One Shots Multifandom
One Shots Multifandom
Pero si había alguien imposible de ignorar, ese era Sirius Orión Black.
Desde el primer año, Sirius se había mantenido a tu alrededor como una sombra ruidosa y
encantadora, burlón y persuasivo, un chico cuya sonrisa podía incendiar corazones o
desatar peleas. Te sacaba de quicio. Era engreído, travieso, siempre alardeando de su buen
aspecto, y últimamente, desde el regreso del verano, parecía más pegado a ti que nunca. Tal
vez porque te habías transformado: tu cabello más largo, tu porte más seguro, y tu risa, esa
que él fingía no buscar, ahora lo dejaba paralizado por unos segundos de más.
Si bien Sirius era un dolor de cabeza la mayoría del tiempo, algo en su presencia te hacía
sentir segura… hasta el día de hoy.
Ese jueves por la tarde te dirigías sola a las mazmorras para buscar al profesor Slughorn. La
última clase de Pociones había sido un desastre: habías confundido la cantidad de escamas
de pez león con polvo de bicornio, y la mezcla terminó explotando en tu caldero. Slughorn,
como siempre, se había mostrado amable y te había ofrecido ayuda adicional si lo veías
después de clases y si querías aprobar su clase, lo mejor era aceptar esa ayuda extra.
Ibas caminando por los pasillos de piedra húmeda, con la túnica sujetada al cuello por el
frio que se colaba las aberturas de las misma y los pasos resonando con eco en la penumbra.
Entonces, los viste. Lucius Malfoy, flanqueado por Mulciber y Avery, bloqueándote el paso
con sonrisas burlonas.
—Pero, ¿qué tenemos aquí? —dijo Malfoy con una mueca desdeñosa—. ¿La pequeña
sangre sucia se ha perdido en los pasillos equivocados?
Las carcajadas de sus amigos retumbaron. Instintivamente llevaste una mano a tu varita
bajo la túnica, pero sabías que ellos eran más grandes y no tendrían problema en atacarte.
Aun así, no ibas a darles el gusto de verte temblar.
—Eso no les incumbe, y si me disculpan, tengo cosas más importantes que hacer que
aguantar a un trío de cobardes sin neuronas —respondiste, firme, alzando el mentón.
Malfoy entrecerró los ojos y dio un paso hacia ti. En un abrir y cerrar de ojos, te empujó
contra la pared con fuerza.
—¡Te voy a enseñar a respetar a tus superiores, basura! —gruñó, sujetándote del brazo.
—¿No es que tan asquerosa te parezco? ¿Qué haces aquí entonces, Malfoy? —lograste
decir con la voz tensa, tratando de zafarte.
Pero no lo hizo. En cambio, se abalanzó sobre ti y te besó de forma salvaje y repulsiva, más
una agresión que una muestra de poder. Cuando intentó introducir la lengua, tú reaccionaste
por puro instinto y le mordiste el labio con fuerza.
—¡Ah, maldita sabandija! —gritó, tomándote ahora del cabello con rabia. Su mano se alzó
y te cruzó la cara de una bofetada tan fuerte que caíste al suelo, mareada.
—Por muy sucia que seas, a mí no se me escapa ninguna, ni siquiera una como tú… —
murmuró, agachándose para alcanzarte de nuevo.
—¡Expeliarmus!
—¡Expulso!
—¡Desmaius!
Las varitas volaron, Malfoy y los suyos salieron despedidos contra las paredes y cayeron
inconscientes. Parpadeaste, desorientada, mientras una figura conocida se arrodillaba a tu
lado.
—______, ¿estás bien? —preguntó con voz urgente—. Qué pregunta más estúpida… Claro
que no lo estás.
Era Sirius.
Tenía el rostro lívido, los ojos ardientes de furia. A sus espaldas, James y Remus se
acercaban rápidamente para arrastrar a los tres Slytherin hacia la oficina de la profesora
McGonagall.
—Yo me encargo de ella —dijo Sirius sin apartar la vista de ti—. Vayan.
Tú solo asentiste levemente, aún aturdida. Te dolía el rostro, los labios te temblaban, y
aunque querías mantenerte fuerte, el nudo en la garganta empezaba a apretarte con fuerza.
—Gracias… Sirius… creo que me iré a la sala común —murmuraste con la voz rota, en un
susurro apenas audible.
Sirius se inclinó un poco más, sus ojos grises como tormenta clavados en los tuyos.
—Creo que es mejor que no estés sola —dijo con suavidad—. Yo… me quedaré contigo.
Pero si prefieres que no lo haga, lo entenderé, si quieres llamo a Lily para que se quede
contigo.
Negaste con la cabeza. No querías estar sola. No después de lo que acababa de pasar. Y
preferías no incomodar a Lily, ella debería estar estudiando u ocupada con sus cosas.
Y así, Sirius te acompañó en silencio. Salieron del castillo y caminaron hasta el lago negro,
donde se sentaron bajo el sauce cuyas ramas se mecían como si compartieran tu dolor. Él
no dijo nada al principio, solo te ofreció su abrigo y dejó que apoyaras la cabeza en su
hombro.
Pasaron las horas. Sirius hablaba de cosas sin importancia —un chiste de James, lo mucho
que odiaba Historia de la Magia, lo raro que era ver a Snape con cara de rana— todo con el
único propósito de hacerte reír. Y lo logró, aunque fuera solo una vez, entre lágrimas
discretas que él fingió no ver.
—No vuelvas a pensar ni por un segundo que ellos tienen poder sobre ti. No lo tienen. No
mientras yo esté aquí.
Fue allí, bajo el cielo oscurecido y con el reflejo de la luna sobre el agua, que entendiste
que Sirius no era solo el bromista insoportable de siempre. Cuando quería, podía ser dulce,
protector… y peligrosamente encantador.
Fred Weasley
Más que bromas
Habías estado sentada en uno de los mullidos sillones de la sala común de Gryffindor, junto
al trío de oro —Harry, Ron y Hermione— discutiendo, como de costumbre, sobre todo lo
que había cambiado en Hogwarts desde el inicio del curso. Dolores Umbridge, enviada por
el mismísimo Ministerio de Magia, se paseaba por los pasillos como si el castillo le
perteneciera, dictando decretos absurdos, prohibiendo actividades y observando a los
alumnos como si todos fueran sospechosos. Tú sabías mejor que nadie lo que eso
significaba.
Porque eras hija de Cornelius Fudge, el Ministro de Magia en persona. Y si alguien
conocía la paranoia de ese hombre mejor que nadie, eras tú.
Desde el verano, tu padre había sido claro y directo contigo: nada de relacionarte con Harry
Potter ni con ninguno de sus “cómplices”. Decía que Dumbledore estaba usando al niño
para arrebatarle su puesto, que no debías dejarte envolver por su supuesta “locura”. Pero tú
no eras una niña pequeña y mucho menos manipulable. Tú habías visto la verdad en los
ojos de Harry, en las heridas que cargaba, y sabías que algo mucho más oscuro se
avecinaba y lo peor de todo, tu padre no quería escuchar…
Y, además, habías empezado a salir con Fred Weasley, lo cual a tu padre le parecía una
auténtica traición.
Fred era muchas cosas: travieso, encantador, molesto a veces, impredecible casi siempre.
Durante años se había dedicado a hacerte bromas para llamar tu atención —una vez incluso
te hizo estallar un caramelo que te provocó un sarpullido multicolor que te mandó directo a
la enfermería—, pero cuando te pidió disculpas aquella tarde en la torre de Astronomía,
entre risas nerviosas y un intento torpe de quitarte los granitos con un ungüento de Madame
Pomfrey, algo cambió. Entre bromas y sonrisas, te habías enamorado de él.
—Chicos, luego nos vemos —dijiste con voz tensa, recogiendo la carta con manos
temblorosas. Ellos asintieron sin preguntas, sumidos aún en sus planes de rebelión, aunque
podían darse cuenta que algo grande te estaba pasando.
Te giraste para subir hacia tu habitación, pero entonces los viste bajando por las escaleras
del dormitorio de los chicos. Fred y George, riendo de algo que probablemente implicaba
explosiones o castillos de cartas voladores.
Fred te vio, y como si fuera una rutina ensayada, se acercó con esa sonrisa despreocupada
que tanto te desarmaba. Te besó con la dulzura de quien sabe que su presencia puede
calmar tormentas, y tú, por un segundo, olvidaste la carta.
—¿Llegó la respuesta de papá? —preguntó al notar la tensión en tus hombros.
—¿Quieres que la lea contigo? —ofreció con suavidad, tomándote la mano y dejando un
beso cálido sobre tus nudillos. Ese pequeño gesto te sacó una sonrisa fugaz… pero el peso
de la carta volvió a hundirte.
Fred se despidió de George, quien lanzó una mirada cómplice antes de irse con Angelina.
Tú y Fred salieron por la sala común y caminaron en silencio por los pasillos, hasta llegar a
la ribera del lago negro. El cielo estaba cubierto de nubes, y el viento acariciaba la
superficie del agua en ondas suaves.
Las primeras líneas ya dolían. La voz de tu padre, rígida, autoritaria, te llegaba clara entre
cada palabra escrita con tinta verde oscura. Cuanto más leías, más fuerte se apretaba el
nudo en tu garganta.
"Si estás dispuesta a cuestionar mis decisiones, entonces no tienes lugar bajo mi techo. No
quiero verte en Navidad. No vuelvas hasta que recapacites. Si sigues por ese camino,
olvídate de que tienes un padre."
El papel temblaba en tus manos, mojado por tus lágrimas. No lo pensaste dos veces: lo
rompiste en pedazos con rabia contenida y los dejaste caer al agua, donde se disolvieron
como si nunca hubieran existido.
Fred no dijo nada de inmediato. Se limitó a rodearte con los brazos y estrecharte contra su
pecho, como si con ese abrazo pudiera protegerte del mundo entero.
—Escúchame bien, ____. No necesitas ganarte el amor de alguien que debería habértelo
dado incondicionalmente desde el primer día. ¿Sabes qué? Esta Navidad vienes a la
Madriguera. Mamá te adora, y créeme que estará encantada de tenerte. Aunque…
tendremos que asegurarnos de que haya suficiente comida. Ya sabes cómo comemos los
Weasley.
Eso te arrancó una pequeña risa, aún con lágrimas en los ojos.
—Y sobre tu padre —continuó Fred, tomando tu rostro con ambas manos para limpiarte las
mejillas—, él no sabe la suerte que tiene de tenerte como hija. Pero nosotros sí. Me tienes a
mí. A George, a Ron, a Ginny. A todos. Incluso a Percy, aunque sea un pesado. Tienes una
familia entera aquí. Y si me lo permites… más adelante podrías ser una Weasley con todas
las letras.
Te quedaste muda por un instante. El corazón te latía con fuerza, no por la tristeza, sino por
la emoción y la ternura de sus palabras. Te acercaste lentamente y le diste un beso suave,
cálido, lleno de agradecimiento y amor.
—Estarías completamente perdida, cielo. Soy demasiado perfecto como para no estar en tu
vida.
Pasaron el resto de la tarde allí, junto al lago, riendo entre susurros, compartiendo
confesiones, planeando bromas y un futuro en el que nada ni nadie pudiera separarlos.
Ni el Ministerio, ni Umbridge, ni la absurda paranoia de Cornelius Fudge.
He aquí un nuevo OS... ¿Que les pareció? opinen diganme que tal
están quedando hasta ahora.
George Weasley
Alba y la Broma que Cruza la Línea
El día había comenzado de forma miserable para Alba Greystone. No sabía exactamente a
qué hora se había quedado dormida la noche anterior, pero sí sabía que apenas había
pegado ojo. Su cuerpo le dolía como si hubiese corrido una maratón, y su mente estaba
dispersa, agotada.
Cuando por fin despertó, el sol ya estaba bien alto y su reloj marcaba la hora exacta en la
que comenzaba su clase de Pociones. Saltó de la cama, se vistió como pudo —con la túnica
mal abotonada y el cabello aún húmedo— y salió disparada hacia las mazmorras, sin
siquiera detenerse a desayunar.
Y, como si fuera poco, al llegar a clase, Snape ya la esperaba con cara de pocos amigos. La
miró por encima de su nariz aguileña, con su típico aire de desprecio, y sin necesidad de
alzar la voz, la sentenció:
—Señorita Greystone, limpie todos los calderos al finalizar las clases. Su irresponsabilidad
no pasará desapercibida.
Y ahí estaba. Primer castigo del día, sin siquiera haber comido.
Durante la clase, su cabeza no estaba en el lugar correcto. La poción que debían preparar
resultó un desastre en sus manos. El caldero chisporroteó, se llenó de humo verde y terminó
salpicando al pobre Neville. Snape le quitó 50 puntos a Gryffindor, y aunque sabía que era
por el desastre en sí, también entendía que haber llegado tarde había empeorado todo.
A la hora del almuerzo, tenía un hambre que le dolía. Fue la primera en salir del aula
cuando sonó el timbre. Por el pasillo se topó con Cedric Diggory, su amigo de Hufflepuff.
Siempre era un bálsamo verlo: tenía una manera suave y amable de estar que calmaba
cualquier tormenta. Caminaron juntos hacia el Gran Comedor, y por fin, por fin, el día
parecía mejorar.
No ver a los gemelos Weasley a la vista fue casi un alivio. Desde el inicio de curso se
habían ensañado con ella. George y Fred se divertían de lo lindo haciéndole bromas
pesadas. Lo peor fue la noche anterior: le habían teñido el cabello de un rojo escandaloso,
justo antes de la inspección de Umbridge. Tuvo que pasar horas probando hechizos
reversibles, y hasta fue con Madame Pomfrey a rogar ayuda. Por suerte, al final volvió a su
tono negro natural. Pero el cansancio emocional y físico se le notaba por todos lados.
La tarde, por fortuna, transcurrió sin más incidentes. Tras cumplir su castigo con Snape y
limpiar los calderos hasta que sus manos quedaron resecas por los ingredientes corrosivos,
decidió premiarse con un baño en los Baños de Prefectos. Era su único rincón de paz. El
vapor cálido, las burbujas encantadas flotando alrededor, la música suave que podía elegir
con un simple hechizo… se quedó tanto tiempo que perdió la noción de las horas.
Cuando por fin volvió a la Torre de Gryffindor, lo único que quería era dormir. Se tiró en
su cama, cerró los ojos y por fin, por primera vez en el día, sintió que su cuerpo descansaba
de verdad.
La mañana siguiente se despertó más tarde de lo habitual, pero no lo suficiente como para
estar apurada. Se tomó su tiempo para vestirse y peinar su cabello con cuidado. Por una
vez, sentía que su día podría ser normal, incluso agradable.
Bajó por las escaleras de piedra hacia el Gran Comedor con el estómago gruñendo de
hambre, ya imaginando las tostadas con mermelada, el jugo de calabaza y una buena
porción de huevos revueltos. Al llegar, sin embargo, notó algo extraño: las puertas del
comedor estaban cerradas.
Frunció el ceño. No era común, pero el hambre pudo más, así que las empujó sin pensar…
y en cuanto cruzó el umbral, un cubo invisible suspendido sobre la puerta se volcó sobre
ella, cubriéndola de una sustancia viscosa, pegajosa y maloliente. Olía a algo entre huevo
podrido, queso rancio y... ¿ajo?
El silencio inicial fue reemplazado por una estruendosa carcajada generalizada. Todo el
comedor giró la cabeza para mirar a la pobre chica cubierta de aquella mezcla asquerosa.
Incluso los profesores en la mesa principal se giraron con sorpresa. Alba se quedó
paralizada, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a picarle los ojos.
Cuando sus ojos se encontraron con los de ella, pudo ver claramente las lágrimas
contenidas, el temblor en sus labios, la humillación en su rostro. Algo le golpeó el pecho.
Hasta ahora, sus bromas habían sido entre ellos. Un juego. Una guerra de ida y vuelta. Pero
esta vez se habían pasado. Esta vez no era gracioso. Era público. Era cruel.
Alba dio media vuelta y salió corriendo del Gran Comedor, su túnica chorreando la
sustancia repulsiva y su dignidad hecha pedazos.
George reaccionó al instante y corrió tras ella, ignorando incluso la mirada confusa de Fred.
—¡¿Qué quieres, George?! ¿No fue suficiente con lo que hiciste? ¿Quieres seguir
humillándome más todavía?! —gritó, su voz entrecortada por la rabia y el dolor.
—¡Oh, qué gran gesto! El gran George Weasley se está disculpando. Seguro hasta los
fantasmas en el castillo están impactados.
George no supo qué decir. En su interior, la culpa le pesaba más que cualquier castigo que
McGonagall pudiera darle. No era así como quería que ella lo recordara.
—No vuelvas a dirigirme la palabra —dijo Alba, conteniendo las lágrimas mientras se
alejaba—. Ni para bromas, ni para disculpas. Ni para nada.
George la vio irse, su túnica todavía goteando un poco de esa mezcla repugnante, y supo
que había cruzado un límite. Uno muy importante.
Mientras el eco de sus pasos se perdía por los pasillos, George se quedó allí de pie, con una
resolución ardiéndole en el pecho.
Iba a hacer todo lo que estuviera en sus manos para recuperar su confianza. Y no por
orgullo. Porque de verdad le importaba.
Y tal vez, solo tal vez, había algo más que una guerra de bromas entre ellos.
Algo que aún no sabía cómo poner en palabras, pero que empezaba a dolerle como nunca
antes.
Desde ahora los voy a hacer de varias series o películas entre las que
están las siguientes:
-Harry Potter
-Supernatural
-Teen Wolf
-Los vengadores
-Las crónicas de Narnia
-Percy Jackson
Buky Barnes
En la Torre de los Vengadores todo era silencio. El tipo de silencio que sólo se consigue
tras una misión larga y agotadora. Habías regresado más tarde de lo esperado, con los
músculos entumecidos y el cuerpo suplicando descanso, pero con la mente aun dando
vueltas por todo lo que había ocurrido en el campo. La misión había salido bien, mejor de
lo previsto incluso, pero eso no quitaba el desgaste físico y emocional. Lo único que
deseabas era llegar a tu habitación, quitarte el uniforme y dormir durante una semana
entera.
Pero sabías que no podías hacerlo. Había un informe que completar, y lo necesitaban
cuanto antes. Nick Fury no era precisamente famoso por su paciencia, y mucho menos
cuando se trataba de documentación de campo.
Con un suspiro resignado, decidiste pasar primero por la cocina. Preparaste un café bien
cargado, esperando que la cafeína hiciera su magia y te mantuviera lo suficientemente
despierta para escribir algo coherente. Con la taza caliente entre tus manos, caminaste de
regreso a tu habitación, disfrutando del leve vapor que subía y te acariciaba la cara. El
pasillo estaba en penumbras, iluminado solo por la luz azul tenue del sistema nocturno de la
torre.
Unos ruidos apagados, casi como gemidos. Provenían de la habitación contigua a la tuya.
La conocías bien: era la de Bucky Barnes. Te detuviste en seco, el corazón dándote un
vuelco. No era la primera vez que lo escuchabas hablar o quejarse en sueños, pero esa
noche sonaba diferente. Más agitado. Más atormentado.
La preocupación fue más fuerte que el cansancio, y sin pensarlo mucho, dejaste el café en
una repisa cercana y empujaste la puerta entreabierta.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz lunar que se colaba por la
ventana. Allí, entre sábanas revueltas, estaba él. Bucky. Su cuerpo se movía inquieto, sus
manos se apretaban en puños y sus labios murmuraban palabras que no lograbas entender.
El ceño fruncido dejaba claro que estaba atrapado en una pesadilla, quizás una de esas que
lo regresaban al pasado, a su época más oscura.
Pero no respondía. El sudor perlaba su frente y su respiración era agitada. Fue entonces
cuando tomaste una decisión. Aun sabiendo lo que implicaba para ti, colocaste tus manos
con cuidado sobre sus sienes. Cerraste los ojos, y activaste tus poderes.
Conectarte con sus emociones era como lanzarte a un mar revuelto. Un torrente de dolor,
culpa y fragmentos del pasado golpeaban tu mente con fuerza. Era abrumador. Pero tú
sabías cómo canalizarlo. Poco a poco fuiste absorbiendo parte de esa oscuridad,
transformándola en imágenes más suaves. Proyectaste en su mente recuerdos inventados,
paisajes de montañas cubiertas de nieve, atardeceres en islas tropicales, y momentos de su
infancia junto a Steve, esos que sabías que aún le daban algo de consuelo.
Sentiste cuando su cuerpo se relajó. El ceño dejó de estar fruncido y un suspiro se escapó
de sus labios, tan profundo y sereno que te hizo sonreír. Supiste que podías irte.
Te levantaste con dificultad, sintiendo el desgaste físico de haber usado tus poderes de esa
forma. Saliste de la habitación en silencio, ignorando el informe que te esperaba. Esa
noche, lo importante era que él pudiera dormir.
Los días siguientes se convirtieron en rutina. Misiones, entrenamientos, reportes… y tus
visitas nocturnas a la habitación de Bucky. Siempre en silencio. Siempre sin que nadie lo
supiera. Cada vez que lo escuchabas agitado en sueños, ibas. Te sentabas a su lado,
absorbías su dolor, lo llenabas de luz. Y te ibas.
Pero algo había cambiado. Porque empezaste a quedarte un poco más. A observarlo
mientras dormía tranquilo. A notar los detalles que antes pasaban desapercibidos. La forma
en que sus pestañas temblaban al entrar en sueño profundo, cómo sus labios se curvaban
apenas cuando lograbas traerle un buen recuerdo… cómo su rostro endurecido durante el
día parecía tan vulnerable en la noche.
Y lo que era peor: comenzabas a desear que despertara. Que te viera allí. Que supiera.
Aquella noche fue distinta. Desde el principio sentiste que algo no estaba bien. Las
pesadillas eran más intensas. Te costaba más trabajo disiparlas. El dolor era más profundo.
Te quedaste más tiempo, acurrucada en el borde de su cama, buscando el equilibrio entre su
tormento y tu energía. Cuando por fin comenzó a calmarse, cerraste los ojos por un
momento, exhausta, recargándote en la cama.
Y entonces ocurrió.
—¿______? —La voz rasposa y adormilada de Bucky te hizo congelarte—. ¿Qué haces
aquí?
Lo miraste desde el suelo, sin palabras. El rostro desorientado de Bucky se volvió hacia ti
mientras se levantaba para ayudarte a incorporarte. Aún medio dormido, pero claramente
sorprendido.
La tomaste sin decir palabra. Cuando estuviste de pie, notaste su mirada fija en ti. Y luego,
la pregunta que temías:
—Espera… —frunció el ceño—. Hace semanas que no tengo pesadillas tan seguido como
antes. ¿Cuál era tu poder…?
—Después de mi última misión, estaba cruzando por el pasillo y escuché tus gritos. Entré
para despertarte, pero no reaccionabas. Te veías… tan mal. No podía dejarte así, así que usé
mis poderes para calmar tu mente, quitar parte del dolor y proyectar recuerdos felices. Solo
quería ayudarte. Nada más.
Mirabas el suelo, avergonzada. Si hubieras levantado la mirada, habrías visto cómo Bucky
se quedaba inmóvil, en silencio. Pero cuando al fin lo hiciste, fue porque sentiste sus manos
en tus mejillas.
—Gracias —dijo simplemente, antes de acercarse y unir sus labios con los tuyos en un beso
suave, cálido, que hablaba más de lo que las palabras podrían decir.
—¿Alguna vez te han dicho que hablas demasiado? —bromeó, con una sonrisa tímida
mientras rozaba tu rostro con la yema de sus dedos.
—Tal vez alguien lo haya dicho, pero creo que no me ha quedado muy claro —respondiste
con una sonrisa mientras te acercabas nuevamente a él.
Y esta vez, el beso fue más largo, más profundo. Como si con ese simple acto ambos
entendieran que algo había cambiado entre ustedes. Algo que llevaba tiempo gestándose en
el silencio de las noches y en los sueños compartidos.
Harry Potter
Un Encuentro Bajo las Estrellas
El verano había caído con el peso de la rutina sobre Privet Drive. Para Harry Potter, no era
diferente a los anteriores: silencioso, monótono, y profundamente solitario. A pesar de todo
lo que había vivido en Hogwarts, y de los amigos que había hecho, al regresar al número 4
de Privet Drive, era como si volviera a convertirse en ese niño invisible a quien nadie
quería ver, al que trataban como una carga más que como un miembro de la familia.
Aquella noche en particular, Harry no podía dormir. Se revolvía inquieto en la cama, los
pensamientos girando sin tregua por su mente: Voldemort, el Ministerio, las profecías, las
pérdidas. Todo parecía más oscuro cuando estaba solo. Así que esperó, en silencio, a que
los Dursley se acostaran, atentos a cada crujido de las tablas del piso superior, cada apagón
de luces. Cuando la casa quedó en completo silencio, se levantó.
El reloj marcaba las doce y media de la madrugada.
Se colocó su sudadera, tomó su varita —por precaución, aunque no podía usarla fuera del
colegio— y bajó las escaleras de puntillas. Abrió la puerta principal con el máximo
cuidado, sabiendo que, si Vernon se enteraba, lo encerraría con doble pestillo por el resto
del verano.
Una chica de cabello castaño, sentada en uno de los columpios, tarareaba una melodía
suave. No lo vio llegar. Tenía los ojos cerrados y la expresión tranquila, casi etérea. Harry
se quedó inmóvil unos segundos, observándola sin poder evitarlo. Su voz era hermosa.
Dulce, melancólica.
Y por un momento… olvidó por completo por qué había salido de casa.
La melodía cesó de pronto, y los ojos de la chica se abrieron. Al encontrarse con los suyos,
verdes e intensos, frunció levemente el ceño, sorprendida por su presencia.
—¿Se te ofrece algo? —preguntó, con educación, aunque sin ocultar lo desconcertada que
estaba por haber sido observada.
—Oh… lo siento —dijo Harry, incómodo—. Es solo que… cantas muy bonito. No quise
molestarte.
La chica lo miró unos segundos más, como si intentara recordar si lo conocía de algún lado.
Luego, suavizó su expresión.
—Sí, vivo a unas casas —respondió mientras se sentaba en el columpio junto a ella—. Me
gusta venir aquí por las noches, para… pensar un poco.
La reacción de la chica fue inmediata. Abrió los ojos como platos, pero se obligó a
mantener la compostura. Aun así, Harry notó cómo su postura se tensaba ligeramente,
como si la noticia la hubiera descolocado por completo.
—Soy… T/N T/A —respondió ella, algo más tímida—. Lo siento, es solo que… claro que
sé quién eres. Pero no te preocupes, no te voy a bombardear con preguntas.
Harry sonrió con alivio. Ya estaba acostumbrado a las reacciones extrañas cuando la gente
escuchaba su nombre, pero la forma en que ella manejó la situación fue… diferente. Más
madura.
Esa noche, hablaron de todo y de nada. De cosas simples: música, libros, pasatiempos… y
luego, sin que él supiera cómo, hablaron también de magia. T/N le confesó que era bruja y
que había asistido a Beauxbatons, pero que sus padres se habían trasladado recientemente a
Londres por trabajo. Desde el curso siguiente, ella ingresaría a Hogwarts.
—¿De verdad? —preguntó Harry, iluminado por la sorpresa—. Eso es genial. Así podré
ayudarte con todo lo que necesites… aunque no puedo garantizarte que los pasillos sean
tranquilos.
Cuando llegó el momento de volver al colegio, Harry no estaba nervioso solo por
Voldemort, Snape, o los peligros usuales. Estaba ansioso por ver a T/N con el uniforme de
Hogwarts, por compartir con ella ese mundo que tanto significaba para él.
A pesar de estar en casas distintas, se veían cada día. Durante los descansos, en el Gran
Comedor, en las clases compartidas. T/N se hizo cercana también a Ron, Hermione y
Ginny, y muy pronto, formó parte de ese pequeño grupo que Harry consideraba su familia.
Hubo momentos difíciles, claro. Batallas, pérdidas, incertidumbre. Pero T/N siempre estuvo
allí, a su lado, recordándole que no estaba solo.
A veces, por las noches, cuando el silencio llenaba su sala y el mundo estaba en calma,
salían a caminar.
Y aunque ya no vivían en Privet Drive, siempre buscaban un parque cercano, con
columpios. Porque fue allí, una noche cualquiera, donde dos vidas marcadas por la magia y
el destino se encontraron y crearon algo mucho más fuerte: una historia de amor verdadero.
Hermione Granger
"Entre Serpientes y Leones"
Jolie Malfoy, hermana gemela de Draco, compartía con él más que la misma sangre y
apellido: su porte elegante, sus ojos grises como el hielo, su caminar orgulloso. Pero ahí
acababan las similitudes.
Mientras todos la veían como la princesa de Slytherin, criada entre puristas, sangre limpia y
salones cubiertos de mármol, por dentro luchaba contra todo eso que le enseñaron a creer.
Porque debajo de las capas de orgullo, de su impecable túnica verde con ribetes plateados,
había un corazón rebelde que se atrevía a cuestionarlo todo.
Especialmente desde el momento en que, por casualidad, en uno de los silenciosos pasillos
de la biblioteca, conoció a Hermione Granger.
Fue un intercambio breve, palabras cruzadas mientras ambas buscaban el mismo tomo
sobre Encantamientos Avanzados. Jolie notó que Hermione se tensaba al verla, y cómo sus
ojos escrutadores la medían con recelo. Y, sin embargo, cuando Jolie se ofreció a compartir
el libro, la tensión disminuyó. A partir de ahí, sus encuentros en la biblioteca comenzaron a
repetirse, cada vez menos por casualidad, cada vez más prolongados.
Allí, entre estanterías polvorientas y luz tenue, Hermione descubrió que no todos los
Malfoy eran iguales, y Jolie se dio cuenta de que no podía seguir fingiendo que los ideales
de su familia representaban los suyos.
Pero todo eso debía mantenerse en secreto. Porque en público, Jolie seguía siendo la joya
de la noble Casa Slytherin, inseparable de su hermano, siempre rodeada de su círculo de
influencia.
Era mediodía, y los pasillos del castillo estaban abarrotados. Jolie caminaba junto a Draco,
Pansy y otros Slytherin rumbo al Gran Comedor. Su andar era confiado, elegante. Pero algo
la hizo detenerse unos pasos más atrás.
A lo lejos, Harry, Ron y Hermione se aproximaban en dirección opuesta. Jolie sintió ese
habitual nudo en el estómago al ver a la castaña. Era absurdo, pero no podía evitarlo.
Hermione tenía esa mezcla entre fuerza y vulnerabilidad que a Jolie la desarmaba por
dentro. Como si cada parte de ella gritara que estaba viva… y que Jolie, por primera vez,
quería pertenecer a algo real.
Cuando sus caminos se cruzaron, Jolie no lo pensó. Le dedicó a Hermione una sonrisa
tenue, discreta, pero sincera. Incluso se atrevió a guiñarle un ojo.
—¡Aparta, sangre sucia! —gruñó entre dientes mientras empujaba con fuerza a Hermione
al pasar.
La chica cayó al suelo sin poder evitarlo, sus libros desparramados alrededor. Las
carcajadas de los Slytherin retumbaron como eco entre los muros de piedra.
Jolie se quedó helada. Sintió una mezcla de rabia, vergüenza y decepción. Apretó los
puños. Draco, riéndose, ni siquiera notó que su hermana se había detenido. Ella se volvió y
vio a Hermione en el suelo, recogiendo sus cosas con las mejillas encendidas de vergüenza.
Quiso correr hacia ella. Quiso ayudarla. Pero Ron se adelantó, cubriendo a Hermione con el
cuerpo como un escudo.
—Aléjate de ella. No necesito más pruebas de lo que son capaces los tuyos. Ni tú, ni tu
pandilla, ni tu precioso hermano.
Ahí fue cuando Jolie decidió que era suficiente. El silencio se apoderó del pasillo cuando su
voz se elevó con firmeza.
—Sí, soy una Malfoy. Felicidades por darte cuenta, Weasley —dijo con sarcasmo—. Y
estoy orgullosa de serlo. Pero no confundas el apellido con la persona. Ni el tuyo ni el mío
nos definen.
Sus ojos grises brillaban con una determinación que pocas veces se habían atrevido a
mostrar.
—Y voy a dejar algo claro, para ti y para todos los que estén escuchando —añadió,
levantando un poco más la voz, dirigiéndose también a su propio grupo de Slytherin—:
Yo no soy mi hermano. No lo odio, no lo niego. Pero yo no soy él. Y si alguno quiere
tratarme como si lo fuera… entonces no me conoce en lo absoluto.
Hermione, aún en el suelo, se detuvo al escuchar esas palabras. Jolie extendió una mano
hacia ella.
Hermione la observó con cautela. Miró la mano, luego los ojos sinceros. Finalmente, aceptó
la ayuda. Jolie la levantó con cuidado.
Y cuando esta le sonrió, con esa mezcla de sorpresa, gratitud y algo más que Jolie no supo
identificar del todo, lo supo: Esa chica iba a ser suya.
Los Malfoy siempre conseguían lo que se proponían. Y esta vez, Jolie Malfoy se proponía
amar sin miedo.
Salir con Derek sería como
Dormir con una tormenta entre los brazos.
Su presencia es fuego bajo la piel,
pero su silencio es un muro de hielo que sólo se derrite con paciencia.
Sería aprender a amar a alguien que lleva cicatrices en el alma,
y que, aun así —o justo por eso— sabe proteger con una ferocidad que desarma.
Te miraría como si fueras lo único puro en un mundo roto.
Y aunque no siempre diría lo que siente, lo demostraría con actos más fuertes que
mil palabras: un brazo tendido cuando tropiezas, una mirada feroz si alguien se
atreve a herirte, una lealtad inquebrantable, como si tu corazón fuera su manada.
Salir con Derek Hale sería como amar a la luna en su fase más oscura:
callada, intensa, poderosa.
Y descubrir que en su sombra… también hay luz. 🌙🐺
James Potter
"Más Que Una Amistad"
James Potter había estado actuando extraño toda la semana. Te evitaba constantemente,
salía de los lugares cuando tú entrabas, y más de una vez te dejó hablando sola. Era
frustrante, confuso, y lo peor era que tú no entendías el por qué.
Lo conocías desde que tenías memoria. Tus padres eran amigos cercanos de los Potter, y
además vecinos, solían compartir vacaciones y celebraciones familiares. Y si bien él
siempre había sido impulsivo, bromista y algo mandón, contigo siempre había sido
diferente. Tenía una ternura especial en su trato, un tipo de cariño que, durante años,
confundiste con algo fraternal.
Pero ahora, cada gesto suyo —cada mirada, cada sonrisa— te pesaba más de lo que podías
soportar. Y no porque no te gustara… Sino porque te gustaba demasiado.
Sirius Black, con su sonrisa traviesa y su aire arrogante, que a pesar de sus múltiples
intentos nunca logró conquistarte.
Remus Lupin, el más sensato y amable, alguien con quien podías hablar de todo.
Y Peter Pettigrew, que siempre te pareció... fuera de lugar. Había algo en él que no
terminabas de entender. No era mal chico, pero había un aire inquietante que te hacía
desconfiar.
Porque desde tercero, James había estado detrás de Lily Evans. A su manera torpe y
escandalosa, la perseguía como si fuera su misión personal conquistarla. Y tú… tú te
quedabas al margen, fingiendo indiferencia mientras por dentro sentías que te partías en
dos.
Con el tiempo, comenzaste a aceptar que él solo te veía como una amiga.
O peor… como una hermana.
Y eso dolía. Dolía cuando veías cómo la miraba a ella. Dolía cuando te trataba como su
confidente. Dolía cuando los demás empezaron a notar lo que tú ya sabías: que estabas
enamorada de tu mejor amigo.
Intentaste disimularlo, hacerte la fuerte. Incluso saliste con otros chicos, aunque ninguno te
hacía sentir lo que él te provocaba solo con sonreírte.
Pero James se encargaba de arruinarlo todo. Cada vez que alguien mostraba interés en
ti, él intervenía. Los espantaba con burlas, amenazas o simplemente con su imponente
presencia. Los Merodeadores no se quedaban atrás. Decían que te estaban "protegiendo",
pero tú sabías que lo hacían por él.
Y ahora, allí estabas, sentada junto a Amos Diggory, un chico mayor, educado y bastante
insistente. Estaba intentando convencerte de salir con él a Hogsmeade ese fin de semana.
Tú intentabas rechazarlo con amabilidad, aunque su intensidad te incomodaba un poco.
Pero no querías ser grosera. Ya tenías suficiente con el corazón hecho un lío.
Entonces lo viste. James, caminando hacia ti con el ceño fruncido, el paso decidido y una
expresión que no habías visto en él antes.
Sin decir una palabra, te tomó por las piernas y te cargó sobre su hombro como si fueras
un saco de patatas.
Cuando por fin te bajó al final de un pasillo solitario, lo empujaste con fuerza.
—¿Perdón? ¿Escuché bien? ¿Y quién eres tú para decirme con quién puedo estar?
—¡Soy tu mejor amigo! Y no me gusta verlo cerca de ti.
—¡Eres desesperante, James! Estoy intentando salir con alguien, con quien sea, y tú
siempre haces lo imposible para arruinarlo. ¡Y para colmo, esta semana ni siquiera me
hablas! A este paso nunca tendré novio.
Te cruzaste de brazos.
—¿No? Perfecto. Entonces me voy a decirle a Amos que sí saldré con él el fin de semana.
Al menos él sí se interesa por mí.
Diste media vuelta, molesta, herida, dispuesta a ponerle fin a esa absurda historia.
Pero no habías caminado ni un metro cuando sentiste su mano atrapando tu brazo,
girándote bruscamente.
Fue un beso inesperado, casi torpe al inicio, como si fuera impulsado por la desesperación.
Pero luego se suavizó. Sus labios encontraron el ritmo de los tuyos. Fue cálido. Íntimo.
Tus manos se apoyaron en su pecho y la suya subió con delicadeza hasta tu mejilla.
Cuando se separaron, apenas un par de centímetros, te miró a los ojos con una intensidad
que no habías visto nunca en él.
—Tú no te vas con nadie —murmuró, la voz ronca—. Y mucho menos con ese idiota…
porque tú eres mía. Siempre lo has sido.
Pasaron el resto de la tarde juntos, entre risas, promesas y caricias robadas. Hablando de
todo lo que habían callado durante tanto tiempo. Guardando recuerdos que con el tiempo
contarían a sus hijos, entre sonrisas y miradas cómplices.
Porque a veces, el amor tarda en mostrarse. Pero cuando lo hace… Es imposible seguir
fingiendo.
Buky Barnes
La atención de T/n a los detalles no puede rivalizar.Incluso Nat dijo que
sería más letal que la propia Viuda Negra si tuviera el entrenamiento de
combate y de campo.
Tony argumentó que era una extraña serie de genios. Pero fue Nat quien
finalmente dijo que era porque T/n tenía mucha empatía.Porque no eran
solo números y fechas.
Tenía dos trabajos, ya que ser asistente de galería le daba un salario que
ni siquiera podía conseguirle un apartamento en Nueva York. El resto de
sus horas las dedicaba a coquetear y coquetear con hombres terribles en
un intento por conseguir mejores propinas.Lo triste fue que su ajetreo
apenas le dio tiempo para hacer lo que buscaba: hacer arte.
Una vez que Pepper escuchó a T/n desglosar los detalles de la fiesta y el
horario personal del director de la galería, se dio cuenta de que T/n
podría ser de mucha más utilidad. Y debería obtener una mejor
compensación por ello.Al día siguiente, Pepper la llamó para ofrecerle un
trabajo como asistente personal de Tony y ella. Tony tenía una
personalidad que la mayoría no podía manejar. Mientras tanto, Pepper
estaba a cargo de una de las empresas más grandes y avanzadas del
mundo. Necesitaban a alguien que supiera manejar muchas cosas e
integrarse en el loco estilo de vida que ambos compartían.Le ofrecieron
una obscena cantidad de dinero.
Hubo un golpe y T/n miró hacia arriba para ver a Steve darle una sonrisa
tímida desde la puerta de su oficina.
Pero Steve diría que le gustaba T/n por su habilidad para hablar con él
como si fuera solo Steve Rogers... y no el Capitán América.Justo cuando
los dos entraban a la cocina, Bucky estaba tomando una manzana de la
canasta de frutas.
Una vez admitió que le gustaba hablar con T/n más sobre su vida
amorosa que con Natasha. T/n fue paciente y comprensiva, mientras que
Nat podría ser un poco agresiva.
"Ya conoces esa respuesta, Steve". Ella rió. "No tengo citas. Prefiero vivir
indirectamente a través de otras personas ". Luego le dio unos golpecitos
en la nariz en broma. "Como tú."
"Lo hago." Ella suspiró. "Nunca pensé en eso. ¿Cómo eran las citas en
ese entonces? Realmente nunca me lo dijiste ".
T/n estaba calentando una vieja taza de café cuando trató de hacer un
moño desordenado con el cabello. Era el estilo predeterminado mientras
pintaba o dibujaba.
Justo cuando trató de envolverlo por tercera vez, el lazo del cabello se
rompió y voló al suelo. T/n apenas tuvo tiempo de jurar cuando vio que
Bucky le entregaba algo. Debió haberlo visto todo porque le estaba
entregando su propio lazo para el cabello.
T/n lo miró ligeramente sorprendida por un momento. Esperó
pacientemente a que ella lo tomara sin decir nada.
Ya saben que si quieren uno, solo tienen que pasar por el apartado
de pedidos y solicitarlo ahí.
Buky Barnes 2
"Tony, no necesito una puta escolta". T/n puso los ojos en blanco
mientras tomaba un sorbo de café en la cocina.
"Se pasó un poco con las manos, ¡de acuerdo!" T/n terminó por ella, sin
molestarse en ocultar sus frustraciones para no volver a visitar el
recuerdo. "No es tan grabe ¿de acuerdo?."
Pero lo que T/n se perdió fueron las manos de Bucky apretadas con
fuerza en puños a su lado.
"Era sólo otro imbécil rico que piensa que las asistentes personales son
mujeres con las que puede objetivar y acostarse. Lo manejé, ¿de
acuerdo?"
"No hace falta decir que decidimos no hacer negocios con él". Añadió
Pepper.
"Happy está ocupado. Así que tenemos que buscarte otra seguridad ".
Tony pensó en voz alta.
"Estas siendo ridículo. Todo lo que tengo que hacer es recoger algunas
maquetas y papeleo importantes en la ciudad ". T/n se burló.
"Realmente no tienes que hacer eso, Bucky. Solo está siendo ridículo.
Tienes mejores cosas que hacer que seguirme ". Él era un vengador
después de todo.
"Sí, por favor llévalo contigo. Necesita una vida". Sam añadió
descaradamente.
Bucky asintió. Unos minutos más tarde, T/n encontró que Bucky la
esperaba pacientemente. Llevaba su atuendo habitual de trabajo. Ser
empleado de Stark Industries requería un código de vestimenta de
negocios.
T/n suspiró, pero finalmente asintió. "Me invitó a tomar algo. Solo estaba
tratando de hacer feliz a un cliente. Quería que volviera a su casa, se
volvió un poco inapropiado y básicamente me tocó a tientas. Lo manejé y
le dije a Pepper".
"¿Manejado?" Cuestionó.
"Prometo que puedo cuidar de mí misma". Ella sintió que tenía que
tranquilizarlo.
"No deberías tener que hacerlo". Respondió mientras miraba por la
ventana.
Sin embargo, fue imposible para ella captar la mirada de muerte que
Bucky le dio cuando él también la vio. El guardia de seguridad
rápidamente desvió la mirada. Bucky montó guardia fuera de la oficina y
escuchó con atención mientras T/n se sentaba en la reunión. Pero solo
tomó unos minutos.
"Si. Te dije que no necesitaba una escolta ". Antes de que pudiera
responder, su expresión cambió.
Bucky todavía caminaba unos pasos detrás de ella. T/n estaba a punto
de decirle que se detuviera cuando notó a un grupo de hombres parados
en un pequeño círculo y hablando entre ellos. Por sus ropas y el sonido
de sus murmullos podía decir que eran extranjeros. T/n tampoco se
perdió la forma en que sus ojos la desnudaron. La hacía sentir asquerosa
y vulnerable.
Uno de ellos decidió ser audaz y murmuró. "¿Не хочешь зайти ко мне
пошалить?" (¿Te gustaría venir a jugar conmigo?) Otro murmuró:
"Хорошие ноги, красивые" (Lindas piernas, hermosas). T/n asumió que
era ruso. Pero no tenía idea de lo que significaba. Ella los ignoró y siguió
caminando erguida. Lo último que esperaba era que Bucky les gritara.
T/n también notó cuánto más cerca estaba. Ella lo miró con atención. Era
obvio que la interacción lo molestaba más a él que a ella. Todas las
mujeres de una gran ciudad se acostumbraron tristemente a los
abucheos y a los hombres espeluznantes.
"Déjame invitarte a un café ". Ella le dio una mirada de advertencia para
que no intentara negarse de nuevo.
"No importa".
Buky Barnes 3
A T/n le encantaba ser tía. Una parte de ella creía que había nacido para
serlo; no una mamá, sino una tía increíble.
"Tía T/n, ¿estará Ironman cuando nos vayamos?" Preguntó la niña entre
lamidas de su cono de helado. Parece que la mayor parte del postre le
cubrió la cara, en lugar de la boca.
Los ojos de la niña se iluminaron. "Y el Capitán América ... ¿estará allí?"
T/n se rió y asumió que simplemente bajaría en la lista a este ritmo. "Sí.
Él también estará allí. ¿Sabías que en realidad es un buen amigo mío?"
Jane jadeó y estuvo a punto de dejar caer su helado por el impacto. Pero
se recuperó e inmediatamente nombró al resto del equipo. T/n le explicó
pacientemente que todos y cada uno de ellos estarían en el complejo y
que estaban muy emocionados con ella.
Una vez que terminaron de comer helado, Jane comenzó a trepar por
todo, T/n mientras trataba de caminar hacia su auto. El juego rudo y la
lucha libre eran una parte importante de su relación.
Jane se divirtió mucho con esto y soltó las risitas más adorables."¿Qué
es tan gracioso, mono?" T/n siguió el juego.
"No es así." Dijo apresuradamente. "Eres ... eres una especie de ... su
Vengador favorito". T/n instó en voz baja, pero sabía que Jane no estaba
prestando atención a nada de lo que estaba diciendo.
"Hola Jane." Saludó con la sonrisa más amable que T/n jamás había
visto. "Todos escuchamos que vendrías al complejo hoy. Todos están
emocionados de conocerte. Pero supongo que tengo suerte de poder
conocerte primero, ¿eh?
"Hola a todos."
T/n lo observó de cerca y se dio cuenta de que tenía que ser la versión
de Bucky que solo Steve conocía, la que creció en los años 30 y fue la
estrella de todos los recuerdos de infancia de Steve.
"Jane, ¿por qué no le dices a Bucky quién quieres ser cuando seas
mayor?", Animó T/n detrás de su sobrina. Jane pareció volverse tímida
de nuevo y sus mejillas se sonrojaron de vergüenza.
"Yo-yo-yo quiero ser como la Princesa Shuri. Quiero ser inventora". Jane
se las arregló para tartamudear.
T/n nunca había visto los ojos azules de Bucky iluminarse tan
intensamente. Sabía que Jane calentó su corazón tanto como calentó el
suyo. Bucky miró a T/n por una fracción de segundo antes de volver su
atención a la niña.
"Quizás algún día pueda presentarte a Shuri. Ella es una querida amiga
mía. Creo que le encantaría conocerte ".
T/n puso los ojos en blanco. "Muy bien, mono. Ya es suficiente ". Ella
vino y tomó a Jane en sus brazos.
"Sí, sí, sí ... Bucky es muy guapo". T/n admitió sin mirarlo. "Pero tenemos
que irnos, de lo contrario no tendremos tiempo para pintar antes de
conocer a los Vengadores".
T/n avanzó rápido, ahora con un vestido de Balmain que cuesta más de
lo que le gustaría saber. Era sin tirantes y azul marino en la parte
superior, con el diseño metálico más detallado en la parte inferior. No
podía negar que la hacía sentir como una modelo de alta costura o una
estrella de cine.Pero el sentimiento siempre se desvanecía cuando le
recordaba a T/n lo fuera de lugar que estaba en estas cosas. Sí, los
Vengadores la trataron como parte de la familia. En todo caso, los pocos
que estaban aquí se sentían igual de fuera de lugar.
Fueron más los líderes militares, los políticos y los demás ricos los que
hicieron que T/n se sintiera como una impostora.Por lo general, se
apegaba al lado de Steve, Wanda y Sam en las fiestas.Todos los
hombres, incluso Tony, ya le habían invitado a bailar.
El aliento de Buky le llegaba estaba justo sobre los labios de T/n y en ese
punto no podía pensar en otra cosa que no fuera como se sentirían sus
labios junto a los del chico. Al final, ninguno supo cual de los dos había
terminado con el espacio que los separaba, solo sabían que en el mundo
no había nada mejor que los labios del contrario y de esta manera dieron
ese primer beso que habían deseado sin siquiera saberlo, el primero de
muchos.
Remus Lupin
"Lo Que No Me Atrevía a Sentir"
Alana Potter siempre había admirado a su hermano James. No solo era popular, carismático
y algo insoportable, sino que tenía una facilidad natural para hacer amigos —y enemigos—
con solo abrir la boca.
A diferencia de él, Alana era más introspectiva, más reservada. Prefería las conversaciones
sinceras a las fanfarronadas, y aunque solía seguirle el paso a James, lo hacía más por
lealtad fraternal que por compartir su forma de ver el mundo.
Desde su primer año en Hogwarts, James la arrastró a su mundo. Quería tenerla cerca,
protegerla, cuidarla. Y Alana, a pesar de que muchas veces lo encontraba cargante, le
adoraba con todo su corazón.
Fue así como, poco a poco, se convirtió también en parte del círculo cercano de los
Merodeadores.
Sirius, el más ruidoso, siempre la molestaba con su sonrisa encantadora. Peter, aunque un
poco más torpe, era amable con ella.
Pero había uno en particular que logró robarle algo que ni ella sabía que podía perder: el
corazón.
Remus Lupin.
Alana se dio cuenta de que algo había cambiado cuando estaba en su sexto año. Ya no se
sonrojaba por ver chicos guapos ni se distraía por las conversaciones ajenas, sino cuando
Remus reía por algo que decía James, o cuando la miraba con esos ojos cálidos color
avellana, como si pudiera leerle el alma.
Era atento, inteligente, y tenía una tristeza muy profunda en la mirada que ella siempre
quiso aliviar. Y tal vez por eso se quedó a su lado, incluso en los momentos en que nadie
más notaba cuánto lo consumía la luna llena.
Nunca pensó confesar lo que sentía. ¿Cómo iba a hacerlo? Él era su amigo. Su confidente.
Y, además, ¿qué pensaría James? Ser la hermana del líder de los Merodeadores ya era
bastante presión. Si encima se enamoraba de uno de ellos…
James la había estado molestando toda la semana. Había encontrado un pergamino con
palabras románticas que ella había escrito en un arrebato de inspiración, y no la dejaba en
paz tratando de adivinar quién era su "misterioso enamorado".
—Vamos, Alana. ¡Dímelo ya! Si me lo dices, prometo dejarte en paz —decía con una
sonrisa burlona, aunque sus ojos reflejaban verdadera curiosidad.
—Claro que es asunto mío, ¡soy tu hermano! Quiero saber quién es ese insensato que te
tiene suspirando a escondidas.
La discusión llamó la atención de todos. Sirius se acercó con su aire burlón. Peter también
se unió, y hasta Lily, que estaba cerca, alzó una ceja con interés.
James seguía insistiendo, cada vez más fuerte, sin notar cómo Alana iba acumulando un
torbellino en el pecho.
—¡Está bien, James! ¡Si diciéndotelo vas a dejar de molestarme, entonces escúchame bien!
¡Me gusta Remus John Lupin! ¡Siempre me ha gustado! Y sí, soy una cobarde, una
Gryffindor sin coraje que ha escondido esto durante años porque no tengo el valor para
enfrentar lo que siento. ¿Contento ahora?
Entonces, cuando giró para irse, lo vio. Remus estaba allí. Había llegado en algún
momento de la escena, sin que ella lo notara. Y ahora la miraba, con los ojos color miel
muy abiertos, como si acabara de descubrir un nuevo universo.
—Yo… —Alana intentó hablar, pero su voz se quebró. Él no decía nada. No reaccionaba.
No hacía nada.
—Me tengo que ir —susurró, y salió corriendo de la sala común con el corazón hecho
pedazos.
Remus se quedó allí, paralizado.
Durante años, había luchado contra lo que sentía. Porque se sentía indigno. Porque era un
licántropo, un monstruo en secreto, alguien que no ser amado por nadie. Porque ella era la
hermana de su mejor amigo. Porque no merecía a alguien como ella.
Pero ahora que sabía que ella también sentía lo mismo… el mundo entero había cambiado.
—¿Y bien? —dijo James al fin, con los brazos cruzados—. ¿Qué estás esperando para ir
tras ella?
—Solo si la haces feliz. Porque si no… —James entrecerró los ojos— tendré que explicarle
a mamá por qué te convertiste en sapo.
Buscó por todos los pasillos, maldiciéndose por no haber tomado el Mapa del Merodeador.
Revisó aulas, corredores, incluso el invernadero. Nada. Pero entonces… escuchó un
sollozo.
Se detuvo frente a una puerta ligeramente entreabierta. Un aula vacía. Entró en silencio.
Y allí estaba ella. Sentada en el suelo, con el rostro entre las manos, temblando.
Se acercó sin decir palabra. Se arrodilló frente a ella y, con suavidad, le tomó el codo.
Alana levantó la cabeza, sobresaltada. Sus ojos estaban rojos y húmedos.
Él no respondió. Solo la miró con una mezcla de ternura, tristeza y decisión. Y sin esperar
más, la atrajo hacia sí y la besó.
Fue un beso dulce, lleno de sentimientos contenidos, de años guardados. Un beso que decía
todo lo que nunca se habían atrevido a pronunciar.
Ella sonrió entre lágrimas. Le acarició la mejilla con una dulzura inmensa.
Desde ese día, Alana y Remus dejaron de esconderse. Fue difícil, al principio. La gente
murmuraba. Pero bastaba una mirada entre ellos para que el ruido del mundo se callara.
Isaac Lahey
UNA NOCHE PARA RECORDAR (O OLVIDAR)
La música retumbaba por cada rincón de la casa como un latido desbocado, haciendo vibrar
incluso las paredes. El olor a transpiración, alcohol derramado y cigarrillos se mezclaba en
el aire, denso y pesado, como si la fiesta hubiera tomado vida propia. Personas ebrias
tropezaban entre sí, riendo, besándose, bailando como si el mundo fuera a acabarse esa
noche. Y tal vez, para algunos, lo haría.
Acurrucada en una esquina de la sala principal, rodeada por desconocidos, observaba con
ojos cansados el caos que se desataba frente a ella. Jamás pensó que desearía ver vacía una
de las famosas fiestas que organizaba su hermana, Lydia. Pero ahí estaba, deseando que
todos se marcharan, que la música cesara y que el silencio la envolviera como una manta
tibia. Lydia se había esmerado tanto por su cumpleaños, por eso Luna se tragaba su
incomodidad con un par de tragos de vodka barato. Sonreía con desgano, fingía disfrutarlo.
Lo único que quería era dormir… o tal vez desaparecer.
Isaac Lahey, en cambio, la buscaba desesperadamente. Habían pasado días sin apenas
hablar, sin compartir más que miradas lejanas en los pasillos, y eso le pesaba. Necesitaba
verla. Sentirla cerca. Pero el ambiente era un caos absoluto incluso para sus sentidos de
hombre lobo. Los olores se mezclaban, se confundían, lo aturdían. La casa era una tormenta
de ruido y confusión.
A través de la multitud, sus ojos la encontraron: esa cabellera dorada, ondulando bajo las
luces estroboscópicas, capturando cada destello como si fuera fuego vivo. Hipnotizante.
Irreal. Pero lo que más le impactó no fue su belleza: fue la imagen de Luna subida sobre
una mesa, bailando con una sensualidad desinhibida, rodeada de chicos que se empujaban
por acercarse, por tocarla, por rozar siquiera un centímetro de su piel. Isaac sintió que algo
dentro de él se rompía.
La furia fue inmediata. Un impulso feroz y protector lo hizo abrirse paso entre la multitud.
En segundos, ya la tenía entre sus brazos, tomándola con firmeza por las piernas para
bajarla de allí, ignorando sus protestas confusas. La alzó como si no pesara nada y la llevó
escaleras arriba, ignorando las risas, los comentarios, las miradas curiosas.
—¡Suéltame, pervertido! ¿Quién te crees que eres para sacarme de mi propia fiesta así? —
gruñó Luna, arrastrando las palabras, tambaleante, con la voz pastosa por el alcohol.
Isaac apretó los labios, tratando de ignorar el fuerte olor a alcohol que emanaba de ella.
Sabía que no era realmente consciente de lo que decía, pero su cercanía… su voz… el
contacto con su piel… le hacía difícil mantenerse indiferente. Estaba harto de callar lo que
sentía.
—Ya casi llegamos. Solo necesitas descansar un poco —murmuró, con una voz más suave
de lo que esperaba.
—Te pareces a mi mejor amigo —dijo ella de pronto, riendo entre dientes, colgándose
torpemente de su hombro como si él fuera su único punto de equilibrio.
Una vez en su habitación, la depositó con delicadeza sobre la cama, pero Luna no se quedó
quieta. Se irguió con dificultad y lo miró con ojos entrecerrados.
—Si querías estar conmigo en mi habitación, solo tenías que decirlo desde un principio…
—dijo Luna mientras soltaba una risita
Isaac soltó un suspiro cargado de frustración y tristeza. Sabía que esa no era realmente ella
hablando. O quizás sí, pero no con claridad. Justo cuando iba a contestarle, Luna se llevó
una mano a la boca y salió corriendo al baño. El sonido de sus arcadas lo hizo correr tras
ella.
Sosteniéndole el cabello con una mano y frotándole la espalda con la otra, Isaac la ayudó
sin decir palabra. Después, cuando Luna terminó, la ayudó a incorporarse y le ofreció un
vaso con agua.
Ella aceptó sin mirarlo directamente, tambaleante aún, con los ojos rojos por el esfuerzo. Se
apoyó contra el marco de la puerta y, de pronto, su voz se quebró.
—¿Por qué Isaac no vino a mi fiesta de cumpleaños? —preguntó, con un hilo de voz—. Me
ha estado evitando toda la semana. ¿No se supone que es mi mejor amigo?
Isaac sintió un nudo en el pecho. Lo que más temía: que ella pensara que se había alejado
por desinterés, cuando en realidad lo había hecho para poder protegerla… de él mismo.
—Quizá pensó que no querías verlo —respondió con cautela, bajando la mirada.
—¿Por qué no querría verlo? —susurró Luna, y esta vez levantó la vista para mirarlo de
frente—. Es la mejor persona que he conocido en el mundo… Esta semana ha sido muy
larga sin él. Lo extraño demasiado…
El corazón de Isaac latía con fuerza incontrolable. Se acercó despacio y tomó su rostro
entre las manos, con una ternura contenida por demasiado tiempo. Quería que ella lo viera.
Que lo escuchara. Que lo sintiera.
—Tú también eres lo más importante para él, Luna. Que no te quepa duda. Solo… él tiene
miedo. Miedo de herirte.
Ella ladeó la cabeza, sus párpados ya pesados por el cansancio y el alcohol, pero su voz aún
era clara.
Isaac la ayudó a volver a la cama y la recostó con suavidad, arropándola como si fuera un
tesoro frágil. Estaba a punto de marcharse cuando sintió su mano aferrándose a la suya.
—No te vayas —murmuró. Esta vez, su voz sonaba distinta. Más firme. Más… consciente.
Isaac no pudo resistirse. Se acostó a su lado, dejando que ella apoyara la cabeza sobre su
pecho. Le acarició el cabello con lentitud, sintiendo cómo su respiración se calmaba. Y
entonces, en un susurro que pensó que no sería escuchado, se permitió decirlo al fin:
El silencio fue largo. Lo bastante para que pensara que ella ya dormía.
Hasta que escuchó la respuesta, casi inaudible, pero tan real como su corazón desbocado.
Y esa noche, en medio del caos, la música y el desastre… ambos encontraron algo que
jamás habían esperado: la certeza de que el amor, a veces, se esconde en los lugares más
confusos… y que incluso en la oscuridad de una fiesta, se puede encontrar un pedazo
de luz.
Isaac Lahey
ENTRE RECUERDOS Y SUSURROS
La luz del sol se filtraba con suavidad a través de las cortinas blancas, acariciando el rostro
de Luna con una calidez que contrastaba con el dolor punzante en su cabeza. Gruñó,
llevándose una mano a la frente mientras sus pensamientos intentaban nadar entre las aguas
turbias de la resaca.
Abrió los ojos con lentitud, sintiendo que todo a su alrededor giraba levemente. Había
voces fragmentadas en su mente, imágenes que iban y venían como si alguien pasara
escenas de una película en desorden. Música. Risas. Manos ajenas. Una mesa. Demasiado
alcohol. Isaac…
Isaac.
Volteó lentamente la cabeza y lo vio. A su lado. Dormido. Con el rostro relajado y una de
sus manos aún entrelazada con la de ella.
Miles de pensamientos estallaron en su mente como fuegos artificiales. ¿Se habían besado?
¿Habían hablado? ¿Había hecho el ridículo? ¿Él… había estado con ella toda la noche?
Se sentó con cuidado, tratando de no despertarlo. Pero el movimiento bastó para que Isaac
abriera los ojos lentamente, como si ya supiera que ella despertaría así: confundida,
desorientada… pero hermosa.
—Isaac… ¿Qué… qué pasó anoche? —preguntó ella, sin rodeos, llevándose una mano al
estómago que aún sentía revuelto.
Isaac se incorporó y se apoyó sobre un codo, mirándola sin esconder nada. No había culpa,
ni tensión, solo una calma serena en su mirada azul.
—No mucho. Me aseguré de que no te cayeras de una mesa mientras bailabas como una
loca, te sostuve el cabello mientras le declarabas la guerra al inodoro… y después me
pediste que no me fuera.
Luna cerró los ojos, avergonzada.
—No hace falta. Ya sobreviviste a la peor parte —bromeó con una sonrisa ladeada, pero sin
burlarse.
—¿Dije algo más…? —preguntó con voz baja, sabiendo que estaba evitando lo más
importante.
Isaac guardó silencio por un segundo que a Luna le pareció eterno. Luego, asintió con
suavidad.
—Sí. Dijiste muchas cosas. Algunas sin sentido, otras muy… verdaderas.
Ella tragó saliva. Una imagen, una frase nítida cruzó su mente como un rayo entre la
neblina. No era un sueño, no era su imaginación. Lo recordaba con claridad. No el
momento, ni la escena exacta… pero las palabras.
Sus ojos se encontraron. Y por primera vez en mucho tiempo, no hubo dudas. No entre
ellos.
—Lo dijiste en voz baja, pero lo escuché —murmuró ella—. Dijiste que me amabas.
Isaac la miró, sin moverse, con el corazón latiendo como un tambor. No iba a negarlo. No
ahora.
—Sí —respondió con firmeza—. Y lo sostengo. Lo dije porque lo siento desde hace
tiempo. Ya no podía seguir callando.
Luna sintió cómo se le humedecían los ojos. No sabía si era por el cansancio, la resaca o la
verdad que se abría ante ella como una flor inesperada. Se acercó lentamente, con el
corazón acelerado, y apoyó su frente en la de él.
—Entonces quédate. No quiero que huyas otra vez. Ni de mí. Ni de lo que somos.
Isaac cerró los ojos, aliviado. La rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él.
Fred Weasley
— ¿Samantha? — el chico de pelo rojizo se acercó a su prometida con la
mirada desconcertada. — ¿Q-que haces aquí?
— Esto es un locura... ¡Merlín!— dijo mirando los ojos miel de Sam, siempre
fueron sus favoritos. — Solo... por favor, no te separes de mí.
La joven pareja empezó a avanzar a paso lento detrás del resto de los
miembros de la orden con la varita en alto.
Estaba dicho, la joven se dirigía a su destino pero en medio camino una mano
en su brazo detiene su paso, asustada voltea rápidamente con la varita
preparada para lanzar un hechizo pero pega en el pecho de Fred.
— Claro que no, cielo. Saldremos juntos de esto, como siempre lo hemos
hecho — Las manos nerviosas de la chica se movían con delicadeza limpiando
sus lágrimas — Veremos juntos a Jason crecer junto a sus hermanos, los
llevaremos a su primer año de Hogwarts y después disfrutaremos ver a
nuestros nietos—, dijo soltando una pequeña risa— moriremos juntos, siendo
ya viejitos, después de haber vivido una grandiosa vida.
Las explosiones no habían sedado desde hace ya un largo tiempo, sin contar
las grandes sacudidas que se llevaba consigo. Tampoco tenía alguna
información de ningún miembro de la orden y eso la preocupaba más, ella
hacia lo que podía allí adentro.
— Estaba combatiendo, salió expulsado por los aires — Uno de los jóvenes
comentó.
Se levantó de su lugar para poder revisar a los nuevos heridos pero quedó
desconcertada con lo que vio frente a ella, Lavander Brown se encontraba en
una de las camas improvisadas en el suelo con una gran mordida en su cuello.
La cara de la chica que anteriormente había sido novia de Ron se encontraba
pálida y sin ninguna expresión en ella, era evidente, estaba muerta.
— Logré escaparme del Ministerio sin que nadie sospechara nada—, dijo con
anterioridad— ¿Dónde están los demás? ¿en que puedo ayudar?
— Percy, necesito que vayas con Fred. Esta solo vigilando la entrada a la torre
de astronomía y aún no se nada de él.
Pero antes de que pudiera salir por la puerta, escucho su nombre de nuevo de
los labios de la chica: — Tráelo de vuelta, por favor...
Percy Weasley asintió con la cabeza para salir por las puertas y comenzar a
combatir con los mortífagos que se cruzaban en su camino.
(...)
Una gran explosión hizo retumbar el castillo creando que gran parte del
mismo se destruyera cerca de la entrada, polvo caía del techo del Gran
Comedor y todos esperaban que no pasará lo mismo.
Aún faltaba doblar por un pasillo para poder llegar a su destino, habían tenido
la suerte de no toparse con nadie, pero a mitad de camino se detuvo.
Samantha sentía como un una pequeña brisa llegaba hasta su rostro junto a
un susurro casi inaudible, el sentimientos de intranquilidad se apoderó de su
cuerpo al instante, algo no andaba bien y lo sabía de antemano.
Faltaba él.
— No, no, ¡no! — se dejó caer a su lado tomando su cara entre sus manos,
como la última vez — Fred, amor... No puedes dejarme, ¡No puedes, Fred! ¡Me
dijiste que volveríamos juntos! — Su cabeza cayó en su pecho intentando
tranquilizar su respiración — Lo prometiste, lo hiciste... — suspiro y rio
amargamente.
Todos a su alrededor la miraban atentamente.
(***)
— Lo se, cielo — Miró al niño de 11 años con sus cabellos rojizos despeinados
— Pero es la única manera que tengo de ver a tu padre.
La risa de Jason hizo que Samantha los mirara extrañada mientras caminaba
hacia ellos.
— Mamá, ¿puedo pasar con tío George ? — Jason agarro el carrito con su baúl
y su lechuza.
— Tengan cuidado.
— Quiero recordarte, que Jason aún tiene la marca de la mordida del gnomo,
por haberlo dejado a tu cuido cuando tenía que estudiar —Lo miró sería— y
tenía dos años.
Samantha rodó los ojos y vio como George junto a Jason corrían hacia el
andén 9 y 10 para desaparecer por el. Sam, a diferencia de ellos, pasó
caminando por la barrera mirando hacia los muggles por precaución pero
parecía nadie prestarle atención.
Al ver nuevamente el tan añorando andén 9¾ junto al tren escarlata en que
anteriormente había pasado la mejor aventura de su vida, sonrió tristemente.
Cómo desearía volver el tiempo atrás y no haber sido tan cobarde para
confesar sus sentimientos tan tarde.
Cerca de la entrada del tren pudo ver a sus acompañantes que la habían
dejado sola, se acercó a ella con paso lento y George al verla sonrió.
— Ahora que estás acá, quiero darte algo Jason — se agachó a la altura de su
ahijado y saco del bolsillo interior de su traje una cadena con un dije — Quiero
que esto te pertenezca de ahora en día, tienes que cuidarlo... Es algo muy
valioso para mi y para tu madre.
Cuando Fred murió y los Weasley regresaron a casa, Molly se dio cuenta que
en su extraño reloj la manija de él se había caído. George la guardó para
colocarla en una cadena y siempre la tenía cuando algo andaba mal.
En ese instante, George le estaba entregando usa cadena con la cara de Fred
sonriendo.
— ¡Es papá! — Sonrió feliz el chico para luego ponerse la cadena y mirarla
nuevamente.
El claxon del tren sonó avisando tanto a padres como a alumnos que el tren
estaba a punto de partir. George entro junto a Jason para ayudarlo a guardar
el baúl y bajaron para despedirse.
Stiles Stilinski
LA LUNA Y EL BATE
Ya era bastante tarde. Las sombras se estiraban por toda la habitación, y el reloj marcaba
una hora indecente para alguien que supuestamente debía madrugar para ir a clases. Sin
embargo, el sueño parecía una posibilidad remota, casi imposible. ¿Cómo dormir cuando
sabías que tu hermano estaba allá afuera, arriesgando su vida contra una manada de alfas?
Cada minuto que pasaba sin noticias de Scott, mi mente tejía escenarios cada vez más
aterradores.
Desde la noche en que fue mordido, nuestras vidas dejaron de ser normales. Lo que al
principio parecía una historia sacada de un mal libro de ciencia ficción se convirtió en
nuestro día a día. Licántropos. Cazadores. Criaturas que deberían existir solo en las
pesadillas de una mente retorcida. Y ahí estaba yo: aún humana, aún la hermana pequeña...
aún "demasiado frágil" para involucrarme, según Scott.
Suspiré, abrazando una almohada mientras el silencio de la casa comenzaba a llenarse con
el eco de mis pensamientos... hasta que algo me sacó de golpe de ellos.
Me incorporé de inmediato, el corazón latiéndome como un tambor. Sabía que estaba sola.
Scott no había llegado. Y aunque muchas veces los ruidos resultaban ser el viento o la vieja
madera de la casa crujiendo, esta vez sonó diferente. Real. Cercano. Humano.
Me levanté de la cama, descalza y con el pulso agitado. Lo primero que agarré fue el bate
de béisbol que Stiles, el mejor amigo de Scott, me había dejado luego de una situación
bastante espeluznante con una criatura que prefería no volver a recordar.
Con el bate en mano, bajé las escaleras con cautela, sin hacer ruido, mis pasos apenas
tocando la madera. El sonido venía de afuera. Tragué saliva. Conté hasta tres. Y abrí la
puerta de golpe, levantando el bate por encima de mi hombro como me había enseñado
Stiles, lista para soltar un buen batazo a lo que fuera que estuviera allí.
—¡¿Pero qué demonios tienes con los tejados, Stilinski?! —chillé, bajando el bate cuando
vi la figura colgando cabeza abajo del borde del techo.
Stiles se balanceaba torpemente, como una especie de murciélago torpe atrapado en una
mala acrobacia.
—Hola a ti también, Vale —dijo, con una sonrisa nerviosa mientras intentaba no soltarse—
Y, bueno, respecto a tu pregunta… todo se ve mejor desde aquí arriba.
—Claro —resoplé cruzándome de brazos—. Nada como una vista panorámica de Beacon
Hills... de cabeza y con toda la sangre acumulándose en tu cerebro. Te vas a desmayar,
idiota.
Intenté no reírme. Verlo así, completamente indefenso y aun así con la lengua afilada, me
provocaba una mezcla de ternura y desesperación. Traté de sujetarlo para ayudarlo a bajar,
pero como era de esperarse, terminó cayendo de culo al suelo.
—¡Auch! ¿Esa era tu gran técnica de rescate? —se quejó, sobándose el trasero—. Ya sé a
quién no llamar en una situación de vida o muerte.
—Perdón si no hice un curso de rescate para idiotas con complejo de superhéroe —contesté
entre risas, y él solo resopló mientras se incorporaba con dificultad.
Entró a la casa como si fuera suya, sin siquiera preguntar. Lo seguí, cerrando la puerta
detrás de nosotros.
—¿Ahora sí me vas a decir qué haces aquí? Scott aún no ha llegado, y tú lo sabes
perfectamente.
La incomodidad se asentó en mi pecho. No era fácil estar sola con él. Stiles siempre había
sido mi debilidad: con su humor, su lealtad, sus palabras torpes y sus gestos dulces. Lo
conocía desde que era niña… y, sin querer, me había enamorado de él mucho antes de que
supiera lo que eso significaba.
—¿No puedo visitar a una amiga? —dijo con su típica expresión inocente.
—Está bien… Scott me pidió que viniera. Dijo que no quería que estuvieras sola esta
noche, con la luna llena y todo eso.
—¿Entonces ahora soy una niña que necesita niñera? ¡Perfecto! Pues dile a mi querido
hermano que deje de controlarme como si no pudiera cuidarme sola.
Sin esperar respuesta, giré sobre mis talones y me dirigí a mi habitación. Quería que esa
noche acabara. Ya. Pero antes de llegar a la escalera, sentí cómo una mano tomaba la mía
con suavidad.
—Vale, espera… —la voz de Útiles bajó, tan suave que casi fue un susurro. Me giré, y
nuestros rostros quedaron peligrosamente cerca.
—La verdad… —dijo, soltando mi mano solo para apoyarla contra la pared, dejándome
entre sus brazos—. No vine porque Scott me lo pidiera. Vine porque no soportaba la idea
de que estuvieras sola. Porque cada vez que estás lejos de mí en una noche como esta, me
imagino todas las cosas horribles que podrían pasarte. Y no me lo perdonaría. No sin
decirte todo lo que pasa por mi cabeza cada vez que estamos juntos.
Me quedé helada.
¿Estaba soñando?
Y entonces lo hizo.
Sus labios encontraron los míos. Y por un segundo, el mundo entero desapareció. No había
luna llena. No había criaturas acechando. No existía el miedo ni el caos. Solo nosotros. El
beso fue lento, torpe al principio, luego dulce, cálido, lleno de todo lo que nunca se había
dicho entre nosotros.
Justo cuando mis manos comenzaron a buscar su rostro para profundizar el beso, la puerta
principal se abrió con un golpe seco.
—¡¿PERO QUÉ DIABLOS ESTÁ PASANDO AQUÍ?! —gritó la voz familiar, grave y
furiosa de Scott.
Nos separamos como si hubiéramos sido electrocutados. Stiles dio un paso atrás, pálido
como un fantasma, y yo me tapé la boca con las manos, horrorizada.
Scott nos miraba con los ojos abiertos como platos. Con la mandíbula apretada. Y con la
rabia apenas contenida.
—Oh, no…
Stiles Stilinski
DONDE REALMENTE PERTENEZCO
Tenías una cita con el chico más popular de la preparatoria. Jackson Whittemore. Solo
pensarlo te provocaba un nudo en el estómago, una mezcla de emoción, nervios y un atisbo
de incredulidad. ¿Tú? ¿Con Jackson?
No podías negarlo. Te había gustado desde hacía tiempo. Su seguridad, su sonrisa, su físico
impecable. Y cuando, de la nada, te pidió salir, sentiste que por fin las cosas estaban
cambiando a tu favor.
Querías que todo saliera perfecto. Lydia, que había tenido una larga —y turbulenta—
historia con él, insistió en ayudarte a arreglarte. A pesar de que te costó aceptar su
ofrecimiento, Lydia aseguró que ya no le importaba, que lo suyo con Jackson estaba más
que superado. Con sus expertas manos, te peinó, te maquilló con sutileza y te ayudó a elegir
un vestido que te hacía sentir segura, bonita, brillante.
La cita sería en la bolera del centro. Un lugar sencillo, pero lo suficiente como para que tus
nervios se multiplicaran. Stiles había sido el encargado de llevarte. Aunque no te lo dijo
directamente, sabías que no estaba del todo feliz con la idea.
Desde que subiste a su Jeep, notaste que había algo distinto en él.
—¿Estás bien? —le preguntaste, mirando de reojo cómo sus dedos tamborileaban contra el
volante.
—No te preocupes —respondió él tras unos segundos, evitando mirarte—. Solo estoy algo
estresado por… ya sabes, lo de los sacrificios humanos y todo eso.
Sabías que se refería a la reciente ola de sucesos sobrenaturales en Beacon Hills. Aunque
eras humana, y Scott y los demás solían excluirte de las partes más peligrosas, ya estabas
completamente enterada de todo lo que pasaba. Irónicamente, tú y Stiles compartían esa
misma condición humana, pero a él sí lo dejaban ayudar.
—¿Seguro? Es raro que no estés desparramando sarcasmo por todo el auto —le dijiste,
intentando suavizar el ambiente.
Después de eso, el silencio llenó el Jeep como una neblina incómoda. No volvió a decir una
sola palabra durante el trayecto, y tú tampoco supiste qué más decir. Quizás solo era tu
imaginación… o quizás no.
—Si algo pasa, no dudes en llamarme —dijo mientras tú abrías la puerta. Su voz sonaba
sincera, pero cargada de algo más que no pudiste identificar del todo.
—Si no llega en los próximos cinco minutos, me largo de aquí. Un revolcón con esa chica
no vale tanto la espera —dijo entre risas por teléfono.
Con lágrimas que comenzaron a acumularse sin tu permiso, diste media vuelta antes de que
él notara tu presencia. Caminaste con pasos apurados hacia la carretera, alejándote de la
entrada, de la decepción, de todo.
—¿Podrías venir a recogerme, por favor? —Intentaste sonar normal, fuerte, pero la grieta
en tu voz te traicionó por completo.
No preguntó qué había pasado. No necesitaba detalles para saber que estabas rota.
Durante el camino de regreso, el silencio fue distinto al de antes. Este estaba lleno de
emociones reprimidas, de palabras que ninguno se atrevía a decir. Tú solo querías llegar a
casa, meterte bajo las sábanas y no volver a salir. Jamás.
Cuando llegaron, Stiles apagó el motor y se bajó del Jeep para ayudarte. Caminó contigo
hasta la puerta. Dudó un segundo, sin saber si debía quedarse o dejarte sola.
—Stiles… ¿podrías quedarte esta noche conmigo? —le pediste, apenas en un susurro.
—Claro.
Stiles no dijo nada. Solo se acercó a ti, se recostó a tu lado, y te abrazó como si pudiera
protegerte del dolor.
Te quedaste inmóvil. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora eran distintas. No de dolor,
sino de una emoción más cálida, más suave. Te sentías segura. En casa.
Te incorporaste lentamente, lo miraste a los ojos. Esos ojos llenos de sinceridad y cariño,
que no te veían como un capricho pasajero. Sino como alguien que valía todo.
—¿Acabas de decir que me amas? —susurraste, mientras te limpiabas las lágrimas con el
dorso de la mano.
—¿Eso fue lo único que escuchaste? —preguntó con una sonrisa nerviosa.
Y sin esperar más, te acercaste lentamente y lo besaste. Un beso suave, dulce, lleno de todo
lo que él había estado esperando y tú aún no te habías dado permiso de sentir.
George Weasley
Segunda Parte – Un Latido Nuevo
Ya no lo odiaba.
No exactamente. Pero tampoco estaba dispuesta a confiar de nuevo tan fácilmente.
Tan frustrado estaba, que, en un último intento, recurrió a las únicas personas que pensó
que podían ayudarlo: Hermione y Ginny.
—George, ya te dijimos que no te vamos a ayudar con Alba —dijo Ginny, cruzada de
brazos.
Desde el principio, había advertido a sus hermanos que sus bromas hacia Alba se estaban
pasando de la raya, pero como siempre, no la escucharon.
George soltó un suspiro, frustrado, pero entonces Hermione levantó la mirada por fin y dijo
algo que lo hizo detenerse:
Alba caminaba por los pasillos del castillo sin rumbo fijo.
Se sentía extraña.
Y aunque sabía que debería sentirse aliviada, una parte de ella —una que detestaba admitir
— extrañaba el caos.
Extrañaba el duelo de palabras, las carreras por los pasillos, el momento exacto en que
lograba devolverles la broma y verlos fruncir el ceño con fingida indignación.
Pero esa última vez no fue divertido. Fue cruel. Fue humillante.
Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando, al cruzar un
corredor del séptimo piso, una puerta se abrió sola y una mano la jaló suavemente hacia
adentro.
—¡Pero ¡qué…! —exclamó, con el corazón acelerado, sintiendo cómo la oscuridad del
cuarto la envolvía.
Una única vela se encendió en el centro del lugar, proyectando sombras suaves sobre las
paredes… y entonces su respiración se detuvo.
Fotos mágicas, enmarcadas con delicadeza, colgadas con cuidado: todas eran de ella y su
madre.
Desde que nació, sus primeros pasos, sus cumpleaños, tardes de picnic, paseos por el lago,
su primer uniforme de Hogwarts... cada recuerdo vivido juntas, hasta antes del verano
pasado, cuando su madre falleció tras una enfermedad lenta y cruel.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. No podía creer que alguien hubiera
logrado reunir todas esas imágenes. No entendía cómo... o por qué.
George.
—Era lo único que me quedaba para poder acercarme a ti —añadió con voz baja, casi
temerosa.
Alba se giró lentamente, tragándose la emoción. Cuando George intentó acercarse para
abrazarla, ella dio un paso atrás.
—No creas que por hacer cosas bonitas voy a perdonarte —dijo con la voz temblorosa—.
Sé que mi reacción fue un poco exagerada, pero te pasaste, George. Me humillaste delante
de todo el colegio…
Él bajó la cabeza.
—Lo sé. Y no sabes cuánto me arrepiento de eso. Creí que molestarte era la única forma de
acercarme… de que me vieras. Pero estaba equivocado. Muy equivocado.
Dio un paso hacia ella, luego otro, con lentitud, con cuidado de no romper ese momento
frágil. Alba no se movió.
—Te lo juro, aquí, frente al recuerdo de tu madre —continuó él—, que jamás volverás a
derramar una sola lágrima por mi culpa, a menos que sea de risa o de alegría.
Y también… que nunca estarás sola. Porque desde el primer día que te vi, mi corazón fue
tuyo. Solo que no supe cómo decirlo. Me escondí tras las bromas porque me daba miedo ser
sincero.
Alba lo miró, y algo en ella —esa capa de orgullo que había construido desde la pérdida,
desde el dolor— se rompió.
El abrazo fue cálido, fuerte, cargado de emociones contenidas. Y cuando sus labios se
encontraron, fue como si el tiempo se hubiera detenido. No había bromas, ni testigos, ni
miedos. Solo ellos dos, bajo la luz tenue de una vela, entre los recuerdos de una madre y la
promesa de algo nuevo.
George sonrió con ese brillo travieso en los ojos que tanto la desesperaba… y le encantaba.
La besó una vez más, esta vez con calma, con ternura. Y ella, sin decir nada, le acarició la
mejilla con una sonrisa que hablaba más que mil palabras.
Cuando Alba subió las escaleras hacia su dormitorio, George la observó hasta que
desapareció.
Valía todo.
Imagina
“Una Cita con James Potter (o Algo Así)”
Ya no sabías si reír, llorar o simplemente desaparecer bajo la capa de invisibilidad que tanto
deseabas tener en esos momentos.
James Potter te había estado persiguiendo sin descanso por todo Hogwarts desde hacía una
semana. Y no se trataba de algún experimento de los Merodeadores o una broma de mal
gusto (aunque viniendo de ellos todo era posible). No. Esta vez era más desesperante:
James quería que aceptaras una cita con él para ir a Hogsmeade.
Lo habías intentado todo: ignorarlo, cambiar de camino, fingir que estabas enferma, fingir
que tenías novio, incluso fingir que tenías tres novios. Pero James simplemente no entendía
la palabra "no".
Así que, esa mañana, mientras caminabas con paso rápido hacia la biblioteca, cargando un
montón de libros, fuiste interceptada por él una vez más, como si fuera parte del horario
oficial del colegio:
—Vamos, T/n —insistió James, caminando a tu lado con una sonrisa que debería estar
ilegalizada por el Ministerio de Magia—. Solo es una cita. Nada del otro mundo. Podemos
ir por una cerveza de mantequilla, un paseo por el callejón, y luego dejar que el destino
haga lo suyo...
—¿El destino? —preguntaste sarcástica, girándote hacia él—. ¿En parte del destino dice
que debo pasar el día entero con el niño más insoportable de todo Hogwarts?
—¿Niño? Vamos, eso duele —fingió drama mientras se tocaba el pecho—. Yo soy todo un
hombre, T/n. Mira estos pómulos.
—James —suspiraste, exasperada—, ya basta. ¿Qué más te tengo que decir para que me
dejes tranquila?
—Dame al menos una razón válida. Una sola. ¿Por qué siempre me rechazas?
James se quedó congelado. Literalmente. Abrió los ojos como si le hubieras lanzado un
Petrificus Totalus y tú aprovechaste ese instante para salir de ahí lo más dignamente
posible, sin mirar atrás.
—¿De verdad le dijiste eso? —preguntó Marlene al día siguiente mientras caminaban
rumbo al Gran Comedor.
—Sí. Estaba cansada de que insistiera. No me cree cuando digo que no me interesa, así que
le di una razón que, según él, lo dejaría sin argumentos —te encogiste de hombros con
fingida tranquilidad—. Además, sabemos que a James le interesa más ganar que entender.
Si cree que no tiene posibilidad, se cansará y me dejará en paz.
—Por favor, Marls. Solo soy su nuevo reto desde que Lily lo manda a volar. Nada más.
Pero justo cuando estaban por llegar al Gran Comedor, notaron que algo extraño ocurría.
Una multitud se había agolpado frente a las puertas, riendo, murmurando y
empujándose por ver lo que ocurría en el centro del alboroto.
—¿Y ahora qué hicieron los Merodeadores? —preguntó Marlene, con tono resignado.
Avanzaron con dificultad entre la gente, y cuando al fin lograron llegar al frente del grupo,
lo que viste hizo que soltases una carcajada tan fuerte que te dolieron los costados.
Allí, en medio del vestíbulo, estaban Sirius, Remus y Peter, con cara de “no es nuestra
culpa”, rodeando a una figura que a primera vista parecía una chica.
Una chica muy alta. Con el uniforme de Hogwarts. Una falda algo apretada. Y... ¡una
peluca larga y castaña ondeando con dramatismo!
—Ahora no me puedes rechazar, T/n querida —dijo, con voz aguda y coqueta, mientras se
acomodaba la falda con delicadeza y te lanzaba un guiño exagerado.
Pero antes de que pudieras contestar, la puerta del Gran Comedor se abrió de golpe.
—¡¿Potter?! —gritó, con una expresión entre horror y furia—. ¿¡Se puede saber qué estás
haciendo con ese uniforme, esa peluca y esa... ¿¡sombra de ojos color coral brillante!?**
James sonrió con inocencia mientras giraba sobre sí mismo como si estuviera en un desfile.
—Es que T/n me dijo que le gustaban las chicas, profesora. Así que, técnicamente, ahora
soy una cita válida.
—¡Luego hablamos de nuestra cita, T/n! ¡No te olvides que ahora soy legalmente adorable!
Tú suspiraste, negando con la cabeza, aunque con una sonrisa en los labios.
Y mientras caminaban hacia su desayuno, pensaste que quizás aceptar una cita con
James Potter no sería tan mala idea después de todo.
Imagina
EL SECRETO DEBAJO DE LA CAMA
La Torre de Gryffindor estaba más tranquila de lo habitual. Era una de esas raras tardes sin
deberes urgentes, sin partidos, y sin explosiones de los gemelos Prewett en los pasillos.
Pero tú estabas todo menos tranquila.
Llevabas al menos veinte minutos buscando a tu hermano James Potter por todo el
castillo. En la sala común, nada. En la biblioteca, ni rastro. En el Gran Comedor, cero
señales. Ya comenzabas a pensar que se lo había tragado un hipogrifo. Pero sabías que
había algo urgente que tenían que hablar… y si no estaba en ningún sitio, probablemente
estaba en su habitación.
Subiste con paso decidido por las escaleras del dormitorio masculino del sexto curso. Ni
siquiera te molestaste en golpear. Al fin y al cabo, era la habitación de tu hermano. Entraste
como Pedro por su casa… pero lo que te encontraste no fue a James.
Sonriste con picardía y te acercaste sin hacer ruido. Y antes de que pudiera reaccionar, le
diste una nalgada sonora.
—Tranquilo, soy yo —dijiste divertida, acercándote a besarle el hombro. Era lo único que
alcanzabas desde tu estatura.
Sirius te miró con el corazón acelerado, pero sus labios se curvaron rápidamente en una
sonrisa de pura adoración al reconocerte.
—Casi me da un infarto —dijo entre risas—. No sabes cuántas locas intentan colarse en
esta habitación cuando saben que alguno de nosotros está aquí, especialmente yo —añadió,
inflando el pecho con arrogancia.
—Ya veo que no estoy la única que aprecia la vista —bromeaste, deslizando tus manos por
sus caderas desnudas—. Habrá que hacer algo al respecto.
Sirius arqueó una ceja con esa mirada que siempre te derretía.
Te tomó de la cintura justo cuando tú te impulsaste, enredando las piernas en sus caderas.
Él te sostuvo con facilidad, sonriendo contra tu cuello mientras caminaba con paso lento y
seguro hacia su cama. Te depositó con cuidado sobre el colchón, besándote con ternura
mientras sus dedos comenzaban a jugar con los botones de tu blusa, tortuosamente lentos.
El calor en la habitación aumentaba con cada segundo. Sus besos se volvían más
desesperados, sus caricias más seguras. Quedaron ambos en ropa interior, corazones
latiendo al unísono, cuerpos entrelazados.
Ambos se congelaron.
—¡Es James! —susurraste en pánico, rodando fuera de la cama, tomando tu uniforme del
suelo como podías.
—Rápido, escóndete —Sirius te ayudó, y tú rodaste bajo la cama justo cuando la puerta se
abría de golpe.
Desde tu incómoda posición debajo de la cama, lo único que podías hacer era rezar en
todos los idiomas mágicos posibles para que tu hermano no se diera cuenta de tu
presencia. Estabas cubierta por una capa de polvo, conteniendo la respiración y
maldiciendo en silencio el crujido de los muelles y toda la suciedad que había debajo de la
cama.
James lo miró entrecerrando los ojos, como si intentara leer entre líneas. Luego su
expresión se tornó burlona.
—Ajá… —James se levantó, sacudiendo las manos—. En fin, iré a buscarla a la biblioteca.
Con lo cerca que están los exámenes, seguro está enterrada entre libros. Si la ves, dile que
la necesito urgentemente, ¿vale?
—Claro. La biblioteca. Buena idea. Allí estará —dijo Sirius, empujando casi con
desesperación a James hacia la puerta.
Cuando la puerta se cerró y sus pasos se alejaron por el pasillo, Sirius se dejó caer de
rodillas al lado de la cama.
Saliste arrastrándote, con la cara roja como una mandrágora y despeinada, tu uniforme mal
puesto y la dignidad a medio recuperar.
—Pero admitamos que fue divertido —dijo él, riendo mientras te ayudaba a incorporarte y
te abrazaba por la cintura.
—Tarde o temprano tendremos que decirle a James que estamos saliendo, Sirius. No
podemos escondernos debajo de camas para siempre.
Él suspiró.
—Sí, lo sé. Pero si quieres que viva para poder casarme contigo algún día, lo ideal es no
decirle hoy.
—¿He dicho eso en voz alta? —fingió sorpresa—. Ups. Demasiado pronto, ¿eh?
—Un poco —reíste—, pero adorable.
Y entonces Sirius se acercó, te levantó entre sus brazos como si fueras de papel, y te llevó
de regreso a la cama.
—Ahora… —susurró contra tus labios— ¿dónde estábamos antes de que el capitán Potter
decidiera interrumpirnos?
—Justo aquí —contestaste, envolviendo tus brazos en su cuello y besándolo con el corazón
latiéndote como un tambor.
Esa tarde, entre suspiros, besos y risas contenidas, sabías que el secreto no duraría para
siempre.
Harry Potter
Olivia no sabía qué hacer. Se encontraba encerrada en el sótano de la casa
Malfoy y desde que la habían atrapado no habían parado de torturarla para
sacarle información acerca del paradero de Harry Potter.
El día de la boda de Bill y Fleur había comenzado bien. Todo era perfecto,
tenía un hermoso vestido color turquesa que le había regalado su querida
madre por su cumpleaños y estaba disfrutando de todo lo que se encontraba a
su alrededor. Olivia era hija de muggles, por tal razón jamás había asistido a
una boda mágica a sí que se propuso que a pesar de todo lo malo que estaba
pasando en el mundo mágico, por lo menos esa noche la pasaría bien.
Desde ese día Olivia estaba en ese sótano mal oliente. La mayor parte del
tiempo estuvo sola, pero luego llegó el señor Olivander y tiempo después llego
Luna Lovegood, que la había ayudado a limpiar sus heridas lo mejor que
podía, teniendo en cuenta que no había nada que pudiera cumplir con ese
objetivo en el lugar en el que se encontraban.
Draco no tenía ni la menor idea de que la chica estaba en su casa, ese día pudo
escuchar como su tía Bellatrix la nombraba y decía de que no estaba siendo de
mucha ayuda el tenerla ahí. A penas escuchó esto, se dirigió al sótano de su
casa para comprobarlo por el mismo, pero jamás se imaginó encontrarla de
esa manera.
Olivia estaba es los huesos y sus heridas estaban infectadas y algunas aún
sangraban. Draco sintió que su corazón se rompía de verla así, ella era su
mejor amiga, la única persona que nunca lo había abandonado a pesar de
todo lo que él había hecho. Desde ese día, cada que Draco podía, se escapaba
para poder ir y curar, aunque sea un poco sus heridas y tratar de que comiera
algo para recuperar fuerzas y que sanará más rápido.
_______
Draco ese día no había bajado a visitar a Olivia y aunque lo mejor era que no
estuviera mucho allí ni tan seguido, la chica ya se había acostumbrado a verlo
y ya estaba mucho mejor de lo que Draco la encontró. De un momento a otro
Olivia podía escuchar mucho alboroto en el piso de arriba, eso era algo
extraño ya que últimamente no se escuchaba mucho desde donde ellos se
hallaban.
Antes de que los chicos dijeran nada, escucharon una débil voz que llevaban
demasiado tiempo sin escuchar y que a Harry lo llenó de alegría, pero
también de preocupación, ¿Qué hacia ella ahí? Se suponía que tenía que estar
segura, en un lugar muy lejos de todo el peligro.
Este no dijo nada, solo tomó a la chica del brazo y la sacó a rastras, ella no
tenía mucha fuerza y simplemente no pudo oponer resistencia.
Todo ocurrió muy rápido, Olivia había sido llevada ante Bellatrix que buscaba
la forma de hacer hablar a Hermione, la Lestrange no se le ocurrió una mejor
forma que mostrarle a la chica que tenían de diversión esos últimos meses en
la mansión y nuevamente comenzaron las torturas para Olivia que a la final
no pudo soportar tanto dolor de nuevo y simplemente después de dejar que
gritos desgarraran su garganta, se desvaneció mientras que a lo lejos podía
ver esos ojos que tan enamorada la tenían.
—¡Olivia! —gritó Harry con desesperación, forcejeando con las sogas que aún lo
mantenían parcialmente atado.
A pesar del grito de advertencia de Bellatrix y los intentos de los mortífagos por mantener
el control, Dobby apareció de pronto en el sótano, con los grandes ojos llenos de
determinación. Con un chasquido, logró liberar a Luna y a Ollivander, mientras Ron
ayudaba a Hermione, que apenas podía mantenerse en pie. Harry, sin pensarlo dos veces,
tomó el cuerpo de Olivia entre sus brazos.
—Voy a sacarte de aquí —murmuró, su voz quebrada por la rabia contenida—. No te voy a
abandonar, no de nuevo ¿me oyes?
Un destello de luz explotó desde la varita de Bellatrix, pero Dobby actuó con rapidez, y con
un último esfuerzo, todos desaparecieron, dejando atrás gritos de furia y una casa envuelta
en confusión.
Despertó con un sobresalto. Su piel aún ardía, pero estaba limpia, y sentía el suave roce de
sábanas frescas. Tardó unos segundos en darse cuenta de que ya no estaba en La Mansión
Malfoy.
Harry estaba dormido junto a su cama, con una mano sujetando la suya.
Él despertó sobresaltado, pero al verla despierta, una sonrisa se dibujó en sus labios, una
mezcla de alivio, amor y esperanza.
—Me duele todo… —rió suavemente, aunque el movimiento le arrancó una mueca de
dolor—. Pero estoy viva.
—Y vas a seguir viva. No dejaré que te pase nada más. No otra vez.
Los días siguientes fueron lentos, pero Olivia fue recuperando las fuerzas con ayuda de la
Fleur y de Bill y los cuidados constantes de Harry, que apenas se separaba de su lado. Las
cicatrices que le dejaron las torturas no solo estaban en su piel, sino en su corazón. Aun así,
la presencia constante de Luna, Ginny, Hermione —ahora también en recuperación— de
Ron y Harry, ayudó a cerrar heridas más profundas.
Una tarde, mientras el sol se filtraba por la ventana del cuarto, Olivia observó cómo Harry
organizaba algunos papeles y trazaba rutas en un mapa con Ron y Hermione.
—Sí. Aún faltan horrocruxes… y Voldemort está cada vez más cerca. Tengo que hacerlo,
Liv.
Harry la observó en silencio. La determinación en sus ojos, a pesar del cansancio y el dolor,
era la misma que él sentía dentro. Finalmente, asintió.
Los días se sucedieron con rapidez, y Olivia volvió a empuñar su varita. A pesar de sus
cicatrices, su magia estaba más fuerte que nunca. Durante la Batalla de Hogwarts, peleó
junto a Harry, Ron y Hermione. No se separó de ellos en ningún momento.
Vieron caer a tantos… Fred, Tonks, Lupin… el dolor los acompañó en cada paso, pero
nunca soltaron sus manos.
Cuando Harry fue a sacrificarse, Olivia lo supo. Sintió en su pecho que algo se quebraba, y
aunque quiso seguirlo, fue Hermione quien la detuvo.
Después de la guerra…
Harry y Olivia se quedaron de pie frente a los escombros del castillo. Hogwarts estaba
herida, pero no rota.
—Lo hiciste tú, Liv. Sobreviviste. Resististe. Y me devolviste la fuerza cuando la había
perdido —respondió él, girándose hacia ella—. Lo único que me daba fuerzas cada día…
eras tú.
Olivia sintió sus lágrimas resbalar por sus mejillas, pero esta vez eran de alivio.
—Entonces… —Harry sacó algo de su chaqueta rasgada. Era un pequeño anillo con una
piedra lunar, simple, hermoso, y encantado para no romperse jamás—. ¿Te quedarás
conmigo por el resto de nuestra historia?
Olivia lo miró sorprendida, y sin pensar dos veces, lo abrazó con fuerza.
Solo esperanza.
Sam Wilson
"Entre alas y raíces"
La brisa del atardecer en Luisiana tenía un olor familiar: salitre, madera húmeda y hogar.
Tú habías llegado al pequeño pueblo con la excusa de un descanso tras meses ayudando
como analista táctica de campo para una unidad de respuesta especial. Una misión reciente
en Europa había salido mal. Muy mal. Y aunque no tenías heridas físicas, algo en ti se
había quebrado. La idea de desaparecer unos días en el sur, junto a viejos conocidos, no
sonaba tan mal.
—¿Tú? —dijo Sam, levantando una ceja cuando te vio—. No me digas que te enviaron
para arrastrarme a otra pelea.
—¿Y si sí? —le devolviste la sonrisa, cruzándote de brazos—. Me dijeron que eras difícil
de encontrar cuando te escondes detrás de tornillos y botes oxidados.
Sam se rió, esa risa suave y honesta que siempre te desarmaba un poco.
Él te miró, más serio ahora. Lo supo. No tenías que decirle nada más. Los que cargaban con
la guerra sin uniforme sabían leerlo en los ojos ajenos.
Compartieron una cerveza en el porche esa noche, viendo las luciérnagas bailar entre los
arbustos. El silencio no era incómodo, pero tampoco era liviano.
—¿Alguna vez has sentido que... todo lo que haces no importa? —preguntaste de golpe, sin
mirar.
Sam te observó, con esos ojos cálidos que escondían tanto peso.
—Todo el tiempo. Pero luego, algo pasa. Una mirada. Una vida salvada. Un niño que no
tiene que empuñar un arma. Y eso… eso me recuerda por qué lo hago.
Sam no dijo nada. Solo apoyó una mano en tu rodilla. Su tacto era firme, humano, real.
—No es tu culpa —dijo en voz baja—. Pero entiendo por qué lo sientes como si lo fuera.
Las lágrimas llegaron sin que pudieras detenerlas. No solías llorar. Pero con Sam… era
distinto.
Los días siguientes se convirtieron en rutina. Caminatas matutinas por el pueblo. Tardes en
el taller ayudando a reparar el bote. Noches de charla y música suave en el porche.
Una tarde, mientras lo veías entrenar con el escudo, notaste cómo su rostro cambiaba. Cada
vez que lo lanzaba, había una furia controlada, una frustración que no era fácil de disimular.
—No sé si puedo ser lo que esperan que sea. Un Capitán América. Un símbolo. ¿Y si no
soy suficiente?
—¿Sabes qué veo yo cuando te miro? —dijiste, acercándote más—. A un hombre que lucha
todos los días por hacer lo correcto, incluso cuando el mundo le da la espalda. A alguien
que escucha antes de hablar. Que se preocupa. Que inspira sin intentarlo. Eso es más que
suficiente, Sam.
Sam te sostuvo la mirada. Su respiración se volvió más lenta, como si tus palabras lo
hubieran desarmado. Como si todo el ruido en su cabeza se hubiera silenciado por un
momento.
—Alguien que aún no sabe cómo vivir con lo que ha perdido —susurraste—. Pero que lo
intenta, todos los días. Especialmente cuando está cerca de ti.
Y entonces ocurrió.
No fue un beso precipitado. No fue impulsivo. Fue lento, honesto. Sam alzó una mano para
tocar tu rostro, como si buscara permiso antes de cruzar esa línea. Tú le sonreíste, y él se
inclinó, sus labios rozando los tuyos con una ternura que te hizo temblar.
—Entonces espero que tengas tiempo —susurró él, acariciándote la mejilla—. Porque estoy
empezando a necesitarte mucho más de lo que esperaba.
Y así, entre alas que volaban alto y raíces que sanaban profundo, tú y Sam encontraron en
el otro algo que el mundo no podía ofrecer: paz.