JOHN MACARTHUR - MIGUEL NUNEZ
LA VOZ QUE PERMANECE
FUNDAMENTOS PARA CREER Y VIVIR LA BIBLIA
JOHN MACARTHUR
MIGUEL NÚÑEZ
ÍNDICE
Prólogo 1
1. ¿POR QUÉ CREER EN LA BIBLIA? 5
John MacArthur
2. LA SUFICIENCIA DE LAS ESCRITURAS 11
John MacArthur
3. LA PRECISIÓN DE LAS ESCRITURAS 17
John MacArthur
4. LA APLICACIÓN DE LAS ESCRITURAS 23
Miguel Núñez
Epílogo 29
Primera edición digital, 2025
© Ministerios Integridad & Sabiduría
Todos los derechos reservados.
Este libro digital forma parte de una colección de enseñanzas
seleccionadas del pastor John MacArthur, originalmente predicadas
en la conferencia Por Su Causa 2013. Los textos han sido adaptados
con cuidado editorial para preservar fielmente el contenido, el tono y
la intención del autor, en un formato accesible para la lectura personal
y el estudio.
Editor general: Fabio Rossi
Corrección de estilo: Lidia Limardo
Las citas bíblicas han sido tomadas de la Nueva Biblia de las Américas,
Copyright © 2005 por The Lockman Foundation.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por
cualquier medio, sin la autorización escrita del titular de los derechos.
PRÓLOGO
E
l 14 de julio de 2025, a los ochenta y seis años de
edad, John MacArthur ―hijo y nieto de pasto-
res― entró en la gloria de su Señor, tras más de
medio siglo de servicio ininterrumpido a la Iglesia de Cristo.
Su vida y ministerio, anclados en una fidelidad inque-
brantable a la Palabra, lo convirtieron en una de las voces
más claras y firmes de su generación. Pastor y maestro de
Grace Community Church, presidente de The Master’s Semi-
nary y The Master’s University, expositor bíblico, formador
de miles de pastores y autor prolífico de más de ciento
cincuenta libros —incluidos comentarios de todo el Nuevo
Testamento, varios del Antiguo, una Biblia de estudio y
obras traducidas a más de veinte idiomas— MacArthur dejó
una huella que trasciende fronteras y lenguas.
Quienes lo escucharon predicar recuerdan su presencia
en el púlpito como la de un león decidido a defender la
verdad, epíteto que el Dr. Albert Mohler empleó tras su
partida. En las sesiones de preguntas y respuestas, sin
embargo, era sabio y astuto; en el aula, un maestro de maes-
tros; en la conversación privada, afable y cercano. Esa
2 J O H N M A C A RT H U R & M I G U E L N Ú Ñ E Z
combinación de firmeza doctrinal y calidez personal explica
por qué pastores, misioneros y creyentes de todo el mundo
lo consideran un padre espiritual.
El autor de estas líneas lo experimentó de primera
mano: desde largas charlas prácticas con los pastores de
Grace Community Church hasta un consejo inolvidable, reci-
bido en el funeral de R. C. Sproul, donde me alentó a servir
fielmente al Señor. Aquellas palabras, cargadas de gravedad
pastoral, siguen pesando como quinientas libras sobre la
conciencia ministerial, recordándonos que la integridad
fuera del púlpito es tan crucial como la precisión en él.
La conferencia anual The Shepherd’s Conference, cele-
brada ininterrumpidamente desde 1977 (salvo la pausa
de 2021 debido a la pandemia), reunió a miles de pastores
que buscaban ser nutridos por sus exposiciones y por el
ejemplo de una iglesia local comprometida con la verdad. A
la República Dominicana llegó en 2013 para nuestra confe-
rencia Por Su Causa, con el tema «El poder de Su Palabra».
No pudo haberse escogido un representante más idóneo
para exponer la supremacía de las Escrituras.
La presente obra digital recopila sermones seleccio-
nados de John MacArthur, adaptados a formato de capítulo
con el fin de preservar su tono, su estructura expositiva y su
llamado a la obediencia. Cada línea procura honrar los
rasgos que marcaron su vida: pasión por la precisión bíblica,
valor para proclamar la verdad a cualquier precio y
humildad para vivirla cuando los reflectores se apagan. Al
abrir estas páginas, el lector encontrará la misma convicción
que inspiró al pastor John a declarar: «Si no quieres ser criti-
cado, no hagas nada… y aun así serás criticado por no hacer
nada». Tal franqueza define a quien vivió convencido de que
toda palabra de Dios es verdad y pura.
Nuestro propósito al publicar este libro digital es doble.
La voz que permanece 3
En primer lugar, afirmar la confianza del creyente en la
Sagrada Escritura, mostrando —a través de Su siervo— que
el evangelio no necesita adornos retóricos ni concesiones
culturales para ser poder de Dios. En segundo lugar, ofrecer
a una nueva generación el legado de un ministro cuya vida
ejemplifica lo que significa dedicarse por completo a exaltar
el honor de Dios y buscar la santidad de la Iglesia.
Esta obra no celebra la vida de un hombre por sus
méritos personales, sino la fidelidad de Dios, quien en Su
soberana gracia, tomó a un joven nacido en 1939 y lo
convirtió en instrumento para bendecir a la iglesia global.
Al comenzar esta lectura, tengamos presente que el verda-
dero héroe de cada página no es el expositor, sino el Señor
que habla a través de Su Palabra.
Que este prólogo sea, pues, invitación y gratitud: invita-
ción a escuchar con humildad y reverencia la voz de las
Escrituras, y gratitud por una vida que, hasta el último
aliento, proclamó que el más alto privilegio del hombre es
conocer, amar y obedecer la verdad revelada por Dios.
Dr. Miguel Núñez
1
¿POR QUÉ CREER EN LA BIBLIA?
JOHN MACARTHUR
V
ivimos en una época donde la Biblia es
sistemáticamente rechazada. Gobiernos, institu-
ciones académicas y medios de comunicación
trabajan activamente para eliminar su influencia de la vida
pública. No se le concede autoridad alguna en las decisiones
morales, éticas o sociales. En muchos lugares del mundo,
incluso se prohíbe su enseñanza. Sin embargo, millones de
personas, generación tras generación, siguen creyendo en la
Biblia. La abrazan con todo su ser, la consideran la Palabra
de Dios y están dispuestas a sufrir por su causa.
¿Por qué creemos en la Biblia, mientras tantos otros no
lo hacen? ¿Será que somos más inteligentes? ¿Más espiritua-
les? ¿Tenemos acceso a información que los demás no cono-
cen? ¿Es producto de una investigación profunda o de haber
sopesado evidencia más convincente?
En mi caso, llegué a creer en la Biblia cuando era adoles-
cente. Nadie me obligó. Mis padres eran creyentes, pero mi
fe no fue impuesta. Desde muy temprano fui convencido de
que la Biblia es la Palabra del Dios vivo, y nunca he dudado
6 J O H N M A C A RT H U R
de ello. Pero si soy honesto, no fue por haber sido más
astuto o analítico que otros. Fue, en última instancia, una
obra divina.
No somos creyentes porque hayamos descubierto la
verdad por nuestra cuenta, ni porque tengamos capacidades
superiores. La verdadera explicación es sobrenatural, y está
maravillosamente expuesta por el apóstol Pablo en 1 Corin-
tios 1 y 2. Allí encontramos la respuesta a dos preguntas
esenciales: ¿por qué el mundo rechaza la Biblia? y ¿por qué
nosotros creemos en ella?
E L RECHAZO DEL MUNDO
Pablo empieza diciendo: «La palabra de la cruz es
necedad para los que se pierden» (1 Co 1:18). El mensaje
central de la Biblia —el evangelio de Jesucristo— resulta
ofensivo, ilógico y absurdo para la mente natural. La idea de
que el Salvador del mundo fue un carpintero crucificado,
que murió como un criminal entre ladrones, suena ridícula
a los oídos del mundo. No encaja con ninguna filosofía
humana ni con la lógica religiosa común. Un dios crucifi-
cado no tiene sentido.
No solo eso, sino que el evangelio les resulta humillante.
Les dice que no pueden salvarse a sí mismos. Que toda su
justicia es como trapo de inmundicia. Que deben renunciar
a su autonomía, morir a sí mismos y someterse a Cristo
como Señor. Les dice que la salvación es por gracia, no por
obras, y eso hiere el orgullo humano. Por eso lo rechazan.
Pero su rechazo no es solo voluntario; es también inca-
pacidad. Pablo lo explica claramente: «el mundo no conoció
a Dios por medio de su propia sabiduría» (1 Co 1:21). Es decir,
no solo no quieren creer, sino que no pueden. Están espiri-
tualmente muertos. Su entendimiento está entenebrecido.
¿Por qué creer en la Biblia? 7
No tienen la capacidad moral ni espiritual de aceptar las
cosas de Dios. El hombre natural «no las puede entender,
porque se disciernen espiritualmente» (1 Co 2:14).
Además, la Biblia presenta un mensaje que desafía
profundamente las expectativas culturales y religiosas.
Pablo dice que los judíos pedían señales sobrenaturales,
mientras que los griegos buscaban sabiduría filosófica. Pero
él predicaba a Cristo crucificado: tropiezo para los judíos,
locura para los gentiles (1 Co 1:22–23). Para los judíos, el
Mesías debía ser un conquistador político, no un siervo
sufriente. Para los griegos, la idea de un dios crucificado era
un insulto a la razón. El evangelio chocaba con ambos
mundos.
Recuerdo una antigua imagen de burla encontrada en
una pared romana: un dibujo tosco de un hombre crucifi-
cado con cabeza de burro. Debajo, una inscripción decía:
«Alexámenos adora a su dios». Así veía el mundo antiguo a
los cristianos: como tontos que adoraban a un crucificado.
Esa actitud no ha cambiado mucho.
Y si el mensaje es escandaloso, el mensajero tampoco
ayuda. Pablo recuerda a los corintios que ellos mismos no
eran sabios según la carne, ni poderosos, ni nobles. Dios
había escogido lo necio, lo débil, lo vil y lo menospreciado
del mundo para avergonzar a los sabios (1 Co 1:26–28). El
evangelio no fue confiado a una élite académica ni a una
aristocracia religiosa. Fue entregado a pescadores, cobra-
dores de impuestos, mujeres marginadas y pecadores arre-
pentidos.
Cuando uno mira a la Iglesia, no encuentra grandes
personalidades, sino gente común. Y eso molesta al mundo.
¿Cómo puede un grupo de gente tan ordinaria afirmar que
posee la verdad absoluta? El mundo desprecia tanto al
mensaje como a los mensajeros.
8 J O H N M A C A RT H U R
Por último, incluso los predicadores del evangelio son
rechazados. Pablo dice que cuando llegó a Corinto, no lo
hizo con excelencia de palabras ni con sabiduría humana.
Fue con temor, debilidad y temblor (1 Co 2:1–3). Su predica-
ción no dependía de técnicas retóricas ni de carisma perso-
nal. Se apoyaba solo en el poder del Espíritu. Eso le parecía
inaceptable a los corintios, quienes estaban acostumbrados
a discursos elocuentes y argumentaciones sofisticadas.
Pablo no impresionaba. Su presencia era débil y su palabra
despreciable, según sus detractores (2 Co 10:10).
Si combinamos todo esto —un mensaje ofensivo, un
pueblo común y predicadores sin brillo—, entendemos
perfectamente por qué el mundo rechaza la Biblia.
P OR QUÉ CREEMOS
Entonces, ¿qué nos diferencia? ¿Qué nos hizo abrazar
esta verdad? Pablo nos lleva directamente a la raíz: «conside-
ren, hermanos, su llamamiento» (1 Co 1:26). Esa vocación no
es simplemente una invitación general; es el llamado eficaz
de Dios. Es ese acto soberano por el cual el Señor abre los
ojos del corazón, transforma la mente y da vida espiritual.
No creímos porque fuimos persuadidos con argumentos.
Creímos porque fuimos llamados con poder. Dios nos
regeneró.
Y esa obra no solo nos hizo nacer de nuevo, sino que
continúa en nosotros. Pablo dice que la palabra de la cruz es
poder de Dios para «los salvos» (1 Co 1:18). La salvación no es
solo un evento pasado. Es una obra continua. Hemos sido
justificados, estamos siendo santificados y seremos glorifica-
dos. Por eso, al leer la Biblia, no la vemos como un libro
muerto, sino como viva y eficaz. Su poder nos cambia día
tras día.
¿Por qué creer en la Biblia? 9
Todo esto tiene un propósito claro: que nadie se gloríe
en sí mismo. «Para que, tal como está escrito: “el que se
gloría, que se gloríe en el Señor”» (1 Co 1:31). La gracia de
Dios nos humilla. Nos recuerda que no creemos por mérito
propio, sino por misericordia. No hay espacio para la arro-
gancia espiritual. Solo para la gratitud.
Además, Dios nos ha dado algo maravilloso: «Pero por
obra Suya están ustedes en Cristo Jesús, el cual se hizo para
nosotros sabiduría de Dios, y justificación, santificación y
redención» (1 Co 1:30). En Cristo encontramos toda la provi-
sión divina: entendimiento espiritual, una justicia perfecta,
crecimiento progresivo en santidad y la seguridad de una
redención futura. Al creer en la Biblia, no solo creemos en
doctrinas; creemos en una Persona. Y esa Persona es nuestra
vida.
Finalmente, Pablo cierra este argumento con una decla-
ración gloriosa: «nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Co
2:16). No se trata de misticismo o de recibir revelaciones
privadas. Se trata de tener acceso al pensamiento de Cristo
revelado en las Escrituras. Cada vez que abrimos la Biblia,
accedemos al corazón, la voluntad y los planes de nuestro
Salvador. Eso es un privilegio incalculable.
¿Tienes la mente de Cristo? ¿Crees en la Palabra porque
ha sido revelada a tu alma por el Espíritu Santo? Si amas
este Libro, si lo crees, si lo obedeces, es evidencia de que
estás siendo salvo. Pero si lo desprecias, si te parece
aburrido, si lo consideras irrelevante, estás entre los que se
pierden. No es una cuestión académica. Es una cuestión de
vida o muerte.
La única razón por la que creemos en la Biblia es porque
Dios, en Su misericordia, nos dio vida. Nos abrió los ojos.
Nos llamó eficazmente. Nos dio a Cristo. Nos dio Su Espí-
ritu. Y nos dio Su Palabra.
10 J O H N M A C A RT H U R
Por eso, con humildad, asombro y gratitud, glorifi-
quemos al Dios que nos habló. Y proclamemos con valentía
ese mensaje al mundo, no confiando en nuestra elocuencia,
sino en el poder del evangelio, que sigue transformando
vidas.
2
LA SUFICIENCIA DE LAS
ESCRITURAS
JOHN MACARTHUR
U
no de los privilegios más grandes de mi vida ha
sido exaltar la Palabra de Dios. No hay tarea más
noble ni fundamento más sólido. El Salmo 138:2
dice: «…has engrandecido Tu palabra conforme a todo Tu
nombre». Eso me dice que la Palabra de Dios posee la
misma esencia que Su nombre: verdad, pureza, poder y eter-
nidad. Su Palabra es Dios revelado, Dios hablándonos.
Cuando hablo del poder de la Palabra, no me refiero a
mis palabras o a las de cualquier otro ser humano. Me
refiero a la Palabra viva y eterna de Dios, revelada en los 66
libros de las Escrituras: el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Desde los profetas hasta los apóstoles, Dios se ha dado a
conocer mediante palabras. Y esas palabras —escritas,
preservadas e inspiradas— son suficientes para todo lo que
el alma necesita.
Muchos en nuestros días piensan que Dios sigue
hablando con nuevas revelaciones. Creen que hay sueños,
visiones, palabras de sabiduría y conocimiento, «revela-
ciones frescas». Pero si eso fuera cierto, ¿cómo podríamos
saber cuándo es Dios el que habla? ¿Cómo distinguimos
12 J O H N M A C A RT H U R
entre lo que Él dijo, lo que alguien imagina que Él dijo o lo
que el mismo diablo susurra?
Cuando Dios habló por primera vez, lo hizo por medio
de los profetas, y tenemos ese registro en el Antiguo Testa-
mento. Luego habló por medio de Su Hijo y de los apósto-
les, y eso nos fue entregado en el Nuevo Testamento. Esa
revelación fue completada. Es la fe dada una vez a los
santos. Si creemos que Dios sigue hablando más allá de lo
que ha sido escrito, entonces la Biblia estaría incompleta, y
nuestra fe quedaría indefinida, sujeta a nuevas voces y
contradicciones.
E L PODER ESTÁ EN LA P ALABRA
Esa es una de las estrategias más sutiles y peligrosas del
enemigo: debilitar la confianza de la Iglesia en la suficiencia
de la Palabra escrita. No tanto negando su verdad —aunque
también lo hace—, sino sugiriendo que no es suficiente, que
necesitamos algo más: experiencias, impresiones, voces inte-
riores, nuevas palabras. Pero yo afirmo, como lo he hecho
durante más de cincuenta años de ministerio, que todo lo
que el predicador necesita enseñar se encuentra en este
libro. Todo.
He escrito muchos libros a lo largo de los años, pero
jamás he recibido nueva revelación de parte de Dios. Lo
único que he intentado hacer es trazar fielmente la Palabra
ya revelada. Explicarla, exponerla, aplicarla. Porque Apoca-
lipsis 22 nos advierte que quien añade algo a estas palabras
será objeto del juicio divino. El poder de Dios está aquí, no
en nuestras ideas, ni en nuestras palabras. Y solo al
entender correctamente el significado del texto —su sentido
original—, ese poder se activa en nuestras vidas.
El significado de la Escritura es la Escritura. Por eso la
La suficiencia de las Escrituras 13
Iglesia necesita maestros fieles, comprometidos con el signi-
ficado del texto. No con impresiones subjetivas, no con
nuevas interpretaciones adaptadas a la cultura moderna. El
significado de un pasaje es el mismo hoy que cuando fue
inspirado. Las aplicaciones pueden variar, pero el sentido
permanece inmutable.
Durante más de cuatro décadas pastoreando Grace
Community Church, me propuse predicar todo el Nuevo
Testamento. Me tomó 42 años. ¿Por qué tanto tiempo?
Porque quise que cada texto fuera entendido en su contexto.
Que la congregación no solo oyera la Palabra, sino que
captara su poder transformador al comprender su verda-
dero significado. Y puedo decir, sin reservas, que el poder
está en entender. No basta tener una Biblia; hay que
comprenderla.
U NA JOYA DE MÚLTIPLES FACETAS
El Salmo 19 resume con precisión asombrosa la perspec-
tiva de Dios sobre Su Palabra. En los versículos 7 al 9 encon-
tramos seis descripciones, seis características y seis efectos
de las Escrituras. Se nos dice que Su Palabra es perfecta, fiel,
recta, pura, limpia y verdadera. Y que produce conversión,
sabiduría, gozo, iluminación, permanencia y justicia.
Primero, se nos dice que «la ley del Señor es perfecta,
que restaura el alma» (v. 7a). Esa palabra «perfecta» significa
completa, suficiente. La Biblia es el manual de Dios para la
vida humana. No está incompleta. No requiere adiciones. Es
capaz de transformar la persona interior. Esa transforma-
ción es total, no parcial. La Palabra es capaz de rescatarnos
del pecado, de llevarnos del reino de las tinieblas al reino de
Su Hijo. He visto esto innumerables veces. Recuerdo un
profesor de evolución de 60 años que, al leer Génesis, se dio
14 J O H N M A C A RT H U R
cuenta de que era lo único que había leído que tenía
sentido. Se rindió a Cristo, perdió su empleo, pero ganó la
vida eterna. Así de poderosa es la Palabra.
Después, se nos dice que «el testimonio del Señor es
seguro, que hace sabio al sencillo» (v. 7b). En un mundo
lleno de engaños, el testimonio de Dios es confiable. Y hace
sabio al que no sabe discernir. Una mente sencilla es como
una puerta abierta: todo entra y todo sale. Pero la Palabra te
enseña a cerrar esa puerta, a discernir, a juzgar correcta-
mente. Eso es sabiduría.
He compartido estas verdades incluso en aulas hostiles.
Una vez me invitaron a hablar en una clase de filosofía. Les
dije: «He venido a explicar la realidad. Toda ella». Se rieron.
Les expliqué que no aceptarían lo que decía porque no
habían sido regenerados. Un estudiante preguntó: «¿Y cómo
se hace eso?». Y le prediqué el evangelio.
La tercera descripción dice que «los preceptos del Señor
son rectos, que alegran el corazón» (v. 8a). El camino que la
Escritura marca es seguro, correcto. No solo te guía, sino que
te llena de gozo. El gozo duradero no viene del éxito, ni del
placer, sino de andar por el camino que Dios traza. Y ese
camino es recto, aunque el mundo lo llame estrecho.
Luego, leemos que «el mandamiento del Señor es puro,
que alumbra los ojos» (v. 8b). Esta pureza también puede
traducirse como claridad. La Biblia es clara. No hay razón
para decir que no podemos entenderla. Jesús reprendió a los
fariseos preguntándoles: «¿No habéis leído?». El Antiguo
Testamento hablaba de Él. Sus palabras eran claras, y espe-
raba que las entendieran. Aun el Apocalipsis, con su
lenguaje simbólico, empieza con una bendición para quien
lo lee y lo guarda. Eso no sería posible si no fuera
comprensible.
Una familia misionera amiga nuestra perdió a dos hijas
La suficiencia de las Escrituras 15
en un accidente. Las traían a nuestra iglesia para unas vaca-
ciones. El padre, con el corazón roto, me dijo: «Quería que
escucharan un gran coro. No sabía que sería el del cielo».
Esa es la esperanza que la Palabra da: una claridad que atra-
viesa el dolor.
Después, «el temor del Señor es limpio, que permanece
para siempre» (v. 9a). Aquí la Escritura se presenta como el
manual de adoración. Es limpia, sin errores, y por eso
permanece. Todo lo que es contaminado muere. La Biblia,
al ser pura, es eterna. No hay generación ni cultura donde
deje de ser relevante.
Por último, se nos dice que «los juicios del Señor son
verdaderos, todos ellos justos» (v. 9b). La Palabra revela los
veredictos de Dios. No son consejos, son juicios. Y al amar-
los, producimos justicia en toda nuestra vida. Amar la
verdad escrita y la verdad encarnada en Cristo es señal de
una vida piadosa. No basta con saber la verdad; hay que
abrazarla con afecto, hasta que transforme nuestros deseos,
nuestra conducta, nuestra visión del mundo.
S UFICIENCIA QUE SATISFACE Y PROTEGE
Por todo esto, el salmista concluye: Esta Palabra es más
deseable que el oro y más dulce que la miel (v. 10). Es
nuestro mayor tesoro y nuestro mayor deleite. Además, nos
protege. «Tu siervo es amonestado por ellos» (v. 11a), dice
David. La Palabra guarda al creyente de pecados ocultos y
arrogantes. ¿Cómo venció Jesús la tentación? Citando la
Escritura. Así también nosotros debemos armarnos con ella.
El clímax de este pasaje es una oración: «Sean gratas las
palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante
de Ti, oh Señor, roca mía y Redentor mío» (v. 14). Eso es
exactamente lo que Josué 1:8 nos enseña: que la Palabra
16 J O H N M A C A RT H U R
debe estar en nuestra boca y nuestro corazón. Que debemos
meditar en ella de día y de noche. Y entonces —y solo
entonces— prosperaremos.
¿Quieres ser transformado? ¿Deseas sabiduría, gozo,
claridad, justicia y esperanza? No los busques en otra parte.
Están aquí. En este libro. En la Palabra viva de Dios, sufi-
ciente para cada necesidad del alma.
3
LA PRECISIÓN DE LAS ESCRITURAS
JOHN MACARTHUR
A
bre tu Biblia. La vas a necesitar. No importa si
estás leyendo esto, quiero que veas la Escritura.
Vas a necesitar seguir la Palabra de Dios, verla,
leerla, porque de eso se trata todo lo que sigue. En este capí-
tulo voy a intentar hacer algo ambicioso: enseñar una
porción de las Escrituras que me tomó diez horas enseñar
en mi iglesia, pero que intentaré resumir aquí.
Lo que quiero mostrarte es el primer evangelio. No, no
es Mateo, ni Marcos, ni Lucas, ni Juan. Es el relato más
antiguo que tenemos sobre el nacimiento, vida, ministerio,
muerte, resurrección y exaltación de Jesucristo. El texto más
profundo sobre el significado de Su muerte en toda la Escri-
tura. También es uno de los pasajes más impresionantes
para verificar la inspiración sobrenatural de la Biblia.
Martín Lutero dijo que todo cristiano debería memo-
rizar esta porción. Un escritor alemán del siglo XIX la llamó
«el texto más profundo, central y elevado que las Escrituras
hayan alcanzado». Contiene expresiones que han alimen-
tado el vocabulario teológico del evangelio durante siglos. Y
18 J O H N M A C A RT H U R
lo más extraordinario: fue escrito setecientos años antes de
que ocurrieran los eventos que describe.
Cada línea de este capítulo fue retomada por los escri-
tores del Nuevo Testamento. Si perdiéramos todas las epís-
tolas y solo tuviéramos este texto, bastaría para proclamar el
evangelio y llevar pecadores a la salvación. Antes de que
hubiera un Nuevo Testamento, un hombre —el eunuco
etíope— fue llevado a Cristo por este pasaje. Estoy
hablando de Isaías 53.
U N EVANGELIO ANUNCIADO CON SIGLOS DE ANTICIPACIÓN
El libro de Isaías está dividido en dos grandes secciones:
los capítulos 1 al 39 se asemejan al Antiguo Testamento (que
tiene 39 libros), y los capítulos 40 al 66 se asemejan al Nuevo
Testamento (con sus 27 libros). Dentro de esa segunda
sección, hay tres bloques de nueve capítulos: los primeros
hablan de liberación nacional, los últimos de restauración
futura y los nueve del medio de la redención espiritual.
Justo en el corazón está Isaías 53.
Y es precisamente ahí, en ese centro teológico y literario,
donde encontramos la obra del Siervo del Señor: Su humi-
llación, Su rechazo, Su juicio, Su ejecución, Su triunfo y Su
exaltación. Este capítulo ha sido llamado «la cámara de
tortura de los rabinos», porque apunta con tanta claridad a
Cristo que los que lo rechazan no saben qué hacer con él.
También ha sido llamado «la conciencia culpable de los
judíos».
Isaías 53 responde la pregunta más crítica que cualquier
ser humano puede formular: ¿Cómo puede Dios perdonar a
los pecadores sin dejar de ser justo? En Éxodo 34, Dios se
presenta como «compasivo y clemente… que perdona la
iniquidad, la transgresión y el pecado, y que no tendrá por
La precisión de las Escrituras 19
inocente al culpable» (vv. 6-7). ¿Cómo puede perdonar sin
dejar al culpable impune? Esa es la tensión.
Pablo lo dijo de otra manera: ¿Cómo puede Dios ser
justo y a la vez el justificador del impío? (Ro 3:26). Esa es la
pregunta más grande de la religión. Si no se responde
correctamente, estamos frente a una religión que lleva a sus
fieles al infierno. Isaías 53 da la respuesta: Dios castigó el
pecado, pero no en ti, sino en un sustituto.
Este capítulo no es simplemente una profecía sobre la
muerte de Cristo, sino una confesión futura del pueblo de
Israel. Zacarías 12:10 lo anticipa: «... y me mirarán a Mí, a
quien han traspasado. Y se lamentarán por Él, como quien
se lamenta por un hijo único, y llorarán por Él, como se
llora por un primogénito». Isaías 53 registra las palabras que
ese Israel arrepentido pronunciará: «¿Quién ha creído a
nuestro mensaje? […] Ciertamente Él llevó nuestras enfer-
medades […] fue herido por nuestras transgresiones».
Lo que sigue es la confesión más clara y completa del
evangelio en el Antiguo Testamento.
E L S IERVO DESPRECIADO , EL S ALVADOR SUSTITUTO
Los pronombres lo dejan claro: «nuestro», «nosotros»,
«todos nosotros». Es el pueblo judío hablando en plural.
Reconocen que rechazaron a Jesús. «No creímos», confiesan.
Aunque vieron Sus milagros, escucharon Sus palabras,
percibieron Su autoridad divina… no creyeron. Sabían que
era un profeta de Dios, pero lo consideraron blasfemo.
Pensaban que Dios lo castigaba por Sus propios pecados,
cuando en realidad lo hacía por los de ellos.
Así es como empieza el verdadero arrepentimiento:
confesando el pecado más grave de todos, el de rechazar al
Salvador. La gente no va al infierno simplemente por
20 J O H N M A C A RT H U R
desobedecer la ley. Va al infierno por rechazar al único que
puede salvar. Jesús dijo: «... si no creen que Yo soy, morirán
en sus pecados» (Jn 8:24).
La descripción que Isaías ofrece de Cristo es cruda. Fue
considerado como una rama seca, sin vida ni propósito,
alguien sin linaje, sin estatus, sin educación ni atractivo
alguno. Lo menospreciaron. Sus discípulos lo abandonaron.
Los líderes lo despreciaron. Los hombres importantes de Su
época lo ignoraron. Fue desechado, como alguien indigno
incluso de mirar.
Y, sin embargo, este es el Siervo del Señor. Isaías 52:13 lo
describe así: «Oigan esto: Mi Siervo prosperará, será enalte-
cido, levantado y en gran manera exaltado». Al menos dos
de estos verbos —levantado y enaltecido— se usan también
en Isaías 6:1 para describir al Señor en su trono: «alto y
sublime». Este paralelismo sugiere que el Siervo comparte
la gloria divina. No es un mensajero cualquiera: es Dios
mismo que ha venido en forma de Siervo.
Pero ese Dios hecho hombre fue desfigurado. Su rostro
golpeado, Su cuerpo azotado, Su alma angustiada. Y todo
esto, no por blasfemia propia, sino por nuestra iniquidad. Él
fue el Cordero que fue llevado al matadero, y no abrió Su
boca. En silencio soportó la injusticia, fue juzgado y
ejecutado.
Murió entre criminales, pero fue sepultado con los ricos.
José de Arimatea, un hombre de influencia, pidió Su cuerpo
y lo colocó en su propia tumba nueva. Detalles así muestran
la precisión de las Escrituras. ¿Cómo pudo Isaías saber esto
siete siglos antes? Porque Dios inspiró cada palabra.
Y entonces viene la esperanza: «Verá a Su descendencia,
prolongará Sus días» (v. 10b). ¿Cómo puede alguien ver
descendencia después de morir? Solo si resucita. Cristo
resucitó. Vivirá para siempre. Verá a todos Sus redimidos
La precisión de las Escrituras 21
reunidos. «Debido a la angustia de Su alma, Él lo verá y
quedará satisfecho» (v. 11a).. Dios también quedó satisfecho.
La justicia fue cumplida. La ira fue absorbida. La redención
fue completada.
Y por eso Dios lo recompensó: «Le daré parte con los
grandes» (v. 11a). ¿Quiénes son esos grandes? Los redimidos.
Nosotros. Él compartirá Su gloria con Su pueblo. Seremos
coherederos con Cristo, reinaremos con Él. Porque Él fue
contado entre los transgresores, pero llevó el pecado de
muchos e intercedió por los pecadores.
U NA SALVACIÓN PRECISA , SUFICIENTE Y GLORIOSA
Isaías 53 no solo revela el corazón del evangelio.
También testifica del carácter infalible de las Escrituras.
¿Cómo puede un texto escrito siete siglos antes anticipar
con tal exactitud los detalles de la vida, muerte y resurrec-
ción del Mesías? Solo si su autor es Dios.
Este capítulo presenta al Siervo despreciado, al Sustituto
justo, al Cordero silencioso, al Hijo resucitado y al Rey exal-
tado. Y todo esto por ti, por mí. «Pero quiso el Señor
quebrantarlo», dice el versículo 10. ¿Por qué? Porque nos
amó. Porque quiso mostrar misericordia sin dejar de ser
justo. Y lo logró mediante la sustitución: Cristo fue tratado
como si hubiera vivido tu vida, para que tú seas tratado
como si hubieras vivido la Suya.
Este es el mensaje que Israel un día proclamará. Pero
también es el mensaje que tú y yo debemos confesar ahora.
Reconocer que éramos ovejas descarriadas, que nos aparta-
mos, y que el Señor cargó sobre Él toda nuestra iniquidad.
Confesar que Su sufrimiento fue nuestro castigo, que Su
muerte fue nuestra vida y que Su resurrección garantiza
nuestra esperanza.
22 J O H N M A C A RT H U R
Isaías 53 no es un documento teológico seco. Es un
clamor de redención, una confesión de arrepentimiento, un
testimonio de gracia. Es la voz de los redimidos —de Israel
en el futuro, y de todo creyente ahora— que dice con
lágrimas y con gozo: «Él fue herido por nuestras transgre-
siones […] y por Sus heridas hemos sido sanados» (v. 5).
4
LA APLICACIÓN DE LAS
ESCRITURAS
MIGUEL NÚÑEZ
P
ablo escribió la carta a los Romanos con un
propósito claro: revelar la justicia de Dios y cómo
esta se manifiesta en la salvación por medio de la
fe. En los primeros capítulos, el apóstol hace un recorrido
incisivo por las diferentes formas de incredulidad y rebelión
del ser humano. En el capítulo 1, se dirige al hombre que
niega a Dios abiertamente; en el capítulo 2, confronta a
quienes confían en su propia moralidad. Y en la segunda
mitad del capítulo 2, a partir del versículo 17, expone con
claridad la tragedia del religioso: aquel que posee la verdad
revelada pero no vive conforme a ella.
Este pasaje, que abarca desde Romanos 2:17 hasta el
versículo 29, nos invita a hacer una distinción esencial: no
basta con tener una Biblia, memorizar versículos o incluso
enseñar la verdad. La verdadera fe se expresa en una vida de
obediencia continua. Y esa obediencia no nace del esfuerzo
moralista, sino de una transformación interna: del nuevo
nacimiento producido por el Espíritu de Dios.
Hoy, igual que en los días de Pablo, muchos están en
peligro de confundir el conocimiento de la Palabra con una
24 MIGUEL NÚÑEZ
relación genuina con el Dios de la Palabra. Por eso planteo
esta pregunta como eje de este capítulo: ¿crees la Biblia o
vives la Biblia?
L A APARIENCIA DE PIEDAD SIN TRANSFORMACIÓN INTERIOR
Pablo comienza describiendo a aquellos que se ufanan
de su religión. En el caso de los judíos de su época, se enor-
gullecían de su herencia: eran descendientes de Abraham,
poseían la ley dada por Dios y llevaban en sus cuerpos la
marca de la circuncisión. Pero Pablo deja claro que nada de
eso garantiza una relación con Dios. Jesús mismo confronta
este pensamiento en Juan 8, cuando dijo: «Conocerán la
verdad, y la verdad los hará libres». A lo que ellos respondie-
ron: «Somos descendientes de Abraham y nunca hemos
sido esclavos de nadie». Tal es el poder del orgullo: les
impedía ver su historia, su esclavitud espiritual y su nece-
sidad de liberación.
La advertencia es relevante también para nosotros.
Podemos ser miembros de una iglesia ortodoxa, haber sido
bautizados, servir en algún ministerio y aun así vivir lejos de
una relación real con Dios. La fe auténtica no se prueba por
el conocimiento doctrinal, sino por una vida de obediencia
humilde y perseverante. No obediencia perfecta —eso es
imposible—, pero sí una obediencia continua, alimentada
por el arrepentimiento diario.
Pablo denuncia varias inconsistencias del religioso.
Enseña, pero no se enseña a sí mismo. Predica contra el
robo, pero roba. Proclama fidelidad matrimonial, pero adul-
tera. Abomina los ídolos, pero saquea templos. Se gloría en
la ley, pero deshonra a Dios al violarla. Estas contradic-
ciones revelan una verdad dolorosa: es posible afirmar con
La aplicación de las Escrituras 25
los labios lo que Dios ha revelado y, al mismo tiempo, rebe-
larse contra esa revelación con la vida.
Jesús usó palabras muy similares contra los líderes reli-
giosos de su época. Los llamó «sepulcros blanqueados»:
limpios por fuera, pero llenos de corrupción por dentro. Los
acusó de ser guías ciegos, hipócritas que imponían cargas
sobre los demás que ellos mismos no querían llevar. El
problema no era su doctrina, sino su corazón.
Y ese sigue siendo nuestro mayor peligro: aparentar
piedad sin haber sido transformados por el evangelio. Decir
que creemos la Biblia, mientras nuestra vida demuestra lo
contrario. Tener una religión sin relación, una ortodoxia sin
obediencia, una membresía eclesiástica sin regeneración.
C UANDO LA VERDAD SE CONOCE PERO NO SE VIVE
El mensaje de Pablo es claro: no es judío el que lo es
exteriormente, ni la circuncisión es la externa, sino la del
corazón (Ro 2:29). Lo que Dios valora no es la posesión de
signos religiosos, sino la transformación interior producida
por Su Espíritu. En el contexto actual podríamos decir: no
es cristiano verdadero el que asiste a la iglesia o porta una
Biblia, sino aquel cuyo corazón ha sido regenerado, cuya
vida refleja el carácter de Cristo y cuya obediencia se vuelve
una expresión de amor a Dios.
Esta es la distinción que Jesús enseñó a lo largo de Su
ministerio. Citó Miqueas 6:8: «Él te ha declarado, oh
hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el
Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericor-
dia, y andar humildemente con tu Dios?». Pero los fariseos
habían reducido la obediencia a una lista externa de
mandamientos. Daban el diezmo de la menta, el comino y el
26 MIGUEL NÚÑEZ
eneldo, pero pasaban por alto lo más importante: la justicia,
la misericordia y la fidelidad (Mt 23:23).
Pablo cita también una advertencia severa: «El nombre
de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de uste-
des» (Ro 2:24). Lo que estaba en juego no era solo la inte-
gridad de quienes decían creer, sino la gloria del mismo
Dios. Cuando los que dicen conocer a Dios viven como si no
lo conocieran, otros llegan a formar ideas distorsionadas
sobre quién es Dios realmente.
Hoy no somos inmunes a este problema. Líderes que
predican la verdad pero viven secretamente en pecado. Igle-
sias que enseñan sana doctrina pero carecen de amor,
justicia y humildad. Creyentes que citan versículos pero no
los obedecen. La consecuencia es la misma: el nombre de
Dios es blasfemado por los de afuera.
Por eso la verdadera espiritualidad no se mide por el
conocimiento teológico, ni por la frecuencia con la que
hablamos de Dios. Se mide por la coherencia entre lo que
decimos creer y cómo vivimos. No se trata de perfección
moral, sino de una vida dirigida y capacitada por el Espíritu.
Como oraba Agustín: «Señor, manda lo que quieras, pero
concede lo que mandas». Esa es la vida cristiana: una vida
de continua dependencia, continua obediencia y continua
gracia.
O BEDIENCIA COMO FRUTO DE UN CORAZÓN REGENERADO
En los versículos finales del capítulo 2 de Romanos,
Pablo trata el tema de la circuncisión. Para el judío del
primer siglo, esta práctica era considerada una señal infa-
lible de pertenencia al pueblo de Dios. Algunos rabinos
incluso enseñaban que ningún hombre circuncidado vería
el infierno. Pero Pablo desmantela esta falsa seguridad: la
La aplicación de las Escrituras 27
circuncisión solo tiene valor si va acompañada de obedien-
cia. De lo contrario, no significa nada.
Y de forma paralela, el gentil que no ha sido circunci-
dado pero guarda la ley —es decir, vive en obediencia a Dios
— es contado como verdadero hijo de Dios. Pablo concluye
con estas palabras: «Porque no es judío el que lo es exterior-
mente, ni la circuncisión es la externa, en la carne. Pues es
judío el que lo es interiormente, y la circuncisión es la del
corazón, por el Espíritu, no por la letra; la alabanza del cual
no procede de los hombres, sino de Dios» (Ro 2:28–29).
Lo mismo podemos decir del cristiano hoy. No es cris-
tiano verdadero el que fue bautizado, ni el que tiene una
membresía activa, ni el que puede explicar los cinco puntos
del calvinismo. El verdadero cristiano es aquel que ha sido
circuncidado en el corazón, cuyo interior ha sido regene-
rado por el Espíritu Santo y cuya vida refleja esa trans-
formación.
Este tipo de obediencia no nace de un esfuerzo humano,
sino del poder del Espíritu que mora en el creyente. Es fruto
de la gracia de Dios. De allí que hablemos de una vida de
obediencia continua: una vida sostenida por el arrepenti-
miento diario, la dependencia humilde y la Palabra vivida,
no solo conocida.
Como afirmaba Lutero en su primera tesis: «Cuando
nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “Arrepentíos”,
quiso que toda la vida del creyente fuera una vida de arre-
pentimiento». Y ese arrepentimiento se manifiesta en un
deseo sincero de obedecer, reflejar a Cristo y honrar el
nombre de Dios ante los ojos del mundo.
V IVIR LA B IBLIA EN EL PODER DEL E SPÍRITU
Llegamos al final de este recorrido, y la pregunta sigue
28 MIGUEL NÚÑEZ
de pie: ¿crees la Biblia o vives la Biblia? No estoy pregun-
tando si puedes defender la inspiración verbal, la inerrancia
o la suficiencia de las Escrituras. Estoy preguntando si esa
Palabra que dices creer ha moldeado tu corazón, ha refor-
mado tu carácter y ha dirigido tus decisiones.
No se trata de una vida perfecta. Se trata de una vida
rendida, una vida fortalecida por el Espíritu, una vida que
obedece cuando puede y que se arrepiente cuando cae. Esa
es la vida cristiana. No una vida externa de formalismos,
sino una devoción interior a Dios, marcada por lealtad
exclusiva y adoración sincera.
Dios no valora las apariencias; Él ve el corazón. Y lo que
espera de Sus hijos es precisamente eso: un corazón consa-
grado. Un corazón que, por obra del Espíritu, vive en
obediencia continua. Una vida que proclama las virtudes de
Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable.
Si este capítulo te ha llevado a examinar tu vida,
entonces ha cumplido su propósito. Que puedas decir con
sinceridad y con gozo: «Señor, no solo creo tu Palabra…
quiero vivirla».
EPÍLOGO
L
a partida de John MacArthur se inscribe en una
lista creciente de siervos fieles que han cruzado el
umbral de la eternidad durante el último cuarto de
siglo: James Montgomery Boice, D. James Kennedy, John S-
tott, R. C. Sproul, Billy Graham, J. I. Packer, Timothy Keller,
entre otros. Cada uno dejó un vacío visible; juntos, marcan
el fin de una era caracterizada por la predicación expositiva
robusta y el compromiso doctrinal sin concesiones. Ante ese
panorama surgen preguntas inquietantes: ¿estamos
formando líderes de calibre semejante? ¿O presenciaremos
el cierre de un capítulo, preludio de algo distinto que Dios
se dispone a hacer? No pretendemos responder como profe-
tas, pero sí exhortar —como los hijos de Isacar— a discernir
los tiempos y saber lo que la Iglesia debe hacer.
¿Qué hacer, entonces, cuando se apaga la voz de un león
del púlpito? La primera respuesta es gratitud. Damos
gracias porque el Dios de John MacArthur sigue reinando y
edificando Su iglesia. Él fue obra de Dios, no al revés. Reco-
nocemos la gracia que le permitió predicar, enseñar, escribir
y modelar integridad durante más de medio siglo. Su legado
30 J O H N M A C A RT H U R & M I G U E L N Ú Ñ E Z
literario seguirá iluminando mentes y despertando cora-
zones mucho después de que los titulares hayan cambiado.
La segunda es imitación. No de su personalidad ―irre-
petible―, sino de sus convicciones. Debemos recibir la
Palabra «como lo que realmente es, la Palabra de Dios y no
la palabra de los hombres». Debemos levantar el honor de
Dios, luchar por la santidad de la Iglesia y defender la
verdad, cueste lo que cueste. MacArthur mostró que la fide-
lidad pastoral implica tanto la precisión doctrinal como el
coraje de enfrentar críticas feroces. Su ejemplo nos recuerda
que, si tememos la opinión pública más que a Dios, jamás
seremos heraldos confiables.
La tercera es preparación. La retirada de gigantes del
púlpito nos obliga a preguntarnos si estamos transmitiendo
la antorcha con la misma claridad de convicciones. Formar
expositores de la Palabra no se logra con atajos; requiere
años de estudio diligente, carácter probado y una vida de
integridad. Si algo distinguió al pastor John, fue su insis-
tencia en la coherencia entre el mensaje y el carácter.
Finalmente, la respuesta es esperanza. El evangelio no
depende de personalidades; descansa en el poder del Espí-
ritu. Los leones pasan; la Palabra permanece. La Iglesia
puede perder su voz más prominente y, sin embargo, el Dios
de esa voz continúa llamando, salvando y enviando. El
funeral de un siervo fiel no es el ocaso del Reino, sino un
recordatorio de que Cristo edifica Su iglesia con instru-
mentos humildes y que ninguno es insustituible en las
manos del Todopoderoso.
Con este epílogo cerramos un homenaje, pero no
cerramos la tarea. Cada capítulo previo desglosa un sermón
que, aun en formato escrito, late con la urgencia de aquel
que lo predicó. Nuestro anhelo es que el lector no se quede
en la admiración biográfica, sino que sea impulsado a amar
La voz que permanece 31
la verdad con la misma vehemencia. Si al terminar este
ebook alguien toma la Biblia con renovado fervor, decide
estudiar para predicar con mayor fidelidad o renueva su
compromiso con la santidad personal, entonces el minis-
terio de John MacArthur seguirá dando fruto.
Cuando Dios retira a uno de Sus siervos notables, no lo
hace para que la Iglesia detenga su marcha, sino para que
mire hacia arriba. La muerte del obrero dirige nuestra
mirada al Dueño de la mies, Aquel que murió y resucitó, y
que hoy vive para interceder por los Suyos.Confiemos en Él
para levantar una nueva generación de hombres y mujeres
que, como MacArthur, vivan inmersos en la Escritura y
dispuestos a defenderla «a cualquier precio».
Que la lectura de estas páginas inspire valentía bíblica y
humildad devota. Y que la exhortación final del apóstol
Pablo resuene en nosotros como resonaba en John MacArt-
hur: «Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo»
(2 Ti 4:2a). Hasta el regreso de nuestro Señor, esa será
nuestra tarea. Amén.
Dr. Miguel Núñez