determina la responsabilidad de la persona adulta con respecto al niño o la niña.
Más allá
de quienes integren el grupo familiar y el género de los mismos, el acento debe estar en la
transmisión de la ley y la asunción de los roles esperados de protección y asimetría (basada
en una diferencia de saber, no de poder). La función central de la familia sería entonces “la
protección y el cuidado de los más débiles para garantizarles un lugar en el mundo y un
desarrollo que no los deja librados a la muerte física o simbólica”. De igual modo afirma “que
la familia es la alianza entre dos generaciones y que una es responsable de la otra. Mientras
haya un sistema en el que una persona se hace cargo de otra, mientras en ese sistema
existan formas de protección y reciprocidad, hay una familia” (2008). Cada adulto debe velar
por el bienestar de las y los más pequeños y es la sociedad en su conjunto a través de sus
instituciones la encargada de proteger y brindar oportunidades a todos y todas, garantizando
sus derechos.
Por su parte, Unicef plantea: “En la actualidad, no existe un modelo único e inmutable de
familia (…) Reconocer la multiplicidad de formas familiares no significa negar la centralidad
de las familias en la vida de niñas y niños. Vivir y crecer en familia es un derecho de todas las
niñas y los niños, garantizado en la Convención sobre los Derechos del Niño y en las leyes
nacionales (…) Estas nuevas configuraciones familiares dan cuenta de que no existe una única
forma de generar lazos de afecto y que la biología no es lo determinante para que las niñas y
los niños puedan crecer sanos y desarrollar integralmente su potencial. Lo que define a una
familia (…) es que sea un grupo estable de personas que proteja, cuide y ayude a desarrollarse
a las niñas y los niños respetando su dignidad como personas. Aunque ha cambiado su
estructura, la familia conserva sus funciones: cuidado y protección, independientemente del
género, sexo o consanguinidad de los adultos que ejerzan esos roles. La familia, cualquiera
sea su forma, es el ámbito en que niñas, niños y adolescentes deben encontrar afecto,
cuidados y protección” (2018).
4. Desarrollo infantil integral. Prácticas de crianza
4.1. ¿A qué llamamos desarrollo infantil? ¿Por qué decimos que es
integral?
El desarrollo infantil es un proceso progresivo, multidimensional y dinámico de transformación
y cambios por el cual los bebés, las niñas y los niños transitan desde un estado de
dependencia de las personas adultas referentes de crianza, hacia una progresiva autonomía.
Es integral porque se producen importantes cambios en diferentes aspectos de su vida:
físicos, psíquicos, sociales y cognitivos que hacen al modo de ser de cada persona.
Lo que sucede durante la primera infancia construye las bases para la vida adulta, por eso la
calidad de las experiencias vividas durante este tiempo es tan importante. En este sentido,
le otorgamos un lugar trascendental a los intercambios entre las niñas y los niños y las
personas adultas referentes de crianza.
4.2. Crecimiento y desarrollo
El desarrollo infantil no es igual a crecimiento porque hacen referencia a procesos diferentes.
El crecimiento es el aumento de la masa corporal: de talla y de peso. El desarrollo se relaciona
con la conquista de nuevas capacidades: las niñas y los niños aprenden a moverse, a mostrar
sus alegrías, tristezas, enojos, a comprender y conocer el mundo, a comunicarse a través
de la palabra, a jugar y a compartir. Sin embargo, los dos procesos están vinculados, no se
producen independientemente uno del otro, se relacionan y enriquecen mutuamente.
18
La relación entre el crecimiento y el desarrollo representa la interacción entre lo biológico y
lo cultural.
A lo largo de las últimas décadas el concepto de desarrollo infantil ha sido motivo de análisis
desde diferentes disciplinas científicas, todas ellas acuerdan en la importancia fundamental
que tienen los primeros años de vida.
El desarrollo infantil integral es el proceso por el cual las niñas y los niños a
partir de sus posibilidades biológicas, las experiencias sociales y culturales
alcanzan niveles cada vez más complejos en sus movimientos, pensamientos,
sentimientos y en su interrelación con los demás.
Considerando las características del desarrollo infantil planteadas por
Robert Myers en su libro “Los doce que sobreviven” (1993) resulta
interesante subrayar que es un proceso:
Multidimensional que incluye una dimensión física o motora (capacidad
para moverse y coordinar movimientos), una dimensión intelectual
(capacidad para razonar y pensar), una dimensión emocional (capacidad de
sentir) y una dimensión social (capacidad para relacionarse con los demás).
Integral ya que las diferentes dimensiones están interrelacionadas y
deben ser consideradas en conjunto; los cambios que se producen en una
dimensión influyen en el desarrollo de las otras y viceversa.
Continuo comienza antes del nacimiento y continúa a lo largo de toda la
vida. En este sentido el desarrollo de las niñas y los niños debe verse como
parte del desarrollo humano.
De interacción: ocurre cuando la niña o niño interactúa en su ambiente
sociocultural, la interacción se produce con las personas y con las cosas. El
desarrollo exige respuestas de los adultos a sus iniciativas.
Que presenta una secuencia general no obstante es única en cada caso.
Los tiempos, las características y calidad del desarrollo varían de niño a
niño, de niña a niña.
José Amar Amar, psicólogo y docente chileno, complementa esta aproximación conceptual
acerca del desarrollo integral poniendo de manifiesto el lugar central de los contextos donde
transcurren las experiencias infantiles: “Al hablar del desarrollo del niño es imposible aislarlo
del contexto en el que se desenvuelve. […] El niño y el medio representan una unidad en la
que se concatenan múltiples elementos internos con los de la realidad exterior, de tal manera
que la estructura biológica es tan determinante en su desarrollo como lo son la realidad
socioeconómica en que vive, el medio ecológico, donde se mueve y las oportunidades que le
ofrece el sistema político” (1996).
19
4.3. Señales del buen desarrollo
“Brindar al niño oportunidades para un desarrollo adecuado es el legado más
importante que se puede ofrecer a la humanidad. Un desarrollo infantil pleno,
principalmente durante los primeros años de vida, sienta las bases para la formación
de un sujeto con todo su potencial y con posibilidades de volverse un ciudadano con
mayor poder de resolución. Él mismo será capaz de enfrentar las adversidades que
la vida le presente, contribuyendo a reducir las disparidades sociales y económicas
dentro de la sociedad”. (OPS. 2011)
Los hitos del desarrollo integral de los bebés, las niñas y los niños, a los cuales denominamos
“señales del buen desarrollo”, hacen referencia a las capacidades que ellas y ellos van
construyendo a medida que van creciendo y desarrollándose.
Es importante que las personas adultas profundicen su conocimiento acerca de las
particularidades del desarrollo integral de los bebés, las niñas y de los niños, de las señales
del buen desarrollo, porque les posibilitará entenderlos y acompañarlos mejor, brindándoles
la confianza que necesitan para explorarse y explorar el mundo. Además, les permitirá
darse cuenta cuando algo no anda bien y es necesario realizar alguna consulta de salud, por
ejemplo, con su pediatra de referencia.
En el marco del Programa Primeros Años, conocer las señales del buen desarrollo no tiene
una finalidad diagnóstica sino brindar a las personas adultas elementos para que puedan
acompañar los logros de los bebés, las niñas y los niños, brindándoles oportunidades y
creando condiciones favorables para sus progresivas conquistas. Desde este enfoque se
enfatizan las potencialidades y se promueve el fortalecimiento de las prácticas de crianza. En
este sentido, no se pretende mostrar si alcanzan o no determinada conquista, ni comparar
logros. Por el contrario, el sentido es ver los procesos singulares y sus dinámicas, al mismo
tiempo dar pistas para enriquecer los espacios y ambientes en los cuales bebés, niñas y niños
crecen y se desarrollan.
Las niñas y los niños necesitan de la presencia de personas adultas disponibles en forma
plena para acompañar su desarrollo de manera integral y no de un modo fragmentado.
Resulta imprescindible retomar el concepto de desarrollo infantil integral como un proceso
en el que es indispensable que se respeten las particularidades y singularidades de cada
niña y niño, así como también el tiempo subjetivo que cada una y cada uno requiere para la
construcción de sus capacidades. Este posicionamiento reconoce igualmente la existencia de
rangos de edad esperables para el logro de cada nueva conquista del desarrollo.
Sin embargo, es preciso tener en cuenta los distintos contextos sociales, culturales y
económicos en los que se encuentran las familias, los cuales se ven reflejados en la
diversidad de prácticas de crianza. Teniendo en cuenta esta situación, es necesario ser
absolutamente prudentes al momento de observar alguna demora en el proceso de desarrollo
de los bebés, las niñas y los niños o eventualmente algún desajuste que se considere que
difiere de lo esperable para cada edad.
“Las adquisiciones del desarrollo que los niños presentan, no son uniformes y puede
haber desfases importantes entre un área y otra (por ejemplo, el área de la comunicación
puede estar más desarrollada para la edad que el área motora, y a la inversa). Eso implica
simplemente que las cuestiones madurativas no se dan todas simultáneamente. Es decir, la
valoración tiene que ser global y no sólo por áreas”. (Janin, B. 2011)
20
Es importante que las personas adultas sean sensibles al modo en que las niñas y los niños
se vinculan con ellas y ellos y fortalecer sus capacidades para interpretar las necesidades
de las y los más chicos. También es valioso que presten atención a sí las niñas y los niños
muestran intenciones de comunicarse con otras y otros, cómo lo hacen, si se relacionan con
las personas adultas y cómo, si juegan, de qué manera. Sus distintos modos de manifestarse
y de expresarse van diciendo de qué manera va transcurriendo el desarrollo integral de ese
niño o niña.
“El modo en que un niño se comunica, se relaciona con otros, juega, se mueve, se comporta
y manifiesta sus emociones, aporta datos imprescindibles...Es importante observar el vínculo
entre el niño y el adulto referente/cuidador, así como también la capacidad de éste para
interpretar las necesidades del niño” (Ministerio de Salud, 2017).
Es importante que los niños y las niñas manifiesten, a su modo y teniendo en cuenta el
momento del desarrollo en que se encuentren, interés en relacionarse con las personas
adultas y con otras niñas y niños, así como también muestren curiosidad y actitud
exploratoria hacia el mundo y sus objetos.
Las personas adultas son grandes observadoras de los logros y tropiezos en el proceso de
desarrollo de las y los más chicos, por eso es importante habilitar espacios grupales para
la conversación e intercambio acerca de sus inquietudes, prácticas de crianza, saberes
y experiencias. Al mismo tiempo, estos espacios son estrategias interesantes para el
acompañamiento entre las personas adultas a cargo de la crianza.
Algunos temas sobre los que se puede conversar en los espacios grupales de
acompañamiento en la crianza son: el llanto de los bebés (no siempre indica que tienen
hambre), la prevención de lesiones no intencionales, el promover la libertad de movimiento,
la ropa adecuada para el bebé, la organización de algunas rutinas para ordenar la vida de las
niñas y niños, recomendaciones para el sueño seguro de los bebés, respeto por los ritmos de
desarrollo de niñas y niños, puesta de límites.
“Es necesario cuidar a los adultos en situación de crianza, orientarlos en estas prácticas
y revalorizar los saberes de la familia que favorecen su desarrollo. Es muy importante
acompañar a quien cuida al niño teniendo en cuenta que la organización de la vida cotidiana
y la modalidad de los cuidados corporales que recibe un niño son ejes alrededor de los cuales
se constituye psíquicamente el sujeto” (Ministerio de Salud, 2017).
Myrtha Chokler, doctora en fonoaudiología y psicología, propone pensar que: “...para
garantizar el crecimiento y desarrollo de un niño hay que cuidar fundamentalmente a los
adultos que se ocupan de ese niño, porque finalmente nadie puede dar lo que no tiene. No
se puede brindar sostén, respeto, continencia, afecto, si uno no se siente querido, sostenido,
contenido, reconocido y respetado” (1988).
A continuación, se comparten algunas señales del buen desarrollo2 dentro de los primeros
años de vida, en tiempos aproximados, considerándolas capacidades que son conquistadas
por las niñas y los niños en el proceso de crianza, atravesadas por aspectos culturales,
sociales, económicos, y políticos determinados. Cada una de estas capacidades está
vinculada a un área del desarrollo: socioemocional, de la comunicación, motriz y de la
coordinación visomotora y cognitiva.
2
En la construcción de las señales del buen desarrollo se tomó como referencia el “Instrumento de Observación del Desarrollo Infantil” aprobado
por Resolución nº699/16 del Ministerio de Salud de la Nación.
21
0 a 3 meses
Se calma cuando lo alza su cuidador o cuidadora.
Reacciona a un sonido/voz.
Demuestra gestualmente estados de placer o displacer.
Fija la mirada/muestra interés en el rostro del adulto.
Sonríe cuando lo miran -sonrisa social-.
Sigue con la mirada un objeto de un lado a otro.
Emite sonidos/gorjeo.
Muestra interés en el alimento.
3 a 6 meses
Sostiene la cabeza –cuando está en brazos de personas adultas que lo
cuidan.
Interactúa con las personas adultas que lo cuidan/muestra interés (busca
con la mirada/sonríe/grita).
Lleva las manos a la línea media. Se lleva la mano a la boca o juega con sus
manos.
Busca con la mirada la fuente de un sonido.
Intenta tomar un objeto o juguete.
Intenta ponerse de costado y comienza a hacer rodar su cuerpo.
6 a 9 meses
Agarra un objeto o juguete cercano, lo mira, lo lleva a la boca.
Participa del juego de las escondidas: “¿dónde está?”, “acá está”.
Se angustia frente a personas desconocidas (llanto, sorpresa).
Se sienta solo sin apoyo.
Expresa sus emociones: enojo, miedo, alegría, tristeza.
Emite sílabas, balbucea: ma, pa, tatata.
9 a 12 meses
Se desplaza (repta o gatea).
Se para solo, pero con apoyo.
Responde cuando lo llaman por su nombre.
Se comunica de forma verbal o no verbal.
Imita gestos (aplaude, baila, saluda).
Reacciona al “no” de las personas adultas.
Da pasos con ayuda.
Realiza gestos para pedir y mostrar.
22
1 a 2 años
Juega a poner o sacar objetos.
Juega solo o sola, por un rato.
Camina solo o sola.
Toma objetos pequeños con el índice y el pulgar.
Comprende consignas simples: “dame la mano”, “abrí la boca”.
Dice por lo menos una palabra. Emite sonidos con significado.
Manifiesta interés en vestirse y desvestirse y muchas veces colabora.
Intenta comer por su cuenta.
Patea una pelota.
Algunas veces muestra molestia si se hizo pis o caca.
Reconoce y señala partes de su cuerpo ante la pregunta.
Garabatea.
2 a 3 años
Puede decir “yo”, refiriéndose a sí mismo.
Utiliza el “no”.
Utiliza frases de dos palabras: “dame agua”, “nene cayó”.
Pide algunas veces para hacer pis o caca.
Manifiesta interés en los alimentos, puede comer solo o sola.
Manifiesta interés en jugar.
Juego paralelo: le gusta jugar al lado de otras niñas o niños, pero todavía no
interactúa completamente con ellos o ellas.
Juego simbólico: juega a dar de comer o hacer dormir a los muñecos,
reproduce escenas de la vida cotidiana con objetos o juguetes.
Dice su nombre o sobrenombre.
Se saca o se pone alguna ropa solo o sola.
Corre, sube escaleras.
3 a 5 años
Utiliza las palabras “mí”, “mío”.
Comunica sus necesidades.
Logra el control de esfínteres.
Puede hacer un relato sencillo y responder a preguntas simples.
Muestra interés y disfruta de interactuar con otras niñas o niños.
Espera su turno para jugar o hablar.
Disfruta de poner su cuerpo en movimiento y de probar sus posibilidades: de
correr, de saltar.
Se mueve de una forma coordinada.
Puede correr sin dificultad.
Dibuja al menos un círculo.
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Algunas señales que se observan cuando puede haber alguna dificultad en
el desarrollo de un bebé, una niña o un niño
No fija la mirada en las personas adultas a cargo de su crianza.
No sigue con la mirada a las personas adultas ni a los objetos cercanos.
No reacciona frente a un sonido próximo.
Su llanto es incontrolable, las personas adultas no logran calmarlo.
No emite ningún tipo de sonido.
Permanece muy quieto y no muestra interés por lo que lo rodea.
No se alimenta bien o tiene rechazo por los alimentos.
No juega.
Duerme mal la mayoría de las noches.
Para comunicarse emite únicamente sonidos y ruidos muy estridentes.
Cuando habiendo comenzado a hablar deja de hacerlo.
No demuestra emociones (llanto, alegría).
No responde a su nombre después del año de edad.
No demuestra interés por comunicarse y relacionarse con personas adultas
o con otras niñas o niños.
Cuando pierde logros alcanzados (control de esfínteres, lenguaje).
También, resulta necesario detenerse a reflexionar acerca de cuáles son las
actitudes y las acciones de las personas adultas a cargo de la crianza que
promueven y fortalecen el desarrollo integral de los bebés, las niñas y los
niños:
Prestar atención a la satisfacción de las necesidades e intereses.
Estar disponibles a interactuar.
Anticipar lo que sucede o pueda suceder, poniendo palabras a cada
situación.
Organizar los espacios con juguetes, libros y otros objetos que sean
diversos, seguros para la exploración, adecuados para cada edad en función
de su tamaño, textura y peso.
Vestirles con ropa cómoda que les permita moverse y explorar libremente y
con prendas que les brinden el abrigo que necesitan.
Ordenar los espacios y seleccionar los objetos con los que van a interactuar,
siempre con la mirada puesta en prevenir lesiones no intencionales.
Respetar sus tiempos e iniciativas.
Organizar sus rutinas: los tiempos dedicados a la alimentación, al sueño, al
baño, entre otras.
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Es importante subrayar como plantea la psicomotricista Adriana García: “…sin desconocer
el peso de las condiciones con las que se nace, el desarrollo adquiere desde su inicio un
carácter social, ya que el niño necesariamente debe vincularse con un otro que, desde su
posicionamiento social y cultural, interprete sus necesidades, introduciéndolo a la cultura.
Cabe señalar que tanto la interpretación como las respuestas del adulto que se vincula
con el niño, están atravesadas por su propio contexto y referencias históricos sociales. Es
a través de ese otro, capaz de traducir sus demandas y dar las respuestas, que el niño va
construyendo su subjetividad” (Ministerio de Salud, 2017).
4.4. Vínculos entre las personas adultas, las niñas y los niños. Rol de las
personas adultas en la construcción de la subjetividad
“En esas canciones tú me nombrabas las cosas de la tierra, los cerros,
los frutos, los pueblos, las bestiecitas del campo, como para domiciliar
a tu hija en el mundo, como para enumerarle los seres de la familia,
¡tan extraña en la que la habían puesto a existir…!
Y así yo iba conociendo tu duro y suave universo: no hay palabrita
nombradora de las criaturas que no aprendiera de ti. Las maestras
sólo usaron después de los nombres hermosos que tú ya habías
entregado”.
(Mistral, 1923)
Las niñas y los niños nacen sujetos de derecho, pero para que puedan ejercerlos dependen
por completo de los cuidados de las personas adultas referentes de su crianza. En ninguna
otra fase de la vida, el ser humano se desarrolla tan intensamente, pero al mismo tiempo, en
ninguna otra etapa requiere tanto de la presencia de las personas adultas.
Cuando una niña o un niño nace se encuentra en una situación de absoluta vulnerabilidad,
su supervivencia depende del cuidado de las personas adultas. Esta situación es, al mismo
tiempo, fundante de la condición humana. Se denomina prematuración y significa que un
bebé –insuficientemente equipado en capacidad instintiva en el momento del nacimiento–,
se encuentra en una dependencia absoluta respecto de su medio. No podrá sobrevivir sin
la presencia de personas adultas capaces de empatizar e interpretar sus demandas para
ofrecer las respuestas adecuadas en cada momento de su desarrollo. Sirviéndole de sostén y
cuidado, brindándole la crianza acumulada culturalmente en su historia.
Cuando un bebé es deseado, antes de nacer es pensado, hablado, imaginado por las personas
adultas que lo esperan y también por otros miembros de su espacio familiar ya que ese bebé
viene a incorporarse en una trama familiar que lo antecede. Se trata de una trama simbólica
que se empieza a tejer mucho antes de su nacimiento.
“Antes de llegar al mundo, cada niño ya se encuentra entre palabras “de olor a antiguo” que
están ahí, antes que él, todas las que designan el mundo, todas las que dicen, u ocultan, el
destino de las generaciones que lo han precedido, así como los deseos que lo han hecho
nacer y que comprometen una buena parte de su destino. Le va a tocar encontrar su lugar en
ese lenguaje, situarse en él, volverse el sujeto” (Pétit, M .2016).
En los primeros momentos de la vida del ser humano son las personas adultas quienes
hablan al bebé, a la niña o al niño, le cuentan el mundo, lo sueñan para él o ella. Estos
intercambios son fundamentales para su desarrollo físico, emocional e intelectual. La
condición para que una persona adulta pueda desplegar esta función, de cuidado, protección
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