónimo al otro lado del casco. Una nueva mano ajena
se engarfió alrededor de su cuello, apretando la glotis como si quisiera
exprimir una naranja—. Tú... tú eres igual que yo. Eres una de los nuestros.
Andrea Vanderbilt continuó apretando. El derivante, espantado, no supo
o no quiso reaccionar. Aquello era algo completamente nuevo para él, como
también lo era en cierto modo para la propia Andrea.
—Silencio —susurró, con un tono que por sí solo podría ya causar la
muerte—. Sobre todo, silencio mientras te mato. No hables.
Los dedos se hundieron hasta adentro, desgarrando tejidos y aplastando
cartílago. El derivante la miró con los ojos espantados, la sangre corriéndole
por la boca.
—¿Por... por qué?
El derivante no tuvo tiempo de oír la respuesta. La presión de la mano
de acero le arrancó la garganta de cuajo, destrozando órganos más
rápidamente de lo que el poder regenerativo que ambos compartían podría
reponer. En un instante, el enemigo se convirtió en un peso muerto que
sangraba, un guiñapo.
—Porque eres tú o yo, hermano —dijo la mujer en un suspiro—. Tú o
yo, simplemente.
Abrió la mano. El derivante, como un globo vacío, se vino al suelo.
Andrea vio que entre los dedos salpicados de rojo se le había quedado
prendida una cadena de la que pendía una figurita extraña, parecida a un
pez de plata. Una nueva presión de sus dedos la convirtió en una mancha de
polvo que quedó olvidada en el suelo, recortada en la noche contra un
borbotón de sangre.
De alguna manera, en algún momento indeterminado del pasado más o
menos remoto, la supremacía del homo sapiens sobre las demás criaturas de
la Tierra se vio anulada por la aparición inesperada del homo maximus.
Igual que el resto de la humanidad, convertida ahora en exponente de lo que
algunos llamaban con cierto sarcasmo el homo impotens, Davinia Cross
ignoraba qué cadena de acontecimientos había desembocado en la actual
situación, cómo habían encajado los engreídos hombres y mujeres de
generaciones pasadas el ser despojados de los atributos que un día habían
querido equiparar a los del mismo Dios, pero sí sufría, hora tras hora, la
carga de sus consecuencias. Ya no llevaba la cuenta de los meses, los años
enteros, que había pasado a solas en la seguridad relativa de su
apartamento, investigando en libros, redes de información y bibliotecas de
datos virreales, buscando en aquellos modernos jeroglíficos la pista mínima
que le permitiera desembocar en una interpretación de la historia hasta
ahora inexistente. La situación, de puro incómoda, había dejado de ser
puesta en entredicho. Existía, y eso era todo. Las cosas eran de esa manera,
simple y llanamente, gustara o no, y la costumbre repetida había clavado los
dientes de su cepo en la frustrada sociedad humana. Era el signo de los
tiempos.
Hasta ahora. Hasta ahora mismo. Con los dedos todavía temblorosos
Davinia Cross volvió a contemplar las imágenes que su colibrí pirata había
traído a casa aquella misma noche. El pequeño aparato electrónico, no más
grande que un dedal, indetectable a los radares y los otros tipos más
sofisticados de sensores que eran dominio exclusivo de los Centinelas,
había llenado la pantalla de su videordenador con unas imágenes capaces de
provocar más revuelo que la onda expansiva de una bomba.
Por cuarta o quinta vez, el desfile de cuerpos forrados de metal danzó
arriba y abajo en la pantalla plana, describiendo las piruetas voladoras de
los servidores de la ley y el orden y la huida a la desbandada del pobre
desgraciado al que perseguían. El sonido no se reproducía con demasiada
nitidez, y de vez en cuando las imágenes perdían profundidad de campo o
sufrían un deterioro en el color: señal inequívoca de que ni siquiera la más
sofisticada tecnología pirata estaba a salvo de las interferencias producidas
por los uniformes metálicos de los Centinelas. Pero lo que el diminuto
registrador había captado estaba más allá de sondas y trucajes. Era dinamita
pura, y le pertenecía sólo a ella.
En el transcurso de la refriega, el fugitivo había sido capaz de eliminar a
cinco de sus oponentes, para ser destruido a su vez, sin contemplaciones,
por el sexto Centinela, una mujer, aunque ese dato apenas tuviera
importancia.
—Alto —dijo, en medio del silencio sordo de la habitación en sombras.
Inmediatamente, la escena se bloqueó—. Primer plano del disparo.
La imagen se centró en el impacto de la descarga de plasma en el peto
abierto de la Centinela. Con plena nitidez, sin perder definición pese a los
grados de aumento, el colibrí reprodujo el chisporroteo del metal y la carne
chamuscados, la sangre escapando a borbotones, la tensión de los músculos
cercenados. Y entonces, tras un instante de vacilación, la herida que
empezaba a cerrarse.
—Primer plano de la boca del fugitivo —ordenó Davinia, mientras
buscaba a tientas la taza de té y mordisqueaba los restos de su sándwich. El
videordenador obedeció de inmediato. Davinia cogió un lápiz medio roído y
dio golpecitos sobre la mesa hasta que se dio cuenta de que no conseguiría
más que romperle la punta.
El sonido había vuelto a fallar en la grabación, pero la educación de
periodista de Dave incluía las diversas variantes del lenguaje para sordos.
Lo que el fugitivo derivante decía a su asesina no le producía ninguna duda.
__¿La regeneración? —murmuró Dave, y las palabras se dibujaron en
los labios ensangrentados que ocupaban toda la pantalla—. La regeneración
—aseveró.
En su intento de revolotear alrededor de los dos últimos personajes del
drama para así ofrecer una panorámica más completa de la situación, el
colibrí había perdido las siguientes palabras y la respuesta de la Centinela,
ignorante de que el sonido iba a quedar defectuoso en la proyección final.
Pero, por lo demás, el asunto estaba claro. El derivante había resistido las
descargas y los golpes de sus cazadores gracias a una de las cualidades que
lo situaban por encima de la humanidad común y corriente, y esta mujer
guerrero la compartía también. ¿Cómo si no explicar su milagrosa
recuperación tras un disparo a bocajarro? Otro misterio más. Así pues, en el
mundo de hoy existían los dioses, los derivantes... y esta Centinela
desconocida. Consultó la placa de su peto destrozado: «A. Vanderbilt.» Los
galones anunciaban su graduación de cabo. Pero, evidentemente, aquella
mujer era algo más de lo que parecía.
Un sonido suave, casi un chasquido imperceptible, le hizo volver la cara
hacia la izquierda. Supo, antes de enfocar la mirada, de qué se trataba. Su
receptor de televisión. Miró de reojo la hora. Justo a tiempo para las últimas
noticias. El sistema de grabación del vídeo había empezado a funcionar,
programado como siempre para cribar más adelante las noticias que no
prometieran nada interesante.
—Imagen —pidió Davinia. Una de las pantallas del televisor se
iluminó, mostrando los rasgos familiares de Werner Balance, que repetía la
hazaña una vez más. El flequillo canoso, los ojos brillantes, las manos
pausadas. Nada hacía suponer que no se tratara de un presentador real, sino
de una simulación holográfica. El verdadero Balance había donado sus
órganos a la ciencia después de que el quinto infarto se lo llevara al horno
crematorio justo diez minutos antes de salir en antena. Eso debió de ser allá
por la Edad Media, cuando su madre todavía era una niña. Pero las
encuestas de Habilidad seguían siendo las que mandaban. Y nadie era más
digno de confianza que el viejo y equilibrado Werner Balance.
—Un hecho sin precedentes se ha producido hace unas horas cuando un
terrorista derivante atacó a seis miembros de las fuerzas del orden y mató en
el acto a cuatro de ellos —anunció el falso presentador, sin dar las buenas
noches por razones obvias: todavía era de día en la otra mitad del mundo
que contemplaba el programa.
Vaya, pensó Davinia, al menos van a informar sobre el tema. Me
pregunto qué dirán de la cabo Vanderbilt.
Era una esperanza vana, naturalmente. La mujer policía había zanjado la
pregunta abierta del derivante antes de que tuviera tiempo de reponerse de
la sorpresa, sin duda para ocultar... lo que quería que se ocultase. Diez años
de profesión habían enseñado a Davinia a no apresurarse a la hora de dar
cuerpo y forma a las conjeturas.
Para su sorpresa, el plano medio del presentador fue sustituido por una
panorámica nocturna de la arcología. Entre los puntos de luz de torres y
ventanas apareció una figura grotesca, deforme, como surgida de una
pesadilla. Formando un arco iris cojo, seis estelas le siguieron los pasos,
anunciando la llegada de los Centinelas. La imagen era nítida, bastante más
de lo que Davinia había conseguido con su colibrí, pero a pesar de algunos
cortes imprevistos y las salidas de ángulo de los siete protagonistas de la
historia, no hacía falta ser un lince, ni tener una grabación paralela de la
anécdota, para comprender que la escena ; era falsa. Las «reproducciones
dramáticas» eran norma aceptada en los medios de comunicación de masas
desde hacía siglos, y a la opinión pública no parecía importarle un pimiento
que lo que veía no fuera verdad, que estuviera mediatizado por las ideas y
tendencias de los sponsors de un programa, o que creara corrientes de
opinión a partir de unas premisas absolutamente falsas.
El derivante era más feo, más brutal, y casi parecía sacado de una de las
tiras de cómics que cualquier escolar leía en su ordenador personal. Incluso
el movimiento era también entrecortado, afectado y anguloso. La diferencia
se hallaba en que la simulación era perfecta y no parecía vacilar antes de
llegar a un hipotético «cambio de página» que le llevara, por decisión del
lector, a una situación determinada u otra.
—Vuelve a reproducir —ordenó Davinia al colibrí, y comprobó punto
por punto cómo difería la versión «oficial» de la que tenía en sus manos, la
verdadera.
De algún modo, los anónimos artistas encargados de dar vida a la
simulación habían conseguido que los Centinelas, a pesar de su evidente
superioridad numérica, parecieran en desventaja ante la sensación de poder
bruto que emanaba del falso derivante. Davinia se subió las gafas y
contempló, entre indignada y divertida, cómo la historia remendada seguía
de forma aproximada los hechos reales, salvo que los Centinelas fueron
cayendo a traición, por la espalda o gracias a tretas sucias, dignas del peor
espectáculo de lucha sobre barro.
—El terrorista —anunció la imagen siempre paternal de Werner
Balance cuando se asomó a una esquina de la pantalla—, cuyo nombre y
filiación no han sido facilitados, pudo ser finalmente reducido gracias a la
valiente intervención del agente Murdock Fisk y la cabo Andrea Vanderbilt.
Como resultado, el agente Fisk recibió graves heridas de las que se recupera
en el hospital Siegel Memorial.
Davinia sonrió y apuró el té. Los derivantes eran oficialmente
«terroristas», aunque jamás se había apuntado cuál podría ser la hipotética
causa que defendían. En un mundo que había superado a la fuerza la lacra
de las ideologías, la aureola romántica que el término pudiera haber tenido
para algunos en otra época, toda la parafernalia añadida para querer
considerarlos en el fondo luchadores por la libertad o revolucionarios que
combatían por el bien común, no importaba que hubieran perdido el norte y
optado por métodos poco ortodoxos, se convertía ahora en una actitud
absurda, más digna de una ópera bufa que de una mala novela por entregas.
Pero, una vez más, era lo que la gente quería. Una vez más, era aquella
imagen de fábrica lo que vendía.
En la pantalla, una figura de oro se precipitó al suelo cabriolando.
Davinia supuso que se trataba de la simulación del agente Fisk en su
derrota. El otro Centinela se abalanzó contra la jorobada masa del derivante
de ficción, quien no vaciló en disparar sobre ella una descarga de plasma.
En esta versión, sin embargo, la cabo Vanderbilt tenía tiempo de conectar el
escudo de fuerza antes de que el impacto le reventara el pecho, y una
cascada de flores incandescentes cayó sobre su armadura y resbaló sobre su
casco. Entonces, mientras se posaba en tierra, abrió los brazos y descargó
un poderoso puñetazo contra el rostro deforme del derivante. Davinia
imaginó los aplausos de medio millón de niños al ver la limpia manera en
que la agente de policía aseguraba una vez más la tranquilidad de su sueño.
Por el rabillo del ojo, volvió a observar cómo los dedos ensangrentados de
la mujer aplastaban la laringe del fugitivo, exprimiéndole la vida como si
sacase las vísceras del interior de un pájaro. En el más puro estilo de los
héroes de antaño.
La simulación ofreció un radiante primer plano del rostro sereno de
Andrea Vanderbilt, que se alzaba el visor como un paladín tras haber
derrotado en buena lid a un monstruoso dragón o al más pérfido sarraceno.
Entonces, en un alarde de malabarismo técnico, sin que hubiera ninguna
diferencia apreciable entre imagen informática y realidad, el rostro de la
Centinela ocupó las dimensiones completas de la pantalla.
—Sólo cumplí con mi deber, señores. No hay más comentarios.
El ángulo de la cámara se retiró lo suficiente para mostrar a una nube de
periodistas con sus grabadoras al hombro. Dave volvió a sonreír. Todos
podían correr tras el premio: Ya era demasiado tarde para que llegaran a
ninguna parte.
—Cabo Vanderbilt, ¿es cierto que el terrorista puede pertenecer a una
estructura organizada de tipo paramilitar? —preguntó algún imbécil. Dave
creyó reconocer la voz de uno de sus compañeros del vidiario.
—He dicho que no hay comentarios.
Todo un dechado de modestia y simpatía, la cabo Vanderbilt, decidió
Davinia. Sin hacer caso al puñado de ineptos que intentaban en vano
sonsacarle una información que ninguno merecía, la poderosa mujer
soldado se dio la vuelta y terminó de subir unas escaleras. Sin duda, se
trataba del hospital que el simulacro de Balance había mencionado. El
rostro afable del presentador sustituyó a la imagen real, hizo un comentario
intrascendente y pasó a otro tema que a Dave no le interesaba en este
momento.
—Vuelve atrás —ordenó al televisor—. Congela la imagen anterior.
Una vez más, los rasgos de Andrea Vanderbilt cubrieron el rectángulo
de la pantalla. Davinia la observó, como si leyera un mapa. Era una mujer
hermosa, pero su belleza no tenía un ápice de debilidad, como sucede tantas
veces en muchas mujeres más dotadas para la pose que para la charla.
Debía de tener aproximadamente la misma edad que Dave, tal vez un poco
más joven, y sus cabellos rubios cortados al estilo militar le daban un tono
anguloso que cuadraba muy bien con sus frases cortantes. Era una mujer
fuerte, pero equilibrada. En tensión, pero bajo control. Davinia estudió las
hermosas facciones hasta que le quemaron las retinas.
—¿Y tú, cabo Vanderbilt? —preguntó en voz alta—. ¿A qué clase de
organización perteneces?
Se giró en la silla, abrió el maletín y desplegó el teclado. Conectó uno
de sus rastreadores, especialmente modificado por los mejores piratas de los
bajos fondos para inmiscuirse en cualquier sistema de seguridad, y escribió
rápidamente la orden de búsqueda. Apenas un segundo después, otra de las
pantallas del televisor se llenó de datos e imágenes.
—Tendría que haberlo imaginado —se reprochó Davinia mientras
procedía a archivar el caudal de datos—. ¿Es divertido ser la reina de la
fiesta, cabo Vanderbilt?
El rastreador había traído de vuelta lo primero que había encontrado en
los bancos de datos de la Central de los Centinelas. Y, evidentemente, tras la
acción de hoy, la cabo Vanderbilt se había convertido en la mejor relaciones
públicas del cuerpo de nuevos centuriones. Su biografía y demás datos
personales, archivados y de acceso reservado en condiciones normales,
estaban ahora disponibles para cualquier curioso que quisiera conocer a
fondo la historia de la mujer capaz de vengar la masacre de sus camaradas y
librar al mundo de una amenaza intolerable. Naturalmente, Dave sabía que
tenía que haber más datos, clasificados y reservados para los ojos del
personal militar, los cónsules del Sector o incluso los propios dioses. Pero,
de momento, lo que había asomado en sus pantallas le bastaba: Tenía
intención de sacar el resto de la información de labios de la propia Andrea.
Memorizó los detalles de su ficha. VANDERBILT, ANDREA M. Se
preguntó qué querría significar la inicial. ¿Margretta? ¿María? No
importaba. Ya lo averiguaría más adelante. Siguió leyendo. Los
impresionantes datos de su altura, su peso, sus medidas. Era soltera, claro.
Con aquel cuerpo (y aquellas tendencias homicidas, dijo una voz burlona en
el interior de la periodista), ¿quién iba a querer las complicaciones de
matrimonios, hijos, riñas, amantes y divorcios? No ella, desde luego. En ese
punto, Davinia Cross había quedado más que servida.
La edad de la mujer policía la sorprendió. Tan sólo veintidós años.
Cuatro menos que ella misma. Con cierta sorna, decidió que la armadura y
el uniforme la hacían parecer mayor. La falta de maquillaje y el rapado
militar tampoco harían de ella una modelo, desde luego.
Vamos, Dave, escuchó mentalmente la voz de Klaus Vildmann. No seas
envidiosa. ¡Ya quisieras tener el tipo de esa mujer!
—Y no sólo el tipo, Klaus querido —murmuró entre dientes, aunque
aceptaba la crítica—. Si pudiera curarme los catarros con la rapidez con que
ella se recupera de las heridas...
El resto del informe consistía en menciones honoríficas, datos escolares
y otras tonterías sin importancia. Davinia certificó que a menos que alguien
descubriera su secreto, la popularidad de la cabo Vanderbilt no sería más
que flor de un día.
Hubo un par de detalles que le llamaron la atención. Su padre era
catalogado como «desconocido» y su madre aparecía como «fallecida».
Nada fuera de lo común, ciertamente, pero una campana de alarma resonó
en la cabeza de Dave. Instinto de periodista, viejo Klaus. Sé captar como
nadie dónde se encuentra el hilo que me conduzca al ovillo de una noticia.
Davinia mordió el lápiz, se concentró unos instantes y empezó a teclear
a toda velocidad. Una sonrisa inefable se le fue abriendo camino entre los
labios.
Aburrido hasta la saciedad, Murdock Fisk contemplaba las pantallas de
la pared de su habitación, intentando encontrar algún atractivo en la
sucesión de anuncios y programas repetidos. Al final tuvo que contentarse
con una insulsa competición deportiva que acabó por despertar su interés
cuando la lucha pasó de las canchas a las gradas y el deporte se convirtió,
como de costumbre, en una batalla campal sangrienta y aparentemente
desorganizada. Por la actuación de los servicios de orden y efectivos
policiales y la réplica de los aficionados enfebrecidos, Murdock supo que el
partido de esta noche no se cerraría con menos de una cincuentena de
muertos. No era mala cifra. Por lo demás, resultaba imposible predecir cuál
sería el resultado final del encuentro, ni suponía que a estas alturas de la
refriega le importara ya a nadie.
Una enfermera acudió para tomarle la temperatura y comprobar con su
escáner de muñeca la precisión con que seguían cicatrizando sus tejidos.
Murdock sonrió en todo momento y no opuso ninguna resistencia cuando la
joven palpó con poco disimulo la tensión de sus músculos reformados.
—¿Duele?
—Pica.
Murdock era consciente de su éxito con las mujeres, y temía que su
reciente popularidad fuese a acabar acarreándole más de un problema. A fin
de cuentas, era un hombre guapo, una casualidad como cualquier otra, por
ventajosa que fuera, y su rostro aparecía ahora cada cinco minutos en todos
los informativos y videoperiódicos del continente, sólo superado por el de
su compañera Andrea. Murdock suspiró mientras la enfermera se marchaba.
Últimamente pensaba mucho en la joven cabo. Demasiado, tal vez. Las
reglas eran tajantes al respecto: Nada de relaciones amorosas entre
miembros del Cuerpo de Centinelas. Sin embargo, no conseguía
desprenderse de la cabeza la idea de que, por ser fruta prohibida, Andrea
Vanderbilt le atraía de una manera que podía acabar siendo peligrosa. Por
desgracia, mientras ella acaparaba la atención de los medios de
comunicación y la reverencia del público, él tenía que continuar postrado en
este maldito hospital, con las dos piernas rotas y media docena de costillas
hechas pedazos.
La puerta de la habitación volvió a descorrerse. Murdock apartó la
mirada de las pantallas, donde hombres y mujeres se enzarzaban en un
cuerpo a cuerpo incontrolado y salvaje, y vio en el umbral a la propia
Andrea, puntual como cada tarde alterna, vestida con el uniforme de paseo
reglamentario.
—Mira quién tenemos aquí, la heroína de todos los noticiarios.
—No me lo recuerdes, Murdock —contestó la mujer, mientras se
quitaba la boina y le besaba formalmente en la mejilla—. He tenido
periodistas para el resto de mis días. Y a ti, ¿qué tal te sienta la
popularidad?
—Mi madre está encantada. Ya sabes, tener un hijo héroe debe de ser
aún mejor que tenerlo cura. Pero al menos me he librado del acoso de los
periodistas. Lo malo es que las enfermeras de este hospital son todavía
peores que el sargento Bloccher. Una mirada se cruzó entre los dos.
Murdock pensó de nuevo, como había hecho un centenar de veces ya, que
parte del indudable atractivo de Andrea Vanderbilt quedaba reforzado por lo
esquivo y huraño de su carácter.
—¿Cómo está, por cierto? —preguntó, un poco incómodo por el
instante de silencio. A veces, tenía la impresión de que la tensa reserva de
Andrea procedía de una mala canalización de sus propios sentimientos
hacia él. Otras, se reprendía a sí mismo porque una especie de deformación
profesional le impulsaba a pensar que la mujer escondía algún tipo de
secreto.
—¿El viejo Quebrantahuesos? ¿Cómo quieres que esté? Más gruñón
que nunca. Matará de agotamiento a los sustitutos de Paula, Jean-Marie y
los otros.
—Como siempre, ¿eh?
—Más o menos.
Los dos se echaron a reír con cierta tristeza mal disimulada en recuerdo
a los compañeros caídos. Otro momento de silencio se abrió entre ellos.
Murdock se volvió hacia la videopantalla, que estaba mostrando otra vez un
enésimo noticiario sobre el incidente.
—No recuerdo que fuera así exactamente.
—Ya sabes cómo son los periodistas. Todo lo exageran o lo endulzan —
contestó Andrea, ausente.
—Es absurdo —comentó Murdock—. Nuestras armaduras llevan
deflectores y aparatos para interferir cualquier cámara espía sofisticada. La
red televisiva tiene prohibido seguir nuestras misiones con sus unidades
portátiles. Y al final acaban emitiendo una simulación gráfica de la batalla
que se parece poco o nada a la realidad.
—Tal vez eso sea lo que se pretende.
—Lo sé, lo sé. Sabes que me gustan los derivantes tan poco como a
cualquiera. Más de una vez he sido testigo de cómo dan rienda suelta a su
crueldad. No son humanos, en eso todos estamos de acuerdo. Tal vez hayan
salido del infierno o sean los infiltrados de una invasión de otro planeta,
como comentan las revistas sensacionalistas. Pero su aspecto no es tan
exageradamente deforme como el que describen en los noticiarios.
—Tampoco nosotros cumplimos nuestras misiones con la limpieza que
las pantallas reproducen. Acuérdate del incidente de Genova el verano
pasado.
Murdock se encogió de hombros.
—Hay que combatir el fuego con el fuego. Por cierto, ¿cómo acabaste
con ése?
—Más o menos como se ve en la reproducción —mintió Andrea, sin
dejar de juguetear con la boina negra y verde—. El impacto de la descarga
de plasma rebotó en mi escudo y le derribó. Aproveché el momento de
ventaja y le arranqué la garganta. En televisión lo ponen más bonito, pero
eso fue todo. Supongo que tuve suerte.
—Los dos la tuvimos. El hijo de perra sabía luchar.
—Díselo a los otros cuatro.
—Andrea, no he tenido tiempo de decirte...
—Hoy por ti mañana por mí, muchacho —interrumpió ella, antes de
que él tuviera tiempo de dar forma coherente a sus pensamientos—. ¿Qué
querías que hiciera? ¿Dejarle que te rebanara el cuello? Además, así no
tengo que soportar yo sola el peso de la fama.
Las imágenes trucadas desaparecieron de la pantalla. Murdock murmuró
una palabra y desconectó el aparato, al tiempo que una musiquilla relajante
ocupaba la banda de sonido.
—¿Sabes por fin cuándo te echarán de aquí? —preguntó Andrea
después de otro par de segundos de silencio.
—Dentro de dos o tres días, si los tejidos regeneran como es de esperar.
Me temo que la semana que viene estaremos otra vez sobrevolando tejados
y deflectando lásers en la sala de entrenamiento, sin que nos hayan dado
una medalla ni un aumento de sueldo en reconocimiento a la dureza de
nuestra piel. Milagros de la medicina moderna.
—Recupérate pronto, Murdock.
—Es lo que pienso hacer, mi cabo.
Con una timidez impropia de una mujer capaz de desempeñar con plena
soltura su mortífero oficio, Andrea Vanderbilt se inclinó hacia delante y
besó fugazmente a su compañero en los labios. Cuando Murdock quiso
responder a la caricia, sólo fue consciente de que la puerta se cerraba con un
susurro y ella se había marchado.
El tono aséptico del hospital la ponía nerviosa. Su limpieza le parecía
falsa, forzada, un barniz que ocultaba el drama de los cuerpos dolientes y
las úlceras abiertas que se desarrollaba imparable al otro lado de cada una
de aquellas puertas. Sin mirar a ningún sitio, procurando no oler siquiera el
frío aire desinfectado, Andrea Vanderbilt apretó el paso y se dirigió a la
salida trasera. Sentía la tensión en sus músculos, el cosquilleo nervioso ante
la posibilidad de ser reconocida, señalada, acorralada una vez más por los
cretinos humanos capaces de considerarla una salvadora de su raza y no una
mercenaria a sueldo del poder de los dioses. Si unos y otros supieran...
Cerró el mismo puño derecho con el que, tan sólo unos días antes, había
extirpado de raíz la vida del fugitivo derivante, el origen de su actual
situación bajo los focos de la fama y la popularidad, lo último que habría
deseado en este o cualquier otro universo de probabilidad. De todas formas,
la situación era ya irreversible. No podía volver atrás. El fugitivo la había
descubierto, y la fuerza de sus dedos se encargó de permitirle continuar
disfrutando de la seguridad de su secreto.
Llamó al ascensor. Apenas diez segundos más tarde, la doble puerta de
plastimetal se descorrió. Andrea estudió la cabina en una décima de
segundo, el tiempo suficiente para comprobar que no había nadie dentro.
Dio un paso al frente. Sin mirar a la célula receptora, murmuró las palabras
planta baja. La puerta empezó a cerrarse y por el espejo la Centinela vio
una mano que se interponía justo a tiempo para cortar su avance. Se volvió,
fastidiada, molesta, conteniendo la respiración, fuego en los ojos y disgusto
en los labios. Si tenía que compartir el trayecto de bajada con algún
enfermo...
No. Era una mujer joven, como ella. Tal vez una visitante. Por instinto,
Andrea miró hacia el techo, dando tiempo a la recién llegada a instalarse en
el otro rincón de la cabina.
—¿Cabo Vanderbilt? —dijo la mujer; no era una pregunta de
inseguridad. Andrea parpadeó irritada. La había reconocido, después de
todo. No se molestó en ofrecer una falsa sonrisa—. Soy Davinia Cross, de
VlDNEWS INC. Quisiera hacerle un par de preguntas.
Andrea miró a la mujer como desde lo alto de una montaña. Giró la
cabeza y trató de olvidar su molesta presencia, igual que haría si se
encontrara en el paso de un conocido al que resultaba más conveniente
ignorar. Sin apenas movimiento perceptible, el ascensor comenzó su largo
viaje hacia la planta solicitada.
—Lo siento, señorita Cross —contestó con un susurro que era puro
hielo—, ya he dicho todo lo que tenía que decir a los periodistas.
La otra mujer aguantó su mirada, como intentando taladrar su
expresión. Andrea supo que no iba a aceptar una negativa fácil a su estúpida
curiosidad.
—Creo que encontrará mis preguntas un poco más... interesantes.
Andrea la miró con disgusto.
—¿Qué me puede decir de esto?
Casi con desprecio, la mujer morena le arrojó media docena de
fotografías a la cara. El corazón de Andrea Vanderbilt se paralizó en su
pecho cuando en un destello captó lo que eran: De algún modo, esta
periodista entrometida había conseguido un reportaje sobre la batalla contra
el derivante de días atrás. Allí estaba, el estrangulamiento implacable, la
caída y derrota de Murdock Fisk, el cadáver del fugitivo recortado contra un
océano de sangre oscura.
—¿Se dedica a hacer simulaciones dramáticas por ordenador, señorita
Cross? —preguntó con forzado desdén—. No veo qué sentido puedan tener
unas imágenes trucadas como éstas.
—Esas imágenes son reales, como muy bien sabe, cabo Vanderbilt —
contestó la otra mujer, sin inmutarse—. Tengo una grabación donde aparece
punto por punto el encuentro de su escuadrilla con ese individuo, el acoso y
derrota de sus compañeros, y la forma poco ortodoxa en que se deshizo de
él. Conozco su secreto.
Las manos de Andrea Vanderbilt temblaron levemente, pero su rostro
continuó siendo de acero. Midió la determinación de la mujer y supo que
tendría que matarla antes de que el ascensor llegara a su destino.
—No sé de qué está hablando —musitó, retirando la mirada de su
oponente, vigilándola por el espejo. Un segundo. No tardaría más que un
segundo en descargarle un manotazo que le partiera el cuello.
—¿No? —se burló la otra mujer—. Entonces, ¿qué explicación tiene
para esto?
Un fogonazo de plata en el espacio cerrado de la cabina, repetido en los
cuatro espejos que multiplicaban las imágenes como en una pesadilla.
Andrea Vanderbilt apenas sintió el picotazo taladrante de la aguja en su
mejilla, el surco caliente de la sangre liberada de la presa de contención de
carne y piel, la quemazón momentánea del objeto que la marcaba desde la
boca al párpado. Reaccionó como una máquina de combate y agarró a la
otra mujer por el cuello con la muerte sonriendo en sus pupilas. La levantó
un palmo, se preparó para ejercer presión, para aplicar mortal justicia.
—No... sea... estúpida —jadeó la periodista, alzando una mano en la
que sostenía un aparatito electrónico—. No puede hacerme daño. Todos los
videoperiódicos del mundo publicarán esas imágenes dentro de treinta
minutos si me sucede algo.
En el espejo, Andrea Vanderbilt comprobó la medida de su propio
miedo, de su odio. La cicatriz se había cerrado con la misma mágica rapidez
con que se había abierto en su mejilla. Sólo una mancha de sangre en su
uniforme era testigo de un suceso borrado de su rostro como si nunca
hubiera existido. Sin soltar su presa sobre el cuello de Davinia Cross, aflojó
la presión.
—Si estornudo, si tropiezo, si me rompo una uña o me tuerzo un tobillo,
cabo Vanderbilt, el mundo entero conocerá su secreto —anunció con
mortífera precisión la periodista.
—No tengo dinero. Su chantaje no le reportará ningún beneficio.
—¿Quién ha hablado de chantaje, cabo Vanderbilt? No he mencionado
el dinero. No lo quiero. Busco información. Sobre usted, sobre los dioses y
los derivantes. Quiero su cooperación, su ayuda en la palma de la mano.
Una pista falsa, un accidente fortuito, y la gloria de su éxito actual se le
convertirá en un infierno. El mundo entero sabrá que no es usted humana,
cabo Vanderbilt. ¿Me ha entendido? Suélteme.
La Centinela obedeció sin decir una palabra.
—Como ve, le propongo un canje razonable. Su colaboración a cambio
de silencio. Y ahora, ya que para las dos será más saludable continuar la
conversación en otro lugar, lo mejor es que hagamos caso a lo que dicen en
las viejas películas: ¿Vamos a su casa o a la mía?
Andrea Vanderbilt estudió a la mujer, buscando mil formas de matarla
en el acto, de retroceder en el tiempo, de encontrar la manera de interferir la
cadena que dispararía su amenaza si llevaba a cabo lo que más ansiaba en el
mundo. Supo que, tarde o temprano, el cadáver de la periodista yacería a
sus pies. Pero tendría que esperar. No había llegado el momento todavía.
Davinia Cross se alisó la camisa con una mano mientras con la otra se
arreglaba el pelo en desorden. Le dolía la garganta, pero no estaba dispuesta
a demostrar su inferioridad física a la otra mujer. Extendió la mano para
recuperar las fotos con las que había amenazado a la policía, pero no pudo
hacerlo: Las fotografías empezaron a humear, hasta que se convirtieron en
una antorcha entre los dedos de la Centinela, como la llama de advertencia
de un dragón a quien hubiera sorprendido en el laberinto prohibido de su
cueva.
Tenían todo lo que la humanidad había deseado siempre: belleza,
inteligencia, fortaleza, astucia, energía. Entre ellos y un atleta normal se
alzaba, el mismo abismo evolutivo que diferenciaba una escultura
renacentista de una pintura rupestre. Eran hermosos, y lo sabían. Eran
inteligentes, y estaban orgullosos de ello. Su fortaleza no tenía rival. Su
astucia sólo era equiparable a la de los depredadores más sofisticados de la
jungla. Y su energía era prácticamente inagotable. A los ojos de los
hombres, del cielo y de sí mismos, eran dioses. Y poseían el mundo. Y se
aburrían.
Nadie sabía con exactitud cuántos eran. Se les identificaba vagamente:
un destello en el cielo, una sonrisa deslumbrante, un cuerpo perfecto. Los
más avezados conocían los apellidos y los escudos de las familias más
destacadas de entre ellos: Los Bunyan, los Munroe, los Schmidt o los
Wayne. Ningún humano normal era capaz de apreciar las sutiles diferencias
que había entre un alto Stanovi y un poderoso Kent, el tono de piel
ligeramente variado o la estructura facial que distinguían a las diosas
Summers de las Maximoff. De un tiempo a esta parte, los propios dioses
habían empezado a parecerse entre sí, reforzando unos lazos de sangre que
los aunaban por encima de las frágiles criaturas humanas. Y, de cualquier
forma, nadie vivía lo suficiente para comprender que el lapso de vida de los
seres superiores era más largo de lo que cabría esperar incluso para ellos.
Algunos dioses eran muy, muy viejos. No era algo que se notara a simple
vista. Jonathan Bunyan, por ejemplo, estaba a punto de cumplir ciento
cuarenta años. Si se le pudiera comparar con un hombre normal, su aspecto
no haría pensar en más de cuarenta. Y aun así, hacía cosas que ningún homo
impotens sería capaz de imaginar ni aun estando drogado o borracho. Nadie
había visto jamás el anillo edén por dentro, ni siquiera los cónsules de más
confianza. Y el servicio era completamente automático. Por eso, los
humanos sólo podían especular qué clase de paraíso habitaban sus
superiores, en qué invertían las horas de sus días o los meses de sus años los
deslumbrantes hombres y mujeres que habían aparecido en la Tierra sin
duda para doblegarlos y sustituirlos. Jonathan Bunyan no prestaba atención
al olimpo en que habitaba, ni a las proezas físicas que su cuerpo perfecto
ejecutaba con la sencillez con que un oficinista se anuda la corbata. No
tenía sentido. Para él, como para sus hermanos dioses, perfección y
comodidad eran una sola cosa. Y si había que combatir el tedio con riesgo o
perversión, tanto daba. ¿Quién podría hacerlos plegarse a unas reglas
morales que, por su propia existencia, habían quedado obsoletas,
inaplicables para todo un nuevo modo de concebir la vida?
En este momento, dos docenas de cuerpos de ambos sexos flotaban en
una sala esférica, encendida desde dentro como una bengala. No iban
desnudos, aunque la suavidad de las ropas que vestían, ajustada a sus pieles
como uniformes circenses, hiciera parecerlo. Aunque de ellos emanaba
perfección y sensualidad, no se trataba de una orgía: Hacía tiempo que los
dioses invertían sus anhelos sexuales en otras empresas más divertidas, pues
la búsqueda de diversidad en el placer les había hecho romper las ataduras
de su propio círculo perfecto. Era un juego. Un deporte brutal, arriesgado,
sangriento, implacable y peligroso. Naturalmente, les encantaba.
Una sección de la pared curva se abrió y escupió con un alarido un trozo
de fuego ardiente. El proyectil tomó forma antes de chocar con la pared
opuesta y rebotar disparado hacia arriba, donde fue deflectado por uno de
los cuerpos metahumanos. El impacto hizo que el jugador, un superhombre
rubio de ojos tan encendidos como el objeto que perseguían, fuera
despedido hacia la pared más cercana, donde quedó atrapado como una
mariposa en una telaraña de plata.
—Uno a cero, Dmitri —rió una mujer, cabriolando en caída libre y
corriendo hacia el objeto, que había adquirido la forma de una pelota celeste
acuosa— ¡La tengo!
Agarró la pelota con su mano derecha y hundió las uñas en la pared, el
tiempo suficiente para cambiar de trayectoria. No había pasado un segundo
todavía y los veintidós jugadores restantes se abalanzaron ya hacia ella,
dispuestos a arrebatarle la pieza de buen grado o por la fuerza. La diosa
quedó aplastada bajo la potencia de cuatro hombres que se cebaron como
perros de presa sobre sus esbeltas formas.
—No debiste reír tan pronto, Sabine —se burló el dios atado a la pared.
Una descarga roja le hizo volver a cerrar la boca. Incapaz de aflojar la
fuerza magnética que le sujetaba, observó el juego del que había sido
eliminado tan rápidamente.
La pelota estaba ahora en poder de un hombre de piel oscura: Luther
Munroe, respetable jefe de su propia casa. Un negro testarudo, fuerte como
un dios mitológico, con cuello de toro y voz de volcán. El joven rubio
inmovilizado no pudo por menos que soltar una carcajada cuando la pelota
se convirtió en una estrella de seis puntas que le taladró la mano un segundo
antes de que se decidiera a soltarla. La sangre del superhombre negro quedó
flotando en el aire, como marcando una estela roja del paso de los dioses
hacia su meta.
La pared volvió a desplegarse. Un ariete se abrió como un puño,
alcanzando a cuatro hombres y una mujer, que quedaron ensangrentados en
el aire, aturdidos y sin posibilidad de continuar el juego de momento. Una
red de recogida los retiró de la cancha un momento después.
La pelota rebotó otra vez, cayó al suelo, salió despedida hacia el techo
como un surtidor de oro. Otro jugador la atrapó al vuelo, soportando la
descarga eléctrica que habría matado a cualquiera menos preparado.
Inmediatamente, cruzó el aire en busca de la portería donde debía insertarla.
Una doble patada cruzada lo detuvo.
La pelota se comprimió, deseando escapar de los dedos todavía cerrados
del hombre. Se convirtió en una masa gelatinosa y chorreó entre las uñas,
dejando un rastro púrpura sobre los nudillos y la palma. Una mujer la
recogió y la aplastó contra sus pechos, donde volvió a adoptar su forma
esférica.
No le sirvió de mucho. Un centenar de venablos de luz la clavaron a la
pared, dejándola inconsciente. Otra mano estaba al quite. Una muchacha
también negra, Galenne, la hija de Luther Munroe, perfecta con sus ojos
gris claro y sus cabellos blancos. Con una pirueta que dejó clavados a los
demás participantes, logró cruzar la pista y hundir la pelota en el círculo
central que indicaba que había marcado un tanto.
No tuvo tiempo de celebrar su victoria. Dos pelotas de fuego
aparecieron esta vez, eliminando a jugadores a diestra y siniestra,
cabriolando y danzando en un baile obsceno. Las paredes se abrieron de
nuevo: Redes y bolas aturdidoras, látigos de acero, un hilo de láser que
taladró la mejilla de una mujer rubia y asomó tiznado de rojo por el otro
lado de su hermoso rostro.
Jonathan Bunyan agarró una de las dos esferas vibrantes. La empuñó
con fuerza en la mano comprimida, flotó en el aire hasta que otros dos
dioses lo rodearon. No tuvo contemplaciones con ninguno de ellos.
Descargó un puñetazo contra el estómago del primero que consiguió
agarrarlo, abriendo la mano lo justo para ampliar con una descarga eléctrica
el impacto de su propia fuerza. Repitió la operación, aplicando esta vez la
palma abierta contra la entrepierna de la mujer que le seguía los pasos. Los
cabellos de miel de la diosa se erizaron y los ojos se le pusieron en blanco.
Había quedado eliminada del juego, y una máquina la retiró del terreno
entre espasmos.
Libre de sus dos perseguidores más inmediatos, Bunyan se precipitó
hacia el suelo, para desde allí impulsarse y recorrer la sala con una voltereta
perfectamente cronometrada con las trampas abiertas de las paredes.
Esquivó las boleadoras que pugnaban por enroscársele en las piernas, no
tuvo problema ninguno para quebrar como si fuera un hilo el cable de acero
que le buscaba el cuello, y capturó la segunda de las esferas mágicas en el
momento justo en que llegaba a la portería. Unió las dos pelotas en sus
manos y un rayo de luz multicolor brotó de entre sus dedos, anegando la
estancia de sonido y energía. La gravedad regresó al cumplirse el objetivo
del encuentro y uno por uno los dioses fueron cayendo al suelo, entre risas y
goterones de sudor y sangre.
—Tienes un ingenio diabólico, Jonathan —saludó una de las mujeres, el
sudor marcando una ruta cárdena entre sus pechos perfectos.
—No tiene ninguna gracia —rezongó uno de los hombres, todavía
envuelto en trozos de metal que coleteaban por su esbelto cuerpo como
serpientes vivas—. Si él mismo diseñó el sistema, no es extraño que resulte
imposible vencerle.
—¿Acaso no jugamos todos para ganar, Fenric? —sonrió Jonathan
Bunyan mientras a una orden susurrada las ropas se deshacían en esporas
casi invisibles. Un baño de aire y espuma envolvió a los jugadores, hombres
y mujeres por igual, que se entregaron al placer de la limpieza después de la
satisfacción de la violencia.
—No lo creo —intervino la voz oscura de Luther Munroe, mientras su
propietario se entretenía en sacarse gotas de sangre de la mano herida que
cicatrizaba rápidamente—. A veces es más divertida la emoción de la caza
que la cabeza de la presa.
—Hablando de cazas —dijo una de las mujeres, el vello púbico
resplandeciendo en oro bajo la espuma y la presión—. ¿Habéis prestado
atención a los últimos noticiarios?
—¿Quién se molesta en una tontería semejante? ¿Qué nos puede
importar lo que digan o hagan ahora los humanos? —desdeñó el joven dios
rubio, Dmitri.
—No lo olvides nunca, muchacho —reprendió Jonathan Bunyan,
haciendo valer su posición de anfitrión y jefe de una de las casas más
importantes—. El desprecio a los inferiores es un error que puede llevarte a
la perdición. Tus antepasados y los míos jamás dejaron de comprender que
nuestra superioridad se basa en la vigilancia de todos y cada uno de los
actos y sueños que ellos puedan tener. Nuestro gran poder exige una enorme
responsabilidad, Dmitri. Ellos son nuestros inferiores pero un día fueron
nuestros iguales, y si queremos que no vuelvan a serlo no podemos ignorar
nada de lo que hacen. No olvides que nos superan en número.
—Nunca se atreverían a volverse contra nosotros, Jonathan. Lo sabes.
El único resultado posible sería su genocidio.
—Y solos en el planeta tendríamos que ejercer las funciones que ahora
ejecutan para nosotros, joven estúpido —estalló Luther Munroe, molesto
por la jactancia de las nuevas generaciones que un día recogerían la
antorcha de su herencia.
—¿Qué viste en ese noticiario, Seline? —preguntó Bunyan. Una
intervención suya y el tema volvió a encarrilarse hacia su destino original.
—Sucedió hace unos días —comentó la mujer—. Encontré los datos por
casualidad esta mañana, mientras intentaba contactar con mi programa
asesor financiero. Los videoperiódicos repiten una y otra vez nuevos
enfoques sobre el tema. Al parecer un derivante en fuga se enfrentó a una
patrulla de Centinelas y acabó con cinco de ellos a manos limpias antes de
ser abatido por el sexto.
—¿Sería el cachorro de Bianca? —comentó Dmitri, provocando una
risa burlona en los otros dioses jóvenes.
—Si se hubiera tratado de mi cachorro, como lo llamas, Dmitri, ten por
seguro que habrían sido seis los Centinelas muertos, no cinco —cortó una
hermosa diosa rubia, seguridad en los ojos y armonía en el porte—. El ojo
protésico de tu hermano el cíclope puede atestiguarlo, ¿no?
—Me resultó chocante ese detalle. Hasta ahora los derivantes no
plantaban cara tan a la desesperada a los Centinelas —continuó Seline,
ajena al ruborizado rostro del joven dios rubio.
—Será que la sangre mejora —rezongó Dmitri. Una mirada de Bunyan
le hizo morderse los labios. Una nueva intervención y la cólera de su
anfitrión se traduciría en algo más que meros reproches a su imprudente
conducta.
—Quisiera ver la grabación de ese suceso, Seline, si la conservas —
pidió Jonathan, sabiendo que la noticia estaría perdida en medio millar de
redes de datos a las que tenía acceso inmediato.
—Por supuesto. ¿También te llama la atención que se hayan vuelto tan
belicosos?
—No —respondió lacónicamente el superhombre—. Simplemente me
estaba preguntando... Si el derivante fue capaz de destruir con facilidad a
cinco Centinelas armados hasta los dientes, ¿por qué no logró acabar
también con el sexto? ¿Qué tenía de especial ese Centinela para poder
superarlo?
Davinia Cross contempló los rasgos cuasi perfectos de la mujer que
tenía enfrente. Era grande, fuerte y poderosa, y el rapado militar, en efecto,
no la favorecía demasiado, pero aun sin maquillaje ni prendas a la última
moda su presencia exudaba un magnetismo que de algún modo la ponía
nerviosa. Era algo que sobrepasaba las fronteras de lo sexual, una sensación
de perfección y armonía físicas que le hizo recordar aquel poema
adolescente que había escrito una vez, cuando todavía no había canalizado
hacia la prensa sus anhelos literarios, una ingenua oda de la que se sentía
completamente orgullosa hasta que descubrió a Keats y con él la impotencia
de haber sido superada sin esperanza de redención casi mil años antes.
Andrea Vanderbilt era todo eso, pero en carne y hueso, la plasmación física
de una frustración propia. Su simple existencia reforzaba el conocimiento
de que ella, como muestra de la raza humana a la que pertenecía, se
encontraba en un callejón sin salida que jamás ascendería de nicho
ecológico.
La Centinela alzó la cabeza, estudiando una vez más la disposición del
cuarto y las pantallas donde se repetían una y otra vez, como en una tortura
muda, las imágenes falsas del reportaje emitido en todas las emisoras y la
grabación pirata obtenida por el colibrí de su enemiga. Finalmente, habían
decidido dirigirse a casa de la periodista, como era predecible. Ahora, le
gustara o no, todo lo que tenía que hacer era cooperar con ella.
—¿Una taza de café? ¿Té? ¿Cianuro? —invitó burlona Davinia.
—Guárdese el sarcasmo, periodista —contestó Andrea—. No estoy aquí
por gusto y las dos lo sabemos. ¿Qué quiere saber? Tengo prisa.
—Tranquilícese, cabo Vanderbilt. He comprobado su hoja de servicios.
No tiene que presentarse a su unidad hasta dentro de dos días. Podemos
charlar sin problemas.
—Repito, ¿qué quiere saber?
—¿Por qué no me lo cuenta todo?
—¿Cree que soy Dios? Mi conocimiento del universo es limitado.
—Ahora es usted la que emplea el sarcasmo, cabo Vanderbilt. Pero de
acuerdo, seamos más específicas. ¿Quién es usted, Andrea? ¿De dónde
sale?
—Eso que aparece en aquella pantalla es mi historial. Debe de
conocerlo todo sobre mí, incluso la talla de ropa interior que uso.
—Bastante grande, por cierto. Pero hay cosas incompletas en ese
informe, como bien sabe, cabo Vanderbilt. En ningún sitio se explica de
dónde ha sacado esa pasmosa habilidad para recuperarse de las heridas.
—¿Y qué le hace suponer que yo lo sé?
Por un momento, Davinia estuvo a punto de contestar con otra nueva
ironía. Entonces se dio cuenta, al ver la expresión de odio concentrado, la
cabeza gacha, los poderosos dedos entrelazados, que tal vez la otra mujer
decía la verdad. Quizá ni siquiera ella misma conocía todos los detalles de
su historia.
—De acuerdo, volvamos a empezar. Es usted Andrea M. Vanderbilt,
¿cierto?
—Ahora sí que no la entiendo.
—No está usted suplantando una personalidad falsa, ¿no? No ha
estrangulado a la verdadera Andrea y ha ocupado su puesto, ¿verdad?
—Por favor, no sea ridícula.
—Bien. Cosas más extrañas me han pasado por la cabeza. Por cierto,
¿qué significa la inicial?
—¿Es pertinente para lo que desea saber?
—¿Quién sabe? Ya le he dicho que quiero conocerlo todo.
—María.
—Lo habría jurado. De algún modo, es el segundo nombre que más le
va. Pero dejémonos de disquisiciones, cabo Vanderbilt. Ya ve que acepto su
palabra. Considero que hasta el momento está siendo razonable.
—Muchas gracias.
—¿Dónde nació usted?
—¿Volvemos a lo mismo? Mi ficha lo dice bien claro. En Ginebra.
—¿Su madre ha muerto?
—Sí.
—¿Y su padre?
Silencio.
—¿Su padre?
—¿No sabe leer? ¡No conozco a mi padre! ¡No tengo la menor idea de
quién puede ser! ¿Satisfecha su curiosidad?
—Sabe que no. ¿Su madre poseía las habilidades que usted posee?
—No.
—¿Y su padre?
—¿Es que no me ha oído?
—Escúcheme, cabo Vanderbilt. Es usted capaz de hacer cosas muy
raras. Cosas que sólo hacen los dioses y los derivantes. El planeta no es tan
grande como para albergar a cuatro tipos distintos de razas inteligentes. Es
usted una cosa u otra. ¿Me entiende?
—La entiendo.
—Volvamos a la pregunta. ¿Su padre tiene o tenía esas mismas
habilidades?
—Ya le he dicho que no sé quién es mi padre.
—¿Pero sabe lo que es?
—¡Debe de ser uno de ellos, maldición! ¿Es usted tonta o sádica?
¿Adonde diablos quiere ir a parar?
—No perdamos la compostura, Andrea. ¿Su padre es uno de quiénes?
—No lo sé con seguridad. No lo he visto nunca. Mi propia madre tan
sólo lo vio una vez.
—¿Derivante o dios?
—¿Usted qué cree?
—Por su aspecto, está claro, ¿no? Es usted hija de un dios y una
humana mortal y simple.
—Igual que el resto de los derivantes.
Davinia parpadeó.
—¿Cómo dice?
—Veo que la sorprendo, señorita Cross. Me alegro. Al menos así me
doy cuenta de que no es tan inteligente como cree. ¿De dónde ha supuesto
que salen los derivantes? ¿De verdad que se ha tragado el cuento de que son
derivas genéticas, involuciones de la raza humana, cruces mutados
producidos por la radiación solar o una lluvia de meteoritos?
—También he llegado a pensar que tal vez fueran alteraciones
producidas por el mal estado de la carne y otros productos alimenticios —
trató de bromear Davinia, sin el más mínimo éxito. Una lucecita minúscula
asomó al final del largo túnel de la duda de sus veintiséis años.
—Pues ya ve que no. Que yo sepa, son todos bastardos, herederos sin
fortuna de la gloria de los dioses.
—Eso no tiene sentido. ¿Es usted una Centinela y se dedica a matar a
sus semejantes?
—¿Tiene usted vocación de santa? ¿No se matan también los humanos
unos a otros?
—Pero... Recapitulemos. Menos mal que estoy grabando todo esto.
Confieso que me ha pillado por sorpresa, cabo Vanderbilt. Admite usted que
es una derivante.
—No sé de dónde derivo, pero si esa palabra le agrada, aplíquemela. Me
da lo mismo.
—Los derivantes están perseguidos.
—Como leprosos, cierto.
—¿Por orden de quién?
—¿Quién ordena y manda en este mundo de nuestros pecados? Por
orden de los dioses, naturalmente.
—¿En base a qué?
—¿Por qué sale el sol por el este? ¿Por qué es usted morena y yo rubia?
¿A quién se le ocurrió que la semana tuviera siete días y no ocho?
—Pero si son sus hijos...
—Se equivoca de palabra, señorita Cross. Son sus bastardos. Cruce de
dios y humano. De humana, más concretamente, según tengo entendido. A
sus ojos, imperfecciones. Como los subnormales que tampoco nacen ya
entre su raza. Digamos que los Centinelas practicamos un aborto con
carácter retroactivo.
—Absurdo. ¿Por qué no hacerlo cuando hay tiempo?
—Tal vez sea imposible. ¿Ha intentado romper un vaso con un martillo?
¿Y con un dedo?
—¿Adonde quiere ir a parar?
—A ningún sitio. Lo que le estoy contando son meras suposiciones.
Deduzco que mi padre es un dios. O lo fue, si es que no sigue vivo. A los
ojos del mundo, si lo supiera, yo no sería más que otra derivante. Una
amenaza.
—¿Una amenaza para quién? ¿Qué pecado han cometido los
derivantes?
—Decididamente, tiene usted vocación de santa, amiga. Piense un
momento. Considere que es una diosa. Ya sé que es difícil, pero póngase en
el pellejo de una de ellas. Reflexione. ¿Qué tiene usted?
—Lo tendría todo.
—¿Y qué querría hacer con eso?
—Supongo que conservarlo.
—¿Por qué lo tiene usted todo? Adelante, dígalo sin temor. Ahora es
una diosa —se burló la Centinela.
—Porque soy superior —murmuró Davinia con un hilillo de voz. No le
gustaba el sesgo que había tomado la conversación. Prefería llevar la voz
cantante y el peso de las preguntas.
—¿En qué sentido?
—Podría hacer cosas que los humanos no podemos.
—Siga suponiendo. Entro yo en escena. Y un centenar, dos centenares,
un millar de individuos como yo. Capaces de hacer esas mismas cosas, o
cosas parecidas. ¿Qué seríamos?
—Una amenaza para mi estabilidad.
—Pues ya lo tiene. ¿Cómo reaccionaría? Eliminándonos,
—Sigo perdida, cabo Vanderbilt. Si los derivantes son bastardos de los
dioses, una involución con respecto a sus atributos perfectos, un peligro
para su estatus... ¿Por qué destruirlos? ¿Por qué, simplemente, no dejar de
procrearlos?
—¿Quiere usted poner cortapisas al poder de un dios? No hay una sola
ley que se les aplique, ni una sola regla que sea válida para su superioridad.
—¿Ni siquiera existen normas entre ellos mismos?
—Eso ya no lo sé, señorita Cross. No olvide que a todos los efectos soy
una indeseable. Jamás he visto a un dios de cerca. Huyo de ellos.
—Es decir, que su uniforme es un disfraz.
—En cierto sentido.
—Pero usted mata a sus semejantes.
—No son mis semejantes —replicó la Centinela, puro hielo en la voz,
veneno en los ojos—. No tengo semejantes. Usted pertenece a una raza. Yo
soy un cruce de dos, quizá de alguna más. Soy única, señorita Cross. No lo
olvide. No tengo iguales. No tengo rival. Los derivantes y yo sólo
compartimos la hipótesis de unos progenitores similares. Nada más. Si soy
una mutación, entonces por definición soy singular.
—¿Por eso no tiene escrúpulos en matar?
—Porque la mejor manera de seguir adelante con mi disfraz es
ejecutando mi trabajo a la perfección, si le parece una explicación más
razonable. Mato para vivir. Como lo haría usted en mi caso.
—¿La ley de la jungla?
—La ley de la supervivencia, en la jungla o en la ciudad. No me venga
con sermones, señorita Cross. Alguien tiene que hacer mi trabajo.
Simplemente, estoy mejor cualificada para ello que muchas personas de su
raza. Y de paso me aseguro el cuello. No veo nada malo en eso.
—Dígaselo al pobre diablo que masacró la otra noche.
—Olvida que ese pobre diablo mató a cuatro compañeros míos y dejó
malherido al quinto. Y que me disparó a bocajarro. Fue una lucha justa y
ganó el mejor.
—Pero ese hombre no había hecho nada.
—Ese hombre existía, y su raza existe simplemente para ser aniquilada.
—¿Los dioses los procrean para que sirvan de cortina de humo?
—¿Quiénes somos nosotros para juzgar los deseos y caprichos de un
dios? Supongo que los dioses los procrean porque les divierte hacerlo, y allá
las madres humanas y los bastardos que luego nazcan con sus
consecuencias. ¿Y qué necesidad tendrían los dioses de crear ninguna
cortina de humo? ¿Para qué? ¿Cree que se molestan con ustedes... con
nosotros? No. Los dioses procrean bastardos porque sus vidas son largas y
como a todo el mundo les gusta divertirse.
—¿Sólo existen madres humanas?
—No lo sé. Le repito que gran parte de lo que le estoy contando son
sólo conjeturas, obtenidas a través de mi experiencia y la de algunos otros
derivantes que he llegado a conocer un poco. Pero me parece lógico. Los
derivantes existen porque a los dioses no les importa lo más mínimo que sus
apetencias sexuales puedan dar fruto. Calculo que las diosas no serán
estatuas frígidas. Si les gusta copular con hombres humanos, supongo que
no esperarán a que su relación produzca una vida no deseada.
—¿Y las mujeres humanas?
—Sólo conozco el caso de mi madre. Sé que intentó abortar de mí
cuando supo que estaba embarazada y que el hermoso varón que la sedujo
era un dios disfrazado.
—¿Y? ¿Se arrepintió en el último momento?
—No. Llevó adelante sus deseos. Intentó abortar un par de veces. No
pudo conseguirlo.
—¿Se lo dijo ella?
—Y lo noté yo.
—¿Bromea?
—¿Quién sabe? Soy superior en muchos aspectos. ¿Cómo sabe que no
tuve una infancia precoz, consciencia ya en el mismo útero?
—¿Cuándo se dio cuenta de que era distinta?
—Siempre. Mi madre y yo nos pasamos media vida viajando de un lado
a otro. Supongo que, a sus ojos, estábamos huyendo. Tal vez deseaba
protegerme de las patrullas de los Centinelas. Desde dentro del Cuerpo, sus
esfuerzos por cambiar de nombre y profesión me parecen ahora ridículos. Si
no nos capturaron y nos eliminaron en el acto fue simplemente porque una
de mis «habilidades», como usted las llama, es la capacidad para no dar
positivo en los sensores.
—¿Por eso decidió enrolarse en el Cuerpo de Centinelas?
—Usted ha sido niña. ¿Nunca ha jugado al escondite? ¿Qué mejor lugar
para ocultarse que en donde ya se ha mirado? Si te están persiguiendo, la
mejor forma de burlar a quien te busca es infiltrarte en el grupo que va a por
ti. Hasta ahora, me ha dado buen resultado.
—Hasta ahora. ¿Nadie ha sospechado nunca nada?
—No.
—¿Qué habilidades tiene usted, Andrea? Ese extraño poder de curación,
¿y qué más?
—No lo sé. Tengo tanta fuerza sin el exoesqueleto como con él, pero es
algo que puedo controlar sin problemas. Resistencia física, velocidad
mental. Prácticamente lo que puede hacer un ser humano normal aumentado
diez veces.
—¿Y el numerito de las fotos ardiendo?
—Eso no sé cómo funciona. Mi teoría es que puedo aumentar la
temperatura de mi cuerpo a voluntad. Nunca he pillado un resfriado. En el
caso de sus fotografías, simplemente dejé que las yemas de mis dedos se
calentaran lo suficiente para que el papel saliera ardiendo.
—¿No le hizo daño?
—Tengo una gran resistencia al dolor. Y mucha paciencia.
—Ya lo veo. Los demás derivantes que ha encontrado...
—Están todos muertos.
—¿Qué poderes...?
—Inferiores a los míos. O a la fuerza de mis armas. Es lo mismo.
—¿Ha eliminado a muchos de ellos?
—Los suficientes. Escuche, no soy una cazadora de recompensas. No
soy una asesina a sueldo. Soy policía. En la mitad de los casos esos
derivantes eran inadaptados a quienes su alienación había vuelto locos.
—Terroristas, vaya.
—Terroristas, sí. Capaces de hacer reventar las calderas de un gran hotel
o de hacer volar una presa para conseguir llamar la atención. Chalados a
quienes había que detener a cualquier precio.
—¿Y el de la otra noche?
—El de la otra noche tuvo la desgracia de descubrirme. Por tanto, obré
en consecuencia.
—Y su secreto es más importante que todo lo demás.
—Ya se lo he dicho. Es cuestión de matar o morir. Usted sabe que está
en peligro.
—Y usted que mientras yo continúe con vida su secreto seguirá a salvo.
Hasta que alguien más lo descubra. El problema, cabo Vanderbilt, es que
me temo que el círculo se estrecha. Tarde o temprano, la descubrirán. Sólo
es cuestión de tiempo.
—Muchas gracias por darme ánimos.
—Para eso estamos, cabo Vanderbilt. ¿Quiere ahora un poco de té antes
de continuar charlando?
A solas en la tranquilidad de su suntuoso aposento, Jonathan Bunyan
estudió una vez más el video falso de la captura y muerte del último
derivante. Un cosquilleo de algo parecido al orgullo, incontrolable, le
sacudía cada vez que un Centinela mordía el polvo y desaparecía de la
pantalla entre vísceras desparramadas y explosiones de sangre. En cierto
modo, incluso rebajada su potencia por la mezcla humana de sus genes, sus
bastardos seguían siendo adversarios a tener muy en cuenta, a años luz de
los seres humanos normales arropados por la tecnología que ellos mismos
habían dispuesto a su servicio. Naturalmente, pese a su vigor, el derivante
estaba perdido desde el principio. Las balas de plasma y las armaduras de
los perros de la guerra acabarían con él tarde o temprano, pues para eso y
no otra cosa existía el Cuerpo de Centinelas que sus antepasados habían
creado. Sin embargo, aunque las imágenes trucadas hablaban de una muerte
limpia, un puñetazo justiciero, Bunyan sabía que el sexto Centinela nunca
habría podido eliminar a uno de sus retoños de una forma tan simple.
Volvió a pasar las imágenes del rostro de la mujer. Andrea María
Vanderbilt. Joven, hermosa, fuerte, impetuosa. Estudió sus rasgos con
interés científico, como un botánico estudia los pliegues de una hoja o un
entomólogo las patas de una hormiga. El puro deseo sexual hacia aquellas
hermosas formas se fundió con la curiosidad de conocer algo más sobre la
Centinela. Sus facciones eran finas, cinceladas en metal noble. Sus
movimientos parecían seguros, confiados. No obstante, su pose anunciaba
que la mujer nunca dejaba de estar alerta. Había en ella una pasión
contenida, un anhelo animal que Bunyan había visto ya otras veces, incluso
entre sus mismos compañeros dioses.
¿Era posible, entonces? ¿Podría ser la cabo Vanderbilt uno de sus
retoños? ¿Una bastarda inteligente, capaz de burlar los sistemas de
detección y pasar al bando de los perseguidores en vez de consumirse con
toda una vida en fuga?
No tenía más que pulsar una tecla y mañana mismo la Centinela sería
evaluada por medio centenar de máquinas sofisticadas que examinarían
hasta el último componente de su ADN. ¿Pero dónde quedaría entonces el
riesgo, la emoción? Andrea Vanderbilt suponía un giro con respecto a todo
lo que los derivantes y dioses habían supuesto hasta ahora. Hacer que otros
se encargaran de descubrir quién o qué era mataría todo rastro de emoción.
Y la vida era larga y aburrida. ¿Qué había dicho el viejo oso de Luther
Munroe hacía tan sólo unas horas? A veces la emoción de la caza es
superior a la cabeza de la presa, o algo así. Por muchas diferencias que
hubieran tenido en el pasado, a pesar de todos los enfrentamientos que
pudieran esperarles a ambos en el futuro, Jonathan Bunyan sabía que en
este caso el dios oscuro tenía razón. Andrea Vanderbilt era un reto. Y para
saber más sobre ella sólo tenía que trazar una trampa. El propio Bunyan
sería el cebo. La Centinela, la presa. Las próximas semanas, al fin,
prometían ser divertidas.
Anticipando la emoción de la caza, Jonathan Bunyan se masturbó
mirando la pantalla.
Era una mujer extraña. En cierto modo, Davinia Cross sentía hacia ella
un atisbo de piedad, de comprensión. No le gustaría nada colocarse ni por
un segundo en su lugar, pero a pesar de su superioridad física y
posiblemente intelectual, la mujer soldado, eso se notaba claramente, era un
mar de dudas y contradicciones, un ser metahumano al borde de la ruptura.
La tensión se notaba en cada una de sus palabras, en sus gestos, en su
mirada. No era extraño que los derivantes fueran individuos inestables. La
propia Andrea Vanderbilt lo había dicho: Una vida bajo presión los
convertía en presas asediadas, fieras rabiosas a las que había que exterminar
de buen grado o por la fuerza. Y la presión que sufría la Centinela era
doble, más intensa que ninguno de sus renegados compañeros de raza.
Davinia todavía se maravillaba de la relativa facilidad con que la otra
mujer había aceptado ofrecerle su colaboración. En cierto sentido, aunque
la entrevista forzada le había abierto más interrogantes de los que deseaba,
lanzándole a un abismo de conjeturas y dilemas para los que no tenía
respuesta alguna, parecía como si la cabo Vanderbilt se le hubiera
confesado más de lo que ella misma habría podido esperar. Entre las dos
mujeres se labró al instante un lazo mutuo, teñido de antipatía, ciertamente,
pero único. Posiblemente, Davinia Cross era la primera persona del mundo
a la que Andrea Vanderbilt comentaba los detalles secretos de su vida.
Sacudió la cabeza. No creía que la otra mujer tuviera amigos, ni
amantes siquiera. Un paso en falso y revelaría su secreto al mundo,
exponiendo la maldición que era a la vez su fuerza y su debilidad. Un
simple corte en una mano, una caída, una palabra a destiempo... El nido de
víboras del Cuartel General de los Centinelas le rebanaría el cuello antes de
que tuviera tiempo de comprender dónde había metido la pata.
Era su problema, por supuesto. Respecto a aquello, no había nada que
Davinia Cross pudiera hacer. La mujer soldado había decidido aquella vida,
y era consciente de todos los riesgos que corría al hacer uso de su disfraz.
Ahora ella había descubierto su secreto, por azar, y había obtenido una
información a la que muy pocos seres vivos tenían acceso.
Volvió a poner en marcha el vídeo-reproductor. La imagen de Andrea
Vanderbilt, casi en escorzo, contestaba a regañadientes su segunda
andanada de preguntas.
—Ya sabemos cuál es su origen, cabo Vanderbilt. Pero yo quisiera ir
más lejos. Me interesa el premio mayor. Los propios dioses.
—Me temo que en eso no puedo ayudarla. Ya le he dicho que jamás he
visto a uno de cerca.
—¿No están ustedes los Centinelas en contacto con ellos?
—¿Ha visto cuáles son mis galones? Si esos contactos existen, están
muy por encima de mi nivel.
—Y su madre...
—Escuche, mi madre murió hace cuatro años, sin comprender siquiera
qué maldición le había caído encima. Vio a mi padre una sola vez, y el
resultado fue tener que cargar conmigo. ¿Qué es lo que pretende, destruir a
los dioses? No sea ingenua.
—Ya le he dicho que sólo quería saber.
—Y yo le he dicho todo cuanto sé. No tengo la menor idea del origen de
esos seres a los que todo el mundo llama dioses. La raza de mi padre, si lo
prefiere. Por las circunstancias que sean están ahí y, se lo aseguro, han
venido para quedarse.
Davinia apagó el aparato. Borró la cinta, destruyó toda posible pista que
la uniera al secreto de Andrea Vanderbilt, excepto lo indispensable para
asegurar su supervivencia. Había aprendido muchas cosas, pero su presa
seguía siendo inalcanzable. Sabía algo nuevo, pero la duda continuaba
royendo su corazón. Había dado un paso importante, pero todavía estaba
muy lejos de llegar a conocer qué cúmulo de circunstancias había dado
origen a aquel extraño mundo poblado por modernos dioses.
Era una mujer extraña. Mientras regresaba a su propio apartamento,
enfurruñada y con el corazón en un puño, Andrea Vanderbilt no dejaba de
preguntarse por aquella criatura delgada, pequeña, tan diferente a ella
misma, tan inflexible. Su celo profesional era equiparable al de los oficiales
de interrogatorios que ella misma había conocido en su duro oficio de
policía. No había duda de que había algo envidiable en su testarudez, en su
constancia, pero al mismo tiempo Andrea Vanderbilt no dejaba de
reconocer que la otra mujer, su oponente, su enemiga, era una ingenua.
¿Qué esperaba arrancar de sus palabras, aparte de toda una vida de
escondrijos y de farsas? ¿De verdad esperaba que su secreto fuera a llevarla
a las puertas mismas de la génesis de los dioses? Se echó a reír, una mueca
triste y rabiosa que le lastimó la boca. Apretó los dientes, recordando el
trato vejatorio y comprensivo a la vez, mitad piedad mitad intimidación,
con que la otra mujer la había asaltado durante horas. Sin duda, la periodista
era su rival. Su descubrimiento sólo podía acabar con la muerte de una de
ellas. Y, sin embargo, le había dicho más cosas de las que podría haber
supuesto, le había confiado detalles sobre los derivantes que nadie más
sabía, ni siquiera sus compañeros Centinelas.
—En esa escena, en la verdadera —había señalado la periodista—.
Hace usted un gesto extraño.
—¿Llama extraño a un simple estrangulamiento?
—Déjese de sarcasmos sádicos, cabo Vanderbilt. Parece que algo se le
queda prendido en la mano, y luego lo rompe. ¿Qué era?
—Un pez.
—¿Un pez?
—Ya me ha oído. El derivante llevaba al cuello una cadenita con un pez
de plata.
—¿Significa algo para usted?
—Que tenía muy mal gusto en cuestión de abalorios.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también.
—Si no significaba nada, ¿por qué lo destruyó?
—¿Por rabia?
—Era usted mucho más cooperativa antes.
—Me habré quedado sin baterías.
—¿Por qué destruyó ese pez de plata? ¿Lo había visto antes?
¡Contésteme!
—Lo había visto antes, sí —reconoció Andrea a regañadientes—. Otro
derivante que acosamos en Berna tenía uno parecido. Y una pareja de
gemelos de Newcastle tenía tatuados otros dos peces similares.
—¿Dónde nos lleva eso?
—A ningún sitio. No sé lo que significan esos símbolos.
—Pero destruyó usted la prueba.
—Por si acaso me involucraba de algún modo. Recuerde que estaba
protegiendo mi secreto.
—¿Alguien más sabe de la existencia de esos peces?
—Supongo que no. Destruí también el pez del de Berna. Y los tatuajes
ardieron junto con los gemelos.
—No hay nada mejor que una descarga láser, ¿eh?
—A veces también puede valer un puñetazo en la cara.
Andrea cerró el puño, anulando los recuerdos, la tensión de saberse
extorsionada, descubierta. Había puesto a la periodista tras la pista de los
peces, fuera lo que fuese aquello. Seguía sin saber qué la impulsaba a
destruir aquellas pruebas que, de algún modo, hablaban de una relación
entre derivantes situados en extremos distantes del mapa. ¿Sentimiento de
clase surgido a última hora? ¿Deseos de asegurar paranoicamente que nunca
iba a ser descubierta? Demasiado tarde, pues. Davinia Cross tenía ya su
vida en la palma de la mano. Y había una buena dosis de razón en su
ominoso presentimiento: No pasaría mucho tiempo antes de que alguien
más turbara su paz y rompiera la cobertura que había labrado con tantos
años de esfuerzo y de miedo.
Observaba la arcología como un depredador que estudiara los
movimientos condenados de antemano de su presa. Encaramado a la más
alta torre, contemplaba con desapego mal disimulado el incesante ir y venir
de luces azules y rojas, los sonidos enmudecidos por la altura y la distancia,
el aliento nocturno de la metrópolis humana. Debajo, como hormigas,
pululaban aquellos seres inferiores, limitados, ridículos en su concepción
del mundo. Todos corrían, pero jamás llegaban a objetivo alguno. Las luces
se apagaban, se encendían, volvían a apagarse, como sus propias vidas. La
madrugada se acercaba y muchos de ellos buscaban un descanso necesario,
el reposo apenas suficiente para recargar de nuevo la pobre dosis energética
de sus cuerpos condenados a la degradación y la muerte, algo que a los
suyos había parecido siempre tan lejano.
Pero en la noche también pululaban otros hombres y mujeres antaño
entregados al placer, e incluso al vicio, y que ahora en su mayoría
deambulaban sumidos en el vacío existencial que la aparición de los nuevos
dioses había supuesto en sus vidas, buscando una cura, un consuelo, un
torpe remedio. Entre ellos se encontraban los acólitos.
Jonathan Bunyan observó la negra pirámide del Templo de Kent. Cómo
aquel puñado de tarados de bellas formas había conseguido hacerse un
hueco entre las turbas de locos adoradores de los hombres era algo que
siempre había fascinado a su familia. En cualquier caso, las veleidades
mesiánicas de los Kent tenían bien poco que ver con los negocios e
investigaciones secretas de su propia casa, pero si creer de verdad que eran
auténticos dioses y que en su mano estaba el poder de obrar milagros
suponía un estorbo menos en la consecución de sus fines, tanto mejor. Los
Kent eran ya una familia menor, y como tal estaba sujeta al consejo que
gobernaba sin problemas la Casa Bunyan.
Naturalmente, las reglas de cortesía que existían desde sus orígenes
entre las distintas castas de dioses habían aconsejado a Jonathan informar
de sus intenciones al viejo Richard Kent, quien por supuesto nada pudo
objetar a su acción planeada, ni a su capricho.
El templo brillaba inundado de luces rojas, blancas y azules. Un par de
centenares de acólitos, ataviados con trajes que les conferían un aspecto
ridículo y enfermizo, porque el volumen de sus cuerpos no alcanzaba a
rellenar el tejido elástico que tan bien encajaba con las esbeltas formas de
los dioses, bailaban, copulaban y rezaban en una orgía mística que quizás
alguno de ellos imaginaba como un medio para entrar en contacto con los
planos superiores que los dioses habitaban. Por una vez, sin embargo, sus
súplicas iban a ser escuchadas. Un dios de carne aparecería entre ellos esta
noche, pero no repartiría bendiciones, sino sangre.
Jonathan Bunyan se bajó la capucha de su traje harapiento. Había
tiznado su piel, ocultado sus rasgos, arruinado a propósito su porte lascivo y
altanero. Esta noche no era un dios, sino una mantis confundida entre el
follaje a la espera de su víctima. Esta noche no era el jefe supremo de la
más importante familia de dioses, sino un simple y desesperado derivante.
Saltó al vacío, dominando como un pájaro sin alas la negra mancha de
la ciudad. Los propulsores de su anillo de gravedad lo detuvieron en plena
caída, estabilizaron su trayectoria, convirtieron su muerte inmediata en el
más plácido vuelo. Tras cubrirse el rostro con la muralla de piedra de sus
puños, Jonathan Bunyan cargó contra la cúpula de cristal de la torre. Un
estrépito ensordecedor se repitió por toda la nave de la gran catedral
pagana, despertando con su eco la vigilia de los adoradores.
—¡Ha venido! ¡Ha venido! ¡Uno de los dioses ha respondido a nuestras
plegarias! —exclamó una mujer semidesnuda, embriagada de alcohol y
lubricada de sexo. Jonathan la apartó de su camino con un bofetón que la
mató antes de que sus pies volvieran a tocar el suelo.
Sin perder un segundo, Jonathan esparció muerte a derecha e izquierda,
volcando altares, atravesando cuerpos deprimentes con puños y
candelabros, destrozando muros y aplastando huesos. En medio del delirio
místico, la mitad de sus víctimas ni siquiera llegó a ser consciente del
regalo de muerte que les estaba haciendo.
La catedral ardía ya por los cuatro costados antes de que Jonathan
Bunyan arrancara de cuajo sus dobles puertas. Un centenar de sirenas
ululaba en todas direcciones, avisando de la destrucción que sólo podían
achacar a lo que más temían: De un momento a otro, los Centinelas
acudirían a la cita, prestos una vez más para eliminar de la faz de la Tierra
la amenaza de un nuevo y temible derivante.
Y él se había asegurado que Andrea Vanderbilt estuviera con ellos.
Hacía cuatro días que Murdock Fisk había conseguido el alta médica y
desde entonces, como había supuesto, no había hecho otra cosa que
recuperar el tiempo perdido en la sala de entrenamiento del Cuartel General
del Cuerpo de Centinelas. Afortunadamente, los implantes en sus músculos
operaban con la misma precisión que habían tenido sus ligamentos
anteriores, y a todos los efectos seguía siendo el mismo hombre.
Quien no le parecía la misma, y era incapaz de deducir por qué, era
Andrea Vanderbilt. La notaba ensimismada, abstraída, más tensa que de
costumbre. En los entrenamientos había cometido un par de errores que
podrían costarle la vida en una situación de fuego real. Pero su reserva
continuaba siendo la misma de siempre. De alguna manera, Murdock había
esperado una bienvenida distinta, un anuncio de que la camaradería
existente entre ellos podría, al fin, desembocar en algo más. Pero la mente y
el cuerpo de Andrea parecían estar en otro sitio.
El propio Quebrantahuesos, el sargento mayor de su división, lo había
notado. Y en sus reprimendas no se había andado con chiquitas: El
escuadrón al que ambos pertenecían había quedado deshecho después del
incidente con aquel maldito derivante, y los dos únicos supervivientes del
encuentro debían conservar la cabeza bien fría sobre los hombros si no
querían que su actual equipo siguiera los tristes pasos del primero. Ella
tenía la fama y la experiencia, maldición. No era cuestión de dormirse en
los laureles y dejar que los abatieran de nuevo.
Ahora las sirenas los habían puesto en marcha sin tiempo apenas de
cruzar un par de palabras. Un derivante enloquecido había arrasado el
Templo de Kent hacía unos minutos, para luego darse a la huida y perderse
en la noche. Parecía más poderoso y más rabioso que los derivantes que
estaban acostumbrados a seguir, y por eso Quebrantahuesos había obrado
con prudencia y decidió enviar dos destacamentos en su búsqueda.
—De Halcón Uno a todos —anunció el sargento Bloccher, las palabras
cargadas de virutas de hierro—. Esta vez no quiero acciones individuales,
sino fuego conjunto. Ese hijo de puta ha tardado cinco minutos escasos en
destruir la pirámide de Kent, y seguro que quiere sangre. ¿Estás despierta,
Halcón Nueve, o todavía las burbujas de la fama no se te han despejado de
la cabeza?
—Estoy despierta, Halcón Uno —contestó Andrea, agradecida por tener
al fin un poco de acción real en la que descargar su abatimiento.
—¿Armas en ready?
—Y el gatillo a punto.
—No intentes hacerte el héroe otra vez, Murdock. Me han dicho que en
la clínica han agotado tu cupo de puntos.
—Muy gracioso, Donovan. Enfréntate primero con ese monstruo de
circo y después dime a qué huele tu mierda.
—¡Silencio en el aire! —ladró la voz metálica de Quebrantahuesos—.
Halcón Siete, ¿lo captas?
—Su rastro es difuso, señor. ¡Ese cabrón ni siquiera aparece claramente
en los sensores!
La pirámide de Kent humeaba, como un rompecabezas de madera roto.
Andrea reprimió un escalofrío cuando advirtió el alto edificio de
VlDNEWS INC al otro lado de la ancha avenida, nada menos que el lugar
de trabajo de su reciente enemiga. Se preguntó si ahora no los estaría
viendo asomada a una ventana, o si habría puesto en marcha otro colibrí
perseguidor indetectable a su equipo para no perder hilo de lo que ocurriera.
—Ya no está aquí, es inútil seguir perdiendo el tiempo en este sitio —
rezongó Halcón Uno—. ¿Halcón Siete?
—El hijo de puta corre que se las pela. Ya debe de estar en la otra punta
de Megaciudad, señor.
—Lo tengo en el radar —anunció Halcón Cuatro—. Se dirige al
Holograma.
—No hay nada que pueda destruir allí —comentó Murdock—. La Torre
se cayó sola hace un buen montón de años.
En dos minutos, las doce figuras de oro alcanzaron el punto donde el
supuesto derivante había sido visto por última vez: el lugar al que siglos
atrás había sido trasladada la torre inclinada característica de la zona
exterior a Megaciudad, la antigua Pisa. Ahora, entre los edificios modernos
y el brillo metálico de las ventanas, sólo la reproducción en holograma de la
Torre se alzaba como el recuerdo absurdo de una obra de arte perdida y
rescatada sólo como proyección visual.
Los Centinelas atravesaron el holograma como si fuera una nube, para
salir por el otro extremo una décima de segundo más tarde. Se abrieron en
una uve invertida, Halcón Uno en cabeza, los demás a sus flancos.
—Vuelvo a captarlo, señor. Si no fuera imposible...
—Diría que el derivante se retrasa a propósito, sargento. Es como si
estuviera esperando a que lo alcanzáramos.
—¿Está muy lejos?
—Camino del Sector R, señor. Rumbo a Sant'Angelo.
—¿Ya ha llegado al Vaticano? ¿Es que va volando?
—Eso parece.
—Entonces doble precaución todos. Esto no me gusta nada.
—A nosotros menos, sargento.
—Pues aprieta el culo y apunta bien, Murdock. No vaya a ser que esta
vez no tengas la misma suerte.
El lecho del Tíber, convertido ahora en una megautopista, apareció
pronto bajo ellos. Lo siguieron, serpenteando entre los vestigios de los
antiguos puentes, hasta que la silueta casi intacta del castillo papal apareció
frente a ellos. Aún no habían recorrido la distancia que los separaba cuando
las piedras milenarias se vinieron abajo.
—¡Allí está! —anunció Halcón Once—. A las cuatro.
—Lo vemos, tranquilo, muchacho —murmuró Andrea, el corazón
latiéndole con fuerza contra la protección de la coraza. El falso derivante se
precipitó hacia el suelo, echó a correr, se perdió entre los edificios y los
vehículos espantados por su presencia.
—Enfila hacia la Basílica. ¿Cómo vamos...?
—Si el hijo de perra quiere destruirla, lo hará con nuestra intervención o
sin ella. Halcones Dos, Tres, Cuatro y Cinco, remontad vuelo y cortadle el
paso antes de que llegue a la Columnata.
—¿Y los demás?
—Los demás rezad para que Dios esté de humor esta noche y no quiera
quedarse sin casa.
Toda aquella violencia insensata era atractiva, embriagadora. Como un
puro juego de niños. Jonathan Bunyan no recordaba cuándo se había
divertido tanto por última vez. De hecho, su férreo autocontrol y la
dirección de su Casa apenas le habían dejado tiempo para entregarse a los
placeres mundanos que otros dioses más jóvenes encontraban tan atractivos.
Divisó al fondo la Basílica de San Pedro en el Vaticano, la doble
columnata perfectamente medida y conservada. Con ironía, pensó que aquél
era un buen lugar para dejar claro quién era el nuevo dios en la Tierra en
este momento de la historia. No lo había pretendido al iniciar su maniobra
de destrucción, pero la alusión le resultó cautivadora.
Cuatro siluetas se recortaron en el cielo, adelantándose a su avance. Los
Centinelas. Jonathan comprendió que esquivaban un enfrentamiento
directo, escarmentados por sus últimas bajas. Bien, había que poner
remedio a aquello. Se desvió a la derecha, internándose entre las columnas.
Comenzó a golpearlas, como un Sansón enfurecido sin cadenas y con vista.
Las columnas empezaron a desmoronarse, arrastrándose unas a otras,
convirtiendo en polvo el esfuerzo y el ingenio de los hombres de hacía
tantos cientos de años. Ajeno a la destrucción que provocaba, pues el
trabajo de los humanos no significaba nada para su raza, el dios viviente
continuó esperando el primer encontronazo con la avanzadilla de
Centinelas.
Éstos le salieron al paso inmediatamente, incapaces de refrenar por más
tiempo el entrenamiento al que se debían. Trescientos metros más arriba,
Quebrantahuesos y el resto de la patrulla aguardaron impacientes el
resultado del primer encuentro entre hombres metálicos y bestia.
No tenía sentido. Un cosquilleo nervioso les avisaba de que algo iba
mal. Andrea Vanderbilt carecía de puntos de referencia para expresar su
intranquilidad, pero en el ambiente notaba que una pieza no encajaba. La
figura embozada y harapienta saltaba de columna en columna, provocando
una destrucción tanto más dolorosa por insensata, esquivando los rayos de
plasma que intentaban cortarle el avance. Sin éxito.
—Ese tipo es listo —murmuró Murdock, a su diestra—. Si no lo supiera
bien, diría que hasta es posible que haya visto el vídeo que nos ha hecho
famosos. Parece que sigue una estrategia.
—Sí, no dejarse matar y destruir cuanto pueda antes de que lo
detengamos —contestó Quebrantahuesos, quien sin duda notaba la
existencia de un factor más: Ningún derivante que hubieran conocido era
capaz de volar. De hecho, nadie podía ejecutar tal proeza. Ellos mismos
debían la habilidad a los propulsores de sus corazas. Sin embargo, el
individuo que perseguían revoloteaba entre las columnas como una libélula,
usando el mismo templo que quería destruir como escudo contra los rayos
de plasma de los Centinelas. Este hombre estaba preparado para la lucha.
Igual que Andrea, el sargento mayor comprendió también que su presencia
en este lugar no se debía a la casualidad.
—Sigue avanzando. Si no le cortamos el paso pronto llegará a la misma
Basílica —anunció la voz desasosegada de Halcón Dos.
—Formación de ataque, entonces —ordenó Quebrantahuesos—.
Intentad sacarle del pórtico. Llevadlo al centro de la plaza.
Fue más fácil decirlo que llevarlo a la práctica. Uno de los Centinelas
quedó aplastado entre las columnas de piedra cuando la carambola
provocada por el renegado lo atrapó sin remedio. Los otros tres restantes
lanzaron la plena descarga de sus brazaletes, pero ninguno consiguió más
que hacer cosquillas al ser que avanzaba imparable como una máquina.
Entonces, cuando ya la patrulla en el aire se disponía a caer en picado,
dispuesta a destruir la obra de Bernini por salvar acaso el interior de la
Basílica, el superhombre salió a campo abierto y corrió en zigzag hacia el
Obelisco.
Uno de los Centinelas le cortó el paso, cronometrando su impulso con el
tiempo justo para quedar aplastado como una mosca contra la piedra
egipcia. El tercer miembro de la avanzadilla se posó con la gracia de una
mariposa en lo alto de la aguja, buscando el ángulo de tiro desde el que
poder freír a su adversario. No tuvo tiempo de apuntar siquiera. Los
poderosos puños del metahumano destrozaron el Obelisco como si fuera un
castillo de arena, sepultándolo en su desmoronamiento.
—No va a dejar nada en pie —masculló Murdock—. Sargento, hay que
ir a por él, en equipo o en picado individual. Si tardamos un minuto más, no
quedará piedra sobre piedra.
—Es listo, desde luego —murmuró Quebrantahuesos—. Me pregunto
qué pretende.
—Eso es fácil —respondió Andrea—. Yo diría que más que destruir la
Columnata o la Basílica, lo que quiere es que nos echemos encima de él.
—Vamos a darle gusto entonces.
Los nueve Centinelas restantes se reagruparon en el cielo, mientras el
fugitivo daba un brinco poderoso y se encaramaba al cuello del más
cercano.
A través de las ondas los demás pudieron oír el chasquido del cuello
bajo la tenaza de hierro y el alarido de dolor de Halcón Diez. Luego, las dos
figuras cayeron a pico sobre la zona izquierda de la Columnata, levantando
el polvo de siglos de las figuras de los apóstoles.
Andrea dio un golpecito a su escáner de muñeca. Pese a la proximidad
del derivante, la señal seguía sin registrarlo con nitidez. Esquivó una piedra
que pasó ululando por su mejilla y acabó impactando contra la espalda de la
otra Centinela que guardaba su retaguardia, donde cortocircuito el sistema y
rompió el mecanismo que la ayudaba a desafiar la gravedad, que
contraatacó con toda su fuerza.
Más de medio centenar de combates anteriores la habían enseñado a
evaluar a sus enemigos sobre la marcha. Decididamente, este individuo no
actuaba con la desesperación característica de los otros derivantes, tan
inestables psicológicamente. No estaba segura de que su violencia
correspondiera en efecto a una planificación, pero la figura encapuchada
parecía, más dedicada a la amputación sistemática de los aleros de piedra
que a la huida típica en los miembros de su raza. Extrañamente, el derivante
continuaba su lucha desarmado. Había tenido más de una oportunidad de
arrebatar las armas a los Centinelas que había derribado en su imparable
acometida. Pero la destrucción seguía siendo su objetivo primordial,
espantando de su camino a los centuriones de acero como si fueran insectos
insignificantes que no merecieran un tiro de gracia. Diez Centinelas habían
caído ya. El escáner anunciaba que, aun fuera de combate, ocho de ellos
continuaban con vida.
—Esto sigue sin gustarme nada, sargento —insistió Murdock, notando
el sabor de la bilis revolverle las entrañas—. Nos está dejando fuera de
combate como si estuviéramos en un partido de rugby. Parece que el hijo de
perra está acostumbrado a jugar en la arena.
—¿Por qué demonios no huye? ¿Qué es lo que quiere?
—Creo que lo sé —anunció Andrea—. Usted mismo se burló de
nosotros hace unos minutos, sargento. Debe de saber quienes somos, lo que
hicimos la otra noche. Está buscando enfrentarse a Murdock y a mí. Nos
quiere a nosotros.
—Me parece que tienes razón, Andrea. Debe de ser el precio de la fama.
—Bien. Halcones Nueve, Ocho, Cuatro y Trece. En posición de ataque
norte, sur, este y oeste. Yo iré por el centro. Vamos todos contra él. Y sin
contemplaciones.
Los cinco Centinelas se abrieron en el aire como los brazos de una
medusa. El falso derivante esperaba entre las blancas estatuas de piedra
caliza. Arrancó una de ellas, un santo inmóvil ajeno a la masacre.
Utilizándolo como una pala matamoscas, abatió a Halcón Cuatro y
retrocedió un par de pasos para repeler los rayos de Halcón Trece. Entonces
Quebrantahuesos, Halcón Uno, se le clavó en los brazos en su busca del
cuerpo a cuerpo.
La armadura se le abrió como una almendra bajo la presión de los dedos
del superhombre. El sargento se golpeó la barbilla contra la cabeza de una
de las estatuas y el chasquido de su mandíbula resonó en toda la plaza.
Usando la mano abierta, vencido por el éxtasis de la batalla, Jonathan
Bunyan le clavó los dedos en la garganta y le arrancó de cuajo media cara.
Halcón Trece disparó otra vez. Un impacto en plena espalda hizo
tambalear al monstruo que intentaban contener. De entre sus omóplatos
humeantes surgió una catarata carmesí que se secó casi al instante, un geiser
de sangre que se coaguló antes de que el Centinela tuviera tiempo de lanzar
otra descarga. Un giro del torso, un proyectil arrojado sin apuntar: la
insignia de líder de Quebrantahuesos, que se clavó en el visor de Halcón
Trece y le hizo explotar en pleno aire.
—Sólo quedamos nosotros, Murdock —susurró Andrea.
—Como siempre.
—Lánzale una descarga a los pies. Intenta que caiga de ese alero. Se
acerca a la cúpula a pasos de gigante.
—¿Tú crees que vamos a poder impedírselo?
—¿Bromeas? Creo que nos va a hacer pedazos. Pero ya sabes: Todo sea
por el honor y la paga.
—Maldición. Ni siquiera me queda ya saliva para gritar Jerónimo.
Jonathan Bunyan se cubrió el rostro con las manos y avanzó como un
juggernaut sobre el tejado de la Columnata, dirigiéndose imparable hacia la
pieza apetecida de la cúpula de la Basílica. Ya tenía el juego en donde
quería: Sólo quedaban dos Centinelas en pie, dispuestos a frenarle
empleando todos los recursos a su alcance, y sabía que uno de ellos era
Andrea Vanderbilt.
Saltó hacia el cielo, remontando en su vuelo la trayectoria de los dos
centuriones. Incapaces de girar con su misma pericia, los Centinelas
tardaron unos segundos en reestructurar su estrategia. Demasiado tarde.
Cuando quisieron darse cuenta, el dios disfrazado estaba ya en lo alto de la
cúpula, contemplando los restos de la ciudad de Roma desde la perspectiva
única soñada por el genio de Miguel Ángel.
El deseo de conservar aquella obra de arte ahora inservible les impedía
utilizar la destructiva potencia de fuego de sus brazaletes láser. Como los
halcones de su clave de radio, los Centinelas cayeron contra él, confiados
en poder arrancarlo del suelo convexo y continuar la batalla en otra parte.
Pretensión inútil. Jonathan Bunyan hundió los dos puños en el techo de
la cúpula, abriendo un boquete que le permitió ver el altar mayor
largamente abandonado y el oscuro bronce del baldaquino de Bernini. Uno
de los Centinelas se le echó encima. Un hombre, comprendió por la fuerza
del impacto y la violencia de su peso. Lo agarró por los hombros, lo volteó
como si fuera un saco, golpeándolo contra las piedras deshechas hasta que
la presión de su abrazo se aflojó como una cuerda suelta. Entonces lo arrojó
al vacío, roto su poder de mantenerse en el aire.
—¡Murdock! —gritó una voz. La mujer. Su presa.
Un golpe lo hizo tambalearse, y comprendió que como un rayo la
Centinela se había precipitado al rescate de su compañero, lanzándose al
picado negro que conducía a la cruz de la basílica. Lo logró en un segundo,
pero el peso añadido del otro centurión fue demasiado para sus propulsores,
que la hicieron ladearse peligrosamente.
—No podremos volver los dos ahí arriba —murmuró Murdock,
aturdido por la serie de golpes, sangre manando por su nariz y sus labios—.
Suéltame, Andrea.
—Déjate de heroicidades estúpidas, Murdock.
—¡Nos vamos a estrellar los dos! ¡Y ese hijo de puta podrá zambullirse
desde ahí arriba y cazarnos como a un par de patos despistados!
—Está bien. Te dejaré en esa ventana. Pero no te muevas de ahí. Es una
orden.
—No te preocupes. Creo que no podré hacerlo.
Apurando los últimos estertores de su circuito volador, Andrea regresó a
la cúpula, donde Jonathan Bunyan la esperaba con los brazos abiertos.
Disparó una ráfaga a quemarropa. El enemigo se cubrió con la mano,
despertando una lluvia de chispas azules que iluminaron su silueta como un
fuego fatuo. Un salto al cielo, una pirueta, un golpe con el canto de la mano
izquierda. Andrea chocó contra las rocas desentrañadas de la cúpula,
abriendo una grieta que ascendió sobre la piedra como un rayo.
Se volvió, con la rabia de una leona acosada. El derivante le arrancó el
visor de un manotazo, lo aplastó entre sus dedos como si fuera papel de
estaño. Sonreía.
Andrea lo miró a los ojos poderosamente azules, encendidos. Los rasgos
tiznados sólo reforzaban aún más el blanco claro de sus dientes, la radiancia
de sus pupilas. Comprendió que el enemigo la estaba midiendo,
observando. Un cosquilleo inexplicable le erizó los vellos de la nuca y le
taponó los oídos. Por un momento, sintió un estremecimiento, como si
hubiera recibido una mínima descarga eléctrica.
Alzó la mano derecha, consciente de que la mitad del uniforme se le
había hecho pedazos, sabiendo que tenía un pecho al aire, absurdamente
cohibida en este momento tan cercano a la muerte por verse indefensa ante
la mirada taladrante de aquel ser. Le apuntó a los ojos con el brazalete de
muñeca. Tan cerca, el disparo borraría aquella mirada, apagaría la hiriente
sonrisa. Extendió más el brazo, se preparó para abrir fuego.
—No.
Fue una única palabra, apenas un susurro, pero lo sintió en sus entrañas
como un mazazo. Supo entonces que sería incapaz de disparar, que no había
forma posible de rebelarse contra la autoridad de aquella voz. La mano
dorada de su enemigo le arrancó el brazalete, lo arrojó lejos. Andrea cerró
los ojos y descargó un puñetazo inútil contra aquel rostro irreconocible.
Un nuevo revés la dejó inmóvil, aturdida, casi aterrada. Tenía sangre en
la boca, le costaba trabajo respirar. Cuando trató de llevarse la mano al
cuello, comprendió que era la presa del hombre lo que le cortaba su
conexión con la vida. Sintió que sus pies colgaban en el aire, el frío del
vértigo taladrándole la piel. No quiso mirar hacia abajo. Supo que pendía
del brazo extendido de su enemigo, en paralelismo inequívoco con su
propio gesto de aquella aciaga noche en que su secreto quedó descubierto.
Todo lo que cabía esperar ahora era el silencio, la oscuridad propiciada por
el golpe de gracia.
Jonathan Bunyan observó aquellos rasgos, calibró el contorno de los
músculos, la suavidad de la piel. La mujer colgaba de su mano extendida
como un estandarte reseco bajo el sol. Un poco de presión y la garganta
estallaría bajo sus dedos. Sonrió. Apreció el olor de la sangre y el sudor de
la Centinela, acarició con la vista el contorno del pecho ensangrentado. Sí,
era una de ellos. Fuera cual fuese su juego, a pesar de su profesión o su
disfraz, como había supuesto, Andrea Vanderbilt era uno de sus bastardos.
Una partida interesante. Un giro no menos atractivo por esperado.
Jonathan abrió la mano y la mujer cayó al suelo, medio inconsciente. Había
decidido regalarle la vida. Había venido a resolver una duda y se encontraba
con un enigma cuyo desenlace prometía ser divertido. Fuera cual fuese el
juego de la mujer, era interesante. Observaría con atención su desarrollo en
el futuro.
Andrea abrió los ojos, sintiendo el frío de la piedra contra su espalda.
Una mano amable le limpió la suciedad de los párpados.
—¿Murdock?
—Estoy aquí, tranquila. ¿Te encuentras bien?
—Creo que sí. ¿Tu costado...?
—Voy tirando. Ten cuidado al ponerte en pie. Estamos muy alto y ni tus
propulsores ni los míos nos salvarían de la caída.
»No te preocupes por el derivante. Se ha marchado.
Amanecía en la antigua ciudad de Dios. Andrea Vanderbilt se incorporó,
sacudiendo de su cuerpo el polvo de la cúpula destrozada. Se apoyó en la
mano amiga de Murdock Fisk. Miró al cielo. Suspiró. Y supo con seguridad
plena que el ser con el que ambos acababan de enfrentarse no era, en modo
alguno, un derivante.
Una pista débil, sin duda, era mejor que nada. Pero la circunstancia de
los peces de plata seguía sin llevarla a ninguna parte. Sus programas de
búsqueda revolvían las redes de datos en busca de información pertinente,
pero aparte de interminables listas de nombres en latín y clasificaciones
ictiológicas, Davinia Cross había sido incapaz de sacar nada en claro. Y
mientras tanto, el mundo a su alrededor parecía haberse vuelto loco. Tan
sólo dos noches atrás, un derivante lleno de furia homicida había destrozado
el Templo de Kent situado justo frente al edificio de su videoperiódico y
luego había trazado un reguero de destrucción hasta que, según decían, los
Centinelas pudieron pararle los pies sobre la cúpula de la Basílica de San
Pedro en el Vaticano.
No había vuelto a tener noticias de su amiga la derivante, la Centinela,
la bastarda de los dioses o como quisiera llamar a Andrea Vanderbilt. Ni
tampoco había intentado volver a contactar con ella. ¿Para qué? La mirada
de la otra mujer le daba miedo. Era consciente de que ya le había sonsacado
toda la información posible, y la experiencia le decía que había asuntos que
era mejor no menear ante el riesgo de que acabaran por estallarle en la cara.
Tenía una pista: Al menos cuatro derivantes llevaban figuras similares,
signos donde aparecía un pez de plata. ¿Simple coincidencia? No podía ser.
Pero en la marea enloquecida de los servicios informáticos era imposible
pescar un nuevo indicio que ligara aquellos peces con algo más sólido.
Como siempre, fue la ayuda de Klaus Vildmann la que acabó por
hacerse indispensable.
—¿Qué sabes de peces, Klaus?
—Que tienen escamas. Y que algunos se comen, si puedes pagártelos,
claro. ¿Por qué lo preguntas?
—Preferiría no decírtelo, Klaus, si no te importa.
—¿Has vuelto a meterte en un lío?
—Todavía no. Pero casi.
—Si es peligroso, no lo hagas. Ningún reportaje vale lo que tus dos
piernas, Dave.
—Muchas gracias, jefe. ¿Y como símbolo?
—¿Tus piernas como símbolo de qué?
—No seas ganso. Los peces. Como símbolo de algo... no sé. ¿Tienes
idea de qué podrían significar? Una secta secreta, un culto a los dioses, un
grupo terrorista.
—El símbolo de Piscis es lo que primero me viene a la cabeza. Ya
sabes, los dos pescaditos de la historia del zodíaco. Y el yin y el yang
siempre me han parecido dos peces mordiéndose las colas. Igual que la «S»
del pecho de Supermán.
—¿De quién?
—Oh, un personaje de cuando los cómics se imprimían en papel y no se
movían siquiera, una antigualla de hace más de quinientos años, anterior sin
duda al Apagón histórico. Lo descubrí cuando preparaba mi tesis de
licenciatura. Lo más parecido a uno de nuestros actuales dioses, supongo.
—Muy instructivo, pero todo eso no me sirve de nada.
—También está el IKHTHYS de los primeros cristianos.
—¿El qué?
—Ya sabes. Cuando el viejo Nerón, que seguramente fue un derivante,
ordenó incendiar las siete colinas de la ciudad de Roma sobre la que ahora
nos encontramos. Era un símbolo que los primeros cristianos usaban para
identificarse.
—¿No era la cruz?
—La cruz y el pez también. Como la cruz era muy evidente y no
auguraba un futuro demasiado halagüeño, para reconocerse entre sí y no
acabar actuando en el fin de fiesta del circo máximo usaban también el pez.
No olvides que Cristo era pescador de hombres. Y me parece haber leído
que las iniciales de la palabra pez en griego coincidían con su nombre.
¿Puede ser algo parecido a eso lo que andas buscando, Dave?
—Tiene que serlo, Klaus. Tiene que serlo.
Esta vez, los informativos no habían dado más que una falsa y escueta
noticia del incidente. En ningún lugar se habló de la humillante derrota
sufrida por dos escuadrones de Centinelas, de la huida del misterioso
derivante, de la muerte de cinco policías y las graves heridas que dejaron
incapacitados para el servicio a otros cuatro. En ningún lugar se comentó la
sospecha que Andrea Vanderbilt atesoraba como el corazón de una manzana
podrida: El hombre al que se habían medido, su vencedor, era un dios. No
podía ser otra cosa.
Andrea nunca había visto a un dios en persona, y el disfraz con que el
ser de la otra noche se embozaba hacía imposible cualquier posible deseo
de reconocimiento, pero aquella sonrisa, la fuerza de sus dedos, la audacia
de sus gestos, el susurro imperioso de su voz no abrían espacio a otra teoría.
Murdock y ella habían sobrevivido al capricho de un dios. Y si había
sido así, si el encuentro entero había tenido lugar, la casualidad como factor
desencadenante quedaba descartada. El dios viviente había venido a por
ella. A enfrentarse con Andrea. A estudiarla. A reconocerla.
Nunca olvidaría la llama celeste de aquellos ojos, el escalofrío eléctrico
del contacto de su piel. El dios había venido a reconocer lo que era parte de
sí.
Por segunda vez, Andrea Vanderbilt había sido descubierta.
Una sensación ominosa e inclasificable le advertía que el tercer mal
paso sería ya el definitivo.
Si hubiera querido buscar una justificación para esta nueva decisión
suya, sin duda que la tensión acuciante que la embargaba, la proximidad de
saberse cercana a una muerte más que intuida, la angustia de comprender
que el tiempo le iba en contra habrían resultado buenos recursos. Siempre
era agradable en el temor de los últimos momentos aferrarse al dulce vino
de la vida. Pero no. La decisión de ceder por fin a los deseos de su cuerpo y
de su alma no había sido improvisada, sino largamente sopesada, meditada,
asumida. Tenía veintidós años y jamás había conocido el amor de un
hombre. Su adolescencia malgastada en plena huida, el disfraz que había
adoptado después, el caparazón de hierro con el que protegía sus
sentimientos del mundo exterior la habían apartado de cualquier plasmación
física de la palabra amor. Su cuerpo perfecto ardía. Y la situación abierta en
las últimas semanas le había hecho comprender que, en efecto, tanto
Murdock como ella podían tener los días contados. Una nueva batalla y
quizá ninguno de los dos volviera a saborear el néctar de la mutua
compañía.
Sabía que Murdock se había llevado una sorpresa. En realidad, hasta
cierto punto, la sensación había sido mutua. Tantos meses de trabajo
conjunto habían labrado un profundo lazo de atracción y afecto entre los
dos, severamente cortado por la cortapisa de su disfraz autoimpuesto, del
control hiriente con que manejaba su vida. Pero si había sido capaz de
dominar su cuerpo, sus sentimientos demostraron no estar dispuestos a
dejarse someter por ninguna brida. Lo había captado por fin cuando vio a
Murdock caer a plomo desde lo alto de la cúpula de la Basílica cuatro
noches antes. En ese momento supo que no podría refrenar por más tiempo
la atracción que sentía hacia su compañero.
Hicieron el amor despacio, controlando el ansia tan largamente
reprimida. En la tranquilidad del apartamento de Andrea, la Centinela
descubrió un mundo nuevo, un caudal de sensaciones rabioso y pleno. Un
fogonazo en el remolino que era su mente le recordó el interrogatorio de
días pasados, la curiosidad y el afán de conocimientos de Davinia Cross, la
periodista que había desentrañado su secreto. En brazos de Murdock Fisk
acababa de descubrir ahora una nueva característica maravillosa de sus
atributos metahumanos: lo mismo que sus umbrales de dolor se reducían,
los de placer se ampliaban hasta unos límites que ni siquiera en su
virginidad habría sospechado nunca.
Arropada en las brumas de terciopelo del primer orgasmo, fue incapaz
de comprender que su decisión había acabado por desgarrar la frágil cortina
de su secreto.
Sin sospecharlo, sin entenderlo, había dado por fin el último y definitivo
tercer paso en falso.
El mundo, de repente, quedó sumido en el caos. En un instante Murdock
culminaba una segunda ronda de placenteras caricias y al siguiente saltó de
la cama como si lo hubiera mordido una víbora.
—¿Murdock... qué? —preguntó Andrea, aturdida. Advirtió que algo iba
mal, pero sus órganos todavía vibraban, danzando arriba y abajo en una
cabalgada indescriptible.
—No te muevas de donde estás, Andrea. No quisiera hacerte daño.
La voz de Murdock era gélida, espantada. Luchando por controlar un
regreso a la consciencia, Andrea advirtió que rebuscaba en su uniforme. Un
arma, sin duda.
—Murdock, no comprendo. ¿Qué...?
—No digas ni una palabra, Andrea. No sé cuál es tu juego, pero ha
quedado descubierto. Eres una de ellos.
La habitación pareció dar vueltas alrededor de su cabeza, el corazón se
replegó en el interior de su pecho. Andrea se incorporó en la cama.
—¿Qué tontería estás...? —intentó murmurar, la voz disuelta en un hilo.
—Eras virgen hace un rato, Andrea —susurró Murdock,
apresuradamente, la pistola en la mano, el pene súbitamente encogido y
flácido.
—Yo misma te lo he dicho, sí. ¿Hay algo de especial en eso?
—Eras virgen hace un rato, Andrea —repitió Murdock, frío en los ojos,
tensión en la voz—. Y ahora... ahora vuelves a serlo.
Devuelta a la realidad, arrancada del sueño, Andrea Vanderbilt
comprendió por fin.
—Tus tejidos se regeneran, ¿no es así? —continuó diciendo Murdock
Fisk—. Como los de los derivantes que tantas veces hemos perseguido. Por
eso nuestras balas de plasma no les hacen apenas daño. No sé cuál es tu
juego, Andrea. Pero no cabe duda de que has cometido un error.
—No hay juego ninguno, Murdock —dijo Andrea tristemente—. No es
mi culpa si soy lo que soy. Jamás he pretendido otra cosa sino seguir
viviendo.
—Infiltrada entre los seres humanos. No puedo creer nada de lo que
digas, Andrea. ¿Cuántos meses, cuántos años nos has tenido engañados a
todos? Éramos tus camaradas, tus compañeros. Hemos sufrido juntos. Has
aprendido nuestras técnicas de combate. Eres muy buena en la lucha cuerpo
a cuerpo. ¿Para qué querías todo ese conocimiento? Para nada digno, sin
duda.
—Te lo repito, Murdock. Sólo buscaba vivir. Nunca he hecho nada
malo.
—Ni lo volverás a hacer, desde luego. Lo siento, Andrea. Había
confiado en ti. Te creía un ser humano, no un monstruo.
—No pensabas lo mismo hace unos minutos.
—Hace unos minutos todavía llevabas puesta la máscara, Andrea.
Ahora ya no puedo estar seguro de nada. Sabes tan bien como yo que me
debo a una disciplina, a un juramento.
—Di más bien a un adoctrinamiento. De acuerdo, es absurdo pretender
seguir fingiendo más. Supongo que a tus ojos soy lo que llamas una
derivante. ¿Qué piensas hacer?
—No quisiera hacerte daño. Llamaré al Cuartel General y...
—¿Vas a entregarme, Murdock? He sido tu compañera, tu amante.
¿Cómo puedes hacerme una cosa así?
—¿Tanto te extraña, Andrea? ¿No eres tú quien te has pasado la vida
eliminando a tus iguales?
—Touché —reconoció Andrea, mordiéndose los labios. Justicia poética,
sin duda, aunque maldita la gracia que le hacía experimentarla en su propia
piel. Tenía que actuar rápido, antes de que el trastornado Murdock ejecutara
su amenaza de pedir refuerzos o, peor todavía, acabara por disparar la
pistola que empuñaba en la mano.
—No te muevas, Andrea.
—Suelta esa pistola, Murdock —susurró Andrea, y por un momento su
voz sonó similar a la del dios que la había inmovilizado en la cúpula de la
Basílica de San Pedro en el Vaticano—. No vas a llamar a nadie. Déjame
escapar.
Murdock Fisk se tambaleó un momento, pero apenas el lapso de un
parpadeo. Era inútil. En la carga genética que la ponía por encima de los
seres humanos corrientes no venía incluido el extraño fenómeno de la Voz.
Andrea comprendió que si quería salir con vida de su propio apartamento
tendría que hacerlo matando al hombre al que podría haber amado.
—Imagen —dijo, con fuerza, sorprendiendo a Murdock por lo absurdo
del contenido de la palabra. Lo que él no fue capaz de interpretar lo
entendió la maquinaria inteligente de la habitación. La docena de
videopantallas situadas detrás del Centinela desnudo se encendieron al
unísono, inundando su espalda de luz azulina, aturdiendo sus oídos con el
estrépito de la música y los comentarios.
Fue apenas un segundo, pero bastó. Murdock giró la cabeza un instante
y fue todo lo que Andrea necesitó para cruzar la habitación de un salto. Una
patada en el vientre, un puñetazo en el torso. Quiso contener la fuerza de
sus golpes, pero en la oscuridad no lo consiguió plenamente. La pistola de
Murdock se disparó, abriendo un feo abismo en su pecho izquierdo, justo
por encima del corazón. Andrea acusó el impacto, notó el sabor salado de la
sangre. Un empujón, un golpe con el codo. Murdock perdió el equilibrio y
se estrelló contra la docena de pantallas, causando una explosión que volvió
a lanzarle contra la pared opuesta.
Sin detenerse a comprobar si estaba vivo o muerto, Andrea recogió sus
ropas y sus armas y escapó del apartamento derribando la puerta.
En sus peores pesadillas ya había vivido una escena semejante a ésta.
Justicia divina, castigo de los cielos, sin duda. Empezaba a odiar la burla
que entrañaba aquel estúpido concepto. Ahora su castillo de naipes se había
venido definitivamente abajo. Descubierta. Sola contra el mundo. Tarde o
temprano el momento tendría que llegar, y aquí estaba. Amargo y ácido.
Insoportable.
Corrió por las calles oscuras, trazando un centenar de planes confusos,
los sentidos abotargados por los acontecimientos, del placer al dolor, al odio
pasando por el amor de un instante. Por un momento pensó en dirigirse al
Cuartel General, hacerse con un uniforme de combate, duplicar su potencia
marcial, escapar más lejos, perderse en otro continente. Pero nada le
aseguraba que Murdock no hubiera contactado ya con ellos, que no
empezaran a batir la arcología en su búsqueda. No podía correr ese riesgo.
Estaba sola. Una derivante casi desnuda, confundida de miedo, perdida
en la ansiedad. No. Tenía que controlarse. Cientos de veces había estudiado
este escenario, lo había vivido desde el otro lado. No podía caer en el error
de los otros derivantes a los que había ayudado a eliminar. Todos acababan
siendo acorralados, destruidos tras la persecución inevitable.
Ella seguía contando con algo a su favor. Igual que el dios al que habían
combatido sin sospecharlo, su naturaleza superior no daba positivo en los
sensores. El subterfugio que la había ayudado a infiltrarse voluntariamente
entre los Centinelas le serviría también ahora, cuando más lo necesitaba.
Tenía que ocultarse, detenerse a pensar una estrategia, quizás adoptar una
nueva personalidad, como había hecho a lo largo de toda su infancia.
Pero antes tenía un par de asuntos sueltos por resolver. Davinia Cross.
Por su culpa se encontraba en este callejón sin salida. Su intervención la
había metido en este embrollo.
Apretó la pistola contra sus pechos y corrió aplastada contra las
sombras. Ahora, al menos, tenía un destino. Próxima estación, la casa de la
periodista.
Un golpe acuciante en la puerta. Davinia Cross se levantó de la cama, se
colocó las gafas, sin tiempo a buscar batas de noche ni lentillas. No tuvo
oportunidad de mirar por la pantalla para ver quién podía ser a esta hora de
la madrugada: La puerta se descabalgó de su montura, y en su hueco
apareció la hermosa silueta de Andrea Vanderbilt.
—Buenas noches, señorita Cross —anunció con voz pastosa la
Centinela—. Espero que no esté haciendo nada importante, porque tiene
una cita con la muerte.
Davinia apreció el tejido cristalino sobre el pecho de la mujer guerrero,
y en un segundo comprendió que aquello se debía a los efectos de la
regeneración en curso. Andrea Vanderbilt había sido herida, a bocajarro,
hacía apenas un rato. Lo demás estaba claro.
—La han descubierto, ¿no? —comentó, cerrando tras la puerta
destrozada el segundo panel de emergencia.
Andrea Vanderbilt se apoyó contra la pared, agotada. Bajó la pistola.
¿Qué demonios estaba haciendo aquí? Perder un tiempo precioso. Acabar
con la vida de la periodista no solucionaría el laberinto en que se había
sumergido la suya.
—Me han descubierto, sí. Como anunció, señorita Cross. Y esta vez ha
sido culpa mía —confesó, a su pesar, súbita mella de la tensión y del
cansancio.
—¿Sería descortés por mi parte preguntar los detalles? Soy curiosa por
naturaleza, ya lo sabe. Andrea se encogió de hombros.
—¿Tiene un poco de té?
—Y hasta tostadas, si quiere. Lo preparo en un instante.
—Nunca me ha gustado demasiado el té. Supongo que éste es un
momento tan bueno como cualquier otro para empezar a acostumbrarme.
Lo mismo no me da tiempo a descubrir otras cosas.
En unos minutos, Dave volvió con una bandeja, que colocó sobre la
misma mesa donde, semanas atrás, había llevado a cabo su interrogatorio.
Andrea Vanderbilt cogió la taza y la acunó entre sus dedos, pero no bebió el
brebaje caliente.
—¿Qué sucedió? —preguntó Davinia—. ¿Podré saberlo?
—Una estupidez por mi parte. Murdock y yo... puede imaginarlo.
—Se liaron.
—Si quiere expresarlo así. Fue fantástico, pero...
—Debió de serlo, ya veo en qué estado viene.
—No se haga la graciosa, Cross. No olvide que he venido a matarla.
—Y a tomarse mi té. Estaba diciendo que no estuvo nada mal. No me
extraña. He visto las fotos de ese Fisk. Es guapo.
—Y tan estúpido como yo. Maldito hijo de perra. Descubrió que yo
era... que soy... Mierda, qué difícil es decirlo. Usted es una mujer de mundo,
Cross. Sé que está divorciada y que tuvo una hija. Pero yo...
—Lo que me está intentando decir es que era virgen, ¿verdad? No se
preocupe, entonces. La primera vez siempre es algo molesto.
—Y la segunda también —sonrió la Centinela, con tristeza.
—¿Qué quiere decir?
—Que sigo siendo virgen. Mi poder de regeneración, ¿lo recuerda?
—Es gracias a él que conseguí meterme en este lío de dioses y de peces
de plata.
—El maldito himen se regeneró. Y como no es algo que suceda todos
los días, él se dio cuenta.
Davinia se echó a reír, de forma nerviosa e incontrolable.
—Perdone, Andrea. No puedo por menos que pensar en la ironía que
supone tener ese cuerpo de ensueño y no poder darle el uso que merece.
Vaya jugarreta. El sueño de un machista. ¿Pero cómo no pensó que ésa sería
la consecuencia?
—¿Cómo iba yo a saberlo? Mi pelo y mis uñas no se regeneran como
las demás células de mi cuerpo. Siguen más o menos un ritmo normal. De
otro modo, tendría que raparme la cabeza cada diez minutos. Pensé que con
el himen sucedería lo mismo. Pero nunca había tenido ocasión de
comprobarlo.
—Está metida en un buen lío, ¿eh? —comentó Dave, otra vez la piedad
asomando peligrosamente en su tono. No le gustaba hacer de paño de
lágrimas de una mujer que podría quebrarle el cuello como si fuera un
palillo en cualquier instante.
—Y usted va a ayudarme a salir de él —anunció fríamente la ex
Centinela.
—No veo cómo.
—No soy tonta, Cross. Sé que debe de tener contactos en los bajos
fondos. Ese colibrí con el que consiguió las imágenes no está a la venta en
el supermercado de la esquina. Debe ayudarme. Me lo debe. No olvide que
cooperé con usted.
—Bajo amenaza de ponerla exactamente en esta situación, por cierto.
Pero supongamos que esos contactos de los que habla fueran reales,
¿adonde cree que lograría ir?
—No lo sé. No existe un lugar en toda la Tierra en el que esconderme y
ponerme a salvo.
—Debe de haber al menos uno.
—Ahora soy yo quien no la entiende, Cross.
—Esas figuras con la forma del pez. Los primeros cristianos la usaban
para reconocerse y escapar de la persecución de los romanos. Si los
derivantes las emplean de forma corriente, y sabemos que al menos cuatro
de ellos las conocían, eso tiene que significar que están organizados y
ocultos en algún lugar.
—Había supuesto algo así, pero jamás había pensado que la pista
pudiera conducir a una catacumba.
—Sus líderes deben de estar muy al tanto de historia cristiana. Un
detalle apropiado, si es cierto que son los depositarios de la herencia de los
dioses. Pero supongamos que consigue burlar a sus amigos los Centinelas y
contactar con esa hipotética resistencia, ¿cree que los derivantes se
mostrarán más comprensivos que ellos? A fin de cuentas, los ha cazado
usted como si fueran ratas.
—Lo sé, Cross. Pero es la única opción que me queda. Tengo que correr
el riesgo.
—Entonces, amiga mía, si quiere vivir, debe comprender que cualquier
vía de salida pasa antes por la muerte.
—Me llamo Davinia Cross. Si han recibido ustedes este mensaje, eso
significa que para mi desgracia ya estoy muerta. Sólo espero haber tenido
antes la oportunidad de haberme llevado por delante a mi asesina.
»Como bien puede apreciarse en las imágenes que acompañan a este
mensaje, hace unas semanas descubrí que la Centinela Andrea María
Vanderbilt, a quien los medios de comunicación han saludado desde que
saltó al primer plano de la actualidad como a una heroína, es en realidad
una peligrosa derivante, infiltrada entre las fuerzas del orden para conseguir
quién sabe qué misteriosos propósitos.
»Desde que esta grabación donde se muestran claramente sus
habilidades llegó a mis manos, he intentado investigar por mi cuenta cuál
puede ser el ánimo secreto tras el disfraz de la cabo Vanderbilt. Sé que he
estado ocultando información valiosa, y que muchos de ustedes
considerarán que entonces mi muerte es un justo castigo a mi desobediencia
a la ley, pero era la única manera posible de obtener acceso a una noticia
que, como periodista, no podía dejar pasar por alto. Perdóname si te he
fallado, Klaus. Sabes que en todo lo demás siempre te he hecho caso, jefe.
»La cabo Vanderbilt es consciente de que conozco su secreto. Yo misma
se lo anuncié, en un intento de llegar a la verdad a través de su propia
confesión. Este mensaje tiene la finalidad de revelar su mentira al mundo si,
por cualquier circunstancia, dejo de existir. Sé que ella no puede permitir
que su secreto quede eternamente en la cuerda floja de mi discreción.
Ignoro si tendrá contactos externos que impidan que este mensaje alcance
plena difusión en todas las ondas, pero no puedo descartar esa variable. Es
por eso que he preparado otra línea de defensa. Aunque esta revelación que
ahora hago no consiga su objetivo, espero haber librado al mundo de la
existencia de la más peligrosa derivante que haya surcado la Tierra.
—Saludos cordiales, les habla Werner Balance. Lo que acaban de ver y
oír ustedes es el último testimonio de una mujer valiente: Davinia Cross,
compañera en las lides a menudo ingratas de esta profesión. Cinco minutos
antes de que este mensaje saltara a las redes de datos y ocupara las
cabeceras de los satélites de noticias, la cabo Andrea Vanderbilt, a quien
todos ustedes sin duda conocen, asaltó el domicilio de Davinia Cross, con la
evidente pretensión de asesinarla. Las imágenes que están ustedes viendo,
recogidas por su servicio de grabación automático e incluidas en el lote que
conectó al satélite, muestran el momento en que la peligrosa derivante,
herida como consecuencia de un enfrentamiento con su compañero
Murdock Fisk, derriba la puerta de la casita que Dave, como cariñosamente
llamaban a la señorita Cross cuantos la conocían, tenía en las inmediaciones
del Palatino. Observen la expresión homicida con que la derivante abre
fuego a bocajarro. Una atronadora explosión, que sin duda habrán podido
oír todos los habitantes de esa zona de Megaciudad, fue el resultado
conseguido por los disparos. Al parecer, como advierte en su mensaje de
despedida, Dave Cross había minado prácticamente su domicilio, una
medida drástica que sin embargo ha tenido los resultados apetecidos. La
policía confirma que de los restos humeantes de la villa es imposible que
haya escapado nadie con vida. Ambas mujeres han perecido, otorgándose
una muerte mutua.
»Se da la circunstancia de que, apenas un par de horas antes, el secreto
celosamente oculto de Andrea Vanderbilt había sido descubierto por su
compañero de patrulla, el agente Murdock Fisk, quien intentó detenerla sin
éxito. Como resultado de la batalla sostenida entre ambos, el agente Fisk
quedó malherido y desfigurado, pero los informes médicos anuncian que su
estado no reviste la gravedad que podría temerse.
»Un expediente ha sido abierto entre los servicios de seguridad del
Cuerpo de Centinelas. La investigación tratará de aclarar si existen otros
derivantes infiltrados en las fuerzas del orden y cuál podría ser el objetivo
de esta estrategia.
«Mientras tanto, el redactor jefe de VIDNEWS INC, agencia para la que
trabajaba Davinia Cross, ha rehusado hacer ningún comentario sobre su
posible conocimiento de las investigaciones de su compañera. "Era una
gran mujer y una gran periodista", ha comentado. "Espero que el sacrificio
que ha hecho no sea en vano."
»Esta noche, en servicio abierto 311801/89 les ofreceremos un reportaje
en profundidad sobre este tema, con un acercamiento especial a las trágicas
figuras de las dos protagonistas. Desde Megaciudad, en directo, les habló
Werner Balance.
ÉXODO
REYES
Al principio, el traqueteo monótono del transporte sub la mareaba, pero
acabó quedándose dormida al cabo de las horas y cuando despertó ya casi
no notaba las vibraciones que le permitían devorar kilómetros y saltar en un
par de días extensiones incalculables de vacío. La niña dormía en su regazo,
como siempre, alimentándose ahora del calor de su cuerpo. Parecía que no
necesitaba otra cosa.
Tras bajar de la montaña sagrada, entre decepcionada y gozosa, Shai'r
había tomado una decisión de la que todavía no había podido arrepentirse.
Vendió sus pertenencias a otros miembros de la tribu, sabiendo cuánto
perdía con el cambio, y se puso en marcha poco después, la pequeña en
brazos, atravesando valles y riscos con un ritmo casi frenético, hasta que
encontró un enclave de turistas y consiguió que la llevaran hasta un enlace
sub, donde comenzaba la civilización de la que hasta ahora había estado
apartada.
Su decisión era fruto de un impulso, tal vez, pero no podía hacer otra
cosa. Los dioses no habían bajado a recoger a su hija, aunque les
perteneciera. Tal vez en las ciudades que ascendían hasta el cielo pudiera
encontrar un modo de hacerla llegar al paraíso. Quería a toda costa que la
pequeña ejerciera el derecho a ser superior que la identificaba como una
marca a fuego desde su nacimiento.
Shai'r contempló su reflejo en el cristal oscuro que indicaba que más
allá del gusano de hierro no había más que paredes negras. El aire reciclado
le sabía extraño en los pulmones, tan diferente como el agua que había
bebido un rato antes. Se internaba en un mundo distinto y en su ignorancia
ni siquiera tenía miedo a lo que allí pudiera devorarla.
Una vez más, Takahashi comprobó que su búsqueda no daba frutos. El
blanco señalado días atrás le eludía, perdido en los sargazos de millones de
cuerpos desconocidos, inclasificables. Tenía que estar allí abajo, lo sabía,
oculto a los sensores y otras sondas identificadoras, consumiendo un tiempo
prestado que acabaría, por agotársele de todas formas.
Takahashi se posó sobre un alero, dominando los siete niveles de Vegas,
extendida allá abajo como un collar de perlas roto ante su presencia. El
brillo de la ciudad del vicio era tan grande que tuvo que recurrir a los
sistemas de filtrado de su yelmo, pues no quería sentir también el canto de
sirena de la corrupción inundando su organismo.
Su derivante estaba entre aquella gente. Tenía que estarlo. Si carecía de
medios de transporte, como los Centinelas (e incluso él mismo) habían
certificado, no podía haber llegado a otro lugar: en todas direcciones, como
en el resto del mundo, no había más que desierto y soledad. La humanidad
se apretujaba en grandes megaciudades, enormes arcologías casi aisladas en
sí mismas, interconectadas por enlaces subterráneos y vías aéreas.
Sobrevivir fuera de ellas era una quimera, un sueño absurdo que sólo podía
conducir a una pesadilla inevitable al despertar. Takahashi abrió los brazos
y se dejó caer, como un maniquí sin voluntad, consumiendo metros y
metros de espacio mientras reflexionaba. Se detuvo en pleno descenso, giró
con la presteza de un tornillo, contempló boca abajo las luces cegadoras del
emporio humano. Neo-Tokyo era una metrópolis similar, un millar de focos
sin sonido, un espacio vital absurdamente comprimido en una isla que hacía
siglos se había quedado pequeña. Comprendía que sus antepasados
hubieran tenido que extenderse hacia arriba, pues el mar envenenado no
concedía ninguna tregua, pero aquí tantos kilómetros de desierto en todas
direcciones actuaban como un cinturón de arenas movedizas que marcaba
un límite, un recordatorio de que el futuro del ser humano estaba en los
cielos. La ascensión, sin embargo, se había detenido hacía cientos de años,
o tal vez en aquellas babeles donde los hombres subsistían el techo estaba
ya fijado de antemano.
Takahashi sentía arder en su sangre la tensión, el deseo imperioso de dar
caza. Su destino también quedó fijado de antemano, como el de la
humanidad, cuando Amaterasu y Yokize le abandonaron. El oscuro
individuo que entonces era desapareció aquella tarde, salpicado de sangre y
lágrimas, para renacer a la venganza. Su destino quedó fraguado para
siempre. Ahora su misión era castigar sin tregua, eliminar a los derivantes
que le habían despojado de lo único que realmente había tenido sentido en
su vida. Takahashi se había convertido en un ángel exterminador, un
demonio de espada flagelante, y ni todos los sistemas enmascaradores de la
tierra impedirían que su vendetta privada continuase. Únicamente podría
haber un final del camino. Sabía que él solo no podría eliminar a todos los
derivantes que vagabundeaban ocultos por el mundo, pero su destino ya
había sido sellado con sangre.
En su ansia de venganza, Takahashi era consciente de que iba corriendo
a ciegas hacia el abrazo de la muerte.
Una neblina sucia cubría la ciudad, embozando las pústulas que las
vidas de los hombres dejaban a su paso. Aquella meca de tecnología
obsoleta y aparatos de diversión no era para ellos, nunca lo sería. Dmitri y
Alexis Maximoff escrutaban con ojos de águila el pobre remedo de placer y
perversión que los humanos habían podido conseguir, con su permiso. El
desdén se reflejaba en sus expresiones faciales, en la postura con que
revoloteaban por los siete niveles de la metrópolis, sujetos contra la
gravedad por la potencia de sus anillos de vuelo.
—Nada —masculló Dmitri. Sus palabras apenas articuladas se
repitieron claramente en el microauricular que su hermano llevaba sobre la
oreja—. Al maldito se lo ha tragado la tierra.
—Tiene que estar ahí —respondió Alexis, más controlado, como
siempre. Los años le habían enseñado a refrenar los arrebatos de su odio.
Cuando descargara el golpe, igual que una mangosta, sería para liberar de
un solo envite toda la rabia acumulada en su pecho—. Es cuestión de
paciencia.
Los dos hermanos sobrevolaban los altos edificios y sus diferentes
planos de aceras, identificados a ratos por los humanos que podían seguir
durante más de un instante las piruetas que trazaban en el aire contenido
dentro de la inmensa ciudad-pirámide. Eran dos plumas rubias que
doblegaban los vientos y controlaban su rumbo dibujando arabescos
imposibles que ni siquiera los más avezados Centinelas serían capaces de
imaginar. Sin armaduras especiales ni jets propulsores, confiados solamente
a la lámpara maravillosa de sus anillos de energía, los metahumanos
desafiaban a la Tierra como debieron los arcángeles desafiar al Cielo en el
principio de los tiempos.
Iban a saldar una deuda largamente demorada, a eliminar un recuerdo de
la infancia que en el fondo no era más molesto que el primer arañazo en una
sala de peligros o el descubrimiento de la infidelidad de la primera amante
compartida. Como si fueran un solo dios repetido, los hermanos Maximoff
habían vivido a la sombra de un rencor sin consistencia, pero si antes
temían contrariar al poderoso Jonathan y a los jefes de otras Casas, ahora
parecían contar con su beneplácito absoluto: Jason Prince, el hijo de Bianca,
la rareza única con la que no habían podido aprender a convivir, tenía las
horas contadas.
Una explosión reveladora a muchos cientos de metros bajo su estela
alertó a los dioses de la venganza. Supieron de inmediato, con su vista de
lince, lo que pasaba. Alguien había descubierto al derivante.
Takahashi cabrioló sobre las banderas, esquivándolas como si fuera un
funámbulo sin control, cuidando de no ensartarse en sus astas. El derivante
se zambulló hacia el nivel inferior, cortando la bofetada del viento con sus
ropas hinchadas. La larga gabardina negra humeaba aún por efecto del
primer disparo efectuado por el ronin a la caza.
Cayó de pie en mitad de la acera. Un vehículo eléctrico lo esquivó a
duras penas, pero el siguiente lo arrolló, haciéndolo girar por el asfalto y
enturbiando aún más sus rasgos deformados por el miedo. Takahashi no
quiso disparar, aun teniéndolo a tiro, para no herir a ningún ser humano
inocente.
El derivante flexionó las piernas y dio un brinco poderoso que lo
impulsó al instante hasta la otra acera, a salvo de las orugas de diez ruedas y
las motocicletas de gravedad limitada. El grupo de hombres y mujeres entre
los que se posó se dispersó aterrado al verlo aparecer, como surgido de la
nada. Una flor de fuego estalló sobre su hombro, arrancando cascotes de
plastimetal de la marquesina que tenía más cerca.
Takahashi remontó el vuelo, cruzó también la calle por encima de las
cabezas de los asustados y los curiosos. Cuando llegó a la acera, su presa se
había perdido en las entrañas del edificio.
Era un casino. Takahashi se internó en él, un torpedo con brazos
siguiendo la estela calorífica de su objetivo. La enorme ruleta gravitaba
sobre el techo, como un plano del universo lleno de colores y de números.
Las luces se fundieron de repente, y aunque los sistemas de emergencia se
hicieron cargo del problema menos de tres segundos más tarde, Takahashi
comprendió que el derivante en fuga era un tipo lleno de recursos.
Takahashi disparó contra la nuliesfera que el derivante había atravesado.
El segundo disparo le hizo advertir que había cometido un doble error. El
sellado del aparato deflectó las dos balas de plasma, que huyeron
espantadas del blanco que de todas formas ya no estaba allí. Los
rectángulos de energía y muerte rebotaron por toda la sala, tocando de
fuego las mesas y espantando la serenidad de los crupieres. Una máquina
tragaperras en tresdé estalló en un caleidoscopio de sonidos, revelando al
jugador de su interior, con las manos llenas de monedas que se borraban de
la vista como algodón de caramelo diluido por la lluvia.
El derivante no podía volar, pues carecía de la tecnología que convertía
a Takahashi en un auténtico hombre de hierro, pero los saltos con que
esquivaba la presencia del cazador casi causaban el mismo efecto. El
samurai sin amo registró en su ordenador de combate que las manos de su
inminente víctima brillaban cargadas de una extraña energía negra. Sin
duda, se trataba de un derivante distinto a los que había eliminado en el
pasado.
Un chaparrón de metal marcó en la pared la silueta de Takahashi, que
apenas tuvo tiempo de conectar el campo de fuerza auxiliar. Su
exoesqueleto neutralizó la mayoría de las piezas de juego lanzadas con
precisión mecánica por el derivante, pero un par de cartas se clavaron en su
antebrazo. El samurai sintió la picazón del dolor, pero no perdió tiempo en
arrancar los naipes ni en poner en marcha los sistemas cauterizantes de su
armadura de combate.
Eludiendo un enfrentamiento directo, el derivante descargó un puñetazo
atronador contra la pared. Takahashi comprendió que en sus manos
resplandecía una pátina de energía, innata o adquirida, que bien podría
taladrar su pecho con la misma facilidad con que las cartas metálicas habían
pespunteado su coraza. Disparó contra el fugitivo, entré un clamor de gritos
y de sirenas, pero la rápida ráfaga de rectángulos azules se perdió más allá
del agujero por donde había escapado el derivante.
Saltó al aire una vez más. Atravesó la pared y se dispuso a lanzar una
nueva andanada cuando dos sombras estilizadas cayeron a ambos lados,
desde arriba, veloces como azores contra una liebre.
Takahashi atinó a ver el brillo de sus ropas, el revuelo de sus cabellos de
oro dibujando un surco amarillo sobre las luces encarnadas de la noche. No
eran Centinelas al ataque.
Eran dioses.
Alexis Maximoff se precipitó en picado hacia su blanco, los puños por
delante, sin pestañear siquiera ante la picazón del viento contra sus ojos. En
paralelo a él, maldiciendo entre dientes, Dmitri caía como una bala
trazadora. Casi un centenar de metros más abajo, rebotando de nivel a nivel,
el derivante intentaba perderse de vista. No iba a conseguirlo.
El silbido del aire en sus oídos perfectos hizo que Alexis Maximoff
volviera la cabeza. Una cuarta figura seguía su triple estela, un hombre
recubierto de metal dorado que suplía con tecnología su diferencia con el
coloso en fuga y los dioses a su caza.
Alexis supo de inmediato qué era aquella figura, qué pretendía. Casi
admiró su perseverancia. Un cazador de recompensas, uno de aquellos
locos que arriesgaban sus vidas en la persecución de derivantes, un fanático
impulsado por la religión o el odio. Su arrogancia no tenía límites. En vez
de retirarse ante la presencia omnipotente de sus superiores, el hombre
acorazado los perseguía, dispuesto quizás a arrebatarles su trofeo como un
perro de la jauría lucha por arrancar para sí un miembro de la presa.
Alexis se giró mientras caía. Se vio reflejado en el visor del cazador de
recompensas. Extendió una mano. Hizo un gesto breve, inapreciable.
Takahashi salió despedido hacia arriba, lanzado como un chorro de
esperma contra el cielo negro. Invertida la gravedad, se perdió en las alturas
girando sobre sí mismo, una cápsula de salvamento en busca de la órbita.
Alexis recuperó la posición de vuelo y sonrió al ver que su hermano
había alcanzado al derivante. Los dos caían hacia la acera del tercer nivel,
convertidos en una pelota de manos y de brazos.
Se estrellaron contra un vehículo aparcado y esquirlas de metal y
plástico revolotearon tras el impacto.
Alexis Maximoff se posó en el suelo con la gracia de una mariposa. Su
hermano se incorporaba ya, el rostro cubierto de sangre y cortes que
cauterizaban casi en el acto. El derivante se volvió, las ropas destrozadas.
—¡No es él! —gritó Dmitri, la sorpresa y el odio deformando su bello
rostro—. ¡No es el maldito Jason!
El derivante se secó la sangre de la boca y esperó a pie firme el ataque
de los dioses.
Giraba, volteaba, perdía todo sentido de dirección y equilibrio. Los
sensores de su armadura chisporroteaban, ofreciendo un millar de lecturas
contradictorias, todas falsas. Takahashi luchó por recuperar el control de
vuelo. Imposible. El dios rubio ni siquiera le había tocado.
Un simple gesto y su exoesqueleto se había vuelto loco, catapultándole
hacia arriba, por encima de la protección del último techo de la ciudad, lejos
de su presencia.
Una luz de alerta en el visor hizo que su frente se cubriera de un sudor
frío.
La aceleración recibida era suficiente para ponerlo en órbita.
Ça alors, pensó el derivante. Todo había acabado. Sabía que podría
tener una posibilidad contra los Centinelas, pero las dos figuras repetidas
que se cernían contra él eran dioses, no había duda. Dioses que venían a
cumplir un trabajo que normalmente delegaban en sus perros de presa.
Su misión había terminado en fracaso. Esperó que Javier pudiera
perdonarle por su torpeza.
Descargó un puñetazo contra el más alto de los dos hermanos. La sangre
roja del metahumano salpicó el asfalto, confundiéndose con la suya propia.
El derivante retrocedió un paso, dos, tambaleándose. Alexis Maximoff no
había tenido piedad. La punta láser de su bastón de plata le había taladrado
el plexo solar con la facilidad con que una máquina ensarta una aguja.
El derivante se miró el pecho. El poder de regeneración actuaba ya,
cerrando la herida, plegándose sobre el boquete donde chorreaba su sangre.
El corazón, roto en dos pedazos, flotaba en un charco sobre la acera.
Takahashi calibró apresuradamente su situación. Tenía que enmendar su
trayectoria o acabaría más allá de la atmósfera, a la deriva, uno más entre
los millares de satélites que circundaban la Tierra, un punto infinitesimal a
caballo entre el planeta y el anillo edén. Su armadura no le salvaría de la
muerte por descompresión. Se reprendió por iluso. La velocidad con que
ascendía era tan grande que todos los sistemas estallarían de un momento a
otro por sobrecarga.
Sus brazos pesaban una tonelada. Takahashi los cruzó sobre el pecho,
encogió las piernas, consiguió convertirse en una pelota. Siguió girando,
ganando velocidad a cada instante. Invertir ahora la trayectoria de vuelo
podría acabar haciendo que el exoesqueleto reventara, y siempre quedaba la
posibilidad de alterar el rumbo y acabar precipitado contra el suelo. Un
impacto contra la tierra no sería mucho más agradable que pasar el resto de
la eternidad convertido en un sarcófago flotante sobre la órbita.
Desconectó todos los sistemas con un movimiento subvocálico. Apenas
lo notó. Había quedado a merced del impulso recibido por el dios en su
desprecio. ¿Cómo lo había hecho? Su mente recordó aquel breve
movimiento, la mano extendida. La imagen apenas entrevista del brillo del
anillo le hizo comprender que era la fuerza gravítica que permitía volar a
los dioses lo que se había cebado en él, invirtiendo la potencia de sus
propios sistemas. Hermoso consuelo cuando fuera un cadáver allá arriba.
Conectó un propulsor de vuelo. El nuevo impulso hizo que su
trayectoria se modificara un instante. Cortó la potencia. Dejó pasar dos
segundos. Conectó el propulsor otra vez, a pleno rendimiento. Abrió los
brazos.
El impulso fue suficiente para modificar la escalada hacia la nada.
Todavía perdido en la velocidad asfixiante, Takahashi comprendió que ya
no ascendía, sino que volaba en paralelo al horizonte.
Cuando se hizo con el control de su armadura, tragó la bilis contenida
en su garganta. Los dioses le habían privado de su presa. Había querido
agarrar un relámpago y apenas había conseguido quedarse en los dedos con
el eco de un trueno.
Jason Prince los vio alzar el vuelo y perderse en las alturas. Los había
reconocido de inmediato. Jamás podría olvidar sus cuerpos, el destello
inconfundible de sus rostros. Supo que el derivante al que habían dado caza
suponía un ser insignificante para el odio de los dos hermanos: era a él
mismo a quien Alexis y Dmitri Maximoff venían buscando.
Se acercó al cadáver, abriéndose paso entre la multitud curiosa que se
congregaba más allá del círculo policial impuesto por una escuadrilla de
Centinelas que había llegado, como siempre, demasiado tarde.
—Déjenme pasar —dijo—. Soy médico.
En la marea de sus recuerdos falsos, comprendió que tal vez no
estuviera mintiendo. El policía lo miró con sorpresa, como a punto de decir
que un médico era lo último que necesitaba el guiñapo de carne volcado en
la acera, pero Jason no le dio tiempo a contestar. Sorteó la tira de plástico y
se arrodilló junto al hombre caído.
Era bello, incluso en la muerte. Los rasgos finos que indicaban su
superioridad física, los músculos bien torneados, los huesos fuertes. No lo
conocía, pero no pudo dejar de sentir un comprensible arrebato de
parentesco con aquel hombre cuya única desgracia, cuyo único pecado era
tener a uno de los dioses como padre.
—No se puede hacer nada por él, doctor —dijo el Centinela, erguido
junto a él. Había en su tono un claro matiz de alivio, de desprecio—. Está
muerto.
Jason asintió. Empezó a incorporarse cuando advirtió un brillo dorado
entre los dedos cubiertos de sangre. Cogió la mano, como para colocarla
sobre el geiser ya seco del pecho abierto. Contuvo la respiración.
Había un anillo en el anular inerte. Un sello con el grabado de un pez
que Jason ya había visto antes.
Luther Munroe trató de no perder su paciencia legendaria. El número
dos de entre los dioses, la mano derecha del jefe de todas las Casas, famoso
por su impasible lógica y por lo medido de todos sus actos, se sentía ahora
incapaz de controlar los arrebatos de genio de su propia hija.
Galenne continuó jugando contra el equipo imaginario de hockey
volador, procurando no hacer caso a las palabras de su padre. Era una mujer
alta, de huesos largos y fuertes, una diosa de color café con dos brillantes
ojos grises y una larga cabellera suelta que ahora, por algún vaivén de la
moda o de su capricho, llevaba teñida de oro y blanco. Era joven, pero no
sólo en la medida en que eran jóvenes los dioses comparados con los
humanos que dominaban y de quienes se servían: era joven en edad, en
experiencia, apenas veinte años de existencia sobre la Tierra, ni siquiera un
diez por ciento del lapso de vida que era nota común para la raza del homo
maximus.
—No insistas, padre —murmuró, mientras se quitaba el casco y daba
por concluida la sesión deportiva—. No quiero hacerlo.
Luther Munroe le tendió una toalla, pero ella la rehusó. El sudor
resbalaba sobre su piel oscura como gotas de lluvia sobre el pelaje de una
pantera.
—Galenne, no es cuestión de que te apetezca o no. Es necesario.
Galenne se volvió hacia su padre. En sus ojos chispeó una luz que, para
cualquier otro ser vivo, habría sido una advertencia de peligro inminente.
—¿Necesario? No soy ningún peón en las manos de Jonathan, padre. Ni
en las tuyas tampoco. No quiero que juguéis conmigo.
Luther Munroe suspiró.
—No se trata de ningún juego, hija mía. Las circunstancias imponen
una alianza de estado.
—¿Y soy yo el precio a pagar por tus manejos, padre? ¿Ahora soy
asunto de estado?
—No sólo eso. El futuro de nuestra raza está en juego.
—Ya te he dicho que no quiero juegos de ninguna clase.
—Galenne, escúchame. No se trata de un favor, pero no quisiera que
tuviera que convertirse en una orden.
—El amo Jonathan ordena y tú obedeces, ¿no es así, padre?
—No me gusta que hables de esa forma de Jonathan. Él te aprecia.
—Como un águila a sus polluelos. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que
esté grabando esta conversación por medio de alguno de sus sofisticados
sistemas electrónicos?
—No soy tan importante para eso, Galenne. Y Jonathan sabe que yo le
apoyo sin reservas. En situaciones de crisis debemos actuar todos unidos
como una piña.
Galenne se despojó de la malla que la cubría y entró en el cubículo de la
ducha. Un bombardeo de partículas diminutas la rodeó, como un tornado
que hubiese invocado con un chasquear de dedos.
—¿Y ahora soy yo la solución a vuestras crisis? Me halagas, padre.
—Así es como deberías sentirte. Halagada. Feliz.
—¿Por haberme convertido en una mercancía? ¿Por haber retrocedido
miles de años en el tiempo? Ni siquiera entre los humanos se dan ya este
tipo de circunstancias.
—¿Qué sabes tú de los humanos? ¿Cuándo has visto a uno? —Luther
no pudo controlar un estallido de genio; la muchacha le estaba sacando de
quicio con su tozudez.
—Es cierto. No he tenido con los humanos el... contacto que Jonathan y
tú y tantos otros habéis mantenido de forma continuada.
Luther bajó la cabeza.
—Galenne —dijo, cambiando de tono, de estrategia—. Fenric no es mal
muchacho.
—Fenric es un idiota. Como todos los Wayne, por otra parte. Jamás
pensé que estuvieras dispuesto a que mezcláramos nuestras sangres.
—Las circunstancias lo imponen. Cierto que habría querido alguna otra
Casa más acorde con nuestra posición, pero Jonathan no tiene hijos. Hemos
llegado tan alto que el hecho de que otras Casas se disputen tu mano es un
halago para nosotros.
—Hemos llegado tan alto que ya sólo podemos bajar —repitió la
muchacha—. Eso, o matar a Jonathan y así seguir subiendo.
—No digas tonterías.
—¿Quién podría hacerlo, de todas formas? Ese bastardo es duro como
una piedra. No me extraña que no haya engendrado hijos. Ni siquiera debe
de tener genitales.
—No culpes a Jonathan, Galenne. Él ni siquiera ha sugerido esta
alianza. Lo hice yo.
—¿Tú? ¿Mi propio padre pretende que me entregue a un patán como
Fenric Wayne? ¿En tan poca estima me tienes?
—Los Wayne son una Casa poderosa. Los primeros jefes de nuestra
raza pertenecieron a su apellido. Cuando mis tatarabuelos eran dioses
anónimos, ellos ya diseñaron las mansiones del anillo edén.
—¿Los Wayne tienen la culpa de que vivamos en este aislamiento,
entonces? Lo mismo se les podría haber ocurrido que lo hiciéramos en
cuevas, bajo tierra.
—Galenne, los Wayne son una Casa a la deriva, condenada a la
extinción, como otras Casas. Recuerda a Richard Kent, solo en ese inmenso
mausoleo que tiene por santuario. Con nuestra sangre, con nuestro potencial
genético...
—¿Los Wayne podrían volver a resurgir?
—¡Los Munroe heredarían el trono de Jonathan! —estalló Luther,
poniendo al descubierto sus cartas—. ¡Tus hijos serían los nuevos líderes
entre los dioses! Jonathan no se ha casado nunca. Con su edad, ya no lo
hará. Los Maximoff le sucederán, sin duda. Pero son alocados. Dmitri es un
león irreflexivo, y a Alexis lo corroe el odio. No serán buenos jefes.
Jonathan no quiere que hereden su puesto. Tus hijos... tus hijos podrían ser
mejores candidatos.
—¿Y los Prince? ¿Los Summers? ¿Los Alien?
—Casas menores, ya. Todos lastrados por el mismo problema. ¿Por qué
crees que los Munroe hemos subido tan alto? Porque somos distintos.
Porque tenemos fuego en la sangre. Porque somos una casta aparte entre los
dioses, hija mía. Somos la raza que heredará los títulos, la raza que
dominará los cielos dentro de cien años.
—¿Y todo eso pasa por mi vientre?
—Por tu vientre, sí. Por la capacidad que tenemos los Munroe para
alumbrar nuevas vidas. Porque la fuerza de nuestro código genético no se
ha secado como la de todos ellos. Porque tú tienes veinte años y el futuro te
espera. Porque ninguna otra Casa de dioses puede reproducirse como
podemos hacerlo nosotros. Eres un bien precioso, Galenne, ¿no lo
comprendes? Los Munroe hemos escalado hasta lo más alto. Ahora los
demás tendrán que seguir nuestros pasos.
Galenne guardó silencio mientras el mecanosiervo la ayudaba a vestirse.
—No me gusta Fenric Wayne —dijo entre dientes—. Es tan idiota que
parece humano.
—¿Y qué más da que te guste o no te guste? Amarra esa alianza.
Engendra hijos con él, tú que puedes. Tienes toda la vida por delante. Fenris
se cansará de ti y buscará otros placeres en las muchachas de la Tierra, esas
que tienen mente corta y vida aún más breve. Los hijos serán tuyos. Y el
futuro de nuestra especie vendrá a comerte de la mano, Galenne. Jonathan
lo aprueba. No es un capricho, ni siquiera un sueño que yo tenga. Mi
ambición hacia nuestra Casa es grande, pero es el futuro de nuestro dominio
lo que está en juego.
—¿El futuro en mi mano? ¿En mi cuerpo? Tal vez. ¿Pero qué hay de mi
mente? No estás dando nuevos argumentos, padre. Sólo gritas más fuerte.
Los ojos de mármol de la diosa desnuda le miraban sin verlo, igual que
él contemplaba la estatua sin ser capaz de comprender más que a medias su
belleza. Murdock Fisk apenas podía apartar sus pensamientos de aquella
escultura rota, carente de vida, que por pura paradoja tanto le hablaba de la
vida, de nuevos modos de enfrentarse al mundo que él ni siquiera había
imaginado que existiesen.
Dos veces había bajado ya al mundo subterráneo en busca de alguna
pista que le indicase el paradero de Davinia Cross y Andrea Vanderbilt. No
había encontrado nada entre los escombros. Sólo la huella ensangrentada de
la mano que un día acarició su cuerpo, moldeándolo como algún artista
anónimo había moldeado este mármol hasta darle hechura de carne. Las dos
veces permaneció allí de pie, en la oscuridad, contemplando los tesoros
caídos, abandonados a su suerte, que algún miembro desconocido de la
cultura de las catacumbas había ido acumulando, año tras año, desde un
tiempo incalculable. Los cuadros, los tapices, las reliquias, las diminutas
piezas de arte le susurraban historias que él no entendía, le hablaban de
mundos soñados o realidades imaginadas que habían llegado a tener peso
propio. La segunda vez que descendió a aquel infierno no pudo evitar
llevarse para sí la estatua de la diosa sin brazos.
La tenía ahora delante, extrañamente fuera de lugar en su apartamento,
frente a las pantallas de los tresdé, los vidiarios y los terminales de su
ordenador, los aparatos que le conectaban con el presente y el futuro. Los
rasgos delicados de aquella mujer desconocida, sus labios finos, sus pechos
perfectos le indicaban que había habido alguien capaz de sentir y expresar
esos sentimientos por cauces que nada tenían que ver con la violencia de la
que él se nutría, hasta saciarse.
La visión de la estatua le hacía sentirse analfabeto, un bastardo sin
herencia en una corte de príncipes, un animal en un congreso de hombres.
Había otro mundo más allá, o lo hubo en algún momento del pasado de la
raza humana, un mundo capaz de traducir sus anhelos en misterio. Si
aquella estatua pudiese hablar, sin duda le diría qué camino había tomado
Andrea Vanderbilt, en qué ocultos pasadizos navegaba ahora sin rumbo.
Pero también podría contarle muchas más cosas, conocimientos perdidos,
recuerdos ignorados, anécdotas desalojadas del recuento. Si la estatua
pudiera hablar, él tal vez dejaría de sentirse un músculo sin función, un
cerebro sin destino, un corazón hecho de acero.
Alzó la pistola, la amartilló, apuntó a la estatua entre los dos ojos.
Comprendió en un segundo qué sintieron los bárbaros, qué pasión ardió en
todos aquellos que asolaron Roma y la destruyeron hasta los cimientos siglo
tras siglo. Era la impotencia, la sensación de saberse apartado, fuera del
alcance de un universo.
Abrió fuego.
La pantalla saltó en mil pedazos, regando de cristal oscuro la alfombra y
hundiendo esquirlas en el techo. La diosa de piedra continuó mirándole,
imperturbable, condenada como él mismo al silencio.
La luz reflejada lo teñía de azul, luego de rojo. Imposible reflexionar en
la oscuridad que se espantaba por la intromisión de la calle en las ventanas,
Jason Prince encendió un cigarrillo. Él no fumaba, así que el acto debía de
ser otra costumbre adquirida, un nuevo recuerdo heredado. El acolchado de
las paredes no conseguía absorber del todo los sonidos de la música que
trepaba desde abajo, convirtiendo el cubículo alquilado en una suerte de
habitación para locos. Muy sintomático.
No había querido tocar la holobiblia que adornaba la mesita de noche,
quizá por temor a despertar al sacerdote que se escondía en él, quizá por no
querer comparar los versículos recitados por la simulación de Werner
Balance con los que él sabía de memoria sin haberlos estudiado jamás. No
quería distraer su atención recurriendo al pozo infinito de las otras vidas
que se turnaban por poseer su cuerpo.
Tenía un problema más urgente que no podía dejar desatendido. Dmitri
y Alexis estaban otra vez sobre su pista, insaciables en su sed de sangre. El
agujero del pecho de aquel derivante anónimo avisaba que no iban a
andarse con rodeos en su afán de venganza. Aquello significaba, sin duda,
que Jonathan les había dado carta blanca. Los hermanos Maximoff no
pararían hasta llevar su cabeza de vuelta al anillo edén, para jugar con ella
uno de sus deportes de gravedad cero y simulaciones holográficas.
Dmitri y Alexis habían sido una espina en su costado desde que tenía
recuerdos, propios esta vez, desde donde su memoria individual abarcaba.
Los tres habían sido educados juntos en varios satélites del anillo edén, los
Maximoff orgullosos de su estirpe y de su futuro, él convertido en una
quinta rueda inservible, despreciado por todos, una rareza que deambulaba
entre un mundo perfecto, el recuerdo de que los experimentos no son
siempre aconsejables.
Jason Prince supo desde muy niño que no podía equipararse a los dioses
con los que su madre se codeaba. Había nacido por un capricho, por un
deseo de curiosidad, tal vez, o simplemente porque Bianca era impredecible
y se empeñaba a toda costa en querer llevar la contraria. Fuera cual fuese el
motivo, allí estaba, un cuco plantado en un nido de águilas que no se
dejaban engañar por su apariencia.
Los ojos azules, el cabello pajizo, la barba de varios días cubriéndole el
mentón cuadrado, la complexión atlética no podían sin embargo equipararse
a esas mismas cualidades, centuplicadas, que se repetían sin ninguna
imperfección entre los dioses. Jason Prince exudaba armonía física. Su
belleza era un molde clásico que en otro tiempo habría inspirado estatuas de
santos o de titanes, pero en su mirada había un brillo de tristeza, de
inseguridad, que traicionaba una parte de su legado y abrazaba la otra, un
anuncio de que tras la fachada del semidiós habitaban las dudas del hombre.
Dmitri y Alexis lo habían comprendido desde el principio. Aunque
nunca había podido hacer un recuento fiable, Jason sabía que el número de
dioses era escaso, y los niños no abundaban entre ellos. Los Maximoff y él
mismo, bastardo de Bianca Prince, más alguna belleza Stanovoi, algún
estúpido Wayne, un par de nerviosos Alien habían compuesto el círculo de
sus primeros años de vida. El desdén hacia su persona había sido la nota
común entre todos ellos, alguna burla inofensiva, miradas de soslayo, risitas
incomprensibles, juegos interrumpidos ante su llegada. Pero los Maximoff,
por algún motivo que todavía, treinta años más tarde, Jason era incapaz de
comprender, habían llevado las rencillas infantiles más adelante,
estirándolas hasta la adolescencia, forzándolas al límite cuando los tres
comenzaban a ser adultos.
Cuando Jason dijo basta y descargó de golpe toda la frustración
acumulada durante décadas, ni siquiera la superioridad física de Alexis
Maximoff consiguió salvar su ojo. Jason todavía recordaba el sabor salado
de la sangre que lo salpicó de arriba abajo, el grito de dolor y de rabia
resonando en los pasillos del edén, los dedos engarriados de Alexis sobre su
rostro antes perfecto, el sollozo cobarde de Dmitri y las amenazas
farfulladas en un idioma incomprensible.
El cachorro de hombre había enseñado los dientes, dejando claro que no
iba a soportar más humillaciones por parte de los dioses.
Jason sacudió la cabeza. Las burlas de la adolescencia habían reventado
en un borbotón de sangre que el poder regenerador común a todos ellos no
podría compensar ya nunca. Alexis se había visto de pronto mutado en un
cíclope carcomido por la ira, un superhombre al límite cuyo único objetivo
en la existencia fue ya el desquite. Las bromas habían desaparecido,
dejando su puesto a algo infinitamente más amenazador. A partir de su
reacción, Jason supo que los hermanos Maximoff ya no perderían el tiempo
en amenazas. Desde entonces sólo les preocupó la venganza.
Sin embargo, no había sido el miedo a los dos dioses enloquecidos lo
que impulsó a Jason Prince a escapar del anillo edén y vagabundear como
un paria por el mundo de los hombres, sino algo mucho más terrible, más
íntimo.
El cigarrillo le quemó entre los dedos. Absorto en el recuerdo de los dos
hermanos dioses, había olvidado seguir fumando. Lo apagó contra su
pulgar. La herida se cerró al instante, sin dar tiempo a que el humo
terminara de disiparse.
Davinia Cross todavía no había podido acostumbrarse a encontrar un
reflejo distinto cada vez que veía su imagen en un espejo. Dudaba que fuera
capaz de llegar a conseguirlo, sobre todo si, como habían planeado de
antemano, iban a cambiar de rostro cada pocas horas, para así intentar
despistar cualquier posible seguimiento por parte de los Centinelas. Si
Andrea Vanderbilt tenía el mismo problema que ella, no dejaba que se
notara en lo más mínimo.
En este momento, a muchos kilómetros de distancia ya de la alcantarilla
que las había escupido del mundo subterráneo, Andrea había adoptado los
rasgos físicos e incluso el lenguaje corporal de un hombre joven, fornido y
hosco. Davinia reproducía sobre su cara la expresión inocente de una
muchachita de pelo corto. Para cualquiera que se tropezase con ellas,
engañado por la fidelidad reproductora del artilugio, no serían más que una
pareja de viajeros, hombre y mujer, que tal vez hablaban poco entre sí por
haber sufrido una típica riña de enamorados.
El tren bala se detuvo. Dave y Andrea esperaron a que el compartimento
se vaciase de gente antes de bajar. En realidad, estudiaban las salidas de la
estación, dirigiendo especial cuidado a los carteles y a la presencia de
policías. Era una ventaja contar con la experiencia de la Centinela, aunque
Davinia no estaba muy segura de que fuera a servirles de mucho si llegaban
a ser descubiertas.
Bajaron al andén. Sortearon el torniquete, subieron las interminables
escaleras mecánicas que acabaron por conducirlas a un nuevo nivel, ya casi
en el extrarradio de Megaciudad. Nadie les dedicó un segundo de atención.
Un detector de metales que atravesaron no notó nada destacable en el collar
que ambas llevaban.
—Tenemos que buscar un terminal de vidiario —murmuró Dave
mientras salían a la superficie. El aire era fresco y llovía. Se preguntó si
alguien notaría que su rostro superpuesto no mostraba el picoteo del agua,
pero se sorprendió al ver que el bigote falso de Andrea chorreaba una
simulación holográfica. Samsara y sus técnicos habían pensado en todo.
Andrea Vanderbilt asintió. Antes de decir palabra, abrió la boca y
escupió algo.
—¿Un diente? —se sorprendió Davinia. Su voz prestada, igual que su
rostro, le parecía extraña.
—El tercero ya —masculló la derivante.
—¿Secuelas del enfrentamiento con tus antiguos camaradas?
Dave no pretendía que hubiera burla en su voz, pero la mirada de la otra
mujer le hizo ver que no lo había conseguido.
—Otra consecuencia de mi... capacidad regenerativa. El Centinela me
partió un diente. —Alzó la mano derecha, cubierta por un retículo
cristalino, como pegamento—. Y yo me rompí la mano al arrancarle a su
compañero la cabeza.
—Sigo sin comprender qué tiene eso que ver con que ahora vayas
escupiendo los dientes.
—Es sencillo, Cross. Mi metabolismo compensa el calcio suficiente
para que los huesos suelden y el diente crezca. El que sea superior a ti
físicamente no implica que tenga que ser perfecta, aunque lo creas. Ahora
mismo mi cuerpo está produciendo calcio a marchas forzadas. Mucho más
que el necesario para lo que se pretende, en realidad. Por tanto, en vez de
mudar un solo diente, estoy a punto de estrenar nueva dentadura.
—¿Y eso te ocurre muy a menudo?
—Es la primera vez que me pasa, al menos a este nivel. No soy capaz
de controlar el proceso. Por lo que sé, podría reventar dentro de un rato, con
los ríñones o la vesícula llenos de piedras.
—O convertirte en estatua, ¿eh? —sonrió Dave—. Chica, y yo me quejo
cuando tengo la regla.
—¿De veras? —El rostro masculino que escondía a Andrea Vanderbilt
enarcó una ceja—. Es otra ventaja por mi parte. No sé lo que es la
menstruación.
Dave pensó por un instante, antes de que las palabras de la otra mujer
calaran hondo en su cerebro, que si alguien las escuchaba podría deducir
que, en efecto, el alto muchacho del bigote mojado era un imbécil que
farfullaba tonterías. Pero estaban solas en la cinta móvil, y no tuvo tiempo
de bromear al respecto.
—¿Nunca...?
—Una o dos veces, sí—respondió Andrea, molesta—. Cuando era más
jovencita. Antes de enrolarme en los Centinelas. Casi lo he olvidado ya.
—Sigues siendo el sueño de un machista, Virgen María, perdona que te
lo diga.
—Tal vez. Si me hago un corte en un dedo, la herida se cierra en un par
de segundos. Ya lo has visto. Mi cuerpo no permite que haya pérdidas de
sangre, así que supongo que por eso tampoco óvulo.
—Eso significaría que...
Andrea meneó la cabeza arriba y abajo.
—Significaría que es muy probable que no pueda tener descendencia.
La sangre al rojo vivo de los dioses sólo tenía una forma de ser
aplacada. Como un trozo de metal en la fragua del herrero, la ansiedad de
los metahumanos sólo podía enfriarse con el agua helada de los cuerpos
sometidos a su fiebre.
Dmitri se conformaba con placeres directos. Entró en el cubículo donde
las cinco jóvenes prostitutas le esperaban convertidas en un torbellino de
pubis temblorosos y muslos entreabiertos, y se perdió entre la carne humana
como un garañón ante las yeguas de una cuadra.
Alexis, más refinado, más encerrado en sí mismo, marcado por el ojo
protésico mucho más allá de la simple deformidad física, siguió adelante.
Era cierto que Vegas ofrecía sexo y perversiones a cada paso, hasta
embriagar los sentidos y rebajar al límite las exigencias, pero el joven dios
se ufanaba de su poder de seducción, incluso con la tara de la cicatriz, y no
estaba dispuesto a compartir su masculino ardor con un puñado de putas
humanas, por muy hermosas que éstas fueran. Había aprendido de Bianca
Prince, la madre del derivante que ambos buscaban, que las artes de la
seducción no se reducían a la simple posesión de un cuerpo reticente.
Caminó por los niveles donde la luz artificial creaba una multitud de
días distintos. No había noche en Vegas. Estaba prohibida. Los neones y los
lásers teñían las calles y edificios de una paleta infinita. Para dormir en la
ciudad, antes había que atiborrarse de tranquilizantes.
Alexis caminaba embozado, cubriendo su porte y su rostro con una capa
escarlata y una capucha. Aquél era un rasgo común a muchos dioses, el
deseo de disfrazarse, un juego que se remontaba a las leyendas de Júpiter y
sus muchas conquistas personales. Alexis sonrió. El padre de los dioses que
ahora habitaban la Tierra era Jonathan, por supuesto; él hubiera querido ser
Marte. Se preguntó quién podría ser Jason. Por la velocidad con que corría
y se ocultaba, sin duda Mercurio.
Entró en uno de los casinos y se sentó ante una mesa, cerca del
escenario. La luz rojiza de la sala no le impidió observar los rostros de los
clientes, despiertos artificialmente por medio de drogas que traducían en sus
ojos la pesadez de sus almas. Un par de muchachitas se desnudaban al
compás de la música estridente que emitía sensaciones táctiles a las mesas.
Alexis se preguntó si aquella cosquilla insignificante era lo que los
humanos sentían con un orgasmo. Supuso que no. Nadie contrataría a las
prostitutas si lograran contentar sus instintos con un roce de aire al compás
de una nota musical.
La bebida que le sirvió una muchacha de piel oscura y pechos enormes
le supo demasiado dulce. La carga afrodisíaca capaz de excitar a los
humanos entorpecía un sabor que, de todas formas, tampoco era demasiado
refinado. Alexis hizo un rápido cálculo mental, para estimar cuántas
docenas de vasos tendría que beber para que aquel mejunje le hiciera
efecto: las drogas de los dioses matarían a un ser humano en el acto.
Miró en derredor. ¿Era ésta la forma de escapar que tenían los hombres?
¿Así reaccionaban a su miserable existencia? Se habían conformado con
muy poco, entonces. Alexis había tenido acceso a datos de información que
la inmensa mayoría de la humanidad desconocía. Era consciente de la
grandeza de esa raza en la que no era más que un intruso, un extraño.
Habían sido poderosos, habían dominado la Tierra, incluso pretendieron
extender su poderío al espacio, algo que ni siquiera los dioses consideraban
ya. Ahora, la escasa humanidad se replegaba en sí misma, satisfecha de su
función servil, un ejército de hormigas contento de su condición rastrera. La
admiración que Alexis Maximoff había sentido en los libros hacia el pasado
de la especie que ahora estaba a sus pies se convirtió en desprecio cuando
experimentó su presente de primera mano.
¿Todo este caos, esta podredumbre era porque ellos existían? ¿Todos los
sueños de grandeza los habían apagado los dioses? Tendría que
preguntárselo a Jean-Claude, su lacayo personal, por quien casi sentía
afecto.
Un pensamiento le mordisqueó, hasta hacerse incómodo. La humanidad
no tenía ya miras hacia el futuro, se había contentado con ser no siendo, con
sobrevivir en el escalón más bajo de la cadena. Pero entonces ellos, los
dioses, tan ufanos de su superioridad, tan conscientes de su supremacía, no
eran muy diferentes a sus esclavos, pues también se contentaban con tan
poca cosa.
Las luces se apagaron, titilaron en rojo y en blanco, y la voz almibarada
del presentador holográfico anunció la llegada de un nuevo número del
espectáculo. Aburrido, Alexis se dispuso a marcharse.
Una mujer alta apareció en el escenario, cubierta de pieles negras. Las
botas de tacón la hacían parecer aún más inmensa. Era rubia, la boca un
poco grande, los pechos poderosos, como cincelados en piedra. La barra de
oro a la que se sujetó antes de iniciar su contoneo morboso se encendió con
una luz azul que se reflejó en el cuerpo inverosímil de la bailarina.
Alexis volvió a sentarse. Escrutó a la mujer como un águila otea el
territorio donde viven sus presas. El contoneo de la mujer, mientras iba
desgajándose de prendas, no era diferente a los movimientos sincopados de
las bailarinas anteriores, aunque había una sutileza en su expresión
corporal, un aroma de fuerza tan grande en su complexión que la hacían
única.
Alexis Maximoff la estudió con su ojo protésico. Era bella, demasiado
para tratarse de una simple prostituta humana.
Comprendió que la mujer era una derivante.
—¿Encuentras algo?
Davinia Cross se mordió los labios antes de contestar a su acompañante.
Sus dedos volaban sobre el teclado, pero no podía sacudirse de encima la
sensación de que con este nuevo movimiento podrían descubrirlas de un
instante a otro.
—La noticia es breve —informó—. Como todas. Hace unos días tus ex
compañeros se cargaron a una congregación religiosa enterita.
Andrea hizo una mueca.
—¿Los derivantes que buscamos?
—No dice nada más. El sacerdote que oficiaba la misa no apareció entre
los cadáveres, y luego no pudieron encontrarlo en un montón de cientos de
kilómetros a la redonda.
—Es posible que haya una relación con lo que buscamos, como apuntó
Samsara. Y es posible que no.
—Me encanta tu capacidad de deducción, Virgen María. No me extraña
que quisieras ser policía y no detective.
La ex Centinela prefirió no contestar. Empujó levemente el hombro de
la otra mujer, ocupando su puesto ante el terminal de la red.
—Déjame a mí.
Tecleó rápidamente sobre la consola.
Dave Cross se maravilló de la habilidad con que la mujer movía unos
dedos que apenas tres horas antes estaban rotos hasta la última falange. El
tejido cristalino que los cubría hacía un rato había desaparecido ya,
mostrando una piel tersa y nueva, como de anuncio.
—¿Qué vas a hacer? No tienes acceso a las agencias de noticias. No
conoces sus nombres clave.
—No. Pero sé contactar con los archivos de los Centinelas. Fui uno de
ellos, ¿recuerdas?
—Cuidado —alertó la periodista—. Es más que probable que hayan
borrado ya tu número de identificación de la memoria general. No te
reconocerá. O alertará de que estás viva.
—No nací ayer, Cross. Veamos. —La derivante se mordió los labios un
instante, componiendo un gesto infantil sobre el rostro que ahora empleaba
—. El número de Murdock era...
Fue tecleando despacio, temiendo equivocarse a cada nuevo dígito. No
lo hizo.
—Bingo.
—¿Hay algo más?
—Un montón de referencias cruzadas. Vaya, han ascendido a mi ex.
Ahora es oficial y todo.
—Apuesto a que fue él quien comandaba la razzia que estuvo a punto
de freímos allá abajo.
—Eres lista, Cross. Si pudieras tener la boca cerrada, serías perfecta.
Ese incidente que buscamos... Mierda, Nuevo México no cae precisamente
en la otra esquina. Pero sí. Murdock siempre ha sido un chico ordenado.
Aquí aparece algo más que en los periódicos.
—¿El sacerdote era un derivante?
—Es lo que sospechan. Un derivante que no da positivo en los sensores.
Como yo.
—A lo mejor es hermano tuyo.
—O uno de los gigolós de tu madre —contestó Andrea, desabrida—. Lo
están buscando como locos... aunque Murdock tiene otra presa más
apetecible.
—Nosotras.
—¿Por qué me estropeas siempre todas las grandes frases? Nosotras, sí.
—Bien, pues parece que ahora va a tener entre manos la misión de su
vida. ¿Prefieres el avión o el tren sub? Hay un largo trecho hasta Nuevo
México, Virgen María, y tenemos que encontrar a ese sacerdote antes de
que tus amigos lo cacen.
Andrea asintió, algo ausente. Iba a cortar la conexión cuando un nuevo
mensaje cifrado entró en el banco de datos.
—Parece que no sólo los Centinelas van detrás de ese sacerdote —
comunicó, alzando una mano—. Un par de dioses han eliminado a un
derivante en Vegas hace unas horas. Eso no está lejos de Nuevo México.
Dave silbó sin sonido.
—¿Desde cuándo se dedican los dioses a comerse a sus hijos en
persona? Demasiada casualidad, ¿no te parece? Aquí hay en juego algo
más, Virgen María. Ese cura derivante debe de ser un pez gordo para que
los dioses en persona quieran su cabeza.
Andrea cortó la conexión. Se dio la vuelta, pensativa.
—Un pez gordo, Cross. Un pez. Nunca mejor dicho.
—Ya sabes: siempre tengo en la boca la palabra justa.
Sebastian Cortés desconectó el sensor y se volvió hacia la alta figura
que le observaba impasible al otro lado de la mesa. Los ojos de Jonathan
Bunyan ardían. Por un momento, Cortés imaginó que el metahumano era
capaz de leerle el pensamiento.
—¿Y bien?
No había ansiedad en las palabras de Jonathan, aunque si Cortés se
hubiera encontrado en la situación de su paciente no habría podido contener
los nervios. Pero, pensándolo mejor, lo que para un hombre como él sería
una condena a muerte, para el dios no era más que un trámite incómodo.
—Estás limpio, Jonathan. —Cortés tuteaba al jefe de la Casa Bunyan,
una familiaridad que no implicaba nada más que el hecho de conocer los
secretos de los que sólo un confesor o un médico pueden estar al tanto, sin
influir en su enmienda con algo más tangible que medicamentos o rezos—.
Tu organismo ha vuelto a anularlo. Como siempre.
Jonathan Bunyan asintió.
—Un cáncer no es un asunto para tratar en broma —dijo. Apenas era un
comentario. Cortés ni siquiera lo consideró una amenaza.
—Lo sé. Pero tu cuerpo lo ataja antes de que podamos meterle mano.
—Pero se reproduce.
—Y lo vuelves a anular. Es un ciclo cerrado. Un círculo vicioso,
Jonathan. El cáncer forma parte de ti. Es un hermano gemelo que llevas
dentro. Un doble negativo, como me explicaron en la facultad. Intenta
crecer en tu interior. Tu gran ventaja es que no lo dejas.
—Sigue volviendo —murmuró el dios, recordando el último asalto de
su mal en la oscuridad de la sala de peligros—. Sigue haciendo daño. Y los
ataques... se hacen más frecuentes.
El médico hizo un leve movimiento de cabeza.
—Yo no me preocuparía demasiado, Jonathan. ¿Cuánto tiempo llevas
así? ¿Treinta años?
—Más o menos. He perdido la cuenta. Tu padre debe de saberlo.
Cortés no se tomó la molestia de recordar al metahumano que su padre,
el médico que antes que él había atendido a Bunyan, llevaba tres años
convertido en un vegetal incapaz de responder a la pregunta más obvia.
Pero sí, era verdad. Su padre había sido el primero en detectar que el jefe
supremo de los dioses padecía un cáncer recurrente que la propia naturaleza
de Bunyan convertía en intratable.
—En tu código genético debe de haber algo que impulsa a ese cáncer a
reproducirse —especuló el doctor—. Confundido en las hélices de tu ADN,
espera el momento de adueñarse de ti. Pero tu metabolismo es más listo y lo
sofoca en seguida.
—Hasta que vuelva a aparecer. Hasta que me mate.
—Eso podría no llegar a suceder nunca. Tu cuerpo es un castillo y el
cáncer un ariete. Cuando parece que va a derribar la puerta, ya has
construido otra nueva.
—¿Y si aprende? ¿Y si consigue burlar mis sistemas de defensa?
Cortés miró al dios, perplejo.
—Nadie vive eternamente, Jonathan. Ni siquiera los dioses. Es
imposible.
Jonathan Bunyan le devolvió la mirada. Ya no había fuego en sus ojos,
sino hielo.
—No. No es imposible, Sebastian. No lo es. La inmortalidad no es un
sueño. Mi raza puede conseguirlo.
El médico observó a su paciente. Si no lo conociera como lo conocía,
habría pensado que Jonathan se había vuelto loco.
—Tu raza tiene incluso problemas para reproducirse —dijo. La dura
carga de aquellas palabras demostraba de nuevo su privilegiado estatus y la
profundidad de sus conocimientos—. La inmortalidad es un sueño que la
humanidad ha acariciado a lo largo de la historia. Nada más.
—Te equivocas, Sebastian. La inmortalidad es un hecho. Yo lo sé.
—No te entiendo.
—Uno de nosotros vive desde hace más de mil años.
El corazón le dio un vuelco en el pecho. Murdock Fisk observó la
pantalla. La última entrada anunciaba que había utilizado el banco de datos
hacía apenas cinco minutos. Y él sabía, mejor que la máquina, que esa
afirmación no era cierta.
Sólo Andrea Vanderbilt conocía su número clave, un recurso que los
Centinelas empleaban para cubrir los retrasos de sus compañeros de patrulla
y que ahora servía para otro fin. Andrea había entrado sin reparos en el
sistema. Fisk lanzó una sonda de búsqueda. Allí estaba, en el sector norte,
en una cabina alquilada. Demasiado lejos. Cuando una escuadrilla se
presentase en aquel lugar, se habría perdido de nuevo entre las sombras.
Leyó las noticias que su enemiga acababa de leer, hasta deducir la
conclusión a la que Andrea había llegado. No fue difícil. Ambos habían
sido entrenados en las mismas pautas de pensamiento y de combate. Se
acarició el mentón, sofocó una sonrisa. Pronto iban a encontrarse.
Y siempre había deseado conocer Vegas.
—Es un nuevo palo de ciego —rezongó Andrea Vanderbilt—. Vegas
está en la otra parte del mundo. Y de todas formas puede que persigamos a
un fantasma.
Dave Cross asintió. Intentó acariciarse la nariz y se sorprendió un poco
al ver que sus dedos no llegaban a rozar la imagen proyectada sobre sus
rasgos auténticos: el cosquilleo de un campo de fuerza imperceptible le
avisó para que no terminara aquel gesto.
—Tal vez. Pero no podemos seguir más tiempo en este lugar, como ya
has visto. Si las alcantarillas no nos han servido de nada, las calles de
Megaciudad serán todavía más peligrosas. Está claro que a nosotras nos
persigue gente de verdad.
Andrea no respondió. Seguía incomodándola la tenacidad de la pequeña
periodista, pero no había ninguna otra avenida abierta a sus posibilidades de
supervivencia. Una pista tan endeble como la que creían tener era mejor que
nada.
—No sabes volar sin tu armadura, ¿verdad?
—No. ¿Y tú sin la escoba?
—Tampoco. Va a costamos trabajo llegar hasta Vegas. El pasaje cuesta
dinero, y mis cuentas están bloqueadas. Alguna desventaja debemos tener
los muertos.
—El sueldo de Centinela no da para gran cosa —Andrea se encogió de
hombros—. Y supongo que lo poco que tenía ahorrado estará ahora en un
fondo de pensiones para viudas de guerra o algo así.
—¿Podríamos cruzar el desierto a pie?
—Ya lo hice una vez —comentó Andrea—. Me desvié de mi patrulla y
la armadura se estropeó con una tormenta magnética. Regresé a la arcología
andando a través de un puñado de arenas calcinadas y vientos de cien
grados. No quisiera repetir esa experiencia. Tú no podrías soportarlo, Cross.
Y está el problema añadido del océano.
—Ese cura derivante no va a quedarse en Vegas eternamente. Si los
dioses dan con él antes que nosotras...
—Harán lo mismo que si lo encuentran después. ¿Qué te crees que
vamos a hacer si nos topamos con ese tipo? ¿Pedirle un autógrafo?
¿Convertirnos a su religión?
—O enrolarnos en su ejército.
—Das mucha importancia a esa tontería de los peces. Los abalorios de
la moda no tienen por qué implicar la pertenencia a una secta.
—No soy yo quien los ha ido destruyendo como si fueran pruebas de
importancia. Tenemos que llegar a Vegas, Virgen María. Si no quieres venir
conmigo, intentaré hacerlo yo sola.
—¿Sin dinero?
—Me queda el recurso de Klaus Vildmann. Me ayudará.
—¿Estás loca? Los Centinelas deben de tenerlo vigilado día y noche.
Antes de llamar a su puerta los tendrás encima. Tu marido...
—Ni lo sueñes. Antes preferiría asaltar el cuartel general de los
Centinelas y robar un par de armaduras de combate.
Andrea se echó a reír.
—No tienen autonomía para recorrer un trayecto tan largo. Y tardarías
años en aprender a dominar una.
—Dime entonces qué demonios hacer.
—Puestas a decir estupideces, también podemos asaltar un banco.
En sus oídos resonaba «Ombra mai fu», el aria que Handel escribió para
la ópera Jerjes. Jean-Claude Hubinon parpadeó, deslumbrado por la luz
cegadora que teñía cuanto lo rodeaba de un insultante volcán blanco. La voz
del tenor y la sensación de irrealidad que le rodeaban hicieron que, por un
momento, el cónsul pensara que había ascendido a los cielos.
Parecía un escenario de realidad virtual, o un sueño, pero sabía que no
se trataba de ninguna de las dos cosas. La música le envolvía,
embriagándolo, haciendo que su paso fuera inestable. Se volvió hacia el
superhombre que le acompañaba. Alexis Maximoff le colocó una mano
sobre el hombro, le instó a que continuara adelante.
Una puerta se descorrió frente a él, haciéndole desembocar a una suite
que casi sintió avanzar, hasta encerrarlo. La música subía en tonalidad, un
contrapunto a los latidos de su corazón. Empezó a lagrimear, herido por el
resplandor. Dio un paso vacilante y entonces se detuvo.
En medio de aquella niebla blanca, como flotando boca abajo sobre una
cama que no podía ver, había una mujer rubia. Estaba desnuda, y tenía los
ojos entrecerrados. Una cadena negra surgía de su cuello y se perdía en los
contornos de la habitación. La cama giraba despacio, casi al compás de la
música. No había principio ni fin entre el lienzo blanco que todo lo ahogaba
y los rasgos palpables, como si esencia y entorno se fundieran en una luz
para la que no podía haber límites. La mujer parecía dormir, pero Jean-
Claude supo que no era así. Estaba, sencillamente, esperando.
Alexis Maximoff le soltó el hombro.
—Vamos, Jean-Claude —susurró, mientras se quitaba la ropa—. Es
toda nuestra.
La mujer abrió los ojos. La lanzada azul de sus ojos perforó la niebla
blanca y se clavó en el hombre como una llamarada de hielo.
Andrea retiró el puño, dolorido y sangrante. Los cristales y esquirlas de
metal se le quedaron clavados en la mano, como el guante de un defensa de
hockey en baja gravedad. Un leve movimiento, casi con desdén, desprendió
de la carne los afilados intrusos que habían querido adornarla.
Dave Cross contempló admirada cómo, una vez más, la capacidad
curativa de su acompañante borraba de su mano cualquier huella de herida.
Los cortes en la piel se cerraban como se mueven las flores en los
documentales de tresdé, dibujando una especie de espejismo contra la masa
sangrante. El metabolismo de la derivante, aliado con la tecnología
aplicada, les había permitido hacerse con el dinero necesario para continuar
su alocada huida y no tener que asaltar, directamente, el banco al que, entre
bromas y veras, había hecho alusión la ex Centinela.
Dave se volvió hacia la larga lista de cajeros automáticos destrozados
por la fuerza inconmensurable de Andrea Vanderbilt. Los sistemas de
seguridad nada habían podido hacer contra ella.
—Date prisa —susurró la periodista—. Las alarmas deben de estar
sonando ya en todas las centrales de policía.
Andrea metió la mano izquierda en el agujero abierto en la pared de
metal. La mano derecha todavía goteaba un líquido oscuro y pegajoso que a
Dave Cross se le antojaba gelatina, no sangre.
—No te preocupes. Este tipo de robos no son considerados peligrosos.
Los ladronzuelos de poca monta nunca han sido objetivo prioritario de los
Centinelas.
—¿De poca monta? —Dave Cross señaló con el pulgar a su espalda—.
Llevamos ya doce cajeros seguidos, Virgen María. Yo no diría que esto sea
un asunto secundario.
—Puestas a hacernos millonarias, mejor que sea de una sola vez, ¿no?
Andrea retiró la mano. Un fajo de billetes la acompañaba.
—Mierda —rezongó la derivante.
—¿Algún problema?
—Estos billetes están numerados. Podrían seguirnos el rastro a partir de
ellos.
—¿Entonces?
—No hay ningún problema.
La mano izquierda se convirtió en una antorcha. Los billetes ardieron en
segundos, después de que los dedos de la mujer subieran su temperatura
externa hasta conseguir incendiar el papel.
—Todavía quedan cajeros, ¿no? —Andrea sonrió. En la oscuridad de la
noche, sobre el rostro falso, sus dientes brillaron como los del gato de
Cheshire.
Un golpe certero y el metal del siguiente cajero automático se
fragmentó. De nuevo la mano se cubrió de rojo.
—Yo de ti cuidaría esos dedos, Andrea —dijo Davinia, preocupada—.
No abuses de tu poder curador, no sea que algún día se te agote.
—Cuando eso ocurra, Cross, procura no estar delante.
Saboreaba de nuevo la impotencia. El gesto de desdén de aquel
maléfico ángel rubio, la burla implícita en su ademán de expulsión, la
manera en que lo había enviado cabriolando hacia las nubes le mordían
todavía la sangre, quemándole como un sake envenenado al que tuviera
libre acceso constantemente. Tatsuo Takahashi no había experimentado una
rabia semejante desde el día maldito en que regresó a casa para descubrir
que unas paredes vacías y un puñado de adornos y recuerdos no componen
un hogar, ni nada que se le pueda parecer siquiera. La noticia escueta,
formal y fría, de la muerte de Yokize y Amaterasu cuando un derivante
enloquecido se autoinmoló frente a una patrulla de Centinelas mientras las
dos iban, de mañana, caminito del colegio; la pesadilla en que su vida se
había convertido desde entonces; el juramento ante los antepasados y los
dioses (dioses verdaderos, Okuninushi, Honosusori y los demonios de
Jigoku, no el remedo que ahora controlaba a la humanidad desde el filo de
su navaja frente a las estrellas), desembocaron en el abrazo a la causa ya
perdida del neo-bushido que barrió como un viento de la muerte la última
resistencia humana ante la llegada de los superhombres, según se contaba
en alguna leyenda familiar y proscrita. Ahora, aquella sensación de
frustración y descontento se había repetido, sumándose a todo el caudal que
se retorcía latiendo dentro de su pecho.
Takahashi ya no era el hombre que un día fue. Su cuerpo encarnaba a
una máquina mortífera, un instrumento de castigo y dolor que ni siquiera
encontraba placer en el sufrimiento ajeno. Por eso la expulsión por parte del
dios rubio del paraíso de la caza le había hecho tanto daño. Alexis
Maximoff (lo había identificado cotejando los archivos y las grabaciones
realizadas por su armadura de combate) y su hermano sí buscaban algo
distinto en la persecución a la que habían sometido al derivante que, por
toda ley, tendría que haber sido suyo. No sólo era odio, sino también temor.
No había únicamente ansiedad por la sangre a derramar, sino expectación al
ir persiguiendo a una presa que sin duda creían más grande.
Y él, que durante tantos años había surcado los cielos en busca del
antídoto que pudiera liberarle de su afán de venganza, de su deseo de
purgación, sólo pudo contentarse con salvar la vida antes de que su
exoesqueleto estallara en el aire como un fuego de artificio.
Todavía dolía el recuerdo de aquel insulto a su dignidad de guerrero sin
fisuras. Por primera vez, no por última, Tatsuo Takahashi sustituyó su odio
a los derivantes por una profunda sensación de antipatía hacia los dioses.
Por primera vez, no por última, Tatsuo Takahashi imaginó qué distinta sería
su vida si pudiera acosar a un metahumano y borrarlo del mapa con la
misma facilidad con que eliminaba a los derivantes.
Se habían amado como leones incansables cuando la lógica de su
cuerpo dijo ya basta. Con los ojos empañados de lágrimas de frustración los
había visto batallar, cinco, seis, cien veces, trocando los susurros de placer
por rugidos de desesperación, apagando la amargura de sus propias
lágrimas. Jean-Claude Hubinon apretó tan fuerte los puños que sus palmas
sangraron, trazando sobre sus manos los estigmas de su condición humana,
de la que no podía liberarse, mientras el dios y la derivante continuaban
probando, sondeando, consumiendo la furia desatada dentro de sus cuerpos.
Luego, cuando el cansancio pudo con todos, arrinconado una vez más
contra sí mismo, Hubinon perdió el sentido, náufrago de su propia
limitación, como un metal que se ha visto doblegado demasiadas veces y
pierde su valor y su utilidad.
Cuando despertó, comprobó que Alexis Maximoff no estaba presente.
Sólo quedaba la mujer, desnuda, tendida boca abajo sobre el revuelo de
sábanas rotas, agotada tras días o semanas de lucha. Casi con ternura, como
si fuera una muñeca abandonada o un ídolo al que sólo un chamán tiene
acceso, Jean-Claude Hubinon se sobrepuso al descubrimiento de su
incapacidad y trató de taparla.
La mujer rubia abrió los ojos y la explosión de luz en sus pupilas volvió
a esclavizarlo.
Sus vestiduras ondeaban ante una brisa inexistente y él, arrodillado ante
el altar, trataba de no perder el hilo de la oración. Apretó más fuerte el
cíngulo, clavó las manos en el cilicio. Ella dio un paso y el peso de su
cuerpo, liviano como una mariposa, pareció resonar en toda la nave de la
iglesia solitaria. Él cerró los ojos, perdido ya entre avemarias y credos,
mareado por el olor corporal que sofocaba la mordedura continua del
incienso.
Ella lo llamó por su nombre, como había hecho otras veces, y él batalló
contra el deseo de arrojarse a sus pies y permitir que pisara su cabeza como
la Señora hacía con la serpiente. El susurro se clavó en su cerebro, arañando
su alma, inflando en sus venas el recuerdo, avivando la conciencia del
deseo. La presencia era tan fuerte que no parecía hallarse a su espalda, sino
envolverlo todo, una gravedad corpórea que lo atosigaba, que era su
infierno y a la vez su cielo.
Ella le tocó el hombro y la sensación que recorrió su cuerpo fue como
una quemadura fría que actuaba con la suavidad de un bálsamo. Se volvió,
los puños sangrando, los ojos llorosos. No quería hacerlo, pero no podía
evitarlo.
Ella le acarició la cara, la cabeza. Embriagado de su aroma, él soltó el
cilicio, se supo abandonado por su Dios una vez más, condenado a la gloria
de aquellos brazos que se abrían para acunarlo, santificado en el pecado que
nunca iba a ser capaz de combatir.
Los labios de ella eran de azúcar y miel, de mistela y manzana, y su
sexo parecía un sol acogedor donde sólo podía crecer el ansia. El sacerdote
hundió la cabeza entre los pechos de la diosa y lloró pidiendo perdón
mientras su cuerpo, desbocado, hurgaba en sus entrañas.
Jason Prince abrió los ojos y las imágenes se borraron de su mente
como se pierde una transparencia al cortar la luz. Un sudor frío y pastoso lo
cubría. Sus manos temblaban. Otra vez aquella pesadilla recurrente, el
miedo que tantas veces había querido arrinconar, sin éxito.
Todavía estremeciéndose, se puso en pie, tanteó en busca de un
cigarrillo que llevarse a la boca. Susurró una palabra y la luz amarillenta
bañó la habitación con un goteo aceitoso que dibujaba manchas más que
sombras.
Jason Prince sabía quién era aquella mujer que perturbaba su sueño.
Conocía muy bien su voz, sus gestos, su mirada. Se volvió hacia el espejo.
Como un residuo del sueño superado, por un segundo no vio su propia
imagen reflejada, sino el rostro aterrado, devorado por la fe rota y las
esperanzas devastadas, del sacerdote.
—Padre —murmuró. La imagen se borró del cristal, como el reflejo que
espanta una piedra en el agua.
Shai'r terminó de cambiar a la pequeña y se sorprendió al ver que el tren
se detenía. El alto puente que cruzaba el océano no era un lugar muy
apropiado para una estación de tránsito. Miró al cielo. En el crepúsculo, la
curva del anillo que rodeaba la Tierra parecía un hilo plateado que surcaba
de un lado a otro el horizonte. Shai'r sabía que en aquella mágica línea
vivían los dioses. Su único problema era llegar hasta allá arriba y entregar a
la pequeña a su padre.
Una sacudida la hizo dejar de contemplar la visión de ensueño, tan
similar a las postales tresdé que los turistas ofrecían a cambio de trabajos
artesanales a los alfareros de su tribu. Shai'r comprendió al momento que
algo malo sucedía. Acunó a la niña contra su pecho.
Entonces el techo metálico del vagón donde viajaba se descorrió como
si fuera un forillo de papel y entre las mellas de la abertura asomaron los
cascos brillantes de una patrulla de Centinelas.
Shai'r no tuvo tiempo de gritar. A bocajarro, los Centinelas dispararon
sus armas.
—¿Cómo te llamas?
Jean-Claude Hubinon sintió que le temblaba la voz. Aun desnudo, aun
incapaz, aun sin fuerzas, la presencia de la mujer era una descarga eléctrica
en el aire, un canto de sirena convertido en carne y sangre, la tentación de
perderse al alcance de la mano, un tesoro de lujuria y desesperanza.
—Toledo.
Jean-Claude hizo una mueca.
—¿Es una especie de nombre artístico o de verdad te llamas así?
Ella se encogió de hombros.
—¿Qué más da? —Miró en derredor—. ¿Vives aquí?
—No. Esto es una suite especial... reservada para mi amigo.
Toledo entornó los ojos. Una sonrisita picara asomó a su boca.
—¿Vendrá pronto?
Jean-Claude volvió a sentirse diminuto, infinitesimalmente minúsculo.
Comparado con el dios, era un estorbo.
—No lo sé. Es posible.
—Me dijo que se llamaba Alexis. ¿Es verdad?
—Sí.
—Es un dios, ¿no?
Jean-Claude hizo un leve movimiento de cabeza. Sí, lo era. Bien que
ambos se habían dado cuenta.
—Nunca me lo había hecho con un dios —comentó la mujer, los ojos
entrecerrados, soñadores.
Ni yo con una derivante, quiso decir Jean-Claude, pero prefirió
morderse los labios.
—¿Quieres comer algo? —ofreció.
—¡Claro! ¡Estoy hambrienta! —Toledo se levantó de un salto de la
cama, sin importarle su desnudez. Hubinon miró al suelo un segundo, luego
observó a la muchacha. Era demasiado hermosa para no hacerlo.
—¿Puedo elegir yo por ti o te apetece alguna cosa en especial? —
preguntó el cónsul mientras conectaba con el ordenador central del
megahotel y revisaba las diversas opciones del menú.
—¿Tienes buen gusto? Sí, debes de tenerlo a juzgar por tus amistades y
por la calidad de tus ropas. Pide lo que quieras, pero que sea abundante.
Dios, tu amigo me ha dejado agotada.
—Hay un jacuzzi en la otra habitación —informó Hubinon, mientras
marcaba dos desayunos extra—. Puedes usarlo si quieres.
Ella se llevó un dedo a la boca. Parecía una niña pequeña, algo perversa.
Entró en la habitación del baño.
—¿Tardará mucho tu amigo?
—Ya te he dicho que no lo sé.
—Tengo que volver al cabaret, ¿sabes? Y aún no me ha pagado.
Jean-Claude se echó a reír.
—¿Qué es lo que te hace tanta gracia? —preguntó ella, por encima de
los lamidos del agua.
—¿Eres una prostituta?
—¿Hay algo de lo que reírse? ¿Qué hombre o mujer no lo es en esta
ciudad de locos?
—No pretendía ofenderte. Pero no me imagino a Alexis Maximoff
pagando por los servicios de nadie.
—Me compró para ti.
El rubor tiñó las mejillas del cónsul. Su risa se apagó de inmediato.
—Entonces yo te pagaré.
—Soy cara.
—He podido comprobar por qué. No te preocupes, tengo dinero.
La mujer salió del baño y Jean-Claude la observó mientras se vestía. Por
muy buenas que hubieran sido sus intenciones, Boticelli no tenía ni idea de
qué era contemplar a Venus surgiendo de las aguas.
—Eres una derivante, ¿verdad?
Ella se volvió, como si la hubiera picado una serpiente. En sus ojos
había una mezcla explosiva de dolor y odio.
—¿Nunca has tenido ningún encuentro con los Centinelas? —Hubinon
sabía que sus preguntas hacían daño. Decidió aprovechar la ventaja.
—Yo no soy un peligro para nadie. Sólo alquilo mi cuerpo por horas.
No soy una terrorista. Ni una amenaza.
Jean-Claude Hubinon asintió.
—Pero si te localizan...
—Sé cuidar de mí misma.
—Una descarga de plasma no se deja seducir con la misma facilidad
que un hombre o una mujer, ni te preguntará primero qué piensas. Sólo
mata.
Un par de robots de protocolo trajeron los desayunos. Toledo guardó
silencio hasta que se marcharon. Con cierto placer morboso, Jean-Claude
Hubinon comprobó que la presencia de los seres mecánicos incomodaba a
la derivante casi tanto como ella misma a él. Ni siquiera los metahumanos
eran perfectos, y las máquinas estaban en cierto modo por encima de las
limitaciones que tanto los dioses como sus hijos bastardos seguían teniendo.
—Hay derivantes en Vegas —continuó el cónsul—. Muchos. Alexis
eliminó a uno de ellos ayer mismo.
—¿Los dioses también los cazan?
—A veces. Por divertirse.
—Entonces estoy a salvo. Ya has visto que a mí no me ha matado, sino
todo lo contrario.
Jean-Claude Hubinon se puso serio.
—No, Toledo. Con Alexis nunca estarás a salvo. Es una cobra a la que
no se puede domesticar. Tarde o temprano acabará mordiéndote. Alexis no
moverá un dedo por protegerte. Yo sí.
El chasquido del doble impacto se repitió en el vagón, lanzando
esquirlas incandescentes de metal por las ventanillas, como si de pronto el
tren hubiera empezado a vomitar sus entrañas. Shai'r se arrojó al suelo y lo
sintió caliente, pegajoso, un mar fundido de hierros y plástico que quisiera
engullirla. La pequeña lanzó un alarido que pareció más fuerte que el
bramido de las armas.
El Centinela que había disparado se volvió, aturdido, mientras leía
apresuradamente en su visor las coordenadas que indicaban el lugar del que
había brotado el disparo que había segado de cuajo la vida de su
acompañante. No tuvo tiempo de calcular el vector ni la trayectoria del
enemigo invisible. Cuando fue a alzar el brazo con el cañón incorporado,
una descarga caliente se lo cercenó a la altura del codo. Quiso pedir
refuerzos pero un nuevo tajo certero le abrió la garganta.
Los demás Centinelas se giraron en el aire, buscando sin ver a la sombra
que se repetía difusa en sus sensores, borrando su presencia antes de que
tuvieran tiempo de descargar un golpe. El recién llegado danzaba de un
rincón a otro del vagón detenido, saltando del suelo al techo, reptando por
las ventanas, revoloteando sobre las cabezas de los perros de presa de los
dioses, disparando y derritiendo, cortando y magullando. Era un torbellino
invisible que ningún ojo humano o mecánico podía captar, una presencia
intangible e imparable.
Shai'r lo sintió a su lado, llegó a ver los pies forrados de hierro, la
armadura amarilla que brincó al aire como una moneda y se mezcló con los
colores plateados de los uniformes. Seguía sin entender nada. La niña
lloraba entre sus brazos, ajena a todo, sin comprender tampoco que ella
misma había desatado la matanza que de momento la esquivaba.
Tatsuo Takahashi envainó el sable, rompió el casco de un nuevo
Centinela, disparó el cañón de su puño contra los genitales de una mujer
forrada de muerte. Se estaba colocando fuera de la ley, atacando a la
autoridad sin motivo ninguno, cobrando en la carne de sus guardianes el
desprecio que le habían infligido los dioses. No le importaba. El sistema de
camuflaje de su armadura de combate lo volvía un tornado cuya forma era
un misterio. Estaba a salvo.
El vagón estalló en una catarata de llamas. Los Centinelas yacían
desperdigados por el suelo, muñecos sin brazos ni cabezas que sangraban
un líquido oscuro, casi negro. Takahashi se volvió, desenvainó otra vez el
sai, lo lanzó al aire y ensartó al último agente policial antes de que tuviera
oportunidad de registrarlo.
Entonces, entre el crujir de las llamas y los gemidos de la mujer, oyó el
llanto.
Un pedazo de metal incandescente había atravesado a la muchacha india
de parte a parte. Su sangre era de un rojo hermoso, casi mágico. Intentaba
ponerse en pie, pero sin demasiada suerte. Apenas un metro más allá, una
niña de semanas lloraba sin consuelo. Takahashi conectó el sensor,
haciéndose visible ahora que no temía ser identificado.
Amartilló su arma de brazo. El detector no le mentía. La criatura era una
derivante.
Apuntó a la recién nacida entre los ojos. Recordó a Yokize y Amaterasu
y se encomendó a los dioses antes de abrir fuego.
De vez en cuando oía el disparo. Una tos seca, como la campanada de
un reloj del infierno, y el velo rojo que explotaba ante unos ojos que desde
ese momento ya estarían ciegos para la eternidad. Lo escuchaba en su
cabeza, repitiéndose con un eco sepulcral, una losa que se cierra de golpe,
una tumba que se abre para revelar que dentro no hay ningún cadáver. Lo
escuchaba a todas horas, cuando se abandonaba a sí mismo, cuando sus
defensas caían por el cansancio. Primero era el sudor, la desesperación, el
sabor agrio de la fe perdida. Luego, el temblor de manos, la agitación febril,
el peso en las manos de la fría culata del arma. Después, el cañón contra la
sien, el titubeo, la retirada de la mano, la insistencia nueva del frío cilindro
dentro de la boca. Una oración sin contenido ya, sin valor ni esencia, Dios
te salve María, mientras su corazón salvaje pensaba en otra cosa mucho
más mundana, el roce del dedo contra el gatillo, un segundo más de
vacilación. Y la decisión definitiva, irrevocable. Y el desenlace.
Jason Prince sabía que no podía ser memoria de especie. Era imposible.
Admitía que en sus genes tal vez tuviera más fuerza la presencia de su
padre, pero en cualquier caso podría recordar solamente hasta el momento
de su concepción, no más allá. Aceptaba revivir los encuentros furtivos de
aquel triste sacerdote y de su madre, las sensaciones marcadas a sangre en
sus cromosomas, el laberinto de la fe desarraigada que ahora buscaba
regresar a través de su mente. Pero no el momento del suicidio. No era
posible. Estaba imaginando cosas. Se estaba martirizando una vez más por
algo que no había hecho, que no habría sido tampoco capaz de hacer. Estaba
loco.
Seguía huyendo de un pasado ajeno que condicionaba su presente. No
se heredan los pecados de los padres, ¿no había leído eso en alguna parte?
¿Entonces por qué él sí lo hacía? ¿Por qué cargaba con el peso de una
seducción, de unos recuerdos, de una muerte?
Quiso escapar de nuevo de sí mismo, de los fantasmas que lo poseían a
intervalos que no era capaz de controlar. Salió a la calle, confundido,
mareado, recordando el olor del cuerpo de Bianca Prince, las convulsiones
y los jadeos, los susurros y las perversiones de una mujer desconocida que
era su propia madre. Maldijo su herencia. Lloró.
Mientras se perdía de nuevo entre las calles, dominado por la culpa del
sacerdote, por la lujuria de la diosa amada en dos sentidos, en sus manos
volvió a abrirse una doble llaga de sangre.
Había trastocado sus valores, sin ninguna duda. El peso del rechazo y la
tensión habían sido más fuertes que los juramentos, que el pasado. No había
sido capaz de disparar. Ese acto, en el fondo, lo pondría a la altura de
aquellos a quienes exterminaba. Ese acto, en el fondo, lo habría convertido
en un ser tan despreciable como los derivantes.
La pequeña era inocente, tanto como lo fueron Yokize y Amaterasu.
Tanto como un día lo fue el mismo Tatsuo Takahashi. Su pecado consistía
en haber nacido diferente, una casualidad genética, una evolución por
caminos incontrolables. Todavía no había maldad en ella; era imposible.
Los Centinelas, los siervos sin alma de los dioses, habían querido
eliminarla, como se apaga una luz, como se desconecta un arma. Y él no lo
había permitido. Al principio, por despecho. Después, quizá por compasión.
O por justicia.
Los culpables eran los dioses. Eso lo sabía Tatsuo desde siempre. Un
gran poder como el que ellos tenían los obligaba a una conducta intachable,
a una responsabilidad sobre la que no cabían persecuciones y pogromos,
sino respuestas, soluciones.
Igual que él tenía los medios para actuar como una némesis sobre la
locura desatada de los derivantes, los dioses deberían utilizar sus recursos
para hallar una solución a los conflictos. Eso decían que habían hecho desde
el principio, pero Takahashi no lo creía. No veía en el mundo pruebas que
indicasen que quienes eran superiores estuviesen velando por el bienestar
de los seres humanos. Se acercó a la madre. Era una muchacha, no mucho
más mayor de lo que Yokize lo fue cuando ambos se prometieron, apenas
una adolescente como Amaterasu jamás podría ya ser. Humana, claro. La
madre de la pequeña derivante a la que había protegido de lo peor de los
disparos.
Takahashi se arrodilló junto a ella, dispuesto a descargar, ahora sí, un
tiro de gracia si la herida era demasiado para sus medios. La muchacha le
miró con ojos suplicantes, manchada de lágrimas y preocupación. Dijo algo
en un idioma que el samurai no comprendió. Quiso volverse hacia la
pequeña y resbaló en el charco de su propia sangre derramada. Se
estremeció y perdió el conocimiento.
Takahashi escuchó en su yelmo las conversaciones cruzadas de la
patrulla de Centinelas que cubría las acciones de aquellos que él había
eliminado con la misma facilidad con que un niño destruye a los invasores
de un videotebeo. Pronto asumirían a qué se debía el silencio radial.
Takahashi había iniciado un camino del que no había marcha atrás. No
tenía un segundo que perder. Recogió a la muchacha, se cargó a la pequeña
en la mochila de su espalda y brincó a los cielos.
Había perdido su esquema de valores, por completo.
—¿Cortar todas las comunicaciones intercontinentales? ¿Eso es lo que
quiere hacer?
Murdock asintió. Desde la pantalla cromada, el coronel Rage le miró de
arriba abajo. Esta vez no llevaba ningún puro en la boca.
—Está viva, como suponíamos.
—¿Andrea Vanderbilt?
—Y Davinia Cross, posiblemente. Escaparon de las catacumbas y su
paradero en estos momentos es un poco... neblinoso.
—¿Y por eso quiere suspender todos los transportes?
—No por mucho tiempo. Pongamos cuarenta y ocho horas.
—¿Para que no salgan de Megaciudad?
—Para todo lo contrario, coronel. Para que vayan a donde quieren ir. A
Vegas. Pero por un solo camino. El que yo elija.
—¿Vegas? Algo que se nos escapa debe estar cociéndose en ese sitio.
Los hermanos Maximoff eliminaron personalmente a un par de derivantes,
según tengo entendido.
—Fue a uno solo, señor —corrigió Murdock. Como a su jefe, no le
gustaba que los dioses hicieran un trabajo para el que los Centinelas habían
sido entrenados—. Y tal vez no venga al caso. Los motivos de los dioses
son inescrutables.
—¿Entonces por qué está tan seguro de que esas dos fugitivas van
camino de Vegas?
—Porque todavía tenemos una incógnita que resolver en Nuevo
México. A un tiro de piedra de allí. Y ellas lo saben.
Rage asintió, dubitativo. La calidad de la transmisión, por algún motivo
desconocido, hizo que el movimiento trazara en la pantalla un borrón
grisáceo que repitió sus rasgos una milésima de segundo.
—¿El sacerdote?
—El sacerdote. No sé muy bien qué es lo que buscan, ni qué pretenden.
Pero pondría una mano en el fuego a que van a por él. Andrea Vanderbilt y
su amiga, camufladas, escondidas, por cualquier medio que tengan a su
alcance, intentarán localizar a ese hombre.
—Y si lo hacen, nos ahorrarán trabajo a nosotros.
—Es posible —Murdock se frotó la mejilla—. Primero hay que
localizarlas a ellas, y eso puede ser difícil. Por eso quiero cortar todos los
medios de transporte entre un continente y otro. No me gustaría que
empezaran a dar vueltas al mundo y a saltar de arcología en arcología antes
de llegar a Vegas. Quiero un solo camino.
—Comprendo.
—Quiero que sólo tengan una opción de viaje, coronel. Y cuando
lleguen a Vegas yo las estaré esperando.
La llamó por todos los medios a su alcance, pero sólo recibió silencio
por respuesta. La buscó por todos los rincones de la mansión, hizo que el
ordenador central detectara su presencia en cualquiera de las cámaras donde
solía entretenerse para leer, hacer deporte o nadar, pero ni siquiera la
sofisticada maquinaria que ponía orden a sus vidas supo explicar dónde se
hallaba, ni aclararle tampoco cuándo o por qué camino había abandonado el
anillo edén, si eso había hecho. Finalmente, cansado, nervioso, recorrió
habitación tras habitación, gritando su nombre, revolviendo la soledad
como se revuelve un cajón en busca de un recuerdo extraviado.
Sobre la mesa de la biblioteca encontró la pulsera trazadora. No había
nada más. Ni una nota, ni un holograma, nada que diera razones a su
decisión. ¿Para qué? Luther Munroe ya las conocía. Galenne se había
marchado de casa, el último gesto de rebeldía por su parte.
Se sentó pesadamente, la pulsera en la mano. Tendría que explicarle lo
sucedido a Fenric Wayne. Y a Jonathan. Ya habría tiempo para eso. Ahora
sólo podía preocuparse por el destino de su hija.
Su cabeza era un torbellino. No podía dejar de oler el perfume más
íntimo de la diosa rubia, y su voz sinuosa se repetía en sus oídos como una
oración obscena, siempre pidiendo más, exigiéndole el máximo,
enroscándose en sus recuerdos como una serpiente que se negara a soltar su
presa. El sabor de su boca era un elixir mágico, una promesa del paraíso en
la tierra. Repitió su nombre a intervalos dolorosos, Bianca, madre, Bianca,
y la vio volverse, estremecerse entre sus brazos, el brillo maléfico y a la vez
adorable de sus ojos de fuego, el sendero caliente de la pasión entre sus
piernas de oro y seda.
Jason se detuvo, se apoyó en la barandilla, sintió el golpe del aire
reciclado sobre la cara. Las lágrimas dibujaron una doble línea sobre sus
pómulos antes de secarse. Miró hacia abajo. Muchos niveles más allá, en el
fondo, tal vez pudiera librarse del acoso, de la culpa, del remordimiento del
sacerdote y la lujuria prestada que encendía su carne.
Pero no. Ya había experimentado esa sensación. La culpa no se borraba
con la muerte, ¿no era él la prueba de todo ese absurdo? Si saltaba desde
aquí, tal vez ni siquiera conseguiría poner fin a todo aquel caudal de
recuerdos malditos. El poder regenerador tal vez acudiría a rescatarlo, a
remendarlo, a suturar heridas que deberían sangrar hasta secarse, a
recomponer huesos que deberían volverse astillas inmóviles sin capacidad
de movimiento.
Notó el plastimetal de la balustrada pegajoso y caliente. Retiró la mano,
como si quemara. Sabía qué era aquello. No era la primera vez que le
ocurría. La culpa y el deseo se aliaban en su mente y se cobraban la deuda
en su cuerpo. Se miró la palma y observó, abstraído, cómo se abría la ojiva
del estigma. Un pinchazo en el costado, un labio nuevo y sangrante que se
abría poco a poco. La mancha le ensució la ropa. Un transeúnte borracho se
le quedó mirando, sin comprender qué le pasaba.
Y el recuerdo de los labios de su madre se cebaba contra su boca, y el
sonido de su cuerpo contra el suyo, aunque no lo fuera, le enviaba una
descarga de culpabilidad y de indolencia. Maldijo al sacerdote por no haber
sabido resistir la tentación. Maldijo a Bianca Prince por haber llevado hasta
tan lejos sus juegos mentales, su arrogancia.
El mundo no era como él lo veía y lo sentía. Había una vida esperándole
que tenía derecho a vivir, una experiencia inédita, toda suya, que nada
habría de deber a lo que otros hicieran antes que él. Estaba muy bien como
teoría, ¿pero cómo resistirla? ¿Cómo cortar de cuajo con todo aquello que le
estaba volviendo loco? ¿A quién podría acudir para que extirpara de su
cerebro ese lóbulo inclasificable donde se almacenan las culpas y los
recuerdos?
Se dio la vuelta, trastabillando, las dos manos ya convertidas en tizones
rojos. Cuando estigmatizaba, el poder curador que había heredado de su
madre parecía detenerse, como si la herencia paterna y las supersiticiones
de él adquiridas fueran por un momento más fuertes que la superioridad
genética de Bianca y su caterva. Si pudiera hacer callar los gemidos de
placer de aquella mujer, si pudiera silenciar los atormentados y patéticos
rezos de aquel hombre...
No tuvo tiempo de terminar el pensamiento. Ante él, sonriendo como un
tiburón saciado, se encontraba Dmitri Maximoff.
Sebastian Cortés contempló a aquel pedazo de carne que le miraba a su
vez, sin verlo, sin sentirlo. La respiración asistida ni siquiera conseguía que
el pecho cadavérico se alzara y bajara con algo parecido a un estertor, pero
las máquinas indicaban que todavía, en algún lugar de aquella carcasa que
no respondía a ningún estímulo, había un atisbo de vida. El anciano
permanecía inmóvil, perdido en el infierno o el paraíso que tal vez le
dibujaran las ondas planas de su cerebro. Más de una vez Sebastian Cortés
había pensado que, si existía un purgatorio, debía ser esto que su padre
estaba sufriendo.
Sabía, por su educación, que sufrir no era la palabra adecuada, porque
los finos cables que hacían las veces de nervios y músculos hacía ya
muchos años que habían escapado al dolor, pero no podía dejar de repetirse
una y otra vez que su padre, el recuerdo del hombre que ahora tenía delante,
habría pedido a gritos que desconectasen las máquinas que le encadenaban
a aquel remedo de existencia. Lo habría hecho, sin ninguna duda, si hubiera
tenido la más mínima oportunidad.
Jonathan Bunyan se había negado en redondo a dejar morir al médico
humano que le había servido como un perrillo fiel toda su vida. Cortés no
sabía si en su decisión había crueldad o afecto. Era difícil distinguir entre
una cosa y otra cuando se trataba de medir a los dioses. Tal vez el
todopoderoso Jonathan no quería desprenderse de un hombre cuyos
servicios podría remotamente volver a emplear un día, o tal vez no quería
que el escuálido anciano escapara hacia una muerte a la que él todavía
tardaría muchas décadas en llegar, como si temiese que Antón Cortés
organizara en el otro mundo un sistema donde los dioses, y él en concreto,
pagaran la superioridad total que disfrutaban en éste. ¿Quién lo sabía? Tal
vez, simplemente, Jonathan Bunyan no quería vivir en una tierra donde no
existía la única persona que pudo llamar amigo y por eso no lo dejaba morir
y se negaba a que el viejo médico convertido en vegetal le abandonase a su
suerte.
Nadie había entendido mejor que Antón Cortés la biología, la psicología
de los dioses. Jonathan había sido su paciente, pero también el centro de sus
investigaciones, el sol sobre el que había orbitado su vida. Lo atendía, lo
mimaba, lo obedecía sobre todo. Pero también lo estudiaba, lo analizaba,
fascinado por su superioridad física, por sus extraños modos de
comportamiento, por las pautas que seguía en su funcionamiento un cerebro
casi privilegiado como era el suyo.
Sebastian Cortés había seguido el trabajo allá donde su padre lo dejó.
Sin embargo, apenas cinco o seis años de contacto con el jefe de los dioses
no significaban nada comparados con toda una vida de dedicación
exclusiva. Por eso se había quedado tan sorprendido cuando Jonathan
Bunyan le confió sus deseos de inmortalidad. Para él no tenían sentido. Con
suerte, un humano normal podía llegar a vivir ochenta, noventa años, y
entonces no era más que una sombra de lo que un día fue. La inmortalidad,
para Sebastian Cortés, era aquel umbral de casi tres siglos que los dioses
cruzaban con relativa facilidad, manteniéndose bellos y en plenitud de
facultades prácticamente hasta el último momento.
Y, sin embargo, Jonathan Bunyan todavía quería más. El joven médico
contempló a su padre, muerto en vida, artificialmente inconsciente, un pecio
mantenido a flote por voluntad de los cielos. Sólo estaba a una dentellada
de la muerte. Y Jonathan, irónicamente, todavía pretendía llegar más lejos.
¿Porque le asustaba el vacío del más allá? ¿Porque temía lo que pudiera
encontrarse? ¿O por el simple deseo egoísta de disfrutar para siempre de
todo lo ganado, de todo lo robado y conquistado en este mundo?
Cortés se encogió de hombros. Jonathan era impredecible. Ningún
psicólogo sería capaz de interpretar su cambiante personalidad. No había
moldes para los dioses. Para Jonathan, menos que para ninguno. Era el
planificador supremo, Júpiter encarnado, caprichoso y voluble, insaciable y
muy inteligente. Mucho más que ninguno de sus hermanos.
Y buscaba la inmortalidad. Huía de un cáncer recurrente y pretendía ser
eterno. Sebastian Cortés sonrió. No era extraño que quisiera cumplir ese
sueño. Tenía tiempo de sobras para buscarlo, y quizás era cierto que fuera
posible encontrarlo.
—¿Doctor Cortés? La visita ha terminado.
Sebastian se giró hacia la enfermera. Asintió. Recogió sus cosas, salió
de la habitación y cerró la puerta con cuidado, sabiendo que de todas
formas no iba a alterar el sueño sin sueños de su padre.
Atenazó al bastardo por el cuello y hundió con todas sus fuerzas los
garfios de sus dedos en la carne. El impulso de Dmitri Maximoff habría
arrancado de cuajo la cabeza de cualquiera, pero los músculos de Jason
Prince aguantaron la súbita presión. Las miradas se cruzaron en el forcejeo,
ojos azules clavándose unos en otros, la tensión de las bocas deformando
rostros siempre hermosos. Tras aquellas pupilas encendidas Jason casi
podía leer los pensamientos del dios que tanto le odiaba. No era difícil. La
cadena de sus neuronas jamás había dado demasiado de sí, y ahora toda su
capacidad intelectual se centraba en una sola palabra: matarlo.
Un segundo antes y tal vez Jason habría agradecido la liberación que
ese paso supondría. Cuando aún era un mar confuso de pensamientos ajenos
y recuerdos robados, cuando sólo quería espantar de sí culpas que no le
pertenecían, cuando sopesaba el suicidio como salida a su nuevo arrebato
de crisis, la llegada del dios vengativo habría sido una bendición, una
providencia. Pero ahora no. Demasiado tarde. Un segundo antes Jason
Prince había tomado la determinación de vivir, y Dmitri Maximoff no era
nadie para ir en contra de una decisión que le había costado tanto dolor,
tanta sangre.
Tras las palabras susurradas e incomprensibles, por entre la muralla de
dientes perfectos de su enemigo, Jason notó el olor pegajoso del alcohol, de
las drogas de diseño, todo mezclado con un aroma inclasificable de perfume
y sexo. También los dioses venían a Vegas a burlar su ineludible
compromiso con la muerte.
Dmitri siguió presionando el cuello del semidiós. Los músculos se
tensaron, la garganta no cedió un milímetro. Las palmas pegajosas de Jason
Prince se cerraron sobre sus dedos, bañándolos de un líquido caliente que el
metahumano rubio no supo identificar como sangre. Las manos de Jason se
cerraron sobre los dedos que se cernían sobre él, taladrando la carne que se
abría y se cerraba con la prontitud de un ojo electrónico. No podría romper
aquella tenaza de hierro, igual que las manos en su cuello no podrían
doblegar su voluntad.
Entonces Dmitri cambió de estrategia. Sin dejar de hacer presión, sujeto
a su cuello como un colgante demasiado estrecho, brincó al aire. Impulsado
por su anillo volador, se perdió hacia lo alto con su carga.
Jason no tuvo tiempo ni fuerzas para impedirlo. Cuando quiso darse
cuenta, pataleaba en el aire, llevado en volandas por la ira maníaca del dios.
Dmitri gritaba algo, pero perdido todavía en el marasmo de su cerebro
embotado, Jason Prince no podía comprenderlo. Un estrépito de cristales
los bañó a ambos, y el derivante advirtió que acababan de pasar de un nivel
de la arcología a otro, sin dejar de subir, rompiendo subsuelos y techos y
regando su avance de un sinfín de esquirlas metálicas.
Jason se agarró con fuerza a las manos que le cortaban el resuello. Ya
que no podía quebrarlo como a una astilla, el dios pretendía llevarlo lo
suficientemente alto como para poder soltarlo. Luego ya tendría tiempo de
bajar a comprobar si todavía latían sus restos.
—Hay algo que no me gusta de todo este asunto.
Andrea Vanderbilt había murmurado las palabras con la tranquilidad
con que, unos minutos antes, había solicitado un refresco al androide de
servicio. Sentada a su lado, enfrascada en repasar las últimas noticias del
terminal de vidiario de su asiento, Dave Cross la miró de reojo. Volvían a
ser hombre y mujer. La ex Centinela encarnaba a una dama grande y gruesa,
algo entrada en años, mientras que ella misma había adoptado la raquítica
figura de un hombrecito con aspecto de contable.
—Lo has dicho media docena de veces desde que despegamos.
Tranquilízate.
—No me digas lo que tengo que hacer, Cross —reprendió la otra mujer
—. Si te digo que no me gusta esto, hazme caso. Te conviene para
conservar el pellejo.
—¿Tienes un sexto sentido además de superfuerza, poderes
regenerativos y un mal humor de cien diablos? —susurró la periodista, sin
dejar de correr pantalla tras pantalla en su monitor.
—Llámalo como quieras. No me gusta este vuelo. Habría preferido el
tren sub.
—Ya sabes lo que dijeron. Unos derivantes han saboteado las líneas y
tardarán un par de días en reparar los desperfectos. Tus compañeros tienen
muy malas pulgas.
—No son mis compañeros. Y no me trago el cuento del sabotaje.
—No sería la primera vez.
—Escucha, Cross. —Andrea se rebulló en su asiento, impaciente—. He
combatido a los derivantes y sé cómo actúan. Les gusta llamar la atención.
Buscan objetivos grandes, que puedan dañar... no sé, a los dioses, supongo.
Catedrales, centrales de energía, redes de información, incluso colegios.
¿Pero eludir los bloqueos de todas las estaciones terminales para plantar una
bomba en mitad de una línea de comunicaciones a la que no tiene acceso ni
un uno por ciento de la humanidad? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene eso?
—Joder por joder, ¿te parece poco?
—Me parece una estupidez. Y si tú te lo crees...
—Es que soy una estúpida, ya. Los vidiarios no dicen nada del tema.
Pero la censura es siempre así. Nadie se entera de esas cosas hasta que se
han solucionado.
—No. Aquí hay gato encerrado, Cross.
Con un gesto de fastidio, Dave desconectó el aparato. Se volvió hacia su
compañera.
—Está bien. Como quieras. ¿Qué te parece que está pasando?
—Es muy sencillo. Los trenes cruzan los continentes a intervalos de
pocos minutos. Su número es elevado.
—Ahórrate la publicidad pagada. Ve al grano.
—¿Tiene indicador de viajes ese trasto?
—Debe tenerlo.
—Mira a ver cuántos vuelos hay previstos para hoy.
Dave volvió a conectar el aparato. Una rápida llamada al menú y de
inmediato la pantalla se llenó de cifras. Se rascó la nariz, sin importarle la
pequeña disrrupción visual que eso creaba: el avión en el que viajaban iba
prácticamente vacío.
—Uh-oh —dijo. La boca se le había quedado seca de repente.
—No hay ninguno, ¿verdad?
—No habrá otro vuelo hasta mañana. Perturbaciones magnéticas en la
atmósfera, según advierten.
—¿Notas alguna vibración a bordo?
—Mi corazón palpitando, nada más. Déjame que compruebe otra cosa.
Dave tecleó de nuevo. Entre las dos compañeras se extendió un segundo
de silencio que pareció eterno.
—No hay ningún otro vuelo intercontinental previsto desde ninguna
otra arcología —informó la periodista.
—Lo que quiere decir, amiga mía, que mis ex camaradas quieren
impedir que vayamos de una ciudad a otra.
—Comprendo. —Dave asintió, los labios apretados, la mirada fría—.
Con una sola vía de movimientos, impiden que demos rodeos para llegar a
Vegas.
—Empiezas a pensar como una auténtica policía, Cross. ¿Por qué no
llevas la deducción a sus últimas consecuencias?
Dave bajó la cabeza. Cerró los ojos.
—Saben que queremos ir a Vegas. Saben que sólo podemos hacerlo en
este avión, o en el que vaya a salir mañana, o el día siguiente.
—Eso es. A ver si consigues tu placa de graduación, Cross. Sigue
pensando.
—No hay mucho más que pensar, Virgen María. En Vegas tenemos un
comité de bienvenida esperándonos.
Con el cuerpo erizado de fragmentos de metal y vidrio, las dos figuras
de aspecto humano fueron rompiendo un nivel tras otro, como pedazos de
roca escupidos por la lengua incandescente de un volcán que despertara en
un segundo.
Aferrado a los brazos que trataban de estrangularlo, Jason Prince no
pudo dejar de preguntarse qué había sucedido en el anillo edén para que
precisamente ahora, después de tantos años de exilio, la furia de los
hermanos Maximoff se descargara contra su persona.
Dmitri trató de corregir la trayectoria de su vuelo, pero sus manos
engarfiadas en el cuello del derivante no podían controlar la sortija de su
dedo con la que conseguía remontar los aires como un héroe de fábula.
Techo tras techo, suelo tras suelo, el forcejeo de los dos titanes iba
quebrando la noche sin estrellas de la arcología consagrada al placer. Los
cuerpos del dios y del bastardo eran un tornado que todo lo rompía, un
ariete de brazos y piernas que derribaba cuanto se interponía en su camino.
Con un último esfuerzo, sabiendo que la irresistible ascensión de que era
objeto no terminaría hasta que ambos dejaran atrás el último nivel de la
arcología y sólo tuvieran ya nubes sobre sus cabezas, Jason Prince soltó las
manos que le retorcían la garganta. Fue apenas un segundo, pero ese
movimento brusco bastó para que el impulso de Dmitri los hiciera dejar de
ganar altura y empezaran a desplazarse en horizontal, desguazando paredes
en lugar de techos.
Dmitri notó que el cuello de su enemigo se aflojaba. Pensó que en un
instante aquellos músculos cederían y en sus manos manchadas de sangre
quedaría tan sólo un rastro de venas y de glotis, pero Jason, aprovechando
la nueva trayectoria irregular, encogió las piernas y supo hacer palanca con
ellas contra el pecho del dios.
Dmitri no pudo aguantar por más tiempo la tensión. La doble patada
contra su esternón, sumada a la velocidad del vuelo entorpecido, acabó por
hacer que soltara el cuello de su adversario. Jason sofocó un grito de dolor
al sentir que prendido en las uñas del dios rubio escapaba un trozo de piel y
músculo, como el cable arrancado de una máquina averiada. La sangre
borboteó por su boca, anegando su paladar de un calor rojo.
La estigmatización refrenaba su poder curativo. Si no conseguía parar la
hemorragia de sus palmas, los ocho surcos de carne abiertos en su cuello le
chuparían la vida antes de que Dmitri Maximoff pudiera levantarse y volver
al ataque.
Tosió un espumarajo de flema y líquido caliente que se le quedó pegado
a la lengua y los dientes. Cerró los dedos sobre el agujero abierto en sus
palmas, y contó muy despacio, tratando de despejar su mente y olvidar la
tortura de los recuerdos implantados.
La doble ojiva se cerró, igual que un efecto especial de una simulación
por ordenador, borrándose de las palmas y desafiando a la lógica, como si
nunca hubiera marcado las manos del derivante. Jason se incorporó, todavía
escupiendo sangre y bilis. Notaba los tendones de su cuello creciendo como
una enredadera, echando raíces allá donde no había más que un hueco,
estirándose y recubriendo los ocho caminos de odio que habían grabado el
contacto del dios en su caída.
Pronto volvería a estar entero. Dmitri tendría que esforzarse a fondo si
quería matarlo. Una vez más, el cachorro humano demostraba que no tenía
nada que envidiar a la furia desatada de los dioses. Pero también Dmitri
poseía aquel poder curador que funcionaba como un bálsamo de Fierabrás
sobre todo su cuerpo encendido de despecho.
Tampoco Jason iba a ser capaz de eliminar a quien, por toda lógica,
parecía inmortal y estaba a salvo de las balas y explosiones, a resguardo de
sus puños desnudos y de sus palabras de consuelo.
Iban a tomar tierra en unos pocos minutos. A través de las ventanillas
del avión podían ver la gran pirámide negra de la arcología de Vegas, una
enorme montaña de cristal que abría una parte de su cúpula para permitir
entrar al aparato, como una flor que se dejase hurgar por una abeja.
Dave Cross sentía la garganta seca. Solicitar un nuevo refresco a los
auxiliares de vuelo no iba a aliviar su tensión. A su lado, Andrea Vanderbilt
tenía el ceño fruncido, y sus ojos claros parecían a punto de desprender
rayos caloríficos. La periodista se preguntó si no sería aquello lo que
intentaba hacer la derivante, tan concentrada estaba en lo que sin duda era
un apresurado plan de escape.
—Tuvimos que meter la pata al conectar con su ordenador —dijo entre
dientes, una voz metálica y fría que ni siquiera se correspondía con la de la
mujer cuyo rostro interpretaba.
—¿Tuvimos? —espetó Dave—. Fuiste tú sólita quien se empeñó en
teclear donde no debías, recuérdalo cuando nos frían a las dos.
—No dejas pasar una, ¿eh, Cross?
Dave se encogió de hombros. Señaló hacia abajo.
—Yo no tengo importancia, Virgen María. Son ellos los que no
perdonan.
El avión giró imperceptiblemente, preparándose para penetrar en la gran
ala abierta en el pico de la pirámide. Una voz neutra y amable indicaba a los
escasos viajeros que esperaba que hubieran tenido un vuelo agradable. Dave
hizo una mueca cuando les invitó a que volvieran a repetir la experiencia
dentro de poco.
Andrea se soltó el cinturón de seguridad y se puso en pie.
—¿Dónde diablos...?
—Quédate aquí —ordenó la ex Centinela—. Tal vez no sepan que estás
viva tú también.
Un androide de servicio se acercó al instante para recordarle que
durante las maniobras de despegue y aterrizaje todos los pasajeros debían
permanecer en sus asientos. Sin mirarlo siquiera, Andrea descargó un revés
que envió su cabeza de lata a la otra punta del aparato. Un par de pasajeros
gritaron.
—Cuando las cosas se pongan feas —instruyó Andrea a su
acompañante—, pégate a los demás. Olvídate de mí. Corre.
—¿Qué pretendes hacer?
Andrea se llevó la mano al cuello y las facciones de la mujer madura se
borraron como por ensalmo. Su verdadero rostro asomó sobre el adorno
prestado por Samsara." Dave pensó que nunca la había visto más letal, ni
más hermosa.
—Hasta ahora tú has llevado la voz cantante, Cross. Me toca compartir
el estrellato.
Un segundo androide de servicio se partió en pedazos antes de poder
formular la petición de rigor. En las paredes del avión se encendió una
hilera de luces rojas que alertaba a la tripulación de que un pasajero
impredecible podría poner en peligro la maniobra final del vuelo.
—¡No podemos separarnos así como así! —protestó Dave Cross, pero
no intentó seguir a la derivante.
—Escucha y no te dejes llevar por el pánico. Si consigues escapar, ve al
Golden Nugget y hospédate allí. Ya intentaré ponerme en contacto contigo.
—¿El Golden qué? Dios, ni siquiera he estado en Vegas antes.
—Y yo tampoco, ¿qué creías?
—Entonces...
—¿Es que no ves televisión?
Andrea Vanderbilt se dio la vuelta y recorrió el pasillo dando grandes
zancadas. Un auxiliar de vuelo humano intentó detenerla. La derivante lo
apartó, aplastándolo contra el techo como si fuera una mosca.
Un nuevo golpe seco y la puerta de la cabina del piloto se partió como
una nuez. Por el sonido, Dave Cross supo que la derivante había vuelto a
romperse los nudillos de la mano derecha.
En el aeropuerto, Murdock Fisk terminó de desplegar a sus hombres, a
la espera inminente del avión procedente de Mega-ciudad. Sólo le movía el
instinto, una corazonada tal vez, pues no había ninguna prueba de que
Andrea Vanderbilt y su acompañante hubieran subido a bordo: al menos, no
lo habían hecho como tales personas. Fisk se lamió los labios y se
concentró en la lenta maniobra de aproximación del aparato. A su lado, un
Centinela bisoño jugueteaba con su cañón de muñeca, nervioso.
Murdock había hecho que un centenar de sus hombres coparan todas las
entradas y salidas posibles del aeropuerto, apostados como tiradores al
blanco. Si Andrea venía en aquel avión, iba a tenerlo difícil para escapar de
allí.
Un chisporroteo de estática en sus oídos lo sacó momentáneamente de
su concentración.
—¿Capitán Fisk?
—Había pedido silencio radial, maldita sea —murmuró Murdock. La
voz llegaba del otro extremo de Vegas, según indicaba su visor—. ¿Qué
ocurre?
—Problemas, señor —crepitó el informante en su yelmo—. Hay una...
una batalla en curso.
—¿Derivantes?
—Eso creemos. Aunque uno de ellos, según hemos podido comprobar
en las pantallas, tal vez sea un dios.
—Uno de los hermanos Maximoff —dedujo Fisk. El avión había dejado
de ser un juguete en el cielo para ir adquiriendo proporciones mayores.
Reflexionó un momento. Si uno de los dioses batallaba en la ciudad, era
muy posible que el derivante al que se enfrentaba fuese el cura que tanto él
como Andrea Vanderbilt buscaban. ¿Era posible tanta casualidad? Los
Maximoff ya habían dado muerte a un derivante en Vegas, pero eso no
había saciado sus deseos de sangre. Su presa debía de ser alguien más
importante. Hasta ahora, no conocía a nadie que levantara más interrogantes
que aquel extraño sacerdote derivante cuya presencia pasaba inadvertida en
los sensores.
—¿Qué hacemos, señor? —insistió la voz en sus auriculares.
Murdock contuvo un tic. Su rostro recompuesto acababa por dolerle en
momentos de tensión. Obviamente, lo que el hombre le pedía era que
dividiera sus fuerzas, que enviara a parte de un destacamento para tratar de
atajar la violencia desatada en otro lugar de la arcología.
Pero si Andrea Vanderbilt viajaba en efecto en aquella nave que se
acercaba, prefería contar con el mayor número de Centinelas para detenerla.
Con todo, no tenía elección.
—Muy bien. Alfil 3, Alfil 7, Alfil 9 —ordenó, rompiendo el silencio
impuesto a los diversos comandos—, plieguen alas. Contacten con Centro
de Mando. Derivantes en acción en sector gamma. Todos los demás,
permanezcan en sus puestos.
—No se detiene —murmuró el oficial novato.
Murdock se volvió hacia él, sin comprenderle.
—¡El avión, señor! —señaló el joven—. ¡No se detiene! ¡Va a chocar
contra las estructuras de la torre!
Dmitri cargó contra él como un rinoceronte, pero esta vez no intentó ya
agarrarlo por el cuello. El primer puñetazo que descargó fue un mazazo que
le llenó los ojos de fosfenos. Jason detuvo el segundo golpe, conteniendo la
mano cerrada de su adversario con la suya abierta. Sin dar tiempo a
reaccionar al dios, aumentó la temperatura de su piel hasta quemar la mano
que le había hecho daño.
Dmitri gritó. Tardó un par de segundos en contrarrestar con fuego
propio el calor que irradiaba la palma del derivante, pero para entonces
Jason había lanzado el puño izquierdo contra su costado, abriendo un tajo
oscuro contra las costillas de hierro.
Sintió cómo la caja torácica de Dmitri se rompía bajo el golpe. Repitió
el proceso. Dmitri giró y con el canto de la mano le cruzó el rostro.
Cegado por su propia sangre desbocada, Jason retrocedió. Conocía el
dolor: el último golpe le había roto la nariz. Antes de que los huesos
empezaran a soldar y lo hicieran sujetando un guiñapo deforme y torcido,
Jason se esmeró en enderezarla, rompiéndola por el otro lado, hasta dejarla
de nuevo recta. La sangre le chorreaba por la barbilla, dándole un aspecto
vampírico.
Dmitri cargó de nuevo contra él. Jadeaba. Quizás el exceso de
tecnodrogas y de alcohol habían mermado sus cualidades, o quizá Jason,
libre de sus férreos autocontroles, podía ser un destructor aún más temible
que los dioses puros. En cualquier caso, su pecho subía y bajaba con
dificultad, y también de su boca manaba sangre.
Mientras esquivaba un nuevo mazazo, Jason comprendió qué le pasaba.
Alguna de las costillas rotas había perforado los pulmones, impidiéndole
respirar con normalidad. Un hombre corriente habría muerto en el acto,
pero el poder regenerativo del dios acudía en su ayuda, como siempre.
Jason se preguntó qué sucedería cuando las costillas soldaran en aquella
posición nueva. Como podría haber sucedido con los huesos de su nariz, la
caja torácica de Dmitri se fijaría sobre un cuerpo deformado, igual que un
cemento que se seca demasiado pronto. Se preguntó si los dioses podrían
morir de asfixia.
La capacidad intelectual de Dmitri, en cualquier caso, no le permitía
darse cuenta de lo que le ocurría. Jason dudaba que pudiera meterse la
mano en el cuerpo y arrancarse o enderezar los huesos torcidos que le
estaban haciendo tanto daño.
Dmitri vaciló. La falta de aire le volvía el rostro cárdeno. Se llevó la
mano a una oreja y tuvo tiempo de tirar de su pendiente antes de que Jason
la arrancase de un feroz manotazo.
El derivante saltó sobre el dios, cebándose en su herida como un lobo
hambriento. No tenía tiempo que perder. Comprendió que el último gesto de
Dmitri había sido una señal de socorro.
Alexis Maximoff los vio pasar. Una, dos, tres escuadrillas de hombres
metálicos revoloteando por el tercer nivel de la arco-logia, donde se
encontraba. Una emergencia, sin duda. Hizo ademán de encogerse de
hombros cuando el implante en su oído chirrió una milésima de segundo,
antes de enmudecer para siempre.
Alexis no vaciló. Un poderoso brinco y saltó al cielo, tras los
Centinelas.
La señal de Dmitri había sido clara.
Había localizado a Jason.
—De Torre a Fénix ZDS —dijo la voz asustada del controlador—. Fije
cabos magnéticos. Reduzca potencia de motores. Con esa velocidad no
podrá completar la maniobra de atraque.
Andrea Vanderbilt reprimió un gesto obsceno y arrancó de cuajo el
intercomunicador, igual que había hecho con la garganta de la piloto. Su
ayudante sollozaba en un rincón, con los dos brazos rotos, sin comprender
qué se proponía hacer aquella mujer aparecida de repente a sus espaldas.
La respuesta era sencilla. Puesto que un número indeterminado de
Centinelas estaban esperando a que el avión se detuviera para saltarles al
cuello, Andrea no tenía otra opción que sorprenderlos.
Le hacía gracia pensar cómo iban a abordar un aparato en medio de una
explosión que iba a sacudir hasta sus cimientos el aeropuerto.
Por primera vez en su agonía, Dmitri Maximoff fue consciente de que
tal vez el enfrentamiento con aquel odiado bastardo podría terminar con su
propia muerte. La triple lanzada de sus huesos rotos, fijos de nuevo a su
esqueleto, como espadas de hierro candente, le dificultaba los movimientos
y la respiración. Por entre la bruma enrojecida de sus ojos, la mirada de
escarcha de Jason le indicaba que no iba a detenerse hasta acabar con él.
—Alexis —murmuró. Un golpe sobre su enemigo consiguió romperle
un brazo. Pero con eso no conseguiría nada. La regeneración haría que se
recuperase en menos de dos minutos. Dmitri comprendió que aquella
fulgurante capacidad curativa que ambos compartían no siempre era una
ventaja. La carga de sus costillas contra sus pulmones y su corazón lo
atestiguaba.
—Alexis —repitió. Sentía el cerebro embotado, falto de oxígeno. Se
reprochó haber atacado sin esperar la iniciativa de su hermano. Se reprochó
no haber preparado una estrategia de batalla contra aquel hijo de puta a
quien tanto despreciaban. ¿Era posible morir por su mano? ¿Treinta años de
vida tan sólo y acabar por causa de un bastardo que ni siquiera se podía
comparar con él? ¿Cómo morían los dioses? Su cuerpo restañaba al instante
sus heridas, cosiendo y suturando los tejidos desgarrados, soldando los
huesos rotos, componiendo lo dañado de sus órganos. ¿Pero quién le
devolvía el oxígeno, qué parte de su cuerpo podría compensar la falta de
aire en sus pulmones, en su cerebro?
Iba a morir y su cuerpo estaría intacto, a excepción de los huesos
torcidos que lo horadaban como una estaca abandonada sobre el cadáver de
un vampiro. Se preguntó si su cuerpo seguiría viviendo cuando la anoxia en
su cerebro acabara por dar electroencefalograma plano.
Tenía que arrancar aquellas costillas de sus pulmones. Ya se las haría
injertar de metal o de plástico. Pero necesitaba respirar. Sus pulmones se
debatían, anegados en sangre, perforados por la cuña que asomaba por su
espalda.
Una bruma roja cubrió el rostro de Jason, que le observaba con una
expresión de profunda, infinita crueldad. La mano del derivante detuvo su
mano cuando, en un movimiento ya casi paroxístico, intentó hundirla en su
pecho. Un nuevo golpe sobre el rostro, un chaparrón de sangre sobre sus
ojos.
Fue la mano de Jason la que entró en su cuerpo, la que rebuscó los
huesos que le atrofiaban la vida. El movimiento fue rápido, como un
relámpago, la misma facilidad con que se enciende una cerilla al vuelo.
La costilla brotó del cuerpo lacerado, arrancada de cuajo, abriendo un
nuevo agujero en el pecho del dios herido. Los pulmones se ensancharon,
Dmitri contuvo un estertor.
Mientras buscaba aire inútilmente, todavía cosido por otros dos palos de
hueso, Dmitri notó el pinchazo en la garganta, el desgarrón de un lado a
otro, la rotura de las cuerdas vocales que le habrían permitido gritar a los
cuatro vientos su desesperación, su sufrimiento.
La luz de sus ojos se apagó y no llegó a saber si su muerte era debida a
la falta de aire o al limpio movimiento en cimitarra con que el derivante le
había decapitado.
En cuanto vio la trayectoria irregular del avión en su descenso, también
Murdock Fisk comprendió la maniobra suicida que trataba de hacer Andrea.
Selló los circuitos de su exoesqueleto y saltó al cielo.
—¡De líder a todos! —gritó por el intercomunicador—. ¡Abordad ese
avión! ¡Fuego a discreción! ¡No debe estrellarse contra la torre!
Un abanico de cuerpos metálicos abandonó su escondite y dos docenas
de policías se lanzaron contra el aparato que barrenaba cada vez más cerca
de su objetivo. A pesar de su potencia de fuego, Murdock no estaba
convencido de que la escuadrilla de Centinelas pudiera conseguir su
objetivo. Andrea Vanderbilt no era una derivante cualquiera. Su formación
militar acudiría en su ayuda y se enfrentaría a ellos con tranquilidad, fría y
serena, como si les estuviese leyendo la mente.
Andrea apretó los dientes y vio a los Centinelas chispear en la pantalla
del radar. Hizo que el avión oscilara de un lado a otro, provocando un
arrebato de histeria en los pasajeros a quienes ya no podía oír. Casi al
momento notó el impacto de las primeras balas de plasma contra el fuselaje.
Un fuerte tirón bajo la panza del aparato hizo que la proa se hundiera
diez grados. Andrea estaba esperando esa acción. En la torre de control,
sabiendo que los garfios y tubos de atraque no servirían de nada contra la
velocidad del avión, habían optado por intentar detenerlo usando el rayo
tractor empleado en casos de emergencia.
Andrea cortó los motores de babor, y el avión giró a medias, transido
por las fuerzas contrarias que tiraban de él. La lluvia de plasma se había
hecho más intensa, concentrada en la cabina. El aislamiento térmico de proa
era suficiente de momento para protegerla del asalto de sus ex compañeros,
pero Andrea sabía que tarde o temprano el oficial al mando de la operación
ordenaría un asalto directo. Ella misma tenía experiencia en este tipo de
secuestros.
Entonces el avión quedó súbitamente detenido en el aire, prendido de la
nada como una cometa. La tensión era tan fuerte que el fuselaje entero
crujió. Si Andrea continuaba acelerando, la nave se rompería en dos.
En cambio, desconectó los motores restantes. Clavado a su sitio, el
avión giró otra vez, por inercia, quedando boca abajo, como un equilibrista
que hace esfuerzos en la cuerda floja.
Cuando los Centinelas irrumpieron en la cabina un minuto más tarde,
sólo encontraron a la piloto muerta, todavía atada al sillón de mando.
El último estertor de Dmitri Maximoff fue el bramido de un toro que no
comprende la utilidad de su sacrificio. La poderosa máquina de su cuerpo se
detuvo entre un latido y el siguiente, desplomado en el suelo como una
estatua profanada. Sus cabellos empapados en sangre ni siquiera aletearon
para recibir la despedida del viento.
Jason Prince se incorporó a duras penas. Era el superviviente de la
batalla, pero su cuerpo no ofrecía mejor aspecto que el cadáver destrozado
que salpicaba el suelo. La cara desgarrada, los ojos hinchados, la nariz
entumecida y aún sangrante, músculos lacerados, un brazo roto, la lengua
hinchada, los dientes negros. Había vencido en la confrontación, y su poder
curativo trabajaba ya a marchas forzadas para restaurar la energía de sus
órganos, pero eso no evitaba que el dolor le impidiera dar un paso.
Sin embargo, tenía que seguir huyendo. Alzó la vista y por entre las
montañas de escombros que su lucha había causado en varios niveles de la
arcología pudo ver la sombra rielante de las armaduras. Los Centinelas
también lo habían localizado.
Dave Cross los vio entrar envueltos en humo verde y chispas
resonantes. Las descargas de plasma iluminaban el interior del avión,
anulando las luces de emergencia que apenas prestaban imagen al miedo de
los pasajeros desde que el aparato dio la vuelta y quedó boca abajo. Los
Centinelas entraron por las ventanillas, reforzando su presencia con un
estrépito de plastimetal y acero astillado. No lograron acallar los gritos de
pánico de la gente, pero Dave Cross supuso que ésa era la última de sus
prioridades en este momento, pues consultaban continuamente sus sensores.
Buscaban a Andrea Vanderbilt. Buscaban a la derivante.
Dave no podía oír las conversaciones radiadas entre el líder de la
patrulla y sus hombres; ni siquiera reconoció a Murdock Fisk dentro del
exoesqueleto y el yelmo que cubría su atractivo rostro. Pero notó la desazón
en los movimientos de los policías, los gestos apresurados, la brusca
consulta con el único auxiliar de vuelo que había sobrevivido.
Tras la puerta abierta de la cabina, un bofetón de aire acabó por
confirmar sus suposiciones.
Andrea ya no estaba a bordo del avión volcado.
Su cuerpo siempre había sido un ancla, el asidero al que ataba su mente
desquiciada. Todo lo que revolvía su cabeza se apaciguaba en la fortaleza
de sus músculos, en el poder regenerador que lo devolvía a la vida como un
talismán, en la certeza de que en sus manos quedaba la capacidad para
empezar de nuevo y anular los contrasentidos que poseían su cerebro y
devoraban sus recuerdos.
Pero ahora su cuerpo era un despojo, un cenagal de heridas y de úlceras,
un guiñapo de movimientos inconexos y dolores repetidos.
Jason Prince echó a correr, perseguido en los cielos por la sombra
dorada de la patrulla de Centinelas. Tuvo miedo. Ahora que su cuerpo se
había debilitado, no tenía ningún bastión para mantener a raya a su mente.
La locura estaba a un paso, como la marea que aguarda un golpe de luna
para inundar la playa.
La fuerza del asiento eyector la había catapultado lejos del avión cuando
éste dio la vuelta. Andrea Vanderbilt giraba, perdido todo sentido de la
orientación, sabiendo que acabaría por precipitarse contra el suelo si no
conseguía disparar el paracaídas de emergencia o el dispositivo anti-g
incorporado al mecanismo de escape.
Una de sus volteretas le permitió ver el aparato del que acababa de
saltar, y el abordaje final de los Centinelas. Imaginó sus caras cuando
advirtieran que ya no estaba allí.
O no. Una segunda escuadrilla de policías se cruzó en su camino. El
asiento volador cruzó entre ellos como una pelota hacia la red, dejándolos
atrás antes de que pudieran reaccionar.
Había ganado dos segundos. Una nueva voltereta del asiento y entonces
los vio girar en pleno aire y zambullirse hacia ella, un banco de peces
espantado por la presencia de una barracuda hambrienta. La comparación
no era muy afortunada. Si no se rompía en pedazos al chocar contra el
suelo, aquellos tiburones de metal acabarían por devorarla.
Un disparo en la rodilla la convenció de que iba a tener muy difícil
escapar esta vez. Apretó los dientes y dejó que el asiento siguiera su curso.
Que vinieran por ella.
Estaba dispuesta a morir matando.
Alexis apartó a empujones a los Centinelas que contemplaban
estupefactos un espectáculo que la mayoría de los humanos jamás habían
visto en su vida. La muerte de un dios. El recordatorio de que tampoco sus
superiores podían escapar eternamente al precio impuesto por algo o
alguien todavía más remoto, más potente.
Alexis se arrodilló junto a su hermano muerto. Ni siquiera la ausencia
de vida había podido robarle un ápice de su belleza. Roto y lacerado, con
los costados abiertos y la garganta sostenida por un ligero cordón de carne,
Dmitri Maximoff seguía conservando aquel aire estatuario que lo
caracterizaba, los ojos celestes henchidos de nada, la mueca despectiva en
los labios muy pálidos.
Alexis se manchó de su sangre hasta quemarse.
Su grito de odio resonó en toda la arcología.
El paracaídas se abrió con un tirón que resonó en su espalda como un
mazazo. La trayectoria en ruta de colisión contra el suelo quedó
interrumpida bruscamente, y la patrulla de Centinelas pasó de largo, incapaz
de ajustarse a tiempo a aquella maniobra desesperada.
Andrea flotó hacia arriba unos segundos, una medusa oscilando bajo el
cielo de hierro. Soltó los cinturones de seguridad del sillón eyector y
comprobó que la herida de su rodilla no era grave. Sin perder un instante,
saltó hacia el primer Centinela que, también en el aire, había girado para
darle el encuentro.
Cayó sobre la espalda del policía. Un golpe en la nuca y el yelmo se
quebró como un huevo. La armadura de combate seguía en funcionamiento,
calibrando ondas vitales que no existían, insuflando oxígeno en unos
pulmones que ya no respiraban. Andrea repitió una maniobra que había
efectuado centenares de veces en los enfrentamientos a baja gravedad,
haciendo maniobrar el cuerpo inerte como si fuera una alfombra mágica con
brazos y piernas mientras recorrían los quince metros que los separaban del
suelo. Desde las alturas, los demás componentes de la escuadrilla
dispararon contra ella.
Se aferró al exoesqueleto con uñas y dientes, cabalgando un misil
destinado a tomar tierra en cuestión de segundos. Arrancó el cañón de
muñeca y se lo ajustó rápidamente sobre el brazo izquierdo. Despojó al
cadáver de la pistola que llevaba al cinto.
Rodó sobre sí misma antes de llegar al suelo. Un reguero de fuego y
polvo siguió sus movimientos. Se incorporó de un salto y devolvió el
ataque.
Antes de salir corriendo, pudo ver el avión, todavía prendido en el cielo,
un titán inmovilizado ante la torre de control. Los Centinelas que lo habían
abordado salían del aparato, como abejas de un panal, llevando en brazos a
los pasajeros que habían rescatado.
Disparó contra la patrulla que le daba caza y continuó la huida. No tuvo
tiempo para preguntarse qué destino podría haber corrido Davinia Cross. Su
pellejo era más importante.
Saltó de un nivel a otro, enmascarado de sangre y odio. Un fuego
extraño ardía en su pecho, una lujuria de muerte que hasta entonces
desconocía. Había querido ser santo cuando su destino era el de un
guerrero.
La patrulla de Centinelas cayó en picado tras él. Cinco, seis, diez
soldados vanamente convencidos de que la protección de sus armaduras iba
a poder contrarrestar la furia renacida de sus brazos. ¿Qué podían hacer
aquellas hormigas contra él, que había sido capaz de dar muerte a un dios
por su propia mano? ¿Qué tenía que temer de su triste acoso, cuando no
eran más que simples humanos reforzados por unas corazas que no podrían
hacerle el menor daño?
Jason Prince se miró las manos. De nuevo los estigmas se marcaban en
su palma, pero esta vez su aparición presagiaba un destino nuevo. Su
cuerpo entero se cubrió de electricidad estática de abajo arriba, dibujando el
negativo de su silueta bajo el cielo. Igual que había ocurrido en la iglesia
del desierto, sus manos se tiñeron de luces de sol negro.
El primer Centinela cayó fulminado ante su contacto. Era invencible,
imparable, un huracán a quien nadie osaba poner freno. Se abalanzó contra
el resto de la patrulla, regalándoles muerte en un torbellino de sensaciones
contrapuestas.
La locura se había apoderado de su presente, como había luchado por
hacerse dueña de su pasado.
El Centinela la depositó en el suelo y regresó de nuevo al avión en
equilibrio inestable sobre la nada. Andrea tenía razón: no sospechaban que
ella también seguía con vida, y el disruptor facial cedido por Samsara
cubría su rostro, haciéndolo irreconocible incluso para los sensores más
potentes.
Dave Cross intentó localizar a su acompañante más allá del muro de
explosiones y estallidos. Imposible ver nada. La ex Centinela revivía ahora
una situación que ya había experimentado muchas veces, al otro lado,
cuando ella misma formaba parte de las patrullas de caza. Dave le deseó
suerte.
El personal del aeropuerto corría a atender a los pasajeros rescatados.
Había médicos entre ellos, varios Centinelas destacados como vigilancia
contra cualquier otra posible contingencia.
Dave se mezcló con los otros pasajeros, ilocalizable tras su máscara. Ya
tendría ocasión de escapar.
Tenía una cita en el Golden Nugget, y no estaba dispuesta a llegar tarde.
Iba a despedazarlo miembro a miembro. Su cabeza adornaría su
mansión, con sus huesos forjaría un mausoleo para su hermano muerto. El
ojo protésico de Alexis Maximoff lloraba sangre.
Igual que el anillo de Centinelas que no se atrevía a acercarse, el dios no
era capaz de comprender cómo un derivante, un inferior, había sido capaz
de dar muerte a un superhombre.
También Jonathan querría saber la causa de aquel naufragio. El jefe de
los dioses no cejaría hasta arrancar a Jason Prince una respuesta. Pero el
padre supremo tendría que esperar a la autopsia del bastardo. Ya tendría
solución a sus enigmas cuando Alexis hubiera satisfecho su odio
centuplicado, su sed de sangre.
Los Centinelas muertos a su alrededor eran un bosque talado que
borboteaba savia roja. Transido de exaltación y de espanto, Jason Prince se
internaba entre ellos como un leñador de leyenda, cortando acá y allá con
sus manos desnudas el metal dorado que se convertía en papel inservible
bajo la fuerza de sus hachazos. Un sudor ardiente y negro lo empapaba. Su
cabeza enloquecida era un remolino.
Los Centinelas caían como piezas de un ajedrez derribado por el
capricho de un niño. Imparable, fiero, inconmovible, Ja-son golpeaba y
esquivaba, recibía los impactos en el pecho, en el estómago, cargaba y
desmontaba brazos y cabezas con una danza frenética que tenía por única
música los chisporroteos de la estática y el redoblar sordo de sus puños
sobre el hierro. Las tres figuras bajaron del cielo, revestidas de un aire de
diferencia y de misterio. Cuando Jason se giró hacia ellas, se detuvo. No
eran Centinelas. No eran dioses. No las había visto jamás y sin embargo
supo que su destino iba ligado al color de esas sombras.
—Ven con nosotros —dijo la mujer.
Jason hundió los hombros y sintió vergüenza al saberse enfangado de
sangre.
En el tumulto del abordaje, improvisando estrategias, Murdock Fisk casi
había olvidado que Andrea Vanderbilt, posiblemente, no viajaba sola. Sin
duda la periodista venía con ella.
Se aseguró de que todas las patrullas posibles continuaban la
persecución. Recabó datos al centro de mando sobre la segunda operación
en curso y no pudo controlar un espasmo nervioso: en otro lugar de la
arcología, Dmitri Maximoff había sido asesinado. ¿El sacerdote? ¿O algo
más? ¿Cómo era posible que los dioses murieran? ¿Qué los hacía entonces
distintos de los simples humanos?
Entró como una tromba en la sala donde los pasajeros todavía
intentaban reponerse de la sorpresa. Consultó con sus hombres, con los
médicos. Contuvo una maldición.
Faltaba un pasajero. La descripción no coincidía con sus datos, pero
Murdock Fisk comprendió al instante que Davinia Cross también había
escapado.
Disparaba sus armas con la precisión de una máquina de combate que
jamás errase un blanco. Los Centinelas caían uno tras otro, mariposas
quemadas por la llama que brotaba de sus brazos. El suelo se consumía a
sus pies, un magma negro y borboteante que jamás se derretía a tiempo para
aprisionarla.
Andrea disparó una vez más y el ordenador de su pistola le indicó que
ya no disponía de más energía de muerte. Intentó cambiarse el brazalete
pero el impacto de un Centinela destrozó la única arma que le quedaba.
Por un instante, no supo qué hacer. Se quedó inmóvil, en medio de un
charco de asfalto fundido, rodeada de hierros al rojo y pedazos
chamuscados de edificios. Los Centinelas se abrieron en abanico, jinetes de
un apocalipsis que pronto le iba a ser propio.
Así que esto es el final, pensó la derivante. Ni siquiera deseó que fuera
rápido.
Una cortina de fuego cruzado barrió el nivel de la ciudad, despiezando
las armaduras de combate y regando de trozos de metal todos los rincones.
Andrea Vanderbilt se volvió.
Las tres figuras se posaron muy despacio frente a ella, como ángeles
liberados de la jaula de los cielos.
Uno de ellos alzó el brazo y la derivante en fuga apenas tuvo tiempo de
advertir la boca del arma con que la apuntaban. Un destello escarlata la
zambulló al instante en una canción de silencio.
Aunque se sabía a salvo bajo la piel fluctuante de su máscara virtual,
Dave Cross prefirió no tentar a la suerte. En cuanto dejó atrás el aeropuerto
cambió de rostro tres veces, alternando sexos y modos de caminar. Un
rápido cambio de ropas en una tienda barata, el tiempo de comprar un
ordenador de viaje con un mapa detallado de la arcología, y localizó sin
problemas el Golden Nugget esa misma tarde.
No se arriesgó. Se inscribió en el hotel-casino con un nombre falso,
subió a su habitación, encendió las luces, las pantallas de vídeo, comprobó
que nadie la había seguido.
Cambió de rostro una vez más y salió a la calle. El Xanadú estaba justo
en la otra acera. Se inscribió allí, bajo el nombre de D. Fisher, en una
habitación con vistas al complejo de juego que tenía enfrente, haciendo uso
del dinero que habían robado en Megaciudad y que todavía conservaba.
Suponía que si Andrea había sobrevivido a su persecución, ya encontraría
un medio de localizarla.
Eso fue dos días atrás. Cuando pasaron las horas y siguió sin tener
noticias de su compañera, Dave Cross empezó a preocuparse. Se sintió
desvalida, absolutamente sola en un mundo hostil. Ni siquiera cuando los
jueces le quitaron la custodia de su hija y tuvo que apañárselas por su
cuenta, empezando de cero, se había sabido más indefensa. Ahora, además,
su cabeza estaba sin duda puesta a precio.
De vez en cuando regresaba al Golden Nugget, siempre con nombre y
rostro inéditos, y paseaba entre las mesas de juego, con la esperanza de que
alguien alto y fornido la abordase. Pero no pasó nada de eso. A Andrea
Vanderbilt se la había tragado la tierra.
Se pasaba las horas frente a las pantallas de los vidíarios, cotejando
informaciones contrapuestas. Todas habían sido cribadas por la censura
policial, naturalmente. Apenas una o dos líneas hacían mención a un avión
lanzadera que había estado a punto de chocar contra la torre de control de la
arcología, pero no había alusión ninguna al acto suicida de Andrea, ni al
abordaje de los Centinelas.
Pero en la calle la noticia corría de boca en boca, y las patrullas de
centuriones en el cielo no hacían más que confirmar sospechas y recelos.
Un dios había muerto en Vegas, despedazado por alguien, tal vez un
derivante enloquecido y violento. La ciudad era un hervidero de susurros y
de risas, una puesta al día continua de falacias descabelladas y verdades a
medias. Da-ve deseó poder seguir siendo periodista para verificar qué había
de falso y qué de cierto en aquellas historias que los borrachos susurraban
entre lamento y lamento por la pérdida de sus ganancias ante las ruletas.
Un dios había muerto en Vegas. Los vidiarios silenciaban el dato,
amordazados, haciendo en realidad que la noticia adquiriera proporciones
aún más fabulosas. Un derivante rubio lo había acorralado hasta darle
muerte a manos desnudas, se comentaba. Igual que un par de dioses habían
eliminado a un loco terrorista días atrás, ahora la venganza de los derivantes
se había cebado en la carne de un superhombre. Las sensaciones eran
contrapuestas. Unos sentían terror, otros secreto alivio, los más indiferencia.
Sólo Dave Cross parecía no ser capaz de captar todos los matices que
aquella noticia pudiera causar sobre su situación presente. Sin duda, los
Centinelas surcaban los niveles de la arcología buscando al derivante
asesino a la par que a Andrea Vanderbilt. No podía olvidar por un instante
que alguno de ellos tal vez la estuviera también buscando a ella.
Pero no podía pasarse la vida en la ventana, controlando con sus
prismáticos las entradas y salidas de los centenares de individuos que
frecuentaban el Golden Nugget. Comprendía que Andrea estuviera
esperando a que se enfriaran los ánimos, a que se le presentara una ocasión
más propicia. No habían dado con ella, eso estaba claro: de otro modo, la
noticia de su captura o su ejecución salpicaría todos los vidiarios del
planeta.
O tal vez no. Porque para el mundo, la ex Centinela ya estaba muerta.
Como ella.
Bajó a la calle, paseó un rato entre el jolgorio falso de una humanidad a
la que ya no pertenecía, a la que había dejado de intentar comprender,
centrada en las maquinaciones de los dioses y sus enigmas. Un café rápido
y tibio en una máquina ambulante, las insinuaciones de un par de gemelas
albinas que no podían ver más allá de su rostro falso, y regresó al Xanadú.
Entró en su habitación y cuando murmuró la clave para encender la luz,
otra voz más potente, desconocida, la dejó inmovilizada en el sitio.
Eran tres. Un hombre, una mujer, y algo velludo y azul que parecía
menos humano que bestia. Se habían introducido en la habitación antes que
ella, y la esperaban. Dave Cross habría querido gritar, pero petrificada por
aquel nuevo misterio no pudo hacerlo.
Entonces vio sobre la casaca amarilla y celeste de uno de los
desconocidos el pez bordado, el pez de plata por el que había cruzado el
mundo y renunciado a la vida.
HECHOS
No se atrevía a mirarlo siquiera. El hombre de hierro que las atendía a
ambas manejaba el equipo médico con la precisión de un chamán, como si
toda la vida hubiera remendado cuerpos en vez de haber consagrado su
alma a la matanza. Shai'r observaba de soslayo aquellos dedos pálidos, tan
distintos a los suyos, las manos fuertes que la habían sostenido durante el
vuelo entre las nubes que la fiebre había cubierto de los tintes prestados de
un sueño. La pequeña canturreaba en un rincón, absorta en los colores que
la pared de la habitación dibujaba para su descanso.
El hombre de metal no era uno de los dioses. Eso lo sabía Shai'r, que
conocía en lo más íntimo aquellas cualidades únicas de los seres superiores,
a quienes menos adoraba que temía. ¿Qué era entonces?
Con la misma facilidad daba muerte que sanaba. Las había salvado del
ataque de otros hombres semejantes en el tren, y ahora las había traído a
este lejano lugar, tan distinto a todo lo que en su tribu fue la norma.
Apenas hablaba. Sólo de vez en cuando alguna palabra ronca, en un
idioma desconocido para Shai'r, un gesto que le ordenaba no moverse, o que
le indicaba si podía soportar el dolor mientras la sondaba. Era brusco,
poderoso, como si luchara contra sí mismo por alguna causa que escapaba a
la capacidad de comprensión de la muchacha. Pero sus manos curaban,
ágiles y limpias, siempre seguras, mariposas incoloras libando del estanque
de su sangre.
Cuando Shai'r volvió a quedarse dormida, vio que el hombre sostenía a
la pequeña en sus brazos. No se preocupó ya más. Sin duda el gigante de
plata sabría cómo cambiarla.
El coronel Rage rompió el puro entre sus dedos, incapaz de contener por
más tiempo la frustración. Una mala noticia tras otra. Vegas se había
convertido en un infierno, el punto de encuentro de quién sabía cuántos
terroristas desquiciados a la búsqueda de una logia secreta cuyo
emplazamiento se les negaba. Una lanzadera destrozada. Docenas de bajas
entre los Centinelas. Las fugitivas fuera de su alcance una vez más. Y un
dios muerto.
Lo impensable había sucedido. Un derivante, más fuerte, más listo, más
peligroso que ningún otro del que hubieran tenido noticias, había
destrozado a manos desnudas a un joven dios. Dmitri Maximoff, nada
menos. El coronel notó que empezaba a sudar frío.
—No hay relación aparente entre un suceso y otro, señor —el capitán
Rogers no parecía ni la mitad de desesperado que sus dos superiores. Por
encima de la sombría mirada de Rage, en la pantalla, Jean-Claude Hubinon
se encontraba a un paso del colapso—. El incidente de la lanzadera y la
muerte de ese dios... son dos desagradables coincidencias. Nada más.
—Han fracasado ustedes penosamente en cuanto se les ha
encomendado. —La voz de Hubinon era mercurio helado. Los dos militares
nunca habían visto al cónsul de peor humor; casi les recordaba a uno de los
propios dioses—. Coincidencia o no, Dmitri Maximoff está muerto. Y su
asesino se nos ha escapado una vez más.
—Es experto en eso, según parece. No se trata de un derivante
cualquiera.
—Eso ya lo sé, maldita sea. ¿Pero y el resto?
—No creemos que en esa muerte hubiera implicado nadie más, señor.
—Me refiero a las mujeres de la lanzadera. ¡Por los Bunyan, una de
ellas no era más que una simple humana! En cuanto a la otra...
—La ex Centinela. Todavía no comprendemos cómo pudo escapar.
—Recibió ayuda, por supuesto —intervino Rogers—. Igual que ese
maldito sacerdote.
—¿Ayuda de quién? ¿Cómo puede nadie oponerse a los Centinelas, a
los dioses?
—Venimos siguiendo la pista de ese sacerdote desde hace meses, señor
—informó Rage, mirándose los dedos manchados de hojillas secas de
tabaco; para su mortificación, el olor se le quedaría prendido en las yemas
durante horas—. No da positivo en los escáneres. Debe tratarse de un tipo
de derivante diferente.
—¿Y la mujer también?
—Es posible. No detectamos que fuera una derivante a pesar de haber
sido una de los nuestros.
—¿Trucó las pruebas? ¿Pudo acceder a esos datos y rehacerlos?
Rage se encogió de hombros.
—Ha cruzado de un extremo del mundo al otro sin ser detectada.
Manipular una base de datos desde dentro debió resultarle mucho más fácil.
Personalmente, tengo una teoría.
—Me gustaría escucharla.
—Ese sacerdote... Prince. Es único, ¿no?
—Es lo que tengo entendido. Se crió en el anillo edén, junto con los
Maximoff. Su odio común venía de antiguo. Pero no creo que sea el caso de
la mujer. ¿Se llama Cross?
—Vanderbilt —corrigió el capitán—. Andrea Vanderbilt. Davinia Cross
es la humana que la acompaña.
—Vanderbilt, cierto. No creo que se haya criado también en el anillo
edén.
—Sabemos que no, señor. Pero lo cierto es que hay al menos dos
derivantes que no dan positivo en los sensores. Jason Prince y Andrea
Vanderbilt. Una vez puede ser casualidad. Dos es ciencia.
—No le entiendo.
—Si hay dos derivantes capaces de pasar desapercibidos a los más
sofisticados sistemas de rastreo —explicó el coronel—, podría haber más.
Muchos más.
—Un ejército de derivantes —apuntó Rogers.
—¿Bromean? —Un escalofrío de pánico surcó la espalda del cónsul.
—Ojalá. Por los motivos que sean, por algo que está más allá de nuestra
capacidad de comprensión, esos derivantes son superiores a los que
conocemos. No andan a tontas y a locas. No cometen errores.
—No son los monstruos que muestran los vidiarios.
—No. Tampoco son deformes.
—Podrían pasar perfectamente por humanos... —musitó Jean-Claude
Hubinon. Pensaba en Toledo, el sol de su sexo entreabierto, el rojo aleteo de
sus labios. Un retortijón de ansiedad le subió por los muslos hasta quedar
detenido a pocos centímetros de su estómago.
—¿Cómo dice, señor?
Jean-Claude Hubinon sacudió la cabeza.
—Alexis Maximoff va a cortarme las pelotas. Estoy seguro. Su relación
con su hermano muerto rozaba los límites de la epopeya... y el hecho de que
un derivante haya sido la causa... —Contuvo un nuevo escalofrío. Si Alexis
no fuera tan egocéntrico, si no recabara para sí toda la culpa de la muerte de
su hermano, Hubinon podría considerarse tan difunto como su abuelo.
—Ahí quería yo llegar —el coronel Rage recuperó el hilo de su
argumentación—. Si son capaces de matar a un dios, si son capaces de
eludir los sensores, si actúan con inteligencia y burlan tanto a Centinelas
como a dioses...
—Entonces son superiores a lo que hemos conocido hasta ahora.
—Eso es, señor. Quizá se trate de una mutación. No estoy seguro. No
entiendo de esas cosas. Pero Jason Prince, Andrea Vanderbilt, quienes sin
duda les ayudaron a escapar... Usted mismo lo ha dicho. Casi podrían pasar
por humanos. O ser una nueva casta de dioses.
La tormenta restallaba en el cielo falso, descargas controladas y
medidas según un ritmo previsto al que nadie hacía caso. La música sonaba
en las alturas, solemne, un responso de tintes wagnerianos, voces
fantasmagóricas sobre timbales y violines, al exacto compás de los
relámpagos. A media luz, entre figuras esbeltas hoy vestidas de negro o
púrpura, el anillo edén celebraba aquello a lo que sus moradores jamás
habían podido acostumbrarse.
La muerte de uno de los dioses. La entrega de su cuerpo al dios
verdadero, si había uno. La certificación palpable de que todo cuanto
poseían no era nada. No podría serlo. Mientras la muerte les pusiera el
mismo freno que a los hombres a quienes dominaban, mientras la tabula
rasa también se les aplicara, mientras la vida siguiera teniendo un límite, el
cielo del anillo edén no podría ser considerado más que un remedo, el
espejismo de un ángel sin vista.
Y entre la consternación y la cruda revelación de lo que en realidad
eran, bajo la negra lluvia sintética y los coros que todo lo impregnaban, el
desagradable regusto de otra verdad no menos dolorosa, no más punzante.
Los dioses eran mortales, sí. En los doscientos o trescientos años de
existencia que disfrutaban, costaba trabajo digerir esa realidad. Era un
hecho que a veces incluso se ignoraba.
Los dioses eran mortales. Y esa mortalidad podía ser provocada antes
de tiempo. Como ahora.
El catafalco de Dmitri Maximoff avanzaba despacio por la avenida,
tirado por servomecanismos invisibles, con destino al fuego que habría de
purificarlo para siempre, hasta convertirlo en polvo estelar que sería
devuelto a la Tierra.
Alexis caminaba a su lado, empapado de lluvia y odio. La música
golpeaba sus oídos, carente de otro significado que no fuera el escarnio,
cada redoble de tambor una acusación que insistía en lo absurdo de todo
esto, en la imposibilidad de dar marcha atrás y enmendar el rumbo torcido
de las cosas.
Dmitri estaba muerto cuando apenas había vivido treinta años y su
hermano Alexis mordisqueaba el contrasentido, aquella amarga, insensata
ironía. La muerte de los dioses era algo casi ajeno, lejano, un camino
común a evitar en lo posible, jamás una alternativa. No era el final lógico de
todas las cosas, sino un estorbo. Como muchos otros metahumanos, como
el propio Dmitri, como Jonathan Bunyan, Alexis Maximoff estaba
convencido de que jamás le tocaría el turno a él, de que podría pasar el
tiempo suficiente para aprender a burlarla, o en cualquier caso cuando se
produjera ya habría saboreado la existencia en todas sus diferentes
dimensiones.
La vida de los dioses llegaba a su fin como un fósforo que de pronto se
apaga, sin que pueda volver a ser encendido, como un árbol que crece
extendiendo sus raíces y sucumbe ante un rayo que no existía un momento
antes, alto y poderoso, orgulloso hasta el último segundo, el puño que
desaparece cuando la mano se abre. Apenas había deterioro físico en sus
varios siglos de vida. Llegaban a la madurez de sus facultades y se
mantenían milagrosamente en ella durante docenas de años, imperecederos,
eternos en la juventud y la belleza, hasta que se marchitaban de la noche a
la mañana cuando les llegaba el turno. No había vejez entre los dioses. No
había por tanto entre ellos tiempo, pese a tener tanto tiempo, para
acostumbrarse al deterioro, al final físico.
Por eso la muerte de Dmitri resultaba más dolorosa, casi vergonzante.
Alexis Maximoff advirtió que no todas las Casas habían enviado
representantes a la ceremonia de incineración. Cierto, Jonathan Bunyan
estaba presente, como no podía ser de otra manera, y el silencioso Luther
Munroe, y hasta el reclusivo Richard Kent, extrañamente dolorido a pesar
de que jamás había cruzado más de media docena de palabras con el joven
dios muerto. Había algún Wayne, un par de Alien o de Schmidt, poco más.
Tal vez por un decoro impropio en ella, ni siquiera Bianca Prince había
asistido al acto, quizá temiendo encontrarse con el Maximoff superviviente,
o incapaz de soportar las miradas o los murmullos que acusarían a su hijo
bastardo del asesinato de Dmitri.
Cuando uno de los dioses moría, tan de tarde en tarde, todos los demás
solían congregarse en aquel único adiós definitivo. Pero ningún otro
superhombre había muerto, que Alexis supiera, como había muerto su
hermano. En batalla cuerpo a cuerpo con un mísero derivante, con un
semidiós al que ellos mismos habían dado cobijo en el anillo edén durante
años. Alexis Maximoff sentía rabia, despecho. Los demás dioses ausentes
quizá ni siquiera eran capaces de canalizar sus sentimentos, pero el joven
metahumano interpretaba de una sola manera su rechazo.
Ante el hecho consumado de su inferioridad, ante la vergüenza y la
indignidad de haber caído ante el mismo hombre mortal que ya había
desfigurado el rostro del único Maximoff que quedaba, los otros dioses
hacían oídos sordos. Le daban la espalda.
Como en casi todas las acciones que gobernaban su vida, Jonathan
Bunyan se mantenía a la expectativa. El nuevo giro de los acontecimientos
no le gustaba, por supuesto. La escasa tasa de nacimientos entre los dioses
se equilibraba por la baja mortandad que sufrían. En el par de fuerzas en
tensión que componían sus existencias, la muerte de uno de los dioses
jóvenes era un vector nuevo que sin duda venía a desestabilizar la balanza.
Otra cosa muy distinta era que el insensato de Dmitri Maximoff no se
hubiera buscado aquel tonto final.
Borracho, drogado hasta las cejas. Eso había revelado la autopsia que le
había entregado, hacía apenas unas horas, Sebastian Cortés, su médico
privado. Dmitri Maximoff jamás se había caracterizado, entre otras cosas,
por su inteligencia, cualidad en la que destacaba Jason Prince.
Una vez más, el jefe de los dioses se hizo un mudo reproche. Tendría
que haber seguido con más atención la educación de aquel joven bastardo.
Pero, como casi todos los demás, Jonathan lo ignoró, considerándolo un
huevo de cuco infiltrado en su nido, alguien que echaría a volar algún día y
descubriría que no era capaz de desplegar las alas.
Era un error del que Jonathan no dejaba de ser consciente. Nadie más
parecía advertirlo. Pero tendría que haber segado de raíz aquella estúpida
enemistad de chiquillos que había tenido un primer asalto sangriento poco
antes de que Jason abandonara el anillo edén, cuando arrancó de cuajo el
ojo a Alexis Maximoff. Tendría que haber seguido con más atención la
evolución física y mental del hijo de Bianca. ¿Quién sabe? Tal vez hubiera
debido estrangularlo el día que cumplió nueve años, o haberse encargado
personalmente de su formación. Una inteligencia como la del joven Prince
no era algo que abundara entre los miembros de su raza. Tal vez tendría que
haberlo educado para que pusiera algún día esa inteligencia al servicio de
los dioses. Tal vez tendría que haberlo nombrado su heredero.
¿Por qué no? Era único, después de todo. Ninguna de las diosas había
concebido jamás un hijo de un simple humano. Jonathan contuvo un gesto
involuntario de crispación. Sin duda aquello tenía que ser importante. Había
pasado por alto un factor esencial.
Demasiado tarde ya. El polluelo había volado, y de alguna manera había
aprendido a sobrevivir por su cuenta. Había desarollado alas potentes, y
espolones invencibles. Jonathan recordó la garganta abierta de Dmitri
Maximoff, las costillas anquilosadas, en posición imposible, como los
restos de una ballena varada en la playa.
Se estremeció. La idea de la muerte propia seguía sin gustarle.
—No habría podido hacer nada —murmuró.
Luther Munroe se volvió hacia él.
—¿Por Dmitri?
—Por Jason —contestó el jefe de los dioses; contemplaba sin verlo el
lento paso del desfile funerario—. Tendríamos que habernos dado cuenta de
que era diferente. No es un derivante como los demás.
—Es peligroso.
—Porque lo hemos acorralado desde el principio, Luther. Si hubiéramos
podido integrarlo...
—Se recluyó él mismo. Se consideró distinto. Inferior, tal vez.
—¿Sabes? Ni siquiera recuerdo qué rostro tenía cuando era niño.
—El rostro de Bianca. —Munroe entornó los ojos, esforzándose por
recordar más allá del abandono de su propia hija—. Y una expresión de
soledad, casi de pánico, en la mirada. Se sabía distinto. No era uno de los
nuestros, Jonathan. No podría haberlo sido.
—Pero ha demostrado ser mejor que nosotros.
—Ha demostrado ser mejor que Dmitri Maximoff, nada más. Tampoco
es gran cosa. Ese tonto osezno rubio no tenía más en la cabeza que un
humano medio lelo. A veces pienso que si nuestros antepasados pudieran
ver lo bajo que algunas de nuestras Casas han caído...
—Tal vez esta muerte haya sido lo mejor que podría pasarnos a todos —
concluyó Jonathan, sin demasiada esperanza—. Puede que incluso funcione
como revulsivo. No podemos bajar la guardia.
—No, no podemos. —Luther Munroe sacudió la cabeza—. Pero me
temo que Alexis sea capaz de cometer, como su hermano, otra tontería.
—Vamos, Bella Durmiente, despierta.
Haciendo un esfuerzo desde las profundidades del sueño inducido,
Davinia Cross abrió un poco los ojos. El relámpago de la luz al atravesar la
barrera de sus pestañas la obligó a cerrarlos, pero no antes de que una
imagen conocida quedara grabada en rojo y sonrosado sobre sus párpados.
—Buenos días, Virgen María —consiguió gruñir.
Sentía la lengua como si fuera de esparto.
—Debe de ser media tarde ya —refunfuñó Andrea Vanderbilt—. Estoy
bien, gracias. Muy amable al interesarte por mi estado de salud. ¿Todo bien
en Vegas?
Dave Cross se incorporó apoyándose en un codo. Abrió el ojo izquierdo
y se recordó siendo niña, cuando lo último que quería en momentos así era
asistir al colegio.
—No salté la banca, lo siento. Pudiste escapar, ¿eh?
Andrea se encogió de hombros.
—Tú tampoco lo hiciste demasiado mal.
—¿Estamos todavía en...?
—No tengo la menor idea de dónde podemos encontrarnos. Acabo de
despertar, igual que tú.
—Esos tres tipos que vinieron a buscarme... —Dave se frotó la nuca—.
¿No los enviaste tú?
—Mi círculo de amistades es reducido, Cross, ya lo sabes. También me
encontraron a mí. No se tomaron demasiadas molestias para pedirme que
los acompañase.
—Apenas pude verlos bien en la penumbra. Uno de ellos parecía...
extraño. Pero me dio tiempo a advertir que llevaban el signo del pez.
—Siempre he dicho que eras una chica lista y rápida de reflejos. Sólo se
me ocurren dos respuestas para explicar dónde demonios estamos. O bien
los Centinelas nos han capturado, cosa improbable, porque puedo respirar
todavía, o hemos encontrado a los derivantes que buscábamos.
Dave Cross se levantó. La cabeza le daba todavía vueltas, y en sus fosas
nasales aún quedaba un levísimo rastro de agridulce somnífero. Tenía la
boca seca. Ignoraba cuánto tiempo había estado durmiendo, pero en
cualquiera de los casos su compañera tendría que haberla superado, como
en todo. Sin embargo, Andrea Vanderbilt no parecía tan aturdida como ella,
a pesar de que la separaban al menos otros dos días más de sueño forzoso.
Dave se estremeció al imaginar la potencia y la posología de los
tranquilizantes que tendrían que haberle aplicado.
—Magnífico —comentó—. Cruzamos medio mundo y en vez de
disfrutar de las vistas naturales acabamos encerradas en un sótano metálico
indistinguible del refugio que podría haber en cualquier esquina.
—La puerta está abierta —indicó Andrea—. No estamos precisamente
prisioneras.
Dave se volvió, sin comprender.
—¿Entonces...?
—Estaba esperando que volvieras al mundo de los vivos. Tienes el
sueño profundo, ¿eh? Y además roncas, Cross, perdona que te lo diga. Pero
si mi intuición no me falla, tenemos una cita con nuestro amigo el sacerdote
al otro lado.
Todo se le había hecho pedazos entre los dedos una vez más. Su plan de
vigilancia, su estrategia de ataque, la minuciosa logística para contrarrestar
los pasos de Andrea Vanderbilt. La derivante y la traidora humana habían
escapado a sus pesquisas una vez más, marcando a sangre y láser su huida
entre los niveles de la ciudad del desierto.
Murdock Fisk no era capaz de evaluar qué extraño cúmulo de
circunstancias habían venido en socorro de sus enemigas. Sin duda, la
batalla paralela que había destrozado varios niveles de la arcología había
actuado en su favor, dividiendo el plan de acción de los Centinelas y
sembrando desconcierto entre las filas de centuriones.
Eso no excusaba su fracaso, sino al contrario. Aunque no fuese
directamente responsabilidad suya, un dios había muerto casi al mismo
tiempo que Andrea Vanderbilt hacía dar la vuelta en el aire al avión que la
traía de Megaciudad. La tensión en Vegas podía cortarse con el borde de
una pluma. No le extrañaba que el veredicto de los dioses viniera a ser
borrarla de los mapas con una lluvia de fuego, como las plagas de antaño.
El esquema de valores por los que se regía, como el avión de Andrea
Vanderbilt, también había dado la vuelta en pocos días. Siempre se había
considerado un servidor del orden público, un fiel integrante de un cuerpo
de policía que tenía una función digna y necesaria que cumplir. Era un
farallón a las tempestades, un peto contra los ataques del caos, el escudo
que repelía todos los golpes, vinieran de donde viniesen. Como todos los
otros Centinelas, no dudaba, no temía. Obedecía. Actuaba. Y casi siempre
se alzaba con la victoria.
Ahora ese simple esquema de comportamientos (veni, vidi, vina y a
joder, que decía el viejo Quebrantahuesos) crujía de arriba abajo, como un
exoesqueleto con una fuga de aire en pleno vuelo. Los Centinelas estaban
demostrando, cada día más, su incapacidad para detener a aquella plaga de
demonios que inundaba el mundo. Los derivantes habían crecido en su
osadía, se multiplicaban y repartían por las cuatro esquinas del planeta,
insumisos al orden establecido. Destrozaban, atacaban, consumían, sin una
lógica, sin el esquema de batalla ni el orden que Murdock impelía a su
propia vida. Eran más atrevidos cada vez, como si fueran la anarquía
encarnada, como si estuvieran más allá de maniobras estudiadas y fines
previstos, pero al mismo tiempo las heridas que causaban en sus alocadas
incursiones se iban haciendo cada vez más dolorosas, más imborrables.
Andrea Vanderbilt se había enfrentado a docenas de Centinelas,
abriendo un surco de dolor y angustia entre los diferentes estratos de la
arcología. Las fichas de los soldados muertos aparecían ordenadas por edad
y méritos en la pantalla del ordenador, rostros desconocidos detrás de los
yelmos que ella nunca había visto levantados. Otro de sus monstruosos
iguales, un derivante inidentificado, sin rostro siquiera, el sacerdote que se
fundía en la oscuridad como un elfo hecho de azufre y betún, había dado
muerte a uno de los señores del mundo, en batalla singular silenciada por
los medios de comunicación y transmitida de boca en boca por todos los
habitantes de Vegas. Y en el otro extremo del planeta alguien, otra sombra
inidentificable, otro rebelde al sistema, otro renegado vendido al infierno,
había atacado sin miramientos un tren intercontinental y segado las vidas de
los miembros de una patrulla como si fueran pájaros en época de veda.
Algo malo estaba sucediendo en el mundo. Y él ya había demostrado su
incapacidad para atajarlo. La dimisión firmada estaba sobre su mesa.
Rechazada. Sus superiores se sentían tan impotentes, tan inseguros como él
mismo ante la riada de los últimos acontecimientos. Le ordenaban aguantar.
Resistir de nuevo, roca firme contra el vaivén de las tormentas.
Algo malo estaba sucediendo. Y muchísimas cosas peores habrían de
suceder todavía. Andrea Vanderbilt, ese sacerdote asesino de dioses, aquel
atacante invisible a los sensores allá en el océano índico, debían de tener
algo en común. No cabía duda de que las patrullas de búsqueda que todavía
peinaban Vegas no se habían quedado sordas y ciegas de repente. Ignoraba
cuál podía ser la causa de la desaparición del asesino del tren, pero
albergaba pocas dudas sobre la causa de la huida de los dos sujetos que le
atañían más de cerca.
Les habían ayudado. Otra gente, otros proscritos, derivantes de los que
jamás habían oído hablar. No podía haber otra explicación. Aunque fueran
más fuertes que los seres humanos normales, aunque sus heridas se cerrasen
y su capacidad para el amor estuviera por encima de su aguante, los
derivantes no podían teleportarse como en los dibujos animados del tresdé,
ni se volvían invisibles por improbable arte de magia. Hasta los émulos de
los dioses tenían sus limitaciones.
Pululaban por los niveles de Vegas, como también tal vez lo hacían por
Megaciudad, por Neo-Tokyo, por Toronto. Estaban organizados y eran
capaces de cubrirse unos a otros.
Pero algún día tendrían que dar un nuevo paso. Algún día tendrían que
cometer un error. Y él estaría allí esperando, como siempre, alerta en su
misión de protección, el baluarte del orden y la seguridad, la muralla
infranqueable.
Apagó la pantalla del ordenador, se ajustó el casco dorado sobre el
rostro ceñudo y salió del despacho. Los restos de la cabeza de la diosa ciega
crujieron bajo su bota. Murdock Fisk no se volvió a mirar qué quedaba de
aquel bello mármol donde había descargado su penúltimo desconsuelo,
imposible escapar a la tentación de la barbarie.
Aunque no lo habían visto en su vida, Davinia Cross y Andrea
Vanderbilt supieron de inmediato de quién se trataba. Le acompañaba otro
hombre, que conversaba con él dando descuidadamente la espalda a la
puerta, pero la manera en que torció el cuerpo para mirarlas, el segundo en
que sus ojos se cruzaron con los de la derivante, fueron indicios más que
suficientes. Era el sacerdote por quien habían cruzado el océano, el dueño
de las respuestas que andaban buscando, tanteando el mundo a ciegas.
Nada más verlo, Andrea advirtió que se encontraba ante uno de sus
iguales. Era alto, de proporciones perfectas, el pelo pajizo alborotado, la
mandíbula firme. Una segunda piel reticular le cubría parte del rostro, el
cuello, uno de los brazos, brillando como si medio cuerpo fuera de arena
cristalizada. Reconoció los estigmas de la regeneración que ella misma
compartía. No pudo evitar un escalofrío de conmiseración. Los daños
causados sobre aquel hombre, incluso con sus sorprendentes capacidades
curativas, tenían que haber sido enormes.
Dave Cross vio algo más que su compañera, absorta en el
reconocimiento de un semejante, no fue capaz de comprender en ese
momento. El hombre del rostro de vidrio las miraba con un ligero aire de
sorpresa, como si no esperara su presencia en aquel sitio. En sus ojos
azules, tan parecidos a los de la propia Andrea, brillaba la luz de la
indecisión. No estaba al mando de este lugar. Se notaba en la leve curvatura
de sus hombros, en la incomodidad de su brazo en cabestrillo, en la
deferencia con que oía hablar al otro hombre. Dave comprendió que la
corazonada de Andrea Vanderbilt, hasta cierto punto, había fallado. Habían
encontrado tal vez al individuo que buscaban, pero lo habían hecho
siguiendo una pista falsa.
Su acompañante se volvió, y por primera vez las dos fugitivas pudieron
verle la cara. De él emanaba un aire de seguridad que hacía que, por
contraste, pese a su potencia, tanto Andrea como el joven rubio parecieran
inferiores. Dave se sintió perdida. Miró hacia la puerta, cerrada ya a sus
espaldas.
No podía explicar cómo, ni por qué. Pero experimentó la sensación de
haber entrado por su propio pie en lo que sin duda habría de ser su tumba.
El hombre que acababa de girarse hacia ellas era uno de los dioses.
—Espero que se encuentren ustedes bien —dijo el desconocido, con voz
serena, tranquilizante. Era alto, y fuerte, bien proporcionado, de modales
medidos. Llevaba el pelo muy corto, casi rapado, y el tono trigueño de sus
cabellos se alzaba en su cráneo como una leve aureola, más propia de un
bebé o de un santo. El rostro era bronceado, saludable, con profundas
arrugas de expresión que traicionaban una edad imposible de calcular.
Dave Cross asintió. Andrea Vanderbilt, involuntariamente, adoptó la
posición militar de descanso. Cuesta tiempo olvidar los condicionamientos
de toda una vida.
—Les presento a Jason Prince —señaló al hombre joven—. Andrea
Vanderbilt. Y Dave Cross, sin duda. No se conocían ustedes, ¿verdad?
—Tenemos cierta idea de quién puede ser —respondió Andrea, algo
insolente, todavía sin darse cuenta de la verdadera situación de la partida—.
Venimos persiguiéndolo detrás de la pista de un pez de plata.
El desconocido sonrió.
—Entonces parece que hayan llegado ustedes por caminos equivocados.
Jason Prince calibró a las dos mujeres. Sus ojos no pudieron dejar de
clavarse en la figura de Andrea.
—Me temo que nada tengo que ver con esa pista del pez —explicó—.
Pero es cierto que yo mismo la he encontrado un par de veces.
—Lo que quieren decir, Virgen María —aclaró Dave Cross, un acto
reflejo por sacarse de encima una sensación de inferioridad ante aquellos
tres seres superiores que empezaba a parecer-le asfixiante—, es que hemos
dado un palo de ciego. El cura no está al mando de nada.
—¿El cura? —El dios desconocido volvió a sonreír—. Oh, ya entiendo.
Tu camuflaje, Jason.
—¿Entonces nos hemos arriesgado por nada? —Andrea parecía
molesta. La mirada de estaño del desconocido la ponía nerviosa sin motivo
aparente.
—Por nada no. Están ustedes aquí después de todo, ¿no? Discúlpenme,
creo que todavía no me he presentado. Me llamo Kurtzberg. Javier
Kurtzberg. Comprendo que mi apellido no les dirá nada, pero tiene usted
razón, señorita Cross. Soy uno de esos seres que el mundo ha dado en
llamar dioses.
Richard Kent distaba mucho de ser el más viejo entre los dioses, pero sí
resultaba para sus iguales un elemento en disonancia, casi extravagante.
Solitario, introvertido, cauteloso, algo ridículo, el último representante en
vida de la Casa de los Kent, antaño poderosa, tan impresionante como ahora
quería serlo la Bunyan, se diferenciaba de los otros dioses en muchas más
cosas que la edad que de ellos le separaba. Richard Kent guardaba sobre sus
hombros una triste maldición. Frente al hedonismo que imperaba entre los
otros dioses, Richard Kent pensaba. Y, porque pensaba, sufría.
No había ningún otro dios en el anillo edén que viera el mundo de la
manera en que lo veía él. Luchando contra su herencia, Richard Kent era un
eremita en su mansión, un recluso por voluntad propia, apartado de oropeles
y fanfarrias, un desclasado, un enclaustrado, un muerto en vida.
Su linaje se había secado con él. Nadie más llevaría con pesadumbre el
apellido que un día muy lejano recibiera con orgullo. Richard Kent se
estiraba como su sombra por los pasillos de su morada, un cadáver
hermoso, repleto de vigor, carente de energía. Era una lástima que sus
compañeros dioses no quisieran mirarse en el espejo en que, por voluntad
propia o por diseños incomprensibles, se había convertido. Richard Kent
era el heraldo de lo que habría de venir, el final del trayecto, el impacto tras
la velocidad que los otros imprimían a sus caprichos. Distinto a los otros,
Richard Kent había abierto los ojos y había comprendido que cuanto les
rodeaba no merecía la pena.
Él arco iris del anillo edén dibujaba su rastro multicolor sobre el cuarto
creciente de la Tierra, tan parecido a una serpiente sin final ni principio, tan
semejante en su forma al vacío de las vidas de los dioses. Ninguno advertía
el bucle absurdo que habían jugado a trazar a través de los siglos. Los
dioses estaban tan prisioneros en el anillo edén como los hombres, sus
sirvientes, sus esclavos, lo estaban en la Tierra. Richard Kent había mirado
alrededor, había querido hacerlo en otras direcciones desconocidas, sólo
para encontrar que no había más techo que el suelo que ellos habían
impuesto a los humanos. Y si esto era la perfección, si aquí se hallaba
cuanto podían esperar los hombres, e incluso los dioses, todos estaban
condenados de antemano, tan muertos como Dmitri Maximoff, obligados a
la extinción que él mismo saboreaba ya al reflexionar sobre el destino
común, sobre la angustia propia.
Richard Kent era viejo, pero no era sabio. Tan sólo un superhombre
triste, abatido, atraído por la muerte y su misterio. La muerte, lo único que
no había probado todavía.
—Llevamos muchos meses intentando contactar contigo, Jason —
explicó Javier Kurztberg; se volvió hacia las dos mujeres, humana y
derivante—. Vuestro caso... puedo tutearos, ¿verdad? Vuestro caso es
distinto. Casi podríamos decir que vuestra presencia entre nosotros es una
piedra en el camino.
—El pez de plata... Lo encontré en dos monjas a quienes no pude asistir,
en el desierto —recordó Jason, fragmentos esta vez de una vida propia—. Y
en el anillo de un hombre en Vegas.
Javier asintió. Sus ojos grises se volvieron oscuros, como si una nube de
desazón hubiera cruzado velozmente ante ellos.
—Phoebe y Deimos. Bayou. Los envié a buscarte. Pero no tuvieron
éxito.
—Creíamos que acabaríamos por encontrar una especie de secta —
interrumpió Dave Cross. Por nada del mundo quería verse apartada en la
conversación entre aquellos seres de leyenda—. Una secta liderada por un
sacerdote huidizo. —Jason bajó los ojos, avergonzado—. Una secta secreta,
identificada por el pez de plata. Como los primeros cristianos.
Javier ladeó la cabeza.
En el gesto, incluso en la mirada, Dave Cross creyó reconocer a Klaus
Vildmann.
—Una broma privada. Un poco ingenua, tal vez. Una tontería por mi
parte.
—Podrían haberles descubierto mucho antes —apuntó a su vez Andrea
—. En mis patrullas he encontrado a varios derivantes con ese mismo signo.
—Pero te cuidaste muy mucho de destruir esas pruebas, ¿no es cierto?
En caso contrario, no estarías aquí.
Andrea volvió a ruborizarse, como de costumbre.
—Sigo sin saber por qué.
—La fuerza de la sangre —masculló Dave Cross—. Estamos aquí, sí.
Hemos cruzado el mundo. Hemos encontrado al sacerdote a quien creíamos
al mando de una logia semimística. Y nos encontramos a un dios detrás de
todo el tinglado. ¿Qué es esto, una broma de mal gusto?
Javier se encogió de hombros. Cuando hacía ese gesto parecía
dolorosamente humano, incluso frágil.
—Es posible. Ni yo mismo estoy seguro. He ido reuniendo a derivantes
por todo el planeta. Algunos se han quedado aquí, conmigo. Otros han
salido al mundo... con distintas fortunas, me temo. Son derivantes algo
especiales. Ni los sensores más sofisticados pueden detectarlos, y en algún
caso hemos introducido alguna mejora para impedir que eso suceda.
—¿Dónde es aquí? —Aunque estuviera oficialmente muerta, Dave
Cross seguía siendo periodista—. ¿Para qué quiere un dios reunir
derivantes?
La sombra en los ojos de Javier Kurtzberg se acentuó. Su voz se volvió
fría, magnética, metálica.
—Para enfrentarme con los otros dioses, ¿para qué si no? Ya sé que
puede parecer un chiste fácil, pero estamos en Kansas.
—¿Se acabó?
Richard Kent se volvió en la penumbra. Recortada contra el hueco de la
puerta, una negra pantera de ingenuidad y fuerza, le esperaba la muchacha.
—Para Dmitri tal vez. Para Alexis, para todos nosotros... quizás esté
comenzando.
Galenne Munroe se acercó al dios afligido, al superhombre en cuya
mansión se había refugiado cuando decidió cortar los vínculos absurdos que
la amarraban a la política de alianzas de su padre.
—¿Te encuentras bien, Richard?
El anciano asomó a los ojos del metahumano donde se escondía,
enterrado en las células regeneradas constantemente, en la sangre bombeada
a través de venas fuertes como el acero.
—Claro. Pero nunca es agradable encontrarse de esa forma con la
muerte. Al menos a esa edad.
—Parece injusto.
—¿Qué no lo es? Dmitri Maximoff roto en pedazos por culpa de un
orgullo mal entendido. No será el primero, me temo. Vendrán tiempos
peores.
—¿Crees que la muerte de Dmitri no es fruto de la casualidad?
—Quizá. Pero la casualidad es la diosa más poderosa que existe. Más
poderosa que Bianca Prince. Más poderosa que tú, Galenne. Todos estamos
sujetos a su capricho. Humanos y dioses por igual.
—Eres un hombre triste, Richard.
—Soy un hombre viejo. Es diferente.
—También mi padre lo es. Y Jonathan.
—Pero ellos miden el tiempo por sus ambiciones. En ese sentido, son
jóvenes aún. Comparados con los humanos, parecen eternos. Yo mido el
tiempo por mis desengaños. Y en ese aspecto, querida niña, me siento como
si tuviera más de mil años.
—Ninguno de nosotros puede tener esa edad.
—¿Estás segura? —Richard Kent sonrió con tristeza—. ¿Sabes que la
inmortalidad es el sueño de Jonathan?
—Un sueño ridículo.
—La casualidad otra vez, Galenne.
—¿Qué quieres decir?
—Jonathan no es tonto. No pediría la luna si no estuviera a su alcance.
Ordena y manda. Exige y toma. Tú apenas tienes dieciocho años. Yo tengo
más de doscientos noventa. A escala humana, somos inmortales.
—Pero a nuestra propia escala no.
—Ésa es la batalla que anhela Jonathan. La batalla donde sin duda se
equivoca.
—¿Podríamos ser inmortales?
—¿Quién puede decirlo? Podríamos duplicar nuestro tiempo de vida.
¿Y para qué? Para seguir condenados a la muerte. No lo comprendes,
¿verdad? Los hombres nos llaman dioses, pero no lo somos. Un dios tiene
que crear, es casi su marca de fábrica, el atributo común, el requisito
indispensable. Nosotros... ¿Qué hemos creado nosotros, Galenne? Nada. Ya
ni siquiera podemos reproducirnos. Ya ni siquiera podemos crear vida. Ése
es el error de Jonathan. No viviremos para siempre si abarcamos mil años, o
dos mil, o los que sean. Nuestra biología está condenada si no podemos
tener hijos propios. Si Jonathan consiguiera su propósito, sería para
descubrir en su carne lo que yo sé: La inmortalidad es solitaria, y aburrida.
Dave Cross no estaba dispuesta a escuchar historias a medias, mentiras
encubiertas, verdades exageradas. Tal vez el hermoso sacerdote y su
compañera de fatigas, asombrados ante el dios revelado, aceptaran de grado
sus palabras, pero ella había aprendido en otro mundo diferente, un mundo
donde la gente se cerraba en banda y había que obtener una historia a base
de tesón y de prudencia, de arrebato y de astucia. Dave Cross había dado
voluntariamente una enorme pirueta en el vacío, y ahora que el suelo firme
se acercaba contra su rostro, no estaba dispuesta a ser pescada por una red
de seguridad que no quería.
En sentido más que figurado, se había suicidado una vez, hacía bien
poco.
No iba a permitir que la resucitaran dándole una palmadita en la espalda
y la pusieran en el camino de regreso a una vida que ya no tenía.
Aquel hombre extraño, Javier Kurztberg (¿por qué no era capaz de
asociar su apellido con las Casas de los dioses?), debía de tener las
respuestas que buscaba.
Dave Cross sabía que la clave estaba en él. Sólo podía esperar a que el
hombre se la confiase.
En caso contrario, tendría que arreglárselas para averiguarla.
—Yo soy un dios entre los dioses. Una leyenda —dijo de repente Javier
Kurtzberg, y Dave Cross sintió de nuevo que el metahumano era capaz de
leerle la mente—. Tanto, que los hombres ya ni siquiera me recuerdan.
Andrea se giró, sorprendida. Jason Prince volvió a mirarse las manos.
Al inclinar la cabeza, Dave Cross advirtió que en su cuello, entre la masa
cristalina de sus cicatrices en vías de curación, asomaba una especie de
mancha parda, un implante ovalado.
—No conozco ninguna Casa Kurtzberg entre los dioses —espetó la
periodista.
—Es cierto. No la ha habido nunca.
—¿Entonces no te llamas Kurtzberg de verdad?
—Oh, mi nombre es ése, puedo asegurarlo. He tenido otros muchos,
claro. —Javier hizo un gesto de indiferencia—. No viene al caso citarlos.
—Es sabido que a los dioses les gusta disfrazarse —dijo Andrea—.
Visitan a los humanos. Se mezclan con ellos. Copulan. A veces los
combaten. ¿Es éste el caso?
—En cierto modo... Me gusta mezclarme con los humanos. Casi diría
que por elección propia. Porque no tengo otro remedio. Y, sí, la biología es
más fuerte que el celibato. Hace tiempo que no lucho contra los hombres,
pero lo he hecho en el pasado, y tal vez tenga que hacerlo en el futuro. Es
mi derecho. Soy un dios. Pero también soy humano. El único dios humano
que hay. El último que queda.
Las dos mujeres se le quedaron mirando, sin comprender sus palabras.
—Javier es inmortal —la voz de Jason Prince sonó como un pistoletazo
en mitad del silencio imperante.
—No tanto, mi joven Jason. No soy inmortal. Creo que no lo soy, al
menos —corrigió Kurtzberg—. Pero tengo más de mil años.
La tormenta crepitaba en el exterior de la arcología, un recuerdo salvaje
que indicaba que el lugar donde ahora se alzaba Brasilia Nova había sido
antes el corazón de una selva que tal vez no se había dado todavía por
derrotada. Sebastian Cortés guardó el instrumental médico, y antes de
desconectar su portátil echó un vistazo a la ruta de viaje menos abarrotada a
estas horas de la noche, cuando media ciudad intercambiaba su trabajo con
la otra media y las rutas y los niveles se colapsaban con vehículos y aceras
móviles que se desplazaban como las piezas de un dominó en tres
dimensiones. No habría ya tiempo de pasar por el hospital. Tendría que
visitar a su padre a primera hora, por la mañana.
La puerta de la consulta se abrió cuando se dirigía hacia ella, y el
corazón del médico se detuvo en pleno sístole. Un hombre empapado se
recortó como el negativo de una foto contra la luz, y por un instante
Sebastian Cortés estuvo seguro de hallarse ante un fantasma.
Recordó el cuerpo tendido sobre la losa de mármol, las bellas facciones
destrozadas con una crueldad que sobrepasaba los límites de todo lo
humano, como tal vez no podría haber sido de otra forma, el rostro
hinchado, el plexo solar descompuesto, las manos rotas. No había sido
sencillo realizar la autopsia a Dmitri Maximoff, pero una cosa sí tuvo clara
desde el principio. El joven dios estaba muerto. El castigo recibido había
sido tan enorme que incluso un metahumano había tenido que hincar la
rodilla y despejar el camino.
La silueta de la puerta avanzó. Uno de sus ojos brilló con un relámpago
metálico, y entonces Sebastian Cortés pudo advertir que no se trataba del
cadáver de Dmitri Maximoff devuelto a la vida, sino de su hermano Alexis.
El dios avanzó un paso, tambaleante, el mismo que retrocedió el doctor.
Tenía el pelo empapado, la ropa en desorden, los ojos desencajados.
Sebastian Cortés no supo cuál de los dos, el artificial o el verdadero,
causaban más pánico.
Alexis se detuvo.
—Eres el médico de Jonathan, ¿verdad?
Cortés asintió. No era ningún secreto.
—Le hiciste la autopsia a mi hermano.
—Así es.
—Debes de ser bueno. Mucho. De lo contrario, el viejo Jonathan no
confiaría en ti.
El médico se encogió de hombros. Retrocedió un nuevo paso. Casi
esperaba que el dios enfurecido saltara sobre él y le arrancara de cuajo la
garganta por haberse atrevido a profanar el cuerpo de su hermano muerto.
—Jonathan dice que eres un genio. Y si él lo dice, tiene que ser verdad.
Júpiter no confiaría su salud a cualquiera.
—Jonathan no tiene más necesidad de cuidados que los otros dioses —
repuso el médico. Sabía que nadie más estaba enterado del cáncer
recurrente que acosaba, sin esperanza pero sin tregua, la biología superior
del padre de los dioses.
—Tengo un trabajo para ti, Cortés. Un trabajo único para un hombre
único.
Sebastian Cortés ladeó la cabeza, calibrando las palabras del dios. Una
gota de agua cayó desde el pelo dorado y dividió en dos el ojo metálico.
Alexis tendió el puño cerrado, como el niño que ha capturado una mariposa
y se engaña creyendo que estará viva cuando vuelva a mostrar la palma.
Los dedos de hierro del superhombre se abrieron. Entre ellos apareció una
brizna de pelo rubio. Sebastian Cortés no supo cómo reaccionar. No
comprendió el tesoro que le ofrecía el superhombre.
—Es un mechón de pelo —explicó Alexis, la mirada desviada, los
dientes brillando—. De mi hermano.
El médico recogió la hebra amarilla. Entornó los ojos.
—Yo... no comprendo.
—Te ofrezco el futuro, Cortés. Quiero que hagas un experimento.
Clónalo.
Andrea Vanderbilt colocó en la base de su cráneo, junto al bulbo
raquídeo, el diminuto chip-lapa que le había ofrecido el metahumano. Miró
a Dave Cross. La periodista estaba sentada ya en el sillón virreal, frente a
Jason Prince. Ocupando el asiento entre ambos, Javier Kurtzberg terminaba
de introducir la señal de arranque en el brazo de control.
Andrea se sentó, algo inquieta. Respuestas. Eso había prometido el dios.
Sentido. Se ajustó el cinturón, comprobó que la sonda de alimentación se
introducía en su antebrazo. La punta láser de la aguja de durometal
impediría que la capacidad regenerativa de su cuerpo cerrase la minúscula
herida mientras durara la experiencia.
El viaje al pasado iba a ser largo. Envidió a Davinia una vez más. El
dios le había prometido que iba a encontrar las respuestas que tanto ansiaba,
que iba a saciar por fin la curiosidad que había dado motor a su vida. Sin
embargo, para ella misma el camino no había hecho sino comenzar.
Éste era el primer paso.
Richard Kent era coleccionista de recuerdos, arqueólogo de
supersticiones muertas, un dios volcado en las religiones de otros dioses. Su
mansión rebosaba de estatuas rescatadas de museos sepultados bajo la arena
del desierto que cubría gran parte del mundo. Eran testigos de un tiempo ya
perdido, cuando los dioses significaban una promesa de esperanza, cuando
se les adoraba mejor cuanto más humanos se mostraban, cuando resumían
en un puñado de atributos dispersos las aspiraciones y los temores de todo
un pueblo.
Ya no. Ahora los dioses existían, pero los hombres habían dejado de
adorarlos. Enfrentados a la superioridad de los habitantes del anillo edén,
los simples humanos se habían replegado en sí mismos, habían imitado en
ellos mismos el rancio regusto de la deriva y el vacío.
Richard Kent contempló la talla de la diosa escorpión Selket, a quien los
egipcios primigenios consideraban protectora de los nacimientos y de los
cadáveres momificados durante el enterramiento. Qué sabios eran aquellos
hombres, recién salidos de las brumas prehistóricas, qué gran precisión en
su entendimiento regado por las crecidas del inmenso padre Nilo.
Nacimiento y muerte iban unidos, indisociables, símbolo y signo. Una
muerte se equilibra con una vida, un parto trae parejo un sepelio.
Así funcionaba todo. Ése era el rito. Menos con ellos. Los dioses habían
superado la barrera de la bioquímica, se habían cerrado en banda a las
exigencias de la biología. Habían sido unos cobardes, contentos sólo con
cuanto tenían a la mano, olvidado el afán de aprender, la misión de difundir,
el propósito de explorar.
La Tierra se les había quedado pequeña, pero jamás se les pasó por la
cabeza enmendar esa situación. Los dioses se creían perfectos, y esa
suposición los volvía cómodos.
—No siempre fue así—comentó. La muchacha, Galenne, le escuchaba,
absorta en la contemplación de una diosa gato moldeada en fayenza por un
desconocido alfarero ocho milenios atrás—. No pudo serlo. Hubo una
época en que tuvimos ideales, en que no quisimos ser distintos de los
hombres. Una época que hemos relegado. Fuimos la consecución de un
sueño que nosotros mismos hemos olvidado a sabiendas.
Todo empezó tal vez con un árbol de fuego. Hiroshima en sus raíces.
Nagasaki después. El albor de una nueva era, según anunciaron, al paso
marcado del final de una guerra. Y apenas un año más tarde, por sorpresa,
el golpe definitivo, lo impensable. Otras dos bombas más sellaron el final
del espejismo, el apuntalamiento de una democracia que por su propio
empleo había dejado de existir.
Moscú ardió en un doble infierno. Había nacido el nuevo, el último
imperio.
Las imágenes de la máquina virreal se mezclaban, confusas, un
caleidoscopio de colores, de acciones sin significado, fragmentos de
escenas gastadas, con movimientos bruscos, restos de noticiarios absorbidos
de pasada. Poco de todo aquello tenía sentido para los tres recién llegados al
refugio del dios errante. Los laberintos de Cnossos no habrían ofrecido para
ellos una explicación muy distinta.
Y por encima del revoloteo de explosiones y discursos entremezclados,
por debajo del rumor sordo de las bombas y los sueños despedazados, la
voz serena de Javier Kurtzberg (¿o no hablaba exactamente?), explicando,
indicando, señalando, ahondando en el misterio, desflorando un secreto
enterrado conscientemente durante más de mil años.
El final del sueño de democracia se inició con un volcán de fuego.
Moscú se consumió bajo las dentelladas de las bombas lanzadas por los B-
36. El nuevo orden del mundo quedó escrito, sellado a fuego radiactivo.
Nunca más aliados a la fuerza. Adiós al temor de Winston Churchill.
Anulados de golpe los acuerdos de Yalta, los apretones de mano de antaño.
La causa de la democracia era más fuerte que nunca. Se había acabado el
problema de una posible política de bloques.
Un sueño había muerto, aunque nadie quiso darse entonces cuenta.
Tras la caída del nazismo y del comunismo, la reconstrucción de Europa
sería lenta. Pero Asia aún ardía, porque el espanto ideológico que
Occidente quería evitar se reproducía en China, imparable. Antes de que
otro ataque por sorpresa repitiera en Pekín lo sucedido en Moscú, la
noticia se hizo pública. Los chinos tenían también la bomba. Un científico
japonés pasado a sus filas, escapado de un campo de concentración en
California, les había ofrecido sus planos y ahora eran capaces de dominar
las entrañas del átomo. Ahora tenían capacidad de contraatacar. Tablas de
nuevo en la partida. Quieto el avance.
Un sueño había muerto, pero otro sueño aún vivía. El viejo Joseph
Patrick, ese esqueleto en silla de ruedas, logró cumplirlo. El segundo de
sus hijos instalado al fin en la Casa Blanca. John Fitzgerald, el presidente
más joven de la historia. Atractivo, triunfador, seguro de sí mismo y de la
validez de sus ideas. El mito de Camelot reencarnado con un solo error. La
intervención en Brasil, el temor a la política de dominó que propagara el
poderío de Mao y su doctrina al resto del mundo.
Cuatro mandatos entregados en bandeja para el joven católico irlandés.
Hasta que pudiera rehacer el error cometido, esa torpeza que comenzó en
Sao Paulo y se extendió hasta el Cabo de Hornos. La Constitución hecha
pedazos, ¿qué más daba? Y por fin, el atentado que se cobró su vida en un
hotel de Los Ángeles. Sirhan Sirhan es mi nombre, gritó a los cuatro vientos
su asesino. Tras la desolación, tras el llanto, nuevas elecciones, obsoletas
ya en sí mismas. Un nuevo presidente cuyo apellido ni siquiera fue una
sorpresa.
Robert Francis, el hermano honrado, el paladín de una justicia
improbable. Tres legislaturas para acabar con el cáncer que corroía la
sociedad hasta sus cimientos. El entendimiento con los chinos,
hamburguesas y té, ping-pong y samba, el final de la guerra fría. Y
después, cumplida esa misión, agotado el hombre y sus mandatos, el relevo,
la llegada al poder del hermano menor, Edward.
El sueño de la dinastía estaba ya encauzado, imparable. La democracia
había dejado de existir, consumida entre explosiones de napalm y las
carcajadas de histeria de un viejo embajador momificado en Arlington.
Davinia Cross trató de cerrar los ojos. Una lágrima le resbalaba por la
mejilla, abriendo un surco de incomprensión rostro abajo. Entre los retazos
de músicas y ritmos desconocidos, la exploración arqueológica se volvía un
remolino imposible de distinguir, igual que un sueño que sólo se recompone
a trompicones, como la vergüenza de un acto idiota recordado al amanecer,
tras la resaca.
La sucesión de hechos y nombres la remitía a un mundo más allá de su
experiencia, antes del Apagón que lo había fundido todo en un caos de
personajes olvidados y gestas que bien podrían haber sido reales o
imaginarías.
Había estudiado historia e investigado artículos en máquinas de
simulación semejantes, cuando era más joven y se atrevía a todo por un
titular, cuando se sintió desesperada y fue capaz de sumergirse durante
semanas en el oasis falso del videoautismo por no saber enfrentarse al
fracaso de su divorcio, pero nunca con la magnitud de esta experiencia.
La almalgama de sombras y de bustos, de soldados luchando en junglas
de color pimienta, de presidentes sonrientes y cadáveres acribillados, de
fanáticos religiosos y guardaespaldas sorprendidos, y canciones donde sólo
necesitabas amor o querían tomarla de la mano, de revueltas estudiantiles y
revolucionarios que prendían estrellas rojas en sus cascos, de favelas
ocupadas por soldados que estaban sólo un paso por encima de la miseria
que aniquilaban, de niñas que aprendían a prostituirse bailando samba antes
de correr por caminos perdidos manchadas de veneno en llamas y
helicópteros que lanzaban comida con la misma magnanimidad con que
arrojaban bombas o socorrían combatientes, de flores de paz, líderes negros
asesinados en La Meca, hombres de blanco paseando a saltos por la Luna y
anhelos californianos bajo la lluvia de invierno, de desfiles triunfales y
campeonatos deportivos bajo el restallar de una sola bandera, de una sola
patria obligatoria de un extremo a otro del continente, dibujaba una espiral
confusa, la simulación vivida a través de unos ojos, los de Javier Kurtzberg,
que tampoco habían conocido aquellos hechos de primera mano.
Entonces el carnaval de escenas se apagó, y los acontecimientos se
desvelaron más despacio, poco a poco. Cientos de años pasaron en apenas
unos minutos de exposición. ¿O habían sido horas? ¿O días acaso? El
sentido del tiempo se perdía en la máquina virreal, de ahí que los
ordenadores se encargaran de alimentarlos mientras el programa descargaba
su función.
Dave Cross respiró hondo, saboreó el aire caliente a través del
ciberyelmo. El corazón le redobló en el pecho, contra las correas de
contención que evitaban que pudiera hacerse daño ante el aluvión de
sensaciones y de imágenes virtuales.
Supo que la misión de su vida estaba a punto de culminar.
Iba a ser testigo del nacimiento de los dioses.
Sebastian Cortés estaba acostumbrado a plantar cara al padre de los
dioses, pero una cosa era la templanza de Jonathan Bunyan, que siempre
escuchaba prudente su consejo, y otra muy distinta la mirada enloquecida
de Alexis Maximoff. Ignoraba la capacidad intelectual del metahumano
tuerto, pero de todas formas explicó su argumento con la sencillez que
habría aplicado a una conversación con un niño pequeño.
—Hay algunos detalles que no comprendes —aclaró, mientras
terminaba de colocar la hebra de pelo en el microscopio electrónico y se
aseguraba de que en efecto contenía raíces y no sólo tejido muerto—. La
clonación es un mito lleno de lagunas.
Alexis Maximoff lo miró, con la irritación con que un hombre reprende
a un gato que ignora el camino de su caja de arena.
—¿Vas a decirme que es imposible? Te tenía en mayor estima, Cortés.
—No es imposible —corrigió el médico—. Otra cosa muy distinta es
que no tenga sentido. Hemos clonado animales para su consumo en otras
épocas. Todavía, de vez en cuando, se sigue haciendo. Con los hombres es
distinto.
—Mi hermano no era un hombre. De ahí la magnitud de esta misión que
te encomiendo.
—Hay ideas preconcebidas sobre la clonación, Alexis, que responden al
folclore más puro. Supongamos que pudiera clonarme a mí mismo. —
Cortés tuvo mucho cuidado de no citar expresamente a Dmitri Maximoff;
tenía la sensación de que el hilo de su vida era tan frágil como el mechón de
cabellos sobre la platina del microscopio—. ¿Crees que conseguiría un
doble exacto? ¿Que acabarías hablando con otro yo al mismo tiempo que
conmigo?
El dios lo miró con recelo.
—¿No es así?
—No veo cómo. El desarrollo y reproducción de las células requeriría
su tiempo. No existe ninguna máquina que pueda expulsar a mi doble
entero, como un coche escupido por una cadena de montaje. Si consiguiera
clonarme, primero tendría que ser un niño. Primero habría que criarme.
—No veo problema, entonces. Que Dmitri sea niño primero. Ya crecerá.
El tiempo no me afecta. Dentro de otros treinta años, él y yo estaremos
iguales. Como ahora. Como antes.
—No es tan simple, Alexis. Ese doble del que hablamos... tendría mi
código genético exacto, pero no tendría por qué ser yo. No tendría por qué
parecérseme físicamente siquiera. A nivel molecular sería mi gemelo. Por
fuera... Yo sufro de úlcera, un síntoma causado tal vez por tensiones y
sobreexcesos, no por condicionamiento genético. La humedad me afecta el
fémur y la tibia que me rompí esquiando en una pista holográfica. Media
dentadura está recompuesta: de niño me di un atracón de dulces y me
convertí en el blanco favorito de la caries. Mi doble no tendría por qué
compartir esas experiencias.
—¿Me estás diciendo que no te atreves?
—Claro que me atrevo. Lo que me ofreces es el sueño de cualquier
científico. Clonar a un dios, nada menos. No se ha hecho jamás. Nadie
podría imaginar cómo hacerlo. Pero ese dios clonado, ese doble que quieres
reproducir a partir de este manojo de cabellos... no sería el Dmitri que
conociste —Cortés se atrevió por fin a hacer la comparación directa—.
Genéticamente sería su exacto. Pero su educación, el entorno, las
experiencias que fueron configurando su vida...
—Comprendo. —Alexis Maximoff bajó los ojos; pareció meditar por un
momento— Medio Dmitri es mejor que nada, de todas formas. Quiero que
sigas adelante.
—En el caso de los dioses, encuentro un problema añadido.
Alexis alzó la cabeza. Cortés retrocedió un paso.
—¿Cuál es?
—No existen máquinas capaces de sustentar vida de esa forma. Los
vientres artificiales, si existieron, se perdieron como todo lo demás que se
tragó el Apagón. Necesitaremos una madre anfitriona, un vientre donde
desarrollar el cigoto, si conseguimos clonarlo.
—Ya veo.
—Una mujer normal no nos valdría, por razones obvias. Y dudo que
ninguna diosa quiera ofrecerse voluntaria.
—No había pensado en ese aspecto... Pero no te preocupes. Conozco a
alguien que no desmerecería el tesoro que albergará en su vientre. Una
derivante excepcional, casi digna de ser una diosa. Una mujer llamada
Toledo.
Cuando el hombre de hierro abandonaba la mansión y se perdía en los
cielos de la inmensa ciudad negra, Shai'r se veía libre para caminar por la
casa. No se sentía prisionera en aquel lugar, pero comprendía que tratar de
abandonarlo sin consultar antes con su ángel salvador sería darse de bruces
con la muerte o un destino aún peor en cualquiera de los rincones de la
arco-logia.
La casa obedecía sus instrucciones con sólo chasquear los dedos. El
hombre de piel marfil no entendía su lenguaje, pero de algún modo el
edificio sí. Shai'r no había oído hablar de estructuras inteligentes ni
arquitecturas de servicio, pero se entretenía encendiendo y apagando luces
con un susurro, plegando y desplegando paneles que convertían el salón en
un gimnasio o la cocina en un recibidor, y las pantallas de cristal líquido se
iluminaban con medio centenar de imágenes que casi podía tocar con la
mano cada vez que se le antojaba.
Una sombra se cruzó en su camino del dormitorio a la sala. Una mujer
como ella. Intentó decirle algo, pero la desconocida no le hizo caso. Shai'r
avanzó hacia ella. Antes de que pudiera alcanzarla, una niñita llegó
corriendo y en vez de chocar contra sus piernas la atravesó limpiamente,
como el vaho de un conjuro entre los brazos extendidos del hechicero de su
pueblo. La mujer desapareció dentro de la pared. La niña pequeña la imitó.
Shai'r cayó al suelo, petrificada.
En la mansión del hombre de hierro había fantasmas.
—La historia de la evolución del ser humano es la historia de la
evolución de sus armas. —La máquina virreal reproducía el perfil, las
palabras del presidente muerto, el olor de su colonia mareante—. Desde la
honda al misil intercontinental, el hombre apenas ha evolucionado en sus
capacidades físicas, mientras que las armas han continuado
perfeccionándose cada vez más, lo que nos ha puesto una y otra vez al
borde de la aniquilación total. Nuestra comisión pretende, en un plazo no
superior a medio siglo, la existencia de un ser más poderoso que ninguna
arma.
Richard MacNamara-Lawford terminó su discurso ante la comisión de
defensa de la Cámara de Representantes Panamericana.
La votación a puerta cerrada de los doce congresistas fue unánime.
La quimera de la igualdad saltó rota en mil fragmentos, para siempre.
Sebastian Cortés apartó los ojos enfebrecidos del microscopio. Un
nuevo fracaso. Otro esfuerzo en vano. Tras la visita de Alexis Maximoff,
había dedicado todas sus energías al intento de clonación que le había
propuesto el dios loco. Siempre en balde. Un fallo venía seguido de otro
fallo.
La oportunidad de oro se revelaba falsa, hueca. Las enzimas de
restricción no servían de nada. El largo y complicado proceso se veía
interrumpido siempre tras la primera fase. Una vez conseguido el cigoto, la
reduplicación celular se atascaba, volvía atrás. En cierto sentido, parecía
que la célula se devoraba a sí misma.
El médico se frotó las sienes. Imaginó un nuevo intento. Tal vez con
técnicas más espaciadas entre fase y fase. Congelando el embrión.
Preservándolo antes de que iniciara por su cuenta el proceso involutivo. Ya
había abordado otra media docena de pasos, todos condenados a volver al
punto de arranque.
Había algo en la biología de los dioses que se le había escapado cuando
había atendido a Jonathan Bunyan. Ni siquiera los apuntes de su padre,
dedicado toda su vida al servicio y estudio del metahumano, habían llegado
tan lejos. Por un momento, cuando Alexis Maximoff le propuso la
disparatada idea de la clonación de su hermano muerto, Sebastian Cortés
creyó tener ante sí la posibilidad de ofrecer una curación a los males que
aquejaban a los dioses, la lacra de su incapacidad normal de reproducción.
Si conseguía crear un duplicado de Dmitri Maximoff, aunque no fuera
idéntico al que recordaba y pretendía su hermano, podría presentarle a
Jonathan una alternativa a sus deseos de propagación, de inmortalidad
incluso.
Pero no. La clonación, lo sabía, no era igual que la fabricación de media
docena de tostadoras, todas idénticas. Se lo había explicado a Alexis.
Estaba el problema de los recuerdos, de la experiencia. El monstruo de
Frankenstein que habría podido crear a partir de las células capilares de
Dmitri no tendría por qué haberse parecido siquiera al donante original. Era
lo de menos. La posibilidad de enfrentarse a una biología única,
desconocida, resultaba aún más tentadora que el resultado. Aunque no
consiguiera clonar al dios, aunque fuera incapaz de revivirlo con ese truco
científico, explorar de esa manera la configuración celular de los dioses era
un tesoro al que nadie, ni dioses ni humanos, había tenido jamás alcance.
Sin embargo, el proceso no avanzaba. Algo en la matriz celular lo
impedía. Un retrovirus, tal vez. Un cerrojo.
O un seguro.
Sebastian Cortés se encontraba ante un callejón sin salida, ante un
acertijo.
Todas las pruebas se lo gritaban a la cara. Imposible clonar a un dios.
Las células se consumían por su cuenta, se apagaban, se autofagocitaban
con un ansia extraña.
Toda las pruebas indicaban que los cromosomas de los dioses ya habían
sido alterados antes de ahora, por manos expertas que manejaban
conocimientos perdidos.
Todas las pruebas indicaban que los dioses debían su origen a un
artificio.
Achacaron el fallo a un nuevo accidente nuclear, tan comunes en
aquellos tiempos de sabotajes y técnicas obsoletas y desesperadas en la
búsqueda de una fuente de energía que pudiera aliviar el caos en que vivía
sumergida la humanidad. La sala de virrealidad se llenó de brazos
cercenados, de tubos de realimentación que saltaban por los aires, de la
forma negra de un ser oscuro que se fundía con las sombras de las paredes y
causaba destrozos y caos como quien regala flores a un muerto durante su
aniversario.
El incidente Cranston, lo llamaron. El primer fracaso en la consecución
del dictado de Richard MacNamara-Lawford. Un primer superhombre
enloquecido, incapaz de superar las pruebas de control, imposible de
detener.
El programa de defensa estuvo a punto de ser interrumpido, pospuesto
otros cuarenta años. Una inyección de dinero, desviado de otras fuentes, lo
salvó de la eliminación.
El Proyecto Smallville saldría adelante contra viento y marea.
Ya no habría más fracasos.
Los fantasmas de la mujer y de la niña la esperaban, burlonas, en todas
partes. Bajaba las escaleras y estaban allí, cantando canciones de
cumpleaños, tirando de juguetes mecánicos. Corría al salón y volvía a
encontrárselas, semitransparentes, encendiendo el tresdé que ella quería
apagado, revisando gestos que no comprendía, hablando mudas en aquel
idioma extraño. Subía a la cocina y allí las veía otra vez, la niña jugando
con pompas de jabón no menos fantasmagóricas que su presencia, la mujer
frotándose las manos y manejando las máquinas que preparaban un guiso
ectoplasmático. Shai'r no sabía dónde ocultarse de aquellos dos seres de
ultratumba que la perseguían de un lado a otro, sin intentar relacionarse con
ella, viviendo atravesados por la luz unas experiencias en donde ignoraban
que estaba delante.
Salían del suelo, cruzaban habitaciones, repetían gestos, entraban
corriendo, se acostaban despacio, sonreían y agitaban la mano con una
familiaridad que resultaba dolorosa en su desprecio.
Y entonces Shai'r comprendió que ésta era la casa de aquellas dos
criaturas, y que ella misma, para esos dos seres, también podría ser otro
fantasma.
—Antes de que nuestros antepasados aparecieran, la Tierra estaba
herida de muerte. —Richard Kent contemplaba los ojos de la muchacha
como quien quiere beber en ellos toda la ingenuidad y el deseo de
conocimiento de varias vidas—. Superpoblación. Contaminación. Hambre.
Durante veinte años la guerra asoló el sur de Panamérica. Casi un siglo
después del armisticio, China se enfrentó a los islamistas indios en uno de
los conflictos más sangrientos que se recuerdan. Panamérica era un líder
sordo y ciego, incapaz de contener el miedo y la catástrofe. Entonces la
guerra se trasladó a África. Y aparecimos nosotros. Amanecieron los dioses.
Nacieron al son del tamtam del fluido amniótico que resbalaba por sus
cuerpos, sumergidos en un vientre de vidrio y plastiacero. Patalearon, se
revolvieron, escupieron ácido y sudor, abrieron sus pulmones a otro aire
distinto al oxígeno puro que habían conocido hasta entonces. Se alzaron en
su desnudez sin mácula, abrieron los ojos y contemplaron el mundo a su
alrededor, las proporciones nuevas de sus músculos, la longitud de sus
piernas, el ritmo incomparable de sus pechos. Eran la humanidad
trascendida, embravecida, amplificada, mejorada, potenciada. Un centenar
de hombres y mujeres dieron al unísono el primer paso.
El Proyecto Smallville acababa de cumplir su objetivo.
Había llegado la Era de Acuario.
El ojo protésico de Alexis Maximoff resplandecía con un relámpago
nuevo, como si de pronto una máquina hubiera cobrado vida dentro de él y
un ser extraño controlara desde allí todas las acciones del metahumano.
Jean-Claude Hubinon advirtió un cambio sutil en la actitud del joven dios.
Yajio parecía controlar como de costumbre el universo que le rodeaba. La
tensión que respiraba se traducía en su nuevo lenguaje corporal, en el ceño
permanentemente fruncido, en los dedos que jugueteaban sin cesar con el
bastón de plata que siempre le acompañaba. Alexis Maximoff había
resbalado por una pendiente y esperaba, casi anhelaba, el momento de
estrellarse contra un fondo erizado de cuchillos.
—¿Dónde está?
No había tanta exigencia en sus palabras como ansia. Aunque el cónsul
supo qué quería decir, se encogió de hombros, ladeó un poco la cabeza.
—¿A quién te refieres?
—A la mujer. Toledo. ¿No está aquí?
Jean-Claude Hubinon negó muy despacio.
—Se marchó —dejó pasar un latido antes de continuar hablando—. Le
pagué lo que le acordaste, no te preocupes.
El dios torció el gesto.
—¿Sabes si ha vuelto al cabaret?
—No estoy seguro. Pero le advertí que corría peligro. Es una derivante,
aunque no dé positivo en los sensores, tenlo en cuenta. Pensé que con las
muchas patrullas de Centinelas que andan revoloteando por los niveles de
Vegas estos días, acabarían por encontrarla y anularla. El coronel Rage y
sus hombres piensan que la arcología podría convertirse en un nexo de
reunión de terroristas de un momento a otro.
—Imbécil —Maximoff musitó la palabra, casi con desgana. En
cualquier otra situación anterior, la habría escupido, como saliva de fuego
—. Si esos derivantes han decidido reunirse aquí, habrán escapado ya hacia
otros lugares. No habrían sido tan tontos para quedarse. Vegas ha dejado de
ser un escondite seguro, cualquiera puede darse cuenta.
Jean-Claude se miró la suela de los zapatos.
—Es posible. Pero la muchacha tenía miedo. Le pagué y se marchó. Tal
vez no te cueste trabajo encontrarla de nuevo. No parecía demasiado
interesada en cuestiones políticas, y de todas formas no creo que sea una
terrorista.
—Claro que no. Pero es imperativo localizarla. Pon a medio centenar de
Centinelas en su búsqueda. De inmediato.
—No comprendo, Alexis. ¿Tan importante te parece?
—Más de lo que podrías imaginar. La quiero sana y salva. Arrancaré
personalmente la cabeza a todo aquel que le cause el menor rasguño.
¿Entendido?
Jean-Claude Hubinon asintió. Marcó una clave en su ordenador de
muñeca. Repitió las palabras del dios casi al pie de la letra, aunque
atribuyéndose a sí mismo la cólera descargada en caso de que la muchacha
sufriera daño.
—La madre de mi hermano debe ser tratada con el máximo respeto —
murmuró misteriosamente el dios rubio. Jean-Claude Hubinon entornó los
ojos, sin entender un mensaje para el que sin duda no era destinatario.
Alexis Maximoff brincó al aire y se perdió en las alturas de la ciudad. El
cónsul lo vio confundirse entre las nubes falsas, un pájaro dorado sin rumbo
ni consuelo. Entonces se dio la vuelta y entró en el edificio.
La derivante le esperaba. Esta vez, burlado el ímpetu del dios, le haría el
amor hasta abotargar todos sus sentidos.
La llama de la guerra quemaba el mapa de África, simulando un rayo
que avanzara sobre el trazo establecido de países y fronteras. Revoluciones,
derrocamientos, estrategias anuladas, golpes de estado, levantamientos,
pronunciamientos militares, revueltas, la destrucción de arriba abajo, de
este a oeste, poniendo en peligro los intereses de las potencias que habían
ignorado durante decenios los sufrimientos de los pueblos a quienes habían
enseñado a matarse para su lucro.
La situación había escapado a toda posibilidad de control. La
Federación de Repúblicas Europeas sopesaba intereses contrarios a los
Estados Unidos de Panamérica, sus aliados de antaño. El polvorín estaba a
punto de estallar, y la gran batalla se libraría en Ife, la antigua Tanzania de
otros tiempos menos turbulentos.
Los supersoldados se recortaron en el contorno de las distantes
montañas, torres de carne y hueso, músculos de piedra, y contemplaron los
dos ejércitos sembrados a la espera del momento de medir sus fuerzas y
entregar sus ideales a la muerte. Smallville iba a demostrar su valía. El
proyecto soñado por Richard MacNamara-Lawford medio centenar- de años
atrás, hombres más fuertes que las armas, el salto evolutivo al servicio de
los intereses de su patria, por fin iba a demostrar sus frutos.
Los asesores militares mordían sus cigarros y sacaban lustre a sus
medallas, confiados en una victoria tan aplastante como rápida. Las
cámaras de tresdevisión estaban a punto para grabarlo todo, para ser fieles
registros de cómo este amanecer plomizo, en un valle del Serengeti
arrasado por implacables carros de combate y gigantescos cañones que
apuntaban su virilidad metálica al cielo, quedaría marcado a sangre en el
curso de la historia que bajaba a su encuentro.
Los hijos de Smallville avanzaron, titanes modelados en un olimpo que
sólo había existido, hasta ellos, en la fantasía de todos los pueblos. Iban a
ser materia de leyenda y lo sabían. Y su misión venía en volandas de un
propósito noble. Habían cruzado el mundo ni más ni menos que para poner
fin a la guerra.
Ante el campo de batalla se cruzaron de brazos, esperando el momento
de dar uso a sus cualidades. Entonces, en las colinas contrarias, de espaldas
al sol naciente, por detrás del ejército al que habrían de enfrentarse de un
momento a otro, se dibujaron otras figuras similares, otros hombres y
mujeres de igual talla, otros gigantes.
Smallville no había sido un proyecto solitario. Richard MacNamara-
Lawford no era el único gobernante con anhelos míticos. Ni el más seguro
de los proyectos supernegros es hermético, eso quedó demostrado ese
amanecer aciago. Panamérica había creído forjar un ariete para el que no
habría escudo, sin sospechar que en el otro extremo del mundo otra quimera
similar tomaba forma, en el mismo secreto, con los mismos recursos, quizá
con planos calcados y sistemas idénticos.
Los superhombres se encontraron frente a frente por primera vez, y el
mundo contuvo la respiración.
Tal vez no respiró jamás a partir de entonces.
—Todos los apellidos que ahora son canciones o leyendas aparecieron
ese día. —La voz cansada de Richard Kent se llenó de orgullo y de pasión,
de un apego a la vida y la victoria heredado de otros hombres que, como él,
habían dejado de serlo—. Allí se vieron por primera vez frente a frente. Los
Kent, los Schmidt, los Maximoff, los Wayne. Habían sido creados, criados,
acondicionados para destrozarse mutuamente, para ser esclavos mejorados
de los sueños y los temores de los hombres. Un millón de barreras físicas y
psíquicas se hicieron pedazos cuando se miraron a los ojos y se supieron
iguales en su diferencia. Los Summers, tus antepasados Munroe, los
Banner, los Blake, los Prince, marionetas de Smallville y de Dazbag,
rompieron las cadenas que les ataban a anhelos extraños y saltaron al cielo
como los superhombres que eran, demostrando a los humanos en guerra el
final de su reinado sobre la Tierra, la llegada irrefrenable de los dioses.
Cargaron disparando a los cuatro vientos, dibujando en el aire el
espectro completo de luces que permitían los cañones de sus lásers. Volaron
en formación plegada, como una sola bala hecha de multitud de cascos y de
cuerpos, rompiendo uno tras otro los diques de contención que aseguraban
la inviolabilidad de este refugio.
Murdock Fisk calibró en sus sensores la presencia intuida más que
registrada de una célula derivante, un puñado de terroristas a la espera de
registrar su próximo golpe. Estaban sentados en círculo, pegados a una
especie de simulador virreal, absortos en unas imágenes que para él no
tenían sentido. Disparó una andanada de plasma multicolor y el corazón de
la máquina se convirtió en una traca que escupió imágenes contra los
rostros embrutecidos de los hombres y mujeres que consumían su vida y su
tiempo en los paraísos o los infiernos procurados artificialmente. La patrulla
de Centinelas a sus órdenes se posó entre ellos, vaciando a un lado y a otro
la potencia destructora de sus armaduras de combate.
No estaban aquí. Ni Andrea Vanderbilt, ni Davinia Cross, ni la sombra
que había eliminado a los centuriones al otro lado del mundo, ni el semidiós
renegado asesino de otros dioses. Sólo eran un puñado de derivantes
ocultos, pertenecientes o no a grupos con finalidades subversivas, lo mismo
daba. Murdock Fisk sabía que la batalla contra sus enemigos se acercaba,
inexorable como un péndulo hacia el segundo de su inmovilidad, y cuantos
más derivantes eliminasen ahora menos problemas tendrían en ese
neblinoso futuro que intuía cada vez más próximo.
Los derivantes conectados a la máquina se dispersaron por la oscuridad
acogedora del refugio subterráneo, como ya lo hicieran semanas atrás los
seres de las cloacas de Megaciudad que el mismo Murdock había ayudado a
eliminar. ¿Era posible que estuvieran conectados entre sí? ¿Existía una
hilazón, una política conjunta entre partes tan distantes del mundo? ¿O, lo
más probable, había ratas viviendo a expensas de los habitantes de la
superficie en todas partes?
Un huracán amarillo brotó desde la oscuridad, un cañón de plasma
hecho a partes iguales de improvisación y diseños robados. Cuatro de los
miembros de la patrulla de Murdock se borraron como la imagen vídeo de
un ordenador con problemas de resolución gráfica, y el mismo líder de la
escuadrilla sintió el calor del rebote de luz en el yelmo cerrado.
Iba a contestar al contraataque de los derivantes acorralados cuando el
techo se vino abajo en un estrépito de materiales mohosos y hierros
retorcidos. Por entre el polvo sucio y la ceniza asomó un ojo dolorosamente
glauco, una esmeralda de metal partida en dos por una hebra de pelo rubio.
Alexis Maximoff cargó contra los cinco o seis derivantes que habían
montado la barricada como el toro que embiste a una mariposa porque odia
su capacidad para la ingravidez o el vuelo. Espantado, Murdock Fisk dio un
paso atrás, manchado al instante por el borbotón de sangre roja que estalló
desde la cabeza abierta de uno de los derivantes.
El dios enloquecido se movía con la celeridad de un rayo, como una
bala trazadora aumentada mil veces de velocidad y de potencia. No hubo
gritos de dolor entre sus víctimas. Sólo quedó grabada en las miradas
ciegas, en los dientes asomados, una expresión de aturdimiento, una ligera
sombra de sorpresa.
Alexis Maximoff se volvió hacia la patrulla de Centinelas. Fisk lo
reconoció en ese momento y se echó a temblar. El hermano del dios muerto
se había convertido en un ángel de venganza. Un rincón perdido de su
cerebro musitó una oración comprimida, deseando que el metahumano
hubiera considerado ya saciada su sed de sangre.
—No está aquí —murmuró el dios, con una voz helada que paralizó a
todos los soldados—. No está aquí. Tengo que seguir buscándola.
El tiempo pareció detenerse, como si supiera que a partir de ese
momento iba a tener que empezar a contar desde cero. En la retaguardia de
los dos ejércitos extendidos de un extremo al otro extremo del horizonte,
ambas formaciones de superhombres se estudiaron, por encima de los
cascos oscuros y los uniformes verdes, ignorando la potencia de los cañones
que abrían sus bocas al aire en un signo de sorpresa congelado, haciendo
caso omiso a la premura de los tanques, la fidelidad de las trazadoras, la
burlona pirotecnia de las armas láser.
Habían sido creados en secreto, ratas de laboratorio con una misión de
vergüenza, hombres y mujeres entregados a la causa de la guerra como
último recurso para imponer la paz por la fuerza. Ni uno ni otro grupo
esperaban una oposición idéntica, un espejo exacto a su factor sorpresa.
Habían sido programados para atacar y vencer, para destrozar tanques y
repeler cañones, para diezmar escuadras y acumular sangre en el barro, para
aplastar cascos y torcer fusiles, no para verse repetidos en aquel amanecer
africano, al pie del lejano Kilimanjaro que se borraba en la neblina y
parecía no querer ser testigo de la masacre inminente.
Habían sido ideados en extremos distantes del mundo, únicos en su
especificidad, apartados de la raza humana a quien tendrían que servir con
el celo de perros de presa, los supersol-dados definitivos, cuerpos perfectos
y cerebros astutos que jamás presentarían problemas ni plantearían
preguntas. Smallville, el nombre prestado de un mito ya perdido entre
papeles de pulpa. Dazbag, el dios del sol a quienes sin recato se acercaban
estos nuevos prometeos que iban a arrancar a los hombres la posesión de las
llamas de la guerra.
Tendrían que haberse lanzado unos contra otros, desplegar una batalla
sobre el valle como sólo se habían imaginado en las leyendas, Gilgamesh y
Heraklés, Indra y Susa-no-o, Cuchulainn y la Serpiente del Mundo.
Tendrían que haber hecho temblar la estructura del suelo, retorcido cuellos
reforzados con adeenes prestados de animales incompatibles con su
herencia de hombres, abierto huesos más fuertes que el metal menos
blando, escupido salivas densas como la sangre del dragón que mató
Sigfrido.
No hablaron. No sonrieron. Si pudieron leerse las mentes, se debió a
una cualidad insospechada para los respectivos equipos que los habían
creado a imagen y semejanza de sus sueños. Cada uno de los dos grupos de
superhombres recién bautizados saltó al aire, impulsados por los cinturones
de gravedad que mil años más tarde sus descendientes habrían de
transmutar en meros anillos de vuelo, y en vez de recorrer la tierra de nadie
que los separaba del terremoto que habrían de provocar con su
encontronazo se volvieron al unísono contra sus filas, y destrozaron los
tanques, aplastaron los cascos, torcieron los rifles, segaron las gargantas de
los seres humanos inferiores a sus capacidades de asesinos perfectos, pero
en el bando propio, tomando por sorpresa a generales y a soldados, a
asesores y científicos, a periodistas y curiosos, a desertores cobardes y a
héroes absurdos.
No tardaron más que pocos minutos. Se movieron en tromba, un ballet
de formas reforzadas que hendía y mataba, un huracán múltiple de seres
encomendados al programa definitivo. El condicionamiento inhibitorio no
sirvió de nada contra ellos. Rompieron sus cadenas y actuaron por su
cuenta, llevando al último extremo su misión de fuego. Se supieron iguales
en su diferencia y actuaron como un solo hombre, como una sola etnia,
como una sola raza.
Eran dioses. Y los dioses no debían obediencia a nada ni a nadie.
El Proyecto Smallville, la Misión Dazbag, murieron ese día en el
Serengeti, anulados miles de millones de dólares y de marcos de un
plumazo, convertidos en polvo los objetivos que habían convertido a un par
de centenares de seres humanos en algo que trascendía las limitaciones
físicas que a todos los demás los lastraba.
Las horas de acondicionamiento se demostraron inútiles. O tal vez no.
Tal vez los dioses recién nacidos llevaban solamente la programación
introducida en sus mentes hasta las últimas, insospechadas consecuencias.
Nadie pudo detenernos. La batalla del Serengeti aún no había dejado
de resonar en nuestros oídos cuando, sin consultar unos con otros, sin que
mediara palabra alguna entre los superhombres de Smallville y los de
Dazbag, remontamos el vuelo y nos perdimos entre las nubes como una
escuadrilla de pájaros de la venganza.
No nos detuvimos ante nada. Ante nadie. Atacamos los silos nucleares,
rompimos cerrojos, destrozamos puertas, desconectamos bombas, partimos
en pedazos tubos de ensayo, dispersamos ejércitos, requisamos armas.
Fueron cuarenta días y cuarenta noches de movimiento incansable, de
la Casa Blanca a Berlín, de Brasilia a Moscú, de Tokyo a Ciudad del Cabo.
Hubo gobiernos que intentaron combatirnos. ¿Cómo podrían haberlo
hecho? Los impactos de sus armas apenas rebotaban en nuestros pechos.
Sus explosiones quemaban unos instantes nuestras pieles de hielo, sólo
para ser sofocadas por una coraza nueva, la capacidad de regeneración
que operaba ante los ojos atónitos de nuestros enemigos como un bálsamo
titánico. Hubo gobiernos que al momento depusieron las armas,
arrodillados ante nuestra superioridad, como si comprendieran la
inutilidad de toda resistencia y en el fondo agradecieran el relevo, la carga
que nuestra aparición en la Tierra les quitaba de los hombros.
Y hubo quienes se opusieron a nuestra acción no con la fuerza de las
armas, sino con un pobre intento de razonamiento, como si un lobo pudiera
dejar de matar a una oveja si se le asegura carne de otra forma menos
violenta.
Como si nosotros hubiéramos podido elegir una naturaleza que nos
había sido procurada por unos medios que no entendíamos.
Bajaron del cielo y el hombre de blanco les salió al paso, un anciano
consumido por un cáncer de garganta y los achaques de toda una vida entre
viviendas miserables antes de ser escogido para ocupar este lugar, del que
seguía considerándose indigno. Los observó por un momento, admiró la
esbeltez de sus cuerpos, la armonía de sus rasgos, pero sintió un aguijonazo
de temor cuando vio que en los ojos no había otro sentimiento que algo
similar al vacío, un brillo opaco que en cualquier otra situación habría
identificado con el desprecio.
Como León I ante las hordas de Atila, el papa Pablo IX intentó
convencer a estos ángeles que descendían sin alas a la Piazza de que no
tenían derecho a interferir en la vida de los seres humanos. Tal vez habían
sido moldeados en un horno superior, pero no se hallaban por eso más allá
del bien y de mal, no eran dioses. La historia de la Iglesia estaba salpicada
de errores como el que ellos mismos iban ahora a cometer, estaban
cometiendo ya. Nada impuesto por la fuerza puede perdurar. No podían
ostentar el control de las vidas de tantos miles de millones de personas. No
eran Dios, aunque lo parecieran. No eran ángeles, pero tampoco debían
actuar como si fuesen demonios. La libertad no se compra robándola a
otros. La paz más duradera, la que ellos querían instaurar, no se
diferenciaba mucho de la paz de un cementerio.
Uno de los nuevos dioses dio un paso y agarró al hombre de blanco por
el cuello. Lo alzó en vilo y sostuvo su cara a pocos centímetros de la suya
propia. El Papa apenas se agitó, mientras los dedos del superhombre
quebraban la laringe ya reblandecida por los baños de cobalto. Sus palabras
roncas se ahogaron en el estallido seco del borbotón de sangre que escapó
confundido con un hilo de saliva por la barbilla del anciano.
El Papa quedó colgando de los dedos de hierro del suprahumano como
un guiñapo, igual que una marioneta con los hilos rotos. El dios lo soltó y
continuó su camino. Un estorbo menos. Se limpió los dedos enrojecidos en
el hábito y no tuvo un segundo pensamiento de resquemor por lo que había
hecho. ¿Cómo iba a hacerlo? Ningún hombre se lamenta por haber
aplastado a su paso a una insignificante hormiga.
Javier Kurtzberg saltó al cielo. En ese instante no sabía que le esperaban
mil años para expiar la culpa de aquel acto.
Dormía a su lado, un sueño fatigado por el cansancio de tantos años sin
ilusión, de tantos siglos de desencanto. Galenne Munroe contempló el perfil
del superhombre entristecido, la frente sin arrugas que traicionaba su
verdadera edad y hasta la auténtica preocupación de su cerebro. Era
hermoso. Digno, incluso en los últimos momentos de una vida estirada
como pasta por encima de las inclemencias de desengaños y lamentos.
Richard Kent era un dios distinto. Eso lo había sabido ella desde siempre,
desde que siendo niña acudía al palacio de las maravillas y se pasaba
embelesada horas y horas contemplando las estatuas de los dioses egipcios,
las proporciones cuasi perfectas de los bustos griegos, las urnas funerarias
carentes de contenido y repletas de misterio.
Ya entonces, apenas diez o doce años atrás, un abrir y cerrar de ojos
para los dioses veteranos, Richard Kent se mostraba solícito, huidizo,
paternal y hosco al mismo tiempo, el maestro perfecto, un indicador de
posibilidades alternas o caminos perdidos que ni la humanidad ni los dioses
que la trascendían podría reencauzar ya nunca. Richard Kent era amable,
reflexivo, privado de ese orgullo infantil y algo cargante que Galenne
Munroe veía repetirse en sus iguales, desde Alexis Maximoff al propio
Jonathan Bunyan, desde Bianca Prínce al aburrido de Fenric Wayne. Ni
siquiera ella estaba por encima de esa cualidad. Bien pagada de sí misma,
había nacido entre seres superiores y había recibido la educación de una
princesa. Por eso, conocer y conversar con aquel hombre sombrío la
sorprendía, la atraía tanto.
Richard Kent era el paso de la historia sobre todo aquello que, mil años
antes, habían pretendido los dioses con su irrupción sorpresiva sobre el
destino de los hombres. ¿Quién no hubiera hecho lo que sus antepasados
hicieron? Tenían la fuerza, tenían la voluntad, tenían los medios. Una
misión que cumplir. Un destino. Se habían apropiado del planeta como
quien conquista una isla y la arrebata a un puñado de caníbales que se
espantan por el tronar de sus armas de fuego. Justicia pura. No había nada
de malo en ello.
Sin embargo, mil años más tarde, asentados en el poder y la comodidad
eterna, Richard Kent sopesaba pros y contras, comprendía que algo habían
perdido en mitad del laberinto que los había conducido a esta situación. No
tenía alternativas tampoco. No podía imaginarlas. Pero lamentaba que su
aparición no tuviera apenas otras vías biológicas. Sabía que eran una
bendición tanto como una condena, y la justicia que su toma del poder
había supuesto un milenio atrás se veía rebatida por la imposibilidad de
propagarse más allá de lo que ahora eran. Los dioses, comprendía Richard
Kent, asimilaba lentamente Galenne Munroe, eran una llama que se
apagaba poco a poco. Él era el último de una estirpe que un día quizá no
muy lejano ni siquiera sería recordada. Ella era el alba de una nueva
creación, savia fresca para renovar el poder indiscutible de las Casas. Pero
las reflexiones amargas de Richard Kent le habían hecho comprender que
también ella misma y sus ramas se secarían algún día, temprano o tarde. La
vida de los dioses era un callejón sin salida desde el punto de vista de la
evolución. Habían llegado a la perfección, quizás. Y la perfección, como
bien razonaba el dios anciano, es singular. Es única.
¿Cómo iba a ser extraño que la muchacha se sintiera atraída por el único
dios que era distinto a los otros dioses? ¿No se acaba por ansiar aquello de
lo que menos se dispone, lo que es distinto, lo que encandila y encanta, lo
que sorprende? Los habitantes del anillo edén eran vanidosos, superfluos,
hermosos, despreocupados por la muerte que intuían como algo muy lejano,
insignificante en la distancia infinita de sus vidas. Este hombre que dormía
a su lado ya había superado esas barreras, y las había descartado por lo que
eran, meras chiquilladas frente a lo verdaderamente importante. En cierto
modo, Jonathan y los demás, Dmitri, Alexis, Bianca, incluso su padre, eran
unos adolescentes eternos. Richard Kent había dejado esa etapa atrás, y
había comprendido por fin el dolor y la responsabilidad que entraña ser
adulto, ser un hombre.
Pero no tenía soluciones que ofrecer. Estaba tan atrapado en la telaraña
como todos los otros. Sabía que algo les fallaba. Comprendía que su
anquilosamiento cultural y biológico los llevaba en rumbo directo hacia el
vacío, pero no podía ofrecer ninguna respuesta alternativa. Sólo
experimentaba el hueco de la indefensión, la soledad de quien tal vez no
mereciera ser cuasi eterno, el regusto agridulce de intuirse ajeno a este
mundo.
Por eso le hacía el amor como un niño tímido, como un adolescente
inmaduro, como un anciano inseguro. Como si siempre fuera la primera
vez. O, más bien, como si esperara que fuese la última.
El nuevo orden mundial se apoderó del planeta ante la sorpresa y el
temor de los hombres. Los conflictos se detuvieron tras la presencia intuida
de los dioses que todo lo vigilaban, todo lo proscribían, todo lo castigaban.
Un nuevo olimpo había tomado forma, aposentándose por derecho
indiscutible sobre los cuatro puntos cardinales de la Tierra.
Eran seres superiores que reclamaban lo que era suyo, aquello para lo
que habían sido creados. Proteger. Gobernar. Controlar. Y, si era preciso,
condenar. Una nueva raza de titanes caminaba por la Tierra, volaba por los
cielos, levantaba mansiones en los mares. Fue un tiempo de prodigios. La
humanidad asistía atónita a un cambio de estilo. El tren de la historia
acababa de pasar de largo.
Durante meses todo se paralizó, a la expectativa, en mitad de la angustia
y el miedo, la desilusión y la esperanza. Ya no había guerras. Nadie osaba
alzar un brazo contra el reinado de los superhombres. La delincuencia a
gran escala se eclipsó. Una patrulla de dioses podía sorprender al ladrón que
descerrajaba una puerta, al ratero que ocultaba una pistola, al asesino que
limpiaba sus huellas de un cuchillo. Nadie se atrevía a respirar ante un
mundo que parecía tener doscientos pares de ojos en todas partes,
omnipotentes, calculadores, desalmados.
La guerra se había detenido. Pero todos los demás problemas de la
humanidad continuaban existiendo. La Tierra, pese a la llegada de los
suprahumanos, seguía siendo un lugar condenado al desengaño.
En aquella situación de impasse el primer dios estornudó, y al hacerlo
murieron un millón de hombres.
La plaga cubrió el planeta, sofocando angustias, despejando
incertidumbres. La humanidad que ya vivía en las arcologías diseminadas
por el mundo vio cómo de pronto se veía reducida a la mitad, a la tercera
parte. Por todos los continentes la enfermedad se cobraba vidas inocentes,
sin distinguir seres civilizados de bárbaros, mujeres de niños, jóvenes de
ancianos.
Espantados, los dioses no supieron cómo controlar este nuevo brote que
indicaba, de soslayo y con temor, que el propio ecosistema de la Tierra
repudiaba su creación. Eran seres artificiales, moldeados entre tubos de
ensayo y aberraciones tecnológicas, y lo que para ellos tal vez no fuese más
que un virus insignificante con un par de horas de incubación y
restablecimiento, para los seres humanos adquirió las trazas de un veneno
que se expandió con los vientos y las aguas y sumergió en un baño de
muerte a las tres cuartas partes de los habitantes del planeta.
En siglos venideros, los humanos llamarían a aquella situación infernal
el Apagón. Para los dioses fue la catástrofe. No sólo se perdieron miles de
millones de vidas. También se ahogó el conocimiento de nueve mil años de
historia. Las cosechas se agostaron. La Tierra se resecó. La ciencia que
había hecho posible la creación de aquellos seres que ahora,
involuntariamente, regaban un mundo de muerte se diluyó como una
pildora en un vaso de ácido. Fue una edad oscura que anunciaba el principio
de una nueva era.
Aterrorizados, los dioses abandonaron el planeta. Lo mismo que los
supervivientes de la humanidad atravesaban desiertos y junglas con la
esperanza de alcanzar las arcologías donde esperaban ser tratados y
curados, lo mismo que los hombres comunes iban dejando un reguero de
huesos a su paso, confiados en una vacuna que no existía, los dioses
comprendieron que su lugar no era la Tierra, sino el cielo.
Se asentaron en el anillo edén que los hombres habían venido
construyendo como plataforma orbital de lanzamiento para el proyecto
soñado de conquistar un día el espacio, y lo convirtieron en un nuevo
Asgard, un puente del arco iris desde donde contemplar con miedo la
evolución del espanto que habían provocado con su ignorancia.
Desde el exilio, contemplaron cómo la humanidad se contraía, se
replegaba. No osaron intervenir esta vez, convencidos de que su sola
presencia entre los moríales sembraría de veneno el aire. Dejaron que
pasara un tiempo prudencial, otros diez años.
Y entonces volvieron a la Tierra desde su refugio en el cielo. Más
entristecidos, menos convencidos de la validez de sus actos previos. Pero
con una misión indiscutible, más vigente ahora que nunca.
Tras el Apagón, tras la debacle, tenían que liderar las ruinas de unos
hombres puestos a su servicio. Ahora no había marcha atrás. Todos los
problemas se habían resuelto de golpe y ellos habían sobrevivido. Sólo les
quedaba construir a partir de las ruinas del edificio. Gobernar para siempre.
Algunos trataron de justificar los años oscuros por el cruce de un
cometa en el cielo. Igual que los dinosaurios habían sido extinguidos por el
paso de la cola de otro astro similar, asila raza humana se veía extinguida
de la noche a la mañana, cumplida su función en el planeta, trascendida
por el siguiente paso evolutivo. Tal vez tenían razón. Tal vez se
equivocaban. Nunca pudimos saber qué había provocado la cadena de
muertes en masa, si fuimos en verdad nosotros o si hubo otros factores que
contribuyeron a desatar aquella matanza.
Regresamos al mundo del que habíamos huido y comprendimos que
ahora nos tocaba no sólo gobernarlo y controlarlo, sino hacer que se
volviera a poner en pie. Fue un trabajo titánico, quizás incluso superior a
nuestras posibilidades. Los científicos de Smallville y de Dazbag nos
habían construido más fuertes, pero no más inteligentes, y la inmensa
mayoría de los conocimentos y de las técnicas que habrían podido
ayudarnos en nuestra labor se habían perdido para siempre con el Apagón.
Y, lo peor de todo, nuestra presencia en las arcologías o en los cielos, el
recordatorio constante de que la raza humana ya había dejado de ser el
peldaño supremo de la creación, tenía un efecto contrario al que habíamos
pretendido provocar.
Los hombres no nos hacían responsables del caos sembrado, del
exterminio. ¿Cómo podían saber de cierto que había sido nuestra
existencia si ni siquiera nosotros mismos podíamos ponernos de acuerdo en
eso? En el fondo, la muerte por un virus invisible era igual a la muerte por
bombardeos indiscriminados o por radiación: muerte a fin de cuentas. La
magnitud del holocausto apenas parecía contar para los ojillos espantados
de los supervivientes. Habían demostrado ser más aptos, más fuertes que
sus hermanos, sus hijos o sus padres. Habían validado las teorías de
Darwin y se habían adaptado a su nuevo entorno.
Pero la supervivencia tuvo un precio de sangre. La humanidad había
comprendido que ya no lideraba el camino, que otros hombres y mujeres
mejorados abrían la senda de un futuro en el que ya no tendrían cabida
como especie. Saberse inferiores en un mundo de dioses oscureció sus
sonrisas, enfrió sus ánimos. Los supervivientes del Apagón se convirtieron
en un rebaño sordo y ciego a los estímulos, meros comparsas de un proceso
de cambio que los había dejado de lado, los Neanderthal que asisten
impertérritos a la flecha que los mata y advierten antes de cerrar los ojos
la presencia lejana del Cro-Magnon causante de su fin. El homo maximus,
como nos dieron en llamar, tuvo su contrapartida en el homo impotens.
Desencantada de su fracaso, la humanidad nos había dado la espalda y a
nosotros nos tocaba ahora encargarnos de que la evolución siguiera
adelante.
La certeza de su descubrimiento trajo a la vez una nueva duda, otro
temor.
Sebastian Cortés sabía, como posiblemente no sabía ya nadie, que
aquellas células que intentaba duplicar habían sido manipuladas antes que
por él, por otras técnicas y con otras manos que habían llegado allá donde
su ciencia no podría llegar jamás. Muchas cosas quedaban explicadas en
aquel minúsculo soporte de vida. La imposibilidad de clonación. La
dificultad de reproducción. Incluso el cáncer recurrente que trataba con
paciencia de devorar a Jonathan Bunyan.
Los dioses eran un artificio y, quizá por eso, todos los problemas que
ahora sufrían en propia carne les cortaban una y otra vez el camino a la
reproducción, por cualquiera que fuese la forma, natural o tecnológica.
Alguien, los diseñadores de aquellos seres más altos, más fuertes, más
rápidos que los simples mortales, había previsto en su diseño las trabas que
ahora controlaban la población metahumana, hasta hacerla escasa. O tal vez
la propia naturaleza comprendía que su curso había sido desviado por la
irrupción de aquellos individuos con cuya existencia no había contado, y el
equilibrio se restablecía de una manera que ni dioses ni hombres habían
imaginado.
Imposible clonar a un dios, eso estaba claro. La certeza era total. En
algún lugar de su razonamiento, Sebastian Cortés comprendió que esa
alternativa a sus problemas debía de habérsele ocurrido a los metahumanos
mucho antes, y que ya había sido experimentada y descartada. Sin duda
Jonathan Bunyan sabía que el deseo de Alexis Maximoff era imposible.
Pero el propio Alexis no iba a aceptar una negativa a su capricho, a su
dolorosa necesidad de rescatar a su hermano de entre los muertos. Sebastian
Cortés tiritó. Cuando le confesara su imposibilidad para satisfacer sus
deseos, nadie podría salvarle de la ira del joven dios.
O tal vez sí.
Sebastian Cortés se tragó su orgullo y admitió que su única posibilidad
de supervivencia pasaba por confesar su descubrimiento a Jonathan.
Reconstruimos lo que pudimos, pero por desgracia no fue gran cosa.
Apenas logramos reconducir a la humanidad a las arcologías donde vive
desde entonces, tras el cristal, a salvo de un mundo que antaño fue suyo y
ahora no es de nadie. No teníamos técnicas, no teníamos sabiduría, no
teníamos sueños. Había que cumplir un objetivo y lo hacíamos a
trompicones, desde la mansión en el cielo, desde el anillo edén donde nos
refugiábamos a meditar cada vez que las circunstancias contradecían el
idealismo que queríamos ver en nuestros gestos.
Unos pocos de entre nosotros creyeron ver en el eterno sueño de los
hombres la respuesta a todos los problemas. El espado. La conquista de
otros planetas. La colonización de otros mundos. A fin de cuentas,
podíamos soportar presiones mayores, nuestro lapso de vida era más largo,
nuestras zancadas serían aún más inmensas en la Luna o en Marte.
El debate quedó en suspenso, sin solución. Si no éramos capaces de
ordenar las cenizas de un mundo, ¿cómo íbamos a querer partir hacia
otro? Ya no existían problemas de hambre, de contaminación, de
superpoblación. La necesidad acuciante de abrirse paso a las estrellas
quedó postergada, como todavía lo está hoy. Unos pocos de nosotros
salieron al espacio, en busca de la consecución de ese anhelo que nos era
ya ajeno, en busca de otros mundos donde asentarse y tal vez aprender,
pero nunca regresaron de su viaje a las estrellas.
Los que decidimos quedarnos en la Tierra, o en el anillo edén,
comprendimos que teníamos un compromiso con la biología, con esa
evolución que ahora descansaba en nuestros genes y nuestras espaldas.
Nos apareamos, hicimos alianzas, establecimos las Casas. Y comprobamos
con sorpresa que nuestros hijos heredaban las cualidades semimágicas que
los hombres nos habían concedido en sus laboratorios subterráneos.
La primera generación natural de superhombres adquirió todo aquello
que en nosotros había sido un regalo, o una maldición. La vida alargada, la
fuerza desatada, los umbrales de percepción más amplios, mayor
resistencia al dolor, mejor capacidad para el placer.
Nuestro lugar en la historia futura parecía asegurado. Nuestros hijos
llevarían adelante la misión de devolver a la humanidad de la que
formábamos parte el gusto por la sal de los sueños. En nuestro orgullo, no
podíamos darnos cuenta de que hacía mucho tiempo que habíamos dejado
de ser humanos.
—Estás en peligro —Jean-Claude Hubinon confesó a medias su traición
al dios a quien servía cuando el amor había agotado su cuerpo y estaba a la
espera de poder acumular energías suficientes para enfrentarse a un nuevo
asalto—. Alexis te busca.
Toledo le miró, incrédula.
—No tengo nada que temer. —Se revolvió en la cama y miró a los ojos
al cónsul extenuado—. Ni de un dios ni de los hombres. He aprendido a
cuidar bien de mí misma.
—Porque no das positivo en los sensores, nada más —le recordó él—.
Hay otros derivantes como tú. Hasta ahora, han podido sobrevivir.
—¿Hasta ahora? —La mujer alzó una ceja.
—Vegas es un hervidero de actividad. Centinelas y derivantes por igual
pululan por sus niveles. Tendrías que haberte dado cuenta.
—Llevo semanas en este palacio, ¿cómo quieres que sepa nada de lo
que ocurre en el mundo?
—La situación ha dado un vuelco radical. Esos derivantes que, como tú,
pasan desapercibidos a los sistemas de rastreo, parecen estar preparando
una acción importante.
—No tengo nada que ver con ellos. —La hermosa mujer rubia se
encogió de hombros—. La política no me interesa.
—Me temo que no actúen por intereses políticos, sino por pura
supervivencia. Si no se defienden del acoso al que están siendo sometidos,
serán aniquilados. Y tú con ellos. En realidad, no tienen otra alternativa.
—No me estás diciendo nada nuevo. Los derivantes son perseguidos
desde que el mundo recuerda.
—Pero no con la saña de ahora. Uno de vosotros...
—Ya te he dicho que no soy de nadie —cortó ella.
—Uno de los derivantes como tú, entonces —corrigió el cónsul, con
una sonrisa de hielo en los labios—. Mató a uno de los dioses.
Toledo abrió mucho los ojos. Su boca dibujó un círculo de admiración
involuntaria.
—¿Te burlas de mí?
—¿Con qué objeto? Uno de esos derivantes semiinvencibles se enfrentó
con éxito no a una patrulla de Centinelas, sino a un dios. A Dmitri
Maximoff.
—No sé quién es.
—El hermano de Alexis. El dios que te compró para mí. El dios que te
busca ahora.
—Querrá repetir la experiencia conmigo. Todos lo hacen.
—Me temo que no, Toledo. Conozco a Alexis desde hace muchos años.
Hay algo en él que da miedo. Una ansiedad extraña. No te busca para
hacerte el amor. En ese aspecto, ya te ha olvidado.
—Lo dudo. Nadie olvida a Toledo.
—Puedo asegurarlo. Pero Alexis es diferente a todos los hombres o
derivantes que hayas conocido. Tiene la cabeza puesta en otra parte.
—¿Y yo entro en sus planes? ¿Me he vuelto importante?
—No lo sé. Ignoro qué está pensando, pero te busca. La muerte de su
hermano lo ha vuelto loco, si no lo estaba ya. Antes buscaba a su asesino, al
derivante que conoció en otro tiempo, según tengo entendido. Ahora va a
por ti.
—¿Cree como tú que estoy metida en líos de luchas políticas y
revoluciones perdidas? Se equivoca.
—Yo no creo que seas una revolucionaria. Tus actos lo demuestran.
—¿Entonces?
—Alexis es impredecible. Su mente funciona con otra lógica a la tuya o
a la mía. Pretende algo extravagante y en eso cuenta contigo.
—¿Me pagará más?
—No te lo tomes a broma. La cólera de Alexis no tiene riendas. Desde
que le dije que te habías marchado recorre los niveles de Vegas destrozando
cuanto derivante encuentra en su camino, allanando el trabajo de los
Centinelas.
Una nube de preocupación ensombreció las pupilas de la prostituta
derivante.
—Eso ya me gusta menos. ¿Crees que quiere matarme?
—No lo sé. No es probable. Me ordenó advertir a las patrullas que te
buscan que no te causaran daño.
—Gran cosa. Eso podría querer decir que se reserva para él sólito el
placer de torturarme. Ya he conocido un par de tipos como ése. Les
encantaba apagarme cigarrillos en los pechos, sólo por el placer de ver
cómo las cicatrices de las quemaduras se cerraban por arte de magia.
Jean-Claude Hubinon contuvo un escalofrío.
—Debes de haber llevado una vida dura.
—Igual que la de cualquiera. No habría recorrido dos esquinas si esos
sensores de los perros de presa hubieran sido capaces de identificar mi
condición. Ya que no doy positivo en las máquinas, me aprovecho cuanto
puedo. No es gran cosa. He llegado hasta tu mansión, al menos.
—Y no debes salir de ella. Los Centinelas están en sobreaviso, pero
dudo que, dado el estado de nervios que impera en la arcología, esperen a
identificarte antes de abrir fuego contra ti. Y por otro lado, Alexis te
aguarda con la boca abierta, dispuesto a dar la dentellada. El único lugar
seguro para ti está entre estas cuatro paredes.
Toledo miró al hombre. Contuvo un rictus de indiferencia.
—¿Por qué quieres protegerme a toda costa? ¿Tanto te gusto que eres
capaz de enfrentarte a la cólera de un dios?
Jean-Claude Hubinon suspiró, acarició el pezón erguido de la
semidiosa, lo sintió endurecerse entre sus dedos como una peonza.
—No sabes cuánto. El deseo que pueda sentir Alexis no es más que una
pálida sombra de mi esclavitud, de mi lujuria.
Los frutos de la alianza de Smallville y de Dazbag habían heredado las
cualidades de sus padres, todo aquel tropel de capacidades míticas que los
convertían, por derecho, en los primeros mutantes de la historia. Heredaron
sus cuerpos y sus mentes, sus atributos superiores, pero no sus ideales, ni su
condicionamiento.
La primera generación de dioses naturales olvidó pronto la misión que,
como la vergüenza de una acción interrumpida, acosaba todavía la alegría
de sus padres. El mundo se extendía a sus pies, una pelota mágica entre las
nubes que lo separaban del anillo edén, una manzana que sólo había que
coger para exprimirla, para saborearla.
Uno a uno los primeros dioses fueron desapareciendo, cumplido su
largo ciclo vital, perdido su origen en la niebla de los siglos. Sus apellidos
se perpetuaban, como sus genes, repetiéndose en las Casas que ahora los
identificaban. Algunos desaparecieron sin descendencia, pero nadie fue
capaz de asociar ese factor con el problema que casi mil años más tarde
supondría una verdadera lacra.
No se reprodujeron demasiado, pero aquello no indicaba nada tampoco.
Inteligencia, quizá. La sabia administración de unas dotes, de unos recursos.
Nadie pudo advertir que los ciclos entre superhombres y supermujeres no
siempre coincidían, que apenas dos o tres hijos eran el fruto de las alianzas
propuestas entre las diferentes Casas.
El resto del mundo, aquellos infelices seres humanos de vidas cortas y
anhelos largos, esperaban a su servicio, una infinita fila de cuerpos que
utilizar, de mentes que subvertir y moldear a su capricho. Los primeros
dioses habían sido reacios a mezclarse libremente con los hombres, siempre
perenne en ellos el recuerdo del Apagón y el virus que su existencia había
desbocado sobre las llanuras del mundo, pero sus hijos nada malo veían en
aprovecharse libremente de cuanto se ofreciera para su disfrute, pues en
efecto nada malo había. Tardarían casi un siglo en darse cuenta de que los
bastardos de aquellas uniones casuales podrían acabar por amenazar su
privilegiada situación, casi trescientos años en decidir darles caza y
exterminarlos como si fuesen monstruos sedientos de sangre.
La guerra, el hambre, la superpoblación, todo se había detenido con la
llegada de los dioses. Los sueños también. El deseo de volar. La quimera de
salir al espacio y conquistarlo. La evolución que los dioses primeros
creyeron propugnar se paralizó. La Tierra quedó en suspenso, prendida de
su órbita, un sistema ecológico inamovible, y por tanto condenado a
sucumbir algún día.
Javier Kurtzberg se contempló en el espejo una mañana y descubrió que
el rostro del miedo tenía sus propios rasgos. Todos sus compañeros de la
batalla en Serengeti habían muerto ya, y él continuaba lozano como ese
primer amanecer en África. La asombrosa capacidad regeneradora de sus
células, tal vez, le impedía envejecer, le postergaba cada vez más la llegada
de una muerte que tampoco echaba de menos de todas formas. Sin quererlo,
sin buscarlo, trescientos cuarenta años después de su creación, se había
convertido en una leyenda entre leyendas.
—¿Tienes alguna noticia del paradero de tu hija?
Luther Munroe negó con la cabeza, taladrado por un aguijonazo
intermitente que le recordaba su predicamento cada vez que pensaba en
Galenne y su destino.
—No sé nada —contestó—. Lo mismo podría hallarse en cualquier
rincón del anillo edén que en la Tierra misma. Como esos derivantes
misteriosos, tampoco nosotros damos positivo en los sensores, y Galenne
dejó su localizador sobre la mesa, para que no pudiera dar con ella.
—Muchacha testaruda —rezongó Jonathan—. Me pregunto a qué
demonios estará jugando.
—A hacerse valer, supongo. Los tiempos cambian, incluso para
nosotros. La alianza forzada con los Wayne la sacó de quicio. Es su forma
de hacerme comprender que ni tú ni yo somos nadie para manipular su
destino.
—Es cabezota, Luther. Como su padre.
—Serlo no la hace superior a mí, ni a nadie. Si quisiera comprender que
la supervivencia de nuestra raza pasa por ella...
—No exageres.
—No exagero, Jonathan. No exagero. Es la más joven de entre nosotros,
la que podría abrir las puertas a una nueva generación de dioses.
—Y el dominio de los Munroe sobre las demás Casas.
—Eso es secundario. Cuando ni tú ni yo estemos entre los vivos, ¿qué
más nos dará que sean los hijos de Galenne o los de Alexis quienes lleven la
batuta y controlen a los demás? Pero temo por ella tanto como por nuestro
futuro común, y eso lo sabes, Jonathan. Si pudiéramos calcular con detalle
cuándo, en qué momento nuestros ciclos biológicos se hacen parejos, en
qué instante nuestras mujeres pueden quedar fecundadas, tal vez nuestra
estirpe no se estaría secando.
Jonathan asintió. En su mirada de vidrio había hoy un parpadeo nuevo,
un tenue brillo de decepción, o de tristeza.
—Quizás el problema es que vivimos demasiado. En doscientos años,
sólo tenemos un abanico escaso de tiempo para procrear. Y la mayor parte
de nosotros pierde ese tiempo fornicando con humanas o persiguiendo
derivantes.
—Nuestra especie no tiene lógica.
—¿Cómo iba a tenerla? Fuimos un experimento, una improvisación. Sin
duda quienes fabricaron a nuestros antepasados no esperaban que fueran a
reproducirse y a dominar el mundo. Tal vez es algo que hacemos, tarde y a
deshora, contra todo lo que tenían previsto.
—Tendríamos que haber salido a las estrellas cuando todavía era
posible.
Jonathan se encogió de hombros.
—¿Para qué? Somos una rama alternativa a la evolución, un camino
condenado a no dar fruto. A menos que seamos capaces de abrir un atajo, el
paso de nuestra especie sobre el planeta acabará siendo un espejismo de
miles de años. Nos borraremos como se borraron las ballenas, los delfines,
los búfalos. Como casi estuvieron a punto de borrarse los simples humanos.
¿Qué quedará de nosotros? Nuestro esperma rebajado, diluido en la sangre
de los derivantes. También Roma cayó. Como cayó Constantinopla, como
cayó la Unión Soviética, como cayó el imperio español o el mikado.
Desapareceremos y no quedará de nosotros más que un recuerdo impreciso.
¿Quién sabe? Tal vez ni siquiera habrá canciones que celebren nuestro
ocaso.
—Te veo más meditabundo que nunca, Jonathan. Seguro que no me has
llamado para aumentar mi depresión. Ni para interesarte solamente por el
destino de Galenne.
—No, tienes razón. Pero hay cosas... circunstancias que acaban por
llevarte al desengaño. A veces pienso que el único que comprende de
verdad nuestra situación es Richard. Vivimos sin querer aceptar la realidad,
pero estamos abocados al desastre.
—La muerte de Dmitri nos ha afectado a todos.
—Más de lo que ninguno habría podido imaginar. De eso quería
hablarte, Luther. Tenías razón en lo relativo a Alexis.
El dios oscuro asintió.
—¿Ha cometido alguna estupidez?
—La más grande de todas. Buscó a mi médico personal, Cortés.
—Lo conozco.
—Y le pidió que clonara a su hermano. ¿Puedes creer un atrevimiento
semejante?
—La lógica de Alexis siempre ha seguido un curso propio. De otro
modo, no habría atormentado a Jason durante todos los años que pasaron
juntos aquí arriba. ¿Cómo lo llaman los psiquiatras humanos? ¿Es posible
que nuestro Alexis sea un psicópata?
—¿Qué más da? Ningún psiquiatra podría medir las capacidades de los
dioses. No existe baremo de normalidad que pueda equipararnos a las
dolencias de los humanos. Pero imagínate a ese joven idiota entregando la
llave de nuestro secreto a un médico. Menos mal que Cortés es de
confianza.
—Naturalmente, no ha podido conseguir nada.
—Naturalmente. Esa vía de exploración demostró estar muerta hace
siglos. Pero el tonto de Alexis no lo sabía.
—Y eso te preocupa.
—Eso me preocupa, en efecto. Sabes que durante un tiempo hemos
calculado quién podría ser mi sucesor al mando de todas las Casas. Alexis
era quien tenía más posibilidades de serlo. Dmitri nunca destacó por su
inteligencia, como quedó tristemente demostrado. Jason se nos escapó de
las manos en más de un sentido. Tu hija es demasiado joven todavía. Y
Fenric Wayne, Pietro y Hans... son demasiado indolentes, demasiado
dedicados a lo suyo. No tienen en las venas la sangre necesaria para
conducir el destino de los dioses.
—¿Qué nos deja eso ahora?
—No nos deja nada. De ahí mi tristeza, viejo amigo. Alexis tuvo un
arrebato de independencia y en vez de consultar conmigo quiso jugar a
saltarse las leyes que rigen nuestra naturaleza. Es eso lo que me preocupa.
Un líder debe tener templanza. No puede actuar a tontas y a locas. Hay que
esperar, medir, reflexionar antes de actuar, cotejar todas las salidas antes de
decidirse a descargar un golpe.
—Alexis, entonces, no nos sirve.
—¿Cómo puede hacerlo? En su mente sólo hay sitio para dos cosas,
quizá tres: Encontrar a Jason y hacerlo pedazos. Resucitar a su hermano. Y
localizar a una derivante a quien desea convertir en madre a la fuerza del
clon que quiere conseguir de Dmitri. Ha perdido el norte, Luther. Ya no
tiene capacidad de reflexión. Alexis se ha vuelto loco y con su locura
perdemos al único heredero que podía ofrecernos una mínima capacidad de
liderazgo.
—Comprendo entonces que te encuentres en ese estado. ¿No ves
ninguna alternativa?
—Sólo veo una, Luther. Tenemos que encontrar a tu hija y convencerla
de que el futuro de nuestra especie se apoya en ella, y no sólo como madre
de tus nietos, sino como gobernadora de los siglos que la esperan.
Hastiado de esa vida, pero no de la vida misma, desengañado del cariz
que tomaban los acontecimientos en la tierra y en el cielo, comprendiendo
que entre la sangre nueva de los jóvenes dioses no era más que una reliquia,
un mal recuerdo, Javier Kurtzberg abandonó el anillo edén y se perdió en el
mundo de los hombres.
No tenía pensado regresar. Nada lo identificaba ya con todo aquello que
dejaba atrás. Siglos más tarde, comprendió que cualquier esperanza de
futuro pasaba por volver a la mansión en las alturas. Sólo con esa acción
podría enderezar la flecha torcida de un destino que se revelaba equivocado.
Recuperar el control de la consciencia fue como volver a la vida poco a
poco. En cuanto tuvo la mano libre, Davinia Cross abrió el ciberyelmo y
aspiró profundamente el aire húmedo del interior del refugio. Se volvió a
izquierda y a derecha. La sonda alimenticia se retiraba de su brazo, igual
que los catéteres que habían drenado sus excreciones. La cabeza le
zumbaba todavía, asaetada aún por las imágenes, los sonidos, los olores y
los recuerdos implantados en ella por la máquina virreal. Costaba trabajo
regresar a la normalidad. Con dedos temblorosos, se llevó la mano a la nuca
y desprendió el chip-lapa que la había encadenado (¿durante cuánto
tiempo?) a un aluvión de datos sentidos que se habían marcado a fuego en
su inteligencia.
Había encontrado las respuestas que durante toda su vida habían guiado
su destino, y ahora que parecía conocer todos los datos se sentía agotada,
agobiada, anulada, abrumada por un indefinible regusto de vacío.
Andrea Vanderbilt se quitó el casco y se rebulló en el asiento. De
inmediato, igual que había hecho su compañera, se quitó el implante que la
había uncido al tropel de sensaciones que habían dominado su vida durante
un lapso que no era capaz de calcular. Como un sueño fragmentado y
diluido tras el despertar, la losa del paso del tiempo atisbada en la
simulación virreal se fue agrietando, hasta quedar sustituida por el vago
recuerdo de la magnitud de los siglos que había abarcado mientras estuvo
conectada a la máquina.
Miró hacia su derecha, donde Jason Prince también se despojaba del
ciberyelmo. El tejido cristalino que antes había cubierto la mitad de su
rostro había desaparecido, indicando que la recuperación del superhombre
era ya completa. Pero, contrariamente a las dos mujeres, que se habían
apresurado a librarse del chip-lapa adherido a sus nucas, el semidiós
conservó el diminuto implante.
Andrea esperó un par de segundos antes de decidirse a levantarse, un
gesto debido más a la cautela que a la cortesía. Javier Kurtzberg se había
incorporado, y la derivante se dio cuenta de que la afabilidad que había
parecido caracterizarle al comienzo de su relación se veía teñida ahora de
un velo oscuro. Comprendió que no debía ser muy amable recordar de
nuevo, viviendo de forma subrogada, todos los pasos que le habían
conducido a este lugar, los errores y las maquinaciones, los momentos de
gloria y los pecados confesos, las sensaciones de triunfo y las de derrota.
Se puso en pie. El contacto con el suelo metálico, la relación directa con
la masa de la tierra, le advirtó de manera fría y dura que, pese a todo lo que
había visto y sentido, aunque hubieran encontrado respuestas a muchas de
las incógnitas planteadas por la existencia de los dioses sobre el planeta, la
vida que le pertenecía y de la que era responsable no había variado gran
cosa.
No había rastro de sangre en las palmas. El estigma había fallado a su
cita. Por primera vez en mucho tiempo, Jason Prince había experimentado
el regusto de otras vidas sin dejarse dominar por el torbellino de
sensaciones que confundían su cerebro. Había visto escenas extrañas,
saboreado miedos ajenos, sin ahogarse en el lodazal de la angustia que
acudía a devorar su mente con los recuerdos que atribuía a un pasado que
no podía conocer.
Tal vez el dios errante estaba en lo cierto y el malestar de su cerebro
tenía remedio. Rozó la yema de un dedo por el chip-la-pa que, como una
piedra angular minúscula, sujetaba todo el armazón de su inteligencia
dentro del dique de contención de la integridad que creía haber perdido.
—Todo lo que nos has contado... —Jason giró la cabeza y vio que la
mujer más pequeña, la humana, avanzaba un paso hacia Javier Kurtzberg.
De las dos, parecía siempre dispuesta a tomar la iniciativa, quizá como
forma inconsciente de contrarrestar su inferioridad física con respecto a la
otra mujer que la acompañaba, la derivante—. ¿Es la verdad?
—Tal como yo la recuerdo —contestó Kurtzberg. La luz volvía a
inundar la sala subterránea, y la máquina virreal y los aparatos de
estimulación muscular desaparecían en sus ranuras de paredes y suelos.
—Pero hay muchas cosas todavía por explicar —repuso la periodista—.
¿Te cansaste sin más de vivir en el anillo edén y regresaste a la Tierra? ¿Así
de fácil?
—Es una decisión que medité mucho. Pero no fui el único en adoptarla.
Jason también hizo lo mismo, aunque quizá por causas diferentes.
La mujer se volvió hacia el sacerdote falso.
—¿Has vivido en el anillo edén? —preguntó, con cierta sorpresa.
Incómodo, Jason asintió.
—Si a eso puede llamársele vida... Sí, he vivido allá arriba. Toda mi
infancia y adolescencia. Hasta que tuve que buscarme otros aires más
saludables.
—¿Un derivante criado en el mismo cielo? —Fue la ex Centinela quien
entornó ahora los ojos, recelosa.
—Oh, Jason no es un simple derivante, amiga mía —explicó Javier
Kurtzberg—. Como yo, es único.
—Ya. También tiene mil años.
—No —rió el dios—. Apenas treinta.
—Treinta y cinco —corrigió Jason.
—Treinta y cinco. Pero hay un par de detalles en él que lo convierten en
especial. Verás, su madre es una de las diosas.
La periodista miró al sacerdote supuesto con algo diferente a la simple
atracción física.
—¿Un derivante hijo de diosa? ¿No era imposible?
—Improbable nada más. Esa cualidad se revela importantísima. Le ha
salvado la vida en más de una ocasión, ¿no es cierto?
Jason hizo un gesto de indefensión, de indiferencia.
—¿Cómo puedo saberlo? Mi cabeza ha sido siempre un lío. No
encontraba asueto en el anillo edén. Para los dioses, era un apestado, un
leproso. Y en la Tierra... un simple vagabundo acomplejado de culpas y
pecados ajenos.
Dave Cross observó con atención los rasgos ya curados del rostro del
superhombre.
—Esas heridas que tenías cuando llegamos...
—Han desaparecido. Factor regenerativo. —Jason se dirigió a Andrea
—. ¿Tú no lo tienes?
—Lo tengo. Pero no creo que pudiera haber sobrevivido a heridas tan
grandes.
—Ésa es una de las diferencias de Jason —intervino Javier Kurztberg
—. Puede soportar un castigo mayor que la mayoría de los derivantes. Y
también causarlo.
—El derivante que mató a ese dios en Vegas... —concluyó Dave Cross
—. Fuiste tú.
—Fui yo. —Jason contestó sin alegría, como si el recuerdo de la batalla
y el asesinato posterior de Dmitri Maximoff fuera tan falso como la carga
de culpabilidad y deseo que había atribuido al fantasma de su padre.
Dave silbó sin sonido.
—Entonces todo esto es mucho más serio de lo que me imaginaba. —Se
volvió hacia Javier Kurztberg—. Creía que bromeabas cuando dijiste que
estábamos en Kansas y querías enfrentarte a los otros dioses.
—Las bromas hace siglos que dejaron de tener gracia para mí.
—¿Es cierto, entonces? ¿Pretendes enfrentarte al poder de las Casas?
Jason hizo la pregunta con sobriedad, como si constatara un hecho que
en el fondo hubiera estado esperando.
—No puedo hacer otra cosa. Es necesario regresar al equilibrio. Si
tengo los medios a mi alcance, si puedo enderezar el rumbo torcido que
todos hemos tomado, ¿cómo me voy a negar a hacerlo? Tus problemas
tienen fácil solución, Jason, ya te lo había dicho. Un sencillo chip-lapa
capaz de reconducir tu personalidad. No duele. No sangra. No precisa
operaciones. Un diminuto implante neuronal y se acabaron las tragedias.
Vuelves a controlar tus pensamientos. Con respecto a los dioses, es igual.
Son una enfermedad. Somos una enfermedad, más bien. No puedo dejar de
incluirme. Un quiste maléfico. Un hueso mal soldado. Un cáncer que
corrompe. Creo tener en mi mano la posibilidad de sanar ese mal. Sólo me
hacía falta esperar a que el tiempo se pusiera de mi parte.
—Ellos son mi pequeño ejército en la sombra, mi factor equis. —Javier
Kurztberg señaló al grupo de derivantes que se ejercitaban en un gimnasio,
al otro lado de un cristal a prueba de láser—. Nadie contaba con su
existencia. Excepto yo.
Dave Cross los observó con atención. Eran casi una docena, aunque
comprendió que en algún lugar del complejo subterráneo debía de haber
alguno más. Reconoció a los tres seres que la habían encontrado en el hotel
de Vegas y la habían traído hasta aquí, ahogada en la inconsciencia.
—Rex —indicó Javier, señalando al muchachito delgado que parecía ser
el líder, y Dave volvió a tener la sensación de que el dios exiliado podía
leerle los pensamientos—. La pelirroja es Avalon. Y aquél es Mustang.
—Es... casi azul —comentó Andrea Vanderbilt. El derivante en
cuestión, que se ejercitaba haciendo extraños equilibrios sobre una pelota
rodante de materia metálica parecida al mercurio, carecía de las cualidades
físicas de sus compañeros. Rex, Avalon, los otros superhombres y
supermujeres que saltaban y cabriolaban con la gracia de deportistas o
danzarines eran claramente humanos. Mustang, por el contrario, tenía una
estructura ósea levemente encorvada, los brazos muy largos y cubiertos de
un vello azulino que lo hacían parecer una criatura de fábula.
—Mustang es una especie de... vuelta atrás genética. Casi una
involución. Supongo que las cualidades monstruosas que los medios de
comunicación y los Centinelas atribuyen a los derivantes tienen alguna base
de verdad. En el caso de Mustang, casi se ajusta a los temores de la
población. No es guapo, y bien que lo siente. Pero es inteligente, más que la
mayoría. Aunque lo parezca, no es ninguna bestia.
—Ese símbolo del pez que os identifica... dijiste que se trataba de un
chiste privado.
—Un recordatorio.
—¿Una alusión a los primeros cristianos?
Los ojos de Javier Kurztberg se ensombrecieron.
—Un testimonio al último de ellos.
—Supongo que ninguno da positivo en los sensores —comentó Andrea
Vanderbilt, inconsciente del retortijón de culpa que acababa de taladrar la
mirada del dios—. Igual que yo. Igual que Jason. Pero ¿por qué?
Javier Kurztberg suspiró.
—Pura genética, eso es todo. No hay grandes misterios en ello. Jason es
único, ya sabéis por qué. Una madre diosa tiene alguna que otra ventaja. En
cuanto a los demás, mi patrulla del pez... también tienen algo en común.
—¿Son también hijos de diosas?
—No exactamente. Son nietos de mujeres derivantes.
—No comprendo.
—Tampoco hay gran cosa que comprender, Virgen María —intervino
Dave Cross, desviando la atención de la sala de entrenamiento de los
superhombres—. Lo que Javier está tratando de explicar es que las
cualidades que hacen distintos a los dioses, esos poderes que heredan los
derivantes, se transmiten por línea materna.
—Eso es. Avalon, Mustang, Bronco, Rex... descienden de mujeres
derivantes que no fueron eliminadas en su momento y consiguieron pasar
desapercibidas a las patrullas de Centinelas y dioses. Con un poco de ayuda
por mi parte, todo hay que decirlo. Sus madres fueron seres humanos
normales. Sus padres, naturalmente, fueron dioses. Y ellos han heredado
casi todas las cualidades de sus bisabuelos.
—¿No habíamos quedado en que los dones se transmiten por línea
femenina?
—Es lo que te estoy explicando, querida Andrea. Mis muchachos no
dan positivo en los sensores porque, en más de un sentido, son
genéticamente iguales que los dioses.
Alexis Maximoff contempló el laboratorio destrozado, los ordenadores
hechos añicos, el material genético disperso por los cuatro rincones de la
sala. Saberse el causante de toda aquella destrucción sólo le hacía sentirse
ligeramente aliviado. Pero estaba en su naturaleza. No podía hacer otra
cosa. El doctor humano había desaparecido, protegido si duda por el largo
brazo de Jonathan Bunyan y su cohorte de perros falderos. La mujer que
pretendía como madre de su hermano resucitado, si hubiera podido hacerlo,
se había convertido también en una sombra ilocalizable. Y el jefe de todos
los dioses había sido duro en su reprimenda, como un maestro que
atormenta sólo con la fuerza de su mirada al más díscolo de sus alumnos.
Sin saber muy bien por qué, comprendiendo de todas formas que el
médico (¿cómo se llamaba?) había intentado cumplir sus deseos y se había
visto detenido por un muro infranqueable que remitía a un tiempo remoto y
perdido donde la ingeniería genética era sencilla, como reproducir uno de
aquellos discos de música que ahora no eran más que cachivaches mudos a
los que resultaba imposible arrancar un solo acorde, Alexis Maximoff había
regresado a Brasilia Nova, al laboratorio donde un día esperaba recoger al
doble clónico de su hermano asesinado, y una vez allí se sintió incapaz de
contener su frustración.
No era locura lo que le guiaba. Esa solución habría sido demasiado
fácil. Alexis Maximoff, simplemente, después de toda una vida de tenerlo
todo a sus pies, no era capaz de admitir que incluso los dioses sufren
limitaciones.
—Descubrí que esos genes recesivos, transmitidos por línea femenina,
tendrían que salir a flote con el paso del tiempo. Sólo hacía falta paciencia,
y tiempo es precisamente lo único que no me falta. He ido localizando a
estos nuevos semidioses a lo largo del mundo, y los he traído aquí, uno por
uno, como quise hacer contigo, Jason, cuando me enteré de tu existencia y
de tu huida. Por eso envié a Phoebe y Deimos a buscarte, aunque la patrulla
de Centinelas te descubrió, y a ellas contigo, mientras celebrabas esa misa
en el poblado desierto y dejabas, por un momento, que tu personalidad se
sumergiera brevemente en otra vida que crees cercana.
Dave Cross enarcó una ceja.
—¿Tiene un desorden de personalidad múltiple?
—Es difícil precisarlo. Los derivantes «normales» son inestables
psíquicamente, como sin duda sabes. Demasiadas presiones. El caso de
Jason es algo especial. Parece haber adquirido algo similar a la memoria de
especie.
—Eso es imposible.
—Tal vez. Los genes en conflicto de Jason le hacen sufrir alucinaciones.
—No lo parecen. Son reales como tú o como yo —intervino, cohibido,
el hijo de Bianca Prince.
—Puede que se deba a un rechazo inconsciente a sus cualidades de
semidiós. A lo largo de los años ha ido creando, de acá y de allá, matices de
personalidades contrapuestas, siempre anulando lo que es, lo que no ha
querido ser. Y cuando eso sucede, los escudos mentales de su personalidad
«real» caen.
—Entonces es cuando los sensores de los Centinelas dan con él.
—Eso parece que sucedió en Nuevo México. La misión de Phoebe y
Deimos pasó a segundo plano.
—Murieron por mi culpa —murmuró Jason, recordando el brillo del pez
de plata sobre los pechos oscuros de la monja abatida.
—No. Murieron por culpa de un mundo injusto. Eso es todo. Sabían
combatir. Estaban preparadas para enfrentarse a cualquier contingencia.
Tuvieron mala suerte. Igual que Bayou en Vegas. Fue una lástima que lo
localizaran y lo eliminaran antes de que diera contigo.
—No comprendo. ¿No tienes ya derivantes suficientes? ¿Por qué
buscarme a mí? No soy tan importante.
—Sí que lo eres, Jason. Claro que eres importante. Y no, no tengo
derivantes suficientes. Cuantos más seamos, mejor. Ya es hora de reparar
una situación de injusticia. Incluso Andrea Vanderbilt, que no puede
equipararse a los demás miembros de mi pequeño ejército, sería bienvenida
en nuestras filas, si quisiera. Tienes una de las llaves del cielo, Jason. Por
eso eres necesario.
—¿Las llaves del cielo?
—El anillo edén —concluyó Dave Cross, mirando involuntariamente
hacia las alturas, para encontrar tan sólo el techo metálico—. Eso es lo que
pretendes.
—El anillo edén —repitió Javier Kurtzberg—. Ése es nuestro objetivo.
No puede hacerse de otra forma. Toda revolución requiere una Bastilla que
tomar, un Palacio de Invierno que entregar a las llamas. Llevo siglos
esperando la oportunidad. Y contigo, Jason, ya la tengo. Lo que planeamos
hacer es muy sencillo. Muy suicida también. Quiero asaltar el anillo edén y
desde allí derrocar a los dioses.
Iba a comunicarle la noticia y lo encontró sentado ante las nueve hileras
de pantallas, con la estatuilla de un gato egipcio en el regazo y la cabeza
gacha. Galenne Munroe se acercó de puntillas, pero aún no había recorrido
la mitad de la distancia cuando supo que no debería ya temer por
despertarlo. La vida de Richard Kent se había apagado como un fósforo, se
había hendido como un árbol que sucumbe ante un rayo que no existía un
momento antes, desaparecida como el puño cuando la mano está abierta.
Miraba sin ver la Tierra desplegada bajo los radios del anillo edén, como
había hecho siempre, un tesoro fuera de su alcance, incomprensible, ajeno a
su perdida cualidad de dios perenne.
GÉNESIS
La muchacha no hablaba la interlingua, sino una variante arcaica del
hindi, según pudo descifrar con la ayuda del ordenador central de la casa.
De todas formas, antes de llegar a esa certificación, Tatsuo Takahashi y
Shai'r habían establecido una especie de código común por el que podían
compartir la comida, las necesidades de la niña y también alguna que otra
sonrisa.
La pequeña seguía sin tener nombre. Shai'r no había pensado en
ninguno, pues en el fondo seguía considerando que la criatura no le
pertenecía, y que su padre en el cielo tendría que ser el encargado de
bautizarla. Gracias a la muchacha, el samurai sin amo pudo atar el cabo que
se escapa a la gran mayoría de la humanidad, y comprendió que en efecto
los derivantes, a quienes había perseguido con saña durante más tiempo del
que se atrevía a contar siquiera, no eran más que los productos de desecho
del orgullo desmedido de los dioses. Como ya le habían venido advirtiendo
sus instintos de guerrero desde hacía varios meses, su sentido de la justicia
y la venganza no se habían saciado jamás ante la caza implacable a la que
sometía a aquellos pobres proscritos por el simple motivo de que había
marrado el rumbo. El código del neoshinto lo dejaba muy claro, y él no
había podido o no había sabido desentrañar para su propia utilidad aquel
válido significado. Mejor que matar a un soldado, aniquilar a su señor.
Antes de decapitar a un general, destruir al rey. Mejor la oscuridad de la
falta de sol que la ausencia de luna.
Con amargura, con un claro regusto de fracaso, o tal vez como mera
justificación al acto suicida de su enfrentamiento a los Centinelas en el
asalto al tren, Tatsuo Takahashi se daba cuenta de que el objetivo central de
su existencia, el desquite por la pérdida de Yokize y Amaterasu, se habría
visto satisfecho con mayor prontitud si, en vez de convertirse en la némesis
de los derivantes fugitivos, hubiera atacado a algún miembro descarriado de
los dioses.
No era imposible. Los rumores de la red pirata, aquella que surgía de las
entrañas de la Tierra y escapaba a la férrea censura de los medios,
comunicaban con todo lujo de datos que uno de los metahumanos había
mordido el polvo en los niveles de Vegas, asesinado por la furia desatada de
algún otro individuo, dios, humano o derivante. Toda una revolución en la
forma de concebir el mundo se había puesto en marcha. Los dioses no eran
inmortales. Liberar a la humanidad de su yugo parecía al alcance de quienes
quisieran arriesgarse.
Takahashi sintió cierta satisfacción orgullosa cuando descubrió que el
dios asesinado era uno de aquellos que, con un simple gesto de desprecio,
se lo habían quitado de encima como si fuera una pulga durante la
persecución que habían realizado en la misma arcología donde días después
había encontrado la muerte. La justicia funcionaba, de un modo retorcido
que no seguía ninguna lógica.
El camino que tendría que emprender estaba claro. El encuentro con
Shai'r y la pequeña no había sido una casualidad, sino un acontecimiento
planificado por alguna entidad inescrutable. Estaba en su destino, como las
líneas en la palma de su mano, como los posos en el té, como la canción de
futuro que todavía entonaban las estrellas. Cuando no apretó el gatillo ni
borró de una ráfaga la cabeza de la joven madre, cuando se rebeló contra un
sistema policial que ni siquiera había venido a pedirle cuentas, pues lo
ignoraba, Tatsuo Takahashi había dado un nuevo sesgo a la misión que
embebía su alma.
Sin embargo, esa misión se hacía difícil de desentrañar. Su ansia
guerrera parecía haber remitido en las últimas semanas, como si la
presencia de Shai'r y de su hija hubieran significado para él una vuelta atrás
en el tiempo, un regreso a la época feliz y ya casi olvidada en que Yokize y
Amaterasu colmaban su vida, cuando era un médico de fama y no un ronin
cuya única vocación era la venganza. Quizá los dioses, los dioses de verdad,
no aquellas réplicas falsas que moraban el anillo edén y corrían como
posesos por las avenidas de la Tierra, le estaban dando una segunda
oportunidad. Quizá ya había expiado todo aquello que les había estado
pagando desde el primer revés sufrido.
En la calidez de la casa, contemplando a la pequeña sin nombre balbucir
palabras todavía ausentes de sentido, frente a los ojos asombrados de la
joven semisalvaje, Takahashi descubrió que cada vez le costaba más
esfuerzo ponerse la armadura de combate y continuar escrutando las
arcologías desde el cielo. La caza de derivantes había perdido su
motivación, su lógica, su impulso. Sólo podía ya ver el mundo desde arriba,
perdido a lo lejos, iluminado por neones que le prestaban el tinte artificial
de un drama en tresdé que carece de interés incluso para quienes lo
interpretan.
El samurai tendría que colgar la espada, o emplearla en otra empresa.
Tenía que encontrar un camino de salida a su calvario, tomar una decisión
que equilibrara la paz que había creído hallar por encima de la ordalía que
se había impuesto, y pronto.
Los tallos de trigo bailaban muy despacio, al ritmo del viento que los
empujaba de izquierda a derecha y los obligaba a una danza hawaiana que
no terminaba nunca, pues comenzaba siempre. Sentada sobre una roca lisa,
junto a la entrada al subterráneo donde el sentido de su vida parecía haberse
visto satisfecho y al mismo tiempo consumado, Davinia Cross contemplaba
absorta el oleaje amarillo del mar de grano, perdida en el suave roce de las
briznas y las hojas. El dios errante no había mentido, al menos respecto al
lugar donde se encontraban. Ante aquel espectáculo, era imposible no
reconocer que estaban en Kansas.
Todo aquello a lo que había renunciado al embarcarse en esta loca
empresa parecía recuperar ahora su valor, como el placer que canturrearan
los labios de una sirena. Conocía la historia, el origen de los dioses, sus
defectos incluso, la revolución absurda que un metahumano renegado
pretendía poner en marcha, pero nada de eso le haría recobrar la vida
renunciada, los amigos dejados atrás, el trabajo al que se había aferrado
como una náufraga sin otra tabla, la hija a quien jamás volvería a ver
mientras vivieran su padre y su familia. Había recorrido el desierto en busca
de agua, y ahora que se la había llevado a los labios había descubierto que
era amarga y no saciaba. Poseer la llave de algunos secretos no la hacía más
feliz, ni más completa, ni más única. Sólo se sentía vacía, sin esperanzas,
como el atleta que bate su marca y sabe que jamás podrá superar ese
minúsculo momento de gloria, como el pintor que sabe que después de su
obra maestra sólo le espera ya la cuesta abajo de la decadencia.
Oyó un roce a su izquierda. Volvió la cabeza, alarmada. Un grillo,
presuroso y maniático, saltaba de tallo en tallo como si también él tardara
en regresar a casa. Lo contempló durante un segundo, hasta que se perdió
entre la alfombra dorada. Al girar la cabeza de nuevo, se sobresaltó al
encontrar a su derecha una sombra que antes no estaba presente.
—¿Te he asustado? Lo siento, no era mi intención.
Dave Cross se encogió de hombros. Javier Kurtzberg se sentó a su lado,
sobre la piedra calentada por el sol. Estaban los dos solos, y por un
momento la mujer sintió que había algo indefinible que la ataba a este lugar,
a ese instante en el tiempo, a aquel hombre con quien tan pocas cosas tenía
en común. Supo que, en cierto modo, Javier Kurtzberg se sentía tan perdido
como ella misma. La misión de su vida estaba a punto de cumplirse, y
cuando lo hiciera, ganase o perdiese en su contienda privada con los otros
dioses, todo habría dejado de tener sentido para él. La espera de mil años se
habría consumado, como la suya propia, y tampoco él sería capaz de decidir
si había valido la pena.
—Jason, tu amiga Andrea y mis muchachos están tratando de intimar.
¿No te unes a ellos?
Dave negó con la cabeza. Se encogió de hombros.
—Me apetecía más respirar un poco de aire fresco. Nunca había visto
un campo de trigo en directo.
Javier asintió. Comprendía que Dave Cross se considerara una
convidada de piedra. Jason Prince y Andrea Vanderbilt podrían codearse sin
problemas con los otros metahumanos, pero la periodista no sería más que
una humana frágil y despistada entre todos aquellos titanes. Consciente de
su soledad, había subido a buscarla.
—Hubo un tiempo —dijo, señalando la playa dorada— en que estos
campos alimentaban a medio planeta. La plaga desatada con nuestra
existencia los secó.
—Parece que han renacido.
—Los hombres creen que ya no les hacen falta, pero siguen aquí. Ahora
todos los cultivos se realizan dentro de las arcologías, o en el continente
artificial del sur. El grano ya no es venenoso, pero nadie viene a cultivarlo.
La humanidad se ha vuelto cómoda.
—La humanidad está dolida. Confusa. —Dave arrancó una brizna de
trigo y, como en desafío, se la metió en la boca. El fino hilo amarillo crujió
entre sus dientes—. Nos habéis robado nuestro lugar en el planeta.
—Es posible. Pero no pedimos nacer nosotros tampoco. Fuimos fruto de
un sueño imposible.
—Más bien de una pesadilla.
—¿Sabes dónde estamos?
—Dijiste que en Kansas.
—Me refiero al lugar de donde hemos salido. Mi... base secreta.
Dave miró hacia atrás. Hizo un gesto de indiferencia.
—Esas instalaciones subterráneas son lo que queda de Smallville —
explicó Javier Kurtzberg—. Todo empezó ahí abajo. Es justo que termine
desde aquí.
—¿Los otros dioses no conocen su existencia?
—Parece que no. Cuando se produjo el... Apagón, se perdieron muchos
datos. Sucedieron muchas cosas, todas desagradables. Hay quien considera
que los científicos de Smallville envenenaron el aire, sacrificando a
propósito las cosechas de trigo, y que eso fue el origen de la plaga que
diezmó a la raza humana.
—¿Lo crees tú?
—No me parece que tenga ya demasiada importancia. Los accesos a
multitud de bases e instalaciones militares se perdieron, celosamente
ocultos entre campos de yuca o formaciones rocosas. Cuando abandoné el
anillo edén, hace tanto tiempo, me dispuse a encontrar Smallville.
—Y la encontraste.
—Tuve tiempo de sobra para buscar.
Guardaron silencio. El grillo volvió a asomar entre los tallos, observó a
la pareja y desapareció otra vez.
—¿Cómo es ser inmortal? —Dave Cross formuló la pregunta sin mirar
al superhombre, con sólo la curiosidad mínima, como quien pregunta una
confidencia que no espera respuesta.
—No sabría decirte. Por muchos años que pasen, uno no olvida la
certeza de que, en el fondo, se trata tan sólo del lapso de una vida. El
concepto del tiempo se... dilata. Se confunde. Es como cuando eres niño.
Los días dan mucho de sí, suceden muchas cosas.
—Ya. Alguien me dijo una vez que envejecer es ver cómo el tiempo
pasa más deprisa y tú reaccionas más despacio.
—Más o menos. A veces tengo la sensación de que todo sucede muy
rápido, y otras que se desarrolla a cámara lenta. Uno aprende a tomar las
cosas como vienen. Depende de cómo lo tengas organizado.
—Yo me aburriría si viviera tanto.
—Es lo que le pasa a muchos dioses. Cuando se mueren, debe de ser
por la falta de ideales.
—Y tú los tienes, todavía.
—Yo los tengo, sí. Aún existe algo que da motor a mi vida. Quizá vivo
tanto por eso.
—Dime una cosa... ¿puedes leer la mente? ¿Eres telépata?
Javier Kurtzberg se echó a reír. La carcajada fue tan espontánea que
Dave supo que, aunque lo hubiera hecho antes, esta vez no iba a mentirle.
—¡No! ¿Cómo se te ha ocurrido una cosa así?
—Durante nuestra exposición a la máquina virreal, durante nuestra
conversación en el interior de Smallville... contestabas a mis preguntas
antes de que te las planteara. Como si pudieras leer mis pensamientos.
—Eso tiene una explicación muy sencilla. Soy muy inteligente. —Javier
la miró con una mueca burlona—. No, en serio. Ya has visto el chip-lapa
que le di a Jason.
—¿Un chip de personalidad? ¿Qué tiene eso que ver?
—Es muy simple, Dave. Nunca pierdas de vista la edad que tengo, el
mundo absurdo y solitario que me ha tocado vivir. Cuando abandoné el
anillo por propia voluntad y me mezclé con los humanos normales, supe
que mis experiencias tendrían un límite algún día. Mi capacidad de
asombro, de comprensión, de piedad o de odio incluso, se consumirían
tarde o temprano. Entonces, como mis compañeros de Smallville o de
Dazbag, me aburriría, y me entregaría a la muerte.
—No me parece que estés contestando a mi pregunta.
—El chip de personalidad me ayudó en ese trance. Muchos chips, en
realidad. La única forma de experimentar múltiples vidas, de comprender,
de asimilar, de ver el mundo con nuevos ojos cada día. Y de eludir el
posible acoso de los hijos de mis compañeros. En cierto modo, soy como
Jason. Él huye de su personalidad fragmentada, de las vidas ficticias que ha
ido labrando para poder enfrentarse al hecho de ser único. Yo saboreo de
continuo la vida a través de otros ojos, de otras pautas mentales, de otros
estímulos. En el meollo de todo, sigue existiendo el mismo Javier Kurtzberg
que un día entró en un tanque de estimulación genética y salió convertido
en superhombre, pero los matices, los sabores, la imperceptibilidad de las
texturas...
—Sabías lo que iba a preguntarte porque ya has experimentado cómo es
ser lo que soy yo —concluyó Dave.
—Más o menos. Toda vida es irrepetible, Davinia. No dejes nunca de
tener eso en cuenta. Pero comprender cómo son los otros, como piensan y
actúan... eso te brinda una perspectiva única. Sé cómo son tus pautas de
pensamiento, incluso tus pautas de conducta. No te ofendas si alguna vez
me adelanto a tus dudas y las contesto antes de tiempo.
—Lo que me faltaba por oír. —Dave Cross hizo una mueca—. Ahora
resulta que no sólo soy una insignificante mosca en un mundo de
superhombres araña, sino que además vivo de primera mano una vida que
tú ya has saboreado como ficticia.
—Yo no he dicho eso. Considera que soy un maestro que repite una y
mil veces la lección, siempre la misma, a cada curso. La experiencia me
enseña a valorar a cada alumno, a modificar mi mensaje poco a poco, para
que cuadre con la evolución que, sin duda, cada generación va presentando.
Eso no quita para que yo sepa cuáles son las dudas que me van a plantear
cuando me toque explicar tal o cual tema, y que las resuelva de antemano.
—Pero siempre podrán plantearse nuevas dudas.
—Eso es, querida Dave. No he vivido tu vida. Eso sería imposible. Sólo
he compartido algunos de los procesos electroquímicos que actúan de forma
parecida a los de tu cerebro. No soy telépata. Ni un usurpador de vidas.
—Pero mi mente es un libro abierto.
—Tu mente, como todas las mentes, es un libro precioso. He hojeado un
poco en su interior, pero sólo he captado palabras dispersas. No me juzgues
tan a la tremenda, Dave. No soy un ladrón de almas.
—¿Y qué tal resultas como estratega? —El cambio de tema fue tan
brusco que Dave Cross vio claramente que el dios se quedaba de una pieza.
—Ahora soy yo quien no te entiende.
—Vengo de un mundo, de una familia, donde la guerra se libra por
medio de terceros, con subterfugios, mediante largas esperas y procesos
dilatados. Ya sabes. El Apagón acabó con gobiernos y credos, pero la mafia
salió a flote como si tan sólo les hubiera caído un poco de mostaza en la
chaqueta.
—¿Consideras que mi espera no ha sido lo suficientemente larga? —
Había un tonillo de burla en el dios renegado que Dave Cross no supo
interpretar.
—La guerra es un juego de estrategia, Javier. Lo que tú pretendes es
descargar un solo golpe. Jaque al rey en dos jugadas.
—¿Tienes alguna idea mejor?
—Sabes que no. ¿Pero cómo vas a lanzarte de cabeza al cielo con dos
docenas de derivantes, por más que sean genéticamente iguales a los
dioses?
—Son mucho más que dos docenas.
—Me da igual. No me cuadran las cuentas, lo siento. Subís allí arriba,
os dais de golpes con los habitantes del anillo edén. ¿Así de fácil lo ves
todo?
—Subir al anillo no lo es. Llevo siglos esperando una oportunidad. Sólo
ahora la tengo.
—¿Por Jason?
—Por Jason, sí.
—Te creía más sabio. Has vivido otras vidas gracias a tus
personalidades suplantadas, pero no has aprendido más que cualquiera de
tus orgullosos descendientes del cielo.
—Mis descendientes no están en el cielo, Dave. Están aquí. Yo mismo
soy el antepasado de muchos de mis muchachos.
—Has jugado a ser paciente agricultor de cualidades potenciadas, bravo.
Tu espera, por fin, ha dado fruto. Y no se te ocurre otra cosa mejor que
desembarcar allá arriba y destrozarlo todo.
—Lo dices como si fuera una locura.
—Es una locura, amigo mío. ¿Cómo vas a enfrentarte con un puñado de
tipos que se regeneran al menor rasguño? Aunque tus nietos o bisnietos o lo
que sean tengan la misma cualidad, ¿adonde os lleva eso? Podréis estar
dándoos mamporros hasta que el sol se enfríe.
Javier Kurtzberg sonrió. Había algo enigmático en su mirada de humo
que hizo que Dave Cross se sintiera aún más molesta con el mentor de los
metahumanos.
—¿Hasta dónde llega esa capacidad regenerativa que os vuelve a todos
monstruos de pieles tersas? ¿Podréis recuperar un brazo cercenado, una
pierna, una cabeza?
—No creo que la cosa se estire tanto. Jason pudo matar a su agresor por
una argucia lógica. Utilizando en su contra las propias cualidades
regenerativas de Dmitri Maximoff.
—¿Eso mismo es lo que vais a hacer, esperar un golpe de suerte? Los
otros dioses no se estarán quietos, te lo advierto.
—La regeneración es una bendición y al mismo tiempo una desventaja.
No augura la inmortalidad, aunque yo parezca una prueba ambulante de lo
contrario. Un órgano dañado sana. Un órgano perdido se queda perdido
para siempre. Si es vital, arrastra la vida de su propietario.
—Sabes mucho de la muerte de los dioses.
—No tanto como me gustaría. Pero tampoco hay grandes misterios en
lo que sé. Lo he visto con mis propios ojos. Es algo que entra dentro de mi
propia experiencia.
—¿Por los compañeros que viste morir en el anillo?
—Por los camaradas que vi morir en batalla.
—¿Hubo batallas entre los dioses? —Dave alzó una ceja.
—Meras discusiones, simples escaramuzas sin importancia.
Pero cuando decidimos tomar... las riendas del planeta, los humanos nos
hicieron frente.
—Ya lo he visto en virrealidad.
—Lo que la máquina no muestra es que algunos de nosotros no
escaparon con vida a la revuelta. Fueron varias docenas de dioses los que
pagaron con creces su osadía.
—¿Los humanos consiguieron deteneros?
—En conjunto, no. Pero más de uno de nosotros no llegó a ver el
amanecer de un nuevo día. Verás, Dave, todo este embrollo parte de un
concepto equivocado, ilusorio cuanto menos. Richard MacNamara-Lawford
quiso convertirnos en humanos más fuertes que las armas, el salto evolutivo
definitivo. Pero la evolución no tiene fin. Ni la de los hombres ni la de las
máquinas. Inventa una coraza perfecta. Un montón de años después, alguien
inventará un cañón que la traspasará. Hasta que tengas que inventar otra
coraza.
—Y el ciclo continúa hasta el infinito.
—Exactamente. La solución de freno a las guerras que propusieron los
soñadores de Smallville valió para ese momento. Nada más. ¿Nunca te has
preguntado por qué la humanidad ha progresado tan poco desde entonces?
—Antes tendríamos que ponernos de acuerdo en decidir qué es el
progreso.
—Tú me entiendes. En más de mil años, las cosas están más o menos
como antes. No ha habido saltos espectaculares en ninguna técnica. No
hemos conquistado las estrellas.
—La humanidad se replegó al verse inferior a vosotros. No se lo
reprocho.
—Tal vez. Y los dioses frenaron todo progreso porque sabían, en el
fondo, que llegaría un día en que sus poderes maravillosos podrían ser
superados por una nueva arma.
—¿Esa arma existe?
Kurtzberg evitó la insistencia de su mirada.
—¿Quién lo sabe? Cuando subamos al anillo edén, tenlo por seguro, no
nos enfrentaremos a los dioses con las manos desnudas.
—O sea, que no os daréis de golpes hasta que las manos se os
conviertan en mantequilla.
—No descargues en mí tu sarcasmo, muchacha. Ni tú ni yo tenemos la
culpa de ser diferentes.
—Es verdad. Disculpa. En fin, Javier Kurtzberg, espero que tus locos
soñadores y tú tengáis mucha suerte.
—¿No nos acompañarás en nuestra expedición?
—¿Por quién me tomas? Esa revolución que pretendes no es mía. Ponte
en mi lugar. ¿Sabes qué es lo máximo que podrás conseguir? ¿Sabes qué
ganaremos la humanidad y yo con tu aventura? Nada. Un amo cambiará por
otro. Y todo seguirá igual. Es una de las pocas conclusiones que puedo
sacar de esta triste historia. ¿Cómo sé que no quieres ser rey en lugar de
quien demonios esté al mando allá arriba?
—Me sorprendes, Dave Cross. Yo nunca pretendería una cosa así.
—¿Y tus superderivantes, Javier? ¿También ellos son tan limpios de
miras? ¿De verdad crees que te ayudarán a eliminar a los otros dioses y
después se marcharán de rositas? Hay un detalle que se te escapa. Vuestros
cuerpos serán superiores al mío, pero nuestras mentes están igualadas. Soy
lista. Sé pensar. Y tus acompañantes son lelos. Tanto, que ni siquiera se dan
cuenta de que no les has contado toda la verdad. Tengo un sexto sentido
para estas cuestiones, Javier Kurtzberg. Eso es la regla del nueve de
cualquier periodista que se precie. Y a pesar de tus ideales, veo claro como
el agua que algo no encaja. Sea a ellos, sea a mí, el caso es que estás
mintiendo.
Galenne Munroe regresó a casa con la cabeza alta y una puñalada de
vacío dentro del pecho. Ni siquiera escuchó el tropel de reprimendas y
noticias que tenía que comunicarle su padre sobre la decisión de Jonathan
de convertirla en heredera y la locura irrefrenable de la que parecía hacer
gala Alexis Maximoff. Sólo pronunció tres palabras (Richard ha muerto) y
se dedicó a partir de entonces a preparar sus funerales. No quería música de
Wagner, ni grandes cabalgatas por la avenida del anillo edén. La muerte del
último dios había sido tímida, fugaz, casi de puntillas, y en las semanas de
estancia compartida Galenne había aprendido a no pensar en él, ni en todos
los demás miembros de su raza, como entes grandilocuentes destinados a
apoderarse de cuanto les rodeaba. Igual que Jonathan Bunyan, igual que los
hermanos Maximoff, igual que su padre Luther, igual que ella misma, el
cansado Richard Kent había sido un alma condenada a expiar durante una
larga vida la propia falta de proporciones de su existencia.
Javier Kurtzberg volvió hacia la muchacha su mirada de felino,
sorprendido a su vez de que ella hubiera podido traspasar las barreras de sus
defensas psíquicas. Asintió. El pelo rapado y rubio, muy corto, parecía una
prolongación de los tallos de trigo que los rodeaban.
—Es verdad. Estoy mintiendo. Hay algo más en toda esta historia. Algo
que ninguno de los otros sabe. Sólo tú te has dado cuenta.
Dave Cross no dijo nada. Se quedó contemplando al superhombre y por
un momento sintió un arrebato de piedad hacia él. Por muy planificados que
tuviera todos los pasos que parecía dispuesto a atreverse a dar, la magnitud
del golpe final que preparaba seguía desbordando su capacidad de
razonamiento, ahogándolo con una carga de culpa.
—Poco después de instalarnos definitivamente en el poder, cuando
comenzamos a gobernar el mundo desde el anillo edén, tras el Apagón y el
rosario de muertes que barrieron de un plumazo todos los problemas que
acosaban a la Tierra, descubrimos la existencia de Osiris.
—¿Un dios egipcio? —preguntó Dave; se corrigió en seguida—. Otro
proyecto secreto.
Kurtzberg asintió.
—El proyecto definitivo. Un dispositivo de seguridad de Smallville, o
tal vez de Dazbag, no he podido averiguarlo nunca. La Solución Osiris, la
llamaron, y durante muchos años no fuimos capaces de descubrir por qué.
—¿No era Osiris el dios defensor del orden?
—Y el primer rey. Su hermano Set lo asesinó, lo desmembró y lo
enterró en diversos lugares de Egipto. Su esposa Isis reunió sus pedazos,
menos uno. Tiene gracia. —Javier meneó la cabeza—. Se creía que Osiris
renacía cuando crecían las cosechas anuales de trigo y cebada. Casi como
ahora.
—¿Tiene que ver con el hecho de que estemos aquí?
—Simple coincidencia. Cuando los primeros dioses encontramos
algunos archivos perdidos, confiados en que ya nada ni nadie podría
hacernos sombra, descubrimos la existencia de Osiris, el proyecto que
devolvería el orden al mundo. El ajuste de seguridad capaz de acabar con
nosotros.
—¿Más metahumanos?
—Todo lo contrario. Una bomba capaz de hacer que los huesos de los
dioses se marchiten, de convertir su sangre en agua. Un retrovirus mutágeno
que apagará el fuego de sus células.
Dave entornó los ojos, calibrando al metahumano. No fue capaz de
interrumpirlo otra vez. En cierto modo, Javier Kurtzberg hablaba para sí
mismo y no la necesitaba.
—Nuestras células funcionan como baterías solares. La función de
Osiris debía ser extinguir nuestra llama y hacer que todo volviera a la
normalidad. Eliminada la superioridad de los dioses, la humanidad tendría
que ser de nuevo dueña de su destino.
—Pero nunca lograsteis encontrar esa bomba.
—Todo lo contrario. Hallarla fue relativamente fácil. El miedo da alas,
Dave. No pasaron ni diez meses antes de que Osiris fuera localizada.
—Y desactivada, supongo.
—No. Nadie fue capaz de llegar a tanto. La bomba parecía...
incompleta. Como el propio Osiris de las leyendas. Ninguno de nosotros se
atrevió a intentar desconectarla, por miedo precisamente a ponerla en
marcha.
—¿Dónde está Osiris, Javier? —Los ojos de Dave brillaron ahora de un
modo extraño.
—¿Dónde crees que puede estar? ¿Dónde esconderías un libro mejor
que en una biblioteca? ¿Dónde pondrías un arma capaz de matarte si cayera
en manos extrañas sino debajo de tu propia cama? Osiris está a buen
recaudo en el anillo edén, en la mansión de Michael Wayne o de quien
quiera que sea ahora el jefe supremo de las Casas.
—Por eso quieres atacarlos. Para intentar detonar Osiris.
Pero... —Dave sacudió la cabeza—. Acabas de decir que está
incompleta.
—Así es. Verás, Davinia. En mil años uno tiene mucho tiempo para
pensar, para llegar a deducciones absurdas, a hallazgos de pura lógica. ¿Por
qué he vivido tanto? ¿Por un error no calculado del proyecto que potenció
mi vida? ¿O como as en la manga absolutamente previsto?
—No comprendo adonde quieres ir a parar.
—Osiris está incompleta. Sólo falta una pieza que encaje para hacerla
estallar. He llegado a la conclusión de que yo soy Isis, Dave Cross. He
llegado a la conclusión de que yo soy esa pieza.
Ella entró en la sala y lo encontró rodeado de fantasmas. Exhaló un
grito de pavor, como si de pronto porciones estancas de su vida se
encontraran frente a frente, y cayó al suelo con un gemido, apretando los
ojos contra sus palmas.
Avergonzado, Tatsuo Takahashi vaciló antes de dar un solo paso. En un
lado, los hologramas de su familia perdida reproducían sin variar ni un
milímetro la cantinela prevista de sonrisas y de llantos, de yogures
derramados y canciones mal aprendidas, de carreras infantiles y mariposas
sobre el pelo. En el otro, la muchacha que era su presente retrocedía hacia
la pared, vuelta un mar de espanto, con una expresión indudable que
indicaba que no era la primera vez que se veía las caras con el infierno
privado del samurai, con el placer que se hacía escarnio con la repetición de
sus pesadillas.
Ayudó a Shai'r a levantarse del suelo y le explicó como mejor pudo que
aquellas imágenes eran falsas. La palabra se le quedó prendida en los
labios, como un ácido que le quemara la lengua. Saboreó el carbón de la
paradoja. Al explicarle el misterio de los holorrecuerdos, también él
quedaba expuesto a la revelación de lo que había mantenido oculto hasta
ese momento. La palabra no era ociosa. Tatsuo Takahashi, el hombre de
hierro, el samurai implacable, no había hecho de su vida otra cosa que
convertirla en una mentira.
—Entonces tu loca estrategia no consiste en asaltar el cielo y enfrentarte
sin más a los dioses. —Davinia Cross hablaba muy despacio, con los ojos
abiertos como soles, sin dar crédito a lo que el metahumano acababa de
revelarle—. Quieres detonar esa bomba. Quieres matarte.
—Todo sueño tiene un precio.
—¿Y los que te acompañarán? Jason, Andrea, tus «muchachos»...
—Saben que van a jugarse la vida. Y a perderla en la mayoría de los
casos. No los engaño en eso.
—Pero ignoran la historia de la bomba.
—Para ellos no significaría nada. Si consigo hacerla estallar, si de
verdad funciona, si pueden verse libres de la tara de ser superiores en un
mundo mediocre... ¿crees que no lo agradecerán, Davinia? ¿Cuántas veces,
en tu infancia, quisiste ser una niña como las otras?
Dave no contestó. Reflexionó un instante, y luego se echó a reír.
—¿Qué tiene tanta gracia?
—La historia. Tantas vueltas para acabar en el mismo sitio. Os crean
para poner freno a una situación de injusticia institucionalizada como
podría ser la guerra, y al final se os pretende borrar con una explosión.
Vuelta a la casilla de salida. Lo que yo misma hice en un gesto suicida para
burlar a los Centinelas y buscar la pista del pez de plata. ¿Es que nunca
habrá otra posibilidad? ¿Siempre tendremos que recurrir a la Solución
Fascista? ¿Violencia contra violencia?
La mirada de Javier Kurtzberg se encendió un instante, y en ella pudo
ver Davinia al joven militar que un día fue, orgulloso voluntario para la
misión que cambiaría de forma radical su vida y la del mundo que conocía.
—¿Encuentras un modo mejor?
—Estallarán guerras —advirtió la mujer, nada que el superhombre no
supiera—. Imperará otra vez el caos.
—¿Preferirías la situación de ahora, la muerte en vida de todo el destino
de la raza humana?
—Tú no eres humano.
—Porque tú lo dices, Dave Cross. Mis padres lo fueron. Yo nací normal.
La manipulación de mis genes me convirtió en lo que soy. ¿No has pensado
que en este momento sólo tú y yo somos iguales? Jason, Andrea, Mustang,
Hannibal, Rex y los demás... ellos sí son distintos. Únicamente tú y yo
tenemos un pasado común que nos ata a la humanidad lisa y llana.
Dave bajó la cabeza.
—¿No ves otra solución? ¿Una explosión que acabe con todo? ¿Ése es
el destino? ¿Una repetición de la historia?
—El eterno retorno —murmuró Kurtzberg—. No, no veo otra solución.
Ojalá la hubiera.
—Sin los dioses, el caos volverá a dominarnos. —Dave no era capaz de
imaginar un mundo sin la presencia de los seres todopoderosos, igual que
los antiguos mayas habían sido incapaces de imaginar la rueda—. Habrá
muertes.
—La libertad tiene un precio alto. Siempre lo ha tenido, en todos los
momentos que se recuerdan y sobre todo en aquellos otros que después se
olvidan. Pero nada puede ser peor que el Apagón, créeme. Por mucha
destrucción que cause Osiris, nada podrá superar al horror de dar muerte a
siete mil millones de inocentes.
—Si haces estallar a Osiris, morirás —volvió a advertir Dave. De
pronto, sintió que la vida de aquel hombre le importaba.
—¿No te parece que ya he vivido lo suficiente? Ya es hora' de que
pague por mis culpas.
Dave no supo qué decir. Marcó la huella de sus dedos en la roca, la
garra de una mano que ya no tenía fuerzas.
—¿Sabes que tengo una sospecha, un resquemor?—confesó por último
el dios renegado. En el cielo, en la penumbra del atardecer, empezaba a
dibujarse el hilo de plata del anillo que rodeaba a la Tierra—. No sé si hago
esto por voluntad propia o si, por el contrario, llevo simplemente a cabo una
programación sellada dentro de mí por los técnicos de Smallville.
Aunque parecía haber encontrado el nicho donde por fin encajaba, Jason
Prince no podía dejar de sentirse corroído por las dudas. Cierto, los
metahumanos que había encontrado en las entrañas de este lugar perdido, a
tantos miles de kilómetros del infierno de Vegas, eran sus iguales. Por
primera vez en su existencia, el hijo de la diosa y el sacerdote no se notaba
diferente. Avalon, Mustang, Rex, las otras docenas de rostros ceñudos o
gestos sonrientes eran sus verdaderos hermanos, sus camaradas. Y había
encontrado la tranquilidad. Su mente convulsionada, por fin, dormía. Se
sabía único, solo, no un torbellino de seres diferentes que pugnaran por
hacerse dueños de su alma. El chip-lapa suministrado por Javier Kurtzberg
ponía por fin, tras tanto tiempo, en orden sus pensamientos. No tenía
necesidad de embarcarse en nuevas aventuras. Podría dedicarse,
únicamente, a saborear la paz.
O eso le gustaría. Jason había comprendido que jugaba un papel
secundario, aunque imprescindible, en el plan de batalla del mentor de los
nuevos dioses. Su cuerpo de luchador imbatible no iba parejo a su mente de
hombre sencillo. No quería admitir que había nacido para la guerra, mero
producto secundario de los herederos de un proyecto cuya misión era el
aplastamiento definitivo de sus contrarios políticos.
Nada debía a los dioses con quienes se había criado. Ni siquiera a su
madre. Sobre todo a ella. Bianca había sido para él un espanto, una sombra
rubia de incomprensión, el resumen encarnado de que el mundo era un sitio
inexplicable. Pero tampoco se veía con fuerzas ni motivos para asaltar el
anillo edén y regar de muerte los rincones donde había transcurrido, mal
que bien, su larga infancia.
Nada les debía. Podría alzar sin problemas su mano contra ellos. Nadie
vendría a echarle en cara una traición. Llevaba tanto tiempo deambulando
por el mundo que ni siquiera era capaz de recordar por qué lo hacía, pero
una cosa había tenido clara siempre. Cuando huyó del anillo edén, no lo
hizo con afán de regresar un día y descargar sobre los metahumanos su
venganza.
Ahora tenía esa posibilidad. No quería utilizarla, pero allí se le
presentaba. Y aún más, la de devolver al planeta un sentimiento perdido de
justicia. No podía pensar como un humano, pues no lo era del todo, pero
comprendía que el plan de Javier Kurtzberg implicaba en el fondo la
devolución del poder a los legítimos propietarios de la Tierra.
¿Dónde encajaría entonces él? ¿En el mismo sitio de ahora?
¿Seguiría siendo un apestado, un desclasado, un forajido? ¿O lo
aclamarían como dios sustituto de los viejos dioses? ¿Acabarían los hijos de
Javier instaurando un nuevo olimpo? ¿Se hallaban acaso en condiciones de
vencer la partida?
No lo sabía. Posiblemente, ni siquiera el propio Kurtzberg estaba seguro
de ello.
Una cosa estaba clara. No quería combatir. No era un hombre de guerra.
Pero si no cooperaba, si no tendía la mano que la supervivencia del planeta
le exigía, tendría que seguir siendo un fugitivo, un nómada errante
entregado a la posesión de su alma, un vagabundo torturado por un renacido
sentimiento de desigualdad y de culpa.
Era su destino. No podía rechazarlo. Sus genes eran únicos, la llave para
subir al cielo y expulsar a los ángeles desviados que se habían apoderado de
él.
Contra sus creencias, contra su voluntad, Jason Prince asumió su
esquema en el marco general de las cosas. Abrazó su herencia de sangre, y
aceptó de mala gana unirse a la revuelta.
Dave casi no sintió sorpresa alguna cuando Andrea Vanderbilt le
comentó, como de pasada, mientras se disponían a acostarse, que había
decidido también ella unirse al sueño de Javier Kurtzberg y ayudarle en su
revolución desde la Tierra.
Por una vez, Dave no le llevó la contraria, ni replicó con sarcasmo a la
resolución de la ex Centinela. Aunque ella misma aún no había optado por
una decisión clara, había sabido desde siempre que Andrea Vanderbilt no se
quedaría cruzada de brazos mientras le pasaba por el lado el tren que, de un
modo u otro, formaría la historia futura. Era un soldado. Su entrenamiento
la marcaba como un hierro al rojo para la guerra. No unirse a la revuelta, no
sentirse pareja a los nuevos dioses, sería en ella un error, un desatino,
malgastar una oportunidad irrepetible.
Lo mismo que Dave Cross había perdido con la verdad todo sentido y
perspectiva en su vida, la derivante había ganado algo que jamás había
tenido. Un hueco en el esquema global, la importancia indiscutible de ser
un peón en la partida. La periodista ya no era nadie, no tenía misión alguna
que cumplir, ni siquiera podía decir que esperara conseguir nada que
pusiera una pinta de color a su existencia. Pero Andrea por fin iba a darse
rienda suelta y admitir que era aquello para lo que había nacido. No una
Centinela, no una fugitiva, no una derivante de segunda fila, acosada y
perseguida, sin control ni relaciones.
Andrea Vanderbilt era una mujer guerrero, y como tal daría uso a sus
capacidades en la conquista del Asgard que se perfilaba más allá de las
nubes, a mitad de camino de la Luna.
En la soledad de la noche, mientras escuchaba la ligera respiración de su
compañera dormida, Davinia Cross hizo balance de cuanto sabía. Ninguno
de los derivantes que con tanta paciencia había ido reuniendo Javier
Kurtzberg poseía la información total que ella manejaba. Ninguno era
consciente de que, si el dios errante tenía suerte, si conseguía detonar
aquella bomba y Osiris hacía el trabajo para el que había sido creada, sus
dotes suprahumanas se borrarían como se pierde el agua que el sol roba a
una salina.
No sentía hacia Andrea Vanderbilt ningún tipo de lealtad más allá de la
experiencia común de haber burlado a la muerte durante semanas, de haber
vivido al límite y haber soportado su antipatía. Quizá debería contarle la
confidencia de Javier. Sin embargo, algo le hacía respetar el silencio del
dios, aunque éste no le había pedido en ningún momento discreción.
Imaginar un mundo sin la tenaza de los metahumanos era difícil.
Imaginar que esa misma situación se repetía hasta el infinito, perpetuando
la dictadura de ahora, resultaba aún peor. Si Dave confiaba a su compañera
el verdadero plan oculto, si le confesaba la existencia de una bomba
genética que Acabaría, con la supremacía de derivantes y dioses sobre los
simples humanos como ella, tal vez Javier Kurtzberg se quedaría sin
ejército. Su sueño de restaurar la igualdad y enmendar la injusticia se
fragmentaría como muchas de las imágenes que habían visto en la máquina
virreal.
No tenía derecho a juzgar. No había vivido los mil años de soledad de
aquel hombre perdido que en el fondo incluso dudaba de la validez de su
filosofía. Estuviera equivocado o en lo cierto, actuara por venganza o por
pura disidencia ante un esquema desviado de lo que consideró en otro
tiempo la única posibilidad de actuación, el esquema de batalla que había
imaginado era la única esperanza que ella misma, como miembro de una
raza condenada a la esclavitud moral, al sometimiento físico y psíquico,
tendría jamás. Y, de todas formas, los derivantes que acompañarían al dios
renegado en el asalto de su antigua casa estaban dispuestos a morir. La
bomba no les causaría más daño que la anulación de sus genes
amplificados. Despertaría en ellos al humano dormido y ahogaría al
superhombre que lo consumía.
Eso no respondía a cuál era su propio papel en todo este asunto. Ya no
tenía nada que hacer. Nunca podría equipararse a los nuevos dioses en su
ataque. Ni siquiera estaba segura de compartir su ideología. Pero si los
acompañaba, y no le quedaba más que una leve duda de que al final eso
acabaría haciendo, viviría de primera mano sucesos de los que nadie más
sería testigo.
Davinia Cross era periodista. Lo sería hasta el día de su muerte. Y ahora
tenía ante sí la posibilidad de reflejar la crónica de un momento que
marcaría un punto y aparte en la historia.
Ni siquiera se atrevía a consultar en el banco de datos cuándo fue la
última vez que murieron dos de los suyos con tan poco intervalo de tiempo.
Cierto, la muerte de Dmitri Maximoff se debía a un imponderable, el precio
a pagar por la violencia, y la de Richard Kent, no por menos
desconcertante, distaba mucho de constituir una sorpresa. Pero había algo
en la duplicación repentina de ese hecho, producido para su raza tan de
tarde en tarde, que Jonathan Bunyan no podía evitar la sensación de que se
trataba de un presagio. Ignoraba dónde había cometido un error, qué
extraños mecanismos se confabulaban para restregarle por la cara la
limitación que, como cualquier hombre común, también tenían los
metahumanos, pero el par de muertes servidas en bandeja de plata parecían
canturrearle al oído, con una carcajada de sarcasmo, que el crepúsculo de
los dioses estaba cerca.
Alzándose treinta y seis mil kilómetros sobre el nivel del mar,
sobresaliendo entre las copas de los árboles como Gulliver en la corte de un
millón de enanos, la Columna de Hércules era un cordón umbilical que
ataba a la Tierra con el anillo que la rodeaba. Su magnitud era
incomensurable. Tanto, que Dave Cross creyó por un momento encontrarse
todavía en la máquina de simulación virreal, atada a un cable que la surtiera
de alucinaciones. En otro tiempo, anterior incluso a la creación de los
dioses, esta columna que ahora tenía delante, igual que las otras nueve
hermanas que se repartían por el contorno del mundo como los radios de
una rueda enorme, había supuesto el punto culminante de la evolución
tecnológica del ser humano. Si la civilización terrestre sobrevivía al planeta,
si sus descendientes fueran capaces de llevar a las estrellas algún bagaje del
pasado común que la había conducido a abrirse un hueco entre las
corrientes del espacio, no hablarían de la Gran Muralla de China, ni de las
maravillas del valle de Gizeh, sino de las orgullosas torres que sostenían el
anillo edén sobre la cúpula del cielo y suministraban de energía incalculable
al planeta.
El trampolín del paso al espacio había resistido, como el primer día, las
dentelladas del transcurso del tiempo. Antes, había supuesto una cinta
inaugural que auguraba el comienzo de un viaje al futuro. Ahora, era una
correa que sujetaba dentro de sus lazos invisibles a una raza carcomida por
su propia limitación, impuesta desde fuera.
En una de las épocas en que la humanidad se planteó en serio colonizar
el sistema solar, las Columnas de Hércules, como ahora las llamaban, los
tallos de alubia de la predicción fabulada por Artsunatov, habían
consagrado al hombre a su misión en el cosmos. Gracias a la ciclópea
construcción y al siglo y medio empleados en ella, los antepasados de
cuantos ahora se congregaban en sus inmediaciones habían conseguido
establecer media docena de colonias en la Luna, y otras dos en el suelo
granate de Marte. La irrupción sorpresiva de los dioses y el golpe de timón
que proporcionaron a la historia habían hecho que aquellos primeros
tímidos intentos de extender el poderío del hombre más allá del planeta que
hasta entonces fue su cárcel y su cuna quedaran en nada. Desconectadas de
cuantos horrores sucedían en la superficie, las colonias extraterrestres
habían languidecido, sin recursos, sin suministros, hasta consumirse casi al
mismo tiempo que el Apagón y la plaga desencadenada con la aparición de
los metahumanos estaban a punto de arrasar todo rastro de vida inteligente
sobre la Tierra.
Aunque conocía su existencia y la había visto en reproducciones
holográficas, en libros y tresdés, Davinia Cross no podía dejar de
maravillarse por la magnitud de aquel coloso. La Columna de Hércules se
erguía hacia las alturas, hasta perderse en el éter. Saber que seguía
extendiéndose mucho más allá de donde alcanzaba la vista producía un
escalofrío de excitación que acababa por confundirse con la angustia.
A su lado, Javier Kurtzberg frunció el ceño, arrugó los labios y consultó
con el metahumano que le acompañaba la hora exacta. El silencioso Rex la
comunicó, sin apartar los ojos de la torre y la guardia que rodeaba su base.
El dios renegado asintió.
Habían cruzado el mundo a hurtadillas, siguiendo vuelos transoceánicos
donde habían camuflado sus identidades con la facilidad con que se oculta
una aguja. Se habían reunido en Quito, cerca de las ruinas de la ciudad
arrasada por una guerra ya olvidada. A pesar de que el viento de la noche
había suavizado un poco la temperatura, el calor era sofocante, pero
Kurtzberg no parecía sudar siquiera, aunque Dave estaba empapada. La
coraza que la protegía, un equipo que nada tenía que envidiar a los
exoesqueletos que utilizaban los Centinelas en su misión de vigilancia y
exterminio de derivantes, no parecía equipada con un sistema refrigerador,
o quizá para que funcionara correctamente tendría que cubrir su cabeza con
la escafandra, cosa que aún no había hecho.
El medio centenar de derivantes, enfundados en armaduras más livianas,
parecían modernos superhombres escapados de una simulación tresdé o un
juego informático. Al verlos por primera vez, cuando se concentraron en
este claro en la selva, Davinia se sintió más inferior que nunca. Si alguien
creía que la perfección no era mejorable, era porque no había visto a
aquellos metahumanos cubiertos con yelmos y corazas.
Miró a su alrededor. Por tercera o cuarta vez, echó de menos poder
comentar con Andrea Vanderbilt algún detalle sarcástico sobre su situación,
una manera tan válida como cualquier otra de espantar su miedo. Pero
Andrea no acompañaba a esta partida. Por motivos que se le escapaban,
Javier Kurtzberg había dividido a su pequeño ejército en dos mitades, y
tanto la ex Centinela como el falso sacerdote, Jason Prince, habían
coincidido juntos en el otro grupo, el mismo que ahora, en otro extremo del
mundo, a la misma latitud, se disponía a dar el primer paso hacia la
conquista del paraíso.
El chorro de aire caliente lamía su cuerpo como horas antes lo había
lamido el cónsul que tenía a sus pies, convertido en un perrillo faldero
capaz de cualquier locura por recibir una caricia de sus labios. Las
habilidades amatorias del humano, incluso potenciadas por las drogas de
diseño que hinchaban sus venas y teñían de rojo los órganos de su cuerpo,
no eran nada del otro mundo, pero Toledo estaba acostumbrada a ser pasto
de ansias mediocres, a provocar orgasmos capaces de detener los corazones
de unos clientes que, en más de una ocasión, habían terminado por
convertirse en víctimas.
Jean-Claude Hubinon era un hombre extraño. Tenía poder, hasta un
grado que pocos hombres y mujeres disfrutaban. Su situación era
envidiable, casi única. Como cónsul, era uno de los pocos seres humanos
que estaban en contacto directo con los dioses. Sin embargo, había puesto
en juego todo aquello por disfrutar en exclusiva de sus brazos. Toledo se
encogió de hombros. Desde muy niña, estaba acostumbrada a los vaivenes
que su cuerpo encendido provocaba en hombres y mujeres por igual. Era un
imán que atraía a un campo de espinas, un huracán encerrado dentro de una
bolsa, una sirena moderna cuya fuerza desviaba de su rumbo a las mentes
más correctas.
Estaba en sus genes. No era culpa suya. Si los hombres querían matarse
por poseerla, allá ellos. Toledo aguardaría al vencedor, sin comprometerse a
nadie, sabiendo que el futuro le pertenecía de todas formas. Era un
diamante en bruto y, como solía cantar mientras se masturbaba sobre la
barra magnética del cabaret, el brillo de un diamante dura siempre, nena.
Salió del cuarto de baño. Buscaba alguna de las lujosas prendas que el
cónsul le había regalado cuando advirtió la silueta que avanzaba hacia ella.
Se volvió, haciendo que sus labios dibujaran un gesto a caballo entre la
excitación y la sorpresa.
Fue la sorpresa quien prevaleció. Frente a ella, haciendo girar en un
molinete plateado el bastón que siempre le acompañaba, con los labios
deformados por una sonrisa, se encontraba Alexis Maximoff.
Toledo apenas tuvo un segundo inútil para cubrir sus pechos con un
brazo. El golpe le clavó la mano al corazón y salpicó de sangre su garganta.
La patrulla de derivantes salió de entre la maleza y cargó sobre la
guardia con la furia de un tornado. Avalon, la supermujer que lideraba el
grupo, se adelantó al grueso de sus compañeros mientras barría el aire con
un cañón que, en cualquier otro momento de la historia, habría necesitado
ser asegurado sobre un suelo de roca. Inconsciente de la fuerza brutal del
retroceso, la derivante pelirroja lo manejaba con una sola mano, como si no
pesara más que una simple pistola de muñeca.
Nairobi despertó con el amanecer de las explosiones. La Columna de
Hércules ni siquiera se tambaleó cuando la revolución llamó a su puerta,
pero un millón de enlaces ópticos transmitieron al mundo, y al cielo, la
novedad de la situación.
Un grupo incontrolado de derivantes había tomado por fin la iniciativa y
acababa de declarar la guerra.
Había decidido al menos que la pequeña tendría que llamarse Izanami,
como la componente femenina de los dioses que surgieron del caos
primordial tras haber sido creados cielo y tierra. A Shai'r le pareció un
nombre extraño, propio de una mitología que desconocía, pero el hombre de
hierro se había convertido para ella en el referente absoluto, hasta el punto
de haber olvidado cuál era la idea primera de su marcha del poblado.
Tatsuo Takahashi no olvidaba. El código del neoshinto le seguía
atormentando. Pero, tras una agonía de dudas, su férrea mente de guerrero
había tomado una decisión.
Con mano firme, sabiendo que no habría paso atrás, pulsó la tecla que
borraría para siempre los hologramas. No quiso ver por última vez la
sonrisa de Yokize, la mirada de Amaterasu, el vuelo de la mariposa sobre el
abanico de unos cabellos que a partir de ahora tendría que consignar sólo a
la memoria. Pulsó la tecla y su pasado se convirtió en polvo, en lo que era.
Con la parsimonia que convierte a todo ritual en una danza, se colocó
pieza por pieza la armadura. Miró a la pequeña Izanami, a su madre Shai'r.
Ambas estaban ahora a su cargo, pero no podría aceptar esa responsabilidad
hasta que no cumpliera lo exigido por el código de honor. Mejor que matar
a un soldado, aniquilar a su señor. Antes de decapitar a un general, destruir
al rey. La religión no se consume destruyendo a la deidad, sino al sacerdote.
Takahashi abrazó su último destino. No tenía otra alternativa. Para
labrar su futuro por encima de las cenizas de un pasado roto, debía cumplir
la misión que Shai'r había dejado inconclusa. Tenía que subir a la morada
de los dioses, encontrar al padre de la pequeña Izanami y retarlo a un duelo
a muerte para conseguir su custodia.
La tromba de derivantes asaltó la torre como un ejército de hormigas,
barriendo a diestro y siniestro a la guardia humana que la protegía. Nadie
había intentado nunca una acción así. Ninguno de los habitantes del planeta
había soñado con apoderarse de los caminos que conectaban cielo y tierra.
Por eso, la oposición de los Centinelas destinados a aquel sitio, remotos y
cansados tras una labor que consideraban absurda, apenas supuso para los
guerrilleros una molestia secundaria al ataque, como el insecto que te
mancha la palma o el caracol que arrollas con el zapato.
El tronar de las explosiones y los gemidos de dolor, el tableteo de la
estática y la voz distante que pedía datos desde quién sabía qué otra
estación de vigilancia parecieron perderse en un segundo plano cuando la
patrulla de asalto se plantó ante las puertas.
La mujer pelirroja se volvió hacia Jason Prince. Un centenar de disparos
picoteaban su armadura de combate, pero el fuego de sus ojos era más
fuerte que las llamas que todavía crepitaban como diminutos cráteres contra
su coraza.
—Vía expedita —anunció, los dientes apretados, demasiado
concentrada en no dejarse llevar por la emoción para perder tiempo en
ofrecer una sonrisa—. Tu turno, Jason.
Él hijo de Bianca Prince tomó aire y dio un paso al frente. Pasó por
encima del cuerpo retorcido del último Centinela caído y contuvo un
escalofrío. A su espalda, Avalon y Andrea Vanderbilt repelieron el fuego
cruzado de un grupo de recién llegados que, demasiado tarde, trataba de
negarles el acceso.
Los impactos de las balas de plasma habían derretido algunas zonas de
la pared de metal, pero el lector ocular estaba intacto. Jason Prince acercó la
cara a la superficie cóncava y permitió que el sistema de datos leyera la
información de su retina.
Una vez comprobado su fenotipo, la doble puerta se abrió, revelando el
ascensor celosamente guardado entre sus hojas.
—¡Ya han entrado! —Mustang se palpó una oreja, donde una cuña espía
les permitía estar al tanto de las informaciones cruzadas de los Centinelas y
la señal de alerta del caos provocado a casi trece mil kilómetros de distancia
—. ¡Nos toca a nosotros!
—Todavía no —cortó Javier Kurtzberg—. Antes tienen que empezar a
perseguirlos.
Murdock Fisk imprimió la máxima velocidad a su armadura de
combate. Los sensores advirtieron que existía la posibilidad de explosión
por sobrecarga, pero el sublíder de la patrulla ignoró la señal y comprobó
que su armamento estaba en posición de uso. Unidos entre sí por un hilo
invisible, los cincuenta Centinelas ascendían hacia el cielo en formación de
combate, venidos de todos los rincones del mundo, con la máxima potencia
que sus exoesqueletos podían imprimir a la urgente misión a la que hacían
frente. Subían hacia las alturas, como cohetes de feria, kilómetro a
kilómetro, como si pretendieran dirigirse hacia), el anillo edén y no hacia la
Columna de Hércules en peligro.
Entonces, a una indicación del líder de la patrulla, el propio coronel
Rage, superado el punto máximo de subida permitido, los gavilanes de
acero empezaron a bajar, cubriendo en meros minutos unos kilómetros que
de otro modo habrían requerido horas.
Un sol rojo se desperezaba sobre Nairobi, junto a la flecha de hierro de
la columna. Mientras recorrían los últimos centenares de kilómetros que los
separaban de la inmensa torre, Murdock Fisk atinó a ver el ascensor que
subía, fuera de su alcance, la bala que taladraba el camino del cielo como
un electrón desviado de su órbita.
Jonathan Bunyan no daba crédito a lo que indicaban las pantallas. A su
lado, silencioso, carcomido por la duda, Luther Munroe sentía que la frente
se le cubría de un sudor pastoso, como la condensación producida por la
fiebre sobre el casco de un hoplita.
—¿Jason?
Jonathan Bunyan asintió.
—Eso indica el lector óptico. Esa maldita puerta no podría abrirse ante
nadie más. Sólo quienes ya hemos empleado el ascensor son reconocidos
como usuarios.
—No viene solo.
—No. —Jonathan dejó de contemplar la pantalla, donde un grupo de
Centinelas trataba en vano de invertir el rumbo del proyectil que ascendía
—. Trae un pequeño ejército.
—Derivantes. ¿Es posible que Jason haya sido capaz de organizar una
revuelta?
—Tenemos la prueba delante de nuestras narices, Luther. Pero no creo
que esta cuestión se deba a Jason solamente. Algo me dice que no se trata
de derivantes cualquiera, pronto lo comprobaremos. Avisa a todos los
demás. No te andes con rodeos. Adviérteles que nos hallamos en estado de
alerta.
Luther Munroe se volvió hacia un intercomunicador.
—Y otra cosa más —comentó el padre de los dioses, mientras
contemplaba de nuevo las pantallas—. Ya que no podemos detener ese
maldito ascensor que se nos viene encima, abre uno nuevo para los
Centinelas. Puede que se trate de un gesto a la desesperada de un puñado de
derivantes enloquecidos, pero no quiero correr riesgos.
—¿Tan grave te parece la situación, Jonathan?
Un destello de impaciencia ardió en los ojos del jefe de todas las Casas.
—Luther, usa la cabeza para algo. Mil años de dominio sobre los
hombres no nos han preparado para enfrentarnos a la furia que viaja en esa
bala.
Uno, dos, tres ascensores más, en rápida sucesión, se abrieron para los
Centinelas. En el eterno sube y baja de la Columna, las puertas engullían a
los centuriones de hierro y, sin apenas darles tiempo a acomodarse en las
cabinas, el sistema de impulsión Red-Ag los escupía hacia el cielo,
alejándolos de la Tierra y de toda posibilidad de hacer frente a la patrulla
derivante que aguardaba su turno oculta en la selva ecuatoriana.
El superderivante llamado Rex se cargó al hombro la enorme
ametralladora de plasma.
—Han entrado —anunció—. Ahora sí que nos toca.
Javier Kurtzberg se puso en pie. Se sacudió los pantalones de polvo y
contempló la Columna.
—Ahora sí. Davinia —se volvió hacia la mujer—, pase lo que pase, no
te separes de mí. Ni de Rex.
Cogió un trozo de tierra y la contempló mientras se le escurría entre los
dedos. Dave Cross pensó que tal vez era consciente de que era la última vez
que sus manos tocarían algo que lo atara al planeta.
—Bien, hijos míos. Vamos allá. Próxima parada, las estrellas.
La Columna más cercana a Japón se encontraba en Pontinak, pero
debido a la demografía incontrolada la arcología de Borneo había reventado
como una fruta podrida hacía más de noventa años. Ahora, la torre se alzaba
entre los restos de la ciudad como un rejón de muerte en el cadáver de una
fiera, abandonada a su suerte. Tatsuo Takahshi decidió por tanto volar hacia
el centro de África, que consideraba más segura para su plan al hallarse en
un núcleo de población menos denso, con menos guardia.
Al aproximarse, su casco detectó señales entrecruzadas, órdenes
desesperadas, peticiones de ayuda. En un instante consiguió deducir que la
torre que era su objetivo estaba siendo sometida a un ataque en masa.
Alguien se le había adelantado y esta circunstancia, por un momento, le
molestó. Tras una rápida evaluación, decidió ignorar las consecuencias que
eso pudiera tener para su acción. Sabía que el ascensor capaz de conectarle
con la plataforma orbital sólo funcionaba para unos pocos individuos, y aún
no había resuelto el problema de cómo embarcar en una de las
aerodinámicas balas. Quizá pudiera volcar ese factor sorpresa en su ventaja.
La Columna de Nairobi se dibujó sobre las altas acacias. Takahashi
descendió en picado y voló a ras de las copas de los árboles muhuhu, tan
veloz en su curso que ni siquiera dejaba sombra entre las frondas. Entonces
los vio, frente a él. Una patrulla de Centinelas, congregándose en torno al
mecanismo ascensor.
Esperó a que la puerta se abriera y los centuriones lo abordaran. En ese
momento atacó, disparando a quemarropa contra los perros de la guerra.
La escaramuza fue breve. Asegurada la posición, mientras su grupo
montaba guardia y el silencio volvía a hacerse dueño de la calma de la
noche, Javier Kurtzberg dio un paso adelante y dejó que el lector óptico
comprobara su identidad. El sistema tardó una décima de segundo más de la
cuenta, como si hubiera tenido que recurrir a un banco de datos arcaico para
reafirmar que la señal que abriría el acceso al anillo era todavía operativa.
Por un instante, Davinia Cross creyó reconocer una pátina de ansiedad
en el rostro del superhombre. No tuvo tiempo de formar pensamientos
coherentes. El ascensor se abrió, invitándolos al tubo que podría conectarlos
con las estrellas algún día.
La guerra relámpago planeada por el dios renegado seguía su cauce.
Largamente aplazada, la batalla del Serengeti iba a librarse por fin después
de mil años.
Como la propia arcología donde ahora se encontraba, Jean-Claude
Hubinon había hecho del juego una forma de arte, un ejercicio de religión
donde apenas tenía importancia si se ganaba o se perdía. La apuesta
acertada hoy podía convertirse en el suicidio de mañana. Era consciente de
que había jugado contra el dios a quien se debía, empujando su resto contra
el caprichoso giro de la ruleta, y había perdido. Horrorizado por la visión
del cadáver desnudo sobre el suelo de la suite, casi no tenía miedo por su
vida.
—¿Qué demonios creías que estabas haciendo, mierda? —El rostro en
otro tiempo hermoso de Alexis Maximoff se había convertido en una
máscara espantosa, la caricatura de un demonio que aún conservara un
levísimo rastro de sus bellas formas—. ¿Burlarte de mí? ¿De tu superior?
¿De tu amo?
Jean-Claude Hubinon no se atrevió a contestar. Caído de rodillas ante el
metahumano, su muñeca rota le avisaba que lo peor de su tormento estaba
todavía por llegar. Apenas a un par de metros de distancia, desplomada en
el suelo como la alfombra de un tigre, Toledo lo contemplaba con los ojos
cegados del terror y la sorpresa.
—¿Qué creías, que acabaría por no darme cuenta? —Alexis volvió a
picotear el cuerpo de su cónsul, provocando roturas y hemorragias sólo con
el contacto de un dedo durante milésimas de segundo—. ¿Es que no
pensabas que podría olería?
Hubinon, destrozado el omóplato por la presión del dios, se derrumbó
como un saco. Alexis Maximoff lo cogió por el otro hombro y, antes de
romperlo con una leve presión, lo izó, obligándolo a incorporarse.
—Te gustaba, ¿verdad? Claro que te gustaba. Y te creíste digno de ella.
El manjar de un dios a tu servicio. Por eso no pude encontrarla, porque la
tenías aquí. Entre tus piernas. En tu cama.
Un golpe leve con dos dedos y el pómulo saltó hecho astillas. La visión
del cónsul se tiñó de rojo.
—Iluso Jean-Claude. Inepto total. ¿Creías que podrías conservarla
mucho tiempo? Una puta derivante y un siervo de los dioses. La pareja
ideal. —Alexis quebró un meñique como si fuera un palillo—. ¿Crees que
no acabaría por cansarse de ti? ¿Que tu pene de tercera fila era capaz de
satisfacerla? ¡Cómo se burlaba de tu pobre aspecto cuando te quedaste
dormido mientras nosotros continuábamos haciendo el amor! ¡Hasta creyó
que tu corazón se había parado por el esfuerzo de darle placer!
Alexis volvió el ojo metálico hacia la derivante muerta.
—Al protegerla de mí incurrías en un delito de alta traición, Jean-
Claude. ¡Una peligrosa derivante en tu casa, entre tus sábanas!
Un nuevo golpecito despectivo y la barbilla de Hubinon saltó en
pedazos. Escupió dientes, sangre y baba. Mientras luchaba por perder el
sentido y escapar al martirio, el cónsul se preguntó torpemente si también
Toledo había pasado por lo mismo, o si el dios le había concedido una
muerte rápida.
Alexis apoyó un dedo sobre la mejilla, y la carne cedió como si fuera de
cera. Levantó unos milímetros al hombre de su posición, lo miró a los ojos
y no pudo encontrar en la respuesta del otro más que una expresión de
infinito dolor. Jean-Claude Hubinon había traspasado las fronteras del
pánico.
Una de las pantallas de la suite se iluminó de repente, y por entre el
tartamudeo de los disparos y la interferencia de la estática Alexis Maximoff
reconoció la Columna de Nairobi. Captó inmediatamente lo que pasaba.
—Jason —murmuró. Se llevó un dedo manchado de sangre ajena al
implante del oído. El mensaje de Luther Munroe avisaba de lo sucedido y
convocaba a los dioses ausentes a un inmediato regreso a casa.
Alexis Maximoff soltó al cónsul destrozado y brincó hacia arriba,
llevándose en su rabia paredes y techos. Jason otra vez. Como siempre. La
arrogancia del bastardo no tenía límites.
Jean-Claude Hubinon se apoyó en la pared y resbaló muy despacio
hacia el suelo. Vencido por el dolor, no supo si agradecer el desprecio final
del dios loco o llorar porque, en su rabia, su amo le había perdonado la
vida.
El final del trayecto se acercaba. El anillo edén, apenas un hilillo
imperceptible desde la Tierra, cubría ahora todo el campo de visión del
ascensor bala. La mujer llamada Avalon comprobó que el cañón de plasma
había recargado toda su potencia. Bajó el yelmo sobre sus ojos y con un
movimiento de cabeza indicó a los miembros de su escuadrón que tomaran
posiciones. Los dioses debían de saber ya que se acercaban, y sin duda
estaban esperándolos.
La puerta se abrió en la zona de atraque y de inmediato la figura
embravecida de un dios rubio irrumpió en la cabina. Ja-son Prince tuvo
tiempo de reconocer a Fenric Wayne antes de que la descarga del cañón de
Avalon enviara su cabeza al otro extremo de la órbita.
El infierno se desató en unos segundos. Un telar de explosiones
lumínicas y burbujas de plasma se entretejió en el aire, mientras los dioses
congregados a toda prisa por Luther Munroe retrocedían aterrados ante la
sorpresa que llevaban consigo los atacantes.
Confiados en su superioridad física, en sus atributos mágicos, los
metahumanos carecían de armas. No estaban preparados para la potencia de
fuego de aquellos prototipos a cuyo diseño Javier Kurtzberg había dedicado
gran parte de su exilio. Abrir fuego sobre ellos, regar de miembros
cercenados las paredes del anillo fue un carnaval en rojo, una acción
sencilla. Los dioses jamás habían pensado que algún día llegaran a
convertirse en las víctimas de una matanza.
—¡Nos sigue otro ascensor! —Andrea Vanderbilt lo vio dirigirse hasta
el punto de atraque, un zeppelin transparente cargado de Centinelas con las
armas caladas y las armaduras dispuestas.
—¡Hannibal! —ordenó Avalon. Uno de los superderivantes se arrodilló
y sacó de su mochila algo parecido a una flecha, rematada en una
parpadeante esfera azul. La cargó en la boca de su cañón y abrió fuego
contra la pared. Una porción de la zona de atraque se quebró en mil
pedazos, robando en su premura una buena cantidad de aire. Roto el
extremo del tubo justo en el lugar donde la deceleración debía compensar la
enorme velocidad adquirida durante el ascenso, la cabina-bala se salió de su
trayectoria, como el vagón de una montaña rusa que no encuentra la vía.
Acabó estrellándose contra la superficie del anillo, justo donde la sección
giratoria encajaba con el extremo fijo del punto de desembarco. El impacto
hizo que todo el mundo se tambaleara.
—¡Hacia el transporte de impulsión! ¡Rápido! —advirtió Andrea,
experta en identificar todo aquello que pudiera oler a descompresión.
Avalon asintió.
Seguros ahora de que los ascensores que traían al cielo nuevas
dotaciones de Centinelas correrían la misma suerte que el primero de ellos,
los derivantes recargaron sus armas y se abrieron paso entre el humo y los
escombros hacia el vehículo que podría trasladarlos al lugar donde tenían su
cita con el grupo de Javier Kurtzberg.
El ascensor tenía el tamaño de la cabina de un avión intercontinental.
Mientras los motores lo empujaban hacia el cielo, Tatsuo Takahashi se
rebulló entre las paredes cóncavas como la pelota amarilla de un juego de
simulación de tenis, esquivando manotazos, balas de plasma contenidas,
disparos a ciegas. La velocidad imprimida al artefacto era tan grande que
ningún proyectil que pudiera atravesar el fortísimo blindaje permanecería
en estado sólido unos segundos bajo el campo provocado por la fricción en
esta primera fase del ascenso, pero dentro de la cabina la aceleración apenas
se notaba de manera distinta al zarandeo de un tren herido por detrás o al
carricoche de una atracción de feria.
Los Centinelas del retén de reserva ni siquiera tuvieron tiempo de
reaccionar con propiedad al ataque de la sombra invisible que jugaba a
camuflarse entre el metal de las paredes. Aturdidos, habían subido al
ascensor sabiendo que los problemas que acosaban a sus amos del anillo
edén se producían tan lejos de donde ahora se encontraban que tendrían
tiempo de sobra para llegar a la mansión en el cielo cuando todo hubiera
acabado.
En eso no se equivocaban. Tatsuo Takahashi, minutos despues, se supo
único ocupante de la bala en ascenso. Los Centinelas acababan de consumir
su minúscula participación en la letra pequeña de la historia.
A través de la superficie transparente de la cabina, Murdock Fisk
contempló asombrado cómo el ascensor que les precedía acababa por
estamparse contra el anillo y detenía en su lento giro a toda una sección,
anulando la gravedad artificial que ese movimiento producía y sumiendo
toda aquella parte del santuario en una oscuridad semejante a la que
asomaba entre su posición actual y las estrellas.
El coronel Rage y los hombres que lo acompañaban en aquella primera
oleada de desembarco estaban ahora, posiblemente, camino de un cielo
mucho menos tangible que el que Murdock y sus subordinados tenían ya
tan cerca. No hacía falta ser ningún experto en balística ni en impulsores
Red-Ag para darse cuenta de que el ascensor que cabalgaban acabaría
estrellándose junto al anterior, y que la tercera cabina que les perseguía
vendría pronto a rematar la faena.
Murdock Fisk se puso en pie y cargó a máxima potencia los dobles
cañones de sus brazos. Disparó una descarga contra la pared y al instante la
cabina se tambaleó.
La mella abierta en la superficie del anillo se hacía más grande a cada
segundo, como la boca de un ogro que esperara a engullirlos.
La pared de la bala cedió ante el fuego conjunto de varios Centinelas
que comprendieron sin más indicaciones lo que pretendía su líder
accidental. Un pequeño rasguño de metal se fue rompiendo, hasta adquirir
las proporciones de algo que bien podría hacer las veces de una puerta.
Murdock se volvió hacia la proa del ascensor y calibró mentalmente los
segundos que faltaban para el impacto contra el anillo. No iban a tener
tiempo de evacuar en orden el vehículo que los condenaba a la muerte.
—¡Hay que salir de aquí! —gritó, mientras su yelmo se cerraba—. ¡De
líder a todos! ¡Break! ¡Break!
Encendió los propulsores de sus jets y voló por encima de las cabezas
de sus hombres. Salió al espacio justo a tiempo de ver, convertido en testigo
único, el momento del choque brutal de la segunda cabina contra el cadáver
de la primera.
No había querido exequias, ni desfiles absurdos, ni clarines de oro.
Cuando el cadáver de Richard Kent se transformó en polvo, Galenne
Munroe recogió las cenizas en una urna de jade que tenía más de nueve
milenios y bajó, sin comentarlo con nadie, a la superficie del planeta.
El Nilo ya no era el poderoso río que había regado con su curso al país
de las dos tierras, sino una sombra del caudal majestuoso de antaño. De
todas formas, Galenne sabía que la última voluntad del dios amado habría
sido esa misma que ahora venía a cumplir. Vació las cenizas sobre las aguas
marrones, y los restos del superhombre se diluyeron en un remolino sucio.
Hubo poca poesía en el momento, nada que hiciera suponer en la existencia
de un más allá o un resurgir a la vida cuando el padre de todos los ríos
vomitara sus entrañas sobre el Mediterráneo, ahora más que nunca un
pequeño charco que comunicaba la arcología escalonada de El Cairo con la
enorme Megaciudad, que abarcaba extendida en horizontal la mayor parte
de lo que antes fue Europa.
Richard Kent había vivido sin hacer daño a nadie. Su defecto, quizá, fue
que tampoco había hecho bien ninguno. Encerrado en su torre, dedicado a
la instrospección, buscaba unos caminos que no supo hallar, incapaz de
afrontar la carga de la superioridad física que le habían legado sus
antepasados. Igual que muchos otros metahumanos, el sueño de la
inmortalidad y la pesadilla de la muerte le atraían y repelían a partes
iguales. Igual que el río, el curso de sus genes estaba seco, o eso había
creído.
Galenne Munroe se palpó el vientre. Todavía no más grande que una
cabeza de alfiler, pero prendido con fuerza en sus entrañas, se hallaba el
heredero de Richard Kent, el punto de encuentro con la sangre renovadora
de la Casa Munroe. Quizá por eso, aun sin saberlo, el viejo dios vencido
había dado por colmada su vida, al comprenderse abierto por fin a una
inmortalidad más verdadera que la que pretendía conquistar Jonathan
Bunyan.
Mucho tiempo después, cuando todo hubiera acabado, Galenne
reconocería no haber oído a tiempo la llamada a rebato de su padre desde el
anillo en el cielo. Pero también admitiría que, de haber conservado aún el
comunicador, tampoco habría acudido a su cita.
Los larguísimos minutos de escalada se le antojaban eternos. En el
visor, junto a las otras lecturas, Dave Cross comprobaba en un trance
hipnótico su propio ritmo cardíaco, las crestas y valles que indicaban la
tensión que galopaba como un potro salvaje dentro de su pecho. No podía
tranquilizarse.
El ascensor atracó por fin en la sección fija del anillo y el medio
centenar de derivantes entrenados por Javier Kurtzberg tomó posiciones a
ambos lados de la puerta. El mentor de los nuevos dioses hizo un gesto. Los
cuatro gajos de la proa de la cabina se abrieron, pero para sorpresa de la ex
periodista no había ningún comité de guerra dispuesto a recibirlos. La
batalla ardía en otro extremo del anillo edén, centrándose en el equipo
liderado por Avalon.
Javier Kurtzberg salió del ascensor y logró ver, en una remota curva del
anillo, cada vez más cerca, los efectos causados por la destrucción que traía
a su antigua morada.
Ya no habría vuelta atrás. Era su turno de reencauzar el destino de una
raza.
—¡Cierra la Columna de Nairobi! ¡No quiero el impacto de otro
ascensor sobre esa sección del anillo! —La ansiedad en la voz de Jonathan
Bunyan sorprendió a su lugarteniente.
—¿Nuevos problemas? —Luther Munroe, desborbado por la situación,
caminaba de un lado a otro, comprobando en las pantallas el avance de los
derivantes al ataque. Reconoció en la grabación la rubia cabeza de Jason
Prince, quien corría para salir de una sección donde el aire escapaba con la
premura de un fantasma.
—Esto no me gusta —murmuró el padre de los dioses—. ¿Cuántos hay
subiendo? ¿Desde cuántos radios de la esfera?
Los Centinelas de Nairobi, y los de Gabón, ¿pero quién acaba de llegar
desde Ecuador? ¿Cómo han abierto la vía?
Jonathan tecleó rápidamente una sucesión de órdenes, anulando el
código que los conectaba a la Tierra. Nadie podría entrar ahora en el
santuario del anillo. Ni siquiera los Centinelas que pudieran acudir en su
defensa desde otras torres. No le importaba. Era preferible un aislamiento
momentáneo a tener un desembarco de guerrilleros confluyendo sobre el
refugio de los dioses desde las diez Columnas.
Pidió información sobre la identidad de la persona que había abierto el
ascensor ecuatoriano, y al obtener la respuesta sintió que la sangre se le
helaba en las venas.
Cuando Tatsuo Takahashi comprobó que su ascensor quedaba detenido
a pocos kilómetros del final del trayecto, pudo ver a través de la cabina la
batalla que ardía más allá del lugar donde ésta, de no haber sido frenada por
alguna mano ajena, lo habría depositado. Y también cuál habría sido el
destino de su transporte si la potencia del impulsor Red-Ag no hubiera sido
desconectada: estrellarse contra los otros dos ascensores que le habían
precedido.
Una cremallera tendida sobre la sección externa del anillo indicaba la
existencia de una cápsula de impulsión que aceleraría su paso de un lugar a
otro del círculo espacial, llevándole con más rapidez a la zona habitada por
los dioses, la situada en órbita geosincrónica sobre el Atlántico, el objetivo
del desconocido ataque. Para llegar allí y cumplir su misión, el samurai sólo
tenía primero que salir del ascensor muerto, y con la capacidad destructiva
de su armadura eso no iba a representar ningún problema.
Andrea Vanderbilt era consciente de que su ventaja, perdido ya el factor
sorpresa, se encontraba en las armas que portaban. Podrían continuar su
rápido avance hacia el segmento habitado del anillo, al encuentro de Javier
Kurtzberg y los demás, si lograban evitar un cuerpo a cuerpo con los dioses.
Las escaramuzas que habían librado hasta el momento, al repeler sin
problemas al pequeño grupo encargado de detener su desembarco, habían
dejado claro que los metahumanos carecían del arsenal del que ellos hacían
gala. Mil años de desuso acaban por atrofiar un órgano, igual que mil años
de comodidad sólo consiguen volver tus huesos blandos. Los dioses habían
vivido confiados en su superioridad física, en la muralla que el espacio
abría entre la Tierra y su santuario, y por eso no habían sido capaces de
imaginar que algún día la muerte vendría a reclamar su tributo en forma de
sus propios bastardos.
Mientras consiguieran mantener esa superioridad, mientras los dioses no
lograran contactar directamente en una lucha cuerpo a cuerpo, el avance de
los guerrilleros estaba asegurado. Andrea imaginó un enfrentamiento a
puñetazos con alguno de los metahumanos que ahora se doblaban ante el
fuego cruzado del arsenal de batalla que llevaban, una batalla entre seres
capaces de regenerarse por muy graves que fueran las heridas sufridas, los
mitos para miles de años de generaciones futuras, y se echó a temblar. El
gran defecto de los dioses, su gran pecado, había sido encomendar a los
propios hombres su protección, descuidando aquello para lo que habían sido
fabricados. Los dioses habían entregado la custodia de las armas a los
Centinelas, y éstos no habían demostrado ser capaces de proteger a sus
amos cuando el momento lo exigía.
Entraron en una nueva sección del anillo y bajaron del transporte de
impulsión. Un grupo de dioses se batió en retirada, en busca de otro lugar
donde ofrecer una resistencia más lógica, menos a la desesperada. Jason
Prince se detuvo, se dio la vuelta.
—No voy a seguir —anunció, y se despojó del yelmo y la coraza.
El derivante llamado Mustang se paró a su lado. Su vello azul
chisporroteaba por la estática acumulada, como si su cuerpo contrahecho
reaccionara igual que el anillo a la absorción de energía procedente del
espacio.
—He cumplido mi parte —explicó Jason—. He abierto el ascensor. Os
he allanado el camino. Lo que venga después es cosa vuestra. Lo siento. No
soy un guerrero. Creí poder abrazar una causa... pero justa o no, mi misión
no es la violencia. No puedo hacerlo.
Mustang lo observó en silencio. Por un momento pareció que iba a decir
algo, ofrecer algún tipo de consuelo, pero se limitó a asentir,
comprendiendo que no era miedo lo que detenía al joven rubio, sino la
imposibilidad material de contribuir a la destrucción del único paraíso que
merece la pena, aquél donde todavía se asomaban los recuerdos agridulces
de la infancia. Se echó al hombro el cargador de Jason Prince y continuó
corriendo.
La noticia se difundió como la pólvora, de Casa en Casa, de un dios a
otro. El contingente de bastardos avanzaba por dos frentes como un alud
imparable, abriendo fuego, destruyendo enlaces, sofocando redes. Se les
golpeaba y sus cuerpos reverdecían con la misma prontitud que los suyos
propios, superada la disparidad genética en la que ellos habían cimentado
toda su estrategia. No conocían la piedad. Ni el miedo. Eran máquinas de
guerra regalada. Y lo más increíble, lo más doloroso, lo que ninguno de los
dioses habría sido capaz de imaginar, sus armas imposibles los mataban.
Escudada entre los cuerpos forrados de metal de Javier Kurtzberg y el
leal Rex, Dave Cross seguía el avance de la patrulla de derivantes, bajo el
haz de las explosiones y los bramidos de dolor y furia que exhalaban los
dioses. Intentaba apresuradamente tomar notas mentales de cuanto los
rodeaba, las escalinatas en bajada y subida, las fuentes rematadas por
caballos alados, las gigantescas cabezas de las estatuas, las torres retorcidas
y las avenidas despejadas, todo aquello que marcaba como ajeno el lugar
donde los metahumanos habían instalado lo que quizás hoy acabaría por ser
su última morada, un resto de civilizaciones y de arte incomprensibles, un
Valhalla de tesoros arqueológicos y edificios que imitaban o saqueaban
esplendores que para la humanidad sólo eran ya un sueño.
Entonces vio, recortada en el cielo en blanco y azul, como una burbuja
encantada, la Tierra de la que todos procedían, una esfera del tamaño de una
raqueta de tenis que escupía al espacio su presencia, segura de su
importancia. Frente a su serena trascendencia, Dave Cross supo que nada de
lo que sucediera en el anillo edén podría compararse con aquel globo de luz
y sombras que era la cuna del hombre, ya fuese dios, humano o derivante.
Frente a los desacuerdos y las veleidades familiares, frente a disputas y
separaciones, contra desarraigos y rupturas siempre quedaría el anclaje, la
seguridad de los cimientos que sostienen la casa.
—Ya basta. No podemos dejarnos dominar por el miedo. Somos dioses.
—Jonathan Bunyan conservaba la calma, fríos sus ojos como los de un pez
—. Nuestros antepasados fueron creados para enfrentarse a situaciones
peores que ésta y hacerlo sonriendo. No podemos ser menos que ellos.
—Esas armas que traen... ¡Están matando a los nuestros!
—Lo sé. Por eso no podemos repeler su ataque como si fuéramos
zombies ansiosos. Deja que los dos grupos de bastardos se encuentren.
—¡Se harán más fuertes!
—No podemos mantener una guerra en dos frentes, Luther. Si seguimos
efectuando asaltos a la desesperada, nos abatirán como a patos en un
estanque. Concentra a todo el mundo ante la mansión. Éste es su objetivo.
Les plantaremos cara.
—¿Crees que vienen hacia aquí?
—No tienen otra alternativa. Este lugar es el sitio al que intentarán
llegar. —Contempló el avance del grupo de ataque en las pantallas—. Sé
muy bien lo que quiere el líder de esos derivantes.
El samurai no pudo dejar de admirar la labor de muerte que había
regado en el cielo el grupo al asalto que le precedía. No conocía su
identidad, ni sus motivos, pero habían desembarcado en el olimpo del anillo
edén y estaban siendo capaces de sembrar el pánico entre los dioses. Se
preguntó cuál sería su estrategia, quién dirigiría la misión. Hasta la decisión
tomada por él mismo horas atrás, nadie había soñado con enfrentarse de
esta manera a los señores que poseían la Tierra. Quizá, pensó, esa sorpresa
esperada es lo que distingue a toda revolución, el chasquido alucinado de
una cuerda demasiado tensa.
Encontró a un cuerpo tendido y su armadura de combate lo analizó en
un par de segundos. Contrariamente a los otros cadáveres que había visto
hasta el momento, éste no pertenecía a un dios, sino a una derivante. Se
encogió de hombros. Había abatido a demasiados en el pasado para ponerse
ahora de su parte, aunque pudiera haber coincidencias en sus objetivos. Él
no había subido a los cielos para hacer la revolución. Se debía a un general
que luchaba en otro frente.
La enorme arma que todavía empuñaba la derivante muerta le llamó la
atención. Reconoció la tecnología, la potencia destructiva que sólo podía
deberse al mundo de las tinieblas, a los científicos del subsuelo.
Un arma capaz de matar a los dioses.
Aquella revolución no era la suya. No iba a relacionarse con el grupo al
ataque. Pero cogió el arma y comprobó que todavía funcionaba.
El dios desconocido al que buscaba no podría oponerle ahora ningún
razonamiento convincente.
—Han dejado de luchar.
La supermujer pelirroja jadeaba. Los dos grupos de Javier Kurztberg
acababan de encontrarse, y entre los yelmos y corazas, tras las armas, los
rebeldes buscaban rostros conocidos, camaradas que echaban en falta. Dave
Cross observó con sorpresa que Jason Prince no estaba presente, aunque
Andrea sí. Saludó a la ex Centinela con un gesto. La otra le respondió con
una sonrisa forzada, más parecida a una mueca.
—Se están reagrupando, nada más —anunció Javier—. Ahora empieza
la verdadera batalla.
Fuera cual fuese el resultado de la revuelta, Jason tal vez podría
instalarse en alguna de las zonas despobladas del anillo edén, alejado de
todo el mundo, a salvo de los demás y de sí mismo. No encajaba en ningún
sitio. Acababa de comprobar que la violencia era un camino sin retorno al
que de cualquier forma no pertenecía. La camaradería que los derivantes de
Javier Kurtzberg parecían gozar había sido, para él, una quimera. Tal vez su
cabeza fragmentada en vidas falsas le hubiera jugado malas pasadas cuando
deambulaba como un loco entre cielo y tierra, pero también le había dado
una perspectiva de las cosas. Meterse bajo la piel de entidades que ahora
sabía ficticias, asimilando sus mundos privados, le había prestado también
una comprensión diferente, un rechazo instintivo a la capacidad de provocar
sufrimientos con la violencia.
La batalla de Javier y los demás seguía su curso, pero la Tierra y el
anillo edén continuaban girando lentamente en el pozo infinito del espacio.
Regresó hacia el transporte de impulsión, dispuesto a buscar un escondite
en la sección abandonada del anillo.
La puerta del vehículo se abrió con una explosión de furia y un cuerpo
enloquecido cargó contra él, incrustándolo contra el suelo. Mientras trataba
de repeler las manos que como garfios se hincaban en su cara, Jason apenas
pudo reconocer el odio desprendido por el ojo metálico de Alexis
Maximoff.
Apuntaban a los corazones, a los ojos, a las bocas, a las ingles, a las
piernas, y los cuerpos que en otro tiempo habían repelido sonrientes
impactos de hierro, rechazando descargas de láser y rebotes de plasma, se
venían abajo entre surtidores de sorpresa y sangre, descabalgados como
muñecos sin patas, neutralizada la ventaja regeneradora gracias a la
paciencia de una tecnología prohibida, desarrollada durante un milenio bajo
tierra, en los rincones inexplorados del mundo de las catacumbas, entre
tinieblas.
Un grupo de dioses descendió entre ellos, descargando manotazos,
arrancando cascos, hendiendo corazas. Organizados ahora en la defensa de
un lugar concreto, los metahumanos respondían con menos pánico a la
programación marcada a fuego en los genes de sus antepasados. Davinia
Cross cayó al suelo, perdido el equilibro entre la masa de cuerpos y
armaduras. Unas piernas se posaron a su lado, y por la determinación con
que las botas se clavaban en el suelo, comprendió que alguien había
acudido a rescatarla del caos de la batalla. Alzó la mirada, y descubrió que
era Andrea Vanderbilt y no Javier Kurtzberg o Rex quien disparaba el
trueno de sus brazos contra el cerrado contraataque de los dioses.
—¿Vas a quedarte ahí abajo toda la vida, Cross? —masculló la ex
Centinela. Su armadura se iluminaba con las descargas azules de su cañón.
Estaba manchada de sangre ajena.
Dave se apoyó en una rodilla. Inexperta en el manejo de los
exoesqueletos, jamás se había sentido más torpe.
—Gracias —jadeó.
—Hoy por ti, mañana por mí —rezongó la mujer rubia—. En pie,
venga.
Dave la siguió como pudo. La cuña de derivantes se encontraba ya al
pie de las escalinatas que daban acceso a un palacio que se alzaba contra el
negro vacío del espacio, una catedral aún más alta que la orgullosa torre
donde se encontraban. Resbaló al no poder coordinar los impulsores de sus
piernas y acabó de bruces sobre un cuerpo tendido que la miraba con
expresión dolorida.
Mustang yacía en un charco escarlata. La capacidad regeneradora de su
cuerpo luchaba en vano contra el agujero que devoraba su organismo poco a
poco. En su última salida para detener el ataque derivante, los dioses se
habían apoderado de algunas de sus armas, y estaban aprendiendo cómo
usarlas.
Jason escupió sangre y sorpresa. Las manos de Alexis Maximoff se le
hundieron en el pecho, con la furia de un hombre que se zambulle en el
agua, y le arrancaron de cuajo dos costillas. Jason gritó. Descargó un golpe
a ciegas pero no alcanzó a su asesino más que en un codo. Los dientes de
Alexis brillaban como una luna blanca.
Un nuevo golpe en la cara y el pómulo de Jason reventó entre los
nudillos del dios enfebrecido. El ojo izquierdo se le llenó de un velo
cárdeno, y el zumbido en su oído le impidió escuchar la sarta de
improperios que sin duda su enemigo le dedicaba mientras se entregaba al
placer de darle muerte.
Se arrastró por el suelo, mientras el dios rubio continuaba a horcajadas
sobre su cuerpo, en la parodia más burda posible de un acto de amor
descontrolado, lanzando un ataque tras otro sobre su tronco, sobre su
vientre, sobre su cuello. Incapaz de defenderse, con las dos manos rotas y la
vista perdida, Jason sólo pudo apretar los dientes y esperar a que la
regeneración de su cuerpo acudiera en su ayuda antes de que todo fuera ya,
para él, demasiado tarde.
Venía a por Osiris. Estaba dispuesto a hacer detonar la bomba. Jonathan
Bunyan abandonó la sala de observación y recorrió, acompañado de los
fantasmas de sus antecesores, los pasillos abandonados de la mansión. El
resto de los dioses se concentraban ante las puertas, tratando de detener la
acometida de sus propios hijos. Él cruel Saturno iba a recibir una ración de
su impía medicina.
La bomba permanecía en medio de una enorme sala desierta, flotando
en un campo de estasis que, no le cupo duda, no significaría nada para la
furia desatada del líder de los derivantes. El dios renegado a quien la
mayoría de los otros dioses sólo consideraban un cuento perdido, una
leyenda, había regresado para hacerla estallar, y Jonathan estaba convencido
de que la muralla de superhombres que había interpuesto entre su objetivo y
su destino no podrían contener una espera de más de mil años.
No podía destruir a Osiris. Ninguno de sus predecesores había osado
acercarse siquiera a los puntos iluminados de aquella negra caja. Sólo tenía
una opción abierta, si quería que hubiera futuro para los dioses.
Lanzaría la bomba mutágena al espacio, lejos del anillo, allá donde el
dios disidente no pudiera encontrarla.
Exhaló un suspiro de amargura y de su nariz brotó un espumarajo de
sangre. No podía respirar. Las manos de Alexis Maximoff se clavaban en su
carne como un martillo, como un hacha, sin piedad ni descanso. Aturdido,
Jason Prince comprendió que, a su manera, el dios repetía sobre él la agonía
que había acabado con la vida de su hermano.
El equilibrio se restablecería por fin, pensó en medio de una alucinación
de culpas y redenciones. Su sufrimiento terminaría, y tal vez también el
propio Alexis encontraría el sosiego que jamás había hallado a lo largo de
sus treinta y pocos años de existencia.
Vencido menos por la sorpresa que por la vida, Jason abrió los brazos.
Fue una casualidad que lo hicera en cruz, nada que ver con el sacerdote que
lo había engendrado. Abrió los ojos y captó el destello del bastón que caía
hacia su frente.
Supo que Alexis ya lo había empleado para causar otra muerte cuando
vio en su afilada punta una mancha seca de sangre.
Se posó como un dragón de hierro en las alturas del edificio parecido a
una pagoda. Abajo, dioses y derivantes se enfrentaban en una batalla
encarnecida. Con los sensores de su visor desplegados al máximo, Tatsuo
Takahashi trató de tomar una decisión. Ignoraba cuál de todos los habitantes
del anillo podría ser el padre biológico de Izanami, pero con la revolución
en curso, no iba a poder plantarse entre ellos y demandar un juicio de honor
del que salir triunfante.
Acarició el arma. Entre todos los dioses que poblaban el anillo, jamás
encontraría al corruptor de Shai'r, pero su código de combate lo dejaba muy
claro. Para satisfacer su honor, el samurai no podía aceptar más que una
alternativa.
Alexis Maximoff echó los brazos hacia atrás, tomó impulso, aferró con
fuerza el bastón de plata. Un sol de naranja le asomó entonces por el pecho
y borró su corazón. La sorpresa y el odio del dios tuerto se consumieron
como la vela que un torrente apaga. Impulsado por la fuerza del impacto,
descabalgó a su víctima y se desplomó en el suelo, arrugado igual que una
prenda de ropa vacía.
Jason parpadeó. Se apoyó en un codo y logró ver frente a él a una figura
conocida que empuñaba una de las armas que los derivantes habían subido
al anillo. Egoísta y en último extremo solidaria, Bianca Prince no se había
unido al resto de la batalla en el cielo y buscaba el camino de huida hacia la
Tierra.
—¿Quién me iba a decir que tengo instinto materno después de todo,
eh?
Dio un paso hacia su hijo caído y se desplomó a dos metros. Jason vio
entonces el taladro de luz que le había cruzado la cabeza y le marcaba en la
frente el punto carmesí de una diosa india.
—¡Sígueme!
Javier Kurtzberg ladró la orden con tanta autoridad que Rex ni siquiera
se planteó ninguna duda. Corrió detrás del mentor de los nuevos dioses y
entre ambos franquearon las escalinatas, como un cuchillo caliente en una
pompa de jabón. Distraídos en repeler el resto del ataque, los defensores
cayeron ante sus disparos y no osaron detenerlos.
—Se ha vuelto loco —comentó Andrea Vanderbilt, a resguardo tras una
de las estatuas—. Con acciones como ésa sólo conseguirá que lo maten.
Dave Cross se acurrucó junto a ella.
—No. Sabe bien lo que hace. Corre en busca de Osiris. Va a detonar la
bomba.
Los ojos de Andrea relampaguearon un segundo.
—¿Qué demonios...?
Comprendió en un instante lo que el dios inmortal pretendía hacer. Se
irguió en la armadura, disparó una ráfaga de plasma que le asegurara el
camino y corrió tras él.
Sin saber muy bien qué papel podría desempeñar en el drama que entre
todos estaban representando, Davinia Cross se puso en pie y siguió a su
amiga.
Avalon se acercó cojeando. Llevaba al hombro el cañón, y uno de sus
costados sangraba por una herida que pronto estaría cerrada. Jason la vio
surgir tras los escombros provocados por las explosiones y la furia del
combate, pero se sentía tan agotado que ni siquiera tuvo fuerzas para hablar.
Se arrodilló como pudo junto al cadáver de Bianca y le cerró los párpados
con una mano rota.
Avalon se detuvo junto a él. Contempló a la diosa a la que acababa de
matar con un disparo.
—¿La conocías?
Jason meneó la cabeza.
—No, no demasiado —murmuró—. Era mi madre.
Un dios de piel oscura le salió al paso. Javier pensó que tal vez fuese un
descendiente de los Wilson, sus antiguos compañeros de armas, pero no se
entretuvo en buscar más posibles apellidos. Abrió fuego contra Luther
Munroe y la sangre roja del segundo de Jonathan tiñó las paredes de
espuma incandescente. Osiris tenía que estar ya muy cerca. El tintineo de su
corazón lo anunciaba.
Andrea no quería juzgar, ni sabía hacerlo, si la acción desesperada de
Javier Kurtzberg sería, a la postre, buena o mala. Da-ve le había explicado a
la carrera el destino de Osiris, y la derivante no estaba en disposición de
comprender más que una cosa. Si no detenía al metahumano antes de que
encontrase la bomba, fuese cual fuese la potencia del artefacto, fuera a
apagar la energía de sus células o reventase sin más como una traca, la
explosión liberada podría bastar para destrozar la mansión de los dioses y,
al hacerlo, matarlas a ambas.
Desembocaron en una sala enorme, vacía como los sueños de un
anciano. Lejos, fuera de su alcance ya, iluminados tan sólo por el reguero
de las baterías de sus armas, Rex y Javier parecían haber encontrado la
bomba, y a alguien más. Andrea no pudo reconocer, en la distancia, al dios
que embozado la había derrotado en los tejados del Vaticano, pero sí pudo
ver otra cosa.
El techo de la nave se abría al espacio. Lejos, como una hostia
empapada en sangre, las vigilaba la Luna. Junto a la pared, una pequeña
cápsula de mantenimiento yacía abandonada a su suerte.
—¡Ahí dentro, rápido!
Dave vaciló. Al fondo de la sala, oyó un estrépito. Alguien acababa de
unirse a los tres hombres. No pudo identificar quién era. De haber estado
más cerca, no lo habría reconocido tampoco. Trató de oponerse a los brazos
de Andrea, pero comprendió que cualquier resistencia sería inútil.
—¡No cabremos las dos! —protestó.
—¡Claro que sí, Cross, no estás tan gorda!
Faltaban tal vez segundos escasos para que Javier Kurztberg alcanzara
su objetivo, para que Osiris estallara. Andrea se dispuso a subir a la cápsula,
pulsó el botón de ignición cuando todavía no había acabado de hacerlo. El
vehículo de mantenimiento estaba operativo, por fortuna.
Terminaba de subir a bordo cuando un estallido hizo que su arma le
reventara en el pecho. Andrea Vandebilt resbaló hacia atrás, aturdida.
Davinia Cross gritó al comprobar que la cápsula se cerraba y dejaba a la
derivante fuera. Mientras la ex Centinela caía de espaldas, una nueva figura
saltó desde el techo.
Murdock Fisk se unía a la cita.
La cápsula rompió la vidriera y escupió a la periodista al frío y la
seguridad del negro espacio.
Se encontraron frente a frente por fin, el dios renegado y el líder de sus
antiguos compañeros. El pasado dispuesto a enmendar un rumbo y el
presente con pretensiones de mañana. Jonathan observó con envidia al
hombre que se acercaba. Había oído hablar de él, poseía un extenso dossier
sobre sus actividades en el anillo, cuando los dioses eran jóvenes y sus
hazañas leyendas. Todavía, en algún remoto archivo de memoria, el
programa que seguía los latidos de su corazón continuaba contando,
anunciando sus más de mil años de existencia. Javier Kurtzberg era todo lo
que él había querido para los suyos, existencia más allá de los límites
biológicos, apego a la vida por encima de barreras. Pero venía a acabar con
lo que él era, con los sueños que pretendía abarcar.
—No lo conseguirás, Kurtzberg —dijo, y por primera vez en siglos su
voz sonó temblorosa, como la de un niño que se enfrenta a un adulto que
teme y respeta—. No conseguirás detonar la bomba. Antes la lanzaré al
espacio, donde no puedas hallarla.
Pulsó un control y una rampa de lanzamiento se alzó en el suelo, bajo
Osiris.
Javier se detuvo un momento. Rex lo imitó. Al fondo de la inmensa
nave vacía, resonaron las pisadas de Davinia Cross y Andrea Vanderbilt,
recién llegadas.
Una gárgola de metal amarillo descendió del techo envuelta en
estrépito, alcanzó a Jonathan y lo derribó. El padre de los dioses soltó el
control, pero todo estaba conseguido. Osiris iba a ser lanzada al espacio, y
ni siquiera el milenio de planificación de Javier Kurtzberg impediría al
orgulloso metahumano salirse con la suya.
Si no conocía al padre de Izanami, si le resultaba imposible adivinar la
identidad del superhombre que había engendrado a quien sería su hija,
Tatsuo Takahashi sólo podía confiar en el neoshinto. Mejor que matar a un
soldado, aniquilar a su señor. Antes de decapitar a un general, destruir al
rey. Mejor el padre de todos los dioses que el progenitor anónimo de su
niña.
Jonathan resbaló ante la fuerza de su impulso. No consiguió atisbar el
rostro del samurai por dentro del casco. Tal vez no lo habría reconocido de
todas formas. Los dos cuerpos entrelazados se clavaron al suelo y antes de
que el dios de dioses supiera reaccionar, un disparo atronador le abrió en
canal una parte del pecho.
Javier Kurtzberg saltó hacia la bomba. La empujó, lo suficiente para
sacarla de la rampa de lanzamiento, para apartarla de la máquina que la
escupiría al espacio, fuera de su alcance. Osiris rodó como un huevo de
pascua, de costado, alejándose de la melé de hombre y dios.
Al fondo de la nave, una cápsula brotó hacia el techo. Jonathan Bunyan
y Tatsuo Takahashi cayeron fundidos en un doble abrazo sobre el sistema
eyector, y fueron ellos, no la bomba, quienes acabaron siendo lanzados al
espacio.
Murdock Fisk la contempló, tendida en el suelo, con la armadura rota.
Avanzó hacia ella dos pasos, se plantó ante Andrea. Alzó el visor.
Andrea Vanderbilt se incorporó a duras penas. Su única posibilidad de
huida había escapado junto con Dave Cross. Miró al cielo. La cápsula de
mantenimiento era una bola de cristal que se perdía de vista.
Murdock alzó la pistola. Le apuntó entre los ojos. Recordó a la diosa de
mármol que tanto había admirado, su belleza superior, su inteligencia
serena. No fue capaz de recordar qué le había llevado a destruirla de un
disparo. La frustración, tal vez. El puro odio.
Andrea lo vio acercarse, hermoso y solitario, el único superviviente del
contingente de Centinelas enviados a detenerlos. Comprendió que iba a
morir igual que ella, cuando Osiris estallara. Sintió lástima.
Javier Kurztberg se arrodilló junto a la bomba. Una luz parpadeando en
rojo lo saludó. Todavía funcionaba. Todavía contenía su letal carga. Todavía
esperaba que le diera el uso para el que había sido diseñada.
Una ventana se abrió en la parte superior de la máquina. El botón verde
se ofreció a su mano. La extendió.
—No la toques, Javier. No se te ocurra tocarla.
El dios renegado se volvió. Frente a él, espantado por la presencia de la
bomba, Rex le apuntaba con una de aquellas armas que tanto tiempo había
costado diseñar.
—Apártate de ella. No la roces siquiera.
Javier sacudió la cabeza.
—¿No comprendes, Rex? Es el final del camino, hijo mío. Osiris tiene
que estallar. Para que todo vuelva a ser como antes. Hay que enderezar esta
mentira.
—¿Una bomba? ¿Eso pretendías todo el tiempo, Javier? ¿Hacer volar el
anillo? ¿Destruir otra vez la Tierra?
Javier, agotado, suspiró.
—El anillo no, Rex. Al anillo no le pasará nada. Ellos. Nosotros. Tú y
yo. Se acabará la diferencia. Los hombres podrán empezar de nuevo cuando
quieran.
Rex conocía aquella voz. Algunos de los dioses la tenían también, según
había escuchado. La capacidad de convicción, de seducción de una
serpiente ondeaba tras el aleteo de aquellas cuerdas vocales. Si su mentor
seguía hablando, fijando en él sus ojos de cera, la bomba estallaría en
cualquier momento. Quizás él mismo correría a pulsar el detonante.
Abrió fuego contra Kurtzberg. Dos, tres ráfagas azules. La sangre del
dios errante bañó la bomba, salpicó suelos, el propio yelmo del
superderivante.
Javier se tambaleó, herido de muerte, luchando contra los agujeros que
se comían su cuerpo, haciendo acopio de su poder regenerador. Forzó una
sonrisa de disculpa.
—Lo siento, Rex. Créeme. Podrías haber corrido al exterior... podrías
haberte salvado de la muerte.
Rex disparó una nueva descarga. Javier giró como una peonza y se
desplomó contra la bomba. Su mano enrojecida se cebó en el detonador, lo
empujó hasta el fondo.
La explosión sacudió los cimientos del mausoleo, deteniendo la batalla
en las escalinatas. Javier Kurztberg había satisfecho por fin un sueño
propio, o una ambición impuesta.
Osiris había dejado de existir.
Era el reino de Horus lo que ahora comenzaba.
La onda expansiva los arrojó al uno contra el otro. Abrazados, sintiendo
entre ambos el metal interpuesto, la sangre desparramada de las heridas,
Murdock Fisk y Andrea Vanderbilt apenas tuvieron tiempo de sentir la ola
de fuego que los consumía mientras sellaban con un beso inútil su larga
batalla de amor, odio, muerte y vida.
A lo lejos, en lenta rotación sobre la Tierra, quedó la morada de los
dioses. El fulgor del estallido la deslumbró un instante, y al cerrar los
párpados horrorizada Davinia Cross notó cómo una lágrima de furia le
corría por la cara. Andrea le había salvado la vida, condenándose a sí
misma a la explosión, pero le había privado de aquello que más quería,
aquello por lo que no le habría importado renunciar a todo, ser testigo
directo del final de una pesadilla.
La llamarada se convirtió en una niebla densa que se extendió como un
espectro por el anillo edén, condensada y caliente, un puro bálsamo de
fuego. Era un ave fénix que resurgía de sus cenizas, un genio blanco que
escapaba de su encierro de mil años, desatando recuerdos, aniquilando
venganzas, sembrando un caudal de sorpresa y miedo.
La enorme rueda en el espacio se cubrió del barniz de su avance,
anegados los niveles, los segmentos, las secciones, los palacios y avenidas,
la boca de los ascensores, el negro tubo que unía las torres. Activado tras su
letargo de un milenio, el virus se convirtió en un chaparrón granate que
chorreó por las diez Columnas, amplificándose, repitiéndose,
desbordándose. Si hubiera sobrevivido a la explosión, si sus células
rehechas una y un millón de veces hubieran podido recuperarse una vez
más al caos desatado, Javier Kurtzberg habría comprobado con sorpresa que
aunque él fuera Isis, su misión no tenía la finalidad que creía. Su función en
el desarrollo de la historia no pasaba de ser la de mero actor secundario, el
comparsa que brinda los puñales que desencadenan el drama.
Osiris había sido una bomba incompleta. La pieza que faltaba para
completar su ciclo era el propio anillo edén. Aquella dinamo en el espacio,
igual que una gigantesca campana de resonancia, ampliaba su potencial
destructor, como hacía con la luz que llegaba del Sol, escupiendo a la Tierra
el efecto infinito del virus capaz de manipular las hélices dobles del ADN,
sin tener apenas efecto sobre derivantes ni dioses.
Jonathan Bunyan sólo tuvo tiempo de sentir cómo una sección del anillo
explotaba a sus espaldas y la llamarada se extendía sobre el panteón que fue
su casa. El samurai conectó los impulsores de su armadura y, todavía
entrelazado al dios en una presa de oso, inició el descenso hacia la Tierra.
La sangre del dios le bañaba de una costra escarlata. No dejó de disparar ni
un solo instante, aunque sabía que los movimientos desesperados del líder
de los dioses se debían ya al puro estertor que presta la muerte.
Jonathan se rebullía como un vampiro que trata de repeler la estaca en
sus costillas, hasta que los disparos repetidos de Takahashi destrozaron su
corazón como un rayo de luz contra las sombras. Ni siquiera cuando dejó de
agitarse soltó el samurai su presa.
Caían los dos en una bajada de días hacia el pozo de gravedad del
planeta cuando el halo de luz liberado por Osiris los cubrió como una manta
blanca.
Saltando de una Torre a otra, el virus llegó a las nubes, bañó la Tierra,
se fundió en el oxígeno y se clavó con garfios de hielo en los pulmones de
los hombres. Allí se hizo fuerte, se reduplicó, liberando todo su potencial
genético sobre las células.
Durante minutos, el planeta se cubrió de su ceniza. Recién nacido, veloz
en la consecución de su ciclo vital, Horus se extendió como polvo de hada
por la atmósfera, hasta prender los genes sumisos de una humanidad
dormida.
Jean-Claude Hubinon saboreó en su garganta el amargo regusto de la
bomba mutágena. Todavía estaba tendido en el suelo, con medio cuerpo
destrozado, junto al cadáver de Toledo que le había regalado Alexis
Maximoff. Se llevó una mano a la cara y para su sorpresa vio que sus dedos
engarfiados se soldaban, y la mejilla abierta por la garra del dios loco se
cerraba, y sus hombros machacados volvían a enderezarse como si la
tortura a la que había sido sometido horas atrás no fuese más que el sueño
imaginado a medianoche, cuando los monstruos acechan bajo la cama.
Se acercó tambaleándose al ventanal. Horus se disipaba con la lluvia,
reducido a un reguero de algodón de caramelo que se derrite con el agua, la
espera de un millar de años liberada en unos minutos de tormenta. Hubinon
miró al cielo. El anillo edén seguía en su sitio, girando al lento compás de la
Tierra, acompañándola para siempre en su baile de máscaras.
No sabía qué podía haber sucedido en el puente del arco iris donde
vivían los dioses. Tiempo tendría de averiguarlo, cuando la experiencia de
gente como él fuera imprescindible para moldear el mañana. Bañado de
sangre seca, dolorido aún por la pérdida de la derivante que había creído
amar, Jean-Claude Hubinon vio a la gente que corría asombrada por los
niveles de la arcología, los gestos de sorpresa, las miradas incrédulas.
Respiró hondo una vez más. Ya no le supo el aire a veneno. Había
cambiado. Todos lo habían hecho.
Sabían, por primera vez en sus vidas, qué colores tenía el mundo desde
los ojos de dios. Horas había cumplido su misión. De par en par, las puertas
del futuro habían quedado abiertas.
—No he llegado a saber nunca si Javier Kurztberg me mintió o si vivió
un millar de años programado en el engaño. Tal vez Smallville guardaba
con él un doble as en la manga, fruto de la paciencia y de las intrigas. Osiris
liberó su antídoto sobre la Tierra, pero al hacerlo no anuló la superioridad
de los dioses, sino que acabó con las desigualdades genéticas, procurando
un extraño borrón y cuenta nueva.
»Desde el espacio más allá del anillo edén fui testigo de cómo el planeta
se cubría de un vaho blanquecino y temí que todo hubiera terminado, que
me hubiera visto condenada a ser la última superviviente. Me equivoqué en
parte, como quizá se equivocó también Javier Kurtzberg, muerto por
defender una humanidad a la que ya no pertenecía, una humanidad que
ahora no existe.
»E1 eterno retorno se cumplió. El orden surgió del caos, como en
cualquier mito donde se mezclan abismos y aguas primigenias, las energías
de la destrucción y la creación de las primeras luces. La bruma cubrió la
Tierra y se posó en ella como una burbuja blanca. Sólo duró unas horas,
pero su efecto no se borrará ya nunca.
»Me rescataron de la cápsula cuando pensaba que mi destino era vagar
por el espacio hasta quedarme sin aire. Un grupo de Centinelas que ya no se
debían a ninguna causa, la patrulla enviada a detener una revolución
imparable. Nada más verlos, comprendí que sus pupilas brillaban con un
fuego que me estaría prohibido para siempre.
»Los dioses habían dejado de existir. Habían sido nivelados,
compensados, despojados de su exclusividad. Toda la humanidad había sido
adelantada una casilla en el gigantesco tablero de la evolución. Los
problemas y conflictos que puedan acechar desde el futuro se deberán a
otros factores, como antes del Apagón, no a una marca que distinga a unos
y otros desde la cuna.
»Jason Prince ya no está solo. Galenne Munroe ya no se siente única.
Tatsuo Takahashi ya no se diferencia de aquellos seres a los que condenó a
una eterna huida. El destino de todos vuelve a ser común. La meta después
de la Tierra volverán a ser las estrellas.
»La humanidad ha sido trascendida, bañada de una nueva capa de
ilusiones, de espejismos y fantasías, de orgullo y ansia. Ahora existe en
verdad un mundo de dioses donde nadie se diferencia genéticamente de su
vecino, donde las limitaciones de la vida son distintas, donde el dolor está
más lejos y las características biológicas los ponen al alcance de otros
ideales, de otros planetas. Una nueva raza de superhombres ha sustituido a
la raza a la que sólo yo pertenezco ahora, la raza que eliminaron Osiris y
Horas, la raza que en el pasado fue el recuerdo de Javier Kurztberg y ahora
es añoranza mía.
»En más de un sentido, soy la última de mi especie. No me alcanzaron
los efluvios de la brama. Un camino evolutivo se cerrará conmigo cuando
muera. Me llamo Davinia Cross. Antes que ninguna otra cosa, ayer fui
periodista. En este mundo de dioses, hoy soy leyenda.
AGRADECIMIENTOS
En el largo trayecto que va de Megaciudad al anillo edén, han sido
muchas las personas que han confiado en mí y en este proyecto. Quiero dar
las gracias a Carlos Pacheco, el primero que creyó en la historia y también
el primero en abandonarla, cuando quisimos reconvertirla a un cómic que
tal vez hubiera sido importante aunque habría tenido muchas páginas. A
Javier Redal, Juan Miguel Aguilera, José María Rivas, Tomi Canales y
Alfredo Denítez, por ayudarme a cubrir de una pátina de técnica y ciencia
lo que en el fondo no es sino una fantasía sin justificaciones. A los
miembros del jurado de la UPC, por haber creído en las posibilidades de
este libro y haberme concedido medio premio cuando lo que leían no era
más que un episodio piloto de una serie inconclusa. A Jaime González, Javi
Tirados, Pablo de la Torre, Vicente Quignon, todos ex alumnos y hoy
buenos amigos por cuya ilusión he completado la historia, ya que no podía
dejarlos con la intriga en el aire. A Juan Estela, por sus magníficas
diapositivas y sus palabras de ánimo. A Antonio Romero y Mariló, porque
sí. A John Williams, Jerry Goldsmith, James Horner, Alan Silvestri y John
Barry por marcar el compás de las escenas con su música.
Y a Isa, para quien inventé esta historia de viva voz un atardecer de
agosto, frente a la vista hermosa de las murallas de Cádiz sobre las olas.