0% encontró este documento útil (0 votos)
35 vistas28 páginas

Mcphee

El documento analiza la crisis del Antiguo Régimen en Francia y el papel de la burguesía en la Revolución Francesa, cuestionando si esta tenía una conciencia de clase unificada. Se destaca que, aunque los burgueses buscaban integrarse en la aristocracia, su éxito resultaba subversivo para el estatus noble, mientras que la crítica a la nobleza y la búsqueda de nuevas identidades sociales y culturales se intensificaban. Además, se explora la relación entre los cambios económicos, la Ilustración y la transformación de la sociedad francesa en el siglo XVIII.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
35 vistas28 páginas

Mcphee

El documento analiza la crisis del Antiguo Régimen en Francia y el papel de la burguesía en la Revolución Francesa, cuestionando si esta tenía una conciencia de clase unificada. Se destaca que, aunque los burgueses buscaban integrarse en la aristocracia, su éxito resultaba subversivo para el estatus noble, mientras que la crítica a la nobleza y la búsqueda de nuevas identidades sociales y culturales se intensificaban. Además, se explora la relación entre los cambios económicos, la Ilustración y la transformación de la sociedad francesa en el siglo XVIII.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

II.

LA CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN

Una de las cuestiones largamente debatidas por los historiadores es la de si la burguesía


del siglo XVIII tenía «conciencia de clase»: es decir, si la Revolución Francesa fue obra
de una burguesía decidida a derrocar los órdenes privilegiados acelerando con ello la
transición del feudalismo al capitalismo de acuerdo con el modelo marxista de desarrollo
histórico. Los términos de dicho debate se han planteado a menudo de forma harto
simplificada, esto es, tratando de responder a la cuestión de si los miembros más ricos de la
burguesía estaban integrados en las clases gobernantes. De ser así, ¿no podría
argumentarse que no había ninguna crisis antigua ni profundamente arraigada en el seno
de esta sociedad?, ¿que la revolución tan solo esgrimía causas recientes y por ello
relativamente insignificantes? Hay pruebas evidentes a favor de este razonamiento. Los
nobles desempeñaron un papel activo en el cambio agrícola y minero, en contraste con lo
que su reputación suponía entonces y ahora, y los reyes ennoblecieron de entre los
financieros y fabricantes más brillantes a individuos como el emigrante bávaro
Christophe-Philippe Oberkampf, que había establecido una fábrica de tejidos
estampados en Jouy, cerca de Versalles. Entre los objetos más codiciados por los
burgueses figuraban unos 70.000 cargos venales, de los que 3.700 conferían nobleza a
quienes los ostentaban. Algunos de estos jóvenes burgueses ambiciosos que acabarían
estando a la vanguardia de la iniciativa militante contra los nobles después de 1789,
encontraban apropiado e incluso deseable añadir un prefijo o sufijo noble a su apellido
plebeyo: de Robespierre, Brissot de Warville y Danton. Por otro lado, hay que señalar
que los distintos grupos profesionales que conformaban la burguesía no se definían a sí
mismos como miembros de una «clase» compacta, unida a lo largo y ancho de todo el país
por los cargos que desempeñaban y por intereses socioeconómicos similares.

Sin embargo, podría resultar mucho más esclarecedor el considerar a la élite de la


burguesía como un grupo que buscaba ingresar en el mundo de la aristocracia
trastornándolo al mismo tiempo sin darse cuenta. Los burgueses más acaudalados trataban
de comprar cargos y títulos nobles, pues estos les aportaban riqueza y a la vez un puesto
en aquella sociedad. No es de sorprender que intentasen abrirse camino en un mundo que
nunca habrían imaginado que pudiese terminar. Por ejemplo, Claude Périer, el adinerado
propietario de una fábrica textil de Grenoble, que también poseía una plantación de
azúcar en Santo Domingo, pagó un millón de libras por varios señoríos y el inmenso
castillo de Vizille en 1780, donde construyó una nueva fábrica textil. El rendimiento de sus
señoríos —37.000 libras anuales— era aproximadamente el mismo que el que podría haber
obtenido de haber llevado a cabo otras alternativas de inversión.

No obstante, aunque la burguesía más acomodada pusiera todas sus esperanzas y fortunas
en lograr el ingreso en la nobleza, nunca dejaban de ser «intrusos»: sus reivindicaciones
por alcanzar prestigio no solo se basaban en sus distintos logros, sino que su mismo éxito
resultaba subversivo para la raison d’être del estatus de nobleza. A su vez, los nobles
que emulaban a la burguesía tratando de parecer «progresistas» y se unían, por ejemplo,
a las logias masónicas, socavaban la exclusividad de su orden.

Otros historiadores han tildado de «infructuosas» y «zanjadas» las cuestiones acerca de


los orígenes sociales y económicos de la revolución y afirman que sus orígenes y
naturaleza pueden observarse mejor a través de un análisis de la «cultura política», según
palabras de Lynn Hunt, del papel de los «símbolos, el lenguaje, y el ritual al inventar y
transmitir una tradición de acción revolucionaria». Efectivamente, algunos historiadores
han puesto en tela de juicio la idoneidad de términos como «clase» y «conciencia de
clase» en la Francia del siglo XVIII. David Garrioch comienza su estudio de «la
formación de la burguesía parisina» afirmando que «no había burguesía parisina
alguna en el siglo XVIII», es decir, que los burgueses no se definían a sí mismos como
parte integrante de una «clase» con intereses y puntos de vista similares. Los diccionarios
de la época definían el término burgués por lo que no era —ni noble ni obrero manual— o
utilizando «burgués» como término despectivo.

No obstante, como Sarah Maza nos muestra, ello no equivale a decir que no hubiera crítica
de la nobleza: al contrario, las causes célèbres que ha estudiado a través de la
publicación de informes judiciales de tiradas de hasta 20.000 en los años 1780 demuestran
un frecuente y poderoso rechazo de un mundo aristocrático tradicional que aparece
descrito como violento, feudal e inmoral, y opuesto a los valores de la ciudadanía,
racionalidad y utilidad. En el mundo cada vez más comercial de finales del siglo XVIII, los
nobles discutían acerca de si la abolición de las leyes de dérogeance (degradación) para
permitir su ingreso en el comercio resucitaría la «utilidad» de la nobleza a ojos de los
plebeyos. Lo que todo ello sugiere es que, aunque entre la burguesía no había conciencia
de clase con un programa político, sí había sin lugar a dudas una enérgica crítica de los
órdenes privilegiados y de las supuestamente anticuadas reivindicaciones de las
funciones sociales en las que se sustentaban.

Si los cambios se manifestaban en la forma en que se expresaba el debate público en los


años previos a 1789, ¿no es eso indicativo de mayores cambios en la sociedad francesa?
Recientemente los historiadores han vuelto al estudio de lo que ellos llaman «cultura
material» de la Francia del siglo XVIII, es decir, de los objetos materiales y prácticas de la
vida económica. No obstante, no han dado este paso para recuperar las viejas
interpretaciones marxistas de la vida cultural e intelectual como «reflejos» de la
estructura económica, sino más bien para comprender los significados que la gente de la
época otorgaba a su mundo a través de su conducta y también de sus palabras. De ello se
desprende que una serie de cambios interrelacionados —económicos, sociales y
culturales— estaba socavando las bases de la autoridad social y política en la segunda
mitad del siglo XVIII. La expansión limitada pero totalmente visible de la empresa
capitalista en la industria, en la agricultura de las tierras del interior de París, y sobre todo
en el comercio, vinculada al negocio colonial, generaba formas de riqueza y valores
contrarios a las bases institucionales del absolutismo, una sociedad ordenada de
privilegios corporativos y de reivindicaciones de autoridad por parte de la aristocracia y
de la Iglesia. Colin Jones ha calculado que el número de burgueses aumentó de unos
700.000 en 1700 a aproximadamente 2,3 millones en 1780. Incluso entre la pequeña
burguesía se iba gestando una clara «cultura de consumo», patente en el gusto por los
escritorios, espejos, relojes y sombrillas. Las décadas posteriores a 1750 se revelaron como
una época de «revolución en el vestir», según palabras de Daniel Roche, en la que los
valores de respetabilidad, decencia y sólida riqueza se expresaban a través del vestir en
todos los grupos sociales, pero especialmente entre las clases «medias». Los burgueses
también se distinguían de los nobles y artesanos por su cuisine bourgeoise (cocina
burguesa), haciendo comidas menos copiosas y más regulares, y por sus virtudes íntimas
de simplicidad en sus viviendas y modales.

Jones ha estudiado las diferentes expresiones de este cambio de valores en las revistas de
la época. En los años ochenta, salieron al mercado el Journal de santé y otras
publicaciones periódicas dedicadas a la higiene y a la salud, que abogaban por la limpieza
de las calles y la circulación del aire: la densa mezcla de sudor y perfume que despedían los
cortesanos con sus pelucas era tan insoportable como el «hedor» de los campesinos y de
los pobres en las ciudades, con su creencia en el valor medicinal de la suciedad y la orina.
El contenido de los anuncios y de las hojas de noticias denominadas Affiches, que se
elaboraban en cuarenta y cuatro ciudades y leían unas 200.000 personas, se fue haciendo
perceptiblemente cada vez más «patriótico». En dichas páginas abundaba el uso de
términos como «opinión pública», «ciudadano», y «nación» en comentarios políticos, y al
mismo tiempo podía leerse en un anuncio en el Affiche de Toulouse de diciembre de 1788
sobre «les véritables pastilles à la Neckre (sic)»: gotas patrióticas para la tos «para el
bien público». Coincidiendo con la articulación de estos valores y con el gradual,
prolongado e irregular cambio económico, se produjo una serie de desafíos intelectuales a
las formas políticas y religiosas establecidas, que los historiadores denominan
«Ilustración». La relación entre el cambio económico y la vida intelectual se encuentra
en el seno de la historia social de las ideas, y los teóricos sociales e historiadores
permanecen divididos acerca de la naturaleza de dicha relación. Los historiadores,
especialmente los marxistas, para los que los orígenes de la revolución están
inextricablemente unidos al importante cambio económico experimentado, han interpretado
la Ilustración como un síntoma de una sociedad en crisis, como la expresión de los valores
y frustraciones de la clase media. Por consiguiente, para Albert Soboul, que escribió en
1962, la Ilustración era en efecto la ideología de la burguesía:

«La base económica de la sociedad estaba cambiando, y con ella se modificaron las
ideologías. Los orígenes intelectuales de la revolución hay que buscarlos en los
ideales filosóficos que la clase media había estado planteando desde el siglo XVII...
su conciencia de clase se había visto reforzada por las actitudes exclusivistas de la
nobleza y por el contraste entre su avance en asuntos económicos e intelectuales y
su declive en el campo de la responsabilidad cívica.»

Esta visión de la Ilustración ha sido rebatida por otros historiadores que hacen hincapié en
el interés que muchos nobles mostraban por la filosofía. Además, mientras que una
generación de historiadores intelectuales veteranos tendía a mirar retrospectivamente
desde la revolución a las ideas que parecían haberla inspirado, como el Contrato social de
Rousseau, otros insisten en que el interés prerrevolucionario se centraba en su novela
romántica, La nueva Eloísa. Al igual que la Ilustración no fue una cruzada intelectual
unificada que socavara por sí sola los supuestos fundamentales del Antiguo Régimen,
tampoco la Iglesia católica fue un monolito que sustentara siempre el poder de la
monarquía. Algunos de los filósofos más prominentes fueron prelados: Mably, Condillac,
Raynal y Turgot, entre otros. Por su parte, Dale Van Kley insiste en la importancia del
legado religioso de las nociones protestantes y jansenistas de libertad política y los
desafíos a la jerarquía eclesiástica. Si hacia 1730 la policía calculaba que el respaldo a las
críticas jansenistas de las jerarquías eclesiásticas ascendía a tres cuartos de la
población en los vecindarios más populares de París, ¿cuáles podrían haber sido las
consecuencias a largo plazo? A pesar de la supresión del jansenismo a lo largo del siglo,
sus valores sobrevivieron entre los «richeristas», seguidores de un canónigo jurista del
siglo XVII que aseguraba que Cristo no había nombrado «obispos» solamente a los doce
apóstoles, sino también a los setenta y dos discípulos o «sacerdotes» mencionados en
Lucas.

Sin embargo, había una conexión fundamental entre los temas principales de la nueva
filosofía y la sociedad a la que ponía en tela de juicio. La vibrante vida intelectual de la
segunda mitad de siglo era producto de aquella sociedad. No es de extrañar que los
objetivos principales de la literatura crítica fueran el absolutismo real y la teocracia. En
palabras de Diderot en 1771:

«Cada siglo tiene su propio espíritu característico. El espíritu del nuestro parece ser
la libertad. El primer ataque contra la superstición fue violento, desenfrenado. Una
vez que el pueblo se ha atrevido de alguna manera a atacar la barrera de la religión,
esta misma barrera que es tan impresionante y a la vez la más respetada, ya es
imposible detenerlo. Desde el momento en que lanzaron miradas amenazadoras
contra la celestial majestad, no dudaron en dirigirlas a continuación contra el poder
terrenal. La cuerda que sujeta y reprime a la humanidad está formada por dos
ramales: uno de ellos no puede ceder sin que el otro se rompa.»

Para muchos filósofos esta crítica quedaba restringida por la aceptación del valor social de
los sacerdotes de parroquia como guardianes del orden público y de la moralidad.
También los intelectuales, resignados por lo que consideraban la ignorancia y
superstición de las masas, se volvieron hacia los monarcas ilustrados como la mejor
manera de garantizar la liberalización de la vida pública.

Semejante liberalización propiciaría necesariamente el desencadenamiento de la


creatividad en la vida económica: para los «fisiócratas» como Turgot y Quesnay, el
progreso del mundo residía en liberar la iniciativa y el comercio (laissez-faire,
laissez-sez). Al suprimir obstáculos a la libertad económica —gremios y controles en el
comercio de los cereales— y fomentar las «mejoras» agrícolas y los cercados, la riqueza
económica que se crearía sustentaría el «progreso» de las libertades civiles. Dichas
libertades habían de ser solo para los europeos: con escasas excepciones, los filósofos
desde Voltaire hasta Helvetius racionalizaron la esclavitud en las plantaciones
justificándola como el destino natural de los pueblos inferiores. En 1716-1789 el volumen de
comercio a través de los grandes puertos se multiplicó por cuatro, es decir, creció en un 2
o 3 por ciento anual, en parte debido al tráfico de esclavos. Marsella, con 120.000
habitantes en 1789, estaba económicamente dominada por 300 grandes familias de
comerciantes que constituían la fuerza que apoyaba a la Ilustración y al mismo tiempo
representaban el crecimiento económico. Una de ellas dijo en 1775:

«El comerciante al que me refiero, cuyo estatus no es incompatible con la más rancia
nobleza o los más nobles sentimientos, es aquel que, superior por virtud de sus
opiniones, su genio y su empresa, añade su fortuna a la riqueza del Estado...»

En estos términos la Ilustración aparece como una ideología de clase. Pero ¿cuál era la
incidencia social de sus lectores? Los historiadores se han acercado a valorar los cambios
culturales de los años setenta y ochenta, precisamente en el ámbito de la historia social
de la Ilustración. Partiendo de la premisa de que la edición es una actividad comercial
múltiple, Robert Darnton ha intentado descubrir, mediante el análisis del comercio suizo
clandestino de libros, lo que quería el público lector. En un régimen de fuerte censura, las
ediciones pirata baratas de la Enciclopedia entraban de contrabando en el país
procedentes de Suiza y se llegaron a vender unos 25.000 ejemplares entre 1776 y 1789. A
pesar de que las autoridades del Estado toleraban el comercio de ediciones baratas de
obras como la Enciclopedia o la Biblia, existía al mismo tiempo un comercio sumergido
de libros prohibidos que resulta harto revelador, pues toda una amplia red de personas,
impresores, libreros, vendedores ambulantes y arrieros, arriesgaba la cárcel para obtener
beneficios de las demandas del público. Los catálogos suizos ofrecían a los lectores de las
distintas capas de la sociedad urbana una mezcla socialmente explosiva de filosofía y
obscenidad: las mejores obras de Rousseau, Helvetius y Holbach competían con títulos
como Venus dans le cloître, ou la religieuse en chemise, y La Fille de joie. L’Amour de
Charlot et Toinette empezaba con una descripción de la reina masturbándose y de sus
intrigas amorosas con su cuñado, a la vez que ridiculizaba al rey:

«Es de sobra sabido que el pobre Señor tres o cuatro veces condenado... por
absoluta impotencia no puede satisfacer a Antoinette. De esta desgracia estamos
seguros puesto que su “cerilla” no es más gruesa que una brizna de paja siempre
blanda y siempre encorvada...»

El tono subversivo de estos libros y panfletos era imitado en las canciones populares. Un
empleado del departamento encargado de regular el comercio de libros acudió a su superior
para pedirle que impusiese una censura más severa: «Observo que las canciones que
se venden en la calle para entretenimiento del populacho les instruyen en el sistema
de la libertad. La chusma de la más baja ralea, creyéndose parte del tercer estado, ya
no respeta a la alta nobleza». El tono irreverente aunque moralista de dichas
publicaciones y canciones hacía mofa de la Iglesia, de la nobleza y de la propia familia
real por su decadencia e impotencia, socavando al mismo tiempo la mística de aquellos que
habían nacido para gobernar y su capacidad para hacerlo. Poco importaba que la hija de
Luis hubiese nacido en 1778, y sus hijos en 1781 y 1785. Incluso en las ciudades de
provincias dominadas por los órdenes privilegiados, como Toulouse, Besanzón y
Troyes, la Enciclopedia y la osadía de la literatura clandestina encontraron un mercado
hambriento. A partir de 1750, esgrime Arlette Farge, la clase obrera de París se implicó
mucho más en los debates públicos, no porque las obras de los intelectuales de la
Ilustración se hubiesen filtrado hasta el pueblo, sino en respuesta a lo que este
consideraba el gobierno arbitrario de la monarquía.

La Ilustración no fue simplemente un movimiento cultural con conciencia propia: se vivió de


manera inconsciente, con valores cambiantes. Inventarios de propiedades realizados en
París en 1700 evidenciaron que los libros estaban en manos de un 13 por ciento de
asalariados, un 32 por ciento de magistrados y un 26 por ciento de nobles de espada: en la
segunda mitad de siglo, las cifras eran del 35, 58 y 53 por ciento respectivamente. David
Garrioch, el historiador del faubourg St.-Marcel, ha comparado los testamentos de dos
acaudalados curtidores. A su muerte en 1734 dejó Nicolas Bouillerot 73 libros, todos ellos
de religión. Jean Aufray, que murió en 1792, era menos rico pero dejó 500 libros, entre los
que había obras de historia y clásicos en latín, así como una serie de mapas y panfletos.
Obviamente, esto podría no ser más que un ejemplo de los gustos literarios de dos
individuos, pero para Garrioch ilustra más bien los valores e intereses cambiantes entre la
burguesía para quien la Ilustración era «una forma de vida».

Otra aproximación a la Ilustración se inspira fundamentalmente en el trabajo del sociólogo


alemán Jürgen Habermas, que escribió en la década de los sesenta de nuestro siglo en el
contexto de la historia reciente de su país y de los emergentes conocimientos de la
Rusia de Stalin. Para Habermas, la Ilustración tenía que ser entendida como la
expresión intelectual de la cultura política democrática. Historiadores recientes han
desarrollado las nociones de Habermas sobre cultura política y espacio público yendo
más allá de la historia de la élite intelectual hasta los «espacios» en los que las ideas se
articularon y defendieron. Por ejemplo, a diferencia de las corporaciones, el mundo
privilegiado de las academias aristocráticas era mucho más abierto, las logias
masónicas de librepensadores eran una forma de sociabilidad masculina y burguesa
que proliferó abundantemente después de 1760: a pesar de los mandamientos de varios
papas (que no evitaron que 400 sacerdotes se unieran a ellas), había unos 210.000
miembros en 600 logias en la década de 1780. La expansión de la francmasonería era en
parte la expresión de una cultura burguesa característica fuera de las normas de la élite
aristocrática. Los hombres de negocios, excluidos de las academias de los nobles,
constituían del 30 al 35 por ciento de las logias, que atraían también a los soldados, a los
funcionarios públicos y a los hombres que ejercían profesiones liberales. En París, el 74 por
ciento de los francmasones procedían del tercer estado. Sin embargo, Dena Goodman
arguye que la francmasonería fue un espacio masculino opuesto al mundo de los salones
parisinos donde las mujeres desempeñaban un papel fundamental en la creación de
espacios feminizados y en los que se ejercía el libre pensamiento.

La verdadera importancia de la Ilustración, pues, es la de ser el síntoma de una crisis de


autoridad y parte de un discurso político mucho más amplio. Mucho antes de 1789, los
términos de «ciudadano», «nación», «contrato social» y «voluntad general» ya
circulaban por la sociedad francesa, en claro enfrentamiento con el viejo discurso de
«órdenes», «propiedades», y «corporaciones». Daniel Roche hace hincapié en la
importancia de la «crisis cultural» evidente en una nueva «esfera pública de razón
crítica» en los salones de París, sociedades eruditas y logias masónicas: «En algunos
aspectos la ruptura con el pasado ya se había producido: la censura no conseguía
nada, y un reino de libertad estaba emergiendo a través de un consumo de productos
cada vez más intenso, rápido y elocuente». En el mundo del arte existía también la
misma relación compleja entre el público lector y el escritor, ilustrada por la acogida que el
público dispensó a la obra de David El juramento de los Horacios en 1785, con su
exaltación de la conducta cívica prohibida como virtuosa. Este tema halló resonancia
entre la audiencia de la clase media educada en los clásicos. El autor de Sur la peinture
(1782) atacaba la pintura convencional y la decadencia de la élite social, exhortando a los
críticos de arte a comprometerse «en consideraciones de índole moral y política».

El inquieto mundo de la literatura en la década de los ochenta era esencialmente un


fenómeno urbano: en París, por ejemplo, había una escuela primaria para cada 1.200
personas, y la mayoría de hombres y mujeres sabía leer. En las zonas rurales, la principal
fuente de palabras impresas que los pocos alfabetizados podían leer de vez en cuando en
voz alta en las reuniones nocturnas (veillées) era la Biblia, los almanaques populares
de festivales y estaciones, y la Bibliothèque bleue. Esta última la constituían ediciones
rústicas y baratas producidas en cantidades masivas, que ofrecían a los pobres del campo
un escape a su miseria cotidiana para adentrarse en un mundo medieval de maravillas
sobrenaturales, vidas de santos y magia. Aunque parece que se produjo una
secularización del tipo de información contenida en los almanaques, no hay prueba alguna
de que los temas de lectura vendidos en el campo por los colporteurs (buhoneros)
estuvieran imbuidos de preceptos «ilustrados».

No obstante, la Francia rural estaba en crisis en la década de 1780. En Montigny (véase


capítulo 1), el tratado de libre comercio con Inglaterra en 1786 fue un duro revés para la
industria textil; también los productores rurales se vieron sacudidos por la triplicación
de los arriendos de las tierras propiedad de la Iglesia en los años ochenta y por las
malas cosechas de 1788. En Borgoña, por lo menos, el discurso mediante el que los
pueblos ponían en tela de juicio los derechos de señorío estaba salpicado de nociones de
ciudadanía y de llamamientos a la utilidad social y a la razón. Hay abundantes pruebas
de nobles que empleaban abogados feudistas para controlar o forzar la exacción de los
tributos como medio de aumentar los ingresos en tiempos de inflación, cosa que más
tarde se denominó «reacción feudal». En 1786, por ejemplo, la familia de Saulx-Tavanes
en Borgoña utilizó su ascenso al ducado para doblar todos sus tributos durante un año,
resucitando así una práctica que no se usaba desde el siglo XIII. Sus inversiones en la
mejora de las granjas, nunca por encima del 5 por ciento de sus ganancias, disminuyeron
hasta desaparecer a finales de la década de los ochenta, mientras que los arriendos se
duplicaron para que los nobles pudieran pagar sus deudas. Un funcionario de Hacienda
que viajaba por el suroeste de Francia quedó asombrado al ver que había nobles que
imponían «derechos y tributos desconocidos u olvidados», como una talla
extraordinaria que un noble magistrado del Parlamento de Toulouse hacía pagar cada
vez que compraba tierras. Esta reacción se produjo en el contexto de una prolongada
inflación en la que el precio de los cereales sobrepasó el de los salarios de los
labradores, y las malas cosechas de 1785 y 1788 doblaron los precios. Todas estas
circunstancias juntas explican la escalada de conflictos en el campo: unas tres cuartas
partes de las 4.400 protestas colectivas registradas en los años 1720-1788 se produjeron
después de 1765, casi todas en forma de disturbios a causa de la comida y en contra de
los señoríos.

Esto concuerda con las tesis de Tocqueville de una ingerencia estatal cada vez mayor y
más poderosa que convertía a la nobleza en un colectivo «disfuncional» socavando la
justificación teórica de sus privilegios. Los tributos de señorío no podían ya legitimarse
como el precio que tenían que pagar los no privilegiados para el alivio de los pobres, o la
protección y la ayuda de sus señores, que raramente estaban presentes en la comunidad.
Gradualmente, el sistema de señoríos se fue convirtiendo en poco más que una estafa. La
respuesta de los señores a este desafío a su autoridad y riqueza —desde arriba y desde
abajo— hizo que parecieran especialmente agresivos. Algunos historiadores que
argumentan que el feudalismo ya había dejado efectivamente de existir a finales del siglo
XVIII tienen razón solo en la medida en que el concepto de noblesse oblige parecía haber
perdido toda validez frente a señores ausentes que obtenían su superávit de un
campesinado reticente. Si en el Rosellón y la Bretaña el régimen señorial era
relativamente permisivo y bastante discreto, en otros extremos del país no era en absoluto
así, como ocurría en zonas del centro de Francia o del Languedoc. Este resentimiento
hacia los señoríos hizo que las comunidades rurales se uniesen en contra de sus señores.
Los campesinos no se sometían incondicionalmente al poder de aquellos a quienes habían
aprendido a respetar. En las tierras bajas del Languedoc, en especial, tenemos evidencias
de la «mentalidad» que Olwen Hufton y Georges Fournier nos describen, de jóvenes que
con frecuencia rebaten la autoridad del señor, del cura, y de los funcionarios locales,
exhibiendo una terquedad que las autoridades tachaban de «espíritu republicano».
Examinemos algunos ejemplos de la región de Corbieres en el Languedoc, al sudeste de
Carcasona. Un jornalero de Albas comentó a sus compañeros mientras pasaba su señor:
«Si hicierais lo que hago yo pronto pondríamos en su sitio a esta clase —de
señoritos». Luego le dijo a un herrero: «Si todos hicierais lo que hago yo, no solo no os
descubriríais la cabeza cuando pasáis por delante de ellos, sino que ni siquiera los
reconoceríais como señores, porque por lo que a mí respecta, nunca me he
descubierto la cabeza ni nunca en mi vida lo haré, no son más que un enorme montón
de escoria, ladrones, jóvenes...». En la localidad cercana de Termes, un hombre llevó a
su cuñado a los tribunales en los años previos a la revolución por haber dicho «que se
comportaba como un señor, con su tono arrogante». Aquellos que los sacerdotes,
nobles y personas acomodadas del lugar describían como «libertinos» y «sediciosos»
eran en una abrumadora mayoría jóvenes campesinos, y las tres cuartas partes de los
incidentes en que estaban implicados tenían que ver con su negativa a mostrar «signos de
sumisión». En 1780 un joven de Tuchan se mofó del señor del lugar con una canción harto
provocadora en occitano, acusándole de ir «detrás de las faldas» y aludiendo a una de sus
conquistas:

«Regardatz lo al front (Míralo, tiene la cara) sen ba trouba aquel homme (de ir a buscar a
aquel hombre) jusquos dins souns saloun. (en su propio salón.) Bous daisi a pensa (Os
dejo que imaginéis) se que naribara. (lo que allí sucederá.)»

Georges Fournier distingue signos claros de creciente fricción en el Languedoc en el seno


de las comunidades rurales y entre ellas y sus señores en la segunda mitad del siglo
XVIII. Los antiguos resentimientos hacia el sistema de señoríos se vieron agravados por la
consistencia con que el rígido y aristocrático Parlamento de Toulouse defendió los
derechos de los señores contra sus comunidades por el acceso a las accidentadas laderas
(garrigues) utilizadas como pastos para las ovejas. En aquellos tiempos los miembros de la
élite sabían también que las relaciones sociales estaban cambiando. En 1776, hacia finales
de su prolongado y activo periodo como obispo de Carcasona, Armand Bazin de Bezons
advirtió a sus superiores en Versalles que:

«desde hace algún tiempo el espíritu de rebelión y la falta de respeto por los mayores
se ha vuelto intolerable... no hay remedio alguno para ello porque la gente cree que
es libre; la palabra “libertad”, conocida incluso en las más recónditas montañas, se
ha convertido en una irrefrenable licencia... Espero que esta impunidad no nos lleve
al final a cosechar frutos amargos para el gobierno.»

Obviamente, resulta comprensible que un hombre en semejante posición lamente el


desmoronamiento de las pautas de comportamiento idealizadas, pero hay indicios de que
no estaba equivocado respecto a la erosión del respeto y la deferencia.

La advertencia de Bazin de Bezons fue escrita el mismo año en que las colonias
norteamericanas de Gran Bretaña declararon su independencia, provocando la
ingerencia francesa a su favor y haciendo estallar una crisis financiera. Es posible que el
triunfo de la guerra de la independencia sufragada por Estados Unidos apaciguara de
alguna manera las humillaciones sufridas por Francia a manos de Inglaterra en la India,
Canadá y el Caribe; no obstante, la guerra había costado más de mil millones de libras,
dos veces las rentas del Estado. Cuando después de 1783 el Estado real se tambaleó en
una crisis financiera, las cambiantes estructuras económicas y culturales de la sociedad
francesa provocaron respuestas conflictivas a las demandas de ayuda de Luis XVI. Los
costes de la guerra cada vez mayores, el mantenimiento de una corte y una burocracia en
expansión, y el pago de los intereses de una enorme deuda obligaron a la monarquía a
buscar el modo de reducir la inmunidad de la nobleza en lo relativo a los impuestos y la
capacidad de los parlamentos de resistirse a los decretos reales. La arraigada hostilidad
de gran parte de la nobleza respecto a la reforma fiscal y social se generó a causa de dos
antiguos factores: primero, por las reiteradas presiones del gobierno real que redujeron la
autonomía de la nobleza y, segundo, por el desafío de una burguesía más rica, más
numerosa y más crítica y de un campesinado claramente descontento de los
conceptos aristocráticos de propiedad, jerarquía y orden social.

Los sucesivos intentos de los ministros reales por convencer a las Asambleas de
Notables de que eliminasen los privilegios fiscales del segundo estado fracasaron debido
a la insistencia de aquella en que solo una asamblea de representantes de los tres órdenes
como los Estados Generales podía aceptar dicha innovación. Al inicio, Calonne trató de
convencer a una asamblea de 144 «Notables», de la que solo diez miembros no eran
nobles, en febrero de 1787, ofreciendo concesiones como el establecimiento de asambleas
en todas las provincias a cambio de la introducción de un impuesto territorial universal,
de la reducción de la talla y la gabela, y de la abolición de las aduanas internas. Sus
propuestas fracasaron principalmente a causa del impuesto territorial. Tras la dimisión

de Calonne en abril, su sucesor Loménie de Brienne, arzobispo de Toulouse, tampoco


logró convencer a los Notables con propuestas similares, y la Asamblea fue disuelta a
finales de mayo.

Brienne prosiguió con su amplio programa de reformas; esta vez, en julio, fue el
Parlamento de París el que se negó a registrar un impuesto territorial uniforme. La
tensión entre la corona y la aristocracia llegó a su punto álgido en agosto, con el exilio del
Parlamento a Troyes. Sin embargo, el apoyo popular y de la élite al Parlamento fue de tal
calibre que el rey se vio forzado a restaurarlo. El 28 de septiembre regresó a París en
medio de un gran bullicio popular. El principio de una contribución universal quedó
arrinconado. Coincidiendo con el agravamiento de la crisis entre la corona y los parlamentos
en septiembre de 1787, llegaron noticias de que el día 13 tropas prusianas habían cruzado
la frontera para prestar apoyo a la princesa Hohenzollern de Orange contra el partido
«patriótico» de la República Holandesa. La suposición de que la intervención francesa
para respaldar a los patriotas era inminente quedó desmentida cuando el gobierno anunció
que los militares no estaban preparados.

La resistencia de los parlamentos se expresaba mediante la exigencia de la convocatoria de


los Estados Generales, un cuerpo consultivo compuesto por representantes de los tres
estados, que se habían reunido por última vez en 1614. En noviembre de 1787,
Lamoignon, el garde des sceaux o ministro de Justicia, pronunció un discurso en una
sesión real del Parlamento de París. Este antiguo presidente del Parlamento recordó a
sus pares la preeminencia de Luis XVI rechazando su demanda de convocar los Estados
Generales:

«Estos principios, universalmente aceptados por la nación, ratifican que el poder


soberano de su reino pertenece solo al rey; Que el rey tan solo es responsable ante
Dios por el ejercicio de su poder supremo; Que el vínculo que une al rey y a la nación
es indisoluble por naturaleza; Que los intereses y deberes recíprocos del rey y de sus
súbditos garantizan la perpetuidad de dicha unión; Que la nación tiene sumo interés
en que los derechos de su gobernante permanezcan invariables; Que el rey es el
gobernante soberano de la nación, y forma con ella una unidad; Por último, que el
poder legislativo reside en la persona del soberano, depende de él y no es
compartido con nadie.»

«Estos, señores, son los principios inalienables de la monarquía francesa.»

«Cuando nuestro rey estableció los parlamentos, les recordó, estos querían nombrar
funcionarios cuyo deber fuera el de administrar justicia y mantener los edictos del
reino, y no el de fomentar en sus organismos un poder que desafiase la autoridad
real.» No obstante, esta contundente afirmación de los principios de la monarquía
francesa no intimidó a los súbditos más eminentes del rey ni hizo que se sometieran.

En mayo, Lamoignon publicó seis edictos encaminados a socavar el poder político y


judicial de los parlamentos, provocando sublevaciones en París y en los centros
provinciales. Incluso los más arraigados intereses de la nobleza fueron redactados en el
lenguaje de los filósofos: el Parlamento de Toulouse aseguraba que «los derechos
naturales de los municipios, comunes a todos los hombres, son inalienables,
imprescindibles, tan eternos como la naturaleza que los conforma». Este lenguaje de
oposición a la realeza, los llamamientos a la autonomía provincial en centros provinciales
como Burdeos, Rennes, Toulouse y Grenoble, y los vínculos verticales de dependencia
económica fomentaron la alianza entre la gente obrera urbana y los parlamentos locales
en 1788. Cuando en junio de 1788 el Parlamento de Grenoble fue desterrado por su
desafío al golpe ministerial propinado al poder judicial de la nobleza, las tropas reales
fueron expulsadas de la ciudad por una rebelión popular, el llamado «Día de las tejas». El
propio interés oculto tras las nobles invocaciones a la «ley natural», a los «derechos
inalienables» y a la «nación» demostró que semejante alianza no podía ser duradera. De
una reunión de notables locales en julio de 1788 en el recientemente adquirido castillo de
Claude Périer en Vizille surgió otro llamamiento para que se convocasen los Estados
Generales, pero esta vez para que el tercer estado tuviera representación doble respecto
a los otros órdenes en reconocimiento a su importancia en la vida de la nación. Aquel
mismo mes, Luis decidió, después de todo, convocar los Estados Generales en mayo de
1789, y Lamoignon y Brienne dimitieron. En septiembre de 1788, el agrónomo inglés
Arthur Young se encontraba en el puerto atlántico de Nantes justo seis semanas
después de que Luis XVI anunciase la convocatoria de los Estados Generales. Young,
agudo observador, anotó en su diario que:

«Nantes está tan inflamada por la causa de la libertad como cualquier otra ciudad de
Francia; las conversaciones de las que fui testimonio muestran el importante cambio
que se ha efectuado en las mentes de los franceses, por lo tanto no creo posible que
el presente gobierno pueda durar ni medio siglo más en su puesto a menos que los
más preclaros y eminentes talentos lleven el timón.»

Nantes era un bullicioso puerto de 90.000 habitantes que había experimentado un rápido
crecimiento gracias al comercio colonial con el Caribe a lo largo del siglo XVIII. Los
comerciantes con los que Young conversaba le habían convencido de los derechos de los
que tenían «talento» a participar de forma plena en la vida pública. Además, el entusiasmo
de aquellos por la reforma revela hasta qué punto la crisis de la Francia absolutista iba
más allá de la fricción entre la nobleza y el monarca. Esta conciencia política tampoco se
limitaba a las élites. El zapatero remendón parisino Joseph Charon recordaba en sus
memorias que antes de los disturbios de agosto y septiembre de 1788 el fermento político
había descendido «desde los hombres de mundo de los más altos rangos a las clases
más bajas a través de distintos canales... la gente adquiría y dispensaba un
conocimiento e ilustración tales que en vano se hubieran podido buscar en años
anteriores... y tenían nociones acerca de las constituciones públicas de los últimos
dos o tres años».

La convocatoria de los Estados Generales facilitó la manifestación de las tensiones en


todos los niveles de la sociedad francesa y reveló divisiones sociales que desafiaban la
idea de una sociedad de «órdenes». El considerable dinamismo del debate en los meses
anteriores a mayo de 1789 se debió en parte a la suspensión de la censura en la prensa.
Se calcula que se distribuyeron unos 1.519 panfletos sobre cuestiones políticas entre
mayo y diciembre de 1788 y durante los primeros cuatro meses de 1789 dichos panfletos
fueron seguidos por una avalancha de 2.639 títulos. Esta guerra de palabras se vio
estimulada por la indecisión de Luis respecto a los procedimientos que había que seguir en
Versalles. Dividido entre la lealtad hacia el orden corporativo establecido de rango y
privilegio y las exigencias de la crisis fiscal, el rey vacilaba ante la cuestión política
crucial de si los tres órdenes debían reunirse por separado, como en 1614, o en una
cámara común. En septiembre, el Parlamento de París decretó que se seguiría la tradición
en este asunto; a continuación, la decisión de Luis el 5 de diciembre de duplicar el número
de representantes del tercer estado solo sirvió para desvelar la cuestión crucial del poder
político, pero no se pronunció en cuanto a la forma de llevar a cabo las votaciones. En
enero de 1789, un periodista suizo, Mallet du Pan, comentaba: «el debate público ha
cambiado por completo en su énfasis: ahora el Rey, el despotismo y la Constitución
son solo cuestiones secundarias, el debate se ha convertido en una guerra entre el
tercer estado y los otros dos órdenes».

El hermano menor de Luis, el conde de Provenza, estaba dispuesto a consentir una mayor
representación del tercer estado, pero su hermano más pequeño, el conde de Artois, y los
«príncipes de sangre» pusieron de manifiesto su contumacia y temor en una «memoria»
dirigida a Luis en diciembre:

«¿Quién puede predecir dónde terminará la temeridad de opiniones? Los derechos


del trono han sido cuestionados, los derechos de los dos órdenes del Estado
enfrentan opiniones, pronto será atacado el derecho a la propiedad, la desigualdad de
riquezas será objeto de reforma, la supresión de los derechos feudales ya ha sido
planteada, al igual que la abolición de un sistema de opresión, los restos de
barbarie... Por lo tanto, que el tercer estado deje de atacar los derechos de los dos
primeros órdenes, derechos que, no menos antiguos que la monarquía, deben
permanecer tan invariables como su constitución, que se limite a buscar la reducción
de los impuestos con los que se ve agravado; entonces los dos primeros órdenes,
reconociendo en el tercero ciudadanos que le son gratos, renunciarán, por la
generosidad de sus sentimientos, a aquellas prerrogativas que tengan un interés
financiero, y consentirán en soportar las cargas públicas en perfecta igualdad.»

En aquellos mismos días, un sacerdote de cuarenta años de origen burgués, Emmanuel


Sieyès, escribió el panfleto más significativo de cuantos difundió, titulado ¿Qué es el tercer
estado? Al censurar la obsesión de la nobleza con sus «odiosos privilegios», Sieyès hizo
una enérgica declaración de la capacidad de los plebeyos. No obstante, Sieyès no era
ningún demócrata, pues aseguraba que no se podían confiar responsabilidades políticas ni
a las mujeres ni a los pobres, pero su desafío expresaba una intransigencia radical:

«Hemos de plantearnos tres cuestiones. 1. ¿Qué es el tercer estado? — todo. 2. ¿Qué


ha sido hasta ahora en el orden político? —nada. 3. ¿Qué es lo que pide?— ser algo...
¿Quién, pues, se atrevería a decir que el tercer estado no contiene todo lo necesario
para formar una nación completa? Es un hombre fuerte y robusto que todavía tiene
un brazo encadenado. Si se eliminasen los órdenes privilegiados, la nación no
perdería, sino que estaría mejor. Por lo tanto, ¿qué es el tercer estado? Todo, pero un
todo encadenado y oprimido. ¿Qué sería sin el orden privilegiado? Todo, pero un
todo libre y próspero... el temor de ver reformados sus abusos inspira más miedo en
los aristócratas que el deseo de libertad que sienten. Entre esta y unos pocos
privilegios odiosos, eligen estos últimos... Hoy temen a los Estados Generales a los
que un día convocaron con tanto fervor.»

El panfleto de Sieyès se nutría del lenguaje del patriotismo: que la nobleza era
demasiado egoísta para comprometerse en un proceso de «regeneración» nacional y por
lo tanto podía ser excluida del cuerpo político. Hay que destacar también que Sieyès
aludía tan solo a un orden privilegiado, asumiendo evidentemente que el clero estaba
también dividido entre la élite noble y los párrocos plebeyos.

El desapacible invierno de 1788-1789, seguido de las devastadoras granizadas en el mes


de julio que arrasaron las cosechas en la cuenca de París, no contribuyó a que los
campesinos pudieran pagar sus impuestos. Aquel invierno supuso también una extrema
penuria en las ciudades: los contemporáneos hablan de 80.000 desempleados en París y
la mitad de los telares o más estaban parados en las ciudades textiles como Amiens, Lyon,
Carcasona, Lille, Troyes y Ruán. La respuesta a la crisis en el suministro de alimentos
adoptó las formas «tradicionales» de acciones colectivas por parte de los consumidores
para rebajar por la fuerza el precio del pan. Sin embargo, había informes de oposición al
sistema señorial en muchas regiones del norte, especialmente en lo relativo a las leyes de
la caza y a sus restricciones. En las propiedades del príncipe de Conti cerca de Pontoise,
no lejos de Menucourt (véase capítulo 1), los campesinos y los granjeros ponían trampas a
los conejos desafiando el privilegio señorial. En Artois, los campesinos de una docena de
pueblos se juntaban en cuadrillas para apoderarse de la caza del conde d’Oisy.
En la primavera de 1789, se pidió a todos los habitantes de Francia que formulasen
propuestas para la reforma de la vida pública y para elegir a los diputados de los Estados
Generales. Especialmente las parroquias y las asambleas de los gremios, y las reuniones
del clero y los nobles se enfrascaron en la elaboración de sus «listas de quejas» para guiar
a sus diputados en el consejo que debían ofrecer al rey. La confección de estos cahiers de
doléances (cuadernos de quejas, o libros de reclamaciones) en el contexto de una crisis
de subsistencia, de incertidumbre política y de caos fiscal constituyó el momento
decisivo de fricción social en la politización de las masas. Por lo menos en la superficie,
los cahiers (cuadernos) de los tres órdenes muestran un considerable nivel de coincidencia,
en particular en lo que se refiere a las circunscripciones judiciales, es decir, a las
sénéchaussées o bailías (sénéchaussée o bailliage).

En primer lugar, a pesar de las expresiones de gratitud y lealtad hacia el rey


indudablemente sinceras, los cahiers de los tres órdenes daban por sentado que la
monarquía absoluta estaba moribunda, que la reunión de los Estados Generales en mayo
iba a ser la primera de un ciclo regular. Si no hay razón para dudar de la sinceridad de las
repetidas expresiones de gratitud y devoción hacia el rey, sus ministros en cambio fueron
duramente censurados por su ineficacia fiscal y sus poderes arbitrarios. Se le exigió al
rey que hiciese público el nivel de endeudamiento del Estado y que cediese a los Estados
Generales (llamados también «asamblea de la nación») el control sobre los gastos y los
impuestos.

En segundo lugar, también había consenso en que la Iglesia necesitaba urgentes reformas
para controlar los abusos en el seno de su jerarquía y mejorar la suerte del clero de
parroquia. En tercer lugar, parecía que entre muchos de los nobles, sacerdotes y
burgueses había ya una aceptación general de los principios básicos de igualdad
fiscal, que los nobles y el clero renunciarían a su inmunidad contributiva, o por lo menos
en parte. Los cahiers de los tres estados mostraban acuerdos similares en cuanto a la
necesidad de una reforma judicial: en que las leyes deberían ser uniformes en toda la
sociedad y entre las distintas regiones, en que la administración de justicia debería ser más
expeditiva y menos costosa, y en que las leyes fueran más humanas. Por último, las
ventajas del libre comercio interno y las facilidades de transporte y comercio fueron
ampliamente aceptadas.

No obstante, en diversos asuntos fundamentales de orden social y poder político,


divisiones insalvables socavarían las posibilidades de una reforma consensuada. Los
contrastes más agudos de los cahiers residían en las visiones del mundo tan encontradas
que sostenían el campesinado, la burguesía y los nobles de provincias. Incluso los
burgueses de las ciudades pequeñas hablaban abiertamente de una nueva sociedad
caracterizada por «profesiones abiertas a los talentos», por el estímulo empresarial, por
la igualdad contributiva, por las libertades liberales, y por la abolición de los
privilegios. La nobleza respondió con una visión utópica de una jerarquía reforzada de
órdenes sociales y obligaciones, de protección de las exenciones de los nobles y
renovada autonomía política. Para los nobles provinciales, los derechos de señorío y
privilegios de la nobleza eran demasiado importantes para ser negociables, y de ahí surgió
la intransigencia de la mayoría de los 270 nobles diputados elegidos para Versalles. Para
los funcionarios orgullosos, para los profesionales y terratenientes, tales pretensiones
resultaban ofensivas y degradantes, opinión que quedaba reflejada en la repetida
insistencia en los cahiers a nivel de bailía que los diputados del tercer estado no deberían
reunirse por separado. Ante la insistencia de los aldeanos para que se suprimiesen los
tributos de señorío o que por lo menos fuesen amortizables, la nobleza reafirmaba su
creencia en un orden social idealizado de jerarquía y dependencia mutua, reconociendo
los sacrificios que los nobles guerreros habían hecho por Francia. En general, la nobleza
buscaba un papel político de mayor envergadura para sí misma en el seno de una
monarquía constitucional limitada, con un sistema de representación que garantizase la
estabilidad del orden social concediendo solo un papel restringido a la élite del tercer
estado.

Un mecanismo retórico típico de los nobles de toda Francia era el de hacer declaraciones
grandilocuentes argumentando que estaban dispuestos a unirse al tercer estado en el
programa de reformas aceptando deberes comunes, pero al mismo tiempo añadían
cláusulas sutiles y matizadas que negaban de forma efectiva la generosidad inicial. Así,
por ejemplo, el segundo estado de la provincia de Berry reunido en Bourges expresó su
satisfacción por el hecho de que «el espíritu de unidad y acuerdo, que siempre había
reinado entre los tres órdenes, se ha puesto de manifiesto por igual en sus cahiers.
La cuestión de la votación por cabeza en la asamblea de los Estados Generales fue la
única que dividió al tercer estado de los otros dos órdenes, cuyo constante deseo era
el de que se deliberase allí por órdenes». De hecho, había una serie de asuntos en los
que no había acuerdo alguno. Por ejemplo, en la parroquia de Level, 18 kilómetros al sur de
Bourges, donde había nada menos que diecisiete eclesiásticos y nueve personas laicas
que reclamaban derechos señoriales, una reunión de cuatro granjeros y treinta jornaleros
decidió:

«Artículo 1. Que el tercer estado vote por cabeza en la asamblea de los Estados
Generales... Artículo 4. Que queden abolidas todas las exenciones, especialmente las
relativas a la talla, la capitación, el hospedaje de soldados, etc., soportadas
totalmente por la clase más desfavorecida del tercer estado... Artículo 9. Que la
justicia señorial sea abolida y que aquellos que estén reclamados por la justicia
puedan apelar ante el juez real más próximo.»

En calidad de miembros de una corporación, cuerpo privilegiado, los sacerdotes de


parroquia imaginaban asimismo un orden social rejuvenecido bajo los auspicios de un
monopolio católico de credo y moralidad. Sin embargo, siendo plebeyos de nacimiento,
sentían inquietantes simpatías por las necesidades de los pobres, por la apertura de
puestos —incluyendo la jerarquía eclesiástica— a «hombres de talento», y por las
peticiones de contribución universal. No obstante, a diferencia del tercer estado, el clero
era comprensiblemente hostil a la cesión de su monopolio de credo religioso y moralidad
pública. El primer estado de Bourges apeló a «Su Majestad» «para que ordenase que
todos aquellos que mediante sus escritos tratasen de divulgar el veneno de la
incredulidad, de atacar a la religión y sus misterios, la disciplina y los dogmas, fuesen
considerados enemigos de la iglesia y del Estado y por ello severamente castigados;
que se prohibiese de nuevo e inmediatamente a los editores la publicación de libros
contrarios a la religión». Aseguraba que «la religión católica apostólica y romana es la
única religión verdadera». Mientras que los cahiers de los nobles fueron aprobados por
consenso, los del clero revelan una genuina tensión entre el clero de parroquia y los
cabildos catedralicios y monasterios de las ciudades. El clero de Troyes insistía en la
tradicional distinción de los tres órdenes que debían reunirse por separado, pero hacía una
excepción fundamental en lo relativo a la contribución: en este tema exigían que una
asamblea común adoptase un impuesto «que fuese asumido proporcionalmente por
todos los individuos de los tres órdenes».

Los cahiers de la canalla (menu peuple) urbana se elaboraron en las reuniones de


maestros artesanos, en las asambleas parroquiales y, muy ocasionalmente, en encuentros
de mujeres dedicadas al comercio. La mayor parte de la clase obrera era demasiado pobre
como para reunir los requisitos mínimos de propiedad necesarios para poder participar: en
París solo uno de cada cinco hombres mayores de veinticinco años era elegible. Los
cahiers de los artesanos, al igual que los de los campesinos, revelaron una coincidencia
de intereses con la burguesía en cuestiones fiscales, judiciales y políticas, pero
manifestaron una clara divergencia en lo relativo a regulación económica, pidiendo
protección contra la mecanización y la competencia, y control en el comercio de
cereales. «No llamemos egoístas a los ricos capitalistas: son nuestros hermanos»,
admitían los sombrereros y peleteros de Ruán, antes de exigir la «supresión de la
maquinaria», así «no habrá competencia ni problemas en los mercados». El cahier del
pueblo de Normandía, Vatimesnil, suplicaba también a «Su Majestad por el bien del
pueblo la abolición de las máquinas de hilar porque causan un gran daño a la gente
pobre». Un argumento semejante se esgrimía elocuentemente en uno de los escasos
cahiers de mujeres, el de las floristas parisinas, que se lamentaba de los efectos de la
falta de regulación en su oficio:

«La multitud de vendedoras está lejos de producir los efectos beneficiosos que al
parecer deberíamos esperar de la competencia. Al no aumentar el número de
consumidores de forma proporcional al de los productores, estos no hacen otra cosa
que perjudicarse unos a otros... Hoy en día que todo el mundo puede vender flores y
hacer ramos, los modestos beneficios quedan divididos hasta tal punto que ya no
procuran el sustento... y puesto que la profesión ya no puede alimentar a tantas
vendedoras, estas buscan los recursos de que carecen en el libertinaje y la
depravación más vergonzosa.»

La autenticidad de los 40.000 cahiers de doléances rurales como muestra de las actitudes
populares ha sido a menudo cuestionada: el número de aquellos que participaron en su
confección no solo variaba considerablemente, sino que en muchos casos circulaban
cahiers modelo por el campo y las ciudades, aunque frecuentemente se ampliaban y
adaptaban a las necesidades locales. A pesar de todo, constituyen una fuente incomparable
para los historiadores. John Markoff y Gilbert Shapiro han realizado un análisis
cuantitativo de una muestra de 1.112 cahiers, de los que 748 proceden de comunidades
rurales. Sus análisis demuestran que en 1789 los campesinos estaban mucho más
preocupados por las cargas materiales que por las simbólicas, que ignoraban por completo
las trampas del estatus señorial, como la exhibición pública de armas y los bancos
reservados en las iglesias, que poco les abrumaban en términos materiales. La hostilidad
hacia las exacciones señoriales solía ir acompañada de fuertes críticas relativas al
diezmo, a los tributos y a las prácticas de la Iglesia; es decir, se consideraban
interdependientes dentro del régimen señorial.
Los cahiers de los campesinos variaban en extensión desde muchas páginas de
detalladas críticas y sugerencias hasta tres únicas frases escritas en una mezcla de francés
y catalán en los diminutos pueblos de Serrabone en las pedregosas estribaciones de los
Pirineos. En los distritos de Troyes, Auxerre y Sens, un análisis de 389 cahiers
parroquiales realizado por Peter Jones muestra que los tributos señoriales y las
banalidades se criticaban de forma explícita en el 40, el 36 y el 27 por ciento de los mismos
respectivamente, dejando a un lado otras quejas harto comunes sobre los derechos de
caza y las cortes señoriales. Inevitablemente, los cahiers compuestos por la burguesía
urbana a nivel de circunscripción (bailía) eliminaron muchas de las quejas rurales por
considerarlas demasiado provincianas y estrechas de miras; sin embargo, el 64 por ciento
de los 666 cahiers a nivel de distrito en toda Francia clamaban por la abolición de los
tributos de señorío. Cabe señalar el fuerte contraste del 84 por ciento de los cahiers de
los nobles, que ni siquiera mencionaban el tema.

En el campo, las tensiones acerca del control de los recursos provocaban permanentes
fricciones. Tal como nos muestra Andrée Corvol, mucho antes de 1789 la administración
y conservación de los bosques era objeto de fuertes tensiones debido a la creciente
presión por el crecimiento de la población y de los precios de la madera, así como por las
actitudes comerciales de los propietarios de los recursos forestales. Los cahiers
redactados en las asambleas parroquiales se preocupaban por la conservación de los
recursos, especialmente de la madera, y tachaban de contrarias al entorno local las
excesivas demandas de la industria de la zona y de los señores. Especialmente en la
Francia oriental, la proliferación de industrias extractivas alimentadas con madera
constituían el foco de la ira del campesinado, tal como se ponía de manifiesto en el artículo
ampliamente repetido de los cahiers parroquiales en la zona de Amont, en el este de
Francia, que insistía en que «todas las forjas, fundiciones y hornos establecidos en la
provincia del Franco Condado en los últimos treinta años sean destruidas, así como
las más antiguas cuyos propietarios no poseen un bosque lo suficientemente grande
como para mantenerlas en funcionamiento durante seis meses al año». Otros
mostraban su descontento a causa de las aguas residuales de las minas, «cuyo pozo
negro y sumidero desaguan en los ríos que riegan los campos o en los que bebe el
ganado» provocando enfermedades en los animales y matando a los peces. Desde
Bretaña, la parroquia de Plozevet expresaba un punto de vista frecuentemente repetido:

«El pobre vasallo que tiene la desgracia de cortar la rama de un árbol de poco valor,
pero de la que tiene gran necesidad para su casa, para un carro o para un arado, es
condenado y doblegado por su señor por el valor de un árbol entero. Si todo el
mundo tuviera derecho a plantar y cortar para sus necesidades, sin poder vender, no
se perdería tanto bosque.»

Muchos cahiers rurales hacían hincapié en que la monarquía estimulaba la deforestación


de las tierras. Decretos reales de 1764, 1766 y 1770 ofrecían exenciones de todos los
impuestos estatales y diezmos durante quince años por tierra desbrozada, informando
debidamente a las autoridades. Aunque el decreto estipulaba que el Código forestal de
Colbert de 1669 seguía en vigor y prohibía la deforestación de terrenos boscosos,
márgenes fluviales y laderas, las parroquias se lamentaban amargamente de la erosión que
causaba semejante desbrozo. En sus críticas apuntaban no solo a sus semejantes
campesinos, sino también a los señores que eran demasiado mezquinos o negligentes
como para replantar las zonas deforestadas. Así, desde Quince y otras parroquias cerca de
Angers se articulaba la demanda de que se exigiese a los grandes terratenientes y señores
la replantación de árboles en determinados sectores de las landas; el cahier de la
localidad de St.-Barthélemy insistía en que se exigiese la reforestación a todo aquel que
talase árboles «siguiendo el prudente ejemplo de los ingleses».

Tal como afirma Markoff, los cahiers son una guía imperfecta de lo que a continuación
había de suceder en el campo, no solo por las circunstancias en que fueron redactados,
sino debido al contexto cambiante de la política nacional y local una vez reunidos los
Estados Generales. En cualquier caso, el pueblo estaba siendo consultado sobre
propuestas de reforma, no sobre si quería una revolución. Las exigencias de los
campesinos acerca de cómo debía ser el mundo —que previamente había existido en el
reino de la imaginación— se convirtieron más tarde en el foco de una acción organizada.
En las comunidades rurales, los económicamente dependientes se daban perfecta cuenta
de los costes que podía representar el hablar francamente acerca de los privilegios de los
nobles. No obstante, algunas asambleas parroquiales se atrevieron a criticar abiertamente
el diezmo y el sistema señorial. En el extremo sur del país, las escasas líneas remitidas
por la pequeña comunidad de Perillos expresaban su hostilidad sin reservas al sistema
señorial que permitía que su señor les tratase «como esclavos».

De todas formas, lo más notorio era que los nobles y los plebeyos no podían llegar a ningún
acuerdo sobre los procedimientos de voto en los Estados Generales. La decisión de
Luis del 5 de diciembre de duplicar el número de representantes del tercer estado,
mientras guardaba silencio en cuanto a la forma de llevar a cabo la votación en Versalles,
solo sirvió para poner de manifiesto la importancia del poder político. Existía el
compromiso compartido por los tres órdenes de la necesidad de cambio, y un acuerdo
general sobre una serie de abusos específicos en el seno del aparato del Estado y de la
Iglesia; sin embargo, las divisiones acerca de las cuestiones fundamentales del poder
político, el sistema señorial, y las exigencias a los privilegios corporativos eran ya
irreconciliables cuando los diputados llegaron a Versalles.

Durante largo tiempo los historiadores han debatido si realmente había causas
profundamente arraigadas de fricción política que emergieron en 1788, y si había líneas
claras de antagonismo social. Algunos insisten en que el conflicto político era reciente y
evitable, y señalan la coexistencia de nobles y acaudalados burgueses en una élite de
notables, unidos como terratenientes, funcionarios, inversores e incluso por su implicación
en la industria y agricultura orientada a la obtención de beneficios. Sin embargo, en el seno
de esta élite noble y burguesa había una clase dominante de nobles con títulos
heredados que gozaba de los más altos escalafones de privilegio, cargo, riqueza y
rango. Mientras que el ennoblecimiento era la ambición de los burgueses más adinerados,
las recherches de noblesse del segundo estado, establecidas para investigar las
peticiones de nobleza, guardaban minuciosamente los límites. Y dentro del segundo estado
había, en palabras de un contemporáneo, una «cascada de desprecio» hacia aquellos que
descendían en su estatus.

Mientras que los más altos escalafones de la nobleza y la burguesía estaban fundidos en
una élite de notables, el grueso del segundo estado no estaba dispuesto a ceder sus
privilegios en aras de un nuevo orden social de igualdad de derechos y obligaciones.
Los intentos de reforma institucional posteriores a 1774 fracasaron siempre en los
escollos de esta intransigencia y en la incapacidad del rey de dirigir los cambios básicos
hacia un sistema en cuya cúspide se encontraba él mismo. Desde 1750 los cambios
sociales habían ido agravando las tensiones entre esta élite y la menos eminente mayoría
de las órdenes privilegiadas mientras que, por otro lado, alimentaban concepciones
opuestas sobre las bases de la autoridad política y social entre los plebeyos. Nombres
fraudulentos como de Robespierre, Brissot de Warville y Danton no engañaban a nadie.
El dato de celebridad que recibieron en París e incluso en Versalles Benjamin Franklin,
Thomas Jefferson y John Adams —representantes de un gobierno republicano elegido
por el pueblo— indica lo profunda que era la crisis de confianza en las estructuras
jurídicas del Antiguo Régimen. La discusión sobre las disposiciones específicas para la
convocatoria de los Estados Generales había servido para centrar con dramática claridad
las imágenes de la nobleza, la burguesía y el campesinado de una Francia regenerada.

III. LA REVOLUCIÓN DE 1789

Más de 1.200 diputados de los tres estados se reunieron en Versalles a finales de abril de
1789. Las expectativas de los constituyentes eran ilimitadas, como se desprende de la
publicación por parte de un sedicente roturier (plebeyo) de Anjou, en el oeste de Francia,
de un opúsculo de siete páginas titulado Ave et le credo du tiers-état, que concluía con
una adaptación del Credo de los Apóstoles:

«Creo en la igualdad que Dios Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, ha


establecido entre los hombres: creo en la libertad que fue concebida por el coraje y
nacida de la magnanimidad; que sufrió bajo Brienne y Lamoignon, fue crucificada,
muerta y sepultada, y descendió a los infiernos; que pronto resucitará, aparecerá en
plena Francia, y se sentará a la diestra de la Nación, desde donde juzgará al tercer
estado y a la nobleza. Creo en el Rey, en el poder legislativo del Pueblo, en la
Asamblea de los Estados Generales, en la más justa distribución de los impuestos,
en la resurrección de nuestros derechos y en la vida eterna. Amén.»

Por supuesto, resulta difícil discernir con certeza si el autor estaba siendo deliberadamente
satírico y sacrílego o si creía genuinamente que la reforma ilustrada era el evangelio de
Dios. No obstante, sea cual fuere el caso, el «Ave» muestra hasta qué punto los intentos
por articular un nuevo orden simbólico estaban en deuda con el lenguaje eclesiástico.

La formulación de los cahiers de doléances en el mes de marzo se había completado con


la elección de diputados de los tres estados para los Estados Generales que habían de
reunirse en Versalles el 4 de mayo de 1789. Los sacerdotes se apresuraron a sacar el
máximo partido de la decisión de Luis de favorecer al clero de parroquia en la elección de
los delegados del primer estado: para elegir a sus diputados en las asambleas tenían que
votar individualmente, mientras que los monasterios tendrían tan solo un representante y los
cabildos catedralicios tendrían uno por cada diez canónigos. Esta decisión respondía a las
propias convicciones religiosas de Luis, y al mismo tiempo ejercía una mayor presión sobre
la nobleza. «Como sacerdotes tenemos derechos», exclamaba un párroco de la Lorena,
Henri Gregoire, hijo de un sastre, «en doce siglos por lo menos no hemos tenido una
oportunidad tan favorable como esta... aprovechémosla.» Su alegato fue escuchado:
cuando el clero se reunió para elegir a sus diputados a principios de 1789, 208 de los 303
elegidos pertenecían al bajo clero; solamente 51 de los 176 obispos fueron escogidos
delegados. La mayoría de los 282 diputados nobles pertenecían a los más altos rangos de
la aristocracia, pero eran menos reformistas que Lafayette, Condorcet, Mirabeau,
Talleyrand, y que otros que ejercían su actividad en la Sociedad Reformista de los
Treinta en París, que eran lo suficientemente ricos y mundanos para comprender la
importancia de ceder por lo menos en los privilegios fiscales.

En las pequeñas parroquias rurales, las reuniones de contribuyentes masculinos mayores


de 25 años del tercer estado debían elegir dos delegados por los 100 primeros hogares y
uno más por cada centenar extra; a su vez, los delegados tenían que elegir diputados por
cada una de las 234 circunscripciones electorales. La participación fue significativa en todas
partes, pero variaba sustancialmente desde la alta Normandía, en cuyas parroquias
oscilaba entre el 10 y el 88 por ciento, hasta Béziers donde iba del 4,8 al 82,5 por ciento y
Artois, que abarcaba del 13,6 al 97,2 por ciento. Un rasgo que había de convertirse en una
característica común del periodo revolucionario era que en las comunidades más pequeñas
con un mayor sentido de la solidaridad los niveles de participación eran más elevados. Para
el tercer estado había un sistema indirecto de elecciones mediante el cual las parroquias y
los gremios elegían delegados, que a su vez votaban a los diputados de la circunscripción.
Esto garantizaba que prácticamente todos los 646 diputados del tercer estado fueran
abogados, funcionarios y hombres acaudalados, hombres de fortuna y reputación en la
región. Tan solo 100 de aquellos diputados burgueses procedían del comercio o la industria.
Una rara excepción en las filas de la clase media fue Michel Gérard, un campesino de la
zona de Rennes que apareció en Versalles con su indumentaria de trabajo.

Una vez en Versalles, el primero y segundo habrían de vestir el atuendo apropiado a su


rango particular dentro del orden al que pertenecían, mientras que el tercer estado vestiría
uniformemente trajes, calzas y capas de tela negra: en palabras de un doctor inglés que a la
sazón vivía en París, «peor incluso que la clase más baja de togados en las
universidades inglesas». «Una ley ridícula y extraña se ha impuesto a nuestra
llegada», comentaba un diputado, «por parte del gran maestro de puerilidades de la
corte.» Dejando constancia de su estatus inferior en la jerarquía de aquella sociedad
corporativa desde la misma inauguración de los Estados Generales, aquellos hombres,
mayoritariamente de provincias y acaudalados, no tardaron en mostrar una actitud común.
Se trataba de una solidaridad que, al cabo de seis semanas, había de alentarles en la
organización de un desafío revolucionario al absolutismo y a los privilegios. El
resultado inmediato fue el de los procedimientos de votación: mientras que los diputados
del tercer estado se negaban a votar por separado, la nobleza abogaba por ello (por 188
votos a 46) al igual que el clero, por un estrecho margen de votos (134 a 114). Por último, la
aquiescencia de Luis a la demanda de la nobleza de que la votación se efectuase en tres
cámaras separadas agravó el ultraje de los diputados burgueses. Sin embargo, se vieron
alentados en sus demandas por disidentes de los órdenes privilegiados. El 13 de junio tres
sacerdotes de Poitou se unieron al tercer estado, seguidos de otros seis, incluyendo a
Gregoire, al día siguiente.

El día 17 los diputados del tercer estado insistieron en sus pretensiones y proclamaron que
«la interpretación y presentación de la voluntad general les pertenecía a ellos... El
nombre de Asamblea Nacional es el único adecuado...». Tres días más tarde, tras ser
excluidos de la sala de sesiones por cierre, los diputados se trasladaron a un local interior
próximo, el trinquete del Juego de Pelota, y, bajo la presidencia del astrónomo
Jean-Sylvan Bailly, juraron su «inamovible resolución» de continuar sus deliberaciones
donde fuera necesario:

«Habiendo sido convocada la Asamblea Nacional para elaborar la constitución del


reino, regenerar el orden público y mantener los verdaderos principios de la
monarquía, nada podrá impedir que continúe sus deliberaciones en cualquier
emplazamiento en el que se vea obligada a establecerse, y por último, en cualquier
sitio donde se reúnan sus miembros, estos constituirán la Asamblea Nacional. Queda
decidido que todos los miembros de esta Asamblea pronunciarán ahora el solemne
juramento de no separarse nunca, y de reunirse cada vez que las circunstancias lo
exijan, hasta que se haya elaborado la constitución del reino y consolidado en una
base firme, y que una vez efectuado el mencionado juramento, cada uno de los
miembros ratificará esta inquebrantable resolución con su firma.»

Hubo solo una voz discordante, la de Martin Dauch, elegido por Castelnaudary, en la zona
sur.

La resolución de los diputados del tercer estado se vio respaldada por el constante goteo a
sus filas de nobles liberales y de muchos párrocos reformistas que dominaban
numéricamente la representación del primer estado. El voto que el 19 de junio dieron 149
diputados del clero de unirse al tercer estado, contra 137, fue lo que liberó a la política del
punto muerto en que se encontraba. El motivo clave de su decisión fue su enojo por el
abismo que les separaba de sus compañeros episcopales. El Abbé Barbotin escribió a un
sacerdote compañero suyo:

«Al llegar aquí todavía me sentía inclinado a creer que los obispos eran también
pastores, pero todo lo que veo me obliga a pensar que no son más que mercenarios,
políticos maquiavélicos, que solo se preocupan de sus propios intereses y están
dispuestos a desplumar —incluso a devorar si es necesario— a su propio rebaño
antes que apacentarlo.»

El 23 de junio, Luis trató de suavizar aquel desafío proponiendo una modesta reforma
contributiva que mantenía un sistema de órdenes separados sin alterar los señoríos. No
obstante, el tercer estado se mantuvo inamovible y su resolución se vio reforzada por la
llegada a la Asamblea, dos días después, de cuarenta y siete nobles liberales conducidos
por el primo de Luis, el duque de Orleans. El 27 de junio Luis pareció capitular y ordenó a
los diputados que quedaban que se uniesen a sus colegas de la Asamblea. Sin embargo, a
pesar de su aparente victoria, los diputados burgueses y sus aliados no tardaron en ser
desafiados por un contraataque de la corte. París, a 18 kilómetros de Versalles y crisol del
entusiasmo revolucionario, fue sitiado por 20.000 mercenarios y, en un acto de desafío
simbólico, Luis destituyó a Jacques Necker, el único ministro que no procedía de la
nobleza, el 11 de julio.

Los miembros de la Asamblea se salvaron de una destitución sumaria gracias a la acción


colectiva de la clase obrera parisina. A pesar de que les estaba vetado por sexo o
pobreza participar en la formulación de los cuadernos o en la elección de los diputados,
desde el mes de abril la canalla había demostrado su convicción de que la revuelta de los
diputados burgueses se hacía en nombre del pueblo. En efecto, una observación hecha a la
ligera sobre los salarios por parte del acaudalado fabricante Réveillon en una reunión del
tercer estado el 23 de abril había provocado una rebelión en el faubourg St-Antoine
durante la cual, imitando a Sieyès, se oyeron gritos de «¡Larga vida al tercer estado!
¡Libertad! ¡No cederemos!» (véase mapa 4). La revuelta fue sofocada por las tropas a
costa de varios centenares de vidas. Numerosos panfletos manifestaban la ira de la canalla
ante su exclusión del proceso político. Una escalada en los precios de las barras de pan
de cuatro libras de 8 a 14 céntimos sustentó este malestar, que se asumió mayoritariamente
como consecuencia de una retención deliberada de las existencias por parte de los nobles
terratenientes. El librero parisino Sébastien Hardy, cuyos diarios constituyen una
incomparable fuente de información acerca de los primeros meses de la revolución, escribió
que el pueblo aseguraba «que los príncipes estaban acumulando trigo deliberadamente
para poner la zancadilla a M. Necker, a quien estaban ansiosos por derrocar».

La destitución de Necker, que fue sustituido por el favorito de la reina, el barón de Breteuil,
supuso la señal de partida de la acción popular. Entre los oradores en torno a los que los
parisinos se arremolinaban en busca de noticias e inspiración se encontraba Camille
Desmoulins, amigo del diputado del tercer estado por Arras, Maximilien Robespierre, a
quien había conocido durante su época escolar en el Collège Louis-le-Grand en la década
de 1770. Durante los cuatro días posteriores al 12 de julio, cuarenta de las cincuenta y
cuatro aduanas que circundaban París fueron destruidas. La abadía de Saint-Lazare fue
registrada en busca de armas; las sospechas del pueblo de que la nobleza trataba de
doblegarlo mediante el hambre quedaron confirmadas cuando se descubrieron reservas de
trigo allí almacenadas. Los insurrectos se apoderaron de las armas y munición que había en
las armerías y en el hospital militar de los Inválidos, y se enfrentaron a las tropas reales.
El objetivo final era la fortaleza de la Bastilla, sita en el faubourg St-Antoine, porque
disponía de existencias de armas y pólvora y porque esta poderosa fortaleza dominaba los
barrios populares del este de París. Además, era también un imponente símbolo de la
autoridad arbitraria de la monarquía. El 14 de julio, unos 8.000 parisinos armados
pusieron sitio a la fortaleza; el gobernador, el marqués de Launay, no quiso rendirse y,
viendo que la multitud se abría camino a la fuerza hacia el patio, ordenó a sus 100 soldados
que disparasen a la turba, con un saldo de 98 muertos y 73 heridos. Solo accedió a la
rendición cuando dos destacamentos de Gardes Françaises se unieron a los sublevados y
situaron su cañón frente a la entrada principal.

¿Quiénes fueron los que tomaron la Bastilla? Se hicieron varias listas oficiales de los
vencedores de la Bastilla, como se les llamó después, incluyendo una elaborada por su
secretario Stanislas Maillard. De los 662 supervivientes que figuraban en la lista, había
quizá una veintena de burgueses, incluyendo fabricantes, comerciantes, el cervecero
Santerre, y 76 soldados. El resto pertenecían a la canalla: tenderos, artesanos y
asalariados de unos treinta oficios distintos. Entre ellos había 49 carpinteros, 48 ebanistas,
41 cerrajeros, 28 zapateros remendones, 10 peluqueros que también confeccionaban
pelucas, 11 vinateros, 9 sastres, 7 canteros, y 6 jardineros. La triunfal toma de la Bastilla el
14 de julio tuvo importantes consecuencias revolucionarias. En términos políticos, salvó a
la Asamblea Nacional y legitimó un brusco cambio de poder. El control de París por parte
de los miembros burgueses del tercer estado quedó institucionalizado mediante un nuevo
gobierno municipal a cargo de Bailly y una milicia civil burguesa dirigida por el héroe
francés de la guerra americana de la Independencia, Lafayette. A primera hora de la
mañana del 17 de julio, el hermano más pequeño de Luis, el conde de Artois, abandonó
Francia asqueado por el desmoronamiento del respeto propiciado por el tercer estado. Un
goteo constante de cortesanos descontentos se uniría a su emigrada corte en Turín. Aquel
mismo día, Luis aceptó formalmente lo ocurrido entrando en París para anunciar la retirada
de sus tropas y llamando de nuevo a Necker para devolverle el cargo. Días después,
Lafayette añadiría el blanco de la bandera borbónica al rojo y el azul de la ciudad de
París: acababa de nacer la revolucionaria escarapela tricolor.

Sin embargo, el asalto a la Bastilla planteó también a los revolucionarios un dilema


acuciante y espinoso. La acción colectiva del pueblo de París había sido decisiva en el
triunfo del tercer estado y de la Asamblea Nacional; no obstante, algunos de los
participantes en la exultante multitud que tomó la Bastilla respondieron violentamente
matando al gobernador de la fortaleza, De Launay, y a seis soldados de sus tropas. ¿Fue
este un comprensible —e incluso justificable— acto de venganza popular ejercido en la
persona cuya decisión de defender a toda costa la prisión había provocado la muerte de un
centenar de asaltantes? ¿Fue acaso un momento de locura profundamente lamentable y
retrógrado, el acto de una turba demasiado habituada a los castigos espectaculares
impuestos por la monarquía a la violenta sociedad que la revolución pretendía reformar?
¿O bien se trató de un acto de barbarie totalmente imperdonable, la antítesis de todo
aquello que la revolución debía significar? En la primera edición de uno de los nuevos
periódicos que se apresuraron a informar acerca de los recientes acontecimientos sin
precedentes, Les Révolutions de Paris, Élysée Loustallot consideraba el asesinato de
Launay repugnante pero legítimo:

«Por primera vez, la augusta y sagrada libertad ha penetrado finalmente en esta


morada de horrores [la Bastilla], en este terrible refugio de despotismo, monstruos y
delincuencia... el pueblo que estaba tan ansioso de venganza no permitió ni a de
Launay, ni a los demás funcionarios llegar al tribunal de la ciudad; los arrancaron de
manos de sus conquistadores y los pisotearon uno tras otro; de Launay fue
atravesado por innumerables estocadas, decapitado, y su cabeza clavada en la punta
de una lanza, su sangre manaba por todas partes... Este glorioso día debe sorprender
a nuestros enemigos, y presagiar por fin el triunfo de la justicia y la libertad.»

Loustallot, un joven abogado de Burdeos, debió de pensar que aquel incidente sería
único, pero lo peor estaba aún por llegar. El día 22, el gobernador real de París desde 1776,
Louis Bertier de Sauvigny, fue apresado cuando trataba de huir de la ciudad. Él y su
suegro Joseph Foulon, que había sustituido a Necker en su ministerio, fueron apaleados
hasta la muerte y decapitados, y sus cabezas exhibidas por todo París, al parecer en
merecido castigo por presunta conspiración para empeorar el largo periodo de hambruna
que atravesaron los parisinos en 1788-1789. Supuestamente Foulon había declarado que
si los pobres estaban hambrientos que comieran paja. El informe de Loustallot acerca de
aquel día «terrible y aterrador» estaba ahora marcado por la angustia y la desesperación.
Tras la decapitación de Foulon,

«Tenía un puñado de heno en la boca, una explícita alusión a los sentimientos


inhumanos de aquel bárbaro... ¡la venganza de un pueblo comprensiblemente
furioso!... Un hombre... ¡Oh Dios! ¡El bárbaro! arranca el corazón [de Berthier] de sus
entrañas todavía palpitantes... ¡Qué horrible visión! ¡Tiranos, contemplad este terrible
y espeluznante espectáculo! ¡Temblad y ved cómo se os trata!... Conciudadanos,
percibo cómo os afligen el alma estas espantosas escenas; al igual que vosotros,
estoy conmocionado por todo lo sucedido, pero pensad cuán ignominioso es vivir
como un esclavo... Sin embargo, no olvidéis que estos castigos ultrajan a la
humanidad, y hacen que la Naturaleza se estremezca.»

Simon Schama insiste en que esta violencia punitiva estaba en el corazón de la


revolución desde el principio, y que los líderes de la clase media eran cómplices de tales
barbaridades. Según Schama, Loustallot, que se convertiría en el periodista revolucionario
más importante y admirado, había escarnecido el horror causado por la violencia para
condonarla y alentarla: «mientras fingía sentirse estremecido por la extrema violencia
que estaba describiendo, su prosa se revolcaba en ella». El afligido reportaje de
Loustallot plantea argumentos difíciles de justificar. La toma de la Bastilla fue tan solo el
ejemplo más espectacular de conquista popular del poder local. En toda Francia, desde
París hasta la más remota y diminuta aldea, la primavera y verano de 1789 supusieron el
desmoronamiento total y sin precedentes de siglos de gobierno de la realeza. En los
centros provinciales se produjeron «revoluciones municipales», en las que los nobles se
retiraban o eran obligados a marcharse por la fuerza, como sucedió en Troyes, o en las que
nuevos hombres accedían al poder, como en Reims. El vacío de autoridad causado por la
caída del Estado borbónico se cubrió temporalmente en los pueblos y ciudades pequeñas
por milicias populares y consejos. Esta toma de poder fue acompañada en todas partes
por un rechazo generalizado de las reivindicaciones del Estado, de los señores y de la
Iglesia, que exigían el pago de los impuestos, tributos y diezmo; por otro lado, al
confraternizar abiertamente las tropas con los civiles, el poder judicial no tenía fuerza alguna
para hacer cumplir la ley.

Paralelamente a la revolución municipal, la toma de la Bastilla tuvo otra consecuencia


todavía de mayor envergadura. Las noticias de este desafío sin precedentes al poder del
Estado y a la nobleza llegaron a un campesinado en plena efervescencia, se respiraba en
el campo un ambiente de conflicto, esperanza y temor. Desde diciembre de 1788, los
campesinos se habían negado a pagar los impuestos o los tributos señoriales, o se
habían apoderado de las reservas de comida, en Provenza, en el Franco Condado, en
Cambrésis y Hainaut en el noreste, y en la cuenca de París. Arthur Young, en su tercer
viaje por Francia, plasmó las desesperadas ilusiones depositadas en la Asamblea
Nacional, al conversar con una mujer campesina en la Lorena el 12 de julio:

«Mientras subía a pie por una empinada colina, para aliviar a mi yegua, una pobre
mujer se unió a mí y comenzó a quejarse de aquellos tiempos que estábamos
viviendo, y de lo triste que era el país; al preguntarle yo las razones de su lamento,
dijo que su marido no tenía más que un pedazo de tierra, una vaca, y un pobre
caballo, y sin embargo tenían que pagar un franchar (42 libras) de trigo y tres pollos
por el arriendo a un señor, y cuatro franchares de avena, un pollo y una libra a otro
señor, además de las gravosas tallas y otros impuestos... Ahora decían que algunas
personas importantes iban a hacer algo por los pobres, pero ella no sabía quién ni
cómo, pero Dios nos favorecerá, car les tailles et les droits nous écrasent. Esta mujer,
vista no de muy lejos, aparentaba unos sesenta o setenta años, su figura encorvada y
su rostro ajado y endurecido por el arduo trabajo, pero ella aseguró tener solo
veintiocho.»
El miedo a la venganza de los aristócratas sustituyó tales esperanzas a medida que
llegaban noticias de la Bastilla: ¿acaso las pandillas de mendigos que merodeaban por los
campos de cereales eran agentes de los vengativos señores? La esperanza, el temor y el
hambre convirtieron el campo en un polvorín al que imaginarias visiones de «bandidos»
prendieron fuego. El pánico se extendió a partir de unas pocas chispas aisladas causando
incendios de violentos rumores, diseminándose de pueblo en pueblo a varios kilómetros
por hora, e invadiendo todas las regiones a excepción de Bretaña y el este. Al no
materializarse las represalias de los nobles, las milicias de los pueblos apuntaron con sus
armas al mismo sistema señorial, obligando a los señores o a sus agentes a entregar los
archivos feudales para ser quemados en la plaza del pueblo. Esta revuelta tan
extraordinaria se dio a conocer con el nombre de «gran pánico». Se eligieron también otros
objetos a los que dirigir el odio: en Alsacia se ejerció la violencia contra los judíos. En las
afueras del norte de París, en St. Denis, un funcionario que se había burlado de una
multitud que se quejaba de los precios de la comida fue arrastrado desde su escondrijo en
el chapitel de una iglesia, apuñalado hasta causarle la muerte y decapitado; sin embargo,
este fue un caso poco frecuente de violencia personal en aquellos días. Al igual que la
canalla de París, los campesinos adoptaron el lenguaje de la revuelta burguesa para sus
propios fines; el 2 de agosto, el mayordomo del duque de Montmorency escribió a su
señor en Versalles que:

«El populacho, culpando a los señores del reino de los altos precios del trigo, ataca
ferozmente todo lo que les pertenece. No hay razonamiento que valga: este
populacho desenfrenado tan solo atiende a su propia furia... Justo cuando estaba a
punto de terminar mi carta, me enteré de que aproximadamente trescientos bandidos
procedentes de todos los rincones, unidos a los vasallos de la marquesa de
Longaunay, habían robado los títulos de arrendamiento y concesiones de señorío, y
derruido sus palomares: a continuación le dejaron una nota informándola del robo
con la firma La Nación.»

La noche del 4 de agosto, en un ambiente de pánico exacerbado, abnegación y extrema


excitación, una serie de nobles montaron la tribuna de la Asamblea para responder al
gran miedo renunciando a sus privilegios y aboliendo los tributos feudales. No obstante,
una semana más tarde, hicieron distinciones entre «servidumbre personal», que fue
abolida en su totalidad, y «derechos de propiedad» (tributos de señorío pagaderos en
cosechas) por los que los campesinos tenían que pagar una indemnización antes de dejar
de pagar definitivamente:

«Artículo 1. La Asamblea Nacional aniquila por completo el régimen feudal y decreta


la abolición sin indemnización de los derechos y deberes, tanto feudales como
censuales, derivados de manos muertas reales o personales, y de la servidumbre
personal, así como de aquellos que los representan; todos los demás son
amortizables, y el precio y la manera de amortizarlos serán establecidos por la
Asamblea Nacional. Aquellos derechos que no sean abolidos por este decreto
seguirán siendo recaudados hasta nuevo acuerdo.»

Así pues, la Asamblea abolió por completo la servidumbre, los palomares, los
privilegios señoriales y reales de caza, y el trabajo no remunerado. Quedaron también
suprimidos los tribunales señoriales: en el futuro, la justicia iba a ser administrada
desinteresadamente de acuerdo con un conjunto de leyes uniformes. El diezmo, al igual
que los impuestos estatales existentes, serían sustituidos por modos más equitativos de
financiar al Estado y a la Iglesia, pero mientras tanto habría que continuar pagando.

Más tarde, el 27 de agosto, tras concienzudos y largos debates, la Asamblea votó una
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Lo fundamental de dicha
Declaración era la insistencia en que «la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los
derechos del hombre son las únicas causas de las desventuras públicas»; la
Asamblea rechazó la sugerencia por parte de los nobles de que se incluyese junto a esta
declaración una declaración de deberes para que el pueblo llano no abusase de sus
libertades. En su lugar, se establecía la esencia del liberalismo, que «la libertad consiste
en poder hacer todo lo que no dañe a otro». Por consiguiente, la Declaración
garantizaba los derechos de libre expresión y asociación, y de religión y opinión,
limitados tan solo —y de forma más bien ambigua— por «la ley». Aquella iba a ser una
tierra en la que todos serían iguales ante la ley, y estarían sujetos a las mismas
responsabilidades públicas: era una invitación a convertirse en ciudadanos de una nación
en vez de súbditos de un rey.

Los Decretos de Agosto y la Declaración de los Derechos del Hombre representaban el


fin de la estructura absolutista, señorial y corporativa de la Francia del siglo XVIII. Eran
también una proclamación revolucionaria de los principios de una nueva edad dorada.
En sí misma la Declaración era un documento extraordinario, una de las más poderosas
afirmaciones de liberalismo y de gobierno representativo. Aun siendo universal en su
lenguaje y rebosante de optimismo, no dejaba por ello de ser ambigua en su redacción y en
sus silencios. Es decir, mientras proclamaba la universalidad de derechos y la igualdad
cívica de todos los ciudadanos, la Declaración era ambigua respecto a si los
desposeídos, los esclavos y las mujeres gozarían también de igualdad política y legal, y
silenciaba el modo en que se pretendía garantizar el ejercicio del propio talento a aquellos
que carecían de educación o propiedades. Esta cuestión se había planteado ya en la
primavera de 1789 en un cahier de mujeres del País de Caux, una región situada al norte
de París:

«¿Es suficiente que se represente a los hombres, o se necesita también representar a


las mujeres? ¿Acaso las mujeres no pueden participar en la vida pública, no pueden
compartir su trabajo, que cultiven el suelo, que aren los campos, que se hagan cargo
del servicio postal; otras emprenden largos y arduos viajes por motivos
comerciales...? Nos han dicho que se está hablando de liberar a los negros; el
pueblo, casi tan esclavizado como ellos, está recuperando sus derechos... ¿Seguirán
los hombres insistiendo en querer hacernos víctimas de su orgullo e injusticia?»

Los Decretos de Agosto tuvieron también gran importancia por otra razón: porque estaban
basados en la presunción de que a partir de aquel momento todos los individuos de Francia
gozarían de los mismos derechos y estarían sujetos a las mismas leyes: la edad de los
privilegios y excepciones había terminado:

«Artículo X... todos los privilegios especiales de las provincias, principalidades,


condados, cantones, ciudades y comunidades de habitantes, ya sean financieros o de
cualquier otro tipo, quedan abolidos sin indemnizaciones, y serán absorbidos dentro
de los derechos comunes de todos los franceses.»

La Declaración, así como los Decretos de Agosto, afirmaba de forma explícita que todas
las carreras y cargos estarían abiertas al talento, y que en lo sucesivo «las distinciones
sociales se basarían solamente en la utilidad general». Por consiguiente, se consideró
político excluir cláusulas de un borrador inicial que trataba de explicar los límites de la
igualdad de forma más directa:

«II. Para garantizar su propia conservación y encontrar el bienestar, todo hombre


recibe facultades de la naturaleza. La libertad consiste en el completo y pleno uso de
dichas facultades. V. Pero la naturaleza no ha dotado a todos los hombres de los
mismos medios para ejercer sus derechos. La desigualdad entre los hombres nace de
ello. Así pues, la desigualdad se encuentra en la propia naturaleza. VI. La sociedad
está basada en la necesidad de mantener la igualdad de derechos en plena
desigualdad de medios.»

Puesto que tanto los Decretos de Agosto como la Declaración constituían un conjunto
profundamente revolucionario de principios fundamentales de un nuevo orden, ambos
documentos se encontraron con el rechazo de Luis. Los Estados Generales habían sido
convocados para ofrecerle consejo sobre el estado de su reino: ¿acaso la aceptación de la
existencia de una «Asamblea Nacional» le obligaba a aceptar las decisiones de esta
última? Además, a medida que la crisis empeoraba y se multiplicaba la evidencia de un
desprecio manifiesto por la revolución por parte de los oficiales del ejército, la victoria del
verano de 1789 parecía de nuevo discutible. Por segunda vez, la canalla de París intervino
para salvaguardar una revolución que había hecho suya. Sin embargo, esta vez fueron las
mujeres de los mercados quienes la abanderaron: en palabras del observador librero
Hardy, «estas mujeres dijeron a voces que los hombres no sabían de qué iba todo
aquello y que ellas querían intervenir en el curso de los acontecimientos». El 5 de
octubre, 7.000 mujeres emprendieron la marcha hacia Versalles; entre sus líderes
espontáneos figuraba Maillard, un héroe del 14 de julio, y una mujer de Luxemburgo,
Anne-Josephe Terwagne, que se hizo famosa con el nombre de Théroigne de Méricourt.
Más tarde fueron secundadas por la Guardia Nacional, que obligó a su reacio comandante
Lafayette a «acaudillarlas». Una vez en Versalles, las mujeres invadieron la Asamblea.
Una delegación se presentó ante el rey, que inmediatamente consintió en sancionar los
decretos. No obstante, no tardó en hacerse evidente que las mujeres solo se contentarían si
la familia real regresaba a París. Así lo hizo el día 6 y la Asamblea siguió sus pasos.

Aquel fue un momento decisivo en la revolución de 1789. La Asamblea Nacional debía de


nuevo su existencia y su éxito a la intervención armada del pueblo de París. Convencida
de que ahora la revolución era completa y estaba asegurada, y de que el pueblo llano de
París nunca más volvería a ejercer semejante poder, la Asamblea ordenó una investigación
acerca de los «delitos» del 5 al 6 de octubre. Entre los cientos de participantes y
observadores entrevistados se encontraba Madelaine Glain, una encargada de la limpieza
de 42 años, que estableció una relación entre los imperativos de garantizar el suministro de
pan a precio razonable y el destino de los decretos revolucionarios clave:
«...acudió con las demás mujeres a la sala de la Asamblea Nacional, donde
irrumpieron en tropel; tras haber exigido algunas de aquellas mujeres panes de 4
libras a 8 céntimos, y carne por el mismo precio, la testigo regresó al Ayuntamiento
de París con el señor Maillard y otras dos mujeres, llevando consigo los decretos que
les fueron entregados en la Asamblea Nacional.»

El alcalde Bailly recordó que cuando las mujeres regresaron a París el día 6, iban cantando
«cancioncillas vulgares que al parecer mostraban poco respeto por la reina». Otras se
vanagloriaban de haber traído consigo a la familia real tildándolos de «el panadero y su
esposa, y el aprendiz del panadero». Con esto las mujeres explicitaban públicamente la
antigua creencia de la responsabilidad real ante Dios de proveer comida. Una vez
sancionados los decretos clave, y la corte totalmente desorganizada, el triunfo de la
revolución parecía asegurado; y para dar cuenta de la magnitud de lo conseguido, el pueblo
empezó ahora a referirse al antiguo régimen.

En toda Europa, la gente estaba impresionada por los dramáticos sucesos de aquel verano.
Pocos fueron los que no se entusiasmaron con los acontecimientos: entre las cabezas
coronadas de Europa, solo los reyes de Suecia y de España y Catalina de Rusia se
mantuvieron decididamente hostiles desde el inicio. Otros quizá sintieran cierta satisfacción
al ver humillada por su propio pueblo a una de las mayores potencias de Europa. No
obstante, entre el populacho europeo general el respaldo a la revolución era mayoritario,
aunque también había unos pocos «contrarrevolucionarios» como Edmund Burke.
Mientras que en Inglaterra muchos empezaron a sentirse incómodos con los informes
acerca de los brutales derramamientos de sangre o cuando la Asamblea Nacional
desestimó sin dilación la posibilidad de emular el sistema británico de dos cámaras, con
su Cámara de los Lores, otros muchos mostraron abiertamente su entusiasmo. Poetas
como Wordsworth, Burns, Coleridge, Southey y Blake se unieron a sus semejantes
alemanes e italianos en el mundo artístico y filosófico (Beethoven, Fichte, Hegel, Kant y
Herder) en la celebración de lo que se interpretaba como un momento ejemplar de
liberación en la historia del espíritu europeo. Lafayette mandó un juego de llaves de la
Bastilla a George Washington en calidad de «tributo que debo como hijo a mi padre
adoptivo, como ayudante de campo a mi general, y como misionero de la libertad a su
patriarca». A su vez, Washington, elegido presidente de Estados Unidos seis meses
antes, escribió a su enviado en Francia, el gobernador Morris, el 13 de octubre: «La
revolución que se ha llevado a cabo en Francia es de tan maravillosa índole que la
mente apenas puede reconocer el hecho. Si termina como... [yo] pronostico, esta
nación será la más feliz y poderosa de Europa».

Junto con el potente sentido de euforia y unidad en aquel otoño de 1789 se abría paso la
conciencia de cómo se había alcanzado la revolución y la magnitud de lo que quedaba por
hacer. La revolución de los diputados burgueses había triunfado solo por la
intervención activa de la clase obrera de París; los recelos de los diputados se pusieron
de manifiesto en la proclamación temporal de la ley marcial el 21 de octubre. Por otro
lado, el hecho de que Luis consintiera en cambiar a regañadientes, quedó parcialmente
disfrazado por la invención de que su obstinación se debía únicamente a la maligna
influencia de la corte. Pero lo más importante de todo, la declaración revolucionaria de
los principios del nuevo régimen presuponía la remodelación de todos los aspectos de la
vida social. Y a esta tarea se dedicaron.

También podría gustarte