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Albin Lesky

El texto analiza la vida y obra de Sófocles, destacando su relación con Atenas y su evolución como dramaturgo en un contexto de cambios políticos y culturales. Se menciona su contribución al teatro griego, incluyendo la introducción de innovaciones como el tercer actor y el aumento del número de coros. A lo largo de su vida, Sófocles mantuvo un fuerte vínculo con su ciudad y su cultura, reflejando en sus obras tanto la grandeza como los peligros de su tiempo.

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Albin Lesky

El texto analiza la vida y obra de Sófocles, destacando su relación con Atenas y su evolución como dramaturgo en un contexto de cambios políticos y culturales. Se menciona su contribución al teatro griego, incluyendo la introducción de innovaciones como el tercer actor y el aumento del número de coros. A lo largo de su vida, Sófocles mantuvo un fuerte vínculo con su ciudad y su cultura, reflejando en sus obras tanto la grandeza como los peligros de su tiempo.

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Albin Lesky

la tragedia
griega

nueva colección labor


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S ófocles, para cu yo na cimiento, ju n to a los datos de otra s fu en­


tes, la C rónica de Pa ros in dica com o más p rob a b le la fecha de 497/6,
no fu e más de vein ticin co años más joven qu e E squ ilo. Pero este
lapso de tiem po significa mu cho en el b orra scoso transcu rso del
siglo ! " y en cierra un profu n d o significado la antigu a tra dición que
afirma que, después de la b ata lla de Salamina, en la qu e com b a tió
E squ ilo com o hom b re ya ma du ro, S ófocles niño cantab a en el peán
de victoria del coro de mu chachos. L a época en qu e el poeta se
desa rrolló era distinta de la de E squ ilo. La jom a d a de M a ra tón le
sorprendió siendo un niño qu e no llegó a com p ren d er el terrib le
p eligro ni el m ila gro de la salva ción p or ob ra de los dioses, y el
h orror en el alma del niño, cu ando su ciu dad fu e consu mida por
las llamas, se desvaneció b a jo los alegres sones del ca nto de victoria .
Ta m b ién él creció en una gran época de Atenas, p ero la gran­
deza de esta ciu dad era distinta de la de la época de los persas.
E sta época no fu e fru to de la más extrem a necesida d y de la ayuda
de los dioses, sino qu e fu e el espléndido cu m plim ien to de orgu llosas
ideas de poder. Lo qu e los dioses hab ían nega do a la p rop ia fu erza
de los helenos pa recía ha cerse ahora realidad. La alianza m a rítim a
(478/7) reu nió vastas zonas de pob la ción helénica, la rela ción de
alianza, aún p oco consistente, a dqu irió form a s más firmes, y en
mu chos aspectos, com o en los comienzos de u na ju ris d icción ú nica
y en la acu ñación de moneda, empeza ron a dib u ja rse los perfiles
de un E sta do ático. E n la fies ta oficia l de las grandes D ionisias, se
despliega en las em b a ja da s de los a liados el b rillo de la nu eva estru c­
tu ra política , y Atenas, com o señora d el mu ndo helénico, apa rece

..,
com o fin ú ltim o de tod o el proceso. C u ando S ófocles ha llega d o
a la eda d adu lta, la ciu da dela de Atenas, el m on te de los dioses,
em p ieza a ser a dorn a da con ob ra s qu e eleva n el a rte griego a su
m a yor altu ra, y en la a dm in is tra ción de Pericles parece ha b er a dqu i­
rid o la dem ocra cia form a s definitivas.
E sta evolu ción fu e b orra s cos a y p eligros a al m ism o tiem po.
La escasez de m edios de p od er y la presión extern a hab ían lleva d o
a la comu nidad, en tiem pos de los persas, al b ord e de la ru ina, de
la cu al la salvaron las virtu des cívicas y la ayu da de los dioses. E l
ca m ino era escarpa do, p ero cu anto m a yor era la altu ra qu e alcan­
zaba, ta nto más gra ves eran los p eligros qu e nacían a hora de lo ex­
ces ivo de las pretensiones, de la rica vid a in terior. E l espíritu de
M a ra tón con virtiós e en leyenda , nu evas a spira ciones in telectu a les
trata b an de configu ra r la im a gen del mu ndo sin los dioses qu e a llí
hab ían tom a do p a rte en las luchas. La s olidez de la form a p olítica
esta b a en rea lida d ga ra ntiza da sólo p or m ed io de un hom b re, su
ca u dillo, y ya se hacían s en tir las fu erzas qu e cu ando éste fa lta ra
hab ían de cau sar su desintegra ción. Y sob re tod o estab a la inelu ­
dib le dispu ta con la segu nda gra n poten cia helénica , con E spa rta ,
qu e ha b ía de tra er un com p leto cu m p lim ien to o el cola pso tota l.
S ófocles vivió esta vid a llen a de grandeza y p eligro, que, a pesar
de tod o el in crem en to extern o del poder, perm a n ecía en las sólidas
conexiones de la polis, y sus ob ra s dan fe de qu e conocía los „dos
a spectos de esta vida : la orgu llos a in cóñ dicion a lida d de la volu nta d
hu mana y los p oderes qu e tenía n prepa ra da la destru cción. S ola ­
m ente así se explica cóm o el m ism o h om b re cu ya felicid a d era
p roverb ia l en Atenas, cu ya a legría de vivir nos la refleja el gra cioso
rela to de su con tem p orá n eo Ion en sus E pid e m ias (Athen. X III,
603e = fr. 8 B lu menth.), qu e con el hechizo de su ca rá cter se gra n jeó
el a m or de todas las personas (vita 10), su piera d es crib ir en su
ob ra el más terrib le d olor com o ningún otro au tor, y creara las más
trá gica s figu ras del tea tro ático.
La estrecha vin cu la ción de S ófocles con res p ecto a su ciu dad,
vin cu la ción que, a d iferen cia de E squ ilo y de E u rípides, le im p id ió
h a cer caso del lla m a m ien to de algú n prín cipe qu e le in vita ra a ir
al extra n jero, se nos manifiesta en trip le form a : en su ob ra litera ria ,
en el desem peño de los ca rgos pú b licos y en el s ervicio del cu lto
de Atenas. N o hab ía cu m p lid o los treinta años, cu ando en 468 triu n fó
con u na tetra logía qu e contenía el Trip to le m o . Si hemos de da r
créd ito a Plu ta rco (C im on 8), su prim era represen ta ción fü e al
m is m o tiem p o su p rim er triu n fo. Las circu nstancias de este triu n fo
fu eron extra ordina ria s. Tan gra nde fu e la im presión cau sada p or

.(6
la representación, qu e el a rconta d irector de los espectácu los cedió
el ju icio de la misma al colegio de estrategas, b a jo Cimon. P or mu y
poco qu e sea lo qu e sepamos del Trip tole m o, creemos, sin emb argo,
encontra r la fu erza de E squ ilo en el discu rso con que D em éter envía
al joven h éroe para lleva r sus b endiciones al mu ndo, en la abun­
dancia de deta lles geográ ficos en la descripción del via je. E sto con­
cu erda con un testim on io del p rop io a u tor (Pu t. de p rof. in virt. 7)
de qu e al p rin cip io estu vo gran demente b a jo la influ encia de
E squ ilo, con el cual du rante algú n tiem po coin cid ió su p rop ia la b or
creadora, y qu e pos teriorm en te halló el p rop io camino a través de
lo tosco y a rtificios o hasta llega r a la serena natu ralidad. S ólo posee­
mos ob ra s de la edad madu ra y de la vejez, p ero creemos reconocer
todavía en Ay ax vestigios de la fase prim itiva .
Segú n era usual en la época, S ófocles se presentó al p rin cip io
ta mb ién com o actor, com o E squ ilo en la p rim era época de su crea­
ción litera ria . La tra dición nos dice qu e b a iló en su papel de N au ­
sicaa en las P ly ntriai, qu e toca b a la lira en Thamy ras, la tragedia
del tra cio qu e desafía a las musas a una com petición y éstas, para
castigarle, le envían la cegu era (Athen. I, 20). N os dice además la
tra dición qu e la voz del poeta resu ltaba insu ficiente. H em os de con­
tar con la posib ilida d de que al au mentar las pretensiones del teatro
se p rod u jo la diferen cia ción entre el au tor y el actor.
La ob ra del poeta no se interru m pió hasta su edad avanzada,
y de su fecu ndida d nos da fe la noticia de qu e los eru ditos a leja n­
drinos cla sificaron 123 b a jo el nomb re de S ófocles y hasta nosotros
han llega d o 114 títu los. A diferencia de lo que ocu rrió con E squ ilo
(Aris tófa n es, Ranas 807), él nunca tu vo qu e qu eja rse de su pú b lico
ateniense. E n el certamen trá gico los ju eces le concedieron a me­
nudo, el p rim er prem io, jamás fu e cla sifica do en tercer lu gar.
[S ófocles tiene sus raíces, com o veremos, en la tradición. Pero
da fe del espíritu de una nueva época, cu ando le vemos esforza rs e
p or res olver cuestiones teóricas rela tivas a su crea ción litera ria . Los
antigu os tenían conocim iento de un escrito en prosa "S ob re el
coro", y está perm itid o su poner que en él se hablaba del au mento,
p or él in trodu cido, del nú mero de coreu tas de 12 a 15. Ta m b ién dio
a la tra gedia el tercer actor. E squ ilo lo em pleó ya en su O restíada.
^ S ófocles llegó muy lejos en la vida del E stado. E n 443/2, cu a ndo J
se reorga niza ron los distritos de trib u to, fu e tesorero del tesoro de
la alianza (H ellenota m ia s, IG I 2 202, 36) y poco después, en la gu erra
de Samos (441-439), ju nto con Pericles, fu e u no de los estrategas,
ca rgo que desempeñó otra vez, prob a b lemente hacia el año 428, en
la gu erra contra los aneos. C iertamente no fu e ni un gran general

.(.
ni un gran p olítico, p ero las virtu des cívica s del b u en ateniense se
ha lla b an reu nidas en él, com o nos d ice Ion de Q u íos (E p id . fr. 8
B lu menth^V P or ello com pren dem os ta m b ién qu e le encon trem os
com o m iem b ro de la corp ora ción de los diez p rob u los qu e, después
del desastre de S icilia (413), hab ía de con stitu ir en la democra cia,
qu e se resqu eb ra ja b a , un elem ento de a u torida d salvadora, aunque
sin p od er evita r el derru m b a m iento. P or lo menos, no tenemos
ningú n m otivo de peso para no recon ocer a nu estro p oeta en el
person a je m en cion a do p or Aris tóteles (rh et. 3, 1 419a).
La estrecha rela ción entre S ófocles y el cu lto de su p a tria halló
su expresión en el s a cerd ocio que él in vis tió para el dem on io ático
de la m edicina H a lón. B a jo la im p res ión cau sada p or u nos hallazgos
qu e en la la dera oes te de la A cróp olis pu sieron al descu b ierto el
tem p lo de un dios m éd ico lla m a do Am ynos, se ha qu erido camb ia r
el n om b re de H a lón tra n s m itido p or la tra dición. In vestiga cion es
más recientes han dem ostra do qu e estas dudas estab an inju stifica ­
das. Cu ando en el año 420 fu e a d m itid o en el cu lto oficia l el gran
dios de la m ed icin a E scu la pio, de E p id a u ro, S ófocles dio alb ergu e
al dios, al que ta m b ién d edicó un peán, antes de qu e ob tu viera su
p rop io santu ario. P or ello él m is m o com o héroe b ienhechor fu e
in corp ora d o a la fe de los atenienses, despu és de su m u erte, con el
n om b re de D exion. Así es com o su p u eb lo veía al h om b re en el cual
vivía un d em on io o gen io b enéfico, y qu e era rea lm ente εΰδαίμ ιον
Así es com o le vem os ta m b ién nosotros y tom a m os com o testim on io
de la rica vid a in terior del anciano su E d ip o en C olona, sin poder
ver en las n oticia s a cerca de un p roces o qu e su h ijo Y o fó n inició
con tra él p or fa vorecer u na línea secu nda ria ilegítim a , nada más
qu e una de aqu ella s chanzas de com ed ia com o las qu e entra ron
en la litera tu ra b iográ fica , inclu so p a ra E u rípides, escrita s p or p er­
sonas com o S á tiro, y cu yo fon d o rea l ya no podem os com p rob a r
y apenas va le la pena.
U n destino clem en te h izo qu e el anciano, en el otoñ o del año 406,
cerra ra para siem pre los ojos antes de qu e tu viera tiem p o de p re­
sencia r el desa stre de su ciu dad, pa ra la cu al hab ía vivid o y escrito.
Tod a la estru ctu ra de la ob ra, así com o algu nos detalles
técnicos y m étricos, no perm iten qu e haya du da algu na de qu e en­
tre las siete ob ra s qu e se han con serva do la de Ayax es la más anti­
gu a y a n terior a la de A ntigona, cu ya fech a más segu ra p a rece ser el
año 442. E n el m is m o com ienzo de esta pieza, y con ello en los
u mb ra les de lo qu e poseemos de la tra ged ia de S ófocles, encu én­
trase una escena qu e apenas com o ningu na otra nos revela la
im a gen qu e del m u ndo tenía el poeta .

.((
Aya x es el m ejor de los héroes de Troya . Y cu ando Aqu iles ha
caído, pu ede esperar recib ir la magnífica arma du ra del mu erto,
lab rada p or la mano de los dioses. Pero el ju icio de los aqu eos dis­
pone las cosas de otro m odo, y a dju dica las armas a U lises. La
terrib le im presión qu e esta decisión causa en el á nim o de Ayax
hemos de com prenderla a b ase de aqu el espíritu de h eroís m o homé­
rico para el cual el recon ocim ien to extern o y la va lía interna toda vía
no han dem ostra do p erten ecer a mu ndos distintos. Aya x no es
ningú n filós ofo estoico, sino el gu errero y el h éroe cuya areté recib ió
la más gra ve ma ncilla p or esta postergación. E n el exceso de su
amargu ra, qu iere venga r su hon or con las armas, pero p ierd e la
razón, y en vez de la nzarse sob re los príncipes de los aqu eos, se
lanza sob re los reb años. Ahora , cu ando com ien za el drama, Ayax
se halla sentado en su tienda y, eb rio de sangre, qu iere triu n fa r
sob re sus enemigos. U lisis ha sa lido a explora r, pa ra descu b rir sus
andanzas, y la voz de su d ivin a p rotectora Aten ea le revela lo ocu ­
rrido. Al envia rle la locu ra, Atenea ha hecho qu e la espada del loco
fu rioso se aparta ra de los prín cip es griegos. Ah ora lla ma a Ayax
para qu e salga de la tien da y con cru eles b u rlas hace qu e él mismo
manifieste hab la ndo su ob ceca ción mental, pa ra que U lises se dé
cu enta de ella. Al final de la escena (127), Atenea in terp reta con cla ­
ras palab ras el sentido de lo qu e U lises acab a de ver, desde el pu nto
de vista de los dioses. An te su poder, la dign id a d y la grandeza
humanas no son nada, un b reve día los hace b a ja r de su altu ra.
N o es el orgu llo lo qu e a provech a al h om b re feliz, sino el reflexion a r
pru dentem ente en lo tra n s itorio de su vida , y el hu millarse ante el
inconmensu rab le p od er de los dioses.
Form u lam os aqu í u na pregu nta de ca pita l im porta ncia : ¿Ha
vis to S ófocles la marcha de lo divino a tra vés del mu ndo en el
sentido de E squ ilo com o un equ ilib rio consta ntemente rep etid o
entre la cu lpa y la expia ción y la com prensión a dqu irida del fin
ú ltimo? ¿E s su Ayax un h om b re cu lpa b le qu e expía su fa lta ? C ier­
tamente, con cib ió su pla n h om icid a antes de qu e le sob revin iese la
locu ra, p ero a ese plan p reced ió una ofensa a su honor cu ya gra­
veda d intentamos antes com prender, y nada hay en esta escena qu e
indiqu e qu e su terrib le su erte se halle en el signo de cu lpa y expia ­
ción. La p rop ia Atenea dice:

119 ¿V is t e j a m á s h o m b r e a l g u n o q u e f u e se m á s se n sa t o q u e é st e o m ejo r
d isp u e st o a o b r a r c o n f o r m e a la s c ir c u n st a n c ia s?

Si posteriorm ente, en el rela to del m en s a jero (762) se dice que


Calcas ha b ló de la hy b ris de Ayax, qu e le pu so en contra posición

.()
fu nesta con los dioses, sob re tod o con Atenea, ello no significa una
revela ción del sen tido ú ltim o y p rop io, com o el qu e descu b re Casan­
dra en el dra m a de Agamenón. E s verd a d qu e ello nos su giere una
in terp reta ción en el sentido de E squ ilo, p ero esta in terp reta ción
qu eda en la su perficie de las cosas, no pen etra en su in terior,
e inclu so la au sencia de tal in terp reta ción en las pieza s posteriores,
com o se ob s erva p recisa m en te en la fa lta de cu lpa de E d ip o, el más
terrib lem en te a fecta d o p or el destino, nos ju s tifica p a ra ver en el
m otivo de C alcas del dra m a de A ya x un elem en to de teod icea esquí-
lea qu e ya a qu í com ien za a ced er su lu ga r a otra concepción.
La reflexión a la qu e nos d io pie precisa mente Ay ax es im p or­
tante para da rnos cu enta de qu e la tra gedia de S ófocles con respecto
al m otivo de la cu lpa se com p orta de un m od o com p leta m en te d ife­
rente al de la tra ged ia de E s qu iloyTa m b ién el mu ndo de S ófocles,
y p recisa m en te su mu ndo, está llen o de la presencia de los dioses.
Tod o lo qu e su cede provien e de ellos. Si en las Traquinias una
amante esposa qu e tem e p or su esposo le ocasiona una angu stiosa
m u erte d eb id o p recisa m en te a sus preocu pa ciones; si un héroe, que
lib eró de sus ca la m ida des a mu chos países, perece en m ed io de
h orrib les su frim ien tos, así pregona n las ú ltimas pala b ra s del drama:
nada hay en tod o ello qu e no sea Zeus. Ta m b ién E squ ilo conclu ye
su O restíada con la decla ra ción de la u nidad de Zeus y el destino,
y sin em b a rgo, las pala b ras de S ófocles dicen otra cosa. E n E squ ilo
nos entera m os del sentido de este destino decreta do por. Zeus, qu e
exige la expia ción de la cu lpa y lleva al h om b re a tra vés del d olor
hacia la com pren sión , p ero qu e ta m b ién conoce la gra cia (γάοις ).
En camb io, S ófocles no bu sca detrás del hecho el ú ltim o senti­
do del mismo. Tod o lo qu e existe y tod o lo qu e su cede es d ivin o;
Zeus está en es te mu ndo con todos los otros dioses, p ero el sentido
de su ob ra r no le es revela do al homb re. N o es adecu ado para el
h om b re qu erer escu driñ a r los m is terios del gob iern o de los dioses
ni ta m poco reb ela rs e contra la terrib le gravedad con qu e se deja
a menu do sentir. A los dioses les agrada, dice Atenea, el h om b re
de sano ju icio qu e sabe resignarse.
Sin em b a rgo, la grandeza del p rólogo de Ayax, qu e le hace figu ­
ra r entre las más b ella s escenas del tea tro de S ófocles, res id e en
otra cosa, res id e en la actitu d de U lises. Atenea no es a qu í sola­
m ente la au gu sta maestra de d octrin a divina ; en ella se encierra
ta mb ién mu cho de aqu ella diosa h om érica qu e tiene sus fa voritos
entre los héroes, cu yo ca mino a compañ a ella en una a mista d sentida
de un m odo en tera m en te personal. Y p or mu cha im p orta n cia que
tenga en nu estra escena la gra ve a dverten cia con que finaliza, tam­

.(/
b ién vemos, sin em b a rgo, a la diosa, qu e qu iere ofrecer al héroe
al que á precia más qu e a todos los demás el espectá cu lo del adver­
sario caído. "¿N o es la risa más agra dab le a qu ella que nos inspiran
nuestros enem igos?", le d ice a U lises. Pero aqu í, para nu estra sensi­
b ilida d, el h om b re se mu estra más gran de qu e la diosa. N ingu na
palab ra de a legría o de triu n fo acude a sus lab ios, y al pregu nta rle
Atenea, pa ra hacerle sondea r la profu n dida d de la caída, si conoce
a un héroe m ejor qu e Ayax, responde U lises profu nda m ente con­
movido:

121 E n v e r d a d q u e n o h e c o n o c i d o a n i n g u n o , n o o b st a n t e l e c o m p a d e z c o
en s u d e sg r a c ia , a u n q u e sea m i e n e m ig o , a l v e r l o e n v u e l t o en t a n c a l a ­
m it o sa s it u a c ió n , y c o n s i d e r a r n o t a n t o s u su e r t e , s i n o l a m ía . V eo ,
p u e s, q u e n a d a s o m o s c u a n t o s v i v im o s , s i n o a p a r i e n c i a s y s o m b r a s v a n a s.

( Jo s é Ale m any y Bo luf e r)

E l a rte del gran poeta consiste en revela rn os sus pensamientos


sin ha b la r fu era de la arma zón de la ob ra de arte. E n este U lises
qu eda com pleta m ente cau tivado el especta dor del drama, y en este
"en su su erte veo yo la m ía ” nos indica la a ctitu d en qu e hemos
de en frenta rn os a las tragedias de S ófocles, no solam en te a ésta.
¡In gen io hu mano y lu cha humana, ju n to con los designios inescru ­
tables de los dioses! E n esto reside aqu ella oposición irrem edia b le
en la qu e G oethe veía la esencia de todo lo trá gico y con cu yo reco­
nocim ien to hemos alca nza do precisam ente un elem ento b ásico de
la tra gedia de S ófocles. U na tragedia de un ca rá cter com pleta m ente
d is tinto al de la de E squ ilo, pero que ta m poco se refleja com o ésta
sob re un fon d o desprovisto de lo divino. Sin emb argo, la conciencia
de la tensión qu e amenaza continu a mente su existencia no hace
na cer en el homb re, representa do aqu í p or U lises, la a ctitu d de
pasiva resignación. La prepotencia de las fu erzas con las qu e se
en fren ta pu ede a rreb a ta rle la vida en cu a lqu ier momen to, p ero nc
pu ede pertu rb a rle cu ando ha a dqu irido el con ocim ien to de los lím i­
tes de su existencia y ha hecho de tal con ocim ien to una posesión
com pleta m ente suya. E n esta actitu d qu e podría m os lla m a r real­
mente heroica, reside el secreto de aqu ella serenidad s ofocleica de
la qu e hab la H öld erlin :
"M u ch os tra ta ron en va no de expresa r lo más a legre alegre­
mente, y he aqu í qu e fina lmente se me expresa p or m edio de la
tris teza ."
Sin emb a rgo, lo qu e hasta ahora hemos considera do no nos
mu estra más qu e el m a rco dentro del cual se encu entra el héroe
trá gico. Le es a jeno el hecho de que U lises tenga un profu n do cono­

.(*
cim ien to de su m od o de ob ra r; el exceso de las fu erzas qu e en él
resid en le impu lsa a ir con tra todos los p od eres de lo im previs ib le,
le hace p recip ita r su vid a en una confu sión de la qu e s ólo la m u erte
ha de lib era rle. Los ra sgos del héroe de S ófocles se nos aparecerán
aún más cla ros en otra s piezas, p or lo cu al tra ta rem os de ello más
adelante. Pero ta m b ién pa ra Ayax, sin qu e recha cem os el p rob lem a
de la culpa, sab emos desde el p rin cip io qu e de su destino, de la
desgra cia del gu errero, qu e se ve su mido en la m a yor a frenta , no
sa le ningú n otro ca m in o más qu e aqu el qu e lleva a la m u erte. Y en
la p rim era pa rte, la más extensa, del dra m a vem os a Aya x recorrer
este camino.
Llega el coro de solda dos de Salamina, im pu lsa do p or sordos
ru mores, oye de Tecm esa lo ocu rrido y lu ego ve a Aya x m ism o, qu e
ha id o desperta ndo de/su demencia pa ra en con tra rse con la h orrib le
rea lid a d y no ve ante sí más qu e la mu erte. Tecm esa , qu e él ha ob te­
n id o com o b otín, y qu e es pa ra él esposa y sierva a la vez, tra ta de
a pa rta rle de su decisión, p ero ésta está ta n a rra iga da en su alma
qu e no nota mos la más ligera va cila ción. La s palab ras de despedida
qu e dice Aya x a su h ijito son las ú ltim a s qu e tien e qu e d irigir al
niño. Tecm esa qu eda com p leta m en te en segu ndo térm ino, lo cual
corres pon de ta nto a su p os ición com o al es p íritu va ron il de la socie­
dad para la cu al S ófocles escrib ía . Ah ora el coro ta m poco sabe
ca nta r a lgo qu e no sea lo in elu dib le. Aya x vu elve a sa lir de la tien da
y sus palab ras suenan com o si hu b iera s u frid o una tra nsform a ción.
H a com p ren d id o qu e lo más déb il deb e ced er a lo más fu erte, ta m­
p oco qu iere d eja r solos a la m u jer y al h ijo, m ejor b u scar la p u ri­
fica ción en un b año en el m a r y en terra r en s itio segu ro la espada
d el in fortu n io qu e H éctor le entregó. Y qu iere a pren der la lección
de qu e el homb re, p or respeto, deb e ced er a los dioses, y ta mb ién
a los Atridas, qu e son los jefes del ejército.
C u ando se marcha, el coro p rorru m p e en u n cá ntico de a legría
y exh orta a la danza. S ófocles se com p la ce en p on er antes de la
ca tá s trofe un ca nto de ca rá cter de a legre lib era ción , y en ta l con­
tra ste no reconocem os sola mente al a rtista ; p or m ed io de la trá gica
iron ía de esta clase p ercib im os la h orrib le disona ncia en tre los
p rop ós itos hu manos y la d is posición divina. P or ello rá pida m ente
cam b ia el jú b ilo del coro. Llega un m en s a jero, en via do p or Teu cro,
el herm a no de Ayax. C alcas ha anu nciado qu e precis a m ente aqu el
día la m u erte de Aya x amenaza con la ira de Atenea. Y a hemos
h a b la do a n teriorm en te de la im porta n cia del m otivo en el con ju n to
de la ob ra. E l coro corre con «Tecmesa en b u sca de Ayax. H a y u no de
los ra ros casos en qu e la escena, du ra nte la representa ción , qu eda

.(1
desierta, y com o en Las E um énid as de E s qu ilo, ta mb ién aqu í va
ello u nido a un ca m b io de lu gar, porqu e la u nida d del lu ga r no es
ley ob liga toria pa ra esta tra gedia más antigu a. Ah ora indica la
orqu esta qu e nos encontramos en un lu gar s olita rio, lejos del cam­
pamento, sin qu e tengamos qu e pensar en una in stalación escénica
m a yor qu e algu nos arbu stos.
Apa rece Aya x y pronu ncia el m on ólogo de la m u erte en el qu e
p id e a Zeus qu e cu ide de su cadáver, al con d u ctor de las almas
H erm es qu e se digne acompañarle, p ero en la p a rte media p id e so­
b re todo a las E rinias, con palab ras en las qu e se encu entra a lgo de
m á gico conju ro, qu e le vengu en ante los odia dos Atridas. Y 'c o m o
qu iera qu e el h om b re de esa época siente su vida enteramente
com o parte de la natu raleza qu e le rodea, sus ú ltimas palabras
van dedicadas a la luz, a las aguas, al su elo p a trio y a los campos
de Troya . Lu ego se precip ita sob re su espada.
E n el p rim er discu rso qu e Aya x pronu ncia en el pleno u so de
sus facu ltades mentales, le oím os d ecir (479) qu e en tre una hermosa
vid a y una herm osa m u erte no hay para él el ca m in o in term edio de
las almas pequ eñas. E n la escena de la mu erte, estas palab ras se
hacen rea lidad. E n m edio se encu entra aqu el discu rs o de la simu ­
la ción mediante el cual a dorm ece la preocu pa ción de Tecmesa y del
coro, para qu e le dejen marchar. Recien tem en te se ha intentado,
ju n to a su significado de d eja r lib re la hora de la mu erte de Ayax,
m ostra r de este discu rso el otro significado d e qu e Ayax, p oco
antes de su fin, si no se a rrepien te precisa m ente, llega, en camb io,
a la com prensión de las conexiones cuya rotu ra deb e expia r con la
mu erte. E l pensamiento no resiste a la pasión con qu e Ayax, en sus
ú ltimas palab ras, en el m on ólogo de la mu erte, desca rga su od io
contra los Atridas, a qu ienes en su discu rso de sim u la ción p rom etía
someterse. D e la misma manera qu e la espada, qu e du rante este
discu rso tiene en la mano, pon drá fin a sus ma les de manera d ife­
rente a la qu e dice, así sus resta ntes palab ras no son otra cosa qu e
un camino hacia su destino, qu e sólo pu ede alca nza r disimu lando.
Si las palab ras de Ayax, más a llá de su fu nción dra má tica , encierra n
un significado más profu ndo, este significado s ólo pu ede ser el de
qu e el héroe con tem pla escru ta dor aqu ellos ra sgos del proceso del
mu ndo a los qu e su m od o de ser es ajeno y a los qu e se en fren ta
sin la pos ib ilid a d de un equ ilib rio. Pero en la extensión y p rofu n ­
dida d de este discu rso se nos mu estra el dra m a tu rgo que qu iere
hacernos sentir rea lm ente la engañosa ilü sión d el coro, de la cual
b rota el canto de jú b ilo.
Con la m u erte de Aya x no term in a el drama. E l coro y Tecm esa

.(<
encu entra n el cadáver, llega Teu cro, resu enan los la mentos. E nton­
ces M en ela o qu iere im p ed ir qu e se le trib u ten al h éroe m u erto los
ú ltim os h on ores fú neb res, y Aga m enón, qu e in tervien e en la escena
de la dispu ta, a poya la p roh ib ición con su au toridad. In tervien e
ahora U lises y nu eva mente a pa rece com o el represen ta n te de la
nob le mesu ra qu e d eterm in ó su a ctitu d en la p rim era escena de
la ob ra. C u ando Aga menón , a som b ra do, sin com prender, pregu nta:

U l i se s , ¿tú l e d e f ie n d e s c o n t r a m í?

responde U lises:

¡Y o , s i! Cu a n d o era l íc i t o o d ia r l e , l e o d ié .

S ign ifica tiva m en te se prepa ra n aqu í las palab ras que resu enan inten­
samente en A ntigona. A l odio, ese terrib le elem en to de confu sión
de tod o lo hu mano, se le han im pu esto sus límites. S ería a lgo des­
m ed id o y crim in a l el profa n a r, una vez mu erto, a aqu el h éroe qu e
era el más gra n de despu és de Aqu iles. Así se le concede al difu nto
Aya x su derecho, la dispu ta qu eda dirim ida , y con su m u erte no
sólo ha res ta b lecid o su p rop io honor, sino tamb ién el equ ilib rio
qu e hab ía sido p ertu rb a d o con su proceder.
E l Ay ax constitu ye un drama independiente. Es verd a d qu e la
in scripción dida scá lica de A ix o n a i( Π ο λέμ ων 1929, 161), encontra da
hace algu nos años, nos hab la de una Te le fia qu e hemos de con ceb ir
com o una trilogía , p ero en general S ófocles, y esto lo dice tam b ién
la Su da (v. Σοφοκλής ), ab andonó la com p os ición trilógica . S i en la
O res tíada, despu és de un gran p rogres o de la acción en los dos p ri­
m eros dramas, encontra m os en el tercero la solu ción, y para la
trilogía de las D anaidas podemos su poner a lgo análogo, en S ófocles
toda esta línea qu eda contenida en un solo drama. Así, la ca tá strofe
del héroe no se produ ce mu cho más a llá de la m ita d de la pieza,
y la ú ltim a pa rte nos d eja con la im presión de la solu ción ; en otros
dramas, com o en el de A ntigona, con la del equ ilib rio resta b lecid o.
Y en estas piezas, qu e consideramos qu e pertenecen al gru p o de las
tra gedia s más antigu as qu e nos han sid o conservadas, se ob serva
siem pre qu e el ord en pertu rb a do del mu ndo ha vu elto a su situ a­
ción de reposo.
U n s olo ca m ino, pred eterm in a d o p a ra él de un m od o in elu dib le
p or su p rop ia m a nera de ser, era el qu e forzosa m en te hab ía de
recorrer Ayax, y sola m ente un ca m ino conoce tamb ién Antigona.
E n esta pieza, qu e da ta prob a b lem en te del año 442, ha ocu rrid o ya

.(0
el acontecim iento de los S iete de E squ ilo, Teb a s ha sido lib era da
del p eligro qu e la amenazab a, con el fra tricid io se ha extingu id o la
descendencia mascu lina del lin a je maldito. Pei'o E teocles ca yó en
defensa de la patria, Polin ices com o el á gresor de ella. Por ello su
cadáver deb e perm a necer insepu lto, sirvien do de comida a los
perros y a las aves. E sta orden del nu evo señor de la ciu dad, C reón,
es una inju sticia ; no aqu ella in ju sticia de la na tu raleza n ob le qu e
qu iere cu mplirse a sí mism a p ero fa lla en la contextu ra del con­
ju nto, sino un crim en contra el mandato d ivin o qu e exige qu e se dé
honra a los mu ertos y que es d efen d id o por U lises en el drama Ayax.
Por ello Antigona no siente reparos, y con la firm e resolu ción de
asegu rar a su hermano su sepu ltu ra, pisa la escena. Su ca rá cter
y su decisión apa recen en contra posición al m od o de ser de su her­
mana Ismena, la cual ño defiende la p roh ib ición de Creón, p ero se
a comoda a ella. E s correcto d ecir que el p oeta hace sentir a qu í el
contraste, p ero con ello no se a gota el sentido de esta con tra posi­
ción, qu e se rep ite en E le ctra. D e este contra ste se origin a pa ra
nosotros la imagen del héroe sofoclea no en la in condiciona lida d de
su volu ntad, para la que lo condiciona do, lo reflexivo y lo cóm odo
no sólo se le a n toja una locu ra, sino que se le aparece com o una
sedu cción qu e deb e ser evitada. Y cuando Ismen a, en el cu rso de
esta escena, se aparta de su hermana, Antigon a tiene qu e rea liza r
su ob ra com pleta m ente sola, y entonces se nos aparece con toda
cla rid a d la soledad en qu e se encu entran las grandes figu ras de
S ófocles y en general todas las personas rea lm ente grandes qu e hay
en el mu ndo.
H em os de añadir aquí otra cosa: Hemón, h ijo de C reón y p ro­
m etid o de Antigona, en la p rim era parte del dra m a aparece en lu gar
com pleta m ente secu ndario, y en todo el dra m a no se le ve en nin­
guna escena ju n to a Antigona. C iertamente la tra gedia de S ófocles
no tiene lu gar algu no para el eros su b jetivo, p ero aparte de esto,
p or el m otivo qu e hemos indicado, qu edaba exclu ida toda escena
de H em ón con Antigona.
E n el canto de acción de gracias y de alab anza del coro de
ancianos teb anos oímos el jú b ilo de la ciu dad lib era da, lu ego anun­
cia C reón su prohib ición, y en segu ida nos entera mos p or un gu ardia
qu e se hallab a ju n to al ca dá ver de Polinices de qu e esta proh ib ición
ha sido infrin gid a . U na persona desconocida cu b rió el ca dá ver con
una capa de p olvo para asegu rar al alma del difu nto, media nte la
sepu ltu ra simb ólica, su entrada en la paz del mu ndo su b terráneo.
C reón se enfu rece p or hab er sido qu eb rantada su prohib ición, sos­
pecha que se tra 4' de tra ición y soborno, y amenaza con graves

.(,
ca stigos a los gu ardianes si no consigu en a presa r al cu lpable. Con­
tento, p or hab er escapado de m om en to a su ira, ab andona la escena
el gu a rdiá n, al qu e S ófocles describ e h á b ilm en te como un anciano
a stu to y locu az de la cla se social in ferior y de in ferior menta lidad.
S igu e ahora aqu el ca nto qu e hab la de la p eligros a grandeza del
s er hu mano, ca nto qu e u na y otra vez ha qu erid o rela cion a rse con
esta o a qu ella parte de la acción de una manera especial. En rea lidad
en con tra m os aqu í una con fes ión del au tor, u no de aqu ellos pasajes
en los qu e el trá gico á tico hab la a los atenienses de su época, desde
la orqu esta del Tea tro de D ionisos, con ad vertencia s y exh orta cio­
nes. C u ando se represen tó A ntigona, se estab a ya actu alizando aqu el
m ovim ien to qu e en todos los aspectos de la vid a colocab a el hacha
ju n to a las raíces del nom os . Lo qu e desde tiem p o in m em oria l pare­
cía s ólid o y consistente, santificado p or la tra dición , no pu esto en
du da en su va lidez p or ningu na persona honrada, deb ía ser p rob a d o
a hora p or la ra zón en cu anto a su solidez y fu ndamen to. S ola m ente
la ra zón hab ía de ser ju ez de lo anticu a do, qu e era a rroja d o al
m on tón de los tra stos viejos , la a rqu itecta de u na nu eva época, en
la qu e e l h om b re se desemb arazab a de las atadu ras de la tra dición
pa ra segu ir su ca m ino de perfección . C u ando ha b lemos de E u ríp i­
des, ten drem os a lgo más qu e d ecir acerca del p rogra m a de los
sofistas. E ra mu y b ien el progra m a de una época en la que la sub ida
de Atenas hacia una gra ndeza orgu llosa y p eligros a su scitab a la
pregu n ta de a donde iría a p a ra r sem eja n te d esa rrollo.
E n esa época ca ntó S ófocles el ca nto acerca de la siniestra
fa cu lta d del h om b re pa ra ensanchar más y más las fron tera s de
su d om in io den tro del rein o de la na tu ra leza y lleva r los signos
de su sob era nía hasta los confines del mu ndo. E ste afán de conqu ista
des p ierta en él a som b ro y m ied o al m ism o tiem po. La ú ltim a es trofa
dçl ca nto es una cla ra recu sa ción de a qu ellos sofistas qu e exigía n
s om eter a lo lim ita d o de su crítica la fe en los dioses y en las n or­
mas p or ellos esta b lecidas. E sta ú ltim a es trofa constitu ye u na de
las más grandes decla ra ciones qu e ja m á s se hayan p roferid o b a jo
el signo de lo ab solu to con tra la rela tiviza ción de todos los va lores.
¿H a ce fa lta d ecir tod a vía qu e estos versos, a tra vés del ateniense del
s iglo ! " alcanzan ta m b ién al h om b re com o ta l? D ejem os qu e hab le
el p oeta mismo:

332 M u c h a s c o sa s h a y a d m i r a b l e s , p e r o n i n g u n a e s m á s a d m i r a b l e q u e e l
h o m b r e . É l es q u i e n a l o t r o l a d o d e l e s p u m a n t e m a r se t r a sl a d a l l e v a d o
d e l im p e t u o s o v i e n t o a t r a v é s d e l a s o l a s q u e b r a m a n en d e r r e d o r , y a
l a m á s e x c e l sa d e l a s d i o s a s , a l a T i e r r a , i n c o r r u p t i b l e e in c a n sa b l e , es­
q u il m a co n el a ra d o , q u e d a n d o v u elt a s so b r e ella a ñ o t r a s a ñ o, la r ev u el­

.)6
v e c o n a y u d a d e l a r a z a c a b a l l a r . Y d e l a r a z a l i g e r a d e l a s a v es, t e n d ie n d o
r e d e s se a p o d e r a , y t a m b i é n d e l a s b e st ia s s a l v a j e s y d e l o s p e c e s d e l m a r
c o n c u e r d a s t e j id a s , l a h a b i l i d a d d e l h o m b r e . D o m e ñ a c o n s u in g e n io a l a
f i e r a s a l v a j e q u e en e l m o n t e v iv e , y a l c r i n a d o c a b a l l o y a l in d ó m i t o
t o r o m o n t a r a z , l e s h a c e a m a r e l y u g o a l q u e s u j e t a n s u c e r v iz . Y en e l
a r t e d e l a p a l a b r a , y en e l p e n s a m ie n t o s u t i l c o m o e l v ie n t o , y en l a s
a sa m b l e a s q u e d a n l e y e s a l a c i u d a d se a m a e st r ó , y t a m b i é n en e v i t a r
l a s m o l e st ia s d e l a l l u v i a y d e l a in t e m p e r i e y d e l i n h a b i t a b l e i n v i e r n o .
T en ien d o r e c u r so s p a r a t o d o , n o q u ed a s in e l l o s a n t e l o q u e h a d e v e n ir .
S o la m en t e c o n t r a la m u e r t e n o en cu en t r a r em ed io , p e r o sa b e p r e c a v e r se
d e l a s m o l e st a s e n f e r m e d a d e s, p r o c u r a n d o e v i t a r l a s. Y p o s e y e n d o l a i n ­
d u s t r i o s a h a b i l i d a d d e l a r t e m á s d e l o q u e p o d r ía e s p e r a r s e , p r o c e d e u n a s
v eces b i e n o se a r r a s t r a h a c ia e l m a l , c o n c u l c a n d o l a s l e y e s d e l a p a t r i a
y e l sa g r a d o j u r a m e n t o d e l o s d io se s. Q u ie n o c u p a n d o u n e l e v a d o c a r g o en
l a c iu d a d , se h a b i t ú a a l m a l p o r o sa d ía , es i n d i g n o d e v i v i r en e l l a : q u e
n u n c a sea m i h u é sp e d , y m e n o s a m ig o m ío , e l q u e t a l e s c o sa s h a g a .
(José A le m any y Bo luf e r)

De nu evo sale a escena el gu ardián, qu e tra e a hora a Antigona,


a la que ha s orpren did o en un segu ndo in tento de da r sepu ltu ra al
mu erto. D os veces vem os a la hermana d irigirs e hacia el ca dá ver
del hermano, la p rim era vez salió victoriosa , y vem os su acción
corona da p or el éxito. Pero ahora deb e su frir las consecu encias del
mismo. Es verda d qu e es técnica lo qu e de este m od o aprendemos
a conocer, y qu e nos ha sido indicada p or Tych o von W ila m ow itz
pa ra algunas otra s pa rtes de S ófocles, pero no es u na técnica qu e
s irva solamente al efecto dra m á tico y ^demu estre qu e el au tor es
un artista, sino una técnica qu e ayu da a ha cer res a lta r la estru ctu ra
espiritu a l de la ob ra de a rte y no pu ede ser separada de ella.
Creón y Antigon a apa recen en una con tra posición irrecon ci­
liab le.
E n esta gran escena hace S ófocles qu e se en cu entren los dos
fren te a frente. Aqu í decla ra Antigon a b a jo qu é signo está lu chando
y su friendo; pa ra las grandes leyes no escritas de los dioses es p or
lo qu e lu cha y su fre, ante las cu ales es un op rob io toda disposición
lega l que las concu lqu e. D e nu evo su rge de estas palab ras un gra n
conocim iento de va lid ez in tem pora l, y de nu evo no se precisa d ecir
más para qu e todos sintamos cóm o esta p rotes ta contra el om ni­
poten te E sta do qu e qu iere erigirs e en p od er ab solu to inclu so fren te
a la norma ética pa rece form u la da directa m ente p a ra nu estra prop ia
época:

450 C r e o q u e n o e r a Z e u s q u i e n m e l a s h a b ía p r o m u l g a d o , n i t a m p o c o J u s ­
t ic ia , l a c o m p a ñ e r a d e l o s d i o s e s in f e r n a l e s , h a im p u e s t o esa s l e y e s a l o s
h o m b r e s , n i c r e í y o q u e t u s d e c r e t o s t u v i e se n f u e r z a p a r a b o r r a r e in v a ­
l i d a r l a s l e y e s d i v in a s , d e m a n e r a q u e u n m o r t a l p u d i e r a q u e b r a n t a r l a s .

.).
P u e s n o s o n d e h o y n i d e a y e r , s i n o q u e s i e m p r e h a n e st a d o e n v i g o r
y n a d ie s a b e c u á n d o a p a r e c i e r o n . P o r e st o n o d e b ía y o , p o r t e m o r a l
c a s t ig o d e n i n g ú n h o m b r e , v i o l a r l a s p a r a e x p o n e r m e a s u f r i r e l c a st ig o
d e l o s d io se s.
(José Alemany y Bo luf e r)

H a y aún otro p a s a je de ca rá cter de p rofes ión de fe en esta


gra nde escena de lu cha. N u eva m en te pone el poeta al odio, ese op o­
s itor de lo hu mano, sus lím ites, en form a más en érgica y profu n d a
qu e en el ca so de U lises en el dra m a Ay ax, pu es a qu í d ice una
m u jer:

N o he nacid o para co m p a rtir od io, s ino a m or (523).

C onstitu ye una extra ñ a p orción de h is toria del pensa m iento del


pa sado m ed io s iglo el qu e se rea liza ra n esfu erzos p or res trin gir
estas pa la b ra s al caso p a rticu la r de Polin ices, y discu tirles a qu ella
a m plitu d de lo hu mano qu e precisa m ente hemos de con sidera r
com o un signo especia l del ca rá cter de S ófocles.
E l p od er está de p a rte del nu evo tira no, y p or ello An tigon a
deb e m orir. Con Ism ena , qu e ahora se a cerca a su hermana, es
condu cida al in terior d el pa la cio. S ólo a hora in tervien e H em ón,
p ero ni las sú plicas n i los reproches, ni ta m poco el in voca r la
op in ión del pu eb lo en tero de Teb as, logra n influ ir en la volu n ta d
del tira no. E l a m or a An tigon a es lo qu e ha im pu ls a do a H em ón ,
p ero no hab la de ella , su m a n ifesta ción su b jetiva qu edab a exclu ida
en el tea tro de S ófocles. Y si el coro in icia un reflejo de la escena en
su ca nto a E ros, se tra ta del E ros cósmico, qu e tiene p od er s ob re el
h om b re y el a nim al e inclu so sob re los dioses y qu e rige el u niverso
entero, el m ism o E ros qu e hemos en con tra do tamb ién en E squ ilo.
An tigon a es lleva d a a la mu erte, deb e ser enterra da con vida.
Y a h ora la joven se la m en ta : en un gran kom m os con el coro b rota
su la m enta ción sob re su p rop ia vida, qu e ya no podrá ten er su
consu mación en la a lianza m a trim on ia l. E s la mism a Antigon a a la
qu e vim os im p ertu rb a b le en su camino hacia la acción, p ero sólo
ahora llega m os a com p ren d er esta acción en tod a su grandeza. E sta
a cción no ha su rgido de un fa n a tism o d octrin a rio, no es un ca rá cter
mascu lino lo qu e la ha im pu lsa do a lu char con tra el p od er del
E stado. Antigon a es fem en in a com o Ismena, com o todas las m u jeres
dé Teb as, con todos los deseos y las esperanzas de la mu jer. E n este
kom m os es donde p or p rim era vez tiene su figu ra un va lor hu mano
y pu ede descu b rirse la gra ndeza de su sa crificio. Pero de la a cción
misma nada tiene ella qu e corregir. Por ello a la lírica la mentación

.)(
hace segu ir una ju stifica ción que corresponde entera m ente a la ratio.
Al igu al qu e a G oethe, tamb ién a nosotros ha de p a recem os extra ña
su a rgu m enta ción de qu e el destino hab ría p od id o com pensarla p or
la pérdid a de un esposo o de un h ijo, pero no p or la pérdid a de su
hermano. Aqu í se encu entra prob a b lem ente una influ encia de H ero­
doto (3, 119), con el cual tu vo rela ción S ófocles, p or m edio de la
historia de la m u jer de Inta fernes. Pero aun prescin diendo de esto,
no podem os pasa r p or alto, para el carácter griego, el va lor pecu lia r
de la argu m enta ción ra cional media nte la cual se fu ndam enta aqu í
en form a com prensib le la im porta ncia del a m or fra terno.
D esde qu e H egel qu iso en contra r en la A ntigona el con flicto
ob jetivo de dos pretensiones ju stificadas, la del E sta do y la de la
familia, se han defen dido continu amente análogas interpretacion es.
Pero la tenacidad con qu e en la pa rte sigu iente se rechaza a Creón,
hace qu e tales in terpreta ciones carezcan de fu ndam ento. Antigona
lucha rea lm ente p or las leyes no escritas e inqu eb ranta b les de los
dioses, como ella dice, leyes a las qu e la polis ja m á s deb e oponerse.
Pero C reón en su com porta m ien to no representa en m odo algu no
a esa polis, la voz de esta polis está u nánime de pa rte de An ti­
gona (733), la disposición del tira n o se basa a b solu ta mente en la
a rrogancia y en la maldad. La escena que sigu e inmedia tamente
a a qu ella en qu e Antigona va ha cia la mu erte, n o deja lu gar a la
menor du da sob re ello. Llega el viden te Tiresias y anu ncia la terrib le
cu lpa y profa n a ción qu e C reón con su p roh ib ición de da r sepu ltu ra
al m u erto ha ca rgado sob re sí y sob re la ciudad. P or su b oca hablan
los propios dioses, p ero ni siqu iera ahora qu iere ceder Creón. "N o
le daréis sepu ltu ra, ni aun en el caso de qu e las águ ilas de Zeus
mism o su b ieran al tron o del Altís im o los peda zos del ca d á ver”
(1039). S ola men te la amenaza de la fa ta l desgracia qu e caerá sob re
él, le decide a mu da r de pa recer de manera repentina e infru ctu osa.
Antigona deb e ser pu esta en lib erta d. Pero la joven ya se ha ahor­
cado en su cámara fu nera ria . H em ón se da la m u erte ju n to al cadá­
ver de su prom etida , y la esposa del rey, E u rídice, a la que han
com u nica do este final, mu ere tamb ién. C reón se qu eda solo, com o
una somb ra cu ya existen cia fís ica ya nada significa ante la completa
destru cción de su existencia psíqu ica. Las leyes eterna s han qu edado
confirmadas p or el sa crificio de Antigona, que las con sid eró dignas
de dar p or ellas la vida, y p or el derru m b e m ora l de C reón qu e
lu chó contra tales leyes.

.))
La volu n ta d hu mana, con vertid a en su con tra rio p or ob ra de
a qu ella disposición im pen etra b le a la in teligen cia hu mana, consti­
tu ye el tema de Las Traquinias . D eyanira, la m u jer de H era cles,
sab e a hora qu e su m a rid o hace ya qu ince meses qu e se ha lla en
el extra n jero, y expone sus preocu pa ciones p or la su erte qu e haya
p od id o correr, en el com ienzo del drama, en el p rólogo. H ilo, su h ijo,
qu e se ha en tera do de una exp ed ición de H era cles con tra E ca lia,
deb e sa lir pa ra tra ta r de descu b rir el pa ra dero de su pa dre. H era ­
cles, al p a rtir, d ejó un orácu lo, segú n el cual precis a m en te su expe­
dición con tra E u b ea significa la m u erte o la dicha y la paz. P or ello
la angu stia de D eyanira ha ido en au mento, p orqu e oye ha b la r de la
exp ed ición contra la ciu dad de E u rito, y el coro de m u jeres de Tra-
qu is, la ciu da d al p ie del m onte E ta, donde se d es a rrolla la acción,
no logra im p on erle silencio. Pero llega una b u ena noticia . U n men­
s a jero, qu e ha llega d o antes qu e Licas, el h era ldo de H era cles, tra e
la noticia : el h éroe ha ven cid o y se d irige hacia Tra qu is. Y a se
acerca Lica s con el cortejo de m u jeres cau tivas, en tre las cuales
se encu entra Yola , la joven y herm osa h ija del rey de E calia. E l
h era ldo d ice a D eyanira qu e Y ola va a vivir al la do de ella, qu e ya
va en vejecien d o, en ca lida d de esposa secu ndaria, p ero el mensa­
je r o qu e tra jo la p rim era noticia descu b re la verdad. E n el desa rro­
llo em ocion a n te de la acción, sigu e así, en lu ga r de la sim ple comu ­
nica ción de la noticia , una su cesión de escenas qu e nos perm ite
com p ren d er más profu n da m en te la con m oción su frida p or D eyanira
en su ánimo. Pero ocu lta esta con m oción a Licas, com o se la ha b ría
ocu lta do a H era cles. H a b la del gra n p od er del a mor, al cu al inclu so
H era cles se ha lla su jeto, y a firm a qu e está dispu esta a someterse
a la volu n ta d de su m a rido. P ero ante las m u jeres d el coro hab la
de su p rofu n d o d olor y del ú nico m ed io qu e com o déb il m u jer
tiene a su disposición. A l m orir, el centa u ro N es o le dio su sangre
com o m edio m á gico in fa lib le pa ra el día en qu e el a m or de H era cles
hacia ella com enza ra a va cila r. E ntonces hu medece una tú nica en
la sangre d el centa u ro y la envía al esposo am a do a m od o de rega lo
p or su victoria . C ree qu e con ello no hace m a l ningu no, su pu ra
alma de esposa no tiene ningu na in ten ción ma ligna e inclu so odia
a todo el qu e ob ra mal (582). Pero despu és de un b reve ca nto del
coro, el ca nto sofoclea n o de la a legría serena qu e preced e a la catás­
trofe, sale a escena com p leta m en te trastornada. La lana con la qu e
hu m edeció la tú nica, se deshizo con sangu inolenta espu m a a la lu z
del sol, y ya llega H ilo, m a ld icien d o desespera da mente a su ma dre,
qu e ha hecho qu e su pa dre perezca en m ed io de d olores enloqu e­
cedores. S ilenciosa, com o la E u ríd ice de A ntigona, va D eya nira hacia

.)/
la mu erte, que nos es comu nicada p or el rela to de una esclava.
H era cles es tra íd o a la escena, en m edio del s op or cau sado p or
el d olor y el a gota miento. Pron to despierta de nu evo, ante un nu evo
a cceso de dolor. É l, qu e personifica la fu erza y el va lor inqu eb ra n­
ta b le de ideal d órico del homb re, se retu erce en m ed io de gemidos
desesperados. D espu és de una vid a de heroicos esfu erzos, sólo le
qu eda el vehemente deseo de venga rse de D eyanira. Pero al ente­
ra rs e que ella le a ca rreó la m u erte in volu n ta ria p or m edio de la
sangre regalada p or el centau ro, recon oce la disposición del Ha do.
U n antigu o orá cu lo de qu e un m u erto le daría la m u erte, se ha cu m­
plido. Ahora sólo sab e pensar en el fin. H ilo, a pesa r suyo, deb e
ob ed ecer a su padre, el cual le ordena qu e prep a re la p ira fu neraria
en la cima del E ta y que tom e a Y ola p or esposa. E l cortejo aban­
dona la escena para con du cir a H era cles a su tu mb a de llamas.
E n el d olor de H ilo resu enan palab ras contra los dioses (1 272), para
los cuales significa un op rob io el p a decim ien to de su m ejor héroe,
palab ras como apenas las encontra mos en el a rte de S ófocles. Pero
en seguida es su stitu ido este grito de reb eldía p or las significativas
palab ras de conclu sión de la pieza: N a d a hay en tod o ello qu e no
sea Zeus. E l terrib le suceso, qu e el poeta no se p erm ite m itiga r con
ninguna alusión rela tiva a una vid a b iena ventu ra da de H era cles
en el cielo, significa el mu ndo, y el mu ndo es Zeu s.
N o deb emos ign ora r qu e S ófocles en Las Traquinias revela en
algu nos pu ntos la influ encia de su rival* más joven , E u rípides. Por
ejem p lo, tenemos el discu rso de D eyanira, en el p rólogo, con la
ma nifestación de sus sentimientos y la exposición de algunas condi­
ciones previas a la acción, pero no deb emos con fu n d ir lo qu e es
típ ico de E u rípides con lo específica mente sofoclea no. Ta m b ién en
el dib u jo más descu idado del ca rá cter fem en in o se creyó ob serva r
la influ encia de E u rípides. Con con m ovedora ternu ra mu estra D eya­
nira su femineida d, cu ando da a Lica s el salu do de a m or para
H eracles, y sin em b a rgo, no se lo da, porqu e no sab e si él le corres­
ponde o no (630). Pero se ha exa gera do u nila tera lm ente el elem ento
eu ripidea no de la pieza y no se ha vis to hasta qu é pu nto ostenta
ésta todos los rasgos de la tra gedia de S ófocles. La ca tá strofe no
b rota de aqu el a m or qu e b u lle con vehem encia en el pathos de
Fedra , sino de aqu ella desarmonía a u ténticamente sofoclea na entre
la volu nta d del homb re, que en D eyanira es com pren sib le y pura,
y el conju nto del destino com o poten cia divina im previs ib le. E ste
elem en to im pon dera b le in tervien e tamb ién lu ego p or m edio del
orá cu lo de un m od o mu y s ign ifica tivo en el en tra m a do de la tra ge­
dia, y su a pología p or m edio de lo in fa lib le de su cu mplim iento.

.)*
com o encontra m os a m en u do en S ófocles, represen ta no solamente
un p a ra lelis m o extern o con la concepción de H erod oto.
La influ encia de E u rípides, a la qu e se ha con cedido excesiva
im porta n cia , ta m poco ofrece la ayu da qu e se espera b a pa ra señalar
p or es te m ed io la fech a de la ob ra. S ob re tod o no ha p od id o corro­
b ora rs e el pu nto de vista la rgo tiem p o su stentado de qu e la escena
del su eño en Las Traquinias hu b iera sido calcada sob re el H eracle s
de E u ríp id es y haga retroced er con sid era b lem en te la cron ología del
dra m a de S ófocles . E l a cervo de sus ideas, su estru ctu ra (au nqu e
sólo extern a m en te) en dos pa rtes, los in dicios aún escasos de una
con figu ra ción del coloqu io en tre tres pers ona jes, algu nos detalles
m étricos , coloca n esta ob ra en tre las pieza s del gru po más antigu o,
sin qu e poda m os a trevem os a da r indicaciones más precisas. Sin
em b a rgo, es p rob a b le qu e la descripción de la despedida de Deya-
nira de la casa y del lecho conyu ga l (900) esté calcada de la descrip ­
ción qu e u na cria da hace de la despedida de Alcestes (152) en el
dra m a de es te nom b re, de E u rípides, represen ta do en 438. Las coin ­
cidencia s son dem a sia do gran des para qu e se nos p erm ita su poner
la exis ten cia de pa ra lelism os espontáneos, y en la ob ra A lces tes el
m otivo vien e fu ertem en te con solida do p or el sentido qu e el poeta
da al s a crificio de su heroína.

E l ord en cron ológico qu e considera m os com o el más prob a b le


pa ra las tra gedia s de S ófocles, hace que en el cen tro de este orden
apa rezca E d ip o Rey. Tom a m os esto com o sím b olo de qu e en esta
ob ra hem os de ver el nú cleo de la crea ción trá gica de S ófocles.
Los hechos d ecis ivos Tla m u erte de La yo a manos de E dip o, el
ca sa m iento de éste con su p rop ia madre, han tra n scu rrid o ya hace
algu nos años cu ando em pieza la ob ra. La pieza m ism a nos ofrece,
el "trá gico a n á lis is " (S ch iller ) m edia nte el cu al el sentido de los
hechos p en etra en form a destru ctiva en la conciencia de E dipo.
E n el p rólogo le vem os en la cim a de su realeza, qu e el poeta nos
mu estra b ella m en te no en su plen itu d de poder, sino en su profu n do
con ten id o hu mano. IJna p es te siem b ra en Teb a s la desolación^
y podem os pensa r qu e s u . d es crip ción fu e determ in a da p rob a b le­
m en te, por. la terrib le ep id em ia de Atenas, al p rin cip io de la gu erra
del Pelop on es o (430). P or b oca de un sa cerdote, el p u eb lo expresa
a gritos J5U d olor y su m is eria a l rey, qu e ya una vez se apa reció
com o sa lvador, cu ando la esfinge causaba estra gos en la ciu dad.

.)1
Y el rey está dispu esto a prestar, su ayuda. C on la b ondad de un
p a d re solícito, hab la a los que le su plican, y les lla m a "p ob res h ijos ".
Ya ha enviado a su cu ñado C reón a D elfos y ya ha regresa do dicien­
do que la peste sólo se retira rá cu ando sea la va da la mancha qu é
c u b r e el país desde qu e La yo fu e asesinado.
Después del canto de entra da del coro de ciu dadanos teb anos
q u e ru ega y~se lamenta, iniciase la lucha p or descu b rir el Jiech o
c a r g a d o con la m a ldición del d ios. E dipo, qu e d es cifró el enigma
de la esfinge, anu ncia su firm e decisión de descu b rir tamb ién el ase­
sino de Layo. E ljvid en te Tiresia s deb e p resta r la prim era ayuda.
En la estru ctu ra de está- pieza, estru ctu ra qu e desde el pu nto de
vista dra m á tico es la más m a gistra l de la litera tu ra u niversal, ¿1
ragpr> más genial con siste.en_qu e en el m ism o com ien zo de_fa_obra
ya se revela, b ru sca m ente, toda la verdad. T iresias qu iere gu ardar
silencio, pero E d ip o le arranca la verda d de la b oca, de qu e él,
el rey, es el asesino, qu e ahora sigu e vivien do incestu osamente. Tán
terrib le es la revela ción, que de momento, tanto en. E d ip o com o
en el coro.p rod u ce cua lqu ier otro efecto menos el del tem or de qu é
pu diera ser verdad/ Y lentamente, paso a paso, va cu mpliéndose
lo dicho en la p rim era pa rte de la pieza con la a videz de lo qu e es
reconocido como verda dero. D e m omento, E d ip o saca rá pidamente
la. conclu sión de qu e Tiresia s es un instru mento de Creón, el cu al
qu iere u su rpar el trono. Atu rdido y desesperado se defiende C reón
en una la rga escena, y sin. emb argo, solo consigu e sa lvarle de la sen­
ten cia b a pronu nciada, la in tervención de Yoca sta . Las palab ras del
vidente Tiresia s fu eron el m otivo de la disputa, y p or ello qu iere
ahora evita rle a su esposo el m iedo a todas las decla ra ciones de un
adivino. ¿Acaso los orácu los no p red ijeron qu e La yo m oriría
a manos de su h ijo, y en lu gar de ello u nos1b andidos le dieron
mu erte en una encru cijada? Pero estas palabras consigu en un efecto
con tra rio al qu e estab an destinadas. E dipö, en otro tiempo, en una
encru cijada, golp eó con el b astón a un anciano qu e p rim ero le pegó
a él, hasta cau sarle la mu erte: Ahora p or p rim era vez siente op ri­
m ido su corazón. Pero uno de los cria dos de La yo, qu e huyó y que
desde qu e E dipo es rey vive lejos de la ciudad, ha b ló de b a ndoleros,
y esto d eja lu gar a la esperanza. H a y que m a nda r b u scar a ese
cria do y que todo se aclare.
A continu ación, S ófocles hace gala de su ma estría en el em pleo
del contraste. La duda de Yoca sta con respecto a los orácu los ha
provoca d o en el coro una piadosa canción en la qu e se hab la de la
gra ndeza de lo divino. N u evamente eleva el poeta la mirada hacia
las eternas leyes no escritas p or las cuales m u rió su Antigona y que

.)<
en sus días eran com b a tid a s p or el a rroga n te in gen io de sus con tem ­
porá n eos:

863 ¡O h ! S e a m i s u e r t e c o n s e r v a r s i e m p r e l a m á s r e s p e t u o s a p u r e z a en p a l a ­
b r a s y en o b r a s. P u e s a t o d a s p r e s i d e n a l t ís i m a s l e y e s, e n g e n d r a d a s en
t a s e t é r e a s r e g i o n e s d e l o s c ie l o s. E l O l i m p o e s s u ú n i c o p a d r e , y n o l e s
d io su s e r n in g u n a f u e r z a m o r t a l d e h o m b r e s, n i ja m á s la s a d o r m ir á el
s u e ñ o d e l o l v id a d o . U n g r a n d i o s h a b it a en e l l a s, ¡q u e n o e n v e j e c e !
(I g n ac i o Erran d o n e a)

P ero la sigu iente escena trae un m en s a jero de C orinto qu e ahora


a pa ren tem en te refu ta de un m odo d efin itivo el orá cu lo de qu e E d ip o
hu b iera de da r m u erte a su padre. Polib o, el rey de C orinto, ju n tó
al cu al E d ip o se crió y al qu e lla m a padre, ha m u erto con una
m u erte tranqu ila. Ah ora E d ip o tiene m ied o aún de la segu nda pa rte
del orá cu lo que p red ecía qu e él con tra ería m a trim on io con la ma dre,
p orqu e M erope, esposa de Polib o, toda vía vive. Pero he a qu í que
^el m en s a jero corin tio, creyen do tra n qu iliza rle, y logra n do aqu í
ta m b ién un efecto con tra rio, dice qu e P olib o y M erop e no son los
pa dres de E dipo. E l m en s a jero mism o, sien do pastor, lo recib ió
de manos de otro pa stor, un cria do de La yo, en el m on te C iterón,
don de lo hab ía en con tra do com o un niño desva lido, con los tob illos
tala drados. Ah ora a Yoca s ta se le cae la vena de los ojos. Tod a vía
qu iere im p ed ir que E d ip o siga ha ciendo pregu nta s, y al ver qu e no
pu ed e evita rlo, porqu e él manda b u scar a qu el pastor, la rein a se
p recip ita a l in terior d el pa la cio, pa ra m orir. P ero el coro, toda vía
en la m ism a in certid u m b re qu e E dipo, presen ta ta m b ién aqu í la
eleva ción tras la cual la p rofu n d id a d de la ca ída es aún más h orri­
b le; prob a b lem en te un dios engendró a E d ip o en la cim a del C ite­
rón, u no de aqu ellos qu e viven en los b osqu es y en los pra dos de
la montaña, Pan o A p olo o D ionisos.
C on el deta lle gen ia l de reu nir a va ria s personas en u na sola,
S ófocles consigu e en el d es a rrollo de la a cción una concentra ción
inau dita. D e la m is m á 'm a n era qu e el m en s a jero de C orin to es el
m ism o_ h om b re qu e en otro tiem p o recib ió en el C iterón al niño
destin a do a la m u erte y lo llevó a C orin toj así ta m b ién el pa stor
teb a no qu e en el m on te se lo en tregó es precisa m en te a qu el qu e
en otro tiem p o acompañab a a La yo en su via je a D elfos, qu e fu e
tes tigo de su asesinato y p os teriorm en te hu yó de la ciu dad, cono­
ced or del secreto que en volvía al nu evo rey. Ahora , al com p a recer
p or orden del sob erano, de m om en to qu iere ca lla r, com o Tiresia s,
p ero ta m b ién a él le a rra nca - E dipo la verd a d. É l m ism o es eÍTiijo de
La yo, a l qu e- éste, asu stado p or el orá cu lo qu e decía qu e su h ijo

.)0
le daría mu erte, mandó exponer en lo a lto del C iterón. D e_m odo
qu e E dip o es a la vez pa rricida e incestu oso. Al sab er esto, E d ip o
se precip ita hacia el in terior del palacio.
E l coro m ide en su canto la profu n did a d de la caída, lu ego un
men sa jero anu ncia lo que en el pa la cio ha su cedido: Yoca sta se ha
ahorcado y E dipo, con una fíb u la de su ves tid o, ha deja do a sus
ojos sin el p recioso don de la vista . Profirien do amargos gem idos
pisa la escena en la que al p rin cip io de la ob ra hab ía a pa recido
como rey b ienamado, com o a u xilio para los demás. Ahora ru ega
a Creón qu e le d estierre y que le d eje salu dar p or ú ltim a vez a sus
hijas. Creón, distinto del tirano de A ntigona, manda qu e se las tra i­
gan. Después de tener a sus hija s en b razos, en tra en el pala cio,
para agu ardar la sentencia de Apolo, que C reón irá a buscar, antes
de disponer otra cosa.

L a exposición más su cinta del drama b asta pa ra darnos una


idea de la m a ra villa de su~estructura. Sin más reconocem os tam b ién

del Hado. Precisa mente aqu í se con vierte en el sím b olo de esta
oposición irrem ed ia b le la trá gica iron ía de que E d ip o, al princip io,
maldice al asesino y qu iere venga rse de.él, com o si La yo fu era su
"p rop io p a d re" (264), ir onía qu e convierte en lo jcon tra rio cada
nueva apariencia de consu elo. Υ~ϋϊη emb argo, el sentido de la pieza
es casi tan p oco com pren dido con la decla ración de que en ella el
prota gonista es elD es tin o, com o en el ju icio in com prensib le, recien­
temente repetido, de que nos encontram os con u na "n ovela p oli­
cíaca". E l prota gon ista es el h om b re qu e se en fren ta a este destino,
el héroe de la tragedia . Porqu e, así com o en la tra gedia de E squ ilo,
en la que tanta im porta n cia se da a la influ encia de lo divin o en el
mu ndo, apenas p od ría emplearse para E teocles y segu ramente qu e
tampoco para las figu ras de la O res tíada este concepto, en la tra ­
gedia de S ófocles, en ca mb io, está com pleta m ente en su lugar. Aqu í
podemos pla ntea r tamb ién la cu estión rela tiva a sus rasgos
esenciales.
E l destin o- com o poder_-[Link] qu e eLh om b re_deh e_s.Íffli
p lem ente aceptar, p rod u jo en el a rte dra m á tico aqu ella tra gedia
fa tíd ica qu e en la litera tu ra alemana, a p a rtir del "24 de Feb rero",
de W erner, tiene con razón un lú gu b re sonido. Pero la verda dera
tragedia se origin a de la tensión entre los oscu ros poderes incon-

.),
tip la b les a los qu e el h om b re está entrega do, y la volu n ta d de éste ■
p a ra ju ch a r y op on ers e a ellos. E sta lu cha es gen era lm en te in fru c­
tuosa, e inclu so lleva al h éroe a u na m a yor profu n d id a d en el su fri­
m ien to y a m en u do a la mu erte. P ero lu cha r contra el des tin o es el :
ma nda to-ule·. la.,exis ten cia hu mana, que_no_ se rinde. È1 m u ndo de
los qu e se resignan, de los qu e elu den la decid id a elección consti­
tu ye el fon d o ante el cual se encu entra el héroe trá gico qu e οροη ρ
su volu nta d in qu eb ra n ta b le a la p [Link] Hel todo, e inclu so m
la m u erte con serva ín tegra la dign ida d dé la grandeza hujrnana^^
Y a hemos vis to en Ayax cóm o S ófocles elu de los prob lem a s de
la cu lpa. E l b u sca r u na cu lpa para E d ip o representa ría com pren der
mu y mal esta figu ra , p ero esta fa lta de com pren sión d om in ó du ran­
te mu cho tiem p o la in terp reta ción de este drama. E l ra sgo funda-
rriental en ja _ n a tu ra leza de Edipo,__que_.éste com pa rte con otras
figu ras - de.. S ófocles , tales com o Ayax, An tigon a y E lectra , çs la
extra ordin a ria a ctivid ad y una línea de .condu cta inqu eb ra ntab le.
E l destino lo en volvió en sus redes de un m od o cada vez más
in e x tr ic a b le é l ve cóm o se van estrecha ndo las mallas, p ero en el
ú ltim o insta nte pu do ha b er evita d o tod a vía la desgracia , si hu b iera
d eja do de nu evo ca er sob re las cosas el velo qu e él m is m o hab ía
leva ntado. Pod ía h a b erlo hecho, si no hu b iera sido E dip o, el héroe
trá gico qu e tod o lo com p ren d e menos u na cosa: en el cob a rd e com ­
prom is o, en trega rse a sí m is m o a ca m b io de la paz externa , para
salva r la m era exis tencia . Pa r_ La in exora b le de_su _volu ntad , inclu so
cu ando ello le lleva directa m en te a la mu erte, se con vierte en el
h éroe de una tra ged ia qu e alcanza su pu nto cu lminante en la anjí-
tesis de los versos 1169 s. Antes del m om en to de la ú ltim a revela ­
ción, se la m enta el pa stor:

¡A y d e m í! ¡ E s t e r r i b l e q u e t en g a q u e d e c i r l o !
¡ Y q u e y o t e n g a q u e o ír l o ! . P e r o es ie u a l . ¡ E s . p r e c i s o q u e l o o i g a !

es la respu esta de E dip o. Y cuando, ciego, se encu entra en la noche


de la d esgra cia , p rob a b lem en te- d es ea qu e el C iterón se hu b iera
qu edado con_el_iiiño-- p á ra siempre, p ero el otro pensamiento, el
d e jju e la terrib le verd a d hu b iera q u e d a d o pa ra siem pre b a jo eLxelo
„qu e.d u ra n teta ritQ _tiem po la cu b riera, es en sus la b ios in conceb ib le.
E l p ensa miento de las-pgrsonas m ed iocres , que qu ieren _con seri
/ar la vid a a tod a costa a pa rece com o una sedu cción p a ra las gran--
íes figu ras trá gicas~q~¿e~ásumen la lu ch a , en la que no se tra ta .de.
.a existencia sino de la dign ida d deLser. .humano. Tecm esa se a rroja
:on su h ijo a los pies de Ayax, pa ra im p ed ir qu e recorra el ca m in o

./6
que él solo deb e recorrer; Ismena es para An tigon a lo que Criso-
temis para E lectra, y ju n to a E d ip o vemos a Yú casía . É sta p rofiere
muchas palab ras contra el orá cu lo (857 y otros ), pero no p or ello
es una^b lasfema, inclu so la vemos cómo reza a Apolo (911). Sus
palabras están gu iadas_por el deseo de* elu d ir la_amenaza, no de jr .
derecha hacia ella com o E dip o. y aún en el ú ltim o instante le
conjü rá~('1060)'para que no haga más averigu aciones. Pero nadie
puede detener los pasos de E dipo.

E squ ilo nos presenta al ser hu mano com pleta m en te en trela ­


zado en el orden divin o del mu ndo, que en él se cu mple p or m edio
de la expresión de ob ra r y su frir, de su frir y a prender. E n E squ ilo,
es el h om b re mismo en el qu e este orden no s ólo está representado,
sino qu e qu eda ju stifica do. D e otro m odo ve S ófocles al hom b re
en las piezas del gru po más antigu o, en una irrem ed ia b le oposición
frente a las potencias de los sucesos del mu ndo, qu e tamb ién para
él son divinas. Su religios id a d no es menos profu nda qu e la de
E squ ilo, pero de ín dole com pleta m ente d iferen te. Se halla más
ce rca de la sentencia_délfica_qu&-r-on-e.l “ ennócete-a-ti-m is m o” dirige.
a í h om b re a los límites de su esencia hu mana. Con aqu el pia doso
respeto qu e constitu ye lo m ejor de la religión de la G recia clásica,
S ófocles renu ncia a com pren der la marcha de lo divin o a través
del mu ndo en la form a en qu e E squ ilo qu iere com prenderlo. En
“La h ija na tu ra l”, de G oethe, se encuentran, en una rela ción com ple­
tamente distinta, unos versos qu e podrían tra du cir venta josa m ente
la rela ción entre el pensamiento de Sófocles y la irra cion a lida d de
los hechos determinados p or los dioses:

L o q u e a l l á a r r i b a , en l o s e sp a c io s in m e n so s, se m u e v e en f o r m a e x ­
t r a ñ a y v io l e n t a , a n im a y m a t a s i n c o n s e j o n i j u i c i o , q u iz á c o n f o r m e a
o t r a m e d id a , c o n f o r m e a o t r o n ú m e r o , es m e d i d o y c a l c u l a d o , p e r o es
u n m i s t e r i o p a r a n o so t r o s.

S ófocles m ismo dice con toda cla ridad en los vers os de un drama
qu e se ha perdido (fr. 833 N .): "E s im posib le con ocer lo divin o
si los dioses lo ocu ltan, aun cu ando en su investiga ción se recu rriera
a cu a lqu ier medio im aginab le.”
• Lo qu e los dioses tienen destinado a los h om b res p u ed e ser
cruel,"y~se com prende qu e una línea qu e aqu í se in ició desemb ocara-
en la a firmación de que lo trá gico requ iere dioses cru eles. E n tal

./.
s entido ha continu ado ela b ora n d o el tema H ofm a n n sth a l en su
dra m a "E d ip o y la E s fin ge”. E n esa ob ra acusa de este m od o E d ip o
a los dioses:

V o s o t r o s , ¡d i o s e s , d i o s e s !
E s t á i s se n t a d o s a h í a r r i b a en t r o n o d e o r o ,
y o s r e g o c i j á i s c o n e l q u e a h o r a est á en l a r ed ,
a l q u e a c o s á is c o n p e r r o s d e l a m a ñ a n a a l a n o ch e.
E l m u n d o en t er o es v u e st r a red , la v id a
es v u e st r a red , y n u e st r o s h ech o s
n o s d e j a n d e s n u d o s a n t e v u e s t r o s o j o s s i n su e ñ o ,
q u e n o s m i r a n a t r a v é s d e l a r ed .

E stas pa la b ra s, qu e a rden con lla m a siniestra, constitu yen una


gran crea ción litera ria , p ero no son más sofocleanas qu e la m á qu i­
na in fern a l. Ta m b ién constitu ye una gra ve fa lta de com prensión de
los hechos el h a b er a firm a do recien tem en te qu e S ófocles se encon­
trab a en una crisis religios a cu ando es crib ió esta tra gedia . Lo cierto
es lo con tra rio, qu e p or encim a de tod o lo terrib le de este con flicto
— en verda d, ab solu tamente trá gico— lleva d o hasta la. mu er te, se
encu entra~Ia fe profu nda e in con m ovib le del p oeta ~en.la_grandeza
y la sab idu ría dé los dioses de su _fe. E n el m is m o drama qu e nos
presenta la ca ída del h om b re golp ea d o trá gica m en te p or el destino,
se encu entra Ia~canción cora l con la alab anza de las eternas verd a-
des qu e_han de alab arse eterna m ente, de la qu e antes hemos hab la­
do. S ófocles , com o ta m poco E squ ilo, no nos presen ta la idea de un
mu ndo que, ab andona do de los dioses, entregu e al ab su rdo los trá ­
gicos .a con tecim ien tos. —
E n m ed io de tensiones ina u ditas se encu entra la figu ra del héroe
trá gico en S ófocles. Pero deb id o a qu e la lu cha con tra las potencia s
de la vid a sólo pu ede asu mirla el h om b re a b ase de las fu erzas qu e
tiene en su p rop io in terior, a qu í el h éroe se con vierte en pers ona ­
lidad, y el h om b re trá gico es vis to y represen ta do com o un tod o
u nido.
Ah ora com pren dem os el sen tido más p rofu n d o del hecho antes
com p rob a d o de qu e S ófocles ab andonara la form a trilógica . L o qu e
constitu ye la tra b a zón en su dra m a no es el lin á je en sus genera ­
ciones com o escena rio a b a rca d or del p od er d ivin o, sino la pers ona ­
lida d d el individu o. Así, E d ip o es sepa ra do de los lazos de la trilogía
teb ana de E squ ilo, y así en S ófocles el dra m a E le ctra correspon de
a Las C oé foras com o pa rte de la O restíada. E llo se rela cion a con
el hecho de qu e en ambas pieza s ca si qu eda elim in a d o el m otivo,
qu e p a ra E s qu ilo era el p rin cip a l m otivo, de la m a ldición de la
fa m ilia . E l h om b re ya no tra ta con el d em on io com o αυλλήπτωρ,

./(
de la volu ntad p rop ia y sólo de ella b rota lo qu e él hace, p or mu y
p oco que esté en su mano la decisión acerca del resu lta do.

Para com prender la E lectra de S ófocles, tom a rem os com o pu n­


to de partida el fen óm en o de qu e tanto en E s qu ilo com o en S ófocles
se describ en las lamentaciones y la tristeza de E lectra y su jú b ilo
al encontra r de nu evo a su hermano. Pero en E s qu ilo las dos esce­
nas se suceden inm edia ta m ente la una a la otra en la p rim era pa rte
del drama, mientras qu e en S ófocles se encu entran situ adas al prin ­
cip io y al final de la ob ra, respectiva mente. S i tom a m os las dos
escenas como el m a rco que en cierra una estru ctu ra qu e constitu ye
un todo u nido, y desde nu estra considera ción de ellas pasamos
hacia la parte centra l de la pieza, encontra rem os dos escenas qu e
se corresponden entre sí entre E lectra y C risotem is, las cuales
vienen determinadas ambas p or [Link] flicto Antígona-Ism ena. E n la
p rim era escena se hace resa lta r viva m en te el con tra ste entre el
ca rá cter de E lectra , su conciencia del op rob io de la fa m ilia y del
mandato de la venganza, p or u na pa rte, y C litem n estra p or otra
pa rte, la cual, au nqu e conoce la gra ve situ ación, p referiría , sin
emb a rgo, un cóm od o tra nsigir con los du eños de la casa, C litem ­
nestra y E gisto. E n la segunda de la s mencionadas escenas, se
encu entra E lectra b a jo la im presión qu e le ha cau sado la noticia
de la mu erte de su hermano. La esperanza de la hermana, qu e de
una ofrenda de u nos rizos de ca b ellos en la tu mb a, ha dedu cido
la presencia de O restes, resu lta infu ndada. Y a hora se ha decid id o
a lo extremo. E lla misma qu iere efectu a r la venganza qu e deb ía ser
ob ra de Orestes. La tim id ez de C risotemis, que se niega a secun­
darla, nos perm ite recon ocer ta m b ién aqu í la soleda d en la qu e
todos los grandes hechos deb en ser planeados y ejecu ta d os p or los
héroes de S ófocles.
Si de estas dos escenas pasamos a la pa rte m ed ia de la ob ra,
llegamos, a través de partes lírica s de a proxim a da m ente la misma
extensión (el estásimon 472-515 y el kom m os 823-870), a un conju nto
de escenas qu e nos presenta en contra ste las dos fu erza s contra ­
rias del drama, E lectra y C litemnestra. U na escena de dispu ta pone
a la madre y a la h ija fren te a fren te y hace qu e ésta arranqu e la
máscara del ros tro de la asesina de su pa dre: N o es la venganza
de Ifigen ia la qu e ha m ovid o la ma no para la a cción criminal, sino
la crim in a l pasión p or E gisto, con qu ien vive en el pa la cio. E lectra

./)
ha sa lido vencedora , y com o pa ra con firm a r sus acu saciones, le pide
C litem nestra qu e le d eje con serva r los b ienes a d qu iridos p or m edio
de la cu lpa, y la sa tis fa cción de sus secretos deseos, qu e s ólo pu eden
s ign ifica r la m u erte de O restes.
N u eva m en te in tervien e en los hechos la trá gica ironía . N o b ien
ha pron u n cia do C litem n estra las ú ltim as pa la b ra s de su oración,
cu ando se presenta el peda gogo, qu e ha llega d o con O restes para
p rep a ra r el ca m ino de la venganza m edia n te la astu cia de la fa lsa
n oticia de la m u erte de este ú ltim o. D icen qu e O restes p erd ió la vid a
en. D elfos en una ca rrera de carros. E l a rte del p oeta presenta el
con ten id o de este rela to con tal realismo, qu e para el inocente espec­
ta dor la id ea de la ficción cede ante el efecto qu e la n oticia produ ce
en los p erson a jes de la ob ra. D espu és de un b reve m ovim ien to de
sen tim ien to m aternal, C litem n estra no rep rim e su jú b ilo. Pero
E lectra ve destru idas todas sus esperanzas, se siente anonadada,
y no volverá a animarse hasta la segu nda escena con C risotem is, en
qu e d ecid irá actu ar p or su cu enta.
Así vem os cóm o la gra n pa rte centra l del drama, qu e com o en
un es p ejo u s torio capta sus fu erzas m ovediza s, está rod ea d o p or
círcu los concéntricos de escenas qu e se encu entran puestas en
estrecha rela ción , una vez'p or m ed io de C risotem is com o p ers on a je
con tra rio, la otra vez m edia n te el contra ste en tre las la menta ciones
de E lectra en su desgra cia y su a legría en b ra zos de su herma no.
Y en tod o este gran con ju n to dra mático, despu és de la con versa ­
ción de los hom b res ju n to a la tu mba, no se encu entra una sola
escena en la qu e E lectra no esté en escena, a d iferen cia de E squ ilo,
qu e hace retira r a E lectra despu és de la p rim era pa rte de Las C oé-
foras , sin ha cer qu e aparezca de nu evo en la ob ra .
Y a en la estru ctu ra del dra m a ob serva m os lo qu e nos confirm a
el d ib u jo de la person a lida d de E lectra : ella es la figu ra prin cip a l
de la ob ra, todos los hechos están orien ta dos significa tica m ente
hacia sus sentim ientos, pensa mientos y proyectos. U na p a rte de los
hechos acaecidos en la casa de A treo com o escena rio del ju icio
d ivin o en E squ ilo, se ha con vertid o a qu í en el dra m a de un alma
hu mana, a la cu al a compañamos en su ca m ino qu e va desde la
m is eria y la desespera ción a su lib eración.
E n una de sus más b ella s escenas ha m os tra d o el p oeta esta
lib era ción . Y a E lectra está d ecidida a rea liza r la acción p or sí sola,
cu ando he aqu í qu e se le acerca O restes, al qu e no reconoce, con
una u rna que, segú n el rela to, destinado a enga ña r a C litem nestra
y E gisto, contiene sus propia s cenizas. Ta m p oco él recon oce a
E léctra . S ola m en te cu ando ella tom a en sus maños la u rna, y llora n ­

.//
do abraza con toda la ternu ra de su cora zón al qu e en rea lida d cree
muerto, él la recon oce y conoce tamb ién su s u frim ien to, y entonces
hace pasar a su hermana desde su estado de tristeza y aflicción
al de un jú b ilo incontenib le.
N a da se dice de la cu estión acerca del ca m ino que sigu e la
maldición del lin a je a través de las generaciones, pero el poeta
había de presen ta r la venganza de Orestes, y p or ello le tra e en
segu ida a escena con el peda gogo qu e ha acompa ña do al joven a su
patria y ha d irigid o su acción. La rea liza ción del crim en nos la
mu estran las b reves escenas fina les en las qu e C litem nestra cae
ante E gisto. P or consigu iente, au nqu e el m a tricid io no se encu entre
en un lu gar tan cen tra l como en E squ ilo, el p oeta no ha om itid o
simplem ente la cu estión de su ju stificación. La escena de la dispu ta
en la pa rte centra l del drama u ne estas escenas marginales extre­
mas con el con ju n to de la obra. Aqu í, por b oca de E lectra , C litem ­
nestra la adú ltera, qu e asesinó al esposo y recha zó a sus hijos, es
repu diada, su m u erte es un ca stigo merecido, y comprendemos qu e
para este O restes al fin a l de la pieza no suban del mu ndo su b terrá­
neo las E rinias, sino que le qu ede b ien exp ed ito el camino de un
fu tu ro de paz.
Más qu e en otra parte, al ha b la r de esta pieza , hemos hecho
resalta r el elem ento form a l, p orqu e aqu í es donde m ejor podem os
com pren der la tra gedia de S ófocles com o la clá sica ob ra de arte, la
ob ra de arte de la época del Partenón. C lasicismo en el sentido de
un fen óm en o h is tórico único, com o el que nos presenta el siglo v
de los helenos, sin duda no se a d vierte en una considera ción pu ra ­
mente estético- forma l. E inclu so semeja nte m od o de ver las cosas,
como si hiciera de lo form a l a lgo independiente, deb e fa lla r forzo­
samente desde el p rin cip io cu ando se trata de la esencia de este
clasicismo. Pero aqu ella com penetra ción íntim a de form a y conte­
nido, que au menta hasta alcanzar la intensidad de una u nidad
orgánica y en la qu e la form a integrada a rm ónica no apa rece p or
sí misma sino com o expresión adecu ada de las grandes fu erzas
vita les encerra das en la ob ra de arte, tal com penetra ción la consi­
deramos, sin emb argo, como el elemento esencia l decis ivo de tal
clasicismo. E n nu estro caso, la correspondencia en tre la posición
de E lectra y la disposición del drama habría de lleva rn os a com ­
pren der la disposición clásica de las figu ras, tal com o la ob serva mos
en las esculturas del Partenón.
La E le ctra nos ofrece ocasión para pensar en los estu dios rea li­
zados p or K. Reinhardt, m edia nte los cuales ha contrib u ido de un
m odo decis ivo a nu estra m a yor comprensión de la ob ra de a rte

./*
de S ófocles. G ra cias a él hemos p od id o com p ren d er m ejo r el desa­
r r ollo de la form a in tern a den tro de las tra gedia s qu e se nos han
conservado. Los dramas más antigu os p a ra los cuales Ay ax es pa r­
ticu la rm ente ca ra cterís tico, encierra n la im a gen de las grandes figu ­
ras de la leyenda con firm es con torn os ; su natu raleza n o se nos
desa rrolla en consta nte lu cha con las figu ra s contraria s, sino qu e
los destinos qu e les s ob revien en desde fu era son lo qu e p rovoca
el qu e tales grandes figu ras manifiesten ella s mismas su m od o de
ser. Pensemos en los grandes discu rsos de Aya x (430, 815) y tam­
b ién tengamos en cu enta qu e el engaño qu e le hace exp ed ito el
ca m ino de la m u erte, no se manifiesta en un m ovid o ju ego de fu er­
zas, sino ú nicamente en un la rgo dis cu rso del p rota gon is ta (646)
qu e, rodea do p or dos cantos corales, ni es respu esta a otro in ter­
locu tor ni él m is m o recib e respu esta de nadie. Para la yu xta posi­
ción de varias escenas, en las qu e en cada caso se expresa u na idea
b ásica, Rein h a rdt ha en con tra do una feliz expresión sacada de la
sintaxis al ha b la r de disposición pa ra tá ctica . P or otra pa rte, p reci­
samente la E le ctra nos mu estra cóm o en las piezas pos teriores
la natu raleza hu mana se desenvu elve más en la m ovida lu cha con la
op os ición dra má tica , y cóm o el din a m ism o de cada u na de las
escenas, que a m enu do, com o en la escena en tre C reón y Tiresia s,
en E d ip o, ocasiona u n ca m b io com pleto, d [Link] . situ ación qu e cons­
titu ía el pu nto de p a rtida , se ha vu elto m u cho más animado. Si pa ra
este fenóm eno, con s id era d o de m om en to desde el pu nto de vis ta
es tilís tico, qu erem os a ven tu ra r u na in terp reta ción , ta m b ién aqu í
recon ocerem os el ca m in o qu e condu ce a la persona lida d hu mana
cada vez más a un p rim er térm ino. E n lu ga r de la lu cha d el in d i­
vid u o con el destino, a pa rece la lu cha d el in d ivid u o con las p ers o­
nas qu e le rodean. E V _Edipo R ey está d eterm in a d o tod a vía com ­
p leta m en te p or la .rela ción entre el ser hu ma no y las fu erza s del
destino. P or otra pa rte, el din a m ism o en el d es a rrollo de las esce­
nas nos indu ce a con s id era r qu e se tra ta de una ob ra de transición.

D onde de una m a nera mas cla ra se nos ofrece el flu id o dina­


m is m o de una p ieza com p leta m en te dom ina da p or los ra sgos del
ca rá cter de los person a jes, es en la ob ra F ilocte te s , represen ta da en
el año 409. Tres pers on a jes mu even este drama. E l p rop io F iloc­
tetes, a causa de u na lla ga repu gnante e in cu ra b le qu e le ha sido
prod u cid a p or la m ord ed u ra de u na serpiente, du ra nte la exp ed i­

./1
ción de Troya, es ab andonado p or los griegos en la isla de Lemnos,
qu e el poeta hace qu e sea una isla desierta. A llí vive Filoctetes
soportando va lerosa mente su m a l y odia ndo profu n da m en te a los
qu e le ab andonaron a tan m ís era situación. An te Troya parece no
tener fin la lucha p or a podera rse de la ciudad, y los griegos parecen
hab erse olvid a d o de Filoctetes. D e pron to pasa a ser de im porta n ­
cia decisiva p or m edio de las palab ras del vid en te troya no H eleno,
cau tivo de los griegos. S ola mente el arco m a ra villos o de Filoctetes,
rega lo de H era cles, pu ede sa lvar a las huestes de los griegos. Pero
es d ifícil ob tener este arco. E l arma m a ra villosa p rotege al héroe
de cu alqu ier violencia , y sus su frim ientos le han endu recido de tal
m od o que no hay qu e pensar qu e se avenga a razones. Dos hom b res
de distinta condición han asu mido la gra ve empresa . U lises es com ­
pleta mente el m ism o ca rá cter qu e conocemos a tra vés de la epo­
peya. E nérgico y pru dente al m ism o tiempo, s ólo conoce su fin, sin
pensar en los medios, que aqu í consistirán en la astu cia, su elem en­
to más cara cterístico. Y si en algu nas de sus palab ras (p . ej. 98)
parécenos oír al sofista, ello no a porta ningú n ra s go extraño a su
imagen. V erem os que para el m od o de ser de N eop tolem o rep re­
senta U lises la sedu cción qu e le impu lsa a ser infiel a sí mismo,
p ero ello no qu iere decir qu e sea malo. Lo qu e él defiende es la
volu ntad de la asamb lea del ejército, y desempeña su com etido con
un fiel servidor. Le acompaña N eop tolem o, h ijo de Aqu iles, el cual,
tamb ién a causa de unas palab ras del viden te H elen o, fu e mandado
tra er de la isla de S ciro hacia la gu erra para qu e contrib u yera a la
decisión del resu ltado de ésta. E n esto aparece S ófocles com o in n o­
va dor, según hemos pod id o com prob a r, porqu e conocem os p or el
discu rso 52 de D ión la form a en qu e tra ta ron es te tema E squ ilo
y E u rípides en algunos rasgos fu ndamenta les. E n E squ ilo, sólo
U lises engañó a Filoctetes y le su stra jo el a rco. U n nu evo fra g­
men to (Ox. Pap. 20, n.° 2 256, fr. 5) parecía a lu d ir a N eop tolem o
com o persona je de inclu so la pieza de E squ ilo, pero ta mb ién es
posib le com pleta r lo qu e fa lta en otro sentido. E u rípides, qu e
representó su drama en el año 431 ju n to con la ob ra M edea, pu so
en el centro del m ism o el con flicto entre la pa sión persona l y el
sentimiento nacional su prapersonal. U lises y D iomedes qu ieren
ganar para su causa a Filoctetes, y ju n to con él la victoria de los
helenos; en camb io, una delega ción de troya nos le p rom ete la máxi­
ma recompensa a ca m b io de su ayuda. Pero en Filoctetes triu nfa
su sangre helénica sob re el deseo de vengarse de la tra ición de qu e
le hicieron ob jeto, su pera su ren cor y va con a qu ellos a los qu e está
u nido p or los víncu los de la helenidad.

./<
D e un m od o com p leta m en te d iferen te a todo ello, el drama
de S ófocles sola m en te se m u eve a b ase del ca rá cter de los perso­
najes, sob re tod o a b ase d el de N eop tolem o, el cual en esta obra,
in d ep en d ien tem en te de la tra dición , a compa ña a U lises. E n el ado­
lescente vive tod o el n ob le ca rá cter de su pa dre, el má s m a gnífico
de todos los h éroes griegos. C u ando U lises, en el p rólogo del drama
le revela su m is ión, la de ob ten er p or m ed io de la astu cia y el
engaño el a rco qu e da la victoria , su n ob le ca rá cter se reb ela con
todas sus fu erza s y sólo con gran dificu lta d, com o solda do, se presta
a la farsa. C u a ndo encu entra a Filoctetes , en su desespera da condi­
ción, N eop tolem o, a poya do p or el coro de m a rineros, m ien te como
qu ería qu e lo h iciera U lises. D ice qu e, ofen d id o gra vem en te porqu e
le han sido negadas las armas de su pa dre, ha a b andonado el ejér­
cito pa ra regres a r a su país. U lises con trib u ye a ctiva m en te a la co­
media, m ed ia n te un espía d is fra za d o de comercia nte, el cu al habla
de unas naves griega s qu e han sa lido en b u sca de N eop tolem o, y a
b ase de unas pa la b ra s del viden te H elen o, ta m b ién del p rop io Filoc­
tetes. P or ello in siste mu cho en la pa rtida . P ero cu ando su astu cia
pa rece h a b er triu n fa do, la p rim era escena nos ha revela d o acerca
del ca rá cter de N eop tolem o lo su ficiente para qu e poda m os presen­
tir el torm en to qu e le ocasionan la con fia n za y el des va lim ien to del
engañado Filoctetes . Cu ando, mu ch o más adelante, en un pasaje
decis ivo, hab la de la angu stia que hace tiem p o le oprim e, deb emos
rela cion a r estas pala b ras con su p rim er encu entro con Filoctetes.
Pron to h a b rá de exp erim en ta r su angu stia en toda su gravedad.
Antes de p a rtir, a l en ferm o se le recru decen los dolores. Tod a vía
en el u so de sus fa cu lta des mentales, tien e tiem p o pa ra en trega r
a N eop tolem o el a rco para qu e lo gu a rde du rante el s op or qu e le
s ob revien e despu és del ataqu e. Ah ora tiene N eop tolem o en sus
manos el a rm a qu e d ecid irá sob re la gu erra de Troya y qu e fu e lo
qu e pu so en a cción toda esta aventu ra. Pocos son los pasos qu e
le separan de la n a ve y ningú n ob stá cu lo extern o pu ede im p ed ir la
posesión de un o b jeto tan precioso. Así es com o lo ve el coro, pero
N eop tolem o ofrece resistencia . Tod a vía no expresa cla ra m ente que
sem eja n te engaño efectu a d o en la p erson a del desva lido Filoctetes
constitu ye u na in d ign a canallada, y en solem nes h exá m etros (839)
hab la de una a d verten cia del orá cu lo, qu e el a u tor con m u y b u en
tino om itió revela r en la escena p rim era y qu e inclu so más ade­
la nte se deja b a fu era de considera ción (1 055): el a rco p or sí solo
ca rece de va lor, si Filoctetes m ism o no es lleva d o ante Troya . C ier­
tamente pod em os a qu í com p rob a r la lib erta d con qu e S ófocles echa
mano de los m otivos cu ando los necesita, p ero ta m b ién hem os de

./0
entender qu e la lentitu d con qu e procede N eop tolem o, tan ju s tifi­
es la expresión de qu e no está con form e con los p roced im ien ­
ca d a ,
tos de U lises. E l joven se ha a pa rta do mu cho de su manera de ser
al servicio del astu to U lises, p ero aqu í en el m om en to en qu e bu sca
todavía en el orá cu lo un pu nto de apoyo, recon ocem os el pu nto
a pa rtir del cual recorre paso a paso el ca m ino qu e le condu ce de
nuevo a sí mismo. Cu ando Filoctetes despierta y le da las gracias
por la fidelida d con qu e se ha qu edado a su la do, N eop tolem o a rroja
de sí la m en tira y le revela el verda dero m otivo de su llegada .
Toda vía cede a la au torida d de U lises y retien e en su mano el arco,
pero pron to retrocede, para, a pesar de todos los ru egos y amena­
zas de su acompañante, en trega r a Filoctetes su arma. Y con toda
la entereza del héroe de S ófocles, qu iere a hora recorrer hasta su
amargo fin el ca mino que ha emprendido. Toda vía , con fra n co len­
gu aje, trata de m over a Filoctetes para qu e le acompañe volu nta ­
ria men te a Troya . Pero com o es más fu erte el ren cor del tan ofen ­
dido Filoctetes, N eop tolem o está dispu esto a lo ú ltim o: qu iere
cu m plir la pala b ra qu e antes le dio en m edio de la farsa, lleva ndo
a Filoctetes a su patria, p or más qu e esto su ponga la ru ptu ra con
todo el ejército y el renu nciar a la p ropia gloria .
M as he aqu í qu e es otro el qu e habrá de ven cer la ob stinación
de Filoctetes. Su divino amigo, Heracles, aná logo externamente
al deus ex machina de E u rípides, que da la solu ción al aparecer al
final de la obra, pero mu cho más íntim a m ente u nido al conju nto
de la ob ra qu e la m a yoría de tales dioses eu ripidescos, señala el
ca m in o que ha de condu cirle, en Troya , a la cu ra ción y a la gloria .

Los personajes de este drama no se encu entran fren te a lo irra ­


cion a l de los poderes invisib les. Au nqu e las pala b ras de un vid en te
hayan dado el impu so a la acción, ésta se desenvu elve dentro de la
p ieza m otiva da p or el ca rá cter de los persona jes. Y así, p or m edio
de F ilocte te s especia lmente hemos llegado a la cu estión que estab a
esperando detrás de estas explicaciones. ¿En qu é form a se ve y se
represen ta al hom b re en el dram a de S ófocles, y precisam en te en
el dra ma de su ú ltim a época? Y a hemos vis to qu e la personalidad
del héroe aparece más en p rim er térm ino que en las ob ras de E squ i­
lo, en las cuales el prota gonista es la divinidad, pero, ¿en qué form a
se ma nifiesta esta personalidad en la ob ra de a rte? D u rante mu cho
tiem p o se tra tó una tragedia antigu a de la misma manera que una

./,
tra ged ia clásica y la cu estión de sus ca ra cteres se res olvió tra d i­
cion a lm en te com p on ien d o una es p ecie de m osa ico de "ca ra cteres "
a b ase de la in terp reta ción de vers os y pa rtes de vers o aislados.
C onstitu ye un m érito de Tych o von W ila m ow itz, en su lib ro sob re
la técnica dra m á tica de S ófocles (1 917) el h a b er term in a d o con ese
m étodo, aun cu ando hace ya tiem p o qu e ha d eja d o de ser sa tisfa c­
toria su nega ción del d ib u jo u n ita rio de los ca ra cteres y su en ju i­
cia m ien to pu ra m ente técn ico del a rte de S ófocles.
Llega m os más lejos en nu estra cu estión si exam inam os la p os i­
b ilid a d de a plica ción de dos con ceptos qu e pa recen ofrecérsen os.
Figu ras com o Aya x y An tigon a expresa n a lgo de va lid ez gen era l y lo
demu estra el qu e sean tan im p orta n tes pa ra su época com o pa ra
la nuestra. ¿Podem os, p or lo tanto, designa rlos com o tipos qu e com o
tales se en fren ta n a la vid a in d ivid u a l más rica de las m oderna s
figu ras dra m á tica s? Cuán poco s a tis fa ctoria sigu e siendo sem eja n te
solu ción lo a d vertim os rá pida m en te si nos fija m os más deten id a ­
m ente en el con cepto litera rio de tipo. A fecta al d ib u jo a grandes
rasgos de figu ras hu manas con a lgu nos trazos ca ra cterís ticos, y le
fa lta aqu el m is terios o centro de la person a lida d del qu e b rota n
todas las m a n ifesta cion es de la vida . A b ase de la com ed ia cono­
cemos mu chos tipos teatrales: el vie jo avaro, el sold a do fa n fa rrón ,
la cortesa na nob le, a pesa r de su p rofes ión , y mu chos otros. Au n
cu ando saqu emos a cola ción ta les figu ras en la form a a menu do
p rofu n diza da de un m od o extra ord in a rio p or M ena ndro, se echa
de ver in m edia ta m en te la profu n d a d iferen cia esencial qu e las sepa­
ra de las grandes e irreitera b les figu ra s de la tra gedia . N o nos sirve
pa ra com pren derla s el con cepto de tip o tal com o ha qu eda do fija d o
en la h is toria de la litera tu ra .
P or otra pa rte, hemos de recon ocer qu e su configu ra ción se
d iferen cia ta m b ién de la del m od ern o dra m a de ca ra cteres. P or
m u y intensa qu e sea la fu erza de la person a lida d qu e en tales figu ­
ras en contrem os, no presenta n a qu ella riqu eza dé rasgos in dividu a ­
les qu e estamos a costu mb rados a en con tra r en el dra m a m oderno.
P or ello ta m p oco pu ede ser su ficiente el con cepto m od ern o del
ca rá cter in dividu a l con sus ab u ndantes rasgos in divid u a les. Ade­
más, el con cep to de ca rá cter p s íqu ico no estab a con ten id o en la
pa la b ra ?@ABC+DEAu sada p or los griegos hasta Aristóteles. O rigina­
ria m ente s ign ifica el qu e marca, lu ego la cosa marcada, y de ahí se
a p licó a las m a nifesta ciones del s er hu mano en el ob ra r, en el
h a b la r y en el escrib ir. Y cu ando el discípu lo de A ris tóteles , Teo-
fra sto, en su lib rito presenta “C a ra cteres ", se tra ta en rea lid a d de
tipos hu manos, au nqu e mu y diferen cia d os .

150
Para com prender las grandes figu ras de la escena á tica y sob re
tod o de Sófocles, hemos de tener en cu enta qu e no nos acerca
más a ellas ni el concepto, usual entre nosotros, de tipo, ni ta mpo­
co el concepto de ca rá cter individu al. Lib res de todo lo fortu ito, de
tod o lo a ccesorio de la individu a lida d moderna , se han desa rro­
lla d o completa mente a p a rtir de las raíces de la existen cia hu ma­
na. En ello reside su va lid ez inconm ovib le, la fu erza de con vicción
con que actúan sob re nosotros ; en ello, sob re todo, demu estran ser
creaciones del cla sicismo ático. Pero no están determ ina da s p or
ra sgos típicos, que pu eden repetirse a discreción, sino qu e son el
resu ltado de los grandes rasgos fu nda menta les de su natu raleza,
y precisa men te esto es lo qu e hace qu e nu estro encu entro con ella
represente siempre una gran experiencia para nosotros. H em os
rechazado pa ra estas figu ras la expresión de " tip o ” o de "ca rá cter"
(en el sentido m odern o), y si b u scamos otra denominación, la m ejor
qu e encontra mos es aqu el concepto clá sico de la persona lida d qu e
en su ob ra “La h istoria de la litera tu ra com o ciencia filos ófica ”
acu ñó H erb ert Cysarz: "Pers on a lid a d en vez de m era in dividu a li­
dad interesante, norma en vez de exclu sivism o y extra va ga ncia ."
Podem os determ ina r más exa ctam ente este concepto de pers o­
nalida d en F ilocte te s en un pu nto d ecis ivo pa ra el pensam iento
griego de esa época. E l m odern o drama de ca rá cter no solamente
con vierte al individu o en toda la riqu eza de sus rasgos pecu lia res
en el centro de la acción, sino qu e a veces nos mu estra inclu so el
proceso de su desa rrollo. Pero sem eja nte d esa rrollo, qu e sólo en
E u rípides, p or m edio de una revolu ción en la concepción del ser
humano, fu e in corpora do ta rdía m ente en el ca m po de la represen­
tación dramática, no s ólo es a jen o al dra m a clá sico de los griegos,
sino que se encu entra con respecto a él en u na opos ición mu y sig­
nificativa pa ra su concepción. E n diversas partes de nu estro drama
hemos vis to a N eop tolem o actu ar en form a opu esta, p ero nos
im pediría desde el p rin cip io com p ren d er el asu nto si su piéramos
que en él se opera una tra nsform a ción. Su tra za do vien e determ i­
nado com pleta m ente p or otro concepto. C u ando U lises le explica
su encargo, él le responde con estas pa la b ra s (79): "Y a sé qu e tú,
p or tu «ρόσις no estás en condiciones de h a cer tal cosa.” Con estas
palab ras nos tropeza m os con el con cepto del m od o de ser innato
del homb re, qu e determ in a b á sicamente la con cepción de la época
acerca del ser hu mano y qu e ta mb ién nos lleva a la compren sión
de nu estro drama. N o es un ca m b io lo qu e sé opera en N eop to­
lemo, sino qu e precis a m ente la victorios a a firm a ción de su φύσκί
contra toda sedu cción y con tra el ren ega r de esta φόσις , qu e harto

.*.
tra b a jos a m en te se ha logra d o de él, es lo qu e, desde el pu nto de
vis ta de lo psíqu ico, con stitu ye el nú cleo de la pieza. Así, en un
pa sa je d ecis ivo del drama (902), el p rop io N eop tolem o anu ncia una
da las más profu nda s verd a d es de la helenida d presocrá tica , cuan­
do ha b la de la desgra cia en qu e incu rre el h om b re qu e ren iega de
su φυσ ς y qu e hace lo qu e n o lé es p ropio. Y la más b ella recom
pensa a su a u toa firm a ción la ob tien e de la b ios de Filoctetes (1310):
"H a s hecho m a nifiesto, h ijo m ío, el m od o de ser del qu e tú has
s u rgid o".
E n el con cep to de esta <p-j3u, que, com o posesión del homb re,
le ha sid o dada com o h eren cia qu e no pu ede p erd er, qu e no está
su jeta a cam b ios, se nos revela inm edia ta m ente un ra sgo fu nda­
m enta l del h om b re en S ófocles . Además, de este m od o com pren ­
demos una con cepción de la cu ltu ra griega más antigu a, qu e hasta
el final de la época clásica tu vo in discu tib le va lidez. La herencia
qu e ha recib id o el h om b re en su na cim iento decid e de u na vez
p or todas en cu anto a su m od o de ser. E n esto el pensa miento
de una socieda d nob le influ yó profu n da m en te en la democra cia,
y recon ocem os la p roced en cia de este pensa m iento si considera ­
mos su rep etid a expresión en Pínda ro, el poeta de los nob les idea ­
les. D el p od er de tod o lo*qu e se ha d esa rrolla do en form a natu ral
hab la en 01. 9, 100, sus pala b ra s acerca de la im p os ib ilid a d de ocu l­
ta r el m od o de ser innato (01. 13, 13) podría n u sarse com o lem a de
F ilocte te s , y OI. 9, 28 dice lo m is m o qu e el fra gm en to de S ófocles
739 N .: la natu ra leza de un ser hu mano constitu ye una magnitu d
previa m en te dada, determ in a da de un m od o irrevoca b le. Así ha
expresa do G oeth e esta idea de un modo, com pleta m en te griego en
sus Pa la b ra s Órficas··
" Y ningú n tiem p o ni ningú n p od er es capaz de desmenu zar la
form a marcada , qu e vivien d o se d es a rrolla .”

Aqu í nos en fren ta m os directa m en te a la cu estión de si lo d eci­


sivo pa ra el h om b re es la masa h eredita ria qu e vive en su phy sis
o la influ encia qu e ha recib id o del am b iente y de la edu ca ción. La
pregu nta se contesta en nu estro terren o con una decis ión en fa vor
de la masa h eredita ria , decisión qu e condiciona ta m b ién la posición
ante otros dos prob lem a s, u no socia l y otro peda gógico. Aqu ella
separación en tre personas de na cim ien to n ob le y de na cim iento
pleb eyo, en tre los χρηοτί,ι y los φαϋλ'η dentro de la helenida d más
antigu a, no es orgu llo social, sino qu e provien e del convenci­
m ien to de qu e el na cim ien to es a lgo que determ in a de un m odo
d ecis ivo el m od o de ser de una persona. V erem os cóm o estos con­

.*(
ceptos se vu elven p rob lem á ticos en E u rípides b a jo la influ encia
de nuevas form a s de pensar. Pero, p or otro lado, con la concepción
aquí desa rrolla da va inclu ida cierta dosis de pesim ism o pedagó­
gico. Los va lores de la natu raleza hu mana están sostenidos por la
physis, no son el p rod u cto de la a ctivid a d edu cadora, aun cuando
ésta sea mu y im porta n te y necesaria para el cu idado de lo ya exis­
tente. E n rela ción con esto es s ign ifica tivo qu e Pín d a ro (01. 9, 100)
haga resa lta r com o lo rea lm ente esencial la fu erza de lo qu e se ha
desa rrolla do natu ra lmente fren te a a qu ello qu e pu eda aprenderse,
frente a las διδακτού άρετα. Es cu rioso qu e aqu í nos encontremos
en un círcu lo de ideas que se opone tanto a la s ofística como
a la doctrin a de un filós ofo como Sócrates. Y de nu evo hab remos
de com p rob a r en E u rípides la desaparición de antigu as convic­
ciones ante el su rgir de una nu eva época.
Cu ando S ófocles escrib ió su F ilocte te s , le fa lta b a n pocos años
para cu m plir los noventa. Ta m b ién 'revela gra ndemente el m ila ­
gro de su inagotab le fa cu lta d crea dora su E d ip o en C olona, que no
fue lleva d o a la escena hasta qu e lo presentó su nieto, de su mism o
nomb re, en el año 401. La pieza requ iere un cu arto actor.
En E d ip o Rey, hemos encontrado aqu el ca rá cter de la tra ge­
dia de S ófoclés qu e ve al ser hu mano entrega do a poderes irra cio­
nales y a rroja d o p or éstos a la mis eria y al horror. N ingu na luz
consola dora b rilla al final del drama qu e p resenta com o u nâ~âbô-
_m inación—^íara él mismn y p ara los dem ás a l . hoiñ6ré_en---jatro-
tiem po feliz. Ahora vu elve a la escena E d ip o en figu ra de anciano
mendigo, acompañado p or el amor de Antigona. Con abu ndancia
de dolores y miserias, su vid a ha sido la de cu a lqu ier ser humano,
pero los dioses saben apiadarse tamb ién, y un orá cu lo de Apolo
le lleva al Ática, al tem plo de las E u ménidas, en Kolon os H ippios,
donde el su friente, qu e carece de paz, será lib era do de sus pa deci­
mientos y segu irá ob ra ndo b enéficamente com o héroe pa ra aqu e­
llos qu e le acogieron.
En la escena del p rólogo, se entera p or un hab itante del país
de qu e se encu entra en tierra sagrada, en la qu e él in tenta qu eda r­
se, pero parece du doso qu e pu eda consegu irlo. Y cu ando hace su
entra da el coro de los ciu dadanos de C olono, E dip o se ve ob liga do
a sa lir del b osqu ecillo sagrado y experim enta el h orror qu e des­
p ierta su nom b re preña do de maldiciones. S ólo cu ando llega Teseo,
se le hace expedito el anhelado camino. Ta l com o lo presen tó E u rí­
pides en Las Suplicante s , así aparece ta mb ién aqu í Tes eo com o la
pers onifica ción de todas las nob les cu alidades del a ticism o ideal.
Es un d eb er hu mano para él acoger amorosamente al inocente

.*)
ca íd o en la cu lpa y en la desgracia, p ero com o rey del país recon o­
ce ta m b ién la b en d ición qu e el héroe, con form e al orá cu lo d el dios,
hab rá de tra er al su elo á tico. Así, p or ello tamb ién Teseo a compa ña
al anciano E dipo, al fina l del drama, cu ando los tru enos y la voz del
dios le lla man a su fin , hasta el lu ga r en qu e es a rreb a ta d o pa ra
en tra r en la existencia de los héroes.
Tod a la s olem n ida d de las gra ndes creaciones litera ria s se
m anifiesta en el a cto de ir E d ip o hacia la paz de la m u erte. Pero
con sólo este m otivo nó p od ría configu ra rse una ob ra dra má tica .
Antes de qu e llegu e a su descanso, tra ta n de a podera rse u na vez
más de aqu el va rón tan vigoros a m en te prob a do, las potencia s de la
vid a qu e se dispone a ab andonar. A la escena de la p rim era pa rte
de la pieza, en la qu e el coro de ciu dadanos de C olona se d eja con­
ven cer p or E d ip o y An tigon a pa ra agu a rda r la llega da de Tes eo
y qu e és te decida a cerca del destino del anciano desva lido, sigu e la
entra da de Is m ena con em oción profu n d a m en te dra mática . M ien ­
tras E d ip o bu sca en C olona la paz, fu era de la ciu dad continú a la
terrib le lucha p or la vida. E teocles y Polin ices se dispu tan el d om i­
nio de Teb as. E l expu lsado Polin ices se está a rm a ndo en Argos
para em p ren d er u na campaña con tra la patria. Pero el orá cu lo
ha dicho qu e ganará a qu el b ando a fa vor del cual se in cline E dip o.
E ntonces aparece C reon te, el cu al retien e con E teocles el p od er
en Teb as, y llega pa ra lleva r al ejército al qu e en otro tiem p o fu e
desterra do. E ste C reon te presenta un ca rá cter, d iferen te de aqu el
cu ya serena mesu ra nos m os tró E d ip o JLey. Pa ra él s on Jbtuenos
todos _los_inedios.-v-donde no ileg a la persu asión, llega la violen cia .
Se lleva a Antigon a y a Ismena p a ra coa ccion a r al pa dré p or m ed io
de las hijas. Pero a qu í está ta m b ién Tes eo para p roteger al op rim i­
do, y no se detiene ante la lu cha p a ra p od er d evolver las jóven es
a su padre. E ntonces vien e Polinices. Es el m a yor de los dos h erm a ­
nos, y su pretensión al gob iern o está m ejor fu ndada qu e la de E teo­
cles, qu e le ha desterra do. E s indu da b le qu e en esta descrip ción
de los dos herma nos, S ófocles sigu e a E u rípides, el cu al en sus
Troy anas hab ía con vertid o al “p en d en ciero” de la leyenda en el
inju sta m ente d es terra d o p or su h erm a n o E teocles. Pero E d ip o se
en coleriza irrecon cilia b lem en te con tra los h ijos qu e no ha b ía n
im p ed id o qu e fu era expu lsado de Teb as, y con in d ecib le du reza
pronu ncia contra ellos la m a ldición qu e ha b rá de rea liza rse en su
du elo fra tricid a . S in consu elo ni esperan za deja qu e Polin ices
corra hacia la p rop ia ru ina. H a rech a za do de sí la vid a a qu ella qu e
a p ren d ió a odia r, y la rechaza ta nto si se le acerca con violen cia
o con sú plicas.

.*/
Antes hemos su b rayado ya la necesidad de la plen itu d dra má ­
tica de la acción, pero ello no qu iere d ecir qu e S ófocles in jerta ra
elementos de acción al m otivo b ásico de la a poteosis de E d ip o sim­
plem ente p or razones técnicas. La lucha p or la posesión de Teb as
y el fin de E dip o se han u nido para form a r un todo qu e fu e mal
com prendid o p or a qu ellos qu e qu erían explica r el d es a rrollo de la
pieza con la hipótesis de una refu ndición o de una in serción pos­
terior de partes a isla dá s/ E l camino hacia la paz condu ce a E dip o
una vez más a través de las miserias de la vida, y la pia dosa con­
sagración de sus ú ltim os pasos aparece en form a dob lem en te con­
m ovedora ju n to a la violen cia de las pasiones hu manas desde las
cuales se dirige hacia la serenidad de la vid a divina.
Pgro se unen tamb ién form a n do una u nidad las m a n ifesta cio­
nes con las que en este dra m a res pon de_E dipo aL m u n d o- qu eU e
codea. La cólera violenta con qu e se en fren te a los qu e .aparecen
com oja n ob stácu lo..a_su-camino, de la paz, es una pa rte de ÄäTnäfif-
,fs leza in con dicion a l. qu e se enca mina .a su ob jetivo, qu e, nos mos­
tró E d iv o Rey y que m ora en el mismo_pe.chQ._jque__con_taniQ-an-
heloi impu lsa al anciano a- recorrer. este_camino.
H a y muchas cosas qu e hacen resa lta r la im porta n cia de la
circu nstancia de que sea precisamente este drama el ú ltim o de
la creación litera ria de Sófocles. Pu simos com o lem a de la ob ra del
poeta las palab ras qu e pronu ncia U lises en el p rólogo de A y ax:
en el drama hemos de recon ocer la p rop ia vid a en su fa tíd ico
en trelazam iento de dolores y miserias, en el hecho de encontrar
esta vida a merced de unas potencias su periores. Estas palabras,
• ante un Aya x o ante E d ip o Rey, tenía un sentido gra ve, terrib le.
Ahora, ante la ú ltim a ob ra del anciano poeta , a dqu ieren un signi­
ficado más suave, más concilia dor. E l orá cu lo de Ap olo fu e el que
precipitó al Rey desde la altu ra de la felicid a d al a b ism [Link]. la más
profu nda miseria, pero ahora las palab ras del m ism o dios guían
ai anciano hacia là paz. Y las E u ménidas ya no son los espíritu s
de la ma ldición, que recla m a n para sí al cu lpab le, sino las clemen­
tes potencias del mu ndo su b terráneo qu e esconden y redim en su
miseria. Y a hemos vis to cóm o Ja existencia hu mana es con sid erada
_en_gl dra ma de S ófocles de un m odo d istin to q ue en el déTEsqu iIoT
pero tamb ién en aqu él a pa rece la divina gra cia com o una solu ción
para los males del homb re. Y en la paz qu e al fin del segu ndo E dip o
se extiende p or encima de todas las cosas, el d olor y el h orror de la
prim era pieza aparecen b a jo una luz diferen te. Se hace vis ib le la
su b lime p a ra doja de qu e los mismos dioses qu e p recip ita ron a Edi-
po en la noche de la más profu nda m iseria , al m ism o tiem p o lo

.**
atraen p or ello hacia ellos mismos. E n el rela to del m en sa jero, en
la pa rte final del drama, fra gm en to del m á xim o va lor litera rio, en
el qu e vem os la m isteriosa m u erte del gran pa ciente, se ob serva
esta fa m ilia rid a d con los dioses en la form a en qu e los dioses efec­
túan su lla mada:

1623 S u e n a d e r e p e n t e u n a v o z d e s c o n o c i d a q u e se d i r i g e a é l y a n o so t r o s
n o s p o n e sú b it a m e n t e d e p u n t a l o s ca b e l l o s, p o r q u e u n d io s le lla m a b a
y v o l v ía a l l a m a r d e d i s t i n t a m a n e r a . “ V a m o s, v a m o s, E d i p o , ¿p a r a q u é
r e t r a sa r n o s d e la p a r t id a ? Y a h a ce t ie m p o q u e la a n d a s d if ir ie n d o . "
(I g n ac i o Erran d o n e a)

N ingu na p a la b ra com o las qu e es crib ió H öld erlin en la p rim e­


ra reda cción de la m u erte de E m pédocles, acerca de la "lu ch a de
los qu e a m a n ” pu ede d es crib ir m ejor la m isteriosa rela ción entre
el gra nde h om b re y la divin ida d. Y nu eva mente leem os al final de
H ip e rió n : “C om o la dis cordia de los qu e aman, así son las diso­
nancias del m u ndo.”
E l E d ip o en C olona nos es mu y caro, pero lo es ta m b ién como
pieza de la m a n ifesta ción s ofocleica de la vida. Ta m b ién el poeta,
cu ando volvía a ha b larnos de E dip o, se encontra b a él m is m o en el
u mb ra l de la mu erte. Y en la nosta lgia de la mu erte, con qu e su
héroe anhela la pa z y la serenida d, despu és de las torm enta s de la
vida, en a qu el d is trito á tico de C olona , cuna del p rop io poeta , pod e­
mos p ercib ir la voz del m is m o S ófocles. La vid a fu e mu y generosa
con él, pero ta m b ién pa ra él constitu ye el su premo fin de la sab i­
du ría el anhelo de descansar en la mu erte. En el tercer está simo
nos hab la de este anhelo en form a directa , com o raras veces lo
hace en sus ob ras.

1211 Q u ie n , o l v i d a d o d e l o q u e es m o d e r a c i ó n , a n h e l a p r o l o n g a r l a v i d a m á s
d e l o j u s t o , s e r á a m i s o j o s u n i l u s o m e n t e ca t o . P u e s l o s a ñ o s h a c i­
n a d o s v a n h a c in a n d o s i e m p r e m i l c o sa s q u e e n g e n d r a n e l d o l o r . Y l o s
p l a c e r e s , ¿d ó n d e est á n , u n a v ez q u e e l h o m b r e se h a e x c e d i d o en v i v i r
m á s d e l o d e b i d o ? C u a n d o d e l H a d e s v i e n e r e p e n t i n o e l g o l p e ( e l en e ­
m ig o d e c a n t o s h im e n e o s, y d e l i r a s , y d e d a n z a s), ig u a l l l e g a p a r a
t o d o s el l ib e r t a d o r , la m u er t e, f in d e t od o.
("Ignacio Erran d o n e a)

Ta m b ién S ófocles , cuya felicid a d llegó a ser p roverb ia l para


los atenienses, exp erim en tó lo cadu co de la dicha, y mu chas de las
cosas qu e a legra ron su vida, se con virtieron en nada. Pero una
cosa llevó con sigo hasta los ú ltim os días, así com o la fu erza de su
ob ra crea dora , el a m or a Atenas, antes de cu ya ca ída ha b ría de
cerra r los ojos pa ra siempre. Sin em b a rgo, tu vo el p resen tim ien to

.*1
de que esta caída hab ría de produ cirse. Así, en la Atenas de su
drama, en Tes eo sob re todo, hace su rgir una vez más la imagen de
su pu ra grandeza, y en el p rim er ca nto de la ob ra (668), en uno
de los más b ellos de la litera tu ra griega, alab a el hechizo de su
patria, p rotegid a p or los dioses.

U n feliz ha llazgo de pa piros efectu a do en el año 1911 nos per­


mite volver una vez más al S ófocles de la ju ven tu d y redon dea r
con una ob ra temprana el cu adro de su a ctivida d crea dora . Junto
a la gra veda d de sus tragedias, tenemos, proceden te del mismo
tronco, el drama sa tírico qu e ahora poseemos en su m a yor parte.
Los O jeadores . Los ojea d ores o ra strea dores son aqu í los sátiros
que, b a jo la d irección de su padre Sileno, cob a rdes e insolentes,
van p or los montes de Arcadia, para ganar el p rem io p rom etid o
al que descu b ra el pa ra dero de los b ueyes rob ados de Apolo. Su
fino olfa to los condu ce a la gru ta de Cilena, donde el niño Hermes
en poco tiem po ha crecid o in verosím ilm ente y se ha con vertido en
un picaro. E l joven dios, y de ello nos habla ya el him no "h om é­
rico" de Hermes, ha rob a do a su hermano su precios o rebaño,
y además, con una tortu ga mu erta ha fa b rica d o la p rim era lira del
mu ndo. Ahora bien, los sonidos de este instru mento resu enan des­
de el fon d o de la cu eva e infu nden gran espanto en los sátiros.
Pero fina lmente se enteran de que el joven in ven tor es tamb ién un
háb il ladrón qu e pron to sabe reconcilia rse con su perju dica do her­
mano, regalándole la lira y trab ando con él la más íntim a amistad.
A d iferen cia del C íclope de E u rípides, inaccesib le a la alegría
y jovia lid a d , vemos aqu í el drama sa tírico de la escena ática en
consonancia con las frescas imágenes qu e nos mu estran los vasos
de esa época. Pero sob re todo la p roxim ida d de la natu raleza, de
la que, después de todo, los sátiros son solamente una parte, la
form a directa en que S ófocles hace vivir ante nosotros los montes
y los b osqu es en los cu adros m íticos de su pu eblo, es lo qu e con­
vierte su ob ra en una de las más b ella s crea ciones de la litera ­
tu ra griega. Y no solamente el cu adro de su ob ra es lo que por
m ed io de este drama se completa para nosotros, sino tamb ién
de su personalidad, qu e tu vo como u nidad dos cosas: el atisb o
en las oscu ras profu ndidades de la vida, a través de las cuales pa­
samos los seres humanos, y la clara a legría de la lu z que, a pesar
de todo, los dioses han extendido sob re este mu ndo.

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