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Cuento de Maria

El cuento narra la vida de una madre que enfrenta la presión social y el juicio de sus vecinos en un entorno suburbano, mientras lidia con la crianza de sus hijos y su propia insatisfacción personal. Un incidente con un vecino que se comporta de manera agresiva hacia su hijo desata una serie de reflexiones sobre la naturaleza humana y la convivencia. A medida que la protagonista se siente atrapada entre la normalidad y lo extraño, se da cuenta de que la vida puede ser tan inquietante como el comportamiento de sus vecinos.

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Cuento de Maria

El cuento narra la vida de una madre que enfrenta la presión social y el juicio de sus vecinos en un entorno suburbano, mientras lidia con la crianza de sus hijos y su propia insatisfacción personal. Un incidente con un vecino que se comporta de manera agresiva hacia su hijo desata una serie de reflexiones sobre la naturaleza humana y la convivencia. A medida que la protagonista se siente atrapada entre la normalidad y lo extraño, se da cuenta de que la vida puede ser tan inquietante como el comportamiento de sus vecinos.

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(Cuento ganador del L Concurso Latinoamericano “Edmundo

Valadés”)

Mi vecina de al frente me preguntó si esas bolitas que esparcía con


una cuchara sobre el pasto, era para hacer que estuviera más verde. Me
angustié por la conversación que venía; los otros me dan pánico. Siempre
te ven los zapatos, notan si estás más aco o más gordo, lo que publicas
en redes sociales; se jan si tu esposo te pone atención o si barres a diario
la vereda, etc. La gente disfruta secretamente que eres una casa en
ruinas, que tienes una pared descarada o pelándose, o que tienes un
bonito jardín que no durará mucho tiempo.

Por fortuna, se limitó a interrogarme como si fuera algo sin


importancia. Me apresuré a decirle que no esperaba tener un
reverdecimiento del pasto tan pronto, que no era la época, que estaba
probando el producto, en fín. Si poh, si ven tu decisión de triunfo, así sea
mejorar el miserable pasto, levantan la ceja. Ese gesto puede ser
agridulce.

Cuando nos mudamos a esta colonia todo pintaba de maravilla. Por n


tendríamos casa propia. Unos meses antes, mi esposo y yo paseábamos
en el jardín que sería parte de nuestras tardes cotidianas. Desde entonces
sabía que era observada por las tres mujeres que a menudo se sentaban
bajo un arbusto sobre una manta tipo pic nic. Una de ellas, alta y rubia, se
acercó a mí aprovechando que su perro jugueteaba con nosotros.

—Ustedes no viven por aquí, ¿verdad? Buenas tardes.

—Hola, qué tal. No, pero nos damos vueltas porque estamos
construyendo, ya casi nos mudamos. Es la casa de cuadra y media arriba.

—Ah, qué bien, qué bueno. Qué bonitos sus niños, con permiso.
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Cada que entro en una charla forzada, hago un tremendo esfuerzo por
responder con vitalidad. Y es que, en los últimos años, he sentido una baja
de energía. A pesar de que tengo todo, no tengo nada. No hay sentido en
llenar papeles interminables o en justi car tu existencia en la burocracia
que impera en el ámbito jurídico. Burocratizas la vida, la papelizas, la
haces trizas. Me reparto entre mis tres hijos como todas las mujeres del
mundo que son madres y que también trabajan ¿fuera?, ¿dentro? de casa.
Me re ero a que las horas, unas encima de otras, se vuelven una trenza
de interminables quehaceres, vacíos, afectos. El asunto es que hay algo
en mí que no madura; siempre miro hacia atrás, a los lugares donde dejé
sillas vacías, conversaciones pendientes, animadas declaraciones sobre
observaciones nocturnas. Para sobrellevar mi egoísmo e ingratitud hago
ejercicios de estiramiento con respiraciones profundas, me pongo frente al
espejo expresando clichés de coaching. Mi hermana Claudia me
recomendó ese jueguito que es divertido por ridículo. Sigo en un
tratamiento cuyo propósito es conseguir el balance perdido, aunque para
mí, el remedio ha sido la lectura: biografías, poesía, novelas.
Especialmente si encuentro cavilaciones de lo íntimo que logran
identi carme o sentimientos que son cuchillos del alma y parten las
porciones brillantes de la existencia.

Sí, la vida por aquí es aparentemente tranquila, las casas muy prolijas con
sus jardines recortados. Pero, hace días, descubrí que el espanto tiene
cara de vecino, o mejor dicho, de perro. No un perro cualquiera, sino uno
entrometido en tu intimidad, en la calma nocturna de tu casa. Suceden
cosas inexplicables en este mundo; no les prestamos atención o echamos
a la basura todo aquello que suene inverosímil, nos convertimos en sucios
jueces, sabihondos desde la dura realidad. Para mí, el lenguaje llamado
inclusivo que se articula porque “si no se nombra, no existe”, no es
efectivo. La existencia misma es como la luna en cuarto creciente o cuarto
menguante; es, asimismo, mitad sólida y mitad líquida. Por aquí, el cara de
perro anda haciendo de las suyas, molestando a los vecinos que no se dan
cuenta. Salpica su odio caliente con sus maneras desapercibidas, mas no
para mí.

Hace una semana, en el jardín, paseaba a mis dos hijos chiquitos, Alberto
y Karen. Me senté en una banca a leer mi libro; la niña dormía en la
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carriola, el otro jugaba con una vecinita. Vi que llegó el médico con sus dos
hijos, impecables los tres, de esas buenas presencias que intimidan; no
porque una quiera parecerse a ellos, sino porque te sientes vista con cierto
desdén de la gente aburguesada que anda por ahí, altanerita, repartiendo
sonrisillas amables por si las dudas. Como estaba metida en mi lectura, no
pude ver lo que hacía el niño, pero me dio tranquilidad saber que jugaba
con la pequeña. A los pocos minutos algo escuché, una llamada de
atención; asumí que no se trataba de algo serio porque de nuevo se oía la
algarabía de los niños, así que retomé la página. No obstante, sentí la
presencia del perro hacia mí, enfundado en su ropa deportiva. Mi
nerviosismo se encendió porque claramente estaba a punto de decirme
algo que no sería nada bueno. Le empezó a temblar la quijada, nunca
había visto su boca; no ando jándome en los detalles de los vecinos, ni
siquiera lo había visto a él con su ciente atención, pero sus dientes
amarillentos, sus labios delgados temblorosos y su semblante endurecido
me infundían terror.

—Tu hijo le pegó, se le fue así nada más, a golpes, al mío.

Volteé a ver a los niños y el chico afectado jugaba. Después vino Alberto
empapado en llanto al ver al señor dándome la queja. Todavía recuerdo
cómo el vecino lo confrontó. Probablemente mi hijo tuvo la culpa porque en
esos días veía apasionadamente películas de karate. Sé que también el
otro niño lo molesta, sobre todo verbalmente, lo he visto, pero no corro a
darle la queja a sus padres; los niños se pelean y admirablemente se
reconcilian. Observaba que, mientras me reclamaba, le salía una na
espuma de la comisura derecha de los labios. Al principio era transparente,
se veían las burbujas diminutas, pero a medida que se in amaba de ira, se
hacía blancuzca, parecida a la espuma del mar, con el perdón de tan
belleza presencia, pero que, en el rostro del iracundo, rati caba que él era
el perro que acechaba al caserío por las noches. Nadie se enteraba.

Me sentí como una completa idiota, la peor madre del mundo. Soy experta
para denostarme y asumir in ernos. Le exigí a mi hijo que le pidiera una
disculpa al niño que ahora jugaba, como ajeno al problema, con la otra
niña. Me sentía terriblemente desdoblada: estaba ahí, pero, sobre todo,
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estaba en mi cabeza, viendo el drama como una página lejana que se
escribía con tinta de fuego. Me abrumaba saber que yo era la protagonista.
El incidente —no con los niños sino con el padre— me llenaba de tristeza,
enojo e incertidumbre. ¿Esto es lo que pinta en la colonia?, ¿padres
histéricos que salen al jardín con sus hijos en actitud de espías, de
vigilantes?, ¿era yo una mala mujer por no ver, detalle a detalle, lo que
hacía Alberto con sus seis años bajo el frondoso árbol?, ¿realmente tenía
que castigar a mi hijo?, ¿cómo ponerle límites?, todas estas preguntas
retorcidas y en retazos circulaban en mi mente. Alberto se negó
rotundamente a ofrecer una disculpa. El señor empezó a dirigirse hacia el
niño, se le in amaba el cuello, su rostro adquiría algunos rasgos del perro.
Al principio vino una oleada de ira, pero terminé sintiendo lástima. Ambos
sentimientos te devuelven la náusea al instante. Tomé la carriola,
afortunadamente Karen dormía. Le eché esa mirada fulminante a mi hijo,
cargada de reproche, de compasión, de nerviosismo. El vecino continuaba
hablando hasta que bajó la intensidad de sus palabras y se largó. Nos
dirigimos a casa. Hablé seriamente con Alberto, él me insistió en que el
niño ni siquiera lloraba, lo cual era verdad.

¿Qué hacer frente a dos testimonios tan contrastantes? Un niño y un


vecino que se convierte en perro cuando reclama. No cené, solo mis hijos.
Me fui revuelta a la cama, con la noche convirtiéndose en una araña
helada que me acariciaba el miedo de la piel. Mi marido no estaba en
casa, por lo que podía extender mi morti cación como mejor me diera la
gana. Decidí prepararme un té, bajaba las escaleras. Escuché un ruido
extraño, jadeante, cercano. Volteé a la ventana: era el perro babeante,
mirándome con un odio que no es de este mundo. Un humanoide canino.
Me miró en silencio unos cinco segundos mientras se le escurría la
espuma y, de pronto, se perdió en la oscuridad de la calle. Grité, pero mis
hijos dormían. Amanecí como si nada hubiera pasado. Por un momento
pensé que el episodio del humanoide canino había sido un mal sueño,
pero inmediatamente supe que ocurrió en la vida real. Aunque en esta
palabra creo cada vez menos. Empecé el día con desconcierto, teniendo
que sacar adelante la escena matutina: el desayuno, los mimos a mis
hijos, poner lavadoras, en n, menesteres domésticos.
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Al llevar a uno de mis hijos a la escuelita que había organizado
improvisadamente una maestra —en tiempos pandémicos— suelo echar
un vistazo a las casas lindas de mi colonia, especialmente a las que
poseen bellos jardines. En una de ellas, vi un bulto de color café, pero no
le presté importancia. Conforme me acercaba, crecía mi intriga por saber
qué era eso que parecía respirar y que estaba mitad afuera y mitad
adentro de la ventana de unas de las habitaciones. Bajé la velocidad a 20
kilómetros por hora: era el perro, espiando la recámara, ¿nadie se daba
cuenta? En esa casa vivía la señora Rita, una maestra jubilada que recibe
constantemente a sus hijos y nietos, pero suele estar sola en las mañanas.
Me sentí nerviosa porque mi mente rechazaba aceptar que los
humanoides perrunos existen; pueden ser tus vecinos que se hacen pasar
por “gente bien”. ¿Qué hago con esto que sé?, Ofelia, por favor,
tranquilízate, me repetía. Mi hija se empezó a desesperar y le calmé, sin
mucho éxito, con un chupón. Miré de nuevo, el perro se había esfumado.
Por la noche, la frazada me parecía una guarida frente a la locura ¿o a la
alucinación?, sentía tiesa la cama y la almohada; mi marido me notó
preocupada, pero le dije que era por cuestiones de trabajo. Seguramente
mi semblante no era de exceso de pendientes sino de horror, sin embargo,
preferí no compartir lo sucedido. A las dos de la madrugada mis ojos
estaban más abiertos que de costumbre, bajé a prepararme un té de
manzanilla. Estaba a punto de poner el té en la taza cuando sentí, de
golpe, la necesidad de voltear nuevamente a la ventana que daba a la
calle; me dirigí con lentitud suplicando no ver lo desagradable. Era el perro,
babeante y furioso. Fue fugaz. Noté en sus ojos, inyectados de sangre,
algo de perversión. Me paralicé. Tenía serios problemas mentales,
pensaba. Sin embargo, al día siguiente, nerviosa en la fresca mañana en
que preparábamos a los hijos para llevarlos a una ludoteca, vi el suéter
azul del vecino perro tirado en la jardinera de la casa.

—Mira, Ofelia, debe ser de algún vecino, le tomaré foto para compartirla en
el grupo de WhatsApp.

Asumí que debía mostrarme tranquila ante mi marido, indiferente a lo


acontecido el día de ayer. La seriedad ayuda a que el mundo te trate de
cuerda, eso signi ca que te dejarán en paz, al menos si llevas tu vida —
externa— sin punto de quiebre. Y paz es lo más valioso en estos tiempos.
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Por lo tanto, es necesario dejarse ser, llorar en el interior, así tenga que
darse a escondidas.

—Me parece bien, quién sabe de quién es.

Subió esa foto al grupo. Fue un largo día en que, lejos de desarrollar mi
trabajo en casa como normalmente lo hago en pandemia, a toda prisa,
estuve inerte frente a la pantalla, acaso logré mandar un correo en un
lapso de cuatro horas. Vaya, respirar profundo me resultaba imposible. Mis
huesos y músculos habían sido devorados por la rigidez. Lo demás fue un
estado de mutismo, de inacción. La angustia trababa mi cuerpo. Llegó un
momento en que me quise mover, pero era inútil cualquier intento para, no
digamos caminar, sino levantarme por un café. Llegó la hora de terminar la
jornada laboral que se convirtió en un estar ahí, sin más. No obstante, la
presión cotidiana me hizo andar. Fui por comida a un auto servicio, raro en
mí porque suelo prepararla. Ni siquiera me importaba formular alguna
explicación, en efecto, no era habitual que comprara la comida. Comenté,
de rápido, que se prolongó el trabajo; a mi marido no le importó, le agradó
la orden de tortitas de atún con ensalada verde y puré de papa. Dejé que
él tomara el ritmo de la conversación porque algo de mudez persistía en
mí. Sonó el timbre tres veces de manera decidida. Mi marido y yo nos
volteamos a ver con incertidumbre. Él se paró rápidamente y yo lo seguí:
era él vecino perro humanoide, pero esta vez se veía amante, afeitado,
con una sonrisa larga. Mi marido tomó la prenda que había dejado encima
de la credenza, yo me había olvidado de aquel suéter, quizá por el terror.

—Muchísimas gracias, vecino. Muy amable. Señora. Con permiso. Buen


provecho.

Desde aquel día, no logro entender lo que pasó. Merodeo por el vecindario
para atisbar algo y poder desenmascarar al sujeto o como se pueda
concebir esa cosa. Su esposa me irrita, se las da de mujer intachable, pero
ella sabe, como yo, que es cómplice de ese engendro híbrido que fusiona
lo peor de la raza humana y canina. Cada que lavo los platos me pregunto
qué hacer con esta verdad. Porque esto, es verdad, sépanlo. Algún día
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escribiré sobre quiénes viven entre nosotros. Lo bueno de todo este tiempo
es que el pasto ha reverdecido.

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