Mcphee
Mcphee
No obstante, aunque la burguesía más acomodada pusiera todas sus esperanzas y fortunas
en lograr el ingreso en la nobleza, nunca dejaban de ser «intrusos»: sus reivindicaciones
por alcanzar prestigio no solo se basaban en sus distintos logros, sino que su mismo éxito
resultaba subversivo para la raison d’être del estatus de nobleza. A su vez, los nobles
que emulaban a la burguesía tratando de parecer «progresistas» y se unían, por ejemplo,
a las logias masónicas, socavaban la exclusividad de su orden.
No obstante, como Sarah Maza nos muestra, ello no equivale a decir que no hubiera crítica
de la nobleza: al contrario, las causes célèbres que ha estudiado a través de la
publicación de informes judiciales de tiradas de hasta 20.000 en los años 1780 demuestran
un frecuente y poderoso rechazo de un mundo aristocrático tradicional que aparece
descrito como violento, feudal e inmoral, y opuesto a los valores de la ciudadanía,
racionalidad y utilidad. En el mundo cada vez más comercial de finales del siglo XVIII, los
nobles discutían acerca de si la abolición de las leyes de dérogeance (degradación) para
permitir su ingreso en el comercio resucitaría la «utilidad» de la nobleza a ojos de los
plebeyos. Lo que todo ello sugiere es que, aunque entre la burguesía no había conciencia
de clase con un programa político, sí había sin lugar a dudas una enérgica crítica de los
órdenes privilegiados y de las supuestamente anticuadas reivindicaciones de las
funciones sociales en las que se sustentaban.
Jones ha estudiado las diferentes expresiones de este cambio de valores en las revistas de
la época. En los años ochenta, salieron al mercado el Journal de santé y otras
publicaciones periódicas dedicadas a la higiene y a la salud, que abogaban por la limpieza
de las calles y la circulación del aire: la densa mezcla de sudor y perfume que despedían los
cortesanos con sus pelucas era tan insoportable como el «hedor» de los campesinos y de
los pobres en las ciudades, con su creencia en el valor medicinal de la suciedad y la orina.
El contenido de los anuncios y de las hojas de noticias denominadas Affiches, que se
elaboraban en cuarenta y cuatro ciudades y leían unas 200.000 personas, se fue haciendo
perceptiblemente cada vez más «patriótico». En dichas páginas abundaba el uso de
términos como «opinión pública», «ciudadano», y «nación» en comentarios políticos, y al
mismo tiempo podía leerse en un anuncio en el Affiche de Toulouse de diciembre de 1788
sobre «les véritables pastilles à la Neckre (sic)»: gotas patrióticas para la tos «para el
bien público». Coincidiendo con la articulación de estos valores y con el gradual,
prolongado e irregular cambio económico, se produjo una serie de desafíos intelectuales a
las formas políticas y religiosas establecidas, que los historiadores denominan
«Ilustración». La relación entre el cambio económico y la vida intelectual se encuentra
en el seno de la historia social de las ideas, y los teóricos sociales e historiadores
permanecen divididos acerca de la naturaleza de dicha relación. Los historiadores,
especialmente los marxistas, para los que los orígenes de la revolución están
inextricablemente unidos al importante cambio económico experimentado, han interpretado
la Ilustración como un síntoma de una sociedad en crisis, como la expresión de los valores
y frustraciones de la clase media. Por consiguiente, para Albert Soboul, que escribió en
1962, la Ilustración era en efecto la ideología de la burguesía:
«La base económica de la sociedad estaba cambiando, y con ella se modificaron las
ideologías. Los orígenes intelectuales de la revolución hay que buscarlos en los
ideales filosóficos que la clase media había estado planteando desde el siglo XVII...
su conciencia de clase se había visto reforzada por las actitudes exclusivistas de la
nobleza y por el contraste entre su avance en asuntos económicos e intelectuales y
su declive en el campo de la responsabilidad cívica.»
Esta visión de la Ilustración ha sido rebatida por otros historiadores que hacen hincapié en
el interés que muchos nobles mostraban por la filosofía. Además, mientras que una
generación de historiadores intelectuales veteranos tendía a mirar retrospectivamente
desde la revolución a las ideas que parecían haberla inspirado, como el Contrato social de
Rousseau, otros insisten en que el interés prerrevolucionario se centraba en su novela
romántica, La nueva Eloísa. Al igual que la Ilustración no fue una cruzada intelectual
unificada que socavara por sí sola los supuestos fundamentales del Antiguo Régimen,
tampoco la Iglesia católica fue un monolito que sustentara siempre el poder de la
monarquía. Algunos de los filósofos más prominentes fueron prelados: Mably, Condillac,
Raynal y Turgot, entre otros. Por su parte, Dale Van Kley insiste en la importancia del
legado religioso de las nociones protestantes y jansenistas de libertad política y los
desafíos a la jerarquía eclesiástica. Si hacia 1730 la policía calculaba que el respaldo a las
críticas jansenistas de las jerarquías eclesiásticas ascendía a tres cuartos de la
población en los vecindarios más populares de París, ¿cuáles podrían haber sido las
consecuencias a largo plazo? A pesar de la supresión del jansenismo a lo largo del siglo,
sus valores sobrevivieron entre los «richeristas», seguidores de un canónigo jurista del
siglo XVII que aseguraba que Cristo no había nombrado «obispos» solamente a los doce
apóstoles, sino también a los setenta y dos discípulos o «sacerdotes» mencionados en
Lucas.
Sin embargo, había una conexión fundamental entre los temas principales de la nueva
filosofía y la sociedad a la que ponía en tela de juicio. La vibrante vida intelectual de la
segunda mitad de siglo era producto de aquella sociedad. No es de extrañar que los
objetivos principales de la literatura crítica fueran el absolutismo real y la teocracia. En
palabras de Diderot en 1771:
«Cada siglo tiene su propio espíritu característico. El espíritu del nuestro parece ser
la libertad. El primer ataque contra la superstición fue violento, desenfrenado. Una
vez que el pueblo se ha atrevido de alguna manera a atacar la barrera de la religión,
esta misma barrera que es tan impresionante y a la vez la más respetada, ya es
imposible detenerlo. Desde el momento en que lanzaron miradas amenazadoras
contra la celestial majestad, no dudaron en dirigirlas a continuación contra el poder
terrenal. La cuerda que sujeta y reprime a la humanidad está formada por dos
ramales: uno de ellos no puede ceder sin que el otro se rompa.»
Para muchos filósofos esta crítica quedaba restringida por la aceptación del valor social de
los sacerdotes de parroquia como guardianes del orden público y de la moralidad.
También los intelectuales, resignados por lo que consideraban la ignorancia y
superstición de las masas, se volvieron hacia los monarcas ilustrados como la mejor
manera de garantizar la liberalización de la vida pública.
«El comerciante al que me refiero, cuyo estatus no es incompatible con la más rancia
nobleza o los más nobles sentimientos, es aquel que, superior por virtud de sus
opiniones, su genio y su empresa, añade su fortuna a la riqueza del Estado...»
En estos términos la Ilustración aparece como una ideología de clase. Pero ¿cuál era la
incidencia social de sus lectores? Los historiadores se han acercado a valorar los cambios
culturales de los años setenta y ochenta, precisamente en el ámbito de la historia social
de la Ilustración. Partiendo de la premisa de que la edición es una actividad comercial
múltiple, Robert Darnton ha intentado descubrir, mediante el análisis del comercio suizo
clandestino de libros, lo que quería el público lector. En un régimen de fuerte censura, las
ediciones pirata baratas de la Enciclopedia entraban de contrabando en el país
procedentes de Suiza y se llegaron a vender unos 25.000 ejemplares entre 1776 y 1789. A
pesar de que las autoridades del Estado toleraban el comercio de ediciones baratas de
obras como la Enciclopedia o la Biblia, existía al mismo tiempo un comercio sumergido
de libros prohibidos que resulta harto revelador, pues toda una amplia red de personas,
impresores, libreros, vendedores ambulantes y arrieros, arriesgaba la cárcel para obtener
beneficios de las demandas del público. Los catálogos suizos ofrecían a los lectores de las
distintas capas de la sociedad urbana una mezcla socialmente explosiva de filosofía y
obscenidad: las mejores obras de Rousseau, Helvetius y Holbach competían con títulos
como Venus dans le cloître, ou la religieuse en chemise, y La Fille de joie. L’Amour de
Charlot et Toinette empezaba con una descripción de la reina masturbándose y de sus
intrigas amorosas con su cuñado, a la vez que ridiculizaba al rey:
«Es de sobra sabido que el pobre Señor tres o cuatro veces condenado... por
absoluta impotencia no puede satisfacer a Antoinette. De esta desgracia estamos
seguros puesto que su “cerilla” no es más gruesa que una brizna de paja siempre
blanda y siempre encorvada...»
El tono subversivo de estos libros y panfletos era imitado en las canciones populares. Un
empleado del departamento encargado de regular el comercio de libros acudió a su superior
para pedirle que impusiese una censura más severa: «Observo que las canciones que
se venden en la calle para entretenimiento del populacho les instruyen en el sistema
de la libertad. La chusma de la más baja ralea, creyéndose parte del tercer estado, ya
no respeta a la alta nobleza». El tono irreverente aunque moralista de dichas
publicaciones y canciones hacía mofa de la Iglesia, de la nobleza y de la propia familia
real por su decadencia e impotencia, socavando al mismo tiempo la mística de aquellos que
habían nacido para gobernar y su capacidad para hacerlo. Poco importaba que la hija de
Luis hubiese nacido en 1778, y sus hijos en 1781 y 1785. Incluso en las ciudades de
provincias dominadas por los órdenes privilegiados, como Toulouse, Besanzón y
Troyes, la Enciclopedia y la osadía de la literatura clandestina encontraron un mercado
hambriento. A partir de 1750, esgrime Arlette Farge, la clase obrera de París se implicó
mucho más en los debates públicos, no porque las obras de los intelectuales de la
Ilustración se hubiesen filtrado hasta el pueblo, sino en respuesta a lo que este
consideraba el gobierno arbitrario de la monarquía.
Esto concuerda con las tesis de Tocqueville de una ingerencia estatal cada vez mayor y
más poderosa que convertía a la nobleza en un colectivo «disfuncional» socavando la
justificación teórica de sus privilegios. Los tributos de señorío no podían ya legitimarse
como el precio que tenían que pagar los no privilegiados para el alivio de los pobres, o la
protección y la ayuda de sus señores, que raramente estaban presentes en la comunidad.
Gradualmente, el sistema de señoríos se fue convirtiendo en poco más que una estafa. La
respuesta de los señores a este desafío a su autoridad y riqueza —desde arriba y desde
abajo— hizo que parecieran especialmente agresivos. Algunos historiadores que
argumentan que el feudalismo ya había dejado efectivamente de existir a finales del siglo
XVIII tienen razón solo en la medida en que el concepto de noblesse oblige parecía haber
perdido toda validez frente a señores ausentes que obtenían su superávit de un
campesinado reticente. Si en el Rosellón y la Bretaña el régimen señorial era
relativamente permisivo y bastante discreto, en otros extremos del país no era en absoluto
así, como ocurría en zonas del centro de Francia o del Languedoc. Este resentimiento
hacia los señoríos hizo que las comunidades rurales se uniesen en contra de sus señores.
Los campesinos no se sometían incondicionalmente al poder de aquellos a quienes habían
aprendido a respetar. En las tierras bajas del Languedoc, en especial, tenemos evidencias
de la «mentalidad» que Olwen Hufton y Georges Fournier nos describen, de jóvenes que
con frecuencia rebaten la autoridad del señor, del cura, y de los funcionarios locales,
exhibiendo una terquedad que las autoridades tachaban de «espíritu republicano».
Examinemos algunos ejemplos de la región de Corbieres en el Languedoc, al sudeste de
Carcasona. Un jornalero de Albas comentó a sus compañeros mientras pasaba su señor:
«Si hicierais lo que hago yo pronto pondríamos en su sitio a esta clase —de
señoritos». Luego le dijo a un herrero: «Si todos hicierais lo que hago yo, no solo no os
descubriríais la cabeza cuando pasáis por delante de ellos, sino que ni siquiera los
reconoceríais como señores, porque por lo que a mí respecta, nunca me he
descubierto la cabeza ni nunca en mi vida lo haré, no son más que un enorme montón
de escoria, ladrones, jóvenes...». En la localidad cercana de Termes, un hombre llevó a
su cuñado a los tribunales en los años previos a la revolución por haber dicho «que se
comportaba como un señor, con su tono arrogante». Aquellos que los sacerdotes,
nobles y personas acomodadas del lugar describían como «libertinos» y «sediciosos»
eran en una abrumadora mayoría jóvenes campesinos, y las tres cuartas partes de los
incidentes en que estaban implicados tenían que ver con su negativa a mostrar «signos de
sumisión». En 1780 un joven de Tuchan se mofó del señor del lugar con una canción harto
provocadora en occitano, acusándole de ir «detrás de las faldas» y aludiendo a una de sus
conquistas:
«Regardatz lo al front (Míralo, tiene la cara) sen ba trouba aquel homme (de ir a buscar a
aquel hombre) jusquos dins souns saloun. (en su propio salón.) Bous daisi a pensa (Os
dejo que imaginéis) se que naribara. (lo que allí sucederá.)»
«desde hace algún tiempo el espíritu de rebelión y la falta de respeto por los mayores
se ha vuelto intolerable... no hay remedio alguno para ello porque la gente cree que
es libre; la palabra “libertad”, conocida incluso en las más recónditas montañas, se
ha convertido en una irrefrenable licencia... Espero que esta impunidad no nos lleve
al final a cosechar frutos amargos para el gobierno.»
La advertencia de Bazin de Bezons fue escrita el mismo año en que las colonias
norteamericanas de Gran Bretaña declararon su independencia, provocando la
ingerencia francesa a su favor y haciendo estallar una crisis financiera. Es posible que el
triunfo de la guerra de la independencia sufragada por Estados Unidos apaciguara de
alguna manera las humillaciones sufridas por Francia a manos de Inglaterra en la India,
Canadá y el Caribe; no obstante, la guerra había costado más de mil millones de libras,
dos veces las rentas del Estado. Cuando después de 1783 el Estado real se tambaleó en
una crisis financiera, las cambiantes estructuras económicas y culturales de la sociedad
francesa provocaron respuestas conflictivas a las demandas de ayuda de Luis XVI. Los
costes de la guerra cada vez mayores, el mantenimiento de una corte y una burocracia en
expansión, y el pago de los intereses de una enorme deuda obligaron a la monarquía a
buscar el modo de reducir la inmunidad de la nobleza en lo relativo a los impuestos y la
capacidad de los parlamentos de resistirse a los decretos reales. La arraigada hostilidad
de gran parte de la nobleza respecto a la reforma fiscal y social se generó a causa de dos
antiguos factores: primero, por las reiteradas presiones del gobierno real que redujeron la
autonomía de la nobleza y, segundo, por el desafío de una burguesía más rica, más
numerosa y más crítica y de un campesinado claramente descontento de los
conceptos aristocráticos de propiedad, jerarquía y orden social.
Los sucesivos intentos de los ministros reales por convencer a las Asambleas de
Notables de que eliminasen los privilegios fiscales del segundo estado fracasaron debido
a la insistencia de aquella en que solo una asamblea de representantes de los tres órdenes
como los Estados Generales podía aceptar dicha innovación. Al inicio, Calonne trató de
convencer a una asamblea de 144 «Notables», de la que solo diez miembros no eran
nobles, en febrero de 1787, ofreciendo concesiones como el establecimiento de asambleas
en todas las provincias a cambio de la introducción de un impuesto territorial universal,
de la reducción de la talla y la gabela, y de la abolición de las aduanas internas. Sus
propuestas fracasaron principalmente a causa del impuesto territorial. Tras la dimisión
Brienne prosiguió con su amplio programa de reformas; esta vez, en julio, fue el
Parlamento de París el que se negó a registrar un impuesto territorial uniforme. La
tensión entre la corona y la aristocracia llegó a su punto álgido en agosto, con el exilio del
Parlamento a Troyes. Sin embargo, el apoyo popular y de la élite al Parlamento fue de tal
calibre que el rey se vio forzado a restaurarlo. El 28 de septiembre regresó a París en
medio de un gran bullicio popular. El principio de una contribución universal quedó
arrinconado. Coincidiendo con el agravamiento de la crisis entre la corona y los parlamentos
en septiembre de 1787, llegaron noticias de que el día 13 tropas prusianas habían cruzado
la frontera para prestar apoyo a la princesa Hohenzollern de Orange contra el partido
«patriótico» de la República Holandesa. La suposición de que la intervención francesa
para respaldar a los patriotas era inminente quedó desmentida cuando el gobierno anunció
que los militares no estaban preparados.
«Cuando nuestro rey estableció los parlamentos, les recordó, estos querían nombrar
funcionarios cuyo deber fuera el de administrar justicia y mantener los edictos del
reino, y no el de fomentar en sus organismos un poder que desafiase la autoridad
real.» No obstante, esta contundente afirmación de los principios de la monarquía
francesa no intimidó a los súbditos más eminentes del rey ni hizo que se sometieran.
«Nantes está tan inflamada por la causa de la libertad como cualquier otra ciudad de
Francia; las conversaciones de las que fui testimonio muestran el importante cambio
que se ha efectuado en las mentes de los franceses, por lo tanto no creo posible que
el presente gobierno pueda durar ni medio siglo más en su puesto a menos que los
más preclaros y eminentes talentos lleven el timón.»
Nantes era un bullicioso puerto de 90.000 habitantes que había experimentado un rápido
crecimiento gracias al comercio colonial con el Caribe a lo largo del siglo XVIII. Los
comerciantes con los que Young conversaba le habían convencido de los derechos de los
que tenían «talento» a participar de forma plena en la vida pública. Además, el entusiasmo
de aquellos por la reforma revela hasta qué punto la crisis de la Francia absolutista iba
más allá de la fricción entre la nobleza y el monarca. Esta conciencia política tampoco se
limitaba a las élites. El zapatero remendón parisino Joseph Charon recordaba en sus
memorias que antes de los disturbios de agosto y septiembre de 1788 el fermento político
había descendido «desde los hombres de mundo de los más altos rangos a las clases
más bajas a través de distintos canales... la gente adquiría y dispensaba un
conocimiento e ilustración tales que en vano se hubieran podido buscar en años
anteriores... y tenían nociones acerca de las constituciones públicas de los últimos
dos o tres años».
El hermano menor de Luis, el conde de Provenza, estaba dispuesto a consentir una mayor
representación del tercer estado, pero su hermano más pequeño, el conde de Artois, y los
«príncipes de sangre» pusieron de manifiesto su contumacia y temor en una «memoria»
dirigida a Luis en diciembre:
El panfleto de Sieyès se nutría del lenguaje del patriotismo: que la nobleza era
demasiado egoísta para comprometerse en un proceso de «regeneración» nacional y por
lo tanto podía ser excluida del cuerpo político. Hay que destacar también que Sieyès
aludía tan solo a un orden privilegiado, asumiendo evidentemente que el clero estaba
también dividido entre la élite noble y los párrocos plebeyos.
En segundo lugar, también había consenso en que la Iglesia necesitaba urgentes reformas
para controlar los abusos en el seno de su jerarquía y mejorar la suerte del clero de
parroquia. En tercer lugar, parecía que entre muchos de los nobles, sacerdotes y
burgueses había ya una aceptación general de los principios básicos de igualdad
fiscal, que los nobles y el clero renunciarían a su inmunidad contributiva, o por lo menos
en parte. Los cahiers de los tres estados mostraban acuerdos similares en cuanto a la
necesidad de una reforma judicial: en que las leyes deberían ser uniformes en toda la
sociedad y entre las distintas regiones, en que la administración de justicia debería ser más
expeditiva y menos costosa, y en que las leyes fueran más humanas. Por último, las
ventajas del libre comercio interno y las facilidades de transporte y comercio fueron
ampliamente aceptadas.
Un mecanismo retórico típico de los nobles de toda Francia era el de hacer declaraciones
grandilocuentes argumentando que estaban dispuestos a unirse al tercer estado en el
programa de reformas aceptando deberes comunes, pero al mismo tiempo añadían
cláusulas sutiles y matizadas que negaban de forma efectiva la generosidad inicial. Así,
por ejemplo, el segundo estado de la provincia de Berry reunido en Bourges expresó su
satisfacción por el hecho de que «el espíritu de unidad y acuerdo, que siempre había
reinado entre los tres órdenes, se ha puesto de manifiesto por igual en sus cahiers.
La cuestión de la votación por cabeza en la asamblea de los Estados Generales fue la
única que dividió al tercer estado de los otros dos órdenes, cuyo constante deseo era
el de que se deliberase allí por órdenes». De hecho, había una serie de asuntos en los
que no había acuerdo alguno. Por ejemplo, en la parroquia de Level, 18 kilómetros al sur de
Bourges, donde había nada menos que diecisiete eclesiásticos y nueve personas laicas
que reclamaban derechos señoriales, una reunión de cuatro granjeros y treinta jornaleros
decidió:
«Artículo 1. Que el tercer estado vote por cabeza en la asamblea de los Estados
Generales... Artículo 4. Que queden abolidas todas las exenciones, especialmente las
relativas a la talla, la capitación, el hospedaje de soldados, etc., soportadas
totalmente por la clase más desfavorecida del tercer estado... Artículo 9. Que la
justicia señorial sea abolida y que aquellos que estén reclamados por la justicia
puedan apelar ante el juez real más próximo.»
«La multitud de vendedoras está lejos de producir los efectos beneficiosos que al
parecer deberíamos esperar de la competencia. Al no aumentar el número de
consumidores de forma proporcional al de los productores, estos no hacen otra cosa
que perjudicarse unos a otros... Hoy en día que todo el mundo puede vender flores y
hacer ramos, los modestos beneficios quedan divididos hasta tal punto que ya no
procuran el sustento... y puesto que la profesión ya no puede alimentar a tantas
vendedoras, estas buscan los recursos de que carecen en el libertinaje y la
depravación más vergonzosa.»
La autenticidad de los 40.000 cahiers de doléances rurales como muestra de las actitudes
populares ha sido a menudo cuestionada: el número de aquellos que participaron en su
confección no solo variaba considerablemente, sino que en muchos casos circulaban
cahiers modelo por el campo y las ciudades, aunque frecuentemente se ampliaban y
adaptaban a las necesidades locales. A pesar de todo, constituyen una fuente incomparable
para los historiadores. John Markoff y Gilbert Shapiro han realizado un análisis
cuantitativo de una muestra de 1.112 cahiers, de los que 748 proceden de comunidades
rurales. Sus análisis demuestran que en 1789 los campesinos estaban mucho más
preocupados por las cargas materiales que por las simbólicas, que ignoraban por completo
las trampas del estatus señorial, como la exhibición pública de armas y los bancos
reservados en las iglesias, que poco les abrumaban en términos materiales. La hostilidad
hacia las exacciones señoriales solía ir acompañada de fuertes críticas relativas al
diezmo, a los tributos y a las prácticas de la Iglesia; es decir, se consideraban
interdependientes dentro del régimen señorial.
Los cahiers de los campesinos variaban en extensión desde muchas páginas de
detalladas críticas y sugerencias hasta tres únicas frases escritas en una mezcla de francés
y catalán en los diminutos pueblos de Serrabone en las pedregosas estribaciones de los
Pirineos. En los distritos de Troyes, Auxerre y Sens, un análisis de 389 cahiers
parroquiales realizado por Peter Jones muestra que los tributos señoriales y las
banalidades se criticaban de forma explícita en el 40, el 36 y el 27 por ciento de los mismos
respectivamente, dejando a un lado otras quejas harto comunes sobre los derechos de
caza y las cortes señoriales. Inevitablemente, los cahiers compuestos por la burguesía
urbana a nivel de circunscripción (bailía) eliminaron muchas de las quejas rurales por
considerarlas demasiado provincianas y estrechas de miras; sin embargo, el 64 por ciento
de los 666 cahiers a nivel de distrito en toda Francia clamaban por la abolición de los
tributos de señorío. Cabe señalar el fuerte contraste del 84 por ciento de los cahiers de
los nobles, que ni siquiera mencionaban el tema.
En el campo, las tensiones acerca del control de los recursos provocaban permanentes
fricciones. Tal como nos muestra Andrée Corvol, mucho antes de 1789 la administración
y conservación de los bosques era objeto de fuertes tensiones debido a la creciente
presión por el crecimiento de la población y de los precios de la madera, así como por las
actitudes comerciales de los propietarios de los recursos forestales. Los cahiers
redactados en las asambleas parroquiales se preocupaban por la conservación de los
recursos, especialmente de la madera, y tachaban de contrarias al entorno local las
excesivas demandas de la industria de la zona y de los señores. Especialmente en la
Francia oriental, la proliferación de industrias extractivas alimentadas con madera
constituían el foco de la ira del campesinado, tal como se ponía de manifiesto en el artículo
ampliamente repetido de los cahiers parroquiales en la zona de Amont, en el este de
Francia, que insistía en que «todas las forjas, fundiciones y hornos establecidos en la
provincia del Franco Condado en los últimos treinta años sean destruidas, así como
las más antiguas cuyos propietarios no poseen un bosque lo suficientemente grande
como para mantenerlas en funcionamiento durante seis meses al año». Otros
mostraban su descontento a causa de las aguas residuales de las minas, «cuyo pozo
negro y sumidero desaguan en los ríos que riegan los campos o en los que bebe el
ganado» provocando enfermedades en los animales y matando a los peces. Desde
Bretaña, la parroquia de Plozevet expresaba un punto de vista frecuentemente repetido:
«El pobre vasallo que tiene la desgracia de cortar la rama de un árbol de poco valor,
pero de la que tiene gran necesidad para su casa, para un carro o para un arado, es
condenado y doblegado por su señor por el valor de un árbol entero. Si todo el
mundo tuviera derecho a plantar y cortar para sus necesidades, sin poder vender, no
se perdería tanto bosque.»
Tal como afirma Markoff, los cahiers son una guía imperfecta de lo que a continuación
había de suceder en el campo, no solo por las circunstancias en que fueron redactados,
sino debido al contexto cambiante de la política nacional y local una vez reunidos los
Estados Generales. En cualquier caso, el pueblo estaba siendo consultado sobre
propuestas de reforma, no sobre si quería una revolución. Las exigencias de los
campesinos acerca de cómo debía ser el mundo —que previamente había existido en el
reino de la imaginación— se convirtieron más tarde en el foco de una acción organizada.
En las comunidades rurales, los económicamente dependientes se daban perfecta cuenta
de los costes que podía representar el hablar francamente acerca de los privilegios de los
nobles. No obstante, algunas asambleas parroquiales se atrevieron a criticar abiertamente
el diezmo y el sistema señorial. En el extremo sur del país, las escasas líneas remitidas
por la pequeña comunidad de Perillos expresaban su hostilidad sin reservas al sistema
señorial que permitía que su señor les tratase «como esclavos».
De todas formas, lo más notorio era que los nobles y los plebeyos no podían llegar a ningún
acuerdo sobre los procedimientos de voto en los Estados Generales. La decisión de
Luis del 5 de diciembre de duplicar el número de representantes del tercer estado,
mientras guardaba silencio en cuanto a la forma de llevar a cabo la votación en Versalles,
solo sirvió para poner de manifiesto la importancia del poder político. Existía el
compromiso compartido por los tres órdenes de la necesidad de cambio, y un acuerdo
general sobre una serie de abusos específicos en el seno del aparato del Estado y de la
Iglesia; sin embargo, las divisiones acerca de las cuestiones fundamentales del poder
político, el sistema señorial, y las exigencias a los privilegios corporativos eran ya
irreconciliables cuando los diputados llegaron a Versalles.
Durante largo tiempo los historiadores han debatido si realmente había causas
profundamente arraigadas de fricción política que emergieron en 1788, y si había líneas
claras de antagonismo social. Algunos insisten en que el conflicto político era reciente y
evitable, y señalan la coexistencia de nobles y acaudalados burgueses en una élite de
notables, unidos como terratenientes, funcionarios, inversores e incluso por su implicación
en la industria y agricultura orientada a la obtención de beneficios. Sin embargo, en el seno
de esta élite noble y burguesa había una clase dominante de nobles con títulos
heredados que gozaba de los más altos escalafones de privilegio, cargo, riqueza y
rango. Mientras que el ennoblecimiento era la ambición de los burgueses más adinerados,
las recherches de noblesse del segundo estado, establecidas para investigar las
peticiones de nobleza, guardaban minuciosamente los límites. Y dentro del segundo estado
había, en palabras de un contemporáneo, una «cascada de desprecio» hacia aquellos que
descendían en su estatus.
Mientras que los más altos escalafones de la nobleza y la burguesía estaban fundidos en
una élite de notables, el grueso del segundo estado no estaba dispuesto a ceder sus
privilegios en aras de un nuevo orden social de igualdad de derechos y obligaciones.
Los intentos de reforma institucional posteriores a 1774 fracasaron siempre en los
escollos de esta intransigencia y en la incapacidad del rey de dirigir los cambios básicos
hacia un sistema en cuya cúspide se encontraba él mismo. Desde 1750 los cambios
sociales habían ido agravando las tensiones entre esta élite y la menos eminente mayoría
de las órdenes privilegiadas mientras que, por otro lado, alimentaban concepciones
opuestas sobre las bases de la autoridad política y social entre los plebeyos. Nombres
fraudulentos como de Robespierre, Brissot de Warville y Danton no engañaban a nadie.
El dato de celebridad que recibieron en París e incluso en Versalles Benjamin Franklin,
Thomas Jefferson y John Adams —representantes de un gobierno republicano elegido
por el pueblo— indica lo profunda que era la crisis de confianza en las estructuras
jurídicas del Antiguo Régimen. La discusión sobre las disposiciones específicas para la
convocatoria de los Estados Generales había servido para centrar con dramática claridad
las imágenes de la nobleza, la burguesía y el campesinado de una Francia regenerada.
Más de 1.200 diputados de los tres estados se reunieron en Versalles a finales de abril de
1789. Las expectativas de los constituyentes eran ilimitadas, como se desprende de la
publicación por parte de un sedicente roturier (plebeyo) de Anjou, en el oeste de Francia,
de un opúsculo de siete páginas titulado Ave et le credo du tiers-état, que concluía con
una adaptación del Credo de los Apóstoles:
Por supuesto, resulta difícil discernir con certeza si el autor estaba siendo deliberadamente
satírico y sacrílego o si creía genuinamente que la reforma ilustrada era el evangelio de
Dios. No obstante, sea cual fuere el caso, el «Ave» muestra hasta qué punto los intentos
por articular un nuevo orden simbólico estaban en deuda con el lenguaje eclesiástico.
El día 17 los diputados del tercer estado insistieron en sus pretensiones y proclamaron que
«la interpretación y presentación de la voluntad general les pertenecía a ellos... El
nombre de Asamblea Nacional es el único adecuado...». Tres días más tarde, tras ser
excluidos de la sala de sesiones por cierre, los diputados se trasladaron a un local interior
próximo, el trinquete del Juego de Pelota, y, bajo la presidencia del astrónomo
Jean-Sylvan Bailly, juraron su «inamovible resolución» de continuar sus deliberaciones
donde fuera necesario:
Hubo solo una voz discordante, la de Martin Dauch, elegido por Castelnaudary, en la zona
sur.
La resolución de los diputados del tercer estado se vio respaldada por el constante goteo a
sus filas de nobles liberales y de muchos párrocos reformistas que dominaban
numéricamente la representación del primer estado. El voto que el 19 de junio dieron 149
diputados del clero de unirse al tercer estado, contra 137, fue lo que liberó a la política del
punto muerto en que se encontraba. El motivo clave de su decisión fue su enojo por el
abismo que les separaba de sus compañeros episcopales. El Abbé Barbotin escribió a un
sacerdote compañero suyo:
«Al llegar aquí todavía me sentía inclinado a creer que los obispos eran también
pastores, pero todo lo que veo me obliga a pensar que no son más que mercenarios,
políticos maquiavélicos, que solo se preocupan de sus propios intereses y están
dispuestos a desplumar —incluso a devorar si es necesario— a su propio rebaño
antes que apacentarlo.»
El 23 de junio, Luis trató de suavizar aquel desafío proponiendo una modesta reforma
contributiva que mantenía un sistema de órdenes separados sin alterar los señoríos. No
obstante, el tercer estado se mantuvo inamovible y su resolución se vio reforzada por la
llegada a la Asamblea, dos días después, de cuarenta y siete nobles liberales conducidos
por el primo de Luis, el duque de Orleans. El 27 de junio Luis pareció capitular y ordenó a
los diputados que quedaban que se uniesen a sus colegas de la Asamblea. Sin embargo, a
pesar de su aparente victoria, los diputados burgueses y sus aliados no tardaron en ser
desafiados por un contraataque de la corte. París, a 18 kilómetros de Versalles y crisol del
entusiasmo revolucionario, fue sitiado por 20.000 mercenarios y, en un acto de desafío
simbólico, Luis destituyó a Jacques Necker, el único ministro que no procedía de la
nobleza, el 11 de julio.
La destitución de Necker, que fue sustituido por el favorito de la reina, el barón de Breteuil,
supuso la señal de partida de la acción popular. Entre los oradores en torno a los que los
parisinos se arremolinaban en busca de noticias e inspiración se encontraba Camille
Desmoulins, amigo del diputado del tercer estado por Arras, Maximilien Robespierre, a
quien había conocido durante su época escolar en el Collège Louis-le-Grand en la década
de 1770. Durante los cuatro días posteriores al 12 de julio, cuarenta de las cincuenta y
cuatro aduanas que circundaban París fueron destruidas. La abadía de Saint-Lazare fue
registrada en busca de armas; las sospechas del pueblo de que la nobleza trataba de
doblegarlo mediante el hambre quedaron confirmadas cuando se descubrieron reservas de
trigo allí almacenadas. Los insurrectos se apoderaron de las armas y munición que había en
las armerías y en el hospital militar de los Inválidos, y se enfrentaron a las tropas reales.
El objetivo final era la fortaleza de la Bastilla, sita en el faubourg St-Antoine, porque
disponía de existencias de armas y pólvora y porque esta poderosa fortaleza dominaba los
barrios populares del este de París. Además, era también un imponente símbolo de la
autoridad arbitraria de la monarquía. El 14 de julio, unos 8.000 parisinos armados
pusieron sitio a la fortaleza; el gobernador, el marqués de Launay, no quiso rendirse y,
viendo que la multitud se abría camino a la fuerza hacia el patio, ordenó a sus 100 soldados
que disparasen a la turba, con un saldo de 98 muertos y 73 heridos. Solo accedió a la
rendición cuando dos destacamentos de Gardes Françaises se unieron a los sublevados y
situaron su cañón frente a la entrada principal.
¿Quiénes fueron los que tomaron la Bastilla? Se hicieron varias listas oficiales de los
vencedores de la Bastilla, como se les llamó después, incluyendo una elaborada por su
secretario Stanislas Maillard. De los 662 supervivientes que figuraban en la lista, había
quizá una veintena de burgueses, incluyendo fabricantes, comerciantes, el cervecero
Santerre, y 76 soldados. El resto pertenecían a la canalla: tenderos, artesanos y
asalariados de unos treinta oficios distintos. Entre ellos había 49 carpinteros, 48 ebanistas,
41 cerrajeros, 28 zapateros remendones, 10 peluqueros que también confeccionaban
pelucas, 11 vinateros, 9 sastres, 7 canteros, y 6 jardineros. La triunfal toma de la Bastilla el
14 de julio tuvo importantes consecuencias revolucionarias. En términos políticos, salvó a
la Asamblea Nacional y legitimó un brusco cambio de poder. El control de París por parte
de los miembros burgueses del tercer estado quedó institucionalizado mediante un nuevo
gobierno municipal a cargo de Bailly y una milicia civil burguesa dirigida por el héroe
francés de la guerra americana de la Independencia, Lafayette. A primera hora de la
mañana del 17 de julio, el hermano más pequeño de Luis, el conde de Artois, abandonó
Francia asqueado por el desmoronamiento del respeto propiciado por el tercer estado. Un
goteo constante de cortesanos descontentos se uniría a su emigrada corte en Turín. Aquel
mismo día, Luis aceptó formalmente lo ocurrido entrando en París para anunciar la retirada
de sus tropas y llamando de nuevo a Necker para devolverle el cargo. Días después,
Lafayette añadiría el blanco de la bandera borbónica al rojo y el azul de la ciudad de
París: acababa de nacer la revolucionaria escarapela tricolor.
Loustallot, un joven abogado de Burdeos, debió de pensar que aquel incidente sería
único, pero lo peor estaba aún por llegar. El día 22, el gobernador real de París desde 1776,
Louis Bertier de Sauvigny, fue apresado cuando trataba de huir de la ciudad. Él y su
suegro Joseph Foulon, que había sustituido a Necker en su ministerio, fueron apaleados
hasta la muerte y decapitados, y sus cabezas exhibidas por todo París, al parecer en
merecido castigo por presunta conspiración para empeorar el largo periodo de hambruna
que atravesaron los parisinos en 1788-1789. Supuestamente Foulon había declarado que
si los pobres estaban hambrientos que comieran paja. El informe de Loustallot acerca de
aquel día «terrible y aterrador» estaba ahora marcado por la angustia y la desesperación.
Tras la decapitación de Foulon,
«Mientras subía a pie por una empinada colina, para aliviar a mi yegua, una pobre
mujer se unió a mí y comenzó a quejarse de aquellos tiempos que estábamos
viviendo, y de lo triste que era el país; al preguntarle yo las razones de su lamento,
dijo que su marido no tenía más que un pedazo de tierra, una vaca, y un pobre
caballo, y sin embargo tenían que pagar un franchar (42 libras) de trigo y tres pollos
por el arriendo a un señor, y cuatro franchares de avena, un pollo y una libra a otro
señor, además de las gravosas tallas y otros impuestos... Ahora decían que algunas
personas importantes iban a hacer algo por los pobres, pero ella no sabía quién ni
cómo, pero Dios nos favorecerá, car les tailles et les droits nous écrasent. Esta mujer,
vista no de muy lejos, aparentaba unos sesenta o setenta años, su figura encorvada y
su rostro ajado y endurecido por el arduo trabajo, pero ella aseguró tener solo
veintiocho.»
El miedo a la venganza de los aristócratas sustituyó tales esperanzas a medida que
llegaban noticias de la Bastilla: ¿acaso las pandillas de mendigos que merodeaban por los
campos de cereales eran agentes de los vengativos señores? La esperanza, el temor y el
hambre convirtieron el campo en un polvorín al que imaginarias visiones de «bandidos»
prendieron fuego. El pánico se extendió a partir de unas pocas chispas aisladas causando
incendios de violentos rumores, diseminándose de pueblo en pueblo a varios kilómetros
por hora, e invadiendo todas las regiones a excepción de Bretaña y el este. Al no
materializarse las represalias de los nobles, las milicias de los pueblos apuntaron con sus
armas al mismo sistema señorial, obligando a los señores o a sus agentes a entregar los
archivos feudales para ser quemados en la plaza del pueblo. Esta revuelta tan
extraordinaria se dio a conocer con el nombre de «gran pánico». Se eligieron también otros
objetos a los que dirigir el odio: en Alsacia se ejerció la violencia contra los judíos. En las
afueras del norte de París, en St. Denis, un funcionario que se había burlado de una
multitud que se quejaba de los precios de la comida fue arrastrado desde su escondrijo en
el chapitel de una iglesia, apuñalado hasta causarle la muerte y decapitado; sin embargo,
este fue un caso poco frecuente de violencia personal en aquellos días. Al igual que la
canalla de París, los campesinos adoptaron el lenguaje de la revuelta burguesa para sus
propios fines; el 2 de agosto, el mayordomo del duque de Montmorency escribió a su
señor en Versalles que:
«El populacho, culpando a los señores del reino de los altos precios del trigo, ataca
ferozmente todo lo que les pertenece. No hay razonamiento que valga: este
populacho desenfrenado tan solo atiende a su propia furia... Justo cuando estaba a
punto de terminar mi carta, me enteré de que aproximadamente trescientos bandidos
procedentes de todos los rincones, unidos a los vasallos de la marquesa de
Longaunay, habían robado los títulos de arrendamiento y concesiones de señorío, y
derruido sus palomares: a continuación le dejaron una nota informándola del robo
con la firma La Nación.»
Así pues, la Asamblea abolió por completo la servidumbre, los palomares, los
privilegios señoriales y reales de caza, y el trabajo no remunerado. Quedaron también
suprimidos los tribunales señoriales: en el futuro, la justicia iba a ser administrada
desinteresadamente de acuerdo con un conjunto de leyes uniformes. El diezmo, al igual
que los impuestos estatales existentes, serían sustituidos por modos más equitativos de
financiar al Estado y a la Iglesia, pero mientras tanto habría que continuar pagando.
Más tarde, el 27 de agosto, tras concienzudos y largos debates, la Asamblea votó una
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Lo fundamental de dicha
Declaración era la insistencia en que «la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los
derechos del hombre son las únicas causas de las desventuras públicas»; la
Asamblea rechazó la sugerencia por parte de los nobles de que se incluyese junto a esta
declaración una declaración de deberes para que el pueblo llano no abusase de sus
libertades. En su lugar, se establecía la esencia del liberalismo, que «la libertad consiste
en poder hacer todo lo que no dañe a otro». Por consiguiente, la Declaración
garantizaba los derechos de libre expresión y asociación, y de religión y opinión,
limitados tan solo —y de forma más bien ambigua— por «la ley». Aquella iba a ser una
tierra en la que todos serían iguales ante la ley, y estarían sujetos a las mismas
responsabilidades públicas: era una invitación a convertirse en ciudadanos de una nación
en vez de súbditos de un rey.
Los Decretos de Agosto tuvieron también gran importancia por otra razón: porque estaban
basados en la presunción de que a partir de aquel momento todos los individuos de Francia
gozarían de los mismos derechos y estarían sujetos a las mismas leyes: la edad de los
privilegios y excepciones había terminado:
La Declaración, así como los Decretos de Agosto, afirmaba de forma explícita que todas
las carreras y cargos estarían abiertas al talento, y que en lo sucesivo «las distinciones
sociales se basarían solamente en la utilidad general». Por consiguiente, se consideró
político excluir cláusulas de un borrador inicial que trataba de explicar los límites de la
igualdad de forma más directa:
Puesto que tanto los Decretos de Agosto como la Declaración constituían un conjunto
profundamente revolucionario de principios fundamentales de un nuevo orden, ambos
documentos se encontraron con el rechazo de Luis. Los Estados Generales habían sido
convocados para ofrecerle consejo sobre el estado de su reino: ¿acaso la aceptación de la
existencia de una «Asamblea Nacional» le obligaba a aceptar las decisiones de esta
última? Además, a medida que la crisis empeoraba y se multiplicaba la evidencia de un
desprecio manifiesto por la revolución por parte de los oficiales del ejército, la victoria del
verano de 1789 parecía de nuevo discutible. Por segunda vez, la canalla de París intervino
para salvaguardar una revolución que había hecho suya. Sin embargo, esta vez fueron las
mujeres de los mercados quienes la abanderaron: en palabras del observador librero
Hardy, «estas mujeres dijeron a voces que los hombres no sabían de qué iba todo
aquello y que ellas querían intervenir en el curso de los acontecimientos». El 5 de
octubre, 7.000 mujeres emprendieron la marcha hacia Versalles; entre sus líderes
espontáneos figuraba Maillard, un héroe del 14 de julio, y una mujer de Luxemburgo,
Anne-Josephe Terwagne, que se hizo famosa con el nombre de Théroigne de Méricourt.
Más tarde fueron secundadas por la Guardia Nacional, que obligó a su reacio comandante
Lafayette a «acaudillarlas». Una vez en Versalles, las mujeres invadieron la Asamblea.
Una delegación se presentó ante el rey, que inmediatamente consintió en sancionar los
decretos. No obstante, no tardó en hacerse evidente que las mujeres solo se contentarían si
la familia real regresaba a París. Así lo hizo el día 6 y la Asamblea siguió sus pasos.
El alcalde Bailly recordó que cuando las mujeres regresaron a París el día 6, iban cantando
«cancioncillas vulgares que al parecer mostraban poco respeto por la reina». Otras se
vanagloriaban de haber traído consigo a la familia real tildándolos de «el panadero y su
esposa, y el aprendiz del panadero». Con esto las mujeres explicitaban públicamente la
antigua creencia de la responsabilidad real ante Dios de proveer comida. Una vez
sancionados los decretos clave, y la corte totalmente desorganizada, el triunfo de la
revolución parecía asegurado; y para dar cuenta de la magnitud de lo conseguido, el pueblo
empezó ahora a referirse al antiguo régimen.
En toda Europa, la gente estaba impresionada por los dramáticos sucesos de aquel verano.
Pocos fueron los que no se entusiasmaron con los acontecimientos: entre las cabezas
coronadas de Europa, solo los reyes de Suecia y de España y Catalina de Rusia se
mantuvieron decididamente hostiles desde el inicio. Otros quizá sintieran cierta satisfacción
al ver humillada por su propio pueblo a una de las mayores potencias de Europa. No
obstante, entre el populacho europeo general el respaldo a la revolución era mayoritario,
aunque también había unos pocos «contrarrevolucionarios» como Edmund Burke.
Mientras que en Inglaterra muchos empezaron a sentirse incómodos con los informes
acerca de los brutales derramamientos de sangre o cuando la Asamblea Nacional
desestimó sin dilación la posibilidad de emular el sistema británico de dos cámaras, con
su Cámara de los Lores, otros muchos mostraron abiertamente su entusiasmo. Poetas
como Wordsworth, Burns, Coleridge, Southey y Blake se unieron a sus semejantes
alemanes e italianos en el mundo artístico y filosófico (Beethoven, Fichte, Hegel, Kant y
Herder) en la celebración de lo que se interpretaba como un momento ejemplar de
liberación en la historia del espíritu europeo. Lafayette mandó un juego de llaves de la
Bastilla a George Washington en calidad de «tributo que debo como hijo a mi padre
adoptivo, como ayudante de campo a mi general, y como misionero de la libertad a su
patriarca». A su vez, Washington, elegido presidente de Estados Unidos seis meses
antes, escribió a su enviado en Francia, el gobernador Morris, el 13 de octubre: «La
revolución que se ha llevado a cabo en Francia es de tan maravillosa índole que la
mente apenas puede reconocer el hecho. Si termina como... [yo] pronostico, esta
nación será la más feliz y poderosa de Europa».
Junto con el potente sentido de euforia y unidad en aquel otoño de 1789 se abría paso la
conciencia de cómo se había alcanzado la revolución y la magnitud de lo que quedaba por
hacer. La revolución de los diputados burgueses había triunfado solo por la
intervención activa de la clase obrera de París; los recelos de los diputados se pusieron
de manifiesto en la proclamación temporal de la ley marcial el 21 de octubre. Por otro
lado, el hecho de que Luis consintiera en cambiar a regañadientes, quedó parcialmente
disfrazado por la invención de que su obstinación se debía únicamente a la maligna
influencia de la corte. Pero lo más importante de todo, la declaración revolucionaria de
los principios del nuevo régimen presuponía la remodelación de todos los aspectos de la
vida social. Y a esta tarea se dedicaron.