El Campeon de Garathorm
El Campeon de Garathorm
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Michael Moorcock
El campeón de Garathorm
Crónicas del castillo de Brass II
Crónicas del castillo de Brass - 2
ePub r2.0
Titivillus 16.11.16
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Título original: The Champion of Garathorm
Michael Moorcock, 1973
Traducción: Eduardo G. Murillo
Ilustración de portada: Vance Kovacs
Diseño de portada: Dyvim Slorm
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Libro primero
Despedidas
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I
Teorías y posibilidades
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sobre los señores de Granbretán. Y encarnados en metal pintado estaban el propio
duque de Colonia, el conde Brass, Yisselda, Bowgentle, Huillam D’Averc y Oladahn
de las Montañas Búlgaras, los héroes de la Camarga, la mayoría de los cuales habían
perecido en Londra. Y también tenía modelos de sus antiguos enemigos, los Señores
de las Bestias: el barón Meliadus con su yelmo de lobo, el rey–emperador Huon en su
globo-trono, Shenegar Trott, Adaz Promp, Asrovak Mikosevaar y su esposa Flana
(actual reina de Granbretán). Infantería, caballería y fuerzas aéreas del Imperio
Oscuro alineadas contra los Guardianes de la Camarga, los Guerreros del Amanecer y
los soldados de cien pequeñas naciones.
Dorian Hawkmoon movía estas piezas en sus inmensos tableros, realizando una
permutación tras otra, mil versiones diferentes de una misma batalla, con el fin de
averiguar en qué habría cambiado la siguiente batalla. Sus enormes dedos solían
apoyarse sobre las reproducciones de sus amigos muertos, y sobre todo de Yisselda.
¿Cómo podría haberse salvado? ¿Qué cúmulo de circunstancias habrían garantizado
su supervivencia?
A veces, el conde Brass entraba en la habitación con semblante preocupado. Se
pasaba los dedos por su cabello rojo, que ya empezaba a encanecer, mientras
contemplaba a Hawkmoon, absorto en su mundo en miniatura, que adelantaba un
escuadrón de caballería allí y replegaba una línea de infantería allá. En tales
ocasiones, o bien Hawkmoon no advertía la presencia del conde Brass, o prefería no
hacerle caso, hasta que el conde Brass carraspeaba o demostraba de alguna manera
que había entrado. Entonces, Hawkmoon levantaba sus ojos, inexpresivos, hoscos,
aturdidos, y el conde Brass le preguntaba en tono bondadoso cómo se encontraba.
Hawkmoon contestaba que estaba bien.
El conde Brass asentía y le expresaba su satisfacción.
Hawkmoon esperaba impaciente, ansioso de reanudar sus maniobras en los
tableros, en tanto el conde Brass paseaba la vista por la habitación, inspeccionaba una
línea de batalla o fingía admirar la manera en que Hawkmoon había empleado una
táctica concreta.
Después, el conde Brass decía:
—Esta mañana iré a inspeccionar las torres. El día es magnífico. ¿Queréis
acompañarme, Dorian?
Dorian Hawkmoon sacudía la cabeza.
—Tengo cosas que hacer.
—¿Esto? —El conde Brass indicaba los caballetes con un ademán—. ¿De qué
sirve? Están muertos. Todo ha terminado. ¿Van a traerles de vuelta vuestras
especulaciones? Sois como un místico, un mago; pensáis que el facsímil puede
controlar aquello que imita. Os torturáis. ¿Cómo vais a cambiar el pasado? Olvidadlo.
Olvidadlo, duque Dorian.
Pero el duque de Colonia se humedecía los labios como si el conde Brass le
hubiera ofendido con sus comentarios, y devolvía la atención a sus juguetes. El conde
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Brass suspiraba, falto de argumentos, y salía de la habitación.
El abatimiento de Hawkmoon contaminaba la atmósfera del castillo y había quien
opinaba que, pese a ser un héroe de Londra, el duque debía regresar a Alemania, a sus
propias tierras, que no había visitado desde que los señores del Imperio Oscuro le
capturaron en la batalla de Colonia. Allí gobernaba ahora un pariente lejano,
autodenominado Primer Ciudadano. Presidía una especie de gobierno electo que
sustituía a la monarquía, cuyo último descendiente directo con vida era Hawkmoon.
Nunca se le había ocurrido a Hawkmoon que su hogar fuera otro que sus aposentos
del castillo de Brass.
Incluso el conde Brass pensaba a veces, para sí, que habría sido mejor para
Hawkmoon perecer en la batalla de Londra. Morir al mismo tiempo que Yisselda.
Y así transcurrían tristemente los meses, preñados de dolor y especulaciones
estériles, mientras la mente de Hawkmoon se cerraba con más firmeza en torno a su
única obsesión, hasta que apenas se acordaba de comer o dormir.
El conde Brass y su antiguo compañero, el capitán Josef Velda, discutían el
problema, pero no llegaban a ninguna solución.
Se sentaban durante horas en cómodas butacas, a cada lado de la inmensa
chimenea que presidía el gran salón del castillo, bebían vino de la tierra y
comentaban la melancolía de Hawkmoon. Los dos eran soldados y el conde Brass
había sido estadista, pero ninguno poseía el vocabulario suficiente para tratar temas
como las enfermedades del alma.
—Tendría que hacer más ejercicio —dijo el capitán Vedla una noche—. «Mens
sana in corpore sano». Todo el mundo lo sabe.
—Sí, si la mente está sana, pero ¿cómo convencer a una mente enferma de los
beneficios que proporciona el ejercicio? Cuanto más tiempo pasa en sus aposentos,
jugando con esas dichosas piezas, peor se pone. Y cuanto peor está, más cuesta
abordarle desde la racionalidad. Las estaciones carecen de significado para él. La
noche no se diferencia del día. ¡Tiemblo al pensar en lo que pasará por su cabeza!
El capitán Vedla asintió.
—Antes no era muy proclive a la introspección. Era un hombre. Un soldado.
Inteligente, pero tampoco demasiado inteligente. Era práctico.
A veces, pienso que ahora es un hombre completamente diferente. ¡Es como si los
horrores de la Joya Negra hubieran robado el alma al antiguo Hawkmoon, y una
nueva ocupara su cuerpo!
El conde Brass sonrió.
—La vejez os está volviendo fantasioso, capitán. Alabáis al antiguo Hawkmoon
por su sentido práctico de las cosas… ¡y ahora me venís con éstas!
El capitán Vedla no pudo por menos que sonreír a su vez.
—¡Muy agudo, conde Brass! Sin embargo, cuando pienso en los poderes de los
antiguos señores del Imperio Oscuro y recuerdo los poderes de aquellos que nos
ayudaron, se me ocurre que la idea quizá no carezca de base.
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—Quizá. Y si no hubiera otras explicaciones evidentes para el estado de
Hawkmoon, es posible que estuviera de acuerdo con vuestra teoría.
—Sólo era una teoría —murmuró el capitán Vedla, algo violento. Alzó el vaso a
la luz y estudió el vino tinto que contenía—. ¡Sin duda es por culpa de éste que me
atrevo a proclamar tales teorías!
Los dos rieron y bebieron más.
—A propósito de Granbretán —dijo más tarde el conde Brass—, me pregunto
cómo afrontará la reina Flana el problema de los recalcitrantes que, según cuenta en
sus cartas, habitan en las partes más oscuras y menos accesibles de la Londra
subterránea. Hace meses que no recibo noticias de ella. Me pregunto si la situación
habrá empeorado y le dedica más tiempo.
—Pero habéis recibido una carta hace poco, ¿no?
—Por mensajero. Hace dos días. Una carta mucho más breve de lo habitual. Casi
oficial. Se limitaba a invitarme a visitarla siempre que lo deseara.
—¿Es posible que, a la larga, se haya sentido ofendida porque no aceptáis su
hospitalidad? —sugirió Vedla—. Tal vez piense que ya no sentís amistad hacia ella.
—Al contrario, es lo más cercano a mi corazón, salvo el recuerdo de mi fallecida
hija.
—¿Y no se lo habéis expresado así? —Vedla se sirvió un poco más de vino—.
Las mujeres necesitan estas confirmaciones. Incluso las reinas.
—Flana está por encima de esas sensiblerías. Es demasiado inteligente.
Demasiado sensata. Demasiado bondadosa.
—Es posible —dijo Vedla, como si dudara de las palabras del conde Brass.
El conde Brass captó la indirecta.
—¿Pensáis que debería escribirle en términos más…, más barrocos?
—Bueno… —sonrió el capitán Vedla.
—Nunca se me dieron bien las florituras literarias.
—Vuestro estilo, en el mejor de los casos, e independientemente del tema que
trate, recuerda por lo general a los comunicados emitidos en el campo de batalla
durante el punto álgido del combate —admitió el capitán Vedla—. No lo digo como
un insulto, sino todo lo contrario.
El conde Brass se encogió de hombros.
—No quiero que Flana piense que mi afecto hacia ella ha disminuido. Sin
embargo, no sé escribir. Supongo que deberé aceptar su oferta y marchar a Londra. —
Paseó la vista por el salón en penumbras—. Un cambio me sentará bien. Este lugar
está muy triste, últimamente.
—Podríais llevaros a Hawkmoon. Quería mucho a Flana. Quizá sea lo único
capaz de alejarle de sus soldaditos de juguete.
El capitán Vedla se dio cuenta de que hablaba con sorna y se arrepintió al
instante. Respetaba y apreciaba a Hawkmoon, pese a su actual estado de ánimo, pero
el ensimismamiento de Hawkmoon ponía nerviosos a todos cuantos le habían
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conocido en el pasado.
—Se lo insinuaré —dijo el conde Brass.
El conde Brass se debatía entre los sentimientos encontrados. Por una parte,
quería alejarse de Hawkmoon durante un tiempo, pero su conciencia no le permitía
marcharse solo, al menos hasta que hubiera efectuado la propuesta a su viejo amigo.
Y Vedla tenía razón. Tal vez un viaje a Londra animaría a Hawkmoon, aunque había
muchas posibilidades en contra. En cuyo caso, el conde Brass temía un viaje y una
estancia en Londra que supondrían para él y su séquito mayores tensiones de las que
experimentaban dentro de los límites del castillo de Brass.
—Hablaré con él por la mañana —dijo el conde Brass, después de una pausa—.
Tal vez volver a Londra, en lugar de jugar con maquetas de la ciudad, exorcice su
melancolía…
El capitán Vedla se mostró de acuerdo.
—Quizá debimos pensarlo antes…
El conde Brass pensó, sin rencor, que el capitán Vedla estaba demostrando cierto
exceso de interés en que Hawkmoon le acompañara a Londra.
—¿Nos acompañaríais, capitán Vedla? —preguntó, con una leve sonrisa.
—Alguien debería quedarse aquí, para ocupar vuestro lugar… Sin embargo, si el
duque de Colonia declina la invitación, tendré mucho gusto en acompañaros, por
supuesto.
—Os comprendo, capitán.
El conde Brass se reclinó en la butaca, bebió un poco de vino y contempló a su
viejo amigo con cierta ironía.
Cuando el capitán Josef Vedla se marchó, el conde Brass continuó sentado. Aún
sonreía. Agradeció esta pequeña alegría, porque hacía bastante tiempo que no sentía
ninguna. Ahora que la idea se había planteado, el viaje a Londra empezaba a
complacerle, pues sólo ahora era consciente de la atmósfera opresiva que reinaba en
el castillo, antes famoso por su tranquilidad.
Contempló las vigas del techo, ennegrecidas por el humo, y pensó con tristeza en
el estado actual de Hawkmoon. Se preguntó hasta qué punto había sido positivo que
la derrota del Imperio Oscuro hubiera devuelto la paz al mundo. Cabía la posibilidad
de que Hawkmoon, todavía más que él, fuera un hombre que sólo se sentía vivo
cuando algún conflicto le amenazaba. Si, por ejemplo, había problemas de nuevo en
Granbretán (si los militares derrotados que no aceptaban la situación se alzaban
contra la reina Flana), tal vez sería una buena idea pedirle a Hawkmoon que los
buscara y destruyera.
El conde Brass presentía que una misión de esas características sería lo único que
podría salvar a su amigo. Intuía que Hawkmoon no estaba hecho para la paz. Existían
hombres así, hombres moldeados por el destino para la guerra, fuera buena o mala (si
era posible establecer semejante distinción), y Hawkmoon era uno de ellos.
El conde Brass suspiró y devolvió la atención a su nuevo plan. Escribiría a Flana
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por la mañana para comunicarle su inminente visita. Sería interesante comprobar la
evolución de la extraña ciudad desde la última vez que la había pisado, como
conquistador.
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II
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—¿Qué cosas? —El conde Brass habló casi en tono seco—. Hace meses que no
abandonáis vuestros aposentos.
—Hay una explicación para todo esto. Existe una forma de encontrar a Yisselda.
El conde Brass se estremeció.
—Está muerta —dijo en voz baja.
—Está viva —murmuró Hawkmoon—. Está viva. En algún lugar. En otra parte.
—Vos y yo coincidimos hace tiempo en que no existe vida después de la muerte
—recordó el conde Brass a su amigo—. Además, resucitaríais a un fantasma. ¿Os
complacería recuperar la sombra de Yisselda?
—Si fuera lo único posible de resucitar, sí.
—Amáis a una muerta —dijo el conde Brass en voz baja y estremecida—, y eso
quiere decir que estáis enamorado de la muerte.
—¿Qué se puede amar de la vida?
—Mucho. Lo descubriríais de nuevo si me acompañarais a Londra.
—No me apetece ir a Londra. Odio esa ciudad.
—Acompañadme durante una parte del viaje.
—No. He vuelto a soñar, y en mis sueños me acerco a Yisselda… y a nuestros dos
hijos.
—Nunca tuvisteis hijos. Vos los inventasteis. Vuestra locura los inventó.
—No. Anoche soñé que tenía otro nombre, pero seguía siendo el mismo hombre.
Un nombre extraño, arcaico. Un nombre anterior al Milenio Trágico. John Daker. Ése
era el nombre. Y John Daker encontraba a Yisselda.
Los demenciales cuchicheos de su amigo estuvieron a punto de arrancar lágrimas
al conde Brass.
—Estos razonamientos, este sueño, sólo os causará mucho más dolor, Dorian.
Intensificará la tragedia, en lugar de apaciguarla. Digo la verdad, creedme.
—Sé que vuestras intenciones son buenas, conde Brass. Respeto vuestro punto de
vista y entiendo que creéis prestarme una ayuda, pero os pido que aceptéis lo
contrario. Debo continuar por este camino. Sé que me conducirá al lado de Yisselda.
—Sí —dijo el conde Brass, entristecido—. Estoy de acuerdo. Os conducirá a la
muerte.
—Si tal es el caso, la perspectiva no me alarma.
Hawkmoon se volvió y miró al conde Brass. Este sintió un escalofrío cuando vio
el rostro pálido y demacrado, los ojos hundidos que ardían como brasas.
—Ay, Hawkmoon —gimió—. Ay, Hawkmoon.
Se encaminó a la puerta y salió sin decir nada.
Y oyó que Hawkmoon gritaba, con voz histérica y aguda:
—¡La encontraré, conde Brass!
Al día siguiente, Hawkmoon apartó el tapiz para mirar por la ventana al patio. El
conde Brass se marchaba. Su séquito ya había montado en excelentes caballos,
enjaezados con los colores rojos del conde. Cintas y gallardetes ondeaban en las
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lanzas flamígeras enfundadas, la brisa agitaba los sobrevestes, las armaduras
brillaban al sol de la mañana. Los caballos piafaban y relinchaban. Los sirvientes se
afanaban en llevar a cabo los últimos preparativos y tendían bebidas calientes a los
jinetes. De pronto, el conde Brass salió y montó en su caballo castaño. Su armadura
brilló como si estuviera hecha de llamas. El conde levantó la vista hacia la ventana,
con expresión pensativa. Después, su expresión cambió, se volvió y dio una orden a
uno de sus hombres. Hawkmoon continuó contemplando la escena.
Porque experimentaba la sensación de observar modelos particularmente
detallados; modelos que se movían y hablaban, pero modelos a fin de cuentas. Tenía
la impresión de que, si extendía el brazo, podría mover un jinete al otro lado del
patio, o coger al conde Brass y enviarle en dirección contraria a Londra.
Experimentaba cierto vago resentimiento que no podía comprender hacia su viejo
amigo. A veces, se le ocurría en sus sueños que el conde Brass había comprado su
vida a cambio de la de su hija. Sin embargo, era imposible. El conde Brass jamás
habría hecho algo semejante. Al contrario, el valiente guerrero habría dado su vida
por ella sin pensarlo ni un segundo. Aún así, Hawkmoon no podía apartar esa idea de
su mente.
Sintió una punzada de arrepentimiento, y se preguntó si tendría que haber
aceptado la propuesta del conde. Vio que el capitán Vedla se adelantaba y ordenaba
levantar el rastrillo de la entrada. El conde Brass había dejado a Hawkmoon a cargo
del castillo, pero tanto los senescales como los veteranos guardias de la Camarga
podían encargarse perfectamente de todo, sin necesidad de esperar la decisión de
Hawkmoon.
Pero no, pensó Hawkmoon. No era momento de actuar, sino de pensar. Estaba
decidido a abrirse paso como fuera hacia aquellas ideas que bullían en el fondo de su
mente. Aunque sus viejos amigos desdeñaran sus «soldaditos de juguete», sabía que
disponiendo los modelos de mil maneras diferentes podía liberar, en un momento
dado, aquellos pensamientos, aquellos conceptos esquivos que le guiarían hacia la
verdad. Y cuando comprendiera la verdad, estaba seguro de que encontraría a
Yisselda viva. También estaba casi seguro de que encontraría a sus hijos. Durante
cinco años le habían considerado un loco, pero estaba convencido de que no era así.
Creía conocerse bastante bien, que si alguna vez enloquecía no sería de la forma que
sus amigos habían descrito.
El conde Brass y su séquito saludaron a los sirvientes del castillo mientras
atravesaban las puertas, camino de Londra.
Al contrario de lo que el conde Brass sospechaba, Dorian Hawkmoon tenía en
gran estima a su viejo amigo. Le supo mal presenciar la partida del conde Brass. El
problema de Hawkmoon consistía en que ya no sabía expresar sus sentimientos.
Estaba demasiado convencido de lo que hacía, demasiado absorto en los problemas
que intentaba solucionar mediante la obsesiva manipulación de las figuras en
miniatura.
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Hawkmoon siguió con la vista al conde Brass y a sus acompañantes, mientras
progresaban por las calles tortuosas de Aigües Mortes. Los ciudadanos se habían
lanzado a las calles para despedir al conde. Por fin, el grupo llegó a las murallas y se
alejó por la amplia carretera que corría entre los pantanos. Hawkmoon continuó
mirando hasta que se perdieron de vista, después, devolvió la atención a sus modelos.
En ese momento estaba ensayando una situación en que la Joya Negra no estaba
engastada en su frente, sino en la de Oladahn de las Montañas Búlgaras, y en que no
podía contarse con la Legión del Amanecer. En ese caso, ¿habría sido derrotado el
Imperio Oscuro? Y si podía ser derrotado, ¿cómo? Había llegado al mismo punto en
que había desembocado cientos de veces Sin embargo, esta vez se sorprendió al
comprobar que corría peligro de muerte. ¿Habría salvado la vida de Yisselda esta
diferencia?
Si esperaba, mediante estas permutaciones de acontecimientos pasados, encontrar
el medio de liberar la verdad que creía oculta en su mente, fracasó de nuevo.
Completó la nueva táctica, tomó nota de las posibilidades que implicaba y pensó en el
siguiente movimiento. Le habría gustado que Bowgentle no muriera en Londra.
Bowgentle era muy sabio y le habría prestado una gran ayuda.
También los mensajeros del Bastón Rúnico (El Caballero Negro y Amarillo,
Orland Fank, incluso el misterioso Jehamia Cohnalias, que nunca había afirmado ser
humano) habrían podido ayudarle. Solicitaba su auxilio en la oscuridad de las noches,
pero no habían acudido. El Bastón Rúnico estaba a salvo y ya no necesitaban la
ayuda de Hawkmoon. Se sentía abandonado, aunque sabía que no le debían nada.
De todos modos, ¿era posible que el Bastón Rúnico estuviera mezclado en lo que
le había ocurrido, en lo que le estaba ocurriendo ahora? ¿Corría algún nuevo peligro
aquel extraño artefacto? ¿Había desencadenado una serie de nuevos acontecimientos,
una nueva pauta del destino? Hawkmoon presentía que la situación era más compleja
de lo que sugerían los datos objetivos. Había sido manipulado por el Bastón Rúnico y
sus sirvientes de la misma forma que él manipulaba ahora sus soldados de juguete.
¿Le estaban manipulando de nuevo? ¿Por eso se volcaba en sus maquetas, se hacía la
ilusión de que controlaba algo, cuando en realidad le controlaban a él?
Apartó esos pensamientos de su mente. Debía concentrarse en sus especulaciones
originales.
Y así evitaba enfrentarse a la verdad.
Al fingir que buscaba la verdad, al fingir que estaba empeñado en esa búsqueda,
escapaba de ella. Porque la verdad tal vez le habría resultado intolerable.
Una costumbre inveterada de la humanidad…
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III
Transcurrió un mes.
Hawkmoon desarrolló veinte alternativas diferentes en sus tableros. Y no avanzó
ni un paso hacia Yisselda, ni siquiera en sueños.
Sin afeitar, los ojos inyectados en sangre, cubierto de granos, la piel plagada de
eccemas, esquelético por falta de comida, fofo por falta de ejercicio, Dorian
Hawkmoon ya no tenía nada del héroe que quedaba en él, ni en la mente, el carácter o
el cuerpo. Aparentaba treinta años más. Sus ropas, sucias, rotas, malolientes, eran las
de un vagabundo. Su cabello sucio colgaba en mechas grasientas alrededor de su
rostro. Su barba retenía fragmentos de sustancias desagradables. Había adoptado la
costumbre de resollar, de murmurar para sí, de toser. Los criados le evitaban siempre
que podían. Como no tenía motivos para solicitar su presencia, tampoco notaba su
ausencia.
El hombre que había sido el héroe de Colonia, el Campeón del Bastón Rúnico, el
gran guerrero que había conducido a los oprimidos a la victoria sobre el Imperio
Oscuro, había cambiado tanto que resultaba imposible reconocerle.
Y la vida se le estaba escapando, aunque no se daba cuenta.
En su obsesión por los destinos alternativos casi había fijado el suyo: se estaba
destruyendo.
Y sus sueños también cambiaban. Y por eso dormía menos que antes. En sus
sueños tenía cuatro nombres. Uno de ellos era John Daker, pero intuía los otros con
mucha mayor frecuencia: Erekosë y Urlik. Sólo el cuarto nombre se le escapaba,
aunque sabía de su existencia. Cuando despertaba, jamás recordaba el cuarto nombre.
Empezó a preguntarse sobre la realidad de la reencarnación. ¿Acaso recordaba vidas
anteriores? Tal era su conclusión instintiva. Sin embargo, su sentido común no
aceptaba la idea.
En sus sueños se encontraba a veces con Yisselda. En sus sueños siempre estaba
nervioso, siempre se sentía agobiado por una abrumadora responsabilidad, por una
enorme culpa. Siempre creía que su deber era llevar a cabo alguna acción, pero nunca
podía recordar cuál era. ¿Había vivido otras vidas, tan trágicas como ésta? Pensar en
una tragedia le destrozaba. Desechaba tal pensamiento, incluso antes de que se
formara.
Pese a todo, esas ideas le resultaban algo familiares. ¿Había tenido conocimiento
de ellas antes, en otros sueños, en conversaciones? ¿Con Bowgentle, en Dnak, la
lejana ciudad del Bastón Rúnico?
Empezó a sentirse amenazado. Empezó a saber qué era el terror. Incluso descuidó
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sus maquetas. Empezó a ver sombras escurridizas por el rabillo del ojo.
¿Cuál era la causa de sus temores?
Pensó que faltaba poco para comprender la verdad relativa a Yisselda y que
ciertas fuerzas se lo impedían; fuerzas que le matarían cuando estuviera a punto de
reunirse con su amada.
La única posibilidad que Hawkmoon desechaba, la única respuesta que no acudía
a su mente, era que tenía miedo de sí mismo, miedo de enfrentarse con una
desagradable verdad. Lo que estaba amenazado era la mentira, la mentira protectora
y, como casi todos los hombres, luchaba por preservar esa mentira, por rechazar a sus
atacantes.
Fue por entonces cuando empezó a sospechar que los criados se habían
confabulado con sus enemigos. Estaba seguro de que pretendían envenenarle. Adoptó
la costumbre de cerrar con llave la puerta y negarse a abrirla cuando los criados iban
a realizar alguna función indispensable. Comía lo justo para mantenerse con vida.
Recogía agua de lluvia gracias a las copas que disponía sobre los antepechos de las
ventanas, y sólo bebía ese agua. Con todo, la fatiga derrotaba a su cuerpo debilitado y
breves sueños asediaban al hombre que moraba en las tinieblas. Sueños que, en sí, no
eran desagradables: hermosos paisajes, ciudades extrañas, batallas en las que
Hawkmoon nunca había participado, personajes peculiares a los que Hawkmoon
nunca había conocido, ni siquiera en el curso de sus aventuras más extravagantes, al
servicio del Bastón Rúnico. Aún así, le aterrorizaban. Aparecían mujeres en aquellos
sueños, y algunas tal vez eran Yisselda, pero no le proporcionaba placer soñar con
aquellas mujeres, sino una profunda inquietud. En cierta ocasión, soñó que se miraba
en un espejo y veía a una mujer reflejada.
Una mañana despertó y, en lugar de levantarse para ir directamente a sus tableros,
como acostumbraba, se quedó tendido contemplando las vigas de su habitación. A la
débil luz que se filtraba por los tapices que cubrían las ventanas, vio con toda claridad
la cabeza y los hombros de un individuo que se parecía muchísimo a Oladahn. El
parecido se debía en especial a la forma en que ladeaba la cabeza, a la expresión y a
los ojos. Cubría su largo cabello negro con un sombrero de ala ancha y llevaba un
gatito blanco y negro acomodado sobre el hombro. Hawkmoon observó sin la menor
sorpresa que el gato poseía un par de alas, dobladas sobre el lomo.
—¿Oladahn? —dijo Hawkmoon, aun a sabiendas de que no era Oladahn.
El rostro sonrió y dio la impresión de que se disponía a hablar.
Y entonces, desapareció.
Hawkmoon se cubrió la cabeza con las sucias sábanas de seda y permaneció
inmóvil, tembloroso. Pensó que iba a enloquecer otra vez, que tal vez el conde Brass
tenía razón, y que sufría alucinaciones desde hacia cinco años.
Más tarde, Hawkmoon se levantó y destapó su espejo. Cinco semanas antes había
echado una túnica sobre el espejo, porque no tenía ganas de verse.
Contempló a la miseria humana que le miraba desde el sucio espejo.
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—Veo a un loco —murmuró Hawkmoon—. A un loco agonizante.
El reflejó imitó el movimiento de sus labios. Los ojos expresaban terror. Sobre
ellos, en el centro de la cabeza, se veía una pálida cicatriz, perfectamente circular,
donde en otro tiempo había ardido una joya negra, una joya capaz de devorar el
cerebro de un hombre.
—Hay otras cosas capaces de devorar el cerebro de un hombre —murmuró el
duque de Colonia—. Cosas más sutiles que las joyas. Cosas peores que las joyas. Con
qué astucia tratan de vengarse de mí, después de muertos, los señores del Imperio
Oscuro. Al asesinar a Yisselda, me van matando poco a poco.
Cubrió de nuevo el espejo y suspiró apenas. Regresó a la cama y se sentó, sin
atreverse a mirar al techo, donde había visto al hombre que tanto se parecía a
Oladahn.
Asumió su decadencia, su muerte, su locura. Se estremeció, casi sin fuerzas.
—Era un soldado —se dijo—. Me volví loco. Me engañé. Pensé que era capaz de
alcanzar los logros de los científicos, brujos y filósofos. Y nunca fui capaz. Era un
hombre sensato y razonable y me he convertido en este desecho humano. Escucha.
Escucha, Dorian Hawkmoon. Estás hablando contigo mismo. Mascullas. Rabias.
Gimes. Dorian Hawkmoon, duque de Colonia, ya no puedes redimirte. Te estás
pudriendo.
Una leve sonrisa cruzó sus labios agrietados.
—Tu destino era combatir, empuñar una espada, celebrar los rituales de la guerra.
Ahora, los tableros se han convertido en tus campos de batalla y careces de la energía
necesaria para empuñar una daga, no digamos ya una espada. No podrías montar a
caballo, aunque quisieras.
Se dejó caer sobre su mugrienta almohada. Se cubrió la cara con los brazos.
—Que entren los monstruos —dijo—. Que me atormenten. Es verdad estoy loco.
Se sobresaltó, convencido de que había escuchado un gruñido junto a su oído. Se
obligó a mirar.
Era la puerta, que había crujido. Un criado la había abierto.
El criado aguardaba nervioso en el umbral.
—¿Mi señor?
—¿La gente dice que estoy loco, Voisin?
—¿Mi señor?
El criado, uno de los pocos que todavía se ocupaban de Hawkmoon era ya
anciano. Había servido a Hawkmoon desde que el duque de Colonia había llegado al
castillo de Brass. Con todo, se mostraba bastante nervioso.
—¿Qué me dices, Voisin?
Voisin extendió las manos.
—Algunos sí, mi señor. Otros dicen que estáis enfermo. Desde hace tiempo opino
que deberíamos llamar a un médico…
Las viejas sospechas revivieron en Hawkmoon.
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—¿Médicos? ¿Quieres decir envenenadores?
—¡Oh, no, mi señor!
Hawkmoon se controló.
—No, claro que no. Agradezco tu interés, Voisin. ¿Qué me traes?
—Nada, mi señor, excepto noticias.
—¿Del conde Brass? ¿Cómo le va en Londra?
—No son del conde Brass, sino de un visitante llegado al castillo de Brass. Un
viejo amigo del conde, según tengo entendido, que, al conocer la ausencia del conde
Brass, ha solicitado ser recibido por vos.
—¿Por mí? —Hawkmoon dibujó una amarga sonrisa—. ¿Sabe el mundo exterior
en qué me he convertido?
—Creo que no, mi señor.
—¿Qué has dicho?
—Que no os encontrabais muy bien, pero que os comunicaría el mensaje.
—¿Eso has hecho?
—Sí, mi señor. —Voisin titubeó—. ¿Debo decirle que estáis indispuesto…?
Hawkmoon estuvo a punto de asentir, pero cambió de opinión. Se levantó de la cama.
—No. Le recibiré. En el salón. Bajaré dentro de un rato.
—¿Deseáis… adecentaros, mi señor? ¿Agua caliente…, artículos de baño?
—No. Iré a reunirme con nuestro invitado dentro de escasos minutos.
—Iré a comunicarle vuestra decisión.
Voisin se apresuró a abandonar los aposentos de Hawkmoon, claramente
disgustado por su decisión.
Hawkmoon, deliberada y maliciosamente, no hizo el menor intento por mejorar
su apariencia. Que su visitante le viera como era.
Además, estaba muy loco. Hasta esto podía ser una de sus fantasías. Podía estar
en cualquier sitio (en la cama, junto a sus tableros, incluso cabalgando por los
pantanos), convencido de que estos acontecimientos ocurrían en realidad. Cuando
dejó su dormitorio y cruzó la habitación en que había dispuesto sus mesas, barrió filas
de soldados con sus mangas sucias, derribó edificios y propinó un puntapié a una
pata; la ciudad de Colonia fue asolada por un terremoto.
Parpadeó cuando desembocó en el rellano, iluminado por enormes vidrieras a
ambos lados. La luz dañó sus ojos.
Caminó hacia la escalera, que descendía hacia el gran salón. Se agarró a una
barandilla, mareado. Su incapacidad le divirtió. Deseaba dar un buen susto a su
visitante.
Un criado se apresuró a auxiliarle, y se apoyó con fuerza en el brazo del hombre
mientras bajaban.
Y llegó por fin al salón.
Una figura ataviada con armadura estaba admirando un trofeo de guerra del conde
Brass, una lanza y un escudo mellado que había ganado a Orson Kach durante las
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Guerras de las Ciudades del Rin, muchos años antes.
Hawkmoon no reconoció a la figura. Era de corta estatura, corpulenta, y poseía un
cierto aire beligerante. Algún antiguo compañero de armas del conde, cuando era un
general mercenario, sin duda alguna.
—Buenos días —saludó Hawkmoon—. Soy el actual guardián del castillo de
Brass.
La figura se volvió. Unos fríos ojos grises examinaron a Hawkmoon de arriba
abajo. Los ojos no expresaron el menor sobresalto, ni ninguna otra emoción, cuando
la figura avanzó hacia él con la mano extendida.
De hecho, fue el rostro de Hawkmoon el que traicionó sorpresa, como mínimo.
Porque su visitante, pese a la armadura de batalla, era una mujer de edad madura.
—¿Duque Dorian? —dijo—. Soy Katinka van Bak. He viajado durante muchas
noches.
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IV
—Nací en Hollandia, el país invadido por el mar —dijo Katinka van Bak—,
aunque los padres de mi madre eran comerciantes de Muskovia. En las batallas
libradas entre mi nación y los estados belgas, mi familia fue asesinada y yo quedé
cautiva. Durante un tiempo serví, de la forma que ya podéis imaginar, en el séquito
del príncipe Lobkowitz de Berlín. Había ayudado a los belgas en la guerra, y yo fui
parte de su botín.
Hizo una pausa para coger otro pedazo de buey frío del plato que tenía delante de
ella. Se había quitado la armadura y vestía una sencilla camisa de seda y pantalones
azules de algodón. A pesar de que apoyaba los codos sobre la mesa y se expresaba en
términos bruscos y francos, no carecía de femineidad. Hawkmoon no tardó en
descubrir que le caía muy bien.
—Bien, pasé mucho tiempo en compañía de guerreros y me propuse aprender sus
habilidades. Les divertía enseñarme a utilizar la espada y el arco, y fingí torpeza en su
manejo hasta mucho después de dominar su uso. Gracias a esto logré no despertar
sospechas acerca de mis planes.
—¿Pensabais escapar?
—Algo más que eso. —Katinka von Bak sonrió y se secó los labios—. Un día, el
príncipe Lobkowitz se enteró de mis excentricidades. Recuerdo sus carcajadas
cuando llegó al patio situado frente al dormitorio de las chicas. El soldado que me
había adoptado como su protegida especial me dio una espada y nos batimos un rato,
para demostrar al príncipe el arte encantador con el cual yo atacaba y paraba. Fue
muy divertido y el príncipe Lobkowitz, que tenía invitados aquella noche, pensó en
mí para entretenerles; sería una novedad, en lugar de los acostumbrados juglares. A
mí me pareció bien. Agité las pestañas, sonreí con timidez y fingí que tan gran honor
me complacía; fingí no darme cuenta de que todos se reían de mí.
Hawkmoon intentó imaginarse a Katinka van Bak pestañeando y haciéndose la
ingenua, pero su imaginación fue incapaz de concretar el esfuerzo.
—¿Qué pasó?
Sentía verdadera curiosidad. Por primera vez en meses, algo le distraía de sus
problemas. Apoyó la barbilla sin afeitar sobre una mano mugrienta, mientras Katinka
van Bak continuaba.
—Bien, aquella noche fui presentada a los complacidos invitados, que me vieron
combatir con varios guerreros del príncipe Lobkowitz. Comieron mucho mientras
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miraban, pero aún bebieron más. Varios de los invitados, tanto hombres como
mujeres, quisieron comprarme por grandes sumas, lo cual, por supuesto, aumentó el
orgullo de amo del príncipe Lobkowitz. Naturalmente, se negó a vender. Recuerdo
que me dijo:
«Y bien, pequeña Katinka, ¿dominas otras artes marciales? ¿Qué nos vas a
enseñar ahora?»
»Juzgué que había llegado el momento oportuno. Hice una educada reverencia y,
con ingenua audacia, dije:
«Me han dicho que sois un gran espadachín, alteza. El mejor de la provincia de
Berlín.»
«Eso dicen», replicó Lobkowitz.
«¿Me concederíais el honor de medir vuestra espada con la mía, mi señor, para
que pueda probar mi habilidad contra la mano más diestra de la sala?»
»El príncipe Lobkowitz se quedó sorprendido, pero después lanzó una carcajada.
Como bien sabía yo, no podía negarse delante de sus invitados. Decidió aceptar, pero
dijo con gravedad:
«En Berlín existen diferentes objetivos para diferentes formas de duelo. Nos
batimos por un primer rasguño en el cuerpo, por un primer rasguño en la mejilla
izquierda, por un primer rasguño en la mejilla derecha, y así sucesivamente…, hasta
batirnos a muerte. No me gustaría estropear tu belleza, pequeña Katinka.»
«Entonces batámonos a muerte, alteza», dije, como enardecida por la recepción
recibida.
»Las carcajadas estremecieron el salón, pero vi más de un ojo ansioso que
desviaba la mirada de mí al príncipe. Nadie dudaba de que el príncipe podía ganar
cualquier duelo, por supuesto, pero tenían ganas de ver mi sangre derramada.
Lobkowitz estaba perplejo, demasiado borracho para pensar con claridad, para
comprender las implicaciones de mi sugerencia, pero tampoco deseaba quedar mal
delante de sus invitados.
«No mataré a una esclava dotada de tantos talentos. Creo que deberíamos pensar
en otro objetivo, pequeña Katinka.»
«¿Mi libertad, por ejemplo?», insinué.
«No me gustaría perder a una muchacha tan brillante», empezó, pero la multitud
empezó a gritar que adoptara una actitud más deportiva. Al fin y al cabo, todo el
mundo sabía que jugaría conmigo un rato, antes de herirme con su espada o
desarmarme.
«¡Muy bien!»
»Sonrió, se encogió de hombros y aceptó la espada que le tendió uno de los
guardias. Salió al centro de la sala y se puso en guardia.
«Empecemos.»
»Me di cuenta de que su intención era prolongar el duelo. Lancé torpes estocadas
y él las paró como si tal cosa. Los invitados me jalearon y algunos empezaron a
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cruzar apuestas sobre cuánto duraría el duelo… aunque nadie apostó a mi favor, por
supuesto».
Katinka van Bak se sirvió una copa de zumo de manzana y lo bebió antes de
continuar su relato.
—Como ya habréis adivinado, duque Dorian, me había convertido en una
espadachina bastante hábil. Empecé a revelar mi talento poco a poco, y el príncipe
Lobkowitz comprendió por fin que necesitaba dar lo mejor de sí para defenderse, que
tal vez combatía contra un rival que estaba a su altura. La idea de ser derrotado por
un esclavo, y encima de sexo femenino, le disgustaba. Empezó a luchar en serio. Me
hirió dos veces, una en el hombro izquierdo y la otra en el muslo, pero yo no me
rendí. Ahora recuerdo que se hizo un silencio absoluto en el salón, sólo roto por el
entrechocar de nuestras espadas y la agitada respiración del príncipe. Nos batimos
durante una hora. De haber podido, el príncipe me habría matado.
—Recuerdo que oí algo cuando gobernaba Colonia —dijo Hawkmoon—. ¿De
modo que vos sois la mujer que…?
—¿Que mató al príncipe de Berlín? Sí, le maté en su propio salón, ante sus
invitados, en presencia de sus guardaespaldas. Le atravesé el corazón de una sola
estocada. Era el primer hombre que mataba. Y antes de que pudieran creer lo que
habían visto, levanté mi espada y les recordé el trato que había hecho con el príncipe:
que si ganaba el duelo obtendría mi libertad. Dudo que los fieles al príncipe hubieran
respetado el trato. Me habrían matado en el acto de no ser por los amigos de
Lobkowitz y aquellos que ambicionaban sus territorios. Varios de ellos se
congregaron a mi alrededor y me ofrecieron cargos en sus dominios, más por la
novedad que por mi habilidad con la espada. Acepté un puesto en la guardia de Guy
O’Pointte, archiduque de Baviera. Sin dudarlo un instante. La guardia del archiduque
era la más numerosa, pues era el noble más poderoso de los allí reunidos. A
continuación, los hombres del príncipe decidieron respetar el trato.
—¿Y así os convertisteis en soldado?
—Sí. De hecho, llegué a ser general en jefe de Guy O’Pointte. Cuando el
archiduque fue asesinado por la familia de su tío, abandoné Baviera y fui en busca de
una nueva posición. Así conocí al conde Brass. Servimos juntos como mercenarios en
la mitad de los ejércitos de Europa… ¡y muchas veces en el mismo bando! Hacia la
época en que el conde se estableció en la Camarga, viajé hacia el este y me puse al
servicio exclusivo del príncipe de Ukrainia, a quien aconsejé sobre la reconstrucción
de su ejército. Dispusimos una buena defensa contra las legiones del Imperio Oscuro.
—¿Fuisteis capturada por los Señores de las Bestias?
Katinka van Bak meneó la cabeza.
—Escapé hacia las Montañas Búlgaras, donde permanecí hasta que vos y vuestros
compañeros les derrotásteis en la batalla de Londra. Me tocó reconstruir Ukrainia,
pues el único superviviente de la familia fue la sobrina más joven del príncipe. Fui
nombrada regente de Ukrainia, bien a pesar mío.
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—¿Habéis renunciado, pues, a ese cargo, o habéis venido de incógnito?
—No he renunciado al cargo ni he venido de incógnito —dijo Katinka van Bak
con firmeza, como si reprendiera a Hawkmoon por apremiarla—. Ukrainia fue
invadida.
—¿Cómo? ¿Por quién? ¡Pensaba que el mundo gozaba de una paz relativa!
—Y así es, o lo era hasta hace poco, cuando la gente que habita al este de las
Montañas Búlgaras empezó a oír rumores sobre un ejército que se había reunido en
aquellas montañas.
—¡Los restos del Imperio Oscuro!
Katinka van Bak alzó una mano para acallarle.
—Era un ejército compuesto por chusma —prosiguió—, sin duda alguna, pero no
creo que fueran los restos del Imperio Oscuro. Aunque era numeroso y contaba con
armas poderosas a su disposición, ningún individuo se parecía a otro. Vestían de
manera distinta, llevaban armas diferentes, eran de distintas razas… Algunos ni
siquiera eran humanos, ¿me entendéis? ¡Daba la impresión de que cada uno
pertenecía a un ejército diferente!
—¿Una banda compuesta por soldados que sobrevivieron a las conquistas del
Imperio Oscuro?
—Pienso que no. Ignoro de dónde procedían aquellos individuos. Sólo sé que
cada vez que salían de sus montañas, de las que se habían apoderado y convertido en
una fortaleza casi inexpugnable, ninguna expedición enviada contra aquel ejército
alcanzaba el triunfo. Cada expedición era aniquilada. Mataban a poblaciones enteras,
hasta el último recién nacido, y saqueaban pueblos, ciudades, incluso naciones. En
ese aspecto son como bandidos, antes que un ejército organizado con un objetivo
concreto. Por lo visto, atacaban países sólo por el botín. Como resultado, fueron
extendiendo su campo de acción, y siempre regresaban con el botín, la comida robada
y, en muy raras ocasiones, mujeres a su fortaleza de la montaña.
—¿Quién es su caudillo?
—No lo sé, aunque he luchado contra ellos cuando atacaron Ukrainia. O tienen
varios líderes, o ninguno. Para empezar, no es necesario. Parece que sólo actúan
movidos por la codicia y las ansias de matar. Son como langostas. Es la descripción
que mejor les cuadra. Hasta el Imperio Oscuro concedía cuartel, porque proyectaba
conquistar el mundo y necesitaba esclavos. Pero éstos…, éstos son mucho peores.
—Cuesta concebir un agresor peor que el Imperio Oscuro, pero —se apresuró a
añadir Hawkmoon— os creo, Katinka van Bak.
—Sí, creedme, porque soy la única superviviente. Puedo dar gracias a la vida que
he llevado. Me ha dado la experiencia necesaria para saber cuando una situación está
perdida y cómo escapar a las consecuencias. Nadie más ha sobrevivido en Ukrainia o
en las tierras que se extienden al otro lado de las Montañas Búlgaras.
—¿Huisteis para advertir a los países del otro lado? ¿Para levantar un ejército
contra esos canallas?
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—Huí. Eso es todo. He contado mi historia a todos los que han querido
escucharme, pero no espero grandes resultados. A casi nadie le importa lo acaecido a
pueblos que viven tan alejados, aunque me creyeran. Por lo tanto, tratar de levantar
un ejército sería en vano. Además debo añadir que cualquier ejército humano que
fuera a luchar contra los actuales ocupantes de las Montañas Búlgaras sería destruido
por completo.
—¿Iréis a Londra? El conde Brass ya habrá llegado.
Katinka van Bak suspiró y se estiró.
—No de inmediato. Estoy cansada. He cabalgado casi sin pausa desde que
abandoné Ukrainia. Si no ponéis objeción, me quedaré en el castillo de Brass hasta
que mi viejo amigo regrese, a menos que de repente me entren ganas de viajar a
Londra. De momento, sin embargo, no tengo el menor deseo de moverme.
—Sois bienvenida, por supuesto —dijo Hawkmoon de todo corazón—. Es un
honor para mí. Debéis contarme más cosas de los viejos tiempos, así como
explicarme vuestras teorías acerca de ese ejército despreciable… De dónde procede y
todo eso.
—No tengo la menor idea. No existe una explicación lógica. Apareció de la noche
a la mañana, y ahí sigue. Negociar con esa gente es imposible. Es como intentar
razonar con un huracán. Da la impresión de que estén desesperados, de que
desprecien su vida tanto como la de los demás. Y la indumentaria y aspecto de los
soldados, como ya os he dicho es de lo más dispar. Ni uno igual. Y sin embargo, creí
reconocer una o dos caras cuando se lanzaron sobre nosotros. Soldados que yo había
conocido, muertos muchos años atrás. Y juraría que vi a Bowgentle, el viejo amigo
del conde Brass, cabalgando con ellos. Pero me habían dicho que Bowgentle murió
en Londra…
—En efecto. Vi sus despojos.
Hawkmoon, cuyo interés hasta el momento era relativamente escaso, aguardaba
con ansia más revelaciones de Katinka van Bak. Tuvo la impresión de que estaba a
punto de solucionar el problema que le había ocupado durante tanto tiempo. Tal vez
no había estado tan loco, a fin de cuentas.
—Habéis dicho Bowgentle… Y otros que os eran familiares… ¿También
muertos?
—Sí.
—¿Había mujeres en ese ejército?
—Sí, varias.
—¿Reconocisteis a alguna?
Hawkmoon se inclinó sobre la mesa y dirigió una mirada penetrante a Katinka
van Bak.
Ella frunció el ceño, intentando recordar; después, meneó la cabeza y sus trenzas
grises se agitaron.
—No.
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—¿Visteis acaso a Yisselda? ¿Yisselda de Brass?
—También murió en Londra, ¿no?
—Eso dicen.
—No. Además, no la habría reconocido. La vi por última vez cuando era niña.
—Ah. —Hawkmoon se reclinó en su silla—. Sí, lo he olvidado.
—Pero podría estar con ellos. Había muchas. No vi ni la mitad del ejército que
nos conquistó.
—Bien, si reconocisteis a Bowgentle, tal vez estaban también los demás… Todos
los que murieron en Londra.
—He dicho que vi a un hombre parecido a Bowgentle. ¿Por qué iba a luchar
Bowgentle, u otro amigo vuestro, en ese ejército?
—Tenéis razón.
Hawkmoon se abismó en sus pensamientos. La vida había vuelto a sus ojos. Sus
movimientos eran más enérgicos.
—Supongamos que él y los demás estuvieran hechizados, por ejemplo. En trance.
Obligados a obedecer la voluntad de un enemigo. El Imperio Oscuro poseía poderes
de ese calibre.
—Es inverosímil, duque Dorian…
—Como la historia del Bastón Rúnico, pero sabemos que es verdadera.
—Estoy de acuerdo, pero…
—Desde hace mucho tiempo intuyo que Yisselda no murió en Londra, aunque
hubo muchos testigos de su muerte y entierro. También es posible que ninguno de
nuestros amigos muriera en Londra, que todos fueran víctima de algún artero complot
del Imperio Oscuro. Tal vez dejaron falsos cadáveres de Yisselda y los otros, y se
llevaron a las personas reales a las Montañas Búlgaras… Tal vez luchasteis contra
esclavos del Imperio Oscuro, controlados por aquellos que escaparon a nuestra
venganza.
—Pero escaparon muy pocos. Y ninguno de los señores sobrevivió a la batalla de
Londra. Nadie pudo tramar tales argucias, aunque estuviera en sus manos. Cosa que
es imposible, duque Dorian. —Katinka van Bak se humedeció los labios—. Creía que
erais un hombre sensato. Un soldado práctico, como yo.
—Yo también lo pensaba hace tiempo, hasta que me vino a la cabeza la idea de
que Yisselda aún vivía. En algún lugar.
—Me habían dicho que habíais cambiado bastante…
—Que estaba loco, queréis decir. Bien, señora, creo que estoy loco. Quizá en los
últimos tiempos me he permitido locas fantasías, pero sólo porque la idea
fundamental contiene un germen de verdad.
—Acepto lo que decís, pero necesitaría pruebas tangibles de esa teoría. Mi
instinto niega que los muertos vivan…
—Creo que el conde Brass abona esa teoría, aunque no lo admita. Creo que se
niega a aceptarla por temor a volverse tan loco como la gente piensa que estoy.
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—Es posible, pero tampoco poseo pruebas de que el conde Brass piense como
decís. Tendría que hablar de nuevo con él para confirmar vuestras palabras,
Hawkmoon cabeceó. Reflexionó unos momentos.
—Suponed que poseo medios de vencer a este ejército —prosiguió—. ¿Qué
diríais? En el caso de que mis teorías apunten a la verdad relativa al ejercito y sus
orígenes, y a su vez me conduzcan al conocimiento de sus puntos débiles.
—En ese caso, vuestras teorías podrían ser llevadas a la práctica pero, por
desgracia, sólo hay una forma de probarlas, lo cual implica perder la vida si son
erróneas. ¿No?
—No me importa correr el riesgo. Cuando luché contra el Imperio Oscuro
comprendí enseguida que era imposible derrotarlo en un enfrentamiento directo, pero
si se buscaban los puntos débiles de sus dirigentes y se utilizaban debidamente,
podían ser derrotados. Eso es lo que aprendí al servicio del Bastón Rúnico.
—¿Insinuáis que sabéis como derrotar a esa chusma?
Katinka van Bak estaba casi convencida.
—Desconozco los puntos débiles en concreto, como es natural, pero soy la
persona más indicada del mundo para descubrirlos.
—¡Estoy segura! —exclamó la mujer, sonriente—. Os apoyo, pero creo que es
demasiado tarde para buscar puntos débiles.
—Si pudiera observarles, si pudiera encontrar un escondite, tal vez en las propias
montañas, para vigilarles, quizá se me ocurriría alguna manera de derrotarles.
Hawkmoon pensaba en otra cosa que lograría observando al ejército, pero calló.
—Vos os escondisteis durante mucho tiempo en esas montañas, Katinka van Bak.
Vos, mejor que nadie, excepto Oladahn, podríais encontrar una madriguera desde la
que pudiera vigilar a esas langostas.
—Podría, pero acabo de huir de aquellos parajes. Como ya os he dicho, mi joven
amigo, no tengo el menor deseo de perder la vida. ¿Por qué he de conduciros a las
Montañas Búlgaras, la fortaleza de nuestros enemigos?
—¿Acaso no albergáis siquiera una leve esperanza de vengar a vuestra Ukrainia?
¿No habéis acariciado la idea, al menos en secreto, de conseguir la ayuda del conde
Brass y sus súbditos para luchar contra vuestros adversarios?
Katinka van Bak sonrió.
—Bien, sabía que la esperanza era vana, pero…
—Os ofrezco la oportunidad de llevar a cabo esa venganza. Bastará con que me
guiéis hacia esas montañas, encontréis un lugar relativamente seguro, y después
podéis marcharos, si tal es vuestro deseo.
—¿Vuestros motivos son altruistas, duque Dorian?
Hawkmoon titubeó.
—Quizá no del todo —admitió—. Deseo probar mi teoría de que Yisselda aún
vive, y que puedo salvarla.
—En ese caso, creo que os guiaré a las Montarlas Búlgaras. Desconfío de un
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hombre que se ofrece para algo desinteresadamente. Con todo, creo que puedo
confiar en vos.
—Estáis en lo cierto.
—El único problema que se me ocurre es si sobreviviréis al viaje. Vuestro estado
es de lo más lamentable. —Extendió una mano y tocó sus ropas, como una campesina
que comprara gansos en el mercado—. Para empezar, tenéis que engordar un poco.
Dejaremos pasar una semana. Alimentad un poco vuestro estómago. Ejercicio.
Equitación. Nos batiremos en duelo un par de veces, para entrenaros…
Hawkmoon sonrió.
—Me alegro de que no abriguéis rencor hacia mí, mi señora, de lo contrario me lo
pensaría dos veces antes de aceptar a pies juntillas vuestra última sugerencia.
Katinka van Bak echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada.
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V
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preguntaba cómo había llegado a simpatizar con esta despiadada mujer.
Un guardián que les vio desde lo alto de una torre les dio el alto. Junto a él se
erguía el flamenco que le servía de montura, y su capa escarlata se agitaba al compás
de la brisa. Por un momento, Hawkmoon creyó que hombre y animal eran un sólo ser.
El guardián alzó su larga lanza flamígera a guisa de saludo cuando reconoció a
Hawkmoon. Este logró mover apenas la mano, pero fue incapaz de responder al grito
del centinela.
Después, la torre disminuyó en la distancia, cuando se desviaron hacia la
Lyonesse. Desde la carretera divisaron las Montañas Suizas, que se creían
emponzoñadas aún por las secuelas del Milenio Trágico, y que además eran
infranqueables. Por suerte, Katinka van Bak y Hawkmoon tenían conocidos en la
Lyonesse, que les proporcionarían provisiones para el resto del viaje.
Aquella noche acamparon en la carretera y, al amanecer, Hawkmoon se convenció
de que su muerte era inminente. El dolor del día anterior no era nada comparado con
la agonía que experimentaba ahora. Sin embargo, Katinka van Bak continuó sin
demostrar piedad, y le exhortó a montar sobre su paciente caballo antes de hacerlo
ella. Luego, cogió la brida del corcel y arrastró a bestia y jinete.
Así avanzaron tres días más, casi sin descansar, hasta que Hawkmoon se desmayó
y cayó a tierra. Ya le daba igual encontrar o no a Yisselda. Tampoco culpaba o
disculpaba a Katinka van Bak por el trato inhumano que le dispensaba. Sus dolores se
habían convertido en una agonía permanente. Se movía cuando el caballo se movía.
Se paraba cuando el caballo se paraba. Comía lo que Katinka van Bak ponía, a veces,
delante de él. Dormía las escasas horas que le dejaban. Y luego se desmayaba.
En una ocasión, se despertó y vio que sus pies oscilaban al otro lado del caballo, y
adivinó que Katinka van Bak había proseguido el viaje después de atarle a la silla de
su montura.
Fue de esta forma que, unos días después, Dorian Hawkmoon, duque de Colonia,
campeón del Bastón Rúnico, héroe de Londra, entró en la antigua ciudad de Lyon,
capital de la Lyonesse, su caballo tirado por una anciana cubierta con una armadura
polvorienta.
Y la siguiente vez que Dorian Hawkmoon se despertó, yacía en una mullida
cama, rodeado de jóvenes doncellas que le sonreían y ofrecían comida. Por un
momento, se negó a aceptar su existencia.
Pero eran reales, la comida buena, y el descanso le revivió. Dos días más tarde, el
reacio Hawkmoon, mucho más recuperado partió en compañía de Katinka van Bak
para continuar la búsqueda del miserable ejército atrincherado en las Montañas
Búlgaras.
—Por fin habéis echado carnes —dijo una mañana la mujer, mientras cabalgaban
en dirección al sol, que teñía de un verde resplandeciente las suaves colinas del país
que atravesaban. Katinka cabalgaba a su lado, pues ya no consideraba necesario tirar
de su caballo. Palmeó su hombro—. Y vuestros huesos se han fortalecido. Ninguno
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de vuestros males era irremediable, como veis.
—No sé si vale la pena someterse a tan crueles sacrificios para sanar —replicó
Hawkmoon.
—Algún día me lo agradeceréis.
—No estoy muy seguro, Katinka van Bak, y os los digo con toda sinceridad.
Y entonces, Katinka van Bak, regente de Ukrainia, lanzó una estruendosa
carcajada y espoleó a su caballo.
Hawkmoon se vio obligado a admitir que sus dolores casi habían desaparecido y
que se sentía mucho mejor dispuesto a resistir un largo viaje a caballo. Su estómago
aún se revolvía de vez en cuando y no estaba tan fuerte como antes, pero casi había
llegado al punto de poder disfrutar de los olores, sonidos y paisajes que les rodeaban.
Le asombraba lo poco que necesitaba dormir Katinka van Bak. Realizaban la mitad
del trayecto por las noches, hasta que la mujer permitía que acamparan. Como
resultado, llevaban un buen ritmo, pero Hawkmoon padecía un cansancio
permanente.
Llegaron a la segunda parte del viaje cuando entraron en los territorios del duque
Mikael de Bahzel, pariente lejano de Hawkmoon y a cuyo servicio había luchado
Katinka van Bak, durante las disputas del duque con otro de sus parientes, el ya
fallecido Pretendiente de Estrasburgo. Cuando el Imperio Oscuro ocupó sus tierras, el
duque Mikael fue objeto de las más groseras humillaciones, y nunca se recuperó por
completo. Se había convertido en un misántropo y su esposa ejercía casi todas sus
funciones en su nombre. Se llamaba Julia de Padova, hija del Traidor de Italia, Enric,
que había establecido un pacto con el Imperio Oscuro contra su propio pueblo y,
como recompensa, fue asesinado por los Señores de las Bestias. Tal vez por conocer
la bajeza de su padre, Julia de Padova gobernaba la provincia con gran justicia.
Hawkmoon reparó en la evidente prosperidad del campo. Ganado bien alimentado
pacía en una hierba excelente. Las granjas, recién pintadas y de piedra pulida,
resplandecían. Los tejados estaban labrados en el estilo recargado tan apreciado por
los campesinos de estos parajes.
Sin embargo, cuando llegaron a la capital, Bazhel, fueron recibidos por Julia de
Padova con moderada gentileza, y su hospitalidad no fue excesiva, como si se
esforzara en olvidar los viejos tiempos en que el Imperio Oscuro había gobernado
toda Europa. Por lo tanto, ver a Hawkmoon no la hizo feliz, porque había jugado un
papel muy importante en la lucha contra el Imperio y le recordaba el pasado: la
humillación de su marido y la traición de su padre.
De ese modo, la pareja no pasó mucho tiempo en Bazhel, sino que siguió hasta
Munchenia, donde el viejo príncipe intentó halagarles con regalos y les suplicó que se
quedaran más tiempo y le contaran sus aventuras. Aparte de advertirle sobre lo que
había ocurrido en Ukrainia (se mostró escéptico), mantuvieron en secreto su misión y
se marcharon a regañadientes, provistos de mejores armas y mejores ropas, Si bien
Hawkmoon no había querido desprenderse de su gran capa de piel, porque la llegada
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del invierno era inminente.
Cuando Dorian Hawkmoon y Katinka van Bak llegaron a Linz, ahora una
república, las primeras nieves habían caído sobre las calles de la pequeña ciudad de
madera, reconstruida después de haber sido arrasada por los ejércitos de Granbretán.
—Hemos de acelerar la marcha —dijo Katinka van Bak a Hawkmoon, mientras
tomaban algo en una buena posada situada en la plaza central de la ciudad—. De lo
contrario, encontraremos cerrados los pasos de las Montañas Búlgaras y nuestro viaje
habrá sido en vano.
—Me pregunto si no habrá sido en vano desde un principio —contestó
Hawkmoon, sosteniendo la copa de vino humeante con sus manos enguantadas.
Ya no recordaba en nada al ser que habitaba en el castillo de Brass, si bien sus
antiguas amistades le habrían reconocido de inmediato. Sus facciones eran marcadas
de nuevo y los músculos abultaban bajo la camisa de seda. Sus ojos eran brillantes,
enérgicos, y su piel brillaba, así como su largo cabello rubio.
—¿Aún os preguntáis si encontraréis allí a Yisselda?
—Sí, y también me pregunto si ese ejército es tan fuerte como pensáis. Quizá
tuvieron la suerte de su lado cuando aplastaron a vuestras fuerzas.
—¿Qué os hace pensar eso?
—No hemos oído ningún rumor. Ni la menor insinuación de que nadie tenga
noticia de este ejército.
—Yo he visto ese ejército. Y era grande, creedme. Es poderoso. Podría conquistar
el mundo entero. Es cierto.
Hawkmoon se encogió de hombros.
—Bien, os creo, Katinka van Bak, pero considero extraño que no hayan llegado
rumores a nuestros oídos. Cuando hablamos de este ejército, nadie confirma lo que
decimos. ¡No me extraña que nos presten tan poca atención!
—Vuestro ingenio se agudiza —aprobó Katinka—, pero como resultado estáis
menos predispuesto a creer en lo fantástico. —Sonrió—. Ocurre a menudo, ¿verdad?
—Sí, a menudo.
—¿Queréis dar media vuelta?
Hawkmoon estudió el vino caliente de la copa.
—El viaje hasta casa es largo, pero ahora me siento culpable por haber
abandonado mis obligaciones en la Camarga y emprender esta búsqueda.
—No os ocupabais demasiado bien de esas responsabilidades —le recordó ella—.
No estabais en condiciones…, ni físicas ni mentales.
Hawkmoon le dedicó una sonrisa sombría.
—Es verdad. Este viaje me ha sentado de maravilla, pero eso no cambia el hecho
de que mis principales responsabilidades están en la Camarga.
—En este momento, nos quedan más cerca las Montañas Búlgaras que la
Camarga.
—Al principio, vos fuisteis la más reacia a emprender este viaje, pero ahora os
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mostráis ansiosa por alcanzar vuestro objetivo.
La mujer se encogió de hombros.
—Me gusta terminar lo que empiezo. ¿Es tan raro?
—Yo diría que es típico de vos, Katinka van Bak —suspiró Hawkmoon—. Muy
bien. Vayamos a las Montanas Búlgaras, lo más rápido que permitan nuestras
monturas, y regresemos a la Camarga en cuanto nuestro objetivo se haya cumplido.
Con información y la fuerza de la Camarga encontraremos una forma de derrotar a
los que destruyeron vuestro país. Hablaremos con el conde Brass, que ya habrá vuelto
para entonces.
—Un plan muy sensato, Hawkmoon. —Katinka van Bak pareció tranquilizarse
—. Me voy a la cama.
—Terminaré el vino e imitaré vuestro ejemplo. —Hawkmoon lanzó una carcajada
—. Incluso ahora conseguís agotarme.
—Otro mes y la situación sufrirá un vuelco —prometió ella—. Buenas noches,
Hawkmoon.
A la mañana siguiente, los cascos de sus caballos hollaron la delgada capa de
nieve, aunque continuaban cayendo abundantes copos. Las nubes desaparecieron a la
primera hora de la tarde y el cielo quedó despejado. La nieve empezó a fundirse. No
había sido una nevada espectacular, pero constituía un anticipo de lo que les esperaba
cuando llegaran a las Montañas Búlgaras.
Cabalgaron por un terreno sembrado de colinas que, en otro tiempo, había
formado parte del reino de Viena, pero el reino había sido asolado y su población
exterminada. La hierba volvía a crecer en la tierra calcinada y muchas ruinas estaban
cubiertas de enredaderas. Tiempo después, los viajeros admirarían aquellas hermosas
reliquias, pensó Hawkmoon, pero no podía olvidar que eran el resultado de la
desmedida ansia de conquistar el mundo que había poseído a Granbretán.
Pasaban frente a los restos de un castillo asentado sobre una elevación, cuando
Hawkmoon creyó oír un ruido procedente del lugar.
—¿Habéis oído? —susurró Hawkmoon a Katinka van Bak, que cabalgaba a su
lado.
—¿Una voz humana? Sí, la he oído. ¿Distinguisteis las palabras?
Se volvió en su silla y le miró.
Hawkmoon negó con la cabeza.
—No. ¿Vamos a investigar?
—No tenemos tiempo.
Señaló el cielo, que se había nublado de nuevo.
Sin embargo, los dos tiraron de las riendas de sus caballos y contemplaron el
castillo.
—¡Buenas tardes!
La voz tenía un acento extraño, pero era alegre.
—Tenía el presentimiento de que pasaríais por aquí, campeón.
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Y de las ruinas surgió un joven delgado, tocado con un sombrero de ala ancha,
algo ladeado. Llevaba una pluma sujeta a la cinta. Vestía un justillo de terciopelo,
bastante sucio, y pantalones azules, también de terciopelo. Calzaba botas de ante.
Cargaba a la espalda un pequeño saco. De su cintura colgaba una fina y sencilla
espada.
Y Dorian Hawkmoon le reconoció, aterrorizado.
Desenvainó la espada, aunque el extraño no parecía peligroso.
—¿Cómo? ¿Me consideráis un enemigo? —preguntó el joven, sonriente—. Os
aseguro que no lo soy.
—¿Le habíais visto antes, Hawkmoon? —saltó Katinka van Bak—. ¿Quién es?
Era la visión que Hawkmoon había tenido en su cama del castillo de Brass, antes
de que llegara la mujer soldado.
—No lo sé —dijo Hawkmoon con voz estrangulada—. Esto huele a brujería.
Obra del Imperio Oscuro, tal vez. Se parece… Me recuerda a un amigo mío, aunque
no tienen nada en común.
—Un viejo amigo, ¿eh? —dijo el desconocido—. Eso soy, campeón. ¿Cómo te
llaman en este mundo?
—No os entiendo.
Hawkmoon envainó su espada, a regañadientes.
—Siempre ocurre lo mismo cuando os reconozco. Soy Jhary-a-Conel y no
debería estar aquí, pero últimamente tienen lugar muchas desestructuraciones en el
multiverso. ¡Fui separado de cuatro reencarnaciones distintas en otros tantos minutos!
¿Cómo os llaman, pues?
—Sigo sin comprender —se empeñó Hawkmoon—. ¿Cómo me llaman? Soy el
duque de Colonia. Soy Dorian Hawkmoon.
—Os saludo de nuevo, duque Dorian. Soy vuestro compañero. Ignoro cuánto
tiempo permaneceré a vuestro lado. Como ya he dicho, extrañas
desestructuraciones…
—Farfulláis tonterías sin cesar, sir Jhary —se impacientó Katinka van Bak—.
¿Cómo habéis llegado a estos parajes?
—Fui transportado contra mi voluntad a esta tierra desolada, señora.
De repente, el saco del joven empezó a saltar y retorcerse, Jhary-a-Conel lo
depositó con suavidad en el suelo, lo abrió y sacó un pequeño gato alado blanco y
negro. El mismo que Hawkmoon había visto en su visión.
Hawkmoon se estremeció. Si bien el joven era agradable, tenía la terrible
sospecha de que la aparición de Conel anunciaba algún acontecimiento desagradable
para él. Al igual que no entendía por qué Conel le recordaba a Oladahn, tampoco
entendía por qué otras cosas le resultaban familiares. Ecos. Ecos como aquellos que
le habían convencido de que Yisselda continuaba con vida…
—¿Conocéis a Yisselda? —probó—. ¿Yisselda de Brass?
Jhary-a-Conel frunció el ceño.
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—Creo que no, pero conozco a muchas personas y me olvido de casi todas, del
mismo modo que me olvidaré de vos algún día. Es mi sino. El mismo que el vuestro,
por supuesto.
—Habláis de mi sino como si supierais más de él que yo.
—Y así es, en este contexto. En otra ocasión, ninguno reconocerá al otro.
Campeón, ¿qué os llama ahora?
Como campeón del Bastón Rúnico, Hawkmoon estaba acostumbrado a esta
fórmula, aunque muy pocos la utilizaban. El resto de la frase era un misterio para él.
—Nada me llama. He emprendido una búsqueda en compañía de esta dama. Una
búsqueda urgente.
—Entonces, no hay tiempo que perder. Un momento.
Jhary-a-Conel corrió colina arriba y entró en el castillo derruido. Un segundo
después salió conduciendo un viejo caballo amarillo. Era el rucio más feo que
Hawkmoon había visto en su vida.
—Dudo que pudierais mantener nuestro paso con ese jamelgo —dijo Hawkmoon
—, aun en el caso de que os hubiéramos dado permiso. Que no es el caso.
—Lo haréis.
Jhary-a-Conel puso el pie en el estribo y se izó sobre la silla. El caballo pareció
derrumbarse bajo su peso.
—Al fin y al cabo, nuestro sino es cabalgar juntos.
—A vos, amigo mío, tal vez se os antoje predeterminado —dijo Hawkmoon,
malhumorado—, pero yo no comparto dicha creencia.
Pero sí la compartía. Le pareció de lo más natural que Jhary les acompañara. Al
mismo tiempo, le desagradaba el convencimiento de Jhary tanto como el suyo.
Hawkmoon miró a Katinka van Bak en busca de consejo. La mujer se encogió de
hombros.
—No me importa que otra espada se una a las nuestras —dijo.
Dirigió una mirada de desdén al caballo de Jhary.
—Aunque me parece que muy pronto os quedaréis atrás —añadió.
—Ya lo veremos —respondió Jhary en tono risueño—. ¿Adónde vais?
Las sospechas crecieron en Hawkmoon. De pronto, se le ocurrió que el hombre
podía ser un espía del enemigo.
—¿Por qué lo preguntáis?
Jhary se encogió de hombros.
—Por preguntar. He oído rumores sobre ciertos problemas en las montañas al este
de aquí. Una banda de salvajes que se dedican a destruirlo todo antes de volver a su
guarida.
—Yo también he oído algo similar —admitió Hawkmoon, cauteloso—. ¿Dónde
lo habéis oído?
—Me lo dijo un viajero que encontré en la carretera.
Por fin, Hawkmoon tenía una confirmación de lo que Katinka van Bak había
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contado. Se tranquilizó al saber que no le había mentido.
—Bien —dijo—, vamos en esa dirección. Queremos comprobarlo personalmente.
—Muy cierto —sonrió Katinka van Bak.
Y ahora eran tres los jinetes que se dirigían a las Montañas Búlgaras. Un trío
peculiar, a decir verdad. Cabalgaron durante varios días, pero al jamelgo de Jhary no
le costó nada mantener el paso de los demás caballos.
Un día, Hawkmoon se volvió hacia su nuevo compañero y preguntó:
—¿Conocíais a un hombre llamado Oladahn? Era muy bajito y estaba cubierto de
vello rojizo. Decía ser pariente de los Gigantes de las Montañas Búlgaras, a quienes
nadie ha visto, que yo sepa. Un experto arquero.
—He conocido a muchos arqueros expertos, entre ellos a Rackhir el Arquero
Rojo, que tal vez sea el más grande de todo el multiverso, pero ninguno llamado
Oladahn. ¿Erais buenos amigos?
—Mi mejor amigo durante mucho tiempo.
—Tal vez he llevado ese nombre —dijo Jhary-a-Conel, y frunció el ceño—. He
llevado muchos, por supuesto. Me resulta vagamente familiar, al igual que los
nombres Corum o Urlik os resultarían familiares a vos.
—¿Urlik? —Hawkmoon palideció—. ¿Qué sabéis de ese nombre?
—Es vuestro nombre. Uno de ellos, al menos. Y Corum también, aunque Corum
no era una manifestación humana y tendríais más dificultades en recordarla.
—¡Habláis como si tal cosa de reencarnaciones! ¿Afirmáis que recordáis vidas
pasadas con la misma facilidad que yo recuerdo aventuras anteriores?
—Algunas vidas. Todas no, ni mucho menos. Ya está bien así. En otra
reencarnación es posible que no recuerde ésta, por ejemplo. De todos modos, he
advertido que en esta ocasión mi nombre no ha cambiado. —Jhary lanzó una
carcajada—. Mis recuerdos vienen y van, como los nuestros. Eso nos salva.
—Habláis en acertijos, amigo Jhary.
—A menudo me lo decís. —Jhary se encogió de hombros—. Sin embargo, esta
aventura me parece un poco diferente, debo admitirlo. Me encuentro en la peculiar
situación de ser zarandeado de una dimensión a otra. Desestructuraciones a gran
escala, causadas por los experimentos de algún hechicero loco, sin duda. Por no
mencionar el interés que demuestran los Señores del Caos cuando se les ofrece una
oportunidad así. Supongo que juegan algún papel en todo esto.
—¿Los Señores del Caos? ¿Quiénes son?
—Ah, es algo que debéis descubrir vos mismo, si no lo sabéis. Algunos dicen que
moran en el confín del tiempo y que sus intentos de manipular el tiempo a su
capricho es el resultado de que su mundo está agonizando, pero es una teoría cogida
por los pelos. Otros sugieren que no existen, pero que la imaginación de los hombres
los conjuran periódicamente.
—¿Sois un hechicero, maese Jhary? —preguntó Katinka van Bak, retrocediendo
hacia ellos.
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—Creo que no.
—Un filósofo, como mínimo.
—La experiencia moldea mi filosofía, eso es todo.
Jhary, cansado al parecer de la conversación, se negó a continuar abundando en el
tema.
—Mi única experiencia del tipo que insinuabais —dijo Hawkmoon— fue con el
Bastón Rúnico. ¿Es posible que esté relacionado con lo que sucede en las Montañas
Búlgaras?
—¿El Bastón Rúnico? Tal vez.
Una gran nevada había caído sobre la ciudad de Pesht. Construida de piedra
blanca tallada, la ciudad había sobrevivido a los asedios del Imperio Oscuro y su
aspecto actual recordaba al que tenía antes de que Granbretán iniciara sus conquistas.
La nieve brillaba sobre cada superficie y, como los tres héroes llegaron en una noche
de luna llena, daba la impresión de que llamas blancas consumían Pesht.
Se detuvieron ante las puertas pasada la medianoche y les costó bastante despertar
al guardia, que les dejó pasar con gran aparato de gruñidos y preguntas sobre sus
intenciones. Cabalgaron por anchas y vacías avenidas, en busca del palacio del
príncipe Karl de Pesht. En otros tiempos, el príncipe Karl había cortejado a Katinka
van Bak y solicitado su mano. Habían sido amantes durante tres años, pero ella nunca
aceptó casarse con él. Ahora, estaba casado con una princesa de Zagredia y era feliz.
Katinka y él continuaban siendo amigos. El príncipe la había acogido bajo su techo
cuando huyó de Ukrainia. Le sorprendería verla.
El príncipe Karl de Pesht se quedó sorprendido. Llegó a su adornado salón con un
bata de brocado, los ojos anegados en sueño, pero ver a Katinka van Bak le alegró.
—¡Katinka! ¡Pensaba que ibas a pasar el invierno en la Camarga!
—Ése era mi plan.
La mujer avanzó, cogió al príncipe por los hombros y le besó en ambas mejillas al
estilo militar; dio la impresión de que, en lugar de saludar a un antiguo amante, se
presentaba como soldado.
—El duque Dorian me convenció de que le acompañara a las Montañas Búlgaras.
—¿Dorian? El duque de Colonia. He oído hablar mucho de vos, joven. Es un
honor acogeros bajo mi techo. —El príncipe Karl sonrió mientras estrechaba la mano
de Hawkmoon—. ¿Y este caballero?
—Un compañero de camino. Su nombre es un poco raro: Jhary-a-Conel.
Jhary se quitó el sombrero y ejecutó una complicada reverencia.
—Es un honor conocer al príncipe de Pesht —dijo.
El príncipe Karl rió.
—Y un privilegio recibir a un compañero del gran héroe de Londra. Esto es
maravilloso. ¿Vais a quedaros mucho tiempo?
—Temo que sólo esta noche —dijo Hawkmoon—. Los asuntos que nos aguardan
en las Montañas Búlgaras son urgentes.
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—¿Hay algo allí que valga la pena? Hasta los legendarios gigantes de la montaña
han muerto, según creo.
—¿No habéis hablado al príncipe de los invasores? —preguntó Hawkmoon,
sorprendido, y se volvió hacia Katinka van Bak—. Pensaba…
—No quería alarmarle.
—¡Pero esta ciudad no se encuentra lejos de las Montañas Búlgaras, y corre
peligro de ser atacada! —protestó Hawkmoon.
—¿Atacada? ¿Qué ocurre? ¿Un enemigo procedente de las montañas?
La expresión del príncipe Karl cambió.
—Bandidos —dijo Katinka van Bak, lanzando una significativa mirada a
Hawkmoon—. Una ciudad del tamaño de Pesht no ha de temer nada. Un país tan bien
defendido como el vuestro no se encuentra amenazado.
—Pero…
Hawkmoon se contuvo. Katinka van Bak debía tener buenos motivos para ocultar
al príncipe lo que sabía. ¿Cuáles podían ser esas razones? ¿Acaso sospechaba que el
príncipe Karl se había confabulado con sus enemigos? En tal caso, tendría que
haberle advertido antes. Además, era inconcebible que este amable anciano se aliara
con semejante chusma. Había luchado bien y valientemente contra el Imperio Oscuro
que le capturó, aunque no había padecido las indignidades que el Imperio Oscuro
reservaba a los aristócratas prisioneros.
—Estaréis cansados del viaje —dijo el príncipe Karl con diplomacia. Ya había
ordenado a los criados que prepararan habitaciones para los invitados—. Querréis
acostaros. El placer de veros de nuevo, Katinka y de conocer a este héroe, me ha
impulsado a reteneros más de la cuenta. —Sonrió y rodeó con el brazo la espalda de
Hawkmoon—. Quizá podamos charlar un poco durante el desayuno, antes de que
partáis.
—Sería un gran placer, sire —dijo Hawkmoon.
Y cuando Hawkmoon se tendió en la enorme cama de una confortable habitación,
que un agradable fuego calentaba, contempló las sombras que jugueteaban sobre los
bellos tapices que decoraban las paredes y meditó durante unos minutos en los
posibles motivos de Katinka van Bak para guardar silencio, antes de sumirse en un
sueño profundo, que ninguna pesadilla atormentó.
En el gran trineo cabían hasta doce soldados con armadura y habría podido
venderse por una fortuna, pues estaba incrustado de oro, platino, marfil y ébano,
amén de piedras preciosas. Sólo un maestro había podido cincelar la madera del
armazón. Hawkmoon y Katinka van Bak se resistieron a aceptar el obsequio del
príncipe Karl, pero el hombre insistió.
—Es lo más adecuado para este tiempo. Vuestros caballos os seguirán y estarán
frescos cuando los necesitéis.
Ocho caballos castrados tiraban del trineo, atados a un arnés de piel negra y plata.
Se habían fijado campanas al arnés, aunque estaban bien envueltas para ahogar el
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ruido.
Nevaba con intensidad y la carretera que conducía a Pesht estaba resbaladiza. Era
lógico utilizar el trineo en tales circunstancias. El trineo iba cargado de provisiones y
pieles, y contaba con una capota que podía alzarse rápidamente si el tiempo
empeoraba. Tenían artefactos antiguos, primos lejanos de las lanzas flamígeras, para
preparar la comida, variada y suficiente para alimentar a un pequeño ejercito. El
príncipe Karl no había dicho que estaba encantado de recibirles por mera cortesía.
Jhary-a-Conel aceptó sin ambages el trineo. Rió de placer cuando subió y se sentó
entre una profusión de pieles carísimas.
—Recordad cuando erais Urlik —dijo a Hawkmoon—. Urlik Skarsol, príncipe
del Hielo Austral. ¡Tiraban osos de vuestro carruaje!
—No recuerdo esa experiencia —replicó Hawkmoon—. Me gustaría saber por
qué os empeñáis en proseguir esta farsa.
—Bueno, quizá lo entenderéis más tarde —repuso filosóficamente Jhary.
El príncipe Karl de Pesht se despidió de ellos en persona, y agitó la mano desde
las impresionantes murallas de la ciudad hasta que se perdieron de vista.
El enorme trineo se desplazaba a gran velocidad y Hawkmoon se preguntó por
qué experimentaba una mezcla de júbilo y recelo al viajar a tal velocidad. Una vez
más, Jhary había mencionado algo que despertaba un eco en su memoria. Sin
embargo, estaba seguro de que nunca había sido ese tal «Urlik»; a lo sumo, habría
soñado alguna vez ese nombre.
El ritmo del viaje se mantuvo constante, porque las condiciones climatológicas
jugaban a su favor. Los ocho caballos negros parecían incansables, y les acercaban
cada vez más a las Montañas Búlgaras.
Pese a todo, una aterradora sensación de familiaridad embargaba a Hawkmoon.
La imagen de un carruaje de plata, cuyas cuatro ruedas iban fijadas a esquíes, que
atravesaba implacablemente una gran llanura de hielo. Otra imagen, esta vez de un
barco…, pero un barco que surcaba otra llanura de hielo. Y no ocurría en los mismos
mundos; de eso estaba seguro. Ninguno era este mundo, su mundo. Intentó apartar
tales pensamientos de su mente, pero eran persistentes.
Quizá debería plantear sus dudas a Katinka van Bak y a Jhary-a-Conel, pero no se
decidía. Pensaba que las respuestas tal vez no le agradarían.
Continuaron el viaje bajo la nieve remolineante, el terreno se hizo bastante
empinado y la velocidad disminuyó un poco, aunque no demasiado.
A juzgar por lo que veía del paisaje circundante, no había señales de ataques
recientes. Hawkmoon, que sujetaba las riendas de los ocho caballos, expresó su
opinión a Katinka van Bak.
Su respuesta fue sucinta.
—No tiene por qué haberlos. Os dije que sólo asolaban el otro lado de las
montañas.
—Pues tiene que haber una explicación a eso, y si descubrimos la explicación
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encontraremos su punto débil.
Por fin, las carreteras se hicieron demasiado empinadas y los cascos de los
caballos patinaron en el hielo. La nieve había remitido y estaba anocheciendo.
Hawkmoon señaló un prado que se extendía bajo ellos.
—Los caballos pueden pastar allí. La hierba es aceptable. Y hay una cueva donde
podrán guarecerse. Es lo máximo que podemos hacer por ellos, me temo.
—Muy bien —dijo Katinka van Bak.
Consiguieron desviar de su camino a los caballos, no sin grandes esfuerzos, y
bajaron por el sendero hasta llegar al prado cubierto de nieve. Hawkmoon apartó la
nieve con la bota para indicar la hierba que crecía debajo, pero los caballos no
necesitaron su ayuda. Estaban acostumbrados a tales avatares y emplearon sus cascos
para quitar la nieve. Como casi había anochecido, los tres decidieron pasar la noche
en la cueva con los caballos, antes de continuar hacia las montañas.
—El tiempo juega a nuestro favor —indicó Hawkmoon—, porque nuestros
enemigos tienen menos posibilidades de vernos.
—Muy cierto —aprobó Katinka van Bak.
—Por otra parte, hemos de ser cautelosos —continuó Hawkmoon—, porque
tampoco los veremos hasta que los tengamos encima. ¿Conocéis esta zona, Katinka
van Bak?
—Bastante bien.
La mujer estaba encendiendo un fuego en el interior de la caverna, pues los
hornillos que les había proporcionado el príncipe para cocinar no servían para
calentar la cueva.
—Esto es ideal —comentó Jhary-a-Conel—. No me importaría pasar el resto del
invierno aquí. Reemprenderíamos el viaje cuando llegara la primavera.
Katinka le dirigió una mirada de desdén. Jhary sonrió y guardó silencio durante
un rato.
Cabalgaban bajo un cielo inexorable. No crecía nada en aquellas montañas, salvo
un poco de musgo agostado y algunos raquíticos abedules grises y pardos. Aves de
rapiña trazaban círculos entre los picos dentados. Sólo se oía el ruido de su
respiración, el repiqueteo de los cascos de los caballos sobre las rocas, su lento
avance. El paisaje que se divisaba desde aquellos senderos montañosos era
hermosísimo, pero también mortífero, frío, cruel. Muchos viajeros debían morir en
aquellos parajes durante el invierno.
Hawkmoon se había puesto un espeso pellejo sobre sus ropas de piel. Aunque
sudaba, no quería quitarse ninguna prenda por temor a quedarse congelado. Los
demás también iban bien arropados: capuchas, guantes, botas y abrigos. Los senderos
descendían en muy pocas ocasiones, pero volvían a ascender en la siguiente revuelta.
El aspecto de las montañas, pese a su belleza mortífera, era apacible. Una
inmensa sensación de paz reinaba en los valles, y Hawkmoon apenas podía creer que
un ejército de bandidos se ocultara en ellas. Nada indicaba que las montañas hubieran
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sido invadidas. A veces, tenía la sensación de ser el primer hombre que seguía aquella
senda. Aunque la progresión era lenta y fatigosa, no se había sentido tan relajado
desde que era niño, cuando su padre gobernaba Colonia. Su única responsabilidad era
sencilla: seguir con vida.
Y por fin llegaron a una senda algo más amplia, donde Hawkmoon pudo moverse
a sus anchas, tal como deseaba. La senda desembocaba de repente en la entrada de
una enorme cueva oscura.
—¿Qué es esto? —preguntó Hawkmoon a Katinka—. Parece un callejón sin
salida. ¿Es un túnel?
—Sí —contestó la mujer—. Es un túnel.
—¿Cuánto nos quedará de viaje cuando lleguemos al otro extremo del túnel?
Hawkmoon se apoyó contra la pared rocosa, junto a la entrada del túnel.
—Eso depende —fue la misteriosa contestación de Katinka van Bak, que no
añadió nada más.
Hawkmoon estaba demasiado débil para preguntar qué quería decir. Se internó en
el túnel, guiando a su caballo por la brida, contento de que la nieve ya no dificultara
su paso. Hacía calor en la cueva y olía a primavera. Sólo Hawkmoon se dio cuenta, y
los otros dos se preguntaron si algún perfume se había adherido a su enorme capa de
piel. El suelo de la caverna era llano y caminaron con mayor facilidad.
—Cuesta creer que este lugar sea obra de la naturaleza —dijo Hawkmoon—. Es
una maravilla.
Tras una hora de caminata, sin que se viera el final del túnel, Hawkmoon empezó
a ponerse nervioso.
—No puede ser natural —masculló.
Palpó las paredes, pero nada indicaba que hubieran sido creadas por herramientas.
Se volvió hacia sus acompañantes y pensó, en la oscuridad, que distinguía
expresiones extrañas en sus rostros.
—¿Cuál es vuestra opinión? Ya conocéis este lugar, Katinka van Bak. ¿Es
mencionado en las leyendas o en los libros de historia?
—En algunos —admitió la mujer—. Sigue adelante, Hawkmoon. Pronto
llegaremos al otro lado.
—¿A dónde conduce?
Se giró en redondo. La antorcha que sujetaba en la mano teñía su rostro de un rojo
demoníaco.
—¿Al mismísimo campamento del Imperio Oscuro? ¿Trabajáis los dos para mis
viejos enemigos? ¿Se trata de una celada? ¡Ninguno de los dos me habéis dicho la
verdad!
—No estamos al servicio de vuestros enemigos —dijo Katinka van Bak—.
Seguid, Hawkmoon, os lo ruego, ¿o preferís que vaya yo al frente?
Dio un paso adelante.
Hawkmoon se llevó la mano instintivamente al pomo de la espada, echando hacia
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atrás su capa de piel.
—No. Confío en vos, Katinka van Bak, aunque olfateo una trampa. ¿Por qué?
—¡Debéis seguir adelante, señor campeón! —dijo en voz baja Jhary-a-Conel,
mientras acariciaba el pelaje de su gato blanco y negro, que asomaba la cabeza por su
justillo—. Es vuestro deber.
—¿Campeón? ¿Campeón de qué? —La mano de Hawkmoon aún aferraba el
pomo de su espada—. ¿De qué?
—Campeón Eterno —respondió Jhary-a-Conel, aún en voz baja—. Soldado del
destino…
—¡No!
Aunque las palabras carecían de sentido, su sonido resultó insoportable a
Hawkmoon.
—¡No!
Se llevó las manos enguantadas a los oídos.
Y fue en aquel momento cuando sus amigos se precipitaron sobre él.
No estaba tan fuerte como antes de sumirse en la locura. La subida le había
agotado. Luchó contra ellos, hasta que el puñal de Katinka van Bak rozó su ojo y oyó
que la mujer susurraba en sus oídos:
—Mataros es la mejor forma de lograr nuestros propósitos, Hawkmoon —dijo—,
pero lo considero una grosería. Además, no me decido a separaros de este cuerpo, por
si deseáis regresar a él. Por lo tanto, sólo os mataré si me ponéis las cosas muy
difíciles. ¿Me entendéis?
—Olfateaba la traición —replicó Hawkmoon, sin dejar de debatirse—, cuando
pensaba oler a primavera. Olía a traición, en realidad. Traición disfrazada de amistad.
Uno de los dos apagó la antorcha. La oscuridad descendió sobre ellos y
Hawkmoon oyó el eco de sus palabras.
—¿Dónde estamos? —Notó que el puñal arañaba su ojo de nuevo—. ¿Qué me
vais a hacer?
—Era la única forma —dijo Katinka van Bak—. Era la única manera, campeón.
Era la primera vez que le llamaba así, aunque Jhary había utilizado el término con
frecuencia.
—¿Dónde estamos? —repitió—. ¿Dónde?
—Ojalá lo supiera —musitó Katinka van Bak, como entristecida.
A continuación, le golpeó en la nuca con su guantelete. Por un momento,
Hawkmoon pensó que no iba a perder la conciencia, pero entonces se dio cuenta de
que las rodillas le fallaban.
Después, tuvo la sensación de que su cuerpo se alejaba de él y se perdía en la
oscuridad de la cueva.
Y por fin comprendió que el golpe había logrado lo que pretendía.
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Libro segundo
Regreso al hogar
[Link] - Página 44
I
Ilian de Garathorm
[Link] - Página 45
pero similares a los sueños que había tenido en el castillo de Brass. ¿O los había
tenido en otro lugar? ¿En Melniboné? ¿En Loos Ptokai? ¿En el castillo de Erorn, a la
orilla del mar? ¿A bordo de aquel extraño bajel que navegaba más allá de la Tierra?
¿Dónde? ¿Dónde los había soñado?
Y entonces supo que los había soñado en todos aquellos lugares y que los volvería
a soñar en todos aquellos lugares.
Sabía que el Tiempo no existía.
Pasado, presente y futuro eran lo mismo. Existían en el mismo momento… y no
existían en ningún momento.
Era Urlik Skarsol, príncipe del Hielo Austral y su carruaje era arrastrado por osos,
que se deslizaban sobre el cielo bajo un sol agonizante. Avanzaba hacia un objetivo.
Buscaba, al igual que Hawkmoon buscaba a Yisselda, a una mujer inalcanzable.
Ermizhad. Y Ermizhad no había amado a Urlik Skarsol. Había amado a Erekosë. Pero
Erekosë también era Urlik Skarsol.
Tanelorn. Ése era el objetivo de Urlik.
Tanelorn. ¿No sería también del de Hawkmoon?
El nombre le era familiar, pero ya había encontrado Tanelorn muchas veces.
Incluso había vivido allí en una ocasión, y cada vez era diferente.
¿Qué Tanelorn debía buscar?
Y había una espada. Una espada que se manifestaba de múltiples maneras. Una
espada negra, aunque a menudo se disfrazaba. Una espada…
Ilian de Garathorm poseía una buena espada. Ilian la buscó, pero no la encontró.
Las manos de Ilian tocaron cota de mallas, seda, carne. Las manos de Ilian tocaron
césped fresco y la nariz de Ilian percibió el esplendor de la primavera. Los ojos de
Ilian se abrieron. Vio a dos extraños, un joven y una mujer de edad avanzada. Con
todo, sus rostros le resultaron familiares…
—Katinka van… —dijo Hawkmoon, pero Ilian se olvidó del resto del nombre.
Hawkmoon palpó su cuerpo y se quedó estupefacto—. ¿Qué habéis hecho…?
Ilian se preguntó qué querían decir aquellas palabras, a pesar de que habían
surgido de la boca de Ilian.
—Bienvenida, Ilian de Garathorm, Campeón Eterno —sonrió el joven.
Un gatito blanco y negro descansaba sobre su hombro. El gato tenía un par de
alas dobladas sobre el lomo.
—Hasta la vista, Hawkmoon…, de momento —dijo la mujer, cubierta de pies a
cabeza por una armadura de batalla.
—¿Hawkmoon? —musitó Ilian—. Me suena ese nombre. Por un momento, creí
que me llamaba Urlik Skarsol. ¿Quiénes sois?
El joven hizo una reverencia y dejó de lado el paternalismo burlón y la
condescendencia a la que Ilian ya se había acostumbrado, incluso en la corte.
—Soy Jhary-a-Conel. Y esta dama es Katinka van Bak, de la que tal vez os
acordéis.
[Link] - Página 46
Ilian frunció el ceño.
—Sí… Katinka van Bak. Me salvasteis la vida cuando la banda de Ymryl me
persiguió…
Por un momento, Ilian perdió la memoria.
—¿Qué me habéis hecho, Katinka van Bak? —dijo Hawkmoon, mediante los
labios de Ilian. Palpó su cuerpo, horrorizado. Su piel era más suave, sus formas
diferentes, su estatura menor—. Me habéis convertido en… ¡en una mujer!
Jhary-a-Conel se inclinó hacia adelante, con los ojos anormalmente brillantes.
—Era preciso. Sois Ilian de Garathorm. Este mundo necesita a Ilian. Confiad en
nosotros. También beneficiará a Hawkmoon.
—Os habéis conchabado. ¡No hay ningún ejército en las Montañas Búlgaras! Ese
túnel…
—Conduce aquí. A Garathorm —dijo Katinka van Bak—. Descubrí este pasillo
interdimensional cuando me oculté del Imperio Oscuro. Estaba aquí cuando Ymryl y
los demás llegaron. Salvé vuestra vida, Ilian, pero consiguieron robaros el alma
gracias a la brujería. Yo sufría por Garathorm. Entonces, me encontré con Jhary.
Imaginó una solución. Hawkmoon estaba a punto de morir. Como una manifestación
más del Campeón Eterno, su alma podía sustituir a la de Ilian, porque ella es otra de
dichas manifestaciones. Sabía que mi historia os arrastraría hacia aquí, a través del
túnel. El ejército que describí asuela las tierras situadas al otro lado de las Montañas
Búlgaras. Asuela Garathorm.
A Hawkmoon le daba vueltas la cabeza.
—No entiendo. ¿Ocupo el cuerpo de otra persona? ¿Es eso lo que estáis diciendo?
¡Sólo puede ser obra del Imperio Oscuro!
—¡Os doy mi palabra de que no es así! —dijo Katinka van Bak con toda seriedad.
—De todos modos, creo que el Imperio Oscuro tiene su parte de responsabilidad
en esta catástrofe —intervino Jhary-a-Conel—. Aún hay que descubrir cuál. En
cualquier caso, sólo como Ilian podéis enfrentaros a los actuales gobernantes de este
mundo. Es el sino de Ilian, y únicamente de Ilian. Hawkmoon fracasaría…
—De modo que me habéis encarcelado en este cuerpo de mujer… Pero ¿cómo?
¿Mediante qué hechizos?
Jhary contempló la tierra cubierta de hierba.
—Soy bastante ducho en esas artes, pero debéis olvidar que sois Hawkmoon. No
hay sitio para Hawkmoon en Garathorm. Debéis ser Ilian, o nuestro esfuerzo no
servirá de nada. Ilian, a la que Ymryl deseaba. Y como no pudo poseerla, robó su
alma. Ni siquiera Ymryl se dio cuenta de lo que hacía, porque el sino de Ilian era
luchar contra él. Ymryl sólo os ve, Ilian, como una mujer deseable, pese a tratarse de
un feroz enemigo que lanzó a los restos del ejército de su padre contra él.
—Ymryl. —Hawkmoon intentó aferrarse a su identidad, pero se le escapó de
nuevo—. Ymryl, que sirve al Caos. Ymryl, el Cuerno Amarillo. Aparecieron como
por arte de magia y Garathorm cayó en sus manos. Recuerdo los incendios, ay.
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Recuerdo a mi padre, el bondadoso Pyran. Pese a que le repugnaba la guerra,
combatió durante mucho tiempo a Ymryl…
—Y más tarde os apoderasteis de la bandera flamígera de Pyran. ¿Os acordáis,
Ilian? Cogisteis aquella bandera de fuego, famosa en toda Garathorm, y os dirigisteis
contra las fuerzas de Ymryl… —dijo en voz baja Katinka van Bak—. Mientras viví
en la corte del Pyran, tras mi huida del Imperio Oscuro, os instruí en el manejo de la
espada, el hacha y el escudo, y pusisteis mis enseñanzas en práctica de manera
espléndida, hasta que vos y yo fuimos los únicos supervivientes en el campo de
batalla.
—Me acuerdo —dijo Ilian—. Y nos perdonaron la vida porque les divirtió
descubrir que éramos mujeres. ¡Ay, la humillación que experimenté cuando Ymryl
me arrancó el yelmo de la cabeza! «Gobernarás a mi lado», dijo, y extendió una
mano, todavía manchada con la sangre de mi pueblo, y tocó mi cuerpo. Oh, claro que
me acuerdo. —La voz de Ilian había adoptado un tono duro y feroz—. Y recuerdo
que fue entonces cuando juré matarle, pero sólo había un forma y fui incapaz de
plegarme a ella. No pude. Me encarceló, por resistirme a sus avances…
—Y así pude rescataros. Huimos. Su banda nos persiguió. Luchamos y la
destruimos, pero los hechiceros de Ymryl nos localizaron. Loco de furor, les ordenó
que os robaran el alma.
—Ah, sí. Atacaron. No recuerdo nada más.
—Estábamos escondidas en una cueva. Yo abrigaba la idea de conduciros a mi
mundo, donde pensaba que estaríais a salvo, pero cuando vuestra alma os fue
arrebatada ya no valió la pena. Encontré a Jhary-a-Conel, que había sido traído a
Garathorm por las mismas fuerzas que habían traído a Ymryl. Entre los dos
decidimos los pasos a seguir. Vuestra mente aún guardaba sus recuerdos, pero faltaba
algo, una esencia. Teníamos que encontrar una nueva alma. Y Hawkmoon, que se
pudría en su torre del castillo de Brass, no utilizaba la suya. Hicimos lo que debíamos
hacer, aún con grandes recelos. Y ahora, tenéis alma otra vez.
—¿Qué hay de Ymryl?
—Os cree muerta. Sin duda os ha olvidado y cree que gobierna Garathorm sin
nada que temer. Su ejército de escoria asola todo el país. Con todo, esos seres no han
podido destruir la belleza de Garathorm.
—Garathorm aún es bella —reconoció Ilian.
Desde la entrada de la caverna, en la ladera de la colina, contempló su mundo con
ojos nuevos, como si lo viera por primera vez.
No lejos divisó la linde del gran bosque, el bosque que cubría el único continente
de este mundo. Salvo Garathorm, todo lo demás era mar, en el que flotaba la pequeña
isla. Y los árboles eran enormes. Algunos alcanzaban una altura de varias decenas de
metros.
En el inmenso cielo azul brillaba un gigantesco sol dorado, cuyos rayos bañaban
las corolas de las flores, que medían más de seis metros de ancho. La intensidad de
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sus colores era casi cegadora. Predominaban los escarlatas, los púrpuras y los
amarillos. Entre ellas volaban mariposas de proporciones comparables a las de las
flores, y de colores aún más intensos. Las alas de un insecto, particularmente
hermoso, medían casi sesenta centímetros de largo. Y entre los troncos de los árboles,
invadidos de enredaderas, aleteaban grandes pájaros, cuyo plumaje brillaba en el
corazón del bosque. Ilian sabía que los humanos no debían temer nada de los pájaros
y animales que habitaban el bosque. Respiró el sofocante aire con satisfacción y
sonrió.
—Sí, soy Ilian de Garathorm —dijo—. ¿Quién no desearía serlo? ¿Quién querría
vivir en otro lugar que no fuera Garathorm, aún en estos tiempos?
—Exactamente —dijo Jhary-a-Conel, algo más tranquilizado.
Katinka van Bak desenrolló una gran capa de piel que Ilian no recordaba haber
visto antes. La capa contenía varios tarros de piedra. Las tapas de los tarros estaban
selladas con cera.
—Conservas —explicó la mujer—. Carne, fruta y verduras. Tenemos para varios
días. Comamos.
Y mientras comían, Ilian recordó los terrores de los últimos meses.
Garathorm se había convertido en un país unificado dos siglos antes, gracias a la
diplomacia (por no mencionar la sed de poder) de los antepasados de Ilian. Durante
aquellos doscientos años, la paz y la prosperidad habían reinado sobre todos los
habitantes del gran continente boscoso. El conocimiento floreció, así como las artes.
La capital de Garathorm, la ciudad negra de Virinthorm, había crecido mucho. Sus
suburbios se alejaban varios kilómetros de la ciudad vieja, bajo las ramas de los
inmensos árboles, que protegían Garathorm de las torrenciales lluvias que caían sobre
la ciudad un mes al ano. Se decía que en épocas pretéritas habían existido otros
continentes y Garathorm era un desierto. Después, algún cataclismo barrió la Tierra y
tal vez fundió el hielo de los polos, y cuando el cataclismo concluyó sólo quedó
Garathorm. Y Garathorm había cambiado; el follaje creció en grandes proporciones.
Se desconocía el motivo. Los eruditos de Garathorm aún no habían encontrado la
respuesta. Tal vez yacía en el mar, en las tierras hundidas.
Veinte años antes, Pyran, padre de Ilian, había accedido al trono cuando murió su
tío. Ilian había nacido justo dos años atrás. Y el reinado de Pyran dio comienzo a lo
que muchos creían que iba a ser la Edad de Oro de Garathorm. Ilian creció en una
atmósfera plácida y feliz. Siempre activa, pasaba mucho tiempo cabalgando a lomos
de las vayna, una especie de avestruces. Las vayna alcanzaban notable velocidad
cuando corrían sobre el suelo, y casi la misma sobre las gruesas ramas de los árboles,
saltando de rama en rama con un jinete encima. Era uno de los pasatiempos más
emocionantes de Garathorm. Y cuando, varios años antes, Katinka van Bak llegó de
repente a la corte del rey Pyran, exhausta, confusa y al borde de la muerte, Ilian se
encariñó de ella al instante. La historia de Katinka era muy extraña. De alguna
manera, había viajado a través del tiempo (aunque ignoraba si hacia el pasado o hacia
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el futuro), después de huir de sus enemigos, que la habían derrotado en una gran
batalla. Los detalles de su viaje temporal eran vagos, pero la corte no había tardado
en aceptarla con agrado y, para mantenerse ocupada y ayudar a Ilian al mismo
tiempo, había accedido a enseñar artes marciales a la muchacha. En Garathorm no
había soldados. Tan sólo existía una guardia ceremonial y escasos grupos dispersos
cuya misión consistía en proteger a las granjas más alejadas de las pocas alimañas
que aún quedaban en Garathorm. Sin embargo, Ilian blandió la espada y el hacha
como si fuera la hija de algún gran guerrero. Y le complació en extremo aprender
todo cuanto Katinka van Bak le enseñaba. Aunque su infancia había sido muy feliz,
siempre tuvo la sensación de que le faltaba algo, hasta este momento.
Su entusiasmo por tales arcanos divertía a su padre, y su euforia contagió a
muchos jóvenes de la corte. Con el tiempo, fueron centenares los chicos y chicas que
manejaban con desenvoltura la espada y el escudo, y complicados torneos incruentos
se convirtieron en el plato fuerte de las festividades celebradas en la corte.
Tal vez no fuera coincidencia, sino una maniobra del destino, lo que preparó un
pequeño pero muy diestro ejército para cuando llegara Ymryl.
Ymryl cayó de repente sobre Virinthorm. Vagos rumores precedieron a su llegada
y el rey Pyran envió emisarios a investigar los inquietantes informes procedentes de
los rincones más alejados del continente. Antes de que los emisarios regresaran,
Ymryl ya había hecho acto de presencia. Se supo después que encabezaba un
numeroso ejército que había invadido toda Garathorm y tomado las principales
ciudades en cuestión de semanas. Al principio, se pensó que habían venido de algún
país desconocido hasta el momento allende los mares pero no había pruebas a ese
respecto. Como Katinka van Bak, Ymryl y sus compinches habían llegado de forma
misteriosa a Garathorm. Ni siquiera ellos parecían saber cómo lo habían conseguido.
Se dejaron de lado las especulaciones sobre su origen. Se dedicaron todos los
esfuerzos a oponerles resistencia. Se pidió a los eruditos que inventaran armas, y a los
ingenieros que emplearan sus conocimientos en concebir métodos de destrucción. No
estaban acostumbrados a pensar en esos términos y pocas armas fueron producidas.
Katinka van Bak, Ilian y unos doscientos más lucharon contra el ejército de Ymryl y
consiguieron algunas victorias en escaramuzas, pero cuando Ymryl estuvo preparado
para avanzar hacia la ciudad bajo los árboles, avanzó. Fue imposible detenerle. Dos
batallas tuvieron lugar en el enorme claro que se extendía frente a la ciudad. En la
primera, el rey Pyran salió con la antigua bandera de guerra de sus antepasados, la
bandera flamígera, que ardía con un extraño fuego y cuya tela nunca se quemaba. Se
lanzó contra Ymryl con aquella bandera en la mano, al frente de un ejército mal
armado y compuesto por ciudadanos inexpertos. El rey Pyran y su gente fueron
exterminados. Ilian apenas tuvo tiempo de arrancarle la bandera de la mano y huir
con los restos de sus guerreros profesionales, aquellos que en el pasado habían
compartido su entusiasmo por las artes militares y que en breve plazo se habían
convertido en endurecidos veteranos.
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Tuvo lugar una última batalla, en la que Ilian y Katinka van Bak se pusieron al
frente de varios cientos de supervivientes y atacaron a Ymryl. Opusieron feroz
resistencia y acabaron con muchos de los invasores, pero al final fueron vencidos.
Ilian ignoraba si algunos de los suyos habían podido escapar, pero daba la impresión
de que no había supervivientes, a excepción de Katinka van Bak y ella.
Después, fueron capturadas. Ymryl ardió en deseos de poseerla en cuanto la vio,
adivinando además que, con ella a su lado, no tendría ninguna dificultad en gobernar
a los ciudadanos que aún se escondían en los bosques más allá de Virinthorm y
mataban a sus hombres cuando caía la noche.
Cuando ella se resistió, dio orden de que la encarcelaran, de que sólo debía
dormir y comer lo suficiente para seguir con vida. Sabía que, pasado un tiempo,
accedería a sus deseos.
Y ahora, mientras comía, Ilian recordó de repente lo que había hecho. Algo que
Katinka van Bak había callado. Ilian apenas pudo engullir la comida cuando se volvió
y clavó una mirada penetrante en Katinka van Bak.
—¿Por qué no me habéis recordado lo de mi hermano? —preguntó con frialdad.
—No fue culpa vuestra —respondió Katinka van Bak. La mujer bajó la mirada—.
Yo hubiera hecho lo mismo que vos. Cualquiera lo habría hecho. Os torturaron.
—Y yo se lo dije. Les dije donde estaba escondido. Le encontraron y le
asesinaron.
—Os torturaron —insistió Katinka van Bak—. Destrozaron vuestro cuerpo. Lo
ultrajaron. No os dejaron dormir. No os dejaron comer. Querían dos cosas de vos.
Sólo les disteis una. ¡Fue todo un triunfo!
—Queréis decir que, en lugar de entregarme, entregué a mi hermano. ¿Llamáis a
eso un triunfo?
—En aquellas circunstancias, sí. Olvidadlo, Ilian. Aún podemos vengar a vuestro
hermano… y a los demás.
—Mucho he de hacer para expiar aquel crimen —dijo Ilian.
Había lágrimas en sus ojos y trató de contenerlas.
—Sea como sea, hay mucho que hacer —dijo Jhary-a-Conel.
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II
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La cama estaba desecha y muy desordenada. Por todas partes se veían diseminadas
copas de vino vacías, y había señales de que se había derramado mucho vino por toda
la habitación en el curso de semanas o meses. En la cama yacía un hombre desnudo.
A su lado, dormían dos muchachas, estrechamente abrazadas. Había cortes y
magulladuras en sus cuerpos. Las dos tenían el cabello negro y la piel pálida. El
cabello del hombre era de un vivo color amarillo, tal vez teñido. El vello de su cuerpo
no era del mismo color, sino de un castaño rojizo. Tenía un cuerpo muy musculoso y
debía medir, como mínimo, dos metros de largo. La cabeza era grande y ahusada
desde los anchos pómulos a la mandíbula; una cabeza brutal y poderosa, aunque
emanaba cierta sensación de debilidad. El mentón puntiagudo y la boca cruel afeaban
la cara (aunque tal vez alguien la encontrara atractiva) hasta crear un conjunto
extrañamente repulsivo.
Era Ymryl.
Un cuerno de ámbar recubierto de plata colgaba mediante una cuerda de su
grueso cuello.
Ymryl, el Cuerno Amarillo.
Y el cuerno se oía desde kilómetros de distancia, por si necesitaba convocar a sus
hombres. Se decía que las notas del cuerno también podían oírse en otras partes. Se
decía que podían oírse en el Infierno, donde Ymryl tenía camaradas.
Ymryl se removió, como si hubiera notado la presencia del gato. Éste se deslizó
enseguida hacia un saliente de la pared más alejada. En otro tiempo habían colgado
trofeos de ella, pero el escudo de oro ganado por los antepasados de Ilian había sido
quitado meses antes. Ymryl tosió, gruñó y abrió los ojos un poco. Rodó sobre la
cama, apoyó los codos sobre el culo de una chica y se sirvió vino de la jarra que
descansaba sobre la mesilla de noche. Vació la copa, sorbió por la nariz y se
incorporó en la cama.
—¡Garko! —ladró Ymryl—. ¡Ven, Garko!
Un ser salió trotando de otra habitación. Tenía cuatro piernas cortas, un torso
redondo en el que estaba sepultada la cara y largos brazos delgados, terminados en
unas enormes manos.
—¿Sí, amo? —susurró Garko.
—¿Qué hora es?
—Ya ha anochecido, amo.
—Así que he dormido todo el día, ¿eh? —Ymryl se levantó y se puso una bata
sucia, robada del guardarropa del rey—. Otro día aburrido, sin duda. ¿No hay noticias
del oeste?
—No. Si pensaran atacar, a estas alturas ya lo sabríamos, señor.
—Supongo que sí. ¡Por Arioch! Me aburro, Garko. Empiezo a sospechar que
estamos aquí como castigo. Ojalá supiera en qué he ofendido a los Señores del Caos,
si ése es el caso. Al principio, pensamos que nos habían dado un paraíso para que lo
saqueáramos. Poca gente tenía idea de lo que era la guerra. Fue facilísimo conquistar
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sus ciudades. Y ahora no tenemos nada que hacer. ¿Cómo van los experimentos del
hechicero?
—Sus intentos de poner en funcionamiento la máquina para viajar por las
dimensiones han fracasado. Tengo poca fe en él, amo.
Ymryl sorbió por la nariz.
—Bueno, mató a la joven por mí…, o algo por el estilo. Y a distancia. Fue muy
ingenioso. Quizá descubrirá la forma de sacarnos de aquí.
—Quizá, amo.
—No entiendo por qué ni los más poderosos de nosotros seguimos sin tener
noticia de los Señores del Caos. Si no fuera Ymryl, el Cuerno Amarillo, si fuera un
hombre inferior, me sentiría abandonado. En mi mundo, Garko, goberné una gran
nación. Y la goberné en nombre del Caos. Me sacrifiqué mucho por Arioch, Garko.
Muchísimo.
—Ya me lo habíais dicho, amo.
—Y otros eran reyes en sus mundos. Algunos gobernaban imperios. Y ninguno
hemos compartido el mismo tiempo, ni siquiera el mismo plano, por lo visto. Eso es
lo que me desconcierta. Cada ser, humano o inhumano, como tú, llegó aquí en el
mismo momento, desde un mundo diferente. Sólo pudo ser obra de Arioch, o de
algún otro Señor del Caos poderoso, porque todos, o la gran mayoría, somos
servidores de aquellos grandes Señores de la Entropía, pero Arioch continua sin
explicarnos el motivo de nuestra presencia aquí.
—Quizá no haya ninguno, amo.
Ymryl resopló y golpeó a Garko en la cabeza, aunque sin mucha fuerza.
—Arioch siempre tiene un motivo. Y es bueno con aquellos que le sirven sin
hacer preguntas, tal como yo le serví durante muchos años en mi mundo. Al
principio, pensé que esto era la recompensa…
Ymryl se acercó con la copa y la jarra a la ventana y contempló la ciudad que
había conquistado, mientras se servía más vino. Ladeó su cabeza amarilla y bebió el
vino.
—Me aburro tanto, tanto. Pensaba que los conquistadores de las provincias
occidentales habrían intentado atacarnos, impulsados por la codicia, pero por lo visto
son tan cautelosos como yo. No quieren provocar la cólera de Arioch, enfrentándose
entre sí. Sin embargo, estoy empezando a cambiar de opinión a ese respecto. Creo
que Arioch quiere que luchemos. Desea descubrir quién es el más fuerte. Quizá por
eso nos trajo aquí. A modo de prueba, ¿entiendes, Garko?
—Una prueba. Entiendo, amo.
Ymryl resopló.
—Llama al hechicero. Quiero consultarle. Puede que me ayude a comprender
algo.
—Le llamaré, amo.
Garko salió de la habitación.
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El gatito blanco y negro vio que Ymryl paseaba arriba y abajo de la habitación,
abismado en sus pensamientos. El hombre desprendía una sensación de inmensa
fuerza física, pero también una indecisión que tal vez no siempre había mostrado.
Quizá antes de someterse a los dictados del Caos había sido más fuerte. Se decía con
frecuencia que el Caos moldeaba a quienes le servían…, y no siempre físicamente.
En un momento dado, Ymryl se detuvo y miró a su alrededor, como si intuyera de
nuevo la presencia del gato, pero levantó la cabeza y murmuró:
—¡Arioch! ¡Arioch! ¿Por qué no venís? ¿Por qué no enviáis un mensajero?
Ymryl aguardó unos momentos, expectante; después, meneó la cabeza y continuó
paseando.
Garko regresó un rato después.
—El hechicero está aquí, amo.
—Que entre.
Una figura encorvada, ataviada con una túnica verde decorada con serpientes
negras, se deslizó en la habitación. Cubría su rostro con una máscara que
representaba una serpiente a punto de atacar. La máscara estaba hecha de platino
grabado, y piedras preciosas formaban los detalles.
—¿Para qué me habéis llamado, Cuerno Amarillo? —La voz del hechicero era
algo apagada, levemente quejumbrosa, pero dentro de todo, deferente—. Estaba
enfrascado en un experimento.
—El experimento, si tiene tanto éxito como los demás, puede esperar un poco,
barón Kalan.
—Supongo que tenéis razón. —La máscara de serpiente se movió de un lado a
otro cuando su dueño examinó la habitación, muy iluminada—. ¿De qué queréis
hablar conmigo, Ymryl?
—Deseaba conocer vuestro análisis de la situación. Ya sabéis mi opinión, que
estamos aquí como consecuencia de algún plan forjado por los Señores del Caos…
—Sí, y como ya sabéis, no conozco a estos seres sobrenaturales. Soy un
científico. Si esos seres existen, parece que son tortuosos hasta el extremo de la
estupidez…
—¡Silencio! —Ymryl levantó una mano—. Tolero vuestras blasfemias, barón
Kalan, porque respeto vuestro talento. Os aseguro que el duque Arioch del Caos y los
demás no sólo existen, sino que se interesan mucho por los asuntos de la humanidad,
en todas las esferas de su existencia.
—Muy bien. Si debo aceptar ese hecho, tampoco entiendo por qué no se
manifiestan. Mis teorías se basan en mis experiencias. Mis experimentos en el campo
de la manipulación del tiempo han provocado una inmensa desestructuración, cuyo
resultado, entre otras cosas, es este fenómeno en particular. Como vos, yo también
tengo la sensación de estar varado en este lugar. Todos mis esfuerzos por enviar la
pirámide a través de las dimensiones se han saldado con el fracaso, lo reconozco. Es
un problema cuya respuesta se me escapa. Ha tenido lugar una conjunción de planos,
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pero no sé por qué se ha reunido en este mundo tanta gente de tantos planos
diferentes.
Ymryl bostezó y toqueteó su cuerno amarillo.
—En conclusión, no sabéis nada.
—Os aseguro, Ymryl, que estoy trabajando en el problema, pero debo hacerlo a
mi manera…
—Oh, no os estoy culpando, hechicero. Lo más irónico de la situación es que,
pese a la cantidad de personas inteligentes congregadas aquí, ninguna es capaz de
solucionar el problema. Los idiomas que hablamos suenan igual, pero todos son
esencialmente diferentes. Los términos no son los mismos. Nuestras referencias no
son las mismas. Yo llamo brujería a lo que vos llamáis «ciencia». Yo hablo de dioses
y vos habláis de principios científicos. Todo es lo mismo, pero las palabras nos
confunden.
—Sois un hombre inteligente, Ymryl, os lo aseguro. Me pregunto por qué perdéis
el tiempo de esa forma. Da la impresión de que matar, fornicar o beber no os
proporcionan excesivo placer…
—Os estáis pasando, y eso que soy tolerante —dijo Ymryl con suavidad—.
Tengo que pasar el tiempo de alguna manera, y estimo en poco la cultura, salvo
cuando me resulta útil. Vuestros conocimientos me han sido de utilidad
anteriormente. Vivo en la paciente esperanza de que volverán a serme útiles. Estoy
condenado, barón Kalan. Lo sé. Me condené en el momento en que acepté el
obsequio de este cuerno que cuelga de mi cuello. El cuerno que ayudó a convertirme
en el monarca de Hythiak, la nación más poderosa de mi mundo, cuando hasta aquel
momento sólo era el jefe de una banda de ladrones de ganado. —Ymryl sonrió—. El
duque Arioch en persona me dio el cuerno. Solicitaba la ayuda del Infierno siempre
que yo la necesitaba. Me hizo grande. Sin embargo, también me convirtió en un
esclavo: esclavo de los Señores del Caos. No puedo devolver este regalo, de la misma
forma que no puedo negarme a servirles. Y por estar condenado, la vida carece de
sentido para mí. Cuando era ladrón de ganado tenía ambiciones. Ahora, añoro
aquellos tiempos sencillos, cuando pasaba el tiempo bebiendo, matando y fornicando.
—La sonrisa de Ymryl se convirtió en una carcajada—. Da la impresión de que el
trato me ha reportado muy poco.
Rodeó con el brazo la encorvada espalda del hechicero y salió con él de la
habitación.
—Vamos. Quiero ver los progresos de vuestros experimentos.
El gatito se asomó al borde del saliente y miró hacia abajo. Las dos muchachas
seguían durmiendo, fundidas en su estrecho abrazo.
El gato oyó que las carcajadas de Ymryl despertaban ecos en la habitación. Saltó
desde el saliente, pasó por encima de la cama y salió por la ventana, de vuelta a
donde le aguardaba Jhary-a-Conel.
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III
Encuentro en el bosque
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perturbaban, se había sumido en un sombrío silencio desde que recordó su traición.
Nunca había visto el cadáver de Bradne, su hermano, aunque había oído que poco
quedaba de él cuando los jinetes de Ymryl volvieron con él a la ciudad, porque
Katinka van Bak lo había rescatado antes de que Ymryl pudiera regodearse en el
horror de Ilian.
Ymryl había previsto las consecuencias. Ilian, atormentada por su traición, habría
accedido a todas sus demandas. Se habría entregado a él, casi con agradecimiento,
como forma de expiar su culpa. Ilian silbó entre dientes al recordar sus sentimientos.
Bien, al menos había logrado frustrar las expectativas de Ymryl.
Magro consuelo, pensó Ilian con cinismo, pero no se sentiría mejor ahora aunque
se hubiera acostado con Ymryl. La entrega no la habría absuelto, tan sólo apaciguado
su histerismo momentáneo. Jamás podría tranquilizar su conciencia, pese a que sus
amigos no la culpaban de lo que había hecho, pero emplearía el odio que sentía en
una buena causa. Estaba decidida a destruir a Ymryl y a sus compinches, aún al
precio de su propia destrucción. Eso era lo que deseaba. No moriría antes de acabar
con Ymryl.
—Hemos de aceptar la posibilidad de que vuestros compatriotas se oculten de
nosotros —dijo Katinka Van Bak—. Los que aún luchan contra Ymryl habrán
adoptado grandes precauciones, sospechosos de que cualquiera pueda ser un traidor.
—Y en especial yo —dijo con amargura Ilian.
—Quizá no sepan que vuestro hermano fue capturado… —sugirió Jhary—, o
desconozcan las circunstancias que condujeron a su captura…
Ni siquiera él creía en sus propias palabras.
—Ymryl se habrá asegurado de que todo el mundo lo sepa —dijo Katinka Van
Bak—. Eso es lo que yo hubiera hecho en su lugar, y seguro que adornó los hechos
con la peor de las interpretaciones. Demostrado que la última heredera legítima es
una traidora, la moral de los rebeldes se debilitará y causarán menos problemas a
Ymryl. Yo también conquisté ciudades en mis buenos tiempos, y no dudo de que
Ymryl se haya apoderado de otras antes de Virinthorm. Si no os pudo utilizar de una
manera, Ilian, os habrá utilizado de otra.
—Cualquier interpretación de mi traición nunca será peor que la verdad, Katinka
van Bak —dijo Ilian de Virinthorm.
La aludida calló. Se humedeció los labios y clavó las espuelas en los ijares de su
caballo.
Durante la mayor parte del día avanzaron por el espeso bosque. Y cuanto más se
internaban, más oscuridad encontraban; una oscuridad fría verde, apacible, preñada
de intensos aromas. Estaban al noroeste de la ciudad y se alejaban más que se
acercaban a Virinthorm. Katinka van Bak tenía el presentimiento de saber donde
encontrarían a algunos de los supervivientes de Garathorm.
Por fin, desembocaron en un claro iluminado por el sol. Parpadearon por efecto
de la brillante luz y Katinka Van Bak señaló al otro lado del claro.
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Ilian distinguió sombras oscuras bajo los árboles. Formas melladas. Y recordó.
—Claro —exclamó—. ¡Tikaxil! Ymryl no sabe nada de la ciudad antigua.
Tikaxil había existido mucho antes que Garathorm. Fue una bulliciosa ciudad
comercial, cuna de los antepasados de Ilian. Una ciudad amurallada. Las murallas se
construyeron con gigantescos bosques de madera dura, disponiendo un bloque sobre
otro. La mayoría de tales bloques ya habían desaparecido, podridos por completo,
pero quedaban algunos fragmentos, así como una o dos casas de madera negra que, si
bien rodeadas de gruesas enredaderas y ramas bajas, se mantenían prácticamente
igual que en el momento de su edificación.
Los tres se detuvieron en mitad del claro y desmontaron, mirando con cautela a su
alrededor. Grandes ramas de árbol se agitaron sobre sus cabezas y sombras moteadas
se deslizaron por la hierba.
Ilian interpretó que las sombras móviles eran figuras. Cabía la posibilidad de que
fueran los hombres de Ymryl, y no sus compatriotas, quienes estuvieran acampados
aquí…, si es que alguien había acampado. No apartó la mano de la lanza flamígera,
dispuesta a repeler un ataque.
Katinka van Bak habló en voz alta.
—Si sois amigos nuestros, nos reconoceréis. Sabréis que hemos venido a unirnos
a vosotros contra Ymryl.
—Aquí no hay nadie —dijo Jhary-a-Conel. Desmontó del jamelgo y echó un
vistazo en derredor suyo—. Es un lugar estupendo para pasar la noche.
—Mirad: ésta es vuestra reina, Ilian, hija de Pyran. ¿Recordáis cuando empuñó la
espada flamígera y se enfrentó al ejército de Ymryl? Y yo soy Katinka Van Bak,
enemiga de Ymryl, como bien sabéis. Éste es Jhary-a-Conel. Sin su ayuda, vuestra
reina no estaría aquí ahora.
—Habláis a los pájaros y a las ardillas, Katinka van Bak —se burló Jhary-a-Conel
—. Aquí no hay nadie de Garathorm.
Aún no había acabado la frase cuando las redes cayeron y les envolvieron. La
mejor demostración de su larga experiencia fue que no se debatieron, sino que, con
toda calma, intentaron desenvainar las espadas, para cortar las redes y liberarse. Sin
embargo, tanto Katinka como Ilian aún no habían desmontado. Ilian trató de liberarse
a mandobles, pero su caballo relinchaba y piafaba, aterrorizado. Sólo Jhary había
desmontado y consiguió reptar por debajo de una red. Ya empuñaba la espada cuando
una pandilla de hombres y mujeres, todos armados, surgieron de las murallas
derruidas y se precipitaron sobre ellos.
Los brazos de Ilian se enredaban cada vez más en las duras fibras de la red y,
mientras se debatía, resbaló de la silla y cayó a tierra.
Alguien le propinó una patada en el estómago. Gimió de dolor y oyó que alguien
mascullaba insultos contra ella, aunque no comprendió lo que decía.
Era obvio que Katinka van Bak se había equivocado al juzgar la situación.
Aquellas personas no eran amigas.
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IV
Pacto
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Ymryl. Desecharnos equivale a desechar vuestra mejor posibilidad. Olvidad vuestro
odio a Ilian, al menos hasta que hayamos expulsado a Ymryl. ¡Contáis con escasos
recursos, amigos míos, para rechazar los mejores!
El joven de la cicatriz se llamaba Mysenal de Hinn y era pariente lejano de Ilian.
En otros tiempos se había sentido atraído por ella, como tantos otros jóvenes de la
corte. Mysenal frunció el ceño.
—Vuestras palabras son sensatas, Katinka van Bak, y nos aconsejasteis bien en el
pasado. Sin embargo, ¿cómo podremos saber que no estáis utilizando esas palabras
sensatas para engañarnos? Es posible que hayáis hecho un trato con Ymryl para
traicionarnos.
—Debéis recordar que soy Katinka van Bak. Jamás haría algo semejante.
—La reina Ilian traicionó a su propio hermano —recordó Mysenal.
Ilian cerró los ojos. Ahora sí experimentó dolor, pero no por las cuerdas que casi
segaban sus muñecas.
—Después de ser sometida a tormentos abominables —señaló Katinka,
impaciente—. Como vos habríais hecho, tal vez. ¿Tenéis alguna idea de la habilidad
de Ymryl en esas materias?
—Alguna —admitió Mysenal—, pero…
—Y si fuéramos aliados de Ymryl, ¿por qué habríamos acudido solos? Si
hubiéramos conocido el emplazamiento de vuestro campamento, nos habríamos
limitado a decírselo. Habría enviado un ejército a cogeros por sorpresa y destruiros…
—Por sorpresa, ni hablar. Tenemos guardias apostados en las ramas altas en dos
kilómetros a la redonda. Habríamos huido. Supimos que os acercabais y tuvimos
tiempo de prepararos la bienvenida, ¿no?
—Sí, pero mis argumentaciones continúan siendo válidas.
Mysenal de Hinn suspiró.
—Algunos de nosotros preferiríamos vengarnos de esa traidora antes que luchar
contra Ymryl. Algunos de nosotros pensamos que deberíamos establecernos aquí,
confiando en que Ymryl se olvide de nuestra existencia.
—No os olvidará. Está aburrido. Cazaros le divertirá. Se ha limitado a tolerar
vuestra presencia porque pensaba que los conquistadores del oeste se aprestaban a
atacar Virinthorm. Por eso concentra casi todas sus fuerzas en la ciudad. No obstante,
ahora sabe que no le amenaza un peligro inminente desde occidente. Se acordará de
vosotros.
—¿Los invasores se pelean entre ellos?
El tono de Mysenal demostró mayor interés.
—Aún no, pero es inevitable. Veo que comprendéis las implicaciones de ese dato.
Es lo que hemos venido a deciros, entre otras cosas.
—¡Si se pelean entre sí, tenemos una buena oportunidad de expulsar a los que
conquistaron Virinthorm! —Mysenal se acarició la cicatriz—. Sí. —Volvió a fruncir
el ceño—. Claro que esta información podría ser parte de vuestra treta para
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engañarnos…
—Os concedo que es una explicación muy rebuscada —dijo Jhary-a-Conel,
cansado—. ¿Por qué no aceptáis que hemos venido a ayudaros a derrotar a Ymryl? Es
la explicación más plausible.
—Yo les creo.
Era una chica quien había hablado. Lyfeth, una antigua amiga de Ilian, que había
sido amante de su hermano.
Las palabras de Lyfeth convencieron a los demás. Al fin y al cabo, era quien tenía
más motivos para odiar a Ilian.
—Creo que deberíamos bajarles, al menos de momento, y escuchar todo cuanto
tengan que decirnos. Recordad que Katinka van Bak fue la persona que organizó una
pequeña resistencia contra Ymryl. Y no tenemos nada contra su otro acompañante,
Jhary-a-Conel. También podría ser que…, que Ilian —le costó pronunciar el nombre
— quisiera expiar su traición. Tal vez yo también habría traicionado a Bradne si me
hubieran sometido a los tormentos que Katinka van Bak ha descrito. En un tiempo
fue amiga mía. La tenía en gran consideración, como todos. Ocupó con dignidad el
lugar de su padre. Sí, creo que estoy dispuesta a confiar en ella, con ciertas
reticencias.
Lyfeth avanzó hacia donde Ilian colgaba.
Ilian dejó caer la cabeza y cerró los ojos, incapaz de mirar a Lyfeth.
Pero Lyfeth extendió una firme mano, agarró la barbilla de Ilian y la obligó a
levantar la cabeza.
Ilian abrió los ojos y trató de mirar a Lyfeth. Los ojos de la joven eran
enigmáticos. Reflejaban odio, pero también compasión.
—Ódiame, Lyfeth de Ghant —susurró Ilian, para que sólo la oyera Lyfeth—. Será
suficiente. Pero también escúchame, porque no he venido a traicionarte.
Lyfeth se mordió el labio inferior. En otro tiempo había sido hermosa, más
hermosa que Ilian, pero sus rasgos se habían endurecido y su piel era pálida, áspera.
Llevaba el pelo corto, hasta la nuca. No utilizaba ningún adorno. Vestía una especie
de camisa verde, para camuflarse en el follaje, ceñida a la cintura con un ancho
cinturón trenzado, del que colgaban la espada y el cuchillo. Calzaba sandalias de
suela dura. Su indumentaria era idéntica a la de los demás. Ilian experimentó la
sensación de que iba demasiado vestida, con la cota de malla y las polainas.
—Carece de importancia que hayas venido o no a traicionarnos —dijo Lyfeth—,
porque sobran motivos para castigarte por la muerte de Bradne. Sé que es una opinión
poco civilizada, Ilian, pero la siento en el fondo de mi corazón. Sin embargo, si
cuentas con medios de derrotar a Ymryl, tendremos que escucharte. Katinka van Bak
ha razonado bien. —Lyfeth se apartó y dejó caer la cabeza de Ilian—. ¡Bajadles!
—El Cuerno Amarillo no tardará en hacer planes para atacar a occidente —dijo
Jhary-a-Conel.
Su gato había saltado sobre su hombro y lo acarició con aire ausente, mientras
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contaba a Mysenal y los demás lo que había averiguado por su mediación.
—¿Sabéis quién reina en occidente ahora?
—Un tal Kagat Bearclaw había conquistado las ciudades de Bekthorm y Rivensz
—dijo Lyfeth—, pero las últimas noticias apuntan a que fue asesinado por un rival y
hay un gobierno conjunto de dos o tres personas, entre ellos un individuo llamado
Arnald de Grovent, lo menos parecido a un hombre, pues posee cuerpo de león y
cabeza de mono, aunque anda sobre dos patas.
—Una criatura del Caos —musitó Jhary-a-Conel—. Hay muchas por aquí. ¡Es
como si Garathorm se hubiera convertido en un lugar al que son exiliados todos
aquellos que sirven al Caos! Una idea muy desagradable.
—Había dos ciudades grandes más al oeste —recordó Ilian—. ¿Qué sabéis de
Poytarn y Masgha?
Mysenal aparentó sorpresa.
—No os habréis enterado. Una gran explosión destruyó Masgha, y a todos sus
habitantes. Fue provocada por los que se resistían al invasor, según parece. Se
destruyeron por accidente. Algún experimento relacionado con la brujería, sin duda.
—¿Y Poytarn?
—Saqueada, arrasada y abandonada. Sus atacantes continuaron hasta la costa, con
la esperanza de completar sus tropelías. Se habrán llevado una decepción. Los
pueblos ribereños estaban desiertos. Los habitantes de la costa fueron los más
afortunados. Muchos se hicieron a la mar y escaparon a islas lejanas antes de que los
invasores llegaran. Los invasores carecían de barcos y no pudieron perseguirles.
Espero que estén bien. Intentaríamos seguir su ejemplo, si nos quedara alguna
embarcación.
—¿Han efectuado contraataques?
—Aún no —dijo Lyfeth—, pero confiamos en que no tardarán mucho.
—Quizá no lo hagan —dijo alguien—. Si tienen sentido común, esperarán su
oportunidad, o se olvidarán de los problemas que existen tierra adentro.
—En cualquier caso, son aliados en potencia —dijo Bak—. No sabía que había
escapado tanta gente.
—No podemos ponernos en contacto con ellos —recordó Lyfeth—. No tenemos
barcos.
—Tal vez haya otros medios, pero ya pensaremos en esa posibilidad más
adelante.
—Tengo la sensación —dijo Ilian— de que Ymryl confía demasiado en ese
cuerno amarillo que cuelga de su cuello. Si consiguiéramos robarlo o destruirlo,
debilitaríamos su confianza. Es posible que extraiga su poder de ese cuerno, como él
cree. En tal caso, aún hay más motivos para apartarle de él.
—Buena idea —dijo Mysenal—, pero difícil de llevar a la práctica. ¿No opináis
así, Katinka van Bak?
La aludida asintió.
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—Sin embargo, es un factor importante, que no debemos dejar de lado. —Hizo
una expresión de desdén y arrugó la nariz—. Lo primero que necesitamos son armas
mejores que éstas. Algo más moderno, para utilizar mi jerga. Lanzas flamígeras y
cosas por el estilo. Si cada uno de nosotros fuera armado con una lanza flamígera, se
triplicaría nuestra capacidad de ataque. ¿Cuántos sois en total, Lyfeth?
—Cincuenta y tres.
—Entonces necesitamos cincuenta y cuatro armas buenas; la extra será para
Jhary, que tiene armas tan primitivas como las vuestras. Armas que dependen de una
fuente energética… —indico Katinka.
—Ya os entiendo —dijo Jhary—. Cuando Ymryl y los demás se enzarcen en sus
disputas internas, dilapidarán sus recursos. Si nosotros poseemos armas similares a
las lanzas flamígeras, gozaremos de una ventaja considerable, por pocos que seamos.
—Exacto, pero el problema es cómo hacernos con un número tan elevado de
armas.
—Quizá deberíamos entrar en Garathorm —dijo Ilian.
Se levantó, estiró sus músculos doloridos y se encogió. Se había quitado la
armadura y llevaba una camisa verde como los demás. Se esforzaba por demostrar a
sus ex amigos que deseaba ser aceptada por ellos.
—Porque ahí es donde encontraremos esas armas —concluyó.
—Y la muerte —dijo Lyfeth—. Puede que también encontremos la muerte.
—Tendríamos que disfrazarnos.
Katinka van Bak se acarició los labios.
—Lo mejor sería que las armas vinieran a nosotros —dijo Jhary-a-Conel.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Ilian.
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V
El ataque a Virinthorm
Eran ocho.
Ilian marchaba en cabeza. Vestía de nuevo su resplandeciente armadura, el yelmo
sobre su cabello dorado y una espada delgada en su mano enguantada.
Guiaba a los otros siete por las anchas ramas de los árboles, moviéndose con
suma pericia, porque había utilizado las sendas arbóreas desde que era niña.
Virinthorm apareció ante ellos.
Llevaba colgada a la espalda una lanza flamígera. La otra se había quedado en el
campamento con Katinka van Bak.
Ilian se detuvo cuando llegaron a las afueras de Virinthorm, desde donde vieron a
los conquistadores de la ciudad deambular por sus calles.
A lo largo de los meses, Virinthorm se había dividido en una serie de ciudades
más pequeñas. Cada ciudad atraía a grupos o raza de hombres u otros seres, de forma
que se agrupaban los de eras similares mundo similares, o rasgos físicos similares.
Ilian y su pequeña partida habían seleccionado esta ciudad especialmente. Estaba
habitada en exclusiva por gente que, pese a su notable parecido con los hombres, no
eran humanos.
Los rasgos de estos seres (transportados desde muchas eras y esferas) eran
familiares a Ilian. Al verlos, dudó de llevar el plan adelante. Eran altos y esbeltos, de
rasgados ojos almendrados y orejas que casi terminaban en punta. Mientras que los
ojos de algunos eran como los de los hombres normales, otros tenían ojos purpúreos
y amarillos, y los de otros consistían en puntos azules y plateados que centelleaban
sin cesar. Parecía una gente altiva e inteligente, y procuraban relacionarse lo mínimo
posible con sus compinches. Sin embargo, Ilian sabía que tal vez eran los más crueles
de los invasores.
—Llámales eldren, llámales vadhagh, llámales melniboneanos —había dicho
Jhary-a-Conel—, pero recuerda que todos son renegados, de lo contrario no se
habrían aliado con Ymryl. Y sirven al Caos con el mismo entusiasmo que Ymryl, no
os quepa duda. Hagáis lo que hagáis, no tengáis remordimientos.
Ilian cogió la llama flamígera y se deslizó hacia el extremo más alejado del
enclave no humano. En aquel punto habitaba un grupo de guerreros nacidos al final, o
poco después, del Milenio Trágico. Era uno de los grupo mejor armados. Cada
hombre tenía, como mínimo, una lanza flamígera.
Faltaba una hora para el anochecer. Ilian consideró que había llegado el momento.
Eligió al azar un guerrero no humano, apuntó la lanza flamígera con una destreza que
no tenía derecho a poseer y tocó el botón enjoyado. Un rayo de luz roja surgió al
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instante del extremo rubí y practicó un limpio agujero en el peto del guerrero, en su
torso y en el peto de la espalda. Ilian soltó el botón y se escondió entre las ramas más
provistas de hojas para ver qué pasaba.
Una multitud se había congregado alrededor del cadáver. Muchos de los hombres
con aspecto de eldren señalaron a la vez hacia el campamento vecino. Las espadas
surgieron de sus vainas. Ilian oyó juramentos, aullidos de rabia. Hasta el momento, su
plan funcionaba. Los no humanos habían llegado a la conclusión de que su camarada
había sido asesinado por el grupo cuya arma fundamental era la lanza flamígera.
Dejaron el cadáver donde estaba y un grupo de treinta seres, todos vestidos de
manera distinta y con rasgos faciales que les diferenciaban, se precipitaron hacia el
campamento vecino.
Ilian sonrió. Estaba recuperando su antigua afición por la guerra y las tácticas de
combate.
Vio que los no humanos gesticulaban cuando llegaron al otro campamento.
Salieron guerreros de las casas, con las espadas desenvainadas. Sabía que Ymryl
había prohibido el uso de armas energéticas en los confines del campamento, con lo
cual el crimen resultaba doblemente traicionero. De todos modos, no esperaba que el
conflicto degenerara en batalla campal, de momento. Había observado que en el
campamento reinaba una disciplina somera pero eficaz, cuyo objetivo era impedir
enfrentamientos entre ambas facciones.
Las espadas del Milenio Trágico centelleaban a la luz del sol, pero no fueron
utilizadas. Un hombre que debía ser el líder de los no humanos discutía
acaloradamente con el jefe de los humanos. Después, los dos grupos se dirigieron en
tropel al campamento de los no humanos para inspeccionar el cadáver. El líder del
Milenio Trágico negó con energía la implicación de sus hombres en el crimen. Indicó
que sólo iban armados con espadas y cuchillos. El jefe de los no humanos no quedó
convencido. Tenía muy claro de donde había partido el rayo mortífero. Entonces, el
jefe humano indicó su campamento y los guerreros cruzaron de nuevo al espacio que
separaba los dos campamentos. El humano señaló una casa de gruesas paredes cuyas
puertas y ventanas estaban aseguradas con candados. A una orden suya, un hombre se
alejó y volvió con un manojo de llaves. El jefe abrió una de las puertas.
Ilian forzó la vista y consiguió escudriñar su interior. Como esperaba, en aquella
casa se guardaban las lanzas flamígeras. Era un dato que necesitaba saber antes de
continuar. Ahora, mientras las dos facciones se separaban, no sin intercambiar
numerosas miradas ceñudas, Ilian y su banda se dispusieron a esperar la noche.
Estaban tendidos sobre las ramas que dominaban el campamento del Milenio
Trágico, casi encima del almacén de lanzas flamígeras.
Ilian hizo una señal al joven más próximo, que asintió y extrajo de su camisa una
daga de exquisita factura. Era una daga capturada a los no humanos. El joven
descendió por los árboles en silencio, hasta posar los pies en la calle. Esperó casi
media hora, hasta que apareció un guerrero. Entonces, saltó desde las tinieblas.
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Rodeó con un brazo la garganta del guerrero. La daga subió y bajó. El guerrero
chilló. La daga se hundió de nuevo. El guerrero volvió a gritar. El joven no pretendía
matarle, sino hacerle daño para que gritara.
La tercera puñalada fue la mortal. La daga segó la garganta del guerrero y su
cuerpo cayó al suelo. El joven trepó por el costado de la casa, saltó a las ramas bajas
de un árbol y se reunió con sus compañeros.
Esta vez, la escena tuvo lugar desde el punto de vista de los soldados procedentes
del Milenio Trágico, que descubrieron el cadáver con la daga no humana clavada en
el cuello.
Ocurrió lo previsto. A pesar de sus protestas de inocencia, los no humanos se
habían vengado cobardemente de un crimen que no habían cometido.
Los soldados del Milenio Trágico se precipitaron como un solo hombre hacia el
campamento de los no humanos.
Y fue entonces cuando Ilian saltó desde su rama al tejado de la armería. Cogió su
lanza flamígera y practicó un agujero en el techo, lo bastante grande para que pasara
su cuerpo. Entretanto, los demás también habían bajado al tejado. Uno de ellos
aguantó la lanza flamígera de Ilian, mientras ésta se introducía en el edificio.
Se encontró en una especie de desván. Las lanzas estaban guardadas en las
habitaciones de abajo. Descubrió una trampilla, la abrió y cayó en una oscuridad
total. Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Entraba un poco de luz
por las grietas de las contraventanas. Al menos, había encontrado unas cuantas
lanzas. Volvió por el mismo camino e indicó a los demás, salvo a uno, que la
siguieran. Mientras se apoderaban de las lanzas y se formaba una cadena humana
hasta el agujero del tejado, exploró las habitaciones inferiores. Encontró más lanzas,
así como otras armas, incluyendo excelentes hachas arrojadizas. Había que
desecharlas, y sólo podían llevarse unas sesenta lanzas en el tiempo que tenían, pues
quedaba el problema de transportarlas hasta su campamento. Cuando iban a
marcharse, una idea acudió a su mente. ¿Cómo sabía que los extremos de las lanzas
se desenroscaban de las astas? No se paró en barras, sino que se encaminó hacia las
lanzas y procedió a desenroscar los extremos rubíes. Mientras los desenroscaba cogió
un hacha bien equilibrada, colocó el extremo sobre el suelo y descargó el hacha, no
sobre el rubí, que era irrompible, sino sobre el tubo que se enroscaba en el asta,
abollándolo para que les costara mucho reparar las lanzas. Era lo mejor que podía
hacer.
Oyó voces fuera. Se acercó en silencio a la ventana más próxima y miro.
Habían aparecido más soldados en la calle. Se parecían a los que componían la
guardia personal de Ymryl. Les habría enviado a poner orden. Ilian admiró la
eficiencia de Ymryl. Daba la impresión de que nunca se preocupaba por esos detalles,
pero siempre actuaba con celeridad cuando existía el peligro de alborotos en su
campamento. Los soldados increparon a los contendientes y les obligaron a deponer
las armas.
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Ilian se reunió con su grupo, que ya estaba sacando la última lanza por el agujero.
—Vamos —susurró—. El peligro aumenta. Larguémonos.
—¿Y vos, reina Ilian? —preguntó el joven que había matado al soldado.
—Os seguiré, pero antes quiero terminar una cosa.
Esperó a que el último de sus compañeros hubiera desaparecido y procedió a
desenroscar los extremos de las restantes lanzas flamígeras. Cuando estaba
rompiendo con el hacha la última, escuchó un grito y un gran alboroto. Miró por la
grieta de la contraventana.
Algunos hombres estaban señalando el tejado del edificio. Ilian buscó con la
mirada su lanza flamígera y comprendió que sus compañeros se la habían llevado.
Sólo le quedaba la espada. Corrió escaleras arriba, llegó al desván y salió por el
agujero.
La habían visto.
Entonces, un flecha rozó su hombro. Se agachó involuntariamente, perdió pie y
resbaló hacia el suelo, al otro lado de la casa. Los hombres se precipitaron hacia ella.
Consiguió aferrarse a un gablete antes de caer por el borde, con tal fuerza que estuvo
a punto de descoyuntarse los brazos. Dos o tres flechas golpearon su yelmo y la cota
de mallas, pero no la penetraron. Trepó de nuevo al tejado y se agachó tras el gablete
mientras corría, en busca de una rama baja a la que poder saltar, pero no había tal
rama. Nuevas siluetas aparecieron sobre ella. Habían descubierto la ausencia de sus
armas y por donde había entrado. Oyó sus gritos encolerizados y se alegró de haber
destruido todas las lanzas. Si las hubieran empleado, ya estaría muerta. Llegó al
extremo del tejado y se preparó para saltar al siguiente. Era su única vía de escape.
Se lanzó al vacío y se agarró al gablete de la casa. La madera tallada cedió algo
bajo su peso. Pensó que iba a caer, pero el gablete resistió y pudo izarse. Sus
perseguidores la habían seguido y más flechas silbaron a su alrededor. Saltó de aquel
tejado a otro más cercano, y comprendió con desesperación que se estaba adentrando
cada vez más en la ciudad. Rezó para encontrar una rama que rozara los tejados. En
los árboles le resultaría mucho más fácil escapar. Su único consuelo era que sus
compañeros habían escapado en dirección contraria.
Tres tejados más y les distanció momentáneamente. Lanzó un suspiro de alivio,
pero era cuestión de minutos que la capturaran.
Si podía introducirse en una de las casas y ocultarse, darían por sentado que había
huido. Cuando la persecución terminara, no sería tan difícil abandonar la ciudad.
Vio bajo sus pies una casa a oscuras.
Ideal.
Cruzó la distancia que separaba ambos tejados, aterrizó, saltó por encima del
tejado y apoyó los pies sobre el saliente de una ventana. Se acurrucó en el saliente,
forzó las contraventanas y se deslizó en el interior de la estancia, cerrando los
postigos a continuación.
Estaba cansada. Le pesaba la cota de mallas. Ojalá tuviera tiempo de quitársela.
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Sin ella podría saltar más alto y correr con mayor rapidez, pero era demasiado tarde
para preocuparse por esas cosas.
La habitación olía a moho, como si hiciera mucho tiempo que no se abrían las
ventanas. Avanzó y se golpeó la rodilla con algo. ¿Una cómoda? ¿Una cama?
Y entonces oyó un quejido ahogado.
Ilian escudriñó la oscuridad.
Una figura yacía sobre una cama revuelta. Era una figura de mujer.
Y estaba atada.
¿Se trataba de un ciudadana a la que algún invasor mantenía prisionera? Ilian se
inclinó para quitar la mordaza que tapaba la boca de la muchacha.
—¿Quién eres? —susurró Ilian—. No tengas miedo. Te salvaré si es posible,
aunque yo también corro un gran peligro.
Y entonces, Ilian jadeó cuando quitó la mordaza.
Había reconocido la cara.
Era la cara de un fantasma.
Ilian sintió que un escalofrío de terror recorría todo su cuerpo. Era un terror
indecible. Un terror que jamás había experimentado, porque si bien reconocía el
rostro, no podía adjudicarle un nombre.
Ni tampoco podía recordar dónde lo había visto antes.
Trató de reprimir el impulso de salir huyendo.
—¿Quién sois? —preguntó la mujer.
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VI
El otro Campeón
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Ilian temblaba y se preguntaba por qué experimentaba el impulso de abrazar a
esta mujer, con algo más que camaradería. Jamás había sentido impulsos semejantes.
Sus rodillas flaquearon. Se sentó en la cama.
—El sino —murmuró—. Dicen que sirvo a un sino. ¿Sabéis algo de eso, Yisselda
de Brass? Conozco bien vuestro nombre… y el del barón Kalan. Tengo la impresión
de que os he estado buscando, toda la vida, pero no era yo quien os buscaba. O… —
Estaba a punto de desmayarse. Se llevó la mano a la frente—. Esto es horroroso.
—Os comprendo. Kalan opina que sus experimentos en la distorsión del tiempo
han creado esta situación. Nuestras vidas se entremezclan. Una posibilidad colisiona
con otra. En esta situación, hasta es posible encontrarse con uno mismo.
—¿Kalan fue el responsable de que Ymryl y los demás entraran?
—Eso cree. Pasa todo el tiempo tratando de rehacer el equilibrio que estropeó. Y
yo soy muy importante para sus experimentos. No tiene el menor deseo de
encontrarse mañana con Ymryl.
—¿Mañana? ¿Adónde irá Ymryl?
—Hacia el oeste, para atacar a alguien llamado Arnald de Grovent, según tengo
entendido.
—¡De modo que por fin van a enfrentarse!
Ilian olvidó todo lo demás. Bullía de alegría. Su oportunidad se presentaba antes
de lo esperado.
—El barón Kalan es la mascota de Ymryl —dijo Yisselda. Había encontrado un
peine y trataba de arreglar su cabello enredado—. Al igual que yo soy la de Kalan.
¡Estoy viva gracias a una cadena de supersticiones!
—¿Dónde está Kalan ahora?
—Sin duda en el palacio de Ymryl… El palacio de vuestro padre, ¿verdad?
—En efecto. ¿Qué hace allí?
—Algunos experimentos. Ymryl le ha proporcionado un laboratorio aunque
Kalan prefiere trabajar aquí. Me obliga a acompañarle cuando trabaja. Me siento y
habla conmigo como si fuera un perro faldero. Es la máxima atención que me presta.
No entiendo casi nada de lo que dice, por supuesto. Sin embargo, estaba presente
cuando os robó el alma. Fue horrible. ¿Cómo os recobrasteis?
Ilian no contestó.
—¿Cómo…? ¿Cómo robó mi alma?
—Con una joya, parecida a la que amenazaba con devorar el cerebro de
Hawkmoon cuando la injertó en su cráneo. Una joya de propiedades similares, en
cualquier caso…
—¿Hawkmoon? Ese nombre…
—¿Conocéis a Hawkmoon? ¿Cómo le va? No estará en este mundo…
—No… No. No le conozco. No tengo por qué. Con todo, me ha resultado
familiar.
—¿Os encontráis indispuesta, Ilian de Garathorm?
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—Sí, sí, es posible.
Ilian creyó que iba a desmayarse. Los esfuerzos que había realizado para huir de
los soldados de Ymryl la habían agotado más de lo que pensaba, sin duda. Hizo lo
posible para recuperarse.
—¿Esa joya se encuentra en poder de Kalan? —preguntó—. ¿Cree que encierra
mi alma?
—Sí, pero está muy equivocado. De alguna manera, vuestra alma quedó libre de
la joya.
—Claro. —Ilian dibujó una triste sonrisa—. Bien, hemos de pensar en una forma
de escapar. No parece que estéis en condiciones de trepar a tejados y saltar de árbol
en árbol conmigo.
—Puedo probarlo. Estoy más fuerte de lo que aparento.
—Pues lo intentaremos. ¿Cuándo pensáis que Kalan regresará?
—Acaba de marcharse.
—Aún nos queda algo de tiempo. Lo aprovecharé para descansar. —Ilian se
tendió en la cama—. Me duele mucho la cabeza.
Yisselda hizo además de acariciar la frente de Ilian, pero ésta se apartó con un
gemido.
—¡No! —Se humedeció los labios resecos—. No. Os agradezco el detalle.
Yisselda se acercó a la ventana y la entreabrió. Aspiró el aire fresco de la noche.
—Kalan está empeñado en que Ymryl se ponga en contacto con esa oscura deidad
suya, Arioch.
—¿A la que Ymryl considera responsable de mi presencia aquí?
—Sí. Ymryl soplará su Cuerno Amarillo y Kalan intentará pergeñar algún
hechizo. Kalan contempla con cinismo sus posibilidades de invocar al demonio.
—Ymryl tiene en gran aprecio a su cuerno. ¿Nunca se lo quita?
—Kalan dice que nunca. El único que podría obligar a Ymryl a desprenderse de
su cuerno es el mismísimo Arioch.
El tiempo transcurrió con dolorosa lentitud. Mientras Ilian intentaba descansar,
Yisselda apagó la lámpara y contempló las calles, advirtiendo que patrullas de
soldados iban en busca de Ilian. Algunas registraban incluso los tejados. Por fin, dio
la impresión de que abandonaban la búsqueda. Yisselda se dispuso a despertar a Ilian,
que se había dormido por completo.
Yisselda agitó el hombro de Ilian y ésta se estremeció. Despertó sobresaltada.
—Se han ido —dijo Yisselda—. Creo que ha llegado el momento de marcharnos.
¿Nos iremos por la calle?
—No. Necesitamos un rollo de cuerda. ¿Hay alguno en la casa?
—Lo buscaré.
Yisselda regresó a los pocos minutos con un rollo de cuerda.
—Es el más largo que he podido encontrar. ¿Os parece lo bastante resistente?
—Tendrá que serlo.
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Ilian sonrió. Abrió la ventana de par en par y levantó la vista. La rama más
cercana se encontraba a unos tres metros sobre sus cabezas. Ilian cogió la cuerda,
practicó un lazo en un extremo y enrolló la cuerda para que adoptara la misma
circunferencia que el lazo. Después, empezó a balancear la cuerda y la lanzó de
repente.
El lazo pasó por una rama. Ilian afianzó el nudo.
—Tendréis que subiros en mi espalda —explicó a Yisselda—, rodear mi cintura
con vuestras piernas y sujetaros con todas vuestras fuerzas. ¿Creéis que podréis
hacerlo?
—Debo hacerlo —replicó Yisselda.
Siguió las instrucciones. Ilian subió al antepecho de la ventana, sujetó con
firmeza la cuerda, le dio una o dos vueltas alrededor de la mano y se lanzó sobre los
tejados, esquivando por poco la aguja de un antiguo mercado. Sus pies golpearon
contra una rama y clavó en ella los tacones, procurando agarrarse a la rama superior.
Estaba a punto de soltar su presa cuando Yisselda se izó a la rama. Se inclinó para
ayudar a Ilian. Se tendieron jadeantes sobre la enorme rama.
Ilian se incorporó de un brinco.
—Seguidme —dijo—. Extended los brazos para mantener el equilibrio, y no
dejéis de avanzar.
Se puso a correr sobre el tronco.
Y Yisselda, algo vacilante, la siguió.
Llegaron al campamento por la mañana y todos expresaron alegría. Katinka van
Bak salió de la cabaña que había improvisado con tablones y se alegró al ver a Ilian.
—Temíamos por vos —dijo—. Incluso aquellos que afirmaban odiaros. Los
demás volvieron con las lanzas flamígeras. Buen botín.
—Excelente. Y traigo más información.
—Bien, bien. Querréis desayunar… y también descansar, supongo. ¿Quién es
ésta?
Katinka van Bak pareció fijarse por primera vez en la mujer ataviada con la sucia
bata blanca.
—Se llama Yisselda de Brass. Al igual que vos, no es de Garathorm…
Ilian observó la expresión de asombro que apareció en el rostro de Katinka van
Bak.
—¿Yisselda? ¿La hija del conde Brass?
—Sí —contestó Yisselda, complacida—, aunque el conde Brass murió… Le
mataron en la batalla de Londra.
—¡No es cierto! ¡No es cierto! ¡Vive todavía en el castillo de Brass! Así que
Hawkmoon tenía razón… ¡Aún estáis viva! Es la experiencia más extraña de mi
vida…, y la más agradable, sin duda alguna.
—¿Habéis visto a Dorian? ¿Cómo está?
—Ah… —Katinka van Bak se refugió en evasivas—. Está bien, está bien. Ha
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padecido una grave enfermedad, pero todas las posibilidades apuntan a una completa
recuperación.
—Ojalá pudiera verle de nuevo. ¿Está en este plano?
—Es imposible, por desgracia.
—¿Cómo llegasteis aquí? ¿De la misma forma que yo?
—Más o menos, sí.
Katinka van Bak se volvió y observó que Jhary-a-Conel había salido de una de las
casas negras que aún se tenían en pie. Se estaba frotando los ojos, como si aún
estuviera medio dormido.
—Jhary, te presento a Yisselda de Brass. Hawkmoon estaba en lo cierto.
—¡Está viva!
Jhary dio una palmada sobre su muslo y paseó una mirada irónica de Ilian a
Yisselda, y viceversa.
—¡Ja! ¡Es lo mejor que he visto en mi vida! ¡Oh, querida!
Y estalló en carcajadas, cosa que tanto Ilian como Yisselda juzgaron inexplicable.
Una oleada de cólera invadió a Ilian.
—¡Estoy harta de vuestros misterios e insinuaciones, sir Jhary! ¡Estoy hasta la
coronilla de ellos!
—¡Sí! —Jhary continuó desternillándose—. ¡Creo que es la reacción más normal,
señora!
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Libro tercero
Una despedida
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I
Eran casi cien y la mayoría contaba con lanzas flamígeras. Katinka van Bak les
había adiestrado a marchas forzadas y algunas de las lanzas solían fallar, porque eran
muy antiguas, pero las armas proporcionaban confianza a quienes las empuñaban.
Ilian se volvió en la silla de montar y examinó a su ejército. Cada hombre y mujer
tenía su montura, entre las cuales predominaban las vayna. Todos saludaron a la
bandera flamígera cuando la alzó. El estandarte que ardía sin consumir la tela ondeó
sobre su cabeza. Era su orgullo. Y se fingían hacia Virinthorm.
Cabalgaban todos bajo los gigantescos árboles verdes de Garathorm Ilian,
Katinka van Bak, Jhary-a-Conel, Yisselda de Brass, Lyfeth de Ghant, Mysenal de
Hinn y lo demás. Todos, salvo Katinka van Bak, Ilian tenía la impresión de que, si
bien aquellos a quienes lideraba no habían olvidado su crimen, su pueblo y ella
estaban unidos de nuevo. Todo dependía de cómo terminaran las batallas que les
aguardaban.
Cabalgaron toda la mañana y, por la tarde, avistaron Virinthorm.
Los espías ya les habían informado de que Ymryl había partido con el grueso de
su ejército. Apenas había dejado un cuarto de sus fuerzas para defender Virinthorm,
pues no sospechaba un ataque a gran escala. Con todo, los defensores eran quinientos
hombres fuertes, más que suficientes para repeler el ataque de Ilian y sus fuerzas.
En cualquier caso, las lanzas flamígeras sólo mejoraban las posibilidades de los
garathormianos. No era seguro que pudieran derrotar a los hombres de Ymryl. De
todos modos, era su única esperanza. Cantaban mientras cabalgaban. Cantaban
antiguas tonadas de su país. Canciones alegres, henchidas de amor hacia su boscoso y
exuberante mundo. Sólo cesaron en sus cánticos cuando llegaron a los suburbios de
Virinthorm y se dispersaron.
Los hombres de Ymryl se habían atrincherado cerca del centro de la ciudad, junto
a la mansión que en otros tiempos había sido la residencia de la familia de Ilian y
que, hasta hacía poco, era el palacio de Ymryl.
Ilian lamentó que Ymryl estuviera ausente. Ardía en deseos de vengarse de él, si
sus planes se saldaban con la victoria.
Los cien jinetes desmontaron y se situaron en círculo alrededor del centro de la
ciudad. Algunos se apostaron tras bancadas improvisadas, otros en los tejados, y los
demás se guarecieron en los portales. Un centenar de lanzas flamígeras apuntaron a la
ciudad cuando Ilian se internó por la amplia avenida principal y gritó:
—¡Rendíos en nombre de la reina Ilian!
Su voz era alta y orgullosa.
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—¡Rendíos, hombres de Ymryl! Hemos vuelto a reclamar nuestra ciudad.
Los pocos mercenarios que había en las calles se volvieron consternados y sus
manos volaron en busca de las armas. Hombres ataviados de mil maneras diferentes,
con toda clase de armaduras, de mil formas diferentes, hombres con todo el cuerpo
cubierto de vello, hombres sin un solo pelo, hombres con cuatro brazos o cuatro
piernas, hombres con cabeza de animal, hombres con cola, cuernos u orejas peludas,
hombres con pezuñas en lugar de pies, hombres de piel verde, azul, roja y negra,
hombres provistos de armas extravagantes, cuyo propósito era misterioso, hombres
deformes, hombres enanos, hombres gigantescos, hombres hermafroditas, hombres
con alas o de piel transparente, se lanzaron a la calle, vieron a la reina Ilian de
Garathorm y estallaron en carcajadas.
Un guerrero de barba anaranjada que le llegaba a la cintura gritó:
—Ilian está muerta. Como lo estarás tú, antes de que haya pasado un minuto.
En respuesta, Ilian levantó su lanza flamígera, apretó el botón enjoyado y perforó
la frente del hombre con un rayo rojo. Al mismo tiempo, un soldado con cara de
perro lanzó un disco que aullaba. Ilian apenas tuvo tiempo de levantar un escudo que
llevaba en el brazo derecho y detener el pequeño objeto. Hizo girar grupas a su
caballo y busco refugio. Los defensores también procuraron ponerse a cubierto
cuando rayos de luz roja brotaron de todas partes.
El combate se prolongó una hora. Cada bando utilizaba armas energéticas para
protegerse, mientras Katinka van Bak se desplazaba de guerrero en guerrero y daba
instrucciones para estrechar el cerco y acorralar a los defensores lo máximo posible.
Lo consiguieron con grandes dificultades, porque si bien el enemigo contaba con
menos armas energéticas, las manejaban con mayor destreza. Ilian trepó a un tejado
para observar el desarrollo de la batalla.
Los soldados enemigos se estaban reagrupando para contraatacar. Muchos iban
montados sobre animales de lo más variados, incluidas varias vaynas. Ilian bajó al
suelo y buscó a Katinka van Bak.
—¡Piensan cargar sobre nosotros, Katinka!
—Habrá que detenerles —respondió la mujer con firmeza.
Ilian montó en su vayna. El ave de largas patas graznó cuando Ilian la obligó a
dar media vuelta. Cabalgó hacia Jhary-a-Conel, que había tomado la delantera.
—¡Jhary! ¡Van a atacar!
En aquel momento, una apretada masa de jinetes avanzó por las avenidas
lanzando alaridos.
Alzó la lanza flamígera y tocó el botón. Una luz rubí surgió del extremo y dibujó
una línea errática sobre los cuerpos de los primeros jinetes. Al caer, estorbaron a los
que venían detrás y la fuerza de la carga.
Pero la lanza estaba casi inutilizada. La luz osciló, se difuminó y quemó la piel de
los soldados, que continuaron avanzando, con la débil.
—¡Por Garathorm!
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Se sintió invadida por una gran alegría. Una alegría negra.
—¡Por Pyran y Bradne!
Su espada se hundió en la carne transparente de un ser fantasmal que sonrió y
trató de desgarrarla con sus zarpas de acero.
—¡Por la venganza!
Y cuán dulce era aquella venganza. Cuán satisfactorio el derramamiento de
sangre. Se encontraba muy cerca de la muerte, pero se sentía más viva que nunca. Su
destino era éste: empuñar una batalla, guerrear. Tuvo la impresión de que estaba
luchando en mil batallas a la vez en cada batalla tenía otro nombre y experimentaba
el mismo júbilo.
El enemigo rugía y maldecía a su alrededor, todas las espadas parecían querer
matarla, pero se rió de todo.
Y su risa era un arma. Helaba la sangre en las venas de los guerreros. Les sumía
en un pavor indescriptible.
—¡Por el soldado del destino! —se oyó gritar—. ¡Por el Campeón Eterno! ¡Por la
lucha sin fin!
No conocía el significado de las palabras, aunque sabía que las había gritado
antes y las volvería a gritar, tanto si sobrevivía a esta batalla como si no.
Y ya no estaba sola. Vio que el caballo amarillo de Jhary-a-Conel se encabritaba,
relinchaba y golpeaba con sus cascos a todos los guerreros que se le ponían por
delante. Parecía dotado de una inteligencia sobrenatural. Su comportamiento no
implicaba pánico ni confusión. Luchaba con agresividad, ayudando a su amo. Y
sonreía, exhibía sus torcidos dientes amarillos, contemplaba la escena con sus fríos
ojos amarillos, mientras su jinete repartía mandobles a diestro y siniestro, también
sonriente.
Y vio a Katinka van Bak, que mataba inflexible, metódica y fríamente. Sujetaba
un hacha de doble filo en una mano y una maza de púas en la otra, pues no
consideraba la situación apta para emplear a espada. Se abrió paso entre el enemigo a
lomos de su fuerte e impasible caballo, mutiló miembros y aplastó cráneos con la
misma destreza que un ama de casa atareada en preparar carne y verduras para su
mando. Y Katinka van Bak no sonreía. Se tomaba su trabajo muy en seno, haciendo
lo que era preciso, sin desagrado ni placer.
Ilian estaba intrigada por el placer que experimentaba. Todo su cuerpo bullía de
alegría. Tendría que estar cansada, pero se sentía mas fresca que nunca.
—¡Por Garathorm! ¡Por Pyran! ¡Por Bradne!
—¡Por Bradne! —repitió una voz detrás de ella—. ¡Y por Ilian!
Era Lyfeth de Ghant, que manejaba su espada con una mezcla de delicadeza y
ferocidad comparables a las de Ilian. Y cerca estaba Yisselda de Brass, demostrando
que era una guerrera experimentada, y utilizaba la púa de su escudo con tanta eficacia
como su espada.
—¡Qué estupendas mujeres somos! —gritó Ilian—. ¡Qué guerreras!
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El enemigo se hallaba desconcertado por el número de mujeres que les atacaban.
Por lo visto, existían pocos mundos en donde las mujeres luchaban como los
hombres. Nunca había ocurrido en Garathorm, antes de que llegara Katinka van Bak.
Ilian vio que Mysenal de Hinn le dedicaba una fugaz sonrisa. Sus ojos brillaban
cuando pasó junto a ella en persecución de un grupo de guerreros, cuya huida fue
cortada por tres o cuatro lanzas flamígeras disparadas desde los tejados de unas casas
próximas.
Las armas energéticas habían incendiado dos o tres edificios y el humo empezaba
a invadir las calles. Por un momento, la visión de Ilian se nubló, y tosió cuando el
acre humo arañó su garganta. Luego, dejó atrás la nube y apoyó a Mysenal en su
ataque contra el enemigo.
Ilian no estaba cansada, pese a que sangraba por una docena de cortes y heridas
sin importancia. Tiró a un jinete de su caballo con un golpe de escudo y con el mismo
movimiento giró su espada en redondo hundiéndola en la boca de un enano de vello
verde, hasta que la punta alcanzo su cerebro. Mientras el enano se derrumbaba, Ilian
extrajo la espada del cadáver justo a tiempo de parar un hacha que le había arrojado
un guerrero de armadura púrpura, cuyos dientes con punta de acero entrechocaron
cuando intentó echar hacia atrás el brazo y ensartarla con la lanza que sujetaba en la
otra mano. Ilian se inclinó hacia adelante y le corto la mano por la muñeca; el puño y
la espada cayeron al suelo. El muñón, chorreante de sangre, continuó el movimiento
de arrojar la lanza, y sólo entonces comprendió lo ocurrido el guerrero de los dientes
de acero y lanzó un gemido. Ilian continuó adelante y se dirigió hacia una de sus
muchachas que, de pie sobre el cuerpo de su vayna muerta, intentaba con
desesperación parar los golpes de tres hombres de piel reptiliana (Si bien iban
vestidos de manera diferente), decididos a acabar con ella. Ilian partió el cráneo de
uno, dejó a otro inconsciente, que cayó del caballo, y atravesó el corazón del último.
La muchacha le dedicó una mirada de gratitud, cogió su lanza flamígera y corrió
hacia una puerta abierta.
Ilian entró en la plaza seguida por un grupo de sus guerreros.
—¡Hemos pasado! —gritó, exultante.
Hombres a pie surgieron de todas las casas (los que no habían participado en la
carga de caballería). Ilian se vio rodeada de nuevo.
Y no tardó en reír otra vez, a medida que iba segando vidas con su espada
centelleante.
El sol declinaba.
—¡Deprisa! —gritó Ilian a los suyos—. Acabemos antes de que anochezca y se
nos complique el trabajo.
El resto de la caballería enemiga había sido empujada hacia la plaza. Lo que
quedaba de la infantería retrocedía hacia la mansión, la casa a la que Ymryl llamaba
su «palacio» y donde había nacido Ilian. También era la casa donde había temblado,
chillado y revelado el escondite de su hermano.
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Por un momento, una sensación de insufrible desesperación sustituyo la alegría de
Ilian, y se detuvo. El fragor de la batalla pareció disiparse. La escena se nubló. Y
recordó el rostro de Ymryl, de una seriedad casi infantil, cuando se inclinó sobre ella
y dijo: «¿Dónde está? ¿Dónde?».
Ilian se estremeció. Bajó la espada, indiferente al peligro que acechaba por todas
partes. Cinco seres deformes, cuyos cuerpos y rostros estaban cubiertos de enormes
verrugas, se abalanzaron hacia las manos engarfiadas. Ilian notó que uñas afiladas se
abrían paso entre los eslabones de su malla. Les contempló con aire ausente.
—Bradne… —murmuró.
—¡Te han herido, muchacha!
Katinka van Bak apareció, un hacha golpeó un cráneo y una maza aplastó un
hombro. Los seres deformes chillaron.
—¿Estás mareada?
Ilian salió del trance y utilizó su espada para partir en dos un cuerpo cubierto de
verrugas.
—Sólo por un momento —respondió.
—Quedan unos cien —informó Katinka van Bak—. Se han atrincherado en la
mansión de vuestro padre. Dudo que podamos desalojarles.
—Prenderemos fuego al edificio —dijo con frialdad Ilian—. Les quemaremos.
Katinka frunció el ceño.
—No me gusta eso. Deberíamos darles la oportunidad de rendirse…
—Les quemaremos a ellos y al edificio ¡Quemadles!
Ilian paseó la vista por la plaza. Estaba sembrada de cadáveres. Cincuenta de los
suyos continuaban con vida.
—Se acabará la batalla, ¿no es cierto?
—Sí, pero…
—Y salvará las vidas de nuestros supervivientes.
—Sí… —Katinka intentó mirar a los ojos de Ilian, pero ésta volvió la cara—. Sí,
pero piensa también en el edificio. Tus antepasados habitaron en él durante
generaciones. Es el edificio más bello de Virinthorm. No hay uno más hermoso en
todo Garathorm. Las maderas con que fue construido son excepcionales. Muchas
variedades de árbol empleadas en la construcción ya se han extinguido…
—Que arda. No podría vivir ahí de nuevo.
Katinka suspiró.
—Daré la orden, aunque no sea de mi agrado. ¿Puedo ofrecer la rendición a
nuestros enemigos?
—A nosotros no nos dieron esa posibilidad.
—Pero nosotros no somos ellos. Moralmente…
No me apetecen sermones de momento, gracias.
Katinka van Bak se dispuso a obedecer la orden de la reina Ilian.
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II
Hombres y mujeres de expresión sombría, con las manos apoyadas sobre sus
armas y la cara teñida de rojo por las llamas, veían arder la mansión de Pyran en la
negrura de la noche, percibían el olor procedente de la pira y escuchaban los débiles y
horribles sonidos que todavía brotaban del humo negro y espeso.
—Justo es —dijo Ilian de Garathorm.
—Hay tres formas de justicia —replicó Katinka van Bak en voz baja—. El fuego
no purificará vuestro sentimiento de culpa, Ilian.
—¿Por qué no? —Ilian lanzó una áspera carcajada—. Entonces, ¿cómo explicáis
la satisfacción que siento?
—No estoy acostumbrada a estas cosas —dijo Katinka van Bak. Hablaba en voz
baja para que sólo la oyera Ilian, y lo hacía de mala gana—. He sido testigo de actos
de venganza similares, pero me desagrada la incomodidad que experimento ahora. Os
habéis convertido en un ser cruel, Ilian.
—Es el sino del Campeón —dijo la voz de Jhary—. Siempre. No os inquietéis,
Katinka van Bak. El Campeón siempre procura librarse, o librar a los demás, de
cierto peso ambiguo. Uno de los medios que el Campeón emplea es la crueldad
deliberada, actos contrarios a los dictados de su conciencia. Ilian piensa que sólo la
agobia el peso de haber traicionado a su hermano. No es así. La culpa que la aflige es
tal que vos y yo, Katinka van Bak, jamás podremos experimentarla. ¡Y demos gracias
a los dioses por ello!
Ilian se estremeció. Apenas había escuchado las palabras de Jhary pero su
significado la había turbado.
Katinka van Bak se encogió de hombros y dio media vuelta.
—Muy bien, Jhary. Vos sabéis más de estos asuntos que yo. Y de no ser por
vuestros conocimientos, Ilian no estaría aquí ahora para luchar contra Ymryl.
Se adentró en las sombras invadidas por el humo.
Jhary se quedó un rato al lado de Ilian. Después, la dejó sola, mirando las ruinas
carbonizadas de su antiguo hogar.
Los gritos se extinguieron y el hedor de la carne quemada dio paso al olor más
suave de la madera. Ilian tenía la sensación de que le habían arrancado la vida.
Cuando el incendio remitió, se acercó más a los restos, como si quisiera calentarse,
porque un frío helado paralizaba sus huesos, aunque la temperatura era agradable.
Seguía viendo las facciones severas de Ymryl cuando formuló su pregunta.
Seguía escuchando su voz cuando contestó.
Jhary la encontró cuando faltaba poco para el amanecer. Ilian deambulaba entre
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los huesos ennegrecidos, las cenizas y las ascuas humeantes. De vez en cuando,
propinaba una patada a un cráneo carbonizado o a una caja torácica destrozada.
—Noticias —dijo Jhary.
Ella le miró con ojos inexpresivos.
—Noticias de Ymryl. Ha ganado la batalla. Ha matado a Arnald y se ha enterado
de lo ocurrido aquí. Se apresta a regresar.
Ilian respiró una profunda bocanada de aire acre.
—En ese caso, debemos prepararnos —dijo.
—Nos queda la mitad de nuestras fuerzas y será difícil resistir al ejército de
Ymryl. Ahora, cuenta también con los efectivos de Arnald, mejor dicho, los que han
sobrevivido. ¡Dos mil guerreros, como mínimo, vienen hacia aquí! Tal vez sería
mejor volver a los árboles, emboscarles de vez en cuando…
—Continuaremos con el plan original.
Jhary-a-Conel se encogió de hombros.
—Muy bien.
—¿Han encontrado el cañón flamígero de Ymryl?
—Sí, escondido en las bodegas de un lagar, al oeste de la ciudad. Katinka van
Bak se ha encargado durante la noche de que se montara un anillo defensivo. Se han
montado otros para cubrir las principales arterias que conducen al centro de la ciudad.
Hemos actuado con rapidez, por suerte. No esperaba que Ymryl regresara tan pronto.
Ilian paseó entre las cenizas.
—Katinka van Bak es un general experimentado.
—Una suerte para nosotros —dijo Jhary.
Poco después de mediodía, los espías volvieron con la noticia de que Ymryl
estaba empleando la misma táctica que Ilian para acercarse a la ciudad: rodearla por
todos lados. Ilian rezó para que los espías de Ymryl no hubieran visto el cañón
flamígero, apresuradamente ocultado. Había ordenado a la mitad de sus fuerzas que
se encargara de las armas energéticas. Los otros se habían escondido en diversos
lugares.
Una hora más tarde, la primera fuerza de caballería, con sus brillantes armaduras
y las banderas al viento, entró como una tromba por las cuatro amplias avenidas que
conducían a la plaza de la ciudad.
La plaza estaba desierta en apariencia, a excepción de los cadáveres abandonados
en ella.
La velocidad de la cabalgada disminuyó cuando los primeros Jinetes vieron el
espectáculo y se quedaron confusos.
Sobre sus cabezas sonó la nota suave de un cuerno.
Y un cañón flamígero rugió.
Y de la caballería sólo quedó polvo calcinado y cenizas que flotaron en el aire
hasta posarse sobre las calles.
Ilian, escondida en los árboles, sonrió cuando recordó que su gente había perecido
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por obra de aquella misma arma.
Las probabilidades en su contra habían aumentado en gran número pero no podía
utilizarse de nuevo el cañón flamígero, pues debía llenarse otra vez con la sustancia
que le servía de combustible, y esta sustancia tenía que manipularse con mucho
cuidado. Además, se tardaba mucho tiempo en introducirla, gota a gota, en los
depósitos. Los encargados del cañón volvieron a toda prisa a la plaza y
desaparecieron en los edificios.
Un espeso silencio descendió sobre Virinthorm.
Luego, hacia el oeste, se escuchó el batir de unos cascos. El sol que se filtraba
entre las hojas se reflejó en máscaras enjoyadas y en brillantes armaduras.
—Es Kalan y un destacamento del Imperio Oscuro —gritó Katinka van Bak
desde un árbol situado a unos cien metros—. También tienen cañones flamígeros.
La máscara de serpiente del barón Kalan centelleo cuando se internó a gran
velocidad por la amplia avenida. De las casas surgieron rayos de luz roja, disparados
por las lanzas flamígeras que aún quedaban. Dio la impresión de que varios rayos
atravesaban el cuerpo de Kalan sin hacerle el menor daño. Ilian pensó que sus ojos la
engañaban. Ni siquiera un hechicero podía ser inmune a los rayos mortíferos.
No obstante, otros cayeron antes de que sus compañeros tuvieran tiempo de
responder al fuego. Dispararon al azar sus armas contra las casas y una red de rayos
rubí se dibujó en el aire.
Kalan continuó avanzando sin vacilación hacia la plaza. Espoleó a su caballo
hasta que brotó sangre de sus flancos.
Kalan reía. Era una risa que Ilian conocía muy bien. Al principio, no consiguió
localizarla, pero luego recordó que no se diferenciaba en mucho de las carcajadas que
ella había lanzado durante la batalla del día anterior.
Kalan entró en la plaza. Sus carcajadas se convirtieron en un aullido de rabia
cuando vio los restos de la gran mansión.
—¡Mis laboratorios!
Desmontó del caballo y se acercó a las ruinas. Miró a su alrededor indiferente a
los peligros que pudieran acecharle, mientras detrás de él sus hombres libraban una
encarnizada batalla contra los guerreros de Ilian, que habían salido de las casas y
luchaban cuerpo a cuerpo.
Ilian le miró. Estaba fascinada. ¿Qué buscaba?
Dos guerreros de Ilian se separaron del grueso del grupo y cargaron contra Kalan.
Este se volvió al oírles, volvió a reír y desenvainó la espada. Las risas despertaban
ecos ominosos en el yelmo de serpiente.
—Dejadme en paz —conminó a los guerreros—. No podéis hacerme daño.
Ilian contuvo la respiración. Vio que un guerrero atravesaba a Kalan con la
espada. Vio que la punta salía por la espalda del hechicero. Vio que Kalan retrocedía
y respondía a su atacante con una profunda herida en el hombro. Kalan estaba ileso.
El guerrero gimió. Kalan, impaciente, hundió la espada en el cuello de su enemigo,
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que se derrumbó sobre las cenizas de la mansión. El otro guerrero vaciló antes de
lanzar un mandoble contra el antebrazo del hechicero, que la armadura no protegía.
Fue un golpe suficiente para cortar el brazo de cuajo, pero Kalan ni se inmutó. El
guerrero dio un paso atrás. Kalan sin hacerle caso, continuó su frenética búsqueda
entre las cenizas y los cuerpos carbonizados.
—No puedes matarme —gritó el guerrero—. No me hagas perder el tiempo y yo
no te haré perder el tuyo. Estoy buscando algo. ¿Qué imbécil habrá ordenado esta
destrucción innecesaria? —Como el guerrero continuara inmóvil, el yelmo de
serpiente se alzó y Kalan habló como si estuviera dando explicaciones a un niño
estúpido—. No puedes matarme. Sólo hay un hombre que puede matarme en todo el
infinito cosmos. Y aquí no está. ¡Lárgate!
Ilian sintió compasión por el guerrero cuando le vio alejarse, dando tumbos.
Entonces, Kalan lanzó una risita.
—¡Ya lo tengo!
Se agachó y cogió algo del suelo.
Ilian bajó de los árboles, saltó a la plaza y se plantó frente a Kalan. Un mar de
cadáveres les separaba.
—¿Barón Kalan?
El hechicero levantó la vista.
—Lo tengo… —Hizo ademán de enseñarle el objeto, pero luego vaciló—. ¿Qué?
¡No puede ser! ¿Acaso me han abandonado todos mis poderes?
—¿Pensasteis que me habíais matado?
Ilian avanzó hacia él. Había visto que era invulnerable, pero pensaba que debía
enfrentarse con el hechicero, movida por uno de aquellos extraños impulsos que no
podía explicar.
—¿Matado? Bobadas. Fue mucho más sutil. La joya devoró tu alma. Fue mi
mejor creación en ese estilo, más sofisticada que cualquier otro invento mío. Iba
destinada a alguien mucho más importante que vos, pero la situación exigía su uso, si
no quería morir a manos de Ymryl.
A lo lejos se escuchaban ruidos de batalla. Ilian comprendió que su gente había
atacado al ejército de Ymryl. Caminó sin vacilar hacia Kalan.
—Debo vengarme de vos por muchos motivos, barón Kalan —dijo.
—No podéis matarme, señora, si os referís a eso. No podéis hacerlo.
—Pero debo intentarlo.
El Señor de la Serpiente se encogió de hombros.
—Cómo queráis, pero me gustaría saber cómo escapó vuestra alma de la joya.
Tenía la absoluta certeza de que quedaría atrapada en ella durante toda la eternidad, y
con esa joya podría haber realizado experimentos más complicados, si cabe. ¿Cómo
escapó?
Alguien gritó desde el rincón más alejado de la plaza.
—¡No lo hizo! ¡No escapó!
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Era la voz de Jhary-a-Conel.
La máscara de serpiente se volvió.
—¿Qué queréis decir?
—¿No comprendisteis la naturaleza del alma que pretendías aprisionar en esa
joya?
—¿Naturaleza? ¿A qué…?
—¿Conocéis la leyenda del Campeón Eterno?
—He leído algo sobre ella, sí…
La máscara de serpiente se desvió de Jhary a Ilian, y de Ilian a Jhary otra vez.
Ilian seguía avanzando hacia el barón Kalan.
—Entonces, recordad lo que leísteis.
Ilian se plantó ante el barón Kalan de Vitall y con un sólo movimiento de su
espada arrancó el yelmo de serpiente. Apareció un rostro pálido, de edad avanzada,
rala barba blanca y cabello escaso. Kalan parpadeó y trató de cubrirse la cara, pero
dejó caer las manos a los costados; la espada colgaba de la muñequera y su puño
aferraba el objeto que había buscado entre las ruinas.
—Aun así, no podéis matarme, Ilian de Garathorm —dijo en voz baja Kalan—. Y
aunque pudierais, las consecuencias serían terroríficas. Dejadme en paz, o hacedme
prisionero, como prefiráis. He de reflexionar sobre ciertos asuntos…
—Empuñad la espada, barón Kalan, y defendeos.
—Me resisto a mataros —dijo Kalan, con voz más irritada—, porque constituis
un intrigante misterio para un hombre de ciencia, pero os mataré, Ilian, si continuáis
fastidiándome.
—Y yo os mataré, si puedo.
—Ya os he dicho que sólo un ser del multiverso puede matarme —explicó
pacientemente el hechicero—. Y ese ser no sois vos. Además, de que yo siga con vida
dependen más cosas de las que creéis…
—¡Defendeos!
Kalan se encogió de hombros y empuñó su espada.
Ilian lanzó un mandoble, Kalan lo paró como sin darle importancia. La espada,
apenas desviada, siguió su trayectoria y penetró en la carne de Kalan, que abrió los
ojos de par en par.
—¡Dolor! —siseó, estupefacto—. ¡Es dolor!
Ilian se quedó casi tan sorprendida como Kalan cuando vio que brotaba sangre.
Kalan retrocedió tambaleante y contempló su herida.
—No es posible —dijo con firmeza—. No lo es.
Ilian atravesó esta vez el corazón.
—Sólo Hawkmoon puede matarme —musitó Kalan—. Sólo él. Es imposible…
Y se derrumbó sobre las cenizas; una pequeña nube de polvillo negro se levantó a
su alrededor. La mirada de asombro quedó impresa en sus muertas facciones.
—Ahora, los dos estamos vengados, barón Kalan —dijo Ilian, con una voz que no
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reconoció como suya.
Se agachó para ver qué sujetaba el barón en su puño cerrado, aprisionado entre
los dedos.
Era algo que brillaba como carbón pulido. Una joya de forma irregular. Ilian
comprendió lo que era.
Cuando se incorporó, observó que la luz se había alterado sutilmente a su
alrededor. Era como si pasaran nubes frente al sol, pero no había lluvias previstas
hasta dentro de dos meses.
Jhary-a-Conel se acercó corriendo.
—¡Le habéis matado! Temo que este acto nos traerá más problemas. —Echó un
vistazo a la joya que sostenía—. Guardadla bien. Si salimos de ésta, os enseñaré lo
que debéis hacer con ella.
Oyeron un ruido sobre sus cabezas, en el cielo oscurecido, a través de las ramas
superiores de los impresionantes árboles de Garathorm. Era como el batir de las alas
de una gigantesca ave. Y también percibieron un hedor, comparado con el cual los
cadáveres olían a perfume.
—¿Qué es eso, Jhary?
Ilian sintió que el miedo nublaba su mente. Quería huir de la cosa que se acercaba
a Virinthorm.
—Kalan os advirtió que tendría consecuencias matarle aquí. Sus experimentos
crearon desajustes en el equilibrio de todo el multiverso. Al matarle, habéis permitido
que el multiverso empiece a curar sus heridas, aunque eso dará como resultado otros
desajustes de, lo que podríamos llamar, menor importancia.
—¿Cuál es la causa de ese ruido, de ese olor?
—Escuchad —dijo Jhary-a-Conel—. ¿No oís otra cosa?
Ilian escuchó con suma atención. A lo lejos oyó el bocinazo de un cuerno de
guerra. El cuerno de Ymryl.
—Ha convocado a Arioch, Señor del Caos —explicó Jhary-a-Conel— y la muerte
de Kalan ha permitido que Arioch pueda entrar por fin. Ymryl cuenta con un nuevo
aliado, Ilian.
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III
Equilibrio oscilante
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cintura. De él colgaban su pesada espada, el puñal de hoja ancha y un arma capaz de
disparar diminutos dardos a gran distancia. Su mata desordenada de cabello amarillo
caía sobre su cara, y sus dientes desiguales centellearon cuando dirigió una sonrisa
nerviosa a su nuevo aliado.
Su aliado medía casi tres metros de alto y dos de ancho. Su piel era oscura y
escamosa. Iba desnudo, era hermafrodita y tenía un par de alas correosas dobladas
sobre la espalda. Daba la impresión de que le costaba desplazarse. Devoró con avidez
los restos de un soldado de Ymryl.
Pero lo peor era su cara. Una cara que cambiaba sin cesar. En un momento dado
era repulsiva y bestial, y al siguiente se convertía en la de un hermoso mancebo. Sólo
los ojos, henchidos de dolor, no cambiaban. De vez en cuando, sin embargo, pasaba
por ellos un destello de inteligencia, pero casi todo el tiempo eran crueles, feroces,
primitivos.
La voz de Ymryl tembló, pero su tono era triunfal.
—Me ayudaréis, ¿verdad, lord Arioch? Ése fue el trato que hicimos…
—Sí, el trato —gruñó el demonio—. He hecho tantos. Y tantos se han arrepentido
después…
—Yo os sigo siendo leal, mi señor.
—Yo mismo sufro las consecuencias de un ataque. Poderosas fuerzas me asedian
en muchos planos, en muchas épocas. Los hombres desestructuran el multiverso. ¡El
equilibrio ya no existe! ¡El equilibrio ya no existe! El caos se derrumba y la Ley ya
no…
Arioch parecía hablar para sí, no para Ymryl.
—¿Y vuestro poder? —preguntó Ymryl, vacilante—. Aún lo conserváis, ¿no?
—Sí, casi todo. Oh, sí, puedo echaros una mano, Ymryl, hasta cuando sea
necesario.
—¿Qué queréis decir, mi señor?
Arioch masticó la carne del último hueso y lo arrojó lejos. Se echó a tierra y
dirigió la mirada hacia el centro de la ciudad.
Ilian sintió un escalofrío cuando adoptó un rostro gordo, carnoso, mofletudo, de
dientes podridos. Los labios se movieron cuando Arioch murmuró para sí.
—Es una cuestión de perspectiva, Corum… Obedeceremos a nuestros
caprichos… —Arioch frunció el ceño—. Ah, Elric, el más adorado de mis esclavos…
Todo da vueltas… Todo da vueltas… ¿Qué significa? —Y las facciones se
convirtieron en las de un apuesto joven—. Los planos se cruzan, la balanza se inclina,
las viejas batallas se perdieron en la noche de los tiempos, las buenas costumbres se
pierden. ¿Es verdad que los dioses mueren? ¿Pueden morir los dioses?
A pesar de que detestaba al monstruo, Ilian experimentó una extraña punzada de
conmiseración por Arioch cuando escuchó sus palabras.
—¿Cómo atacaremos, gran Arioch? —Ymryl se acercó a su amo sobrenatural—.
¿Nos guiaréis?
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—¿Guiaros? Mi trabajo no es guiar mortales a la batalla. ¡Ay! —Arioch lanzó un
aullido agónico—. ¡No puedo quedarme aquí!
—¡Debes hacerlo, Arioch! ¡Recuerda nuestro trato!
—Sí, Ymryl, nuestro trato. Te di el cuerno, hermano del cuerno del Destino. Y
hay tan pocos leales a los Señores del Caos, tan pocos mundos en que aún
sobrevivamos…
—¿No daréis el poder?
El rostro de Arioch adoptó su primitiva forma demoníaca. Arioch gruñó, toda
inteligencia desapareció de sus rasgos. Respiró hondo con gran estruendo, su cuerpo
cambió de color, aumentó de tamaño, lanzó llamaradas rojas y amarillas, como si un
horno rugiera en su interior.
—Reúne fuerzas —susurró Jhary-a-Conel, acercando los labios a los oídos de
Ilian—. Debemos atacar ahora. Ahora, Ilian.
Saltó hacia adelante y su lanza flamígera vomitó un chorro de luz rubí. Se
abalanzó sobre las filas del poderoso ejército y cuatro guerreros cayeron antes de que
nadie advirtiera la presencia de un enemigo entre ellos. Otros guerreros de Ilian
cayeron de los árboles y siguieron el ejemplo de Jhary-a-Conel. Katinka van Bak,
Yisselda de Brass, Lyfeth de Ghant, Mysenal de Hinn, todos se precipitaron hacia una
muerte cierta. Ilian se preguntó por qué se rezagaba.
Vio que Ymryl lanzaba un grito de advertencia a Arioch, vio que Arioch extendía
el brazo y tocaba a Ymryl. El cuerpo de Ymryl se iluminó, como si ardiera en el
mismo fuego sepultado en el interior de Arioch.
Ymryl chilló, sacó su espada y se lanzó hacia los guerreros de Ilian.
Fue entonces cuando Ilian saltó, interponiéndose entre su gente e Ymryl.
Ymryl estaba poseído. Su forma irradiaba una monstruosa energía como si Arioch
hubiera tomado posesión de aquel cuerpo mortal. Incluso los ojos de Ymryl eran los
ojos bestiales de Arioch. Rugió. Avanzó hacia Ilian y su gran espada remolineo en el
aire.
—Por fin, Ilian. Esta vez morirás. ¡Esta vez sí!
Ilian trató de parar el golpe, pero Ymryl había adquirido tal fuerza que la espada
rebotó contra su propio cuerpo. Se tambaleó hacia atrás y esquivó por poco el
siguiente mandoble. Ymryl luchaba con ferocidad demencial. Ilian sabía que debía
matarla.
Y detrás de Ymryl, Arioch había crecido hasta alcanzar inmensas proporciones.
Su cuerpo no paraba de retorcerse y aumentar de tamaño, pero cada vez contenía
menos sustancia. El rostro se alteraba constantemente, a cada segundo que pasaba, y
la mujer oyó una débil voz:
—¡La balanza! ¡La balanza! ¡Oscila! ¡Se dobla! ¡Se funde! ¡Es la condena de los
dioses! Oh, estos seres insignificantes… Estos hombres…
Arioch desapareció y sólo quedó Ymryl, pero poseído por el terrible poder de
Arioch.
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La lluvia de golpes obligó a Ilian a retroceder. Le dolían los brazos, las piernas y
la espalda. Tenía miedo. No quería que Ymryl le matara.
Oyó otro sonido. ¿Era un aullido de triunfo? ¿Significaba que todos sus
camaradas ya habían muerto, que los soldados de Ymryl habían acabado con ellos?
¿Era ella la última superviviente de Garathorm?
Cayó al suelo cuando un terrorífico golpe de Ymryl le arrebató la espada de la
mano. Otro golpe partió su casco. Ymryl echó atrás el brazo para asestar el mandoble
definitivo.
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IV
La piedra-alma
Ilian intentó mirar a los ojos de Ymryl mientras moría, aquellos ojos que ya no
eran los suyos, sino los de Arioch.
Pero de repente su luz se desvaneció. Ymryl miró a su alrededor, asombrado.
—¿Todo ha terminado, pues? —le oyó decir Ilian—. ¿Volvemos a casa?
Daba la impresión de que veía un paisaje muy distinto al de Garathorm. Y
sonreía.
Ilian extendió la mano y aferró el pomo de su espada. La clavó con todas sus
fuerzas en Ymryl y vio que brotaba un chorro de sangre, que una expresión de
estupor aparecía en su cara, que iba desapareciendo poco a poco, al igual que Arioch
había desaparecido ante él.
Ilian, aturdida, se incorporó, sin saber si había matado a Ymryl. Ahora, ya nunca
lo sabría.
Katinka van Bak yacía muy cerca. Tenía una gran herida roja en el cuerpo. Estaba
blanca, como si se hubiera quedado sin sangre. Jadeaba. Ilian se acercó a ella.
—Me contaron la historia de la espada de Hawkmoon —dijo Katinka—. La
llamaban la Espada del Amanecer. Tenía la facultad de convocar a guerreros de otros
planos, de otras épocas. ¿Pudo convocar otra espada a Ymryl?
Apenas sabía lo que estaba diciendo.
Jhary-a-Conel, sostenido por Yisselda de Brass, surgió cojeante del polvo
levantado por la batalla. Tenía un corte poco profundo en la pierna.
—De modo que, a fin de cuentas, nos habéis salvado, Ilian —dijo—. ¡Como lo
habría hecho el Campeón Eterno! —Sonrió—. Aunque no lo hace siempre, debo
admitirlo…
—¡Os he salvado! No, soy incapaz de explicarlo. ¡Ymryl se evaporó!
—Matasteis a Kalan. Fue Kalan quien moldeó las circunstancias que permitieron
a Ymryl y los demás acceder a Garathorm. Muerto Kalan la brecha del multiverso ha
empezado a cerrarse. Al mismo tiempo, devuelve a Ymryl y los suyos a sus
respectivas épocas. Estoy seguro que ésa es la explicación. Vivimos tiempos
extraños, Ilian de Garathorm. Casi tan extraños para mí como para ti. Estoy
acostumbrado a que los dioses hagan su voluntad…, pero Arioch está condenador.
Me pregunto si los dioses mueren en todos los planos.
—Nunca han existido dioses en Garathorm —contestó Ilian.
Se inclinó para examinar la herida de Katinka van Bak, confiando en que no fuera
tan grave como aparentaba, pero aún era peor. Katinka van Bak estaba agonizando.
—¿Todos han desaparecido, pues? —preguntó Yisselda, sin darse cuenta todavía
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de que su amiga estaba mortalmente herida.
—Todos…, incluidos los cadáveres —dijo Jhary. Rebuscó en la bolsa de su
cinturón—. Esto la ayudará —explicó—. Una poción que calma el dolor.
Ilian acercó el frasco a los labios de Katinka, pero la mujer meneó la cabeza.
—No —dijo—, me dormirá. Quiero permanecer despierta el poco tiempo que me
queda. Además, he de volver a casa.
—¿A casa? ¿A Virinthorm? —preguntó Ilian en voz baja.
—No, a mi verdadero hogar. Al otro lado de las Montañas Búlgaras. —Katinka
buscó con la vista a Jhary-a-Conel—. ¿Queréis llevarme allí Jhary?
—Hemos de improvisar una camilla. —Llamó a Lyfeth, que acababa de llegar—.
¿Podéis pedir a vuestra gente que prepare una camilla?
—¿Seguís todos con vida? —preguntó Ilian con aire ausente—. ¿Cómo es
posible? Pensaba que habíais ido a reuniros con vuestros muertos…
—¡El pueblo marino! —exclamó Lyfeth, mientras se marchaba para preparar la
camilla—. ¿No les habéis visto?
—¿El pueblo marino? Tenía toda la atención puesta en aquel demonio…
—Cuando Jhary se precipitó hacia el campamento, vimos sus banderas. Por eso
decidimos atacar en aquel momento. ¡Mirad!
Lyfeth señaló hacia los árboles.
Ilian sonrió complacida cuando vio a los guerreros, armados con grandes arpones
submarinos y montados sobre enormes animales parecidos a focas. Había visto en
muy pocas ocasiones al pueblo marino, pero sabía que eran seres orgullosos y fuertes,
que cazaban ballenas a lomos de sus animales anfibios.
Mientras Yisselda vendaba las heridas de Katinka van Bak, Ilian se acercó al rey
Treshon, su caudillo.
El rey desmontó y ejecutó una elegante reverencia.
—Mi señora —dijo—. Mi reina. —Aunque de avanzada edad, aún se mantenía en
forma, y los músculos destacaban en su cuerpo bronceado. Vestía una cota de mallas
sin mangas y una falda de piel, como todos sus guerreros—. Ahora, Garathorm vivirá
de nuevo.
—¿Sabíais que íbamos a librar la batalla?
—No. Nuestros espías vigilaban a Arnald de Grovent, el que se convirtió en
caudillo de los que conquistaron nuestras ciudades. Cuando nos pusimos en marcha,
decidimos que era el momento propicio para atacar a Ymryl, pues estaban divididos y
peleaban entre sí.
—¡Igual que nosotros! —dijo Ilian—. Ha sido una suerte para todos que nos
decidiéramos por la misma estrategia.
—Alguien nos aconsejó bien.
—¿Quién?
—Aquel joven. —El rey Treshon señaló a Jhary-a-Conel, que estaba sentado al
lado de Katinka van Bak y conversaba con ella en voz baja—. Vino a vernos hace un
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mes y diseñó el plan que seguimos.
Ilian sonrió.
—Sabe mucho, ese joven.
—Sí, mi señora.
Ilian hundió la mano en la bolsa del cinturón y palpó los duros rebordes de la joya
negra. Después de despedirse del rey Treshon, volvió junto a Jhary-a-Conel con aire
pensativo.
—Me dijisteis que pusiera la joya a buen recaudo. —La sacó de la bolsa y la
sostuvo en alto—. Aquí está.
—Me alegro de que continúe con nosotros —dijo Jhary—. Temía que regresara al
lugar donde yace el cuerpo de Kalan.
—Jhary-a-Conel, planeasteis casi todo cuanto acaba de ocurrir, ¿verdad?
—¿Planearlo? No, soy un simple servidor. Hago lo que es debido.
Jhary estaba pálido. Ilian observó que temblaba.
—¿Qué ocurre? ¿Sufrís una herida más grave de lo que pensábamos?
—No, pero las fuerzas que se llevaron a Ymryl y Arioch de vuestro mundo
también exigen que yo parta, al parecer. Hemos de regresar a la cueva enseguida.
—¿Qué cueva?
Donde nos encontramos por primera vez. —Jhary se levantó y corrió hacia su
caballo amarillo—. Montad en lo primero que encontréis. Que dos de vuestros
guerreros carguen con la litera de Katinka. Que Yisselda de Brass os acompañe.
¡Rápido, a la cueva!
Salió al galope.
Ilian comprobó que la camilla estaba casi preparada. Contó a Yisselda lo que
Jhary había dicho y fueron a buscar monturas.
—¿Por qué sigo en este mundo? —Yisselda frunció el ceño—. ¿No tendría que
haber regresado al mundo en que Kalan me retenía prisionera?
—¿No sentís nada, como si algo tirara de vos?
—Nada.
Ilian, guiada por un impulso, besó a Yisselda en la mejilla.
—Adiós —dijo.
Yisselda se quedó sorprendida.
—¿No vendréis con nosotros a la cueva?
—Os acompaño, pero tenía ganas de despedirme. Ignoro por qué.
Una gran paz descendió sobre ella. Tocó una vez más la piedra negra y sonrió.
Cuando llegaron, Jhary se encontraba de pie frente a la entrada de la cueva.
Parecía más débil que antes. Apretaba contra su pecho al gatito blanco y negro.
—Pensé que no ibais a llegar nunca. Estupendo.
Lyfeth de Ghant y Mysenal de Hinn habían insistido en cargar con la litera de
Katinka. Se dispusieron a entrarla en la cueva, pero Jhary se lo impidió.
—Lo siento, pero debéis esperar aquí. Si Ilian no regresa, deberéis elegir a otro
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gobernante en su lugar.
—¿Un nuevo gobernante? ¿Qué pretendéis hacerle? —Mysenal saltó hacia
adelante y se llevó la mano a la espada—. ¿Qué daños puede sufrir en esa cueva?
—Ninguno, pero la joya de Kalan aún retiene su alma… —Jhary estaba sudando.
Resolló y meneó la cabeza—. Ahora no os lo puedo explicar. Os aseguro que
protegeré a vuestra reina…
Siguió a Yisselda e Ilian, que habían entrado en la cueva la litera de Katinka van
Bak.
La profundidad de la cueva asombró a Ilian. Se hundía kilómetros y kilómetros en
la ladera de la montaña. Cuanto más se internaban, más frío hacía. Guardó silencio,
porque confiaba en Jhary.
Sólo se volvió una vez, cuando oyó la voz nerviosa de Mysenal a lo lejos.
—¡Ya no os culpamos de nada, Ilian! Os absolvemos…
El tono de Mysenal y la urgencia con que aparentaba expresar aquellos
sentimientos la intrigaron. Tampoco le importaba demasiado. Conocía su culpa,
dijeran lo que dijeran los demás.
—¿No es éste el lugar? —preguntó con voz débil Katinka van Bak desde su litera.
Jhary asintió. Como la luz había disminuido, llevaba en la mano un globo
extraño, un globo luminoso. Lo depositó sobre el suelo de la caverna. Ilian bajó la
vista y dio un respingo. Vio el cadáver de un hombre alto y apuesto, cubierto de
pieles. No se veía ninguna herida en su cuerpo, nada que indicara la causa de su
muerte. Su cara le recordó a alguien. Cerró los ojos.
—Hawkmoon… —murmuró—. Mi nombre…
Yisselda estalló en llanto y se arrodilló junto al cadáver.
—¡Dorian! ¡Mi amor! ¡Mi amor! —Se volvió hacia Jhary-a-Conel—. ¿Por qué no
me lo dijiste?
Jhary, sin hacerle caso, se volvió hacia Ilian, que estaba apoyada como mareada
contra la pared de la cueva.
—Dadme la joya —dijo—. La joya negra, Ilian. Dádmela.
Y cuando Ilian introdujo la mano en la bolsa, palpó algo cálido, algo que vibraba.
—¡Está viva! —exclamó—. ¡Viva!
—Sí —contestó Jhary, con voz perentoria y débil—. Deprisa, arrodillaos a su
lado…
—¿Al lado del cadáver?
Ilian retrocedió.
—¡Haced lo que digo! —Jhary apartó a Yisselda del cadáver de Hawkmoon y
obligó a Ilian a arrodillarse—. Ahora, colocad la piedra sobre su frente, sobre la
cicatriz.
Ilian, temblorosa, obedeció.
—Apoyad vuestra frente sobre la joya.
Se inclinó, su frente tocó la joya y de repente cayó dentro y a través de la joya, y
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mientras caía, otra persona cayó hacia ella. Fue como si se precipitara hacia su propia
imagen, reflejada en un espejo. Lanzó un grito…
Oyó el débil «¡Adiós!» de Jhary y trató de responder, pero no pudo.
Siguió cayendo por pasillos sucesivos de sensaciones, recuerdos, culpa y
redención…
Y fue Asquiol y Arflane y Alaric. Fue John Daker, Erekosë y Urlik. Fue Corum y
Elric y Hawkmoon…
—¡Hawkmoon!
El nombre pronunciado por sus labios fue como un grito de batalla. Combatió
contra el barón Meliadus y Asrovak Mikosevaar en la batalla de la Camarga. Volvió a
combatir contra Meliadus en Londra y Yisselda estaba a su lado. Yisselda y él
contemplaron el campo de batalla cuando todo hubo terminado y vieron que de sus
camaradas sólo habían sobrevivido…
—¡Yisselda!
—Estoy aquí, Dorian. ¡Estoy aquí!
Abrió los ojos y dijo:
—¡Así que Katinka van Bak no me traicionó! Sin embargo, con qué argucia tan
complicada me ha llevado hasta ti. ¿Por qué urdió una estratagema tan complicada?
—Quizá lo averiguaréis un día —susurró Katinka desde su litera—, pero no de
mis labios, porque debo ahorrar aliento. Necesito que los dos me saquéis de estas
montañas y me acompañéis a Ukrainia, donde deseo morir.
Hawkmoon se levantó. Estaba horriblemente entumecido, como si hubiera yacido
durante meses en aquel lugar. Observó sangre en los vendajes.
—¡Estáis herida! No me había dado cuenta. Al menos, no recuerdo…
Apoyó la mano en la frente. Notó algo caliente, como sangre, pero cuando apartó
los dedos sólo distinguió una leve radiación oscura, que se extinguió al cabo de un
segundo.
—¿Cómo…? ¿Jaherek? Es imposible…
Katinka van Bak sonrió.
—No. Yisselda os contará cómo me la hice.
Una mujer habló con voz suave y vibrante junto a Hawkmoon.
—Recibió la herida ayudando a salvar un país que no es el suyo.
—No es la primera vez que la hieren en tales circunstancias —dijo Hawkmoon, y
se volvió. Contempló un rostro extraordinariamente hermoso, pero herido por la
tristeza—. ¿Nos conocemos?
—Os conocéis —dijo Katinka—, pero debéis separaros ahora mismo pues si
ocupáis el mismo plano durante mucho rato se producirán nuevas
desestructuraciones. Creed en mis palabras, Ilian de Garathorm. Regresad ahora.
Volved con Mysenal y Lyfeth. Os ayudarán a reconstruir vuestro país.
—Pero… —Ilian vaciló—. Me gustaría hablar un poco más con Yisselda y este
tal Hawkmoon.
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—No tenéis derecho. Sois dos aspectos de lo mismo. Sólo podéis encontraros en
determinadas ocasiones. Jhary me lo dijo. Regresad. ¡Deprisa!
La hermosa muchacha se volvió, vacilante. Su cabello dorado osciló y su cota de
mallas tintineó. Se encaminó hacia las tinieblas y no tardó en perderse de vista.
—¿A dónde conduce el túnel, Katinka van Bak? —preguntó Hawkmoon—. ¿A
Ukrainia?
—No, y pronto dejará de conducir a ningún sitio. Espero que le vaya bien a esa
moza. Tiene muchas cosas que hacer. Además, presiento que volverá a toparse con
Ymryl.
—¿Ymryl?
Katinka van Bak suspiró.
—Ya os he dicho que no quiero desperdiciar mi aliento. Necesito seguir viva
hasta que lleguemos a Ukrainia. Confiemos en que el trineo nos siga esperando.
Hawkmoon se encogió de hombros. Se volvió y contempló con ternura a
Yisselda.
—Sabía que vivías —dijo—. Dijeron que estaba loco, pero yo sabía que vivías.
Se abrazaron.
—Oh, Dorian, he pasado tantas aventuras —dijo Yisselda.
Contádselas más tarde —imploró la agonizante Katinka van Bak desde la litera
—. ¡Coged estas angarillas y conducidme a ese trineo!
—¿Cómo están los niños, Dorian? —preguntó Yisselda, mientras se agachaba
para coger un extremo de la camilla.
Después, se preguntó por qué Hawkmoon se mantuvo en silencio durante todo el
rato que duró el trayecto por el túnel.
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MICHAEL MOORCOCK. Nace el 18 de diciembre de 1939 en Mitcham, (Surrey,
Inglaterra). Es un prolífico escritor de ciencia ficción y fantasía. También es editor,
periodista, crítico o compositor y músico de grupos de rock como Hawkwind.
Abandona a los 15 años los estudios para participar en diferentes actividades del
«fandom» británico, desde música hasta política (en el anarquismo).
Moorcock desde 1964 hasta 1971 edita el semanal de ficción New Worlds desde
donde empieza a gestarse como la punta de lanza de un reciente movimiento
regenerador y experimental conocido como Nueva Ola o New Wave. La fantasía
occidental más clásica se basaba, en lo general, en el combate sin fin del Bien y el
Mal, terminando siempre en la victoria final del Bien. Quizás como influencias del
cristianismo más generalizado. Esto empieza a cambiar durante los años 60,
marcados por la transgresora apuesta de romper con lo más tradicional y establecido
de la sociedad. La propuesta lanzada en un primer momento desde el semanal de
Moorcock, pasa así por intentar dejarse influir por nuevos puntos de vista donde
abunda la ambigüedad o el descontrol de sentimientos.
Dentro de la fantasía heroica, centra muchas de sus novelas en el concepto del
«Campeón Eterno». Un héroe condenado con múltiples aspectos y en diferentes
realidades. Estas realidades o universos paralelos interconectados entre sí forman el
llamado Multiverso. En ellos hay una lucha continua no sólo entre el bien y el mal,
también entre la «Ley» (orden, jerarquismo, anquilosamiento, civilización) y el
«Caos» (cambio, locura, belleza inconcebible y retorcida, desorden), la supremacía
de uno de los dos supone el fin de ese plano. Por encima de estas fuerzas, la «Balanza
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Cósmica» como una entidad arbitraria, un equilibrio entre ambas fuerzas. Los
seguidores de la Balanza buscan la autorrealización y la felicidad, los del Caos y la
Ley en el fondo lo que buscan es el conformismo, poder y conocimientos gracias a la
pérdida de su libertad.
Ha ganado varias veces el British Fantasy Award, el Guardián Fiction Award (THE
CONDITION OF MUZAK), The World Fantasy Award (GLORIANA), el John W.
Campbell Memorial Award (GLORIANA), el Nebula (HE AQUÍ EL HOMBRE) y fue
finalista del Whitbread Prize (MOTHER LONDON).
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