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Xavier Velasco

El cuento de Xavier Velasco presenta la vida de un hombre disfrazado de cariñOsito que sufre abusos de niños malcriados en un supermercado, reflejando la miseria y el sufrimiento oculto detrás de las apariencias. A través de la narrativa, se explora la violencia infantil y la indiferencia de los adultos ante el sufrimiento ajeno. La historia culmina en una mezcla de venganza y reflexión sobre la naturaleza humana y la desesperación del protagonista.
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Xavier Velasco

El cuento de Xavier Velasco presenta la vida de un hombre disfrazado de cariñOsito que sufre abusos de niños malcriados en un supermercado, reflejando la miseria y el sufrimiento oculto detrás de las apariencias. A través de la narrativa, se explora la violencia infantil y la indiferencia de los adultos ante el sufrimiento ajeno. La historia culmina en una mezcla de venganza y reflexión sobre la naturaleza humana y la desesperación del protagonista.
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XAVIER VELASCO

ANALISIS DEL CUENTO


Esta obra se desarrolla en la época contemporánea, casi paralela a nuestros días, en un ambiente
que nos hace recordar nuestra vida diaria. Debido más que nada a que el autor se basa en estos
hechos para escribir sus obras.

Es una obra alusiva al pensar de una “botarga” con forma de “cariñosito” como dice el autor, quien
hace ver que sivida es una miseria, pues sufre abusos de parte de los niños malcriados a los cuales
sus padres dejan mientras compran productos en oferta.

EL ORIGEN DE LOS HOSPICIOS


XAVIER VELASCO
Obtiene Premio Internacional Alfaguara de Novela, obtenido antes por escritores como Manuel
Vicent y Tomás Eloy Martínez, y que le es entregado en Madrid, España, en marzo de 2003, con una
dotación de 175,000.00 dólares. Tras varios meses en las listas de ventas de España, México (tres
años) y varios países de América Latina, la novela Diablo Guardián

Obtuvo el VI Premio Alfaguara en 2003 por su novela Diablo Guardián.


Nacio el 7 de noviembre de 1964,en la. Ciudad de México Es un escritor mexicano.

En palabras del propio escritor, es es un enamorado impenitente de la música, las motocicletas, la


adrenalina y las palabras en esteroides, Velasco comenzó a escribir a los nueve años, como una
forma de escapar a las aulas.

Ejerce desde entonces la literatura como un vicio secreto.

ESPACIO: EL CENTRO COMERCIAL


El origen de los hospicios

Juraría que yo no quepo en este mapa. Estoy solo en mi coche, ante las puertas de un
supermercado; contemplo el panorama como quien se entretiene succionando largamente
una pipa. Digamos que me estoy fumando la escena: frente a mí, un cariñOsito estira la mano
y se la ofrece a cada niño que pasa.
Reparo en el disfraz: la tela es gruesa, lleva mucho relleno; es incómodo, sofocante, pesado.
Pero a los más pequeños les atrae con la fuerza de un juguete importado. Hace calor, la escena
es infernal. A un lado del cariñOsito se ha instalado un odioso locutor que repite la oferta del
día como un zombi entusiasta: tres cajas de cereal por el precio de dos.
No muy lejos de ahí, se oye otra voz montada encima de una vieja canción infantil, invitando a
los niños a participar en un concurso.
Pienso en el pobre tipo del disfraz y me da vértigo. Debe de sentir náuseas sólo de contemplar
una asquerosa caja de granola. Pero ahora su rostro es una ancha sonrisa, de modo que a los
pequeñines les tiene sin cuidado quién sea, cómo se sienta o qué carota tenga la bestia que
resopla debajo del disfraz. A juzgar por los movimientos de su cuerpo, se diría que rebosa
algarabía, pero hay un ingrediente que casi nadie advierte: esa persona oculta, cuyo rostro
jamás vamos a ver, está pensando una vez más en darse un tiro.
La función comenzó cuando llegó aquel niño pelirrojo, paletita de dulce y camiseta de Batman.
Debe de tener diez, once, los años suficientes para no saludar ya al cariñOsito. O más bien los
bastantes para darle los buenos días de otro modo: cada vez que el muñeco le da la mano a un
niño, el pelirrojo viene y lo patea. Su técnica, hasta ahora infalible, consiste en tomar vuelo a
sus espaldas, soltar el patadón y desaparecer antes de que el osito, que con trabajos puede
ver y caminar, logre dar media vuelta y trate de ubicar al agresor. Durante la última media
hora le habrá soltado quince, veinte puntapiés. Muy bien puestos, algunos. Pero ahí no
termina el suplicio; no conforme con esculpirle una constelación de moretones en las corvas al
infeliz anónimo, el malnacido escuincle pasa cerca de él y lo pincha con un alfiler, cuando no lo
pellizca con saña de sicópata asumido.
Todo ello desde la absoluta impunidad, porque el cariñOsito no ha logrado siquiera mirar al
felón. Tal vez piense que no es un niño, sino un batalloncito de desequilibrados. De hecho, el
pelirrojo no es el único que ha pateado al cariñOsito. Otros niños, de paso por la entrada, lo
golpean discreta y certeramente. Pero este pelirrojo es sistemático: un cazador furtivo de
cariñOsitos.
La gente piensa que el osito baila de alegría, pero cualquiera que se pare un minuto a
contemplarlo descubrirá que son los movimientos de alguien intensamente adolorido. Claro
que casi nadie se detiene, y los que lo hacen plantan una sonrisa tan grande como la del
disfraz.
¿Quién tiene tiempo para imaginar que en plena entrada del supermercado acontece un feroz
y despiadado tormento? Lo que la gente piensa y va a seguir pensando es que ese niño
pelirrojo es un ángel de bondad y aquel cariñOsito un símbolo de inocencia.
Si yo en este momento saliera de mi coche y fuera a zorrajarle una buena docena de
coscorrones al pequeño maleante, seguro que la gente se me echaría encima. ¿Cómo osa
semejante labregón pegarle al querubín pelirrojito?
Observemos con calma: este supermercado está sitiado. Hacia donde uno mire aparecen las
promociones para niños. Muñequitos, cereales, concursos, ofertas: todo para los reyes del
hogar. El pelirrojo infame sabe bien que está libre de peligro, agazapado tras la inmunidad que
le da su cobarde tamaño. Porque según el mundo entero parece estar de acuerdo, todo lo que
no pasa del metro y medio es inofensivo. Si eso es verdad, que alguien vaya ahora mismo y se
lo diga al cariñOsito, que otra vez ya está dando brincos en el aire porque el pelirrojito tuvo el
detallazo de estamparle un carrito de compras en medio tendón.
Mírenlo cómo salta, comprueben su expresión imperturbablemente cariñOsita.
Afortunadamente, cuando se meta un tiro lo hará sin el disfraz: a todo el mundo le partiría el
corazón ver al cariñOsito balaceado debajo de un paso de peatones, pero al día siguiente
llegaría otro a calzarse el disfraz. Los cariñOsitos son como la esperanza: nunca mueren. Esta
vez el cariñOsito no está solo.
Vine hasta aquí pensando en hacer unas pocas compras urgentes, pero al cabo de un rato
cambié de opinión: he decidido entrar en el paisaje. Me siento fuerte, duro, terminante como
el prefecto de un antiguo hospicio. No dudo que el cariñOsito esté implorándole piedad al
Cielo, y estoy dispuesto a ser El Humilde instrumento del Señor.
Para transfigurarse en arcángel vengador no es preciso siquiera bajarse del corcel. Prendo el
motor, arranco, salgo del estacionamiento y vuelo hacia el semáforo, donde tres niños pobres
recolectan monedas vestidos de payasos, haciendo equilibrismos durante la luz roja. Sin más
preámbulos, les hago la propuesta: Ni una moneda más, billetes para todos si me ayudan a
hacer el trabajito. Un encargo sencillo, raudo, sin complicaciones. En cuestión de segundos los
recluto, suben al coche y vamos juntos hasta el supermercado.
Me estaciono muy lejos de la entrada, pero aún alcanzo a ver cómo el niño pelirrojo le zorraja
al cariñOsito un nuevo patadón y corre a guarecerse tras los coches. Siempre los mismos
coches: un par de camionetas que le dejan sentirse perfectamente a salvo.
Pero nada hay perfecto en la viña del Señor. Cuando el infecto pelirrojo regresa al ataque, ya
hay tres payasos de su misma rodada esperándolo entre ambas camionetas. No bien corre a
esconderse, lo reciben tapándole la boca a cuatro manos y proveyéndole a obsequiosa
mansalva las patadas más suculentas que alguna vez mis córneas paladearon. El trato ha sido
por treinta puntapiés, pero me temo que le han dado más del doble. En todo caso no llevé
bien la cuenta, o al cabo la he perdido de la emoción.
¿Quién no ha probado al menos una vez, en el llanto desgarrador de un niño
escrupulosamente aborrecido, el néctar de una tersa revancha almibarada? ¿Quién osaría
negar que los niños ajenos son mejores después de disecados? Detrás, los altavoces cantan
alegremente: Si los niños gobernaran al mundo... Ya en el coche, los payasitos se apresuran a
cobrarme las patadas extra. Según ellos, les debo ciento veintisiete. Y para que no quede lugar
a confusiones, me amenazan: si no les pago las patadas que les debo van a darme otras tantas
enteramente gratis. Calculo que quizás podría contra los tres, pero no quiero imaginarme el
espectáculo que ofrecería golpeando a media calle a tres niños vestidos de payaso. Les pago el
excedente y regreso al supermercado. No traigo ya el dinero de las compras, pero me queda
un mensajillo por transmitir.
Cerca de la salida, una empleada consuela al pelirrojo, que todavía no para de chillar, al
tiempo que el cariñOsito posa para una foto con dos niños sonrientes.
Entonces me le acerco y susurro en su oído: —Pssst... Los tres niños que te estuvieron
pateando trabajan de payasos en el semáforo de la esquina. De pronto el aludido se
sobresalta, pero cuando por fin logra volverse hacia atrás, he desaparecido de la escena. Con
la satisfacción del deber cumplido y una alegría casi inexplicable, me dispongo a dejar el
supermercado, pero en ese momento me asalta un sentimiento infantil.
Doy marcha atrás, me ubico a un par de metros del cariñOsito, jalo aire, tomo vuelo y le receto
en el trasero el patadón de su vida. No sé por qué lo hice. Corro como un endemoniado hacia
mi coche, pero veo que un par de policías ya viene tras de mí. Van a agarrarme, eso es seguro.
Abro la puerta, salto hacia la cabina y justo en ese instante suena un ring. Y otro ring, Y otro
ring. —¿Aló? —¿Qué esperas, CariñOso? ¿Ya viste qué hora es? ¡Ponte el pinche disfraz y
vente a trabajar!
Siempre pasa lo mismo. Sueño que tengo coche, que soy mi propio arcángel, que los malditos
niños no gobiernan al mundo. Y me despierto así, empapado, como un niño. Sé que me porté
mal: deliro bribonadas, humedezco las sábanas y pienso una vez más en meterme ese tiro.
Queridos pequeñines, no lo duden: merezco cada uno de mis moretones.

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