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Miedo

El documento narra la experiencia de un individuo que, al caminar por una ciudad llena de alegría y celebraciones, se siente fuera de lugar y finalmente se desmaya, solo para despertar en un entorno gris y solitario. A través de una serie de reflexiones, el autor expresa su lucha con la creatividad y la pérdida de inspiración, sintiendo que sus ideas han sido robadas. Sin embargo, al final, encuentra un resurgimiento de su pasión por la escritura, simbolizando un renacer emocional y creativo.

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Miedo

El documento narra la experiencia de un individuo que, al caminar por una ciudad llena de alegría y celebraciones, se siente fuera de lugar y finalmente se desmaya, solo para despertar en un entorno gris y solitario. A través de una serie de reflexiones, el autor expresa su lucha con la creatividad y la pérdida de inspiración, sintiendo que sus ideas han sido robadas. Sin embargo, al final, encuentra un resurgimiento de su pasión por la escritura, simbolizando un renacer emocional y creativo.

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MIEDO (28/02/2015)

Tuve miedo aquella tarde. Me deslizaba por una avenida céntrica de la ciudad y un aroma
dulce inundó el ambiente de un momento a otro. Todo se iluminó y de las esquinas
emergieron globos multicolores, flores, esquelas perfumadas, canciones románticas y los
semáforos se derretían por el influjo de los rayos solares.

Las paredes de los edificios también lucían reblandecidas y al hurgar mis dedos en ellas noté
que su textura era similar a la de los chocolates que se regalan los enamorados. Luego de
unos segundos empecé a tropezar con cientos de figuras afelpadas que caían desde un cielo
abierto atravesado por infinidad de arco iris. Las aceras se fueron llenando de parejas que
iban cogidas de la mano y desfilaban ante mis ojos en medio de caricias, besos prolongados y
promesas que sonrojaban sus rostros sonrientes.

Todos iban hacia el norte, mientras que yo me abría paso en la dirección opuesta. Un puñado
de payasos ensayaba malabares en la cuadra siguiente, los pájaros cantaban con alegría desde
las azoteas, el herbaje se multiplicaba a lo largo del asfalto y hasta creí escuchar los acordes
de un conjunto de violines en una plazoleta cercana. Los mendigos que siempre estaban
tirados por allí pidiendo monedas fueron reemplazados por cuenteros y artistas teatrales, los
perros callejeros se mostraban regordetes y sus piruetas desafiaban los avatares del viento, los
vendedores ambulantes vestían de gala en sus casetas atiborradas de detalles plateados
(pulseras, aretes, esclavas, brazaletes, etc) y algodones de azúcar y la gente parecía estar allí
por razones celestiales, como si aquel lunes fuese una jornada fraterna en la que el amor y la
amistad eran los invitados especiales.

De cualquier forma seguí mi trayecto. Las serpentinas explotaban sobre mi cabeza y de cada
aviso salían montones de confeti. Muchos me ofrecían copas de champaña, trozos de ponqué,
mensajes poéticos y hasta creí ver los coqueteos de algunas chicas que con sus rostros
maquillados y sugestivos vestidos me invitaban a hacer parte de la multitud. Sin embargo no
alteré el rumbo y dejé atrás las espontáneas celebraciones. Pero el panorama no cambiaba por
más que intentaba alcanzar mi destino y llegó un punto en que se me hizo imposible avanzar.
Quedé en medio de muchos desconocidos y el aire fue escaseando. La visibilidad se nubló y
supe que caería por el suelo, y así fue.

Cuando recobré el sentido me descubrí apostado en una esquina con mis ojos puestos en un
punto distante del firmamento. La gente seguía pasando sin cesar, pero los detalles especiales
de unos segundos antes se hallaban ausentes. Tan solo se veía un corredor asfaltado sin
violines, sin acordes, sin herbaje, sin pájaros en las azoteas y sin los típicos malabares de
aquellos payasos que se habían desvanecido entre los tonos grisáceos del separador vehicular.
Mi reloj de pulso marcaba casi las tres y la única pareja que deambulaba por allí estaba
conformaba por el ruido del tráfico y las conversaciones tímidas de los transeúntes. Hombres
y mujeres se perdían en el horizonte sin aquellas promesas que se transmiten con la calidez de
un beso o la ternura de una caricia en esta sociedad cada vez más insensible.

Me reincorporé del andén y recordé que tenía una cita a eso de las cuatro de la tarde en la
pileta del Parque Centenario. Con lentitud me dirigí al sitio de reunión y noté que numerosas
figuras afelpadas y cajas de chocolates se agolpaban a lo largo y ancho de las vitrinas de un
centro comercial. Al cruzar frente a ellas tuve una extraña sensación que me obligó a aligerar
la marcha. Cientos de voces se agolparon en mi mente y entonces de las paredes de los
edificios emergieron ecos pasados que intentaban reblandecer la férrea compuerta que
resguardaba mis sentimientos de cualquier influjo exterior.
La distancia con respecto a la pileta fue menguando y a unos cien metros todo se iluminó. De
nuevo aparecieron los globos multicolores que caían desde un gigantesco ocobo, las flores se
sacudieron entre mis manos, las esquelas perfumadas saltaron de uno de los bolsillos de mi
camisa, la canción romántica viajaba a través del viento y los semáforos se pusieron en verde
para que avanzara sin demoras hasta el lugar acordado. A lo lejos divisé una esbelta silueta
que se hallaba impaciente en aquella avenida céntrica de la ciudad. Un aroma dulce invadió el
ambiente de un momento a otro y por segunda ocasión tuve miedo durante un martes que más
bien parecía un jueves.

Miré a todos lados y me sentí a salvo sobre la silla de siempre y con la luz del cristal líquido
de una pantalla titilando tímidamente. Suspiré con tranquilidad, prendí un cigarrillo y terminé
de golpe con el café frío que estaba a mi derecha. Rebobiné la película y entonces supe que
en últimas era viernes. La supuesta cita era con Salomé, una de mis invenciones literarias.
Sonreí un poco a causa de mis ocurrencias de fin de semana. Luego la sala de mi casa se
quedó en silencio y un sonido aterrador se empezó a escuchar dentro de mi pecho. Descubrí
que de cierto modo una parte de la historia era algo más que ficción. Y tuve miedo de verdad
aunque no puedo explicar por qué ni encontrar el foco directo de esa intempestiva aversión
nocturna.

EL PESO DE LOS DÍAS (8/03/2015)


Últimamente las noches me pesan más que los días. Por estos tiempos somos parte de esa
masa sin rostro que deambula por la nada y la noche solía tocar a mi puerta con la sonrisa del
viento arrullando mis oídos, pero ahora las sombras caen mientras me arrastro por un pasillo
desprovisto de la magia y el fulgor de las palabras.

Todo ha cambiado y siento como si una figura invisible hubiese asaltado mi cuarto para
robarme un montón de historias, cuentos y poemas que ya jamás escribiré. Mis pensamientos
se han tornado estériles y esa pasión interminable del pasado mes de enero ha escapado del
fondo profundo de mi imaginación. El gotear de las ideas ha cesado como el cauce de un río
que detiene su marcha a la par de los embates del progreso y el susurrar de las hojas yace
sepultado bajo los escombros de un bache creativo.

No hay mariposas revoloteando alrededor de mi escritorio y aquella primavera multicolor es


apenas un aroma dulce que de vez en cuando se filtra por debajo de la puerta de mi casa. Sin
sonrisas no existe la vida más allá de esta vida y entonces escribir es como dibujar un gesto
sin forma sobre el lienzo moderno de la rutina. Y si escribo de ese modo no habrá girasoles
parlantes ni melodías para un par de novios sordos y mucho menos corazones dispuestos a
entender el lenguaje indescifrable de lo imposible.

El punto es que no puedo escribir y llevo casi un mes soñando en que mañana volveré por esa
senda en que los versos crecen por las orillas de un camino ligeramente empolvado. En mis
sueños las frases dictan sentencias anónimas que se cuecen con las flamas de mi bolígrafo y
de los trigales emergen fantasmas propios y ajenos que le ofrecen múltiples tonalidades a mi
mirada. Se sueña lo impensado y al soñar tomas la decisión de hacer realidad los eventos que
allí se suceden. ¿Por qué no un manantial desbordado en promesas humedecidas a punta de
recuerdos? ¿Por qué no una humilde choza en la que respiran un puñado de voces que
pertenecen a otra versión de ti mismo? Pero los sueños son un quizás y el mañana ha llegado
en incontables ocasiones sin la recompensa de mis parajes oníricos. Sigo con la cabeza llena
de cucarachas y con el pecho atragantado de sensaciones que se extinguen con el paso de las
horas.

La hoja en blanco es la metáfora perfecta de una vida sin escritura. Los renglones que no
fluyen se asemejan a las emociones adormiladas que nos transforman en esclavos de un
sistema productivo. Las ideas estancadas son los clamores del desaparecido y los gritos
silenciados por las balas perdidas de un asesino en serie que camina impune por el asfalto y
los grandes edificios corporativos. La tinta que no se inscribe sobre el papel es el veredicto de
la muerte que va pintando un epitafio multitudinario a lo largo y ancho de un papiro
postmoderno. Y mientras escribo todo esto mi cuerpo se sacude de forma extraña.

El silbido inicial de Winds of change va de un lado a otro al interior de mi mente. La tinta ha


rebosado el pozo de la incertidumbre y las ideas han tomado forma, coherencia y significado.
Ondean con frenesí al ritmo de una deliciosa cadencia que ha contagiado el espacio vacío de
los renglones, los que a su vez se muestran como series sucesivas que me han conectado
nuevamente al respirador artificial de mi escritura.

Las sensaciones han trepado por mi garganta y las cucarachas han sido reemplazadas por
libélulas y grillos. Sueño despierto y el bolígrafo de aquellas travesías imaginarias se ha
transformado en un teclear incesante en el lugar de siempre. Y todo pasa tal como lo soñé:
están las voces de mi otro yo, la choza que retumba con sonidos ininteligibles, el manantial
con aquella sirena varada hace diez o quince años y del cielo llueven anhelos pasados. Y
mientras lucho contra el llanto que hace temblar mis ojos, la escritura se va asomando por los
cristales de la fantasía.

La veo descender como una estrella fugaz y pienso en ella como un regalo jamás esperado.
Se acerca deshojando lágrimas que impactan en la parte inferior de este texto y su esencia se
replica hasta formar el girasol de aquel 7 de julio. Mi corazón sonríe y las emociones
adormiladas se abren de par en par, como si la vida cantara en una noche que pronto será
madrugada. La primavera es inevitable y el vuelo de las mariposas alrededor de mi escritorio
es inminente. El aroma dulce dejará de ser una casualidad que se filtra por debajo de la puerta
y el susurrar de las hojas derribará los escombros de este bache creativo que en vano ha
querido sepultar mi frágil figura.

Siento como si la justicia poética hubiese apresado al ladrón que asaltó mi cuarto y en mi
habitación se escucha la algarabía de las historias y cuentos que han recuperado la libertad de
ser narrados. Las sombras me acompañan al igual que la magia y el fulgor de las palabras. La
puerta se mece con el viento y aquí dentro el tiempo parece haberse detenido, porque he
logrado arrancarle un rostro a esa masa que deambula por la nada. Todo cambia una vez más
y por fin mi cara se refleja en el faro lechoso que transita por el firmamento. Ahora los días
serán lo que solían ser porque la noche ha regresado y en su compañía me desharé del peso
intrascendente de los días.

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