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El Poder de La Palabra

El documento aborda la necesidad de reciclar no solo materiales, sino también emociones y experiencias, transformando lo que se considera 'inservible' en arte y narrativas significativas. A través de la escritura, se busca preservar momentos y reflexiones que, aunque efímeros, pueden tener un impacto duradero en quienes los leen. La palabra se presenta como un poder transformador en un mundo que a menudo ignora su valor.

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El Poder de La Palabra

El documento aborda la necesidad de reciclar no solo materiales, sino también emociones y experiencias, transformando lo que se considera 'inservible' en arte y narrativas significativas. A través de la escritura, se busca preservar momentos y reflexiones que, aunque efímeros, pueden tener un impacto duradero en quienes los leen. La palabra se presenta como un poder transformador en un mundo que a menudo ignora su valor.

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HAY QUE RECICLAR (16/03/2015)

Hay que reciclar sin descanso. Ir de casa en casa para recoger las lágrimas inútiles del amor y
transformarlas en sensaciones que quizás le devuelvan el semblante a tanto zombie que
deambula por ahí. Tomar los discursos oficialistas y los prejuicios de la escuela, triturarlos y
luego esculpir vidrieras descomunales que nos muestren los verdaderos matices de la
inclusión y la diversidad. Hurgar entre los desperdicios de los centros comerciales y vaciar
las bolsas negras que siguen llegando a las morgues para conformar una masilla de tejido
vivo y piel humana que el mundo moderno ha reducido a un espécimen de laboratorio,
cuerpos sujetos a cirugías y demás mejoras estéticas y múltiples estereotipos que según las
reglas del mercado alcanzarán aquella eternidad profetizada, mientras sus carnes se atoran en
las poleas y tornillos de la escalera económica.

Debemos invadir calles y aceras para recolectar a esos “inservibles” que son una carga para el
Estado y la sociedad porque entre los que piden una moneda o esperan en la misma silla por
años ha de salir una separata de buenos relatos, un mural con inscripciones de latitudes
apartadas o tal vez una canción que no se pierda en los devenires de las modas radiales. Hay
que atreverse y salir a la vida por más. Raptar las pocas aves que quedan, robar los escasos
árboles que se mantienen en pie, envasar los yacimientos hídricos que siguen corriendo con la
esperanza de un cambio, retratarnos los unos a los otros antes del giro inesperado de las
esquinas y romper la velocidad del viento para inscribir su esencia en el susurro ancestral que
aún escucho en la nitidez de la historia.

Y hacerlos polvo. Esparcirlo en nuestras manos, en las tuyas, en las mías y en las de
cualquiera que crea en la magia de la escritura. Para cada par de manos unas gotas de agua,
no de agua bendita sino de ese líquido que gotea interminablemente en nuestro manantial
imaginativo. Sumergirnos de lleno en esa catarata que logre humedecer este montón de polvo
aparentemente estéril, puesto que escribir no es una de las plegarias más entonadas en estas
noches tan carentes de luna y estrellas. Emerger del pozo con los ojos abiertos de par en par
hacia un horizonte palpitante con un mensaje como éste dentro de nuestros bolsillos vacíos de
porvenir.

Desplegar el papel, entonar las palabras con el impulso de los que se han ido, hacer las pausas
como tributo a los silenciosos fantasmas que rondan por los suburbios, remarcar los puntos
seguidos como protesta a la creciente falta de memoria, transitar por los párrafos como los
caminantes que deben andar por tierras ajenas y llegar a la mitad como todos aquellos cuyo
final llegó mucho antes de lo esperado. Y seguir entonando los silencios para remarcar
nuestro transito como seres sin final, con huellas interminables y con pálpitos inmarchitables
sobre suelos estériles. Luego abrazar el epílogo de este clamor colectivo. Y llorar si es
preciso porque tal vez nuestras glándulas lacrimales han entrado en desuso y su obsolescencia
es inminente.

Entonces será necesario retornar al inicio del cuento para recortar el lienzo, recomponer las
frases, mezclar las voces, corregir las comas, reubicar los puntos, desempolvar los momentos,
recolectar los fragmentos, retomar el rumbo por calles y aceras, hurgar una vez más entre los
despojos de lo que solíamos ser, tomar la escuela como foco de resistencia, ir de casa en casa
disfrazados de psicoanalistas… hay que reciclar sin descanso: todo cuanto se pueda en este
basurero multitudinario.

EL PODER DE LA PALABRA (18/03/2015)


Escribir es toda una suerte poética en un mundo hermético al poder de la palabra.
Exiliado en un cuarto oscuro apenas puedo hundir mis dedos sobre un teclado ligeramente
iluminado por la pantalla de cristal líquido, pero desde que pueda hacerlo lo haré. No sé por
cuánto tiempo siga escribiendo porque la única certeza que me acompaña es que solo tengo
este momento, estos segundos que se multiplican interminablemente. No hay después ni
mañana que se anteponga a estas ganas irrefrenables de rellenar una hoja en blanco.
Y mientras las ideas escapan de mi mente, el vacío de la hoja es historia. Es como si al ir
escribiendo la hoja se hiciera vieja, tan vieja como tu reflejo de los treinta. Pero la vejez de la
hoja no es igual a la tuya. Si logras llegar al epílogo de tu vida puede que olvides muchos
sucesos acaecidos en tus épocas tempranas, pero en el caso de la hoja, ésta mantendrá intactas
sus memorias aunque su textura se arrugue y su color cambie al tono amarillo del tiempo.
Aun si la tinta se corre y hace tambalear las palabras, su mensaje ha de perdurar.

Lo que se escribe se queda quieto al interior de los renglones y a través de los párrafos que
nos van contando historias de un alguien que tal vez haya dejado de existir. Lo que se queda
quieto no cambia pero produce transformaciones en aquellos que entran en contacto con su
contenido. Por el contrario lo que se vive es susceptible a la rutina y por consiguiente al
olvido. Pero si escribes lo que viviste un sábado cualquiera, ese momento se hace
imperecedero.

Podría ser tu fetiche diario para regresar a ese instante desbordado en emociones y demás
detalles que tu mente aletargada no guarda con la nitidez de un trazo sensible. O un
recordatorio de lo que solías ser. O una fotografía a blanco y negro que se tiñe de colores
cuando acompañas esa lectura casual con un buen repertorio musical. O una advertencia que
en silencio descifra las maquinaciones del destino. O una nota añeja que te empuje a
responder desde la distancia lejana del ir y venir de los calendarios. O un medicamento no
prescrito por aquel psiquiatra de turno que intenta deshacer las secuelas irreversibles de ese
Alzheimer que padeces a diario. Pero si eres como todos los tipos de ahora, lo escrito allí no
significará nada en tu pequeño y cada vez más estrecho universo de posibilidades y sueños
perfectos.

Sin embargo, deslizaré la hoja por debajo de tu puerta. No vayas a creer que es un billete de
lotería que te sacará de pobre o una invitación a un prestigioso coctel en uno de los muchos
centros de convenciones de la ciudad. Espero que no la rompas ni la tires a la caneca de la
basura porque entonces habré perdido mi última oportunidad contigo (solo contigo). Aun
entre desperdicios la escritura es un despojo sin fecha de caducidad y no está en el menú de
chulos y gusanos. Hasta en el suelo hostil de un basurero la escritura es reciclada por la
fuerza de la naturaleza. El proceso es inexplicable y simplemente el papel con sus palabras
inscritas son succionados desde alguna cámara cuya ubicación es desconocida. Los efectos
son evidentes luego de un rato y créeme que la espera vale la pena.

Todo empieza con un temblor, una llovizna o con la aparición de un arco iris sobre una
encumbrada meseta. Y entonces tiembla, caes de cara en un charco formado por un aguacero
y observas que en el improvisado espejo de agua se refleja un círculo multicolor que circunda
el cielo. Ese es el impacto de las palabras: un tropezón que te hace perder el rumbo rectilíneo
que sin equívocos te está llevando a un lodazal confortable. No puedes contra eso porque más
temprano que tarde terminas por sucumbir ante las solicitudes de tu voz interior. Ni siquiera
desechando los clamores ajenos, restringiendo tus reflexiones nocturnas o evitando las
lecturas que la naturaleza pone frente a tus ojos cuando recorres estas calles sin aromas de
pino verde. De cualquier modo las palabras te raptarán en alguna esquina. Hay ecos
fantasmales, siluetas sin rostro y entes extraños que hablan cientos de lenguajes; todos
sirviendo en las huestes inconformes de la palabra.

Seguiría escribiendo para ti toda la noche, pero escucho que alguien se acerca. Debo irme,
callar y aguardar por un nuevo encuentro contigo; pero hazme caso: ¡No me rompas, no me
ignores, no me botes en la bolsa de plástico! Ya está aquí, puedo sentir sus manos sobre mi
piel fría e innumerablemente tatuada.

El estudiante recogió la nota del suelo y al leerla se estremeció con la calidez de la


inspiración que llevaba buscando durante dos horas. Sonrió y se sentó frente a su computador
para escribir el texto académico que despuntaría en aquel cinco que tanto necesitaba. Y
empezó con la idea inicial del mensaje desconocido: Escribir es toda una suerte poética en un
mundo hermético al poder de la palabra. Arrugó la nota para luego tirarla en la caneca bajo su
escritorio.

A la misma hora pero desde otro lugar del cosmos, un taciturno caminante pateaba un
envoltorio de papel que apareció de la nada en un callejón tenuemente iluminado. La pelota
rodó por el suelo hasta detenerse en la base del único farol del lugar. Desenrolló lo que al
parecer eran dos hojas de cuaderno y al cabo de unos segundos encontró la respuesta que lo
había sacado de casa a eso de las once. Dejó las hojas a las afueras de una casa y se perdió en
el sombrío horizonte.

Una puerta se abrió y de ella emergió una chica con ropa de dormir. Quiso sentarse en las
escaleras exteriores de su apartamento pero tropezó con dos hojas estropeadas y medio
húmedas que resplandecían por la brillantez de la luna. Las tomó con cuidado y solo alcanzó
a leer algunas líneas porque una ráfaga de viento le robó el mensaje de las manos. Las hojas
ondeaban el cielo y entonces la mujer supo que su estadía en aquella empresa había llegado a
su fin porque sus anhelos rondaban por las fronteras del arte.

Y así el viaje de las hojas siguió sin descanso. Unos dicen que un gran estruendo se escuchó
sobre las tejas de zinc mientras dormían. Otros observaron palomas blancas volando rumbo a
las estrellas. Muchos dijeron haber visto un par de luceros en su regreso de vacaciones. Los
demás atribuyeron el inusual hecho a eventos extraterrestres o milagros del todopoderoso,
aunque esto último nadie lo creyó. La verdad es que al día siguiente toda la ciudad estaba
llena de hojas de papel con inscripciones de todos los colores.

El tapizado asfaltado de las calles se había alterado a causa de los incontables mensajes que
yacían adheridos a la superficie del suelo. Había grandes bolas rodando de un lado a otro y
para la mayoría de habitantes fue imposible abrir las puertas de sus casas para ir al trabajo.
Los que pudieron salir por las ventanas no lograron llegar a sus oficinas porque el tráfico
había colapsado. Las luces de los semáforos estaban obstruidas por pequeños retazos que
invitaban a una pausa en el afán de las horas. Los muros de los grandes edificios estaban
invadidos por carteles, cartas sin remitente, proclamas ecologistas, solicitudes de animales y
árboles para evitar el genocidio ambiental y millones de fotografías diminutas que habían
sido garabateadas por tantos desalojados, deshabitados, desempleados y desplazados de esta
patria expatriada.

Los comentarios de los vecinos se multiplicaban invitando a encender el televisor para ver las
noticias, pero yo no hice caso a semejante locura y me pareció mucho más satisfactorio un
café y un cigarrillo para comprender la situación. Y me senté en el patio con la firme
convicción de acabarme el cigarrillo. Las volutas se filtraban por una reja metálica y solo
hasta entonces sonreí largamente, aunque luego llegó la frustración para amargarme el último
sorbo de café que quedaba en el vaso. El mundo entraba en caos gracias a la palabra y aun así
la gente se preocupaba más por cómo llegar al trabajo, enterarse de las “malas nuevas” y
limpiar las avenidas de la suciedad desperdigada por todos lados. Me repuse del sinsabor
existencial con una frase que sonó a sentencia al interior de mi boca: Escribir es toda una
suerte poética en un mundo hermético al poder de la palabra.

Y dejé el escenario ficcional de un mensaje más para construir su parte final. Escribí por casi
hora y media para mí, para ti, para el que quiera leerme y para el que no quiera también. La
misiva sonaba a presente, realidad, imaginación, utopía, sueño vivaz y tal vez un centenar de
sonidos más. Lo siguiente fue presagiar el punto final, luego de escribir que lo haría y ya.

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