Zen y Cristianismo
Zen y Cristianismo
com/2010/07/e-l-budismo-y-por-lo-tanto-el-zen-en-
[Link]?m=1
_______________________________________
De entrada quiero dedicar algunas palabras a la definición "monje budista Zen", que
ha sido asociada con mi nombre en el programa de este encuentro. En particular el
término "monje" tiene un sentido que en este caso podría ser confuso, puesto que es
usado para indicar una figura humana muy diferente de la que esta palabra
normalmente indica.
Cuando digo que esta figura religiosa tiene necesariamente que haber vivido como
"monje/a" simplifico con esa fórmula, por brevedad, el sentido de cada elección
radical que comporte el "dejar la casa" – en todas sus acepciones -, para dedicarse
únicamente al desarrollo, a la profundización de la propia vía interior según la
enseñanza del Buda. La aparición de esta figura, como dije todavía sin nombre en las
lenguas occidentales, engendra una serie de novedades que conciernen a todas las
actividades humanas; en las relaciones sociales, pero también en relación con el
dinero, con el trabajo y con la familia y, por tanto, también un modelo diferente de
matrimonio. En efecto, para quien elige el camino del matrimonio, la familia se
vuelve el lecho del proceso de desarrollo espiritual y adquiere una función que no se
agota en el clásico "amaros y multiplicaros”, sino que es, ante todo, una cantera
experimental de construcción de salvación y, conjuntamente, impulsor, elemento de
conversión; aunque no necesariamente dentro de los muros domésticas. Es decir,
aunque en este caso la familia se convierte en el lecho primario de la propia práctica -
quién entre vosotros esté o haya estado casado puede confirmarlo, pienso: la
espléndida calle de santidad que es la relación cotidiana, por décadas, con un monje -
eso no significa que mujer e hijos tengan que ser o convertirse en budistas.
Las reglas y las otras indicaciones de la ética budista, como el Noble Óctuple
Sendero1, no están dirigidas tan sólo a los monjes, como en la otra corriente budista
llamada Theravāda, sino que se convierten en un paso habitual de la persona de la
vía, que intenta realizar con su propia vida la difícil alquimia en que consiste la
construcción del despertar en la vida del hombre. Es decir transformar la vida de
cada día, de lugar de producción y fruición, de angustia y sufrimiento, en una
continua emersión a la luz de la libertad y de la plenitud, una plenitud carente de
causas mundanas, vacía por tanto según el mundo.
Si queremos utilizar una "expresión zen" para expresar este punto de vista podemos
decir que la dificultad consiste en vivir en el mundo, o más bien en el reino de la
cantidad, compartiendo el punto de vista por el cual "pérdida es ganancia, ganancia es
pérdida."
De esta breve introducción parecería que por un lado la parte más sutil, fuera de lo
común del budismo, es decir el zen, y por otro lado el profundo surco de la búsqueda
mística cristiana, serían un punto de encuentro entre estas dos religiones universales.
Pero las cosas no son así. Budismo y cristianismo permanecen distintos como dos
personas que pueden encontrarse en el mismo lugar, en el mismo momento, pero que
luego retoman su camino evidenciando el ser todavía dos.
Omito las vicisitudes que me llevaron primero a la India, luego al Tibet, luego a una
comunidad sobre los montes de Génova y por fin, durante diez años, a un monasterio
zen en Japón. Lo que pretendo decir es que en el momento en que mi caso, aquella
demanda de espiritualidad que he definido antes como vocación, encontró una
modalidad de acogida armónica, la reconoció de modo casi inmediato. Las religiones
no son iguales, son intensa e irremediablemente diferentes justamente porque son
diferentes las demandas espirituales, religiosas, de los hombres.
Siendo italiano, de familia católica, mi primer ser cristiano no fue una elección
consciente, me encontré siendo cristiano. En aquel momento tenía en cambio la libre
posibilidad de elegir si volver a ser cristiano, pero esta vez de protagonista adulto, o
bien arriesgarme en una nueva cultura religiosa. Elegí formular el desarrollo de mi
vida espiritual según el budismo zen. El motivo de esta elección fue que, viendo las
diferencias entre las dos posibilidades, vi claramente cual entre ambas era la más
adecuada a mi exigencia profunda. Y ahora puedo decir, algunas décadas más tarde,
que no me engañé: Budismo y Cristianismo son, irremediablemente, profundamente
diferentes; incluso no negándose recíprocamente. De hecho pueden sustentarse
recíprocamente. Un caso muy conocido es el del padre jesuita Ennomya Lassalle, que
estuvo entre los primeros occidentales, y fue ciertamente el primero entre los
pertenecientes de modo estructural a la iglesia católica, que, a principios del siglo
pasado, intentó una inmersión plena en la práctica zen. Lassalle escribió: "La verdad
es que si un cristiano [...] practica intensamente el Zazen, después de algún tiempo
ve de improvisto encenderse literalmente las verdades cristianas y las palabras de los
escrituras»3. Diferente, aunque igualmente interesante, es el caso de budistas que,
incluso permaneciendo como tales, intentan penetrar el misterio pasando por la fe
cristiana. La cosa es, en especial, particularmente interesante cuando se trata de
chinos, coreanos o japoneses, pero esto por ahora lo dejamos aparte.
El dato que quiero subrayar, en cambio, es que nos encontramos frente a dos
religiones profundamente diferentes y no rivales.
Dicho esto, podemos intentar ver en qué se manifiesta, o dónde reside, esta
diferencia. Teniendo en cuenta que no estamos comparando naranjas y cerezas, sino
recorridos sutiles a los que la parte más sutil del hombre es convocada a adherirse,
por lo cual las diferencias no son siempre evidentes, de hecho, lo más a menudo,
están ocultas por nuestra tendencia a la homologación, al intento de leer distintos
paradigmas con las categorías de nuestra cultura.
Se que entre los monjes de Bose los hay muy competentes, por tanto, si me adentro
en un discurso sobre los nombres de Dios, me arriesgo a hacer el ridículo, pero no sé
si alguno de vosotros sabe cómo se dice o se llama el "dios" de los monoteísmos en
chino o en japonés.
La forma en la que se puede decir "dios" en chino o, por ejemplo, en japonés, parece
un problema de solución muy simple, pero en realidad es un problema de casi
imposible solución; por el simple motivo de que, más allá del Himalaya, a partir del
origen de su historia - o más bien alrededor del 3000 antes de Cristo -, no han
pensado nunca en dios, o bien nunca lo han pensado en los términos en que lo hemos
pensado nosotros. Aunque pueda parecernos extraño hay y ha habido un desinterés
casi total por toda esa área que, siendo objeto de la curiosidad humana, está fuera del
alcance de lo conocible. Sobre todo queda fuera como objeto de estudio, en cuánto
impensable, esa área de sentido que en Occidente ha sido llenada con "Dios" y por
tanto, consecuentemente, también la moral que se deriva: el pecado, la redención, el
castigo. Este notable estado de cosas tendrá una enorme importancia en el desarrollo
del budismo dentro de la cultura extremo oriental y, anotamos marginalmente, en la
extrañeza casi total con la que es percibido el cristianismo.
XVII, eligieron como nombre de Dios, solo o unido al signo 上, qué significa alto4 ,
cierto ideograma (帝), actualmente transliterado como “di”, porque ese fue el nombre
de la divinidad suprema de la dinastía Shang, la primera dinastía histórica (reinante
entre el 1700 y el 1000 A.C.), que estaba dotada con una religión chamánica;
adivinatoria que se comunicaba con un pobladísimo más allá. El mismo ideograma,
sin embargo, también se usaba entonces para indicar, tanto los 5 grandes soberanos de
la mitología, como al Primer Emperador 5, Qin Shi Huang Di, que se autodefinía
precisamente como “Di” para ligar su propio nombre - no solo, pero también - con
aquella mitología. Por tanto, para decir "dios" en chino, se usó un ideograma que es,
o ha sido, un título imperial (que por metonimia el diccionario actual traduce con
"emperador") y que al principio todavía indicaba el espíritu más potente, el más
elevado, entre aquellos con que los chamanes se ponían en contacto.
En Japón en cambio, siempre entre los siglos XVI y XVII, fue otro ideograma ( 神) el
que se eligió. Este ideograma, leído shin imitando la pronunciación china shen, lo
La cosa es que la espiritualidad oriental, tanto más allá como más acá del Himalaya,
ha pensado a "Dios" de modo radicalmente diferente de como ha sido pensado por la
espiritualidad monoteísta occidental. Es decir, un mundo espiritual en el que, a partir
del siglo VI a.C., se ve el fin de la monarquía del antiguo Israel y se marca el
principio del monoteísmo que definimos como abrahámico. Y en la que, al menos a
nivel general, se concluye que todo deriva de un Dios/Creador, que es la Persona y el
Fundamento por excelencia.
El budismo, para volver a la otra parte del discurso, niega calidad óntica a cualquier
fenómeno y no coloca ningún dios en su cielo, más bien se esfuerza completamente
para que aquel cielo, que podemos definir como el cielo del espíritu, permanezca
libre y vacío, privado de ídolos. Y cuando alguna divinidad ha sido admitida en su
panteón, está completamente falta de calidad óntica: hoy, quizás, mañana, quién
sabe.
Durante el período del budismo hindú sobre todo han sido las obras llamadas sutta en
pali y sūtra en sánscrito las que se han ocupado formalmente de proveer una versión
(casi) perfectamente coherente de la enseñanza del Buda. Obras cuya autoridad era
mantenida por la atribución formal de sus contenidos al Buda mismo y que, por tanto,
proveían de un pista segura de “cómo es la enseñanza budista." Sin embargo, creo
que - fuera del ámbito popular - bien pocos han creído nunca que todos aquellos
discursos y palabras eran ciertamente obra del Sr. Śākyamuni, el Buda de esta era: el
hecho realmente determinante es que habían sido verificadas durante mucho tiempo
por un número suficiente de personas confiables y por tanto eso bastaba – y basta -
para tomarlas en serio. Posteriormente, dentro de la familia Mahāyāna del budismo,
estuvo el periodo de la literatura Prajñāpāramitā, cuyos autores permanecieron
anónimos, después siguió la obra de Nāgārjuna, el primer budista Hindú en haber
tenido el honor de legar el nombre a un texto y, finalmente, la obra del ámbito
llamado “escuela Yogācāra”. Cada tendencia conquistó credibilidad gracias a su
unión con mitos y leyendas, pero sólo mantuvo esta credibilidad por la verificación
de los contenidos por parte de miles de serios practicantes durante muchos cientos de
años. Fue de este modo como por mucho tiempo fue transmitida la enseñanza escrita,
es decir como fuente de una verdad afirmada y confiable. Hoy como ayer, leyendo el
Sutra del Loto, o bien otras obras budistas hindúes, nuestro esfuerzo consiste en
captar el sentido religioso en sus profundidades estratificadas, no ciertamente en creer
que se trata de informes históricos o en entenderlos como tales.
De este modo cada uno de los personajes de estos elencos representa una "parte de la
comedia". Tienen la tarea de hacer vivir un aspecto u otro de la enseñanza del linaje
que se quiere transmitir. Por tanto, si nosotros, después de esmeradas investigaciones,
lográramos reescribir – tanto como fuese posible - la verdadera historia de los
distintos linajes, no haríamos otra cosa que construir una nueva versión, quizás
vecina de algunos acontecimientos confirmados como reales, pero ciertamente, en
este proceso puesto en marcha por nosotros, desaparecería el único valor por el que
estas ficciones han sido reunidas con tanto cuidado en el curso de los siglos.
La historia del budismo chino en cuanto religión está en esas ficciones, no en los
pretendidos hechos, igual que la historia del Budismo hindú está en los sutra y no en
las reconstrucciones históricas, por otra parte completamente inexistentes en India
hasta tiempos recientes.
Podría parecer que esta posición lo vuelve todo más difícil. Para quién no está
acostumbrado a considerar la literatura religiosa como una huella de la que extraer
inspiración y piensa en cambio que transmite verdades históricas, saber que es
necesario hacer referencia a una historia, completamente, irremediablemente,
descaradamente inventada, puede ser un impedimento para tomar en serio el
argumento.
Por lo que, resumiendo, tenemos en India una construcción fantástica de los hechos
que explícitamente se dice que no tiene que ser creída, y en China una historia
aparentemente coherente que en cambio es una historia completamente inventada. Y
el hecho de que la historia de todas las escuelas chinas haya sido compuesta a
posteriori, en una economía de fe budista no crea ningún especial problema.
Lo que cuenta es el sentido de esas historias; el sentido por el que, por ejemplo, sobre
el Pico de los Buitres el Buda y Mahākāśyapa se habrían intercambiado una mirada
de comprensión ante la presencia de una flor; no si ese episodio es "histórico" o no.
La verificación de la autenticidad de todas las enseñanzas budistas no está dada por
las certezas históricas, sino dentro de la propia experiencia del sentido del episodio
narrado. Estas historias se han de validar como enseñanzas religiosas según la
eficacia real que cierto método tiene para alcanzar el objetivo, o la aspiración que
constituye la razón de ser de este movimiento religioso.
Para concluir esta parte, lo que intento decir es que las religiones universales, nacidas
de cepas diferentes, no son diferentes por su diferente aproximación respecto a Dios
(ésta es, más bien, la diferencia entre religiones competidoras, que, de hecho,
generalmente se hacen la guerra... ); la diferencia más preciosa está en el hecho de
que responden a distintas exigencias, a diferentes problemáticas religiosas.
Pero el tiempo aprieta, o más bien el tiempo de nuestra muerte no para de correr a
nuestro encuentro, por lo cual, sin demora, pasamos a otro plano del discurso; o más
bien a una representación funcional del budismo en la forma en que nos es ofrecido
por la escuela zen. Escuela que, por brevedad, no presentamos hoy ni en sus facetas
históricas, ni en las geográficas, ni en las doctrinales. Nos limitaremos a colocarla
dentro de la corriente central del budismo Mahāyāna, identificándola con la tradición
que desde el Buda recorre India a través de Nāgārjuna en el siglo segundo, Asanga y
Vasubandhu en el cuarto, manifestándose después en China por medio de Nyutō
Farong, en el siglo séptimo, atravesando por medio de Mazu Daoyi hasta Hongzhi
Zhengjue, en el duodécimo, cuando pasó a Japón gracias a Dōgen, en el siglo trece,
después encontramos a Menzan Zuihō, en el decimoctavo, y por fin a Kōdō Sawaki y
Uchiyama Kōshō en el veinte.
Una de las definiciones comunes de la escuela zen es "escuela directa". Otro modo
igualmente eficaz para representarla plásticamente con una definición moderna es
decir que representa el free climbing (escalada libre) del budismo, y esto por que, al
menos en sus intenciones y en buena medida también en la realidad, su propuesta esta
privada de adornos o de concesiones a las partes accesorias de la expresividad
religiosa y apunta directamente al resultado. Puesto que el budismo es la vía que
conduce y mantiene en la libertad respecto al sufrimiento - hasta el punto que
podemos decir que el Budismo existe para esto, y si no es que no es Budismo - he ahí
por que la escuela zen sólo concentra su atención en la realización de esta promesa.
El recorrido de liberación que Siddharta recorre y del que da testimonio libera del
sufrimiento ineluctable, arraigado en el ser de mujeres y hombres de este mundo: el
llanto del nacimiento, el deterioro de la enfermedad, la decadencia de la vejez, el
padecer de la muerte, la laceración de estar separados de lo que queremos, el dolor
del no lograr tener, poseer, lo que deseamos, el malestar por todo lo que detestamos y
no podemos evitar. Y, justo por que el recorrido por él testimoniado es libertad de
algo íntimamente atado a la vida, la lógica conclusión es que se trata de una solución
trascendente: de otro modo debería negar la vida.
Este es el punto filosóficamente difícil del budismo, del cual nacen tergiversaciones y
degeneraciones: si el sufrimiento es parte del amasijo en que está plasmada la vida,
¿como puedo disolverlo sin rechazarla? En el cristianismo un problema equivalente,
aunque orientado según la dirección, el sentido, de la religión cristiana, es afrontado y
– por lo menos en el enunciado – solucionado, con la frase que quizás aparece más
veces en el Nuevo Testamento; puesto que la encontramos una vez en Marco, dos
veces en Mateo y dos veces en Lucas, por ejemplo (Lucas 17,33): "quien intente
salvar la propia vida la perderá, quien en cambio la pierda la salvará."
El Budismo es una vía pragmática, por lo cual la solución propuesta es una práctica
cotidiana, que podemos ilustrar, representar, como un trabajo del interior, que se
traduce en un vaciado regenerativo de la vida según un muy preciso "cómo." De qué
"cómo" se trata lo analizamos enseguida de modo detallado.
Aquél legado de Siddharta es una promesa que puede ser confirmada en nuestra vida
con la puesta en acción de tres elementos, íntimamente relacionados: 1) la práctica
llamada en japonés zazen, 2) una clara visión de la verdadera naturaleza de las cosas
y 3) un tipo de actitud que esté en la base común de todas nuestras acciones, una
actitud que podemos describir con las palabras: inocencia, amigabilidad, solicitud.
Estos tres elementos - practica, gnosis y ética moral - proveen de las indicaciones
pertinentes para todos los aspectos activos y pasivos de la vida del hombre.
Veamos uno por uno, aunque sea rápidamente, estos tres polos a través de los que es
posible trasmitir la historia, dando inicio a la práctica que el Budismo zen nos
propone como base cotidiana de la vía de salvación: se trata de una práctica que tiene
nombres diversos, y algunas diferencias, según las distintas escuelas. De distintos
modos sacralizada y envuelta a menudo en el misterio, porque requiere una relación
continua y profunda con quién es de ella depositario. Sin embargo, en síntesis, se
trata de sentarse con las piernas cruzadas, delante de un muro, con la espalda derecha,
en un lugar tranquilo y permanecer inmóvil y en silencio.
Os lanzo una pregunta: ¿dónde estaba el dolor mientras estábamos distraídos? Los
pensamientos surgen siempre, pero si aprendemos a vivir para zazen las discusiones
dentro de nosotros disminuyen. Los pensamientos más recurrentes y adhesivos son
enviados a las emociones que suscitan en nosotros y estas emociones suscitan a su
vez otros pensamientos. Pero esto no tiene, en definitiva, mucha importancia; sean
muchos o pocos los pensamientos que aparezcan, basta con seguir obstinadamente
uno y un período de zazen entero se va en el parloteo interior. El punto realmente
importante es tener confianza en la posibilidad intrínseca del ser humano de poder
"vivir libre" y no crear en un nuevo ídolo. El regocijo de aquel vacío sin límites no
surge de hacer cualquier cosa, o de haber conseguido cualquier otra, sino de haber
abandonado todo, incluso las pertenencias.
Obviamente hace falta dar forma, a lo largo del tiempo, para que todo esto ocurra.
Depende de nosotros el hacer zazen durante algunos años, para ver el efecto que
hace, o más bien para realizar la identidad entre la vida y ese modo de estar vivos que
llamamos zazen. Es decir; si zazen se convierte en nuestro modo de vivir. Sin zazen
estamos también vivos, pero mucho menos, como dormidos, soñando O más bien en
un sueño más profundo, más turbio, menos luminoso que cuando recorremos la vía
del despertar, la vía que conduce a la extinción de todo dolor.
Dije antes que son tres los elementos guía que el zen ofrece a quien intenta recorrer la
senda religiosa. El segundo, que antes definí como una clara visión de la verdadera
naturaleza de las cosas, consiste en la serena conciencia de que cada ser, cada cosa,
cada fenómeno de este mundo no tiene una vida propia, individual, no vive por si
mismo sino que es un ensamblaje de partes, a su vez compuestas por partes. Y esta
situación, llamada pratītyasamutpāda7 en sánscrito, es la característica de toda la
realidad fenoménica Por la que cada ente, en tanto que privado de fundamento, es
impermanente, y está esencialmente vacío. O bien, desde otro punto de vista, la vida
de cada ser, de cada cosa, está garantizada por una numerosa serie de relaciones
cambiantes y no por un núcleo permanente. Pero atención, esto no es una teoría
metafísica sino un dato de la experiencia. Pratītyasamutpāda describe la manera en la
que llegan a ser las cosas, al unirse los agregados, y la forma de la muerte, que es su
disgregación. La parte importante de esta conciencia, en un sentido meramente
budista, es que esta modalidad es también la manera y el motivo por el que hay
sufrimiento, puesto que, ignorantes de todo esto, nos aferramos con el deseo a un
mundo impermanente. Por consiguiente, también esta perspectiva ofrece solución al
sufrimiento, desde el momento en que su causa se vuelve clara.
El tercer elemento es de hecho la repetición de los dos primeros en otro ámbito vital:
el de las intenciones, o el campo de la ética. Es lo que he definido como un tipo de
actitud que constituya la base común de todas nuestras acciones, una actitud que
podemos describir con las palabras: inocencia, amigabilidad, solicitud. Para describir
este aspecto me sirvo de dos ejemplos tomados del cristianismo, poniéndoos sin
embargo en guardia respecto a creer que automáticamente la superposición sea
siempre completa. El porqué de los comportamientos aquí ejemplificados está
arraigado de hecho en el programa de trabajo según el budismo y no según las
referencias cristianas.
Para no quedarse con la simple conclusión de esta historia, como si fuera un golpe de
teatro, os invito a considerar qué es lo que está señalando San Francisco. Primero
niega que la “verdadera alegría” se encuentre en haber ganado alguna cosa, sea la
transformación de los infieles, el favor del rey, con las consiguientes prebendas, o
incluso la capacidad de hacer milagros: "ahí no está la verdadera alegría", dice. No
está en obtener alguna cosa, sea lo que sea. A continuación se presenta una situación
que es un reto para él, y para cada uno de nosotros; cuando el frío, el hambre, la
fatiga, incluso herido el orgullo por ser expulsado del monasterio que él fundó, lo
llevaban a tener pensamientos de clausura, de venganza, de rencor, en una palabra, de
enemistad.
Es interesante, en este apólogo, el hecho de que Francisco nunca nombra a Dios (si
no es en la invocación “por el amor de Dios "), no haciendo de ninguna forma
referencia a una motivación teísta de la verdadera alegría.
Quién se arriesga a abrir, dejar ir, no aferrarse ni siquiera a una situación como la
descrita por Francisco, entonces encuentra ahí, no sólo "la verdadera alegría", sino
que destapa "la verdadera virtud y la salvación del alma." Porque en realidad el
objetivo no es el vacío, sino el continuo vaciar.
Por lo que el sentido de "dejar", “no aferrarse", une los tres elementos,
transformándolos en tres partes de un mismo proceso. Hasta el punto de que no se
puede renunciar a ninguno de estos tres elementos sin distorsionar completamente el
funcionamiento del espíritu según la propuesta realizada por el budismo. Sin ética
moral, la práctica del cuerpo y la perspectiva del vacío conducen al cinismo, el
nihilismo y a la ilusión de poder. Sin la práctica del cuerpo, la ética y la visión de la
impermanencia son pensamientos, privados de eficacia en nuestras vidas, no tienen
una dirección profunda. Sin la visión de la impermanencia y de la vacuidad, la ética y
la práctica del cuerpo no tienen sentido: ¿Para qué deberíamos dar comprensión y
amistad?, ¿porqué debemos practicar el no aferrarse? Si los objetos del deseo tienen
realmente sustancia, eso significa que la solución está en poseerlos; y se carece de
cualquier motivo para la práctica y para el actuar en el bien, evitando el mal, como
base de nuestras relaciones.
Por decir una cosa análoga con las palabras de Eckhart: "Aquel que busca a Dios
según un modo, toma el modo y deja a Dios, que está oculto en el modo"9.