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Working Papers: ¿Es Posible Una América Sin Hambre EN 2025?

El documento analiza la posibilidad de erradicar el hambre en América Latina y el Caribe para 2025, destacando la seguridad alimentaria como un derecho humano y un objetivo clave para el desarrollo. Se identifican desigualdades significativas en el acceso a alimentos y se proponen cinco componentes estratégicos para la Iniciativa 'América Latina y Caribe sin Hambre 2025', que incluyen el fortalecimiento institucional y la cooperación Sur-Sur. La lucha contra el hambre se presenta como un factor crucial para el crecimiento económico y la consolidación de procesos democráticos en la región.

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Working Papers: ¿Es Posible Una América Sin Hambre EN 2025?

El documento analiza la posibilidad de erradicar el hambre en América Latina y el Caribe para 2025, destacando la seguridad alimentaria como un derecho humano y un objetivo clave para el desarrollo. Se identifican desigualdades significativas en el acceso a alimentos y se proponen cinco componentes estratégicos para la Iniciativa 'América Latina y Caribe sin Hambre 2025', que incluyen el fortalecimiento institucional y la cooperación Sur-Sur. La lucha contra el hambre se presenta como un factor crucial para el crecimiento económico y la consolidación de procesos democráticos en la región.

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¿ES POSIBLE
UNA AMÉRICA
SIN HAMBRE
EN 2025?

#j u01
lio José Luis Vivero Pol
2007 Carmen Porras
Organización de las Naciones Unidas
para la Agricultura y la Alimentación (FAO)
Iniciativa América Latina y Caribe Sin Hambre

Av. Dag Hammarskjöld 3241, Vitacura, Santiago, Chile


Teléfono: (56 2) 337 2100 / Fax: (56 2) 337 2101
www.rlc.fao.org/iniciativa

Derechos y Permisos

Derechos reservados 2008.

Este texto puede ser usado con fines educativos y de


divulgación citando la fuente.

Los documentos de trabajo de la Iniciativa América Latina y


Caribe sin Hambre difunden análisis de información y estudios
en curso para fomentar el intercambio de ideas sobre las
principales problemáticas en torno a la Seguridad Alimentaria,
el hambre y la desnutrición, entre otros temas relacionados.
Los hallazgos y conclusiones expresadas en este documento
son responsabilidad única de sus autores y no representan
necesariamente la opinión de FAO o de sus aliados.

Los documentos de trabajo están disponibles en línea en:


www.rlc.fao.org/iniciativa/workp.htm
y se pueden solicitar suscripciones por correo electrónico a:
[email protected]
iniciativa alcsh - Working Paper N° 01
julio 2007
www.rlc.fao.org/iniciativa

¿ES POSIBLE UNA AMÉRICA SIN HAMBRE EN 2025?

José Luis Vivero y Carmen Porras


[email protected] / [email protected]
Oficina Regional de FAO para América Latina y el Caribe

Resumen

La Seguridad Alimentaria está retornando como paradigma de desarrollo humano,


en el marco de los Derechos Humanos (derecho a la alimentación) y como aspecto
fundamental para el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. En este
trabajo se presenta un estado actualizado del hambre en la región, caracterizada
por excedentes alimentarios y enormes desigualdades entre países y dentro de
los mismos, y donde se constata que el acceso a los alimentos emerge como el
problema más acuciante. Por otro lado, se expone una serie de elementos que están
favoreciendo el posicionamiento político del combate al hambre en las agendas
nacionales de América Latina, dentro del escenario creado por la “nueva ruralidad”
regional. Tras un proceso de descrédito de “lo rural” y de la agricultura de pequeña
escala, recientes investigaciones y documentos institucionales están volviendo a
posicionar los pequeños hogares rurales en el centro de los programas de erradicación
del hambre. El sector agropecuario sigue siendo clave como motor de crecimiento
económico y desarrollo social. La lucha contra el hambre y la desnutrición, que se
diferencia de la lucha contra la pobreza, tiene una enorme incidencia en el desarrollo
económico y en la consolidación de los procesos democráticos. Finalmente, se
describe los cinco componentes estratégicos de la Iniciativa Regional “América Latina
y Caribe sin Hambre 2025”, que ha sido lanzada por Brasil y Guatemala con el apoyo
de España, y recientemente apoyada por los países de la región. Estos componentes
son los siguientes: a) Fortalecimiento institucional mediante políticas, instituciones,
marco legal y apoyo presupuestario; b) Cooperación Sur-Sur, para el intercambio
de personas entre países de la región; c) formación técnica y sensibilización, d)
articulación con redes Iberoamericanas y el marco político regional y e) monitoreo e
investigación aplicada.

Palabras Claves: Hambre. Nueva Ruralidad. Políticas Públicas. América Latina. FAO.

Clasificación JEL (Journal of Economic Literature):


O - Desarrollo Económico, Cambio Tecnológico, y Crecimiento.
Abstract

Food Security is been repositioned as a human development paradigm, within the framework of
Human Rights (specifically the Right to Food) and as a fundamental achievement in the quest
of the Millennium Development Goals. This paper presents a state-of-the-art of hunger in the
region, characterized by food surplus and paramount inequalities among and within countries,
whereby confirming that food access emerges as the most urgent problem to be addressed.
On the other hand, a set of elements that influence the repositioning of political will to fight
against hunger are also presented, being framed in a rural/urban scenario modeled by the New
Rurality. After a decade where “the rural” and small scale agriculture were basically discredited,
recent research and conceptual debate are gaining momentum, repositioning the small rural
households in the spotlight of the hunger eradication programs. The agricultural sector is still the
key as an engine of economical growth and social development. The struggle against hunger
and malnutrition, which is clearly different from that against poverty, has an enormous incidence
on the economic development and the consolidation of democratic processes. Finally, the five
strategic components of the regional Initiative “América Latina y Caribe sin Hambre 2025” (Latin
America and the Caribbean without Hunger 2025) are described. This Initiative was launched by
Brazil and Guatemala with the support of Spain, and recently backed by the regional countries
in the Montevideo Summit Declaration. These components are the following: a) Institutional
strengthening through policies, institutions, legal framework and budgetary support; b) South-
South Cooperation for exchanging people among countries; c) technical training and awareness-
rising; d) joint with other Latin American networks and the regional political framework; and e)
monitoring and applied research.

Key Words: Hunger. New Rurality. Public Policy. Latin America. FAO.

JEL Classification:
O - Economic Development, Technological Change, and Growth.
CONTENIDO

1. Introducción

• Seguridad Alimentaria como marco de intervención.

2. Perspectiva de la desigualdad latinoamericana

• Varias cifras de pobreza en función de la metodología usada.


• Desigualdad al interior de los países: los pobres urbanos y los pobres rurales.
• Ligero progreso en la reducción de la pobreza.

3. Hambre en una región que exporta alimentos

• Progreso regional en la reducción del hambre, aunque insuficiente y muy desigual.

4. Elementos para un nuevo contexto rural

• Retorno de “lo rural”: sector agropecuario como motor de crecimiento y combate a la pobreza
• Cambios en la escena política Latinoamericana e inclusión de los excluidos.
• Hambre y pobreza: parecidos pero no es lo mismo.
• Pobreza, conflicto y democracia.
• Hambre como factor económico: oportunidad de los costes e inversiones.
- Costes del hambre
- Inversiones necesarias para que no haya hambre en América Latina y el Caribe
- Gasto público en el sector rural
• Nueva Ruralidad en América Latina

5. Apoyando políticas públicas y manteniéndolas en el tiempo: la iniciativa


“América Latina y Caribe sin Hambre 2025”

6. Conclusiones

7. Bibliografía
1.- INTRODUCCIÓN

A raíz de la Conferencia Internacional de Nutrición (Roma, 1992) y la Cumbre


Mundial de la Alimentación (Roma, 1996) la preocupación global por la seguridad
alimentaria y el hambre se ha desarrollado claramente tanto a nivel mundial como en
numerosos países en particular. Fue en esta Cumbre de 1996 donde la Organización
de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO por sus siglas
en inglés) retomó con fuerza el tema de la seguridad alimentaria, al reunir a más
de 170 países que se comprometieron formalmente a reducir a la mitad el número
de hambrientos en el mundo para el 2015. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio
(ODM), lanzados por la ONU en el 2000, incorporaron en el ODM 1 este compromiso
de reducir a la mitad el porcentaje de los pobres y hambrientos para el 2015 . Aparte
del Objetivo 8, que tiene una proyección más política y de justicia social, los otros
ODM están implícitos de cierta forma en el primero, que el Secretario de Naciones
Unidas considera también el más amplio y urgente.

Cinco años después, en el 2002, como los datos indicaban que no había habido
suficiente progreso en la lucha contra el hambre, la FAO convoca una segunda
Cumbre Mundial de la Alimentación en la que los asistentes hicieron un esfuerzo
de conjunto para analizar el porqué de la falta de avances significativos . Las
conclusiones de esta Cumbre fueron muy interesantes: no puede haber progreso
en la lucha contra el hambre sin la voluntad política y los recursos necesarios. Para
conseguirlos, se necesita un compromiso efectivo no solamente de los gobiernos, sino
también de todos los actores sociales (públicos, privados, instituciones financieras
internacionales y organismos internacionales) que tienen que unirse en una Alianza
Internacional contra el Hambre para generar la necesaria combinación de voluntad
política y medidas practicas. La Alianza Internacional se nutre de los progresos de
las alianzas nacionales, que tienen el mismo propósito pero a nivel de cada país. Se
pone entonces la atención sobre la necesidad de un esfuerzo común de coordinación
para maximizar los resultados a todos los niveles. En ese sentido, la reducción
drástica del número de personas que padecen hambre ha venido haciéndose espacio
en las agendas políticas de los gobiernos, los medios de comunicación masiva, la
opinión pública y las organizaciones internacionales de desarrollo.

Seguridad Alimentaria como marco de intervención

De un tiempo a esta parte, los profesionales del desarrollo y dirigentes políticos se


están replanteando ciertos elementos conceptuales que afectan a los programas
de seguridad alimentaria y a las metodologías para combatir el hambre, muy
influenciados por los decepcionantes resultados conseguidos hasta la fecha, a pesar
de las ingentes cantidades de dinero invertidas (Ashley & Maxwell 2003, Belik 2004;
Mora & Sumpsi 2004). Todo esto se ha articulado con reflexiones sobre temas como

 El ODM 1 consiste en “erradicar la pobreza extrema y el hambre” y tiene dos metas diferenciadas: Meta 1: Reducir a la mitad, entre 1990 y
2015, el porcentaje de personas cuyos ingresos sean inferiores a 1 dólar por día y Meta 2: Reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, el porcentaje
de personas que padezcan hambre. A su vez la meta 2 tiene dos indicadores de seguimiento: Indicador 1: Porcentaje de menores de 5 años con
insuficiencia ponderal (el seguimiento lo hace UNICEF y OMS). Indicador 2: Porcentaje de población por debajo del nivel mínimo de consumo
de energía alimentaria (el seguimiento lo hace FAO).
 La importante diferencia entre “reducir el número de hambrientos” y “reducir la proporción de hambrientos” ha sido estudiada y cuantificada
por Pogge (2004), llegando a la conclusión que el ODM 1 es menos ambicioso que el objetivo de la CMA 1996 (hay una diferencia de más de
300 millones).
 Aunque a nivel mundial se ha progresado en la reducción de la subnutrición, en la última década esa reducción fue bastante escasa. La
proporción a nivel mundial era 20% en 1990-92 y 17% en 2000-02, sobre todo debido al progreso de China (FAO 2004a).
democracia y desarrollo (Barahona et al. 2004), participación y empoderamiento
(Biswanger & Aiyar 2003), centralismo y descentralización (de Janvry & Sadoulet
2000) y educación.

Normalmente se acepta que el concepto de Seguridad Alimentaria es muy complejo


(Maxwell 1996, Maxwell & Slater 2003) ya que abarca los conceptos de producción,
acceso, estabilidad y consumo (salubridad, nutrición y aspectos culturales), y se
enmarca en la reivindicación del Derecho a la Alimentación, tema ya recogido en la
Carta de Derechos Humanos de 1945 pero que ha conocido un notable desarrollo
en fechas recientes (Cohen & Ashby-Brown 2005, Mechlem 2004, Robinson 1999).
Lograr la seguridad alimentaria de la población implica, por tanto, acciones en los
sectores de la agricultura, salud, nutrición, educación, trabajo, economía, obras
públicas, medio ambiente, género, etc.

En muchos sentidos, la seguridad alimentaria se enfrenta a los mismos obstáculos


que el desarrollo rural llevando a cabo acciones similares, por lo que no queda
claro muy claro qué diferencia exactamente ambos enfoques, si es que existe una
separación real entre ambos conceptos o prácticamente representan un mismo
marco metodológico y operativo. Se nos plantean las siguientes cuestiones: ¿existe
alguna diferencia entre la seguridad alimentaria y el desarrollo rural?, ¿qué hay de
original en la seguridad alimentaria, que durante los años 90 ha asumido un papel
protagonista en muchos planteamientos e iniciativas internacionales? La seguridad
alimentaria, a diferencia del desarrollo rural, pone en el centro del accionar a
los actores más vulnerables, aquellos que pasan hambre de manera permanente
(hambre crónica) o en ciertos periodos del año (hambruna). Y ese sujeto de las
acciones y de las políticas de seguridad alimentaria no siempre está en el área rural;
de hecho en América Latina cada vez hay más desnutridos urbanos. Por el contrario,
el desarrollo rural tiene por sujetos de sus intervenciones a todos aquellos que viven
en el área rural (hambrientos y no hambrientos), y no consideran a los habitantes
urbanos. El gran reto de la seguridad alimentaria es sacar a esta multitud de más
de 850 millones de personas de la pesadilla del hambre crónica, de la angustia
cotidiana de sobrevivir con unos ingresos que no les permiten comprar los alimentos
necesarios para llevar una vida sana. Puesto en palabras más sencillas, la seguridad
alimentaria ”sólo” persigue acabar con el hambre del mundo, que parece un objetivo
más asequible que acabar con la pobreza. Esta reducción drástica hasta la total
eliminación debería producirse en esta generación; es decir, no más allá del 2050
(Ford-Runge et al. 2003).

2.- PERSPECTIVA DE LA DESIGUALDAD LATINOAMERICANA

Varias cifras de pobreza en función de la metodología usada

En América Latina y el Caribe se emplean dos metodologías principales para medir


la pobreza y la pobreza extrema (o indigencia): (a) la primera y más extendida es la
del Banco Mundial, que usa el ingreso de 2 dólares EEUU por persona y día  para
determinar quién se considera pobre, y 1 dólar por persona y día para los pobres
extremos; (b) mientras que la segunda metodología, desarrollada por la Comisión
Económica para América Latina y el Caribe de Naciones Unidas (CEPAL), utiliza el
 Ajustado al costo de vida de cada país, lo que hace que la cantidad varíe un poco de país a país.
coste de la canasta básica alimentaria mensual por persona para determinar quién
es pobre y quién es extremadamente pobre (llamados indigentes por la CEPAL).
Aquél que no gana suficiente para cubrir el coste de una canasta básica alimentaria
(CBA) se considera extremadamente pobre (y en este caso también en inseguridad
alimentaria), mientras que aquel que no tiene suficiente para cubrir el doble de la
CBA se considera pobre. El doble de la CBA es una estimación artificial que tiene por
objetivo cubrir todos aquellos gastos de educación, vivienda, salud, vestimenta, etc
que son también básicos para poder vivir y desarrollarse como persona. En función
de la metodología utilizada para medir la pobreza las cifras absolutas más recientes
varían notablemente. Según la CEPAL (CEPAL 2005a), en América Latina y el Caribe
hay 222 millones de pobres (40.6%) ; mientras que el Banco Mundial considera que
hay 175 millones de pobres, lo que supone sólo el 25% de la población (Perry et al.
2006).

Desigualdad al interior de los países: las pobres urbanos y los pobres rurales

El PIB per cápita de América Latina disminuyó en 0,7% durante los años ochenta y
aumentó alrededor de 1,5% durante los años noventa, sin que los niveles de pobreza
cambiaran en forma significativa (Perry et al. 2006), lo cual se debe a su enorme
desigualdad en el acceso a los recursos (dinero, tierras, educación, salud) y a una
notable discriminación étnica  que dificulta un desarrollo pleno de los ciudadanos.
Esta situación lleva a que una proporción de la población no acceda a los alimentos
necesarios debido a la falta de recursos para adquirirlos y no a déficit en la oferta
agregada de alimentos . El 10% más rico de la población de la región percibe 48% de
los ingresos totales (de Ferranti et al. 2004). La brecha en los niveles de prosperidad
tiene su manifestación más aguda en la distribución de la riqueza al interior de los
países La comparación entre regiones al interior de los países revela diferencias
asombrosas. En México, el ingreso per cápita en Chiapas en el 2000 era sólo un 18%
de aquel registrado en la capital. En Bolivia, Honduras, México, Paraguay y Perú,
la diferencia en los recuentos de pobreza entre una región y otra es de más de 40
puntos porcentuales.

En el último cuarto de siglo, la localización de la pobreza ha estado cambiando


gradualmente de las zonas rurales a las urbanas (Garrett 1997) y actualmente
alrededor del 75% de la población latinoamericana vive en las ciudades. Según el
Banco Mundial (de Ferranti et al. 2005), cerca del 37% (65 millones) de los pobres
de América Latina y el Caribe viven en áreas rurales, aunque esta cifra está sujeta a
un notable debate en la actualidad, pues varía mucho en función de la metodología
usada y de lo que se considere “rural”. Si bien las estadísticas agregadas con los
datos oficiales de los países dan una cifra cercana al 24%, cuando se aplica la
definición de ruralidad de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos ,
la cifra se eleva al 42%. En algunos países como Bolivia, Guatemala, Honduras,
Nicaragua, Paraguay y Perú, al menos el 70% de su población rural vive en la
pobreza. La pobreza extrema en zonas rurales es tres veces superior a la pobreza

 De los cuales 96 millones son pobres extremos (18%).


 La población indígena de la región percibe la mitad de los ingresos que reciben quienes no son indígenas (Perry et al. 2006).
 Sin embargo, en cuatro países con elevada prevalencia de subnutrición también existen restricciones desde el punto de vista de la producción
de alimentos: Haití, República Dominicana, Guatemala y Panamá.
 La OCDE define a la población rural con base en la densidad poblacional de menos de 150 habitantes por kilómetro cuadrado y más de una
hora de viaje a las principales áreas urbanas (ciudades de 100.000 habitantes o más).
urbana (CEPAL 2005a). En los seis países de Centroamérica  la población urbana ha
llegado ya al 50%, aunque la pobreza sigue teniendo una cara predominantemente
rural e indígena: el 70% de la pobreza sigue siendo rural (Richards 2004) y su perfil
prototipo corresponde a hogares indígenas con familias numerosas, poca o ninguna
educación y un acceso a la tierra limitado (Sauma 2004). La gente que vive en el
campo centroamericano tiene el doble de posibilidad de ser pobre respecto a la
población urbana (CAC 2002) y por eso su potencial de desarrollo depende en buena
medida del sector agropecuario (ODI 2003), que en conjunto constituye la principal
fuente de empleo e ingreso de la mayoría de las familias pobres rurales (CEPAL-
PMA 2003).

Ligero progreso en la reducción de la pobreza

De 1950 a 1980, con una estrategia de desarrollo centrada en el Estado, América


Latina disfrutó de una de las mayores tasas de crecimiento económico del mundo,
aunque no pudo sostenerlas. Las barreras comerciales, la sobrevaloración de los
tipos de cambio y el financiamiento público protegieron a las industrias ineficientes
de la competencia mundial. Los países acumularon deuda externa para financiar
esas políticas pero cuando subieron las tasas de interés en los años ochenta se
derrumbó la estrategia (Garrett 1997). En respuesta, los gobiernos introdujeron
reformas basadas en el mercado, con un coste social muy alto (Stiglitz 2002). En los
años 80, los países sufrieron colapsos económicos, guerras civiles y terrorismo, y el
ingreso per cápita se redujo cerca de 10% en la región.

Sin embargo, en los 90 el ingreso per cápita se estabilizó o aumentó ligeramente


en la mayoría de los países. Los datos recientes sobre el crecimiento en la región
demuestran una tendencia favorable a la reducción de los índices de pobreza.
Mientras en el 2002 el porcentaje de los pobres y extremadamente pobres era
respectivamente del 44% y 19.4%, en el 2005 bajaron hasta 40.6 y 18. En los últimos
diez años la proporción de población pobre se había mantenido entre 43% y 46%.
Esta reducción del porcentaje y las cifras absolutas del número de pobres en los
últimos tres años es un cambio notable en la tendencia histórica, pues el número de
pobres había crecido continuamente desde 1970 hasta el 2003 10. La pobreza extrema
creció también en números absolutos (93 en 1992 a 96 millones en 2002) aunque el
porcentaje total haya disminuido debido al crecimiento total de la población (CEPAL
2005a, FAO 2006). Según la CEPAL (CEPAL 2005b), a nivel sub-regional en los
últimos 15 años, la pobreza disminuyó ligeramente en América Central (de 30% a
29%), aumentó en la Comunidad Andina (de 25% a 31%) y se redujo en la zona del
Cono Sur (de 24% a 19%).

Este progreso a nivel regional ha sido favorecido por los ritmos de crecimiento altos
de algunos países como Venezuela, Argentina y Perú. Algunos gobiernos (Brasil,
Chile, Argentina, Perú) han aumentado sensiblemente la inversión social, y los jefes
de algunos gobiernos parecen haber tomado muy seriamente, a nivel nacional e
internacional, el desafío de los ODM. Las situación no es exactamente la misma en
las economías menos dinámicas y con menor tasa de crecimiento de Centroamérica,
donde el PIB en el 2005 en promedio ha crecido solamente 3.5 %.

 Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá.


10 En 1970 había 113 millones de pobres y en el 2003 la cifra alcanzó 226 (CEPAL 2005b).
3.- HAMBRE EN UNA REGIÓN QUE EXPORTA ALIMENTOS

En América Latina hay 53 millones de personas subnutridas (FAO 2005a) y el 20%


de los niños sufre de desnutrición crónica moderada o grave, aunque estas cifras
medias esconden unas enormes diferencias entre países. En 2002, siete países
presentaban un porcentaje de subnutrición superior a 21% mientras que otros
seis estaban por debajo del 9%. Mientras que Argentina apenas tiene un 2.5% de
subnutrición, Haití tiene el 45% y Guatemala el 24%. Aunque el principal problema
en la región es el acceso a los alimentos (ver más adelante), Guatemala ha visto
una progresiva disminución del suministro energético alimentario total, para situarse
en torno a 5% sobre el requerimiento promedio, lo que es coincidente con sus altos
niveles de desnutrición y subnutrición (SNU 2003, Fuentes et al. 2005).

La causa principal de la subnutrición en América Latina no está en la falta de


capacidad para producir alimentos en cantidad suficiente. En general, la región es
ampliamente excedentaria en el comercio internacional de alimentos, con países
que figuran entre los mayores exportadores mundiales, aunque algunos países
siguen teniendo todavía problemas de producción (Haití, República Dominicana y
Guatemala). El problema principal para lograr la seguridad alimentaria radica en las
posibilidades de acceso. Es decir, existen grupos de población que no cuentan con
el ingreso suficiente para acceder a los alimentos disponibles en el mercado ni a los
recursos para poder producirlos en un sistema de autoconsumo. En síntesis, en la
gran mayoría de los casos se trata de un problema de pobreza. Sin embargo, como
se verá posteriormente, el hambre en América Latina está estrechamente asociada a
la pobreza extrema pero no se confunde con ella. Una alimentación insuficiente para
el desarrollo de una vida normal, e inadecuada desde el punto de vista nutricional,
afecta no sólo a quienes viven en condiciones de extrema pobreza sino también a
estratos más amplios y a grupos que residen en determinadas zonas no consideradas
pobres.

Progreso regional en la reducción del hambre, aunque insuficiente y muy


desigual

Entre 1990-92 y 2000-02 la cantidad de personas subnutridas en América Latina y


el Caribe bajó de 59 a 53 millones, es decir del 13% al 10% del total. El incremento
de la disponibilidad interna por habitante ha sido un factor central para explicar esta
reducción de la subnutrición, que compensó el aumento de las desigualdades de
acceso a los alimentos, asociado al incremento de las brechas de desigualdad (de
Ferranti et al. 2004).

Sin embargo, el avance ha sido insuficiente y muy desigual entre países y sub-regiones,
e incluso parece que en años recientes la tendencia se ha estancado, con lo que sólo
algunos países podrían lograr el primer ODM para el 2015 (FAO 2005a). Entre los
países que han experimentado un incremento de la subnutrición en el periodo 1990-
2000 tenemos a Guatemala, Panamá y Venezuela. En un estudio reciente (CEPAL
2005a), se indica que los únicos países de la región que no lograrían alcanzar la meta
relativa a subnutrición (ODM 1, indicador 1), si las cosas siguen como hasta ahora,
son centroamericanos: El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá. Si
consideramos el indicador de insuficiencia ponderal en menores de 5 años (ODM 1,
indicador 2), hay 10 países en América Latina y el Caribe que están progresando
adecuadamente para cumplir el ODM (World Bank 2006). Sin embargo, un aspecto
que preocupa notablemente es que en cuatro países que no solían tener problemas
de este tipo (Argentina, Costa Rica, Panamá y Venezuela) el estado nutricional de
los niños se está deteriorando.

En el lado positivo tenemos a un grupo de países que ya han alcanzado la meta para
ambos indicadores (Ecuador, Chile, Cuba, Guyana y Perú), siendo Perú un caso
destacado puesto que ha pasado del 42% de subnutrición al 13% en sólo 10 años.
En Perú se redujo el hambre en un 70%, gracias a lo cual se alcanzó el ODM 1 unos
15 años antes de lo programado.

4.- ELEMENTOS PARA UN NUEVO CONTEXTO RURAL

El espacio rural, su población y la economía agropecuaria no tienen actualmente las


mismas características que tenían hace 20 años o hace 10. Es en éste nuevo ámbito
rural donde se han de llevar a cabo actividades y programas de reducción del hambre
y la subnutrición, problemas todavía muy presentes en los hogares rurales, como se
ha visto anteriormente. En este sentido, vamos a exponer algunos elementos que
determinan este nuevo espacio rural, esta “Nueva Ruralidad” de América Latina y el
Caribe, como la han definido algunos autores (FAO & Banco Mundial 2003).

Retorno de “lo rural”: sector agropecuario como motor de crecimiento y combate


a la pobreza

Cerca del 70% del grupo objetivo de los ODM a nivel mundial vive en áreas rurales 11
y para la mayoría de los pobres rurales la agricultura (más desarrollada, productiva
y eficiente) sigue siendo vital para conseguir alimentos, ingresos y empleo. El sector
agropecuario es indispensable para conseguir los ODM, particularmente el ODM 1,
aunque también tiene una influencia directa o indirecta en las otras metas (World
Bank & IFPRI 2006). Actualmente hay cierta coincidencia en revalorizar “lo rural”, sin
el cual el desarrollo de cada país parece muy difícil de alcanzar. Y decimos revalorizar
porque durante todo el proceso seguido en los países en desarrollo durante los
noventa para preparar las Estrategias de Reducción de la Pobreza, el hambre se
vio opacada por las luces de la pobreza (FAO 2003a). Frente a la persistencia de la
pobreza rural, muchos especialistas están alejándose de las pasadas teorías neo-
liberales, pro-urbanas, tecnológicas y mercantilistas, y están en línea con la visión
de la importancia de una política de estado hacia lo rural (de Clementi & Vivero
2006) y hacia las economías locales de pequeña escala: una política que oriente,
integre y corrija los recientes procesos de planificación y financiación centralizada
del desarrollo (Biswanger & Aiyar 2003). Parece existir un cierto consenso general
en América Latina y el Caribe sobre el hecho que las políticas rurales han estado
demasiado centradas en la entrega de subsidios a los productores agrícolas, en
lugar de la entrega de “bienes públicos”, como caminos y otras infraestructuras de
transporte, investigación y extensión, educación y salud pública (de Ferranti et al.
2004).

11 El 75% de los pobres viven en áreas rurales (IFAD 2001), aunque América Latina apenas tiene entre el 35% (según Ferranti et al. 2005) y
el 50% (según CEPAL 2005b).
La agricultura ha sido el pilar fundamental para el desarrollo económico y humano
de la mayoría de los países a lo largo de toda la historia. De hecho, casi todos los
países europeos basaron su despegue económico en el sector rural agropecuario,
empezando con la producción de alimentos básicos (granos, carne y leche) para
luego diversificar la producción orientada hacia el mercado y desarrollando las agro-
empresas de transformación y las actividades rurales no agrícolas (Koning et al.
2002). De hecho, esto mismo parece haber sucedido en los nuevos países emergentes
del Sudeste asiático (Timmer 1988). El desarrollo industrial y el sector de servicios
dependen enormemente de los productos agrícolas y sólo se pueden desarrollar si a
su vez se desarrolla el sector agropecuario (de Janvry & Sadoulet 2000). El desarrollo
agropecuario es necesario para crear mercados internos y para generar ahorro que
luego será usado para invertir en sectores no-agrícolas (Johnston & Mellor 1961). La
lucha contra el hambre tiene por tanto un marcado carácter rural, y su operatividad
se basa en la necesidad de un compromiso de gobierno para erradicarla y en la
ejecución de programas de desarrollo participativo y descentralizado que abarquen
la producción, el acceso, la disponibilidad y la salubridad de los alimentos.

En un reciente estudio del Banco Mundial (de Ferranti et al. 2005), se estableció
que las actividades rurales basadas en los recursos naturales (agricultura primaria,
silvicultura y pesca) conformaron el 12% del PIB regional de América Latina y el
Caribe en el 2000, pero cuando se incluyen las industrias procesadoras de alimentos,
la proporción promedio del PIB proveniente de la agricultura se eleva por encima del
21% del PIB. Y el efecto de las actividades rurales sobre el crecimiento nacional y
la reducción de la pobreza es casi el doble de su proporción del PIB, debido a sus
vínculos crecientes con otras actividades económicas y su aporte significativo a
las exportaciones. En este sentido, resulta revelador el caso de Perú, donde el PIB
agrícola en la década de los 90 creció aún más rápido que el resto de la economía,
impulsado en parte por la diversificación hacia exportaciones no tradicionales con
valor añadido, lo que permitió un aumento de los ingresos agrícolas y la creación
de puestos de trabajo en el sector de los productos transformados (FAO 2005).
Así mismo, hay que considerar que las actividades agrícolas no son la única ni la
principal fuente de ingresos de las familias rurales: el ingreso no-agrícola constituye
entre el 40 y el 50% del ingreso total de los hogares rurales en la mayoría de los
países de América Latina y el Caribe 12.

Esta valorización de la agricultura ampliada (productos alimenticios y manufacturas


de esos productos) como un importante motor económico e incluso un activo
estratégico se refleja en el peso específico que representa en el PIB de muchos
países de la región, como Ecuador (25%), Brasil (26%), Chile y Argentina (32%)
o México (24%) (Trejos et al. 2004, Arias et al. 2006,). En cuanto a absorción de
mano de obra (calificada y no calificada), el sector agropecuario se convierte en el
mayor demandante de este factor de la producción, sobre todo entre la población
pobre. Esta agricultura ampliada es importante no solamente por su impacto en el
crecimiento económico nacional, sino porque cada dólar que se invierte en este
sector contribuye a mejorar el ingreso de la población. De ahí que darle prioridad
económica resulte una tarea ineludible.

Estos datos deben servir de base para que todos los esfuerzos se enfoquen hacia
12 Este dato significativo está dando pie a replantearse los marcos teóricos de desarrollo rural para la región y su relación con otros entes
económicos o países (FAO-Banco Mundial 2003).
el reposicionamiento de la agricultura en el ámbito político en la región, a fin de
lograr una mejor asignación de presupuesto de los Estados, y para la definición de
políticas e instrumentos de apoyo de acuerdo con su verdadera importancia relativa
para el desarrollo del país. Por lo tanto, en este nuevo enfoque del desarrollo rural,
las políticas macro-económicas tendrían que venir acompañadas por políticas
apropiadas de inversión social en las áreas rurales, donde se concentran los hogares
pobres. Los países de América Latina y el Caribe necesitan invertir más y mejor en
las comunidades rurales ya que la contribución económica del campo al desarrollo
nacional es el doble de lo que sugieren las cifras oficiales (de Ferranti et al. 2005).

Cambios en la escena política Latinoamericana e inclusión de los excluidos

El contexto político de la región ha cambiado, o mejor dicho está todavía cambiando,


puesto que este año habrá siete países que tengan elecciones a la Presidencia. Por
otro lado, es ya evidente un progresivo establecimiento en países de América Latina 13
de gobiernos liberales-progresistas o de una neo-izquierda que en sus propios países
promueven una mayor inversión en políticas sociales y colocan el combate al hambre
y la pobreza como uno de los temas importantes de su agenda. Además, estos
países están llevando sus ideas más allá de sus fronteras, manteniendo la seguridad
alimentaria muy alta en la agenda internacional y apoyando a otros países en el
combate al hambre. Al respecto, vale la pena mencionar las iniciativas del Quinteto
contra el Hambre (Francia, Chile, Brasil, Naciones Unidas y España, a quienes se
agregó posteriormente Alemania) que desde 2002 esta tratando de encontrar los
recursos económicos y la voluntad política para financiar la lucha mundial contra el
hambre y la extrema pobreza (TGIFM 2004).

Los países de América Latina y el Caribe se están levantando contra las recetas
neoliberales que habían sido impuestas antaño, en el marco del Consenso de
Washington. Muchos de ellos están, además, notablemente integrados en el mercado
internacional y están viendo los precios de sus principales productos de exportación
(agrícolas, petróleo y gas) crecer de una manera inesperada, lo que incrementa
la cantidad de recursos que eso países pueden destinar a inversiones sociales
y de infraestructura. Esto hace que muchos de ellos estén viendo una vuelta del
Estado como proveedor de servicios esenciales para los ciudadanos. El repunte
de los precios de las materias primas está sosteniendo las aspiraciones sociales
y estratégicas de algunos de los nuevos líderes de la región. Hugo Chávez, que
ha sido recientemente elegido por la revista Time como uno de los 100 personajes
más influyentes del mundo, junto a Evo Morales ven una oportunidad histórica en
la región, lo que parece alimentar las esperanzas y aspiraciones de los millones
de pobres y hambrientos, de los más excluidos. Por otro lado, el posicionamiento
geopolítico de algunos países está creciendo en la escena internacional, con sus
líderes adquiriendo cada vez un papel más protagónico (Lula en Brasil, Chávez en
Venezuela, Kichner en Argentina, Bachellet en Chile).

Los pobres y los marginados están tomando conciencia de sus propios derechos
como ciudadanos y están, por ello, empezando a formar parte de la agenda política
de muchos gobiernos de la región, así como de las agendas político-estratégicas
de sus máximos dirigentes. Otra característica que está favoreciendo esta vuelta
de “lo social” son los procesos de descentralización del poder y el desarrollo de
13 Entre los cuales tenemos Venezuela, Chile, Brasil, Argentina, Uruguay y Bolivia.
gobiernos locales y movimientos sociales 14, lo que proporciona un escenario abierto
para movimientos sociales y, en última instancia, la consolidación de la democracia.
Sin embargo, el discurso social en la región corre el riesgo de ser planteado desde
un punto de vista populista, de discurso social sin acciones reales y de demagogia
conceptual y lingüística que no corresponde con la realidad del accionar del gobierno.
Ese populismo en los dirigentes nacionales, tanto en los democráticos como en los
autoritarios, ha sido moneda corriente durante la segunda mitad del siglo XX en la
región.

Hambre y pobreza: parecidos pero no es lo mismo

Al analizar la desnutrición y la inseguridad alimentaria en América Latina y el Caribe,


se observa que en torno al año 2002, la población en extrema pobreza llegaba a 18%
(96 millones) mientras que la población subnutrida alcanzaba el 10% (53 millones).
La notable diferencia entre ambas cifras refuerza una de las tesis defendidas por
los autores: que hambre y pobreza extrema no son equivalentes. Si bien el combate
a la extrema pobreza es central en la lucha contra el hambre, para obtener logros
significativos en materia de desnutrición no se requieren necesariamente amplios y
costosos programas anti-pobreza (CEPAL 2005a). Los gráficos siguientes (Gráfico
1) muestran que la escasez de recursos de los hogares latinoamericanos y caribeños
está lejos de dar cuenta por sí sola del nivel de la desnutrición infantil. El Salvador
y Nicaragua, por ejemplo, que presentan niveles de pobreza muy distintos registran
tasas de desnutrición crónica similares. Por otro lado Guatemala presenta un nivel
de pobreza extrema similar a Colombia, pero son muy distintos en desnutrición
crónica.

14 Que incluso han llegado al Gobierno como es el caso de Evo Morales en Bolivia.
Gráfico 1: Relación entre Pobreza Extrema, Desnutrición Global y Desnutrición
Crónica en América Latina y el Caribe (18 países), con datos de 1999.

Fuente: CEPAL (2005)


La pobreza coincide sólo parcialmente con el hambre, ya que una persona puede ser
extremadamente pobre pero no padecer de inseguridad alimentaria, mientras que el
desnutrido crónico puede vivir en un área donde se ha promovido el desarrollo rural
y los ingresos per capita han subido significativamente, pero seguir hambriento.
Usando encuestas demográficas, se constató que más de dos tercios de la población
infantil de que reside en hogares en extrema pobreza de Guatemala y Nicaragua no
presentaban bajo peso respecto a la edad (CEPAL & PMA 2003). Por otro lado, una
proporción muy elevada de los menores de cinco años con desnutrición crónica no
vive en hogares extremadamente pobres, y muchos de ellos incluso viven en hogares
que están fuera de la pobreza. Además, existe un conjunto de factores protectores
o compensatorios de la desnutrición, que explicarían el hecho que una proporción
importante de los niños en hogares extremadamente pobres no presenten signos de
desnutrición. Entre éstos se encuentran los mecanismos de adaptación biológica y
metabólica a niveles bajos de ingesta alimentaria y los de adaptación conductual,
que a menudo se traducen en descensos de la actividad física y el rendimiento. A
ellos se suman los que permiten compensar los efectos de la pobreza vía distribución
intrafamiliar de los alimentos en favor de los niños y en desmedro de las madres, y
las redes sociales en las que participan los hogares de escasos recursos y que les
permiten paliar las situaciones más extremas de falta de alimentos.

Aunque no son equivalentes, hambre y pobreza están muy relacionados. La


subnutrición contribuye a perpetuar la pobreza, pues los niños desnutridos dejan la
escuela antes de tiempo, aprenden menos y consiguen menores ingresos una vez
que llegan al estado adulto (ver punto 3.d., Berhman et al. 2004). Y, por otro lado,
la pobreza es una de las causas principales de la falta de acceso a los alimentos y
tiene un efecto negativo y de gran importancia sobre el crecimiento económico de los
países. En promedio, un aumento del 10% en la pobreza reduce el crecimiento anual
en 1% (Perry et al. 2006). Por otro lado, el crecimiento económico es decisivo para
la lucha contra la pobreza. En promedio, por cada 1% de crecimiento económico,
la pobreza disminuye en 1,25% en América Latina (Perry et al. 2006). En la última
década, en la mayor parte de los países donde se redujo la pobreza se redujo
también la prevalencia de la subnutrición. Sin embargo, en dos países (Guatemala y
Panamá) donde se redujo la pobreza aumentó la subnutrición (FAO 2005a), lo cual
confirma lo ya apuntado por la gráfica 1, en la cual se ve que la relación no es directa
ni proporcional.

Así, combatir el hambre no es lo mismo que combatir la pobreza, lo que se


manifiesta, entre otras cosas, que en la Declaración del Milenio se establecen
metas independientes de reducción de ambos flagelos. Los programas de seguridad
alimentaria tienen como objetivo encontrar soluciones rápidas y de amplia envergadura
para reducir drásticamente el número de los que padecen hambre. Esto implica que
la lucha contra el hambre, pre-requisito del combate a la pobreza (Vivero & De
Loma-Ossorio 2005), puede llevarse a cabo mediante programas nacionales poco
complejos, que primen la producción y diversificación para el autoconsumo en zonas
marginales, la educación nutricional de las madres y la alimentación escolar con
alimentos producidos localmente, entre otras acciones.
Pobreza, conflicto y democracia

El mundo contemporáneo paulatinamente va reconociendo la importancia y la


urgencia de poner en la agenda de las prioridades políticas mundiales otro peligro: el
hecho que la pobreza, la desnutrición y la desigualdad social 15 puedan radicalizarse y
ocasionar desordenes públicos, desembocando en una situación de ingobernabilidad,
que por otro lado previenen al país de recibir mayores inversiones extranjeras (Perry
et al. 2006). Este aspecto no solamente resulta catastrófico para los países donde
se produce con mayor impacto (en América Latina se pueden mencionar Ecuador,
Bolivia y, por cierto tiempo, Argentina), sino que podría extenderse y desestabilizar
vastas áreas, hasta poner en peligro los equilibrios político-económicos vigentes 16.
Como se ha visto en los países arriba mencionados, estos eventos son capaces de
cambiar incluso el liderazgo existente, por lo que las elites gobernantes se están
dando cuenta que si quieren estabilidad política, tienen que mejorar las condiciones
de vida de los extremadamente pobres (Valdez 2003).

Existe una clara relación entre el conflicto, la subproducción agrícola, la inseguridad


alimentaria y la escasez de recursos naturales (de Soysa & Gleditsch 1999). Entre
1970 y 1990, los conflictos violentos causaron hambre y redujeron la producción
alimentaria y el crecimiento económico en 43 países en desarrollo (Messer et al.
1998). El conflicto destruye la tierra, el agua y los recursos biológicos y sociales para
la producción alimentaria, en tanto que el gasto en operaciones militares reduce la
inversión en salud, educación, agricultura y protección ambiental. El conflicto causa
inseguridad alimentaria por medio de actos deliberados como el sitio de las ciudades,
la usurpación de los bienes de las víctimas y la desintegración de las comunidades.
Una vez terminado el conflicto, sin los alimentos y la infraestructura indispensables,
la frágil paz alcanzada puede volver a convertirse en conflicto con facilidad. Las
regiones pobres y devastadas por el conflicto, que carecen de infraestructura, no
consiguen atraer inversiones extranjeras ni nacionales.

Sin embargo, también sucede lo contrario: el hambre y la falta de acceso a medios


para atender las necesidades básicas suelen ser la raíz de conflictos violentos
(Herrera et al. 2005). Cuando los grupos con predominio político se apoderan de
la tierra y de los recursos alimentarios, niegan acceso a los grupos marginados por
razones políticas o económicas y causan hambre y escasez, estalla la violencia.
La denegación del derecho a los alimentos se ha vinculado a disturbios y guerra
civil en América Central y México (Messer et al. 1998). La exclusión económica y
retrasos en los procesos de descentralización del poder limitan el interés político y
la participación democrática de la población, lo que lleva a una pérdida de confianza
de la población vulnerable en el Gobierno (Herrera et al. 2005).

Hambre como factor económico: oportunidad de los costes e inversiones

En este apartado vamos a exponer uno de los argumentos centrales de este trabajo,
y que tiene una enorme repercusión para articular la Iniciativa “América Latina y
Caribe sin Hambre 2025”: el problema del hambre y la desnutrición de la región no

15 Ampliamente extendida por numerosos países en desarrollo, con brechas socio-económicas que se van ampliando en gran número de
países, y con su manifestación evidente en la subnutrición y la pobreza.
16 Como muestra tenemos los recientes disturbios provocados por jóvenes norteafricanos que vivían en barrios marginales de varias ciudades
de Francia, Bélgica y Alemania.
debe ser visto por los tomadores de decisión como un asunto meramente técnico
(agronómico o nutricional) o asistencial (bajo la responsabilidad de los Ministerios
de Asuntos Sociales o Salud), si no como un tema económico, con una alta prioridad
política. Por ello, vamos a revisar los aspectos económicos del hambre, los costes
que acarrean a los países y el freno al desarrollo económico; luego lo vamos a
comparar con las inversiones necesarias para reducir o erradicar la subnutrición
de la región. Finalmente, indicaremos los gastos actuales en las áreas rurales con
mayor número de personas desnutridas para ver cuán poco atendidas están las
zonas que albergan una mayor cantidad de hogares pobres.

Costes del hambre

La desnutrición crónica afecta negativamente al estado de salud de los individuos


y de las economías nacionales. Los adultos con retraso de crecimiento son menos
productivos y perciben salarios más bajos, la pérdida de años de escolarización
debido a desnutrición y pobreza reduce los ingresos a lo largo de la vida y la
disminución de la capacidad cognitiva (asociada a un escaso desarrollo cerebral)
conlleva una reducción de la productividad y de los ingresos (Arcand 2001, FAO
2004a). Además, mejorar el estado nutricional conlleva menos días de baja laboral y
una mayor motivación de los trabajadores (World Economic Forum 2006). Aspectos
relacionados con el hambre “oculta” como la deficiencia de micronutrientes, o la
anemia crónica, tienen unos efectos negativos en los ingresos de las personas
afectadas, así como en el crecimiento económico de los países (Hunt 2005). Sólo la
anemia causada por deficiencia de hierro supone unas pérdidas económicas anuales
para América Latina de entre 4 y 8.5 miles de millones de dólares EE.UU (Horton &
Ross 2003).

Según Pelletier et al. (1994), el 54% de las muertes infantiles en los países en
desarrollo son atribuibles a la malnutrición y enfermedades asociadas, siendo ésta la
mayor causa de mortalidad infantil en el mundo. Y según estimaciones (FAO 2004a,
World Bank 2006), el valor actual neto de la pérdida de productividad a lo largo de
toda la vida de aquellas personas cuyas capacidades físicas y cognitivas se ven
mermadas por el bajo peso al nacer, la malnutrición y las carencias de vitaminas
y minerales esenciales equivale a entre un 3 y un 10% del PIB en el mundo en
desarrollo. Considerando que muchos países en desarrollo apenas crecen el 3%
anualmente, una mejora en la nutrición de la población puede incluso doblar el PIB
anual World Bank (2006). Y este notable incremento tendría lugar en muy poco
tiempo, puesto que el crecimiento del PIB reacciona con rapidez a las mejoras en
la nutrición: un incremento del 1% en el aporte proteínico produce un aumento del
0.49% en el PIB a largo plazo (FAO 2004a, Wang & Taniguchi 2003).

El cálculo del valor de las pérdidas de productividad en dólares sugiere que permitir
que el hambre persista es simplemente una carga imposible de asumir, no sólo para
las propias víctimas sino para el desarrollo y prosperidad económica de las naciones
en las que viven. Los costes directos a nivel mundial, que incluyen costes médicos
de enfermedades asociadas, suponen 30,000 millones de dólares EEUU al año,
mientras que los costes indirectos, por pérdida de productividad e ingresos, suponen
entre 500,000 millones y 1 billón de dólares EEUU (FAO 2004a). Ambos costes son
inaceptablemente elevados, tanto en términos absolutos como en comparación con
las estimaciones de los costes de las intervenciones que podrían llevarse a cabo
para prevenir y eliminar el hambre del mundo (ver abajo). Los recursos que se
necesitan para erradicar el hambre de la región son mucho menores que los costes
que ocasiona el no hacerlo.

Por otro lado, dos tercios de la población mundial son pobres, lo cual no quiere
decir que no sean capaces de comprar en el mercado, o de ser considerados como
consumidores o clientes (Prahalad 2004). La reducción de la pobreza y los costes
asociados con el desarrollo de millones de personas pobres debe venir acompañada
de su incorporación al mercado. Mantener un alto porcentaje de población fuera del
consumo y de las oportunidades laborales, y con alta incidencia de enfermedades
y desnutrición crónica, tiene un costo social y monetario muy alto, que termina por
incidir en la capacidad de desarrollo y producción de riqueza del país en su conjunto
(Arcand 2001, Hammond & Prahalad 2004).

Inversiones necesarias para que no haya hambre en América Latina y el Caribe

Un grupo de economistas del desarrollo, entre los cuales había varios Premios Nobel,
llegaron a la conclusión en 2004 (en el llamado Consenso de Copenhagen, ver Berhman
et al. 2004) que las inversiones en nutrición eran una de las mejores opciones para
reducir la pobreza y mejorar el crecimiento económico. Las inversiones en nutrición
(en concreto el acceso a los micronutrientes) generan los mayores retornos de todas
las actividades de desarrollo examinadas por este grupo de economistas (Bhagwati
et al. 2004). Por otro lado, la FAO estima que con un aumento anual de 2,620 millones
de dólares EEUU en inversiones públicas sería posible que se alcanzase el ODM 1
en la región (ver Cuadro 1), lo cual podría reportar unos beneficios anuales que
triplicarían o cuadriplicarían esta inversión (FAO 2003b, FAO 2006).

Cuadro 1: América Latina y el Caribe – Inversiones públicas incrementales anuales necesarias


para alcanzar las metas de la Cumbre Mundial de la Alimentación (millones de dólares)

Mejora de la productividad agrícola en la pequeña agricultura 150

Desarrollo y conservación de los recursos naturales 1.330

Expansión de la infraestructura rural y el acceso a los mercados 370

Fortalecimiento de la capacidad de innovación tecnológica 420

Subtotal desarrollo agrícola y rural 2.270

Asegurar el acceso de los más necesitados a la alimentación 350

Total 2.620
Cabe subrayar que si se persigue una meta más ambiciosa, como la de eliminar
el hambre en 2025, los gastos requeridos probablemente deberán ser más que
duplicados. En efecto, el costo incremental de reducir el hambre a cero aumentaría
más que proporcionalmente cuando se enfrenten las últimas zonas donde habitan
los desnutridos.

Gasto público en el sector rural

Los países de América Latina y el Caribe han utilizado dos líneas principales de
acción dirigidas a facilitar el acceso de la población a la alimentación. Por un lado, se
han impulsado diversos programas de ayuda social, principalmente, transferencias
directas condicionadas y no condicionadas, buscando aumentar el poder adquisitivo
de los más pobres y de esta manera darles mayores posibilidades de acceso a
alimentos. La cooperación internacional y los gobiernos han comenzado a darse
cuenta que para romper el círculo vicioso de la pobreza crónica hay que subsidiarla
inicialmente (Dorward et al. 2004, Ford-Runge et al. 2003). Para los pobres extremos
que pasan hambre, una forma de ayuda es subvencionar su capacidad de llenar la
canasta básica alimentaria todos los días. A cambio, el beneficiario se compromete
a enviar sus niños a la escuela, o a aprender a leer y escribir 17. De alguna manera,
el beneficiario también paga, pero invirtiendo en su propio capital humano para
tener mañana más oportunidades de desarrollo. Como ejemplos de estos programas
tenemos el Bolsa Familia en Brasil, Oportunidades en México y Familias en Acción
en Colombia.

Por otro lado, iniciativas que buscan el incremento de la productividad de los


factores productivos, orientadas a lograr una mayor disponibilidad de alimentos al
interior de los países. Sin embargo, la contribución rural al desarrollo de la región
se ha visto entorpecida por una inversión insuficiente en servicios públicos en áreas
rurales, tales como carreteras, agua potable, comunicaciones y salud (de Ferranti
et al. 2004). Entre 1985 y 2000, más de la mitad del gasto rural fue asignado en su
mayoría a medianos y grandes productores a través de subsidios, una proporción
mayor a lo invertido en la provisión de servicios públicos a la población rural.

Desafortunadamente, no existe información estadística que detalle el volumen de


recursos que los países han invertido para facilitar el acceso a alimentos de los
más pobres de las áreas rurales. Sin embargo, la base de datos de Gasto Público
Rural de la Oficina Regional de FAO para América Latina (GPRural), puede entregar
información acerca de aquellas intervenciones que han influido directamente sobre
el aumento de la productividad rural.

17 Estos programas se denominan genéricamente Transferencias Condicionadas de Efectivo


Gráfico 2: Gasto Público Rural en América Latina (1985-2001), en porcentaje y
per cápita.

0.90 350.00

0.80
300.00

% de GPR en bienes públicos 0.70

Gasto público rural per cápita


250.00
0.60

0.50 200.00

0.40 150.00

0.30
100.00
0.20
50.00
0.10

0.00 0.00
1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001

% de gasto público rural en bienes públicos Gasto público rural per cápita

Fuente: Base de datos de Gasto Público Rural - GPRural, 2006.

Tal como se puede ver en el gráfico 2, en el promedio de la región hay un descenso


del gasto público rural per cápita, aunque la porción de este gasto dirigido a
bienes públicos ha ido aumentando paulatinamente 18. Esto sugiere que, a pesar de
que la estructura del gasto ha mejorado a favor del gasto en bienes públicos, en
términos de volumen de recursos los países han empeorado, lo que puede tener
consecuencias negativas sobre el acceso de la población rural a la alimentación.
A modo de conclusión, en términos de recursos públicos dirigidos a mejorar la
seguridad alimentaria de la población rural (extensión agraria, salud y nutrición,
educación, infraestructura, agua potable, etc.), se necesita aumentar no solamente
el volumen de recursos a estas áreas, sino también mejorar la estructura del gasto
a favor de aquellas acciones que tienen influencia directa sobre la productividad
agrícola y también sobre el ingreso de la población rural.

Nueva Ruralidad en América Latina

Como ya se ha mencionado anteriormente, el campo Latinoamericano y Caribeño


está experimentando una serie de transformaciones y “modernizaciones” de carácter
social, económico, tecnológico y estratégico (por ejemplo, su reposicionamiento
como motor de crecimiento) lo que está llevando a varios autores de la región a
definir una “Nueva Ruralidad” en la región (IICA 2000, Giarraca 2001, FAO & Banco
Mundial 2003).

Esta nueva ruralidad viene definida por una serie de cambios en la estructura social de
los trabajadores rurales, como es la feminización y el envejecimiento de la población,
proceso generalizado en toda la región (Guzmán 2002). Los procesos simultáneos
de transición demográfica y urbanización que actualmente tienen lugar en América
18 Las cifras de gasto público promedio de la región han sido calculadas en forma ponderada, de manera que estos valores pueden diferir de
cálculos realizados utilizando un promedio simple.
Latina y el Caribe están generando un importante fenómeno de envejecimiento de
la población rural, situación que ponen en evidencia el sustancial aumento de la
proporción de “personas mayores” (60 años o más) en la población rural (González
2005) y de mujeres. Este fenómeno está afectando a la estructura de la fuerza laboral
y a la oferta de mano de obra agrícola. Además, aunque el sector rural sigue teniendo
un peso importante en las economías nacionales, cada vez tienen más importancia
las actividades rurales no-agrícolas como generadoras de ingresos para hogares
rurales. Estas actividades comprenden a todas aquellas iniciativas que generan
empleos e ingresos y que no están relacionadas directamente con la producción
agropecuaria (por ejemplo, un pequeña empresa de ladrillos, un aserradero de
madera del bosque, un garaje en un pueblo, la realización y venta de productos
típicos y artesanías, el turismo rural, etc). Los hogares rurales reciben más del 40%
e incluso 50% del total de sus ingresos de actividades no-agrícolas 19 (Dirven 2004,
de Ferranti et al. 2005). Y, como ya se mencionó anteriormente, América Latina y el
Caribe es la región con la mayor tasa de urbanización y con una elevada emigración
rural, bien a las ciudades importantes bien a otros países como EEUU o Europa.
Estos flujos están cambiando el paisaje rural, y determinan unas nuevas relaciones
entre el medio rural y el urbano, que no están tan diferenciados como antaño.

Otro aspecto que vale la pena mencionar es el despegue de las comunicaciones,


especialmente los teléfonos móviles y el internet, que facilitan el flujo de la información
y que ya no permiten que las catástrofes debidas al hambre permanezcan ocultas
y olvidadas. Ahora las noticias corren y la gente sabe, aumentado la presión sobre
los gobiernos por parte de la opinión pública de todo el mundo frente a catástrofes
naturales o conflictos civiles. La opinión publica, especialmente de los países
avanzados, opina que es inaceptable que en un mundo que produce suficiente
alimento para todos, siga albergando a más de 850 millones de personas que pasan
hambre, sin esperanza de cambiar la situación en toda su vida.

Los programas de seguridad alimentaria tienen que tomar en cuenta y adaptarse


a la nueva ruralidad latinoamericana y a las fuerzas de la globalización, lo que
incluye un progresivo empoderamiento de la nueva institucionalidad descentralizada
(departamentos o estados federales, alcaldías, consejos de desarrollo, comunidades,
organizaciones de la sociedad civil, asociaciones de mujeres e indígenas, iglesias,
etc.), la libre competición en un mercado no protegido y no apoyado por el estado, la
creciente incidencia de las actividades rurales no agrícolas, la pobreza urbana que se
nutre constantemente de nuevos pobres rurales, el nuevo rol de los supermercados
como intermediarios entre productores y consumidores, las tecnologías de la
información y comunicación y la participación en las organizaciones económicas
regionales y los tratados de libre comercio, que determinan unas nuevas reglas de
competición. En este nuevo ámbito rural se van extendiendo fenómenos “nuevos” para
los habitantes rurales, tales como la emigración, la feminización y el envejecimiento
de la población, que ven salirse de las comunidades los hombres jóvenes y adultos
más preparados y emprendedores. Éstos enviarán las remesas a la familia, pero
dejarán un agro desestructurado que los ancianos, los niños y las mujeres no estarán
en condiciones de disfrutar como antes lo hacían en el ámbito de sus sistemas de
vida tradicionales. El sistema rural tradicional, tradicionalista y productor primario,
contrapuesto totalmente al medio urbano y moderno, está cambiando rápidamente, y
a los hogares rurales les está costando adaptarse a esta nueva ruralidad.
19 68%en Haití; 59% en Costa Rica; 55% en México; 50% en Colombia, Panamá y Perú; 41% en Chile; y 39% en Brasil.
5.- APOYANDO POLÍTICAS PÚBLICAS Y MANTENIÉNDOLAS EN EL TIEMPO: LA
INICIATIVA “AMÉRICA LATINA Y CARIBE SIN HAMBRE 2025”

La revisión de los avances de América Latina y el Caribe en relación a la meta


de la CMA 1996 y el ODM 1 indican que esas metas serían alcanzadas sólo por
una parte de los países. Por otro lado, la reducción del hambre a sólo la mitad
parece un objetivo poco ambicioso y moralmente dudoso en una región que tiene
la capacidad económica, humana, técnica y de recursos naturales para que toda su
población pueda al menos comer suficiente en cantidad y calidad. Las proyecciones
de la FAO (FAO 2006) indican que de mantenerse sin cambios la tendencia actual,
la subnutrición en América Latina en 2015 y 2025 afectaría respectivamente a 41
millones y 31.2 millones de personas, o sea el 7% y 5% del total de la población.
Las variaciones son también muy amplias de subregión a subregión y de país a país,
lo que muestra que el esfuerzo para erradicar el hambre será mayor de un país a
otro y requerirá enfoques diferenciados para cada uno. La mayor incidencia de la
subnutrición en 2015 y 2025 se encontraría en América Central (respectivamente
13% y 9%) y en el Caribe (15% y 11%), aunque con enormes variaciones por países.
En América del Sur, la incidencia a nivel subregional sería del 6% y 4%, con menor
fluctuación de país a país (FAO 2006).

Es esencia, si todos los países de la región cumplieran con el ODM 1 en el 2015


todavía nos quedarían 41 millones de personas subnutridas, lo cual parece una cifra
escandalosamente alta como para que nos sintamos satisfechos. En vista de esta
perspectiva, los gobiernos de Guatemala y Brasil lanzaron en septiembre de 2005
la iniciativa “América Latina sin Hambre 2025”, durante la Cumbre Latinoamericana
sobre Hambre Crónica celebrada en Guatemala (Septiembre 2005). Esta iniciativa,
consciente de la capacidad de América Latina de erradicar el hambre, plantea un
desafío mayor pero más específico que el de los ODM (marco general en el cual se
inserta y al cual complementa). Poniendo un esfuerzo suplementario en un periodo
de tiempo un poco más largo, podamos conseguir que todo el mundo en la región
pueda comer tres veces al día todos los días del año. Esta Iniciativa complementará
la labor de los Gobiernos en el desarrollo nacional y el combate al hambre y a la
pobreza, poniendo en práctica (y manteniendo) políticas públicas que promuevan la
erradicación del hambre en América Latina y el Caribe para 2025.

La iniciativa, una vez presentada, fue posteriormente apoyada por los Presidentes
de los países de América Central que son miembros del Sistema de Integración
Centroamericano y por Brasil (Declaración 13 Septiembre 2005). También fue
mencionada por el Vicepresidente de Guatemala durante la Cumbre ONU (Nueva
York, 16 Septiembre 2005) y por el Presidente de Brasil durante la celebración del
60 aniversario de la FAO (Roma, 17 Octubre 2005). Recientemente, la Iniciativa ha
sido aprobada por los Ministros de Agricultura en la Conferencia Regional de la FAO
para América Latina y el Caribe (Caracas, 24-28 de Abril 2006) y le han añadido el
Caribe al título, llamándose ahora oficialmente “América Latina y Caribe sin Hambre
2025” (ALCSH 2025).

Según la FAO (FAO 2006), se podría agrupar los países de la región en cuatro
grupos. El primero estaría compuesto por aquellos países que no tienen necesidad
de esfuerzos y recursos adicionales para lograr la erradicación del hambre en 2025:
Argentina, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador y Uruguay. El segundo grupo comprende
países que requieren esfuerzos adicionales modestos: México, El Salvador, Jamaica,
Trinidad y Tobago, Brasil, Guyana y Suriname. El tercer grupo son los países
con necesidades medias de inversión y un esfuerzo político importante: Bolivia,
Colombia, Paraguay, Perú y Venezuela. Finalmente, el cuarto grupo, donde para
alcanzar la meta se requieren esfuerzos e inversiones masivas, pues están bastante
lejos de cumplir la meta para el 2025 (en muchos casos incluso se están alejando
del objetivo), comprende a Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, República
Dominicana y Haití. Cabe subrayar en este contexto que la subnutrición ya ha sido
virtualmente erradicada en Argentina (nivel de incidencia igual o menor al 2.5% de
la población).

A fin de lograr esta meta, indispensable y ambiciosa pero posible, es fundamental un


decidido compromiso político no sólo de los gobiernos sino también de la sociedad
en su conjunto, en todos y cada uno de los países en la Región. Asimismo, es
esencial traducir ese compromiso en políticas públicas y programas que apunten a
la solución de los principales problemas identificados. La Conferencia Regional de
Caracas le dio a la FAO el mandato de contribuir a las acciones que resulten del
compromiso político de los países a través de cinco ejes de apoyo: fortalecimiento
de la institucionalidad de la seguridad alimentaria y la nutrición en cada país;
cooperación sur-sur entre los países de la región y entre éstos y países de otros
continentes; formación en seguridad alimentaria y sensibilización y comunicación
sobre la problemática del hambre; apoyo a las redes iberoamericanas y al marco
político regional; y monitoreo e investigación aplicada para dar seguimiento a la
seguridad alimentaria. A continuación se desarrollan los cinco ejes de acción de la
Iniciativa.

a) Fortalecimiento institucional, mediante el cual se busca promover y fortalecer


los Sistemas Nacionales de Seguridad Alimentaria, entendidos como un grupo
de instituciones regidas por un marco legislativo y estratégico y que cuentan con
un presupuesto asignado para llevar a cabo una serie de acciones contempladas
en documentos de política, estrategia y planes de acción, con objetivos claros
e indicadores que permitan dar seguimiento al proceso. El Sistema Nacional de
Seguridad Alimentaria deberá estar apoyado por el gobierno respectivo y constar
de un Programa Nacional de Seguridad Alimentaria (PNSA) que replique las buenas
prácticas 20 a millones de personas desnutridas en un plazo de tiempo concreto
y con bajos costos de inversión por familia. La elaboración de Planes Nacionales
de Seguridad Alimentaria y Nutricional para cumplir con el objetivo de la Iniciativa
ALCSH 2025 requerirá, entre otros aspectos, del apoyo técnico necesario para su
desarrollo.

b) Cooperación Sur-Sur, para el intercambio entre pares, involucrando técnicos


nacionales, campesinos emprendedores, empresarios, funcionarios gubernamentales
y políticos, a fin de facilitar el intercambio de experiencias a varios niveles, tanto
en visitas cortas como en periodos de tiempo prolongados. Las acciones en este
ámbito podrían beneficiarse del programa de Cooperación Sur-Sur que la FAO ha
venido promoviendo para fomentar el apoyo mutuo entre países en desarrollo. La
Cooperación Sur-Sur debería tener un formato flexible para poder adaptarse a las
diferentes modalidades solicitadas por los países. Las visitas de intercambio entre
políticos y funcionarios de la región tendrían como objetivo examinar las mejores
20 Actividades o procesos que hayan sido probados y que puedan replicarse a gran escala.
prácticas de cada país e intercambiar experiencias en aspectos tales como estrategias
nacionales y legislación sobre seguridad alimentaria y nutricional, coordinación
entre sector público y privado y sociedad civil, nutrición infantil, transferencias
condicionadas, financiación rural, acceso a la tierra, actividades rurales no agrícolas
y servicios de extensión. Otro aspecto relacionado con la cooperación entre países
de la región consiste en la realización de estancias prolongadas de técnicos en el
terreno y de consultorías de apoyo para preparar documentos y planes de acción.
Gran parte de los técnicos de apoyo deberían proceder de países de la región.
Las agencias de cooperación técnica, instituciones financieras internacionales y
otras instituciones colaborarían a través de su apoyo técnico y mediante su apoyo
financiero para facilitar los intercambios.

c) Formación y sensibilización, para conseguir una masa crítica de profesionales y


líderes con las herramientas y conocimientos necesarios para planificar, gestionar y
coordinar políticas y programas de seguridad alimentaria y nutricional a nivel nacional
o subnacional. En ese contexto se prevén dos áreas de intervención: capacitación
técnica de funcionarios, técnicos, profesores y gestores locales en materia de
seguridad alimentaría; y sensibilización y comunicación sobre la problemática del
hambre a diversos niveles (ministros, políticos y diputados; técnicos, empresarios,
formadores de opinión; iglesias, ONG y sociedad civil en general). La capacitación
técnica se realizaría con base en actividades de formación a distancia y presencial en
curso en los países o realizadas por instituciones internacionales de cooperación. La
sensibilización se podría realizar inicialmente mediante un grupo formado por
políticos e investigadores de la región, que visitarían los países al más alto nivel
para presentar la iniciativa, recabar apoyos y compromisos nacionales para llevarla
adelante. Posteriormente, se podrían desarrollar planes de sensibilización a varios
niveles dentro de cada país, dirigidos a políticos, diputados, periodistas, empresarios,
universidades, ONG, etc.

d) Redes Iberoamericanas y marco político regional, para apoyar a los gobiernos


en la articulación y la promoción de las iniciativas de seguridad alimentaria, a fin de
establecer redes entre ellas y articularlas con otras iniciativas en curso en la región.
El desarrollo de una red de esfuerzos nacionales y subregionales debería respaldarse
especialmente en el proceso y compromisos de las Cumbres Iberoamericanas de
Jefes de Estado y de Gobierno, recabando la colaboración y el apoyo de la Secretaría
General Iberoamericana. A fin de afianzar su anclaje institucional, la iniciativa ALCSH
debería articularse con otras iniciativas, acciones, grupos y reuniones regulares
existentes en la región, como las Cumbres Iberoamericanas y las Cumbres de las
Américas, así como con la Alianza Internacional contra el Hambre.

e) Monitoreo e investigación aplicada para vigilar la evolución de la seguridad


alimentaria en la región, a través del Observatorio Latinoamericano de Hambre y
Pobreza, un organismo multi-institucional con diversas sedes destinado a promover
y articular iniciativas conjuntas de investigación aplicada sobre diversos aspectos
del hambre en la región. El Observatorio podría además evaluar los resultados de
programas nacionales y de la Iniciativa ALCSH 2025 en general. En ese sentido, se
podrá contar con la experiencia y mecanismos desarrollados por la FAO y el PMA
para monitorear la situación de seguridad alimentaria y nutricional, y se producirá un
informe anual sobre el estado de la Inseguridad Alimentaria en América Latina y el
Caribe, que podría contar con la participación de otras instituciones regionales.
6.- CONCLUSIONES

La panorámica esbozada en este texto sobre actualidad y tendencias de la seguridad


alimentaria, el desarrollo rural y su contextualización en América Latina y el Caribe
permite concluir con algunas consideraciones sobre los aspectos que parecen jugar
un papel importante para orientar las líneas futuras de acción. Estas líneas pasan
por un posicionamiento del hambre como un tema económico y político, y no sólo
social o técnico, lo que implica un cambio en la concepción de esta problemática y
de sus posibles soluciones (Lewin 2005). Además, hay un posicionamiento fuerte del
sector rural en las agendas políticas de muchos países de la región y de muchas
agencias de desarrollo internacional y agencias bilaterales (Banco Mundial 2002,
BID 1998, DFID 2003, European Commission 2001, IFAD 2001, IFPRI 2002, Khan
2001, TGIFM 2004, UN HTF 2005, World Bank & IFPRI 2006). Entre las propuestas
de intervención que sustentan esta percepción del hambre como tema de la agenda
nacional de los países se presenta la Iniciativa ALCSH 2025.

El panorama político en gran parte de América Latina y el Caribe se encuentra hoy en


una situación de cambio que podría evolucionar en opciones y alternativas sociales
que se alejan notablemente de la tendencia general de los años noventa. El tipo
de liderazgo que se está afirmando en la región deja entrever que muchos países
seguirán adoptando o adoptarán en un futuro próximo políticas de inversión social
que prestarán una mayor atención a las capas sociales históricamente discriminadas
que sufren marginalización social. La voluntad política es un elemento previo al
logro de resultados apreciables tanto en seguridad alimentaria como en otros
temas. Sin embargo, para conseguir dichos resultados, la voluntad política tiene
que sustanciarse en medidas concretas como la aprobación de leyes y políticas de
estado que permitan acciones coherentes de mediano y largo plazo, sin depender
de las orientaciones del gobierno del momento. Así mismo, se requiere una fuerte
acción de coordinación de esfuerzos y recursos a nivel nacional que involucre a todos
los actores sociales; una adecuada inversión en las áreas rurales y en agricultura
y la formación de capital humano que valore, gestione y difunda la cultura y las
iniciativas de seguridad alimentaria.

Recientes propuestas conceptuales de FAO (MacMillan 2004, FAO 2005b) proponen


que para incidir sobre el hambre hay que cambiar el enfoque de los programas de
desarrollo, que suelen invertir ingentes capitales y concentrar muchos recursos y
asistencia técnica en pocos centenares de hogares. La nueva concepción propone
invertir el concepto, y empezar a hacer “poco para muchos” en vez de “mucho para
pocos”, rompiendo el círculo vicioso de las experiencias piloto. En este sentido,
son especialmente prometedoras para superar la dimensión “micro” de muchos
programas de desarrollo, las estrategias de ampliación a escala nacional que,
difundiendo buenas prácticas con bajos costos de inversión por familia y gran
cobertura nacional, puedan permitir a los pobres sin ningún activo dar el primer paso
para convertirse en pobres con activos (Uvin et al. 2000). Esto les permitirá acceder
a otros programas no centrados en la seguridad alimentaria, sino en el desarrollo
rural. A nivel territorial, la ampliación apunta a replicar, en la mayor cantidad posible
de comunidades necesitadas, una serie de buenas practicas agrícolas, utilizando
una metodología participativa y grupal con un enfoque territorial de planificación
(Shejtman & Berdegué 2003).
La contribución del campo al desarrollo en América Latina y el Caribe es mayor de
lo que comúnmente se creía. La mayoría de los países de la región no ha logrado
ofrecer una combinación adecuada de políticas públicas en el campo como sería
lo deseable tanto desde una perspectiva de reducción de la pobreza como de
crecimiento (de Ferranti et al. 2005). El gasto público todavía tiende a beneficiar
más a las actividades urbanas que a las rurales, y que el gasto público en el sector
agropecuario es inferior a su aporte al desarrollo general, por lo que hay que
incrementar el gasto público en áreas rurales (Sachs & MacArthur 2005) y mejorar
su calidad, para que se invierta en bienes públicos que benefician el desarrollo
(carreteras rurales, riego, educación, investigación agrícola y agua potable) y no se
pierdan en subvenciones que suelen beneficiar a los agricultores con más recursos.
Hay que mejorar la focalización de intervenciones, para llegar verdaderamente a los
más pobres y desnutridos, asignando mayores recursos e inversiones públicas en las
áreas donde hay más concentración y cantidad de pobres extremos y hambrientos
(Sachs 2005, Perry et al. 2006)

La descentralización y la mayor participación comunitaria en las decisiones hacen


que los programas sean más eficaces al adaptarlos a las condiciones de la región y
las necesidades de los grupos vulnerables residentes allá (Gordillo 2004). Aun así,
tradicionalmente las instituciones públicas locales en las zonas rurales de América
Latina y el Caribe han sido débiles y carecían de la capacidad analítica y financiera
necesaria para asumir mayores responsabilidades. Es por ello que la educación y la
capacitación constituyen un eje esencial para mejorar la equidad. Las tasas de pobreza
son inferiores entre 25 puntos porcentuales y 40 puntos porcentuales en familias
encabezadas por egresados de la educación secundaria en comparación con aquellas
cuyo jefe de hogar no ha completado la educación primaria (Perry et al. 2006).

Entre los factores de éxito en el combate al hambre en la región, basándose en algunos


elementos recogidos de diversos países de la región, podemos citar los siguientes:
crecimiento económico elevado, con un gran crecimiento del sector agropecuario
con base en pequeños agricultores (Perú), gasto creciente en educación y en salud
(Chile y Costa Rica), instrumentación de redes de protección social con transferencia
directa de efectivo a los más pobres (Chile, Colombia, México, Brasil), programas de
alimentación escolar (Guatemala, Brasil, Perú) y énfasis en políticas de educación y
salud pública (Uruguay, Argentina, Costa Rica).

Al adoptar el objetivo de erradicar totalmente el hambre (o reducirlo a valores no


significativos), América Latina y el Caribe se pone a la cabeza del esfuerzo mundial.
Ello exige que todos y cada uno de los gobiernos hagan suyo ese compromiso e
involucren a toda la sociedad, aplicando tanto sus recursos humanos y técnicos
como financieros, con políticas y programas que permitan canalizar el importante
incremento anual de inversiones adicionales que se requieren. La FAO se propone
aportar su amplia capacidad técnica y su experiencia para definir y ayudar a ejecutar
los enfoques flexibles para cada país que exigen las diferentes situaciones y
condiciones de cada uno. Al participar activamente en la puesta en marcha de los
arreglos institucionales y los ejes de intervención prioritarios previstos en la iniciativa
“América Latina y Caribe sin Hambre 2025”, la FAO intenta cumplir con la misión que
le encomendaron los Jefes de Estado y de Gobierno en la Cumbre Mundial de la
Alimentación de 1996 y que reiteraron en la Cumbre Mundial de la Alimentación de
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