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Las Finanzas Desde Una Óptica Cristiana Samuel Gregg

En 'Dios y el dinero', Samuel Gregg explora la perspectiva cristiana sobre las finanzas, destacando la importancia de una gestión ética del dinero en el contexto de la economía global actual. El autor argumenta que el dinero puede ser un instrumento para el bien común, siempre que se utilice con principios morales y no se convierta en un fin en sí mismo. A través de un análisis histórico y contemporáneo, Gregg enfatiza la necesidad de integrar la ética en las decisiones financieras para promover la prosperidad de todos.

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Las Finanzas Desde Una Óptica Cristiana Samuel Gregg

En 'Dios y el dinero', Samuel Gregg explora la perspectiva cristiana sobre las finanzas, destacando la importancia de una gestión ética del dinero en el contexto de la economía global actual. El autor argumenta que el dinero puede ser un instrumento para el bien común, siempre que se utilice con principios morales y no se convierta en un fin en sí mismo. A través de un análisis histórico y contemporáneo, Gregg enfatiza la necesidad de integrar la ética en las decisiones financieras para promover la prosperidad de todos.

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LIBROS: CLAVES EN 10 MINUTOS

Samuel Gregg, las


finanzas desde una
óptica cristiana
Benigno Blanco

En Dios y el dinero, Gregg, director de


investigación del Acton Institute, hace una
aproximación al juicio cristiano sobre el dinero
y las finanzas y actualiza el pensamiento
teológico sobre la materia en el contexto de la
economía global actual. No duda en condenar
la gama de inmoralidades que pueden
aparecer en la gestión del dinero, con ejemplos
concretos de la reciente crisis económica,
pero señala también todas las ventajas de una
gestión financiera ética. Recuerda que existe
una «bondad del dinero», pues las finanzas
«poseen un inmenso potencial para contribuir
al bien común y a la realización de los seres
humanos».

Samuel Gregg: Dios y el dinero. El mundo financiero al servicio del bien común. Editorial
El buey mudo, 2019.

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Las finanzas tienen un gran potencial para contribuir al bien común. Foto: © Shutterstock

Samuel Gregg es director de Investigación en Acton Insti-


tute, que –según Wikipedia– es una institución estadouni-
dense de investigación y educación, cuya misión declarada
es «promover una sociedad libre y virtuosa caracterizada por
la libertad individual y sostenida por principios religiosos».
Su trabajo apoya la política económica de libre mercado en-
marcada dentro de la moral judeocristiana. Se ha descrito
al instituto alternativamente como derechista y libertario.
Gregg hace una aproximación valiosa al juicio cristiano
sobre el dinero y las finanzas, teniendo en cuenta tanto la
prolífica reflexión de los cristianos al respecto en el primer
milenio y medio de nuestra era como las circunstancias
económicas y financieras de nuestros días. El autor cons-
tata cómo a partir del siglo XVII el pensamiento teológico
cristiano abandona la atención que prestó anteriormente a
estos temas y la necesidad de reanudar y actualizar esa línea

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de pensamiento «dado el papel crucial que ahora desem-


peñan las finanzas en la economía global» (pp. 141 a 143).
Desde las primeras páginas, el autor fija la necesidad
de emitir un juicio moral sobre las conductas relativas al
préstamo con interés y a la vez es capaz de discernir, con
razonable acierto, qué fue el dinero en cada época históri-
ca para así poder entender las razones morales de autores
cristianos fiables sobre este tema en cada época. No se
puede entender la postura cristiana sobre las finanzas si no
se entiende que los autores eclesiásticos no hacían cien-
cia económica, sino que intentaban fijar un criterio moral
sobre conductas concretas y que eso implicaba entender
el significado de esas conductas en el sistema económico
concreto de la época en que emitían su opinión.

LA MORAL SIEMPRE FUE UN SABER PRÁCTICO

Gregg pone de manifiesto cómo algunos moralistas cristia-


nos ayudaron al inicio y desarrollo de la ciencia económica,
pero dejando muy claro que su intención era fundar juicios
morales acertados y no el análisis abstracto de los hechos
económicos, para lo cual se vieron obligados a entender de
qué estaban hablando. Para el cristianismo la moral siem-
pre fue un saber práctico, no una teoría abstracta de normas
teóricas y universales. Si no se entiende esto, el estudio de
la historia de las opiniones de los moralistas cristianos o de
la doctrina de la Iglesia sobre cuestiones morales puede
parecer el reino de la arbitrariedad y la volubilidad.
Ya en la introducción (pp. 13 a 40) Gregg precisa que
«es necesario un entendimiento preciso de una práctica fi-
nanciera dada antes de criticarla moralmente» (p. 19), y eso

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exige entender esa práctica en


el contexto económico en que
se produce. Aclara que los mo-
ralistas cristianos afrontaron su
juicio de esas prácticas a partir
de ciertos principios permanen-
tes: «Los cristianos no pueden
aceptar que el criterio de la con-
veniencia o la maximización de
la utilidad sea el que prevalezca
al tomar decisiones morales» (p.
22). Los cristianos «no pueden
caer en la trampa de pensar que es aceptable escoger inten-
cionadamente el mal con el fin de realizar el bien» (p. 23).
«Los mercados financieros no son en sí mismos estructuras
de pecado; esto es, no los conforman procesos e instituciones
que sean en sí mismos perversos» (p. 32).
A partir de esos principios permanentes, Gregg estudia
la historia de la reflexión cristiana sobre las finanzas (pri-
mera parte del libro), los principios alumbrados en esa re-
flexión (segunda parte) y (tercera parte) la luz que aportan
esas reflexiones a un análisis actual de los «desafíos que
afrontan las finanzas modernas privadas y las instituciones
financieras públicas» (p. 33).
La primera parte de esta obra (pp. 41 a 144) hace justi-
cia a la forma cristiana de dilucidar criterios morales: una
reflexión práctica que tiene en cuenta con la mayor preci-
sión posible los datos de hecho; una forma de pensar muy
distinta de la propia del racionalismo ideológico contem-
poráneo que suele hacer abstracción de la realidad con-

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creta en que la conducta moral se produce para pretender


formular juicios abstractos y universales en el tiempo y en
el espacio. La ética cristiana es el esfuerzo moral de acla-
rarse sobre cómo hacer el bien aquí y ahora respetando
siempre el bien (o el valor, si se quiere usar una expresión
más moderna) que –ese sí– es universal y permanente.

POR QUÉ EL CRISTIANISMO RECHAZABA LA USURA

En concreto, los pronunciamientos cristianos sobre el dinero


y el préstamo con interés (origen de la economía financiera)
en cada época solo se pueden entender si se tiene en cuenta
el papel del dinero y de los préstamos en la economía real de
la época en que esos juicios se formulan. Gregg, consciente
de este carácter práctico de la ética, nos va contando lo que
dicen las fuentes históricas sobre la doctrina cristiana del di-
nero enmarcando los distintos textos en una breve descrip-
ción de la economía y el papel del dinero de la época.
Pone de manifiesto cómo el cristianismo se expande en
el entorno de la cultura grecorromana y a partir de fuentes
judías, es decir, en un contexto de rechazo al préstamo con
interés, manifiesto tanto en Platón, Aristóteles o Séneca
como en el Antiguo Testamento. Y nos ayuda a entender
ese rechazo: en una economía en que la agricultura y el
trabajo esclavo eran la mayor riqueza, el dinero no supo-
nía con carácter general o habitual lo que hoy entendemos
por «capital» y, por tanto, quien pedía un préstamo era con
frecuencia quien necesitaba ese dinero para subsistir has-
ta que sus tierras y su trabajo le permitiese salir adelante.
En esas condiciones, gravar el préstamo con intereses era
explotar al necesitado hasta la extenuación vital, era literal-

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mente «usura». De ahí la con- El cristianismo se ex-


dena clásica al interés tanto en pande en el entorno
fuentes judías, grecorromanas de la cultura grecorro-
y en el cristianismo primitivo, mana y a partir de
que se prolonga hasta la revo- fuentes judías, en un
contexto de rechazo
lución económica del siglo X,
al préstamo con inte-
cuando empieza a surgir una
rés, manifiesto tanto en
economía comercial y protoca- Aristóteles o Séneca
pitalista, en la cual el dinero y como en el Antiguo Tes-
su préstamo pasan a tener un tamento
significado novedoso, lo que
obliga a formular sobre ellos a
los moralistas cristianos juicios éticos también novedosos.
Dicho en términos sencillos, no puede merecer el mis-
mo juicio moral prestar dinero con altos intereses a un
campesino que vive de las rentas de sus tierras y que nece-
sita ese dinero para comer tras varios años de sequía, que
prestar dinero al mismo interés a un comerciante que lo va
a invertir en operaciones mercantiles en las que él arriesga
pero de las que pretende obtener un razonable beneficio.
Aunque las palabras sean las mismas (dinero, préstamo,
interés) el significado moral de los hechos que esas pala-
bras describen es muy diferente.
Este interesante análisis histórico de Gregg le permite
también poner de manifiesto cómo las mejores y primeras
elucubraciones intelectuales sobre el dinero y la economía
a él vinculada, es decir el origen de la ciencia económica,
se debe a religiosos y moralistas cristianos que intentaron
entender los nuevos fenómenos económicos del naciente
capitalismo para poder dar opiniones morales fundadas.

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Las reflexiones de los grandes escolásticos del siglo XIII y


sus discípulos y los análisis de los teólogos de la Escuela
de Salamanca y autores protestantes de la misma época,
pusieron las bases de la moderna ciencia económica, a la
par que formularon también principios morales de gran
actualidad sobre las finanzas públicas al denunciar la de-
valuación por los príncipes de las monedas y el descontrol
del gasto público, cuestiones que analiza en las páginas
finales de la parte primera (pp. 113 a 143).

EL DINERO PUEDE SERVIR AL BIEN COMÚN

En la segunda parte (pp. 147 a 175), Samuel Gregg sintetiza


las tesis que esa reflexión moral de los cristianos ha logrado
decantar respecto al dinero y las finanzas en los mil seis-
cientos años de su historia. Esta segunda parte es un capí-
tulo intermedio para explicitar los principios desde los que
afrontará en la tercera parte el análisis moral de las finanzas
de hoy día conforme al pensamiento cristiano, aclarando
que de lo que se trata es de «cómo integramos la posesión y
el uso del dinero en nuestras vidas en tanto cristianos y, en
segundo lugar, cómo puede el dinero servir al bien común
de las comunidades en que vivimos» (p. 148).
El resumen de Gregg es el siguiente:
a) La visión cristiana de la vida buena, de la realiza-
ción humana, no consiste en hacer lo que nos apetece
sino en escoger consistentemente no hacer el mal y, des-
pués, escoger el bien (p. 151).
b) Esta opción personal se facilita, dado que somos
seres sociales, en una sociedad que permita a todos sus
miembros alcanzar su propia perfección; esto es lo que

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se llama bien común en la tra- «Los problemas empie-


dición cristiana. Acceder a la zan cuando la gente co-
perfección es tarea personal mienza a considerar el
que no se puede imponer, pero dinero (o cualquier otro
sí facilitar con leyes e institu- bien instrumental) como
un bien último, o cuando
ciones que se orienten a ese
los bienes fundamenta-
bien común (pp. 154-155).
les son subordinados a
c) Los bienes fundamentales la consecución de dine-
de una vida buena son promo- ro (o cualquier otro bien
vidos por bienes instrumentales instrumental)»
como el dinero, por ejemplo.
«Los problemas empiezan cuan-
do la gente comienza a considerar el dinero (o cualquier otro
bien instrumental) como un bien último, o cuando los bienes
fundamentales son subordinados a la consecución de dinero
(o cualquier otro bien instrumental)» (p. 157).
d) La propiedad privada es legítima, pero es siempre
también un medio para el uso común y para que los bienes
materiales sirvan a todos los seres humanos; por eso «la
naturaleza privada de nuestra propiedad no significa que
ello nos justifique a emplearla exclusivamente para noso-
tros […]; debemos estar dispuestos incluso a hacer uso de
nuestros bienes esenciales para servir a los demás» (pp.
160-161). «Lo que importa es poner a trabajar nuestro pa-
trimonio para mejorar las condiciones que promueven la
prosperidad de todos y de cada comunidad» (p. 163).
e) Una forma de colaborar a la prosperidad general es
el sistema financiero que permite invertir el excedente
personal en todo tipo de empresas, creando eficiencias y
mejorando la gestión del riesgo (pp. 164 y ss.).

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f) «Aunque el cristianismo enseñe que jamás se ha de es-


coger el mal, con frecuencia hay muchas formas de hacer el
bien» (p. 168), principio a tener en cuenta para hacer juicios
morales en campo tan variado y cambiante y en el que inter-
actúan personas que pueden tener criterios tan dispares.

GESTIÓN FINANCIERA ÉTICA

En la tercera parte del libro, Gregg analiza fenómenos


como la especulación, las altas remuneraciones de los di-
rectivos del sector financiero, las regulaciones estatales en
la materia, la ética de la asunción de riesgos financieros, la
moral del endeudamiento público y privado y de las políti-
cas monetarias, las propuestas sobre una autoridad mone-
taria mundial formuladas por varios papas recientemente,
etc. No voy a intentar resumir sus opiniones al respecto,
pero sí aconsejo una lectura reflexiva; pues son fruto de
una sana preocupación por el bien moral de las personas
que actúan en el mundo financiero y por el bien común.
Gregg no duda en condenar moralmente toda la
gama de inmoralidades que pueden aparecer en la ges-
tión del dinero, con ejemplos muy concretos sacados de
la reciente crisis económica. Pero no ignora todas las
bondades de una gestión financiera ética, algo que olvi-
dan algunos de los que condenan la libertad económica
y las finanzas al fijarse solo en el uso pernicioso de ese
instrumento por algunos.
El libro de Gregg concluye con un capítulo dedicado
a la santidad de quienes se dedican a las finanzas y a la
necesidad de cristianos coherentes en ese mundo. «Es
importante ayudar a los cristianos y a otros que trabajan

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en finanzas a que se adhieran a Gregg analiza fenóme-


las demandas de la verdad mo- nos como la especula-
ral, a fin de que eviten el mal ción, las altas remune-
y den a sus semejantes lo que raciones de los direc-
se les debe»; pero «se requie- tivos del sector finan-
ciero, las regulaciones
re algo más: una descripción y
estatales, la ética de
una comprensión de las finan-
la asunción de riesgos
zas como llamada; una consi- financieros, o la moral
deración de las finanzas como del endeudamiento pú-
vocación» (p. 252). El autor blico y privado
recuerda a los cristianos que
no basta con ver las finanzas
como algo necesario y limitarse a no hacer el mal, sino que
es preciso asumir también en esa materia la dimensión
esencial de la moral que es elegir hacer el bien (p. 257).
Para ello vuelve a recordar que existe una «bondad del
dinero», pues las finanzas «poseen un inmenso potencial
para contribuir al bien común y, así pues, a la realización
de los seres humanos» (p. 263). Sin finanzas nos enfrenta-
ríamos a una economía de mera subsistencia y a «socieda-
des en las que las mismas personas en riesgo de exclusión
tendrían unas perspectivas aún peores de escapar de la
pobreza» (p. 265); «tanto los individuos como las empre-
sas tienen que poner sus capitales a trabajar. El papel des-
empeñado por las finanzas modernas a este respecto es
indispensable» (p. 269).

Benigno Blanco es jurista.

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