Cada día trato de dividir mi tiempo libre entre lectura, tiempo con personas queridas y alguna
serie. Siempre me sorprende que, las historias, sean de libros o de series y películas, por más
tontas que parezcan siempre dejan algo para reflexionar.
Esta semana terminé de mirar la segunda temporada de una serie que se llama “Machos alfa”,
lejos de promocionarla me dejó pensando en el contenido y la reflexión final de unos de los
protagonistas.
En diálogo con su terapeuta le cuenta como están las cosas en su familia y dice: “Iris ha
superado eso de querer ser un chico, vio que vivimos en una sociedad que cada vez tiene
menos desventajas ser mujer. Pero por otra parte somos nosotros los que la tenemos más
complicada. Las mujeres se empoderaron y eso está muy bien, pero tomando de referencia el
modelo masculino que es un poco chungo (de mal aspecto o mala calidad), antes éramos
nosotros los que huíamos del compromiso y ahora son ustedes quienes ven lo de enamorarse
como una debilidad. O sea que es como que seguimos teniendo la necesidad de relacionarnos,
pero no sabemos cómo. Lo que sí está muy claro es que ya no les hacemos falta. Pero yo sigo
creyendo en el amor, la gente se sigue casando, por algo será. Vamos, que queremos ser
libres, pero cuando tenemos libertad, no sabemos qué hacer con ella.
La cita es textual tomada del final de la serie, cambié sólo algunas expresiones que para
nosotros pueden resultar incómodas o de mal gusto.
La historia trata sobre las peripecias de cuatro amigos que deciden participar de un curso de
deconstrucción del machismo pero luego se encuentran con que las mujeres no esperan de
ellos eso que han aprendido en el curso, compromiso, romanticismo, responsabilidad. El que le
pide matrimonio a su novia es rechazado y ella le ofrece adherir a una relación amorosa
anárquica. Otro quiere ser padre pero la novia lo deja, aunque vuelve en unos meses y le dice
que está embarazada de él pero no quiere ser su pareja. Al que está casado la esposa le
sugiere tener una relación abierta porque se aburre. Y por último, el divorciado y más
romántico vive con su ex esposa y su hija, quien le maneja el perfil de una app de citas y se
encuentra que las mujeres con las que sale sólo quieren pasar juntos una noche y nada más;
cuando se enamora de una periodista feminista, ella le dice que lo quiere pero ese sentimiento
no es coherente con su pensamiento.
Entre tanto, también se encuentran con situaciones que no comprenden en sus lugares de
trabajo, como sentirse acosados por sus jefas, no ser reconocidos por su trabajo por ser
hombres. Situaciones con padres ancianos que quieren divorciarse por decisión de la madre
que quiere comenzar a viajar y vivir la vida, hijas que quieren ser varón y muchas más.
Si bien muchas de los momentos son cómicos y nos sacan una sonrisa, por lo incoherente de la
propuesta, no deja de ser una serie que nos llama a la reflexión, tanto a hombres como a
mujeres, en un tiempo en el que se están generando cambios estructurales en las relaciones
entre el hombre y la mujer y, donde ambos, estamos buscando el nuevo lugar y modo que
ocupamos en la sociedad.
Desde la inclusión de la mujer en el ámbito laboral se han comenzado a vislumbrar cambios
estructurales necesarios en el interior de las familias y en el conjunto de la sociedad. Se vio la
necesidad de contar con una red de contención donde poder dejar a los hijos cuando ambos
progenitores salen a trabajar, la importancia de dividir las tareas del hogar entre ambos
padres, y la necesidad de que ambos estén involucrados y sean responsables de la educación
de los hijos tanto dentro de la casa como en las decisiones que hacen a la educación
académica y social de los mismos. Estos cambios han promovido una crisis, debido a que tanto
hombres como mujeres hemos tenido que replantearnos qué lugar queremos ocupar en la
sociedad y la familias, cuáles son los lugares a los que estamos dispuestos a renunciar para
ocupar ese lugar y, por supuesto, dentro de la familia, qué rol y qué funciones les competen a
cada uno.
Es bueno resaltar que la crisis no debe ser tomada como un hecho con connotación negativa,
sino, por el contrario, como una oportunidad para el cambio y la mejora, logrando que cada
uno encuentre su lugar en el mundo y pueda desarrollarse plenamente. Lo cierto es que esta
crisis ha provocado importantes conflictos en el interior de las familias y matrimonios debido a
que los hombres no comprenden muy bien qué lugar les corresponde esposos y las mujeres
tampoco tienen muy claro qué buscan en un hombre.
Por otro lado, la mujer ha salido y conocido las oportunidades que le ofrece el mundo, lograr
puestos laborales que antes eran sólo para los hombres, estudios académicos en todas las
áreas del saber, viajes y salidas con amigas, libertad para decidir cuándo y con quién tener
hijos o no tenerlos. La mujer del siglo 21 sabe que tiene su vida en sus manos, que ya no
depende de las decisiones de sus padres o esposo, que puede encaminar su vida como le
plazca.
La mujer ha comprendido y es testigo de que puede vivir su vida libremente como lo han
hecho los hombres durante siglos. Y esto le gusta. Se sabe capaz y con habilidades para
sostenerse sin necesidad de tener un hombre al lado. Que puede exigir que sean respetados
sus derechos al igual que los del hombre. Que se merece respeto por parte de todos.
Todo esto es positivo sin dudas, que la mujer pueda poner en el mundo su don femenino
representa una ganancia para toda la sociedad. Pero, volviendo al texto de la serie, cabe
preguntarnos ¿A qué precio lo está logrando? Y personalmente creo que el precio que estamos
pagando como sociedad es muy alto.
La frase “Detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer”, nos lleva a pensar en cómo ese
hombre ha logrado llegar a ser grande y la respuesta es clara: porque una mujer (madre,
esposa, hermana) ha confiado en sus habilidades y ha sido su sostén y motivación para lograr
sus metas. Considero que, antes de desvalorizar el lugar de la mujer, la pone en un lugar que
no puede ser ocupado por cualquiera.
Que hoy la mujer pueda ser la que triunfa o gobierna es un logro importantísimo para la
sociedad, pero no puede dejarnos en el lugar de lucha o competencia con el hombre, sino en
buscar desarrollar nuestras habilidades ampliamente para mostrar de lo que somos capaces
por ser personas, no por ser mujeres.
En esta lucha por reivindicar los derechos de la mujer se ha perdido el don femenino. Se ha
perdido la valoración de la mujer por sí mismo, en un intento implacable por ser como los
hombres. La mujer, desde su propia esencia, es amorosa, comprometida y la que cuida los
vínculos. Hoy la mujer empoderada se siente débil si demuestra sus emociones; escapa al
compromiso para no perder lo que ha logrado fuera del hogar y ya no se ocupa de cuidar sus
relaciones interpersonales porque está enfrascada en su propia individualidad y placer.
La mujer, como bien dice el protagonista de la serie, ha elegido el modo menos feliz para darse
un lugar en la sociedad. Lo más preocupante es que la mujer ya no busca la felicidad en una
vida ordenada y comprometida, sino en la búsqueda del placer inmediato y el individualismo.
Ya no le importa el dolor del otro, sólo sus propios deseos y ganas son valederos. Ha perdido el
valor de compartir la vida con alguien, porque le han contado que el matrimonio y la pareja
son una cárcel donde siempre la pasa mal por ser la débil y ante esto prefiere no
comprometerse.
Pero en este camino, queriendo evitar el dolor, se lastima a sí misma porque es sabido que el
sexo libre, sin amor y sin expectativas a futuro deja serias heridas emocionales. Esta actitud de
vida adormece el espíritu, para poder mantener estas relaciones libres es necesario no sentir
ni amor ni dolor y muchísimo menos celos. Proponer este estilo de vida como un modo de no
sufrir implica deshumanizar a la mujer y al hombre también, todos buscamos a alguien que nos
ame de manera incondicional, para quien seamos únicos e irreemplazables y que nos dedique
su tiempo.
Esto se deja entrever con mucha claridad en la serie. Varones y mujeres, por liberales que se
consideren sienten celos e inseguridad frente a estos modelos de vinculación
deshumanizantes.
Charlando sobre esto con un hombre me dijo algo que me llenó de esperanzas: “toda
revolución para generar un cambio, necesitó llegar al límite, a proponer lo contrario de lo que
se venía haciendo (monarquía vs anarquía, por ejemplo) y una vez que se llegó a la cumbre en
la lucha se pudo trabajar por encontrar el equilibrio.
Es real que muchas parejas deben separarse para prevenir hechos violentos y abusivos.
Durante siglos la mujer ha sufrido innumerables hechos de abuso en todos los aspectos de su
persona. Que hemos visto cómo nuestros derechos y nuestra dignidad se han invisibilizado.
Pero de ninguna manera estos hechos deben hacernos perder nuestra humanidad y
adormecer el corazón, porque así somos nosotras mismas quienes atentamos contra nuestra
integridad.
La receta es volver al eje. Reconocer nuestras capacidades, habilidades y diferencias con el
hombre. Tener en claro qué busco en una pareja y por qué. Sanar las heridas de relaciones que
nos dañaron o de historias familiares de violencia y dolor. Así podremos caminar con dignidad,
disfrutando de vínculos sanos que nos lleven a encontrar nuestro invaluable lugar en el
mundo.