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Monografía

El documento analiza la violencia, la otredad y el cuerpo en las artes marciales como el taekwondo y el karate desde una perspectiva sociológica y antropológica. Se argumenta que, aunque estas disciplinas incorporan técnicas de combate, su práctica está regulada por códigos éticos que promueven el autocontrol y la disciplina, lo que puede reducir actitudes violentas en los jóvenes. Además, se explora cómo se construyen identidades dentro y fuera del dojo, destacando las dinámicas de género y raza que influyen en la percepción de los practicantes.
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El documento analiza la violencia, la otredad y el cuerpo en las artes marciales como el taekwondo y el karate desde una perspectiva sociológica y antropológica. Se argumenta que, aunque estas disciplinas incorporan técnicas de combate, su práctica está regulada por códigos éticos que promueven el autocontrol y la disciplina, lo que puede reducir actitudes violentas en los jóvenes. Además, se explora cómo se construyen identidades dentro y fuera del dojo, destacando las dinámicas de género y raza que influyen en la percepción de los practicantes.
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Violencia, Otredad y Cuerpo en Taekwondo y Karate: Perspectiva Sociológica y

Antropológica
Introducción
Las artes marciales (taekwondo, karate, etc.) surgieron en Oriente y se difundieron
globalmente, integrándose a la cultura deportiva occidental durante las últimas décadas. Al
mencionarlas, tendemos a evocar simultáneamente lo bélico (“técnicas de ataque para infligir
daño”) y lo estético o espiritual asociado al “arte”. Este juego de significados tensiona los
fines originales: guerra y autodefensa versus perfeccionamiento físico-espiritual. Desde una
perspectiva sociológica y antropológica es fundamental analizar cómo se canaliza y
representa la violencia en estos ámbitos, cómo se construye la identidad del otro (por
ejemplo, géneros u orígenes étnicos) dentro y fuera del dojo/dojang, y de qué manera se forja
el cuerpo marcial (como instrumento, símbolo y objeto de disciplina). Para ello,
integraremos conceptos de Foucault (disciplina, “cuerpos dóciles”), Bourdieu (habitus
deportivo, dominación simbólica), Elias (proceso civilizador del deporte) y Wacquant (cuerpo
en el pugilismo), entre otros. A continuación se exponen secciones temáticas que abordan
estos ejes, concluyendo con una síntesis de los hallazgos relevantes.
1. Violencia en las artes marciales: representación y canalización
Las artes marciales regulan de forma específica la violencia física. Técnicamente, incorporan
movimientos ofensivos (golpes, patadas) cuyo propósito original es “infligir daño físico a un
adversario” y defensivos para repeler ataques. Sin embargo, esa potencialidad agresiva se
maneja bajo códigos rígidos. Se distinguen componentes militares (que remiten a contextos
bélicos) y elementos disciplinarios/filosóficos (respeto, autocontrol). Por ejemplo, Martínez
Guirao señala la aparente contradicción entre la destrucción inherente a las técnicas y los
ideales artísticos o espirituales que las artes marciales pretenden encarnar. En la práctica
cotidiana del dojo (karate) o dojang (taekwondo), el entrenamiento busca domesticar la
agresividad: se enseña que la violencia sólo es legítima como última instancia de defensa,
integrando valores de respeto y contención. Este énfasis aparece como un reflejo moderno del
proverbio “no hay bienestar sin autodisciplina”.
Según Menear (2020), existe un debate teórico sobre de dónde surgen los valores de disciplina
y autocontrol: algunas teorías de la violencia los asocian a la modernidad occidental,
sugiriendo que las artes marciales “occidentales” deberían internalizarlos mejor que las
“orientales” más tradicionales [Link]. Sin embargo, la investigación
cualitativa en artes marciales (tanto taekwondo como karate) plantea lo contrario: son
precisamente las tradiciones asiáticas las que históricamente han inculcado enseñanzas éticas
y valores pacifistas, mientras que los modernos deportes de combate occidentales tendrían un
carácter más competitivo y utilitario [Link]. En otras palabras,
entrenadores tradicionales (sensei) enfatizan que la práctica marcial implica una “tecnología
del yo” (Foucault) para el autocultivo: endurecer el cuerpo y la mente con fines de sabiduría,
y así, el matiz violento se convierte así en un procedimiento ritualizado. Randall Collins
(2008) argumenta que en los combates reglados cualquier uso de la violencia fuera de las
normas es “muy raro” y se detiene inmediatamente [Link]. En suma, la
violencia se presenta como un objeto controlado por reglas y árbitros, no como expresión
libre de agresión.
Por otro lado, estudios empíricos sugieren que la práctica marcial puede reducir actitudes
violentas en los jóvenes, siempre que se acompañe de una enseñanza ética adecuada
[Link]. Tejero-González y Balsalobre-Fernández (2011) compararon adolescentes que
practicaban karate/judo con otros deportes de equipo y hallaron que aquellos en artes
marciales declararon significativamente menos agresión gratuita [Link]. Esto se explica
porque los maestros que inculcan la tradición marcial transmiten valores pacifistas (“filosofía
guerrera pero respetuosa”); sin ese contexto, entrenar técnicas de pelea por sí solo no
garantiza menos violencia [Link]. En síntesis, la violencia en taekwondo y karate se
simboliza y canaliza: por un lado, aparece codificada en el ritual del combate (respeto al
oponente, al arbitraje) y, por otro, se busca transformar impulsos agresivos en disciplina
interna. Como muestra esta sección, las teorías clásicas (Foucault, Elias) son útiles: se habla
de deportes como parte del “proceso civilizador” de la violencia (Elias) y de cuerpos
sometidos a técnicas disciplinarias (Foucault) [Link] [Link].
Entrevistas hechas por el equipo dieron lugar a un profesor de taekwondo y un alumno de la
misma disciplina que hablaron sobre la violencia. La elección de entrevistarlos fue tener en
cuenta la visión de aquel que ejerce y practica la enseñanza pero también la visión de aquel
que recibe esas enseñanzas. El profesor dijo: “… a veces escucho gente que habla de afuera y
no, a mí no me gusta practicar eso, yo soy pacífico. No, ser pacífico es saber utilizar la
violencia, o sea, saber utilizarla y elegir no usarla.” Esto indica una reflexión acorde a la
investigación, sin embargo, un punto que muchas veces se omite es mencionado por un
alumno que dice: “... También vi algunos que no supieron mantener el autocontrol, como un
adulto que detuvo la policía por atacar a alguien de la nada.” Lo cual indica que estas
enseñanzas, por más disciplina y tradiciones que conlleve, pueden “desviarse”, según el
profesor.

Puntos clave:
 Las artes marciales combinan técnicas para infligir y repeler daño, pero
institucionalizan la violencia a través de reglas y ética (por ejemplo, renuncian al
golpe “ilegal” para acabar un oponente).

 Se enseña que la agresión sólo es legítima en defensa propia; la filosofía del dojo
enfatiza autocontrol y bushidō (código moral) sobre el alarde violento.

 Estudios (p. ej. Tejero-González & Balsalobre-Fernández, 2011) indican que los
jóvenes en artes marciales manifiestan menor violencia que en otros deportes, cuando
el entrenamiento incluye valores pacifistas [Link].

 Como resumen teórico: Norbert Elias (1939/1978) vería la reglamentación del


combate marcial como un modo de domesticar la agresividad, y Michel Foucault
(1975) interpretaría las rutinas de entrenamiento como “tecnologías de poder” que
disciplinan el cuerpo hacia fines.

2. Construcción del otro dentro y fuera del dojo


En el ámbito del dojo/dojang se generan múltiples identidades: quiénes son los “insiders”
(practicantes activos) y los “otros” (principiantes, foráneos, no iniciados). La etiqueta y el
respeto a la jerarquía (cinturones de colores, saludo formal) marcan a los practicantes como
un colectivo diferenciado. Quien ingresa se convierte en “el otro” provisional hasta que
internaliza la cultura marcial: debe aprender las normas implícitas (cómo hablar, saludar con
reverencia al maestro, obedecer órdenes). Este proceso de iniciación, al estilo de rito de
pasaje, construye a los novatos como forasteros culturales que gradualmente pasan a formar
parte de la comunidad.
Además, la cuestión de género es central en la producción del otro. Tradicionalmente estos
deportes se han considerado masculinos, creando un entorno donde la mujer puede percibirse
como “otra”. En el taekwondo y el karate, diversos estudios han documentado dinámicas de
dominación masculina. Por ejemplo, Torres Lira (2021) encontró en el taekwondo mexicano
de élite un “régimen de convivencia heteronormativo” que impone expectativas de
comportamiento acorde a lo masculino, relegando a las practicantes femeninas a roles
secundarios [Link]. En el discurso deportivo existe a veces la idea de “¿le pegas a una
chica?”, que coloca a la mujer como objeto de debilidad frente al agresor masculino. Sin
embargo, las artes marciales permiten también resistencias de género: algunas karatekas
desafían estas normas interiorizadas, reclamando igualdad en el tatami (suelo del lugar de
práctica). A nivel global, Lindsay et al. (2023) concluyen que las mujeres pueden verse
excluidas de las artes marciales por jerarquías tradicionales y normas de género, o enfrentar
problemas en el entrenamiento mixto [Link]. No obstante, apuntan también que la
situación está cambiando, con iniciativas que usan el kung fu para mejorar las relaciones de
género y empoderar a las mujeres [Link].
La otredad también surge a partir de la raza y nacionalidad. Dado que kárate y taekwondo
tienen raíces japonesas y coreanas respectivamente, a veces estos deportes se cargan de
simbolismos orientales que refuerzan estereotipos. Un practicante extranjero puede percibirse
a sí mismo como “otro” dentro de una tradición ajena; inversamente, los instructores nativos
(sensei, sabonim) pueden ser vistos como portadores exóticos de sabiduría. Aunque no hay
fuentes directas citables en este texto, la teoría de Said (Orientalismo) recuerda que la
fascinación occidental por lo “exótico” puede distorsionar el significado auténtico de las
prácticas asiáticas. En contextos multiculturales, algunos practicantes informan la presión por
“asimilar” y adoptar normas de etiqueta oriental (por ejemplo, el uso de expresiones en
japonés o coreano), mientras que otros defienden interpretaciones locales del arte marcial,
creando un dialogismo cultural.
Finalmente, la construcción del otro no se agota en el gimnasio: Fuera del tatami, los
practicantes también pueden ser considerados “diferentes” por la sociedad. Quien practica
karate/taekwondo a menudo se asocia con atributos como disciplina o agresividad controlada.
Existe el estereotipo del “niño karateca violento” pero también el de “guerrero espiritual”. En
términos de Bourdieu, se puede pensar que el entrenamiento marcial confiere capital corporal
y simbólico: el cuerpo entrenado y el cinturón negro son señales sociales que distinguen al
grupo. Así, el “otro” (que no practica) se ve a veces como un inculto en estos códigos o bien
puede admirar con exotismo al deportista. En suma, las artes marciales crean fronteras
simbólicas: dentro del dojo se forja un nosotros experto (con jerarquías de rango y género) y
fuera se negocia cómo la sociedad percibe estos cuerpos y culturas extranjeras.
Con la mención del gimnasio o dojo/dojang, se podría mencionar cómo eran estos lugares. El
primero era un lugar grande dentro de un edificio de club social largo de 2 pisos, el lugar
donde entrenaban los practicantes era muy amplio, lleno de luz y con muchas ventanas que
daban a la calle. Estaba fresco y seco, y compartían espacio atravesando una puerta con un ala
dedicada a los miembros del club donde se sentaban a jugar al truco mientras los practicantes
entrenaban. La clase era muy tranquila al inicio, comenzaban con armar el piso, poniendo las
colchonetas, todos los integrantes tenían sus karategui. Luego seguían con una meditación
larga y profunda, hasta que terminaban y saludaban con una reverencia formal al sensei, y
comenzaban a calentar. El calentamiento consistía en correr en un gran óvalo a través de todo
el área de entrenamiento durante unos 10 minutos, al terminar de correr, se arrodillaron en el
tatami y comenzaron a hacer un ejercicio de postura y respiración, que aparentemente les
relajaba todo el cuerpo. Esto duró por unos 5 minutos, y luego se levantaron para seguir
ejercitando, con lo que ellos llaman “kata”, que son unas formas o estructuras del cuerpo que
representan un combate imaginario. Las posturas y formas eran muy variadas, con mayor o
menor complejidad, y repitieron estos ejercicios hasta cerca del final de la clase. Unos 15
minutos antes de terminar, comenzaron con el “kumite”, es decir, combate. Los estudiantes
estaban preparados con guantes, pecheras, cabezales y espinilleras para protegerse, pero antes
de comenzar los combates, había una reverencia al sensei y otra reverencia al rival, como una
forma de simbolizar el respeto que hay que tener en un enfrentamiento. Todos los encuentros
fueron parecidos, con mayor o menor contacto de golpes, los cuales estaban restringidos por
las reglas, las cuales eran: No puñetazos a la cara, no patadas a las piernas y por cada golpe
conectado se detiene la pelea y se suma 1 punto al combatiente que haya logrado conectar un
ataque. Al concluir la sesión de combates, la clase termina como inició: Se arrodillan todos,
hacen un saludo al maestro y recogen el tatami.
Otro de los lugares de observación, una sociedad de fomento, fue similar en casi todos los
aspectos, exceptuando las instalaciones. Estos lugares eran más precarios y menos preparados,
con la iluminación justa y un solo ventilador. El lugar era notablemente más pequeño, y no
todos los estudiantes podían costearse los costosos karateguis necesarios para entrenar, así que
el sensei hizo excepciones con tal que los chicos pudieran aprender.
3. El cuerpo marcial: instrumento, símbolo y campo de disciplinamiento
El cuerpo ocupa un lugar central en taekwondo y karate. Primero como instrumento de
combate: es la “herramienta” que golpea, bloquea y aprende las técnicas. Cada práctica tiene
consecuencias físicas particulares: por ejemplo, los luchadores de karate pueden desarrollar
lesiones crónicas (orejas deformadas, lesiones articulares) propias del entrenamiento riguroso.
Mora (2018) ilustra cómo los golpes entre compañeros (faixada) dejan: “marcas de
‘cinturonazos’ en el cuerpo” y cómo el endurecimiento físico se espera de los aspirantes a
cinturones superiores. Soportar el dolor (y exhibir las cicatrices resultantes) se valora como
prueba de temple, incorporada en las reglas no escritas del club. De este modo, el cuerpo se
instrumenta para el combate pero a la vez se forja mediante la repetición de técnicas hasta que
los movimientos sean automáticos (concepto de body memory o habitus corporal). Esta idea
conecta con la noción de habitus de Bourdieu: los practicantes adquieren disposiciones
corporales (posturas, reflejos) que los hacen competentes dentro de esa práctica; dichas
disposiciones se mantienen en sus movimientos fuera del dojo.
En segundo lugar, el cuerpo se convierte en símbolo de identidad y valores. Las
modificaciones físicas y los signos del cuerpo —como tatuajes, orejas deformadas o cicatrices
— funcionan como emblemas de pertenencia. Mora describe la “animalización del discurso”
en los clubes marciales: los luchadores adoptan símbolos de depredadores (dragones,
minotauros) en sus tatuajes, banderas y escudos para proyectar ferocidad. En cierto sentido, el
cuerpo tatuado o marcado celebra la asimilación del ethos marcial; la piel “curtida” testimonia
el sacrificio personal. Asimismo, los uniformes (karategi, dobok) y los colores de cinturón son
signos ostentados con orgullo, categorías visibles que simbolizan el logro y la jerarquía
interiorizada. El cuerpo deja de ser un mero objeto neutral: Encarna valores del grupo
(disciplina, coraje, honor) y es leído socialmente como marcador de estatus marcial.
Finalmente, el cuerpo es campo de disciplinamiento. Aquí interviene directamente Foucault:
el entrenamiento marcial actúa como tecnología de poder que moldea la conducta corporal del
practicante. Mora (2018) apunta que “la dominación del cuerpo en la lucha” es el fin implícito
de estas técnicas, ya que someten al individuo a regímenes corporales específicos. En efecto,
las rutinas de ejercicios repetitivos, el control de la respiración y la postura, las formas
(kata/pumse) y el respeto ritual crean cuerpos dóciles al estilo Foucaultiano. Al someter el
cuerpo a formas precisas de movimiento y al aguante del dolor, el practicante interioriza una
geometría de poder que trasciende el tatami. Wacquant, en su estudio del boxeo, habla de un
“aprendizaje corporal” similar: El boxeador, a través del dolor y la humillación ritual,
configura su identidad en el ring. Lo mismo ocurre en el karateka o taekwondoka: el músculo
entrenado es también un músculo sujeto a normativas sociales. En palabras simples, el dojo es
una “fábrica de cuerpos disciplinados”.
Componentes clave del cuerpo marcial:
 Instrumento físico: Se moldea para maximizar la eficacia en combate (golpes,
patadas) y minimizar lesiones. Marcas como las orejas coliflor muestran la
transformación biológica del entrenamiento.

 Símbolo identitario: Adornos corporales (tatuajes de dragones, por ejemplo) y


prendas rituales (uniforme, cinturón) externalizan la pertenencia a un linaje marcial. El
cuerpo entrenado comunica valores como resistencia al dolor y honor.

 Objeto disciplinado: Siguiendo a Foucault y Bourdieu, cada golpe repetido y cada


kata memorizado encarnan un saber corporal. El entrenamiento funciona como
tecnología de poder que crea “cuerpos dóciles” al inculcar hábitos corporales.

Entrevistas
Según el instructor de Taekwondo, (comunicación personal, 2 de julio de 2025), el taekwondo
tuvo un gran impacto en su vida, en su autoestima, ayudando a superar experiencias e
inseguridades desde la infancia. Él comenta la diferencia entre ser pacifista e inofensivo
alegando que no es un concepto que esté relacionado pero muchas veces se malinterpreta. El
dice que todos sabemos utilizar la violencia pero elegimos no hacerlo.
Según el maestro de Taekwondo, (comunicación personal) El taekwondo es un estilo de vida
mientras que para otros es una disciplina, para otros es un deporte, para otros es una meta.
Para él era una meta y también un estilo de vida porque ahí te enseñan la disciplina, como
estudiar de forma regular. Estas entrenando de forma constante y también se vuelve un
objetivo.
Conclusiones
Desde una perspectiva sociológica/antropológica, el análisis de taekwondo y karate revela
prácticas complejas donde violencia, identidad y cuerpo están intrínsecamente ligados. Hemos
visto que la violencia se ritualiza: lejos de abolirla, estas artes la encuadran en normas
formales (códigos de honor, reglamentos estrictos) que canalizan la agresividad hacia fines
controlados [Link]. La dialéctica militar/estética propia del
arte marcial se resuelve enseñando autocontrol; en términos de Elias, las competiciones
reguladas civilizan los impulsos violentos, mientras que el entrenamiento continuo revela
lógicas foucaultianas de disciplina corporal.
El concepto de otro aparece en varias dimensiones. Internamente, el dojo diferencia a
iniciados y novicios, y reproduce jerarquías de género que a menudo margina a las mujeres
[Link]. Externamente, los practicantes representan una alteridad
cultural —a veces exotizada por los imaginarios occidentales— y exhiben habitus corporales
distintos que generan admiración o desconfianza social. Estudios recientes subrayan que estos
deportes han sido tradicionalmente campos masculinos y heteronormativos, donde la
presencia femenina se construye mediante resistencias (“lo masculino hegemónico” se
cuestiona desde dentro) [Link]. Así, dentro y fuera del tatami se
edifica un “nosotros” experto frente a un “otro” que puede ser mujer, extranjero o
simplemente no iniciado.
Por último, el cuerpo en karate y taekwondo se constituye simultáneamente en herramienta
activa de combate y en depositario simbólico de la práctica. Se convierte en objeto de poder:
sujeto a rutinas que lo readaptan, lo endurecen y lo valoran. Esto conecta con las teorías de
Bourdieu (habitus encarnado), Foucault (docilidad) y Wacquant (cuerpo como dispositivo de
reintegración social). En particular, Mora (2018) ejemplifica cómo la corporalidad marcada
(cicatrices, tatuajes) refuerza la identidad [Link].
Hallazgos relevantes: En suma, el taekwondo y el karate representan la violencia bajo la
forma controlada del deporte de combate; la construyen y redireccionan mediante normas
internas. Simultáneamente producen “otros” sociales (como género o raza) y cuerpos
entrenados. Emplear marcos teóricos de Foucault, Elias, Bourdieu y Wacquant resulta
fecundo: estos autores ofrecen herramientas para entender cómo la práctica marcial actúa
como tecnología de la violencia (civilizadora a la vez que la prepara), cómo reproduce
estructuras sociales (dominación masculina y capital corporal) y cómo moldea el cuerpo hasta
integrarlo a la identidad del practicante. En conjunto, el estudio sociológico/antropológico
revela que las artes marciales son campos donde convergen ritual, poder y cuerpo, reflejando
tanto la continuidad como la transformación de valores socioculturales en el deporte
contemporáneo.
Referencias
 Bourdieu, P. (1998). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.

 Elias, N. (1978). El proceso de civilización. Crítica.


 Foucault, M. (1975). Vigilar y Castigar: nacimiento de la prisión. México DF: Siglo
XXI.

 Lindsay, R. K., Horne, J., Shaw, J., Kentzer, N., & Bacon, W. (2023). The influence of
gender dynamics on women’s experiences in martial arts: A scoping review.
International Journal of the Sociology of Leisure, 6, 297–325.

 Menear, C. A. (2020). Not just for kicks: discipline, self-control, and martial arts
culture in America (Tesis de maestría). University of North Carolina at Charlotte,
Charlotte, NC, EE. UU.

 Mora, B. (2018). De ir a cazar dragones te salen escamas: Un estudio etnográfico


sobre la producción de ethos en los clubes de la pelea (Tesis de maestría). Facultad de
Psicología, Universidad de la República, Montevideo, Uruguay.

 Martínez Guirao, J. E. (2010). La construcción del arte en las artes marciales: Una
aproximación antropológica al taekwondo. Gazeta de Antropología, 26(2), 33–54.

 Tejero-González, C. M., & Balsalobre-Fernández, C. (2011). Práctica de artes


marciales y niveles de actitud hacia la violencia en adolescentes. Revista de Ciencias
del Deporte, 7(Supl.), 13–21.

 Torres Lira, A. G. (2021). ¿Estás conmigo o contra mí? La heterosexualidad


obligatoria en el deporte de taekwondo de alto rendimiento. Argumentos, 27, 97–112.

 Wacquant, L. J. D. (2004). Body & Soul: Notebooks of an Apprentice Boxer. Oxford:


Oxford University Press.

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