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Monografía Corregida Final

El ensayo analiza el crecimiento de las artes marciales en Argentina, enfocándose en taekwondo y karate como fenómenos culturales que regulan la violencia, construyen identidades y disciplinan el cuerpo. Se exploran conceptos sociológicos y antropológicos, destacando la violencia codificada en el combate, la construcción de la otredad dentro y fuera del dojo, y el cuerpo como instrumento, símbolo y campo de disciplinamiento. A través de la práctica marcial, se busca transformar la agresividad en autocontrol y se discuten las dinámicas de género y raza que configuran la experiencia de los practicantes.
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El ensayo analiza el crecimiento de las artes marciales en Argentina, enfocándose en taekwondo y karate como fenómenos culturales que regulan la violencia, construyen identidades y disciplinan el cuerpo. Se exploran conceptos sociológicos y antropológicos, destacando la violencia codificada en el combate, la construcción de la otredad dentro y fuera del dojo, y el cuerpo como instrumento, símbolo y campo de disciplinamiento. A través de la práctica marcial, se busca transformar la agresividad en autocontrol y se discuten las dinámicas de género y raza que configuran la experiencia de los practicantes.
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Violencia, Otredad y Cuerpo en Taekwondo y Karate:

Nombre de los integrantes:

Orlando Abril

Di Monte Evangelina

Porcini Mariano

Godoy Nerea

Aranda Tobías

Materia: Problemáticas Sociológicas y Antropológicas

Docente: Sandra Patricia López

Fecha: 7 de julio de 2025


Introducción
En las últimas décadas, las artes marciales han experimentado un crecimiento
sostenido en Argentina, trascendiendo su lugar como práctica deportiva para
convertirse en un fenómeno cultural con múltiples dimensiones sociales. Desde los
años 80, disciplinas como el taekwondo y el karate se difundieron rápidamente a
través de escuelas barriales, clubes deportivos y federaciones, despertando el
interés tanto de niños como de adultos. Este auge puede explicarse por diversas
causas: por un lado, la búsqueda de una actividad física disciplinada y formativa; por
otro, el atractivo simbólico de los valores asociados a Oriente —honor, respeto,
autocontrol— en contraste con una sociedad atravesada por crisis recurrentes,
violencia urbana y debilitamiento institucional.
En este contexto, las artes marciales funcionan como espacios de contención
social, construcción de identidad y regulación del cuerpo, especialmente entre
sectores medios y populares. Hipotéticamente, su éxito podría vincularse también al
vacío simbólico dejado por otras prácticas comunitarias tradicionales, como los
rituales religiosos o el servicio militar. Así, karate y taekwondo no solo ofrecen
técnicas de defensa, sino que configuran subjetividades, cuerpos y relaciones
sociales según reglas propias. El presente ensayo se propone analizar cómo estas
prácticas articulan violencia, otredad y cuerpo desde una perspectiva sociológica y
antropológica. Para ello, integraremos conceptos de Foucault (disciplina, “cuerpos
dóciles”), Bourdieu (habitus deportivo, dominación simbólica), Elías (proceso
civilizador del deporte) y Wacquant (cuerpo en el pugilismo), entre otros. A
continuación se exponen secciones temáticas que abordan estos ejes, concluyendo
con una síntesis de los hallazgos relevantes.

1. Violencia en las artes marciales:


representación y canalización
Las artes marciales regulan de forma específica la violencia física. Técnicamente,
incorporan movimientos ofensivos (golpes, patadas) cuyo propósito original es
“infligir daño físico a un adversario” y defensivos para repeler ataques. Sin embargo,
esa potencialidad agresiva se maneja bajo códigos rígidos. Se distinguen
componentes militares (que remiten a contextos bélicos) y elementos
disciplinarios/filosóficos (respeto, autocontrol). Por ejemplo, Martínez Guirao señala
la aparente contradicción entre la destrucción inherente a las técnicas y los ideales
artísticos o espirituales que las artes marciales pretenden encarnar. En la práctica
cotidiana del dojo (karate) o dojang (taekwondo), el entrenamiento busca
domesticar la agresividad: se enseña que la violencia sólo es legítima como última
instancia de defensa, integrando valores de respeto y contención. Este énfasis
aparece como un reflejo moderno del proverbio “no hay bienestar sin autodisciplina”.
Según Menear (2020), existe un debate teórico sobre de dónde surgen los valores
de disciplina y autocontrol: algunas teorías de la violencia los asocian a la
modernidad occidental, sugiriendo que las artes marciales “occidentales” deberían
internalizarlos mejor que las “orientales” más tradicionales
ninercommons.charlotte.edu. Sin embargo, la investigación cualitativa en artes
marciales (tanto taekwondo como karate) plantea lo contrario: son precisamente las
tradiciones asiáticas las que históricamente han inculcado enseñanzas éticas y
valores pacifistas, mientras que los modernos deportes de combate occidentales
tendrían un carácter más competitivo y utilitario ninercommons.charlotte.edu. En
otras palabras, entrenadores tradicionales (sensei) enfatizan que la práctica marcial
implica una “tecnología del yo” (Foucault) para el autocultivo: endurecer el cuerpo y
la mente con fines de sabiduría, y así, el matiz violento se convierte así en un
procedimiento ritualizado. Randall Collins (2008) argumenta que en los combates
reglados cualquier uso de la violencia fuera de las normas es “muy raro” y se detiene
inmediatamente ninercommons.charlotte.edu. En suma, la violencia se presenta
como un objeto controlado por reglas y árbitros, no como expresión libre de
agresión.
Por otro lado, estudios empíricos sugieren que la práctica marcial puede reducir
actitudes violentas en los jóvenes, siempre que se acompañe de una enseñanza
ética adecuada redalyc.org. Tejero-González y Balsalobre-Fernández (2011)
compararon adolescentes que practicaban karate/judo con otros deportes de equipo
y hallaron que aquellos en artes marciales declararon significativamente menos
agresión gratuita redalyc.org. Esto se explica porque los maestros que inculcan la
tradición marcial transmiten valores pacifistas (“filosofía guerrera pero respetuosa”);
sin ese contexto, entrenar técnicas de pelea por sí solo no garantiza menos violencia
redalyc.org. En síntesis, la violencia en taekwondo y karate se simboliza y canaliza:
por un lado, aparece codificada en el ritual del combate (respeto al oponente, al
arbitraje) y, por otro, se busca transformar impulsos agresivos en disciplina interna.
Como muestra esta sección, las teorías clásicas (Foucault, Elias) son útiles: se habla
de deportes como parte del “proceso civilizador” de la violencia (Elias) y de cuerpos
sometidos a técnicas disciplinarias (Foucault) auas.org.uy
ninercommons.charlotte.edu.
Puntos clave:
 Las artes marciales combinan técnicas para infligir y repeler daño, pero
institucionalizan la violencia a través de reglas y ética (por ejemplo, renuncian al
golpe “ilegal” para acabar un oponente).

 Se enseña que la agresión sólo es legítima en defensa propia; la filosofía del dojo
enfatiza autocontrol y bushidō (código moral) sobre el alarde violento.

 Estudios (p. ej. Tejero-González & Balsalobre-Fernández, 2011) indican que los
jóvenes en artes marciales manifiestan menor violencia que en otros deportes,
cuando el entrenamiento incluye valores pacifistas redalyc.org.

 Como resumen teórico: Norbert Elias (1939/1978) vería la reglamentación del


combate marcial como un modo de domesticar la agresividad, y Michel Foucault
(1975) interpretaría las rutinas de entrenamiento como “tecnologías de poder”
que disciplinan el cuerpo hacia fines.

2. Construcción del otro dentro y fuera del dojo


En el ámbito del dojo/dojang se generan múltiples identidades: quiénes son los
“insiders” (practicantes activos) y los “otros” (principiantes, foráneos, no iniciados).
La etiqueta y el respeto a la jerarquía (cinturones de colores, saludo formal) marcan
a los practicantes como un colectivo diferenciado. Quien ingresa se convierte en “el
otro” provisional hasta que internaliza la cultura marcial: debe aprender las normas
implícitas (cómo hablar, saludar con reverencia al maestro, obedecer órdenes). Este
proceso de iniciación, al estilo de rito de pasaje, construye a los novatos como
forasteros culturales que gradualmente pasan a formar parte de la comunidad.
Además, la cuestión de género es central en la producción del otro.
Tradicionalmente estos deportes se han considerado masculinos, creando un
entorno donde la mujer puede percibirse como “otra”. En el taekwondo y el karate,
diversos estudios han documentado dinámicas de dominación masculina. Por
ejemplo, Torres Lira (2021) encontró en el taekwondo mexicano de élite un “régimen
de convivencia heteronormativo” que impone expectativas de comportamiento
acorde a lo masculino, relegando a las practicantes femeninas a roles secundarios
academia.edu. En el discurso deportivo existe a veces la idea de “¿le pegas a una
chica?”, que coloca a la mujer como objeto de debilidad frente al agresor masculino.
Sin embargo, las artes marciales permiten también resistencias de género: algunas
karatekas desafían estas normas interiorizadas, reclamando igualdad en el tatami
(suelo del lugar de práctica). A nivel global, Lindsay et al. (2023) concluyen que las
mujeres pueden verse excluidas de las artes marciales por jerarquías tradicionales
y normas de género, o enfrentar problemas en el entrenamiento mixto
link.springer.com. No obstante, apuntan también que la situación está cambiando,
con iniciativas que usan el kung fu para mejorar las relaciones de género y
empoderar a las mujeres link.springer.com.
La otredad también surge a partir de la raza y nacionalidad. Dado que kárate y
taekwondo tienen raíces japonesas y coreanas respectivamente, a veces estos
deportes se cargan de simbolismos orientales que refuerzan estereotipos. Un
practicante extranjero puede percibirse a sí mismo como “otro” dentro de una
tradición ajena; inversamente, los instructores nativos (sensei, sabonim) pueden ser
vistos como portadores exóticos de sabiduría. Aunque no hay fuentes directas
citables en este texto, la teoría de Said (Orientalismo) recuerda que la fascinación
occidental por lo “exótico” puede distorsionar el significado auténtico de las prácticas
asiáticas. En contextos multiculturales, algunos practicantes informan la presión por
“asimilar” y adoptar normas de etiqueta oriental (por ejemplo, el uso de expresiones
en japonés o coreano), mientras que otros defienden interpretaciones locales del
arte marcial, creando un dialogismo cultural.
Finalmente, la construcción del otro no se agota en el gimnasio: Fuera del tatami,
los practicantes también pueden ser considerados “diferentes” por la sociedad.
Quien practica karate/taekwondo a menudo se asocia con atributos como disciplina
o agresividad controlada. Existe el estereotipo del “niño karateca violento” pero
también el de “guerrero espiritual”. En términos de Bourdieu, se puede pensar que el
entrenamiento marcial confiere capital corporal y simbólico: el cuerpo entrenado y el
cinturón negro son señales sociales que distinguen al grupo. Así, el “otro” (que no
practica) se ve a veces como un inculto en estos códigos o bien puede admirar con
exotismo al deportista. En suma, las artes marciales crean fronteras simbólicas:
dentro del dojo se forja un nosotros experto (con jerarquías de rango y género) y
fuera se negocia cómo la sociedad percibe estos cuerpos y culturas extranjeras.
3. El cuerpo marcial: instrumento, símbolo y campo de disciplinamiento
El cuerpo ocupa un lugar central en taekwondo y karate. Primero como
instrumento de combate: es la “herramienta” que golpea, bloquea y aprende las
técnicas. Cada práctica tiene consecuencias físicas particulares: por ejemplo, los
luchadores de karate pueden desarrollar lesiones crónicas (orejas deformadas,
lesiones articulares) propias del entrenamiento riguroso. Mora (2018) ilustra cómo
los golpes entre compañeros (faixada) dejan: “marcas de ‘cinturonazos’ en el cuerpo”
y cómo el endurecimiento físico se espera de los aspirantes a cinturones superiores.
Soportar el dolor (y exhibir las cicatrices resultantes) se valora como prueba de
temple, incorporada en las reglas no escritas del club. De este modo, el cuerpo se
instrumenta para el combate pero a la vez se forja mediante la repetición de técnicas
hasta que los movimientos sean automáticos (concepto de body memory o habitus
corporal). Esta idea conecta con la noción de habitus de Bourdieu: los practicantes
adquieren disposiciones corporales (posturas, reflejos) que los hacen competentes
dentro de esa práctica; dichas disposiciones se mantienen en sus movimientos fuera
del dojo.
En segundo lugar, el cuerpo se convierte en símbolo de identidad y valores.
Las modificaciones físicas y los signos del cuerpo —como tatuajes, orejas
deformadas o cicatrices— funcionan como emblemas de pertenencia. Mora describe
la “animalización del discurso” en los clubes marciales: los luchadores adoptan
símbolos de depredadores (dragones, minotauros) en sus tatuajes, banderas y
escudos para proyectar ferocidad. En cierto sentido, el cuerpo tatuado o marcado
celebra la asimilación del ethos marcial; la piel “curtida” testimonia el sacrificio
personal. Asimismo, los uniformes (karategi, dobok) y los colores de cinturón son
signos ostentados con orgullo, categorías visibles que simbolizan el logro y la
jerarquía interiorizada. El cuerpo deja de ser un mero objeto neutral: Encarna valores
del grupo (disciplina, coraje, honor) y es leído socialmente como marcador de
estatus marcial.
Finalmente, el cuerpo es campo de disciplinamiento. Aquí interviene
directamente Foucault: el entrenamiento marcial actúa como tecnología de poder
que moldea la conducta corporal del practicante. Mora (2018) apunta que “la
dominación del cuerpo en la lucha” es el fin implícito de estas técnicas, ya que
someten al individuo a regímenes corporales específicos. En efecto, las rutinas de
ejercicios repetitivos, el control de la respiración y la postura, las formas
(kata/pumse) y el respeto ritual crean cuerpos dóciles al estilo Foucaultiano. Al
someter el cuerpo a formas precisas de movimiento y al aguante del dolor, el
practicante interioriza una geometría de poder que trasciende el tatami. Wacquant,
en su estudio del boxeo, habla de un “aprendizaje corporal” similar: El boxeador, a
través del dolor y la humillación ritual, configura su identidad en el ring. Lo mismo
ocurre en el karateka o taekwondoka: el músculo entrenado es también un músculo
sujeto a normativas sociales. En palabras simples, el dojo es una “fábrica de cuerpos
disciplinados”.

Componentes clave del cuerpo marcial:


 Instrumento físico: Se moldea para maximizar la eficacia en combate
(golpes, patadas) y minimizar lesiones. Marcas como las orejas coliflor
muestran la transformación biológica del entrenamiento.
 Símbolo identitario: Adornos corporales (tatuajes de dragones, por ejemplo)
y prendas rituales (uniforme, cinturón) externalizan la pertenencia a un linaje
marcial. El cuerpo entrenado comunica valores como resistencia al dolor y
honor.

 Objeto disciplinado: Siguiendo a Foucault y Bourdieu, cada golpe repetido y


cada kata memorizado encarnan un saber corporal. El entrenamiento
funciona como tecnología de poder que crea “cuerpos dóciles” al inculcar
hábitos corporales.

Observaciones
Con la mención del gimnasio o dojo/dojang, se podría mencionar cómo eran
estos lugares. El primero era un lugar grande dentro de un edificio de club social
largo de 2 pisos, el lugar donde entrenaban los practicantes era muy amplio, lleno de
luz, varios ventiladores grandes y con muchas ventanas que daban a la calle. Estaba
fresco y seco, y compartían espacio atravesando una puerta con un ala dedicada a
los miembros del club donde se sentaban a jugar al truco mientras los practicantes
entrenaban.
Los integrantes eran mayormente chicos, de 12 años siendo el más chico hasta
un hombre de más de 40, todos con sus karateguis y cinturones, siendo los
cinturones más altos de color rojo, los cuales son indicación de estar a 3 rangos de
cinturón de la cinta negra, el rango más alto.
La clase era muy tranquila al inicio, comenzaban con armar el piso, poniendo las
colchonetas. Luego seguían con una meditación larga y profunda, hasta que
terminaban y saludaban con una reverencia formal al sensei, y comenzaban a
calentar. El calentamiento consistía en correr en un gran óvalo a través de toda el
área de entrenamiento durante unos 10 minutos, al terminar de correr, se arrodillaron
en el tatami y comenzaron a hacer un ejercicio de postura y respiración, que
aparentemente les relajaba todo el cuerpo. Esto duró por unos 5 minutos, y luego se
levantaron para seguir ejercitando, con lo que ellos llaman “kata”, que son unas
formas o estructuras del cuerpo que representan un combate imaginario. Las
posturas y formas eran muy variadas, con mayor o menor complejidad, siendo el
principio común de todas ellas empezar con una reverencia, pararse en el ancho de
hombros con las manos al costado, y comenzar con el kata en sí, los cuales eran
distintas combinaciones de puños, patadas y bloqueos que los estudiantes hacían
mientras se desplazaban de manera precisa, ya que cuando terminaban, lo hacían
en el mismo lugar de donde terminaron, haciendo un saludo final y finalizando.
Repitieron estos ejercicios hasta cerca del final de la clase. Unos 15 minutos
antes de terminar, comenzaron con el “kumite”, es decir, combate. Los estudiantes
estaban preparados con guantes, pecheras, cabezales y espinilleras para
protegerse, pero antes de comenzar los combates, había una reverencia al sensei y
otra reverencia al rival, como una forma de simbolizar el respeto que hay que tener
en un enfrentamiento. Todos los encuentros fueron parecidos, con mayor o menor
contacto de golpes, los cuales estaban restringidos por las reglas, las cuales eran:
No puñetazos a la cara, no patadas a las piernas y por cada golpe conectado se
detiene la pelea y se suma 1 punto al combatiente que haya logrado conectar un
ataque, aunque la cantidad de puntos puede variar dependiendo de la zona en la
que haya conectado el ataque, es decir la cabeza o alguna parte de la pechera, y
también depende de si se hizo con un puño o una patada, sumado al grado de
perfección de la técnica.
Al concluir la sesión de combates, la clase termina como inició: Se arrodillan
todos, hacen un saludo al maestro y recogen el tatami.
Otro de los lugares de observación fue una sociedad de fomento, similar en casi
todos los aspectos, exceptuando las instalaciones. Estos lugares eran más precarios
y menos preparados, con la iluminación justa y un solo ventilador. El lugar era
notablemente más pequeño, y no todos los estudiantes podían costearse los
costosos doboks necesarios para entrenar, así que el sensei hizo excepciones con
tal que los chicos pudieran aprender.
La clase fue casi igual a la anterior, solo que esta estaba menos estructurada: El
profesor no se refería al nombre de las técnicas y los katas en su idioma original,
sino que las decía en español. Además de no haber una separación fija de edades.
El sensei del club social los separaba entre 6 y 11 años y de 12 en adelante, pero en
la sociedad de fomento no había tal separación.
También los ejercicios fueron más enfocados en ser “divertidos”, ya que hacían
cosas como pasar rápido por entre las piernas del compañero, salir por detrás
rápidamente, levantarse y dar 2 golpes al aire, o ejercicios más ingeniosos como
caminar en línea recta sobre una soga sin pisar fuera de ella, llegar al final y lanzar
una patada al foco de golpeo que sostenía el sensei o un compañero, entre distintos
ejercicios.

Entrevistas
Entrevistas hechas por el equipo dieron lugar a un profesor de taekwondo y un
alumno de la misma disciplina que hablaron sobre la violencia. La elección de
entrevistarlos fue tener en cuenta la visión de aquel que ejerce y practica la
enseñanza pero también la visión de aquel que recibe esas enseñanzas. El profesor
dijo: “… a veces escucho gente que habla de afuera y no, a mí no me gusta practicar
eso, yo soy pacífico. No, ser pacífico es saber utilizar la violencia, o sea, saber
utilizarla y elegir no usarla.” Esto indica una reflexión acorde a la investigación, sin
embargo, un punto que muchas veces se omite es mencionado por un alumno que
dice: “... También vi algunos que no supieron mantener el autocontrol, como un
adulto que detuvo la policía por atacar a alguien de la nada.” Lo cual indica que
estas enseñanzas, por más disciplina y tradiciones que conlleve, pueden
“desviarse”, según el profesor.
Según el instructor de Taekwondo, (comunicación personal, 2 de julio de 2025), el
taekwondo tuvo un gran impacto en su vida, en su autoestima, ayudando a superar
experiencias e inseguridades desde la infancia. Él comenta la diferencia entre ser
pacifista e inofensivo alegando que no es un concepto que esté relacionado pero
muchas veces se malinterpreta. Él dice que todos sabemos utilizar la violencia pero
elegimos no hacerlo.
Según el maestro de Taekwondo, (comunicación personal) El taekwondo es un
estilo de vida mientras que para otros es una disciplina, para otros es un deporte,
para otros es una meta. Para él era una meta y también un estilo de vida porque ahí
te enseñan la disciplina, como estudiar de forma regular. Estas entrenando de forma
constante y también se vuelve un objetivo.

Conclusiones
Desde una perspectiva sociológica/antropológica, el análisis de taekwondo y
karate revela prácticas complejas donde violencia, identidad y cuerpo están
intrínsecamente ligados. Hemos visto que la violencia se ritualiza: lejos de abolirla,
estas artes la encuadran en normas formales (códigos de honor, reglamentos
estrictos) que canalizan la agresividad hacia fines controlados
redalyc.orgninercommons.charlotte.edu. La dialéctica militar/estética propia del arte
marcial se resuelve enseñando autocontrol; en términos de Elias, las competiciones
reguladas civilizan los impulsos violentos, mientras que el entrenamiento continuo
revela lógicas foucaultianas de disciplina corporal.
El concepto de otro aparece en varias dimensiones. Internamente, el dojo
diferencia a iniciados y novicios, y reproduce jerarquías de género que a menudo
margina a las mujeres academia.edulink.springer.com. Externamente, los
practicantes representan una alteridad cultural —a veces exótica por los imaginarios
occidentales— y exhiben habitus corporales distintos que generan admiración o
desconfianza social. Estudios recientes subrayan que estos deportes han sido
tradicionalmente campos masculinos y heteronormativos, donde la presencia
femenina se construye mediante resistencias (“lo masculino hegemónico” se
cuestiona desde dentro) academia.edulink.springer.com. Así, dentro y fuera del
tatami se edifica un “nosotros” experto frente a un “otro” que puede ser mujer,
extranjero o simplemente no iniciado.
Por último, el cuerpo en karate y taekwondo se constituye simultáneamente en
herramienta activa de combate y en depositario simbólico de la práctica. Se
convierte en objeto de poder: sujeto a rutinas que lo readaptan, lo endurecen y lo
valoran. Esto conecta con las teorías de Bourdieu (habitus encarnado), Foucault
(docilidad) y Wacquant (cuerpo como dispositivo de reintegración social). En
particular, Mora (2018) ejemplifica cómo la corporalidad marcada (cicatrices,
tatuajes) refuerza la identidad guerrera.

Hallazgos relevantes: En suma, el taekwondo y el karate representan la


violencia bajo la forma controlada del deporte de combate; la construyen y
redireccionan mediante normas internas. Simultáneamente producen “otros” sociales
(como género o raza) y cuerpos entrenados. Emplear marcos teóricos de Foucault,
Elias, Bourdieu y Wacquant resulta fecundo: estos autores ofrecen herramientas
para entender cómo la práctica marcial actúa como tecnología de la violencia
(civilizadora a la vez que la prepara), cómo reproduce estructuras sociales
(dominación masculina y capital corporal) y cómo moldea el cuerpo hasta integrarlo
a la identidad del practicante. En conjunto, el estudio sociológico/antropológico
revela que las artes marciales son campos donde convergen ritual, poder y cuerpo,
reflejando tanto la continuidad como la transformación de valores socioculturales en
el deporte contemporáneo.

Referencias
 Bourdieu, P. (1998). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.
 Elias, N. (1978). El proceso de civilización. Crítica.

 Foucault, M. (1975). Vigilar y Castigar: nacimiento de la prisión. México DF:


Siglo XXI.

 Lindsay, R. K., Horne, J., Shaw, J., Kentzer, N., & Bacon, W. (2023). The
influence of gender dynamics on women’s experiences in martial arts: A
scoping review. International Journal of the Sociology of Leisure, 6, 297–325.

 Menear, C. A. (2020). Not just for kicks: discipline, self-control, and martial arts
culture in America (Tesis de maestría). University of North Carolina at
Charlotte, Charlotte, NC, EE. UU.

 Mora, B. (2018). De ir a cazar dragones te salen escamas: Un estudio


etnográfico sobre la producción de ethos en los clubes de la pelea (Tesis de
maestría). Facultad de Psicología, Universidad de la República, Montevideo,
Uruguay.

 Martínez Guirao, J. E. (2010). La construcción del arte en las artes marciales:


Una aproximación antropológica al taekwondo. Gazeta de Antropología, 26(2),
33–54.

 Tejero-González, C. M., & Balsalobre-Fernández, C. (2011). Práctica de artes


marciales y niveles de actitud hacia la violencia en adolescentes. Revista de
Ciencias del Deporte, 7(Supl.), 13–21.

 Torres Lira, A. G. (2021). ¿Estás conmigo o contra mí? La heterosexualidad


obligatoria en el deporte de taekwondo de alto rendimiento. Argumentos, 27,
97–112.

 Wacquant, L. J. D. (2004). Body & Soul: Notebooks of an Apprentice Boxer.


Oxford: Oxford University Press.

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