INFORME SOBRE EL PROYECTO APLICADO EN LA ÚLTIMA
JORNADA DE PRÁCTICA “Recorrido por nuestro espacio vital”
Nombre de los Alumnos: Jesús Manuel Aguirre Ramírez.
Francisco Javier Gutiérrez.
6-C LEPRI
Nombre del maestro (a): Aurelio Díaz Mendoza.
Fecha:
Junio del 2025
Lugar de prácticas realizadas:
Sardinas, San Bernardo, Dgo.
Escuela “Rio Nazas”
INTRODUCCIÓN
Durante la jornada de los días del 19 al 29 de mayo Trabajamos en la comunidad de Sardinas, la
preservación y cuidado del ecosistema con el apoyo de padres, niños y la comunidad en general,
fue fundamental porque fomentamos un compromiso colectivo que trascendió generaciones y
fortaleció el sentido de pertenencia hacia nuestro entorno natural. Para mí, involucrar a todos los
miembros de la comunidad, especialmente a los niños y sus familias, es una manera poderosa de
asegurar que el respeto y cuidado por la flora y fauna se conviertan en valores arraigados desde
temprana edad. Esta colaboración activa no solo protege la biodiversidad local, sino que también
crea un impacto social positivo y duradero, generando conciencia ambiental y promoviendo
prácticas sostenibles que benefician a todos.
Reflexionando sobre esto, entiendo que la participación comunitaria es mucho más que una
acción puntual; es un proceso de aprendizaje y transformación social. Cuando trabajamos juntos,
padres, niños y vecinos, no solo restauramos ecosistemas, sino que también construimos una
cultura de responsabilidad y cuidado compartido. Esto fortalece los lazos sociales y motiva a
continuar con acciones voluntarias que mantienen vivo el compromiso ambiental. Además,
involucrar a las nuevas generaciones garantiza que el legado de conservación se mantenga vivo y
evolucione con el tiempo, enfrentando los desafíos ambientales con conocimiento y pasión.
Las actividades constaban en plantar árboles (hubo plantación de tres árboles frutales y de
sombra a lo largo y ancho de la comunidad), recolectar basura (por la mañana en la escuela y por
la tarde con algunos niños alrededor de la comunidad, con la basura la tirábamos en su lugar
correspondiente), realizar un pequeño huerto de siembra (el huerto se realizó, se dejó todo
preparado para que los niños con ayuda de las titulares y los padres puedan sembrar lo que
gusten y se llegue a un acuerdo)
RECORRIDO POR NUESTRO ESPACIO VITAL
Los objetivos principales al trabajar en comunidades para la preservación del ecosistema con
apoyo familiar y comunitario son:
• Fomentar la educación ambiental desde la infancia para crear conciencia sobre la
importancia de proteger la flora y fauna local.
• Promover la participación activa y voluntaria en actividades como reforestación, limpieza
de espacios naturales y monitoreo de especies.
• Fortalecer el sentido de pertenencia y responsabilidad colectiva hacia el entorno natural.
• Crear redes de colaboración entre escuelas, familias y organizaciones locales para
multiplicar recursos y esfuerzos.
• Garantizar la sostenibilidad de los proyectos ambientales a largo plazo mediante el
compromiso continuo de la comunidad.
• Proteger y restaurar los hábitats naturales para conservar la biodiversidad y mitigar los
efectos del cambio climático.
En suma, trabajar conjuntamente con padres, niños y la comunidad en la conservación del
ecosistema es una estrategia integral que no solo cuida la naturaleza, sino que también construye
sociedades más conscientes, responsables y unidas en torno a un propósito común: preservar la
vida en todas sus formas.
La propuesta también invitó a todos a adoptar una mirada crítica sobre los problemas
políticos, sociales, económicos, ecológicos y culturales que afectan no solo a México, sino
también a su comunidad cercana. A través de actividades de reflexión y diálogo, se animó a los
participantes a entender las causas profundas de la contaminación y el deterioro ambiental, así
como sus consecuencias en la calidad de vida. Este enfoque crítico permitió que tanto niños
como adultos comprendieran que cuidar el ecosistema no es una tarea aislada, sino que está
vinculada a problemas estructurales y a la historia del país. Esto motivó a todos a tomar una
postura consciente y comprometida, reconociéndose como sujetos históricos con la capacidad de
influir y transformar su realidad. Esta reflexión profunda convirtió la intervención en un espacio
de formación integral y ética, más allá de la simple acción.
Con este conocimiento y reflexión, los participantes se animaron a proponer e impulsar
soluciones desde su labor educativa y comunitaria, siempre guiados por un compromiso ético
que valora el respeto a la naturaleza y la responsabilidad social. Las actividades realizadas, como
la limpieza, la siembra y la plantación de árboles, se diseñaron con la intención de generar un
impacto positivo y duradero, demostrando que la educación puede ser una fuerza poderosa para
cultivar valores y actitudes que promuevan la sostenibilidad y el bienestar común. Este proceso
fortaleció la capacidad de los niños y la comunidad para actuar con ética y compromiso,
mostrando que la educación no solo transmite conocimientos, sino que también forma personas
responsables y conscientes.
Además, el acompañamiento constante durante todo el proceso tuvo como objetivo
formar ciudadanos y ciudadanas libres, capaces de ejercer sus derechos y reconocer los derechos
de los demás, especialmente el derecho a un ambiente sano. Se promovió un espacio de
participación democrática y diálogo abierto entre todos los miembros de la comunidad educativa,
consolidando un ambiente de aprendizaje ético, socialmente responsable y comprometido con la
justicia ambiental. Este enfoque integral contribuyó a fortalecer la formación crítica y completa
de los estudiantes, preparándolos para enfrentar los desafíos presentes y futuros con una mirada
ética y comprometida.
Al fomentar el cuidado del ecosistema y la participación activa de la comunidad, se
contribuye a mejorar la calidad de vida, a crear conciencia sobre la interdependencia entre el
desarrollo social y la conservación ambiental, y a promover un modelo educativo que va más allá
de transmitir conocimientos para convertirse en un proceso transformador. Esta experiencia
educativa muestra cómo, a través de estrategias didácticas situadas y un compromiso ético, es
posible formar personas críticas, responsables y activas, capaces de construir una sociedad más
equitativa y sustentable.
Al concluir este ensayo, es imposible no reconocer que cuidar el medio ambiente es
mucho más que una simple responsabilidad; es un compromiso vital que debemos asumir con
pasión y conciencia, especialmente en las comunidades rurales donde la conexión con la
naturaleza es directa y profunda. Promover la plantación de árboles, recoger la basura que
ensucia nuestros caminos y campos, y cuidar el ganado no son solo tareas aisladas, sino acciones
que forman parte de un tejido esencial para el bienestar colectivo. Como docentes, tenemos la
gran oportunidad y el deber de sembrar en los niños no solo conocimientos, sino valores que los
impulsen a convertirse en guardianes activos de su entorno. Porque cuando un niño entiende que
plantar un árbol es regalar vida, que recoger basura es proteger la salud de su comunidad, y que
cuidar a los animales es respetar la vida en todas sus formas, estamos formando no solo
ciudadanos responsables, sino líderes conscientes y comprometidos con un futuro sostenible.
Es fundamental que comprendamos que el cambio verdadero no ocurre de la noche a la
mañana, sino que nace en las pequeñas acciones diarias que, sumadas, generan un impacto
enorme. La fuerza de una comunidad unida, que trabaja con un propósito común, puede
transformar realidades y revertir daños que parecían irreversibles. Por eso, involucrar a los niños
en estas prácticas es sembrar esperanza y construir una cultura ambiental sólida que perdure en el
tiempo. Cuando ellos se convierten en protagonistas de esta misión, no solo fortalecen su sentido
de pertenencia y orgullo por su tierra, sino que también adquieren el poder de influir
positivamente en su familia y vecinos, creando un efecto multiplicador que trasciende
generaciones
Además, cuidar el medio ambiente es cuidar nuestra historia, nuestras raíces y, sobre
todo, nuestro futuro. Es un acto de amor hacia nosotros mismos y hacia quienes vendrán después.
La naturaleza nos ofrece todo lo que necesitamos para vivir, y es justo y necesario devolverle ese
favor con respeto y dedicación. Si logramos que esta enseñanza se convierta en un hábito y una
pasión desde la infancia, estaremos asegurando que la belleza, la salud y la riqueza de nuestro
entorno rural no solo se mantengan, sino que brillen con más fuerza que nunca. En definitiva,
cada acción que realizamos para proteger nuestro medio ambiente es una inversión en la calidad
de vida, en la justicia social y en la esperanza de un mundo mejor.
Así que, más que una obligación, cuidar el medio ambiente es un privilegio y una
oportunidad para construir juntos una historia que vale la pena contar y vivir. Porque cuando
educamos con el corazón y la mente abiertos, estamos formando no solo estudiantes, sino
verdaderos agentes de cambio que llevarán con orgullo la bandera de la sostenibilidad y el
respeto por la vida. Y esa, sin duda, es la mejor herencia que podemos dejar.