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Historia oral, memoria y relaciones de poder:

interpretaciones sobre el Movimiento de las Mujeres Agricultoras en el Brasil


contemporáneo

Cristiani Bereta da Silva∗ ; Maria Ignez Paulilo∗∗

“La luz es otra...”


Fue bajo este título que Florestan Fernandes, considerado uno de los más
grandes sociólogos brasileños, y, en aquel momento, ejerciendo el cargo de diputado
nacional por el Partido de los Trabajadores, analizó los vientos que soplaban como
nuevos, en un texto publicado en el diario Folha de São Paulo el 6 de abril de 1992
(Sección Opinión). La década de los 1990 había llegado y con ella la noción de que
Brasil había pasado por cambios significativos en su “transición democrática” (iniciada
en 1985 con el fin de la dictadura militar). En Brasil, los años 1980 habían sido
atravesados (o sacudidos) por innumerables movimientos sociales de luchas,
movimientos rurales y urbanos, que en su gran mayoría, buscaban mayor igualdad
social y más democracia. Fue en la acción de esos movimientos donde Florestan
Fernandes vislumbró en el horizonte una nueva dirección, un preanuncio de “nuevos
tiempos”. En el texto referido, Florestan Fernandes hizo mención especial a lo
acontecido en el Día Internacional de las Mujeres, cuando “una masa” de agricultoras
prácticamente invadió el Congreso Nacional y exigió la reglamentación del derecho a la
licencia por maternidad para las mujeres rurales. Como dijo el entonces diputado, las
mujeres no fueron allá para pedir, sino para reivindicar, dejando eso bien claro, a través
del discurso “cortante y desafiador” de la diputada Luci Choinaski, que, por su pasado
campesino y por su vínculo con los movimientos de mujeres agricultoras, se volvió
portavoz de las militantes.
El momento en que el Congreso Nacional se ve invadido por miles de mujeres,
en su mayoría agricultoras, es emblemático del periodo de la historia del movimiento de
las mujeres campesinas en Brasil. Interpretamos ese acontecimiento como clave para la


Profesora Adjunta del Departamento y Programa de Postgrado en Historia de la Universidade do Estado
de Santa Catarina/UDESC. E-mail: [email protected]
∗∗
Profesora Titular del Programa de Postgrado en Sociología Política de la Universidade Federal de Santa
Catarina/UFSC. Becada de Productividad en Investigación del CNPq – Nivel 1D. E-mail:
[email protected].
comprensión de ese momento histórico. Luci habla de tres mil mujeres “cercando” a los
diputados en el Congreso. En entrevistas realizadas en otras circunstancias con mujeres
militantes del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST)1, percibimos que
esta movilización, en especial, marcó las experiencias de luchas del periodo, fijando
memorias y sentidos, siendo citada como una especie de marco temporal y social en
diferentes trayectorias de lucha y de vida.
El presente trabajo representa un esfuerzo de análisis e interpretación de la
historia del Movimiento de Mujeres Agricultoras de Santa Catarina (MMA), surgido en
el Oeste de Santa Catarina en 1983, hasta su transformación, en 2004, en Movimiento
de Mujeres Campesinas (MMC), a través de su vínculo con la Vía Campesina2. Nuestro
análisis parte de las memorias de sus principales interlocutoras, Luci Choinaski y Adélia
Schmitz, que vivieron el movimiento de formas distintas. En esa tarea, nos volcamos
sobre diferentes entrevistas realizadas entre 2000 y 2008, textos de la propia Luci y
también transcripciones autorizadas de testimonios, charlas y conferencias por ellas
realizadas en variadas situaciones. Por cierto, el entorno de la historia de esas militantes
no se reduce a los movimientos sociales, pues las relaciones posibles amplían el
horizonte, proporcionando reflexiones y análisis sobre la propia historia reciente de
Brasil. La historia y las memorias individuales de esas mujeres son también parte de la
historia de las mujeres campesinas, de la vida en el campo, de los movimientos sociales
de lucha por la tierra y de los derechos de las mujeres, de la historia política y de las
políticas públicas de un Brasil que, en los últimos veinte años, viene siendo construido y
reconstruido sobre otras bases o, por lo menos, sobre deseos y sueños de un país con
mayor igualdad social y más democracia.
Trabajamos con la idea de que las narrativas de esas mujeres sobre sus
trayectorias políticas y afectivas son construcciones sobre pasados, sobre historias y
memorias. En ese sentido, es importante notar que cuando nos referimos a la trayectoria,
no la estamos entendiendo como un conjunto coherente y orientado de relatos lineales
de acontecimientos que se suceden, sino como un relato que construye y reelabora

1
Entrevistas realizadas entre 1997 e 2002 para la investigación de tesis de doctorado en Historia de
SILVA, publicada en libro en el año 2004.
2
Esa organización se constituyó en mayo de 1993, durante la Primera Conferencia de la Vía Campesina,
realizada en Bélgica. La segunda conferencia ocurrió en 1996, en México; la tercera, en 2000, en India; y
la cuarta, en 2004, en São Paulo. La Vía Campesina es una organización internacional, que procura
desarrollar la solidaridad y unidad entre organizaciones campesinas, trabajadores agrícolas, mujeres
rurales y comunidades indígenas y negras de Asia, África, América y Europa. Tiene entre sus principales
objetivos la defensa de la soberanía alimentaria, o sea, del derecho de los pueblos a decidir sobre su
política agrícola y alimentar. Disponible en: www.viacampesina.org. Acceso en 3/3/2009.
recorridos, imágenes y representaciones de sí y de eventos que se desvían y se
desplazan a todo momento, ineluctablemente situados a partir de los lugares sociales y
culturales ocupados por los sujetos (BOURDIEU, 2006). Y porque trabajamos con
memorias, olvidos y, probablemente ocultaciones, procuramos tener cuidado con el
entrelazamiento entre memoria y historia en los análisis de las entrevistas y testimonios
orales realizados para la elaboración de este artículo.
Por cierto que todo el trabajo con las fuentes, sean ellas orales o no, recomienda
cuidados y procedimientos específicos por parte del investigador. Con las fuentes orales
no sería distinto, principalmente cuando se asume la postura de no tomarlas como
evidencias factuales, depositarias de informaciones, o mero recurso para llenar lagunas
que otras fuentes no llenan, sino como narrativas portadoras de significados, sujetas a
elaboraciones subjetivas, versiones e interpretaciones hechas de recuerdos,
simulaciones, olvidos y ocultaciones. Procedimiento metodológico, por lo tanto, en que
se construyen fuentes, interpelando sujetos, induciendo y estimulando narrativas. Con
testimonios orales, se trabaja con tiempos, memorias, identidades y pertenencias en sus
movimientos múltiples y cadencias diferenciadas (ALBERTI, 2006, DELGADO, 2006,
PORTELLI, 1997). En ese sentido, se imponen cuestiones importantes, como, por
ejemplo, la construcción y también las disputas por las memorias sobre determinados
acontecimientos, en este caso, aquellos que involucran y significan el movimiento de
las mujeres agricultoras y la propia militancia femenina.
El trabajo con las fuentes orales en la investigación “Memoria y historia oral —
posibilidades interpretativas sobre la historia de los movimientos de mujeres
campesinas tras la década de 1980”3 colocó en relieve cuestiones sobre la memoria, o
mejor, sobre memorias, representaciones y recuerdos reconstruidos en diferentes
narrativas y la relación con la escritura de la historia. Se trabaja, aquí, con dimensiones
que exigen perspectivas distintas: la historia como una producción discursiva, o sea, la
escritura de una historia a partir de narrativas orales, y, por otro lado, con las
representaciones sobre determinados acontecimientos pasados, con memorias
personales y también con memorias colectivas. En ese sentido, en el ejercicio de pensar
las relaciones entre historia y memorias a partir de esas narrativas orales, buscamos
hacer algunas reflexiones sobre los sentidos construidos, en las últimas décadas, sobre

3
Investigación en curso, desarrollada en el Programa de Postgrado en Historia de la UDESC, por ambas
las investigadoras, en un convenio interinstitucional. El conjunto de entrevistas y testimonios orales
pertenece al Núcleo de Estudios sobre Agricultura Familiar/NAF/UFSC, coordinado por Maria Ignez
Paulilo.
la memoria en el interior del campo de la historia. Emprendemos, aquí, ese ejercicio
solamente para mejor situar el lugar de donde hablamos y cómo percibimos esa
relación, pues la particularidad del lugar es marca indeleble en la operación histórica,
como destaca Michel de Certeau (1987, p.17).
Es posible afirmar que, desde el momento en que la Historia Oral se estableció
como práctica en las décadas de los 1960 y los 1970, y, de cierto modo, también como
movimiento, los investigadores que trabajan con esta metodología vienen debatiendo
los entrelazamientos entre historia y memoria. Recordamos que el recrudecimiento de
las discusiones sobre la memoria —no solo en el ámbito académico, es necesario
decir— forma parte del boom de la memoria, fenómeno esparcido en diferentes lugares
del mundo a partir del contexto europeo de la post-Segunda Guerra Mundial. El
derecho y el “deber de memoria” fue colocado en relieve exhortando los recuerdos e
impidiendo el olvido del sufrimiento de las víctimas de la guerra, principalmente las del
Holocausto. En cierta medida, es posible observar que ese derecho y deber de memoria
también fue incorporado, desde entonces, por diferentes países, en otros contextos
políticos. En ese movimiento, cuestiones relacionadas a las memorias individuales y
colectivas entrarían definitivamente en el campo de estudio, reflexión y análisis de
diferentes investigadores. Pero los historiadores demorarían un poco más para tomar
parte en esas discusiones. En ese dominio, según Philippe Joutard, los historiadores
habrían sido ampliamente precedidos por sociólogos y etnólogos, pues “fue preciso
esperar hasta 1978 para que Pierre Nora reconociera su valor en La Nouvelle Histoire”
(BRUGUIERE, 1993, p. 526).
A partir del inicio de la década de los 1980, el campo disciplinar de la Historia
tuvo sus discusiones sobre memoria orientadas, sobre todo, a partir de las Ciencias
Sociales, de la Psicología Social y de la Filosofía. Debemos a Maurice Halbwachs,
referencia de las Ciencias Sociales, la evidencia de la memoria en tercera persona, o
sea, su atribución como colectiva o social. Sus análisis parten de las interpenetraciones
entre memoria colectiva e individual y, como contrapunto, se posiciona contra la idea
de una “memoria histórica”. Para Halbwachs, historia y memoria serían opuestas
justamente por ser de naturalezas distintas. La memoria sería reconstruida sobre el
“pasado vivido” y estaría, por lo tanto, en movimiento, al contrario de la historia
escrita, que aprehende el pasado “congelándolo en túmulos” (HALBWACHS, 2004, p.
75).
Según ese mismo autor, se construyen las memorias individuales y colectivas a
partir de un tiempo y un lugar situados, de ahí la necesidad de comprender el contexto
social de elaboración de esas memorias para volverlas inteligibles (ídem, 2004).
Aunque se puede tener algunas restricciones con relación al abordaje a partir del cual
tal análisis fue formulado (durkheimiano) y la propia concepción de historia
(historicismo del siglo XIX) adoptada en la época por el autor, seguimos su orientación
en cuanto a la importancia del contexto social en el cual las hablas analizadas fueron
elaboradas, por eso el uso también de fuentes no orales.
Diferentes historiadores que retomaron la discusión sobre la memoria a partir de
lecturas de Halbwachs se contraponen a la cosificación de los hechos históricos, pero
parten de la oposición formulada por él para establecer desplazamientos sobre la
memoria colectiva y la historia. Se puede decir que la historiografía incorpora la
preocupación con la memoria, inscribiendo y validando una relación entre memoria
colectiva e historia como de oposición y de conflicto. “Memoria, historia: lejos de ser
sinónimos, tomamos conciencia que todo opone una a la otra” (NORA, 1993, p. 9).
Pero, ¿será lo mismo que “todo opone una a la otra”? “Todo” es mucho, y, tratándose
de testimonios orales, hay muchos puntos entrelazando la historia y la memoria.
Según Paul Ricoeur, al colocarse como sujeto de sí misma, la historia fue
“tentada a abolir el estatuto de matriz de historia, generalmente concedido a la
memoria, y a tratar a esta última como uno de los objetos del conocimiento histórico”
(2007, p. 107). Sin embargo, este filósofo observa ahí por lo menos dos órdenes que se
cruzan y concurren entre sí. De un lado, la pretensión de disolver el campo de la
memoria en el de la historia, por medio del desarrollo de una historia de la memoria, y,
por otro lado, la resistencia de la memoria a tal dilución, “gracias a su capacidad de
historicizarse bajo una diversidad de figuras culturales” (ídem, p. 397). Son universos
de discursos que, en la operación histórica, todavía subsisten en oposición,
sobrepuestos o, a veces, ajenos unos a los otros, pero que evidencian la falta efectiva de
ruptura con la tradición aristotélica, que definió memoria como “conocimiento del
pasado”. Otro punto, considerado como dilema paralizante por Paul Ricoeur, es la
polarización entre memoria personal y memoria colectiva, o sea, sobre quién sería el
“sujeto verdadero de las operaciones de la memoria”. Sobre esa polaridad, este autor
discute la hipótesis de un plano intermediario de referencia en el cual se operarían los
cambios entre la memoria viva del individuo y la memoria pública de las comunidades
a las cuales pertenecen, pues no sería “solamente con la hipótesis de la polaridad entre
memoria individual y memoria colectiva que se debe entrar en el campo de la historia,
sino con la de una tríplice atribución de la memoria: a sí, a los próximos, a los otros”
(ídem, p. 142).
El trabajo con testimonios orales evidencia ese movimiento, colocando las
imbricaciones de esas atribuciones de la memoria, pues se enfrenta con múltiples
temporalidades y representaciones sobre el pasado actualizadas en el presente. En ese
plano, la contribución de Michael Pollak, al establecer otras relaciones entre memoria e
historia, abre nuevas posibilidades para el trabajo en el campo de la historia, sobre todo
cuando se trabaja con fuentes orales. Lector de Halbwachs, Pollak critica la idea de
cosificación de los hechos históricos, pero reconoce en la memoria colectiva el carácter
potencialmente instigante de ubicarla bajo otra perspectiva: “No se trata más de trabajar
con los hechos sociales como cosas, sino de analizar cómo los hechos sociales se
vuelven cosas, cómo y por quién ellos son solidificados y dotados de duración y
estabilidad” (1989, p. 04). Para Pollak, la aplicación de este abordaje a la memoria
colectiva sería una oportunidad para comprender cómo las memorias son constituidas y
formalizadas en el interior de los procesos históricos.
Por cierto que las memorias de las militantes sobre el MMA son individuales,
pero, no obstante eso, debemos considerar que son producidas también a partir de las
memorias de otras militantes. Así como, de algún modo, retoman, sea para contraponer
o para afirmar otras memorias producidas en otros lugares, como en los medios de
comunicación o en la academia. Más allá de eso, al ser narradas, son reconstituidas
considerando otras dimensiones, como, por ejemplo, ¿cuál memoria del movimiento y
de sí se quiere privilegiar en detrimento de otra que se desea olvidar o prohibir? ¿Qué
es lo que el otro que pregunta, que escucha “mi narrativa”, desea oír? ¿Qué es lo que él
debe oír? Son cuestiones importantes y que necesitamos incorporar en nuestros análisis.

Militancias...
Luci y Adélia tienen en común el origen campesino y sufrieron en la piel las
grandes dificultades por las cuales las familias de pequeños agricultores brasileños
siempre pasaron. Luci, aunque le gustaba mucho estudiar y era buena alumna, fue
sacada de la escuela a los 12 años. Adélia, que tampoco pudo estudiar, tuvo que trabajar
en la ciudad, sólo consiguiendo ser nuevamente agricultora a través del casamiento.
Llamamos la atención acerca del hecho de que el acceso a la tierra por parte de las
mujeres generalmente se da, en el Sur del país, a través del matrimonio, pues la
propiedad rural es dividida preferencialmente entre los hijos hombres (PAULILO,
2003). Luci y Adélia al comienzo recorrieron el itinerario ya trazado como caminos
históricamente determinados a las mujeres que vivían en el campo en la época.
Interrumpieron sus estudios temprano, pues necesitaban ayudar en casa, tanto en el
trabajo doméstico y en la agricultura, como el caso de Luci, como para contribuir con el
sostenimiento de la casa por medio de otro trabajo, como fue el caso de Adélia. Se
casaron temprano, tuvieron sus hijos: Luci, cuatro, y Adélia, seis. Y, como era de
esperar, trabajaban en casa, cuidaban los hijos y laboraban en la tierra. Adélia, además
de los hijos, cuidó a la suegra, con quien vivió cerca de 20 años. Pero, en cierta altura
de sus vidas, según demuestran sus testimonios, el inconformismo con lo que
consideraban una injusticia hizo que procurasen medios para entender y cambiar esa
situación. El primer punto de apoyo que encontraron fue la Iglesia Católica Progresista,
inspirada en la Teología de la Liberación. Pero no sólo Luci y Adélia comenzaron a
“salir de casa” a través de la Iglesia. Como muestran Casagrande (1991) y Daboit
(1996), ése fue el recorrido de una inmensa mayoría de las militantes del MMA. Sin
embargo, aun ese camino estuvo lleno de dificultades. Zulma, por ejemplo, militante
que estuvo involucrada en diferentes luchas políticas en el Oeste en la década de los
1980, al conceder una entrevista en 2001, en el asentamiento Conquista en la Frontera,
en la ciudad de Dionísio Cerqueira/SC, dijo:

Yo comencé toda la historia con las mujeres agricultoras, yo comencé


la caminata en la iglesia orientada por las hermanas, orientada por la
pastoral, por las líderes que venían a prepararnos en ese sentido, de la
liberación de la mujer. Y uno estudiaba mucho la Biblia para la
liberación de la mujer. Estudiaba la historia de la mujer que se
resignaba. (...) Pero comenzó una separación mayor en esa caminata,
un rompimiento del movimiento de las mujeres en relación con la
iglesia... Pero para la organización de las mujeres la iglesia fue muy
importante. (...) hablando en la cuestión de la iglesia, en los
movimientos populares en general los análisis comenzaron a
profundizarse y de ahí se empezó también a rever la historia de la
iglesia en esa cuestión, y de ahí se fue descubriendo mucha cosa que
colocaba en choque la autoridad de la iglesia, esa cuestión de la
espiritualidad, de ser nuestro guía, de ser la orientadora de la nuestra
fe, porque comprometía su práctica como iglesia. La iglesia también
tiene una historia de represión, una historia que nos recriminaba y no
que nos liberaba. (Zulma [nombre ficticio], en entrevista concedida a
Cristiani Bereta da Silva el 9/1/01).
De la misma forma que Zulma, Luci también tuvo que alejarse de la actuación
junto a la iglesia para poder continuar su militancia política, antes de la creación del
Movimiento de Mujeres Agricultoras (MMA), en 1983, en el Oeste catarinense. En
1979, cuando todavía era ministra de la eucaristía, el cura de su parroquia no quería que
ella fuera a un encuentro de la Pastoral porque ese rol era sólo de los hombres. Luci
consiguió ir, pero, como era la única mujer dentro del auto, tuvo que soportar el mal
humor de los tres hombres que la acompañaban. Según sus palabras, “viajaron todo el
tiempo molestos conmigo” (SCHERER-WARREN y ROUSSEAU, 1999, p. 127/8).
Aun siendo la iglesia un lugar siempre permitido para las mujeres, una cosa era
ir a la misa los domingos y otra, militar dentro de la institución. De la misma forma, la
presión contraria de la familia podía ser muy fuerte, como muestra Adélia.

Yo venía siendo invitada hace mucho tiempo, porque, cuando era


joven, siempre fui una líder. Siempre tuve facilidad de captar las
cosas. Pero, como vivía con mi suegra, ella no permitía que yo saliera
de la casa, ni para la catequesis, ni para nada, yo no podía asumir
nada. Y como también crié a mis seis hijos y viví casi 20 años con la
suegra... Entonces, ella murió, 80 y pocos años, sólo después empecé
a militar. Entonces, las mujeres me invitaban para el movimiento, para
que yo lo dirigiera. Mi suegra murió en febrero, en marzo, abril yo ya
me había vuelto líder de la comunidad (Charla en la
UFSC/Florianópolis, en ocasión de la conmemoración del 8 de marzo,
5/3/2007).

A pesar de las dificultades y de los límites impuestos por la visión que los
religiosos tenían sobre el rol de las mujeres en la sociedad, el trabajo de la Iglesia en el
Oeste catarinense, en la década de los 1980, es recordado como un hito en el proceso de
“liberación” de las mujeres, vía Pastoral de la Tierra y Comunidades Eclesiales de Base,
bajo el liderazgo del obispo Don José Gomes (1921-2002), quien, desde la década de los
1970, apoyó las movilizaciones de los agricultores de la región (CASAGRANDE,
1991).
Luci y Adélia se volvieron líderes nacionales. Oriundas ambas del medio rural
de Santa Catarina, Luci fue la tercera mujer en la historia que ocupó el cargo de
diputada estadual en 1986, en Santa Catarina, y en la década de los 1990, llegó al
Congreso Nacional, hecho sorprendente para alguien de origen campesino. Fue, por dos
mandatos (1998-2002 y 2002-2006), elegida diputada federal por el Partido de los
Trabajadores y, hoy, es presidente de ese partido en Santa Catarina. Adélia comenzó a
formar parte del liderazgo del MMA en 1991. Empezó como líder de su comunidad,
“con miedo a todo, sabiendo que yo sólo sabía cocinar, sacar leche, trabajar en la
plantación...”, como ella misma afirmó. El miedo, sin embargo, no le impidió asumir la
Coordinación Regional, después la Estadual. Por cinco años, participó de la
Coordinación Nacional y, en 2007, año en que nos contó su trayectoria, estaba
terminando su cuarto mandato en la Ejecutiva Estadual.
El MMA fue ganando fuerza a medida que, a través de posibilidades abiertas por
la Constitución de 1988, las mujeres rurales fueron teniendo acceso a derechos ya
garantizados para las mujeres urbanas. El reconocimiento de las agricultoras como
“productoras rurales”, teniendo con eso acceso a los derechos previsionales, fue una de
las grandes conquistas de los movimientos sociales rurales, entre ellos el MMA. Esos
derechos se referían a la jubilación a los 55 años, salario-maternidad, auxilio-
enfermedad y pensión por viudez. Pero no fue una conquista que se consiguió
implementar rápidamente. Dos factores retardaron el acceso: la demora en la
reglamentación de las nuevas leyes y la falta de documentación de las mujeres rurales.
Un ejemplo de la demora en la reglamentación puede ser visto en el caso del salario-
maternidad, que, aunque ya establecido en 1991, sólo se efectivizó en marzo de 1994, a
pesar de la gran movilización hecha en 1992 frente al Congreso Nacional, movilización
que, como ya vimos, impresionó positivamente a Florestan Fernandes.
Hasta mediados de los años 1990, la lucha por la reglamentación de los derechos
laborales garantizados por la Constitución fue un gran estímulo para las acciones del
MMA. A partir de ese momento, comienza a haber un reflujo en su forma de actuación
más visible, o sea, las grandes movilizaciones. Decimos “más visible”, porque el
movimiento, aun en reflujo, mantuvo otra faz, muy importante, que es la de ser un lugar
donde las mujeres consiguen percibir que situaciones vividas como personales son, de
verdad, causadas por la situación social en que están insertadas. El hecho de que se
reúnan sin la presencia masculina, que para ellas es inhibidora, hace que miedos y
vergüenzas, profundamente arraigados, sean socializados y, a través de una especie de
proceso de catarsis, se vuelvan menos amenazadores. Ese esfuerzo de verbalización
provoca fuertes emociones que llevan muchas veces al llanto. Tanto el hecho de que se
reúnen sólo entre mujeres como la liberación de sentimientos reprimidos son bastante
criticados por otros movimientos sociales, aun por las mujeres del MST y las
sindicalistas. Adélia nos cuenta en colores vivos cómo son esos momentos. Su
testimonio es tan contundente que, aunque ya lo hayamos hecho público anteriormente,
volvemos a reproducirlo:
Yo ya participé de varios llantos colectivos en los encuentros. Ya
participé en muchos momentos en que una lloraba junto con las
mujeres, porque, para una, fue emocionante, porque conseguiste la
confianza de ellas, para que ellas hablaran lo que en ningún espacio
habían hablado. Eso, para nosotros, es una conquista, conquistar un
grupo, hablar de cosas que las mujeres lloraban y decían: “Yo nunca
tuve coraje de decir esto en ningún lugar. Y una las incentivaba: no,
suelta todo, suelta todo, puedes hablar lo que te está acosando, lo que
te está cerrando, suelta todo, ¡porque tienes el derecho de ser una
persona libre! Y si comienzas a hablar, quién sabe, las cosas se ponen
más fáciles. (...) Ahora, si hubiera un hombre presente, ¿eso habría
ocurrido? No habría ocurrido, por eso es importante un espacio sólo
para mujeres. Para mí, fue una gran conquista, yo conseguí hacer que
la persona se soltara para hablar, sin haber hecho un curso de
Psicología. Pero la Psicología, tú puedes practicar también, tú
aprendes también haciendo las cosas, ¿no? (Adélia Schmitz, líder
nacional del MMC. Entrevista concedida a Maria Ignez Paulilo y
Cristiani Bereta da Silva el 5/3/2007).

Los años 1990 no fueron de cambios solamente para el MMA. Las especialistas
en movimientos sociales Ilse Scherer-Warren (2006) y Maria da Glória Gohn (2003)
muestran cómo modificaciones en el contexto político trajeron cambios en la forma de
las luchas reivindicatorias. Hubo una institucionalización de los movimientos sociales y,
consecuentemente, las grandes manifestaciones públicas se fueron reduciendo. Pero,
para esas autoras, los cambios no deben ser traducidos como debilitamiento; son formas
nuevas y diferentes de organización y actuación que pueden traer, inclusive,
fortalecimiento. Scherer-Warren (2006) defiende la potencialidad emancipatoria que
una de las transformaciones importantes ocurridas –que es la organización, en América
Latina, de los movimientos sociales en redes– trajo en cuanto a la capacidad de articular
diversidades regionales, creando utopías que se unificaron a través del lema “Otro
mundo es posible”.
Scherer-Warren (2006) hace referencia explícita a la Vía Campesina, que,
habiéndose expandido a través de los foros sociales mundiales, creó en América Latina
un espacio propio de articulación política global. En 2004, realizaron en Brasil su IV
Conferencia Internacional, bajo el lema: “Globalicemos la lucha, globalicemos la
esperanza”. Las cuestiones más discutidas se referían a la soberanía alimenticia,
semillas transgénicas y reforma agraria. La amplitud del encuentro puede ser medida
por la presencia de representantes de organizaciones campesinas de 80 países, 18 de
ellos de América Latina y el Caribe. De este encuentro, todavía según la autora, salieron
las directrices para acciones de gran impacto político, que tuvieron lugar en los años
subsecuentes, tales como las ocupaciones de las canteras de la Aracruz Celulosa, en Río
Grande do Sul, y la destrucción de uno de sus laboratorios el 8 de marzo del 2006, lo
que causó gran repercusión en los medios.
Cambios tan significativos difícilmente podrían encontrar consenso entre los
antiguos militantes de cualquiera de los movimientos sociales fuertes en la década de
los 1980. Lo mismo ocurrió con la filiación del MMA a la Vía Campesina. En 1995,
hubo una unificación exitosa, a nivel nacional, de los diferentes movimientos
autónomos de mujeres rurales que constituyeron la Articulación Nacional de los
Movimientos de Mujeres Trabajadoras Rurales (ANMTR). En esa articulación, el
MMA ejerció un rol decisivo, pues el área continua formada por el Noroeste de Río
Grande do Sul, el Oeste de Santa Catarina y el Sudoeste de Paraná congregaba las
organizaciones más activas y, por eso, acabaron por obtener la dirección del
movimiento a nivel nacional. Prueba de eso fue el hecho de que el MMA conservó esa
misma denominación, sin nunca haberse autodenominado MMTR-SC. Tal vez, en ese
momento, ya hubiese comenzado a surgir un germen de disidencia, que hizo que hoy
tengamos por lo menos dos vertientes del Movimiento de Mujeres Agricultoras: el
MMC y el Movimiento de Mujeres Trabajadoras Rurales del Nordeste, que tiene su
sede en Pernambuco (MMTR-NE) (BORDALO, 2007). La relación entre esas dos
vertientes se ve aun perjudicada por el hecho de que algunas líderes del MMC
consideran que su actuación es “más avanzada” políticamente que la de los antiguos
movimientos autónomos.
El nuevo contexto modificó también, de forma diferente, la visión que nuestras
dos entrevistadas, Luci y Adélia, tienen de la importancia de la transformación del
MMA en MMC. Mientras para Adélia ese fue un paso hacia adelante, Luci teme que
el cambio haya sido prematuro, sin haber tenido en cuenta la identificación que las
agricultoras tienen con el MMA y con la ANMTR, en la medida en que fueron esas
organizaciones las que posibilitaron la implementación de los derechos previsionales,
que trajo mejorías significativas en la condición de vida de las mujeres rurales.
Para Adélia, el uso de la sigla MMC es más que un paso adelante; es una vuelta
a los orígenes, en el sentido de reconocer la condición campesina de las mujeres
agricultoras. En una charla que dio durante las conmemoraciones del Día Internacional
de la Mujer en 2007, ella dijo que, en sus grupos de estudio, las militantes fueron a
buscar el significado de la palabra “campesino” y descubrieron que campesino sería
aquel que produce su propia alimentación. Como una de las actuales banderas de lucha
de las mujeres rurales es la soberanía y la seguridad alimentaria, nada más adecuado que
autodenominarse “campesinas”. Para ella, la unificación de los movimientos autónomos
fue un cambio positiva.

Porque no es sólo Santa Catarina (...), nosotras estamos trabajando a


nivel nacional, porque hoy somos un movimiento nacional, ¿no? A
partir del 8 de marzo de 2004, nosotras somos el Movimiento de
Mujeres Campesinas del Brasil, antes (...) cada estado tenía su sigla,
nosotras aquí en Santa Catarina éramos el MMA, en Rio Grande do
Sul era la MMTR, en Paraná era MMTR, y así sucesivamente, cada
estado tenía su sigla, pero a partir del 8 de marzo de 2004 nosotras
tenemos un movimiento único a nivel nacional, hoy estamos
(presentes) en 19 estados (...), en todas las capitales de esos 19 estados
las mujeres campesinas están concentrándose, haciendo sus
actividades y en Brasilia nosotras tenemos una gran (parada) también,
enfrentando los órganos públicos con nuestras reivindicaciones
(Charla en la UFSC/Florianópolis, en ocasión de la conmemoración
del 8 de marzo, 5/3/2007).

Mientras que para Luci:

No es la nomenclatura lo que cambia la línea política. Siempre fue


Movimiento de Mujeres Agricultoras, de repente, MMC, Movimiento
de Mujeres Campesinas. Eso no fue comprendido. Por las líderes, sí,
pero por la base no (...). Entre mi comprensión y la comprensión de la
mayoría, hay diferencias. En el primer curso de formación, en 1994, al
que yo fui, estaba el profesor Ranulfo, nunca me olvidé de él. Él dijo
una frase que recuerdo siempre: “No todo, por más correcto, más cierto
que sea para mí, si yo no consigo ser comprendido y ajustarme con la
mayor parte, no va a ser aceptado”. Porque sucede lo siguiente: para las
personas, ellas ya asimilaban el Movimiento de Mujeres Agricultoras, el
movimiento conquistó jubilación, conquistó salario-maternidad, ¡no es
fácil que cambies! Tal vez un proceso más largo para cambiar de
nombre. (Luci Choinaski, entrevista concedida a Maria Ignez Paulilo y
Cristiani Bereta da Silva el 5/11/2008).

Todavía según Luci, hay municipios en los estados del Sur de Brasil donde tanto
está presente el MMC cuanto el MMA. Informaciones dispersas que obtuvimos de
manera asistemática confirman esa afirmación. Todavía es temprano para tener claro si
la nueva forma de organizarse y protestar de los movimientos de mujeres rurales
reunidos en el MMC será solamente un factor de exclusión de los grupos más
resistentes al cambio o si de esta escisión resultará una pluralidad de acciones que podrá
ser benéfica para la conquista de mayor igualdad y equidad social, especialmente de
género, en el medio rural brasileño.
Concluyendo...
Las memorias sobre la organización de las mujeres agricultoras en Santa
Catarina proporcionan un ejercicio crítico de reflexión sobre las relaciones de poder, la
búsqueda por la igualdad, la transformación y lo nuevo, aunque todavía por tentativas.
De todo modo, lo que muchas narrativas traen son elementos regulares que ponen en
perspectiva las relaciones de poder entre hombres y mujeres, pero también, es
importante notar, entre mujeres y mujeres, tensiones que evidencian discursos cuyos
efectos terminaron por encontrarse de manera bastante significativa en la cotidianidad
de trabajo, en las relaciones familiares, afectivas y no menos políticas. Espacios
imprescindibles en el proceso de cambio que estaba en curso. Para las mujeres
agricultoras, hasta entonces, los espacios políticos legítimos eran lidiar con la tierra, con
la casa, en la iglesia y, cuando mucho, el involucrarse en las actividades comunitarias.
No era la calle, el Sindicato, el Partido Político o aun la Pastoral de la Tierra. ¿Qué
decir, entonces, del Congreso Nacional?
Eso queda bien evidente cuando observamos la participación de las mujeres en
otro movimiento social, el MST. En la década de los 1980, la propia formación de
líderes era dirigida a los hombres, y no a las mujeres, pues a ellas cabía discutir y
solucionar problemas relativos a las mujeres: salud, guardería, familia, higiene.
Inicialmente, no les cabía discutir el título de la tierra, los préstamos para la maquinaria
o insumos, la obra social, la herencia, etc. (SILVA, 2004). Son relaciones de fuerza que
están en juego más que cualquier otra cosa. Relaciones de fuerza que involucran
hombres y mujeres, sus valores y nociones de mundo, subjetividades que construyen
diferencias de género, informan roles, fijan posiciones, imponen jerarquías y disputan
memorias.
La emergencia de un movimiento social sólo de mujeres y agricultoras provocó
cambios sustantivos, empezando por ellas mismas, en sus relaciones familiares, en las
relaciones políticas, etc. Pero también y, sobre todo, reveló nuevas cuestiones a ser
pensadas por las instancias del poder público a a las que recurrían para reivindicar sus
derechos a lo largo de las décadas de los 1980 y los 1990. La militancia y la
participación en ese movimiento, en sindicatos y en partidos políticos fueron apuntando
caminos diferentes para Luci y Adélia. Luci seguiría su militancia por la vía
parlamentaria, y Adélia siguió su trabajo en el MMA y, en los últimos años, está entre
las líderes más respetadas del ahora MMC. El proceso de lucha instaurado con fuerza en
la década de los 1980 sigue de otra forma. La existencia de esos movimientos sociales,
sobre todo los rurales, desde nuestro punto de vista, hizo mucho por el desplazamiento
de percepciones sobre las cuestiones sociales, culturales y políticas, y abrió
posibilidades para que grupos sociales marginalizados en sus derechos pudieran luchar
para conseguirlos.
El uso de narrativas orales –lejos del romanticismo y de la pretensión de la
“contra-historia” de la década de los 1960– se constituye en metodología de trabajo
privilegiada cuando nos detenemos en estudios sobre movimientos sociales, como el
MMA. Primero, porque éste ocupa lugar en un tiempo bastante reciente, bajo el
dominio historiográfico de una “historia del tiempo presente”. Segundo, porque abre
posibilidades de interpretación sobre “cosas del pasado” –aunque reciente–, a partir de
testimonios de sujetos “que estaban allá”. Es evidente que, en nuestro caso, no
ignoramos el hecho de que fueron testimonios realizados en la condición de portavoces
autorizados. Pues, Luci Choinaski y Adélia Schmidt son referencias importantes y
legitimadas cuando se trata del Movimiento de Mujeres Agricultoras. Recordando a
Paul Ricoeur, son testigos que se declaran testigos, nombrándose a sí mismas como
tales (y siendo nombradas, es importante destacar), construyendo el “allá” en relación
con el “aquí”. (2007, p. 172-174). Condición que implica, en parte, un aporte específico,
pero no menos enriquecedor del punto de vista de la operación histórica. Aunque
consideremos que fuentes orales cuentan menos sobre eventos que sobre significados
(PORTELLI, 1997), las narrativas orales de Luci, Adélia y tantas otras militantes
siempre serán capaces de sorprendernos, revelando aspectos desconocidos de
acontecimientos conocidos, resignificando cuestiones todavía poco exploradas en las
investigaciones, enfatizando aspectos todavía poco valorizados en la escritura de la
historia de las mujeres campesinas y, sobre todo, disputando memorias posibles sobre sí
mismas.

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